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Santiago Ibero: Infancia y Aventura

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EPISODIOS NACIONALES

PRIM
Es propiedad. Queda hecho
el depósitoque marca la ley.
Serán furtivos los ejempla-
res que no lleven el sello del

autor.
B. PÉREZ GALDÓS ,

EPISODIOS NACIONALES
CUARTA SERIE

PRIM
15.000

PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA


(Sucesores de Hernando)
A-renal, 11
1906
I£ST. T1P. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.

Carrera de San Francisco, 4.


PRIM
I

El primogénito de Santiago Ibero y de


Gracia, la señorita menor de Castro- Amé-
zaga, fué desde su niñez un caso inaudito
de voluntad indómita y de ñera energía.
Contaban que á su nodriza no tenía nin-
gún respeto, y que la martirizaba con pe-
llizcos, mordeduras y patadit as; decían tam-
bién que le destetaron con jamón crudo y
vino rancio. Pero éstas son necias y vulga-
res hablillas que la historia recoge, sin otro
fin que adornar pintorescamente el fondo
de sus cuadros con las tintas chillonas de
la opinión. Lo que sí resulta probado es que
en sus primeros juegos de muchacho fué
Santiaguito impetuoso y de audaz acometi-
miento. Si sus padres le retenían en casa,
lindamente se escabullía ppr cualquier ven-
tana ó tragaluz, corriendo á la diversión sol-
dadesca con los chicos del pueblo. Capitán
era siempre; á todos pegaba; á los más re-
beldes metía pronto y duramente dentro del
6 B. PÉREZ GALDÓS
puño de su infantil autoridad. Ante él y la
banda que le seguía, temblaban los vecinos
en sus casas; temblaba la fruta en el frondo-
so arbolado de las huertas. La vagancia in-
fantil se engrandecía, se virilizaba, adqui-
riendo el carácter y honores de bandole-
rismo.
Desvivíanse los padres por apartar al chi-
co de aquella gandulería desenfrenada, y
aplicarle á las enseñanzas que habían de
poner en cultivo su salvaje entendimiento;
pero á duras penas lograron que aprendiese
á leer de corrido, á escribir de plumada gor-
da, y á contar sin valerse de los dedos. Y
aunque en todo estudio manifestaba des-
pejo y fácil asimilación, el apego instintivo
á la vida correntona y á los azares de la bra-
veza dificultaba en su rudo caletre la en-
trada de los conocimientos.
No concordaban los padres en el mejor
método para enderezar el alma torcida de
Santiago, desacuerdo que provenía de la
distinta naturaleza y gustos de uno y otro.
Gracia, que en su marido amaba al hombre
fuerte y violento, no quería privar al chico
de las cualidades más relacionadas con la
virilidad. El padre, que amó en su esposa la
delicadeza y la ternura, quería que también
su hijo fuese tierno y delicado, cualidades
que, transmitidas por la madre á la descen-
dencia masculina, habían de ser manse-
dumbre, sensatez y aplicación á toda suer-
te de estudios. Más conspicua que los hom-
bres y siempre soberana, la Naturaleza hizo
PBIM 7

al hijosemejante al padre, que en su moce-


dad y en aquellos mismos lugares había
sido de la piel del demonio. Gracia y la Na-
turaleza estaban en lo cierto. El hijo segun-
do, Pernandito, modoso, cosido siempre á
las faldas de la mamá, parecía cortadito
para la carrera eclesiástica, y la niña De-
metria, de opulenta complexión sanguínea,
morenucha, saltona, los ojos como centellas,
Yenía sin duda al mundo para dar de sí una
vigorosa empolladura de Iberos bien braga-
dos. El genio criador de la raza mira siem-
pre por sus criaturas.
No había cumplido el Ibero pequeño diez
y ocho años, cuando fué acometido de terri-
bles calenturas que le pusieron á dos dedos
de la muerte. De milagro se salvó, quedan-
do su naturaleza tan destrozada por los efec-
tos del veneno tífico, que se le perdió toda
la bravura. Con su voluntad desmayó su
memoria, y olvidado de haber sido león,
vegetaba ceñudo y perezoso como un perro
inválido que ha olvidado hasta los rudimen-
tos del ladrido. Se pasaba los días enteros
sin hablar palabra, y su mirada vagaba in-
cierta por semblantes y cosas, no poniendo
más interés en lo vivo que en lo inanima-
do. Como este lastimoso estupor se prolon-
gara meses después de la convalecencia, y
además sobreviniesen estados transitorios
de inquietud, en los que el pobre mancebo
echaba de su boca expresiones disparata-
das ó incongruentes, determinaron los pa-
dres llamar á consulta á los profesores fa-
8 B." PÉREZ GALIBOS
cultativos de más crédito en aquellos con-
tornos.
El jubileo de médicos animó por cuatro
días las calles de Samaniego, y avivó el chis-
morreo de las ancianas que hilaban á prima
noche en los poyos de las cocinas. Los doc-
tores de Oyón y de La Guardia opinaron
que Santiaguito estaba tonto, y que para
traerle á la discreción no había mejor tra-
tamiento que los baños de mar. Los sabios
de Vitoria y Salvatierra calificaron de lo-
cura la enfermedad, aconsejando el aisla-
miento, si no en casa de orates, en un lugar
de montaña recogido y salubre. Estos y otros
pareceres colmaron las dudas y confusión de
los afligidos padres. Por fortuna, se les me-
tió por las puertas, en los días déla consul-
ta, don Tadeo Baranda, eclesiástico, primo
carnal de Santiago Ibero por parte de madre,
varón sesudo, leído, verboso, que presumía
de poseer acción rapidísima para juzgar y
resolver todas las dificultades. Si grata era
siempre la visita del- primo, en aquella sa-
zón vino el tal como caído del cielo; y la so-
lución que propuso á los padres del chico
Aló tan del gusto de éstos, que al punto la
ñicieron suya, y previnieron lo preciso para
realizarla sin demora. Harto sencillo y ele-
mental era el plan curativo de don Tadeo:
llevarse consigo al pobre loquinario, ton-
taina ó lo que fuese. Con una temporadita
de verano y otoño en la plácida residencia
patriarcal que el buen señor poseía en la
histórica ciudad de Nájera, quedaría el bo-
FRIM 9

bito bien reparado del caletre y con más ta-


lento que Salomón.
Era don Tadeo capellán mayor de San-
el
ta María, rico por su casa, como heredera
del cura de Paganos, don Matías Baranda.
Su vida era honesta y cómoda, feliz aleación
de virtudes y riqueza; daba al trato social
tanto como á Dios ó poco menos; comía casi
siempre con amigos; ponía especial esmero
en sortear las disputas políticas y religio-
sas, y con esto y su buena mesa logró ser
bien quisto de liberales y estimado de fac-
ciosos; salía de caza con buen tiempo, y el
malo reservábalo para la lectura; hacía el
reparto de estas dos nobles aficiones con tal
escrúpulo, que el hombre se ilustraba más
cuantos más días de lluvia viniesen en el
año. Su biblioteca era escogida, de libros gra-
ves y profanos, prevaleciendo los de historia,
con algo de poesía, poco de novela, y tal
cual centón enciclopédico de los que sumi-
nistran fáciles toques de sabiduría. Lo pri-
mero que hizo con el pobre chico de cuya
cura se había encargado fué someterle, por
vía de prueba, á las dos aficiones de caza y
lectura, para observar cuál de las dos con-
quistaba más intensamente el ánimo del
enfermo.
Empezó Santiaguín por tomar muy á gus-
to los trajines de caza y pesca. Pero vino
temporal frío y húmedo, y don Tadeo metió
al sobrino en la biblioteca. Cautivado desde
el primer día por la lectura, en ella zambu-
lló su atención tan locamente, que no había
10 B. PÉBBZ GALDÓS
medio de sacarle del mar hondo de las letras
de molde. Pensó Baranda, viéndole tan apli-
cado, que por allí vendría la salud de la mo-
llera, y no puso límites al atracón de lectu-
ra. El á echarle libros y más libros, historias
y más historias, y el enfermo á devorarlo
todo sin hartarse jamás. La Conquista de
Méjico referida con retórica pompa y ador-
y

no por Solís, colmó el entusiasmo de San-


tiaguito, que no contento con leerla una
vez, le dió segunda y tercera pasada, y aun
se aprendió de memoria alguna de las in-
fladas arengas que en aquel libro, como en
otros de su clase y estilo, tanto abundan.
El cerebro del joven, que ya venía reca-
lentado con las Guerras civiles de Grana-
da, de Hita; con la Expedición de catalanes
y aragoneses, por Moneada, y otras historias
ó fábulas de extranjeros y nacionales á cual
más seductora, llegó á encenderse hasta el
rojo con las increíbles hazañas de Hernán
Cortés, y de ensueño en ensueño, ó de lo-
cura en locura, acabó por la de querer imi-
tarlas ó reproducirlas en nuestro tiempo.
Clavóse esta idea en el pensamiento de
Iberito y su orgullo la remachó. Los ex-
traordinarios sucesos de la Conquista le
fueron tan familiares como si los hubiese
visto; reproducía los incidentes de la riva-
lidad con Diego Velázquez, las épicas accio-
nes de guerra en el río de Tabasco, la llega-
da á San Juan de Ulúa, la quemazón de
las naves, la tenaz lucha contra los hombres
y la Naturaleza, ya penetrando montes arri-
PfUM 11

foa,ya revolviéndose contra Pánfllo Nar-


váez; las guerras y paces con Moctezuma, las
peleas en las lagunas, y todo lo demás de
aquel poema más hermoso en la realidad
que en el espejo que llamamos Historia.
Con memoria feliz retenía descripciones, re-
tratos, y hasta las arengas, singularmente
aquélla con que responde Cortés á la de Moc-
tezuma en este emperifollado estilo acadé-
mico: "Después, señor, de rendiros las gra-
cias por la suma benignidad con que permi-
tís vuestros oídos á nuestra embajada, debo
deciros...,, y por aquí seguía endilgando su-
tiles conceptos, verbigracia: "Mortales so-
mos también los españoles, aunque más va-
lerosos y de mayor entendimiento que vues-
tros vasallos, por haber nacido en otro clima
de más robustas influencias... Los animales
que nos obedecen no son como vuestros ve-
nados, porque tienen mayor nobleza y fero-
cidad; brutos inclinados á la guerra, que
saben aspirar con alguna especie de ambi-
ción á la gloria de su dueño... El fuego * de
nuestras armas es obra natural de la indus-
tria humana, sin que tenga parte alguna
en su producción esa facultad que profesan
vuestros magos, ciencia entre nosotros abo-
minable, y digna de mayor desprecio que
la misma ignorancia :

. .

Por estos espacios navegaba el buen San-


tiaguito, cuando una noche del mes de Oc-
tubre, en la tertulia de su tío, á que solían
concurrir los vecinos más calificados de la
población, oyó decir que el Gobierno de Isa-
12 B. PÉREZ GALDÓS
bel II aprestaba soldados y pertrechos para
enviarlos á Méjico, y que aquella brava mi-
licia iría bajo el mando del general Prim,
cuyas hazañas se le habían metido en el co-
razón al pueblo español. Cada uno de aque-
llos señores conspicuos expresó su parecer
sobre la expedición, sin que ninguno acer-
tara con la finalidad de ella, hasta que el
insigne don Tadeo, que era el oráculo de Ná-
jera por su ciencia y penetración, y el de-
finidor de todas las cuestiones, soltó una
tosecilla, limpió el gaznate, y ante el solem-
ne silencio y expectación de los circunstan-
tes, soltó este sibilítico discurso: "Desde que
oí el anuncio del envío de esas tropas y má-
quinas de guerra á la parte de América que
llamamos Nueva España, le calé la inten-
ción á O'Donnell, la cual no puede ser otra
que emprender la reconquista de aquellos
estados de Tierra Firme para volverlos al
dominio de nuestra patria, que así, poquito
á poco, á ésta quiero, á ésta no quiero, será
otra vez señora de todas las Américas...
Claro que ni O'Donnell ni los Ministros di-
cen que esta encomienda lleva Prim á Mé-
jico: deben callarla, ó echar á vuelo cual-
quier mentira para capotear á las Poten-
cias... que siempre han de salir con algún
enredo, metiéndose en lo que no les impor-
ta... Este es mi parecer... idea mía, que
hemos de ver confirmada si Dios nos da vi-
da y salud... El general Prim llevará, con
el mando del ejército, el nombramiento de
Adelantado de aquella comarca, para gober-
PRIM 13

narla conforme la vaya conquistando... ¿No


les parece que veo largo? ¿Tengo yo buen
ojo, amigos?... Nadie me lo ha contado. Es
idea mía... Idea que á mí me escarbe entre
cejas, no falla...,,
La idea de Baranda, admitida y apoya-
da por los conspicuos, hubo de rematar el
disloque de Iberito, que se pasó la noche en
vela, voltejeando parte de ella en su cuarto,
y el resto, hasta el amanecer, en la huerta,
entre perales, cerezos y manzanos. Toda la
lógica del mundo se condensaba en este
pensamiento: "Es mi deber presentarme al
general Prim y pedirle que me lleve como
soldado á la conquista de Méjico, ó como
corneta de órdenes. Lo mismo puedo ir de
cocinero que de mozo de acémilas; y una vez
en aquella tierra, ya me abriré camino para
poner mi nombre á la altura de los que más
alto suban al lado del de Prim.,, Creía que
todo el tiempo que tardase en poner en eje-
cución tan atrevido pensamiento, estarían
suspensas ó quebrantadas las leyes del uni-
verso. Su destino, que hasta entonces había
sido un obscuro acertijo, estaba ya bien cla-
ro. Dios y la Naturaleza murmuraban en su
oído: "Corre; no te detengas... ¿No ves al
término de España una llanura sin fin en-
tre azul y verde? Es el Océano. ¿No distin-
gues de la otra parte nuevas tierras? Es la
inocente América. ¿Ves una figura de ma-
trona que en las rocas traza inseguras ra-
yas con un punzón?... Es la Historia, que
ja está api$ndiendo á escribir tu nombre.,,
14 B. PÉREZ GALDÓS
Pensó Iberito al día siguiente que si con-
sultaba sus planes con don Tadeo Baranda
y le pedía licencia para realizarlos, el buen
cura soltaría la carcajada, y tomaría inme-
diatamente la llave del desván para ence-
rrarle. No mil veces: á don Tadeo ni pala-
bra. Con la intención tan sólo le diría: Lle-
vad vos la capa al coro; yo el pendón á las
batallas.
Dicho y hecho: llegada la noche, aguardó
Iberito la hora en que todos dormían, y por
la puerta falsa del corral 'salió á un campo
que no era el de Montiel, pero sí pariente
suyo. Era el campo de la memorable bata-
lla de Nájera, en que don Pedro I de Casti-
lla derrotó á su hermano don Enrique.

ii

Mientras duró la noche y en las primeras


horas del día, anduvo Iberito con vivo paso,
deseando ganar toda la distancia posible
antes que los criados del cura saliesen á
capturarle. Con tino estratégico abandonó el
valle del Najerilla, pasándose á un afluente
de este río. Hizo su primer descanso á la
vista de San Millán de la Cogulla, y de
allí tiró hacia los montes, por donde á su
parecer podría pasar á tierras de Soria. Al-
gún dinero llevaba, casi todo lo que le ha-
PRIM 15

bía dado su madre al salir de Samaniego,


y cuidó de ocultarlo distribuyendo las mo-
nedas en distintos huecos de su ropa y en
el propio calzado. Por única arma llevaba
un cuchillo de monte que sustrajo en la ar-
mería cinegética de don Tadeo, y con esto
y el corto caudal, y su animoso corazón que
se creía suficiente para salir airoso en cuan-
tos percances pudieran ocurrirle, iba tan
contento y tranquilo como si consigo lle-
vara un ejército. En su esforzada voluntad
y en sus altas ambiciones verdaderamente
lo llevaba.
No contó Iberito con el riguroso clima
que había de oponerle no pocos obstáculos
de hielos y nieves al acometer el paso de la
divisoria por los puertos de Piqueras ó de
Santa Inés. Pero todo lo vencían su intré-
pida confianza y el mismo desconocimien-
to de las dificultades del paso. Conducida
por los ángeles que amparan la inocencia,
franqueó los montes, atravesó extensos pi-
nares sin el menor desmayo de su vigor
físico, descansó en compañía de pastores y
carboneros, con los cuales sostuvo amenas
y candorosas pláticas, y al descender por
ásperos vericuetos al valle del Duero, des-
pués de tres jornadas que para otro menos
entusiasta habrían sido fatigosas, llegó á
las puertas de Soria, pasando de largo por
miedo al encuentro de los parientes de su
padre que en aquella ciudad vivían.
Siguió hacia el Sur por senderos de he-
rradura, y al día siguiente de su paso por
16 B . PÉREZ GALDÓS
Soria, encontró á unos caminantes que lle-
vaban dos recuas de yeguas y muías carga-
das de lana. Entablada conversación, invi-
táronle los trajineros á que cabalgase un
buen trecho entre sacas de lana, y él aceptó
gustoso, porque iba ya medio derrengado del
continuo caminar. Abría la marcha una ye-
gua corpulenta que llevaba un gran cam-
pano colgado del pescuezo, y tras ella las
demás caballerías, atado el ramal de cada
una en la cola de la delantera. Era la pro-
cesión pausada, pintoresca, y los pasos de
las bestias marcaban el compás lento del
esquilón de la yegua que guiaba. Los tra-
jineros obsequiaron á Iberito con pan negro
y chorizo, que fué para él sabroso desayuno.
Le amaneció comiendo en grata conversa-
ción con la buena gente, y agradeció lo in-
decible aquel alivio de sus piernas y el repa-
ro de su estómago. Dijéronlelos caminantes
que iban al mercado de Almazán á vender
una partida de lana, y el pobre joven calla-
ba, tiritando de frío y de hambre, pues el
corto desayuno que le dieron, antes le au-
mentaba que le disminuía el bárbaro ape-
tito que traía de las cumbres.
No se alegró poco el inocente aventurero
cuando vió próxima la gran villa de Alma-
zán, cercada de murallas, coronada de ro-
mánicas torres. La yegua delantera penetró
por una de las arcadas puertas que daban
ingreso á la villa, y avivando el sonido de
s'u esquilón llegó á una extensa plaza, casi
totalmente invadida ya por la muchedum-
PHIM 17

bre campesina que al mercado concurría.


Más que en admirar la variedad de especies
que en grupos y montones ocupaban la pla-
za, granos, frutas, pucheros, leña, carbón,
enjalmas, quesos, recoba y utensilios de la-
branza, ocupóse Iberito en buscar albergue
y comida. Encamináronle á un mesón cer-
cano á la plaza, y como no inspirara gran
confianza por su cara juvenil y el deterioro
de su ropa de señorito, desenvainó un duro,
y puesto en la mano de la posadera, no fué
menester más para que le prepararan un
platado de huevos y jamón frito con acom-
pañamiento de vinazo y de pan sin tasa.
Atracóse el muchacho hasta dar á su cuer-
po la reparación conveniente, y luego salió
á ver el pueblo y á comprar calzado fuerte
y una manta ó bufanda de camino, con lo
que quedó tan bien arranchado que no se
cambiaría por un rey.
« Nada le ocurrió en la villa que merezca
mención, como no sea un altercado en que
se revelaron y resurgieron de súbito los ím-
petus anteriores á su enfermedad. Hallábase
el hombre, por la noche, en la anchurosa
cocina del mesón, donde algunos huéspedes,
trajinantes y labradores, después de bien
comidos y aún no bastante bebidos, juga-
ban al mus, mientras otros, entre jarros de
vino, charloteaban con tanta viveza, que la
conversación parecía disputa, y la disputa
encarnizada riña. En aquellos rudos carac-
teres, el lenguaje hervía siempre, como el
mosto recién sacado de las uvas exprimi-
2
18 B. PÉREZ GALDOS
das. En el grupo más animado, donde se
bebía más que se jugaba, pasaron de las
cuestiónenlas de campanario á las provin-
ciales, y de éstas á las generales ó políticas.
Iberito, que dormitaba en un rincón, se des-
pabiló en cuanto percibieron sus oídos ru-
mor de cosas públicas.
Despotricaron aquellos bárbaros sin mi-
ramiento á persona alguna de las más en-
cumbradas. Un zanganote montuno, negro
como el carbón que acarreaba de los pina-
res, dijo que O'Donnell era un tal y un
cual, y que estaba compinchado con La Pa-
trocinio para el mangoneo en toda la Na-
ción; un gordo sanguíneo aseguró que si la
Eeina no llamaba otra vez á Espartero, no
acabaría sus días en el trono; y un tercero,
cuya voz gargajosa y facha de sayón de los
pasos de Semana Santa componían el tipo
del pesimista siniestro, echó de sus labios
cárdenos, donde tenía pegada una fétida
colilla, todo el amargor de la opinión reco-
gida en los pueblos míseros. Ni grandes ni
pequeños, ni liberales ni moderados se li-
braron de su sátira rencorosa. Los vicálva-
ros eran unos pillastres, que se estaban en-
riqueciendo con los bienes que f nerón del
sacerdocio; los del Progreso ladraban de
hambre y querían el Poder para llenar la
pandorga; la Reina era... mujer, con lo
que se decía bastante... Las mujeres sirven
para todo, menos para reinar. Habló luego
de la maldita invención de los ferroscarri-
les, que significaban la miseria de toda la ca-
PRIM 19
rretería. La guerra de Africa no había sido
más que un engaña-bobos: O'Donnell vol-
vió de ella con las manos en la cabeza; to-
das las hazañas que se contaban eran filfa;
lo de Tetuán habría sido un desastre si no
hubieran comprado á peso de oro la retirada
de Muley Abbas; lo de los Castillejos no
fué más que una comedia indecente, pues
ni hubo los aprietos que decían, ni Prim
había hecho más que sacrificar soldados,
quedándose él en lugar seguro, haciendo el
figurón. Ni era valiente, ni servía más que
para intrigar, como lo demostró en los tra-
tos que tuvo con Ortega para traer de Rey
á Carlos VI...
No bien oyó Iberito el nombre de su ídolo,
sacado á colación con tanta ignominia, se
levantó de su asiento con la pausa y aplomo
de un valor sereno, y engallándose ante el
procaz hablador, le echó esta rociada: "Ca-
ballero, quiero decir, caballo, lo que ha di-
cho usted del general Prim es una coz, y
aunque á las coces no se contesta con pala-
bras, yo, por respeto á la concurrencia, con
palabras de mi boca le digo que á la gloria
de Prim no pueden llegar las patadas de us-
ted, so bruto; y si no está conforme, salga
afuera y se lo diré de otro modo,,,.. Levan-
tóse gran murmullo al oir estas bravatas
tan disconformes con la edad del mancebo,
y el feo hablador soltó una carcajada bur-
lesca después de escupir la colilla que pe-
gada á los labios tenía. Uno de los jugado-
res dijo que el mequetrefe era lis tillo, y que
20 B. PÉREZ GALDÓS
se le debía dar una mano de azotes y man-
darle á la cama. El gordo grasiento quisa
poner paz, declarando que á Prim no se le
podía negar la nota de valiente, pero que
había que agregarle la de farsante, pues las
valentías le servían de gancho para sus ne-
gocios. La expedición á Méjico que le esta-
ban preparando no era más que un arbitrio
para traerse de allá una millonada de pesos
duros. "Lo hemos de ver tal como lo digo.
Llega el hombre á Méjico, desembarca las
tropas, mete miedo á los insulanos con
cuatro disparos de cañón, va de Zacatecas
d Zacatacas echando contribuciones, hasta
y

que de unos y otros saca para redondear la


pella, y compinchándose con el gran Repú-
blico para echar un pregón de paces, se
vuelve á España repleto de dinero, y venga
el darse tono aquí ante cuatro bobalicones,
y venga el tocar el higno y el llamarnos to-
dos héroes... 6 herodes por la perra de su
madre.
— No es eso, no es eso—gritó Iberito sa-
liendo rápidamente del rincón en que esta-
ba, y plantándose con gallarda fiereza en
mitad de la cocina.— A
Méjico no va don
Juan Prim para negocio suyo, sino de la
Nación, porque va para conquistarnos otra
vez á la Nueva España y traerla por los ca-
bezones á la soberanía de Isabel II. Yo lo
digo y lo sostengo solo delante de los bár-
baros que están en esa mesa; y sin reparar
en si son dos, ó son seis, ó seiscientos, les
mando que se desdigan de esos disparates ó
PÍUM 21

salgan á verse conmigo al corral, á la calle,


<3 donde quieran, en la misma plaza, delante

de Dios y de la luna que nos alumbra.,,


Con tal brío y entereza soltó el chico su
reto, que de primera impresión quedaron
suspensos y atontados los habladores. Rehi-
riéronse al punto y empezó la rechifla; álas
burlas siguieron las amenazas... Mal lo ha-
bría pasado el audaz Iberito si en aquel pun-
to no apareciese junto á él un hombrón for-
midable, que se levantó de uno de los po-
yos de la cocina, y avanzaba con el conto-
neo de quien anda con un pie y una pata de
palo. Era de rostro cetrino y disforme esta-
tura; vestía de paño burdo con peluda mon-
tera; se auxiliaba de un grueso palo con
nudos y porra... Pues llegándose á la mesa
de los bárbaros, descargó el garrote sobre
ella con tanta furia, que al tremendo golpe
saltaron en añicos los vasos, y la tabla maes-
tra se rompió en dos pedazos... Y con el es-
truendo de la madera y el vidrio se juntó el
estentóreo vocerrón del hombre grande y
^ojo, qüe así decía: "Sepan los que han ha-
blado mal de Prim, que yo, José Milmarcos,
sargento de la guerra de Africa, me paso
sus lenguas por donde me da la gana, maño
y moño... Sepan que lo que ha dicho este
mozalbete es como si yo lo dijera, moño, y
los que no estén conformes que vayan sa-
liendo afuera, con mil moños...» Saltó el
gordo con palabras de paz. Hablaban perre-
rías por pasar el rato, sin mala intención.
Y prosiguió el cojo: "Cosida por dentro del
22 B. PÉREZ GALDÓS
chaquetón llevo aquí mi medalla de la gue-
rra, y la guardo porque no es bien que la
vean los burros. Yo no enseño mi medalla
á las caballerías, sino á los hombres racio-
nales, instructivos y el que se ría de lo que
•>

digo que me toque los faldones... Ea, yo


defiendo á este mozo, y el que le ponga
mano en el pelo de la ropa, véase conmiga
donde quiera.,,
Era Milmarcos muy conocido en aquella
sociedad. Su nombre fué aclamado entre
pateos, berridos, chirigotas de algunos, jo-
vial entusiasmo de otros. "¡Viva Milmar-
cos!...Fausta, tráele vino á Milmarcos.,,
Dijo el sargento que no quería beber, y
á una interrogación airada de la posadera
respondió que lo roto debían pagarlo los
puercos y deslenguados Carbajosa y Mata-
rrubia, que eran causantes del estropicio.
Viendo que la trapatiesta se resolvía pací-
ficamente, repitió el elogio del desconoci-
do muchacho, alabando su valor sereno y
el tesón con que salió á la defensa de la
verdad y del honor militar contra la cana-
lla envidiosa. "Señores —gritó luego, —
puedo hablar gordo en lo tocante á la hon-
yo

rilla militar, porque he sido soldado; y


como hombre de los que fueron á Marrue-
cos, no me pesa de haber perdido esta pata^
quiero decir, la otra que tuve en lugar de
ésta de palo. Bien perdida estuvo la pata
por la gloria que alcancé. . Y
si veinte patas
.

tuviera, las diez y nueve daría yo gustoso


por este orgullo de haberme visto en los
PBIM 23
Castillejos... y por poder deciros: "Gandu-
les, tengo la cruz pensionada, que vosotros
no tendréis nunca... Borrachos, pagad los
vasos rotos y la mesa rajada, que es lo
menos que podéis pagar por los insultos á
Prim... No me toquéis á Prim, hijos de
perra. Y tú, Carbajosa, no te rías de verme
lisiado, que por tigo no me cambio... Mi
cruz, moño vale una pierna.,,
y

ni

Con cháchara gruesa y mugidos desfila-


ban los bárbaros hacia las cuadras en que
tenían sus jergones. Milmarcos echó el bra-
zo por los hombros á Iberito, y cariñoso le
dijo: "¡Valiente!... Así me gustan á mí los
hombres,.. Y
que es de familia principal,
se le conoce por la ropa y por el habla fina.
¿Va usted, aunque sea mala pregunta, á
Madrid? ¿Y cómo va tan solo?,, Respondió
el chico que iba á Madrid de paso para Cá-
diz, donde se embarcaría para América. Y
Milmarcos siguió: "¿Ha oído usted hablar de
un pueblo que se llama Tor del Rábano?
Pues es mi pueblo; en él nací y en él vivo
descansado, con el real diario de mi pen-
sión y otro par de reales que saco de mi
trabajo. He traído una carguita de sal de
Imón. Con lo que saqué de la sal he com-
24 B. PÉREZ GALDÓS
prado dos bacaladas que me encargó el cura
y otros encarguillos... Tor del Rábano es
camino de Madrid, y si se viene conmigo,
le llevaré en mi burra, que es poderosa y
de buen paso. Le brindo mi burra porque
me ha entrado usted por el ojo derecho con
su valentía... Seis leguas tenemos por de-
lante. Si se determina, esté listo para las
seis de la mañana.,,
No se hizo de rogar Iberito, y á la hora
indicada salió de Almazán con Milmarcos,
gozoso de ir en la honrosa compañía de uno
de los de Prim. Le instaba el sargento á su-
birse en la burra; pero á esto no accedió Ibe-
ro: su delicadeza le vedaba montar, llevan-
do de espolique al que por héroe y por in-
válido merecía todos los respetos. Lo más
que pudo conseguir Milmarcos con sus re-
dobladas instancias, fué que el joven subiese
á la albarda breves ratos, sólo por probar la
buena andadura de la bestia. Platicando
agradablemente fueron por todo el camino.
Milmarcos no acababa de entender por qué
iba tan solo y á pie un joven cuyo mérito y
noble condición saltaban á la vista. De la
prontitud y arrogancia con que salió á la
defensa de Prim, colegía el sargento que el
chico era de la familia de los P riñes de Reus.
Interrogado sobre esto, Iberito negó rotun-
damente. Entonces Milmarcos le dijo: "Ya
lo entiendo: ¿es usted mejicano, de la fami-
lia de la señora Generala doña Francisca de
Agüero?,, Ante una nueva negativa quedó
el veterano en mayores confusiones.
prim 25
"Pues le contaré — dijo Milmarcos por
amenizar la caminata, ya que no podía sa-
tisfacer su curiosidad; — le contaré que ser-
vía yo en el Regimiento del Príncipe, nú-
mero 3 de Línea, y yendo de Málaga á Este*
pona con el Regimiento de Cuenca, núm. 27,
el general Prim pidió veinte hombres para
su escolta, los cuales no eran sorteados, sino
que voluntariamente y de su motopropio
pasaban á formarla. Yo fui de los que se
ofrecieron para la escolta, porque no mira-
ba nunca al peligro, sino á la gloria. De
Estepona fuimos á Algeciras, y allí embar-
camos para Ceuta. Total: que por ser de la
escolta, estuve al lado del General en toda
la campaña hasta el 4 de Febrero, en que
una judía bala me dejó sobre un pie como
las grullas.,,
El hombre iba desembuchando por todo
el camino trozos de historia viva, no pasada
por escritura ni por letras de molde. Ibero
escuchaba silencioso, gozando en beber la
historia en su fresco manantial. Entre otras
cosas, refirió Milmarcos que Prim montaba
un caballo inglés de largo pescuezo. Un
macho grandísimo conducido por un paisa-
no, le llevaba provisión de comida fina y
bebidas superiores, y avíos para su limpieza
y tocador, todo bien guardado en un desme-
dido alforjón. No prescindía en campaña de
sus hábitos de gran señor: por esto le habían
comparado al Gran Capitán, que en su tien-
da se lavaba y perfumaba antes de entrar
en batalla, y después de ella comía con re-
26 B. PÉREZ G ALDOS
finada pulcritud y opulencia. "En aquellas
alforjas de obispo llevaba el General, por un
lado, ropa blanca y frascos de agua de Colo-
nia, y por otro, pastel de liebre en unas latas,
jamón y cosas muy ricas...,, Pues le diré á
usted que, sirviendo á su lado y poniéndo-
me como él en los sitios de mayor peligro,
llegué á quererle tanto como quise á mi
padre. También él me quería. Verdad que
se acababan todos los cariños en momentos
de apuro, de aquéllos en que no había que
decir más sino "voy á matar ó á que me ma-
ten.,, Pero cuando no corría prisa de perder
las vidas, el General sabía economizar nues-
tra sangre... De tanto verle y seguirle y mi-
rarle á la cara para leerle las órdenes antes
que las dijera, ya nos le sabíamos de me-
moria, y aprendíamos de él á despreciar la
vida... Me parece que le veo al empezar la
de los Castillejos... Sobre una peña plantó
el caballo, y de allí nos gritaba que avanzá-
ramos. Se puso tan alto para ver quién de
nosotros tenía miedo y quién no... Cuando
salíamos á tomar posiciones, mirábamos su
cara. Si la veíamos más amarilla de lo que
estar solía ó tirando á verde, ya era segura
que nos aguardaba un día de compromiso.
Si apretaba los dientes ó se comía los pelos
del bigote, ¡malo, malo! Pero la señal más
segura de que íbamos á tener jarana y de
que no debíamos dar un ochavo por nues-
tras pellejas, era ver á mi don Juan con el
caballo parado en firme, mirándose las ma-
nos y limpiándose las uñas con un. hierre-
PRIM 27

cilio que sacaba no sé de dónde... jMoño!


arregladas las uñas se le avivaba el genio y
nos metía en unos fregados horrorosos, él
siempre por delante.,,
A la admiración de Iberito, contestó Mil-
marcos con esta frase sintética: "El General
era su primer soldado. „ Dijo luego que vestía
sencillamente, sin entorchados más que en
la boca- manga, el ros bien ajustado á la ca-
beza, en el costado izquierdo dos placas con
brillantes... Por cierto que la primera vez
que Muley Abbas se avistó con O'Donnell
para tratar de paces, le dijo: "Gran Cristia-
no, mándale á ese General que no se ponga
en los combates esas placas que relumbran
al sol, porque mis bereberes apuntan al bri-
llo, y fácilmente le darán en el corazón.,,
Lo que oyó Prim y dijo al moro: "Apuntad
como queráis, moros de mi alma, que la bala
que á mí me mate no está hecha todavía. ,,
Cuando esto decía Milmarcos vieron la
torre del pueblo, asomada tras una loma;
luego crecía, se echaba al llano cual si sa-
liera á recibirles... Aparecieron después
varias casas sentaditas en derredor de la
torre; perros vinieron ladrando al encuen-
tro de los viajeros; la burra alargó las orejas
y avivó su andar; gallo y gallinas les deja-
ban libre el paso... Chiquillos se destacaron;
luego el cura, dos viejas, un cerdo... La torre
se dejó ver bien plantada y altiva, con su
nido de cigüeña, y por fin, la casa de Mil-
marcos, terrera y gacha, sonrió á los llegan-
tes con su puerta blanqueada, su gato es-
28 6. PÉREZ GALDÓS
curridizo, su macho de perdiz en jaula, su
parra trepadora y su Servanda, que este
nombre tenía la mujer de Milmarcos, gorda,
jovial y zalamera... No hay que decir que
el sargento ejerció la hospitalidad como un
gran señor que recibe en su casa á un prín-
cipe. Servanda mató dos pollos y se excedió
en la faena culinaria; por no tener lecho
apropiado para tal huésped, prestó la alcal-
desa un catre sobre el cual armaron un ca-
tafalco de colchones como para el obispo.
Toda la flor y nata del pueblo visitó á Ibe-
rito, y el cura fué el más extremado en la
amabilidad, porque Milmarcos había dicho
á todos, en reserva, que su huésped era de
la familia particular de Prim, como podía
verse por la pinta del rostro, y que iba con
su padre natural á la nueva conquista de
Méjico.
Muy á gusto pasó allí tres días Iberito,
reponiéndose de su cansancio y dejándose
querer de tan buena gente. Servanda se
ufanaba de tenerle en su casa, y por ello se
daba no poco pisto con las vecinas. Servíale
buen comistraje en platos y cazuelas humil-
des, y para postre se arrancaba con natillas
ó arroz con leche. El día de despedida gus-
taron de unas guindas en aguardiente que
regaló el cura, y Milmarcos, á fuer de señor
hospitalario, brindó con una guinda al noble
huésped, diciéndole con solemnidad: "¡Qué
no diera yo, señor, por poder acompañarle
á esa expedición, que pienso ha de ser sona-
da, moño! ¿Pero á dónde voy yo con mi pata
PBIM 29
de palo? Los cojos, moño, no servimos más
que para estarnos en casa haciendo empleita,
acordándonos de que así como tejemos hoy
el esparto, tejimos un día la historia de Es-
paña. ¿Verdad, señor, que así es?... Debe
uno recordar siempre estas cosas, y á los
que no tienen patriotismo y se ríen de ellas
mandarles al moño de su madre... Siento
que usted no estuviera aquí el día de San
Roque, que es la fiesta del pueblo. En ese
día santo, yo me pongo mi uniforme, y en
el pecho me planto la cruz y la medalla.
Estoy maníñco, ¿verdad, Servanda? Pues
sacamos en procesión el santo, y yo me
pongo delante de las angarillas. Crea, se-
ñor, que hago más papel que el cura, estoy
por decir que más que el santo, moño; todo
por mi cruz, que da dentera á cuantos la
ven... Y conforme vamos marchando con
la procesión, salta uno y grita: "¡viva Mil-
marcos!,, Pues no queda boca que no res-
ponda: "¡vivaaa!,, Total, que desde que el
santo sale hasta que volvemos á meterle en
la iglesia, no se oye más que vítores á Mil-
marcos. ¿Verdad, Servanda? Yo me inco-
modo, ó hago que me incomodo, y con la
mano hago así... que se calmen, que me
escuchen... y cuando los tengo muy calla-
dos echo todo el pulmón gritando: "¡viva
Isabel II! ¡viva San Roque!,,
Descansado ya, muy agradecido á los ob-
sequios de la sargenta y su digno esposo,
Iberito salió de Tor del Rábano acompañado
largo trecho por sinfinidad de chiquillos, á
30 B. PÉREZ GALDOS
los que seguían personas mayores de ambos
sexos, el cura y el alcalde. La burra y Mil-
marcos prolongaron la despedida hasta Re-
bollosa, y de aquí siguió el chico á Jadra-
que, donde se metió en un galerón que dos
veces por semana hacía el servicio de viaje-
ros de Sigüenza á Guadalajara. Pudo luego
fácilmente continuar á Madrid en el coche
correo. Cerca ya del término de su viaje,
los atrevidos pensamientos que á tal aven-
tura le habían lanzado iban descendiendo
del ensueño á la realidad, y buscaban la
forma y modo de encarnarse en hechos.
Desde que tomó la temeraria resolución
de abandonar al cura Baranda, hubo de
pensar Iberito que en Madrid necesitaba una
persona que le guiara en sus primeros pa-
sos por la tumultuosa villa, y que le diese
luz y norte para llegar hasta Prim. Lo de-
más se le presentaba llano y hacedero: tal
era la fuerza del ensueño en su disparada
imaginación, que contaba con la benevolen-
cia del General en cuanto éste le oyera ex-
presar un deseo tan conforme con su propio
genio aventurero y heróico. Las amistades
de Iberito en Madrid eran de chicos de fami-
lias relacionadas con la suya, pretendien-
tes ó estudiantes, y entre éstos eligió al que
más afecto le inspiraba, Juanito Maltrana,
hijo de Juan Antonio y de Valvanera, nieto
del gran don Beltrán de Ur dañe ta y sobri-
no del Marqués de Saviñán. Seis años más
que Santiago tenía el chico de Maltrana;
pero eran buenos camaradas, y juntos ha-
PRIM 31
bían alborotado locamente en las calles de
La Guardia y en la casa de tía Demetria,
#on los hijos menores de ambas familias.
Pensando en tomarle por mentor y guía
primero de Madrid, llevaba en un papel
sus señas; y he aquí que, apenas pisó la
calle de Alcalá el aventurero Iberito, tomó
lenguas de los transeúntes para dirigirse al
17 de la calle de Jacometrezo, de la cual sa-
bía que era de las más céntricas, angulosas
y hormigueantes de aquel Madrid tan lleno
de misterios. La suerte le favoreció aquel
día, mejor dicho, noche, pues llamar en el
piso segundo, abrir la puerta una moza gua-
pa, preguntar por Juanito, dirigirse tras de
la moza á un gabinete próximo, y encararse
una-' con otro y abrazarse cariñosamente
Iberito y su amigo, fué obra de minuto y
medio.
Las primeras preguntas del cortesano al
forastero fueron las generales de la ley es-
tudiantil: "¿Cómo has venido tan tarde?
¿Vienes á estudiar Leyes? Ya está cerrada
la matrícula. ¿Vienes á prepararte para Es-
tado Mayor ó Caminos? ¿Traes dinero?,, Ibe-
rito, que era la misma sinceridad y no gus-
taba de colocarse en posiciones falsas, res-
pondió como un examinando que sabe de
memoria la lección: "No vengo á estudiar
leyes, niñada. Traigo muy poco dinero...
Me he escapado de mi casa.
—¡Bien, chico!... ¡viva la Pepa!— dijo Mal-
tranita con jovial admiración. — Eres el úl-
timo romántico... porque ya no hay román-
32 B. PÉREZ GALDÓS
ticos. Los que quedan vienen de provincias,
como tú, escapados y sin guita... Pero se
me olvidaba lo más importante. No habrás
comido... Tendrás gazuza. Un poco tarde
llegas. Pero algo habrá quedado para tí.„
Apenas oída la breve respuesta del foraste-
ro, salió Maltranita á la puerta y llamó á la
patrona con apremiantes voces: "¡Luisa,
doña Luisa!,, La cual no tardó en mostrar
su agradable presencia. Era una mujer más
que cuarentona, de tipo suave, de marchita
belleza otoñal. "Aquí tiene usted un nuevo

huésped le dijo Mal trana.— Viene huido
de su casá y con poco dinero... Pero no va-
cile usted en darle habitación y asistencia,
que es de una gran familia. Yo respondo.,,
Contrariada respondió María Luisa que ha-
bía pasado la hora. Todos habían comido ya.
Tendría que remediarse con lo que se pu-
diese preparar de prisa y corriendo. Mien-
tras la señora cuidaba de disponer algo para
el nuevo huésped, éste oyó de boca de su
amigo las mejores referencias acerca de
aquélla. "Es una persona decentísima, viu-
da, que ha venido á menos. Su padre, don
José del Milagro, fué Gobernador de pro-
vincia en tiempo de Espartero. Su marido
era un famoso bajo...
—¿Bajo de cuerpo?
—No, tonto... ¡qué cerril vienes!... Era bajo
de voz, italiano: cantaba óperas y funerales
de primera clase... Esta casa es de las me-
jores de Madrid. No ha sido para tí poca
suerte haber caído en ella.. Por doce reales
PRIM 33
estarás muy bien, y por catorce como un
príncipe.,,
Mientras Ibero cenaba, Maltranita se mu-
dó de camisa, cepilló muy bien su america-
na y pantalón, y alisó esmeradamente con
un pañuelo de seda la felpa de su sombrero.
Era muy cuidadoso de su persona, y gustaba
de presentarse en el café ó en el teatro con
facha parecida á la de un dandy. No había
terminado sus arreglos, cuando volvió al
gabinete el forastero, llena ya la tripa de la
bazofia patronil. "Ya que has matado el
hambre, y antes que nos vayamos al café
— le dijo el cortesano, —
vas á decirme á qué
has venido á Madrid. No abandona casa y
familiaun muchacho como tú, sin que le
mueva una idea, una pasión, algo que...
Dímelo pronto.,, No se hizo de rogar Iberi-
to, que á gala tenía manifestar lo que á su
parecer le honraba y enaltecía sobremanera.
Con firme acento y claridad que revelaban
su convicGión, declaró el por qué de su es-
capatoria, el por qué de su viaje.. Oyó Mal-
.

trana como quien no da crédito á lo que oye;


se hizo repetir la declaración, y asaltado de
una de esas risas que destroncan, se tumbó
en el sofá para reir á sus anchas.

3

34 B. PÉREZ GALDÓS

IV

No se desconcertó Iberito ante la hilari-


dad epiléptica del cortesano, pues contaba
con que no podía ser de todos comprendido.
"Cada uno tiene sus fines, Juan— le dijo.
Si lo mismo pensáramos todos, el mundo
sería poco divertido. ¿Crees que estoy loco?
—O tonto de remate, Santiago— replicó
el otro, apretándose la cintura para conte-
ner la risa,— y no acabo de comprender de
qué nido te caes, ni de dónde has sacado
esa idea. En primer lugar, el general Prim
se ha marchado ya... Mira; aquí tienes Las
Novedades de hoy que lo dice bien claro:
"Ayer salió para Cádiz...,, Pero aunque no
hubiera salido y estuviera en, Madrid...
¿Crees que si á él pudieras presentarte con
esa encomienda, habría de hacerte caso?
¡Llevarte consigo! ¿Pero cómo y en calidad
de qué? ¿Irías de soldado, de machacante,
de limpiabotas, de acemilero?
—De ranchero iré si me lleva.
— Pero aún hay en tu cabeza una tontería
mayor. ¿De dónde has sacado que el general
Prim lleva tropas á Méjico para conquistar
aquella República y traerla al dominio de
España? Eso es estar en Belén, y no cono-
cer el mundo, ni la política, ni nada... Pero

PRIM 35
se nos hace tarde; vamos al café, y andando
te explicaré á qué va Prim á Méjico... Te
advierto que en el café no saques á cuento
tu caballería andante. No me gustará que
los amigos se rían de tí. Aunque no sea ver-
dad, di que has venido á estudiar Leyes.
Salieron. Por la calle, Maltrana informó á su
amigo de lo que éste ignoraba. Venía ente-
ramente cerril, con ideas del tiempo de la
Nanita y proyectos aprendidos en algún
pliego de aleluyas. "Para que te vayas en-
terando y caigas de tu burro, el burro de la
ignorancia, te diré que tres naciones, In-
glaterra, Francia y España, han celetrado
un tratado de intervención en Méjico, no
para, conquistarlo, sino para pedir repara-
ción de ciertos agravios á nacionales de los
tres países, y reclamar el pago de no sé qué
deudas. Te daré un periódico en que lo veas
bien explicado. Aquel país está en la anar-
quía... Parece que dos Presidentes se dispu-
tan el mando... Las Daciones quieren que
los mejicanos tengan juicio, que den descar-
gos y satisfacciones por los europeos ofendi-
dos ó asesinados, que paguen lo que deben,
etcétera. En fin, que todo es prosa... Esta-
mos en un siglo enteramente práctico, fíjate
bien en esto, Santiago... Y en cuanto á
Prim, tu ídolo, te diré que yo tengo de él
una idea muy mediana... Ya estamos en la
Puerta del Sol. ¿Ves qué magnificencia? Los
edificios de la curva ya están terminados.
Faltan las dos cabeceras, que quedarán con-
cluidas dentro de un año... ¿No se te ensan-
36 B. PÉREZ GALBOS
chan las ideas? ¿Y las telarañas que en tu
cabeza traes, no se te deshacen viendo estas
maravillas de la civilización? ¿No te asom-
bras de lo bruto y atrasado que vienes? Y
acordándote de la obscuridad de tu pueblo*
¿no te avergüenzas de traer acá ideas ran-
cias y locas que allí debiste dejar entre las
paredes ahumadas?... Ea, ya estamos en
nuestro café.,,
Dos palabritas biográficas acerca del jo-
ven Maltrana. De sus padres Juan Antonio
y Valvanera, de su abuelo materno el in-
signe don Beltrán de Urdaneta, se ha dicho
anteriormente cuanto había que decir. Oria-
do Juanito en Villarcayo, recriado en Cin-
truénigo y La Guardia, instruido en Vito-
ria, acabado de pulimentar en un buen co-
legio de Burdeos, desde que traspasó los
veinte años tomaron sus ambiciones el rum-
bo de un sensato positivismo. Anticipándo-
se al deseo de su padre, pidió ir á los Madri-
les, estudiar Leyes, ensayarse sin preten-
siones en la literatura y en ei periodismo,
seguir, en fin, la carrera de hombre público,
á que le llamaban su natural despejo y su
fácil palabra. ¿De dónde salían estas voca-
ciones, esta novísima orientación de la ju-
ventud en la segunda mitad del siglo? El
demonio lo sabe. Serían tal vez producto de
la desvinculación, del parlamentarismo, de
las cuquerías doctrinarias que informaron
la Unión liberal, del estudio constante de
la Economía política...
Ello es que Juan, á poco de respirar los
PBIM 37
aires picantes de la Corte, hallábase aquí co-
mo el pez en el agua: en pocos días aprendió
la chachara fluida, graciosa y mordaz del
madrileño de casta; se asimiló las diferentes
íormulillas para juzgar de política, de tea-
tros, de arte; fué un lucidísimo alumno de
la Universidad; logró, por la amistad de su
padre con Salaverría, un destinejo en Ha-
cienda, que, con la mesada y los regalillos
de la mamá, le constituía un peculio es-
pléndido para estudiante; vestía bien, sin
soltar nunca la pomposa chistera; tenía re-
laciones; hablaba y entendía de política; se
abría, en fin, un brillante camino con sus
dotes ingénitas y la ciencia social que sin
él notarlo se le iba metiendo por los poros.
Tan joven, y ya tenía puesta la mira en
dos puntos luminosos del porvenir: casa-
miento con una heredera rica, y posición
política brillante. Y
como tales bienes se le
aparecían en término lejano, todos sus pen-
samientos polarizaban en aquella dirección;
su voluntad rectilínea y sin el menor desvío
hacia aquellos puntos como el imán al Nor-
te constantemente señalaba.
Llegaron los dos amigos á las mesas
que ocupaban de tiempo inmemorial dos
trincas ó cuerdas de estudiantes de diferen-
tes carreras. Eran la trinca riojana y otra
mixta de burgaleses y vascongados. La fa-
dia de Iberito provocó sorpresa y sonrisas.
Era un novato que se había traído el pelo
de un gran número de dehesas. Su brus-
quedad en los saludos fué alegría de la reu-
38 B. PÉREZ GALDÓS
nión. En ésta sólo encontró un muchacha
conocido, Paco Cerio, hijo de un coronel
carlista, convenido de Vergara, y natural
de Salvatierra. Felizmente para Iberito, á
poco de llegar á la reunión, quedó de figura
silenciosa en el extremo de una mesa, pues
los cafetómanos se enredaron en charlas,
bromas y disputas, á las cuales era comple-
tamente extraño el aturdido forastero.
Lo primero que éste oyó fué la burla que
hicieron todos del pobre Cerio, acribillándo-
le desde una y otra mesa con pullas acer-
bas. Le motejaban por neo: así lo entendió
Iberito, sin llegar á penetrar claramente el
sentido de esta palabreja, nueva para él.
Observó que Paco se defendía bravamente,
respondiendo con salidas maliciosas á cuan-
tas saetas le dirigían los guasones. De bue-
na gana se habría puesto Iberito al lado de
su amigo y casi paisano, batiéndose con él
y disparando á los otros, no chistes envene-
nados, sino una botella de las que cerca de
su mano tenía. Pero no pasó del pensamien-
to; no conocía bien el terreno en que lo ha-
bía metido Maltranita, ni acababa de des-
entrañar el significado de los vocablos ?ieo
y mismo. Luego se enzarzaron en un gui-
rigay político. Nunca hablaban menos de
cuatro á un tiempo. Gritaban y reían como
un coro de orates desmandados... Los más
próximos al novato le preguntaron su opi-
nión sobre la cosa pública, sin duda por
mofa de su rusticidad, esperando oir gracio-
sos disparates. Respondía el joven sacudién-

PRIM 39
dose las moscas: él no entendía... él acababa
de llegar de su pueblo. Maltrana le dió lec-
ción política en la forma más elemental.
Ibero resultaba muy torpe para comprender
cosas tan extrañas, y el amigo le instruía
con paternal interés. "Vienes en un estado
completamente agreste y pecuario— le decía
riendo.— ¿De veras no sabes lo que son los
obstáculos tradicionales? ¿No tienes noticia
de Olózaga, que es el autor de la frase?
— —
De Olózaga sí tengo noticia dijo Ibe-
rito gozoso de entender algo de tales mon-
sergas.— Ese señor es de Oyón, cuatro le-
guas de mi pueblo... y amigo de mi padre.
En mi casa de Samaniego le he visto; pero
maldito si le oí hablar de esos obstáculos...
— Pues esos obstáculos son... que en Pa-
lacio no quieren á los progresistas, y se ha
determinado que no sean jamás poder...
Ser poder quiere decir subir al gobierno,
mandar...,,
Alargó la gaita hacia aquel extremo de
la mesa un joven no bastante tierno para
estudiante, sino más bien machucho, ade-
más largo de narices y socarrón de mirada,
y en tonillo impertinente preguntó á Iberi-
to: "¿Y qué nos dice usted de las disiden-
cias? ¿En su pueblo de usted qué opinan de
Eíos Rosas?,, Respondió Ibero, sin turbarse,
que le tenían descuidado las disidencias, y
que en su pueblo nadie tenía noticias de
Rosas ni de Ríos... "El pueblo de usted —
dijo el narigudo con ínfulas de chistoso,
debe de ser Belén... ¿Y en Belén no tienen

40 B. PÉREZ G ALDOS
noticia de otro disidente, que es paisano de
usted, Alonso Martínez, el más joven de los
políticos?... ¿No le conoce?... Señores, pro-
pongo que la frase usual estar en Babia, se
trueque por estar en Burgos.
— Yo no soy burgalés, caballero... soy de
Sám aniego.
— Ya... Samaniego es el país de las fábu-
donde hablan los animales.
las,
— Así En mi tierra hablamos
es... los
animales. Pero como queremos instruirnos,
venimos á donde ladran las personas.,,
Esta réplica vivaz y agresiva dejó á todos
suspensos, y desconcertado al narigudo,
que era un tal Segismundo Fajardo. Mas
no tardó en rehacerse soltando otra saeta, á
la que Iberito contestó con despejo y acri-
tud. Ya se iba caldeando el diálogo; pero
an tes que llegase á temperatura explosiva,
tiró Juan del brazo á su amigo, y pretex-
tando que tenían que avisar á la Adminis-
tración de Diligencias para que llevaran á
la calle de Jacometrezo el baúl de Iberito
(no tenía más equipaje que lo puesto), dije-
ron vémonos, y con esto y un buenas noches
abandonaron la sociedad cafetera. "Este Se-
gismundo— dijo el cortesano al forastero,
es un vago. Como tiene buenas aldabas, en-
tre ellas su tío el Marqués de Beramendi,
nunca está cesante; pero no va á la oficina
más que á cobrar. Su padre, don Gregorio
Fajardo, se ha hecho riquísimo con la usu-
ra, y ya se habla de que le van á dar un tí-
tulo... No es constante Segismundo en núes-
PBIM 41
tras mesas; viene á ellas cuando no tiene
mejor tertulia en que pasar el rato... El
hombre quedó atontado con tu réplica. Para
entre mí, yo me reía la mar, porque es un
bravucón que se achica en cuanto le hablan
recio.,,
La impresión que del café sacó Iberito en
aquélla su rápida visión, fué que se asoma-
ba á la puerta de una sociedad compleja,
hirviente, de formas y caracteres descono-
cidos para él. Más risa que miedo causábale
al primer vistazo la extraña sociedad, y no
sentía su ánimo muy movido de curiosidad
para conocerla mejor. Pensaba que detrás
de aquel mundo había otro, más conforme
con el suyo, con el que él llevaba dentro de
sí, construido por sus propias ideas y por
las sensaciones de su bulliciosa infancia.
Justo es decir que Maltranita, aunque sus
miras sociales le petrificaban en el egoísmo,
fué generoso con Ibero, le garantizó el hos-
pedaje y le dió alguna ropa para que se vis-
tiese con decencia, hasta que proveyeran los
padres. Y ved al hombre en Madrid, bru-
juleando en las calles, gozando de esa for-
ma de soledad que consiste en andar entre
el gentío sin conocer á nadie, observando
cosas y personas, y tomando el tiento por
-de fuera al populoso mundo en que había
caído.
42 B. PÉREZ GALDÓS

V
Pronto aprendió, con ó sin ayuda del
amigo, á conocer las calles, y á meterse y
sacarse por todas ellas buscando sorpresas
y perdiéndose entre la muchedumbre. Gus-
taba de ir por las mañanas al relevo de la
guardia en Palacio, y se extasiaba viendo
aquel maniobrar ordenado délas tres armas,
que en sus movimientos eran como el índi-
ce ó catálogo de las energías militares. Las
demás horas del día las empleaba en reco-
rrer éstos ó los otros barrios: ya se espaciaba
por Buenavista, ya por la Inclusa y Latina.
La calle de Toledo, así como el Rastro y Em-
bajadores, le entretenían singularmente, y
no se cansaba de contemplar el ir y venir
-
afanoso de la gente humilde, la muchedum-
bre de mujeres fecundas, los chiquillos de
diferentes edades que de aquella fecundidad
eran muestra y testimonio, los hombres
peor comidos que bebidos, y que en dife-
rentes industrias y oficios luchaban por el
pan. Era el pueblo, que con su miseria, sus
disputas, sus dichos picantes, hacía la his-
toria que no se escribe, como no sea por los
poetas, pintores
y saineteros.
Divagando siempre, vió más de una vez
á la Familia Real de paseo. Doña Isabel,
PRIM 43
que por aquellos, días volvió de su viaje
triunfa] á Santander, se mostraba en el ca-
mino de Palacio al Retiro, en coche abierto,
precedida de batidores y caballerizo, y se-
guida de una escolta de húsares ó lanceros.
A su izquierda llevaba Isabel al Rey don
Francisco: ella con inclinación de cabeza,
él con un sombrerazo, contestaban al frío
saludo de la gente que discurría por las
aceras. Observó Iberito que las Majestades
no levantaban á su paso más que un tenue
vientecillo de cortesía respetuosa. Detrás de
la Reina, en coche con tiro de muías, solían
ir la Infantita Isabel, de diez años, y el
Príncipe de Asturias, Alfonsito, de cuatro,
asistidos de sus ayas y servidumbre. Algu-
nos días iban por delante; todos se metían
en lo reservado <fel Retiro, donde no entra-
ban más que los personajes de la Corte.
¿Qué hacían allí? Sin duda jugarían los ni-
ños, y los padres pasearían*á pie, con grave
paso y soberano hastío.
Y algunos ratos de la mañana perdía ó
empleaba Iberito metiéndose en la Univer-
sidad, y observando el entrar y salir de mu-
chachos cargados de libros y apuntes. Le
interesaba el espectáculo de aquellos claus-
tros bulliciosos, sin que por ello le picaran
ganas de estudio; al contrario, su repug-
nancia de las carreras y de los títulos aca-
démicos era más grande en el interior de la
Universidad que en la libre calle bullan-
guera. ¡Leyes! ¿Y todos aquellos guapos y
agudos chicos andaban allí para llenarse el
44 B. PÉREZ GALDÓS
cacumen de conocimientos jurídicos ó curia-
lescos? ¿Tantas leyes Ijay, que necesitamos
un desmesurado edificio y un ejército de
maestros para enseñarlas? ¿Y dónde, dónde,
moño, se estudiaba el arte de aplicar la jus-
ticia y de gobernar al pueblo?... Cansado de
vagar por la Universidad buscaba una igle-
sia, después otra, y con breve inspección re-
corría seis ó siete en la mañana. Quería ver
de cerca qué trazas tenían en la Corte los
lugares de rezo y devociones. Vió cavidades
obscuras, feas, despojadas de todo arte, como
si las limpiara de belleza la escoba de la
vulgaridad; vió feligresía de mujeres, más
viejas que jóvenes, con predominio de la
fealdad; vió curas y capellanes solícitos co-
mo abejas en su industria sacerdotal, y
atentos á la obligación de criar las almas
para el Cielo.
Fuera de la iglesia, le sorprendían aquí y
allí formas y aspectos interesantes de la so-
ciedad española; pero en ninguna parte vió
ni oyó cosa alguna que tuviera con su ídolo
relación; nadie le habló de Prim. La imagen
de éste, fuera de una estampa que vió en el
Rastro, parecía sustraída sistemáticamente
á la admiración humana. Creyérase que al
héroe de los Castillejos se lo había tragado
la tierra, quizás el mar, y que éste no que-
ría ser conductor de nuevas epopeyas de Es-
paña á las Indias. Iberito veía desvanecerse
su ideal y caer desmoronado el castillo de
su caballeresca ambición.
Por fin, en su casa de huéspedes, cuando
y

PBIM 45
menos lo esperaba, encontró dos jóvenes á
quienes pronto miró como amigos, sólo por
ser ambos muy devotos de Prim. Era el uno
Rufino Cavallieri, hijo de la patrona doña
María Luisa, chico tan rebelde al estudio,
que no pudo su madre meterle en ninguna
carrera, ni aun en las más fáciles. Por fin,
se le dedicó á un oficio, y trabajaba en un
taller de dorado. El otro era un huésped
llamado Rodrigo Ansúrez, violinista muy
notable. Pensionado por el Marqués de Be-
ramendi, protector de las artes, había hecho
sus estudios en Bélgica, y por países ex-
tranjeros andaba casi siempre dando con-
ciertos y perfeccionándose en la armonía.
contrapunto. Cuando á Madrid venía por
temporadas cortas, moraba en casa de doña
Luisa, que, como viuda de un bajo profun-
do, pretendía dar á su establecimiento un
carácter, si no de templo, de hospedería mu-
sical. En efecto: allí vivían un barítono y
dos partiquinos del Teatro de Oriente.
Rufino Cavallieri tenía por principal en
su taller á un catalán, del propio Reus, loco
entusiasta de su paisano, de quien se decía
pariente. Toda la vida del General, desde
que apareció en la guerra civil como pese-
tero humilde hasta la gloriosa jornada de
Castillejos, la tenía en la memoria, sin que
se le olvidase ninguno de los hechos de ar-
mas con que don Juan ilustró su nombre
desde 1834 á 1860. El buen dorador, mien-
tras estofaba marcos, peanas y cornucopias,
repetía, para recreo de sus oficiales y de al-
46 B. PÉREZ GALDÓS
gunos amigos, los trozos que más á pelo ve-
nían en las incidencias de la conversación.
Todo ello se le fué pegando en las orejas y
en el magín al joven Cavallieri, que pronto
igualó á su maestro en el dorado y en ado-
rar el nombre y los hechos de Prim. Verdad
que al contárselos á Ibero trabucaba luga-
res y fechas; pero esto no importaba. De
verdades aderezadas con mentiras se apa-
cientan las almas.
De muy diferente índole era el entusias-
mo primista del músico. Hombre de menos
palabras no se había conocido jamás. Todo
se lo hablaba con el violín. Así, cuando
Ibero mentaba á su ídolo, no decía más que
"¡oh, Prim, grande hombre!,,... y agarran-
do en seguida su instrumento, sacaba de
las vibrantes cuerdas una declamación pa-
tética, en la cual, con graciosas modulacio-
nes, se iban eslabonando las ideas en infini-
ta serie, sin encontrar la fórmula final. Era
Rodrigo Ansúrez un improvisador fecundo,
que sólo con abandonarse á la habitual ac-
ción de ambas manos con el arco y las cuer-
das, lanzaba al exterior los sucesivos estados
de su espíritu. Ibero, que no conocía una
nota, hallábase dotado de la percepción ar-
tística en su máxima intensidad. El ritmo,
el concepto melódico y la armonía, le subyu-
gaban; absolutamente ignorante de la téc-
nica, se apropiaba como nadie el íntimo sen-
tido musical, cuanto más vago, más adapta-
ble á los distintos estados espirituales del
oyente... "¡Oh, Prim, grande hombre!,,
PKIM 47
¡Si el músico era lacónico en la palabra,
€uán elocuente en el violín! Toda su alma
ponía Ibero en el oído. Alma y oído en per-
fecto consorcio saboreaban el Romancero de
Prim, reducido á notas y ritmos. Claramen-
te cantaba el violín las hazañas del héroe,
su ardimiento, y reproducía su tonante voz
en los combates. Una tarde, hallándose los
dos amigos por tercera vez embelesados en
la dulce tocata, el alma de Iberito se rega-
laba con nuevos desarrollos de la perso-
nalidad legendaria del héroe. Prim no era
sólo el campeón intrépido contra moros; era
también el expugnador de la tiranía; el con-
ductor de pueblos, que los llevaba por sen-
dero pedregoso y venciendo mil obstáculos
á regiones de paz duradera. Todo esto can-
taban las estiradas tripas, vibrantes de apa-
sionada elocuencia, y aquel día dió el artis-
ta con el Anal sintético que en otras impro-
visaciones no pudo encontrar. Gradaciones
rítmicas, modulaciones felices le llevaron
insensiblemente á un pasaje de marcada
inflexión trágica, ó que trágicamente se pro-
yectaba en el alma de Ibero, y luego á una
tristísima salmodia fúnebre. O el Stradi-
varius no decía nada, ó decía que el héroe
sucumbía violentamente víctima de la en-
vidia y la ingratitud; final muy lógico, casi
rutinario en el poema de las grandezas hu-
manas. Poníase Ibero á punto de llorar con
la melopea trágica y fúnebre, y á su amigo
decía: "Acabe usted, por Dios, que el sen-
timiento de ese pasaje me destroza el alma.,,
48 B. PÉREZ GALDÓS
El músico no añadía una palabra sola á los
épicos sones de su instrumento. Suspiraba
como el intérprete que nunca se siente bas-
tante hábil, y aspira con anhelo ardiente al
absoluto dominio del lenguaje musical. Ibe-
ro le decía: "Vaya, vaya; eso es tocar la
Historia.,,
Y á su amigo Maltrana, que por aquellos
días le incitaba al estudio y le ofrecía libros
para que se fuese preparando á cualquier
carrera, mientras disponían los padres si le
dejaban ó no en Madrid, le decía: "Déjame
en paz; no quiero libros ni carreras... A
ninguna siento inclinación. Quiero quedar-
me libre: salvaje he sido hasta hoy, y sal-
vaje he de ser siempre. Mis libros serán la
acción. No siento ningún deseo de conocer,
sino de hacer.,, Si no lo dijo en esta forma,
en otra parecida y más ruda fué.
Aguardando la resolución de los padres
de Iberito, Máltrana abandonó como cosa
le
perdida. No le veía más que
á las horas de
comer, y esto no siempre; hablaban poco.
Algunas noches le redujo á ir al café de
marras; otras, Santiago iba solo al de una
trinca de aragoneses, donde le presentó un
conocido suyo teniente, llamado Estercuel,
á quien se encontró en la calle. Este le puso
en relación con diversos puntos, entre ellos
un don Víctor Ibrahim, capellán de tropa,
el cual con desordenado estilo y acento ce-
ceoso defendió el catolicismo democrático,
la devoción á la Virgen, el himno de Riego
y la Constitución del año 12. Apenas le en-
PRIM 49
traban á Iberito por una oreja las declama-
ciones del clérigo andaluz, ya le salían por
la otra. No así lo que dijo Estercuel, que
hablaba con sentido y daba á entender va-
gamente sus opiniones avanzadas.
Una tarde, el cura -y el teniente invita-
ron á Ibero á que de paseo les acompañase
á Leganés, donde ambos tenían su residen-
cia militar, y el aburrido joven aceptó go-
zoso, por espaciar su ánimo y alargar la
cuerda que á Madrid te sujetaba. Allá se
fueron los tres, y allá merendaron. Al vol-
verse á Madrid solo, ávido de movimiento,
se metió por las lindes del campo; recorrió
íargo trecho en soledad placentera, y cuan-
do entraba en el camino real por el Alto
Carabanchel encontró un grupo de milita-
res, del cual se destacó un joven corriendo
hacia Iberito con los brazos abiertos. Era
Silvestre Quirós, sargento de Infantería,
riojano alavés, natural de El Ciego. Su ma-
dre había sido cocinera por luengos años en
la casa de Ibero, y en ella permaneció has-
ta su muerte, en jubilación decorosa. ¡Con
qué alegría se vieron, y con qué emoción
celebraron encontrarse juntos tan lejos de
su patria! Silvestre tenía diez años más que
Santiago. Hablábale más como amigo que
como criado, ó con la familiaridad respe-
tuosa de los servidores que llevaron á sus
amitos en brazos, á cuestas y á la pela, y
les enseñaron á dar los primeros pasos. Allí
fué el preguntar Silvestre por toda la fami-
lia y hasta por los animales de la casa, ca-
4
50 B. PÉREZ GALDÓS
ballos, muías, perros y gatos. De todo le
informó Ibero, y como no tuvo más remedio
que referirle su escapada y viaje libre á
Madrid, hízolo con sinceridad y algún ate-
nuante discreto para que Silvestre no le ri-
ñera. Frunció el ceño el militar; pero San-
tiago expuso razones de un orden espiritual
que hasta cierto punto justificaban sus ac-
tos. ¡Y qué rara coincidencia resultó de es-
tas explicaciones! También Quirós había
sufrido el delirio de Prim y de América;
también fué su sueño dorado ir en la expe-
dición, y la imposibilidad de conseguirlo le
había dejado con una murria de mil demo-
nios... En fin, como la noche se venía enci-
ma y Silvestre tenía que seguir á Leganés
sin demora, despidiéronse con la resolución
de verse al día siguiente en el mismo sitio
para charlar largo y tendido.
Ya con aquel encuentro tenía Iberito la
compañía más de su gusto, porque Silves-
tre, su amigo de más confianza, le compren-
día mejor que nadie, le hablaba de empre-
sas militares más soñadas que verdaderas,
y coincidía con él en pensamientos audaces,
jamás á su parecer ideados de otro alguno.
A la cita de los Carabancheles acudió pre-
suroso, encontrando á Silvestre al pie de un
gran árbol hablando con dos paisanos, que
al ver á Iberito quedaron mudos, como si
lo que allí se trataba no debiera oirlo ningún
cristiano. Apartóse el joven discretamente;
los desconocidos secretearon con Quirós al-
gunas palabras ó cláusulas breves al modo
PRIM 51
de consigna, y camino abajo se fueron, des-
pidiéndose con esta concisa frase tres veces
pronunciada: "Allá, mañana. „ Allá pare-
cía ser Madrid.
Dijo Silvestre á su señorito y amigo que
al día siguiente podrían verse en Madrid.
Indiftó como punto de cita la iglesia de San
Sebastián, y como hora, las seis de la tarde.
Sospechó Ibero que su amigo andaba en al-
gún misterioso enredo político-militar; pero
esta idea no le retrajo de la amistad del
sargento, antes bien le empujó más hacia
él, por querencia del misterio romántico.
Juntáronse dos días más en los Caraban-
oheles, y aunque Ibero trató de explorar á
su amigo, éste no quiso clarearse. Por fin,
una tarde entraron los dos á refrescar en
un tabernucho situado en las primeras ca-
sas de Leganés. Arrimáronse á una mesa,
donde estaba bebiendo cerveza uno de los
dos individuos que Iberito había visto días
antes en reservada conversación con su ami-
go; pidieron de beber, y mientras discutían
-con el otro si había de ser cerveza ó vino,
entró de súbito un sargento seguido de cua-
tro números de la guardia de prevención.
Sin darles tiempo ni á las primeras excla-
maciones de sorpresa, el sargento dijo:
^Sargento Quirós, de orden del coronel,
venga usted preso... y también estos dos
pájaros... „ Lívidos Silvestre y el desconoci-
do, sereno y altivo Iberito, los tres mudos,
siguieron al que les privaba de libertad.
En aquel punto acabaron los datos y co-
52 B. PÉREZ GlIiDÓS
nocimientos que la Historia pudo reunir en
su primer legajo para la vida y hechos del
audaz Iberito. La persona de éste se pierde
desde aquel suceso, como el hilo de agua
que corriendo se desliza sobre un suelo de
arena. Lenta evolución de la vida y del
tiempo fué menester para que resurgiera de
nuevo en la superficie, como verán los que
sigan leyendo.

vi

Sábese, y si no se sabe se supone, que don


Tadeo Baranda, al notar la ausencia de San-
tiaguito, despachó un propio en su segui-
miento, y pensando que el fugitivo no ha-
bría ido muy lejos, se abstuvo de notificar
el caso á los padres, pues á nada conducía
darles tal disgusto si, como era presumible,
el muchacho parecía pronto. Equivocóse de
medio á medio el buen cura, y su principal
error fué mandar al criado, no en la direc-
ción de San Millán de la Cogulla, sino en la
de Santo Domingo de la Calzada, itinerario
que seguían casi siempre en sus cacerías.
EL perseguidor debía prolongar su ojeo has-
ta Belorado, donde vivían dos chicas muy
guapas, las de Corporales, que en Nájera
pasaban el verano, y que por todas las tra-
zas eran muy del gusto de Santiaguito. Vol-
PRIM 53
vió desconsolado el propio á los dos días, y
antes de que diera parte al amo de la inuti-
lidad de su exploración, don Tadeo, rabioso
contra sí mismo, le dijo: "¡Pero, hombre,
si estaba yo en la hora boba cuando te man-
dé á Belorado!... ¡No acordarme de que las
niñas de Corporales están ahora en Herra-
mélluri! Vete allá, cógeme de una oreja á
ese pillo y tráelo amarrado si fuese menes-
ter.,, Nuevo fracaso del propio, y mayor tri-
bulación de don Tadeo, que, sin perjuicio
de seguir explorando hacia Cameros y Soria,
dió parte á los primos de Samaniego cinco
días después de haber tomado soleta.el niño
tonti-loco.
La consternación de Santiago Ibero fué
grande. Hallábase su esposa en La Guardia,
pasando unos días con su hermana Deme-
tria, que volvía de Royan y Burdeos, vendi-
miados ya los ricos viñedos que Calpena po-
seía en la Gironda. Las dos hermanas goza-
ban de verse juntas después de larga ausen-
cia. No quiso, pues, Ibero informar á Gracia
de la barrabasada de Santiaguito. ¿A qué
aguar su felicidad con esta noticia, si el
chico había de parecer pronto? A
este fin,
escribió á varios amigos suyos, uno de Za-
ragoza, otro de Madrid, para que buscasen
al prófugo. Punzante corazonada le decía
que á Madrid había ido Santiago, movido
de su alocada imaginación. El amigo que
en la Corte recibió el encargo de Ibero y
poderes para buscar al fugitivo y apresarle
<5on todo el rigor de un segundo padre, era
54 B« PÉBEZ GALDÓS

el teniente coronel don Jesús Clavería, com-


pañero inseparable de Ibero en las fatigas
de la guerra, su fraternal amigo en la paz.
Desgraciado en su matrimonio, Clavería ob-
tuvo pocas ventajas en su carrera, por no
disimular sus inclinaciones harto vivas al
Progreso y la Democracia. Era un tempera-
mento generoso, sincero, rectilíneo; miraba
más á sus ideales patrióticos que á su per-
sonal provecho. Desde el 56 cayó en desgra-
cia, viéndose obligado á pedir el cuartel.
O'Donnell le tenía por sospechoso, y le mo-
lestó durante algún tiempo con vigilancias
humillantes. A pesar de esto y favorecida
por su conducta correctísima, vivía en Ma-
drid bien quisto de todo el mundo; sus re-
laciones con personas de éste y el otro par*
tido eran muy cordiales; frecuentaba el Ca-
sino por no tener afectos en su vivienda
solitaria, y era un ocioso simpático, uno de
estos madrileños castizos que adornan todos
los paseos y ocupan lugar preferente en el
movible museo de caras conocidas.
La primera diligencia de Clavería al re-
cibir el encargo, fué echar un pregón en el
Casino; luego lo echó en el café de la Iberia.
Nadie daba razón del tal Iberito. Los círcu-
los y peñas del Suizo tampoco respondie-
ron. Un encuentro casual con Maltranita
hizo al fin la luz. El prófugo había llegada
á Madrid, instalándose en la casa de hués-
pedes de la Milagro; pero á los quince días
de estar en ella desapareció por escotillón
como había venido. "Salió una tarde dicien-
PRIM 55
do hasta la noche, y todavía le estamos es-
perando.,, Así lo contaba Maltrana ya muy
avanzado Diciembre. De este dato precioso
partieron las gestiones emprendidas con fe-
bril ardor por Clavería, ayudado del joven
estudiante. La primera indicación para una
pista segura la dió Segismundo Fajardo, el
ubicuo parroquiano de todos los cafés de
Madrid, y por consejo de él, fué interroga-
do don Víctor Ibrahim. Hombre muy tardo
en sus respuestas, por el afán de rodearlas
de misterio y de farandulería, el castren-
se recomendó que se buscase el testimonio
del teniente Estercuel. Pero Estercuel había
sido trasladado á Zamora días antes. Por
fin, siguiendo el rastro al través de la oficia-
lidad de Cazadores de Figueras, acuartela-
dos en Leganés, se llegó al punto impor-
tante de la prisión del sargento Quirós y
dos paisanos, uno de los cuales era un jo-
vencillo imberbe. Amigo de Clavería era el
teniente coronel de Figueras. A él se fueron
los investigadores sin obtener la claridad
que perseguían. He aquí las manifestacio-
nes del jefe del batallón. O el jovenzuelo
detenido con el sargento había falseado su
nombre, ó no era el que buscaban con el
nombre de Santiago. De su paradero nada
sabía el teniente coronel, pues los dos paisa-
nos entregados á la autoridad gubernativa
salieron en cuerda de presos... ¿Para dónde?
¿Para Melilla, para el castillo de Gibralfaro
en Málaga, para Cartagena?
Ante estas vagas referencias, pateó y echó
56 B. PÉREZ G1LDÓS
Aeras maldiciones Clavería, gritando: "¿Pero
así se encarcela á infelices ciudadanos, y se
les conduce al destierro sin formalidad al-
guna ni decir siquiera á dónde los llevan?
¿En qué país vivimos? ¿Es esto España, ó
una colonia f andada por el Congo en tierras
europeas?,, Y el de Figaeras, lastimado tam-
bién y algo confuso, le contestaba: "Amigo
mío, no hemos hecho los militares la Ley de
Vagos. Es cosa del Gobierno, á quien los de-
dos se le antojan conspiradores. Hablen us-
tedes con el Gobernador civil, con el Minis-
tro de la Gobernación, con el Ministro de
Gracia y Justicia, con el Director de Pena-
les, con el Presidente de la Junta de Cárce-
les, con el Inspector de la Guardia civil, con
el Juez de la Inclusa... (siguió enumerando
en broma), con el Comisario general de Cru-
zada, con la Secretaría de la Interpretación
de Lenguas, con el Nuncio Apostólico, con
doña Polonia Sanz, con el padre Claret, con
el moro Muza...,,
No exageraba el teniente coronel: la pe-
regrinación que emprendieron los buscado-
res de Iberito, abrazó innumerables com-
partimientos de la superficie burocrática
del Estado, toda llena de aposentos claros
y obscuros, de cavernas, zahúrdas y pasa-
dizos. Dos semanas de labor infatigable no
dieron resultado alguno. Nadie sabía nada.
En toda estancia de aquella Babel culpa-
ban á la estancia vecina, y en ninguna faltó
un hombre indolente que alzara los hombros
significando su desprecio de la vida y de la
PRIM 57
libertad de los ciudadanos. Aburrido y desa-
lentado, Clavería dió á Santiago Ibero cuen-
ta de su indagatoria, tan prolija como ine-
ficaz. Gran consternación en Samaniego y
La Guardia. Enterada Gracia de la pérdida
de su primogénito, sufrió terribles ataques
nerviosos. Dejóla Ibero al cuidado de la sin
par Demetria y del marido de ésta, y se fué
á Madrid en Enero del 62.
Juntos los dos amigos, repitieron las in-
dagaciones, y, por fin, la Guardia civil se-
ñaló una pista con visos de segura. Según
dijo Ibero, las diligencias del cura Baranda
dieron por resultado el encuentro de un sar-
gento inválido que iba. semanal mente al
mercado de Almazán con una carga de sal.
Milmarcos, que así se llamaba, conoció á
Santiaguito en el mesón de aquella villa, y
le aposentó luego en su casa de Tor del Rá-
bano. El móvil del descarriado muchacho no
era otro que agregarse á las tropas que iban
á Méjico al mando de Prim. Con esta idea
coincidían las indicaciones de la Guardia ci-
vil, resultando de todo que bien podía su-
ponerse, con probabilidades de certeza, que
no fué Iberito el preso de Leganés... Al
desaparecer de la casa de huéspedes debió de
tomar el camino de Cádiz, y al fin, en esta
• plaza hallaría modo de introducirse en el va-
por que últimamente transportó más tropas
para la Habana. Pudo embarcarse el mu-
chacho furtivamente y sin papeles, por el
sistemé escurridizo de los pasajeros apoda-
dos polizones...
58 B. PÉBEZ GALDÓS
Resuelto á no desmayar en la cacería de
la verdad, partió Ibero á Cádiz... Doloroso
es consignar que volvió á Madrid á fines de
Febrero con la pena y desesperación de un
nuevo fracaso. O Iberito había logrado co-
larse en el vapor de Enero, ó andaba escon-
dido Dios sabía dónde, ó era ya difunto. No
acertando á consolar al afligido padre, Cla-
vería y otros amigos daban por cierto que
el chico pisaba ya el suelo americano, rea-
lizando con osadía caballeresca su pensa-
miento. Lo más práctico sería, pues, escribir
á las autoridades de la Habana, ó al mismo
Prim á Méjico, para que buscaran al prófugo
y bien custodiado lo mandasen á la Penín-
sula... No alcanzando á estos dos persona-
jes las relaciones de Clavería, solicitó éste los
auspicios de un buen amigo, el Marqués de
Beramendi, que se mostró en extremo bon-
dadoso y servicial. "Mañana es correo— le
dijo. — Yo escribiré á Serrano, presentándole
el asunto como cosa mía, para que lo tome
con interés. Con Prim no tengo confianza;
pero Manolo Tarfe, que es uno de sus co-
rresponsales en Madrid, y en todos los co-
rreos le da conocimiento de cuanto aquí
pasa, le escribirá mañana mismo. Yo res-
pondo de ello.,,
Uniendo lo cortés á lo diligente, invitó á
un almuerzo íntimo, para el día inmediato,
á Clavería, Ibero, Manolo Tarfe y algún otro
amigo. De sobremesa se trataría del asunto
que bien pudiéramos llamar ibérico y se es-
,

cribirían las cartas. Así fué. Reuniéronse


PRIM 59
todos á la hora indicada. Ibero fué presentado
á Tarfe, resultando que se conocían: ambos
recordaron haber hecho juntos en diligencia
la travesía de Las Landas, viniendo Ibero
de Francia con su señora y dos niños pe-
queños... "Fué el 52, ¿no es eso?
—El 52, justo— replicó Santiago. Re-—
cuerdo la fecha porque veníamos de París,,
donde no se hablaba de otra cosa que del ca-
samiento de Napoleón con Eugenia.
— Y de lo mismo hablamos nosotros en el
paso de Las Laudas.,,
Al sentarse á la mesa, dijo Beramendi que
había escrito á Serrano recomendándole el
asunto del niño perdido. Urgía que Tarfe
hiciera con toda eficacia la misma recomen-
dación al general Prim en la carta de aquel
día. Así lo prometió, y esta incidencia llevó
de lleno el pensamiento y la palabra de to-
dos los presentes á la campaña de Méjico.
"Para mí— afirmó Tarfe,— ya no hay se-
creto en la expedición: ya sé que Inglaterra
y España van engañadas, vendidas... Así
se lo escribo hoy al General... El convenio de
Londres, después de establecer el objeto de
la intervención, dice: "Las altas partes con*
tratantes declaran que no buscan ningu-
na adquisición de territorio, y que no ejer-
cerán en los asuntos interiores de la Nación
mejicana influencia alguna que menoscabe
su derecho para escoger y constituir libre-
mente su forma de gobierno.,, ¿No dice esto?
Pues todo es una comedia. Francia va re-
sueltamente á cambiar allí la República por
60 B. PÉREZ GALDÓS
la Monarquía, y á colocar en el trono á un
Príncipe europeo.,,
Asombro de Ibero, novato en estos cubi-
leteos de la diplomacia; dubitación de Cla-
vería, risa de Beramendi, dejando traslucir
que el notición no era cosa nueva para él.
"Te ríes, porque crees estar tan bien in-
formado como yo. Por Guillermo Aransis,
que llegó anteayer de Viena, sabes el nom-
bre del candidato; pero ignoras cómo se ha
fraguado este complot contra la República
mejicana, y qué manos han tejido la fina
trama. Yo he recogido excelentes testimo-
nios, y hoy le mando al General un proto-
colo curiosísimo para que se divierta y rabie
un poco... Ya verá en la que se ha metido.
—El candidato es el Archiduque Maximi-
liano — dijo Beramendi, — hermano del Em-
perador de Austria. Para mí no es ya rumor,
sino hecho positivo. Maximiliano será Em-
perador de Méjico. ¿De dónde ha salido esta
¿. candidatura? Para mí no es difícil precisar-
lo... Ya sabes que en la gestación de las re-
voluciones, así como en la da las restauracio-
nes, veo siempre manos femeninas. Es una
manía, si quieres. Por algo la divinidad de
^ la Historia es mujer: la musa Clío. Pues en
París, hace ya algunos años, he visto de cer-
ca la acción mujeril trabajando fieramente
por la monarquía mejicana. ¿Conociste á la
t>ella Errazu, á la Guibacoa, á la Uribarren,
damas mejicanas, tan ricas como hermosas,
y por añadidura furiosamente ultramonta-
nas? Ya en los salones del Elíseo conspira-
PBIM 61
ban contra la libertad de su país, y esas y
otras,también fastuosas y bellas, han reanu-
dado en Tullerías la intriga para cambiar en
Méjico la forma de gobierno, condensando
ya sus ideas en la persona de Maximiliano.

No han sido señoras, Pepe, sino hom-
bres de fuste; ha sido la clase aristocrática
y rica de la República, expatriada volunta-
riamente á la muerte de Santana, el único
que allí contuvo los desvarios democráticos;
ha sido el arzobispo Labastida, que no se
resignaba á la desamortización eclesiástica,
llevada á efecto por Cumonfort; ha sido el
alto clero, la Curia romana,..
—Iniciadores fueron tal vez; pero sus pla-
nes habrían quedado reducidos á declama-
ciones de un coro sentimental, si las damas
elegantes... ¡cuidado con ellas, que son de
Caballería!... no se hubieran lanzado á la
pelea. En estas campañas sólo la bandera es
de los hombres; á las mujeres pertenece la
gloria del combate y del triunfo.
—No dudo que influya el bello sexo, Pepe;
pero esto, según mis indagaciones, viene
de más alto. Napoleón, por farolear en Eu-
ropa y fascinar á los franceses, inventa las
empresas militares más fantásticas. Un
imperio en Méjico, ¡qué bonito! La bandera
tricolor plantada en el árbol de la Noche
triste, ¡qué teatral! Además, el hombre quie-
re hacer buenas migas con Austria... pues-
ta la mira en el Rhin y en la Prusia Rena-
na... El niño no tiene ambición que diga-
mos... Luego, mi señora la Emperatriz Eu*
62 B. PÉREZ GALDÓS
genia, ante quien me postro con toda la
admiración y el respeto del mundo, gusta
de improvisar tronos,., ¡ella, que subió al
de Francia con increíble suerte!... y ahora
se solaza haciendo Emperador á un Prínci-
pe austríaco, y Emperatriz á una Princesa
belga... Es un bonito juego... Póngote de
soberano en Méjico, aunque te ponga pren-
dido con alfileres...
—¿Lo ves, Manolo?... Y luego negarás que
las faldas empollan los imperios... Para tu
gobierno, te diré que la idea de llevar un
Rey á Méjico es antigua. En mis mocedades
de Roma conocí yo á un mejicano extrava-
gante, Gutiérrez Estrada, que tenía por
ídolo al Príncipe de Metternich, y procura-*
ba imitarle hasta en el vestir. Usaba unas
corbatonas formidables y unos cuellos altí-
simos. En casa de Antonelli le vi algunas
noches, con su levita color café, muy ajus-
tada, y una placa de brillantes en el pecho...
A lo mejor se lo encontraba uno en el Pin-
cio, lleno el faldón de periódicos ultramon-
tanos, UUnivers, La Civiltá Católica; leía
febrilmente, y hablaba solo cuando no tenía
con quién hablar. Yo le abordé algunas ve-
ces por pasar el rato, pues el hombre admi-
tía conversación del primer paseante desco-
nocido con quien topaba, y no hacíala menor
reserva de sus pensamientos y sus planes.
Á vueltas andaba con una idea fija, que era
cambiar la forma de gobierno en Méjico,
con lo que ganarían mucho el orden y la
religión. En Viena pasaba largos meses
PítfM 63
dando matraca al Príncipe de Metternich, y
por variar se iba después á Roma y la em-
prendía con Antonelli. Era ün hombre afa-
ble y bastante instruido... ¡Pues, digo, si
trabajó el hombre para plantar una corona
sobre el escudo de su país! Muchos le tuvie-
ron por loco. Luego ha venido la Historia á
darle la razón, que esto está muy en la natu-
raleza de la Historia: darla razón á los que no
la tienen. Pero, lo repito: ni Gutiérrez Estra-
da, ni los ricos mejicanos que trabajaron
después por la misma idea, Sánchez Nava-
rro, Hidalgo, Arroyo, ni Almonte última-
mente, habrían visto en Méjico monarquía
del tamaño de una lenteja, si las señoras no
sacan del pecho el Cristo, y de la liga la na-
vaja...
—Oigame usted, Marqués — dijo á esta
sazón Santiago Ibero,— y perdone que hable
de mi pleito. Si tan grande es la influencia
de las damas en los asuntos públicos, ¿por
qué no ha de serlo en los privados? Peque-
ñísimo, insignificante asunto es éste de la
desaparición de mi hiyo, pues sólo á mí y á
mi familia interesa. Y pues nada hemos
conseguido de las autoridades ni de los al-
tos ó medianos poderes, ¿sería locura que
nos encomendáramos á una, ó tres, ó veinte
señoras de esas ricas y guapas que según
usted todo lo pueden?
— Es una idea, es una idea respondió—
Beramendi risueño y pensativo; —
hay que
pensar en ello ... Yo pensaré „
. . .
64 B. PÉBEZ GALDÓS

VII

Corrían las horas, arrastradas suavemen-


te por la conversación amena, y Tarfe anun-
ció que concluiría su correspondencia en el
despacho del Marqués. Aún le faltaba lo
mejor para dar al general Prim un informe
interesantísimo, y era que doña Isabel, al
enterarse de que los franceses llevaban un
Príncipe austriaco al trono de Méjico, puso
el grito en todo el sistema planetario. Su Ma-
jestad habló así: "¿Cómo se entiende? ¿Un
soberano á Méjico, y no es la Reina de Espa-
ña quien lo elige? Ya verá Napoleón cuán-
tas son cinco. ¡Como si no tuviera yo en mi
familia príncipes para surtir á toda Améri-
ca!No daría yo poco, bien lo sabe Dios, por
tener algún trono lejano donde colocar á
Montpensier; á don Juan, mi primo, que
acaba de reconocerme; á este otro primastro
don Sebastián, y á los demás que me vayan
reconociendo.,, ¿No crees que esto dijo doña
Isabel, Pepe?
— Tan bien la imitas,que me parece que
la estoy oyendo. Pero no te entretengas; aca-
ba tu carta*. Me figuro que lo que le escribes
á Prim de la candidatura de Maximiliano ya
está harto de saberlo. También sabrá, por
las cartas de Muñiz, toda la menudencia po-
PftfM 65
lítica de aquí, cariño que le tienen los vi-
el
calvaristas, que esperan ver cómo se estre-
lla en Méjico. Vete al despacho... y no te ol-
vides de que has de poner en pliego aparte
recomendación muy expresiva, para que se
tome el trabajo de averiguar si entre las tro-
pas, ó entre los paisanos que siguen al ejér-
cito, está el hijo de este señor. Toma la nota
con la filiación exacta.,,
Retiróse Tarfe á escribir, y con Beramen-
di quedaron solos Ibero, Clavería y otro co-
mensal, no mencionado antes, porque du-
rante el almuerzo no desplegó los labios
más que para pronunciar tímidamente al-
gún monosílabo de urbanidad ó aquiescen-
cia, y parecía estatua puesta á la mesa, con
mecanismo para comer pausada y limpia-
mente. Era más que viejo, un hombre de
buena edad, desmedrado y encanecido pre-
maturamente, flácido y chupadísimo el ros-
tro, barba y bigote en parte rasos por alo-
pecia, y lo demás rapado á filo de navaja;
los ojos agobiados porpárpados que se aba-
tían como fueran de plomo, el cuerpo
si
todo ángulos, trémulas las manos y un poco
gafos los dedos. Comía el misterioso sujeto
callando, sin más señales de vida que el
engullir con ceremonia, el modular alguna
palabra insignificante, y el desparramar va-
gamente alguna mirada oblicua, á medio
descorrer del párpado, sobre los otros co-
mensales. En cuanto se fué Tarfe, levan-
tóse, desdoblando lentamente su estatura,
y dijo con voz ultraterrena: "Si el señor
5
66 B. PÉREZ G ALDOS
Marqués no me necesita, me retiro con su
venia. „ Despidióle Beramendi con afabili-
dad y estas palabras cariñosas: "Hoy no lee-
remos, amigo Confusio. Yo tengo que salir
con estos señores cuando Manolo despache
su correspondencia. Vete á trabajar, y vuel-
ve mañana por aquí.,, Hizo á todos reveren-
cia el extraño sujeto, y salió como una
sombra.
"Quien conoció á este hombre hace un
año y ahora le vea— dijo Beramendi, no —
comprenderá que así podamos saltar de la
juventud alegre á la triste vejez. El que se
llamó Santiuste, ahora lleva el nombre de
Confusio, que él mismo se aplica olvidado
de su verdadero apellido. Una enfermedad
terrible de la que escapó mal curado, para
caer luego en un tifus horroroso, deshizo su
naturaleza física y mental Y el que ahora
.

Ten ustedes es un guapo mozo comparado


con el que me encontré hace meses, cuando
salió del hospital, y se arrastraba por los
declives de Gilimón como un pobre animal
moribundo. Yo le había perdido de vista:
ignoraba su paradero y sus enfermedades...
Pues Señor, le recogí; le puse en una vi-
vienda saludable, al cuidado de personas
caritativas. Se le reconstituyó lo mejor que
se pudo. Fué como cadáver que resucitamos
trayéndolo un ppco más acá de los linderos
de la vida. A fuerza de cuidados recobró la
acción muscular, el uso de la palabra con
torpeza de pronunciación y penuria de vo-
ces; luego vino la escritura, que con el ejer-
PRIM 67
<cicio gradual llegó á ser lo que fué, á me-
dida que se iba corrigiendo el temblor de la
mano. La reparación del entendimiento fué
más perezosa, y las facultades del hombre
muerto reaparecieron en el resucitado como
destello de la luz de otros días. Casi todas
sus ideas habían volado; olvidó su nombre
y los anteriores sucesos de su vida, que fue-
ron complejos y muy interesantes, dramá-
ticos los unos, otros graciosísimos.
— Fué muy enamorado — indicó Clave-
— Yo recuerdo haberle visto cuando cor-
ría.
tejaba á la Villaescusa...
—Otro más mujeriego no conocí: sus pa-
siones pertenecían al reino de la novela ro-
mántica. En Madrid no le faltaron con-
quistas; en Tetuán robó judías, moras en
Tánger, y de regreso á España hizo estra-
gos en las amas de cura, que, según él, son
lo más tentador del mujerío contemporá-
neo. Pues aquellas aficiones y aptitudes han
quedado muertas en él, y hoy vive y pro-
cede como si no hubiera mujeres en el mun-
do... De su sér anterior y del desplome de
su entendimiento y de su memoria, no resta
más que el sentimiento patrio, y una idea,
una sola idea y propósito, escribir la Histo-
ria de España, no como es, sino como debie-
ra ser, singular manía que demuestra el
brote de un cerebro brutalmente paradógico
y humorístico. Como entiendo que la ocio-
sidad ha de perjudicarle, en vez de combatir
esa manía, le estimulo para que trabaje en
eso que él llama Historia lógico-natural de
68 B. PÉREZ GALDÓS
los españoles de ambos mundos en el si-
glo El hombre lo ha tomado con ahín-
xix...
co, y cuanto más trabaja, más se afianza en
la fortaleza de su sér nuevo, y más aguza las
dotes paradógicas y lógico-naturales que le
han salido ahora... Cada dos ó tres días des-
pacha un capítulo, que me lee antes de po-
nerlo en limpio. En su estilo no se advierte
ninguna extravagancia; en la narración de
los hechos está lo verdaderamente anormal
y graciosamente vesánico, porque Confusio
no escribe la Historia, sino que la inventa,
la compone con arreglo á lógica, dentro del
principio de que los sucesos son como deben
ser. Anteayer me leyó un capítulo que me
hizo morir de risa. Describe los sucesos del
año 23, las artes solapadas de Fernando VII
para ahogar en España el espíritu liberal,
la intervención de los Cien mil hijos de San
Luis para restablecer el absolutismo, los
acuerdos de las Cortes, la declaración de
la locura del Rey. Al llegar aquí, el hom-
bre se quita de cuentos, y... ¿qué creerán
ustedes que proponen, discuten y votan al
fin las Cortes?Pues procesar al Rey. Toda
la tramitación del proceso es tratada por el
historiador lógico- natural magistralmente,
con gran prolijidad de documentación sa-
cada de su cabeza. Pásmense ahora: Fer-
nando es condenado á muerte... y como no
resulta decoroso ahorcarle, ni tenemos ver-
dugos que sepan degollar, es fusilado con
muchísimo respeto en Cádiz, en el baluar-
te próximo á la Aduana... ¿Se ríen ustedes?
PRIM 69
Pues si leyeran la solemne escena de Fer-
nando en la capilla, su conferencia patética
con Arguelles, Martínez de la Rosa y To-
reno, su invocación á los juicios futuros de
la Historia, y luego la marcha al suplicio al
son de tambores destemplados, y lo que el
augusto condenado dijo al cura que le auxi-
liaba, admirarían al historiador, que, según
dice, no tiene por musaá la vieja Clío, sino
á la conciencia humana.
— ¡Demonio de hombre!... — dijo Ibero
riendo.— Bueno: muere Fernando VII, por
sentencia de las Cortes. ¿No querías Cons-
titución? Pues toma tiros... ¿Y los Cien mil
niños de San Luis, qué se hicieron?
—Esto no lo sé... pero ya se las compon-
drá mi Confusio para escabullidos ó evapo-
rarlos por el sistema lógico-natural.
—¡Ajusticiado Narizotas!... Hombre, me
gusta. Ese historiador loco es atrozmente
simpático. Y yo pregunto: condenado el
Eey, ¿dónde está Cromwell?
—Pues él verá de dónde lo saca y á quién
da este papel, porque él inventa los hechos,
y si es preciso, las personas.,,
Yno se habló más de este asunto, porque
volvió Tarfe del despacho con su correspon-
dencia terminada y lista para el correo. De
la expresiva recomendación á Prim queda-
ron Ibero y Clavería muy satisfechos, así
como de la carta de Beramendi al Capitán
General de Cuba. Al retirarse, iban los dos
militares esperanzados y en extremo agra-
decidos. Debe decirse ahora que Manolo Tar-
70 B. PÉREZ GALDÓS
fe y Pepe Fajardo, unidos en amistad estre-
cha, se hallaban, por aquellos días, á cere-
moniosa distancia política de don Leopoldo r
cabeza y pontífice de la Unión liberal. La
culpa de esta frialdad no fué de la cabeza^
sino del brazo, Posada Herrera, que desaten-
dió las recomendaciones de los dos en asun-
tos locales, y privó á Tarfe, en las elecciones
últimas, de aquel apoyo que hipócritamente
llamaban influencia moral.
Claro es que no se separaron ostensible-
mente de la Familia feliz; pero sólo ponían
un pie en ella; el otro lo tenían alzado sin
saber aún dónde sentarlo. En el campo mo-
derado no podía ser; en el progresista, tam-
poco. ¿A dónde irían, pues? Prirn no era un
partido; pero si una incógnita sugestiva, una.
bella esfinge, cüya postura majestuosa y mi-
rar profundo anunciaban poder, fuerza, do-
minio. Desde que volvió de la guerra de
Africa, adquirió ese respeto con que las cla-
ses intermedias de aquella sociedad mira-
ban al futuro y probable caudillo militar,,
repartidor de mercedes, engarzador de vo-
luntades, y clave de una situación política.
Mezclando en sus largos coloquios la rea-
lidad tangible con las intangibles conjetu-
ras, Tarfe y Beramendi construían la figura
de Prim en los venideros espácios de la His-
toria, y después de engrandecerla á su gus-
to, se ponían á su lado, con perspicacia de
hombres prevenidos.
"La Unión liberal no le traga— decía
Tarfe con hondo convencimiento.— ¿Pues
PÜIM 71
por qué le han mandado á Méjico? Por ale-
jar unpeligro: esto es bien claro. Lo que
hace falta es que vuelva pronto. Cuando quie-
ra será jefe del nuevo partido liberal, since-
ramente liberal dentro de la Monarquía... á
la inglesa. ¿No crees que será liberal á la
inglesa? De su monarquismo no podemos
dudar, después de lo que dijo á la Reina en
el acto de cubrirse como Grande de España*
—No
te fíes, Manolo— replicó Beramen-
hombre de vista muy larga y atrevido
di,

sondador del alma humana- Yo veo en la
ambición de Prim lejanías que tú no ves.
Te diré además que no veo en mi protegido
Confusio un perturbado de tantos como an-
dan por el mundo; téngole por una inteli-
gencia de fuerza irregular y ciega, que se
lanza sin tino á la cacería de las verdades
distantes. Yo me siento algo Confusio; mis
corazonadas se confabulan con mis desva-
rios para no ver en Prim un General políti-
co y jefe de bando como los que ya tene-
mos... Ojalá vuelva pronto. Yo, cuando le
vea, le diré: "Hola, Cromwell, ¿ya estás
aquí? Me alegro de verte.,,
. Creyó Tarfe notar en su amigo un ligero
amago del achaque mental que en ocasiones
• le acometía, y discretamente llevó la con-
versación á otro asunto.
72 B. PÉREZ GALT>Ó8

VIII

Pasaron días, y el buen Ibero, ocioso en


Madrid y atribulado por la inutilidad de sus
pesquisas, se volvió á Samaniego, á donde
le llamaban el cuidado de su familia y
atenciones de su hacienda y labranza. Cla-
vería quedaba en la Corte á la mira del
asunto, aguardando noticias de la Habana y
Veracruz... Siguió visitando á Beramendi
una ó dos veces por semana: el trato del
Marqués, como el de Manolo Tarfe, le agra-
daba en extremo. Pero su trinca favorita,
á más del Casino, era el café de la Iberia,
donde diariamente se veía con Muñiz, Sa-
gasta y Calvo Asensio, paisanos, con Mo-
ñones y Lagunero, militares. En aquella
tertulia pudo hacerse cargo de que el ver-
dadero confidente y corresponsal del gene-
ral Prim era Muñiz, que le informaba de las
menudencias políticas, por menudas impor-
tantes en esta sociedad más gobernada por
la intriga que por las ideas.
De Méjico llegaban noticias favorables ó
adversas, según venían por la vía francesa
ó la vía inglesa. Hoy: los jefes de las tres Po-
tencias aliadas operaban en perfecta armo-
nía. Mañana: Sir Charles Wike, Prim y Ju-
rien de la Graviére andaban á la greña. Co-
PRIM 73
mo hecho cierto, se supo que los aliados ha-
bían celebrado convenio con las autoridades
de Méjico para instalarse en lugares menos
insalubres que Veracruz. Franceses y espa-
ñoles acamparon en Orizaba y Tehuacan...
En sucesivas conferencias, Inglaterra y Es-
paña reconocieron explícitamente la autori-
dad presidencial de Juárez, tratando con él
por mediación de los ministros mejicanos
Echevarría y Doblado. Uno de éstos era tío
de la Marquesa de los Castillejos. El Gene-
ral de las tropas francesas, Lorencez, secun-
dado por Almonte, ministro de Méjico en
París, que á la sazón desembarcó en Vera-
cruz, se negó á todo trato con Juárez, y
apuntó la idea de que al amparo de los alia-
dos se convocase un Congreso nacional con
carácter de constituyente. La intención
de Francia no podía ser más clara ni más
napoleónica. Asamblea de amigos y caci-
cones, reclutada más que elegida entre los
pocos adictos á la idea monárquica; plebis-
cito á gusto de Francia; retablo mejica-
no movido por el Maese Pedro de las Tu-
nerías.
Trinó el inglés y bufó Prim. Ei primero,
emisario de un país constitucional, deter-
minó retirarse con las naves inglesas; el
segundo, representante de otro país formal-
mente constitucional, aunque con obstácu-
los, se retiró con sus tropas á Veracruz, no
pensando más que en embarcarlas para vol-
ver á España; y como no tuviese buques
especiales á mano, embarcó en los ingleses,
74 B. PÉREZ GALDÓS
y a C8.Sc!, Habana. ¡Cristo, la
6S decir, á la
que se armó en Madrid cuando se supo la
retirada de Prim, con la agravante de no
consultar al Gobierno ni pedirle instruccio-
nes! Los que fueron partidarios de la expe-
dición, creyendo que íbamos á una gloriosa
campaña militar que diera mayor fuerza y
mangoneo al Vicalvarismo, ó Familia feliz,
no se paraban en barras. Lo menos que pe-
dían era Consejo de guerra por abuso de
atribuciones, severo castigo del General-..
Pero éste, más avisado y perspicaz que to-
dos sus contemporáneos, no hizo caso de la
malquerencia y desvíos del Capitán Gene-
ral de Cuba, recogió á su esposa y familia,
y partió para Nueva York, despachando
previamente para España á sus ayudantes,,
coronel Conde de Cuba y teniente coronel
Campos, con un protocolo dirigido á la Rei-
na. En él le daba cuenta de los motivos de
su retirada, acompañando antecedentes y
papelorios para ilustrar la cuestión. En
tanto Serrano, que como O'Doniiell y los
pájaros gordos unionistas temía rabietas
de Napoleón, y aplacarlas creía castigando
severamente áPrim por su retirada, despa-
chó á don Cipriano del Mazo con otro car-
tapacio para el jefe del Gobierno, en el cual
acumulaba fieros cargos contra el héroe de
Africa.
La suerte de Prim dependía de que su
mensaje llegase antes que el de Serrano.
Bien hizo en recomendar á sus ayudantes
que no perdieran tiempo, y que llegados á
PRIM 75
España no pararan hasta Aranjuez, donde
seguramente estaría la Reina, por ser la
época de jornada en aquel Real Sitio. Su
agudeza, su rápida visión de las cosas le su-
girieron aquel arbitrio, fundándose en un
hecho positivo, que amigos leales le habían
comunicado desde Madrid. El ardiente es-
pañolismo de Isabel II se sublevaba y en-
furecía viendo elegido para el trono de Mé-
jico á un Príncipe austríaco, con desprecio
de los españoles Príncipes. ¿Podía España
tolerar tal vilipendio? No se concebían en
América Majestades que no fueran de acá,
de la raza y pueblo que descubrió, conquis-
tó y civilizó, como Dios le daba á entender,
aquellas doradas tierras. ¿No habían de ser
españoles los soberanos de América? Pue&
quedárase ésta con sus repúblicas, que bien
españolas eran por sus dictaduras y sus pro-
nunciamientos. Esto pensaba Isabel, y Prim
supo que así pensaba.
Ved ahora el gracioso paso de Aranjuez„
que aunque parece inventado por el diablo
de Confusio, es de incontestable realidad.
Recibió el Duque de Tetuán á Cipriano del
Mazo, que le llevaba el mamotreto enviado
por Serrano, y al punto fué extendido un
decreto desaprobando la conducta de Prim
é imponiéndole una corrección proporcio-
nada á la magnitud de su culpa. Al día si-
guiente, se celebraba Consejo en Aranjuez.
Ya tenéis á los ministros encajonados en el
tren- carreta, pues no merecía otro nombre
la comunicación ferroviaria de aquel tiem—
76 B. PÉREZ GALDÓS
po... Llegaron al Real Sitio y á Palacio, y en
la antecámara hubieron de sufrir un plan-
tón como para ellos solos, pues la Reina,
que comunmente no descollaba por la pun-
tualidad, tuvo aquel día la humorada de
dar la coba á los que se llamaban sus con-
sejeros responsables. Estaban de guardia
aquel día el Grande de España Duque de
Vistahermosa y ]a Marquesa de Belvis de
la Jara. Otras dos damas, la Navalcarazo y
la Villaverdeja, acompañadas de Manolo
Tarfe y de Riva Guisando, permanecían á
la expectativa en la Saleta, pues ya se sabía
que O'Donnell llevaba en su cartera el tre-
mebundo rapapolvo contra Prim. Así dá-
bamos gusto al coco de Napoleón III, que
se comía las naciones crudas... Pues Se-
ñor, después que hubo frito la sangre á los
ministros con tan larga espera, apareció
Isabel II sonriente, y sin dar tiempo á que
O'Donnell le dirigiese la palabra, le dijo es-
tas memorables: "¿Pero has visto qué. cosa
tan buena ha hecho Prim?... Ya. estoy de-
seando verle para felicitarle...,, Don Leo-
poldo masculló una respuesta. Su rostro,
que había ostentado una serenidad majes-
tuosa en la jornada del 4 de Febrero ante
los muros de Tetuán, se turbó y descom-
puso: en sus labios fluctuaba la sonrisa co-
nejil, singular mueca de los hombres gra-
Tes, cuando se ven obligados á tragarse á
sí mismos.
Amplió la Reina sus conceptos con razo-
nes que anulaban toda opinión contraria;
PRIM 77
los ministros asintieron entre tosecillas, y
el toque final de la escena fué que el <te
Tetuán no se atrevió á desenvainar su de-
creto, y que al regresar á Madrid se redac-
tó otro que decía: "S. M. la Reina se ha en-
terado con el más vivo interés de los des-
pachos de Vuecencia, etc.. y oído el parecer
de su Consejo de Ministros, se ha dignada
aprobar la conducta observada por Vuecen-
cia, etc., etc...,,
La escena de la cámara fué referida pun-
tualmente por el Duque de Vistahermosa á
las damas y caballeros apostados en la Sa-
leta, que no se rieron poco del gracioso tor-
niquete con que doña Isabel volvió del revés
los propósitos de su primer ministro. Prim
había ganado la partida por la feliz llegada
de sus edecanes dos días antes que el señor
Mazo, mensajero de Serrano. El acto de la
Reina, de puro gobierno personal, fué aque-
lla vez una feliz enmienda de la ligereza del
Gobierno. Este, que sólo era constitucional
á ratos, fluctuando á merced de la Provi-
dencia ó del Acaso, si á veces erraba por su
cuenta, acertaba siempre que sus decisiones
coincidían con el regio capricho... Retirá-
ronse los curiosos comentando el suceso de
la cámara; Tarfe contentísimo, como parti-
dario de Prim y su corresponsal de chis-
mes políticos y sociales; otros y otras tri-
nando en competencia con los ruiseñores de
aquellas arboledas. Las damas entusiastas
del Imperio francés, por moda política y
dilettantismo fastuoso, ponían á Prim como
78 B. PÉREZ (JALDOS
un trapo, y la Navalcarazo llegó á decir:
"Está visto que no ha querido apoyar al
de Austria, porque es él su propio candi-
dato. El hombre ha dicho: ¿Un rey en Mé-
jico?Pues Prim ó nadie.,,
Almorzó Tarfe con Riva Guisando en el
palacete de la amiga de éste, la Duquesa de
Oamonal, y con ambos y con Bermúdez de
Castro sostuvo terrible discusión, abogando
por Prim. Salió de esta batalla bien comi-
do, pero marcadísimo del largo disputar sin
convencer á nadie, y por la tarde se fué á
visitar á la Marquesa de Villares de Tajo,
pues Pepe Beramendi le había dicho: "No
dejes de ver á Eufrasia, y entérate bien de
lo que piensa de estas cosas.,, La viuda de
don Saturnino del Socobio, ya cuarentona
y ganando en inteligencia y travesura todo
lo que en belleza perdía, le recibió amable-
mente, y le propuso dar un paseo, visitan-
do de paso á las monjitas de San Pascual,
á lo que se prestó Tarfe, que á todo sabía
plegar su flexible espíritu. No le desagra-
daba la visita al convento, porque en los
tiempos que corrían, las relaciones monjiles
eran de buen tono y aseguraban el favor de
las personas más elevadas.
Fueron, pues, allá, y en el plácido locu-
torio charlaron cuanto les dió la gana con
las benditas y elegantes reclusas. Satisfe-
cho vió Tarfe que las esposas del Señor
opinaban lo mismo que la Reina en el caso
de Prim. Tenían conocimiento del mensaje
traído á S. M. por los ayudantes, y decía-
PBIM 79
raban que por obra de Dios habían éstos
llegado dos días antes que el señor Mazo...
¡Vaya que querer encajarle á Méjico un rey
austriaco! ¿Pues no teníamos aquí para esa
plaza al Infante don Francisco, ála Infanta
Luisa Fernanda con su Montpensier, que
mejor estaría en América que en España,
y á otrosPríncipes descarriados y costo-
sos? En que Prim había hecho muy
fin,
bien en decir "ahí queda eso.,, Con su reti-
rada se acreditaba de buen español y de leal
amigo de la Reina. Todo esto le supo á Tar-
fe á las puras mieles. Para mayor amenidad
de la visita, charlaron las monjas de todo
lo mundano, en mixtura graciosa con lo po-
lítico.
De regreso á la casa de Eufrasia, se re-
cluyeron en un saloncito decorado á la chi-
nesca para charlar de cosas reservadas que
nadie debía escuchar. Habló primero Tarfe,
ampliando lo que ya dijo á su amiga cuan-
do iban hacia el convento. Eufrasia, que,
por la fácil rutina de politiquear en la in-
timidad, adquirido había un cierto retintín
oratorio, dió esta entonada respuesta: "Claro
es que Prim podría formar una situación con
liberales ó progresistas templados. Harta de
unionistas y moderados está ya la Reina.
Con esto de habernos mandado á Méjico de
comparsa de Napoleón, don Leopoldo y los
vicalvaristas han tocado el violón á toda
orquesta. ¡En buena nos habían metido!
La' Señora está contentísima de Prim, y no
desea más que empujarle... El es adicto leal
80 B. PÉREZ GALDÓS
á la Reina y á la Monarquía; tiene talento;
ambición noble no le falta; parece aristó-
crata sin serlo; es un hombre cortado para
reconciliar al pueblo con la Corona... La
Reina, bien lo sabe usted, ama al pueblo...
su corazón tierno y generoso simpatiza con
los humildes. A Pepe Beramendi lo he di-
cho mil veces, y á usted se lo digo ahora: la
Reina es liberal de corazón... No se asombre
ni se ría. Es liberal; se paga muy poco de
las grandezas heráldicas... esto me consta;
puedo asegurarlo... y vería con gusto que
gobernaran á España hombres liberales,
aun de estos nuevos que, como jóvenes, son
algo alborotados... Pero... aquí viene el
pero... La Libertad entra de lleno en el alma
de la Reina, y avanza, posesionándose de sus
alectos, hasta el momento en que dentro de
dicha alma se encuentra con el confesor...
En este encuentro se acabaron las amista-
des; la Libertad sale despavorida del alma
de la Reina...
— Si es así, amiga mía, no siga usted...
¿De qué vale á la Libertad entrar en ese
corazón, si allí se encuentra con un hués-
ped á quien no puede arrojar fuera?
— Intentar arrojarlo sería locura. El con-
fesor, cualquiera que sea, hace allí su casa.
¿No sabe usted por qué hace su casa? Los
que absuelven, los que prodigan la indul-
gencia recaban de la voluntad sometida
concesiones proporcionadas á la magnitud
del indulto. La Reina es creyente: ya lo
sabe usted. Teme que por ser demasiado
81
dichosa en la tierra pierda el Cielo. La me-
jor parte del Cielo es para los que aquí su-
fren. Los poderosos, á poco que se descui-
den, se quedan sin un rincón celestial en
que guarecerse... Isabel es mujer de con-
ciencia: cree en las penas eternas y en el
eterno galardón. ¿Cómo alcanzar éste? Ha-
ciendo concesiones tan grandes como los
perdones que recibe... Ya comprenderá us-
ted por qué Isabel II no quiere reconocer el
reino de Italia.
—Ya, ya lo veo... Lo que no entiendo,
Eufrasia, es cómo ha pensado usted que
nosotros, liberales... seamos poder; vamos...
teniendo tal enemigo en el corazón regio.

En política todo se hace y todo se pue-
de con habilidad y trastienda, amigo mío.
No se asuste. Déjeme que le explique... En
el corazón de la Reina pueden entrar uste-
des siempre que no pretendan echar de allí
al confesor... y entrarán como por su casa
si el propio confesor les lleva de la mano...
¿A qué ese asombro? ¿Qué quiere decirme
con esa boca tan abierta que parece el bu-
zón del Correo?... Lo que acabo de decirle
no tiene nada de absurdo... Ni vaya usted
á creer que el confesor se come á los libera-
les en salsa de Concordato... Si es usted
amigo de Prim, aconséjele que escoja en el
Progresismo un par de docenas de hombres
sentados y de buen criterio. ¡Los hay, vaya
si los hay! Cantero, Santa Cruz, Perales,
Cirilo Alvarez, Gómez de la Serna, Roda,
Madoz... Con Olózaga no cuenten, porque
6
82 B. PÉREZ GALDÓS
ese... ya usted sabe... es de todo punto in-
compatible... Tampoco deben contar con
don Manuel Cortina, no porque sea incom-
patible... todo lo contrario. Pero él ni á ti-
ros quiere entrar en ninguna combinación
de Gobierno... Pues sigo: una vez que haya
juntado el amigo Prim un buen hatillo de
progresistas serios y templados, tiene que
pensar en construir su pirámide política so-
bre una base ancha, anchísima, Manolo...
Pues... en el Ministerio que forme ha de
entrar algún hombre significado en la re-
taguardia política, por ejemplo, don Pedro
Egaña... ¿Qué? ¿se ríe usted... cree que es-
toy loca? ¿Pero, alma de Dios, no ha repara-
do que don Pedro Egaña y su periódico han
sido los más entusiastas apologistas de Prim
por su retirada de Méjico?
— No ha sido por amor al General, sino
por el odio que los neos tienen á Napoleón.
—Sea por lo que fuese, Tarfe amigo, ten-
ga usted por cierto que sería viable, como*
ahora dicen, un Ministerio de Progresismo
tibio con tropezones de neísmo ilustrado.
Me consta también que don Pedro Egaña
tío haría fu, y que se dejarían querer otros
que han comido con Narváez, como Alejan-
dro Castro, quizás Benavides... Ayer mis-
mo, hablando con Carriquiri, hicimos un
recuento de los moderados que están rabian-
do por deshacerse del Espadón... ¿Qué dice
usted? ¿Se ha quedado lelo? La gramática
política, que es parda como usted sabe, tie-
ne por regla principal aprovechar las oca-

PRIM 83
siones... Recoger á los descontentos es otra
regla muy práctica. Si usted no lo entien-
de, Prim, que es listo, lo comprenderá...
Con que, ¿he dicho algo?
—Más de lo que yo esperaba, y todo subs-
tancioso, como de quien conoce á fondo la
realidad de las cosas y ve en la política un
arte culinario, no para dar de comer á los
pueblos, sino para matar el hambre de cua-
tro vividores... No creo, amiga mía, que
6sté el país para esos pistos ó bodrios inde-
centes. Cuando" Prim sepa la comida que
usted le prepara... creo que se le revolverá
^1 estómago... Y hasta otra tarde, mi dulce
amiga. Me voy: temo perder el tren.,,
Despidiéndole en la puerta, Eufrasia con
fría serenidad sonriente le dijo: "El guiso
que les ofrezco es el único. No hay otro,
Manolito. Pruébenlo: no sabe mal. Todo es
acostumbrarse... La cuestión es ir vivien-
do...,,

IX

Cuando Tarfe contó á Beramendi la entre-


vista con Eufrasia, no advirtió en el rostro
de su amigo sorpresa ni disgusto, sino más
bien una tranquila indiferencia de las cosas
reales, "Hace un rato— dijo el Marqués,
estaba yo embelesado con la Historia lógico-
natural que escribe el gran Confusio para
84 B. PÉBEZ GALDÓS
uso y enseñanza de los espíritus superiores,,
y vienes tú á darme un tirón para que des-
cienda de las verdades sublimes á las ver-
dades puercas, de lo estético á lo vulgar...
Sabrás, carísimo Manolo, que con la muerte
que mandaron dar nuestros constituciona-
les á Fernando VIL se produjo un estupor
grande en toda la Nación; surgieron arma-
dos y feroces los dos partidos apostólico y
liberal,y estalló una nueva guerra de la In-
dependencia, porque unidos los franceses de
Angulema á nuestros absolutistas, los cons-
titucionales se adjudicaron el nombre de es-
pañoles, y consideraron á los otros como ex-
tranjeros ó afrancesados. Cinco años dur6
esta guerra, que Confusio describe con bri-
llante colorido y verdad, refiriendo las ac-
ciones campales, sitios de plazas, sorpresas
de guerrillas y demás incidentes de tan he-
róica tragedia. Tuvimos en esta campaña el
auxilio de Inglaterra, y al cabo de mil peri-
pecias quedó triunfante la bandera de la
Constitución, y deshecho el malvado abso-
lutismo. Luego viene el reinado de Isabel...
— Pero tú y tu Confusio estáis locos.
Muerto Fernando VII el 23, quedan des-
cartados de la Historia el matrimonio con
Cristina y el nacimiento de Isabel.
—No, porque el historiador sapientísimo
nos presenta á la actual Reina nacida de
Isabel de Braganza. Desaparece, pues, la.
napolitana Cristina, y yo te juro, querido
Manolo, que no hemos perdido nada con la
evaporación de esta figura. La Princesita,
píum 85
Isabel, que sólo tenía meses á la muerte de
su papá, es llevada á Portugal, donde la
crían amorosamente sus tíos los Braganzas,
y cuando tocan á restauración... el toque
lo dió el partidomis sensato entre los cons-
titucionales... cuando tocan á restaurar,
digo, hacia el 30, si no estoy equivocado, se
forma una Regencia trina compuesta de
Mendizábal, Istúriz y Zumalacarregui...
—Basta, basta... ¿Cómo te- diviertes con
esos desatinos?... Yo me atengo á la reali-
dad, y te pregunto cómo se arregla el histo-
riador para explicarnos la guerra de Suce-
sión, y la disputa sangrienta entre los par-
tidarios y los enemigos de la ley Sálica.
—No ha habido tal guerra. Suprimiéndo-
la de un tajo, ha revelado el historiador su
profundo ingenio. Hícele yo la misma pre-
gunta que tú me haces ahora, y como le vie-
ra en gran perplejidad para responderme,
le dije: "Lástima que al abolir á Fernando
nos dejaras aquí á su dichoso hermanito.„
Y él: "Eso lo arreglo fácilmente, señor Mar-
qués.,, ¿Qué se le ocurre al hombre? Reha-
cer el capítulo de la ejecución del Rey,
agregando otros cuatro tiros para don Car-
los... Ya ves de qué modo tan sencillo se
deshizo el escritor de esa vergonzosa guerra
civil que tanto había de afear y ennegrecer
su historia. No hubo más guerra que la que
te conté llamándola de Independencia, y en
ella quedaron liquidadas y finiquitas todas
las cuentas del absolutismo con la libertad,
y del pasado con el presente. Naturalmente,
86 B. PÉREZ GALDÓS
como el mote ó lema que encabeza la obra
de Confusio es Aquí que no peco, el hom-
bre altera fechas y lugares, modifica perso-
nas y caracteres, escamotea las figuras que
le estorban, crea las que le convienen, in-
funde la vida en los organismos moribun-
dos, todo lo embellece, todo lo ilumina...
(Pausa.) ¿Qué quiere decir, Manolo, esa cara
de idiota que pones oyéndome? ¿Te burlas
de mis desatinos? ¿Te inspiro lástima? ¿No
sabes que me revuelvo en la vulgaridad, yo„
poseedor de todos los bienes materiales sin
haberlos ganado por mí mismo? ¿Sabes que
sufro un inmenso mal, la conciencia de na
haber hecho en el mundo nada bello ni
grande, nada que me diferencie del común
de los hombres de mi tiempo? ¿No te he di-
cho mil veces que cuando me ennegrece el
alma el tedio de la inacción, de la inutili-
dad, tengo para mi consuelo un remedio que
tú no tienes, y es inflar mi globo, meterme
en la barquilla, y subirme á las nubes, desde
las cuales te veo como una pobre hormiga
que se afana en la realidad, mientras jo
respiro y gozo en las altas mentiras?
— Basta, basta... Baja un poquito, Pepe^
y hablemos de...
—¿De qué? Déjame en paz. Cierto que te
encargué visitar á Eufrasia... No debí darte
á tí tal encargo, sino á Confusio, para que
juntos trazaran el reinado glorioso de Isa-
bel... ¿Qué vienes á contarme? No te escu-
cho. Si vuelves á ver á esa desorejada de
Eufrasia, le dices que se acuerde del tiempo-
PRIM 87
en que y yo íbamos juntos por los ai-
ella
res... Otra cosa: ¿y de ese Iberito, has ave-
riguado algo? Me interesa ese pájaro, que
se ha soltado á volar con tanta bravura. Si
yo lo encontrara, me guardaría mucho de
volverlo á la jaula... Que no parece: mejor.
Que estará en alguna partida de bandoleros:
mejor. Que andará por los mares piratean-
do ó contrabandeando: mejor. Que se habrá
pasado al Riff y tendrá su harén: re- mejor.
Todo es preferible á ser aquí teniente de
infantería, abogado picapleitos ó empleado
en Loterías con ocho mil reales. Las ambi-
ciones de ocho mil reales merecen ochenta
mil azotes. Admiro á ese chico que no quie-
re que le cuenten cómo es el mundo, y apre-
tándose los calzones ha dicho: "Vamos á
verlo.,,
Entró en este punto María Ignacia, atraí-
da de la vertiginosa cháchara de su mari-
do, y con gesto gracioso y semblante risue-
ño le mandó callar. Era la única persona
que en él sabía calmar aquel hervor del
pensamiento antes que llegase á la exalta-
ción morbosa. Despidióse Tarfe. Saliendo
con él hasta la antesala, María Ignacia le
encargó que cuando Pepe se remontaba en
el globo, le llamase al descenso con suaves
modos, no con voces destempladas. A lo que
respondió Manolo que lo más conveniente
para el amigo sería cortarle toda comunica-
ción con aquel chiflado Confusio que le lle-
naba la cabeza de disparates.
"¡Ay, no, Manolo! No está usted en lo
88 B. PÉREZ GALDÓS
cierto. Si no fuera por ese cuitado de Con-
fusio, mi marido andaría muy mal. ¡Pobre
Pepe! Entregado á sus manías en la sole-
dad, sin un chiflado de talento que alegre
su espíritu, es hombre perdido. Confusio
es para él el oxígeno, créame usted, el oxí-
geno.,,
Sobre estas menudencias del orden pri-
vado y otras del orden político, no más trans-
cendentales, cayó pronto el verano, aho-
gando en una ola de fuego ideas, sentires y
propósitos. Prim, que había llegado á Ma-
drid en Mayo, vióse rodeado de mucha y
diversa gente que en él veía un caudillo
probable. Los españoles de la rama política
y burocrática, que es la más numerosa, no
pueden vivir sin capataz, es decir, sin una
acción personal que supla la acción colec-
tiva. Pero el de Reus, hombre cauto en las
ocasiones que pedían cautela, como era el
más arrojado cuando venía la oportunidad
de obrar rápidamente, pensaba que, ante
todo, debía defenderse en el Senado de las
acusaciones que sobre él llovían por la re-
tirada de Méjico. Llegó, por fin, el momen-
to que Prim deseaba, en Diciembre del 62.
Tres días duró el valiente discurso ante los
senadores, que lo escucharon con la aten-
ción y el respeto que merecen los hombres
que saben hacer grandes cosas, ó dejar de
hacerlas. Supo el General defender con
maestría política y militar un acto negati-
vo, y el que había sido héroe cautivó al
Senado con las razones que dió para no
PRIM 89
desenvainar su espada victoriosa. Sobrio y
elocuente estuvo el hombre, admirable en
la defensa y en las réplicas que dió á los
enamorados del Imperio francés, Bermúdez
de Castro, don José de la Concha, los Mar-
queses de Novaliches y Miraflores, y otros.
Y á pesar de tan dura lección, incurrimos
«en nuevas fanfarronadas, que tal fué, ade-
más de la anexión de Santo Domingo, la
insensata campaña naval contra Chile y el
Perú. En mal hora vino acá la moda impe-
rial, con sus miriñaques primero, sus poli-
sones después; vanidad de formas femeni-
nas, vanidad de pompas bélicas.
Poblaron las tribunas del Senado, en las
tres sesiones que duró el alegato de Prim,
damas elegantes, aficionadas al torneo de la
palabra, y á ver sangre de reputaciones en
la candente arena parlamentaria. La Na-
valcarazo y la Campofresco fueron de las
madrugadoras para coger buen sitio; la Bel-
tís de la Jara y la Gamonal, que eran de li-
bras, ocupaban cada una dos lugares, y su-
daban la gota gorda en pleno Diciembre.
Aunque en la risueña bandada de señoras
dominaba el criterio napoleónico, algunas,
por agradar á la Reina, se iban del lado del
de los Castillejos.
Conviene mencionar aquí á una mujer
hermosa, muy conocida en Madrid y sus
aledaños por el carácter público de su li-
viandad, aunque no más liviana que las
emancipadas dentro de la ley, mujer gra-
ciosa y despierta, Teresa Villaescusa, ya
90 B. PÉREZ GALDÓS

conocida del desocupado lector. Esta tal,


con harto dolor suyo, no fué á las tribunas
del Senado, porque en aquel tiempo la ile-
galidad no tenía el fuero de exhibición en
lugares destinados á la decencia pública;
pero tuvo quien le contara ce por le todo
lo que dijt) Prim respondiendo á sus de-
tractores, y devoró luego el Diario de las
Sesiones, gustándolo como embriagadora
novela ó dulce poesía. Era frenética espa-
ñola y neta castellana; había declarado la
guerra al Imperio francés en el terreno de
las cuchufletas, y lanzaba toda su voluntad
hacia las soluciones progresivas, sin saber
lo que eran, por simpatía innata de lo nuevo
y vibrante, ó por concomitancias del cora-
zón con hombre de ideas radicales. En fin,
que se declaraba masona y descamisada, di-
ciéndose con secreta presunción: "Amando
las revoluciones, somos las mujeres más bo-
nitas.,, Así, después de despotricar donosa-
mente contra O'Donnell y Narváez, se mi-
raba al espejo. Y á pesar de esto, tenía de-
bilidad por la Reina; á su modo la quería,
sin haberla visto nunca de cerca; disculpa-
ba sus errores, y alababa el intenso espíri-
tu democrático y absolutamente expansiva
que la señora ponía en su existencia parti-
cular. La gloria presente y los venideros
triunfos de Prim le quitaban el sentido; se
revolvía contra los que le apoyaban con ti-
bieza, y se dejaba decir: "No le defendemos
resueltamente más que la Reina y yo.„
En tanto, el vencedor de los Castillejos
PBIM 91

y retirado de Méjico visitó á la Reina. Así


doña Isabel como don Francisco se mostra-
ron muy amables; oyéronle referir curiosos
pormenores de sus conferencias con los re-
presentantes de Francia en la expedición,,
y celebraron su entereza y españolismo. En
sucesivas pláticas cordiales con la Reina,
sola, sacó Prim la impresión de que Isabel
acariciaba en su mente el plan de gobier-
no adulterado expuesto por Eufrasia. Pera
el General no se dió á partido: repugnaba
formar Gabinete con fianza de unos cuantos
clérigos de capa corta. Esto era humillante:
su ambición no se satisfacía con vanos es-
plendores. No quería ser pavo real, sino
águila; remontaba su pensamiento á las al-
tas cumbres, y desde allí veía el inmensa
páramo que esperaba nuevas ideas que la
fertilizaran... Con certera visión de la rea-
lidad, se hizo cargo de la extensión social
del bando progresista, de la fuerza que le
dábanla candorosa fe y el entusiasmo de
sus adeptos. ¿Por qué entre esta vigorosa
familia y la Corona se interponían los fa-
mosos obstáculos? Sin duda, por no tener
el Progreso una cabeza militar. Pues si Es-
partero se metía en su concha de Logroño,
allí estaba Prim para plantar su cabeza so-
bre los hombros del formidable cuerpo pro-
gresista.
En esto se metió por las puertas del mun-
do el año 63. Habló Prim en el Congreso,
cerrando nuevamente contra los napoleóni-
cos, y cuando menos se pensaba, cayó el
92 B. PÉREZ GA.LDÓS
Gobierno de Q'Donnell, sin que se supiera
por qué, ni se molestaran los ciudadanos en
averiguarlo, hechos como estaban á las mu-
taciones telónicas del escenario político, las
cuales removían el doloroso tumulto de los
heridos por la cesantía ó de los esperanza-
dos de colocación. Cada crisis traía estrido-
res de infierno y crujido de maldiciones. La
bondadosa y antojadiza Reina no veía ni
oía nada de esto. Descuidada dormía en sus
esparcimientos por la virtud de las opiatas
que le daban sus mayores enemigos, que
eran los más próximos, sin que una voz
patriótica gritara en su oído: "Mujer, las
reinas no duermen tanto.,,
El pueblo, en cambio, despertaba. Muche-
dumbre de voces airadas ó burlonas, en toda
la haz de la Península desde Pirene á Cal-
pe, contaban los desvarios de la Corte, la
inepcia de los gobiernos, el abandono en
que miserablemente yacía la vida nacional,
como pupila recluida por sus tutores en un
rincón de la casa. Las voces resonaban en
las ciudades populosas, en las villas que
parecían muertas, en las aldeas labradoras.
Del conjunto de ellas resultaba un zumbi-
do de inmenso moscardón que vagaba con
vuelo de ondas inciertas, aquí más tenue,
allá más profundo. Si lo aventaban, sonaba
más f uerte. En todo tiempo ha flotado sobre
los pueblos este invisible y runflante insec-
to; mas nunca, en lo que llevábamos de si-
glo, había expresado cosas tan feas ni tanto
desprecio de los altos poderes. Nadie como
PBIM 93
el amigo Beramendi tuvo el oído más des-
pierto para entender lo que decía el moscón
en aquellos días de Marzo del 63. No men-
cionaba al nuevo Ministerio, ni á su Presi-
dente Miraflores, ni al Marqués de la Haba-
na, Ministro de la Guerra, ni al de la Go-
bernación, don Florencio Bahamonde. Fi-
guras insignificantes eran éstas. El abejorro
hablaba de más significativas personalida-
des, diciendo con zumbido: "Ya pareció Ibe-
rito... ya se sabe que vive y alienta el atre-
vido, el grande Iberito.,,

x
Era verdad lo que el abejarrón, con in-
tenso run-run, cantaba en el oído que ja-
más dejó de percibir la voz pública. Las
primeras nuevas del endiablado chico las
tuvo en Marzo Maltranita por una carta sin
firma ni fecha. El carácter de letra no di-
simulado, declaraba la mano que la escri-
biera. Decía: "Alta mar, á bordo del vapor
de don Ramón, Estimado majadero: no es-
toy muerto. Vivo navegando y voy á donde
me da la gana. Si me buscan, no parezco; si
me siguen, no me cogen. Soy pez... Abur.,,
Otra carta de la misma letra recibieron en
Abril los padres, redactada en esta forma
bien explícita: "Santiago Ibero y de Castro-
94 B. PÉREZ G ALDOS
Amézaga participa á sus buenos padres que
está vivo y sano. ¿Dónde? No quieran ave-
riguarlo.,, Firmaba Libertad.
En cuanto Clavería tuvo conocimiento de
las cartas recibidas por Ibero y Maltrana,
se lanzó á prolijas averiguaciones en los lla-
mados Centros. De Gobernación no sacó
ninguna luz; de Correos tampoco, porque
la estampilla de la estafeta de origen esta-
ba, como suele suceder, borrosa y confusa.
En Marina trató de averiguar-qué vapor era
el que el anónimo designaba como de un
don Ramón. ¿Era éste el capitán, el arma-
dor ó el consignatario? Nada se puso en cla-
ro. Quedaba la esperanza de que nuevas
cartas del picaro vagabundo dieran luz y
derrotero para cazarle ó pescarle... En el
tráfago de sus indagatorias, llevado ade-
más del gusto de la comidilla revoluciona-
ria, fué á dar Clavería en la bonita, recata-
da y casi masónica vivienda de Teresa Vi-
Ilaescusa, donde buscaban cierta obscuri-
dad para sus ideas y planes algunos progre-
sistas de los llamados de acción, como Leal,
Calvo Asensio, Muñiz, Montemar; los mi-
litares Moriones, Gaminde y Milans del
Bosch, y á veces los demócratas Figueras y
García Ruiz. En aquella reunión se incuba-
ban las de mayor fuste que habían de cele-
brarse en la casa de don Joaquín Aguirre ó
«en la de Olózaga. Había levantado el Gobier-
no gran marejada con su aviesa circular li-
mitando las reuniones electorales. Los agra-
viados vociferaban amenazando con el re-
PRIM 95
traimiento; dieron un Manifiesto á la Na-
ción, documento larguísimo, quejumbroso,
de intensa amargura, en el cual no se nom-
braba á la Reina. Esta seguía ciega y sorda.
Aquel hermoso nombre que había sido em-
blema de libertad, alegría de los pueblos,
corrompido estaba ya en el corazón de las
muchedumbres, y no sabía salir á los labios
oon ningún sentido respetuoso.
Triste fué aquel verano. Murió Calvo
Asensio de traidora enfermedad que hubo
de rendirle y acabarle en pocos días, dando
con todo su vigor físico y mental en la se-
pultura. Era un hombre de grande empuje
para la destrucción política: para el cons-
truir habría sido seguramente un hombre
iltil, pues en su voluntad existían segura-
mente las dos caras de la acción. Su talento
no era florido, sino adusto, genuinamente
castellano; su palabra de secano, sin verdor
ni lozanía; pero sabía, como pocos, imprimir
á las ideas el germen fecundo y sembrarlas
luego en millares de entendimientos. No
había venido, como casi todos los políticos,
de los campos abogaciles: era un farmacéu-
tico que administró á su país enérgicas dro-
gas tónicas y estimulantes. Su farmacia se
llamaba La Iberia.
Como no hay manera de separar aquí lo
público de lo privado, digamos que la her-
mosa y desenvuelta Teresita Villaescusa
fué atacada de la misma enfermedad que
dió con Calvo Asensio en la sepultura. Pes-
có la pobre mujer su tifoidea en pleno vera-
96 B. PÉREZ GALBOS
no, y con tal furia fué acometida de la te-
rrible infección, que desde los primeros días
se perdió la esperanza de sacarla adelante.
Su madre, la sutil tramposa Manolita; su
amigo contratista, González Leal, y su cria-
da Felisa, asistíanla, rivalizando en cariño
y esmero. Iban á velarla, por las noches, ami-
gas y algún pariente; aunque la pobre con
brava naturaleza se defendía del fiero mal,
éste podía más y se la llevaba, se la llevaba
á rastras á la muerte. Espantoso era su de-
lirio de media noche en adelante. Quería
saltar de la cama; hablaba con imaginarias
personas, monstruos ó fantasmas; reía his-
téricamente, y se figuraba estar perseguida
de gitanos ó demonios. Repetía con absur-
dos trueques de nombres lo que había oído
á los amigos que en los últimos meses iban
á ojalatear á su casa. Había que oiría: "¿Ya
está formado el Ministerio Prim-Gabino
Tejado? No es esto, caraflis: es Prim-Cán-
dido Nocedal. Este va á Gobernación, y á
Fomento no se sabe: ó Manuel Ruiz Zorrilla
ó González Bravo... No te fíes de los neos,
Prim... Me ha dicho la Reina que te quiere
mucho, que eres muy bravo... Su marido
es el que no te traga... Cuando seas poder,
hazme á mí de la camarilla... yo quiero ser
de la camarilla...,, "Esos que ahora entran,
¿quién son? Ah! Pepe Alcañices y el Padre
¡

Claret. Adelante: ¿tanto bueno por aquí?... n


"Hola, Carriquiri, ¡qué caro se vende us-
ted!...¿Pero qué hace? No se meta debajo
de la cama, que ahí está el gitano viejo es-

PfUM 97
perando á que yo me muera para llevarme á
enterrar. ¡Pero si todavía no me he muer-
to, caraflis! No me entierren, que estoy vi-
va... La Reina me ha dicho que me lleva-
rán al Escorial, donde tengo mi panteón,
orilla del de los Reyes Magos... como magos,
no; de los Reyes de copas... Eh, tú, dile á
Prim que le van á matar... Los gitanos le
matarán como me han matado á mí... sólo
que yo estoy muñéndome y resucitando k
cada momento. Me da la gana de resucitar^
aunque no sea más que para dar un susto á
ese neo, á ese Padre Cirilo, que allí está
mirándome y saca toda la lengua para ha-
cerme burla... Pues yo te saco la mía, que
es más larga, caraflis, caraflis...
Viéndola sin remedio, se determinó, por
indicación del médico Augusto Miquis, dar-
le los Sacramentos. Acogió ella con rego-
cijo esta idea, pues en los instantes de re-
misión inclinaba su espíritu á lo religioso y
al arreglo de su alma. La confesó el Padre
Laforga, hombre para el caso y de manga
anchísima, que hubo de perdonar á la po-
bre mujer todos sus pecados; y en verdad y
el arrepentimiento y contrición que mostró
ella, viéndose casi cogida ya por la mano
esquelética de la muerte, no eran para me-
nos... Lleváronle después el Viático, á que
asistieron devotamente don Serafín del So-
eobio, Rafaela Milagro y otras personas muy
calificadas de la vecindad (Plaza del Angel).
Y transcurridas no muchas horas desde este
magno suceso, cuando ya esperaban todos
7
98 B. PÉREZ GALDÓS
ver á Teresita dando las boqueadas, he aquí
que se determina una sedación intensa, que
la enferma descansa, que su cerebro se nor-
maliza, que la muerte no llega, que pasa
un día, luego una noche, con mayor des-
canso y alivio, y en fin... que no se muere,
que no la quiere la muerte. "Nada, Tere-
sa—le dijo Augusto Miquis al declararla
fuera de peligro, —
que no puedo con us-
ted... que no hay medio de matarla como
no le pegue un tiro.,,
A los esto, ya en franca
quince días de
convalecencia, su rostro había quedado co-
mo un pábilo, y los ojos engrandecidos pa-
recían espantarse de su propia hermosura.
Cortáronle el pelo: habría pasado por un
lindo muchacho enflaquecido por los afanes
del estudio, ó víctima de ardientes pasio-
nes. Viéndose viva, la pobre samaritana no
cabía en sí de gozo, y agasajaba su espíritu
en el abrigo consolador de las ideas religio-
sas. Su mantenedor González Leal dispuso
llevarla á Valencia en la temporada de oto-
ño, con ío cual Teresa completaría su repa-
ración orgánica, y además podría cumplir
la promesa que en las ansias de la muerte
hizo á Nuestra Señora de los Desampara-
dos. Había ofrecido visitarla en su santua-
rio, costeando una misa solemne y nueve
rezadas en diferentes días, y de añadidura
una novena con toda la suntuosidad que se
pudiera... A
Valencia partieron, y Teresita
cumplió con creces todo lo prometido, pues
su tierno corazón comunmente se excedía
PRIM 99
en la generosidad. A las ofrendas rituales,
añadió el regalar á la Virgen todas sus al-
hajas, quedándose con sólo una sortija de
poco valor. Hermosos pendientes, dos adere-
zos de bastante valor, tres pulseras, alfile-
res de pecho y otras cosillas, pasaron ínte-
gramente al camarín y joyero de Nuestra
Señora; y entendiendo que la humildad era
de cajón en tales circunstancias, Teresa hi-
zo voto de vestir durante un año hábito y
correa de los Dolores. Cumplidos estos de-
beres de piedad, instaláronse los amantes
en un risueño pueblecito de la costa.
El año marchaba con apagados pasos á
su fin, sin grandes sucesos, sin más ruido
que el de los ejes chillones y desengrasados
de la máquina gubernamental, y el zumbar
unísino del moscardón, ó sea vox populi,
monólogo de un pueblo que se aburre y se
despereza en los albores de la desespera-
ción. Prim se fué á Vichy; después pasó
una temporadita en París, tomando inhala-
ciones de fluido europeo, y regresó á Espa-
ña con su amigo Carriquiri. En otoño vino
. .

la Emperatriz Eugenia á visitar á doña Isa-


bel. Madrid acogió á la hermosa granadina
con la cortesía entusiasta que merecían su
ideal belleza y su rango. El 63 acabó sus
días lánguidamente... Se cuenta que los
mazapanes de Toledo empezaron á presen-
tarse aquel año en la forma de culebras en-
roscadas. Fué moda iniciada por el amigo
Labrador...
No pasaron muchos días después de la
100 B. PÉREZ GALDÓS
inocente diversión de los estrechos (entre
Año Nuevo y Reyes), cuando se oyó gran
estrépito cual si se derrengara una mesa y
cayeran en cascos platos y botellas. Era el
Ministerio del Marqués de Miraflores, que
caía de un empujón dado por el Senado.
El respetable hombre de la insaculación y
de los templados procederes, fué sustituida
por don Lorenzo Arrazola, con Lersundi,
Benavides y Moyano, todos ellos de lo que
se llamaba moderantismo histórico.
Traían los históricos la idea de hacer elec-
ciones honradas, sacando á los progresistas
de su retraimiento. Candidamente lo cre-
yeron éstos, que como pobres provincianos-
eran víctimas de diestros timadores. En
efecto: Benavides reformó las listas electo-
rales á petición de la gente del Progreso, y
recomendó á los gobernadores que no fue-
ran verdugos de los candidatos de oposi-
ción. Parecía que iban las cosas por buen
camino; pero en esto se le ocurre á doña
Isabel ponerse fuera de cuenta; llega el día
del alumbramiento; delega sus poderes en
el Rey don Francisco, y mientras Su Ma-
jestad daba á España una Infantita, ¡pata-
plum! abajo el Ministerio histórico, y ven-
ga otro con don Alejandro Mon á la cabeza.
La subida de Mon, con Pacheco, Mayans,
Cánovas y Ulloa, no era, según los progre-
sistas, más que la descocada y provocativa
erección de los infames obstáculos. Ya no
era sólo el encaño, sino la burla. Prim es-
taba volado. Dicen que, cerrando el puño,.
PRIM 101
gritó á sus amigos: "Caballeros, á cons-
pirar. „
Lo que ordenaba Prim, tiempo hacía que
lo efectuaban sus adeptos en una forma
-confortativa, sabrosa y reconstituyente. En
grupo alegre se reunían ocho, diez ó veinte
amigos, y con cualquier pretexto que sir-
viera de pantalla, almorzaban juntos en el
entresuelo de éste 6 ei otro café, ó en un
merendero de las Ventas. Comunicábanse
así sus recelos y esperanzas, y pasaban re-
vista á los corazones bravos con que se po-
día contar, en éste y el otro punto, para un
nacional alzamiento. Eran los ojalateros de
la libertad. Pero llegó un día en que pensa-
ron algunos, luego muchos, y por fin todos,
que de aquellas comilonas parciales y des-
perdigadas debían hacer una sola tan gran-
de, que f aera ostentación ó parada del vigor
de la comunidad, y catálogo de la innume-
rable gente que la componía. Esta idea cua-
jó del modo más feliz en el monstruoso ban-
quete de los Campos Elíseos, el 3 de Mayo
de 1864, fecha memorable, porque lo que
allí comieron y hablaron tres mil personas,
venidas de todas las regiones de España, se
le indigestó al Gobierno y á los altos pode-
res. P/im, en una perorata fulgurante, pro-
nosticó que los obstáculos serían arrollados
dentro de dos años y un día. Clamó la mul-
titud arrebatada por tan arrogante vaticinio.
Ofrecía la explanada del teatro un con-
junto soberbio, de grandeza imponente, ca-
si aterradora. Bajo toldos mal empalmados
102 B. PÉREZ GALDÓS
que daban paso á rayos del sol, se tendían
las mesas para tres mil españoles, inhabili-
tados infamemente como raza maldita para
toda función política en la patria común.
Entre ellos había no pocos hombres respe-
tables, cargados de méritos; muchos que
atesoraban saber y cultura; la gran masa
era gente honrada, crédula, generosa, sin
las cuquerías y malas mañas de los políti-
cos de oficio. Representaban la fuerza social
más grande que aquí se había visto reuni-
da y alineada en son de batalla. Sin pro-
nunciar una sola palabra subversiva, sin
ultrajar á nadie, ni poner en su queja más
que una ligera inflexión de amargura, sólo
con el respirar, sólo con la multiplicidad
ingente de los rostros, en que dominaba la
expresión bonachona, produjeron en las cla-
ses privilegiadas y en todo lo de arriba un
hondo miedo, el vértigo de los abismos.
t]na sola desafinación turbó la armonía
de aquel gran concurso. Olózaga no estuvo
feliz al regatear á Espartero, con eufemis-
mos corteses, el Pontificado de la Libertad.
Terminó, pues, la reunión con una diso-
nancia de pareceres sobre punto tan impor-
tante. Esta fué la única sombra que apro-
vechar pudieron los de arriba para aliviar-
se el miedo... No asistió Manolo Tarfe al
banquete, por impedírselo su pudor de unio-
nista; pero bien cerca estuvo, dentro del
perímetro de los Campos. Terminada la.
función, corrió á dar á su amigo Beramen^
di cuenta de todo, y éste, oída la descrip-
mm 103
ción del lugar y del ágape solemne, dijo
así: "Por grande y decorosa que haya sido
la solemnidad de esa cuchipanda, no se la
puede comparar con la fiesta majestuosa de
la Federación de los Estados hispanos, cele-
brada en Mayo del cuarenta y tantos (del
pico no me acuerdo), en el espacio compren-
dido desde la Puerta de Atocha hasta la de
Recoletos, según se describe en el capítu-
lo XXIV de la Historia lógico-natural. De
todas las ciudades, provincias y reinos vi-
nieron los síndicos, procuradores y prínci-
pes, asistidos de numerosa representación
de gremios, clases ó estamentos. Era un es-
pectáculo por demás grandioso ver tan bi-
zarra muchedumbre, con los estandartes y
oriflamas que cada cual traía, desfilando á
ocupar los puestos que con arreglo á un
plan lógico- topográfico se había trazado.
Allí no se comía, Manolo, pues cada cual
lo había hecho en su casa ó donde pudo, ni
los discursos se pronunciaban entre restos
de tortilla ó paella, ó entre huesos de acei-
tuna y palillos de dientes... Porque has de
saber...
—Sigue, Pepe, que tu historia es tan bo-
nita, que casi no parece mentirosa.
104 B. PÉREZ GALDÓS

XI

—Pues has de saber, Tarfe amigo, que el


comer es función doméstica, y el opinar y
el resolver en lo tocante á la vida de las na-
ciones es función pública, que forzosamen-
te se ha de menoscabar y empequeñecer si
con ella se mezclan regurgitaciones de estó-
magos ahitos... Sin que nadie pensara en-
tonces en asociar los ideales políticos á la
vaca estofada, los confederados de 1840 y
tantos, hombres de gran patriotismo y de
altas miras, echaron las bases de la socie-
dad española y la constituyeron y afianza-
ron para gloriosos destinos. La Asamblea de
las Federaciones duró cinco días, celebran-
do sus sesiones al aire libre, rodeada del
pueblo. Fué la más grandiosa fiesta de con-
cordia, de paz y alegría que han visto las
generaciones... Ya sabes que esto ocurría á
la terminación de la cruenta y larguísima
guerra civil, en la cual absolutismo y teo-
cracia fueron reducidos á cisco impalpable,
arrebatado y esparcido del viento. Pelearon
los antiguos reinos, quedando al fin con-
densados en las dos grandes síntesis histó-
ricas de Aragón y Castilla. Reunióse la
magna Asamblea para ver de construir el
PBIM 105
nuevo estado español sobre los escombros
-del despedazado régimen autocrático.
— Trabajillo les costaría la construcción;
que los buenos demoledores abundan más
que losmalos arquitectos.
—No lo creas: del hervor de aquella gue-
rra honda y salutífera, salieron hombres de
empuje, hombres de iniciativa y de sólido co-
nocimiento de las cosas. Aragón, que, como
sabes, es la tierra madre del Derecho públi-
co, y el más fecundo plantel de voluntades
viriles, dió de sí en aquella guerra un Prín-
cipe valeroso, tan bien dotado de ardor gue-
rrero como de prudencia y maña para ma-
nejar Ja sutil máquina del Gobierno. N$.ció
de las nobilísimas casas de Azlor y de Ara-
gón; creció y se endureció en las batallas;
se templó en el consejo de proceres madu-
ros, confundidos con el pueblo, en cuyo co-
razón sano anida el sentimiento jurídico.
Llamábase este Príncipe Fernando María
del Pilar Jaime Alfonso de Azlor y Ara-
gón, y por tener en la cáfila de sus nom-
bres el de la sacrosanta Virgen que idola-
tran los aragoneses, se le llamó siempre el
Príncipe Pilar, de que luego se formó el P¿-
larón, con que figura en la Historia, nom-
bre que á más del significado religioso y
mariano, tiene el de columna robusta, sobre
la cual puede asentarse toda la pesadumbre
de un Estado. Vinieron á la Asamblea los
confederados de aquel Reino con la idea de
hacer proclamar á Pilaron (que frisaba en
los veinticinco años, y era el más gallardo
106 B. PÉREZ GALDÓS
cachorro que podrías imaginar) Príncipe da
todas las Españas, con el carácter de So-
berano con las Cortes pan-ibéricas, y siem-
pre sometido al omnímodo poder de éstas...
Los castellanos alegaron el mejor derecho
de su Princesa Isabel. Esta niña inocente
personificaba la tradición y el engranaje de
Reyes que han venido calentando el trono
desde los godos hasta el absoluto y nasón
Fernando, ejecutado de orden de las Cortes-
soberana...

Ya, ya. No repitas. Adelante.

Tres días duró la discusión entre cas-
tellanos y aragoneses, defendiendo los unos
el derecho de Isabel, otros el de Pilar óP¿-
larón, hasta que al fin, del largo discutir y
del acumular razones y argumentos, salió
la idea sintética, salvadora...

Acabáramos... Ya sé... Casaron á los
dos candidatos, y al trono con ellos, para
que reinaran mancomunadamente, como el
Fernando y la Isabel de antaño.

Así fué. Pero has de fijarte en lo esen-
cial, Manolo, y es que quien verdaderamen-
te reinaba era la soberana Nación, ó dígase
las Cortes, y que los Príncipes no tocaban
más pito que el de la ejecución y aplicación
de las leyes... ¿Lo quieres más claro?
—No te pido claridad, porque esas cosas
inventadas, ó si se quiere poéticas, más
ganan que pierden envolviéndose en la obs-
curidad.
—Convendrás conmigo en que es más di-
vertido escribir la historia imaginada que
PRIM 107
leer la escrita. Esta suele ser embustera, j
§ues en ella no encuentras la verdad real,
ebemos procurarnos la verdad lógica y esen-
cialmente estética.
—Te admito tu historia confusiana como
un licor que embelesa, transportándonos á
la región de dulces ensueños.
— No te digo que no. Abstráete, y llega-
rás á ver en esta historia algo tan substanti-
vo como los mismos hechos. Todo es cues-
tión de ver hacia fuera ó ver hacia dentro...
Figúrate que han pasado mil años, y que los
habitantes del planeta, en esa fecha remota,
conocen las dos historias. ¿A cuál darán
más crédito: á la de Confusio, ó á la que es-
tarán escribiendo ahora Rico y Amat ó don
Antonio Plores? Yo creo que la de Confusio
será más leída, y acabará por gozar concep-
to de única historia verdadera... Y si así no
fuese, tendremos otra cosa mejor, y es que
los caballeros de 2864 no se cuidarán de
averiguar cuál es la verdadera ó cuál la fal-
sa, porque una y otra les importarán tanto
como un higo chumbo... Bueno, Manolo: ya
me mareo un poco en mi globo, que he de-
jado subir muy alto. Bajo á la tierra, bajo
á la realidad, que bien pudiera ser una ilu-
sión como otra cualquiera, y te pregunto:
después de esta demostración del banquete,
que es como un desafío á los obstáculos,
¿qué harán?... Conspirar como demonios.
— Ya están en ello hace meses. Confían
en que podrán lanzarse en Junio... Los tra-
bajos en el ejército no cesan.. • Lo que yo te
108 B. PÉREZ GALDÓS
digo queda entre nosotros, Pepe. Lo sé por
algo que me ha dicho Mufiiz, y otro algo
que he sorprendido á Lagunero. Cuentan
<5on dos regimientos acuartelados en la Mon-
taña: Constitución y Sáboya. Manda el pri-
mero el coronel Rada.
— No se fíen... Rada es convenido de Ver-
gara. En Saboya, manda uno de los batallo-
nes López Guerrero, que es amigo mío.
—Y mío. Se cuenta con é] incondicional-
mente. El plan es que Saboya y Constitu-
ción den el grito, sorprendiendo el cuartel
de San Gil y apoderándose de la artille-
ría... En el cuartel del Soldado se sublevará
Cuenca, que destacará un batallón al Mi-
nisterio de la Guerra y otro al cuartel del
Retiro. Parece que Amable Escalante y La-
gunero tienen bien trabajada á la Caballe-
ría, que se establecerá en el Prado, vigilan-
do á los Ingenieros...
— No sigas... Todo es soñar... Muñiz y
Amable Escalante sueñan, aunque de dis-
tinto modo que mi Confusio. Al menos los
sueños de éste alegran el ánimo... Verás
cómo cómo los comprometi-
todo se disipa,
dos se descomprometen, cómo los vigilan-
tes se amodorran y los valientes se acoqui-
nan...,,
Según opinaba Beramendi, abortó el mo-
vimiento. Pero la infatigable conspiración,
como los maestros de guitarra, decía: "Pa-
tilla, cruzado y vuelta á empezar. w Prim se
fué á Panticosa, y en su ausencia se le pre-
paró otro parto con los mismos regimientos,
109
sin que los profesores de obstetricia tuvieran
más suerte que en el caso anterior. Pero se
escandalizó lo bastante para que se alarma-
ra el Gobierno: los Cuerpos sospechosos fue-
ron trasladados á ciudades lejanas, y vinie-
ron Príncipe y Asturias, Isabel II, con lo
cual nada se adelantaba. Prim fué desterra-
do á Oviedo, que vino á ser el telar donde la
urdimbre del ejército se tejía con la trama
del pueblo. La tela iba cundiendo: casi se la
veía y se la tocaba, violado ya el secreto que
comunmente encubre estos trabajos contra
el orden establecido.. De improviso, y cuan-
.

do más descuidados tejían tropa y pueblo,


¡pim! cayó el Ministerio Mcn. ¿Quare cau-
sa? Nadie lo sabía, y lo que era peor, nadie
lo preguntaba. Ya nos habíamos acostum-
brado á que los Gobiernos cayesen y se le-
vantasen sin otro motivo que la corazonada
ó el antojo de la Señora. Andaba ya ésta
muy confusa y amargada con las nuevas
traídas de París por el Rey don Francisco,
que fué á pagar la visita de la Emperatriz
Eugenia. Napoleón y su mujer le habían
calentado las orejas por la tenacidad con
que España se negaba á reconocer el Reino
de Italia, hecho consumado que ningún país
europeo podía considerar como no existente,
so pena de quedarse fuera del ruedo de las
naciones. La conducta de España era senci-
llamente un quijotismo intolerable. Esto r
palabra más, palabra menos, le dijeron á
don Francisco de Asís los Emperadores, y
lo mismo que se lo encajaron lo transmitió
110 B. PÉREZ GALDÓS
él á su esposa, que se llevó las manos á la
augusta cabeza, repitiendo trémula y ate-
rrada: "No puede ser, no puede ser.,,
Como si lo viéramos, Isabel II comuni-
có inmediatamente á sus ángeles tutelares
Sor Patrocinio y el Padre Claret las tremen-
das conminaciones que don Francisco le ha-
bía traído de París. Es fama que ambas perso-
nas reverendas alargaron los morros y frun-
cieron las cejas... Mandara Napoleón en su
casa, y dejara que nuestra Reina gobernara
en la suya... Sostuviérase España en su
acuerdo tocante al llamado Reino de Italia,
y con la protección de la Virgen nada de-
bía temer del concierto ni del desconcierto
europeo. Claramente se vió que aquí el Go-
bierno constitucional era un figurón con ca-
* reta grave y casaca reluciente. Sólo creían
en él algunos candidos políticos, y los vagos
que en la Puerta del Sol se estacionaban para
ver caer la bola de la torrecilla de Gober-
nación... Bien puede estamparse aquí, sin
temor de atropellar la verdad histórica, este
breve dialoguillo:
"Narváez...
—¿Qué, Señora?
— Ahora, más que nunca, te necesito. He
despedido á Mon. Fórmame un Ministerio á
j,ugusto. Todo te lo permito con tal que no
me traigas el reconocimiento de Italia, y
que me amanses á Prim y á esos endiabla-
dos progresistas.,,
Cogió Narváez el timón del averiado ca-
chucho del Estado, después de meter en él
PRIM 111
á González Bravo, á Llórente, á Alcalá Ga-
liano, al general Córdova y á otros de menos
fuste... Hombre muy ducho en política, y
bastante lince para ver el nublado que se
venía encima, levantó el destierro de Prim
y anuló los traslados de algunos coroneles y
tenientes coroneles. Por mediación de Cór-
dova, mientras éste permaneció en el Mi-
nisterio, después valiéndose de Carriquiri
y Salamanca, negoció con el de Reus, em-
pezando por ponerse en un buen terreno
de conciliación; condonó las multas por de-
litos de imprenta, y levantó las penas re-
caídas sobre algunos periodistas. Vacilaron
los del Progreso, sensibles á estos halagos;
no pocos se inclinaron á que cesara el re-
traimiento; pero dominó al fin la opinión
viril que preconizaba la retirada al Aven-
tino, y el Manifiesto de 20 de Noviembre
quitó á Narváez y á la Reina toda esperan-
za de encadenar por buenas á la Libertad,
y amarrarla á una pata del trono, donde
podrían escupirla reverendamente los tute-
lares ángeles de Isabel.
"No cogeréis al monstruo en trampa ni
con lazo— dijo Beramendi á Eufrasia una
noche en casa de la Campofresco. — Ahora
va de veras. No puede Isabel impunemente
renegar de la idea que tuvo más fuerza que
las espadas para llevarla al trono y asegu-
rarla en él. Aconséjala tú, gran filósofa; dile
que deseche el terror del Infierno, que sus
culpas no son tan graves como ella cree ó
le hacen creer los que viven y medran á la
112 B. PÉREZ CtALDÓS
sombra del miedo de la Majestad pecadora-
Culpa mayor que todas las culpas es el
desprecio que hace de los intereses y de la
vida de su pueblo. Si quiere ir al Cielo, no
nos haga un pisto con su conciencia, que
es toda suya, y su corona, que es suya y
nuestra.
— Su alma es muy compleja, Pepe, y cuan-
tas veces intenté dirigirla por mejor camino
del que lleva, me dejó mal. Es bondadosa,
es generosa; pero se diría que nació y la
criaron en la calle de Embajadores. Tiene
todas las supersticiones de la mujer del pue-
blo... No creas que teme á los progresistas:
á Prim le quiere, le daría con gusto el po-
der... Haría ministros á Sagasta, á Fernán-
dez de los Ríos, á Mon temar... Todos esos
que escriben no le inspiran cuidado... A
Olózaga sí le teme más que al cólera. Ya
sabes que ese no se recata para decir que
es abiertamente antidinástico... Pero el ma-
yor temor de doña Isabel, ¿sabes cuál es? La
Democracia... esos hombres que te hablan de
república como de la cosa más natural del
mundo, y se atreven á poner en sus pro-
gramas nada menos que la libertad del pen-
samiento; ese Rivero, ese Figueras, ese Gar-
cía Ruiz, ese Becerra, y otros que dicen con
toda la poca vergüenza del mundo: "Soy de-
magogo.,, Pues yo, qué quieres, en esto le doy
la razón á la Reina y participo de su temor.
¿Quién te dice que, llamado Prim al poder,
no vendrá, tras de la turba progresista, la
ola democrática que arramblará por todo?
PRIM 113
— Ya pareció la ola. ¿Dónde
te has deja-
do piqueta incendiaria y la tea demole-
la
dora?... Al revés he querido decirlo.

Al revés ó al derecho, ya verás, Pepe,
cómo Narváez se entiende con Prim, y lo del
retraimiento será una broma... Te apuesto
lo que quieras.
— Yo no apuesto contigo, porque siempre
te gano y nunca me pagas. Tienes conmigo
una deuda enorme.

¿Qué te debo, pillastre?
— La reputación de virtud que te estoy
formando á fuerza de mentiras.
— Cállatela boca, tontaina, que estás bien
pagado con el bombo que te doy cuando ha-
blo de tí con tu mujer.
— Inútiles embustes. Mi mujer no te cree. „
Nada más hablaron aquella noche. Ade-
lante. Dice la Historia ilógica y artificial
que González Bravo hizo unas eleccioncitas.
como para él solo, sacando de las urnas con:
suave mano una mayoría de carneros, con
perdón, todos de familia y marca moderada;
pocos unionistas, y ni un solo borrego pro-
gresista, por más lazos que tendió para co-
ger alguno. Y del mismo modo metió en el
Senado una hornada ó hato de morruecos
que le aseguraban la sumisión del llamado
Alto Cuerpo. Cogió doña Isabel el cielo con
las manos, viendo que Narváez no le abría,
camino para amansar al f arioso Progreso...
Nada, nada: había que licenciar á Narváez.
Esto pensó dos días antes de reunirse las
nuevas Cortes, y como lo pensó lo hizo, mo-
8
114 B. PÉBEZ GALDÓS
lestay agriada, no sólo por lo expuesto, sino
porque Narváez había decidido el abandono
de Santo Domingo, único remate posible de
tan dispendiosa guerra. Sin temor de atro-
pellar la verdad, puede estamparse aquí,
otro breve dialoguillo:
"Istúriz...
—¿Qué, señora?
— Ñarváez me ha engañado; tengo que
prescindir de Además, no estoy confor-
él.
me con el abandono de Santo Domingo. Me
formarás un Ministerio con elementos unio-
nistas que no estén muy gastados...
— ¿Yo, señora...? Yo...„
El anciano ilustre, que tan grandes ser-
vicios había prestado á la Monarquía espa-
ñola, así en la política como en la diploma-
cia, vacilaba entre el respeto y su desgana
de prestarse nuevamente á tales obras de
pastelería pública. Hombre de vastísima
ilustración, volteriano de añadidura, no ha-
bía sido nunca más que el remedión de to-
das las situaciones de difícil salida, y el
constructor de Ministerios- puentes para pa-
sar de una orilla á otra. Y cuando el ama-
dor platónico y puro de la Reina Cristina ya
descansaba tranquilo en su Presidencia del
Consejo de Estado, la voluntariosa Reina le
pedía que viniese á armar otra pasadera. No
le valieron las excusas con que su modes-
tia y cansancio quisieron eludir el encargo;
su exquisita amabilidad y dulzura le per-
dieron.
"Nada, nada: te pido este favor y no has
PBIM 115
de negármelo. Mañana á esta hora me trae-
rás la lista de tu Ministerio .„
Pasadas veinticuatro horas, llegó á Pala-
cio el bueno de don Javier con la lista de
ministros.
"¿Está completa? ¿A ver, á ver...?
—Ros de Olano, Salaverría, Bermúdez de
Castro, Calderón Collantes, el general Iba-
rra, don Isidro Arguelles...
— Bien, bien: estoy conforme. ¿Qué hora
*es? Las doce. Pues á las tres en punto pue-
den venir á jurar.,,
A las tres menos cuarto:
"Istúriz...
—¿Qué, señora?
— Que no hay nada de aquello. Ha venido
Narváez. ¡Ay, qué cosas me ha dicho!...
.

Dejémoslo para otra ocasión.


— ¡Ay, dejémoslo!... Respiro.,,
Al día siguiente se reunieron las Cortes,
y se presentó á ellas el Gobierno que con
suave tirón electoral las había traído.

XII

La figura de Prim, que en la mente de


muchos tomaba proporciones no comunes,
por la firmeza con que seguía contra viento
y marea un plan político esencialmente ne-
gativo y demoledor, permanecía indecisa,
116 B. PÉREZ GALDOS
vagamente apreciada por los ojos de la mu-
chedumbre. Perdíase la figura en sombras
lejanas. Por un momento salía entre re-
lámpagos que iluminaban una fase de su
persona, y á esconderse volvía como fantas-
ma obediente al canto del gallo, ó á las cam-
panadas de media noche. No había llegada
el tiempo de su desembozada presencia en
el mundo; pero los días tediosos, de ansie-
dad incierta y vagas esperanzas, anunciaban
el día luminoso de Prim.
No así Castelar, que en aquellos años bri-
llaba con todo su esplendor en el zenit men-
tal de España. Su oratoria opulenta, de lo-
zanía plateresca, exuberante de formas pa-
ganas enlazadas graciosamente con forman
góticas, enloquecía los cerebros juveniles.
3n el Ateneo y en la Universidad, aquel
supremo artista de la palabra construía la
arquitectura espléndida de sus discursos,
nunca fatigosos por largos que fueran, áu-
reos y relumbrantes de piedras preciosas
como la Custodia de Toledo, como ella gen-
tilesy teológicos. Gente había que admiraba
su retórica y ponía en cuarentena sus ideas,
viendo en ellas un ariete contra las posicio-
nes, los privilegios y las sinecuras; otros lo
aceptaban todo y alababan fondo y forma.
La doctrina democrática iba con tal apóstol
penetrando en los entendimientos, y exten-
diéndose por ciudades y campos como los
sones de un órgano potente. El alma de los
pueblos gusta de esta música oratoria, y s&
abre con embeleso á las ideas expresadas con
PRIM 117
ritmo y cadencia. Siempre hubo poetas que
enseñaron las verdades; siempre la música
política y filosófica precedió á las grandes
mudanzas en el ser de las naciones.
El Ateneo era entonces como un templo
intelectual, establecido, por no haber mejor
sitio, en una casa burguesa de las más pro-
sáicas, donde se hicieron naves, presbiterio
y capillas á fuerza de derribar tabiques, su-
primiendo alcobas y gabinetes para formar
•espacios donde la multitud pudiera congre-
garse. Era una iglesia pobre, una casa hol-
gona, donde años antes habían vivido se-
ñores enriquecidos en el comercio, y que
nunca supieron ni una palabra de Filosofía
ni de Literatura ni de Historia. Y con ser
tan chabacano el edificio, y tan mísero de
belleza arquitectónica, tenía un ambiente
de seriedad pensativa propicio al estudio, y
sus techos desnudos daban sombra seme-
jante á la de los pórticos de Academos. Iban
allí personas de todas edades, jóvenes y vie-
jos, de diferentes ideas, dominando los li-
berales y demócratas, y los moderados que
habían afinado con viajatas al extranjero su
cultura; iban también neos, no de los enfu-
rruñados é intolerantes; las disputas eran
siempre corteses, y la fraternidad suavizaba
•el vuelo agresivo de las opiniones opuestas.

Sobre las divergencias de criterio fluctuaba,


como el espíritu de una madre cariñosa, la
-estimación general.
Entrábase, por la calle de la Montera, á
un portal amplio que, si no estuviera blan-
118 B. PÉREZ GALDÓS
queado y limpio, sería igual á los de las po-
sadas de la Cava Baja. A mano derecha, la
escalera nada monumental conducía en dos
tramos al piso primero; una mampara de
hule claveteado daba ingreso al templo. Pa-
sado el vestíbulo en que hacían guarda el
conserje y porteros, llegábase á un luengo y
anchuroso callejón pasillo, harto obscuro de
día, de noche alumbrado por mecheros da
gas. Divanes de muelles que ablandó la pe-
sadumbre de tantos cuerpos, convidaban al
descanso á un lado y otro, y en las cabece-
ras del extenso corredor. En verano, no fal-
taba un botijo en algún rincón, y en invier-
no los paseantes medían de dos en dos, con
las manos á la espalda, la dilatada estera,
de cordoncillo. Andando en la dirección de
la Red de San Luis, á la izquierda caían la.
sala que llamaban Senado, con balcones á
la calle, la Biblioteca y una salita de con-
versación; á la derecha, el paso á los salones
de Lectura y al de Sesiones... Más abajo,
en derechura de la Puerta del Sol, abríase
un pasadizo estrecho que á las estancias in-
feriores y de servicio conducía. En el Sena-
do hacían tertulia señores respetables, fijos,
en los divanes como las ostras en su banco,
y otros que entraban y salían parándose un
rato á platicar con los viejos. Comunmente
allí no se trataba de asuntos técnicos ni di-
dácticos, sino de los sucesos del día, que
siempre daban pie á ingeniosas aplicaciones
de los principios inmutables.
En la Biblioteca, carpetas para escribir y
PRIM 119
leer, estanteríade éstas que se estilan en las
casas burguesas para guardar libros que no
se leen nunca: allí se leía, sí; pero los libros
tenían cierto aire de no querer dejarse leer,
prefiriendo su cómodo resguardo entre cris*
tales. En el fondo de la sala, apenas visible
por el estorbo de las altas carpetas, se acu-
rrucaba un hombre. En invierno se incli-
naba tarde y noche sobre un brasero, pues-
tos los pies en la tarima; en todo tiempo to-
maba café á ciertas horas... café traído del
café y en vaso. Era don José Moreno Nieto,,
para quien la Biblioteca que regentaba era.
poca cosa en comparación de la que él tenía,
en su cabeza. Había metido en ella todos los*
sistemas filosóficos conocidos y los que aún
estaban por conocer. A esta desaforada eru-
dición correspondían una facilidad, una.
fluidez de palabra como el chorro de fuente
inagotable. Más meritorio debía de ser en él
el silencio que la elocuencia, pues ésta le
salía de la boca sin esfuerzo alguno, como
la constante erupción de un entendimiento
que no cabe en sí mismo. Era de corta esta-
tura, picado de viruelas, erizado el bigote,,
el pelo echado hacia atrás. Solo, callado y
sin oyentes, hablaba con la movilidad de su
temperamento nervioso, con el espíritu que
no esperaba la palabra para salirse por los
ojos. No existió jamás hombre más puro, de
más recta conciencia, ni una vida en que
tan bien incrustadas estuvieran, una den-
tro de otra, la filosofía sabida y la virtud
practicada.
120 B. PÉREZ GALDÓS
El salón ó salones de lectura eran un
gran espacio irregular compuesto de dos
distintas crujías, comunicadas una con otra
por arcadas de fábrica, con buenas luces al
patio interior; recinto vulgar, que lo mismo
habría servido para obrador de modistas que
para cajas de imprenta, ó para capilla pro-
testante. Largas mesas ofrecían á los socios
toda la prensa de Madrid y mucha de pro-
vincias, lo mejor de la extranjera, revistas
científicas, ilustradas ó no, de todos los paí-
ses. Era un «comedero intelectual inmensa-
mente variado, en que cada cual encontraba
el manjar más de su gusto. En aquel recin-
to blanco, luminoso, beatífico, sin más ador-
no que algún .mapa ó cuadros de estadísti-
ca, habitaba como huésped fijo un silencio
de paz y reflexión, y al amparo de él se api-
ñaban los lectores, todos á lo suyo, sin cui-
darse ninguno de los demás. Nadie inte-
rrumpía con vanos cuchicheos aquella tran-
quilidad devorante de gusanos de seda, aga-
rrados á las hojas de morera. Oíase no más
que el voltear de las hojas de los periódicos,
armados en bastones para más comodidad
del leyente.
Allí se veían extraños tipos de tragadores
de lectura. Un señor había que agarraba el
Times y no lo dejaba en tres horas. Otro
tenía la manía de coger seis ú ocho periódi-
cos de los más leídos, se sentaba sobre ellos,
y los iba sacando uno por uno de debajo de
las nalgas, y dejándolos en la mesona con-
forme los leía. Otros picaban aquí y allí, en
PIUM 121
pie; los más comían sentados, sin quitarlos
ojos del plato exquisito como buenos gastró-
nomos. Por aquel vasto local desfilaron to-
das las celebridades literarias y políticas del
siglo, sin excluir buena parte de las milita-
res. Los que recordaban á Martínez de la
Rosa leyendo Le Journal des Debáis, veían
casi á diario, en los días de esta historia, á
don Antonio Alcalá Galiano recreándose con
las donosas caricaturas del Punch, y expli-
cando el texto de ellas, poco inteligible para
los que no habían hablado el inglés en la
propia Inglaterra. El buen señor, ya viejo,
de cara fosca y larga, enfundado en luengo
gabán gris, entraba paso á paso y se situaba
en la mesa de las Revistas; hojeaba algunas,
picando aquí y allí, buscando las mejores
golosinas en la bandeja de los conocimientos
novísimos. El ruedo de admiradores que
junto á él en ocasiones se formaba, oía su
palabra ronca, que aun en lo familiar tiraba
siempre á lo oratorio, engalanada con las
formas gramaticales más perfectas. En la
ironía sazonada no hubo maestro que le
igualase, y á veces su intención dejaba ta-
mañitos á los toros de Miura.
También iba alguna vez don Antonio
Ríos Rosas, que á los jóvenes imponía res-
peto con su cara de tigre, y su entrada silen-
ciosa, el andar lento, sin hablar con nadie,
hacia el salón de lectura. No picaba, como
Alcalá Galiano, en diferentes revistas, sino
que cogía una sola, el Correspondant ó la
de Ambos Mundos, y metódicamente se tra-
122 B. PÉREZ G ALDOS
gaba uno de aquellos ingentes estudios de
arte político ó de controversia religiosa.
Este y otros señores graves no iban más
que á leer, y rara vez entraban en los sitios
de tertulia, como otros ancianos ó jóvenes
maduros, que amaban el sabroso toma-y-
daca de la controversia. Fermín Gonzalo
Morón, en el declinar de sus años, el Padre
Sánchez, en su madura existencia vigorosa,
se pirraban por armar altercados con la ju-
ventud en el pasillo ó en el Senado. Entre
la muchedumbre de hombres hechos, bu-
llían mozos en formación para personajes,
estudiantones ávidos de aprender, que se
ejercitaban en la intelectual esgrima, tiran-
do á perorar y á discutir con los espadachi-
nes mayores; los había también tímidos,
que laboraban en la muda gimnasia de la
observación y la lectura. Para que nada fal-
tase, había un grupo de cubanos que expo-
nían sus ideas de autonomía y aun de eman-
cipación de las Antillas, sin que nadie de
ello se asustara.
En aquel espacio, no más grande que el
de una mediana iglesia, cabía toda la selva
de los conocimientos que entonces prevale-
cían en el mundo, y allí se condensaba la
mayor parte de la acción cerebral de la gen-
te hispánica. Era la gran logia de la inteli-
gencia que había venido á desbancar las
antiguas, ya desacreditadas, como genera-
doras de la acción iracunda, inconsciente.
Por su carácter de cantón neutral, ó de tem-
plo libre y tolerante, donde cambian todos
FRIM 123
los dogmas filosóficos, literarios y científi^
eos, fué llamado el Ateneo la Holanda es-
pañola. En aquella Holanda se refugiaba la
libre conciencia; lo demás del sér español
quedaba fuera del vulgarísimo zaguán del
22 de la calle de la Montera.
En los primeros días de Abril de aquel
año (andábamos en el 65) creció la anima-
ción en las tertulias y mentideros de la
ilustre casa. Las chácharas rumorosas casi
llegaron á invadir el primer espacio del so-
segado Salón de Lectura, y aun llegó algún
eco de ellos al de las Sesiones ó Cátedras,
donde unas noches explicaba Paleontología
el sabio geólogo Sr, Vilanova, y otras hacía
Gabriel Rodríguez la crítica acerba del Sis-
tema protector. El Senado dió por agotado
el tema de la Encíclica Quanta cura, en
que Pío IX condenaba el liberalismo y la
hacía responsable de todos los males que
afligían á la humanidad. ¿Cómo habían de
gobernar á España los liberales, si su doc-
trina era pecado? Declarándolo así, el Santa
Padre nos exhortaba paternalmente á dejar-
nos gobernar por él.
Sucedió en aquellos días que la Reina
doña Isabel cedió al Estado el 75 por 100 de
algunos bienes del Patrimonio que debían
venderse para socorro de la Hacienda pú-
blica. En esto iba comprendida una parte
del bajo Retiro, entre la Puerta de Alcalá y
el Prado. Vieron algunos en esto una mar-
tingala en que salía beneficiada la Casa
Real; los ministeriales dieron en sus perió-
124 B. PÉREZ GALDÓS
dicos un descomunal bombo al proceder de
la Reina, y Castelar soltó en La Discusión
un artículo titulado El Rasgo, que puso de
uñas á toda la caterva moderada y palatina.
jVaya un escándalo! Ciego y disparado de
coraje, el Gobierno privó á Castelar de su
cátedra de Historia en la Universidad, ga-
nada por oposición. Rezongó el Claustro,
chillaron con furiosa algarabía los estu-
diantes. ¿Có/no no había de re percutir este
nervioso estremecimiento escolar en las cir-
cunvoluciones del Ateneo, la bóveda pen-
sante?
Aquella noche (primera semana de Abril)
restallaban en el Senado diálogos vibrantes.
Salió al pasillo Moreno Nieto, y rodeado al
punto de muchachos, les dijo que la cátedra
ganada por oposición es propiedad más sa-
grada que la camisa que llevamos puesta.
En su opinión, las demasías de los Gobier-
nos autocráticos proceden siempre de una
levadura demagógica. González Bravo fué
siempre un demagogo, y ni él ni Narváez
tenían idea de las funciones augustas del
Profesorado. Los jóvenes no se recataban
para soltar ante don José las opiniones más
radicales: la bondad del maestro les daba
confianza para todo. En esto llegó el Padre
Sánchez, que venía del Salón de Lectura, y
antes que le preguntaran su opinión, dijo á
los muchachos, á don José y á Ramos Cal-
derón, que en aquel momento se incorporó
al grupo: "Soy enemigo de Castelar, y de
su democracia y de su lirismo histórico y
PKIM 125
político.Pero reconozco que es un atropello
quitarle su cátedra por un artículo de pe-
riódico. Y esto traerá cola. Acabo de hablar
. .

con Montalbán. Dice que será firme defensor


de la dignidad universitaria, y que no dará
curso á la destitución de Cas telar.»
Apenas dicho esto, vieron salir del Salón
de Lectura, pasito á paso, á un anciano de
afeitado rostro, dejando en su maxilar la
menor cantidad de patillas blancas. Usaba
gafas de présbita, muy fuertes; andaba con
precaución, y sus plegados ojos no respon-
dían de reconocer lo que miraban. Era el
Rector de la Universidad... Saludáronle;
contestó él con ligera inclinación, y nin-
guno se atrevió á interrogarle, porque pudo
más el respeto que la curiosidad. Al día
siguiente apareció en la Gaceta la destitu-
ción de Montalbán y el nombramiento del
Marqués de Zafra, que fué como prender
fuego á la hoguera del enojo estudiantil y
desatar sobre ella un huracán. Se necesitaba
poco en aquellos días para que una pavesa
se trocara en incendio, un juego de chicos
en motín pavoroso.
126 B. PÉREZ GALDÓS

XIII

Movidos los estudiantes de un pensa-


miento generoso, que era proyección del
pensamiento general, resolvieron obsequiar
con una serenata al Rector saliente. Pedido
j otorgado por el Gobernador el necesario
permiso, se dispuso la música para las nue-
ve de la noche, y un público espeso acudió
á la calle de Santa Clara con bullicio y ani-
mación de fiesta. Si la serenata era en aque-
lla ocasión un acto corriente y usual como
otros de la misma índole y objeto, ¿por qué
á presenciarla y á gozar de ella acudía tan
inmenso gentío? Beramendi, que con su
amigo Guillermo de Aransis asomó las na-
rices por las inmediaciones del teatro de
Oriente, sin otro móvil que curiosear, dijo
así: "Cuando un pueblo tiene metido el mo-
tín en el alma, basta que se reúnan diez y
seis personas para que salgan diez y seis
mil á ver qué pasa.,,
No obstante, motivo no había para temer
desórdenes... De improviso vieron los amigos
que se arremolinaba la multitud. A la cla-
ridad de los farolillos de los atriles, junto á
los cuales estaban los músicos, algunos con
la boca pegada ya á los instrumentos, se
vió que los guardias de seguridad manda-
PRIM 127
ban suspender ¡A enfundarlos
la tocata...
instrumentos, á recoger los atriles, y á casa
todo el mundo! ¿Serenata dijiste? No fué
mala la que dieron los silbidos de la mu-
chedumbre, el maldecir á la policía, y el
prorrumpir hombres y mujeres en soeces
Injurias contra el Gobierno. Resguardáron-
se Beramendi y Aransis del empuje de la
turba enojada, que retrocedía enroscándose
como culebra, y arrimados estaban á la pa-
red, no lejos de la calle de la Escalinata,
cuando se les plantaron delante dos muje-
res desfachatadas y garbosas, que venían
gritando y manoteando. Eran las Hermosi*
lias, dos hermanas de vida airosa ó aireada,
guapas: la mayor, Rafaela, ya marchita;
Generosa, todavía bien redondeada. En su
vivir azaroso, vestían á la moda señoril ó á
la de pueblo, según el estado de su voluble
hacienda. Aquella noche iban en la forma
más achulapada; habían salido de sus ma-
drigueras con la idea de que era noche de
libertad y palos. En los barrios del Sur eran
conocidas con el apodo de las Zorreras, por
ser hijas de un fabricante y vendedor de zo-
rros que figuró en la revolución del 54. A
Guillermo de Aransis conocía la mayor, por
pasajeros tratos, y con Beramendi había te-
nido Generosa algún encuentro no casual,
grato sí, pero pronto olvidado.
Abordaron á los dos caballeros sin mira-
miento alguno, saltando de golpe la enorme
distancia social, y Rafaela interpeló á Gui-
llermo en los términos de la mayor confian-
.

128 B. PÉREZ GALDÓS


za... En tanto, Beramendi les decía: "¿Qué
hacéis aquí, oh mujeres del bronce? ¿No te-
méis que os estrujen?
— Ya estamos bastante estrujadas.
—¿Y que os pisen?
— ¡Más pisadas de lo que estamos...!
— Idos á casa, que os puede alcanzar al-
gún palo, sin querer.
—O queriendo... Que haiga palos, don
José. Para eso hemos salido, para verlo.
— Os han dejado sin serenata... Fasti-
diaos.
—Nos ha dicho un chico de Farmacia que-
ha sido por un rasgo que echó Castelar.
—El Gobierno hace bien en no permitir
escándalos. Con pretexto de una serenata,
salen á rebuznar los revoltosos de oficio.
—¡Pues, hijo! ¿También tú, Guillermito,
sales á la defensa de ese perro de González.
Bravo?
—¿Pero qué os ha hecho á vosotras el bue-
no de don Luis, que os permite corretear á
todas horas?
— ¡Así le den morcilla... así reviente!
¡Vaya con el tío!
— Que lo arrastre el pueblo. ¡Que lo pin-
chen y lo mechen, hasta que veamos correr
por el arroyo la última gota de su sangre!
—¿Y la sangre del tigre de Narváez, para,
cuándo la dejas?
— Ea, seguid... No va por ahí poca patu-
lea...
—Seguiremos... que estamos llamándola
atención
129
— Podían decir: "¡Vaya, qué amigas tie-
nen esos caballeros! Guillermo, abur.

— Adiós, don José... cuidarse. Lo prime»
ro es la salud.,,
Por los claros de la multitud defraudada,
rugiente, avanzaron los dos caballeros. ¿A
dónde irían á pasar la prima noche? "Vá-
monos al Ateneo, — propuso Beramendi,
pensando que oirían buenas cosas, por
allí
ser aquella trapatiesta obra de estudiantes
y profesores.,, Apenas entraron en el largo
pasillo, vieron grupos que comentaban con
viveza lo que los dos caballeros habían vista
en la calle. Una de las primeras personas
con quienes topó Beramendi en el grupo
más próximo, fué su hermano Gregorio Gar-
cía Fajardo, el cual era en el palacio de la
inteligencia parroquiano reciente, novata
fresco.
En cuanto la usura le dió riqueza bas-
tante para pavonearse en la sociedad, el
primer cuidado de Gregorio fué abonarse al
Real y hacerse socio del Ateneo. Así, su
esposa Segismunda se daba en público el
lustre correspondiente á su improvisada po-
sición,y él se barnizaba con unos toques de
cultura, indispensables para figurar digna-
ente en el círculo de hombres de negocios
grandes capitalistas. Pensaba que su per-
ona adquiría respetabilidad é importancia
oniéndose á leer La Epoca ú otro periódico
de los grandes, y teniéndolo un buen rata
desplegado ante los ojos en toda su exten-
sión tipográfica. Y
era también cosa muy
9
130 B. PÉREZ GALDÓS
entonada, como la buena ropa, llegar al café
y decir: "Vengo del Ateneo de oir la confe-
rencia que nos ha dado Moreno Nieto sobre
El estado actual del pensamiento europeo.
¡Qué discurso, señores... qué hombre tan
pensador!,,
Apenas los dos caballeros se agregaron al
grupo, Gregorio Fajardo soltó esta grave
opinión: "De todo esto tiene la culpa ese
loquinario de Prim, que ha soliviantado á
los progresistas, los progresistas á los de-
mócratas, y éstos al populacho y á los es-
tudiantes. También digo una cosa: yo Gon-
zález Bravo, no habría consentido que el
Gobernador diera permiso para esa cence-
rrada ó serenata... Ha sido una pitada ho-
rrible dar el permiso y luego prohibir la
música... Y digo más, señores: yo Narváez,
no hubiera destituido al Rector, que es un
anciano; á Castelar sí... porque la democra-
cia es una perturbación, y no está preparado
el país para esas novedades... Yo doña Isa-
¡bel, daría el poder á los progresistas, para
que se desacreditaran de una vez... Tres ó
cuatro meses de gobierno nos librarían de
ese fantasma...,,
Antes que el orador terminase, apareció
el Padre Sánchez en el grupo. A una inte-
rrogación cariñosa de Beramendi sobre el
suceso del día, el buen cura don Miguel se
expresó con esta ruda sinceridad: "Son tan
torpes estos moderados, que ni saben ser
déspotas. Narváez ha perdido los papeles.
Ustedes dicen: ya no hay liberales. Yo di-
.

PRIM 131
go: ya no hay tiranos. Exponerse á un con-
flicto grave, á una crisis, á un trastorno pa-
lítico, porque toquen ó dejen de tocar cuatro
músicos sus trombones y clarinetes delante
de un rector, es lo último que me quedaba
que ver para comprobar nuestra decadencia.
Yo les diría á los estudiantes: "Señores es-
tudiantes, ahí tienen ustedes todas las ban-
das de la guarnición de Madrid. Llévenlas
á la calle de Santa Clara, y que estén tocan-
do siete días con sus noches,,... Y dicen us-
tedes: "¡Inicua represión!,, Ya sabemos to-
dos que aquí conspira todo el mundo, paisa-
nos y militares, de la manera más descara-
da. Hasta los chiquillos le dicen á usted:
"Constitución está comprometido... Arapi-
les está al caer... Se cuenta con el Inmemo-
rial del Rey.„ ¿Saben ustedes de muchos
coroneles y tenientes coroneles, de muchos
progresistas y demócratas, que hayan ido á
aprender el camino de Fernando Póo?,,
Rivero, que entra y pasa junto al corrillo,
oye, se detiene, se agrega. En su cara de
gladiador, tostada, terriblemente enérgica,
brota con chispa fugaz una sonrisa. Con un
periódico que doblado trae en la mano, gol-
pea el hombro del sacerdote ateneísta, y
dice: "A Fernando Póo nos quiere mandar
este cura... Pues el que va á ir pronto á
Fernando Póo es usted, don Miguel, y no
le mandará González Bravo, sino yo, yo.
—No digo que así no sea, don Nicolás.
Las Democracias fueron siempre más tirá-
nicas que las Monarquías
132 B. PÉREZ GALDÓS
—Pero nunca tanto como la Iglesia.
— Poco á poco, don Nicolás...
—La Iglesia, la primera y más sangui-
naria opresora del mundo. Lo discutiremos
cuando usted quiera.
— Ahora mismo.,,
Enredóse la discusión, elevándose de un
vuelo á las altas regiones, que en aquella
casa (pórticos de Academos) lo que empeza-
ba en disputa familiar concluía por guerra
de principios... Aransis se había separado
del grupo, y aparte parloteaba con un di-
plomático amigo suyo, que quería saber la
impresión producida en Viena por la Encí-
clica Quanta Cura y el Syllabus. Díjole Gui-
llermo que las cuestiones romanas interesa-
ban poco en Austria. Toda la atención es-
taba en el problema internacional. Debili-
tado el Imperio por la pérdida de Lombar-
día y el Véneto, buscaba medio de fortalecer-
se con las alianzas. La Cancillería austríaca
gestionaba secretamente una alianza ofen-
siva y defensiva de Austria, Francia, Italia
y España, contra Prusia, que se crecía y en-
gallaba, amenazando á Francia por el Rhin,
y al Austria en la frontera de Bohemia. A
la sordina trabajaba el zorro de Antonelli
contra este pacto. Todo menos robustecer á
Italia. Para Roma, el peligro más visible de
tal alianza era que los Estados del Papa per-
derían el amparo de Francia. Y España,
¿qué vela llevaba en este entierro? Ningu-
na, porque la Santa Sede, que se conside-
raba dueña de la voluntad de Isabel II, no
PRIM 133
consentía que nuestro país entrase en tal
combinación, y por de pronto se le prohibía,
como caso de conciencia, el reconocimiento
del reino de Italia...
Y como en aquella casa, que no sólo era
los pórticos, sino también los portales de
Academos, se trataban todas las cuestiones,
así las más elevadas como las más humildes
y familiares, Pepe Beramendi, viendo salir
del Salón de Lectura á un amigo suyo, mi-,
litar, se fué derecho á él, abandonando el
corro en que el Padre Sánchez y don Nico-
lás Rivero acometían un tema histórico tan
claro como la inmortalidad del cangrejo.
Arrimados á un sitio solitario, Beramendi
y el militar, que era joven, vestía de paisa-
no y usaba lentes, hablaron así:
"¿Pavía, eh?... perdone. un momento. ¿Sa-
be usted algo de Cía veri a? Hace dos sema-
nas que no se le ve en el Casino ni en nin-
guna parte.
— Creo que está en Valencia.
—¿Preparan algo allí?
— No sé...(La sonrisa del militar más
bien indica discreción que ignorancia.) No
he dicho nada. tampoco aseguro que esté
. .

Clavería en Valencia, sino que allá pensó ir.


Me lo dijo Teresa Villaescusa.
—¿Pero está aquí Teresa?
—Estuvo unos días... Muy bien de salud.
—Algo tronada, según oí.
—González Leal está rebañando las ollas
de su fortuna/

Pobre, conspirará con más fe. .. Otra co-
134 B. PEREZ GALDÓS
sa: ¿y Prim, está aquí? (Afirmación del mi-
litar.)¿No habrá este verano tirada de patos
en la Albufera?
— No sé,.. (Y adiando.) Creo que no... En
fin, ya veremos.
— Habrá tirada... Crea usted que todos los
patos la deseamos. (Sonrisa del militar .) ¿Y
qué piensa usted de este revoltijo de los es-
tudiantes?
—Que es una chiquillada. Yo lo arregla-
ría con las mangas de riego.
— Yo con el himno... con el himno de*
Riego. Verá usted cómo viene á parar ahí.
— ¡Quién sabe! Todas las revoluciones
empiezan con música...
— Y con música acaban. Son un empare-
dado musical... con los tiros en medio.,,
A cada hora se animaban más el pasillo y
el Senado. No eran pocos los que opinaban,
como el teniente coronel Pavía, que contra
la estudiantil asonada bastaba la artillería
de las mangas de riego. Otros creían ver ya
chorros de sangre; quizás los deseaban...
con tal que no fuera la suya la que se derra-
mase... Pasó el día 9, que era domingo, sin
grandes novedades por estar cerrada la Uni-
versidad, y el lunes 10, día en que celebran
su santo los profetas Daniel y Ezequiel, pre-
sentó antes de mediodía síntomas de borras-
ca. La tarde fué bochornosa, relampaguean-
te. Todo Madrid divagaba en las calles, con
la esperanza, el temor y el deseo de sucesos
trágicos. El menor ruido hacía correr á los
transeúntes. En la Puerta del Sol grupos de
PRIM 135
gente risueña con grupos de gente ceñu-
da se cruzaban. Crey érase que aquéllos de-
cían á éstos: "Atreveos. ¿Qué teméis? Aquí
estamos nosotros para elogiaros y decir que
sois la salvación de la patria. „ Los grupos
risueños requerían los portales á la menor
ondulación de los que venían ceñudos.
Poco después de anochecido, los rincones
y salas del Ateneo presentaban la propia
animación que en la noche del sábado. Be-
ramendi, que acudió también al olor de las
noticias motinescas, no encontró allí á su
hermano Gregorio, sino que fué con él. Dí-
gase entre paréntesis que, existiendo una
distancia enteramente planetaria entre la
rastrera vulgaridad de Gregorio y el sutiL
talento de José María, éste no siempre mi-
raba como inferior á su hermano, y en oca-
siones se sentía vagamente impulsado á tri-
butarle cierta admiración ó respeto. ¿Por
qué? Porque Gregorio había sabido, por fas
ó por nefas, labrarse una fortuna y ser el
creador de su propia personalidad. Aun
amasada con la usura, la riqueza de Grego-
rio era timbre ó diploma de voluntad, y un
sillar sólido en la social arquitectura. Podía
permitirse ser tonto, con cien probabilida-
des contra una de no parecerlo... Convidóle
su hermano á comer aquel lunes, y luego»
tirando de buenos puros, se fueron al Ate-
neo. A poco de arrellanarse ambos en los
divanes del Senado, entró jadeante Luis
Navarro, diciendo: "¡Menuda bronca en la
calle del Arenal! Corre la gente desalada;
136 B. PÉBEZ GALDÓS
los hombres, braman; las mujeres, chillan;
algunos caen... Pisadas, estrujones, bata-
cazos...,, No había concluido esta relación,
cuando llegó Tubino limpiándose el sudor:
"Señores, la Puerta del Sol es un volcán.
Ha salido González Bravo á exhortar á la
multitud. Le han contestado con silbidos
horrorosos... Y
á toda tropa ó autoridad que
pasa, allá van silbidos, insultos... una cosa
atroz...,,Manifestó don Antonio Pabié que
él había observado los grupos al pasar por
la calle del Carmen. No eran ya estudiantes
los amotinados; era el pueblo, la plebe... se
veían esas caras siniestras que sólo aparecen
camino del Campo de Guardias en los días
de ejecución de pena capital... Se veían
caras de revoltosos de oficio y de patriotas
alquilados... Era un horror...
Llegó don Laureano Figuerola con la ha-
bitual placidez de su rostro y su expresión
austera y benigna. Acompañábale Gabriel
Rodríguez, alto, barbudo, bien encarado y
con antiparras de oro. Venían del Suizo.
Desahogadamente pudieron llegar hasta la
Academia de San Fernando; pero desde allí
el paso era imposible. Hubieron de retroce-
der, dando un rodeo por la calle de la Adua-
na. En la Puerta del Sol, el tumulto y vo-
cerío eran espantosos. Los dos esclarecidos
economistas oyeron contar que una cuadri-
lla de obreros que bajaba á la calle del Car-
men por la de los Negros, apedreó á los sol-
dados de Caballería, y que el Gobernador
militar mandó hacer fuego... Figuerola y
PRIM 137
Rodríguez sintieron la descarga; pero igno-
raban si había sido al aire... Las voces que
de esto llegaban al Ateneo eran contradic-
torias. Pasó tiempo... declinaban las horas
con lenta rotación que acrecía la ansiedad...
Sanromá entró diciendo que la Guardia ve-
terana repartía sablazos en la Puerta del
f Sol... En efecto: oíase desde la Holanda es-
pañola un rumor como de oleaje impetuoso,
lejanos apóstrofes, estridor de silbidos...
Algunos ateneístas de los que se arremo-
linaban en el pasillo pensaron salir y apro-
ximarse á la Puerta del Sol para ver de cerca
la jarana; pero en esto llegó casi sin aliento
un precoz filósofo, González Serrano, y dijo:
"No salgan ahora; no salga nadie... Por poco
me gano un sablazo... El dolor que tengo
aquí, ¡ay! es de un golpe ¡ay!... Se me vino
encima la cabeza de un caballo. Ya cargan,
. .

ya vienen cargando por la calle de la Mon-


tera...,, Acudió á los balcones del Senado y
de la Biblioteca gran tropel de curiosos.
Calle arriba iban hombres, mujeres y mu-
chachos huyendo despavoridos. Centauros,
que no jinetes, parecían los guardias; esgri-
mían el sable con rabiosa gallardía, hartos
ya de los insultos con que les había escarne-
cido la multitud. No contentos con hacer re-
troceder á la gente, metían los caballos en
las aceras, y al desgraciado que se descui-
daba le sacudían de plano tremendos esta-
cazos. Chiquillos audaces plantábanse fren-
te á los corceles, y con los dedos en la boca
soltaban atroces silbidos. Al golpe de las
138 B. PÉREZ GALDÓS
herraduras, echaban chispas las cuñas de
pedernal de que estaba empedrada la calle
costanera. Un individuo á quien persiguie-
ron los guardias hasta un portal de los po-
cos que no estaban cerrados, cayó gritando:
" ¡asesinos!,,, y el mismo grito y otros seme-
antes salieron de los balcones del Ateneo.
Í"

3n la puerta de la sacristía de San Luis


había dos muchachos, que después de pasar
los últimos jinetes hacia la Red de San Luis,
gritaban: "¡Pillos! ¡Viva Cas telar... viva
Prim!,, Hacia la esquina déla calle de la
Aduana, dos sujetos de buen porte retiraban
á una mujer descalabrada... La noticia, traí-
da por un ordenanza, de que en la Puerta
del Sol y Carrera de San Jerónimo había
muertos, hizo exclamar á Beramendi: "¡San-
gre!... Esto va bien.,,

XIV

Yno disimulaba su júbilo al decirlo.


Si la revolución era necesaria, inevitable,
mientras más pronto viniera, mejor. sin Y
sangre no había de venir, porque las revo-
luciones nutridas con horchata ó zarzapa-
rrilla criaban ranas en el estómago de los
pueblos... Los ateneístas más impacientes
por regresar á sus domicilios dejaron pasar
algún tiempo, y en tanto planeaban itinera-
PBIM 139
rios extravagantes. Hombre hubo que para
ir á la calle de Atocha, discurrió tomar la
vuelta grande del Retiro. A última hora
quedaban pocos en la docta casa, comen-
tando los hechos y reconstruyéndolos con-
forme á datos fidedignos. Por la calle de Se*
villa y Carrera de San Jerónimo había pa-
sado la tragedia, dejando en las baldosas
huellas de sangre. Los que allí perecieron,
no eran gente díscola y bullanguera, sino
pacíficos señores que en nada se metían;
iban á sus casas; salían del Casino ó del café
de la Iberia, pensando en todo menos en su
fin inminente... En el pasillo grande del
Ateneo permanecían dos corrillos de trasno-
chadores. El más nutrido y bullicioso ocu-
paba el ángulo próximo á la puerta del Se-
nado; allí analizaban la bárbara trifulca
un antillano llamado Hostos, de ideas muy
radicales, talentudo. y brioso; otro ameri-
cano, don Calixto Bernal, diminuto, maes-
tro y apóstol de las cuestiones coloniales;
Manuel de la Revilla, grande espíritu en
un cuerpo mísero; Luis Vidart, artillero*
filósofo, escritor, poeta... y otros. En el se-
gundo corrillo,junto á la entrada de la Bi-
blioteca, Tubino, Fulgosio, Moreno Nieto,
y unos cuantos jóvenes que en aquel nido
de la inteligencia se criaban para la oratoria
la política, embriones de afamados repú-
licos, determinaron que la consecuencia in-
mediata del sangriento motín era la crisis...
¡crisis total! En el Salón de Lectura sóla
quedaba una persona, gravemente silencio-
140 B. PÉREZ GA.LDÓS
sa y abstraída, los ojos clavados en una re-
vista extranjera, y el espíritu á mil leguas
de las sangrientas colisiones de aquella no-
che nefanda... Algunos del corro primero
se acercaron á la puerta del Salón, movidos
de curiosidad, y vieron la figura menuda,
melancólica y calenturienta de Tristán Me-
dina.
Estruendoso fué el vocerío de los parti-
dos, de los periódicos, del ciudadano alto y
bajo. Desatada la opinión sectaria, gente
había que deploró no fuera mayor el núme-
ro de muertos. Hablaban los madrileños en
los cafés y en medio de la calle con un ardor
que revelaba el desasosiego del cuerpo so-
cial. Transcurridas las vacaciones de Sema-
na Santa, desfogaron en el Senado los hom-
bres públicos, aprovechando la mejor oca-
sión que podía ofrecérseles para tirar certe-
ros chinazos á la frente del Gobierno. Prim,
Gómez de la Serna y don Cirilo Alvarez,
pronunciaron tremendos discursos. El más
hermoso fué el de Ríos Rosas en el Congre-
so. Uno tras otro, disparó contra los respon-
sables del suceso de la noche del 10 (que
bautizada quedó con el nombre de San Da-
niel), los más formidables cantazos que re-
cibieron en todo tiempo cabezas ministeria-
les; y como en el pasaje más ardiente, al
llamar con voz de trueno miserables instru-
mentos á los guardias de la Veterana, le sol-
tase la mayoría la rutinaria muletilla que
se escriba?! esas palabras, se revolvió como
un tigre, y estampó con un manotazo esta
PRIM 141
respuesta grandiosa y clásica en la frente de
la Representación nacional: "Si no fueran
mías, pediría que se esculpieran.,, González
Bravo, con titánico esfuerzo de su fecunda
numen oratorio, pronunció diez y ocho dis-
cursos en las dos Cámaras.
De algunos incidentes lamentables del
día 10 quedó memoria por mucho tiempo.
El respetable ministro don Antonio Bena-
vides, que vivía en la calle de Carretas y
salió tranquilo de su casa, fué atropellada
por los guardias en los momentos de mayor
confusión y barbarie. A la misma hora, pa-
saba en su coche por la Puerta del Sol el
ministro de Fomento, don Antonio Alcalá
Galiano, y fué tal su emoción al oir los sil-
bidos y ver el tumultuoso y amenazador
oleaje de la plebe iracunda, que ya no vol-
vió á su ánimo la tranquilidad. A los pocos
días murió casi repentinamente de un ata-
que apoplético. Así acabó aquel maestro de
la oratoria, en su juventud ardoroso evan-
gelista de la Libertad. Su muerte fué, en
cierto modo, una muerte obscura; pues apa-
gada estaba ya su fama mucho antes de que
llegara la última hora de su existencia hon-
rada, voluble, y al fin más prestigiosa en la
esfera literaria que en la política.
Desfilaban sobre la memoria de estos acon-
tecimientos las horas grises y los días insul-
sos, y el bueno de Beramendi entretenía sus
ocios con el arte, y singularmente con la
música. Dos ó tres noches por semana iba
Rodrigo Ansúrez á casa de su protector; ad-
142 B. PÉREZ GALDÓS
miraban sus adelantos Guelbenzu, Monas-
y no pocas damas que en el arte veían
terio
el más noble de los lujos. Se improvisaban
conciertos amenísimos; tocaban Monasterio
y Rodrigo con Guelbenzu admirables sona-
tas clásicas de violín y piano, y una baro-
nesa muy linda cantaba como los ángeles.
En vaguedad de su solitario pensamien-
la
to, relacionaba el soñador Beramendi la
música de Beethoven y Mozart con la His-
toria lógico-natural del eminente composi-
tor Confusio, y descubría entre uno y otro
arte semejanzas notorias, que saltaban á la
imaginación y al oído.
Una
tarde, el Marqués dijo á Confusio:
''Necesito dilucidar un punto obscuro de
Historia fea y prosáica, que todo no ha de
ser Historia estética y soñada. ¿No me has
dicho que en tu casa de huéspedes vive ese
Carlos Rubio, redactor de La Iberia? Es
amigo mío. Quiero hablar con él. Haz por
traérmele mañana. Procura desinfectarle,
pues ya sabes que es tan grande su suciedad
como su talento. Aquí estuvo una tarde, y
mi mujer, al verle salir, me llenó la casa de
sahumerios.,, Volvió Santiuste al día si-
guiente, despachado el encargo. "El amigo
Carlos Rubio salió para Valencia, digo, para
Alicante. A punto fijo no se sabe para dón-
de ha salido. Llevaba por equipaje su capa
llena de remiendos, y unas prendas de ropa
envueltas en un número de La Iberia,

Coincide — dijo el Marqués, — la des-
aparición de Carlos Rubio con la de Manolo
PRIM 143
Pavía. La tirada de patos en la Albufera
<es hecho. Allá estará Prim cazando, dí-
un
gase conspirando. ¿Y qué regimientos y ba-
tallones sehan comprometido?»
Alzando sus miradas al techo, expresó
Santiuste del modo más significativo su ig-
norancia de todo acontecimiento sedicioso,
pues en su Historia, para él la única verda-
dera, no se sublevaba el ejército. La pala-
bra pronunciamiento sólo figuraba ya en el
Diccionario como arcaísmo, á disposición de
los pedantes. Aquel mismo día comprobó el
Marqués la salida de Prim y de Lagunero
para la cacería, y observó en algunos pro-
gresistas caras de ilusión. No había pasado
una semana, cuando recibió una esquela de
Teresa Villaescusa, pidiéndole entrevista
para hablarle de un asunto reservado y de
mucho interés. ¿Interés para quién? Para
ella, sin duda. En la carta, que era un de-
chado de mala ortografía, decíale que no se
determinaba á visitar al señor Marqués,
porque podría la señora Marquesa escamar-
Le haría el señor don José un
se, etcétera...
gran favor pasándose á tal hora por la casa
de su madre de ella, doña Manuela Pez.
Pues allá se fué el hombre con la con-
ciencia tranquila y sin otro estímulo que el
de la curiosidad, pues nunca tuvo deva-
vaneos con Teresita, ni temía caer en sus
bien tendidas redes. La encontró muy gua-
pa, todavía un poco marchita de las resultas
de su grave enfermedad, ó quizás desmejo-
rada por recientes amarguras. Pero con su
144 B. PÉJREZ G ALDOS
palidez y pérdida no muy sensible de car-
nes, conservaba Teresa hechizos imponen-
tes, y un juego deojos que daba la desazón
al másaustero. Solos en la sala, bien apa-
ñada de muebles incómodos, de floreros hó-
rridos y candelabros siniestros, dió princi-
pio la pobre mujer á la exposición de su
asunto. Los tropiezos de la cortedad iban
desapareciendo á medida que entraba en
materia, y llegó al dominio completo de la
dialéctica y á una dicción fluida, como la de
un experto letrado que informa ante la Au-
diencia.
He aquí el triste caso: González Leal es-
taba tronadísimo. Gastando con exceso sus
rentas, había tenido que desprenderse de las
fincas rústicas y de las casas que heredó de
sus padres. La picara afición á caballos y
coches, el juego, de añadidura, fueron las
primeras causas del desastre. Luego vinie-
ron otros despiltarros y calaveradas... Al
llegar á este punto, afinó Teresa su elocuen-
cia y enardeció su acento para decir: "No
haga usted caso, señor Marqués, de la ca-
lumnia indecente que me atribuye á mí la
ruina de Leal... que si mi lujo... que si lo
que gasto en tocador y en perfumes... que
si mis vestidos, que si mis alhajas... No,
señor Marqués: como Dios es mi padre, no
he sido yo quien se ha tragado, así lo dicen,
todo aquel caudal tan saneadito... ha sido
él: los él, los malditos faetones,
caballos de
el juego, señor Marqués; las comilonas de
tanto y tanto amigo en el soto de Rebollar...
PRIM 145
ha sido también la política y la conspira-
ción, porque... verá usted... era un chorro
continuo... Tanto para tal periódico... tanto
para imprimir discursos... tanto para un al-
muerzo á donde iban los patriotas con ham-
bre atrasada... tanto para los presos ó de-
portados... tanto para la corona fúnebre que
se había de poner á las víctimas... tanto para
el viaje de este conspirador, ó para la fami-
lia del condenado á muerte... En fin, señor
Marqués, que no he sido yo, no he sido yo>
se lo juro: tan cierto, como que le pido á
Dios la salvación de mi alma. Me acosan con
calumnias, malos decires y falsos testimo-
nios. Es la envidia, señor, que no desmaya,
que no perdona...,,
Suspiró Beramendi; tomó aliento Teresa,
prosiguiendo así: "Hemos llegado, señor
mío, al ahogo constante, y á no tener ni
un día ni una hora de sosiego... Si en poco
tiempo se acabaron los bienes, más pronto
se acabó el crédito... Comprenderá usted
la situación, aunque nunca se ha visto en
ella... ni quiera Dios que se vea... Aunque
hablando á usted con toda sinceridad, no
tengo vocación de pobre, ni puedo aceptar
sin violencia tantas privaciones y afanes,
no quiero abandonar á Leal... ¿Verdad, se-
"or Marqués, que no puedo ni debo? No: él
ha compartido conmigo su bienestar; com~
artiré yo ahora con él la pobreza... De Va-
encia he venido hace dos días para arreglar
n asunto de Leal, y allá me volveré en
uanto lo arregle... ¿Será un atrevimiento*
10
146 B. PÉREZ GALBÍS
mío contar con la bondad de usted?...,, (Pau-
sa.) ¿Qué era, señor? Pues muy sencillo. Te-
resa puso en su lenguaje toda la claridad del
mundo para enterar al caballero del terrible
atascadero en que se veía. " Entre los acree-
dores de Leal, hay uno, señor Marqués, uno,
^1 más molesto diablo de la usura que Sa-
tanás echó sobre la pobre España. Después
de habernos sacado por réditos y capital co-
mo seis veces lo que prestó hace dos años,
ahora, con un pagaré que Leal y yo firma-
mos y que no se le ha podido pagar, quiere
quedarse con todos mis muebles. Le advier-
to que por ocho mil cochinos reales declara-
mos haber recibido diez mil; y en fianza los
muebles, que me han costado más de dos
mil duros. ¿No es esto robar? Por la Virgen
Santísima, ¿no es una infamia que venga
ese tío ladrón y me embargue y me desva-
lije?... Pues ahora me falta decirle que ese
verdugo, ese asesino y chupador de sangre,
es un empleado en Gobernación llamado Te-
lesforo del Portillo... El señor Marqués le
conoce bien: es feo, con bigote de charretera,
y ojos de carnero moribundo.
— Ya: dijera usted Sebo., y le habría reco-
nocido- más pronto.
— Ajajá... Sebo le llamaban cuando era
xle la policía. De poco acá presta dinero. El
dice que el dinero no es suyo. ¡Sabe Dios de
quién será!
— Dios lo sabe; pero no lo dice. El infier-
no pone el dinero de la usura en manos es-
condidas, hipócritas. Con esas manos se san-
PBIM 147
tiguan muchos que pasan por personas hon-
radas y piadosas... En fin, á usted le han
dicho que yo tengo influencia sobre ese bár-
baro Sebo... Es verdad que la tengo, y que
la emplearé en hacerle desistir de atormen-
tar á usted... ¿Es eso todo lo que esperaba
de mí?
— Ay, señor!— replicó Teresa balbuciente
¡

y medrosica:— es algo más. Yo... yo... sabe-


dora de que Sebo es para usted como un
perro... me atrev^... perdone... á esperar
de usted que á más de ese favor me hiciera
otro... Decir á Sebo que se resigne á cobrar
más adelante... Leal espera una herencia...
y que no nos fastidie, que nos dé otros diez
mil reales, sin descontarnos nada, con ré-
dito más cristiano que el tres mensual... y
á pagar cuando se pueda.,,
Conquistado por la intensa amargura con
que Teresa relataba su suplicio, y también
por la belleza de la prójima, que belleza y
desdicha combinadas no hallan resistencia
en ningún corazón hidalgo, le hizo Bera-
mendi formal promesa y casi juramento de
acudir á su cuita y dejarla resuelta al día
siguiente, con ó sin Sebo... Y fué tan vivo
el júbilo de la mundana, que casi llorando
intentó besar las manos á su caballeresco
favorecedor. Atajó éste la demostración, así
como el ponerse de rodillas, y Teresa hubo
de limitarse á dar suelta á su gratitud con
estas nobles palabras: "Ya me decía el co-
razón, señor Marqués, que usted no me de-
jaría desesperada en manos de ese bandido.
148 B. PÉREZ GALDÓS
Yo he pasado en Valencia y aquí las mayo-
res angustias, discurriendo á quién volvería
mis ojos... ¿A quién, Señor?... Un
día y otro
día fui muy devotamente á la Virgen de
los Desamparados, y de rodillas me pasaba
las horas muertas pidiéndole que me saca-
ra de penas. Confiaba en la Virgen, porque
como yo le había recalado todas mis alhajas
cuando salí de aquella maldita enfermedad,
pensaba que en alguna forma me las devol-
vería... Nada, señor; no conseguí nada. Y
aquí, en cuanto llegué, jne fui á la Virgen
de la Paloma... Siempre le tuve devoción...
Pues nada, señor; nada... Hasta que me en-
tró de repente una idea... y sin saber cómo
pensé en el Marqués de Beramendi, y dije
para mí: "Dejémonos de vírgenes, y vémo-
nos á los caballeros...,,
— ¿Y quién le dice á usted, incrédula, que
la de la Paloma, de quien soy yo también
muy devoto, no le inspiró la idea de venir
á dar conmigo y contarme su conflicto?
— Es verdad, señor: así fué. Ahora caigo
en ello...

PRIM 149

XV
— También ha de saber usted, Teresa
dijo el caballero con jovial cortesía, —
que
este pequeño favor que le hacemos la Vir-
gen y yo, no es enteramente desinteresado.
Siéntese usted, serénese y óigame... Ha di-
cho usted que de Valencia vino hace días y
que á Valencia volverá. ¿Puede decirme qué
resultado ha tenido lo que por pudor políti-
co llamamos cacería de patos en la Albufe-
ra?... Usted me entiende. O tenemos ó no
tenemos confianza uno con otro... Si le da
por disimular, disimule; pero no podrá ne-
garme que allá fueron Carlos Rubio, Lagu-
nero y el jefe de la cacería, general Prim...
¿Qué... vacila usted en ocultarme lo que
sabe? ¿Me cree capaz de vender un secreto?...
— ¡Oh! no, señor Marqués...— dijo resuel-
tamente la Villaescusa pasando de la per-
plejidad á la confianza— Usted no puede
venderme... No es usted del Gobierno, ¿ver-
dad?
— Soy amigo de Prim, aunque no nos tra-
tamos íntimamente. Sus ideas son las mías.
Con mi pensamiento y con toda mi admira-
ción, le sigo en sus campañas por la Liber-
tad... ¿Triunfará? Esto pregunto á quien
pueda decírmelo.
150 B. PÉREZ (JALDOS
— ¡Oh! Prim... Es el único hombre
sí...
que tenemos en España... Pues bien, señor:
lo que usted llama la cacería de patos, ha
sido el fiasco número uno.
— Por defección de los que se habían com-
prometido... ¿Con qué regimiento contaban?
—Con Burgos señor Marqués. Al coronel
y

Rada le llamo yo capitán Araña. todosA


embarca y él se queda en tierra. Hoy habrá,
regresado á Madrid Carlos Rubio. El Gene-
ral y Pavía no tardarán en volver... Puesta
que usted me ha de guardar el secreto, le
diré que preparan otra, y esa parece que
irá de veras. Entrarán todos los Cuerpos
de la guarnición... Ello será para el mes de
Junio.
—El pobre Leal, tronadito y todo como
está, se distraerá de sus melancolías cons-
pirando furiosamente... ¿Recuerda usted
qué Cuerpos componen la guarnición de
Valencia?
— Burgos, San Fernando, Extremadu-
ra... alguno más hay que no recuerdo. Es
Capitán General don Juan Villalonga...
Como usted dice, Leal se moriría de tristeza
si no pasara el rato catequizando militares.
Es su fanatismo... es otra pasión como el
juego... Leal no descansa... Dormido, habla
con los capitanes; despierto, con los sargen-
tos. En las mismas trapisondas anda Jesús
Clavería.
— ¡Ah, sí! Me lo ha quitado usted de la

boca. Ya ibaá preguntar por este simpática


amigo mío...
PRIM 151
—Ahora que me acuerdo... Clavería y yo
hemos descubierto algo que á usted intere-
sa... ¡Qué tonta yo... no habérselo dicho an-
tes!... ¿No se acuerda ya de que usted y Je-
sús andaban en averiguaciones de un chico
que se escapó de su casa y se largó por esos
mundos... y nadie sabía de él... y le busca-
ron en Cádiz, en Méjico, en el Demonio, sin
encontrar su rastro?... ¿No recuerda que ese
picaro escribió sin firma diciendo que estaba
en el vapor de don Ramón? De la tertulia
de usted, Marqués, llevó á mi casa esta no-
vela Clavería, que es uña y carne del padre
de ese hijo pródigo... Pues... hablando un
día con un primo de Leal, piloto, llegamos
á descubrir que el vapor de don Ramón no
era otro que el Monarca, de que es capitán
don Ramón Lagier. Y este señor, que es
amigo de casa, vino un día á comer una pae-
lla con nosotros, y allí, charla que charla,,
oyéndole contar cosas notables de su vida y
nos enteramos de que por él fué recogido el
chico en medio de la mar. Iba en una lan-
cha, navegando solo. Usted, Marqués, habrá
leído novelas de mil lances maravillosos;
pero ninguna leyó jamás como la de esa
galopín. Le vimos una tarde que fuimos á
%
bordo, convidados á merendar...,,
Dijóle Beramendi que el interés suyo por
el muchacho fugitivo era de un orden muy
secundario, y que si anduvo en diligencias
para buscarle, fué por servir á Clavería,
amigo muy íntimo del padre de la criatura,
un señor de la Rioja alavesa, llamado Ibe-
152 tf. PÉREZ GALDÓS
ro... Pero aunque su interés por Iberito no
era directo, se alegraba de su reaparición en
el mundo de los vivos, pues por muerto se
le diputaba: De Lagier dijo que le conocía
de nombre, y tenía noticia de su intrepidez,
de su exaltado patriotismo y frenético amor
á la Libertad, así como del suceso dramático
de la pérdida de sus hijos. A esto agregó
Teresa que la novela del capitán Lagier y la
del atrevido Iberito se habían enlazado, y
corrían ya juntas por los mares. Describió
al muchacho vagabundo pescado al fin en el
Mediterráneo por Lagier, como un hermoso
salvaje, que apenas hablaba y todo lo decía
con los ojos. El capitán le había tomado
afecto; le enseñaba la náutica y los trajines
de á bordo, y le daba lecciones de furioso li-
beralismo.
Para terminar, añadió la mundana decla-
raciones de orden distinto, bajando la voz
con misterioso secreteo. "Tengo entendido...
no puedo asegurarlo... hablo sin otro dato
que algunas palabras sueltas que oí el mis-
mo día de mi salida de Valencia... pues...
creo yo... que en la que están preparando
para Junio se ha determinado que el Gene-
ral llegue á Valencia por mar, llevado por
el capitán Lagier desde Marsella, no sé si en
el vapor que ahora manda ó en otro que
fletarán para el caso...„ Y
nada más dijo de
estas cosas, que eran como los borradores de
la Historia. El júbilo que sentía Teresa por
la generosidad del caballero, despertó en su
ánimo tal apetito de sinceridad, que si fue-
PBIM 153
se dueña de los más graves secretos revolu-
cionarios, los entregaría de un solo arranque
al hombre bueno y próvido, como se entrega
á un confesor toda la conciencia. El Mar-
qués acogió las confidencias de la guapa
hembra con mediana satisfacción, pues si
buena curiosidad satisfizo, buen dinero le
costaba. Era un platónico de la libertad, un
idealista ocioso, que mataba su hastío pa-
seándose por las nubes, ó correteando por el
suelo pedregoso de la realidad. En lo más
altoy en lo más bajo, alternativamente po-
nía todo su espíritu.
El tiempo restante, hasta las dos horas
,
que duró la conferencia, lo emplearon en
chismografía mundana, contando historias,
líos y trapícheos, materia en que los dos,
cada uno en su esfera social, eran buenos
sabidores. Despidióse al fin el Marqués; que-
dó Teresa más alegre que las castañuelas;
volvieron á verse al siguiente día para dejar
ultimado el negocio, parte con Sebo, parte
sin él; despachó ella sus quehaceres; partió
á Valencia... Beramendi la vió partir me-
lancólico. Era una gentil diablesa que á su
modo colaboraba eficazmente en la armonía
humana. Arrojaba unos granitos de desen-
fado sobre tanta corrección enfadosa, grani-
tos de alegría sobre tanto ascetismo.
En su viaje á Valencia no fué Teresita
sola; en el mismo tren iban personas que la
conocían, alguna en el departamento ocu-
pado por ella, otras en coches más ó menos
distantes. Tarfe la saludó desde una venta-
154 B. PÉREZ GALDÓS
nilla; Sánchez Botín, que iba con su fami-
lia, charló con ella unos momentos y le
pagó el chocolate en la fonda de Alcázar de
San Juan. El que viajaba en el mismo de-
partamento que ella era don Enrique Oli-
ván, funcionario público de subido rango,
casado con mujer rica, joven por no pasar
de los treinta y seis años, viejo por la respe-
tabilidad de una calva precoz y el cascado
timbre de su palabra sensata. En todo el ca-
mino fué requebrando á la hermosa viajera,
con disimulada expresión y voz de confeso-
nario, pues iban dos señoras y un caballero
en el mismo coche. Desagradable fué para
Teresa la compañía de Oliván y su pegajosa
galanteo. Pero no tuvo más remedio que so-
portarle hasta la estación donde terminó su
viaje don Enrique, que fué la de Almansa...
Bueno será indicar aquí el abolengo del
tal, porque no es dudoso que el narrador se
tropezará con él páginas arriba ó abajo. Era
hijo de don Eduardo Oliván é Iznardi, el
empleado eterno á quien vimos y celebra-
mos en las oficinas de Hacienda cuando las
regía el gran Mendizábal. Hombre de más
suerte que aquel don Eduardo no había exis-
tido en el mundo; nació de pie, y sus pies
echaron, desde la infancia, profundas raíces
en la administración española. Deparóle el
Cielo una mujer que fué la más allegadora
que en ningún hogar se ha podido ver, hem-
bra de peregrina industria para llevar posi-
tivos bienes á casa. Nada tenía el hombre;
desafiaba las políticas tempestades, se reía
PRIM 155
de las crisis,y frotándose una mano con
otra, repetía la egoísta fórmula: mi olla, mi
misa y mi doña Luisa. Y estaba en lo cier-
to, porque la hermosa doña Luisa era un
águila para la cacería y cautiverio de hom-
bres públicos, de los cuales recababa pro-
tección larga y tendida para su esposo y sus
hijuelos. Estos, casi mamando, entraban en
las oficinas públicas, y en ella se criaban
agarrándose y ascendiendo como el aprove-
chado padre. ¡Qué maña se daría el matri-
monio, que después de alimentar á los ni-
ños en el pesebre burocrático, á los tres los
casaron con muchachas ricas, de familia de
banqueros ó negociantes gordos! Gran mujer
era doña Luisa, que ya vieja y retocada de
afeites untuosos, sostenía las posiciones de
sus hijos, y esperaba la hornada de nietos
para colocarlos desde que pudieran andar
solos por la calle y encasquetarse una chis-
tera.A su marido, el sufrido don Eduardo,
le tenía en un panteón papiráceo del Tribu-
nal de Cuentas, donde no hacía nada y co-
braba como un obispo, con una grande y
pesada mitra en su cráneo, formada de la
vieja substancia córnea...
Como se ha dicho, quedóse Oliván en Al-
mansa, pues en esta ciudad y en la próxima
de Montesa desempeñaba con pingüe suel-
do una comisión del Gobierno referente á
los bienes que fueron de las Ordenes milita-
res. De allí tendría que trasladarse á Uclés,
el priorato de Santiago... No estuvo Teresa
mucho tiempo sola, porque en la Encina se
156 B. PÉREZ GALDÓS
le metióen el coche Manolo Tarfe, antiguo
amigo suyo, siempre grato y de buena som-
bra. Iba Tarfe á Chiva, residencia de su tía
materna doña Ramona de Zayas, anciana
y riquísima, á la cual amaba tiernamente
como sobrino y presunto heredero. Charlan-
do de sucesos presentes y futuros, no de los
pasados, ya prescritos, llegaron á Valencia,
donde cada cual tiró por su lado. Metióse
Teresa en una tartana para dirigirse al Ca-
bañal, donde vivía. No encontró á su Leal,
que estaba ausente, ni los criados pudieron
decirle á dónde había ido. Sospechó que es
taba en Alicante ó en Tortosa, trabajando
el elemento militar. Preguntó si había lle-
gado al Grao el capitán Lagier, y le respon-
dieron negativamente. No quiso inquirir
más, pues los espías soplones aparecían don-
de menos se pensaba.
Seis días pasó Teresa en amarga inquie-
tud temblando por su amigo y señor, pues
en tales aventuras la pelleja estaba siempre
vendida, y al fin apareció Leal en lastimo-
so deterioro físico y moral, derrengado y
con un humor de mil demonios... Había es-
tado con Clavería en Castellón y en Peñís-
cola; no habían encontrado más que tímidos
<5 cucos, de éstos que viven viéndolas venir,

deseando el éxito, pero sin bríos para salir


en su busca. Así no se va á ninguna parte.
La pobre Libertad no encuentra ya más que
amadores que sólo la miran con un ojo,
mientras ponen el otro en el cochino gar-
banzo y en quien lo da...
PRIM 157
Era Jacinto González Leal un cuarentón
gastado por los afanes de una vida artifi-
ciosa; se desvivía por adestrar caballos y lu-
cirlos en coches de lujo, paseando en ellos
la vanidad ajena; se arruinaba con jiras
y convitazos campesinos en que su propia
placer tenía mínima parte; derrochaba di-
nerales con Teresa para tenerla encerrada ó
mostrarla como una joya, más valiosa que
por su mérito por lo mucho que le costaba;
jugaba sin arte ni freno, como si el perder
fuera la más elegante forma de vanidad;
conspiraba por dar gusto á su inquietud
levantisca, más que por conocimiento ra-
zonado y hondo de los males de la patria;
era, en fin, un bruto de excelente corazón,
de los que serían felices dominados por una
voluntad superior, de hombre ó de mujer.
Teresa, compañera ocasional, adventicia, no
podía ó no sabía ser esa voluntad.
"Sé que has venido con Tarfe — le dijo
Leal, que en sus días de mal humor era
celoso impertinente. — Ya sabes que no me
gusta que hables con ese danzante.,, Con-
testábale Teresa lo mejor que podía, recha-
zando todo motivo de recelo. Lo que mayor-
mente la desconsolaba era que Leal no se
mostrase agradecido por la grande hazaña
de ella en Madrid, arreglando lo de Sebo, y
sacándole á éste más cuartos. Ni aun con el
alivio que le trajo Teresa, se mostraba Leal
satisfecho; más bien gruñía, expresando su
sospecha con maliciosas conjeturas. "No me
cabe en la cabeza— decía,— que Sebo haya
158 B . PÉREZ GALDÓS
hecho todo eso de su natural motu proprio.
Nunca he visto que una pantera se deje pa-
sar la mano por el lomo y se vuelva gatito
manso... No puede ser, Teresa. Tú no me di-
rás, ya lo sé, cómo domesticaste á la fiera...
Ni te lo pregunto más...„ Replicaba la pobre
mujer con energía, sacando á cuento su dig-
nidad, su honor y que sé yo qué... Luego
lloriqueaba un poquito, y con el agua de
este lloriqueo se calmaba la procelosa esca-
ma del buen Leal, que era un niño, y fácil-
mente pasaba de la hosquedad al mimo aca-
ramelado y baboso... Por fortuna para Te-
resa, la displicencia de Leal se trocó en fran-
ca alegría con la presencia inopinada de
Carlos Rubio, que entró de rondón una no-
che diciendo: "Ya viene, ya viene. Esto es
un hecho.
—¿Vendrá por mar?
—En un vapor extranjero... Ya don Juan
ha salido de Vichy. Debe de estar en Mar-
sella.
—¿Ha llegado Pavía?
—Sí... Ha llegado también don Joaquín...
¡Don Joaquín Aguirre! el presidente del Co-
mité revolucionario... Venga usted conmigo
á Valencia... Ahí tengo una tartana.,, .
PBIM 159

XVI

Carlos Rubio, tuerto y picado de viruelas,


vestido como un pordiosero, era el contraste
más rudo que puede imaginarse entre una
facha y una inteligencia. Diógenes no pa-
recía su maestro, sino su discípulo. Aborre-
cía el agua tanto como adoraba los ideales
de Libertad y Justicia. Los que no conocían
de él más que su prosa brillante, un poco
lírica y sentimental, le habrían dado en la
calle un ochavo moruno, si él lo pidiera.
Así como otros pregonan con la efigie su
importancia, á veces su talento, él no pre-
gonaba más que su extremada modestia. ¿Y
qué mejor pregón de patriotismo que aquel
pergenio de mendicidad? ¡Pobre Carlos Ru-
bio! Jamás existió quien tan desinteresada-
mente trabajase por el bien de su patria, á
la que no pedía más que un pedazo de pan
para comer y un trapo de desecho para cu-
brir sus carnes. Si España necesitaba de
él servicios patrióticos en determinado mo-
mento de su historia, y él los prestaba, ¡cuán
baratos le salían! Envuelto en su miseria co-
mo en una toga, era digno, altanero, inco-
rruptible.
Según dijo Leal á su compañera, con el
anuncio de la llegada del General los mili-
160 B. PÉREZ G ALDOS
tares comprometidos se mostraban más ani-
mosos, y los mismos guindillas hacían la
vista gorda: también ellos, los pobres, se
plantaban á verlas venir. Supo además Te-
resa que todos los Cuerpos.de Infantería es-
taban en el ajo: eran Burgos, Borlón, San
Fernando y Extremadura. Los coroneles
Alemani, Rada, Crespo y Acosta se crece-
rían, alentados por la efectiva presencia del
invicto Prim. La Caballería se agregaba al
movimiento; la Artillería repugnaba pro-
nunciarse, pero saldría de Valencia, que era
como dar un mudo consentimiento.
La fecha aproximada del arribo del Ge-
neral sólo la sabía don Joaquín Aguirre, que
se alojaba con nombre supuesto en la fon-
da del Cid. Era este señor una excelente
persona, catedrático de Disciplina eclesiás-
tica en la Universidad de Madrid, hombre
más abonado para empresas de legislación y
de paz, que para los troles guerreros y sedi-
ciosos en que le habían metido. No creyén-
dole seguro en la fonda, lleváronle á una
casita pobre entre el Grao y el Cabañal, ha-
bitada por familia marinera de absoluta con-
fianza, y allí quedó el buen señor, disfraza-
do con un chaquetón grueso de patrón de
lancha, botas de mar y una barretina vieja.
No se compaginaba con el disfraz el rostro
del profesor de Cánones, tristón, afilado y
con grueso bigote gris. Por mareante no po-
día pasar. Disfrazáranle, á ser posible, de
carabinero, y el equívoco habría sido perfec-
to. En la fonda del Cid continuó alojado Pa-
PRIM 161
vía, que tenía medios de justificar su pre-
sencia en la ciudad, y en una casa humilde
de la calle Trinquete de Caballeros, se apo-
sentaban Clavería, Carlos Rubio y otros
progresistas que vinieron de Madrid.
¿Y Prim cuándo llegaba? Pronto, pron-
to... Del 8 al 9 de Junio lo esperaban; el 9

recaló un vapor francés, y á las tres de la


tarde fondeaba en el puerto. Allí estaba...
Silencio, disimulo. El General no desembar-
caría hasta que cerrara la noche. Poco falta-
ba ya. Por Dios, que si era valiente el hom-
. .

bre, á perseverante y cabezudo no había


quien le ganase, pues apenas fracasado en
una tentativa de pronunciamiento, ya esta-
ba metido en otra, sin perder su brío ni la
ciega confianza en estas arriesgadas aventu-
ras. Entre la primera de Valencia y la que
á la sazón se preparaba, hubo otra desdicha-
dísima, en Navarra. Vestido de aldeano
atravesó el Pirineo á pie, desde San Juan
de Pied-de-Port á Roncesvalles, y arreando
bueyes penetró hasta Burguete, donde le
esperaba Moriones para decirle que las fuer-
zas de la guarnición de Pamplona, que se
habían comprometido á dar el grito se lla-
,

maban Andana. ¡La historia de siempre, el


eterno balanceo de las almas guerreras en-
tre el ardimiento y la ética militar! Coléri-
co, mas no abandonado de su vigorosa cons-
tancia, volvió Prim á traspasar el Pirineo.
Los reveses le enojaban, pero no le rendían.
Dij érase que su desbordada bilis amargaba
su voluntad dándole una consistencia irre»
162 B. PÉREZ GALDÓS
sis tibie. Era de. un temple tal que si mil
veces fracasara en aquel propósito, engen-
dro de una convicción profunda, otras tan-
tas pondría toda su alma en realizarlo. El
Destino se cansaría, el hombre no.
Y á los pocos días de repasar la frontera
navarra, recorriendo después gran parte de
Francia para volverse á Vichy, ya estaba
otra vez el caballero de la revolución arma-
do de punta en blanco para lanzarse á nue-
va empresa lejana y peligrosa. Cambiando
su nombre, volaba á Marsella; avistábase
allí con su amigo el capitán Lagier; éste,
no pudiendo llevarle á Valencia, por expre-
sa negativa de su armador, le agenció el fle-
te de un vapor francés, que figuraría des-
pachado con carga general para Orán y es-
cala en puertos españoles. El tiempo que se
tardó en diligencias reservadas y en arran-
char el buque, lo empleó Prim en dar cono-
cimiento á don Joaquín Aguirre, por corres-
pondencia cifrada, de la fecha de su llegada
al Grao, y en comunicarle las últimas y
definitivas instrucciones para el alzamiento.
A su salida de Marsella, tomó un sencillo
disfraz para el momento del embarque, pues
á bordo no lo necesitaba, hallándose en cor-
dialísima inteligencia con el capitán fran-
cés, por obra y gracia del Grande Oriente
Universal, del Rito Escocés... Pero si en la
salida convenía tomar algunas precauciones
por el acecho vigilante de la policía francesa,
al desembarcar en el Grao el peligro era
mucho mayor y las precauciones habían de
PBIM 163
ser extraordinarias. Tratado el asunto con
el fiel amigo Lagier, determinó éste que en
el viaje acompañasen á Prim dos hombres
de mar, los cuales no se separarían de él en
el acto de tomar tierra española, y á su dis-
posición quedarían luego para lo que pu-
diese ocurrir, en el caso de que los acon-
tecimientos impusieran una retirada mar
afuera.
Ingenioso era el artificio ideado por La-
gier.Los acompañantes de Prim eran un
marinero viejo llamado Canigó, y otro joven
que respondía por Bero, y ambos figuraron
con nombre francés en el rol del barco fleta-
do. Al presentarlos al General, don Ramón
respondía con su cabeza de la lealtad de en-
rambos. El viejo era un experto mareante
evantino, pariente de otro que en Valencia
oseía dos buenos faluchos, y en ellos hacía
«con superior destreza el contrabando. El
principal cometido de Canigó era disponer
en el Grao una embarcación muy velera en
_ue el General pudiera reembarcarse si ocu-
rrían sucesos desgraciados. No era esto pro-
bable; pero todo debía preverse... En cuanto
al muchacho, no dijo más Lagier sino que
ra valiente hasta la temeridad, leal hasta
el sacrificio de la propia existencia, rudo
hasta el salvajismo, y de tan pocas palabras
qué parecía mudo de nacimiento.
Durante la feliz travesía no salió Prim
el camarote del capitán, que le colmaba de
finezas y obsequios. Al llegar al Grao, se
'zaron en el mesana tres banderitas del te-
164 B . PÉREZ GALDÓS
légrafo, señal convenida por el General con
los de tierra para decirles que había llega-
do, y que al anochecer fuesen á buscarle á
bordo. Cumplióse sin tropiezo esta parte del
programa. En una lanchita con dos reme-
ros, llegaron al costado del buque francés
don Joaquín Aguirre, con el disfraz ya des-
crito, y Carlos Rubio, que bien enmascarado
iba con su facha de pobre, ó de gancho, de
esos que en todo puerto andan á la husma
de pasajeros. Bajó á la escala Canigó á de-
cirles que podían subir á bordo, pues no
había en ello ningún peligro, Ei General les
esperaba en el camarote del capitán, vestido
con un sencillo traje azul de maquinista.
Llevaba don Joaquín Aguirre la procla-
ma que se había de lanzar al pueblo y al
ejército en el momento de la sublevación.
Prim la Armó sin le parecía
leerla. Todo
bien con tal de que las tropas estuvieran
bien decididas y no vacilaran en el momen-
to preciso. Al venir á Valencia, contaba con
que las vacilaciones, los miedos y los escrú-
pulos, que ya tantas veces habían dado al
traste con sus esfuerzos, no se repetirían.
"Lo que es ahora, espero que mis buenos
amigos Alemani, Acosta y Crespo no me
dejarán á la luna de Valencia.» Dijo esto
gravemente, sin reir el chiste, con aquella
voz un poquito parda, de timbre lleno, ex-
presivo sin estridencia, como el dulce soni-
do del oro... Hallábanse los tres españoles
en el estrecho camarote del capitán, alum-
brados por un farol cuya luz rojiza daba al
PBIM 165
rostro de Prim un tono de cálida encarna-
dura, que alteraba su habitual tinte amari-
llo bilioso.El óvalo imperfecto de su faz,
ancho en los pómulos, afilado en la barba;
las ojerasque declaraban sus insomnios, la
mirada viva, el pelo mal distribuido en me •

chones sobre la frente y las sienes, forma


ban con la ropa de maquinista una figura
melancólica, absolutamente distinta de lo
que aquel hombre representaba en la rea-
lidad.
A las preguntas del de Reus acerca de las
disposiciones de la guarnición, contestó don
Joaquín que éstas eran excelentes; sólo que
los coroneles habían acordado una modifica-
ción del plan primitivo de alzamiento con-
certado con el General antes de que éste
saliera de Vichy. Se había convenido en
que, á la señal de que el General estaba
en el puerto del Grao, se echarían las tropas
á la calle, acudiendo á determinado sitio,
donde aguardarían la presentación del Je
fe... Pues ya este plan no parecía práctico á
los señores coroneles. Proponían que lo pri-
mero debía ser que Prim desembarcase, y
luego que en tierra estuviera dispuesto á po-
nerse al frente de las tropas, éstas saldrían
de sus cuarteles y... Tan mal le supo al cau-
dillo esta enmienda de su plan de campaña,
que sin acabar de oir lo que Aguirre le de-
cía, se levantó bufando y soltó varias inter-
jecciones catalanas, á las que siguieron estas
castellanas quejas: "Siempre he de encon-
trar hombres tímidos, cuando busco hom-
166 B. PÉREZ GALDÓS
bres de corazón que arriesguen el grado y
el pellejo.¿Pues qué, don Joaquín, se pes-
can estas truchas con las manos secas y las
bragas enjutas? No he de venir yo jugando*
me la vida una y otra vez para estrellarme
ante... ante la comodidad de estos señores.
¿Quieren que yo desembarque y dé la cara
para dar ellos después la suya? Si la dan en
efecto, y no salimos con otro fiasco, menos
mal. Vamos á tierra.,, Despidióse del capi-
tán, que en francés le dió parabienes anti-
cipados por el éxito de la empresa, y con
sus amigos y los dos marineros bajó á la
lancha. Antes de llegar á la escala, le había
dicho Carlos Rubio que el desembarco sería
con toda seguridad y sin ningún recelo, por-'
que Leal y Clavería lo tenían arreglado con
los carabineros y cabos de mar. Hombre de
ardimiento y de previsión, Prim no olvida-
ba ningún detalle en el complejo organismo
de aquellas empresas. Antes de saltar en
tierra, reiteró á Canigó, en catalán, el en-
cargo que ya Lagier le había hecho, de tener
dispuesto y arranchado de todo un falucho
muy marinero, de los dedicados al contra-
bando. Respondió concisamente el lobo de
mar que antes de tres horas estaría lista la
embarcación. En ella quedaría él esperando
órdenes, y el General podría comunicarlas
por Bero, que con este fin estaría en tierra.
La del Grao pisaron Prim y los suyos con
franca facilidad. Nadie les dijo nada, y algún
carabinero los miró vagamente como si fue-
ran lo que parecían. Ya cuando iban cerca

PBIM 167
del café de la Marina, se les aproximaron
Clavería y Leal, y hablando todos, para me-
jor disimulo, de cosas insignificantes, se en-
caminaron á la casa pobre del Cabañal en
que Aguirre moraba. Ya en ella y sin tes-
tigos, el héroe cogió un berrinche de los
suyos, cuando le notificaron que por aque-
Ua'noche no habría nada. La cosa, como so-
lían decir en su fabla concisa los conspira-
dores, sería mañana. "¡Mañana!— exclamó
el Genera], tocando con las manos, y no es
figura, el techo de la menguada estancia.
¡Mañana! ¡Y yo estaba en que esta noche!
¡Veinticuatro horas de ansiedad! ¿Pero qué
falta? ¿No estoy yo aquí?,, Trataban Aguirre
y Carlos Rubio de aplicar emolientes á sn
ardoroso ímpetu, cuando entró Acosta, co-
ronel de Extremadura, y las explicaciones
que dió, seguidas de la seguridad de triun-
fo, desbravaron un tanto el furor del de los
Castillejos. Luego dijo á éste que de acuer-
do con Pavía había resuelto instalarle en el
casco de Valencia, á muy corta distancia
del cuartel donde moraban los regimientos
de Burgos y Borlón. Allí encontraría su
uniforme, espada y cruces; allí hablaría fá-
cilmente con los coroneles; allí, en fin, si
no podían ofrecerle gran comodidad, le pro-
porcionaban la ventaja inmensa de estar ca-
si en contacto con los que pronto habían de
ponerse á sus órdenes.
Accedió el de Reus, disponiéndose á en-
trar en la tartana que había traído Acosta;
pero no lo hacía de buen talante, porque ha-
168 B. PÉREZ GALDÓS
bría preferido que le aposentaran en el pro-
pio cuartel de las fuerzas dispuestas á su-
blevarse... Esto, según dijo Acosta, ni él ni
Alemani lo creían prudente... Tanta pru-
dencia y tanto ir y venir y requisitos tantos,
eran ya inaguantables, ¡voto va Den!... Y
por Dios, que se le acababa la paciencia...
El 3 de Mayo de 1864 había dicho solem-
nemente que antes de dos años y un día
arrollaría los Obstáculos Tradicionales, y el
tiempo corría, ¡caray!... se deslizaba lento,
fatídico, burlón...

XVII

Y he aquí que el buen Leal, que á todo


atendía, dijo á Bero: "Hasta mañana nada
tendrás que hacer... En tanto, vete á casa;
duerme, come, y de allí no te muevas hasta
que se te den órdenes.,, Obedeció el mari-
nero, y aquella noche durmió en la casa de
Leal. Al día siguiente se le dió de comer
todo lo que quiso. Obediente á la consigna,
el hombre no se movía del patio, y pasaba
las horas sentadito en un poyo, ó acarician-
do á un perrillo que con él hizo francas amis-
tades. Llegóse á él la patrona, movida de
intensísima curiosidad, primer estímulo del
alma de mujer, y con semblante risueño le
sometió á un proceso verbal muy minucioso.
PBIM 169
"Tú eres Santiago Ibero.
— Sí, señora.
—Tú te escapaste de la casa de tus padres.
— No, señora: de la casa de un primo de
mi padre, don Tadeo Baranda.
—Es lo mismo. ¡Valiente pillo estás! ¿No
te da vergüenza de ser tan loquinario y tan
andariego?
— No, señora.
—Y parece como que se alaba-.. ¿Habráse
visto...? Tú corre que corre por esos mundos,
y tus padres muertos de pena... y el pobre
Clavería medio loco buscándote... ¿Pero dón-
de diablos te habías metido?,,
Puso en esta pregunta Teresa todo el ful-
gor de su mirada, queriendo turbar así la
seriedad estatuaria del mocetón. Las res-
puestas de éste caían de sus labios opacas
y frías.
"Parece que estás lelo... Y
esos ojos, de
azabache, ¿para qué los quieres? ¿Para no
decir nada? Vaya, que no he visto marmoli-
llo igual... Bueno: pues dígnate ahora con-
testarme con más alma á esta otra pregunta:
¿eras el paisano que con otro paisano y un
sargento fué preso en Leganés?
—Sí, señora: yo fui.
—Según eso, no te embarcaste para la
Habana.
—No, señora.
—Ya... ¿Con que te prendieron?... ¿Y á
dónde te llevaron?
—A Melilla.
—Y allá estarías cautivo meses y meses.
170 B. PÉREZ GALDÓS
y te trataron como á un perro, y...
¿Dices que
sí?... Pero lo dices sin indignación. ¿Eres de
piedra? Padeciste hambre, malos tratos...
¡Pobrecillo! ¿Y cuándo y cómo saliste de
allí?
—El cuándo no puedo decirlo... No tenía
yo almanaque para saber eso... Sé que era
invierno, que hacía frío...
—¿Fuiste absuelto; dieron la libertad?
te
— No, señora: me escapé.
— Vamos, vamos... No costaría poco
te
trabajo... ¿Y te escapaste solo?... ¿No? Te fu-
garías con otros presos. ¡Vaya una familia!
Asesinos, secuestradores... El que menos
habría matado á su padre.
— Sí, señora...
—Ya me contarás otro día cómo fué esa
escapatoria. Me gustan mucho las novelas
no escritas, sino contadas... Dime otra cosa:
¿qué idea llevabas cuando dijiste al cura
"tío, buenas noches,,, y te fuiste á Madrid?
—Llevaba la idea de hacer alguna cosa
grande, como las que yo había leído en la
historia de Méjico.
— ¡Cosas grandes!— exclamó ella con vago
aturdimiento, dejando volar su mirada más
allá del espacio que ocupaba la figura que
tenía delante. Y al regresar de aquella es-
capada por el espacio, traía su espíritu esta
inflexión burlesca:— Cosas grandes son... las
pipas en que se guarda el vino... las velas
de los barcos, los rabos de las cometas... ¿A
fabricar esto querías dedicarte?... No lo creo.
A tí se te habían metido en la mollera otras
.

PRIM 171
grandezas... Lo que hay es que te caíste de
un nido, y al estrellarte se te rompió la ca-
beza, como se rompe una hucha, y las ideas
grandes se te salieron y se te desparramaron
por el suelo. Consecuencia: que no has po-
dido hacer lo grande, porque el mundo no
está para eso, ni lo chico ni nada, porque
toda la fuerza se te ha ido en querer cosas
imposibles... Al fin sonríes... Gracias á Dios,
ya veo alguna luz en esa cara, que tiene
el color y el viso del café tostado... ¿Te son-
ríes porque me oyes decir las verdades?...
Pues oirás otras... ¿Puedes decirme á dónde
fuiste á parar cuando te fugaste de Melilla?
— Anduve por la costa... me escondía de
noche en cuevas que hay... orilla de la mar...
comía lapas... Una tarde vi lanchas... una
muy cerca... y en ella hombres que pesca-
ban... moros ellos de Argelia... Grité... me
recogieron y me llevaron á un pueblo que
llaman Nemours... De allí fui á Orán. En
Orán me contraté en un jabeque español
que iba al contrabando de Gibraltar... Fui
á Gibraltar, metimos el contrabando y fui-
mos á echarlo en Estepona... Digo que fui-
mos; pero no que lo alijamos, porque nos
salió una escampavía... Era una noche más
negra que el morir... ¡con una mar...! No se
ría usted, señora, que el caso no es de risa
—Deja que me ría (cantando). "¡Ay, ma-
má, qué noche aquélla!...,,
—La escampavía nos largó un cañona-
zo... Corría más que nosotros... nos cogía;
casi estábamos cogidos... El patrón y dos
172 B. PÉREZ GALDÓS
marineros echaron al agua la lancha mayor.
Yo con otro hombre... se llamaba Periandro
y era griego de nación... nos metimos en
el chinchorro, y bogamos mar afuera, boga-
mos, bogamos, con toda el alma en los pu-
ños...

—La obscuridad quería salvarnos, y la


mar furiosa nos quería tragar. Bogábamos
sin decir palabra... No había que decir más
que una: "boga, boga...,, Pero el maldito
reriandro, que entró en el chinchorro borra-
cho perdido, soltó de pronto el remo, y me
mandó achicar. La embarcación hacía agua
como un cesto... Yo achicaba... el diablo
del griego me que yo pesaba mucho, y
dijo
que nos ahogaríamos... Yo le dije que yo
no me ahogaba... Le vi como con intención
de echarse sobre mí para tirarme al agua.
— ¡Ay, pobrecito! —gritó Teresa piadosa
y asustada. —¿Y tú. . .?
— Nada, ¿qué había de hacer? Antes que
me matara maté yo á él... y lo tiré al
lo
agua... Un día y media noche más me
aguanté en mi chinchorro, hasta que me
cogió don Ramón •

— ¡Jesús, qué peso me has quitado de en-


cima!... Yo creí que te habías ahogado...
¡Demonio de griego!... ¿De veras no te ma-
tó? ¿De veras no te tiró al agua?... Esto pa-
rece cuento... Con que un día y media no-
che... y sin comer... y muertecito de frío...
A ver, cuéntamelo otra vez.
—Con una basta.
PRIM 173
—Don Ramón te trataría muy bien. ¿Ver-
dad que es un hombre buenísimo don
Ramón?
— No hay como él... ¡Y lo que sabe?
otro
¡Y y personas que ha visto!... ¡Y
las tierras
las cosas tremendas que le han pasado!...
¡Y lo que ha leído, y las palabras buenas
que le dice á uno, sacando el ejemplo de la
malo que él ha sufrido!,,
Notó Teresa que el rostro curtido de Ibe-
ro y sus ojos negros, luminosos, adquirían
singular expresión de arrobamiento hablan-
do de su capitán. Después de repetir los
elogios del valiente marino y propagandista
liberal, prosiguió así: "A él debes la vida y
el pan que comes, y el ser un hombre útil
y honrado, aunque sin pasar de simple ma-
rinero.,, Declaró entonces Ibero que su ca-
pitán le había enseñado todo el trajín del
oficio de mar y el manejo de los instrumen-
tos náuticos, instruyéndole asimismo en el
saber de las estrellas que en la bóveda del
cielo guían á los navegantes, y en el gira
de los planetas en derredor de nuestro sol.
A más de esto, habíale hablado del grande
sufrimiento de los pueblos oprimidos por
leyes injustas, y de la obligación en que es-
tamos todos de ayudar á sacudir el yugo...
Espejo y norte de todos era Prim. Lagier
veía en él como un enviado de Dios; Ibero
la encarnación de un pueblo que lucha por
desatarse de ligaduras cuyos nudos estaban
endurecidos por los siglos. El no se daba
cuenta del cómo y por qué de estas ligadu-

174 B. PÉREZ GAIiDÓS
ras; pero las sentía en sus muñecas y en sus
tobillos, y en cuanto
los efectos de ellas veía
le rodeaba.
"Se conoce que quieres mucho á Prim
le dijo la patrona. —
Bien, hombre, bien. Dé-
jame que te haga otra pregunta... Si te pa-
rece que soy demasiado curiosa, no contes-
tes, y en paz. Vamos á ver: tú sabes que á
don Ramón le hicieron una trastada los
frailes de Marsella... En un colegio de aque-
lla ciudad, dirigido por un señor Oliver ú
Olivieri, puso á sus dos niñas, Teresa y Es-
peranza, y á un niño pequeño. Las dos ni-
ñas fueron arrastradas con manejos hipócri-
tas á su perdición... el niño murió. Sabrás
por el mismo don Ramón esta historia ne-
gra... Lo que el buen señor padeció viendo
aquel desastre de sus criaturas y no hallan-
do en los Tribunales quien le hiciera justi-
cia, también lo sabrás... El mismo nos ha
contado que estuvo á punto de perder la ra-
zón, y que su dolor no se calmaba con nada
de este mundo. Para distraerse de su pena,
se metió más en los trabajos de la mar y en
lecturas de cuantos papeles caían en sus ma-
nos. Leyendo, leyendo, llegó á dar en unos
libros que... no sé si enseñan verdadera
ciencia ó cosa de magia... Ya comprenderás
lo que quiero decir... Ello es que don Ra-
món se apasionó por lo que leía, y que tuvo
por verdadero cuanto dicen los tratados de
aquella ciencia, religión, magia ó lo que
sea. ¿No se llama eso el Espiritismo?
!í, señora.
PRIM 175
—¿Y á tí te ha enseñado Lagier esas cosas,
y crees en ellas?
— Sí, señora.
—Según parece, los que creen eso llaman
á los espíritus, y éstos acuden dando golpe-
citos con las patas de las mesas... También
se les llama con un querer fuerte: vienen
las almas de los que se murieron, y habla
uno con ellas como yo estoy hablando con-
tigo.
—Sí, señora..,
—¿Y tú crees, tú has hablado...?
—He hablado con mi padrino don Beltrán
de Urdaneta, un caballero noble, que sabía
mucho, y era en todo generoso y grande.
—¿Y qué te ha dicho?
—¡Ah! muchas cosas. Me ha dado ejem-
plos de su vida noble para que los imite, y
me ha dicho que obedezca al capitán Lagier
en todo lo que me mande.
—¿Y el capitán te manda...?
—Por de pronto, que vaya á ver á mis
padres...
—Te llevará él en su vapor. Ese pueblo
tuyo, Samaniego, ¿es puerto de mar?
—No, señora: no hay mar en mi pueblo.
Yo iré por tierra. El capitán me ha dicho
que si el general Prim sale triunfador en
sto que llaman la cosa, me ponga en ca-
mino para mi pueblo. Después que me vea
con mis padres, iré á San Sebastián ó á
Bilbao, donde me recogerá el capitán.
— Me parece á mí— dijo Teresa risueña y
ñialiciosa,— que lo que tú quieres es corre-
176 B. PÉREZ GILDÓS
tear un poco tierra adentro... Dime la ver-
dad: ¿tienes por ahí alguna novia, y quieres
verla?
—Sí y no... Novia tengo; pero no es mi
intención verla por ahora, ni está en el ca-
mino de aquí á mi pueblo.,,
La sinceridad inocente, casi salvaje, que
echaron de sí los ojos negros, profundos y
leales del buen Iberito, cautivó á Teresa, de-
jándola un poco suspensa y desconcertada.
Fué su intención interrogarle más, pedirle
pormenores de aquella novia, que resultaba
inverosímil por tratarse de un hombre que
apenas salía del vapor en que marineaba...
Porque no había de ser sirena, ni ninguna
otra especie de ninfa oceánide, sino mujer
efectiva, habitante en poética isla ó en al-
gún oasis del litoral. Pero no pudo pasar la
mundana de los primeros disparos del inte-
rrogatorio, porque llegó Jacinto con tres
desconocidos, dos de los cuales eran cara-
bineros, y después Cía vería. Para todos fué
menester preparar comistraje, y allí estu-
vieron horas largas dando y recibiendo ór-
denes, con lo que la casa al mismo infierno
se asemejaba... Sobre los afanes y el delirio
de los conjurados descendió la noche, que
por más señas era serena y alumbrada de
un espléndido creciente. Aquella noche traía
bajo sus alas de luminoso azul la empolla-
dura de la revolución tantas veces anuncia-
da y nunca salida del misterioso huevo.
Hallábase Prim, como se ha dicho, en
una casa de Valencia, cercana al cuartel,
PBIM 177
acompañado sólo de Acosta, pues los demás
nada tenían que hacer allí, y el entrar y sa-
lir de gente habría infundido sospechas al
vecindario. A media noche vistió el Gene-
ral su uniforme, ciñó la espada vencedora, y
se puso en el pecho las placas que comun-
mente usaba. Corrían los minutos perezo-
sos. El tiempo, remolón, simulaba una in-
movilidad burlona y traicionera. Cuando se
creía que estaban próximas las dos, los re-
lojes, como instrumentos sobornados por un
destino adverso, no querían pasar de la una
y media. Prim era la impaciencia misma;
sus nervios vibraban; su bilis amarilleaba el
blanco de sus ojos, y ponía en su boca el
amargor de la pura quina... Pasos en la ca-
lle anunciaban que alguien venía con la no-
ticia de la salida de tropas; pero lo que ve-
nía era el desengaño tras la extinción gra-
dual de los pasos calle adelante.
La casa era ruin, pequeña, con un solo
piso alto, solado de baldosines sobre vigas
endebles; la escalera de palo, al aire; vivien-
da frágil, temblona, tan conductora de los
ruidos propios y de los de la calle, que no
cesaban de sonar en ella golpes, rasguños,
estallidos ó lastimeros ayes de seres invisi-
bles. Por la mañana vió Prim al dueño de
la casa, llamado Vicente Jiménez, hombre
incorruptible, según le dijo Acosta. Habla-
ba poco, y era de humilde condición. En el
resto del día no volvió á verle; á prima no-
che vió una niña flaca, un anciano, gatos
y perros. .. y durante la noche oyó pasos te-
178 B. PÉREZ ALDOS
núes y lejanos, voces indecisas de algún
diálogo soñoliento, y hasta el toque rítmico
de la pata de un perro que, al rascarse las
pulgas, daba contra las tablas del suelo ó de
un tabique. Todo se oía menos los pasos y
voces de los que tenían que venir á notificar
que la revolución yacente se había puesto
en pie.
grande hombre, desairadamente es-
Si al
condido en aquella casa de Valencia en la
noche del 10 al 11 de Junio de 1865, hubie-
ra dado Dios un oído cien veces más exten-
sivo que el que disfrutamos los mortales,
habría percibido: primero, la voz del soplón
que dijo al Gobernador civil, hallándose
éste en el teatro, que se preparaba un alza-
miento de gente de la huerta apoyado por
fuerzas del ejército; después la voz del Go-
bernador civil transmitiendo el soplo al Ca-
pitán General, Villalonga; habría compren-
dido, por las medias palabras de éste, que
no daba importancia á la delación... Villa-
longa manda llamar al General Segundo
Cabo, Larrocha, y le ordena recorrer los
cuarteles... Llega el Gobernador militar al
cuartel donde se alojaba Borbón, y lo pri-
mero que se echa á la cara es la oficialidad,
toda en traje de marcha, y el coronel Ale-
mani, dispuestos para salir con la tropa...
La escena fué sencilla y cómica, pues riva-
lizando en timidez Larrocha y Alemani, el
primero se limitó á decir al Coronel: "Vén-
gase usted conmigo á ver al Capitán Gene-
ral,,, y el segundo no tuvo arranque para
PBIM 179
decir al otro: "Por lo pronto, quédese usted
aquí preso, y luego veremos á dónde va-
mos.,, Momento decisivo fué aquél para la
sublevación. La blandura con que procedía
Larrocha, dando motivo á que se sospecha-
ran condescendencias de Villalonga; la de-
bilidad ó turbación de Alemani, que se dejó
llevar mansamente, en vez de arrojarse á la
resolución temeraria que el caso imponía,
descompusieron en un minuto lo que en
luengos y laboriosos días se había tramado.
Contó Larrocha después á sus amigos que
fué al cuartel con la idea de que sería ence-
rrado en el cuarto de banderas. Bien claro
se vió que la sublevación palpitaba en el al-
ma del ejército, y que el toque consistía en
saber romper con unánime impulso las for-
malidades de la disciplina. A poco de salir
el Coronel, vino una orden llamando á los
oficiales á la Capitanía General, donde que-
daron detenidos. Creeríase que un Rector
bondadoso trataba de apaciguar una rebe-
lión de colegiales.
Clavería y un ayudante de Borbón, en-
cargados de notificar á Prim lo sucedido,
temblaban relatándolo; la cara del héroe se
ponía verde, y sus ojos arrojaban un fulgor
lívido. De pronto se encaró con Acosta, y
echando por delante sus manos, que abofe-
teaban el aire, le soltó esta rociada: "Yo he
venido aquí, yo... yo... he venido aquí por-
que ustedes me han llamado: usted, Acosta,
y Alemani, Crespo y Rada... Los cuatro Co-
roneles me han llamado... Yo vine aquí ere-

180 B. PÉKEZ G ALDOS


yendo tratar con coroneles del ejército es*
pañol, y ahora veo que hetratado con mon-
jas... Esto no se puede sufrir... España na
merece más Gobierno que el que tiene, y us-
tedes hicieron mal en no estudiar para cu-
ras... Ya sabían que las revoluciones son
actos de violencia. El que no tenga corazón,
el que agallas no tenga, que se ponga á re-
zar el rosario... Ea, hemos concluido.
Aún no se había perdido todo, ¡cáspitaf
según dijeron Leal y Carlos Rubio, que lle-
garon presurosos cuando Prim esparcía los
rayos de su cólera sobre las cabezas de Cla-
vería y el ayudante; aún quedaba disponi-
ble Burgos, cuyo coronel, Rada, no estaba
detenido. Los oficiales proponían sublevarse
á las ocho de la mañana, en el acto de salir
á misa. Era domingo: en vez de dirigirse á
la iglesia, marcharían á la Capitanía Gene-
ral, para libertar á los de Borbén y Extre-
madura detenidos, y apoderarse de Villa*
longa... No cautivaron el ánimo del de Reus
estas fantasmagorías palmariamente ojala-
teras. El plan de los de Burgos se consideró
desatinado, y más cuando se supo que su
coronel no lo patrocinaba... Corrieron allí
de boca en boca iracundas recriminaciones
contra Rada. El había sido el soplón, que
vació en la oreja del Gobernador el secreto
de la cosa. Prim no dijo nada: su ira era
contra todos... De súbito echó mano á la
faja y deshizo el lazo en menos que se dice;
se desabrochó la levita con tanta furia, que
saltaron los botones como proyectiles: unos
PRIM 181
fueron á chocar en la pared, otros en las
barrigas de los allí presentes. "Me voy...
¡Otra vez huir, huir siempre!... Que me trai-
gan esos andrajos.. . A
ver, ¿dónde están mis
andrajos?,, Cuando esto dijo, amanecía...

xvm
Amaneció el 11 de Junio, revuelto y bru-
moso, y el aire traía un aliento cálido pre-
cursor del Levante. Como domingo, el Grao
se adormecía en el descanso de las faenas
comerciales. Triste es el día festivo, dígase
lo que se quiera, en los puertos de mar; tris-
y quietud de los muelles, las
tes el silencio
banderas izadas en los barcos sin ruido, los
marineros endomingados, las embarcacio-
nes menores, gabarras y botes, metidos to-
dos juntos en estrecha dársena, y apretados
unos contra otros dando cabezadas, como el
rebaño dentro de las teleras... Así lo pensa-
ba el bueno de Ibero, que después de diva-
gar por los muelles, recorría todo el espigón
hasta la farola... Hacia la mar ancha mira-
ba, y no viendo lo que ver quería, tornaba
á los muelles y se asomaba á las puertas de
los cafetines próximos al puerto. Bien decía
su rostro la impaciencia y ansiedad que tur-
baban su ánimo: buscaba en la mar un bar-
co, en la tierra un hombre, y ni hombre ni
182 B. PÉREZ GALDÓS
barco parecían. Ocurrió que por la mañana
bien temprano salió su patrón a al patio,
despeinada y ojerosa, y con el tono más des-
consolado le participó que la cosa había sa-
lido muy mal... ¡Qué desdicha! ¿En qué es-
taba Dios pensando?... A poco llegó el señor
Leal, también desgreñado, la boca torcida,
borrachos de insomnio los ojos y el pensa-
miento, tartajosa la palabra, el ánimo es-
pantable; y encarándose con Ibero como si
tuviera éste la culpa del fracaso de la cosa,.
le escupió estos terminachos: "¿Qué haces
aquí, gandul?... ¡Oído á la caja... marchenf
Cada uno á su puesto... Verás: cojo una
estaca y te... Corre y di que atraquen...
¿Esta listo el falucho? Que atraquen... Ya
estás corriendo... ¿Pero aún estás aquí, bi-
gardo?... ¿A que te rompo en las costillas
el palo de la escoba? ¿No me has oído? El
falucho... embarcar... corre... Que atraque...
playa del Cabañal, fotre; Cabañal, contra-
¡

to tre!... ¡Corre y vuelve á decirlo, con cien


mil fo tres!...,,
De estas abominables vociferaciones sacá
Ibero en limpio que debía dar aviso á Ca-
nigó de que arrimara su embarcación á la
playa del Cabañal. Nada más fácil que dar
esta orden: ya sabía dónde estaba Canigó,
pues con él había pasado la noche á bordo
de la embarcación, bien arranchada de todo,
víveres inclusive. Pero no contaba con el des-
tino adverso que en aquellos días y noches
de luna de Valencia desbarataba los planes
del primer revolucionario de estos reinos.
PRIM 183
La embarcación no estaba en el muelle ni
á la vista dentro y fuera del puerto, ni Ca-
nigó en el café de la Marina, ni las casas,
almacenes y barcos en su sitio, porque con
la gran turbación y pavura que el caso pro-
dujo en la cabeza de Ibero, todo el mundo
visible era un Tío vivo que daba vueltas en
torno al atontado marinero. Por esto se le
vió vagar en el muelle y esparcir sus mira-
das por el mar alto desde el espigón. Así es-
tuvo casi todo el día, hasta que al fin, al
caer de la tarde, vió aparecer á Canigó como
si saliera de debajo de la tierra. Llegóse á
él con la natural ansiedad, y el viejo, des-
pués de desahogarse con procaz estilo en
San Pedro, San José y otros santos venera-
bles, le dijo que su sobrino Gasparó le había
faltado; que su sobrino era un renegado in-
decente... Pero al fin, á falta del falucho de
Gasparó, ya tenía otro, malo y con los fon-
dos podridos, eso sí; pero á falta de pan,
tortas... y vuelta á desahogarse en los santos
de más alto copete, y á llorar de rabia y á
patear el suelo, que no tenía culpa de lo que
pasaba. "¡Tripas mías— dijo con bramido,
— haceos corazón, y avante, avante!... Arri-
maremos al Cabañal cuando cierre la no-
che... Avisa para que estén listos... Víveres
no tengo; el barco navega de milagro. Pero
Dios hará el milagro esta noche, y viva
Prim, y yo me descargo en Gasparó y en la
perra de su madre.,,
Y cuando descendió la noche, llorosa^
destemplada y con raudos celajes que ocul-
184 B. PÉREZ GALI>ÓS
taban la luna, un grupo de hombres de apa-
riencia humilde á buen paso se dirigía des-
de las casas del Cabañal á la playa cercana.
Sin detenerse entraban en el agua hasta
media pierna, para ganar una lancha en
que se embarcaron presurosos. La lancha
se alejó con vivo golpear de remos. Queda-
ron en la playa tres individuos: don Joa-
quín Aguirre, Clavería y Vicente Jiménez,
inquilino de la mísera casa donde pasó Prim
la cruel, angustiosa noche del 10 al 11;
hombre modesto y de pocas palabras, de al-
ma bien templada para el sacrificio. Todo
el día 11 anduvo la policía en la persecución
de los conspiradores, buscándolos en los ca-
fés, casas particulares y de huéspedes, Ji-
ménez, con astucia y sagacidad admirables,
desvió la acción policiaca de la persona y
guarida del General, y consiguió embarcar-
le sin el menor tropiezo. ¿Dónde estaban los
carabineros, cabos de mar y polizontes? Na-
die lo sabía. Se dijo que el propio Villalon-
ga arregló la salida de Prim por un lado,
mientras la policía echaba los ojos por otro.
Años adelante, hablando de esto con sus
amigos, Prim lo negaba rotundamente, y
toda su gratitud era para el valiente y obs-
curo Vicente Jiménez.
Los que en la playa quedaban aguardaron
atentos hasta que vieron al falucho dando
al viento sus velas rotas, y arando las olas
con su quilla podrida. Allá iba Prim, el in-
fatigable revolucionario, á merced de las
aguas revueltas y de los vientos furibun-
PRIM 185
dos, en retirada de una empresa fallida, y
ya pensando en otra, sinque le arredraran
los reveses ni en su grande ánimo decaye-
ran la idea destructora y la pasión ardiente
que le impulsaban. Allá iba en un barco
roto, sin víveres ni abrigo, valiente, inflexi-
ble, temerario. Resucitaba en nuestro tiem-
po la andante caballería, desnudándola del
arnés mohoso y vistiéndola de las nuevas
armas resplandecientes que van forjando
los siglos.
Los demás auxiliares de la conspiración
desaparecieron el mismo día, ó al promedio
de la noche. Cada cual buscó su escondite ó
oogió la ruta que creía más segura contra
persecuciones, y ninguno sabía del parade-
ro de los demás. Teresa y Leal, que escapa-
ron en una tartana poco después de darse á
la vela el falucho, no supieron decir á un
amigo si Carlos Rubio había embarcado con
Prim ó se ocultaba con Aguirre en espera
de favorable coyuntura para marcharse á
Madrid.
Como almas que lleva el diablo iban ha-
«cia Requena Teresa y Jacinto, éste dado á
los demonios, maldiciendo la hora en que
vino al mundo. Lo que sufrió Teresa en
aquel viaje no es para dicho. Y no era lo peor
que fueran desconsolados, desavenidos, ira-
cundos, sino que iban sin dinero, pues lo
que ella trajo de Madrid se lo gastó Jacinto
sn pitos y flautas, dejando de añadidura en
Valencia trampas engorrosas, y en aquella
triste fuga no tenían santo ni demonio á
186 B. PÉREZ GALDÓS
quien poder encomendarse. Pero como Dios
da su amparo á los buenos, y aun á los ma-
los cuando éstos van más desesperados d&
socorro, sucedió que al parar la tartana en
Chiva, se les apareció como bajado del cielo
Manolo Tarfe, que vegetaba en aquellas tie-
rras al cuidado de sus viñas y de una tía tan
vieja como rica que había testado en su fa-
vor. Providencia fué el simpático caballero
para los fugitivos, pues generosamente y
antes que se lo pidieran, les proveyó de lo
más necesario, y les dió la compañía y guar-
dia de dos criados suyos para que les acom-
pañasen hasta Requena y allí les alberga-
ran en lugar seguro.
Aburridísimo estaba el buen Tarfe en la
soledad de Chiva, villa triste habitada por
carlistas, campo feraz de robusta vegetación
media en que se dan la mano la manchega
y la valenciana. Poco aficionado á la vida
rústica, trataba de acomodarse á ella, con-
templando á su tía medio perlática y los
hermosos olivares y viñedos que poseía. De
su tedio le consolaban dos veces por semana
las cartas que recibía de Beramendi con no-
ticia sabrosa del tej e-maneje político y en-
tremeses picantes de gacetilla social. A me-
diados de Junio le escribió el amigo que
aterradas doña Isabel y su camarilla por la
intentona de Valencia, los ángeles ó diablos
tutelares de la soberana acordaron despedir
á O'Donnell y llamar á Narváez. Leía Tarfe
estas gratas correspondencias al pie de ua
algarrobo ó de un peral, en las fértiles he-
PRIM 187
redades cercadas de aloes, y allí espaciaba
su espíritu en el comento silencioso de los
sucesos transmitidos por la escritura.
Decía la carta: "Aunque lo de Valencia
ha sido otro mal parto, en Palacio tiemblan
y dicen: á la quinta ó á la sexta va la ven-
cida. Bien se ve que el ejército se cuartea
con la continua sacudida subterránea, y se
desmoronará si una mano fuerte no acude
á su reparación y fortaleza. Esta mano no
puede ser, otra que la de O'Donnell... Ya
tienes al Éspadón en la calle, y á don Leo-
poldo en el Ministerio de la Guerra y Presi-
dencia del Consejo, con su inseparable Gran
Elector, y con Zabala, Calderón Collantes,
Alonso Martínez, Cánovas, etc.. Pásmate
de lo que voy á decirte. La Reina, que ve
las orejas al lobo, consiente en reconocer el
Reino de Italia. ¡Cuando la señora se decide
á reinar por sí, apartando con atrevido gesto
la férula de Pío IX, figúrate qué procesiones
andarán por dentro! Las damas que inclu-
yen en sus programas de elegancia el Poder
temporal del Papa, están que trinan, y la
llagada Patrocinio nos prepara uno de los
más sorprendentes milagros de su reperto-
rio. Pero es dudoso que podamos verlo, por-
que el Gobierno (lo sé de la mejor tinta, de
la propia boca de don Leopoldo) ha resuelto
exportar á la Madre, mandándola á Roma
con el Padre Claret para que puedan allí
milagrear libremente... ¿Logrará O'Donnell
amansar á la revolución? Yo lo dudo. Me
consta que se ofrecieron carteras á Sagasta y
188 B. PÉREZ GALDÓS
Fernández de los Ríos, y que éstos las re-
chazaron. Tendremos amnistía, libertad de
imprenta, reformas electorales, y no sé qué
otros anzuelos con que se quiere enganchar
á los desmandados peces de la Libertad.
¿Picarán? Yo creo que no, porque con todas
esas concesiones á lo que mi hermano Gre-
gorio llama el espíritu del siglo, Italia re-
conocida, la monja y el obispo mandados á
freir espárragos, la política llevada por me-
jores vías, con todo eso y más que hubiera,
aún queda en pie la muralla de la China, ó
sea los obstáculos... ¿Y de Prim, qué sabes?,,
En otra carta escrita en pleno verano, le
w
decía: ¡
Ay, Manolo de mi alma, qué feo está
Madrid! Por tu vida, no vengas acá, no
abandones tu geórgico apartamiento, duer-
me tus siestas bajo un olivo, lejos de este
infernal freidero. Si ahí te acribillan las
moscas, aguántalas con paciencia, y acuér-
date de los que aquí sufrimos las picadas
de los tontos que en este nefando Madrid
con el calor se multiplican y aguzan sus pe-
netrantes aguijones. El verano ahuyenta
despiadado á los pocos discretos, y embota
las facultades de los que se quedan aquí.
La enfermedad de mi señor suegro ha tras-
tornado todos nuestros planes. María Igna-
cia no se determina á salir, y yo digo como
aquel bruto: Ni se muere padre ni cenamos.
„La Corte se ha ido á la Granja; la política
duerme una lúgubre mona; ausentes los lla-
mados hombres públicos, los vagos de Ma-
drid nos entretenemos vaticinando la próxi-
PHIM 189
ma sedición militar. El pueblo la siente en
su corazón con latido enérgico y profundo...
Desde la famosa noche, jay, mamá!... del
bendito San Daniel, el temor y el gusto de
una jarana ruidosa alientan en todas las al-
mas. El pacífico vecino de esta Villa y Corte
podrá meterse en la cama sin persignarse,
no sin frotarse las manos diciendo: "de ma-
ñana no pasa.,, Un secreto instinto dice al
pueblo que las aberraciones existentes no
pueden continuar. Rara es la casa en donde
la señora no manda á su doméstica, los más
de los días, por provisiones extraordinarias:
en el momento menos pensado será peligro-
so salir de casa. ¿Oyese un rumor callejero
*e granujas revoltosos?... pues hay carre-
as, y la gente despavorida se mete en ios
ortales. ¿Suena el chasquido de una fus-
a?... ya han empezado los tiros.
„Comprenderás, querido Manolo, por los
brochazos de realidad que te transmito, que
he descendido de mi globo para recrearme
pintando las chapucerías pedestres de esta
vida ramplona. Mis vesanias son tempora-
les, alternas, rítmicas, y ahora estoy en la
umorada de arrastrarme por el bajo suelo,
do baches y polvo. Además, mi buen Con-
fusio, que quien con su dislocada imagi-
es
nación me saca de paseo por los espacios r
állase estos días algo turbado de sus ex-
celsas facultades, y no acierta, según dice,
on el desarrollo y secuencias de los extra-
ordinarios sucesos archi-lógicos que refiere.
Quéjase de que la soberana lógica se le pone
190 B. PÉREZ GALDÓS
de uñas; vese obligado á frecuentes enmien-
das de su labor, á rectificar lo escrito y á
desandar unos caminos para entrar en otros;
en fin, que el hombre se ha hecho un lío, y
es como una araña que se enreda en sus pro-
pias urdimbres... Antes que se me olvide,
Manolo, ya he sabido de Prim. Está en Vi-
chy tomando las aguas. Me lo ha dicho Mu-
ñiz, que ayer tuvo carta del grande hombre.
Por más que apreté á Ricardo para que me
dijese en qué lugar del planeta trabajan
ahora estos tejedores de la revolución, no
he logrado saber nada. Por latidos ó vibra-
ciones que llegan hasta mí, sé que hay toda-
vía en el Gobierno esperanzas de inteligen-
cia con Prim, y que se le ha indicado que
venga para celebrar entrevista con O'Don-
nell. ¿V endrá? ¿Se entenderán? Creo que esto
no lo sabe ni el mismo Confusio, entendedor
supremo de las cosas que no han pasado y
deben pasar, ó délo que debiendo ser no es.„

XIX
Entrado Agosto, escribía esto Beramendi:
"Te digo bajo mi palabra de honor, y si
quieres lo crees, y si no vete al cuerno, que
está nuestro Madrid delicioso. Teatros abier-
tos no existen, ni nos hacen falta para nada;
conciertos no hay más que los que nos dan
los mosquitos; la horchata de chufas no ha
PRIM 191
encarecido á pesar del excesivo consumo;
los perros no han empezado á rabiar toda-
vía; en casa te sofocas, en la calle te abra-
sas, aun de noche; y de día, como salgas,
hazte cuenta que te has echado á la cara las
llamas del Purgatorio. El Ateneo es un pá-
ramo: allí me metí ayer, y sólo encontré á
Moreno Nieto, un poco agostado y afligido
del calor, siempre amable y ameno. A poco
de estar á su lado, hablando de filosofía y
refrescando mi entendimiento con el consi-
derable saber del maestro, entró Castelar.
Algo picamos en filosofía y en política. Te
aseguro que en la compañía de tan altos
ingenios encontré un oasis, y que me exta-
sié junto á ellos á la sombra de las palmeras
de su elocuencia, cargadas de dátiles dul-
císimos... Otra noche que fui no me favore-
ció tanto la suerte, porque en el desfiladero
hacia la estancia interior que llaman cacha-
rrería, me salieron dos krausistas á los
y

cuales hablé de música clásica para cortar-


les la vena metafísica, y luego di con un eco-
nomista, con quien departí de cría caballar
y de la edad de piedra. Imponiéndoles la
conversación más contraria á sus especiali-
dades, les comunicaba una ficticia excita-
ción y yo me quedaba tan fresco. En estos
días calurosos, no debemos entablar otras
discusiones que aquéllas en que seamos mu-
cho más fuertes que el contrario. No siendo
así, te expones á la irritación de la sangre.
Dímelo á mí, que el verano pasado, por po-
nerme á discutir con Severo Catalina de li-
192 B. PÉBEZ CALDOS
ter atura hebráica, cogí un sarpullido y me
salieron la mar de diviesos.
„Todo es tristeza y soledad en el Casino,
donde languidecen, por falta de lenguas, las
cátedras de chismografía. Hasta la cátedra
del sacro Monte está en manos de suplentes
chambones, por ausencia de los maestros
tallantes... No hay animación verdadera
más que en la Tertulia Progresista, y esto
lo sé por lo que me cuentan, pues yo no voy
á esa parroquia. ¡Ay! me entristezco sobe-
ranamente. Como en mi casa no hay más
que suspiros, temores, médicos y expecta-
ción de una muerte inevitable, busco ratos
de distracción en la vía pública. Anoche me
paré en los corrillos que rodean á Perico el
Ciego, que es un magnífico trovador, para
que te enteres. Al son de su guitarra, canta,
no las proezas de los héroes, porque no los
hay, sino las vivas historias de bandoleros
y ladrones. Atento público le escucha con
simpatía y emoción. Yo me he sentido me-
dieval agregándome á ese público. Anoche
hicieron furor dos ó tres coplas de Perico,
harto ingeniosas. O me engañé mucho, ó
eran alusivas á nuestra Reina, que anda ya
en jácaras de los cantores callejeros. Desen-
gáñate, Manolo: aquí no hay más cronista
popular que Perico el Ciego, ni más poetisa
que la Ciega de Manzanares. A
no ser que
tengas por poesía la oda de Olloqui á la Gue-
rra de Africa, composición premiada por la
Academia, donde se dice: Denantes que del
Sol la crencha rubia— se esparza, los ven-
PPJM 193
ciera,—los hijos de la Nubia, los que abortó
el Horeb en negra pluvia. ¿Crees que ésta
es la poesía española de la era isabelina?
En tal caso, la tal era sería una era para
trillar el buen gusto y el sentido común.
Nada, hijo mío, que aquí todo es paja, y tie-
ne que venir Prim, con los demagogos que
abortó el Horeb en negra pluvia, para ba-
rrerla ó aventarla.
„ También entro en algún café para pasar
el rato. No una, sino muchas noches, me ha
embestido el famoso buscón Perico Man-
gúela pidiéndome un duro. Ya comprende-
rás que se lo he dado. Me inspira más lás-
tima que odio ese infeliz mendicante y pi-
lluelo, y le absuelvo de sus raterías por la
gracia con que las hace. Recordarás la cara
de aflicción que ponía cuando en el billar
te rogaba que le prestases la capa para po-
der salir y ocultarse de la policía que en la
puerta le acechaba. Algunos incautos caían
en este timo, y cuando recordaban, ya Man-
gúela volvía de empeñar la pañosa en la
más próxima casa de préstamos. Como en
verano no hay capas, inventa otros chuscos
arbitrios para apoderarse de un napoleón ó
de un par de pesetas. Habrás observado que
Mangúela es popular, y que el público se
pone siempre de su parte cuando le ve en
la calle, acosado por los guindillas... Tam-
bién he tenido el gusto de encontrarme es-
tas noches al pomposo brigadier Posada,
pariente de nuestro gran Elector, siempre
mascando un puro de estanco que convierte
13
194 B. PÉREZ GALDÓS
en hisopo, rociando con su saliva á cuantos
se le acercan, y promoviendo cuestiones per-
sonales con los que se ríen de su facha, de
su genio iracundo, de su corpulencia y có-
mica seriedad, del botón rojo que en el ojal
lleva, de su inflada tripa y del levitón negro
con las solapas salpicadas de lo que fuma,
escupe y habla... He procurado esquivar su
presencia, porque es pesadísimo y poco di-
vertido, y en seguida te plantea la cuestión
de honor... Otras figuras de neto madrile-
fiismo he hallado en mis caminos nocturnos;
pero de ellas te hablaré otro día... ¡Oh, Ma-
drid, metrópoli de vagos y universidad de
arbitristas!,,
A principios de Septiembre, el correspon-
sal matritense notificaba al proscripto de
Chiva que habían fracasado las negociacio-
nes de arreglo con Prim; á fines del propio
mes anunciaba el Marqués la muerte de su
suegro, el considerable patricio y cristiano
caballero señor de Emparán, y añadía que
pasado el novenario saldría con María Ig-
nacia y su hijo para Zarauz. No se alegraba
poco Beramendi de perder de vista á Madrid,
porque sobre los horrores del verano entró
en la Villa la pestilencia de una endiablada
enfermedad que por todas las trazas debía
de ser el cólera... Con diferencia de pocos
días, partieron para el otro mundo el suegro
de Beramendi y la tiíta de Tarfe, y bieíi
pudo suponerse que su riqueza no les impi-
dió subir á la morada celestial, porque am-
bos eran personas de piedad ardiente, y ha*
PBIM 195
bían terminado su mortal vida en augusta
paz, despedidos por innumerables bendicio-
nes é indulgencias eclesiásticas, y por la
pomposa solemnidad con que se les admi-
nistraron los Sacramentos...
Menos dichoso que su amigo, no pudo
Tarfe cambiar su residencia, porque la tes-
tamentaría le retuvo mal de su grado en Chi-
Ta, con frecuentes excursiones á Requena,
donde radicaba lo más extenso y valioso de
los bienes heredados. En una de sus últimas
diligencias de propietario, avanzado ya Di-
ciembre, encontró á Leal y á Teresa dispo-
niéndose á partir. Habló con los dos, ofre-
ciéndose en cuanto pudiera servirles, y nada
le dijeron del lugar á donde iban. Por per-
sonas de su intimidad en Requena, supo
que Leal había recibido dinero de Madrid;
ue le visitó días antes un caballero desco-
ocido, con el cual conferenció largamente,
uedando citados para Ocaña. A Tarfe le
ió en la nariz olor de cuartelada; pero no
uiso hablar de ello con sus amigos, á quie-
es despidió, viéndoles partir alegres en un
esvencijado coche. Eran los días próximos
Navidad.
Gozosa iba Teresa por perder de vista un
ueblo en que había padecido crueles ino-
ias, y displicencias agudas de Leal, hojn-
re que se volvía ñera cuando le faltaban sus
os principales elementos de vida, el dinero
la conspiración. Pobreza y paz no se ave-
i'an con su alma, enviciada en la dilapi-
ación y en la hormiguilla revolucionaria.
196 B. PÉREZ GALDÓS
Siguieron, pues, su camino por la tierra
baja de Cuenca, con mil privaciones y con-
tratiempos, pues el fementido coche se les
hizo añicos al salir de Motilla de Palancar,
y hubieron de remediarse con un carro, que
los llevó en cuatro largos días á Tarancón,
villa famosa por sus uvas y sus Muñoces.
Había Teresa encargado expresivamente á
su madre que le escribiese á Tarancón, y
para mayor sorpresa y dicha, encontró, no
la carta, sino la propia persona de Manolita
Pez, que allá se fué huyendo del cólera (del
cual aún había en Madrid casos esporádi-
cos, y vivía con un pariente suyo, adminis-
trador de Riansares, en casa holgada, de
buen acomodo... Pues, señor, en cuanto
Leal echó la vista encima á doña Manuela,
que no era santa de su devoción, torció el
morro, frunció las cejas, y entre carraspeos
y tosecillas, hizo emisión de algunos térmi-
nos agridulces en que no se sabía si la pre-
sencia de la señora le causaba júbilo ó un
agudísimo dolor de muelas. Total: que ape-
nas llegado, Jacinto dijo á Teresa: "Pues
encuentras en Tarancón la compañía de tu
madre, aquí te dejo, vida mía, y yo tomo el
portante. Ya sabes que hay prisa. „ Sin es-
perar observaciones, alquiló un caballo ma-
talón, y se fué bendito de Dios.
Bien puede afirmarse que si Leal sentía
por Manolita una estimación semejante á la
que nos inspira una neuralgia facial, la ma-
dre de Teresa le pagaba en moneda del mis-
mo cuño, queriéndole como á un tumor ma-
PEIM 197
ligno. Prueba al canto: al anochecer del
mismo día en que hija y madre se vieron
juntas, Manolita echó todo este veneno en
el oído de Teresa: "No he venido huyendo
del cólera, que ya no existe, sino á preve-
nirte contra él, contra tu morbo asiático,
que es Leal. Hija del alma, abre los ojos y
convéncete de que seguir con ese hombre es
peor que la muerte para tí. Mejor sabes tú
que yo su situación. Más tronado está que
arpa vieja; á Madrid no puede ir, porque de-
trás de cada esquina le saldrían siete acree-
dores furiosos... Si fuera un hombre traba-
jador ó un hombre de idea, podría reponerse
con algún negocio. Pero vete con negocios
al que toda la vida fué un haragán, y un
presumido, y un bruto incapaz de sacramen-
to. Teresa, mi adorada niña, vas á los pro-
fundos abismos si no haces caso de tu ma-
dre. ¿Qué esperas, qué piensas, qué deci-
des?...¿A qué vienen esos pucheros? ¿Lá-
grimas ahora? Cuando se nos quema la casa,
lo primero es echar á correr. Tiempo hay
luego de sentirlo...,,
Siguió la de Pez vomitando ponzoña. Con
ser cosa tan mala el no tener Jacinto dinero
ni de dónde le viniese, todavía era peor el
haber tomado por oficio la conspiración.
Bien claro se veía que Prim era un loco, se-
guido de unos pobres mentecatos ó sinver-
güenzas... ¿Qué quería Prim, y qué había
de traernos si triunfaba? Más hambre, más
chanchullos, y motín diario por la mañana
y por la tarde. ¿Quién no se reiría de ver
193 B. PÉREZ GALDÓS
ministro á Carlos Rubio, á quien nadie po-
día dar la mano sin tener que jabonársela
después? Y por otro estilo, los demás eran,
tales que no había por dónde cogerlos. Daba
grima pensar que fueran ministros el Bece-
rra, el Sagasta y el Ruiz Zorrilla... En fin,,
que era un asco el dichoso Progreso, y Prim
un busca-ruidos, un sal ta- barrancos, que
debió haberse quedado allá en América con
los mulaticos y cimarrones... Pues de Leal,,
el más tonto de los seguidores de Prim, ¿qué
podía esperarse? El mejor día lo fusilaban...
y bien merecido le estaría por imbécil... Ya
le andaban siguiendo los pasos; ella lo sa-
bía de buena tinta... y no daba un ochava
por su cabeza.
Con estos crueles juicios y siniestros au-
gurios, quedó la pobre Teresa consternada;
la terrible madre volvió á la carga con saña
y pesadez en los días siguientes, apretándo-
la y cercándola de este modo: "Estoy aver-
gonzada, y no sé qué responder á las perso-
nas que me preguntan si te has vuelto loca,,
ó si te ha dado ese bruto algún bebedizo. Na-
die comprende cómo una mujer de tu méri-
to aguanta esa vida, esas escaseces... tantas
humillaciones y vergüenzas. Me lo han di-
cho muchas, muchísimas personas respeta-
bles, de circunstancias, de gran posición;
personas que te estiman, Teresa, aunque na
telo hayan dicho... Lo que oyes: no acaban
de entenderte, y te compadecen de todo cora-
zón, por lo que sufres.. y por lo que sufrirás
.

cuando veas á ese bárbaro en un patíbulo.»


PRIM 199
Llegó Teresa á un grado tal de tribula-
ción y azoramiento, que ni comía ni dormía.
A ratos estaba como lela, sintiendo su cere-
bro vacío de toda razón y discernimiento; á
ratos se le crispaban los nervios y se le en-
cendía la sangre; poseída de coraje felino,
en sí misma clavaba las uñas, y apretaba
los dientes. Su respiración era fuego, sus
ideas feroces... Hallábase una noche en el
humilde cuartito bajo que habitaba, junto
al portalón de la casa, cuando tuvo Manoli-
ta la mala idea de volver á la carga con re-
doblada impertinencia y crueldad. Debe de-
cirse, como atenuante de la conducta de la
madre, que ésta se hallaba en un estado de
penuria más lacerante que el de su hija. De
Teresa vivía; atendíala ésta tarde y mal, por
no poder de otro modo. Era el tronicio de
doña Manuela furibundo y desesperado.
Había venido á Tarancón huyendo, no del
cólera, sino del espectro de una miseria de-
gradante. Empeñados todos los objetos de
algún valor, había tenido que malbaratar la
espada y espuelas de Villaescusa. Para ma-
yor desdicha, los primos de Tarancón ha-
bíanla recibido con desabrimiento y grose-
.ría, y le pedían que abonase algo por su
manutención. Estaba la pobre señora como
los gatos hambrientos que en la desesperada
embisten á su propia especie, y no reparan
en distancias ni obstáculos para satisfacer
su ciega necesidad. Acometió á Teresa con
formas y apremios más atroces que los que
antes usara, y la estrechó furiosamente di-
200 B. PÉREZ GALDÓS
ciéndole que ya no aguantaba más, que su
decoro no era compatible con aquel vivir
arrastrado, y qtie, por fin, quisiéralo ó no,
su hija tendría que tomar inmediatamente
nuevo protector, abandonando al infame y
estúpido Leal. La madre, que estaba en to-
do, le tenía ya preparado el relevo...
No la dejó concluir Teresa, pues la furia
insana que en su interior rebullía y pata-
leaba, no le dió tiempo á pertrecharse de
razón y templanza. Con bramido salvaje y
zarpazo furibundo, arrojó á su madre sobre
el camastro próximo, y le clavó en el rostro
las uñas, y le descompuso todo el pelambre
recién peinado, y sus roncos acentos rema-
taron la bárbara impensada acción. Palabras
de fuego esparcidas en ráfagas y chispas,
fueron éstas: "¡Bribona, si tú me metiste á
Leal por los ojos; si yo no quería, y tú me
llevaste á él!... ¡Si decías entonces que era el
número uno de los caballeros!... Lagarta,
tú dijiste que le querías como á un hijo...
¡Y ahora, porque es pobre... y ahora, por-
que es conspirador...! Pues lo mismo cons-
piraba entonces... y tú decías: "¡oh, qué
hombre!... es el primer- talento, el primer
punto de la Revolución...,, No eres tú mi
madre... no lo eres... Toma, toma...,,
PRIM 201

XX
Acudieron á la nefanda trapatiesta los
Bellidos, marido y mujer, que así se llama-
ban los primos de Manolita, y con tirones
vigorosos separaron á la hija y á la madre,
manifestando que en su casa no toleraban
tales escándalos. Teresa, recobrada de im-
proviso la razón, libre del bestial coraje que
la transfiguró eclipsando su sér pacífico, se
deshizo en llanto y dijo que su madre tenía
la culpa, por haberla enloquecido y preci-
pitado con los horrores que le propuso...
Desde aquel lance quedaron una y otra con-
finadas en sus aposentos. Pasó Teresa una
noche de perros, afligida por el recuerdo de
su acción odiosa, y diciéndose que daría par-
te de su existencia por no haber hecho lo
que hizo, ó porque resultase un caso de pe-
sadilla... Y en verdad que fué horrendo de-
lito y que no podía justificarse alegando que
medió trastorno, de donde vino el impulso
inconsciente y mecánico. No había disculpa
para una hija, ni aun suponiendo en la ma-
dre toda la maldad del mundo.
De doña Manolita cuentan las historias
que pasó parte de la noche escribiendo larga
epístola á persona que residía cerca de la
villa; y hecho esto, se curó y disimuló con
afeites los rasguños que su desnaturalizada
'

202 B. PÉREZ GALDÓS


hija le hizo en la cara; se peinó con esmero,
Soniendo en su lugar los arrancados añadi-
os y descompuestos moños, y por la maña-
na tempranito, después de mandar á su des-
tino con un muchacho la carta que había
escrito, vistióse de negro, con hábito y co-
rrea, y se fué pian pianino al santuario de
Nuestra Señora de Kiansares, que está coma
á media legua de Tarancón. En los colmos
de su infortunio, la pobre señora no veía
quizás más consuelo que encomendarse á la
Virgen para que ésta le deparase un honra-
do medio de subsistencia.
Sola y desatendida de sus parientes que-
dó Teresa en la triste casa, sin tener á su
lado persona alguna con quien desahogar
su pena, pues Felisa, la fiel criada desde
los tiempos del francés Brizard, ya no esta-
ba á su servicio. En Valencia le había sali-
do un novio, buen chico, que comerciaba
en vinos y azafrán. Se casaron y fueron á
establecerse á Herencia, lugar de la Man-
cha. Sin madre ya, sin criada y sin amiga,
pasó la dolorida mujer casi todo el día en el
cuartucho bajo, cosiendo y arreglando algu-
nos desperfectos de su ropa, el pensamiento
fijo, más que en la labor, en las enorme»

y complejas calamidades que llovían sobre


ella; y cuando más absorta estaba en su
ag uJ a y e ^ sus negras ideas, sintió ruido
combinado de caballería y de persona... j
oyó una voz que, de no ser tan ronca, le ha-
bría sonado como la de Leal. ¿Era ó no era?
Antes que pudiera salir de esta duda, entró
PRIM 203
el propio Jacinto en la habitación, abriendo
la puerta de golpe y con estruendo. Si de
la súbita entrada se asustó Teresa, no le
dió menos espanto la cara que traía el hom-
bre, sudorosa y descompuesta, los ojos en-
rojecidos, con un mirar que parecía de san-
gre, y toda la facha y ropa en lastimoso des- .

cuido y deterioro. El, tan pulcro y tan mi-


rado, venía hecho un Adán, lleno de porque-
ría. Antes que Teresa pudiese interrogarle
sobre su aparición brusca y su mal pelaje,
la cogió de un brazo, la sacudió rudamente
y le dijo con ronquera y malos modos: "Dé-
jate de preguntas... Traigo mucha prisa,
Teresa... No me irrites... Dame todo el di^
ñero que tengas.
— Aguarda, hijo... Vienes muy cansa-
do...¿Quieres tomar algo?
—Dame el dinero, Teresa, y no me sa-
ques la cólera... No puedo entretenerme-
Mañana te diré...
—¿Vienes de Ocaña?
—No... Vengo de Villamanrique, ¡fotre!...
No me sulfures más, ni me marees con tus
preguntas. Dame...
—De lo que me dejaste, no me quedan
más que doscientos cuarenta reales. Los ne-
cesito para vivir, pues estos generosos pa-
rientes nos piden á mi madre y á mí pago
de hospedaje.
—¡Mentira, mentira!,, La ronquera de
Leal, aumentada por su ira y turbación, ya
era más bien afonía. Sus palabras sonaban
como el bramido de un rumiante furioso...
204 B. PEREZ GALDÓS
Plantóse Teresa en la resolución de no darle
el dinero, y él, runflando y despidiendo fue-
go por los ojos, sustituyó la palabra indeci-
sa con la acción brutal. La escena que en
breves instantes se desarrolló fué de lo más
repugnante que imaginarse puede. Hizo
ademán la pobre mujer de cortarle el paso
hacia el cofre donde guardaba el dinero, y
él, con tremenda bofetada que restalló en el
carrillo derecho, la derribó sobre la izquier-
da. Chilló Teresa... Nueva bofetada formi-
dable la enderezó, arrumbándola luego del
lado contrario... Segundos no más tardó Leal
en abrir el cofre y sacar un envoltorio que
contenía monedas. Ya sabía el indino dónde
estaba. Precipitóse luego sobre Teresa, que
había quedado de rodillas apoyada en la ca-
ma, y con mano trémula tanteó la cabeza...
buscaba los pendientes. Atendió la mujer
con movimiento instintivo á la defensa de
aquellas joyas humildes; pero él apartó las
manos de ella, vociferando con rugido: "De-
ja que te los quite, ó te arranco las orejas.,,
Obra fué también de algunos segundos. Des-
pués le cogió la mano derecha, en cuyos de-
dos anular y meñique tenía dos hermosas
sortijas... El bruto decía: "Yo te lo he dado,
yo te lo quito... Déjame... no hables... tengo
prisa.,, De dos tirones sacó las sortijas, y
metiéndoselas en el bolsillo, donde ya estaba
el envoltorio del dinero, salió echando reso-
plidosy taconeando fuerte. A los oídos de la
casi desmayada Teresa llegó el trotar del
mulo en que Leal partía.
PRIM 205
Largo tiempo tardó la pobre mujer en re-
cobrarse del susto y de la indignación, y
más aún en traer á su ánimo serenidad bas-
tante para resolver algo y elegir el camino
que debía seguir después del infame atro-
pello. Por más vueltas que al problema da-
ba, no veía más que un punto á donde vol-
ver los ojos, y este punto era su madre, que
al fin resultaba cargada de razón en cuanto
le dijo referente á Leal. ¡Y ella, ingrata y
desnaturalizada, había puesto sus uñas en el
rostro de su consejera y madre, y había des-
hecho los blancos mechones de aquella ve-
nerable cabellera!... Ansiosa ya de verla y
de intentar la reconciliación, preguntó ha-
cia dónde caía el santuario de Riansares y
á qué distancia estaba. Apenas la enteraron
de esto, echóse un pañuelo por la cabeza y
en marcha se puso por el camino adelante,
y sin equivocarse lo recorrió con tan buena
suerte, que antes de llegar á la mitad del
sendero topó de manos á boca con su afli-
gida y enlutada madre que del santuario
volvía. Con entrecortadas frases angustiosas
le contó Teresa la terrible escena, y lo mis-
mo fué oiría doña Manuela que sentirse ali-
viada de sus rencores, y en la mejor dispo-
sición para olvidar los arañazos, repelones é
injurias con que la maltrató la hija de sus
entrañas. Abrazándola y besuqueándola con
zalameras babas y cariños extremosos, le
dijo que ya podían las dos respirar tranqui-
las y perdonarse recíprocamente sus agra-
vios, porque Dios les había deparado el ali-
206 B. PÉREZ G ALDOS
vio de tantas penas y el remedio de la gra-
vísima escasez que padecían. Por más que
Teresa la incitó á que hablase con claridad,
no quiso la sutil tramposa entrar en más
explicaciones. Lo primero era serenarse,
olvidar lo pasado, y disponerse para vida de
reposo y holgura, libres ya las dos del sal-
vaje dominio de Jacinto Leal.
De regreso á la casa, cenaron hija y ma-
dre tranquilamente con los esposos Bellido,
á quienes Teresa observó menos adustos
que de ordinario. ¡Caso inaudito! Doña Ma-
nuela les dió dinero á poco de cenar... Y al
verla sacar la bolsa, pudo vislumbrar Te-
resa de refilón que, pagado el hospedaje,
aún le quedaban á la ingeniosa dueña bas-
tantes monises. Retiráronse á dormir, y co-
mo la vieja no se clareaba, gran parte de
la noche estuvo Teresa devanándose los se-
sos para encontrar la clave de aquella mu-
danza que en los horizontes de su destino
se aparecía. Este pensar vertiginoso y el
quemor de sus mejillas, que aún ardían de
las fieras bofetadas que le dió Leal, Ja pri-
varon del descanso que tan hondamente ne-
cesitaba. Por la mañana, después de un pro-
fundo aunque no largo sueño, vió claro Lo
que en su ardiente desvelo no había visto,
y atando cabos y descifrando palabras de su
madre en los primeros días de convivencia
en Tarancón, y entrelazando y entretejiendo
diferentes hechos con frases oídas á Bellido
y sus criados, vino á poseer la verdad ó
algo que á la verdad se aproximaba.
prim 207
Véase, dividida en puntos, la obra de
reconstrucción mental. Primer punto: El
hombre, señor, caballero ó lo que fuese,
que por la gestión y altos manejos de doña
Manuela resolvería la crisis, entrando en
el poder en sustitución de Leal, era don
Enrique Oliván, joven campanudo, calvo y
pegajoso, de la aristocracia burocrática, que
acompañó á Teresa en el tren desde Madrid
á Almansa.;. Segundo punto: Don Enrique
6staba á la sazón muy cerca de Teresa, des-
empeñando una comisión del Ministerio de
Hacienda. Hallábase en Uclés, mejor dicho,
en la Casa Real de Santiago, cabeza que fué
de la famosa Orden de Caballería. No podía
precisar Teresa, por lo poco que había oído,
la misión del caballero calvo y administra-
tivo; pero ello era cosa de desamortizar ó de
^llegar materiales á la desamortización. Don
Énrique revolvía archivos buscando fuentes
de propiedad, deslindaba territorios... Para
esto llevaba consigo dos oficiales de Hacien-
da y tres agrimensores... Un coche alqui-
lado le llevaba y traía en sus visitas á los
pueblos cercanos, y cuando iba á Tarancón,
sólo distante de Uclés poco más de dos le-
guas, se aposentaba en casa del señor Arci-
preste, que fué grande amigo del respeta-
ble y coronadísimo don Eduardo de Oliván,
padre de Enrique. Tercer punto: ¿En dónde
se veían don Enrique y Manolita para tra-
tar de la solución de la crisis? Sin duda para
este negocio se dieron alguna cita en el san-
tuario de Riansares, sin perjuicio de las car-
208 B. PÉBEZ GALDÓS
tas que menudeaban de Tarancón á Uclés
y viceversa...
Levantóse Teresa no muy temprano, y
supo que su madre había salido de madru-
gada. Apenas la vio llegar, serían las diez,
anticipóse á darle cuenta de su adivinación.
¡Qué talento de chica! En todo había sido
zahori menos en lo del lugar de la cita: no
fué el santuario, que esto le habría sabido
mal á la Virgen, sino la casita del sacristán
ó santero, hombre bondadoso, pío y servi-
cial. Y en esto vió Teresa que su madre dis-
ponía presurosa los dos equipajes, como per-
sona que necesita salir ganando minutos á
un apremiante negocio. Sin suspender ni un
momento la faena febril de recoger y guar-
dar la ropa y adminículos, satisfizo la curio-
sidad de su hija con breves explicaciones.
"Nos vamos á escape, niña del alma. Ya ten-
go apalabrado el coche. Ese señor, que reúne
las dos excelencias de joven y respetable, no
quiere que tú y él os veáis en Tarancón.
Aquí empezamos á dar que hablar, y estos
primos que me ha deparado Dios no son
muy discretos que digamos. Don Enrique,
como sabes, es casado... quiere á todo tran-
ce que se guarde un sigilo muy conveniente
para él y para tí... Lo que me encanta más
en Oliván es la circunspección... Ya sabes
que el respeto á la sociedad ha sido siempre
mi línea de conducta. Con arreglo á estas
bases procederemos ahora y siempre.,, La
locución con arreglo á estas bases revelaba
que en las conferencias de la casa del sacris-
PRIM 209
tán se le había pegado á Manolita el len-
guaje administrativo del perfecto burócrata.
Preguntado por Teresa el punto á donde
se dirigían, replicó la vieja que era Fuenti-
dueña de Tajo, lugar no lejano, donde es-
perarían á Oliván. " Ya he puesto hoy en su
conocimiento nuestra partida, para que se
dé prisa... El no desea otra cosa que verte
y embelesarse con tu presencia. Habitará
en Fuentiduefta la casa oficina de la Re-
monta y Depósito de sementales del Esta-
do... Nosotros iremos á la posada, porque
allá, como aquí, nuestra línea de conducta
no puede ser otra que guardar escrupulo-
samente las formas... Ya lo sabes todo... y
comprenderás la razón de mis prisas, por-
que... ¿quién te asegura que aquí estamos
libres de otra embestida de ese bellaco de
Leal?,, No aventuró Teresa objeción ni re-
paro á lo dicho por Manolita, porque su
voluntad, por fatal imposición de los he-
chos, había quedado debajo de la de su ma-
dre, mujer de iniciativas y de admirable
tino y audacia para realizarlas. Partieron,
pues, impacientes y precipitadas, como si
fueran á extinguir un incendio, y al ano-
checer llegaron á Fuentiduefta, albergándo-
se en la posada de Pastor de buen trato y
y

no poca bulla, por el mucho tránsito de


arrieros y carretería.
El dechado de la sensatez no llegó aquella
noche, como se creía, ni á la siguiente maña-
na. Manolita, del trajín y fieros disgustos de
los días anteriores, tuvo que quedarse en
14
210 B. PÉREZ (JALDOS
'
el lecho, una cruel neuralgia
afligida por
que lado derecho de la cara,
le cogía todo el
tirándole por el pescuezo hasta el mismo
omoplato y entronque del brazo. Toda la
noche estuvo en un grito. Por la mañana,
después de asistirla y darle unturas deján-
dola sosegadita, salió Teresa al portalón de
la posada, y de allí á la carretera, que era
calle Mayor ó principal del pueblo. Gustosa
de observar costumbres y de indagar los me-
dios de subsistencia de la gente campesina,
recorrió un trozo de calle. Fuentidueña, á
más de la granjeria agrícola y ganadera,
tenía la industria de preparar y tejer el es-
parto. En todas las puertas délas casas hu-
mildes vió Teresa viejos de ambos sexos y
mujeres que trabajaban en la empleita ha-
ciendo ruedos, esterillas, serones y otros
objetos útiles para personas y animales.
Embelesada contempló esta labor humilde,
hablando con algunos de los trenzadores, y
pensó un momento que sería quizás grato
para ella trabajar el esparto á la puerta de
su casita, libre de cuidados y sonrojos, co-
miendo lo que Dios se sirviera darle. Y es-
tando en la vaguedad de estos pensamien-
tos, vió que de una puerta próxima salió
un mocetón airoso y alto, comiendo pan
y queso... El la. vió y detuvo su paso presu-
roso; ella le reconoció al instante, y avan-
zando hacia él hizo con alegre acento esta
salutación: "¡Ibero, Iberillo!... ¿Tú por es-
tos barrios?... ¿A dónde vas? ¿De dónde
vienes?,,
PBIM 211
Afable, pero contenido siempre en su rí-
gida seriedad característica, el muchacho le
contestó: "No puedo decirle de dónde vengo
ni á dónde voy. No me pregunte más, seño-
ra.,, Sin hacer caso de estos propósitos de
reserva, insistió Teresa en sus preguntas:
4<
¿Pero qué es de tí?... Cuéntame. ¡Vaya, que
estás robusto y sanóte!... ¿Y de don Ramón,
qué sabes? ¿Sigues con él?„ Ibero, respetuo-
so, se limitó á contestar: "Perdóneme, señora
Teresa. Llevo mucha prisa... He parado un
instante para comprar algo que comer.
— ¡Y vas á pie, pobrecito!... ¿De veras no
te cansas?... Antes corrías por la mar, y
ahora navegas por tierra.
—Navego por tierras y mares; hago vida
libre...
— Tonto, ven acá... Explícame eso. ¿No
te parece que rabian de verse juntas la vida
libre y esas prisas que llevas? Dime la ver-
dad: tú andas al servicio de los que conspi-
ran. Tú llevas algún parte, órdenes...,,
Con un adiós señora, terminante y cor-
tés, se despidió el mozo, tomando con vivo
paso el camino que va del Tajo al Tajuña.
La mente de Teresa, caldeada y sutilizada
por recientes amarguras, había adquirido
en aquellos días un singular poder de adi-
vinación. Con los hechos menudos y las pa-
labras sueltas llegaba por inducción al co-
nocimiento de los hechos grandes, como los
hábiles naturalistas que construyen un es-
queleto con el simple dato de algunos hue-
sos menores. Viendo el paso vivo de Ibero
212 B. PÉREZ G ALDOS

y recordando las escenas de Valencia, pen-


saba que la maniobra revolucionaria no es-
taba lejos, y decía para sí con cierto alboro-
zo: "¡Prim... Libertad!,,

XXI

Siguiendo á Ibero con la vista hasta que


desapareció, envidiaba Teresa lo que el ga-
llardo mocetón semisalvaje entendía por
vida libre, y consideraba dignas también
de envidia las misiones secretas que á su
parecer llevaba... Al volver á su casa sor-
teando los baches de la carretera endureci-
dos por la escarcha, pasaron junto á ella
hombres á pie. Teresa les miró: eran caras
conocidas; figuras militares vestidas de pai-
sano. Viéndoles seguir la misma dirección
que llevaba Ibero, decía para sí: "¿A dónde
irán esos?... A mí no me engañan... ¡Prim,
Libertad!...,,
Después de dar un vistazo á su madre, á
quien halló profundamente dormida, volvió
á pasear por el camino real, acercándose á
la cabecera del puente sobre el Tajo. Antes
de que á este sitio llegara, vió venir cuatro
jinetes; apartóse para dejarles paso, y uno
de ellos, reconociéndola y llamándola por
su nombre con muestras de gozo, paró su
caballo. Aunque iba vestido de zamarra, al
PRIM 213
modo de trajinante rico, y se había dejado
la barba, Teresa le conoció: era Claveríá.
El caballero iba sin duda de prisa, y abre-
viando su saludo entró en materia con rá-
pida y nerviosa frase. Véase lo que dijo:
"¡Qué suerte encontrar á usted aquí, Tere-
sa!... La Providencia anda en esto, de se-
guro... Oigame un momento, un momento
no más... ¿No sabe usted lo que le pasa al
pobre Jacinto? No debe saberlo; la veo á us-
ted tan tranquila. Pues en Villamanrique
tuvo la mala suerte de perder el dinero que
tenía... y el que no tenía. Locuras, Teresa,
que en estas circunstancias graves son la
perdición de los hombres... Terribles tras-
piés y caídas ha dado el pobre Leal desde
que anda solo por estos pueblos. ¿Y usted
por qué le deja sólo?... ¿De veras no sabe que
Jacinto fué preso por la Guardia civil á con-
secuencia del altercado en Villamanrique?
Y no es eso lo peor. Acá le traían con dos
criminales cogidos en Belmonte... Pararon
en una venta. Jacinto y sus compañeros de
desgracia acometieron á los guardias cuan-
do estaban cenando, y gravemente hirieron
á uno, golpeándole con una barra. De los
presos, uno fué muerto; el otro y Jacinto
lograron escapar; vadearon el Tajo... Escon-
didos están en una casa que verá usted co-
mo á doscientas varas al lado allá del puen-
te (señaló al Este). Va usted por aquí; pasa
el puente; sigue por un arrabal de casuchas
pobres... después por zarzales que costean
un prado. La casa está en ruinas y es lia-
214 B. PÉREZ G-ALDÓS
mada del Aguila... No tiene pérdida. La
reconocerá usted por un águila de chapa de
hierro clavada en una veleta mohosa... que
no gira... Lo que yo digo: á usted no le será
difícil sacarle salvo de allí, de noche, lle-
vándole ropas de cura ó de pastor con que
se disfrace. „
Alelada oyó Teresa este relato, sin que se
le ocurrieramás que esta lógica y natural
observación: "Y usted y esos otros jinete»
que le acompañan, ¿por qué no le salvan,
amigo Clavería?...,, Pronta y contundente
fué la réplica del militar: "Porque mis
amigos y yo vamos disfrazados, Teresa, y
esquivamos toda ocasión de ser conocidos y
descubiertos. Pasamos como sobre ascuas
por los sitios en que puede haber guardias
civiles, y aquí los hay. Y además, tenemos
que estar sin falta esta tardeen Villarejo de
Salvanés. Vea usted á mis amigos camino
adelante, á cien varas de aquí... Me aguar-
dan... están impacientes, están furiosos. No
puedo detenerme más, Teresa...
— No se detenga... Yo sé á dónde usted
va... ¡Prim... Libertad!
— Ponga usted en salvo al pobre Jacinto.
Usted puede hacerlo; yo no... Adiós. Salve
á Leal.,,
Y sin más conversación picó espuelas, y
á trote largo fué á reunirse con sus compa-
ñeros que se habían cansado de esperarle.
Volvió á su casa Teresa más muerta que
viva, y halló á doña Manuela en pie, con la
cara hinchada, ceñida de un pañuelo negro*
PR1M 215
por lo que su rostro tenía aspecto de luna
en cuarto menguante. Juntas pasaron el
resto del día arrimadas á un brasero, Teresa
taciturna y medrosa, disimulando la tur-
bación de su espíritu; Manolita satisfecha y
locuaz, divagando en amenos cálculos acer-
ca de la nueva casa que habían de poner en
Madrid. Llegada la noche, la madre dormía
como un tronco; echóse Teresa sobre la ca-
ma, y á cada instante se levantaba descalza
para examinar ventanas y puertas, y explo-
rar el exterior obscuro, sombras de edificios,
esqueletos de árboles, sobre un turbio cielo
débilmente iluminado por las estrellas. Ho-
rroroso miedo embargaba ánimo de la po-
el
bre mujer. Su idea fija era que Leal sabía
que ella estaba en Fuentidueña, y favore-
cido de la obscuridad de la noche, vendría
seguramente, no á darle un escándalo, sino
á matarla... Como consecuencia de sus úl-
timas degradaciones en el juego y de andar
á tiros con la Guardia civil, el hombre ha-
bía pasado de su antigua condición de ca-
ballero á la de bandido... Sí, sí: á matarla
vendría... Mil veces le había dicho: "Si me
dejas por otro hombre, ponte en salvo, Te«
resa; escóndete, vete lejos. Si no, moriré-
mos, tú primero, yo después.,,
Al menor ruido, creía que Jacinto forzaba
la puerta, óque escalaba la ventana, tre-
pando por una parra que á ella se le anto-
jaba escalera practicable; le sentía los pa-
sos; le sentía los dedos como garfios, ago-
rándose á imaginarios salientes de la pa-
216 B. PÉREZ GALDÓS
red; le veía en toda su espantable catadura
de facineroso, tal como se le presentó en
Tarancón, y oía su ronquera, lenguaje del
furor de venganza... Movida de un instinto
de defensa, intentó arrimar á la ventana si-
llas y banquetas, y con el ruido que hizo
puso Manolita punto final en sus ásperos
ronquidos y acabó por despertarse... "¿Qué
haces, hija; qué te pasa?,, Resistióse Teresa
á decir la verdad. Pero la madre encendió
un mixto, dió luz á una vela que junto á su
lecho tenía, y con la mirada inquisitiva y
las expresiones cariñosas consiguió que la
hija le diera cuenta de los motivos de su
inquietud pavorosa. Incorporóse la vieja en
el lecho, también asaltada de zozobra, y
llevándose la mano al dolorido, entapujado
bulto de su cara, habló de este modo: "¡Ese
hombre aquí!... Bueno. ¿Y qué nos impor-
ta? No temas nada... Si viniera, con que le
diésemos algún dinero se retiraría tan con-
tento. No conoces tú el mundo, hija del al-
ma... Tranquilízate... De noche no ha de
venir aquí... Hay buenos perros en la casa:
sus feroces ladridos ahuyentan á los rateros
y salteadores.,, En esto los perros ladraron
furiosamente. Corrió Teresa á la ventana y
distinguió bultos en la carretera: hombres
que pasaban, no uno ni dos. sino en gran
número. "Parece gente armada, mamá. Han
pasado el puente y van hacia allá... Ya sé..»
ya sé á dónde van... ¡Prim, Libertad!
— Estás desatinada esta noche... Ven,
'

siéntate en mi cama. Charlando conmigo, se


PRIM 217
te pasará el susto, que no es más que ima-
ginación.,, Esto dijo la sutil tramposa; mas
no logró calmar la excitación de su hija, que
no echaba de su alborotado entendimiento
la ideade que Leal había de matarla antes
que luciera el día. A instancias de la ma-
dre amplió las noticias que motivado habían
su espanto, el relato de Clavería y la corta
distancia de la casa ruinosa en que se ocul-
taba Jacinto, la casa del Aguila, á doscien-
tas varas por la parte allá del puente. Aun-
que la muy lagarta de Manolita no las tenía
todas consigo, y hasta sentía que el bulto
de la cara en peso y volumen aumentaba,
adoptó una actitud serena, y con su labia
ingeniosa y los recursos de su mundano
talento, entretuvo á la medrosa hija hasta
que las luces del alba despejaron la obscu-
ridad del cuarto y los sombríos pensamien-
tos de las dos mujeres. Las ocho serían
cuando la reverenda señora ordenó á su hi-
ja que se arreglara lo mejor cito que pudie-
ra, porque, ó mucho se equivocaba, ó antes
de las diez había de aparecer en Fuenti-
dueña el espejo de los caballeros sentados
y administrativos, don Enrique Oliván...
En tanto que la joven se arreglaba, la ma-
dre se adecentaría un poco, aliñándose la
cara y cubriendo con el mejor de sus pa-
ñuelos el doliente y feo bulto. Así lo hi-
cieron. Poco trabajo le costó á Teresa po-
nerse maja y dar realce seductor á su in-
comparable palmito y á su airoso talle. Doña
Manolita, que en gracias personales era ya
218 B. PÉREZ GALDÓS
terreno esquilmado y yermo, hubo de con-
tentarse con lavar sus légañas con agua ti-
bia y darse una mano de gato en lo demás
del rostro lastimado, endilgando luego el
hábito y correa, que á su parecer le hacía
figura respetable y de notoria dignidad.
En efecto: llegó don Enrique, alojándose
en la casa de Sementales del Estado, y allá
se fué doña Manuela con su bulto y sus ma-
rrulleras intenciones. Teresa quedó en casa,
en expectación de las órdenes que su madre
había de traerle; y como ésta tardase más
de lo presupuesto, se aburría lindamente
en el cuarto ante las sábanas revueltas, las
tazas rebañadas del chocolate, los migajones
de pan y las servilletas rasponas con que
ella y su madre se habían limpiado los mo-
rros al desayunarse. El aburrimiento no tar-
dó en sobreponerse á la paciencia de la gua-
pa moza, y al fin se manifestó en una viví-
sima gana de echarse á la calle Desde que
.

las luces del día limpiaron de nocturnas


alucinaciones su cerebro, el estado psicoló-
gico de Teresa dió un brusco cambiazo, como
veleta que se vuelve del Norte al Sur, y el
miedo á morir á manos de Leal se trocó en
piedad de aquel hombre sin ventura. Bajó
al portal; díjole la posadera que doña Ma-
nuela había ido á la Remonta y después á
la iglesia,donde estaba oyendo misa.
Alegre Teresa de la probable tardanza de
su madre, y sin pensar lo que hacía, dejóse
llevar de un violento impulso de curiosidad
y de otro de caridad, ambos nada nuevos en
PRIM 219
ella, y se metió por las calles del pueblo. La
iglesia quedó á su derecha; pasado el puen-
te, luego el arrabal, anduvo, anduvo, pisan-
do terrenos blanqueados por la escarcha, in-
sensible al frío y sin temor ninguno de verse
en tal soledad. Creyérase que sus propios
Sasos eran guías infalibles del punto hacia
onde un misterioso afán la dirigía, porque
á los quince minutos de pasar el puente,
vió una casa que no era la del Aguila; luego
otra que quizás lo sería... Encontró á un
chico que conducía dos cabras; no quiso
preguntarle, ni había para qué, pues pocos
pasos más adelante, á la vuelta de un ma-
torro de zarzas, vió la ruinosa construcción
en cuya techumbre jibosa campeaba el pá-
jaro de hierro sobre un torcido vástago de
-
veleta.
Desde el momento en que vió el signo,
quedaron las miradas de Teresa clavadas
en la casucha y en un tuerto ventanillo con
cruceta de hierro, donde algo distinguió que
bien podía ser un rostro humano. Acercóse,
y en no el de Leal...
efecto, rostro era; pero
Aproximóse hasta tocar una pared de pie-
dra seca, distante como cuatro varas de la
casa en ruinas, y el rostro vaciló un segun-
do, dos segundos; se movía... miraba ha-
cia adentro... Pasó otro segundo... se aso-
mó Leal, el propio Leal: su cara redonda y
pálida, sus ojazos, su nariz roma... Quedó
el hombre atónito... debió de nombrar á su
amante; pero ésta no le oyó. Con grande
emoción levantó Teresa su mano con la pal-
220 B. PÉREZ GALDÓS
ma hacia adelante; luego la recogió lleván-
dosela á los ojos. Tras mediana pausa, Leal,
sin maravillarse de verla allí, le dijo: "Te
escribí á Tarancón; por eso has venido.,,
Decidida á mentir, respondió Teresa que
sí, y añadió una verdad: que supo por Cla-
vería el lugar del escondite, y lo que era
menester para sacarle salvo de allí. "¿Hay
Guardia civil en el pueblo?,, preguntó él.
Respuesta afirmativa... exhortación de Ja-
cinto á que se retirara. Aunque poca, algu-
na gente pasaba por aquel lugar desierto.
Podían verla:., sospechar... dar aviso á los
guardias. Dijo á esto Teresa que inmediata-
mente prepararía lo que el amigo le indicó,
un vestido viejo de pastor, armas, algún di-
nero: comida... Esto por el día, y á la noche
un caballo para salir como exhalación por
aquellos campos.
Habló entonces Leal con voz. más entona-
da. Primero dijo: "Dos caballos, pues á mi
compañero no he de dejarle aquí.» Y luego,
echando toda su voz briosa á los espacios
que tenía por delante, habló de esta mane-
ra:"No, Teresa, no me traigas nada de eso,
si antes no me traes tu perdón por las in-
jurias que te dije y las brutalidades mías
de aquella tarde... Yo estaba fuera de mí,
Teresa; yo llevaba tres noches sin dormir...
El juego me emborrachó, y los malos ami-
gos me pusieron de punta el amor propio.
Yo era un tramposo y un canalla si no les
pagaba... Te aseguro que cuando fui á qui-
tarte el dinero y las alhajas, yo estaba loco
PBIM 221

y no sabía lo que Lo que he llora-


hacía...
do aquel agravio, no lo sabe nadie más que
Dios, que lo ha visto. Fui un miserable; na
merezco tu perdón... pero yo te lo pido, Te*
resa, porque sin tu perdón no quiero ni la
libertad ni la vida... no las quierc\no... Dios
lo sabs, como sabe que antes de la barbari-
dad de aquel día, y después de ella, y en el
momento mismo de mi locura, te quise con
toda mi alma... Sí, Teresa... y no te digo más
porque me ahogo del gusto de verte y del
pesar de haberte ofendido... y del sofoco de
decirte lo que te estoy diciendo... Vete, mu-
jer: mátenme ahora que te he visto... Amor
mío único fuiste y eres... Dios lo sabe, y no
me digan que no lo sabe... porque yo sé que
lo sabe... ¡fotre! y bien que lo sabe...,, Dijo
las últimas frases con inflexión de ira, gol-
peándose la cabeza contra el hierro y la pie-
dra que le servían de marco. No podía Te-
resa sacar de su garganta una sola palabra:
en su cuello sentía un dogal... Pero de al-
guna manera, con sílabas roncas pudo de-
cirle que de corazón le perdonaba. Vió entre
el hierro y la piedra la cara inmóvil de Leal,
y el brillo de sus mejillas mojadas por las
lágrimas... Poco después, no vió más que la
mano de Leal que con repetido movimiento
le mandaba que se retirase... Así lo hizo, y
á distancia miró de nuevo, y otra vez vió
la mano, cara no, la mano que decía: "Vete,
vete.,,
Regresó la pobre mujer al pueblo y á la
posada, y no fué poca suerte que su madre
222 B. PÉREZ GALDÓS
no hubiese vuelto aún de la visita y carea
con el señor Oliván. Este retraso dábale
tiempo para serenarse, componer su rostro,
y pensar en el arduo conflicto que Dios le
había deparado. Hizo al fin su aparición do-
ña Manuela, sofocada de haber venido con
prisa, y se dejó caer en el desvencijado sofá
de paja antes de soltar la sin hueso en esta
relación "Cordera, habrás estado en ascuas
s

por mi tardanza. No he podido evitarlo. Fi-


gúrate que al llegar á la Remonta me dicen
que el señor, don Enrique está en misa...
corro á la parroquia, y allí le encuentro. Di-
jome que hoy, 2 de Enero, es San Isidoro, el
santo de su señora, y que ésta le tiene muy
recomendado que celebre como de precepto
el día de su santo, y los de los santos de toda
la familia... Bueno, señor: tuve que cargar-
me mi misa... Después de todo me alegré,
porque con tantos ajetreos viene una retra-
sada en sus obligaciones para con la Igle-
sia.., Concluido el Santo Sacrificio, pude
hablar con don Enrique, aprovechando un
momento en que nos dejaron solos los que le
acompañaban... Ay, hija! está el buen se-
¡

ñor todo asustadico y sobresaltado... Dice


que aquí no podéis veros porque viene con él
el señor Arcipreste de Tarancón, que no le
deja á sol ni sombra... Nada, que las- buenas
formas se imponen ahora más que nunca,
y que habéis de tener paciencia y disimulo,
para que de esto no se entere nadie... Que-
damos en seguir hasta Aranjuez, á donde
irá él mañana, en cuanto se sacuda al engo-
PRIM 223
iroso Arcipreste y á los zánganos de Se-
mentales... Aunque nos contraríen estos
aplazamientos, yo alabo la cautela de don
Enrique, que nos viene muy bien para nues-
tro decoro... ¿no te parece? Sí, hija del al-
ma, ya sabe Oliván lo que se pesca... Este
no es un tarambana; éste es de los que sa-
ben hacer feliz á una mujer sin faltar á la
circunspección, y con arreglo á los precep-
tos... etcétera...,,

xxn
Siempre le fué antipático á Teresa el ad-
ministrativo personaje. Su alianza con él,
gestionada por la sutil tramposa, se le hacía
muy dura; por fin, en la situación psicoló-
gica que le trajo inopinadamente su desti-
no, el hombre la estomagaba... Devolvía su
persona ó la vomitaba como el bolo gás-
trico de un alimento indigesto, venenoso.
Disimuló heróicamente ante su madre las
bascas que sentía, y la dejó concluir así:
"Pues ahora, prenda, te dejo otra vez. No
he venido más que á calmar tu impaciencia.
Don Enrique me ha citado en la oficina de
Sementales para darme dinero, y sus últi-
mas instrucciones... pues en caso de que en
Aranjuez encontremos testigos pegajosos,
debemos seguir á Madrid, donde, por la
224 B. PÉREZ GALDÓS
reunión y revoltijo de tantas almas, hay
más libertad y menos cuidado de critico-
nes... Tú te estás aquí quietecita hasta que
yo vuelva, y vas recogiendo todo por si es
de necesidad que esta misma tarde salga-
mos pitando, y luego sabrás el dinero que
me da... Pienso que no ha de ser poco, si
paga como Dios manda esta vida de vaga-
bundas que llevamos por él.„
Desobediente á lo que su madre le man-
daba, echóse Teresa á la calle minutos des-
pués de Manolita, y á distancia discreta la
fué siguiendo hasta el lugar llamado Se-
mentales, por una larga calleja transversal
que iba á parar cerca de la cabecera del
puente. Apostada junto al tronco de un ár-
bol, como á treinta pasos de la portada del
Depósito, vió entrar á su madre; vió, ade-
más, dos guardias civiles hablando con dos
paisanos. Los cuatro entraron luego y vol-
vieron á salir. La presencia de los guardias
infundió á la pobre mujer pavor intenso y
un deseo muy vivo de intentar el salvamen-
to de Leal... ¿Pero cómo, si carecía de toda
recurso para tal empresa, y á nadie conocía
en el pueblo? Nunca como en aquella oca-
sión echó de menos á Felisa. Si allí estuvie-
ra su fiel criada, en ella tendría un auxiliar
poderoso, pues era mujer lista, que se metía
por el ojo de una aguja... Privada de tal
auxilio, á cuantas personas vió, hombres y
mujeres, atentamente miraba, tratando de
encontrar en los rostros signos indicadores
de bondad y nobles sentimientos... Pero
PRIM 225
aun contando con las almas caritativas, po-
co hacer podría, por falta de dinero. Con la
que sustrajo del bolsón de su madre aquella
mañana, la segunda vez que ésta la dejó
sola, no tenía ni para empezar... Yni su
madre ni Oliván habían de darle lo que pa-
ra tal empresa necesitaba.
Alocada por tales amarguras y ansiedad
tan honda, pasó el puente y dejó atrás el
arrabal. Por último, en su correr incierto
de un lado á otro, con el pensamiento en
absoluta indisciplina, sintiendo como si lla-
mas de alcohol, azuladas, se arremolinaran
dentro de su cerebro, fué á parar á un lugar
desolado, donde yacían sin fin de troncos de
chopo recién partidos por el hacha, y en uno
de éstos se sentó, rendida del incesante ca-
minar. Hallándose en aquel osario del reina
arbóreo, sintió que en socorro de su tribula-
ción venía una idea, la única que podía con-
solarla y dar al conflicto una solución eficaz*
La smtió llegar á su mente, entrar con ti-
midez... La incitó á entrar como en su casa,
y la acarició después para que no se escapa-
ra. Esta idea era compartir la suerte de
Leal, y dejarse llevar con él á donde Dios
quisiera llevarle. No tardó la voluntad con
fuerte vibración en disponerse á ejecutar el
soberano deseo. Levantóse Teresa del tron-
co, y con un ojear rápido trató de indagar
el mejor camino para trasladarse en breve
tiempo á la casa del Aguila... No pocos pa-
sos de un lado á otro tuvo que andar para
orientarse, y lo consiguió al fin, describien-
226 B. PÉREZ GALDÓS
do una gran curva al través de los campos.
Algunas casas que había visto antes aca-
baron de señalarle el derrotero. Su idea, co-
mo estrella' milagrosa de las que alumbran
de día, con certera indicación la guiaba.
En el trastorno de sus sentidos para todo
lo que no fuese su idea temeraria, vió, como
vagos espectros ó apariciones, dos hombres
agobiados por cargas de sarmientos, chiqui-
llos vagabundos que apedreaban álos pája-
ros; se fijó en el vacío nido de cigüeñas
prendido en la torre de la iglesia; miró el
cielo azul, brumoso en el horizonte, el sue-
lo abrillantado por la escarcha, las ovejas
flacas que pastaban en los rastrojos, el leja-
no escuadrón de álamos sin hoja alineados
en las márgenes del Tajo... y al fin, desco-
llando sobre el gris difuso del paisaje, la ca-
sa del Aguila, de ladrillo viejo y quemado,
con violentos chorre tazos de rojo sanguíneo.
Al cabo, como en la misteriosa ordena-
ción de los sucesos del mundo no suelen ir
éstos bien acordados con nuestras ideas, re-
sultó que, de súbito, un yago rumor de hu-
manas voces apartó de la casa del Aguila la
atención de Teresa, llevándola á un apiña-
do grupo, distante un tiro de fusil en direc-
ción contraria al pueblo. Creyó ver la moza
en aquel gentío tricornios de la Guardia ci-
vil. Maquinalmente corrió allá, delante y
detrás de unas cuantas personas igualmen-
te movidas de curiosidad... Poco habían an-
dado cuando sonó un tiro. Detuviéronse
medrosos hombres y mujeres. Alguna gen-
PRIM 227
te de la que á los guardias rodeaba, re-
trocedió con susto y azor amiento... Teresa
oyó estas confusas explicaciones del suceso:
*Dos bandidos que cogieron en la casa del
Aguila... Nada, que han tenido que matar
á uno... que estaba rabioso y se echó sobre
^1 civil, mordiéndole la mano... No fué así,
mujer... como el bandido no quería dejarse
llevar, y saltó la zanja, de un tiro le deja-
ron seco... No, hombre: el bandido sacó un
hierro que había cogido de las rejas de la
«asa, y quiso clavárselo al guardia... vele
allí herido... el guardia herido... el bandido
muerto... Ese ya no la hace más... A la
Ouardia con esas bromas... Vamos al pue-
blo á contarlo... No vayas, que ya está aquí
todo el pueblo.,,
El corazón de Teresa, con breve lenguaje
trágico, dijo á ésta que el bandido muerto
^era Leal. Su propio terror llevó adelante los
pasos de la desdichada mujer, y confundida
con los curiosos, vió y comprobó con sus ojos
lo que el corazón le había dicho. Era Jacin-
to... Muerto yacía sobre un ribazo, traspa-
sada la sien de un tiro, contraídos aún bra-
zos y piernas del furor que precedió á su
muerte... Quiso matar, y pereció al primer
intento. En la mueca de su rostro quedó es-
tampada su última exclamación de insana
rebeldía. Apagados, sus ojos eran fieros; mu-
da, su boca blasfemaba... Huyó Teresa des-
pavorida en dirección del pueblo; mas luego
tomó camino distinto, que si la horrorizó el
cadáver de Leal, no menos la espantaba la
228 B. PÉREZ GALDÓS
idea de ver á la sutil zurcidora Manolita
Pez. De ella y del remilgado caballero bu-
rocrático quería huir para siempre. Voló,
pues, con las alas de su pánico; pasó eí
puente, la calle principal, y aunque el
aliento le iba faltando, con esfuerzo de pul-
mones siguió campos adelante, hasta que
desaparecieron de su vista las casas de
Puentidueña de Tajo. Ya era tiempo de res-
pirar, y así lo hizo, tirándose en el suelo.
En aquel reposo de su cuerpo, yacente
en el frío rastrojo, fué acometida de una
pena insuperable que abrumaba su espíri-
tu. Claramente veía que ella era culpable
de la muerte del pobre Leal, porque con in-
creíble simpleza, movida de un miedo noc-
turno, reveló á su madre el sitio donde el
infeliz hombre se ocultaba. Cierto era como
la luz del día que su madre llevó el cuento
al señor Oliván, éste al Alcalde... Lo demás
del terrible suceso por sí mismo se recons-
truía... ¿Quién le sugirió á ella la perversa
confianza que tuvo con Manolita, la indis-
creción de aquella noche aciaga? El demo-
nio, sin duda. Y
el demonio fué más listo
que los ángeles, pues antes que éstos la in-
citaran á perdonar, el maldito había trama-
do la delación... Sí, sí: todos los agravios
fueron perdonados cuando vio á Leal en si-
tuación tan miserable, escondido de la jus-
ticia como un facineroso. Bien segura esta-
ba de que su intención frente á la siniestra
casa del Aguila fué perdonar, perdonar sin
reserva...
PRIM 229
Mas ni con estas consideraciones ni con
otras que hizo al ponerse en pie para seguir
andando, consiguió el menor alivio de la
enorme pesadumbre que tenía sobre su con-
ciencia. Con todo aquel peso y el de su cuer-
po fatigado siguió á campo traviesa, hallán-
dose al caer de la tarde en un camino real
que á su parecer era el que partía de Fuen-
tiduefia para los pueblos del Taj uña. Des-
fallecida, pidió socorro en una caseta de
peón caminero, donde su bella persona y
traje levantaron un vientecillo de sorpresa,
-curiosidad y murmuración. La caminera y
dos vecinas con chiquillos en brazos le die-
ron pan y aceitunas, y ofreciéronle hospi-
talidad para pasar la noche, que ya se venía
encima. Aceptó Teresa la comida y no el
hospedaje, diciendo que tenía prisa por lle-
gar al pueblo próximo, de cuyo nombre no
se acordaba. Maravilladas las mujeres de
•que la hermosa señora bien trajeada no su-
piese elnombreclel lugar á donde iba, dijé-
ronle que era Villarejo de Salvanés... Sin
disimular con una breve explicación su ex-
traña ignorancia del pueblo á donde se di-
rigía, siguió adelante, dejando en la casa
caminera un remolino de maliciosas conje-
turas.
La noche cubrió de sombras el camino.
En la soledadmedrosa de su andar lento,
oyó Teresa trás de sí formidable rumor de
creciente intensidad, como si las aguas de
un gran río se desbordasen y corriesen en
seguimiento de ella para cogerla y arras-
230 B. PÉREZ GALDÓS
trarla al mar. Asustada se detuvo; el ruido
no era de aguas desbordadas, sino de miles
de caballos que estremecían la carretera con
su trotar vivo, quadrupedante sónitu. Apar-
tóse, y dejó pasar la ola. Su alterada ima-
ginación le aumentaba la veloz ringlera de
corceles que á su parecer no tenía fin... Na
iban desmandados; pero sí con menos orden
del que se admira en las marchas ordinarias
de Caballería. Oyó las voces de los jinetes,
raudas, desgarrándose en la velocidad y es-
tiradas por el viento en flotantes hebras.
No entendía; más bien adivinaba... ¡Prim...
Libertad!
Viendo pasar los veloces caballos, record6
Teresa que en la propia dirección habían
ido Clavería con algunos paisanos, y el in-
trépido vagabundo Santiago Ibero, con su
frugal desayuno de queso y pan. Sin duda
iban todos hacia el pueblo cercano, cuya
nombre le enseñaron las mujeres en la ca-
seta del caminero. Era Villarejo de Salva-
nés. Pensando en esto, cristalizó al fin en la
mente de Teresa un propósito fijo referente
á sí misma, y se dijo: "Por aquí se irá tam-
bién á Aranjuez, y por Aranjuez pasa el
tren de la Mancha. Allá me voy; tomo mi
billete de tercera, y me planto en Herencia,
donde viviré con Felisa... hasta que quiera
Dios aliviar mi alma de este peso que me
agobia. n
A Villarejo llegó Iberito al mediodía del
2; al atardecer, Clavería y sus comilitones,
que fueron recibidos por amigos disfrazados
PRIM 231
de paletos. Dijeron éstos á Clavería que el
movimiento se había preparado en Madrid
eon arte y precauciones muy sutiles, que
forzosamente traerían un éxito loco. ¡Ya era
tiempo, vive Dios! Se contaba con tropas de
las acantonadas en Leganés, con las del
cuartel de la Montaña, y con otras que en
el mismo día 3 darían el grito en Avila y
Valladolid, produciéndose de este modo le-
vantamientos simultáneos que el Gobierno
no podría sofocar por pronto que acudiese*
Se contaba también con la Caballería de Al-
calá de Henares y con Cazadores de Figue-
ras> que guarnecían aquella ciudad. En
cuanto á los regimientos de Caballería, Ca-
latrava y Bailén, acuartelados el uno en
Aranjuez, el otro en Ocaña, ya podían de-
cir que los tenían en la mano. El primera
estaba cogido por el capitán Bastos y el co-
ronel Merelo; el segundo traíanlo Terrones
y Oñoro: los dos amanecerían en Villarejo.
La cosa se presentaba esta vez con buen ca-
riz. El General, con Calatrava y Bailen y
las fuerzas de Alcalá, caería sobre Madrid,
donde gran parte de las tropas de la guar-
nición estarían ya sublevadas.
De madrugada llegó á Villarejo por el
lado de Arganda un coche ligero de los que
llaman góndolas. En la puerta de una casa
de buen aspecto, propiedad de un acomoda-
do labrador de la villa, descendieron cinco
caballeros vestidos de cazadores: eran Prim,
Milans del Bosch, Pavía y Alburquerque,
Monteverde y Carlos Rubio. De este última
232 B. PÉREZ GALDÓS
se duda que fuera vestido de cazador, como
dice la historia: en todo caso, su traje sería
él de los desastrados pajareros que en las
cercanías de Madrid persiguen gorriones y
pardillos. Prim, sobre las prendas venatorias,
llevaba un gabán con el cuello levantado: se
había constipado en el viaje y tiritaba de
frío. Monteverde y Milans del Bosch lleva-
ban capotes de campo. En cuerpo gentil iba
Pavía, insensible á la baja temperatura. Lo
primero que preguntó el General al entrar
6n la casa fué si habían llegado los unifor-
mes. Allí estaban desde mediodía, y no sólo
llegaron los uniformes, sino algunos comi •

sionados de comités de provincias, y men-


sajeros que traían interesantes avisos y co-
municaciones. Entre éstas agradó mayor-
mente á Prim la que trajo de Levante un
avispado mozo que por su puntualidad y ti-
no, por la ligereza de sus piernas, parecía el
hijo predilecto de Mercurio.
Si Alicante y Valencia, como se anuncia-
ba, respondían al movimiento el mismo
día 3, apuradillo se vería el Gobierno para
acudir á echar agua en tantos incendios.
Llegaron asimismo en el curso de la noche
paisanos catalanes, entre ellos uno muy
arrogante y decidido, cabecilla de agitado-
res callejeros, á quien llamaban el Noy de
las Marraquetas. La misión de éstos era sa-
lir de allí con proclamas que irían repar-
tiendo en todo el tránsito hasta Barcelona...
Nadie durmió aquella noche; nadie pudo
eximirse del delirio expectante, del presu-
PBIM 233
mir y anticipar el suceso futuro, que toda-
vía era un enigma. En las cabezas grandes
y chicas ardían hogueras. Las llamaradas
capitales Prim, Libertad, se subdividían en
ilusiones y esperanzas de variados matices:
Prim y Libertad serían muy pronto Paz,
Ilustración, Progreso, Riqueza, Bienestar...

XXUI
Desde el amanecer, la humilde Villarejo,
comunmente silenciosa y pacífica, parecía
un campamento. Calatrava y Bailen, y la
turbamulta de paisanos, fueron recibidos
con grande estrépito de aclamaciones. Acto
seguido, las improvisadas cantineras ser-
vían á los sublevados: el aguardiente del
vecino Chinchón venía como llovido á con-
fortar los ateridos cuerpos, y á encender en
las cabezas los sentimientos más patrióticos.
Un vértigo de organización corría de un
lado á otro, y las órdenes restallaban á lo
largo de las calles villanescas, como las tra-
cas de la fiesta valenciana. ¡Caballos, hacen
Cuatro fueron los que con
falta caballos!...
elsuyo trajo Clavería; de Huete. de Taran -
cón y Aran juez vinieron como dos docenas,
parte montados, parte conducidos por pa«
trio tas.
Al fin, como se pudo arreglóse que tu-
234 B. PÉREZ GALDÓS
vieran cabalgadura los amigos más inme-
diatos á Prim, y los demás, los que venían
de mirones ó para hacer bulto, que se apa-
ñaran borricalmente, ó en los camellos que
la Casa Real había instalado en Aranjuez»
Esto decía. Milans del Bosch, siempre in-
quieto y jovial, multiplicándose en los si-
tios donde había dificultades que vencer.
Era corto de estatura, vivísimo de genio.
Vistos una vez, nunca se olvidaban su en-
cendido rostro, su bigote largo y su mirar
impulsivo. El auditor de Guerra, Montever-
de, cautivaba la atención por su lucida es-
tatura y la nobleza y hermosas líneas de su
rostro, alta la frente, blanquísima la barba.
Dejábase tratar llanamente de todo el mun-
do, y sus compatriotas, los canarios, le lla-
maban Frasco Monteverde; era hombre mo-
desto, sencillísimo, afable, gran corazón, y
uno de los amigos más adictos y leales que
tuvo don Juan Prim. Pavía no se dejó ver
en la calle, atento al estado de ánimo del
General, que á las seis de la madrugada ex-
trañaba no haber recibido aviso de hallarse
en marcha los sublevados de Alcalá; á las
ocho comenzó á sentir inquietud, y á las
diez impulsos de montar á caballo para sa-
lirles al encuentro. En el pueblo corría la
voz de que los de Alcalá estaban ya en Po-
zuelo del Rey; pero ¿quién había traído la
noticia? Los pájaros, el deseo tal vez.
Ello era que no sin motivo se hallaban
todos en ascuas, porque al General se ha-
bían dado vehementes seguridades de que
PRIM 235
los Cazadores de Albuera, los Coraceros del
Rey y de la Reina, con Cazadores de Figue-
ras 9 se pondrían en marcha en la noche del
2 al 3... En estas ansiedades estaban los
más allegados á Prim, cuando llegó á Vi-
llarejo, reventando el caballo, un capitán
llamado don Bernardo del Amo con la tris-
tísima nueva de que las fuerzas de Alcalá
no habían podido salir, y que las de Madrid
se quedaban en sus cuarteles esperando me-
jor ocasión. ¡Y para traer la noticia de tal
desastre, el capitán había corrido con veloci-
dad de hipogrifo! ¿Pero qué había pasado?
El jadeante mensajero no podía contestar
concretamente. Los de Alcalá no salieron
cuando debían, por un error ó azoramiento
de Lagunero; y antes de que intentaran sa-
lir nuevamente, se echó encima el General
Vega Inclán, á quien había telegrafiado el
Gobierno... En Madrid, según indicó Del
Amo, hubo imprudencias, delaciones... So-
bre los entusiasmos de Villarejo se desplo-
mó el cielo con toda su pesadumbre glacial
de tenebrosas nubes.
Si el horrible desengaño dejó á los pobres
'nsurrectos enteramente aplanados y casi
in respiración, Prim oyó con frío dolor la
oticia, que era un toque más de la fatídica
trompeta del fracaso, que ya conocían bien
"US oídos. De tantos golpes y adversidades,
e tantas esperanzas fallidas en el momento
supremo, el hombre se había hecho estoico,
^u alma se revestía de coraza durísima, y
u propio amargor bilioso le tenía bien pre-
236 B. PÉREZ GALDÓS
parado para más intensas amarguras. L
magna empresa política y militar requería
el valor de los héroes, la paciencia de los
bienaventurados, y quizás la abnegación de
los mártires. De todo había de tener un poco
y aun un mucho, pues el reino de la Justi-
cia y de la Libertad que intentaba conquis-
tar, se alejaba cuando parecía estar al al-
cance de la mano, y á cada embestida del
expugnador se revestía de mayor fortale-
za... Y ante el nuevo fracaso érale forzoso
aguzar su entendimiento para decidir pron-
to si debía volverse á su casa vestido de ca-
zador como vino, ó ceñirse la espada y mon-
tar á caballo para salir á una fugaz aven-
turilla en los campos manchegos. Lo pri-
mero era desairado, lo segundo peligroso.
Optó por lo peligroso, solución más confor-
me con su altivez. Había llegado á Villarejo
con la ilusión de reunir un ejército como el
que O'Donnell llevó á Vicálvaro, y el mons
parturiens no le dió más que los húsares
de Aranjuez y Ocaña. ¿Cuál era el contin-
gente efectivo de Calatrava y Baüén? Pa-
vía le dió la cifra exacta: Seiscientos ochen-
ta y cuatro hombres.
Pues con sus seiscientos ochenta y cuatro
jinetes y la irregular cuadrilla de paisanos
armados, se sostendría en campaña todo el
tiempo que pudiese. Corría el riesgo de ser
acosado por tropas que O'Donnell mandara
en su persecución. ¿Pero no podría sobre-
venir algo feliz entre tantas adversidades?
Aún no se tenían noticias de Avila, donde
PBIM 237
Campos y González Iscar debieron pronun*
ciar el batallón de Almansa; ni de Zamora,
donde Villegas y Pieltain cooperaban re-
sueltamente. Si éstos cumplían en Castilla,
y Latorre en Valencia, y Ferré no se había
dormido en Tortosa, quizás el alzamiento,
que tan torcido nació en Villarejo, podría
enderezarse, cobrar aliento y vida... Adelan-
te, pues, y Dios diría. Decidido á probar
fortuna y sin oir otra voz que la de su es-
forzado corazón, salió Prim al campo; aren-
gó á sus húsares, que le respondieron con
vítores ardientes, y quedó dispuesto que
se dedicara la noche al descanso, pues te-
nían por delante grandes fatigas y priva-
ciones.
En las primeras horas de la mañana del 4,
con un frío casi glacial, salió de Villarejo la
tropa sublevada. Hallábase el gran Ibero en
la plaza, metiendo maletas y fardos de víve-
res en la góndola que había traído al Gene-
ral y á sus amigos, cuando se sintió tocado
brusca y pesadamente en el hombro. Al
volverse, se encontró con la cara rugosa de
un payo viejo y estas corteses razones: "¿Es
usted por casualidad un mozo de ojos negros
mismamente, á quien llaman Santiago Ibe-
ro?... ¿Sí?... Gracias á Dios que acierto, se-
ñor. Pues vengo de parte de una señora que
en mi casa está, si no moribunda, poco me-
nos. „ Respondióle Ibero que él no podía de^
jar su obligación por acudir á mujeres des-
conocidas, y el hombre siguió así: "Bien
hará en ir á donde le llaman, que la señora
238 B. PÉREZ GfrALDÓS

desvalida tiene buena traza, y en el llorar


y en hermosura es, á mi ver, como la
la
Magdalena, aunque sea mala comparación...
Y dígame ahora dónde se halla un caballero
militar llamado don Jesús, á quien también
desea ver la madama. „ Ibero señaló á Cla-
vería, que muy cerca estaba, instruyendo á
los paisanos en el orden de marcha... Antes
de abocarse con él, el payo indicó á Ibero la
situación de su casa, que blanqueaba no
lejos de allí, á la incierta claridad de la
mañana brumosa... Fué Santiago de un
vuelo al sitio de donde con tanto apremio j

le llamaban, y vió á Teresa en estado las-


timoso, yacente sobre una estera, mal cu-
bierta de mantas, la hermosa cabellera des-
trenzada y terrosa como si hubiera servido
de escoba para barrer el suelo, encendidos
los ojos de fiebre y llanto... Una vieja y dos
mozas en cuclillas junto á ella, la miraban
con piedad y querían reponerla con friegas
y vino caliente.
Apenas vió al errante mozo, trató la do-
liente Teresa de explicarle con entrecorta-
das voces su situación y sus deseos... Se
había quedado sola en el mundo. Ya no te-
nía madre; ya no tenía tampoco á Leal...
T,odó su afán era reunirse con su criada Fe-
lisa, habitante en Herencia. Andado había
la infeliz toda la noche... Sacando fuerzas
de flaqueza, trataba de llegar á Aranjuez,
donde tomaría el tren hasta Madridejos...
pero le habían faltado las fuerzas, cayéndo-
se como cuerpo muerto en el camino real...
PRIM 239
En esta parte de la relación, entró Clavería,
y Teresa hubo de repetir algo de lo dicho,
refiriendo además la desastrada muerte de
Leal... En su desolación, entendió que Dios
no la abandonaba por completo. Acordóse
de los amigos que tenía en el ejército de
Prim, y á ellos acudió en demanda de so-
corro, pues aunque no le faltaba dinero para
tomar en Aran juez billete de tercera, no lo
poseía para llegar al Real Sitio en cualquier
galerín ó carromato, y antes que ir á pie,
prefería que la llevasen de una vez á la se-
pultura.
No la dejó concluir Clavería. Impaciente
y compadecido, fluctuaba entre sus obliga-
ciones, momentos antes de la marcha, y su
piadoso deseo de atender á la guapa moza.
Solucionó al fin estas dudas á lo militar,
soltando cuatro gritos y apoyándolos con pa-
tadas enérgicas. "No podemos entretenernos
^n arreglarle á usted su viaje, Teresa... ¿A
dónde va, pues? ¿A Herencia, á Madridejos,
á la Argamasilla? No, no lo repita usted,
Teresita, pues ni tiempo de escucharla te-
nemos ya... Yo no puedo abandonar... á la
viuda de un tan querido amigo mío... ¡Eh,
hala!... usted se viene con nosotros... Chi-
tón... no admito réplica ni observaciones...
Qué tiene que decir?... Silencio... callar A
igo. Ibero, cógela y métela en la góndola.
i chilla, que chille: no le hagas caso...
Cuando el carricoche pase por aquí, mandas
arar, y adentro con ella. Figúrate que es
n fardo más que llevas... un bulto más,
240 B. PÉREZ GALDÓS
quiero decir... Abur... Hasta luego.,, Co-
rrió desalado... ya los batidores y corneta»
iban saliendo del pueblo.
No le valió á Teresa protestar del despó-
tico proceder de Clavería. Hecho Iberito k
la estricta obediencia de lo que se le man-
daba, metió en la góndola el no muy pesa-
do bulto de Teresa, como una carguita más
entre las que se llevaban; le arregló en el
interior elmejor y más cómodo sitio para
que descansara, y... andando velas... ¡Re-
diez! antes de pelear habían cogido los su-
blevados un hermoso botín. Por cierto que
al enterarse del camino que seguían, volvió
Teresa al tole-tole de su espanto y lloriqueo,
diciendo: "¿Pero qué... me llevan otra vez
á Puentiduefia? No, por Dios, no... Ibero,
déjame en medio de la carretera antes que
llevarme á ese pueblo donde puede verme
mi madre, puede verme el desaborido señor
de Oliván...,, Recomendóle Ibero silencio y
paciencia; y como la quejumbrosa no le hi-
ciera gran caso, tomó la actitud de un guar-
dián inflexible, y así le dijo: "Usted, seño-
ra, va donde la lleven, y yo, que aquí estoy
para cuidar de usted como ha mandado el
señor Clavería, no la echaré á la carretera,
¿estamos? Cierre el pico y no tenga miedo,
que aquí no se permiten alborotos... El ca-
pitán ha dicho que al pasar por los pueblos
se guarde el mayor silencio... y que de ha-
ber gritos, sea no más que ¡viva Prim...
viva la libertad! pero de ningún modo ge-
midos ni cosas tristes, porque tal como va
PBIM 241
usted, señora, parece que la hemos robado
para divertirnos por el camino.,,
Y
pasaron por Fuentidueña sin tropiezo,
Prim y sus húsares aclamados, aunque na-
die sabía si traían la victoria ó iban tras
ella, Teresa inadvertida, cuidadosamente
arrebujada y tapándose la cara con un pa-
ñuelo. Lo primero que hizo Prim una vez
que pasó el Tajo fué mandar cortar el puen-
te, incomunicando así su menguado ejérci-
to con las columnas que O'Donnell había
de mandar en su persecución. Sin detenerse
dejó la carretera de las Cabrillas, siguiendo
por caminos transversales hasta Santa Cruz
de la Zarza, donde pernoctó. Alojáronse los
principales de la expedición en casas del
pueblo, otros en corralizas y corralones, y
Teresa quedó muy á gusto en el coche, pues,
según dijo mil veces, no quería que nadie
la viese y sólo deseaba llegar pronto á una
estación del ferrocarril por donde pudiera
encaminarse á Herencia.
A visitarla fué Jesús Clavería, y la en-
contró más consolada y repuesta, aunque
todavía chillaba de vez en cuando; que tan
fácilmente no había de pasar la trágica emo-
ción de su desdicha. Ordenó luego al buen
Ibero que si Teresa no iba bien en la góndo-
la, la trasladase á un carro de la impedi-
menta, acomodándola sobre sacas de paja.
También le recomendó con severidad que
cuidase á la lastimada y enferma señora, y
al fin le dijo: "De acuerdo con el General >
te dejo venir en la columna, en previsión:
16
242 B. PÉREZ GALDÓS
de algún servicio que puedas prestar; pero
ya sabes... has de obedecer ciegamente cuan-
to se te mande. Con tu vida me respondes
de que. Teresa no tendrá nada que sentir en
su viaje, y de que nadie le ha de faltar al
respeto y consideraciones que se le deben.,,
Tan al pie de la letra cumplió Iberito estos
mandatos, que aquella noche misma hubo
de tener una seria cuestión con dos albéi ta-
res de Calatrava, que se permitieron ame-
trallar con chicoleos á Teresita, por pasar el
rato y tantear el terreno... que si tendría los
ojos más bonitos si no llorara tanto... que
si se tapaba demasiado la pechera... que
ellos le darían conversación para distraer-
la... Todo esto le pareció á Ibero de una des-
cortesía impertinente, y llegándose á ellos
en actitud decidida y calmosa, les dijo: "Ca-
balleros, déjense de ofender á esta señora
con flechazos y tonterías, porque aquí estoy
yo con órdenes terminantes para no permi-
tirlo... Qué?... ¿Se ríen?... ¿Toman á chacota
lo que Pues el guasón que no
les digo?...
esté conforme, salga al camino con el arma
que quiera ó á puño limpio, y Dios dirá
quién se ríe y quién se pone serio... Fuera
de aquí, y que no les vea yo más molestan-
do á esta señora.,,
PBIM 243

XXiV

Penetrando en el espíritu de Jesús Cla-


vería y leyendo en él la verdadera intención
del interés que por Teresa se tomaba, lo pri-
mero que se encuentra es la piedad, después
el egoísmo, que en todo hombre existe más
ó menos imperante, aunque lleve el nombre
de nuestro Salvador. Pensaba el amigo de
Leal que muerto éste, le correspondía la
herencia de los únicos bienes que al morir
dejaba, las gracias de Teresa. La viudez de
ésta no podía ser larga, si en Madrid hacía
feria de sus encantos. Pues él, Jesús Cla-
vería, la libraba del sonrojo de buscar nue-
va protección, y conociéndose ambos como
se conocían, seguramente habían de llegar
á formal inteligencia. Firme en esta idea
desde el instante en que la encontró desola-
da en el casucho de Villarejo, determinó lle-
vársela en el convoy hasta donde pudiese sin
escándalo. Procuraba que ni sus compañe-
ros ni el General le descubrieran el botín.
De aquéllos temía la envidiosa rivalidad; de
Prim que prohibiese llevar en su ejército su-
blevado impedimenta de mujeres.
De Santa Cruz de la Zarza salieron el día 5,
buscando los caminos manchegos. Por el ex-
244 B. PÉREZ GALDÓS
célente espionaje que le servía, supo Prim
que el General Zabala, destinado á perse-
guirle con tres batallones de Infantería, seis
escuadrones y ocho piezas de batalla, había
llegado á Villarejo en la noche del 4. ¡Qué
acertado fué inutilizar el puente! Zabala no
podía seguir otro camino que el de Colme-
nar y Aranjuez para cortar el paso á los su-
blevados en algún punto de la línea de
Alicante, si éstos la pasaban para tomar la
dirección de Portugal. Pero Prim picó es-
puelas, y arreando toda la, noche adelantd
muchas horas á Zabala. Al amanecer del 6,
divisaba los molinos de viento de Temble-
que. ¡Oh Mancha, oh tierra del ensueño ca-
balleresco!... Por cierto que en aquel punta
quiso Teresa quedarse; mas
la disuadieron
con el engaño de que la columna pasaría
por la propia Herencia. Notó Ibero que la
pobre mujer no se rebelaba ya tan enérgica-
mente contra estas fábulas, ó que iba en-
trando en la superchería, dejándose querer,
dejándose llevar. Y el bravo Teniente Coro-
nel, acariciando sus gratos pensamientos
amorosos, se decía: "¡Qué Herencia ni qué
niño muerto! Aquí no hay más herencia que
la mía, que yo la heredo, que Leal me ha de-
jado por heredero... y aquí no ha pasada
nada.,,
Camino de Madridejos, donde pensaba
pernoctar, supo Prim que además de Zabala
venía contra él el General Concha, que ha-
bía improvisado una columna con dos com-
pañías sacadas de Albacete y paisanos ar-
PRIM 245
mados. Y no era esto sólo, pues de Madrid ve-
nía Echagüe con tropas de todas armas. Ha-
llábase, pues, entre tres fuegos, entre tres
Generales aguerridos, que se disputarían la
gloria de cogerle y hacerle pagar cara su in-
sana osadía. No sería flojo triunfo burlarles
á los tres y escabullirse por entre los pies y
patas de tantos hombres y caballos... En
Madridejos, donde pasaron la noche del 5
al 6, no expresó Teresa con tanto ardor su
propósito de ir á reunirse con Felisa; más
bien se notaba frialdad en lo que días antes
fué deseo febril. Las impresiones trágicas se
borraban quizás, ó sólo persistían en la for-
ma de turbación de conciencia. El gusto de
vivir en conformidad con el destino iba ga-
nando terreno en aquella pobre alma, y los
accidentes del viaje, que ya traían incomo-
didad, ya novedades y distracciones, pro-
ducían el efecto sedante. De nada carecía;
los conductores del carro, bien gratificados,
la trataban con respetuosas consideracio-
nes, creyendo tal vez que era una condesa
ó archipámpana que llevaban en rehenes,
y por fin, para mayor tranquilidad de ella,
se iba disipando el peligro de que su pre-
sencia causase escándalo, pues desde Tem-
bleque venían no pocas mujeres agregadas
al convoy, unas arrastradas con vago mag-
etismo por la tropa, otras movidas de su
propio impulso á la granjeria de cantine-
ras ó proveedoras. La cola de un ejército, y
más si éste va sublevado proclamando al-
tos ideales, la emancipación de los esclavos,
246 B. PÉREZ GALDOS
el fuero de los humildes, lleva y arrastra
siempre un jirón del temporal ó eterno fe-
menino.
De Madridejos siguieron á Villar ta, donde
el General recibió el soplo de que por el tren
iban treinta vagones de tropa en dirección á
Manzanares. Mientras Prim descabezaba un
sueño en Villarta, Zabala dormía en Tem-
bleque, distante cuatro leguas. En Daimiel
acechaban al rebelde fuerzas superiores, y
á Toledo se aproximaban ya Echagüe y Se-
rrano del Castillo. Por cierto que al de Reus
le sacó de quicio lo que de él dijeron Con-
cha en su proclama de Alcázar de San Juan,
y O'Donnell en su discurso del Senado. El
primero le llamó traidor y cobarde; el se-
gundo denigró á su rival con la especie de
que al salir de Villarejo había huido cobar-
demente. Para acabarlo de arreglar, don
Leopoldo dijo en aquella sesión tonterías
angélicas, de las que él mismo para su sayo
había de reírse: que nadie se había unido al
General sublevado; que el ejército estaba
indignadísimo, y que de toda la Península
venían telegramas expresando el amor de
los pueblos á su Reina, y el entusiasmo por
el Orden Público. Con perdón del ilustre
Duque de Tetuán, el grave historiador Con-
fusio se permite afirmar que desde Túbal
hasta nuestros días, ningún español se ha
entusiasmado por el Orden Público... Ha-
blando en plata, ridicula era la indignación
de Concha y O'Donnell, sublevados el 41 y
el 54. Ninguno de los dos tenía autoridad
PBlM 247
para coger la trompa y dar con ella estriden-
tes notas de disciplina.
Ninguna importancia tienen en la Histo-
ria estos trompetazos, vano ruido de los prin-
cipios, que no ahoga la música rítmica de
los hechos. Lo que sí tiene importancia his-
tórica es que, alojada Teresita en una buena
casa de Villarta, entró en ella requiriendo
agua, jabón y peines, deseosa de adecentar
su persona y quitarse la mugre y sombras
de tristeza que la deslucían. Gran parte de
la noche empleó en acicalarse y en restau-
rar su hermosura, que estaba como empaña-
da; luego le sirvieron la cena, y otra vez al
carro, de pajosas blanduras... A las dos de
la madrugada salieron en dirección de Dai-
miel, atrevida marcha que dispuso Prim
para mayor burla de sus perseguidores.
Avanzó la columna toda la mañana por te-
rreno blando, pantanoso, erizado de peli-
gros para la Caballería; pasaron muy cerca
de los Ojos del Guadiana, que en aquellos
húmedos lugares sale á ver la luz después
de soterrarse como avergonzado de sí mis-
mo; vadearon charcas, pisaron juncales y
eneas, y al amanecer, á la vista del pueblo,
desfilaron de dos en dos por estrecha faja de
tierra. Allí dispuso el General un rápida
quiebro hacia el Norte; pasaron nuevamen-
te por los Ojos, vadearon el río con el agua
al pecho de los caballos, y sufriendo ásperos
rigores de la humedad y el frío, llegaron á
Villarrubia de los Ojos, lugar grande, cuyos
moradores trabajan, tuercen y manipulan la
248 B. PJÉBEZ GALDÓS
enea para fondos de sillas y otros utensilios;
lugar además bien abastecido de quesos,
hogazas, corderos y otras materias nutriti-
vas, y de añadidura el más liberal y expan-
sivo de toda la Mancha.
Salieron á recibir á los sublevados alcal-
de y médico, señorío, pueblo y hasta los
curas, con lucida vanguardia de mujeres y
muchachos, cuyos clamores y chillidos ale-
graban el aire vago. Allí, cuanto había en
el pueblo se les brindó para mantenimiento
de la tropa; allí se improvisaron festejos,
con música de guitarras y bulla de pande-
retas; allí, en fin, no quedó alabanza ni li-
sonja que no le dijeran al de los Castillejos
por su valor y liberalismo. Pero el entusias-
mo de la honrada villa fué defraudado por
el propio don Juan, al decir que sólo per-
manecería el tiempo preciso para dar á caba-
llos y hombres un breve descanso. Monte-
verde, Milans del Bosch y Clavería aprove-
charon la breve parada para salir á los alre-
dedores del pueblo á una tirada de palomas,
que en espesas bandadas por el inmenso
cielo discurrían, y en un par de horas mata-
ron y cobraron algunas docenas de aquellas
inocentes aves.
Corto tiempo duró el regocijo, porgue el
General mandó tocar á botasilla, y con des-
consuelo de unos y otros salieron las tropas,
tomando la dirección de los montes de To-
ledo. ¿A dónde iban? Siempre atrevido y
gallardo, discurrió don Juan obsequiar con
una cena en sus dominios, el palacio y ca*
prim 249
madero de Urda, á los soldados y oficiales
que en aquella sin igual aventura le se-
guían. Fué una humorada de gran señor y
una temeridad de caudillo, pues iban á co-
locarse á pocas horas de Echagüe. ¿Pero qué
importaba?
"A los que sostienen que es un disparate

estratégico— dijo á sus allegados, les con-
testaré que es impulso mío, iniciado al lle-
gar á Villarrubia, y los impulsos que con
violencia nacen en mi ánimo jamás los so-
foco, porque sé que no han de conducirme á
nada malo. Adelante y démonos prisa, que á
un paso regular pienso que allá estaremos
á las diez de la noche... ¡Qué gusto poder
dar á estes leales muchachos el repuesto de
vinos de primera que allí tengo! Todo es
poco para ellos, que me siguen sin saber á
dónde los llevo... Por de pronto, los llevo á
mi casa... después ya se verá, porque los olo-
res de nuestra cena podrían llegar hasta las
narices de Zabala ó Echagüe, y entonces...
¡sabe Dios!... ¡Ah, cómo se habían de diver-
tir mis amigos Salamanca y Carriquiri si
los tuviéramos aquí!... Y ellos estarán ahora
diciendo: "¿Por dónde andará ese loco de
Prim?...,, Y el loco de Prim, el traidor y co-
barde Prim, camino de Urda... He aquí un
sublevado que se va á su casa...,,
Con éstas y otras humoradas iban ganan-
do camino. Al anochecer, el terreno se lee
endurecía, se les elevaba, presentándoles
repechos y accidentes que con ímpetu ven-
cían los valientes caballos. La noche se pre-
250 B. PÉREZ GALDÓS
sentó obscura, fría y serena, y el cielo sin
luna les mostraba la gala de sus constela-
ciones. Pronto se vieron rodeados de som-
brías masas arbóreas, chaparros agigantados
por la obscuridad. Penetraban en el monte;
la Caballería, de dos en dos, culebreaba por
los senderos torcidos, buscando la divisoria
entre las aguas de Guadiana y Tajo; á ve-
ces su paso era lento, por obstáculos del ca-
mino ó por vacilación de los guías. Después
de las diez, salió por las Sierras del Conde
una luna menguante, roja, con media cara
comida... Dij érase una cara con dolor de
muelas, entrapajada del lado izquierdo; pero
aun así, la presencia de la diosa infundió
gran regocijo á los caminantes, que con ex-
clamaciones de alborozo saludaron la dulce
claridad que les traía. Iba la luna perdien-
do su encendido color conforme subía por
los cielos adelante, bruñidos como bóveda
de acero. Las pocas nubes que los enturbia-
ban antes de la aparición del astro, se reti-
raron barridas por la escoba de un nordes-
tillo sutil. Dentro de sus dólmanes mata-
ban los húsares el frío, que aún no era de-
masiado intenso, y los caballos no sentían
bajo sus cascos la dureza de la helada. La
claridad lunar, melancólica, que parecía
traer á los oídos murmullos de consejas,
alumbraba el país, dando su verdadera for-
ma á la vegetación enana, chaparros, ene-
bros y escaramujos, y á la más corpulenta
de hayas y encinas, algunas de silueta ex-
travagante. Conforme adelantaban, iba ere-
PfUM 251
ciendo á la vista la flora selvática, que de
improviso desaparecía, dejando ver las lo-
mas calvas, en cuyas redondeces desleía la
luna tintas aquí verdosas, allá violadas.
Reaparecían las masas de monte bajo y
alto. Luego se vieron fogatas de carbone-
ros... Hacia ellos iba el ciempiés ondulante
de la Caballería, traqueteando con infinita
cadencia de los herrados cascos sobre un
suelo desigual, torcido, pedregoso... Pasó
junto á los carboneros la tropa sublevada
con su General á la cabeza, y aquellos infe-
lices, que en faena tan ruda se pasaban la
vida, el pecho al fuego y las espaldas al frío
glacial, miraban á los húsares como un ejér-
cito fantástico. Atónitos y con la boca abier*
ta permanecían viéndolos pasar, sin saber de
dónde salían tales hombres, ni qué busca-
ban por aquellos riscosos vericuetos. No
podía ser de otro modo; sus ideas políticas
eran muy vagas, su conocimiento del mun-
do harto borroso. Conocían á Prim de nom-
bre; algunos le vieron cazar en el coto de
Urda... ¡Pobre gente! Para ellos no había
más obstáculos tradicionales que la nieve y
ventisca, la miseria y el bajo precio del
carbón.
252 B. PÉBEZ GALDÓS

XXV
En Urda ya la columna, el General, sus
amigos y la oficialidad se alojaron en el pa-
lacio, que parecía castillo. Los restantes aco-
modáronse en las dependencias, y á la tropa
se le dió orden de acampar en el lugar más
abrigado del monte, con permiso de hacer
hogueras, cortando toda la leña que fuese
menester. El General repartiría entre sus
leales soldados la bucólica y la bebida fina
que en sus bodegas y despensa guardaba.
La juvenil alegría dió á los soldados in-
creíble presteza para proveerse de combus-
tible y encender buen número de fogatas.
Los grupos, bulliciosos, se formaban, se
descomponían y volvían á formarse por im-
provisadas ó antiguas atracciones de amis-
tad. Toda la loma próxima al castillo se
convirtió en verbena, iluminada por las lla-
mas y por el júbilo que encendía los corazo-
nes... No sintió poco el buen Clavería tener
que aceptar alojamiento dentro del castillo.
Rehusarlo sin que se trasluciera la causa de
su desgana, no podía ser; y aunque Milans
y Monteverde estaban en el ajo, y quizás el
General, la dignidad no le permitía descu-
brir su flaco. Dispuso que Teresa vivaquea-
~ se en un sitio que él designó, en los extre-
PBIM 253
mos del campamento; mandó arrimar el ca-
rro, encender una buena fogata, y se llevó
consigo á Ibero para enviarlo luego con lo
mejor que pudo encontrar: fiambres exce-
lentes, botellas de Burdeos y Borgofia, y un
palomino de añadidura.
Bien se le conoció á Teresa que era de su
agrado el campamento nocturno con aire y
toques de verbena, sin duda por ser cosa no
esperada y novísima, contraria totalmente
á las privaciones propias de un ejército en
campaña. A pesar del frío, le causaba de-
sazón el resplandor ardiente que en la cara
recibía, y con la venia de su guardián se
apartó al resguardo de unas retamas espe-
sas, que eran cómoda pantalla frente á la
hoguera. Quedaba, pues, la buena moza en
una sombra agujereada, y así recogía un ca-
lor discreto cernido por los huequecillos de
la planta. Allí fué Ibero para llevarle el pi-
chón asado, un fiambre superior, galletitas
sabrosas y vino de Burdeos. Todo esto en
platos, con tenedores, cuchillos, vasos, y
cuanto se necesitaba para cenar con limpie-
za, que así las gastaba el castellano de Urda
con sus comensales, ya se albergaran en el
castillo, ya camparan á la intemperie. Los
soldados sabían prescindir de tales admi-
nículos, empleando el desembarazado servi-
cio de sus dedos. Retenido por Teresa, que
quiso darle parte en todo lo que cenaba,
Santiago se sentó á la sombra de las reta-
mas, junto á la hermosa mujer, y observan-
do qii comía con mediano apetito, le dijo:
254 B. PÉREZ GAIiDÓS
"Bien se ve que va usted reponiéndose, y
que todas aquellas tristezas y ganas de mo-
rirse se han ido quedando en las zarzas del
camino. Por eso no hay cosa mejor que co-
mundo. Yo lo he probado.
rrer, correr por el
— Lo que ves, Santiago, es la obra natu-
ral del tiempo, que cuando una quiere mo-
rirse, él no la deja, y es también efecto de
los aires puros y del descanso... Pues aun-
que me veas animada y hasta de buen color,
no pienses que mis penas se calman, ni que
estoy menos desesperada que lo estaba en
Villarejo... Del suceso de Tarancón me ha
quedado remordimiento tan grande, que no
sé cómo conllevarlo: no puedo echar de mi
cabeza la idea de que Leal pereció por culpa
mía; de que yo vine á ser quien le mató,
pues muerte fué haberle dicho á mi madre
dónde estaba escondido.
— Pero también me ha contado usted que
el decirlo á su madre fué por un sobrecogi-
miento y terror de media noche. Esto le dis-
minuye la culpa.
—No disminuye, Santiago, no y no-
dijo Teresa, que al tiempo que comía con
finura y boca chiquita, quiso presumir de
conciencia muy escrupulosa. —
Lo que yo
siento más es que Jesús Clavería, en vez de
llevarme en la columna, llamando la aten-
ción y dando que hablar á la tropa no me ,

dejara en donde yo pudiera confesarme...


— ¡Lástima que no traigamos castrense!
— Mientras yo no le cuente á Dios este
gran delito, no se me aliviará la conciencia,
prim 255
ni tendré paz en mi alma. Pero si yo le di-
jese á Clavería que me dejara ir á confesar-
me á Toledo, donde hay más curas que lon-
ganizas, me soltaría cuatro ternos, y ten-
dríamos un disgusto.,,
En este punto de la conversación, los pen-
samientos de ambos interpusieron una pau-
sa, que cortó Ibero después de comer un
bocadito y rascarse la oreja. "A mí me ha
enseñado mi maestro don Ramón Lagier—
dijo,—-que cuando tenemos el alma pesaro-
sa, por culpas cometidas, no debemos espe-
rar á encontrar cura, pues para esto cual-
quier persona natural es cura... ó como quien
dice, que el sacerdocio no debe ser oficio de
unos cuantos, sino función de todos...
— ¡Valientes disparates te ha enseñado tu
don Ramón!... ¡Confesarme con Juan ó Pe-
dro!...¡Bonita religión me gastas, chico! Y
todo es para decirme con rodeos que me con-
fiese contigo.
—No le digo tal cosa. Pero si quiere re-
ferirme sus pecados, los oiré.
— Mis pecados ya los sabes; los sabe todo
el mundo, porque no soy hipócrita, y tengo
mi conducta por todos lados abierta, para
que la fisgoneen los ojos amigos y enemi-
gos... Dime de ellos todo lo que se te ocurra,
clérigo sin misa... Y de mis remordimien-
tos por la muerte de Leal, ¿qué me dices?
— Pues antes de decir lo que pienso, he de
saber si usted quería, si amaba con verda-
dero amor al hombre muerto por la Guar-
dia civil.,,
256 B. PÉREZ GALDÓS
Perpleja dejó Teresita en el plato el peda-
zo que comía, que era de lengua escarlata»
y soltó la suya para decir sin gran timidez:
"Amor... lo que amor se llama, no sentía yo
por él... Ese sentimiento es raro, y sólo una
vez en la vida ó de tarde en tarde lo senti-
mos... ¿Entiendes tú de eso, ó es menester
que yo instruya á mi confesor? Amor no se
puede tener á muchos hombres uno tras
otro... se tiene, cuando Dios lo manda, por
uno, por cualquiera, á veces por el que pare-
ce menos digno... No sé si me entenderás;
eres un inocente... Pero si ese amor no lo
sentía yo por Jacinto, la estimación en que
yo siempre le tuve era muy grande. Él fué
mi sostén largo tiempo, y atendió á mis ne-
cesidades con largueza; él me cuidó en mi
enfermedad como si fuera yo su esposa ó su
hija... ¿Qué dices, tonto? ¿Por qué miras al
suelo?. ¿Buscas en él una respuesta que te
habrán escrito los espíritus? Tú no entien-
des de amor, Ibero, y es tontería que quie-
ras meterte á médico de las almas. „
Distraídos por la bullanga que alegraba
el campamento, suspendieron su conversa-
ción. Los soldados reían y cantaban, impro-
visando coplas, y junto á la hoguera que
daba demasiado calor á Ibero y Teresita,
un despabilado húsar soltó este cantar, que
cayó en gracia y fué corriendo de boca en
boca por toda la columna: "Con Prim á la
cabeza,— y el brigadier Milán s,— Bailén y
Calatrava— á la victoria irán.,, A la madru-
gada, el cansancio y las libaciones apagaban
PRIM 257
el entusiasmo alegre. Callaban una tras
otra las voces, absorbidas por el sueño, y
las últimas que se anegaron en el silencia
fueron las de la gente adyecticia de ambos
sexos, cantineros y arrimados. Esta cola de
la cola vivaqueaba lejos de Teresita, que al
sentar sus reales pidió ser colocada distante
de la patulea... Preguntóle Ibero si quería
recogerse á su carro, y ella contestó que na
tenía sueño; que con las cosas que él le dijo,
la conciencia se le había puesto en mayor
alboroto. Opinó Santiago que debía esperar
consuelo del tiempo y de una vida de recti-
tud, á lo que asintió Teresa diciendo: "Si
logro hacerme á la moralidad y á la modes-
tia, Dios me perdonará... y también me per-
donará Leal, ya esté en el Purgatorio, ya
esté en el Cielo.

—Se encuentra afirmó Ibero con vive-
za, —en la infinidad del Universo, donde los
seres que en cuerpo aborrecieron, en espíri-
tu se adornan de bondad y perdonan...
— Ahora recuerdo— dijo Teresa como sor-
prendida de su flaca memoria,— que crees
en esa religión, ó en esa magia de los espí-
ritus...,, Viendo á Ibero afirmar con la cabe-
za, prosiguió así: "Los cuerpos se descompo-
nen, y los espíritus van y vienen... moran
en el cielo, en el aire, ó en lo que no es el
aire; vuelven acá cuando les da la gana,
andan entre nosotros, y ven lo que hacemos
y oyen lo que decimos... ¿No es eso?,,...
Nuevas afirmaciones de Ibero con la cabeza.
Teresa se levantó bruscamente murmuran-
258 B. PÉREZ GALDÓS
do: "Por Dios, no me digas esas cosas, que
me dan mucho miedo... ¡Los espíritus aquí,
volando entre nosotros por esta obscuridad,
entre estas breñas!... ¡Y vendrán, y me to-
carán... tocar no, porque no tienen manos,
no tienen cuerpo... ¡Jesús, Virgen Santísi-
ma, amparadme... defendedme de los espí-
ritus!... ¡Ay, qué miedo! Que se vayan al
Cielo, al Purgatorio, y me dejen en paz.,,
Desoyendo lo que Ibero le decía para tran-
quilizarla, se apartó de la hoguera, por entre
retamares más cerrados y laberínticos. Tras
ella fué Santiago; pero el temor de asustar*
la le mantuvo á corta distancia.
Teresa entonces alzó la voz llamándole:
"Santiago, acércate; no me dejes sola. Sola
tengo más miedo... Por aquí hay espíritus.
¡Oh, qué miedo! Yo no los veo; pero ellos me
ven á mí... yo siento que me ven.„ Llegóse
Ibero, y la cogió de una mano suavemente
para volverla á donde antes estuvieron. En
los matorrales penetraba la luz de la luna
por aberturas y huequecillos de las formas
más irregulares. Masas de vegetación se ilu-
minaban fantásticamente, y otras quedaban
en sombras angulosas, extravagantes, trá-
gicas, burlescas... Aterrada, se llevó Teresa
la mano á los ojos, dejándose conducir por
Ibero como un ciego por su lazarillo... "Ten-
go mucho frío... El terror me ha dejado hela-
da—le dijo cuando llegaban junto á la ho-
guera.— Déjame sentar aquí un rato... Toca
mis manos... son hielo... Como hablábamos
de espíritus... No: era yo quien hablaba, y
PRIM 259
tú decías quesí con cabezadas... Pues me
pareció que andaban detrás y delante de
mí...Ahora mismo, si cierro los ojos, los
no es ver precisamente, es sentirlos...
veo...
y también, créemelo, oí como suspiros...
ruido de pasos por el aire, ruido de gasas
<^ue rozaban con los espinos... No sé, no sé...
Lo que más me aterra, Santiago, es sentir
detrás de mí á Leal, y oir que me dice...
"
Perra, por tí me mataron.,, Siempre me
llamaba perra cuando se ponía furioso...
— —
—Todo ese terror le dijo Ibero, es ima-
ginación ó sobresalto nervioso, y nada tiene
que ver con el Espiritismo... Yo no puedo
explicar á usted ahora lo que creo, lo que
mi maestro me enseñó, y lo que he podido
experimentar yo mismo. No se puede ense-
ñar eso sino á las personas dispuestas á creer
y que están con el ánimo sereno. A los me-
drosos y á los incrédulos no hay manera de
aleccionarlos. Hablemos de otra cosa.,,
La hoguera sin llamas era ya un gran
rescoldo en que relucían las brasas con es-
plendor decadente, rodeadas de tizones hu-
meantes. Dormían los soldados á la larga ó
en posturas insólitas. Teresa, sentada, los
codos en las rodillas, y el rostro en la pal-
ma de una mano, miraba las brasas, bus-
cando en los cambiantes del fuego entre ce-
nizas signos de un lenguaje desconocido, y
por desconocido interesante. Alzando de
pronto sus miradas al cielo, hizo la observa-
ción de que la claridad de la luna quitaba
su brillo á las estrellas, y apenas se veían
260 B. PÉREZ GALDÓS
pestañeando las más grandes. "Sin verlas

—dijo Ibero, yo sé dónde están todas las
que conocemos y estudiamos. Mi maestro
me ha enseñado el cielo y yo me lo sé de
memoria; puedo decir en cada estación y en
cada mes y en cada día: "Ahí está tal cons-
Vea usted, Teresa, y
telación, tal estrella.,,
apréndalo quiere, que este libro del fir-
si
mamento enseña más que todos los que hay
en la tierra estrellados de letras de molde...
Aquí, sobre nuestras cabezas, tenemos la
Cabra: se ve bien clara. Más abajo, los Ge-
melos. A
la derecha, cayendo ya hacia Occi-
dente, tiene usted á Orion, la gala del cie-
lo; encima el Toro, y debajo el Can Mayor,
Brilla tanto, que parece que nos sonríe y
que nos habla... Mire más arriba, y verá el
Can Menor, que también es una señora es-
trella, y allá por el Este tenemos al León y
su estrella mayor que llaman Régulus... Si
la noche fuese obscura, le enseñaría á usted
más maravillas... Eso que usted ve, estre-
llas grandes y otras tan chicas que parecen
polvo, ¿qué es, Teresa? Pues un sin fin de
soles, cada uno con mundos ó planetas que
los acompañan. Eche usted mundos... Pues
en todos hay habitantes, personas ó seres,
humanidades que en el más allá de los in-
finitos más allá, serán tal vez divinidades.

—¡Cuánto sabes! dijo Teresa con franca
admiración.
—Todo me lo enseñó el capitán, que es
el gran maestro... Diréá usted, señora, pa-
ra que me conozca bien, que cuando me es-
PBIM 261
capé de la casa de Nájera para lanzarme al
mundo, iba yo con mi cabeza llena de aquel
viento que saqué de los libros de Historia
que leí... ya se lo he contado. Llevaba yo la
idea de ser un héroe como aquéllos que me
trastornaron con sus proezas increíbles. Yo
no me contentaba con menos que con hacer
otra vez la conquista de Méjico, sirviendo
al lado de Prim, ó luchando solo y por mi
cuenta, que hasta esto llegaba mi desatino.
Pero aquella bomba de jabón reventó, ¡plaf!
aire, nada... Vinieron mis desgracias, traba-
jos y miserias á quitarme las ideas de gue-
rra y de hazañas estrepitosas... Y lo peor
fué que reventado y caído, no se me abrió
el entendimiento á otras ideas, á pensares
distintos del matar gente y meter bulla en
6l mundo. Como un idiota estaba yo cuando
me cogió el capitán Lagier, y sobre aquel
terreno baldío de mi idiotismo fundó el
maestro su enseñanza. Aprendí á conocer,
primero el mar y el Cielo, después algo de
nuestras almas...
— —
¡Cuánto sabes! repitió Teresa, eleván-

dose más en la admiración. Bien se ve que
has leído. Ya me figuraba yo que había más
mundos que éste en que estamos; pero no
creía que fuesen tantos, tantísimos... Como
que no hay matemática ni ringlera de nú-
eros en que puedan caber... ¿Y las perso-
as que hay en ellos, son como nosotros, ó
on los espíritus? Cuerpos habrá también
llá, y muerte habrá; y si del nacer nacen
s cuerpos, del morir nacen los espíritus
262 B. PÉREZ GALDÓS
que van y vienen, vienen y van... Esto la
vuelve á una loca. ¿A tí, Santiago, no ta
trastorna el pensar en esto?
— No, porque yo empiezo por reconocer-
me de una pequenez tal, que no hallo cosa
bastante chica con qué compararme. Pera
chico y todo, invisible de puro chico, sé que
mi pensamiento es parte del pensamiento
total, y que un querer mío ó un sentimiento
mío no están aislados del sentir y del que-
rer que envuelven toda esa masa de mun-
dos vivos... „
Para comprender tan sutil sabiduría, hizo
descomunal esfuerzo de sutileza el pensa-
miento de Teresita; mas antes de llegar á la
receptividad mental que deseaba, le salió
de toda el alma nueva onda de admiración.
Nunca había oído cosas tan bellas y grandio-
sas como las que Ibero le decía; nunca vió
tanta convicción en las ideas, unida á tanta
sencillez en la manera de expresarlas, y por
esto, y por la admirable rectitud y dignidad
que Ibero ponía siempre en sus actos, en-
tendía que era un hombre extraordinario,,
excepcional, tal vez único en el mundo.
PRIM 263

XXVI
"Con lo que ahora me has dicho— afirmó
Teresa, —
voy comprendiendo mejor lo que
en otra ocasión te oí de esa religión... parti-
cular tuya... y de tu corto catecismo. Cuén*
tamelo otra vez.
— Mi maestro me enseñó la religión ihás
sencilla, y una moral que por mucho que
se la quiera estirar escribiéndola, no ha de
ocupar más que una carilla de papel de car-
tas... Pero yo no necesito escribirla, porque
en mi memoria están grabados los diez Man-
damientos, grabadas las Obras de Miseri-
cordia, y con esto me basta Y como dije
..

á usted otro día, yo me desentiendo de cu-


ras, frailes, obispos, y de toda persona en-
capuchada que quiere mandarme al Cielo 6
al Infierno, ó que viene á pedirme dinero
por un sacramento, por un sufragio...
— Poco á poco, Ibero— dijo Teresa, que si
en el fondo de su alma pensaba y sentía lo
mismo, creíase obligada, por presunción se-
ñoril, á opinar con sensatez; —
recoge velas,
y párate un poco. No podemos romper con
la sociedad... Somos parte de ella, somos
un grano de esa gran piña...
— Yo me desgrané, señora mía, y hace
tiempo que ando suelto por estos mundos.
264 B. PÉREZ GALDÓS
Ya sabe usted que no gusto de vivir en ciu-
dades, y cuando me veo precisado á estar
en ellas, rabio por salir y correr á mi an-
tojo. Desde chico me tiraba la vida libre.
No me agradan las poblaciones ni los bar-
cos fondeados. Por la mar me llevan el va-
por ó el viento; por la tierra, mis pies. An-
dando de un lado á otro se mete uno más
en el pensamiento universal, y se arrojan
al aire las amarguras y tristezas...
— Eres muy joven, Santiago— le dijo Te-
resa cariñosa. — Puede llegar un día en que
te cases... ¿Has de condenar á tu mujer á vi-
vir como los gitanos?
— Eso no. Viviremos en lugar fijo, pero
no en ciudades.
—Pues yo te aseguro que difícilmente en-
contrarás mujer que quiera compartir con-
tigo esa vida huraña. ¿A que no la en-
cuentras?
— ¿A que sí?... Tiempo ha que la encon-
tré,señora doña Teresa. Mi maestro me ha
dicho que en el mundo existe siempre lo
que deseamos. Es cuestión de buscarlo bien.
La mujer que ha de ser mía existe, y yo la
conozco, y sé que quiere tenerme por suyo...
Sus pensamientos me buscaban á mí, como
los míos la buscaban á ella.,,
Pidióle Teresa informes claros de la que
sin duda era divinidad, ó estrella caída de
los cielos altísimos; pero Santiago se negó
á entrar en pormenores y á decir el nombre
y calidad de la mujer que había de ser su
compañera en esquivas soledades de tierra
265
ó mar. A
su tiempo s&~4cr diría.., ¿No le
consideraban como salvaje? Pues los salva-
jes ni gustan de vivir en poblados, ni po-
seen ese decir libre y sin freno que mueve
á las confidencias. Llevó muy á mal Teresa
las razones con que el mocetón defendía su
secreto, y dándose por lastimada le dijo:
"Quita allá, tonto. Maldito el interés que
tengo en conocer á tu princesa del pan prin-
gado; métela en un escapulario y cuélgatelo
del pescuezo... No se te vaya á perder esa
reliquia... Según veo, has tomado careta y
arrumacos de salvajismo para hacerte el
interesante... y luego con cuatro bobadas
del Universo, del pensar de las estrellas, y
con el quitaos, ciudades, y el no me toquéis,
curas, te das tono y pasas por sabio... Dé-
jame que me ría de tí... Me haces gracia,
Iberillo.„ El reir de Teresa rasgaba el si-
lencio de la fría noche. No tardó en deri-
var hacia la seriedad con estos graves con-
ceptos: "Mira al cielo, Santiago, y verás
que las estrellas que me enseñaste van ca-
yendo de este otro lado, como la luna. Debe
de ser muy tarde... Dame la mano, y ayú-
dame á ponerme en pie, que estoy entume-
cida.,,
Levantóse, y cuando iban hacia la casa,
ó sea el carro, Teresa siguió hablando así:
"Te dije que de tí me reía... Fué por oirte,
Santiago... ¿Por qué callas? ¿Te has enojado
conmigo? ¡Valiente tonto! Verás... No es que
me ría de tí, sino que... Vamos, yo deseo tu
bien... Bueno es el salvajismo, pero no tan-
266 B. PÉREZ GALDÓS
to. Me gustaría que te dejaras aconsejar de
mí, y me contaras todo lo que has hecho y
lo que piensas hacer. Ya verías qué buenos
consejos te daba yo... Porque tú sabes cosas
del cielo; pero en las de la tierra no das pie
con bola.,, Callaba Ibero. Desconsolada del
silencio de él, Teresa pasó de la exhortación
á las quejas. "Ya ves, chiquillo: en tantos
días como has estado cerca de mí, no has
tenido conmigo la menor confianza. Toda-
vía no me has dicho lo que hiciste desde
que te vi en Valencia, allá por Junio, hasta
que nos encontramos en Fuentidueña y en
Villarejo hará quince días. ¡Seis meses de
vida que no quieres descubrir!... ¿En ese
medio año, navegabas ó qué hacías?... Y
otra: ¿qué comisiones llevabas tú á Villa*
rejo? ¿Era cosa de los oficiales que conspi-
raban en Tarragona, ó te mandó el capitán
Lagier con cartas y avisos al General, po-
niéndole en autos de otros preparativos?...
Todo esto debías decírmelo, así como lo de
tu novia, quién es, dónde vive, qué puntos
calza, qué pitos toca... Ya sabes que sé guar-
dar un secreto... y aunque sean dos.

Deje los secretos donde están, Teresita
— respondió Ibero, —
que cuando se les cam-
bia de arca, algunos en el aire se quedan.

Bueno, bueno: guárdatelos. ¡Pues na
eres poco avaro de tus pensamientos!... La
verdad, no he visto reserva como la tuya.
Y tus cosas son tan raras, que no hay cris-
tiano que las entienda. ¿Cómo se explica
que si has ido á tu pueblo y te has presen-
PRIM 267
tado á tu padre y á tu madre, consientan
éstos que andes en esa vida libre, arrastrada?
¿No están tus padres en buena posición? Si
es así, ¿qué padres son esos que te permi-
ten vivir á lo gitano?... ¿Es que tu padre te
tiene al servicio de Prim porque así le con-
viene?... ¿Es que don Santiago Ibero, mili-
tar retirado, también conspira?... ¡Vaya, que
es cargante tu silencio! Pues me reiré, me
reiré de tí. Sin duda conoces los planes del
General. ¿Sabes acaso qué miras lleva, qué
reformas hará cuando triunfe?
— Nada sé de lo que piensa el General f
ni pretendo saberlo. Soy muy pequeño para
que me digan ciertas cosas. Pero por lo que
me dicta mi razón natural, entiendo que el
General hará lo que llaman una revolución;
y decir aquí Revolución, será lo mismo que
decir Justicia.»
Queriendo Teresa manifestar de algún
modo ideas sensatas y positivas frente á las
vagas, tal vez quiméricas aspiraciones de
su amigo, soltó este pequeño programa:
"Andese don Juan con cuidado el día de la
victoria, si es que ese día llega. Que corte y
raje por donde quiera; todo puede hacerlo
menos destronar á doña Isabel y traernos
la libertad de cultos.,.
Ni aprobación ni conformidad oyó de los
labios desdeñosos del salvaje. Este habló de
otra cosa. "Métase en el carro, que viene un
gris traicionero y usted no está hecha á es-
tas frialdades... Ya despunta el alba... men-
sajera del sol... ¿Qué le pasa, Teresita; qué
263 B. PÉREZ GALDÓS
sobresalto es ese? ¿Tiene usted miedo? ¿Qué
teme usted viniendo conmigo?
— Sí, tengo miedo —murmuró la mujer,

demudada, temblando. Siento espíritus.
Por aquí andan, Santiago... y eres tú quien
los ha traído con las tonterías que me cuen-
tas... No me digas que no... Los he senti-
do... Por esta oreja me pasó uno, y aun creo
que me dijo algo... ¡Ay, ay, otro espíritu!
Y éste es de los malos, porque me ha dado
un empujón... ¿Te ríes?... ¿Pero cuándo ama-
nece, Dios mío? ¡Nunca vi noche más larga!
—Ya viene el día; ya los soldados sacu-
den el sueño; ya esos bultos tendidos son
menos inertes. Bajo las mantas se despere-
zan los brazos vigorosos... Mire usted más
allá, Teresa, junto á las encinas. ¿Ve unos
hombres que parecen salir de debajo de la
tierra? Son los cornetas que van á tocar
diana. La claridad blanca del día va devol-
viendo á todas las cosas su forma y color.
Observe usted el patear de los caballos; oiga
los relinchos con que dicen que han dormi-
do bastante.
—Lo veo; veo y oigo lo que dices... Pero
yo tengo miedo... Con la luz del día se van
los espíritus; pero dentro de mí queda el
miedo, este miedo que es mi conciencia su-
blevada, mi pena por el mal que hice. No . .

me convencerás de que no fui yo quien ma-


tó á Leal... Esta idea me vuelve loca... Y
el espíritu de Leal me persigue... y á donde
quiera que yo vaya irá él.„
Deseando tranquilizarla, Ibero la obligó á
PRIM 269
meterse en el carro donde tenía mantas pa-
ra entapujarse y requerir el sueño. En esto,
el frió cristal del aire fué rayado, como con
diamante, por el son agudo de los clarines
que tocaban diana. Era el himno militar,
no tan militar quizás como religioso; la voz
que con dejos de plegaria despierta á los
hombres y los llama á las obligaciones de
la guerra. Teresa, con nerviosa inquietud
tiritante, se arrebujó bien desde los pies á
la coronilla; luego descubrió el rostro para
decir: "Al toque de diana empiezan tus
quehaceres. Tienes que dar pienso á las
muías y ayudar á los carreteros... Entre
tanto me dormiré, que buena falta me hace.
Ya me va entrando sueño. Fíjate bien en lo
que te encargo: en cuanto acabes tus ocu-
paciones, vienes y me despiertas. Tengo
que decirte una cosa.
— Dígamela ahora.
—Ahora no puede ser: tengo que dormir
antes de decírtela... Vete... ya oigo el len-
guaje fino de los carreteros. Cuidadito, San-
tiago; vienes y me despiertas... No, no; aho-
ra no te lo digo.,,
Volvió á desaparecer entre las mantas el
lindo rostro. Minutos después, Teresa dor-
mía... con permiso de su conciencia. Y no
había terminado el salvaje Ibero sus faenas
matinales, cuando le sorprendió la súbita
aparición de Clavería, el cual, apartándose
con él de la caterva de machacantes y ace-
mileros, le dijo: "Prepárate, que vas á un
recado.
270 B. PÉREZ G ALDOS
—¿Lejos, señor?
— Como muy
lejos, lejos, no es... Pero
tampoco es cerca. A
Madrid tienes que ir.
Como no más que tu persona
tu bagaje es
y un lío en que metes dos mudas de ropa,
ya estás andando, que hay prisa. Sales aho-
ra mismo, tomas el camino de Orgaz, ¿ves?
por aquella loma... rumbo Norte clavado.
En Orgaz dejas á la izquierda el camino de
Toledo, y te vas hacia Almonacid del Cam-
po, y de allí derecho á pasar el Tajo por las
barcas de Ateca. Te indico ese camino por-
que no conviene que pases por Toledo, don-
de está Echagüe con la columna que nos
persigue. Andando todo el día... no es mu-
cho: doce leguas... puedes llegar á Villase-
ca, al otro lado del Tajo, antes de media
noche. Duermes seis horas... y mañana si-
gues por Pantoja, Yeles, Torrejoncillo, Par-
la, Jetafe... y en Madrid á las dos ó las tres
de la tarde. Eres buen andarín, excelente
geógrafo... no te detendrás á gandulear, ni
equivocarás el camino... En Madrid á las
tres de la tarde... Para no sofocarte, te pon-
go las cuatro. Ahora, fíjate bien en lo que
tienes que hacer en cuanto llegues. ¿Ves
esta carta? Has de entregarla á don Ricardo
Muñiz; pero en el sobre no se ha escrito este
nombre, sino otro con las mismas iniciales.
Mira, lee: Señor don Roque Muñoz. Lee este
nombre y olvídalo, porque la verdadera di-
rección, Ricardo Muñiz, ha de ir bien gra-
bada en tu memoria. Repite este nombre,
repítelo muchas veces. Que yo lo oiga, que

PRIM 271
yo lo vea bien grabado con buril dentro de
su sesera... „
Repitió Ibero elnombre y apellido hasta
que Clavería dijo: "Basta. Confío en tu agu-
deza y en el interés con que sirves al Ge-
neral. Pues lo mismo has de grabar en tu
memoria las señas, que no son las que aquí
se ponen: Carretas, 10. Olvida ésto, y coge
y graba verdadera dirección: Carmen, 1.
la
Repítelo»... "No es necesario— dijo Ibero,
valiente y seguro de sí mismo. Carmen, 1:
es muy fácil de recordar. Yo compongo este
barbarismo: Carmuñardo, donde están al
revés las sílabas más sonantes de las tres
palabras, calle, apellido y nombre. No se me
olvida; esté usted tranquilo.
—La carta está escrita en un lenguaje
cifrado y convencional, y si te la quitaran,
nada sospechoso ni justiciable encontrarían
en ella. La entregarás á ese señor en propia
mano, sin perder horas ni minutos. Toma
y guarda... Y
ahora, fíjate en un segundo
encargo, también del General... y mío (saca
otra carta). Aquí tienes... Esta no lleva la
dirección disimulada. ¿Ves? Señor don José
Rivas Chaves, del Comercio. Desengaño, 19.
Es una recomendación para que te coloque
en su comercio de telas. (Abre la carta;
Ibero la lee rápidamente.) ¿Te enteras? Tú,
el portador de la presente, vas á Madrid en
busca de colocación, y yo, que aquí firmo
José González, y me llamo correspoñsal de
Rivas Chaves en Orgaz, te recomiendo á
él... Todo es figurado: la carta, en escritura
272 B. PEREZ GALDÓS
invisible que Chaves hará salir del papel
por un procedimiento químico, le dice cosas
muy distintas de lo que va escrito con tinta
ordinaria. Este amigo mío te recibirá muy
. .

bien, y te dará lo que necesites para tus


gastos en Madrid, ó para los que tengas que
hacer luego... que>ún no he concluido, San-
tiago. Me has prometido sumisión, obedien-
cia absoluta.
— He prometido y cumpliré. ¿Qué tengo
que hacer?
—Pues desempeñados los encargos que
llevas á Madrid, te vas á Samaniego, no
como peatón desastrado, sino en el tren, y
con el empaque y avíos que te corresponden.
A este gasto proveerá el amigo Chaves. Ya
te dije que tus padres no consienten, se re-
signan á tu vivir errante, desligado de toda
disciplina... pero á condición de que dos ve-
ces al año, por lo menos, vayas á verlos. En
Julio último, después de lo de Valencia,
fuiste allá. Prometiste volver en Octubre y
ésta es la hora que...
—No pude— dijo Ibero prontamente.— En
Septiembre fuimos al Mar Negro, á cargar
de trigo, y no volvimos hasta muy avanza-
do Noviembre. Después...
— Sea lo que quiera, irás á Samaniego
y pronto. Tu padre, que pudo someterte de-
jándote coger el chopo á la edad en que todo
español es soldado, no lo hizo, y te redimió
del servicio militar... Tu padre tiene debili-
dad por tí; cree que en tu independencia sal-
vaje hay como una exaltación de los senti-
PRIM 273
mientos más puros y una quinta esencia de
las ideas más honradas y nobles... Yo no sé
si está en lo cierto, ó tan alucinado como tú.
En fin, has de ir á su presencia. Tanto San-
tiago como tu madre desean que pongas al-
guna regularidad en tu emancipación. Me
consta que han escrito al capitán Lagier para
que te encarrile un poco, obligándote á es-
tudiar formalmente y examinarte de piloto,
que la marina mercante es honrosa carrera.
Con esto, ya sabes cuanto tenía que decirte...
Falta una cosa: toma dinero para lo que ne-
cesites en el viaje de aquí á Madrid. Si en
los pueblos de la Sagra encuentras algún
galerín ó coche- correo, lo tomas, y anticipa-
rás unas cuantas horas tu llegada. Recoge
tus bártulos, y ya estás echando á correr.
Adiós, y hasta la vista, que lo mismo puede
ser en Madrid que en el valle de Josafat...
Adiós. „
En un periquete se dispuso Ibero para
Una duda cruelísima le atormentó
partir.
breves momentos. ¿Qué haría: despertar á
Teresa para despedirse de ella, ó largarse
con la fácil despedida que llaman á la fran-
cesa? Acercóse al carro y vió el informe
bulto liado en mantas. Vagamente mar-
cábase al exterior el cuerpo de la buena
moza, como una escultura embalada para
el transporte. La quietud y rigidez del en-
voltorio indicaban profundo sueño. No, no:
¿á qué despertarla?... Seguramente se dole-
ría de verle partir, porque él en su errante
soledad la entretenía con amenas conversa"
48
274 B. PÉREZ GALDÓS
ciones... Pensó hacerle una muda despedida
colocando sobre ella algunas flores, que no
habían de ser ofrenda de enamorado, sino
de amigo... Pero ni rastro de flores se veía
en aquel adusto y enriscado suelo. Fué, y
¿qué hizo? Cogió unos tomillos olorosos, y
con cuidado los puso en aquella parte del
bulto que al pecho correspondía. "Ya com-
prenderá que he sido yo quien le ha puesto
los tomillos — decía el hombre al retirar-
se.— ¡Pobrecilla! ¿Y si cree que se los han
puesto los espíritus... ?„

xxvn
Con ánimo decidido emprendió el gran
Ibero su marcha hacia los Yébenes, por un
país rocoso y montaraz, más habitado de ali-
mañas que de personas. Guiábale su sentido
geográfico, admirable don que aprendido pa-
recia del trato con las aves emigrantes; alas
le daba su deseo de cumplir lo mandado y de
contribuir á los planes del General, y por
fin, el ir á Madrid en aquella ocasión cau-
sábale gran regocijo, por las razones que él
mismo habría dado á conocer si su reserva
característica no rigiese lo mismo para sus
amigos que para los lectores de sus aven-
turas.
En esta favorable disposición atravesó bre-
PKIM 275
ñales, quintos y dehesa^; pasó el Amargui-
llo, las asperezas de la sierra de
y salvando
Orgaz, llegó á la feudal villa de este nom-
bre, donde dió á su cuerpo un reparo nutri-
tivo, siguiendo hacia Mascaraque y Almo-
nacid. En terreno menos quebrado fué su
marcha más segura y metódica; á nadie pre-
guntó el camino; derecho iba en basca del
río Algodor, por cuya margen izquierda ha-
bía de llegar á la barca del Tajo. ¿Quién le
enseñó esta topografía? Dios y un plano que
en Madrid meses antes había visto. Ello es
-que felizmente pasó en la barca poco des-
pués de anochecido, y que impávido se me-
tió en los despejados campos de la Sagra;
durmió cinco horas en un mesón de Villa-
seca, y á las tres de la madrugada empren-
dió de nuevo la caminata. El limpio y es-
trellado cielo que en aquella seca región
multiplica la opulencia de sus constelacio-
nes, le fué de gran compañía y entreteni-
miento en su viaje. Después de reconocer
sus amistades estelarias del Zodiaco y del
hemisferio Sur, puso toda su atención en la
Polar, que veía sin mover los ojos ni la ca-
beza, pues hacia ella derechamente camina-
ba; y adorándola por su inmovilidad más
que á las otras vagabundas, con ella con-
versaba en estilo mixto de oración y confi-
dencia.
Soñador caminante, así decía: "Hacia tí
voy, hacia tí van mis pasos y mi corazón,
estrella de la constancia y de los pensamien-
tos inmóviles. ¿Qué hombre no tiene una
276 B. PÉREZ GALDÓS
Polar en su alma? Yo la tengo, y toda mi
vida gira en derredor de ella... A tí, Polar
del cielo, miro yo, porque en tí veo laimagen
de mi estrella terrestre, puesta en esos altos
altares para que yo la adore. Mi estrella es
como tú, inmutable, señora de todo el Uni-
verso y señora mía...„ Si no con los térmi-
nos precisos que aquí se ponen, con otros
semejantes hablaba Ibero en sus coloquios
con la Polar, y ello era de dientes adentro,
que si fuera en lenguaje sonado y si alguien
lo escuchara, se le tendríapor poeta desca-
rriado que al ritmo de su andar componía
versos sin rima... Ai pasar por Yeles, acla-
rando el día, un galerín de seis asientos qu8
sólo llevaba cinco personas, le brindó fácil
transporte á Madrid. Ajustóse con el mayo-
ral, metióse en aquella caja con ruedas, y
como el camino no era malo y las caballe-
rías supieron cumplir, al filo de las diez y
media dio fondo el gran Ibero en la Cava
Baja.
Poniendo el deber sobre todo, sin tomar
descanso ni alimento, se fué el mensajero á
cumplir la misión que un bárbaro signo,
Carmuñardo, representaba en su mente. Las
once marcaba el reloj de la Puerta del Sol
cuando Santiago entraba en el número l,
calle del Carmen. Dijéronle en la casa que
don Ricardo no estaba y que no volvería
hasta las doce. Como á nadie podía confiar la
carta, y el hambre le apretaba, se fué á co-
mer un bocado en un bodegón de la calle
de la Paz. Minutos después de las doce vol-
PüIM 277
vió á la casa de Muñiz y fué recibido por
éste, que á la primera impresión pareció
receloso; mas leído el sobre y conocida la
letra, se le alegraron extremadamente los
ojos. Encerrado con el mensajero en su des-
pacho, leyó la carta sin chistar, no una, sino
dos ó tres veces, y acto continuo, pidió al
recadista noticias de la columna, de la sa-
lud de Prim y sus amigos, de la moral de
las tropas sublevadas, de cómo eran recibi-
das en los pueblos, del camino que habían
tomado al salir de Urda. A todo, menos á
esto último, contestó Ibero cumplidamente.
Ignoraba la dirección que don Juan segui-
ría, aunque la creencia más general en la
columna era que iban á Portugal. Sonrió
Muñiz al oir esto. Bien podía ser que Prim
tomara la ruta más inesperada. Era hombre
de arranques prontos, de inspiraciones y co-
razonadas.
Dicho esto, don Ricardo hizo al joven ofre-
cimiento de comida y albergue, así como de
dinero para sus necesidades. Agradecién-
dolo, respondió Santiago que otro amigo del
señor Clavería, para el cual también traía
carta, estaba encargado de atender á sus
gastos en Madrid: era el señor Rivas Chaves.
Al oir este nombre, dijo Muñiz con albo-
rozo: "Me lo he figurado... ¡Chaves... gran-
de amigo mío! Hemos estado juntos toda la
mañana; nos hemos separado en la puerta
de esta casa... Vete corriendo á la suya, Des-
engaño, 19, que está el hombre impaciente
por recibir lo que traes: me consta. „ Ad-
278 B. PÉREZ GALDÓS
virtiéndole que volviese á la misma hora en
los días sucesivos, hasta la escalera le acom-
pañó sonriente Ricardo Muñiz, hombre da
mediana estatura, calvo, de bigote negro y
ojos muy vivos, revolucionario inquieto y
sutil, que movía con singular disimulo y
agilidad las teclas de la conspiración.
Con pie ligero subió Santiago desde la
calle del Carmen á la del Desengaño. Su
presencia eji la tienda de Chaves fué moti-
vo de sorpresa y curiosidad para los depen-
dientes, que medían varas de tela ó mos-
traban á las parroquianas refajos, chambras
y vestiditos de niño... El señor Rivas Cha-
ves, corpulento, gallardo y barbudo, mandó
á Ibero que le siguiese al interior de la tien-
da, y de allí, por angosta escalera, le con-
dujo á una habitación del entresuelo: sin
duda le esperaba. La estancia tenía aspecto
de escritorio comercial, y en la estrechez de
ella se paseaba melancólico, las manos á la
espalda, un señor de buena estatura, con ga-
bán corto no muy lucido. Apenas entraron,
Chaves, impaciente y nervioso, arrebató la
carta de manos de Ibero. Diciendo á éste es-
pérate aquí, cogió del brazo al caballero pa-
seante y se lo llevó á un aposento próximo .
En el andar, en las miradas, en el silencia
mismo de los dos hombres, entrevió Santia-
go un misterio íntimo y una ansiedad ex-
pectante.
Solo en la estancia, quedó Ibero en gran
confusión, apurando su pensamiento y su
memoria en una labor de acertijo. Aquel
PRIM 279
sujeto del rostro melancólico y del agitado
paseo no era para él desconocido. ¿Quién
era, Señor?... Le había visto, sí, no una sola
vez, sino muchas. ¿Dónde, dónde?... Apre-
tada la memoria y puesta en prensa, expri-
mió alguna luz sobre aquella persona. Sí, sí:
le había visto en Samaniego, en su propia
casa... La memoria, cediendo á la presión
violenta, arrojó más claridad... "Ya, ya se—
dijo: — este señor es amigo de mi padre... Mi
padre se crió en un pueblo de las Cinco Vi •

lias de Aragón. El caballero desconocido es


también de las Cinco Villas, militar como
mi padre, más joven que él... Aun creo re-
cordar que tienen parentesco lejano. Sí, sí;
cuando yo salí de mi enfermedad estuvo vi-
viendo en mi casa cuatro días.,, La memoria
del joven refrescó y vivificó incidentes obs-
'

curecidos por el tiempo... Creía estar viendo


á su padre, de sobremesa, hablando de gue-
rras con el amigo aragonés, hombre muy ve-
hemente y despierto, entendido en topogra-
fía militar. Era él, era él. Acabó Ibero, con
ímprobo trabajo, por sacar de la obscuridad
la figura y reconstruirla totalmente. Perso-
na, condición, carácter, todo lo tenía ya; no
le faltaba más que el nombre, y éste se le
escurría agazapándose en las tinieblas. Pero
ya saldría, que la memoria tiene lóbregos
desvanes donde suelen parecer las cosas más
olvidadas y perdidas.
Sin abandonar este trajín mental, pensó
Ibero que Chaves y el aragonés estarían re-
velando la carta. La escritura secreta traza-
280 B. PÉREZ a ALDOS
da con zumo de limón, era invisible hasta
que se pasaba una plancha caliente por el
papel, ó se le aproximaba á un brasero. No
debió de ser breve esta operación, porque los
dos señores tardaron en volver al escritorio.
Quizás después de dar visibilidad á los ca-
racteres ocultos, se entretenían en comentar
lo que con ellos se les decía. Por fin, Ibero
sintió pasos, voces. El primero que apareció
fué el caballero de las Cinco Villas. Santia-
go le vió de frente, cara á cara; vio su nariz
aguileña, su bigote castaño, y al fijarse en
lo más característico de su rostro, que era la
depresión y hundimiento del labio inferior,
la memoria le dió con fulgor de relámpago
el nombre del sujeto: ¡Moriones!
Despidiéndose del Chaves con breve fór-
mula, salió el Moriones disparado, como
hombre de apremiantes negocios que no
tiene un momento libre. No se fijó en Ibero
ni le hizo maldito caso. En cambio, el bueno
de don José, dulcificándose de improviso y
acariciándose la bíblica barba espesa, estre-
chó la manó del mensajero, y con agrado y
simpatía le dijo: "Ya me encarga Jesús que
te atienda, joven. Vaya, vaya... con que eres
aquel muchacho perdido... por los años de...
ya no me acuerdo. No pasamos pocas sofo-
quinas Jesús y yo buscándote... Ya sé que
eres de una gran familia, y que por tu natu-
ral... así, un poco aventurero... vives más en
la mar que en suelo firme... Bien, hijo, bien.
¿Con que liberal decidido, y si á mano vie-
ne, democrático? .. Pues ahora hemos de
PRIM 281
arreglarte mejor facha de la que traes, y po-
nerte, como el que dice, bien portado y ele-
gantito.,,
A esto replicó Iberoque se adecentaría
de ropa, conservando siempre un empaque
modesto, pues no estaba en su natural pre-
sumir ni hacer el currutaco. "Bien, hijo,

bien— manifestó Chaves. Deja de mi cuen-
ta el buscarte la ropa. Aquí tengo blusas
azules de maquinista, y pantalones y cha-
lecos de pana... Te pondremos de trabaja-
dor honrado, limpio y decente. Un chaque-
tón de abrigo no te vendrá mal... Yo me
encargo... Mañana estarás como nuevo.,,
Tratóse luego de la casa de huéspedes en
que Ibero había de alojarse, y á las ideas de
Chaves opuso el interesado su pensar propio
en esta forma: "Póngame usted, don José,
en buena casa donde yo no esté más que
para dormir. Me gusta vivir libre, comer
aquí y allá, en tabernas, bodegones, ó don-
de me diere la gana. Aborrezco las casas de
pupilos, donde no encuentra uno más que
estudiantes de carreras, ó empleaduchos que
no le hablan á usted más que de la oficina,
del jefe, y de mil tonterías. No puedo conte-
ner mi genio, y en las dos temporadas cor-
tas que he tenido que pasar en Madrid, era
raro el día en que no me liaba á trompazos
con mis compañeros de casa.
"Bien, hijo— dijo Chaves tentado á la risa.
—Eres de temple durillo... Dios te conser-
ve tus malas pulgas, que por ellas serás
hombre de respeto.,, Según entendió Ibero,
282 B. PÉREZ GALDÓS
era Chaves un progresistón crédulo y fanáti-
co, de éstos que se embriagan con las ideas y
enloquecen con la acción, llegando, por su-
cesivo abandono de sus obligaciones particu-
lares, á comprometer sus intereses y dejarse
tragar por el monstruo de la cosa pública.
Un día bastó al diligente don José para
proveer á Ibero de alojamiento y ropa. Esta
era tal como el austero joven la deseaba, y
también fué de su agrado la casa silencio-
sa y decente, en la calle de Santa Margarita
(plazuela de Leganitos). Sólo tres huéspedes
había en ella: un cura, un militar de reem-
plazo, y un señor esmirriado y taciturno que
ocupaba la mejor habitación de la casa, y en
ella pasaba casi por entero las horas del día,
entre libros apilados en el suelo y enormes
masas de papel escrito ó por escribir. Como
Ibero no comía en la casa, su trato con los
huéspedes reducíase al breve saludo cuando
la casualidad los cruzaba en el pasillo. La
patrona, doña Mauricia Pando, viuda de un
capitán fusilado por Cabrera en Burjasot,
era una decadente señora, bien nacida y un
poquito chiflada, que sólo admitía huéspe-
des recomendados y juiciosos. A Ibero tra-
taba con singulares distinciones por la for-
ma en que el amigo Chaves le había reco-
mendado. En la sencillez del equipaje del
joven y en su vestir humildísimo no vió
penuria, sino misterio, disimulo de grande-
zas; que la buena señora procedía del Ro-
manticismo, y en su alma quedó la deforma-
ción poética de las cosas humanas.
PRIM 283
Respetando el incógnito, doña Mauricia se
abstenía de interrogar á su huésped; pero
satisfacía su apetito de charla hablándole de
los tres señores que con él vivían bajo el mis-
mo techo. Con referencia al que más curio-
sidad despertaba en Ibero, habló de este
modo: "Ese señor que ocupa la sala, y que
es, como usted ve, prudente, modoso y bien
criado, tiene tanto talento, según dicen, que
de la fuerza de las ideas y de la quemazón
de su pensar estuvo trastornadito, y aun to-
davía tiene ratos en que parece no estar bien
de la jicara. Allí le tiene usted noche y día
escribiendo la Historia de España, una his-
toria nueva que dicen ha de ser el asombro
del mundo, porque en ella todas las cosas y
sucesos van por la buena, quiero decir, que
no es una Historia triste y desagradable, co-
mo la que estamos viendo todos los días, sino
alegre y consoladora, como en rigor debiera
ser siempre. Ya lleva escritos, si no me en-
gaño, catorce tomos tremendos, que son
aquel rimero de papel que tiene en el suelo
junto á la mesa... Parece que allí ha metido
casi la mitad de este siglo, y ello ha de ser
cosa buena, porque, según él mismo me ha
dicho, ha suprimido las calamidades del rei-
no, y en vez de la maldita guerra facciosa,
pone cosas que harían felices á la nación si
fuesen verdaderas... Pero yo le digo que aun
siendo mentiroso lo que escribe, ha de gus-
tar mucho cuando seimprima y pueda leer-
lo todo el mundo... pues harto hemos llora-
do ya sobre las verdades tristes... En fin, es
284 B. PÉREZ GALDÓS
un huésped que no me da ninguna guerra.
Paga todos sus gastos el Marqués de Bera-
mendi, y como tengo encargo de tratarle á
cuerpo de rey, para él traigo lo mejor de la
plaza.,,

XXVIII

Apenas estrenada la ropa, se lanzó Ibero


al laberinto de las calles de Madrid. Las
horas y los días se le pasaban sin sentirlo,
pisando aceras y cruzando empedrados, mi-
rando números, subiendo y bajando esca-
leras, tirando de campanillas, y en fin, in-
terrogando á innumerables individuos del
gremio porteril. Si buscar una aguja en un
pajar es ardua tarea, no lo es menos buscar
entre cuatrocientos miles de almas una fa-
milia cüya residencia se ignora. Pero ni la
familia ni el rastro de ella encontró Santia-
go, aunque lanzado anduvo como pelota de
barrio en barrio, sin que alma viviente le
diese las referencias que con tanto ardor
buscaba. Cansado de inútiles correrías, lle-
vó sus dudas y franqueó su secreto al buen
tendero de la calle del Desengaño. Véase lo
que hablaron:
"¿Conoce usted, señor de Chaves, ó ha co-
nocido, á un teniente coronel, de clase de
tropa, llamado don Baldomero Galán, que
á más de parecerse á Espartero en el nom-
PRIM 285
bre, se le parece en la figura bigote de
:

moco, patillitas, un poco de tupé, un mu-


cho de tiesura gallarda?

Sí, hijo, sí. Ese Galán tiene por mujer
á una navarra guapísima, quiero decir, que
lo fué y todavía conserva buenos pedazos.
Si no recuerdo mal, sus paisanas la llaman
doña Saloma.
— Ella es, ellos son— dijo Ibero sin disi-
mular su regocijo.— Sabrá usted también
que tienen una hija...

¡Ah, sí!... Ya voy recordando: una hija
preciosa, una divinidad... y si no me enga-
ño, se llama como la madre, Salomita... Sí,
sí: mi mujer los conoce. Han vivido ahí cer-
ca, en la calle de Silva.
— Pues esa Salomita— declaró Ibero algo
ruboroso, desembozándose de golpe y mos-
trando, quizás por primera vez, toda su al-
ma,— esa... es mi novia, señor don José.
—Bien, hijo. ¿Los padres consienten...?

No, señor: consiente ella, que es lo que
me importa; en su busca voy para cogerla y
llevármela... Es voluntad suya y voluntad
mía. Don Ba^ldomero está á matar conmigo,
y doña Saloma no cesa de echarme maldi-
ciones. Pero yo y la que ha de ser mi mujer
no nos paramos en barras. Ya hemos acor-
dado unirnos para siempre. Falta la ocasión,
y eso es lo que busco. Según mis ideas, bas-
tan nuestras voluntades para formar nueva
familia. Si los padres no quieren bendecir-
nos, nos bendeciremos nosotros, debajo de
la bóveda del cielo.
286 B. PÉREZ GAIiDÓS
—Bien, hijo, bien... Pero... ¿no te parece
que vas muy lejos y que corres demasiado?
Modérate un poco, hijo. La autoridad délos
padres, la sociedad, la familia, ¿eh?... Y
luego, el sacramento, la religión, ¿eh?...„
Dijo esto el bravo patriota echándose atrás
como asustado y mirando á los ojos del im-
perturbable Ibero... En su casa era Chaves
un hombre patriarcal, bondadosísimo, aman-
te de su mujer y de sus hijos pequeñuelos,
á quienes mimaba con extremosas ternuras;
era en la calle un agitador ardiente que por
sucesivas excitaciones y compromisos había
llegado á la mayor vehemencia y á la furia
desatada; en su casa era pacífico, dulce, cre-
yente, como el que vive dentro de un régi-
men que no ha de alterarse nunca; en la
calle, la pasión sectaria y el fracaso de las
tentativas sediciosas le llevaban hasta la fe-
rocidad; en su casa faltábale poco para re-
zar el rosario con su mujer, y se preocupaba
de que sus hijos aprendieran bien el cate-
cismo; en la calle ponía toda su alma y todo
su dinero al servicio de una Causa que por
medios violentos había de triunfar de la
Causa no le espantaban los ríos
contraria;
de sangre, en ellos perecía el enemigo. Y
si
la Causa era, en suma, un ideal fantástico
y verboso, un Progreso de fines indecisos y
aplicaciones no muy claras, una revolución
que tan sólo cambiaría hombres y nombres,
y remediaría tan sólo una parte de los males
externos de la Nación.
Extensamente hablaron Ibero y su amigo
PRIM 287
de la familia Galán. Hacía meses que Chaves
no sabía de ella. Preguntó á su señora, y ésta
dijo que don Baldomero llegó á Madrid con
su familia por segunda vez al mes siguiente
de la noche de San Daniel. Venían de Tor-
tosa. Confirmó Ibero estas referencias. En
Tortosa había sido su conocimiento con Sa-
lomita, en Abril del año anterior. Luego se
vieron en Madrid en pleno verano... Agregó
la señora de Chaves que por Todos los San-
tos las Galanas abandonaron la Corte, qui-
tando la casa y llevándose los muebles... ¿A
dónde fueron? Este era el enigma. Dijeron
que á Pamplona; pero en la vecindad se ase-
guraba que don Baldomero iba á uti castillo,
y ellas á Francia. Por último, Chaves acon-
sejó á Santiago que fuese á ver á Muñiz,
quien de fijo sabía dónde andaba Galán, pues
éste seguramente era de los comprometidos
en las tentativas del año anterior, descubier-
tos y sujetos á vigilancia.
No tardó Ibero en personarse en casa del
bravo Muñiz, á quien encontró de malísi-
mo talante. Don Juan Prim había pasado la
raya de Portugal con su columna. Ya era
locura pensar que volviese sobre Madrid
<5on arrogante quiebro, dejando atrás á Za-
bala y Echagüe. Esta ilusión atrevida y ri-
sueña no nació en las almas de los patrio-
tas amigos de Prim que en Madrid trabaja-
ban; vino de Urda, apuntada como un pro-
yecto no quimérico en la carta traída por
Ibero. Pero todo Se lo había llevado la tram-
pa. Otra vez triunfaban los demonios pro-
288 B. PÉREZ GALDÓS
tactores de Isabel II, demonios vestidos de
ángeles... ¿Pero á qué divagar en lamenta-
ciones estériles? El caudillo se metió en Por-
tugal porque no pudo hacer otra cosa... Si
era cierto que Zabala y Echagüe tenían ór-
denes reservadas de no cogerle, también
de seguro las tenían de imposibilitarle todo
movimiento que no fuera la entrada en el
Reino vecino. Y esto no era en verdad más
que un alto, un respiro en el jadeante y he-
roico marchar, cuesta arriba, hacia la re-
dención de España; en aquel descanso, Prim'
herraría su caballo para continuar su insen-
sato correr tras el ideal. Concluida una eta-
pa sin éxito, se empezaba otra. Los corazo-
nes no conocían el desmayo, y en cada caída
rebotaban con más fuerza. Esto lo expresa-
ba Muñiz con vulgar modo, acabando por
decir: "Por muy jorobados que quedemos en
cada fracaso, no se nos arruga el ombligo...
y seguimos, seguiremos... con más ríñones
que el caballo de Santiago.,,
Aquel día no pudo Ibero adquirir las de-
seadas noticias. Muñiz no se acordaba... re-
visaría sus papeles... Dos días después le
encontró muy inquieto; acababa de llegar
de la calle sofocadísimo, y tenía que salir
sin perder minutos, y correr á casa del gene-
ral Gándara, con quien estaba citado para
visitar juntos al Padre Claret. Véase el ca-
so: en la desgraciada intentona del 3 de
Enero, los Cuerpos de Caballería comprome-
tidos en Alcalá no llegaron á pronunciarse,
porque los cogió en el momento crítico el
PRIM 289
general Vega Inclán, y la cosa se arregló,,
como si dijéramos, en familia. Echóse tierra,
que es en ocasiones la mejor compostura de
estos descosidos de la Ordenanza. Pero toda
la tierra echada con generosa espuerta no
bastó á cubrir á un capitán y á varios sar-
gentos de Cazadores de Figueras, que sa
habían comprometido públicamente sin la
cautela y cuquería que los más usaban. Pa-
garon por todos: una Justicia desigual es-
carmentó á los menos avisados; un Consejo
de guerra condenó á muerte al desgraciado
capitán Espinosa y á varios sargentos. In-
tentaron algunos progresistas salvarles la
vida, y anduvieron de O'Donnell á Pilatos
y de Caifás á Posada Herrera sin hallar mi-
sericordia. En la desesperada, Muñiz dis-
currió acogerse á los sentimientos cristianos
del Padre Claret. Este buen señor se puso
muy compungido cuando Muñiz y Gánda-
ra solicitaron su intercesión en favor de
los reos. Prometió hablar á la Reina; pero
si en efecto intercedió, no le hicieron caso.
El 3 de Febrero fué pasado por las armas Es-
pinosa; pocos días antes sufrieron igual su-
plicio los sargentos. Se dijo que doña Isa-
bel quería perdonar; pero el Rey don Fran-
cisco y la camarilla pedían castigos impla-
cables.
Pasados estos afanes, pudo Muñiz, revi-
sando cartas y apuntes, decir á Santiago que
don Baldomero Galán estaba en Miranda de
Ebro, no con mando de tropas, sino al ser-
vicio clandestino de la revolución. Era muy
49
290 B. PÉREZ GALDÓS
afecto á Prim, pero tan corto de inteligencia,
que se le vigilaba para enmendar sus torpe-
zas ó contener su celo impulsivo. "Es hom-

bre decente y leal— añadió, pero más terco
que una muía. Mal suegro te ha caído. No
esperes que te dé el consentimiento si lo ha
negado ya. Es de los que remachan sus ideas
como si fueran clavos, para que nadie pue-
da sacárselas de la cabeza. De doña Saloma
sé que ha sido hermosa. Antes de casarse
con don Baldomero, tuvo que ver con un
cura que andaba en la facción de Zumalaca-
rregui. Me lo contó un coronel navarro con-
venido de Vergara. Otra cosa: no están la
madre y la hija con don Baldomero, sino en
Francia, no lejos de la frontera. Búscalas
entre Hendaya y Bayona.,,
Oído esto, levantóse Ibero, y secamente
pidió á su amigo órdenes para el Norte de
España y Mediodía de Francia. "Desde que
salí de Úrda— dijo, —es mi destino caminar
derecho, derecho hacia la estrella Polar.
Viéndola delante de mí vine á Madrid, y
ahora la veré también guiándome los pasos.
Iré por de pronto á Miranda; de allí á Sa-
ín aniego, que es corto viaje; de Samaniego
á Vitoria, por Peñacerrada y Treviño; y de
Vitoria no sé... Ya lo dirán los aconteci-
mientos.,, Desconforme con estos planes,
Muñiz le dijo: "Tengo carta reciente de Cla-
vería en que me encarga que te utilice para
nuestros trabajos. Ea, camarada, compagi-
nemos tus proyectos con los míos. Yo tam-
bién tengo que ir hacia esa estrella que di-
PRIM 291
oes: en cuanto arregle ciertas cosas, saldré
para Valladolid, Burgos, Vitoria y San Se-
bastián. Aguárdate tres días y nos vamos
juntos.,, No podía rechazar Ibero proposi-
ción tan bondadosa, y enfrenando su loca
impaciencia declaró que esperaría. ¿Qué ha-
bía de hacer el pobre? Su salvajismo se des-
virtuaba gradualmente por causa del con-
tacto social. Y es que los salvajes de cuali
dades más agrestes se echan á perder en
cuanto sus codos tropiezan con los codos de
la civilización.
Aburrido y sin ningún quehacer en Ma-
drid, Ibero repartía sus horas entre el lento
vagar por las calles y las visitas á su amigo
Chaves, con quien á ratos departía. Allí se
dió á conocer al comandante retirado don
Domingo Moriones, el cual recordaba go-
zoso su amistad con Santiago Ibero, y los
días alegres pasados en la opulenta casa rio-
jana. Con estas referencias, la persona de
Santiago se iba creciendo á los ojos de Cha-
ves, que no sólo veía en él al ardiente parti-
dario de Prim, sino á la persona de posición,
nacida de padres ilustres. Por esto y por la
simpatía que el mozo se ganaba cuando se le
iba conociendo íntimamente, el patriarca
masónico puso en él sus afectos, y con los
afectos su confianza. En uno de aquellos re-
servados coloquios, se arrancó á decirle: "El
fracaso del 3 de Enero nos mueve á prepa-
rar con toda nuestra alma otro movimiento
<que ha de ser decisivo. Hasta el mes de Abril
no podremos armar todo el tinglado... ¡pero
292 B, PÉREZ GALDÓS
qué tinglado, hijo!... morimos todos ó Es-
paña será libre.,,
Decía esto don José pasándose suavemen-
te la mano por su apostólica barba negra,
salpicada de algunas canas, y al hacerlo, las
chispas no salían de su barba, sino de sus
ojos. El hombre se electrizaba cuando la
hirviente vesania política se le salía por la
boca con raudales de indiscreción. Y algu-
nas tardes y noches le vió Ibero en el en-
tresuelo y en la trastienda (mientras los de-
pendientes comían), abriendo y cerrando
puertas disimuladas, y guardando bultos de
mercancías cuyo contenido no se apreciaba
por las formas del embalaje. De doble fondo
eran algunas anaquelerías, y entre tabiques
había huecos atestados de extraños paquetes
y fardos. Comprendió Ibero que la tienda y
el entresuelo de la casa eran un riquísima
depósito de trabucos, pistolas y escopetas,
suficiente arsenal para satisfacer el ansia
guerrera de los patriotas madrileños. ¡Ah,
cuántas cosas estupendas y terroríficas po-
dría ver el salvaje en casa de su amigo ó en
las calles de Madrid si sus obligaciones y
afectos no le llamaran al Norte! Todo lo te-
nía dispuesto, ropa y avíos, en un maletín
de mano, y para bajar á la estación no espe-
raba más que la orden de Muñiz. Esta llegó
al cabo, y loco de contento se retiró á su ca-
sa; que cuando esperamos la hora de un par-
tir dichoso, conviene encerrarnos y evitar
así cualquier emergencia que nos detenga ó
nos inutilice para el viaje.
PRiM 293
Paseándose en su jaula, dígase habitación,
á cada instante consultaba la muestra de un
reloj de plata que le había regalado su ami-
go Chaves. Aún faltaban cuatro horas largas.
¡
Desesperante lentitud del tiempo! Viéndole
tan inquieto, fué la patrona á darle conver-
sación: de diferentes tópicos hablaron, y por
fin doña Mauricia le sacó al comedor con
estas afables razones: "Venga, venga acá,
señor mío, que la soledad estira el tiempo
y buena compañía lo acorta. Aquí verá
la
si amigo don Juan Confusio, que desde
ayer no tiene otro pío que echar un parra-
üto con usted. „ En efecto: en el comedor
aguardaba el eximio historiógrafo, que hizo
pausada reverencia de corte. Contestó seca-
mente Ibero á saludo tan ceremonioso, sin
disimular el asombro que le causaba la figu^
ra amojamada, casi esquelética, del infeliz
Santiuste. Por un momento creyó habérse-
las con uno de aquellos buenos espíritus
á quienes familiarmente trataba en evoca-
ciones nocturnas. No paró mientes Gonfu-
sio en aquel asombro, y desató su locua-
cidad en esta forma incoherente: "Deseaba
mucho ofrecer al señor mis respetos... Ya le
conocía desde hace tiempo, in mente. Cuan-
do le vi hace días en el pasillo, el respeto y
la admiración me dejaron mudo... Porque
usted negará su alta jerarquía; pero no pue-
de negarme su semejanza con el Príncipe
Pilaron. La sencillez y humildad de su tra-
je no bastan á ocultar la realeza.» Atónito
miraba Ibero al desatinado historiador, y
294 B. PÉREZ GALBOS
luego á doña Mauricia, como pidiéndole ex-
plicación de los disparates que oía. Con di-
simulado gesto la patrona le indicó que no-
hiciese caso, y que le dejase despotricar sin
contradecirle. Acto continuo intervino en
la conversación con esta benévola frase:
"Aquí el señor Confusio está escribiendo
una historia magnífica, la mejor que se co-
noce, según dicen.
—MiHistoria no es la verdad pedestre, si-
no la verdad noble, la que el Principio divina
engendra en el seno de la Lógica humana.
Yo escribo para el Universo, para los espí-
ritus elevados en quienes mora el pensa-
miento total. Yo abandono el ambiente pu-
trefacto que nos rodea; saco mis pies de
este lodo de los hechos menudos, y subo,
señor mío, subo hasta que mis oídos pierden
el murmullo terrestre, y mis ojos el falsa
brillo de las mentiras barnizadas de verda-
des. Yo
subo, señor, y arriba escribo la His-
toria lógica,y pinto la vida ideal. Mis lecto-
res no son de este mundo.,, Oyendo esto,.
Santiago dudó si el historiador era un loca
de atar, ó un espíritu proscripto que, enca-
denado en la tierra, poseía el secreto de la
razón de la sinrazón. Sintiendo vaga sim-
patía por el escuálido sujeto, le preguntó:
"¿Y esa Historia, cuándo se publicará?

Aconséjele usted, don Santiago— indi-
co la patrona,— que no deshaga lo hecho ni
rompa lo escrito, pues con tantas enmiendas-
y tanto quita y pon, no adelanta el buen
señor lo que debiera.
PRIM 295
—Es que... verá usted— dijo con treman-
te voz Confusio:~el anhelo de perfección
nos obliga á frecuentes alteraciones de la
forma y del plan... En el capítulo XXII de
mi obra describí... la muerte que dieron en
Cádiz á Fernando VII los Constituciona-
les... verá usted... Luego... verá usted... el
desarrollo histórico me ha llevado á conse-
cuencias ilógicas y á frialdades antiestéti-
cas... He creído que debo resucitar al Rey,
mejor dicho, que debo anular aquel capítulo
y escribir otro... Fácil es comprenderlo: la
muerte de Fernando me desequilibra la ra-
za... ¿No lo cree usted así? Aconséjeme:
¿debo resucitar al tirano, ó dejarle en la se-
pultura?,, Ibero no sabía qué contestar. Por
último dijo: "Déjele usted muerto, que ya
vendrá por aquí su espíritu... á hacer de las
suyas, y á equilibrar á España...,,
En este punto del coloquio, penetró de
rondón en el comedor una señora, amiga de
doña Mauricia. Como había estado allí por
la mañana, los saludos fueron brevísimos.
Los dos hombres se levantaron, y el buen
Confusio, ya por no gustar de la visita, ya
por hablar á solas con el disfrazado Prínci-
pe, cogió á éste del brazo y se lo llevó á su
aposento. Quedaron, pues, sentaditas una
junto á otra las dos señoras, que al punto
pegaron la hebra con locuacidad comadril.
Era la visitante una sexagenaria remilgada
y compuesta, el cabello gris peinado con
profusión d$ moños y ricitos, el rostro coma
un museo de antigüedades en que los afei-
296 B. PÉKEZ GALDÓS
tes exponían y guardaban vestigios de be-
lleza. Vivía la tal en la próxima calle de San
Ignacio; era también viuda de militar, y
desde su mocedad se trataba íntimamente
con Mauricia Pando.

"Cuéntame, mujer— dijo ésta. ¿Hay al-
guna novedad desde* esta mañana?
— Vengo sofocada... déjame que tome
aliento .. Pues hay gran novedad: que ya
ha parecido esa loca... Hace una hora que
se me ha metido por las puertas... ¡Virgen
Santísima, cómo viene! Molida del traqueteo
de la diligencia, flaca, distraída, medio tras-
tornada, con miedo de los espíritus que, se-
gún dice, andan tras ella. No ha podido re-
ferirme sino una mínima parte de los ho-
rrores que ha pasado... ¡Pobre hija de mi
alma! Aun viniendo como viene, su vuelta
me ha traído la alegría del mundo, porque
ella es todo para mí... Ya no me falta más
que salir á pedir limosna.
—¿Y
ha resultado cierto lo que sospecha-
bas... que ese Clavería la recogió?...
— Y en la columna sublevada se la llevó
como un fardo de impedimenta. ¡Qué pica-
ro! A la muerte de Leal, Teresa, huyendo de
mí, trató de irse á Herencia... allí está Feli-
sa. Esos bribones vieron en mi hija un pre-
cioso botín de guerra... Pero cuanao ya lle-
gaban á la raya de Portugal, se sublevó la
niña, y dijo: "de aquí no paso sino descuar-
tizada. „ Total, que se fugó de la columna y
acá se ha venido- Mi primera diligencia hoy
ha sido llevar la noticia al señor de Oliván,
PRIM 297

y el buen señor se ha puesto tan contento,


¡ah!... y ha dicho, como en la parábola del
hijo pródigo: "Matemos un ternero para ce-
lebrar la vuelta del hijo descarriado...,,
En esto, apareció Ibero reloj en mano,
seguido de Confusio, y dijo: "Ya es muy
tarde... se me escapa el tren.,, Despidióse
de doña Mauricia. Esta, risueña y burlona,
afirmó que aún faltaba hora y media. Pero
el impaciente viajero, ávido de precipitar el
tiempo, se precipitó á coger su maletín, y
luego la puerta... Desapareció arrastrado
por los espíritus.

XXIX

"¿Quién es ese mocetón tan guapo? pre-


guntó Manolita Pez á su amiga.

— Hame dado en la nariz que es un conde
disfrazado. Me lo trajo Chaves... Yo respeto
el incógnito de los que vienen á mi casa, y
éste no se me ha clareado... Siempre comía
fuera, pienso que en casa de Lhardy...,,
Apartando su mente de lo que no le inte-
resaba, la sutil tramposa reanudó así la cor-
tada hebra de su asunto: "Dios querrá que
ahora tenga término el tremendo temporal
que vengo corriendo desde que me fui á Ta-
rancón. Yo le pido á Dios y á la Virgen que
no me desampare... A la Encarnación ó á
298 B. PÉREZ GALDÓS
San Marcos suelo llegar yo de madrugada
cuando aún no han abierto, y por las noches
soy la última que sale de la iglesia... La
desgracia y el no tener nada que hacer la
van metiendo á una en las devociones, y lo
que importa es seguir en ellas hasta que
Dios nos depare el remedión que le pedi-
i mos...Yo tengo esperanza, Mauricia; yo ten-
go fe en la decencia de don Enrique. . Hoy
.

le he visto entusiasmadísimo... Y dicen que


lleva la batuta en el Ministerio de Hacien-
da; además es rico por su mujer, una cui-
tada que se pasa los días haciendo vestiditos-
para el Niño Jesús...,,
Por no ser del caso, no se copia lo de-
más que las dos viudas charlotearon aquel
día. Baste decir, para seguir escrupulosa-
mente el proceso histórico, que la pobre Te-
resita tardó un mes largo en reponerse del
cansancio y desorden mental que había traí-
do de la columna. Encamada estuvo largos
días; pasó fiebres, erupciones, trastornos
graves; rechazaba el trato social; no quería
cuentas con las amigas; odiaba los hombres;
se declaraba salvaje y con intenciones de
irse á un yermo y hacer vida de Magdalena
ó de Egipciaca, medio desnuda, suelto el ca-
bello, y sin más compañía que la de una
monda calavera. Hasta San José no la dió
de alta el médico, y en Abril salió por pri-
mera vez á la calle. En los apuros de aque-
lla vida, la única persona que daba pecunia-
rios auxilios á doña Manuela era Chaves, y
esto lo hacía por caridad y por paren tesco*
PRIM 299
como primo carnal del difunto coronel Vi-
llaescusa. Ninguna mira pertinente al or-
den erótico llevaba Chaves en sus generosi-
dades, que cada día eran más cortas, y en-
trañaban el deseo de que un régimen nor-
mal les pusiese fin.
El demagogo de la barba bíblica, hallába-
se por Abril en delirante actividad. Su la-
bor era intensa, febril, y en ella ponía todo
su espíritu y no pocos dineros, subordinan-
do los negocios al supremo interés de la
cosa pública. Como la Junta Revoluciona-
ria no podía ya reunirse sin grandes pre-
cauciones, Chaves alquiló un humilde piso
en la calle de Jesús del Valle, en casa de
aspecto mísero que no tenía porteros. Una
ó dos veces, á diferentes horas, se juntaron
allí Sagasta, Becerra, Ruiz Gómez, Monte-
mar, García Ruiz y el presidente Aguirre.
Llegaban uno tras otro, y reunidos en un
destartalado cuarto, á la luz de un apestoso
quinqué de petróleo, deliberaban sobre la
futura suerte de España. No creyéndose se-
guros allí, variaban de catacumba, y en ca-
lles excéntricas y lóbregas, se les veía des-
filar,de noche, embozados ó con extrañas
vestimentas.
La conspiración laboraba entonces en los
sargentos de Artillería, disgustados por el
fracaso del proyecto de ascensos que no pudo
sacar adelante el general Córdova. Chaves
y otros agentes les iban catequizando uno
por uno. Como fuese preciso organizar la ac-
ción común, se acordó afiliarlos y ponerlos
300 B. PÉREZ G ALDOS

en contacto con un jefe, que de acuerdo con


la Junta había de dar las órdenes para el
movimiento. El punto de cita era la casucha
de Jesús del Valle. Iban llegando los «ar-
gentos por la tarde, antes de la retreta, en
grupos de dos ó de tres, y Chaves los pre-
sentaba á Moriones, el cual poseía como na-
die el don orgánico; les hacía ver el principio
de reivindicación á que obedecía el acto de
indisciplina; les explicaba la imposibilidad
de remediar por otros medios el envileci-
miento á que había llegado la Patria. Y por
último, la Revolución, mejor dicho, la Patria
agradecida, les ofrecía dos empleos para el
día en que pueblo y ejército asegurasen el
triunfo de la Libertad y de la Justicia.
La Historia, que no cuenta las conspira-
ciones, sino sus efectos, tampoco dice nada
del pacto amistoso que ai fin celebraron don
Enrique Olivan y Teresa Villaescusa, con
intervención diplomática de la más fina
zurcidora que vieron los siglos, doña Ma-
nuela Pez. Entró por el aro Teresita, ven-
ciendo su repugnancia de aquel sujeto, por-
que las exigencias de la vida material con
imperioso mandato así lo pedían. Era ya
cuestión de vida ó muerte. O el pan ó la
miseria. Fué la crisis del hambre, que era
por cierto de las atrasadas que no admiten
espera... Cuentan que á la semana de cele-
brado el diabólico pacto, Teresa se hizo due-
ña del ánimo del don Enrique, y le trataba
como á un negro, esgrimiendo el arma te-
rrible de la publicidad. Y como el burocrá-
PRIM 301
tico se había colado y encendido más de la
cuenta, cayó en dura esclavitud, de la que
difícilmente podía zafarse, porque con Ma-
nolita no había bromas. Si era un águila
para hilvanar voluntades, toda pico y uñas
toda se revolvía ferozmente contra el intento
de descoserlas fuera de su jurisdicción y
autoridad.
Conllevaba Teresa con resignación aque-
lla vida de forzado ayuntamiento sin amor,
esperando una imprevista solución ó nue-
va crisis que de tal suplicio la librase. Abu-
rrida buscaba su consuelo y solaz en fugas
de la imaginación á esferas distantes, á ilu-
siones que fácilmente construía con mate-
riales de otras que fueron y pasaron. En tal
estado, abandonándose á los audaces vuelos
de su fantasía, era tari revolucionaria como
el primero, porque ella también odiaba la
existente deseaba volcar el régimen, y ar-
y

marlo de nuevo con otras ideas y otros hom-


bres. A su tío (en segundo grado) don José
Chaves le acosaba con preguntas, le ofrecía
su cooperación, le incitaba con vehementes
razones á persistir en la sañuda porfía con-
tra los obstáculos. Ya no ponía la salvedad
de respetar la corona de Isabel y la unidad
católica... Todo, todo debía caer.
Renovaba la memoria de Teresa con vivos
colores la odisea desde Fuentidueña á Por-
tugal, dividida en etapas, á las que corres-
pondían sensaciones diferentes. Las prime-
ras fueron trágicas; siguieron días tristes,
precursores de la pacificación de su espíri-
302 B. PÉBBZ GALDOS
tu; el día luminoso de Villarrubia; la noche
dulce y melancólica de Urda, que dejó en
su alma una inquietud indefinible, queren-
cia de ideales nuevos, y lapercepción de un
mundo hermoso y lejano, indeciso entre el
sueño y la realidad. Si mil años viviera, no
olvidaría el fiero instante en que, apenas
despierta, encontró sobre su seno los tomi-
llos de Santiago. El presentimiento que en
su alma levantaron aquellas silvestres y
olorosas matas, fué confirmado por una voz
áspera que le dijo: "Se ha ido... Le han man-
dado á Madrid.,, El desconsuelo de aquel día
la desconsoló para todo lo restante de la ex-
pedición. Desde Urda hasta Encinasola, el
viaje fué para ella un martirio, la colum-
na una procesión fúnebre. Su displicencia
constante y los disgustos á que daba lugar,
la indispusieron con Clavería. Para mayor
desgracia de éste, Monteverde y Milans del
Bosch, no sólo le daban bromas molestas,
sino que cortejaban á su conquista con el
mayor descaro. Cerca ya de Portugal, la si-
tuación se hizo insostenible. Plantóse Te-
resa diciendo á su captador: "Yo seré todo
lo que se quiera menos emigrada. En Es-
paña nací, y en España he de vivir siempre.
Hecha pedazos podrán llevarme á Lisboa;
entera no me llevan, ni usted, Clavería, ni
don Juan, ni San Juan Prim.,, A
esta decla-
ración añadió la amenaza de un fuerte es*
cándalo si no la soltaban.
Largo y penoso fué su regreso á la Corte,
á donde llegó en Febrero, en el estado mi-
PRIM 303
serable descrito £or Manolita.En cuanto
pudo salir á la calle, vencida la indisposi-
ción, trató de indagarel paradero del salvaje
que voló dejando en el pecho de ella unos
tomillos. Nadie le daba razón de persona tan
insignificante. Por desdicha, no se le ocu-
rrió preguntar á su amiga Mauricia Pando:
verdad que á casa de ésta no iba nunca, por-
que la presencia del pobre Santiuste le cau-
saba intensa lástima y aflicción. Pero un
día, hallándose de visita en casa de Chaves,
subió al entresuelo á saludar á su tío. Allí
encontró á éste con Moriones y un mucha-
cho que parecía sargento. En algo que ha-
blaron delante de ella, sorprendió el nom-
bre de Ibero. Fué una chispa, un relámpago.
Preguntó Teresa... La verdad le fué revela-
da en esta forma por el muchacho á quien
tuvo por sargento: "Santiago Ibero se fué al
Norte ó á Francia con el señor Muñiz. El
señor Mufiiz ha vuelto; Ibero no.„
Con el que tal dijo trabó conversación,
anhelando más informes. Pero en esto en-
traron en tropel los chiquillos de Chaves:
dos niñas preciosas como los mismos ánge-
les, el hijomayor, de ocho años, despabila-
do y gallardísimo, y un chiquitín de cinco,
que era la criatura más salada y traviesa
que se podría imaginar. Moriones y el sar-
gento (si lo era) se despidieron, y los niños
rodearon á Teresa colmándola de fiestas y
carantoñas. Propuso ella llevarse á su casa
las d©s niñas, comprarles dulces por el ca-
mino, y devolverlas á la noche. Convino en
304 B. PÉREZ GALDÓS
señora de Chaves, que á punto entró.
ello la
Iba de visitas, y se llevaría el niño mayor.
El pequeño, llamado Pepito, iría, como de
costumbre, á paseo con su padre. Amaba
tiernamente don José á todos sus hijos; pero
aquel gracioso pillastre era su debilidad, sin
duda por el temperamento revoltoso y de
sistemática oposición que en el niño á todas
horas se mostraba.
Admirable cosa era que, gozando de tantos
bienes domésticos, mujer buena y hermosa,
lindos, inteligentes hijuelos, floreciente ne-
gocio comercial, todo esto y su reposo y su
tiempo y sus ganancias, lo sacrificase Cha-
ves en altares idolátricos de la política. O
eran aquellos tiempos de mayor inocencia,
ó de mayor virilidad. De todo habría segu-
ramente. Ello es que, sin el llamado candor
progresista de que tanta burla han heche
los oligarcas de poco acá, no se habría lim-
piado esta vieja Nación de algunas herrum-
bres atávicas que la tenían paralizada y co-
mo muerta. Si héroes anónimos hubo siem*
pre en nuestras epopeyas guerreras, tam-
bién los hubo en los dramas políticos; hé-
roes de abnegación no menos grandes que
los que arriesgaron la vida y el honor mili-
tar. Chaves fué de los más esclarecidos pa-
triotas, de los más candorosos mártires por
la idea, que martirio y candor parecen la
misma cosa, y el hombre se dejó ir á su rui-
na y descrédito por secundar valerosamente
las ideas de libertad y justicia que sintetiza-
ba en cuatro letras el sugestivo nombre de
PRIM 305
Prim. Prim era la luz de la patria, la digni-
dad del Estado, la igualdad ante la ley, la
paz y la cultura de la Nación. Y tal maña
se habían dado la España caduca y el dinas-
tismo ciego y servil, que Prim, condenado
á muerte después de la sublevación del 3 de
Enero, personificaba todo lo que la raza po-
seía de virilidad, juventud y ansia de vivir.

XXX
Entró el de Reus en Portugal con sus
fieles húsares y los amigos que le seguían.
Poco tiempo permaneció en Lisboa; partió á
Inglaterra, de Londres á París, apretándole
á ello la precisión de ponerse al habla con
sus activos colaboradores para tramar sin
demora el alzamiento decisivo. Un nuevo
plan de arreglo propuesto por Palacio inte-
rrumpió estos manejos; pero frustrada la
componenda (un ministerio Lersundi for-
mado á gusto de Prim), siguió la socava te-
nebrosa minando las capas más firmes del te-
rreno social. En Abril se consiguió en Ma-
drid arrastrar á la conjuración á los sargen
tos de Artillería; en Mayo, las guarnicionen
de Valladolid, Vitoria y San Sebastián que-
daron cogidas; en Junio se pudo dar al es-
quema revolucionario algún viso de orga-
nización. Ejecutores de este programa en
20
306 B. PÉREZ GALDÓS
provincias y en la Corte eran Pierrad, Pa-
sarón, Lagunero, Escalante, don Martín Ro-
sales y otros nombrados jefes... Nunca se
habían acumulado tantos elementos; nunca
la cautela había conseguido evitar tan bien
la repetición de los errores que fueron gé-
nesis del aborto en anteriores tentativas...
El secreto con que laboraban los fieles adep-
tos no salía de las catacumbas.
De esto tenía pruebas Teresa Villaescusa,
que ávida de conocer la interna trama, pre-
guntaba solapadamente á cuantas personas
podían á su parecer darle alguna luz. Aquel
mocetón que en casa de Chaves le dió las
únicas noticias que de Ibero pudo obtener,
se le apareció una tarde vestido de sargento
cuando Teresa iba de su casa, calle de las
Rejas, á la de su madre, en la de San Igna-
cio.Con finura la saludó el militar, pregun-
tándole por su salud, y ella, con más curio-
sidad que cortesanía, le soltó esta descarada
observación capciosa: "Ya sé que está usted
comprometido... ¡Bien por los sargentos de
Artillería! Y me han dicho que algún ofi-
cialito también...,, Poniéndose colorado, dijo
el sargento con cierto énfasis que nada sa-
bía; que su Cuerpo no se metía en fregados
de revolución; que él se cuidaba tan sólo de
cumplir su deber, y que no variaría de con-
ducta por todo el Universo.
"Santa Bárbara le acompañe— dijo Tere-
sa, colándose incontinenti en otra indaga-

ción de más interés para ella. Es usted como
aquel otro chico salvaje, su amigo y paisa-
PEIM 307
no, que todo lo arregla encomendándose al
Universo... Y á propósito: ¿sabe usted si ha
vuelto Ibero á Madrid?,, Respondió el sar-
gento afirmativamente. En Madrid estaba:
le había visto dos veces. ¿Dónde? Una junto
al cuartel de la Montaña; otra en la calle del
Duque de Liria. Venía del Seminario de No-
bles Hospital Militar, en dirección verbi-
,

gracia de la Cara de Dios... Por cierto que


iba muy derrotado, como si quisiera ha-
cerse pasar por méndigo. Algo más le pre-
guntó Teresa, fingiendo indiferencia, y lue-
go cortó la conversación con un saludito de
despedida. El sargento se puso á sus órde-
nes cortesmente: "Simón Paternina, de la
Guardia, Rioja alavesa, para lo que guste
mandarme. „
Aquella noche comió Teresa los garban-
zos en casa de su madre (donde regía la
moda francesa en las horas del yantar), y es
fama que estuvo desabrida, mimosa y tan
fuera de quicio, que puso en cuidado á la
egoísta y astuta dueña. Lo que á ésta más
alarmaba fué que dió en la manía de no ir á
su casa á la hora en que fijamente la visita-
ba el empalagoso caballero burocrático. Por
fin,con ruegos y amenazas, la indujo la ma-
dre cumplimiento de sus deberes. No de-
al
bió Teresa cambiar de humor en presencia
de Oliván, porque éste se retiró á la hora de
costumbre, harto lastimado y afligido. Ello
fué que la linda moza recayó desde aquella
noche en la extraña dolencia de asustarse de
iodo, y de verse perseguida por malignos
308 B. PÉREZ GAI*DÓS
seres invisibles. Así lo entendió doña Ma-
nuela, que clamando al Cielo decía: "Comi-
do vea yo de perros al que enseñó á mi hija
esa brujería indecente de hablar con las áni-
mas. El que metió estas diabluras en su po-
bre cacumen fué sin duda el pillastre de
Clavería, ó alguno de los machacantes que
iban en la dichosa columna.,,
Perdió Teresa el apetito y dormía muy
poco, inquietando á Oliván, que no cesaba
de recetarle agua ferruginosa y vino rancio,
precisamente lo que tomaba su mujer para
combatir la anemia. Manolita, no menos in-
quieta, le recetaba paseos, teatros, salir da
compras, visitando particularmente las jo-
yerías: éste era el tratamiento más eficaz
contra duendes y fantasmas. Alguna noche,
cuando se quedaba libre de la insulsa com-
pañía de don Enrique, se ponía Teresa man-
tón y nube, y echábase á la calle con su
criada. ¿A dónde iba? A vagar por las calles
sin objeto aparente, no huyendo de los espí-
ritus, sino más bien buscándolos. Entendía
la criada Patricia que al acecho de alguna
persona andaba su señorita; así lo demostra-
ba el precipitado paso de ésta, sus miradas
inquisitivas, y el hecho de trotar casi siem-
pre por las mismas calles. Las correrías se
limitaban al espacio comprendido entre el
cuartel de la Montaña y el Portillo del Con-
de Duque, entre el de San Bernardino y la
Universidad.
Una noche, pasando á última hora por la
calle de los Reyes, vieron que de una casa
PBIM 809
baja y pobre, cuya puerta ostentaba el rótu-
lo de Imprenta, salieron dos hombres ha*
blando con mucha viveza. En la esquina de
la Travesía del Conservatorio se detuvieron
á platicar con otros dos que venían en di-
rección contraria. Las dos mujeres, arrebu*
jándose bien, pasaron junto á ellos, siguien-
do hasta doblar la esquina de la Plazuela de
Leganitos. Teresa dió con el codo á su do-
méstica y le dijo: "¿Sabes quién es ese que
me miró cuando pasábamos? Sagasta... En
los otros tres no pude fijarme. Me pareció
que uno de ellos era Montemar.,, Otra no-
che, en el callejón del Cristo, vieron á Cha-
ves, viniendo del Conde-Duque en compa-
ñía de un hombre de inferior estatura, que
se contoneaba al andar. Ocultó Teresa su
rostro,temerosa de que su tío la conociera,
y cuando estuvieron lejos, dijo á Patricia:
*E1 pequeño es Manolo Becerra ,,
A la noche siguiente tuvieron un media-
no susto. En la calle del Limón las reque-
braron y persiguieron unos hombrachos que
salían de una taberna. ¡Pies, para qué os
quiero! Ama y criada no pararon hasta dar
con un sereno, que las tranquilizó acompa-
ñándolas largo trecho. A la media hora re-
surgían solas en la Plaza de Ministerios, y
en uno de los bancos fronteros al Senado se
sentaban á descansar, convidadas de la se-
renidad de la noche silenciosa y del temple
primaveral del aire. Las miradas de Teresa
eleváronse al firmamento, engalanado de
todas sus maravillas sidéreas. Buen rato es-
310 B. PÉREZ G ALDOS
tuvo esparciendo sus ojos por tanta magni-
ficencia, y trató de recordar lo que en noche
serena y en lugar distante de Madrid le ha-
bía enseñado un salvaje astrónomo. Pero su
memoria no retenía más que los nombres
de algunas estrellas de primera magnitud.
Embelesada, poseída de fervor religioso,
lanzó su alma en veloz carrera tras de sus
ojos, para explorar el inmenso espacio y
medir, si así puede decirse, la infinidad su-
blime de sus distancias.
Trató luego de comunicar su fervor y sus
conocimientos á la ingenua muchacha, que
hacía por remontar al cielo sus miradas pe-
rezosas. "Todo eso que ves, Patricia, es lo
que llamamos el Universo, y cada estrella
de esas es un mundo grandísimo, lleno de
personas. De lo que hay allá, sólo sabemos
los nombres que los matemáticos de aquí
han puesto á las estrellas. Una se llama la
Osa, otra la Cabra, y hay también el Toro,
el León, el Camero... Pero aunque llevan
nombres de animales, son mundos de Dios,
llenos de almas cristianas.,, Patricia no con-
testó más que con el ¡aaaah! admirativa
que usa el pueblo para saludar el esplendor
de los fuegos artificiales. De improviso des-
cendió Teresa de aquellas alturas, cayendo
como un rayo sobre esta terrestre idea: "Oye,
Patricia: tú me has dicho que tu novio es
sargento. ¿Es acaso de Artillería?,,... "No,
señorita: es de los que están en aquel cuar-
tel grande por donde pasamos anoche. Lleva
un sombrerete que llaman chascás,,... "Es
PRIM 3U
lancero. ¿No te ha dicho si le han catequi-
zado para sublevarse?,,... "Melchor no se
mete en esos trotes. Dice que va á venir
revolución, y yo tengo miedo de que le to-
que alguna china,,... "No temas nada. Re-
volución vendrá, y todo lo existente caerá
patas arriba. El porvenir es de los sargen-
tos. ¿El tuyo no te ha hablado de Prim?„...
"Sí, señorita. Dice que es el General más
bragado y de más meollo que tiene Espa-
ña,,... "Sí, sí— afirmó Teresa con tanta un-
ción como cuando se embelesaba en las es-
trellas.— Prim es el hombre...,,
En la quinta salida, víspera de San An-
tonio, el Acaso brindó al fin á las dos mu-
jeres extraordinaria y sorprendente aventu-
ra. Fueron hacia el Portillo de San Bernar-
dino: á cada paso encontraban grupos de
gente alegre, borracha y cantora, que por
la Cuesta de Areneros subía de San Anto-
nio de la Florida. Retrocedieron requirien-
do la soledad, y cuando por la calle de Li-
ria embocaban á la Plazuela de Afligidos,
vieron ¡ay! dos hombres que venían del
Conde-Duque... ¡Era él, era...! Quedó Te-
resa paralizada y muda. Los dos hombres
pasaron cerca; la claridad dormilona de los
faroles, junto con la de la luna menguante
que acababa de salir, permitió á Teresa re-
conocer la figura gallarda de Ibero, que se-
gún ella con ninguna otra podía confundir-
se, su perfil noble, su andar decidido, y su
vestimenta, que no era de mendigo, como
le dijo el sargento, sino decente, sencilla y
312 B. PÉREZ GALDÓS
airosa. Pero más que estupor, le ató los
el
brazos y cerró la boca un miedo
supersti-
cioso, una punzante duda. ¿Sería un espí-
ritu y no un sér corpóreo? Tras esta duda,
otra asaltó su mente. ¿Los espíritus de los
vivos pueden ser visibles?
Los segundos que duró esta confusión
perdiólos Teresa para el seguimiento de los
dos hombres, uno de los cuales, según ella,
era Ibero, el otro Moriones. Iban hablando
en voz queda y con serenos ademanes. El
breve tiempo perdido por Teresa en el pas-
mo y suspensión de resuello que le ocasio-
naron sus dudas, los hombres ó fantasmas,
si taleseran, pudieron llegarse á una puer-
tecilla próxima al santuario de la Cara de
Dios, discutir un momento si entrarían ó
no, retroceder algunos pasos y entrar rápi-
damente por el callejón del Príncipe Pío.
Al verles filtrarse por aquel angosto pa-
sadizo, recobró Teresa su aliento, y dispa-
rada corrió en la propia dirección. Entró
por donde ellos habían entrado; les vió
allá, como sombras, en un recodo que tor-
cía bruscamente á la derecha; siguió; co-
rrieron las dos hasta una plazoleta ó solar
del cual partía otro conducto tortuoso, cos-
tanero, irregular, sin fin... Desesperada Te-
resa, no viendo ya á los dos hombres ni
rastro de ellos, se paró, y con el aliento que
le quedaba soltó tres veces el nombre de
Ibero, en gritos intensísimos y desgarrado-
res, haciendo trompeta con las manos. Ha-
lláronse en un sitio donde la obscuridad era
PBIM 313
pavorosa. Crey érase que ante las mujeres,
los faroles del alumbrado público habían
huido con temblor de sus vidrios y chispo-
rroteo de sus luces. Confusamente se dis-
tinguían tapias, alguna casucha con puerta
j ventana cerradas. Los hombres, si tales
hombres eran y no espectros, se habían des-
vanecido en las tinieblas.
Viendo á su ama enteramente descom-
puesta y desgobernada, tomó el mando Pa-
tricia, y tirando del brazo á Teresa hizo por
sacarla de aquel laberinto. La salida no era
fácil. Al fin, por un hueco entre dos tapias
se vieron en calle conocida. Dejábase Tere,
sa conducir en silencio por su criada, y lo
primero que hablaron fué para dilucidar el
punto por donde desaparecieron los dos
hombres. Ocurrió entonces un caso extra-
ño: Patricia los vió en Afligidos, y sostenía
que habían entrado por la portezuela próxi-
ma á la Cara de Dios. Lo de que se sumie-
ron por la angostura del Príncipe Pío, era
patraña y falsa visión de la señorita. Se en-
furecía ésta defendiendo la verdad de lo que
había visto, y sin hacer caso de su fiel do-
méstica, que le proponía volverse á casa,
metióse con paso vivo por las calles del Río
y del Reloj, hasta dar en la plazuela de Mi-
nisterios. Allí soltó su lengua en desorde-
nada vociferación, diciendo: "No voy á casa,
no vuelvo á mi casa... Yo no tengo casa. Soy
salvaje, Patricia, y como venga Enrique á
querer llevarme, verás una mujer furiosa
defendiendo su libertad. Y no vuelvas á de-
314 B. PÉREZ GALDÓS
cirme que Santiago y Moriones no entraron
por el callejón. Yo te digo que sí, y no tie-
nes que replicarme. Yo los vi... no eran vi-
siones ni espíritus... No me contradigas; no
me atormentes... ó haré contigo lo que con
Enrique... No me hables de ese rey de los
bobos... Esta mujer no es suya, estos ojos
no son suyos... ni esta boca es suya, como
no lo sea para escupirle... Te juro que abo-
rrezco á todo el género humano, menos á un
solo hombre, el único que existe para mí...
No me digas que no, Patricia... Cállate ó te
saco los ojos.,,
Viéndola en tal exaltación, quiso la mu-
chacha reducirla con ternuras. Teresa rom-
pió en llorosos lamentos: "El mundo todo
revolveré hasta que encuentre lo que es
mío. No voy á casa, no me acuesto... Si no
le encuentro; si no me dice que me quiere
á mí como yo le quiero á él, tengo que ma-
tarme, Patricia. A ningún hombre quise
nunca... á él solo, á ese que has visto... Na-
da: ó me quiere ó me mato, que para eso
tengo preparados dos venenos que con sigi-
lo compré.,, Apenas dicho esto, desembara-
zada ya de nube y manto, arrojóse en el
suelo con epilépticas contorsiones. Acudió
Patricia á socorrerla y sujetarla; mas ella
contraía brazos y piernas, dando al silencia
de la noche su voz desgarrada: "Me mato,
quiero morir... No más, no más sufrir vida
tan miserable. „ Golpeándose el cráneo y ha-
ciendo presa en sus cabellos, clamaba: "Mal-
dita de mí que traté á tantos hombres y no
PBIM 315
supe esperarle á él. No sabía yo lo que él
me ha enseñado, Patricia; no sabía yo que
en el mundo existe todo lo que deseamos...
la dificultad está en buscarlo bien... Déjame;
no, levántame: volvamos allá. Le encon-
traré, porque allí vive... Entró en alguna
de aquellas casuchas bajas... Ven, vamos;
ñamaremos en todas las puertas...,,
Prometiéndole acceder á cuanto deseaba,
Patricia logró que se levantara... A su lado
la hizo sentar, en el banco próximo. Irían,
sí, en busca del hombre perdido; mas era
menester esperar el día. Por de pronto, lo
mejor sería retirarse á casa, dormir un poco,
y después... Rebelábase Teresa contra esto,
y en dimes y diretes estuvieron todo lo res-
tante de la madrugada. La Providencia de-
paró á Patricia un humanitario sereno, que
arrimándose á las dos mujeres, ofreció sus
servicios... Vencida del horrible cansancio,
quedó Teresa en visible atonía y somnolen-
cia, colgante la cabeza sobre el pecho; y este
momento aprovechó la criada para correr
á dar aviso á Manolita, dejando á su ama al
cuidado del sereno. Con rápida frase contó
la muchacha lo que ocurría, confesando las
escapatorias nocturnas, y narrando el me-
droso encuentro que había sido causa del
mayor disloque de la señorita. Tales fueron
la consternación y sofoco de la madre, que
á punto estuvo de rasgar la bata cuando
quiso ponérsela para salir en socorro de su
adorada hija. ¡Jesús, qué conflicto, qué des-
conocido drama, y qué pavoroso quiebro del
316 B. PÉREZ G ALDOS
Destino!... Todos los hipidos y arrumacos
de su repertorio empleó la buscona para re-
ducir á Teresita y llevarla á la casa mater-
na, lo que logró al fin con ayuda de su cria-
da, de Patricia y de dos serenos expeditivos
y serviciales. Acostaron á la doliente, y do-
ña Manuela se ocupó en desentrañar con ar-
duas cavilaciones el nuevo problema que se
le planteaba. ¿Qué le había pasado á la hija
de sus entrañas? ¿Quién era aquel hombre
que iba con Moriones por obscuras callejas,
y que sólo con su rápida presencia diabóli-
ca había trastornado á la pobre Teresa? De
sus cálculos y razonamientos sacó en lim-
pio que el caso se relacionaba con los mal-
ditos conspiradores, y aquel mismo día, ni
corta ni perezosa, se fué á confiar su cuita
al bueno de Chaves, pidiéndole orientación,
consejo. Pero don José, después de oir la
triste canción de la dueña, se inhibió seca-
mente, y la despachó á cajas destempladas.

XXXI

En mala ocasión iba Manolita con estas


andróminas al amigo Chaves, que entonces
se hallaba enel paroxismo de su actividad
demoledora. Los trabajos no permitían un
minuto da reposo á los atrevidos laborantes.
Todo estaba dispuesto. La conspiración era
PRIM 317
ya un rimero de pólvora, al cual no faltaba
más que arrimar la encendida mecha... No
obstante la buena voluntad de todos, sur-
gían desavenencias que no siempre eran re-
ductibles. La más grave de ellas sobrevino
entre la dirección civil y la militar, entre
la Junta y Moñones. Este, que había lleva-
do á feliz término la seducción de sargentos,
vió pospuestas sus ideas á las de los civiles,
y para cortar discusiones peligrosas, la su-
prema autoridad, que era Prim, determinó
que el hombre de las Cinco Villas fuese á
dirigir los trabajos de Valencia.
En el delirio de la organización masóni-
ca, Chaves no desperdiciaba las horas ni los
momentos; ni aun cuando sacaba de paseo
á su adorado niño, dejaba de desempeñar
alguna comisión, ó despachar algún trámite
necesario. Una tarde cogió al niño, á quien
su mamá había puesto muy majo para el
paseo, y se lo llevó por las calles dándole
cuerda, por el gusto de oirle sus dichos gra-
ciosos y sus salidas agudas. Era el chiquillo
travieso, levantisco, y como decía su padre,
estaba siempre en la oposición. Los jugue-
tes de sus hermanosle gustaban más que
los suyos. Era una fierecilla cuando le ves-
tían y cuando le desnudaban; en las comi-
das chillaba siempre por lo que no había;
si en el paseo le conducía su padre de la
mano derecha, quería ir de la izquierda.
Aquella tarde llevaba Pepito, como de
costumbre, su pelota, que solía tirar oca-
sionando algún trastorno en la circulación
318 B. PÉREZ GALDÓS
de transeúntes. Pero don José, lejos de in-
comodarse por esto, se reía como un simple
cuando tenía que recoger el juguete á larga
distancia. Así entraron por la calle de San
Mateo, y al llegar al cuartel del mismo nom-
bre, frente á la puerta principal, donde es-
taba la guardia, tiró el chiquitín la pelota,
la recogió el papá devolviéndola por eleva-
ción, y en este juego con apariencias de ino-
cente, la pelota entró por el portal adelante
hasta el patio en que estaban los soldados.
Por impulso propio ó por instigación pater-
na, colóse dentro la criatura en seguimien-
to de su juguete; con fingido enojo entró
tras él el padrazo, diciendo: "¡ Ay, qué chi-
quillo!... Ustedes dispensen...,, y éste fué el
preciso instante en que apareció el sargen-
to de guardia, ya prevenido. Chaves hizo
como que le pedía excusas, y sotto voce le
sopló al oído la hora, día y lugar de la cita.
No era la primera vez que este ardid se em-
pleó en los cuarteles; también solía usarlo
el astuto conspirador para meterse entre
filas, cuando la tropa estaba en maniobras.
El tal Pepito era un ángel atrozmente revo-
lucionario.
El juego de pelota no fué la última dili-
gencia de Chaves aquella tarde. A otros
sitios fué con su gracioso niño, y por fin
llegóse á casa de don Joaquín Aguirre, con
quien tenía que conferenciar. El ilustre ca-
nonista, presidente de la Junta revoluciona-
ria, le esperaba en su despacho; entró el
amigo con su nene, que ya venía muy can-
V PRIM 319
sado y soñoliento, frotándose con los puños
los ojitos. Púsole su padre en una silla, or-
denándole la quietud. Hablaron el patriota
y el patricio con la viveza y el interés pro-
pios de la madurez del asunto que iban á
tratar. Pero el chiquillo, que siempre era
de oposición, interrumpió á los graves con-
jurados rompiendo en clamores de protesta
y tirándose de la silla. Tuvo D. José que
cogerle en brazos, acariciarle, arrullarle,
decirle mil ternezas, y el niño, agradecido,
inclinó la cabecita sobre las patriarcales
barbas de su papá, y se durmió profunda-
mente. Era en aquel momento el buen de-
magogo la perfecta imagen de San José.
Siguiendo la conversación interrumpida,
Aguirre hizo á su amigo manifestaciones de
suma importancia. Según lo acordado por
Prim, éste daría el grito el 23, en un pueblo
de Guipúzcoa. Ya estaban en camino los co-
misionados que habían de transmitir las ór-
denes á las fuerzas comprometidas en las
poblaciones del Norte. El alzamiento de
Madrid había de ser precisamente el 24.
Para ponerse al frente de los sublevados, ya
teníamos aquí al general Pierrad, oculto en
casa de Moreno Benítez. Revelando satis-
facción, dijo asimismo don Joaquín que es-
taban ya vencidos los escrúpulos que había
mostrado para secundar la sublevación su
pariente el capitán de Artillería don Balta-
sar Hidalgo. Realmente, no debía influir ya
el espíritu de Cuerpo en el ánimo de aquel
distinguido oficial, pues oportunamente ha-
320 B. PÉREZ GALDÓS
bía pedido la licencia absoluta... A este pro-
pósito, habló Aguirre calurosamente del ca-
pitán Hidalgo, alabando su valor, liberalis-
mo y caballerosidad: este juicio no lo ha des-
mentido la Historia.
Despidiéronse el patricio y el patriota con
breves fórmulas de amistad y proselitismo.
Salió Chaves presuroso con su niño en bra-
zos, y tomó rumbo hacia su casa... La ex-
citación encendida en su ánimo por el en-
tusiasmo, el deber, la responsabilidad, la
grandeza de la idea que pronto había d&
condensarse en formidables hechos, era co-
mo acicate que á precipitar el paso le obli-
gaba. Por esto y por el peso de la criatura,,
llegó á su casa sofocado. Ya no parecía San
José, sino San Cristóbal. "Toma esto,„ dijo
á su esposa, entregándole á Pepito. Comió*
precipitadamente, tragando sin mascar, y
salió como una saeta. Urgía disponer la for-
ma de repartir armas á los paisanos, cosa,
en verdad peliaguda. Toda la noche em-
plearía en avistarse con los amigos, ávidos
de empuñar trabucos y pistolas, y para ello
era forzoso acudir á sitios diferentes y dis-
tantes, donde el animoso pueblo celebraba
sus obscuras asambleas: Afligidos, Limón,
Cuchilleros, Ventosa, Tribulete, Salitre,
Tres Peces, etc.. Felizmente, dos comisa-
rios de Policía, á la entera devoción de Cha-
ves, le ayudaban en esta colosal faena.
Y sucedió que la ejecución del plan se?
anticipó dos días á lo presupuesto, por im-
paciencia de algunos conjurados, que temían
PRIM 321
no poder hacer nada si aguardaban á que el
pronunciamiento estallase en provincias...
Véase cómo ocurrieron las cosas. La noche
del 21 al 22, doña Manuela Pez notó desusa-
do ir y venir de gente en la solitaria calle
donde vivía, que era, como se ha dicho, la
de San Ignacio, en el apartado barrio de
Leganitos. Mirando por los cristales de su
gabinete, vió que no cesaban de entrar hom-
bres en la casa inmediata á la suya. Al ins-
tan te, recordó que Chaves había alquila-
do días antes los dos cuartos de aquella
casa. "No hay duda — se dijo:— aquelarre
tenemos. Milagro será que no se arme esta
noche la gran trifulca.,, Luego sintió run-
rún de voces tras del tabique medianero.
En el mismo gabinete estaba Teresa, que
sufría quebrantos de salud, inapetencia,
insomnios... Los ruidos de la casa cercana
no se escaparon á su oído sutil; levantóse
de la butaca, y aplicó su oreja al tabique.
Escuchó largo rato; sus ojos brillaban de
júbilo, sonreía su boca repitiendo: "¡Prim,
Libertad!,,
Dejándola en aquella distracción inocen-
te, su madre, sin apartarse de los cristales,
se zambullía en hondas cavilaciones. En
aquellos días, no pudiendo apartar de su
magín la nueva crisis de Teresa, abusaba
horrorosamente del monólogo. "Si viene tri-
fulca, que venga, que de las revoluciones
salen los hombres nuevos... Con lo que me
ha dicho Mauricia se me ha ensanchado el
corazón. ¡Vaya, que si es efectivamente un
322 B. PÉREZ GALDÓS
conde disfrazado...! ¡Jesús, Jesús, de pen-
sarlo me dan mareos!... Pues otra: ahora
sale Pepe Chaves con que el chico es de
una familia rica y noble de la Rioja alave-
sa... ¡Virgen de los Remedios, si todo eso es
cierto, menuda lotería nos va á caer! La
verdad es que el don Enrique se había hecho
insoportable. Hombre más jaqueca y más
chinche no ha venido al mundo. Con sus
remilgos, su miedo al escándalo, y aquel
hablar como la Gaceta, no le aguantaría ni
el mismo Job. ¡Vaya con la pretensión de
meter á mi hija en las Arrepentidas! Méta-
se él si quiere en un correccional para hom-
bres desaboridos, fulastres y mariquitas. En
fin (suspirando fuerte), despedido está... Ve-
remos lo que ahora nos trae Dios. Vengan
trapisondas y novedades. Lo que yo digo á
mi hija: no importa la revolución con tal
que no nos destronen á Isabel II, ni nos
traigan la libertad de cultos,,... Apartándo-
se del tabique, se lanzó Teresa á un pasear
vivo por la estancia. Su rostro, de admira-
ble belleza melancólica, irradiaba satisfac-
ción y orgullo. Acudió su madre á tran-
quilizarla; mas ella, alzando el brazo como
si tremolara una bandera, gritaba: "¡Prim...
Libertad!,, La bellaca dueña, con ademán de
blandir una espada, respondía: "Venga re-
volución... hombres nuevos.,, Excitada y
nerviosa, Teresa quiso echarse á la calle;
pero su madre con exhortaciones y cari-
cias logró quitárselo de la cabeza. Oyendo
los ruidos de la casa inmediata, y hacienda
PRIM 323
mil conjeturas sobre lo" que podría suce-
der, estuvieron en vela hija y madre toda
la noche.
A
las dos de la madrugada salió Chaves
de la casa donde paisanos y
oficiales aguar-
daban el momento de entrar en acción. Iba
solo. De la calle de San Ignacio bajó á la pla-
zuela; metióse luego por el callejón de Lega-
nitos, y atravesando por solares y recovecos
lóbregos, llegó á una explanada de donde
se veían las ventanas altas del Cuartel de
San Gil por la parte trasera. Allí se detu-
vo; vió luz en uno de aquellos huecos; sacó
un pañuelo, y lo agitó repetidas veces; poco
tardó en abrirse la ventana, donde un solda-
do hizo señal con una sábana... De allí par-
tió el hombre, y por ásperos derrumbaderos
se dirigió á la Montaña; rodeó el Cuartel, y
llegando al promedio de la fachada Norte,
encendió un cigarrillo: la quietud del aire
permitía mantener un rato inextinta la lla-
ma del fósforo. A esta señal, respondió una
luz en las ventanas altas... Después, dió la
vuelta el patriota por senderos abruptos,
entre el palomar y el Cuartel, y pasando
por la fachada principal de éste, donde es-
taba la guardia, repitió la señal sin parar-
se. A cierta distancia, al arrimo de un ár-
bol, vió claridades inequívocas, que en las
rejas del piso bajo daban respuesta ó con-
formidad...
Acto continuo salió como flecha hacia la
calle de San Ignacio, donde los oficiales y
el General esperaban intranquilos. Chaves
324 B. PÉREZ GAIjDÓS
les dijo: "La señal está dada; han respon-
dido: conformes; no hay novedad. Cada cual
á su puesto. „ Volvió á salir disparado, y en
un minuto llegó frente á la puerta del Cuar-
tel de San Gil, apostándose á la mayor dis-
tancia que permitía la anchura de la plaza...
Aclaraba el día por instantes; era el mo-
mento más bello que sin duda existe en la
Naturaleza. El cielo sereno y limpio, sin la
más ligera mancha de nube, se inundaba
de luz, dando vida y color á todas las cosas
de la tierra. El silencio religioso de aque-
llos instantes sólo era turbado por lejanos
desperezos de la ciudad que salía del sue-
ño, y por los cantos de codornices aprisio-
nadas que en diferentes balcones saludaban
el día. La expectación anhelante con que el
patriota miraba al Cuartel, no estaba exen-
ta de fervor pietista. En su bárbaro fana-
tismo sectario cabía la invocación á la Di-
vinidad. Todo hombre que vive consagrada
á una idea, cuando suena para esta idea la
suprema hora, sabe enlazarla con los altos
designios.
Esperando los hechos, contemplaba Cha-
ves en su mente el plan trazado para reali-
zarlos. Todo su afán era que los hechos co-
rrespondiesen con exactitud á su explana-
ción teórica, como acontece en los progra-
mas de teatro. El plan era éste: los sargen-
tos de San Gil, al toque de diana, sorpren-
derían á los jefes, encerrándolos en el cuar-
to de estandartes, sin derramamiento de
sangre. Los del Retiro sacarían al Prado

PftIM 325
sus baterías, amenazando el Cuartel de In-
genieros, y esperando á que llegase la In-
fantería de San Mateo. Los Cazadores de
Santa Isabel correrían á situarse en las ca-
lles que desembocan en Palacio. Las fuer-
zas del Cuartel de la Montaña, ocupando la
Plaza de Isabel II y la Plaza Mayor, inco-
municarían las zonas Sur y Norte de Ma-
drid. Las baterías de San Gil ocuparían la
Puerta del Sol.. Los paisanos en armas se
.

colocarían en los sitios consagrados por la


estrategia popular.
El programa militar de la sublevación no
quería dejarse fijar en la mente del patriota,
y en ella oscilaba, descomponiéndose en
movibles líneas que alteraban sus disposi-
ciones fundamentales. Esforzábase Chaves
en reorganizarlo... Quisiera por virtud del
solo pensamiento calcar en él los históricos
hechos... En esto, vió aparecer á Becerra
con algunos paisanos bravucones armados
hasta los dientes. Dijoles que esperaran en
lo alto de la escalerilla de la calle del Río, y
volvió á su acecho. Aclaraba más el día...
El corazón de Chaves marcaba los segun-
dos con tremendos golpetazos... De repente,
¡ah! hirió sus oídos el vibrante son de la
diana, que fué como estremecimiento de los
y la tierra. Medio minuto más, y so-
cielos
nó un disparo dentro del Cuartel; después
dos... cinco... hasta diez.
Corriendo hacia la escalerilla, vió descen-
der por ella al capitán Hidalgo, con traje de
marcha. "Ya han sonado tiros— le dijo.
326 B. PÉREZ GALDÓS
Entre Hidalgo entró en
usted...,, Decidido,
el Cuartel. Acompañóle Chaves hasta la
puerta, y vió un sargento muerto á la en-
trada del cuerpo de guardia... Los tiros
seguían.

XXXII

Al toque de diana hallábanse en el cuarto


de estandartes los oficiales de guardia, capi-
tanes don Juan Martorell y don Eugenio To-
rreblanca, y los comandantes don Joaquín
Valcárcel y don José Cadaval. No dormían;
jugaban tranquilamente al tresillo. Llega-
ron de puntillas al portal los sargentos
sediciosos, creyendo á sus jefes entrega-
dos al sueño. Quedamente entreabrieron la
puerta, con suavidad de fieles criados que
no quieren interrumpir el sueño de su amo.
Al rumor, los oficiales, con alarma súbita,
tiraron las cartas... Tirar las cartas y echar
mano á los revólveres, fué todo uno. Antes
que los sargentos osaran pronunciar una
palabra, Martorell les increpó con la dure-
za que la disciplina permite y aun ordena.
Segundos duró la estupefacción de los sar-
gentos, qué iban con intención de encerrar
tan sólo, y se vieron en la obligación de
matar. En un aliento pasaron de la piedad
Tespetuosa á las violencias que impone el
PRIM 327
üns tinto de conservación, y ya no hubo jefes
ni oficiales, sino un duelo terrible entre dos
grupos de hombres: para que uno de los gru-
pos pudiera vivir, tenía que perecer el otro.
Invadieron los sargentos el cuarto al grito
de ¡viva Prim!... Martorell cayó muerto;
Torreblanca tan mal herido, que por muer-
to le dejaron. Valcárcel y Cadaval, que salie-
ron en la confusión del primer momento, tra-
tando de someter á los rebeldes, murieron á
«los pocos pasos en los patios del cuartel.
Por la eficacia del número, que les dió
brutal superioridad, vencieron los sargen-
tos, obrando como ciegas máquinas de des-
tracción, y el primer choque les resultó un
acto criminal, que por ningún artificio ló-
gico podía ser considerado como acto de gue-
rra. La moral del alzamiento sufrió rudo gol-
pe y una desviación lastimosa del primitivo
ideal de justicia que á los jefes guiaba. La
fatalidad, siempre burlona y trágica, orde-
nó que los oficiales no tuviesen sueño y en-
tretuvieran con las incidencias del tresillo
las largas horas de la guardia. El genio pro-
tector de Prim fué el que se durmió aque-
lla noche, mientras los oficiales velaban ju-
gando.
Salieron del Cuartel los sublevados con
grande algazara y desorden. Unos arrastra-
ban los cañones; otros iban sacando los ata-
lajes y los troncos de muías. Turba de pai-
sanos, que en un instante invadieron la
Plaza, querían ayudar, y en realidad estor*
foaban. La falta de oficiales se hizo visible
328 B. PÉREZ GALDÓS
desde el primer momento. Lo que en oca-
sión normal era obra de minutos, en aqué-
lla se estiraba en demoras eternas. El capi-
tán Hidalgo, demudado al principio, enér-
gico después ante el barullo, intentó ser ca-
beza de aquel descabezado cuerpo: su voz no
se oía en ei tumulto oceánico de tantas vo-
ces. No había manera de organizar la des-
organización, ni de traer á la unidad las
individuales energías desmandadas. Al fln„
una parte no más del Regimiento monta-
do pudo formar, y en imperfecta línea se
colocó á la parte arriba de la Plaza, ocu-
pando Leganitos y la cuesta del Duque de
Osuna. Los de á pie formaron abajo, es-
perando que se les uniera la infantería
dei Príncipe. En el laberinto de órdenes
y contraórdenes, volaban los minutos, co-
mo avecillas ladronas que se llevaban el
éxito.
En esto sacaron al General don Blas Pie-
rrad. Como se incorpora una efigie á la pro-
cesión organizada ya con fieles y clerecía, lo
presentaron á las tropas; montó á caballo;
pasó revista como pudo frente á las filas des-
compuestas; fué aclamado por soldados ale-
gres y paisanos roncos, y por la caterva de
mujeres que poblaban los balcones. Aun-
que no se le conocía ni por retratos, su
figura gallarda suplió por un instante la
falta de popularidad. Las aclamaciones cul-
minantes ¡viva la Libertad, viva Prim! ha-
brían sido más ardientes si el pueblo viera
la propia figura del héroe de Castillejos;
PRIM 329
pero la representación pálida del hombre y
úe la idea no encendía los corazones.
Seguía volando el tiempo, y la acción
•estancada de los rebeldes no daba un solo
paso. Hidalgo, ardiendo en zozobra, no ce-
saba de mirár hacia la Montaña, y de la
Montaña, después de mucho esperar, no vi-
nieron más que unos cuarenta hombres,
.azorados, conducidos por sargentos. Oficia-
les diligentes trataron de formar con ellos
una columna de vanguardia para llevarla
por Leganitos hacia Santo Domingo, que
no es plazuela, sino encrucijada ó atascade-
ro peligroso...La Artillería montada, ma-
niobrando con embarazo, se dividió en sec-
ciones. Por las calles de Leganitos, Bola y
Torija subían las baterías, rodeadas de ciu-
dadanos truculentos. De los balcones caía,
como lluvia de flores de trapo, la nutrida
ovación mujeril.
En esta situación tumultuosa, guiados
por un entusiasmo nervioso y verbal, lle-
garon á Santo Domingo, donde ya el paisa-
naje hacía un bosquejo de barricada enfi-
lando la calle de Preciados. Trataron los
artilleros de emplazar algunas piezas. No
podían revolverse, y el tiempo se les iba de
entre las manos como culebra escurridiza.
Ya la Puerta del Sol estaba llena de tropas
leales, que atacarían por Preciados. El ge-
neral Pierrad, á quien allí se unió Contre-
ras, dispuso que los soldados ocuparan las
casas vecinas con el fin de apoyar desde los
balcones el fuego de la barricada. Creyó
330 B. PÉREZ GALDÓS
luego que podría abrirse paso por Jacome-
trezo hasta lá Red de San Luis; entró por
aquel intestino; pero de la calle del Olivo
no pudo pasar. A escape retrocedió por Tu-
descos á Santo Domingo, donde ya Conbre-
ras y un puñado de hombres de pelo en pe-
cho se aprestaban á la defensa de la posi-
ción. De la Puerta del Sol venían los que
la Historia llama lealés, los artilleros del
Retiro, que comprometidos estuvieron con
sus compañeros de San Gil para pronun-
ciarse juntos. ¡Qué sarcasmo, Santo Dios!:
Los que se habían juramentado en la fe de
la Revolución, ahora se batían fieramente
contra ella. Los amigos eran enemigos. Na-
die podría decir si los leales eran traidores,
ó los traidores leales.
¿Qué razón había para este duro sarcasmo
histórico?Pues sucedió que á O'Donnell lle-
varon un soplo antes de amanecer, cuando
Chaves daba la señal á los cuarteles; que
saltó de la cama; que mandó un recado á
Serrano; recados á Narváez, Córdova, Ho-
yos, Concha y otros generales; que su her-
mano don Enrique O'Donnell corrió al Cuar-
tel del Retiro, sorprendiendo á los artilleros
antes que los sargentos pudieran sacarlos á
la calle; sucedió, en fin, que mientras los su-
blevados de San Gil perdían minutos en los*
entorpecimientos que les originaba su azo-
rado desconcierto, O'Donnell los ganaba uti-
lizando con la celeridad del rayo la organi-
zación existente. Allí se vió bien claro cuán
difícil es que los cuerpos acéfalos puedan
PRIM 331
hacer frente á los bien dotados de firme ca-
beza. Cuando aún los pronunciados no ha-
bían subido á Santo Domingo, salió don
Leopoldo á caballo de la Inspección de Mi-
licias. Recorrió la calle de Alcalá, revistó
las fuerzas del Principal; en la Puerta del
Sol encontró á Serrano, á pie, y díjole que
estaba inquieto porque no parecían los arti-
lleros del Retiro... Serrano montó el caballo
del coronel Cortés, y diciendo: "voy á bus-
carlos yo,„ partió como exhalación hacia el
Prado... No tardó en aparecer de nuevo con
la noticia de que el Regimiento estaba ya en
camino, y entonces O'Donnell le ordenó que
fuese á Palacio, y que, si por allí había no-
vedad, tomara las medidas que creyese ne-
cesarias. Partió Serrano á galope sin que le
tocaran los disparos que en las calles afluen-
tes á las delArenal le hizo el paisanaje. En
Palacio encontró el miedo de la Reina, no
tan grande como el del Rey, y animando á
todos, y haciéndose cargo de Ío bien defen-
didas que estaban las instituciones, volvió
al lado de su jefe y amigo.
En tanto el valiente Pierrad, cumpliendo
en Santo Domingo con estoica entereza los
deberes que su mala estrella le impuso,
trataba de dominar el furioso oleaje de la
muchedumbre sublevada, que no tenía ya
concierto, ni jefes, ni municiones, ni suelo
en que moverse. Los paisanos volvían del
Parque vociferando porque no se les daban
cartuchos; los soldados clamaban porque
alguien les mandara; chillaban todos, y la
332 B. PÉREZ GALDOS
voz del General se perdía en el espantoso
tumulto. En la calle Ancha no pudo hacer
nada de provecho, porque por la Universi-
dad y calle del Pez aparecieron tropas del
Gobierno. Previendo que se trataba de ata-
carle por las Rondas del Norte, encerrándo-
le en un círculo de fuego del cual no podía
salir, partió por la Flor Baja y Leganitos á
reconocer el alto de San Bernardino. En
esta marcha vió que gran parte de los arti-
lleros sublevados le abandonaban, retirán-
dose á San Gil con sentido estratégico, pues
ya no había para ellos más solución que una
resistencia brava en casa fuerte.
Iba Pierrad amargado, quizás maldicien-
do la hora en que tomó la dirección del pro-
nunciamiento, sin conocer las fuerzas que
habían de seguirle ni estudiar el terreno en
que habría de maniobrar. Quizás pensaba
que una muerte honrosa sería para él la
mejor salida de aquel confuso laberinto. Y
cuando más engolfado iba en estos pensa-
mientos, la suerte le deparó, no el honro-
so morir, sino un acertado resbalón vio-
lentísimo de su caballo. Cayó el hombre á
tierra y recibió en la cabeza un golpe for-
midable que le hizo perder el conocimiento.
Recogido por los hombres de su escolta, le
metieron en la más próxima casa, que era
la llamada del Duende en la calle del Duque
de Liria, y allí se le curó de primera inten-
ción. Mientras á esto atendían los de la es-
colta y los caritativos habitantes de la casa,
arreció fuera el peligro... La Guardia civil
PRIM 333
se hizo dueña de la calle... A toda prisa
disfrazaron el cuerpo casi exánime del Ge-
neral, quitándole el uniforme, y endilgándo-
le traje de paisano; sostenido por dos hom-
bres, le sacaban para llevarle á lugar más
seguro, cuando á registrar la casa entraron
los civiles. El paso fué de intensa emoción
teatral. O los guardias no le conocieron, ó
conocido, engordaron desmesuradamente su
vista, á punto que llegaba un ilustre veci-
no, el Duque de Berwich y Alba con cria-
dos y mayordomos, el cual, haciéndose cargo
del herido, se lo llevó tranquilamente á su
palacio. Túvole allí bien asistido y cuidado-
samente guardado de la policía hasta que se
le pudo esconder en una embajada y arre-
glarle clandestina fuga por el ferrocarril.
Al volver de Palacio, Serrano pidió nue-
vas órdenes á O'Donnell, que le dijo: "Vaya
usted á ver qué ocurre en el Cuartel de la
Montaña.,, Partió Serrano en dirección de
la Puerta de San Vicente, de donde pensaba
subir á la Montaña; pero viendo allí cuatro
cañones en fondo, tuvo que dar un amplio
rodeo por el Puente de Segovia, Casa de
Campo, paso del río por el puente del ferro-
carril, y llegando al fin á la espalda de la
estación, él y los que le seguían treparon
como gatos por el empinado talud de la
Montaña. En la explanada del Cuartel ha-
bía tropas formadas, de cuya moral y acti-
tud no tenía el General conocimiento exac-
to. ¿Eran leales ó rebeldes? Fueran lo que
fuesen, Serrano, con el ardimiento y ciega
334 B. PÉREZ GALBOS
bravura que en tales ocasiones gastar solía,»
cayó sobre ellas, las electrizó con cuatro gri-
tos, y no fué necesario más para recoger
aquella fuerza vacilante, agregarla sin di-
lación á la que llevaba y emprender el ata-
que y asalto de San Gil, donde unos ocho-
cientos artilleros se habían hecho fuertes,,
con la rabia pataleante de las causas perdi-
das: defenderse hasta morir.
Tropas de Serrano por la fachada Norte,
tropas mandadas por el mismo O'Donnelí
por la Plaza de San Marcial, acometieron
el Cuartel. Tan brava como la defensa fué
la embestida. Los sublevados hacían fuego
incesante desde las rejas del piso bajo; los
sitiadores, sin acordarse de que por un ca-
pricho de la fatalidad no eran sus aliados,
los fusilaban desde fuera. Asaltada la puer-
ta con no pocas pérdidas de una parte y
otra, ltfs sitiadores fueron dueños de los
patios; los sitiados, replegándose al prin-
cipal, parecían decididos á disputar el terre-
no piso á piso. Cruzáronse parlamentos, sin
llegar á términos de avenencia. Los artille-
ros pedían la impunidad, que no se les po-
día dar. Perdido el principal, continuó la
furiosa contienda en el segundo, y por fin
en las buhardillas, donde quedó sojuzgado
lo futuro y victorioso lo existente. Sangre y
muertos en todos los pisos mostraban cuan
recia fué la batalla entre el nombre de Prim
y el de Isabel II. Lástima de brío militar
empleado sin fruto, y perdido en el torren-
te político más espumoso. Creyérase que el
pbim 335
morir hombres y más hombres era necesa-
rio, por ley fatal, parala consolidación de
nuestros altares y tronos, de perfecta índole
asiática. ¡Vive Dios que ningún Poder se
asentó jamás sobre tan ancha y alta pila de
cadáveres!

XXXIII

Vencido y desarmado el brazo militar,


faltaba someter al civil, lo que no era fá-
cil, porque la plebe armada, dirigida por
sus iguales, con una organización primiti-
va, se movía con gran desembarazo. Aco-
sada y dispersa en una calle, aparecía pron-
tamente en otra. Era la guerrilla urbana,
más veloz que la milicia regular, y más co-
nocedora de los atajos y callejuelas para
Sorprender al enemigo. En la calle de la
Luna, un grupo de estos leones sueltos,
que disponían de un cañón y de varios ar-
tilleros para servirlo, tuvieron en jaque al
general Concha más de una hora. Pero lo
más apretado de aquellos sangrientos lances
callejeros, estuvo en la Plaza de la Cebada:
allí acudieron y se fortificaron con impro-
visados parapetos los bandos más aguerri-
dos de la patriotería del Rastro y Latina.
Tres cargas á la bayoneta les dió la infan-
tería con soberbio empuje, y aún no pudo
con ellos.
336 B. PÉllEZ GALDÓS
Caando parecían debilitarse, vino por San
Millán un refuerzo de tiradores fieros y des-
esperados. Entre ellos descollaba una figu-
ra tan gigantesca por su talla como por su
arrojo. Era un león barbudo, un descome-
dido atleta que de sus ojos enrojecidos echa-
ba fuego, de su boca imprecaciones tenan-
tes; era la estampa del coraje indómito, del
feroz patriotismo, que guerreaba á tiros, á
puñetazos, á dicterios inflamados con rabia
y encono; era, en fin, el gran Chaves, de-
mente, bárbaro, heróico. En lo más duro
del ataque, vió entre la tropa que contra él
venía la cara del sargento con quien cam-
bió, días antes, palabras sigilosas en el pa-
tio del Cuartel de San Mateo .. Fué aquella
tarde en que con el artificio de la pelota en-
tró en el Cuartel el niño, y tras el niño el
padre... Dirigióle el barbudo desde lejos pa-
labras rencorosas, vengativas... Y el sargen-
to, mirándole con ojos benignos, y cum-
pliendo su deber como esclavo circunstan-
cial de la ordenanza, decía para su capote:
"Te veo, Chaves; no quiero matarte; huye,
escóndete. Podemos ahora más que tú... Te
ha salido mal la cuenta; otra vez será.,,
Todo esto fué obra de segundos. Los va-
lientes paisanos no pudieron resistir el ata-
que, mandado por el general Hoyos. Dejan-
do algunos muertos y heridos, y llevándose
casi á rastras al furioso Chaves, huyeron
hacia la Cabecera del Rastro.
Estas refriegas parciales y otras muy re-
ñidas en Puerta Cerrada, Plazuelas del Pro-
PRIM 337
greso y Antón Martín, duraron hasta la una
ó las dos de la tarde. A esta hora ya se dió
por dominada la insurrección. El general
O'Donnell, con su Estado Mayor, recorrió
todos los sitios donde la lucha había sido
más empeñada y tenaz. Herido fué leve-
mente Narváez en la calle de Bailón, ha-
llándose junto á O'Donnell. También les
tocó alguna china á los generales Ceballos y
Conde de la Cañada; herida grave recibió el
brigadier Jovellar. Los pocos transeúntes
que afrontaron los riesgos de la calle, vieron
caballos muertos, charcos de sangre, despo-
jos de guerra; las casas de Santo Domingo
acribilladas á balazos; cadáveres conducidos
en camillas, entre ellos los de los dignos
oficiales Escario y Balan zat, muertos en las
calles cuando iban á incorporarse á sus
Cuerpos. A media tarde, era peligroso an-
dar por los barrios circundantes del Cuartel
de San Gil, pues aún sonaban disparos ha-
cia San Bernardino y Conde- Duque. La Pla-
sa de San Marcial ofrecía la pavorosa deso-
lación de la tragedia. El frontispicio del
Cuartel, destrozado por el fuego de fusile-
ría y cañón, era una faz llorosa dentro de
la cual se sentía el gemido de la conciencia
nacional, abrumada. Los oficiales muertos,
sus matadores y sus vengadores sacrifica-
dos en la lucha, dormían todos el mismo
sueño.
Avanzaba la tarde; los vecinos de la PJaza
de San Marcial salían de sus casas con ávi-
da curiosidad. Querían ver, oir y tocar lo que
338 B. PÉREZ GALDÓS
quedaba de la matanza, y respirar el fluido
trágico que aún flotaba en el ambiente,
como las emanaciones del cloroformo des-
pués de la cruenta cirugía. Las huellas de
la humana barbarie atraen poderosamente
á los hombres y más aún á las mujeres. Mu-
chedumbre de éstas intentó bajar á la Pla-
za; pero contenidas por el cordón de centi-
nelas, quedaron relegadas en la Plazuela de
Leganitos. Entre la heterogénea multitud,
distinguíase la figura esbelta de Teresa Vi-
llaescusa, que, escapada de su casa, anduvo
rondando por las calles próximas en un an-
sioso atisbo no se sabe de qué. Cuando ella
y otras mujeres se quejaban de que los cen-
tinelas no las dejaran acercarse al matade-
ro de San Gil, una mano se posó en el hom-
bro de la hermosa mujer. Volvióse á ver
quién la tocaba, y viendo el amojamado
rostro de Santiuste, imagen de la muerte,
tembló de nervioso frío y de miedo.
Santiuste.— ¿Qué haces por aquí, Teresa,
y qué buscas en este campo de una batalla
ideal, tan ganada por los vencedores como
por los vencidos?
Teresa (con ligero desvanecimiento men
tal). —Entre los vencidos busco á un hom-
bre. Daría muchos días de mi vida por en-
contrarle vivo.
CoNFusro (risueño, en plena embriaguez de,
pensamientos optimistas).— Viv o le encon-
trarás, porque muertos no hay aquí... No te
fíes de cadáveres fingidos, que ellos son hom-
bres que hacen que se mueren, y viven.
PRIM 339
Teresa. — Si fuera verdad lo que dices, yo
me alegraría...
Pero no puedo creerte, Juan.
Muertos hay. Tú no has visto bien, ó con
tu imaginación enferma trabucas las formas
reales.
Confusio. —
Yo he visto en el Cuartel el
simulacro de asalto y rendición. Los va-
lientes soldados han desempeñado su papel
á maravilla, y los generales han iguala-
do con su arte exquisito á los más hábiles
cómicos... Dentro del Cuartel, he visto á
Prim con sencillo y airoso disfraz de hijo
del pueblo.
Teresa (contagiada del trastorno de
Juan).— El que has visto no es Prim; es
un hombre que parece humilde y tiene to-
da la nobleza y sabiduría del Universo.
Confusio. — Te aseguro que es Prim el que
he visto. Prim mandaba el simulacro den-
tro del Cuartel... y fuera, el intrépido Se-
rrano dirigía el asalto. Cuando por acuerdo
de los dos terminó la figurada chamusqui-
na, entró Serrano en el Cuartel con cara
de júbilo... Serrano y Prim se abrazaron.
Teresa. — Quítate allá, Juan... Eres loco.
Confusio. —
Soy lo que soy. Compongo la
Historia lógica y estética, estudiando los
acontecimientos, no en la superficie, sino
en el fondo... En el fondo veo á Serrano y
Prim abrazados... Son los mejores amigos
del mundo, aunque no lo parezca... Tus ojos
pecadores no ven la verdad...
Tkresa.— Los tuyos no ven más que dis-
parates.
340 B. PÉREZ GALDÓS
Confusio. — Veo muertos vivos, los
los
enemigos reconciliados, el Altar y el Trono
llevados á la carpintería para que los com-
pongan, la Historia de España escrita por
los orates... Tú no sabes de esto, pobreci-
11a... Léeme y sabrás.

FIN DE PRIM

Santander-Madrid, Julio a Octubre de 1906.


LA

DE LOS TRISTES
DESTINOS
TOMO XL Y ÚLTIMO

]>E LOS

EPISODIOS NACIONALES
SE PUBLICARÁ

EN MARZO DE 1907
EDICIONES ESPAÑOLAS •

PUBUCADAS M HATIRRA V ESTADOS DISIDIS

Por concesión especial del autor se han hecho


«stas ediciones, para uso de los escolares ingle-

ses en las cáledras de lengua española. Al texto

español, escrupulosamente reproducido, siguen

copiosas notas en inglés, que aclaran lodos los-

puntos gramaticales obscuros, así como los mo-


dismos y locuciones provinciales.

Trafalgar, edited wilh notes and Introduc-


lion, by F. A. Kii kpalrick. University Press:
Cambridge, 1905.

Marianela, with Inlroduetion, notes and vo-


ca bular y, by /. Geddes: Boston, 1905.

Dona Perfecta, with Introduction and no-


tes, by A. /}. Marsh: Boston and London, Giim
G
and C , 1900.

Electra, edited with notes and vocabulary r


by O lis Gridley Bunnell. American Brook Com-
pany: New- York, 1902.

El Abuelo (en prensa): New- York.


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