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Documento 3
El enigma negro (contr a Zapata) 1
N os hallamos frente a un hecho inexplicable: la sublevación
de Zapata. Todos preguntan: ¿por qué sus hordas salvajes,
en vez de ser exterminadas, se van extendiendo cada día más, al grado de
que, según un diario de la tarde de ayer, los tiros de sus fusiles podían
oírse en Xochimilco a unos cuantos kilómetros de esta metrópoli? ¿Acaso
el Gobierno, que cuenta con sobrados elementos, no mira la importancia
de acabar para siempre con tal bandidaje?
Es una afrenta para Méjico, como nación civilizada, que conserve en
su seno la anarquía zapatista, porque no se trata de una revolución de
principios, ni de que Zapata quiera ser Presidente de la República. Se
trata tan sólo del pillaje, del bandolerismo, de una anarquía digna de los
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Trinidad Sánchez Santos, “El enigma negro (contra Zapata)”, en El País, miércoles
25 de octubre de 1911.
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vándalos más feroces o de los zulús más refractarios a toda civilización.
Queremos democracia, que es el grado máximo del progreso humano;
queremos justicia, que es el ideal más alto de las naciones; queremos vida
fuerte, alimentada por la médula de principios inconmovibles, que nos
lleven a la felicidad en todos los órdenes de cosas; y, a pesar de tan bue-
nos deseos, a pesar de que, para lograrlos, se ha promovido y consumado
una revolución que cuesta a la patria sangre, dinero, crédito, a pesar de
todo eso, decimos, no podemos extirpar la llaga tan afrentosa cuanto
perjudicial para nuestro organismo, cuanto nauseabunda para nuestra ci-
vilización, cuanto dolorosa para el pueblo que camina hacia la miseria.
Esa llaga es Zapata, las hordas que le siguen, la canalla que mantiene en
pie de guerra a las unas y al otro.
Recordamos los siguientes hechos que vamos a refrescar en la memo-
ria de los lectores, para que ellos deduzcan sus consecuencias ineludibles
y hagan los comentarios que su criterio les sugiera.
A raíz del tratado de paz, el Gobierno interino ordenó el licencia-
miento de todas las tropas ex-revolucionarias. Para ello se dispuso com-
prar las armas a los insurgentes y darles una gratificación. Todas o casi
todas las fuerzas maderistas se sometieron de buen grado a las órdenes del
Gobierno, y sólo las de Zapata permanecieron en pie de guerra, como si
para ellas el pillaje fuera la gratificación de sus servicios a la causa del Plan
de San Luis.
Cuatro o cinco veces se licenciaron esas tropas y otras tantas se levanta-
ban en armas. Unas veces, so pretexto de que los hacendados de Morelos
extorsionaban a sus peones; otras alegando que el reyismo era una amenaza
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para la persona del señor Madero, y otras, en fin, se decía, que los científi-
cos hallábanse aun en el Poder y que precisaba exterminarlos para conquistar
definitivamente los ideales de la revolución de noviembre.
Por último, el señor Madero en persona fue a Morelos para hacer la
pacificación. Todos creímos que ésta se verificaría efectivamente. Pidió el
caudillo un plazo de quince días para que Zapata depusiera las armas; se
arregló en junta de ministros que el Gobierno daría a ese jefe una grati-
ficación de muchos miles de pesos por cierto, y éste se retiraría a la vida
privada, sin tener cargo alguno civil o militar. Reciente estaba el incendio
de Cuautla y otros desmanes cometidos por Zapata, para que el Gabinete
se resolviera a otorgar al bandido cualquier nombramiento o comisión.
Con gran asombro de todos se supo que el señor Madero, por sí y
ante sí, había nombrado a Zapata jefe de las armas en Morelos, y que éste
ejercía influencia decisiva sobre el Gobernador Carreón, de manera que
el verdadero director de los negocios públicos en Morelos era Zapata y
no el funcionario encargado de dirigirlos.
Como era de esperarse, el señor Presidente De la Barra se negó de la
manera más terminante a confirmar el nombramiento que Madero hizo
en la persona de Zapata, y, más aun, ordenó a la Secretaría de Guerra una
activa campaña contra el bandido. El señor Ministro de Gobernación,
por su parte, y como encargado de las fuerzas rurales, envió buen golpe
de éstas para que exterminasen a Zapata.
Entonces tuvieron lugar dos hechos, bien significativos por cierto:
Fue el uno el empeño tenaz demostrado por el grupo más próximo al se-
ñor Madero de que se retirasen de Morelos las fuerzas federales, empeño
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que llegó a su límite cuando la Partida de la Porra (grupo renovador de
la XXVI Legislatura), órgano supremo de Ojo Parado (Gustavo Madero),
se dirigió a Chapultepec, y en tono agresivo pidió al señor De la Barra
hiciera cesar las operaciones militares que se emprendían contra los za-
patistas. Fue el otro, la hostilidad manifiesta, profunda, injuriosa, contra
el señor Ministro de Gobernación, García Granados. No sólo se pidió
al señor Presidente de la República lo separara del Gabinete, sino que la
Partida de la Porra volvió a funcionar en contra de aquel Secretario de
Estado, proyectando una manifestación hostil que, por cierto no pudo
llevarse a término, debido a la serenidad y firmeza que demostró el señor
García Granados en aquella ocasión.
Por último, después de dos meses de inútil campaña, la Secretaría de
Guerra (no hay que olvidar las ligas que tiene el General González Salas
con el Pino-zapatismo) ordenó al General Huerta evacuara el Estado de
Morelos y éste quedó en poder de Zapata, quien a sus anchas asesina, in-
cendia, roba y siembra el pánico en la región de sus hazañas, como nuevo
Juan de Tabares aumentado en quinto y tercio.
La prensa toda, con excepción de la que dirige Ojo Parado, grita en
todos los tonos pidiendo justicia contra Zapata, los hacendados de More-
los ofrecen todo su contingente al Gobierno para exterminar al bandido,
el honrado y leal Ambrosio Figueroa acepta, mal de su grado, el Gobier-
no de Morelos sólo con el fin de restablecer el orden y dar garantías; más
a pesar de todo eso, Zapata subsiste, Zapata se multiplica, Zapata domi-
na, Zapata reina en Morelos con poder omnímodo, y no nos llamaría la
atención que sus audaces guerrillas llegaran a las goteras de la capital, para
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dar un apretón de manos y beber un vaso de pulque con los miembros
más conspicuos de la Partida de la Porra, agentes del zapatismo en esta
metrópoli de los palacios.
Tanto ha dicho la prensa, existe tal alarma en el público, que el señor
Presidente ha hecho ayer, según un periódico de la tarde, la siguiente
significativa declaración: “Como es natural —dijo el señor De la Barra—
la Secretaría de Guerra ha sido la encargada de la dirección técnica de la
campaña (contra Zapata), pero yo constantemente he dado a ese depar-
tamento instrucciones terminantes para que se facilite el pronto y satis-
factorio termino de ella”.
¿Quién, pues, sostiene a Zapata? No el señor De la Barra, porque este
ha dado órdenes al General González Salas, muy terminantes, para que
acabe con el bandido. Además, la honradez sin mancha del actual Pre-
sidente interino, su modo de ser particular, su amor a la paz y al orden,
están muy lejos de fomentar la anarquía y el bandidaje. ¿Acaso el Ministro
de Guerra no ha cumplido con su deber? Y en caso de que así sea, ¿por
qué ha seguido tal conducta?, ¿quién está detrás del General González
Salas?, ¿quién lo influencia?, ¿quién es ese poderoso personaje que le hace
faltar a sus deberes de soldado y de hombre público?
¿A quién aprovecha Zapata? ¿Cui prodest? ¿A Reyes? Locura sería
pensarlo. ¿A Vázquez Gómez? No hay que hablar de eso. ¿Será acaso la base
de un criminal reclame político, de un criminal y futuro reclame polí-
tico para causar en su día el efecto teatral de apagar con un solo soplo
la hoguera que prosperó grandemente durante el Gobierno interino, y
producir así la terrible sugestión de que los grandes intereses nacionales
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tienen que elegir entre el dominio forzoso de un hombre, bajo la direc-
ción de Ojo Parado, o el bandidaje irresistible?
He aquí el enigma.
Trinidad Sánchez Santos, 1911.
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