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1 Rosa Navarro Prólogo

Prólogo de rosa navarro

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I, NADA: LA BELLEZA DE UNA NOVELA SENCILLA Nada es una novela espléndida, que agarra al lector desde el comienzo, como le pasa a Andrea, su protagonista, con todo lo que sucede en el piso de ka calle de Aribau de Barcelona donde vive un afio, tal como ella nos lo cuenta. E16 de enero de 1945 se fallaba el primer Premio Na- dal (1944),’ creado por Ediciones Destino, y el jurado consideré que la mejor novela presentada era la de una jovencfsima escritora, Carmen Laforet —nacida en Barce- Jona en 1921—, con un titulo tan sencillo como cercano al nombre del galardén. Fue un acierto total: hoy Nada es ya un clasico de la literatura contempordnea y sigue siendo una apasionante aventura literaria para todo aquel que entra en sus paginas. Habian pasado poco més de cinco afios del fin de la terrible guerra civil espafiola, el 1 de abril de 1939, y en Espaiia la nueva creacién artistica apenas asomaba ain. En octubre de 1942, La familia de Pascual Duarte, de Ca- milo José Cela, habia iniciado el camino de lo que iba a ser la novela de posguerra y, en mayo de 1945, Ediciones 1. La editorial lo habia creado en honor de uno de sus colabora- dores, que acababa de morir, el malogrado escritor Eugenio Nadal Gaya (1917-1944). ad Destino imprimia en Barcelona el primer premio Nadal: una novela aparentemente sencilla en su composicién y en su lenguaje, pero con tal hondura que toda persona que la lee encuentra en sus paginas algtin rincén donde instalarse como si le perteneciera. 2. LA ESTRUCTURA DB LA NOVELA Nada es un relato lineal contado en primera persona des- de un momento no precisado que lo sittia en el tiempo del recuerdo, La narradota es Ja protagonista, Andrea, que rememora un afio de su vida, el que vivié en Barcelona. Existe una cierta distancia entre esos dos yoes, esas dos. Andreas; la que vive lo contado y la que lo narra: La noche de San Juan se habia vuelto demasiado extta- ia para mi. De pie en medio de mi cuarto, con las otejas tendidas a los susurros de la casa, senti dolerme los tirantes miésculos dela garganta. Tenfa las manos fias, ¢Quién pue- de entender los mil hilos que unen las almas de los hombres y el alcance de sus palabras? No una muchacha como era yo entonces (p, 229), Al decir la narradora Andrea «No una muchacha como era yo entonces», vemos esa separacién entre el tiempo vivido y el momento en que lo cuenta. Un poco, més adelante, hablar de la fuerza de su juventud y, por tanto, subrayar también esa lejania: En alguna de esas noches calurosas, el hambre, la tris- tezay la fuerza de mi juventud me llevaron a un deliquio de sentimiento, a una necesidad fisica de ternura, avida y pol- vorienta como la tierra quemada presintiendo la tempestad (p. 232). 12 En cambio, la novelista Carmen Laforet tenia pocos afios mas que su personaje (escribié la novela entre enero y septiembre de 1944); no se identifica, por tanto, con la nartadora, una Andrea que ve su juventud como un tiem- po pasado. La Andrea que llega a Barcelona en otofio para empe- zar sus estudios de Letras en la Universidad es una joven de dieciocho afios, como ella misma diré: «Yo vefa en el espejo, de refil6n, la imagen de mis dieciocho aiios dridos, encerrados en una figura alargada», y recuerda cémo la voz de Ja madre de Ena le despierta «todos los posos de sentimentalismo y de desbocado romanticismo de mis dieciocho afios» (pp. 134 y 142). Mas adelante, al evocar lo que ella consideré traicién de Ena a Jaime, atribuird a su edad la forma de ver entonces el ‘mundo: «Me era im- posible creer en la belleza y la verdad de los sentimientos humanos —tal como entonces con mis dieciocho afios lo concebia yo— al pensar que todo aquello que reflejaban Jos ojos de Ena [...] se hubiera desvanecido en un mo- mento, sin dejar rastro» (p. 218). Y volverd también a mencionar esos dieciocho afios antes del baile que nunca va a bailar: «Otra vez en el esplendor de la calle, volvi a ser una muchacha de dieciocho afios que va a bailar con su primer pretendiente» (p. 237). Desde el comienzo del la Andrea narradora subraya que se trata de una evocacién de tiempos pasados que es fruto del recuerdo: «Recuerdo que, en pocos mi- nutos, me quedé sola en la gran acera, porque la gente corria a coger los escasos taxis o luchaba por arracimarse en el tranvia» (p. 52). ‘A medida que avanza la narracién se subraya mas su condicién de recuerdo, de vuelta atrds, de analepsis: «Me acuerdo de que sentia un hambre extraordinaria cuando tuve el nuevo dinero en mis manos [...]. Me acuerdo de que la arena estaba sucia de algas de los temporales de B invierno [...]. Me acuerdo de que en marzo volviamos cargadas de ramas de almendro florecidas [...]. Mc acuer- do de que tbamos por una calleja negra [..]. Me viene ahora el recuerdo de las noches en la calle de Aribau L...]. Me acuerdo de las primeras noches otojiales [...]. Me acuerdo de una noche en que habia luna» (pp. 154, 164, 166, 199, 232 y 233). Alguna vez subraya el tiempo transcurrido desde en- tonces diciendo «mucho més tarde»: «Aquella vez la dis- cusién tuvo sus raices ocultas en mi amistad con Ena. Y mucho més tarde, recordandolo, he pensado que una es- pecie de predestinacién unié a Ena desde el principio a la vida de la calle de Aribau, tan impermeable a elementos extrafios» (p. 103). Y vemos los dos tiempos verbales que utiliza: el pretérito perfecto simple, «tuvo», que aplica a la discusién narrada, y el pretérito perfecto compuesto, «he pensado», para la reflexién posterior. Otras veces marca la distancia con lo evocado: «No sé si era un sentimiento bello o mezquino —y entonces no se me hubiera ocurrido analizarlo— [...]» (p. 104). «Este placer, ea el que encontraba el gusto de rebeldia que ha sido el vicio —por otra parte vulgar— de mi juventud, se convirtié més tarde en una obsesién» (p. 148). «Yo eta neciamente ingenua en aquel tiempo —a pesar de mi pre- tendido cinismo— en estas cuestiones» (p. 170). Su evocacién acabaré al irse de la ciudad en un nuevo otofio pata empezar el segundo curso de sus estudios en Madrid, en circunstancias muy distintas. Pero Nada no es sdlo el relato del recuerdo de un afio vivido por una mu- chacha en Barcelona, es muchisimo mas. Aunque no es facil llegar a captar dénde reside la atraccién, la belleza del relato, iremos viendo cémo las reflexiones aparente- mente sencillas de la protagonista van adquiriendo hon- dura segin el lector piensa en ellas: por ejemplo, en esos mil hilos que unen las almas de los hombres, y en el alcan- 14 ce de sus palabras, como comentaba al recordar la noche de San Juan (p. 229). Andrea, a Io largo de su relato, apenas nos va a dar unas pinceladas de su vida anterior a su Ilegada a la ciu- dad, de tal forma que ese afio, intenso y a la vez vacfo, vido en ella va a ser la materia exclusiva de la historia. Es un afio de sus memorias, que tiene, por tanto, una estruc- tuta abierta, pero sdlo aparentemente, porque la novelista manifiesta una voluntad clara de cierre narrativo al repetir los gestos de la protagonista, al dejar que ella lo viva como un petiodo acabado. Y son dos los elementos que abren y cierran ese afio que evoca: la maleta atada con cuerdas de Andrea y su mirada a la fachada de la casa de la calle de Aribau. Al llegar ala ciudad, y después al entrar en el piso de su familia, dice: $ ‘Mi equipaje era un maletén muy pesado —porque es- taba casi lleno de libros—y lo levaba yo misma con toda la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectacién [.... Observé que la mujer desgrefiada me miraba sonriendo, abobada por el suefio, y miraba también mi maleta con la misma sonrisa. Me obligé a volver la vista en aquella direc- cién y mi compaiiera de viaje me parecié un poco conmo- vedora en su desamparo de pueblerina, Pardusca, amarra- da con cuerdas, siendo, a mi lado, el centro de aquella extraiia reuni6n (pp. 51 y 55-56). Y al iniciar el vikimo capitulo, el XV, cuando Andrea esté preparando su marcha, habla otra vez de la maleta: Acabé de arreglar mi maleta y de atarla fuertemente con la cuerda, para asegurar las cereaduras rotas [...]. Juan estaba en medio del recibidor, mirando, sin decir una pala- bra, mis manipulaciones con la maleta para dejarla coloca- da cerca de la puerta de la calle (p. 303). ib Lo que encierra su maleta es todo lo que tiene. Y ese pequefiisimo mundo suyo acompafia a su mira- da, Ja que ditige al comienzo a la fachada de la casa en uno de cuyos pisos va a vivir ese afio de su vida: Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estaba- mos. Filas de balcones se sucedian iguales con su hierso oscuro, guardando el secreto de las viviendas. Los miré y no pude adivinar cuales serian aquellos a los que en adelan- te yo me asomaria (pp. 52-53). Y las palabras que cierran la evocacién de ese aiio bar- celonés de Andrea re la dltima mirad: is fans cogen la a esa misma Antes de entrar en el auto alcé los ojos hacia la casa donde habia vivido un afio, Los primetos rayos del sol cho- caban contra sus ventanas. Unos momentos después, la i a Aribau y Barcelona entera quedaban detrés de mi . 305). Hay una diferencia entre las dos miradas: cuando lle- ga a Barcelona, es de noche; un afio después, cuando abandona la ciudad y la casa dela calle de Aribau, amane- ce, El hierro oscuro de las rejas de los balcones es sustitui- do por los rayos de sol chocando contra las ventanas. La oscuridad y la luz: la negrura es el simbolo de lo que le csperaba en ese afio de vida barcelonesa y la luz represen- ta el futuro esperanzador que el lector desconoce. Al Ile- gar a Barcelona, su maleta le parece a Andrea su pueble- rina compaiiera desvalida; en cambio, al marcharse, sdlo es una maleta que ata con cuerdas porque tiene las cerra- duras rotas. Pero esa humilde maleta atada con cuerdas es también un simbolo muy visual de la pobreza del pais en la pos- 16 guerra. ;Cu4ntas se vefan en los andenes de las estaciones espetando junto a sus duefios los trenes de vapor! 3. UN RELATO IMPRESIONISTA Las impresiones de Andrea son las auténticas protagonis- tas de su relato desde el comienzo. Después de decir que llega a Barcelona a medianoche y que nadie le esta espe- rando porque lo hace en un tren distinto al que habia anunciado, empieza a describir sus sensaciones: «Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecia una aventura agradable y excitan- te aquella profunda libertad en la noche» (p. 51). Habla de la sonrisa de asombro con latque miraba la gran Estacién de Francia, a la que llegaba con tres horas de retraso, y luego insiste en esa percepci6n subjetiva'de lo que ve: El olor especial, el gran rumor de Ja gente, las luces siempre tristes tenfan para mi un gran encanto, ya que en- volvia todas mis impresiones en la maravilla de haber llega do por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueiios por desconocida (p. 53). El verbo «me parecia» se convertird en presentacién habitual de lo que ve y vive, porque Nada es una novela subjetiva, donde todo se describe desde el punto de vista y el estado de énimo de quien vive la experiencia. Esto se ve muy bien en ese comienzo, porque hay un contraste absoluto entre la alegria de la llegada, del viaje en el viejo coche de caballos por la calle, y lo que ve al abrirse la puerta de la casa de sus parientes. Describe la belleza que ella percibe en ese breve tra- yecto: «Corrf aquella noche en el desvencijado vehiculo 7 por anchas calles vacias y atravesé el coraz6n de la ciu- dad leno de luz a toda hora, como yo queria que estu- viese, en un viaje que me parecié corto y que para mi se cargaba de belleza» (p. 52), ¥ como un golpe de viento que barre esos momentos felices de descubrimiento de Ia ciudad, se abre la puerta del piso de la calle de Aribau y Andrea dice: «Luego me parecié todo una pesadilla» Dp. 53). Primero detalla lo que ve: Lo queestaba delante de mi era un recibidor alumbra- do por la tnica y débil bombilla que quedaba sujeta a uno de los brazos de la lampara, magnifica y sucia de telarafias, que colgaba del techo. Un fondo oscuro de mucbles colo- cados unossobre otros como en las mudanzas, Y en primer término la mancha blanquinegta de una viejecita decrépi- ta, en camis6n, con una toquilla echada sobre los hombros (p. 53). Eirén apareciendo otros personajes, y Andrea contara sus sensaciones: «En toda aquella escena habia algo an- gustioso, y en el piso un calor sofocante como si el aire estuviera estancado y podrido» (p. 54). Carmen Laforet eligié muy bien como lema de su obra el comienzo de un poema de Juan Ramén Jiménez que lleva precisamente por titulo «Nada», donde lo percibido por los sentidos —en este caso todo es negativo— parece que es la verdad: A veces un gusto amargo, Un olor malo, una rara Luz, un tono desacorde, Un contacto que desgana, Como realidades fijas Nuestros sentidos aleanzan 18 Y nos parece que son La verdad no sospechada..? Lo que los sentidos de Andrea alcanzan a percibir —suss sensaciones— es lo que nos contara afios después y ros ofrece como la verdad de lo vivido. Y el resumen de esas impresiones negativas le lleva al balance de no haber conseguido nada en ese aio de su vida: Bajé las escaleras, despacio, Sentia una viva emocién. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las habia subido por primera vez, Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegria, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau Ao me levaba nada. Al menos, asi crefa yo entoaces (p. 305). El inventario de lo vivido segiin sus anhelos es el ti- tulo de la novela, pero ese espacio para la duda que crea la narradora al decir «asi creia yo entonces» da al lector la posibilidad de desmentirlo. Y al mismo tiempo nos esté diciendo que el relato es s6lo una version tamizada por la sensibilidad de Andrea, que los hechos estan con- tados desde sus impresiones. Como dice Antonio Vila- nova: 2. El romance esté incluido en la antologia de 1936 Cancién (2895-1935). Figurara después en Leyenda (1896-1956), libro inédito editado por A. Sénchez Romeralo en 1978, donde forma parte del li- bro Le realidad invisible (1917-1924), €8 $u 0.° 25; pero Ya no es un romance octosilabo, sino que los ocho versos de la primera estrofa del romance se convierten en cuatro versos alejandrinos de rima aso- ante: «A veces, tun gusto amargo, un olor malo, una rara / luz, un tono desacorde, un contacto que desgana, / como realidades fijas nuestros sentido alcanzan / y nos parece que son la verdad no sospe- chade» (Jiménez, 1978: 477). 19 Frente a la representacién puramente aparencial del comportamiento humano, enfocado desde un punto de vista despersonalizado y objetivo, que afios més tarde acabaré por imponerse en el campo de nuestra creacién novelesca, Ia rememoracién intimista y subjetiva de la joven Andrea nos da una visién extremadamente matiza- da y compleja de la realidad. Se trata, claro esté, de una visién personal e introspectiva, reftactada por el tempe- ramento y la sensibilidad de la heroina, y en muchos ca- sos deformada por las vanas ilusiones que interpone en- tre el deseo y la realidad el vuelo de su fantasia (1995: 170). Noes, por tanto, Nada un relato objetivo, sino todo lo contratio: Andrea es una joven huérfana de dieciocho afios, que ha vivido en un pueblo y llega a una gran ciudad a estudiar en la Universidad. Vivird entre la ruina fisica y moral de su familia, lograra por un breve tiempo encon- trar fuera de ella el apoyo de la amistad, pero ésta se esfu- mara también, y su soledad y el hambte que pasa condi- cionarén su punto de vista. La nartadora, que es ella en otra época de su vida, no modifica nada de lo evocado, pero si oftece al lector la posibilidad de la duda. Es tan apasionante esa sucesién de impresiones, esas vivencias desde la sensibilidad enfermiza, que el lector las hace su- yas. Lo tinico que le discute a Andrea es el balance: no es Cierto que no se lleve nada en su equipaje moral. 4.1L ESPACIO DE LA NOVELA La accién de Nada transcurre en la ciudad de Barcelona, aunque es otro espacio, mucho mas reducido, el que tiene el papel protagonista: €l piso de los patientes de Andrea en la calle de Aribau, donde ella vive ese afio. 20 4.1. Barcelona en Nada Carmen Laforet quiso dar una conferencia sobre las des- cripciones de la ciudad en su novela porque recordaba que en su época de estudiante’ escribfa «recuerdos de mis encuentros solitarios con mi ciudad» en los cuadernos que llevaba siempre en su carterén, y precisa que «los encuentros eran mis descubrimientos en mis andanzas solitarias», Al contar sus paseos por la ciudad que tanto amaba, lo hace también desde sus impresiones: Barcelona tvo para mf la magia de la primera gran ciudad que pisaban mis zapatos vagabundos. No desbara- taba en absoluto la impresion magica el que Barcelona presentase entonces las cicatrices tle la guerra reciente y que el hambre fuese una realidad como la del aire suave, mediterténeo, de sus calles. Ha sido y sigue siendo para mi una ciudad bienamada de asombros y amistades, uces y descubrimientos (Laforet, 1983). Y, sin embargo, no logra encontrar en la novela los apuntes que iba tomando en sus paseos solitarios: ‘Asi que abri un ejemplar del libro para sefialar esas descripciones... que no existen en Nada. Barcelona alli es un telén de fondo en el que tintinean tranvias y pasan las luces y colores de las estaciones del afio. Nada mas. No hay 3. En 1923 su familia se traslada a Las Palmas de Gran Canaria; en 1931 muere su madre, Teodora Diaz, y en 1939 su padre, Eduardo Laforet, vuelve a casarse. Carmen se marcha entonces a Barcelona, donde viven sus abuelos y tfos paternos, para estudiar Filosofia y Le- tras; en septiembre de 1942 se ird a Madrid, a casa de su tia materna, y empezara estudios de Derecho. En 1944, entre enero y septiembre, eseribe en esa ciudad su novela Nada. 21 autobiografia. Nunca aproveché mis cuadernos juveniles (...] Barcelona, en mi obra, es un fantasma que aparece por sugestidn singular a los ojos de algunos lectores y, desde Iuego, a los mios (Laforet, 1583). Pero Barcelona si estd en la novela, aunque, como todo, a través de lo vivide por Andrea. Esta en su recuer- do feliz, cuando fue a casa de sus abuelos antes de la gue- ra, y estard en su dia a dia durante ese afio que es la ma- teria del relato, y plasmaré el paso del tiempo a través de los cambios que marcan en la ciudad Ja sucesién de las estaciones. Cuando se queda sola en la habitacién que le destinan, él antiguo salén de la casa, se ahoga con el hedor a por. queria de gato, consigue abrir una puerta que aparece entre cortinas de terciopelo y polo, y ve que «comunica- ba con una de esas galerias abiertas que dan tanta luz a las casas barcelonesas» (p. 58). Asi, desde el interior de una casa del Ensanche barcelonés verd tres estrellas tembloro- sas en el cielo negro y ella, a su vez, al apagar la vela tem- blard «de indefinibles terrores» dentro de la cama, que le parece un atatid. Al amanecer, le llega amortiguado el tintineo de un tranvia, que le leva a recordar la tiltima vez que lo oyé, en su visita alos abuelos cuando tenja siete afios. Es una ana- lepsis, una vuelta atrés, la més extensa que hace Andrea en el relato, a partir de ese preciso sonido: Inmediatamente tuve una percepeién nebulosa, pero tan vivida y fresca como si me la trajera el olor de una fruta recién cogida, de lo que era Barcelona en mi recuerdo: este ruido de los primeros tranvias, cuando tia Angustias cruza- ba ante mi camita improviseda para cerrar las persianas que dejaban pasar ya demasiada luz. O por las noches, cuando el calor no me dejaba dormir y el traqueteo subia la cuesta dela calle de Aribau, mientras la brisa trafa olor alas ramas de !os platanos, verdes y polvorientos, bajo el balcon abierto. Barcelona era también unas aceras anchas hiime- das de riego y mucha gente bebiendo refrescos en un café... (p. 59). La casa de la calle de Aribau, debido a Ja transforma- cién que Andrea cuenta que habia sufrido Barcelona —«casas tan altas como aquélla y més altas atin formaron Jas espesas y anchas manzanas»—, se queda «encerrada en el coraz6n de la ciudad», y también va a ser as{ para la joven ese lugar donde vive, ese piso tipico del Ensanche barcelonés, con balcones que dan a la calle y una galeria que mira al amplio interior que encierra la manzana de casas. s ce ‘Verd el paso de las estaciones en Barcelona y asf siente la presencia del otofio mientras ve cémo transcurren dias sin importancia: El tiempo era héimedo y aquella mafiana tenia olor a nubes y a neuméticos mojados... Las hojas lacias y amari- lentas cafan en una lenta luvia desde los érboles. Una mafiana de otofio en la ciudad, como yo habfa sofiado du- rante afios que seria en la ciudad el otofio: bello, con la naturaleza enredada en las azoteas de las casas y en los troles de los tranvias; y sin embargo me envolvia la tristeza (p.80). Nuestro tiempo esté marcado por ritos, y algunos como la Navidad tienen una presencia tan poderosa que lo invade todo. Andrea, al despertarse ese dia, verd la luz del sol en la ciudad, iré a misa con la abuelita y, nada més subir las escaleras del piso, empezar a oft los gritos de su familia. La Navidad estd fuera, dentro es un infierno; An- drea acaba el dia envuelta en su tristeza y en su soledad: 23 | Aguel dia de Navidad, la calle tenfa aspecto de una in- mensa pasteleria dorada, llena de cosas apetecibles [..]. Terminé el dia de Navidad en mi cuarto, entre aquella fantasia de mucbles en el crepiisculo, Yo estaba sentada sobre la cama turca, envuelta en la manta, con la cabeza apoyada sobre las rodillas dobladas. Fuera, en las tiendas, se trenzarian chortos de luz y la gente ira cargada de paquetes. [Link] Belenes armados con todo su aparato de pastores y ovejas estarfan encendidos. Cruzarian las calles bombones, ramos de flores, cestas adornadas, felicitaciones y regalos (pp. 208 y 111). Andrea no tiene nada de todo lo anterior. Peto esos dias que anuncian el fin del afio van a ser también los de la liberaci6n de la joven, porque pronto uno de los habi- tantes de la casa va a marcharse: Angustias, su controla- dora, Asi acabaré la primera parte de su relato, y ella va a lograr vivir en una habitacién de la casa, no en el sal6n, aunque le yan a privar de la intimidad de la que habria podido disfrutar si el espacio hubiera sido sélo suyo. No lo es ni siquiera el interior de su maleta, su pobre y pue- blerina compafiera, registtada por todos. La segunda parte de la novela comienza de noche: Andrea sale de casa de Ena en Via Layetana y mira el alto edificio en cuyo tiltimo piso vive su amiga. No sabe si ir en direccién al mat, cuyo viento negro llega hasta ella, 0 ha- cia as Juces de ls anuncios de colores dl centro de ln iu La misma Via Layetana, con su suave declive desde la Plaza de Urquinaona, donde el cielo se destustraba con el color rojo de la luz artificial, hasta el gran edificio de Co- rreos y el puerto, bafiados en sombras, argentados por la luzestelar sobre las llamas blancas de los faroles, aumenta- ba mi perplejidad (p. 143). 24 Ind, por fin, al barrio gético porque quiere ver la cate- al «envuelta en el encanto y el misterio de la noche» (p. 145). Llogara hasta la fachada principal «y al levantar mis ojos hacia ella encontré al fin el cumplimiento de lo que deseabax, Andrea funde sus sentimientos, sus anhe- Tos, con lo que le ofrece la ciudad y describe lo que ve desde sus sensaciones: La catedral se levantaba en una armonia seveta, estili- zada en formas casi vegetales, hasta la altura del limpio cielo mediterréneo. Una paz, una imponente clatidad, se derramaba de la arquitectura maravillosa, En derredor de sus trazos oscuros resaltaba Ia noche brillante, rodando Jentamente al compas de Jas horas, Dejé que aquel profun- do hechizo de las formas me penetrara durante unos minu- tos (pp. 144-145). La ciudad no ofrece a Andrea un decorado, sino ima- genes que ella vive hondamente: la atmésfera hiimeda que Jo envuelve todo, los arboles de las calles, las formas de éstas, torcidas o en declive hacia el mar. Y no es una ciu- dad anénima, no, sino que es Barcelona. En primavera viviré retazos de horas en Montjuich y en el Tibidabo, y las flores y los pinos pintarén unas man- chas de bello color en el paisaje: Desde el Tibidabo, detris de Barcelona, se vefa el mar. Los pinos corrfan en una manada espesa y fragante monta- fia abajo, extendiéndose en grandes bosques hasta que la ciudad empezaba, Lo verde Ja envolvia, abrazindola (p. 186). Pero también entrar en el barrio chino tras su tio Juan, o vivird horas de aparente bohemia en compafifa de Pons y sus amigos en el estudio de Guixols, junto a Santa 25 Maria del Mar, en un viejo palacio de la calle Montcada, Subiré hasta la Bonanova, donde esta la «torren de los abuelos de Ena, y ser en una elegante casa con jardin en Jo alto de la calle Muntaner donde vivir el fracaso de su interpretacién de Cenicienta... Ve y anota la miseria en el bars chino, asi como la riqueza en la zona alta de la ciu- fad. __ Todas sus experiencias tienen un espacio propio en la ciudad, y el lector ve pintarse en el texto el dibujo de sus barrios: desde la miseria de los bajos fondos a la tiqueza de las fincas con jardin; y en medio, en el Ensanche, que es donde vive Andrea, una de Jas familias venidas a me- nos, arruinadas por la pasada guerra, que deja en muchos lugares —de la ciudad y de la gente que vive en ella— su negra huella de destruccién. Junto al ambiente asfixiante de la casa de la calle de Aribau, hay en Nada continuos «exteriores» en la ciudad, vividos también intensamente. Barcelona esté muy pre- sente en Nada: en sus edificios y en sus calles, con’su at- miésfera y su belleza. 4.2. La casa de la calle de Artbau Andrea vive en un piso sucio, leno de polvo, con sillones destripados, muebles amontonados unos encitna de otros, con magnificas lamparas sin bombillas; y, al entrar en él, el aire le parece estancado y podrido. En cada una de sus habitaciones tienen su mundo los seres fantasmales, enlo- quecidos y destruidos que habitan en ellas. La sombra de la guerra también se proyecta en ese mundo interior, Y arriba, en la buhardilla, tiene su refugio el ser més abyec- to, el més pervetso, porque vive para azuzat las llamas de la infelicidad en el piso, ademés de ser también el més inteligente y de lograr a veces set un seductor: Roman, 26 Este ha creado un espacio atractivo con su violin, su chi- menea, sus libros, sus tinteros y su idolillo, porque, como 41 dice, las cosas se encuentran bien en ese sitio. Pero él sélo goza controlando y destruyendo la vida de los seres que viven en el piso, como le cuenta un dia a Andrea: Y td no te has dado cuenta siquiera de que yo tengo que saber —de que de hecho sé— todo, absolutamente todo, lo que pasa abajo. Todo lo que siente Gloria, todas las ridfculas historias de Angustias, todo lo que sufte Juan... Mii no te has dado cuenta de que yo los manejo a todos, de que dispongo de sus vidas, de que dispongo de sus nervios, de sus pensamientos...? (pp. 122-123). Su espia incondicional es la ctiida Antonia, siempre vestida de negro junto a Trueno, el perro de ese mismo color, y quien, desde su reino de la cocina, vive para estar al exclusivo servicio de Roman. La pelitroja Gloria, su enloquecido esposo Juan y el nifio sin nombre tienen una habitacion que parece el «cubil de una fiera», con la cama de matrimonio y la cuna. Tia Angustias tiene el tinico cuarto limpio y ordenado en el piso y, desde él, controla todos los sonidos de la casa: «El cuarto de Angustias reci- bia directamente los ruidos de la escalera. Era como una gran oreja en la casa... Cuchicheos, portazos, voces, todo resonaba alli» (p. 119). Tia Angustias sera la que vigilard a Andrea y la guiara por el infierno en que ella misma transforma la ciudad; convierte la religin en azote de los demas y acabaré en- tregada a ella para no asumir ni sus sentimientos ni su culpa. Encarna muy bien la figura represora e inquisito- rial que utiliza la fe religiosa para censurar y oprimir alos demas. No se describe, en cambio, la habitacién de la abueli- ta, el Ginico fantasma bueno de la casa, porque esc lugar, 277 ese limbo, es el refugio de las victimas de los demés, Ella siempre estd dejando algo de lo poco que come para que lo encuentre Andrea, 0 le da al nifio la leche condensada gue una vez le regala Roman, y, sobre todo, intenta que los demas no se destrocen con sus gritos y golpes; s6lo tendré un momento de furia, al final, y sacard esa fuerza desconocida para proteger a su hijo. Su figura desmedra- da, patética, se diluye entre los demas, pero esta siempre ahi, Su «jPicarona! A ver si vuelves pronto a vernos» (p. 303) es su despedida de la nieta, con su deseo de verla de nuevo en el futuro; Andrea, al irse, no va a atreverse a asomarse a su cuatto, para no despertarla. Las paredes encierran las ruinas de un mundo perdi- do: los muebles, las comucopias y las grandes lAmparas son restos del naufragio, El tajo de la guerta acabé con la posibilidad de dar un nuevo orden a las cosas, de organi- zar la vida de los setes que habitan ese espacio, porque estén enloquecidos y no pueden hacer otra cosa que se- guir destruyéndose. Incluso Ia victima de las palizas, la pelirroja Gloria, parece resignarse al continuo y terrible maltrato que sufre y busca rincones vitales para su escon- dida rebeldia. La vida que empieza, simbolizada por el nifio, a menudo asustado por los gritos y las peleas, no tiene atin nombre. Andrea vivir primero en un espacio abietto a todo ese mundo podrido, en medio del salén, durmiendo en una cama que el primer dia le parece una tumba, Vigilada, espiada, sermoneada, su libertad empezard con la marcha de Angustias, que pone fin a la primera parte del relato. Pero, extrafiamente, se siente atraida por esas personas que sobreviven destruyéndose y, observandolas, llega a olvidarse de si misma. Ya se lo habia dicho Roman: «Cuando vivas mas tiempo aqui, esta casa y su olor, y sus cosas viejas, si eres como yo, te agarrarin la vida» (p. 123). La segunda parte de la novela empieza fuera del piso 28 de la calle de Aribau: Andrea sale de casa de Ena, «con la impresidn de que debia de ser muy tarde», y afirma: «Por primera vez me sentia suelta y libre en la ciudad, sin mie- do al fantasma del tiempo» (p. 142). La amistad se abre paso en la vida de la muchacha y, grecias a ella, va a vivir un periodo de felicidad; es gente rica, aparentemente sin problemas, la que le oftece un espacio acogedor, lleno de comodidad, a ese ser desvalido que es Andrea. Peto esto va a durarle muy poco, porque Ena va a descubrir a Ro- mén, el pervetso y seductor controlador de la extrafia fa- milia; la primera despedida tras su encuentro sc transfor- ma en una escena intensisima en el recuerdo de Andrea: Ena le tendié Ja mano y los dos se estuvieron mirando, callados. Los ojos de Ena fosforesefan como los de un feli- no. Me empez6 a entrar miedo. Era algo helado sobre la piel. Entonces fue cuando tuve la sensacién de que una raya, fina como un cabello, partfa mi vida y como a un vaso Ja quebraba (p. 173). ‘Asi fue. Arrancarén entonces dos historias muy distin- tas: la de Juan y Gloria en el barrio chino, con tintes de folletin, en la que Andrea tiene el papel que tan bien repre- senta, el de testigo de los hechos; y la de su incursién en el mundo de esos amigos de Pons, hijos de familias ricas que juegan a ser bohemios, y que culminara con el baile en casa de su amigo, tan esperado por la joven, y que se deshace en la nada, al igual que todo lo que vive como protagonista. La fusién del espacio de la amistad, el de la rica y her- mosa Ena, con el oscuro y cenagoso del piso de Aribau provocard el desenlace de la obra, Sdlo que se entremez- claran en ello otras dos historias del pasado: la de la madre de Ena y Romén, y la de Romén y Gloria. El anuncio del final seré esa buhardilla vacia, un lugar sin objetos, sin nada, sin nadie: 29 Un dia subi arriba, al cuartto de la buhardilla, Un dia en que no pude aguantar el peso de este sentimiento, vi que Jo habfan despojado todo miserablemente. Habfan desapa- recido los libros y las bibliotecas. La cama turca, sin col chén, estaba apoyada de pie contra la pared, con las patas al aire. Ni una graciosa chucheria, de aquellas que Roman tenfa alli, le habia sobrevivido. El armario del violin apare- cia abierto y vacio (p. 297). __ Y abajo, el piso de la calle de Aribau se va quedando sin muebles ni cornucopias.... mal vendidos por Gloria para poder darles de comer a todos. Las personas se han ido marchando: Angustias, Romén, Antonia y el per pero la locura y los gritos siguen alli. Unas palabras de Juan, que en principio podrfan parecer normales, dan el terrible portazo final a esos recuerdos de Andrea del piso barcelonés en el que vivi6 un afio: —Bueno, jque te vaya bien, sobrina! Ya verds cémo, de todas maneras, vivir en una casa extrafia no es lo mismo que estar con tu familia, pero conviene que te vayas espabi- Jando. Que aprendas a conocer lo que es la vida... (p. 304). iQué terrible paradoja hay en estas palabras! Como si estat con su familia hubiera significado lo que quiere ex- presar Juan... 5. EL APRENDIZAJE VITAL DE ANDREA Alrededor de Andrea van a pasar muchas cosas: algunas solo las va a observat, mientras que en otras va a partici. par levemente, aunque en realidad no le pasa nada en ese afio que vive en Barcelona, como ella misma piensa al marcharse: 30 Bajé las escaleras, despacio. Sentia una viva emocién. Recordaba la terrible esperanza, cl anhelo de vida con que las habia subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haber conocido nada de fo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegr cl interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al ‘menos, asi erefa yo entonces (p. 305). Y es cierto que sus logros personales responden bien a lo que dicen los versos de Juan Ramén; un gusto amargo, un contacto que desgana... Ni su primer beso sabe a ello ni su primer baile llega a existir. No descubre el amor y sélo vive superficialmente sus primeros estudios universitarios, de los que nos da tinicamente algunas pinceladas: los apuntes que repasa, los diccionario$ de latin y griego que Je prestan, el intenso estudio para poder aprobar los exé- menes, el hecho de sentarse en la iltima fila, esa fria Uni- versidad de claustro de piedra que es s6lo un escenario. Sin embargo, jcudnto siente!, ;cudnto ve!, jcudinto re- flexiona! No sabemos ni sus apellidos, ni casi cémo es fi- sicamente, pero ella est en cada una de las palabras del relato porque su extrema sensibilidad interpreta a su modo lo que observa, Jo que le rodea. A menudo enlaza sus sensaciones con una intensa carga poética y surgen sus compataciones, que abren espacios sugestivos y liricos en el relato. Aparentemente, al comienzo se alvida de si misma, abiertos sus ojos y sus ofdos a todo lo que sucede en el piso, pero su autoanilisis es continuo, est ahi, en la ex- presin de sus sensaciones. Como ejemplo, vamos a verla «en un remanso de la vida de abajo», como ella dice, en el estudio de Romén, escuchando su miisica: En el momento en que, de pie junto a la chimenea, em- pezaba a pulsar el arco, yo cambiaba completamente, De- 31 saparecian mis reservas, la ligera capa de hostilidad contra todos que se me habia ido formando. Mi alma, extendida como mis propias manos juntas, recibfa el sonido como una lluvia la tierra aspera (J. El ventanillo se abria al cielo oscuro de la noche. La émpara encendida hacia més alto y més inmévil a Romén, s6lo respirando en su mtisica. ¥ a mi legaban en oleadas, primero, ingenuos recuerdos, suefios, luchas, mi propio presente vacilante, y luego agudas alegrias, tristezas, deses- peraci6n, una crispaci6n impotente de la vida y un anegarse en la nada (p. 78). Andrea se anega en la nada, pero en ella est4 la mira- da al fondo de su alma, el aprendizaje de convivir consi- go misma y con los demés. Lo que le rodea nos llega in- terpretado, transformado pot su punto de vista. Sabemos muy poco de cémo ¢s ella fisicamente: ojos azules, piel morena, alta y delgada; pero sabremos muy bien cémo observa, c6mo cuenta. Muchas cosas escapan a su total conocimiento y, por tanto, el lector tampoco va a alcan- zarlo, En la nattacién se abren interrogantes que nunca se contestan del todo. Miguel Delibes lo sefiala muy bien y subraya la novedad de esas «zonas de penumbra»: La prolijidad, el afin de atar todos los cabos, tipico de Ja novela de anteguerra, no se da ya aqui; es, quizé, el pri- mer chispazo de renovacién formal ofrecido pot la novela cspafiola, Las zonas de penumbra son muchas en esta his- toria: a relacién de la tia Angustias con el jefe de su oficina; Ia infancia de Andrea; los escarceos amorosos de Romén, etc. Al mundo que la narradora crea no le falta nada, pero deliberadamente deja muchos escapes laterales para que la imaginacién del lector vuele a su capricho y recree todo aquello que la autora no ha consignado en el texto (t990: 207-208). 32 Hay muchas cosas que Andrea no averigua y, a veces, ve imagenes que quedan abi pendientes de resolver y que luego mas 0 menos se justifican. El interés del lector que- da prendido de una pincelada de misterio y no se resuelve en ese momento lo que quisiera saber, Asi, cuando la jo- ven sale del estudio de Roman, él le alumbra con su linter- na la escalera a oscuras —Ia luz slo puede encenderse desde la porteria—, y el primer dfa tiene la impresién de que, delante de ella, entre las sombras baja alguien. Y ast serds Otro dia la impresién fue més viva. De pronto, Romén me dejé a oscuras y enfocé la linterna hacia la parte de la escalera en que algo se movia, Y vi clara y fugazmente a Glotia que cortia escaleras abajo hatia la porteria (p. 79). Se sustituye la impresién por una imagen, pero no se [Link] historia: gpor qué esta ahi Gloria?, equé es- pfa?, equé quiere saber? Gracias a lo que luego averiguaré Andrea, este espionaje adquiere cierto sentido, pero nun- ca se explica por completo. Y hay mucho més que Andrea ni tan siquiera comenta yque nos lleva a ese rio turbio que fluye muchas veces por debajo de lo que vemos. Por ejemplo, esta escena inquie- tante con la que se cierra el capitulo V; Romén mientras hablaba acariciaba las orejas del pe- ro, que entornaba Jos ojos de placer, La criada, en la puer- ta, los acechaba; se secaba las manos en el delantal —aque- las manos aporradas, con las ufias negras— sin saber lo que hacia y miraba, segura, insistente, las manos de Roman en las orejas del perro (p. 102). Las orejas acariciadas de ese perro, que es como una sombra negra en el piso, dicen mucho sobre Jos senti- 33 mientos de esa espantosa mujer que las acecha, Antonia, y Jo haran de nuevo al volver a aparecer en primer plano: Of aullar al perro en la escalera, bajando, aterrado, del cuarto de Roman. Trafa en la oreja a marca roja de un mor- disco. Me estremeci. Romén Ilevaba tres dias encerrado en su cuarto [.... La ctiada, al ver al perso herido pot los dien- tes de Romén, empez6 a temblar como azogada y le curé casi gimiendo ella también (p. 231). Andrea mira en ese momento el calendario y ve que han pasado tres dias desde la vispera de San Juan y que faltan ottos tres para la fiesta de Pons, y aftade: «il alma me latia en a impaciencia de huit. Casi me parecia querer a mi amigo al pensar que él me iba a ayudar a realizar este anhelo desespe- rado» (p. 231). El lector es el que tiene que enlazar los he- chos: ese mordisco fruto dela locura rabicsa pot lo que haba sucedido la vispera de San Juan con el deseo desesperado de Andrea de abandonar ese lugar asfixiante en el que vive. El relato de Andrea, como ella misma, parece desasirse dela realidad. A veces nos Ja acerca y nos la llena de incdg- nitas, pero en seguida se desentiende de ella y se desplaze a otro lugar, a otro asunto. No se trata de una narraci6n sin unidad porque Andrea a veces recoge elementos dispersos y vuelve a hechos apuntados, aunque nunca queda todo bien trabado; asi es la vida, en donde tampoco todo se explica ni quedan los sucesos siempre enlazados. ‘También su retrato esta hecho a retazos, con miradas de otros, hasta que una noche de luna se mira en el espejo de Angustias y se contempla a si misma: Allevantarme de la cama vi que en el espejo de Angus- tae estaba toda mi habitaci6n llena de un color de seda gris y alli mismo, una larga sombra blanca, Me acerqueé y el es- pectro se acercé conmigo, Al fin alcarcé a ver mi propia 34 cara desdibujada sobre el camis6n de hilo (...]. Era una ra- reza estarme contemplando asf, casi sin vetme, con los ojos abjertos. Levanté la mano para tocarme las facciones, que parecian escaparseme, y alli surgieron unos dedos largos, ms palidos que el rostro, siguiendo fa linea de las cejas, la nariz, las meiillas conformadas segtin la estructura de los hhuesos. De todas maneras, yo misma, Andrea, estaba vi- viendo entre las sombras y las pasiones que me rodeaban. A veces llegaba a dudarlo (p. 233). Es una escena que nos esboza ese afio de Andrea en Barcelona, de Nada, un afio de aprendizaje de vivir. Vive ehtre sombras y pasiones, que se resuelven en historias con tintes de folletin: la de Angustias y su jefe; la de Glo- tia, Romén y Juan; la de la madre de Ena y Roman; la de Gloria y Juan en el barrio chino... Mientras, Andrea pasa del anhelo a la desilusién, descubre la amistad y, de pron- to, ésta se esfuma; cree intuir el amor y era solo un espe- jismo. En el espejo se refleja una sombra blanca; pero ella, Andrea, es una persona de carne y hueso que descubre lo que es pasar hambre, sentirse sola, oft gritos y ver palizas, vivir en medio de escenas brutales, con'seres desquiciados gue forman su propia farvilia. Y a pesar de todo, como la abuelita, cuya bondad sale indemne del caos que la rodea, ella se lleva un equipaje de emociones y recuerdos —un afio de su vida—, que con ese titulo de Nada va a formar ese relato espléndido contado mucho después. 6. UN MOMENTO DE OBJETIVIDAD ¥ PINCELADAS LiRICAS En el capitulo IV, Andrea, medio adormecida por la ficbre qne le va subiendo, sin ganas de hacer nada, escucha la conversacién entre la abuela y Gloria, que hablan sin cesar: «En mi cabeza, un poco dolorida, se mezclaban las dos 35 voces en una cantinela con fondo de Iluvia y me adorme- cian». Y se reproducen en el texto, en forma de patlamentos teatrales, las palabras de una y otra. Acaba este pasaje, ex- trafio en el texto, con la pregunta de Gloria a Andrea, que repite la que le ha hecho Ja abuela: «Estas dormida, An- drea?». Y explica ella en su relato: «Yo no estaba dormida. Y creo que recuerdo claramente estas historias. Pero la fiebre que me iba subiendo me atontaba» (p. 90). No se transcriben las palabras como si no las hubiera ofdo con claridad, sino todo lo contrario, como si las hu- biera grabado ficlmente en su memoria, incapaz ella de replicar preguntar algo. Francisco Yndurdin habla de «incertidumbre en el enfoque», «como si hubiera una fluctuacién entre lo pasado por una pura subjetividad tensa y casi en trance alucinatorio, y la notacién incorpo- rando lo que se nos ofrece como resultado de una toma realistica» (r98q: 8). Juan Ramon Jiménez, en una carta que escribe a Carmen Laforet en marzo de 1946, le dice del mismo pasaje: «Le quiero sefialar, entre lo que consi- dero mas completo de Nada, el extraordinario capitulo 4, con su didlogo tan natural y tan revelador, entre la Abuela y Gloria; el 5, que es un cuento absoluto, como lo son también otros» (Jiménez, 1977: 106). Sea o no un hallazgo natrativo, es una ruptura en la forma de la evocacién, del relato, y pretende alejar de ese pasaje el subjetivismo que caracteriza todo el texto. Esa forma de presentar la charla —con los parlamentos teatra- les— plasma muy bien la incomunicacién de las personas, porque Gloria y la abuela van recordando cada una por su lado el tiempo vivido y apenas se une su charla en algunos momentos. En ese espacio ajeno a Andrea es donde apare- ce evocado més extensamente el tiempo de la guerra: Glo- ria habla de la tortura de Roman en la checa, de su alto cargo con los rojos y de su papel de espia a favor de los nacionales, de cémo hablaba con Juan de pasarse a ellos, de 36 ese castillo de una aldea con habitaciones devastadas al que legan cuando Romén la llevaba en coche oficial a Barcelo- na, del dinero en plata que le dio Juan para que lo hiciera. Y también recuerda el final dela guerra: mo nace su nifio cuando entran los nacionales —el 26 de enero de 1939—, la noche de terribles bombardeos en el hospital, la infec- cién que padecié ella, de suerte que, cuando terminé la guerra —el 1 de abril de 1939—, todavia estaba en la cama, sin fuerzas. Cuenta Gloria el regreso de Juan «altisimo y muy flaco», y que Roman sale de la carcel, «como si resuci- tara otro muerto» (p. 89). También hablan las dos mujeres de que don Jerénimo estuvo escondido en Ia casa de la calle de Aribau porque iban a matarle, de la comida que tenfan Angustias y él, pero que no compartfan con los demés; la abuela se acuerda de que un miliciand registré la casa y de lo que le dijo a propésito de los santos que tenia ella. Todo ello se convertira en confusas imagenes en la duermevela y Jos suefios de los dias de fiebre de Andrea. ‘Cuando la joven, ya curada, puede levantarse, tiene «a impresi6n de que al tirar la manta hacia los pies quitaba tam- bién de sobre mf aquel ambiente opresivo que me anulaba desde mi Ilegada a la casa» (p. 93). ¥ asi se esfuma también ese tiempo de guerra, aunque quedaran de él imagenes bo- trosas y la destruccién moral de los personajes de la casa. Como contraste, en el relato hay momentos muy liri- cos, en los que utiliza originales imagenes y comparacio- nes para transformar Ia realidad; aunque a veces los cua- dros pintados con ellas son expresionistas, porque aparece deformada por una mirada critica. Ast, a las amigas de Angustias que van a despedirse de ella, vestidas de negro y sentadas en su cuarto, las ve «como una bandada de cuervos posados en las ramas del arbol del ahorcado» y el pasaje sc cierra cuando «todas rompen a hablar a la vez» diciendo: «La verdad es que eran como pajaros envejeci- dos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber vola- 37 do mucho en un trozo de ciclo muy pequefio» (p. 137). ‘También animaliza en una ocasién la casa, con sus soni- dos, tras cerrar Angustias la puerta: «La casa se quedé llena de eco, grufiendo como un animal viejo» (p. 129). O ve los escaparates de la calle de Aribau, en el crepisculo, «como una hilera de ojos amarillos o blancos que mirasen desde sus oscuras cuencas» (p. 245). Una tarde, se sienta en un bar del puerto; ha huido de su casa porque Gloria le ha dicho que esa tarde Ena iba a ir al cuarto de Romén, y se ha enfrentado con violencia a sus insinuaciones de que eran amantes, y cuenta: Estuve alli mucho tiempo... Me dolia la cabeza. Al fin, muy despacio, pesindome en los hombros los sacos de lana de las nubes, volvi hacia mi casa. Daba algunas vueltas. Me detenta... Pero parecia que un hilo invisible taba de mi, a desenrollarse las horas, desde la calle de Aribau, desde la puerta de entrada, desde el cuazto de Romén en lo alto de Ta casa. (p. 269). Esa impresi6n, presentada con el habitual «pareciay, se transforma en una expresiva imagen, la de las horas desenrollandose y su hilo tirando de ella. Antes, ha creado una bella metafora hablando del peso que sentia en los hombros con los sacos de lana de las nubes, que a la vez respondia a su estado de énimo. En ambos casos, visualiza sus sentimientos con imagenes. Hay bellas descripciones de paisajes que van cambian- do segtin las estaciones y su estado de animo, en cuadros impresionistas: La ciudad, cuando empieza a envolverse en el calor del, ‘verano, tiene una belleza sofocante, un poco triste. A mime patecia triste Barcelona miréndola desde la ventana del es- tudio de mis amigos, en el atardecer. Desde allf un panora- 38 ma de azoteas y tejados se veia envuelto en vapores rojizos y las torres de las iglesias antiguas parecian navegar entre las olas. Por encima, el cielo sin nubes cambiaba sus colores lisos. De un polvotiento azul pasaba a rojo sangre, oro, amatista, Luego llegé la noche (p. 222). Todo ello conttibuye a ese encanto indefinible que tiene la novela, Nada no es un relato perfecto, pero es su- mamente atractivo. Andrea intenta desesperadamente salir de la soledad que la envuelve mientras ve a su alrede- dor enlazarse historias y estallar pasiones, pero es en vano ylo asume. Tras escapar de casa de Pons, donde, a través dela madre de su amigo, descubri6 que seguia con zapa- 10s viejos —jno eran de cristal como los de Cenicienta!—, baja por la calle de Muntaner hacia {a Diagonal, «estaba caminando como si recorriera el propio camino de mi vida, desierto», y luego se sienta en un banco: Me parecfa que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirat la vida, Yo tenia un pequefo y ruin papel de especta- dora, Imposible salirme de él, Imposible libercarme (p. 243). Ese papel de espectadora —siendo ella la protagonis- ta del relato— es el que le permite ver y contarlo todo, Y el lector siente que estd a su lado, viendo lo que ella le ofrece desde su mirada subjetiva. ]- NADA, UNA NOVELA EXISTENCIALISTA Nada fue escrita por una joven de veintitrés afios que se inicid como novelista con esta obta; su protagonista es una muchacha de dieciocho que llega a Barcelona para 39 estudiar Letras en la Universidad y que, afios més tarde, rememora ese tiempo vivido y Jo narra: es, por tanto, tam- bién la narradora, una Andrea que ya no es joven. Tres mujeres desempefian los papeles esenciales del texto y, sin embargo, la obra no responde a los rasgos que podian esperarse en 1944 de una novela femenina. Carmen Mar- tin Gaite ya sefialé cémo la novela de Carmen Laforet hacia afticos los estereotipos de la novela rosa, asociada en esos afios a la mujer, y asi fue (1993: 103). Llega sola a Barcelona, no la espera nadie, y recuerda que: «Debia parecer una figura extrafia con mi aspecto ri- suefio y mi viejo abrigo». La impresién que va a dar a sus compafieros de curso es de una persona distinta: «rara, in- frecuente» —como la califica Martin Gaite (1993: 111). incluso algo «trastornada», como le dice Ena, quien preci- samente por eso quiso ser su amiga: «andabas torpe, abs- traida, sin fijarte en nada...». Recuerda la escena de lluvia torrencial en Ia puerta de la Universidad y como Andrea parece no darse cuenta de ello y camina como siempre, hasta que, extrafiada por el viento y la lluvia que le alboro- taban el pelo y le pegaban los rizos a las mejillas, se arrima ala verja del jardin como a un gran refugio (pp. 186 y 187). Ese ensimismamiento de Andrea es uno de los rasgos del retrato que los demas pintan de ella, y responde a menudo a su forma de ser. No es como las demas muchachas, asi le confiesa Pons que se lo ha dicho a sus amigos al pedirles que le dejen ir al estudio de Guixols: «Pero yo he hablado tanto de ti, he dicho que eras distinta»; y luego precisa el problema: «Hasta ahora no ha ido ninguna muchacha alli. Ticnen miedo a que se asusten del polvo y que digan tonte- rfas de esas que suelen decir todas. Pero les llamé la atencién To que yo les dije de que ta no te pintabas en absoluto y que tienes la tez muy oscura y los ojos claros» (pp. 177 y 178). Andrea, ensimismada y absttaida, es en cambio una observadora agudisima, y, como hemos visto, tifie lo que 40 ve de sus impresiones. Y es la singularidad de esa percep- cién dela realidad que le rodea lo que convierte a Nada en una obra insdlita cuando aparece y permite calificarla de novela existencialista. Andrea, a raiz de lo que va obser- vando a su alrededor, se va formulando preguntas sobre su vida, sobre la vida, aun sin hacerlo de modo explicito, partiendo de su punto de vista personal, subjetivo, que no se sujeta a clichés ni a obligaciones. Vamos a verla en un momento aparentemente sin importancia, anodino, como es su primera conversacién con su tia Angustias: Yo estaba sentada frente a Angustias en una silla dura que se me iba clavando en los muslos bajo la falda. Estaba ademas desesperada porque me habia dicho que no podria moverme sin su voluntad, Y la juzgaba, sin ninguna compa- si6n, corta de luces y autoritaria. He hecho tantos juicios equivocados en mi vida, que atin no sé si éste era verdade- 10. Lo cierto es que cuando se puso blanda al hablarme mal de Gloria, mi tia me fue muy antipdtica. Creo que pensé que tal vez no me iba a resultar desagtadable disgustarla un poco, y la empecé a observar de reojo (pp. 65-66). Andrea mezcla la molestia que nota por la silla dura en la que esta sentada con el desespero que siente al pen- sar que su tia va a privarle de su libertad —«quiero decir- te que no te dejaré dar un paso sin mi permiso», le habia dicho antes—; pero al mismo tiempo juzga a su tia «corta de luces y autoritaria», aunque afiade la narradora que no sabe si ese juicio era justo o no (dudaba, por tanto, ya al hacerlo); pero de lo que esta segura es de que le cae muy antipatica al ponerse blanda y hablar mal de Gloria. Con ello est sefialando la hipocresia del personaje y en segui- da toma una decisién: no le importaba disgustarla un poco; es decir, asoma inmediatamente su rebeldia. Esa es Andrea en estado puro: inteligente, rebelde, libre. 41 En ese capftulo II se suceden luego la repentina ofen- sa de Roman a Gloria, el violento itamiento entre Romén y Juan, los gritos y, por fin, los insultos de Juan a Gloria Andrea lo viviré como algo acostumbrado més adelante—; se cierta con la mirada de la muchacha fija en otra persona que vive en la casa, en Antonia, la ctiada: Y entré la criada a poner la mesa para el desayuno. Como la noche anterior, esta mujer se llev6 detras toda mi atenci6n. En su fea cara tenia una mueca desafiante, como de triunfo, y canturreaba provocativa mientras extendfa el estropeado mantel y empezaba a colocar las tazas, como si cerrara ella, de esta manera, la discusién (p. 68). Andrea se fija en su mueca desafiante —la’fealdad queda en segundo plano— y ve en ella el gozo por todo lo que acaba de suceder y ha ofdo, aunque no estuviera pre- sente: el Ianto final de Gloria al recibir los insultos de Juan —que Roman escucha divertido— es también una especie de triunfo para ese ser que canturtea siguiendo la provocacién inicial del perverso Roman, Pero hay algo més: el gesto de poner ella las tazas del desayuno «como si cetrara ella, de esta manera, la discusién», porque es una observacién tan original que queda fija en la memoria de los lectores, jcudntas veces podremos observar parecido gesto con un significado semejante en otros momentos! La segunda parte del relato acaba con el desengaiio del baile sofiado e imposible para Andrea y, antes de po- nerse a llorar en un banco de la Diagonal —

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