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Bodei Remo La Chispa y El Fuego Completo

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COLECCIÓN Claves Dirigida por Hugo Vezzetti

Remo Bodei

LA CHISPA
Y EL FUEGO

INVITACIÓN A LA FILOSOFÍA

Ediciones Nueva Visión


Buenos Aires
Bodei, Remo
La chispa y el fuego. Invitación a la filosofia 1 ed. - Buenos Aires: Nueva Visión, 2006
176 p. 20x13 cm. (Claves, dirigida por Hugo Vezzetti)
Traducido por: Heber Cardoso
ISBN 950-602-529-0

1. Filosofía. 1. Cardoso, Heber, trad. II. Titulo


CDD 100
Título del original en italiano:
Una scintilla di fuoco. Invito alla filosofia
Copyright © 2005 Zanichelli editore S.p.A, Bologna [9700]

Traducción autorizada de la edición italiana publicada por Zanichelli.


A mis alumnos

dispersos por el mundo

Traducción de Heber Cardoso

1.S.B.N-10: 950-610-529-0 I.S.B.N.-13: 978-950-602-529-8

LA FOTOGOPIA MATA RELIBRO Y ES UN DELITO


Toda reproducción total o parcial de esta obra por cualquier sistema -incluyendo el
fotocopiado- que no haya sido expresamen- te autorizada por el editor constituye una infracción a
los derechos del autor y será reprimida con penas de hasta seis años de prisión (art. 62 de la
ley 11.723 y art. 172 del Código Penal).

2006 por Ediciones Nueva Visión SAIC. Tucumán 3748, (1189) Buenos Aires, República
Argentina. Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723. Impreso en la Argentina/Printed in
Argentina

La filosofia no es una "una disciplina que sea licita enseñar como las demás: sólo luego de una larga
frecuentación y convi- vencia con su contenido se manifiesta en el alma, como una luz que de
pronto se en- ciende a partir de una chispa, para luego alimentarse de sí misma".
PLATON, Septima carta, 341, C-D
INTRODUCCIÓN

Desde hace algún tiempo, el interés por la filosofia ha au- mentado en todas partes. y los
textos introductorios a esta disciplína se han multiplicado. Diversos motivos explican el fenómeno:
la filosofía constituye un antídoto contra el fast food dispuesto por los medios
de comunicación masivos; responde a la necesidad de entender y razonar producida por
el ocaso de las ideologías que dominaron el panorama político. del siglo xx; plantea
interrogantes sobre el destino de cada uno de nosotros frente al perfilarse de un porvenir
que se presenta como muy inseguro; reemplaza los argumentos para la debilitada o
fanáticamente fortalecida fe en los dog- mas de algunas religiones; colma las lagunas provocadas
por la inestabilidad de las instituciones educativas y universita- rias que impulsan a muchos hacia
una integración y a una actualización personal de los saberes adquiridos. Por otra parte,
en momentos en que leyes y costumbres de los países occidentales tienden a descargar en
los individuos responsa- bilidades inéditas (relativas a cuestiones vitales, antes celo- samente
administradas por los Estados y las iglesias: aborto, divorcio, objeciones de conciencia), se
le asigna a la filosofía la interminable tarea de desentrañar, a nivel de la teoría, los antiguos y
nuevos nudos que bloquean o frenan el pensa- miento y la existencia.
De esta manera, la filosofia trata de satisfacer un difundi- do hambre de sentido, en
cuanto exigencia de situarse y orientarse de la manera más mediata y coherente en el ho- rizonte del
mundo. En la actualidad se sostiene que dicha obra de orientación comienza en la infancia, cuando los
niños son más modelables y la voluntad de saber resulta más

11

robusta. Así se ha visto a filósofos y a divulgadores -con actitud innovadora muy pronto
transformada en insoporta- ble arrumaco- dirigirse públicamente a niños y niñas paral
ilustrarlos acerca de la esencia de la ética y de la felicidad o para proporcionarles fáciles
recetas de la cocina filosófica.
Como consecuencia de la necesidad de una anticipada comprensión de la
realidad, ha surgido, y hasta se ha difun- dido con rapidez, en especial en el
área anglosajona, una filosofia dedicada a los niños, la children philosophy.
Obedeciendo a una lógica propia, este libro presenta un corte distinto con respecto a otros
que podrían parecer aná- logos. En efecto, aun sin renunciar al máximo de claridad (porque
la misma constituye, según el decir de Unamuno, "la cortesía del filosofo"), intenta
comprometer racional y emoti- vamente al lector en la investigación, haciéndole recorrer,
junto al autor, trechos de un camino conocido para dejarlo finalmente frente a
encrucijadas y alternativas teóricas que invitan a asumir opciones personales responsables
y cohe- rentes. Bajo tal perfil, el volumen se encuentra, en ciertos aspectos, cercano a
las clásicas exhortaciones a la filosofia, según una tradición que comprende desde el
Potréptico de Aristóteles a la Epistola a Menecco de Epicuro o desde el perdido
Hortensius de Cicerón al más reciente Elogio de la filosofia de Merleau-Ponty. Por otros
y decisivos aspectos, representa, en cambio, una reflexión acerca de la naturaleza de la filosofia y
de su historia, así como una palestra mental en la cual ejercitar las ideas.
No contiene notas al pie, pero son frecuentes las citas de filósofos, a los efectos de trasmitir
la impresión de su viva voz. Las numerosas remisiones a una consistente bibliografia (cuvos
textos quedan indicados, entre paréntesis, con autor o título, año de publicación del texto y, de ser
preciso, el número de página) no deben desalentar a quien se sienta menos interesado
en eventuales profundizaciones.
yentes. El primero considera sólo el
En efecto, existen dos niveles de lectura que no son exclu-
núcleo de los problemas, para que puedan ser comprendidos independientemente de la
remisión a los autores, a la historia de la filosofía o a los textos consignados en la bibliografia.
Quien no tenga particu- lar familiaridad con el pensamiento filosófico simplemente puede
ignorar los nombres y las remisiones: no perderá lo esencial de la exposición. Si resulta
apenas más voluntarioso, si está movido por el deseo de ampliar la propia cultura o si
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se ve obligado a estudiar la "materia" en vista de algún examen, podrá estar en posesión de


algunos de los instru- mentos indicados o, de todos modos, de otros de fácil acceso en bibliotecas
y librerías. Se encontrará asi en condiciones de seguir mejor el hilo y las implicaciones del
discurso.
El segundo nivel está dirigido, en cambio, a todos aquellos interesados en captar las
referencias y en ir más a fondo en las cuestiones, ya sea en el plano teórico o en el
histórico. Para ellos, el texto se abrirá "en acordeón": multiplicará sus face- tas,
articulará sus contenidos, creará espacios de meditación, aumentará su espesor a través de
remisiones, señalará, mediante las ramificaciones y los vinculos sugeridos de la bibliografia,
diferentes direcciones para la investigación.
En suma, el libro se dirige tanto a quien no conoce lo suficiente de filosofia como a quien
ya está en conocimiento del pensamiento filosófico. No es un manual que, precisa- mente,
lleve de la mano al lector y lo acompañe, como en una visita guiada a una galería de arte, a lo largo
de toda la historia de la filosofía, expuesta en orden cronológico desde Tales hasta nuestros
días.
Por otra parte, no toma en consideración sólo las figuras de los filósofos, sino que se
detiene en las instituciones (escuelas, vías y medios de circulación cultural) y en las formas
litera- rias (diálogos, tratados, lecciones o aforismos) gracias a los cuales la filosofia se ha
conservado y se ha trasmitido durante milenios. Procura, en última instancia, inscribir la
filosofia occidental en el marco de las manifestaciones de "sabiduria extranjera" elaboradas por las
principales civilizaciones. El libro no tiene, obviamente, la pretensión de
agotar-además, en un espacio restringido la incalculable riqueza de las culturas
extracuropeas; su contribución es analizada aquí tanto como medio de contraste, para
mejor poner de relieve las peculiaridades del pensamiento occidental, así como re-
cordatorio para no olvidar, en una fase de acelerada "mun- dialización", que la historia
de nuestra especie también constituye un polifónico entrecruzamiento de ideas y códi- gos
éticos o estéticos, que sólo la ignorancia reciproca y el "engreimiento de las naciones"
impide recoger.
El objetivo principal de este volumen consiste, de todos modos, en invitar a todos
-según las fuerzas y el tiempo disponible- a que experimenten por sí mismos problemas y
soluciones. Esto requiere un discreto esfuerzo, que sin em- bargo merece ser realizado, a
menos que se quiera vivir como
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sonámbulo o se haya decidido, por pereza mental y moral, implantar en el propio ánimo
una especie de piloto automá tico, de modo de atravesar el arco completo de la existencia en un
estado de turbia inconsciencia, adaptado a cómodos pre- juicios o abandonado al
impulso de inclinaciones, pasiones, fantasias y opiniones que no han sido examinadas.
La empresa parecerá menos gravosa si se la cumple con el espíritu de aventura de quien
enfrenta un viaje de descubri- miento, por el placer intrinseco de explorar el territorio de la
filosofía o con el más tranquilo y metódico trabajo de quien prueba a imaginar este libro
como un vivero o un semillero, en sentido etimológico, donde semillas, vástagos, arbolitos
de pensamiento esperan, para desarrollarse, encontrar a quien los plante o los transplante en
terreno favorable, para luego cuidarlos adecuadamente. Si es cierto, como sostiene Platón en
el Fedro (276 C), que el filósofo trata a las semillas de pensamiento con un buen sentido, no
inferior al de un cam- pesino, no se ve entonces por qué incluso quien aprende filosofia o
desea profundizar en ella no deba mostrar igual cuidado al enfrentar algunas de las
cuestiones aqui tratadas: son problemas que inevitablemente se le presentarán y que, sin duda,
pondrán en juego el sentido y las perspectivas de su vida.
Primera parte

VIAJES
DE DESCUBRIMIENTO
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DESCONGELAR LOS PENSAMIENTOS
Cuentan los antiguos acerca de una ciudad imaginaria donde las palabras se congelan por causa
del frío y luego, con el calor, se descongelan, de modo que los habitantes escuchan
durante el verano lo que se han dicho en el invierno. La fabula se refiere a la filosofia, forma
de saber de efecto retardado, que requiere tiempo para ser asimilada: lo que de ella se
aprende cuando se es joven permanece en nosotros congelado y se comprende sólo al crecer, en
contacto con los problemas que cada tanto se nos presentan (cfr. Plutarco, 1989, 79A).
Innumerables, complicados, opacos, tormentosos, los mis- mos nunca faltan y siguen o
acompañan a cada uno durante toda la vida. Al nacer, estamos obligados a orientarnos en un
mundo ya hecho y en constante transformación, a causa de la sucesión en el tiempo de las
generaciones y de la mezcla en el espacio de los pueblos y las civilizaciones. Venimos al
mundo sin quererlo, con un cuerpo recibido por herencia biológica en. un determinado período
y lugar, en una cierta familia y en una cierta sociedad. Luego somos plasmados por el
lenguaje, por la cultura, por las instituciones. Cada uno comienza así una nueva historia, en
cuyo centro se coloca inevitablemente. En el transcurso de la existencia trata así de dar sentido a los
acontecimientos en los que se ve implicado, a las ideas que pasan por su mente, a
las pasiones que lo impregnan y a los proyectos que lo guian. Su identidad
personal se forma según un proceso ininterrumpido, que necesita ser interpretado. ¿De qué
bases confiables puede disponer?
Desde niños, todos absorbemos la mayor parte de las no- ciones y las reglas de conducta de
manera preponderante- mente pasiva, creyendo, a lo sumo, en lo que nos han contado
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o impuesto los adultos. Si nos hemos rebelado, esto se ha debido más a un impulso que a
un razonamiento. Nos han dicho que no es justo desperdiciar el alimento
cuando tantos mueren de hambre, entrar a un cine sin pagar la entrada o golpear a un
compañero: nos han aprobado o nos han corre- gido una opinión, declarándola verdadera o falsa;
nos han mostrado un paisaje o un palacio, sosteniendo que es hermoso. o feo. Sin embargo,
raramente nos han enseñado a reflexio nar acerca de qué es la justicia, la verdad o la
belleza.
Cuando se presentan dudas o se deja de creer en la corrección de tales juicios u opiniones,
surge inevitablemente la exigencia de comprendernos de manera más exacta y per-
sonal a nosotros mismos y a lo que nos circunda. Ayudados. por la escuela, los amigos, los
libros, la televisión o los viajes, ampliamos progresivamente nuestros horizontes mentales
y morales, pero también acumulamos a menudo sin darnos cuenta-conocimientos
fragmentarios, casuales y mal digeri- dos. La eventual comprobación de nuestra
ignorancia, desti- nada a seguir siendo enorme, lleva por lo general a la resig- nación o a la
indiferencia y, por lo general, a un escaso esfuerzo por combatirla. Dicha capitulación que
parece moti- vada por causas de fuerza mayor resulta extraña porque de pequeños no nos
conformábamos fácilmente con las explica- ciones recibidas: dominados por el estupor y por el
temor ante la realidad, sensibles ante su rostro enigmático, sus sorpre sas y sus peligros, hemos
infligido a nuestros padres y a los adultos cascadas de "por qué".
Al crecer, corremos el riesgo de perder ese impulso hacial el conocimiento, de que se
apague en nosotros el interés y la inquietud por las grandes preguntas y que terminemos,
directamente, por avergonzarnos ante la propia idea de plantearlas. Preferimos, por
tanto, almacenar sin tantos controles y sin inventario lo que aprendemos, amontonar a
la buena de Dios nuestras experiencias, seguir automáticamen- te mandamientos y
prohibiciones, juzgar en bruto y a las apuradas lo que nos pasa, sufrir sin
interrogarnos a fondo. acerca de los motivos de la inquietud y de sus posibles
remedios. En suma, vivimos como si estuviésemos atravesa- dos por torrentes de conceptos y
sentimientos turbios, movidos por vagos criterios, inmersos en una especie de inconsciencia
aceptada como inevitable o buscada como una coraza contra el horror de vivir.
1

LA FILOSOFIA, MAESTRA DE VIDA

La filosofia -el amor po el saber- tiene en común con la infancia la continua necesidad de
comprender. Cultiva metó- dicamente esta actitud, ayudando a conservar en el largo
plazo la voluntad de entender, de no someterse a la opacidad de la existencia, de prolongar
la fase de la maravilla, de la curiosidad y de la investigación. Sabe que su práctica no
exige limite alguno de edad: "Nadie porque sea joven vacile ent filosofar ni el viejo
se canse de filosofar. No se es demasiado joven o demasiado viejo para la salvación del alma.
Quien dice que aún no le ha llegado la hora de filosofar, o que ya no está en edad de hacerlo, es
parecido a quien dice que la felicidad no le ha llegado aún o que ya se le ha pasado la edad
para que le llegue" (Epicuro, 61). Si bien toda edad es buena para la filosofia, no obstante la
adolescencia es la fase en la que las cuestiones filosóficas adcuieren mayor intensidad y son re-
planteadas con mayor frecuencia. Es el momento en que la pregunta del joven Descartes
quod vital sectabor iter?, "¿qué camino seguir en la vida?', se impone con mayor fuerza. Esto es
así, como sostiene un filósofo contemporáneo, "porque nuestras capacidades ar alíticas
a menudo se encuentran altamente desarrolladas antes de que hayamos aprendido
mucho sobre el mundo, y en torno a los catorce años de edad. las personas comienzan a pensar por su
propia cuenta en los problemas filosóficos, sobre lo que en verdad existe, si pode- mos conocer
algo, si algo es en verdad justo o equivocado, si la vida tiene algún significado, si la
muerte es el final" (Nagel, 5). A diferencia de la infancia o de la adolescencia, la filosofia
es, sin embargo, ejercicio crítico, capacidad afinada o adqui- rida para sopesar de
manera metódica y paciente las argu- mentaciones y las pruebas relativas a
determinados problemas en vista de posibles soluciones; es articulación de la duda y
suspensión del juicio cuar do no se alcanza una clara visión de las cuestiones; es
propensión a examinar autónomamente ideas, convenciones y normas, con la conciencia de los condi-
cionamientos, prejuicios y límites que supone cada civiliza- ción y personalidad. La
filosofía enseña a no conformarse con banalidades o frases hechas o, incluso, a no conformarse sin
más con lo que es enseñado, trasmitido explícitamente o insinuado por cualquier autoridad.
Invita a someter todo al tribunal de apelación que implica una razón sin prevencio-
nes, no presuntuosa, capaz de evitar las sutilezas y las
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19

escapatorias sofisticadas o la malévola cultura de la sospecha. Dado que la vida de cada


uno plantea preguntas específicas e includibles, su tarea consiste en acompañar todo esfuerzo de
comprensión y de orientación en el mundo, promoviéndolo, iluminándolo, rectificándolo.

EL SENDERO DEL CONOCIMIENTO

Sin embargo, la filosofia no requiere sólo una larga práctica, sino sobre todo- una
búsqueda personal. La educación prepara el terreno; luego, cada uno, por sí mismo,
debe marchar por su camino, continuar pensando por cuenta. propia, reaccionar ante
los problemas y enfrentarlos sin ayuda del maestro, para luego, eventualmente, tratar de
enfrentarse de nuevo con los demás. No se puede aprender a pensar o estudiar la filosofía sin
remitirse a cuanto piensan los demás o a las soluciones elaboradas por los grandes filósofos
del pasado y consignadas en ese cuerpo de textos que conforman la historia de la filosofía.
Lo recuerda Zhuang-zi, un sabio chino que vivió en el siglo iv a. C.: "Sólo conocía del Tao
[del Camino o de la Verdad] lo que una mosquita del vi- nagre, prisionera en una cuba, puede
conocer del universo. Si el maestro no hubiese alzado el velo que me cubría, por siempre
habría ignorado el universo en su grandiosa totali- dad" (Zhuang-zi Tschouang-tsieu],
191). Recién cuando el velo haya sido alzado se pueden tomar en consideración
horizontes más vastos que los de un ambiente cerrado. Sin embargo, el discipulo entenderá lo
que dice el maestro sólo cuando se enfrente a problemas similares a los que antes. había
recibido sin entenderlos en su plenitud. Mientras tanto, entre las ideas recibidas,
escogerá sólo aquellas que se ajusten a su modo de sentir y de pensar o, de lo
contrario, aprenderá de memoria nociones vacías. Y esto ocurrirá hasta que las palabras del maestro,
"hasta entonces mudas", co- miencen hablar en verdad, a "descongelarse", "pero enton-
ces como palabras propias del discípulo" (Croce, 1973 a, 159). Mientras se permanece
en el plano del aprendizaje pasivo o de la disputa animada pero no concluyente, no se es
capaz de proceder de otra manera hacia una comprensión personal de las cosas.
Todo esto no excluye la necesidad de prepararse con cierta anticipación para los
problemas filosóficos, considerándolos.
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!
+
preliminarmente casi como vacunas para el alma. Con tal fin, en las últimas décadas se ha desarrollado
-a nivel mundial- una verdadera filosofia para niños, una children philosophy, que se coloca
junto a obras que tienen, más en general, la tarea de introducir a la filosofia a quien
nunca la ha estudiado (entre esos libros, el más conocido es el de Gaarder, pero también
conviene consultar Hösle; Savater 1992; Ferraro: Droit 2001). Se trata de instrumentos útiles,
aunque hay que advertir que no se debe esperar de ellos lo que no pueden dar, ya que toda
introducción es siempre el comienzo de un largo camino y no el ingreso al sancta
santorum de un templo.
En efecto, no todo el mundo se halla en condiciones de convertirse en filosofo, pese a que todos nos
planteemos -a menudo inconscientemente- preguntas de tipo filosófico. De manera análoga,
todos pueden silbar y cantar una canción of rascar una guitarra, pero no todos se
convierten en músicos. Se requieren predisposiciones (como el "oído absoluto", en el caso de la
música, que posee en promedio una de cada ocho personas o, en el terreno filosófico, la
inclinación a interro- garse y a buscar respuestas), y se exige sobre todo disciplina, atención a
las varias dimensiones de la experiencia humana, trabajo de interpretación de los textos,
"espíritu de geome- tría" unido al "espíritu de finura", estudio orientado al cono-
cimiento de los instrumentos del oficio, disponibilidad para aprender competencias
específicas, voluntad de superar los obstáculos y de captar el sentido de los problemas (el
signifi- cado etimológico de problema es precisamente el de "impedi- mento" o de "lo que es
arrojado ante nosotros"). Nadie piensa que se puedan hacer zapatos o sillas sin antes haber apren-
dido el oficio, pero muchos imaginan que se puede hacer filosofia, en sentido propio,
sólo porque se está dotado de la común razón humana. La razón es el precioso e
indispensable presupuesto, pero es similar a un diamante en bruto que, para liberar el
máximo de luz y de atractivo, debe ser sabiamente tallado. De modo análogo, la filosofía está
abierta a todos los seres pensantes, con la condición de que, en distinta medida, se esfuercen
para hacer brillar la luz de la
razón.

Cabe reivindicar en la filosofía su naturaleza de laborato- rio conceptual donde se


experimentan las mejores respuestas para los problemas que afectan más de cerca a
personas y a sociedades, problemas que no siempre son exactamente los mismos.
Precisamente porque los órganos de los sentidos
21
experimentan incesantes distorsiones, fracturas o despla- zamientos, la filosofía explora, rediseña e
ilustra la deriva y las fallas de los continentes simbólicos sobre los que se apoya nuestro común
pensar y sentir. Al no disponer de seguras referencias de posición, se las conquista
razonando y abriendo nuevos campos de investigación. Desde este punto de vista,
significa una lección de libertad, porque nos muestra cómo salir del encierro del propio yo,
para insertarnos en contextos de interdependencia cada vez más amplios y enfrentarnos.
fructiferamente con los demás. Enseña, sobre todo, a pensar por uno mismo, no en el sentido de
incitar a la testarudez o a la autosuficiencia, sino, por el contrario, para mantenerse
abierto a las criticas de los demás y para ser capaz de me- tabolizarlas adecuadamente. Es una
escuela de democracia y de educación de la ciudadanía que no siente la necesidad de alcanzar el
extravagante exceso de hacer incidir la máxima de Epicuro, con letras mayúsculas, en
las paredes de un pórtico (como hizo Diógenes de Enoanda en el siglo 11 d. C.).
En una época como la nuestra, de avanzada subdivisión del trabajo y de extrema especialización
de las funciones intelec- tuales, la filosofia puede constituir tanto una especie de tejido
conectivo cicatrizante con respecto a la sectorización y a la fragmentación de las ideas
normal y necesariamente absor- bidas o un remedio frente a la chachara cotidiana y a la super-
ficialidad de las informaciones de la sociedad de masas. Y si bien existen quienes sostienen la
incompatibilidad de la democracia con la filosofia (de modo que "cuando entran en conflicto,
la democracia tiene la prioridad frente a la filoso- fia": Rorty, 1987, 44), la misma nunca
puede renunciar, sobre todo en democracia, a su específica función de conservar y
aumentar sus propias dotes de crítica y de cuestionamiento contra cualquier poder
constituido, incluido el de la mayoría.
Г

lenguaje (que no constituye un simple contenedor de vocablos o de estructuras gramaticales y


sintácticas, sino un vehículo de pensamientos y de formas de vida), por las religiones y por el
folklore: "Debe desterrarse el muy difundido prejuicio. según el cual la filosofia es algo muy
dificil debido al hecho de que es la actividad intelectual propia de una
determinada categoría de científicos especialistas o de filósofos profesiona- les y
sistemáticos" (Gramsci, II, 1375). Por lo general, la filosofia se halla abierta a todos, pero a
nivel del sentido común carece de conciencia crítica y aparece disgregada u ocasional. Desde
ese punto de vista, constituye un modo de pensar en general forjado por el ambiente
social, "que puede ser el propio pueblo o la provincia, puede tener origen en la
parroquia y en la actividad intelectual de la curia o del viejo patriarca cuya "sabiduría" dicta
las leyes, en la mujercita que ha heredado el saber de las brujas o del pequeño intelectual
agriado por su propia estupidez e impotencia para obrar" (ibid., II, 1376). Se crece dentro de
tradiciones políticas y éticas extremadamente civersas (para muchos pueblos, port
ejemplo, matar era motivo de jactancia, y quien no había muerto por lo menos un
enemigo era despreciado) y variada- mente estratificadas, en las que sobreviven "relictos" de
un pasado que se cree, erróneamente, extinguido. Por lo tanto, todos asimilan, inevital
lemente y sin saberlo, múltiples ideas filosóficas que permanecen en opacidad hasta que uno
se interroga acerca de sa significado. Es tarea del filósofo elaborar de la manera más
articulada, clara, puntual y autónoma posible su propio pensamiento, pero también la de
enseñar "a los no-filósofos" a rechazar concepciones acogidas supinamente. De esa manera
se acelera el intercambio entre la filosofía, que es necesariamente individual y creativa, y el sentido
común, que es, por definición, colectivo, evitando que el mismo se limite a refle ar y a
recombinar prejuicios y frag- mentos de concepciones filosóficas del pasado.
FILOSOFÍA Y SENTIDO COMÚN

Por cierto que la filosofia no debe cortar los lazos con el sentido común, porque
también el "no-filósofo" es hijo de las filosofias del pasado que se han sedimentado en sus
ideas, sentimientos y lineamientos de conducta, como reflejo de la mentalidad y de las
culturas hegemónicas en determinados lugares y tiempos. Existe, en efecto, una filosofía
implícita, presente en todos los hombres, que es trasmitida por el
22

EL CORAJE DEL FILÓSOFO

La filosofia mantiene una relación incómoda y controversial con el presente. Frente a saberes y
prácticas cuya verdad o utilidad se imponen con inmediata evidencia, su función re- sulta
oscura e indeterminada. Por lo tanto, son frecuentes las acusaciones de que no ofrece las certezas de
la ciencia, ni las ventajas de la técnica, ni la belleza del arte, ni el consuelo de las religiones.
Suele decirse que no ha elegido la tierra o el ciclo, el principio de realidad o el del placer
como morada propia, sino las nubes, como en la comedia homónima de Aristófanes, donde se
muestra a Sócrates mientras medita acerca de abstrusas cuestiones dentro de una canasta que es
alzada del suelo.

La filosofia permanece confinada dentro de un espacio intermedio, habitado por


pálidas abstracciones, comprendi- do entre la sanguinea vitalidad de las cosas del mundo y las
luminosas figuras de lo que está más allá de ellas. En términos más crudos, se
agrega que la filosofía no sólo se ha mostrado incapaz de resolver los problemas y las
necesidades de los hombres, sino que además permanece insensible a sus dramas,
preocupaciones y esperanzas.

LA INCOMODA VERDAD DE SOCRATES

En realidad, precisamente a partir de Sócrates, la filosofia deja de plantearse cuestiones


incomprensibles. Más bien in- vita a enfrentar con los sentidos y la mente bien abiertos (en)
efecto, existe la sordera y la ceguera del alma) experiencias y problemas por cierto difíciles,
pero que, de todos modos.
25

inevitablemente se le presentan a todos. Sócrates trataba de persuadir a sus propios


conciudadanos para que llevaran una "vida examinada", es decir, que sometieran su
existencia at análisis y pruebas, que reflexionaran acerca de sus propios pensamientos, acerca
de las propias convicciones y pasiones, pero sobre todo acerca de la propia
conducta, es decir sin abandonarse pasivamente a la tradición o a la presunción de
saber lo que se ignora. A diferencia de los "maestros de la verdad" pág. 55), Sócrates
no predica, en forma de monó- logo, verdades que bajan desde el cielo, como una revelación
en la que hay que creer sobre la base de la sola autoridad de quien la enuncia. Expone ideas
vivas, que brotan de la in- terrogación y del diálogo y que se modifican, profundizándose y
ramificándose cada vez que se da un paso adelante en dirección de la verdad.
Sócrates reemplaza las virtudes aristocráticas del mandato y la obediencia, los códigos rígi-
dos, las imposiciones carentes de toda motivación, enseña a reemplazar la dialéctica, la
búsqueda en común de la verdad, en la que no cuenta la jerarquía política o social.
Por esto se proclama "maestro de nadie" (Platón, 1994 a, 33 A), al decir, como es sabido,
que sabe que no sabe, que está siempre en búsqueda de lo verdadero sin nunca alcanzarlo
en plenitud. Interroga a los demás, demostrando su ignorancia o su mala fe y en esta actividad
se compara con un pez que produce conmociones, o con un "tábano", que fastidia la
pe- reza mental y moral de los atenienses. Por lo tanto irrita a muchos y le arruina la fiesta a la
presunción, pero -como sostiene uno de los padres del moderno liberalismo filosófico, John
Stuart Mill- "es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un imbécil satisfecho".
En la estela de este ejemplo, el filósofo comienza a configurarse como un hombre capaz de
pronunciar y argu- mentar verdades desagradables para quien no quiere oir- las, y
a no retroceder ante los peligros y amenazas que las mismas suscitan.
Sócrates-quien había combatido valien- temente como hoplita, como infante dotado de
una pesada armadura de bronce y obligado a moverse solamente den- tro de formaciones-
se propone, incluso durante su proceso y condena a muerte, no abandonar su
lugar en la falange de la vida, no repudiar, con el sólo propósito de salvar la vida, las
ideas que siempre profesó. En primer lugar plantea la cuestión de la responsabilidad
de cada uno hacia. la propia conciencia, exigiendo del filósofo un coraje indó-
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mito para dar testimonio de la verdad ante sí mismo y los demás (cfr. Foucault
1996).
Con la intención de conservar la coherencia personal, de testimoniar con la vida la validez de las propias
teorias, de de- mostrar que no es un simple vagabundo dedicado a poner en dificultades a
tradiciones y las creencias de un pueblo para crear un
los demás o un soñador deseoso de subvertir las
orden social imposible, el filósofo se convierte en aquel que asume la responsabilidad de las
propias convicciones y tal vez por eso es condenado y muerto.

LA FILOSOFÍA
AL SERVICIO DE LA REALIDAD

Sin embargo, en otros casos el filósofo queda sencillamente expuesto al ridículo, tal
como le sucedió a Tales quien, absorto en la contemplación de los astros, cayó dentro de
un pozo, provocando el escarnio de ina vieja: "¡Oh tú, Tales! ¿No sabes ver las cosas
que hay delar te de tus pies y crees poder conocer las cosas celestes?" (Diógenes
Laercio, I, 1 y cfr. Platón, Teeteto, 174 A). La historia -casi seguramente inventada, pero
reveladora de una cierta mentalidad- continúa con el presunto rescate del
filósofo, quien demuestra que también él, si así lo deseara, podria tener éxito en la
vida práctica: "Tales, queriendo demostrar cómo resultaba fácil enrique- cerse, alquiló
todas las tinajas, ya que había previsto una abundante cosecha de aceitunas, y así ganó
una gran canti- dad de dinero" (Diógenes Laercio, I, 1). Incidentalmente, el episodio del pozo al
igua que el de Sócrates en el canasto- se ha convertido a nivel popular en un ejemplo de la
incapa- cidad del filósofo para adaptarse a la vida cotidiana, para mantener, como todos,
los pies sobre la tierra, antes que la cabeza en el cielo o en las nubes. En realidad, no siempre los
filósofos se extravian en fútiles abstracciones y abandonan las obligaciones y los esfuerzos
de la política. Por el contrario, muchos de ellos, especia mente en la antigüedad, fueron
inflexibles en la decisión de poner en práctica sus enseñan- zas. Platón, por ejemplo, se
embarca hacia Siracusa con la perspectiva de convertir primero al tirano Diógenes I, y luego a
Diógenes II, a sus ideas, ce modo de arraigarlas en el Estado y de hacer que allí
asumieran cuerpo y realidad: "Si consi- guiera persuadir a un solo hombre, habría
asegurado el cum-
27

plimiento de todo el bien posible. Con este pensamiento y con esta audaz esperanza me redimiré,
no por las razones que algunos creen, sino porque me avergonzaba mucho aparecer frente a
mi mismo como un hombre sólo capaz de pronunciar palabras". La Séptima carta
dice con exactitud: "no aparecer con sólo palabras frente a mi mismo" (Platón, 1986, 328
Cy cfr. Canfora, 82). De este modo, valientemente, a los sesenta, años, pone todo en
juego: la vida, la fama, la seguridad. Por lo demás, resulta tipico de la sabiduría
antigua, no sólo en Occidente, mantener la coherencia entre las propias ense- ñanzas y la
propia conducta. Ante la pregunta de quién era un verdadero hombre, Confucio
responde: "Aquel que no predica lo que hace hasta que no ha hecho lo que predica"
(cfr. Jacobelli, 36).
Platón demuestra que el filósofo no se aleja irresponsable- mente de la realidad ni de la vida
política, que no se entretie- ne con ideales pueriles, como en cambio piensa Calicles en la
República: "Si veo a un joven que se ocupa de filosofía, esto me causa placer y me parece
algo justo: y lo considero como a un espíritu independiente, mientras que el joven que no
filosofa me parece un borrego, alguien que nunca combinará nada de bello y grande en su
vida. Pero si veo a alguien que ya tiene una cierta edad y que aún filosofa, y no deja de
hacerlo, entonces me parece, querido Sócrates, que este hombre merece sólo bofetadas"
(Platón, 1994 b, 485 E-D). El filósofo -explica Calicles- es un ser inútil que se aparta de la
vida politica, típica de los adultos, para cuchichear con tres o cuatro jóvenes (cfr. ibid., 484
D-E), un débil -insiste- al que se puede abofetear impunemente (cfr. ibid., 484 D y
ss.). No ha aprendido aún que si se quiere predominar, en el mundo vale la ley del más fuerte o
del más astuto y no la palabra de quien dice la verdad. Platón reacciona ante esta perspectiva que
contempla elusivamente el poder, elaborando la figura del filósofo mártir, testigo de un ideal
de verdad y justicia que se paga con el desprecio y la incomprensión de la mayor parte de
los hombres o, a veces, con la vida misma: "Terminará fustigado, torturado, encadenado,
cegado con láminas al rojo vivo y al final, tras sufrir toda clase de vejámenes, será
empalado; así aprenderá que lo que cuenta no es ser justo, sino parecerlo" (ibid., 361 E-362
A). Pese a esto, la imagen del filósofo no es trágica, en tanto la muerte es aceptada por él
con serena compostura y su amor por el saber le procura en vida la mayor felicidad.
28
EL HOMBRE ES PRISIONERO
DE LAS APARIENCIAS

Existe un mito creado por Platón, acaso el más célebre en la historia de la filosofia, en el que se
imagina una caverna en cuyas paredes los hombres ven sombras que representan
cosas reales. Si se volvieran -pero casi nadie lo hace-, comprenderían que las sombras son efecto
de un fuego que ilumina por detrás a los objetos colocados a espaldas de los hombres,
objetos que son transportados en serie, como en una especie de procesión. Dichas sombras
representan nuestros conocimientos superficiales: las sensaciones, las opiniones o las
valoraciones no suficientemente examinadas, con las que normalmente nos conformamos. Sin
embargo, cuando al- guien decide salir de la caverna hacia la plena luz, en un
principio resulta enceguecido por la luz del sol y no ve absolutamente nada. Entonces
se desespera por volver a la caverna, donde por lo menos conseguía distinguir algo. Éste
resulta el momento más dificil, porque corre el riesgo, al volver a la caverna, de
conformarse con las tranquilizadoras ilusiones de los demás. Sin embargo, poco a poco
se acostum- bra a la luz y comienza a volver la mirada hacia el suelo paral luego ir levantándola
lentamente, cada vez más. Recién al fi- nal, junto a la fuente de luz, advierte que no puede
mirar el sol, porque quedaria ciego.
Esto significa que al conocimiento se accede por grados, pero que la verdad, aun iluminando
todas las cosas, resulta intolerable si se la observa en forma directa, durante mucho tiempo. Es
preciso buscarla, sobre todo, en su incorporación a los variados aspectos de la realidad, sin
dejarse aguijonear por el apuro de abrazar el sol del conocimiento: "Quien no es en verdad
filósofo, y sólo tiene una patina superficial de opiniones filosóficas, hace como quien ha
tomado demasiado sol y se ha quemado" (Platón, 1986, 340 D). Volviendo al título. y al epígrafe del
presente libro, Platón afirma con energía que la filosofía no es "una disciplina que sea lícito
enseñar como las demás; sólo luego de una larga frecuentación y convivencia con su
contenido se manifiesta en el alma, como una luz que de pronto se enciende a partir
de una chispa para luego alimentarse de sí misma". (ibid., 341 C-D). El estallido de una intensa
luz por efecto de una chispa propagada desde el exterior (la que será llamada
illuminatio o lux intellegibilis) no constituye sin embargo una revelación mística. Para que
29

dicha repentina iluminación ocurra, la comprensión de los problemas es preparada de


antemano mediante un proceso. lento y constelado por intentos no logrados, parecido al
de la somatización de los movimientos por parte de un niño quien, luego de gatear y
caerse muchas veces en el esfuerzo por alzarse sobre sus propios pies, finalmente aprende a
caminar en posición erecta sin más vacilaciones.
La luz que se alimenta por sí misma a partir de la chispa inicial impulsa a quien la posee a
superar límites considera- dos como insalvables y a negar las enseñanzas y las
tradicio- nes recibidas. La motivada infidelidad hacia las filosofias del pasado, la serena
refutación de las ideas antes confiadamen- te aceptadas, constituye la auténtica fidelidad del
filósofo, según la vieja sentencia amicus Plato, sed magis amica veritas. Por esto, la
filosofía moderna ha emprendido riesgo- sos "viajes de descubrimiento" por tierras
desconocidas, perma- neciendo a menudo, por fortuna, insensible a los insistentes reclamos a la
sabiduría que preconizan las tradiciones y el sentido común, o a las recomendaciones de
cautela de quie- nes, como el Kant de la Crítica de la razón pura, aconseja no sobrepasar las
"fructiferas llanuras" de la experiencia, y conformarse con permanecer en la isla del intelecto,
con su inmodificable perimetro: "Hasta aquí no sólo hemos recorrido el territorio del intelecto
puro, examinando con cuidado cada una de sus partes; también lo hemos medido, y en él le
hemos asignado a cada cosa su lugar. Pero esta tierra es una isla, encerrada por la propia
naturaleza dentro de límites inmuta- bles. Es la tierra de la verdad (nombre aleatorio), circundada
por un vasto océano tempestuoso, el imperio propio de la apariencia, donde espesos hielos y
nieblas, próximos a derre- tirse, otorgan a cada instante la ilusión de nuevas tierras e
incesantemente engañan con vanas esperanzas al errabundo navegante que busca nuevos
descubrimientos, lo arrastran a aventuras a las que no puede sustraerse y que nunca puede llevar
a cabo" (Kant, 1966, A 236 B 294). Pese a los frecuentes naufragios, la filosofia postkantiana ha
conquis- tado nuevos territorios precisamente por haber abandonado la seguridad de
lo que es conocido y por enfrentar con éxito el riesgo del pensamiento.

30
=

LAS DIFÍCILES RELACIONES DE LOS FILÓSOFOS


CON EL PODER POLITICO Y RELIGIOSO

Hay un aspecto del mito de la caverna, contenido en la parte final, que por lo general
resulta olvidado: aquel donde el filósofo, que ha descubierto la verdad, vuelve a
bajar a la gruta para anunciar el hallazgo a sus viejos compañeros, aún prisioneros de
las apariencias, pero éstos no quieren escu- char sus palabras y lo matan. Se trata de un
episodio emble- mático para comprender cómo la relación entre filosofia, por una parte, y
politica y religión, por la otra, casi nunca ha resultado idilica. La filosofía, en tanto
búsqueda impersonal de una verdad a alcanzar y demostrar con instrumentos de la razón, se
enfrenta en efecto con densos intereses (no siempreilegítimos), con astucias, violencias y
dogmas. Por esto, los filósofos muy pronto fueron catalogados por los detentadores del
poder politico terrenal y por los del salvifico de las religiones como potenciales
enemigos, corruptores de las tra- diciones y negadores de la dignidad. Anaxagoras
tuvo que exiliarse, no por su amistad con Pericles, sino por sus expli- caciones naturalistas de los
fenómenos (como cuando, duran- te una navegación, a los marinos aterrorizados por un
eclipse les demostró, poniendo su manto sobre los ojos de uno de ellos, que en ambos las
causas de la oscuridad eran iguales, o cuando, frente al presunto prodigio de un
cabrito sin. cuernos, una vez que lo hizo matary desollar señaló pequeñas. excrecencias
cuya exteriorización había sido impedida por el espesor del cráneo del animal, cfr.
Plutarco, 1958, Vida de Pericles, I, 5, y, más en general, Derenne). Sócrates es
condenado a muerte por la democracia apenas restaurada, bajo la acusación de
corromper a los jóvenes y de negar a los dioses de la ciudad, pero en realidad se lo perseguía
porque se lo creía, injustamente, complice de su antiguo discípulo, Cricias (uno de los treinta
tiranos que gobernaron a Atenas con despiadada crueldad en el 403 a. C.) y, más en
general, se sospechaba que era el maestro de jóvenes de tendencial oligárquica o de
dudosa moralidad, como Alcibiades (cfr. Canfora; Colaiaco). El con licto se agudizó al
reivindicar al filósofo su derecho a la libertad de palabra frente a los poderosos o al
luchar contra la opresión. Al parecer, Zenón de Elea, famoso por sus paracojas, fue
capturado por un tirano como consecuencia de participar en una conjura y fue
tortu- rado para obligarlo a revelar los nombres de sus compañeros.
31
Según una versión, le habría propuesto al tirano que se acercara, de manera de poder
susurrarle al oído los nombres, pero luego le arrancó la oreja con un mordisco; según otra
versión, se habría cortado la lengua con un mordisco y se la habría escupido en la cara
con desprecio al tirano.
El martirologio filosófico resulta, sin embargo, más amplio. y atraviesa toda la historia de
Occidente: los filósofos son perseguidos por Roma a instigación de Catón el Viejo; los cínicos son
expulsados por Domiciano; Boecio es encarcelado y condenado a muerte por el rey godo
Teodorico en el 524 (en) la cárcel escribirá La consolación por la filosofia que, junto con las
enseñanzas de los estoicos, contribuirá a radicar, a nivel del sentido común, la idea de que la filosofia es
un modo. de soportar las desventuras de la vida, un antídoto contra las contrariedades y las
desgracias: "tómalo con filosofia!"); Averroes es procesado y debe exiliarse y algunas de
sus obras son destruidas; Giordano Bruno es condenado a la hoguera por la Inquisición en el
1600, al igual que Giulio Cesare Vanini en 1619; Galileo es obligado a abjurar; Descartes elige
preventivamente el exilio en Holanda; la Etica de Spinoza, y por fortuna no su
autor, es quemada en público; Diderot y otros enciclopedistas son perseguidos por sus
ideas; Condor- cet muere en la cárcel, adonde lo habían enviado los jacobi- nos; Fichte es
expulsado de su cátedra de Jena, acusado de ateísmo; en la década del '30 del siglo xx,
decenas de filósofos judios o anti nazis son obligados a emigrar do Alemania y de Austria
rumbo a Inglaterra, Estados Unidos, Nueva Zelanda o-como Kart Löwith- a Japón.
La irresuelta, insoluble, enemistad entre la filosofia, por una parte, y la política y la religión,
por la otra, impulsa al filósofo (que es, al mismo tiempo, ciudadano y extranjero en un Estado)
a tener cautela al hablar y al escribir. Por esto, muchos filósofos -en especial europeos y árabes
de nuestra Edad Media-, con el fin de evitar persecuciones y censuras por parte
de las autoridades políticas y religiosas, fueron inducidos a emplear una "escritura
reticente" (Strauss), cuyas intenciones pueden ser interpretadas "entre líneas"
sólo por quien está en condiciones de captarlas (de lo que deriva, en parte, la oscuridad de
algunos textos filosóficos). No todos los filósofos llegan, sin embargo, al martirologio.
Hubo quienes arriesgaron sus vidas o se dedicaron a hacer prevalecer sus ideales
(Sócrates, Platón, Séneca, Boecio, Bruno, Campanella, Voltaire, Marx) y otros, en cambio,
32

fueron más prudentes, como Descartes (que decía de sí mismo larvatus prodeo,
"avanzo enmascarado", que llevaba una. vida oculta, dedicada exclusivamente a los estudios); o
Gali- lei, quien, al abjurar, prefirió salvar sus teorías de la censura de la Inquisición; o Hegel quien,
aun manteniendo una exis- tencia anclada formalmente en las instituciones, conservó en su
pensamiento una radical distancia critica con respecto a las opiniones y a los prejuicios de su
propio tiempo. Otros aun, como Antistenes, el fundador de la filosofia cínica, asumieron una posición
intermedia, eficazmente expresada al describir la relación que el filósofo deberia mantener con
la política: comportarse de la misma manera que con el fuego, es decir, hay que mantenerse
a la justa distancia, ni demasiado cerca- no como para quemarse, ni demasiado alejado,
como para sentir frío.
Sin embargo, no hay que juzgar el valor de las filosofías por la conducta personal de los
filósofos que las han elaborado. Quien es valiente suscita, naturalmente, mayor
simpatía humana con respecto a quien es cauteloso o "hipócrita". El valor del pensamiento
filosófico debe ser buscado en las doctrinas y no (o no sólo) en las acciones o en las opciones de
los simples pensadores. Rousseau, por ejemplo, envió a sus propios hijos al orfanato,
pero es sobre todo el autor del Emilio, el más hermoso libro de pedagogia que se haya
escri- to. Heidegger colaboró durante algunos años con el nacional socialismo y
pronunció un discurso, para nosotros infame, en ocasión de su nominación como rector de la
universidad de Friburgo, en 1933, pero el valor de algunas de sus obras, como Ser y tiempo o

Contribuciones a la filosofia, es indiscutible, pese a que las mismas incluyan los


gérmenes de ideas teórica. y moralmente discutibles. Se debe evitar, por lo tanto,
una historia simplemente criminal de la filosofia. Es un hecho que en la Edad
Moderna cesa de ser perseguido como valor absoluto la coherencia entre el
pensamiento y la vida que propugnaba la Antigüedad I→ págs. 44-45].

33
PREJUICIOS SOBRE LA FILOSOFÍA

A menudo se escucha proclamar la inutilidad e incluso la peligrosidad de la filosofía por parte


de exponentes de ciertas franjas del sentido común o de científicos o técnicos o profe-
sionales.

¿Qué pruebas sostienen estas opiniones?


A diferencia de lo que ocurre con las ciencias exactas o empíricas, se dice que, en
inás de dos mil quinientos años de vida, la filosofía no ha conseguido realizar ningún progreso, no
ha logrado acumular conocimiento, ni ha producido soli. das bases para su desarrollo. Como en
muchas nobles estir- pes, las ramas de su árbol genealógico han ido en búsqueda de destinos
diferentes.
específicas como las disputas no concluyentes.
En efecto, de su tronco han brotado tanto las ciencias
Pero mientras las primeras-una vez alcanzado el éxito y la autonomía-han vuelto la espalda
a la familia de origen siguiendo adelante por su propio camino, los que se consideran
como sus legítimos descendientes, al insistir en las segundas, en cambio han terminado por
disipar, en cada generación, el patrimonio de conocimientos, consumiéndolo en la construcción de
edificios suntuosos pero inhabitables o en la puja entre opiniones por naturaleza
intrínsecamente inverificables.
Frente a tales objeciones, aparentemente irrefutables, al- gunos filósofos han teorizado acerca
de la muerte de la fi- losofia, del mismo modo cue alguna vez se proclamaba la muerte del
arte u, hoy, la de las ideologías y las utopías. Así, han presentado a la filosof a como una
disciplina siempre al borde de una crisis irreversible, de una catástrofe, de un suicidio anunciado
o la han definido, con las palabras del
35

filósofo contemporaneo Jacques Derrida, como un "saber moribundo".


¿Cómo podría, pues, la filosofia, en tal estado y con tales antecedentes, contribuir a la
solución de problemas reales y comunes a todos?

¿UN SABER MORIBUNDO?

La respuesta puede venir sólo si nos liberamos de dos equivo- cos, que tienen raices tan
profundas que asumen la forma casi descontada del prejuicio. El primer malentendido
tiene que ver con la génesis y la esencia misma de la filosofia, que no puede ser un "saber
moribundo" por el simple hecho de que no siempre ha pretendido ser un "saber" (y como tal,
por lo tanto, nunca nació) y luego porque ha interiorizado la muerte desde el
comienzo, cuando intentó encontrar vías de salida. para los dilemas morales que en la tragedia
griega quedaban, desde el punto de vista humano, declaradamente en suspen- so y sin
respuesta. En efecto, desde sus orígenes socráticos, la filosofia se ha presentado como
saber mayéutico, capaz de posibilitar, pero no de generar, conocimientos precisos, adqui-
ridos de manera definitiva dentro de campos rigurosamente delimitados. Luego se
desarrolló como un saber hegeliana- mente acostumbrado al "reino de las sombras", a
conceptos que aparecen primero como inconsistentes e inmateriales, pero que, en
efecto, sustentan y articulan de manera invisible. nuestros modos de pensar, de representar,
de imaginar y de sentir. Las ideas son, en efecto, difíciles de captar, porque al no estar dotadas
de dimensiones corporeas, del espesor y la tridimensionalidad de las cosas, no pueden
mostrarse fácil- mente. Del mismo modo, en su conocimiento abstracto, no puede apelar a
algún experimento que no sea mental y, por tanto, su naturaleza es huidiza. Las ideas
constituyen unal especie de red invisible, de transparente sistema de relacio- nes, dotado de
"nodos" irrepresentables de forma sensible (cfr. Hegel, 1968, I, 16), pero esenciales para el
pensamiento, Para poder contemplar y describir tal invisible mundo de ideas, el filósofo ha
debido concentrarse sobre sí mismo (cfr. Platon, 2000, 78 D-79 E) y comportarse como
alguien que espera "oir la voz predilecta" sin prestar atención a los rumores de
fondo del mundo sensible (cfr. Plotino, V, 1, 12, 15-21) y de la vida cotidiana. Sin embargo,
pese a que a veces
36

elige volver la espalda a este mundo y sustraerse al "contagio" de las vivencias cotidianas
por miedo a ser infestada por todo aquello que resulta confuso, casual, individual e
indefinible, la filosofia-desde Aristóteles en adelante-, en otras tradicio- nes de pensamiento
no ha renunciado al estudio de la sensi- bilidad ni por lo general se ha negado
(especialmente en el siglo xx) a atribuir dignidad teórica intrínseca al mundo de la vida
cotidiana (cfr. Aristóteles, 2002; Husserl, 1987; Husserl, 1965, 123, 764-765, 49, 580; Schütz,
1975; Schütz, 1979).

LA FILOSOFÍA COMO MEDIO

El segundo prejuicio tiene que ver con la "utilidad" de la filosofia. Con toda
tranquilidad, se puede afirmar que la fi- losofia no sirve para nada, que no es un medio
para fines simplemente útiles. Pero también es preciso agregar que hay otros elementos -como
la salud o la música de Mozart- que tampoco "sirven para nada. Desde esta perspectiva, la
filo- sofia, que parece un lujo, resulta en cambio el bien más. necesario. Se parece a la
vista, que no produce nada, pero que nos permite actuar y orientarnos en el mundo: "Puesto que
en verdad mantener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos es lo mismo que vivir sin filosofar; y el
placer de ver todas las cosas que nuestra vista descubre no es comparable a la satisfac- ción
que da el conocimiento de aquellas que se encuentran por medio de la filosofía; y, en suma, este
estudio es más necesario para regular nuestras costumbres y conducirnos en esta vida de
cuanto lo sea el empleo de nuestros ojos para guiar nuestros pasos" (Descartes, 8-9),
Por otra parte, siempre es preciso preguntarse: ¿útil para qué? Un telescopio es útil si se
quieren ver mejor los crateres de la luna, pero no lo es si me propongo curar un resfrio. En este
sentido, si nos ponemos de acuerdo acerca de las pala- bras, también la filosofía es
"útil", no porque implique venta- jas inmediatas y tangibles, sino porque amplía los
horizontes mentales y morales de los individuos, transformándolos: "Es por lo menos exacta y
perfectamente justo decir que la filo- sofía no sirve para nada. El error consiste en creer
que, con esto, cualquier juicio sobre la filosofia sea concluyente. No obstante, aún queda
por hacer un pequeño agregado, en forma de pregunta: o sea, dado que no podemos
hacer nada al respecto, en un último análisis, ¿acaso la filosofía no estará
37

más bien en condiciones de hacer algo por nosotros, en el supuesto que caso de que
sigamos empeñados en ella? (Hei- degger, 1968, 23-24).
Para comprender las funciones y la relevancia de la filoso- fia probemos a realizar un
experimento mental, a imaginar cómo sería nuestro mundo sin ella. Entre otras cosas, no
tendríamos un sentido crítico tan desarrollado, no conocería- mos en la misma medida el empleo de las
armas de la racionalidad y de la duda, que nos ayudan a protegernos de los peligros
siempre acechantes de la intolerancia dogmática, de la prepotencia de autoridades
indiscutibles o de la super- ficialidad de creencias y opiniones no examinadas a fondo.
Aunque la filosofía no sea una ciencia rigurosa, aunque no oponga argumentos irrefutables,
sino tan solo más razona- bles que otros, contribuye a dar sentido a un mundo menos
lacerado por la violencia y los abusos, despeja el camino de las civilizaciones de muchos tropiezos
o "problemas".

Las TAREAS DE LA FILOSOFÍA

Descaría aún señalar brevemente algunas de las razones que llevan a percibir a la filosoffa de
manera inadecuada. Ha sido comparada, por ejemplo, con el imperio bizantino, en el sen- tido de
que pierde una provincia tras otra en beneficio de las ciencias, las cuales salen de su seno,
pero pronto se emanci- pan de una tutela que se vuelve molesta. Esta imagen resulta
inapropiada, tan sólo porque expresa una concepción estática del saber, que no
corresponde, en conjunto, a práctica efecti- va alguna: en efecto, los límites de las distintas
disciplinas cambian continuamente, así como el valor de paradigma asumido por cada una de las
ciencias frente a la filosofía (la matemática y la fisica en el siglo xvi; más tarde, la biologia, la
fisiologia, el psicoanálisis o la lingüística; en nuestros días, la inteligencia artificial o la
antropologia cultural). Antes que a la imparable decadencia del imperio de Bizancio, las vicisi-
tudes de la filosofía son comparables -para emplear una metáfora tomada de la geologia- al
registro de los movimien- tos tectónicos, por lo general lentos, pero a veces "catastrófi-
cos" del globus intellectualis, los que manifiestan, no pocas veces, el sentido de las
fracturas y de las colisiones entre las grandes "placas" conceptuales en las que se sostienen todas
las civilizaciones. En efecto, las culturas humanas experi-
mentan incesantes transformaciones moleculares, que vuel- ven a traducir y a calificar
sus contenidos y sus formas, con un proceso análogo al de las lenguas, las que
inadvertida- mente se modifican (por lo demás, no habría un mundo vital humano si no
existieran estos sistema simbólicos que manco- munan a la especie tras la facultad de emitir
sonidos articu- lados y significantes). Los mapas mentales y emotivos y con ellos el valor
implícitamente atribuido a personas, lugares e itinerarios- se transformen por tanto
de manera general- mente lenta, pero inexorable. Sólo en un cierto punto se producen o son
advertidas las discontinuidades "catastrófi- cas". De este modo, a través de las
generaciones, se consagran instituciones y espacios nuevos o se desacralizan y se
olvidan antiguos ídolos y lugares de culto.
Algo análogo, pero con mayor conciencia de las implicacio- nes, ocurre en el campo de las
ideas. Precisamente en estos períodos de acentuada crisis, la filosofia desarrolla su tarea
más importante: rediseña críticamente las variaciones del mapa de sentido, orienta nuevamente a los
individuos con respecto a los continuos carabios de posición de las ideas y los valores,
destruye modos de pensar y de representar inade- cuados, sectarios o mentirosos.
Siempre se piensa poco en el hecho obvio de que incluso el término philo-sophia remite a
un especifico lazo entre cono- cimiento y amor (en sentico no psicológico), que
excluye no sólo la plena posesión del saber, sino la transformación del amor en posesión.
Juntos, conocimiento y amor instituyen una búsqueda que, por definición, habrá de
permanecer in- cumplida, consciente de una carencia que no se puede colmar, de la
inagotable necesidad de responder a renovadas búsque- das de sentido. Esto ocurre no
porque los filósofos sean masoquistas o amen lo inco npleto, sino porque cada persona, cada
generación y cada civilización se encuentra obligado a retomar desde el principio os
problemas de fondo, dentro de un horizonte determinado por los instrumentos de compren- sión y
de juicio de los que dispone (comenzando por el lenguaje y las tradiciones). Si no
quiere retroceder o fosilizar- se, la filosofía también se halla obligada a responder a los desafios
mediante las innovaciones y las transformaciones de cuanto -heredado del pasado- ha
permanecido irresuelto. Por tanto, se conserva sólo si no se estanca, si no se en-durece. en
forma de saber cristalizado y definitivo, si se mantiene abierta, salvaguardando las
conquistas logradas en la cohe-
39

rencia y la fidelidad a su rol, el de ampliar en todos los hombres la esfera de la


universalidad, de la sensatez y de la participación en la vida buena". Sin embargo, esto no signi-
fica que aspire a formas excepcionales de conocimiento, por principio alejadas de la
ciencia, a fulgurantes iluminaciones interiores, a visiones misticas (como la
representada por la "intuición intelectual", mediante la cual se podría captar con un solo
golpe de vista la articulada complejidad de lo real) o que, al contrario, se adapte
para convertirse en mera retórica. de persuasión, en arte de sacerdotes, profetas,
abogados o de vendedores ambulantes (cfr. Rossi, 27). De las ciencias, con las que
siempre ha estado en contacto, conserva el admirable impulso hacia el conocimiento y la
"verdad".

EL TRABAJOSO CAMINO
TLACIA LA VERDAD

Si la filosofia no regala recetas de inmediato éxito, si not alcanza resultados que


puedan considerase como definitivos, esto también depende del hecho de que la
verdad se encuen- tra dividida y limitada, y que cada uno sólo posee inevitable- mente
una parte de ella (cfr. Jaspers, 39). Por esto, la historia. de la filosofia, con la sucesión y el
enfrentamiento de las ideas, presenta, a primera vista, un lado trágico, bajo
forma de una serie de desencuentros y refutaciones reciprocas entre los filósofos - págs.
97-101]. No obstante, esto no implica que la filosofia sea reducible a opiniones
contrapuestas y equivalentes, sino tan solo que la misma es lucha, competen- cia,
campo de batalla, conquista incesante de verdades cada. vez más complejas,
pero siempre limitadas, expuestas a la duda, revocables, en parte. Bajo ese perfil, la
filosofía es un ave fénix, ya que siempre renace de sus propias cenizas (Husserl,
1987, 358; Merleau-Ponty, 2003, 7). El filósofo debe, por tanto, demostrar la
imposibilidad de dar cumplida razón de todo, combatir la presunción, la erudición por
sí misma y el saber que adopte una autoridad indiscutible. No debe, por lo tanto,
atemorizarse por cometer "parricidios intelectuales", yendo, llegado el caso,
contra los propios maestros y contra el saber tradicional en general, a la manera del
joven Sócrates, quien se atrevió a enfrentarse con Parmé- nides, "padre venerando y terrible"
(cfr. Curi, 44, 17). AI mismo tiempo, aun conciente de su parcial comprensión, la
40

filosofia no debe renunciar a la búsqueda de la verdad, sin desesperar de su existencia, a


la manera de la gran tradi- ción filosófica antigua y medieval, movida por la idea de una
vis veri, que impulsa naturalmente al hombre hacia ella, asi como guía al animal hacia su
madriguera. De ello también da testimonio Dante, quien así se expresa:

Io veggio ben che già mai non si sazia nostro intelletto, se 1 ver non lo illustra di fuor dal qual
nessun vero si spazia.

Posasi in esso come fera in lustra, tosto che giunto l'ha; e giugner pollo, se non, ciascun disio
sarebbe frustra"

(DANTE, Paradiso, IV, 124-129)

[Bien veo que nuestra inteligencia no quedará satis- fecha si no la ilumina aquella verdad
fuera de la cual no se difunde ninguna obra.

En cuanto ha podido alcanzarla, descansa en ella co- mo la fiera en su cubil; y puede


indudablemente. conseguirla; de lo contrario, todos nuestros deseos. serian vanos.]
Pero, este "desco", el desco de alcanzar la verdad, ¿es suficiente para alcanzarla? Y,
además, la verdad es tan resplandeciente como para que todos la voan? La enciclica de Juan
Pablo II Veritatis splendor implica, precisamente, que la verdad sea evidente por sí
misma (y si no le es, la fe viene en su ayuda). Pero quien no está en condiciones de verla,
¿es. por lo tanto, teórica y moralmente ciego o daltónico? La cues tión no resulta fácil de
resolver, signada como está por el riesgo de caer, por un lado, en el escepticismo
más pilatesco. y, por el otro, en el potencial abandono del terreno de la racionalidad.
Tal vez todavía tenga razón Aristóteles, cuando observa en la Metafisica que "la
búsqueda de la verdad bajo. un cierto aspecto es dificil, mientras que bajo otro es
fácil. Una prueba de esto se encuentra en el hecho de que es imposible para el hombre
captar de modo adecuado la verdad y que es igualmente imposible no captarla del todo:
en efecto, si uno puede decir algo con respecto a la realidad y si, tomada en su individualidad,
esta contribución agrega poco o nada al

41
conocimiento de la verdad, de la unión de todas las individua- les contribuciones deriva un resultado
teles, 1997, II, 993 a-b). La verdad, nunca completa, nunca. ausente, se
considerable" (Aristo-
encuentra siempre en marcha: revela, cada tanto, lo que estamos en condiciones de captar, pero
lo hace en un doble sentido: lo descubre y lo vela de nuevo para poder ir más allá de lo
que se ha aprendido.
Sigue siendo válido lo que sostenía Heráclito a propósito del saber oracular: "El señor que
está en Delfos [Apolo], no dice ni esconde, sino que da señales" (Heráclito, frag. 93 DK). El
conocimiento de la verdad también apunta a un más allá de si mismo, remite a ulteriores
búsquedas. Resulta casi un milagro como recordaba Einstein- el hecho de que "lo
incomprensible de la naturaleza es que lleguemos, al menos en parte, a
comprenderla". Por eso no debe entristecernos el no poder conocer la verdad en
su totalidad, no debemos deplorar la limitación de nuestra razón: sería como renunciar a emplear
nuestras propias piernas por la añoranza de no poseer alas (cfr. Locke, I, 29).
Justamente, porque la búsqueda de lo verdadero es una empresa colectiva, la filosofia debe
enfrentarse en forma continua con una realidad en la que estamos incluidos. La misma "no puede
ser el dialogo solitario del filosofo con la ver- dad, el juicio emitido desde la altura sobre la
vida, sobre el mundo, sobre la historia-como si el filósofo no formare parte de ellos y, por
otra parte, ésta no puede subordinar la verdad interiormente reconocida a una instancia
externa" (Merleau- Ponty, 1958, 40-41). En este sentido, el filósofo debe estar, paradojicamente dentro
y fuera del mundo, compartir la suerte de todos los demás individuos, portadores
también ellos de paradojas y contradicciones: "Cada hombre tiene, en sí, pucs, paradojas que le
son reprochadas a la filosofia. Quitarle a la filosofia sus paradojas es como negar
la vida" (ibid., 801. Con la diferencia-cabe agregar-de que la filosofía no se limita a
verificar su existencia, sino que busca constan- temente hacer de ellas una razón y superarlas.
CONVERTIR
LA VIDA
A lo largo del pasado, la filosoffa ha procurado transformar la vida de los individuos. En
efecto, el conocimiento no era considerado como un fin en sí mismo. Incluso la pura contem-
plación tenía por objetivo al máximo de felicidad en el marco de una vida descable (Can
biano; Hadot, 1998 y 2001) si bien, por lo demás, para algunos filósofos lo importante era
preci- samente el deseo de generar el acto del conocimiento (cfr. Plotino, V, 6, 5,
9). Aun admitiendo que la filosofia debía enseñar a despegarse de la limitación de
la propia casual experiencia para elevarse hasta una visión más vasta, ofre- cida por la común
pertenencia de los hombres al logos, a la razón o al lenguaje, la elección del tipo de vida no
constitufal algo accesorio. La coherencia entre la propia conducta y las ideas
profesadas era así esencial para quien aspiraba a convertirse en filósofo. No existía, por
tanto, oposición alguna entre teoría y praxis, entendidas en el sentido moderno, porque la
decisión de vivir para la contemplación era el resultado de una deliberación y de la
puesta en acción de las propias ideas y convicciones. La filosofia tendía, pues, a for- mar,
antes que a informar, a cambiar la dirección del alma antes que a aumentar los
conocimientos, a cambiar la vida o, al menos, una vida: la propia (en este sentido tenía
carácter personal, no se orientaba a una universalidad abstracta, como en las
universidades modernas, donde los filósofos, convertidos en una suerte de funcionarios del
Estado, deben desarrollar programas estándar para sus estudiantes).

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LA BÚSQUEDA DE LA SABIDURÍA
Y DE LA FELICIDAD

El sabio antiguo, griego y romano, tenía como modelo por un lado la imperturbable
serenidad de los dioses olímpicos y por el otro la búsqueda sin fin de una perfección
considerada inalcanzable, pero no por eso no digna de ser perseguida. Una búsqueda
similar implicaba la aproximación de la propia vida al modelo clegido y el control
de los progresos logrados gracias a ejercicios espirituales que consistían -por ejemplo- en
mejorar la propia aplicación al estudio o la práctica de de- terminadas virtudes, en llevar una
especie de diario donde se asentaban las etapas cumplidas, se ponía en guardia contra
eventuales fracasos o se espolcaba a sí mismo y a los demás para el logro de ulteriores metas
(clásicos del género son las Cartas a Lucilio de Séneca y los Recuerdos de Marco Aurelio).
Siguiendo el ideal del filósofo como "escultor de hombres" (Simplicio, XXIII, línea 163),
los representantes del estoicis- mo romano, en particular, llevan a cabo cotidianos esfuerzos.
para plasmarse a sí mismos como estatuas, bajo forma de verdaderas obras de arte.
Damos tanta importancia a los vestidos o a la forma de una lámpara -argumentan- y, en
cambio, raramente pensamos en cambiar y perfeccionarnos a nosotros mismos o a la sociedad. Para
hacer esto no es necesario soñar con grandes empresas: "Y no esperar la justa Ciudad
de Platón, te debo bastar con una cosa: un poco de mejoramiento, incluso mínimo" (Marco
Aurelio, IX, 29). Ta- les ejercicios espirituales no se realizan en vista de la salva- ción de la
propia alma -como sucederá más adelante con San Ignacio de Loyola, que se inspirará en ellos,
sino para desarrollar las propias potencialidades humanas, para darse a luz nuevamente a sí
mismo a través de la inteligencia y la voluntad, realizando actos de continua
autoregeneración y autosubversión.
Al ofrecer el modelo de vida más deseable", los filósofos del pasado indicaban el camino hacia la consecución
de la felici- dad (cfr. Aristóteles, 1966, VIII, 1-3; Aristóteles, 1973 a, 1177 b; Gastaldi). En
contraste con la vida política y con la dedica- da exclusivamente al placer y a la riqueza,
algunos de ellos se encaminaban hacia una sabiduría alcanzable mediante la sola razón humana y la
educación de las pasiones y los deseos. Al menos por cuestión de principios, toda la filosofía
clásica se orientaba a convertir la vida, a indicar el camino del
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individuo para lograr la felicidad y la autonomía. Sólo más adelante cuando en los albores de
la edad moderna el conocimiento comenzó a ser buscado en tanto tal-, a menudo la vida del individuo
fue abandonada a sí misma. Empeñada en una espasmódica competencia con las ciencias
matemáti- ca y físicas, cuyos merecidos éxitos eran evidentes, la filosofía -luego de ser complacida
con el oficio de juez a latere de los legítimos límites entre lo conocido y lo ignoto-
renunció finalmente a la pretensión de cambiar la vida, al advertir la dificultad de
orientarla, por la falta de evidencias igualmente fuertes como la de los nuevos
saberes o stocks de fe igualmen- te organizados como los de las Iglesias. Con el
advenimiento de la revolución científica moderna -y en competencia con ella- sólo
algunos filósofos, como Giordano Bruno, continua- ron manteniendo la coherencia entre la
propia doctrina y la propia vida → pág. 33].
En cambio, muchos otros transformaron la filosofia de sabiduría en saber que no tiene otro fin
que el ulterior. incremento del propio saber. Abandonada por una razón que no encuentra
en ella suficiente rigor "geométrico", la expe- riencia de los individuos y la vida que le está
asociada corrie- ron el riesgo de retrotraerse a un estado selvático, de conver- tirse en
fácil presa de autoridades indiscutibles, a ser objeto de opiniones no lo
suficientemente reflexionadas o receptá- culo de confusas esperanzas, de pasiva
resignación y de expectativas políticas mesiánicas. El individuo fue entonces tentado a
buscar refugio en su propia interioridad, ahuecada para servir como resguardo contra las
incertidumbres, last asperezas y los fastidios de la dimensión pública. Ante los bien cultivados
campos de la razón cientifica, el terreno de la vida aparece como no cultivado, ahogado por
hierbas y zar- zas. A medida que el pensamiento se afinaba, la vida se volvía más ajena a
sí misma, signada por un destino dominante o transformada en un charco estancado.

EL PENSAMIENTO FILOSÓFICO
ENTRE ACTUALIDAD E INACTUALIDAD

Cuando la existencia se empobrece y las instituciones pare- cen lejanas y ajenas, la filosofia
se enfrenta con la conciencial de los hombres, dispuesta a prestarles su ayuda, para sanar
o cicatrizar sus heridas, para mostrar la posibilidad de un
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cambio, para indicar salidas seguras. Con la difusión de la monocultura de los modelos de
racionalidad que quieren imitar a las "ciencias duras", retroceden los reclamos de sentido
sobre la vida mejor, la coherencia con las propias ideas. También por esto, los filósofos modernos
pueden sepa- rar su existencia de la doctrina profesada: al ser encontrado en un burdel por el
rector de su universidad, quien se asombró de que un [Link] filosofia moral frecuentara
semejantes. lugares, Max Scheler respondió tranquilamente que los filóso- fos son como los
carteles viales, que indican el camino, pero en ningún sitio está escrito que se deba recorrerlos..
Estas son las premisas remotas de los calambres mentales. y morales que nuestra cultura
continúa sufriendo. La filoso- fia contribuye a resolverlos. El actual retorno del interés por esta
disciplina acaso nazca-como se ha señalado-también de la oscura percepción de sus
potencialidades, del hambre de sen- tido que se difunde en zonas que la ciencia no trata y que
la religión seguramente afronta, imponiendo sin embargo el peaje de la fe. Pero surge también
del rechazo al fast food intelectual distribuido por los medios de difusión masiva
(diarios, revistas, televisión, Internet) y del cansancio subsi- guiente al ocaso de las ideologías
dominantes, cuando el mundo estaba dividido en dos bloques contrapuestos. En
momentos en que acontecimientos e instituciones tienden a descargar en los individuos
responsabilidades inéditas, a la filosofia le es atribuida de nuevo la función de eliminar o de alentar, en el
plano teórico, los vínculos antiguos y nuevos, que inmovilizan y frenan el pensamiento y la
existencia: Su lugar natural no está constituido, pues, por las nubes, sino precisamente por
una tierra de nadie, colocada en medio de los physika y los meta ta physika, entre la
actualidad y la inactualidad, donde a su saber le es negada la transformación en una
ciencia como la matemática, que trata sobre entes inmutables, o de la física, que tiene que
ver en lo sustancial con la materia carente de historia, o su afianzamiento en zonas donde la
racionalidad pierde sus derechos.
Las grandes obras filosóficas se benefician con la ventaja. producida por su escaso "éxito": el
paso del tiempo no las envejece. Siempre mantienen la actualidad o lo que es lo mismo- la
inactualidad. Por eso, los escritos de Platón, Aris- tóteles, Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant,
Hegel, Husserl o Wittgenstein están hoy más vivos y son más "jóvenes" que los de la mayor
parte (o quizá de todos) de los filósofos contem-
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poráneos: "En filosofía no existen predecesores ni sucesores" (Hegel, 1971, 11). Sólo las
filosofias mediocres reflejan su. propio tiempo, mientras que las grandes filosofías lo vuelven
inteligible, tanto a los tiempos siguientes como a los preceden- tes. Algo parecido ocurre en el
campo artístico: por el solo hecho de haber nacido después, Virgilio no supera a
Ho-mero, Racine a Sófocles, Picasso a Giottoo Schönberg a Beethoven. En efecto, "si se
presta atención a su esencia, la filosofía no progresa. Marca el paso siempre en su
lugar, pensando siempre lo mismo. Progresar, es decir, avanzar desde un lugar,
es un error que acompaña siempre al pensamiento como la sombra que proyecta" (Heidegger,
1995, 63). Por esto, en filosofía existen autores ejemplares, cuya enseñanza, aun sin
atravesar indemnes las barreras del tiempo y contenien- do partes caducas, mantiene en
algunos puntos toda su fuerza, al igual que un resorte oprimido que aún
no ha descargado todo su potencial.
Al reabrir el juego, las grandes filosofias empujan hacia el futuro antes que hacia el pasado
(desde distintos puntos de vista, consultense tambien Heidegger, 1968, 54; Heidegger,
1989, 79 y cfr. Curi, 8). Dado que renacen y vuelven a florecer con cada estación, no existe en las
filosofías ningún progreso lineal, sino tan solo una continua metamorfosis. Tampoco
representan la expresión de verdades eternas; son, precisa- mente, tanto actuales corio inactuales, están
dentro y fuera del tiempo. La filosofia (contemporánea de la tragedia griega) tiene más de dos mil
años, pero no los demuestra. Las ideas. de los grandes filósofos transponen, en efecto, los contextos
de los que han surgido y a los individuos que las han expresado. La historia de la filosofía
constituye por eso un recurso, una especie de caja de caudaies del que extraer dinero líquido,
para invertir prudentemente en nuevos proyectos, en suge- rencias para pensar el propio
tiempo, pero no en modelos of fórmulas bellas y listas para usar.

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