DDHH
DDHH
a. Definición
Los derechos humanos son aquellos derechos propios de todas las personas, derechos que nos
corresponden por nuestra sola condición de tales, sin que nos sea necesario cumplir con un
requisito especial.
Todo ser humano, por el hecho de serlo, es titular de derechos humanos que el Esta- do no puede
válidamente arrebatarle, independientemente de la religión que se profese, la pertenencia a uno u
otro género, la edad que se tenga, el lugar donde se resida, la etnia que se integre, la nacionalidad
que se posea, la filiación política, ni ninguna otra condición.
(...) los derechos humanos pueden definirse como un conjunto de derechos interco- nectados y
que se alimentan entre sí, que se desprenden de la dignidad intrínseca de la persona humana, y
que son reconocidos por la comunidad internacional a través de nor- mas jurídicas que resultan
oponibles a los Estados, quienes asumen respecto de aquellos las obligaciones generales de
respeto y garantía sin discriminación de ningún tipo e in- dependientemente de cualquier
condición o situación, en relación a toda persona que se encuentre sometida a su jurisdicción, de
manera permanente o temporal. (p. 216)
Las sociedades, en esta etapa histórica moderna, han reflexionado sobre sus maneras de
organizarse política, social y económicamente y han decidido poner en valor la vida humana
individual y colectiva. Para ello, han consensuado una legislación básica a nivel internacional que
da un piso de derechos indispensables para el desarrollo digno y justo de la condición humana, y
esos son los derechos humanos. Como veremos más adelante, estos derechos fueron reconocidos
de manera progresiva a nivel internacional, en el marco de un proceso que comenzó luego de la
segunda guerra mundial finalizada en 1945.
Es importante que tomemos conciencia que los derechos humanos nacieron y se presen- tan como
límites al poder del Estado, que es el organismo obligado a respetarlos y garantizar- los. En ese
sentido, el profesor Pedro Nikken (1994) ha señalado que
Cuando decimos Estado, nos referimos a todos los poderes que lo integran (Ejecutivo, Legislativo y
Judicial) y en todos los niveles jurisdiccionales (Estado nacional, provincias y
municipios). Ello implica, en consecuencia, que todas las personas que cumplen funciones públicas
se encuentran obligadas a respetar y garantizar los derechos humanos.
Ahora bien, es importante destacar que los derechos humanos no empiezan ni terminan en las
declaraciones, pactos o constituciones que los reconocen como tales, sino que se efectivi- zan en
la práctica, es decir, en el ejercicio real por parte de la comunidad. Los derechos huma- nos no son
meros enunciados, sino que son un modo de vida justo en el que se desarrolla el ser humano y
como tal, es responsabilidad de todas las personas exigirlos y ejercerlos.
Es decir, que la vigencia efectiva de los derechos humanos requiere participación activa de la
comunidad que debe exigirle al Estado el cumplimiento de sus obligaciones. En ese sentido, se ha
dicho que
(...) Los derechos humanos sólo cobran sentido cuando adquieren contenido políti- co. No son los
derechos de los seres humanos en la naturaleza; son los derechos de los seres humanos en la
sociedad. No son tan sólo derechos humanos en contraposición a derechos divinos, o derechos
humanos en contraposición a derechos de los animales; son los derechos de los seres humanos en
relación con sus semejantes. Son, por tanto, derechos garantizados en el mundo político secular
(aunque los llamen ‘sagrados’), y son derechos que requieren la participación activa de quienes los
poseen (...). (Hunt, 2019, p.106)
Los derechos humanos, tal como los conocemos hoy, fueron reconocidos jurídicamente por
primera vez con posterioridad a 1945. Es cierto que muchos Estados ya habían recono- cido antes
una serie de derechos en favor de sus habitantes en sus textos constitucionales, tal como vimos al
estudiar el movimiento del constitucionalismo. Sin embargo, se trataba de derechos que los
Estados habían decidido otorgar «puertas adentro» a su propia población y que, así como los
habían reconocido, podían eliminar ese reconocimiento con una modifica- ción de sus propias
constituciones y leyes internas. Algunos episodios atroces de la Segunda Guerra Mundial vinieron
a demostrar que esa protección jurídica otorgada por las Constitucio- nes y leyes internas de
algunos Estados resultaba insuficiente.
Nos referimos, por ejemplo, al Hocolocausto producido durante la Segunda Guerra Mundial, y
perpetrado por el régimen Nazi en campos de concentración y exterminio, donde fueron
masacradas más de seis millones de personas integrantes del pueblo judíos1. Ya no se trata- ba,
como en conflictos bélicos anteriores, de un Estado agrediendo a personas residentes en otro
Estado en el marco del conflicto armado, sino lisa y llanamente de un Estado torturando y
eliminando a su propia población: el pueblo judío fue condenado al exterminio sólo por el hecho
de haber nacido, en el marco de una plan organizado y sistemático, y la persecución contra sus
integrantes fue ordenada sea donde fuera que estuvieran, sin fronteras ni límites geográficos, con
el pretexto de una supuesta inferioridad racial.
Se ha sostenido que el objetivo del régimen Nazi, liderado por Adolf Hitler,
1 Cuadernos de la Shoá, N° 6, “Convivir con el mal”, marzo de 2016, p. 30, disponible en https://
[Link]/private/pdf/cuadernos-de-la-shoa/cuaderno_6.pdf
ya no era liberar a Alemania y sus territorios de lOS judíOS”, sino borrarlos del mun- do. En el
sueño de los mil años del Reich, no existiría ningún judío más, ninguno, en nin- guna parte, y de
esa manera la raza aria tendría no solo la supremacía sino que sería la gestora de una nueva raza
humana, La Shoá, exterminio y reingeniería biológica una raza ideal, superior y perfecta. El
asesinato del pueblo judío iba a ser solo el comienzo. En la etapa final de la escalada extrema, la
reingeniería biológica sería aplicada a otras razas y grupos, negros, orientales, eslavos, gitanos,
homosexuales, discapacitados, víctimas de enfermedades hereditarias y a todos los que quedaran
afuera del estereotipo de pureza anhelado. (Cuadernos de Shoá, 2016, p.30)
A ello podemos sumarle las devastadoras consecuencias de los lanzamientos de las bom- bas
nucleares en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki los días 6 y 9 de agosto de 1945
respectivamente, ordenadas por Estados Unidos que (junto a Inglaterra, Francia y la Unión So-
viética) integró el llamado bando de «los aliados» enfrentando al bando de «el eje», integrado por
Alemania, Italia y Japón. Estos hechos criminales provocaron la muerte de más de 110 000
personas e innumerables consecuencias en la salud y en la vida de las personas sobrevi- vientes y
sus familiares que hasta el día de hoy aún se pueden observar.
Los terribles crímenes cometidos por el nazismo, y las demostraciones pocas vistas de tanto
desprecio hacia la vida y la dignidad humana evidencias en el holocausto y los bombar- deos a
Hiroshima y Nagasaki, conmocionaron a la comunidad internacional, y generaron un consenso
sobre la necesidad de que la protección de los derechos de las personas ya no debía quedar a
criterio de los propios Estados en sus sistemas jurídicos internos. Resultaba indis- pensable
establecer normas internacionales (con base en los valores de la dignidad, libertad e igualdad) que
obligarán a los Estados a respetar una serie de derechos, así como generar instancias
internacionales que permitieran evitar crímenes atroces como los del Holocausto. En este marco,
luego de finalizada la guerra, el 26 de junio de 1945 se aprobó la Carta de las Naciones Unidas que
fue el primer documento jurídico donde habló de «derechos humanos». Así, por ejemplo, en el
artículo 1.3 se estableció entre los propósitos de las Naciones Unidas el de realizar la cooperación
internacional para el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades
fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión; y en el
artículo 55 inc. c) se indicó que la organización debe promover el respeto universal a los derechos
humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin ha- cer distinción por motivos de raza,
sexo, idioma o religión, y la efectividad de tales derechos y libertades.
Si bien la Carta de las Naciones Unidas mencionó a los «derechos humanos» en su texto, no los
identificó ni brindó un listado que permitiera saber cuáles eran esos derechos. Tres años después,
el 10 de diciembre de 1948, esos derechos iban a ser identificados en un instru- mento jurídico
aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas y que marcaría un paso fundamental en la
protección de los derechos humanos: la Declaración Universal de Derechos Humanos.
La Declaración Universal no definió qué debemos entender por «derechos humanos», pero
consagró un catálogo mínimo de derechos de los que gozan todas las personas por su ca- rácter de
tales, y que deben ser vistos siempre a la luz de dos principios fundamentales, el de inherencia, y
el de igualdad y no discriminación (artsículos 1 y 2).
Debe quedar en claro que los derechos humanos no son beneficios que los Estados otor- gan a las
personas que habitan en sus territorios; es más, ni siquiera los derechos humanos son creados por
los Estados.
Estos derechos, por ser inherentes a las personas, nacieron con el surgimiento de la humanidad,
existen desde entonces, y como ya dijimos, han sido reconocidos por los Estados en distintos
instrumentos jurídicos internacionales, y luego incorporados en sus legislaciones nacionales.
Los derechos humanos tienen características definidas, que permiten diferenciarlos de otros
derechos y libertades:
► Son inherentes a la persona humana: nacemos con ellos y por esta condición nos perte- necen.
Su origen no es el Estado ni las leyes, sino la propia dignidad humana. No son con- cesiones del
Estado sino que pertenecen a todos/as más allá de la nacionalidad, la religión, la cultura, la etnia o
el género.
► Se los reconoce como universales, porque al estar asociados a la condición de humani- dad,
cualquier persona del mundo los tiene y puede exigirlos y ejercerlos, sin importar sus
características personales y/o culturales.
► Se los describe como inalienables, lo que quiere decir que nadie nos los puede quitar, o
vulnerar legítimamente, sin perjuicio de que en ciertos casos y bajo determinados requisi- tos
pueden ser limitados en forma legítima.
► Son irrenunciables, porque nadie puede renunciar a ellos, en tanto ello implicaría renun- ciar a
ser considerado un ser humano. Tampoco es válido cederlos o transferirlos a otras personas.
► Representan una obligatoriedad para todos los Estados sin importar si están atrave- sando
crisis económica, política o una guerra o catástrofe natural. El Estado debe garanti- zarlos y
además organizar sus acciones con el fin de satisfacerlos.
Conocer los derechos humanos es esencial para poder valorarlos y, sobre todo, defenderlos
cuando sea necesario. Su existencia ayuda a proteger nuestra vida y la de nuestra comunidad,
posibilitando que la vivamos libremente, expresando nuestras ideas o trabajando dignamente, sin
que ninguna persona pueda ser excluida por ningún motivo.
Como explicamos al comenzar este capítulo, los derechos humanos fueron reconocidos por
primera vez por la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por la Asam- blea
General de las Naciones Unidas (ONU) el 10 de diciembre de 1948. En este documento histórico se
reconocieron por primera vez una serie de derechos mínimos que todas las perso- nas tenemos
por el solo hecho de ser tales.
► el derecho a la vida, libertad y seguridad (art. 3), ► la prohibición de la esclavitud (art. 4), y de
la tortura y penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes (art. 5),
Y de los políticos:
► el derecho de toda persona a un nivel de vida adecuado que le asegure a ella, y a su familia, la
salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asis- tencia médica y
los servicios sociales necesarios; el derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad,
invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias
independientes de su voluntad (art. 25);
► el derecho a la educación, el que debe tener por objeto el pleno desarrollo de la perso- nalidad
humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales
(art. 26); y
► el derecho a participar en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a par- ticipar
en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten (art. 27); entre otros.
Es importante destacar que en la Declaración Universal no resulta tajante la división entre los
derechos civiles y políticos y los derechos económicos, sociales y culturales, que luego sí se daría a
partir de la aparición de los dos tratados de derechos humanos de carácter ge- neral. No existe en
la Carta de Naciones Unidas ni en la Declaración Universal fundamento alguno para la división en
"generaciones de derechos" (que sólo puede utilizarse con fines pedagógicos o explicativos) ni en
categorías que permitan afirmar que algunos derechos son más importantes que otros. De allí que
toda distinción que se haga para quitarle importancia y exigibilidad de cumplimiento a los
derechos sociales no tiene fundamento normativo en el orden internacional.
Si bien la Declaración fue adoptada como una carta de compromisos y afirmación de valo- res
comunes de los Estados de Naciones Unidas, ella no implicaba ningún tipo de mecanismo de
control u obligación jurídica para los Estados. Si bien hoy puede afirmarse el carácter obli- gatorio
de la Declaración Universal (por obra del paso del tiempo y su aplicación por distintos organismos
internacionales e incorporación a textos constitucionales), esto no era entendido así al momento
de su aprobación, ni estaba previsto ningún órgano de protección ni procedi- miento alguno ante
eventuales violaciones de derechos humanos, por lo que se hizo necesaria la preparación de un
instrumentos de carácter vinculante para los Estados, que van a recibir el nombre de «pactos» o
«tratados».
► Los instrumentos de carácter general son aquellos que protegen a todas las personas por igual,
sin distinción alguna (por ejemplo, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos o el Pacto
Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, ambos de 1966).
► Los instrumentos específicos son aquellos que brindan una protección más fuerte a
determinados grupos de personas que históricamente han sido discriminadas y relegadas en el
reconocimiento y ejercicio de derechos. Si bien todas las personas por el solo hecho de ser tales
somos titulares de derechos humanos en virtud del principio de universalidad, existen algunos
grupos de personas que (por diversas razones) no se encuentran en una situación de igualdad de
oportunidades para el ejercicio de esos derechos. En estos casos, el principio de igualdad y no
discriminación (lejos de exigir el mismo trato para todas las personas) requiere que se brinde un
trato y una protección específica para esos grupos desaventajados. Entre esos grupos se
encuentran los siguientes: niños/as, adolescentes, mujeres, personas migrantes, personas con
discapacidad, personas de la comunidad LGT- BIQ+, personas adultas adultas mayores, personas
integrantes de pueblos indígenas.
La Convención por los Derechos del Niño es un ejemplo importante de la forma en que la
ratificación de un tratado internacional de derechos humanos compromete a un Estado. Esta
Convención, firmada en 1989, tiene un órgano que se encarga de monitorear su desarrollo en los
países firmantes, que se denomina «Comité Internacional de Derechos del Niño» y está integrado
por personas expertas independientes. Ante ese órgano nuestro país debe presen- tar informes
periódicos sobre las medidas que ha tomado para cumplir con la Convención. También debe
informar cómo ha intervenido el Estado en caso de vulneración de derechos de niños, niñas y
adolescentes.
Este ejemplo es importante porque, a partir de que Argentina firmó la Convención, fue ne- cesario
generar herramientas de Estado propias y soberanas para aplicar estos derechos de la niñez en el
territorio nacional, teniendo en cuenta nuestra identidad y situación particular como país. Es así
que en 2005 se sancionó la Ley N° 26.061 de Promoción y Protección de los Derechos de Niñas,
Niños y Adolescentes, que analizaremos más adelante.
Otro ejemplo de gran importancia es el de la Convención sobre Eliminación de todas las Formas de
Discriminación contra la Mujer adoptada por resolución 34/180 de la Asamblea General de las
Naciones Unidas el 18 de diciembre de 1979 y suscripta por la República Argen- tina el 17 de julio
de 1980. Aprobada por Ley 23.179, sancionada el 8 mayo de 1985. Ratificada por el Gobierno
argentino el 9 de marzo de 2007.
Se trata de un instrumento con jerarquía constitucional en los términos del artículo 75 inci- so 22
de la Constitución nacional, que en su artículo primero define «discriminación contra la mujer» a
toda distinción, exclusión a restricción basada en el sexo que tenga por objeto o por resultado
menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independien- temente de su
estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las
libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier
otra esfera.
Este tratado establece una serie de obligaciones generales para los Estados tales como:, consagrar,
si aún no lo han hecho, en sus constituciones nacionales y en cualquier otra legis- lación apropiada
el principio de la igualdad del hombre y de la mujer y asegurar por ley u otros medios apropiados
la realización práctica de ese principio; abstenerse de incurrir en todo acto a práctica de
discriminación contra la mujer y velar porque las autoridades e instituciones pú- blicas actúen de
conformidad con esta obligación; tomar todas las medidas apropiadas para eliminar la
discriminación contra la mujer practicada por cualquier persona, organizaciones o empresas;
adaptar todos las medidas adecuadas, incluso de carácter legislativo, para modi- ficar o derogar
leyes, reglamentos, usos y prácticas que constituyan discriminación contra la mujer.
Además, establece la obligación de los Estados de modificar los patrones sociocul- turales de
conducta de hombres y mujeres, con miras a alcanzar la eliminación de los prejuicios y las
prácticas consuetudinarias y de cualquier otra índole que estén basados en la idea de la
inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en funciones estereotipadas de hombres y
mujeres. Crea un órgano de control, denominado Comité para la Eliminación de todas las formas
de discriminación contra la Mujer (CEDAW), que se encuentra facultado para recibir denuncias
donde se alegue que el Estado ha violado algún derecho consagrado en la Convención.
Este instrumento de protección específica para las mujeres ha generado importantes refor- mas
legislativas e institucionales en nuestro país. A modo de ejemplo, podemos mencionar la
aprobación de la Ley 26.485, denominada “Ley de protección integral para prevenir, sancionar y
erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones
interpersonales. También es destacable la sanción de la Ley 25.499 (conocid a como “Ley Mi-
caela), que establece la capacitación obligatoria en temáticas de género y violencia de género para
todas aquellas personas que cumplen funciones públicas.
Tal como indicamos al comienzo de este capítulo, los derechos humanos fueron recono- cidos
jurídicamente en un proceso progresivo que comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, a
partir de una serie de instrumentos jurídicos (declaraciones y tratados) aprobados por los Estados,
en respuesta a distintas luchas, demandas sociales y circunstancias de cada momento histórico.
En esos instrumentos internacionales son únicamente los Estados los sujetos que asumen
obligaciones jurídicas con relación a cada uno de los derechos humanos de las personas que
habitan temporal o permanentemente en sus territorios, y por esta razón, sólo ellos (a través de
las acciones u omisiones de sus agentes) pueden incurrir técnicamente en lo que se llama
«violación de derechos humanos»2. Así, el órgano responsable de respetar y garanti- zar los
derechos humanos es el Estado, ya que éstos nacieron y se ejercen como un límite al poder
estatal.
De este modo, para que exista una violación de derechos humanos no alcanza con la afec- tación a
un derecho reconocido como tal, sino que se requiere necesariamente la intervención del Estado a
través alguno/a de sus agentes, ya sea por acción o por omisión. Así, nos encon- traremos frente
una violación por acción cuando una persona que cumple funciones estatales realice alguna
conducta que no debía llevar a cabo (por ejemplo, si un/a agente policial detie- ne de manera
ilegal a una persona); mientras que estaremos ante una violación por omisión cuando el/la agente
estatal no lleve adelante un acto que estaba obligado/a jurídicamente a realizar (por ejemplo, si
un/a agente penitenciario/a no provee de alimentación a una persona detenida; o si un/a agente
policial no brinda auxilio ante una persona que lo requiere porque está siendo agredida por otra y
sufre lesiones graves).
La violación de derechos humanos puede producirse de forma directa o indirecta. Será directa
cuando sea el accionar de un/a agente estatal el que la produce, sin in- termediación de otra
persona; en tanto que será indirecta cuando el acto que afecta al derecho humano en cuestión no
sea ejecutado por una persona que cumpla funciones públicas, sino por una persona particular,
que actúa por orden, tolerancia, complicidad o un «dejar hacer» del Estado.
Así, por ejemplo, si una persona priva a otra ilegalmente de la libertad, nos encontraremos ante
un delito tipificado en el Código Penal. Para saber si estamos o no ante una violación de derechos
humanos en sentido técnico, tendremos que analizar si la persona autora del hecho cumplía o no
funciones estatales y las circunstancias en que ocurrió. Si quien cometió el delito fue una persona
particular, estaremos ante el delito de privación de libertad y no habrá violación de derechos
humanos. Pero si la persona era, por ejemplo, agente policial, el delito será además una violación
de derechos humanos (por acción). También estaremos ante una violación de derechos humanos
si la privación de libertad fue ejecutada por una persona par- ticular que actuó bajo las ordenes de
otra que sí cumplía funciones estatales o si un/a agente estatal fue alertado/a de que el delito se
estaba cometiendo y no hizo nada para impedirlo (violación por omisión).
La distinción no es menor, ya que cuando nos encontramos frente a violaciones de dere- chos
humanos surgen responsabilidades especiales a título personal para el/la agente estatal y también
para el Estado, que ―como veremos― tiene la obligación de investigar lo sucedido, sancionar a las
personas responsables, y reparar a las víctimas y/o a sus familiares; y, si no lo hace, puede ser
denunciado ante organismos internacionales de control creados por los distintos tratados e
incurrir en responsabilidad internacionales.
► Responsabilidad internacional del Estado: los tratados internacionales de derechos hu- manos
ratificados por el Estado le generan a éste una serie de obligaciones jurídicas que veremos a
continuación. En caso de que a raíz de una acción u omisión de un/a agente estatal, se vulneren
derechos, se incumplen tales obligaciones y surge lo que se denomina responsabilidad
internacional del Estado. Se trata de una responsabilidad en la que incurre el Estado como tal y no
sus agentes individualmente considerados.
► Responsabilidad civil de funcionarios/as: todo daño que se ocasiona a otra persona debe ser
reparado. Por ello se puede decir que la responsabilidad civil de funcionarios/as está dada por su
comportamiento ―doloso o culposo― del que se deriva un daño o per- juicio para otras personas.
La responsabilidad civil de los funcionarios públicos surge del Código Civil y Comercial de la Nación.
1. Respetar los derechos humanos: entendida como un límite al poder estatal, esta obli- gación
exige que el Estado y sus agentes no violen con sus acciones los derechos huma- nos reconocidos;
es, en consecuencia, una obligación de abstención3. Para cumplir con esta obligación, al Estado le
basta con que sus agentes no realicen acciones que vayan en contra del contenido de un derecho
reconocido. Por ejemplo, los/as agentes estatales no deben usar desproporcionadamente la
fuerza, no deben incurrir en actos de tortura, no de- ben limitar la libertad de una persona ni
allanar un domicilio si no se cumplen los requisitos legales para ello, no deben denegar atención
médica a una persona que lo requiere, etc.
2. Garantizar los derechos humanos: no se cumple con una mera abstención, sino que exige un
accionar positivo del Estado a fin de asegurar la existencia del pleno y libre ejer- cicio de los
derechos humanos. Por lo tanto, el Estado no puede limitarse a no incurrir en conductas
violatorias de tales derechos, sino que, además, debe emprender acciones positivas, que serán
todas las necesarias para posibilitar que las personas sujetas a su jurisdicción puedan ejercer y
gozar sus derechos humanos4.
3. Adoptar medidas para hacer efectivos los derechos reconocidos: se trata de medi- das
legislativas (leyes y decretos) o de cualquier otro carácter, que permitan eliminar los obstáculos
que impiden que los derechos sean ejercidos realmente en la práctica. Así, por ejemplo, los
Estados deben: consagrar en su legislación mecanismos rápidos de acceso a la justicia para que
quien ha sufrido una violación a sus derechos pueda obtener solución y reparación en el ámbito
local (por ejemplo, mediante las acciones de amparo y habeas cor- pus); diseñar políticas públicas
que garanticen el acceso a un mínimo de derechos sociales (salud, educación, vivienda, etc.);
elaborar programas de formación en derechos humanos para quienes cumplen funciones públicas.
g. ¿Cuáles son las normas jurídicas en América Latina que protegen los Derechos Humanos?
Casi al mismo tiempo, y en concordancia con lo que sucedía en todo el mundo, a nivel americano
se produjo una Declaración que se plasmó en el primer instrumento que refiere a la protección de
los derechos humanos en nuestro continente: en abril de 1948, la OEA (Organi- zación de Estados
Americanos) aprobó la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre en Bogotá,
Colombia. Representó el primer documento internacional de derechos humanos de carácter
general.
En cuanto a su contenido, la Declaración Americana se destaca por avanzar en una visión integral
de los derechos humanos, al reconocer derechos civiles, políticos, económicos, so- ciales y
culturales:
► Consagra los derechos a la vida, la libertad y la seguridad de las personas (art. I); al
reconocimiento de la personalidad jurídica; el derecho de igualdad ante la ley y a no ser dis-
criminado en el goce de los derechos humanos consagrados (art. II); el derecho de libertad
religiosa y de culto III); el derecho a la nacionalidad; el derecho a la libertad de investigación, de
opinión y expresión (art. IV); el derecho a la protección de la honra, la reputación perso- nal, la
vida privada, y a la inviolabilidad del domicilio y la correspondencia (arts. V y IX); a constituir y a
recibir protección para la familia (art. VI); el derecho a la propiedad; el derecho a la protección de
la maternidad y la infancia (art. VII); el derecho de residencia y tránsito (art. VIII); debido proceso y
protección contra la detención arbitraria (arts. XXV y XXVI) el derecho de asilo y el derecho a
peticionar a las autoridades (art. XXIV).
► Con relación a los derechos vinculados con la administración de justicia y las garantías
judiciales, contempla el derecho a la justicia o a la igualdad ante la ley; la protección contra la
detención arbitraria y la presunción de inocencia.
Si bien esta Declaración no contaba con un órgano que pudiera controlar el comportamien- to de
los Estados e investigar posibles violaciones de derechos humanos, daría el puntapié inicial en
nuestro continente para la protección de tales derechos.
Años más tarde, en 1959, fue creada la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH),
que es uno de los dos órganos de control que actúan en nuestro continente y que se encuentra
autorizada para supervisar el accionar de los Estados en materia de derechos hu- manos. Así, por
ejemplo, este órgano tiene facultades para: elaborar informes temáticos so-bre distintos derechos,
detallando su contenido y las obligaciones que ellos generan para los Estados; evaluar cómo es la
situación general de los derechos humanos en un determinado país; recibir y tramitar denuncias
contra un Estado por la violación de derechos humanos en un caso concreto, que pueden ser
realizadas por personas en forma individual o colectiva, por organizaciones no gubernamentales, e
incluso por otros Estados.
Con el transcurso de los años, la protección jurídica de los derechos humanos en el ámbito
interamericano se fue fortaleciendo. Así, en 1969 se aprobó la Convención Americana sobre
Derechos Humanos (también conocida como Pacto de San José de Costa Rica), que comen- zó a
regir en 1978 y fue ratificada por la mayoría de los Estados del continente, entre ellos por nuestro
país. Como aspectos destacables de esta Convención podemos mencionar los siguientes:
► Establece las obligaciones generales de respetar y garantizar los derechos humanos, y la de
adoptar medidas para hacerlos efectivos.
► Reconoce una serie de derechos, principalmente civiles y políticos: prohíbe la esclavi- tud o
servidumbre (art. 6) y contempla los siguientes derechos: el derecho al reconocimien- to de la
personalidad jurídica (art. 3); a la vida (art. 4); integridad personal (art. 5); libertad personal (art.
7); garantías judiciales (art. 8); los principios de legalidad y de retroactividad (art. 9); el derecho a
una indemnización por error judicial (art. 10); la protección de la honra y la dignidad (art. 11); la
libertad de conciencia y de religión (art. 12); la libertad de pensa- miento y de expresión (art. 13);
el derecho de reunión (art. 15); la libertad de asociación (art. 16); la protección a la familia (art.
17); el derecho al nombre (art. 18); el derecho de niños/ as a medidas especiales de protección
(art. 19); el derecho a la propiedad (art. 21); los de- rechos de circulación y residencia (art. 22); los
derechos políticos (art. 23); la igualdad ante la ley (art. 24) y la protección judicial (art. 25); entre
otros.
Además de contemplar a la Comisión Interamericana que ya existía como órgano de con- trol, crea
uno nuevo: la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Ésta se encuentra inte- grada por siete
jueces y juezas, que se eligen por votación en la asamblea general de la OEA y actúan a título
personal (no representan a los Estados). Tiene su sede en San José de Costa Rica, es una
institución judicial autónoma de la OEA cuyo objetivo es la aplicación e interpreta- ción de la
Convención Americana sobre Derechos Humanos y de otros tratados concernientes al mismo
asunto. Argentina aceptó formalmente la competencia de la Corte Interamericana el 5 de octubre
de 1984. Se trata del único tribunal judicial de derechos humanos de nuestro continente. Tiene
distintas competencias y funciones, entre las cuales se destaca la de juzgar a los Estados acusados
de la violación de derechos humanos, en función de los casos que le envía la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos.
En caso de que la Corte considere que un Estado es responsable de una violación, emitirá una
sentencia de condena y le ordenara que repare los daños ocasionados a la víctima y/o a sus
familiares (con indemnizaciones, asistencia psicológica, disculpas públicas, etc.) y que adopte
medidas para evitar hechos similares en el futuro. A modo de reparación, según las circunstancias
de cada caso, la Corte también puede ordenarle a un Estado que investigue y sancione a los/as
funcionarios/as responsables de las violaciones de derechos, que deje sin efecto una ley o que
sancione una nueva normativa para que garantice derechos, que deje sin efecto un fallo judicial
interno contrario a los derechos humanos, entre otras medidas.
Existen muchos casos en los cuales Argentina ha sido condenada tanto por la Comisión como por
la Corte Interamericana a raíz de diversas violaciones de derechos humanos, va- rios de ellos
derivados de un incorrecto accionar policial, y que han motivado importantes reformas legales e
institucionales en nuestro país. Entre esos casos, que se estudian , se encuentran los siguientes: el
caso «Gutiérrez y Familia vs. Argentina» y el caso «Bulacio vs. Argentina», ambos de la Corte IDH; y
el caso 12.298 «Fernando Giovanelli vs. Argentina», tramitado ante la CIDH.
Todos estos tratados internacionales han sido ratificados por nuestro país y, por lo tanto, obligan a
que todas las personas que cumplen funciones públicas ajusten su accionar a las normas de
derechos humanos. Quien no lo haga, expondrá al Estado a la posibilidad de ser denunciado ante
la Comisión o la Corte Interamericana y a recibir una sanción en esos ám- bitos, además de ser
pasible personalmente de alguna responsabilidad civil, administrativa e incluso penal por la
violación de derechos humanos cometida.
La incorporación de los derechos humanos en nuestro país responde al proceso histórico político y
a las luchas sociales que lograron poner en valor la vida humana, digna y comunitaria.
En 1948, la República Argentina suscribió la Declaración Universal de Derechos Humanos así como
la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre (y de la Mujer). Sin embargo, recién
después de recuperada la democracia en 1983 nuestro país comenzó un proceso sostenido de
ratificación de distintos tratados internacionales de derechos humanos, que proyectan sus efectos
sobre toda la estructura institucional del Estado.
Actualmente, los instrumentos de derechos humanos con jerarquía constitucional en los términos
del art. 75 inc. 22 de la Constitución nacional son los siguientes:
Sin embargo, existen varios tratados internacionales de derechos humanos ratificados por nuestro
país que no han obtenido jerarquía constitucional al día de hoy, pero que igualmente resultan
obligatorios para el Estado. Ello porque los tratados de derechos humanos (obligato- rios por su
propia naturaleza jurídica) producen sus efectos desde que son ratificados por el Estado, con
independencia del lugar que se le otorgue en la estructura jerárquica del sistema normativo
interno.
En nuestro sistema jurídico, como regla general, no hay derechos absolutos. Por el contra- rio, los
derechos reconocidos en la Constitución nacional y en los instrumentos internaciona- les de
derechos humanos tienen carácter relativo, lo que implica que pueden ser limitados por el Estado
bajo el cumplimiento de determinados requisitos.
En ese marco, se inserta lo que se conoce como «poder de policía» y que consiste en la facultad
que tiene el Estado, por medio de la ley, para limitar el ejercicio de los derechos cons- titucionales,
dentro de ciertos límites razonables, con la finalidad de alcanzar una adecuada convivencia social y
en procura del bien común. Teniendo en cuenta el alcance del poder de policía, suelen distinguirse
dos variantes:
a. el poder de policía restringido que está vinculado principalmente con la protección del orden
público, y en especial con el cuidado de la salubridad, la moralidad y la seguridad pública. Es
estrecho en el sentido que se aplica en aquellas actividades que son fundamen- tales; y
b. el poder de policía amplio que comprende todas las limitaciones o reglamentos razo- nables
establecidas con el propósito de lograr el bienestar general. Abarca el ejercicio de la totalidad de
los derechos. En nuestro país, en una primera época, la jurisprudencia de la Corte Suprema de
Justicia de la Nación pareció inclinarse por el concepto restringido. Pero a partir de 1934 se instaló
el concepto amplio de poder de policía, que no ha sido abando- nado hasta ahora.
Al ser relativos, los derechos humanos pueden ser limitados por el Estado a través de una
reglamentación razonable, de una restricción legítima e incluso algunos derechos pueden sus-
penderse de manera transitoria y excepcional en una situación de emergencia, que en nuestra
Constitución recibe el nombre de «Estado de sitio».
► Reglamentación razonable: se refiere a la regulación legal del ejercicio de un derecho que, sin
desvirtuar su naturaleza, tenga en miras su pleno goce y ejercicio en sociedad5. La facultad estatal
de reglamentar los derechos se desprende del artículo 14 de la Constitu- ción nacional (CN), que al
reconocer los derechos allí mencionados aclara que ellos per- tenecen a todos/as los/as
habitantes, conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio;mientras que el artículo 32 de la
Convención Americana sobre Derechos Humanos res- palda la facultad estatal de reglamentar los
derechos en el marco de la convivencia demo- crática, por cuanto establece que Los derechos de
cada persona están limitados por los derechos de los demás, por la seguridad de todos y por las
justas exigencias del bien común, en una sociedad democrática.
El artículo 28 de la CN marca el límite que debe respetar la limitación de los derechos y garantías
constitucionales, al establecer que los principios, garantías y derechos reco- nocidos en los
anteriores artículos, no podrán ser alterados por las leyes que reglamenten su ejercicio. Este
enunciado, conocido con el nombre de principio de inalterabilidad o de razonabilidad, implica que
debe existir una relación adecuada entre la finalidad perseguida por la ley y los medios empleados
para alcanzarla. Su límite infranqueable es la alteración o desnaturalización del principio, derecho
o garantía, los que puede ser reglamentado pero no alterados en su esencia. Esto significa que no
pueden ser desnaturalizados por la re- glamentación porque en tal caso quedaría reducido a su
mínima expresión, desvirtuando el sentido de su reconocimiento constitucional. Así, por ejemplo,
es razonable que para acceder a una carrera universitaria o terciaria, se le exija a una persona que
acredite tener determinados conocimientos mínimos; de ahí que sea válida la exigencia de
presentar un título secundario para acceder a esos ámbitos. En cambio, no sería razonable que se
exi- giera como requisito por ejemplo, el de ser mujer o el de vivir en un determinado barrio. En el
primer caso había razonabilidad, mientras que en el segundo caso; ello en tanto, además de que
hay un límite discriminatorio, no existe relación adecuada entre el requisito exigido (ser mujer o
vivir en cierto barrio) y la finalidad perseguida (que las personas que accedan a la educación
universitaria o terciaria acrediten determinados conocimientos mínimos).
De acuerdo con ello, se ha interpretado que para ser legítima una restricción debe cum- plir con
los siguientes requisitos:
■ Debe ser autorizada por una ley, entendiendo por ésta a la norma de carácter general emanada
del Congreso de la Nación siguiendo el procedimiento constitucional. ■ Debe perseguir un fin
legítimo, que son aquellos mencionados en los tratados de de- rechos humanos (por ejemplo,
seguridad pública, orden público democrático, salud pública, protección de los derechos los
demás). Estos fines son de interpretación restrictiva y debe el significado que le han dado los
órganos internacionales de con- trol. Por ejemplo, el Estado no puede hacer una interpretación
caprichosa de lo que entiende por «seguridad pública», sino que la misma se entiende como la
protección
6 Pinto, Mónica. El principio pro homine. Criterios de hermenéutica y pautas para la regulación de
los derechos humanos. En La aplicación de los tratados sobre derechos humanos por los tribuna-
les locales, 1997, ISBN 987-9120-14-0, págs. 163-172.
contra los peligros para las personas y sus bienes tal como lo ha dicho la Corte Inte- ramericana de
Derechos Humanos. ■ Debe ser necesaria en una sociedad democrática, lo que implica que debe
existir una necesidad social imperiosa que obligue al Estado a tomar la medida. Además, se trate
de la medida que (entre varias opciones afecte en menor medida el derecho en cuestión). ■
Suspensión extraordinaria de algunos derechos: sólo puede tener lugar bajo la de- claración de lo
que los tratados de derechos humanos denominan Estado de emer- gencia o de excepción y que
nuestra Constitución llama «estado de sitio».
En cuanto a las causales que habilitan la declaración del Estado de sitio, la Constitución establece
que procede en caso de conmoción interior o de ataque exterior que pongan en peligro el ejercicio
de esta Constitución y de las autoridades creadas por ella. Por su parte, los tratados
internacionales establecen que debe tratarse de circunstancias de emergencia realmente
excepcional, tales como los casos de guerra, de peligro público (una catástrofe natural por
ejemplo) o de otra emergencia que amenace la independencia o seguridad del Estado parte.
En todas las cláusulas que habilitan la suspensión, como bien la explica la profesora Móni- ca
Pinto, el bien jurídico que se intenta proteger es la vida de la comunidad jurídico política
organizada en el Estado7. Y el peligro debe de ser actual o al menos inminente, en cuanto a sus
efectos la situación debe de afectar a toda la población, a la totalidad de territorio o una parte del
mismo y constituir una amenaza a la vida organizada de la sociedad. La crisis o peligro debe de ser
excepcional en el sentido que las otras limitaciones a los derechos permitidas por la Constitución o
los tratados, para mantener el orden público, la salud o la seguridad pública resulten
manifiestamente insuficientes.
En cuanto al órgano facultado para declarar el Estado de sitio, la Constitución hace una dis- tinción
según el motivo de la declaración: 1) Si es por conmoción interior: a) Debe declararlo el Congreso
(art. 75 inc. 29); b) Si el Congreso está en receso, puede declararlo el presidente (art. 99 inc. 16),
pero luego del receso el Congreso deberá aprobar o desaprobar la declaración de estado de sitio
realizada por el presidente. 2) Si es por ataque exterior: a) Debe declararlo el presidente con
acuerdo del Senado (art. 99 inc. 16). b) Si el Congreso (y por ende el Senado) está en receso, el
presidente debe convocarlo a sesiones extraordinarias.
Es importante tener presente que rigen una serie de limitaciones para la declaración del Estado de
sitio:
► Debe especificarse la parte del territorio donde se declara, debiendo guardar relación la
extensión territorial con el alcance de la emergencia que origina el Estado de sitio. Así, por
ejemplo, si los hechos que dan lugar a la declaración del Estado de sitio se producen solamente en
una provincia, no sería válido declararlo en todo el territorio nacional.
► Sólo puede declararse por un tiempo determinado. ► Las medidas que se tomen deben ser
proporcionales. Esto significa que debe existir una adecuación entre las medidas adoptadas y la
gravedad de la situación y es un requisito . Pinto, Mónica. Temas de Derechos Humanos, Ed. Del
Puerto, 1997. p. 35.
cuyo cumplimiento tendrá que analizarse caso por caso. La adopción de medidas excep- cionales
presupone un peligro inminente y debe de existir una adecuación entre éste y las medidas para
contrarrestarlo. Si la exigencia de la situación es lo que justifica las medidas, las normas exigen que
las medidas que se tomen, además de ser proporcionales en tiempo y forma, sean adecuadas al
objetivo de superar la emergencia que le da origen.
En cuanto a la forma en que se ven afectados los derechos, la autoridad no debe en ninguna
circunstancia excederse en el rigor de las medidas, que deben ser solamente aquéllas que
constituyen un medio idóneo e indispensable para restablecer la normali- dad. Y con respecto a las
personas afectadas, la autoridad debe limitarse a suspender el ejercicio de los derechos de
aquellas personas que estén directamente involucradas en la situación de emergencia, sin afectar
los derechos de personas distintas de éstas.
Por otro lado, los tratados internacionales establecen que hay una serie de derechos y ga- rantías
que los Estados no pueden suspender ni siquiera en las situaciones de emergencias que pueden
dar lugar al estado de sitio. Ellos son los siguientes:
Además, la Constitución establece que el/la presidente/a no puede, aun durante del Estado de
sitio, condenar por sí ni aplicar penas. No obstante, se le reconoce la facultad de arrestar o
trasladar personas de un punto a otro del país, aunque con ciertos límites:
1. Debe dictar un decreto explicando los motivos del arresto. 2. El arresto o traslado debe estar
relacionado con la emergencia y ser un medio adecuado para contrarrestarla, es decir, debe ser
razonable. 3. Quién es arrestado o traslado puede pedir la revisión de la medida mediante un
habeas corpus. 4. El arresto cesará inmediatamente cuando finalice el estado de sitio. 5. Se le debe
dar a la persona arrestada la posibilidad de abandonar el país y recuperar la libertad.
Finalmente, debemos destacar que hay ciertas materias del Estado de sitio que pueden ser
controladas judicialmente y otras que no:
1. La declaración de Estado de sitio, en cuanto a su oportunidad o conveniencia, no puede ser
sometida al control judicial; ya que es una cuestión política no judicializable. Ejemplo: los jueces no
pueden expedirse acerca de si era el momento adecuado o si era conveniente declarar el estado
de sitio. 2. La declaración de Estado de sitio, en cuanto al cumplimiento de los requisitos formales,
sí puede ser sometida al control judicial. Ejemplo: si el Estado de sitio fue declarado por un órgano
incompetente, o si no se especificó en qué territorio se declara, etc. 3. Los actos que realice el
Estado durante el Estado de sitio, sí pueden ser sometidos al control judicial de razonabilidad. Esto
significa que si el Estado le restringe una garantía o derecho a alguna persona, los órganos
judiciales podrán decidir si dicha restricción es des- proporcionada en relación a la situación de
emergencia. Ejemplo: si durante el estado de sitio me restringen cualquier derecho, puedo
someter dicha restricción al control judicial.
La Policía es una institución clave para garantizar el ejercicio y efectivo cumplimiento de los
derechos humanos. «Una «acción policial buena» significa una acción policial acorde con las
normas internacionales de derechos humanos» (Osse, 2007, p 41). Esta última afirmación se
relaciona además con lo que anteriormente se describía sobre el ejercicio de los derechos: la
policía tiene la gran posibilidad de contribuir a que el ejercicio de los derechos de la ciuda- danía
sea efectivamente realizado entendiendo con ello que aporta al desarrollo digno y justo de la vida
colectiva e individual.
El marco legal de este sistema es la Constitución, que es la ley suprema y es el instrumento jurídico
que debe expresar los principios fundamentales del Estado de derecho enumerados
anteriormente, y debe imponer los límites del poder político.
El Estado de derecho y la democracia son los dos pilares fundamentales para la vigencia de los
derechos humanos, por lo que estos tres conceptos son indisolubles e interdependientes.
Tanto las Naciones Unidas (ONU), como la Organización de los Estados Americanos (OEA), han
tomado a los Derechos Humanos y a la democracia como aspectos centrales de sus fines y
organización, fomentando su vigencia y afianzamiento en todos los países del Mundo.
Conforme los Principios Básicos para el Uso de la Fuerza y Armas de Fuego para Funciona- rios
Encargados de Hacer Cumplir la Ley, aprobados por las Naciones Unidas, la labor de las fuerzas
policiales es de gran importancia en el cometido de las democracias modernas en la protección del
derecho a la vida, la libertad y la seguridad de las personas.
De tal manera, la policía tiene, por sus especiales atribuciones, la función de:
La función de la policía en todo Estado tiene, entonces, como principal objetivo el servicio a la
comunidad y la protección de las personas. En este contexto, es imprescindible una actitud ética
en la policía, esto es: un comportamiento honesto, solidario, proactivo, comprometido, justo y
respetuoso. Actuar en este marco facilita y legitima el cumplimiento del deber, fortale- ciendo la
relación entre el policía y el ciudadano.
En los regímenes democráticos se han definido pautas para la actuación policial, que son útiles
para reafirmar la función gravitante que en éstos cumplen los cuerpos policiales:
La prohibición de la tortura tiene tal importancia que es considerada de carácter absoluto. Esto
significa que, a diferencia de lo que ocurre con la gran mayoría de los derechos humanos, el
derecho a no ser sometido a tortura no puede restringirse ni sus- penderse bajo ninguna
circunstancia.
Según los instrumentos internacionales vigentes, no hay ningún motivo que permita justifi- car
válidamente que una persona sea sometida a tortura. Ninguna circunstancia excepcional, como
una guerra, el peligro de una guerra, o la inestabilidad política interna o cualquier otra
emergencia, puede invocarse para justificar la tortura; tampoco podrá invocarse una orden de
un/a funcionario/a superior o de una autoridad pública como justificación de la tortura.
El lugar primordial que la prohibición de la tortura ocupa en las normas de derechos huma- nos se
refleja en el hecho de la existencia de varios instrumentos destinados específicamente a ella. Así,
nos encontramos con dos tratados internacionales, ratificados por nuestro país, que se ocupen del
tema en forma particular: en el ámbito de la ONU, la Convención contra la Tortura y otros Tratos y
Penas Crueles, Inhumanos y Degradantes, aprobada en 1984; y en el ámbito de la OEA, la
Convención Interamericana para Prevenir y Sancionar la Tortura, de 1985.
Ambas Convenciones consagran prohibiciones básicas en torno al uso de la tortura y esta- blecen
obligaciones específicas en la materia para los Estados.
La Convención de Naciones Unidas contra la Tortura define a ésta como […] todo acto por el cual
se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o
mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla
por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa
persona o a otras, o por cualquier razón basada en discriminación, cuando dichos dolores o
sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones
públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. No se considerarán torturas
los dolores o sufrimientos que sean consecuencia únicamente de sanciones legítimas, o que sean
inherentes o incidentales a éstas […].
Por su parte, la Convención Interamericana la define como […] todo acto realizado in-
tencionalmente por el cual se inflijan a una persona penas o sufrimientos físicos o mentales, con
fines de investigación criminal, como medio intimidatorio, como castigo personal, como medida
preventiva, como pena o con cualquier otro fin. Se entenderá también como tortura la aplicación
sobre una persona de métodos tendientes a anular la personalidad de la víctima o a disminuir su
capacidad física o mental, aunque no causen dolor físico o angustia psíquica […].
De estas dos Convenciones se desprende que, para que exista tortura en un caso concreto, deben
presentarse los siguientes elementos:
1. Debe existir un acto intencional y no meramente culposo o negligente. 2. Ese acto debe
provocar un dolor o sufrimiento grave, sea físico o mental.
3. El acto debe perseguir una finalidad. No debe tratarse necesariamente de uno de los fines
mencionados en las normas citadas (fines de investigación, confesión de un delito, etc), aunque
debe ser posible identificar que el hecho fue cometido con determinada fina- lidad. 4. El acto debe
mantener un vínculo con una actividad (acción u omisión) de un/a agente del Estado, ya sea por
acción o por omisión. Por ejemplo, la Convención Interamericana (art. 3) establece que Serán
responsables del delito de tortura: a. los empleados o funcio- narios públicos que actuando en ese
carácter ordenen, instiguen, induzcan a su comisión, lo cometan directamente o que, pudiendo
impedirlo, no lo hagan. b. Las personas que a instigación de los funcionarios o empleados públicos
a que se refiere el inciso a. ordenen, instiguen o induzcan a su comisión, lo cometan directamente
o sean cómplices.
De las dos Convenciones específicas que sobre prohibición de la tortura, se desprenden (entre
otras) las siguientes obligaciones particulares para los Estados:
► Abstención de sus agentes de realizar actos de tortura. ► Asegurar que todos los actos de
tortura y los intentos de cometer tales actos constitu- yan delitos conforme a su derecho penal y
establecer para su castigo sanciones severas que tengan en cuenta su gravedad. ► Prevenir e
investigar en forma seria e imparcial los actos de tortura. ► No admitir como medio de prueba en
un proceso judicial ninguna declaración que se compruebe ha sido obtenida mediante tortura. ►
Capacitar a sus agentes, sobre todo a sus fuerzas de seguridad y del ámbito penitencia- rio, en
materia de prohibición de la tortura. ► Excluir de sus leyes la posibilidad de que se invoque la
obediencia debida a la orden de una autoridad superior como intento por justificar la tortura.
El Código Penal se ocupa del delito de torturas, en los artículos 144 tercero, cuarto y quinto.
El Código especifica que por tortura se entenderá no solamente los tormentos físicos, sino
también la imposición de sufrimientos psíquicos, cuando estos tengan gravedad suficiente, y re-
prime al funcionario público que impusiere a personas legítima o ilegítimamente priva- das de su
libertad, cualquier clase de tortura, resultando indiferente que la víctima se encuentre
jurídicamente a cargo del funcionario, bastando solamente que tenga sobre aquella poder de
hecho.
La pena se agrava si se causa la muerte o lesiones graves, y se castiga al funcionario pú- blico que
tenga conocimiento de la comisión de estos delitos y no los denunciase. En todos estos casos se
exige el dolo de la persona autora del delito. Sin embargo, el artículo 144 quinto prevé una figura
para la cual no se exige el dolo para el funcionario a cargo de la repartición en la que se ejecutase
un hecho de tortura, si las circunstancias del caso permiten establecer que el hecho no se hubiese
cometido de haber mediado la debida vigilancia o adoptado los recau- dos necesarios por dicho
funcionario. Es un delito culposo, que exige mayor responsabilidad a quien se encuentra a cargo
de una dependencia que tiene personas detenidas.
Además de la tortura, otra forma de violación del derecho a la integridad personal se produ- ce
cuando existen tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes. Si bien todos esos actos son
violatorios de derechos humanos, se han planteado distintos criterios para diferenciarlos. En
general, se considera que la distinción se basa en la gravedad del sufrimiento producido a la
persona en el caso concreto, lo que se evalúa según factores internos (la edad de la perso- na, su
género y demás circunstancias personales) y externos (el método utilizado para produ- cir el dolor,
la duración, entre otros).
► Casos en que por la forma en que son tratadas las víctimas pudieron temer y prever que serían
privadas de su vida de manera arbitraria y violenta o sometidas a tortura; ► Casos en que
personas se ven privadas de toda comunicación con el mundo exterior por largo tiempo y,
particularmente, con su familia. ► Casos en los que no se les brinda a una persona privada de
libertad una alimentación adecuada.
En línea con ello, el artículo 144 bis del Código Penal Argentino castiga al funcionario público que
desempeñando un acto de servicio cometiera cualquier vejación contra las personas o les aplicare
apremios ilegales, o al que impusiere a los presos a los que guarde severidades, vejaciones o
apremios ilegales. A raíz de esto, es importante establecer la diferencia entre severidades,
vejaciones y apremios ilegales:
1. Apremios ilegales: son procedimientos coactivos que provienen de funcionarios públi- cos y que
tienen por finalidad lograr una determinada conducta de parte de la persona que está siendo
sometida a ellos. Se producen, por ejemplo, cuando un funcionario público pri- va de su libertad,
profiere amenazas y/u órdenes intimidatorias, etc., todas ellas al margen de la ley y con abuso de
sus atribuciones. Como describimos antes, la tortura se diferencia del apremio ilegal la gravedad
del sufrimiento generado, aunque cualquiera de las dos pue- de consistir en daños físicos o
psíquicos.
2. Severidades: son rigores o asperezas en el modo y trato al que es sometida una per- sona
detenida, por ejemplo aislamiento en celdas de dimensiones mínimas, oscuras o in- salubres,
sanciones de tipo disciplinario no previstas, o más rigurosas que las reglamenta- rias, castigos
corporales, privación de alimentos o de visitas. Debemos que el art. 18 de la Constitución nacional
dispone que Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de
los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos
más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al Juez que la autorice. Precisamente, esta
norma es el fundamento constitucional del delito de severidades: ir más allá del propio rigor de la
privación de libertad.
La tortura, las vejaciones, los apremios ilegales lesionan no solamente la integridad física, sino
también la dignidad de las personas. Por lo tanto, son actos criminales in- compatibles con los
derechos humanos, la democracia y el Estado de Derecho; nadie puede eximirse de
responsabilidad por esos actos invocando la obediencia debida ni ninguna otra circunstancia.
Al igual que sucede con la situación relativa a la tortura y los tratos crueles, inhumanos o
degradantes, la práctica de la desaparición forzada de personas ha generado desde algunos años
atrás una gran preocupación en la comunidad internacional. Esa preocupación, fundada en parte
por la utilización de esa práctica por los regímenes dictatoriales que azotaron nuestra región y
distintos países del hemisferio, condujo a la adopción de instrumentos específicos para proteger a
las personas contra la desaparición forzada.
Ambos instrumentos regulan diversos aspectos que hacen a la protección jurídica que de- ben
brindar los Estados contra la desaparición forzada de personas. En tal sentido, además de definir
qué se entiende por desaparición forzada, ambas Convenciones establecen una serie de
obligaciones y deberes específicos para los Estados en esta temática.
Con base en esta definición, la Corte Interamericana ha establecido en numerosos prece- dentes
que la desaparición forzada se configura cuando se presentan tres elementos: a) la privación de la
libertad; b) la intervención directa de agentes estatales o la aquiescencia de éstos, y c) la negativa
de reconocer la detención o de revelar la suerte o paradero de la persona desaparecida. Asimismo
es importante tener en cuenta que la desaparición forzada ha sido caracterizada como una
práctica que viola no sólo el derecho a la libertad personal de la persona desapare- cida, sino que
constituye una violación múltiple y continuada de numerosos derechos y colo- ca a la víctima en
una situación de completa indefensión, generando también vulneraciones del derecho a la
integridad personal, el acceso a la justicia, el reconocimiento de la personali- dad jurídica, entre
otros. A su vez, involucra también violaciones de distintos derechos de los familiares de la víctima,
particularmente del derecho a la integridad personal ―en su faceta psíquica― y del derecho a la
verdad ―en lo que se refiere a conocer cuál fue el destino de la persona desaparecida―.
A raíz de ello se ha considerado que la desaparición forzada constituye una de las más graves y
crueles violaciones de los derechos humanos, en la medida en que no sólo genera una privación
arbitraria de la libertad sino que pone en peligro la integridad personal, la seguridad y la propia
vida de la víctima. De ahí la importancia de que el Estado tome todas las medidas necesarias para
evitar dichos hechos, los investigue y sancione a los responsables y además informe a los
familiares el paradero de la perso- na desaparecida y los indemnice en su caso.
Dada la gravedad de este tipo de práctica, se ha establecido además que la realización ge-
neralizada o sistemática de la desaparición forzada constituye un crimen de lesa humanidad tal
como está definido en el derecho internacional.
Debido a la particular gravedad que tiene la desaparición forzada, no existe justifica- ción válida
para que un Estado pueda deslindarse de sus responsabilidades en la materia. En particular, los
instrumentos internacionales establecen que en ningún caso podrán in- vocarse circunstancias
excepcionales tales como estado de guerra o amenaza de guerra, inestabilidad política interna o
cualquier otra emergencia pública como justificación de la desaparición forzada.
Entre las principales obligaciones que los Estados asumen en este tema, podemos destacar las
siguientes:
► Adoptar todas las medidas apropiadas para la búsqueda, localización y liberación de las
personas desaparecidas y, en caso de fallecimiento, para la búsqueda, el respeto y la restitución de
sus restos.
En ese marco se inserta, por ejemplo, la obligación estatal de garantizar que toda persona privada
de libertad sea mantenida únicamente en lugares de privación de libertad oficialmente
reconocidos y controlados; autorizada a comunicarse con su familia, un abogado o cualquier otra
persona de su elección y a recibir su visita, con la sola reserva de las condiciones esta- blecidas por
la ley: así como la obligación de llevar y mantener uno o varios registros oficiales y/o expedientes
actualizados de las personas privadas de libertad, que bajo requerimiento sean rápidamente
puestos a disposición de toda autoridad judicial o de toda otra autoridad o institución
competente.
Existen determinadas violaciones de derechos humanos que, por su extrema gravedad, configuran
además crímenes internacionales. Como vimos antes, la obligación de investigar las violaciones de
derechos humanos y sancionar a las personas responsables recae sobre el propio Estado. Sin
embargo, para evitar que esos hechos queden en la impunidad cuando el Estado no quiere o no
puede juzgarlos, se ha creado a nivel internacional un órgano judicial con competencia para juzgar
y castigar a los/as autores/as de esos crímenes.
Se trata de la Corte Penal Internacional, creada en el año 1998 y en funcionamiento desde 2002,
que consiste en un órgano judicial permanente que se encarga de juzgar a personas por la
comisión de ciertos crímenes internacionales definidos en su estatuto. Es importante diferenciar la
actuación de este Tribunal (que juzga personas, generalmente funcionarios/as públicos/as) de la
intervención de los órganos internacionales de control en materia de dere- chos humanos (como
la Corte Interamericana), que juzgan el accionar de los Estados y no de las personas
individualmente consideradas.
► Crímenes de lesa humanidad: el art. 7 del Estatuto de la Corte Penal Internacional los define
diciendo se trata de […] cualquiera de los actos siguientes cuando se cometa como parte de un
ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimien- to de dicho
ataque: a) Asesinato; b) Exterminio; c) Esclavitud; d) Deportación o traslado forzoso de población;
e) Encarcelación u otra privación grave de la libertad física en vio- lación de normas fundamentales
de derecho internacional; f) Tortura; g) violación, escla- vitud sexual, prostitución forzada,
embarazo forzado, esterilización forzada u otros abusos sexuales de gravedad comparable; h)
Persecución de un grupo o colectividad con identidad propia fundada en motivos políticos,
raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos, de género […], u otros motivos universalmente
reconocidos como inaceptables con arreglo al derecho internacional, en conexión con cualquier
acto mencionado en el presente párrafo o con cualquier crimen de la competencia de la Corte; i)
Desaparición forzada de personas; j) El crimen de apartheid; k) Otros actos inhumanos de carácter
similar que causen intencio- nalmente grandes sufrimientos o atenten gravemente contra la
integridad física o la salud mental o física.
De esta manera, para que exista un delito de lesa humanidad, se requiere la comisión de graves
violaciones de derechos humanos como las mencionadas en la norma (tortura, desaparición
forzada, esclavitud sexual, etc.), y que dichas violaciones se lleven a cabo como parte de un ataque
sistemático o generalizado contra la población civil. Debe existir una línea de conducta que
implique la comisión múltiple de violaciones graves de derechos humanos contra la población civil,
de conformidad con la política de un Estado o de una organización de cometer esos actos o para
promover esa política (art. 7.2 del Estatuto de la Corte Penal Internacional).
La Corte Suprema de nuestro país se pronunció sobre los elementos constitutivos de los crímenes
de lesa humanidad. Así, en el fallo «Derecho», explicó que la razón por la cual se considera a los
delitos de lesa humanidad como crímenes internacionales no es sólo su extrema gravedad, sino
también la intervención en ellos de las autoridades estatales o su incapacidad para reprimirlos. Por
eso, según la misma opinión, esos delitos son con- cebidos como violaciones sumamente graves de
los derechos humanos cometidas por el Estado, o bien por organizaciones no estatales que suelen
contar con su aquiescencia o su imposibilidad de detenerlas (cf. Fallo “Derecho, René Jesús s/
incidente de prescripción de la acción penal”, del 11 de julio de 2007).
► Crimen de genocidio: el art. 6 del Estatuto de la Corte Penal Internacional lo define como […]
cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir total
o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal: a) Ma- tanza de miembros
del grupo; b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c)
Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su
destrucción física, total o parcial; d) Medidas destinadas a impedir nacimientos en el seno del
grupo; e) Traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo.
En forma similar se encuentra definido por la Convención para la prevención y la sanción del delito
de genocidio, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 9 de diciembre de
1948. Esta Convención fue ratificada por la República Argentina por el decre- to-ley 6286/1956 y
tiene jerarquía constitucional desde 1994. La Convención no sólo casti- ga al genocidio, sino
también a la asociación para cometer genocidio; la instigación directa y pública a cometer
genocidio; la tentativa de genocidio; y la complicidad en el genocidio.