Nicaragua celebra este 18 de enero el 156 aniversario del natalicio Félix
Rubén García Sarmiento, reconocido en el mundo como Rubén Darío y el
“Príncipe de las Letras Castellanas”.
Rubén Darío es el poeta y orgullo nicaragüense que siempre será recordado
por su maravillosa e inigualable obra literaria y poesía, dejando grandes
huellas en cada escrito, cada obra y cada país que visitó, dejando en alto el
nombre de Nicaragua, siendo la tierra que vio nacer a tan importante figura en
el mundo literario a nivel internacional.
Darío es considerado el padre del Modernismo como movimiento literario en
Iberoamérica, camino que inició la publicación de dos de sus obras más
importantes: “Azul” (1888) y “Prosas Profanas” (1896); la primera es una
recopilación de poemas y prosas escrita cuando estuvo en Valparaíso, Chile.
Su manera de expresarse en cada uno de sus escritos, la forma de mezclar
géneros de una manera extraordinaria, su inmenso bagaje cultural y su
maravillosa y extraordinaria capacidad narrativa, misma que podemos
observar en cada una de sus obras, lo ubicaron como uno de los periodistas
literarios más completos de la época en el idioma español.
Darío no solamente nos dejó un importante legado poético, también nos dejó
un legado de lucha, Rubén desde pequeño se enfrentó a situaciones difíciles,
pero gracias a su empeño y enorme talento logró salir adelante y convertirse
en el máximo exponente del modernismo en la literatura española, plasmando
muchos de sus poemas mensajes internos de lucha y protesta contra
injusticias, contra el odio, contra angustias de su propio corazón y angustias
del mundo entero.
Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío, falleció un 6 de febrero de
1916, a los 49 años, en León, sin embargo hoy en día, todo el pueblo
nicaragüense se desborda en celebración de su aniversario, realizando un
sinnúmero de actividades cuyo objetivo principal es rescatar y preservar el
legado histórico y cultural que Darío nos dejó.
Caupolicán
Rubén Darío
Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta»,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán