La predicación y
los predicadores
D. Martyn Lloyd-Jones
La predicación y los predicadores
Publicado por Editorial Peregrino, S.L.
Apartado 19
13350 Moral de Calatrava (Ciudad Real) España
info@[Link]
[Link]
Copyright © 1971 por D. Martyn Lloyd-Jones
Publicado por primera vez por Hodder & Stoughton en 1971 bajo el título
Preaching and Preachers
Primera edición en español (tapa dura): 2003
Segunda edición en español (rústica): 2010
Copyright © por Editorial Peregrino, S.L 2003 para la versión
española
Esta edición se publica con el patrocinio de:
Peter Alimand-Smith. Chelford House Christian Fellowship Trust
Traducción: Francisco Farrugía Sánchez y David Cánovas Williams
Revisión: Elena Flores Sanz
Diseño de la portada: José-Antonio Juliá Moreno
Las citas bíblicas están tomadas de la Versión Reina-Valera 1960
© Sociedades Bíblicas Unidas, excepto cuando se cite otra
LBLA = La Biblia de las Américas © The Lockman Foundation
ISBN: 978-84-96562-55-4
Impreso en Estados Unidos
Prínted in USA
Índice
Prefacio 7
1 La primacía de la predicación 10
2 No hay sustituto 28
3 El sermón y la predicación 50
4 Las características del sermón 72
5 El acto de predicar 92
6 El predicador 114
7 La congregación 138
8 El carácter del mensaje 162
9 La preparación del predicado 186
10 La preparación del sermón 208
11 La forma del sermón 230
12 Ilustraciones, elocuencia y humor 250
13 Qué evitar 272
14 El llamamiento a una decisión 294
15 Los peligros y el encanto 314
16 "Demostración del Espíritu y de poder" 336
Prefacio
C
uando se me pidió dar una serie de conferencias a los
estudiantes del Westminster Theological Seminary
acerca de cualquier aspecto del ministerio que yo
quisiera escoger, decidí que debía hablar sobre “La predicación
y los predicadores”. Muchas veces se me había pedido dar una,
dos o tres conferencias sobre “la predicación expositiva”.
Siempre había respondido que eso era imposible, que un
asunto como ese requería toda una serie de conferencias,
porque no exis tía una fórmula mágica que alguien pudiera
pasar a otros.
Además me sentía muy reticente de abordar un asunto tan
importante y siempre me había dejado perplejo lo dispuestos
que están ciertos jóvenes ministros a aconsejar a sus herma-
nos sobre la predicación y sobre asuntos pastorales. “Y para
estas cosas ¿quién es suficiente?”.
Aun ahora tengo mis reservas en cuanto a si debo publicar
estas conferencias. Quizá esté justificado el hacerlo solamen-
te porque lo que digo procede de una experiencia de cuaren-
ta y cuatro años. Durante ese tiempo, además de predicar con
regularidad en las dos iglesias de las que he sido pastor (once
años y medio en el sur de Gales y treinta años en la iglesia
Westminster Chapel, Londres), he viajado siempre mucho
entre semana para predicar en otros sitios. Mientras estaba en
el sur de Gales predicaba generalmente dos veces los martes y
los jueves, y durante la mayor parte de mi tiempo en Londres
estaba fuera los martes y los miércoles, tratando de llegar a
casa, si era posible, el miércoles por la noche para poder pre-
parar los tres sermones que había de predicar en Westminster
Chapel durante el fin de semana.
Algo habré aprendido como resultado de ello; y ese es mi
único derecho para intentar esta tarea.
A través de los años he leído muchos libros sobre la predi-
cación. No puedo decir que haya aprendido mucho de ellos,
pero he disfrutado mucho leyéndolos y a menudo me han
resultado entretenidos; en mi opinión, los más anecdóticos
fueron los mejores.
Mientras estuve preparando estas conferencias no cónsul-
té de nuevo ninguno de ellos. Creí que lo mejor que podía
La predicación y los predicadores 7
Prefacio
hacer era exponer mi postura y mi práctica en lo que valen.
Me he puesto como meta el ser práctico y he procurado
tratar los diferentes problemas y asuntos que otros me han
planteado en privado, los cuales también han sido debatidos
en reuniones de ministros. En cualquier caso, y tal como apa-
rece en muchos de los discursos, no me gusta en absoluto que
este asunto sea tratado de forma teórica o abstracta.
Esta consideración también ha determinado el estilo.
Hablaba con estudiantes que se preparaban para el ministe-
rio (en un sentido pensando en voz alta con ellos), y este libro
está dirigido a predicadores y a todos aquellos interesa-
dos en la predicación. Por tanto, no he intentado cambiar el
estilo familiar e íntimo y, aparte de correcciones sin impor-
tancia, lo que ahora se publica es lo que realmente dije.
Mientras predico, raramente hago mención de mí mismo;
pero aquí creí que ser impersonal sería un error. Hay, pues,
bastantes elementos anecdóticos [Link]. Confío en que
ello será de ayuda como ejemplo práctico de los principios que
he tratado de inculcar.
Puede que algunos pongan objeciones a mis afirmaciones
dogmáticas; pero no me disculpo por ellas. Cada predicador
debe creer firmemente en su propio método; y si yo no puedo
convencer a todos de lo acertado del mío, al menos puedo
estimularles a pensar y a considerar otras posibilida-
des. Puedo decir con sinceridad que no cruzaría la calle para
oírme predicar a mí mismo, y los predicadores con los que me
he gozado más eran de hecho muy diferentes en sus métodos
y estilos. Pero mi tarea no es describirlos a ellos sino exponer
lo que yo creo ser correcto; aunque sea imperfecta-
mente, he puesto mis propios preceptos en práctica.
Solamente espero que el resultado sea de alguna ayuda, y
especialmente a los predicadores jóvenes, llamados a una
importante labor, sobre todo en estos nefastos y malos tiem-
pos. Con muchos otros, oro para que “el Señor de la mies
envíe” a muchos grandes predicadores a proclamar “las ines-
crutables riquezas de Cristo”.
Quisiera dar las gracias al profesor Clowney y a los miem-
8 La predicación y los predicadores
Prefacio
bros de la facultad del Westminster Seminary, así como a todos
los estudiantes, por su amable acogida y por el ambiente tan
estimulante en el que pronuncié estas conferencias durante
seis semanas en la primavera de 1969.
Además debo dar las gracias a la Sra. E. Burney por trans-
cribir las cintas grabadas de estas conferencias y pasar a
máquina el manuscrito; y también, como siempre, a mi espo-
sa, quien ha tenido que soportar mi predicación a lo largo de
los años y con quien he examinado constantemente los distin-
tos aspectos de este cautivador y vital asunto.
Dr. M. Lloyd-Jones
Julio de 1971
La predicación y los predicadores 9
Capítulo 1
La primacía de
la predicación
¿ Por qué estoy dispuesto a hablar y a disertar sobre la pre-
dicación? Hay unas cuantas razones. La predicación ha
sido el trabajo de mi vida. He estado cuarenta y dos años
en el ministerio y la mayor parte de mi trabajo ha sido predi-
car; no exclusivamente, pero sí la mayor parte. Es algo, ade-
más, sobre lo que he estado constantemente estudiando. Soy
consciente de mi insuficiencia y de mis errores mientras tra-
taba de predicar durante todos estos años; y ello ha llevado
inevitablemente a mucho estudio y examen y a un interés
general en todo este asunto. Pero, finalmente, mi razón para
estar dispuesto a dar estas conferencias es que, para mí, el
trabajo de predicar es el más grande y el más glorioso llama-
miento al que alguien puede ser llamado jamás. Si hay que
añadir aún algo más a eso, yo diría sin vacilación alguna que
la necesidad más urgente en la Iglesia cristiana de hoy es una
predicación fiel; y así como es la mayor y más urgente necesi-
dad en la Iglesia, también es obviamente la mayor necesidad
en el mundo.
Afirmar que es la más urgente necesidad lleva a la prime-
ra cuestión que hemos de tratar juntos: ¿Hay necesidad de
predicar? ¿Hay lugar para la predicación en la Iglesia moder-
na y en el mundo moderno, o la predicación ha quedado
pasada de moda? El hecho mismo de plantear tal pregunta y
considerarla es, a mi parecer, el comentario más esclarecedor
acerca del estado de la Iglesia en el tiempo presente. Percibo
que esa es la principal explicación de la situación actual más
o menos lamentable y de la ineficacia de la Iglesia cristiana en
el mundo hoy. Toda esta cuestión de la necesidad de la pre-
dicación y el lugar de la predicación en el ministerio de la
Iglesia se cuestiona en el tiempo presente, por lo que hemos
de empezar con ello. A menudo, cuando se le pide a alguien
que enseñe o hable sobre la predicación, se apresura inme-
diatamente
10 La predicación y los predicadores
La primacía de la predicación
diatamente a considerar los métodos, las formas, los medios y
la mecánica. Creo que eso es bastante erróneo. Hemos de
comenzar con los presupuestos, con el trasfondo y con los
principios generales; porque, a menos que yo esté muy equi-
vocado, el mayor problema surge del hecho de que la gente no
tiene claro en sus mentes lo que realmente es la predicación.
Por tanto, voy a tratar el asunto en general antes de descender
a los pormenores de cualquier índole.
He aquí, por tanto, la gran pregunta: ¿Podemos justificar
la predicación? ¿Hay realmente necesidad de predicación en el
mundo moderno? Esto, como sabéis, forma parte de una
cuestión más amplia. Estamos viviendo en una época en que
no solo la predicación sino la Iglesia misma está siendo cues-
tionada. Estamos acostumbrados a oír aquello de “el cristia-
nismo sin religión”, que conlleva la idea que muchos tienen de
que la Iglesia misma es el mayor obstáculo para la fe cristiana
y, si lo que realmente queremos es ver a las personas
convirtiéndose en cristianas y al mundo “cristianizarse” —tal
como ellos dicen— hemos de librarnos de la Iglesia, porque la
Iglesia ha llegado a ser un obstáculo que se erige entre la gente
y la Verdad que es en Cristo Jesús.
Con gran parte de esta crítica que se hace a la Iglesia tene-
mos, por supuesto, que estar de acuerdo. Hay mucho en la
Iglesia que está mal (tradicionalismo, formalismo, ausencia de
vida, etc.) y sería frívolo y absolutamente necio negar esto. A
menudo uno debe preguntarse realmente si ciertas congre-
gaciones y comunidades de personas tienen algún derecho a
llamarse iglesia. La Iglesia puede muy fácilmente degenerar y
convertirse en una organización o aun, quizá, en un club social
o algo parecido; por tanto, a menudo es necesario plantearse
todo el asunto de la Iglesia misma. Sin embargo, ese no es el
objetivo de estas conferencias y no vamos a tratar la natu-
raleza de la Iglesia como tal. Pero, como parte de la actitud
general hacia la Iglesia, este asunto de la predicación surge
obviamente de forma destacada; y ese sí es el asunto que he
de tratar.
¿Cuál es la causa de la presente reacción contra la predica-
La predicación y los predicadores 11
Capítulo 1
ción? ¿Por qué ha caído la predicación de la posición que antes
ocupaba en la vida de la Iglesia y en la estima de la gente? No
se puede leer la historia de la Iglesia, aun haciéndolo por
encima, sin notar que ha ocupado siempre una posición
central y predominante en la vida de la misma, en particular
en el protestantismo. ¿Por qué entonces este declive del lugar
y del poder de la predicación? ¿Y por qué se cuestiona la
necesidad misma de la predicación?
Yo dividiría mi respuesta a estas preguntas bajo dos
apartados generales. En primer lugar, hay ciertas razones
generales que deben tenerse en cuenta para esto, y después
existen ciertas razones particulares en la Iglesia misma.
Cuando digo “generales” me refiero a ciertas ideas populares
que circulan por el mundo, fuera de la Iglesia. Permítaseme
ilustrar lo que quiero decir. Al hacer esta reflexión, por
ejemplo, en Gran Bretaña, generalmente me refiero a ello como
el “baldwinismo”. Para aquellos que no están familiarizados
con este término, quiero explicar lo que significa. Hubo en
Gran Bretaña, en los años veinte y treinta, un primer ministro
llamado Stanley Baldwin. Este hombre —que era de tan poca
importancia que su nombre no significa nada hoy día— tuvo,
no obstante, un considerable efecto en el pensamiento de la
gente en relación con el valor del discurso y de la oratoria en
la vida de las personas. Llegó al poder y a su cargo después de
una etapa de gobierno de coalición en Inglaterra dirigido y
dominado por hombres tales como Lloyd George, Winston
Churchill, Lord Birkenhead y otros de esa categoría. Ahora
bien, estos hombres eran oradores, grandes oradores. Stanley
Baldwin no tenía ese don, así que se dio cuenta de que, para
tener éxito, era esencial desestimar el valor y la importancia
de la palabra y de la oratoria. Estaba compitiendo con hom-
bres que, además de brillantes, eran al mismo tiempo gran-
des oradores; por tanto, adoptó la postura de un inglés
corriente, sencillo y honrado. Decía que él no era un gran
orador y transmitía la idea de que, si un hombre es un gran
hablador, el tal es alguien en quien no puedes confiar y que no
es honrado. Ponía estas cosas en contraposición; y su cos-
tumbre
12 La predicación y los predicadores
La primacía de la predicación
tumbre era adoptar la pose de un inglés sencillo que no podía
permitirse grandes vuelos de oratoria y de imaginación, sino
que hacía declaraciones claras y sinceras.
Esta actitud hacia la oratoria y hacia el poder de la palabra
se ha puesto definitivamente de moda, especialmente entre los
políticos, en Gran Bretaña. ¡Pero ay! Yo creo que ha tenido
también gran influencia en la Iglesia. Ha habido una nueva
actitud hacia la oratoria, la elocuencia y la disertación digna
de ese nombre. Es una actitud de desconfianza hacia el orador.
Y, por supuesto, acompañando a esto y reforzando toda esta
actitud, ha habido una nueva insistencia en el lugar de la
lectura. El argumento que se emplea es que hoy día somos un
pueblo más educado y con más cultura; que en el pasado la
gente no leía por sí misma y dependía de los grandes
disertadores, de los grandes oradores, pero que eso ya no es
necesario porque ahora tenemos libros y bibliotecas, etc. Y
además tenemos la radio y la televisión, que nos imparten
conocimientos e información concerniente a la Verdad y lle-
gan directamente a nuestros hogares. Yo creo que todo esto,
en general, ha influido en la Iglesia y en la actitud de esta y del
pueblo cristiano hacia la palabra hablada y la predicación
como tal.
Ahora bien, yo no quiero ocupar mucho tiempo en refutar
esta actitud general que es hostil a la predicación; simple-
mente me conformo con decir esto: es muy interesante notar
que algunos de los más grandes hombres de acción que el
mundo ha conocido han sido también grandes disertadores y
grandes oradores. No creo que haya sido un accidente el hecho
de que en Gran Bretaña, por ejemplo, durante las dos guerras
mundiales en este siglo XX, los dos grandes líderes que
surgieron resultaran ser grandes oradores; y aquellos hombres
que tenían tendencia a dar la impresión de que si un hombre
sabe hablar es porque es un mero charlatán y no hace nada,
han sido refutados por las evidencias de la Historia. Los
grandes hombres de acción han sido grandes oradores; y, por
supuesto, es una parte de la función del líder y un esencial
desiderátum el ser capaz de entusiasmar a las gentes,
despertarlas y hacer que se pongan en acción.
La predicación y los predicadores 13
Capítulo 1
Pienso en Pericles, Demóstenes y otros. La historia general del
mundo demuestra sin duda muy claramente que los hombres
que realmente han hecho historia han sido hombres que
realmente sabían hablar, que podían comunicar un mensaje y
poner a la gente a actuar como resultado del efecto que este
producía en ellos.
Así son las cosas por lo general. Pero nos preocupan más
ciertas actitudes de la Iglesia misma o ciertas características
en ella que explican la decadencia de la posición que ocupa-
ba la predicación. Yo creo que aquí se encuentran algunos de
los principales y más dominantes factores bajo este apartado.
No titubearía en poner en primera posición lo siguiente: una
pérdida de la creencia en la autoridad de las Escrituras y una
disminución de la fe en la Verdad. Pongo esto en primer lugar
porque estoy seguro de que es la causa principal. Si tú no
tienes autoridad, no puedes hablar bien, no puedes predi-
car. La predicación poderosa se apoya siempre sobre grandes
temas. Los grandes temas producen siempre poderosa orato-
ria en cualquier esfera; y esto es particularmente cierto, por
supuesto, en la esfera de la Iglesia. Mientras los hombres
crean que las Escrituras son la Palabra de Dios, que tienen
toda la autoridad, y hablen sobre la base de esa autoridad
habrá buena predicación. Pero una vez que eso desaparece y
los hombres empiezan a conjeturar, a teorizar y a poner en su
lugar hipótesis y otras cosas, la elocuencia y grandeza de la
palabra hablada inevitablemente declina y comienza a decaer.
No puedes tratar realmente las conjeturas de la misma forma
en que la predicación ha tratado en tiempos pasados los
grandes temas de las Escrituras. Pero cuando la creencia en
las grandes doctrinas de la Biblia comenzó a extinguirse y los
sermones fueron reemplazados por charlas sobre ética,
homilías, fervor moral y charlas político-sociales, no es de
sorprender que la predicación decayera. Yo creo que esa es la
primera y más importante causa de este declive.
Pero hay una segunda causa; y hemos de ser justos en
estos asuntos. Creo que ha habido una reacción contra
aquellos
14 La predicación y los predicadores
La primacía de la predicación
que fueron llamados “los grandes ‘pulpiteros’”, especialmente
de la segunda mitad del siglo XIX. Se hallaban en gran número
en Inglaterra y también en los Estados Unidos. Siempre pienso
que el hombre más típico en cuanto a esto en los Estados
Unidos fue Henry Ward Beecher. El ilustra perfectamente las
principales características del “pulpitero”. El término mismo
es muy interesante y creo que muy preciso. Estos hombres
eran “pulpiteros” en vez de predicadores. Quiero decir que eran
hombres capaces de ocupar un púlpito, dominarlo y dominar
a la gente. Eran profesionales. Había en ellos bastantes de las
características de un profesional del espectáculo y eran
expertos en manejar a las congregaciones y jugar con sus
emociones. Al final podían hacer con ellos lo que quisieran.
Ahora bien, estoy seguro de que esto ha producido una
reacción; y eso es algo muy bueno. Según mi enfoque de la
predicación, estos “pulpiteros” eran, en mi opinión, abomi-
nables; y en muchos aspectos son ampliamente responsables
de esta reacción en la actualidad. Es muy interesante notar
que esto ha ocurrido en tiempos pasados no solamente res-
pecto a la predicación del Evangelio, de la Palabra de Dios,
sino también en otras esferas. Hay una interesante declara-
ción en un libro escrito por Edwin Hatch acerca de la influen-
cia de las ideas griegas sobre la Iglesia cristiana que me pare-
ce expresar esto muy bien. Dice que es un hecho que la filo-
sofía cayó en descrédito y menguó en la vida de Grecia como
resultado de la retórica. Permítaseme explicar las palabras de
Hatch. Él dice:
Si examinas más atentamente la Historia, encontrarás
que la retórica mató a la filosofía. La filosofía murió
porque, para todos salvo para una minoría, dejó de ser
real; pasó de la esfera del pensamiento y de la conducta
a la de la exposición literaria. Sus predicadores
predicaban no porque estuvieran rebosando de
verdades que les era imposible dejar de expresar, sino
porque eran maestros en elaborar frases refinadas y
vivían en una época en que las frases bonitas eran
valoradas.
La predicación y los predicadores 15
Capítulo 1
Resumiendo, murió porque se había convertido en
sofistería; pero la sofistería no pertenece a ninguna
época o país especial, es natural de cualquier terreno
sobre el que crezca la literatura. Apenas se crea
cualquier forma especial de literatura por el genio de un
gran escritor, allí surge una clase de hombres que
cultivan el estilo por el estilo mismo. Apenas se le da un
nuevo impulso tanto a la filosofía como a la religión, allí
se levanta una clase de hombres que copian la forma
sin la sustancia y tratan de hacer que el eco del pasado
resuene como si fuera la voz del presente. Y eso ha
ocurrido con el cristianismo.
Este es un punto de lo más importante, y pienso que tiene
auténtica pertinencia en cuanto a lo que quiero hacer ver sobre
la perniciosa influencia que ejerce el “pulpiterismo” sobre la
verdadera predicación. Ya ves que la forma se volvió más
importante que la sustancia, la oratoria y la elocuencia
llegaron a ser algo en sí mismas y, finalmente, la predicación
vino a ser una forma de diversión. Se mencionaba la Verdad,
le hacían un cumplido de pasada, pero lo importante era la
forma. Creo que estamos viviendo en una época en que esta-
mos experimentando una reacción en contra de eso. Y así ha
seguido ocurriendo en este siglo XX, cuando se ha dado a
menudo una forma de predicación popular, en particular en la
evangelización, que ha hecho que la verdadera predicación
caiga en descrédito debido a la carencia de sustancia, a la vez
que se presta demasiada atención a la forma y a la presenta-
ción. Esto degenera finalmente en lo que se ha descrito como
profesionalismo, por no decir exhibicionismo, del hombre.
Por último quiero indicar que otro factor ha sido la con-
cepción errónea de lo que realmente es un sermón y, por tanto,
de lo que es la predicación en realidad. Se trata de lo mismo,
tiene que ver de nuevo con la forma; no de una manera tan
cruda como la que he estado planteando, pero yo creo que la
impresión y publicación de sermones ha tenido un mal efecto
sobre la predicación. Me refiero particularmente a la
publicación de sermones aproximadamente desde
alrededordel
16 La predicación y los predicadores
La primacía de la predicación
alrededor del año 1890, y (me atrevo a decir) tengo la impre-
sión de que la escuela escocesa de predicadores ha sido la
mayor culpable en lo que a esto se refiere. Creo que así fue
como ocurrió. Aquellos hombres fueron agraciados con un
verdadero don literario, y el acento —nuevamente incons-
cientemente— se trasladó desde la verdad del mensaje a la
expresión literaria. Prestaron gran atención a las alusiones y
citas literarias e históricas. En otras palabras, aquellos hom-
bres, tal como indicaré en otro momento más adelante, eran
ensayistas en vez de predicadores; pero, como ellos publica¬
ron esos ensayos como sermones, fueron aceptados como
tales. Aquello, indudablemente, ha tenido un efecto en la
manera de pensar de muchos en la Iglesia en cuanto a lo que
debe ser un sermón y lo que es realmente la predicación. Por
tanto, yo atribuiría una buena parte de la decadencia de la
predicación en la actualidad a esas efusiones literarias que se
han colado bajo el nombre de sermones y de predicación.
El resultado de todas estas cosas ha sido que se ha infiltra-
do una nueva idea en cuanto a la predicación que ha adopta-
do varias formas. Una de las más significativas fue que la gente
comenzó a hablar de “discurso’' en el culto, en vez de llamarle
sermón. Ya no se hablaba de un sermón, sino de un “discurso”
o quizá aun de una “conferencia”. Más adelante trataré acerca
de estas diferencias. Hubo un hombre en los Estados Unidos
que publicó una serie de libros bajo el significativo título de
“Charlas tranquilas”. Ya lo ves, “Charlas tranquilas”, ¡en
contra del vocerío de los predicadores! “Charlas tranquilas”
sobre la oración, sobre el poder, etc. Dicho en otras palabras,
el título mismo anuncia ya que el hombre no va a predicar. La
predicación, por supuesto, es algo carnal, falto de
espiritualidad; lo que se necesita es una plática, una charla de
esas al lado de una chimenea, charlas tranquilas, etc. Y esa
idea caló.
Y enseguida, además, se hizo un nuevo hincapié en el
“culto”, lo que a menudo es llamado “el elemento de la ado-
ración”. Ahora bien, estos términos son muy engañosos.
Recuerdo a un hombre decir en una conferencia: “Por
aaaaaaaa
La predicación y los predicadores 17
Capítulo 1
supuesto que en las iglesias episcopales prestamos mayor
atención a la adoración que la prestada por los que pertene-
cen a iglesias independientes”. Pude entender que lo que él
realmente quería decir era que ellos tenían una forma litúr-
gica de culto y nosotros no. Pero él igualaba la lectura de la
liturgia a la adoración. Por tanto, la confusión aumenta.
Sin embargo, esta ha sido la tendencia; a medida que la
predicación menguaba, había un aumento en el componen-
te formal en el culto. Es interesante observar de qué manera
los hombres de las iglesias independientes, no episcopales, o
comoquiera que las llames, han adoptado cada vez más estas
ideas del tipo de culto episcopal a medida que la predicación
ha ido menguando. Arguyen que la gente debe tener una
mayor participación en el culto y, por tanto, introducen la
“lectura antifonal” y cada vez más música, cánticos y melo-
días. La manera de pasar la ofrenda se ha elaborado más y el
ministro y el coro entran a menudo en el edificio como una
procesión. Ha sido esclarecedor observar estas cosas; a medi-
da que la predicación iba en declive, se hacía hincapié en estas
otras cosas; y todo eso ha sido deliberado. Es una parte de la
reacción contra la predicación; y la gente piensa que es más
digno prestar más atención al ceremonial, a la forma y al
ritual.
Peor aún ha sido el incremento en el elemento de diver-
sión en el culto público: la utilización de películas y la intro-
ducción de más y más canto, acortándose drásticamente la
lectura de la Palabra y la oración a la vez que se dedica cada
vez más tiempo a cantar. Ahora existe el “director musical”
como una nueva clase de oficiante en la iglesia, y él dirige la
música y se supone que crea un ambiente determinado. ¡Pero
a veces le lleva tanto tiempo crear el ambiente que no queda
tiempo para la predicación en dicho ambiente! Esto forma
parte de toda esa depreciación del mensaje.
Luego, además, están los testimonios. Es interesante
observar que, a medida que la predicación como tal ha ido en
declive, los predicadores han utilizado más y más a las perso-
nas para que den sus testimonios; y particularmente si son
aaa
18 La predicación y los predicadores
La primacía de la predicación
importantes en alguna esfera. Se dice que esto atrae a la
gente al Evangelio y la persuade para que lo escuche. Si
encuentras a un almirante o un general, o a cualquiera que
tenga algún título especial o que sea un jugador de béisbol, un
actor o una actriz, una estrella de cine, un cantante pop o
alguien famoso para el público, hay que hacer que den sus
testimonios. Esto es estimado como algo de mucho más valor
que la predicación y que la exposición del Evangelio. ¿Has
notado que he englobado todo esto bajo el término “diver-
sión”? A esa área es a la que yo creo que pertenece. Pero a eso
es a lo que se ha vuelto la Iglesia a la vez que daba la espalda
a la predicación.
Otra sección completa en conexión con esto ha sido el
creciente acento en lo que se llama “obra personal” o “aseso-
ramiento”. Y de nuevo sería muy interesante dibujar un gráfi-
co acerca de esto, como también de aquellas otras cosas.
Encontraríais exactamente lo mismo: que mientras la predi-
cación baja, sube el asesoramiento personal. Esto ha estado
muy de moda en el este siglo XX, particularmente desde el
final de la Primera Guerra Mundial. El argumento empleado
ha sido que, debido al nuevo estrés y a la tensión y a las difi-
cultades de la vida en el mundo moderno, la gente necesita
mucha más atención personal, que hay que proponerse cono-
cer sus dificultades particulares y tratarlas en privado. Se nos
dice que solamente enfrentándose a ellas de una en una se le
puede prestar a la gente la ayuda psicológica que necesita y
así capacitarla para resolver esos problemas y sus dificultades
y poder vivir sus vidas de una manera más eficaz y eficiente.
Espero retomar algunas de estas cosas con más detalle más
adelante, pero ahora estoy dando una descripción general de
las cosas que son responsables de la decadencia de la predica-
ción en la Iglesia cristiana y del lugar subordinado que se le
ha otorgado.
Para completar la lista he de añadir la grabación magneto-
fónica que, tal como yo lo veo, es la abominación peculiar y
especial de estos tiempos.
También hay ciertos cambios generales que han tenido
aaaa
La predicación y los predicadores 19
Capítulo 1
lugar en la Iglesia misma. Hasta aquí he estado hablando
acerca de gente que cree en la Iglesia y que asiste a una igle-
sia. Entre ellos se ha dado este desplazamiento del lugar y de
la posición de la predicación. A veces esto se ha expresado
aun de una manera puramente física. He notado que la
mayoría de las capillas nuevas que se han edificado en nues-
tro país ya no tienen un púlpito central; este ha sido despla-
zado a un lado. Antes, el púlpito estaba en el centro, pero ya
no es así; y te encontrarás mirando a algo que corresponde a
un altar en vez de estar mirando al púlpúto, el cual general-
mente dominaba todo el edificio. Todo esto es muy significa-
tivo.
* * *
Pero ahora, dejando lo que ha pasado en cuanto a esa forma
de conducirse de aquellos que aún creen en la Iglesia, consi-
deremos a aquellos que más o menos indican que la Iglesia
misma puede ser el obstáculo, y que hemos de abandonar la
Iglesia si realmente queremos propagar el Evangelio. Aquí
estoy pensando en aquellos que dicen que, en un sentido,
hemos de romper claramente con toda esta tradición que
hemos heredado, y que si realmente queremos convertir en
cristianas a las personas, la forma de hacerlo es mezclarse con
ellas, vivir entre ellas, compartir nuestras vidas con ellas,
mostrarles el amor de Dios precisamente compartiendo sus
cargas y estando con ellas.
Esto se lo he oído decir de esta manera aun a predicado-
res. Estos han tenido que hacer frente al hecho de la dismi-
nución en la asistencia a las iglesias, en particular en Gran
Bretaña. Dicen que esto no es nada sorprendente, que mien-
tras los predicadores prediquen la Biblia y las doctrinas cris-
tianas, no tienen derecho a esperar ningún otro resultado. La
gente —dicen ellos— no está interesada; a la gente le interesa
la política, las condiciones sociales, las diversas injusticias que
las personas sufren en diferentes partes del mundo, y la guerra
y la paz. Por tanto, según ellos, si realmente quieres
aaaaaaaaaa
20 La predicación y los predicadores
La primacía de la predicación
influir en las personas para encaminarlas en la dirección cris-
tiana, debes no solamente hablarles de política y en los dis-
cursos tratar de las condiciones sociales, sino que, además,
tienes que tomar parte activa en ellas. Con que estos hombres
que han sido apartados como predicadores, y asimismo otros
que son prominentes en la Iglesia, salieran y participaran en
política y en actividades sociales y obras filantrópicas, harían
mucho más bien que permaneciendo en los púlpitos y predi-
cando conforme a la manera tradicional. Un predicador que es
muy famoso en Gran Bretaña, de hecho, lo expresó así hace
unos diez años. Dijo que la idea de enviar extranjeros a Africa
del Norte (él tenía algo que ver con aquella zona en particular
en aquel momento) y prepararlos para predicar a aquellas
gentes era bastante ridicula, y que ya era hora de que
dejáramos de hacerlo. Comentó que, en lugar de eso, debe-
ríamos enviar cristianos a aquellos lugares con trabajos
corrientes que se mezclaran entre la gente y, especialmente,
que entraran en sus asuntos políticos y sociales. Si como cris-
tianos hiciéramos eso —dijo—, quizá habría alguna esperan-
za de que los nietos de la presente generación pudieran lle-
gar a ser cristianos. Pero ya ves que esa era la manera de con-
seguirlo. No la predicación, no el viejo método, sino introdu-
cirse entre la gente mostrando interés, mostrando compa-
sión, siendo uno de ellos, sentándose entre ellos y debatien-
do sus asuntos y sus problemas.
Esto está siendo defendido grandemente en muchos paí-
ses en el presente, o bien como un medio de traer personas a
los lugares de culto a oír el Evangelio, o bien no como un
mero sustituto de eso sino también como un método mucho
mejor de propagar la fe cristiana.
Ahora bien, la gran pregunta es esta: ¿Cuál es nuestra res-
puesta a todo esto? Mi sugerencia es —-y eso será lo de más
peso de lo que espero decir— que todo esto es como mucho
secundario y con mucha frecuencia ni siquiera eso: a menú-
do no es ni digno de mencionarse. Pero como mucho es
secundario, y la primera labor de la Iglesia y del ministro cris-
tiano es la predicación de la Palabra de Dios.
La predicación y los predicadores 21
Capítulo 1
He de justificar esa declaración y lo hago de la siguiente
manera y por estas razones. En primer lugar, ¿cuál es la res-
puesta de la Biblia misma? Aquí, y limitándonos solamente al
Nuevo Testamento (aunque también podríamos dar eviden-
cias del Antiguo Testamento, en los Profetas), comenzamos
con nuestro Señor mismo. Sin duda, nada es más interesante
en su historia que observar estas dos facetas, o estas dos par-
tes, de su ministerio. Nuestro Señor efectuó milagros, pero lo
interesante es que los milagros no fueron su tarea principal,
sino que eran algo secundario. Juan, como sabéis, se refiere
siempre a ellos como “señales”, y eso es lo que eran. Él no
vino al mundo para sanar a los enfermos, a los cojos y a los
ciegos, o para apaciguar tormentas en el mar. Él podía hacer
tales cosas y las hizo con mucha frecuencia; pero todo eso era
secundario, no lo principal. ¿Cuál fue su principal objetivo?
Los términos mismos que Él utiliza responden a esa pregun-
ta. Dijo que Él es “la luz del mundo”. Él dijo: “Buscad prime-
ramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os
serán añadidas”. Esas cosas son legítimas, pero no las princi-
pales; son secundarías, son efectos, son resultados. O
consideremos su famosa respuesta a las personas que
acudieron a Él planteándole la pregunta de si debían o no
pagar tributo al César: “Dad a César lo que es de César y [o
pero] a Dios lo que es de Dios”. Este fue su especial acento. A
la mayoría de la gente le importa lo primero: darle “a César”;
lo que se olvida —indica Él— es dar “a Dios lo que es de Dios”.
Luego me parece que existen otros puntos esclarecedores
muy interesantes en lo que Él hizo. Recordemos cómo des-
pués del milagro de la alimentación de los 5000 se nos dice
que la gente estaba tan impresionada que “iban a venir para
apoderarse de él y hacerle rey” (Juan 6:15). Pensaron: “Esto
es justamente lo que queremos. Está tratando un problema
práctico: el hambre, la necesidad de comida. A este es al que
hay que hacer rey, Él tiene el poder, Él puede hacer esto”.
Pero lo que se nos dice es que los rechazó, por decirlo así, y
“volvió a retirarse al monte él solo”. Lo consideró como una
tentación, como algo que lo desviaría. Fue exactamente igual
a
22 La predicación y los predicadores
La primacía de la predicación
en el caso de las tentaciones en el desierto, según leemos en
Lucas 4. El diablo le ofreció todos los reinos de este mundo,
etc. Él los rechazó deliberadamente, específicamente. Esas
cosas eran todas secundarias, no eran su función principal,
no eran su tarea prioritaria.
O tomemos otro ejemplo de esto muy interesante que se
encuentra en Lucas 12:14, donde se nos dice que en cierta
ocasión nuestro Señor envió a sus discípulos a predicar y a
enseñar hablándoles de la relación que tenían con Dios y de
en qué forma debían proceder ante la oposición. Parece que
en algún momento hizo una pausa y enseguida un hombre
lanzó bruscamente una pregunta diciendo: “Di a mi herma-
no que parta conmigo la herencia”. La respuesta de nuestro
Señor a aquel hombre ciertamente nos da una percepción
grande y clara de todo este asunto. Se volvió a él y le dijo:
“Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o
partidor?”. Én otras palabras, le dijo con claridad que no
había venido a este mundo a hacer tales cosas. No es que no
sea necesario que se hagan esas cosas; se deben hacer. La jus-
ticia, la conducta correcta y la rectitud tienen su lugar; pero
Él no había venido para hacer esas cosas. Lo que en realidad
dijo fue: Yo no he dejado el Cielo y he venido a la Tierra con
el fin de hacer algo así, esa no es mi tarea principal. Así que
reprendió a este hombre. Verdaderamente encontramos que
muchas veces, cuando había hecho algún milagro sorpren-
dente y notable y la gente estaba tratando de retenerle espe-
rando que hiciera aún más cosas, Él deliberadamente la deja-
ba e iba a otro lugar; y allí procedía a enseñar y a predicar. Él
es “la luz de este mundo”, esto es lo principal: “Yo soy el cami-
no, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”.
Todas las otras cosas son secundarias. Y adviértase que,
cuando envió a sus discípulos, los envió a “enseñar y a echar
fuera demonios”. La enseñanza es lo primordial, y les recordó
que el cristiano es la luz del mundo. De la misma forma que
Él es la luz del mundo, así el cristiano viene a ser la luz del
mundo: “Una ciudad asentada sobre un monte no se puede
esconder”, y así sucesivamente. Lo que digo es que en los
aaaaa
La predicación y los predicadores 23
Capítulo 1
Evangelios, y en la vida y ministerio de nuestro Señor mismo,
tenemos esta clara indicación sobre la primacía de la
predicación y de la enseñanza.
Luego, después de la resurrección y en el resto del Nuevo
Testamento, tenemos exactamente la misma cosa. Les dice a
estos hombres escogidos que lo principal es que “me seréis
testigos”. Esa había de ser su primera y gran tarea. Él va a
darles otras capacidades, pero su principal ocupación es la de
ser sus testigos. Y, por tanto, es interesante observar que,
inmediatamente después de que estos hombres son llenos del
Espíritu Santo en el día de Pentecostés, comienzan a predi-
car. Pedro predica, expone y explica la Verdad a la gente en
Jerusalén. ¿Qué es este fenómeno que acaba de suceder y que
ha producido tal cambio en los discípulos? Esa pregunta sola-
mente puede responderse por medio de la predicación; ahí
está, pues, el sermón que ha quedado constatado en la por-
ción posterior del capítulo 2 de Hechos de los Apóstoles.
Y, cuando vamos al capítulo 3 de Hechos, volvemos a
encontrar lo mismo. Pedro y Juan sanan a un hombre a la
puerta del Templo que se llama la Hermosa, y eso crea emo-
ción e interés. La gente piensa que son hacedores de mila-
gros y que van a obtener grandes beneficios de parte de ellos;
pero Pedro les predica y les corrige, e inmediatamente dirige
la atención de ellos, por así decirlo, del milagro que él y Juan
acaban de hacer a la gran verdad concerniente a Cristo y a su
salvación, la cual es infinitamente más importante. Los
Apóstoles siempre destacan este enfoque.
Y de nuevo en Hechos, capítulo 4 (y debo detallar esto
porque se trata del origen de la Iglesia y esto es lo que ella
hizo al principio), la Iglesia fue comisionada, enviada a pre-
dicar y a enseñar, y eso es lo que ella procedió a hacer:
“Hablaron con denuedo”. Lo que las autoridades deseaban
con ansia, por encima de cualquier otra cosa, era impedir a
aquellos hombres que predicaran y enseñaran. Criticaban eso
mucho más que los milagros. Era la predicación y la enseñan-
za en su “Nombre” lo que les incomodaba. Y la respuesta de
los Apóstoles es: “No podemos dejar de decir lo que hemos
24 La predicación y los predicadores
La primacía de la predicación
visto y oído”. Eso era lo que los hacía hablar, no podían evi-
tarlo; eran conscientes del gran apremio que tenían sobre
ellos.
Pero, en muchos aspectos, a veces pienso en cuanto a esto
que la declaración más interesante de todas es la que se
encuentra en Hechos de los Apóstoles capítulo 6, donde se
nos dice que tuvo lugar una gran crisis en la vida de la Iglesia
primitiva. No conozco nada que hable más directamente hacer-
ca del estado y la situación presente de la Iglesia y de lo que
es su tarea prioritaria que este capítulo 6 del libro de Hechos
de los Apóstoles. El mensaje esencial se halla en los dos
primeros versículos: “En aquellos días, como creciera el
número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos
contra los hebreos, de que las viudas de aquellos eran
desatendidas en la distribución diaria. Entonces los doce
convocaron a la multitud de los discípulos y dijeron: No es
justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a
las mesas”.
Esta es sin duda una de las declaraciones más interesantes
e importantes; es crucial. ¿Qué debía hacer la Iglesia? Aquí
hay un problema, aquí están estas viudas de los griegos, que
no solamente eran viudas sino que estaban en necesidad y
requerían comida. Se trataba de un problema social, quizá en
parte de un problema político, pero sin duda un problema
social muy agudo y urgente. La tarea de la Iglesia cristiana, y
de los líderes en particular, ¿no es atender a las necesidades
notorias? ¿Por qué seguir predicando cuando la gente pasa
hambre, tiene necesidad y está sufriendo? Esa fue la gran ten-
tación que inmediatamente vino a la Iglesia; pero los
Apóstoles, bajo la orientación y la guía del Espíritu Santo, la
enseñanza que habían ya tenido y la comisión que habían
recibido de su Maestro, vieron el peligro y dijeron: “No es
justo que dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas”.
Esto es erróneo. Estaríamos fallando en nuestra comisión si
hiciéramos esto. Estamos aquí para predicar esta Palabra, y
eso es lo primero, “nosotros persistiremos en la oración y en
el ministerio de la palabra”.
Por tanto, allí están las prioridades establecidas de una vez
La predicación y los predicadores 25
Capítulo 1
para siempre. Esta es la tarea principal de la Iglesia, la tarea
principal de los líderes de la Iglesia, los cuales están en esa
posición de autoridad; y no debemos permitir que ninguna
cosa nos desvíe de esto por muy buena que sea la causa y por
muy grande la necesidad. Esta es sin duda la respuesta direc-
ta a muchas de las ideas falsas y de los razonamientos relati-
vos a estos asuntos.
Y, a medida que avanzamos en el libro de Hechos de los
Apóstoles, encontramos lo mismo en todas partes. Te
podría llevar casi capítulo por capítulo y mostrarte lo
mismo. Me conformaré con un solo ejemplo más. En el
capítulo 8 se nos habla de una gran persecución que se
levantó en Jerusalén y de cómo todos los miembros de la
Iglesia fueron esparcidos excepto los Apóstoles. ¿Y qué
hicieron? Se nos dice en los versículos 4 y 5: “Así que los que
habían sido esparcidos iban predicando la palabra” (LBLA).
Eso no significa que predicaban desde un púlpito. Alguien
ha indicado que debiera haberse traducido por “contando”
la palabra. La primera preocupación de ellos era hablar a la
gente acerca de esta Palabra. “Entonces Felipe, descendien-
do a la ciudad de Samaría, les predicaba a Cristo”. Ahí, en
el versículo 5 se utiliza una palabra diferente. Significa
“anunciar como un heraldo”, y esta es más bien la imagen
de un predicador en el púlpito o, por lo menos, levantando-
se en un lugar público y dirigiéndose oralmente a la gente.
Y así continúa en todo ese libro.
En las Epístolas, de la misma manera, el apóstol Pablo le
recuerda a Timoteo que la Iglesia es “columna y baluarte de
la verdad”. La Iglesia no es una organización o institución
social, ni una sociedad política, no es una asociación cultural,
sino que es “columna y baluarte de la verdad”.
Pablo, escribiendo a Timoteo en su Segunda Epístola
(2:2), expresa esto de la manera siguiente: “Lo que has oído
de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles
que sean idóneos para enseñar también a otros”. La última
palabra, en un sentido, que le dirigió es esta: “Que prediques
la palabra; que instes a tiempo, fuera de tiempo; redarguye,
aaa
26 La predicación y los predicadores
La primacía de la predicación
reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo
4:2). Ahí ciertamente está bastante claro.
Simplemente he tocado de forma superficial el argumen-
to, la exposición de esto en el Nuevo Testamento. Todo ello
está plenamente confirmado en la historia de la Iglesia. ¿No
está claro, si miras a vista de pájaro la historia de la Iglesia,
que los períodos y etapas de decadencia en ella han sido
siempre aquellos cuando la predicación había decaído? ¿Qué
es lo que siempre es precursor del amanecer de una Reforma
o de un avivamiento? La predicación renovada. No solamen-
te un nuevo interés en la predicación, sino una nueva clase de
predicación. Un avivamiento de la verdadera predicación
siempre ha anunciado estos grandes movimientos en la histo-
ria de la Iglesia. Y, desde luego, cuando llegan la reforma y el
avivamiento, conducen siempre a grandes y notables perío-
dos de la más poderosa predicación que la Iglesia haya cono-
cido nunca. Igual que ocurrió eso al principio, según está
descrito en el libro de Hechos, así sucedió también después
de la Reforma protestante. Lutero, Calvino, Knox, Latimer,
Ridley, todos ellos fueron grandes predicadores. En el siglo
XVII tenemos exactamente lo mismo con los grandes predi-
cadores puritanos y otros. Y en el siglo XVIII, Jonathan
Edwards, Whitefield, los Wesley, Rowland y Harris fueron
todos grandes predicadores. Fue una época de gran predica-
ción. Cuando hay reforma y avivamiento, este es siempre e
inevitablemente el resultado.
Así que mi respuesta hasta aquí, la justificación de mi
declaración de que la predicación es la principal tarea de la
Iglesia está basada, pues, en la evidencia de las Escrituras y
en el apoyo y la confirmación de esa evidencia por parte de la
historia de la Iglesia.
Proseguiremos razonándolo y argumentándolo más
ampliamente.
La predicación y los predicadores 25
Capítulo 2
No hay sustituto
E
n nuestra primera conferencia establecí la proposi-
ción de que la predicación es la principal tarea de la
Iglesia y, por tanto, del ministro de la Iglesia; y que
todo lo demás es subsidiario a esto y puede describirse como
su consecuencia o su verificación en la práctica diaria. Lo
que estoy haciendo es justificar esta proposición, y lo hago
concretamente examinando la tendencia que existe hoy a
menospreciar la predicación a expensas de otras formas
diversas de actividad. Habiendo dejado establecida la propo-
sición, he tratado de apoyarla con la evidencia del Nuevo
Testamento y también de la historia de la Iglesia.
Quiero ahora avanzar un paso e indicar que esta eviden-
cia tomada del Nuevo Testamento mismo, y sostenida y
declarada por la historia de la Iglesia, nos lleva a la conclu-
sión de que la razón última para aseverar la primacía de la
predicación es teológica. En otras palabras, yo defiendo que
todo el mensaje de la Biblia afirma esto y que conduce a esta
conclusión. ¿Qué es lo que quiero decir con esto?
Esencialmente que, en el momento en que consideras la ver-
dadera necesidad del hombre y también la naturaleza de la
salvación anunciada y proclamada en las Escrituras, se te
lleva a la conclusión de que la principal tarea de la Iglesia es
predicar y proclamar esto, mostrar la verdadera necesidad
del hombre y el único remedio, la única medicina posible.
Permítaseme ampliar esto un poco. Esta es la esencia
misma de mi argumento. Mi idea es que, debido a que hay
falsas ideas en boga hoy día en relación con estos asuntos, la
gente ya no ve la importancia de la predicación. Planteemos
la cuestión de la necesidad, de la necesidad del hombre.
¿Cuál es? Pues, expresado en términos negativos, no es ser
sanado de una mera enfermedad. Hay tendencia a conside-
rar el problema esencial del hombre como una enfermedad.
Y no me refiero a una enfermedad física solamente.
También está incluida, pero yo me refiero a una enfermedad
aa
28 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
mental, moral y espiritual. Mas tampoco es eso; esa no es la
verdadera necesidad del hombre, no es su verdadero proble-
ma. Y lo mismo podría decirse de su amargura y su infelici-
dad, y también del hecho de ser víctimas de las circunstan-
cias.
Estas son las cosas a las que se les está dando prominencia
en la actualidad. Hay mucha gente que trata de diagnosticar
la situación humana y llega a la conclusión de que el hom-
bre está enfermo, es infeliz y víctima de las circunstancias.
Creen, por tanto, que su principal necesidad es solucionar
estas cosas, librarse de ellas. Pero yo afirmo que ese es un
diagnóstico de la situación del hombre demasiado superfi-
cial y que el verdadero problema del hombre es que se ha
rebelado contra Dios y, en consecuencia, está b¿yo la ira de
Dios.
Ahora bien, esta es la declaración bíblica respecto al hom-
bre, este es el concepto bíblico de cómo es el hombre por
naturaleza. Está “muerto en delitos y pecados”, es decir, espi-
ritualmente muerto. Está muerto a la vida de Dios, a la esfera
espiritual y a todas las influencias beneficiosas de esa esfera
sobre él. Se nos dice también que el hombre es “ciego”. “Si
nuestro Evangelio está aún encubierto —dice Pablo en 2
Corintios 4:3-4— entre los que se pierden está encubierto; en
los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los
incrédulos”. O como Pablo expone de nuevo en Efesios 4:17
y siguientes, el problema de los hombres es que tienen “el
entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios”
debido al pecado que hay en ellos. Otro término bíblico muy
común para describir el estado del hombre es el término
“tinieblas”. Lo tenemos en Juan [Link] “Esta es la condenación:
que la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinie-
blas que la luz, porque sus obras eran malas”. Y en la Primera
Epístola de Juan encontramos expuesta la misma idea.
Escribiendo a cristianos dice que “las tinieblas van pasando, y
la luz verdadera ya alumbra”. El apóstol Pablo emplea exacta-
mente la misma idea en Efesios 5. Dice: “En otro tiempo erais
tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor”. Estos son los térmi-
La predicación y los predicadores 29
Capítulo 2
nos que expresan el diagnóstico bíblico del problema esen-
cial del hombre. En otras palabras, podemos resumirlo en
una palabra diciendo que es ignorancia. Todos los términos
tales como “ceguera” y “tinieblas” son indicativos de ignoran-
cia. Y, según la idea bíblica del hombre, todas esas otras cosas
tales como la infelicidad y la amargura, aun la enfermedad
física, y todas las demás cosas que nos atormentan y pertur-
ban tanto son los resultados y las consecuencias del pecado
original y de la Caída de Adán. No son el problema principal;
son las consecuencias —o los síntomas, si lo prefieres— y las
manifestaciones de esta enfermedad principal y fundamen-
tal.
Siendo este el retrato de la necesidad del hombre no es
de sorprender que, cuando vamos al relato bíblico acerca de
la salvación, encontremos que está expuesto en términos
que corresponden a esta expresión de la necesidad. El
Apóstol describe la salvación en palabras que significan
“venir al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). La
voluntad de Dios es que todos los hombres sean salvos y ven-
gan al conocimiento de la Verdad. La salvación es conocí-
miento de la Verdad. En 2 Corintios 5:19-20 dice que el men-
saje que ha sido encomendado al predicador, el cual es un
“embajador de Cristo”, consiste en decir a los hombres:
“Reconciliaos con Dios”. Esto lo encontramos también en la
práctica del Apóstol. Leemos en Hechos 17 acerca de cómo
predicó en Atenas diciendo: “Al que vosotros adoráis, pues,
sin conocerle, es a quien yo os anuncio”. Eran ignorantes
aun siendo filósofos, y Pablo es quien puede enseñarles y
darles luz en este asunto.
Estoy simplemente mostrando que la enseñanza bíblica
concerniente a la salvación es que esta es el resultado de
traer a los hombres a ese “conocimiento” que a ellos les falta,
está tratando con esta ignorancia. Pablo habla de “predicar
todo el consejo de Dios”, y Pedro tenía la misma idea cuando
dijo que los cristianos son un pueblo “llamado de las tinieblas
a la luz admirable de Dios”. Ahora bien, estos son los términos
bíblicos, y me parece que todos ellos indican
aaaaaaaaaaaaaaaa
30 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
que la predicación siempre viene primero y tiene prioridad.
Si esta es la mayor necesidad del hombre, si su principal
necesidad procede de esa ignorancia suya la cual, a su vez, es
resultado de la rebelión contra Dios, pues bien, lo que nece-
sita en primer lugar y por encima de todo es que se le hable
de esto, que se le diga la verdad acerca de él mismo, que se
le informe de la única manera de arreglar las cosas. Por tanto,
yo afirmo que esta es la tarea particular de la Iglesia y del
predicador: dar a conocer todo esto.
Yo recalcaría la palabra “particular” (puedes utilizar la
palabra “excepcional” si quieres, o “especial”). Solamente el
predicador puede hacer esto. Solo él está en una posición en
la que puede ocuparse de la principal necesidad que el
mundo tiene. Pablo dice esto en 1 Corintios 9:17 y siguien-
tes: dice de sí mismo que “la comisión [de la predicación del
Evangelio] me ha sido encomendada”. Para eso es para lo
que fue llamado, para esa comisión de la predicación del
Evangelio, de ese mensaje que se le había entregado. Y tene-
mos lo mismo expresado en una declaración muy gloriosa en
el capítulo 3 de la Epístola a los Efesios (versículos 8-10): “A
mí —dice él—, que soy menos que el más pequeño de todos
los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gen-
tiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo”.
Este es su llamamiento, esta es su tarea. El ha hablado antes
de este “misterio que en otras generaciones no se dio a cono-
cer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus
santos apóstoles y profetas por el Espíritu”. Este es el mensa-
je: “Aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio
escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas;
para que la multiforme sabiduría de Dios sea dada ahora a
conocer por medio de la iglesia a los principados y potesta-
des en los lugares celestiales”.
Lo único que trato de decir es que es solamente la Iglesia
la que puede hacer eso y, por tanto, es solamente el predica-
dor el que puede darlo a conocer. Voy a mostrar cómo él es
apartado por la Iglesia para desempeñar esta tarea particu-
lar. Es a esto a lo que se da primacía y en lo que se hace hin-
La predicación y los predicadores 31
Capítulo 2
capié, y sin duda ha de ser necesariamente así. En el momen-
to en que nos damos cuenta de cuál es la verdadera necesi-
dad del hombre y vemos la única respuesta, queda claro que
solamente aquellos que están en posesión de este conocí-
miento pueden impartir este mensaje a los que carecen de
él.
Permítaseme desarrollar esto un poco. Existen otras insti-
tuciones en el mundo que pueden ocuparse de muchos de
los problemas de la Humanidad. Me refiero a cosas como la
medicina, el Estado, aun otras religiones, las sectas, la psico-
logía y otras tantas especialidades y organizaciones políticas.
Todos ellos están proyectados para ayudar, para aliviar algo
la situación humana, para suavizar el dolor y el problema de
la vida y capacitar a las personas para vivir más armoniosa-
mente y para disfrutar de la vida en una mayor medida. Ya
están haciéndolo y no creo que nosotros podamos decir que
eso no sea de valor. Debemos observar los hechos y admitir
que pueden hacer bien, y mucho bien. Son capaces, en cier-
ta medida, de solucionar estas cosas. Pero ninguno de ellos
puede ocuparse de lo fundamental, del problema principal
al que hemos estado haciendo referencia.
No solo eso, cuando ellos han hecho todo lo que han
podido y cuando la Iglesia, descendiendo a ese nivel y ope-
rando solo a ese nivel, ha hecho todo lo que ha podido, el
problema principal aún permanece. Por tanto, yo establece-
ría como una proposición básica que la principal tarea de la
Iglesia no es educar al hombre, no es sanarle física o psicoló-
gicamente, no es hacer que sea feliz. Iré más lejos: no es ni
siquiera volverlo bueno. Estas son cosas que acompañan a la
salvación; y cuando la Iglesia lleva a cabo su verdadera tarea,
está de paso educando a los hombres y dándoles conocí-
miento e información; les proporciona felicidad, los hace
buenos y mejores de lo que eran. Pero lo que yo estoy dicien-
do es que esas cosas no son sus objetivos prioritarios. Su prin-
cipal propósito no es ninguno de esos; antes bien, es poner
al hombre en la relación correcta con Dios, reconciliar al
hombre con Dios. Es necesario insistir en esto en la actuali-
aa
32 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
dad, porque a mi parecer es la esencia de la moderna falacia.
Ha entrado en la Iglesia y está influyendo en el pensamiento
de muchos dentro de ella. Se trata de esa idea de que la tarea
de la Iglesia es hacer que la gente sea feliz, integrar sus vidas,
aliviar sus circunstancias y mejorar sus condiciones. Todo mi
argumento es que hacer eso es solamente paliar los sínto-
mas, proporcionar alivio transitorio, y que no pasa de ahí.
No estoy diciendo que sea malo paliar los síntomas; no lo
es, sino que es obviamente correcto y bueno hacerlo. Pero
estoy obligado a decir esto, que aunque paliar o aliviar los
síntomas no es malo en sí mismo, puede serlo, puede tener
una mella influencia y un mal efecto desde el punto de vista
de la idea bíblica del hombre y de sus necesidades. En este
sentido puede ser dañino, porque tratando de paliar los sín-
tomas se puede tapar la verdadera enfermedad. Esto debe-
mos tenerlo presente en nuestros días porque, a menos que
yo esté muy equivocado, esta es un parte vital de nuestro pro-
blema hoy.
Permítaseme emplear un ejemplo médico. Pensemos en
alguien que yace en cama y que se retuerce con un agudo
dolor abdominal. Entonces llega un médico que resulta ser
un hombre muy agradable y compasivo. No le gusta ver a la
gente sufriendo, no le gusta ver a la gente con dolor. Por
tanto, piensa que lo que hay que hacer es aliviar el dolor de
este hombre. El puede hacerlo. Le puede poner una inyec-
ción de morfina o suministrarle otras medicinas que pueden
proporcionar a ese hombre un alivio casi inmediato. “Bien
—dirás—, estoy seguro de que no hay nada erróneo en hacer
eso; es un acto bondadoso, es una buena acción, el paciente
se siente mejor, se le hace más feliz y ya no sufre”. La respues-
ta es que eso es prácticamente un acto criminal por parte de
ese médico. Es un delito, porque quitar meramente el sínto-
ma sin descubrir la causa del mismo no es prestar un servi-
cio sino perjudicar al paciente. Después de todo, el síntoma
es una manifestación de una enfermedad, los síntomas son
muy valiosos. Es a través del rastro del síntoma y siguiendo la
dirección que estos van marcando como podemos llegar a la
aa
La predicación y los predicadores 33
Capítulo 2
enfermedad que ha dado origen a los síntomas. Por tanto, si
solamente quitas el síntoma antes de haber descubierto su
causa estás haciéndole a tu paciente verdadero daño, porque
estás dándole un alivio transitorio que le está haciendo pen-
sar que todo está bien. Pero no es así; se trata solo de un ali-
vio transitorio y la enfermedad sigue allí, aún continúa. Si se
tratara de una apendicitis aguda o algo parecido, cuanto
antes se extirpe mejor; y si lo que le has dado al paciente es
meramente descanso y alivio sin tratar esto, estás provocan-
do un absceso o aun algo peor.
Esto, ciertamente, nos muestra mucho de lo que está
pasando en la actualidad. Este es uno de los problemas que
está afrontando hoy la Iglesia cristiana. Esta “sociedad opu-
lenta” en la que estamos viviendo medica a las personas y las
hace sentir que todo va bien. Tienen mejores salarios, mejo-
res casas, mejores autos y todo invento deseable en el hogar;
la vida es satisfactoria y todo parece perfecto; y debido a esto
la gente ha dejado de pensar y de enfrentarse a los verdade-
ros problemas. Se conforman con ese reposo y esa satisfac-
ción superficiales, y ello milita en contra de un entendimien-
to verdadero y radical de su situación real. Y, por supuesto,
eso es agravado en estos tiempos por otros medios. Hay obse-
sión por el placer, y la televisión y la radio introducen sus
influencias directamente en nuestra casa. Todas estas cosas
persuaden al hombre de que todo va bien; le dan un senti-
miento transitorio de felicidad y, por tanto, este supone que
todo es perfecto y deja de pensar. El resultado de ello es que
no es consciente de su verdadera situación y no se enfrenta
a ella.
A eso hay que añadir la administración de píldoras tran-
quilizantes y la toma de antidepresivos y somníferos. La
gente vive a base de ellos, y todo eso, muy a menudo, no sola-
mente tiene el efecto de ocultar el problema físico, sino tam-
bién —y lo que es más grave— el problema espiritual.
Mientras el hombre se conforme con este alivio transitorio,
tenderá a seguir dando por hecho que todo va bien hasta
que finalmente acabe hundiéndose. Y la forma que adopta
34 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
este hundimiento es muy frecuentemente la drogadicción o
algo parecido; y hay muchos que no pueden continuar
haciendo su trabajo sin la alternancia de antidepresivos y
somníferos, tranquilizantes y estimulantes. Quiero indicar
que muchas de estas acciones hacia las que la Iglesia parece
estar volviéndose hoy día, en vez de llevar a cabo su principal
tarea de predicar, están teniendo al final la misma clase de
efecto. Aunque esas cosas no sean malas en sí mismas, pue-
den llegar a serlo y a causar verdadero daño debido a que
ocultan la verdadera necesidad.
La tarea de la Iglesia, y la tarea de la predicación —y sola-
mente la Iglesia puede llevarla a cabo— es aislar los proble-
mas radicales y abordarlos de una manera radical. Este es un
trabajo de especialista, es el trabajo peculiar de la Iglesia. La
Iglesia no es una más entre muchas organizaciones, no está
compitiendo con las sectas, no está compitiendo con otras
religiones, no está compitiendo con los psicólogos ni con
cualquier otra organización política, social o cualquiera que
sea según la contingencia. La Iglesia es una institución espe-
cial y especializada y esta es una labor que solo ella puede
desempeñar.
Quiero apoyar este argumento con otras declaraciones.
Por ejemplo, aquí hay una que, para mí, ofrece un aspecto
casi divertido en relación con esto. Estas propuestas acerca
de que debiéramos predicar menos y dedicarnos más a otras
cosas no son, por supuesto, nuevas en absoluto. La gente
parece pensar que todo esto es bastante nuevo y que es una
señal de modernidad el vituperar o desestimar la predica-
ción y poner el acento en otras cosas. La simple respuesta a
eso es que no hay nada nuevo en cuanto a ello. Puede que la
forma actual sea nueva, pero el principio no es en absoluto
nuevo; de hecho, este ha sido el especial enfoque en el siglo
XX.
Consideremos todo este nuevo interés en la aplicación
social del Evangelio y la idea de ir a vivir entre la gente, hablar
de política y participar en sus asuntos sociales y cosas así. La
respuesta sencilla a ello es que, hasta la Primera Guerra
aaaaaa
La predicación y los predicadores 35
Capítulo 2
Mundial en este siglo XX, eso era lo que estaba de moda en
la mayoría de los países occidentales. Se le llamó entonces “el
evangelio social”, pero era exactamente lo mismo. El argu-
mento era entonces que la antigua predicación evangélica
del Evangelio era demasiado personal, demasiado sencilla,
que no se ocupaba de los problemas y las condiciones socia-
les. Esa era, por supuesto, una parte de la visión liberal,
modernista y crítica acerca de las Escrituras y de nuestro
Señor. El solamente fue un hombre perfecto y un gran maes-
tro, un agitador político, un reformador y el gran modelo.
Había venido a hacer el bien y el Sermón del Monte era algo
que se podría haber incluido en las Actas del Parlamento y
haberlo convertido en legislación. Así se estaría haciendo un
mundo perfecto. Ese era el viejo liberalismo del período que
precedió a 1914. Lo mismo que hoy se ve como algo tan
moderno, y que es considerado como la primera tarea de la
Iglesia, ya se ensayó —y con gran minuciosidad— a principios
del siglo XX.
Y lo mismo se puede decir de otras tantas operaciones
que están entrando en la vida y en la actividad de la Iglesia.
Lo que se defiende hoy como un nuevo enfoque fue ya prac-
ticado por lo que entonces se llamó “la Iglesia institucional”;
y esto, una vez más, se hizo con una considerable minuciosi-
dad. Había en las iglesias toda clase de clubes culturales y la
iglesia llegó a ser el centro de la vida social. Había juegos
organizados y clubes de diversas naturalezas. Todo esto fue
sometido a la más profunda prueba en el período que prece-
dió al año 1914.
Pero ahora estamos cualificados para preguntar, sin duda,
si aquellas cosas funcionaron, cuán eficaces fueron y a qué
condujeron. La respuesta es que fracasaron, y se demostró
que habían fracasado. No estoy enterado de forma detallada
de la situación en los Estados Unidos, que yo sé que es algo
diferente a la de Gran Bretaña; pero no dudo en afirmar que
lo que fue ampliamente responsable de vaciar las iglesias en
Gran Bretaña fue la predicación del “evangelio social” y la
“Iglesia institucional”. Esto fue más responsable de aquello
aaa
36 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
que ninguna otra cosa. La gente, con toda razón, argüía
diciendo que, si la ocupación de la Iglesia era realmente pre-
dicar una especie de reforma política y social y el pacifismo,
entonces la Iglesia no era verdaderamente necesaria, porque
todo eso podía ser llevado a cabo por organizaciones políti-
cas. Dejaron, pues, las iglesias e hicieron o trataron de hacer
eso a través de sus partidos políticos. Aquello era perfecta-
mente lógico, pero el efecto que tuvo en las iglesias fue de lo
más dañino.
Podemos dar ejemplos y demostrar esto igualmente bien
en la actualidad. Hay dos predicadores en Londres que son
grandes defensores de este interés político-social de la
Iglesia en el hombre del mundo, los cuales afirman que esta
es la manera de ganarle, ayudarle y hacerle cristiano. Es
sumamente interesante observar que estos dos hombres que
son, en Gran Bretaña, los más inclinados a este tipo de ense-
ñanza, tienen en sus iglesias congregaciones pequeñas los
domingos, a pesar de estar en el corazón mismo de Londres
y en una parte de lo más accesible. Estos son hechos que
pueden ser verificados, y no es de extrañar que eso sea así.
La gente se dice a sí misma que no hay necesidad de ir a la
iglesia para oír esa clase de cosas. Eso podemos verlo a dia-
rio en los periódicos y en las instituciones políticas y sociales
que han sido designadas justamente para eso. Uno de estos
dos hombres, que obtiene gran publicidad gracias a este
interés, recientemente ha tenido que llegar a suprimir el
culto del domingo por la tarde en su propia capilla. Se ha
visto obligado a unir su culto vespertino a otro de otra igle-
sia en la misma calle.
Ahora bien, esto es muy interesante y muy importante.
Cuando te apartas de la tarea principal de la Iglesia y haces
otra cosa, aunque tus motivos sean puros y excelentes, ese es
el resultado. Yo no estoy discutiendo o criticando los moti-
vos, estoy simplemente mostrando que esta teoría tiene en la
práctica el efecto contrario al que pretende conseguir. Y
opino que, en muchos aspectos, el hecho de que la Iglesia se
haya apartado de la predicación es, en gran medida, el res-
aaa
La predicación y los predicadores 37
Capítulo 2
ponsable del estado en que se encuentra la sociedad moder-
na. La Iglesia ha estado tratando de predicar moralidad y
ética sin el Evangelio como base; ha estado tratando de pre-
dicar moralidad sin santidad; y eso, simplemente, no funcio-
na. Nunca funcionó ni funcionará. Y el resultado es que la
Iglesia, habiendo abandonado su verdadera tarea, ha aban-
donado a la Humanidad más o menos a sus propios recursos.
Otra razón que yo aduciría en cuanto a este punto es que,
en el momento en que comenzamos a volvernos de la predi-
cación a estos otros recursos, nos encontramos experimen-
tando una constante serie de cambios. Una de las ventajas de
ser anciano es que tienes experiencia, de forma que cuando
ocurre algo nuevo y ves a la gente entusiasmarse mucho por
ello, resulta que tú estás en situación de recordar una emo-
ción similar hace quizá cuarenta años. Y así, pues, uno ha
visto modas, novedades y llamativos reclamos que llegan uno
tras otro a la Iglesia. Cada uno de ellos crea una emoción y
un entusiasmo grandes y se anuncia ruidosamente como
aquello que va a llenar las iglesias, aquello que va a resolver el
problema. Eso mismo han dicho de cada una de esas cosas
en particular. Pero en pocos años se han olvidado de todo, y
entonces llega otro reclamo u otra idea nueva; quizá alguien
ha hallado la sola cosa necesaria o tiene una interpretación
psicológica del hombre moderno. He aquí esto, y todo el
mundo corre detrás de ello; pero pronto decae y desapare-
ce, y otra cosa ocupa su lugar.
Este es, sin duda, un estado muy triste y lamentable de la
Iglesia: que, al igual que el mundo, tenga que mostrar estos
constantes cambios de moda. En ese estado carece de la esta-
bilidad, la solidez y el mensaje continuo que ha sido siempre
la gloria de la Iglesia cristiana.
Pero mi objeción a la sustitución de la predicación del
Evangelio por un interés socio-político puede ser planteada
más positivamente. Esta preocupación por las condiciones
sociales y políticas, y por la felicidad del individuo, etc., ha
sido siempre abordada con mucha efectividad cuando ha
habido una reforma, un avivamiento y una fiel predicación
aaaa
38 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
en la Iglesia cristiana. Yo iría más lejos e indicaría que ha sido
la Iglesia cristiana la que ha hecho una mayor contribución a
través de los siglos precisamente a la solución de estos proble-
mas. El hombre moderno es muy ignorante de la Historia; no
sabe que los hospitales surgieron originalmente a través de la
Iglesia. Fueron personas cristianas las primeras que, por un
sentimiento de compasión hacia el sufrimiento y la enferme-
dad, comenzaron a hacer algo por las enfermedades y los
males físicos. Los primeros hospitales fueron fundados por
cristianos. Y lo mismo se puede decir de la educación; fue la
Iglesia la primera en ver esta necesidad y la que procedió a
hacer algo al respecto. Y lo mismo ocurrió con la ley de asis-
tencia al pobre y la mitigación del sufrimiento de personas
que padecían la pobreza. Yo sostengo que es la Iglesia la que
realmente ha hecho esto. Encontramos que los sindicatos y
otros movimientos parecidos, si nos remontamos a sus
comienzos, tienen casi invariablemente orígenes cristianos.
Mi argumento es que, cuando la Iglesia lleva a cabo su
tarea principal, esas otras cosas vienen invariablemente
como resultado de ello. En otras palabras, la Reforma protes-
tante, por ejemplo, alentó todo el concepto y la actividad del
hombre en la vida. Se puede demostrar muy satisfactoria-
mente que la Reforma protestante dio el mayor estímulo
posible a la ciencia, a la investigación científica y al estudio,
y ciertamente hizo lo mismo con la literatura y con muchas
otras actividades del hombre. En otras palabras, cuando el
hombre llega a ser lo que debe ser bajo el control de Dios,
comienza entonces a darse cuenta de las facultades e inclina-
ciones que posee y comienza a utilizarlas. Y de esta manera
encontrarás que los períodos y las épocas más importantes
en la historia de los países han sido aquellos que han segui-
do al despertar de grandes reformas y avivamientos religió-
sos. La otra gente habla mucho acerca de las condiciones
políticas y sociales, pero hacen muy poco por ellas. Es esta
actividad de la Iglesia la que realmente trata la situación y
produce resultados duraderos y permanentes. Por tanto, mi
argumento es que, aun desde el punto de vista pragmático,
aaa
La predicación y los predicadores 39
Capítulo 2
se puede demostrar que la predicación ha de mantenerse en
la posición principal y central.
Ahora nos vamos a la esfera de los problemas personales.
Este es un razonamiento muy conocido hoy día, tal y como
ya he indicado. La gente dice que los predicadores se colo-
can en sus púlpitos y predican sus sermones, pero que allí,
delante de ellos, hay personas con problemas y sufrimientos
individuales. Y el argumento prosigue diciendo que tienes
que predicar menos y dedicar más tiempo a hacer obra per-
sonal, a aconsejar y a hacer entrevistas. Mi respuesta a este
argumento es indicar que, una vez más, la respuesta es otor-
garle a la predicación una posición de primacía. ¿Por qué?
Por la razón de que la verdadera predicación aborda los pro-
blemas personales; y de tal manera es así, que la verdadera
predicación ahorra gran cantidad de tiempo al predicador.
Yo hablo basándome en cuarenta años de experiencia. ¿Y
qué quiero decir? Permítaseme explicarme. Los puritanos
son precisamente famosos por su predicación pastoral. Ellos
tomaban lo que denominaban “casos de conciencia 44 y los
trataban en sus sermones; y al abordar estos problemas esta-
ban resolviendo los problemas personales particulares de
aquellos que los estaban oyendo. Y esa ha sido constante-
mente mi experiencia. La predicación del Evangelio desde el
púlpito, aplicada por el Espíritu Santo a los individuos que
están oyendo, ha sido el medio de tratar problemas persona-
les de los cuales yo, como predicador, no supe nada hasta
que la gente vino a mí al final del culto diciendo: “Quiero
darle las gracias por ese sermón, porque si usted hubiera
sabido que yo estaba ahí y hubiera conocido la naturaleza
exacta de mi problema, no hubiera usted respondido más
perfectamente a varias preguntas que yo tenía. A menudo
había pensado venir a planteárselas, pero ahora me las ha
respondido usted sin haber tenido yo que hacer eso”. La pre-
dicación había ya tratado los problemas personales. No se
me entienda mal, no estoy diciendo que el predicador nunca
deba hacer obra personal; de ninguna manera es eso así.
Pero lo que yo estoy defendiendo es que la predicación siem-
aa
40 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
pre ha de venir en primer lugar y que no ha de ser sustitui-
da por ninguna otra cosa.
He contado a menudo una historia de un caso notable que
nos sirve de ejemplo. Hace muchos años se me pidió ir a ver,
con un médico y un pastor, a una joven que decía estar para-
lítica de ambas piernas desde hacía ocho años. Fui a visitarla
con ellos y me encontré para mi sorpresa con que era capaz
de efectuar extraordinarios movimientos con sus piernas.
Esto me llevó enseguida a diagnosticarlo como un caso de his-
teria, como así resultó ser. Esa supuesta parálisis, ese estado
funcional, le había venido como resultado de una decepción
en su vida emocional. Yacía en su cama y no fui capaz de ayu-
darla debido a que ella no se quedaba suficientemente sose-
gada como para que el médico o yo pudiéramos examinarla
adecuadamente. Sin embargo, esto es lo que pasó después.
Ella tenía dos hermanas; y la mayor de ellas, como resultado
de mi visita, comenzó a asistir a nuestra iglesia; y al cabo de
unos cuantos meses se convirtió, llegando a ser una muy
buena cristiana. Después de un tiempo, la segunda hermana
comenzó a asistir a nuestros cultos y también ella, a su vez,
se convirtió. Y entonces, finalmente, un domingo por la noche
vi a la supuesta paralítica siendo medio acarreada dentro de
la iglesia por sus dos hermanas. Continuó asistiendo y, a su
debido tiempo, se convirtió en cristiana. Ahora bien, el asun-
to en que deseo hacer hincapié es el siguiente: nunca más tuve
otra conversación con ella acerca de su presunta paráli-
sis; nunca más se mencionó, nunca más se debatió sobre ella,
pero desapareció por completo. ¿Por qué? ¿Cómo? Fue como
resultado de la predicación del Evangelio. Cuando se convir-
tió, este asunto se resolvió por medio de la aplicación de la
Verdad por el Espíritu Santo, sin asesoramiento alguno, ni
análisis o tratamiento psicológico alguno.
Ahora bien, yo no estoy diciendo que esto vaya a ocurrir
siempre. Mi argumento es que, si el Evangelio es fielmente
predicado, puede ser aplicado de una manera en extremo
asombrosa por el Espíritu a estos casos y problemas indivi-
duales, y estos pueden solucionarse sin que el predicador lo
aa
La predicación y los predicadores 41
Capítulo 2
sepa en absoluto. Podría contar numerosas historias que son
ejemplos justamente de eso y que muestran de qué manera,
en ocasiones, algo dicho simplemente de paso por el predi-
cador ha sido el medio por el que se ha solucionado el pro-
blema de alguna persona.
En cualquier caso, a menudo he descubierto que la predi-
cación del Evangelio lleva a las personas a hablar con el pre-
dicador y le da a este una oportunidad de abordar la sitúa-
ción particular de ellas. Es el mejor medio de darse a cono-
cer uno al otro y eso crea unión. Algo que el predicador ha
dicho les da la impresión de que él va a ser sensible y com-
prensivo o de que tiene discernimiento en cuanto a su difi-
cultad particular. Es la predicación la que les lleva al predi-
cador en busca de ayuda personal.
Además, haciéndolo de esa manera, estarás tratando a
docenas, o quizá a cientos, de personas a la vez. Es muy sor-
prendente hallar que, al exponer las Escrituras, eres capaz
de abordar una variedad de casos diferentes, todos ellos en
un solo culto. Eso es lo yo quería decir al afirmar que esto
ahorra gran cantidad de tiempo al pastor. Si tuviera que ver
a todas estas personas una a una, le sería imposible, no
podría hacerlo; pero con un solo sermón puede abarcar un
buen número de problemas a la vez.
Pero, en cualquier caso —y este es para mí un argumen-
to muy importante—, es la predicación la que sienta los prin-
cipios esenciales sobre los que puede darse la ayuda perso-
nal. Voy a ilustrar esto brevemente. Alguien viene a tu despa-
cho en la capilla y quiere consultarte acerca de un problema.
Lo primero que debes hacer es descubrir la naturaleza del
problema. Has de descubrir si esa persona es cristiana o no
lo es, porque ello determinará lo que has de hacer. Si
alguien no es cristiano, no puedes prestarle ayuda espiritual.
Si alguien no es cristiano, lo primero que tienes que hacer es
ayudarle a que se vuelva cristiano. Eso es esencial y priorita-
rio; y es solamente entonces cuando puedes aplicar tu ense-
ñanza espiritual al problema en particular. Si la persona no
es cristiana, en vano intentarás aplicar la enseñanza espiri-
aaa
42 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
tual. Estarás perdiendo el tiempo como ministro del
Evangelio afrontando los problemas y las dificultades parti-
culares de tal persona. Sugiero que tu deber en tal caso es
remitir esa persona a otra cuyo trabajo profesional sea resol-
ver tales problemas. Tu tarea como ministro cristiano es la de
u n especialista que afronta problemas espirituales; esa es,
pues, la primera cuestión que has de resolver. De nada sirve
hablar a la gente de un modo espiritual a menos que tengan
entendimiento espiritual; y ese entendimiento es el resulta-
do de un nuevo nacimiento espiritual, el cual es generalmen-
te producido por medio de la predicación del Evangelio (cf.
1 Corintios 2:10-16; 1 Pedro 1:23). Si a través de tu predica-
ción has llevado a esas personas a ver que no son cristianas,
vendrán a ti en relación con eso y podrás mostrarles que el
síntoma concreto que les ha estado preocupando era debido
al hecho de que no eran cristianos, de que tienen una rela-
ción equivocada con Dios. Así que ellos vienen a ti, y tú,
entonces, les aconsejas, les ayudas y les muestras el camino
de la salvación. Esto, de por sí, no aborda el problema con-
creto, pero ahora te encuentras en situación de razonarlo
con ellos de una manera espiritual. Sostengo que, en el
fondo, la única base real para la obra personal es la fiel y sóli-
da predicación del Evangelio; otra cosa degenera en un tra-
tamiento puramente psicológico.
Lo que sostengo, por tanto, es que el asesoramiento per-
sonal y todas estas otras actividades tienen el propósito de
complementar la predicación, no de suplantarla; que esas
cosas son, si quieres, el trabajo que continúa, que sigue des-
pués, pero que nunca se las debe considerar como la obra
principal. En el momento en que relacionas estas cosas equi-
vocadamente, no solamente estás dando pie a problemas en
el terreno personal, sino que mi opinión es que no estarás
interpretando el mandato de la Iglesia de una manera fiel y
correcta. Por tanto, yo lo resumiría diciendo que es solamen-
te la predicación la que puede transmitir la Verdad a las per-
sonas y llevarlas a que sean conscientes de su necesidad y a
la única respuesta satisfactoria que existe para su necesidad.
A
La predicación y los predicadores 43
Capítulo 2
Las ceremonias y el ritual, los cánticos y la diversión, todo tu
interés en asuntos políticos y sociales y todo lo demás no
pueden conseguir esto. No niego que puedan producir efec-
tos; he admitido que sí y que es ahí donde a veces reside el
peligro. Lo que los hombres y las mujeres necesitan es venir
“al conocimiento de la verdad”; y, si no se logra eso, estarás
simplemente paliando los síntomas y poniendo parches
momentáneos al problema. En cualquier caso, no estarás lle-
vando a cabo el gran mandato que ha sido dado a la Iglesia
y a sus ministros.
Permítaseme abordar unas cuantas objeciones a este
asunto y a esta idea. Alguien puede decir: “¿Pero es que no
han cambiado los tiempos? Todo lo que usted ha estado
diciendo podría haber sido correcto, digamos, hace veinte
años, o aún más, quizá hace 100 años; ¿pero no han cambia-
do los tiempos? ¿Es su método correcto ahora a la luz de
nuestra nueva situación?”. O alguien quizá, en los Estados
Unidos, pueda decir: “Bien, todo lo que usted está diciendo
puede ser conveniente para Londres, para Gran Bretaña,
pero eso no funciona en América. La situación aquí es distin-
ta: hay un trasfondo diferente, culturas diferentes, circuns-
tancias diferentes, etc.”. ¿Cuál es la respuesta a eso? Es bas-
tante simple. Dios no ha cambiado y el hombre no ha cam-
biado. Ya sé que existen cambios superficiales —puede que
vistamos de forma diferente, que viremos a 600 en vez de a
6 km por hora—, pero el hombre como hombre no ha cam-
biado en absoluto, y las necesidades del hombre son exacta
e idénticamente las que siempre han sido. Y no solamente
eso, sino que también ha habido en el pasado épocas estéri-
les y sin vida en la historia de la Iglesia, como vimos en la pri-
mera conferencia.
No hay nada nuevo acerca de esta situación nuestra; una
de las principales falacias de hoy es pensar que, porque esta-
mos viviendo a mediados del siglo XX, nuestro problema es
enteramente nuevo. Esto se desliza aun dentro de la vida y el
pensamiento de la Iglesia con toda la forma de hablar de la
posguerra, la era científica, la era atómica, la era poscristía-
aa
44 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
na, etc. Eso es simplemente una necedad; no es en absoluto
nuevo. Dios no cambia. Como alguien ha dicho: “El tiempo
no escribe arrugas en la frente del Eterno”. Y el hombre no
cambia; es exactamente lo que siempre ha sido desde la
Caída y tiene los mismos problemas. Y ciertamente yo llega-
ría a decir que nunca ha habido una oportunidad mayor
para la predicación que la que existe hoy, porque estamos
viviendo en una época de desilusión. La época victoriana, en
el siglo XIX, fue de optimismo. La gente se dejaba llevar por
la teoría de la evolución y del desarrollo, y los poetas canta-
ron acerca de la venida del “parlamento del hombre y de la
confederación del mundo”. Desterraremos la guerra y todo
irá bien, y el mundo será una gran nación. La gente realmen-
te creía ese tipo de cosas. Nadie cree en ello ahora, salvo
algún viejo representante en algún que otro sitio del antiguo
“evangelio social” de la época anterior a 1914. Hemos vivido
lo suficiente como para poder ver la falacia de aquel libera-
lismo optimista, y estamos ahora viviendo en una época de
desilusión en que los hombres se encuentran desesperados.
Por eso estamos siendo testigos de protestas estudiantiles y
de todo tipo; por eso la gente toma drogas. Este es el final de
todo el optimismo de los liberales. No tenía más remedio
que conducir a esto por la sencilla razón de que estaba equi-
vocado en su concepción básica, en su origen y en su pensa-
miento mismo. Estamos asistiendo al final de todo eso. ¿No
es este, entonces, un tiempo cuando la puerta está amplia-
mente abierta para la predicación del Evangelio? La época
que estamos viviendo es muy parecida a la del primer siglo
en muchos aspectos. El mundo de la Antigüedad se había
agotado entonces. El floreciente período de la filosofía grie-
ga había llegado y había pasado; Roma, en un sentido, había
pasado su cénit, y en ella se daba la misma clase de cansan-
cio y de aburrimiento con la consecuente vuelta al placer y a
la diversión. Lo mismo es cierto hoy día; y, por tanto, lejos de
decir que debemos tener menos predicación y volvernos más
y más a otros inventos y a otros recursos, yo digo que tene-
mos una oportunidad dada por el Cielo para predicar.
La predicación y los predicadores 45
Capítulo 2
Consideremos ahora una segunda objeción. La gente
puede decir: “Sin duda, tal y como el hombre es en la actúa-
lidad, culto y sofisticado, etc., ¿no se conseguiría todo lo que
usted desea conseguir igualmente por medio de la lectura de
libros y periódicos? ¿No se puede lograr por medio de la tele-
visión o la radio, sobre todo a través de debates?”. Por
supuesto que la lectura puede ser y es de gran ayuda, como
también lo son esos otros medios; pero yo opino que ya es
tiempo de que nos hagamos la siguiente pregunta: ¿Hasta
que punto esas cosas están realmente ayudando y haciendo
frente a la situación? Yo pienso que el resultado es frustran-
te, y creo que puedo dar las razones de por qué es así. La pri-
mera es que este es un enfoque equivocado por ser demasia-
do individualista. El hombre se sienta solo a leer su libro. Es
demasiado intelectual en su enfoque, es un asunto de interés
puramente intelectual. Otra cosa —que me cuesta mucho
expresarla en palabras pero que para mí es muy importan-
te— es que el hombre mismo lo controla demasiado. Lo que
quiero decir es que, si tú no estás de acuerdo con el libro, lo
dejas; si no te gusta lo que estás viendo en la televisión, la
apagas. Eres un individuo aislado y controlas la situación. O,
dicho más positivamente, a todo este enfoque le falta el ele-
mento vital de la Iglesia.
Ahora bien, la Iglesia es un cuerpo misionero, y hemos de
recuperar esta idea de que la Iglesia toda es parte del testimo-
nio del Evangelio, de su verdad y su mensaje. Por tanto, es de
suma importancia que las personas se reúnan y escuchen
juntas en la esfera de la Iglesia. Eso produce impacto por sí
mismo. A menudo se me ha dicho eso. Después de todo, el pre-
dicador no está hablando para sí mismo, está hablando para
la Iglesia, está explicando lo que la Iglesia es, lo que son estas
personas y por qué son lo que son. Recordemos que el apóstol
Pablo, en la Primera Epístola a los Tesalonicenses, otorga a
esto una gran importancia. Esto tenemos tendencia a descui-
darlo en la actualidad. El les dice a aquellos tesalonicenses
que ellos como iglesia le han sido de gran ayuda en su
predicación; lo describe de esta manera en 1 Tesalonicenses
1:6-9:
46 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del
Señor, recibiendo la palabra en medio de gran
tribulación, con gozo del Espíritu Santo, de tal
manera que habéis sido ejemplo a todos los de
Macedonia y de Acaya que han creído. Porque partiendo
de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor,
no solo en Macedonia y Acaya, sino que también en
todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo
que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada;
porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en
que nos recibisteis [...].
La sola presencia de una corporación de personas es en sí
misma una parte de la predicación, y estas influencias
comienzan a actuar inmediatamente sobre cualquiera que
acude a un culto. Quiero indicar que estas influencias son a
menudo más potentes en un sentido espiritual que una argu-
mentación puramente intelectual.
No solamente eso. Cuando un hombre entra en una igle-
sia a una corporación de personas, empieza a tener alguna
idea del hecho de que son el pueblo de Dios y una represen-
tación actual de algo que ha sido conocido en toda época y
generación a través de los siglos. Esto, ya de por sí, causa un
impacto en él. No está simplemente considerando una
nueva teoría, una nueva enseñanza o una nueva idea. Está
visitando o entrando en algo que tiene esta larga historia y
tradición.
Permítaseme expresar esto de la siguiente forma: el hom-
bre que piensa que todo esto se puede conseguir por medio
de la lectura o simplemente mirando un televisor está pasan-
do por alto el elemento misterioso en la vida de la Iglesia. ¿Y
eso qué es? En mi opinión, es lo que nuestro Señor estaba
indicando cuando dijo: Donde están dos o tres congregados
en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. No es esta
una mera asamblea de personas; Cristo está presente. Este es
el gran misterio de la Iglesia. Hay algo en la atmósfera misma
del pueblo cristiano congregado para adorar a Dios y para
oír la predicación del Evangelio.
La predicación y los predicadores 47
Capítulo 2
Voy a ilustrar con una historia lo que quiero decir.
Recuerdo a una mujer que era espiritista, y hasta médium,
una médium asalariada empleada por una sociedad espiritis-
ta. Ella solía ir cada domingo por la tarde a una reunión espi-
ritista y se le pagaban tres guineas por actuar como médium.
Esto ocurría durante los años treinta, y esa era una suma de
dinero considerable para una mujer de clase media baja. Un
domingo estaba enferma y no pudo ir a cumplir con su com-
promiso. Estaba sentada en su casa y vio pasar a gente que
iba camino de la iglesia en el sur de Gales, donde resulta que
yo estaba ministrando. Algo le hizo sentir un deseo de saber
qué era lo que tenía aquella gente, por lo cual decidió ir al
culto y así lo hizo. A partir de entonces siguió yendo siempre
hasta que murió, llegando a ser muy buena cristiana. Un día
le pregunte qué fue lo que había sentido en aquella primera
visita y me respondió lo siguiente (y este es el punto que
quiero ilustrar). Dijo: “En el momento en que entré en su
capilla y tomé asiento entre la gente fui consciente de un
poder. Fui consciente de la misma clase de poder a la que yo
estaba acostumbrada en nuestras reuniones espiritistas; pero
había una diferencia grande: tuve la sensación de que el
poder de su capilla era un poder limpio”. El detalle que quie-
ro destacar es simplemente este, que ella fue consciente de
un poder. Este es ese elemento misterioso, la presencia del
Espíritu en el corazón de los hijos de Dios, del pueblo de
Dios, y un extraño se da cuenta de ello. Esto nunca lo perci-
birías si simplemente te sientas y lees un libro estando solo.
El Espíritu puede utilizar un libro, lo sé; pero, debido a la
misma constitución de la naturaleza del hombre —nuestro
carácter gregario y la forma en que nos apoyamos los unos
en los otros y nos ayudamos unos a otros, aun inconsciente¬
mente—, este es un factor sumamente importante. Esto es
así de forma natural, pero más aún cuando el Espíritu está
presente. No estoy defendiendo una psicología de tumulto o
de masas, a la que considero extremadamente peligrosa, en
particular cuando hay mucha exaltación. Lo único que estoy
defendiendo es que, cuando entras en una iglesia, una orga-
aa
48 La predicación y los predicadores
No hay sustituto
nización o una asamblea del pueblo de Dios, hay un factor
que inmediatamente entra en acción y que es aún más refor-
zado por el predicador que expone la Palabra desde el púl-
pito; y por eso la predicación nunca puede ser sustituida ni
por la lectura, ni por ver la televisión ni por ninguna de esas
otras actividades.
La predicación y los predicadores 49
Capítulo 3
El sermón y la
predicación
A
ún estamos tratando de establecer la proposición
de que la predicación es la principal tarea de la
Iglesia y del ministro de la Iglesia. Hemos presenta-
do pruebas bíblicas de esto y además pruebas a partir de la
historia de la Iglesia; y después hemos intentado desarro-
llar el argumento teológico mostrando de qué forma nues-
tra teología misma insiste en ello debido al asunto que esta-
mos tratando. Habiéndolo hecho, comenzamos a conside-
rar algunas objeciones a todo esto. La primera fue: ¿No
han cambiado los tiempos?”. Y la segunda: “¿No puede
todo eso conseguirse ahora por medio de la lectura o vien-
do la televisión u oyendo la radio, etc.?”.
Esto nos lleva a una tercera objeción, la cual plantea esta
pregunta: “¿No se puede conseguir todo esto por medio de
coloquios? ¿Por qué ha de ser necesariamente por la predi-
cación? ¿Por qué de esta forma en particular? ¿No puede
ser esto reemplazado por una especie de “dialogo”, como
ahora se le llama, o un intercambio de ideas? ¿No debiera-
mos más bien fomentar que se planteen más preguntas al
final de los sermones y un diálogo entre el ministro y la
gente que ha venido a escuchar, todo ello, por supuesto,
dentro de la esfera de la Iglesia?”. Además se ha planteado
que esto también puede hacerse en televisión por medio de
debates, de un grupo de personas —unas cristianas y otras
no — que se enzarzan en una discusión. Se indica que no
solamente esta es una buena manera de evangelizar y de
dar a conocer el mensaje de la Biblia, sino que en la actúa-
lidad es una forma mejor que la predicación.
Y como esto está ganando mucho apoyo y ciertamente
gran cantidad de publicidad hoy día en la mayoría de los paí-
ses, nosotros tenemos que decir algo respecto a esto. Yo res-
pondería de nuevo por medio de un recuerdo personal,
50 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
expresándolo de forma que los principios implícitos desta-
quen más claramente. Recuerdo que allá por el año 1942
recibí una invitación para tener un debate público sobre el
asunto de la religión con un hombre ya desaparecido que era
muy famoso por aquel entonces, el Dr. C.E.M. Joad. Había
obtenido mucha publicidad, por no decir notoriedad, por
tomar parte en lo que se llamaba en la radio Brains ’ Trust , y
era un locutor muy popular que sostenía opiniones más o
menos ateas en aquel tiempo. Se me pidió debatir con él
acerca de la religión en la Union Debating Society en la
Universidad de Oxford. No te voy a cansar contando el tras-
fondo de aquello ni las razones por las cuales se me pidió,
pero surgió debido a mi predicación. Esta es una de las razo-
nes por las que lo menciono. Yo estaba participando en unas
reuniones de evangelización en la universidad, y fue directa-
mente como resultado de mi predicación de un domingo por
la tarde por lo que me llegó la invitación. Rechacé aquella
invitación y rehusé participar en el debate. ¿Hice lo correcto
al rehusar? Hubo muchos que consideraron que me había
equivocado, que aquella había sido una maravillosa oportuni-
dad para predicar y presentar el Evangelio, que la fama
misma del Dr. Joad de por sí habría atraído a un maravilloso
público a oír el debate y que muy bien podría haber obteni-
do publicidad en la prensa, etc. Por tanto, muchos pensaron
que yo estaba rechazando y pasando por alto una oportuni-
dad evangelística maravillosa.
Pero yo afirmé entonces, y aún lo afirmo, que mi deci-
sión fue la correcta. Independientemente por completo de
algunas razones concretas que voy a dar, creo que en gene-
ral es una equivocación. Mi impresión es que las experien-
cias de esa clase de cosas muestran claramente que rara vez
tienen éxito o llevan a alguna parte. Proporcionan diver-
sión; pero, por lo que yo alcanzo a ver y basándome en mi
experiencia y en el conocimiento que de ello tengo, rara
vez ha sido fructífero o eficaz como medio para ganar
gente para la fe cristiana.
Pero aún son más importantes mis razones concretas. La
aa
La predicación y los predicadores 51
Capítulo 3
primera es, y esta fue para mí una razón totalmente sufi-
ciente en sí misma, que Dios no ha de ser discutido o deba-
tido. Dios no es un tema de debate debido a quién es y lo
que es. Se nos dice que quien no es creyente, por supuesto,
no está de acuerdo con eso; y es absolutamente cierto; pero
ello no implica diferencia alguna. Lo creemos así y es parte
de nuestro derecho el afirmarlo. Teniendo el concepto que
tenemos, creyendo lo que creemos acerca de Dios, no
podemos bajo ninguna circunstancia permitir que Él venga
a ser objeto de discusión, de debate o de investigación.
Baso mi argumento sobre este punto en la palabra dirigida
por Dios mismo a Moisés en la zarza ardiente (Éxodo 3:1-
6). Moisés vio repentinamente este extraordinario fenóme-
no de la zarza que ardía y se proponía desviarse y examinar
este sorprendente fenómeno. Pero, inmediatamente, fue
reprendido por la voz que vino a él diciendo: “No te hacer-
ques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que
estás, tierra santa es”. Ese me parece a mí ser el principio
que rige todo este asunto. Nuestra actitud es más importan-
te que cualquier otra cosa que hagamos en concreto; y, tal
como se nos dice en la Epístola a los Hebreos, debemos
acercarnos a Dios siempre “con temor y reverencia; porque
nuestro Dios es fuego consumidor” (Hebreos 12:28-29).
Para mí, este es un asunto sumamente vital. Debatir la
existencia de Dios de una manera descuidada, retrepado
cómodamente en un sillón, fumando una pipa, un cigarri-
llo o un puro, es para mí algo que nunca debiéramos per-
mitir; porque Dios, como ya he dicho, no es una especie de
incógnita filosófica o un concepto. Creemos en el Dios
todopoderoso, glorioso y vivo; y al margen de lo que signi-
fique Él para otros, nosotros nunca debemos ponernos, o
permitir que nos pongan, en una posición en la que deba-
tamos acerca de Dios como si Él no fuera sino una mera
proposición filosófica. Para mí es una consideración que de
por sí queda descartada y rechazada.
Existen además otras razones que lo apoyan y que inevi-
tablemente proceden de aquella. El segundo razonamiento
aaaa
52 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
que presento sería que, al debatir estos temas, estamos
abordando los asuntos más serios y solemnes de la vida.
Estamos haciendo frente a algo que creemos que no sola-
mente va a afectar a las vidas de estas personas por las que
estamos interesados mientras están en este mundo, sino
también a su destino eterno. En otras palabras, el carácter
mismo y la naturaleza de la cuestión es tal que no puede
ubicarse en ningún otro contexto que no sea el de un
ambiente de la máxima atención que conozcamos o poda-
mos crear. Ciertamente, nunca debiéramos tratar este asun-
to con frivolidad o meramente con un espíritu de debate; y
menos aún debiera nunca considerarse un asunto de diver-
sión.
A mí me parece que esos supuestos debates y diálogos
sobre la religión que tenemos en la televisión y en la radio
generalmente no son más que pura diversión. El mismo
tiempo se le concede al incrédulo que al creyente, y hay
interrupciones y ataques en el debate, jocosidad y bromas.
El programa está preparado de tal forma que el tema no
pueda ser tratado en profundidad. Declaro firmemente
que el asunto que nos concierne es tan extremadamente
serio, vital y urgente que nunca debemos permitir que sea
abordado de esta manera.
Y para eso que digo puedo aportar una razón muy buena
y sólida a modo de analogía. Cualquiera de nosotros podría
desarrollar una enfermedad muy grave o ser atacado
repentinamente por ella. No solo tienes un gran dolor y
una fiebre continua, sino que estás extremadamente enfer-
mo. Tu médico hace un serio examen de tu situación y
busca otra opinión de mayor reputación. En tal situación
de gravedad, en ese estado, ¿hay alguien que diría que lo
que a ti te gustaría realmente es que se planteara una dis-
cusión, un debate llevado de forma frívola con alguna pro-
puesta que sea criticada y evaluada y después otra, y así
sucesivamente? Todos nosotros nos indignaríamos ante
algo así. Indicaríamos que nuestra vida está en peligro, que
esta no es ocasión para debates, discusiones, liviandad y fri-
aa
La predicación y los predicadores 53
Capítulo 3
volidad. En ese estado y situación buscamos certeza, un
trato serio, esperanza y la posibilidad de ser sanados y de
ponernos bien. Te indignaría la jocosidad y una actitud
despreocupada, debido a la urgencia; y, por supuesto, esta-
rías absolutamente en lo cierto. Y si eso es verdad en rela-
ción con la salud y el bienestar físico, ¡cuanto más debiera
serlo cuando estamos hablando de los males y de las enfer-
medades del alma y del destino eterno del hombre!
Deseo insistir en esto con fuerza. Esto debiera llegar
como una reprensión a todos nosotros, y me temo que los
que somos cristianos necesitamos que se nos recuerde
tanto como a aquellos que no lo son. Con mucha frecuen-
cia hablamos de teología con ligereza, de la misma forma
que debatimos otros muchos temas y como si estuviéramos
manejando algo muy alejado de nuestras vidas y de nuestro
bienestar y destino eternos. Pero eso es obviamente erró-
neo. Siempre estaremos implicados personal y vitalmente
en esto si es que realmente creemos lo que pretendemos
creer y decimos creer. Estos asuntos nunca debieran ser
abordados en términos de debate o en una atmósfera de
debate y de discusión; son demasiado graves y demasiado
solemnes, están implicados nuestra vida en este mundo y
nuestro destino eterno.
Y, en tercer lugar, en un sentido tal debate, discusión o
diálogo es imposible debido a la ignorancia espiritual del
hombre natural, del que no es cristiano. Opino que el hom-
bre que no es cristiano es incapaz de entrar en un debate
sobre estos asuntos. Y es así por la sencilla razón de ser
ciego a las cosas espirituales y encontrarse en un estado de
tinieblas. El Apóstol nos dice en 1 Corintios 2:14 que “el
hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de
Dios, porque para él son locura, y no las puede entender
porque se han de discernir espiritualmente”. Está total-
mente falto de entendimiento espiritual. Todo el argumen-
to de 1 Corintios 2 es que estas cosas “se han de discernir
espiritualmente”. Pertenecen a la esfera de la verdad espi-
ritual, están expresadas en una terminología y un lenguaje
aaaa
54 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
espirituales, y solamente pueden ser entendidas por la
mente que ya es espiritual. El “hombre natural”, el no cris-
tiano —dice Pablo— es incapaz de hacer eso. Claramente
entonces, si es incapaz de hacer eso, no puedes tener un
debate con él. En otras palabras, no existe un punto neutro
en el que el cristiano y el no cristiano puedan encontrarse.
Por así decirlo, no hay un punto común de partida. Toda
nuestra postura como cristianos es justamente la opuesta y
la antítesis de la otra, y es una completa condenación de
ella. Eso hace que una discusión o un debate sobre estos
asuntos sea completamente imposible.
Paso ahora a un cuarto punto que refuerza esto, mani-
festando que lo que el hombre natural necesita por encima
de cualquier otra cosa es humillarse. Esto es esencial antes
de que podamos hacer cualquier cosa con él. El problema
fundamental del hombre natural es su orgullo. Este punto
se detalla en la segunda mitad del capítulo 1 de la Primera
Epístola de Pablo a los Corintios: “¿Dónde está el sabio?
¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este
siglo?”. Y el razonamiento del Apóstol es que lo que Dios
hace con este hombre no es tener un debate con él sino
hacerle parecer necio. Ha de ser humillado porque él se
gloría en sí mismo, mientras que la actitud cristiana ha de
ser: “El que se gloría, gloríese en el Señor”. La primera cosa
que ha de hacerse con el hombre que no acepta la fe cris-
tiana es humillarlo. Eso es lo primero e indispensable. “¿No
ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?”. O como
nuestro Señor mismo dice: “Si no os volvéis y os hacéis
como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo
18:3). Esta es una declaración vital, una declaración domi-
nante, y es aplicable a todos los hombres. Todos deben con-
vertirse y “hacerse como niños”. Todo lo que saben, todo lo
que son, todo lo que tienen y todo lo que han hecho es
absolutamente inútil en este terreno. No hay esperanza
para ellos hasta que se percaten de que están en la más
completa ruina y se hagan “como niños”. Por tanto, obvia-
mente, no puedes ni debes debatir o discutir estos asuntos
aaaa
La predicación y los predicadores 55
Capítulo 3
con ellos sobre una misma base. Hacer eso es negar el pos-
tulado cristiano inicial. De hecho, nuestro Señor fue más
lejos cuando pronunció estas palabras:
En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste
estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las
revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.
Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y
nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre
conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo
lo quiera revelar (Mateo 11:25-27).
La Verdad nos es revelada en las Escrituras y por la ilu-
minación que solamente el Espíritu Santo puede producir.
Yo afirmo, por tanto, que toda esta idea de tener un deba-
te, una discusión o un intercambio de ideas sobre estos
asuntos es contraria al carácter y a la naturaleza del
Evangelio mismo.
Rechazo, por tanto, todos estos modernos sustitutos de
la predicación y afirmo que solamente hay un medio: el
adoptado por el apóstol Pablo mismo en Atenas. Ya he cita-
do antes esto: “Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle,
es a quien yo os anuncio”. Este anuncio es esencial; esto ha
de venir en primer lugar. No puede haber un intercambio
provechoso hasta que se haya hecho este anuncio y a la
gente se le haya proporcionado una considerable informa-
ción. Este “anuncio” solo nosotros, la Iglesia, y el predica-
dor podemos hacerlo, y eso es lo primero y primordial que
debemos hacer.
Esto nos deja con otro alegato u otra objeción más, a
saber, que eso puede ser correcto en teoría, pero la gente
no vendrá a escuchar. Por tanto, ¿qué hacer en ese caso?
Está muy bien presentar ese maravilloso argumento, se nos
dice, pero la gente no oirá algo así en la actualidad, no está
interesada, insiste en dar su opinión y en plantear sus ideas,
etc. Trataremos este asunto más adelante cuando reflexio-
ne sobre “la congregación” que escucha al predicador;
aaaaaaaa
56 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
pero permítaseme decir solo esto en esta ocasión. La res-
puesta es que la gente vendrá, y que de hecho viene, cuan-
do hay una predicación fiel. Ya he presentado evidencia a
partir de la Historia de que la gente lo ha hecho siempre
así en el pasado; y afirmo que es lo mismo hoy. La razón
para ello la hemos visto ya: Dios sigue siendo el mismo y el
hombre sigue siendo el mismo. Y algo aún más importante
es que no creer esto es indicativo, en último término, del
hecho de que estamos dando muy poco lugar al Espíritu
Santo y a su obra en nuestra opinión acerca de todo este
asunto.
Este puede ser un trabajo lento; a menudo lo es, es un
plan a largo plazo. Pero toda mi argumentación es para
decir que funciona, que merece la pena, que es bendecido
y que así tiene que ser, porque es el método especial de
Dios. A esto es a lo que Él nos llama, esto es para lo que Él
nos impele a salir fuera y, por tanto, Él va a honrarlo.
Siempre lo ha hecho y aún sigue haciéndolo en este mundo
moderno; y después de que hayas probado esos otros méto-
dos y planes y hayas descubierto que se han reducido a
nada, volverás finalmente a esto. Este es el método por
medio del cual las iglesias siempre han llegado a existir. Lo
vemos en el Nuevo Testamento, lo vemos en la posterior
historia de la Iglesia y podemos verlo en el mundo moder-
no.
* * *
Pero todo esto nos conduce repetidamente a la misma pre-
gunta: ¿Qué es la predicación? Yo afirmo que, cuando hay
una predicación fiel, la gente vendrá a oírla; esto nos com-
promete, pues, a examinar qué es la predicación. Esta es,
desde luego, la pregunta vital para nosotros y que ahora me
dirijo a mí mismo. Mi postura es que la mayoría de estos
problemas que hemos estado tratando, y la mayoría de
estas situaciones y dificultades que han surgido y que están
causando tanta preocupación —-y con toda la razón— a
aaaaaa
La predicación y los predicadores 57
Capítulo 3
aquellos que están en la Iglesia, se deben todos finalmente
al hecho de que ha habido un enfoque defectuoso de la
predicación y, como consecuencia, ha habido una predica-
ción defectuosa. No creo que quien ocupa el púlpito pueda
eludir su responsabilidad en esto. Si la gente no está asis-
tiendo a los lugares de culto, deduzco que quien sube al
púlpito es el primer responsable. La tendencia es, por
supuesto, echar la culpa a otros factores. La excusa más
común es la de las dos guerras mundiales. Hubo un tiempo
en que se nos decía que la explicación era la pobreza y que
no podía esperarse que gente que no tenía comida suficien-
te ni ropa adecuada acudiera a oír la predicación; la pobre-
za —se nos decía— era el gran obstáculo. Pero hoy se nos
está diciendo que el gran problema es la abundancia y que
ahora la dificultad es que la gente está tan bien acomoda-
da, que tienen tanto de todo, que no ven la necesidad del
Evangelio. En el momento en que tratas de buscar una
explicación de estas cosas en términos de las circunstan-
cias, siempre te encuentras finalmente con alguna de estas
ridiculas posturas.
Mi argumento es que quien ocupa el púlpito es el res-
ponsable último, y que cuando lo hace rectamente y la pre-
dicación es fiel, atrae y lleva a la gente a oír el mensaje. Yo
diría por otra parte que, en mi opinión, rara vez ha habido
nunca una época en la historia del mundo en que la opor-
tunidad para la predicación, y la necesidad de esta hayan
sido mayores de lo que lo son en este presente y agitado
mundo moderno.
¿Qué es entonces la predicación? ¿Qué quiero decir
cuando hablo de predicación? Considerémoslo de esta
manera. Allí tenemos a un hombre situado en un púlpito y
hablando, y allí hay personas sentadas en bancos o en sillas
escuchando. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué pasa? ¿Por qué
está ese hombre en ese púlpito? ¿Qué se propone? ¿Por qué
lo pone allí la iglesia para hacer eso? ¿Por qué esas otras
personas acuden a oír? ¿Qué es lo que se espera que haga
ese hombre? ¿Qué está tratando él de hacer? Estas son, en
aaa
58 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
mi opinión, las grandes preguntas. No debemos precipitar-
nos a considerar técnicas, métodos y “el problema de la
comunicación”. Es debido a que estas preguntas preliminar-
res no han sido formuladas y afrontadas por lo que la gente
se ha empantanado en todo tipo de detalles y debates. Esta
es la gran pregunta y la consideración dominante: ¿Qué
está haciendo ese hombre allí?
Cualquier definición verdadera de la predicación ha de
decir que ese hombre está allí para dar a conocer el men-
saje de Dios, un mensaje de Dios para esas personas. Si pre-
fieres el lenguaje de Pablo, es un “embajador en nombre de
Cristo”. Eso es lo que es. Ha sido enviado, es una persona
comisionada y ha sido puesto allí como portavoz de Dios y
de Cristo para dirigirse a esas personas. Dicho en otras
palabras, no está allí meramente para hablar con ellos, no
está allí para entretenerlos. Está allí —y quiero recalcar
esto— para hacer algo a esa gente; está allí para producir
resultados de diversas clases, está allí para influir en las per-
sonas. No meramente para influir en una parte de ellas, no
para influir solamente en sus mentes o solamente en sus
emociones, o meramente para poner presión sobre sus
voluntades e inducirlas a alguna clase de actividad. Está allí
para ocuparse de la persona completa; y el propósito de su
predicación es afectar a toda la persona en el centro neu-
rálgico de su vida. La predicación debiera producir tal
transformación en aquel que está oyendo que nunca más
vuelva a ser otra vez el mismo. La predicación es, en otras
palabras, una transacción entre el predicador y el oyente.
Hace algo por el alma del hombre, por la persona toda, por
el hombre completo; se ocupa de él de una manera vital y
radical.
Recuerdo que hace unos años se me hizo una observa-
ción acerca de algunos estudios míos sobre “El Sermón del
Monte”. Yo los había publicado deliberadamente en forma
de sermones. Hubo muchos que me aconsejaron no hacer
eso basándose en que a la gente ya no le gustan los sermo-
nes. Se me dijo que los días de los sermones habían pasado
aaa
La predicación y los predicadores 59
Capítulo 3
y se me presionó para que convirtiera mis sermones en
ensayos y les diera una forma diferente. Me interesé
mucho, por tanto, cuando este hombre con el que yo esta-
ba hablando, el cual es un cristiano laico muy famoso en
Gran Bretaña, dijo: “Me gustan estos estudios suyos sobre el
Sermón del Monte porque me hablan a mí”. Entonces con-
tinuó diciendo: “Me han recomendado leer muchos libros
escritos por predicadores y profesores eruditos, pero lo que
siento al leer esos libros es que siempre parece que son pro-
fesores escribiendo a profesores; no me hablan a mí, Pero
—dijo él— sus escritos me hablan a mí”.
Ahora bien, este era un hombre competente y de posi-
ción prominente, pero eso es lo que me dijo. Creo que hay
bastante verdad en esto. Él pensaba que mucho de lo que se
le había recomendado leer era muy erudito, muy inteligen-
te y muy literario; pero, como él decía, eran “profesores
escribiendo a profesores”. Creo que este es un detalle suma-
mente importante a tener en cuenta cuando leemos sermo-
nes. Ya me he referido al peligro de darle demasiada promi-
nencia al estilo literario. Recuerdo haber leído un artículo
en un periódico literario hace como cinco o seis años que
pensaba que era en extremo esclarecedor porque el autor
estaba hablando de esto mismo en su propio campo. Escribía
sobre que el problema hoy es que, con demasiada frecuen-
cia, en vez de producir verdadera literatura tendemos a
hacer “libros de crítica literaria para críticos literarios”. Estos
hombres se analizan los libros los unos a los otros con el
resultado de que, cuando escriben, a quien suelen tener en
cuenta es al crítico, y no al público lector a quien el libro
debiera ir dirigido, por lo menos en primer lugar. Lo mismo
suele suceder en relación con la predicación. Esto echa a
perder la predicación, la cual debiera ser siempre una trans-
acción entre el predicador y el oyente a la vez que algo vital
y vivo está teniendo lugar. No es meramente impartir cono-
cimiento, hay algo más grande que está implícito. En ambos
lados está implicada la persona completa; y si no somos cons-
cientes de esto, nuestra predicación será un fracaso.
60 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
Voy a incidir en este punto en particular compartiendo
una cita de un filósofo pagano que ciertamente vio esto
muy claramente en relación con la filosofía. Un joven filó-
sofo fue un día a ver a Epíteto para pedirle consejo. La res-
puesta que Epíteto le dio es un consejo muy bueno también
para los predicadores. Le dijo: “El aula de los filósofos es
un quirófano. Cuando te marchas de allí debieras haber
sentido dolor en vez de placer; porque, cuando entras, es
que hay algo que va mal en ti. Uno tiene el hombro dislo-
cado, otro tiene un absceso, otro un dolor de cabeza.
Siendo yo el cirujano, ¿voy a sentarme a ofrecer una retahi-
la de frases bonitas para que me alaben y después se mar-
chen —uno con el brazo dislocado, otro con el absceso,
otro con el dolor de cabeza— tal como vinieron? ¿Es para
eso para lo que los jóvenes dejan sus hogares, a sus padres
y parientes y sus propiedades? ¿Para decir: ‘Bravo por tus
admirables conclusiones morales’? ¿Es esto lo que hicieron
Sócrates, Xenón o Cleón?”.
Eso es sumamente importante para el predicador.
Epíteto dice que eso es verdad aun para el filósofo, porque
este no discute problemas y preguntas abstractas. Aun la
filosofía debe interesarse en el hombre, en asuntos, proble-
mas y condiciones vitales. Esa es la situación —dice él—;
esas personas acuden porque hay algo que va mal en ellos.
Uno de ellos, metafóricamente hablando, tiene un hombro
dislocado, otro tiene un absceso, otro un dolor de cabeza.
Eso es cierto; y esto es siempre verdad en toda congrega-
ción. Estas personas no vienen solamente como mentes o
como intelectos, vienen como personas globales en medio
de la vida, acompañadas de sus correspondientes circuns-
tancias, sus problemas, sus dificultades y pruebas; y es
deber del predicador no solo recordar eso, sino predicar
en conformidad a eso mismo. Se ocupa de personas vivas,
de gente con necesidades y problemas, a veces inconscien-
temente; y debe conseguir que se den cuenta de ello y abor-
dar el asunto. Se trata de esa transacción viva.
O tomemos otra declaración hecha por el mismo
aaaaaaaaaa
La predicación y los predicadores 61
Capítulo 3
Epíteto: “Dime —dice él retando al filósofo, siendo igual-
mente un buen reto para el predicador—, ¿quién, después
de oír tu disertación o discurso, se inquieta y reflexiona
sobre sí mismo?”. Esa es la prueba. Si la gente puede oírnos
sin inquietarse en cuanto a sus personas o reflexionar hacer-
ca de sí mismos, es que no hemos estado predicando. “¿O
quién —pregunta Epíteto—, al salir de la sala, dice: El filó-
sofo puso su dedo en la llaga de mis faltas; no debo com-
portarme de esa forma de nuevo?”.
Esa es una excelente declaración de mi concepto sobre
la predicación; eso es lo que la predicación está llamada a
hacer. Se dirige a nosotros de tal manera que nos coloca
bajo juicio; y trata con nosotros de tal forma que salimos
diciendo: “Nunca volveré a vivir de la misma manera que
antes. Esto me ha hecho algo, ha producido un cambio en
mí. Soy una persona diferente como resultado de haber
oído esto”. Epíteto añade que, si no produces eso, enton-
ces la máxima alabanza que obtienes es meramente que un
hombre comente a otro: “Ese fue un bello pasaje sobre
Jerjes”. Y el otro dirá: “No, a mí me gusta más el de la bata-
lla de Termopilas”. En ese caso podemos ver que no les ha
afectado nada, sino que simplemente estuvieron sentados
allí sin implicarse en el asunto y evaluando y juzgando al
orador. A uno le gustó la cita de un pasaje, al otro le gustó
la alusión histórica. Esto ha sido para ellos una diversión
—muy interesante, muy atractiva, quizá muy estimulante
para el intelecto—, pero no les ha servido de nada y se fue-
ron simplemente alabando este o aquel aspecto de la
actuación del predicador.
A mi entender, eso no es lo que la predicación pretende
ser. La predicación apela a la persona completa, el oyente se
ve implicado y sabe que ha sido aludido y que Dios se ha
dirigido a él por medio de este predicador. Algo ha sucedi-
do en él y en su experiencia, y eso afectará a su vida entera.
Ahí tenemos, entonces, una definición general de la
predicación. ¿Pero qué es exactamente lo que este hombre
está haciendo en el púlpito? Aquel es el objetivo; aquel es
aaaaa
62 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
el propósito; ¿pero qué está haciendo exactamente? Yo
creo que tenemos que trazar una distinción entre dos ele-
mentos en la predicación. En primer lugar está el sermón
o el mensaje: el contenido de lo que ha sido comunicado.
Pero en segundo lugar está el acto de predicar, la comuni-
cación o entrega, si lo prefieres, o lo que se denomina
comúnmente “la predicación”. Es tremendamente triste
que la palabra “predicación” se restrinja a este segundo
aspecto que podríamos describir como el acto de comuni-
car el mensaje.
Tengo interés en hacer hincapié en esta verdadera dis
tinción entre el mensaje y el impartir el mensaje o comuni-
car el mensaje. Voy a intentar mostrar lo que quiero decir
con esta distinción. Recuerdo algo que me dijeron acerca
de una declaración que hizo en una ocasión el desapareci-
do Dr. J.D. Jones, de Bournemouth, en Inglaterra. El esta-
ba predicando en cierto lugar y unos cuantos pastores de
los alrededores fueron invitados a conocerlo después del
culto de la tarde. Uno de ellos le planteó la pregunta que
muy a menudo se le hace a predicadores de más edad:
“¿Cuál es el mejor predicador a quien usted ha oído
jamás?”. Su respuesta fue sumamente perspicaz. Dijo: “No
creo que pueda decir cuál es el mejor predicador que he
oído, pero puedo decirles esto con bastante seguridad: la
mejor predicación que yo he oído jamás es la de Tohn
Hutton”.
Esto nos conduce muy bien a esta crucial distinción.
Vemos que, cuando le preguntaron acerca de quién era el
mejor predicador, pensó que ese era un término que impli-
caba demasiado. Incluía a la persona del predicador, su
carácter, su sermón, etc. Ahí él encontró difícil ser preciso,
estar seguro y decir que un hombre era superior a todos los
demás. Pero en lo relativo a la predicación, como él dijo,
en cuanto al acto de comunicar el mensaje, no tenía duda
alguna: era la de aquel hombre en concreto, el Dr. John A.
Hutton, quien en otro tiempo había sido ministro de la
iglesia Westminster Chapel, en Londres.
La predicación y los predicadores 63
Capítulo 3
Ahora bien, esa es la clase de distinción que yo haría
entre el mensaje y el acto de comunicarlo. O pongamos
otro ejemplo. Recuerdo que leí una declaración hecha por
un gran predicador de finales del siglo XVIII en Gales.
Comparaba a los dos predicadores más grandes de aquel
siglo. Uno era George Whitefield, quien era tan famoso en
los Estados Unidos como en Gran Bretaña, y fue, sin lugar
a dudas, uno de los más grandes predicadores de todos los
tiempos. El otro era un predicador de Gales llamado
Daniel Rowland. Era contemporáneo de Whitefield y le
sobrevivió unos veinte años. He aquí a otro gran predica-
dor, otro gran orador. A este hombre al que me estoy refi-
riendo, David Jones, de Llangan, en el sur de Gales, se le
pidió que evaluara la diferencia entre Whitefield y Daniel
Rowland como predicadores. En su respuesta dijo: “En rela-
ción con la oratoria, en relación con la comunicación, en
relación con el acto de predicar, en relación con remontar-
se a las alturas y elevar a la congregación a los cielos yo
puedo detectar muy poca diferencia entre ellos; el uno fue
tan bueno como el otro. La única gran diferencia que
había entre ellos —continuó— era esta: que siempre po-
días estar seguro de oír un buen sermón de Rowland, pero
no siempre de Whitefield”.
Ahí tenemos exactamente la misma distinción. Se puede
tener una buena predicación aun con un sermón flojo; esta
es una posibilidad real. Me referiré a esto más tarde en
conexión con otra cosa. Ahora lo único que tengo interés
en hacer es mostrar que hay una distinción esencial de
estos dos elementos en lo que este hombre está haciendo
en el púlpito. Está el sermón, un sermón que él ha prepa-
rado; y luego está el “acto” de comunicar ese sermón. Otra
forma de expresar esto es la siguiente. Un hombre se hacer-
có —creo que fue en Filadelfia— en una ocasión al gran
George Whitefield y le preguntó si podía editar sus sermo-
nes. Whitefield le dio esta respuesta: “Bueno, yo no tengo
ninguna objeción intrínseca, si usted quiere; pero nunca
será usted capaz de poner en la página impresa el relámpa-
aaa
64 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
go y el trueno”. Eso es lo que hay que distinguir: el sermón
por un lado y el relámpago y el trueno por otro. Para
Whitefield, esto era de gran importancia, y debiera serlo
para todos los predicadores, tal como espero mostrar.
Puedes imprimir el sermón, pero no el relámpago y el true-
no. Eso viene en el acto de predicar y no puede ser trans-
mitido por medio de la fría imprenta. La verdad es que eso
casi frustra el poder descriptivo de los mejores periodistas.
Aaaa
* * *
Esa es, entonces, nuestra división básica del asunto. Por
tanto, comencemos con el sermón. Una vez más tengo que
dividir el tema en dos secciones. En relación con el sermón
mismo tenemos, en primer lugar, el contenido, el mensaje;
y en segundo lugar tenemos la forma que se le da a ese con-
tenido o mensaje. Aquí tenemos de nuevo una distinción
sumamente importante.
Comenzaremos con el contenido. ¿Qué es lo que deter-
mina el contenido de nuestro mensaje, de nuestro sermón?
Sugiero que un texto muy bueno de las Escrituras que cen-
tra nuestra atención en esta cuestión en particular es la
conocida declaración hecha por Pedro cuando él y Juan
estaban entrando al Templo una tarde a la hora de la ora-
ción. Repentinamente se encontraron con un hombre cojo
a la puerta del Templo que se llama la Hermosa. Este hom-
bre los miró esperando recibir alguna limosna de ellos.
Había recibido limosnas de mucha gente. Eso era lo único
que el mundo podía hacer por él. No podía curarle, pero
podía ayudarle a vivir, a existir, a mejorar algo su suerte y a
procurarle algún bienestar. Por tanto, miró a aquellos dos
hombres esperando recibir algo de ellos. Pero no recibió lo
que esperaba. Pedro se dirigió a él diciéndole: “No tengo
plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de
Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:1-6).
¿Cuál es este mensaje? Esa declaración de Pedro nos
recuerda que hay en esto un aspecto negativo. Hay ciertas
aaaa
La predicación y los predicadores 65
Capítulo 3
cosas que no hemos de hacer, para las cuales no estamos
equipados. Pero luego está aquella tarea especial para la
cual sí estamos equipados, la que estamos llamados a hacer,
para la que estamos capacitados.
Empleo esa ilustración simplemente porque nos ayuda-
rá a recordar la cuestión, ya que la expone de una forma
dramática. ¿Cuáles son, entonces, nuestros principios? El
primero y principal es que el sermón no ha de consistir
meramente en comentarios de actualidad. En otras pala-
bras, no tenemos que hablar a la gente de los aconteci-
mientos de la semana, de cosas que han ocurrido, de las
cosas que han acaparado los titulares de los periódicos, de
asuntos políticos o de cualquier cosa que nos guste. Hay un
tipo de predicador que obviamente depende para su men-
saje del domingo de aquello que lee en los periódicos y se
limita a hacer comentarios sobre ello. Eso es lo que se llama
predicación actual. Otros parece que se apoyan casi entera-
mente en sus lecturas, en algunos casos en su lectura de
novelas. Hablan a la gente sobre la última novela que han
leído, sobre su relato y su mensaje, y tratan de hacer una
aplicación moral o un giro moral al final. Relacionado con
esto recuerdo a una periodista que solía escribir en cierto
periódico religioso semanal en Inglaterra y que escribió
sobre el hombre al cual describía ella como su predicador
favorito. En ese artículo nos decía por qué era su predica-
dor favorito. La razón que dio fue la siguiente: “El siempre
comparte sus lecturas con nosotros”.
Además están los que al parecer piensan que un sermón es
un ensayo moral o algún tipo de disquisición sobre principios
éticos, con una exhortación, un llamamiento y una invitación
a una cierta forma de comportamiento ético.
Para otros, el mensaje ha de elevar el fervor general, es
una especie de tratamiento psicológico. Puede emplear ter-
minología cristiana, pero vacía de su verdadero significado.
Se utilizan los términos para producir psicológicamente
algo en la gente, para hacer que se sientan contentos, para
hacer que se sientan mejor, para enseñarles cómo enfren-
aaaa
66 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
tarse a los problemas de la vida (“pensamiento positivo” y
todo eso). Esto ha estado muy de moda durante el siglo
XX.
Luego, bajo este apartado negativo, llegamos a un gene-
ro más intelectual, al pensamiento cabalístico, a filosofar y
jugar con las ideas tratando de alcanzar al hombre moder-
no poniéndonos a su nivel y tratando de que el mensaje sea
“adecuado para el hombre en esta era atómica” y así suce-
sivamente.
Quiero indicar que todo esto es enteramente erróneo, que
esa no es la tarea del hombre que está en el púlpito. ¿Por qué
no? Porque el mundo puede hacerlo; no hay nada especial en
ello. Yo he puesto esto bajo la categoría de “plata y oro”; el
mundo lo hace, el mundo puede hacerlo. Pero este no es el
mensaje que nos ha sido encomendado. Quiero dejar claro
que no estoy diciendo que el efecto de la predicación no
deba ser procurar que la gente sea más feliz; debiera serlo
porque, tal como he resaltado, afecta a toda la persona. Pero
todos los efectos y resultados que se derivan de esa forma son
accesorios, son resultados o consecuencias del mensaje predi-
cado, pero no son el mensaje en sí mismo. Cuando conside-
re la construcción misma del sermón haré todo lo posible por
indicar que siempre hemos de demostrar que el sermón es
pertinente. Pero hay toda la diferencia del mundo entre mos-
trar la pertinencia del mensaje de la Palabra de Dios y predi-
car un sermón actual. La aplicación actual es accesoria y
viene como consecuencia; pero no es lo principal. Ese es el
tipo de cosa que el mundo con sus círculos y sociedades éti-
cas, filosóficas, sociales y políticas puede hacer; pero no es a
lo que el predicador está llamado.
Bien, ¿y qué es? Volviéndonos entonces a mirar el lado
positivo y utilizando esta analogía de Pedro y de Juan con
el hombre que estaba a la puerta del Templo que se llama
la Hermosa, ¿cuál es el mensaje? Este: “Lo que tengo te
doy”. Yo no tengo lo otro, eso no es de mi competencia, esa
no es mi tarea; yo no soy el adecuado para hacer eso. Pero
“lo que tengo [...]”. Tengo algo; algo que me ha sido dado,
aaaaaa
La predicación y los predicadores 67
Capítulo 3
algo que me ha sido encomendado, tengo una comisión:
“Lo que tengo te doy”.
La forma en que el Apóstol expresa esto es: “Porque yo
os entregué en primer lugar lo mismo que recibí” (1
Corintios 15:3 LBLA). Eso es lo que determina el mensaje
o el sermón como tal; es aquello que el predicador ha reci-
bido. El otro término utilizado por Pablo —“embajador”—
muestra esto muy claramente. Un embajador no es alguien
que proclama sus propios pensamientos, sus propias opi-
niones o ideas, o sus propios deseos. La esencia misma de
la posición de un embajador es que se trata de un hombre
que ha sido “enviado” para hablar de parte de otro. Es el
portavoz de su Gobierno, de su presidente, de su rey, de su
emperador o de cualquiera que sea la forma de gobierno
que tenga su país. No es alguien que conjetura y ofrece sus
propias opiniones e ideas. Es el portador de un mensaje,
está comisionado para hacer eso, es enviado para hacer eso;
y eso es lo que tiene que hacer.
En otras palabras, el contenido del sermón es lo que en
el Nuevo Testamento se llama “la palabra”. “Predica la pala-
bra”, o “predica el evangelio” o “todo el consejo de Dios”.
Se refiere al mensaje de la Biblia, al mensaje de las
Escrituras.
¿Cuál es el mensaje? Es ese “lo que tengo”, está limitado
a eso. Es aquello que he recibido, aquello que poseo: “Lo
que tengo”. Esto he recibido, esto me ha sido entregado. Yo
no traigo mis propios pensamientos o mis ideas, no le digo
a la gente meramente lo que yo pienso o supongo, sino que
doy a la gente lo que me ha sido dado a mí. A mí me ha sido
dado y yo se lo doy a ellos. Soy un vehículo, soy un canal,
soy un instrumento, soy un representante. Ese es, por
tanto, el mensaje esencial. Pero, obviamente, esto ha de ser
dividido en dos secciones principales. Es muy importante
que reconozcamos estas dos secciones principales en el
mensaje de la Biblia. La primera es lo que podría llamarse
el mensaje de salvación, el kerygma, es decir, lo que determi-
na la predicación evangelística. La segunda es el aspecto de
aaa
68 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
la enseñanza, la didache, lo que edifica a aquellos que ya
han creído, lo encaminado a la edificación de los santos.
Aquí hay una división principal que siempre hemos de tra-
zar, y este ha de ser siempre un factor dominante en la pre-
paración de nuestros sermones y mensajes.
¿Qué es lo que quiero decir con este primer mensaje de
salvación o esta predicación evangelística? Hay un resumen
perfecto de ello exactamente en dos versículos de la
Primera Epístola de Pablo a los Tesalonicenses. Pablo
recuerda a los tesalonicenses qué fue aquello que realmen-
te les había predicado cuando llegó por primera vez entre
ellos. Les dice: “Porque ellos mismos cuentan de nosotros
la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de
los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y
esperar de los cielos a su Hijo, el cual resucitó de los muer-
tos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1
Tesalonicenses 1:9-10). Ese es un resumen perfecto del
mensaje evangelístico.
Él ofrece otro resumen de este mensaje en su discurso
de despedida a los ancianos de la iglesia en Éfeso al ir estos
a encontrarse con él en la cercana costa cuando él iba cami-
no de Jerusalén. Hay un maravilloso relato de ello en
Hechos 20. Pablo les trae a la memoria el carácter de su
predicación. Él había estado predicando y enseñando
“públicamente y por las casas”, “con muchas lágrimas”.
¿Cuál fue el mensaje? Dice que fue el “del arrepentimiento
para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (ver-
sículos 17-21). Ese es el resumen que hizo el Apóstol de su
propio mensaje.
Para nuestros propósitos podemos expresarlo de la
siguiente manera. Este tipo de predicación es en primer
lugar una proclamación del ser de Dios (“cómo os conver-
tisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verda-
dero”). La predicación evangelística, digna de ese nombre,
comienza con Dios y con una declaración concerniente a
su Ser, su poder y su gloria. Eso podemos encontrarlo en
todas partes en el Nuevo Testamento. Eso fue precisamen-
aaaa
La predicación y los predicadores 69
Capítulo 3
te lo que hizo Pablo en Atenas: a Él “es a quien yo os anun-
cio”. Predicar acerca de Él, y contrastarle con los ídolos,
exponer lo vacío, la vanidad y la inutilidad de los ídolos.
Eso, a su vez, nos lleva a la predicación de la Ley. El
carácter de Dios lleva a la Ley de Dios, a la totalidad de la
relación de Dios con el mundo y con el hombre. Todo esto
está concebido para llevar a la gente a una convicción de
pecado y al arrepentimiento. Y eso, a su vez, debe llevarla a
la fe en el Señor Jesucristo como el único y suficiente
Salvador. Ese es el mensaje de salvación, eso es lo que se
llama predicación evangelística. Esto se encuentra perfec-
tamente en Juan [Link] “Porque de tal manera amó Dios al
mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo
aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
Pero luego viene la otra parte: la enseñanza, la “edifica-
ción de los santos”. Y esto, de nuevo, yo lo subdividiría en
dos secciones; aquello que es principalmente más experi-
mental y aquello que es instructivo. No voy a desarrollar
esto ahora; lo haré cuando lleguemos a las partes más prác-
ticas en el tratamiento del tema. Pero fundamentalmente
quiero indicar que el hombre que está en el púlpito debe
tener esta doble división en su mente y que ha de subdivi-
dir la segunda en estas dos secciones: lo experimental y lo
instructivo.
En otras palabras, cada predicador debiera ser, por así
decirlo, tres clases de predicadores. Está la predicación que
es fundamentalmente evangelística, que debe tener lugar
al menos una vez a la semana. Está la predicación que es
enseñanza instructiva pero principalmente experimental,
que yo hacía generalmente el domingo por la mañana. Y
hay una predicación más puramente instructiva a la que yo
personalmente dedicaba una reunión por la noche en
medio de la semana.
Quiero hacer hincapié en que estas distinciones no
debieran forzarse tomándolas en un sentido demasiado
absoluto. Pero, para que sirva de guía general para el pre-
dicador en la preparación de su mensaje, es bueno pensar
aaaa
70 La predicación y los predicadores
El sermón y la predicación
en ello de esa triple forma: la predicación para aquellos
que son inconversos, la predicación para el creyente, de
una forma experimental, y en tercer lugar la que es más
directamente didáctica e instructiva.
Ahora debemos avanzar a partir de ahí y ver cómo rela-
ciono el mensaje completo de la Biblia con esos tres tipos
de presentación.
La predicación y los predicadores 71
Capítulo 4
Las características
del sermón
H
emos visto que hay tres clases principales de men-
sajes que el predicador tiene que preparar.
Debo indicar que, a la vez que considero importantes
estas divisiones o distinciones, deseo hacer hincapié en el
hecho de que no son distinciones o divisiones en un senti-
do absoluto. Lo que realmente importa es que debiéramos
tener esta clase de división del asunto en nuestras mentes,
y esto es también, por supuesto, bueno para la gente. La
predicación que solamente es evangelística es obviamente
inadecuada. Y, por otro lado, la predicación que nunca es
evangelística es igualmente inadecuada, y así sucesivamen-
te. Esta, por tanto, es una buena forma práctica de diferen-
ciar y distinguir que debemos retener en nuestra mente. Y
he de insistir en que estas diferentes clases están siempre
interrelacionadas y dependen la una de la otra.
Aquí surge una pregunta muy importante. ¿Cómo pre-
servar la interrelación entre estas tres clases de predica-
ción? Mi opinión es que la manera de responder a esa pre-
gunta es dándose cuenta de la relación que existe entre la
teología y la predicación. Yo establecería la proposición
general de que la predicación ha de ser siempre teológica,
basada sobre un fundamento teológico. Debemos tener
cuidado en particular cuando predicamos sobre textos ais-
lados y nos ocupamos de cada uno separadamente. La
razón para hacer eso, por supuesto, es que muy bien pode-
mos hallar que somos culpables de contradicciones. Damos
un mensaje sobre la base de un texto y, debido a que no lo
relacionamos con otros ni con la totalidad de la Verdad,
cuando tratamos otro texto podemos decir algo que contra-
dice aquello que hemos dicho en el primer sermón. La
forma de evitar eso y de mantener y preservar la interrela-
aaaaa
72 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
ción entre estos tipos de predicación es ser siempre teoló-
gicos. No existe ninguna clase de predicación que no deba
ser teológica.
Un tipo de predicación que a veces, ciertamente con
mucha frecuencia hoy día, se considera como no teológica
es la predicación evangelística. Recuerdo muy bien que,
cuando hace unos años se estaba llevando a cabo en
Londres una campaña evangelística, uno de los periódicos
semanales religiosos que apoyaban la campaña dijo:
“Hagamos una tregua teológica mientras la campaña está
en marcha”. Continuó diciendo que después de la campa-
ña tendríamos que reconsiderar las cosas y ser teológicos.
La idea era que la evangelización no es teológica y que
introducir teología en ese período es erróneo. “Llevas per-
sonas a Cristo” —como ellos dicen— y entonces les enseñas
la Verdad. Y solo posteriormente llega la teología.
Eso, a mi entender, es bastante equivocado y verdadera-
mente monstruoso. Yo estaría dispuesto a demostrar que, en
muchos aspectos, la predicación evangelística debiera ser
preferiblemente más teológica —en vez de menos— que
cualquier otra predicación, y por una buena razón. ¿Por qué
llamamos a las personas al arrepentimiento? ¿Por qué las lla-
mamos a creer en el Evangelio? No se puede abordar adecua-
damente la cuestión del arrepentimiento sin tratar la doctri-
na del hombre, la doctrina de la Caída, la doctrina del peca-
do y la de la ira de Dios contra este. Luego, cuando haces un
llamamiento a los hombres a ir a Cristo y entregarse a El,
¿cómo puedes hacerlo sin saber quién es El y sobre qué base
los invitas a que vayan a Él, y así sucesivamente? Dicho en
otras palabras, todo ello es altamente teológico. La evangeli-
zación que no es teológica no es en modo alguno evangeliza-
ción en su verdadero sentido. Puede ser un llamamiento a
tomar decisiones, puede ser un llamamiento a acercarse a la
religión, o a vivir una mejor clase de vida, o un ofrecimiento
de ciertos beneficios psicológicos; pero bajo ningún concep-
to se puede considerar evangelización cristiana, porque no
existe una verdadera razón para lo que estás haciendo aparte
a
La predicación y los predicadores 73
Capítulo 4
de estos grandes principios teológicos. Por tanto, yo afirmo
que todo tipo de predicación ha de ser teológica, incluyendo
la predicación evangelística.
Al mismo tiempo es vital que nos demos cuenta de que
predicar no es dar conferencias teológicas o sobre algún
aspecto teológico. Espero retomar esto más adelante; por el
momento estoy ofreciendo algunas definiciones generales.
Si digo que la predicación ha de ser teológica y que, sin
embargo, no es dar conferencias sobre teología, ¿cuál es
entonces la relación entre la predicación y la teología? Yo
lo expresaría de la siguiente forma: el predicador debe
haber comprendido —y haberlo comprendido bien— todo
el mensaje bíblico, el cual es, desde luego, una unidad. En
otras palabras, el predicador debe estar bien instruido en
teología bíblica, la cual, a su vez, conduce a la teología sis-
temática. Para mí no hay nada más importante en un pre-
dicador que tener una teología sistemática, conocerla y
estar bien fundamentado en ella. Esta teología sistemática,
este conjunto de verdad que se deriva de las Escrituras,
debiera estar siempre presente en el trasfondo y como algo
que influye en su predicación y la gobierna. Cada mensaje
que surge de un texto en particular o de una declaración
de la Escritura ha de ser siempre una parte o un aspecto de
este conjunto total de la Verdad. Nunca es algo aislado,
nunca algo separado o aparte. Recordemos siempre que la
doctrina en un texto en particular es una parte de este todo
más grande: la Verdad o la Fe. Eso es lo que quiere decir
comparar la Escritura con la Escritura. No hemos de tratar
un texto aisladamente; toda nuestra preparación de un ser-
món debe ser controlada por este trasfondo de teología sis-
temática.
Es importante hacer una advertencia en este punto. Es
erróneo que alguien imponga su sistema violentamente
sobre cualquier texto en particular; pero al mismo tiempo
es vital que su interpretación de cualquier texto en particu-
lar sea verificada y controlada por este sistema, este conjun-
to de doctrina y de verdad que se encuentra en la Biblia. La
aaa
74 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
tendencia de algunos hombres que tienen una teología sis-
temática a la que se aferran muy rígidamente es imponer
esta de forma equivocada sobre textos concretos y de esa
manera hacer violencia a esos textos. En otras palabras, en
realidad no toman esa doctrina particular del texto que
están tratando en ese momento. La doctrina puede ser ver-
dadera, pero no surge de ese texto concreto; y debemos
ceñirnos siempre al texto. Eso es lo que quiero decir cuan-
do hablo de no “imponer” tu sistema sobre un texto con-
creto o una declaración. El uso correcto de la teología sis-
temática es, cuando se descubre en el texto una doctrina en
particular, verificarla y controlarla asegurándose de que
encaja dentro de la totalidad de ese conjunto de doctrina
bíblica, el cual es vital y esencial.
En otras palabras, estoy afirmando que nuestro primer
llamamiento es a comunicar este mensaje completo, “todo
el consejo de Dios”, y que esto es siempre más importante
que los detalles, las distintas partes y porciones.
Quizá podría clarificar esto recordando que es obvio
que en los tiempos del Nuevo Testamento, y en los prime-
ros días de la Iglesia cristiana, no se predicaba de la forma
en que se acostumbra a hacerlo entre nosotros hoy. No
tomaban un texto del Nuevo Testamento y lo analizaban y
exponían aplicándolo después, ya que ellos no tenían el
Nuevo Testamento. Ahora bien, ¿qué es lo que predicaban?
Predicaban el gran mensaje que les había sido encomenda-
do, ese gran conjunto de verdad, toda esa doctrina de la sal-
vación. Mi argumento es que esto es lo que nosotros debié-
ramos estar haciendo siempre, aunque lo hagamos por
medio de exposiciones individuales de textos concretos.
Esta es en general, en mi opinión, la relación entre teolo-
gía y predicación.
Hay otra cuestión general en la que yo debiera hacer
hincapié aquí antes de dejar este asunto del contenido del
sermón; y es que hemos de predicar el Evangelio y no hacer-
ca del Evangelio. Esa es una distinción verdaderamente
vital, la cual no es fácil expresar con palabras, pero que no
aaaa
La predicación y los predicadores 75
Capítulo 4
obstante es realmente importante. Hay hombres que pien-
san que están predicando el Evangelio cuando en realidad
lo que están haciendo es simplemente decir cosas acerca
del Evangelio. Siempre he pensado que esta es la caracterís-
tica especial de los seguidores de Barth, Ellos hablan cons-
tantemente acerca de “la Palabra” y dicen cosas sobre “la
Palabra”. Pero eso no es lo que estamos llamados a hacer;
estamos llamados a predicar la Palabra, a presentar la
Palabra y a llevar la Palabra directamente a la gente. No
hemos de decir simplemente cosas sobre ella, hemos de
transmitir realmente la Palabra misma. Somos los canales y
los vehículos a través de los cuales esta Palabra ha de llegar
a la gente.
Otra forma en que puedo expresar esto es diciendo que
no estamos llamados meramente a decir cosas acerca del
Evangelio. Recuerdo un tipo de predicación, de hace cin-
cuenta años o más, que solía describirse como “alabar el
Evangelio”. Lo que se comentaba del sermón y del predica-
dor era que había alabado el Evangelio. Había estado
diciendo cosas maravillosas sobre él, o demostrando lo
maravilloso que era. Yo digo que eso es erróneo. El
Evangelio es maravilloso, el Evangelio ha ele ser alabado,
pero esa no es la principal tarea del predicador. El ha de
“presentar” el Evangelio, declararlo.
O expresémoslo de la manera siguiente. La tarea del
predicador no es presentar el Evangelio académicamente.
Y esto, una vez más, es lo que se hace con frecuencia. El
predicador puede analizarlo, mostrar las partes de que
consta y sus divisiones y demostrar cuán excelente es; pero,
aun así, lo que está haciendo es decir cosas acerca del
Evangelio cuando a lo que hemos sido llamados es a predi-
car el Evangelio, a transmitirlo y llevarlo directamente a los
individuos que nos están oyendo, y a llevarlo a la totalidad
del hombre. Por tanto, tengamos claro que no debemos
hablar acerca del Evangelio como si fuera algo externo a
nosotros. Estamos involucrados en él; no debemos conside-
rarlo meramente como un asunto a tratar y decir cosas
aaaaaaa
76 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
acerca de él, sino presentarlo y transmitirlo directamente a
la congregación a través de nosotros.
Y aquí es importante que recalquemos una vez más que
hemos de presentar el Evangelio completo. Hay un aspecto
personal en él y hemos de abordarlo y empezar por él. Pero
no debemos quedarnos en eso; hay un aspecto social, y de
hecho un aspecto cósmico también. Hemos de presentar
todo el plan de la salvación tal como está revelado en las
Escrituras. Hemos de mostrar que el objetivo último, tal
como lo expresa el apóstol Pablo en Efesios 1:10, es el de
reunir todas las cosas en Cristo, “así las que están en los cie-
los, como las que están en la tierra”. Eso es lo que tenemos
que hacer y por eso yo defiendo que debemos dividir nues-
tra predicación y nuestra administración de la Palabra en
las tres divisiones que he indicado. Este elemento aflora
más, claro está, en ese tercer tipo de predicación que dije
que debería ser más instructivo. Allí no estás predicando
evangelísticamente, no estás tratando los problemas de la
gente, pero quieres hacer ver que forman parte de este
todo más amplio. Estás haciendo hincapié en que la salva-
ción no es algo meramente subjetivo, una sensación agra-
dable, de paz, o lo que quiera que sea que estén buscando.
Todo eso es muy importante, y tiene algo de ello; pero hay
otra cosa mucho más esencial: que todo el universo está
implicado. Hemos de impartir a la gente una concepción
de esto, del alcance, del ámbito y de la grandeza del
Evangelio en este sentido global.
En otras palabras, cada parte es una parte de este todo,
y es importante que siempre transmitamos esa impresión.
Siempre me fascina la forma en que esta característica en
particular aflora tan claramente por todas partes en las
epístolas del apóstol Pablo. Voy a utilizarlas para aclarar lo
que quiero decir. Ya sabemos que, por lo general, sus epís-
tolas se pueden dividir en dos secciones principales. Tras
comenzar con su salutación preliminar, pasa a recordar a
sus lectores las grandes doctrinas en las que han creído.
Una vez hecho eso, como a la mitad de la carta, introduce
aaaaa
La predicación y los predicadores 77
Capítulo 4
entonces sus importantes palabras “por tanto” o “por lo
cual”. Ahora va a aplicar la doctrina. Lo que está diciendo
en realidad es: “A la luz de todo esto que vosotros afirmáis
haber creído, esto es lo que viene a continuación”. Razona
con ellos la forma en que debieran vivir, etc. En otras pala-
bras, hablando de forma general y aproximada, la primera
mitad de cada epístola es doctrinal, y la segunda parte es
práctica o de aplicación. Sin embargo, habiendo dicho eso,
lo que resulta siempre tan fascinante y para mí tan conmo-
vedor y emocionante es observar la forma en que, aun en
la sección práctica, continúa introduciendo doctrina.
Existe una división general, pero no debe forzarse demasia-
do, no se deben presentar estas divisiones de manera dema-
siado absoluta. No puedes hacer eso con las epístolas de
Pablo; todos los aspectos están tan íntimamente relaciona-
dos que se deben mantener siempre unidos.
En otras palabras, aunque haya un aspecto de la predica-
ción que se ocupe de inculcar principios morales y éticos y
la aplicación de los mismos a la vida, esto nunca debe
hacerse aisladamente. Fijémonos, por ejemplo, en la forma
en que Pablo comienza el capítulo 12 de la Epístola a los
Romanos: “Así que, hermanos, os ruego por las misericor-
dias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos […]”, Esa es
la petición. Esto no tiene que ver simplemente con la mora-
lidad; este elemento se introduce “debido a” lo que ya
hemos conocido y creído. Así que, aunque hay que recono-
cer este tipo de distinción, no se debe forzar. Es bueno dife-
renciar por motivos prácticos, pero nunca se deben separar
las cosas. El predicador siempre debe decir “la totalidad”,
por así decirlo, aun cuando esté acentuando particular-
mente y haciendo hincapié en ciertos asuntos aislados por
el momento.
Por cierto, descubrirás que aunque comiences con estas
ideas en mente, hallarás a veces que lo que te has propues-
to no es lo que realmente ocurre. Quiero decir que vas a
encontrarte con que personas que han oído una predica-
ción tuya más evangelística sin haber sentido su poder, sin
aaa
78 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
convertirse, pudieran muy bien convertirse cuando estés
predicando a los santos, por decirlo así, y edificando a los
creyentes. Estas son las sorpresas que uno recibe, y más ade-
lante espero demostrar que debemos dar gracias a Dios por
ello. Forma parte de lo fascinante que es la predicación.
Empiezas adecuadamente diciéndote a ti mismo en un
culto de determinado tipo: “Bien, este va a ser un culto
evangelístico, mientras que en el otro me propongo edifi-
car a los santos y hacer que crezcan en la fe”. Pero para tu
sorpresa hallarás que alguien se convierte por medio del
segundo tipo de sermón y no por el primero, y al contrario.
“El viento sopla de donde quiere […]”. Aunque nosotros
no controlemos estos asuntos, es correcto y bueno tener
esta clase de sistema en nuestras mentes.
Hasta aquí he estado ocupándome del contenido del
sermón de una forma general. Ahora pasamos a la forma
del sermón. Estoy dispuesto a confesar que este es induda-
blemente, en mi opinión, el asunto más difícil que tenemos
que tratar. Es el más difícil, pero al mismo tiempo yo subra-
yaría que es también uno de los más importantes.
Comencemos con algunos puntos negativos. Un sermón
no es un ensayo. Eso tenemos que decirlo, y además cons-
tantemente, debido a que hay tantos que claramente no
diferencian entre un sermón y un ensayo. Este es uno de
los puntos a que me estuve refiriendo anteriormente cuan-
do señalaba el peligro de imprimir sermones y leerlos. ¿En
qué me baso para decir que un sermón no es un ensayo? Yo
diría que por definición el estilo es enteramente diferente.
Un ensayo está escrito para ser leído, un sermón está de
manera primordial destinado a ser hablado y oído. En un
ensayo buscas la elegancia literaria y una forma concreta,
mientras que esas cosas no son las prioritarias en un ser-
món. Otra diferencia que advertimos es que, en un ensayo,
la repetición es mala; pero yo quiero hacer hincapié en
que, en un sermón, la repetición es buena. Forma parte de
la esencia misma de la enseñanza y de la predicación el
hecho de que haya repetición; eso ayuda a que llegue más
aaaaa
La predicación y los predicadores 79
Capítulo 4
a la persona y de manera más clara. Pero cuando estás
leyendo un ensayo eso es innecesario y, por tanto, malo.
Además de esto, un ensayo versa generalmente sobre una
idea, pensamiento o concepto en particular. Juega con él y
lo considera bajo diferentes aspectos. El peligro, por tanto,
para un predicador que no reconoce esa distinción es ir a
un texto simplemente para sacar una idea, y después, una
vez obtenida esa idea, decir adiós al texto y al contexto y
proceder a escribir un ensayo sobre la idea que le ha suge-
rido la lectura de ese versículo o pasaje. Procede a escribir
un ensayo y a continuación sube al púlpito y lee o recita el
ensayo que ha preparado de esta forma. Pero yo opino que
eso no es en absoluto predicar, que en realidad eso tiene
muy poco —si es que tiene algo— que ver con predicar.
Esto es así, en gran medida, porque no hay un componen-
te provocativo en él. Si en un ensayo hay un componente
provocativo, eso lo convierte en un mal ensayo. El carácter
esencial de un ensayo es jugar con las ideas y, por lo gene-
ral, tratarlas de forma superficial. Un ensayo debe tener
atractivo y elegancia. Es una forma de literatura que debe
conseguir que la lectura resulte interesante, entretenida y
agradable; pero esto no es predicación.
En segundo lugar, afirmo que un sermón no se debe
confundir con dictar una conferencia. Esto, de nuevo, es
algo bastante diferente por las siguientes razones. La con-
ferencia comienza con un tema y en lo que está interesada
es en impartir conocimiento e información concerniente a
ese tema en particular. Va dirigida principal y casi exclusi-
vamente a la mente; su objetivo es dar instrucciones y enun-
ciar hechos. Esos son su principal propósito y función. Así
que dar una conferencia carece también, y debe carecer, de
ese elemento provocativo, del interés de producir una reac-
ción en el oyente, lo cual es un elemento vital en la predi-
cación. Pero yo diría que la gran diferencia entre dar una
conferencia y un sermón es que un sermón no comienza
con un tema, debiera ser siempre expositivo. En un ser-
món, el tema o la doctrina surgen del texto y de su contex-
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80 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
to, son ilustrados por medio del texto y del contexto. Por
tanto, un sermón no debiera comenzar con un tema como
tal; debiera comenzar con la Escritura, que contiene en sí
misma una doctrina o un tema. Esa doctrina debe entonces
abordarse en términos de este marco o contexto en parti-
cular.
Por tanto, establezco esta proposición de que un sermón
debe ser siempre expositivo. Pero, inmediatamente, eso me
lleva a decir algo que considero ciertamente muy importan-
te en todo este asunto. Un sermón no es un comentario
rápido o una mera exposición del significado de un versí-
culo, pasaje o párrafo. Insisto en esto porque hoy día hay
muchos que han llegado a interesarse en lo que ellos con-
sideran predicación expositiva pero que demuestran muy
claramente que no saben lo que quiere decir predicación
expositiva. Ellos creen que significa dar una serie de expli-
caciones o hacer rápidos comentarios sobre un párrafo, un
pasaje o una declaración. Toman un pasaje versículo por
versículo y hacen su comentario sobre el primero de ellos,
después continúan con el versículo siguiente y hacen lo
mismo, y luego el siguiente, y así sucesivamente. Cuando
han recorrido el pasaje de esta manera piensan que han
predicado un sermón. Pero no lo han hecho; lo único que
han hecho es una serie de comentarios sobre un pasaje. ¡Yo
diría que, lejos de haber predicado un sermón, tales predi-
cadores solamente han predicado la introducción de un
sermón!
Esto, en otras palabras, suscita todo el asunto de la rela-
ción de la exposición con el sermón. Mi argumento es básica-
mente que la característica esencial de un sermón es que este
tiene una forma definida y que es esta forma la que hace que
sea un sermón. Este se basa en la exposición, pero es esta
exposición moldeada y convertida en mensaje la que tiene
esa forma característica. Una frase que ayuda a mostrar esto
se encuentra en el Antiguo Testamento, en los Profetas,
donde leemos acerca de “la profecía [carga, nota al margen
de LBLA] del Señor”. El mensaje llega al profeta como una
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La predicación y los predicadores 81
Capítulo 4
carga, le llega como un mensaje completo, y él lo transmite.
Eso es algo, en mi opinión, que nunca ocurre en el caso de
un ensayo o de una conferencia; y, por supuesto, esto no ocu-
rre cuando se hace una mera serie de comentarios de varios
versículos. Opino que un sermón debe tener forma en el
mismo sentido que una sinfonía musical tiene forma. Una
sinfonía siempre tiene forma; tiene sus partes y sus divisiones.
Las divisiones son claras, son reconocibles y pueden ser des-
critas; y, sin embargo, una sinfonía es algo global. Puedes divi-
dirla en partes; pero, no obstante, siempre eres consciente de
que son partes de un todo y de que ese todo es más que la
mera suma o adición de las partes. Uno debiera siempre pen-
sar en un sermón como si fuera un edificio, una obra que es,
en ese sentido, comparable a una sinfonía. En otras palabras,
un sermón no es un mero serpentear a través de un número
de versículos; no es una simple colección o serie de declara-
ciones excelentes y ciertas. Todo eso debiera encontrarse en
el sermón, pero esas cosas no constituyen un sermón. Lo que
hace que un sermón sea un sermón es el hecho de que este
tenga esa “forma” concreta que lo diferencia de cualquier
otra cosa.
* * *
Aquí he de desviarme por un momento para suscitar una
cuestión o tratar cierta postura; y francamente confieso que
a menudo me ha inquietado mucho lo que ahora voy a
decir. Edwin Hatch, en sus Hibbert Lectures en 1888 —ya las
he citado anteriormente— hace una observación impor-
tante sobre el hecho de que la predicación cristiana en sus
propios comienzos era enteramente profética. El dice que
los cristianos recibían mensajes del Espíritu Santo y se
levantaban y lo comunicaban sin premeditación, reflexión
o preparación. No tenían forma; su forma no era de ser-
món, sino que eran declaraciones aisladas. “Los hombres
hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”; repenti-
namente venía a ellos un mensaje y ellos lo pronunciaban.
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82 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
Hay indicaciones de esto en 1 Coriatios 14 y en otros luga-
res. Hatch llega aun a indicar no solamente que esa era la
predicación cristiana original sino, además, que nuestra
idea de predicación, y en particular esta idea de sermón
que yo estoy exponiendo, es ajena al Nuevo Testamento. Él
argumenta que esto se introdujo en la Iglesia cristiana y en
su predicación como resultado de la influencia griega
sobre la Iglesia primitiva, y especialmente durante el siglo
II. Los griegos, desde luego, estaban interesados en la
forma; les interesaba en todo: en el cuerpo humano, en los
edificios, etc.; así que tenían interés en la forma de sus plá-
ticas o discursos. Hacían gran hincapié en esto. Un hombre
no solamente se levantaba y hablaba; la manera de presen-
tar su argumento era muy importante para influir en la
gente. Por tanto, desarrollaron este método, o esta forma,
que ha caracterizado al sermón, según es generalmente
aceptado, en la larga historia de la Iglesia cristiana.
Quiero tratar esto muy brevemente. Admito al mismo
tiempo que existe un punto importante de verdad en lo
que Hatch dice. Se puede observar este elemento espiritual
y profético claramente en el Nuevo Testamento. Pero, aun
así, disiento de su veredicto final y creo que su opinión no
es tan fiel a la evidencia del Nuevo Testamento. Estoy de
acuerdo en que siempre debemos tener cuidado (y esta era
la idea clave de lo que enseñaba Hatch) de no imponer la
forma sobre el tema y que llegue a resultar más interesante
la forma que el contenido. Existe un peligro muy real en
este punto. En el momento en que tenemos cualquier clase
de forma, ya sea literaria o de otra índole, existe el peligro
de llegar a ser esclavos de ella y de que llegue a interesar-
nos más la forma en que decimos algo que lo que estamos
diciendo. Bien, yo acepto eso, pero aun así sostengo que,
aun en cuanto a la evidencia del Nuevo Testamento mismo,
Hatch va demasiado lejos. Yo diría que en el relato del ser-
món de Pedro en el día de Pentecostés, que se encuentra
en Hechos 2, hay una forma precisa; que no se levantó y se
limitó a hacer una serie de reflexiones aisladas, sino que
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La predicación y los predicadores 83
Capítulo 4
hubo una forma definida en su sermón o discurso. En el
caso de la defensa que Esteban hizo de sí mismo ante el
Sanedrín, según se relata en Hechos 7, hay de nuevo una
forma muy definida; lo que yo llamaría la forma de un ser-
món. Hay un plan preciso que él desarrolla según avanza
paso a paso. Esteban sabía exactamente hacia qué final iba
antes de comenzar, y hacia él se dirigía. No puedes leer
Hechos 7 sin que te impresione la forma, la arquitectura, la
construcción de ese famoso discurso. Y evidentemente, en
el discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia, tal como se
nos relata en Hechos 13, se encuentra exactamente lo
mismo. Habló conforme a un plan —o, si se prefiere, tenía
un esquema o bosquejo—; sin duda había forma en aquel
discurso.
Habiendo hecho, de paso, esas puntualizaciones en
defensa del sermón tal como yo lo concibo —así como en
contra de las críticas de Hatch—, insisto, sin embargo, en
que debemos mantenernos dúctiles en estos asuntos. No
debemos endurecernos. La historia de la Iglesia y la histo-
ria de la predicación muestran muy claramente de qué
manera estas cosas pueden llevarse a extremos, los cuales, a
su vez, siempre conducen a reacciones. La historia de la
Iglesia, en lo que a esto se refiere así como en otros aspec-
tos, ha sido de exceso primero y de reacción exagerada des-
pués en contra de ello en vez de asirse al modelo del Nuevo
Testamento mismo.
¿Cuál es, entonces, la forma que debe caracterizar a un
sermón? Opino que es algo así: cuando comienzas a preparar
tu sermón has de empezar con la exposición de tu pasaje o
versículo. Eso es esencial, es vital; tal como he dicho, toda
predicación ha de ser expositiva. No debes comenzar con un
pensamiento, aun cuando este sea un pensamiento correcto,
un pensamiento bueno; no debes comenzar así y después des¬
arrollar un discurso basado en él. No debes hacerlo porque,
si lo haces, hallarás que tienes tendencia a decir lo mismo en
cada ocasión; te repetirás sin parar. Aunque no hubiera otra
razón para la predicación expositiva, esta sería, a mi enten-
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84 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
der, suficiente por sí misma; preservará y garantizará la varie¬
dad y diversidad en tu predicación. Te librará de la repeti-
ción, ¡y esto será una cosa buena tanto para tu congregación
como también para ti mismo!
Por tanto, has de ser expositivo; y en cualquier caso,
todo mi argumento es que debe quedar claro que lo que
estamos diciendo sale de la Biblia. Estamos presentando la
Biblia y su mensaje. Por eso yo soy uno de aquellos a los que
les gusta tener una Biblia grande de púlpito. Siempre debe-
ría estar presente y abierta, para recalcar el hecho de que
el predicador está predicando de ella. He conocido hom-
bres que solo abren la Biblia para leer el texto. Luego la
cierran, la ponen a un lado y continúan hablando. Pienso
que eso es erróneo desde el punto de vista de la verdadera
predicación. Siempre debemos dar la impresión, y puede
que sea más importante que cualquier otra cosa que diga-
mos, de que lo que estamos diciendo sale de la Biblia. Ese
es el origen de nuestro mensaje, es de ahí de donde lo
hemos recibido.
Por tanto, comienza con la exposición; no solamente en
tu propia preparación, sino que esto es lo que debes dar
también a la gente. Lo que digas, el tema principal de tu
mensaje debe brotar de esta exposición. Si verdaderamen-
te has entendido el versículo o pasaje, te conducirá a una
doctrina, una doctrina concreta que es parte de todo el
mensaje de la Biblia. Tu trabajo es escudriñarla y buscarla
diligentemente. Has de cuestionarte tu texto y hacerle pre-
guntas, y en especial esta: “¿Qué dice? ¿Cuál es la doctrina
concreta aquí, el mensaje especial?”. En la preparación de
un sermón no hay nada más importante que eso.
Habiendo aislado tu doctrina de esa manera, y tenién-
dola suficientemente clara en tu propia mente, procede
entonces a considerar la trascendencia que esa doctrina en
particular tiene para la gente que te escucha. Este asunto
de la trascendencia nunca se debe perder de vista. Como
he dicho anteriormente, no estás dando una conferencia ni
estás leyendo un ensayo; te propones hacer algo definido y
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La predicación y los predicadores 85
Capítulo 4
especial para influir en estas personas y en todos los aspec-
tos de sus vidas y sus ideas. Obviamente, por tanto, has de
demostrar la trascendencia que todo esto tiene. No eres un
anticuario que da una conferencia sobre historia antigua o
sobre civilizaciones antiguas o algo así. El predicador es un
hombre que habla a personas que están vivas en la actuali-
dad y que están haciendo frente a los problemas de la vida;
por tanto, has de mostrar que no se trata de un asunto acá-
démico o teórico que puede ser de interés para gente que
tiene esta afición en particular de la misma manera que hay
otros que tienen la de hacer crucigramas o algo por el esti-
lo. Tienes que demostrar que este mensaje es de vital
importancia para ellos y que han de oír con todo su ser,
porque esto realmente les ayudará a vivir.
Habiendo hecho eso, llegas ahora a la división del asun-
to en secciones, apartados, puntos o como quieras llamar-
los. El objeto de estos apartados o estas secciones es dejar
clara esta doctrina o afirmación central. Pero hay una
forma definida para todo esto. Así como el compositor
musical en la introducción de su sinfonía, o en la obertura
de su ópera, generalmente nos permite entrar en el secre-
to de los diferentes motivos que va a desarrollar, así el pre-
dicador debe indicar el tema principal de sus diferentes
secciones en su introducción general. Después, en su ser-
món, ha de desarrollarlas con detalles y en orden. Por
tanto, debe dividir el tema de esta manera en varias seccio-
nes subordinadas.
La disposición de estas secciones o de estos apartados es
un asunto muy importante. Habiendo dividido el tema, y
habiendo examinado sus respectivos componentes, no
debes colocarlos al azar en cualquier orden. Tienes una
doctrina, un alegato, una cuestión que quieres argumentar,
razonar y desarrollar con la gente. Obviamente, pues, has
de disponer tus apartados y tus secciones de tal forma que
el punto número uno conduzca al punto número dos, y el
punto número dos conduzca al punto número tres, etc.
Cada uno debe conducir al siguiente y llevar finalmente a
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86 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
una conclusión definida. Todo ha de estar colocado en tal
orden que lleve a descubrir la idea clave de esta doctrina en
particular.
La cuestión que estoy subrayando es que debe haber una
progresión en el pensamiento, que ninguno de estos pun-
tos es independiente y, en un sentido, ninguno tiene el
mismo valor que todos los demás. Cada uno de ellos es
parte de un todo, y en cada uno has de ir avanzando y lle-
var el asunto más lejos. No estás simplemente diciendo las
mismas cosas un número determinado de veces, tu meta es
llegar a una conclusión final. Así que en este asunto de la
forma del sermón son absolutamente vitales la progresión,
el avance y el desarrollo del argumento y la idea fundamen-
tal. Has de terminar en un clímax y todo debiera conducir
a él, de tal manera que la gran verdad destaque dominan-
do todo lo que ha sido dicho y los oyentes se vayan con esto
en sus mentes.
Pero, mientras presentas tu mensaje de esta manera, es
importante que vayas aplicando lo que has ido diciendo
según avanzas. Hay muchas formas de hacer eso. Puedes
hacerlo por medio de preguntas y respuestas o de otras for-
mas diferentes; pero has de aplicar el mensaje mientras vas
avanzando. Esto muestra una vez más que no estás simple-
mente dando una clase, que no estás hablando de un asun-
to abstracto o teórico; sino que se trata de un asunto vivo
que es de verdadero interés para las personas para toda su
vida y para todo su ser. Por tanto, has de seguir aplicando
lo que vas diciendo. Y luego, para estar absolutamente
seguro de ello, cuando has terminado de razonar y de argu-
mentar y has llegado a este clímax, lo aplicas todo de
nuevo. Esto se puede hacer en forma de exhortación, la
cual puede otra vez adoptar la forma de una serie de pre-
guntas o de una serie de declaraciones concisas. Pero es
vital para el sermón que siempre termine con esta nota de
aplicación o de exhortación.
Esta es mi idea de lo que es un sermón, y eso es lo que
quiero decir cuando insisto en la idea de la forma. No te
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La predicación y los predicadores 87
Capítulo 4
quedes en la mera exposición o explicación del significado
del texto. Haz esto, tienes que hacerlo; pero lo que te inte-
resa es transmitir su mensaje. En otras palabras, un sermón
es una entidad, es un todo completo. Eso siempre debe ser
así en un sermón; ha de tener siempre esta forma como
algo completo. Esto es particularmente importante si has
de predicar una serie de sermones. Puedes predicar una
serie de sermones acerca del mismo texto, o de un pasaje
concreto; pero el peligro es que, cuando veas que no pue-
des decir todo lo que deseabas decir en un solo sermón,
acabes diciendo: “Bueno, ya está, hasta aquí podemos lle-
gar de momento”, y entonces pares ahí abruptamente.
En mi opinión eso es malo. Hemos de procurar redon-
dear y completar cada sermón aislado, hacer que tenga ese
elemento de totalidad en él. Cuando continúas con el
mismo tema en el sermón siguiente debes, en unas pocas
frases al comenzar, hacer un resumen de lo que ya has
dicho anteriormente y entonces desarrollarlo. Pero de
nuevo has de asegurarte de que también este sermón tenga
su entidad y sea algo completo de por sí.
Esto me preocupa mucho y por múltiples razones. Una
de ellas es, obviamente, que pueden estar oyendo personas
que no estarán presentes el siguiente domingo y que, por
tanto, se marcharán contrariadas y preguntándose qué será
lo que vas a decir más adelante. O puede que haya perso-
nas presentes que no estuvieron allí el domingo anterior y
que tendrán la sensación de que, debido a ello, no pueden
captar lo que estás diciendo ahora. Esa es una razón por la
que es importante que cada sermón sea un todo completo
y tenga siempre esta forma.
En otras palabras, yo afirmo que en un sermón hay un
elemento artístico. Aquí es donde entra en juego la tarea
de la preparación de los sermones. Al tema hay que darle
forma, hay que moldearlo. Me imagino que el compositor
musical o el poeta tienen que hacer exactamente esto
mismo. El poeta tiene ciertas ideas generales, ciertos temas
sugestivos para él; pero para producir un poema ha de
aaaaaaa
88 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
tomar todas esas ideas que le vienen y moldearlas dándoles
forma, poniéndolas de una forma concreta. Esto implica
un esfuerzo y una labor considerables. Espero detenerme
en detalles, cuando llegue a la verdadera preparación prác-
tica de un sermón, sobre el carácter variable de este traba-
jo fatigoso y sobre algunas de las dificultades que se plan-
tean, y también sobre la forma en que a veces se resuelven
los problemas de forma singular e inesperada. Lo único
que ahora estoy diciendo es que nuestra tarea como predi-
cadores es elaborar arduamente nuestro tema a fin de darle
la forma de un sermón.
Pero alguien podría preguntar por qué es necesario
todo esto. La respuesta es: por las personas que van a escu-
char. Esto es lo que los griegos habían descubierto, y creo
que correctamente. Ellos habían descubierto que cuando
la Verdad se presenta de esta particular manera, es más
fácilmente asimilada por la gente, es más fácil para ellos
recibirla, recordarla, entenderla y beneficiarse de ella. Por
tanto, no te dediques a la forma meramente porque crees
en “el arte por el arte”. El elemento artístico entra a causa
de la gente, porque ayuda a propagar la Verdad y a honrar
el Evangelio. Creo que lo que he estado tratando de decir
puede ser verificado muy claramente por la larga historia
de la Iglesia cristiana. La predicación que a Dios por medio
del Espíritu Santo le ha placido honrar a través de los siglos
ha sido aquella que estaba basada en grandes sermones; los
grandes predicadores han sido hombres que preparaban
grandes sermones.
Y si alguien cita a algún predicador en particular y dice:
“¿Y qué me dices de tal persona que raramente prepara un
sermón pero que sin duda ha sido grandemente utilizado
por el Señor?”, yo respondo diciendo: “¡Exactamente! Esa
es la excepción que confirma la regla”. No se hacen las
leyes para los casos difíciles, no se construye una teoría
para las excepciones. Dios puede utilizar a cualquiera y de
cualquier manera. Dios puede utilizar aun el silencio de un
hombre. Pero nosotros estamos llamados a ser predicado-
aaaa
La predicación y los predicadores 89
Capítulo 4
res que han de transmitir la Verdad. Mi argumento es que,
si leemos acerca de las grandes predicaciones del pasado, o
de los grandes sermones, hallamos que estos han sido los
más honrados por el Espíritu Santo y utilizados por Dios en
la conversión de pecadores y en el crecimiento y la edifica-
ción de los santos.
Así que llegamos a esto. La preparación de sermones
implica sudor y trabajo. A veces puede ser extremadamen-
te difícil hacer que todo este material que has encontrado
en la Escritura tenga una forma concreta. Es como un alfa-
rero que hace una figura de barro o como un herrero que
hace herraduras para un caballo; has de poner el material
en el fuego y sobre el yunque y calentarlo de nuevo o gol-
pearlo una y otra vez con el martillo. Cada vez va un poqui-
to mejor, pero no del todo; así que vuelves a repetir el pro-
ceso hasta que estás satisfecho o ya no puedes hacerlo
mejor. Esta es la parte más penosa de la preparación de un
sermón; pero al mismo tiempo es una ocupación de lo más
fascinante y de lo más gloriosa. En ocasiones puede resul-
tar de lo más dificultosa, agotadora y fatigosa. Pero a la vez
puedo asegurarte que, cuando finalmente te salga bien,
experimentarás uno de los más gloriosos sentimientos que
un hombre puede experimentar sobre la faz de la Tierra.
Utilizando el título de un libro de Arthur Koestler, serás
consciente de haber llevado a cabo un “acto de creación” y
tendrás una tenue comprensión de lo que las Escrituras
quieren decir cuando nos relatan que Dios miró al mundo
que había creado y vio que “era bueno”. Bien, el predica-
dor tiene siempre que comenzar preparando un sermón.
Aún no he tratado la cuestión de cómo prepararlo; ya llega-
ré a ello. Hay varias maneras de hacerlo. Pero tiene que
preparar un sermón y este debe tener una verdadera enti-
dad, cualquiera que sea la forma en que lo haga. Aquí es
donde comienza. Pero quiero recordar que esto es solo la
primera parte, solo es el comienzo. Existe otra parte.
¿Cuál? Pues la predicación misma de este sermón que él ha
preparado; y, como espero poder demostrar, aunque vayas
90 La predicación y los predicadores
Las características del sermón
al púlpito con lo que tú consideras como un sermón casi
perfecto, nunca sabes lo que va a pasar con él al comenzar
a predicar, ¡si es que se trata de una predicación digna de
ese nombre!
La predicación y los predicadores 91
Capítulo 5
El acto de predicar
L
legamos ahora a lo que se llama "presentación” del
sermón, o el "acto” de predicar, lo que puede consi-
derarse la predicación propiamente dicha como algo
diferente del sermón. Este es el segundo gran aspecto de
nuestro tema.
Me gustaría dejar claro de nuevo que aquí solamente voy
a tratar esta cuestión en general. Estoy intentando ofrecer
en primer lugar una visión general de lo que realmente es
la predicación, y después proseguiremos a consideraciones
más detalladas. Es bueno tener una clara visión general
antes de comenzar a examinar los detalles.
Ahora bien, repito que este asunto de la presentación, o
lo que se llama a veces predicación, es muy difícil de definir.
No se trata ciertamente de un asunto de normas y reglamen-
tos; y gran parte de la dificultad surge porque la gente lo
considera cuestión de instrucciones, normas y reglamentos,
de cosas que no hay que hacer y cosas que sí. No es eso. De
hecho, la dificultad estriba en expresar nuestra definición
con palabras. La predicación se reconoce cuando se oye.
Por tanto, lo mejor que podemos hacer es decir ciertas cosas
acerca de ella. Eso es lo máximo que podemos aproximar-
nos. La actitud es la que al parecer tenía el apóstol Pablo
cuando en 1 Corintios 13 trató de definir el amor. Es impo-
sible describirlo. Lo único que puedes hacer es mencionar
unas cuantas cosas acerca de él: que es esto y no es aquello.
Sin embargo, hay cosas que son ciertas y que han de estar
presentes cuando hay auténtica predicación.
Lo primero es que ha de estar implicada la totalidad de la
personalidad del predicador. Ese es, por supuesto, el asunto
que salió a relucir en la famosa definición de la predicación
que hizo Phillips Brookes, quien dijo que esta es "la Verdad
expuesta a través de la personalidad”. Creo que eso es correc-
to, que en la predicación deben implicarse todas las faculta-
des de uno, debe implicarse el hombre completo. Yo voy aún
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92 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
más lejos y digo que hasta el cuerpo debe participar. Al decir
esto estoy recordando algo que dijo en cierta ocasión uno de
mis predecesores en la iglesia Westminster Chapel en Londres,
el Dr. John A. Hutton. En su caso, la predicación se diferen-
ciaba siempre por el tema de su sermón. Su predecesor en
Westminster fue un predicador famoso en los Estados Unidos
y también en Gran Bretaña: el Dr. John Henry Jowett. Jowett
era una clase de hombre más bien reservado y nervioso y con-
sideraba que la tribuna especialmente grande de la iglesia
Westminster Chapel resultaba muy penosa para él. Solía decir
que, cuando se quedaba solo en aquella tribuna, con todo su
cuerpo a la vista de la congregación desde varios ángulos, se
sentía como si se hallara desnudo en un prado. Llegó a sen-
tirse tan cohibido en cuanto a ese aspecto que pidió que se
revistiera la balaustrada que hay alrededor de la tribuna con
una cortina, de forma que al menos parte de su cuerpo que-
dara oculta. Pues bien, él, como he dicho, fue sucedido por
el Dr. John Hutton. Aconteció que yo estaba presente en un
culto alrededor del tercer domingo después de la llegada del
Dr. Hutton. Noté, como notaron todos los demás, que se
había quitado todo el revestimiento que rodeaba la tribuna y
que todo el cuerpo del predicador era visible como en tiem-
pos anteriores. El Dr. Hutton nos ofreció una explicación de
ello diciéndonos que el revestimiento había sido quitado a
petición suya porque él creía que un predicador debe predi-
car con la totalidad de su cuerpo, y que así era en su caso. Nos
dijo que él predicaba tanto con sus piernas como con su cabe-
za, y que si le observábamos descubriríamos que esto era ver-
dad. ¡Yobservándole hallé que era cierto! No estoy seguro de
que eso resultara siempre en beneficio de la predicación, ya
que hacía todo tipo de contorsiones. Se ponía de puntillas y
giraba un pie alrededor de la otra pierna, etc. Lo que estoy
tratando de decir es que tenía sentido lo que él decía: todo el
hombre estaba implicado. No permanecía como una estatua
y se limitaba a pronunciar palabras con sus labios; toda la
persona participaba (con gestos, actividad, etc.).
No quiero otorgarle a esto demasiada importancia, pero
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La predicación y los predicadores 93
Capítulo 5
recordemos que, cuando a Demóstenes se le preguntó qué
era lo más esencial en la oratoria, su respuesta fue:
—¡La acción!
Entonces se le preguntó:
—Bien, ¿y cual es el segundo desiderátum más importan-
te?
Respondió de nuevo:
—La acción.
—Bien —le dijeron—, ¿y lo tercero más importante?
Y su respuesta volvió a ser:
—La acción.
No hay duda alguna en cuanto a esto; la oratoria efectiva
implica acción; y por eso recalco que la totalidad de la per-
sonalidad ha de estar involucrada en la predicación.
El segundo elemento en el que quiero hacer hincapié es
un sentimiento de autoridad y de control sobre la congrega-
ción y, sobre todo, sobre el procedimiento. El predicador
nunca debe andar excusándose, nunca debe dar la impre-
sión de que está hablando, por decirlo así, porque ellos le
dan permiso. No debe tantear planteando ciertas sugeren-
cias e ideas. Esa no debe ser su actitud en absoluto. Es un
hombre que está allí para “anunciar ’ ciertas cosas; está allí
comisionado y bajo la autoridad de alguien. Es un embaja-
dor y debe ser consciente de su autoridad. Debe saber siem-
pre que viene a la congregación como alguien que ha sido
enviado como mensajero. Obviamente, no es cuestión de
exceso de confianza en sí mismo, lo cual es siempre algo
deplorable en un predicador. Tenemos las palabras del
apóstol Pablo mismo, que cuando fue a Corinto estuvo con
debilidad, y mucho temor y temblor”. Nosotros debemos ser
siempre conscientes de esto. Pero eso no quiere decir que
tengas que andar excusándote, sino que eres consciente de
la solemnidad, la seriedad y la importancia de lo que estás
haciendo. No confías en ti mismo, pero eres alguien que
está bajo la autoridad de otro y tienes autoridad; y eso debe
ser evidente y obvio. Esto lo pongo muy alto en la lista y digo
que, lejos de ser controlado por la congregación, el predica-
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94 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
dor es quien manda y controla a la congregación. Más ade-
lante me extenderé en algunos de estos puntos con más
detalle en esta serie de conferencias.
La siguiente cualidad en esta visión general del predica-
dor, y en este “acto” de predicar, es el elemento de la liber-
tad. Yo le otorgo una gran importancia a esto. Aunque el
sermón haya sido preparado de la forma que hemos indica-
do —y preparado cuidadosamente—, el predicador, no
obstante, ha de ser libre en el acto de predicar, en la pre-
sentación del sermón. No ha de hallarse demasiado atado
a su preparación ni por ella. Este es un aspecto crucial; per-
tenece a la esencia misma del acto de predicar. No estoy
pensando meramente en que no lleve apuntes al púlpito,
porque puede estar atado sin tener apuntes. Lo único que
digo es que debe ser libre, libre en el sentido de estar abier-
to a la inspiración del momento. Considerando la predica-
ción —como yo lo hago— como una actividad bajo la
influencia y el poder del Espíritu Santo, hay que recalcar
este punto, porque la preparación no termina en el
momento en que alguien acaba de preparar el sermón.
Una de las cosas sorprendentes de la predicación es que, a
menudo, uno descubre que las mejores cosas que dice no
son premeditadas y ni siquiera se pensaron durante la pre-
paración del sermón, sino que le son dadas de hecho mien-
tras está hablando y predicando.
Otro elemento al que otorgo importancia es que el pre-
dicador, mientras está hablando, debiera en un sentido
obtener algo de su congregación. En ella están las personas
que son espirituales, llenas del Espíritu Santo, y ellas hacen
su contribución para la ocasión. Existe siempre un elemen-
to de intercambio en la verdadera predicación. Esta es otra
manera de demostrar la diferencia vital que existe entre un
ensayo o una conferencia y, por otro lado, predicar un ser-
món. El hombre que lee su ensayo no obtiene nada de su
audiencia, lo tiene todo delante de él en lo que ha escrito;
no lleva a cabo nada nuevo o creativo, no existe intercam-
bio. Pero el predicador (aunque se haya preparado, y lo
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La predicación y los predicadores 95
Capítulo 5
haya hecho cuidadosamente), debido a este elemento de
libertad espiritual, es aún capaz de recibir algo de la congre-
gación, y en efecto así ocurre. Existe una interacción,
acción y respuesta, y esto a menudo produce una diferencia
muy vital.
Cualquier predicador que merezca ser estimado como tal
puede testificar de esto. Por supuesto, cualquier hombre
digno de ser llamado orador, aun en asuntos seculares (polí-
tica, etc.), sabe algo de esto y experimenta con frecuencia
que un mitin sale adelante por la respuesta de la audiencia
a la que ha estado hablando. Esto debiera ocurrir mucho
más en el caso del predicador. Gracias a Dios que con fre-
cuencia ocurre que, cuando el predicador, el pobre, lo está
haciendo fatal (cuando quizá no ha tenido tiempo de pre-
pararse como debiera o por algunos factores físicos u otras
cosas que puedan estar militando en contra del éxito de la
ocasión), la respuesta y el deseo intenso de su congregación
lo levantan y avivan. Pero el predicador debe estar abierto a
esto; si no lo está, se perderá una de las experiencias más
gloriosas que pueden acontecer a un predicador. Este ele-
mento de libertad, pues, es tremendamente importante.
Eso es lo que quería decir en mi conferencia anterior
acerca de que, aunque hayas preparado tu sermón de forma
cuidadosa y concienzuda, nunca sabes lo que va a pasar
hasta que no subes al púlpito y comienzas a predicarlo.
Puede que te veas sorprendido y te quedes atónito de lo que
ha pasado. Pueden haber concurrido elementos nuevos,
puede ser que haya cabos sueltos y frases incompletas.
Pudiera muy bien haber cosas que los pedantes condena-
rían y que un crítico literario censuraría totalmente, y con
razón, en un ensayo; pero esta es la esencia misma de la pre-
dicación. Porque la predicación está ideada para afectar a
las personas. Mientras sostengas esto en un primer plano y
no concedas demasiada importancia a los otros elementos
serás capaz de lograrlo.
El elemento de la libertad es absolutamente importante.
La predicación debiera estar siempre sometida al poder y al
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96 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
control del Espíritu Santo, y no sabes lo que puede llegar a
ocurrir. Por tanto, sé siempre libre. Puede sonar contradic-
torio decir “prepárate, y hazlo cuidadosamente”; pero, no
obstante, ‘sé libre”. Pero no hay contradicción, como no la
hay cuando Pablo dice: “Ocupaos en vuestra salvación con
temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce
así el querer como el hacer, por su buena voluntad”
(Filipenses 2:12-13). Hallarás que el Espíritu Santo que te
ha ayudado en tu preparación puede ayudarte ahora, mien-
tras estás hablando, de una manera enteramente nueva y
descubrirte cosas que no habías visto mientras estabas pre-
parando tu sermón.
* * *
El siguiente elemento es el de la seriedad. El predicador ha
de ser un hombre serio; nunca debe dar la impresión de
que la predicación es algo liviano, superficial o trivial.
Ahora me limito a mencionar esto, porque más adelante me
propongo abordarlo más extensamente. Aquí simplemente
hago la declaración general de que un predicador, necesa-
riamente, ha de dar la impresión de que está tratando el
asunto más grave que hombres y mujeres pueden jamás con-
siderar juntos.
¿Qué está pasando? Lo que está pasando es que les está
hablando de parte de Dios, les está hablando acerca de
Dios, les está hablando sobre la situación en que se encuen-
tran, sobre el estado de sus almas. Les está diciendo que
están, por naturaleza, bajo la ira de Dios —“hijos de ira, lo
mismo que los demás”—, que la clase de vida que están
viviendo es ofensiva para Dios y que están bajo el juicio de
Dios, y les advierte de la horrible posibilidad eterna que se
extiende delante de ellos. En cualquier caso, el predicador
más que nadie debe ser consciente de la naturaleza transito-
ria de la vida en este mundo. La gente del mundo está de tal
manera inmersa en sus quehaceres y asuntos, en sus place-
res y en toda su vana apariencia, que la única cosa que
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La predicación y los predicadores 97
Capítulo 5
nunca se para a considerar es el carácter transitorio de la
vida. Todo esto indica que el predicador debiera siempre
crear y transmitir la impresión de la seriedad de lo que está
pasando aun en el mismo momento en que aparece en el
púlpito. Recordemos las famosas palabras de Richard
Baxter:
Prediqué como si no estuviera seguro de que volvería a
[hacerlo de nuevo,
y como un moribundo dirigiéndose a moribundos.
No creo que esto se pueda mejorar. Recordemos lo que
se decía del piadoso Robert Murray M’Cheyne de Escocia
en el siglo XIX. Que cuando subía al púlpito, aún antes de
que hubiera pronunciado una palabra, la gente comenzaba
a llorar en silencio. ¿Por qué? Era debido a este elemento
mismo de seriedad. El aspecto mismo de aquel hombre
daba la impresión de que había venido de la presencia de
Dios y les iba a dar un mensaje de parte de Dios. Eso es lo
que causaba ese efecto en la gente aun antes de que hubie-
ra abierto su boca. Si olvidamos este elemento, corremos
peligro nosotros y lo pagan grandemente nuestros oyentes.
Lo siguiente que quiero decir tiene el propósito en parte
de corregir, o quizá no tanto de corregir como de salvaguar-
dar, lo que he estado diciendo acerca de una mala interpre-
tación. Me refiero al elemento de “alegría”. Esto subraya el
hecho de que seriedad no significa solemnidad, no significa
tristeza, no significa pesimismo. Todas estas distinciones son
muy importantes. El predicador ha de estar alegre; se puede
estar alegre y ser serio al mismo tiempo.
Voy a decir esto de otra forma. El predicador no ha de ser
nunca alguien apagado, no ha de ser nunca aburrido; jamás
debe ser “pesado”. Estoy insistiendo en estos puntos debido
a que con frecuencia me han dicho algo que me preocupa
bastante. Yo pertenezco a la tradición reformada y puede
que quizá haya tenido algo que ver con la restauración de
estas doctrinas reformadas durante los últimos cuarenta
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98 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
años poco más o menos. Y me inquieta, por tanto, que
miembros de iglesias me comenten que muchos de los jóve-
nes reformados son hombres muy buenos, que sin duda han
leído mucho y son muy eruditos, pero que son predicadores
muy apagados y aburridos; y esto me lo dice gente que tiene
una postura reformada. Este es para mí un asunto muy
grave; se equivocan radicalmente los predicadores que son
apagados y aburridos. ¿Cómo puede un hombre ser apaga-
do cuando está tratando tales temas? Yo diría que un “pre-
dicador apagado” es una contradicción de términos; si es
apagado no es predicador. Puede subir a un púlpito y
hablar, pero sin duda no es predicador. Con el grandioso
tema y mensaje de la Biblia es imposible ser apagado. Es el
más interesante, el más emocionante, el más absorbente
tema del universo; y la sola idea de que pueda ser presenta-
do de una manera apagada y aburrida me hace dudar seria-
mente de que el hombre culpable de presentarlo de esa
manera haya entendido la doctrina que pretende creer y
que defiende. A menudo nos traicionan nuestras formas.
Pero sigamos adelante. Ahora llegamos al celo y al senti-
miento de preocupación por la gente. Estos elementos están,
por supuesto, íntimamente relacionados. Cuando digo celo
quiero decir que un predicador siempre ha de transmitir la
impresión de que a él mismo le ha llegado lo que está dicien-
do. Si a él no le ha llegado, a nadie le llegará. Esto es, pues,
absolutamente esencial. Ha de impresionar a la gente por el
hecho de que él está entregado a lo que está haciendo y le
absorbe. Está lleno de ello y está ansioso por impartirlo. Él
mismo está tan movido y entusiasmado por eso que quiere
que todos los demás participen de ello. Se preocupa por las
personas; esa es la razón por que predica. Está inquieto por
ellas, inquieto por ayudarlas, por hablarles la Verdad de Dios.
Por tanto, lo hace con energía, con celo y con un obvio inte-
rés por la gente. En otras palabras, un predicador que parez-
ca despegado de la Verdad y que simplemente esté diciendo
unas cuantas cosas que pueden ser muy buenas, verdaderas
y excelentes en sí mismas, no es predicador en absoluto.
La predicación y los predicadores 99
Capítulo 5
Recientemente me tropecé con un notable ejemplo de lo
que estoy condenando mientras estaba convaleciente de
una enfermedad. Me quedé en un pueblecito en cierta
parte de Inglaterra y fui a la iglesia local que estaba justo al
otro lado de la calle en la que me encontraba. Descubrí que
el predicador estaba predicando aquella tarde sobre el pro-
feta Jeremías. Nos dijo que estaba comenzando una serie de
sermones sobre él. Estaba empezando, pues, con aquel mag-
nífico texto donde Jeremías dijo que no podía contenerse
por más tiempo, que la Palabra de Dios era como fuego en
sus huesos. Ese fue el texto que tomó. ¿Y qué pasó? Salí del
culto sintiendo que había sido testigo de algo bastante
extraordinario, porque lo verdaderamente importante que
faltaba en aquel culto era “el fuego”. El buen hombre esta-
ba hablando acerca del fuego como si estuviera sentado
sobre un iceberg. De hecho hizo referencia al fuego de una
manera despegada y fría; era una negación viviente de lo
que estaba diciendo, o quizá deba decir una negación muer-
ta. Fue un buen sermón desde el punto de vista de la cons-
trucción y la preparación. Era evidente que había puesto en
él un cuidado considerable y que, obviamente, había escri-
to cada palabra, porque lo estaba leyendo; pero lo que esta-
ba ausente era el fuego. No había celo, ni entusiasmo, ni
aparente interés por nosotros como miembros de la congre-
gación. Toda su disposición de ánimo parecía lejana, acadé-
mica y formalista.
Permítaseme expresarlo de la manera siguiente. Recuer-
do haber leído hace años un relato escrito por un periodis-
ta muy conocido en Escocia acerca de un culto al que él
había asistido. Utilizó una frase que nunca he olvidado y
que a menudo me ha servido de reprensión y de censura a
mí mismo. Había estado escuchando a dos oradores hablan-
do sobre el mismo asunto. Continuó diciendo que ambos
eran hombres muy capaces y eruditos. Y entonces vino la
devastadora frase: “La diferencia entre los dos oradores era
esta: el primero habló como un abogado defensor, el según-
do como un testigo”. Esto cristaliza este punto a la perfec-
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100 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
ción. El predicador nunca es meramente un abogado. La
tarea, la ocupación del abogado, del procurador, es repre-
sentar a alguien en un tribunal de justicia. No le interesa esa
persona, hasta puede que ni la conozca ni tenga interés per-
sonal en ella, pero le ha sido entregado un sumario conocer-
niente a su caso. El ha examinado el sumario y ha prepara-
do el caso con todos los hechos y los detalles, los aspectos
legales y los asuntos más destacados de este caso particular.
Se le ha dado el sumario y lo que hace es hablar de él. No
se implica personalmente, no está realmente interesado. Su
postura es de separación personal y está tratando un asunto
que nada tiene que ver consigo mismo.
Pues bien, esto nunca debe ser así en el caso de un predi-
cador. Esta es, una vez más, una de las diferencias entre el
predicador y alguien que da una conferencia. El predicador
se involucra todo el tiempo, y por eso tiene que haber ese ele-
mento de celo. No está simplemente “tratando” un caso.
Hacer solamente eso es una de las mayores tentaciones de
muchos predicadores, y especialmente de aquellos de noso-
tros que somos combativos por naturaleza. Tenemos un caso
incomparable, tal como hemos visto; tenemos nuestra teolo-
gía sistemática y el conocimiento de la Verdad. ¡Qué Maravi-
llosa oportunidad de argumentar, razonar, demostrar y pro-
bar el caso y refutar todas las objeciones y argumentos en
contra! Pero, si el predicador da la impresión de ser solamen-
te un abogado que presenta un caso, entonces ha fracasado
por completo. El predicador es un testigo. Esta es precisa-
mente la palabra utilizada por nuestro Señor mismo: “Me
seréis testigos”; y esto es lo que el predicador ha de ser en
toda ocasión. No hay nada tan nocivo en un predicador como
el hecho de que no dé la impresión de que está personalmen-
te comprometido.
Esto nos lleva inevitablemente al siguiente elemento: la
cordialidad. Por utilizar un término que es común hoy día,
el predicador no ha de ser nunca “aséptico”. A menudo lo
es. Todo lo que hace es correcto, desde luego, casi perfecto;
pero es aséptico, no tiene vida; es frío, no conmueve porque
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La predicación y los predicadores 101
Capítulo 5
él mismo nunca se ha conmovido. Pero eso nunca debiera
ocurrir con un predicador. Si en verdad cree lo que está
diciendo, necesariamente ha de conmoverse por ello; es
imposible que no le afecte. Esto nos lleva necesariamente a
la cordialidad. El apóstol Pablo mismo nos dice que predicó
“con muchas lágrimas”. En Hechos 20 les recuerda eso a los
ancianos de la iglesia en Efeso. Y en Filipenses 3, al referir-
se a ciertos falsos predicadores, lo hace “llorando”.
Ahora bien, el apóstol Pablo tenía un intelecto colosal,
una de esas inteligencias superiores de todos los tiempos;
pero lloraba con frecuencia mientras hablaba y predicaba. A
menudo se conmovió hasta derramar lágrimas. ¿De dónde
nos ha llegado esa idea de que si tienes un gran intelecto no
debes mostrar emoción? ¡Qué ridículo y fatuo es esto! Yo
afirmo que un hombre que no se conmueve con estas cosas
es que realmente nunca las ha entendido. El hombre no es
un intelecto solamente; es una persona completa. Tiene
corazón además de cabeza; y si su cabeza realmente com-
prende, su corazón será conmovido. Recordemos de qué
manera el Apóstol dice esto en Romanos [Link] “Gracias a
Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedeci-
do de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis
entregados”. Si el corazón del hombre no está comprometi-
do, yo me permito dudar y cuestionar si realmente ha
entendido con su cabeza, debido al carácter mismo de la
Verdad de la que estamos hablando. Esto ha sido así, por
supuesto, con todos los grandes predicadores de todas las
épocas. A Whitefield, al parecer casi invariablemente, mien-
tras predicaba le corrían lágrimas por la cara. Siento que en
esto todos somos culpables y necesitamos que se nos repren-
da. Confieso abiertamente que yo mismo necesito repren-
sión. ¿Dónde está esa pasión en la predicación que siempre
ha caracterizado la predicación importante en el pasado?
¿Por qué los predicadores modernos no se conmueven ni se
entusiasman como tan a menudo lo hicieron los grandes
predicadores del pasado? La Verdad no ha cambiado. ¿La
hemos creído nosotros, hemos sido prendidos y humillados
aaa
102 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
por ella y después ensalzados hasta quedar absortos en
admiración, amor y alabanza?
El predicador, por tanto, es un hombre que por estas
razones y de estas maneras conecta con la gente que le está
oyendo. Y en lugar de haber separación hay conexión. Esto
es evidente en su voz, en sus formas, en todo su talante; todo
en él muestra que existe esta intimidad de contacto entre el
predicador y su congregación.
Así, pues, pasemos al siguiente punto, el cual es la urgen-
cia. En un sentido ya lo he dicho; pero merece mención apar-
te y ser subrayado por sí mismo. Pablo le dice a Timoteo que
el predicador siempre ha de instar “a tiempo y fuera de tiem-
po”; y ello es de nuevo por la misma razón, debido a toda la
situación. Eso es lo que hace que la predicación sea un acto
tan asombroso y un asunto de tal responsabilidad y tan abru-
mador. No es de extrañar que el apóstol Pablo, considerando
el ministerio, pregunte: “Ypara estas cosas, ¿quién es suficien-
te?”. Mejor sería que aquel que piense que tener la cabeza
llena de conocimiento es suficiente para estas cosas comenza-
ra a aprender de nuevo. ‘Y para estas cosas, ¿quién es sufi-
ciente?”. ¿Qué es lo que estás haciendo? No estás simplemen-
te impartiendo información, estás tratando con almas, estás
tratando con peregrinos que van camino de la eternidad,
estas tratando de asuntos relativos no solo a la vida y a la
muerte en este mundo, sino al destino eterno. Y nada puede
ser tan terriblemente urgente. Estoy recordando las palabras
pronunciadas una tarde por William Chalmers Burns, quien
fue grandemente utilizado en avivamientos en Escocia alrede-
dor del año 1840 y además, incidentalmente, en la iglesia de
Robert Murray M’Cheyne, a quien ya me he referido ante-
riormente. Un día puso su mano sobre el hombro de un her-
mano ministro y le dijo: “Hermano, hemos de darnos prisa”.
Si nosotros no sabemos algo acerca de ese sentimiento de
urgencia es que no sabemos lo que es la verdadera predica-
ción. Puedes dar una conferencia en cualquier momento,
ahora o dentro de un año, y no habrá en ello mucha diferen-
cia. Y lo mismo se puede decir de la mayoría de otros temas.
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La predicación y los predicadores 103
Capítulo 5
Pero el mensaje del Evangelio no puede ser pospuesto, por-
que no sabes si tú o la congregación estaréis vivos la semana
que viene o aun mañana. “En medio de la vida nos enfrenta-
mos a muerte”. Si el predicador no transmite este sentimien-
to de urgencia, que él está allí entre Dios y el hombre hablan-
do entre el tiempo y la eternidad, no tiene nada que hacer en
un púlpito. No hay lugar para una objetividad tranquila, fría
y científica en estos asuntos. Eso puede posiblemente estar
bien en un filósofo, pero es impensable en un predicador
debido a la totalidad de la situación en la que está envuelto.
Y exactamente por la misma razón, la predicación siem-
pre ha de caracterizarse por la persuasión. “Os rogamos en
nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”. Sin duda, todo el
objeto de este acto es persuadir a la gente. El predicador no
dice simplemente cosas con la actitud de “o lo tomas o lo
dejas”. Desea persuadir a las personas de la verdad del men-
saje; quiere que la vean; trata de producir algo en ellos, de
influirles. No está impartiéndoles una erudita disquisición
sobre un texto, ni está exhibiendo su propio conocimiento;
está tratando con estas almas vivientes y quiere conmoverlas,
llevarlas con él, dirigirlas a la Verdad. Ese es el único propó-
sito. Por tanto, si este elemento no está presente, podrá ser
cualquier otra cosa, pero no predicación. Todos estos pun-
tos muestran la diferencia entre lo que es dar una conferen-
cia y predicar, o entre un ensayo y un sermón.
Debemos decir también unas palabras en especial, aunque
en un sentido ya lo hemos estado abarcando, sobre el ele-
mento del patetismo. Si tuviera que considerarme culpable
de una cosa más que de otras, tendría que confesar que esto
es quizá lo que más me ha faltado en mi propio ministerio.
Debe surgir en parte del amor hacia la gente. Richard Cecil,
un predicador anglicano de Londres hacia finales del siglo
XVIII y comienzos del XIX dijo algo que debiera hacernos
pensar a todos: “Una cosa es el amor a la predicación y otra
muy diferente el amor a aquellos a quienes predicamos”. El
problema que tenemos algunos de nosotros es que amamos
la predicación pero no siempre tenemos cuidado de asegu-
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104 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
ramos que amamos a la gente a la que de hecho predicamos.
Si careces de este elemento compasivo por la gente carecerás
también del patetismo, el cual es un elemento de vital impor-
tancia en toda verdadera predicación. Nuestro Señor con-
templó a la multitud y vio que “eran como ovejas que no tení-
an pastor” y “tuvo compasión de ellos”. Y si tú no has experi-
mentado nada de esto, no debes estar en un púlpito, porque
sin duda eso se notará en tu predicación. No has de ser pura-
mente intelectual o argumentativo, sino que ha de estar pre-
sente este otro elemento. No solamente tu amor hacia la
gente producirá este patetismo, sino que el contenido mismo
seguro que lo hará de por sí. ¿Qué otra cosa puede ser más
conmovedora que la conciencia de lo que Dios en Cristo ha
hecho por nosotros? Cualquier intento de considerar y de
comprender esto debería conmovernos profundamente.
Notemos lo que le pasa al gran Apóstol mismo. El comienza
con un argumento ideado para convencernos de nuestra
pecaminosidad y de nuestra situación de perdidos y de total
dependencia de Cristo. Pero en el momento en que mencio-
na ese Nombre parece olvidar su argumentación y prorrum-
pe en uno de sus arrebatos de gran elocuencia. Se conmueve
hasta lo más profundo de su ser y escribe algunos de esos fer-
vorosos pasajes que deberían hacernos llorar a nosotros tam-
bién. Es lo que produce el considerar lo que Dios ha hecho
por nosotros en Cristo, los sufrimientos implícitos y la gran-
deza del amor de Dios hacia nosotros: “De tal manera amó
Dios al mundo [...]”.
Este elemento de patetismo fue una de las grandes carac-
terísticas de la predicación de Whitefield, uno de los más
magistrales predicadores de todos los tiempos. ¡Fue David
Garrick, el gran actor del siglo XVIII, quien dijo en cierta
ocasión que ya quisiera él pronunciar la palabra
“Mesopotamia” como Whitefield la pronunciaba! Dijo tam-
bién que con gusto daría 100 guineas por poder pronunciar
la palabra “¡oh!” con el mismo patetismo con que Whitefield
lo hacía. Puede que el hombre moderno y sofisticado se ría
de esto, pero es solamente cuando comenzamos a conocer
aaaa
La predicación y los predicadores 105
Capítulo 5
algo de esta enternecedora cualidad cuando seremos verda-
deros predicadores. Es cierto que el hombre que trata de pro-
ducir ese efecto se convierte en un actor y es un abominable
impostor. Pero el hecho es que cuando “el amor de Dios ha
sido derramado” en el corazón de un hombre como lo fue en
el de Whitefield, el patetismo es inevitable.
Este elemento de patetismo y de emotividad es, para mí,
muy vital. Esto es lo que tanto se ha echado en falta en el
siglo XX, y quizá especialmente entre los reformados.
Tenemos tendencia a perder el equilibrio y llegar a ser
demasiado intelectuales, realmente casi hasta el punto de
despreciar el elemento del sentimiento y la emoción. Somos
tan entendidos, tenemos tal comprensión de la Verdad, que
tendemos a menospreciar el sentimiento. ¡Pensamos que,
por lo general, el rebaño está formado por personas emoti-
vas y sentimentales pero que carecen de entendimiento!
¿No es este el peligro? ¿No es esta la tendencia: menos-
preciar el sentimiento, el cual es una parte esencial del
hombre puesta en nosotros por Dios? No sabemos lo que es
dejarse llevar, no sabemos lo que es conmoverse profunda-
mente. Acordémonos de la descripción de la religión que
hizo Matthew Arnold. Dijo que “la religión es moralidad
teñida de emoción”. ¡Que típico de Matthew Arnold, y qué
equivocado y completamente ciego! “La moralidad ‘teñida'
de emoción”. Solamente un “tinte”. Sería brusco y de mala
educación tener algo más que un tinte. El “caballerito”
nunca muestra su emoción. No olvidemos que Matthew
Arnold fue hijo de Thomas Arnold, el director de la famosa
escuela pública en Rugby. El enseñaba que el auténtico
caballero nunca mostraba sus sentimientos, sino que los
mantenía siempre bajo control. Ese concepto parece haber
permeado la vida de la Iglesia y de muchos cristianos. La
emoción está considerada como casi indecente. Mi respues-
ta a todo eso es, una vez más, decir sencillamente que si tú
eres capaz de considerar esas verdades gloriosas que nos
han sido encomendadas como predicadores sin ser conmo-
vido por ellas, hay algo defectuoso en tu vista espiritual.
106 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
El apóstol Pablo, como digo, no podía nunca considerar
estas cosas sin conmoverse en lo más profundo de su inmen-
sa alma. Permítaseme dar un ejemplo de lo que estoy dicien-
do. Recordemos de qué manera en Romanos 9, 10 y 11 desa-
rrolla el singular problema de los judíos. ¿Dónde encajan?
¿Cuál es su situación a la luz de lo cjue ha estado diciendo
sobre la justificación por la fe, etc.? El ha tomado este tema,
lo ha argumentado y razonado y ha llegado a su gran con-
clusión. Pero no lo deja ahí, sino que exclama:
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la
[ciencia de Dios!
¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus
[caminos!
Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue
[su consejero?
¿O quién le dio a él primero, para que le fuese
[recompensado?
Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas.
A él sea la gloria por todos los siglos. Amén.
Eso es pura y sublime emoción. Adviértase que digo emo-
ción y no “emocionalismo”. Yo repruebo este último. No
hay nada más despreciable que el que un hombre esté deli-
beradamente tratando de jugar con las emociones externas
y superficiales de la gente. Eso no me interesa salvo para
denunciarlo. Lo que yo defiendo es que, cuando un hombre
entiende realmente esta verdad que está manifestando
creer, esta le conmueve. Si no ocurre así, entonces no per-
tenece al grupo o a la categoría de persona en que se inclu-
ye el gran Apóstol mismo. Pero ahora está de moda desapro-
bar la emoción.
Recuerdo cómo hace unos cuantos años, cuando hubo
una gran campaña evangelística en Londres, un hombre
que era líder en los círculos religiosos vino a mí un día y me
preguntó: “¿Ha asistido usted a la campaña?”. Le dije: “No,
aún no”. Y dijo él: “Es maravilloso, maravilloso”. Y continuó
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La predicación y los predicadores 107
Capítulo 5
diciendo: “La gente pasa adelante a cientos. Sin emoción, ya
sabe, maravilloso”. Y seguía repitiendo: “Sin emoción”. Lo
que para él resultaba tan maravilloso era que toda aquella
gente que pasaba adelante como respuesta a la invitación no
mostraba emoción. Esto era algo glorioso. ¡Sin emoción,
maravilloso! ¡Sin emoción, estupendo!
¿Qué se puede decir acerca de tal actitud? Me conformo
con plantear unas cuantas preguntas. ¿Puede alguien verse
a sí mismo como un pecador condenado sin emoción?
¿Puede alguien considerar el Infierno sin emoción? ¿Puede
alguien oír los truenos de la Ley y no sentir nada? O a la
inversa: ¿Puede alguien realmente considerar el amor de
Dios en Cristo Jesús y no sentir emoción? Todo eso es abso-
lutamente ridículo. Me temo que mucha gente hoy día, en
su reacción contra los excesos y el “emocionalismo”, se
coloca en una posición en la cual, finalmente, niega virtual-
mente la Verdad. El Evangelio de Jesucristo implica a toda
la persona y, si lo que pretende ser el Evangelio no hace
eso, es que no es el Evangelio. El Evangelio pretende hacer
eso y lo hace. Toda la persona se involucra porque el
Evangelio conduce a la regeneración; y por eso digo que
este elemento de patetismo y de emoción, este elemento de
ser conmovidos, debiera ser siempre muy prominente en la
predicación.
Por último tengo que introducir la palabra poder. No voy
a extenderme demasiado en esto ahora, porque es tan
importante que merece que se le dedique toda una sección,
lo cual no será en la próxima conferencia sino más adelan-
te. Pero si no hay poder no hay predicación. La verdadera
predicación es, al fin y al cabo. Dios actuando. No es simple-
mente que un hombre pronuncie palabras; es Dios utilizán-
dolo. Está siendo utilizado por Dios. Está bajo la influencia
del Espíritu Santo. A esto es a lo que Pablo llama en 1
Corintios 2 “predicación [...] con demostración del Espíritu
y de poder”. O, como dice en 1 Tesalonicenses [Link] “Nuestro
evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino
también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidum-
aa
108 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
bre [...]”. Ahí lo tienes; y ese es un elemento esencial en la
verdadera predicación.
En resumen, la verdadera predicación consiste, por tanto,
en estos dos elementos combinados en sus debidas propor-
ciones: el sermón y el acto de predicar. Este “acto” hay que
añadirlo al sermón. Esa es la verdadera predicación. Ambas
cosas han de ser recalcadas. Ya he señalado la diferencia que
hay entre ellas, pero aún he de decir una palabra más acerca
de esto. Si no sabes qué diferencia existe entre el sermón y el
acto de predicar, muy pronto la descubrirás como predica-
dor. Una de las maneras por la que muy probablemente la
descubrirás es como yo mismo la he descubierto muchas
veces. Ocurre así. Estás en tu propia iglesia predicando un
domingo. Predicas un sermón y, por alguna razón, este pare-
ce salir con facilidad, uniformemente y con cierto poder. Tú
mismo te sientes conmovido; has tenido lo que se llama “un
buen culto” y la gente lo ha percibido tanto como tú. Muy
bien; pero ahora te toca predicar en algún otro sitio, ya sea el
domingo siguiente o al otro, y te dices a ti mismo: “Predicaré
el sermón que prediqué el domingo pasado. Tuvimos un
domingo maravilloso por medio de él”. Subes, pues, a este
otro púlpito, escoges el mismo texto y comienzas a predicar.
Pero de repente te das cuenta de que no estás obteniendo
realmente nada; parece que todo se deshace en tus manos.
¿Cuál es la explicación? Una es esta. Lo que pasó el domingo
anterior fue que, cuando estabas predicando el sermón en tu
propio púlpito, el Espíritu Santo vino sobre ti, o quizá sobre
la congregación (muy bien pudo ser, como ya expliqué con
anterioridad, que fuera mayormente sobre la congregación y
que tú lo recibieras de ellos), y tomó tu pobre sermón y a ti
te fue dada esa unción especial y esa autoridad de una mane-
ra inusitada, y por eso tuviste ese culto excepcional. Pero
ahora estás en circunstancias diferentes, con una congrega-
ción diferente, y tú también puedes sentirte diferente. Ahora
tienes, pues, que apoyarte en tu sermón y te encuentras de
repente con que no tienes mucho sermón.
Esto ayuda a ilustrar la diferencia entre un sermón y el
aaaa
La predicación y los predicadores 109
Capítulo 5
acto de predicar el sermón. Esto es un gran misterio. Espero
abundar en este asunto más adelante. Pero digo esto ahora
para hacer hincapié en que las dos cosas son diferentes y la
verdadera predicación implica la combinación de ambas
cosas. No debes apoyarte ni en la una ni en la otra. No has
de apoyarte solamente en tu sermón ni tampoco debes apo-
yarte en el acto de predicar solamente; ambas cosas son
esenciales para la verdadera predicación.
Voy a expresar esto de nuevo en forma de una historia,
de una anécdota. Hubo un viejo predicador en Gales al que
yo conocía muy bien. Era un anciano muy capaz y además
un buen teólogo; pero siento decir que tenía tendencia al
cinismo. Pero era un crítico muy agudo. En cierta ocasión
estaba presente en la última parte de un sínodo en el que
predicaban dos hombres. Estos eran ambos profesores de
teología. Predicó el primero y, cuando había terminado,
este viejo predicador, este viejo crítico, se volvió a quien
estaba sentado a su lado y le dijo: “Luz sin calor”. Luego pre-
dicó el segundo profesor, el cual era de más edad y algo
emocional. Cuando hubo terminado, el anciano cínico se
volvió a su amigo y le dijo: “Calor sin luz”. Ahora bien, esta-
ba en lo cierto en ambos casos. Pero lo importante es que a
ambos predicadores les faltaba algo. Has de tener luz y
calor; sermón más predicación. La luz sin el calor no afecta
a nadie; y el calor sin la luz no tiene valor permanente.
Puede ser que tenga un pasajero efecto transitorio, pero eso
realmente no ayuda a tu congregación, ni la edifica ni obra
eficazmente en ella.
¿Qué es la predicación? ¡Lógica apasionada! ¡Razona-
miento elocuente! ¿Son estas cosas contradictorias? Por
supuesto que no. La argumentación concerniente a la
Verdad debe ser poderosamente elocuente, como se puede
ver en el caso del apóstol Pablo y de otros. Eso es teología
apasionada. Y yo considero que una teología no apasionada
es una teología deficiente; o, al menos, el entendimiento
que ese hombre tiene de ella es deficiente. La predicación
es teología que viene a través de un hombre fervoroso. Un
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110 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
verdadero entendimiento y una experiencia de la Verdad
han de conducir a esto. Otra vez digo que un hombre que
puede hablar sobre estas cosas desapasionadamente no
tiene derecho alguno a estar en un púlpito, y no se le debie-
ra permitir nunca subir a ninguno.
¿Cuál es el fin principal de la predicación? Me gusta pen-
sar que es el siguiente: proporcionar a los hombres y a las
mujeres una conciencia de Dios y de su presencia. Como ya
he dicho anteriormente, durante este último año he estado
enfermo, y debido a ello he tenido la oportunidad, y el pri-
vilegio, de escuchar a otros en vez de estar yo mismo predi-
cando. Y, como he estado escuchando físicamente débil,
esto es lo que he estado buscando, anhelando y deseando.
Puedo perdonar a un hombre por un mal sermón, puedo
perdonar al predicador casi todo con tal de que me propor-
cione un sentimiento de Dios; con tal de que me proporcio-
ne algo para mi alma; con tal de que me dé la sensación de
que, aunque él mismo sea inadecuado, está manejando algo
que es muy grande y muy glorioso; con tal de que me ofrez-
ca algún tenue atisbo de la majestad y de la gloria de Dios,
del amor de Cristo mi Salvador y de la magnificencia del
Evangelio. Si hace eso, yo soy deudor suyo y le estoy profun-
damente agradecido. La predicación es la actividad más sor-
prendente y emocionante en la que uno puede estar ocupa-
do, debido a todo lo que contiene para todos nosotros en el
presente y debido a todas las posibilidades gloriosas sin fin
en un futuro eterno.
Voy a terminar con dos citas. Hubo un gran predicador
en los Estados Unidos hace unos 100 años que se llamaba
James Henry Thornwell. Probablemente sea el teólogo más
grande que la Iglesia presbiteriana del Sur haya producido
jamás; pero fue además un gran predicador y un hombre en
extremo elocuente. Hay quienes dicen que, después de
Samuel Davies, él fue el más elocuente predicador que el
continente americano ha producido jamás. Por eso su bió-
grafo trata de transmitirnos cierta impresión de lo que era
ver y oír a Thornwell predicando. Y hago notar que esto
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La predicación y los predicadores 111
Capítulo 5
confirma e ilustra mi definición de la verdadera predicación
como algo en que se mira además de oír, debido a que todo
el hombre se implica en la acción. Así es como él lo descri-
be:
¿Qué símbolos podrían transmitir esa amable mirada,
esos tonos temblorosos y variados, la postura expresiva,
el ademán típico y prefigurado, toda su estremecedora
constitución que eran en él el complemento de un autor
consumado? El relámpago, las aborregadas nubes que
adornan el cielo y la blanca cresta de la ola del océano
sobrepasan la habilidad del pintor. Era indescriptible.
Esta fue la impresión que recibió de la predicación de
Thornwell.
Y ahora consideremos lo que el propio Thornwell dijo
acerca de la predicación y de sí mismo como predicador:
Es muy importante comprender qué es ser predicador y
cómo se debe predicar. Los sermones eficaces son fruto
del estudio, la disciplina, la oración y, especialmente, la
unción del Espíritu Santo. Deben combinar las
excelencias características de los demás géneros de
composición destinados a la divulgación y deben ser
pronunciados no meramente con el ardor de la fe, sino
también con la influencia impulsora de la caridad
procedente del Cielo. Debe verse que vienen del
corazón, y de un corazón lleno del amor de Cristo y de
amor hacia las almas. Por esta razón hay tan poca
predicación en el mundo, y vemos que es un misterio
de la gracia y del poder divino el que la causa de Dios
no se haya echado a perder en el mundo cuando
consideramos las cualidades para predicarla de los que
profesan ser ministros. Mis propias actuaciones en este
campo me llenan de desagrado. Yo nunca he elaborado,
y mucho menos predicado, un sermón en mi vida, y
estoy empezando a perder la esperanza de ser alguna
vez capaz de hacerlo. Quiera el Señor darme más
conocimiento, gracia y sencillez de propósito.
112 La predicación y los predicadores
El acto de predicar
No hay nada que añadir a eso. Cualquier hombre que
haya vislumbrado algo de lo que es predicar sentirá inevita-
blemente que él nunca ha predicado. Pero continuará
intentándolo con la esperanza de que, por la gracia de Dios,
algún día pueda en verdad predicar.
La predicación y los predicadores 113
Capítulo 6
El predicador
D
eseo recordar de nuevo nuestro método para abor-
dar nuestro tema. Estamos en un culto y mirando a
un hombre que se halla en el púlpito y que se dirige
a personas. Habiendo mostrado la vital importancia de la
predicación y que esta es el principal asunto y tarea de la
Iglesia, hemos considerado los dos aspectos de la predica-
ción: el sermón y el acto mismo de predicar. Confío en que
he dejado claro que, al menos tal como yo veo las cosas, los
dos aspectos son de vital importancia; no puedes tener uno
de ellos sin el otro. Ambos son esenciales, y la verdadera pre-
dicación consiste en la correcta mezcla de estos dos elemen-
tos.
Siguiendo ahora con este mismo enfoque, y centrándonos
aún en la predicación en general, a mí me parece que la
siguiente pregunta lógica que debemos plantear es: ¿Quién
debe hacer esto? ¿Quién debe predicar? O expresándolo en
los términos de la Escritura: “Para estas cosas, ¿quién es sufi-
ciente?”. ¿Quién lo es para presentar este mensaje tal como lo
hemos definido y en la forma en que hemos indicado? He
aquí una pregunta sumamente importante, y especialmente
hoy, cuando algunos dicen que no necesitamos la Iglesia para
nada y hablan del “cristianismo sin religión”. Pero hasta entre
aquellos que aún creen en la Iglesia es necesario plantear esta
pregunta: ¿Quién puede predicar así?
El primer principio que deseo establecer es que clara-
mente no todos los cristianos están llamados a predicar, y ni
siquiera todos los hombres cristianos están llamados a ello, ¡y
menos las mujeres! En otras palabras, hemos de considerar
la llamada “predicación laica”. Esta ha sido muy comúnmen-
te practicada durante 100 años o más. Anteriormente era
relativamente rara, pero ha llegado a ser muy común. Sería
interesante ir a la historia de esto, pero la falta de tiempo nos
lo impide. Es interesante observar que este cambio, una vez
más, fue principalmente debido a causas teológicas. Fue el
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114 La predicación y los predicadores
El predicador
apartarse teológicamente, en el siglo XIX, de una posición
calvinista reformada a una actitud esencialmente arminiana
lo que motivó el crecimiento de la predicación laica. La
explicación de esa causa y su efecto es que el arminianismo,
en último término, no es teológico. Por ese motivo, la mayo-
ría de las denominaciones hoy día son por lo general no teo-
lógicas. Y, siendo ese el caso, no es de sorprender que gana-
ra aceptación la idea de que la predicación estaba abierta
prácticamente a cualquier hombre que se hubiera converti-
do y, más adelante, también a cualquier mujer.
Yo afirmo que esta idea de la predicación es antibíblica.
Hay, desde luego, circunstancias excepcionales cuando esto
pudiera ser necesario; pero entonces yo cuestionaría si se
trata realmente de una “predicación laica”. Lo que quiero
decir al referirme a circunstancias excepcionales es que muy
bien pudiera darse el caso, debido al estado y a la situación
de una iglesia —falta de medios, etc.— de que la iglesia no
pudiera permitirse sostener a un hombre a tiempo comple-
to en la obra del ministerio, y en particular de la predica-
ción. Las definiciones son importantes en este punto. La
idea moderna de la predicación laica, en gran parte deriva-
da de la enseñanza de los metodistas y de los hermanos de
Plymouth, es que esta debiera ser la práctica normal y no la
excepción, y que el predicador es un hombre que se gana su
sustento por medio de una profesión o negocio y que predi-
ca, por decirlo así, en su tiempo libre.
La situación excepcional que yo estoy considerando es la
de un hombre que se siente llamado al ministerio y a quien
le gustaría dedicar todo su tiempo a ello pero que, debido a
las circunstancias que he descrito, no puede hacerlo. El
anhela que llegue el día cuando la iglesia sea suficientemen-
te fuerte económicamente y en otros aspectos como para sos-
tenerle y así poder dedicar la totalidad de su tiempo a esta
tarea. De manera que yo no le llamaría, hablando estricta-
mente, un predicador laico; es un hombre que por el
momento tiene que ganarse su sostenimiento, en parte,
haciendo otra cosa para que le sea posible predicar. Lo que
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La predicación y los predicadores 115
Capítulo 6
deseo examinar es la idea de que cualquier hombre cristiano
puede predicar y debe predicar. Hay algunos sectores de la
Iglesia cristiana que enseñan esto asiduamente. Prima el
eslogan siguiente: “Dale al recién convertido algo que hacer;
envíalo a predicar y a dar su testimonio”, etc. Hay tendencia
a empujar a la gente a la predicación. Mucho de esto debe
atribuirse a la influencia de Charles G. Finney y también de
D.L. Moody, quien fue un defensor muy entusiasta de esa
idea de darle algo que hacer a los nuevos conversos.
¿En qué nos basamos nosotros para criticar esta actitud
hacia la predicación? Quiero señalar que se debe a no haber
entendido la diferencia entre decir que cada cristiano debe
estar dispuesto a —como escribe Pedro en 1 Pedro 3:15—
“presentar [...] razón de la esperanza que hay en vosotros” y
decir que cada cristiano debe predicar el Evangelio. Es dife-
rente. Todo cristiano debiera ser capaz de dar una explica-
ción de por qué es cristiano; pero eso no quiere decir que
cada cristiano deba predicar.
La diferencia se hace patente de una manera sumamente
interesante en Hechos 8:4-5. Allí se nos relata que se levantó
en Jerusalén una gran persecución contra la Iglesia y que
todos los miembros de la Iglesia fueron esparcidos excepto
los Apóstoles. Entonces se nos dice en los versículos 4 y 5:
“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anun-
ciando el evangelio. Entonces Felipe, descendiendo a la ciu-
dad de Samaría, les predicaba a Cristo”. En el original, las
palabras “anunciar” y “predicar” también son diferentes, y es
una importante distinción. Lo que hizo la gente que fue
esparcida por todas partes fue, tal como alguien ha indicado
que debería traducirse, “charlar” acerca de la Palabra, hablar
de ella en sus conversaciones. Pero, en cambio, Felipe hizo
algo diferente; él fue “anunciando como un heraldo” el
Evangelio. Esto es, estrictamente hablando, lo que quiere
decir “predicar” en el sentido en el que yo he venido utilizan-
do el término. No es casualidad que señale tal distinción en
este texto.
Por tanto, el hecho es que todo cristiano debe ser capaz
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116 La predicación y los predicadores
El predicador
de hacer lo que se indica en el versículo 4, pero solamente
algunos son llamados a hacer lo que se indica en el versícu-
lo 5. En el Nuevo Testamento, esta distinción está muy clara-
mente delineada; solo ciertas personas son apartadas y llama-
das para presentar el mensaje, digamos, de parte de la Iglesia
de una manera oficial. Ese acto se limita a ancianos y sola-
mente a algunos de ellos: a los ancianos maestros, al anciano
que ha recibido el don de la enseñanza, a los pastores y a los
maestros. Está claro que, en el Nuevo Testamento, la predi-
cación se limitaba a los apóstoles, a los evangelistas y a estos
otros.
¿Por qué digo que esto es importante? ¿Cuál es la crítica
esencial que se le hace a la “predicación laica”? La respuesta
se reduce a esto: que parece hacer caso omiso de toda la idea
del “llamamiento”. Hay además otras razones que a mí me
parecen militar contra esta idea. Mi principal argumento es
que la imagen que ya he ofrecido del predicador, y de lo que
hace, asevera no solamente que esto es algo a lo que alguien
tiene que ser llamado, sino también algo que debiera ocupar
la totalidad de su tiempo salvo en circunstancias excepciona-
les. No se puede hacer como algo secundario, por así decir-
lo; ese es un enfoque erróneo, una actitud errónea.
En primer lugar examinémoslo en los términos de esta
cuestión del llamamiento. ¿Qué es el predicador? Bien,
obviamente, el predicador es un cristiano como cualquier
otro. Eso es básico y absolutamente esencial. Pero es más que
eso, hay algo más; y es aquí donde se introduce toda esta
cuestión del llamamiento. El predicador no es un cristiano
que decide predicar, no es alguien que simplemente decide
hacerlo, ni que decide tomarse la predicación como una pro-
fesión. Esto ha pasado con frecuencia. Hay hombres a quie-
nes les gusta bastante la idea de ser ministros. Les parece ser
un tipo de vida ideal, una vida con abundancia de tiempo
libre, que proporciona amplia oportunidad para la lectura
de filosofía, teología o cualquier cosa que se les antoje leer.
Si resulta que son poetas, pues bien, esto les dará tiempo
abundante para escribir poesía. Y esto es aplicable también a
a
La predicación y los predicadores 117
Capítulo 6
los ensayistas o novelistas. Esta imagen del tipo de vida que
vive un ministro ha atraído con frecuencia a los jóvenes y ha
habido muchos que han entrado en el ministerio de esta
manera.
Apenas necesito decir que esto es enteramente erróneo y
bastante ajeno a la imagen que uno obtiene de las Escrituras,
así como a la de las vidas de los grandes predicadores a tra-
vés de los siglos. La respuesta a esa falsa idea es que la predi-
cación no es nunca algo que un hombre decide hacer. Más
bien lo que sucede es que llega a ser consciente de un “lla-
mamiento”. Toda esta cuestión del llamamiento no es un
asunto fácil; y todos los ministros han tenido conflictos por
esta causa porque es algo de vital importancia para nosotros.
¿Estoy yo llamado a ser predicador o no? ¿Cómo lo sabes?
Quiero hacer notar que existen ciertas pruebas para saberlo.
Un llamamiento comienza generalmente en forma de cono-
cimiento o percepción dentro del propio espíritu de uno,
una conciencia de una especie de presión que gravita en el
propio espíritu, una cierta turbación en la esfera del espíri-
tu, y de esta manera tu mente se dirige a todo el asunto de la
predicación. Tú no lo has pensado deliberadamente, no te
has sentado en frío a considerar posibilidades, y después,
habiendo tenido en cuenta varias, te has decidido por ello.
No es eso. Es algo que te sucede; es que Dios está tratando
contigo, y que Dios actúa en ti por su Espíritu; es algo de lo
que te das cuenta y no algo que haces. Lo recibes sin buscar-
lo, se te presenta y casi se te impone a la fuerza constante-
mente de esta manera.
Después, lo que ha estado ocurriendo de esa forma en la
esfera de tu espíritu se ve confirmado o acentuado por la
influencia de otros que quizá hablen contigo y te planteen
preguntas. Esta suele ser a menudo la forma en que los hom-
bres son llamados a ser predicadores. En muchas biografías
podrás leer que un joven que nunca había pensado en pre-
dicar fue abordado por un anciano de la iglesia o por un her-
mano espiritual miembro de la iglesia que le planteó la
siguiente pregunta: “¿No crees que quizá tú estás llamado a
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118 La predicación y los predicadores
El predicador
predicar este Evangelio?”. Y entonces el que hace la pregun-
ta le da sus razones para decir eso. Y quizá por medio de él
dé el paso inicial. Mi experiencia me dice que, generalmen-
te, estas dos cosas vienen juntas.
Después, esto se va desarrollando y lleva a tener un inte-
rés por otros. Estoy contrastando esto con la idea tan común
de que se entra en el ministerio como se escoge una profe-
sión o una ocupación. El verdadero llamamiento siempre
incluye preocupación por los demás, interés en ellos, una
percepción de su estado de perdición y de su situación, un
deseo de hacer algo por ellos y de comunicarles el mensaje
e indicarles el camino de la salvación. Esta es una parte esen-
cial del llamamiento; y esto es importante, en particular
como un medio para probarnos a nosotros mismos.
Frecuentemente ha ocurrido que jóvenes que tienen cier-
tos dones oyen a un gran predicador y quedan fascinados
por él y por lo que hace. Les fascina su personalidad o su elo-
cuencia, son conmovidos por él e inconscientemente
comienzan a sentir un deseo de ser como él y de hacer lo que
él está haciendo. Ahora bien, eso puede ser algo correcto o
puede ser una equivocación muy grande. Puede que sola-
mente estén fascinados por el encanto de la predicación, y se
vean atraídos por la idea de dirigirse a audiencias e influir en
ellas. Pueden asomarse todo tipo de motivaciones equivoca-
das y falsas. La manera de examinarse a sí mismo contra ese
peligro es preguntarse: ¿Por qué quiero yo hacer esto? ¿Por
qué tengo interés en esto? Y, a menos que uno descubra un
genuino interés por los demás y por su estado y situación, y
un deseo de ayudarles, hará muy bien en dudar de sus moti-
vaciones.
Pero hemos de proseguir a algo aún más profundo; debie-
ra haber también un sentimiento de constreñimiento. Esta
es sin duda una prueba crucial. Esto quiere decir que tienes
la sensación de que no puedes hacer ninguna otra cosa.
Creo que fue el Sr. Spurgeon quien solía decir a los jóvenes:
“Si podéis hacer cualquier otra cosa, hacedla. Si podéis per-
manecer fuera del ministerio, quedaos fuera del ministerio”.
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La predicación y los predicadores 119
Capítulo 6
Yo ciertamente diría lo mismo sin titubeo alguno. Yo diría
que el único hombre que está llamado a predicar es aquel
que no puede hacer ninguna otra cosa en el sentido de que
ninguna otra cosa le satisface. El llamamiento a predicar está
de tal manera sobre él, y hay tal presión gravitando sobre él,
que dice: “No puedo hacer ninguna otra cosa; tengo que
predicar”.
O puedo expresarlo de la siguiente manera (y hablo por
experiencia personal). Estás seguro del llamamiento cuando
eres incapaz de detenerlo y de resistirlo. Tratas por todos los
medios de hacerlo. Dices: “No, continuaré con lo que estoy
haciendo; soy capaz de hacerlo y es un buen trabajo”. Haces
todo lo que puedes para apartar y quitarte de encima esa tur-
bación que sientes en tu espíritu y que te llega de estas diver-
sas formas. Pero llegas a un punto cuando ya no puedes más.
Casi se vuelve una obsesión, y tan abrumadora que al final
dices: “No puedo hacer ninguna otra cosa, no puedo resistir
por más tiempo”.
Eso es, tal como yo lo entiendo, lo que significa ser llama-
do a predicar. Pero sigamos adelante con una prueba más
por medio de algo que es igualmente importante. Ya lo
había señalado anteriormente: se trata de un sentido inte-
rior de falta de confianza en uno mismo, una sensación de
indignidad, una sensación de insuficiencia. Ninguna expre-
sión más perfecta de esto se puede hallar en sitio alguno que
la que se encuentra en 1 Corintios 2, en donde Pablo habla
de “debilidad, y mucho temor y temblor”. Él repite la misma
idea en 2 Corintios 2:16, donde se pregunta: “Y para estas
cosas, ¿quién es suficiente?”. La enseñanza de Pablo conocer-
niente al llamamiento de Dios a este singular trabajo, que
hemos estado exponiendo detalladamente, conduce inevita-
blemente a esa pregunta. Él lo expresa de esta manera:
Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo
en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en
todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios
somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los
que se pierden; a estos ciertamente olor de muerte para
muerte y a
120 La predicación y los predicadores
El predicador
a aquellos olor de vida para vida. Y para estas cosas,
¿quién es suficiente?
Al darse cuenta de todo lo que está involucrado en la pre-
dicación, es inevitable que un hombre se sienta indigno e
inadecuado. Por tanto, no solamente se siente indeciso, sino
que cuestiona sus sentimientos, los pone en duda y los exa-
mina cuidadosamente; hace todo lo posible por apartar esto
de sí.
Estoy recalcando todo esto porque, por alguna extraña
razón, este es un aspecto del asunto que raramente se men-
ciona alguna vez en nuestra época y en nuestra generación.
Esta es también mi razón definitiva para estar en contra de
la idea de la predicación laica. El hombre que se constituye
él mismo en predicador no titubea en correr al púlpito y pre-
dicar, y pretende poder hacerlo como algo secundario en su
tiempo libre. ¿Qué sabe él de “debilidad, y mucho temor y
temblor”? Pero, ¡ay!, a veces ocurre exactamente lo contra-
rio, y en su confianza en sí mismo es sumamente crítico, y
aun altivo respecto a los predicadores ordenados. Aunque
ellos no tienen ninguna otra cosa que hacer, lo hacen mise-
rablemente mal; ¡pero él puede hacerlo en sus ratos libres!
Eso es exactamente contradecir al gran Apóstol y lo que ha
sido cierto de todos los más grandes predicadores en la
Iglesia en todos los siglos anteriores. Lo que en realidad
parece que ocurre es que, cuanto más grande el predicador,
más dudas tiene generalmente en cuanto a predicar. Con
mucha frecuencia, tales hombres han tenido que ser persua-
didos por ministros, ancianos y otros a hacerlo; se retiraban
de la temida responsabilidad. Esto fue así en el caso de
George Whitefield, uno de los predicadores más grandes y
más elocuentes que jamás han engalanado un púlpito. Y ha
sido así en el caso de muchos otros. Mi razonamiento es, por
tanto, que un hombre que siente ser competente y que
puede hacerlo fácilmente y, por tanto, se apresura a predicar
sin sentido alguno de temor o temblor y sin titubeo de nin-
aaaa
La predicación y los predicadores 121
Capítulo 6
guna clase, el tal hombre está proclamando que nunca ha
sido “llamado” a ser un predicador. El hombre que es llama-
do por Dios es alguien que sabe a qué ha sido llamado, y tam-
bién que se da cuenta de la solemnidad de la tarea y se retrae
ante ella. Ninguna otra cosa sino esta abrumadora sensación
de ser llamado, y de compulsión, debieran llevar jamás a
alguien a predicar.
* * *
Esa es, por tanto, la primera cosa que coloca a un hombre en
un púlpito para predicar. Debo apresurarme a añadir que
aun esto necesita ser examinado y confirmado; y lo hace la
Iglesia. El primer aspecto lo indica de nuevo el Apóstol en la
Epístola a los Romanos, capítulo 10: “Todo aquel que invoca-
re el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a
aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de
quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predi-
que? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?” (Romanos
10:13-15). El predicador es “enviado”. ¿Pero cómo podemos
estar seguros de haber sido “enviados” en este sentido y de
que no estamos simplemente designándonos a nosotros mis-
mos? Es aquí donde entra la Iglesia. Esta es la enseñanza del
Nuevo Testamento, y no solamente en relación con la predi-
cación y la enseñanza, sino también en relación con los otros
cargos en la Iglesia. Tan prematuramente como en el capítu-
lo 6 del libro de Hechos de los Apóstoles se establecen ciertas
cualidades propias de los diáconos. La Iglesia selecciona a
estos hombres según ciertos principios; a ella se le enseña
qué cosas debe buscar y entonces busca tales cualidades. Lo
mismo encontramos en las Epístolas Pastorales, en donde se
comunican las instrucciones respecto a las cualidades de los
ancianos y de los diáconos. Por tanto, antes de poder estar
seguro de que un hombre ha sido llamado a ser predicador,
su llamamiento personal ha de ser confirmado por la Iglesia,
ha de ser atestiguado por la Iglesia.
Una vez más he de matizar esto diciendo que la historia
de la Iglesia y de los predicadores muestra con bastante cla-
aa
122 La predicación y los predicadores
El predicador
ridad que a veces la Iglesia ha cometido errores. Los ha
cometido muchas veces rechazando a hombres que han
demostrado por sus testimonios como predicadores que fue-
ron obviamente llamados por Dios. Por ejemplo, el Dr.
Campbell Morgan fue rechazado por la Iglesia metodista de
Inglaterra. Pero esa es una excepción, una excepción que
confirma la regla; y no se legisla para los casos excepcionales
y difíciles. Me refiero a la generalidad. Cuando hay un hom-
bre excepcional y destacado, Dios lo dará a conocer de algu-
na manera y a pesar de los hombres; pero eso no ocurre muy
frecuentemente.
Lo que acontece más comúnmente es que hay hombres
que se sienten llamados pero que en realidad no lo son; y es
tarea de la Iglesia ver esto y manejar la situación. Yo podría
poner muchos ejemplos y dar muchas ilustraciones de esto.
Cuando alguien ha venido a mí y me ha dicho que ha sido
llamado a ser predicador, siempre he sentido que lo mejor
que podía hacer era poner cualquier obstáculo imaginable
en su camino. Además de eso, utilizo todos los criterios a mi
alcance para tantear su personalidad, su inteligencia y su
habilidad para hablar. La correspondencia entre lo que el
hombre siente y lo que la iglesia debe sentir es sumamente
importante. Una historia muy conocida sobre Spurgeon ilus-
tra esto bien. Un domingo, al terminar el culto de la tarde,
un hombre acudió a él y le dijo:
—Sr. Spurgeon, el Espíritu Santo me dice que tengo que
predicar aquí, en este Tabernáculo, el próximo jueves por la
noche.
—Bien, es una cosa muy curiosa —dijo Spurgeon— que
el Espíritu Santo no me lo haya dicho a mí.
¡Obviamente, pues, aquel hombre no predicó el jueves en
el Tabernáculo! Aquello era de pura lógica. Si el Espíritu
Santo le hubiera dicho a aquel hombre que hiciera eso, se lo
habría dicho también al Sr. Spurgeon. El Espíritu Santo
actúa siempre de manera ordenada.
Este es un asunto sumamente sutil. Nuestra naturaleza,
nuestra ambición o el gusto por determinados oficios, o deter-
a
La predicación y los predicadores 123
Capítulo 6
minadas tareas, pueden crear en uno el deseo de ser predica-
dor, y nos convencemos a nosotros mismos de que se trata del
Espíritu de Dios guiándonos. Sé que esto ha pasado muchas
veces; y una de las más dolorosas tareas a las que se enfrenta
un ministro es la de desanimar a alguien que acude a él de
esta forma. ¿En qué se basa para desanimarle? Existen ciertas
pruebas que tiene que aplicar, y lo mismo debe hacer la
Iglesia. ¿Qué es lo que la Iglesia espera de un hombre que dice
que ha sido llamado a ser predicador? Obviamente debe espe-
rar algo excepcional en él. Ha de ser cristiano, por supuesto,
pero debe haber algo más, tiene que haber algo adicional.
¿Qué es lo que esperas tú? Bien, recordemos de qué
manera en Hechos 6, aun en el asunto de nombrar diáconos
que simplemente habrían de gestionar una cuestión finan-
ciera, una obra caritativa relacionada con el sustento de las
viudas, se insistió en que debían ser hombres “llenos del
Espíritu Santo”. Esta es la primera y principal cualidad.
Debes esperar un grado de espiritualidad inusual, y esto ha
de ser lo primero debido a la naturaleza de la tarea. Además
debes esperar un cierto grado de seguridad respecto a su
conocimiento de la Verdad y su relación con ella. Si es un
hombre que siempre está luchando él mismo con proble-
mas, dificultades y confusiones, y tratando de descubrir las
verdades, y si es tan inseguro que siempre se ve influido por
el último libro que lee y es “llevado por doquiera de todo
viento de doctrina” y de cada nueva moda teológica, enton-
ces está muy claro que es ipso facto un hombre que no está
llamado al ministerio. Alguien que tiene grandes problemas él
mismo y se halla en un estado de perplejidad, claramente,
no es apto para ser predicador, porque predicaría a personas
con problemas y su principal función es ayudarles y ocupar-
se de ellas. “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?”. Esa
es la propia pregunta del Señor para tal situación. El predi-
cador, por tanto, debe ser un hombre que se caracteriza por
una espiritualidad en un grado inusual, y un hombre que ha
llegado a un conocimiento y entendimiento estable y seguro
de la Verdad y siente ser capaz de predicarla a otros.
124 La predicación y los predicadores
El predicador
¿Qué más falta? Procedamos ahora a examinar lo que se
llama comúnmente el carácter. Yo no describiría el estar
“lleno del Espíritu Santo” como carácter, lo cual quiere decir
que es un hombre que se caracteriza por una vida piadosa.
Esto lo encontramos de nuevo y con claridad en las
Escrituras; por ejemplo, en la carta de Pablo a Tito: “Exhorta
asimismo a los jóvenes a que sean prudentes; presentándote
tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza
mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprocha-
ble, de modo que el adversario se avergüence, y no tenga
nada malo que decir de vosotros” (Tito 2:6-8). El predicador
ha de ser un hombre santo. Pero además debe tener sabidu-
ría. Y no solo eso, sino que también ha de tener paciencia y
capacidad de aguante. Esto es sumamente importante en un
predicador. El Apóstol lo expresa así: “El siervo del Señor no
debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para
enseñar, sufrido” (2 Timoteo 2:24).
Estas son cualidades básicas. Un hombre puede ser un
buen cristiano y muchas otras cosas; pero si le faltan estas
cualidades no podrá ser predicador. Ha de ser, además de
esto, un hombre que comprende a las personas y la natura-
leza humana. Estas son cuabdades y características generales
que deben esperarse y en las que hemos de insistir.
Solamente después de haber hecho hincapié en tales cua-
lidades podemos hablar de la cuestión de la habilidad. Me
parece que una de las tragedias de la Iglesia moderna es que
tendemos a poner la habilidad en primer lugar. No debe ser
lo primero, sino ocupar su debido lugar. Pero ciertamente
ha de tenerse en cuenta eso. Recuerdo a un joven que vino
a mí hace muchos años diciéndome que estaba completa-
mente seguro de haber sido llamado al ministerio. No sola-
mente me lo dijo a mí, sino que además hizo algo que me
preocupó mucho más. Resulta que el domingo anterior yo
había estado ausente de mi iglesia y otro predicador de fuera
había ocupado mi lugar. Mi joven amigo había ido a este pre-
dicador y le había dicho que se sentía llamado a predicar y
al ministerio; y el predicador que estaba de visita, no sabien-
a
La predicación y los predicadores 125
Capítulo 6
do nada en absoluto acerca de él, le había animado, enco-
miado y urgido a seguir. La realidad era que el pobre mucha-
cho carecía de la necesaria habilidad mental para ser predi-
cador. Era así de sencillo. Él nunca hubiera sido capaz de
pasar ni siquiera los exámenes preliminares; y si apenas los
hubiera aprobado de alguna manera, carecía de la capaci-
dad mental requerida para la obra que hemos estado descri-
biendo. Hemos de recalcar, pues, la inteligencia y la habili-
dad natural. Para que un hombre utilice “bien la palabra de
verdad”, ha de tener la capacidad para ello. El apóstol Pablo
dice que ha de ser “apto para enseñar”. Ya que predicar sig-
nifica presentar el mensaje de Dios de la manera que hemos
descrito, que incluye la relación entre la teología sistemática
y el significado exacto de un texto concreto, obviamente esto
requiere un cierto grado de intelecto y de habilidad. De
forma que, si un hombre carece de ese mínimo básico en ese
aspecto, claramente no está llamado a ser predicador.
Después yo añadiría a eso “el don de la palabra . Tenemos
de nuevo algo aquí que, con seguridad, tendemos a olvidar
en la actualidad. De ahí mi insistencia en el acto de predicar,
en lo que se refiere al acto mismo de hablar. ¿Qué es un pre-
dicador? Lo primero, obviamente, es que se trata de un ora-
dor. No es, en primer lugar, un escritor de libros, m un ensa-
yista ni un literato; el predicador es primeramente un ora-
dor. Por tanto, si el candidato no posee el don de la palabra,
por mucho que posea cualquier otra cosa no va a poder ser
predicador. Puede que sea un gran teólogo, puede que sea
un hombre excelente dando asesoramiento y consejo perso-
nal, y muchas otras cosas; pero, por definición, si no tiene el
don de la palabra no puede ser predicador.
Quisiera una vez más ilustrar esto por medio de un ejem-
plo. Recuerdo el caso de un joven que era muy buen cientí-
fico y que lo había hecho bien y lo estaba haciendo bien en
su propia actividad. Vino a mí diciendo que estaba seguro de
que estaba llamado a ser predicador. Pero yo supe inmedia-
tamente que estaba equivocado. ¿Por qué? No por un discer
nimiento especial por mi parte, sino simplemente porque
aaaaa
126 La predicación y los predicadores
El predicador
era obvio que apenas podía expresarse ni siquiera en conver-
sación privada y, por tanto, mucho menos en público. Era un
hombre muy capacitado, pero obviamente no tenía el don
de la comunicación. No podía hablar con libertad, titubea-
ba, vacilaba, era inseguro y apocado en su manera de hablar.
Hice todo lo que pude para impedir que prosiguiera su pre-
paración. Sin embargo, no quiso escucharme, porque él
estaba seguro de su llamamiento. Empezó a estudiar teología
y lo hizo muy bien en Oxford y finalmente fue ordenado
como ministro. Creo que estoy en lo cierto al decir que en
total estuvo en tres iglesias diferentes en unos siete años.
Entonces, como resultado de esa experiencia, él mismo llegó
a ver claramente que nunca había sido llamado a predicar.
Volvió a su trabajo como científico y lo está haciendo muy
bien. Ahí es donde siempre debiera haber estado, ya que
carecía de este don particular y esencial de la palabra.
Estos puntos concretos son de la mayor importancia.
Hablo como alguien que ha tenido que considerar este pro-
blema muy a menudo durante los últimos cuarenta años. Voy
a contar otra historia que ejemplifica lo que estoy diciendo.
Algunas veces, este error en cuanto a un llamamiento lo
comete no tanto el hombre en cuestión, sino algún ministro
o anciano de la iglesia que se encarga de indicar al hombre
que debiera ser predicador y hasta le insiste y presiona para
que lo haga. Recuerdo muy bien un incidente ocurrido un
domingo por la noche. Después de predicar me fui a mi des-
pacho en la iglesia y un joven vino a verme. Parecía estar
muy inquieto y le dije:
—Y bien, ¿qué pasa? ¿En que puedo ayudarte?
Me dijo que no quería robarme mucho tiempo, que sola-
mente quería que le dijera una cosa: si yo conocía a algún
psiquiatra cristiano.
—Bueno —le dije—, ¿para qué necesitas ver a un psiquia-
tra cristiano?
El me respondió diciendo:
—Estoy muy preocupado, tengo una gran confusión.
Le pregunté acerca de la causa de la confusión. Dicho sea
a
La predicación y los predicadores 127
Capítulo 6
de paso, no deberíamos enviar a alguien a un psiquiatra a
menos que estemos bastante seguros de que necesita tal
ayuda; y mi experiencia es que la mayoría de la gente que
pregunta por el nombre de un psiquiatra cristiano necesita
ayuda espiritual más que tratamiento psiquiátrico. De cual-
quier modo, yo le pregunté al joven:
—¿Por qué necesitas ver a un psiquiatra?
Y de nuevo respondió:
—Tengo una gran confusión.
—¿Cuál es la causa de tu confusión? —le pregunté.
Entonces me contó su historia. Había estado las dos últi-
mas semanas en cierta escuela que se había abierto reciente-
mente para preparar evangelistas. Hasta entonces, él había
estado ejerciendo su profesión como panadero en el oeste
de Inglaterra. Había sido dotado con una buena voz para
cantar que utilizaba para ayudar en la obra de su iglesia
local. Recientemente había habido una campaña evangelísti-
ca en su pequeña ciudad y él había cantado como solista
cada noche. AI terminar la campaña, el evangelista visitante
habló a solas con este joven y le dijo: “¿No crees que tú estas
llamado al ministerio?”. Habló largamente con él y finalmen-
te convenció al muchacho de que verdaderamente debería
estar en el ministerio. Ambos se pusieron de acuerdo en que,
desde luego, necesitaría un poco de preparación, y el evan-
gelista pudo decirle que, afortunadamente, en aquel
momento había una escuela bíblica a su disposición. Envió
al joven, pues, a aquella nueva escuela bíblica y allí estuvo
durante dos semanas. Pero ahora venía a verme a mí en
medio de una gran inquietud.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté.
—Bueno —me dijo—, yo no puedo seguir las clases. Veo
a los otros estudiantes tomando notas pero yo no sé cómo
tomar notas.
El nunca había leído bien ni había asistido a clases; por
tanto, se encontraba sumamente confuso. El evangelista le
había dicho que estaba llamado al ministerio, ¿y quién era él
para cuestionar el veredicto de aquel hombre? Sin embargo,
aa
128 La predicación y los predicadores
El predicador
él sentía que no podía continuar. Había llegado a estar tan
descontento y tan confuso que había ido a ver al director de
la escuela bíblica; y lo primero que el director le dijo después
de oír la historia fue: “Creo que necesitas visitar a un psiquia-
tra”. Parece que se ha convertido en algo rutinario en estos
días el aconsejar esto a los cristianos que se hallan perplejos.
Por tanto, el joven andaba buscando el nombre de un psi-
quiatra cristiano. Le dije: “Yo no creo que necesites en abso-
luto ver a un psiquiatra. El hecho mismo de que te halles
perplejo y confuso y que sientas que no puedes seguir me
esta mostrando con bastante claridad que has ‘vuelto en ti’
de nuevo y que tu salud mental está en buen estado”. Y
añadí: “Cuando realmente estabas para ir al psiquiatra fue
cuando escuchaste al evangelista y fuiste a la escuela bíblica.
Ahora has llegado a ver la situación tal como en realidad es.
Vuelve, retoma tu trabajo como panadero y utiliza también
tu voz, ese don que Dios te ha dado para cantar. Reconoce
que no estás llamado al ministerio y continúa haciendo lo
que sí puedes hacer”. El hombre literalmente no poseía la
necesaria capacidad mental, y él lo sabía y lo había visto cla-
ramente. Inmediatamente quedó aliviado y salió regociján-
dose. Actuó según mi consejo y reanudó su valioso y dichoso
servicio para la gloria de Dios en su iglesia local.
* * *
Estos son los caminos por los que la Iglesia examina a un
hombre que dice que ha recibido el llamamiento. Mi argu-
mento es que Dios obra a través del hombre mismo y a tra-
vés de la voz de la Iglesia. Es el mismo Espíritu Santo el que
opera en ambos, y cuando hay acuerdo y consenso en la opi-
nión se está en lo cierto en suponer que aquello es un llama-
miento de Dios. Un hombre no se designa a sí mismo; ni
tampoco entra en el ministerio meramente por presión de la
Iglesia. Ambas cosas han de ir unidas. Y ambos aspectos han
sido descuidados. He conocido a muchos hombres que se
engañaban a ellos mismos. He conocido también muchos
aaaaa
La predicación y los predicadores 129
Capítulo 6
casos en que los hombres son empujados al ministerio, en el
que nunca debieron estar, por una falsa enseñanza de parte
de la Iglesia. Ambas cosas han de ir unidas.
* * *
Aquí tenemos, por tanto, el comienzo de un proceso; aquí
tenemos a un hombre llamado a predicar el Evangelio.
Ahora viene todo el asunto de la instrucción y de la prepara-
ción. No me propongo profundizar en esto ni entrar en valo-
raciones sobre los seminarios teológicos, pero hay algunas
cosas generales que me gustaría decir de paso. Mi opinión es
que todo el asunto de la preparación para el ministerio nece-
sita ser revisado urgentemente y que hacen falta cambios
drásticos y radicales. ¿Qué es lo que necesita un hombre a
modo de preparación? Lo primero y principal que necesita
es cierta dosis de conocimiento general y de experiencia de
la vida. Es cristiano. Ha tenido una experiencia de conver-
sión. Pero solamente eso no le prepara para ser predicador.
Eso es así en el caso de muchos que no son llamados a ser
predicadores. Este hombre necesita además cierta dosis de
conocimiento general y de experiencia de la vida.
¿Por qué hago hincapié en esto? La razón es que, si care-
ce de esto, su tendencia será a ser demasiado teórico en su
predicación, demasiado intelectual. Probablemente subirá al
púlpito y abordará sus propios problemas en vez de los pro-
blemas de la gente que está sentada en los bancos escuchán-
dole. Pero él está allí para predicarles a ellos, para ayudarles,
y no para tratar de resolver sus propios problemas y sus per-
plejidades personales. La forma de prevenir que eso ocurra
es que ese hombre tenga un mínimo de conocimiento gene-
ral y de experiencia de la vida, y cuanto más mejor. Hay quie-
nes dicen —y mi tendencia es a estar de acuerdo con ellos—
que sería bueno que todos los hombres que entran en el
ministerio tuvieran alguna experiencia de haber vivido en
este mundo, en algún negocio o ejerciendo alguna profesión.
Ponen en duda la sabiduría de un sistema en el que los jóve-
a
130 La predicación y los predicadores
El predicador
nes pasan de la escuela directamente al seminario y después
al ministerio sin haber vivido otra experiencia aparte de esa.
Existe el peligro, como mínimo, de dar un enfoque demasia-
do teórico e intelectual de tal manera que el hombre que está
en el púlpito esté en realidad apartado de la vida de la gente
que se encuentra sentada en los bancos escuchándole. Por
tanto, el conocimiento general y la experiencia son de inesti-
mable valor.
Además yo haría gran hincapié en la importancia de una
capacitación general de la mente. Todos necesitamos tener
nuestras mentes preparadas. Puede que tengamos un buen
intelecto, pero este necesita disciplinarse. Y, por tanto, una
buena preparación general en cualquier enseñanza técnica
o científica es buena porque nos enseña a pensar y a razonar
sistemática y lógicamente. Recalco esto porque, como hemos
visto, en el sermón ha de haber un elemento de razonamien-
to y de progresión de pensamiento. Y para asegurar eso se
requiere cierta dosis de preparación. Lanzar unas cuantas
ideas a la ventura sin ponerlas en orden no ayuda a la con-
gregación; por tanto, el predicador necesita tener su mente
capacitada en ese sentido general. La forma en particular de
prepararse carece de importancia con tal de que el resulta-
do sea una mente preparada; esta puede aplicarse luego a la
tarea concreta del predicador.
De la misma manera, el conocimiento general y la infor-
mación serán de gran valor al predicador y a su predicación.
Le ayudarán a ilustrar y adornar el mensaje que está dando
a la gente y a hacer que sea más fácil para ellos poder seguir-
lo y asimilarlo.
Pero dejemos ya la preparación general para pasar a la
preparación especial. ¿Qué se necesita para ella? Haré sola-
mente un amplio bosquejo general. Lo primero y principal
es el conocimiento de la Biblia y su mensaje. Un hombre que
es deficiente en este sentido no puede ser un verdadero pre-
dicador. He hecho hincapié en “todo el consejo de Dios”; he
hecho hincapié en todo el proyecto y el plan de la salvación
y en la importancia de la “teología sistemática”. No puedes
aaaa
La predicación y los predicadores 131
Capítulo 6
tener eso sin un adecuado conocimiento de la Biblia, un
conocimiento de toda la Biblia y de su mensaje. Esta es, por
tanto, una parte vital de la preparación.
¿Qué lugar ocupa el conocimiento de las lenguas origina-
les? Estas son de gran valor pensando en la precisión; pero
nada más; eso es todo. No pueden garantizar la precisión,
pero la fomentan. Esto es parte de la mecánica de la predi-
cación, no lo principal, no lo vital; pero es importante. El
predicador debe ser riguroso, nunca debe decir cosas respec-
to a las cuales algún miembro erudito de su congregación le
pueda demostrar que está equivocado y que se basa en una
interpretación errónea. El conocimiento de los idiomas ori-
ginales es importante en ese aspecto. Pero no olvidemos
nunca que el objetivo último de la preparación de este hom-
bre es estar capacitado para predicar, para transmitir el men-
saje de la Biblia a las personas, de las cuales la gran mayoría
no serán expertas en lenguas ni en filosofía. Su tarea es
transmitirles el mensaje y que le entiendan. El objetivo de la
preparación no es tanto hacer del estudiante un gran exper-
to en lingüística como hacer de él un hombre preciso.
Manifiesto esto porque, en la actualidad, gran parte de la
preparación invierte el tiempo en tratar la crítica negativa,
los huesos secos; y los hombres están ahora más interesados
en esto que en el mensaje. “Los árboles no les dejan ver el
bosque” y olvidan que están llamados a ser predicadores que
transmiten un mensaje a las personas que tienen delante tal
como son. Por tanto, si se pierden en el asunto de la crítica
y en defender y responder y dedican todo su tiempo a esto
pensando que eso es todo, entonces es que no saben lo que
es la predicación, y “las hambrientas ovejas buscan y no son
alimentadas”. Todo eso es parte del andamiaje, como lo lla-
maré más adelante. Uno no se detiene tras colocar el anda-
mio; eso es solo lo preliminar del edificio. O considerémos-
lo como si fuera un esqueleto. El esqueleto es esencial, pero
un esqueleto solo es una monstruosidad, necesita estar revés-
tido de carne.
Pasamos entonces al estudio de la teología. Esto de nuevo
132 La predicación y los predicadores
El predicador
es evidente por lo que ya hemos venido diciendo. No basta
meramente con que un hombre conozca las Escrituras, tiene
que conocerlas en el sentido de haber extraído de ellas la
esencia de la teología bíblica y haberla comprendido de una
manera sistemática. Ha de estar tan versado en esto que toda
su predicación sea controlada por ello.
A continuación yo pondría el estudio de la historia de la
Iglesia. Y aquí recalcaría particularmente la importancia de
aprender el peligro de las herejías. Puede que un hombre
sea un buen cristiano o tenga una gran experiencia y, por
tanto, piense que no es necesario nada más. Tiene las
Escrituras, tiene el Espíritu de Dios en él, está entregado al
bien, etc., y por consiguiente tiene tendencia a pensar que
está a salvo y que todo va bien. Pero quizá algún tiempo des-
pués se vea acusado de herejía y eso le deje atónito y asom-
brado. La manera de salvaguardarse uno mismo de esto es
aprender algo sobre las herejías, sobre cómo surgieron en el
pasado, generalmente por medio de hombres muy buenos y
rectos. La Historia muestra la sutileza de todo esto y cómo
muchos, por falta de equilibrio o por no conservar la pro-
porción de la fe y el equilibrio entre las distintas partes del
mensaje, han sido presionados por el diablo a hacer dema-
siado hincapié en un aspecto en particular, y finalmente la
presión ha sido tal que han llegado a hallarse en una posi-
ción en la que realmente contradicen la Verdad, llegando a
ser herejes. Por tanto, la historia de la Iglesia es de ayuda
inestimable para el predicador. No es coto reservado a los
académicos. Yo diría que la historia de la Iglesia es una de las
materias de estudio más esenciales para el predicador, aun¬
que solo sea para mostrarle el terrible peligro de deslizarse
hacia la herejía o hacia el error sin darse cuenta de que algo
le ha pasado.
Al mismo tiempo, la historia de la Iglesia le contará los
grandes avivamientos en ella. En mi experiencia no conozco
nada que haya sido más estimulante y provechoso, y que haya
actuado más frecuentemente como tónico para mí, que la
historia de los avivamientos. Observemos los tiempos en que
aa
La predicación y los predicadores 133
Capítulo 6
vivimos. ¡Qué desalentadores son estos días!; ¡tanto que
hasta un hombre con la Biblia en sus manos y que cree en
ella, y con el Espíritu Santo en él, puede a veces caer en el
desaliento y en un abatimiento cercano a la desesperación
más profunda! No hay mejor tónico para este estado que
familiarizarse con épocas anteriores de la historia de la
Iglesia que hayan sido similares y ver la forma en que Dios ha
actuado en ellas. El predicador es alguien —espero tratar
esta cuestión más adelante— atacado desde muchos frentes,
y quizá su mayor peligro sea el de desanimarse y deprimirse
y sentir que ya no puede más. La historia de la Iglesia, y espe-
cialmente la historia de los avivamientos, es uno de los mejo-
res antídotos para eso.
Recuerdo haber leído en algún lugar que el novelista
Anatole France, cuando se encontraba cansado y desalenta-
do con tendencia a estar deprimido y abatido, solía decir:
“Nunca viajo al campo para cambiar de ambiente o ir de
vacaciones, en vez de eso me voy al siglo XVIU”. A menudo
yo he dicho exactamente lo mismo; pero, por supuesto, no
en el mismo sentido al que él se refería. Cuando me desani-
mo y estoy demasiado cansado y abrumado, acudo también
invariablemente al siglo XVIII. Nunca me he encontrado
con que George Whitefield me fallara. ¡Ve al siglo XVIII! En
otras palabras, lee los relatos de las grandes corrientes y los
movimientos del Espíritu Santo experimentados en ese siglo.
Esta es la experiencia más estimulante, el mejor tónico que
jamás se pueda conocer. Para un predicador es absolutamen-
te inestimable; nada hay comparable a esto. Cuanto más
aprenda de esta manera sobre la historia de la Iglesia, mejor
predicador será.
Al mismo tiempo, por supuesto, durante su preparación
debe familiarizarse con los relatos de las vidas de los grandes
hombres del pasado, los grandes santos y predicadores. Esto
no solamente actuará como un tónico maravilloso para él en
tiempos de depresión, también lo conservará humilde cuan-
do sea tentado al orgullo y a un espíritu de engreimiento. Y
eso es igualmente necesario. Cuando un hombre comienza a
aa
134 La predicación y los predicadores
El predicador
predicar y lleva uno o dos sermones, ¡piensa que realmente
ya es predicador! La mejor medicina para eso es leer sobre
Whitefield o sobre Jonathan Edwards, o sobre Spurgeon o
alguno de aquellos grandes hombres de Dios. Eso le hará
poner pronto los pies sobre la tierra.
En último lugar, y solo en último lugar, está la homilética.
Esta, para mí, es casi una abominación. Existen libros que
llevan títulos tales como “La habilidad para construir sermo-
nes” y “La habilidad para ilustrar sermones”. A mi entender,
eso es prostitución. La homilética simplemente viene dada,
nada más.
¿Qué diremos acerca de la predicación como tal, del acto
de predicar del que he estado hablado? Solamente hay una
cosa que decir sobre esto: que no se puede enseñar. Es impo-
sible. Los predicadores nacen, no se hacen. Esto es así de
tajante. Nunca enseñarás a un hombre a ser predicador si no
lo es ya. Todos los libros con títulos como “El ABC de la pre-
dicación” o “Cómo hacer fácil la predicación” debieran ser
echados al fuego lo antes posible. Pero si un hombre es pre-
dicador de nacimiento le puedes ayudar un poco, no mucho.
Quizá pueda mejorar un poquito en algún que otro aspecto.
¿Cómo se puede hacer? En esto posiblemente voy a ser un
tanto polémico. Yo diría que no dándole clases sobre sermo-
nes, ni haciendo que un estudiante predique un sermón a
otros estudiantes, los cuales después proceden a criticar el
tema y la forma. Yo prohibiría eso. ¿Por qué? Porque el ser-
món en tales circunstancias es predicado con un propósito
equivocado en mente; y la gente que lo oye lo hace de mane-
ra errónea. El mensaje de la Biblia no debiera oírse nunca
de esa forma. Siempre es la Palabra de Dios, y nadie debiera
oírlo nunca salvo que sea con espíritu de reverencia y con el
deseo santo de recibir un mensaje.
Cuando llegamos a los refinamientos modernos en cuan-
to a esto, tales como las cintas de vídeo, de manera que uno
posteriormente puede examinar sus propios gestos, etc., esto
para mí es en extremo reprensible. Y lo mismo se puede
decir acerca de instruirse en cuanto al “porte en el púlpito”,
aaa
La predicación y los predicadores 135
Capítulo 6
como le llaman, o “porte televisivo”. Hay únicamente una
palabra para todo esto: es pura prostitución, es instruir en el
arte de la prostitución. El predicador ha de ser siempre natu-
ral y genuino; y si resulta que en la preparación le enseñas a
ser consciente de sus manos, de lo que hace con su cabeza o
de cualquier otra cosa, le estás causando un gran daño. ¡Eso
no se debe hacer, debería estar prohibido! No puedes ense-
ñar a un predicador de esa manera; y pienso que tratar de
hacerlo es ser injusto con la Palabra de Dios.
¿Qué tiene que hacer entonces el joven predicador? Que
oiga a otros predicadores, a los mejores y más experimentados.
Aprenderá mucho de ellos, tanto positiva como negativamen-
te. Aprenderá lo que no hay que hacer y bastante de lo que
debe hacer, ¡Escucha a predicadores! Y también lee sermones.
¡Pero asegúrate de que fueron publicados antes de 1900! Lee
los sermones de Spurgeon, de Whitefield, de Edwards y de
todos los gigantes. Estos hombres a su vez leyeron a los
puritanos y fueron grandemente ayudados por ellos. Parece
que se alimentaban de los puritanos. Pues bien, que ahora el
joven predicador se alimente a su vez de ellos, o quizá que ellos
le lleven a los puritanos. Precisamente en este punto (quizá lo
amplíe más adelante) hago una gran diferencia entre la predi-
cación de los puritanos y la predicación de los hombres del
siglo XVTII. Yo mismo soy un hombre del siglo XVIII, no del
XVII; pero soy partidario de hacer uso de los hombres del siglo
XVII como lo hicieron los hombres del siglo XVTIL
¿Qué es, entonces, lo principal? Yo creo que ninguna de
estas mecánicas, excepto un mínimo. ¿Qué es lo que impor-
ta? Lo principal es el amor a Dios, el amor a las almas, el
conocimiento de la Verdad y el Espíritu Santo en nosotros.
Estas son las cosas que hacen al predicador. Si tiene el amor
de Dios en su corazón y si ama a Dios; si ama las almas de las
personas y tiene interés por ellas, si conoce la verdad de las
Escrituras y tiene el Espíritu Santo dentro de él, ese hombre
predicará. Eso es lo importante. Las otras cosas pueden ayu-
dar; pero hay que mantenerlas en su propio lugar y nunca
permitir que usurpen otra posición.
136 La predicación y los predicadores
El predicador
Al pasar a considerar a la gente a la que este hombre está
predicando descubriremos nuevos asuntos relativos a la pre-
paración del predicador.
La predicación y los predicadores 137
Capítulo 7
La congregación
E
stamos aún considerando en general esa imagen de un
hombre que está en un púlpito predicando a un grupo
de personas. Ya hemos estado considerando, de una
manera general, al predicador y su llamamiento, y qué es lo
que tiene que hacer. Ahora bien, a mí me parece ser igual-
mente esencial que consideremos a la gente que está escu-
chándole, a las personas que están sentadas en los bancos. Al
fin y al cabo, está predicándoles a ellas; no está allí para pro-
clamar algunas de sus ideas y opiniones propias, ni para ofre-
cer un determinado análisis teórico o académico sobre la
enseñanza de las Escrituras. Está allí principalmente para
dirigirse a la gente que se ha congregado con el propósito de
escucharle a él y lo que tiene que decir. Esto suscita, pues, la
cuestión de la relación entre los bancos y el púlpito, entre la
gente que escucha y el hombre que predica. Esto ha venido a
ser un problema bastante agudo en estos tiempos y de una
manera nueva. La idea tradicional antigua de esta relación
parece ir desapareciendo. Por lo menos está siendo cuestio-
nada y puesta en duda muy seriamente, y esto tiene que ver
claramente con el último asunto que hemos tratado; esto es,
la preparación del predicador. Evidentemente, la relación
entre los bancos y el púlpito ha de afectar a la preparación
del predicador, y que esto es así se hace cada vez más eviden-
te en la actualidad.
Está bastante claro que el nuevo factor en conexión con
esto es la gran importancia que se da hoy día a la congrega-
ción. Admitamos que en el pasado puede haber habido una
fuerte tendencia a que el púlpito fuera casi independiente de
los bancos, a la vez que la gente de los bancos tenía tenden-
cia a reverenciar al predicador en ocasiones casi al punto de
la idolatría. Quizá recuerdes la historia de la pobre mujer que
salía de un culto en una famosa iglesia de Edimburgo en
donde un importante y erudito profesor había estado predi-
cando. A la salida alguien le preguntó si le había gustado el
aaa
138 La predicación y los predicadores
La congregación
sermón, y al responder ella que sí, le volvió a preguntar:
“¿Pudo usted comprenderlo?”. A lo que ella respondió:
“¡Lejos esté de mí presumir de que yo pueda entender a un
hombre tan importante como ese!”. Esa era la antigua actitud
con demasiada frecuencia; pero eso ya no existe, ese ya no es
el caso. Ahora estamos en una situación en la que la congre-
gación hace valer sus derechos y más o menos trata de dictar
al púlpito lo que tiene que hacer.
Esto se hace evidente de muchas maneras distintas. He
aquí algunas manifestaciones de ello desde ángulos diferen-
tes. Por ejemplo, un escritor dice: “El mundo se muere de
necesidad no de buena predicación sino de buen oír”. Esa es
una crítica al oyente de los bancos. Por tanto, él piensa que el
gran problema de hoy es la falta de buen oír, y no de buena
predicación. Sin embargo, cualquiera que sea la forma de la
crítica, se hace mucho hincapié en el hombre moderno y en
la situación moderna a la que hoy nos enfrentamos. Aquí
tenemos declaraciones del teólogo alemán Kuitert, de la
Universidad Libre de Amsterdam, cuya popularidad está
aumentando en Europa. Este hombre dice: “Por otra parte,
no representa ninguna auténtica ayuda para el cristiano tra-
tar de hallar su camino a través del mundo de Dios aquí y
ahora”. Esa es la crítica que se le hace a la teología tradicio-
nal y a la manera tradicional de predicar. O también: “Un
gran número de cristianos, convencidos de que la fe y las
obras son inseparables, son sin embargo incapaces de descu-
brir por ellos mismos cómo ver esta unidad en los aconteci-
mientos de nuestro propio tiempo”. Ese es el enfoque. Otro
ejemplo: “Hemos de comprender los acontecimientos, lo que
está enjuego aquí y ahora. Es aquí y no en otro lugar donde
se debe hacer realidad”. Notemos el acento constante sobre
“aquí y ahora”, “la situación actual”, “el hombre de hoy”. Y el
mismo acento se encuentra en Bultmann, cuyo argumento
básico para desmitificar el Evangelio es que no se puede espe-
rar que el hombre moderno, con su trasfondo y perspectiva
científica, crea en él (en el mensaje que él dice estar deseoso
de transmitir) mientras esté atado al elemento milagroso que
a
La predicación y los predicadores 139
Capítulo 7
tal hombre no puede de ninguna manera aceptar. En otras
palabras, podemos ver que el factor determinante ha venido
a ser aquello que el hombre moderno puede “aceptar”. Esto
es lo mismo que todo el argumento sobre la “mayoría de
edad” del hombre y otros característicos clichés modernos.
Hemos de examinar algunas de las formas en que esta acti-
tud tiende a manifestarse. Lo hace en su enfoque de lo que
podríamos llamar “personas corrientes”. Se nos dice que hoy
no son capaces de pensar y seguir declaraciones razonadas,
que están tan acostumbradas a la clase de perspectiva y de
mentalidad producida por los periódicos, la televisión y las
películas, que son incapaces de seguir una afirmación argu-
mentada y razonada. Por tanto, hemos de darles películas,
traer estrellas de cine para que les hablen y cantantes pop
para que les canten y les den “breves charlas” y testimonios
que contengan alguna palabra sobre el Evangelio. Lo impor-
tante es “crear un ambiente” y después que reciban al final
una palabra muy breve sobre el Evangelio.
Otra forma que esto adopta es la opinión de que estas per-
sonas no pueden entender la terminología bíblica, que pala-
bras como justificación, santificación y glorificación carecen
de sentido alguno para ellos. Hemos de darnos cuenta de que
estamos viviendo en una era “poscristiana” y este es el mayor
obstáculo hoy día para la predicación, que la gente no entien-
de nuestro vocabulario, le suena arcaico, no es moderno, no
está al día. Como resultado tenemos esta manía moderna de
nuevas traducciones de la Biblia al lenguaje cotidiano, fami-
liar y corriente. De manera que tenemos que cambiar nues-
tro lenguaje y esto lo hacemos en nuestras modernas traduc-
ciones de las Escrituras, en nuestras oraciones, en nuestro
estilo general de predicación y en todas nuestras actividades
religiosas. Esta es la manera como esta actitud moderna, que
considera que los bancos deben controlar el púlpito, se mani-
fiesta respecto a la persona corriente.
Además, en cuanto a los intelectuales, se nos dice que
ahora son científicos en su perspectiva, que aceptan la teoría
de la evolución y la totalidad de la perspectiva científica que
aa
140 La predicación y los predicadores
La congregación
hace imposible un mundo tridimensional, etc. y que, por
tanto, hemos de dejarles claro que la Biblia solamente trata de
asuntos relacionados con la salvación, la experiencia religiosa
y la manera de vivir. Si cometemos el error de mostrar que la
Biblia y la Naturaleza (tal como lo exponen los científicos) son
complementarias y tienen la misma autoridad como formas
de Revelación, ofenderemos a este intelectual moderno y ni
siquiera escuchará el Evangelio. Por tanto, hemos de dejar de
hablar como lo hemos hecho en el pasado acerca del origen
del mundo y del hombre, sobre la Caída del hombre y sobre
los milagros y las intervenciones sobrenaturales en la Historia,
y hemos de concentrarnos solamente en el mensaje religioso.
Esto no es nada nuevo, desde luego; ya lo dijo Ritschl hace 100
años. Pero ahora ha vuelto con una nueva forma.
Otro punto que viene siendo recalcado cada vez más es
que tenemos que darnos cuenta de que el hombre moderno,
este intelectual, es sofisticado y piensa en los términos de la
literatura moderna, del arte moderno, del atuendo moder-
no, las novelas, etc., y que a menos que nos dirijamos a él en
este lenguaje con el cual está tan familiarizado, no parece
probable que hagamos el más mínimo impacto en él. Hemos
de entender que esto es lo que controla su pensamiento. No
hace muchos meses, en una reseña sobre un libro que apare-
ció en un periódico religioso en Gran Bretaña, tuvimos un
ejemplo extraordinario de esta actitud. El que escribía termi-
nó su reseña diciendo que él creía que, si todos los predica-
dores leyeran ese libro, habría una renovada esperanza para
la predicación, porque este libro induciría a los predicadores
a darse cuenta de que la manera más provechosa de pasar los
sábados por la noche era ver en la televisión el llamado “tea-
tro del sábado noche”. Viendo el “teatro del sábado noche”
llegarían a conocer y entender la mentalidad, la perspectiva y
la jerga del hombre moderno. ¡Y por tanto, estarían más cua-
lificados para predicarle el domingo! Esta es, pues, la forma
en que el predicador debe prepararse para el domingo; no
con más oración y meditación, sino con el “teatro del sábado
noche” y la comprensión de “la mentalidad moderna”.
La predicación y los predicadores 141
Capítulo 7
Otra forma que adopta esta manera de pensar es la insis-
tencia en que el hombre moderno y sofisticado tiene una par-
ticular aversión a las afirmaciones dogmáticas y que no tole-
rará los antiguos pronunciamientos dogmáticos desde el pul-
pito. Es un hombre erudito y no hay que hablarle como "con
superioridad”; está a la misma altura que el hombre que está
en el púlpito y probablemente sea superior a él. Cree que hay
que examinar las cosas cuidadosa, racional y científicamente
y expresar las posibles ideas diferentes. De hecho he leído
recientemente en una revista perteneciente a una organiza-
ción de estudiantes evangélicos una demanda en cuanto a
que lo que se debería hacer ahora desde el púlpito es leer
porciones de la Biblia, en particular de las traducciones más
modernas, y tener un coloquio-debate. De esta manera se
tendría un “culto inteligente” en vez de un hombre que
desde allí arriba establece la ley, por decirlo así, y les dice a
otras personas todo sobre el asunto. La participación de la
gente desde los bancos es esencial. Y lo que realmente debe
hacer el hombre que está en el púlpito es simplemente leer
las Escrituras de una manera inteligente y lenta, según las
diferentes traducciones para dar entonces paso al debate. ¡El
intercambio de ideas, la confrontación y el diálogo están a la
orden del día!
Luego, en un nivel práctico, en relación con la prepara-
ción de los ministros, esta nueva actitud se manifiesta igual-
mente. Están los que dicen que un hombre no está realmen-
te preparado para predicar a una comunidad industrial a
menos que él mismo haya tenido una cierta experiencia en
fábricas. Ha habido una seria propuesta de que todos los pre-
dicadores, una vez terminada su preparación académica,
vayan a trabajar en una fábrica, digamos que durante seis
meses, con el fin de llegar a comprender la perspectiva y la
mentalidad del trabajador de una fábrica. Han de compren-
der su lenguaje y cómo se expresa, porque es casi imposible
predicarles a menos que se haya tenido esta experiencia.
* * *
142 La predicación y los predicadores
La congregación
He expuesto esa postura en general y la forma en que esta se
expresa más comúnmente. ¿Qué podemos decir de esto?
¿Hasta qué punto los bancos han de controlar el púlpito? Yo
sostengo que esta clase de mentalidad acerca de estos asuntos
es enteramente errónea por las razones siguientes. Voy a divi-
dir mis respuestas en una categoría general y otra más parti-
cular. Es errónea en general, en primer lugar, porque lo es en
los hechos y también en la experiencia. Es errónea en toda la
interpretación psicológica de la situación.
Voy a desarrollar esto. Nunca olvidaré una ocasión (y refie-
ro esto aquí porque creo que ayuda a esclarecer este punto)
en que prediqué hace unos veintisiete años en la capilla de
una facultad de la Universidad de Oxford un domingo por la
mañana. Había predicado exactamente de la misma manera
que lo habría hecho en cualquier otro lugar. En el momento
en que terminó el culto, y antes de que hubiera tenido el
tiempo justo de bajar del púlpito, la esposa del rector vino a
mí apresuradamente y dijo:
—¿Sabe una cosa? Esto es lo más extraordinario que he
visto en esta capilla.
Le pregunté:
—¿Qué quiere decir?
—Bueno —dijo ella—, ¿sabe que es usted literalmente el
primero al que he oído en esta capilla predicarnos como si
fuéramos pecadores?
Y añadió:
—Todos los predicadores que vienen aquí, debido a que
esta es una capilla en la Universidad de Oxford, se esfuerzan
excepcionalmente por preparar sermones intelectuales y lle-
nos de erudición pensando que aquí todos tenemos grandes
intelectos. Para empezar diré que los pobres muchachos
muestran a menudo que no tienen demasiado intelecto, pero
obviamente se esfuerzan en un intento de producir la última
gota del saber y de la cultura, y el resultado es que salimos de
aquí absolutamente vacíos e impasibles. Oímos esos ensayos
y nuestras almas quedan secas. Parece que no entienden que,
aunque vivimos en Oxford, no obstante, somos pecadores.
La predicación y los predicadores 143
Capítulo 7
Ahora bien, esa fue una manifestación real por parte de
una señora altamente inteligente, la esposa del rector de una
facultad.
Recuerdo a un predicador, un buen hombre que había
hecho un buen trabajo en una iglesia situada en un distrito
de clase obrera y recibió entonces un llamamiento para ir a
una iglesia en un barrio residencial a las afueras de otra ciu-
dad. Después de un tiempo empecé a notar (ya que yo lo veía
con cierta regularidad) que el hombre empezaba a estar can-
sado y en tensión, y hablé con él acerca de ello. Estuvimos
hablando un día y admitió que se sentía con mucha tensión y
cansado. Le dije:
—Y bien, ¿qué es lo que pasa? Tiene experiencia, ha esta-
do unos cuantos años en la otra iglesia y ha ido muy bien.
—Ay, bueno —dijo él—, pero ahora tengo otra clase de
congregación. Tengo que predicar a gente que vive en un
barrio residencial.
Algunos de ellos eran profesionales, otros eran gente de
negocios a quienes les había ido bien, que anteriormente
tenían sus viviendas encima de sus tiendas y ahora se habían
mudado a vivir a una zona residencial. Y he ahí a aquel pobre
hombre tratando de producir grandes sermones intelectuales
para aquellas personas a las cuales él había catalogado de
aquella manera. El resultado de todo ello fue, según supe,
que aquella gente se quejaba de la sequedad de su predica-
ción. No era eso lo que ellos querían. La verdad es que yo no
dudaría mucho en decir que aquel pobre hombre al final se
suicidó debido a su equivocada actitud hacia la predicación.
Su salud se resintió y murió a una edad relativamente tempra¬
na. Eso no era lo que las personas deseaban en absoluto, ni
tampoco lo que necesitaban y esperaban.
Consideremos ahora eso que se dice de que la gente en
general está incapacitada hoy día para oír sermones y espe-
cialmente sermones largos. Estuve enfermo hace un año y en
ese tiempo recibí unas cuantas cartas. Pero hay una que siem-
pre apreciaré más que ninguna otra. Tengo que decir que,
según el estándar moderno, mis ideas sobre la predicación
aaaa
144 La predicación y los predicadores
La congregación
son todas erróneas. ¡Tiendo a predicar sermones largos (cua-
renta y cinco minutos o así) y ciertamente no pierdo el tiem-
po contando historias! Sin embargo, esa carta que yo valoro
era de una niña de doce años que la escribió de parte de ella
y de su hermano, sin que sus padres lo supieran, diciendo
que estaban orando por mi recuperación y deseando que
pronto estuviera de nuevo en el púlpito. Y entonces me dio la
razón para ello, y eso fue lo que me agradó tanto. Decía:
“Porque usted es el único predicador al que podemos enten-
der”. Pero según las ideas y las teorías modernas, yo no soy un
predicador fácil de entender, doy demasiada enseñanza y hay
demasiado razonamiento y argumentación en mis sermones.
He oído que ciertas personas nunca traen a sus amigos recién
convertidos a oírme a mí, o que no aconsejan a nadie que
parezca estar bajo convicción de pecado que venga a oírme.
Dicen que sería demasiado para ellos, que no serían capaces
de seguir mi predicación, etc. Más adelante sí, mas no en esa
etapa. Pero he aquí una niña que dice: “Usted es el único pre-
dicador a quien podemos entender”. ¡Y estoy seguro de que
era cierto!
Pero para reforzar esto aún más, añadiré que con frecuen-
cia he tenido la experiencia de ver personas que se han con-
vertido y han continuado y crecido en la iglesia que más tarde
han venido a mí y me han contado acerca de lo que les pasó.
Y lo que con frecuencia me han dicho es lo siguiente:
“Cuando comenzamos a venir a la iglesia realmente no enten-
díamos mucho de lo que usted estaba hablando”. Yo les pre-
guntaba entonces que por qué razón continuaban viniendo y
una y otra vez me dijeron que “había algo en el ambiente que
nos atraía y nos hacía sentir que estábamos en el sitio adecua-
do. Eso nos hizo continuar viniendo y gradualmente empeza-
mos a ver que estábamos absorbiendo la Verdad inconscien-
temente. Empezó a tener cada vez más sentido para noso-
tros”. Ellos no se beneficiaban de un sermón tanto como
otras personas, pero obtenían algo, y ese algo era de gran
valor. Y continuaron creciendo en su entendimiento hasta
que fueron capaces de disfrutar de todo el culto, del mensa-
aa
La predicación y los predicadores 145
Capítulo 7
je completo. Esta es una experiencia muy común; la gente, a
diferentes niveles, parece ser capaz de extraer, bajo la influen-
cia del Espíritu Santo, lo que necesita, lo que le sirve de
ayuda. Esa es la razón por que puedes predicar a una congre-
gación mixta de personas con diferentes intelectos, entendí-
miento, conocimiento y cultura y todos pueden obtener
beneficio.
Pero además de eso, esta idea moderna se ve enteramente
refutada por la tradición de los siglos. No somos ni los prime-
ros ni los únicos que han vivido en este mundo. Tenemos ten-
dencia a hablar como si lo fuéramos o como si fuéramos de
alguna raza peculiar y especial. Pero no es así, porque en este
mundo siempre han existido estas diferentes clases. Esto es lo
que Lutero dice sobre este asunto: “Un predicador —dice
Lutero— debe tener la habilidad de enseñar al ignorante de
forma simple, completa y clara; porque la enseñanza es más
importante que la exhortación”. Después añade: “Cuando
predico no tengo en cuenta ni a los doctores ni a los magis-
trados, de los cuales tengo cuarenta en la congregación.
Tengo mis ojos puestos en los sirvientes y en los niños. Y si a
los eruditos no les complace lo que oyen, pues bien, la puer-
ta está abierta”. No hay duda de que esa es la actitud correc-
ta. Quizá algunos “doctores y magistrados” sientan que no se
les presta demasiada atención por parte del predicador en el
púlpito. Pero el predicador sabio tiene sus ojos puestos en los
sirvientes y en los niños. Si este hombre tan importante y eru-
dito piensa que no obtiene nada se está condenando a sí
mismo. Se está condenando a sí mismo en el sentido de que
no es un hombre espiritual, no es capaz de recibir verdad
espiritual. Está tan envanecido y tan inflado con su conocí-
miento mental que ha olvidado que tiene un corazón y un
alma. Se condena a sí mismo y, si se marcha, bueno, él es
quien sale perdiendo. ¡Estoy dando por sentado, claro está,
que el predicador está realmente predicando la Palabra de
Dios!
Voy a subrayar este punto contando un incidente que me
ocurrió en mi propia experiencia, curiosamente, una vez más
a
146 La predicación y los predicadores
La congregación
en aquella Universidad de Oxford. Fui invitado a predicar allí
en una campaña evangelística en 1941. Me tocó predicar el
domingo por la noche, en el primer culto de la misión, en el
famoso púlpito de John Henry Newman (más tarde Cardenal
Newman) en la iglesia de Sta. María, donde él predicó mien-
tras permaneció en la Iglesia de Inglaterra. Era, por supues-
to, en su mayoría una congregación formada por estudiantes.
Les prediqué a ellos como hubiera predicado en cualquier
otro sido. Se había dispuesto, y anunciado, que si algunas
personas tenían preguntas que hacerme se les daría esa
oportunidad pasando a otro edificio detrás de la iglesia
después de que el culto hubiera terminado. Por tanto, el
párroco y yo nos fuimos allí esperando solamente unas
cuantas personas. Pero hallamos que el lugar estaba
abarrotado de gente. El párroco, como moderador, preguntó si
había preguntas. Inmediatamente un brillante joven que
estaba sentado en la primera fila se puso de pie. Después supe
que estaba estudiando Derecho y que era uno de los
principales oficiales de la famosa Oxford University Union
Debating Society, en donde los futuros estadistas, jueces,
letrados y obispos a menudo aprenden el arte de la oratoria y
del debate público. Su misma forma de vestir y su porte
delataban lo que era. Se levantó y dijo que tenía una pregunta
que plantear; y procedió a hacerla con todo el donaire y la
cortesía característicos de un polemista de dicha sociedad.
Hizo algunos elogios acerca del predicador y dijo que le había
gustado mucho el sermón, pero en su mente le había quedado
una gran dificultad y perplejidad como resultado de este. El no
podía dejar de observar que aquel sermón, que él había
escuchado con placer y que admitía que estaba bien
construido y bien presentado, podría haber sido predicado
igualmente a una congregación de trabajadores del campo o
de cualquier otra clase de personas. Entonces se sentó
inmediatamente. Todo el mundo soltó una sonora carcajada.
El moderador se volvió a mí esperando mi respuesta. Me
levanté y di la respuesta que debe darse siempre ante tal
actitud. Dije que yo estaba sumamente interesado en la
pregunta, pero que realmente no podía ver cuál era
aaaaaaaaaa
La predicación y los predicadores 147
Capítulo 7
el problema para el que la había formulado, porque yo con-
fesaba abiertamente que, aunque fuera un hereje, tenía que
admitir que hasta aquel momento yo había considerado a los
estudiantes no licenciados, como por supuesto a los licencia-
dos, de la Universidad de Oxford como barro humano
común y corriente y pecadores miserables como todos los
demás, y que yo opinaba que sus necesidades eran exacta-
mente las mismas que las de los agricultores o las de cualquie-
ra. ¡He predicado de esa manera deliberadamente! Esto oca-
sionó de nuevo bastantes carcajadas y hasta voces de apoyo;
pero el caso es que apreciaron lo que yo estaba diciendo y a
partir de ese momento me prestaron mucha más atención.
Por cierto, que como resultado de eso fui invitado a tener el
debate, al cual me referí anteriormente, con el famoso Dr.
Joad en la Oxford Union. No hay falacia mayor que pensar que
necesitas otro Evangelio para clases especiales de personas.
Eso es enteramente contrario a la clara enseñanza bíblica.
Esto es igualmente desmentido por lo que leemos en las bio-
grafías de todos los grandes predicadores, tales como
Whitefield o Spurgeon, y también en las vidas de evangelistas
como D.L. Moody. Ellos nunca reconocieron estas falsas dis-
tinciones y sus ministerios fueron de bendición para toda
clase (intelectual, social, etc.) de gente.
En tercer lugar, esta idea moderna se basa en realidad en
una errónea manera de pensar. Esto para mí es sumamente
importante. Da por sentado que la dificultad y el problema
del hombre moderno, lo que le impide creer en el Evangelio,
es casi enteramente el lenguaje y la terminología, ¡lo que hoy
se describe grandilocuentemente como “el problema de la
comunicación!”. Esta es la razón que hay detrás de mucha de
esta forma de pensar.
Permítaseme decir inmediatamente que estoy totalmente
de acuerdo en que debemos procurar siempre las mejores
traducciones posibles. No hemos de ser oscurantistas en estos
asuntos. Tengamos lo mejor que puedan darnos los traducto-
res. Pero esa no es la verdadera cuestión que está detrás de la
idea de emplear un lenguaje más coloquial para “comunicar”
a
148 La predicación y los predicadores
La congregación
el Evangelio al hombre moderno. Detrás de esa forma de
pensar se está aceptando básicamente que la razón por que
esta gente no cree en Dios, ni ora a Él ni acepta el Evangelio
es el lenguaje arcaico de la Versión Autorizada de la Biblia (la
versión del Rey Jacobo), y que solo con corregir eso toda la
situación cambiaría y el hombre moderno sería capaz de
creer esas cosas. La respuesta simple a todo eso es que la
gente siempre ha encontrado extraño este lenguaje. La res-
puesta al argumento de que la gente de esta era poscristiana
no comprende términos como justificación, santificación y
glorificación da lugar a otra pregunta: ¿Cuándo los ha com-
prendido la gente? ¿Cuándo ha comprendido este lenguaje el
inconverso? La respuesta es: ¡Nunca! Estos términos son pro-
pios y especiales del Evangelio, y es tarea nuestra como predi-
cadores mostrar que nuestro Evangelio es esencialmente dife-
rente y que no estamos hablando de temas corrientes. Hemos
de resaltar el hecho de que estamos hablando de algo único
y especial. Hemos de llevar a la gente a esperar esto, y por
tanto nosotros hemos de afirmarlo. Nuestra tarea es enseñar
a la gente el significado de estos términos. No son ellos los
que deciden y determinan lo que se debe predicar y cómo;
somos nosotros los que tenemos la Revelación, el Mensaje, y
hemos de hacer que se entienda. Ese fue el gran principio
sobre el que actuaron los reformadores protestantes. Por esto
produjeron sus nuevas traducciones; querían que el mensaje
fuera “entendido por el pueblo”, como decían ellos. Hay toda
la diferencia del mundo entre que un hombre no alcance a
entender latín y que no alcance a entender los términos rela-
cionados con la salvación, como por ejemplo la justificación.
Siempre es bueno que la Biblia y la predicación sean en la
lengua nativa del pueblo, pero eso deja aún sin resolver el
problema de la comprensión de la terminología especial de
la salvación. Esa es la tarea especial de la predicación. No
debemos esperar que la gente comprenda de antemano estos
términos; el propósito de la predicación es proporcionarles
este entendimiento. “El hombre natural no percibe las cosas
que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no
a
La predicación y los predicadores 149
Capítulo 7
las puede entender, porque se han de discernir espiritual-
mente” (1 Corintios 2:14). Bien haremos en atender a las
palabras del profesor J.H.S. Burleigh en sus discursos sobre
la filosofía de S. Agustín, y especialmente sobre el libro de este
La dudad de Dios, Citando a Agustín dice:
Si Moisés estuviera vivo, le agarraría y le preguntaría e
imploraría que me descifrara estas cosas. Ofrecería mis
oídos físicos a los sonidos que brotaran de su boca.
Pero, si él me hablara en lengua hebrea, en vano sus
palabras llegarían a mis órganos auditivos. Nunca
alcanzarían mi mente en absoluto. Y aun si él hablara
en latín, ¿serían sus palabras la causa de mi
entendimiento?
El profesor Burleigh continúa diciendo:
En el De magistro , S. Agustín analiza el complejo
proceso de la comunicación de la Verdad desde una
mente a otra. Además del proceso físico de hablar y de
oír, ha de operar también un proceso espiritual. Las
palabras, tanto habladas como escritas, son ayudas
mecánicas indispensables para la comprensión, pero no
son la causa de la comprensión. Son señales que
indican la Verdad, la cual solamente es captada porque
la mente tiene su propio maestro interior identificado
con Cristo, quien es la Verdad misma, hablando al oído
interior.
Muchos de los que afirmarían estar en teoría de acuerdo
con esto parecen olvidarlo completamente en la práctica.
Consideremos ahora ese otro falso argumento que dice
que hemos de conocer la situación exacta de las personas
antes de poder predicarles de verdad, y que, por tanto, el pre-
dicador debe ir a trabajar en una fábrica durante seis meses
para poder predicar con eficacia a los obreros de las fábricas.
A mi modo de ver, este es el argumento más monstruoso y
fatuo de todos porque, si esto es verdad y se lleva a sus con-
clusiones lógicas, la preparación no terminará nunca, puesto
a
150 La predicación y los predicadores
La congregación
que para predicar a los borrachos tendrías que dedicar seis
meses a estar en las tabernas y en los bares, y así
sucesivamente; tendrías que ir recorriendo diferentes
negocios, profesiones y especialidades e invertir seis meses en
cada uno de ellos. Entonces, y solo entonces, estarías
preparado para predicarles. Esta idea, como digo, es
completamente ridícula, porque según ese argumento y
planteamiento uno nunca podría predicar a una congregación
general mixta. Deberías tener a la fuerza una congregación de
personas no intelectuales y un culto para ellos, luego un culto
especial para los intelectuales y después probablemente otro
para aquellos que se encuentran entre los unos y los otros.
También podrías tener cultos para las diferentes edades, y uno
para obreros de las fábricas, otro para los profesionales y así
sucesivamente, sin fin. El resultado sería que estarías
dividiendo y pulverizando tu congregación; no podrías tener
nunca un acto común de adoración con un sermón predicado
para todos. Tendrías que dividirte de esta manera y tu labor
resultaría interminable. En cualquier caso estaría
enteramente en contra de ese gran principio fundamental del
Nuevo Testamento de que todos somos uno: “No hay ni judío
ni gentil, bárbaro, escita, siervo ni libre, varón o hembra”. Y yo
añado que no hay ni intelectual ni no intelectual, obrero de
fábrica, profesional ni otra cosa. Todos somos uno en pecado,
uno en fracaso, uno en desesperanza, uno en necesidad del
Señor Jesucristo y de su gran salvación.
Voy a expresarlo de la siguiente manera. Habiendo dedica-
do la primera parte de mi vida adulta a trabajar como médi-
co, he estado a menudo interesado en la diferencia que hay
entre la labor de un médico y la de un predicador. Hay, por
supuesto, muchas similitudes, pero existe un diferencia esen-
cial que se manifiesta de la siguiente manera. ¿De qué forma
trata el médico al paciente? Pues bien, lo primero que hace
es pedirle que le relate sus síntomas y sus problemas (sus
males, dolores, dónde los tiene, por cuánto tiempo los ha
tenido, cuándo comenzaron, cómo han ido evolucionando,
etc.). Todo ello ha de explicarse con todo lujo de detalles. El
aaa
La predicación y los predicadores 151
Capítulo 7
médico hace un cuidadoso historial del caso y después inves-
tiga sobre la historia del paciente desde su niñez en adelante.
Habiendo hecho eso, toma nota del historial familiar, ya que
este puede aportar considerable luz sobre esa dolencia en
particular. Hay enfermedades que son hereditarias y de fami-
lia, y hay predisposiciones familiares a determinadas enfer-
medades; por tanto, el historial familiares sumamente impor-
tante. Habiendo determinado, pues, estos hechos, procede
entonces a efectuar su examen físico del paciente.
Sin este conocimiento detallado, específico y especial del
paciente, el médico no puede hacer su trabajo; y digo que es
en este punto donde existe un notable contraste entre el tra-
bajo de un médico y el de un predicador. El predicador no
necesita conocer estos datos personales en relación con su
congregación, A propósito, este es un punto que surge en
otros contextos, por ejemplo al dar testimonio en campañas
de evangelización. Algunos le otorgan gran importancia a
esto y arguyen que es de gran ayuda oír la historia de alguien
que tuvo antes una debilidad y un pecado concreto y de qué
manera fue liberado de ello al “aceptar a Cristo”, Y el mismo
argumento se puede aplicar a esto* La diferencia es que el
predicador no necesita conocer esos detalles. ¿Por qué no?
Porque él sabe que todas las personas que tiene delante están
sufriendo de la misma enfermedad: el pecado (todos y cada
uno de ellos). Los síntomas pueden variar tremendamente de
un caso a otro, pero la tarea del predicador no es recetar algo
para los síntomas, sino tratar la enfermedad. El predicador,
por tanto, no debe estar demasiado interesado en la forma
particular que adopta el pecado.
El mismo punto surge, y es también igualmente importan-
te, cuando el predicador entrevista a personas al final del
culto, Algunas de esas personas vienen a hablarte y hallarás
que, casi invariablemente, quieren hablar de su pecado con-
creto. Algunos parecen tener la sensación de que, si pudieran
quitarse de encima ese problema concreto, todo iría bien.
Pero ahí es precisamente donde el predicador debe interve-
nir y corregirlos. Hemos de mostrarles que, aunque se libera-
a
152 La predicación y los predicadores
La congregación
ran de ese pecado en particular, estarían aún en la misma
gran necesidad que antes, porque el asunto de la salvación no
consiste meramente en liberarse de algunos problemas con-
cretos sino en poner al “hombre completo” en una correcta
relación con Dios.
Por tanto, el predicador no necesita conocer estos hechos
particulares detallados sobre las personas, porque sabe que
hay esta necesidad general y común. Es una parte vital de la
predicación reducir a todos los oyentes a ese denominador
común. El predicador ha de mostrar al fariseo satisfecho con-
sigo mismo que su necesidad es tremendamente glande, tan
grande como la del publicano, por no decir que es aún
mayor. Ha de mostrar al gran intelectual, que se jacta de su
conocimiento y de su entendimiento, que es culpable de
orgullo intelectual, el cual es uno de los mayores pecados,
mucho peor que muchos de los pecados de la carne. El pre-
dicador ha de denunciar ese orgullo del hombre que confía
en sí mismo y en su saber y conocimiento, A través de su men-
saje ha de humillar a ese hombre que se acerca a oír más
como inspector y juez que como pecador* Ha de sentirse con-
victo, ha de ser llevado a darse cuenta de su terrible necesi-
dad. Por tanto, el predicador se halla en una posición en que
no necesita introducirse en esas diferentes secciones, grada-
ciones y divisiones de la sociedad. Puede que uno se emborra-
che con cerveza y otro con vino, por decirlo así, pero la cues-
tión es que ambos se emborrachan; puede que uno peque
vestido con harapos y otro con traje de fiesta, pero ambos
pecan. “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de
Dios”. “No hay justo, ni aun uno”. “Todo el mundo quede
bajo el juicio de Dios”.
Este enfoque moderno se basa en una manera de pensar
enteramente errónea. Y, por supuesto, ello se debe finalmen-
te a una mala teología. Se basa en una falta de comprensión
de la verdadera naturaleza del pecado y de que el problema
es el pecado, y no los pecados; la especialización sobre las
formas y manifestaciones particulares del pecado son irrele-
vantes y en general una pérdida de tiempo. La historia de la
aa
La predicación y los predicadores 153
Capítulo 7
Iglesia y de su predicación a través de los siglos corrobora
este argumento. La predicación general del Evangelio es
aplicada concretamente por el Espíritu Santo a cada caso
concreto. Los hombres y las mujeres son llevados a darse
cuenta de su necesidad común fundamental y son converti-
dos y regenerados de la misma manera y por medio del
mismo Espíritu. Por tanto, están todos mezclados en la
misma Iglesia; y si piensan que no pueden estar así, y de
hecho no lo están, entonces es que no han sido regenerados.
Es así de sencillo. Si algunos de ellos piensan que han sido
desatendidos debido a sus grandes intelectos, muestran que
hay en ellos una ausencia fundamental de humildad, que
aun no se han humillado como debieran. La gloria de la
Iglesia consiste en que se compone de todo tipo de personas,
de todas las clases y las posibles variedades y variantes de
seres humanos; y que, sin embargo, debido a que todos com-
parten esta vida común, es posible participar juntos y disfru-
tar de la misma predicación.
* * *
Esta es la situación en general. Pero me imagino que se
puede plantear una pregunta en cuanto a este punto. “¿Y 1
Corintios 9:19-23?”. Pablo, describiendo su propio ministerio
dice:
Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de
todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los
judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que
están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley)
como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos
a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin
ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de
Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho
débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me
he hecho de todo, para que de todos modos salve a
algunos. Y esto hago por causa del Evangelio, para
hacerme copartícipe ele él.
154 La predicación y los predicadores
La congregación
Este es un pasaje muy adecuado. Visto superficialmente
pudiera parecer que justifica gran parte del argumento actual
que indica que la congregación debe realmente controlar el
pulpito. El Apóstol parece decir que lo que él hace viene
determinado por la gente a la que está hablando.
¿Cómo respondemos a esto? Sin duda el Apóstol estaba
hablando aquí principalmente de su conducta y su comporta-
miento general más que de su predicación misma; pero creo
que, al mismo tiempo, hablaba del método o de la manera de
presentar la Verdad. Sin duda podemos llegar a ciertas
conclusiones. Este Apóstol en especial —entre todos los
Apóstoles, aunque también en los otros casos fue así—
obviamente no quiere decir que el contenido de su mensaje
variara en función de las personas. Aquí a él solo le interesa la
forma de la presentación. Pero respecto a este asunto de la
presentación —que es lo que nos interesa por el momento—,
¿cuál es la enseñanza? Es obvio que aquí hay clara enseñanza
en cuanto a que nosotros como predicadores hemos de ser
flexibles: no debemos ser tradicionalistas ni legalistas en este
asunto. Muchos de nosotros corremos el peligro grave y real
de llegar a ser tradicionalistas y legalistas. Hay algunos que
parecen deleitarse en utilizar frases arcaicas; y si tú no las
utilizas, dudan de que realmente estés predicando el Evangelio
en absoluto. Son esclavos de las frases. He observado que
ciertos jóvenes que han desarrollado un nuevo interés, por
ejemplo, en los puritanos, están comenzando a hablar y a
escribir como si vivieran en el siglo XVII. Eso es bastante
ridículo. Utilizan frases que eran comunes y corrientes
entonces, y hasta tratan de imitar el porte y la apariencia que
supongo que eran característicos ele los puritanos, pero que
ya no caracterizan a los cristianos de hoy día, y adoptan sus
gestos. Todo esto es absolutamente erróneo.
No debiéramos interesarnos en aquello que es circunstan-
cial, en los aspectos materiales o pasajeros de la religión;
debemos poner nuestro interés en los principios y las cosas
que son permanentes. Y sin duda eso es lo que el Apóstol está
diciendo. El tuvo que pelear una gran batalla sobre todo este
a
La predicación y los predicadores 155
Capítulo 7
asunto. En la Primera Epístola a los Corintios, y en el capítu-
lo anterior, había abordado el asunto de la carne sacrificada
a los ídolos. Trata de lo mismo también en el capítulo 14 de
la Epístola a los Romanos. Las personas estaban atadas por
tradiciones que pertenecían a su anterior estado como incon¬
versas y ahora se hallaban en un auténtico conflicto sobre
estos asuntos. Los cristianos judíos tenían problemas, como
igualmente algunos de los cristianos gentiles, acerca de la
carne que había sido ofrecida a los ídolos y de otros diversos
asuntos. Lo que el Apóstol dice repetidamente es que, a la vez
que hemos de continuar firmes en las cosas esenciales, hemos
de ser flexibles en relación con aquellas cosas que no son
esenciales. El modifica esto porque se preocupa del “herma-
no más débil”. No se puede atropellar la conciencia de tal
hermano, hay que tratar de ayudarle, hasta dejar de hacer
cosas que son legítimas en sí mismas si estas son una ofensa
para el hermano. “Por lo cual —dice él—, si la comida le es a
mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no
poner tropiezo a mi hermano”. “La conciencia, digo, no la
tuya, sino también la del otro”, y así sucesivamente. Pero lo
que dice muy simple y claramente es que no debes permitir
que los prejuicios se interpongan entre la gente y tu mensaje;
no debes permitir que tus debilidades personales te contro-
len. Has de hacer todo lo que esté en tu mano para ayudar a
las personas a quienes estás predicando a que vengan al cono-
cimiento de la Verdad. Por tanto, cuando estás predicando a
los gentiles, no insistas sobre cosas en las que ciertos cristia-
nos judíos aún están insistiendo, porque se equivocan al
hacerlo. Acuérdate también de cómo Pablo tuvo que “resistir
cara a cara” a Pedro en Antioquía sobre este mismo asunto.
Pedro estaba confuso acerca de todo eso y Pablo tuvo que
corregirle en público. El nos relata esto en Gálatas 2. Se trata
del mismo principio esencial del que está hablando aquí.
Voy a hacer un resumen de esto en términos modernos
afirmando que nuestra tarea es ser siempre contemporáneos;
nuestro objetivo es tratar a las personas que están delante de
nosotros y oyéndonos. No debo subir al púlpito con una ima-
a
156 La predicación y los predicadores
La congregación
gen ideal del predicador en mi mente, por ejemplo del pre-
dicador puritano de hace trescientos años o de uno de hace
100 años, y actuar como si estuviéramos aún en aquel contex-
to. Hacer eso hace daño. Es una ofensa para una congrega-
ción moderna; hará que les resulte más difícil oír; en cual-
quier caso, esa no es una parte esencial del mensaje. Puedo
aprender de los predicadores del pasado y debo hacerlo;
pero no debo ser un servil imitador suyo. Me ayuda el cono-
cimiento de la Verdad que ellos tenían y sus exposiciones del
mismo, pero en cuanto a las cosas que fueron meramente
ocasionales en relación con su predicación (las cosas que fue-
ron pasajeras, transitorias y meras costumbres y modas de su
tiempo) no debo tomarlas y hacer de ellas casi una parte
esencial de la Verdad misma. Eso no es seguir la Verdad; es
tradicionalismo. Esto es aplicable, desde luego, no solo a la
manera de predicar, sino también a la forma de culto, de ves-
tir y otros muchos asuntos.
El argumento del Apóstol, sin duda, es que ha de haber
flexibilidad en nuestro modo de exposición. Pero tengamos
claro que hay ciertos límites, y uno de estos límites, obvia-
mente, es que “el fin no justifica los medios”. Este es un argu-
mento muy común en la actualidad. Lo que con mucha fre-
cuencia se dice es “que la gente se convierte como resultado
de esto . No tenemos que aceptar ese argumento jesuítico, y
tenemos buenas razones para no hacerlo.
En segundo lugar, nuestros métodos siempre han de ser
consecuentes y compatibles con nuestro mensaje y no contra-
decirlo. Este es, de nuevo, un punto de suma importancia en
nuestros días. Hay hombres que son bastante sinceros, genui-
nos y honrados, y cuyos motivos son, sin lugar a dudas, bue-
nos y cuyo interés es llevar a las personas a la salvación. Pero
esto opera en ellos de tal manera que, en su deseo de Contac-
tar con la gente y hacer que les sea fácil creer el mensaje,
hacen cosas que a menudo contradicen ese mismo mensaje.
En el momento en que el método contradice el mensaje, se
vuelve malo. Seamos flexibles, pero nunca hasta el punto de
contradecir nuestro mensaje.
La predicación y los predicadores 157
Capítulo 7
Esto es cierto no solamente en términos de principios
bíblicos, sino que está comprobado que es así en la práctica.
Lo que siempre me sorprende de esas personas que están tan
interesadas en los métodos modernos es su patética ignoran-
cia de la psicología; parece que no conocen la naturaleza
humana. El hecho es que el mundo espera que nosotros sea-
mos diferentes; y esa idea de que puedes ganar al mundo
mostrando que, al fin y al cabo, eres muy parecido a él, que
prácticamente no te diferencias en absoluto o muy ligera-
mente, es básicamente erróneo, no solo desde el punto de
vista teológico sino hasta psicológico.
Voy a permitirme ilustrar esto por medio de un conocido
ejemplo. Al final de la Segunda Guerra Mundial hubo en
Inglaterra un famoso clérigo a quien se conocía como
“Woodbine Willie”. ¿Por qué le llamaban “Woodbine Willie”?
La explicación es que había sido capellán en el Ejército y
había tenido mucho éxito como tal. Él atribuía su éxito al
hecho (y muchos estaban de acuerdo con él en esto) de que
se mezclaba con los hombres en las trincheras de una mane-
ra campechana. Fumaba con ellos y concretamente fumaba la
misma marca barata de cigarrillos que ellos, que se conocían
como “Wild Woodbine”, comúnmente llamados “Wood-
bines”. En los días previos a 1914 se podían comprar cinco de
estos cigarrillos por un penique. Ahora bien, esa clase barata
de cigarrillos no era la marca que generalmente fumaba un
oficial, pero sí lo hacía el soldado raso. Este hombre, pues,
cuyo nombre era Studdert-Kennedy, con el fin de que aque-
llos hombres se encontraran cómodos con él, y para facilitar
su tarea como capellán, fumaba “Woodbines”, y de ahí le
venía el nombre de “Woodbine Willie . Y no solo eso, sino
que se percató de que la mayoría de aquellos hombres eran
incapaces de hablar sin decir palabrotas, y él hacía lo mismo.
No es que él quisiera decir palabrotas; pero su opinión era
que, si quieres ganarte a las personas, has de utilizar su pro-
pio lenguaje y tienes que hacerte como ellas en todos los
aspectos. Todo esto hizo ciertamente de él una figura popu-
lar, no hay duda de ello. Después de terminar la Segunda
aaaaa
158 La predicación y los predicadores
La congregación
Guerra Mundial solía recorrer el país enseñando esto e insis-
tiendo en que los predicadores tenían que hacer lo mismo. Y
muchos trataron de hacerlo y comenzaron a hacerlo. Pero el
veredicto de la Historia nos dice que fue un completo fraca-
so, un truco publicitario y un señuelo transitorio para alcan-
zar notoriedad por un tiempo, pero que pronto desapareció
por completo del pensamiento de la Iglesia. Pero por un
tiempo estuvo muy de moda.
Según el enfoque del Nuevo Testamento, se basaba en una
completa falacia. Nuestro Señor atrajo a los pecadores por-
que Él era diferente. Se acercaban a Él porque percibían que
había algo diferente en Él. La pobre pecadora de quien lee-
mos en Lucas 7 no se acercó a los fariseos y lavó los pies de
ellos con sus lágrimas y los secó con los cabellos de su cabeza.
No, pero sí percibió algo en nuestro Señor (su pureza, su san-
tidad, su amor) y por ello se acercó a Él. Fue su diferencia
esencial lo que la atrajo. Y el mundo siempre espera que sea-
mos diferentes. Esa idea de que se puede ganar gente para la
fe cristiana por medio de mostrarles que somos notablemen-
te iguales a ellos es teológica y psicológicamente un profun-
do disparate.
Este mismo principio tiene otra aplicación en la actuali-
dad. Hay algunos necios protestantes que al parecer creen
que el camino para ganar a los católicos es mostrarles que
prácticamente no hay diferencia entre nosotros y ellos,
mientras que el católico que se convierte te dirá siempre
que lo que más le llamaba la atención era el contraste. “La
acción y la reacción son fuerzas iguales y contrarias”. La
idea moderna es tanto psicológica como teológicamente
errónea.
Lo que hace que inevitablemente esto sea así es que el
asunto que estamos tratando es muy diferente. En esta esfe-
ra estamos hablando de Dios, de nuestro conocimiento de
Él y nuestra relación con ÉL Por tanto, todo tiene que estar
sometido a Dios y ha de ser hecho “con temor y reverencia”.
Nosotros no somos los que decidimos esto; nosotros no
mandamos ni controlamos. Es Dios. Le servimos a Él y
aaaaaaa
La predicación y los predicadores 159
Capítulo 7
hemos de acercarnos a Él “con temor y reverencia; porque
nuestro Dios es fuego consumidor”.
Además de esto, la diversión pasajera, la familiaridad inde-
bida y la jocosidad no son compatibles con una conciencia de
la gravedad de la situación de las almas de todos los hombres
por naturaleza, del hecho de que están perdidos y en peligro
de condenarse eternamente y de la consecuente necesidad
que tienen de la salvación. Y no solamente eso, tales métodos
no pueden hacer relucir la Verdad; y nuestra tarea es predi-
car la Verdad. Estos métodos pueden afectar a la gente a un
nivel psicológico y en otros aspectos, y pueden llevar a “tomar
decisiones”; pero nuestro objetivo no es meramente obtener
decisiones, sino llevar a la gente al conocimiento de la
Verdad. Y, además, nunca hemos de dar la impresión de que
lo único necesario es que la gente haga un pequeño reajuste
en sus pensamientos, sus ideas y sus conductas; eso sería
militar en contra de nuestro mensaje. Nuestro mensje es que
a toda persona le es “necesario nacer de nuevo” y que cual-
quier otra cosa que le ocurra que no sea eso carece de valor
en absoluto desde el punto de vista de su relación con Dios.
La enseñanza del Nuevo Testamento es que el inconverso
está totalmente equivocado. No son meramente sus ideas
sobre el arte o el teatro las que están equivocadas; todo en él
esta equivocado. Sus ideas particulares están equivocadas
porque toda su visión está equivocada, porque todo él esta
equivocado. La regla es: “Buscad primeramente el reino de
Dios y su justicia, y todas estas (otras) cosas os serán
añadidas”. Si pones el acento en estas “otras cosas” en vez de
en “buscar primeramente el reino de Dios” estás destinado al
fracaso y haciendo ultraje al mensaje que te ha sido
encomendado.
Nadie ha entrado jamás en el Reino de Dios por medio de
argumentos meramente intelectuales; nunca ha ocurrido y
nunca ocurrirá. Todos somos uno en pecado: ‘Todo el
mundo queda bajo el juicio de Dios”. Todos estamos en la
misma situación espiritual. Por tanto, afirmo que lo que se
enseña en ese pasaje en 1 Corintios 9:15-27 es que hemos de
hacer todo lo posible para ser claros y sencillos y hacer que se
a
160 La predicación y los predicadores
La congregación
nos entienda. Nunca hemos de permitir que nuestros propios
prejuicios, nuestras debilidades o cosas que son meramente
accesorias al mensaje sean un obstáculo para este. Hemos de
hacernos “a todos de todo” en ese sentido, y solo en ese sen-
tido.
* * *
Mi último comentario es que el verdadero problema que
plantea esta actitud moderna es que olvida al Espíritu Santo
y su poder. Nos hemos hecho tan expertos, en nuestra opi-
nión, en entendimiento psicológico y en clasificar a las perso-
nas en grupos (psicológicos, culturales, nacionales, etc.) que
concluimos como resultado que lo que es bueno para uno no
lo es para otro, y de esa manera llegamos finalmente a negar
el Evangelio. “No hay judío ni gentil, bárbaro ni escita, siervo
ni libre”. Solamente hay UN Evangelio, el ÚNICO Evangelio.
Es para todo el mundo y para toda la Humanidad. El género
humano es uno. Hemos caído en el grave error de adoptar
teorías psicológicas modernas hasta tal punto que eludimos
la Verdad, a veces para protegernos a nosotros mismos del
mensaje, y seguro que frecuentemente para justificar méto-
dos que no son consecuentes ni están en consonancia con el
mensaje que tenemos el privilegio de presentar.
La predicación y los predicadores 161
Capítulo 8
El carácter del mensaje
E
ste asunto de la relación de los bancos con el púlpito, o
del oyente con el predicador, es de suma importancia.
Habiendo examinado la enseñanza del Apóstol en 1
Corintios 9 en relación con esto, voy a presentar algunas con-
clusiones.
Doy por sentado como algo axiomático que los bancos
nunca deben dictar o controlar el púlpito. En estos tiempos es
necesario hacer hincapié en esto.
Pero, habiendo dicho eso, quiero insistir igualmente en
que el predicador tiene, sin embargo, que evaluar la sitúa-
ción de aquellos que están en los bancos y tenerlos en cuen-
ta en la preparación y en la presentación de su mensaje.
Adviértase la forma en que he dicho esto. No es que el oyen-
te tenga que controlar, sino que el predicador debe valorar
el estado y la situación del oyente. Permítaseme presentar
con qué autoridad escrituraria hago esta afirmación. Hay
varias cosas que la justifican; por tanto, voy a escoger algu-
nas de las más evidentes. Tomemos, por ejemplo, lo que el
apóstol Pablo dice al principio de 1 Corintios 3: “De mane-
ra que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales,
sino como a carnales, como a niños en Cristo.. Os di a beber
leche y no viandas; porque aún no erais capaces, ni sois
capaces aún, porque aún sois carnales […]”. Evidentemen-
te, aquí está diciendo que en lo que él había hecho había
influido en la situación de la gente de Corinto. No es que le
dictaran lo que tenía que hacer, sino que él había evaluado
su situación y eso, en parte, había determinado la manera
de predicarles.
Pero pongamos un segundo ejemplo. Se encuentra en la
Epístola a los Hebreos, en el capítulo 5, comenzando en el ver-
sículo 11. El autor ha estado refiriéndose a nuestro Señor
como “un sumo sacerdote según el orden de Melquisedec”. Y
prosigue diciendo:
162 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de
explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír.
Porque debiendo ser ya maestros después de tanto
tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar
cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de
Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad
de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que
participa de la leche es inexperto en la palabra de
justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para
los que han alcanzado madurez, para los que por el uso
tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del
bien y del mal.
Tenemos aquí exactamente la misma cosa. Quiere comuni-
carles esta doctrina en relación con nuestro Señor como el
gran Sumo Sacerdote, pero tiene la sensación de que no
puede hacerlo porque considera que aún no son capaces de
recibirla.
Este es, por supuesto, un punto elemental en conexión con
la enseñanza. La primera cosa que debe hacer un maestro en
cualquier campo es evaluar la capacidad de sus oyentes, sus
alumnos, sus estudiantes o quienes quiera que sean. Esta
regla fundamental debe estar constantemente en la mente del
predicador, y tenemos que estar recordándola
constantemente, especialmente cuando somos jóvenes. El
mayor error del predicador joven es predicar a las personas
como le gustaría que fueran en vez de hacerlo tal como son.
Esto es más o menos inevitable. Ha estado leyendo biografías
de grandes predicadores, o quizá haya estado leyendo a los
puritanos, y tiene, como resultado de ello, una imagen en su
mente, una especie de imagen ideal de lo que la predicación
debe ser. Y entonces procede a tratar de hacer lo mismo,
olvidándose de que aquella gente que escuchaba a los
puritanos (que a veces predicaban durante tres horas
seguidas) había sido preparada para ello de varias maneras
durante un siglo más o menos. No debo divagar sobre esto,
pero me parece que la gente a menudo olvida que las obras de
los principales puritanos, que son las más accesibles a
nosotros, fueron escritas alrededor de mediados del siglo
aaaaa
La predicación y los predicadores 163
Capítulo 8
XVII, cuando el puritanismo ya llevaba establecido unos 100
años. La gente que oía aquellos sermones estaba preparada,
formada e instruida y, por tanto, era capaz de seguir el razona-
miento preciso y la argumentación de aquellos largos sermo-
nes. Si un predicador joven no entiende hoy este punto y trata
de predicar como lo hicieron los puritanos y durante dos
horas, pronto hallará que no le queda congregación a la que
seguir predicando. Es de vital importancia que el predicador
haga una evaluación de la gente a la que está predicando.
Voy a poner un ejemplo que suena ridículo pero que real-
mente ha ocurrido recientemente. Se estaba teniendo cada
semana una reunión de señoras en conexión con una deter-
minada iglesia en Londres. No era para las mujeres miem-
bros de la iglesia, sino para otras mujeres más pobres del
barrio. Estas reuniones habían contribuido a un buen propó-
sito durante años y eran principalmente evangelístícas en su
naturaleza. Se invitaba a diferentes hombres cada semana a
hablar en la reunión. La mayoría de las oyentes eran mujeres
mayores y pobres; la edad media de las que asistían tendía a
subir más y más debido a que las mujeres más jóvenes esta-
ban ocupadas en sus hogares y tenían que salir fuera a traba-
jar de distintas maneras. Pero acudían entre cuarenta y cin-
cuenta mujeres cada semana. El problema de encontrar pre-
dicadores se iba haciendo cada vez mayor, pero había aún
muchos que estaban dispuestos a ayudar. Una semana fue a
hablarles un joven con una profesión secular que era miem-
bro de la iglesia. ¡Les dio a aquellas pobres mujeres una char-
la sobre “la Trinidad”! Cuento esta historia con el fin de ridi-
culizar tal proceder. He ahí un hombre, un profesional inte-
ligente y bien preparado, de quien habrías pensado que ten-
dría bastante idea de cómo dirigirse a las personas; pero que
era evidente que no tenía la menor idea y que probablemen-
te había estado leyendo un artículo o un libro sobre la
Trinidad recientemente. Pero, desde luego, lo que hizo fue
totalmente inútil. No puedes darle “alimento sólido” a los
bebés; les das leche. Ese es el principio que nos enseñan
tanto el apóstol Pablo como la Epístola a los Hebreos.
164 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
Pero debo añadir algo a eso. A la vez que es deber y tarea
del predicador hacer una evaluación de su congregación,
debe tener cuidado de que sea una evaluación sincera y fiel.
Esto no necesita recalcarse. El peligro surge tanto desde el
punto de vista del púlpito como de los bancos. El púlpito
puede hacer una errónea evaluación de los bancos y los ban-
cos pueden hacer una errónea evaluación de ellos mismos.
Tengo la sensación de que ambos errores se manifiestan
mucho y de que esta es una de la causas y explicaciones prin-
cipales de nuestra situación presente.
El principal peligro al que se enfrenta el púlpito en este
asunto es dar por hecho que los que dicen ser cristianos y
creen serlo y son miembros de la Iglesia son, por tanto, nece-
sariamente cristianos. Este, a mi entender, es el desatino más
fatal de todos; y sin duda el más común. Se da por sentado
que porque la persona sea miembro de la Iglesia ya es por ello
cristiana. Esto es peligroso y erróneo por la razón de que, si
supones eso, tendrás tendencia a predicar en todos los cultos
de una manera adecuada para creyentes cristianos. Tus
mensajes serán siempre instructivos, pero el elemento y el
carácter evangelístico serán descuidados, quizá casi por
completo.
Esta es una falacia grande y grave. Voy a dar razones de
por qué digo eso. Quiero empezar con mi propia experiencia
personal. Durante muchos años creí que yo era cristiano
cuando en realidad no lo era. Llegó un momento en que me
di cuenta de que nunca había sido cristiano y me convertí.
Pero había sido miembro de una iglesia y asistía a mi iglesia y
a sus cultos regularmente. Por tanto, cualquiera que diera
por sentado, como hicieron la mayoría de los predicadores,
que yo era cristiano estaba haciendo una suposición falsa. Esa
no era una verdadera evaluación de mi estado. Lo que yo
necesitaba era una predicación que me convenciera de peca-
do y que me hiciera ver mi necesidad y me llevara a un verda-
dero arrepentimiento y me enseñara algo de la regeneración.
Pero yo nunca había oído hablar de esto. La predicación que
teníamos se basaba siempre en la asunción de que todos éra-
mos cristianos, de que no estaríamos allí, en la congregación,
a
La predicación y los predicadores 165
Capítulo 8
si no fuéramos cristianos. Creo que este ha sido uno de los
errores fundamentales de la Iglesia, especialmente en este
siglo XX. Pero esto ha sido reforzado muchas veces en mi
propia experiencia como predicador y como pastor. Creo que
puedo decir con bastante exactitud que la experiencia más
común que he tenido en conversación con personas que han
venido a mí en mi despacho de la iglesia para tratar el tema
de hacerse miembros de la iglesia ha sido esta. Les pregunta-
ba por qué querían hacerse miembros, cuál había sido su
experiencia, etc. La repuesta más común que recibía, en par-
ticular en Londres durante más de treinta años, fue algo así.
Esas personas (y con bastante frecuencia eran estudiantes
universitarios o jóvenes licenciados universitarios) me decían
que habían ido a Londres a la Universidad desde sus iglesias
en sus respectivas ciudades creyendo por completo que eran
cristianos. No tenían duda alguna al respecto y, o bien habían
preguntado a sus iglesias locales antes de venir a Londres
adonde debían ir los domingos, o bien nos habían sido envia-
dos por sus iglesias. Proseguían diciéndome que, habiendo
venido de esa forma y habiendo oído la predicación, especial-
mente la de los domingos por la noche —cuando, tal como
ya he dicho, mi predicación era invariablemente evangelísti-
ca—, lo primero que habían descubierto era que antes no
eran cristianos en absoluto y que estaban viviendo en una
falsa suposición. Al principio, algunos de ellos fueron lo sufi-
cientemente honrados como para confesar que se habían
sentido muy molestos por este motivo. No les gustó esto y
estaban resentidos; pero esa era la realidad. Luego, dándose
cuenta de que esa era —a pesar de que eso no les gustara—
la verdad, no obstante continuaron viniendo. Esto había con-
tinuado así quizá durante meses y habían pasado por un perí-
odo de arrepentimiento y de gran conflicto en sus almas.
Tenían temor de confiar en casi cualquier otra cosa ya que,
habiendo supuesto erróneamente que eran cristianos, tenían
ahora miedo de repetir el mismo error. Finalmente llegaron
a ver la. Verdad claramente, experimentaron su poder y se
convirtieron de verdad. Esa ha sido mi experiencia más
aaaaaaa
166 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
común en el ministerio. Esto muestra la absoluta y peligrosa
falacia que es suponer que cualquier persona que viene regu-
larmente a los cultos es cristiana.
Voy a relatar otra historia aún más sorprendente. Hago
esto simplemente para mostrar este punto tan vital. Fue un
placer y un privilegio para mí predicar durante nueve
domingos en Canadá, en Toronto, en 1932. Recuerdo muy bien
cómo me dio la bienvenida el primer domingo por la mañana
el ministro de la iglesia que, aunque estaba de vacaciones, aún
no se había ido de la ciudad. Me presentó y, como respuesta a
esa bienvenida, creí que sería sabio por mi parte indicar a la
congregación mi método como predicador. Le dije a la
congregación que mi método era presuponer generalmente los
domingos por la mañana que estaba hablando a creyentes, a
los santos, y que trataría de edificarlos; pero que en el culto de
la tarde predicaría basándome en la suposición de que estoy
hablando a los que no son cristianos, como indudablemente
habría muchos en aquella reunión. En un sentido, esto lo dije
de paso.
Tuvimos el culto de la mañana y, al final, el ministro me
preguntó si quería ponerme en la puerta con él para dar la
mano a la gente mientras iban saliendo. Así lo hice. Les habí-
amos dado ya la mano a muchos de ellos cuando, de repente,
él me susurró: “¿Ve usted a aquella anciana que se acerca des-
pacio? Ella es el miembro más importante de la iglesia. Es una
mujer muy adinerada y es la que más contribuye al sosteni-
miento de esta obra”. En otras palabras, estaba diciéndome
que ejercitara con ella todo el encanto del que fuera capaz.
¡No necesitó explicar más! Pues bien, la anciana llegó a noso-
tros y le hablamos, y nunca olvidaré lo que pasó. Esto me
enseñó un gran lección que nunca he olvidado. La anciana
dijo:
—¿Ha dicho usted que por las tardes predicará bajo la
suposición de que los oyentes no son cristianos y por las
mañanas lo hará bajo la suposición de que son cristianos?,
—Si —le dije.
—Pues bien, habiéndole oído esta mañana, he decidido
venir esta tarde.
La predicación y los predicadores 167
Capítulo 8
Aquella mujer nunca había asistido al culto de la tarde;
nunca. Solo asistía por las mañanas. Dijo:
—Vendré esta tarde.
No puedo describir lo embarazoso de la situación. Tuve la
sensación de que el ministro que estaba a mi lado pensaba que
yo estaba echando a perder su ministerio y que estaba lamen-
tando amargamente haberme invitado a ocupar su púlpito.
Pero el hecho fue que la anciana asistió al culto aquella tarde
y cada domingo mientras estuve allí. Hablé con ella en su casa
en una conversación privada y descubrí que se encontraba
sumamente insatisfecha con su estado espiritual y que no
sabía cuál era su situación. Tenía una personalidad excelente
y era muy generosa, y llevaba una vida ejemplar. Todo el
mundo daba por supuesto (no solo el ministro, sino también
todos los demás) que era una cristiana excepcionalmente
buena; pero no era cristiana. Esta idea de que, por el hecho
de que las personas sean miembros de la iglesia y asistan a
ella regularmente, son cristianas es una de las conjeturas más
fatales, y digo que eso explica principalmente el estado de la
Iglesia en la actualidad. Por tanto, tengamos cuidado en este
punto.
Esto se puede aplicar igualmente a los oyentes, ya que
tienden a presuponer lo mismo. Debido a que tales personas
dan por hecho que son cristianas cuando no lo son, les ofende
la predicación que presupone que no son cristianas, aunque
eso sea lo que necesitan por encima de todo. Esto también lo
puedo ilustrar por medio de algo que sucedió. Conocí a una
señora que dejó de asistir a cierta capilla después de haber
estado oyendo la predicación de un ministro nuevo durante
un año más o menos. Y dio la razón de por qué lo había
hecho. Dijo: “Este hombre nos predica como si fuéramos
pecadores”. ¡Eso era terrible! Acabó sintiéndose incómoda y
forzada a examinarse a sí misma y verse como era verdadera-
mente, y eso no le gustó. Había estado asistiendo a aquella
iglesia durante casi treinta años; pero demostró estar en con-
tra de la Verdad cuando se enfrentó a ella de una manera
directa y personal. Le gustaban las exposiciones generales de
a
168 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
las Escrituras y los sermones basados en la Biblia para
creyentes; esos no le hacían daño, no la inquietaban, no la
condenaban, no la dejaban con convicción de pecado. Eso la
divertía, pero no le gustaba la predicación cuando esta se
hacía personal y directa.
Esta es una actitud muy común, y es aquí donde debemos
tener cuidado con todo este asunto de la evaluación.
Recuerdo haber recibido un carta en cierta ocasión de uno de
los más prominentes líderes de una asociación muy conocida
de creyentes evangélicos en Londres. Conocía bien su nom-
bre, pero no lo conocía personalmente. Al abrir la carta reco-
nocí el nombre. Me dijo que había estado en la congregación
en nuestra iglesia el domingo anterior por la tarde y que había
hecho un extraño descubrimiento. Se trataba de que era posi-
ble para un creyente de su edad y de su posición obtener
beneficio de lo que era clara y evidentemente un culto evan-
gelístico. Me dijo que toda su vida había dado por hecho que
eso era imposible; que, cuando un creyente como él iba al
culto un domingo por la tarde, lo único que tenía que hacer
era orar por los inconversos, pero que no debía esperar obte-
ner beneficio alguno de él, porque él ya había pasado por esa
etapa. A pesar de eso había descubierto, para su sorpresa, que
el culto le había conmovido y alcanzado, que había producido
algo en él y le había aportado algo. Hasta entonces pensaba
que eso no era posible. Había hecho este descubrimiento por
primera vez en su vida y había sentido que tenía que escribir-
me para hacérmelo saber.
Este es, obviamente, un asunto muy grave, debido a que
tiene mucha influencia en el predicador y en lo que hace.
¿Cómo podemos explicar esta falsa suposición? Me parece
que surge del hecho de que muchas personas que se creen
cristianas y que han aceptado la enseñanza de la Escritura
intelectualmente no han sentido nunca el poder de la
Palabra. Nunca han experimentado su poder; lo que han
aceptado es una enseñanza puramente intelectual. Y, puesto
que nunca han experimentado su poder, tampoco se han
arrepentido verdaderamente nunca. Puede que hayan sentido
a
La predicación y los predicadores 169
Capítulo 8
alguna clase de tristeza por el pecado, pero eso puede ser dis-
tinto del arrepentimiento. Esta es, a menudo, la razón de su
situación. El verdadero creyente siempre experimenta el
poder de la Palabra y siempre puede verse convencido de
pecado por medio de ella. En un sentido, se cree una sola vez
para siempre; pero, en otro sentido, hay algo esencialmente
erróneo en alguien que es capaz de oír un verdadero sermón
evangelístico sin sentirse de nuevo bajo convicción de pecado,
sin sentir algo de su propia indignidad y sin gozarse cuando
oye que se está presentando el remedio del Evangelio. Eso es
lo que le había ocurrido a aquel hombre que me escribió. Su
corazón estaba mucho más sano que su cabeza y que la ense-
ñanza que había recibido.
Si una persona puede oír un sermón así sin ser tocado o
conmovido, yo me tomo la libertad de poner en duda que esa
persona sea cristiana en absoluto. Para mí es inconcebible que
alguien que sea un verdadero creyente pueda oír una exposi-
ción acerca de la extrema perversidad del pecado y de la glo-
ria del Evangelio sin ser conmovido de dos maneras. Una es la
de sentir durante algún tiempo, a la vista de lo que sabe hacer-
ca de la inmundicia de su propio corazón, que quizá no sea
cristiano; y luego regocijarse en el glorioso Evangelio que le
proporciona la liberación. Una y otra vez se me ha dicho, al
terminar un culto de este tipo, algo así. Un hombre o una
mujer ha venido a mí y me ha dicho: “¿Sabe usted una cosa?
Si es que no me había convertido anteriormente, esta noche
me he convertido con toda seguridad”. Siempre me gusta oír
eso. Significa que han vuelto a sentir el poder del Evangelio,
que han vuelto a entenderlo todo otra vez y que, por así decir-
lo, casi han pasado de nuevo por la experiencia de la conver-
sión. Lo que estoy afirmando es que necesariamente hay algo
que está radicalmente mal en alguien que profesa ser cristia¬
no y que no siente el poder de este glorioso Evangelio cada vez
que este es presentado y de cualquier forma.
En otras palabras, como predicadores hemos de tener
mucho cuidado de no ser culpables de clasificar con demasia-
da rigidez a las personas diciendo: “Estos son cristianos, por
aa
170 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
tanto...”. Tienes que estar muy seguro de que son cristianos,
porque la tendencia de muchos es a decir: “Sí, nosotros nos
convertimos como resultado de una decisión que tomamos en
una reunión evangelística y ahora que ya somos cristianos lo
único que necesitamos es enseñanza y edificación”. Yo me
opongo a eso con fuerza e insisto en que siempre debiera
haber un culto evangelístico en cada iglesia cada semana. Yo
haría de esto un regla absoluta sin la menor duda. Y lo hago,
como digo, porque creo que esta confusión es el problema
principal que existe en la actualidad en todos los países.
Siempre me acuerdo de algo que me dijo un anciano hace
muchos años. Estábamos charlando juntos sobre la decaden-
cia del tono espiritual y de la espiritualidad de las iglesias en
Gales en particular. Nos preocupaba especialmente la Iglesia
presbiteriana que había comenzado en el siglo XVIII como
resultado del “despertar evangélico”, la Iglesia calvinista meto-
dista. Yo había leído la historia de aquel gran y glorioso perío-
do y, por tanto, le dije:
—¿Cuándo tuvo lugar la transición desde lo que leemos de
aquel período primero y los primeros 100 años de esta deno-
minación y lo que tú y yo sabemos sobre cuál es la situación
ahora? ¿Cuándo tuvo lugar esa transición?
Respondió:
—No tengo duda alguna al decirte que la respuesta es que
eso ocurrió inmediatamente después del avivamiento de 1859.
—¿Pero cómo? —le pregunté. Y me dijo:
—Bien, pues ocurrió de la siguiente manera: el avivamien-
to fue tan poderoso que más o menos arrastró a todo el
mundo a la Iglesia. Antes de eso había existido diferencia
entre “la Iglesia” y “el mundo”. Las pruebas de admisión para
ser miembros eran muy estrictas, con el resultado de que
antes de 1859 siempre había un número de personas que
venían a los cultos y a oír la predicación que eran solamente
oyentes y simpatizantes, pero que no se habían hecho
miembros de la Iglesia.
Este es un punto sumamente interesante e importante.
Qué raro es encontrar esto en la Iglesia de hoy. Pero, hasta
aaaa
La predicación y los predicadores 171
Capítulo 8
mediados del siglo XIX, siempre había oyentes y simpatizan-
tes a la vez que miembros en la mayoría de las iglesias que no
eran episcopales. El cambio tuvo lugar como consecuencia del
gran movimiento del Espíritu Santo en el avivamiento y de la
tendencia creciente a considerar cristianos a los hijos bautiza-
dos de los miembros de la iglesia y dejar de predicar evange-
lísticamente, a menudo con ausencia de culto evangelístico
alguno. Se daba por hecho que todos eran cristianos y el
ministerio estaba enteramente dedicado a la edificación, y
como resultado surgió una generación que no había conocí-
do nunca el poder del Evangelio y que prácticamente no
había oído nunca aquella predicación que puede convencer
de pecado. Como ya he dicho, yo mismo pertenezco a esa
generación. Yo fui de la segunda generación después del avi-
vamiento de 1859 y más tarde descubrí que nunca había oído
realmente un sermón evangelístico que verdaderamente con-
venciera de pecado. Fui recibido dentro de la Iglesia porque
era capaz de dar las respuestas correctas a varias preguntas
establecidas; pero nadie me preguntó ni me examinó nunca
en un sentido experimental. Repruebo con todas mis fuerzas
esta tendencia a dar por sentado que porque la gente venga a
la iglesia ya es cristiana, o que los hijos de los cristianos sean
necesariamente cristianos. Considerando esto mismo desde
otro ángulo, yo diría que una de las experiencias más estimu-
lantes en la vida de un predicador es lo que ocurre cuando
personas que todos daban por sentado que eran creyentes de
repente experimentan la conversión y se vuelven verdadera-
mente cristianas. Ninguna otra cosa tiene tan poderoso efecto
sobre la vida de la iglesia que cuando eso les ocurre a varias
personas.
Exhorto con urgencia a que todas las personas que asisten
a una iglesia sean llevadas bajo el poder del Evangelio. El
Evangelio no es meramente y solo para el intelecto, y, si nues-
tra predicación es siempre expositiva y para edificación y
enseñanza, producirá miembros endurecidos y fríos, y a
menudo rígidos y satisfechos consigo mismos. No conozco
ninguna otra cosa que más fácilmente pueda producir una
aaaa
172 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
congregación de fariseos que precisamente eso mismo. Un
segundo efecto de esta errónea actitud es que tales personas
solo asisten a un culto cada domingo; uno ya es suficiente para
ellos, ¡no necesitan otro! Generalmente asisten solo el domingo
por la mañana.
Esto es verdaderamente deplorable; y mi primera puntuali-
zación es que se remonta a esa errónea evaluación de la gente
por parte del púlpito y de la congregación. Ambos están de
acuerdo en diagnosticar que esas personas son cristianas y,
por tanto, nunca oyen la clase de predicación que les haga
asegurarse de que realmente lo son. El camino para corregir
esto, como he dicho, es asegurarse de que cada semana un
culto sea claramente evangelístico en un sentido bíblico.
Eso, por supuesto, significa que hay que explicar todo esto
claramente a los oyentes. Esto forma parte de nuestra
predicación porque, actuando sobre la base de esa falsa
suposición, muchos de esos oyentes no acudirán al culto
evangelístico, ya que sienten que no lo necesitan, que no tiene
nada que aportarles a ellos.
Creo que esta es la esencia misma de todo el problema de
la Iglesia hoy día. ¿Qué podemos responder a tales personas?
Hemos de convencerlas de la importancia de estar presentes
en cada culto de la iglesia. ]Cada culto! ¿Por qué? La primera
respuesta (y a menudo he utilizado este argumento y la gente
ha llegado a entenderlo) es que, si no están presentes en cada
culto, podría muy bien ocurrir que se encontraran un día con
que no estaban presentes cuando algo notable tuviera lugar.
Esto saca a relucir de nuevo toda la cuestión de qué es la
predicación. Me estoy refiriendo una vez más a lo que he
denominado su esencia, es decir, el poder del Espíritu Santo.
Desarrollaré esto más adelante. Este es el elemento más
importante que tenemos que recuperar en relación con nues-
tros cultos, es decir, la idea de que nunca se sabe lo que va a
ocurrir. Si el predicador sabe siempre exactamente lo que va a
pasar, bajo mi punto de vista ese hombre no debiera estar en
absoluto en el púlpito. La verdadera gloria del ministerio está
en que no sabes lo que puede pasar. En una conferencia sabes
a
La predicación y los predicadores 173
Capítulo 8
lo que está pasando, llevas el control de todo; pero ese no es
el caso cuando estás predicando. Repentinamente, inespera-
damente, puede irrumpir en un culto ese otro elemento: el
toque del poder del Espíritu de Dios. Esto es lo más glorioso
que puede ocurrir a una persona o a un grupo de personas.
Por tanto, le digo a todo aquel que asiste una sola vez: Si no
vienes a todos los cultos, puedes encontrarte un día con que
alguien te hablará de un acontecimiento sorprendente acaeci-
do en un culto un domingo por la tarde o por la mañana que
tú te habrás perdido por no estar allí. En otras palabras,
debiéramos fomentar este espíritu de expectativa en la gente y
hacerles ver el peligro de perderse algunos maravillosos “tiem-
pos de refrigerio de la presencia del Señor” (Hechos 3:19).
Esto debiera ir seguido de una pregunta: ¿Por qué no todos
los cristianos anhelan esto tanto como les sea posible conse-
guir? Sin duda eso es bastante antinatural. Ciertamente no es
bíblico. Consideremos la forma en que el Salmista, en el
Salmo 84, expresa su sufrimiento y su tristeza porque no podía
ir con los otros a la Casa del Señor. “¡Cuán amables son tus
moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun
ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi
carne cantan al Dios vivo”. Luego piensa en aquellos que están
teniendo ese privilegio: “Bienaventurados los que habitan en
tu casa; perpetuamente te alabarán”. Los envidia porque no
puede estar con ellos. Nada es comparable a estar en la casa
del Señor. “Porque mejor es un día en tus atrios que mil [...]”.
Ciertamente esto debiera ser instintivo en el verdadero cristia-
no. Alguien que dice ser cristiano pero que no desea tener
todo lo que puede obtenerse del ministerio de la Iglesia come-
te un grave error espiritual.
O veamos otro aspecto de la misma cuestión. Oigo de
muchas fuentes en muchos países que hay una creciente ten-
dencia en las congregaciones a indicarle al predicador cuál
debe ser la duración de su sermón. Oigo que a muchos jóve-
nes predicadores, cuando llegan a una iglesia a predicar, se
les entrega un papel con un orden de culto en el que todo está
detallado y cronometrado: “A las 11:00, llamada a la adora-
aaa
174 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
ción; a las 12:00, oración final”. Y, como entre una cosa y otra
introducen una o dos lecturas bíblicas, varias oraciones, tres
o cuatro himnos, unas palabras para los niños, quizá un solo,
un tiempo de anuncios y la ofrenda, el sermón ha de ser
necesariamente muy breve.
Ahora bien, ¿por qué es esto así? ¿No hay algo que va muy
mal en tales personas? Esa no sería la actitud que tendrían
hacia una obra de teatro o cualquier otro programa de televi-
sión. En ese caso, el problema es que termina demasiado
pronto. Lo mismo ocurre con un partido de fútbol o de béis-
bol, o con cualquier otra cosa que les interese: el problema es
que estas cosas terminan muy pronto. ¿Pero a qué se debe la
diferencia en este otro caso? Esta es una pregunta sumamen-
te seria. En esas otras esferas no ponen objeción alguna a la
duración porque se lo pasan bien, porque les gusta y desean
más y más. ¿Por qué no ocurre lo mismo con el cristiano? De
nuevo saco a relucir el asunto de la presuposición de que estas
personas son cristianas simplemente porque acuden a los cul-
tos. Mi opinión es que, si ponen estos límites de tiempo a los
sermones, es que están faltos de vida espiritual. ¿Por qué tan
frecuentemente no prestan atención cuando oyen? A menudo
le dan la impresión al predicador de que le conceden permi-
so para predicar con la condición de que sea breve. Hasta hay
algunas personas que, en un sentido físico literal, se acomo-
dan para soportar el sermón.
Recuerdo que uno de mis predecesores en la iglesia
Westminster Chapel, John A. Hutton, a quien ya me he
referido, solía contar un historia muy divertida en relación con
esto. Él sostenía esta opinión que yo he expuesto de que es el
púlpito el que realmente determina el carácter de la
congregación y del oyente. Una buena predicación produce
buenos oyentes. Solía contar la siguiente historia. Estaba
predicando en una iglesia en cierta ocasión y, en el momento
en que iba a anunciar su texto, vio a un hombre que estaba
sentado atrás en una esquina de la iglesia acomodándose en
la esquina y, de hecho, poniendo sus pies en el asiento,
obviamente para dormir. Ahora bien, John Hutton no pudo
dejar pasar algo así, de manera que se dirigió a aquel hombre
a
La predicación y los predicadores 175
Capítulo 8
directamente. Le dijo: “Caballero, no le conozco a usted, pero
quienquiera que usted sea, no creo que esté siendo muy justo”.
Y continuó diciendo: “Si al final de mi sermón está usted
dormido, entonces la culpa será mía; pero debe saber que no
me ha concedido oportunidad alguna; usted se ha acomodado
para dormir cuando aún estaba anunciando mi texto. No está
usted siendo justo”.
Es sin duda cierto que muchos miembros de las congrega-
ciones acuden con esa disposición mental y con esa actitud.
De hecho, yo he llegado a la conclusión durante este año pasa-
do, a lo largo de mi convalecencia y mientras estaba sentado
detrás en muchas congregaciones, ¡de que hay un número de
personas que parecen ir a un lugar de culto para poder volver
a sus casas! La principal idea de estas personas es la de salir
y volver a casa. ¿Para qué van entonces? Esa es la pregunta
que, en mi opinión, hay que hacerse. ¿Por qué esa gran
ansiedad por que termine el culto, y especialmente el sermón?
Solamente se puede llegar a una conclusión: esa gente necesi-
ta ser humillada. Esta gente carece de espiritualidad, de una
mentalidad y perspectiva espirituales y de entendimiento espi-
ritual.
Esto no es simplemente una opinión. Lo digo sobre la base
de una comparación con lo que se nos dice de los primeros
cristianos en Hechos 2, que es sin duda la norma de lo que
todos debiéramos ser. Esto es lo que se nos relata: ‘Y perseve-
raban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos
con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones [...]. Y
perseverando unánimes cada día —¡cada día!—, y partiendo
el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de
corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pue-
blo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de
ser salvos”.
Allí había cristianos que se reunían cada día para la predi-
cación, la enseñanza y la instrucción. No solamente el domin-
go, o una sola vez el domingo y deseando volver a casa tan
pronto como pudieran, con la esperanza de que el sermón
aaaaa
176 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
fuera corto y enojándose con el predicador si no lo era.
¡“Cada día”! “Y perseveraban unánimes cada día”. Eso era lo
que ellos deseaban y en lo que se gozaban por encima de cual-
quier otra cosa. Y, por supuesto, eso es inevitable en el verda-
dero cristiano. El apóstol Pedro lo expresa de esta manera:
“Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no
adulterada, para que por ella crezcáis”. El niño recién nacido
en Cristo desea la leche no adulterada de la Palabra. Si no la
desea es que está enfermo, está atrofiado, está en mal estado,
y lo mejor que puedes hacer es llevarlo al médico. La natura-
leza clama pidiendo el alimento que le es apropiado; y si cono-
ces a personas que crees que son cristianas, y que ellas
mismas piensan que son cristianas, pero que no desean la
predicación de la Palabra y no se deleitan en ella, ni se gozan
en ella, ni desean de ella cuanto más mejor, yo creo que la
pregunta correcta a plantearse acerca de ellos es: ¿Son
cristianas estas personas? Su comportamiento es contrario a
la Naturaleza. No se conforman a lo que se nos dice sobre los
cristianos en el Nuevo Testamento. Ellos se deleitaban en la
Palabra, se gloriaban en ella; y eran personas de alabanza. No
asistían a sus reuniones mecánicamente, no lo hacían por
obligación, no lo hacían meramente porque eso era lo que se
esperaba ni diciéndose a sí mismos: “Bien, pues ya he ido al
culto, ya he cumplido con mi deber y ahora puedo escribir mis
cartas y dedicar el resto del día a leer y a hacer otras muchas
cosas que me gustan”. De ninguna manera. No se cansaban
de la Palabra.
Los predicadores del Nuevo Testamento, los Apóstoles, no
tenían que estar yendo a las casas a insistir a la gente para
que fuera a los cultos. ¡La dificultad con la que se tenían que
enfrentar los Apóstoles era cómo hacerlos volver a casa!
Querían pasar todo su tiempo en aquel ambiente; y cuanto
más recibían, más querían. ¡Perseverando! ¡Unánimes! ¡Cada
día! No podías despedirlos. Y esta ha sido siempre la caracte-
rística de la Iglesia en cada período de reforma o de aviva-
miento. Juan Calvino solía predicar cada día en Ginebra.
¡Cada día! Y la gente tenía sed de oírle a él y a los demás. Lo
aa
La predicación y los predicadores 177
Capítulo 8
mismo ocurría con Martín Lutero. Esto ha sido así en cada
período de la vida de la Iglesia cuando realmente estaba fun-
cionando de verdad como la Iglesia. Mi argumento es que la
gente no asiste a los lugares de culto en la actualidad debido
a esta errónea evaluación que conduce a un tipo de predica-
ción equivocada. O bien la predicación es mala, o bien la escu-
cha es mala o, lo que es más probable, ambas cosas son malas.
Quiero dirigir mi exhortación a aquellos oyentes que se
encuentran en su punto más bajo diciéndoles que, aunque no
vean ninguna otra razón para estar presentes en cada culto de
la iglesia, al menos se den cuenta de que los números tienen
un gran valor. Considerémoslo de la siguiente manera.
Pensemos en un hombre que no es cristiano, un hombre del
mundo que repentinamente se encuentra muy inquieto.
Tiene un terrible problema y nadie parece poder ayudarle.
Caminando a la deriva por las calles pasa junto a una iglesia,
un lugar de culto, y decide entrar preguntándose si podrá
encontrar ayuda allí. Ahora bien, si se encuentra allí solamen-
te con un pequeño puñado de personas que además parecen
tristes y que, cuando el predicador comienza a predicar, miran
repetidamente sus relojes, llegará a la conclusión de que no
allí no hay nada. Concluirá que ese puñado de personas
hacen esas cosas porque fueron educadas para hacerlas y no
han pensado lo suficiente ni siquiera para dejar de hacerlas.
Obviamente no significa mucho para ellas; lo hacen claramen-
te movidas por la rutina o la tradición o por un sentido del
deber. El pobre hombre se desanimará por completo; eso no
le ayudará en absoluto. Pero si entra en una iglesia que está a
rebosar de gente y percibe en ella un espíritu de expectación
y ve a unas personas que esperan con entusiasmo e interés
algo, él dirá: “Aquí hay algo. ¿Qué es lo que trae aquí a esta
gente, a tanta gente?”. Por tanto, inmediatamente se interesa-
rá y comenzará a prestar mucha atención a todo. El hecho
mismo de ver a una gran cantidad de gente haciendo esto ha
sido a menudo utilizado por el Espíritu de Dios para conducir
a la gente a la convicción y a la conversión. He tenido noticias
de esto muchas veces.
178 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
El problema es que hay muchos que no se paran a pensar
en esto. Simplemente van al culto por un sentido del deber y,
una vez hecho esto, se sienten mejor porque han cumplido
con su deber. Esa actitud hacia el culto se expresa obviamen-
te de por sí, y los visitantes lo perciben y llegan a la conclusión
de que no hay nada de mucho valor allí si esa es la actitud de
los que se congregan regularmente. Pero, a la inversa, cuando
entran en un lugar de culto donde la gente asiste porque sien¬
te que Dios se manifiesta allí, esto también se transmite por sí
mismo a ellos de alguna extraña manera que uno no llega a
entender bien. Por tanto, sentirán que algo real está pasando
y muy bien puede ser utilizado por Dios para llevarlos al cono¬
cimiento de la Verdad.
Esto equivale a decir que lo que se necesita en el púlpito es
autoridad, una gran autoridad. Los oyentes en los bancos no
se hallan en situación de determinar el mensaje o el método,
ni de dictarle al púlpito lo que debe hacer. El púlpito ha de
hacer su valoración y hacerlo con autoridad. La mayor necesi-
dad que tiene la Iglesia en la actualidad es restaurar esta auto-
ridad del púlpito.
¿Cómo tiene que hacerse esto? ¿Cómo puede ser restaura-
da esta autoridad? Debemos tener mucho cuidado en esto,
porque este ha sido frecuentemente el problema y ha sido
afrontado de un forma equivocada. Ese fue el caso del movi-
miento de Oxford del siglo XIX, vinculado a los nombres de
Keble, el cardenal Newman, E.B. Pusey, el cardenal Manning
y otros. Estaban preocupados por este asunto de la autoridad.
Eran conscientes del hecho de que el púlpito, la Iglesia, había
perdido su autoridad, y comenzaron a buscar una forma de
recuperarla y restaurarla. Pero, desde el punto de vista protes-
tante, dieron un paso totalmente equivocado. Dijeron que la
forma de restaurar la autoridad era distanciar radicalmente al
predicador o ministro de la gente. La forma de llevar esto a
cabo fue ponerle vestimentas con diversas descripciones que
destacaban el elemento misterioso en sus funciones. Dicho de
otra manera, trataron de edificar su autoridad de esta forma
externa y espectacular, llamándole sacerdote y pretendiendo
aa
La predicación y los predicadores 179
Capítulo 8
conferirle una especial autoridad por medio de los sacramen-
tos, etc. Concedamos que su intención era buena, pero dieron
un paso en falso que condujo finalmente a una depreciación
de la predicación y a una insistencia equivocada en los sacra-
mentos y, en muchos casos, en un mero aspecto estético del
culto.
Y en lo que se refiere a las iglesias no episcopales, a mí me
parece que en el siglo XIX también ellas dieron un paso en
falso; creyeron que la clave para obtener autoridad era la eru-
dición. Ahora bien, la erudición es obviamente de gran valor
e importancia; pero por sí sola no dará autoridad al predica-
dor. Le otorgará categoría entre otros eruditos y le hará atrac-
tivo a los ojos del “sabio”; pero eso no es lo que se necesita en
primer lugar en el púlpito. La principal y mayor necesidad en
el púlpito es la autoridad espiritual. Ya he dicho que cuanto
más capacitado esté un hombre, mejor predicador debiera
ser. El conocimiento y la cultura son de mucho valor, pero
solamente con la condición de que sean utilizados como sier-
vos y ayudantes; por sí mismos no otorgan autoridad. Solo hay
una cosa que otorga autoridad al predicador, y es que “esté
lleno del Espíritu Santo”. La historia de la Iglesia a través de
los siglos, y especialmente durante los últimos 100 años,
demuestra y prueba lo que estoy diciendo.
Llegados a este punto quiero añadir una palabra que
puede sorprender a más de uno, y que ciertamente suena casi
ridícula en vista de lo que he estado diciendo. Creo que es
bueno y correcto que el predicador lleve toga en el púlpito.
¿Cómo reconciliar eso con lo que acabo de decir acerca de la
autoridad espiritual? La toga es para mí una señal de llama-
miento, una señal del hecho de que un hombre ha sido “apar-
tado” para llevar a cabo esta obra. No es más que eso, pero es
eso. Por supuesto, debo añadir inmediatamente que, aunque
creo que se debe llevar toga en el púlpito, no creo que se deba
llevar muceta con ella. Esto llama la atención sobre el hombre
y su capacidad, no sobre su llamamiento. No es una señal de
oficio, sino de los logros escolásticos del hombre; por tanto,
uno lleva muceta de licenciado, otro de doctor, otro de profe-
a
180 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
sor, etc. Eso solo siembra confusión; pero sobre todo distrae
la atención de la autoridad espiritual del predicador. ¡Lleva
toga, pero no muceta!
De estas distintas maneras estoy afirmando que muchos
intelectuales modernos, que ponen objeciones a la autoridad
del púlpito y que desean una sencilla lectura de las Escrituras
con unos cuantos comentarios y un coloquio, necesitan que se
les diga que ese hombre que está en el púlpito está allí no por-
que esté más capacitado que otros, sino porque Dios le ha
dado ciertos dones especiales que no le ha dado a otros. Está
allí porque ha tenido ese “llamamiento” que ha sido confirma-
do por la Iglesia. No debieran pensar que están compitiendo
con él ni cuestionar su derecho a predicarles con autoridad
por el hecho de que tengan tanto conocimiento como él y
puedan leer los mismos libros que él. Todo eso puede ser ver-
dad, hasta pueden estar más capacitados y tener más conocí-
miento; pero aun así, ese hombre ha sido apartado. ¿Por qué?
No solamente por sus dones naturales, sino especialmente por
lo que Dios ha hecho en él. Eso es lo que le confiere esa auto-
ridad que no es dada a todos. Y si un cristiano, por mucha
capacidad, erudición y conocimiento que tenga, no está dis¬
puesto a sentarse y oír a ese hombre a quien Dios ha llamado,
nombrado y enviado para llevar a cabo esta tarea, con gozo y
viva esperanza, me tomo la licencia de poner en duda que sea
cristiano. Es cuestión de autoridad espiritual, no de autoridad
intelectual o cultural; y todos debieran reconocer esto y estar
en consecuencia dispuestos a oír al predicador.
* * *
Esto nos lleva al final de esta consideración general sobre lo
que es la predicación, este “acto” de predicar. Para poder com-
pletar esto he de añadir otra cosa que puede sonar muy poco
espiritual después de lo que he venido diciendo. Pero es real-
mente importante; se trata del edificio. Al fin y al cabo la con-
gregación está en un edificio, sentada y oyendo al hombre que
les está predicando. Por tanto, el edificio tiene importancia.
aaa
La predicación y los predicadores 181
Capítulo 8
Puede ayudar o estorbar la realización del propósito para el
que las personas acuden. El edificio tiene su importancia,
pero tampoco ha de exagerarse. Los católicos y sus diversos
sucesores e imitadores lo han exagerado. Podemos reconocer
que, en el mejor de los casos, estaban animados por motivos
excelentes. Los grandes, imponentes y vistosos edificios que
fueron erigidos (catedrales, etc.) fueron un intento de dar
expresión al sentido que tenían de la gloria y de la grandeza
de Dios, al cual deseaban adorar en “la hermosura de la santi-
dad”. Pero lo exageraron de tal manera que hicieron de ellos
lugares imposibles desde el punto de vista de la predicación, y
por consiguiente vinieron a ser culpables de descuidar lo más
importante de todo. El edificio de una iglesia nos habla
mucho acerca de las personas que lo edificaron.
Alrededor de la mitad del siglo XIX tuvo lugar un cambio
muy interesante no solamente en Gran Bretaña, sino también
en los Estados Unidos de América. Hasta entonces, las
iglesias, las capillas, eran por lo general edificios muy
sencillos. Se llamaban “casas de reunión” porque habían sido
edificados para que las gente pudiera reunirse para adorar a
Dios y oír la predicación del Evangelio. Lo que se necesitaba
era un lugar que fuera apropiado y conveniente para tales
fines. Pero hacia la mitad del siglo XIX hubo un cambio y
comenzaron a erigir esos edificios grandes y vistosos de estilo
gótico. Se invirtieron grandes cantidades de dinero en hacer
esos altos y abovedados edificios con arcos de crucero. Se
acentuaron la belleza y la magnificencia. ¡De qué manera tan
triste se traicionaron a sí mismos! Comenzaron a decir:
“Nosotros, los independientes y los de la Iglesia libre hemos
llegado a ser respetables. Ya somos gente de estudios y de
cultura y hemos ocupado un lugar en la sociedad junto a los
eruditos y las clases dirigentes”. Por tanto, comenzaron a
imitar los edificios de las Iglesias anglicana y católica y a
introducir grandes cúpulas, columnas y otros ornamentos que
hacen que en la mayoría de esos edificios la acústica sea
imposible. La idea era demostrar que habían superado el
analfabetismo y la ordinariez del movimiento evangélico, pero
lo que eso estaba anunciando era una trágica decadencia de
aa
182 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
su espiritualidad. En la medida en que los edificios se hacen
más vistosos, la espiritualidad invariablemente decae. Los
edificios de las iglesias nos hablan bastante de la gente que se
reúne en ellos y se deleita en ellos, pero aún más nos hablan
de la gente que los edificó.
¿Qué debemos, por tanto, desear que tenga un edificio?
Sin duda, la primera cosa absolutamente esencial es una
buena acústica. Nunca será excesivo lo que recalquemos esto.
Hablo desde una experiencia de muchos años de predicar en
edificios de iglesias en diversos países. Y casi parece increíble,
pero es totalmente cierto que no puedo recordar ni un solo
ejemplo de edificio nuevo que se haya levantado en Gran
Bretaña desde la última guerra (muchos tuvieron que ser
reconstruidos debido a los bombardeos), no puedo recordar
ni uno solo donde no hayan tenido que instalar un equipo de
megafonía. ¿Por qué? No es debido a que los edificios sean
grandes (algunos de ellos son bastante pequeños), sino a que
la acústica es muy mala. ¿Por qué ocurre esto? Porque los
arquitectos, por lo general, no saben nada de acústica. Les
interesa la belleza, en apariencia, les interesa la línea, la curva,
etc.; pero no saben nada de acústica, no saben nada acerca de
la predicación. La primera cosa esencial en el edificio de una
iglesia es que tenga buenas propiedades acústicas. ¿Cómo
podemos asegurarnos de que esto sea así? La primera gran
regla, la regla esencial respecto a esto es que tenga un techo
plano. Cualquier variación de esta norma, por muy pequeña
que sea, crea siempre problemas. Las curvas y los ángulos son
una abominación. Debería ser obligatorio el techo liso.
Nuestros antepasados lo sabían. Ellos edificaban edificios
cuadrados con techos planos y el resultado era, y sigue siendo,
que por muy grandes que sean, tienen una acústica casi per-
fecta. Lo que importa no es el tamaño del edificio; lo que
determina la acústica es principalmente el techo. Los huecos
son fatales y también va mal tener un techo muy alto. En esto
la tendencia a imitar a los católicos y a los anglicanos ha hecho
mucho daño a la predicación. La presencia de tornavoces
sobre muchos de sus púlpitos es testimonio elocuente de lo
aaa
La predicación y los predicadores 183
Capítulo 8
que estoy diciendo. ¿Elocuentes? ¡Quizá debiera haber dicho
“retumbante”! El predicador ha de estar libre. Tener que con-
centrarse en la producción de la voz irá en detrimento de la
eficacia de su predicación. Ha de estar libre, y las característi-
cas del edificio desempeñan un papel importante en ello.
¿Y el púlpito? Ponlo en el centro; no lo arrincones en cual-
quier lugar. La predicación es el acto más importante en rela-
ción con la Iglesia y la función que esta tiene. Es lo más nece-
sario, por encima de cualquier otra cosa. Por tanto, pon el púl-
pito en el centro. ¿Y a qué altura debe estar el púlpito? Es
importante que esté colocado a la altura correcta en relación
con los oyentes. La tendencia actual es a poner el púlpito bajo,
y ello es debido a que los diseñadores no saben lo que es la
predicación. No me malinterpretes en esto, pero desde el
punto de vista mecánico y arquitectónico, el predicador debe
siempre predicar a su congregación de arriba abajo. Por
tanto, el púlpito debe estar siempre a la altura apropiada. Si
en la capilla hay una tribuna para la gente lo que ha de guiar-
nos es que, cuando el predicador esté en el púlpito, sus ojos
estén más o menos a la altura de la gente que está sentada en
la primera fila. Si la gente está más alta, él tendrá que echar
su cabeza hacia atrás cuando los mire, y eso es malo para la
garganta, la cual debe estar siempre relajada. Y después, la
altura del púlpito, del mueble mismo, es también importante.
Para mí fue extremadamente difícil predicar recientemente en
cierta iglesia porque el púlpito estaba a la altura de la parte
alta del pecho. Me sentía como luchando constantemente por
sacar la cabeza nadando a la braza. Desde el punto de vista de
la predicación, la situación era totalmente ridicula. No necesi-
to decir que se trataba de un edificio nuevo. No se puede pre-
dicar cuando uno esta confinado en una especie de cajón. El
predicador no es un preso en el banquillo de los acusados. Ha
de tener libertad; y ha de insistir en tenerla.
Permítaseme concluir con una historia que ilustra esta
cuestión. Recuerdo que fui a una capilla muy grande en el
norte de Gales hace casi cuarenta años. El ministro de aquella
iglesia era famoso como lo que entonces se denominaba “pre-
a
184 La predicación y los predicadores
El carácter del mensaje
dicador del pueblo”. Nunca olvidaré lo que hizo en su despa-
cho de la iglesia antes del culto. Me recibió de una manera
muy caballerosa, yo diría que aun señorial, por la que era
famoso, y entonces procedió a ojearme y a examinarme de
arriba abajo. Yo me estaba preguntando si quizá no iba lo sufi-
cientemente bien vestido como para complacerle o si acaso
había algo malo en mí de lo que no me había dado cuenta.
Entonces vino derecho a mí y me tocó alrededor del epigas-
trio. Yo me preguntaba qué estaba pasando. Entonces me dijo
en parte a mí y también a algunos diáconos que se encontra-
ban allí con nosotros: “Creo que dos plataformas serán sufi-
cientes”. Como consecuencia de esto descubrí que la explica-
ción de este extraño proceder era la siguiente: su capilla era
un edificio grande que acomodaba hasta 1400 personas. Él
sabía que muy probablemente se llenaría y anhelaba ayudar
al pequeño predicador a dirigirse a esa congregación. Dijo:
“¿Sabe usted? Ningún hombre puede predicar si el púlpito
que hay delante de él está por encima de la boca de su estó-
mago”. Por tanto, pensando en los predicadores visitantes,
había hecho que se instalaran tres plataformas para el púlpi-
to. Un hombre muy alto no necesitaría ninguna plataforma
adicional, otro quizá necesitara una, otro dos y algunos hasta
tres. De esa manera, él se cercioraba de que cada predicador
estuviera en la misma posición relativa respecto a la congrega-
ción. Esto puede parecer ridículo, pero puedo asegurar, como
alguien que ha sufrido en muchos púlpitos, que tiene verda-
dera importancia. El principio de Oliver Cromwell era este:
“Confía en Dios y mantén la pólvora seca”.
La predicación y los predicadores 185
Capítulo 9
La preparación
del predicador
A
hora nos introducimos en un nuevo aspecto de nues-
tro estudio acerca de la predicación, o del predicador
y la predicación. Hemos estado considerando lo que
tiene lugar cuando un hombre se coloca en un púlpito y pre-
dica en el culto en una iglesia. Tuvimos que comenzar con
eso. Ese es el hecho en sí, eso es lo que está teniendo lugar.
Y, por tanto, hemos considerado qué es la predicación en
general y la preparación del hombre que está predicando.
Ahora entramos en un aspecto diferente del asunto. Hasta
aquí lo hemos tratado de forma general. Ahora llegamos a la
cuestión concreta de cómo este hombre prepara la predica-
ción semana tras semana. Confío en que quede clara mi
amplia división del tema. Según mi opinión sobre este asun-
to tan importante, hemos de ser claros y precisos en nuestra
comprensión de la totalidad antes de entrar en cualquier
detalle particular. Ya hemos alcanzado ese punto y, por tanto,
podemos mirar a este hombre, que es consciente de su llama-
miento, preparándose para el ejercicio del ministerio de la
predicación.
¿De qué manera? ¿Cuál es el proceso de preparación? Yo
establecería, como primer postulado, que él siempre se está
preparando. Y digo esto literalmente. Eso no quiere decir
que esté siempre sentado a la mesa de su despacho, pero sí
que está siempre preparándose. De la misma manera que
podemos decir que en la esfera de lo espiritual no existen
vacaciones, yo pienso siempre que, en ese mismo sentido, el
predicador nunca tiene vacaciones. A veces tiene momentos
en los que está ausente de su trabajo habitual, tiene días de
descanso; pero, debido a la naturaleza e índole de su llama-
miento, nunca está libre de su trabajo. Todo lo que hace, o lo
que le ocurre, lo encuentra pertinente para su importante
trabajo y forma, por tanto, parte de su preparación.
186 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
Pero volviendo ahora a algunos asuntos específicos, la
tarea prioritaria y más importante del predicador no es pre-
parar su sermón, sino prepararse él mismo. Cualquiera que
haya permanecido en el ministerio durante un tiempo estará
absolutamente de acuerdo conmigo al respecto. Esto se
aprende por experiencia. Al principio, se tiende a pensar que
lo más importante que hay que preparar es el sermón (el
cual, tal como he venido diciendo, requiere una preparación
sumamente cuidadosa). Pero lo más importante es la prepa-
ración del predicador mismo.
En un sentido, el predicador es un hombre que se dedica
a una sola cosa. Hay algunos que han dicho en el pasado,
como John Wesley, que ellos habían llegado a ser “hombres
de un solo Libro”. Aunque esto es verdad, hablando en gene-
ral, es aún más cierto que el predicador es hombre de una
sola cosa, aquello para lo que ha sido llamado y también la
gran pasión de su vida.
Por tanto, ¿qué es lo que hace respecto a eso? La primera
regla importante es tener mucho cuidado de mantener una
disciplina general en su vida. Existen muchos peligros en la
vida de un ministro. Contrariamente a los que tienen otras
profesiones y otros negocios, el ministro no necesariamente
está sujeto a un horario de oficina u otros convencionalismos,
ni a determinadas situaciones ajenas a sí mismo. Él es, com-
parándolo con los demás, su propio jefe. Digo esto solamen-
te con referencia a los hombres. Por supuesto, él no es su pro-
pio jefe con referencia a Dios. Pero existe esta obvia distin-
ción entre la vida de un ministro y la de la mayoría de los
demás hombres; y, debido a que las cosas están en sus propias
manos, ha de tener en cuenta que hay ciertos peligros y gra-
ves tentaciones que le acechan de una manera muy especial.
Uno de ellos es el peligro de desperdiciar su tiempo, especial-
mente por las mañanas. Comienza leyendo el periódico y es
muy fácil dedicar a eso gran cantidad de tiempo casi sin darse
cuenta. Y además están las revistas, los suplementos semana-
les y las interrupciones telefónicas, etc. Puedes descubrir
fácilmente que la mañana se ha evaporado tanto si estás tra-
a
La predicación y los predicadores 187
Capítulo 9
bajando en tu casa como si lo haces en un despacho en tu
iglesia. Siempre he tenido la convicción, pues, la cual ha ido
aumentando a través de los años, de que una de las reglas de
oro para un predicador es salvaguardar las mañanas. Haz de
esto una regla absoluta. Trata de desarrollar un sistema en el
que no tengas que ponerte al teléfono por las mañanas; que
tu esposa o cualquier otra persona tome los mensajes e infor-
ma a la gente que te telefonea que no puedes ponerte. ¡Uno
tiene literalmente que luchar por su vida en este sentido!
¡Cuán a menudo el trabajo de la mañana en tu despacho
es interrumpido por una llamada telefónica sobre un asunto
no urgente, a veces para invitarte a predicar dentro de dos
años! Este es el tipo de cosas que ocurren. Puedes tratar esta
situación de una o dos maneras. Una es pedirle a ese buen
hombre que te escriba para que puedas considerar ese asun-
to cuidadosamente. Y la segunda, que es la forma más eficaz,
es no contestar al teléfono tú mismo nunca por las mañanas
y darle instrucciones a alguien para que diga de tu parte: “¿Le
importaría telefonear de nuevo a tal o tal hora?” (la hora de
la comida o cualquier otro momento cuando hayas termina-
do tu trabajo matinal). Esas interrupciones son realmente
nocivas; ¡para lo único que pueden resultar buenas es para
nuestra santificación! No permitas ni que aun los asuntos de
la iglesia interfieran en ello. ¡Salvaguarda tus mañanas! Estas
deben ser ofrecidas para la gran tarea de la preparación para
el púlpito.
Deseo añadir una palabra aquí que para mí es importante,
pero que puede que no resulte aceptable para todos. Soy con-
trario a las reglas universales establecidas para todos. No hay
nada más importante que llegar a conocerse uno mismo.
Incluyo en ello el conocerse tanto física como temperamen-
talmente y también en otros aspectos. Digo esto porque hay
quienes prescribirían un programa para un predicador y
ministro; le dirían a qué hora tiene que levantarse por la
mañana, qué tiene que hacer antes del desayuno y lo que ha
de hacer más tarde, y así sucesivamente. No titubean en
redactar sistemas y programas y defenderlos, y además casi
aa
188 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
indicar que, si alguno no sigue dicho programa, es debido a
que es un pecador y un fracasado. Yo he sido siempre contra-
rio a tales ideas por la razón de que todos somos diferentes y
no se puede establecer un programa de esta naturaleza para
todo el mundo.
Voy a ilustrar lo que quiero decir. Vivimos en el cuerpo, y
nuestros cuerpos difieren uno de otro. También tenemos
temperamentos y naturalezas diferentes, por lo que no se
pueden establecer reglas universales. Permítaseme utilizar
una analogía de la esfera de la dietética. Este ha sido siempre
un asunto muy controvertido. ¿Qué debe uno comer? ¿Qué
dieta se debe seguir? Siempre estarán aquellos que se presen-
tan como los que han resuelto el problema y defienden una
clase de dieta universal. Piensan que todos debieran seguir
esa dieta y que, si lo haces, nunca más tendrás problema algu-
no. Hay una repuesta contundente para todo eso. Yo afirmo
que la primera regla en dietética es simplemente que “el Sr.
Jack Spratt no podía comer grasa y su esposa no podía comer
magro”. Jack Spratt estaba constituido de tal manera que no
podía digerir la grasa. Él no lo había decidido; había nacido
así. Tiene que ver con los procesos metabólicos del cuerpo
que uno mismo no determina. Su esposa era enteramente
diferente; ella no podía digerir carne magra, pero le iba bien
la grasa. Ahora bien, prescribir una dieta común para Jack
Spratt y su esposa es, obviamente, un completo absurdo.
Afirmo que el mismó principio es también aplicable a un
nivel superior. Algunos de nosotros somos lentos al comenzar
por la mañana; otros se despiertan despejados y rebosantes
de energía por la mañana anhelando comenzar su trabajo,
como un perro cuando el amo le pone la correa. No somos
nosotros los que determinamos esto, forma parte de nuestra
constitución. Depende de muchos factores y en parte, quizá
totalmente, de la presión arterial y cosas como la constitución
nerviosa, etc. Todos estos factores cuentan. Declaro, por
tanto, que nuestra primera tarea es llegar a conocernos a
nosotros mismos, llegar a saber cómo funcionas tú con tu
constitución concreta, llegar a saber cuándo estás en tu mejor
a
La predicación y los predicadores 189
Capítulo 9
momento y cómo funcionas mejor. Una vez hecho eso, no
permitas que nadie te imponga reglas mecánicas o te dicte de
qué manera debes trabajar y dividir tu día. Confecciona tu
propio programa; tú sabes cuándo puedes hacer mejor tu tra-
bajo. Si no lo haces así, pronto hallarás que es posible que te
sientes a la mesa de tu despacho (conforme a las normas y
reglamentos) durante un par de horas con un libro abierto
delante de tí, pasando sus páginas, pero que en realidad no
estés absorbiendo prácticamente nada. Quizá más tarde,
durante el día, podrías hacer más en solo media hora de lo
que has sido capaz de hacer en las dos horas de la mañana. A
eso es a lo que me refiero.
Esto significa que este asunto de la disciplina concierne
enteramente a cada uno. Nadie puede decir a otro lo que
tiene que hacer. Lo principal es que uno sea consciente de
que, para ser lo que debe ser, para llegar a ser un verdadero
predicador, un hombre espiritual que está interesado en lle-
var a cabo su ministerio para la gloria de Dios y para la edifi-
cación y la salvación de las almas, ha de hacer esto. Ello le
obliga a ejercer esta disciplina. Si sus motivaciones y su obje-
tivo son correctos, si ha sido verdaderamente llamado, estará
tan deseoso de hacer todo lo que tenga que hacer de la mane-
ra más eficaz, que se tomará la molestia de buscar la mejor
forma de organizarse y distribuir su jornada. He conocido a
muchos hombres que han tenido dificultades por el hecho de
que se les impusiera un sistema que no era el adecuado para
ellos.
* * *
Accedo al siguiente asunto con gran temor, muchas dudas y
gran sensación de indignidad. Supongo que todos fallamos
en este próximo punto más que en cualquier otro; se trata del
asunto de la oración. La oración es vital para la vida de un
predicador. Lee las biografías y autobiografías de los más
grandes predicadores a lo largo de los siglos y hallarás que
esta fue la gran característica de sus vidas. Siempre fueron
aaa
190 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
grandes hombres de oración y dedicaron considerable canti-
dad de tiempo a la oración. Podría citar muchos ejemplos,
pero me abstengo debido a que hay muchos y son muy cono-
cidos. Aquellos hombres descubrieron que eso era absoluta-
mente esencial y que iba siéndolo más a medida que conti-
nuaban.
Siempre he dudado a la hora de tratar este asunto. He pre-
dicado sobre la oración cuando esta aparecía en un pasaje en
el que estaba trabajando, pero nunca me he atrevido a pro-
ducir un libro sobre la oración, ni siquiera un folleto. Ciertas
personas lo han hecho de una manera muy mecánica, lleván-
donos a través de diferentes aspectos y clasificándolo todo.
Parece muy simple. Pero la oración no es algo simple. Es cier-
to, desde luego, que la oración conlleva un elemento de dis-
ciplina, pero sin duda no se puede tratar de esa manera debi-
do a su naturaleza misma. Lo único que yo diría es (e insisto
en que estoy hablando de esto por propia experiencia) que
una vez más es muy importante que uno se conozca a sí
mismo en cuanto a este asunto. Realmente no sé si esto es
una señal de espiritualidad o no (no creo que lo sea), pero
confieso abiertamente que a menudo he hallado difícil
comenzar orando por la mañana.
He llegado a aprender ciertas cosas acerca de la oración
personal. No podemos orar por obligación. Podemos arrodi-
llarnos por obligación, ¿pero cómo orar? He hallado que no
hay nada más importante que aprender a entrar en esa dispo-
sición y ese estado en el que uno puede orar. Hay que apren-
der cómo empezar, y es justamente en este punto en el que el
conocimiento de uno mismo es tan importante. Lo que he
hallado generalmente es que leer algo que puede ser caracte-
rizado en general como devocional es de gran ayuda. Cuando
digo devocional no me refiero a algo sentimental, sino a algo
que contenga un verdadero elemento de adoración
Obsérvese que no estoy diciendo que debamos prepararnos
para orar siempre leyendo la Biblia, porque ahí nos encontra-
ríamos precisamente con las mismas dificultades.
Comencemos leyendo algo que haga entrar en calor a nues-
aaa
La predicación y los predicadores 191
Capítulo 9
tro espíritu. Echemos fuera la frialdad que haya podido des-
arrollarse en nuestro espíritu. Hay que aprender a encender
una llama en el espíritu, a calentarse uno mismo, a preparar-
se para comenzar. Esto es comparable, podríamos decir, a
arrancar el automóvil cuando está frío. Debemos aprender a
utilizar un estárter espiritual. Yo he descubierto que es muy
provechoso hacer eso en vez de luchar en vano. Cuando uno
se halla en esa situación y le resulta difícil orar, no debe
luchar en oración por el momento, sino que debe leer algo
que le dé calor y le estimule, y descubrirá que eso le pone en
condiciones para poder orar con una libertad más grande.
No estoy en absoluto recomendando (más bien todo lo
contrario) que tu oración deba limitarse solamente a la
mañana, cuando comienzas a hacer tu trabajo en tu despa-
cho. La oración debiera continuar a lo largo del día. La ora-
ción no tiene por qué ser necesariamente larga; puede ser
breve; solamente una exclamación, en ocasiones, es una ver-
dadera oración. Eso es, sin duda, lo que el apóstol Pablo quie-
re decir en su exhortación en 1 Tesalonicenses [Link] “Orad
sin cesar”. Eso no significa que tengamos que estar perpetua-
mente de rodillas, sino que estemos siempre en una disposi-
ción de oración. Tanto si vamos caminando por una calle
como si estamos trabajando en el despacho, acudamos fre-
cuentemente a Dios en oración.
Principalmente —y considero que esto es lo más impor-
tante— respondamos siempre a todo impulso a orar. El
impulso a orar puede llegar cuando estemos leyendo o cuan-
do estemos batallando con un texto. Yo haría de esto una ley
absoluta: obedecer siempre a ese impulso. ¿De dónde proce-
de? Es obra del Espíritu Santo; ese es parte del significado de
“ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque
Dios es el que en vosotros produce así el querer como el
hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12-13). Esto con-
duce a menudo a algunas de las experiencias más extraordi-
narias en la vida del ministro. Por tanto, nunca lo resistamos,
nunca lo pospongamos, nunca lo dejemos de lado por estar
muy ocupados. Entreguémonos a este impulso, rindámonos a
a
192 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
él y hallaremos no solo que no hemos estado perdiendo el
tiempo en relación con el asunto que estábamos tratando,
sino que nos ha ayudado grandemente al respecto.
Experimentaremos que nos resulta más sencillo y fácil com-
prender lo que estábamos leyendo, pensando, organizando
para un sermón, escribiendo, etc., lo cual es bastante sor-
prendente, Tal llamamiento a orar no debe nunca conside-
rarse como una distracción, sino que se debe responder
inmediatamente a él y dar gracias a Dios si nos ocurre fre-
cuentemente.
Desde todo punto de vista el ministro, el predicador, ha de
ser un hombre de oración. En las Epístolas Pastorales se
insiste constantemente en esto así como en otros lugares y,
como digo, se halla abundantemente confirmado en la larga
historia de la Iglesia y especialmente en las vidas de los
predicadores destacados. John Wesley solía decir que tenía en
poco al hombre que no oraba cuatro horas al día, lo cual
destaca claramente en las vidas de personas como David
Brainerd y Jonathan Edwards, Robert Murray M’Cheyne y
muchos otros santos. Esa es la razón por que uno se siente
humillado al leer las biografías de tales hombres.
* * *
Eso nos lleva a lo siguiente que es esencial en la vida del pre-
dicador: la lectura de la Biblia. Esto obviamente lo hace regu-
larmente cada día. Mi principal consejo sobre este punto es
el siguiente: lee tu Biblia sistemáticamente. El peligro de leer-
la al azar es que uno tiene tendencia a leer solamente sus
pasajes favoritos. En otras palabras, no lee la Biblia completa.
Nunca será excesivo el acento que pongamos en la importan-
cia vital que tiene la lectura de toda la Biblia. Yo diría que
todos los predicadores debieran leer toda la Biblia completa
por lo menos una vez al año. Puedes idear tu propio método
para hacerlo o bien utilizar uno de los métodos que otros han
inventado. Recuerdo que, después de haber hecho un plan
para mí mismo y para los miembros de mi iglesia en los años
a
La predicación y los predicadores 193
Capítulo 9
primeros de mi ministerio, me encontré con el plan que
Robert Murray M’Cheyne había confeccionado para los
miembros de su iglesia en Dundee. Se hallaba en su biografía
escrita por Andrew Bonar. Siguiendo ese plan de Robert
Murray M’Cheyne lees cuatro capítulos de la Biblia cada día
y, haciendo eso, se lee cada año una vez el Antiguo
Testamento y dos veces los Salmos y el Nuevo Testamento.
Contrariamente a muchos planes modernos, no escogía
meramente pequeñas secciones o unos pocos versículos o
párrafos cortos de aquí y de allá, con lo cual llevaría muchos
años recorrer toda la Biblia y en algunos casos se omitirían
por completo ciertos pasajes. Pero el principal objetivo de
este plan es hacer que la gente pase por todas las Escrituras
cada año sin omitir nada. Esa debiera ser la mínima lectura
bíblica del predicador.
He descubierto que esta es una de las cosas más importan-
tes de todas. Y, una vez que has hecho eso, puedes decidir tra-
bajar a tu manera a través de un libro de la Biblia en particu-
lar, utilizando comentarios o cualquier otra ayuda que quie-
ras seleccionar. La lectura que he venido describiendo hasta
ahora es una lectura general, pero después debes proceder a
estudiar una porción en particular, uno de los capítulos que
has estado leyendo, si te parece bien, en detalle y cuidadosa-
mente con todas las ayudas que puedas encontrar, y también
con el conocimiento que tengas de los idiomas originales y
todo lo demás.
Quiero insistir aún más en esto. Uno de los peores hábitos
en los que un predicador puede caer es el de leer la Biblia
simplemente Con el fin de encontrar textos para sermones.
Eso es un verdadero peligro, por tanto debes reconocerlo,
combatirlo y resistirlo con todas tus fuerzas. No leas la Biblia
para encontrar textos para sermones; léela porque es el ali-
mento que Dios ha provisto para tu alma debido a que es la
Palabra de Dios, porque es el medio por el que puedes cono-
cer a Dios. Léela porque es el pan de vida, el maná provisto
para el sustento y el bienestar de tu alma.
Insisto en que el predicador no debe leer su Biblia con el
194 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
fin de hallar textos, sino leerla de esa otra manera, como por
supuesto deben hacerlo todos los cristianos; y de repente,
mientras está leyendo, encontrará que destaca una declara-
ción particular y que le golpea y le habla a él, e inmediata-
mente le sugerirá un sermón.
Aquí deseo decir algo que considero, en muchos sentidos,
el descubrimiento más importante que he tenido en mi vida
como predicador. He tenido que descubrir esto por mí
mismo, y todos aquellos a quienes se lo he dicho siempre han
estado muy agradecidos por ello. Cuando estás leyendo tus
Escrituras de esta manera, independientemente de si has
leído poco o mucho, si un versículo destaca, te afecta y te
hace parar, no continúes leyendo. Detente inmediatamente y
escucha. Te está hablando, por tanto escúchalo y habla con
él. Deja de leer inmediatamente y trabaja sobre esa afirma-
ción que te ha afectado de esa manera. Continúa haciéndolo
hasta el punto de elaborar un bosquejo de un sermón. Este
versículo o declaración te ha hablado a ti, te ha sugerido un
mensaje. El peligro que he descubierto en cuanto a este asun-
to es decirse a uno mismo: “Oh, sí; eso es muy bueno, lo
recordaré”, y después proseguir con la lectura. Entonces, al
acercarse el fin de semana, te encontrarás sin sermón para el
domingo, sin tan siquiera un texto, y te preguntarás: “¿Qué es
lo que leí el otro día? ¡Ah, sí! Tal versículo de tal capítulo”.
Entonces volverás a él y descubrirás para tu consternación
que no te dice nada en absoluto; no eres capaz de recordar el
mensaje. Por eso digo que, cuando se te ocurre algo, debes
detenerte inmediatamente y elaborar el bosquejo de un ser-
món en tu mente. Pero no hay que quedarse ahí: escríbelo.
Durante muchos años no he leído nunca mi Biblia sin
tener un cuaderno de notas sobre mi mesa o en el bolsillo; y
en el momento en que algo despierta mi interés o me llama
la atención lo escribo inmediatamente. El predicador debe
ser como una ardilla y aprender a recoger y almacenar mate-
rial para los futuros días de invierno. Por tanto, no te limites
a elaborar el bosquejo; escríbelo, porque de otra manera no
lo recordarás. Piensas que sí, pero pronto descubrirás que no.
a
La predicación y los predicadores 195
Capítulo 9
El principio implícito aquí es exactamente el que opera en
relación con los exámenes. Todos sabemos lo que es sentarse
a escuchar una conferencia y oír al conferenciante decir
determinadas cosas. Mientras lo escuchas dices: “Sí, está bien,
eso ya lo sé”. Pero posteriormente entras en el aula de exáme-
nes y tienes que responder a una pregunta sobre esa cuestión
y, de repente, te das cuenta de que no sabes demasiado de
eso. Pensabas que sí, pero no. Así, pues, la regla es la siguien-
te: cuando se te ocurra algo, ponlo por escrito. El resultado
es que pronto descubrirás que de esa manera has acumulado
una pequeña cantidad de bosquejos, esqueletos de sermones.
Entonces serás verdaderamente rico.
He conocido a ministros fuera de sí el sábado porque no
tienen un texto o un sermón para el domingo y tratan deses-
peradamente de conseguir algo. Eso es sencillamente por no
haber practicado lo que estoy recomendando. Es decir, yo
diría que, si tengo que escoger una cosa como la más impor-
tante de todas en la vida del predicador, está fuera de toda
duda que, a un nivel práctico, ha de ser esta. Recuerdo que
en cierta ocasión, al examinar mi colección de bosquejos
justo antes de partir para mis vacaciones de verano, advertí
que había diez que trataban del mismo asunto. Allí y enton-
ces los puse en orden y me di cuenta de que tenía una serie
de diez sermones consecutivos preparados para mi regreso.
¡En un sentido ya no necesitaba las vacaciones!
Lo siguiente en orden que mencionaré —y no puedo pen-
sar en un término mejor, aunque no me gusta en ciertos
aspectos a causa de que se ha abusado tanto de él— es la “lec-
tura devocional”. No me refiero con esto a lo que se denomi-
nan comentarios devocionales. Detesto los comentarios
“devocionales”. No quiero que otros me hagan las devocio-
nes; pero no se me ocurre un término mejor. Estoy pensando
en un tipo de lectura que nos ayuda en general a compren-
der las Escrituras, a disfrutar de ellas y a prepararme para el
púlpito. Este tipo de lectura sigue en importancia a la de las
Escrituras. ¿Cuál es? Yo no dudaría en colocar en esta catego-
ría la lectura de los puritanos. Eso es exactamente lo que ellos
a
196 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
hacen por nosotros. Aquellos hombres eran predicadores,
predicadores prácticos y experimentados que tenían un gran
interés pastoral y se preocupaban por las personas. Así, pues,
al leerlos descubrimos que no solo ofrecen conocimiento e
información; al mismo tiempo hacen algo en ti. De nuevo
deseo hacer hincapié en que es muy importante que el predi-
cador no solo se conozca en general, sino que también conoz-
ca sus estados de ánimo, su humor y su situación concreta.
Nadie puede decir lo que sentirá mañana por la mañana; no
se puede controlar. Nuestra tarea es hacer algo con estos cam-
bios de humor y no permitir que nos convirtamos en víctimas
de ellos. Dentro de dos días no serás exactamente el mismo
que ahora, y tienes que tratarte a ti mismo según tus diversas
situaciones. Por tanto, tendrás que descubrir cuál es la lectu-
ra más apropiada para ti en esos momentos diferentes.
Creo que descubrirás que, por lo general, los puritanos
casi siempre resultan de ayuda. No debo entrar en esto dema-
siado, ¡pero hay puritanos y puritanos! John Owen, por regla
general, es difícil de leer; era un hombre tremendamente
intelectual. Pero había escritores puritanos que eran más cáli-
dos, más directos y experimentales. Nunca dejaré de estar
agradecido a uno de ellos llamado Richard Sibbes, que fue
un bálsamo para mi alma en un momento de mi vida cuando
yo estaba saturado de trabajo y excesivamente cansado y, por
tanto, sujeto de una manera inusual a las embestidas del dia-
blo. En ese estado y en esa situación, leer teología no ayuda,
de hecho puede resultar poco menos que imposible; lo que
necesitas es un tratamiento suave y bondadoso para tu alma.
Descubrí en aquella época que Richard Sibbes —que era
conocido en Londres a principios del siglo XVII como “el
doctor celestial Sibbes”— era una medicina infalible. Sus
libros The Bruised Reed (La caña cascada) y The Soul s Conflict
(El conflicto del alma) me tranquilizaron, aliviaron, consola-
ron, alentaron y sanaron. Compadezco al predicador que no
conoce la medicina apropiada que debe recetarse a sí mismo
en estas diversas fases por las que inevitablemente pasa su
vida espiritual.
La predicación y los predicadores 197
Capítulo 9
Esto puede sonar extraño a algunos, hasta erróneo. Quizá
tengas una idea teórica, no hayas estado en el ministerio y no
sepas nada de sus problemas, preocupaciones y pruebas. El
apóstol Pablo sabía lo que era experimentar “de fuera, con-
flictos; de dentro, temores”. Sabía lo que era estar “derriba-
do”, “en gran conflicto” y en medio de una gran lucha; y cual-
quier ministro digno de ese nombre debe conocer esto. El
Apóstol habla en otro lugar de “la preocupación por todas las
iglesias”. Todos estos diversos factores —problemas con las
personas, problemas contigo mismo, con tu estado y tu sitúa-
ción física— conducen a esa clase de variación en cuanto a la
experiencia espiritual propia. Este ha sido también el testimo-
nio de los santos de todas las épocas. Yo siempre recelo
mucho de cualquier cristiano que me diga que él o ella des-
conoce por completo tales variaciones. Hay un cántico que
dice: “Siempre feliz, siempre feliz”. No me lo creo; no es cier-
to. Habrá momentos cuando estés triste. Existen esos estados
y esas situaciones del alma, y cuanto antes aprendas cómo
enfrentarte a ellos y tratarlos, mejor será para ti y para las
personas a quienes predicas.
Bajo este mismo apartado incluiré la lectura de sermones.
Debo tener cuidado en cuanto a esto. Ya he indicado que hay
sermones y sermones, y que la fecha en que fueron publica-
dos es ciertamente importante. Puedo limitarme a dar testi-
monio de que, en mi experiencia, la ayuda que recibí en mis
primeros años en el ministerio de la lectura de sermones de
Jonathan Edwards fue inconmensurable. Y, claro está, no solo
de sus sermones, sino también de su información acerca del
Gran Avivamiento, aquel importante avivamiento religioso
que tuvo lugar en América en el siglo XVIII, y de su impor-
tante obra The Religious Affections (Los sentimientos religió-
sos) . Todo eso es de valor incalculable, porque Edwards era
experto en tratar los estados y las situaciones del alma.
Solucionaba de una manera muy práctica los problemas que
surgían en el ministerio pastoral entre personas que pasaban
por las diversas fases de su experiencia espiritual. Esto es algo
inestimable para el predicador. Este tiene, por tanto, que
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198 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
escoger su lectura juiciosamente no solo para el bien de su
propia alma, sino además para ayudar a otros no solo directa-
mente, sino también por medio de lo que leen. Con frecuen-
cia se ha causado mucho daño por aconsejar a la gente que
leyera un tipo de libro equivocado: se les puede hacer más
mal que bien. Si un hombre ya es ligeramente melancólico y
con tendencia al pesimismo y a la introspección y le das un
libro para leer principalmente destinado a producir convic-
ción de pecado y a alertar y alarmar, bien puedes ocasionar
que se vuelva loco. Eso no es lo que necesita, necesita ánimo
e instrucción positiva en cuanto a ese punto, y viceversa. Por
tanto, tienes que saber qué es lo que más te conviene leer y
también lo que más conviene a otros. Lo dejo ahí. Hay amplio
material; verdaderamente, la gran dificultad para el predica-
dor estriba en encontrar tiempo suficiente para leer; es una
batalla constante.
Se debe encontrar tiempo para leer, y pasamos ahora al
tipo de lectura más puramente intelectual: la teología. No
hay mayor error que pensar que, cuando dejas el seminario,
se acabó la teología. El predicador debiera seguir leyendo
teología mientras viva. Cuanto más lea, mejor; y hay muchos
autores y diferentes métodos que estudiar. He conocido a
hombres en el ministerio, y en otras diversas esferas de la
vida, que abandonan la lectura cuando acaban su capacita-
ción. Creen que ya han conseguido todo lo que necesitan; tie-
nen sus apuntes de clase y ya no requieren nada más. El
resultado es que vegetan y se vuelven inútiles. Sigue leyendo;
y lee las grandes obras. Tengo muchas razones para decir esto.
Volveremos a ello más adelante.
Ahora vuelvo a aquello en lo que hacía hincapié cuando
consideraba la capacitación del predicador: la importancia
de leer la historia de la Iglesia. Esta no debe considerarse
nunca como algo a estudiar solo con vistas a un examen; es
de mucho más valor para el predicador que para el estudian-
te. Y se deben recordar constantemente los grandes aconteci-
mientos. Exactamente igual, uno debe continuar leyendo
biografías y diarios de hombres de Dios, especialmente de
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La predicación y los predicadores 199
Capítulo 9
aquellos que han sido utilizados especialmente como predi-
cadores, como Whitefield, los Wesley, etc. Sigue dedicándote
a ello; nunca se agota. Cuanto más leas según estos paráme-
tros, mejor equipado estarás. Recuerda que todo esto está en
el apartado de tu propia preparación.
Lo siguiente en orden que señalaré es la lectura apologé-
tica. Me refiero con esto a que hay modas teológicas y filosó-
ficas que vienen y van. Y es tarea del predicador ser conscien-
te de todo esto, de manera que debería leer algunos de esos
libros. No puede leerlos todos a causa de que hay muchísi-
mos, demasiados; pero debería leer algunos de ellos.
También hay cuestiones relacionadas con la ciencia donde
esta parece entrar en conflicto con la fe y con la enseñanza
de las Escrituras. Debemos considerar todos estos asuntos.
Además, por supuesto, está la psicología y sus ataques espe-
cialmente sutiles a la fe.
Ahora bien, nadie puede ser experto en todo; pero hay
que tratar de estar al día y al corriente de todo lo mejor que
se pueda. Por tanto, se debe leer acerca de estos asuntos,
principalmente en libros. Pero además están las revistas y los
periódicos (no solo aquellos que pertenecen a la propia
denominación de uno, sino otros que son pertinentes para la
obra y especialmente en estos días de ecumenismo). Todo
esto es necesario como ayuda para el predicador, para que
evalúe adecuadamente a las personas que acuden a escuchar-
le. Debe saber algo acerca de su trasfondo y sus ideas, lo que
piensan, lo que leen y las influencias que reciben. Las perso-
nas, en su inocencia e ignorancia, siguen estando dispuestas
a escuchar a oradores dignos de confianza y a creerse cual-
quier cosa que lean en un periódico o en una revista popular,
y es tarea nuestra ayudarlas y protegerlas. Somos pastores, y
debemos cuidar y vigilar a las personas que nos han sido
encomendadas a nuestro cargo. Es tarea nuestra, por tanto,
equiparnos para esa gran labor.
Antes de proseguir con otros tipos de lectura, deseo insis-
tir mucho en la importancia suprema de tener un equilibrio
en tus lecturas. Nunca podré hacer suficiente hincapié en
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200 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
esto. A causa de nuestras diferencias naturales, todos tene-
mos nuestros prejuicios y nuestras preferencias, de manera
que hay un tipo de hombre que invierte todo su tiempo en
leer teología, otro en leer filosofía, otro psicología; y a veces
no leen prácticamente nada más. Esto es verdaderamente
peligroso, y la forma de solucionarlo es la prescripción de
una lectura equilibrada. Lo que quiero decir es lo siguiente.
Lee teología, como digo, pero siempre de una forma equili-
brada, no solo además de historia de la Iglesia sino también
junto a biografías y a un tipo de lectura devocional.
Permítaseme explicar por qué esto es tan importante.
Recordemos que nos estamos preparando a nosotros mismos,
y el peligro del hombre intelectual, si solo lee teología o filo-
sofía, es volverse engreído. Llega a creerse que tiene un siste-
ma perfecto, que no hay problemas, que no hay dificultad
alguna. Pero pronto descubrirá que sí hay problemas y difi-
cultades; y si desea evitar el naufragio, lo mejor que puede
hacer cuando cree que lo sabe todo y se ve eufórico y tenta-
do al orgullo intelectual es tomar, por ejemplo, los diarios de
George Whitefield. Allí leerá acerca de cómo aquel hombre
fue utilizado por Dios en Inglaterra, Gales, Escocia y América,
y también de cómo experimentó el amor de Cristo; y si no
siente pronto que es un gusano, mi opinión es que nunca ha
sido regenerado. Necesitamos humillarnos continuamente.
Por eso, la lectura equilibrada es absolutamente esencial. Si
tu corazón no se implica tanto como tu cabeza en estos asun-
tos, tu teología es errónea, entre otras cosas. Existe un verda-
dero peligro de volverse excesivamente teórico, académico,
objetivo e intelectual. Eso significará no solo que estás tú
mismo en peligro espiritual, sino también que hasta cierto
punto serás un mal predicador y un mal pastor. No ayudarás
a tu congregación y fracasarás en la tarea a la que has sido
llamado.
El camino para neutralizar eso y salvaguardarte de ello es
equilibrar tu lectura. Nunca dejes de hacerlo. Estoy convenci-
do de que uno debe leer siempre siguiendo estas diferentes
directrices cada día. He desarrollado una especie de rutina
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La predicación y los predicadores 201
Capítulo 9
que opino que es sana y provechosa casi desde el punto de
vista físico así como de los demás. Si leo los libros más arduos
y difíciles —o los más teológicos— por la mañana, leo los de
otro tipo por la noche. Es bueno que la mente no se ejercite
o estimule mucho antes de ir a la cama si se desea evitar el
problema del insomnio. No importa demasiado cuando eres
joven, entonces puedes hacer casi todo lo que te guste y, no
obstante, dormir; pero, cuando te hagas más mayor, descubri-
rás que no siempre es tan fácil. A menudo he tenido que
decirle esto a hombres que tenían problemas nerviosos y que
estaban a punto de sufrir una crisis. Ha sido obvio para mí, al
escuchar sus historias, que tenían el hábito de leer, justo
antes de ir a dormir, sobre asuntos extremadamente
complicados que requerían todas sus reservas de capacidad
mental; y después se sorprendían de que sus mentes
rehusaran dejar de trabajar y de que no pudieran relajarse y
dormir. Esto es de puro sentido común; pero es muy
importante. Equilibra, pues, tus lecturas por todas estas
razones.
¿Cuál es el propósito de leer todo esto? Reitero que el
objetivo de toda esta lectura no es en primer lugar extraer
ideas para predicar. Ese es otro terrible peligro. Igual que los
hombres tienden a leer su Biblia con el fin de conseguir tex-
tos para los sermones, así tienden a leer libros con el fin de
conseguir material para su predicación. Yo casi describiría
esto como la deformación profesional del ministerio.
Recuerdo algo que me dijo en 1930 un ministro que había
estado en una conferencia o en un retiro en el campo desti-
nado a profundizar en las experiencias espirituales de la
gente. Me habló del gran beneficio que había obtenido de la
conferencia. Yo esperaba que me dijera algo acerca de lo que
había experimentado o de lo que había significado para él
espiritualmente; pero eso no es lo que me dijo. Su comenta-
rio fue: “Conseguí mucho material maravilloso para predi-
car”. ¡Material para predicar! El no fue a la conferencia para
obtener beneficio espiritual, sino simplemente para conse-
guir material —ejemplos, historias de las experiencias de
otras personas, etc.— para sus sermones. Se había cerrado a
a
202 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
cualquier tipo de influencia espiritual por planteárselo de
esta manera. Se había convertido en un profesional. Leía su
Biblia para extraer textos, leía libros para conseguir ideas,
etc.
En realidad, esto puede convertirse en algo muy absurdo;
y me agrada que así sea por la siguiente razón: ¡los predica-
dores que tienen necesidad de acudir a los libros para conse-
guir sermones suelen quedar en evidencia! Me di cuenta de
esto cuando vivía en el sur de Gales. Había una famosa libre-
ría religiosa en cierta ciudad y los predicadores de los barrios
periféricos solían acudir al mercado y visitar esa librería al
menos una vez por semana. Todos iban allí y compraban
varios libros. Su tendencia era, naturalmente, a comprar los
mismos libros, ¡y el resultado era que muchos de ellos predi-
caban el mismo sermón! Pero, por desgracia para ellos, sus
congregaciones, los miembros de sus iglesias, se conocían
unos a otros y cuando se encontraban solían hablar de sus
respectivas iglesias y de sus pastores. Podía darse el caso de
que uno hablara del maravilloso sermón que había oído el
domingo anterior y otro le preguntara: ¿Cuál fue el texto? Y
al obtener la respuesta comenzaría a sonreír, porque habría
escuchado prácticamente lo mismo. Con ligeras variaciones,
por supuesto, ¡pero en esencia el mismo sermón! Aquellos
pobres se habían vueltos dependientes de los libros para
obtener sus ideas.
Recuerdo que otro ministro, que era un buen predicador,
me dijo en cierta ocasión cuando viajaba en el mismo com-
partimento en un tren y le encontré leyendo Testament of
Beauty (El testamento de la belleza), de Robert Bridges, que
él sacaba mucho más de “estas personas” que de ninguna
otra. Lo que quería decir era que allí extraía más ideas y
material para predicar. Hay hombres que obtienen sus ideas
de los libros y diarios, y ciertamente de toda clase de lugares
extraños.
Yo afirmo que este no es el objetivo prioritario de leer.
¿Entonces cuáles son su principal propósito y su función?
Proporcionar información; pero aún más importante es que
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La predicación y los predicadores 203
Capítulo 9
se trata por lo general del mejor estímulo. Lo que el predica-
dor necesita siempre es un estímulo.
En un sentido uno no debería acudir a los libros en busca
de ideas; la tarea de los libros es hacer pensar. No somos gra-
mófonos, debemos pensar de manera original. Lo que predi-
camos debe ser el resultado de nuestro propio pensamiento.
No nos limitamos a transmitir ideas. El predicador no está
destinado a ser un mero canal a través del cual fluye el agua;
debe ser como un pozo. Por tanto, la función de la lectura es
estimularnos en general a pensar, y a hacerlo por nosotros
mismos. Toma todo lo que lees y mastícalo bien. No te limi-
tes a repetirlo tal como lo has recibido; transmítelo a tu
manera, permite que stuja como parte de tí mismo, con tu
sello personal. Por eso insisto en el principio general de que
esa es la principal función del aprendizaje. Es trágico cuando
los hombres se convierten en gramófonos o en reproductores
de grabaciones que transmiten y repiten incesantemente. Un
hombre así pronto quedará estéril; pronto estará en dificulta-
des; y su congregación se habrá dado cuenta mucho antes de
que eso ocurra.
* * *
Quiero comentar otra cosa acerca de la lectura. La lectura
general también es importante. ¿Por qué? Bueno, aunque no
hubiera otra razón, simplemente para la liberación de la
mente. La mente necesita descanso. El hombre que está
demasiado tenso y que explota su mente tendrá problemas
enseguida. A la mente hay que darle liberación y descanso.
Pero liberar la mente no solo significa dejar de leer, sino leer
algo diferente. Lee algo muy distinto y, al hacerlo, tu mente
podrá relajarse. Un cambio en este sentido es tan bueno
como un descanso. Y al mismo tiempo estarás añadiendo a tu
almacén una buena información general que es excelente
como trasfondo para tu predicación. Abogo, por tanto, por la
lectura histórica. Me refiero ahora a la Historia secular, bio-
grafías, la historia de hombres de estado y hasta de guerras,
si
204 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
quieres. Puedes estar especialmente interesado en una mate-
ria determinada o en una afición; bien, haz uso de ella, des-
arróllala. Pero, una vez más, una solemne advertencia: no le
dediques mucho tiempo. Ese es el peligro. Siempre estamos
luchando en este sentido. Siempre hay tendencia a irse a los
extremos. Pero, si estás interesado en algo en especial, cultí-
valo con moderación. Será bueno para tu mente; preservará
la resistencia y la frescura. Por tanto, yo siempre he tratado de
hacer esto y de conseguir determinados diarios que tratan de
asuntos generales y de cuestiones literarias, y donde hay artí-
culos muy bien escritos y buenas reseñas de libros que nos
estimularán a leer otros libros. Yo no creo en recopilaciones
y enciclopedias que fomentan una mentalidad de “tabla de
equivalencias” en vez de incitar a pensar.
El ministro siempre debe estar leyendo de esta manera
equilibrada que concibe para sí mismo. Yo siempre tenía la
costumbre hace muchos años de llevar un gran libro conmi-
go cuando me iba de vacaciones en verano. En aquel tiempo
solían ser por lo general las últimas Conferencias de
Bampton. Estas eran impartidas normalmente por hombres
que no eran evangélicos pero que hacían un amplio estudio
de algún aspecto concreto de la Verdad. Las Conferencias de
Bampton o las de Hibbert las encontraba de gran valor. Un
predicador ocupado rara vez tiene tiempo para leer consecu-
tivamente este tipo de libros; por tanto, aprovechaba las vaca-
ciones para leer esas obras. Mi esposa estaba de acuerdo con
mi plan y los niños también más adelante. Me dejaban las
mañanas para mí y podía hacerlo; después, una vez hecho
esto, estaba dispuesto a cualquier cosa que ellos propusieran.
Mirando atrás me alegro de que tuviera el buen juicio y la
sabiduría de hacerlo.
* * *
Debo decir algo acerca de la música. La música no ayuda a
todos, pero sí ayuda mucho a algunas personas; y yo, por for-
tuna, soy una de ellas. Alguien me dijo hace poco que le
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La predicación y los predicadores 205
Capítulo 9
había sorprendido, al leer las necrologías de cuando murió
Karl Barth, descubrir que este solía comenzar la mañana
escuchando un disco de música de Mozart. Me dijo que no
podía entenderlo. Yo le pregunté:
—¿Cuál es el problema?
—Bueno —respondió—, me sorprende que un pensador
como Karl Barth se inclinara por Mozart; yo habría esperado
que a él le gustara Beethoven o Wagner, o quizá Bach.
Me quedé atónito. Mi impresión en cuanto a este hombre
era que evidentemente no conocía el verdadero valor de la
música o cómo utilizarla.
—Puedo decirte por qué recurría Karl Barth a la música
de Mozart —le dije—; no iba en busca de ideas, sino porque
producía algo en él en general. Mozart le ponía de buen
humor y hacía que su espíritu se sintiera feliz. Le relajaba y le
liberaba para elaborar su propio pensamiento.
Un estímulo general de ese tipo suele ser de más ayuda
que otro más especialmente intelectual. El hombre en sí es
mayor que su intelecto. ¿No es esa la razón por que los profe-
tas de la Antigüedad hacían que se tocara para ellos música
de arpa o de otro instrumento? Volveré a esto más adelante.
Algo que te hace bien, que te pone de buen humor o te colo-
ca en una buena disposición, algo que te agrada o que alivia
tus tensiones y te relaja es de inestimable valor. La música
hace esto con algunos de una forma maravillosa. Recordemos
que seguimos tratando las formas en las que el predicador se
maneja, se ayuda y se prepara a sí mismo. Emplea, pues, tu
tocadiscos o lo que sea, algo que sepas que te va a ayudar.
Concluyo como comencé, diciendo: Conócete a ti mismo.
Descubrirás que habrá fluctuaciones en tu vida; pasarás por
distintas fases y experimentarás diversas situaciones.
Conócete a ti mismo. Descubrirás que hay períodos, quizá de
días o de semanas, cuando por alguna razón sorprendente tu
mente trabaja a plena capacidad y estás en una situación
fecunda y encuentras ideas para sermones por todas partes:
“Lenguas en los árboles, libros en los arroyos, sermones en
las piedras y cosas buenas en todas partes”. Cuando eso suce-
a
206 La predicación y los predicadores
La preparación del predicador
da, extiende tus manos, tómalo todo; escribe todo lo que pue-
das, de manera que, cuando lleguen los períodos áridos de
sequía y esterilidad, tengas algo a lo que recurrir. Conócete
a ti mismo” fue el consejo que dieron los filósofos griegos de
la Antigüedad; y sigue sin haber interdicto más importante
para los predicadores.
La predicación y los predicadores 207
Capítulo 10
La preparación
del sermón
H
emos tratado, aunque sea con limitaciones, de abor-
dar la cuestión de la preparación del predicador
mismo. Nadie puede hacer esto adecuadamente,
pero debemos ser profundamente conscientes de la necesi-
dad de ello y continuar esforzándonos durante el resto de
nuestras vidas. Después de esto pasamos ahora a la prepara-
ción del sermón.
Permítaseme insistir una vez más en que en estas confe-
rencias estamos haciendo referencia a la predicación.
Alguien me ha preguntado acerca de la visitación. Yo no pre-
tendo referirme a todos los aspectos de la obra ministerial;
solo a la predicación, porque creo que eso es lo primero y lo
más importante. Las visitas, o cualquier otra actividad, nunca
pueden compensar una ausencia de predicación. De hecho
mi opinión es que la visitación no tendrá mucho sentido a
menos que la predicación sea lo que debe ser y prepare el
camino. Probablemente será solo una visita social que inclu-
ya quizá una taza de te y una conversación agradable; pero
eso no es visita pastoral. La predicación prepara el camino
para todas las demás actividades de un ministro. Como ya he
mostrado, prepara el camino para la obra personal e igual-
mente para la visitación.
No voy a tratar el asunto de la visitación. Ciertamente
habréis notado que ni siquiera he hecho referencia a la cues-
tión de las oraciones desde el púlpito o de la oración en
público. Eso, obviamente, no es porque no lo considere de
la mayor importancia; es simplemente porque el tiempo y
otros factores me impulsan a limitarme a la predicación. La
oración desde el púlpito es muy importante; la dirección del
culto en su totalidad es muy importante. Pero de nuevo quie-
ro indicar que esto vendrá muy determinado por la predica-
ción y por el concepto que tengamos de la misma. Por
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208 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
supuesto, si perteneces a una iglesia que tiene un culto litúr-
gico, esto no procede, aunque yo diría que, aun allí, la forma
en que el ministro lee la liturgia dependerá mucho de lo que
haya estado haciendo durante la preparación de su sermón.
Pero mi misión no es tratar estas otras cuestiones; deseo
insistir en lo que considero ser lo principal: la predicación.
Nunca será excesivo el hincapié que hagamos en ella; la pre-
dicación lo controla todo y determina el carácter de todo lo
demás.
Al pasar a la preparación del sermón, nos enfrentamos
de inmediato a una importante decisión a la que ya nos
hemos referido en la introducción general. ¿Qué tipo de ser-
món debe ser? ¿Evangelístico? ¿De edificación? ¿De consue-
lo y ánimo para los creyentes, para los miembros de la igle-
sia? ¿O debe ser un tipo más general de instrucción en cuan-
to al mensaje de las Escrituras? Obviamente es una decisión
importante y, habiendo hecho referencia a ella antes, solo la
repito ahora porque es una cuestión que surge enseguida en
cuanto a este punto.
Habiendo decidido qué tipo concreto de sermón ha de
ser, llegamos a la cuestión muy práctica de la preparación
propiamente dicha. Al parecer, algunos piensan que hay
reglas absolutas respecto a esto; pero yo creo que no es así.
Por tanto, simplemente intentaré plantear algunas ideas
basadas en mi propia forma de verlo y en mi experiencia per-
sonal en cuantos a estos asuntos.
En general yo diría que uno no debe predicar sobre
temas como estos. Lo que quiero decir es lo siguiente.
Recuerdo a un capellán del Ejército americano durante la
última guerra que me contó lo que había hecho en cierta
ocasión cuando estaba en Gran Bretaña. Estaba destinado en
determinada parte del país y se le pidió que predicara un
domingo en la iglesia local a la que había estado asistiendo.
Había llegado a ciertas conclusiones respecto al estado espi-
ritual de aquella iglesia; “por tanto —me dijo—, en vista de
lo que había observado, decidí compartir mi sermón sobre
la justificación por la fe”. Entonces le planteé algunas pre-
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La predicación y los predicadores 209
Capítulo 10
guntas y descubrí que, después de terminar su formación en
el famoso seminario al que había asistido, aquel hombre
había preparado inmediatamente una serie de sermones
sobre diferentes asuntos teológicos y doctrinales. Tenía un
sermón sobre la justificación, otro sobre la santificación,
otro sobre la Providencia, otro sobre escatología, etc. En
otras palabras, comenzaba con un tema y después buscaba
un texto que le viniera bien. Pero lo que en realidad estaba
haciendo era dar conferencias sobre la ‘justificación por la
fe”, etc. Eso es lo que quiero decir cuando hablo de no pre-
dicar sobre temas.
Me aventuro a ir un paso más adelante y exponerme yo
mismo a algunas críticas diciendo que, por lo general, no
creo en la predicación por medio de un catecismo. Hay per-
sonas a quienes tengo gran respeto que hacen esto regular-
mente; pero yo opino que no es un procedimiento sabio,
principalmente por la razón de que eso tiende a producir
una actitud teórica hacia la Verdad, una actitud excesiva-
mente intelectual hacia la Verdad. No es que no crea que hay
que enseñar a la congregación el catecismo. Mi opinión es
que debe hacerse. Pero también que debe ser en otro
momento y de una manera diferente. Yo lo incluiría dentro
de lo que considero “instrucción” y lo trataría en una serie
de conferencias. Pero aun mejor —en mi opinión— es decir-
le a las personas que lean y estudien el catecismo por sí mis-
mas y después lo consideren juntas en coloquios.
Digo todo esto porque creo —como ya he estado indican-
do— que, en la predicación, el mensaje siempre debe surgir
de las Escrituras directamente, y no de las formulaciones de
los hombres, ni siquiera de los mejores hombres. Al fin y al
cabo, los catecismos fueron producidos por hombres que
deseaban hacer hincapié en determinadas cosas debido a su
situación histórica propia, para contradecir otras enseñanzas
y actitudes concretas. En el mejor de los casos, por tanto,
tienden a ser incompletos, tienden a tener un enfoque par-
ticular y, por tanto, a omitir ciertas cosas. Pero mi argumen-
to definitivo contra la predicación por medio del catecismo
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210 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
es que se le puede plantear la misma objeción a la predica-
ción de las Escrituras de la forma que he indicado; porque,
al fin y al cabo, los catecismos derivan de las Escrituras. En
último término, la función de un catecismo —en mi opi-
nión— no es proporcionar material para la predicación; es
garantizar que la predicación sea correcta y salvaguardar las
interpretaciones de las personas que leen su Biblia. Puesto
que esa es la principal función de los credos y los catecismos,
es sin duda erróneo, por tanto, limitarse a predicar constan-
temente año tras año sobre el catecismo en vez de predicar
la Palabra directamente de la Escritura misma, con las
Escrituras siempre abiertas ante ti y las mentes de las perso-
nas dirigidas más a ellas que a la interpretación humana de
las mismas. Aunque lo que tú predicas es tu interpretación
del significado y la enseñanza de las Escrituras, este método
preserva y destaca de una manera más clara la idea de que
estás ofreciendo el mensaje de la Biblia más que el dogma de
una iglesia determinada.
Aceptando que esto es cierto en general con respecto a
los asuntos y los catecismos, entonces llegamos a la gran pre-
gunta: ¿Qué voy a hacer yo exactamente? ¿Debo predicar
sobre textos sueltos? Lo que quiero decir con “textos sueltos”
es que no forman parte de una serie, sino que tomas un ver-
sículo o párrafo concreto un día y otro al día siguiente, de
manera que no hay una secuencia o relación entre los ser-
mones de un domingo y otro. ¿Se debe predicar sobre textos
sueltos, entonces, o se deben hacer series de sermones?
Con frecuencia los predicadores han sostenido fuertes
opiniones en cuanto a esto, y se trata de una cuestión muy
interesante y, por supuesto, muy importante. Uno de los
grandes predicadores del siglo XIX, si no el más grande de
todos, Charles Haddon Spurgeon, adoptó una postura muy
tajante en cuanto a esto. No creía en la predicación de series
de sermones; de hecho se oponía a ello enérgicamente.
Decía que en un sentido era una insolencia que un hombre
decidiera predicar una serie de sermones. Defendía que los
textos le deben ser dados al predicador, que este debe bus-
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La predicación y los predicadores 211
Capítulo 10
car al Señor en este asunto y pedir orientación. Sostenía que
el predicador no debe decidir sino orar en busca de orienta-
ción y de la guía del Espíritu Santo, y después someterse a
ella. Así será conducido a determinados textos y afirmacio-
nes concretas que después expondrá en forma de sermón.
Esa era la opinión sostenida por Spurgeon y por muchos
otros. Yo mismo me eduqué en una tradición que se adhería
a esa opinión. Nunca oíamos una serie de sermones basados
en un libro, o en parte de un libro o de la Biblia, o en un
tema.
Pero enfrente tenemos la postura contraria de los purita-
nos, quienes creían claramente en la predicación de series
de sermones. Es interesante advertir, de paso, que aunque
Spurgeon era tan gran lector de los puritanos y admirador
de los mismos, en este punto estaba en total desacuerdo con
ellos.
¿Qué podemos señalar, entonces, respecto a esto? Lo
único que puedo decir es que a mí me parece un plantea-
miento equivocado el ser rígidos en cuanto a este asunto y
sentar cátedra con una regla drástica y precipitada. No veo
por qué el Espíritu no puede guiar a un hombre a predicar
una serie de sermones sobre un pasaje o sobre un libro de la
Biblia igual que le conduce a un texto aislado. ¿Por qué no?
Lo importante, y aquí estoy con Spurgeon 100 por 100, es
que debemos preservar y salvaguardar “la libertad del
Espíritu”. No debemos tener el control en esta cuestión; no
debemos decidir en frío, por así decirlo, lo que vamos a
hacer y elaborar un programa, etc. Estoy seguro de que esto
es erróneo. He conocido a hombres que lo hacen. He cono-
cido a hombres que, a principio de temporada, tras las vaca-
ciones, elaboran una lista de textos para muchos meses e
indican aquello de lo que van a predicar cada domingo con-
creto durante un período. Repruebo eso por completo. No
estoy diciendo, ni me atrevería a decir, que sea imposible;
bajo la libertad del Espíritu no es imposible, porque “el bien-
to sopla como quiere”. No debemos decir que el Espíritu va
a obrar siempre de una manera concreta y que así debe ser.
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212 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
Pero, hablando en general, pienso que planificar y publicar
un programa es sin duda establecer ciertos límites a la sobe-
ranía y la guía del Espíritu en cuanto a este asunto. Por
tanto, habiendo afirmado que nos sujetamos al Espíritu y
que debemos tener cuidado de asegurarnos de estar verda-
deramente sujetos a Él, defiendo que Él puede guiarnos
unas veces a predicar sobre textos aislados y otras a predicar
una serie de sermones. Quiero afirmar humildemente que
he conocido esto muchas veces en mi experiencia.
Hay un volumen de sermones predicados por mí bajo el
título La depresión espiritual. La historia de cómo llegué a pre-
dicar esa serie puede ayudar a ilustrar este asunto. Yo había
decidido ya —me parecía que estaba siendo guiado en ese
sentido, pero sin duda era mi propia determinación
comenzar una serie de sermones sobre la Epístola a los
Efesios. Sin embargo, una mañana, mientras me estaba vis-
tiendo, de repente y de una manera abrumadora me pareció
que el Espíritu de Dios me inducía a predicar una serie de
sermones acerca de la depresión espiritual. Literalmente,
mientras me arreglaba, la serie tomó forma en mi mente y lo
único que tuve que hacer fue precipitarme tan rápido como
pude a anotar los diversos textos y el orden exacto en que me
habían llegado. Yo nunca había pensado en predicar una
serie de sermones sobre la depresión espiritual; jamás se me
había ocurrido hacerlo; pero sucedió exactamente así.
Siempre presto gran atención a esos sucesos. Es una expe-
riencia maravillosa y gloriosa entre otras muchas cosas; y no
me atrevo a desobedecer lo que considero un mandato muy
concreto que viene de esa manera. Estoy muy seguro de que
la predicación de aquella serie de sermones me fue ordena-
da por el Espíritu mismo.
Quiero añadir una palabra más para justificar mi opinión
de que debemos evitar ser demasiado rígidos en cuanto a
este asunto. Estoy señalando que es correcto predicar tanto
sobre textos aislados como sobre series; y, en cualquier caso,
una serie siempre puede interrumpirse. De hecho, siempre
debes interrumpir una serie si sientes una presión especial
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La predicación y los predicadores 213
Capítulo 10
en tu espíritu que te incita a hacerlo así. Por eso yo nunca
imprimo un programa de lo que me propongo predicar
durante los próximos tres meses. No puedes decir lo que vas
a hacer, al menos yo nunca podría. Puede haber circunstan-
cias que requieran atención y proporcionen una maravillosa
oportunidad para predicar. Ciertamente nunca podría
garantizar que voy a terminar el sermón que he preparado
para determinada ocasión. ¡En muchísimas ocasiones me he
visto en la situación de que el tiempo que suelo tener para la
predicación ha pasado y solo he predicado la mitad de mi
sermón! ¿Cómo puedes saber lo que va a pasar? Tú no con-
trolas las cosas, al menos no deberías controlarlas. El
Espíritu te está utilizando y está tratando contigo mientras
predicas, tanto como en el tiempo de preparación. No
malinterpretes esto; no estoy defendiendo o excusando la
despreocupación. Me he apartado de mi camino para insis-
tir en lo contrario. Pero, aún así, con toda tu preparación y
previsión, tienes que conservar “la libertad del Espíritu” y
tratar de permanecer abierto y sensible a cómo quiere Él
moverse. Por tanto, para mí, un programa impreso habría
sido ridículo a causa de la constante posibilidad de interrup-
ciones y variaciones, así como del desarrollo de determina-
dos temas, que a veces resulta completamente imprevisible
durante la preparación o ya durante la predicación.
Cualquiera que sea tu decisión con respecto a este asunto,
conserva la libertad.
O permítaseme expresarlo de esta manera. Yo establece-
ría como regla que hay ocasiones especiales que siempre se
deben tener en cuenta. En este punto tengo la temeridad de
expresar una crítica a los puritanos. Creo en la predicación
de sermones especiales el día de Navidad y durante el
Adviento; también creo en la predicación de sermones espe-
ciales el Viernes Santo, Domingo de Resurrección y
Domingo de Pentecostés.
¿Cómo justifico esto? Veamos. ¿Por qué se oponían los
puritanos a ello? La respuesta es, por supuesto, que se opo-
nían a esas ocasiones especiales a causa de su violenta reac-
a
214 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
ción contra el catolicismo romano. Los católicos romanos
han transformado la celebración del nacimiento de nuestro
Señor en una misa; y, por tanto, los puritanos, que son cria-
turas que reaccionan, como todos, tienden a hacerlo dema-
siado radicalmente con el resultado de que, en su deseo de
deshacerse de todo lo que recuerde a la misa y todo lo demás
que vaya asociado al pensamiento católico romano, se fue-
ron al otro extremo y se opusieron a cualquier observancia
de estos días.
Aunque comprendo plenamente su actitud y por lo gene-
ral me identifico completamente con ellos, no obstante, creo
que estaban equivocados. Digo esto porque creo que el peli-
gro al que nos enfrentamos la mayoría de nosotros es llegar
a interesarnos tanto en las implicaciones y las manifestacio-
nes externas de la fe cristiana que tengamos tendencia a olvi-
dar la esencia y los verdaderos fundamentos de la fe. Los pre-
suponemos, pero quizá nunca predicamos sobre ellos. Y si
eso es cierto de la predicación, lo mismo será obviamente
cierto de las personas que nos escuchan. Pero, cuando volve-
mos a las Epístolas del Nuevo Testamento, descubrimos que
los Apóstoles no pueden resolver asunto alguno sin hacer
referencia constantemente a los hechos básicos de la fe cris-
tiana. En cualquier caso, tenemos cuatro Evangelios que nos
recuerdan los hechos y la historia.
Sin duda el gran peligro hoy, y especialmente en determi-
nados círculos, es el exceso de intelectualismo. Con frecuen-
cia me he esforzado por persuadir a las personas de que sean
más intelectuales y menos sentimentales en su concepto de
la fe cristiana, pero en el presente estoy igualmente seguro
de que algunas personas deben ser advertidas del peligro de
ser demasiado intelectuales y de perder el contacto con los
grandes hechos históricos en los que se basa nuestra fe.
Cualquier cristiano que no reaccione ante un sermón sobre
la Navidad haría bien en volver a examinar toda su posición
en Cristo. Si tú mismo como predicador no eres conmovido
por un sermón que precisamente trata de los hechos y deta-
lles de la muerte de nuestro bendito Señor en la Cruz sobre
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La predicación y los predicadores 215
Capítulo 10
el monte Calvario, si no te sientes como si jamás hubieras
predicado sobre ello antes y no te conmueve como en otras
ocasiones, vuelvo a decirte que harías bien en examinar tus
fundamentos. Ylo mismo es cierto de las personas. Estas oca-
siones especiales, por tanto, son de gran valor a este respec-
to y, en un sentido, nos obligan a volver atrás y a recordarnos
a nosotros mismos estas cosas que al fin y al cabo son los fun-
damentos sobre los cuales se basa toda nuestra opinión.
Voy aún más lejos; yo creo en el empleo de casi cada oca-
sión especial como una gran oportunidad para predicar el
Evangelio. Además de lo que he mencionado, pues, yo siem-
pre he aprovechado el primer domingo de cada nuevo año
de esta forma. Quizá te preguntes: “¿Cuál es la diferencia
entre el 1 de enero y el 31 de diciembre?”. Y, por supuesto,
en un sentido tienes razón. Esa es una actitud puramente
intelectual. Considera que todos los días son iguales. Pero
para la mayoría de las personas existe una diferencia. ¡Año
Nuevo! Tiempo de decisiones. Por supuesto, sabemos que es
una tontería y que no servirá para nada. La gente lo hace
cada año y probablemente no recuerda sus decisiones una
semana después. No obstante, lo hacen. “¿Pero —te pregun-
tarás— entonces qué sentido tiene prestarle atención?”. Una
vez más esa es una postura teórica, como he estado tratando
de mostrar; tenemos que evaluar a nuestras congregaciones
y a nuestra gente y debemos tratarlas como formadas por
seres humanos. Recordando que “el que gana almas es
sabio”, debemos aprovechar todo y cualquier cosa que haga
que la gente sea consciente de la Verdad del Evangelio. Por
tanto, cuando comienzas un nuevo año, estás ante una opor-
tunidad evidente de recordar a las personas la naturaleza efí-
mera de la vida. Todos tenemos tendencia a olvidar esto;
podemos estar tan interesados en importantes problemas
teológicos, intelectuales y filosóficos que tendamos a olvidar
que vamos a morir. Y la gente, inmersa en los negocios, los
placeres y la familia, y “en los negocios de la vida”, es igual-
mente olvidadiza.
Aquí, pues, tienes una oportunidad ante ti que se te pre-
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216 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
senta para que seas consciente del carácter fugaz de la vida
en este mundo y para recordar a todos que nadie puede per-
mitirse sentarse en el fondo como espectadores o críticos de
predicadores y predicaciones. Puedes recordarles que están
implicados en todo esto y que no te diriges a ellos acerca de
un asunto teórico, sino que se trata de la cuestión más
importante de todas y que, tanto si les gusta como si no,
avanzan hacia un final ineludible e inevitable y se avecina el
Juicio Final. El predicador que no aprovecha estas cosas es
un necio y no es adecuado para un púlpito.
Nunca olvidaré mi sentimiento de decepción hace unos
años cuando tuve la siguiente experiencia. Al encontrarme
muerto de cansancio me tomé un descanso a comienzos del
año y fui a un culto dirigido por un joven ministro el primer
domingo del nuevo año. Para mi gran sorpresa comenzó su
sermón diciendo: “Bien, recordemos que el domingo pasado
estuvimos examinando tal y tal versículo; este domingo con-
tinuaremos con el siguiente”. No hizo referencia alguna al
Año Nuevo o a alguno de los asuntos relacionados con él.
Sentí pena, pena de que fuera capaz de perder semejante
oportunidad. Entre otras cosas, estas ocasiones especiales
facilitan nuestra labor, son oportunidades que se abren al
predicador.
Todo lo que ocurre en el mundo, cualquier cosa llamati-
va, cualquier fenómeno, siempre debemos aprovecharlo.
Recuerdo haber leído algo acerca de un incidente en la vida
de John Fletcher, de Madeley, aquel gran santo que vivió
hace 200 años. Era párroco en Madeley, en Staffordshire,
Inglaterra. De repente tuvo lugar un terrible desastre en el
río Severn. El nivel del Severn subió aquel año muy por enci-
ma de lo normal, con el resultado de que gran número de
personas se ahogaron a consecuencia de las lluvias torrencia-
les. Esta catástrofe condujo ajohn Fletcher a predicar un ser-
món extraordinario en el que hacía frecuentes referencias a
aquel trágico suceso y que produjo tremendas consecuen-
cias. También recuerdo haber leído cómo, precisamente por
aquel mismo tiempo, algunos de los importantes predicado-
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La predicación y los predicadores 217
Capítulo 10
res de aquel siglo XVIII emplearon el terremoto acaecido en
Lisboa, Portugal, en 1751. Aprovecharon aquellos aconteci-
mientos. No predicaron propiamente sobre el terremoto,
sino que lo utilizaron para que las personas fueran conscien-
tes de la naturaleza efímera de la vida y así reforzar su llama-
miento al arrepentimiento. Un terremoto hace pensar a la
gente, como lo hace un tornado o un huracán; y le propor-
ciona, por tanto, una oportunidad al predicador. “Tu cora-
zón se enterneció” es el comentario favorable que tenemos
sobre el rey Josías en el Antiguo Testamento; y recordemos
los versos del himno: “Salvador, mientras mi corazón sea tier-
no, quiero rendirlo a Ti”. Hay ocasiones en que nuestros
corazones se enternecen y somos más propensos a respon-
der. Es la esencia de la sabiduría, y verdaderamente de senti-
do común, que aprovechemos todas esas cosas. Aunque
hayas planeado la mejor serie de sermones que el mundo
haya conocido, ¡interrúmpela si se produce un terremoto!
¡Si no eres capaz de sacudirte una rutina mecánica a causa
de un terremoto, no tienes remedio!
* * *
Esto es lo que pienso en cuanto a la cuestión de elegir entre
predicar sobre textos aislados o escoger una serie. En cuan-
to a la predicación sobre textos aislados ya me he referido a
ello al hablar de la preparación del predicador. He adverti-
do contra el mal hábito de leer las Escrituras “buscando” tex-
tos y he hecho hincapié en que siempre debemos leerlos
para nuestro bien y nuestra edificación. He señalado cómo
al hacerlo puedes descubrir que determinadas afirmaciones
te hacen mella y te impresionan; y ya dije lo que se debe
hacer con ellas. Cualquiera que sigue esa práctica descubri-
rá que nunca le faltan textos; habrá acumulado un montón
de bosquejos que habrá preparado mientras leía las
Escrituras para su propia edificación.
Pero además de eso descubrirás que es como si se te die-
ran los sermones. Vienen a ti directamente y tú tienes muy
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218 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
poco que hacer para elaborarlos. No sé si todos estaréis de
acuerdo conmigo en cuanto a esto, pero mi propia experien-
cia ha sido ciertamente que esto me ocurría más frecuente-
mente en los primeros años de mi ministerio que después.
Creo que se debe por completo a la bondad de Dios. El nos
conoce, “Él conoce nuestra condición”; y sabe que necesita-
mos esta clase de ayuda mucho más al principio. Igual que
damos ánimo adicional a los niños y hacemos cosas por ellos
que no hacemos posteriormente porque deseamos que crez-
can, así trata Dios —en mi opinión—al predicador.
Descubrirás que es bondadoso y muy misericordioso contigo
al principio y que te da textos y sermones; en ocasiones quizá
hasta recibas un sermón completo. Pero otras veces te
encontrarás con que tienes que elaborarlo, trabajar y esfor-
zarte de la manera que he indicado. Con esto dejo la cues-
tión de la predicación sobre textos aislados.
En cuanto a la preparación del sermón tenemos diversas
posibilidades. Una es trabajar en un libro de la Biblia e ir exa-
minando sistemáticamente el libro. Otra es examinar sistema-
ticamente una sección del libro: el Sermón del Monte o algo
así, o quizá una porción de un capítulo. Hay muchas posibili-
dades en cuanto a esto. O, como ya he indicado anteriormen-
te, se puede elaborar una serie de sermones que traten de un
aspecto concreto de la vida y experiencia cristianas.
Ya he puesto el ejemplo de la “depresión espiritual”.
Permítaseme decir algo más en cuanto a esto. Lo que me
decidió a predicar aquella serie fue verdaderamente una
combinación de algunas de estas cosas que he estado men-
cionando. Ya he explicado cómo puedes acumular una gran
cantidad de bosquejos. Yo lo he estado haciendo durante
varios años y tengo, pues, una buena colección de ellos. Lo
que sucedió en aquella ocasión, mientras me vestía aquella
mañana, fue que se me mostró que en mi montón de bos-
quejos había una serie preparada sobre la depresión espiri-
tual. No es que todo el montón tratara de ese asunto, sino
que en él había sermones aislados que se podían poner en
orden dando lugar a una serie. Esta fue para mí una expe-
aaaa
La predicación y los predicadores 219
Capítulo 10
riencia notable que nunca he olvidado y que nunca olvidaré.
Si la memoria no me falla, allí y en aquel momento pude
poner sobre papel más o menos unos veinte bosquejos de
sermones. Tenía allí los bosquejos y lo único que al parecer
sucedió en aquel momento fue que el Espíritu los colocó en
orden por mí. Por tanto, lo único que tuve que hacer fue
acudir al conjunto de bosquejos, separar los que eran apro-
piados y examinarlos. Inmediatamente me pareció que la
disposición sugerida era la perfecta y no me atreví a variarla
de ninguna manera. Añadí uno o dos al final, pero aun aque-
llos bosquejos estaban en el montón.
Este método, repito una vez más, no solo es correcto de
por sí, sino que facilita enormemente la carga y el trabajo del
ministro. Evita aquella terrible situación en que he visto a
algunos hombres tan a menudo de buscar textos frenética-
mente el sábado para el domingo siguiente. Hasta he cono-
cido a hombres que se van a la cama el sábado por la noche
sin haberse preparado para su tarea. Pero, si haces lo que
estoy proponiendo, descubrirás que funciona de una mane-
ra interesante y hasta emocionante.
Deseo insistir nuevamente en que, al hacer todo esto,
siempre debes ser expositivo. Siempre expositivo. Si sigues
el método por el que he estado abogando serás expositivo,
porque cuando los textos te hayan impresionado, te habrás
parado y los habrás considerado y examinado, y una vez
hecho esto habrás elaborado tus bosquejos. En otras pala-
bras, tus bosquejos son los epígrafes de una exposición. No
apruebo el método por el que tomas un tema como “la
depresión espiritual”, piensas y trabajas por tu cuenta y des-
pués buscas textos que sean ganchos convenientes donde
colgar esos pensamientos tuyos sobre el asunto. A eso es a lo
que me opongo. El material debe proceder siempre de las
Escrituras y ser expositivo. Y, si eres fiel a la enseñanza de las
Escrituras, descubrirás que cubres todos los diferentes
aspectos de la Verdad y que lo haces de una forma mucho
mejor que tratando de desarrollar estas cosas por tu cuenta
de una manera más o menos filosófica.
220 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
Una serie de sermones puede ser larga o corta. ¿Cómo lo
decidimos? Recuerdo que años atrás estuve en una conferen-
cia de estudiantes de teología en la que tuvimos una gran dis-
cusión sobre esta cuestión de la longitud de una serie de ser-
mones. Recuerdo que en aquella ocasión salí en defensa de
las series cortas. ¡Cómo vive uno para desdecirse de lo que
ha dicho previamente! No obstante, aquella era mi postura
en aquel momento y deseo justificarla. No se pueden estable-
cer reglas respecto a estas cosas; y ahí es donde creo que
debemos ser juiciosos en nuestro empleo de predicadores
como los puritanos. El peligro es que los leamos y digamos:
“Esto es maravilloso, así es como hay que hacerlo”. Pero si
tratas de emularlos descubrirás que no es la mejor fórmula
para ti. ¿Por qué no? Una razón es que descansa demasiado
en el predicador. Puede que lo que un hombre puede hacer
no sea posible para otro, y es peligroso que trate de hacerlo.
No solo depende de la persona concreta del predicador,
también de su fase de desarrollo. Un predicador siempre
debe estar creciendo y avanzando, de manera que lo que no
puede hacer en sus días de más juventud podrá hacerlo en
su mediana edad o cuando sea anciano. Por tanto, se debe
evitar toda rigidez en cuanto a estos asuntos.
Recuerdo algo que oí decir a un hombre muy capacita-
do del siglo XIX, un buen teólogo que antes de ser direc-
tor de una facultad de Teología había sido pastor de una
iglesia en Londres. Había comenzado a predicar a su con-
gregación —formada principalmente por hombres de negó-
cios y sus esposas— los domingos por la tarde una serie de
sermones sobre la Epístola a los Efesios. El resultado fue que
más o menos perdió a su congregación. Todos le tenían gran
respeto y le admiraban mucho, y a todos les agradaba como
hombre; pero el hecho era que no podían soportarlo.
Predicaba por encima de las posibilidades de comprensión
de ellos y, por tanto, no les alimentaba. Su intención era
buena, pero sus sermones —como ellos decían— demasiado
profundos y las series demasiado largas. No podían soportar-
lo y clamaban buscando liberación.
La predicación y los predicadores 221
Capítulo 10
Por tanto, debes tener cuidado con esto. En otras pala-
bras, vuelvo a algo que ya he dicho pero en lo que deseo
insistir: debes estar evaluándote constantemente a ti mismo
y evaluando a tu congregación. Y debes siempre estar dis-
puesto a hacer reajustes. No continúes con un rígido plan
establecido del que no te puedes apartar. Recuerdo haber
oído a un necio predicador que había cambiado de manera
de pensar y que, como resultado, predicaba constantemente
en una misma línea y sobre un tema único. Alguien le dijo
que había escuchado quejas en cuanto a esto por parte de
algunos miembros de la congregación. Su respuesta fue:
“Tendrán que aceptarlo les guste o no”. En un sentido le jus-
tifico por decir eso, pero cuando lo dijo estaba sin duda equi-
vocado. La tarea del predicador es persuadir a las personas
para que lo “acepten”, enseñarles a “aceptarlo”, a discernir
lo falso, y no echarles en cara la verdad. Por tanto, debe
hacer reajustes constantemente cuando tiene conciencia de
que las situaciones cambian.
Esto puede sonar difícil, y en un sentido lo es; pero para
mí, no obstante, es uno de los aspectos más gloriosos del
ministerio. Es una parte del encanto de la predicación el que
siempre es algo vivo y vital; nunca es inflexible y formal.
Siempre se da esta constante interacción y reacción entre el
predicador y su congregación. Crecéis y os desarrolláis con¬
juntamente y tenéis que hacer esos ajustes. Al fin y al cabo,
¿cuál es el propósito de la predicación? ¿Qué es lo que
haces? ¿Qué tratas de hacer? ¿Cuál es tu objetivo? Ayudar a
estas personas, llevarlas a Dios y a un conocimiento de Dios,
y edificarlas con nuestra “santísima fe”, ¿verdad? Debes estar
dispuesto siempre, pues, a hacer reajustes.
Insisto al final de esta sección, como lo he estado hacien-
do todo el tiempo, en que debes asegurarte de que cada ser-
món concreto sea completo en sí mismo y una entidad de
por sí. Esto se aplica aun cuando estés predicando una serie.
La forma de hacer esto es emplear unos minutos al principio
del sermón en hacer un breve resumen de lo que se ha dicho
anteriormente. Hago hincapié en la palabra “breve”. Había
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222 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
un popular predicador —no popular en la acepción corrien-
te del término, sino que era un hombre que había consegui-
do cierta notoriedad— en Inglaterra hace varios años cuya
popularidad parecía deberse en gran medida al tono profun-
do de su voz, lo que condujo a que hablara frecuentemente
por la radio y, a la vez, llenaba su iglesia. Recuerdo haber
hablado con una mujer que solía ir a escuchar a aquel hom-
bre pero que me dijo que había dejado de hacerlo. Le pre-
gunté por qué. “Bueno —respondió—, se pasa tanto tiempo
contándonos lo que dijo la última vez y después tanto tiem-
po contándonos lo que espera decir la próxima vez, que dice
muy poco cada vez”. Esto le molestaba tanto que finalmente
había dejado de escucharle. Esta es una trampa muy real y
una tentación para el predicador. Aunque se debe resistir fir-
memente esa tendencia a extenderse demasiado en la sinop-
sis del sermón anterior, no obstante, es esencial para la gente
hacer un resumen. Les será de ayuda a todos, aun a aquellos
que asisten regularmente; y es esencial para los que asisten
por primera vez. Por tanto, debes mostrar el contexto del
sermón concreto dentro de la serie y su relación con el todo,
y quizá insinuar algo de lo que vendrá después. Pero debe
tener su propia entidad; eso es lo más importante.
Hemos estado ocupándonos de una decisión esencial.
Habiendo llegado a ella, ahora tenemos que descender a la
tarea propiamente dicha de preparar el sermón, el sermón
concreto. ¿Cómo enfocarlo? Bueno, obviamente, lo prime-
ro que hay que hacer es enfrentarse al significado del texto.
En cuanto a esto hay una regla de oro, un requisito absolu-
to: honradez. Tienes que ser honrado con tu texto. Quiero
decir con esto que no debes acudir al texto solo para
extraer una idea que te interesa y después elaborar esa idea
tú mismo. Eso es tratar un texto de forma fraudulenta.
Quizá unos cuantos ejemplos nos ayudarán a aclarar este
punto.
Recuerdo bien la primera vez que oí a cierto predicador
famoso en la radio. Nos dijo que iba a predicar sobre la
transformación del lugar de tu crucifixión en un huerto .
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La predicación y los predicadores 223
Capítulo 10
Uno se pregunta inmediatamente cuál puede ser la posible
fuente de ese tema. Pronto nos dijo que su texto se encon-
traba al final del capítulo 19 del Evangelio según Juan,
donde leemos: “En el lugar donde había sido crucificado
había un huerto”. Eso es lo que decía el texto. Mas el sermón
era sobre “la transformación” del lugar de tu crucifixión en
un huerto. Pero no había nada al respecto en aquel texto.
Allí había un huerto; el huerto estaba allí antes de la crucifi-
xión. No fue la crucifixión la que produjo el huerto. Sin
embargo, con el fin de darle la oportunidad de predicar un
sermón sumamente emotivo acerca de cómo la gente que
sufre enfermedades puede y debe reaccionar ante su prue-
ba, forzó el texto. Nos dijo que las personas buenas que lo
aceptaran con un espíritu hermoso y nunca protestaran o se
quejaran transformarían su lugar de crucifixión en un huer-
to. Después asistimos a toda una serie de conmovedoras his-
torias emotivas de ese tipo de personas durante veinticinco
minutos o media hora. Ahora bien, solo se puede decir una
cosa en cuanto a eso: es una tremenda falta de honradez; no
hay nada más que decir al respecto.
O pongamos otro ejemplo, el de un hombre que predicó
sobre Naamán el sirio. Recordemos el momento de la histo-
ria cuando pone fuertes objeciones al mandamiento de ir a
sumergirse en el río Jordán, un río tremendamente peque-
ño comparado con los ríos Abana y Farfar. Pero el tema del
sermón era: “La importancia de lo no importante en la vida”.
Eso, una vez más, no es sino una completa tergiversación de
un texto. El significado de ese texto y de su contexto no es
mostrar “la importancia de lo no importante en la vida”, sino
mostrar que Naamán no podía ser sanado por Dios sin humi-
llarse y que todos nosotros tenemos que someternos al cami-
no de salvación de Dios. Pero eso, literalmente, ni se mencio-
nó en todo el sermón. Lo que hay detrás de semejante afren-
ta al texto es que uno se limita a extraer una idea, algo que
le va bien —como el hecho de que el río Jordán era cierta-
mente más pequeño que los otros ríos—, y pasa por alto el
verdadero significado del texto y su contexto. No solo es
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224 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
superficial, es una verdadera falta de honradez y una tergi-
versación de las afirmaciones escriturarias.
O pongamos otro ejemplo aún más sorprendente. Estoy
presentando deliberadamente casos de predicadores popu-
lares. Cierto hombre anunció su tema con el título “Mi
Evangelio”. Su texto era la afirmación de Pablo en 2
Timoteo [Link] “Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David,
resucitado de los muertos conforme a mi evangelio”.
Comenzó con la pregunta: “¿Puedes tú decir ‘mi’
Evangelio? Por supuesto —añadió inmediatamente—, puede
que no sea mi Evangelio, ¿pero es el tuyo?”. Este era el tema
central: “¿Tú puedes decir ‘mi’ Evangelio?”. Entonces entró
en una diatriba contra el tradicionalismo, la ortodoxia, la teo-
logía sistemática y ciertamente cualquier clase de teología. Lo
único que importaba era la experiencia personal: “mi
Evangelio”. Lo que era verdaderamente asombroso y casi
increíble era que el hombre pudiera decir eso, porque lo que
Pablo está diciendo aquí obviamente es que no era su propio
Evangelio, no era algo que surgía de su experiencia, sino de
“Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos”. El
Apóstol, en realidad, estaba escribiendo específicamente
para contrarrestar la clase de afirmación que aquel predica-
dor estaba haciendo y hacer hincapié en que hay solo un
Evangelio —el que él predicaba—, el Evangelio que se basa
en el esencial hecho histórico de que Jesús el Cristo es el Hijo
encarnado de Dios, nacido de la simiente de David según la
carne y que literalmente resucitó del sepulcro corporalmen-
te. Todo eso lo pasó completamente por alto, de hecho lo
negó. Lo verdaderamente importante era si tú habías tenido
una experiencia personal que había cambiado tu vida. Se
limitaba a separar “mi evangelio” y a pasar totalmente por
alto el resto del versículo, y no digamos el contexto. Era cier-
tamente una diatriba contra una interpretación teológica del
Evangelio o de estar “siempre preparados para presentar
defensa [...] ante todo el que os demande razón de la espe-
ranza que hay en vosotros”. Era una exaltación de la expe-
riencia personal irrespetuosa con aquello que la motivaba.
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La predicación y los predicadores 225
Capítulo 10
Hay, una vez más, solo una cosa que se puede decir: que es
una completa falta de honradez, es maltratar y tergiversar lo
que dice el texto.
Debemos ser honrados con nuestros textos e interpretar-
los siempre en su contexto. Se trata de una regla ineludible.
Estos hombres mencionados no la observan; no les interesa
eso, siempre están buscando “ideas”. Quieren un tema, una
idea; y después filosofan sobre ello dando expresión a sus
propios pensamientos y a sus ideas morales. Eso es tergiver-
sar la Palabra de Dios. Se debe tomar el texto en su contex-
to y ser honrado con él. Se debe descubrir el significado de
las palabras y de todo lo que dicen. Ya hemos mencionado
esto anteriormente, pero en lo que deseo hacer hincapié en
este momento es en el significado espiritual del versículo o
del pasaje. Primero la exactitud, pero después, y lo que es
más importante, viene el significado espiritual. Lo que deter-
mina la exactitud de tu interpretación de las palabras con-
cretas en último término no es la erudición, sino el significa-
do espiritual del pasaje. Descubrirás que las expertas autori-
dades en la materia, a menudo —si no generalmente—, dis-
crepan una de otra radicalmente, y el significado en último
término debe venir determinado no por una ciencia exacta
sino por una percepción espiritual, una interpretación espi-
ritual: la “unción” de la que Juan habla en 1 Juan 2:20 y 27.
Este procedimiento te lleva a la idea clave del mensaje de
esta afirmación particular. Con el fin de llegar a esto tendrás
que aprender cómo plantear preguntas a tu texto. Nada es
más importante que eso. Plantea preguntas como: ¿Por qué
dice eso? ¿Por qué lo dice de esta manera concreta? ¿Adonde
quiere llegar? ¿Cuál era su objetivo y propósito? Una de las
primeras cosas que debe aprender un predicador es a hablar
a sus textos. Ellos te hablan a ti y tú debes hablarles a ellos.
Plantearles preguntas. Este es un procedimiento provechoso
y estimulante. Pero al mismo tiempo nunca fuerces tu texto.
Se te puede ocurrir una idea y esta puede emocionarte y
conmoverte, pero si descubres que tienes que manipular o
forzar un texto concreto para que encaje en ella, no lo
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226 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
hagas. Debes sacrificar un buen sermón antes que forzar un
texto. Después de esto, o mientras haces esto, debes exami-
nar la interpretación a la que has llegado consultando tus
diccionarios y comentarios.
Adonde quiero llegar, y me preocupa, es a que te asegu-
res de que verdaderamente captas el mensaje principal, la
idea clave y el significado de ese texto o de esa afirmación
concreta. Resulta asombroso advertir cómo se puede llegar a
evitar hacer esto. ¡He llegado a una etapa en la que no estoy
muy seguro de si se aprende más acerca de la predicación
predicándose uno mismo o escuchando a otros! Supongo
que es una combinación de ambas cosas. Pero durante una
enfermedad reciente, y mientras me recuperaba de una ope-
ración, estuve escuchando durante seis meses y aprendí
muchísimo. Un domingo por la mañana oí a un hombre pre-
dicar sobre Gálatas [Link] “¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os
fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos
ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros
como crucificado?”. El tema del sermón era “El peligro de
desviarse”. La introducción, en mi opinión, fue buena y legí-
tima al margen de la excesiva elaboración de lo relativo a lo
que nos fascina y una pequeña disquisición sobre el mesme-
rismo. Bueno, estaba abierto aun a eso. Pero después, el
resto del sermón fue sobre las cosas que tienden a confun-
dirnos, y especialmente la teología y la ortodoxia.
Ahora bien, para mí, este buen hombre estaba perdiendo
de vista el mensaje principal. Lo que el Apóstol está dicien-
do es lo siguiente: “¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó
para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos
Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como
crucificado?”. El Apóstol está asombrado con estos gálatas.
¿Por qué? Bien, lo que sorprendía a Pablo era que algo
pudiera desviar la atención de estos necios gálatas de la
importante y gloriosa verdad que había expuesto ante ellos,
el asombroso hecho de la muerte del “Hijo de Dios” en la
Cruz en el monte Calvario, que les había sido presentado cla-
ramente. Pablo estaba sorprendido de que algo pudiera dis-
aaa
La predicación y los predicadores 227
Capítulo 10
traerles de “la gloria de la Cruz”. Pero la Cruz y su significa-
do y mensaje no se mencionaron, literalmente, en aquel ser-
món. Se pasó el tiempo hablándonos de cosas secundarias,
aquellas que tienden a confundirnos. Sin duda, Pablo está
expresando su tremendo asombro y lo que le sorprende que
un hombre, habiendo visto esto, pueda olvidarlo en su pero-
cupación por asuntos como la circuncisión. Pero eso no apa-
reció en el sermón en absoluto. En un sentido, aquel predi-
cador no estaba diciendo nada erróneo al margen de su ata-
que de pasada a la ortodoxia, pero lo que a mí me llamó la
atención fue que no mencionara en absoluto la idea princi-
pal de su texto, aquel texto sobre el que estaba predicando.
¡Obviamente había sido fascinado por las cosas fascinantes!
Nada es más importante que estar seguros de que hemos
captado la idea principal del texto y la manifestamos. No
debemos ser como otro hombre a quien escuché predicar el
Domingo de Resurrección sobre Romanos 1:1-4: “Declarado
Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la
resurrección de entre los muertos”. Lo que me sorprendió
en aquella ocasión fue que dijera muy poco acerca de la
resurrección. El buen hombre explicó el significado de las
palabras de una manera excelente y ciertamente hizo hinca-
pié en que Jesús es el Hijo de Dios, pero salí sin un senti-
miento de estupefacción por el asombroso hecho de la resu-
rrección, aquello que, según el Apóstol, declaró definitiva-
mente que era el Hijo de Dios, Esa no fue en absoluto la idea
principal del sermón aquel Domingo de Resurrección; pero
sin duda era la idea principal de lo que el Apóstol mismo
dijo.
Recuerdo a un famoso predicador que predicó un
Viernes Santo sobre el texto de Romanos [Link] “La ley del
Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del
pecado y de la muerte”. El tema resultó ser su particular
enseñanza acerca de la santidad; era alguien que creía en la
“santificación plena”. Aquel Viernes Santo, cuando el día
que era y la circunstancia que nos había congregado hacía
pensar a la gente en la muerte real de nuestro Señor, en
aaaaaa
228 La predicación y los predicadores
La preparación del sermón
aquel hecho histórico, nuestras mentes fueron desviadas de
esto a una teoría especial de la santidad. Y una vez más, aque-
llo sucedió no solo a causa de una mala interpretación del
versículo concreto, sino a causa de una completa ignorancia
de los versículos anteriores y siguientes. Nunca será excesivo
el hincapié que hagamos en la importancia de llegar a la ver-
dad principal, al mensaje principal de nuestro texto. Que
eso te sirva de guía y de enseñanza. Escúchalo y después pre-
gúntate su significado y permite que sea lo principal de tu
sermón.
La predicación y los predicadores 229
Capítulo 11
La forma del sermón
T
ras descubrir el mensaje principal y la idea clave de
nuestro texto debemos pasar a explicarlo en su contex-
to real y aplicándolo al mismo. Por ejemplo, se podría
aplicar a la iglesia en particular a la que estaba escribiendo el
Apóstol. Debemos mostrar su contexto y aplicación origina-
les.
Luego hay que mostrar que esto es también la declaración
de un principio general que es siempre válido. Fue cierto
entonces, en aquellas circunstancias especiales, pero es un
principio espiritual aplicable siempre. Demostramos, pues, la
verdad de que no tenía meramente una aplicación local tran-
sitoria, sino también otra más general.
En este punto siempre creo que es acertado reforzar esto
llamando la atención en cuanto a paralelismos en otros luga-
res de las Escrituras. Este —creo yo— es un principio muy
valioso e importante: apoyar lo que se encuentra en un texto
con afirmaciones semejantes que aparecen en otros pasajes
de la Escritura, mostrando así que no se trata de algo aislado.
Este es un procedimiento adecuado por muchos motivos. En
general, los herejes son personas que extraen una idea de
una afirmación en concreto que han malinterpretado y se
dejan dominar por ella en lugar de cotejarla con otros pasa-
jes de la Escritura. Siempre es de ayuda para el oyente ver que
lo que se le está predicando es enseñanza bíblica sólida y
sana. Debemos buscar, pues, estos paralelismos en otros
lugares y mostrar cómo se declara eso mismo quizá bajo otras
circunstancias, pero que es esencialmente la misma idea. Tras
hacer eso podemos mostrar su pertinencia con respecto a la
actualidad y a las personas más inmediatas a las que estamos
predicando.
Esa es la introducción al sermón; así es como se prepara el
terreno para el tratamiento del tema, la cuestión o el princi-
pio que hemos descubierto de este modo.
Ahora bien, aunque creo que este es el procedimiento que
a
230 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
uno debiera adoptar en general, me apresuro a decir que sin
duda no hay nada erróneo en alterarlo en ocasiones. En otras
palabras, a veces podemos comenzar por la situación en gene-
ral, dibujarla y perfilarla y luego preguntar: “Bien, y ahora,
¿qué dicen las Escrituras al respecto?”. No es que hayamos
llegado realmente a ello de esa manera en nuestra propia pre-
paración, pero a veces es una buena forma de presentarlo. Si
hay un problema agudo o una situación que se ha dado en tu
iglesia local o de una manera más general, esa no es una mala
forma de tratarlo. Mantendrá el interés, centrará la atención,
ciertamente capacitará a las personas para ver claramente
que lo que estás haciendo no es algo teórico y académico. En
ocasiones, pues, es bueno comenzar con una declaración de
la situación y luego mostrar que el pasaje que expones trata
esto mismo. Eso muestra que las Escrituras son siempre con¬
temporáneas, que jamás caducan y jamás son incapaces de
tratar un asunto, cualquiera que sea. Al mismo tiempo recal-
ca de nuevo que tu predicación procede siempre de las
Escrituras. Por tanto, si bien defiendo, pues, lo que he indica-
do como un hábito y una práctica generales, también afirmo
que no debemos volvernos esclavos de método alguno; debe-
mos sentirnos siempre libres y dispuestos a variar nuestro
método por amor a la proclamación de la Verdad.
* * *
Hemos llegado ahora al principio o la enseñanza que quere-
mos exponer a las personas. El siguiente paso es dividirlo en
proposiciones, apartados o epígrafes; llamémoslo como quera-
mos. Hay una serie de cosas que decir al respecto. Quizá
debiera tratar primero la cuestión numérica. Hay algunos
predicadores que están completamente dominados por este
aspecto. Debe haber tres “apartados” y únicamente tres. Si
tienes menos de tres apartados eres un mal predicador; si
tienes más de tres eres igualmente un mal predicador. Esto es
completamente ridículo, por supuesto, pero es asombroso
advertir cuán fácilmente cae uno en los hábitos y se vuelve
esclavo de una tradición. Yo me eduqué, desde luego,
aaaaaaaa
La predicación y los predicadores 231
Capítulo 11
en esta tradición de “siempre una introducción y tres
apartados”. Las personas lo esperaban; era la costumbre casi
invariable de los predicadores.
Que se hubiera convertido en la tradición de esa Iglesia
—la presbiteriana galesa— era inusitadamente ridículo, pues-
to que uno de los más grandes predicadores de esa denomi-
nación —de hecho su más grande predicador y uno de sus
fundadores, Daniel Rowland— a menudo presentaba hasta
diez apartados en un sermón. Un escritor contemporáneo
dijo que escuchar a Rowland era como observar a un botica-
rio con una serie de frascos que guardaran perfumes Maravi-
llosos. Tomaba el primer frasco y lo descorchaba o desprecin-
taba liberando un maravilloso aroma que se dispersaba sobre
toda la congregación. Entonces lo devolvía a su sitio, tomaba
otro frasco y hacía lo mismo. Y a menudo había hasta diez
frascos. Cuento esa historia a fin de insistir en la idea de que
no debemos volvernos esclavos en cuanto a esta cuestión.
Comoquiera que sea, pasemos a algo más importante. Lo
esencial acerca de estos “apartados” es que deben estar ahí,
en tu texto, y surgir naturalmente de él. Esto es vital. La
división en apartados, tal como mostraré, no es tan fácil
como parece. Algunas personas parecen estar dotadas de
una facilidad inusual en este aspecto. De Alexander
MacLaren —un predicador bautista en la Inglaterra de fina-
les del siglo XIX y comienzos del XX, y cuyos volúmenes de
sermones se siguen reimprimiendo— se solía decir que
parecía tener una especie de martillo de oro en la mano
con el que golpeaba un texto y quedaba dividido de inme-
diato en apartados forzosos. Comoquiera que sea, no se nos
concede a muchos tener este martillo de oro; pero debe-
mos asegurarnos de que esas divisiones surjan naturalmen-
te del texto. Permítaseme expresarlo en primer lugar de
forma negativa, debido a su importancia. Jamás se debe for-
zar una división. Y no se debe añadir al número de divisio-
nes por amor a alguna clase de idea de plenitud que tengas
en mente o a fin de conformarlo a tu práctica habitual. Los
apartados deben ser naturales y parecer inevitables.
232 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
Permítaseme contar una historia a fin de dejar en ridículo
esa idea de que debe haber tres apartados, y al mismo tiem-
po advertir en cuanto a las adiciones falsas. Me viene a la
mente un antiguo predicador muy pintoresco; no recuerdo
haberle oído pero ciertamente recuerdo haberle visto y
muchas historias con respecto a él. Era un verdadero excén-
trico. Ha habido hombres así en el ministerio en distintas
ocasiones en el pasado; quizá siga habiendo alguno. Este
hombre estaba predicando en una ocasión sobre el siguiente
texto: “Así Balaam se levantó por la mañana, y enalbardó su
asna”. Tras introducir el tema y recordar la historia a los oyen-
tes, llegó a los apartados, a las secciones. “Primero —dijo—
encontramos una característica positiva en un personaje
negativo: ‘Balaam se levantó por la mañana’. Levantarse tem-
prano es algo bueno, de modo que ese es el primer apartado.
Segundo: La antigüedad de las albardas: ‘Enalbardó su asna’.
Las albardas no son algo moderno o nuevo, es un invento
antiguo”. Y allí pareció agotarse su inspiración y no se le ocu-
rría otro apartado. Sin embargo, creía que su sermón debía
tener tres apartados; de otro modo no sería un gran predica-
dor. Finalmente, pues, las divisiones del sermón se anuncia-
ron como sigue: “Una característica positiva en un personaje
negativo”; “la antigüedad de las albardas”; “en tercer y último
lugar, unos breves comentarios acerca de la mujer de
Samaría”! Ahora bien, eso sucedió literalmente. Aprendamos
de eso a no forzar el texto y no añadirle nada. No dejes que
esas ideas mecánicas te opriman.
Me apresuro a añadir algo de igual importancia: No seas
demasiado listo en tus divisiones, no seas demasiado brillan-
te. Esto ha sido una trampa real para muchos predicadores.
Quizá no lo sea tanto en la actualidad, pero ciertamente a
principios del siglo XX probablemente no había nada que
hiciera tanto mal a un predicador como esto. Inteligentes
apartados, brillantes y elegantes divisiones en las que el pre-
dicador exhibía su inteligencia. Uno de los grandes peligros
a los que se enfrenta siempre el predicador (espero tratarlo
más adelante) es el terrible peligro del profesionalismo. A
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La predicación y los predicadores 233
Capítulo 11
menudo he visto que, cuando los ministros se reúnen entre
ellos, en lugar de “intercambiar chistes” como hacen los hom-
bres mundanos se dicen unos a otros: “¿Qué opinas de esto?
¿Qué piensas de las siguientes divisiones de este versículo?”.
Las intercambian y casi compiten entre sí. Ahora bien, eso es
profesionalismo; y todos somos susceptibles a caer en ello.
Pero es profundamente negativo, se mire por donde se mire.
Jamás debiéramos tratar la Palabra de Dios de esa forma.
Evitemos, pues, la brillantez y las demostraciones de inteli-
gencia. La gente se percatará de ello y tendrá la impresión de
que estás más interesado en ti mismo y en tu inteligencia que
en la verdad de Dios y en sus almas.
Luego, por supuesto, está lo que se ha dado en denominar
“la ayuda de la aliteración ingeniosa”. Hay algunos que creen
que sirve de ayuda que todos sus apartados comiencen por la
misma letra del alfabeto: tres “b”, tres “m”, etc. Deben intro-
ducir el elemento aliterado. Yo no diría que es erróneo en sí,
pero estoy seguro de que es una trampa para muchos hom-
bres. A fin de conseguir que su tercer apartado comience por
la misma letra que los otros dos, a veces tienen que manipu-
lar un poco el tema. Pero eso es precisamente lo que digo
que no se debe hacer. Siempre me ha dejado perplejo por
qué aquellos que se consideran predicadores de la santidad o
“devocionales” son tan amigos de esta práctica. En lo que a
mí concierne, soy profundamente alérgico a esta práctica y
en general me parece un estorbo para la verdad y una moles-
tia. Evitando cualquier rastro de artificialidad e ingenio, debe
parecer que nuestros epígrafes responden a la manera forzo-
sa de dividir el tema.
Hay otros puntos adicionales con respecto a esta cuestión
de los apartados o las divisiones de un sermón. Dediquémosle
tiempo, porque el propósito de dividir la cuestión de esta
forma es facilitar a las personas el que capten la Verdad y la
asimilen. Esa es la única razón de ser de las divisiones. No
debiéramos creer en el “arte por el arte”. Puesto que hacemos
esto a fin de ayudar a las personas, debemos hacerlo bien.
La cuestión de la forma del sermón a la que he hecho refe-
a
234 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
rencia anteriormente también entra enjuego en este punto;
por eso se le debe dedicar tiempo. Pero a veces descubrirás
que es extremadamente difícil obtener la forma exacta.
Tienes tu mensaje y empiezas a ver la “forma” en que vas a
presentarlo, pero no consigues elaborar las divisiones de
manera que te satisfaga. Mi opinión es que se debe tener
mucho cuidado con esto; no debemos precipitarnos o forzar-
lo. Es especialmente aquí donde el conocimiento de uno
mismo sirve de gran ayuda y es de gran provecho. En el ante-
rior estudio expuse la idea de que un hombre debe conocer-
se a sí mismo y conocer su propio temperamento así como
sus diferentes situaciones y estados físicos, mentales y espiri-
tuales, y que debe tratarse a sí mismo en consecuencia. Con
mucha frecuencia he visto que, al esforzarse por dividir
correctamente el material del sermón y conseguir una forma
que parezca apropiada, uno puede hacerse un lío mental.
Descubres que ya no puedes pensar con claridad y te pones
tenso. Es posible pasarse horas de esta forma intentando con-
formar el sermón en vano. Las formas de liberarse son múlti-
ples y distintas. Lo que nos sucede en este punto puede ocu-
rrirle igualmente a un hombre que no es cristiano en absolu-
to. Uno de los mejores tratamientos de este tema es un libro
de Arthur Koesder publicado hace unos años bajo el nombre
de The Act of Creation (El acto de la creación). Por supuesto,
no le interesa lo que estamos analizando, sino que la forma
específica en que se producen los grandes descubrimientos
científicos y también la poesía. Una de las grandes ideas que
plantea es que suele darse el caso de que los descubrimientos
científicos más notables no han sido resultado de un proceso
de pensamiento lógico puro. Este ha desempeñado un papel
en el proceso, pero en general las grandes cosas —dice— lle-
gan repentina e inesperadamente; son “dadas”. La cuestión
es que el científico no va de un paso a otro hasta llegar al defi-
nitivo: con frecuencia, lo vital llega en forma de fogonazo o
revelación.
Para ilustrar su tesis relata una historia de Poincaré, presi-
dente durante un tiempo de la República de Francia y primer
a
La predicación y los predicadores 235
Capítulo 11
ministro más de una vez. También era un gran matemático, y
en cierta ocasión estaba trabajando en un problema relacio-
nado con esta especialidad. Había estado ocupado en él
durante meses pero no conseguía llegar a la solución.
Siempre llegaba hasta cierto punto y no pasaba de ahí. Sabía
que había una solución, pero no podía llegar a ella. Después
de pasarse así algunos meses, empezó a sentirse agotado; de
modo que se marchó a un pequeño pueblo costero para cam-
biar de aires y por el bien de su salud. Se había llevado su tra-
bajo con él pensando que podría hacer algo de vez en cuan-
do; y esto siguió así durante un tiempo. Finalmente llegó a un
punto en el que pensó que debía ir a París para consultar a
algunos de sus colegas a fin de obtener alguna ayuda con res-
pecto a ese problema. Ahora bien, esto es lo que sucedió.
Debía tomar un pequeño autobús desde el pueblo hasta una
especie de capital de condado donde tomaría otro mayor que
le llevara a una ciudad más grande, y desde allí el definitivo
hasta París.
Poco sabía lo que le iba a ocurrir cuando partió de viaje.
El autobús local se había retrasado en su viaje, de forma que
cuando Poincaré llegó a la capital del condado vio que el
autobús que debía tomar para la segunda etapa de su viaje
estaba partiendo justo en aquel momento y que era muy
dudoso que pudiera tomarlo. Apresuradamente, pues, tomó
su equipaje, se apeó del pequeño autobús y corriendo todo lo
que pudo consiguió a duras penas aferrarse al pasamanos del
segundo autobús y encaramarse a él. ¡Cuando sus dos pies
tocaron tierra, la solución del problema matemático se le
apareció clara y exactamente! Ese es un hecho real; ese es el
tipo de cosas que suceden. Es un fenómeno sumamente
asombroso y lo considero una cuestión cuyo estudio es fasci-
nante. He tenido esa clase de experiencia en varias ocasiones.
Todos somos distintos, lo sé, y uno solo puede hablar por
sí mismo; pero, en lo que a mí respecta, si no tengo mi ser-
món claro y ordenado en mi mente, no puedo predicarlo a
otros. Supongo que podría levantarme y hablar, pero eso pro-
bablemente confundiría a las personas más que ayudarlas.
aaa
236 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
Por eso considero de gran importancia el orden y la forma
del sermón y defiendo que es preciso luchar con él hasta mol-
dearlo. Recuerdo bien una ocasión en que estaba luchando
con un texto y me pasé toda la mañana con él, pero simple-
mente no era capaz de darle forma. Entonces mi esposa me
llamó para la comida. En esa época —esto fue hace muchos
años— había un hombre llamado Christopher Stone que
tenía un programa de radio semanal con los nuevos discos.
Solíamos disfrutar de la escucha de ese programa mientras
comíamos. Empezamos a hacerlo en esta ocasión. Había
puesto dos o tres discos que no me habían interesado en
absoluto. Luego anunció que iba a poner un disco de dos
cantantes muy renombrados cantando un dúo famoso. Creo
que uno de ellos era Beniamino Gigli. Al escuchar este disco
con esas dos increíbles voces perfectamente fundidas y can-
tando la música más emocionante, no solo me agradó, sino
que me conmovió profundamente y de inmediato el proble-
ma con el que había estado luchando durante horas a lo
largo de toda la mañana quedó resuelto por entero, todo
encajó: el orden, las divisiones, la forma, todo. En el momen-
to en que acabó el disco corrí hacia mi despacho y lo escribí
tan rápido como pude, confiando en no haber olvidado u
omitido nada. Aquella canción y aquella música me propor-
cionaron el alivio que necesitaba mi confusión mental y mi
agotamiento.
Confieso que considero tan importante esta cuestión de la
forma y la división correcta que, cuando no he logrado una
división que me satisfaga, antes de predicarlo en ese estado
insatisfactorio lo dejo a un lado, tomo otro texto y más o
menos “hago” un sermón sobre él. Antes de estropear un
mensaje que considero que se me ha entregado y que creo
que tiene algo especial, que Dios probablemente honrará en
la predicación y que probablemente ayudará a las personas,
antes de estropear algo que uno cree que va a ser mejor de lo
habitual, echarlo a perder o comunicarlo de forma imperfec-
ta, lo dejo a un lado transitoriamente. He dejado a un lado
un mensaje así durante una semana o dos o aun durante más
a
La predicación y los predicadores 237
Capítulo 11
tiempo. Luego he vuelto a él y solamente lo he predicado
cuando estaba satisfecho definitivamente con la forma.
Es bueno establecer una regla en cuanto a esto: jamás
estropees nada que creas en tu fuero interno que va a ser
bueno. Los sermones varían tremendamente; y en ocasiones
tendrás la sensación de que estás preparando uno de los
mejores sermones que has predicado en tu vida. Cuando ten-
gas esa sensación no lo estropees, no lo eches a perder por
una preparación apresurada e inadecuada; tómate el tiempo
para ello.
El siguiente punto es si debes anunciar todos los apartados
conjuntamente. He conocido a personas que insisten en
anunciar todos los apartados inmediatamente en esta fase,
antes de pasar a tratar el primer punto. Esa era la antigua tra-
dición. Vemos que los puritanos lo hacían así y también
Spurgeon.
Acostumbro a rebelarme contra esa tradición a pesar de
mi admiración por aquellos que la han practicado. La razón
es que creo que las personas también se han vuelto mecáni-
cas en esta cuestión y que eso es malo para las congregacio-
nes. No se puede repetir lo suficiente que cuando uno predi-
ca se encuentra siempre en una lucha, y la lucha es entre la
sustancia y la forma del sermón. Por supuesto, ambas son
importantes y por eso existe esta tensión entre ellas. Si bien
he aseverado tan intensamente como puedo la importancia
de la forma, quiero aseverar de forma igualmente intensa el
peligro de permitir que la forma domine a la sustancia.
Acostumbro a evitarlo debido a que creo que declarar todos
los apartados juntos al comienzo, antes de tratar la primera
división, alienta a menudo a las personas a interesarse dema-
siado en la forma, la mecánica y la inteligencia de la construc-
ción más que en la verdad predicada.
En este punto debieras verificar lo que has hecho volvien-
do a tus comentarios una vez más. Ya los has consultado con
respecto al significado exacto de las palabras, el contexto,
etc., pero vuelves a ellos nuevamente para verificar el mensa-
je y la forma en que lo has dividido. Lo haces nuevamente
aaaaa
238 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
por amor a la precisión. Ahora has preparado tu bosquejo,
pues, y has procurado que las divisiones conduzcan a un clí-
max y una aplicación. Ese, por supuesto, es el propósito y la
intención de la preparación del sermón y la predicación.
Todo esto se puede hacer de dos formas. Están aquellos
que lo hacen todo mentalmente sin escribir nada en absolu-
to. Nuevamente recomendaría una vez más la importancia
de poner por escrito el bosquejo que has preparado de esta
forma. Yo creo que esto es mejor, puesto que he descubier-
to que contribuye a estimular aún más la mente de uno. Sé
que hay algunos que pueden pensar “interiormente”, como
se dice a veces. Hay diferentes formas de pensar y todos
somos distintos en esta cuestión. Algunos piensan mejor al
hablar; otros piensan mejor al escribir; y se dice que los que
son “la sal de la tierra” piensan interiormente. Bien, descu-
bre a qué grupo perteneces; pero asegúrate de estar en lo
correcto en tu valoración. Probablemente sea cierto que
para la mayoría de nosotros es bueno que anotemos nuestro
bosquejo. He conocido a muchos hombres que habían teni-
do una buena idea y que, debido a que se emocionaron al
tenerla, pensaban que todo iría bien; pero que descubrie-
ron al ir a predicar que no tenían tanto como pensaban.
¡Ponlo por escrito, pues!
Tras llegar a este punto se debe afrontar una decisión fun-
damental: qué hacer con el bosquejo que se ha preparado.
Hay dos posibilidades principalmente: escribirlo por entero o
no. Una vez más, creo que lo único cabal que se puede decir
es que no se debe establecer una ley absoluta en cuanto a esta
cuestión, porque descubrimos que nuestras leyes no resisten
la prueba de la historia de la predicación. Charles Haddon
Spurgeon, el gran predicador, no escribía sus sermones de
manera completa; simplemente preparaba y utilizaba un bos-
quejo. En general desaprobaba la escritura de los sermones.
Escribía artículos y lo hacía constantemente, pero no escribía
sus sermones. Por otro lado, el Dr. Thomas Chalmers, el gran
dirigente de la Iglesia libre de Escocia y un gran predicador,
pensaba que debía escribir sus sermones completamente. Se
a
La predicación y los predicadores 239
Capítulo 11
propuso en muchas ocasiones predicar sin prepararse, pero
siempre pensaba que sería un fracaso; simplemente no podía
hacerlo. Tenía que escribir, pues, sus sermones completa-
mente. El resultado fue que eso se convirtió en la tradición
en Escocia y ha seguido siendo así hasta el día de hoy.
Chalmers fue el hombre que le dio comienzo. Le habían pre-
cedido grandes predicadores en Escocia que no escribían sus
sermones y eran buenos predicadores improvisadores. Pero
Chalmers fue un hombre importante y el gran dirigente de la
Ruptura1 de 1843, de modo que dio comienzo a toda una tra-
dición. Así es como suceden las cosas.
Jonathan Edwards es sumamente interesante en este
aspecto. Hasta hace poco, siempre tuve la impresión de que
Edwards escribía siempre todos sus sermones completamen-
te. Es seguro que en sus primeros tiempos lo hacía; y no solo
eso, sino que de hecho los leía a la gente desde el púlpito.
Hay una famosa historia acerca de cómo se sostenía en pie en
el púlpito con una vela en una mano y su manuscrito en la
otra; esa era su forma de predicar. Pero fue interesante des-
cubrir en 1967 —cuando tuve el privilegio de conocer a dos
eruditos responsables de la reedición de sus obras en la
biblioteca de la Universidad de Yale y que tienen todos sus
manuscritos allí— que, a medida que pasaba el tiempo,
Edwards dejó de escribir sus sermones enteros y se conforma-
ba con escribir unas notas. Obviamente, modificó su método
a medida que avanzó y se desarrolló. ¡Qué sabio era en este
aspecto, como en muchos otros!
Siempre es erróneo establecer leyes absolutas en cuanto a
estas cuestiones. Una vez más, todo hombre debe conocerse
a sí mismo y decidir por sí mismo. Lo que considero siempre
esencial es conservar la libertad. Este elemento no se puede
exagerar lo suficiente. Sin embargo, al mismo tiempo, se
debe tener orden y coherencia. Como suele ser cierto en esta
aa
1. En inglés, Disruption. División que se produjo en el seno de la
Iglesia de Escocia en la fecha indicada y que dio lugar a la existencia de
la Iglesia Libre de Escocia. (N.E.).
240 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
cuestión de la predicación, siempre te encuentras entre dos
extremos, como en el filo de una navaja.
Pero quiero plantear una pregunta: ¿Qué hay de malo en
combinar ambos métodos: el escrito y el improvisado? En
muchos sentidos me parece lo ideal; ciertamente es lo que yo
mismo hice en mis primeros diez años de ministerio.
Intentaba escribir un sermón a la semana; jamás intentaba
escribir dos. Durante los primeros diez años intenté escribir
uno. Creía que escribir era una buena disciplina, buena para
producir un pensamiento ordenado y una disposición, una
secuencia y un desarrollo del argumento, etc. Mi práctica
habitual, pues, era utilizar tanto el método escrito como el
improvisado; y estoy dispuesto a defenderlo.
Si se me pregunta qué sermones escribía, ya he dicho que
solía dividir mi ministerio, como sigo haciéndolo, entre la
edificación de los santos por la mañana y un sermón más
evangelístico por la tarde. Bien, tenía el hábito de escribir mi
sermón evangelístico. Lo hacía así porque creía que al hablar
a los santos, a los creyentes, uno podía sentirse más relajado.
Allí uno estaba hablando en familia. En otras palabras, creo
que uno debiera ser especialmente meticuloso en los sermo-
nes evangelísticos. Por eso, la idea de que un tipo dotado
meramente con cierta facilidad de palabra y confianza en sí
mismo, por no decir de caradura, puede ser evangelista es
completamente errónea. Los más grandes hombres debieran
ser siempre evangelistas, y en general lo han sido; y creo que
la idea de que cualquiera puede ponerse a hablar en una
esquina pero hace falta un gran predicador para el púlpito de
una iglesia es invertir el orden correcto. Es al dirigirnos al
mundo inconverso cuando más cuidadosos debemos ser, y
por tanto solía escribir mi sermón evangelístico y no el otro.
Comoquiera que sea, simplemente estoy indicando que no se
debe ser excesivamente dogmático o rígido al respecto.
Luego, a medida que pasó el tiempo y como muchos otros,
comencé a escribir cada vez menos, y a estas alturas ya no
recuerdo cuándo escribí un sermón por última vez. En cual-
quier caso, la idea importante es que simplemente debes
aaaaaa
La predicación y los predicadores 241
Capítulo 11
conocerte a ti mismo y ser honrado contigo mismo y hacer lo
que consideres más eficaz.
Comoquiera que sea, ya escribas el sermón completo o
parcialmente o ya lo prediques de manera más improvisada,
jamás debes predicar tus bosquejos. Esos bosquejos deben
estar vestidos; deben tener carne. Volvemos de nuevo a esta
cuestión de la forma del sermón. Un sermón no es simple-
mente un conjunto de afirmaciones; tiene esta otra cualidad,
esta forma, esta totalidad. La única razón para esto es que
sirva de ayuda a las personas. No es cuestión de “arte por el
arte”, es porque ayuda grandemente a las personas cuando lo
escuchan. Se puede expresar de esta forma. Las vigas son
esenciales al erigir un edificio, pero cuando miras el edificio
concluido no ves las vigas, ves el edificio. Hay una estructura
ahí; pero la estructura está cubierta, solo está allí como algo
que te ayuda a levantar el edificio deseado.
Lo mismo es exactamente cierto del cuerpo humano. Está
la estructura, el esqueleto; pero debe estar revestido de carne
para que haya un cuerpo. Esto es igualmente cierto de un ser-
món. Recuerdo a un joven predicador, a un hombre muy
capaz que había logrado una matrícula de honor en Teología
en Oxford, que me contaba cómo predicó en una ocasión
con un anciano predicador, un importante predicador. Tras
escucharle en tres o cuatro ocasiones, este le dijo: “¿Sabes?,
traes al mercado un ganado de buena raza, pero es una pena
que sus huesos y esqueletos sean tan patentes. No tienen sufi-
ciente carne. Un hombre que va al mercado a comprar un
animal no quiere comprar un esqueleto, quiere comprar un
animal bien alimentado y bien cubierto: ¡Carne! Al carnicero
no le compras huesos; quieres carne”. Exactamente del
mismo modo, jamás debemos arrojarles los hechos simple-
mente, no debemos arrojarles pensamientos o esqueletos;
debemos tomarnos nuestro tiempo para cubrir los esqueletos
con carne.
Si bien ese es el principal peligro con respecto a la predi-
cación improvisada, ahora pasamos a algunos de los peligros
relacionados con los sermones escritos. La razón de escribir
aa
242 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
es que deseas vestir los bosquejos, pero inmediatamente sur-
gen ciertos peligros y trampas. El primero es tener un estilo
demasiado florido, prestar demasiada atención a la calidad
literaria o al elemento literario. Esto es de gran interés desde
la perspectiva de la historia de la predicación. Los predicado-
res cristianos parecen haber atravesado fases con respecto a
esto. Consideremos, por ejemplo, lo que sucedió en el siglo
XVII, un gran siglo en muchos sentidos. A comienzos de ese
siglo hubo ciertos predicadores llamados clásicos en la Iglesia
de Inglaterra: el obispo Andrews, el famoso Jeremy Taylor y
John Donne hasta cierto punto. Estos eran considerados
grandes predicadores y aclamados como tales, y en muchos
sentidos lo fueron; y, sin embargo, me parece —como les
pareció claramente a los puritanos en aquella época— que
habían ido demasiado lejos en cierta dirección. Sus sermones
se habían convertido en obras de arte. Eran obras maestras
literarias, perfectamente construidas, pródigamente sembra-
das de alusiones y citas clásicas y literarias. En cualquier
caso, el resultado fue que en general las personas pasaban por
alto la verdad salvadora, las verdades reales de las Escrituras,
e iban meramente a disfrutar de aquellos sermones perfecta-
mente ornamentados. Escucharlos era un placer literario y
estético.
Los puritanos introdujeron una tremenda reacción en
contra de esto; y lo hicieron de manera completamente deli-
berada. Creían que aquellos sermones en realidad estaban
“ocultando” la Verdad, mientras que el propósito de un ser-
món es “declarar” la Verdad. Una vez más, la forma había
triunfado sobre la sustancia. Quizá la mejor manera de hacer
ver esto sea contar la historia de Thomas Goodwin, uno de los
más grandes puritanos. Thomas Goodwin era un hombre elo-
cuente por naturaleza, y cuando era estudiante en la
Universidad de Cambridge solía escuchar a un famoso ora-
dor y elocuente predicador en la Universidad. Thomas
Goodwin admiraba a aquel hombre grandemente; era su
ideal de predicador, y por tanto se modeló a sí mismo siguien-
do el ejemplo de aquel hombre y su método. Pero Thomas
aaaaa
La predicación y los predicadores 243
Capítulo 11
Goodwin experimentó una gran y profunda experiencia reli-
giosa que cambió toda su visión y le afectó radicalmente,
como hace siempre la conversión verdadera (cf. 2 Corindos
5:17). A consecuencia de ello, tuvo una gran lucha consigo
mismo con respecto a su predicación. No había pasado
mucho tiempo después de su conversión cuando se le pidió
que predicara el sermón para la Universidad y, por supuesto,
instintivamente, comenzó a prepararlo y escribirlo a la usan-
za clásica que tanto había admirado. Creó un gran sermón,
lleno de maravillosos fragmentos floridos y adornos literarios
que le conmovieron y emocionaron al pensar en ellos mien-
tras los escribía. Pero entonces el Espíritu de Dios, y su pro-
pia conciencia, empezaron a obrar en él y sufrió una terrible
lucha. ¿Qué debía hacer? Sabía que entre la congregación no
solo habría eruditos de la Universidad, sino también perso-
nas normales, quizá hasta sirvientas analfabetas que asistían
a menudo a aquellos actos, y sabía que esos fragmentos
floridos no solo no significarían nada para aquellas personas
normales, sino que podrían llegar a ser un estorbo. ¿Qué debía
hacer? Finalmente, con el corazón casi hecho pedazos, extir-
pó los fragmentos floridos del sermón y jamás los pronunció.
En aras de la Verdad, en aras de la comunicación del
Evangelio, en aras de las almas de las personas, ciertamente
estuvo en lo correcto. Una preocupación por la forma litera-
ría, a menos que sea cuidadosamente disciplinada, puede
conducir fácilmente a un estilo ornamentado y artificial que
puede estropear la predicación verdadera.
Sin duda hay muchas pruebas de esta tendencia en la
actualidad. Recuerdo haber leído en 1943 o 1944 un relato
de la Ruptura de 1843 en la Iglesia de Escocia. Al hablar del
gran Thomas Chalmers, ese hombre se atrevía a criticar su
predicación. La crítica era que había una ausencia sumamen-
te lamentable de alusiones históricas y literarias en la predica-
ción de Chalmers, Así, un pequeño pigmeo cuya predicación
jamás había trascendido y que jamás había logrado nada se
atrevía a criticar a un gigante. ¡Pero qué base para la crítica!
¡Qué ignorancia de la verdadera función de la predicación!
244 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
Permítaseme expresarlo de otra forma. A principios de
este siglo XX hubo un obispo de la Iglesia de Inglaterra lla-
mado Hensley Henson. ¡Escribió su autobiografía en dos
volúmenes bajo el título de A Diary of an Unimportant Life
(Diario de una vida insignificante)! Recuerdo haber leído su
descripción en uno de los volúmenes de cómo había pasado
tres semanas escribiendo un sermón que debía dar en una
ocasión especial. Nos dice cómo trabajó en ello, volviendo a
escribir ciertas partes, cambiando otras y haciendo diversas
adiciones: ¡tres semanas creando y puliendo aquel sermón
perfecto!
Sin duda, esto es muy difícil de reconciliar con la predica-
ción del Evangelio tal como uno la ve en las Escrituras mis-
mas o en la predicación que ha caracterizado a los grandes
períodos en la historia de la Iglesia. ¿Qué tienen que ver estas
frases pulidas, esta escritura y esta reescritura con la Verdad?
Debe haber forma, pero nunca debemos prestarle una aten-
ción desmesurada. ¿Te imaginas al apóstol Pablo invirtiendo
tres semanas en la preparación de un sermón, puliendo fra-
ses, cambiando una palabra aquí y allá, introduciendo otro
adjetivo o añadiendo otra frase ingeniosa? Todo eso es com-
pletamente inconcebible. “No con sabiduría de palabras”,
dice el Apóstol. “Ni mi palabra ni mi predicación fue con
palabras persuasivas de humana sabiduría”. ¡Qué fácilmente
vamos de un extremo a otro! Lo expreso de manera general
diciendo que debemos tener cuidado siempre de evitar este
estilo excesivamente ornamentado. Quizá no sea un peligro
tan grande en la actualidad como lo fue en otra época, por-
que las personas ya no están tan interesadas en la predicación
como solían estarlo; pero estoy completamente seguro de
que fue esta atención excesiva al estilo literario y a la forma
perfecta del culto a finales del siglo XIX y a comienzos del
XX lo que hizo tan terrible daño a la predicación y a toda la
causa de esta.
Esto nos lleva a la cuestión de la utilización de citas.
Nuevamente, esta puede ser una cuestión bastante difícil y
complicada. Desde luego es un problema mucho más marca-
a
La predicación y los predicadores 245
Capítulo 11
do en la actualidad que el anterior. Esto se debe a que todos
pensamos que somos más cultos y que nuestras congregacio-
nes son más cultas, están mejor educadas y tienen más cono-
cimientos. Y la tentación es a pensar que la cultura se
demuestra en el número de citas que se utilizan. Como sabes,
esto es particularmente cierto de los libros. ¿Cómo decides si
un hombre es un erudito o no? La sencilla respuesta es: el
número de notas a pie de página. Si no tiene notas a pie de
página y copiosas referencias de otros autores y citas de ellos,
no es un erudito, no es un pensador, y viceversa. Esto, por
supuesto, es simplemente ridículo. Lo que debiera interesar-
nos es la calidad de la mente de un hombre, su capacidad
para pensar y su originalidad; no el número de notas a pie de
página. Pero esa es la tendencia en la actualidad. Mas cuando
se introduce en la predicación se convierte en una amenaza
letal. No hay nada que se oponga más a la verdadera predica-
ción que esto.
¿Por qué digo esto? Una respuesta es que el verdadero
propósito de utilizar citas no debiera ser exhibir tu cultura o
atraer la atención hacia ti. Si lo es, mejor sería que no utiliza-
ras ni una sola cita, porque tu motivación es completamente
errónea. Recuerdo al director de una universidad de teología
que estuvo en boga como un predicador muy popular duran-
te algunos años en Gran Bretaña. Un día se le pidió que pre-
dicara un sermón en la radio en un plazo de dos meses. De
inmediato comenzó a leer el Oxford Book of Religious Verse
(Libro de versos religiosos de Oxford) y otros libros semejan-
tes. ¿Para qué? Para encontrar una cita sorprendente con que
comenzar el sermón. Eso no solamente lo hacía él mismo,
pedía a algunos de sus estudiantes favoritos que también lo
hicieran; les instaba a leer cierta poesía en su lugar. Les decía
cuál iba a ser el tema y debían buscar alguna cita extraordina-
ria para dar un comienzo cautivador al sermón. Fue uno de
estos estudiantes quien me contó la historia por aquella
época. Solo hay un comentario que se pueda hacer con res-
pecto a ese tipo de cosas: es pura prostitución. Pero también
es maltratar las citas. ¿Por qué es erróneo? Afirmo que lo es
aa
246 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
por el motivo de que, una vez más, la forma se vuelve más
importante que la sustancia. Pero la forma debe estar al ser-
vicio de la sustancia.
Recuerdo una frase que me impresionó mucho en rela-
ción con esto. Estaba leyendo un artículo en el que el autor
establecía una distinción entre lo que denominaba “el artifi-
cio de la habilidad artística y el carácter inevitable del arte”.
Eso lo expone a la perfección. La habilidad artística descan-
sa en el artificio; podemos ver a un hombre esforzándose en
producir una impresión. Lo que caracteriza a la obra del
artista, al verdadero artista, nuevamente es siempre lo “inevi-
table”: siente que no podría haber sido ninguna otra cosa.
Hay algo artificial con respecto al otro; es un artificio, es siem-
pre la característica de la prostituta que sale para producir un
efecto que sirva a sus propios fines. Nunca debemos ser cul-
pables de eso. Debemos asegurarnos siempre de que esta
característica de lo “inevitable” esté presente.
No me corresponde establecer reglas con respecto a esta
cuestión, pero en general diría que es bueno evitar la utiliza-
ción de libros de citas. La única utilización legítima de un
libro de citas es verificar lo que considero una cita precisa o
ayudarme a encontrar alguna palabra o palabras que falten.
Está ahí para ahorrarme tiempo. En otras palabras, nunca
debes dirigirte a un apartado de tu libro de citas a fin de
encontrar una. Más bien lo que debiera suceder es que, al
pensar o escribir, te venga a la mente algo que has leído en
algún sitio o aprendido en la escuela. A fin de asegurarte que
tienes las palabras correctas y el autor correcto, verifícalo en
tu libro de citas. Pero comenzar por el libro de citas es artifi-
cial y mecánico; y, en cualquier caso, es una forma perezosa
de hacer tu trabajo.
Iría más lejos aún diciendo: No intentes pensar en citas. Si
lo haces, la mecánica se habrá vuelto nuevamente demasiado
obvia y prominente en tu método. En otras palabras, utiliza
una cita únicamente cuando te venga a la mente y te parezca
inevitable. O, si lo prefieres, utiliza una cita únicamente cuan-
do parezca decir a la perfección lo que intentas decir, cuan-
aaa
La predicación y los predicadores 247
Capítulo 11
do lo dice mejor de lo que puedas hacerlo tú, cuando lo dice
de una forma que te parece casi perfecta. Quizá pienses que
estoy dando demasiada importancia a esta cuestión, pero
puedo asegurarte que no es así. Utilizar demasiadas citas en
un sermón puede resultar agotador al oyente y en ocasiones
puede ser hasta ridículo. Recuerdo haber tenido una conver-
sación un día con un hombre que había sido profesor de
Poesía en Oxford y que también era eclesiástico. Estábamos
hablando de esta cuestión y de la forma en que se estaba vol-
viendo completamente ridicula. Me dijo que la semana ante-
rior había estado escuchando un sermón en la abadía de
Westminster en Londres. El erudito predicador, tras ofrecer
un aluvión de citas (¡demostrando todo lo que había leído!),
dijo de hecho en un momento del sermón: “Como nos ha
recordado recientemente Evelyn Underhill, Dios es amor”.
Sobran los comentarios. Todo debe declararse en forma
de cita y así llegamos a este punto en que se oculta la verdad
y el predicador se vuelve ridículo y desagrada a las personas.
Un sermón debe ser una proclamación de la Verdad de
Dios mediada a través del predicador. La gente no quiere
escuchar una retahila de citas de lo que han dicho y pensado
otras personas. Han venido a escucharte a ti; eres un hombre
de Dios, has sido llamado al ministerio, has sido ordenado; y
quieren escuchar esa gran Verdad tal como viene a través de
ti, a través de todo tu ser. Esperan que haya pasado a través
de tu pensamiento, que sea una parte de tu experiencia;
quieren esa nota personal auténtica. Puedo asegurarte que, si
tus sermones no son más que una retahila de citas, algunos,
probablemente los más ignorantes, dirán: “¡Qué hombre tan
erudito!”; los otros, y especialmente cualquier predicador que
esté presente, sabrán lo que estás haciendo exactamente. Pero
lo que es invariablemente cierto es que tu predicación no ten-
drá poder alguno. Puedo garantizarte esa afirmación. Jamás
hay poder alguno en los sermones que consisten simplemen-
te en “como este y aquel dijeron” o “este y aquel nos han
recordado”, etc. Semejantes afirmaciones se suceden una a
otra y sientes que este buen hombre ha dejado que sus lectu-
a
248 La predicación y los predicadores
La forma del sermón
ras sustituyan a su pensamiento. Debemos tener nuestro pro-
pio pensamiento, y toda tu lectura debiera estar concebida
para estimular tu pensamiento y proporcionarte cierta canti-
dad de información.
La siguiente advertencia que haría es que tengas cuidado
—especialmente al escribir— de no utilizar un razonamiento
demasiado conclusivo. Recalqué en general, al comienzo de
mi esbozo original, la importancia del razonamiento y del
desarrollo y la secuencia en el sermón; pero no hagas un
razonamiento demasiado conclusivo, refinado o sutil. Porque
el sermón va a ser hablado, y no es tan fácil seguir un argu-
mento muy cerrado y bien razonado cuando se escucha como
cuando se lee. Si vas demasiado lejos en ese aspecto, pues,
estás entorpeciendo a las personas en su recepción de la
Verdad. Esto es aplicable a la predicación improvisada, pero
creo que es particularmente peligroso en relación con los ser-
mones escritos.
Termino, pues, diciendo: Prepara, pero cuídate de la pre-
paración excesiva. Esto es particularmente cierto de los ser-
mones escritos. El peligro está en ser demasiado perfecto.
Tienes tu ideal, sabes lo que quieres hacer; pero el peligro
está en excederse de forma que el sermón se convierta en un
fin en sí mismo. ¿Cómo evitarlo? ¿Cuál es el antídoto? Es muy
sencillo: recuérdate a ti mismo de principio a fin que lo que
estás haciendo está destinado a personas, a toda clase de per-
sonas. No estás preparando un sermón para una congrega-
ción de eruditos o lumbreras; estás preparando un sermón
para una congregación mixta y tu tarea y la mía es ser de
ayuda a todos los miembros de esa congregación. A menos
que hagamos eso, habremos fracasado. Evita, pues, un enfo-
que excesivamente académico y teórico. Sé práctico.
Recuerda a las personas: estás predicando para ellas.
La predicación y los predicadores 249
Capítulo 12
Ilustraciones,
elocuencia y humor
A
l llegar ahora al tipo de predicación improvisada y su
preparación para ella, hay mucho menos que decir.
Aquí los peligros no son tantos; pero sí hay una cosa
que me gustaría subrayar, y lo hago como resultado de mi
propia experiencia. Es el peligro que surge cuando un hom-
bre que ha escrito sus sermones en general o frecuentemen-
te decide por diversas razones que ya no lo va a hacer y se
convierte en un predicador que improvisa. El principal peli-
gro al que se enfrentará será darse por satisfecho con una
preparación inadecuada. Instintivamente, uno» tiende a creer
que, si no va a escribir el sermón completamente, lo único
necesario es preparar el bosquejo o esbozo más exiguo y
dejarlo así. El resultado de ello puede ser completamente
catastrófico en el púlpito. Cuando te viene un pensamiento
al leer tu Biblia y preparas un esquema o bosquejo apresura-
do de un sermón, parece que las ideas te desbordan y crees
que no habrá dificultad alguna para predicar ese sermón.
Pero, por desgracia, a menudo descubrirás que a los pocos
días o semanas, cuando predicas a partir de ese bosquejo
desde un púlpito, parece como si todas tus ideas te hubieran
abandonado y no tuvieras demasiado que decir. Por mucho
que lo intentes, no puedes recuperar lo que te vino a la
mente y hasta te plantearás cómo llegaste a los diversos apar-
tados. Obviamente tenían significado en su momento, pero
ahora de algún modo se ha desvanecido.
La forma de afrontar este peligro puede parecer bastante
obvia, pero si no eres consciente del problema tendrás que
aprender por medio de la dolorosa experiencia, como hice yo.
Debes desarrollar los puntos, los apartados principales,
concretando una serie de apartados secundarios o subordi-
nados. En otras palabras, debes asegurarte de tener suficien-
a
250 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
te materia y material. Los puntos principales se pueden des-
arrollar e ilustrar de distintas formas. Asegúrate de anotarlo.
Tal como he aconsejado con respecto al bosquejo en sí, aquí
recalco de nuevo la importancia de anotarlo para que
recuerdes al predicar lo que querías decir bajo ese apartado
en particular. La regla es no dejar que tu preparación sea
demasiado breve; elabora tu mensaje con esos apartados
secundarios lo mejor que puedas, y entonces no te quedarás
corto de material. Muchos predicadores confían en la inspi-
ración que les ha llegado cuando un texto les ha hablado
repentinamente de la forma que he descrito y ven que, en
una ocasión, se repite en el púlpito mientras predican. Caen
entonces en la necia tentación de creer que sucederá siem-
pre así y que, por tanto, no es necesaria la preparación cui-
dadosa. La experiencia pronto les desengañará.
Otro factor que entra en juego en este aspecto se puede
ilustrar idóneamente relatando la historia de un ministro
que conocí en Gales del Sur. Muestra cómo hay tiempos y
épocas, flujos y reflujos, en la experiencia espiritual de uno.
Este predicador en particular había tenido una gran expe-
riencia en el Avivamiento religioso de Gales en 1904-05. Era
un hombre capaz y un buen estudiante. El Avivamiento se
produjo en su época de estudiante y él y otros resultaron
muy afectados. Es bastante común que durante una época de
avivamiento las personas reciban una facilidad inusual en su
oratoria, en la oración y en la predicación; y el testimonio de
los ministros de Gales en aquella época es que debían dedi-
car muy poco tiempo a la preparación. Parecía como si todo
les fuera dado; estaban llenos de material y con sus corazo-
nes llenos y la plenitud de su gozo cristiano y amor hacia el
Señor, hablaban sin dificultad ni impedimento.
Pero surge un problema cuando un período así termina y
el avivamiento remite. Muchos de estos hombres no com-
prenden que ese era un momento excepcional y que ahora,
al regresar a una época más normal en la vida de la Iglesia,
tienen que hacer mucho más en la cuestión de la prepara-
ción. He conocido a una serie de hombres que cayeron en
aaaaa
La predicación y los predicadores 251
Capítulo 12
esta trampa en particular y por diversas razones. Algunos
hasta pensaban que era pecaminoso preparar un sermón.
Habían tenido esa gran libertad de modo que, cuando esta
cesó, algunos de ellos tuvieron verdaderos problemas espiri-
tuales y casi mentales, con la sensación de que habían con-
tristado al Espíritu o habían apagado el Espíritu. Otros cre-
yeron que habían sido culpables de algún pecado del que no
eran conscientes. ¿Por qué no tenían ya esa facilidad de la
que solían disfrutar? Conocí a varios hombres así e intenté
ayudarles para que salieran de la depresión espiritual, que
en ocasiones cruzaba de hecho la línea de lo espiritual a lo
psicológico.
Fue la incapacidad de entender esto lo que llevó al hom-
bre del que estoy hablando a tener problemas. En su caso, el
problema no era tanto el temor a haber “contristado al
Espíritu” como la idea de que tenía una justificación escritu-
raria para no preparar sus sermones. No tenía que preparar-
los durante el Avivamiento y, cuando este se acabó, creyó que
tenía justificación espiritual para proseguir de la misma
forma. Era el versículo del Salmo 81 que dice: “Abre tu boca,
y yo la llenaré”. Le atribuyó el significado de que uno debe
ir al púlpito sin preparación y recibirá el asunto que debe
declarar. El pobre hombre lo hizo literalmente; el resultado
fue que vació su iglesia y fue más o menos inútil como predi-
cador en los siguientes cincuenta años. La verdadera trage-
dia era que se trataba de un hombre muy espiritual y capaz.
Si no escribes tu sermón completo, pues, no caigas en
ninguna de estas trampas. Prepáralo tan concienzudamente
como puedas, de forma que sepas mentalmente lo que vas a
decir de principio a fin. Por mucho que lo recalque, nunca
será suficiente. Si mi experiencia es de alguna ayuda o valor,
debo decir que he ido ampliando mis notas a medida que
avanzaba en lugar de reducirlas. Por supuesto, existen
variantes en todas estas cuestiones.
Si bien esos son los dos métodos principales —el sermón
escrito completamente y la preparación de las notas en la
predicación improvisada—, también es cierto que hay perso-
aa
252 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
nas que han utilizado ciertas variantes de estos, y no veo
nada erróneo en ello. Algunos hombres que he conocido
escribían la introducción prácticamente por completo así
como el final del sermón. Luego, para el desarrollo, confía-
ban en un bosquejo o unas notas. Se puede decir mucho a
favor de ese método, especialmente si estás cambiando de
los sermones escritos completamente al método de improvi-
sación. Ayudará en este proceso de transición. Algunos escri-
ben la introducción porque han descubierto que, habiendo
subido al púlpito creyendo que tenían un sermón preparado
en líneas generales y pensando que sabían lo que iba a decir,
de pronto tropezaban en la introducción. Simplemente no
eran capaces de empezar, y eso les afectaba tanto que estro-
peaba todo el sermón. La forma de corregirlo en ese perío-
do de transición es escribir la introducción por completo y
quizá el final del sermón exactamente de la misma forma.
* * *
Pasemos ahora a considerar las diversas cuestiones que sur-
gen en el momento de compartir el sermón. Algunos hom-
bres leen su sermón en el púlpito de principio a fin. No quie-
ro ser demasiado dogmático, pero sin duda eso es un error,
es malo. Sé que se pueden citar algunos casos notables en el
pasado en que ha habido hombres que lo han hecho y han
sido grandemente bendecidos, pero no se establecen reglas
a partir de excepciones. Sin duda, como vimos en el anterior
estudio, la predicación implica un contacto directo entre las
personas y el predicador, una interacción de personalidades,
mentes y corazones. Hay una dimensión de “toma y daca”. Es
bueno, pues, que el predicador mire a las personas; y no se
puede leer el manuscrito y mirar a las personas al mismo
tiempo. Ese tipo de lectura es malo para tí y malo para las
personas. Pierdes su atención y tu contacto con ellos y ellos
pierden el contacto contigo y lo que estás diciendo. Sin
duda, por definición, la predicación es la palabra dirigida a
las personas de manera directa y personal. No es algo teóri-
aaa
La predicación y los predicadores 253
Capítulo 12
co o una conferencia académica; implica un contacto vivo.
Cualquier cosa que te haga perderlo es mala de por sí. Sé
que algunos predicadores han sido bendecidos al leer sus
sermones; hay excepciones para todas las reglas que se esta-
blezcan en cuanto a estas cuestiones, pero eso no afecta a la
regla. Hay otros que, a pesar de no leer sus sermones, miran
por una de las ventanas del edificio mientras predican a una
congregación. Eso no es mejor, por supuesto; lo mismo daría
que leyeras un texto. He conocido a hombres que daban la
impresión de creer que este era un procedimiento elevada-
mente espiritual: ¡Eran grandes místicos que se asomaban a
profundidades desconocidas!
Pero permítaseme apresurarme a decir que lo que hacen
muchos otros predicadores, esto es, memorizar el sermón
escrito, me parece casi igual de malo. Quizá no tanto, pero
se acerca mucho. Es algo mejor, porque mientras recitas o
declamas puedes mirar a las personas. Has escrito tu sermón,
luego lo has leído un cierto número de veces y, si tienes
buena memoria, puedes memorizar gran parte del mismo
muy fácilmente. He conocido a muchos que lo hacen.
Aunque estoy de acuerdo en que es algo mejor, sigue sin gus-
tarme. Mi principal razón es que ata al hombre, interfiere
con el elemento de la libertad. Al recitar o declamar, en rea-
lidad no estás estableciendo ningún contacto con las perso-
nas. Te estás concentrando en lo que has memorizado e
intentas recordarlo; y se interpone hasta ese punto entre tú
y las personas a las que te estás dirigiendo. El elemento vivo
se minimiza y el elemento mecánico aumenta. Esta es una
cuestión muy difícil, y muchos predicadores han tenido que
experimentar y cambiar su procedimiento cada cierto tiem-
po.
Siempre soy amigo de pensar que una distinción que se
pueda establecer en el terreno del discurso secular —el dis-
curso político, si lo prefieres— tiene validez también en el
terreno de la predicación. Existe una diferencia entre la
retórica y la oratoria, ¿no es cierto? ¿Cuál es esa diferencia?
Sin duda la que muestra la idea que estoy planteando. El
aaaaa
254 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
retórico está atado a su preparación, declama algo que ha
preparado muy cuidadosamente. El ejemplo más notable de
retórico en la historia reciente fue Sir Winston Churchill. Su
padre, Lord Randolph, era un orador, pero Sir Winston
jamás lo fue. En su juventud acostumbraba a escribir cada
palabra de sus discursos y luego memorizarlos y declamarlos.
Más adelante en su vida solía leerlos; pero en su juventud
solía recitar lo que había aprendido de memoria. Que seme-
jante procedimiento interfiere con el contacto vital y el
intercambio entre el orador y los oyentes se puede ilustrar
con su caso. Sus oponentes, al saber que estaba recitando y
haciendo un alarde de memoria, le interrumpían. Esto le
desequilibraba y debía volver atrás varias frases en su discur-
so y recitarlas de nuevo antes de poder proseguir. En otras
palabras, debido a que era un retórico estaba atado. El ora-
dor es siempre libre y siempre debe mucho a su audiencia.
En su caso siempre hay un intercambio vivo: se produce una
transacción real.
Todo esto es igualmente cierto de la predicación. El pre-
dicador debiera ser más un orador que un retórico. Siempre
hay algo que se pierde en la memorización, recitación y
declamación de un sermón.
Otro recurso que utilizan a menudo los hombres, y creo
que se puede decir mucho a su favor, es hacer notas comple-
tas del sermón escrito. En lugar de memorizarlo, toma notas
de él. Tras escribirlo, y teniendo en mente lo principal como
resultado de ello, simplemente toma notas y luego predica a
partir de ellas. Esto te garantizará una libertad mucho más
grande que los otros dos métodos anteriores. Esto, nueva-
mente, es particularmente bueno para un hombre que se
encuentre en la transición de la predicación escrita a la
improvisada. Lo importante es la libertad. Por mucho que lo
recalque nunca será suficiente. Forma parte de la esencia
misma del acto de predicar: esa libertad en tu mente y en tu
espíritu, ese encontrarse Ubre para ser influido por el
Espíritu. Si creemos verdaderamente en el Espíritu Santo,
debemos creer que está actuando poderosamente mientras
aaa
La predicación y los predicadores 255
Capítulo 12
nos implicamos en esta sería y maravillosa obra. Debemos
estar abiertos, pues, a sus influencias.
Por supuesto, esto llevará a una serie de consecuencias.
Bien puede ser que tu estilo no sea tan perfecto; de hecho,
desde el punto de vista estrictamente literario puede volver-
se malo. Pero estarás en buena compañía. Los pedantes
siempre han criticado al apóstol Pablo por sus anacolutos,
¿no es así? Indican cómo Pablo comienza una frase y luego
se deja llevar de tal forma por su tema que se olvida de ter-
minarla. Eso es la libertad, la libertad en el Espíritu. Quizá
no lo habría hecho muy bien en un examen, pero el Espíritu
le utilizó. No estoy diciendo que no debas terminar tus fra-
ses, estoy indicando que debes ser libre. Cuando el Espíritu
te toma y te guía, pues, deja que lo haga. No estés atado, no
estés encadenado.
Nadie debiera sentirse desanimado por todo esto. Jamás
ha habido un predicador que no aprendiera por la experien-
cia. No te desanimes. Si al principio sientes que no puedes
predicar sin escribir el sermón completo, escríbelo comple-
to. Pero experimenta de la forma que he señalado. Escribe
un sermón y no el otro; prueba estas diversas modificaciones
y variantes. Por encima de todo, no seas impaciente contigo
mismo. No te abatas demasiado si sucede que tienes un mal
culto ni digas que jamás volverás al púlpito si no es con un
sermón escrito por completo delante de ti. Esa es la voz del
diablo. No le escuches; prosigue hasta que alcances una fase
en que sepas que eres libre. No debo insistir demasiado en
esto, pero existe un peligro muy real de depositar nuestra fe
en el sermón en lugar de en el Espíritu. Nuestra fe no debie-
ra estar en el sermón, debiera estar en el Espíritu Santo
mismo. Asegurémonos, pues, de la libertad en primer y últi-
mo lugar y en todas partes; y después contacta con las perso-
nas.
Llegamos ahora a ciertas cuestiones comunes a ambos
tipos de predicación, ya sean sermones escritos o predica-
ción improvisada. Las trato porque la gente me ha hecho fre-
cuentes comentarios y críticas acerca de ellas. Me refiero a
aaaa
256 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
toda la cuestión del empleo de historias e ilustraciones.
Debemos prestar atención a esto. Doy por supuesto que
tenemos clara la diferencia entre la utilización de una ilus-
tración y la espiritualización de un pasaje de la Escritura; y
no es necesario que entre en muchos detalles, puesto que no
estoy dando un estudio sobre homilética; pero quiero dejar
claro que existe una diferencia entre espiritualizar un suce-
so del Antiguo Testamento y utilizarlo simplemente como
una ilustración. La diferencia es esta: debes dejar claro a las
personas, por supuesto, lo que estás haciendo exactamente.
Debes dejar claro que lo que estás diciendo es que así como
esa cosa en particular sucedió en el terreno de la Historia,
así se puede encontrar o se encuentra el mismo principio en
el terreno espiritual.
Permítaseme dar un ejemplo. En una ocasión, al dar unas
conferencias sobre los avivamientos, tomé la historia de
cuando Isaac excavó de nuevo “los pozos que habían abierto
los criados de Abraham su padre" y que los filisteos habían
cegado tras la muerte de Abraham. Algunas personas pensa-
ron que al hacerlo estaba espiritualizando ese incidente del
Antiguo Testamento. Lo hicieron porque no comprendían
la diferencia entre utilizar una historia como esa a modo de
ilustración y espiritualizarla. Si la hubiera espiritualizado,
habría significado que estaba aseverando que Isaac hizo algo
espiritual en aquella ocasión, mientras que me esforcé en
decir que simplemente estaba utilizando esta historia como
una ilustración y señalando que lo que hizo Isaac en la cues-
tión del agua —agua normal, esencial para la vida y el bien¬
estar del cuerpo— nos proporciona una imagen de un prin-
cipio que es valioso en el terreno espiritual en relación con
el avivamiento. No estaba diciendo que hiciera nada espiri-
tual, sino mostrando que, así como no desperdició su tiem-
po enviando exploradores para que encontraran un nuevo
suministro de agua sino que simplemente volvió a excavar
los pozos viejos porque sabía que allí había agua, me parecía
que la esencia de la sabiduría en el terreno espiritual, y en
momentos de dificultad y sequía espiritual, era no perder el
aaa
La predicación y los predicadores 257
Capítulo 12
tiempo buscando un nuevo "evangelio”, sino volver al libro
de Hechos y a cada período de avivamiento en la historia de
la Iglesia. Ahora bien, eso no es espiritualizar aquel antiguo
suceso. Podría haber buscado mis ilustraciones en el terreno
de la ficción o en el terreno de la historia secular; pero en
esa ocasión preferí tomar como ilustración el suceso del
Antiguo Testamento. Eso no es espiritualización, porque no
estaba diciendo que lo que hizo Isaac condujera a un aviva-
miento. Pero, por supuesto, es importante que expliquemos
cuidadosamente lo que estamos haciendo. Tus congregacio-
nes lo entenderán por lo general muy fácilmente; ¡es proba-
ble que solamente los “expertos” y los pedantes sean los que
lo malentiendan!
Pero, volviendo a las historias e ilustraciones en general,
lo que me parece verdaderamente malo es lo que indica un
libro que lleva el título de The Craft of Sermón Illustration (La
habilidad para ilustrar el sermón). Esa clase de cosa me
resulta una abominación. “La habilidad” no entra aquí en
juego en absoluto. Eso es nuevamente prostituir las cosas.
Conocí a un predicador que siempre llevaba una libreta de
notas en el bolsillo y, cuando escuchaba una buena historia,
sacaba siempre su libreta y tomaba notas. Luego, tras llegar
a casa, la escribía entera y la guardaba en un archivador en
el armario. Sería una buena ilustración para un tema dado.
Siempre estaba coleccionando historias, pues, y separando-
las y clasificándolas en diversas categorías y archivándolas.
Luego, cuando pasaba a preparar un sermón sobre un tema
concreto, sacaba el archivo apropiado y seleccionaba las his-
torias que necesitaba. Instaba a otros a hacer lo mismo.
En mi opinión, eso no solo es profesionalismo en su peor
cariz; es, como digo, el arte de la ramera, porque presta
demasiada atención a seducir a las personas y está demasia-
do preocupado por ello. Lo que es peor aún, por supuesto,
es cuando los predicadores repiten las historias e ilustracio-
nes de otros predicadores sin darles el reconocimiento que
se les debe; y aún peor cuando compran libros de sermones
principalmente a fin de encontrar esas historias.
258 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
¿Por qué me opongo a esto? Porque creo que convierte la
historia o la ilustración en un fin en sí misma. Jamás debie-
ran ser un fin de por sí. Asimismo una utilización demasiado
liberal de ellas apela a la carnalidad de los oyentes. Lo he
advertido frecuentemente. Recuerdo haber predicado en
una ocasión en cierto lugar y cómo un ministro que había
estado escuchando vino a mí al final del culto y dijo: “Gracias
por el sermón. Pero no nos diste ninguna ilustración esta
vez”. Eso me hizo pensar y preguntarme: “¿Qué esperaba oír
ese hombre?”. Me había escuchado la vez anterior y yo recor-
daba que en aquella ocasión había utilizado más ilustracio-
nes de lo que es normal en mí. Pero me daba la impresión
de que estaba ante alguien que no había acudido a escuchar
tanto la Verdad como las ilustraciones. ¿No es esto una grave
perversión?
Las historias e ilustraciones solo tienen el propósito de
ilustrar la verdad, no de dirigir la atención hacia sí mismas.
Toda la cuestión de las ilustraciones y el relato de historias
ha sido una maldición especialmente en los últimos 100
años. Creo que es uno de los factores que explican el decli-
ve de la predicación, porque contribuyó a dar la impresión
de que la predicación era un arte, un fin en sí misma. De
hecho, ha habido muchos que realmente preparaban un ser-
món a fin de poder utilizar una buena ilustración que se les
había ocurrido o que habían leído en algún lado. La ilustra-
ción se había convertido en lo primero; luego se buscaba un
texto que pudiera acompañarla. En otras palabras, la ilustra-
ción se había convertido en el núcleo de la cuestión. Pero
ese orden es erróneo. La ilustración tiene el propósito de
ilustrar la verdad, no de mostrarse a sí misma, no de dirigir
la atención hacia sí misma; es un medio para guiar a las per-
sonas y ayudarlas a ver de manera más clara aún la verdad
que se está enunciando y proclamando. La regla debiera ser
siempre, pues, que la verdad debe predominar y tener una
gran prominencia, y las ilustraciones deben utilizarse limita-
da y cuidadosamente con ese único fin. Nuestra tarea no es
entretener a las personas. A las personas les gustan las histo-
a
La predicación y los predicadores 259
Capítulo 12
rías, las ilustraciones. Nunca lo he entendido, pero a la gente
parecen gustarle los ministros que están hablando siempre
de sus propias familias. Eso me parece siempre muy aburri-
do cuando estoy escuchando, y no puedo entender que a
algún predicador le guste hacerlo. Sin duda hay una fuerte
dosis de orgullo en ello. ¿Por qué debe estar más interesada
la gente en los hijos del predicador que en los de otras per-
sonas? Tienen sus propios hijos y podrían multiplicar ese
tipo de historias igualmente ellos mismos. En general, el
argumento a favor de esto es que introduce “un toque perso-
nal”. Recuerdo a un londinense que me contaba que jamás
se perdía a cierto predicador cuando visitaba Londres. Este
predicador solía venir de provincias una o dos veces al año.
Me encontré a este hombre un día y me dijo: ¡“Escuché al
Dr. tal y tal el domingo pasado; ¿sabes?, lo mejor de él es que
siempre nos cuenta su vida sexual”! ¡No estaba muy seguro
de si estaba sugiriendo que yo debería hacer lo mismo!
Eso es lo que gusta a ciertas personas y es lo que de hecho
hacen muchos predicadores; y se puede ver muy bien cómo
apela a lo peor y a lo más bajo de muchos miembros de la
congregación. Es pura carnalidad, una especie de deseo de
conocer los detalles personales de la gente. Pero un predica-
dor debiera ir al púlpito a enunciar y proclamar la Verdad
misma. Eso es lo que debiera destacar y todo lo demás no
debiera sino servir a ese fin. Las ilustraciones son solo sier-
vos, y se deben utilizar limitada y cuidadosamente. Como
resultado de escuchar a predicadores durante muchos años,
de predicar yo mismo y de debatir estas cuestiones y conside-
rarlas constantemente, estoy dispuesto a llegar al punto de
decir que, si utilizas demasiadas ilustraciones en tu sermón
tu predicación será ineficaz. Hacerlo siempre implica una
pérdida de tensión. Está la clase de predicador que tras decir
unas pocas palabras añade: “Recuerdo...”, y entonces llega la
historia. Luego, tras unas pocas más comenta de nuevo:
“Recuerdo...”. Esto significa que el tema, la idea clave de la
verdad, se está interrumpiendo constantemente; se vuelve
irregular, y al final te parece que has estado escuchando a
aaaa
260 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
una especie de conversador de sobremesa o a un artista, y no
a un hombre que predica la Verdad grande y gloriosa. Si esos
predicadores se vuelven populares, y a menudo es así, lo son
únicamente en un sentido negativo, porque en realidad no
son sino artistas populares.
La única otra cosa que diría acerca de las historias e ilus-
traciones es que te asegures de los hechos al utilizarlas.
Recuerdo que, cuando era un joven médico, escuché un ser-
món que incluía una gran ilustración que el predicador des-
arrolló extendiéndose considerablemente. Su idea era la
necedad del pecador al no prestar atención a las primeras
advertencias de su conciencia, etc. Eso se ilustraba de mane-
ra muy elaborada con la historia de una mujer a la que había
enterrado la semana anterior. Tenía un cáncer de mama,
pero para cuando fue al médico las ramificaciones secunda-
rias se habían extendido a la espina dorsal y otras partes del
cuerpo. Era demasiado tarde para curarla. ¿Qué le ocurrió a
aquella mujer? “Bien —dijo el predicador—, la tragedia de
esta mujer es que no prestó atención a la primera punzada
de dolor”. Para mí, escuchando como médico, todo eso era
completamente ridículo. El problema de esa clase de cáncer
es que generalmente no produce dolor alguno hasta que ha
avanzado de forma considerable; crece insidiosa y callada-
mente. El problema de aquella pobre mujer no era que
hubiese hecho caso omiso del dolor, sino que probablemen-
te no había hecho caso de algún pequeño bulto que notó. La
gran ilustración se estropeó en lo que a mí respectaba, por-
que aquel hombre no conocía los hechos.
Podemos caer a menudo en este error al utilizar una ilus-
tración científica sin estar completamente seguros de la pre-
cisión de lo que estamos diciendo, de los hechos que presen-
tamos. Ten cuidado de no entrar en terrenos que no conoz-
cas mucho. Quizá hayas leído algo en una revista de divulga-
ción o en un periódico y pienses por ello que lo sabes todo
con respecto a ese tema en particular y te atrevas a emplear-
lo como ilustración. No es raro que el hombre que escribió
el artículo no supiera mucho de ello él mismo y fuera más un
a
La predicación y los predicadores 261
Capítulo 12
periodista que un científico. Tú lo empeoras más aún y así el
hombre con un conocimiento científico que quizá te esté
escuchando comenzará a dudar de la validez de la verdad
que estás enunciando. Creerá que no eres un hombre cuida¬
doso y que si manejas la Escritura de la misma forma que
manejas lo que conoce, entonces no eres alguien a quien
está dispuesto a conceder mucho tiempo y atención. Sé cui¬
dadoso con los hechos, pues, si te aventuras en este terreno
de las historias e ilustraciones.
* * *
Debemos considerar ahora el lugar de la imaginación en los
sermones y en la predicación. Esto, por supuesto, está rela-
cionado con la cuestión anterior y, sin embargo, es diferen-
te. Creo que hoy día no hay tanto peligro con respecto al
lugar de la imaginación en la predicación como lo hubo en
otra época. Nos hemos vuelto tan científicos que queda muy
poco lugar para la imaginación. Esto, en mi opinión, es
sumamente lamentable, porque la imaginación es de gran
importancia y ayuda en la predicación. Estoy completamen-
te dispuesto a aceptar que puede ser peligrosa; pero la ima-
ginación, no lo olvidemos, es un don de Dios. No habría
muchos poetas de no ser por el don de la imaginación; y si
crees que hay que ganar todas las formas de cultura para el
Señor Jesucristo, no desprecies la imaginación. ¿Por qué solo
iban a utilizar la imaginación los no cristianos? No, la imagi¬
nación ocupa un lugar real en la predicación de la Verdad,
porque lo que hace es dar vida a la Verdad. Por supuesto, se
puede exagerar y entonces se vuelve peligrosa. Como hemos
visto, en este terreno todo es peligroso; pero la utilización de
la imaginación puede resultar particularmente peligrosa.
Este ha sido siempre para mí uno de los mayores problemas
en relación con la predicación, ¡quizá en parte a causa de mi
nacionalidad! ¿Cuál es el lugar de la nacionalidad en la pre-
dicación, de hecho el lugar de la nacionalidad y el tempera-
mento en la vida cristiana global, el lugar de la nacionalidad
aa
262 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
y el temperamento en la eclesiología; el lugar de la naciona-
lidad y el temperamento en la teología? ¡Qué fácil es hacer
una digresión en este punto!
Cualquiera que sea la verdadera explicación de por qué
esto me ha supuesto un gran problema, tengo clara la esen-
cia del problema. El peligro es que la imaginación tiende a
escapársenos de las manos y uno puede cruzar con facilidad
la línea de lo provechoso hasta ese punto en el que, una vez
más, dirige la atención hacia sí misma y pierde el contacto
con la verdad que la originó. Al final es la imaginación y tu
declaración de lo que has visto con tu imaginación lo que
influye en las personas en lugar de la Verdad.
No es difícil hallar ejemplos notorios de esto en la
Historia. George Whitefield estaba obviamente dotado de
una gran imaginación excepcional. Paralelamente, se dedu-
ce de forma bastante clara de la lectura de la historia de la
predicación y las biografías de los predicadores que los más
grandes predicadores han estado dotados por lo general de
una gran imaginación. Forma parte de su don de oratoria y
su poder para influir en las personas, dones dados por Dios.
Claramente, Whitefield utilizaba su imaginación generosa-
mente y creo que de la misma forma a veces se le iba de las
manos. Recordemos la famosa ocasión en que Whitefield
estaba predicando en casa de la Condesa de Huntingdon en
Londres a un auditorio muy distinguido entre el que se
encontraba el famoso Lord Chesterfield. Chesterfield no era
creyente, pero estaba interesado en las personas destacadas
y estaba particularmente interesado en la buena oratoria. Se
le había convencido para que fuera a escuchar a Whitefield.
El predicador utilizó en aquella ocasión su famosa ilustra-
ción de un ciego que camina por el borde de un acantilado
con su bastón y su perro. Al principio el ciego se encontraba
a una distancia aceptable del borde, pero se iba acercando
más y más y la caída desde aquella altura supondría una
muerte segura. Whitefield la utilizó para ilustrar la forma en
que el pecador sigue hacia delante y se va acercando cada
vez más al terrible abismo del Juicio Final y la perdición eter-
a
263 La predicación y los predicadores
Capítulo 12
na. A pesar de todas las advertencias, el pecador sigue ade-
lante exactamente como aquel pobre ciego que, tras perder
su bastón y su perro, seguía caminando y se iba acercando al
abismo. Whitefield llevaba un tiempo retratando la escena
con los colores más vivos, de manera sumamente dramática
e imaginativa y con tal efecto que en un momento dado Lord
Chesterfield se levantó gritando: “¡Cielos! ¡El mendigo ha
caído!”. ¿Qué decimos al respecto? ¿Se había pasado White-
field de la raya? ¿Qué es lo que influyó en Chesterfield? Aquí
es donde surge el problema.
Pero permítaseme relatar otra historia real. Había un pre-
dicador en Gales a finales del siglo XVIII y principios del XIX
llamado Robert Roberts. También él tenía este gran don de
la imaginación, quizá más que Whitefield. Estaba predicando
un día en una capilla repleta y tratando nuevamente esta idea
del pecador que no escucha las advertencias, que disfruta y
pasando por alto las indicaciones acerca del Juicio venidero.
Para reforzarlo utilizó una vivida ilustración. Algunas perso-
nas que estaban en la costa habían ido de paseo por la playa.
Había unas rocas que se adentraban en el mar: una especie
de promontorio rocoso mar adentro. La marea había bajado
de modo que caminaron hasta el final del promontorio y se
echaron a tomar el sol. Allí estaban disfrutando tremenda-
mente, durmiendo, leyendo, etc. Pero no habían advertido
que la marea había vuelto y comenzaba a subir lentamente.
No prestaron atención alguna; pero la marea seguía cubrien-
do las rocas y empezó a rodearlos lentamente en su promon-
torio. El predicador lo desarrolló gráficamente hasta el punto
en que estas personas “volvieron en sí” y comprendieron su
difícil situación. Quedaba el tiempo justo para volver a la
playa y atender las voces de advertencia. Roberts desarrolló
de tal forma esta ilustración con su poderosa imaginación
que, cuando utilizó su igualmente poderosa voz para repre-
sentar los gritos y las llamadas de las personas en la orilla a
los otros para que corrieran a fin de salvar sus vidas, está
documentado, y se dice que es literalmente cierto, ¡que toda la
congregación se levantó y salió corriendo de la capilla!
264 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
Esto no se puede excusar en términos del temperamento
galés y la ignorancia de la gente de aquella época. Esa clase
de cosas solían ocurrir muy a menudo en campamentos en
los Estados Unidos e Inglaterra exactamente en aquel mismo
tiempo y aun después. Lo mismo se ve claramente en el
ministerio de Charles G. Finney. Aquí tenemos de nuevo a
un hombre con una personalidad y una imaginación muy
poderosas, y creo que eso es lo que explica lo que sucedió a
muchos de los supuestos conversos a través de él.
Mi actitud ante todo esto es que en este punto hemos cru-
zado sin duda la línea que divide la utilización legítima de la
imaginación y la errónea. Lo que estaba afectando a las per-
sonas que he descrito en esas historias probablemente no era
la Verdad; era esa representación gráfica de una escena, era
la poderosa y quizá excesivamente emocionada imaginación
del predicador. Lo mismo puede pasar con las películas o las
obras de teatro. Recordemos la historia de la mujer que acu-
dió a ver una obra en el teatro de Londres una noche de
invierno. Esto era en los viejos tiempos, antes de los automó-
viles. Su cochero la había llevado en su carruaje y, mientras
ella disfrutaba de la obra durante dos horas y media, el
cochero la esperaba en el pescante del carruaje con el caba-
llo enganchado. Allí estuvo ella en el teatro llorando y pro-
fundamente conmovida ante el sufrimiento de las pobres
personas representadas en la obra. Cuando salió y encontró
al pobre cochero cubierto de nieve y casi muerto por conge-
lación no se conmovió en absoluto, sino que lo consideró
lógico y parte de la rutina de su vida. Eso es. ¿Qué es lo que
nos conmueve? Lo único que intento decir es que nuestra
tarea consiste en asegurarnos de que sea la Verdad lo que
conmueva a las personas y no nuestra imaginación.
Como casi todo lo demás, emplear la imaginación puede
convertirse en algo bastante ridículo y risible. Cuando hay
un predicador que quizá no está muy dotado de inteligencia
pero que tiene mucha imaginación, puede resultar divertí-
do. Recuerdo haber oído hablar de un viejo predicador —-y
esto sucedió literalmente— que estaba predicando en cierta
aaa
265 La predicación y los predicadores
Capítulo 12
ocasión sobre la parábola del hijo pródigo. Los detalles de la
parábola tal como se ofrecen en la Escritura no eran sufi-
cientes para el predicador; debía añadir cosas. Su imagina-
ción entró enjuego y finalmente alcanzó las profundidades
del ridículo cuando pasó a describir la situación del necio
hijo pródigo en el país lejano durante la hambruna, justo
antes de volver en sí. Indicó cómo había gastado todo su
dinero, cómo se había quedado sin comida y cómo ahora
tenía que depender de las algarrobas que daban de comer a
la piara. Pero aun el suministro de algarrobas se agotó final-
mente y no solo era el pobre hijo pródigo el que estaba ham-
briento y desesperado, sino también la piara. “Allí estaban
—dijo—, ¡la terrible hambre había llevado a la piara a tal
desesperación que estaban empezando a roer los pantalones
del pobre muchacho!”.
En ese punto la Verdad se ha olvidado y estamos en el
terreno de la fantasía, por no decir de la comedia. Era un
hombre que se había dejado llevar por su imaginación. No
debemos permitir que eso ocurra jamás. Debemos asegurar-
nos de que todos los dones que tengamos estén subordina-
dos a la Verdad. Espero volver a esto de nuevo, porque creo
que es una de las mayores luchas que cualquier predicador
verdadero debe librar. ¿Dónde trazas la línea? Yo diría que el
predicador se conoce siempre a sí mismo cuando se deleita
en la historia o en la imaginación misma en lugar de hacer-
lo en aquello que pretende ilustrar. En el momento en que
se alcanza ese punto hay que detenerse; porque no nos pre-
ocupa simplemente influir a las personas o conmoverlas;
nuestro deseo debe ser que les influya y conmueva la Verdad.
* * *
Con respecto al siguiente apartado, realmente tengo que
decir más o menos lo mismo; se trata del lugar de la elocuen-
cia o de la oratoria en la predicación. Nuevamente, solamen-
te digo que es un asunto que puede ser de un gran valor, y lo
ha sido, en el caso de hombres que he citado y de muchos
aaaaa
266 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
otros que podría citar. Pero, nuevamente, existe el gran peli-
gro de pasarnos de la raya e interesarnos en la elocuencia en
sí misma, y de preocuparnos más por la forma en que deci-
mos lo que decimos que por la Verdad en sí, más por el efec-
to que producimos que por las almas de las personas a las
que nos estamos dirigiendo. En última instancia, por supues-
to, se convierte en una cuestión de orgullo.
¿Hay alguna regla acerca de esto? La única regla que yo
establecería es que ningún hombre debe intentar ser elo-
cuente. No dudo en decirlo. Por supuesto, estoy hablando
de los predicadores. Quizá los políticos y otros hombres ten-
gan derecho a intentar ser elocuentes. Yo establecería como
regla que el predicador jamás debe intentar ser elocuente;
pero si se descubre a sí mismo elocuente, entonces es de
gran valor y Dios puede utilizarlo. Nuevamente quisiera
hacer referencia a esos vuelos de elocuencia del gran apóstol
Pablo en sus epístolas. Jamás se propuso producir una obra
maestra de la literatura; ni siquiera le preocupaba la forma
literaria. No era un literato; pero cuando le asía la Verdad se
convertía en un hombre poderosamente elocuente. Nos dice
que los corintios decían de él que su “palabra [era] menos-
preciable”. Esto significaba simplemente que no exhibía el
estilo retórico de los retóricos griegos; no significaba que no
pudiera ser elocuente. Lo que significaba era que su elo-
cuencia siempre era espontánea e inevitable; jamás artificial,
jamás creada, jamás forzada. Esto se tornaba inevitable a
causa de la grandeza de la Verdad y a causa del concepto que
se había desplegado ante su mente. Cuando la elocuencia se
produce de ese modo, afirmo que es una de las mejores cria-
das de la predicación verdadera. La historia de la predica-
ción demuestra esto una y otra vez de manera abundante.
Pasemos ahora a otro punto en la lista de las diversas
cosas que uno debe considerar en un sermón ya sea escrito
o improvisado, esto es, el lugar del humor en la predicación.
Aquí de nuevo estamos ante una cuestión muy difícil. Todas
estas cosas son difíciles porque se trata de dones naturales, y
la cuestión que se plantea es la utilización de los dones natu-
a
267 La predicación y los predicadores
Capítulo 12
rales, o el lugar de los dones naturales, en esta gran obra de
la predicación. La historia de la predicación y de los predica-
dores muestra que ha habido tremendas variantes. En el caso
de un predicador extraordinariamente grande como
Spurgeon, había grandes dosis de humor: algunos de noso-
tros diríamos que en exceso. Habrás oído de la mujer que
fue a él a quejarse de los chistes en sus sermones. Era una
gran admiradora del Sr. Spurgeon y obtenía un gran prove-
cho de su predicación. Pero creía que había demasiados
chistes en sus sermones y se lo dijo. Spurgeon era un hom-
bre muy humilde y le respondió: “Bien, señora, puede que
esté en lo cierto; pero si supiera la cantidad de bromas que
me reservo y la cantidad de cosas que me abstengo de decir,
me daría más crédito del que me da”. Ahora bien, creo que
eso es cierto. Era un hombre gracioso por naturaleza, le desr-
bordaba. Pero, por otro lado, consideremos a Whitefield,
cuyo modelo seguía Spurgeon: jamás era gracioso.
Whitefield era tremendamente serio. En el siglo XVIII al que
pertenecía había otros hombres, como John Berridge de
Everton, en Inglaterra, que también eran humoristas natos.
Estos hombres siempre me preocupan, porque creo que ten-
dían a ir demasiado lejos y permitían que su humor se les
fuera de las manos. No me atrevería a decir que no hay lugar
para el humor en la predicación; pero sí señalaría que no
debe ser un lugar demasiado grande, debido a la naturaleza
de la obra y debido al carácter de la verdad que estamos tra-
tando. El predicador está tratando con las almas y su destino,
y está preocupado por ellas. Se encuentra entre Dios y los
hombres y actúa como embajador de Cristo. Yo creo que esa
es la consideración decisiva, lo único que se puede decir del
lugar del humor es que solo es permisible si es natural. El
hombre que intenta ser gracioso es abominable, y jamás se le
debería permitir subir al púlpito. Lo mismo es aplicable al
hombre que lo hace deliberadamente para congraciarse con
las personas. Que esta clase de cosa sea lo que se espera de
los llamados “evangelistas profesionales” siempre ha sobre-
pasado mi entendimiento.
268 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
Es preciso considerar todas estas cosas y no echarlas a un
lado. Pueden servirnos, pueden ser de gran valor; pero debe-
mos tener cuidado al utilizarlas. Debemos ser igualmente
cuidadosos de no corregir excesivamente su abuso hasta el
punto de volvernos aburridos, insípidos e inertes. Mientras
nos olvidemos de nosotros mismos y recordemos al diablo,
jamás nos equivocaremos.
Lo último que deseo mencionar, y no es inapropiado a
estas alturas, es la duración del sermón. Nuevamente diría
que no debemos ser mecánicos o rígidos en ninguno de los
sentidos. ¿Qué determina la duración del sermón? Primero
y antes que nada, el predicador. El tiempo es algo muy rela-
tivo, ¿no es así? Diez minutos de algunos hombres parecen
una eternidad, mientras que una hora de otros pasa como
unos pocos minutos. Eso no es simplemente mi tesis perso-
nal, es lo que dicen las congregaciones. Como varía de esta
forma con cada hombre, es ridículo establecer una regla
inamovible con respecto a la duración para todos los predi-
cadores. Asimismo, la duración del sermón debiera variar
según el asunto tratado. Algunas cosas se pueden decir en
poco tiempo, en un período reducido, y debiéramos tratar-
las siempre en consecuencia y no sentir que debemos estirar-
las para que duren un tiempo determinado. También varía
con la congregación. La capacidad de la congregación,
como hemos visto, varía enormemente. Esto debiera entrar,
pues, en nuestra consideración acerca de la duración del ser-
món, a condición de que recuerdes todas las indicaciones
que hice con respecto al lugar de la congregación en toda
esta cuestión. Si algunas congregaciones fueran el árbitro en
este asunto, cada sermón duraría diez minutos únicamente.
El predicador no debe prestar atención a ese tipo de “adora-
dor”, sino hacer su propia valoración de ellos. Si llegas a la
conclusión de que son personas que no pueden aceptar más
que una cierta cantidad, dales esa cantidad y no más. Serás
un mal maestro y un mal predicador si no lo haces.
¿Hay alguna otra regla que se pueda establecer en lo con-
cerniente a la duración del sermón? No hace falta decir que
aaa
269 La predicación y los predicadores
Capítulo 12
diez minutos es ridiculamente inadecuado. ¿Cómo puede
nadie tratar cualquiera de los temas de una verdadera predi-
cación en unos minutos? Es sencillamente imposible. Pero,
por otra parte, es igualmente erróneo decir que se debe pre-
dicar siempre durante una hora. ¿Me estoy imaginando estas
cosas? Me temo que no. Me temo que el renovado interés en
los puritanos, por lo menos en Gran Bretaña, ha tendido a
producir una serie de jóvenes predicadores que parecen
pensar que no se ha predicado a menos que se predique
durante una hora. Eso parece ser lo más importante que tie-
nen en mente. De esa manera están dañándose grandemen-
te a sí mismos y a la Verdad. Su razón para predicar durante
una hora es que los puritanos lo hacían así. ¡Qué ridículos
podemos volvernos!
No, no hay regla alguna en este sentido. Pero, para ser
verdaderamente prácticos, creo que en este momento nos
encontramos en una especie de círculo vicioso con respecto
a la cuestión de la duración del sermón. El pobre predicador
se encuentra en este apuro; no quiere ofender extendiendo-
se demasiado a las personas que asisten con regularidad.
Sabe que no les gustan los sermones largos y que tienden a
decir que se extiende demasiado. El resultado de esto, y no
es raro que así sea, es que acorta tanto su sermón que ellos,
y otros, empiezan a pensar que no merece la pena ir a escu-
charle en absoluto. Hace tiempo que llegó el momento de
romper este círculo vicioso. Quizá debamos hacerlo al precio
de ofender a ciertas personas que asisten mecánicamente,
por tradición o por mero fariseísmo. Hemos sido nombrados
por el Señor resucitado y no meramente por las personas;
nuestra principal preocupación debe ser la Verdad y la nece-
sidad que tienen las personas de ella. No debemos pensar
principalmente en términos de tiempo o permitir que las
personas lo hagan. Ciertamente forma parte de la tarea del
predicador liberar a las personas de la esclavitud del tiempo
y de la vida en este mundo únicamente. Deja que la Verdad,
el Mensaje, dicte la cantidad de tiempo y, gobernado por
eso, y “conociendo, pues, el temor del Señor, [persuadire-
aaaaa
270 La predicación y los predicadores
Ilustraciones, elocuencia y humor
mos] a los hombres” y daremos cuenta de “lo que [cada uno]
haya hecho mientras estaba en el cuerpo”, cuando “[compa-
rezcamos] ante el tribunal de Cristo”. Si además podemos
decir que “el amor de Cristo nos constriñe”, jamás nos extra-
viaremos en esta o en cualquier otra cuestión.
La predicación y los predicadores 271
Capítulo 13
Qué evitar
Y
a hemos considerado la preparación del sermón y cier-
tas cosas comunes a esta y a la preparación de nosotros
mismos.
Hay otra cuestión adicional que quizá algunos consideren
trivial pero que, en mi opinión, tiene su importancia. ¿Se debe
anunciar de antemano el tema sobre el que se va a predicar?
Parece bastante claro que esto gusta a la mayoría de las perso-
nas y especialmente a aquellas iglesias que anuncian sus
cultos; y por tanto se ha convertido en una costumbre
anunciar el tema.
Una vez más debo dejar constancia del hecho de que des-
apruebo esta práctica que jamás he seguido. Lo digo por
muchas razones.
La primera y decisiva razón es que las personas deben ir a
la casa de Dios para adorar a Dios y escuchar una exposición
de la Palabra de su Verdad, cualquiera que sea, sin importar
qué aspecto trate, independientemente del pasaje que se
considere. Esa debiera ser nuestra razón para asistir, eso
debiera ocupar el primer lugar en nuestras mentes, no un
tema o una cuestión en particular, ya que eso es malo para las
personas. Fomenta un seudointelectualismo. Lo llamo así
porque estoy seguro de que se trata de eso en realidad. Es una
práctica que comenzó en el siglo XIX. Por lo que sé, no se hacía
anteriormente y las personas solían reunirse para adorar a
Dios y escuchar la exposición de la Escritura o quizá hasta
para escuchar a un gran predicador.
Pero a mediados del siglo XIX la gente empezó a conside-
rarse a sí misma instruida e intelectual y creyó que debían tra-
tarse “temas”. Eso formaba parte del gran cambio que se pro-
dujo hacia mediados del siglo XIX que se conoce como época
victoriana. Se dio tanto en los Estados Unidos como en Gran
Bretaña y en otros sitios. Ya he hablado de eso en relación con
el tipo de edificio y la forma de culto. Recomiendo, como algo
sumamente importante, un estudio del sutil cambio que tuvo
a
272 La predicación y los predicadores
Qué evitar
lugar en tomo a mediados del siglo XIX. Antes de eso, la vieja
idea era la de reunirse para adorar a Dios y escuchar la
exposición de la Escritura. Más aún, las personas esperaban
que el Espíritu Santo descendiera sobre el predicador y todo el
culto. Pero se fue produciendo un gran cambio gradual hacia
un tipo de culto más centrado en el hombre. Hemos visto cómo
sucedió en la evangelización. El interés en los “temas” era una
característica específica de este cambio. Ya no éramos
personas sencillas y lo que hacía falta entonces era un
“estudio” o una conferencia más que someterse al poder de la
predicación de la Palabra. Como personas entendidas,
queríamos “alimento para la mente” o estímulo intelectual, y
el elemento afectivo se abandonó. Estábamos interesados en
los temas y el anuncio de los temas fomentaba este
seudointelectualismo.
Pero también fomenta un enfoque excesivamente teórico
de la Verdad. Hemos visto lo malo que puede ser para el pre-
dicador mismo; y si es malo para él, es mucho peor para las
personas.
Otra objeción a esto es que tiene la tendencia a aislar los
temas de su contexto en las Escrituras; ciertamente, en última
instancia no considera las Escrituras más que como un
conjunto de afirmaciones sobre temas concretos. Uno atomiza,
pues, la Escritura y olvida el todo; y, sin duda, el todo es más
importante que las partes. Este anuncio de los temas es una
mala práctica, pues, porque extrae estos temas y tiende a
aislarlos de su contexto; de hecho, tiende hasta a aislarlos
entre sí. Uno pierde, pues, el sentido de la totalidad del
mensaje bíblico y se interesa en las cuestiones y los temas
específicos.
Una razón más importante aún para oponerse a esta
práctica es de índole pastoral. ¿Por qué están interesadas las
personas en los “temas”? La respuesta es que piensan que
saben cuál es su necesidad y solo quieren oír hablar de las
cosas en que afirman estar “tremendamente interesados”.
Habrás deducido ya que forma parte de toda mi tesis que,
en última instancia, no están en situación de saber lo que
necesitan; y nuestra propia experiencia en el pasado y nuestra
experiencia como pastores de almas enseña que muy a
aaaaaaa
La predicación y los predicadores 273
Capítulo 13
menudo su idea de lo que necesitan es completamente
errónea. Por supuesto, el predicador también puede estar
equivocado en este aspecto, pero esto es mucho más aplicable
a la congregación. Forma parte —repito— de todo nuestro
enfoque de esta cuestión no permitir que los fieles decidan el
tema de la predicación y no alentarles en este sentido; sino
más bien transmitirles toda la Verdad y hacerles ver que
existen aspectos vitales que desconocen y en los que
aparentemente no están interesados en absoluto. Debieran
estar interesados en toda la Verdad y cada aspecto de ella y
debemos mostrarles su necesidad de ello.
O permítaseme expresarlo de esta manera. Existe siempre
el peligro de volverse desequilibrados en la vida cristiana.
Algunas personas están tremendamente entusiasmadas,
según ellos, con la profecía; y siempre querrán saber si vas a
predicar sobre la profecía. Si es así, estarán allí; no cabe duda
de ello. Lo he visto en muchísimas ocasiones. Recuerdo cómo
el Dr. G. Campbell Morgan tardío, mi predecesor, me dijo una
vez jocosamente: “Si quieres tener una multitud
excepcionalmente grande, anuncia que vas a predicar sobre la
profecía y la tendrás”. Hay personas así; tienen ese deseo de
temas específicos: la profecía, la santidad, etc. Si anunciamos
nuestros temas, pues, tendemos a incrementar este peligro de
una vida cristiana desequilibrada.
Pero permítaseme expresar esta cuestión finalmente como
una generalización. A menudo me ha asombrado advertir
cómo las iglesias y los predicadores se aferran a métodos deci-
monónicos cuando han abandonado desde hace tiempo las
grandes verdades que se recalcaron especialmente en la
primera parte de ese siglo. Este hábito y esta práctica de
anunciar el tema y de tener un coro y una clase para los niños,
todas estas cosas se introdujeron en el siglo XIX, no se hacían
anteriormente. Todo ello formaba parte del
seudointelectualismo Victoriano; y ahora estamos
experimentando una especie de resaca de ello. Llamo tu
atención sobre esto porque creo que la necesidad urgente en
la actualidad es liberarse de estos viejos hábitos, de esta falsa
respetabilidad y ese intelectualismo tan característicos de
aaaa
274 La predicación y los predicadores
Qué evitar
finales del siglo XIX. Estas cosas han estado dominando
nuestros cultos y creo que desvirtúan la predicación del
Evangelio y la centralidad de esta.
En lugar de perpetuar ciertas prácticas, debemos pregun-
tar: ¿Por qué debo hacer esto? ¿Cómo comenzó esta costum-
bre? Al hacerlo, hallaremos que muchas de estas cosas
consideradas esenciales solamente se introdujeron, y por
razones erróneas, a mediados del siglo XIX. Qué diferente sería
el estado de nuestras iglesias si todos estuviéramos tan
preocupados por ser ortodoxos en nuestras creencias como lo
estamos de ser ortodoxos en nuestra conformidad a “lo que se
debe hacer” y “lo que se hace” en las iglesias.
Hoy día es esencial decir algo con respecto a toda la cues-
tión de la predicación a través de la radio y de la televisión.
Hice referencia a ello en la introducción de esta serie de estu-
dios, pero debo mencionarlo de nuevo en este punto porque
es una cuestión candente para la mayoría de los predicadores
en la actualidad. Salvo una o dos excepciones, debido a cir-
cunstancias muy especiales, me he negado a hacer esto
porque sostenía la idea —y aún la sostengo— de que estas
formas de comunicar la Verdad son enemigas de la verdadera
predicación. Pongo en otra categoría los debates, las charlas
sobre distintos temas y las entrevistas. Ciertamente, llegaría a
decir que, desde 1920 o así, este ha sido uno de los principales
factores en contra de la creencia en la predicación. El
argumento del lado contrario suele expresarse en general en
términos de los resultados que se obtienen, y oímos hablar de
maravillosas y emocionantes historias de personas que
encienden la radio accidentalmente y oyen de repente una
palabra que les impresiona y les lleva a su conversión. Lo
mismo es aplicable a la televisión; es siempre el argumento de
los resultados.
Es preciso considerar esta cuestión muy cuidadosamente
debido a que tiene muchos matices. Mi fuerte objeción a este
método moderno es en gran medida que el culto está muy con-
trolado. Debe ser así teniendo en cuenta la naturaleza de estas
cosas. Los encargados de las emisiones deben limitar sus pro-
gramas y solo cuentan con un tiempo determinado, y no
aaaaaa
La predicación y los predicadores 275
Capítulo 13
mucho. Desde su punto de vista esto es completamente
correcto, pero mi opinión es que desde el punto de vista de la
predicación es absolutamente erróneo, porque va en contra de
la libertad del Espíritu. Si he advertido en contra del peligro de
permitir que la congregación dicte la agenda en este aspecto,
¿cuánto más necesitamos advertir en contra de que los
responsables de la televisión y la radio hagan eso mismo? Que
tengan que hacerlo debido a las exigencias de la programación
carece de importancia desde nuestro punto de vista. Sin duda,
siempre y en cualquier circunstancia es erróneo comenzar
limitados y encadenados por cualquier tipo de restricción
transitoria.
Recuerdo que hace años debatí toda esta cuestión con el
por aquel entonces director de asuntos religiosos de la BBC,
que había sido tan amable como para invitarme a predicar en
más de una ocasión. La sencilla forma en que le mostré mi
postura fue la siguiente. Dije: “¿Qué sucedería con sus
programas si el Espíritu Santo descendiera sobre el predicador
y le poseyera; qué sucedería con sus programas?”. No pudo
responderme. La respuesta, por supuesto, sería que se
desconectaría al predicador. ¡Pero qué cosa tan terrible!
Cuando predicamos no debemos tener el control hasta ese
punto y, por tanto, en mi opinión, es erróneo estar restringido
de esa forma por estas consideraciones del tiempo y otras
cuestiones accesorias. Además, el director de asuntos
religiosos subrayaba que siempre debían tener en mente a las
personas que están en los hospitales, las instituciones y sus
hogares, y que hacía falta un cierto número de himnos y
oraciones por ellos. En cualquier caso, el resultado es que la
predicación queda arrinconada. No quieren demasiada
predicación y, en cualquier caso, se molestarían si predicaras
sobre ciertos aspectos de la Verdad tales como la cuestión de
la muerte, el Juicio, etc.
Ahora bien, desde el punto de vista de los responsables,
uno puede entenderlo perfectamente y simpatizar con ello;
pero desde el punto de vista de la predicación verdadera, esto
es sin duda ilegítimo. Asimismo necesitamos examinar más de
cerca la cuestión de los resultados. De hecho, yo diría que si
aa
276 La predicación y los predicadores
Qué evitar
los examinamos cuidadosamente veremos que son muy
escasos. Esos pocos reciben una gran publicidad y nunca se
nos dice mucho acerca de lo que les pasa después. Pero aun
aceptando que sean genuinos, lo que debemos tener en mente
es la diferencia entre los resultados específicos y la tendencia
general de un método. Considero que esta es una distinción
muy importante. Estoy dispuesto a aceptar en mi
argumentación que existen conversiones individuales, pero
cuando pasamos a enjuiciar un método dado señalaría que se
debe hacer en términos de su efecto absoluto sobre la vida de
la Iglesia, tanto a largo plazo como inmediatamente.
Considerándolo desde el punto de vista general y en última
instancia, no creo que se pueda poner en duda que el efecto
ha sido negativo.
¿Puedo ofrecer algunas ilustraciones de lo que quiero
decir? Hace unos años estaba predicando en una iglesia en los
[Link]. donde era preciso celebrar dos cultos por la mañana
debido al gran número de asistentes —uno a las 9:30 y otro a
las 11:00— y se le pedía a uno que repitiera el culto exacta-
mente. No obstante, por la tarde el culto se retransmitía. Me
interesó mucho observar que, teniendo dos congregaciones
por la mañana —una de unas 1400 personas y la otra de unas
1200—, mi congregación total por la noche solamente era de
400, lo cual —se me dijo— solía ser lo normal. Tuve una expe-
riencia sumamente interesante en esa iglesia. No estaba fami-
liarizado con su procedimiento en los cultos radiados de la
tarde. El culto comenzó en torno a las 7:45 de la tarde y el que
dirigía la alabanza era el encargado. Después de un rato se
encendió una luz verde para indicar que estábamos “en vivo”.
Entonces hubo más canciones congregacionales, cuartetos,
solistas, etc. Se me indicó que al predicar debía fijarme en la
luz verde y que cuando apareciera la luz roja era señal de que
debía terminar. Todo habría acabado para entonces y en rea-
lidad ya debería estar pronunciando la bendición para cuan-
do se encendiera la luz roja.
A medida que se iban sucediendo las distintas canciones
veía cómo mi valioso tiempo se reducía y comencé a sentirme
más bien angustiado. El culto debía terminar a las 8:55 de la
a
La predicación y los predicadores 277
Capítulo 13
tarde y descubrí para mi horror que no había empezado ni a
leer el texto a las 8:35, dejándome menos de veinte minutos
para mi sermón, puesto que faltaba un himno de clausura y
la bendición antes de las 8:55. Estaba en un grave aprieto. En
un principio pensé que debía recortar lo que tenía intención
de decir para que se ajustara a ese tiempo; y comencé a
intentarlo. Pero, al hacerlo, sentí de pronto que tenía una
libertad excepcional; mientras hablaba, pues, se estaba
produciendo un gran conflicto en mi interior: ¿debía guiarme
por este programa o por lo que me parecía la influencia del
Espíritu Santo en mí? Decidí que sería culpable de apagar al
Espíritu y de pecado si observaba las normas y regulaciones
de esa iglesia. Cuando vi que la luz roja se encendía, pues, a
las 8:55 de la tarde no presté atención alguna y proseguí
predicando, con lo que al final terminé a las 9:25.
Lo verdaderamente importante de esta historia es la según-
da parte. Ese era mi primer domingo en esa iglesia. Debía par-
tir esa noche para ir a una conferencia en el campo y volver de
nuevo el domingo siguiente. Había tres ministros asistentes en
esa iglesia, tres hombres muy agradables. Les pedí disculpas
ese primer domingo por la noche por lo que había hecho, ¡y
deseé que no tuvieran problemas! Les dije que me echaran
toda la culpa a mí. Cuando volví al domingo siguiente, los tres
ministros estaban allí para saludarme. Les dije:
—Espero que no hayan tenido una semana muy difícil.
Respondieron:
—Sí, hemos tenido una semana terrible.
—Bueno —dije—, espero que hayan explicado que fue
completamente por mi culpa, y —añadí— espero que hayan
pedido disculpas en mi nombre y explicado que no estoy acos-
tumbrado a esta clase de culto y que intentaré enmendarlo.
—Pero —dijeron— ese no fue el problema en absoluto.
—¿Qué problema tuvieron, pues?
—Bueno —respondieron—, jamás hemos tenido tantas
quejas por un culto, nunca.
Pregunté:
—¿Cuáles fueron las quejas?
278 La predicación y los predicadores
Qué evitar
Dijeron:
—Bueno, hemos recibido interminables quejas por teléfo-
no y por carta diciendo: “¿Por qué no le dieron más tiempo a
ese hombre para que predicara? Queremos saber cómo prose-
guía ese sermón. ¿Adonde conducía, cómo terminaba? ¿Por
qué ofrecieron todas esas canciones? Eso podemos oírlo en
otras ocasiones. ¿Por qué no dar más tiempo a ese hombre?”.
El resultado fue que en la segunda ocasión se me concedió
tiempo; recortaron todos los prolegómenos al mínimo y tuve
tres cuartos de hora para predicar mi sermón.
Me parece que esto mostraba un importante principio.
Después le dije a aquellos hombres que, si fuera el ministro de
aquella iglesia, no retransmitiría el culto de la tarde por la
radio, sino que más bien anunciaría la iglesia en estos térmi-
nos: “La iglesia que no retransmite”. ¿Por qué? Porque ese
método —así me lo parecía— persuadiría a las personas para
que vinieran al culto vespertino. Mientras pudieran sentarse
en sus casas y escuchar la radio, ¿por qué tomarse la molestia
de sacar el automóvil del garaje y enfrentarse al tráfico y todos
esos inconvenientes? Me temo que las retransmisiones han
disuadido a las personas de venir a la casa de Dios y les han
enseñado malas costumbres. Pero aún más grave es el daño
que ha hecho a la idea que tiene la gente de la vida colectiva
de la Iglesia. Demasiado a menudo conciben las iglesias como
lugares donde uno se sienta y escucha un sermón; y ahora eso
se puede conseguir por medio de la radio o en cintas, etc. Toda
la idea, pues, de reunirse y sentarse en torno a la Palabra y
escuchar una exposición de la misma resulta gravemente
dañada. Los mismos hechos y las mismas estadísticas
demuestran que durante estos últimos cincuenta años la vida
de la Iglesia como tal se ha deteriorado gravemente.
Por otra parte, quiero insistir en este lugar en que nos
corresponde a nosotros acabar con ello. Los motivos que han
llevado a los hombres a utilizar estos medios han sido, por
supuesto, obvios. Pensaban que esto iba a hacer bien a sus
iglesias y que las personas que les escucharan en la radio
vendrían y les escucharían en la iglesia. Yo diría que eso no ha
a
La predicación y los predicadores 279
Capítulo 13
funcionado así en realidad; y que es más probable que veamos
en el futuro cómo Dios aviva su obra en la iglesia y que son
aquellos que asisten con regularidad los que participarán más
que nadie de esa bendición. Ese ha sido siempre el camino de
Dios en el pasado. Una vez más, lo que asombra es que la gente
no quiera hacer las cosas a la manera consagrada de Dios.
Están satisfechos con esta actitud de independencia de la
iglesia. Son completamente incapaces de entender la
verdadera doctrina de la Iglesia cristiana, “la unidad del
Espíritu en el vínculo de la paz”, la reunión del pueblo de Dios:
“Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos”.
Siempre me he opuesto a la idea de intentar obligar a las
personas a asistir a los cultos en las iglesias; lo que estoy
diciendo es que nuestra predicación debería llenarles del deseo
de hacerlo. No debería hacer falta fustigarles para que lo
hagan. Consideremos a aquellas personas de Hechos 2: “Y
perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el
pan en las casas”. Esa idea de que las personas debieran
conformarse con asistir a un solo culto el domingo demuestra
una incapacidad de entender la verdadera naturaleza del
cristiano. Es como un “niño recién nacido” que desea “la leche
espiritual no adulterada” y también desea estar con sus
compañeros, “el amor fraternal”. Me parece indicativo de una
idea errónea de lo que es la Iglesia y del cristiano individual
como niño recién nacido. Hemos permitido que estas fuerzas
externas nos influyan excesivamente; y quiero señalar que es
hora de romper con todo eso e intentar volver a la imagen
neotestamentaria de la Iglesia. Con la llegada de las
grabadoras ya no hay dificultad alguna para asistir a los
miembros ancianos y enfermos de la iglesia.
* * *
Pasemos ahora a considerar las cosas que debemos evitar en
la predicación. Ya hemos estado tratando algunas, pero hay
otras cuestiones adicionales. Comenzando por el propio
predicador, ¿qué es lo que debe evitar? En primer lugar y antes
que nada, el profesionalismo. Ese es el mayor peligro de todos
a
280 La predicación y los predicadores
Qué evitar
en el ministerio. Es algo con lo que los predicadores deben
luchar mientras vivan. El profesionalismo me parece odioso en
cualquier sitio y en todas partes. Lo abominaba tanto cuando
ejercía la medicina como ahora. Existe un tipo de médico que
es más profesional que capaz. Tiene afectación y sabe “todo lo
que hay que hacer y lo que se debe decir”, pero a menudo es
un mal médico. Cuanto más grande sea un médico, menos
rastro habrá de este mero profesionalismo. Lo mismo es
infinitamente más cierto en el terreno del ministerio cristiano.
Permítaseme explicar más explícitamente lo que quiero
decir. No puede ocurrirle nada peor a un predicador que lle-
gar a una fase en que su principal razón para predicar el
domingo por la mañana es que se ha anunciado así. Eso signi-
fica que la predicación se ha convertido meramente en su tra-
bajo. Ha perdido el contacto con lo que le movía e impulsaba
originariamente; ahora es cuestión de rutina. Si ese hombre se
preguntara de forma realmente honrada al subir al pulpito por
qué lo hace, tendría que responder: “Han anunciado que lo
haría, por tanto debo hacerlo”. Esa es una confesión de profe-
sionalismo.
Se manifiesta asimismo de muchas maneras durante el
culto. Un hombre así es generalmente demasiado formal; todo
lo que hace está demasiado estudiado. Esa es siempre una
señal de profesionalismo. Por poner un ejemplo del campo de
la medicina, recuerdo a un hombre que solía divertirnos a
aquellos de nosotros que estábamos más preocupados por
aprender medicina que por la gesticulación ante los enfermos.
Nos divertía la forma en que aquel hombre solía aplicar el este-
toscopio al pecho del paciente. Su gran ademán no tenía
mucho que ver con la medicina. De hecho, no se le daba dema-
siado bien interpretar lo que oía; pero era maravilloso observar
la afectación con que aplicaba el estetoscopio. No cabe duda
de que tenía efecto en algunas personas, especialmente en
aquellos que solo sufrían una enfermedad psicosomátíca o
psicológica; pero si estabas verdaderamente enfermo, no te
ayudaba.
Por desgracia, esto se ve a veces en los púlpitos. Es patético
a
La predicación y los predicadores 281
Capítulo 13
advertir en ocasiones las posturas y la naturaleza estudiada
de casi todo lo que se hace. Había un famoso predicador en
Londres que de hecho solía girarse por completo a medida
que transcurría el culto, ¡para que las personas tuvieran el
privilegio de ver la parte trasera de su cabeza además de su
cara! Obviamente, prestaba gran atención al cuidado y el
peinado de su pelo. Esto sucedía literalmente, y la gente se
congregaba para verlo. Si no lo hubiera visto con mis propios
ojos, jamás lo habría creído. Pero es puro profesionalismo de
la peor calaña. He oído que otro se moldea el pelo al menos
una vez por semana y conserva un aspecto bronceado de forma
artificial.
En otras palabras, el profesional es un hombre que siem-
pre se está observando a sí mismo. Al mismo tiempo, está
muy interesado en las técnicas. Va por ahí escuchando a
otros, tomando ideas, observando cómo hacen diversas cosas
otros predicadores. Luego intenta imitarles e introducir lo
que ha visto en su propia “técnica”. Tengo entendido que
algo semejante ocurre en el terreno de la representación tea-
tral. Solía haber una época en que cuando un hombre era un
actor nato simplemente iba y actuaba, aprendiendo sobre la
marcha. Pero creo que han introducido algo llamado “el
método” y ahora todos tienden a hacer lo mismo. “¡El méto-
do!”. Ya no se trata de actuar en el sentido clásico; hay que
aplicar un método.
Hay muchas otras cosas que debe evitar el predicador. Una
de ellas es una exhibición de conocimientos. Uno de los peca-
dos que persigue a los predicadores es intentar dar la impre-
sión de tener una gran cultura y erudición. He subrayado el
lugar y el valor de la lectura; pero si tu principal motivo para
leer es demostrarlo y exhibir tus conocimientos, entonces es
obviamente negativo en todos los sentidos.
Pero quizá el mayor peligro de todos sea el de confiar en tu
propia preparación. Esta es una cuestión muy sutil, y estoy
seguro de que todo verdadero predicador estará de acuerdo
conmigo en esto. El peligro es que, al haber concluido tu pre-
paración, cualquiera que esta sea y cuando quiera que se haga
—el sábado por la tarde o anteriormente—, el peligro es decir
a
282 La predicación y los predicadores
Qué evitar
entonces: Bueno, ya estoy preparado para mañana. Has
terminado tu preparación y crees que tienes un buen sermón,
de modo que tiendes a confiar en eso. No existe mayor peligro
en relación con la predicación que precisamente eso. Te
fallará, te decepcionarás; y por encima de todo serás menos
eficaz. Es una tentación terrible. Por ese motivo he recalcado
tanto la preparación del propio hombre; y lo trataré una vez
más antes de terminar. Simplemente lo menciono en este
punto. Vigílalo. Vigílalo cuidadosamente o te verás cayendo en
esta trampa.
Muchos predicadores en el púlpito confían en su buena
voz; muchos están orgullosos de ella y lo demuestran. El
predicador, en muchas y diversas formas, siempre está
luchando con el diablo. Está allí contigo y siempre intenta
ponerte la zancadilla, no le importa cómo.
Quiero resumirlo todo respondiendo a la pregunta: “¿Qué
consejo darías en este punto?”. Bueno, confesando que mi
única acreditación para dar semejante consejo es que soy un
gran pecador que ha librado esta batalla durante muchos
años, lo expresaría de esta forma: Vigila tus dones naturales,
tus tendencias e idiosincrasias. Vigílalos. Lo que quiero decir
es que tenderán a escapársete de las manos. Todo se puede
sintetizar en esta frase: vigila tu punto fuerte. No tanto tu
debilidad; es tu punto fuerte lo que debes vigilar, las cosas en
que destacas, tus dones y aptitudes naturales. Probablemente
sean las que te hagan tropezar, porque son las que te tentarán
a exhibir y complacer tu ego. Vigílalos, pues; y también tus
particularidades. Todos las tenemos y debemos vigilarlas.
El predicador debe protegerse de la terrible tentación de
ser un “personaje”. A la gente le gusta el “personaje”, y si un
hombre tiene ciertos elementos en él que tienden a convertir¬
le en un personaje —algo fuera de lo normal, algo que la gente
considera atractivo— debe tener cuidado. Su peligro es con¬
descender en esto y exagerarlo. A algunos hombres les gusta
ser originales, singulares o distintos y conseguir que la gente
hable de ellos. Este es el peligro; ten cuidado, pues, de él; e
insisto en que vigiles de forma especial tus puntos fuertes.
La predicación y los predicadores 283
Capítulo 13
Voy a expresarlo en forma de una imagen. Recuerdo haber
escuchado una vez a un hombre predicar un sermón sobre
Absalón y cuya idea era que siempre debemos vigilar de cerca
nuestros puntos fuertes. No sé si exegéticamente era una idea
sana, pero ciertamente me marcó. Recordemos que Absalón
estaba muy orgulloso de su pelo. Solía prestarle gran atención
y jactarse de él. Pero recordemos que al final fue su perdición.
Sus cabellos se enredaron en unos árboles al atravesar un
bosque y así quedó a merced de Joab, que le clavó una lanza
y le mató. La idea del predicador era que este punto fuerte que
tenía —su pelo— fue al final su perdición. He recordado ese
sermón mostrando así que a veces, aunque un hombre no
siempre respete las reglas, ¡consigue transmitir su lección! Lo
único que quiero decir es: Vigila tu punto fuerte, cualquiera
que sea, ya se trate de tu pelo o de cualquier otra cosa. No lo
exhibas.
El resumen de todo esto es que la mayor tentación que
asalta al predicador es el orgullo, debido a que está ahí casi
como en un pedestal. Se encuentra en un púlpito, está por
encima de las personas, todas ellas le están mirando. Tiene
esta posición de liderazgo en la Iglesia, en la comunidad; y, por
tanto, su gran tentación es el orgullo. El orgullo es
probablemente uno de los pecados más letales y sutiles de
todos, y puede adoptar muchas formas; pero mientras uno se
dé cuenta, todo irá bien. Aunque ya he dicho algo acerca de
cómo tratarlo, permítaseme añadir unas palabras más debido
a su importancia. La mejor forma de mantener a raya
cualquier tendencia hacia el orgullo —el orgullo en la
predicación o en cualquier otra cosa que uno haga o sea— es
leer la biografía de algún gran santo los domingos por la noche.
No importa cuál, ni a qué siglo o rama de la Iglesia pertenezca,
mientras sea un santo. Si sientes la tentación de creer que has
hecho las cosas de forma inusualmente buena y que nadie
había predicado así antes, simplemente sumérgete en los
diarios de Whitefield y te garantizo que te curarás en menos
de cinco minutos. O toma una biografía de David Brainerd o
alguien semejante; y si eso no te hace poner los pies sobre la
tierra, entonces declaro que eres un mero profesional sin
aaaaa
284 La predicación y los predicadores
Qué evitar
esperanza alguna. Pero este es el antídoto: humíllate.
* * *
Esos son, por tanto, algunos de los peligros especiales a los
que se enfrenta el predicador. Pero ahora vamos a hablar del
sermón. Introduzco eso aquí porque al tratar la preparación
del sermón deseaba hacerlo de manera general. Hay otros
puntos especiales y matizaciones además de lo que hemos
estado diciendo. Con respecto al sermón en sí, pues, cuídate
de un intelectualismo excesivo. Pongo eso en primer lugar
particularmente para aquellos que están de algún modo más
dotados en el terreno del intelecto. No lo pondría en primer
lugar para todos los hombres, pero para algunos esto debe ser
lo prioritario.
Recuerdo un consejo que me dio un viejo predicador con
el que prediqué en una ocasión durante mi primer año como
predicador. Era costumbre en Gales por aquella época, en las
ocasiones especiales, tener dos predicadores que predicaran
juntos en un culto, primero el más joven y luego el mayor. En
esos cultos especiales en concreto yo predicaba por la tarde
solo, dado que el predicador mayor había predicado por la
mañana, y luego predicábamos juntos por la noche. El anciano
fue tan amable como para escucharme por la tarde, y esa fue
la primera ocasión en que me oyó intentar predicar. Mientras
nos llevaban en auto para tomar el té en la casa del ministro,
el anciano predicador, que tenía exactamente sesenta años
más que yo, muy amablemente y con el deseo de estimularme,
me hizo una seria advertencia. “El gran defecto del sermón de
esta tarde fue —dijo— que estabas exigiendo demasiado de tu
congregación, les estabas dando demasiado”. Luego lo expresó
de esta forma. Dijo: Te daré una regla; recuérdala mientras
vivas: solamente uno de cada doce en tu congregación es
verdaderamente inteligente”. Solo uno de cada doce, esa fue
su valoración, ¡no la mía! Recuérdalo mientras vivas;
solamente uno de cada doce . No pueden con ello; les resulta
excesivo. Solamente los estás aturdiendo y, por tanto, no los
aa
La predicación y los predicadores 285
Capítulo 13
estás ayudando”. Y luego dijo: “Observa lo que haré esta
noche. En realidad estaré diciendo una sola cosa, pero la diré
de tres maneras distintas”. Y fue precisamente eso lo que hizo,
y de la manera más eficaz. Era un hombre muy intelectual, un
reputado teólogo y autor de varios excelentes comentarios
tanto en galés como en inglés. Pero eso es lo que dijo. No hago
sino repetir ese excelente consejo: “Trata de no ser demasiado
intelectual . Es casi inevitable —¿no es así?— que un
predicador joven caiga en ese error. Ha pasado tantos años
estudiando, leyendo y debatiendo importantes cuestiones con
otros que tiende a dar por supuesto que todo el mundo es así.
Cuanto antes comprenda que este no es el caso y que sus
oyentes son muy distintos, mejor. No han pasado su tiempo
leyendo, estudiando y debatiendo; son hombres de negocios,
profesionales o personas que trabajan con sus propias manos.
Evita, pues, ser excesivamente intelectual.
Por supuesto, recalcaría igualmente que evites ser
demasiado poco intelectual. Pero, hablando en general, eso no
es lo que hace falta recalcar en la actualidad. Comoquiera que
sea, hay algunos predicadores a los que es preciso decirles:
cuídate de una emoción y un sentimiento excesivos. La clase
anterior carecía de este elemento y era excesivamente
intelectual. He oído a hombres que, tras ofrecer su texto han
pasado a relatar una serie de historias, la mayoría de ella
sentimentales y a menudo personales. Eso es negativo.
Luego están aquellos a los que es preciso advertirles en
contra de la mera exhortación. Muy a menudo, los hombres
creen que la predicación es simplemente una exhortación
ampliada. Empiezan a exhortar a las personas al comienzo de
su sermón, que es todo aplicación. No presentan la Verdad en
primer lugar para presentar luego una aplicación ineludible.
Se pasan todo el tiempo “atacando” a su congregación, golpe-
ándola y exhortándola, llamándola a hacer esto y aquello y
obligándola.
Por otro lado, hay hombres que no exhortan en absoluto.
Hacen su brillante disquisición o exposición intelectual y se
aaa
286 La predicación y los predicadores
Qué evitar
quedan en eso. No hay nada que lleve a las lágrimas o a la
acción; no hay emoción, no hay sentimientos, no hay exhorta-
ción. Todo esto es obviamente erróneo; cuídate, pues, de un
hincapié excesivo en cualquiera de estas cuestiones.
Un problema sumamente espinoso es el lugar de la polémi-
ca en un sermón y en la predicación. Obviamente, el elemen-
to polémico es importante y tiene un lugar muy específico; es
bueno para la congregación. Simplemente estoy advirtiendo
del peligro de una polémica excesiva. Nuevamente, este será el
peligro de la clase más intelectual. El predicador ha estado
debatiéndose entre teorías contrarias, herejías e interpretacio-
nes erróneas, de forma que su mente está llena de esto. Pero
debe tener cuidado de que su sermón no se llene de esto. ¿Por
qué? Porque las personas —la mayoría de las personas, en
principio— probablemente no estén interesadas y un gran
número de ellas ni siquiera lo entiendan. Recuerda eso; que
hay personas así. Ciertamente, hay lugar para la polémica; lo
único que estoy diciendo es que no debe ser excesiva. Habrá
un cierto número de personas en la congregación que estén
demasiado interesadas en la polémica, y es malo para ellas que
sobreabunde en el sermón. Son las personas que viajarán
alegremente muchos kilómetros a fin de escuchar un ataque
demoledor contra un hombre o una teoría. Como sabrás, los
predicadores que son siempre polémicos obtienen por lo
general buenas audiencias; y por lo general también buenas
colectas. Pero esto es una verdadera trampa.
Esto me preocupa mucho, porque he visto a buenos hom-
bres y grandes predicadores echados a perder de esta forma y
también he visto buenos ministerios echados a perder. Una
vez tuve un debate con un gran predicador de ese estilo cuyo
nombre no voy a mencionar. Era uno de los más grandes entre
estos predicadores polémicos. Tuve el privilegio de pasar un
día con él hace muchos años y durante nuestra conversación
abordamos este tema. Esto sucedió debido a que me preguntó:
—¿Lees a Joseph Parker?
Parker era el famoso ministro del City Temple de Londres
hasta 1901, más o menos. Publicó grandes volúmenes de ser-
a
La predicación y los predicadores 287
Capítulo 13
mones titulados The People’s Bible (La Biblia del pueblo). Me
preguntó:
—¿Lees a Joseph Parker?
Y yo respondí:
—-No, leo muy poco a Joseph Parker.
Se quedó asombrado de eso y prosiguió:
—Oh, yo leo a Joseph Parker todos los domingos por la
mañana. Siempre leo a Joseph Parker antes de ir a la iglesia
el domingo por la mañana; me proporciona el tono, ya sabes.
El viejo Parker —me dijo— es maravilloso. No puedo decirte
cuánto disfruto viendo cómo hace picadillo a todos los moder-
nistas y liberales de su tiempo.
Eso me dio mi oportunidad y dije:
—Bueno, debo confesar que eso no me atrae. ¿Qué logró
exactamente Joseph Parker después de hacer “picadillo” a
todas esas personas?
Esa fue la chispa que provocó un debate que duró todo el
día. Solo recuerdo tres puntos del debate, y dejo constancia de
ellos porque confío en que sirvan de ayuda. Estaba señalando
a aquel predicador verdaderamente grande, reconocido en
todo el mundo cristiano, que estaba echando a perder su gran
ministerio con esas diatribas cada domingo por la noche en
particular, ya fuera en contra de alguna enseñanza
protestante liberal o del catolicismo romano, y en ocasiones
hasta de personas individuales. Estos ataques eran brillantes,
pero intentaba señalarle que estaba destruyendo su ministerio
y le pedí que volviera a una predicación más evangélica.
—Pero —dijo— eres antiescriturario. Permíteme recordar¬
te que el apóstol Pablo nos dice en Gálatas 2 que, cuando
Pedro se extravió, le resistió firmemente.
Y Añadió:
—Eso es lo único que estoy haciendo. Simplemente lo que
hizo Pablo; ¿no es eso correcto?
A lo que respondí:
—Sí, sé que Pablo nos dice que hizo eso, pero —proseguí—
me interesa el resultado. Advierto que el resultado de lo que
hizo Pablo con Pedro, de su ataque directo en Antioquía, fue
aa
288 La predicación y los predicadores
Qué evitar
que persuadió a Pedro de que estaba equivocado y lo ganó
para su causa. Advierto que Pedro, más adelante en su vida,
en su Segunda Epístola, expresa su gran admiración por el
apóstol Pablo y sus escritos. ¿Puedes decir lo mismo de las
personas a quienes atacas?
En ese punto no pudo más que levantarse de su asiento y
caminar hacia el final del jardín donde llevábamos un rato
sentados. Si puedes ganar personas para la Verdad y para que
vean tu posición por medio de la polémica, está bien. Pero ten
mucho cuidado al hacerlo y no acabes enemistándote mucho
más y enemistando a otros al mismo tiempo.
Luego recuerdo que más adelante en el debate utilizó otro
argumento. Dijo:
—Mira; te lo expondré como hombre de medicina que
eres. Tenemos a un cirujano y a un paciente que tiene un
tumor en su organismo. Si se permite que ese tumor siga cre-
ciendo, matará a ese hombre. Solo hay una esperanza para él:
que ese tumor se extirpe por medio de una operación quirúr-
gica —dijo—. El cirujano no quiere operar, pero debe hacerlo
para salvar la vida de ese hombre, debe extirpar el cáncer del
organismo y del cuerpo de ese hombre.
Luego añadió:
—Esa es precisamente mi postura. No quiero hacer estas
cosas, pero debo; ha entrado un cáncer en el cuerpo de la
Iglesia y debe ser eliminado, debe ser extirpado.
¿Cuál era la respuesta a eso? Bueno, uno debía pensar con
rapidez, pero la respuesta, así me lo pareció, era obvia. Dije:
—Existe tal cosa como desarrollar una “mentalidad quirúr-
gica”, o volverse como se suele decir de “bisturí fácil”. El peli-
gro del cirujano es caer en el hábito de pensar exclusivamente
en términos de operaciones y olvidar el tratamiento médico.
Eso es algo con lo que debe ser muy cauto. Si alguna vez enfer-
mas gravemente —dije—, jamás aceptes el veredicto de un solo
cirujano; verifica siempre su consejo con la opinión de otro
médico.
El cirujano tiende a desarrollar una visión y una
mentalidad quirúrgicas e, inconscientemente, en el momento
en que ve a un paciente piensa en términos de operación.
aaaaa
La predicación y los predicadores 289
Capítulo 13
Eso es un hecho. Dirigiéndome a mi anfitrión, pues, dije:
—¿Puedes decirme con total honradez que no disfrutas
“operando” de esta forma?
Nuevamente se vio en apuros durante un rato.
También recuerdo el tercer gran argumento. Dijo:
—Bueno, escucha esto. Esto, sin duda, te demostrará el
razonamiento. Cada vez que condesciendo en lo que denomi-
nas una de esas diatribas, cada vez que hago esto que dices
que es tan dañino, ¿sabes lo que sucede? ¡La tirada de mi
periódico semanal simplemente se dispara! ¿Qué dices a eso?
—Bien —dije—, lo que digo es esto. He advertido que siem-
pre que hay una pelea de perros la gente se congrega alrede-
dor. Hay personas que siempre disfrutan de una pelea, por lo
que no me sorprende que aumente la tirada de tu periódico.
Si atacas diversas cosas y pides dinero para ayudarte a
hacerlo, siempre habrá gente que te apoye. Pero es negativo,
es destructivo; no edifica una iglesia.
Ten cuidado, pues, con una polémica excesiva. Este hom-
bre en particular con el que tuve esta conversación acabó sus
días en un relativo aislamiento y su iglesia, después de haber
sido una gran iglesia, disminuyó mucho en tamaño e influen-
cia. La gente se congregará para escuchar semejantes ataques;
apelan a la carne y los disfrutan. Pero no se puede edificar una
iglesia basándose en polémicas. No se puede edificar una igle-
sia basándose en la apologética, menos aún en polémicas. El
predicador recibe principalmente el llamamiento a predicar la
Verdad de forma activa.
Pero, para ser justos, debo decir que es preciso cuidarse de
la escasez de polémica. Hay algunos hombres que gustan de
tener una reputación de ser agradables. Se afirma de ellos que
no son “nunca negativos”; y les gusta decirlo respecto de sí
mismos: “Nunca negativo, siempre positivo”. Eso es puro
embuste e hipocresía. Las Escrituras tienen un marcado
elemento polémico; y debe estar presente en tu predicación.
Debemos advertir a nuestra congregación, debemos guiarla.
Pero no debemos permitir que se desarrolle en ti la idea de que
eres el defensor de la Verdad y pasarte, por tanto, el tiempo
aaa
290 La predicación y los predicadores
Qué evitar
atacando a personas e ideas. Eso se vuelve negativo. No hay
vida en ello, y ciertamente destruirá la vida de tu iglesia.
Bajo este apartado también diría lo siguiente. Cuídate del
empleo de la ironía y vigílalo muy de cerca. Tiene su lugar;
pero sé cuidadoso con ella. La mayoría de las personas la
malinterpreta por completo porque no entiende que estás
siendo irónico. Lo toman de manera literal y se ofenden por
ello. Ten cuidado, pues, con ella. Se puede utilizar, en Ocasio-
nes se debe utilizar; pero comprende que es un arma peligro-
sa. La burla, en mi opinión, siempre debemos evitarla.
El equilibrio, pues, en esta cuestión relativa al sermón es
lo que dice Pablo en Filipenses 1: “Estoy puesto para la defen-
sa y confirmación del evangelio”. No solo para la defensa. No
te conviertas simplemente en alguien que se nombra a sí
mismo guardián de la Fe o un defensor de la Fe. Debe haber
siempre “defensa y confirmación”. Que haya este equilibrio y
que haya más confirmación que defensa. Edifica a las perso-
nas, entrégales un mensaje equilibrado, predícales “todo el
consejo de Dios”.
Por último está el cuidado en la forma de compartirlo.
Surgen muchas cosas en relación con la predicación en sí del
sermón. Conocí a un hombre que jamás subía andando al púl-
pito los domingos por la mañana; siempre iba corriendo. Este
hombre —le vi hacerlo— imitaba a otro que solía hacer lo
mismo. Supongo que la idea era mostrar lo entusiasmados que
estaban con la predicación de la Verdad. Pero, tal como yo lo
veo, es simplemente llamar la atención sobre uno mismo. Pero
existe algo aún peor que subir corriendo al púlpito, y es sonre-
ír al llegar allí. Ya conoces la clase de hombre que se coloca,
muestra una sonrisa artificial y luego saluda a la congregación
con las palabras: “Buenos días amigos, qué agradable es
verlos, qué bien que hayan venido”. Peor aún es si cuenta un
par de chistes para hacer que la gente se sienta cómoda.
He oído argumentar que esta clase de cosa se puede justifi-
car en una campaña evangelística en un recinto público.
Sostengo que eso es erróneo, siempre, en todas partes, en rela-
a
La predicación y los predicadores 291
Capítulo 13
ción con la obra cristiana. ¿Por qué es erróneo? Porque todo el
enfoque es erróneo. No es nuestro culto; las personas no van
allí a vernos o complacernos. No es como invitar a la gente a
nuestra casa, por así decirlo; no es nuestro culto en absoluto.
Ellos, y nosotros, estamos allí para adorar a Dios y para
reunirnos con Dios; y lo que debemos intentar hacer es
mostrarles que es algo completamente diferente de todo lo que
hacen en cualquier otro sitio. Un ministro en una iglesia no es
como un hombre que invita a la gente a su casa; aquí no está
al cargo. Es simplemente un siervo; todos estamos allí juntos
para presentarnos ante el Dios vivo. Nunca será excesiva la
insistencia en que debemos esforzarnos en mostrar la
diferencia entre ambas cosas. Quiero censurar por completo la
práctica de indicar a la gente que no hay nada raro o inusual
en esto y decir. Buenos días, amigos” y relajarles con un par
de chistes. Si quieres hacer ese tipo de cosas en tu casa, eres
libre de ello; pero la iglesia no es tu casa y tú mismo estás
sometido a Dios. Debemos subrayar esta diferencia.
Permítaseme reforzar esta idea mostrándola de una forma
que la convierte en algo casi completamente ridículo. Conocí
a un diácono que, pobre hombre, deseaba siempre ser agrada-
ble y simpático, como ciertamente lo era. Pero tendía a llevar-
lo demasiado lejos; y comencé a advertir que, cuando entrega-
ba el pan a los diáconos en la Comunión, este hombre, al
tomar su trozo, siempre susurraba: “Gracias . Hacía lo mismo
con el vino. Tuve que indicarle que era erróneo decir “gracias”
en ese momento. Si estuviera en mi casa como invitado y le
ofreciera un plato de pan con mantequilla, esperaría que dije-
ra “gracias”, pero no cuando tomaba el pan en la Comunión.
¿Por qué la diferencia? En la Mesa de la Comunión no le estoy
dando el pan, no le estoy dando el vino; y no debe darme las
gracias de esa forma. La cortesía y la clase de comportamiento
correcta en ocasiones sociales son erróneas aquí. El buen
hombre nunca había sido consciente de lo que estaba
sucediendo. Lo que hace falta es percibir a Dios. Esto no
significa que debas revestirte de una falsa dignidad y volverte
pomposo. Estoy hablando de “temor y reverencia”.
292 La predicación y los predicadores
Qué evitar
Por encima de todo, no emplees un tono “pastoral”. Qué
terrible es y, sin embargo, qué común. Los jóvenes desarrollan
este hábito; escuchan a otros y comienzan a utilizar ese mismo
tono pastoral afectado y antinatural. Eso ofende a la gente.
Peor aún es adoptar una falsa apariencia de piedad: la santu-
rronería. ¡Qué horrible es! Según una famosa historia,
Spurgeon la ridiculizó en una ocasión, correcta o erróneamen-
te, en el caso de ciertas personas a quienes él consideraba cul-
pables de esto en su día. Empleando las palabras de Hechos
1:12, dijo: ‘Varones [...] ¿por qué estáis mirando al cielo?”.
Quería poner en ridículo al tipo de persona que mira hacia
arriba con expresión santurrona convenciéndose a sí misma
de que es muy piadosa. También dijo algo muy sabio en
relación con eso mismo. Dijo que cuando quiera que veas a un
hombre que tenga reputación de parecer muy santo y que más
bien disfruta de esa reputación, puedes estar bastante seguro
de que probablemente tiene una afección hepática. ¡Estoy 100
por 100 de acuerdo! El Nuevo Testamento nos dice que
“cuando ayunes, unge tu cabeza”; ciertamente, que hagamos
todo lo posible para no dar la impresión de que estamos
ayunando. No debes llamar la atención sobre ti mismo, lo que
eres y lo que haces.
Otra indicación: evita la locuacidad y el llamado estilo fácil.
Qué indigno es todo esto en relación con estas cosas. Por otro
lado: no seas histriónico. No cultives o practiques gestos. Debe
evitarse todo lo histriónico.
¿Cuál es, pues, la regla? La siguiente: Sé natural; olvídate
de ti mismo; debes estar tan absorto por lo que haces, por la
comprensión de la presencia de Dios y por la gloria y la
grandeza de la verdad que estás predicando y la ocasión que
une a la congregación, tan lleno de todo esto, que te olvides de
ti por completo. Ese es el estado adecuado; ese es el único
lugar seguro; esa es la única forma en que puedes honrar a
Dios. El ego es el mayor enemigo del predicador, más que de
cualquier otro hombre de la sociedad. Y la única forma de
enfrentarse al ego es estar tan lleno de la gloria de lo que
haces, tan cautivado por ello, que te olvides de ti por completo.
a
La predicación y los predicadores 293
Capítulo 14
El llamamiento
a una decisión
A
fín de ser eminentemente prácticos y contemporáne-
os, debo plantear en este punto la cuestión de si debe-
mos hacer cualquier cosa para condicionar la reu-
nión y a las personas para la recepción de nuestro mensaje.
Aquí surge la cuestión de la música. Después de todo, el pre-
dicador es alguien que está a cargo del culto, y controlar esto
se encuentra dentro de su jurisdicción. Esta puede ser una
cuestión muy espinosa en la actualidad y he conocido a
muchos ministros que han tenido grandes problemas con la
cuestión de los coros y los himnos, y quizá con los cuartetos
dentro de los coros. En ocasiones las iglesias tienen coros
pagados y solistas que pueden no pertenecer a la iglesia ni
declarar que son cristianos. Luego está la cuestión de los
voluntarios para el órgano. Y, pasando a un tipo más popular,
está la sucesión interminable de cánticos y, en última instan-
cia, en algunos países los llamados “directores de la alaban-
za”. Estos son hombres cuya función especial consiste en diri-
gir los cánticos y hacer lo posible para que las personas ten-
gan la mejor disposición y el mejor ánimo para recibir el
mensaje.
¿Cómo enjuiciamos todo esto? ¿Cuál debe ser nuestra acti-
tud hacia ello? Mi primer comentario es que aquí tenemos
algo que entra dentro de la misma categoría que algunas de
las cosas que ya hemos considerado. Lo hemos heredado de
la época victoriana. No hay nada más urgente que un análisis
de las innovaciones en el terreno de la adoración religiosa en
el siglo XIX, en mi opinión un siglo devastador en este aspec-
to. Cuanto antes olvidemos el siglo XIX y volvamos al XVIII
—y aun al XVII o al XVI—, mejor. El siglo XIX y su mental-
dad y visión es responsable de la mayoría de nuestros proble-
mas y dificultades en la actualidad. Fue entonces cuando se
produjo un viraje fatal en muchas cuestiones, como hemos
aaaa
294 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
visto; y un lugar muy destacado en todos estos cambios lo tuvo
el lugar destinado a la música en sus diversas formas. Muy a
menudo, y especialmente en las iglesias no episcopales, ni
siquiera tenían un órgano antes de esa época. Muchos de los
dirigentes se oponían activamente a los órganos e intentaban
justificar su actitud con la Escritura; de la misma forma,
muchos se oponían a cantar cualquier cosa que no fuera un
salmo. No me concierne evaluar las interpretaciones antagó-
nicas de los textos pertinentes o argumentar con respecto a
la antigüedad del empleo de himnos; mi idea es que, si bien
cantar himnos se hizo popular al final del siglo XVII y parti-
cularmente en el siglo XVIII, ese acento completamente
nuevo en la música que se introdujo en torno a mediados del
siglo XIX formaba parte de la respetabilidad y el seudointe-
lectualismo que ya he descrito.
Pero, de modo particular, a menudo existe un peligro muy
real de una especie de “tiranía del organista”. Esto surge por-
que el organista se encuentra en una posición donde él o ella
pueden ejercer un dominio considerable. Con un instrumen-
to potente, pueden controlar el ritmo al que se canta el
himno y el efecto variará por completo dependiendo de si lo
interpretan muy rápido o muy despacio. Muchos predicado-
res han tenido grandes problemas en sus ministerios a causa
de un organista difícil y especialmente del tipo que está más
interesado en la música que en la Verdad. Uno debiera ser
muy cuidadoso, pues, al nombrar a un organista, y asegurar-
se de que es cristiano. Y si tienes un coro, debes insistir en lo
mismo con cada uno de sus miembros. El primer desiderá-
tum no debiera ser la voz, sino el carácter cristiano, el amor
a la Verdad y el deleite en cantarla. Esa es la forma de evitar
la tiranía del organista y de su equivalente en los coros. Había
una expresión que se solía utilizar mucho en mi tierra natal,
Gales. No hacía tanta referencia a los coros como al canto
congregacional; se conocía como “el demonio del canto”. Lo
que quería decir es que esta cuestión de cantar causaba más
peleas y divisiones en las iglesias que prácticamente cualquier
otra cosa, cantar daba al diablo más oportunidades para
aaaaa
La predicación y los predicadores 295
Capítulo 14
entorpecer e interrumpir la obra que cualquier otra actividad
en la vida de la iglesia. Pero, completamente al margen de
eso, la música en sus diversas formas plantea el problema del
elemento espectacular que se insinúa y lleva a las personas a
ir a los cultos y escuchar música en lugar de a adorar.
Yo sostengo que podemos establecer como una regla bas-
tante general que, cuanta más atención se dedica a este
aspecto de la adoración —esto es, al tipo de edificio, la cere-
monia, el canto y la música—, cuanto mayor es el hincapié
que se hace en eso, probablemente menos espiritualidad se
tendrá y una menor temperatura espiritual, comprensión y
deseo espiritual se podrá esperar. Pero quiero ir más lejos y
plantear una pregunta, porque creo que es el momento de
empezar a plantearla. Como he dicho anteriormente en rela-
ción con otra cosa, debemos acabar con ciertos malos hábitos
que se han asentado en la vida de nuestras iglesias y se han
convertido en una tiranía. Me he referido a las formas esta-
blecidas y a las personas que están dispuestas a jugar con la
Verdad e intentar modificarla pero que se resisten a cualquier
cambio en el culto y en su rígida forma establecida. Pienso,
pues, que es el momento de plantear la pregunta siguiente:
¿Por qué es necesario este hincapié en la música? ¿Por qué
debe ocupar un lugar? Afrontemos esta pregunta; y, sin duda,
al hacerlo llegaremos a la conclusión de que deberíamos bus-
car y proponernos que la congregación cante unida las ala-
banzas a Dios; y que la verdadera función del órgano es acom-
pañar eso. Debe ser un acompañamiento; no debe dar órde-
nes; y jamás debe permitirse que lo haga. Debe estar subordi-
nado. Yo hasta diría que, por lo general, el predicador debie-
ra elegir las melodías además de los himnos, porque en oca-
siones puede haber una contradicción entre ambos. Algunas
melodías llegan a contradecir el mensaje del himno aunque
la métrica sea la correcta. El predicador, pues, tiene derecho
a estar a cargo de estas cuestiones; y no debe ceder su dere-
cho.
Quizá no estés dispuesto a darme la razón cuando digo
que deberíamos eliminar los coros por completo, pero sin
aaaaa
296 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
duda todo el mundo estará de acuerdo en que lo ideal es que
todo el mundo levante su voz en alabanza y adoración y se
regocije al hacerlo. Confío en que también estarás de acuer-
do en que los intentos deliberados de “condicionar” a las per-
sonas son sin duda completamente negativos. Espero tratar
esto en la siguiente sección, por lo que por ahora me confor-
mo con decir que este intento de “condicionar” a las perso-
nas, de ablandarlas, por así decirlo, de hecho va en contra de
la verdadera predicación del Evangelio. Esto no son meras
imaginaciones o teorías. Recuerdo haber estado en una
famosa conferencia religiosa en que la rutina invariable en
todas las reuniones y para todos los oradores era la siguiente:
se te pedía que estuvieras en la tribuna en un momento dado.
Luego había cuarenta minutos literalmente de canciones
guiadas por el director de la alabanza, con comentarios inter-
calados presuntamente humorísticos de la susodicha perso-
na. No había lectura alguna de la Escritura, se oraba lo menos
posible y luego se te “enchufaba” para que hablaras.
Esto es un ejemplo de lo que quiero decir cuando hablo
del elemento espectacular. No he hecho una descripción
detallada de la forma que adoptó la alabanza cantada.
Recuerdo que hubo un solo de órgano, un solo de xilófono y
luego un grupo de personáis —hasta recuerdo el nombre: The
Eureka Jubilee Singers— que más o menos escenificaban lo
que cantaban. Todo eso duró cuarenta minutos. Confieso que
me costó mucho predicar después. También me sentí obligado
a modificar mis mensajes para tratar la situación a la que me
enfrentaba. Sentía que el “programa”, el patrón establecido,
dominaba la situación y uno se convertía en parte de un
espectáculo. Por eso debemos tener tanto cuidado. Yo diría,
pues, como regla general: mantén la música en su lugar. Es
una criada, una sierva, y no debe permitirse que domine o
controle en sentido alguno.
Menciono otra cuestión que suena trivial y a la que, sin
embargo, algunas personas han prestado mucha atención. Es
si debemos manipular las luces del edificio en el que se pre-
dica para hacer que la predicación sea más eficaz. Algunos
aaaa
La predicación y los predicadores 297
Capítulo 14
tienen instaladas luces de colores y, a medida que transcurre
el sermón, las luces se van apagando gradualmente hasta que
al final, en un caso específico en el que estoy pensando, no
quedaba ninguna luz salvo una cruz roja iluminada sobre la
cabeza del predicador. Todo esto no es más que condiciona-
miento psicológico y se justifica en términos de facilitar a las
personas que crean y acepten la Verdad. Podemos dejarlo así
y decir simplemente que la cuestión que surge aquí es la idea
que tiene uno de la obra y el poder del Espíritu Santo. ¡Cuán
imposible es enmarcar todo esto en la Iglesia del Nuevo
Testamento y su adoración espiritual!
Pero eso nos lleva de manera muy natural a otra cuestión
más importante, y es todo lo referente a si, al final del sermón
que el predicador ha predicado de las formas que hemos
estado considerando, debe llamar a tomar una decisión allí y
entonces. Se han utilizado diversos términos como “llama-
miento al altar”, “sala de consultas”, “formulario de los peni-
tentes” o “asiento de los angustiados” para describir este pro-
cedimiento.
Esta es una cuestión que ha ganado una considerable pre-
eminencia en la actualidad y que, por tanto, debemos tratar.
En cualquier caso, es un problema al que se enfrenta todo
predicador. A menudo yo mismo he tenido que afrontarlo.
En diversas ocasiones, la gente ha venido a mí al final del
culto y me ha censurado por no haber hecho un llamamien-
to a tomar una decisión inmediata. Algunos de ellos llegaron
tan lejos como a decir que yo era culpable de pecado, que mi
propia predicación había creado una oportunidad pero yo
no la había aprovechado. Me dijeron: “Estoy seguro de que si
hubieras hecho un llamamiento habrías cosechado una gran
respuesta” y esa clase de argumentos.
Además de eso, un buen número ministros me ha dicho
en los últimos diez años o así que algunas personas les habí-
an dicho al final de un culto que no habían predicado el
Evangelio simplemente porque no habían hecho un llama-
miento. Esto les había sucedido tanto en el culto de la maña-
na como en el de la tarde. Y no solo les había ocurrido en cul-
a
298 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
tos evangelísticos, sino también en otros cultos que claramen-
te no tenían un enfoque evangelístico primordial. Pero se les
acusó de no haber predicado el Evangelio porque no había
habido “llamamiento”. Una vez me encontré con tres hom-
bres, tres ministros, a quienes se había llamado a ministrar en
ciertas iglesias y que estaban a punto de aceptar cuando
alguien les preguntó si hacían “llamamiento al altar” en cada
sermón. Y debido a que estos tres hombres en concreto habí-
an dicho que no lo hacían, no fueron finalmente llamados, se
cambió la decisión. Esto se ha convertido en un problema
muy agudo como resultado de ciertas cosas que han estado
ocurriendo desde la Segunda Guerra Mundial.
Una vez más es importante que tengamos clara la historia
de esta cuestión. El enfoque histórico siempre sirve de ayuda.
Muchos no parecen ser conscientes del hecho de que todo
esto, como muchas otras cosas, entró en la vida de la Iglesia
el siglo XIX. Se introdujo bastante temprano en ese siglo,
antes que algunas de las cosas que he mencionado, de hecho
fue en los años veinte; y fue algo introducido por Charles G.
Finney. Fue él quien introdujo el “asiento de los angustiados”,
esta “nueva medida” que llamaba a las personas a tomar una
decisión allí y entonces. Era una parte esencial de su método,
su visión y su enfoque; y ocasionó una gran controversia en
su época. Es una controversia sumamente importante y muy
interesante y fascinante. La recomiendo como tema de lectu-
ra. Los dos grandes protagonistas del debate fueron Asahel
Nettleton y Finney. Nettleton fue un predicador grandemen-
te utilizado en los cultos de predicación. Viajó mucho y se le
invitaba constantemente a predicar en las iglesias de otros
hombres. Jamás hizo un “llamamiento al altar” o pidió una
decisión inmediata, pero fue grandemente utilizado y
muchas personas se convirtieron bajo su ministerio y se aña-
dieron a las iglesias. Era de doctrina calvinista y ponía sus
creencias en práctica en esta cuestión. Pero entonces entró
Finney en escena con su llamamiento directo a la voluntad
para obtener una decisión allí y entonces. Esto condujo a una
gran controversia entre ambas ideas y muchos ministros se
aaa
La predicación y los predicadores 299
Capítulo 14
encontraron en grandes dificultades entre los dos.
Hay un relato muy fascinante de esto en la autobiografía
del Dr. Lyman Beecher, el padre del Dr. Henry Ward Beecher.
Había sido un gran amigo de Nettleton y, al principio, se puso
de su lado, pero finalmente se acercó al lado de Finney. El Dr.
Charles Hodge y otros de Los hombres de Princeton
participaron activamente en la discusión, y también J. W.
Nevin, el fundador de la Teología de Mercersberg.
Esa es la historia del origen de esta práctica, y es
importante saberlo. No es un accidente que haya llegado con
Finney, porque en última instancia se trata de una cuestión
de teología. Al mismo tiempo no es sólo una cuestión teológica;
y nunca debemos olvidar que un arminiano como Juan Wesley
y otros no usaron este método.
Quizás la mejor manera en que puedo estimular el
pensamiento y dar un poco de ayuda en este asunto, es hacer
la contundente afirmación de que no he seguido esta práctica
en mi ministerio. Y déjame darte un poco de las razones que
me han influido a este respecto. No intento expresarlos en un
orden sistemático exacto, pero aquí está aproximadamente el
orden. La primera es que, sin duda, es un error plantear
directamente presión sobre la voluntad. Déjame explicarte eso.
El hombre se compone de mente, afectos y voluntad; y mi
argumento es que no deberías poner presión directa sobre la
voluntad. Siempre hay que acercarse a la voluntad.
principalmente a través de la mente, el intelecto y luego a
través del afecto. La acción de la voluntad debe ser
determinada por aquellas influencias. Mi garantía bíblica para
decir eso es la Epístola de Pablo a Romanos capítulo 6,
versículo 17, donde el Apóstol dice: “Pero gracias a Dios, que
aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón
a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados […]”.
Observe el orden en esa declaración. Han 'obedecido', sí;
pero ¿cómo? 'Desde el corazón'. ¿Qué les hizo hacer esto? ¿Qué
fue? ¿Movió sus corazones? Era esta "forma de enseñanza" la
que había sido entregado a ellos. Lo que les había sido
entregado o predicado era la Verdad, y la Verdad se dirige
principalmente a la mente. como la mente lo capta y lo
aaaaaaa
300 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
comprende, los afectos se encienden y se conmueven, y así, a
su vez, se persuade la voluntad y el resultado es la obediencia.
En otras palabras, la obediencia no es el resultado de una
presión directa sobre la voluntad, sino es el resultado de una
mente iluminada y un corazón ablandado. Para mí esto es un
punto crucial.
Permítanme descubrir la importancia de esta idea. En una
conferencia anterior Me atreví a sugerir que incluso el gran
Whitefield a veces caía en el error de atacar directamente las
emociones o la imaginación, y reprobamos cualquier intento
de hacerlo deliberadamente.
Tenemos aquí Otro aspecto de exactamente el mismo
principio. Como está mal hacer un ataque directo a las
emociones, por lo que es igualmente incorrecto hacer un
ataque directo ataque a la voluntad. En la predicación
debemos presentar la Verdad y, claramente, esto es algo ante
todo para la mente. En el momento que nos apartamos de este
orden y de esta regla, y hacemos directos enfoques a
cualquiera de los otros elementos, estamos causando
problemas; y es probable que lo consigamos.
En segundo lugar, sostengo que demasiada presión sobre
la voluntad —inevitablemente tiene un elemento de esto en
toda predicación—, pero también digo mucha presión —o una
presión demasiado directa— es peligrosa, porque en al final
puede producir una condición en la que lo que ha determinado
la respuesta del hombre que “se acerca” no es tanto la Verdad.
Así mismo como, tal vez, la personalidad del evangelista, o
algún vago miedo general, o algún otro tipo de influencia
psicológica. Este nos recuerda una vez más el lugar que ocupa
la música en un servicio de predicación. Puede emborracharse
con la música, de eso no hay duda. La música puede tener el
efecto de crear un estado emocional en el que la mente ya no
funciona como debería y ya no discierne.
He conocido a personas que cantan hasta quedar en estado
de embriaguez. sin darse cuenta de lo que
aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
La predicación y los predicadores 301
Capítulo 14
están haciendo. Lo importante es que comprendamos que el
efecto que se produce en tal caso no procede de la Verdad,
sino de alguno de estos otros factores.
Hace unos años me encontré con un ejemplo notable de
esto. Simplemente voy a reproducir algo que apareció en la
prensa, de modo que no voy a divulgar secreto alguno ni a
traicionar confianza alguna. Cierto evangelista en Gran
Bretaña fue llamado a dirigir un programa de himnos por la
radio el domingo por la noche. El programa se emitía todos
los domingos y duraba media hora. Cada domingo se iba
pidiendo a distintas iglesias que lo fueran haciendo. En esta
ocasión en particular, el famoso evangelista iba a dirigir el
programa desde el Albert Hall en Londres. Como era habi-
tual, se había planeado con meses de antelación. Cerca de
una semana antes de que tuviera lugar el programa, otro
evangelista llegó a Londres; y al saber de esto, el evangelista
británico le invitó a predicar antes de la retransmisión de
media hora de himnos. Lo hizo. Al evangelista visitante se le
dijo que debía terminar en un momento dado porque en
ese momento estarían “en vivo” para la retransmisión de los
himnos. Predicó, pues, y terminó puntualmente y de inme-
diato se retransmitió la media hora de himnos. Cuando eso
hubo terminado y ya no estaban “en vivo”, el evangelista visi-
tante hizo su habitual “llamamiento al altar” haciendo una
invitación a la gente para que pasara delante. La prensa le
entrevistó al día siguiente y, entre otras preguntas, se le
planteó si estaba satisfecho con el resultado de su llama-
miento. Replicó de inmediato que no, que estaba decepcio-
nado, y que el número era mucho menor del que acostum-
braba a ver en Londres y en otros sitios. Luego, uno de los
periodistas le hizo la pregunta obvia: ¿A qué achacaba, pues,
el hecho de que la respuesta fuera menor en términos com-
parativos en esa ocasión? Sin titubear, el evangelista respon-
dió que era muy simple, que desgraciadamente la media
hora de himnos se había interpuesto entre el final del ser-
món y el llamamiento. Esa, dijo, era la explicación. Si se le
hubiera permitido hacer su llamamiento inmediatamente
aaaaa
302 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
después del sermón, el resultado habría sido superior en su
conjunto.
¿No es una historia esclarecedora e instructiva? ¿No
demuestra claramente que en ocasiones lo que produce los
resultados no es la Verdad o la obra del Espíritu? Aquí el pre-
dicador mismo estaba admitiendo que los "resultados” no
podían resistir siquiera la prueba de media hora cantando
himnos, admitiendo que media hora cantando himnos
puede borrar el efecto de un sermón, sin importar cuál haya
sido, y por tanto el resultado había sido decepcionante. Es
una ilustración extraordinaria del hecho de que la presión
directa sobre la voluntad puede producir “resultados”, pero
quizá no tenga una relación real con la Verdad.
Mi tercer argumento es que la predicación de la Palabra y
el llamamiento a la decisión no debieran estar separados en
nuestro pensamiento. Eso requiere una explicación adicio-
nal. Fue un gran principio recalcado en la enseñanza refor-
mada que comenzó en el siglo XVI el que los sacramentos
jamás debían separarse de la predicación de la Palabra. Los
católicos romanos habían sido culpables de esa separación,
con el resultado de que los sacramentos se habían divorciado
de la Palabra y se habían convertido en entidades indepen-
dientes de por sí. El efecto y los resultados en las personas no
se producían por la predicación de la Verdad sino, según esa
enseñanza, por la acción del sacramento que actuaba ex opere
operato. La enseñanza protestante condenaba eso y recalcaba
que el sacramento no debía separarse jamás de la predica-
ción, que esa era la única forma de evitar ideas semimágicas
y experiencias espurias.
Mi opinión es que el mismo principio es aplicable en esta
cuestión del llamamiento a una decisión y que la tendencia
creciente ha sido a hacer hincapié en el “llamamiento” y en
la toma de la decisión y a considerarlo algo en sí mismo.
Recuerdo haber estado en una reunión evangelística en la
que yo, y otros, creimos que el Evangelio no se había predica-
do verdaderamente. Se había mencionado, pero ciertamente
no se había transmitido, no se había predicado; pero, para mi
a
La predicación y los predicadores 303
Capítulo 14
asombro, un gran número de personas salió adelante como
respuesta al llamamiento del final. La pregunta que surgía de
inmediato era: ¿Qué podía explicarlo? Estaba debatiendo ese
asunto al día siguiente con un amigo que me dijo: “No hay
dificultad alguna con respecto a esto, esos resultados no tie-
nen nada que ver con la predicación”. De modo que pregun-
té: “Bien, ¿qué es lo que pasó entonces?”. Respondió: “Es Dios
respondiendo a las oraciones de miles de personas que están
orando por estos resultado en todo el mundo; no es por la
predicación”. Mi opinión es que no debe haber semejante
separación entre el “llamamiento” y la predicación igual que
no debe haberla entre los sacramentos y la predicación.
Mi cuarto punto es que este método conlleva sin duda la
implicación de que los pecadores tienen un poder de decisión
y una capacidad de autoconversión inherentes. Pero esto no
es conciliable con enseñanzas escriturarias como la de 1
Corintios [Link] “El hombre natural no percibe las cosas que
son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las
puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”
y Efesios [Link] “Él os dio vida a vosotros, cuando estabais
muertos en vuestros delitos y pecados”, y muchas otras
afirmaciones.
Como quinto punto quiero señalar que aquí está implíci-
to que el evangelista está de algún modo en situación de
manipular al Espíritu Santo y su obra. El evangelista no tiene
más que aparecer y hacer su llamamiento, y los resultados se
producirán a continuación de forma inevitable. Si hubiera
algún error ocasional, alguna reunión ocasional con poca o
ninguna respuesta, no surgiría el problema; pero muy a
menudo los organizadores son capaces de predecir el núme-
ro de “resultados”.
La mayoría estará de acuerdo con mi sexto punto, que es
que este método tiende a producir una convicción de pecado
superficial, si es que crea alguna en absoluto. A menudo, las
personas responden porque tienen la impresión de que al
hacerlo recibirán ciertos beneficios. Recuerdo haber oído
hablar de un hombre al que se consideraba uno de los “con-
versos estrella” de una campaña. Se le entrevistó y preguntó
aa
304 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
por qué había salido al frente en la campaña del año anterior.
Su respuesta fue que el evangelista había dicho: “Si no quie-
res ‘perder el barco’, mejor es que salgas adelante”. Dijo que
no quería “perder el barco”, por lo que había salido adelan-
te; y lo único que pudo sacarle el entrevistador es que de
algún modo ahora sentía que estaba “en el barco”. No tenía
claro lo que eso significaba, ni lo que era, y no parecía que le
hubiera ocurrido nada durante el año posterior. Pero allí
estaba: puede llegar a ser algo tan superficial como eso.
O pongamos otro ejemplo ilustrativo de mi propia expe-
riencia. En la iglesia en que ministraba en Gales del Sur solía
esperar en la puerta principal al final del culto el domingo por
la noche y dar la mano a la gente cuando salía. El incidente al
que me refiero está relacionado con un hombre que solía venir
a nuestro culto todos los domingos por la noche. Era comer-
ciante, pero también un gran bebedor. Solía emborracharse
todos los sábados por la noche, pero también se sentaba con
regularidad en la galería de nuestra iglesia cada domingo por
la noche. En la noche en particular de la que estoy hablando
advertí que, mientras predicaba, este hombre estaba resultan-
do obviamente afectado. Podía ver que lloraba copiosamente y
estaba deseoso de saber qué le ocurría. Al final del culto me
situé en la puerta. Después de un rato vi que este hombre
venía y de inmediato tuve un verdadero conflicto mental.
¿Debía, teniendo en cuenta lo que había visto, decirle algo y
pedirle que tomara su decisión esa noche o no? ¿Estaría
interfiriendo con la obra del Espíritu Santo si lo hacía?
Apresuradamente, decidí que no le pediría que se quedara, de
modo que simplemente le saludé de la manera habitual y se
marchó. Su rostro revelaba que había llorado copiosamente y
apenas podía mirarme. La siguiente noche iba de camino a la
reunión de oración y, al pasar por un puente ferroviario, vi a
ese hombre encaminarse hacia mí. Cruzó la calle y me dijo:
—¿Sabe, doctor?, si anoche me hubiera pedido que me
quedara lo habría hecho.
—Bueno —le dije—, se lo pido ahora, venga conmigo
ahora.
La predicación y los predicadores 305
Capítulo 14
—Oh, no —respondió—, pero si me lo hubiera pedido
anoche lo habría hecho.
—Mi querido amigo —le dije—, si lo que le sucedió ano-
che no dura veinticuatro horas, no estoy interesado en ello.
Si no está tan dispuesto a venir conmigo como anoche, no
tiene lo correcto, lo verdadero. No importa lo que le afecta-
ra anoche, fue solo algo transitorio y pasajero, sigue sin ver su
verdadera necesidad de Cristo.
Esa es la clase de cosa que puede suceder aun cuando no
se hace un llamamiento. Pero, cuando se hace, se exagera
grandemente y se producen conversiones espurias. Como ya
he recordado, ni John Wesley, el gran arminiano, hacía llama-
mientos a las personas para que “salieran al frente . En sus
diarios hallamos muy a menudo algo semejante a esto:
“Prediqué en tal y tal lugar. Muchos parecían profundamen-
te afectados, pero solo Dios sabe cuán profundamente . Sin
duda, eso es muy significativo e importante. Tenía un discer-
nimiento espiritual y sabía que nos pueden afectar muchos
factores. Lo que le preocupaba no eran los resultados visibles
inmediatos, sino la obra regeneradora del Espíritu Santo. El
conocimiento del corazón humano o la psicología debieran
enseñarnos a evitar cualquier cosa que incremente la posibi-
lidad de resultados espurios.
Otro argumento —el séptimo— es que alientas a las per-
sonas a pensar que su acto de salir adelante les salva de algún
modo. Esto se debe hacer allí y entonces y es este acto lo que
verdaderamente les salva. Ese fue el caso del hombre que
creía que ahora estaba “en el barco” porque había salido al
frente aunque no entendiera nada.
Pero, como ya he señalado, ¿no se basa esta práctica en
última instancia en una desconfianza en el Espíritu Santo, su
poder y su obra? ¿No implica que el Espíritu Santo precisa de
ayuda y apoyo, que su obra debe impulsarse, que no podemos
dejarla en manos del Espíritu? No veo cómo se puede evitar
esa conclusión.
O, por expresarlo de otra manera —como un noveno
punto—, ¿no hace plantearse toda la cuestión de la doctrina
aa
306 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
de la regeneración? Esto, en mi opinión, es lo más grave de
todo. Lo que quiero decir es lo siguiente, y cubre este punto
y el anterior: que dado que esta obra es la obra del Espíritu
Santo, y su obra únicamente, nadie más puede hacerla. La
verdadera obra de convicción de pecado y regeneración y de
entrega del don de la fe y de una nueva vida es únicamente
obra del Espíritu Santo. Y, como es su obra, siempre es una
obra profunda; y siempre es una obra que se manifestará a sí
misma. Siempre lo ha hecho. Lo vemos de manera sumamen-
te dramática en el día de Pentecostés en Jerusalén tal como
se documenta en Hechos 2. Mientras Pedro aún estaba predi-
cando, la gente clamó bajo su convicción de pecado:
“Varones hermanos, ¿qué haremos?”. Pedro estaba predican-
do con el poder del Espíritu. Estaba exponiendo las
Escrituras y aplicándolas. No utilizaba técnica alguna y no
hubo un intervalo entre el sermón y el llamamiento. De
hecho, Pedro no pudo terminar su sermón siquiera. La pode-
rosa obra de convicción estaba en marcha y se manifestaba,
como se manifiesta siempre invariablemente.
Recuerdo haber leído una historia sobre un avivamiento
en el Congo en un libro llamado This is That (Esto es aque-
llo) , y particularmente en uno de los capítulos escrito por un
hombre al que conocía personalmente. Había sido misione-
ro en el corazón de Africa durante veinte años y en práctica-
mente todos los cultos hacía llamamientos a las personas para
que salieran adelante en respuesta a su mensaje. Muy pocos
habían respondido y estaba casi completamente desanimado.
Les presionaba y rogaba, hacía todo lo posible al estilo evan-
gelístico habitual; pero no era capaz de obtener una respues-
ta. Entonces, en una ocasión tuvo que marcharse a otra parte
lejana de la región de la que estaba a cargo. Mientras estaba
fuera se desató un avivamiento en la parte central de su
región. Su esposa le envió un mensaje detallándole lo ocurri-
do. Al principio no le gustó. No le agradó oír de ello porque
había ocurrido mientras estaba ausente: ese es el orgullo del
que todos tendemos a ser culpables. Comoquiera que sea, se
apresuró a volver con la intención de controlar lo que consi-
aa
La predicación y los predicadores 307
Capítulo 14
deraba un estallido de “emocionalismo” o un “fuego salvaje”.
Tras volver, reunió a la gente en la capilla y comenzó a predi-
car. Para su completo asombro, y antes de haber llegado a la
mitad de su sermón, la gente comenzó a caminar a hacia
delante bajo una profunda convicción de pecado. Lo que no
había logrado que hicieran en veinte años ahora lo estaban
haciendo espontáneamente. ¿Por qué? Porque el Espíritu
Santo estaba haciendo la obra. Su obra siempre se manifies-
ta. Debe hacerlo forzosamente y siempre lo ha hecho. Sin
duda esto no requiere demostración o argumentos. La obra
de Dios siempre se manifiesta ya sea en la Naturaleza y la
Creación o en las almas de los hombres.
He tenido muchas experiencias en este sentido. Diré algo
más adelante acerca de los atractivos de la obra del predica-
dor y del ministro; y este es uno de sus aspectos. Recuerdo
cómo en lo más profundo de la Segunda Guerra Mundial,
cuando todo era casi tan desalentador como podía ser —los
bombardeos habían diseminado nuestra congregación,
etc.— y yo estaba muy desanimado, recibí de pronto una
carta de la actual Indonesia. Era de un soldado holandés que
me escribía diciendo que su conciencia le había estado pun-
zando y que, finalmente, le había llevado a escribirme para
decirme lo que le había sucedido dieciocho meses atrás. Me
explicó cómo había estado en Inglaterra con el Ejército Libre
Holandés y, mientras estuvo destinado en Londres, asistió a
nuestros cultos. Al hacerlo, se había convencido del hecho de
que jamás había sido cristiano en absoluto, aunque pensaba
que lo era. Luego había pasado por un oscuro período de
convicción de pecado y desesperanza, pero finalmente había
visto la Verdad y se había regocijado en ella desde entonces.
Nunca me lo había dicho por diversas razones, pero ahora lo
hacía en esta carta.
Mi reacción a eso es la siguiente. ¿Qué importa si lo sé o
no? Importa, por supuesto, desde el punto de vista del ánimo
de alguien que está en la obra, pero no importa desde el
punto de vista de la obra en sí. La obra se había llevado a
cabo, y la obra se había manifestado y se había estado mani-
a
308 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
festando en la vida de este hombre aun antes de escribirme
al respecto. Eso es lo que realmente importa.
Gracias a Dios veo cómo esa experiencia se repite en la
actualidad. Tras retirarme de mis ocupaciones pastorales y
viajando de un lado a otro y con más tiempo, encuentro a
personas en diversas partes de Gran Bretaña que vienen a
decirme que se convirtieron mientras me oían predicar. No
sabía nada al respecto, pero había sucedido hace muchos
años. Estaba predicando en la capilla de cierto predicador
solo hace dieciocho meses. Al presentarme a la congrega-
ción, hizo un breve relato de su vida espiritual y, para mi com-
pleto asombro, oí que yo había desempeñado un papel vital
en ella. Este hombre, que era un profesional altamente cuali-
ficado, había abandonado su profesión y se había convertido
en pastor de aquella iglesia. Contó a la congregación cómo
caminaba sin rumbo por una calle de Londres en una caluro-
sa noche de verano del mes de junio y, al oír el sonido de
voces cantando proveniente de la iglesia Westminster Chapel,
entró y se quedó durante el culto. “Salí —dijo— como un
hombre nuevo, nacido de nuevo, regenerado”. Desconocía
estas cosas por completo anteriormente, ciertamente solía
despreciarlas y desestimarlas. Esa era la primera vez que yo
oía de ello, aunque había sucedido en 1964, ¿pero qué
importa eso? Lo importante es que, debido a que es el
Espíritu quien hace la obra, es una obra real, es una obra sóli-
da; y se manifestará.
Paso a declarar como mi décimo punto que ningún peca-
dor se “decide por Cristo” realmente. El término “decidirse”
siempre me ha parecido completamente erróneo. A menudo
he oído a la gente utilizar expresiones que me han disgusta-
do y entristecido mucho. En general lo hacen por ignorancia
y con las mejores intenciones. Recuerdo a un anciano que
solía utilizar esta expresión: “¿Saben, amigos?, me decidí por
Cristo hace cuarenta años yjamás me he arrepentido”. ¡Qué
expresión tan terrible! ¡‘Jamás me he arrepentido”! Pero esa
es la clase de cosa que dicen las personas que se han educa-
do bajo esta enseñanza y este enfoque. Un pecador no se
aaaaaa
La predicación y los predicadores 309
Capítulo 14
“decide” por Cristo; el pecador “corre” hacia Cristo en abso-
luta inutilidad y desesperación, diciendo:
En la fuente de tu Cruz
lávame, mi buen Jesús.
Ningún hombre va verdaderamente a Cristo a menos que
corra hacia Él como su único refugio y esperanza, su única vía
de escape de las acusaciones de la conciencia y la condena-
ción de la Ley de Dios. No existe otra cosa satisfactoria.
Aunque un hombre diga que, tras pensar acerca de la cues-
tión y haber sopesado todos los factores, se ha decidido com-
pletamente por Cristo y lo ha hecho sin emociones o senti-
mientos, no puedo considerarle un hombre que haya sido
regenerado. El pecador convencido no se “decide” por Cristo
más de lo que un hombre ahogándose puede “decidirse” a
tomar la cuerda que se le arroja y le proporciona súbitamen-
te la única forma de salvarse. El término es completamente
inapropiado.
Pero luego se le confronta a uno con el argumento de los
“resultados”. “Mira lo que sucede”, dice la gente. Ese es un
argumento al que, en mi opinión, se puede responder de
muchas formas. Una es que los protestantes no debiéramos
utilizar el argumento jesuítico de que el fin justifica los
medios. Eso es lo que realmente significa ese argumento.
Pero debemos ir más lejos y examinar los resultados y las afir-
maciones que se hacen. ¿Qué porcentaje de estas “decisio-
nes” es duradero? He oído decir a evangelistas que nunca
esperan que se mantenga más de la décima parte. Lo dicen
abiertamente. ¿Qué es lo que influyó, pues, a los demás? Y si
se dice que solamente la décima parte importa porque son el
resultado de la obra del Espíritu, entonces mi respuesta es
que eso habría sucedido en ausencia de un “llamamiento al
altar”.
Yendo aún más lejos, es importante que diferenciemos
entre resultados inmediatos y a largo plazo. Aceptemos por
un momento que hay un número de resultados inmediatos.
aaa
310 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
Aún hay que considerar los efectos y los resultados a largo
plazo de este procedimiento: el efecto en la vida de la iglesia
local y en la vida de las iglesias en general. A pesar de todo,
de lo que se nos ha hablado de resultados asombrosos y feno-
menales durante los últimos veinte años, difícilmente se
puede poner en duda que el nivel general de la espiritualidad
verdadera en la vida de nuestras iglesias ha sufrido un grave
declive. Ese es el efecto a largo plazo y es exactamente lo con-
trario de lo que ha sucedido siempre en épocas de avivamien-
to y despertar espiritual.
Más aún, veo en las reuniones de ministros y en conversa-
ciones privadas con muchos de ellos que, en general, los
ministros encuentran que sus problemas han aumentado en
lugar de disminuido en los últimos años. Ya he mencionado
el caso de hombres que ni tan siquiera pueden conseguir que
ciertas iglesias los llamen a causa de esto. He hablado de
otros que reciben críticas de sus miembros porque no hacen
este “llamamiento” en cada culto. La práctica parece haber
introducido una nueva clase de mentalidad, una carnalidad
que se expresa en un interés malsano en las cifras. También
ha llevado a un deseo de emociones y casi a una impaciencia
con el mensaje porque esperan el “llamamiento” del final y
ver los resultados. Todo esto es sin duda muy grave.
Hay otro elemento que entra en este punto. Como dije
anteriormente, es un hecho que los hombres que organizan
esta clase de actividad son capaces de predecir con extraordi-
naria precisión el número de respuestas y los resultados que
van a obtener probablemente. Han llegado a imprimirlo
antes de que comience la campaña y no suelen andar muy
desencaminados en sus estimaciones. Esto es algo completa-
mente impensable en relación con la obra del Espíritu Santo.
Nunca se sabe lo que va a hacer el Espíritu Santo. “El viento
sopla de donde quiere”. No se puede predecir, no se puede
anticipar. Los más grandes predicadores y santos han tenido
a menudo cultos duros y estériles en los que no ha sucedido
nada y lo han lamentado. Aun en tiempos de avivamiento ha
habido días y reuniones en que no ha sucedido nada; y luego
a
La predicación y los predicadores 311
Capítulo 14
al día siguiente quizá ha habido un poder abrumador. El mis-
mísimo hecho de que más o menos se pueda predecir y decla-
rar de antemano lo que va a suceder es indicativo de que esto
no se ajusta a lo que siempre ha caracterizado a la obra del
Espíritu. Confío en que quede claro en todo esto que no
estoy cuestionando los motivos o la sinceridad de los que uti-
lizan este método o el hecho de que haya habido conversio-
nes genuinas; simplemente me preocupa mostrar por qué yo
mismo no lo he utilizado.
¿Qué debe hacer uno, pues? Lo expresaría de este modo.
El llamamiento debe estar en la Verdad misma y en el mensa-
je. Al predicar tu sermón debieras aplicarlo constantemente;
y especialmente, por supuesto, al final, cuando llegues a la
aplicación final y al clímax. Pero el llamamiento es una parte
del mensaje; debiera ser así inevitablemente. El sermón
debiera conducir a las personas a ver que esto es lo único que
se puede hacer. El llamamiento debiera estar implícito en
todo el cuerpo del sermón y en todo lo que hagas. Diría sin
dudarlo que un llamamiento especial, separado y diferencia-
do al final, tras una pausa y después de un himno, solo debe
hacerse cuando eres consciente de forma abrumadora de
que el Espíritu de Dios te manda que lo hagas. Si siento eso,
lo hago; pero solo entonces. Y aun entonces la forma en que
lo hago no es pedir a las personas que salgan adelante; sim-
plemente hago saber que estoy dispuesto a verlas al final del
culto o en cualquier otro momento. Ciertamente creo que el
ministro debiera hacer siempre el anuncio de alguna clase o
forma de que está a disposición de cualquiera que desee
hablar con él acerca de su alma y su destino eterno. Esto se
puede poner en una tarjeta en cada asiento —eso es lo que
yo hacía— o se puede hacer de alguna otra forma. Ponte a su
disposición, haz saber que lo estás, y verás que las personas
que han adquirido convicción de pecado vendrán a hablarte
porque se sienten infelices. No es raro que tengan miedo de
volver a sus hogares en el estado en que se encuentran. He
conocido a personas que a medio camino hacia su casa han
vuelto a la iglesia para verme porque no podían soportar la
aaaa
312 La predicación y los predicadores
El llamamiento a una decisión
sensación de convicción de pecado e infelicidad; la angustia
era demasiado grande.
O, si han hallado la salvación y se están regocijando en
ella, querrán venir para decírtelo. Lo harán a su debido tiem-
po; deja que lo hagan. No fuerces estas cosas. Es la obra del
Espíritu Santo de Dios. Su obra es una obra profunda, es una
obra duradera; y, por tanto, no debes plegarte a esa impacien-
cia excesiva con respecto a los resultados. No estoy diciendo
que sea falta de honradez, digo que es un error. Debemos a
aprender a confiar en el Espíritu y en su obra infalible.
La predicación y los predicadores 313
Capítulo 15
Los peligros y
el encanto
A
ún hay una serie de cuestiones aisladas a las que debo
hacer referencia. Una es la de repetir el mismo ser-
món. Esto no es un gran problema, pero he visto que
algunos cristianos se sorprenden de que un predicador repita
un sermón. Parecen pensar que es casi pecaminoso hacerlo;
debemos considerar brevemente, pues, esta cuestión.
Cuando hablo de repetir un sermón, obviamente no estoy
pensando en repetir el mismo sermón en la misma iglesia y
ante las mismas personas. Me refiero a utilizar un sermón que
hayas predicado en tu propia iglesia en otro lugar cuando se
te invite a predicar estando de vacaciones o en alguna ocasión
especial. Con respecto a la predicación del mismo sermón en
la misma iglesia, me cuesta mucho entender que alguien
pueda hacerlo. Personalmente, no me atrevería a hacerlo.
Pero hay hombres que lo han hecho. Un organista me contó
una vez que había oído a cierto predicador predicar su famo-
so sermón sobre “Balaam y su asna” en siete ocasiones en la
iglesia donde era el organista; y podía recitar ciertas partes
palabra por palabra. No hace falta que diga nada más.
También me han hablado de un famoso predicador en los
Estados Unidos que solía repetir un sermón en particular
todos los años cuando ministraba en Filadelfia. Todos los
miembros de la iglesia sabían que lo iba a hacer y solían
aguardarlo. También he oído que esto se ha hecho por previa
petición. La gente pide al ministro que predique un sermón en
particular en diferentes ocasiones y lo hace repetidamente.
No tengo nada que decir a favor de eso; de hecho podría decir
mucho en contra.
¿Pero qué sucede con la predicación del mismo sermón en
otra iglesia u otras iglesias? ¿Existe un principio en cuanto a
esto? Por lo que yo sé de la historia de esta cuestión a partir
de la lectura y las conversaciones, solo ha habido un hombre
a
314 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
que parece haber sido una excepción en cuanto a esto, y fue
Charles Haddon Spurgeon. Debemos prestar, pues, cierta
atención a esta cuestión.
Spurgeon no aprobaba la repetición de los sermones; siem-
pre intentaba preparar un sermón nuevo en cada ocasión. Sin
embargo, es interesante leer lo que le sucedió en la ocasión en
que visitó Escocia por primera vez y predicó en Edimburgo.
Siguió fiel a su método habitual y predicó un nuevo sermón
aunque sabía que iba a predicar a una congregación numero-
sa y receptiva. No surtió efecto alguno y fue un fracaso absolu-
to, ¡Por tanto, Spurgeon envió un mensaje urgente a su casa
en Londres pidiéndoles que le enviaran las notas de un ser-
món que había predicado el domingo anterior en el
Tabernáculo! Spurgeon tuvo que apoyarse en esto, pues, en
un momento de crisis y dificultad.
Pero aparte de este único caso de Spurgeon, por lo que yo
sé, la tendencia de otros grandes predicadores ha sido a repe-
tir sus sermones. Whitefield, por supuesto, lo hacía constante-
mente, igual que Wesley. Solo hay que leer sus diarios para
verlo. Documentan que predicaban un sermón sobre cierto
texto y que lo predicaban nuevamente en otros lugares en
muchas ocasiones. Me pareció interesante advertir reciente-
mente en uno de los volúmenes de los diarios de Benjamín
Franklin que se están reeditando, que afirmaba que siempre
sabía cuándo Whitefield estaba predicando un sermón nuevo.
Podía saber de inmediato solo con observar y escuchar al pre-
dicador si era un sermón nuevo o si se trataba de uno con el
que Whitefield estaba familiarizado por haberlo repetido a
menudo. No había la misma facilidad y libertad en el caso del
sermón nuevo. El predicador era más cuidadoso, especial-
mente porque era un predicador que improvisaba. ¡Había un
gran predicador galés que murió en 1921 que solía decir cate-
górica y deliberadamente que jamás creía haber predicado un
sermón apropiadamente hasta al menos la vigésima vez! Si
bien puedo entender lo que quería decir, no me satisface
mucho. Creo que tenía tendencia a volverse retórico o un reci-
tador dramático.
La predicación y los predicadores 315
Capítulo 15
En relación con esto, también recuerdo una respuesta muy
buena que dio una vez otro gran anciano predicador a alguien
que se quejó de que acababa de escucharle predicar ese
mismo sermón por tercera vez. No era en el mismo lugar, sino
en sitios distintos. La persona en cuestión era una de esas que
siguen a los predicadores de un lugar a otro; ¡y pueden ser
una molestia! Cuando este hombre se quejó, el astuto anciano
predicador le miró y preguntó:
—¿Lo ha puesto ya en práctica?
El oyente dudó en decir que lo había hecho.
—Muy bien —dijo el predicador—, seguiré predicándolo
hasta que lo haga.
Esa es una respuesta satisfactoria, dentro de sus limitacio-
nes; ¿pero existe una justificación real para esta práctica?
Creo que la hay, y la defendería de esta manera. Un sermón,
después de todo, no es simplemente la declaración de una
verdad o de una serie de verdades. No solo es, como ya
hemos definido, una exposición de un pasaje: es más que
eso. Si solo fuera una exposición y se quedara en eso, acep-
taría de buena gana la postura contraria a repetirlo. Pero si
aceptamos la definición de un sermón como un mensaje y
un tema principal, como una entidad, un mensaje completo
en sí mismo, con una forma en particular, entonces creo que
se puede decir mucho a favor de la repetición del mismo ser-
món en diversos lugares. Mi principal razón para decirlo, y
esta es sin duda la experiencia de todo predicador, es que
algunos mensajes se reciben de una forma muy especial. Ya
he hecho referencia a eso. Algunos sermones vienen al pre-
dicador con una claridad inusual; parece como si hubiera
recibido el orden mismo en el que deben presentarse los
puntos; todo parece un don directo de Dios. Más aún, ve que
el Espíritu utiliza y honra este mensaje quizá en la conver-
sión de alguien o como medio de especial bendición para
otros. No cabe duda de esto; todo predicador lo atestiguará.
Entonces —pregunto—, ¿por qué no se ha de repetir ese ser-
món? Sin duda el predicador debiera preocuparse siempre
de ofrecer lo mejor que tenga, lo óptimo. Es sin duda legíti-
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316 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
mo, pues, que elija su mejor sermón y lo predique a las per-
sonas.
Hay otro argumento adicional. Según la idea que he esta-
do defendiendo con respecto a los sermones y la predica-
ción, vemos que los sermones crecen y se desarrollan al ser
predicados. No lo ves todo al prepararlo en tu despacho;
verás otros aspectos mientras predicas y tu sermón crecerá y
se desarrollará. Esta es una cuestión sumamente fascinante e
interesante. Nuevamente estoy hablando de mi experiencia
y por lo que he visto en otros. Recuerdo que un predicador
me contó una vez cómo se había alarmado grandemente en
una ocasión. Aquel hombre era un gran admirador de otro
predicador. Él mismo era un buen predicador, mas no era un
predicador sobresaliente y popular como el otro hombre.
Pero al ser un hombre bueno y humilde, era un admirador
sincero del otro predicador. En una ocasión asistió a un gran
sínodo y era costumbre que el último día de estos sínodos se
dedicara a la predicación. Siempre se invitaba a los grandes
predicadores a predicar en semejantes ocasiones. El gran
héroe de mi amigo se levantó para predicar. Posteriormente,
mi amigo dijo: “Para mi consternación le oí referirse a un
texto en particular. Empecé a sentirme verdaderamente tris-
te y mal —dijo—, le había oído predicar sobre ese texto en
mi propia iglesia unos tres meses antes en unas reuniones
especiales. En aquella ocasión creí que ese sermón no estaba
a su altura habitual, por lo que cuando le oí predicar sobre
ese texto en esta gran ocasión me sentí angustiado y conster-
nado por su reputación. Pero —dijo— no tenía por qué
haberme preocupado. Ese sermón había crecido y se había
desarrollado hasta quedar casi irreconocible. Aún podía
reconocer la estructura, pero ahora se había convertido ver-
daderamente en un gran sermón que predicó con gran
poder. Lo extraordinario de ese hombre —añadió— es que
sus sermones crecen, se desarrollan de manera casi asombro-
sa . Lo comparó con los suyos, diciendo: “Los míos no”. Él
mismo los preparaba de manera tan meticulosa y cuidadosa
escribiendo cada palabra que, en un sentido, sus sermones
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La predicación y los predicadores 317
Capítulo 15
no podían crecer. El otro predicador no lo hacía, y así sus
sermones podían crecer y desarrollarse. El resultado es que,
aunque un hombre semejante esté predicando básicamente
el mismo sermón, en muchos otros sentidos no es el mismo;
se convierte en un sermón mejor, más completo y mayor.
No solo eso, sino que una vez más surge toda la cuestión
de la relación entre el sermón y la predicación. Como ya he
confesado, es muy difícil definirla; pero la experiencia me dice
que familiarizarte con tu sermón incrementará mucho la efi-
cacia de predicarlo. Sientes una menor tensión, ya no te con-
centras de la misma forma en recordar lo que tienes que decir.
Has alcanzado una cierta libertad porque ahora estás familia-
rizado con el material de una forma en que no podías estarlo
la primera vez que lo predicaste. Por todas estas razones, pues,
yo diría que predicar el mismo sermón cuando crees que
tiene algo excepcional por lo que a ti se refiere, cuando crees
que contiene un verdadero mensaje y cuando Dios lo ha ben-
decido y utilizado, es profundamente legítimo. Ciertamente,
hacerlo será beneficioso para las personas que te escuchen.
Pero quizá alguien pregunte: “¿Cuán a menudo se debe
repetir, pues, este sermón?”. Aquí, nuevamente, tenemos una
cuestión difícil. Mi distinguido y famoso predecesor, el Dr. G.
Campbell Morgan, no se avergonzaba de esto. Recuerdo
haberle escuchado en una ocasión empezar así: “Se nos dice
que la confesión es buena para el alma. Bien puedo decirles
antes de predicar, pues, que esta mañana voy a predicar este
sermón por centésima decimonovena vez”.
¿Cuántas veces se debe repetir el mismo sermón? Lo único
que puedo decir es lo siguiente, que no es cuestión de cifras o
meras estadísticas. El Dr. Campbell Morgan tenía mucho
cuidado de anotar en el sobre donde guardaba las notas del
sermón el número de veces que lo había predicado y dónde.
Eso era bueno. Pero con respecto al número, no es una
cuestión mecánica y creo que solo hay una regla. Deja de
predicar ese sermón cuando ya no te absorba, cuando ya no
te conmueva, cuando deje de ser un medio de bendición para
ti mismo. Déjalo entonces; puesto que de ahí en adelante la
predicación que hagas de él será mecánica y, ciertamente
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318 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
puede llegar a convertirse en una “representación”. No hay
nada peor que eso.
Una vez oí a un hombre en una gran conferencia bíblica
en los Estados Unidos repetir un sermón a petición de
muchas personas. Tenía un buen sermón sobre el Señor
Jesucristo que se desarrollaba siguiendo las letras del
abecedario, comenzando por la “A” y llegando hasta la “Z”.
Naturalmente era un sermón bastante largo. Al escuchar dicho
sermón, debo confesar que el efecto que tuvo sobre mí no fue
el de llevarme a ver la gloria del Señor o a estar agradecido;
sentí que era una representación que bordeaba lo blasfemo. Lo
despachó a toda prisa. Debía hacerlo a fin de terminar a
tiempo. Tenía que dejar la conferencia inmediatamente
después, de forma que pasó por encima apresuradamente.
Verdades grandes y gloriosas se fueron sucediendo
mecánicamente. Muchas personas habían escuchado el ser-
món muchas veces antes y claramente pensaban que era
maravilloso. Ciertamente era un sermón muy inteligente, una
especie de acróstico; pero para mí fue una pura actuación que
dejó a las personas admirando la memoria y la inteligencia del
predicador y no admirando y adorando al Señor. Jamás debié-
ramos hacer una representación; por mucho que lo censure-
mos, nunca será suficiente.
Quiero hacer también otras advertencias. Si repites un ser-
món de esta forma, hay ciertas cosas que debes evitar. Se
cuenta la historia de un famoso predicador —tan conocido en
los Estados Unidos como en Gran Bretaña— que preparaba
sus sermones muy cuidadosamente, los escribía por completo
y generalmente los leía al predicar, aunque de manera que
pasaba desapercibido. Estaba particularmente interesado en
las palabras y los matices. Era famoso por ello. La historia
dice, y se tiene por cierta, que en una ocasión cierto agente
comercial estaba visitando la ciudad donde ministraba este
hombre y el domingo por la mañana fue a escuchar al famoso
predicador. Creía que había escuchado el sermón más
grandioso de toda su vida. Lo que le impresionó
particularmente fue algo que sucedió a mitad del sermón. El
gran predicador se detuvo con mucho patetismo y dijo:
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La predicación y los predicadores 319
Capítulo 15
“Ahora bien, ¿qué palabra me va bien aquí?”. Luego mencionó
una palabra. “No, esa se acerca pero no es completamente
correcta”. Entonces escogió otra palabra: “No, no es así”.
Luego, con gran patetismo, dijo: “Ah, aquí está, justo la
palabra que muestra el matiz exacto”. El visitante pensó que
eso era maravilloso. Jamás había oído nada semejante. La
semana siguiente, este mismo agente comercial se encontraba
en una parte completamente distinta del país. Consultó el
periódico vespertino del sábado para ver quién predicaba en la
ciudad al día siguiente y, para su gran alegría y deleite, vio que
aquel gran predicador estaba programado para los cultos del
aniversario de cierta iglesia. Fue a esa iglesia y, cuando llegó
el momento del sermón, se mencionó el texto y resultó ser el
mismo que el del domingo anterior. Le desanimó un poco, pero
pensó que bien podría escucharlo de nuevo. A mitad del
sermón se produjo la misma pausa dramática y la pregunta:
“¿Qué palabra me va bien aquí?”, etc. El hombre se sintió
indignado, se levantó y se marchó diciendo que jamás volvería
a escuchar a aquel predicador.
Si repites un sermón, pues, evita hacer ese tipo de cosas.
Eso es lo que ha hecho un gran daño a la predicación; es frau-
dulento. El orador sabía la palabra cuando hizo la pregunta y,
sin embargo, intentaba dar la impresión de que se le acababa
de ocurrir.
Simpatizo mucho más con un anciano predicador al que
de hecho conocí, un buen hombre que había servido fielmen-
te en su iglesia local durante muchos años. No era un predica-
dor muy destacado, pero recibió el gran honor, cuando ya
estaba muy entrado en años, de predicar en lo que se denomi-
naba una “asociación trimestral”. Esa era la ambición más
grande de muchos predicadores y ciertamente el honor más
grande que podían disfrutar. Este gran honor le había llegado
por fin al anciano y, como se acostumbraba en esas ocasiones,
formaba un tándem con otro predicador. Los dos predicado-
res, pues, estaban juntos en el púlpito. Mientras se estaban
cantando los himnos, el otro predicador advirtió que este
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320 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
anciano estaba examinando cuidadosamente a la congrega-
ción y mirando atentamente a cada persona en los distintos
bancos. Durante uno de los himnos, pues, le susurró:
—¿Qué es lo que hace? ¿Está mirando para ver si hay
alguien que haya escuchado su sermón anteriormente?
—No —dijo el anciano—, ¡estoy mirando para ver si hay
alguien que no lo haya escuchado anteriormente!
Si tu sermón lo han oído ya muchas personas, no lo predi-
ques otra vez.
Recuerdo muy bien la última vez que oí a cierto famoso
predicador. Cuando mencionó su texto, el ministro que esta-
ba sentado junto a mí en la congregación me dio un codazo y
me dijo:
—Creo que esta noche nos toca un paseo.
—Si, lo sé.
—¿Cómo —dijo—, ya lo has oído tú también?
—Sí —dije—. Le he oído predicarlo tres veces en lo que
antes era su iglesia y también lo he leído varias veces en el
periódico que publica.
El hecho era que la mayoría de las personas presentes en
esa ocasión —era una conferencia de ministros y diáconos de
todos los lugares del país— ya había oído ese sermón y lo
había leído probablemente más de una vez.
¿Por qué hacen los hombres este tipo de cosas? Seamos
justos con esto. No te apresures a condenar con facilidad a
estos hombres, no sea que alguna vez tengas problemas y
debas tragarte tus palabras. Hay muchas razones para ello.
Un de ellas es, por supuesto, la pereza. Eso nunca es una
excusa y jamás debe utilizarse como argumento. Pero a veces
se debe al puro pánico. Supe a través del hombre que he
mencionado que en aquella ocasión se trataba de una especie
de pánico. Nos dijo a algunos de nosotros al final del culto que
había preparado un sermón especial para esa gran ocasión.
Pero luego no se había sentido muy bien durante el fin de
semana, y el resultado fue que cuando subió al púlpito había
perdido su confianza en el nuevo sermón y en un momento de
pánico había echado mano de su vieja obra maestra.
Desgraciadamente era culpable de hacer eso mismo muy a
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La predicación y los predicadores 321
Capítulo 15
menudo. Por supuesto, no podemos excluir un elemento de
orgullo en toda esta cuestión. Un hombre puede estar más
preocupado por su reputación como predicador que por
transmitir la Verdad a las personas. Es una cuestión sutil; y
jamás debemos permitir que el orgullo asuma el mando. Si
repites ciertos sermones, pues, toma nota de lo que estás
haciendo o de otro modo tendrás problemas casi con total
seguridad.
Concluyo esta sección con una historia del mismo hombre
que acabo de mencionar y que no tomaba nota. Un día esta-
ba hablando con el pastor de una gran iglesia en una impor-
tante ciudad de provincias. Estábamos hablando de este pre-
dicador en particular y me dijo: “Sí, le tuve en mi aniversario
hace algunos años. Predicó sobre el texto: ‘Tú, pues, sufre
penalidades como buen soldado de Jesucristo’”. Todos pensa-
mos que era lo más grandioso que habíamos oído. Así, pues,
cuando al año siguiente surgió la cuestión de quién sería el
predicador en nuestro aniversario, no hubo discusión; acorda-
mos unánimemente que debía ser el mismo hombre. Le escri-
bimos y él aceptó la invitación y vino por segundo año. En el
gran día se levantó para predicar y mencionó su texto: ‘Tú,
pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo’.
Bien, seguía siendo muy bueno y lo disfrutamos mucho, aun-
que nos decepcionó un poco. Cuando nos tocó decidir cuál
sería el predicador de nuestro aniversario el año siguiente
hubo un gran debate. Algunos querían al mismo, pero otros
se oponían en vista de lo que había hecho. Comoquiera que
sea, tras debatirlo mucho, decidimos darle otra oportunidad:
todos cometemos errores en ocasiones y no debemos conde-
nar a alguien porque resbale una vez. Por tanto, vino por ter-
cer año y su texto fue: ‘Tú, pues, sufre penalidades como buen
soldado de Jesucristo’. En ese punto —dijo mi amigo— empe-
zamos a pensar realmente que las estábamos ‘sufriendo’, ¡por
lo que no le hemos llamado de nuevo!”. La lección es: toma
nota.
* * *
322 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
Pasamos ahora a algo que considero extremadamente intere-
sante, esto es, al carácter de los sermones. A lo que me refiero
con esto es a que cada sermón tiende a tener un carácter pro-
pio. Esta es una cuestión muy misteriosa. Has preparado el
sermón, lo has elaborado y, sin embargo, parece tener un
carácter propio. Me interesó descubrir durante una larga y
fascinante conversación que tuve con un novelista
recientemente que a él le sucedía exactamente lo mismo con
los personajes de sus novelas. “Tengo muchos problemas con
ellos”, me dijo. No conseguía mantener a algunos de ellos en
su lugar; sentía que tendían a manejarle. Aunque eran sus
propias creaciones, tenían tal carácter, tal individualidad y
personalidad, que le estaban controlando en lugar de
controlarles él a ellos. Exactamente lo mismo sucede con los
sermones. No sé cómo explicarlo, pero es un hecho claro.
Algunos sermones casi se predican solos y no hay que hacer
casi nada; se predican solos y jamás te fallan.
Por desgracia, esto solo es cierto de algunos; hay otros —y
no puedo explicar la diferencia entre ellos— que exigen ser
manejados muy cuidadosamente; y si no los manejas cuidado-
samente te dejarán medio muerto. He conocido sermones que
casi me han dejado exhausto en la introducción y me ha hecho
falta mucho tiempo para llegar a conocerlos y entenderlos a fin
de poder manejarlos correctamente en lugar de que ellos me
manejen a mí y se me escapen de las manos. Muchas veces he
conocido sermones que me han entusiasmado de tal forma en
su introducción que, cuando he llegado a lo verdaderamente
importante —-y especialmente al clímax—, he descubierto que
ya estaba cansado y exhausto y que no podía hacer justicia al
asunto.
Cada sermón tiene un carácter muy definido, y debes lle-
gar a conocer tu sermón. Esta es una idea de gran valor.
Recuerdo a un viejo predicador —él estaba al final de su vida
cuando yo era muy joven— que siempre comparaba los ser-
mones con caballos. Había cabalgado muchos caballos en su
juventud como campesino, e invariablemente al hablar de los
sermones y de la predicación solía utilizar la analogía de
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La predicación y los predicadores 323
Capítulo 15
montar a caballo. Recuerdo que en una ocasión dijo tras un
mal culto: “Ese viejo sermón me ha derribado, sabía que lo
haría; y allí estaba yo, caído”. El sermón le había “derribado”
como si fuera un caballo. Hay una gran idea en todo esto; mi
consejo es, pues, que llegues a conocer tus sermones.
Entonces sabrás cuál es el sermón adecuado para cada oca-
sión en particular y también el sermón adecuado para un
determinado estado físico o la situación en que te encuen-
tras. Todos estos factores entran en juego y son de gran
importancia. Hablar de esta forma puede sonar muy antiespi-
ritual a algunos; pero te aseguro que es de gran importancia
práctica. Seguimos estando “en la carne” y “tenemos este
tesoro en vasos de barro”. No debe despreciarse ninguna con-
sideración que contribuya a que la predicación sea más efi-
caz.
Dudaba en hacer alguna referencia al siguiente punto: pre-
dicar sermones de otros. Creo que debo mencionarlo porque
sé que no es una práctica infrecuente. Solo tengo una cosa
que decir al respecto: es completamente fraudulento a menos
que reconozcas lo que estás haciendo. Jamás he entendido
cómo puede vivir consigo mismo un hombre que predica los
sermones de otros hombres sin reconocerlo. Recibe las ala-
banzas y la gratitud de la gente y, sin embargo, sabe que no lo
merece. Es un ladrón; es un gran pecador. Pero, como digo,
lo asombroso es que pueda vivir consigo mismo.
Hay algunos aspectos sueltos de esta cuestión que resultan
de interés. Está, por ejemplo, la famosa historia sobre
Spurgeon y uno de los estudiantes de su universidad que le
llevaron en una ocasión para que le reprendiera. Esta es la
historia. El joven había estado predicando en diversas iglesias
los domingos y la universidad había recibido informes con res-
pecto a su predicación. Algunos decían que la predicación era
muy buena, pero comenzaron a llegar críticas muy desfavora-
bles en cuanto a que este joven estaba predicando repetida-
mente un sermón del Sr. Spurgeon. Por supuesto, el rector de
la Universidad debía hacer algo al respecto, de modo que
mandó buscar al joven. Le dijo:
324 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
—He oído que va por ahí predicando uno de los sermones
del Sr. Spurgeon. ¿Es eso cierto?.
El joven respondió:
—No, señor, no es cierto.
El director le presionó, pero seguía insistiendo en que no
era cierto. Esto se prolongó durante un tiempo hasta que el
director consideró que lo único que podía hacer era llevar al
joven ante el propio Spurgeon.
—Bien —dijo Spurgeon—, no tiene por qué asustarse. Si es
sincero no se le castigará. Todos somos pecadores, pero que-
remos saber los hechos. ¿Ha estado predicando un sermón
sobre tal texto?
—Sí, señor.
—¿Y ha dividido el tema de esta forma?
—Sí, señor.
—¿Y dice que no ha estado predicando mi sermón?
—Así es, señor.
El interrogatorio siguió durante un tiempo hasta que el Sr.
Spurgeon comenzó a impacientarse, de modo que le dijo al
joven:
—Bien, ¿está diciendo, pues, que es su sermón?
—Oh, no, señor —replicó el joven.
—Bien, ¿entonces a quién pertenece el sermón?
—Es un sermón de William Jay de Bath, señor —dijo el
estudiante.
Jay fue un famoso predicador en Bath a principios del siglo
XIX y algunos de sus sermones se han impreso en dos volúme-
nes.
—Espere un momento —dijo Spurgeon—, y volviéndose a
su biblioteca, sacó uno de los volúmenes y allí estaba el ser-
món, el sermón exacto: el mismo texto, los mismos apartados,
¡todo igual!
¿Qué había sucedido? El hecho era que el Sr. Spurgeon
también había predicado el sermón de William Jay y de hecho
lo había impreso junto con otros sermones de los que era
autor. La única explicación del Sr. Spurgeon fue que había
leído los dos volúmenes de sermones de Jay hacía muchos
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La predicación y los predicadores 325
Capítulo 15
años y que lo había olvidado todo al respecto. Podía decir con
total sinceridad que no era consciente del hecho de que,
cuando predicó ese sermón, estaba predicando uno de los ser-
mones de William Jay. Lo había almacenado inconsciente-
mente en su memoria. El estudiante quedó absuelto de la acu-
sación de predicar uno de los sermones del Sr. Spurgeon,
¡pero seguía siendo culpable de hurto!
Hay otra historia muy buena que repito para animar a
cualquier predicador necesitado o a cualquier hombre
desesperado, especialmente a los predicadores profanos. Es
otra historia sobre Spurgeon, quien, como es sabido, solía caer
en depresiones. Sufría de gota, y esa enfermedad a menudo va
acompañada de un elemento depresivo. Durante uno de esos
ataques, Spurgeon estaba tan deprimido que no se sintió
capaz de predicar, ciertamente no se encontraba en condicio-
nes de predicar. Se negó, pues, a predicar en el Tabernáculo
el domingo siguiente y se marchó al campo, a su vieja casa en
Essex. El domingo por la mañana se sentó discretamente en
un banco al fondo de la pequeña capilla a la que solía asistir
de niño. Esa mañana predicaba un predicador laico y el pobre
hombre predicó uno de los sermones impresos del Sr.
Spurgeon. En el momento en que el buen hombre hubo ter-
minado, Spurgeon fue corriendo hacia él con lágrimas en los
ojos y le dio las gracias efusivamente. El pobre hombre dijo:
—Sr. Spurgeon, no sé cómo mirarle a la cara, acabo de pre-
dicar uno de sus sermones.
—No me importa de quién fuera el sermón —dijo el Sr.
Spurgeon—, lo único que sé es que su predicación esta maña-
na me ha convencido de que soy un hijo de Dios, que soy salvo
por gracia, que todos mis pecados han sido perdonados, que
he sido llamado al ministerio; y estoy dispuesto a volver a pre-
dicar de nuevo.
Su propio sermón a través de los labios y la lengua de aquel
predicador laico hizo eso por él. Esta es, en mi opinión, casi la
única justificación para este tipo de práctica.
Pero quiero advertirte que tengas cuidado. Crucé el
Atlántico en 1937 con el viejo y querido santo y evangelista
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326 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
Mel Trotter, de Grand Rapids. Después de una vida de peca-
do y vergüenza se había convertido de forma gloriosa y había
llegado a ser el superintendente de un gran Rescue Mission
Hall y su obra. Me contó la siguiente historia con gran entu-
siasmo. Una semana había estado trabajando muy duramen-
te, hablando, organizando el trabajo y aconsejando a perso-
nas con problemas. No era un hombre estudioso y no había
tenido tiempo para prepararse adecuadamente para el
domingo. Había preparado el sermón del domingo por la
noche, pero simplemente no se le ocurría nada para el culto
de la mañana. Se había acostado el sábado en ese estado, sin
un sermón para el domingo. Se levantó, pues, muy temprano
el domingo por la mañana, pero seguía sin ocurrírsele nada
y no sabía qué hacer. Finalmente, en su desesperación, deci-
dió que tendría que predicar uno de los sermones de su
amigo el Dr. G. Campbell Morgan. Subió al púlpito, pues, y
dirigió el culto de la manera habitual: el himno, la lectura de
la Biblia, la oración, etc. Cuando estaban terminando el
himno antes del sermón, Mel Trotter vio cómo se abría la
puerta al fondo del edificio, ¡y para su consternación entró
Campbell Morgan y se sentó al fondo! No había nada que
hacer, y Mel Trotter predicó el sermón. Al final del culto,
Campbell Morgan fue a él y le agradeció cálidamente el ser-
món. “¿Qué —dijo Mel Trotter—, no reconoce a uno de sus
propios hijos simplemente porque lleva puesto mi traje?”.
En el año 1936, el segundo domingo de agosto, estábamos
de vacaciones familiares al oeste de Gales. La única iglesia que
había allí era la anglicana, de modo que fuimos junto con el
granjero y su esposa que nos alojaban. Cuando finalmente el
párroco subió al púlpito para predicar su sermón y leyó su
texto, mi esposa me dio un codazo, porque era de hecho el
primer texto sobre el que prediqué en la iglesia Westminster
Chapel con ocasión de mi primera visita allí el último domin-
go de 1935. Debido a eso, supongo, y debido y que era un
extraño para los púlpitos londinenses, ese sermón se había
impreso en dos o tres periódicos religiosos; y al haberlos leído,
mi esposa lo conocía bastante bien. El párroco leyó ese texto
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La predicación y los predicadores 327
Capítulo 15
y comenzó a predicar. Lamento decir que intentó predicar mi
sermón; y allí estaba yo escuchándole. No me conocía y jamás
me había visto. Hice todo lo posible para evitarle durante la
semana siguiente, pero nuestro anfitrión, el granjero, le trajo
a nuestra habitación y nos lo presentó. ¡Aunque no me había
impresionado demasiado la forma en que había manejado mi
sermón, tuve que aplaudir la forma en que manejó la sitúa-
ción! Sin aparente asomo de vergüenza me miró directamen-
te a los ojos y dijo: “Me alegro de conocerle, puesto que he
oído hablar de usted a menudo. Si hubiera sabido que estaba
aquí le habría pedido que hiciese las lecturas en el culto”. “De
cierto os digo que ya tienen su recompensa”, y no le dejé en
evidencia. Pero eso es lo que te puede suceder si predicas el
sermón de otro hombre.
Mi esposa tiene una historia que ilustra otro posible peli-
gro. Vinieron dos predicadores en dos domingos sucesivos a la
capilla de la que era miembro y ambos predicaron idéntico
sermón. La pregunta era: ¿Cuál de ellos era el autor? La res-
puesta probable era: ninguno. Lo probable es que ambos lo
hubieran tomado prestado, o más bien robado. Pero así es
cómo te detectan. Otro comentario: ¡Cambiar el texto no es
suficiente! Cualquier oyente con discernimiento siempre
detectará lo que estás haciendo.
Añadir unas pocas ilustraciones propias no lo disimula
tampoco. Conocí a un hombre que decía que su método era
leer un sermón de Spurgeon tres o cuatro veces unos pocos
días antes del domingo y luego predicarlo. “Como se puede
ver —decía—, en realidad no estoy predicando el sermón de
Spurgeon; ¡simplemente me ha pasado por la cabeza!”. Así
intentamos racionalizar nuestro pecado, pero solo consegui-
mos mostrar la clase de mentalidad que tenemos.
Solamente una cosa más a este respecto. Si tienes que pre-
dicar el sermón de algún otro, si estás verdaderamente deses-
perado en alguna ocasión y crees que no puedes hacer otra
cosa por amor a tu congregación, evita hacer lo que hacía un
pobre predicador que conocí en Gales del Sur.
Probablemente estoy diciendo la verdad literalmente si afirmo
328 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
que era probable que jamás hubiera salido de Gales, ni siquie-
ra a Inglaterra, y por descontado que hubiera ido a cualquier
otro sitio. Este hombre leyó un domingo su texto y luego
comenzó el sermón con estas palabras: ¡“El otro día, cuando
estaba en el nacimiento del valle del Wyoming [...]”! En otras
palabras, aprende lo que debes desechar. Si el eclesiástico que
predicó mi sermón hubiera tenido un poco de sentido común
no habría comenzado con mi primera frase. De hecho lo hizo.
Aún lo recuerdo, porque lo dejó grabado en mi mente. Era:
“Un buen asunto para el debate en un culto participativo en
la iglesia [...]”. El párroco jamás organizaba cultos participati-
vos en la iglesia. Yo lo hacía, y naturalmente introduje el tema
de esa forma. Evita cosas como esas si alguna vez crees que
debes predicar el sermón de otro. Pero para hacerlo comple-
tamente bien, haz saber a la gente tu deuda con el otro hom-
bre.
* * *
Apresurémonos ahora a algo mucho más importante: ¡El
encanto de la predicación! No hay nada igual. Es el trabajo
más grande del mundo, el más emocionante, el más apasio-
nante, el más gratificador, el más maravilloso. No conozco
nada que se pueda comparar con la sensación que tiene uno
al subir los escalones del púlpito con un sermón nuevo un
domingo por la mañana o un domingo por la noche, especial-
mente cuando sientes que tienes un mensaje de Dios y anhe-
las comunicarlo a la gente. Eso es algo indescriptible. Repetir
tu mejor sermón en otra parte no llega a darte eso. Por ello
defiendo de tal forma un ministerio longevo y regular en el
mismo sitio. Me temo que eso no volveré a conocerlo, al
haberme retirado del ministerio pastoral. Pero no hay nada
que lo iguale. Es posible ser muy feliz predicando en otro sitio,
pero esa experiencia especial que resulta de la relación entre
tú y la congregación, y tu preparación, y muchos otros facto-
res, es específica del ministerio regular en una iglesia.
Otro aspecto de este elemento encantador son las posibili-
a
La predicación y los predicadores 329
Capítulo 15
dades infinitas de un culto. O, si lo prefieres, el elemento de
incertidumbre de un culto. La incertidumbre tiene algo de
glorioso; porque si eres un verdadero predicador, en realidad
no sabes qué va a suceder cuando subes al púlpito. Si eres un
conferenciante, como ya he explicado, sí lo sabes; pero si eres
un predicador, ciertamente no. Y tendrás experiencias com-
pletamente asombrosas. Quizá subas al púlpito sintiéndote
verdaderamente bien, confiado en tu preparación y esperan-
do un buen culto para que al final sea malo. Hay algo Maravi-
lloso aun en eso, porque en cualquier caso muestra que no
eres la única persona que tiene el control. Tendías a pensar
que sí lo eras, pero has descubierto que no, y se te recuerda
que estás “bajo el control de Dios”.
Pero también ocurre a la inversa, y gracias a Dios por ello;
puedes subir al púlpito sintiéndote mal, sintiéndote nervioso,
consciente de una preparación inadecuada por varias razones
y que de repente todo vaya bien, hasta físicamente. El efecto
de la predicación en la salud de uno es bastante extraordina-
rio. Aquellos que hayan leído los diarios de Whitefield habrán
advertido que a menudo hacía referencia a eso. Cuando no se
había sentido bien últimamente —quizá su corazón le estaba
dando problemas, o su excesiva corpulencia en sus últimos
años—, en su diario o en una carta a alguien encontramos
una afirmación como esta: “No volveré a estar bien hasta
haber sudado bien en el púlpito”. Y sí le mejoraba a menudo:
“Sudar bien en el púlpito”. Frecuentemente he dicho que los
únicos baños turcos que he conocido han sido los púlpitos.
Esto sucede literalmente, la predicación le vigoriza a uno, le
restaura la salud y las fuerzas, y casi ni te reconoces a ti
mismo. No conozco ninguna otra cosa que lo haga. No importa
lo débil y abatido que te encuentres, cuando subas al púlpito
quizá salgas como un hombre completamente distinto.
Quisiera añadir otra matización a esto, y una vez más es
una cuestión que me ha interesado mucho a lo largo de los
años. Había ocasiones en que el sábado sabía lo que iba a
suceder el domingo. Adviértase que digo “ocasiones”;
ciertamente no es la experiencia habitual. Cuando te sientes
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330 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
emocionado y absorto en la preparación, verás que en general
ocurrirá lo mismo en la predicación. Subrayo que es cuando
te ha absorbido y emocionado, no cuando lo has concebido
bien. Cuando te ha conmovido de esta forma, cuando el
mensaje que estás preparando viene a ti con poder y obra en
ti es cuando hay más probabilidad de que obre igualmente en
la gente. Cuando quiera que me sentía absorto y emocionado
en mi despacho, sabía por lo general qué iba a suceder el
domingo; y solía ocurrir.
Bajo este apartado del encanto del sermón quiero mencio-
nar una vez más aquello a lo que me he referido anteriormen-
te al hablar de que el tema se desarrolla mientras predicas.
Esa, una vez más, es una experiencia sumamente maravillosa
y emocionante que le llena a uno de un sentimiento de asom-
bro. Es completamente extraordinario, y parece como si uno
no tuviera control alguno sobre ello; simplemente sucede. A
menudo he visto cuando subía al púlpito con un sermón pre-
parado que, mientras predicaba, mi primer punto se había
convertido en un sermón completo. Muchas veces he bajado
del púlpito comprendiendo que tenía una serie de sermones
que no había visto previamente. Igual que el primer punto se
había convertido en un sermón completo, veía que iba suce-
der lo mismo con los demás y que, por tanto, tenía una serie.
No lo había visto en mi preparación, pero al predicar todo se
me había hecho patente.
¿No es verdaderamente encantador? Mientras te suceda
este tipo de cosas jamás te quedarás corto de material, nunca
estarás buscando un sermón desesperadamente. De hecho,
llegarás a una fase en que desearás que llegue el domingo
siguiente. Estoy hablando por pura experiencia y para la glo-
ria de Dios. Lo que uno jamás había pensado, ni imaginado
siquiera, sucede repentinamente en el púlpito mientras se está
predicando, y uno se queda con un sentimiento de asombro,
gratitud y gozo inefable. No hay nada semejante.
Luego está, por así decirlo, la otra cara de ese tipo de expe-
riencia. Ha habido ocasiones en que he sentido que se me
impedía predicar la totalidad del sermón que había prepara-
aa
La predicación y los predicadores 331
Capítulo 15
do. me han llevado a Predicación y predicadores desarrollar y
elaborar el sermón de una manera modificada, de modo que
haya tenido para reajustar mi serie planificada. O a veces-y
estoy pensando especialmente de una ocasión particular: he
salido del púlpito habiendo predicado solo la mitad de mi
sermón preparado. no pude del todo entiendan esto en esa
ocasión particular a la que me refiero. Pero, sin embargo,
había sucedido, y por eso, en cierto sentido, estaba listo para
la el próximo domingo por la mañana. Llegó el domingo
siguiente por la mañana y prediqué el resto de mi sermón
original, que ahora se había convertido en un sermón en sí
mismo. Descubrí que me dieron algo inusual. Libertad. Un
hombre vino a mí al final y me dijo que había un visitante allí
que quisiera verme. Le parecía un ministro. Finalmente vi a
este ministro cuya casa estaba formada por miles de millas de
distancia. Estaba tan conmovido que apenas podía hablar.
Qué ¿había pasado? ¿Por qué estaba tan conmovido y
afectado? este hombre era bastante seguro de que Dios lo
había llevado allí desde toda esa distancia para escuchar ese
sermón en particular. Me he referido a esto en el prólogo. de
un libro llamado Faith on Trial; pero vale la pena repetirlo. Soy
estoy seguro de que ese hombre tenía razón. Pero esto es lo
que me asombró. Si tuviera si no me hubieran tratado el
domingo anterior de la manera que he descrito, y me hubieran
impedido predicar todo mi sermón, habría predicó el domingo
anterior lo que este hombre acababa de escuchar. Pero yo
había sido restringido, sólo se me permitió predicar la mitad
de mi sermón el domingo anterior; La segunda mitad se había
retrasado. Como he dicho, esto me inquietó un poco, pero
ahora lo tenía perfectamente claro. No controlamos la
situación; esto es de Dios. Aquí es donde el entra el romance;
no tienes idea de lo que estás haciendo. yo nunca había oído
hablar de este hombre y no sabía nada de él, excepto lo que
había escuché esa mañana bien podría haber sido preparada
especialmente para él. Lo que había planeado para la mañana
en mi planificación original sería no se habría adaptado en
absoluto a su caso. ¿Hay algo comparable a esto?
aaaaaaaaaaaa
332 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
¿Hay algo tan romántico como esto? Este es el tipo de cosas
que le sucede a un predicador, y cuanto más lo experimentas,
más quedaréis asombrados de ello, y gracias a Dios que habéis
sido llamados a un ministerio tan glorioso.
Alguien puede preguntar en el nivel práctico: ¿Qué haces
entonces? ¿Cuándo de repente, mientras predicas, te das
cuenta de que esto te está sucediendo? Descubrirás que tienes
que pensar muy rápido y asegurarte de que tan completo este
el sermón que estás predicando y que tiene desarrollado
mientras predicabas. Tienes que convertirlo en una entidad en
sí mismo. Tendrás que reorganizarlo de alguna manera y
asegurarse de adiciones y elaboraciones y así llevarlo a una
conclusión y clímax. No debes dejarlo sin terminar, sino
elaborarlo hasta su propio final lógico. y conclusión y
aplicación. Todo esto implica obviamente el elemento de
libertad al predicar; y la capacidad de hacerlo crece con
experiencia.
Otro elemento en este romance de la predicación es que
nunca sabes quién te va a estar escuchando, y nunca sabes
qué les va a pasar a aquellos que te están escuchando. Puede
ser el punto de inflexión en la vida de alguien. Gracias a Dios
no es tan raro. “Los tontos que venían a burlarse se quedaban
a orar.” Hombres que pueden haber venido cuando entran al
servicio en un estado de absoluta desesperanza, salen
regocijados: hombres y mujeres nuevos, convertidos,
regenerados. Toda su vida ha sido cambiada, y usted ha estado
involucrado en esto y ha desempeñado un papel en ello. ¿Hay
algo en el mundo que se compare con esto? No hay nada, nada
en absoluto. Esto es lo más maravilloso que puede sucederle
alguna vez a un ser humano. Estás parado ahí entre un alma
y Dios. Los asuntos eternos han sido tratados y los destinos
eternos han sido determinados.
Otra experiencia muy frecuente es que la gente acuda a ti
en el cierre de un servicio y decir; “¿Sabes? Esto es asombroso;
si usted me hubiera conocido o nuestra posición, no podrías
haber predicado más directamente a él.” Era exactamente lo
que necesitaban. Algún problema, alguna perplejidad, alguna
dificultad, alguna tragedia los había estado oprimiendo, y las
a
La predicación y los predicadores 333
Capítulo 15
palabras han sido exactamente las apropiadas. Tengo un
amigo, un excelente pastor en otro país, que había sido perse-
guido hasta tal punto que había tenido que marcharse. El y su
familia tenían intención de asentarse en o tío país. Pero esta-
ban de paso por Londres y sucedió que vinieron a nuestro
culto un domingo por la mañana. Nunca había oído hablar de
ellos ni sabía nada de ellos; pero fui guiado a decir algo que
les habló directamente. Fue solo una parte de la exposición
del texto y una aplicación general del mismo. Este hombre se
giró hacia su mujer al final y ella se volvió hacia él y se dijeron:
“Esa es nuestra respuesta”. La respuesta es que no debían ir
a establecerse entonces en el nuevo país; debían volver a su
propio país, donde se les había perseguido de manera tan
terrible, para enfrentarse a ello y luchar. Lo hicieron y se les
honró por ello. No supe nada de esto hasta que me lo contaron
varios años después. Tales experiencias llevan a “pensamien-
tos a menudo demasiado profundos para las lágrimas”.
Permítaseme terminar esta sección contando el que quizá
sea el ejemplo más extraordinario de todas estas cosas que he
tenido el privilegio de conocer. Esto de hecho me sucedió
durante una oración, y no en un sermón. Conocí a un pobre
hombre que se había convertido de una terrible vida de peca-
do y había llegado a ser un excelente cristiano. Eso era cuan-
do me encontraba en Gales del Sur. Pero después, desgracia-
damente, por diversas razones, aquel pobre individuo había
recaído y se había hundido profundamente en el pecado.
Había abandonado a su mujer y a sus hijos para vivir con otra
mujer que dejaba mucho que desear. Habían venido a
Londres y allí habían vivido una vida de pecado. Había despil-
farrado su dinero y de hecho había vuelto a su hogar y había
mentido a su mujer para sacarle más dinero. La casa en que
vivían estaba a nombre de los dos, pero consiguió cambiarlo y
ponerla a su nombre. Luego la vendió a fin de conseguir el
dinero. Así, pues, había ido muy lejos en la dirección equivo-
cada, había pecado terriblemente. Pero ahora se le había acá-
bado el dinero y la mujer le había abandonado. Era tan des-
graciado y estaba tan avergonzado que había decidido solem-
a
334 La predicación y los predicadores
Los peligros y el encanto
nemente optar por el suicidio, sintiendo que en su profundo
estado de arrepentimiento Dios le perdonaría. Pero no podía
perdonarse a sí mismo y creía que no tenía derecho a volver a
acercarse a su familia nunca más. Decidió solemnemente,
pues, caminar hasta el puente de Westminster y arrojarse al
Támesis. De hecho ya estaba de camino. Justo cuando la
pobre alma llegó al puente, el Big Ben dio las seis y media.
Repentinamente le atravesó la cabeza un pensamiento y se
dijo: ‘Justo ahora él (refiriéndose a mí) estará subiendo al púl-
pito para el culto vespertino”. Decidió, pues, venir y escuchar-
me una vez más antes de acabar con su vida. Recorrió el cami-
no hasta la iglesia Westminster Chapel unos seis minutos,
atravesó la puerta principal, subió las escaleras y justo
entraba en la galería cuando escuchó estas palabras: “Dios,
ten misericordia del que se aparta de Ti”. Pronuncié esa
petición en mi oración y fueron literalmente las primeras
palabras que oyó. Todo se corrigió de inmediato, y no solo fue
restaurado sino que se convirtió en anciano en una iglesia a
las afueras de Londres y rindió un gran servicio durante
algunos años1.
¿Qué significa eso? Que estamos en las manos de Dios y
que, por tanto, puede suceder cualquier cosa. “Nada es impo-
sible para Dios”. “Pide grandes cosas a Dios —como dijo
William Carey—, y espera grandes cosas de Dios”, y El te lle-
vará de sorpresa en sorpresa. No existe encanto comparable
a la obra del predicador. Es un camino jalonado por muchos
Bet-el.
1. Entre el momento en que se impartieron estas conferencias y su
publicación, murió una muerte gloriosa y triunfante.
La predicación y los predicadores 335
Capítulo 16
“Demostración del
Espíritu y de poder”
H
e guardado y reservado para este último estudio lo
que considero, al fin y al cabo, lo más esencial con
respecto a la predicación, y se trata del ungimiento y
la unción del Espíritu Santo. Puede que a algunos les parez-
ca extraño que haya dejado lo más importante para el final
en lugar de haber comenzado por ello. Mi razón para hacer-
lo es que creo que si hacemos, o intentamos hacer, todo lo
que he dicho anteriormente, entonces la unción vendrá
sobre ello. Ya he señalado que algunos hombres caen en el
error de confiar únicamente en la unción y dejar de lado
todo lo que pueden hacer en cuanto a la preparación. La
forma adecuada de considerar la unción del Espíritu es pen-
sar en ella como algo que desciende sobre la preparación.
Existe un incidente en el Antiguo Testamento que proporcio-
na una ilustración idónea para mostrar esta relación. Es la
historia de Elias ante los falsos profetas de Israel en el monte
Carmelo. Se nos dice que Elias construyó el altar, luego cortó
la madera y la puso en el altar y después mató un buey, lo
cortó en pedazos y los esparció por encima de la madera.
Luego, tras haber hecho eso, oró para que descendiera
fuego; y el fuego cayó. Ese es el orden.
Existen muchos otros ejemplos de esto mismo. Uno de los
más notables es en relación con el relato del levantamiento
del Tabernáculo en el desierto en Éxodo 40. Se nos dice
cómo Moisés hizo detalladamente todo lo que Dios le había
dicho y que la gloria del Señor descendió sobre el
Tabernáculo solamente tras haber hecho eso. Esa es la razón
que tengo para reservar para el final en relación con la pre-
dicación lo que sin lugar a dudas es lo más importante de
todo. Que “Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos” es
cierto en relación con esto igual que con muchas otras cosas.
La preparación cuidadosa y la unción del Espíritu jamás
aaaaaa
336 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
deben considerarse como alternativas sino como comple-
mentarias entre sí.
Todos tendemos a irnos al extremo; algunos confían tan
solo en su propia preparación y no buscan nada más; otros,
como digo, tienden a despreciar la preparación y confían
solamente en la unción, el ungimiento y la inspiración del
Espíritu. Pero no se trata de “uno u otro”; siempre es
“ambos”. Estas dos cosas deben ir juntas.
¿Qué quiere decir esta “unción o ungimiento” del
Espíritu? La mejor forma de enfocarlo es mostrar en primer
lugar a partir de las Escrituras lo que significa. Pero antes de
hacerlo, permítaseme plantear una pregunta a todos los pre-
dicadores. ¿Buscas siempre esta unción, este ungimiento,
antes de predicar? ¿Ha sido esta tu mayor preocupación? No
existe una prueba más profunda y reveladora que se pueda
aplicar a un predicador.
¿Qué es? El Espíritu Santo descendiendo sobre el predica-
dor de forma especial. Es un acceso de poder. Es Dios dando
poder y capacitando al predicador, a través del Espíritu, a fin
de que pueda hacer esta obra de una manera que lo eleva por
encima de los esfuerzos y tentativas del hombre hasta una
posición en que es utilizado por el Espíritu y se convierte en
el canal a través del cual obra el Espíritu. Esto se ve muy clara
y manifiestamente en las Escrituras.
Propongo considerar en primer lugar, pues, la enseñanza
escrituraria, luego ver la cuestión desde un punto de vista his-
tórico y finalmente hacer algunos comentarios. En las
Escrituras queda bastante claro que los profetas del Antiguo
Testamento son ejemplos de esta unción, pero propongo
limitar nuestra atención al Nuevo Testamento. Comencemos
por Juan el Bautista, porque es el precursor del Salvador. En
Lucas 1 se nos dice que Zacarías recibió un mensaje a este
efecto:
Porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni
sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el
vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de
Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante
La predicación y los predicadores 337
Capítulo 16
de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer
volver los corazones de los padres a los hijos, y de los
rebeldes a la prudencia de los justos (versículos 15-17).
Ese es un excelente resumen de la posición de los profetas
del Antiguo Testamento. Esos hombres eran conscientes de
un soplo que descendía sobre ellos; el Espíritu los tomaba y
recibían un mensaje y el poder para comunicarlo. Es la gran
característica de los profetas. Se nos dice, pues, acerca de él
que Dios le dotó de esta manera muy especial con el Espíritu
Santo y con su poder para hacer su obra. Y cuando leemos la
historia de su ministerio, esto se hace patente. Habló de tal
forma que las personas experimentaron una profunda con-
vicción. La predicación de Juan el Bautista convenció aun a
los fariseos: esa es la prueba más cierta del poder de un minis-
terio. Pero Juan era muy consciente de la naturaleza mera-
mente preliminar de su ministerio y siempre subrayó que
estaba preparando el camino: “Yo no soy el Cristo —dice—.
Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más pode-
roso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su
calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Juan 1:20;
Lucas 3:16). Había algo más por venir, algo mucho más gran-
de en su totalidad.
A continuación, observemos lo que sucedió en el caso de
nuestro propio Señor. Este es un punto que a menudo se
pierde de vista. Me refiero a la forma en que descendió el
Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma. Él mismo expli-
có posteriormente lo que esto significaba cuando habló en la
sinagoga en su ciudad natal de Nazaret, tal como se relata en
Lucas 4:18 ss.: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuan-
to me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres
Lo que me preocupa recalcar es que lo que dice es que aque-
llo que le sucedió en el Jordán fue que fue ungido por el
Espíritu para predicar ese Evangelio de salvación, para “pre-
dicar el año agradable del Señor”,
Esta es una declaración extraordinaria. Por supuesto,
aaaaa
338 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
arroja luz sobre todo el significado y el propósito de la
encarnación; pero lo que es significativo es que aun nuestro
propio Señor, el Hijo de Dios, no podría haber ejercido su
ministerio como hombre en la Tierra sin haber recibido esta
“unción” especial y particular del Espíritu Santo para hacer
su obra. Es cierto aun de El.
Luego —y no estoy sino eligiendo lo que considero como
los pasajes más importantes que tratan esta cuestión— llega-
mos al libro de Hechos de los Apóstoles, y en Hechos 1:8 lee-
mos: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre voso-
tros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en
toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra”. Eso,
por supuesto, debe asociarse siempre al último capítulo del
Evangelio según Lucas, donde tenemos un relato de lo que
dijo nuestro Señor a los discípulos reunidos en el Aposento
Alto. Dijo que les estaba enviando.
Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo
padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y
que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el
perdón de pecados en todas las naciones, comenzando
desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas.
He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre
vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de
Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo
alto.
Eso nos lleva a Hechos 1:8 y a su cumplimiento, tal como
se documenta en Hechos 2.
La importancia de esto, tal como lo veo, es que aquí tene-
mos hombres a los que imaginaríamos en la posición perfec-
ta y en condiciones de actuar ya como predicadores. Habían
estado con nuestro Señor durante tres años, habían oído
todos sus discursos y sus instrucciones, habían visto todos
sus milagros, habían tenido el beneficio de estar con Él, de ver
su rostro y tener una conversación personal y una comunión
con Él. Tres de ellos habían presenciado su transfiguración,
todos ellos habían testimoniado su crucifixión y su enterra-
aaa
La predicación y los predicadores 339
Capítulo 16
miento y, por encima de todo, eran testigos del hecho de su
resurrección física. Habríamos pensado que estos hombres,
pues, se encontraban ahora en perfecta situación de salir a
predicar; pero, según la enseñanza de nuestro Señor, no lo
estaban. Parecen tener todos los conocimientos adecuados,
pero esos conocimientos no son suficientes, hace falta algo
más, algo esencial. Ciertamente, los conocimientos son vita-
les, porque no se puede ser testigo sin ellos, pero para ser tes-
tigos eficaces necesitamos además el poder, la unción y la
demostración del Espíritu. Ahora bien, si esto era necesario
para aquellos hombres, ¿cuánto más lo será para todos los
demás que intentan predicar estas cosas?
Leemos que el Espíritu vino sobre aquellos hombres reu-
nidos el día de Pentecostés en Jerusalén; y de inmediato
vemos la diferencia que supuso para ellos. El Pedro que con
ánimo cobarde había negado a su Señor a fin de salvar su pro-
pia vida está lleno ahora de valor y de gran confianza. Es
capaz de exponer las Escrituras con autoridad y de hablar con
tan poderoso efecto que 3000 personas se convierten bajo su
predicación. Esta fue la inauguración, por así decirlo, de la
Iglesia cristiana tal como la conocemos en esta dispensación
del Espíritu, y esa es la gráfica imagen que se nos da de cómo
empezó.
Aquí debo llamar la atención con respecto a otro punto
que también creo que solemos perder de vista. Esta “adquisi-
ción de poder” o, si lo prefieres, esta “efusión de poder” de
los predicadores cristianos no ocurre “de una vez por todas”;
se puede repetir y se ha repetido en muchísimas ocasiones.
Permítaseme aducir algunos ejemplos de ello. Allí, en el
día de Pentecostés, hemos visto a los Apóstoles llenos de este
poder y hemos visto asimismo que el verdadero propósito del
“bautismo del Espíritu” es capacitar a los hombres para dar
testimonio de Cristo y de su salvación con poder. El bautismo
del Espíritu Santo no es la regeneración —los Apóstoles ya
estaban regenerados—, y no se concede de manera primor-
dial para alentar la santificación; es un bautismo de poder, un
bautismo de fuego, o un bautismo que le capacita a uno para
a
340 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
dar testimonio. Los antiguos predicadores solían darle gran
importancia. Preguntaban con respecto a un hombre: “¿Ha
recibido el bautismo de fuego?”. Esa era la pregunta impor-
tante. No se refiere a la regeneración o la santificación; es
poder, poder para dar testimonio.
Los Apóstoles lo recibieron en el día de Pentecostés y
Pedro dio testimonio de inmediato de manera muy podero-
sa; y él y Juan dieron testimonio nuevamente tras sanar al
inválido, y lo hicieron al predicar en el Templo. Pero consi-
deremos por otro lado Hechos 4:7. Allí tenemos a Pedro y
Juan sometidos a juicio ante el Sanedrín y se les formula la
acusación: “¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis
hecho vosotros esto?”. Pero advirtamos lo que dice el relato a
continuación: “Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les
dijo: Gobernantes del pueblo […]”.
¿Cómo interpretamos eso? ¿Por qué dice: “Entonces
Pedro, lleno del Espíritu Santo”? Se podría argumentar:
“¿Pero no fue lleno del Espíritu Santo en el día de
Pentecostés como lo fueron los demás hombres?”. Por
supuesto que lo fue. ¿Qué sentido tiene la repetición aquí?
Solo existe una explicación adecuada. No es un simple recor-
datorio del hecho de que había sido bautizado con el Espíritu
en el día de Pentecostés. No tiene sentido utilizar esta expre-
sión a menos que recibiera una nueva adquisición de poder.
Se encontraba en una situación crítica. Estaba siendo juzga-
do junto con Juan, ciertamente el Evangelio y toda la Iglesia
cristiana estaban siendo juzgados y necesitaba un nuevo
poder para dar testimonio con energía y refutar a sus perse-
guidores: un poder nuevo, y lo recibió. De modo que se utili-
za la expresión: “Pedro, lleno del Espíritu Santo”. Fue otra lle-
nura para esa tarea especial.
Hay otro ejemplo más de esto en el mismo capítulo 4 de
Hechos, en el versículo 31. Todos eran miembros de la Iglesia
que oraban con miedo ¿inte la amenaza de las autoridades
que intentaban exterminar a la Iglesia. Entonces sucedió
esto: “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban con-
gregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo”:
aaaa
La predicación y los predicadores 341
Capítulo 16
las mismas personas de nuevo. Habían sido llenos del Espíritu
Santo en el día de Pentecostés, y también Pedro y Juan en
ocasiones posteriores; pero aquí se llena de nuevo a toda la
congregación con el Espíritu Santo. Es obvio, pues, que esto
se puede repetir en muchas ocasiones.
Luego, pasando a Hechos 6, tenemos el relato de cómo se
nombró a los primeros diáconos. Adviértanse los términos
que se recalcan en los versículos 3 y 5: “Buscad, pues, herma-
nos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, lle-
nos del Espíritu Santo y de sabiduría —esto no es cierto de
todo el mundo, sino que es cierto de algunos—, a quienes
encarguemos de este trabajo. [...] Agradó la propuesta a toda
la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del
Espíritu Santo”. “¿Pero —dirás— no estaban todos llenos del
Espíritu Santo?”. No en este sentido. Hay algo especial allí,
hay algo peculiar, hay algo adicional; y se les dijo que lo bus-
caran. En todos los casos se trata exactamente de la misma
idea.
Posteriormente tenemos otro ejemplo en Hechos [Link] la
imagen de Esteban justo antes de ser apedreado hasta la
muerte. Esto no solo es memorable sino también de gran
importancia. Dice el versículo 54: “Oyendo estas cosas —sus
acusadores, los miembros del Sanedrín—, se enfurecían en
sus corazones, y crujían los dientes contra él. Pero Esteban,
lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la glo-
ria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios”. Esta,
obviamente, es una investidura especial. Una vez más es un
hombre en una gran crisis; y el Espíritu desciende sobre él de
forma excepcional y le capacita para afrontar la crisis y dar un
tremendo testimonio.
Bastará con otro ejemplo más en relación con el apóstol
Pablo, que entró posteriormente en la Iglesia. Está en
Hechos 13:9. El apóstol Pablo y Bernabé habían llegado a un
país donde había un procónsul llamado Sergio Paulo que
deseaba escuchar la Palabra de Dios. “Pero les resistía Elimas,
el mago (pues así se traduce su nombre), procurando apartar
de la fe al procónsul”. Luego, en el versículo 9, dice:
aaaaaaaaaa
342 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
“Entonces Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu
Santo, fijando en él los ojos [...]”. Cuando el texto dice “lleno
del Espíritu Santo” no se está refiriendo al hecho de que
hubiera sido lleno del Espíritu Santo en relación con su con-
versión y como resultado de su reunión con Ananías. Sería
ridículo repetirlo si hubiera sucedido de una vez por todas.
Se trata nuevamente de una investidura especial de poder,
una crisis especial, una ocasión especial, y recibió este poder
especial para esta ocasión especial.
Yo iría más lejos y señalaría que esto les sucedía siempre a
los Apóstoles cuando quiera que obraban un milagro o cuan-
do quiera que tenían que afrontar alguna situación en espe-
cial. La importancia de esto se manifiesta de la siguiente
forma. Hay mucha diferencia entre los milagros obrados por
los Apóstoles y los “milagros” que ciertos hombres afirman
llevar a cabo en la actualidad. Una gran diferencia es esta:
Jamás vemos a los Apóstoles anunciando de antemano que
van a celebrar un culto de sanidad en el plazo de unos días.
¿Por qué no? Porque nunca sabían cuándo iba a suceder. No
lo decidían y no lo controlaban; más bien lo que sucedía era
esto invariablemente. Por ejemplo, Pablo estaba tratando con
este hombre —encontramos lo mismo en el caso del hombre
en Listra que se relata en el capítulo 14— y de pronto recibió
el mandato de sanarle. Pablo no sabía nada de esto hasta que
le impulsó el Espíritu y recibió el poder; y así lo hizo. La pri-
mera diferencia, pues, entre los presuntos obradores de mila-
gros de la actualidad y los Apóstoles es que los Apóstoles
jamás podían predecir o anunciar la ejecución de milagros, y
jamás lo hicieron.
Hay una segunda diferencia asimismo. Los Apóstoles —lo
advertimos en el libro de Hechos—jamás fallaban. Nunca se
trataba de un ensayo; no había un elemento experimental.
Lo sabían. Recibían un mandato, de modo que hablaban con
autoridad. Emitían una orden y no había fracaso alguno; y no
puede haber fracaso cuando es así. Esa es claramente la ima-
gen general que se da en el libro de Hechos de los Apóstoles.
Pero hay algo aún más directo y específico que todo esto:
aa
La predicación y los predicadores 343
Capítulo 16
La gran declaración del apóstol Pablo en 1 Corintios 2, la
declaración crucial en que describe su propia predicación en
Corinto. “Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho
temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con
palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demos-
tración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté
fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de
Dios” (versículos 3-5). Esa es la afirmación vital y definitoria
con respecto a toda esta cuestión. Estamos ante un hombre
con grandes dones, con unas excepcionales facultades natu-
rales; pero eligió deliberadamente no utilizarlas de manera
carnal: “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino
a Jesucristo, y a este crucificado”; y entonces se abstuvo deli-
beradamente del estilo de los retóricos griegos con el que tan
familiarizado estaba, tanto en la forma como en el contenido.
Como dice más a adelante a estos mismos corintios, se hizo
“[insensato] por amor de Cristo”, a fin de que quedara claro
que el poder no era suyo sino de Dios y que toda su posición
no debía basarse en “la sabiduría de los hombres, sino en el
poder de Dios”.
Viniendo esto de Pablo, de entre todos los hombres, resul-
ta sumamente sorprendente. Recuerda esto a los corintios
una vez más en el capítulo 4, versículos 18-20. Algunos de los
miembros de la iglesia en Corinto estaban hablando mucho,
criticando al apóstol Pablo y expresando sus opiniones libre-
mente con respecto a él y su enseñanza. Por tanto, les desafia
y dice: “Mas algunos están envanecidos, como si yo nunca
hubiese de ir a vosotros. Pero iré pronto a vosotros, si el
Señor quiere, y conoceré no las palabras, sino el poder de los
que andan envanecidos. Porque el reino de Dios no consiste
en palabras, sino en poder”. Hoy día quizá no haya texto que
debamos recordar más que precisamente ese. Ciertamente
no faltan las palabras; ¿pero hay grandes pruebas de poder en
nuestra predicación? “El reino de Dios no consiste en pala-
bras, sino en poder”. Esa —dice Pablo— es la prueba, y sigue
siéndolo, de la predicación verdadera.
Más adelante vemos que viene a repetir más o menos lo
344 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
mismo en 2 Corintios 4. Hablando de su propio ministerio,
dice: “Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la
misericordia que hemos recibido, no desmayamos. Antes
bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con
astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino por la mani-
festación de la verdad recomendándonos a toda conciencia
humana delante de Dios”. Pasa luego a la conmovedora afir-
mación del versículo 6: “Dios, que mandó que de las tinieblas
resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros cora-
zones, para iluminación del conocimiento de la gloria de
Dios en la faz de Jesucristo”. E inmediatamente a continua-
ción: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que
la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”. Es
siempre lo mismo, siempre está deseoso de subrayar esta
dependencia absoluta del poder del Espíritu. Lo mismo
vemos de nuevo en 2 Corintios 10:3-5: “Pues aunque anda-
mos en la carne, no militamos según la carne; porque las
armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en
Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumen-
tos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de
Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a
Cristo”. Es siempre la misma idea, “no son carnales”, “pode-
rosas en Dios”. Es un poder espiritual. Ciertamente hallamos
el mismo hincapié en esa extraordinaria afirmación de 2
Corintios 12, donde nos dice que había sido “arrebatado al
paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al
hombre expresar” y cómo entonces le había llegado “el agui-
jón en la carne” y oró en tres ocasiones para que se le quita-
ra; pero no se le quitó. Al principio estaba perplejo, pero
había llegado a comprender el significado cuando Dios le
dijo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en
la debilidad”. Ahora puede decir, pues: “Por tanto, de buena
gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repo-
se sobre mí el poder de Cristo [...]; porque cuando soy débil,
entonces soy fuerte”.
Otra declaración de esto que jamás deja de conmoverme
se encuentra al final del capítulo 1 de Colosenses: “A quien
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La predicación y los predicadores 345
Capítulo 16
anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a
todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto
en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo,
luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamen-
te en mí”. Ese es el testimonio de Pablo siempre. Estaba
haciendo todo lo que podía, pero lo que verdaderamente
cuenta es “la potencia de él, la cual actúa poderosamente en
mí”. Eso es lo que quiere decir “unción”. En 1 Tesalonicenses
1:5 encontramos una definición aún más precisa: “Pues nues-
tro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino
también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidum-
bre”. El Apóstol está recordando a los tesalonicenses cómo
habían recibido el Evangelio. Tuvo que abandonarles a fin de
predicar en otros sitios, y les escribe esta carta, que muchos
consideran la primera carta a una iglesia. Es un capítulo de
suma importancia, ciertamente como la definitiva y definito-
ria afirmación concerniente a la predicación y la evangeliza-
ción. Les recuerda que el Evangelio no les “llegó [...] en pala-
bras solamente”. Había llegado “en palabras”, y les recuerda
el contenido de esas palabras en los versículos 8 y 19, pero no
fue “en palabras solamente, sino también […]”. Es este “tam-
bién”, esta adición del poder del Espíritu Santo lo que hace
en última instancia que la predicación sea eficaz. Esto es lo
que produce conversiones y crea y edifica iglesias: “poder”,
“Espíritu Santo” y “plena certidumbre”.
Pedro enseña exactamente la misma verdad al recordar a
los cristianos a quienes escribió en su Primer Epístola cómo
se habían convertido en cristianos y la naturaleza del mensa-
je del Evangelio. Dice en referencia a los profetas del Antiguo
Testamento: “A estos se les reveló que no para sí mismos, sino
paira nosotros, administraban las cosas que ahora os son
anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el
Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan
mirar los ángeles”. Así es cómo se predica el Evangelio; dice:
“Por el Espíritu Santo enviado del cielo”.
Mi última cita proviene del último libro de la Biblia, el
Apocalipsis. Es la afirmación de Juan mismo en el capítulo 1,
a
346 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
versículo 10: “Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí
detrás de mí una gran voz”. ¿Cómo interpretamos eso?
¿Significa que Juan, siendo cristiano, estaba siempre “en el
Espíritu”? Si ese era el caso, ¿por qué se molesta en decirlo?
Claramente no era su estado o situación habitual; era algo
completamente excepcional. Dice: Allí estaba yo en esa isla
de Patmos en el día del Señor y de pronto me encontré “en
el Espíritu”. Fue una visitación del Espíritu de Dios. Y fue
como resultado de esto como recibió esa gran visión, los men-
sajes a las iglesias y su conocimiento del futuro de la Historia.
Ese es el claro e inequívoco testimonio y la evidencia de las
Escrituras con respecto a la predicación. Pero quizá tu postu-
ra sea: “Sí, eso lo aceptamos y no nos ocasiona dificultad algu-
na. Pero todo eso se acabó con la era apostólica, por lo que
no tiene nada que ver con nosotros”. Mi respuesta es que las
Escrituras también están concebidas para aplicársenos hoy
día y que, si limitas todo esto a la era apostólica, estás dejan-
do muy poco para nosotros en la actualidad. En cualquier
caso, ¿cómo dirimes lo que estaba destinado a ellos única-
mente y lo que también lo está a nosotros? ¿Sobre qué base lo
haces? ¿Cuáles son tus cánones de juicio? Yo opino que no
son otros que el prejuicio. Toda la Escritura es para nosotros.
En el Nuevo Testamento tenemos una imagen de la Iglesia y
es pertinente para la Iglesia en todos los tiempos y épocas.
Gracias a Dios, la historia de la Iglesia demuestra lo correc-
to de esta tesis. Las pruebas de ello son abundantes. La larga
historia de la Iglesia muestra repetidamente que lo que halla-
mos en el Nuevo Testamento ha caracterizado siempre a la
Iglesia en períodos de avivamiento y reforma. Por eso he sos-
tenido siempre que, tras la lectura de la Biblia misma, leer la
historia de los avivamientos es una de las cosas que más
ánimo pueden infundirle a uno. Tomemos la situación a la
que nos enfrentamos en la actualidad. Considera la tarea,
considera el estado del mundo, considera la mentalidad
moderna. Sin creer en el poder del Espíritu y sin conocer
algo de él, es una tarea desmoralizadora. Ciertamente, no
seguiría adelante un solo día de no ser por él. Si creyera que
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La predicación y los predicadores 347
Capítulo 16
todo depende de nosotros, de nuestros conocimientos, de
nuestra erudición y de nuestras organizaciones, sería el más
desgraciado y desesperanzado de los hombres. Pero ese no es
el caso. Lo que leemos en el Nuevo Testamento es igualmen-
te posible y está abierto para nosotros en la actualidad; y es
nuestra única esperanza. Pero debemos comprenderlo. Si no
lo hacemos, nos pasaremos el tiempo estancados y deprimi-
dos, y no lograremos nada.
¿Cuáles son, pues, las evidencias que arroja la Historia?
Podríamos comenzar por la Reforma protestante. Hay gran-
des evidencias de la obra del Espíritu en esa época. Está la
gran experiencia que describe Lutero mismo cuando toda la
habitación pareció llenarse de luz. Esa es sin duda la clave
para entender su extraordinaria predicación. Estamos tan
interesados en Lutero el teólogo que tendemos a olvidar al
Lutero el predicador. Lutero era un extraordinario predica-
dor. Lo mismo podemos decir también de Calvino.
Pero hubo dos hombres en Inglaterra muy destacados en
este aspecto. Uno fue Hugh Latimer, cuya predicación en St.
Pañis Cross en Londres fue acompañada obviamente por
gran unción y poder del Espíritu Santo. Nuevamente tende-
mos a olvidar esto. Estamos justificadamente interesados en
la gran convulsión teológica de la época de la Reforma pro-
testante; pero no olvidemos nunca que también fue un movi-
miento popular. No estaba restringido a los eruditos y a los
maestros; llegó al pueblo gracias a estos predicadores ungidos
con el Espíritu.
Hubo un hombre llamado John Bradford que obviamente
era un gran predicador en este mismo sentido. Fue uno de
los primeros mártires protestantes. Lo mismo se puede decir
también de otros países en esa época. A finales del siglo XVI
hubo en Escocia un extraordinario predicador llamado
Robert Bruce. Recientemente se ha reeditado un pequeño
libro sobre él. En dicho libro se puede leer el relato de lo que
sucedió en una ocasión cuando se encontraba en una confe-
rencia de ministros en Edimburgo. En esa época las cosas
estaban muy mal y ciertamente eran de lo más descorazona-
a
348 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
doras. Los ministros hablaban entre sí y conferenciaban al
respecto, pero todos estaban muy deprimidos. Cuanto más
hablaban más se deprimían, como no es infrecuente en las
asambleas generales y otras conferencias religiosas. Robert
Bruce intentó que oraran, y estaban intentando orar.
Comoquiera que sea, Bruce tenía claro que solo estaban
“intentando orar”, y no lo consideraba oración. De modo
que, como le pasó a Pablo en Atenas, “su espíritu se enarde-
ció” y dijo que iba a “golpearles” con el Espíritu Santo.
Comenzó, pues, a aporrear la mesa con los puños, y cierta-
mente logró algo. Entonces comenzaron a orar realmente
“en el Espíritu”, y fueron transportados de la depresión hasta
las alturas y recibieron gran certidumbre de Dios de que
seguía con ellos y jamás los desampararía ni los dejaría.
Volvieron a su obra con renovado vigor y con una esperanza
y confianza renovadas.
Pero pasemos al que, en muchos sentidos, es mi ejemplo
favorito. Trata de John Livingstone, que vivió a comienzos del
siglo XVII en Escocia. John Livingstone era también un hom-
bre muy capaz, como la mayoría de estos hombres. Aquellos
primeros ministros reformados en Escocia fueron una serie
de hombres imponentes con respecto a su capacidad, su cul-
tura y sus conocimientos; pero lo que les caracterizaba por
encima de todo lo demás era su conocimiento y experiencia
de esta unción y este poder espiritual.
John Livingstone —como digo— era un excelente erudito
y un gran predicador. Tuvo que escapar a Irlanda del Norte a
causa de la persecución, y estando allí tuvo algunas experien-
cias de avivamiento. Pero su gran día llegó en 1630. Hubo
unos días de comunión en un lugar llamado Kirk O’Shotts , a
medio camino entre Glasgow y Edimburgo. Estas reuniones
de comunión podían durar muchos días y se caracterizaban
por las abundantes predicaciones de diversos predicadores
visitantes. En aquella ocasión en particular todos habían sen-
tido desde el comienzo hasta el domingo por la noche que
había algo inusual. Los hermanos decidieron, pues, celebrar
un culto adicional el lunes, y pidieron a John Livingstone que
a
La predicación y los predicadores 349
Capítulo 16
predicara. Ahora bien, Livingstone era un hombre muy
modesto, humilde y piadoso, por lo que temía la responsabi-
lidad de predicar en semejante ocasión. Pasó, pues, toda la
noche debatiéndose en oración. Salió al campo y allí prosi-
guió orando. Muchas de las personas también estaban oran-
do. Pero su alma sufría tina gran angustia, y no halló paz
hasta que, en las primeras horas de la mañana del lunes, Dios
le dio un mensaje y a la vez la certeza de que sti predicación
estaría acompañada por un gran poder. John Livingstone
predicó, pues, en aquella famosa mañana del lunes, y como
resultado de aquel único sermón se añadieron quinientas
personas a las iglesias de esa localidad. Fue un día tremendo,
una experiencia abrumadora del derramamiento del Espíritu
de Dios sobre una congregación reunida. El resto de la histo-
ria de su vida es igualmente significativo e importante. John
Livingstone vivió muchos años desptiés, pero jamás volvió a
tener una experiencia semejante. Siempre la recordó, siem-
pre la anheló; pero jamás volvió a repetirse.
Se describen experiencias espirituales similares en las
vidas de predicadores de los Estados Unidos. Fue de gran pro-
vecho para mí leer hace unos años los diarios de Cotton
Mather, el autor de Magnolia Christi Americana . Estos diarios,
y su historia de la religión en América, contienen muchos
ejemplos del poder del Espíritu Santo. Como ya he dicho, no
hay nada más importante para la predicación que la lectura
de la historia de la Iglesia y las biografías. En el propio diario
de Cotton Mather encontramos extraordinarias descripcio-
nes de estas “visitaciones”, como él las llamaba, del Espíritu
de Dios y del efecto que tuvieron en su predicación. Por otra
parte, quiero recalcar el hecho de que Cotton Mather era un
hombre muy capaz y erudito, y no un mero predicador igno-
rante, crédulo e impresionable. Todos los Mather eran hom-
bres capaces; y él llevaba en la sangre además la influencia de
los Cotton, aun más capaces. Era nieto de John Cotton, quizá
el más erudito de los primeros predicadores americanos, y
también de Richard Mather. Ningún hombre podía tener
mejor pedigrí, un mejor árbol genealógico desde el punto de
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350 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
vista del intelecto y la capacidad; sin embargo, no hay nada
más sorprendente con respecto a este hombre que su com-
prensión de que en realidad no podía hacer nada sin esa
unción y ese poder del Espíritu Santo, y su sentimiento de
absoluta dependencia de ellos.
“El tiempo me faltaría” —como al autor de la Epístola a los
Hebreos— para hablar acerca de Jonathan Edwards v David
Brainerd. Sus biografías, tanto las nuevas como las antiguas,
están a nuestra disposición y debieran ser lectura obligatoria
para todos los predicadores. También están Gilbert Tennant
y otros miembros de su notable familia. Gilbert Tennant fue
utilizado durante un tiempo como una espada ardiente, y
luego el poder pareció abandonarle y durante el resto de su
ministerio en Filadelíia fue un predicador relativamente
“normal”.
También tenemos la historia de George Whitefield y de los
Weslev. John Wcsley es un hombre importante en todo este
argumento por diversas razones. Una de ellas, y la más impor-
tante en muchos sentidos, es que si alguna vez hubo un hom-
bre típicamente erudito esc fue John Wesley. También era un
inglés típico, lo que significa que no era emocional por natu-
raleza. Se nos dice que el inglés es ílemático y no se emocio-
na, no se conmueve fácilmente y no es voluble como las razas
célticas y latinas; ¡aunque esto no parece ser cierto en el terre-
no del fútbol! Ahora bien, John Wesley era el inglés más típi-
co que se pueda concebir: pedante, preciso y exacto. Su edu-
cación había sido muy estricta, rigurosa y disciplinada, y tras
una brillante carrera académica como estudiante se había
convertido en miembro de la junta de gobierno de una uni-
versidad de Oxford. Era exacto en su exegesis, preciso en sus
afirmaciones, utilizaba cada palabra en su lugar y además era
un hombre muy devoto y religioso. Dedicaba su tiempo libre a
visitar a los prisioneros en las cárceles; hasta acompañaba a
algunos a su ejecución. Entregaba su dinero para alimentar a
los pobres. Ni siquiera todo esto le satisfizo; renunció a su
puesto en Oxford y cruzó el Atlántico para predicar en
Georgia a los pobres esclavos y a otros. Pero fue completa-
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La predicación y los predicadores 351
Capítulo 16
mente inútil, un fracaso absoluto, y llegó a la conclusión de
que necesitaba el Evangelio tanto como los pobres esclavos
de Georgia. Y era cierto. No había poder alguno en su minis-
terio. Adicionalmente, no tenía claro el camino de la salva-
ción, y esto lo comprendió en una tormenta en medio del
Atlántico cuando observó la diferencia entre sí mismo y algu-
nos hermanos moravos cara a cara ante la muerte. Regresó,
pues, a Inglaterra.
Tras volver a Inglaterra, lo primero en que se le corrigió
fue con respecto a la doctrina de la justificación por la sola fe.
Logró verla con claridad en marzo de 1738, pero seguía sien-
do un fracaso como predicador; de hecho comenzó a sentir
que no debía predicar. Al hermano moravo Peter Bohler, que
le había ayudado a entender la justificación por la fe, le dijo:
—La veo claramente con la cabeza pero no la siento, y
sería mejor que dejara de predicar hasta que la sintiera.
—No —dijo Peter Bohler en esa respuesta imperecede-
ra—, no dejes de predicar, sino predica hasta que la sientas.
Recordemos lo que sucedió. El 24 de mayo de 1738 tuvo
aquella experiencia culminante. En una pequeña reunión en
Aldersgate Street, en Londres, un grupo de personas se había
congregado para estudiar las Escrituras y edificarse mutua-
mente en la fe. Aquella noche en particular se había elegido
a alguien para que leyera el prefacio del comentario de
Lutero a la Epístola a los Romanos; no el comentario sino el
prefacio. Allí estaba aquel hombre leyendo ese prefacio del
comentario de Lutero cuando, mientras lo leía, Wesley dice
que su corazón experimentó un “extraño fervor” y sintió de
pronto que Dios había perdonado sus pecados: aun los suyos.
Al sentir ese calor, algo empezó a derretirse en su interior; y
fue a partir de ese momento cuando este hombre comenzó a
predicar con un nuevo poder y fue grandemente utilizado
por Dios. Todo esto no hace sino confirmar lo que encontra-
mos en las Escrituras. Puedes tener el conocimiento y puedes
ser meticuloso en tu preparación; pero sin la unción del
Espíritu Santo carecerás de poder y tu predicación no será
eficaz.
352 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
Whitefield nos cuenta que fue consciente, de hecho en el
culto de su ordenación, de un poder que descendía sobre él.
Lo sabía. Estaba emocionado por esa sensación de poder. El
primer domingo después de su ordenación predicó en su ciu-
dad natal, Gloucester, y fue un culto asombroso. Fue tan
extraordinario que la gente escribió al obispo —el obispo
Benson— quejándose de Whitefield y aseverando que, como
resultado de su sermón, quince personas habían perdido la
razón. El obispo no solo era un hombre sabio sino también
un hombre bueno; de modo que respondió diciendo que
deseaba que todo su clero produjera el mismo efecto en la
gente, puesto que la mayoría no causaba efecto alguno. Le
alegraba oír de un hombre que causara algún efecto. Por
supuesto, aquellas personas no habían perdido la razón; lo
que les había sucedido es que habían experimentado una
profunda y tremenda convicción de pecado. En aquella
época la gente, como muchos médicos y otros en la actuali-
dad, diagnosticaban muy fácilmente el “fanatismo religioso”;
pero lo que sucede en realidad es que el Espíritu Santo de
Dios lleva a la persona, o personas, a una tremenda convic-
ción de pecado. Los diarios posteriores de Whitefield, y sus
diversas biografías, contienen interminables relatos de su
conciencia del Espíritu de Dios descendiendo sobre él mien-
tras predicaba y también en otras ocasiones.
En mi tierra natal de Gales hubo dos hombres extraordi-
narios durante el siglo XVIII: Howel Harris y Daniel
Rowland. Sus vidas son igualmente elocuentes en este senti-
do. Howel Harris era un joven profesor de instituto. Fue con-
vencido de pecado en la Pascua de 1735, y su alma estuvo
angustiada hasta el domingo de Pentecostés, cuando recibió
la certeza de que sus pecados habían sido perdonados y
comenzó a regocijarse en este hecho. En cualquier caso, tres
semanas después, mientras estaba sentado en la torre de la
iglesia leyendo las Escrituras, orando y meditando, dice:
“Dios comenzó a derramar su Espíritu sobre mí”. Describe
cómo le llegó “ola tras ola” hasta que apenas fue capaz de
resistirlo físicamente, y nos dice cómo le llenó el amor de
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La predicación y los predicadores 353
Capítulo 16
Dios derramado sobre su corazón. Ahora bien, fue a partir de
ese momento cuando Harris comenzó a sentir el impulso de
evangelizar a sus vecinos paganos. Al principio solía visitar a
los enfermos y les leía buenos libros. No profería una sola
palabra propia, simplemente les leía libros. Pero había tal
unción y poder en la lectura de esos libros que las personas
eran convencidas de pecado y se convertían. Esto prosiguió
durante un tiempo. Sentía que era tan indigno que no valía
para ser predicador, de manera que, a pesar de que creía que
en cierto sentido no estaba siendo del todo honrado, siguió
leyendo los libros pero intercalando algunos comentarios
propios a medida que le llegaban los pensamientos a la cabe-
za, mientras mantenía los ojos fijos en el libro. Siguió así
durante un tiempo. Finalmente comenzó a exhortar de
forma abierta a la gente y las multitudes se congregaban para
escucharle. En un sentido, este hombre fue el pionero de un
movimiento que sacudió a todo el país y dio a luz a la deno-
minación metodista calvinista galesa, o los actuales presbite-
rianos: la Iglesia en Gales. Así es como sucedió; fue el resulta-
do directo de esa unción, de ese ungimiento especial del
Espíritu Santo. A veces lo perdía durante un tiempo y se afli-
gía por ello; pero luego volvía de nuevo. Siguió así hasta que
murió en 1773. Lo mismo se puede decir de muchos de sus
contemporáneos, y especialmente del gran Daniel Rowland
cuyos diarios personales, por desgracia, se han perdido.
Hallamos lo mismo en la biografía escrita por Andrew
Bonar sobre W.H. Nettlelon, el predicador grandemente uti-
lizado a quien he hecho referencia anteriormente.
En otras palabras, encontramos exactamente el mismo
tipo de experiencia en tipos muy distintos de hombres. La
mayoría de los que he mencionado hasta ahora eran hom-
bres muy capaces. Pero además tenemos a un hombre como
D.L. Moody, que no era un hombre capaz pero al que Dios
utilizó grandemente de todas formas. Fue como consecuen-
cia directa de una experiencia que tuvo mientras caminaba
por Wall Street en Nueva York una tarde. Moody había sido
pastor de una iglesia en Chicago antes de eso, y un pastor exi-
a
354 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
toso. Ciertamente había estado haciendo una buena obra,
pero eso palidece hasta la insignificancia cuando lo compara-
mos con lo que se le capacitó para hacer posteriormente.
Pero permítaseme ofrecer un último ejemplo. En 1857
hubo un gran avivamiento en los Estados Unidos que se
extendió a Irlanda del Norte en 1858 y a Gales en 1859. En
general, los avivamientos han tenido lugar simultáneamente
en una serie de países. Esto fue cierto en el siglo XVIII así
como en el XIX, un hecho sumamente interesante de por sí.
Pero estoy pensando en un hombre en particular al que Dios
utilizó mucho en Gales en aquel avivamiento cuyo nombre
era David Morgan, y especialmente en un aspecto de su asom-
brosa historia. Por aquella época había un galés en los
Estados bólidos llamado Humphrey Jones que experimentó
profundamente la influencia del avivamiento. Tras haber
conocido esta nueva vida y estando lleno del Espíritu de gozo
y regocijo, se dijo a sí mismo: “Desearía que la gente de mi
país pudiera experimentar esto”. Esto se convirtió en una
carga tal para él que volvió a su hogar en Gales. Tras llegar
comenzó a hablar a la gente de su condado natal acerca de lo
que había visto y experimentado. Fue hablando por las capi-
llas, a los ministros y a la gente que estaba dispuesta a escu-
charle. David Morgan había escuchado a Humphrey Jones
varias veces y poco a poco empezó a interesarse y a sentir el
deseo de un avivamiento. Una noche Humphrey Jones estaba
hablando con excepcional poder y David Morgan resultó pro-
fundamente afectado. Más adelante diría: “Esa noche me fui
a la cama siendo el David Morgan de siempre. A la mañana
siguiente me levanté sintiéndome un león, sintiendo que
estaba lleno del poder del Espíritu Santo”. Para entonces ya
llevaba siendo ministro uno cuantos años. Siempre había sido
un buen hombre, sin destacar, un predicador verdaderamen-
te normal. No había ocurrido gran cosa como resultado de su
predicación. Pero esa mañana se levantó sintiéndose como
un león y comenzó a predicar con tal poder que la gente
experimentó convicción de pecado y muchos se convirtieron
sintiendo gran regocijo; y las iglesias fueron creciendo. Eso
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La predicación y los predicadores 355
Capítulo 16
continuó durante dos años; dondequiera que iba aquel hom-
bre se producían tremendos resultados.
De entre las muchas historias de conversiones bajo el
ministerio de Morgan, ninguna es tan extraordinaria como la
de T.C. Edwards, el autor de un famoso Comentario a la
Primera Epístola a los Corintios que aún se puede hallar en
las estanterías de las librerías de segunda mano. Thomas
Charles Edwards era indudablemente un genio. Su padre,
Lewis Edwards, fue director de la primera facultad de
Teología de la Iglesia calvinista metodista galesa, y su madre
era nieta del famoso Thomas Charles, que fue en gran medi-
da responsable de la fundación de la Sociedad Bíblica
Británica y Extranjera. T.C. Edwards, estudiante por aquella
época, estaba en su casa de vacaciones y oyó que David
Morgan y otro predicador iban a predicar en su ciudad natal.
Decidió ir a escucharle y posteriormente describiría cómo
fue a la reunión con su mente llena de confusión y de dificul-
tades filosóficas. Su fe había resultado sacudida por sus lectu-
ras filosóficas y estaba en apuros. No sabía muy bien dónde
estaba y fue con ese ánimo solo por curiosidad, para ver y oír
lo que aquellos sencillos predicadores tenían que decir.
Había oído hablar mucho acerca del entusiasmo y la emoción
en relación con el avivamiento y lo desaprobaba enérgica-
mente.
Pero esto es lo que sucedió. Tenía un pañuelo rojo de seda
en el bolsillo, como acostumbraban los jóvenes de aquellos
tiempos; y lo único que sabía era que al final del culto el
pañuelo rojo de seda estaba hecho jirones debajo del banco
donde estaba sentado en la iglesia. Era completamente
inconsciente de haber hecho eso; pero la realidad es que
toda su vida cambió, sus dudas filosóficas desaparecieron,
todas sus incertidumbres se desvanecieron como la bruma
matinal y aquel gran erudito fue lleno del poder del Espíritu
Santo y se convirtió en un destacado predicador. Llegó a ser
el rector de la Universidad de Aberystwyth y finalmente
siguió los pasos de su padre como presidente de la Facultad
Teológica. Sir William Robertson Nicol, el editor del famoso
aaaa
356 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
semanario religioso The Brilish Weekly y un agudo juez de
hombres y predicadores, dijo que, de todos los grandes pre-
dicadores que había conocido, T.C. Edwards era el único a
quien podía imaginar como fundador de una nueva denomi-
nación: tal era su poder dinámico.
Ese fue el tipo de ministerio que ejerció David Morgan
durante cerca de dos años. ¿Cuál fue el final de su historia?
Unos años después dijo: "Me acosté una noche sintiéndome
aun como un león, lleno de ese extraño poder que había dis-
frutado durante dos años. Me levanté a la mañana siguiente
y descubrí que me había convertido en David Morgan de
nuevo”. Vivió unos quince años más, durante los cuales ejer-
ció un ministerio sumamente normal.
El poder vino y el poder se retiró. ¡Así es el señorío del
Espíritu! No se puede mandar su bendición, no se la puede
ordenar; es un don de Dios por entero. Los ejemplos que he
dado procedentes de las Escrituras lo muestran. “Entonces
Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo”. El Espíritu le llenó.
Hizo lo mismo con David Morgan; y luego, en su inescrutable
sabiduría y soberanía, se lo retiró. Los avivamientos no tienen
el propósito de ser permanentes. Pero al mismo tiempo sos-
tengo que todos los predicadores debieran buscar este poder
cada vez que prediquen.
¿Cómo lo reconocemos cuando sucede? Permítaseme que
intente responder. La primera indicación se encuentra en la
conciencia del propio predicador. “Nuestro evangelio no
llegó a vosotros en palabras solamente —dice Pablo—, sino
también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidum-
bre”. ¿De quién era esta certidumbre? De Pablo mismo. Sabía
que algo estaba ocurriendo, era consciente de ello. No se
puede estar lleno del Espíritu sin saberlo. Tuvo “plena certi-
dumbre”. Sabía que estaba investido de poder y autoridad.
¿Cómo lo sabe uno? Da claridad de pensamiento, claridad de
discurso, facilidad de habla, un gran sentimiento de autori-
dad y confianza al predicar, una conciencia de un poder que
no es tuyo que llena de emoción a todo tu ser y una indescrip-
tible sensación de gozo. Eres un hombre “poseído”, asido.
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La predicación y los predicadores 357
Capítulo 16
tomado. Me gusta expresarlo de esta forma, y sé que nada en
la Tierra puede compararse a esa sensación, que cuando esto
sucede tienes la impresión de no estar predicando, eres un
observador. Te observas a ti mismo asombrado mientras suce-
de. No es por tti propio esfuerzo; eres solo un instrumento,
el canal, el vehículo; y el Espíritu te está utilizando y tú obser-
vas con gran gozo y asombro. No hay nada que se pueda com-
parar de alguna forma con esto. Eso es lo que percibe el pro-
pio predicador.
¿Qué sucede con las personas? Lo sienten de inmediato;
pueden advertir la diferencia instantáneamente. Están absor-
tos, se vuelven serios, son convencidos, conmovidos, humilla-
dos. Algunos son convencidos de pecado, otros son elevados
hasta los cielos, cualquier cosa puede ocurrir a cualquiera de
ellos. Saben de inmediato que algo completamente inusual y
excepcional está ocurriendo. Como resultado de ello empie-
zan a deleitarse en las cosas de Dios y desean más y más ense-
ñanza. Son como las personas del libro de Hechos de los
Apóstoles, quieren “[perseverar] en la doctrina de los apósto-
les, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan
y en las oraciones”.
¿Qué debemos hacer, pues, al respecto? Solo hay una con-
clusión obvia. ¡Búscale! ¡Búscale! ¿Qué podemos hacer sin
El? ¡Búscale! ¡Búscale siempre! Pero no te quedes ahí; espé-
rale. ¿Esperas que suceda algo cuando subes a predicar al púl-
pito? ¿O simplemente te dices a ti mismo: “Bien, ya he prepa-
rado mi estudio, ahora voy a transmitirlo; algunos de ellos lo
valorarán y otros no”? ¿Esperas que sea el punto de inflexión
en la vida de alguien? ¿Esperas que alguien tenga una expe-
riencia culminante? Eso es lo que la predicación debe hacer.
Eso es lo que encontramos en la Biblia y en la historia poste-
rior de la Iglesia. Busca ese poder, espera ese poder, anhela
ese poder; y cuando el poder venga, cede a El. No te resistas.
Olvida todo lo referente a tu sermón si es preciso. Deja que
te libere, deja que manifieste su poder en ti y a través de ti.
Estoy seguro, como ya he dicho en varias ocasiones anterior-
mente, de que nada sino un regreso de este poder del
aaaaaaaaa
358 La predicación y los predicadores
“Demostración del Espíritu y de poder”
Espíritu en nuestra predicación nos proporcionará cosa algu-
na. Esto es lo que constituye la verdadera predicación, y es la
mayor necesidad de todas en la actualidad: jamás lo ha sido
tanto. Nada puede sustituirlo. Pero, cuando lo tengas, ten-
drás una congregación deseosa de ser enseñada e instruida y
dispuesta a ello y a ser guiada más y más profundamente a “la
verdad que está en Jesús”. Esta “unción”, este “ungimiento”,
es lo más importante. Búscalo hasta que lo tengas; no te con-
formes con menos. Sigue hasta que puedas decir: “Ni mi pala-
bra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de huma-
na sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder”.
El sigue siendo capaz de hacer “mucho más abundantemen-
te de lo que pedimos o entendemos”.
La predicación y los predicadores 359
La predicación y
los predicadores
D. Martyn Lloyd-Jones
El Dr. D. Martyn Lloyd-Jones ha sido descrito como "el último de
los predicadores". Aunque él refutaría enérgicamente la
afirmación, ningún predicador en Gran Bretaña atrae
constantemente a tan grandes congregaciones o se le tiene
gran estima.
"¿Por qué estoy dispuesto a hablar y ¿dar una conferencia
sobre la predicación? Hay varias razones", escribe el autor. "Ha
sido el trabajo de mi vida. Han pasado cuarenta y dos años en
el ministerio y la mayor parte de mi trabajo ha sido predicando;
no exclusivamente, pero la mayor parte ha sido predicar.
Además, es algo que he estado estudiando constantemente soy
consciente de mis insuficiencias y mis fracasos como he estado
tratando de predicar durante todos estos años; y eso ha
conducido inevitablemente a una gran cantidad de estudio y de
discusión y de general interés en todo el asunto. Pero, en
definitiva, mi razón es que para mí la obra de la predicación es
la más alta y el más grande y glorioso llamado al que cualquiera
puede ser alguna vez llamado. Si quieres algo además de eso,
diría sin lugar a duda que la más urgente necesidad en la Iglesia
Cristiana es verdadera predicación; y como es la más grande y
urgente necesidad en la Iglesia, es evidentemente la mayor
necesidad del mundo también."
Acerca del autor…
DR. D. MARTYN LLOYD-JONES nació en el sur de Gales. Estudio
en Hospital de San Bartolomé, Londres, se graduó como
médico y se convirtió asistente del famoso Lord Harder. Dejó su
carrera médica en 1927. y se convirtió en ministro de la Iglesia
Presbiteriana en Aberavon, al sur de Gales. Estuvo allí hasta
1938. cuando se mudó a Londres para compartir el ministerio
de la Capilla de Westminster con el fallecido Dr. G. Campbell
Morgan quien se jubiló en 1943. Este ministerio duró 30 años
hasta que el Dr. Lloyd-Jones se jubiló en agosto de 1968. Ahora
comprometido en una predicación más amplia y en la escritura.
Sus publicaciones incluyen The Plight of Man and the Power of
God; The Sermon on the Mount; Spiritual Depression; Faith on
Trial; Authority; Truth Unchanged, Unchanging; Romans; entre
otras obras literarias.