Lit Policial - Secundaria-Ciclo-Básico-Lengua
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la literatura policial
El género policial
Ciclo básico del Nivel Secundario
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La intriga, la ansiedad propia de una intriga que pronto se va a develar, mantiene los ojos
abiertos, la expectativa del lector en páginas que avanzan con rapidez, que se recorren con
ansiedad. Hay un enigma, un crimen, un robo. Hay huellas, pistas y algunas claves. Hay cierta
incertidumbre por comprender lo que se intuye de lejos, lo que se sospecha, por develar el
desenlace de una trama que navega entre acertijos y persecuciones. Es el placer de la
lectura de un género que supo hacer de la búsqueda del saber su motivo privilegiado: la
literatura policial.
Al norteamericano Poe, lo sucederán los escritores ingleses Arthur Conan Doyle (1859-1930),
con la novela Un estudio en escarlata (1887) y las famosas Aventuras de Sherlock Holmes;
Gilbert K. Chesterton (1874-1936), con los cuentos de la serie El candor del Padre Brown y
Agatha Christie (1891-1976). Estos cuentos y novelas serán reconocidas como un tipo
específico dentro del género: el policial de enigma.
Durante el siglo XX, más precisamente en la década del ’30, en los EE.UU., tiene lugar una
crisis económica, producida por la caída de la bolsa de Wall Street. En el marco de esa crisis,
se suceden una serie de huelgas y aumenta la desocupación. Crece la corrupción y aparecen
los matones y los gánsteres. El crimen se convierte en un negocio, pues permite obtener
importantes ganancias con rapidez y el delito se organiza en grupos mafiosos o bandas que
obedecen a un jefe. La ciudad se ha convertido en un sitio hostil, la
violencia rueda por las calles y el detective se sumerge en ellas. En ese
contexto, los escritores
relatan historias que denuncian esa realidad, muestran los hechos y los
valores que caracterizan esa sociedad y la critican. Surge, entonces, un
nuevo tipo de relato: el policial negro. El cuento “Los asesinos”, del
norteamericano Ernst Hemingway se considera el inicio de este nuevo
género. Otros autores de novelas y cuentos, comprendidos dentro del
policial negro, son Dashiell Hammett (1894-1961) y Raymond Chandler
(1888-1959).
Ernst Hemingway (1899-1961)
En nuestro país, hasta las décadas del 40 y 50, la literatura policial goza de poco prestigio: se
la relega como una literatura menor, consumida en su mayoría por lectores de clases
populares. En 1945, cuando Jorge L. Borges y Adolfo Bioy Casares fundan la Colección El
Séptimo Círculo, comienza a difundirse el género, centrándose en el policial de enigma. La
primera antología de autores locales fue compilada en 1953 por el escritor Rodolfo Walsh:
Diez cuentos policiales argentinos.
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Del cuarto cerrado a la acción: el detective
El detective es el personaje central de la literatura policial. Es el que toma a su cargo el caso y
lo resuelve; el que descifra el enigma, descubre al criminal y lo atrapa. Es el protagonista de la
historia. Pero así como existen dos tipos básicos de relatos policiales, en cada uno, los
detectives tienen sus características propias.
En el policial de enigma, el investigador es un personaje que puede ver más allá de todo y de
todos: es inteligente y sagaz, es analítico y observador. Para él, el caso se presenta como un
desafío, un reto. No saldrá a las calles a perseguir a nadie: escuchará testimonios, leerá los
periódicos, examinará el lugar de los hechos buscando indicios. Es el jugador experto de los
juegos de ingenio: le basta un cuarto cerrado y disponerse a pensar.
Un infaltable ayudante lo acompaña, una pareja que aporta la torpeza, la lentitud de
pensamiento, pero que hace posible que el ingenio del detective brille. Este modelo de
investigador (o investigador modelo) es Sherlock Holmes, siempre escoltado por Watson, en
las narraciones de Arthur C. Doyle; es el padre Brown y su compañero Flambeau, en los
relatos de Gilbert K. Chesterton; es Auguste Dupin, en los cuentos de Edgar Allan Poe.
En el policial negro, en cambio, el detective es parte de las calles, pertenece a ese mundo, lo
conoce. Es el detective de la acción, el que persigue al delincuente, el que tropieza con la
violencia y dispara; el que tarda en darse cuenta, el que se equivoca, el que se pierde, pero
finalmente, a fuerza de recorrer callejones y encontrarse entremezclado en peleas, logra
acceder a la verdad. Es Philip Marlowe de Raymond Chandler en Adiós muñeca o El largo
adiós; es Sam Spade de Dashiell Hammett, en Cosecha roja o El halcón maltés.
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El policial de enigma: el eterno misterio
En el policial de enigma –el relato policial de Edgar A. Poe o las novelas de A. Conan Doyle– el
delito se presenta como un enigma: un misterio aparentemente inexplicable, un secreto que
esconde dentro sí su propia clave, un acertijo. La solución no hay que ir a buscarla a otro lado:
hay que saber leer las pistas, hay que distinguir las huellas, hay que anudar los indicios con
inteligencia. El detective, el que sabe ver y por lo tanto descifrar, es el que puede lograrlo: el
que averigua qué sucedió realmente. Si un sobretodo y una pipa lo caracterizan, la lupa –que
suele acompañar muchas tapas de libros de la literatura policial– es el símbolo de esa actitud
que se detiene en los detalles, que sabe observar, elaborar hipótesis y deducir qué sucedió.
El caso suele resultar inexplicable para la policía o los agentes que deben encargarse de él. Y
reconociéndose incompetentes para develarlo, convocan al detective sagaz. El ejemplo más
emblemático de enigma a resolver es un asesinato que tiene lugar en un cuarto cuyas puertas
y ventanas se encuentran cerradas. Si hubo un asesino, ¿cómo logró escapar y cerrar el
cuarto desde adentro? De ahí que los cuentos y novelas de enigma suelan denominarse como
relatos “a puertas cerradas”.
La novela o el cuento se inician con una muerte o un delito que ya se ha cometido, pero que
no se comprende. Nadie sabe cómo resolverlo. Se abre, entonces, la historia de la
investigación y comienza el minucioso seguimiento del detective: el análisis de los
pormenores que la policía le comunica, su propia lectura atenta de los hechos. Esa historia
concluye, más adelante, cuando el investigador anuncia que ha resuelto el enigma y, por lo
general, el resto de los personajes se dan cita para escucharlo. Entre ellos, casi siempre,
estará presente el culpable.
Una vez que todos los personajes están reunidos, el detective expondrá su versión de los
acontecimientos. El relato, entonces, vuelve atrás en el tiempo y, través de esa retrospección
o analepsis, se narra la historia del crimen, esto es, se reconstruye el caso.
En ocasiones, haciendo gala de su ingenio, el detective explicará incluso los razonamientos
falsos, las pistas que tuvo que descartar. Pero no se trata del descuido de mostrar los errores:
es un modo de evidenciar la capacidad de descartarlos, de abandonar las pistas falsas, de
sostener el razonamiento adecuado sabiendo elegir qué camino tomar. Y en la mayoría de los
relatos, la narración quedará a cargo del compañero del detective, el fiel ayudante que lo
acompaña durante el proceso de investigación.
Esos serán los rasgos principales que van a distinguir al policial de enigma: un delito que ya se
ha cometido cuando el texto se inicia; una historia de la investigación, que narra la búsqueda
de los indicios, de las pistas; una historia del crimen, que regresa al pasado para contar lo que
‘había sucedido antes’ y, así, presentar la resolución del caso.
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Leer como detectives, seguir las pistas conoce un delito que se ha cometido. A
medida que se desarrolle la historia de la
Cuando comienza un relato policial, el lector
investigación, sigue de cerca las pistas que el ∙ A la inversa, el personaje que se presenta
detective va descubriendo: presta atención a como el más inocente suele estar involucrado
los detalles, a las descripciones del escenario en el delito. Es más útil sospechar de los
donde se produjo el delito, ya sea un robo o personajes cándidos.
un asesinato; registra los datos temporales ∙ Uno o dos detalles, aparentemente triviales o
que ubican a los personajes en ciertos lugares insignificantes, suelen ser la clave para la
o les ofrecen una coartada en la que resolución. Desde la primera línea del texto,
ampararse. Así, va acumulando indicios y conviene no perder de vista ningún detalle.
armando sus propias deducciones para
Desde la Revolución francesa, se desarrollan una serie de controles que afectan a la vida
de las personas. Las personas deben ser identificadas claramente y, para ello, se
implementan medidas técnicas que permitan, por ejemplo, reconocer a una persona por
su firma. La invención de la fotografía, para la criminalística, hace posible retener las
huellas de un hombre.
Así, “las historias detectivescas surgen en el instante en que se asegura
esta conquista, la más incisiva de todas, sobre el incógnito del hombre”
(Benjamin, 1980). Se pretende que las personas, su identidad, dejen de ser
un misterio: que nadie se oculte más.
En 1891, el policía argentino Juan Vucetich hizo las primeras fichas dactilares.
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El policial negro: las peligrosas calles, la violenta noche
En los relatos del policial negro, el crimen (o los crímenes, pues en ocasiones se trata de una
serie de delitos) suele ser violento, peligroso, conflictivo, tanto como la sociedad que se
describe, corrupta y gobernada por leyes diferentes a las de la simple razón. El poder y el
dinero tejen una compleja trama de intereses detrás de la cual crecen la mafia, las
complicidades, las traiciones. El investigador, inmerso en las calles, se involucra, se expone:
expone el cuerpo y resulta herido. No tiene otra opción, pues no investiga motivado por la
curiosidad o dispuesto a ejercitar su inteligencia. Es su trabajo. La ciudad es, ahora, un campo
minado; sobrevive el más fuerte, el que tiene más experiencia. La moral se enfrenta al dinero,
y el crimen, a veces, se paga caro.
Cuando la acción comienza a rodar, el relato avanza a velocidad. Las novelas y cuentos del
policial negro suelen progresar con rapidez: los diálogos abundan y la narración fluye. El
lector ya no se detiene en razonamientos deductivos: la lectura corre paralela a la historia.
A diferencia del policial de enigma, la novela negra no relata dos historias, más bien las
fusiona: la historia de la investigación sucede al mismo tiempo que la historia de los crímenes.
Ya no se narra un delito o un crimen que ha sucedido antes de que comience el relato. El
relato coincide con la acción.
El halcón maltés y Cosecha roja serán las novelas más famosas del norteamericano Dashiell
Hammett, novelas en las que se presenta al detective Sam Spade. El sueño eterno, El largo
adiós y Adiós, muñeca, las novelas de Raymond Chandler, con Philip Marlowe como
protagonista.
De la Ley Seca a Los intocables
En enero de 1920, en los EE.UU, se sanciona la denominada “Ley seca”. La Ley seca (o
Ley Vostead) prohibía la fabricación, el transporte y la venta de bebidas alcohólicas.
La prohibición provocó que comenzaran a prosperar los
bares clandestinos y el contrabando ilegal. Las bandas
organizadas de criminales y mafiosos controlarán ese
submundo ilegal y se origina un período en el que la
violencia rueda en las calles. Chicago será una famosa sede
del contrabando de licor y el enfrentamiento diario de
gángsteres. Entre los más renombrados, Al Capone –también
conocido como Scarface, por la cicatriz en su cara–
introducía ron desde Canadá. Agentes que confiscan y desechan bebidas clandestinas. El
gobierno crea una agencia para hacer cumplir la ley y perseguir a los mafiosos y
contrabandistas. Será Eliot Ness quien, finalmente, capture a Al Capone en la década
del 30’. La acusación que lograron probarle: una ‘simple’ evasión de impuestos. Tal fue
la popularidad de estos personajes que pasaron a la historia en series de televisión y
versiones cinematográficas de Los intocables.
La Ley seca se deroga en 1933.
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En nuestro país, el reconocimiento del género se hizo esperar. Recién en 1969, cuando el
escritor argentino Ricardo Piglia publica y dirige la colección Serie Negra, comienzan a
reeditarse novelas que, hasta entonces, sólo habían circulado en quioscos de diarios y
revistas, o en ediciones económicas de escasa difusión.
La serie negra: una antología del policial negro
“¿Cómo definir ese género policial al que hemos convenido en llamar de la serie negra
según el título de una colección francesa? A primera vista parece una especie híbrida, sin
límites precisos, difícil de caracterizar, en la que es posible incluir los relatos más
diversos. Basta leer La jungla de asfalto de Burnett, ¿Acaso no matan a los caballos? de
McCoy, El cartero llama dos veces de Cain, El largo adiós de Chandler o La maldición de
los Dain de Hammett (citando solamente los mejores libros de los autores incluidos en
esta antología) para comprender que es difícil encontrar aquello que los unifica (…).
Determinado, en el comienzo, por su diferencia con la policial clásica, el género
encuentra allí, provisoriamente, su unidad. Así podemos empezar a analizar esos relatos
por lo que no son: no son narraciones policiales clásicas, con enigma, y si se los lee
desde esa óptica (como hace, por ejemplo, Jorge Luis Borges) son malas novelas
policiales.
Lo que en principio une a los relatos de la serie negra y los diferencia de la policial
clásica es un trabajo diferente con la determinación y la causalidad. La policial inglesa
separa el crimen de su motivación social. El delito es tratado como un problema
matemático y el crimen es siempre lo otro de la razón (…).
Los relatos de la serie negra (los thriller como los llaman en Estados Unidos) vienen
justamente a narrar lo que excluye y censura la novela policial clásica. Ya no hay misterio
alguno en la causalidad: asesinatos, robos, estafas, extorsiones, la cadena siempre es
económica. El dinero que legisla la moral y sostiene la ley es la única razón de estos
relatos donde todo se paga (…). Todo está corrompido y esa sociedad (y su ámbito
privilegiado: la ciudad) es una jungla: “el autor realista de novelas policiales (escribe
Chandler en El simple arte de matar) habla de un mundo en el que los gángsters pueden
dirigir países; un mundo en el que un juez que tiene una bodega clandestina llena de
alcohol puede enviar a la cárcel a un hombre apresado con una botella de whisky
encima. Es un mundo que no huele bien, pero es el mundo en el que usted vive. No es
extraño que un hombre sea asesinado pero es extraño que su muerte sea la marca de lo
que llamamos civilización”.
(…) Así, mientras en la policial clásica todo se resuelve a partir de una secuencia lógica
de hipótesis, deducciones con el detective inmóvil, representación pura de la
inteligencia analítica (…), en la novela policial norteamericana parece haber otro criterio
de verdad que la experiencia: el investigador se lanza, ciegamente, al encuentro de los
hechos, se deja llevar por los acontecimientos y su investigación produce, fatalmente,
nuevos crímenes. El desciframiento avanza de un crimen a otro; el lenguaje de la acción
es narrado por el cuerpo y el detective, antes que descubrimientos, produce pruebas”.
Piglia, Ricardo (1979). “Introducción”. En: Cuentos de la serie negra.
Buenos Aires: CEAL (fragmento).
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El relato policial argentino
1942 es una fecha clave para el policial argentino. Ese año, Jorge Luis Borges publica el cuento
“La muerte y la brújula” en la revista Sur. Y junto con A. Bioy Casares, Seis problemas para don
Isidro Parodi, que firman con el seudónimo Honorio Bustos Domecq. Este último es un libro
de relatos en los que el caso –siempre un enigma difícil de resolver– lo desentraña Isidro
Parodi, un preso detenido en la cárcel por un crimen que no cometió. Las historias llevan al
extremo la situación narrativa planteada en el policial de enigma: un “investigador” que, sin
moverse de su celda, a partir de la minuciosa lectura de los datos que le ofrecen, es capaz de
develar el misterioso y difícil caso.
Varios serán los escritores que exploren el género dentro de la variante del policial de enigma.
El investigador argentino, el personaje local que se encargue de la resolución estará
encarnado en la figura del comisario. Ya no será un atildado aristócrata como en el policial
inglés. En nuestros ejemplos literarios, el comisario –casi siempre jubilado o ya retirado– se
dará cita en un bar para recordar –y contar– un caso que supo resolver en el pasado a un
periodista o a un escritor que lo escuchará con atención. Y el relato permitirá entrever la
inteligencia práctica de un personaje que cuenta con experiencia y con cierta sensibilidad
para conocer la naturaleza humana. Don Frutos Gómez, en los cuentos de Ayala Gauna, y
Laurenzi, en los relatos de Rodolfo Walsh son ejemplos de esos comisarios.
La voz del comisario: el inicio de un cuento
“–Yo, a lo último, no servía para comisario –dijo Laurenzi, tomando el café que se le
había enfriado–. Estaba viendo las cosas, y no quería verlas. Los problemas en que se
mete la gente, y la manera que tiene de resolverlos, y la forma en que yo los habría
resuelto. Eso, sobre todo. Vea, es mejor poner los zapatos sobre el escritorio, como en el
biógrafo, que las propias ideas. Yo notaba que me iba poniendo flojo, y era porque
quería pensar, ponerme en el lugar de los demás, hacerme cargo. Y así hice dos o tres
macanas, hasta que me jubilé. Una de esas macanas es la que le voy a contar”.
Así comienza “En defensa propia”, uno de los cuentos policiales de Rodolfo Walsh.
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La primera antología de cuentos policiales argentinos
NOTICIA
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En la literatura argentina, algunos relatos del policial negro
En una suerte de homenaje al policial negro, en 1973, Osvaldo Soriano publica Triste, solitario y final,
una novela en la que el mítico investigador Philip Marlowe será el protagonista. La novela también
entremezcla el humor, pues el caso que debe resolver se presenta a través de Stan Laurel, el Flaco de
la serie Laurel y Hardy, más conocida como El Gordo y el Flaco. Marlowe, ya en el ocaso de su carrera,
recibe a Laurel para que averigüe por qué nadie lo convoca para trabajar.
Ese mismo año, Juan Carlos Martini, publica El agua en los pulmones, un policial negro cuya historia
transcurre en la ciudad de Rosario. Y en 1983, Juan Sasturain escribe en forma de folletín Manual de
perdedores. A través de entregas que se publicaban en el diario La Voz, el detective, Julio Argentino
Etchenike, resolvía casos en el marco de la violenta dictadura.
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Bibliografía
Benjamin, Walter (1980). Poesía y capitalismo. Iluminaciones II. Madrid: Taurus.
Lafforgue, Jorge y Rivera Jorge (1977). Asesinos de papel. Buenos Aires: Calicanto.
-------------- (1982). “Narrativa policial en la Argentina”. En: Historia de la literatura
argentina. Tomo 5. Buenos Aires: CEAL.
Link, Daniel (1992) (comp.) El juego de los cautos. La literatura policial: De Poe al caso
Giubileo. Buenos Aires: La Marca.
Pate Janet (1978). El libro de los detectives. Buenos Aires: Huemul.
Piglia, Ricardo (1979). “Introducción”. En: Cuentos de la serie negra. Buenos Aires:
CEAL. Rivera, Jorge (1986) (comp.) El relato policial en la Argentina. Buenos Aires:
Eudeba.
Todorov, Tzvetan (1974). “Tipología de la novela policial”. En: Revista Fausto, año III, No.14,
mar-abr, 1974.
Walsh, Rodolfo (1953) (comp.). Diez cuentos policiales argentinos. Buenos Aires, Hachette.
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Página 2. Hemingway
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