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Historias de vida y legado en el pueblo

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Instituto De Educación Superior Tecnológica Publico

Padre Abad

NOMBRE: MILEYDI PLASENCIA


PACHECO
DOCENTE: WILDER EVANGELISTA
CICLO: I
CURSO: APLICACIONES DE

2024
INTERNET
El jardín de las memorias
En un tranquilo pueblo rodeado de campos verdes y montañas, vivía una anciana
llamada Elena. Elena había pasado toda su vida en ese lugar, cuidando de su pequeño
jardín con tanto amor como si fuera un tesoro precioso. Cada día, salía al jardín
temprano en la mañana, antes de que el sol calentara demasiado, y se dedicaba a cuidar
de las flores y plantas que había cultivado con sus propias manos.

El jardín de Elena no era grande ni espectacular, pero estaba lleno de colores vibrantes y
aromas que llenaban el aire. Tenía rosas rojas que recordaban el amor perdido de su
juventud, margaritas blancas que simbolizaban la pureza de su corazón y girasoles que
representaban la esperanza que nunca abandonaba su espíritu.

Un día, mientras trabajaba en su jardín, Elena encontró una pequeña caja de madera
semienterrada bajo un viejo roble. La caja estaba cubierta de musgo y parecía haber
estado allí durante muchos años. Con manos temblorosas, Elena la sacó del suelo y la
llevó a su casa. Con cuidado, abrió la caja y encontró dentro cartas amarillentas y
fotografías en blanco y negro.

Eran recuerdos de su juventud, de tiempos que había olvidado pero que ahora volvían a
ella con cada carta leída y cada imagen contemplada. Había cartas de un amor de
juventud, un joven llamado Alejandro que había dejado el pueblo en busca de aventuras
y nunca regresó. Había fotografías de fiestas en la plaza del pueblo, de amigos que ya
no estaban y de momentos felices que parecían haber ocurrido en otra vida.

Con lágrimas en los ojos, Elena revivió cada uno de esos momentos a través de las
cartas y las fotografías. Recordó las risas y las lágrimas, los sueños compartidos y los
corazones rotos. Pero también recordó cómo había encontrado consuelo y esperanza en
su jardín, en cada flor que había plantado con amor y dedicación.

Decidió que era hora de compartir estos recuerdos con los habitantes del pueblo.
Organizó una pequeña exposición en la plaza, donde mostró las cartas y las fotografías
junto con las flores de su jardín. Los vecinos se acercaron, curiosos y conmovidos por la
historia de Elena. Algunos reconocieron a las personas en las fotografías, otros
escucharon con reverencia las historias de amor y pérdida que habían marcado la vida
de su anciana vecina.

La exposición se convirtió en un evento anual en el pueblo, una celebración de la vida y


las historias que todos llevaban dentro. El jardín de Elena se convirtió en un símbolo de
memoria y esperanza, un lugar donde las generaciones futuras podrían aprender sobre el
pasado y encontrar inspiración para el futuro.

Elena siguió cuidando de su jardín hasta el final de sus días, sabiendo que su vida había
sido plena y que sus recuerdos vivirían para siempre en el corazón del pueblo y en el
aroma de las flores que tanto amaba.
El Viaje del Alma
En un pequeño pueblo perdido entre montañas, donde el tiempo parecía detenerse entre
sus calles empedradas y casas de piedra, vivía un hombre llamado Emilio. Emilio había
nacido en ese lugar, había crecido entre los campos de trigo y los bosques frondosos que
rodeaban el pueblo. Desde joven, había sentido una profunda conexión con la naturaleza
y con el fluir de la vida que se manifestaba en cada rincón del paisaje.

Emilio, a diferencia de muchos de sus compañeros de infancia, nunca sintió el deseo de


abandonar el pueblo en busca de las luces brillantes de la ciudad. En cambio, encontraba
belleza y significado en las cosas simples: el canto de los pájaros al amanecer, el aroma
fresco de la tierra después de la lluvia y la tranquilidad que envolvía al pueblo cuando
caía la noche.

Su vida transcurrió apaciblemente. Se casó con su amor de juventud, Lucía, una mujer
tan arraigada a la tierra como él, y juntos criaron a sus hijos en la misma casa de piedra
donde Emilio había crecido. Trabajaba como carpintero, un oficio que había aprendido
de su padre, tallando maderas que contaban historias de generaciones pasadas y
construyendo muebles que serían heredados por las generaciones futuras.

Pero a medida que pasaban los años, Emilio comenzó a sentir una inquietud en su
corazón. Había una sensación persistente de que su vida debía significar algo más, algo
más profundo y trascendental que las rutinas diarias y las responsabilidades familiares.
Comenzó a pasar más tiempo solo, caminando por los senderos que conocía desde niño
y observando el cambio de las estaciones como si cada una trajera un mensaje oculto
solo para él.

Una tarde de primavera, mientras caminaba por el borde del bosque, Emilio se encontró
con un anciano ermitaño que vivía en una cabaña aislada. El ermitaño, conocido como
Martín, era conocido en el pueblo por sus historias sobre la sabiduría antigua y los
secretos del alma. Emilio había escuchado hablar de él, pero nunca lo había conocido en
persona.

Martín era un hombre de pocas palabras, pero una mirada profunda y sabia. Invitó a
Emilio a sentarse junto a él al calor de una fogata y comenzó a contarle historias que
despertaron algo dentro de Emilio que había estado dormido durante mucho tiempo.
Habló de la búsqueda del propósito, de la conexión con la tierra y del viaje del alma a
través de las edades.

Aquella noche, bajo el manto estrellado del cielo, Emilio sintió que algo había
cambiado en su interior. Había una sensación de urgencia, como si el tiempo se hubiera
acelerado de repente y él tuviera que tomar decisiones que determinarían el curso de su
vida. Regresó a casa con el corazón lleno de preguntas y una determinación silenciosa
de descubrir qué significaba realmente vivir una vida plena y significativa.

Durante los meses siguientes, Emilio se sumergió en la meditación y la introspección.


Pasaba horas en silencio en el bosque, escuchando los susurros del viento entre los
árboles y buscando respuestas en los pequeños detalles de la naturaleza que lo rodeaba.
Comenzó a llevar un diario en el que registraba sus pensamientos más profundos y las
visiones que tenía en sus sueños.
Un día, mientras trabajaba en su taller de carpintería, Emilio tuvo una visión: un diseño
complejo y detallado para una obra de arte tallada en madera. Era como si las imágenes
fluyeran a través de él desde algún lugar más allá de su comprensión consciente. Emilio
se entregó completamente a la creación de esa obra, tallando cada detalle con una
precisión y una dedicación que solo podían venir del alma.

La obra terminada fue una escultura de un árbol antiguo, con raíces que se entrelazaban
en formas intrincadas y ramas que se extendían hacia el cielo como dedos en busca de
luz. Emilio la llamó "El Árbol del Conocimiento", una representación simbólica de su
propia búsqueda interior y del entendimiento que había alcanzado a través de ella.

La escultura de Emilio pronto se convirtió en un tema de conversación en el pueblo. Las


personas se maravillaban ante la habilidad artística de Emilio y la profundidad de la
obra que había creado. Pero lo más importante para Emilio fue el reconocimiento
interno de que había encontrado su propósito, su manera única de expresar las verdades
universales que había descubierto en su viaje espiritual.

Con el tiempo, Emilio se convirtió en un mentor para los jóvenes del pueblo,
compartiendo sus enseñanzas sobre la conexión con la naturaleza y el descubrimiento
del verdadero ser interior. Continuó creando obras de arte que reflejaban su evolución
espiritual y su comprensión de la vida como un viaje del alma hacia la plenitud.

Cuando llegó el momento de su partida de este mundo, Emilio dejó atrás un legado de
amor, sabiduría y creatividad. Su taller se convirtió en un museo dedicado a sus obras,
donde las generaciones futuras podrían aprender sobre su vida y su arte. Pero más allá
de las esculturas y los cuadros, el verdadero legado de Emilio era la inspiración que
había dejado en los corazones de quienes lo habían conocido y en aquellos que
descubrirían su historia en los años venideros.

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