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Hepatitis A

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HEPATITIS A

La hepatitis A es una inflamación del hígado debida al virus de la hepatitis A


(VHA), que se propaga principalmente cuando una persona no infectada (y no
vacunada) ingiere agua o alimentos contaminados por heces de una persona
infectada. La enfermedad está muy asociada al consumo de agua y alimentos
insalubres, el saneamiento deficiente, la mala higiene personal y el sexo
bucoanal.

A diferencia de las hepatitis B y C, la hepatitis A no causa hepatopatía crónica,


pero puede ocasionar síntomas debilitantes y, en raras ocasiones, hepatitis
fulminante (insuficiencia hepática aguda), que a menudo es mortal. La OMS
estima que, en 2016, 7134 personas murieron en todo el mundo de hepatitis
A, una cifra que representa el 0,5% de la mortalidad por hepatitis víricas.

La hepatitis A se presenta esporádicamente y en epidemias de ámbito


mundial, y tiende a reaparecer periódicamente. Las epidemias asociadas a
agua o alimentos contaminados pueden aparecer de forma explosiva, como
ocurrió con la epidemia registrada en Shanghái en 1988, que afectó a unas
300 000 personas (1). También pueden ser prolongadas y afectar a la
población durante meses, a través de la transmisión de persona a persona.
Los virus que causan la hepatitis A subsisten en el medio y pueden resistir a
los métodos que se utilizan habitualmente en la producción de alimentos para
inactivar o controlar las bacterias patógenas.

Distribución geográfica
Se pueden distinguir zonas geográficas de nivel alto, intermedio o bajo de
infección por el VHA. Sin embargo, contraer la infección no siempre significa
que se vaya a enfermar, pues los niños que se infectan durante la infancia no
padecen síntomas visibles.

En los países de ingreso bajo y mediano donde las condiciones de


saneamiento y las prácticas de higiene son deficientes, la infección es
frecuente, y la mayoría de los niños (el 90%) han contraído el virus antes de
los 10 años, muy a menudo sin presentar síntomas (2). En los países de
ingreso alto con un buen nivel de saneamiento e higiene, las tasas de
infección son bajas. La enfermedad puede aparecer en adolescentes y adultos
de los grupos de alto riesgo, como las personas que se inyectan drogas, los
hombres que tienen relaciones sexuales con hombres y las personas que
viajan a zonas de alta endemicidad, así como en poblaciones aisladas, como
las comunidades religiosas cerradas. En los Estados Unidos de América se han
registrado grandes brotes entre las personas sin hogar. En los países de
ingreso mediano y en las regiones donde el saneamiento no siempre es
idóneo, los niños eluden a menudo la infección durante la primera infancia y
llegan a la edad adulta sin inmunidad.

Transmisión
El virus de la hepatitis A se transmite principalmente por vía fecal-oral, es
decir, cuando una persona no infectada ingiere agua o alimentos
contaminados por heces de una persona infectada. En las familias, esto puede
ocurrir si las manos de la persona encargada de cocinar están sucias. La
transmisión hídrica, que no es frecuente, suele estar relacionada con la
contaminación por aguas residuales o el abastecimiento de agua
insuficientemente tratada.

El virus también puede transmitirse por contacto físico estrecho con una
persona infectada —por ejemplo, mediante el sexo bucoanal—, pero no se
propaga por contacto fortuito.

Síntomas
El periodo de incubación de la hepatitis A suele ser de entre 14 y 28 días.

Los síntomas van de moderados a graves y pueden incluir fiebre, malestar,


pérdida de apetito, diarrea, náuseas, molestias abdominales, coloración
oscura de la orina e ictericia (coloración amarillenta de la piel y los ojos). Los
infectados no siempre presentan todos esos síntomas.

Los adultos presentan signos y síntomas con mayor frecuencia que los niños.
De hecho, la gravedad y la mortalidad de la enfermedad aumentan con la
edad. Los menores de seis años infectados no suelen experimentar síntomas
apreciables, y solo el 10% presentan ictericia. En ocasiones, la hepatitis A
puede recidivar, es decir, que la persona que se acaba de recuperar puede
caer enferma de nuevo con otro episodio agudo, aunque, por lo general, se
acaba recuperando.
Diagnóstico
Los casos de hepatitis A son clínicamente indistinguibles de otros tipos de
hepatitis víricas agudas. El diagnóstico concreto se establece mediante la
detección en la sangre de anticuerpos IgM dirigidos específicamente contra el
VHA. Otra prueba utilizada es la reacción en cadena de la polimerasa con
retrotranscripción (RT-PCR) para detectar el ARN del virus de la hepatitis A,
aunque normalmente se realiza solo en laboratorios especializados.

Tratamiento
No hay ningún tratamiento específico para la hepatitis A. Los síntomas tras la
infección pueden remitir lentamente, y esta recuperación puede prolongarse
a lo largo de varias semanas o meses. Es importante evitar medicamentos
innecesarios que pueden afectar negativamente la función hepática, como el
acetaminofeno o paracetamol.

En ausencia de insuficiencia hepática aguda, la hospitalización es innecesaria.


El tratamiento tiene como objetivo mantener el bienestar y el equilibrio
nutricional del paciente, incluida la rehidratación tras vómitos y diarreas.

Prevención
La mejora del saneamiento, la inocuidad de los alimentos y la vacunación son
las medidas más eficaces para combatir la hepatitis A.

La propagación de la hepatitis A puede reducirse mediante:

 un abastecimiento adecuado de agua potable salubre;


 la correcta eliminación de las aguas residuales de la comunidad, y
 prácticas de higiene personal, como lavarse regularmente las manos
antes de comer y después de ir al baño.

Hay varias vacunas inyectables inactivadas contra la hepatitis A disponibles a


nivel internacional. Todas ellas son similares en cuanto a la protección que
confieren y a sus efectos colaterales. No existe ninguna vacuna aprobada para
su uso en niños menores de un año. En China también hay disponible una
vacuna viva atenuada.

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