Manolo Sanlúcar y su enfermedad
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ON la venia de Sevilla:
Como un llamador que con sus golpes convoca la atención de los
costaleros, han sonado las notas finales de "Amargura" a las que todos por
dentro le decimos un óle que nos sale del alma. Nos han avisado esos golpes de llamador
para meternos bajo la trabajadera. Y es como si los hubiera dado el magisterio del
capataz que tenía nombre de escultor del Barroco, Ariza el Viejo, pues imágenes
efímeras de perfección en el tiempo modelaba. Como si estuviera llamando Alfonso
Borrero, con todo el arte de la colla del muelle con que creó las levantás a pulso...a pulso
de corazones. O Manolo Bejarano, poderío de una voz de hondura trianera y frescor de
mañana agosteña con nardos de la Virgen. Como si llamara la reciedumbre de Salvador
Dorado, el único Penitente que ha habido con macho dentro de la tela del antifaz de su
hombría, que fue su valentía para salvar de las llamas cobardes, fratricidas y asesinas a
su camarada trianero, el Cristo de la Expiración. Es, en fin, como si fuera a llamar,
perfección y medida, Sevilla clásica de palio de cajón, el señorío del maestro Rafael
Franco Rojas.
Y es como si ahora sus antiguas, recias voces le preguntaran a Sevilla:
¿Estáis puestos, tambores y cornetas, "con la pena cabal de la alegría"?
¿Estáis puestos, tintineos de las caídas de palio, para que hagáis compás con los
varales?
¿Estáis puestos, amaneceres de las murallas del Alcázar, para que se recorte en
vuestra alboreá el crujío del Cristo del Calvario?
¿Estáis puestos, malvas del atardecer del Viernes en Triana, para que entonéis,
como en un cuadro romántico de Barrón, con las túnicas de los nazarenos de la Virgen
de la O?
¿Estáis puestos, cielos de Sevilla, azul Carretería, azul Hiniesta, azul Baratillo, azul
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¿Estáis puestos, naranjos de Las Penas de San Vicente o del Subterráneo por Doña María
Coronel; acacias de las Rondas, rosales de las plazoletas con albero nuevo, geranios que
colgáis de los balcones y que seréis acariciados por los enclavados dedos del Cristo de
las Aguas?
¿Estáis puestos, muros de cal de los conventos, bronces de las espadañas, faroles
de las esquinas, paredes de la Alcaicería, para que pueda caber la inmensidad de los ojos
de Madre de Dios de la Palma?
¿Estáis puestos, Puente de Triana, Andén del Ayuntamiento, Compás de la
Laguna, Rampla del Salvador, ojivas de San Julián y San Esteban?
¿Estáis puestos, capirotes de la calle Herbolario, antifaces de terciopelo,
cinturones de esparto, cíngulos de seda, ropones de los pertigueros, corazas de los
armaos, guerreras de los músicos, fajas de los costaleros, dalmáticas de los acólitos,
rituales ornamentos de la penitencia?
¿Estáis puestos, lagrimeos de la cera en las tandas de las candelerías, luces de las
marías que gozáis de la cercanía de la gracia de la Virgen que como vosotras se llama?
¿Estáis puestos, rayos de la luna entre las palmeras de la Gavidia, esperando a la
Vera Cruz de Cristo?
¿Estáis puestos, jarrillos de lata, que de plata sois, y cántaros de los aguaores, que
ánforas mejores nunca llevó la Bética al Monte Testaccio de Roma?
¿Estáis puestos, pabilos de las cañas de los Santizos para el supremo arte de
encender una candelería, chorreones de los cirios que vais alfombrando de cera la
carrera oficial como no lo haría ni la Real Fábrica de Tapices?
¿Estáis puestos, mármoles del suelo de la Catedral, para que sientan el doble
repeluco del frío y de la dicha del estreno de Lunes Santo los pies descalzos de los
penitentes del Cautivo del Polígono?
¿Estáis puestos, varales maestros y candelabros de cola, respiraderos, faldones y
maniguetas, zambranas y trabajaderas, traseras que dais jabón por la Cuesta del
Bacalao?
¿Estáis puestos, palcos de la plaza, sillas de Quidiello de la carrera oficial, palquillo
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de la venia en La Campana?
¿Estáis puestos cristales de los escaparates de la calle Sierpes, para que se reflejen
las candelerías?
¿Estáis puestos, damascos de las colgaduras de los balcones donde se atará la
palma nueva con lazos de los colores de la hermandad, para que, agarradas sus manos
a vuestra barandilla, desaparezca en un instante ese saetero que se santigua en cuanto
ha acabado de cantar su oración?
¿Estáis puestos, escalofríos de las marchas, Estrellas y Aguas, Amarguras y Penas,
Soleares que nos dais la mano con el pañuelo de encajes de una Virgen?
¿Estáis puestos, oboes y fagotes, voces de la capilla musical de la Quinta Angustia
que nos recordáis las viejas placas del Miserere de Eslava?
¿Estáis puestos, muñidor de la Mortaja, llave del sagrario en el pecho del asistente
en la Ronda del Jueves Santo; Verónica y Fe de Montserrat; espada del Silencio; pelícano
del Amor; rosarios de Montensión; avión de la Virgen de Loreto; antorcha del
Prendimiento; palmera de La Borriquita; gallista pluma de Muñoz y Pabón en la saya de
la Esperanza?
¿Estáis puestos tíos de la escalera, novias del costalero, amigos del nazareno de
Martínez de León, veladores del Salvador, carritos de los niños chicos en las bullas, tizas
de los mostradores, sobaduras de los zapatos nuevos del Domingo de Ramos?
¿Estáis puestos, integrantes de la bulla soberana?
¿Estáis puestos, silencios de la calle Francos, esperando al verdadero Silencio del
Primitivo Nazareno de Sevilla?
¿Estáis puestos, centenarios papelones de pescao frito del Arenal, pestiños de la
confitería de la Campana donde los paladares piden la venia, ruedas de calentitos de
plata de Juana en el Postigo y regimientos de soldaditos de Pavía que mandan los
coroneles de El Rinconcillo?
¿Estáis puestos, plateados globos de los racimos infantiles de ilusiones, para que
cuando La Paz venga por el Parque os sigáis escapando de nuestras eternas manos de
niños que piden cera?
¿Estáis puestos, estrenos de los trajes de punta en blanco de los canis con su
uniforme de gala, aplausos a las cuadrillas, dedicatorias de las levantás, petaladas de los
balcones de los barrios, óles a las saetas, trajes oscuros, chaquetitas azules, mantillas del
Jueves Santo, monumentos de los sagrarios de los conventos, corbatas de luto del
Viernes en que está definitivamente muerto el Señor de la Caridad cuya mano sangraba
aquella rosa en Santa Marta?
¿Estáis puestos, cardos y yedras de la Canina que nos decís que la muerte no es
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IGUIENDO tus divinas enseñanzas, Padre Nuestro que estás en los cielos
que perdimos, nos atrevemos a decir que llegamos, venga de frente, muy
poco a poco, aguantando esa trasera de la emoción, las llamadas las quiero
muy cortitas, en nombre de los poetas enamorados de Sevilla que escribieron sus
sentimientos en ruán de tinta sobre merino de papel, pero que nunca pudieron pelar la
pava con su ciudad querida en esta reja solemne de la mañana vesperal del gozo.
Venimos con el sentir de los sevillanos que nos echamos a la calle para ver las
cofradías de una Semana Santa soñada que quizá ya no exista más que en nuestro
corazón y en nuestro recuerdo. Y para emocionarnos con todas. Como sentenció Silvio
el Rockero, cantor de nuestras Vírgenes: "Es que toas son mú bonitas..."
Llegamos con la prestada voz de un nazareno del Valle cuya vida, desde la
Madrugada del Destierro, fue el "El rito y la regla" de su amor a Sevilla. Se llamaba Rafael
Montesinos, y nos dijo:
La Triana que, palma y cáliz, Palma de María Santísima tras el Cristo del Buen Fin
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y cáliz del ángel de Montensión, resonaba en el puente con los versos de Juan Sierra:
Con estas voces emprestadas, y con un jazmín de vigilia de Rafael Laffón, y tras la
"Cruz de Guía" de Manuel Sánchez del Arco, y con la blancura mercedaria de aquel
cirineo lírico del Señor de Pasión que se llamaba Manuel Díez-Crespo, llego con un
homenaje a los poetas que no vinieron, desde mi Arco del Postigo. Y recordados sus
versos, me atrevo a decirle mi propia copla a la Pura y Limpia que está junto al otro Arco:
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con la fumata blanca del "incensario, péndulo de plata", que oscila en las
manos del muchacho que fue apuntado de hermano el día que se bautizó
y ahora va de acólito ante el palio de su Virgen. Con la fumata blanca del
puesto de calentitos que frente a la muralla puso el romano Macario, el primer armao
que hubo en Sevilla. Con la fumata blanca del perol de las almendras garrapiñadas en
una Ronda de la dual Sevilla, por la que vienen las túnicas blancas de la Cofradía de los
Negros. Con la fumata blanca de los cirios de los tramos de nazarenos. Con la fumata
blanca del obrador de las primeras torrijas que cada Miércoles de Ceniza me mandaba
el maestro Luis Ochoa con el dulzor de las Siete Palabras de Sevilla. Con la fumata blanca
de los hachones de los Crucificados, revestido con los ornamentos de la palabra de
quienes me precedieron en el amor a la ciudad, y en la lengua que mejor entiende Dios,
el latín de la Bética, un latín de Miserere, de Christus Factus Est, de Senatus, Mediatrix y
Sinelabe, proclamo el pontificado sentimental de los días del gozo:
En la Roma sevillana,
Magnum Gaudium Nuntio Vobis:
¡La primera en la Campana!
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A ciudad entera, con su luz, lo viene anunciando. Todos somos antiguos y
fervorosos hermanos de luz: de la luz del gozo. Apresuraos, sevillanos, vivid
cada instante. Carpe diem: que ya empieza la nostalgia. Esa historia que
siempre es igual, pero que nunca la misma. ¿Todo pasa y todo llega? ¿O todo llega
porque nunca pasa en nuestro recuerdo? Preparaos para estrenar las manos que
toquen el gozo de la luz y la luz del gozo. "El Domingo de Ramos, el que no estrena..."
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ENTIMOS la inmensa tristeza de que la Semana Santa empieza... a terminar.
Hoy comienza la nostalgia. Todo será ya como un largo fin. Un reencuentro
con la ciudad perdida, desafiando al tiempo, retrato de Dorian Gray donde
siempre todo es lo mismo que entonces. Envejecen los terciopelos y los bordados para
que permanezcamos como eternos niños del Domingo de Ramos. Y para que en El
Pumarejo vuelvan a sonar los Campanilleros cuando por la calle Rubios llegue la Virgen
que apareció entre retamas catalanas y que...
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Me lo ha dicho la Giralda:
siempre es Domingo de Ramos
en el bronce de mi palma.
Si sevillana será
que por pan lleva La Cena
dos teleras de Alcalá.
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Si Judas se ha alevantao,
es que va a comprar el hombre
los rábanos y el pescao.
A Montañés la pena
va y se le quita:
vuelva a bajar la rampla
La Borriquita.
La Burra se va a asombrar,
porque el incienso aquí huele
a almendras garrapiñás.
Sentaíto el Cristo,
penando sus Penas,
costero a costero, el izquierdo alante,
cómo trianea.
Hércules te llama:
vente a mi Alamea,
que viene por Feria un Silencio Blanco
de cal y azucena.
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Protestación de Fe de la Ciudad
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N las funciones principales de instituto, los hermanos de las cofradías
hacen su solemne protestación de fe. Sevilla también celebra su función
principal con los cinco sentidos, en cuanto oímos el primer tambor o
acaraciamos el antifaz de terciopelo que ha dormido en el ropero todo el año. Sevilla es
el quinto evangelista que escribe las Verdades del barquero de la lancha de Peana de su
fe sobre la cal de las esquinas, en los pétalos de flores que caen sobre un techo de palio...
Que si la colombina y dulce Virgen de la Antigua va abajo, en la gloria del palio de Los
Dolores del Cerro, arriba, entre las doce perillas de los varales, va la imperecedera gloria
nueva de los humildes pétalos que nevaron en oración desde una azotea del barrio.
Sobre el evangelio de los libros de reglas de sus hermandades, Sevilla hace
público juramento de fe y credo, sacando a la calle su portento de religiosidad popular.
Y en estos tiempos del relativismo que ha borrado las fronteras entre el bien y el mal; del
laicismo de una sociedad que niega todos los valores y principios morales y éticos, y se
burla de la religión, y la desprecia, y la margina en los colegios... En una España que pone
en duda la tradición de su fe, Sevilla, saliendo en masa a ver sus cofradías,
emocionándose ante un Crucificado, conmoviéndose con el andar humano de un Cristo
Nazareno, diciéndole a una Virgen sencillamente la oración sin palabras de unas
lágrimas... En estos ritos no aprendidos que traemos en la masa de la sangre, el pueblo
llano y soberano de Sevilla proclama colectivamente el sentimiento y la emoción de su
fe, la cercanía familiar de lo divino:
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el Vencedor de la Muerte.
Pues dice el mismo papel:
"Mi oficio es salvar al mundo
y mi nombre, Gran Poder".
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EVILLA se encuentra a Dios por la calle. Dios es como de la familia. Si la
familia está en crisis; si se niegan sus valores con burdas parodias del
matrimonio católico que van contra les leyes de Dios y de la Naturaleza,
aquí se afirman sus supremos principios. Somos de la cofradía de nuestra familia.
Repetimos, oh Sevilla romana, el culto a los lares y penates, a los que ya se fueron. Salimos
a recorrer las calles de siempre, por las que no ha pasado el tiempo, a encontrarnos con
un viejo amigo, el Cristo de la familia o del barrio, la Virgen que emocionaba a nuestra
madre y que tenemos en una estampa bajo el cristal de la mesilla de noche. La Virgen
es una buena vecina. Es del Museo o del Tirolínea, de Nervión o de la calle Feria, de San
Vicente o del Barrio León. Paisana. De nuestra propia Tierra de María Santísima.
Y en este sentido familiar de la Semana Santa volvemos a ser niños pidiendo cera,
amasando una bola que es la imagen del mundo, como la que San Fernando lleva en la
mano. Y volvemos a ser muchachos que ya salimos solos, sin los padres, estrenando la
vida y el amor. Que por vez primera tomamos la mano de la niña que nos gusta cuando
la Virgen de las Aguas va por el Andén. Y entre la proclamación de los sentidos, tacto de
terciopelo, olor de incienso, gusto de viejos pestiños con aguardiente en aquella ventana
del corral de mi lavandera macarena en la calle Torrijiano, oído que voy a llamar y vista
de la mismísima gloria en forma de paso de palio, nuestra memoria recuerda las
oraciones que nos enseñaron las Hermanas de la Doctrina Cristiana entre las pilistras del
patio de la calle Guzmán el Bueno:
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L sevillano es un quinto evangelista que movido por su fe, dejándose ir en
la tradición de la ciudad, sin darle la menor importancia, imparte supremas
lecciones de Teología. Viendo cofradías pueden escucharse clases
magistrales en la callejera Facultad de Teología Popular. En la calle Aduana, cuando
pasaba esa Pietá baratillera que no la mejora ni Miguel Ángel, aprendí una de estas
lecciones de un sevillano anónimo. Le explicaba a un forastero preguntón:
-- ¿Que por qué la Semana Santa aquí no es triste? Pues porque hemos visto
muchas veces esta película, usted. Siglos la llevamos viendo. Y sabemos que termina
bien. Vamos, divinamente, porque es cosa de Dios. Sabemos que aunque lo pase muy
malamente, al final, el bueno, el Muchacho, el Hijo de la Señora Guapa, gana y se sale
con la suya, que es morir para salvarnos. Y que después, además, resucita el Domingo:
en Santa Marina concretamente. Y si sabemos que la película tiene un final feliz, ¿a qué
ponernos tan tristes y tomarnos las cosas por la tremenda como en Castilla? ¿Latigazos
dice usted? Se los daban antes los hermanos de sangre, pero cuando se enteraron de
que en esta película siempre gana el Muchacho y nos salva, decidieron dejar las
disciplinas y aquí los latigazos, desde entonces, nada más que son de tinto y pescao frito...
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ODAS las artes y artesanías populares se combinan en la Semana Santa. Y
arte crearon los costaleros del muelle, con su ropa hecha con los sacos que
descargaban, con los cobertores viejos del hambre y la tuberculosis de los
corrales de vecinos. Y los capataces. El mismo Dios de San Lorenzo fue para Manolo
Bejarano como un Hijo, al que amorosamente lo enseñó a andar con su humanísimo
paso racheado.
Pero no se trata sólo de un tesoro cultural, un patrimonio artístico, una reliquia
etnográfica. Aun siendo todo eso, y más, no se entiende si no lleva el pellizco a lo divino
de la fe, como las espinacas de vigilia no se entienden si no llevan sus garbanzos o las
tortillitas sin bacalao, el pez cofradiero por excelencia, al que Sevilla le dedicó hasta una
calle: la Cuesta del Bacalao... Bacalao que da nombre hasta al estandarte de las
hermandades.
Una suprema lección de este sentido de la fe según la religiosidad popular sin el
que no se entiende la fiesta me lo dio el maestro de capataces Rafael Franco Rojas, en
un curso que organizamos en la Casa de Pilatos para la Universidad Menéndez Pelayo
como "Homenaje a la Semana Santa". Reunimos en una mesa redonda a cuatro
legendarios maestros del martillo: Rafael Franco, El Penitente, Rafael Ariza y Manolo
Bejarano. Hablaron de los modos de andar los pasos, de escuelas y dinastías, de estilos
de mandar y llamar. Y se me ocurrió la niñatada de proponer a Rafael Franco que, como
demostración, diera allí las voces de su llamada en las levantás. Muy serio, tan señor
como mandaba a su cuadrilla de Los Ratones, el difunto Rafael Franco me dio la mejor
lección del imprescindible sentido religioso de la Semana Santa, cuando me dijo:
--- No, mire usted, hacer como que se llama a un paso, aquí, sin haber ninguno
delante, sin llevar a ningún Cristo ni a ninguna Virgen, es un paripé, y la Semana Santa
será lo que usted quiera, pero nunca es ningún paripé...
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STE ruán que ahora llega lo conozco de siempre,
lo he visto tantas veces en este Martes Santo...
Yo veo cada año al mismo nazareno,
que quizá no haya muerto porque aún no ha nacido.
Años lo llevo viendo en esta misma esquina,
en este mismo sitio, bajo este naranjo,
música de capilla del canario que canta
al balcón solitario en jaula de geranios.
Tenía calzón corto y un tranvía de lata,
un gato en la azotea y un martes sin colegio,
cuando este nazareno pasaba con su cirio.
El mismo nazareno que luego contemplara
estrenando la sangre, Isabel a mi brazo,
la vida por delante y el mundo por montera.
El que luego una tarde le enseñé ya a Fernando
cuando apenas sabía pedirle un caramelo.
El que ya sin mi madre planchándome la túnica
y sin mi padre oyendo saetas por la radio
sigo viendo este Martes. Mi Santa Cruz de siempre.
Es mentira, no han muerto aquellos nazarenos
que le dieron grandeza a este rito de siglos.
Te lo ha dicho esta tarde, porque es Martes Santo,
ese alto, elegante, de andares señoriales,
que has visto tantas veces, con las Misericordias.
No mueren en Sevilla los viejos nazarenos.
Se reencarnan en estos que ves el Martes Santo.
Aunque nada es lo mismo, en ellos permanecen
memorias remansadas del tiempo detenido.
Venga, vamos, que tienes otra vez siete años
y tu tía te lleva a ver las cofradías.
Venga, coge esa cera, pon la mano, Antoñito,
cuidado, no te quemes, qué grande está la bola.
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La penitencial ausencia
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OS que ya se fueron... y los que no pueden venir. ¿Qué mayor penitencia
que no poder ir a ver las cofradías? Me lo dijo un viejo sevillano enfermo,
postrado en su cama, sin poder salir de su casa:
-- Esto sí que es penitencia, no poder ir al Barrio León a ver mi cofradía de San
Gonzalo...
¡Benditas televisiones y radios locales que acercáis La Campana a los penitentes
de la callada cruz de la enfermedad! ¡Benditas emisiones por Internet que le llevan su
Soledad de San Buenaventura al soldado que está en misión de paz en tierra extraña,
que ésos sí que son suspiros de España, los dolorosos suspiros de Sevilla! O a esos jóvenes
licenciados y técnicos que tampoco este año pueden venir a salir de nazarenos en su
cofradía, porque están trabajando donde son laborables los días iniciales de la Semana,
como lo son para los alumnos de Erasmus o del master en las Universidades de esos
países tan oscuros, donde sí saben valorar y dar oportunidades a los frutos de nuestra
tierra, con esas iglesias tan frías y tan peladas de altares, y esas torres tan tristes, que yo
las he oído en Zurich, y te preguntas: "Si hoy, que es Domingo de Ramos en Sevilla, las
campanas tocan aquí así, ¿qué dejarán estos gachós para el Día de los Difuntos?".
Sevillanos fieles a sus sentimientos en la distancia. y que como los banderilleros
de Belmonte miraban durante la temporada americana el reloj que no había dejado de
marcar el meridiano de Triana y, sacándolo del bolsillo del chaleco, comentaban "Pues
en la calle San Jacinto ya tiene que estar Enrique empezando a freír los pavías", ellos,
calculando horas, con la nostalgia como penitencial cinturón de esparto con su traje de
ejecutivos o su parca de estudiantes, mientras añoran la claridad sin fecha de Sevilla, se
van diciendo:
-- Pues el palio de San Esteban ya tiene que estar entrando en la Campana...
-- Ahora irá el Cristo de los Estudiantes por la esquina de Trifón, camino de la
Campana...
-- ¡Cómo tiene que estar de gente a estas horas la calle Tetuán volviendo con la
Virgen del Dulce Nombre!
--Ya estará Pilatos en San Benito, presentándole a Cristo la mejor Calzada que
hubo en el Imperio Romano...
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la más que penitencial Semana Santa de los hospitales. Yo la he vivido. El
hombre que dio la vida a la mujer que más quiero estaba ingresado, y
sabíamos que tenía sacada papeleta de sitio para el inexorable paso de La
Canina, en cuyo cuerpo de nazarenos estamos todos apuntados. ¡Qué Calle de la
Amargura la Semana Santa del hospital! En el pasillo, lejana, suena una radio con una
marcha, que alguien pone bajita, para no molestar. Pero suena. Y nos va diciendo que
fuera, en la vida, en la Salud de San Gonzalo, en la Salud de San Bernardo, en la Salud de
Los Gitanos, en la Salud de San Nicolás, en mi carretera Salud, existe la primavera, está
ausente el dolor, no hay lágrimas, Sevilla como nueva Jerusalén del Apocalipsis, ataviada
como una novia con la flor de los naranjos. Allí en el hospital sí que están las penas: las
Penas de San Roque, las Penas de la calle San Jacinto, las Penas de San Vicente, las Penas
de Santa Marta... Allí si que habitan las Tristezas, y el Mayor Dolor y Traspaso de los que
sufren, entre Angustia y Angustias, en una mar de Lágrimas, en una inmensa Soledad
de batas color verde Esperanza, cuando el enfermo, en la duermevela del dolor,
pregunta:
-- Niña, ¿hoy no es cuando sale la de San Nicolás?
-- No, abuelo, salió ayer, hoy es Miércoles Santo...
Y se hace de nuevo el silencio. Por el pasillo, desde otra habitación, suena quizá
ahora por un televisor una entrada en La Campana. "Estrella Sublime". No hay estrellas
en el cielo de luces apagadas de esta habitación de hospital. Aquí sí que hay una cofradía
de penitencia. Aquí, en estos otros silencios, sí que es todo como una larga madrugada
de penitencia. Entran las batas blancas como recuerdos de túnicas de nazarenos de La
Cena, de San Gonzalo, de la Amargura, de La Bofetá, de San Nicolás, las cofradías que
este hombre querido no verá este año.
La única alegría es cuando traen a un niño vestido de nazareno. Túnica de capa,
barrio puro. Y dice la madre a los familiares del otro enfermo del cuarto:
-- Es que como todos los años antes de salir va a casa de su abuelo para que lo
vea vestido de nazareno...
Y el nazarenito, con un beso:
-- Abuelo, toma, un caramelo, el primero que doy este año...
El más dulce caramelo de Sevilla. En el televisor, Campana del dolor y los silencios,
sigue entrando triunfalmente un palio.
Y luego, ya de madrugada, quizá llegue silencioso, con cara de satisfecho
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cansancio, un hombre con su traje negro de capataz, sobre cuya solapa trae la heroica
condecoración de unas manchas de cera de los hachones del Cristo en el arreón de una
levantá. Llama en la puerta de la habitación. Sale la acompañante, zapatillas y bata,
desorientación del primer sueño descabezado en el butacón. Pasillos vacíos. El
intempestivo visitante de negro lleva unos lirios en la mano. Se los da a la hija del
enfermo. Le dice:
-- ¿Cómo sigue? No quiero molestarlo... Nada más que vengo para que en la
estampa de la cabecera le pongas estos lirios, y le digas que son de parte de la
hermandad. Son los que esta tarde ha llevado su Cristo...
Cuando estéis oyendo el tintineo de unas caídas de palio, reloj inexorable del
tiempo que nos devora, pensad, sevillanos, en estos silencios de penitencia del inmenso
dolor del hospital, o en la tristeza de los sevillanos que trabajan o estudian o defienden a
la Patria fuera de su tierra. Peor que el lamento del ciego en Granada: aquí no hay
limosna posible, mujer, "que no hay en la vida nada"... como no poder ir a ver las cofradías
en Sevilla.
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las mañanas en la otra ciudad que verdaderamente está sosegada y en
calma, tras el azulejo de La Soledad, a los pies del Cristo de las Mieles que
expiró en el Museo, en Santa Cruz, en el Patrocinio. Cada mañana de
Semana Santa, por los cipreses del cementerio, entre un silencio donde cantan los altos
pájaros, hay manos amorosas que avanzan hacia una tumba querida y conocida, con
unas flores. Claveles del monte de un Crucificado, flores blancas de un palio, humildes
ramos que en un barrio ofrendaron a su Cautivo, son colocadas ahora por los más
amorosos floristas: los oficiales de la Junta, los hijos de los que ya no están, que llegan a
esta carrera oficial del recuerdo y la memoria. Las flores que supieron de saetas y de
marchas, aplausos y emociones, quedan ahora, llenas de vida, sobre el aparente triunfo
de la muerte. Flores cofradieras de las mañanas del cementerio, sobre las tumbas de los
sevillanos que se fueron a hacer su definitiva estación, a una gloria más eterna que la
efímera del paso de palio que vemos alejarse por la calle del barrio, que dobla la esquina
y que, poco a poco, metáfora de la misma vida, como estas flores que la recuerdan, va
desapareciendo, hasta que dejamos de ver la última interrogación de plata de un
candelabro de cola. Es el Discurso de la Verdad de la vida tras la muerte que escribe el
Credo a la sevillana:
"Y creo en la resurrección de los muertos porque cada mañana de Semana Santa tienen
sobre sus tumbas la vida eterna de las flores que llevaron esas Vírgenes y esos Cristos
que ellos están ya viendo para siempre. Amén".
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Q
UE esto no salga del Arenal, pero yo, que soy de la Real Hermandad
Gremial de Maestros Sastres de San Fernando y de la Virgen de los Reyes
(anda que también hemos elegido malamente titulares), sé por qué es
costumbre que el pregonero vista chaqué. Es porque viene de testigo en una boda. La
boda que cantan los campanilleros:
Para ese casamiento, están colgados de damasco con galones dorados los
balcones del cielo. Desde allí, los sevillanos que nos precedieron ven pasar la cofradía que
nosotros aún estamos contemplando gracias a lo que ellos nos legaron. Cada sevillano
tiene alquilado su balcón del cielo desde donde tiene la certeza de la fe de que están
viendo las cofradías la madre que le falta y que ya no le hace las mejores torrijas que se
hacían en Sevilla; el padre que se fue con la túnica de la hermandad para la definitiva
estación. En el balcón de la memoria de cada sevillano está la tía soltera que de niño lo
llevaba al abono de las sillas; el amigo de la familia que lo sacó por vez primera a callejear
en busca de las cofradías y que ni tenía que mirar la hoja del Programa del ABC, porque
se sabía de memoria horarios e itinerarios, la nómina enterita.
En esos balcones del cielo están los que nos marcaron el camino del sentimiento.
Los artesanos y los artistas que hicieron grande la Semana Santa. Yo ahora, sevillano,
hago que te fijes en ese balcón. Está Manuel Torre, que canta una saeta a la Esperanza
desde el balcón de los Miura y La Encarnación se llena de pañuelos blancos. Y está
Manolo Caracol, que le canta una promesa por seguiriyas al Gran Poder en la calle Conde
de Barajas. Y está Juanito Valderrama, emigrante que le reza todas las cuentas de su
rosario de coplas a Aquella Que Está en San Gil, "entre velas enrizás". Y está Pepe Valencia
cantándole a las Angustias. Y La Niña de la Alfalfa, recordando al banco azul el supremo
azul mandato constitucional de la Estrella de la Mañana. Y está Vallejo, con El Niño Gloria,
y con La Niña de los Peines, que tus peines, Vírgenes de Sevilla, mata de pelo de la
Esperanza, sí que son de azúcar. Y Juanita Reina canta en ese balcón la Plegaria
Macarena que le compuso el maestro Quiroga. Que también está en ese balcón con
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Font de Anta, con López Farfán, con Gámez Laserna, con don Pedro Braña, con Lerate y
con Pantión, mientras Antonio Machín, viendo salir su cofradía, ha transformado sus dos
maracas cubanas en dos gardenias para Ti, sevillana Virgen de los Angelitos Negros.
Y están en los balcones del cielo los que siguen retransmitiendo las entradas de
las cofradías desde la radio de cretona: Manolo Bará, Filiberto Mira, Juan Bustos, Agustín
Hepburn. Y los avances de la técnica que ha aportado un nazareno del Silencio llamado
Luis Baquero nos permiten oír desde la calle hasta el chisporroteo de los ciriales y el
verdadero "silencio, pueblo cristiano" que a una cruz de guía le sigue cantando Manuel
Centeno con voz de placa de pizarra en la sintonía del programa "Saeta".
Y como la mejor representación de las hermandades en el Santo Entierro de la
Ciudad que Nunca Murió y que sigue existiendo en el recuerdo de los que nos
precedieron y engrandecieron las cofradías, desde esos balcones se ve pasar el cuerpo
de nazarenos de la memoria: los que dedicaron su vida a hacer verdad este sueño que
muchos sevillanos llevamos dentro y que llamamos Semana Santa; los que crearon el
patrimonio inmaterial de sus ritos a lo largo de las generaciones. La cofradía de la
nostalgia de una soñada Sevilla de plata, perfecta, medida, armónica como un palio
juanmanuelino. Nadie sabe nunca cuánta vida, cuántas vidas hay en una cofradía que
pasa, en cada plata o cada terciopelo de su tesoro procesional, en cada apellido ligado a
una insignia. Cuántos tacos de lotería de Navidad hubo que colocar para pagar el dorado
de este paso. Cuánto amor hay en esos casquillos de la Cruz que regaló aquel hermano
que vivía en Madrid. Cuántos nombres queridos, de cuántas familias, van prendidos en
las tandas de esa candelería, en esas caídas de palio, en el manto antiguo de la foto ya
amarilla de la primera puntada en casa del bordador. En ese oro viejo, vuelve a brillar un
hilo, un solo hilo de oro, recién cosido. Cuando el paso se aleja, ves brillar ese hilo único,
acabadito de coser, en el ya viejo manto. En tu memoria, perdida entre la cal de la calle
que lo ve irse, que no hay nada más hermoso que ver un palio alejarse, brilla más nueva
cada año la primera puntada que aquella noche, cuando eras un niño, dio tu madre, con
una aguja ensartada en oro, como el largo cabello de un ángel, en el terciopelo granate,
tan viejo ya como tú, de este manto de Madre de Dios de la Palma.
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Y
cómo anda el paso de la memoria, cuánta Sevilla calza... Listero, déjame ver
el cuadrante. Ahí van igualados, óle la gente güena, vamos a echarle casta:
El Balilla, Hierro, Jiménez, Canela, Colino, Corneta, Palma, Reyes, Oliva, El
Poeta, Cerezo, Vargas, Cangrejo, Candi, Pollero, Cerrojo, Cantaó, Tagua, Pileño, Lérida,
Amores, Catrafa, Pingüino, Hipólito... Nobilísimos caballeros cubiertos ante el Rey de
Jerusalén con la ropa de arpillera de los sacos del muelle. Y Pepe Portal sigue trayendo
a su Cristo de la Salud desde un San Bernardo donde Antonio Filpo Rojas sigue
proclamando que esta Difícil Ciudad de Sevilla es sencillamente Mariana. Y Juan Carlos
Montes no se ha quitado la faja tras comprobar que, si se lleva al Cristo de las Aguas a su
capilla del Rosario, la puerta que conduce más directamente al cielo es el Arco del
Postigo. Donde Miguel Cid reescribe su copla concepcionista:
Y con un fondo de bergantines que van para Veracruz y de goletas que vienen de
Cádiz o de La Habana, qué más da, empernacado en su silla, junto a San Fernando, San
Isidoro y San Leandro el de las yemas, allí, en la piedra del escudo del Postigo del Aceite,
nos dice El Pali el palimpsesto de sus capataces en el cielo:
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Miércoles en coplas
T
ODO va pasando tan rápidamente como un sueño, en esta larga metáfora
de la vida del hombre que es la Semana Santa. El Domingo de Ramos fue
como si Sevilla saliera de cuentas del largo embarazo de la Cuaresma. El
día en que la ciudad nace. Por eso aquí celebramos tan poco la Navidad. ¿Qué mejor
Navidad que el Domingo de Ramos? ¿Qué Nochebuena más buena que la Madrugada?
Dios nace en el Belén de Sevilla y ángeles costaleros dan gloria a Dios en las alturas de
las levantás. La Semana será tan fugaz como una vida. Y las coplas flamencas nos dirán
sus verdades:
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En la Ciudad de la Gracia
siempre El Mudo de Santa Ana
va con Las Siete Palabras.
Esto es Sevilla:
¡qué discursos da El Mudo
con la manguilla!
En la plaza El Arenal,
paseíllo de los tramos
de Piedad y Caridad.
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En La Piedad de su muerte,
Cristo en brazos de su Madre
es Dios repartiendo suerte.
Su clavel encendío,
Virgen de Regla,
te reza por Rocío,
que es de tu tierra.
Que en Chipiona
se rompió ya a tus plantas
como una ola.
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N
UNCA podemos creer ni que todo pase tan pronto, ni que sea verdad
tanta belleza. ¡Lo que estará en la calle esta tarde! ¡Pues anda que esta
noche! ¿Y mañana Viernes? Como los años se te pasan volando, se van
estos días grandes, y se te viene la vida encima, de golpe. Muerte del Señor aparte, son
días de luto y de tristeza... porque esto se está empezando a acabar. ¿Qué día de toda la
Semana pasa más pronto que la tarde del Jueves Santo?
Porque llega ese momento de ilusión, de nervios, de cansancio, en que las últimas
peinas del Jueves Santo se cruzan con los primeros abrigos de la Madrugada. ¡Ya hay
gente en las sillas esperando! Sigues sin creerte la belleza de lo acabas de ver. La que
conmovió al poeta Rafael de León en el abono de su silla en una calle Sierpes de
mantillas con peinas bajas, vagones de arvellanas y clarines de la Caballería del Brigada
Rafael, cuando en el jardín de papel de su genialidad improvisó la saeta:
No puede ser verdad tanta belleza grande y antigua del Jueves, arrebujada en los
bullones del manto de la Virgen del Rosario. No te crees lo que estás viendo, ni lo que ha
de venir. ¡Esto sí que es ya la Semana Santa de Arte Mayor, el palio de la Virgen de la
Victoria, el chirrido de vencejo del gozne del Descendimiento del Cristo de la Quinta
Angustia! La Semana Santa soñada, existe. Callarse, que me parece que se oyen los
tambores de la Centuria a lo lejos, mientras la perfección de la Virgen del Valle va a entrar,
ojos verdes como la albahaca, en la antigua iglesia de la Compañía...
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J
ULIO César, cuando conquistó las Galias, no traía tanta tamborería, ran,
cataplán, ni tantas plumas como traen por la calle Capuchinas, llenando de
viejas trompeterías los balcones de geranios. Vienen conquistando Sevilla,
ran, cataplán, el pasito quedo y arrastrado, compás de paseíllo torero mientras suenan
las notas de "Abelardo", la alegría en la cara.
Salieron muy temprano de junto a las murallas romanas. Dicen que son
pescaderos de la Encarnación; que aquel de la escolta tiene un puesto de recova en la
plaza de la Feria. Dicen que salen sólo hoy, cuando a la tarde todos los azogues de todos
los viejos espejos de San Gil y Omnium Sanctorum se llenan de plumas y corazas. No
creáis a quienes tal dicen. Son de verdad soldados de Roma. Al capitán que los manda
lo dejó aquí Julio César para que le cuidara el cortijo, una vez que cercó la ciudad de
muros y torres altas donde hoy pudieran resonar sus tambores, agitarse sus plumas, en
el pasito torero que traen, ran, cataplán. Ved sus caras. Tienen el perfil de mármol de los
viejos patricios de la Bética. Hoy se han tomado un día de asuntos propios en Itálica y se
han venido a salir de armaos. Y ya llegan a San Lorenzo. Julio César, cuando conquistó la
Galia, no traía tanta imperial tamborería. Ya ha cambiado el compás de los tambores. Ya
no suena a paseo militar. Tocan lentos, y lento se les hace el paso. Vedlos avanzar hacia
la casa del Señor, como en un salmo. Las puertas están abiertas. La Bética siempre le
abre las puertas a Roma: para que se nos quede. Dentro hay otra Sevilla. Hay un Hombre
de Dolor. Y una escolta que hace como que lo defiende de los dioses de Roma. Doce,
quince altos nazarenos con la túnica negra, como estatuas. Y los tambores siguen
sonando. Arrastran ya los pies alados estos Mercurios sobre el mármol de las promesas.
Ya resuenan los tambores bajo la bóveda. Ya están los altos capirotes más esculpidos,
más pintados que nunca. A pasito quedo, de paseíllo, ran, cataplán, la Roma clásica pasa
ante el Barroco. Y algo tiene que ocurrir, algo de batalla hay en San Lorenzo esta noche.
Porque los altivos soldados macarenos que tan pintureros entraron, ran, cataplán,
llorando salen. El tambor sigue sonando, compás en las plumas, arte en el paso, pero
traen los ojos vidriados. Hombres como trinquetes se emocionan al ver al Señor,
escoltado de sus leales canastillas. Dos Sevillas frente a frente.
Nunca hubo, nunca, en la Bética batalla tan incruenta como esta noche en San
Lorenzo. Julio César nunca trajo, ran, cataplán, tanta tamborería. Hoy se sabe que Roma
pierde. Hoy, de San Lorenzo, las viejas cabezas romanas del mármol de Itálica salen con
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una lágrima en los ojos. Constatada su derrota, de nuevo vuelven a las murallas de la
Macarena para rendirse nuevamente ante la Madre que parió Al Que hace llorar a las
legiones de Roma.
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El Ángelus loco
Y
se oye el Silencio. El Silencio se ve. En un mundo que silencia a Dios, Sevilla
oye su Silencio, cuando lo ve avanzar abrazando su Cruz de Jerusalén. La
lleva al revés que los otros Nazarenos. Y es que el Nazareno del Silencio
escribe derecho con los renglones torcidos de Dios. Un primitivo nazareno lleva la
desnuda espada del más caballeresco lance de amor que hubo en la Sevilla que fue
Puerto y Puerta de las Indias; un duelo a última sangre para defender el honor
inmaculado de la Virgen de la Concepción, para la que Murillo estaba inventado el color
de estos cielos, para cuando termine la Madrugada del Silencio. La Madrugada ocre del
Cristo que le presta su nombre al Calvario donde murió por Sevilla. Y en la dual ciudad
barroca, frente a los negros silencios de esparto, la madrugada de los aplausos de
terciopelos verdes y morados. Madrugada de los relojes locos. Y en esta Sevilla donde los
seises son diez, el Pasmo de Triana nació en la calle Feria y en la calle Betis el torero de
una Alameda que multiplica a Hércules por dos, cuando llega esta noche, el Ángelus se
reza a la 1 de la Madrugada: "El ángel del Señor anunció a María"... Y el ángel es un niñato
en lo alto de un contenedor de basura, que en el Altozano o en la Resolana se transforma
como si lo pintara Fra Angelico y le anuncia a la Virgen que es la Llena de Gracia, Se lo
dice en latín de la Bética: "¡Guapa!". Y la bulla lo traduce, toreramente, por un óle. ¡Óle lo
bien que está cuajando Cristo la faena de la Redención! Hasta San Pedro, en una plaza
que es como la de La Algaba, en la Plaza de los Carros, se ha adelantado en el Huerto de
Montensión. Le ha juntado las manos a un romano y le ha cortado la oreja, porque en
Jerusalén (como no era Sevilla, aunque se le pareciera) bastaba con la orejita de un
romano escaso de romana para salir, como salió el Cristo de la Misericordia del Baratillo,
a hombros de los brazos de la Virgen de la Piedad, por la Puerta del Príncipe de la
Salvación.
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A saeta cambia el tercio
con el óle de la plaza.
Y Sevilla en ese óle,
señores, es que lo clava.
El hoyo de las agujas
es la plaza que se calla
cuando tiene que callarse:
arte del silencio llaman.
Voz del pueblo, voz del cielo;
y el óle, bulla que habla.
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de la gente de la plaza
que va escoltando al Sentencia,
Emperador de corazas,
cuya Sentencia que recurren
escritos con plumas blancas!
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la memoria, No hay una sola Semana Santa. Hay tantas como sevillanos
salen a ver las cofradías. Días de encuentro con Dios en la inmensa soledad
de la bulla. Nunca se está más solo que soñando los propios recuerdos en
una calle llena de gente para ver pasar esa cofradía que es parte de tu propia vida.
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El gozo de la fugacidad
Y
a Ti, La Que está en San Gil,
junto al Arco y la Muralla,
junto a donde el mismo César
te dejó a un armao de guardia,
cuando tengo que nombrarte,
me faltan ya las palabras.
Te iba a decir azucena,
iba a decirte espadaña,
iba a decirte repique,
iba a decirte campana.
Te iba decir buganvilla,
te iba a decir jacaranda,
te iba a decir magnolia,
¿habrá flor más sevillana?
Te iba a decir jazmín,
y te iba a decir acacia,
nardo pensaba decirte
con yerbabuena y albahaca
de los verdes terciopelos
y el merino de las capas,
San Basilio en el recuerdo
de una columna entre llamas.
Te iba a decir primavera,
te iba a decir Madrugada,
noche pensaba decirte
y te iba a decir alba;
te iba decir luz divina
con la carita cansada...
Así pensaba decirte,
resplandor de la mañana.
Te iba a decir blanca toca
en el zaguán de Sor Angela,
Salve Regina en Alcázares
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ADIE se pone de acuerdo
en dónde empieza Triana.
Las fronteras invisibles
que no vienen en los mapas
cuando se ven claramente
es el Viernes, de mañana,
cuando ha vivido Sevilla
su ritual Madrugada
y con las claras del día
se ven las cosas tan claras.
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A ciudad aún duerme tras la larga Madrugada. Sevilla es el único lugar del
mundo donde hay una Madrugada que termina a las 2 de la tarde. Roma
da la hora sexta en la campanita del Baratillo. Del Aljarafe le llega al barrio
del Arenal un sol torero. Sol de oro perulero en el muelle de la Carrera de Indias. De
pronto se abren las puertas de la capilla de los Toneleros. En el momento exacto, va
saliendo a la vida la Pasión y Muerte del misterio más completo. Casi se da de cara con
los balcones con recuerdos de Galerín, de los Contreras, de los viejos almacenes de
efectos navales, de la vara de diputado mayor de gobierno de Juan Castro. Como si fuese
la vez primera que ocurriera, la hermandad nace como cofradía en la calle, túnicas de
antiguo terciopelo azul como de Corte Chica de San Telmo, Cruz de Santiago y lises de
los Montpensier, negros guantes de piel. Tiene algo de parto la salida. Meses de
gestación dan este fruto de amor. Si se ve, es por el esfuerzo en los cuellos, en las cinturas
fajadas, en el dramático quejío de la hojarasca de la madera del canasto que estiba el
dorado cabo marinero: ¡Más a tierra esa trasera!
Ves zarpar tu querido barco de caoba, el galeón de sueños que suelta las amarras
de su dorado calabrote, en el que un Divino Embarcado, el Señor de la Salud, se está
siempre yendo para la calle de la Mar, que es el morir. En un abrir y cerrar de ojos se obra
un año más el milagro de lo imposible. El paso sale. ¿Lo saca el capataz o un práctico del
muelle, en este Arenal tan ribereño que aquí al lado mismo, como en Sanlúcar, está la
Virgen de la Caridad?
La capilla, tramo a tramo, insignia a insignia, se ha ido quedando vacía. Alma sin
cuerpo de nazarenos de Cristo. Ya salen los de la Virgen. Y como una metáfora de la vida,
cuando te das cuenta está en la puerta lo que anuncia el principio del final: el estandarte.
Y pensando en la brevedad de la vida o de la salida de la cofradía estás cuando oyes el
golpe del llamador. Ya está cuadrado con la puerta el palio armonioso de esa divina
Señorita Consignataria del barrio de los cargadores de Indias, la Virgen del Mayor Dolor,
pidiendo un García Ramos que venga a pintar su trasera con el manto de las Antúnez.
Silencio en una calle de corbatas negras de los que ya no están, pero sí están: de Luis
Rodríguez Caso, de Juan Moya. Y un silencio de mármol, cuando la voz del capataz
resuena por retablos y azoteas: ¡Más a tierra esa trasera! Varal a varal, el palio sale. Suenan
fuera las palmas y la Marcha Real. Y con la misma exactitud con que se abrieron, "in ictu
oculi", se cierran las puertas por donde salió la cofradía. Por donde El Arenal la parió,
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alumbró de cera a la Luz misma de esta Virgen de la Luz que, Galeona de la calle Varflora
en su barco de recuerdos, ya va ganando el barlovento de la tarde por el Compás de la
Laguna.
Has visto antes, cerca de aquí, en la calle Bayona, en casa de tus padres, este
interior de capilla vacía de donde se ha ido la cofradía. ¿Acaba de salir o se la acaban de
llevar? El quejío de la caoba de la canastilla yéndose tiene mucho de caja mortuoria que
se llevan. Las garras de bronce se aferran con los zancos al tiempo que queremos
detener. Este interior vacío, sin el calor de la cofradía, tiene mucho de casa de donde se
acaban de llevar para siempre, ya muerto, a alguien querido. Todo, como en la casa de
donde se llevaron a tu madre, a tu padre, es el memorial de una ausencia reciente. Aquí
estuvo el altar de insignias en la gloria de la mañana. Aquí, en estos mármoles, los dos
pasos con los mejores recuerdos de tantas familias del barrio. Hace la eternidad de un
instante estaba la cofradía aquí, entera, llena de vida y ahora... Y ahora, ya... Suena fuera,
lejos, la marcha de palio, con un aire funeral, por la Esquina del Negro, cerradas las
puertas de la capilla vacía. Alguien muy querido se le ha ido al barrio: la cofradía. Pero
nunca para siempre. Metáfora de la fe, a la noche vendrá la resurrección, cuando todo
en la capilla ahora vacía vuelva a la vida tras la Pasión y Muerte del Cristo de la Salud, con
la cofradía que entra, saetas a la Virgen del Mayor Dolor que se nos clavan, yayayay que
sangra un ay, en la luminosa herida de la tarde. Hasta el año que viene si Tú quieres...
"antes que el tiempo muera en nuestros brazos".
Y en el aire sereno del señorial terciopelo azul del barrio, "vestido de hermosura y
luz no usada", queda la copla que sale del serrín de una taberna...
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IENE por la calle Dueñas, en el anochecer, la cruz de manguilla, y delante
suena, lastimera, antigua, tristona como el día, la campanilla del muñidor
de la Mortaja.
Sevilla le da a Dios el rito de sus entierros. La Mortaja tiene mucho de entierro de
la Caridad, de escudo de su hermandad: Sevilla fue un corazón en llamas que alzó una
Cruz. ¿Pero es sólo a Cristo al que entierra Sevilla este atardecer, cuando la Mortaja viene
por Dueñas? ¿No está enterrando acaso la propia alegría de la Semana Santa? Suena la
campanilla del muñidor y nos anuncia que "Sic transit gloria mundi"... y para nosotros no
hay más mundo que Sevilla. Yo ahora tomo los pinceles de Valdés Leal y con palabras
pinto el cuadro de la brevedad de la vida. Del racheo que descendía a Cristo ante la
Virgen sin lágrimas de la Quinta Angustia, ¿qué se hizo? ¿Por qué rampa de plata se nos
fue el Señor de Pasión, el Dios de la madera, ese Nazareno que nació teniendo madera
de Dios? ¿Dónde están las aguas del río que miraban pasar a la Virgen del Patrocinio?
Secas están las flores rosas de los ojos verdes de la Virgen del Valle. ¿Dónde está el
atardecer en que expiró El Cachorro al faltarle el aire de Triana? De aquella perfección
regia del palio de la Virgen de la Victoria, ¿qué se hizo? ¿En qué marismas azules de la
Redención está ahora la Virgen del Rocío? ¿En qué flota de la Carrera de Indias, fe de ida
y vuelta, como una guajira, se nos volvió a la Nueva España del Postigo la Guadalupana
de la calle Dos de Mayo? ¿En qué Costanilla quedan las huellas de la Domus Aurea de
las Tres Caídas del Señor? ¿A qué confín ha llegado ya el Buen Viaje del Cristo que salió
por la ojiva de San Esteban? ¿Dónde el Amparo de una Virgen con la Gracia de la saya
hecha con el vestido de un torero de Camas que es la gracia misma de Sevilla? El reloj
de la copla le presta sus tientos a tu tristeza:
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nos ha dicho: "Esta semana has estado conmigo en el paraíso que llamamos Sevilla"...
Cuando nos damos cuenta, metáfora de la vida, es ya Sábado Santo y estamos delante
del paso de la Canina.
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Agradecimientos
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