Universidad Católica de Honduras
Nuestra Señora Reina de La Paz
Asignatura: El Hombre Frente a la Vida (2001A)
Licenciado: Ivis Ordóñez
Tema: Los siete Pecados Capitales
Grupo 2
Integrantes:
Franco Carlos Pineda Castellanos
Estephanie Adassa Salgado Chacón
Daniel Emilio Flores Martínez
Dariela Giselle Abrego Alvarenga
David Ismael Valladares Betancourt
Dawny Farid González Castellanos
Débora Yissel González Juárez
Diego Sebastián Rivera Ordóñez
Digna Stephanie Martínez Duarte
Elizabeth Consuelo Ortiz Henríquez
Emiliano André Sandoval Santos
Eunice Abigail Nieto Solórzano
Felicita Magdalena Hernández Sánchez
Fernando José Posas Carías
Génesis Alejandra Galeano Ramos
II Periodo
Año 2023
Introducción a los Pecados Capitales
Los Pecados Capitales, también conocidos como pecados mortales, son un concepto que
se origina en la tradición cristiana y que ha influido en la ética y la moral a lo largo de la
historia. Estos pecados representan actitudes y comportamientos negativos que son
considerados ofensas graves contra la bondad y la santidad de Dios. Aunque hay diversas
listas y enfoques, los Pecados Capitales más comúnmente reconocidos son siete: la
soberbia, la envidia, la ira, la pereza, la avaricia, la gula y la lujuria. En este ensayo, nos
centraremos en tres de estos pecados: la soberbia, la envidia y la ira.
Los pecados capitales viven en nosotros, según la teología cristiana cometer estos pecados
capitales es tan sencillo como pensar en ellos y tienen las consecuencias de ser mortales
para el hombre, puesto que no se puede trasgredir la voluntad de dios sin pagar un alto
precio; estos son perjudiciales para una vida espiritual ya que afectan el alma llevando a
la muerte, única forma de pagar el pecado.
Estos no han sido proclamados por la Santa Biblia, es decir no aparecen enumerados a
pesar de que muchos pasajes y parábolas tienen que ver con al menos uno de estos
pecados.
La historia se remite a los monasterios de Egipto, 375 después de cristo, 300 años después
de escribir el nuevo evangelio, un monje llamado Evagrio Póntico se aísla de
Constantinopla, recurriendo a las afueras del desierto para ello. Empezó a mirar dentro de
su alma y comenzó a catalogar los pensamientos que encontró en su interior, enumero las
diferentes tentaciones del alma humana, finalmente redujo y perfecciono la lista hasta
dejar los más peligrosos; inicialmente empezó con ocho terribles tentaciones par ir al
infierno: Gula, Avaricia, Lujuria, Ira, Orgullo, Vanidad, Apatía, tristeza.
En esa época estos escritos solo eran conocidos por los monjes y sacerdotes cercanos a
Evagrio, pertenecientes a su iglesia, por lo cual no tenían una consideración y
reconocimiento global, hasta que en el año 590 dc, el Papa Gregorio, estudio la lista de
este monje, unifico el orgullo con la vanidad, la apatía con la tristeza (pereza), y agrego
la envidia. Codifico así los pecados capitales y los instauro en toda la Iglesia.
El Papa Gregorio era un reformist¡”de la iglesia, instauro la confesión y el celibato,
cambio la palabra tentación por pecado, instaurando así los siete pecados capitales. Era
importante que fueran siete debido al alto reconocimiento y poder que este número
representa para los cristianos.
Los pecadores al morir van a parar a un lugar opuesto al cielo, llamado infierno, Jesús
decía que los pecadores se iban para Guejena, esta era una parte de la ciudad de Jerusalén
donde se quemaba la basura, Jesús lo utilizo como símbolo para mostrar lo que le pasa a
los pecadores.
Dante en la divina comedia, se ha encargado de recrear este lugar con habitaciones
destinadas a la condena de cada pecado, hoy todo lo que la teología cristiana piensa sobre
el infierno, es basada en esta descripción de Dante, especialmente por aquella parte donde
los pecadores siempre estaban sufriendo y con fuego a su alrededor. Los siete pecados se
convirtieron en la base de la teología cristiana.
Antes de asaltar cada pecado, buscamos a Santo Tomás de Aquino para encontrar una
definición de pecado capital: "aquellos vicios a los que la naturaleza humana está
principalmente inclinada".
El hombre peca desde que es hombre. De hecho, en la Biblia, Adán fue tentado por el
diablo y, abusando de su libertad, cometió el primer pecado, el pecado original, al
desobedecer el mandamiento de Dios. Desde entonces, la especie humana deambula por
un tortuoso camino de espinas.
Fue el papa de Roma Gregorio Magno quien, a finales del siglo VI, fijó para siempre los
siete pecados capitales: soberbia, avaricia, gula, lujuria, ira, envidia y pereza. Vicios
capitales, pecados cardinales o pecados capitales, lo mismo son. Y son capitales porque
son la fuente de otros muchos pecados.
Soberbia
La soberbia es considerada el pecado capital más destructivo y fundamental, ya que es el
origen de otros pecados. Se define como un exceso de amor propio, arrogancia y
desprecio hacia los demás, creyendo que uno es superior y que merece adoración y
alabanza. La persona soberbia tiende a desvalorizar las habilidades y contribuciones de
los demás, buscando constantemente destacar y ser el centro de atención.
Para muchos, el verdadero rey de los vicios porque las personas tienden a él. La soberbia
es algo así como un deseo excesivo por ser preferido a otros, el amor desmedido por uno
mismo, por creerse por encima de los demás. Con esa actitud, uno está menospreciando
a Dios y a los demás.
Este pecado afecta negativamente las relaciones personales, ya que la soberbia puede
llevar a la intolerancia hacia las opiniones diferentes y a la incapacidad de aceptar críticas
constructivas. Además, puede generar un sentido de superioridad que alimenta el deseo
de dominar a los demás y controlar situaciones, lo que puede llevar a comportamientos
abusivos o manipuladores.
La soberbia también puede ser un obstáculo para el crecimiento personal y espiritual, ya
que impide reconocer errores y limita la capacidad de aprendizaje y automejora. En lugar
de buscar la humildad y la comprensión, la persona soberbia se aferra a una imagen
inflada de sí misma, impidiendo el desarrollo de una verdadera identidad basada en la
autenticidad y la aceptación de uno mismo.
La Ira
Por otro lado, la ira es una emoción humana natural, pero cuando se convierte en un
pecado capital, se transforma en un problema. La ira en sí misma no es mala, pero cómo
la manejamos puede ser destructivo. La ira descontrolada puede llevar a actos impulsivos
y violentos que dañan a otros y a uno mismo.
Ese sentimiento de indignación, venganza o furia es ira. Pueden ser tan fuertes las
emociones desatadas, que uno puede llegar a ir en contra del amor de Dios y del prójimo.
El cuánto de ira hay en un acto, determinará si el pecado es venial o mortal o incluso si
es simplemente un enojo intenso.
Es un sentimiento desmedido de enojo o rabia. Esta emoción, cuando se desborda, puede
tener como resultado el deseo de venganza y la toma de justicia por la propia mano, sin
ajustarse a la ley.
Por otra parte, las palabras que se pronuncian en momentos de ira son desgarradoras e
hirientes y pueden ofender de tal manera que no exista forma de reparar el daño causado.
La definición moderna del pecado de la ira incluye el racismo o la intolerancia hacia otras
personas a causa de su religión, condición social, etc. generando discriminación.
De hecho, según la doctrina católica, la ira forma parte de los pecados capitales o
mortales, los más graves que existen, ya que usualmente empujan a cometer otros pecados
posteriores, y está asociada tradicionalmente con el demonio Amon. Esto abarca la rabia
desmedida hacia los demás, capaz de empujar al homicidio, o hacia uno mismo, capaz de
empujar al suicidio; además, contradice la paciencia, que es una de las virtudes teologales.
Sin embargo, es común que se distinga entre la ira y la cólera, términos asociados con la
agresividad desmedida o la agresión ciega e incontrolable, y por otro lado la rabia y el
enfado, versiones mucho más manejables de lo mismo.
La pereza
La pereza es considerada uno de los siete pecados capitales, también conocidos como
“pecados mortales” en la tradición cristiana. Estos pecados son vistos como faltas graves
o vicios que pueden llevar a la perdición espiritual si no son reconocidos y corregidos.
La pereza se refiere a la falta de voluntad o esfuerzo en realizar acciones que requieren
trabajo, disciplina o responsabilidad. Es una actitud de negligencia, apatía o indiferencia
hacia las responsabilidades, deberes o tareas que uno debería cumplir. La persona
perezosa tiende a evitar el trabajo, posponer las tareas importantes y buscar
constantemente la comodidad y el ocio en lugar de hacer lo que debe hacer.
En las enseñanzas religiosas, la pereza se considera un pecado porque va en contra del
ideal de dedicación y esfuerzo para mejorar a uno mismo y servir a los demás. Además,
se cree que la pereza puede llevar a una falta de crecimiento personal y a una vida poco
fructífera.
En general, la idea de los pecados capitales es alentar a las personas a reconocer y corregir
estos comportamientos negativos, buscando una vida más virtuosa y en armonía con los
valores espirituales. Es importante destacar que estos conceptos pueden variar según las
diferentes creencias religiosas y filosóficas.
La pereza es el desafecto, la dejadez, por las cosas que se deben hacer. Esa falta de
voluntad y esfuerzo acaba con la incapacidad del alma de llevar las riendas. Es un
abandono físico y espiritual.
La pereza 8 es considerado un pecado capital de acuerdo con el Catecismo de la Iglesia
Católica. Se considera el más «metafísico» de los pecados capitales, en cuanto está
referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia de uno mismo. Es
también el que más problemas causa en su denominación. La simple «pereza», más aún
el «ocio», no parecen constituir una falta, por ello, se puede tomar el concepto de «acidia»
o «acedía». Tomado en sentido propio es una «tristeza de ánimo» que aparta al creyente
de las obligaciones espirituales o divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en
ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que
el cristianismo prescribe para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la
práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes,
los ejercicios de piedad y de religión. De este modo, en esta de se considera que concebir
tristeza por tales cosas, abrigar desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital.
Tomada en sentido estricto es pecado mortal en cuanto se opone directamente al concepto
de «caridad que se debe a uno mismo» y que se debería a la deidad cristiana. De esta
manera, si deliberadamente y con pleno consentimiento de la voluntad, un creyente se
entristece o siente desgana de las cosas a las que se está obligado; por ejemplo, al perdón
de las injurias, a la privación de los placeres carnales, entre otras; la acidia es pecado
grave porque se opone a estas ideas.
En 1589, el obispo alemán Peter Binsfeld asoció a la pereza con el demonio Belfegor.
La Diligencia es una de las Siete Virtudes que forman parte del Catecismo de la Iglesia
Católica, la cual sirve como una guía que el creyente cristiano usa para saber afrontar la
tentación de pereza, puesto que se contrapone a ella y, por ello, serviría como «virtud para
salvar el alma».
La lujuria:
Lujuria: La lujuria es el deseo sexual desordenado y egoísta, que lleva a la utilización del
otro como un objeto de placer, sin respeto por su dignidad o bienestar. Se opone al amor
verdadero y al respeto en las relaciones íntimas.
La lujuria es otro de los pecados capitales más populares. Es el deseo excesivo por el
placer sexual. Esa satisfacción carnal se aleja del propósito divino, el del amor entre
cónyuges entregados a la procreación.
"No cometerás adulterio", reza el sexto mandamiento. Aunque el cuerpo no actúe, sólo
con tener pensamientos considerados impuros, uno está pecando.
En todo caso, la idea de la lujuria como un pecado grave formó parte de la moral cristiana
que imperó en el Medioevo europeo durante siglos. En sus momentos más puritanos,
dicha moral obligaba a un sexo sin disfrute y enteramente dedicado a la procreación, y
cualquier otra cosa era considerada una conducta lujuriosa, que enviaría al pecador al
segundo círculo del infierno (de acuerdo a la representación de Dante Alighieri en su
Divina comedia).
Un Íncubo es un demonio, en la creencia y mitología popular europea de la Edad Media
que se supone se posa encima de la víctima femenina durmiente, para tener relaciones
sexuales con quien duerme, de acuerdo con una amplia cantidad de tradiciones
mitológicas y legendarias. Su contraparte femenina se llama súcubo. Un íncubo puede
buscar tener relaciones sexuales con una mujer para convertirse en el padre de un niño,
como en la leyenda de Merlín Algunas fuentes indican que puede ser identificado por su
antinatural frío pene. La tradición religiosa sostiene que tener relaciones sexuales con un
íncubo o súcubo puede provocar un deterioro en la salud, o incluso hasta la muerte.9 Las
víctimas viven la experiencia como un sueño sin poder despertar de este.
En general, la moral sexual religiosa es muy restrictiva en el comportamiento sexual
humano considerado aceptable. Así califica muchas prácticas y comportamientos
sexuales como desordenados y lujuriosos. Sin embargo, muchas religiones tenían y tienen
deidades de la lujuria -a veces del amor y la belleza-, sin que fueran moralmente
reprobables
Para la Iglesia católica, la lujuria es un pecado capital.
De acuerdo con la Iglesia católica, los humanos son seres sexuales, cuya identidad sexual
se extiende más allá del cuerpo, involucrando también la mente y el alma. Los sexos están
destinados por designio divino para que sean diferentes y complementarios, ambos con
igual dignidad y hechos a la imagen y semejanza de Dios. Los actos sexuales" nota 1 son
sagrados dentro del contexto de la relación conyugal, que refleja un "don mutuo total y
temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer". Los pecados sexuales, por lo tanto,
no violan solo el cuerpo, sino también todo el ser de la persona. En su libro de 1995
Cruzando el Umbral de la Esperanza, Juan Pablo II hizo una reflexión sobre este asunto:
"Al final, los jóvenes están siempre en busca de la belleza en el amor. Ellos quieren que
su amor sea bello. Si ellos cayeran en la debilidad, siguiendo los modelos de
comportamiento que pueden ser considerados exactamente como un "escándalo en el
mundo contemporáneo" (y estos son, infelizmente, modelos ampliamente difundidos), en
las profundidad de sus corazones ellos todavía pueden desear un amor lindo y puro. Esto
es tan verdadero como para los muchachos como para muchachas. En última análisis,
ellos saben que solo Dios puede darles ese amor. Como resultado, ellos están dispuestos
a seguir a Cristo, si se preocupan por los sacrificios que esto puede tener."
En los Diez Mandamientos en el catolicismo, el sexto mandamiento enuncia: "No
cometerás actos sexuales impuros".
En el poema El Infierno de la Divina Comedia, se encuentran aquellos que han pecado de
lujuria en el segundo círculo del Infierno . Dante condena a estos "malefactores
carnales"por dejar que sus apetitos sobrepasaran su razón. Ellos son los primeros en ser
verdaderamente castigados en el Infierno. Estas almas están condenadas a ser impelidas
por un fuerte viento que las embiste contra suelo y paredes, las agita y las hace chocar
entre ellas sin descanso, de la misma forma que en vida se dejaron llevar por los vientos
de la pasión.
En el poema El Purgatorio de la Divina Comedia, la séptima grada corresponde a la
lujuria, la cual tiene una inmensa pared de llamas a través del cual todos deben pasar.
Almas arrepintiéndose de su deseo sexual mal dirigido se ejecutan a través de las llamas
gritando ejemplos de la lujuria (Sodoma y Gomorra y Pasífae) y de la castidad y la
fidelidad marital. Como una oración, cantan el himno Sumas Deus Clementiae (Dios de
la Suprema Clemencia) de la Liturgia de las Horas (Cantos XXV y XXVI).
La religión, además, sostiene que el deseo sexual no es malo de por sí. La lujuria –el mal
uso del sexo– es una deformación de la legítima apetencia sexual humana, igual que el
cáncer de hígado es una alteración del hígado, órgano que nada tiene de innoble.
Confundir el deseo sexual con la lujuria sería como confundir un órgano con el tumor que
lo está destruyendo. De la misma manera que un tumor destruye un órgano cuando sus
propias células tienen un desarrollo ajeno a su función natural, puede decirse que la
búsqueda del placer sexual fuera de sus leyes naturales produce una alteración en la
función sexual natural del hombre. Para mantener el respeto y el honor en la relación de
pareja, debiera ejercer cada quien autocontrol y mitigar deseos.
En 1589, Peter Binsfeld, basándose libremente en fuentes anteriores, asoció a la Lujuria
con el demonio Asmodeo.
La castidad es una de las Siete Virtudes que forman parte del catecismo, la cual sirve para
que el cristiano sepa cómo afrontar la tentación de la lujuria.
La gula
La gula es el pecado de comer o beber en exceso, más allá de lo necesario para mantenerse
saludable, y también puede extenderse a otros aspectos de la vida, como el consumo
desmedido de bienes o placeres.
Comer y beber cada día como si no hubiera un mañana. La gula es pecado porque se daña
el cuerpo por el mero de experimentar ese placer y porque dificulta o imposibilita llevar
a cabo trabajos y otros deberes. Eso sí, en la práctica, los casos de gula suelen saldarse
como pecados veniales.
Se conoce como gula ese mecanismo humano caracterizado por el apetito desmedido en
el comer y el beber. Según la religión cristiana, la vida es irrenunciable, de ahí que un
apetito desmedido sería aquel que cause problemas de salud que interfieran en el estado
físico y en el comportamiento moral.
La gula es un pecado capital para la religión cristiana ya que, según ésta, es un vicio del
deseo desordenado por el placer conectado con la comida o con la bebida, el glotón
continúa ingiriendo alimentos sin sentir hambre.
Fray Andrés de Olmos vincula la gula con el pasaje en que Eva y Adán incurren en pecado
por comer el alimento prohibido.6 Puede ser interesante destacar que la serpiente les
ofrece un fruto prohibido que les hará como Dios. Es precisamente esa la raíz de todo
pecado y la razón por la que el hombre acaba en la tierra donde constata que él no es Dios,
que tiene limitaciones.
El ser humano ante Dios no tiene derechos pues no es como Dios. La vida es un don que
se recibe por la gracia de Dios y del que Dios dispone a su antojo. ¨Solo Él, Dios, decide
cuándo nos priva de la vida y de qué manera. De ahí que el hombre no pueda disponer de
la vida. El mismo Jesucristo al hacerse hombre dispuso poco antes de la crucifixión que
no se hiciera su voluntad sino la del Padre. El hombre sí tiene, por el contrario,
obligaciones morales y entre ellas, la de mantener su cuerpo y su mente en el mejor estado
posible, rechazando aquel fruto prohibido que provoque en él un apetito insaciable, una
dependencia insaciable de tal modo que este fruto prohibido no lo aparte de sus
obligaciones morales.
En la raíz de todo pecado está siempre el egoísmo, que no es otra cosa que creerse el
centro de todo, querer ser como Dios.
También Fray Olmos escribe un pasaje en que el glotón ya en el infierno pide que le
manden a Lázaro para que moje su dedo en el agua y apacigüe el fuego de su lengua.
En el poema El Infierno de la Divina Comedia, se castiga a los condenados por el pecado
de la gula en el tercer círculo, con la pena de ser batidos por una fortísima lluvia mezclada
con grueso granizo, y ensordecido por los terribles ladridos de Cerbero, que además los
desgarra con uñas y dientes.
Fray Andrés de Olmos relaciona el exceso de gasto con el exceso de boato y ostentación
(el que gasta mucho en sí mismo). También afirma que el que dispone de los bienes
materiales que no le corresponden incurre en hurto: Adán robó solo una frutita y fue
rechazado por Dios.
En la misma línea, y recordando que lo siguiente solo expone un punto de vista religioso,
en una situación de necesidad por escasez de alimentos, una persona no puede acaparar y
privar a otros de los alimentos que necesiten para mantener su cuerpo y cumplir con sus
obligaciones morales. La justificación es la misma: la vida (en este caso la ajena) no es
un don que, según los religiosos, Dios haya puesto en los humanos para disponer de ella
a sus intereses sino un bien que se ha de cuidar. Pero es necesario resaltar que privar a
otros de sus alimentos no es gula, sino que para la religión cristiana constituye una falta
de caridad o misericordia ante el sufrimiento ajeno.
Este deseo puede ser pecaminoso de varias formas (siempre según los preceptos de dicha
religión):
Comer o beber en exceso de lo que el cuerpo necesita.
Cortejar el gusto por cierta clase de comida a sabiendas de que va en detrimento de la
salud.
Consentir el apetito por comidas o bebidas costosas, especialmente cuando una dieta
lujosa está fuera del alcance económico.
Comer o beber vorazmente dándole más atención a la comida que a los que nos
acompañan.
Desperdiciar la comida, estando en la misma categoría que la de comer más de lo que
necesita el cuerpo.
En los primeros cuatro casos, la gula es ocasionada por el mismo factor que la Lujuria:
El deseo de obtener satisfacción a partir del sabor del alimento ingerido impulsa a quien
incurre en este pecado a comer lo más posible.
En 1589 Peter Binsfeld, basándose libremente en fuentes anteriores, asoció a la gula con
el demonio Belcebú, que tentaba a la gente por medios asociados al pecado. La templanza
es una de las Siete Virtudes que forman parte del Catecismo de la Iglesia católica, la cual
sirve para que el cristiano sepa cómo afrontar la tentación de la gula, puesto a que se
contrapone a ella y, por ello, sirve como toda virtud a salvar el alma
La envidia
La envidia es un sentimiento negativo hacia los logros, el bienestar o las posesiones de
otros, acompañado del deseo de tener lo que ellos tienen o incluso verlos privados de ello.
La envidia puede llevar a la amargura y a la destrucción de relaciones.
Otro pecado capital masivo. La envidia es esa tristeza, pesar o rencor del bien ajeno; que
se te lleven los demonios por la buena suerte de alguien, deseando que dicha fortuna fuera
tuya. Es un vicio que tortura al pecador desdichado y que genera odio al prójimo.
la tradición moral y religiosa occidental ha condenado a la envidia al rincón de las
emociones más bajas del ser humano. El envidioso es incapaz de celebrar o compartir las
alegrías ajenas, es decir, es incapaz de sentir el amor al prójimo predicado por Jesucristo,
y por esa razón doctrinas como la católica cristiana la consideran entre los pecados
capitales, es decir, los pecados más graves y fundamentales.
Según la tradición religiosa de la Edad Media, el pecado de la envidia se correspondía
con el demonio marino llamado Leviatán. En la iconografía cristiana, se la representa a
menudo como un viejo espectro femenino con serpientes en la cabeza, las manos y uno
mordiéndole el seno. En ocasiones también aparece destruyendo o devorando un corazón,
junto a uno o varios perros.
Es una asesina despiadada que puede transformarse en otras personas. Pero, el atributo
más peligroso de la Envidia es su capacidad influir los pensamientos y sentimientos de
las personas. Esto hace que las personas se peleen y se lastimen entre sí. Ella busca que
todos se comparen entre sí mientras los ciega a su propia bondad personal. Aunque puede
adoptar la apariencia de quienquiera que vea, la verdadera identidad de Envidia es
bastante diferente. Al final de la serie, después de una larga batalla con uno de los
personajes principales, Envidia se reduce a su forma original, una pequeña criatura
parecida a una babosa. Cuando Eduardo la ve en un estado tan patético, Envidia comienza
a llorar de humillación. Ella intenta engañar a los personajes haciéndolos celosos entre sí.
Envidia espera que sus celos hagan que los héroes luchen mientras ella escapa. Eduardo,
sin embargo, ve a través de la estratagema y dice con pesar: “Ahora comprendo … nos
envidias”. Cuando la criatura escucha estas palabras, se desespera cuando su mayor
vergüenza sale a la luz. No puede soportar vivir con la vergüenza. Vivimos en un mundo
que prioriza la percepción y se asfixia con la comparación. Tanta gente desperdicia sus
recursos asegurándose de que se les vea como ricos, inteligentes, felices, populares, etc.
Esto está muy claro en la industria del entretenimiento, especialmente en la televisión de
“realidad”. ¡Es de conocimiento común que estos programas son completamente opuestos
a la realidad! Su único objetivo es presentar una imagen determinada, no lo que realmente
está sucediendo. San Tomás de Aquino desafía la envidia como “el dolor por el bien de
nuestro prójimo”. En lugar de regocijarnos por la bondad, nos entristece. Pasamos nuestro
tiempo obsesionándonos con las bendiciones de otra persona mientras Satanás nos ciega
a nuestras. Al final, la envidia es el resultado de que nos olvidamos de nuestro propio ser
amado como hijos de Dios.
La Envidia es considerado por la Iglesia católica como un pecado capital porque genera
otros pecados; el término "capital" no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da
origen a muchos otros pecados y rompe con el amor al prójimo que proclama Jesús.4
San Gregorio Magno (*ca. 540 en Roma – †12 de marzo de 604), fue el sexagésimo cuarto
Papa de la Iglesia católica; fue quien seleccionó los siete pecados capitales, y se mantuvo
por la mayoría de los teólogos de la Edad Media.4
Para Santo Tomás de Aquino, la envidia es "tristeza del bien de otro".
Dante Alighieri en el poema de El Purgatorio, define la envidia como "Amor por los
propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos." El castigo para los
envidiosos es el de cerrar sus ojos y coserlos con alambres de hierro, porque habían
recibido placer al ver a otros caer.En la Edad Media el famoso cazador de brujas, el
cardenal Peter Binsfeld le atribuyó a la envidia el demonio llamado Leviatán, un demonio
marino y que era solo controlado por Dios.
La avaricia
La avaricia, también conocida como codicia, es el deseo excesivo de poseer y acumular
riquezas y bienes materiales, sin importar las consecuencias para los demás o la búsqueda
desenfrenada de riquezas. Es una forma de idolatría al dinero y los bienes materiales.
El amor excesivo por la riqueza es otro de los pecados capitales que más almas condena.
Y es un vicio capital porque ese afán por el dinero, o por cualquier cosa que se desea
desmedidamente, lleva al hombre a tratar de conseguirlo mediante cualquier medio y acto.
Ahora bien, la avaricia por sí sola generalmente no es un pecado mortal.
En el Catolicismo, la codicia es un término que describe muchos tipos de pecados. Estos
incluyen deslealtad, traición deliberada, especialmente para el beneficio personal, como
en el caso de dejarse sobornar. Búsqueda y acumulación de objetos, estafa, robo y asalto,
especialmente con violencia, los engaños o la manipulación de la autoridad son todas
acciones que pueden ser inspirados por la avaricia. Es de destacar también la corrupción
y desigualdad social. Tales actos pueden incluir la simonía.
La generosidad es una de las Siete Virtudes que forman parte del Catecismo de la Iglesia
Católica, la cual sirve para que el cristiano sepa cómo afrontar la tentación de avaricia.
Los budistas creen que la codicia está basada en una errada conexión material con la
felicidad. Esto es causado por una perspectiva que exagera los aspectos de un objeto. [cita
requerida] Según ellos una alto deseo de bienes naturales conlleva muchos sufrimientos
para conseguirlo y más sufrimientos al perderlos al enfermarse, envejecer y o morir.
La avaricia se puede manifestar en muchas formas muy diferentes, que tengan en común
el deseo irrefrenable de acumular bienes o posesiones, o el amor desmedido a los mismos,
tales como: Negarse a ayudar al prójimo en desgracia teniendo los medios para hacerlo y
sin que ello suponga un gran sacrificio personal.
CONCLUSIÓN
En conclusión, los Pecados Capitales son una guía ética que advierte sobre las actitudes
y comportamientos que pueden ser perjudiciales para uno mismo y para los demás. La
soberbia, la envidia y la ira son solo tres ejemplos de los pecados que pueden desviar a
las personas del camino de la virtud y la compasión. Reconocer estos aspectos negativos
de la naturaleza humana puede ser el primer paso para cultivar una vida más virtuosa y
enriquecedora. La práctica de la humildad, la gratitud y la paciencia puede ayudarnos a
superar estos pecados y encontrar una mayor paz y armonía en nuestras vidas.
Los 7 pecados capitales, esta es la clasificación que se le da a una de las bases de los
dichos "pecados" de la biblia y también son la base de muchos de los pecados. Los
pecados: Orgullo o soberbia: estima y amor indebido por sí mismo; Envidia: deseo
desordenado de poseer lo que otros tienen. Avaricia: deseo excesivo por obtener bienes
materiales y riquezas estando dispuesto a usar, de ser necesario, medios ilícitos para
conseguirlos; Ira: sentimiento de gran enojo que nos lleva a comportarnos de forma cruel
y violenta. Lujuria: deseo desmedido de los placeres carnales que conduce a la
inmoralidad sexual. Gula: glotonería, apetito descontrolado por la comida y la bebida; Y
Pereza: afición desequilibrada al descanso y al ocio.