ISSN: 2237-1648
CONVERSAR CON CUALQUIERA
Daniel Brailovsky
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SKLIAR, Carlos. Pedagogías de las diferencias. Buenos Aires: Novedades Educativas,
2017.
La palabra Pedagogía (en singular) seguida de otra que la completa, da lugar a suponer
la aplicación de la pedagogía a ciertas esferas específicas, a ciertos tipos de sujetos, de
contextos, de disciplinas o de propósitos. Sin embargo, el libro Pedagogías de las diferencias,
de Carlos Skliar, rehúye por completo ese propósito. Se formula en cambio en plural, para dar
cuenta no ya de una pedagogía que piensa en adecuarse a un sujeto predefinido como
“diferente”, sino en las múltiples formas que adquiere el pensamiento pedagógico cuando se
propone pensar las diferencias. La jerga que los discursos educativos han venido
construyendo en torno a la idea de “diversidad”, con todas sus falacias y ambigüedades, es
desarmada en este libro desde un procedimiento de escritura donde se mezclan la teoría, el
ensayo y la literatura. El libro todo recorre la búsqueda de un lenguaje, nunca acabado ni
cerrado, en el que se pueda conversar sobre aquello a lo que llamamos educación.
El libro reúne casi un centenar de breves ensayos que se organizan en un índice de
resonancias poéticas, donde los nombres de cada apartado evocan la versificación, y los
capítulos, las estrofas. Educar, infancias, diferencias, leer, escribir, aprender y alteridad son
los términos que organizan el recorrido. Y cada una de estas palabras se alterna, se alitera, se
balbucea y se vuelve a pronunciar resonando en otras: ser desconocidos, tomar partido, liberar
el tiempo, habitar la época, saber el sabor, regresar, darse cuenta, narrar, cuidar. Las palabras
abren preguntas desde el principio hasta el fin donde, como cierre, se presenta un intercambio
epistolar entre el autor y Fernando Bárcena.
Hasta aquí, lo que se ve a simple vista del libro Pedagogías de las Diferencias.
Pero supongo que quien lee una reseña de un libro, quien se aventura a leer a través de
la lectura de otro, no desea apenas una crónica de lo evidente, un testimonio del libro que aún
no ha llegado a sus manos, sino quizás algo más parecido al intento de compartir las
sensaciones de haber leído, las inquietudes de haber leído, las asperezas y las suavidades de
Doutor. Docente da Faculdade Latino-Americana de Ciências Sociais, Argentina.
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haber leído. Procuraré, en los siguientes párrafos, contar algo de lo que esta lectura ha
producido en mí como lector.
La enseñanza y el aprendizaje se presentan a los maestros como grandes
procedimientos cargados de teoría. La didáctica, con sus modelos y mecanismos, sus métodos
y estrategias, hegemoniza el lenguaje que nombra a la enseñanza. La psicología, con sus
génesis y sus estadios, sus parámetros de normalidad y sus tipologías, hace lo propio con el
aprendizaje. Esta carga teórica no me es ajena, pues soy maestro y lector ávido de todo lo que
tiene que ver con mi oficio. Pero he tenido que aprender a leer esos textos, para conjurar las
distancias y los peros y los aunques que se necesitan para que esas lecturas sean marcos
interpretativos, y no dogmas o estigmas. Es por eso que, cuando en este libro se habla de
enseñanza y aprendizaje, los términos resuenan de otra manera. Ya los didactas han dicho que
las relaciones entre ambas no son lineales. Pero lo que Carlos Skliar plantea en relación al
“entre” que las conjuga tiene menos que ver con la búsqueda de una fórmula que las contenga,
y más con un llamado de atención sobre sus sentidos y resonancias profundas. Por eso,
sabiéndose en una posición “a contracorriente”, sostiene que “enseñar es nuestra
responsabilidad,y aprender – más allá de su misterio y encantamiento y del hecho de que en
verdad ignoramos cómo se aprende – es responsabilidad del otro. Para ser aún más preciso:
habría que desprender el enseñar del aprender pues, por lo poco que sabemos, siempre se
aprende otra cosa que lo enseñado, con otros signos y sentidos y en otro momento de la vida”
(p. 45).
Esta idea de desprender el enseñar del aprender me invita a pensar en una enseñanza
no sólo consciente de sus límites sino, y muy especialmente, sensible a sus múltiples efectos
de sentido, abierta a sus impredecibles destinos, generosa con los simultáneos rostros que
ofrece. La enseñanza, en esta conversación, se preocupa menos por las técnicas y más por las
relaciones, se nombra con las palabras del encuentro singular en el tiempo y el espacio del
aula, y desoye todo lo posible las jergas escribaniles que buscan cosificar, medir, eficientizar
y sistematizar la enseñanza. Nada hay ni puede haber de sistemático en la enseñanza, incluso
cuando suene el timbre a la hora del recreo, o incluso cuando en la lista de estudiantes, con
preciso orden alfabético, se muestren muchos nombres y muchos apellidos.
En canto al tiempo-espacio del aula, en Pedagogías de las diferencias me reencontré
con lecturas acerca del tiempo escolar que había conocido en conversaciones con su autor. Un
tiempo extenso (porque si hay algo que abunda en la escuela, eso es tiempo), generoso
(porque en la escuela hay de todo, en cantidad) y sobre todo, liberado de otras obligaciones,
racionalidades, lógicas instrumentales o deberes de la vida diaria. El tiempo de la escuela no
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está dedicado a resolver los problemas de todos los días, sino que es un tiempo escindido, en
el que la coyuntura se deja de lado y ocupan el centro las cuestiones del mundo y de la vida
que nos preocupan en un sentido amplio y trascendente. El tiempo del aula es un tiempo en el
que los desconocidos se encuentran y comparten una inédita e incomparable forma de
intimidad, quizás de amistad, que les permite reconocerse y construir algo nuevo, juntos.
Y es que para Skliar,según sus propias palabras, la cuestión del tiempo es el principal
problema humano sobre el que vale la pena pensar, justamente porque es imposible
resolverlo. Y escribe: “¿Somos solo lo que el tiempo hace con nosotros o, también y
decididamente, lo que nosotros hacemos con el tiempo? ¿Y no será que la infancia y la lectura
resuelven, aunque sea como distracción, disimuladamente, sin estridencias ni publicidades,
este infinito, eterno, irremediable, trágico y bello enigma?” (p. 57).
Esta concepción del tiempo de aula como un tiempo de refugio, habla también de un
tiempo para explorar modos de ver y de sentir el mundo y la vida, dos palabras simples y
enormes a partir de las que Carlos Skliar construye una distinción que invita a pensar en las
direcciones en las que se piensa y se mira la educación. Un tiempo abierto. Un tiempo con
tiempo. ¿Y qué miraremos desde ese tiempo? ¿Qué mundos, qué vidas?
En esta temporalidad del aula, la metáfora de “hablar con desconocidos”, una de las
imágenes potentes del libro, es metáfora de ese “todos”, ese “cada uno” y ese “cualquiera”
que habita el tiempo escolar. “En tiempos en que se insiste con cierta obsesión en que hay que
educar a todos, en que hay que incluir a todos”, dice Skliar, “no es menos pretenciosa –pero sí
sin afectaciones ni palabras de moda-la amorosidad con que pudiéramos asumir la
responsabilidad de enseñar a los demás. Enseñar como mostrar, como dejar signos que otros -
cualesquiera sean- descifrarán a su tiempo y a su modo”(p. 24). Hablar con desconocidos es
hablar sin pedir nada a cambio, sin solicitar credenciales respecto de lo hablado, sin medir las
palabras ni restringir sus sentidos. Y sin esperar, especialmente, una posición predefinida
desde la cual se deba hablar.
Finalmente, destaco una idea respecto de la fragilidad, que ocupa algunas páginas en
el libro y, puedo agregar, en el pensamiento de su autor. El retiro de los estigmas y las
etiquetas, ese deseo de hablar con cualquiera, demanda en efecto una cierta posición frágil. Se
desarticulan los escudos, las costras y las jergas tranquilizantes, porque es preciso decir que
los diagnósticos, los términos técnicos y las sentencias, ante todo tranquilizan a la gente
normal. Se asume entonces, en ausencia de estos placebos, una posición frágil. Y aunque en
general decir frágil es remitirse a “la facilidad de una cosa para romperse”, y aunque se dice
que lo frágil “es lo opuesto a la tenacidad, esa torpe virtud de los objetos y de las personas que
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insisten en no quebrarse”, para Skliar “la única propiedad de lo frágil es encontrarse con otras
fragilidades en el reino de la pasión, o de la imaginación o bien de la ficción, es decir: hacer
otras vidas, quitarse del lenguaje infectado de los poderes, eludir toda absurda convención de
normalidad, evitar la cruel sensatez de las cronologías” (p. 145).
En ocasión de la presentación de este libro en la ciudad de Buenos Aires, donde reside
su autor (cuando no está en Barcelona, en Madrid, en Roma o en alguno de los centenares de
pequeños pueblos de la extensa Argentina, que recorre constantemente para hablar con
educadores), tuve el gusto de participar del acto, y de hacer algunos comentarios sobre el
libro, junto a otros colegas y amigos. En esa ocasión, repasando en los minutos previos lo que
sería dicho, constaté con curiosidad que la cita que yo había elegido para leer como cierre de
mi intervención, era la misma cita que había subrayado el autor del libro. Quizás, pienso
ahora, sea una buena señal para elegirla como cierre de esta reseña. Y aquí está:
“Ese debería ser el sentido del gesto-acto de educar recibir al otro, sin cuestiones, sin
preguntas, sin sospechas y, sobre todo, sin juzgar, para entablar una conversación a
propósito de qué haremos con el mundo y qué haremos con nuestras vidas” (p. 20).
Recebido em 01 de outubro de 2017. Aprovado em 29 de novembro de 2017.
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