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I, NADA: LA BELLEZA DE UNA NOVELA SENCILLA
Nada es una novela espléndida, que agarra al lector desde
el comienzo, como le pasa a Andrea, su protagonista, con
todo lo que sucede en el piso de ka calle de Aribau de
Barcelona donde vive un afio, tal como ella nos lo cuenta.
E16 de enero de 1945 se fallaba el primer Premio Na-
dal (1944),’ creado por Ediciones Destino, y el jurado
consideré que la mejor novela presentada era la de una
jovencfsima escritora, Carmen Laforet —nacida en Barce-
Jona en 1921—, con un titulo tan sencillo como cercano al
nombre del galardén. Fue un acierto total: hoy Nada es ya
un clasico de la literatura contempordnea y sigue siendo
una apasionante aventura literaria para todo aquel que
entra en sus paginas.
Habian pasado poco més de cinco afios del fin de la
terrible guerra civil espafiola, el 1 de abril de 1939, y en
Espaiia la nueva creacién artistica apenas asomaba ain.
En octubre de 1942, La familia de Pascual Duarte, de Ca-
milo José Cela, habia iniciado el camino de lo que iba a
ser la novela de posguerra y, en mayo de 1945, Ediciones
1. La editorial lo habia creado en honor de uno de sus colabora-
dores, que acababa de morir, el malogrado escritor Eugenio Nadal
Gaya (1917-1944).
adDestino imprimia en Barcelona el primer premio Nadal:
una novela aparentemente sencilla en su composicién y
en su lenguaje, pero con tal hondura que toda persona
que la lee encuentra en sus paginas algtin rincén donde
instalarse como si le perteneciera.
2. LA ESTRUCTURA DB LA NOVELA
Nada es un relato lineal contado en primera persona des-
de un momento no precisado que lo sittia en el tiempo del
recuerdo, La narradota es Ja protagonista, Andrea, que
rememora un afio de su vida, el que vivié en Barcelona.
Existe una cierta distancia entre esos dos yoes, esas dos.
Andreas; la que vive lo contado y la que lo narra:
La noche de San Juan se habia vuelto demasiado extta-
ia para mi. De pie en medio de mi cuarto, con las otejas
tendidas a los susurros de la casa, senti dolerme los tirantes
miésculos dela garganta. Tenfa las manos fias, ¢Quién pue-
de entender los mil hilos que unen las almas de los hombres
y el alcance de sus palabras? No una muchacha como era
yo entonces (p, 229),
Al decir la narradora Andrea «No una muchacha
como era yo entonces», vemos esa separacién entre el
tiempo vivido y el momento en que lo cuenta. Un poco,
més adelante, hablar de la fuerza de su juventud y, por
tanto, subrayar también esa lejania:
En alguna de esas noches calurosas, el hambre, la tris-
tezay la fuerza de mi juventud me llevaron a un deliquio de
sentimiento, a una necesidad fisica de ternura, avida y pol-
vorienta como la tierra quemada presintiendo la tempestad
(p. 232).
12
En cambio, la novelista Carmen Laforet tenia pocos
afios mas que su personaje (escribié la novela entre enero
y septiembre de 1944); no se identifica, por tanto, con la
nartadora, una Andrea que ve su juventud como un tiem-
po pasado.
La Andrea que llega a Barcelona en otofio para empe-
zar sus estudios de Letras en la Universidad es una joven
de dieciocho afios, como ella misma diré: «Yo vefa en el
espejo, de refil6n, la imagen de mis dieciocho aiios dridos,
encerrados en una figura alargada», y recuerda cémo la
voz de Ja madre de Ena le despierta «todos los posos de
sentimentalismo y de desbocado romanticismo de mis
dieciocho afios» (pp. 134 y 142). Mas adelante, al evocar
lo que ella consideré traicién de Ena a Jaime, atribuird a
su edad la forma de ver entonces el ‘mundo: «Me era im-
posible creer en la belleza y la verdad de los sentimientos
humanos —tal como entonces con mis dieciocho afios lo
concebia yo— al pensar que todo aquello que reflejaban
Jos ojos de Ena [...] se hubiera desvanecido en un mo-
mento, sin dejar rastro» (p. 218). Y volverd también a
mencionar esos dieciocho afios antes del baile que nunca
va a bailar: «Otra vez en el esplendor de la calle, volvi a
ser una muchacha de dieciocho afios que va a bailar con
su primer pretendiente» (p. 237).
Desde el comienzo del la Andrea narradora
subraya que se trata de una evocacién de tiempos pasados
que es fruto del recuerdo: «Recuerdo que, en pocos mi-
nutos, me quedé sola en la gran acera, porque la gente
corria a coger los escasos taxis o luchaba por arracimarse
en el tranvia» (p. 52).
‘A medida que avanza la narracién se subraya mas su
condicién de recuerdo, de vuelta atrds, de analepsis: «Me
acuerdo de que sentia un hambre extraordinaria cuando
tuve el nuevo dinero en mis manos [...]. Me acuerdo de
que la arena estaba sucia de algas de los temporales de
Binvierno [...]. Me acuerdo de que en marzo volviamos
cargadas de ramas de almendro florecidas [...]. Mc acuer-
do de que tbamos por una calleja negra [..]. Me viene
ahora el recuerdo de las noches en la calle de Aribau L...].
Me acuerdo de las primeras noches otojiales [...]. Me
acuerdo de una noche en que habia luna» (pp. 154, 164,
166, 199, 232 y 233).
Alguna vez subraya el tiempo transcurrido desde en-
tonces diciendo «mucho més tarde»: «Aquella vez la dis-
cusién tuvo sus raices ocultas en mi amistad con Ena. Y
mucho més tarde, recordandolo, he pensado que una es-
pecie de predestinacién unié a Ena desde el principio a la
vida de la calle de Aribau, tan impermeable a elementos
extrafios» (p. 103). Y vemos los dos tiempos verbales que
utiliza: el pretérito perfecto simple, «tuvo», que aplica a la
discusién narrada, y el pretérito perfecto compuesto, «he
pensado», para la reflexién posterior.
Otras veces marca la distancia con lo evocado: «No sé
si era un sentimiento bello o mezquino —y entonces no se
me hubiera ocurrido analizarlo— [...]» (p. 104). «Este
placer, ea el que encontraba el gusto de rebeldia que ha
sido el vicio —por otra parte vulgar— de mi juventud, se
convirtié més tarde en una obsesién» (p. 148). «Yo eta
neciamente ingenua en aquel tiempo —a pesar de mi pre-
tendido cinismo— en estas cuestiones» (p. 170).
Su evocacién acabaré al irse de la ciudad en un nuevo
otofio pata empezar el segundo curso de sus estudios en
Madrid, en circunstancias muy distintas. Pero Nada no es
sdlo el relato del recuerdo de un afio vivido por una mu-
chacha en Barcelona, es muchisimo mas. Aunque no es
facil llegar a captar dénde reside la atraccién, la belleza
del relato, iremos viendo cémo las reflexiones aparente-
mente sencillas de la protagonista van adquiriendo hon-
dura segin el lector piensa en ellas: por ejemplo, en esos
mil hilos que unen las almas de los hombres, y en el alcan-
14
ce de sus palabras, como comentaba al recordar la noche
de San Juan (p. 229).
Andrea, a Io largo de su relato, apenas nos va a dar
unas pinceladas de su vida anterior a su Ilegada a la ciu-
dad, de tal forma que ese afio, intenso y a la vez vacfo,
vido en ella va a ser la materia exclusiva de la historia. Es
un afio de sus memorias, que tiene, por tanto, una estruc-
tuta abierta, pero sdlo aparentemente, porque la novelista
manifiesta una voluntad clara de cierre narrativo al repetir
los gestos de la protagonista, al dejar que ella lo viva como
un petiodo acabado. Y son dos los elementos que abren y
cierran ese afio que evoca: la maleta atada con cuerdas de
Andrea y su mirada a la fachada de la casa de la calle de
Aribau. Al llegar ala ciudad, y después al entrar en el piso
de su familia, dice: $
‘Mi equipaje era un maletén muy pesado —porque es-
taba casi lleno de libros—y lo levaba yo misma con toda la
fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectacién [....
Observé que la mujer desgrefiada me miraba sonriendo,
abobada por el suefio, y miraba también mi maleta con la
misma sonrisa. Me obligé a volver la vista en aquella direc-
cién y mi compaiiera de viaje me parecié un poco conmo-
vedora en su desamparo de pueblerina, Pardusca, amarra-
da con cuerdas, siendo, a mi lado, el centro de aquella
extraiia reuni6n (pp. 51 y 55-56).
Y al iniciar el vikimo capitulo, el XV, cuando Andrea
esté preparando su marcha, habla otra vez de la maleta:
Acabé de arreglar mi maleta y de atarla fuertemente
con la cuerda, para asegurar las cereaduras rotas [...]. Juan
estaba en medio del recibidor, mirando, sin decir una pala-
bra, mis manipulaciones con la maleta para dejarla coloca-
da cerca de la puerta de la calle (p. 303).
ibLo que encierra su maleta es todo lo que tiene.
Y ese pequefiisimo mundo suyo acompafia a su mira-
da, Ja que ditige al comienzo a la fachada de la casa en uno
de cuyos pisos va a vivir ese afio de su vida:
Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estaba-
mos. Filas de balcones se sucedian iguales con su hierso
oscuro, guardando el secreto de las viviendas. Los miré y
no pude adivinar cuales serian aquellos a los que en adelan-
te yo me asomaria (pp. 52-53).
Y las palabras que cierran la evocacién de ese aiio bar-
celonés de Andrea re la dltima mirad: is
fans cogen la a esa misma
Antes de entrar en el auto alcé los ojos hacia la casa
donde habia vivido un afio, Los primetos rayos del sol cho-
caban contra sus ventanas. Unos momentos después, la
i a Aribau y Barcelona entera quedaban detrés de mi
. 305).
Hay una diferencia entre las dos miradas: cuando lle-
ga a Barcelona, es de noche; un afio después, cuando
abandona la ciudad y la casa dela calle de Aribau, amane-
ce, El hierro oscuro de las rejas de los balcones es sustitui-
do por los rayos de sol chocando contra las ventanas. La
oscuridad y la luz: la negrura es el simbolo de lo que le
csperaba en ese afio de vida barcelonesa y la luz represen-
ta el futuro esperanzador que el lector desconoce. Al Ile-
gar a Barcelona, su maleta le parece a Andrea su pueble-
rina compaiiera desvalida; en cambio, al marcharse, sdlo
es una maleta que ata con cuerdas porque tiene las cerra-
duras rotas.
Pero esa humilde maleta atada con cuerdas es también
un simbolo muy visual de la pobreza del pais en la pos-
16
guerra. ;Cu4ntas se vefan en los andenes de las estaciones
espetando junto a sus duefios los trenes de vapor!
3. UN RELATO IMPRESIONISTA
Las impresiones de Andrea son las auténticas protagonis-
tas de su relato desde el comienzo. Después de decir que
llega a Barcelona a medianoche y que nadie le esta espe-
rando porque lo hace en un tren distinto al que habia
anunciado, empieza a describir sus sensaciones: «Era la
primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por
el contrario, me parecia una aventura agradable y excitan-
te aquella profunda libertad en la noche» (p. 51). Habla
de la sonrisa de asombro con latque miraba la gran
Estacién de Francia, a la que llegaba con tres horas de
retraso, y luego insiste en esa percepci6n subjetiva'de lo
que ve:
El olor especial, el gran rumor de Ja gente, las luces
siempre tristes tenfan para mi un gran encanto, ya que en-
volvia todas mis impresiones en la maravilla de haber llega
do por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueiios por
desconocida (p. 53).
El verbo «me parecia» se convertird en presentacién
habitual de lo que ve y vive, porque Nada es una novela
subjetiva, donde todo se describe desde el punto de vista
y el estado de énimo de quien vive la experiencia. Esto se
ve muy bien en ese comienzo, porque hay un contraste
absoluto entre la alegria de la llegada, del viaje en el viejo
coche de caballos por la calle, y lo que ve al abrirse la
puerta de la casa de sus parientes.
Describe la belleza que ella percibe en ese breve tra-
yecto: «Corrf aquella noche en el desvencijado vehiculo
7por anchas calles vacias y atravesé el coraz6n de la ciu-
dad leno de luz a toda hora, como yo queria que estu-
viese, en un viaje que me parecié corto y que para mi se
cargaba de belleza» (p. 52), ¥ como un golpe de viento
que barre esos momentos felices de descubrimiento de
Ia ciudad, se abre la puerta del piso de la calle de Aribau
y Andrea dice: «Luego me parecié todo una pesadilla»
Dp. 53).
Primero detalla lo que ve:
Lo queestaba delante de mi era un recibidor alumbra-
do por la tnica y débil bombilla que quedaba sujeta a uno
de los brazos de la lampara, magnifica y sucia de telarafias,
que colgaba del techo. Un fondo oscuro de mucbles colo-
cados unossobre otros como en las mudanzas, Y en primer
término la mancha blanquinegta de una viejecita decrépi-
ta, en camis6n, con una toquilla echada sobre los hombros
(p. 53).
Eirén apareciendo otros personajes, y Andrea contara
sus sensaciones: «En toda aquella escena habia algo an-
gustioso, y en el piso un calor sofocante como si el aire
estuviera estancado y podrido» (p. 54).
Carmen Laforet eligié muy bien como lema de su obra
el comienzo de un poema de Juan Ramén Jiménez que
lleva precisamente por titulo «Nada», donde lo percibido
por los sentidos —en este caso todo es negativo— parece
que es la verdad:
A veces un gusto amargo,
Un olor malo, una rara
Luz, un tono desacorde,
Un contacto que desgana,
Como realidades fijas
Nuestros sentidos aleanzan
18
Y nos parece que son
La verdad no sospechada..?
Lo que los sentidos de Andrea alcanzan a percibir
—suss sensaciones— es lo que nos contara afios después y
ros ofrece como la verdad de lo vivido. Y el resumen de
esas impresiones negativas le lleva al balance de no haber
conseguido nada en ese aio de su vida:
Bajé las escaleras, despacio, Sentia una viva emocién.
Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que
las habia subido por primera vez, Me marchaba ahora sin
haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la
vida en su plenitud, la alegria, el interés profundo, el amor.
De la casa de la calle de Aribau Ao me levaba nada. Al
menos, asi crefa yo entoaces (p. 305).
El inventario de lo vivido segiin sus anhelos es el ti-
tulo de la novela, pero ese espacio para la duda que crea
la narradora al decir «asi creia yo entonces» da al lector
la posibilidad de desmentirlo. Y al mismo tiempo nos
esté diciendo que el relato es s6lo una version tamizada
por la sensibilidad de Andrea, que los hechos estan con-
tados desde sus impresiones. Como dice Antonio Vila-
nova:
2. El romance esté incluido en la antologia de 1936 Cancién
(2895-1935). Figurara después en Leyenda (1896-1956), libro inédito
editado por A. Sénchez Romeralo en 1978, donde forma parte del li-
bro Le realidad invisible (1917-1924), €8 $u 0.° 25; pero Ya no es un
romance octosilabo, sino que los ocho versos de la primera estrofa
del romance se convierten en cuatro versos alejandrinos de rima aso-
ante: «A veces, tun gusto amargo, un olor malo, una rara / luz, un
tono desacorde, un contacto que desgana, / como realidades fijas
nuestros sentido alcanzan / y nos parece que son la verdad no sospe-
chade» (Jiménez, 1978: 477).
19Frente a la representacién puramente aparencial del
comportamiento humano, enfocado desde un punto de
vista despersonalizado y objetivo, que afios més tarde
acabaré por imponerse en el campo de nuestra creacién
novelesca, Ia rememoracién intimista y subjetiva de la
joven Andrea nos da una visién extremadamente matiza-
da y compleja de la realidad. Se trata, claro esté, de una
visién personal e introspectiva, reftactada por el tempe-
ramento y la sensibilidad de la heroina, y en muchos ca-
sos deformada por las vanas ilusiones que interpone en-
tre el deseo y la realidad el vuelo de su fantasia (1995:
170).
Noes, por tanto, Nada un relato objetivo, sino todo lo
contratio: Andrea es una joven huérfana de dieciocho
afios, que ha vivido en un pueblo y llega a una gran ciudad
a estudiar en la Universidad. Vivird entre la ruina fisica y
moral de su familia, lograra por un breve tiempo encon-
trar fuera de ella el apoyo de la amistad, pero ésta se esfu-
mara también, y su soledad y el hambte que pasa condi-
cionarén su punto de vista. La nartadora, que es ella en
otra época de su vida, no modifica nada de lo evocado,
pero si oftece al lector la posibilidad de la duda. Es tan
apasionante esa sucesién de impresiones, esas vivencias
desde la sensibilidad enfermiza, que el lector las hace su-
yas. Lo tinico que le discute a Andrea es el balance: no es
Cierto que no se lleve nada en su equipaje moral.
4.1L ESPACIO DE LA NOVELA
La accién de Nada transcurre en la ciudad de Barcelona,
aunque es otro espacio, mucho mas reducido, el que tiene
el papel protagonista: €l piso de los patientes de Andrea
en la calle de Aribau, donde ella vive ese afio.
20
4.1. Barcelona en Nada
Carmen Laforet quiso dar una conferencia sobre las des-
cripciones de la ciudad en su novela porque recordaba
que en su época de estudiante’ escribfa «recuerdos de mis
encuentros solitarios con mi ciudad» en los cuadernos
que llevaba siempre en su carterén, y precisa que «los
encuentros eran mis descubrimientos en mis andanzas
solitarias», Al contar sus paseos por la ciudad que tanto
amaba, lo hace también desde sus impresiones:
Barcelona tvo para mf la magia de la primera gran
ciudad que pisaban mis zapatos vagabundos. No desbara-
taba en absoluto la impresion magica el que Barcelona
presentase entonces las cicatrices tle la guerra reciente y
que el hambre fuese una realidad como la del aire suave,
mediterténeo, de sus calles. Ha sido y sigue siendo para mi
una ciudad bienamada de asombros y amistades, uces y
descubrimientos (Laforet, 1983).
Y, sin embargo, no logra encontrar en la novela los
apuntes que iba tomando en sus paseos solitarios:
‘Asi que abri un ejemplar del libro para sefialar esas
descripciones... que no existen en Nada. Barcelona alli es
un telén de fondo en el que tintinean tranvias y pasan las
luces y colores de las estaciones del afio. Nada mas. No hay
3. En 1923 su familia se traslada a Las Palmas de Gran Canaria;
en 1931 muere su madre, Teodora Diaz, y en 1939 su padre, Eduardo
Laforet, vuelve a casarse. Carmen se marcha entonces a Barcelona,
donde viven sus abuelos y tfos paternos, para estudiar Filosofia y Le-
tras; en septiembre de 1942 se ird a Madrid, a casa de su tia materna,
y empezara estudios de Derecho. En 1944, entre enero y septiembre,
eseribe en esa ciudad su novela Nada.
21autobiografia. Nunca aproveché mis cuadernos juveniles
(...] Barcelona, en mi obra, es un fantasma que aparece por
sugestidn singular a los ojos de algunos lectores y, desde
Iuego, a los mios (Laforet, 1583).
Pero Barcelona si estd en la novela, aunque, como
todo, a través de lo vivide por Andrea. Esta en su recuer-
do feliz, cuando fue a casa de sus abuelos antes de la gue-
ra, y estard en su dia a dia durante ese afio que es la ma-
teria del relato, y plasmaré el paso del tiempo a través de
los cambios que marcan en la ciudad Ja sucesién de las
estaciones.
Cuando se queda sola en la habitacién que le destinan,
él antiguo salén de la casa, se ahoga con el hedor a por.
queria de gato, consigue abrir una puerta que aparece
entre cortinas de terciopelo y polo, y ve que «comunica-
ba con una de esas galerias abiertas que dan tanta luz a las
casas barcelonesas» (p. 58). Asi, desde el interior de una
casa del Ensanche barcelonés verd tres estrellas tembloro-
sas en el cielo negro y ella, a su vez, al apagar la vela tem-
blard «de indefinibles terrores» dentro de la cama, que le
parece un atatid.
Al amanecer, le llega amortiguado el tintineo de un
tranvia, que le leva a recordar la tiltima vez que lo oyé, en
su visita alos abuelos cuando tenja siete afios. Es una ana-
lepsis, una vuelta atrés, la més extensa que hace Andrea
en el relato, a partir de ese preciso sonido:
Inmediatamente tuve una percepeién nebulosa, pero
tan vivida y fresca como si me la trajera el olor de una fruta
recién cogida, de lo que era Barcelona en mi recuerdo: este
ruido de los primeros tranvias, cuando tia Angustias cruza-
ba ante mi camita improviseda para cerrar las persianas
que dejaban pasar ya demasiada luz. O por las noches,
cuando el calor no me dejaba dormir y el traqueteo subia la
cuesta dela calle de Aribau, mientras la brisa trafa olor alas
ramas de !os platanos, verdes y polvorientos, bajo el balcon
abierto. Barcelona era también unas aceras anchas hiime-
das de riego y mucha gente bebiendo refrescos en un café...
(p. 59).
La casa de la calle de Aribau, debido a Ja transforma-
cién que Andrea cuenta que habia sufrido Barcelona
—«casas tan altas como aquélla y més altas atin formaron
Jas espesas y anchas manzanas»—, se queda «encerrada
en el coraz6n de la ciudad», y también va a ser as{ para la
joven ese lugar donde vive, ese piso tipico del Ensanche
barcelonés, con balcones que dan a la calle y una galeria
que mira al amplio interior que encierra la manzana de
casas. s ce
‘Verd el paso de las estaciones en Barcelona y asf siente
la presencia del otofio mientras ve cémo transcurren dias
sin importancia:
El tiempo era héimedo y aquella mafiana tenia olor a
nubes y a neuméticos mojados... Las hojas lacias y amari-
lentas cafan en una lenta luvia desde los érboles. Una
mafiana de otofio en la ciudad, como yo habfa sofiado du-
rante afios que seria en la ciudad el otofio: bello, con la
naturaleza enredada en las azoteas de las casas y en los
troles de los tranvias; y sin embargo me envolvia la tristeza
(p.80).
Nuestro tiempo esté marcado por ritos, y algunos
como la Navidad tienen una presencia tan poderosa que
lo invade todo. Andrea, al despertarse ese dia, verd la luz
del sol en la ciudad, iré a misa con la abuelita y, nada més
subir las escaleras del piso, empezar a oft los gritos de su
familia. La Navidad estd fuera, dentro es un infierno; An-
drea acaba el dia envuelta en su tristeza y en su soledad:
23|
Aguel dia de Navidad, la calle tenfa aspecto de una in-
mensa pasteleria dorada, llena de cosas apetecibles [..].
Terminé el dia de Navidad en mi cuarto, entre aquella
fantasia de mucbles en el crepiisculo, Yo estaba sentada
sobre la cama turca, envuelta en la manta, con la cabeza
apoyada sobre las rodillas dobladas.
Fuera, en las tiendas, se trenzarian chortos de luz y la
gente ira cargada de paquetes. [Link] Belenes armados con
todo su aparato de pastores y ovejas estarfan encendidos.
Cruzarian las calles bombones, ramos de flores, cestas
adornadas, felicitaciones y regalos (pp. 208 y 111).
Andrea no tiene nada de todo lo anterior. Peto esos
dias que anuncian el fin del afio van a ser también los de
la liberaci6n de la joven, porque pronto uno de los habi-
tantes de la casa va a marcharse: Angustias, su controla-
dora, Asi acabaré la primera parte de su relato, y ella va a
lograr vivir en una habitacién de la casa, no en el sal6n,
aunque le yan a privar de la intimidad de la que habria
podido disfrutar si el espacio hubiera sido sélo suyo. No
lo es ni siquiera el interior de su maleta, su pobre y pue-
blerina compafiera, registtada por todos.
La segunda parte de la novela comienza de noche:
Andrea sale de casa de Ena en Via Layetana y mira el alto
edificio en cuyo tiltimo piso vive su amiga. No sabe si ir en
direccién al mat, cuyo viento negro llega hasta ella, 0 ha-
cia as Juces de ls anuncios de colores dl centro de ln
iu
La misma Via Layetana, con su suave declive desde la
Plaza de Urquinaona, donde el cielo se destustraba con el
color rojo de la luz artificial, hasta el gran edificio de Co-
rreos y el puerto, bafiados en sombras, argentados por la
luzestelar sobre las llamas blancas de los faroles, aumenta-
ba mi perplejidad (p. 143).
24
Ind, por fin, al barrio gético porque quiere ver la cate-
al «envuelta en el encanto y el misterio de la noche»
(p. 145). Llogara hasta la fachada principal «y al levantar
mis ojos hacia ella encontré al fin el cumplimiento de lo
que deseabax, Andrea funde sus sentimientos, sus anhe-
Tos, con lo que le ofrece la ciudad y describe lo que ve
desde sus sensaciones:
La catedral se levantaba en una armonia seveta, estili-
zada en formas casi vegetales, hasta la altura del limpio
cielo mediterréneo. Una paz, una imponente clatidad, se
derramaba de la arquitectura maravillosa, En derredor de
sus trazos oscuros resaltaba Ia noche brillante, rodando
Jentamente al compas de Jas horas, Dejé que aquel profun-
do hechizo de las formas me penetrara durante unos minu-
tos (pp. 144-145).
La ciudad no ofrece a Andrea un decorado, sino ima-
genes que ella vive hondamente: la atmésfera hiimeda que
Jo envuelve todo, los arboles de las calles, las formas de
éstas, torcidas o en declive hacia el mar. Y no es una ciu-
dad anénima, no, sino que es Barcelona.
En primavera viviré retazos de horas en Montjuich y
en el Tibidabo, y las flores y los pinos pintarén unas man-
chas de bello color en el paisaje:
Desde el Tibidabo, detris de Barcelona, se vefa el mar.
Los pinos corrfan en una manada espesa y fragante monta-
fia abajo, extendiéndose en grandes bosques hasta que la
ciudad empezaba, Lo verde Ja envolvia, abrazindola
(p. 186).
Pero también entrar en el barrio chino tras su tio
Juan, o vivird horas de aparente bohemia en compafifa de
Pons y sus amigos en el estudio de Guixols, junto a Santa
25Maria del Mar, en un viejo palacio de la calle Montcada,
Subiré hasta la Bonanova, donde esta la «torren de los
abuelos de Ena, y ser en una elegante casa con jardin en
Jo alto de la calle Muntaner donde vivir el fracaso de su
interpretacién de Cenicienta... Ve y anota la miseria en el
bars chino, asi como la riqueza en la zona alta de la ciu-
fad.
__ Todas sus experiencias tienen un espacio propio en la
ciudad, y el lector ve pintarse en el texto el dibujo de sus
barrios: desde la miseria de los bajos fondos a la tiqueza
de las fincas con jardin; y en medio, en el Ensanche, que
es donde vive Andrea, una de Jas familias venidas a me-
nos, arruinadas por la pasada guerra, que deja en muchos
lugares —de la ciudad y de la gente que vive en ella— su
negra huella de destruccién.
Junto al ambiente asfixiante de la casa de la calle de
Aribau, hay en Nada continuos «exteriores» en la ciudad,
vividos también intensamente. Barcelona esté muy pre-
sente en Nada: en sus edificios y en sus calles, con’su at-
miésfera y su belleza.
4.2. La casa de la calle de Artbau
Andrea vive en un piso sucio, leno de polvo, con sillones
destripados, muebles amontonados unos encitna de otros,
con magnificas lamparas sin bombillas; y, al entrar en él,
el aire le parece estancado y podrido. En cada una de sus
habitaciones tienen su mundo los seres fantasmales, enlo-
quecidos y destruidos que habitan en ellas. La sombra de
la guerra también se proyecta en ese mundo interior, Y
arriba, en la buhardilla, tiene su refugio el ser més abyec-
to, el més pervetso, porque vive para azuzat las llamas de
la infelicidad en el piso, ademés de ser también el més
inteligente y de lograr a veces set un seductor: Roman,
26
Este ha creado un espacio atractivo con su violin, su chi-
menea, sus libros, sus tinteros y su idolillo, porque, como
41 dice, las cosas se encuentran bien en ese sitio. Pero él
sélo goza controlando y destruyendo la vida de los seres
que viven en el piso, como le cuenta un dia a Andrea:
Y td no te has dado cuenta siquiera de que yo tengo
que saber —de que de hecho sé— todo, absolutamente
todo, lo que pasa abajo. Todo lo que siente Gloria, todas las
ridfculas historias de Angustias, todo lo que sufte Juan...
Mii no te has dado cuenta de que yo los manejo a todos, de
que dispongo de sus vidas, de que dispongo de sus nervios,
de sus pensamientos...? (pp. 122-123).
Su espia incondicional es la ctiida Antonia, siempre
vestida de negro junto a Trueno, el perro de ese mismo
color, y quien, desde su reino de la cocina, vive para estar
al exclusivo servicio de Roman. La pelitroja Gloria, su
enloquecido esposo Juan y el nifio sin nombre tienen una
habitacion que parece el «cubil de una fiera», con la cama
de matrimonio y la cuna. Tia Angustias tiene el tinico
cuarto limpio y ordenado en el piso y, desde él, controla
todos los sonidos de la casa: «El cuarto de Angustias reci-
bia directamente los ruidos de la escalera. Era como una
gran oreja en la casa... Cuchicheos, portazos, voces, todo
resonaba alli» (p. 119).
Tia Angustias sera la que vigilard a Andrea y la guiara
por el infierno en que ella misma transforma la ciudad;
convierte la religin en azote de los demas y acabaré en-
tregada a ella para no asumir ni sus sentimientos ni su
culpa. Encarna muy bien la figura represora e inquisito-
rial que utiliza la fe religiosa para censurar y oprimir alos
demas.
No se describe, en cambio, la habitacién de la abueli-
ta, el Ginico fantasma bueno de la casa, porque esc lugar,
277ese limbo, es el refugio de las victimas de los demés, Ella
siempre estd dejando algo de lo poco que come para que
lo encuentre Andrea, 0 le da al nifio la leche condensada
gue una vez le regala Roman, y, sobre todo, intenta que
los demas no se destrocen con sus gritos y golpes; s6lo
tendré un momento de furia, al final, y sacard esa fuerza
desconocida para proteger a su hijo. Su figura desmedra-
da, patética, se diluye entre los demas, pero esta siempre
ahi, Su «jPicarona! A ver si vuelves pronto a vernos»
(p. 303) es su despedida de la nieta, con su deseo de verla
de nuevo en el futuro; Andrea, al irse, no va a atreverse a
asomarse a su cuatto, para no despertarla.
Las paredes encierran las ruinas de un mundo perdi-
do: los muebles, las comucopias y las grandes lAmparas
son restos del naufragio, El tajo de la guerta acabé con la
posibilidad de dar un nuevo orden a las cosas, de organi-
zar la vida de los setes que habitan ese espacio, porque
estén enloquecidos y no pueden hacer otra cosa que se-
guir destruyéndose. Incluso Ia victima de las palizas, la
pelirroja Gloria, parece resignarse al continuo y terrible
maltrato que sufre y busca rincones vitales para su escon-
dida rebeldia. La vida que empieza, simbolizada por el
nifio, a menudo asustado por los gritos y las peleas, no
tiene atin nombre.
Andrea vivir primero en un espacio abietto a todo
ese mundo podrido, en medio del salén, durmiendo en
una cama que el primer dia le parece una tumba, Vigilada,
espiada, sermoneada, su libertad empezard con la marcha
de Angustias, que pone fin a la primera parte del relato.
Pero, extrafiamente, se siente atraida por esas personas
que sobreviven destruyéndose y, observandolas, llega a
olvidarse de si misma. Ya se lo habia dicho Roman:
«Cuando vivas mas tiempo aqui, esta casa y su olor, y sus
cosas viejas, si eres como yo, te agarrarin la vida» (p. 123).
La segunda parte de la novela empieza fuera del piso
28
de la calle de Aribau: Andrea sale de casa de Ena, «con la
impresidn de que debia de ser muy tarde», y afirma: «Por
primera vez me sentia suelta y libre en la ciudad, sin mie-
do al fantasma del tiempo» (p. 142). La amistad se abre
paso en la vida de la muchacha y, grecias a ella, va a vivir
un periodo de felicidad; es gente rica, aparentemente sin
problemas, la que le oftece un espacio acogedor, lleno de
comodidad, a ese ser desvalido que es Andrea. Peto esto
va a durarle muy poco, porque Ena va a descubrir a Ro-
mén, el pervetso y seductor controlador de la extrafia fa-
milia; la primera despedida tras su encuentro sc transfor-
ma en una escena intensisima en el recuerdo de Andrea:
Ena le tendié Ja mano y los dos se estuvieron mirando,
callados. Los ojos de Ena fosforesefan como los de un feli-
no. Me empez6 a entrar miedo. Era algo helado sobre la
piel. Entonces fue cuando tuve la sensacién de que una
raya, fina como un cabello, partfa mi vida y como a un vaso
Ja quebraba (p. 173).
‘Asi fue. Arrancarén entonces dos historias muy distin-
tas: la de Juan y Gloria en el barrio chino, con tintes de
folletin, en la que Andrea tiene el papel que tan bien repre-
senta, el de testigo de los hechos; y la de su incursién en el
mundo de esos amigos de Pons, hijos de familias ricas que
juegan a ser bohemios, y que culminara con el baile en casa
de su amigo, tan esperado por la joven, y que se deshace en
la nada, al igual que todo lo que vive como protagonista.
La fusién del espacio de la amistad, el de la rica y her-
mosa Ena, con el oscuro y cenagoso del piso de Aribau
provocard el desenlace de la obra, Sdlo que se entremez-
claran en ello otras dos historias del pasado: la de la madre
de Ena y Romén, y la de Romén y Gloria. El anuncio del
final seré esa buhardilla vacia, un lugar sin objetos, sin
nada, sin nadie:
29Un dia subi arriba, al cuartto de la buhardilla, Un dia
en que no pude aguantar el peso de este sentimiento, vi que
Jo habfan despojado todo miserablemente. Habfan desapa-
recido los libros y las bibliotecas. La cama turca, sin col
chén, estaba apoyada de pie contra la pared, con las patas
al aire. Ni una graciosa chucheria, de aquellas que Roman
tenfa alli, le habia sobrevivido. El armario del violin apare-
cia abierto y vacio (p. 297).
__ Y abajo, el piso de la calle de Aribau se va quedando
sin muebles ni cornucopias.... mal vendidos por Gloria
para poder darles de comer a todos. Las personas se han
ido marchando: Angustias, Romén, Antonia y el per
pero la locura y los gritos siguen alli. Unas palabras de
Juan, que en principio podrfan parecer normales, dan el
terrible portazo final a esos recuerdos de Andrea del piso
barcelonés en el que vivi6 un afio:
—Bueno, jque te vaya bien, sobrina! Ya verds cémo, de
todas maneras, vivir en una casa extrafia no es lo mismo
que estar con tu familia, pero conviene que te vayas espabi-
Jando. Que aprendas a conocer lo que es la vida... (p. 304).
iQué terrible paradoja hay en estas palabras! Como si
estat con su familia hubiera significado lo que quiere ex-
presar Juan...
5. EL APRENDIZAJE VITAL DE ANDREA
Alrededor de Andrea van a pasar muchas cosas: algunas
solo las va a observat, mientras que en otras va a partici.
par levemente, aunque en realidad no le pasa nada en ese
afio que vive en Barcelona, como ella misma piensa al
marcharse:
30
Bajé las escaleras, despacio. Sentia una viva emocién.
Recordaba la terrible esperanza, cl anhelo de vida con que
las habia subido por primera vez. Me marchaba ahora sin
haber conocido nada de fo que confusamente esperaba: la
vida en su plenitud, la alegr cl interés profundo, el amor.
De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al
‘menos, asi erefa yo entonces (p. 305).
Y es cierto que sus logros personales responden bien a
lo que dicen los versos de Juan Ramén; un gusto amargo,
un contacto que desgana... Ni su primer beso sabe a ello ni
su primer baile llega a existir. No descubre el amor y sélo
vive superficialmente sus primeros estudios universitarios,
de los que nos da tinicamente algunas pinceladas: los
apuntes que repasa, los diccionario$ de latin y griego que
Je prestan, el intenso estudio para poder aprobar los exé-
menes, el hecho de sentarse en la iltima fila, esa fria Uni-
versidad de claustro de piedra que es s6lo un escenario.
Sin embargo, jcudnto siente!, ;cudnto ve!, jcudinto re-
flexiona! No sabemos ni sus apellidos, ni casi cémo es fi-
sicamente, pero ella est en cada una de las palabras del
relato porque su extrema sensibilidad interpreta a su
modo lo que observa, Jo que le rodea. A menudo enlaza
sus sensaciones con una intensa carga poética y surgen sus
compataciones, que abren espacios sugestivos y liricos en
el relato.
Aparentemente, al comienzo se alvida de si misma,
abiertos sus ojos y sus ofdos a todo lo que sucede en el
piso, pero su autoanilisis es continuo, est ahi, en la ex-
presin de sus sensaciones. Como ejemplo, vamos a verla
«en un remanso de la vida de abajo», como ella dice, en el
estudio de Romén, escuchando su miisica:
En el momento en que, de pie junto a la chimenea, em-
pezaba a pulsar el arco, yo cambiaba completamente, De-
31saparecian mis reservas, la ligera capa de hostilidad contra
todos que se me habia ido formando. Mi alma, extendida
como mis propias manos juntas, recibfa el sonido como una
lluvia la tierra aspera (J.
El ventanillo se abria al cielo oscuro de la noche. La
émpara encendida hacia més alto y més inmévil a Romén,
s6lo respirando en su mtisica. ¥ a mi legaban en oleadas,
primero, ingenuos recuerdos, suefios, luchas, mi propio
presente vacilante, y luego agudas alegrias, tristezas, deses-
peraci6n, una crispaci6n impotente de la vida y un anegarse
en la nada (p. 78).
Andrea se anega en la nada, pero en ella est4 la mira-
da al fondo de su alma, el aprendizaje de convivir consi-
go misma y con los demés. Lo que le rodea nos llega in-
terpretado, transformado pot su punto de vista. Sabemos
muy poco de cémo ¢s ella fisicamente: ojos azules, piel
morena, alta y delgada; pero sabremos muy bien cémo
observa, c6mo cuenta. Muchas cosas escapan a su total
conocimiento y, por tanto, el lector tampoco va a alcan-
zarlo, En la nattacién se abren interrogantes que nunca
se contestan del todo. Miguel Delibes lo sefiala muy bien
y subraya la novedad de esas «zonas de penumbra»:
La prolijidad, el afin de atar todos los cabos, tipico de
Ja novela de anteguerra, no se da ya aqui; es, quizé, el pri-
mer chispazo de renovacién formal ofrecido pot la novela
cspafiola, Las zonas de penumbra son muchas en esta his-
toria: a relacién de la tia Angustias con el jefe de su oficina;
Ia infancia de Andrea; los escarceos amorosos de Romén,
etc. Al mundo que la narradora crea no le falta nada, pero
deliberadamente deja muchos escapes laterales para que la
imaginacién del lector vuele a su capricho y recree todo
aquello que la autora no ha consignado en el texto (t990:
207-208).
32
Hay muchas cosas que Andrea no averigua y, a veces,
ve imagenes que quedan abi pendientes de resolver y que
luego mas 0 menos se justifican. El interés del lector que-
da prendido de una pincelada de misterio y no se resuelve
en ese momento lo que quisiera saber, Asi, cuando la jo-
ven sale del estudio de Roman, él le alumbra con su linter-
na la escalera a oscuras —Ia luz slo puede encenderse
desde la porteria—, y el primer dfa tiene la impresién de
que, delante de ella, entre las sombras baja alguien. Y ast
serds
Otro dia la impresién fue més viva. De pronto, Romén
me dejé a oscuras y enfocé la linterna hacia la parte de la
escalera en que algo se movia, Y vi clara y fugazmente a
Glotia que cortia escaleras abajo hatia la porteria (p. 79).
Se sustituye la impresién por una imagen, pero no se
[Link] historia: gpor qué esta ahi Gloria?, equé es-
pfa?, equé quiere saber? Gracias a lo que luego averiguaré
Andrea, este espionaje adquiere cierto sentido, pero nun-
ca se explica por completo.
Y hay mucho més que Andrea ni tan siquiera comenta
yque nos lleva a ese rio turbio que fluye muchas veces por
debajo de lo que vemos. Por ejemplo, esta escena inquie-
tante con la que se cierra el capitulo V;
Romén mientras hablaba acariciaba las orejas del pe-
ro, que entornaba Jos ojos de placer, La criada, en la puer-
ta, los acechaba; se secaba las manos en el delantal —aque-
las manos aporradas, con las ufias negras— sin saber lo
que hacia y miraba, segura, insistente, las manos de Roman
en las orejas del perro (p. 102).
Las orejas acariciadas de ese perro, que es como una
sombra negra en el piso, dicen mucho sobre Jos senti-
33mientos de esa espantosa mujer que las acecha, Antonia, y
Jo haran de nuevo al volver a aparecer en primer plano:
Of aullar al perro en la escalera, bajando, aterrado, del
cuarto de Roman. Trafa en la oreja a marca roja de un mor-
disco. Me estremeci. Romén Ilevaba tres dias encerrado en
su cuarto [.... La ctiada, al ver al perso herido pot los dien-
tes de Romén, empez6 a temblar como azogada y le curé
casi gimiendo ella también (p. 231).
Andrea mira en ese momento el calendario y ve que han
pasado tres dias desde la vispera de San Juan y que faltan
ottos tres para la fiesta de Pons, y aftade: «il alma me latia en
a impaciencia de huit. Casi me parecia querer a mi amigo al
pensar que él me iba a ayudar a realizar este anhelo desespe-
rado» (p. 231). El lector es el que tiene que enlazar los he-
chos: ese mordisco fruto dela locura rabicsa pot lo que haba
sucedido la vispera de San Juan con el deseo desesperado de
Andrea de abandonar ese lugar asfixiante en el que vive.
El relato de Andrea, como ella misma, parece desasirse
dela realidad. A veces nos Ja acerca y nos la llena de incdg-
nitas, pero en seguida se desentiende de ella y se desplaze
a otro lugar, a otro asunto. No se trata de una narraci6n sin
unidad porque Andrea a veces recoge elementos dispersos
y vuelve a hechos apuntados, aunque nunca queda todo
bien trabado; asi es la vida, en donde tampoco todo se
explica ni quedan los sucesos siempre enlazados.
‘También su retrato esta hecho a retazos, con miradas
de otros, hasta que una noche de luna se mira en el espejo
de Angustias y se contempla a si misma:
Allevantarme de la cama vi que en el espejo de Angus-
tae estaba toda mi habitaci6n llena de un color de seda gris
y alli mismo, una larga sombra blanca, Me acerqueé y el es-
pectro se acercé conmigo, Al fin alcarcé a ver mi propia
34
cara desdibujada sobre el camis6n de hilo (...]. Era una ra-
reza estarme contemplando asf, casi sin vetme, con los ojos
abjertos. Levanté la mano para tocarme las facciones, que
parecian escaparseme, y alli surgieron unos dedos largos,
ms palidos que el rostro, siguiendo fa linea de las cejas, la
nariz, las meiillas conformadas segtin la estructura de los
hhuesos. De todas maneras, yo misma, Andrea, estaba vi-
viendo entre las sombras y las pasiones que me rodeaban. A
veces llegaba a dudarlo (p. 233).
Es una escena que nos esboza ese afio de Andrea en
Barcelona, de Nada, un afio de aprendizaje de vivir. Vive
ehtre sombras y pasiones, que se resuelven en historias
con tintes de folletin: la de Angustias y su jefe; la de Glo-
tia, Romén y Juan; la de la madre de Ena y Roman; la de
Gloria y Juan en el barrio chino... Mientras, Andrea pasa
del anhelo a la desilusién, descubre la amistad y, de pron-
to, ésta se esfuma; cree intuir el amor y era solo un espe-
jismo. En el espejo se refleja una sombra blanca; pero ella,
Andrea, es una persona de carne y hueso que descubre lo
que es pasar hambre, sentirse sola, oft gritos y ver palizas,
vivir en medio de escenas brutales, con'seres desquiciados
gue forman su propia farvilia. Y a pesar de todo, como la
abuelita, cuya bondad sale indemne del caos que la rodea,
ella se lleva un equipaje de emociones y recuerdos —un
afio de su vida—, que con ese titulo de Nada va a formar
ese relato espléndido contado mucho después.
6. UN MOMENTO DE OBJETIVIDAD ¥ PINCELADAS LiRICAS
En el capitulo IV, Andrea, medio adormecida por la ficbre
qne le va subiendo, sin ganas de hacer nada, escucha la
conversacién entre la abuela y Gloria, que hablan sin cesar:
«En mi cabeza, un poco dolorida, se mezclaban las dos
35voces en una cantinela con fondo de Iluvia y me adorme-
cian». Y se reproducen en el texto, en forma de patlamentos
teatrales, las palabras de una y otra. Acaba este pasaje, ex-
trafio en el texto, con la pregunta de Gloria a Andrea, que
repite la que le ha hecho Ja abuela: «Estas dormida, An-
drea?». Y explica ella en su relato: «Yo no estaba dormida.
Y creo que recuerdo claramente estas historias. Pero la
fiebre que me iba subiendo me atontaba» (p. 90).
No se transcriben las palabras como si no las hubiera
ofdo con claridad, sino todo lo contrario, como si las hu-
biera grabado ficlmente en su memoria, incapaz ella de
replicar preguntar algo. Francisco Yndurdin habla de
«incertidumbre en el enfoque», «como si hubiera una
fluctuacién entre lo pasado por una pura subjetividad
tensa y casi en trance alucinatorio, y la notacién incorpo-
rando lo que se nos ofrece como resultado de una toma
realistica» (r98q: 8). Juan Ramon Jiménez, en una carta
que escribe a Carmen Laforet en marzo de 1946, le dice
del mismo pasaje: «Le quiero sefialar, entre lo que consi-
dero mas completo de Nada, el extraordinario capitulo 4,
con su didlogo tan natural y tan revelador, entre la Abuela
y Gloria; el 5, que es un cuento absoluto, como lo son
también otros» (Jiménez, 1977: 106).
Sea o no un hallazgo natrativo, es una ruptura en la
forma de la evocacién, del relato, y pretende alejar de ese
pasaje el subjetivismo que caracteriza todo el texto. Esa
forma de presentar la charla —con los parlamentos teatra-
les— plasma muy bien la incomunicacién de las personas,
porque Gloria y la abuela van recordando cada una por su
lado el tiempo vivido y apenas se une su charla en algunos
momentos. En ese espacio ajeno a Andrea es donde apare-
ce evocado més extensamente el tiempo de la guerra: Glo-
ria habla de la tortura de Roman en la checa, de su alto
cargo con los rojos y de su papel de espia a favor de los
nacionales, de cémo hablaba con Juan de pasarse a ellos, de
36
ese castillo de una aldea con habitaciones devastadas al que
legan cuando Romén la llevaba en coche oficial a Barcelo-
na, del dinero en plata que le dio Juan para que lo hiciera.
Y también recuerda el final dela guerra: mo nace su nifio
cuando entran los nacionales —el 26 de enero de 1939—,
la noche de terribles bombardeos en el hospital, la infec-
cién que padecié ella, de suerte que, cuando terminé la
guerra —el 1 de abril de 1939—, todavia estaba en la cama,
sin fuerzas. Cuenta Gloria el regreso de Juan «altisimo y
muy flaco», y que Roman sale de la carcel, «como si resuci-
tara otro muerto» (p. 89). También hablan las dos mujeres
de que don Jerénimo estuvo escondido en Ia casa de la calle
de Aribau porque iban a matarle, de la comida que tenfan
Angustias y él, pero que no compartfan con los demés; la
abuela se acuerda de que un miliciand registré la casa y de
lo que le dijo a propésito de los santos que tenia ella. Todo
ello se convertira en confusas imagenes en la duermevela y
Jos suefios de los dias de fiebre de Andrea.
‘Cuando la joven, ya curada, puede levantarse, tiene «a
impresi6n de que al tirar la manta hacia los pies quitaba tam-
bién de sobre mf aquel ambiente opresivo que me anulaba
desde mi Ilegada a la casa» (p. 93). ¥ asi se esfuma también
ese tiempo de guerra, aunque quedaran de él imagenes bo-
trosas y la destruccién moral de los personajes de la casa.
Como contraste, en el relato hay momentos muy liri-
cos, en los que utiliza originales imagenes y comparacio-
nes para transformar Ia realidad; aunque a veces los cua-
dros pintados con ellas son expresionistas, porque aparece
deformada por una mirada critica. Ast, a las amigas de
Angustias que van a despedirse de ella, vestidas de negro
y sentadas en su cuarto, las ve «como una bandada de
cuervos posados en las ramas del arbol del ahorcado» y el
pasaje sc cierra cuando «todas rompen a hablar a la vez»
diciendo: «La verdad es que eran como pajaros envejeci-
dos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber vola-
37do mucho en un trozo de ciclo muy pequefio» (p. 137).
‘También animaliza en una ocasién la casa, con sus soni-
dos, tras cerrar Angustias la puerta: «La casa se quedé
llena de eco, grufiendo como un animal viejo» (p. 129). O
ve los escaparates de la calle de Aribau, en el crepisculo,
«como una hilera de ojos amarillos o blancos que mirasen
desde sus oscuras cuencas» (p. 245).
Una tarde, se sienta en un bar del puerto; ha huido de
su casa porque Gloria le ha dicho que esa tarde Ena iba a
ir al cuarto de Romén, y se ha enfrentado con violencia a
sus insinuaciones de que eran amantes, y cuenta:
Estuve alli mucho tiempo... Me dolia la cabeza. Al fin,
muy despacio, pesindome en los hombros los sacos de lana
de las nubes, volvi hacia mi casa. Daba algunas vueltas. Me
detenta... Pero parecia que un hilo invisible taba de mi, a
desenrollarse las horas, desde la calle de Aribau, desde la
puerta de entrada, desde el cuazto de Romén en lo alto de
Ta casa. (p. 269).
Esa impresi6n, presentada con el habitual «pareciay,
se transforma en una expresiva imagen, la de las horas
desenrollandose y su hilo tirando de ella. Antes, ha creado
una bella metafora hablando del peso que sentia en los
hombros con los sacos de lana de las nubes, que a la vez
respondia a su estado de énimo. En ambos casos, visualiza
sus sentimientos con imagenes.
Hay bellas descripciones de paisajes que van cambian-
do segtin las estaciones y su estado de animo, en cuadros
impresionistas:
La ciudad, cuando empieza a envolverse en el calor del,
‘verano, tiene una belleza sofocante, un poco triste. A mime
patecia triste Barcelona miréndola desde la ventana del es-
tudio de mis amigos, en el atardecer. Desde allf un panora-
38
ma de azoteas y tejados se veia envuelto en vapores rojizos
y las torres de las iglesias antiguas parecian navegar entre
las olas. Por encima, el cielo sin nubes cambiaba sus colores
lisos. De un polvotiento azul pasaba a rojo sangre, oro,
amatista, Luego llegé la noche (p. 222).
Todo ello conttibuye a ese encanto indefinible que
tiene la novela, Nada no es un relato perfecto, pero es su-
mamente atractivo. Andrea intenta desesperadamente
salir de la soledad que la envuelve mientras ve a su alrede-
dor enlazarse historias y estallar pasiones, pero es en vano
ylo asume. Tras escapar de casa de Pons, donde, a través
dela madre de su amigo, descubri6 que seguia con zapa-
10s viejos —jno eran de cristal como los de Cenicienta!—,
baja por la calle de Muntaner hacia {a Diagonal, «estaba
caminando como si recorriera el propio camino de mi
vida, desierto», y luego se sienta en un banco:
Me parecfa que de nada vale correr si siempre ha de irse
por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad.
Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para
mirat la vida, Yo tenia un pequefo y ruin papel de especta-
dora, Imposible salirme de él, Imposible libercarme (p. 243).
Ese papel de espectadora —siendo ella la protagonis-
ta del relato— es el que le permite ver y contarlo todo, Y
el lector siente que estd a su lado, viendo lo que ella le
ofrece desde su mirada subjetiva.
]- NADA, UNA NOVELA EXISTENCIALISTA
Nada fue escrita por una joven de veintitrés afios que se
inicid como novelista con esta obta; su protagonista es
una muchacha de dieciocho que llega a Barcelona para
39estudiar Letras en la Universidad y que, afios més tarde,
rememora ese tiempo vivido y Jo narra: es, por tanto, tam-
bién la narradora, una Andrea que ya no es joven. Tres
mujeres desempefian los papeles esenciales del texto y, sin
embargo, la obra no responde a los rasgos que podian
esperarse en 1944 de una novela femenina. Carmen Mar-
tin Gaite ya sefialé cémo la novela de Carmen Laforet
hacia afticos los estereotipos de la novela rosa, asociada en
esos afios a la mujer, y asi fue (1993: 103).
Llega sola a Barcelona, no la espera nadie, y recuerda
que: «Debia parecer una figura extrafia con mi aspecto ri-
suefio y mi viejo abrigo». La impresién que va a dar a sus
compafieros de curso es de una persona distinta: «rara, in-
frecuente» —como la califica Martin Gaite (1993: 111).
incluso algo «trastornada», como le dice Ena, quien preci-
samente por eso quiso ser su amiga: «andabas torpe, abs-
traida, sin fijarte en nada...». Recuerda la escena de lluvia
torrencial en Ia puerta de la Universidad y como Andrea
parece no darse cuenta de ello y camina como siempre,
hasta que, extrafiada por el viento y la lluvia que le alboro-
taban el pelo y le pegaban los rizos a las mejillas, se arrima
ala verja del jardin como a un gran refugio (pp. 186 y 187).
Ese ensimismamiento de Andrea es uno de los rasgos del
retrato que los demas pintan de ella, y responde a menudo
a su forma de ser. No es como las demas muchachas, asi le
confiesa Pons que se lo ha dicho a sus amigos al pedirles
que le dejen ir al estudio de Guixols: «Pero yo he hablado
tanto de ti, he dicho que eras distinta»; y luego precisa el
problema: «Hasta ahora no ha ido ninguna muchacha alli.
Ticnen miedo a que se asusten del polvo y que digan tonte-
rfas de esas que suelen decir todas. Pero les llamé la atencién
To que yo les dije de que ta no te pintabas en absoluto y que
tienes la tez muy oscura y los ojos claros» (pp. 177 y 178).
Andrea, ensimismada y absttaida, es en cambio una
observadora agudisima, y, como hemos visto, tifie lo que
40
ve de sus impresiones. Y es la singularidad de esa percep-
cién dela realidad que le rodea lo que convierte a Nada en
una obra insdlita cuando aparece y permite calificarla de
novela existencialista. Andrea, a raiz de lo que va obser-
vando a su alrededor, se va formulando preguntas sobre
su vida, sobre la vida, aun sin hacerlo de modo explicito,
partiendo de su punto de vista personal, subjetivo, que no
se sujeta a clichés ni a obligaciones. Vamos a verla en un
momento aparentemente sin importancia, anodino, como
es su primera conversacién con su tia Angustias:
Yo estaba sentada frente a Angustias en una silla dura
que se me iba clavando en los muslos bajo la falda. Estaba
ademas desesperada porque me habia dicho que no podria
moverme sin su voluntad, Y la juzgaba, sin ninguna compa-
si6n, corta de luces y autoritaria. He hecho tantos juicios
equivocados en mi vida, que atin no sé si éste era verdade-
10. Lo cierto es que cuando se puso blanda al hablarme mal
de Gloria, mi tia me fue muy antipdtica. Creo que pensé
que tal vez no me iba a resultar desagtadable disgustarla un
poco, y la empecé a observar de reojo (pp. 65-66).
Andrea mezcla la molestia que nota por la silla dura
en la que esta sentada con el desespero que siente al pen-
sar que su tia va a privarle de su libertad —«quiero decir-
te que no te dejaré dar un paso sin mi permiso», le habia
dicho antes—; pero al mismo tiempo juzga a su tia «corta
de luces y autoritaria», aunque afiade la narradora que no
sabe si ese juicio era justo o no (dudaba, por tanto, ya al
hacerlo); pero de lo que esta segura es de que le cae muy
antipatica al ponerse blanda y hablar mal de Gloria. Con
ello est sefialando la hipocresia del personaje y en segui-
da toma una decisién: no le importaba disgustarla un
poco; es decir, asoma inmediatamente su rebeldia. Esa es
Andrea en estado puro: inteligente, rebelde, libre.
41En ese capftulo II se suceden luego la repentina ofen-
sa de Roman a Gloria, el violento itamiento entre
Romén y Juan, los gritos y, por fin, los insultos de Juan a
Gloria Andrea lo viviré como algo acostumbrado més
adelante—; se cierta con la mirada de la muchacha fija en
otra persona que vive en la casa, en Antonia, la ctiada:
Y entré la criada a poner la mesa para el desayuno.
Como la noche anterior, esta mujer se llev6 detras toda mi
atenci6n. En su fea cara tenia una mueca desafiante, como
de triunfo, y canturreaba provocativa mientras extendfa el
estropeado mantel y empezaba a colocar las tazas, como si
cerrara ella, de esta manera, la discusién (p. 68).
Andrea se fija en su mueca desafiante —la’fealdad
queda en segundo plano— y ve en ella el gozo por todo lo
que acaba de suceder y ha ofdo, aunque no estuviera pre-
sente: el Ianto final de Gloria al recibir los insultos de
Juan —que Roman escucha divertido— es también una
especie de triunfo para ese ser que canturtea siguiendo la
provocacién inicial del perverso Roman, Pero hay algo
més: el gesto de poner ella las tazas del desayuno «como si
cetrara ella, de esta manera, la discusién», porque es una
observacién tan original que queda fija en la memoria de
los lectores, jcudntas veces podremos observar parecido
gesto con un significado semejante en otros momentos!
La segunda parte del relato acaba con el desengaiio
del baile sofiado e imposible para Andrea y, antes de po-
nerse a llorar en un banco de la Diagonal —