La Gaviota
La Gaviota
La gaviota (CHAIKA)
Comedia en cuatro actos
Anton Pavlovich Chejov
(1895) Traducción de E. Podgursky
PERSONAJES
IRINA NIKOLAEVNA ARKADINA (por su POLINA ANDREEVNA, su mujer.
matrimonio, TREPLEVA), actriz. MASCHA, su hija.
KONSTANTIN GAVRILOVICH TREPLEV, su SEMION SEMIONOVICH MEDVEDENKO,
hijo. Un joven. maestro.
PIOTR NIKOLAEVICH SORIN, hermano de Irina. BORIS ALEKSEEVICH TRIGORIN, escritor.
NINA MIJAILOVNA SARECHNAIA, joven hija EVGUENII SERGUEVICH DORN, médico.
de un rico terrateniente. IAKOV, mozo.
ILIA AFANASIEVICH SCHAMRAEV, teniente Un COCINERO.
retirado y administrador de SORIN. Una DONCELLA.
Acto primero
La escena representa un trozo de parque en la hacienda de SORIN. Al fondo, la ancha
alameda que conduce al lago aparece cortada por un estrado provisional dispuesto para
una función de aficionados que oculta totalmente la vista de aquel. A la derecha y a la
izquierda del estrado se ven arbustos, varias sillas y una mesita.
Escena primera
Acaba de ponerse el sol. En el estrado, detrás del telón, se encuentra IAKOV y algunos
MOZOS más. Se oyen toses y golpes; MASCHA y MEDVEDENKO, de vuelta de un paseo,
aparecen por la izquierda.
MEDVEDENKO.- ¿Por qué va usted siempre vestida de negro?
MASCHA.- Llevo luto por mi vida. Soy desgraciada.
MEDVEDENKO.- ¿Por qué? (Después de un momento de meditación.) No lo comprendo...
Tiene usted salud, y su padre, sin llegar a rico, es hombre acomodado... ¡Cuánto
más difícil es mi vida que la suya! ¡No gano arriba de veintitrés rublos mensuales;
me hacen, además, un descuento de esa cantidad y, sin embargo, no me visto de
luto! (Se sientan.)
MASCHA.- ¡El dinero no es todo! ¡También un pobre puede ser feliz!
MEDVEDENKO.- ¡Eso es en teoría, pero en la práctica la realidad es esta: que somos mi
madre, dos hermanas, un hermanillo y yo, y que en casa no entra más sueldo que
los veintitrés rublos!... ¿Y acaso no hay que comer y beber?... ¿Que comprar té y
azúcar?... ¿Pues y el tabaco?... ¡Esa es la cuestión!
MASCHA.- (Fijando los ojos en el estrado.) La función empezará pronto.
MEDVEDENKO.- Sí. Sarechnaia hace de protagonista, y la obra ha sido escrita por
Konstantin Gavrilich. ¡Con lo enamorados que están, sus almas se unirán en un
común anhelo por reproducir la misma imagen artística!... ¡Para su alma de usted y
la mía, en cambio, no hay puntos de contacto!... ¡La quiero, y la tristeza no me deja
permanecer en casa! ¡Todos los días hago seis «verstas» a pie al venir aquí, y seis
al volver, y no encuentro en usted más que indiferencia! ¡Y se comprende!... ¡No
tengo medios económicos, y sí una familia numerosa! ¡Buenas ganas las de casarse
con quien no tiene para comer!
MASCHA.- ¡Qué tontería! (Toma rapé.) Su amor me conmueve, solo que... no puedo
corresponder a él. Eso es todo. (Tendiéndole la tabaquera.) Sírvase.
MEDVEDENKO.- No me apetece. (Pausa.)
MASCHA.- La atmósfera es sofocante. Esta noche, seguramente, tendremos tormenta...
¡Usted se pasa el tiempo filosofando y hablando de dinero!... ¡Según usted, no
existe desgracia mayor que la pobreza..., mientras que a mí, en cambio, me parece
mil veces más fácil el tener que ir vestida de harapos y el pedir limosna que!...
¡No!... ¡No iba usted a comprenderlo!
Escena II
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es supersticiosa; la dan miedo las tres velas y el número trece y, además, es avara.
En el Banco de Odessa guarda setenta mil rubios. Lo sé con seguridad; pero, eso
sí..., si la pides que te preste algún dinero..., se te echará a llorar.
SORIN.- ¡Lo que pasa es que se te ha metido en la cabeza que a tu madre no le va a
gustar tu obra, y te has puesto nervioso!... ¡Cálmate!... ¡Tu madre te adora!
TREPLEV.- (Deshojando una flor.) ¿Me quiere?... No... ¿Me quiere?... No... Me quiere...
No... (Riendo.) ¿Ves?... ¡Mi madre no me quiere!... ¡Ya lo creo!... ¡Como que desea
vivir, amar, usar blusitas claras; y yo, con mis veinticinco años, la estoy siempre
recordando que no es tanta su juventud!... ¡Cuando no estoy delante..., no pasa de
los treinta y dos años, y en mi presencia tiene que tener cuarenta y tres!... Por eso
me aborrece... Sabe también que no admito el teatro. Ella, en cambio, lo adora y
cree hacer un servicio a la humanidad sirviendo al sagrado arte, mientras que, en
mi opinión, en el teatro contemporáneo todo es rutina y prejuicio... Se alza el telón,
y en un cuarto de tres paredes, iluminado por luz artificial, ves a esos grandes
talentos, a esos sacerdotes de arte sagrado, representando a la gente comiendo,
bebiendo, andando, vistiendo trajes de chaqueta... Yo, cuando los veo (a través de
cuadros y frases vulgares), esforzándose por exponer una moral floja, cómoda de
comprender y útil solamente para usos domésticos..., cuando me presentan en mil
variaciones siempre lo mismo, siempre lo mismo, y siempre lo mismo..., me escapo
como se escapaba Maupassant de la torre Eiffel, que decía aplastarle la sesera con
su vulgaridad.
SORIN.- Sin embargo, el teatro tiene que existir.
TREPLEV -¡Pero hace falta introducir en él nuevas formas!... Hacen falta nuevas
formas..., y, si no se encuentran..., ¿qué utilidad es la suya? (Consultando de
nuevo el reloj.) Quiero a mi madre... La quiero mucho, pero es una mujer de vida
desbarajustada... Siempre se la ve acompañada de ese escritor, su nombre se
desgasta en los periódicos y todo esto me cansa... Unas veces es el egoísmo del
simple mortal el que habla solamente en mí..., otras, me da pena que mi madre sea
una actriz célebre, y me parece que si fuera una mujer como otra cualquiera, yo
sería más feliz... ¡Tío!... ¿Puede haber situación más necia y desesperada que la
mía?... ¡Cuando recibe la visita de toda clase de celebridades..., escritores,
artistas..., el único entre ellos que no es nada soy yo! ¡Y si toleran mi presencia, es
solo porque soy su hijo!... Y, en realidad, ¿quién soy?... ¿Qué represento?... Dejé la
Universidad al tercer año..., no tengo ni talento, ni un «grosch» de dinero, y mi
pasaporte me describe como «meschanin de Kiev»2... Mi padre, aunque también
famoso actor, era «meschanin de Kiev»... Pues, como te iba diciendo..., cuando me
ocurría ser objeto, en su salón, de la atención condescendiente de todos esos
escritores y artistas..., experimentaba la sensación de que las miradas de todos
ellos medían mi nulidad... Adivinaba sus pensamientos, y la humillación me hacía
sufrir.
SORIN.- ¡Por cierto!... Dime, por favor, ¿qué clase de hombre es el escritor ese? ¡No se
le comprende bien! ¡Está siempre tan callado!
TREPLEV.- Es hombre inteligente, sencillo..., un poco, diré..., melancólico..., pero de
espíritu muy noble... Aunque todavía tardará en cumplir los cuarenta, ya ha
alcanzado la celebridad, y está satisfecho hasta el cuello... En cuanto a sus
escritos.., ¿cómo decirte?... Son agradables, se ve que tiene talento; pero, después
de leer a Tolstoi o a Zola, no te quedan ganas de leerle a él.
SORIN.- A mí, hermano, me gustan los literatos. En otros tiempos, deseaba
ardientemente dos cosas: casarme y ser literato. ¡Pero ninguna de las dos se me
logró!... Sí... ¡A fin de cuentas, aun ser literato de segundo orden es agradable!
TREPLEV.- (Tendiendo el oído.) Oigo pasos. (Abraza a su tío.) ¿Sabes?... ¡No puedo vivir
sin ella!... ¡Hasta el ruido de sus pasos es maravilloso!... ¡Soy locamente feliz!
(Avanzando apresurado hacia NINA SARECHNAIA, que acaba de entrar.)
¡Hechicera mía!... ¡Ensueño!...
NINA.- (Agitada.) ¡No llego retrasada! ¡Claro que no llego!...
TREPLEV.- (Besándole las manos.) No, no, no...
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Categoría social inferior a la de pequeño burgués.
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NINA.- ¡He pasado un día más intranquilo!... Temía que mi padre no me dejara venir,
pero acaba de marcharse con mi madrastra. El cielo se había puesto ya rojo y
empezaba a salir la luna, y yo..., ¡venga arrear al caballo! (Ríe.) ¡Qué contenta
estoy! (Estrecha fuertemente la mano a SORIN.)
SORIN.- ¡Me parece que tienes ojitos de haber llorado! ¡Vaya, vaya!... ¡Eso no vale!...
NINA.- ¡No es nada!... ¿Ves lo fatigosamente que respiro todavía?..., pues dentro de
media hora tengo que volverme. Necesitaré darme prisa. ¡No puedo estar mucho
tiempo, así que, por el amor de Dios, no me retengan!... Mi padre no sabe que
estoy aquí.
TREPLEV.- En efecto, ya es hora de empezar. Hay que llamar a todos.
SORIN.- Ya voy yo... Ahora mismo voy. (Se dirige hacia la derecha y canta.) «¡En
Francia, dos granaderos!»... (Volviendo la cabera.) Esto me recuerda que, en cierta
ocasión en que me había puesto a cantar como ahora, me dijo un fiscal:
«¡Excelencia..., su voz es potente, pero...» (Aquí se calló y, después de pensarlo un
poco, terminó así...) «desagradable!»... (Sale riendo.)
NINA.- Mi padre y su mujer no me dejan venir. Encuentran que la vida aquí es muy
bohemia y tienen miedo de que quiera hacerme actriz... ¡En cambio, a mí el lago
me atrae como a una gaviota!... ¡Mi corazón está lleno de usted! (Mira a su
alrededor.)
TREPLEV.- Estamos solos.
NINA.- Me parece que por ahí anda alguien.
TREPLEV.- Nadie. (Le da un beso.)
NINA.- ¿Qué árbol es este?
TREPLEV.- Un olmo.
NINA.- ¿Y por qué tiene ese color oscuro?
TREPLEV.- Porque ya anochece y, al anochecer, todas las cosas se vuelven oscuras...
¡Quédese más tiempo'. ¡Se lo suplico!
NINA.- ¡Imposible!
TREPLEV.- ¿Y si me fuera yo con usted, Nina?... Me pasaría toda la noche en su jardín,
mirando a sus ventanas.
NINA.- Imposible. Le vería el guarda. Además, Tresor todavía no le conoce, y empezaría
a ladrar.
TREPLEV.- ¡La quiero!...
NINA.- ¡Tsss!...
TREPLEV.- (Al oír pasos.) ¿Quién está ahí?... ¿Es usted, Iakov?
IAKOV.- (Detrás del estrado.) Sí, señor.
TREPLEV.- ¡Que ocupe cada uno su puesto! ¡Ya es la hora! ¡Está saliendo la luna!
NINA.- A sus ordenes, señor.
TREPLEV.- ¿Hay alcohol?... ¿Y azufre?... ¡Cuando aparezcan los ojos rojos, tiene que oler
a cera! (A NINA.) ¡Vaya usted ya! Todo está preparado. ¿Se siente nerviosa?
NINA.- Sí, mucho... A su madre no la temo, pero estará ahí TRIGORIN, y me da miedo
y vergüenza trabajar delante de él... ¡Delante de un famoso escritor!... ¿Es joven?
TREPLEV.- Sí.
NINA.- ¡Qué cuentos tan maravillosos los suyos!
TREPLEV.- Como no los he leído, no los conozco.
NINA.- ¡Es difícil trabajar en su obra!... ¡Sin personajes vivos!
TREPLEV.- ¡Personajes vivos!... ¡No hay que representar a la vida como es..., ni como va
a ser..., sino como nosotros la vemos en nuestros sueños!
NINA.- ¡Además, su obra carece de acción!... ¡Puede decirse que es solo un recitado!...
¡Tampoco, a mi parecer, en una obra debe faltar el amor!... (Salen ambos, y van a
situarse detrás del estrado.)
Escena III
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Escena IV
Entran ARKADINA, del brazo de SORIN; TRIGORIN, SCHAMRAEV, MEDVEDENKO y
MASCHA.
SCHAMRAEV.- ¡Ella, en el año mil ochocientos setenta y tres, durante la feria de Poltava,
tuvo una actuación maravillosa!... ¡Una verdadera maravilla!... ¿No sabe usted
también por dónde anda ahora Chadin, Pavel Semionovich..., el actor cómico?... ¡En
Rasplaiuv trabajó de un modo incomparable!... ¡Mejor que Sadovskii! ¡Se lo juro!...
¿Dónde esta ahora?
ARKADINA.- ¡Me pregunta usted siempre por personas antediluvianas!... ¿Cómo voy a
saberlo? (Se sienta.)
SCHAMRAEV.- (Con un suspiro) ¡Paschka Chiadin!... ¡Ya no hay ninguno como él!... ¡El
teatro, Irina Nikolaevna, está en decadencia!... ¡Donde antes había fuertes robles,
ahora no quedan más que troncos!...
DORN.- ¡Es verdad!... ¡Sin embargo, hoy en día hay menos talentos brillantes, pero el
actor medio es mucho mejor!
SCHAMRAEV.- ¡No estoy de acuerdo!... ¡Claro que es cuestión de gusto! «De gustibus
aut bene aut nihil»... (TREPLEV sale de detrás del estrado.)
ARKADINA.- (A su hijo.) ¡Hijo querido!... ¿Cuándo vais a empezar?
TREPLEV.- Dentro de un minuto. Les ruego un poco de paciencia.
ARKADINA.- (Recitando.) «¡Oh Hamlet..., tus razones me hacen dirigir la vista a mi
conciencia, y advierto allí las más negras y groseras manchas que acaso nunca
podrán borrarse!»
TREPLEV.- (Citando, a su vez, Hamlet.) «¿Y por qué cediste al vicio y buscaste el amor
en el abismo del crimen?» (Detrás del estrado suena el toque dado con un cuerno
de caza.) ¡Señores! ¡Va a comenzar! ¡Les ruego presten atención! (Pausa.)
¡Empieza! (Da unos golpes con un palito y dice, alzando la voz:) «¡Oh vosotras,
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honorables y viejas sombras que pasáis raudas en la noche sobre este lago!...
¡Adormecednos para que podamos contemplar en sueños lo que habrá de suceder
dentro de doscientos mil años!»
SORIN.- Dentro de doscientos mil años no habrá nada.
TREPLEV.- ¡Representadnos ese nada!
ARKADINA.- Que así sea... Nos estamos durmiendo. (Se alza el telón, descubriendo la
vista del lago. La luna, alta en el cielo, se refleja en el agua. Sobre una gran piedra,
y, toda vestida de blanco, está sentada NINA SARECHNAIA.)
NINA.- «¡Gentes! ¡Leones! ¡Aguilas y codornices!... ¡Ciervos astados! ¡Gansos! ¡Arañas!
¡Peces silenciosos que poblabais el agua! ¡Estrellas del mar y demás seres que el
ojo humano no alcanza a ver!... ¡Vidas todas, vidas todas, en suma..., que girasteis
sobre vuestro triste círculo y os apagasteis!... ¡Hace ya mil siglos que la tierra no
contiene ni un solo ser vivo, y que esta pobre luna enciende en vano su farol!... ¡En
el prado, ya no despiertan con un grito las grullas, ni se oye el chasquido del
escarabajo en la arboleda de los tilos!... ¡Frío, frío!... ¡Vacío, vacío, vacío!... ¡Miedo,
miedo, miedo!... (Pausa.) ¡Los cuerpos de los seres vivientes desaparecieron en lo
vano, y la materia los transformó en piedra, en agua, en nubes..., mientras sus
almas se unían hasta formar una sola!... ¡Esta alma total del universo..., soy yo!...
¡Yo!... ¡En mí vive el alma de Alejandro el Grande, de César, de Shakespeare, de
Napoleón y de la última sanguijuela!... ¡En mí, la conciencia humana se unió al
instinto de los animales y lo recuerda todo, todo, todo..., volviendo a revivir estas
vidas!»... (Aparecen unos fuegos fatuos, semejantes a los que se ven en los
pantanos.)
ARKADINA.- (En voz baja.) ¡Es algo decadente!
TREPLEV.- (Con acento suplicante y en tono de reproche.) ¡Mamá!
NINA.- ¡Soy una solitaria! ¡Solo una vez, cada cien años, abro la boca para hablar! ¡Mi
voz resuena tristemente en el vacío y nadie me oye!... ¡Tampoco vosotras, pobres
lucecitas, me oís!... ¡El putrefacto pantano os hace nacer en la madrugada, y vagáis
hasta el amanecer sin pensamiento, sin voluntad y sin percibir el pulso de la vida!...
¡El padre de la escoria eterna..., el diablo, temiendo que renazca en vosotras la
vida..., os troca a cada instante (como a las piedras y al agua) en átomos, y os
mudáis sin cesar!... ¡Solo en toda la eternidad permanece inmutable..., inalterable
un espíritu! (Pausa.) ¡Como un prisionero arrojado a un profundo y vacío pozo!... ¡Y
yo no sé dónde estoy, ni lo que me espera!... ¡Lo único que no me ha sido revelado
es que, en la lucha cruel y encarnizada con el diablo..., he de vencer y que, tras
esto, materia y espíritu se fundirán en maravillosa armonía, comenzando el reinado
de la libertad para el universo!... ¡Esto, sin embargo, no acaecerá hasta que, poco a
poco, al cabo de una hilera de millares de años, la Luna, el claro Sirius y la Tierra se
tornen en polvo!... ¡Entre tanto, todo será horror, horror!... (Pausa. Sobre el lago
surgen dos puntos rojos.) ¡He aquí que ya se acerca mi poderoso adversario!...
¡Veo sus terribles ojos, color carmesí!»...
ARKADINA.- Huele a azufre. Tiene que oler así?
TREPLEV.- Sí.
ARKADINA.- (Riendo.) ¡Qué efecto más notable!
TREPLEV.- ¡Mamá!
NINA.- ¡Se aburre sin el hombre!...
POLINA ANDREEVNA.- (A DORN.) ¡Ya se ha quitado usted el sombrero! ¡Póngaselo, si
no quiere coger frío!
ARKADINA.- El doctor se ha descubierto ante el diablo!... ¡El padre de la escoria eterna!
TREPLEV.- (Con súbito acaloramiento y fuerte voz.) ¡Se acabó el espectáculo! ¡Basta!...
¡Telón!
ARKADINA.- ¿Pero por qué te enfadas?
TREPLEV.- ¡Basta! ¡Telón! (Este desciende.) ¡Perdonen!... ¡No había tenido en cuenta que
escribir obras y representarlas es privilegio de unos cuantos!... ¡He interrumpido el
uso de ese monopolio!... ¡A mí!... ¡Yo!... (Intenta decir algo, pero no puede, y con
un ademán de enojo desaparece por la izquierda.)
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NINA.- ¡Oh!... ¡Ese es, precisamente, mi sueño! (Suspira.) ¡Pero nunca se realizará!
ARKADINA.- ¡Quién sabe!... Permítame que la presente: TRIGORIN, Boris Alekseevich.
NINA.- Qué alegría para mí!... (Turbándose.) ¡Le leo siempre!
ARKADINA.- (Haciéndola sentar a su lado.) ¡No se azare, querida!... ¡A pesar de su
celebridad, es un alma sencilla!... ¿Lo ve?... ¡El también se azara!
DORN.- Creo que ya se podía levantar el telón. Impone verle bajo.
SCHAMRAEV.- ¡Iakov!... ¡Levanta el telón! (Este se alza.)
NINA.- (A TRIGORIN.) ¿No es verdad que la obra es extraña?
TRIGORIN.- No he comprendido en absoluto nada. ¡Sin embargo, la estaba viendo con
gusto! ¡Actuaba usted con tanta sinceridad!... ¡La decoración, además, era
maravillosa! (Pausa.) ¡Con seguridad que en este lago hay muchos peces!
NINA.- Sí.
TRIGORIN.- Me gusta pescar. Para mí no hay mayor placer que sentarse a una orilla al
atardecer, y seguir con la vista el movimiento del flotador.
NINA.- ¡Pues a mí se me figura que para el que ha experimentado el placer de crear. ya
no puede existir ningún otro placer!
ARKADINA.- (Riendo.) ¡No le hable así!... ¡Cuando le dicen cosas bonitas se queda
pegado!
SCHAMRAEV.- Recuerdo que una vez, en la ópera de Moscú, cuando el célebre Silva
atacaba el «do» más bajo de la escala..., se encontraba como a propósito en la
galería uno de nuestros cantores sinodales. Pues bien..., figúrense cuál sería
nuestro asombro al oír un «¡Bravo, Silva!», dicho desde arriba y en una octava
todavía más baja... Así... (En un hilo de voz bajísimo.) «¡Bravo, Silva!»... ¡El teatro
entero se quedó petrificado! (Pausa.)
DORN.- Ha pasado un ángel.
NINA.- Tengo que marcharme. Adiós.
ARKADINA.- Pero ¿por qué?... Por qué tan temprano? ¡No se lo permitimos!
NINA.- Es que me espera mi padre.
ARKADINA.- ¡Qué le vamos a hacer, entonces! (Cambian un beso.) ¡Nos da pena dejarla
marchar!
NINA.- Pues ¡si supiera la pena que me da a mí irme!
ARKADINA.- ¡Alguien tendrá que acompañarla, pequeña!
NINA.- (Asustada.) ¡Oh, no, no!
SORIN.- (A ella en tono de súplica.) ¡Quédese!
NINA.- ¡No puedo, Piotr Nikolaevich!
SORIN.- ¡Quédese una hora más siquiera!... ¿No?...
NINA.- (Después de pensarlo un momento, y entre lágrimas.) ¡Imposible! (Le estrecha la
mano y sale apresuradamente.)
ARKADINA.- ¡En realidad. esta muchacha es una desgraciada!... Dicen que su difunta
madre dejó toda su enorme fortuna a su marido. ¡Toda, hasta la última
«kopeika»!... Por eso, ahora esta niña se ha quedado sin nada, pues parece ser que
su padre ha hecho testamento a favor de su segunda mujer!... ¡Es indignante!
DORN.- Sí... El papaíto es bastante animal..., la verdad sea dicha.
SORIN.- (Frotándose las manos, que se le han quedado frías.) Vámonos nosotros
también. Esto se ha puesto muy húmedo. Me duelen las piernas.
ARKADINA.- Las tienes como de madera. Se ve que andas con dificultad... ¡Vámonos,
pues, viejo mío desdichado! (Le agarra del brazo.)
SCHAMRAEV.- (Ofreciendo el brazo a su mujer.) «¡Madame!»...
SORIN.- Oigo otra vez aullar al perro. (A SCHAMRAEV.) ¡Tenga la bondad, Ilia
Afanasievich, de decir que le suelten!
SCHAMRAEV.- ¡Imposible, Piotr Nikolaevich! ¡Me da miedo de que entren ladrones en el
granero! ¡Tengo allí guardado mijo! (A MEDVEDENKO, que ha echado a andar a su
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lado.) Pues, como le decía..., ¡en toda una octava más baja!: «¡Bravo, Silva!»... ¡Y
no se trataba de ningún artista, sino de un simple cantor sinodal!
MEDVEDENKO.- ¿Qué sueldo es el de un cantor sinodal? (Salen todos, salvo DORN.)
DORN.- (Solo.) No sé... Puede que yo no entienda nada, o que me haya vuelto loco, pero
la obra me ha gustado. Hay algo en ella... Cuando esa niña habló de la soledad..., y
después, cuando aparecieron los ojos rojos del diablo..., las manos me temblaban
de nervioso que estaba... Es una cosa fresca..., ingenua... Aquí me parece que
viene. Tengo gana de decirle muchas cosas gratas.
TREPLEV.- (Entrando.) Ya no hay nadie.
DORN.- Estoy yo.
TREPLEV.- Maschenka anduvo buscándome por todo el parque. ¡Es una criatura
insoportable!
DORN.- ¡Konstantin Gavrilovich!... ¡Su obra me ha gustado muchísimo!... ¡Es un tanto
extraña, y no he oído el final; pero, sin embargo, la impresión que produce es
fuerte!... ¡Es usted un hombre de talento, y debe seguir escribiendo! (TREPLEV,
tras estrecharle fuertemente la mano, movido de un arranque espontáneo, le
abraza.) ¡Pues no está poco nervioso!... ¡Si hasta se le llenan los ojos de
lágrimas!... ¿Qué otra cosa quería decirle»... ¡Ah, sí!... Así tiene que ser, porque la
obra artística debe, desde luego, expresar algún pensamiento grande... ¡Solo lo
serio es maravilloso!... Pero ¡qué pálido está!...
TREPLEV.- ¿De modo que..., que usted opina que debo continuar?
DORN.- ¡Ciertamente! Ahora... eso sí..., ¡represente únicamente lo que es importante y lo
que es eterno!... ¡Usted ya sabe que he tenido una vida muy variada, y que he sido
hombre de gusto!... ¡Me encuentro satisfecho, pero si hubiera sentido alguna vez el
impulso espiritual que sienten los artistas en el momento de la creación, me parece
que hubiera despreciado mi envoltura física, y todo cuanto esta supone, y hubiera
volado a la altura..., lejos de la tierra!
TREPLEV.- Perdone... ¿Dónde está Sarechnaia?
DORN.- Y esto, además... ¡En la obra tiene que haber un pensamiento claro y resuelto!...
¡Tiene usted que saber para qué escribe!... De otro modo..., si sigue usted un
camino pintoresco, pero que no conduce a ningún fin determinado, corre el peligro
de extraviarse, y de que su propio talento sea su destrucción.
TREPLEV.- (Con impaciencia.) ¿Dónde estás, Sarechnaia?
DORN.- Se fue a su casa.
TREPLEV.- (Con acento desesperado.) ¿Qué hacer?... ¡Quiero verla!... ¡Es indispensable
que la vea!... ¡Me voy!
Escena V
Entra MASCHA.
DORN.- (A TREPLEV.) ¡Cálmese, amigo mío!
TREPLEV.- ¡No!... ¡Me voy! ¡Tengo que irme!
MASCHA.- Donde tiene que ir es a su casa. Konstantin Gavrilovich... Su madre le espera.
Está intranquila.
TREPLEV.- ¡Dígala que me he marchado!... ¡Les ruego a todos que me dejen en paz!...
¡Déjenme! ¡No me sigan!
DORN.- ¡Pero, querido!... ¡No se puede!... ¡Eso no está bien!...
TREPLEV.- (Entre lágrimas.) ¡Adiós, doctor!... ¡Gracias! (Sale.)
DORN.- (Suspirando.) ¡Juventud, juventud!...
MASCHA.- Cuando no se tiene otra cosa que decir, se dice: «¡Juventud, juventud!»
(Toma rapé.)
DORN.- (Quitándole la tabaquera y tirándola entre los arbustos.) Me parece que en casa
deben de estar jugando... Tengo que irme.
MASCHA.- ¡Espere!
DORN.- ¿A qué?
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MASCHA.- ¡Vuelvo a decírselo una vez más!... ¡Me gustaría hablar con usted!...
(Nerviosa.) ¡No quiero a mi padre y, sin embargo, el corazón me guía hacia usted
sin que yo mismo sepa la razón! ¡Mi alma entera ve en usted un ser que le es
próximo!... ¡Ayúdeme!... ¡Si no lo hace, haré yo de mi vida un escarnio y la
destrozaré!... ¡No puedo más!
DORN.- Pues ¿qué le pasa?... ¿En qué puedo ayudarla?...
MASCHA.- ¡Sufro!... ¡Nadie puede imaginar mis sufrimientos!... (Reclina la cabeza sobre
el pecho de él, y añade quedamente.) ¡Quiero a Konstantin!
DORN.- Pero ¡qué nerviosos están todos!. ¡Qué nerviosos!... Y ¡cuánto amor!... ¡Oh, lago
embrujado'... (Cariñosamente.) ¿Y qué puedo hacer yo, criatura?... ¿Qué puedo
hacer?... ¿Que?...
Acto segundo
La escena representa un campo de «croquet». En el fondo, a la derecha, casa con gran
terraza; a la izquierda, el lago sobre el que se refleja la luz brillante del sol. Platabandas
de flores. Es mediodía. Hace calor.
Escena primera
En un banco, junto al campo de «croquet», bajo la sombra de un viejo tilo, están sentados
ARKADINA, DORN Y MASCHA. Sobre las rodillas de DORN descansa un libro abierto.
ARKADINA.- (A MASCHA.) ¡Pongámonos en pie una al lado de otra! (Se levantan.)
¡Usted tiene veintidós años, y yo, casi el doble!... ¡Y, sin embargo..., Evguenii
Serguevich!... ¿Cuál es la más joven de las dos?
DORN.- ¡Usted, naturalmente!
ARKADINA.- ¿Y por qué?... ¡Porque yo trabajo..., porque yo respiro..., porque estoy
siempre metida en el bullicio..., mientras que usted..., constantemente en el mismo
sitio..., no vive!... ¡Tengo por regla no mirar el futuro! ¡Nunca pienso en la vejez, ni
en la muerte! ¡Lo que tenga que ser, será!
MASCHA.- ¡A mí, en cambio, me parece haber nacido hace muchísimo tiempo! ¡Arrastro
la vida como si fuera una interminable cola de vestido! ¡Me ocurre con frecuencia no
sentir ganas de vivir!... (Se sienta.) ¡Claro que son tonterías!... ¡Cosas que hay que
sacudirse y quitarse de encima!
DORN.- (Canturreando bajito el aria de Fausto.) «¡Flores mías, habladla de mi amor!»...
ARKADINA.- ¡Luego, soy correcta como un inglés! ¡Siempre, querida, estoy sobre mí, y
me visto y me peino de un modo muy «comme il faut»! ¡Jamás me sucede el
permitirme a mí misma salir de casa, ni siquiera para ir al jardín, en blusa o sin
peinar!... ¡Jamás!... ¡Por eso me conservo bien! ¡Porque nunca he sido desaliñada,
como lo son algunas!... (Levantándose, da unas cuantas vueltas por el campo de
«croquet», con paso airoso.) ¿Me ven ustedes?... ¡Igual que una jovencita! ¡Capaz
de representar papeles de niña de quince años!
DORN.- Todo eso estará muy bien; pero yo voy a seguir leyendo. (Coge el libro.) Nos
paramos en lo del tendero y las ratas.
ARKADINA.- ¿Y las ratas?... Es verdad... ¡Lea! (Se sienta.) ¡O, si no..., deme, que voy a
leer yo! ¡Me toca mí el turno! (Coge el libro y busca con la vista en él.) «Y las
ratas»... Aquí está. (Leyendo.) «Y es natural..., ya que para la gente de mundo, el
atraerse y mimar a los novelistas resulta tan peligroso como para un tendero criar
ratas en sus almacenes. A pesar de esto, se les quiere. Así, pues, cuando una mujer
ha hecho de un escritor objeto de su elección, y desea atraérselo, le asedia por
medio de elogios, amabilidades y complacencias»... ¡Eso será entre los franceses,
porque entre nosotros no ocurre nada parecido! ¡No puede haber programas!...
¡Entre nosotros, la mujer, por lo general, cuando se atrae a un escritor, es porque
ya está enamorada de él hasta las orejas! ¡No hay que ir muy lejos a buscar el
ejemplo! ¡Aquí estamos yo y TRIGORIN! (Aparece SORIN, apoyándose en un
bastón y llevando a su lado a NINA. Les sigue MEDVEDENKO, empujando un
sillón de ruedas vacío.)
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SORIN.- (En el tono mimoso con que se habla a los niños.) ¿Conque hemos tenido una
alegría?... ¿Conque estamos hoy contentos por fin?... (A su hermana.) ¡Tenemos
una alegría!... ¡El padre y la madrastra se marcharon a Tver, y nos vamos a ver en
libertad durante tres días!
NINA.- (Sentándose al lado de ARKADINA y abrazándola.) ¡Me encuentro feliz! ¡Ahora le
pertenezco!
SORIN.- (Tomando asiento, a su vez, en el sillón.) ¿Verdad que está muy guapita hoy?
ARKADINA.- ¡Ya lo creo!... ¡Bien vestida! ¡Interesante! ¡Qué niña más buena! (Besa a
NINA.) ¡Pero no la alabemos demasiado, no vaya a ser que le atraigamos la mala
suerte!... ¿Dónde está Boris?
NINA.- Pescando.
ARKADINA.- ¿Cómo no se aburrirá? (Se dispone a reanudar la lectura.)
NINA.- ¿Qué?
ARKADINA.- «Sobre el agua», de Maupassant. (Lee para sí algunos renglones.) Lo que
sigue es poco interesante y, además, injusto. (Cierra el libro.) ¡Hoy no tengo el
ánimo tranquilo!... ¡Dígame!... ¿Qué le ocurre a mi hijo?... ¿Por qué está tan triste
y con ese aire tan severo? ¡Se pasa los días enteros en el lago y rara es la vez que
le veo!
MASCHA.- ¡No tiene paz de espíritu! (A NINA, con timidez.) ¡Léanos algo de su obra! ¡Se
lo ruego!
NINA.- (Encogiéndose de hombros.) ¿Realmente lo desea?... ¡Es tan interesante!
MASCHA.- (Con entusiasmo reprimido.) ¡Cuando él lee algo, los ojos le brillan y se pone
pálido! ¡Tiene una voz maravillosa y triste, y sus ademanes son los de un poeta!
(Se oye roncar a SORIN.)
DORN.- ¡Buenas noches!
ARKADINA.- ¡Petruscha!
SORIN.- ¿Eh?...
ARKADINA.- ¿Te has dormido?
SORIN.- ¡Qué me voy a dormir!
ARKADINA.- ¡No te cuidas nada, y haces mal!
SORIN.- ¡Yo me cuidaría encantado; pero el doctor no quiere cuidarme!
DORN.- ¡Cuidarse a los sesenta años!
SORIN.- ¡También a los sesenta años se quiere vivir!
DORN.- (Con enojo.) ¡Bueno, pues..., tómese unas gotas de valeriana!
ARKADINA.- A mí me parece que no le sentaría mal ir a algunas aguas.
DORN.- ¿Por qué no?... ¡Puede ir y puede no ir!
ARKADINA.- ¡Hágase cargo!
DORN.- ¡No hay nada de que hacerse cargo! ¡Está todo muy claro! (Pausa.)
MEDVEDENKO.- Piotr Nikolaevich, debería dejar de fumar.
SORIN.- ¡Tonterías!
DORN.- ¡No; no son tonterías! ¡El vino y el tabaco anulan la personalidad!... ¡Después de
un puro o de una copa de «vodka»... ya no es usted solamente Piotr Nikolaevich!...
¡Es usted Piotr Nikolaevich y alguien más!... ¡Su «yo» se ha derretido, y, dentro de
sí mismo, empieza usted a tener que considerar a una tercera persona: a él!
SORIN.- (Riendo.) ¡Usted habla muy fácilmente! ¡Como ha vivido su vida!... pero ¿y
yo?... ¡He pertenecido al Organismo Judicial durante veintiocho años, y esta es la
hora en que ni he vivido ni he pasado por ninguna emoción!... ¡Se comprende que
tenga gana de vivir!... ¡Usted es ya un hombre satisfecho e indiferente, y por eso se
inclina hacia la filosofía, pero como yo lo que quiero es vivir..., bebo jerez durante
la comida y fumo puros!... ¡Y punto concluido!
DORN.- ¡Lo que hay que hacer es tomar la vida en serio!... ¡Cuidarse a los sesenta años y
lamentar no haber gozado mucho en la juventud es, y perdóneme, inconsciencia!
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La gaviota Antón Chejov 12
MASCHA.- (Levantándose.) Ya debe de ser hora de almorzar. (Echa a andar con paso
perezoso y lento.) ¡Se me ha quedado dormida una pierna! (Sale.)
DORN.- ¡Cuando llegue, seguramente se beberá dos copitas antes de comer!
SORIN.- ¡Pobrecilla! ¡Felicidad personal no tiene ninguna!
DORN.- ¡Qué tontería, excelencia!
SORIN.- ¡Usted habla así porque es hombre satisfecho!
ARKADINA.- ¿Podrá haber algo más aburrido que este grato «aburrimiento»
campestre?... ¡Todo es quietud, ociosidad y filosofía!... ¡Amigos míos!... ¡En su
compañía se está muy bien!... ¡Es muy agradable escuchar su charla..., pero
encontrarse en la habitación de la fonda estudiándose el papel..., es mucho mejor!
NINA.- (Con entusiasmo.) ¡Sí, sí!... ¡La comprendo!
SORIN.- ¡La ciudad es mejor..., naturalmente! ¡Allí, cuando estás en tu despacho, el
criado no deja pasar a nadie que no se anuncie!... ¡Y luego tienes el teléfono..., y
en la calle, «ischvoschik»!3...
DORN.- (Canturreando.) «¡Flores mías, habladme de mi amor!»...
Escena II
Entra SCHAMRAEV seguido de POLINA ANDREEVNA.
SCHAMRAEV.- ¡Aquí estamos! ¡Buenos días! (Besa primero la mano de ARKADINA, y
después la de NINA.) ¡Me alegra mucho verles con tan buena salud! (A
ARKADINA.) Por cierto..., mi mujer me dice que pensaban ustedes ir hoy juntas a
la ciudad... ¿Es verdad eso?
ARKADINA.- En efecto, pensamos ir.
SCHAMRAEV.- ¡Jem!... ¡Magnífico! Solo que dígame, estimada señora..., ¿cómo van a ir?
Hoy están ocupados todos los mozos con el acarreo del centeno... ¿De qué caballos
iba usted a disponer..., me permito preguntarla?
ARKADINA.- ¿Cómo que de qué caballos? ¿Es que voy a saber yo los caballos que hacen
falta?
SORIN.- ¡También tenemos caballos de tiro!
SCHAMRAEV.- (Nervioso.) De tiro, sí..., pero ¿de dónde voy a sacar los arreos?... ¡Esto
es asombroso..., incomprensible!... ¡Perdone!... ¡Me inclino con admiración ante su
talento!... ¡Estaría dispuesto a dar por usted diez años de vida, pero caballos..., no
puedo darle!
ARKADINA.- ¡Tengo, sin embargo, necesidad de ir!... ¡Qué ocurrencia!...
SCHAMRAEV.- ¡Estimada señora mía!... ¡Usted no sabe lo que son las faenas del campo!
ARKADINA.- (Acalorándose.) ¡Eso ya es historia vieja; pero, bueno..., en tal caso, hoy
mismo me marcho a Moscú!... ¡Diga que vayan a la aldea y alquilen caballos para
mí! ¡Si no lo hace, iré a pie!
SCHAMRAEV.- (Acalorándose a su vez.) ¡Si es así, renuncio a mi puesto! ¡Búsquese otro
administrador! (Sale.)
ARKADINA.- ¡Todos los veranos me ocurre igual! ¡Todos los veranos recibo una ofensa!
¡No volveré jamás a poner el pie aquí! (Sale por la izquierda, en dirección al lago;
pero un minuto después se la ve entrar en casa, seguida de TRIGORIN, que
transporta unas cañas de pescar y un cubo.)
SORIN.- (También acalorado.) ¡Es una frescura! ¡Acaban por hartarle a uno! ¡Que traigan
ahora mismo todos los caballos!
NINA.- (A POLINA ANDREEVNA.) ¿Cómo puede negarse algo a Irina Nikolaevna?... ¡A
una artista célebre!... ¿Acaso no son más importantes cada uno de sus deseos y
hasta el último de sus caprichos, que las faenas del campo?... ¡Es inverosímil!
POLINA ANDREEVNA.- (Con acento desesperado.) ¿Y qué puedo hacer yo?... ¡Háganse
cargo de mi situación! ¿Qué puedo hacer?
3
Coches de alquiler.
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La gaviota Antón Chejov 13
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La gaviota Antón Chejov 15
día y de noche vivo dominado por este pensamiento fijo: «¡Tengo que escribir!
¡Tengo que escribir!»... ¡Apenas he escrito una novela, y..., sin saber por qué...,
tengo que empezar otra!... ¡Luego una tercera y después una cuarta!... ¡Escribo sin
darme tregua, y no puedo obrar de otro modo!... ¿Y qué, le pregunto yo, hay en
todo esto de maravilloso o de claro?... ¡Ah!... ¡Qué vida salvaje la mía!... ¡Aquí
estoy ahora, hablando animadamente con usted y sin dejar, sin embargo, de
recordar en todo momento que mi novela, aún no terminada, me espera!... ¡Si, por
ejemplo, veo pasar una nube cuya forma recuerda la del piano, pienso que habré de
señalar en alguna novela el paso de una nube semejante!... ¡Huele a heliotropo..., y
en seguida mi mente registra: «Olor empalagoso», «el color de la viudez»,
«recordar citarlo en la descripción de un anochecer de verano»!... ¡Cada una de sus
frases o palabras o de las mías propias, es atrapada por mí, que me apresuro a
encerrarla en mi despensa literaria por si algún día me sirve para algo!... ¡Cuando
termino mi trabajo, corro al teatro o me voy a pescar! ¡Aquí, donde debería haber
descansado y olvidado..., no puedo ya hacerlo, pues dentro de mi cabeza comienza
a dar vueltas otra pesada bala de peltre: un nuevo argumento!... ¡Ya la mesa de
despacho empieza a atraerme y de nuevo hay que escribir, que escribir y que
escribir!... ¡Y así siempre, siempre!... ¡Yo soy el primer obstáculo a mi tranquilidad!
¡Siento que me devora la propia vida, pues para conseguir la miel que luego
entrego a alguno de los seres que pueblan el espacio, he de recoger antes el polvo
de mis mejores flores, destrozarlas y pisotear sus raíces!... ¿Acaso no soy un
loco?... ¿Es la actitud de mis amigos y conocidos la natural para con un ser de
espíritu sano?... «¿Qué está escribiendo ahora?», me dicen. «¿Con qué nos va a
obsequiar?»... ¡Siempre lo mismo! ¡Siempre lo mismo!... ¡Y llega a parecerme que
todo: la atención que me prestan los que me conocen, las alabanzas y los
entusiasmos..., es puro engaño!... ¡Se me figura que me engañan como a un
enfermo y, a veces, hasta temo que se me acerquen a hurtadillas por la espalda,
me cojan y me lleven a un manicomio!... ¡Aquellos otros años, los mejores de mi
juventud..., cuando empezaba mi carrera literaria..., fueron para mí un continuo
martirio!... El escritor de segunda fila, sobre todo cuando la suerte no le acompaña,
se antoja a sí mismo inepto..., se considera «de sobra». Sus nervios desgastados se
mantienen en constante tensión, y se pasa el tiempo vagando por los círculos
literarios sin ser aceptado ni advertido por nadie. Teme mirar a los ojos de los
demás, franca y valerosamente, como el jugador apasionado cuando no tiene
dinero... ¡Nunca he visto a mi lector, pero, sin saber por qué, la imaginación me lo
representa predispuesto en contra mía y lleno de desconfianza!... ¡He sentido miedo
al público! ¡Cuando llegaba el momento de representar una nueva obra, en cada
estreno me parecía observar que los morenos me eran hostiles y los rubios
fríamente indiferentes! ¡Qué terrible sensación! ¡Qué martirio!
NINA.- ¡Perdóneme..., pero...! ¿Los momentos de inspiración y el mismo proceso creador
no le han proporcionado minutos de felicidad?
TRIGORIN.- Sí. Escribiendo paso ratos agradables... También es grata la corrección de
pruebas... pero, apenas la obra ha salido de la imprenta, ya la considero una
equivocación, no puedo soportarla, pienso que más me valdría no haberla escrito,
me enojo y me disgusto. (Riendo.) Por otra parte, el público que la lee se contenta
con decir: «¡Es simpático esto!»... «¡Tiene talento!»... « ¡Lo que hace es
simpático..., pero le falta mucho todavía para llegar a Tolstoi!... O bien: «¡Es una
maravilla de obra..., aunque Padres e hijos, de Turgueniev, sea mucho mejor!»... Y
así sucesivamente, hasta la tumba. Todo se reducirá al «es simpático» y al «tiene
talento»... ¡Solo al «es simpático» y al «tiene talento»!... Cuando me muera..., los
que me hayan conocido y pasen ante mi tumba..., dirán: «Aquí yace TRIGORIN.
Fue un buen escritor..., aunque escribía peor que Turgueniev.»
NINA.- Perdone, pero me niego a comprenderle... Lo que pasa es, sencillamente, que
está usted demasiado mimado por el éxito.
TRIGORIN.- ¿Por qué éxito? ¡Nunca me gustó mi propia obra! ¡No me quiero como
escritor! ¡Y, lo que es aún peor..., me encuentro envuelto en una, dijéramos, bruma
y no entiendo lo que yo mismo escribo!... ¡Amo esta agua, estos árboles, este
cielo!... ¡Siento la Naturaleza, que es la que excita en mí la pasión y el deseo
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La gaviota Antón Chejov 16
Escena III
ARKADINA en la ventana.
ARKADINA.- ¿Dónde esta usted, Boris Alekseevich?
TRIGORIN.- ¡Ahora mismo voy! (Se aleja, pero al alejarse vuelve la cabeza y mira a
NINA. A ARKADINA cuando llega al pie de la ventana:) ¿Qué hay?
ARKADINA.- ¡Nos quedamos! (TRIGORIN entra en la casa.)
NINA.- (Acercándose a las candilejas, después de haber permanecido un momento
pensativa.) ¿No estoy soñando?
Acto tercero
Comedor en casa de SORIN. A la izquierda y a la derecha, puertas. Aparador y armario
con medicamentos. En el centro de la habitación, una mesa, una maleta y varias cajas de
cartón. Se percibe un ambiente de preparativos de viaje.
Escena primera
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La gaviota Antón Chejov 17
Escena II
IAKOV atraviesa la escena de izquierda a derecha transportando una maleta. Entra NINA
y se detiene al lado de la ventana.
MASCHA.- ¡Mi maestro no es muy inteligente, pero es un buen hombre y me quiere
mucho! ¡Me da lástima de él! ¡Me la da también su madre..., esa viejecita!... ¡En
fin! ¡Permítame que le desee cuanto mejor pueda desearse! ¡No guarde mal
recuerdo de nosotros! (Le estrecha fuertemente la mano.) ¡Le estoy muy
agradecida por sus deferencias conmigo! ¡No se olvide de mandarme sus libros y,
por supuesto, con una dedicatoria autógrafa! ¡Solo que no vaya a poner: «A mi
estimada...», sino sencillamente así: «A María, la que no recuerda su nombre ni
sabe por qué vive en este mundo.» ¡Adiós! (Sale.)
NINA.- (Tendiendo a TRIGORIN el puño cerrado.) ¿Pares o nones?
TRIGORIN.- Pares.
NINA.- (Suspirando.) ¡No!... ¡Lo que tengo en la mano es solo un garbanzo!... ¡Estaba
echando a suertes el hacerme o no artista!... ¡Si tuviera a alguien que me
aconsejara.
TRIGORIN.- En eso no se puede aconsejar. (Pausa.)
NINA.- ¡Vamos a separarnos, y quizá no nos encontremos más!... ¡Le ruego acepte como
recuerdo este pequeño medallón!... Encargué grabaran aquí sus iniciales, y por este
otro lado el título de su obra Días y noches...
TRIGORIN.- ¡Muy fino!... (Besando el medallón.) ¡Un regalo maravilloso!
NINA.- ¡Acuérdese alguna vez de mí!
TRIGORIN.- Me acordaré... ¡Me acordaré de usted como era en aquel claro día!... ¿Lo
recuerda?... Hace una semana. Iba usted vestida de blanco, y nos pusimos a
charlar... Sobre el banco estaba echada una gaviota también blanca...
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La gaviota Antón Chejov 18
NINA.- (Pensativa.) ¡Una gaviota..., sí! (Pausa.) Viene gente. No podemos seguir
hablando... ¡Antes de marcharse, concédame dos minutos!... ¡Se lo suplico! (Sale
por la izquierda. En ese mismo momento entran por la derecha ARKADINA y
SORIN; este vestido de frac y con una condecoración en el pecho. Detrás, IAKOV,
ocupado en la preparación del equipaje.)
ARKADINA.- ¡Mejor sería que te quedaras en casa, viejo! ¿Cómo vas a ir de visitas con
tu reuma? (A TRIGORIN.) ¿Quién acaba de salir de aquí? ¿NINA?
TRIGORIN.- Sí.
ARKADINA.- «¡Pardon» entonces!... ¡Hemos venido a estorbar!... (Se sienta.) Me parece
que lo he empaquetado ya todo. Estoy cansadísima...
TRIGORIN.- (Leyendo las palabras escritas en el medallón.) «Días y noches»... «Página
ciento veintiuna»... «Renglones once y doce»...
IAKOV.- (Quitando la mesa.) ¿Y las cañas? ¿Quiere el señor que las meta también en el
equipaje?
TRIGORIN.- Sí... Las necesitaré. Los libros puedes dárselos a quien quieras.
IAKOV.- Como usted mande.
TRIGORIN.- (Para sí.) Página ciento veintiuna... Renglones once y doce... ¿Qué habrá en
esos renglones?... (A ARKADINA.) ¿Hay libros míos en casa?
ARKADINA.- Sí. En el despacho de mi hermano. En el armario de esquina.
TRIGORIN.- ¡Página ciento veintiuna!... (Sale.)
ARKADINA.- ¡En serio te lo digo, Petruscha! ¡Quédate en casa!
SORIN.- ¡Marchándoos vosotros, me será muy penoso quedarme aquí!
ARKADINA.- ¿Y qué tiene de distinto para ti la ciudad?
SORIN.- ¡Nada en especial..., aunque (Riendo.) van a colocar la primera piedra de la
Casa Provincial..., aparte de otras cosas más!... ¡Me gustaría, al menos, distraerme
dos o tres horas!... ¡Salir de esta vida pequeña y monótona!... ¡Me paso demasiado
tiempo en el mismo sitio..., como una boquilla vieja que ya no usas!... He mandado
enganchar los caballos para la una, conque nos iremos a la vez.
ARKADINA.- (Después de una pausa.) ¡Que te vaya muy bien..., que no te aburras...,
que no pases frío y que vigiles a mi hijo! ¡Cuídalo!... ¡Enséñale a vivir! (Pausa.) ¡Y
pensar que me marcho así..., sin saber por qué quiso pegarse ese tiro
Konstantin!... Me parece que el motivo principal fueron los celos...; de manera que
cuanto más pronto me lleve de aquí a Trigorin, mejor será.
SORIN.- ¿Qué voy a decirte yo?... ¡Tenía también otros motivos! ¡Es cosa comprensible!
¡Imagínate a un hombre joven e inteligente viviendo solo en el campo, en un rincón
apartado, sin dinero, sin situacion y sin porvenir!... ¡Carece de ocupación, se
avergüenza de su ociosidad y la teme!... ¡Yo le quiero muchísimo y él está muy
unido a mí; pero, de todos modos, a fin de cuentas, se considera un parásito..., un
gorrón! ¡La cosa es natural! ¡Su amor propio!...
ARKADINA.- ¡Qué pesadumbre tengo con él! (Meditando.) Quizá le convendría encontrar
un empleo...
SORIN.- (Silbando ligeramente primero y después en tono indeciso.) ¡Yo creo que lo
mejor sería que le dieras algún dinero!... ¡Lo primero que tiene que hacer es
vestirse humanamente!... ¡Hace ya tres años que lleva el mismo traje, y no tiene
abrigo! (Ríe.) ¡Tampoco estaría mal que el muchacho se divirtiera un poco! ¡Que
fuera, por ejemplo, al extranjero!... ¡Eso no cuesta mucho!
ARKADINA.- ¡De ningún modo!... ¡Quizá para un traje pudiera darle algo, pero para ir al
extranjero!... ¡No!... ¡Ni siquiera para el traje puedo darle dinero ahora! (En tono
decidido.) ¡No lo tengo! (SORIN ríe.) ¡No!
SORIN.- (Después de silbar un poquito.) Bien... Perdona, querida mía. No te enfades. Te
creo. Eres generosa, y tienes gran nobleza de alma.
ARKADINA.- (Entre lágrimas.) ¡No tengo dinero!
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La gaviota Antón Chejov 19
SORIN.- Si yo lo tuviera, claro está que se lo daría..., pero no tengo ni un «piatachok» 4...
¡Toda mi pensión se la lleva el administrador, que la emplea en faenas agrícolas,
cría de ganado, abejas..., así que se me va inútilmente!... ¡Las abejas se mueren,
las vacas se mueren, y no puedo conseguir nunca caballos!...
ARKADINA.- ¡Sí!... ¡Yo sí tengo dinero, pero soy artista!... ¡Solo en trajes me arruino
completamente!
SORIN.- Eres muy buena, querida. Yo te aprecio. Sé que... ¡Ay!... ¡Otra vez me da
algo!... (Tambaleándose.) ¡Se me va la cabeza! (Sujetándose a la mesa.) ¡Siento
un mareo!
ARKADINA.- (Asustada.) ¡Petruscha! (Tratando de sostenerlo.) ¡Petruscha!... ¡Querido
mío! (A gritos.) ¡Vengan! ¡Ayúdenme! (Entran TREPLEV, con la cabeza vendada, y
MEDVEDENKO.)
ARKADINA.- ¡Le ha dado un mareo!
SORIN.- No es nada..., no es nada... (Sonríe y bebe un poco de agua.) Ya se me ha
pasado.
TREPLEV.- (A su madre.) No te asustes, mamá. No es cosa de peligro. Al tío le ocurre
esto a menudo. (A este.) ¡Tío!... ¡Echate un ratito!
SORIN.- Un ratito sí, pero, sea como sea, iré a la ciudad... Me echaré un poco y me
marcharé después a la ciudad... ¡Claro que sí! (Empieza a andar apoyándose en el
bastón.)
MEDVEDENKO.- (Llevándole del brazo.) ¿A ver quién acierta esta adivinanza? «Por la
mañana anda a cuatro patas..., a mediodía a dos..., al anochecer a tres»...
SORIN.- (Riendo.) ¡Justo!... «y por la noche está echado panza arriba»... (A
MEDVEDENKO.) Gracias... No se moleste en acompañarme.
MEDVEDENKO.- ¡Pues no gasta usted pocos cumplidos! (Sale, acompañando a SORIN.)
ARKADINA.- ¡Qué susto me ha dado!
TREPLEV.- ¡No le sienta bien vivir en el campo! ¡Se entristece!... ¡Qué bueno sería,
mamá... que, de pronto, tuvieras un rasgo de generosidad y le prestaras mil
quinientos rublos!... ¡Con ese dinero podría vivir todo un año en la ciudad!
ARKADINA.- ¡No soy un banquero..., soy una actriz! (Pausa.)
TREPLEV.- ¡Mamá!... ¡Cámbiame la venda!... ¡Lo sabes hacer tan bien!...
ARKADINA.- (Sacando del armario de los medicamentos el yodoformo y la caja de
vendajes.) El doctor se retrasa.
TREPLEV.- Ha prometido estar aquí a las diez, y ya es mediodía.
ARKADINA.- Siéntate. (Le quita la venda de la cabeza.) Parece que llevas un turbante.
Ayer un hombre que andaba por aquí de paso preguntó en la cocina qué
nacionalidad era la tuya... ¡Si lo tienes ya casi cicatrizado!... ¡Lo que queda es solo
una insignificancia! (Besándole en la cabeza.) ¡Dime! ¡Ahora que voy a faltar yo de
aquí..., no volverás a repetir esto! ¿Verdad?
TREPLEV.- No, mamá... ¡Aquello fue un momento de loca desesperación, en el que no
pude dominarme!... ¡No volverá a repetirse! (Besándole la mano.) ¡Tienes manos
de ángel!... Recuerdo que, hace mucho..., en los tiempos en que trabajabas en el
teatro del Estado era yo entonces muy pequeño, hubo una riña en el patio. Pegaron
una gran paliza a una lavandera, también inquilina de la casa... ¿Lo recuerdas?... La
levantaron del suelo sin sentido... Tú, entonces, ibas a visitarla... Le llevabas
medicinas y lavabas a sus niños... ¿Será posible que no te acuerdes?
ARKADINA.- No. (Le hace un nuevo vendaje.)
TREPLEV.- También entonces, en la misma casa que nosotros, vivían dos bailarinas.
Solían venir a tomar café contigo.
ARKADINA.- De eso sí me acuerdo.
TREPLEV.- ¡Eran muy piadosas!... (Pausa.) ¡En este último tiempo..., en estos últimos
días... te quiero tanto!... ¡Te quiero con tal ternura!... ¡Lo mismo que cuando era
4
Moneda rusa de cinco “kopeikas”, es decir de muy poco valor.
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La gaviota Antón Chejov 20
niño!... ¡No tengo a nadie más que a ti!... Pero..., ¿por qué..., por qué..., te
sometes a la influencia de ese hombre?...
ARKADINA.- ¡Tú no lo comprendes, Konstantin!... ¡Es un ser de alma tan noble!
TREPLEV.- ¡Sin embargo, cuando le dijeron que me proponía desafiarlo, su nobleza no le
impidió hacer el papel de un cobarde!... ¡Se marcha! ¡Qué huida más infame!
ARKADINA.- ¡Tontería!... ¡Yo soy la que le pide que se vaya de aquí!
TREPLEV.- ¡Alma noble!... ¡Ahora mismo poco ha faltado para que tú y yo riñamos por su
culpa, y, mientras tanto, él... andará, seguramente, por algún sitio... por el salón o
por el jardín..., riéndose de nosotros, instruyendo a Nina y esforzándose en
convencerla de que es un genio!
ARKADINA.- ¡Para ti es un placer decirme cosas desagradables!... ¡Estimo a ese hombre,
y te ruego no hables mal de él en mi presencia!
TREPLEV.- ¡Pues yo no le estimo nada! ¡Pretendes que yo también le considere como un
genio; pero..., perdona!... ¡No sé mentir, y te diré que sus obras me desagradan!
ARKADINA.- ¡Envidia!... ¡A la gente sin talento y con pretensiones no la queda otro
recurso que criticar a los que son «talentos» de verdad!... ¡Sí que es un consuelo!
TREPLEV.- ¡Talentos de verdad!... (Con ira.) ¡Yo tengo más talento que todos vosotros
juntos, si vamos a eso!... (Da un tirón y se arranca la venda de la cabeza.)
¡Vosotros, gente rutinaria, os habéis adueñado de la primacía en el arte, y solo
consideráis verdadero y legal lo que es obra vuestra, al tiempo que oprimís y
estranguláis a los demás!... ¡Yo no os reconozco talento! ¡No te lo reconozco a ti, ni
se lo reconozco a él!
ARKADINA.- ¡Eres un decadente!
TREPLEV.- ¿Sí?... ¡Pues márchate, entonces, a tu querido teatro, y sigue representando
papeles en míseras obras en las que el talento brilla por su ausencia!
ARKADINA.- ¡Nunca actué en obras semejantes! ¡Déjame! ¡Tú sí que no eres capaz de
escribir ni el más miserable «vaudeville»! ¡Pequeño burgués de Kiev! ¡Gorrón!
TREPLEV.- ¡Roñosa!
ARKADINA.- ¡Harapiento! (TREPLEV se sienta y empieza a llorar bajito.) ¡Inútil!...
(Después de dar unos pasos por la estancia presa de fuerte excitación.) ¡No llores!
¡No hay por qué llorar! (Llora.) ¡No debes llorar!... (Le besa en la frente, en las
mejillas, en la cabeza.) ¡Mi niño querido!... ¡Perdóname!... ¡Perdona a esta
pecadora madre tuya!... ¡Perdóname, desgraciada de mí!
TREPLEV.- (Abrazándola.) ¡Si tú supieras!... ¡Lo he perdido todo!... ¡Ella no me quiere, y
ya no puedo escribir!... ¡Todas mis esperanzas se esfumaron!
ARKADINA.- ¡No te desesperes! ¡Todo se arreglará! ¡El se marcha y ella te volverá a
querer! (Secándose las lágrimas.) ¡Basta ya! ¿Hemos hecho las paces?
TREPLEV.- (Besándole las manos.) ¡Sí, mamá!
ARKADINA.- (Con ternura.) ¡Haz tú también las paces con él! ¡No vas a batirte! ¿Verdad
que no?...
TREPLEV.- ¡Bien..., solo que!... ¡Permíteme, mamá, que no le vea! ¡Me resulta penoso!
¡Es superior a mis fuerzas! (Entra TRIGORIN.) Bueno... Yo me voy. (Recoge y
guarda rápidamente en el armario todos los medicamentos.) La venda ya me la
pondrá el doctor.
TRIGORIN.- (Buscando en un libro.) Página ciento veintiuna... Renglones once y doce...
Hela aquí... (Leyendo.) «Si un día necesitas de mi vida..., ven y tómala.»
(TREPLEV recoge del suelo la venda y sale.)
ARKADINA.- (Mirando la hora.) Pronto estará preparado el coche.
TRIGORIN.- (Para sí.) «¡Si un día necesitas de mi vida, ven y tómala!»...
ARKADINA.- Espero que ya lo tendrás todo dispuesto.
TRIGORIN.- (Con impaciencia.) Sí, sí... (Pensativo.) ¿Por qué en esta llamada de un
alma pura me parece oír hablar a la tristeza y mi corazón se contrae
enfermizamente?... «¡Si un día necesitas de mi vida, ven y tómala!» (A
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La gaviota Antón Chejov 22
ARKADINA.- Como quieras. ¿Que quieres juntos?..., pues juntos. (Pausa. TRIGORIN
anota algo en el libro.) ¿Qué estás apuntando?
TRIGORIN.- Una bonita expresión que oí esta mañana, y que me puede servir...,
«Forosta de las doncellas»... (Estirándose.) Entonces ¿hay que marcharse?... ¡Otra
vez vagones de ferrocarril, estaciones, cantinas, chuletas y conversaciones!
SCHAMRAEV.- (Entrando.) ¡Tengo el honor de anunciarles, con gran sentimiento mío,
que el coche está dispuesto!... Ya es la hora, mi muy estimada, de salir para la
estación. El tren llega a las dos y cinco minutos... ¡Conque ya lo sabe, Irina
Nikolaevna!... ¡No olvide informarse de dónde se encuentra ahora el actor
Susdaltev!... ¡Entérese de si vive y de si está en buena salud!... ¡En un tiempo
solíamos vernos mucho!... ¡En «Asalto al coche correo» su actuación era
inimitable!... ¡Recuerdo que entonces..., en Elisavetgard..., trabajaba con él
Ismailov, el trágico!... ¡También una personalidad notable!... No tenga prisa,
estimadísima...; todavía disponemos de cinco minutos... Pues bien: figúrense que
una vez, representando en un melodrama una escena de conspiradores, y en el
preciso momento en que, al ser descubiertos estos, tenía que decir: «¡Hemos caído
en el garlito!»..., va y dice en su lugar: «¡Hemos caído en el lirgato!»... (Riendo.)
¡Figúrense, «En el lirgato»!... (Mientras habla, IAKOV ultima la recogida de las
maletas, y la doncella trae ARKADINA el sombrero, el abrigo, el paraguas y los
guantes. Todos ayudan a ARKADINA a prepararse. Por la puerta de la izquierda
asoma y entra después, con paso indeciso, el cocinero. Luego, POLINA
ANDREEVNA, SORIN y MEDVEDENKO.)
POLINA ANDREEVNA.- (Con una cestita en la mano.) Aquí le traigo unas ciruelas para el
viaje. Son muy dulces. Quizá le agrade tomárselas durante el camino.
ARKADINA.- ¡Es usted muy amable, Polina Andreevna!
POLINA ANDREEVNA.- ¡Adiós, querida!... ¡Si alguna cosa no fue de su gusto, la ruego
me perdone! (Llora.)
ARKADINA.- (Abrazándola.) Todo estuvo muy bien... Todo estuvo muy bien. No hay por
qué llorar.
POLINA ANDREEVNA.- ¡Nuestro tiempo pasa!...
ARKADINA.- ¡Y qué le vamos a hacer!
SORIN.- (Saliendo por la puerta de la izquierda con el sombrero puesto, los guantes en la
mano y cubierto de un «macferland») Ya es hora de marcharse, hermana..., si no
quieres que lleguemos tarde. Voy a sentarme en el coche. (Sale.)
MEDVEDENKO.- Yo iré a pie a la estación a despedirles. En seguida estoy allí. (Sale.)
ARKADINA.- ¡Adiós, querido! ¡Si nos conservamos en vida y con buena salud, el verano
que viene volveremos a vernos! (La doncella, IAKOV y el cocinero le besan la
mano.) ¡No me olvidéis! (Da un rublo al cocinero.) Aquí tenéis un rublo, para que os
lo repartáis entre los tres.
EL COCINERO.- Muchas gracias, señora. Feliz viaje. La quedamos muy agradecidos.
IAKOV.- Vayan con Dios.
SCHAMRAEV.- Una cartita suya nos haría felices. Adiós, Boris Alekseevich.
ARKADINA.- ¿Dónde está Konstantin? Decidle que ya me voy. Tenemos que
despedirnos... ¡Que no guarden mal recuerdo mío! (A IAKOV.) El rublo que le he
dado al cocinero es para los tres. (Salen todos por la derecha, y el escenario queda
vacío. De detrás de este llega el ruido propio de las despedidas. La doncella entra
de nuevo para recoger de encima de la mesa la cestita de las ciruelas, y vuelve a
salir.)
TRIGORIN.- (Entrando otro vez.) Se me olvidaba el bastón. Me parece que me lo he
dejado ahí..., en la terraza. (Al llegar a la puerta de la izquierda se encuentra con
NINA, que entra por ella en ese momento.) ¿Es usted?... Ya nos vamos...
NINA.- ¡Presentía que habíamos de volver a vernos! (Con agitación.) ¡Boris
Alekseevich!... ¡He tomado la decisión irrevocable de dedicarme a la escena!...
¡Mañana ya no estaré aquí! ¡Dejo a mi padre, lo abandono todo, y empiezo una
nueva vida!... ¡Me marcho, como usted se marchó a Moscú! ¡Allí nos veremos!
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Acto cuarto
La escena representa uno de los salones de la casa de SORIN, transformado por
KONSTANTIN TREPLEV en despacho. A la derecha y a la izquierda, conduciendo a los
aposentos interiores, hay puertas. Otra de cristales, al fondo, abre sobre la terraza.
Además del mobiliario habitual de la sala, en el rincón de la derecha está instalada una
mesa de escritorio. Junto al de la izquierda se ve un diván turco y un armario con libros.
Más de estos aparecen repartidos sobre los marcos de las ventanas y sobre las sillas. Es el
anochecer. Un quinqué encendido, que cubre una pantalla, envuelve en media luz la
escena. Se oye el ruido de los árboles agitados por un fuerte viento que aúlla en la
chimenea y el golpeteo del cayado del guarda recorriendo el jardín.
Escena primera
Entran MEDVEDENKO y MASCHA.
MASCHA.- (Llamando.) ¡Konstantin Gavrilich! ¡Konstantin Gavrilich!... (Mirando a su
alrededor.) ¡No hay nadie!... ¡Y el viejo, venga a preguntar: ¿dónde está Kostia?...
¡No puede vivir sin él!
MEDVEDENKO.- Le asusta la soledad. (Tendiendo el oído.) ¡Qué tiempo más
espantoso!... ¡Dos días ya que llevamos así!
MASCHA.- (Avivando el quinqué.) En el lago hay olas. Y enormes.
MEDVEDENKO.- ¡El jardín está de una oscuridad!... Habría que decir que desmontaran el
teatro... Allí sigue, desnudo y feo como un esqueleto, y con el viento sacudiéndole
el telón... Anoche, al pasar por delante de él, me pareció oír como si alguien
estuviera llorando dentro.
MASCHA.- ¡Qué cosas! (Pausa.)
MEDVEDENKO.- ¡Mascha! ¡Vámonos a casa!
MASCHA.- (Moviendo negativamente la cabeza.) Yo me quedo aquí a pasar la noche.
MEDVEDENKO.- (En tono suplicante.) ¡Vámonos, Mascha!... ¡Puede que nuestro chiquitín
tenga hambre!
MASCHA.- ¡Tonterías! ¡Matrona le dará de comer! (Pausa.)
MEDVEDENKO.- ¡Da pena!... ¡Esta es la tercera noche que va a pasar sin su madre!
MASCHA.- ¡Qué aburrido te has vuelto!... ¡Antes, por lo menos, te daba por la filosofía;
pero ahora estás siempre con que si «el chiquitín», con que si «la casa»..., y no se
te oye decir más que eso!
MEDVEDENKO.- ¡Vámonos, Mascha!
MASCHA.- ¡Vete tú solo!
MEDVEDENKO.- Pero ¡tu padre no me dejará el caballo!
MASCHA.- Sí te lo dejará. Pídeselo, que ya verás cómo te lo deja.
MEDVEDENKO.- Quizá me atreva a pedírselo... Entonces..., ¿vendrás mañana?
MASCHA.- (Tomando rapé.) Bueno, sí... mañana. ¡Qué pegajoso!
Escena II
Entran POLINA ANDREEVNA y TREPLEV. Este viene cargado con unas almohadas y una
manta, y POLINA ANDREEVNA con las demás ropas de la cama. Después de depositarlo
todo sobre el diván turco, TREPLEV se dirige a la mesa escritorio y se sienta ante ella.
MASCHA.- Y eso ¿para qué es, mamá?
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Un pudd es un saco de 20 kilos.
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MASCHA.- Konstantin Gavrilovich se encuentra aquí más cómodo para trabajar. Cuando
quiere, puede salir al jardín y meditar. (Se oye golpetear fuera el cayado del
guarda.)
SORIN.- ¿Dónde está mi hermana?
DORN.- Ha ido a la estación, a buscar a Trigorin. En seguida vuelve.
SORIN.- El que hayan ustedes considerado necesario hacer venir aquí a mi hermana,
significa que estoy muy grave! (Después de un silencio.) ¡Tiene gracia la cosa!
¡Estoy grave, y no se me da ninguna medicina!
DORN.- ¿Y qué quiere usted que le demos? ¿Gotas de valeriana?... ¿Bicarbonato?...
¿Quina?...
SORIN.- ¡Ya empezamos otra vez a filosofar!... ¡Qué fastidio! (Indicando con la cabeza el
diván.) ¿Es para mí para quien se ha preparado todo eso?
POLINA ANDREEVNA.- Para usted, Piotr Nikolaevich.
SORIN.- Muchas gracias.
DORN.- (Canturreando.) «¡Flota la luna en el cielo nocturno!»...
SORIN.- Quiero sugerir a Kostia un argumento de novela. Tiene que llevar este título: «El
hombre que quiso...» «L'home qui a voulu»... En mi juventud quise ser literato, y
no lo fui. Quería manejar bien la lengua, y hablaba pésimamente. No pasaba de
frases como estas: «De manera, señores»..., o «Como les iba diciendo»...; y de ahí
no salía, por lo que, al llegar al resumen, estaba sudando a mares. Quise también
casarme, y no me casé; quería vivir siempre en la ciudad, y heme aquí, terminando
mi vida en el campo...
DORN.- Quise ser consejero civil, y lo he sido...
SORIN.- (Riendo.) ¡Ese no fue afán mío! ¡Cayó por su propio peso!
DORN.- ¡Manifestar descontento hacia la vida, a los sesenta y dos años..., convendrá
conmigo que no es generoso!
SORIN.- ¡Qué terquedad la suya!... ¡Compréndalo de una vez! ¡Tiene uno ganas de vivir!
DORN.- Pero ¡es una inconsciencia!... ¡Es ley de la Naturaleza que a toda vida le llegue
un fin!
SORIN.- ¡Razona usted como hombre satisfecho que es! ¡Como lo está usted, toma la
vida con indiferencia, y le da todo igual!... ¡Claro que de morir sí tendrá usted
miedo!
DORN.- El miedo a la muerte es un miedo animal... Hay que aplastarlo. ¡Solo los
creyentes en la vida eterna, que sienten el temor de sus pecados..., temen a la
muerte..., pero usted!... En primer lugar, no es creyente, y en segundo, ¿qué
pecados tiene?... ¿No haber trabajado más de veinticinco años en la administración
de justicia?
SORIN.- (Riendo.) ¡Veinticinco no, veintiocho! (Entra TREPLEV y se sienta en un
banquillo, a los pies de SORIN. MASCHA, durante todo el tiempo, no aparta de él
los ojos.)
DORN.- Estamos molestando a Konstantin Gavrilich en su trabajo.
TREPLEV.- Nada de eso. (Pausa.)
MEDVEDENKO.- Permítame esta pregunta, doctor. ¿Qué ciudad del extranjero le gusta
más?
DORN.- Génova.
TREPLEV.- ¿Y por qué Génova?
DORN.- Porque su muchedumbre callejera es magnífica... Sale uno de la fonda y ve toda
la calle inundada de gente... Luego, uno se mezcla a esta muchedumbre, camina
entre ella sin rumbo, de aquí para allá en una línea sinuosa..., vive uno con ella, se
siente psíquicamente unido a ella, y empieza a considerar, en efecto, posible la
existencia de una sola alma mundial, semejante a la del papel representado un día
por Nina Sarechnaia... Dicho sea de paso: ¿dónde está Sarechnaia ahora?... ¿Dónde
y cómo está?
TREPLEV.- Seguramente, en buena salud.
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DORN.- Me dijeron algo respecto de su vida... Como si esta fuera algo singular... ¿Qué es
ello?
TREPLEV.- Una larga historia, doctor...
DORN.- Cuéntemela, resumida. (Pausa.)
TREPLEV.- Pues... se fugó de su casa y se unió a Trigorin... ¿Lo sabía usted?
DORN.- Lo sé, sí.
TREPLEV.- Tuvo un hijo y se le murió... Trigorin dejó de quererla y, como era de esperar,
reanudó lazos anteriores... ¡Por supuesto, nunca abandonó totalmente a ninguna
mujer de su pasado!... ¡Se conoce que es su carácter sin voluntad y tímido el que le
lleva de aquí para allá!... Según pude deducir por lo que llegó a mi conocimiento, la
vida personal de Nina es un completo fracaso.
DORN.- ¿Y en la escena?
TREPLEV.- En la escena, parece ser que la cosa es todavía peor... Debutó en uno de los
teatros de verano de Moscú, y de allí pasó a provincias... Yo, entonces, no la perdía
de vista. Durante cierto tiempo, a donde ella iba, iba yo. Elegía papeles grandes,
pero su actuación era burda, sin gusto, a base de aullidos, y con una gesticulación
dura... Había momentos en los que sabía lanzar un grito con arte, o morir con arte,
pero era solo eso..., momentos.
DORN.- Lo cual quiere decir que, a pesar de todo, talento no le falta.
TREPLEV.- Resultaba difícil de apreciar. Seguramente sí... Yo la veía, pero ella no quería
verme a mí, y los criados de la fonda donde se alojaba no me dejaban pasar a su
habitación... Haciéndome cargo de su estado de ánimo, no insistía en la entrevista.
(Pausa.) ¿Qué más puedo decirle?... Más tarde, ya de vuelta en casa, solía recibir
cartas suyas. Eran cartas inteligentes, interesantes y llenas de calor... No se
quejaba de nada, pero yo percibía que era profundamente desgraciada. Cada
renglón semejaba uno de sus nervios enfermos, allí tendido... Su imaginación debía
de estar también un tanto desequilibrada, porque se fírmaba siempre «La Gaviota».
Así como el molinero de La ondina6 se denomina a sí mismo «El Cuervo», así ella se
nombraba repetidamente en sus cartas «La Gaviota»... Ahora está aquí.
DORN.- ¿Cómo que está aquí?
TREPLEV.- Sí. En la ciudad. En una fonda. Ya lleva cinco días alojándose en ella. Yo
intenté verla, y lo mismo María Ilinischna; pero no recibe a nadie... Simion
Simionich asegura haberla visto ayer, después de comer, por el campo, a unas dos
«verstas» de aquí.
MEDVEDENKO.- La vi, en efecto. Iba en dirección a la ciudad. Al saludarla, le pregunté
por qué no venía a visitarnos, y me dijo que ya vendría.
TREPLEV.- No vendrá. (Pausa.) Su padre y su madre no quieren saber nada de ella. Por
todas partes han establecido una vigilancia para que no la dejen ni siquiera
acercarse a la hacienda. (Dirigiéndose, en unión del doctor, a la mesa de escritorio.)
¡Qué fácil, doctor, es ser filósofo sobre el papel, y qué difícil en la realidad!
SORIN.- Era una muchacha encantadora...
DORN.- ¿Dice usted?
SORIN.- Digo que era una muchacha encantadora. Hubo un tiempo en el que Sorin, el
consejero civil, estuvo enamorado de ella.
DORN.- ¡Viejo faldero! (Se oye la risa de SCHAMRAEV.)
POLINA ANDREEVNA.- Me parece que los nuestros llegan ya de la estación.
TREPLEV.- Sí. Oigo la voz de mi madre.
Escena III
Entran ARKADINA y TRIGORIN seguidos de SCHAMRAEV.
SCHAMRAEV.- (Entrando.) ¡Todos nos vamos haciendo viejos!... ¡La fuerza de los
elementos nos decolora..., pero usted, en cambio, estimadísima, se conserva
siempre joven!... ¡Blusitas claras..., viveza..., gracia!...
ARKADINA.- ¡Ya va usted otra vez a echarme mal de ojo, hombre aburrido!
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Poema dramático de Puchkin.
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dice así en una de sus obras: «¡Qué bienestar el del que, en noches inclementes, se
encuentra bajo un techo!... ¡El del que tiene un cálido rincón!»... Yo.., soy una
gaviota... No..., no es eso... (Se frota la frente con la mano.) ¿De que estaba
hablando?... Ah, sí... Turgueniev... «¡Y que Dios proteja a todos los caminantes a
quienes falte un cobijo!»... No..., no es nada... (Solloza.) Pasará...
TREPLEV.- ¡NINA!... ¿Otra vez?
NINA.- No es nada... Empiezo ya a sentir alivio... Hace dos años que no había llorado...
Ayer..., al caer la noche..., fui al jardín para ver si seguía allí su teatro. Todavía
está... Rompí a llorar por primera vez, después de dos años, y experimenté un
alivio... Vi más claro dentro de mi alma. ¿Se da cuenta? Ya no lloro más.
(Cogiéndole la mano.) ¿De manera, entonces, que es usted escritor?... ¡Usted
escritor y yo artista!... ¡A los dos nos tragó también el remolino!... ¡Antes, mi vida
era alegre..., como la de los niños! ¡Me despertaba cantando, le quería y soñaba
con la gloria!... ¡Ahora!... ¡Mañana temprano tendré que salir para Eletz, en un
vagón de tercera y rodeada de «mujiks»!... ¡Luego, en Eletz, los comerciantes
ilustrados irán a molestarme con sus amabilidades!... ¡La vida es brutal!
TREPLEV.- ¿Y a qué va usted a Eletz?
NINA.- He firmado un contrato para todo el invierno. Tengo que marcharme.
TREPLEV.- ¡Nina!... ¡La maldecía!... ¡La detestaba!... ¡Rompí todas sus cartas y mis
retratos..., pero ni por el espacio de un solo minuto dejé de reconocer que mi alma
estaba ligada a usted para siempre!... ¡No tengo fuerzas para dejarla de querer...,
Nina!... ¡Cuando la perdí, empecé a imprimir mis obras, pero la vida es para mí
insoportable!... ¡Sufro!... ¡Se me figura que la juventud me ha sido de pronto
arrancada, y que he vivido ya noventa años!... ¡La llamo!... ¡Beso la tierra por
donde ha pisado!... ¡Por cualquier parte que mire, se me aparece constantemente
su rostro..., su dulce sonrisa..., que iluminó los mejores años de mi vida!...
NINA.- (Desconcertada.) ¿Por qué me habla así? ¿Por qué me habla así?...
TREPLEV.- ¡Soy un solitario!... ¡Ningún afecto me conforta!... ¡Siento dentro de mí el frío
de una caverna, y todo cuanto escribo es seco, sombrío y falto de corazón!...
¡Quédese aquí..., Nina!... ¡Se lo suplico!... ¡Permítame, si no, que me marche con
usted! (Con un movimiento apresurado, NINA se coloca otra vez el sombrero y la
capa.) ¡Nina!... ¿Por qué?... ¡Por el amor de Dios!... (Contemplándola mientras se
cubre.) ¡Nina! (Pausa.)
NINA.- Mis caballos esperan a la entrada de la cerca. No me acompañe. Iré sola. (Entre
lágrimas.) Deme un poco de agua.
TREPLEV.- (Sirviéndole el agua.) ¿Adónde va usted ahora?
NINA.- A la ciudad. (Pausa.) ¿Está aquí Irina Nikolaevna?
TREPLEV.- Sí. El jueves pasado el tío se sintió mal, y la telegrafiamos que viniera.
NINA.- ¿Por qué decía usted que besaba la tierra por donde he pisado?... ¡Lo que se
debería hacer conmigo es matarme!... (Inclinándose sobre la mesa.) ¡Estoy tan
cansada!... ¡Qué bueno sería descansar!... ¡Descansar!... (Levantando la cabeza.)
Soy una gaviota... No..., no es eso... ¡Soy una artista! (Se oyen las risas de
ARKADINA y TRIGORIN. NINA escucha primero, corre luego a la puerta de la
izquierda y mira por la cerradura.) ¡También él está aquí!... (Volviéndose hacia
TREPLEV.) No es nada... ¡Sí!... ¡El no tenía fe en el teatro!... ¡Se reía de mis
sueños!... ¡Yo también, poco a poco, dejé de creer en él y mi ánimo fue
decayendo!... ¡A esto se unía la inquietud amorosa..., los celos..., un eterno temor
por el pequeño!... ¡Me volví mezquina..., nula!... ¡No daba un sentido a mis
papeles, no sabía que hacer con mis manos ni tenerme en escena!... ¡Tampoco era
dueña de mi voz!... ¡Usted no sabe lo que es tener conciencia de que se ejecuta un
papel terriblemente mal!... ¡Soy una gaviota!... ¡No..., no es eso!... Un día..., ¿lo
recuerda?..., mató usted una... «¡El azar llevó allí a un hombre!... ¡El hombre vio a
la gaviota y la mató por hacer algo!»... ¡Argumento para una novela corta!... No es
eso... (Se frota la frente con la mano.) ¿De qué estaba hablando?... ¡Ah, sí!...
Hablaba de la escena... ¡Ahora soy otra!... ¡Ahora soy una verdadera artista!...
¡Represento mis papeles con fruición..., con entusiasmo!... ¡Se apodera de mí como
una embriaguez en el escenario, y me reconozco a mí misma maravillosa!... ¡Aquí
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ando..., ando incesantemente y, mientras ando y pienso, siento cómo crecen de día
en día las fuerzas de mi alma!... ¡Ahora, Kostia, sé y comprendo que en nuestras
profesiones -tanto escribiendo como representando- lo principal no es la gloria, ni el
brillo, ni la realización de los sueños!... ¡Lo principal es saber sufrir!... ¡Lleva tu cruz
y ten fe!... ¡Yo la tengo, y por eso mi sufrimiento es menor!... Y cuando pienso en
mi vocación, no temo a la vida.
TREPLEV.- (Tristemente.) ¡Porque ha encontrado su camino! ¡Conoce dónde va!... ¡Yo,
en cambio, floto en un caos de sueños e imágenes, sin saber para qué ni para quién
esto es necesario! ¡No creo, y no sé cuál es mi vocación!
NINA.- (Escuchando.) ¡Tsss!... Me voy. Adiós. Cuando sea una gran artista, venga a
verme trabajar. ¿Me lo promete? ¡Ahora, todavía!... (Estrechándole la mano.) Es ya
tarde..., los pies apenas me sostienen, estoy débil, y tengo hambre.
TREPLEV.- ¡Quédese! ¡Le daré de cenar!
NINA.- ¡No, no!... ¡No me acompañe!... Los caballos están cerca... ¿Conque..., la trajo
consigo?... ¡Bah! ¡Es igual!... ¡Cuando vea a Trigorin..., no le diga nada!... ¡Le
quiero!... ¡Le quiero incluso más locamente que antes!... «¡Argumento para una
novela corta!»... ¡Le quiero! ¡Le quiero apasionadamente..., hasta la
desesperación!... ¡Qué bueno era todo antes, Kostia! ¿Lo recuerda?... ¡Qué vida tan
clara, tan cálida, tan alegre, tan pura!... ¡Qué sentimientos!... ¡Semejantes a los de
las flores más tiernas y delicadas!... ¿Se acuerda? (Recitando.) «¡Gentes, leones,
águilas y codornices!... ¡Ciervos astados! ¡Gansos! ¡Arañas! ¡Peces silenciosos que
poblabais el agua! ¡Estrellas del mar y demás seres que el ojo humano no alcanza a
ver!... ¡Vidas todas, vidas todas, vidas todas, en suma..., que girasteis sobre
vuestro triste círculo y os apagasteis!... ¡Hace ya mil siglos que la tierra no contiene
ni un solo ser vivo, y que esta pobre luna enciende en vano su farol!... ¡En el prado
ya no despiertan con un grito las grullas, ni se oye el chasquido del escarabajo en la
arboleda de los tilos!» (De un movimiento impulsivo abraza a TREPLEV, y sale
corriento por la puerta de cristales.)
TREPLEV.- (Tras una pausa.) No conviene que nadie la vea en el jardín... Podrían
contárselo a mi madre, y le disgustaría... (En el espacio de un minuto rasga todos
sus manuscritos y los arroja debajo de la mesa. Luego abre la puerta de la derecha
y sale por ella.)
DORN.- (Tratando de abrir la de la izquierda.) ¡Qué raro! ¡Parece enteramente que está
cerrada! (Entrando y volviendo a colocar la butaca en su sitio.) ¡Carrera de
obstáculos!
Escena IV
Entran ARKADINA y POLINA ANDREEVNA seguidas de MASCHA y de IAKOV, que
transporta unas botellas Después, SCHAMRAEV y TRIGORIN.
ARKADINA.- El vino tinto y la cerveza para Boris Alekseevich, póngalo ahí encima de la
mesa. ¡Vamos a jugar y a beber! ¡Sentémonos!
POLINA ANDREEVNA.- (A IAKOV.) Puedes traerte el té al mismo tiempo... (Enciende
las velas y se sienta a la mesa de juego.)
SCHAMRAEV.- (Deteniéndose con TRIGORIN ante el armario.) Aquí tengo aquello de
que le hablaba... (Sacando del armario la gaviota disecada.) ¡Su encargo!
TRIGORIN.- (Mirando la gaviota.) ¡No recuerdo!... (Queda un momento pensativo.) ¡No
recuerdo!... (Por el lado de la derecha y fuera de la escena suena un disparo. Todos
se estremecen.)
ARKADINA.- (Asustada.) ¿Qué es?
DORN.- Nada. ¡Seguramente algo que ha estallado en mi botiquín!... ¡No se preocupe!
(Sale por la puerta de la derecha, regresando medio minuto después.)
¡Exactamente lo que les decía! ¡Ha estallado el frasco del éter!... (Canturreando.)
«¡Ante ti otra vez, fascinado estoy!»
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