Mirabel
Mirabel, mi esposa, era bruja, casi estaba seguro y sólo me
f a l t a b a n a l g u n a s pruebas para proceder a matarla, porqu e los seres
malignos son obra de la mano infernal y no producto de Dios. Desde el
principio me sentí atraído por la belleza de Mirabel, por su fino cuerpo, su
piel aduraznada y sus rasgos perfectos; pero -y h e a q u í l o s o b r e n a t u r a l -
t a m b i é n m e a t r a í a a l g o q u e n o a l c a n c é a d e f i n i r y q u e luego descubrí
en medio del pánico: un embrujo disuelto en las primeras tazas de c a f é q u e m e
obsequió después de conocerla en un baile de disfraces,
d o n d e justamente ella vestía como vieja hechicera medieval. Mis sospechas
aumentaron cuando noté que no iba con la frecuencia necesaria a la iglesia
y que no
llevabac o n s i g o n i n g u n a i m a g e n r e l i g i o s a y s í , a c a m b i o , c o m o
c o l l a r, u n a m u l e t o indígena: un ojo de venado. Nos casamos y yo
comencé a perder el apetito
y c o n s e c u e n t e m e n t e a d e b i l i t a r m e . To d o s l o s g u i s o s d e M i r a
bel me parecíanhorrendos y los rechazaba pensando que est
a r í a n e l a b o r a d o s c o n h u e s o s humanos, carne de serpiente y de sapos,
plantas extrañas y polvos secretos. Ella, al percatarse, intentaba obligarme a
comerlos. Pero yo estaba preparado: había l e í d o t o d o r e s p e c t o a b r u j a s
y espíritus, vi películas de terror y supe de
actost o r t u o s o s . A d e m á s , s a b í a c ó m o d e b e r e a c c i o n a r u n b u e
n c r i s t i a n o a n t e u n embrujamiento: con la cruz y la espada. En las mañanas, al
afeitarme, me revisaba la yugular por si Mirabel era vampiro y a p r o v e c h a n d o m i
pesado dormir bebía mi sangre. No, las cosas iban por
otror u m b o . U n a n o c h e d e s c u b r í q u e e l s u e ñ o a g o b i a n t e y l l e
n o d e t r e m e n d a s pesadillas se debía a que mi esposa arrojaba en la
leche una pastilla blanca. En e s e i n s t a n t e d e c i d í p o n e r e n j u e g o t o d o
m i v a l o r y m i a s t u c i a p a r a e l i m i n a r e l maleficio que me rodeaba
y amenazaba con matarme o con algo peor, vender mi alma al diablo. Fingí
beber el asqueroso líquido y utilizando un descuido lo tiré en el baño, luego bostecé, y
fui al lecho nupcial donde tantas veces malignos deseos me acometieron y poseí
salvajemente a la perversa mujer, sin duda impulsada por hierbas afrodisíacas y
pecaminosas. Era el momento indicado: llovía, y fuera del r u i d o d e l a g u a
h a b í a u n s i l e n c i o s e p u l c r a l . C e r c a d e l a s d o c e s i m u l é d o r m i r y,
como lo esperaba, mi esposa entró, me movió, dijo tres veces mi
nombre; al no obtener respuesta, de un pequeño sobre sacó un
libro negro: malvados rezos e invocaciones a Satanás y dejó el
cuarto. Al poco rato escuché sus pasos en la cocina y percibí
a r o m a s m u y e x t r a ñ o s . Tr a t a n d o d e s e r c a u t o f u i a v i g i l a r l a d e
cerca y desde la puerta espié: un dantesco espectáculo se
mostraba impúdicamente: Mirabel, con los ojos enrojecidos,
trabajaba sobre un caldero. Maldecía, consultaba el libro negro y
con un cucharón agitaba el espeso y oscuro líquido. Ahí la prueba
definitiva, más no podía exigirse. Ahora sólo tenía qué actuar
rápido. A estas alturas del siglo imposible enjuiciarla y quemarla
viva en leña verde en la plaza principal: yo tendría que ser el juez
y verdugo que salvara ala sociedad de un peligro semejante. Hice
a c o p i o d e v a l o r, p u e s c o n f i e s o q u e e l m i e d o m e p e t r i f i c a b a y m i s
movimientos parecían darse en cámara lenta, desande camino,
tomé el revólver y volví a la cocina. Grité, ¡muere en nombre de
Dios, monstruo malvado!, y disparé toda la carga del cilindro. Un
h o r r i b l e c h i l l i d o f u e t o d o l o q u e p u d e e s c u c h a r. L u e g o p e r m a n e c í
inmóvil ante el cadáver de la bruja tal vez esperando algo insólito,
pero nada sucedió. Entraron la policía y los vecinos y yo
permanecía en la misma posición: ahora rezaba y daba gracias al
cielo por permitirme llevar adelante mi obra. Anuncio publicitario
Fue después, durante el proceso, que supe la verdad. Mirabel no
era bruja. Simplemente quería darme una sorpresa al notar que
sus guisos no eran de miagado: por las noches practicaba la
cocina y las pastillas que disolvía en la leche eran polivitaminas
con las que deseaba anular mi debilidad. La vez de su muerte
tenía los ojos enrojecidos porque en el caldero había demasiados
condimentos y el libro negro resultó ser un modesto recetario. Mi
castigo no es la prisión, sino el obsesionante recuerdo de la
belleza de Mirabel. Por eso en las noches me oyen gritarle,
llamarla, exigir un hechizo que me la regrese. Y luego febrilmente
me enfrasco en las posibilidades de encontrarla en el otro mundo
si es que ella perdonó mi estupidez y si es que hay otro mundo,
porque ahora que mis lecturas son libros científicos, lo dudo.
( To m a d o d e l l i b r o « T O D O E L A M O R » , d e R e n é A v i l é s )