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Entremés de Cervantes: La cueva de Salamanca

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FURRIER.

- ¡Soy de la mala puta que los parió; y, por Dios vivo, que si echo mano
a la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta!

CAPACHO.- Basta: ¡de ex il[l]is es!

BENITO.- Basta: ¡dellos es, pues no vee nada!

FURRIER.- Canalla barretina: si otra vez me dicen que soy dellos, no les dejaré
hueso sano.

BENITO.- Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no podemos
dejar de decir: ¡dellos es, dellos es!

FURRIER.- ¡Cuerpo de Dios con los villanos! ¡Esperad!

(Mete mano a la espada y acuchíllase con todos; y el ALCALDE aporrea


al RABELLEJO; y la CHERRINOS descuelga la manta y dice:)

[CHIRINOS].- El diablo ha sido la trompeta y la ven[i]da de los hombres de


armas; -fol. 248r- parece que los llamaron con campanilla.

CHANFALLA.- El suceso ha sido extraordinario; la virtud del retablo se queda en


su punto, y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros mismos podemos cantar el
triunfo desta batalla, diciendo: ¡vivan Chirinos y Chanfalla!

Entremés de La cueva de Salamanca


Miguel de Cervantes Saavedra

-fol. 248r-

Salen PANCRACIO, LEONARDA y CRISTINA.

PANCRACIO.- Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa a vuestros suspiros,


considerando que cuatro días de ausencia no son siglos. Yo volveré, a lo más largo, a los
cinco, si Dios no me quita la vida; aunque será mejor, por no turbar la vuestra, romper mi
palabra, y dejar esta jornada; que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.
LEONARDA.- No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mío vos
parezcáis descortés; id en hora buena, y cumplid con vuestras obligaciones, pues las que
os llevan son precisas; que yo me apretaré con mi llaga y pasaré mi soledad lo menos mal
que pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y que no paséis del término que habéis puesto.
Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazón.

(Desmáyase LEONARDA.)

CRISTINA.- ¡Oh, que bien hayan las bodas y las fiestas! En verdad, señor, que, si
yo fuera que vuesa merced, que nunca allá fuera.

PANCRACIO.- Entra, hija, por un vidro de agua para echársela en el rostro. Mas
espera; diréle unas palabras que sé al oído, que tienen virtud para hacer volver de los
desmayos.

(Dícele las palabras; vuelve LEONARDA diciendo:)

LEONARDA.- ¡Basta!, ello ha de ser forzoso; no hay sino tener paciencia, bien
mío; cuanto más os detuviéredes, más dilatáis mi contento. Vuestro compadre Loniso os
debe de aguardar ya en el coche. Andad don Dios; que Él os vuelva tan presto y tan
bueno como yo deseo.
-fol. 248v-

PANCRACIO.- Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí más que


una estatua.

LEONARDA.- No, no, descanso mío; que mi gusto está en el vuestro; y, por agora,
más que os vais que no os quedéis, pues es vuestra honra la mía.

CRISTINA.- ¡Oh, espejo del matrimonio! A fe que si todas las casadas quisiesen
tanto a sus maridos como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro gallo les cantase.

LEONARDA.- Entra, Cristinica, y saca mi manto, que quiero acompañar a tu señor


hasta dejarle en el coche.

PANCRACIO.- No, por mi amor; abrazadme y quedaos, por vida mía.


Cristinica, ten cuenta de regalar a tu señora, que yo te mando un calzado cuando
vuelva, como tú le quisieres.

CRISTINA.- Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora, porque la pienso persuadir


de manera a que nos holguemos, que no imagine en la falta que vuesa merced le ha de
hacer.
LEONARDA.- ¿Holgar yo? ¡Qué bien estás en la cuenta, niña! Porque, ausente de
mi gusto, no se hicieron los placeres ni las glorias para mí; penas y dolores, sí.

PANCRACIO.- Ya no lo puedo sufrir. Quedad en paz, lumbre destos ojos, los


cuales no verán cosa que les dé placer hasta volveros a ver.

(Éntrase PANCRACIO.)

LEONARDA.- ¡Allá darás, rayo, en casa de Ana Díaz. Vayas, y no vuelvas; la ida
del humo. Por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras valentías ni vuestro recatos!

CRISTINA.- Mil veces temí que con tus estremos habías de estorbar su partida y
nuestros contentos.

LEONARDA.- ¿Si vendrán esta noche los que esperamos?

CRISTINA.- ¿Pues no? Ya los tengo avisados, y ellos están tan en ello, que esta
tarde enviaron con la lavandera, nuestra secretaria, como que eran paños, una canasta de
colar, llena de mil regalos y de cosas de comer, que no parece sino [u]no de los serones
que da el rey el Jueves Santo a sus pobres; sino que la canasta es de Pascua, porque hay
en ella empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones que aún no están acabados
de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora; y, sobre todo, una bota de hasta una
arroba de vino, de lo de una oreja, que huele que traciende.

LEONARDA.- Es muy cumplido, y lo fue siempre, mi Riponce, sacristán de las


telas de mis entrañas.

CRISTINA.- Pues, ¿qué le falta a mi maese Nicolás, barbero de mis hígados y


navaja de mis pesadumbres, que así me las rapa y quita cuando le veo, como si nunca las
hubiera tenido?
-fol. 249r-

LEONARDA.- ¿Pusiste la canasta en cobro?

CRISTINA.- En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.

(Llama a la puerta el ESTUDIANTE Carraolano, y, en llamando, sin esperar que le


respondan, entra.)

LEONARDA.- Cristina, mira quién llama.

ESTUDIANTE.- Señoras, yo soy, un pobre estudiante.


CRISTINA.- Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra
vuestro vestido, y el ser pobre vuestro atrevimiento. Cosa estraña es ésta, que no hay
pobre que espere a que le saquen la limosna a la puerta, sino que se entran en las casas
hasta el último rincón, sin mirar si despiertan a quien duerme, o si no.

ESTUDIANTE.- Otra más blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de


vuesa merced; cuanto más, que yo no quería ni buscaba otra limosna, sino alguna
caballeriza o pajar donde defenderme esta noche de las inclemencias del cielo, que, según
se me trasluce, parece que con grandísimo rigor a la tierra amenazan.

LEONARDA.- ¿Y de dónde bueno sois, amigo?

ESTUDIANTE.- Salmantino soy, señora mía; quiero decir que soy de Salamanca.
Iba a Roma con un tío mío, el cual murió en el camino, en el corazón de Francia. Vime
solo; determiné volverme a mi tierra; robáronme los lacayos o compañeros de Roque
Guinarde, en Cataluña, porque él estaba ausente; que, a estar allí, no consintiera que se
me hiciera agravio, porque es muy cortés y comedido, y además limosnero. Hame
tomado a estas santas puertas la noche, que por tales las juzgo, y busco mi remedio.

LEONARDA.- En verdad, Cristina, que me ha movido a lástima el estudiante.

CRISTINA.- Ya me tiene a mí rasgadas las entrañas. Tengámosle en casa esta


noche, pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real; quiero decir que en las
reliquias de la canasta habrá en quien adore su hambre; y más, que me ayudará a pelar la
volatería que viene en la cesta.

LEONARDA.- Pues, ¿cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos
de nuestras liviandades?

CRISTINA.- Así tiene él talle de hablar por el colodrillo, como por la boca.
Venga acá, amigo: ¿sabe pelar?

ESTUDIANTE.- ¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, si no es que


quiere vuesa merced motejarme de pelón; que no hay para qué, pues yo me confieso por
el mayor pelón del mundo.

CRISTINA.- No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si -fol. 249v-
sabía pelar dos o tres pares de capones.

ESTUDIANTE.- Lo que sabré responder es que yo, señoras, por la gracia de Dios,
soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...

LEONARDA.- Desa manera, ¿quién duda sino que sabrá pelar no sólo capones,
sino gansos y avutardas? Y, en esto del guardar secreto, ¿cómo le va? Y, a dicha, ¿[es]
tentado de decir todo lo que vee, imagina o siente?

ESTUDIANTE.- Así pueden matar delante de mí más hombres que carneros en el


Rastro, que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.

CRISTINA.- Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos
cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá misterios y cenará
maravillas, y podrá medir en un pajar los pies que quisiere para su cama.

ESTUDIANTE.- Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso ni


regalado.

(Entran el SACRISTÁN Reponce y el BARBERO.)

SACRISTÁN.- ¡Oh, que en hora buena estén los automedones y guías de los carros
de nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos recíprocas voluntades que
sirven de basas y colunas a la amorosa fábrica de nuestros deseos!

LEONARDA.- ¡Esto sólo me enfada dél! Reponce mío: habla, por tu vida, a lo
moderno, y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te alcance.

BARBERO.- Eso tengo yo bueno, que hablo más llano que una suela de zapato;
pan por vino y vino por pan, o como suele decirse.

SACRISTÁN.- Sí, que diferencia ha de haber de un sacristán gramático a un


barbero romancista.

CRISTINA.- Para lo que yo he menester a mi barbero, tanto latín sabe, y aún más,
que supo Antonio de Nebrija; y no se dispute agora de ciencia ni de modos de hablar: que
cada uno habla, si no como debe, a lo menos, como sabe; y entrémonos, y manos a labor,
que hay mucho que hacer.

ESTUDIANTE.- Y mucho que pelar.

SACRISTÁN.- ¿Quién es este buen hombre?

LEONARDA.- Un pobre estudiante salamanqueso, que pide albergo para esta


noche.

SACRISTÁN.- Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con
Dios.

ESTUDIANTE.- Señor sacristán Reponce, recibo y agradezco la merced y la


limosna; pero yo soy mudo, y pelón además, como lo ha menester esta señora doncella,
que me tiene convidado; y voto a... -fol. 250r- de no irme esta noche desta casa, si
todo el mundo me lo manda. Confíese vuesa merced mucho de enhoramala de un hombre
de mis prendas, que se contenta de dormir en un pajar; y si lo han por sus capones,
péleselos el Turco y cómanselos ellos, y nunca del cuero les salgan.

BARBERO.- Éste más parece rufián que pobre. Talle tiene de alzarse con toda la
casa.

CRISTINA.- No medre yo, si no me contenta el brío. Entrémonos todos, y demos


orden en lo que se ha de hacer; que el pobre pelará y callará como en misa.

ESTUDIANTE.- Y aun como en vísperas.

SACRISTÁN.- Puesto me ha miedo el pobre estudiante; yo apostaré que sabe más


latín que yo.

LEONARDA.- De ahí le deben de nacer los bríos que tiene; pero no te pese, amigo,
de hacer caridad, que vale para todas las cosas.

(Éntranse todos, y sale Leoniso, COMPADRE DE PANCRACIO, y PANCRACIO.)

COMPADRE.- Luego lo vi yo que nos había de faltar la rueda; no hay cochero que
no sea temático; si él rodeara un poco y salvara aquel barranco, ya estuviéramos dos
leguas de aquí.

PANCRACIO.- A mí no se me da nada; que antes gusto de volverme y pasar esta


noche con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde casi para
espirar, del sentimiento de mi partida.

COMPADRE.- ¡Gran mujer! ¡De buena os ha dado el cielo, señor compadre! Dadle
gracias por ello.

PANCRACIO.- Yo se las doy como puedo, y no como debo; no hay Lucrecia que
se [le] llegue, ni Porcia que se le iguale; la honestidad y el recogimiento han hecho en ella
su morada.

COMPADRE.- Si la mía no fuera celosa, no tenía yo más que desear. Por esta calle
está más cerca mi casa; tomad, compadre, por éstas, y estaréis presto en la vuestra; y
veámonos mañana, que [no] me faltará coche para la jornada. Adiós.

PANCRACIO.- Adiós.

(Éntranse los dos.)


(Vuelven a salir el SACRISTÁN [y] el BARBERO, con sus
guitarras; LEONARDA, CRISTINA y el ESTUDIANTE. Sale el SACRISTÁN con la
sotana alzada y ceñida al cuerpo, danzando al son de su misma guitarra; y, a cada
cabriola, vaya diciendo estas palabras:)

SACRISTÁN.- ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!

CRISTINA.- Señor sacristán Reponce, no es éste tiempo de danzar; dése -fol.


250v- orden en cenar y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor coyuntura.

SACRISTÁN.- ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!

LEONARDA.- Déjale, Cristina; que en estremo gusto de ver su agilidad.

(Llama PANCRACIO a la puerta, y dice:)

PANCRACIO.- Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano tenéis atrancada la
puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí.

LEONARDA.- ¡Ay, desdichada! A la voz y a los golpes, mi marido Pancracio es


éste; algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores, a recogerse a la
carbonera: digo al desván, donde está el carbón.
Corre, Cristina, y llévalos; que yo entretendré a Pancracio de modo que tengas lugar
para todo.

ESTUDIANTE.- ¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!

CRISTINA.- ¡Gentil relente, por cierto! ¡Ea, vengan todos!

PANCRACIO.- ¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me abrís, lirones?

ESTUDIANTE.- Es el toque, que yo no quiero correr la suerte destos señores.


Escóndanse ellos donde quisieren, y llévenme a mí al pajar, que, si allí me hallan, antes
pareceré pobre que adúltero.

CRISTINA.- Caminen, que se hunde la casa a golpes.

SACRISTÁN.- El alma llevo en los dientes.

BARBERO.- Y yo en los carcañares.


(Éntranse todos y asómase LEONARDA a la ventana.)

LEONARDA.- ¿Quién está ahí? ¿Quién llama?

PANCRACIO.- Tu marido soy, Leonarda mía; ábreme, que ha media hora que
estoy rompiendo a golpes estas puertas.

LEONARDA.- En la voz, bien me parece a mí que oigo a mi cepo Pancracio; pero


la voz de un gallo se parece a la de otro gallo, y no me aseguro.

PANCRACIO.- ¡Oh recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mía, tu
marido Pancracio: ábreme con toda seguridad.

LEONARDA.- Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta
tarde?

PANCRACIO.- Suspiraste, lloraste y al cabo te desmayaste.

LEONARDA.- Verdad; pero, con todo esto, dígame: ¿qué señales tengo yo en uno
de mis hombros?

PANCRACIO.- En el izquierdo tienes un lunar del grandor de medio real, con tres
cabellos como tres mil hebras de oro.

LEONARDA.- Verdad; pero, ¿cómo se llama la doncella de casa?

PANCRACIO.- ¡Ea, boba, no seas enfadosa, Cristinica se llama! ¿Qué más


quieres?

[LEONARDA].- ¡Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele, niña!

CRISTINA.- Ya voy, señora; que él sea -fol. 251r- muy bien venido.
¿Qué es esto, señor de mi alma? ¿Qué acelerada vuelta es ésta?

LEONARDA.- ¡Ay, bien mío! Decídnoslo presto, que el temor de algún mal suceso
me tiene ya sin pulsos.

PANCRACIO.- No ha sido otra cosa sino que en un barranco se quebró la rueda del
coche, y mi compadre y yo determinamos volvernos, y no pasar la noche en el campo; y
mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. Pero ¿qué voces hay?

(Dentro, y como de muy lejos, diga el ESTUDIANTE:)


ESTUDIANTE.- ¡Ábranme aquí, señores; que me ahogo!

PANCRACIO.- ¿Es en casa o en la calle?

CRISTINA.- Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el pajar,


para que durmiese esta noche.

PANCRACIO.- ¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo! En


verdad, señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me causara
algún recelo este encerramiento; pero ve, Cristina, y ábrele, que se le debe de haber caído
toda la paja a cuestas.

CRISTINA.- Ya voy.

LEONARDA.- Señor, que es un pobre salamanqueso, que pidió que le acogiésemos


esta noche, por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes mi condición, que no
puedo negar nada de lo que se me pide, y encerrámosle; pero veisle aquí, y mirad cuál
sale.

(Sale el ESTUDIANTE y CRISTINA; él lleno de paja las barbas, cabeza y vestido.)

ESTUDIANTE.- Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo


hubiera escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor, y tenido
más blanda y menos peligrosa cama.

PANCRACIO.- ¿Y quién os había de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?

ESTUDIANTE.- ¿Quién? Mi habilidad, sino que el temor de la justicia me tiene


atadas las manos.

PANCRACIO.- ¡Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os teméis de la


justicia!

ESTUDIANTE.- La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo


soy natural, si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición, yo sé que cenara y
recenara a costa de mis herederos; y aun quizá no estoy muy fuera de usalla, siquiera por
esta vez, donde la necesidad me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán
tan secretas como yo lo he sido.

PANCRACIO.- No se cure dellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les haré
que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna destas cosas que dicen que -fol.
251v- se aprenden en la Cueva de Salamanca.

ESTUDIANTE.- ¿No se contentará vuesa merced con que le saque aquí dos
demonios en figuras humanas, que traigan a cuestas una canasta llena de cosas fiambres y
comederas?

LEONARDA.- ¿Demonios en mi casa y en mi presencia? ¡Jesús! Librada sea yo de


lo que librarme no sé.

CRISTINA.- [Aparte.] El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega a


Dios que vaya a buen viento esta parva! Temblándome está el corazón en el pecho.

PANCRACIO.- Ahora bien; si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré


de ver esos señores demonios y a la canasta de las fiambreras; y torno a advertir que las
figuras no sean espantosas.

ESTUDIANTE.- Digo que saldrán en figura del sacristán de la parroquia, y en la de


un barbero su amigo.

CRISTINA.- ¿Mas que lo dice por el sacristán Riponce y por maese Roque, el
barbero de casa? ¡Desdichados dellos, que se han de ver convertidos en diablos! Y
dígame, hermano, ¿y éstos han de ser diablos bautizados?

ESTUDIANTE.- ¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados, o para


qué se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen, porque no hay
regla sin excepción; y apártense, y verán maravillas.

LEONARDA.- [Aparte.] ¡Ay, sin ventura! Aquí se descose; aquí salen nuestras
maldades a plaza; aquí soy muerta.

CRISTINA.- [Aparte.] ¡Ánimo, señora, que buen corazón quebranta mala


ventura!
ESTUDIANTE Vosotros, mezquinos, que en la carbonera
hallastes amparo a vuestra desgracia,
salid, y en los hombros, con priesa y con gracia,
sacad la canasta de la fïambrera;
no me incitéis a que de otra manera
más dura os conjure. Salid: ¿qué esperáis?
Mirad que si a dicha el salir rehusáis,
tendrá mal suceso mi nueva quimera.
Hora bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos
humanos; quiero entrar allá dentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte,
que los haga salir más que de paso; -fol. 252r- aunque la calidad
destos demonios más está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.
(Éntrase el ESTUDIANTE.)

PANCRACIO.- Yo digo que si éste sale con lo que ha dicho, que será la cosa más
nueva y más rara que se haya visto en el mundo.

LEONARDA.- Sí saldrá, ¿quién lo duda? Pues, ¿habíanos de engañar?

CRISTINA.- Ruido anda allá dentro; yo apostaré que los saca; pero vee aquí do
vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.

LEONARDA.- ¡Jesús! ¡Qué parecidos son los de la carga al sacristán Reponce y al


barbero de la plazuela!

CRISTINA.- Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesús.

SACRISTÁN.- Digan lo que quisieren; que nosotros somos como los perros del
herrero, que dormimos al son de las martilladas; ninguna cosa nos espanta ni turba.

LEONARDA.- Lléguense a que yo coma de lo que viene de la canasta; no tomen


menos.

ESTUDIANTE.- Yo haré la salva y comenzaré por el vino. (Bebe.)


Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?

SACRISTÁN.- De Esquivias es, ¡juro a...!

ESTUDIANTE.- Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Amiguito soy yo de


diablos juradores! Demonico, demonico, aquí no venimos a hacer pecados mortales, sino
a pasar una hora de pasatiempo, y cenar, y irnos con Cristo.

CRISTINA.- ¿Y éstos han de cenar con nosotros?

PANCRACIO.- Sí, que los diablos no comen.

BARBERO.- Sí comen algunos, pero no todos; y nosotros somos de los que comen.

CRISTINA.- ¡Ay, señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la
cena; que sería poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y parecen diablos muy
honrados y muy hombres de bien.

LEONARDA.- Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen


hora.

PANCRACIO.- Queden; que quiero ver lo que nunca he visto.


BARBERO.- Nuestro Señor pague a vuesa[s] mercede[s] la buena obra, señores
míos.

CRISTINA.- ¡Ay, qué bien criados, qué corteses! Nunca medre yo, si todos los
diablos son como éstos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante.

SACRISTÁN.- Oigan, pues, para que se enamoren de veras.

(Toca el SACRISTÁN, y canta; y ayúdale el BARBERO con el último verso no más.)

-fol. 252v-
SACRISTÁN Oigan los que poco saben
lo que con mi lengua franca
digo del bien que en sí tiene

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN Oigan lo que dejó escrito


della el bachiller Tudanca
en el cuero de una yegua
que dicen que fue potranca,
en la parte de la piel
que confina con el anca,
poniendo sobre las nubes

BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN En ella estudian los ricos


y los que no tienen blanca,
y sale entera y rolliza
la memoria que está manca.
Siéntanse los que allí enseñan
de alquitrán en una banca,
porque estas bombas encierra
BARBERO La Cueva de Salamanca.

SACRISTÁN En ella se hacen discretos


los moros de la Palanca;
y el estudiante más burdo
ciencias de su pecho arranca.
A los que estudian en ella,
ninguna cosa les manca;
viva, pues, siglos eternos

BARBERO La Cuev[a] de Salamanca.

SACRISTÁN Y nuestro conjurador,


si es, a dicha, de Loranca,
tenga en ella cien mil vides
de uva tinta y de uva blanca;
y al diablo que le acusare,
que le den con una tranca,
y para el tal jamás sirva

BARBERO La Cueva de Salamanca.

CRISTINA.- Basta: ¿que también los diablos son poetas?

BARBERO.- Y aun todos los poetas son diablos.

PANCRACIO.- Dígame, señor mío, pues los diablos lo saben todo, ¿dónde se
inventaron todos estos bailes de las zarabandas, zambapalo y Dello me pesa, con el
famoso del nuevo Escarramán?

BARBERO.- ¿Adónde? En el infierno; allí tuvieron su origen y principio.

PANCRACIO.- Yo así lo creo.

LEONARDA.- Pues, en verdad, que tengo yo mis puntas y collar escarramanesco;


sino que por mi honestidad, y por guardar el decoro a quien soy, no me atrevo a bailarle.

SACRISTÁN.- Con cuatro mudanzas que yo le enseñase a vuesa merced cada día,
en una semana saldría única en el baile; que sé que le falta bien poco.

ESTUDIANTE.- Todo se andará; por agora, entrémonos a cenar, que es lo que


importa.

PANCRACIO.- Entremos; que quiero averiguar si los diablos comen o no, con
otras cien mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de salir de mi casa hasta
que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en La Cueva de
Salamanca.

Entremés del Viejo celoso


Miguel de Cervantes Saavedra

-fol. 253r-

Salen DOÑA LORENZA y CRISTINA, su criada, y HORTIGOSA, su vecina.

DOÑA LORENZA.- Milagro ha sido éste, señora Hortigosa, el no haber dado la


vuelta a la llave mi duelo, mi yugo y mi desesperación. Éste es el primero día, después
que me casé con él, que hablo con persona de fuera de casa; que fuera le vea yo desta
vida a él y a quien con él me casó.

HORTIGOSA.- Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto; que con una
caldera vieja se compra otra nueva.

DOÑA LORENZA.- Y aun con esos y otros semejantes villancicos o refranes me


engañaron a mí; que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces; malditas sus joyas,
malditas sus galas, y maldito todo cuanto me da y promete. ¿De qué me sirve a mí todo
aquesto, si en mitad de la riqueza estoy pobre, y en medio de la abundancia con hambre?

CRISTINA.- En verdad, señora tía, que tienes razón; que más quisiera yo andar con
un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que verme casada y enlodada con
ese viejo podrido que tomaste por esposo.

DOÑA LORENZA.- ¿Yo le tomé, sobrina? A la fe, diómele quien pudo; y yo, como
muchacha, fui más presta al obedecer que al contradecir; pero, si yo tuviera tanta

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