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Capítulo 3

Fundamentos cartográficos y geodésicos

Trabajar con información georreferenciada requiere conocer una serie de conceptos pre-
vios necesarios para poder realizar correctamente todo tipo de operaciones. Estos conceptos
no son exclusivos del ámbito de los SIG, sino que derivan de otras disciplinas que tradicio-
nalmente han trabajado con este tipo de información, como por el ejemplo la cartografía.
Los datos georreferenciados tienen además una peculiaridad como datos espaciales,
pues son datos que se sitúan sobre la superficie de la Tierra. Por ello, es necesario tener
un conocimiento preciso de la forma de esta, para así tratar con exactitud y rigor la
información con que se trabaja en un SIG. La geodesia es la ciencia que se encarga del
estudio de la forma de la Tierra, y sus fundamentos se encuentran entre los conceptos base
de todo SIG, siendo por tanto necesario conocerlos para poder hacer uso de estos.
En este capítulo veremos algunas ideas esenciales sobre cartografía y geodesia, que
serán de aplicación constante y fundamental en el uso de cualquier SIG.

3.1. Introducción
La característica principal de la información georreferenciada es que tiene una
localización en el espacio, particularmente en el espacio terrestre. Esta localización
se ha de dar por medio de unas coordenadas que la definan de forma adecuada, lo
cual implica la necesidad de establecer un sistema en base al cual expresar dichas
coordenadas.
Si medimos un dato de temperatura necesitamos un sistema de medición
conocido, sin el cual el dato de temperatura en sí carece de valor y significado. Así, no
es lo mismo decir que una temperatura es de 25 grados Celsius o que es de 25 grados
Fahrenheit. Del mismo modo, si a esa temperatura le queremos asociar algún tipo de
información espacial (por ejemplo, el punto exacto en el que fue medida), debemos
establecer un sistema que permita dar sentido a las mediciones que realicemos,
y que posteriormente nos sirva para interpretar los valores de las coordenadas y
poder saber con exactitud dónde está el punto al que estas hacen referencia.
El establecimiento de un sistema de referencia en el que expresar la situación
de un punto dado no es en absoluto una tarea sencilla, y requiere el conocimiento
de abundantes conceptos previos que van desde ideas físicas hasta complejos desa-
rrollos matemáticos y geométricos. Los avances en este campo han sido constantes
desde la antigüedad, y esta evolución es la que ha permitido que en la actualidad
se puedan obtener resultados altamente precisos en el trabajo con información
40 Sistemas de Información Geográfica

georreferenciada. Gran parte de lo que podemos hacer en un SIG carecería de sen-


tido si no se dispusiera de metodologías bien desarrolladas para el establecimiento
de sistemas de referencia.
La geodesia es la ciencia encargada de proveer el marco teórico en el que funda-
mentar todo lo anterior, y es una disciplina compleja con diversas ramas de estudio.
Todas ellas responden al objetivo básico de estudiar la forma de la Tierra, ya que de-
bemos saber cómo es la Tierra para poder localizar puntos sobre su superficie. La de-
terminación de la forma y dimensiones de la Tierra es tarea de la denominada geode-
sia esferoidal, cuyo cometido coincide con el del concepto clásico de geodesia, esto es,
la definición de la figura terrestre. No obstante, en la actualidad encontramos otras
ramas como la geodesia física, encargada de analizar el campo gravitatorio terrestre
y sus variaciones, o la astronomía geodésica, que utiliza métodos astronómicos para
la determinación de ciertos elementos geodésicos muy importantes que veremos
más adelante. En conjunto, todas estas ramas dan forma a una serie de métodos
y conceptos que son los que van a permitir la utilización rigurosa de coordenadas.
La necesidad del estudio geodésico surge por el hecho de que la Tierra no
es plana, y cuando el territorio que pretendemos estudiar es lo suficientemente
extenso, la curvatura de la Tierra no puede ser ignorada. Este es el caso que vamos a
encontrar cuando trabajemos con un SIG, y es por ello que los SIG implementan los
elementos necesarios para poder efectuar un manejo de la información geográfica
riguroso y acorde con los conceptos de la geodesia.
Vimos en el primer capítulo de esta parte que existen otras aplicaciones que
trabajan con información georreferenciada, entre las cuales estaban los programas
de diseño asistido por ordenador (CAD). Decíamos entonces que una de las prin-
cipales limitaciones de estos era su mala disposición al trabajo con zonas extensas,
ya que han sido diseñados para operar con zonas de unas dimensiones reducidas.
Cuando un arquitecto diseña el plano de una casa con una aplicación CAD, no
necesita emplear los conceptos de la geodesia, puesto que a esa escala la forma de la
Tierra no tiene relevancia, y prescindiendo de ella puede expresar las coordenadas
de los distintos elementos (un muro, un pilar, etc.) con la suficiente precisión y
corrección como para que luego pueda construirse esa casa. Sin embargo, cuando un
usuario de SIG estudia la cuenca vertiente de un río o la distribución de población
en las comunidades autónomas de un país, o bien analiza las rutas migratorias de
un ave entre dos continentes, los conceptos de la geodesia resultan fundamentales.
En la actualidad, los SIG han hecho que la información geográfica tenga en
muchos casos carácter global y cubra grandes extensiones o incluso la totalidad
del planeta. Esto obliga más que nunca a hacer hincapié en los fundamentos
geodésicos que resultan básicos para que toda esa información pueda manejarse
correctamente, siendo de interés para cualquier usuario de SIG, con independencia
de su escala de trabajo.
Otro aspecto básico a la hora de trabajar en un SIG son las denominadas
proyecciones cartográficas. Estas permiten transformar las coordenadas sobre la
Fundamentos cartográficos y geodésicos 41

superficie curva de la Tierra en coordenadas sobre una superficie plana. Esto es


necesario para poder representarlas en un soporte plano tal como puede ser un mapa
o la pantalla del ordenador, así como para poder analizarlas de forma más simple.
Con los elementos de la geodesia y las proyecciones cartográficas ya podemos
elaborar cartografía y estamos en condiciones de trabajar con la información
georreferenciada. No obstante, existen ciertos conceptos relativos a esa cartografía
que resultan de suma importancia y deben conocerse antes de abordar esas tareas.
El más importante de ellos es la escala, es decir, la relación entre el tamaño real
de aquello que representamos y su tamaño en la representación, la cual constituye
un factor básico de toda información cartográfica.
La escala condiciona a su vez la aparición de otra serie de ideas y de procesos
asociados, como por ejemplo la generalización cartográfica. Esta engloba los procedi-
mientos que permiten que a cada escala se represente la información de la forma más
adecuada posible, maximizando el valor de dichas representaciones. Aunque tanto
la escala como la generalización cartográfica son conceptos muy vinculados a las pro-
pias representaciones visuales de la información geográfica, y este libro contiene una
parte dedicada específicamente a la visualización, se trata de conceptos cartográfi-
cos fundamentales y por ello se incluyen en este capítulo, ya que resultan necesarios
incluso si se trabaja con datos georreferenciados sin visualización alguna de estos.

3.2. Conceptos geodésicos básicos

A la hora de definir la forma y dimensiones de la Tierra, la geodesia plantea


modelos que puedan recoger la complejidad natural de la superficie terrestre y
expresarla de una forma más simple y fácil de manejar.
Con estos modelos, uno de los objetivos principales de la geodesia es establecer
un sistema de referencia y definir un conjunto de puntos (conocidos como vértices
geodésicos) cuyas coordenadas en dicho sistema sean conocidas con una precisión
elevada. Posteriormente, y en base a esos puntos, los cuales forman una red geo-
désica, se pueden calcular las coordenadas de cualquier punto en el sistema de
referencia definido.
Los vértices geodésicos se establecen por triangulación a partir de un punto
único determinado por métodos astronómicos. En función de la longitud de los
lados de los triángulos empleados en dicha triangulación, tenemos redes de mayor
o menor precisión.
Veamos ahora cómo establecer los elementos necesarios para establecer ese
sistema de referencia base y definir esos modelos de partida citados. A la hora
de buscar un modelo al que asimilar la forma de la Tierra, existen dos conceptos
básicos: el elipsoide de referencia y el geoide.
42 Sistemas de Información Geográfica

3.2.1. Elipsoide de referencia y geoide


El intento más básico de establecer un modelo de la forma de la Tierra es asimilar
esta a una figura geométrica simple, la cual pueda expresarse mediante una ecuación
matemática. Además de ser más sencilla de manejar, disponer de esta ecuación ma-
temática permite la aplicación de conceptos geométricos, estableciendo así una base
práctica para el trabajo con coordenadas y la definición de sistemas de referencia.
Desde la antigüedad, se han formulado numerosas hipótesis sobre la forma que
la Tierra tenía, las cuales van desde suponer la Tierra plana a admitir la evidencia de
que esta ha de tener forma esférica (o similar) si se atiende a diversos hechos como,
por ejemplo, el movimiento circular de las estrellas o la existencia de horizonte.
En realidad, la Tierra no es una esfera perfecta, ya que su propia rotación ha
modificado esa forma y ha provocado un achatamiento en los polos. Esta hipótesis
fue ya planteada por Newton, y corroborada posteriormente con numerosas expe-
riencias. No obstante, podemos seguir tratando de asimilar la forma de la Tierra
a la de una superficie teórica, aunque no ya la de una esfera sino la de lo que se
denomina un elipsoide. Sobre un elipsoide, el radio de la Tierra ya no es constante,
sino que depende del emplazamiento.
Suponer que la Tierra es una esfera no es una aproximación tan mala como
puede parecer (las representaciones gráficas a las que estamos acostumbrados
exageran habitualmente mucho el achatamiento del planeta), aunque el elipsoide es
más preciso y necesario a la hora de elaborar cartografía de zonas no muy extensas.
A gran escala, sin embargo, y para determinadas tareas, es habitual suponer la
Tierra con una forma perfectamente esférica.
Como se muestra en la figura 3.1, un elipsoide viene definido por dos parámetros:
el semieje mayor y el semieje menor. En el caso de la Tierra estos se corresponderían
con el radio ecuatorial y el radio polar respectivamente. La relación existente entre
estas dos medidas define el grado de achatamiento del elipsoide. En particular, se
establece un factor de achatamiento según

r1 −r2
f= (3.2.1)
r1
siendo r1 el semieje mayor y r2 el semieje menor.
El elipsoide es la forma geométrica que mejor se adapta a la forma real de la
Tierra, y por tanto la que mejor permite idealizar esta, logrando un mayor ajuste.
Una vez que se dispone de una expresión teórica para la forma de la Tierra, el
siguiente paso es la determinación de los parámetros que definen esta. En el caso de
utilizar la esfera, hay que calcular su radio. En el caso de asumir el elipsoide como
forma de referencia, deben determinarse las medidas de los semiejes menor y mayor.
Debido a la evolución histórica de la idea de elipsoide de referencia, las medidas
de los semiejes que lo definen no son únicas. Es decir, no en todos lugares y en todas
las circunstancias se emplea un mismo elipsoide caracterizado por unos valores r1 y
Fundamentos cartográficos y geodésicos 43

Figura 3.1: Parámetros que definen el elipsoide

r2 idénticos. Esto es debido principalmente al hecho de que un determinado elipsoide


no se adapta de modo igualmente preciso a todas las regiones terrestres, y el elipsoide
que proporciona un mejor ajuste para un área dada (por ejemplo, un continente
o país) puede no ser el mejor en otra zona de la Tierra alejada de la primera.
A esto debe sumarse que los esfuerzos iniciales por determinar la forma de la
Tierra y los parámetros del elipsoide de referencia fueron realizados en tiempos en
los que la comunicación entre distintos puntos de la superficie terrestre no era la
misma que hoy en día. Por ejemplo, los geodestas europeos de entonces realizaban
un trabajo similar a sus colegas americanos, pero los datos con los que contaban
eran bien distintos, pues las mediciones de cada grupo eran relativas a sus zonas
de trabajo, ya que no resultaba sencillo desplazarse a otras partes del planeta a
realizar una labor similar.
De este modo, los geodestas de Europa tomaban sus datos y ajustaban a estos
sus elipsoides, mientras que los de América hacían un trabajo similar y obtenían
sus propios elipsoides. A la hora de establecer un elipsoide de referencia oficial,
en cada zona (ya sea administrativa o geográfica) se tomaba el más idóneo, que
no era el mismo en todas ellas.
Si añadimos las diferencias tecnológicas y metodológicas que también existían en
el proceso de recogida y procesado de datos, es fácil comprender que tengamos una
larga serie de elipsoides, cada uno de los cuales ha sido empleado de forma regular
en un país o grupo de países, o incluso a escala continental, pero no a nivel global.
La tabla 3.1 muestra algunos de los elipsoides de uso más extendido en diversas
partes del mundo, con sus correspondientes parámetros.
La necesidad de trabajar con un elipsoide global para todo el planeta es más
reciente, pero ya desde hace casi un siglo se hace patente que debe realizarse un
esfuerzo por homogeneizar el uso de elipsoides, de tal modo que pueda trabajarse
con una referencia internacional que facilite el uso de cartografía en las distintas
zonas del planeta. Como consecuencia de esto, surgen los primeros elipsoides
generales (en contraste con los elipsoides locales), los cuales, además de buscar un
44 Sistemas de Información Geográfica

1
Elipsoide Semieje mayor Semieje menor f

Australian National 6378160.000 6356774.719 298.250000


Bessel 1841 6377397.155 6356078.963 299.152813
Clarke 1866 6378206.400 6356583.800 294.978698
Clarke 1880 6378249.145 6356514.870 293.465000
Everest 1956 6377301.243 6356100.228 300.801700
Fischer 1968 6378150.000 6356768.337 298.300000
GRS 1980 6378137.000 6356752.314 298.257222
International 1924 (Hayford) 6378388.000 6356911.946 297.000000
SGS 85 6378136.000 6356751.302 298.257000
South American 1969 6378160.000 6356774.719 298.250000
WGS 72 6378135.000 6356750.520 298.260000
WGS 84 6378137.000 6356752.314 298.257224

Cuadro 3.1: Algunos elipsoides y sus parámetros característicos

ajuste óptimo, han de cumplir las siguientes características:


El centro de gravedad terrestre y el del elipsoide deben coincidir.
El plano ecuatorial terrestre y el del elipsoide deben coincidir.
El elipsoide WGS–84 es muy empleado en la actualidad, pues es el utilizado
por el sistema GPS (apartado 6.6).
El geoide es la otra superficie de referencia, definida como la superficie tri-
dimensional en cuyos puntos la atracción gravitatoria es constante. Se trata de
una superficie equipotencial que resulta de suponer los océanos en reposo y a un
nivel medio (el nivel es en realidad variable como consecuencia de las mareas,
corrientes y otros fenómenos) y prolongar estos por debajo de la superficie terrestre.
La particularidad del geoide reside en que en todos sus puntos la dirección de la
gravedad es perpendicular a su superficie.
El geoide no es, sin embargo, una superficie regular como el elipsoide, y presenta
protuberancias y depresiones que lo diferencian, como puede observarse en la figura
3.2. La densidad de la Tierra no es constante en todos sus puntos, y ello da lugar
a que el geoide sea una superficie irregular como consecuencia de las anomalías
gravimétricas que dichas variaciones de densidad ocasionan.
Lógicamente, el elipsoide, por su naturaleza más simple, no puede recoger toda
la variabilidad del geoide, por lo que estas dos superficies presentan diferencias,
cuyo máximo es generalmente del orden de ±100 metros. Estas diferencias se
conocen como alturas geoidales.
Al igual que en el caso de los elipsoides, existen diversos geoides de referencia,
y estos no son constantes en el tiempo sino que evolucionan para adaptarse a las
modificaciones que tienen lugar sobre la superficie terrestre.
Fundamentos cartográficos y geodésicos 45

Figura 3.2: Representación gráfica del geoide (Fuente: Misión GRACE (NASA)).

Figura 3.3: Tres superficies fundamentales: superficie real de la Tierra, geoide y elipsoide
(Adaptado de Wikipedia).

La figura 3.3 muestra una comparación esquemática entre las tres superficies:
superficie real de la Tierra, geoide y elipsoide.

3.2.2. El datum geodésico

Cuando se trabaja con un elipsoide general, este, como se ha dicho, se sitúa de


tal modo que tanto la posición de su centro de gravedad como su plano ecuatorial
coincidan con los terrestres. Por el contrario, cuando el elipsoide es local, estas
propiedades no han de cumplirse necesariamente, y el elipsoide a solas resulta
insuficiente ya que carecemos de información sobre su posicionamiento con respecto
a la superficie terrestre.
Surge así el concepto de datum, que es el conjunto formado por una superficie
de referencia (el elipsoide) y un punto en el que «enlazar» este al geoide. Este
punto se denomina punto astronómico fundamental (para su cálculo se emplean
métodos astronómicos), o simplemente punto fundamental, y en él el elipsoide es
46 Sistemas de Información Geográfica

tangente al geoide. La altura geoidal en este punto es, como cabe esperar, igual
a cero. La vertical al geoide y al elipsoide son idénticas en el punto fundamental.
Para un mismo elipsoide pueden utilizarse distintos puntos fundamentales, que
darán lugar a distintos datum y a distintas coordenadas para un mismo punto.

3.3. Sistemas de coordenadas


Disponiendo de un modelo preciso para definir la forma de la Tierra, podemos
establecer ya un sistema de codificar cada una de las posiciones sobre su superficie
y asignar a estas las correspondientes coordenadas. Puesto que la superficie de
referencia que consideramos es un elipsoide, lo más lógico es recurrir a los elementos
de la geometría esférica y utilizar estos para definir el sistema de referencia. De
ellos derivan los conceptos de latitud y longitud, empleados para establecer las
coordenadas geográficas de un punto.
No obstante, la geometría plana resulta mucho más intuitiva y práctica que
la geometría esférica para realizar ciertas tareas, y a raíz de esto surgen las pro-
yecciones cartográficas, que tratan de situar los elementos de la superficie del
elipsoide sobre una superficie plana, y que son los que se emplean para la creación
de cartografía. Al aplicar una proyección cartográfica, las coordenadas resultantes
son ya coordenadas cartesianas.
Ambas formas de expresar la posición de un punto son utilizadas en la actua-
lidad, y las veremos con detalle en esta sección.

3.3.1. Coordenadas geográficas


El sistema de coordenadas geográficas es un sistema de coordenadas esféricas
mediante el cual un punto se localiza con dos valores angulares:
la latitud φ es el ángulo entre la línea que une el centro de la esfera con un
punto de su superficie y el plano ecuatorial. Las lineas formadas por puntos
de la misma latitud se denominan paralelos y forman círculos concéntricos pa-
ralelos al ecuador. Por definición la latitud es de 0◦ en el ecuador, que divide el
globo en los hemisferios norte y sur. La latitud puede expresarse especificando
si el punto se sitúa al norte o al sur, por ejemplo 24◦ , 21’ 11” N, o bien utilizan-
do un signo, en cuyo caso los puntos al Sur del ecuador tienen signo negativo.
la longitud λ es el angulo formado entre dos de los planos que contienen
a la linea de los Polos. El primero es un plano arbitrario que se toma como
referencia y el segundo es el que, ademas de contener a la linea de los po-
los, contiene al punto en cuestión. Las líneas formadas por puntos de igual
longitud se denominan meridianos y convergen en los polos.
Como meridiano de referencia internacional se toma aquel que pasa por
el observatorio de Greenwich, en el Reino Unido. Este divide a su vez el
globo en dos hemisferios: el Este y el Oeste. La longitud puede expresarse
Fundamentos cartográficos y geodésicos 47

Latitud

Longitud

Meridianos 60º

30º


Ecuador

Paralelos

Figura 3.4: Esquema de los elementos del sistema de coordenadas geográficas.

especificando si el punto se sitúa al Este o al Oeste, por ejemplo 32◦ , 12’ 43”
E, o bien utilizando un signo, en cuyo caso los puntos al Oeste del meridiano
de referencia tienen signo negativo.
En la figura 3.4 puede verse un esquema de los conceptos anteriores.
La tabla 3.2 recoge las coordenadas geográficas de algunas ciudades importan-
tes, a modo de ejemplo.
Las coordenadas geográficas resultan de gran utilidad, especialmente cuando
se trabaja con grandes regiones. No obstante, no se trata de un sistema cartesiano,
y tareas como la medición de áreas o distancias es mucho más complicada. Si bien
la distancia entre dos paralelos es prácticamente constante (es decir, un grado
de latitud equivale más o menos a una misma distancia en todos los puntos), la
distancia entre dos meridianos no lo es, y varía entre unos 11,3 kilómetros en el
Ecuador hasta los cero kilómetros en los polos, donde los meridianos convergen.

3.3.2. Proyecciones cartográficas


A pesar de su innegable utilidad y la potencia que nos brindan para la locali-
zación de cualquier punto sobre la superficie terrestre, un sistema de coordenadas
esféricas tiene inconvenientes que no pueden obviarse. Por una parte, estamos más
acostumbrados a la utilización de sistemas cartesianos en los cuales la posición
48 Sistemas de Información Geográfica

Ciudad Latitud Longitud


Badajoz 38.53 N 6.58 O
Barcelona 41.23 N 2.11 E
Cadiz 36.32 N 6.18 O
Girona 41.59 N 2.49 E
Granada 37.11 N 3.35 O
Madrid 40.24 N 3.41 O
Segovia 40.57 N 4.07 O
Valencia 39.28 N 0.22 O
Zaragoza 41.39 N 0.52 O

Cuadro 3.2: Coordenadas geográficas de algunas ciudades

de un punto se define mediante un par de medidas de distancia x e y. Esta forma


es mucho más sencilla e intuitiva, y permite una mayor facilidad de operaciones.
Por otro lado, si necesitamos crear una representación visual de la información
cartográfica, lo habitual es hacerlo en una superficie plana, ya sea a la manera
clásica en un pliego de papel o, usando las tecnologías actuales, en un dispositivo
tal como una pantalla.
Por todo ello, se deduce que existe una necesidad de poder trasladar la infor-
mación geográfica (incluyendo, por supuesto, la referente a su localización) a un
plano, con objeto de poder crear cartografía y simplificar gran número de opera-
ciones posteriores. El proceso de asignar una coordenada plana a cada punto de
la superficie de la Tierra (que no es plana) se conoce como proyección cartográfica.
Más exactamente, una proyección cartográfica es la correspondencia matemá-
tica biunívoca entre los puntos de una esfera o elipsoide y sus transformados en un
plano [23]. Es decir, una aplicación f que a cada par de coordenadas geográficas
(φ,λ) le hace corresponder un par de coordenadas cartesianas (x,y), según

x = f (φ,λ) ; y = f (φ,λ) (3.3.1)


De igual modo, las coordenadas geográficas puede obtenerse a partir de las
cartesianas según

φ = g(x,y) ; λ = g(x,y) (3.3.2)


Se puede pensar que podemos obtener una representación plana de la superficie
de una esfera o un elipsoide si tomamos esta y la extendemos hasta dejarla plana.
Esto, sin embargo, no resulta posible, ya que dicha superficie no puede desarrollarse
y quedar plana. Por ello, hay que buscar una forma distinta de relacionar los puntos
en la superficie tridimensional con nuevos puntos en un plano.
Fundamentos cartográficos y geodésicos 49

Figura 3.5: Esquema del concepto de proyección. A los puntos A,B y C sobre la superficie
del elipsoide les asocian equivalentes a,b y c sobre un plano.

La figura 3.5 muestra un esquema del concepto de proyección, esbozando la idea


de cómo puede establecerse la correspondencia entre puntos de la esfera y del plano.
En ella vemos cómo el concepto de proyección se asemeja a la generación de som-
bras, ya que a partir de un foco se trazan las trayectorias de una serie de rayos que
unen dicho foco con los puntos a proyectar, y después se determina el punto de con-
tacto de esos rayos con la superficie plana. Aunque no todas las proyecciones siguen
necesariamente este esquema, una parte de ellas sí que se fundamentan en un razo-
namiento similar a este, y el esquema mostrado sirve bien para entender el concepto
y el paso de coordenadas de una superficie tridimensional a una bidimensional.
Veremos en los siguientes puntos las diferentes modificaciones que pueden
introducirse sobre la forma anterior de proyectar, y que dan lugar a tipos distintos
de proyecciones.
Puede apreciarse igualmente en la figura que se producen distorsiones al realizar
la proyección. Es decir, que ciertas propiedades no se reproducen con fidelidad al
pasar puntos desde la superficie curva al plano. Por ejemplo, la distancia entre los
puntos A y B no es igual a la existente entre los puntos a y b. Con independencia
de las características propias de la proyección, siempre existen distorsiones. Esto
es así debido a que la esfera, como se ha dicho, no es desarrollable, mientras que el
plano sí lo es, y por ello en el paso de coordenadas de uno a otra han de aparecen
inevitablemente alteraciones.

Tipos de proyecciones
Las proyecciones se clasifican según la superficie sobre la que se proyectan
los puntos. En el esquema de la figura 3.5, el plano de proyección es ya de por sí
50 Sistemas de Información Geográfica

Figura 3.6: Esquema de una proyección cilíndrica (tomado de Wikipedia)

bidimensional. No obstante, puede realizarse la proyección sobre una superficie


tridimensional, siempre que esta, a diferencia de la esfera, sí sea desarrollable.
Es decir, que pueda «desenrollarse» y convertirse en un plano sin necesidad de
doblarse o cortarse. Estas otras superficies pueden emplearse también para definir
una proyección, de la misma forma que se hace con un plano.
Las superficies más habituales son el cono y el cilindro (junto con, por supuesto,
el plano), las cuales, situadas en una posición dada en relación al objeto a proyectar
(esto es, la Tierra), definen un tipo dado de proyección. Distinguimos así los
siguiente tipos de proyecciones:
Cónicas. La superficie desarrollable es un cono (Figura 3.7), que se sitúa
generalmente tangente o secante en dos paralelos a la superficie del elipsoide.
En este último caso, la distorsión se minimiza en las áreas entre dichos
paralelos, haciéndola útil para representar franjas que no abarquen una gran
distancia en latitud, pero poco adecuada para representación de grandes áreas.
Algunas de las proyecciones más conocidas de este grupo son la proyección
cónica equiárea de Albers y la proyección conforme cónica de Lambert.
Cilíndricas. La superficie desarrollable es un cilindro (Figura 3.6). Al pro-
yectar, los meridianos se convierten en lineas paralelas, así como los paralelos,
aunque la distancia entre estos últimos no es constante.
En su concepción más simple, el cilindro se sitúa de forma tangente al ecuador
(proyección normal o simple), aunque puede situarse secante y hacerlo a los
meridianos (proyección transversa) o a otros puntos (proyección oblicua).
La proyección de Mercator, la transversa de Mercator, la cilíndrica de Miller
o la cilíndrica equiárea de Lambert son ejemplos relativamente comunes de
este tipo de proyecciones.
Planas o azimutales. La superficie desarrollable es directamente un plano.
Según el esquema de la figura 3.5, tenemos distintos tipos en función de la
posición del punto de fuga.
Fundamentos cartográficos y geodésicos 51

Figura 3.7: Esquema de una proyección cónica (tomado de Wikipedia)

• Gnómica o central. El punto de fuga se sitúa en el centro del elipsoide.


• Estereográfica. El plano es tangente y el punto de fuga se sitúa en las
antípodas del punto de tangencia. La proyección polar estereográfica
es empleada habitualmente para cartografiar las regiones polares.
• Ortográfica. El punto de fuga se sitúa en el infinito.
Existen proyecciones azimutales que no son de tipo perspectivo, es decir,
que no se basan en el esquema de la figura 3.5. La proyección de Airy, por
ejemplo, es una de ellas.
Algunas proyecciones no se ajustan exactamente al esquema plantea-
do, y no utilizan una superficie desarrollable como tal sino modificaciones a
esta idea. Por ejemplo, las proyecciones policónicas utilizan la misma filosofía
que las cónicas, empleando conos, pero en lugar de ser este único, se usan
varios conos, cada uno de los cuales se aplica a una franja concreta de la zona
proyectada. La unión de todas esas franjas, cada una de ellas proyectada
de forma distinta (aunque siempre con una proyección cónica), forma el
resultado de la proyección.
Del mismo modo, encontramos proyecciones como la proyección sinusoidal,
una proyección de tipo pseudocilíndrico, o la proyección de Werner, cuya
superficie desarrollable tiene forma de corazón. Estas proyecciones son, no
obstante, de uso menos habitual, y surgen en algunos casos como respuesta
a una necesidad cartográfica concreta.
Otra forma distinta de clasificar las proyecciones es según las propiedades
métricas que conserven. Toda proyección implica alguna distorsión (denominada
anamorfosis), y según cómo sea esta y a qué propiedad métrica afecte o no, podemos
definir los siguientes tipos de proyecciones:
Equiárea. En este tipo de proyecciones se mantiene una escala constan-
te. Es decir, la relación entre un área terrestre y el área proyectada es la
misma independientemente de la localización, con lo que la representación
52 Sistemas de Información Geográfica

proyectada puede emplearse para comparar superficies.


Conformes. Estas proyecciones mantienen la forma de los objetos, ya que
no provocan distorsión de los ángulos. Los meridianos y los paralelos se
cortan en la proyección en ángulo recto, igual que sucede en la realidad. Su
principal desventaja es que introducen una gran distorsión en el tamaño, y
objetos que aparecen proyectados con un tamaño mucho mayor que otros
pueden ser en la realidad mucho menores que estos.
Equidistantes. En estas proyecciones se mantienen las distancias.
En los ejemplos de proyecciones que se han citado para los distintos tipos de
proyecciones (cónicas, cilíndricas, etc.) puede verse cómo resulta común especi-
ficar el tipo en función de la propiedad métrica preservada, para así caracterizar
completamente la proyección.
La elección de una u otra proyección es función de las necesidades particulares.
Como ya se ha dicho, la proyección polar estereográfica es empleada cuando se
trabaja las regiones polares, ya que en este caso es la más adecuada. Proyecciones
como la de Mercator, empleadas habitualmente, no resultan tan adecuadas en
esas zonas. Asimismo, hay proyecciones que no pueden recoger todo el globo, sino
solo una parte de este, por lo que no son de aplicación para grandes escalas. La
existencia de un gran número de distintas proyecciones es precisamente fruto de
las diferentes necesidades que aparecen a la hora de trabajar con cartografía.

3.3.3. El sistema UTM


De entre los cientos proyecciones de existen actualmente, algunas tienen un
uso más extendido, bien sea por su adopción de forma estandarizada o sus propias
características. Estas proyecciones, que se emplean con más frecuencia para la
creación de cartografía, son también las que más habitualmente vamos a encontrar
en los datos que empleemos con un SIG, y es por tanto de interés conocerlas un
poco más en detalle.
En la actualidad, una de las proyecciones más extendidas en todos los ámbitos es
la proyección universal transversa de Mercator, la cual da lugar al sistema de coorde-
nadas UTM. Este sistema, desarrollado por el ejército de los Estados Unidos, no es
simplemente una proyección, sino que se trata de un sistema completo para cartogra-
fiar la practica totalidad de la Tierra. Para ello, esta se divide en una serie de zonas
rectangulares mediante una cuadricula y se aplica una proyección y unos parámetros
geodésicos concretos a cada una de dichas zonas. Aunque en la actualidad se emplea
un único elipsoide (WGS–84), originalmente este no era único para todas las zonas.
Con el sistema UTM, las coordenadas de un punto no se expresan como coorde-
nadas terrestres absolutas, sino mediante la zona correspondiente y las coordenadas
relativas a la zona UTM en la que nos encontremos.
La cuadricula UTM tiene un total de 60 husos numerados entre 1 y 60, cada
Fundamentos cartográficos y geodésicos 53

Figura 3.8: Representación parcial de la cuadrícula UTM en Europa (tomado de


Wikipedia)

uno de los cuales abarca una amplitud de 6◦ de longitud. El huso 1 se sitúa entre
los 180◦ y 174◦ O, y la numeración avanza hacia el Este.
En latitud, cada huso se divide en 20 zonas, que van desde los 80◦ S hasta los
84◦ N. Estas se codifican con letras desde la C a la X, no utilizándose las letras I
y O por su similitud con los dígitos 1 y 0. Cada zona abarca 8 grados de longitud,
excepto la X que se prolonga unos 4 grados adicionales.
La figura 3.8 muestra un esquema de la cuadrícula UTM.
Una zona UTM se localiza, por tanto, con un número y una letra, y es en
función de la zona como posteriormente se dan las coordenadas que localizan un
punto. Estas coordenadas se expresan en metros y expresan la distancia entre el
punto y el origen de la zona UTM en concreto. El origen de la zona se sitúa en
el punto de corte entre el meridiano central de la zona y el ecuador. Por ejemplo,
para las zonas UTM en el huso 31, el cual va desde los 0◦ hasta los 6◦ , el origen
se sitúa en el punto de corte entre el ecuador y el meridiano de 3◦ (Figura 3.9).
Para evitar la aparición de números negativos, se considera que el origen no
tiene una coordenada X de 0 metros, sino de 500000. Con ello se evita que las
zonas al Este del meridiano central tengan coordenadas negativas, ya que ninguna
zona tiene un ancho mayor de 1000000 metros (el ancho es máximo en las zonas
cerca del ecuador, siendo de alrededor de 668 kilómetros).
De igual modo, cuando se trabaja en el hemisferio sur (donde las coordenadas
Y serían siempre negativas), se considera que el origen tiene una coordenada Y de
10000000 metros, lo cual hace que todas las coordenadas referidas a él sean positivas.
Para las zonas polares no resulta adecuado emplear el sistema UTM, ya que las
54 Sistemas de Información Geográfica

Figura 3.9: Determinación del origen de una zona UTM

distorsiones que produce son demasiado grandes. En su lugar, se utiliza el sistema


UPS (Universal Polar Stereographic).

3.3.4. Transformación y conversión de coordenadas


Una situación muy habitual en el trabajo con un SIG es disponer de cartografía
en varios sistemas de coordenadas en un mismo sistema pero con parámetros
diferentes (por ejemplo, diferente datum). Para poder emplear toda esa cartografía
de forma conjunta, resulta necesario trabajar en un sistema único y bien definido,
lo cual hace necesario convertir al menos una parte de ella.
Este cambio de coordenadas puede ser obligatorio a cualquier escala de trabajo,
ya que las diferencias en el sistema escogido pueden aparecer por circunstancias
muy diversas, incluso si todos los datos tienen un origen común. Así, al reunir
información de varios países para crear en un SIG un mapa de todo un continente,
es probable que los datos de cada país estén referidos a un sistema distinto, pero
incluso trabajando en un área más reducida podemos encontrar una situación
similar. En España, por ejemplo, podemos encontrar cartografía de algunas Co-
munidades Autónomas en dos husos UTM distintos, ya que la frontera entre estos
cruza y divide dichas Comunidades.
Distinguimos dos tipos de operaciones a realizar con coordenadas:
Conversión de coordenadas. Los sistemas de origen y destino comparten
el mismo datum. Es una transformación exacta y se basa en la aplicación
de formulas establecidas que relacionan ambos sistemas.
Transformación de coordenadas. El datum es distinto en los sistemas
de origen y destino.
Las proyecciones cartográficas, vistas en un punto anterior, son una forma
particular de conversión de coordenadas.
Un SIG ha de estar preparado para trabajar con cartografía en cualquiera de
Fundamentos cartográficos y geodésicos 55

los sistemas de referencia más habituales y, más aún, para facilitar al usuario la
utilización de todo tipo de información geográfica con independencia del sistema
de coordenadas que se emplee. Para ello, los SIG incorporan los procesos necesarios
para efectuar cambios de coordenadas, de forma que para unos datos de partida
se genera un nuevo conjunto de datos con la misma información pero expresada
en un sistema de coordenadas distinto.
Otra forma en la que los SIG pueden implementar estas operaciones es mediante
capacidades de transformación y conversión «al vuelo», es decir, en tiempo real.
De este modo, pueden introducirse en un SIG datos en sistemas de coordenadas
variados, y el SIG se encarga de cambiar estos a un sistema de referencia base
fijado de antemano. Este proceso tiene lugar de forma transparente para el usuario,
que tiene la sensación de que todos los datos estaban originalmente en el sistema
de trabajo escogido.
Esto exige, lógicamente, que todo dato geográfico se acompañe de información
acerca del sistema de coordenadas que se ha utilizado para crearlo, algo que no
siempre sucede. Veremos más acerca de la importancia de este tipo de información
adicional en el capítulo 31.

3.3.5. Codificación de sistemas de referencia


Debido al elevado número de distintos sistemas de referencia existentes, resulta
fácil perderse en ellos a la hora de tener que trabajar con cartografía en distintos
sistemas. Si bien es cierto que existe un esfuerzo integrador para tratar de homo-
geneizar el uso de sistemas de referencia, también existen esfuerzos para intentar
facilitar la gestión de estos y que no resulte tan complejo combinar cartografía
producida utilizando sistemas de coordenadas diferentes.
Uno de los intentos más exitosos en este sentido es el desarrollado por el con-
sorcio petrolífero European Petroleum Survey Group (EPSG), el cual, consciente
de la necesidad de disponer de información acerca de los distintos sistemas de
coordenadas y de que esta información fuera de fácil acceso y manejo, ha elaborado
un esquema de codificación específico.
Este esquema asocia a cada sistema de coordenadas un código (conocido co-
mo código EPSG) que la identifica. Paralelamente, se han documentado en un
formato común las características principales de todos estos sistemas, así como
las formulaciones que permiten transformar coordenadas entre ellos.
Esta información constituye el EPSG geodetic parameter dataset [24], un
repositorio de los parámetros necesarios para
identificar coordenadas de tal modo que estas describan la posición de un
punto de forma inequívoca y no ambigua.
definir transformaciones y conversiones que permitan pasar de un sistema
de referencia a otro.
Información detallada sobre los códigos EPSG puede encontrarse en [24].
56 Sistemas de Información Geográfica

3.4. Escala
El concepto de escala es fundamental a la hora de trabajar con cartografía, y
es uno de los valores básicos que definen toda representación cartográfica. Esta
representación ha de tener un tamaño final manejable, con objeto de que pueda
resultar de utilidad y permitir un uso práctico, pero el objeto que se cartografía
(un país, un continente o bien la Tierra al completo) es un objeto de gran tamaño.
Esto hace necesario que, para crear un mapa, se deba reducir o bien el objeto
original o bien el objeto ya proyectado, dando lugar a una versión «reducida» que
ya cumple con los requisitos de tamaño adecuado.
Es decir, imaginemos que aplicamos una proyección cónica sobre el elipsoide,
empleando para ello un cono que cubra dicho elipsoide, el cual tendrá que ser,
lógicamente de gran tamaño (¡hay que cubrir toda la Tierra!). Al desarrollarlo,
el plano que obtenemos tiene miles de kilómetros de lado. Debemos fabricar una
versión «a escala» de este, que será la que ya podamos utilizar.
En este contexto, la escala no es sino la relación de tamaño existente entre
ese gran mapa que se obtiene al desarrollar nuestro cono de proyección y el que
finalmente manejamos, de tamaño más reducido. Conociendo esta relación po-
demos ya conocer las verdaderas magnitudes de los elementos que vemos en el
mapa, ya que podemos convertir las medidas hechas sobre el mapa en medidas
reales. Es importante recordar que esas medidas no son tan «reales», puesto que
la propia proyección las ha distorsionado —lo cual no debe olvidarse—, pero sí
que son medidas en la escala original del objeto cartografiado.
La escala se expresa habitualmente como un denominador que relaciona una
distancia medida en un mapa y la distancia que esta medida representa en la
realidad. Por ejemplo, una escala 1:50000 quiere decir que 1 centímetro en un mapa
equivale a 50000 centímetros en la realidad, es decir a 500 metros. Conociendo este
valor de la escala podemos aplicar sencillas reglas de tres para calcular la distancia
entre dos puntos o la longitud de un elemento dado, sin más que medirlo sobre
el mapa y después convertir el resultado obtenido en una medida real.
Una vez más es preciso insistir que lo anterior es posible siempre bajo las limi-
taciones que la propia proyección empleada para crear el mapa tenga al respecto,
y que dependerán del tipo de proyección que sea en función de las propiedades
métricas que conserva.
De hecho, e independientemente del tipo de proyección, la escala es comple-
tamente cierta únicamente en determinadas partes del mapa. Cuando decimos
que un mapa tiene una escala 1:50000, este valor, denominado Escala Numérica,
se cumple con exactitud tan solo en algunos puntos o líneas. En otros puntos la
escala varía. La relación entre la escala en esos puntos y la Escala Numérica se
conoce como Factor de Escala.
A pesar de que la escala es imprescindible para darle un uso práctico a todo
mapa, y cualquier usuario de este debe conocer y aplicar el concepto de escala de
Fundamentos cartográficos y geodésicos 57

forma precisa, los SIG pueden resultar engañosos al respecto. Aunque la escala
como idea sigue siendo igual de fundamental cuando trabajamos con información
geográfica en un SIG, las propias características de este y la forma en la que dicha
información se incorpora en el SIG pueden hacer que no se perciba la escala como
un concepto tan relevante a la hora de desarrollar actividad con él.
Esto es debido principalmente a que la escala tiene una relación directa con
la visualización, ya que se establece entre la realidad y una representación visual
particular, esto es, el mapa. Como ya se ha mencionado en el capítulo 1, los datos en
un SIG tienen carácter numérico y no visual, y la representación de estos se encarga
de realizarla el subsistema correspondiente a partir de dichos datos numéricos. Es
decir, que en cierta medida en un SIG no es estrictamente necesaria la visualización
de los datos, y cuando esta se lleva a cabo no tiene unas características fijas, ya
que, como veremos, el usuario puede elegir el tamaño con el que estos datos se
representan en la pantalla.
Un mapa impreso puede ampliarse o reducirse mediante medios fotomecánicos.
Sin embargo, no es esta una operación «natural», y está claro que desde el punto
de vista del rigor cartográfico no es correcta si lo que se hace es aumentar el tamaño
del mapa. En un SIG, sin embargo, es una operación más el elegir la escala a la que
se representan los datos y modificar el tamaño de representación, y esta resulta
por completo natural e incluso trivial[25].
Pese a ello, los datos tienen una escala inherente, ya que esta no está en función
de la representación, sino del detalle con que han sido tomados los datos, y esta
escala debe igualmente conocerse para dar un uso adecuado a dichos datos. En
este sentido es más conveniente entender la escala como un elemento relacionado
con la resolución de los datos, es decir, con el tamaño mínimo cartografiado.
Esta concepción no es en absoluto propia de los SIG, ya que deriva de las
representaciones clásicas y los mapas impresos. Se sabe que el tamaño mínimo que
el ojo humano es capaz de diferenciar es del orden de 0,2 mm. Aplicando a este
valor la escala a la que queremos crear un mapa, tendremos la mínima distancia
sobre el terreno que debe medirse. Por ejemplo, para el caso de un mapa 1:50000,
tenemos que la mínima distancia es de 10 metros
Si medimos puntos a una distancia menor que la anterior y después los repre-
sentamos en un mapa a escala 1:50000, esos puntos no serán distinguibles para
el usuario de ese mapa, y la información recogida se perderá. Estos razonamientos
sirven para calcular la intensidad del trabajo que ha de realizarse para tomar los
datos con los que después elaborar una determinada cartografía.
En realidad, el concepto de escala no es único, sino que tiene múltiples facetas.
Por una parte la escala cartográfica, que es la mera relación entre el tamaño en
el mapa y la realidad. Por otra, la escala de análisis u operacional[26], que es la
que define la utilidad de los datos y lo que podemos hacer con ellos, ya que indica
las limitaciones de estos. Cuando en un SIG aumentamos el tamaño en pantalla
de una cierta información geográfica, estamos variando la escala cartográfica, pero
58 Sistemas de Información Geográfica

no estamos modificando la escala de análisis. Por ello, por mucho que ampliemos
no vamos a ver más detalles, ya que para ello sería necesario tomar más datos.
Veremos más ideas sobre la escala de análisis y algunas implicaciones al respecto
en el capítulo 9, al inicio de la parte dedicada a los procesos, ya que estos conceptos
son fundamentales para realizar correctamente análisis y operaciones como las
descritas en esa parte del libro.
Un tipo de datos espaciales particulares con los que se trabaja en un SIG, los
datos ráster, tienen a su vez un parámetro de resolución, con una clara relación
con el concepto de escala. Veremos más al respecto en el capítulo 5.

3.5. Generalización cartográfica


Muy relacionado con el concepto de escala encontramos la denominada gene-
ralización cartográfica. Generalizar implicar expresar alguna idea o información de
forma más resumida, de tal modo que esta sea comprensible y pueda aprovecharse
de la mejor manera posible. Cuando hablamos de cartografía, la generalización
implica representar un dato geográfico a una escala menor (es decir, un tamaño
mayor) del que le corresponde si se atiende al detalle que este posee.
Si resulta incorrecto como hemos visto ampliar el tamaño un mapa sin in-
corporar más datos (esto es, sin variar consecuentemente la escala de análisis),
puede resultar igualmente erróneo «encoger» ese mapa y mostrar la información
geográfica a una escala muy distinta de la que corresponde a esos datos. Si la
diferencia de escala es pequeña, no existe dificultad, pero si esta diferencia es
grande, la representación resultante puede no ser adecuada y confusa. No solo
habrá información que no se perciba, sino que parte de la información que quede
patente puede no estarlo en la forma idónea y más intuitiva.
Para ver un ejemplo de lo anterior, y poniendo un ejemplo un tanto extremo,
pensemos en un mapa del mundo en el que se representen todas las calles y caminos
existentes. Esta información tiene una escala adecuada para ser mostrada en un
callejero local cuya escala nominal suele ser del orden de 1:5000, pero a la escala
1:1000000, adecuada para un mapa mundial, representar todo su detalle resulta
innecesario. La representación resultante va a tener una densidad excesiva, y
muchos de sus elementos no podrán distinguirse debido a su cercanía.
En caso de que esta representación no se haga sobre papel sino sobre una pantalla
y trabajando con un SIG, la situación es similar y resulta incluso más necesario
aplicar alguna forma de generalización. A las limitaciones de la visión humana han
de sumarse las limitaciones de resolución que el propio dispositivo presenta. En la
situación del ejemplo anterior, muchos elementos del mapa (calles, edificios, etc.),
ocuparían por su tamaño un mismo y único punto en la pantalla (veremos más
adelante que cada uno de estos puntos se conoce como píxel), por lo que resultaría
imposible distinguirlos o detallarlos más allá de ese nivel de resolución.
Fundamentos cartográficos y geodésicos 59

A lo anterior debemos añadir el hecho de que producir esa representación,


aunque sea sobre un solo píxel, puede requerir gran cantidad de procesos y ope-
raciones, ya que el conjunto de calles que se contienen en él pueden presentar gran
complejidad, tanto mayor cuanto mayor sea el nivel de detalle con que han sido
recogidas en los datos. Es decir, que en el trabajo con un SIG la generalización
no tiene importancia únicamente para la visualización en sí, sino también para
el rendimiento del propio SIG a la hora de producir dicha visualización.
Aunque en las situaciones anteriores la generalización puede llevarse a cabo
eligiendo qué elementos representar y cuáles no, esta selección no recoge en sí toda
la complejidad de la generalización, ya que esta es un conjunto más complejo de
procesos y transformaciones gráficas [27].
En ocasiones, el proceso de generalización es necesario por razones distintas
a lo visto en el ejemplo anterior, y requiere diferentes operaciones. Por ejemplo,
podemos crear un mapa del mundo que contenga vías de comunicación, pero no
todas, sino solo las principales autopistas de cada país. En este caso, no vamos
a encontrar problemas con distintas carreteras que se solapan en la representación,
ni tampoco un volumen excesivo de datos, pero debemos igualmente «adaptar»
la representación a la escala, es decir, efectuar algún tipo de generalización.
Si en ese mapa representamos una carretera con un ancho de 20 metros a escala
1:1000000, el tamaño que tendrá en el mapa será de tan solo 0,02 milímetros. Este
ancho es prácticamente nulo y no tiene sentido representar esa carretera de esta
forma, sino darle un ancho mayor. Aunque no se esté dibujando con exactitud
la magnitud real de ese elemento, el resultado es mucho mejor desde todos los
puntos de vista. Esta es otra forma de generalización que busca también mejorar
la calidad de la representación y la transmisión de la información que contiene.
La generalización, por tanto, es un proceso que tiene como objetivo la pro-
ducción de una imagen cartográfica legible y expresiva, reduciendo el contenido
del mapa a aquello que sea posible y necesario representar. Para ello, se enfatiza
aquello que resulta de importancia y se suprime lo que carece de ella [28].

3.5.1. Operaciones de generalización


Existen diversas operaciones que se emplean en el proceso de generalización.
Algunas de las más relevantes son las siguientes [29]:
Simplificación. Se trata de crear elementos más sencillos que sean más
fáciles y rápidos de representar. Los elementos originales se sustituyen por
estos más sencillos, de tal modo que se mantienen las características visuales
principales pero las operaciones con los datos se optimizan.
Suavizado. Se sustituyen formas angulosas por otras más suaves y de menor
complejidad.
Agregación. Un conjunto de varios objetos se sustituye por uno nuevo con un
menor número. Por ejemplo, al representar una ciudad, no dibujar cada una
60 Sistemas de Información Geográfica

Figura 3.10: Un ejemplo de generalización por agregación. Dos carreteras prácticamente


paralelas y unidas se representan como dos elementos en el mapa, pero en el localizador
de la parte superior izquierda, a escala de menor detalle, se generalizan como una única
(Tomado de Yahoo Maps).

de las casas, sino solo el contorno de cada manzana. La figura 3.10 muestra un
ejemplo de esta técnica aplicado a elementos lineales, en particular carreteras.
Exageración. En ocasiones, mantener el objeto a la escala que le corres-
ponde haría que no se pudieran apreciar las características de este. En este
caso, se exagera su tamaño para que pueda interpretarse con mayor facilidad
y no perder información en la representación.
Desplazamiento. Un objeto se representa en una posición distinta a la que
le corresponde, con el fin de garantizar su visibilidad y obtener un resultado
más claro.
Combinando operaciones como las anteriores de forma adecuada, se obtiene
una cartografía mucho más útil, en la cual la información que contiene resulta más
accesible y práctica, con un mayor potencial desde todos los puntos de vista. En
el caso de trabajar en un SIG, algunas de estas operaciones, como pueden ser la
simplificación o la agregación, tiene también un efecto beneficioso sobre el propio
manejo de los datos dentro del SIG.
Estas operaciones se enumeran aquí como ideas a aplicar para efectuar la
generalización de un documento geográfico, como corresponde a este capítulo
de fundamentos y conceptos cartográficos básicos. No obstante, estas mismas
operaciones también las veremos en otras partes del libro, ya que no son exclusivas
de esta parte. Por su importante papel en la representación visual de los datos,
veremos más al respecto en la parte dedicada a visualización. Algunos algoritmos
para la simplificación y suavizado de líneas los estudiaremos en la parte dedicada
a procesos, particularmente en el apartado 18.7.
Fundamentos cartográficos y geodésicos 61

3.5.2. Generalización en el contexto de un SIG


La generalización es importante en un SIG debido a la variedad de escalas
posibles que puede tener la información con que se trabaja, así como por la variedad
de escalas de representación que pueden definirse gracias a la flexibilidad que el
propio SIG presenta en sus capacidades de visualización. Existen diversas formas
de enfocar inicialmente el problema de obtener un juego de datos óptimo para ser
representado en cada caso y una representación óptima de este.
La mayor problemática se encuentra en el manejo de datos con gran preci-
sión y gran volumen —como, por ejemplo, esos datos de calles y vías de todo el
mundo— al representarlos a una escala de menor detalle, aunque el proceso de
generalización no es necesario exclusivamente en este caso, sino en muchos otros
con independencia del volumen y la escala original.
Una aproximación básica puede ser trabajar con todo el conjunto de datos y
generalizarlo a medida que sea necesario en función de la escala de trabajo en cada
momento. Es decir, si el usuario decide visualizar todo un continente, el SIG no
traza todas las calles de ese continente, sino que se seleccionan de forma automática
los objetos a ser visualizados y después se crea la representación. Las operaciones de
generalización se llevan a cabo en el momento mismo en que el usuario lo necesita.
Este tipo de generalización «al vuelo» no resulta, sin embargo, óptimo, y en
la mayoría de los casos es inviable o no proporciona los resultados esperados. Esto
es así debido a que se ha de trabajar con el gran volumen de datos original, y
generalizar estos es una tarea suficientemente compleja como para que los algo-
ritmos encargados de hacerlo no lo hagan de forma fluida. No ha de olvidarse
que, mientras que la razón fundamental de la generalización en el contexto de la
cartografía clásica es la mera visualización y la transmisión de la información, en
el entorno de un SIG también existen razones relacionadas con la eficiencia de los
procesos, como ya se ha mencionado. Aplicando esta metodología, la generalización
no es ventajosa en términos de cómputo, sino que, por el contrario, puede incluso
suponer una carga adicional al proceso de visualización.
Aun en el caso de que el volumen de datos no fuera grande y no existieran
problemas de rendimiento, una generalización por completo automatizada no
garantiza un resultado óptimo. Aun existiendo algoritmos y formulaciones mate-
máticas que permiten generalizar de forma relativamente adecuada (algunos de los
cuales los veremos más adelante en este libro), el proceso global de generalización
combina varios procedimientos distintos, y en conjunto conforma un proceso no
exento de subjetividad. La labor tradicional del cartógrafo no puede automatizarse
de forma total, y se hace necesario cierto trabajo manual para obtener un resultado
de calidad o evaluar el generado por un procedimiento automático.
Por todo lo anterior, la forma de incorporar la generalización dentro de un SIG
suele basarse en un enfoque multi–escalar, en el cual se maneja información de una
misma zona de estudio a diferentes escalas, y se usa en cada momento aquella que
62 Sistemas de Información Geográfica

resulte más conveniente. Si trabajara con cartografía en papel, sería equivalente


a tener varios mapas de una zona a diferentes escalas.
Por ejemplo, en un mapa con núcleos de población a escala 1:25000 se almacena-
rá cada ciudad como un polígono que delimite su contorno. Esa misma información
a escala 1:1000000 se almacenará como un único punto cada ciudad, ya que el
tamaño de esta es demasiado pequeño en la representación, y no tiene sentido
el empleo de tanto detalle. Para convertir un mapa en otro se ha producido un
proceso de simplificación, convirtiendo polígonos en puntos.
Si incorporamos ambos mapas dentro de un SIG, podemos utilizar el que
corresponda en función de la escala requerida. De este modo, la generalización
no es una tarea que el propio SIG desarrolle, sino que cuando esta es necesaria
puede recurrir a una información ya generalizada de antemano. El rendimiento
del proceso es mayor, y además el dato generalizado puede haber sido elaborado
de la forma más conveniente.
El concepto de capa, que veremos en el capítulo 4 y que es vital para la idea actual
de un SIG, permite este manejo simultáneo de información a distintas escalas.
En la figura 3.11 puede verse un esquema de lo anterior. A medida que variamos
la escala de representación, la información que vemos representada tiene una escala
distinta y podría también tener un distinto origen. Incluso el tipo de información
que vemos varía, ya que las representaciones más globales son de tipo gráfico,
creadas a partir de los propios datos almacenados como objetos (calles, carreteras,
etc.), mientras que la de mayor detalle es una fotografía aérea.
En el caso de imágenes tales como esa fotografía aérea, existen además en
un SIG una serie de procesos que también pueden considerarse como parte de la
generalización, y que atañen más al rendimiento que a la representación. Para
entenderse esto piénsese que las imágenes se componen de elementos denominados
píxeles, que son pequeños puntos, cada uno de los cuales tendrá un color asociado
(esto lo veremos con mucho más detalle en el capítulo 5). El numero de estos píxeles
en una imagen grande es muy superior al de una pantalla (una pantalla también
se divide en puntos, si te acercas a una lo podrás ver claramente).
El proceso de representación de la imagen en la pantalla consiste en calcular qué
color asignar a cada píxel de la pantalla en función de los de la imagen, pero este
proceso, si se utiliza la imagen completa, es muy costoso en términos de cómputo,
ya que implica procesar toda la información de la imagen, que puede ser del orden
de centenares de millones de píxeles. Si representamos una porción de esa imagen
(una porción del territorio que cubre), podemos solo trabajar con los píxeles en
esa zona, pero la representación de toda la imagen hace necesario procesar todos
los valores que contiene.
Este proceso en realidad puede verse como un tipo de generalización «al vue-
lo». Ya dijimos que este tenía principalmente dos problemas: el rendimiento y la
imposibilidad de obtener resultados óptimos de forma automatizada. En el caso de
imágenes, existe el problema del rendimiento, pero es posible automatizar la crea-
Fundamentos cartográficos y geodésicos 63

Figura 3.11: En un SIG es habitual manejar información a diferentes escalas. En función


de la escala de representación, la información visualizada será una u otra.

Figura 3.12: Pirámides de representación con imágenes preparadas a distintas escalas


(Fuente: OSGeo).

ción de datos a diferente escala de trabajo. Esto es así debido a que la representación
de elementos tales como carreteras o lagos se hace mediante una interpretación de
esos objetos, y este proceso es en cierta medida subjetivo, como vimos. En el caso
de imágenes no hay que interpretar objeto alguno, ya que esos objetos ya «están»
representados en la imagen, y únicamente es necesario disminuir la escala.
Los algoritmos para llevar a cabo este proceso se conocen como de remuestreo,
y los veremos con detalle en el capítulo 14. Algunos SIG utilizan estos algoritmos
para hacer más fluido el manejo de grandes imágenes mediante la creación de las
denominadas pirámides. Cuando el usuario introduce en el SIG una imagen de gran
tamaño, este prepara varias versiones de esa imagen a distintas escalas de detalle,
de forma que posteriormente pueda recurrir a la que sea más conveniente en cada
caso en función de la escala de representación. Es decir, el SIG realiza la «gene-
ralización» de esa imagen de forma automática, siendo necesario proporcionarle
únicamente la imagen de mayor detalle. La figura 3.12 ilustra gráficamente esto.

3.6. Resumen
La cartografía y la geodesia son ciencias que aportan un importante conjunto
de conocimientos y elementos al mundo de los SIG, y su estudio es fundamental
para cualquier trabajo con un SIG.
La geodesia se encarga de estudiar la forma de la Tierra, con objeto de posterior-
mente poder localizar de forma precisa los puntos sobre esta mediante un sistema
de coordenadas. Dos conceptos básicos en geodesia son el geoide y el elipsoide,
superficies de referencia que modelizan la forma de la Tierra. El primero es la
superficie formada por los puntos en los que el campo gravitatorio tiene una misma
intensidad, y se obtiene prolongando la superficie de los océanos en reposo bajo
la superficie terrestre. El segundo es un objeto definido por una ecuación y una
serie de parámetros, que permite asimilar la Tierra a una superficie matemática.
El conjunto de un elipsoide y un punto de tangencia con la superficie terrestre
(Punto Fundamental), forma un datum.
Para asignar coordenadas a un punto en función de los elementos anteriores
es necesario definir un sistema de referencia. Las coordenadas geográficas han sido
utilizadas tradicionalmente, y son de utilidad para grandes zonas. Otro tipo de
coordenadas más intuitivas son las cartesianas, y para su obtención se requiere
el concurso de una proyección cartográfica que convierta coordenadas espaciales
en coordenadas planas. Hay muchos tipos de proyecciones, siendo el sistema UTM
uno de los más extendidos.
En el ámbito de la cartografía, hemos visto en este capítulo la importancia del
concepto de escala, que no pierde su papel fundamental al trabajar en un SIG en
lugar de hacerlo con cartografía impresa. Estrechamente relacionada con la escala
encontramos la generalización, que comprende una serie de procesos encaminados
a la obtención de una representación lo más clara posible de una serie de datos
a una escala dada.
Parte II

Los datos
Capítulo 4

Introducción. ¿Con qué trabajo en un SIG?

Los datos son el elementos clave de un SIG, pues sin ellos el resto de componentes no
tienen utilidad alguna. La preparación de un adecuado conjunto de datos es base para poder
llevar adelante con garantías todo proyecto SIG. En este capítulo veremos las características
fundamentales de los datos y de la información espacial, presentando los conceptos básicos
de estos que deben tenerse siempre presentes a la hora de trabajar con un SIG

4.1. Introducción

De todos los subsistemas de SIG, el correspondiente a los datos es el pilar


fundamental que pone en marcha los restantes. Los datos son el combustible que
alimenta a los restantes subsistemas, y sin los cuales un SIG carece por completo
de sentido y utilidad.
El subsistema de datos es, a su vez, el más interrelacionado, y está conectado de
forma inseparable a todos los restantes. Mientras que, por ejemplo, la visualización
no es por completo imprescindible para el desarrollo de procesos de análisis, no
hay elemento del sistema SIG que pueda vivir si no es alimentado por datos. Los
datos son necesarios para la visualización, para el análisis y para dar sentido a la
tecnología y, en lo referente al factor organizativo y a las personas, el rol de estas
en el sistema SIG es en gran medida gestionar esos datos y tratar de sacar de ellos
el mayor provecho posible, buscando y extrayendo el valor que estos puedan tener
en un determinado contexto de trabajo. Por tanto, los datos son fundamentales
en un SIG, y todo esfuerzo dedicado a su estudio y a su mejor manejo será siempre
positivo dentro de cualquier.trabajo con SIG.
La forma en que los datos se gestionan en un SIG es un elemento vital para definir
la propia naturaleza de este, así como sus prestaciones, limitaciones y características
generales. En este capítulo introductorio veremos la diferencia entre los conceptos
de datos e información, relacionados aunque distintos, y la forma en que ambos se in-
corporan a un SIG. Esta concepción es importante, pues fundamenta la arquitectura
interna que puede adoptar un SIG y las operaciones que se construyen sobre esta.
68 Sistemas de Información Geográfica

4.2. Datos vs Información

Existe una importante diferencia entre los conceptos de datos e información.


Ambos términos aparecen con frecuencia y pueden confundirse, pese a que repre-
sentan cosas bien diferentes. Aun así, son conceptos muy unidos, y resultan clave
para entender los fundamentos de un SIG tal y como estos se desarrollan a lo largo
de este libro. Un SIG es un Sistema de Información Geográfica, pero maneja datos
geográficos, existiendo diferencias entre estos conceptos.
Entendemos como dato al simple conjunto de valores o elementos que utiliza-
mos para representar algo. Por ejemplo, el código 502132N es un dato. Este código
por sí mismo no tiene un significado, y es necesario interpretarlo para que surja ese
significado. Al realizar esa interpretación, el dato nos informa del significado que
tiene, y es en ese momento cuando podemos emplearlo para algún fin y llevar a cabo
operaciones sobre él que tengan sentido y resulten coherentes con el significado
propio que contiene.
El dato anterior podemos interpretarlo como si fuera una referencia geográfica,
y cuyo significado sería entonces una latitud, en particular 50◦ 210 3200 Norte. Si lo
interpretamos como un código que hace referencia a un documento de identificación
de una persona, la información que nos aporta es en ese caso completamente distin-
ta. El dato sería el mismo, formado por seis dígitos y una letra, pero la información
que da es diferente, ya que lo entendemos e interpretamos de manera distinta.
La información es, por tanto, el resultado de un dato y una interpretación, y
el trabajo con datos es en muchos casos un proceso enfocado a obtener de estos
toda la información posible. Un dato puede esconder más información que la que
a primera vista puede apreciarse, y es a través de la interpretación de los datos
como se obtiene esta.
En el capítulo 15 veremos cómo a partir de un Modelo Digital de Elevaciones
podemos calcular parámetros tales como la pendiente, extraer el trazado de la
red de drenaje o delimitar las subcuencas en que una cuenca vertiente mayor
puede dividirse. El dato en este caso lo constituyen los valores que representan
la elevación en los distintos puntos. La información que contienen está formada
por todo ese conjunto de elementos que podemos obtener, desde la pendiente a los
cursos de los ríos, pasando por todo aquello que mediante la aplicación de procesos
u operaciones de análisis podamos extraer de esos datos.
Comprender el significado y las diferencias entre datos e información permiten
entender entre otras cosas que la relación entre los volúmenes de ambos no es necesa-
riamente constante. Por ejemplo, los datos 502132NORTE o CINCUENTA VEIN-
TIUNO TREINTAYDOS NORTE son mayores en volumen que 502132N, pero
recogen la misma información espacial que este (suponiendo que los interpretamos
como datos de latitud). Tenemos más datos, pero no más información. Podemos es-
tablecer planteamientos basados en este hecho que nos ayuden a almacenar nuestra
Introducción. ¿Con qué trabajo en un SIG? 69

información geográfica con un volumen de datos mejor, lo cual resulta ventajoso. Ve-
remos algunos de estos planteamientos más adelante dentro de esta parte del libro.
Aspectos como estos son realmente mucho más complejos, y el estudio de la
relación entre datos e información y sus características no es en absoluto sencilla.
Existe una disciplina, la ciencia de la información dedicada a estudiar los aspectos
teóricos relativos a la información y la forma en que esta puede contenerse en los
datos. El lector interesado puede consultar [30, 31] para saber más al respecto.
En este capítulo de introducción a esta parte dedicada a los datos, veremos
más acerca de la información que de los datos espaciales, pues la manera en que
concebimos esta condiciona la forma de los datos. Será en el capítulo siguiente
cuando tratemos ya los datos, abordando uno de los problemas fundamentales:
la creación del dato espacial.

4.3. Las componentes de la información geográfica


Comprender la información geográfica es vital para poder capturar dicha
información e incorporarla a un SIG. En líneas generales, podemos dividir esta en
dos componentes principales, cada una de los cuales tiene su implicación particular
en los procesos posteriores de representación que más adelante veremos.
Componente espacial
Componente temática
La componente espacial hace referencia a la posición dentro de un sistema de
referencia establecido. Esta componente es la que hace que la información pueda
calificarse como geográfica, ya que sin ella no se tiene una localización, y por tanto el
marco geográfico no existe. La componente espacial responde a la pregunta ¿dónde?
Por su parte, la componente temática responde a la pregunta ¿qué? y va inva-
riablemente unida a la anterior. En la localización establecida por la componente
espacial, tiene lugar algún proceso o aparece algún fenómeno dado. La naturaleza
de dicho fenómeno y sus características particulares, quedan establecidas por la
componente temática.
Puede entenderse lo anterior como una variable fundamental (la componente
temática), que se sirve, sin embargo, de una variable soporte (la componente
espacial) para completar su significado.
Los tipos de división horizontal y vertical de la información que veremos más
adelante implican una separación en unidades, que en la práctica puede implicar en
un SIG que cada una de esas unidades quede almacenada en un lugar o fichero distin-
to. En el caso de las componentes temática y espacial de la información, son posibles
distintos enfoques, ya que estas pueden almacenarse de forma conjunta o bien por
separado. El capitulo 8 trata estos enfoques, y en él veremos con detalle cómo puede
abordarse el almacenamiento de ambas componentes de la mejor forma posible,
así como la evolución que se ha seguido al respecto dentro del campo de los SIG.
70 Sistemas de Información Geográfica

Mientras que la componente espacial va a ser generalmente un valor numérico,


pues son de esa naturaleza los sistemas de coordenadas que permiten expresar una
posición concreta en referencia a un marco dado, la componente temática puede
ser de distintos tipos:
Numérica. A su vez, pueden señalarse los siguientes grupos:
• Nominal. El valor numérico no representa sino una identificación. Por
ejemplo, el número de un portal en una calle, o el numero del DNI de
una persona. Este tipo de variable, al igual que la de tipo alfanumérico,
es de tipo cualitativo, frente a las restantes que son de tipo cuantitativo.
• Ordinal. El valor numérico establece un orden. Por ejemplo, una ca-
pa en la que se recoja el año de fundación de las distintas ciudades
contenidas en ella.
• Intervalos. Las diferencias entre valores de la variable tienen un sig-
nificado. Por ejemplo, entre dos valores de elevación.
• Razones. Las razones entre valores de la variable tienen un significado.
Por ejemplo, podemos decir que una precipitación media de 1000mm es
el doble que una de 500mm. La pertenencia de una variable a un grupo u
otro no solo depende de la propia naturaleza de la misma, sino también
del sistema en que se mida. Así, una temperatura en grados centígrados
no se encuentra dentro de este grupo (pero sí en el de intervalos), ya
que la razón entre dichas temperaturas no vale para decir, por ejemplo,
que una zona está al doble de temperatura que otra, mientras que si
expresamos la variable temperatura en grados Kelvin sí que podemos
realizar tales afirmaciones. El valor mínimo de la escala debe ser cero.
Alfanumérica
El tipo de variable condiciona las operaciones que pueden realizarse con un
dato geográfico en función de cómo sea su componente temática. Por ejemplo,
carece sentido realizar operaciones aritméticas con variables de tipo ordinal o
nominal, mientras que es perfectamente lógico con los restantes tipos dentro de la
categoría numérica. También, como veremos en el capítulo 27, influye en la forma
de representarlo a la hora de elaborar cartografía.
Además de las componentes espacial y temática, Sinton [32] añade la componen-
te temporal y propone un esquema sistemático que permite clasificar en grupos las
distintas clases de información geográfica. Según este esquema, cada una de estas
componentes puede estar en uno de los siguientes tres estados posibles: fija, controla-
da o medida. Al medir una de estas componentes, es necesario controlar otra de ellas,
y fijar la tercera, o bien ignorarla y no tenerla en cuenta (este era el caso explicado
hasta el momento, en el cual no habíamos citado aún la componente temporal)
Por ejemplo, si registramos la temperatura a lo largo de un periodo de tiempo
para un punto concreto, la componente temporal está controlada (tomamos me-
diciones de temperatura con un intervalo de tiempo establecido), la componente
Introducción. ¿Con qué trabajo en un SIG? 71

temática (la propia temperatura) está medida, y la componente espacial está fija
(el termómetro que registra los valores se encuentra siempre en un punto inmóvil)
En general, la información geográfica se recoge haciendo fija la componente
temporal, y midiendo o controlando las restantes en función del tipo de información
de que se trate.
Un concepto a tener en cuenta en relación con las componentes de la información
geográfica es la dimensión. Los elementos que registramos pueden ir desde sencillos
puntos (0D) hasta volúmenes tridimensionales (3D). Un caso particular —y muy
frecuente— lo encontramos cuando estudiamos la forma tridimensional del terreno,
pero tratando la elevación como variable temática, no como una parte más de la com-
ponente espacial. En este caso, tenemos una serie de valores de elevación (Z) locali-
zados en el plano XY. Esto no es realmente equivalente a utilizar una componente
espacial tridimensional, ya que no permite recoger en un mismo punto distintos valo-
res (no puede, por ejemplo, modelizarse la forma de una cueva o un objeto vertical),
por lo que se conoce como representación en 2.5 dimensiones (2.5D). La figura 4.1
muestra esquemáticamente el concepto de dimensión de los datos dentro de un SIG.

Figura 4.1: Dimensión de los datos geográficos

Por ultimo, un aspecto importante de toda variable estudiada es su continuidad.


Se entiende esta continuidad como la capacidad de la variable para tomar todos los
valores dentro de un rango definido. La temperatura, la presión o la elevación son
valores continuos, mientras que ninguna variable de tipo nominal puede ser continua,
ya que se encuentra limitada a un numero (finito) de identificadores posibles. Por
ejemplo, en el caso del número de un DNI, los valores son siempre enteros, existe
el valor 1 y el valor 2, pero no los infinitos valores decimales entre ambos.
La continuidad de la variable temática se puede estudiar igualmente en relación
con la componente espacial. Así, existen variables que varían de forma continua en
el espacio, mientras que otras no lo hacen. Se emplea aquí el concepto matemático
de continuidad, es decir, que si trazáramos un perfil de la variable a lo largo de
un recorrido dado, la representación de dicho perfil sería una curva que podría
dibujarse sin levantar el lápiz del papel1
Todas estas ideas referidas a las distintas variables (distintas informaciones
que pretendemos recoger de una zona de estudio dada) nos servirán para detallar
1
Definiciones más rigurosas del concepto de continuidad puede encontrarse en cualquier texto
básico de cálculo elemental o, por ejemplo, en [33]
72 Sistemas de Información Geográfica

los diferentes enfoques de representación y almacenamiento que veremos en el


próximo capítulo, y escoger en cada caso el más apropiado.

4.4. División horizontal de la información geográfica


Además de dividir la información geográfica en componentes, también dividimos
esta con criterios puramente espaciales, «cortándola» en unidades menores que
ocupen una región de amplitud más reducida. Este es un procedimiento similar al
que encontramos en un mapa impreso, ya que el territorio de un país se encuentra
cartografiado en diferentes hojas. Las razones para esto son, por una parte, los
posibles distintos orígenes que los diferentes mapas pueden tener (cada región puede
ser responsable de fabricar los suyos) y, especialmente, el hecho de que, de no ser así,
los mapas tendrían un tamaño inmanejable. Si cartografíamos a escala 1:25000 todo
un país, es obvio que no podemos hacerlo en un único mapa, ya que este sería enorme.
En el caso de trabajar en un SIG, no tenemos el problema del tamaño físico del
mapa, ya que no existe tal tamaño. Los datos no ocupan un espacio físico, pero sí
que requieren un volumen de almacenamiento, y este presenta el mismo problema.
Recoger a escala 1:25000 todo un país supone un volumen de datos enorme, que
es conveniente dividir para poder manejar con fluidez.
En ambos casos, ya sea dentro de un SIG o no, suele resultar necesario emplear
varios bloques de información (varias hojas) para cubrir un área de trabajo. En
esta circunstancia, las propias características de un SIG y su forma de trabajo con
los datos hacen que este proceso sea más sencillo y eficaz.
La principal cualidad de un SIG para integrar de forma transparente datos
correspondientes a zonas distintas y formar un mosaico único es la separación que
existe entre datos y visualización. Los datos son la base de la visualización, pero
en un SIG estos elementos conforman partes del sistema bien diferenciadas. Esto
quiere decir que los datos se emplean para crear un resultado visual pero en sí
mismos no contienen valores relativos a esa visualización.
De este modo, es posible combinar los datos y después representarlos en su
conjunto. Un proceso así no puede realizarse con un mapa ya impreso, pues este
contiene ya elementos de visualización e incluso componentes cartográficos tales
como una flecha indicando el Norte, una leyenda o una escala. Por ello, aunque pue-
dan combinarse, realmente no se «funde» la información de cada uno de los mapas
para conformar uno único. Dicho de otro modo, si tomamos cuatro hojas contiguas
de una serie de mapas no podemos formar un nuevo mapa que sea indistinguible
de uno cuatro veces más grande que haya sido impreso en un único pliego de papel.
En un SIG, sin embargo, sí que sucede así, y la visualización de cuatro o
más bloques de datos puede ser idéntica a la que obtendría si todos esos datos
constituyeran un único bloque. Empleando herramientas habituales en un SIG, y
Introducción. ¿Con qué trabajo en un SIG? 73

si cada uno de esos bloques está almacenado en un fichero, resulta incluso posible,
unirlos todos y crear un solo fichero que los contenga.
Una de las razones principales que favorecen esta combinación de datos es el
hecho de que la escala nominal es en sí un elemento de representación. Como vimos
en el apartado 3.4, la escala nominal relaciona el tamaño que tiene un objeto en
la representación con su tamaño real, y la forma en que se recoge la información
a la hora de realizar medidas de ese objeto viene condicionada por dicha escala,
de tal modo que el esfuerzo desarrollado en esas mediciones sea coherente con la
representación que se va a hacer posteriormente al crear el mapa.
Los datos que manejamos en un SIG tiene una escala de detalle impuesta por
la precisión de las mediciones, pero no una escala nominal asignada, ya que no
tienen un tamaño fijo de representación en la pantalla del ordenador o el periférico
correspondiente, al contrario que un mapa impreso en el que los distintos elementos
ya se encuentran representados. Esto hace que combinar cartografía clásica a
distintas escalas sea complejo, ya que los mapas no «casan» bien entre sí.
En el caso de un SIG, es el usuario el que decide la escala de representación, y
esta será la misma para todos los datos que se visualicen, independientemente de las
características de estos. En el contexto actual de datos geográficos, es habitual en-
contrar situaciones en las que para una zona de terreno disponemos de información
a una escala, y para otra zona contigua a esta la información disponible es a una
escala distinta. Con el uso de un SIG, sin embargo, es posible trabajar sin problemas
con todo el conjunto, sin preocuparse por la integración de sus distintas partes.
Lógicamente, no debe dejarse de lado nunca el rigor cartográfico y, como se dijo
en su momento, no olvidar que, aunque podamos representar cualquiera de esos
datos a la escala que deseemos, los datos en sí no son suficientes para ello y tienen
unas limitaciones impuestas por su escala inherente. Es decir, que no es necesario
preocuparse por la integración a la ahora de visualizar y gestionar los datos, pero
sí a la hora de analizarlos u obtener resultados a partir de ellos. No obstante, el
proceso de combinación es en cualquier caso transparente para el usuario que
visualiza esos datos en un SIG, y la operación pasa de ser algo tedioso y complejo
a algo prácticamente inapreciable dentro del SIG, pues es este quien se encarga
de ocultar toda esa complejidad y simplemente generar las representaciones según
los parámetros requeridos en cada momento.
La figura 4.2 muestra un ejemplo de lo anterior en el que puede verse cómo
varias fotografías aéreas forman un mosaico que cubre una zona dada, teniendo
estas distinto nivel de detalle tal y como puede apreciarse.

4.5. División vertical de la información. Capas


Uno de los grandes éxitos de los SIG es su estructura de manejo de informa-
ción geográfica, que facilita todas las operaciones que se llevan a cabo con esta.
74 Sistemas de Información Geográfica

Figura 4.2: Integración de datos en sentido horizontal. A pesar de que la escala de detalle
es distinta para las fotografías aéreas de la imagen, estas se combinan sin problema
en un SIG, representándose a una escala dada todas ellas de forma sencilla. Nótese la
mayor definición en la parte inferior de la imagen, que se forma con imágenes tomadas
a una escala distinta a la de las de la parte superior. Adviértase igualmente la distinta
iluminación, ya que han sido tomadas en fecha y horas distintas.

El concepto de capa, imprescindible para comprender todo SIG, es una de las


grandes virtudes inherentes a los Sistemas de Información Geográfica, en cuanto
que favorece la correcta estructuración de la información y el trabajo con ella.
La división horizontal que ya hemos visto no es algo nuevo, y la gran mayoría
de los mapas clásicos cubren una porción relativamente pequeña de la superficie
terrestre. Combinando distintos mapas podemos formar uno mayor que cubra una
extensión más amplia, y aunque ya hemos visto que esto mismo puede realizarse
con un SIG y la tarea resulta así más sencilla, no resulta una operación tan compleja
y extraña en el caso de no trabajar en un entorno SIG.
Más difícil, sin embargo, es combinar distintos tipos de información, como por
ejemplo la contenida en un mapa topográfico y la existente en un mapa de tipos
de suelo y otro de vegetación potencial. Para una misma zona, trabajaremos con
varios mapas simultaneamente, y combinar estos para la realización de operaciones
en las que intervengan todos ellos(supongamos, por ejemplo, calcular el área total
de las zonas con un tipo de suelo dado donde la vegetación corresponde a una clase
concreta y se encuentran por encima de 1000 metros) es difícil y generalmente
también impreciso.
En el caso de un SIG, los distintos tipos de información se pueden combinar
de forma sencilla y limpia, y no aparecen los mismos problemas. Esto es así debido
a que la idea de capa permite dividir la información espacial referida a una zona
de estudio en varios niveles, de tal forma que, pese a coincidir sobre un mismo
emplazamiento, información sobre distintas variables se encuentra recogida de
Introducción. ¿Con qué trabajo en un SIG? 75

forma independiente. Es decir, en función de la componente temática se establecen


distintos bloques de datos espaciales.
Para comprender mejor el concepto de capa, pensemos en un mapa topográfico
clásico. En él vamos a encontrar elementos como curvas de nivel, carreteras, núcleos
urbanos, o simbología relativa a edificios y puntos singulares (iglesias, monumentos,
etc.) Todos estos elementos en su conjunto componen el mapa, y aparecen en una
misma hoja como una unidad coherente de información geográfica. No obstante,
cada uno de los de estos grupos de información recogidos —elevaciones, red viaria,
núcleos urbanos, puntos de interés arquitectónico— pueden recogerse de forma in-
dependiente, y combinarse al componer el mapa según las necesidades del momento,
o bien combinarse de modo distinto o emplearse individualmente (Figura 4.3).

Figura 4.3: Concepto de capa de información geográfica dentro de un SIG

La figura es lo suficientemente gráfica como para entender la razón de que a


este tipo de división la denominemos vertical, así como el propio nombre de capa,
ya que de ella resulta una serie de diferentes niveles que se pueden superponer
según el criterio particular de cada usuario de SIG.
Toda la información geográfica con que trabajemos en un SIG va a ser en forma
de capas. Cada una de estas capas puede abrirse de forma independiente en un SIG
y utilizarse por sí misma o en conjunto con otras en la combinación que se desee.
Esta forma de proceder no es exclusiva de los SIG, y antes de la aparición
de estos ya existían experiencias previas en este sentido, combinándose capas de
información geográfica para la realización de análisis (véase 2.6). Es, sin embargo,
con la aparición de los SIG cuando esta metodología se aplica de forma regular
y se establece sistemáticamente dicha estructuración de la información geográfica.
Así, la visualización, el análisis, y todas las acciones que se realizan sobre la
información geográfica dentro de un SIG, se llevan a cabo sobre un conjunto de
capas, entendiéndose cada una de ellas como la unidad fundamental de información
sobre una zona dada y un tipo de información concreta.
Muy habitualmente las capas se conocen también como capas temáticas o
temas, términos bastante extendidos que hacen referencia al mismo concepto.
La relevancia del concepto de capa como elemento fundamental de un SIG
76 Sistemas de Información Geográfica

es enorme, pues realmente constituye el marco básico sobre el que se van a llevar
a cabo gran parte de las operaciones. Algunas de las posibilidades que brinda
esta filosofía ya las conocemos. Por ejemplo, vimos en el apartado dedicado a la
generalización cartográfica cómo en un SIG podemos utilizar diferentes «versiones»
de los datos correspondientes a una zona concreta, y representar una u otra de
ellas en función de la escala de trabajo. Para un tipo de información, por ejemplo
los usos del suelo, estas versiones se almacenarán como distintas capas. La capa
es así la unidad fundamental no solo en términos de un área dada, sino también de
una escala concreta, y permite una división de los datos óptima a todos los efectos.
Al igual que veíamos en el apartado anterior, las capas nos van a permitir la
combinación de datos a distinta escala, no ya en este caso datos contiguos, sino
datos correspondientes a un mismo área pero con variables distintas. Esto es de
gran utilidad en el trabajo habitual, ya que no todas las variables se recogen con
un mismo nivel de detalle, y el detalle con el que podemos encontrar una capa de
elevaciones va a ser generalmente mucho mayor que el que cabe esperar para una
capa de, digamos, litología.
En realidad, y en el lenguaje habitual de trabajo con SIG, la capa no define
únicamente una división vertical, sino también una horizontal. Es más sencillo
visualizar la idea de capa con un esquema como el de la figura 4.3, en el que las
distintas variables se «apilan» en capas de información superpuestas. Sin embargo,
las divisiones horizontales en un mosaico de datos también se consideran como
capas distintas en un SIG, pese a contener una misma variable y un mismo tipo
de información. Por tanto, y aunque la división vertical sea la que verdaderamente
define la idea de capa, cuando hablamos de una capa de datos en un SIG nos
referimos a un «trozo» de toda la información disponible, que implica una sección
en la dimensión vertical (la de las variables existentes que pueden estudiarse) y
un recorte en la horizontal (la de la superficie geográfica).
Las capas pueden emplearse también para incorporar en cierta forma la variable
temporal si se considera que la dimensión vertical es el tiempo. Aunque no es
la manera más adecuada, y en la actualidad el manejo del tiempo es uno de los
principales problemas a resolver en el diseño de los SIG, podemos trabajar con
varias capas que representen una misma información y una misma zona, pero en
instantes distintos. Esto no es distinto a trabajar con mapas clásicos correspon-
dientes a diferentes instantes, salvo que en el caso de capas cada elemento de la
información se encuentra separado a su vez.
Por último, es importante el hecho de que la separación de la información
en capas evita la redundancia de datos, ya que cada capa contiene un tipo de
información concreto. En un mapa clásico se presentan siempre varias variables,
algunas de ellas presentes con carácter general, tales como nombres de ciudades
principales o vías más importantes de comunicación. Es decir, que un mapa de
usos de suelo o un mapa geológico van a contener otras variables, que en ocasiones
se añaden a este para enriquecerlo. Unas curvas de nivel, por ejemplo, permitirán
una mejor interpretación de esa geología.
Al dividir toda la información en capas, podemos combinar curvas de nivel y
geología, añadir otros elementos, o bien representarlas de forma aislada, algo que no
resulta posible si los datos de los que disponemos ya vienen unidos inseparablemente,
como sucede en el caso de la cartografía impresa. La división en capas ofrece un
mayor número de posibilidades distintas de trabajo y, como iremos viendo a lo largo
de gran parte de este libro, también mayores posibilidades de análisis y proceso.
En resumen, el trabajo con capas permite una estructura más organizada y
una mayor atomización de los datos, con las consecuentes ventajas en el almace-
namiento, manejo y funcionalidad que esto conlleva.

4.6. Resumen
Los datos son una de las piezas más importantes del sistema SIG. Entendemos
por dato un conjunto de valores o elementos que representan algo. La interpretación
correcta de esos datos los dota de significado y produce información.
La información geográfica tiene dos componentes: una componente temática
y una componente geográfica. Estas van unidas y conforman una unidad única
de información geográfica, aunque pueden separarse y analizarse por separado.
Mientras que la componente geográfica tiene un carácter fundamentalmente nu-
mérico, la componente temática puede incluir una o varias variables y estas ser
de naturaleza muy variada.
La información geográfica se divide horizontal y verticalmente. Las unidades
mediante que incorporamos esta información a un SIG se conocen como capas, y son
uno de los elementos primordiales en la estructura de manejo de datos de todo SIG.
El trabajo con capas más hace transparente la gestión de la información geográfica
en un SIG, permite una mejor integración de distintos datos, y es la base para
muchas operaciones, algunas de las cuales iremos viendo en capítulos sucesivos.
78 Sistemas de Información Geográfica
Capítulo 5

Modelos para la información geográfica

La realidad geográfica debe recogerse en un formato que pueda ser entendido por el
ordenador y así susceptible de emplearse dentro de un SIG. En este capítulo se mostrarán
los enfoques conceptuales y prácticos más frecuentes para llevar esto a cabo, que a su vez
son los responsables indirectos de las arquitecturas subyacentes en los SIG. Para ello, se
estudiarán los distintos tipos de información con los que trabajamos en un SIG y las formas
más adecuadas de entender, interpretar y manejar esta.

5.1. Introducción
Los datos son, como ya sabemos, una parte imprescindible del SIG, ya que sin
ellos las aplicaciones SIG y los restantes elementos que se encuentran en torno a estas
no tienen utilidad alguna. Necesitamos conocer el área geográfica que estudiamos
en un SIG (es decir, tener datos sobre ella), para así poder proceder a dicho estudio.
No obstante, convertir ese área geográfica y la información acerca de ella en
un dato susceptible de ser incorporado a un SIG no resulta una tarea sencilla.
Desde los orígenes de los SIG, una de las preocupaciones principales ha sido la de
representar de la mejor manera posible toda la información que podemos extraer
de una zona geográfica dada, de tal modo que pueda almacenarse y analizarse en el
entorno de un SIG. Este proceso de representación, que ya desde el inicio planteaba
problemas a los creadores de los primeros SIG, ha sido el responsable en gran
medida de la arquitectura y forma de los SIG actuales, y a él se debe en buena parte
el desarrollo que han experimentado tanto los SIG en sí como las disciplinas afines.
Describir los enfoques teóricos existentes para convertir la realidad relativa
a una variable dada en una capa que la contenga de la forma más precisa posible
y pueda ser empleada en un SIG es el objeto de este capítulo. Este proceso implica
la construcción de un modelo (el dato geográfico), que representa la realidad y
puede servir para conocer esta en profundidad a través de análisis que no se llevan
a cabo sobre dicha realidad, sino sobre el modelo en sí.
El problema principal reside en el hecho de que el detalle real que encontramos
en la naturaleza es prácticamente infinito, mientras que la representación y almace-
namiento de esa realidad es finita. Se hace necesario extraer una serie de elementos
y valores característicos, los cuales en ultima instancia se recogerán como valores
numéricos dentro del SIG (pues son estos los que maneja un ordenador), y podrán
80 Sistemas de Información Geográfica

interpretarse como el anteriormente citado modelo. El camino que lleva desde la


realidad hasta ese conjunto de meros valores numéricos pasa por tres niveles:
Establecimiento de un modelo geográfico. Es decir, un modelo conceptual
de la realidad geográfica y su comportamiento.
Establecimiento de un modelo de representación. Es decir, una forma
de recoger el anterior modelo conceptual y sus características propias, re-
duciéndolo a una serie finita de elementos.
Establecimiento de un modelo de almacenamiento. Es decir, un esquema
de cómo almacenar los distintos elementos del modelo de representación.
El modelo geográfico es un ente puramente conceptual (de alto nivel), mientras
que el de almacenamiento es más un concepto técnico inherente a la naturaleza
informática del SIG (de bajo nivel)

5.2. Modelos geográficos


El primer paso hacia la creación del dato geográfico implica el establecimiento
de un modelo conceptual relativo a cómo se ha de interpretar la realidad geográfica.
Se trata de conceptualizar el espacio estudiado, la variable tratada y la variación
de esta a lo largo del espacio. Este modelo geográfico es un esquema mental que
constituye una forma particular de entender el hecho geográfico en sí, pero que
todavía no incorpora elementos relativos a su representación o almacenamiento.
Existen muchos modelos geográficos distintos, entre los cuales cabe destacar
dos de ellos [34]:
Campos
Entidades discretas

5.2.1. Campos
Un campo es un modelo de variación dentro de un marco n–dimensional, en el
cual en cada punto dentro de dicho marco se tiene un valor de la variable estudiada.
En su concepto matemático, un campo es una función de la forma ϕ : Rn → Rm ,
esto es, una función que asocia cada punto de un espacio vectorial con otro en un
espacio vectorial distinto.
En el caso más habitual, m = 1, es decir, que a cada punto del espacio vectorial
origen se le asocia un único valor escalar. Se tiene así lo que se denomina un campo
escalar. La mayoría de las variables que se emplean en un SIG necesitan un único
valor para describirse (piénsese en variables como la elevación, la temperatura o
la presión atmosférica, que solo requieren de un número para expresarse), por lo
que los campos escalares son los más habituales en el ámbito geográfico.
No obstante, también encontramos los denominados campos vectoriales 1 , en el
1
El empleo del término vectorial para calificar a los campos vectoriales o los espacios
Modelos para la información geográfica 81

cual el espacio vectorial de destino es multidimensional. Por ejemplo, para definir


el movimiento del viento en un punto geográfico no basta con un único valor, sino
dos: la velocidad y la dirección en la que sopla dicho viento. Dentro de un SIG,
es habitual recoger los campos vectoriales como un conjunto de varios campos
escalares, cada uno de ellos en una capa distinta. Así, se tendría una capa con
la dirección y otra con la velocidad, ambas magnitudes escalares. Operando de
esta manera, la solución no es única, ya que el vector resultante puede definirse
mediante su módulo y dirección (como en el caso anterior), pero también por sus
propias coordenadas en la base del espacio vectorial destino (en el caso anterior,
las componentes x e y del vector que indica el movimiento del viento).
El espacio vectorial de origen puede ser bidimensional, es decir, una función
de la forma f (x,y), representando x e y las coordenadas geográficas. Este es el
caso habitual en las capas que se emplean en un SIG, donde las variables que
estudiamos adquieren uno u otro valor en función de su posición dentro de un
sistema coordenado de referencia.
Puede añadirse una tercera dimensión, de tal modo que los valores dependan no
solo de la posición sino igualmente de la elevación. Se tendría una función de la forma
f (x,y,z). Para el caso, por ejemplo, de la temperatura del aire, esta depende no solo
de la localización, sino también de la altura. Otro ejemplo puede ser el porcentaje
de arena en el suelo, que depende de la localización pero también de la profundidad.
Igualmente, aunque en general es poco habitual en el marco de los SIG, puede
añadirse la variable tiempo, teniéndose funciones de la forma f (x,y,t) o f (x,y,z,t)
Por definición, un campo es continuo, ya que todos los puntos tienen un valor
asociado. De igual modo, este valor es único, y no existe un elemento del espacio
vectorial de partida que tenga asociados varios elementos del de destino, sean estos
escalares o vectores.
Por su propia naturaleza los campos son ideales para modelizar variables que
varían de forma continua en el espacio, entre ellas la practica totalidad de variables fí-
sicas del medio, tales como temperatura del aire, presión atmosférica, elevación, etc.
Los campos se asocian con las denominadas coberturas, termino este más
empleado en el ámbito SIG. En una cobertura existe un valor único para todos
los puntos de una región dada.

5.2.2. Entidades discretas


A diferencia de los campos, el modelo de entidades discretas no asocia a cada
punto geográfico un valor, sino que concibe un entorno geográfico como un espacio
vacío sobre el que se sitúan distintos elementos (entidades) que lo van rellenando.
vectoriales no debe confundirse con el modelo de representación vectorial que veremos más
adelante en este capítulo. En el caso de campos y espacio, se trata de la terminología estándar del
ámbito matemático, mientras que en el modelo de representación vectorial es una terminología
propia de los Sistemas de Información Geográfica.
82 Sistemas de Información Geográfica

Cada una de dichas entidades posee unas características propias, constantes para
toda ellas, que son las que conferirán sus propiedades particulares a los puntos
que se sitúen en su interior.
Un punto puede no pertenecer a ninguna entidad, o bien a varias de ellas, según
sea la disposición de estas. Para un espacio dado, las entidades pueden ser todos
aquellos elementos geométricos existentes en el mismo, tales como puntos, líneas,
polígonos o, en el caso de ser dicho espacio de dimensión mayor que dos, también
volúmenes.
Es fácil ver que el modelo de entidades discretas no es tan adecuado como los
campos para conceptualizar variables continuas, ya que la continuidad de estas es
opuesta al esquema discreto planteado. No obstante, otras variables no continuas se
modelizan mejor mediante entidades discretas, ya que la forma en que se presentan
coincide en cierta medida con dichas entidades como unidades mínimas.
La presencia de vías de comunicación, por ejemplo, se puede asimilar perfec-
tamente a este modelo. Se tiene un espacio vacío (sin vías), en el cual se disponen
los distintos viales en una serie de localizaciones concretas. Hay puntos que no
estarán afectados por ninguna entidad, mientras que otros (los situados en las
intersecciones) lo están por varias de ellas.
Las variables de tipo nominal y alfanumérico —las cuales no son, como vimos,
continuas— tales como el tipo de suelo en un punto o el número de parcela catastral
al que pertenece dicho punto, también se adaptan bien al modelo de entidades
discretas.
Otra diferencia entre los campos y las entidades discretas es que estas últimas
son en general más sencillas de comprender como concepto fuera de un ámbito
técnico. Los campos son conceptos matemáticos que requieren un mayor grado
de abstracción, y para la mayoría de la gente no resultan tan claros. Como algunos
apuntan [35], el lenguaje habitual contiene un numero mayor de expresiones y
recursos para describir la realidad geográfica en base a entidades discretas que en
base a campos o conceptos abstractos similares.

5.3. Modelos de representación


Los modelos geográficos nos ofrecen una concepción particular del espacio
geográfico y sus atributos. En base a ellos, el siguiente paso es reducir las pro-
piedades de dichos modelos a un conjunto finito de elementos, de tal modo que
el registro de dichos elementos sirva para almacenar la realidad que los modelos
geográficos describen. Para ello, empleamos los modelos de representación, también
denominados modelos de datos.
Antes de entrar a describir los distintos modelos de representación, veamos
algunos ejemplos que nos presentarán casos particulares de estos modelos, acla-
rando sus diferencias antes de proceder a una definición más detallada. En la
Modelos para la información geográfica 83

figura 5.1 pueden verse distintas formas de representar la elevación de una zona,
la cual, como ya sabemos, es una variable continua y puede concebirse mediante
un campo escalar. Por el contrario, la red viaria se adapta mejor a un modelo
de entidades discretas, y se muestran en la figura 5.2 sendas representaciones de
esta variable según distintos modelos de datos. Mediante los ejemplos de estas
figuras presentaremos los modelos de datos principales, así como su relación con
los modelos conceptuales estudiados en el punto anterior.

Figura 5.1: Distintas formas de representar una capa con información altitudinal.

Figura 5.2: Distintas formas de representar una capa con información sobre una red viaria.

Comenzando con la elevación, encontramos cuatro distintas formas de repre-


sentarla, a saber:
84 Sistemas de Información Geográfica

Curvas de nivel. La representación clásica empleada tradicionalmente en


los mapas de papel. Se recoge la elevación en una serie de curvas, que marcan
los puntos en los que dicha elevación es múltiplo de una cierta cantidad (la
equidistancia). En el ejemplo propuesto, se muestran curvas con elevaciones
múltiplos de 10 metros.
Una malla de celdas regulares, en cada una de las cuales se dispone un
valor, que corresponde a las características de la zona ocupada por dicha
celda. En este caso, cada celda tiene un valor de altura propio, que al con-
vertirse en un color mediante el uso de una escala de colores, da lugar a la
imagen mostrada.
Puntos regulares. Una serie de puntos regularmente espaciados. Existe
información de la elevación solo en dichos puntos. La información se muestra
como etiqueta asociada a cada punto.
Red de Triángulos Irregulares. Una Red de Triángulos Irregulares (TIN
en sus siglas inglesas, de Triangulated Irregular Network), es una estructura
en la cual se toman los puntos más característicos del relieve y en base a ellos
se construye una teselación en triángulos con unas condiciones particulares.
Cada uno de los triángulos posee unas propiedades comunes en cuanto a
su relieve. Veremos más adelante en detalle este tipo de estructuras. Por
el momento, basta recordar que los elementos básicos de esta forma de
representación son triángulos.
Para el caso de las vías encontramos dos representaciones distintas:
Una malla de celdas como la citada en el caso anterior. Las celdas de vía
tiene un valor (representado aquí en azul) distinto de las que se encuentran
fuera de la vía (con valor representado aquí en blanco)
Un conjunto de líneas representando los trazados de las vías.
En este ultimo caso las celdas se han elegido de un tamaño excesivamente gran-
de, con el fin de que pueda apreciarse de forma inmediata la diferencia existente.
Veremos más adelante que, como no es difícil intuir, la representación mediante
celdas no es tan adecuada para el caso de una capa de vías (aunque para el caso
de la elevación da lugar a una imagen con un aspecto inmejorable y altamente
informativo), cuando estudiemos los aspectos relativos a la precisión en los distintos
modelos de almacenamiento.
Como vemos, para un mismo tipo de información existen diversas alternativas
en cuanto a la forma de materializar la realidad y plasmar el modelo geográfico
concreto. Estas formas las podemos clasificar en dos grupos principales: modelo
de representación ráster y modelo de representación vectorial.
Si se han seguido los capítulos de partes anteriores, probablemente los tér-
minos ráster y vectorial no resulten extraños, ya que han aparecido con cierta
frecuencia. Esto es así porque, además de definir dichos términos los principales
modelos de representación de la información geográfica dentro de un SIG, se han
venido utilizando tradicionalmente para definir a los SIG en sí, en función de si
Modelos para la información geográfica 85

sus capacidades se hallaban más enfocadas al manejo y análisis de información


en formato ráster o en formato vectorial. A día de hoy, esa diferencia no es tan
patente y los SIG más habituales pueden trabajar con ambos indistintamente,
pudiendo realizar las tareas que resultan más adecuadas de llevar a cabo tanto
con uno como con otro tipo de representación.
En lineas generales podemos decir que el modelo ráster se basa en una división
sistemática del espacio, la cual cubre todo este (a este concepto se le denomina se
denomina teselación), caracterizándolo como un conjunto de unidades elementales
(las celdas de las mallas vistas en los ejemplos). El modelo vectorial, por su parte, no
divide el espacio completamente, sino que lo define mediante una serie de elementos
geométricos con valores asociados, siendo la disposición de estos no sistemática,
sino guardando relación con los objetos geográficos presentes en la zona de estudio.
En un principio, puede pensarse que el modelo ráster se asemeja al modelo
geográfico de campos, mientras que el vectorial concuerda con el de entidades
discretas. Aunque en cierta medida puede considerarse que así sucede y existe tal
dualidad, no es del todo cierta esta equiparación, como discutiremos con algo más
de detalle en los siguientes puntos.
De forma esquemática, los enfoques de los modelos de representación ráster
y vectorial se muestran en la figura 5.3

a) b)

Figura 5.3: Comparación entre los esquema del modelo de representación vectorial (a)
y ráster (b).

Podemos entender estos enfoques haciendo uso del esquema de Sinton presenta-
do con anterioridad. En el modelo vectorial controlamos la definición de los valores
asociados, y medimos la localización y forma de estos, dejando fijo el tiempo. En
el modelo ráster, aunque la componente temporal también es fija, la componente
que controlamos es la espacial (a través de la sistematicidad de la malla), mientras
que medimos la naturaleza de los valores en cada una de las celdas.
Antes de pasar a la definición detallada de los modelos ráster y vectorial,
mencionar que, como modelos principales empleados para la definición de capas de
86 Sistemas de Información Geográfica

información geográfica, las expresiones capa vectorial y capa ráster son de uso habi-
tual, y se emplearán de aquí en adelante tanto en este como en posteriores capítulos.

5.3.1. Modelo ráster


En el modelo ráster, la zona de estudio se divide de forma sistemática en una
serie de unidades mínimas (denominadas habitualmente celdas), y para cada una
de estas se recoge la información pertinente que la describe. Se puede ver esto en
detalle en la figura 5.4, que muestra aumentada una porción la malla ráster de
elevaciones de la figura 5.1, de modo que los límites de las celdas se hacen patentes
y puede además representarse en cada una de ellas su valor asociado.

Figura 5.4: Celdas de una malla ráster con sus valores asociados.

Aunque la malla de celdas puede contener información sobre varias variables,


lo habitual es que trate una única variable. Es decir, que se tenga un único valor
para cada una de las celdas.
La característica principal del modelo ráster, y que le confiere gran parte de sus
propiedades más interesantes, especialmente de cara al análisis, es su sistematicidad.
La división del espacio en unidades mínimas se lleva a cabo de forma sistemática de
acuerdo con algún patrón, de tal modo que existe una relación implícita entre las
celdas, ya que estas son contiguas entre sí, cubren todo el espacio, y no se solapan.
Por tanto, la posición de una celda depende de la de las restantes, para así conformar
en conjunto toda la malla regular que cumple las anteriores características. Dicho
de otro modo, el orden propio de las celdas, presente gracias a la división sistemática
realizada, aporta un elemento adicional que las relaciona entre sí.
Como unidad mínima pueden tomarse elementos de diversas formas. La más
habitual es mediante unidades de forma cuadrada, aunque también pueden ser
formas rectangulares, o incluso triangulares o hexagonales [36]. No obstante, los
SIG habituales se limitan a modelos de celdas cuadradas, y las implementaciones
de otros modelos son de uso muy reducido y en aplicaciones muy especificas que
en general no están orientadas al uso general ni disponibles de forma accesible al
usuario común. Junto a esto, la información geográfica en formatos ráster distintos
Modelos para la información geográfica 87

de la división en celdas cuadradas es prácticamente inexistente, haciendo más


difícil el empleo de estos formatos en condiciones normales de trabajo.
De igual modo, existen representaciones ráster no regulares, en las que todas
las unidades mínimas no tienen un mismo tamaño. Este tipo de representaciones
no tiene apenas presencia en los SIG, pero son habituales en otros ámbitos tales
como el de la representaciones 3D, con unos requerimientos bien distintos2 . Esto
está relacionado a su vez con los modelos de almacenamiento ráster, que veremos
más adelante en este mismo capítulo.
En todos los casos, la división en celdas no depende de la variable estudiada, y
es una división geográfica. Esto lo diferencia de otras divisiones como el caso de la
Red de Triángulos Irregulares, que, a pesar de ser una teselacion que cubre todo el
espacio, está basada en la propia variable de elevación, y dicha división (número,
forma y disposición de los triángulos) sería distinta en caso de que los valores de
elevación fueran otros.
Siendo, pues, las mallas ráster de celdas cuadradas las más habituales, pasemos
a ver algo más acerca de estas y su elementos básicos. Dos son los elementos
principales que resultan necesarios para una definición completa de una capa ráster:
Una localización geográfica exacta de alguna celda y una distancia entre
celdas, para en base a ellas, y en virtud de la regularidad de la malla, conocer
las coordenadas de las restantes.
Un conjunto de valores correspondientes a las celdas.
En el modelo ráster no se recogen de forma explícita las coordenadas de cada
una de las celdas, sino tan solo los valores de estas. No resulta necesario acompañar
a dichos valores de un emplazamiento espacial concreto, pues hacen referencia a
un elemento particular de la malla, la cual representa una estructura fija y regular.
No obstante, sí que es necesario emplazar dicha malla en el espacio para después
poder calcular las coordenadas particulares de cada celda.
Lo más habitual es definir el emplazamiento de una única celda (habitualmente
la celda superior izquierda), una orientación fija, y una distancia entre las celdas
(el paso de la malla). Como se muestra en la figura 5.5, esto ya permite, mediante
un sencillo cálculo, conocer las coordenadas de todas las celdas sin necesidad de
almacenar estas.
La orientación de las capas ráster es habitualmente Norte–Sur, de tal modo
que si pasamos de la primera a la segunda fila estamos descendiendo en latitud
(este hecho sería matizable en función de la proyección empleada). Dicho de otra
forma, la parte de arriba de la imagen es el norte, y la de abajo es el sur. Esta
convención simplifica el trabajo con capas ráster dentro de un SIG y permite
aplicar directamente la fórmula mostrada en la figura 5.5.
2
Véase, por ejemplo, el concepto de Nivel Continuo de Detalle (Continuous Level of Detail,
CLOD), para lograr representaciones de detalle con el menor gasto de recursos posible, y que
es habitual en este campo.
88 Sistemas de Información Geográfica

(x,y) d

N
(x',y')

x' = x + 4d
y' = y + 2d

Figura 5.5: La estructura regular de la malla ráster permite conocer las coordenadas de
las celdas sin necesidad de almacenar estas, sino tan solo recogiendo algunos parámetros
de la malla como la localización de una celda base (x,y), la orientación global o el tamaño
de celda (d).

No obstante, puede suceder que la fuente de datos original no se adhiera a


este formato (por ejemplo, una fotografía aérea en la que el avión no volaba en
dirección Norte–Sur o perpendicular, o una porción de un mapa escaneado que
no tiene tampoco esa orientación). En tal caso, y puesto que los SIG trabajan en
general con tal orientación en sus representaciones y a la hora de incorporar capas
ráster, nos encontraremos con situaciones como la mostrada en la figura 5.6

Figura 5.6: Aunque la zona de estudio no tenga orientación Norte–Sur, los SIG trabajan
habitualmente con esta orientación, y las imágenes deben adecuarse a ello.

En ella vemos cómo la orientación de la banda de estudio recogida es distinta


de la Norte–Sur de la imagen, lo cual, unido a la forma rectangular que ha de tener
Modelos para la información geográfica 89

dicha imagen, causa la aparición de zonas sin información (en negro). Esto implica
por una parte la necesidad de almacenar un gran número de valores sin interés,
y por otra la necesidad de especificar de algún modo que todas esas celdas que
aparecen en negro en la imagen son realmente celdas para las cuales no se dispone
de información. Esto último se suele llevar a cabo mediante la definición de un
valor arbitrario que indique la falta de datos (denominado generalmente valor de
sin datos), que codifica tal situación, de tal modo que pueden ignorarse las celdas
con dicho valor a la hora de representar o analizar la capa ráster en cuestión.
El otro parámetro necesario junto con la orientación de la malla y la situación
geográfica de una de sus celdas es el denominado tamaño de celda o tamaño de píxel,
también conocido como resolución, pues, en efecto, su magnitud define la resolución
de la capa. Un tamaño de celda mayor implica una menor resolución, y viceversa.
Además de servir para el cálculo de coordenadas de las celdas y definir la
estructura de la malla, el tamaño de celda permite calcular áreas, ya que establece
el área ocupada por cada celda. Asimismo, y como aspecto más relevante, el tamaño
de celda determina la precisión con la que se recoge una variable dentro de una
capa ráster, y puede considerarse como el equivalente conceptual a la escala de
dicha capa. Por esta razón, es importante trabajar con capas ráster de un tamaño
de celda adecuado para el tipo de análisis o tarea que quiera desarrollarse.
Así, un análisis microtopográfico en el cual resulta necesario registrar la va-
riación del relieve a pequeña escala no puede llevarse a cabo con una capa de
elevaciones con tamaño de celda de 100 metros, ya que toda la variabilidad menor a
esos 100 metros se pierde. No debe olvidarse que cada celda registra un único valor
de la variable, y esta se considera constante dentro de dicha celda. Un tamaño de
100 metros implicaría la recogida de un único valor para cada hectárea de terreno,
lo cual no es suficiente en este caso.
Muchos son los factores que influyen en el tamaño de celda de una capa ráster,
entre ellos las características de los datos iniciales con los que se ha creado dicha
capa o los medios particulares con que estos han sido recogidos. En la figura
5.7 pueden observarse dos imágenes aéreas del juego de datos de ejemplo (las
imágenes son un tipo particular de capa ráster, como en breve veremos), con
distinta resolución. Esta, al ser distinta, las hace válidas para uno u otro tipo de
uso. Vemos claramente que en en la imagen en blanco y negro (cuyo tamaño de
píxel es de 5 metros) se distinguen las distintas áreas de cultivo, mientras que en
la imagen en color (con tamaño de píxel de 25 metros), estos no se distinguen.
Todos aquellos análisis que requieran disponer de información por debajo de esos
25 metros, no podrán ser llevados a cabo con esta última imagen.
Para el caso de capas ráster de variables continuas, en la sección 13.2.8 se da
información detallada sobre cómo definir el tamaño de celda óptimo a la hora de
crear estas a partir de datos de otra clase tales como datos vectoriales.
Una vez conocemos el formato ráster, podemos relacionarlo con lo que ya
hemos visto relativo a los modelos geográficos. En primer lugar, y por sus propias
90 Sistemas de Información Geográfica

Figura 5.7: Imágenes de diferente resolución en función del sensor con que han sido
obtenidas. Al tener distintos tamaños de píxel, servirán para distintos usos dentro de un SIG.

características, puede pensarse que la representación ráster es más adecuada para


variables de tipo continuo que varían a su vez de forma continua en el espacio
geográfico. Es decir, es más próxima al modelo geográfico de campos que al de
entidades discretas. Esto es así debido principalmente a que una capa ráster cubre
todo el espacio, y ello favorece el estudio de dicha variabilidad. No obstante, no
debe considerarse que el ámbito de las variables continuas y los campos es exclusivo
de las capas ráster. De hecho, de las cuatro representaciones mostradas para el
caso de la elevación, solo una de ellas es de tipo ráster.
Sí es cierto, no obstante, que el formato ráster es especialmente adecuado para
el análisis de la información geográfica, en especial cuando esta es de tipo continuo.
Esto es así porque el principal elemento de las capas ráster es, como ya se ha dicho,
su estructura sistemática. Si a esta le unimos la regularidad que se presenta en la
forma más extendida de representación ráster (la de celdas cuadradas regulares),
tenemos un modelo óptimo para el análisis, que simplifica en gran medida este
y hace más sencilla la implementación de los algoritmos correspondientes. Es por
ello que, tradicionalmente, los SIG con mayor soporte para datos ráster han sido
aquellos que presentaban a su vez un mayor número de funcionalidades de análisis
en áreas tales como el estudio del relieve, el análisis de costes u otros similares.
No obstante, ello no restringe el alcance del formato. Variables que no resul-
ta tan óptimo concebir como campos, tales como una red vial, también puede
expresarse como una capa ráster, como hemos visto en la figura 5.2.

El caso de las imágenes


Un caso especial de capa ráster son las imágenes, de las que hemos visto ya un
ejemplo al tratar el tamaño de celda. Tanto si estas proceden de un sensor digital
o bien han sido escaneadas, los sensores correspondientes generan una estructura
en forma de malla que se ajusta al modelo de representación ráster. Este hecho
tiene gran importancia, pues facilita el análisis conjunto de imágenes y capas de
Modelos para la información geográfica 91

datos con otro tipo de información, haciendo que este sea sumamente más sencillo,
al compartir el modelo de representación.
Mientras que, como hemos visto en los ejemplos, una misma información se
puede recoger en formatos ráster y vectorial, las imágenes se recogen únicamente
en formato ráster, tanto por ser ese modelo mucho más adecuado, como por ser
mucho más coherente con el tipo de información y la procedencia de esta.
El concepto de celda en una malla ráster es el equivalente al de píxel3 , bien
conocido en el campo de las imágenes digitales. Así, cuando decimos que una
cámara digital tiene tres megapíxeles, queremos decir que captura un total de tres
millones de píxeles. De otra forma, la malla ráster que se genera tiene tres millones
de celdas. Las imágenes con las que trabajamos en un SIG no se diferencian de
las que tomamos con una cámara digital, salvo en el hecho particular de que
representan una porción de terreno dentro de un sistema de coordenadas dado,
pero la estructura es la misma: una malla de celdas (píxeles).
Otra particularidad de las imágenes es la presencia de bandas. Los valores reco-
gidos en las imágenes indican de forma general la reflectancia en una determinada
longitud de onda (esto se explica con mayor detalle en los capítulos 6 y 16). Puesto
que el espectro de radiación puede subdividirse en distintos grupos, los sensores
que toman estas imágenes recogen varias capas, una para cada uno de estos grupos.
En lugar de almacenarse como un conjunto de capas separadas, es más frecuente
que lo hagan en una única que contiene varias bandas, es decir, varios niveles
distintos, cada uno de los cuales podría constituir por sí mismo una capa ráster.
Se trata de una diferencia más de tipo formal, pero de cierta importancia,
puesto que no todos los SIG están preparados para manejar capas ráster con
independencia de su número de capas. Imágenes con una única banda, o tres, son
habituales y soportadas en la mayoría de implementaciones, mientras que números
mayores de bandas no se encuentran soportados en muchos programas.
Todos estos conceptos se extenderán en el capítulo 6.

5.3.2. Modelo vectorial


El otro modelo principal de representación es el modelo vectorial. En este
modelo, no existen unidades fundamentales que dividen la zona recogida, sino que
se recoge la variabilidad y características de esta mediante entidades geométricas,
para cada una de las cuales dichas características son constantes. La forma de
estas entidades (su frontera), se codifica de modo explicito, a diferencia del modelo
ráster, donde venía implícita en la propia estructura de la malla.
Si el modelo ráster era similar al modelo conceptual de campos, el vectorial
lo es al de entidades discretas, pues modeliza el espacio geográfico mediante una
serie de primitivas geométricas que contienen los elementos más destacados de
dicho espacio. Estas primitivas son de tres tipos: puntos, líneas y polígonos.
3
acrónimo de picture element
92 Sistemas de Información Geográfica

Figura 5.8: Primitivas geométricas en el modelo de representación vectorial y ejemplos


particulares de cada una de ellas con atributos asociados

Utilizando puntos, líneas o polígonos, puede modelizarse el espacio geográfico


si se asocia a estas geometrías una serie de valores definitorios. La componente
espacial de la información queda así en la propia primitiva (recoge la forma, po-
sición y otras propiedades espaciales), y la componente temática queda en dichos
valores asociados (Figura 5.8).
A la hora de definir las formas geométricas básicas, todas ellas pueden reducirse
en última instancia a puntos. Así, las lineas son un conjunto de puntos interco-
nectados en un determinado orden, y los polígonos son líneas cerradas, también
expresables por tanto como una serie de puntos. Todo elemento del espacio geográ-
fico queda definido, pues, por una serie de puntos que determinan sus propiedades
espaciales y una serie de valores asociados.
Una única entidad (para la cual existirá un único conjunto de valores asociados)
puede contener varias primitivas. Así, en un mapa mundial en que cada entidad
represente un país, y tal y como se ve en la figura 5.9, países como Canadá estarán
representados por más de un polígono, pues no puede recogerse todo su territorio
mediante uno único. Todos estos polígonos constituyen una única entidad, ya que
todos perteneces al mismo país y tendrán el mismo conjunto de valores asociados.
Otro caso particular en las capas de polígonos son aquellos polígonos con islas
(huecos). En este caso, se registran de la misma forma que en el caso de varios
polígonos disjuntos. Se recogen los propios huecos como polígonos independientes,
pero recogiendo de algún modo también la circunstancia de que estos polígonos
no se suman a los polígonos existentes en esa entidad, sino que se restan. Así es,
Modelos para la información geográfica 93

Figura 5.9: Casos particulares de polígonos: a) varios polígonos disjuntos en una misma
entidad (en este caso, mismo país), b) Polígonos con islas (huecos).

por ejemplo, para el caso del área total de polígonos de una única entidad, ya que
el área del hueco debe ser restada de la total.
En la figura anterior, vemos como Sudáfrica presenta esta situación, ya que
dentro del territorio del país hay zonas aislada que no pertenece a Sudáfrica, como
por ejemplo la que constituye el Reino de Lesotho.
Como se muestra en la figura 5.10, el conjunto del territorio ocupado por Sudáfri-
ca y las zonas interiores que no pertenecen al país no puede verse como un conjunto
de polígonos sin más. Para representar Sudáfrica de forma aislada es necesario «res-
tar» del polígono que engloba todo el territorio los polígonos respectivos a los países
interiores. De no hacerlo así, un cálculo sencillo tal y como el del área de dicho país
arrojará un resultado erróneo, pues considerará igualmente estas zonas interiores.
En realidad, los huecos se registran como polígonos disjuntos que pertenecen a
la entidad, aunque en lugar de representar un territorio que se añade, representan
uno que se «quita». Una forma habitual de hacer esto es almacenar las coordenadas
de los vértices de estos polígonos interiores en sentido inverso, de tal modo que
su área es negativa. De esta forma, la suma total del área de los polígonos de la
entidad es igual al área buscada4 .
Dentro de un SIG, una capa vectorial puede contener un único tipo de primitiva.
Así, tenemos capas vectoriales de puntos, de líneas y de polígonos, respectivamente.
4
La fórmula empleada para el cálculo del área de un polígono se expone en la página 253

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