Revista Psicoanálisis N° 6, Lima 2008
ACASO ¿NO TENGO SINO ESTAS MARCAS CRUELES?
(OBSERVACIONES PSICOANALÍTICAS SOBRE CORTES
EN LA PIEL EN MUJERES ADOLESCENTES)
Graciela Cardó Soria
Abril 2008
“De lo que fui no tengo sino estas marcas crueles,
porque aquellos dolores confirman mi existencia.”
(Pablo Neruda)
Compartiremos con ustedes algunas reflexiones sobre un hecho, que
denominaremos síntoma: los cortes en la superficie de la piel, llámense auto
mutilaciones, auto agresiones, laceraciones o heridas que, cada vez un mayor
porcentaje de personas realizan, en su mayor número adolescentes y por cierto,
mujeres.
Escucharemos para ello algunas voces que nos hablarán de la problemática
subyacente a su dolor, así como algunos aportes teóricos de autores contempo-
ráneos, esperando, nos ayuden a plantear algunas hipótesis que expliquen esta
tendencia no exclusiva, pero sí mayoritaria en mujeres adolescentes.
No intentamos proponer categorizaciones universales que nieguen lo
individual de la historia libidinal de cada sujeto, y, por lo tanto, no presenta-
remos un modelo compacto e inamovible del psiquismo femenino y de su ínter
juego con la cultura.
El síntoma:
Los cortes hechos en la superficie de la piel, generalmente en los brazos,
suelen observarse después de que estas jóvenes “son dejadas o rechazadas” por la
pareja amorosa. Se conjugan los siguientes elementos: amor, abandono, emocio-
nes, ausencia de palabras y paso al acto en el encierro del propio cuerpo. Recor-
damos a Tubert, (2001) cuando expresaba que “todo síntoma es, en lo esencial,
un precipitado de significaciones referidas a diferentes dimensiones de la vida
humana, tal como lo formuló Freud en sus series complementarias” (pp.194).
En este trabajo exploraremos cómo se liga el deseo en la historia personal, y
cómo conlleva a la construcción de la imagen del cuerpo. Nos preguntamos: ¿por
qué ocurre más en mujeres que en varones? ¿por qué se ensañan con sus cuerpos?
¿por qué recién hoy se describe en la literatura psicoanalítica este síntoma?
42 GRACIELA CARDÓ SORIA
Recordamos las enseñanzas del maestro Freud cuando nos contaba acerca
de Dora, Elizabeth, Emmy o Catalina: los síntomas corporales fueron entendi-
dos como un lenguaje por interpretar, cuyas reglas había que desentrañar y cuyo
sentido era específico de cada quien que los portaba. El síntoma deviene en una
construcción personal y única, una puesta en acto -ante la desaparición del
pensamiento y de las palabras, un corto-circuito que despliega un mensaje o
complejo cifrado y latente-, de contenidos internos y vivencias relacionales.
Viñetas:
Escuchemos a Mariela de 17 años, quien llorando suave y angustiadamente
dice: “no sé qué me pasó, sentí mucha rabia; Juan me dejó lejos de mi casa,
caminé sola por ese pampón, empecé a morderme, quería cortarme acá –en
silencio me muestra sus antebrazos con costras húmedas– Silencio… ¿Recuerdas
algo más? …Me acordaba de mi mamá y de mi papá… y tenía rabia, pena, no sé…
cuando llegué a mi casa me corté, me rallé con la cuchilla de un tajador, después
me asusté y fui a que me curen en la posta; sólo quería cortarme, rallarme, no
quería matarme….pero ¿por que? ¿no me quiero?....
Lucía de 16, mas bien calmadamente dice: “Cuando Rosa me cortó del
Chat, cuando se desconectó, me dio tanta rabia que subí a mi cuarto y encontré
una lata de gaseosa y con la tapa traté de cortarme acá en el brazo –especie de
arañazos irregulares ya en costra–, quería que me duela, ¿se nota un poco, no? No
sé, cuando me dolió, se me pasó la rabia y la pena, ¿estoy loca?....
Claudia de 15 años, avergonzada cuenta: “Me corté acá (antebrazos, se ven
tres cicatrices no profundas) Fue hace unos tres meses, fue una tontería, Miguel
terminó conmigo y ya no quise seguir en esa fiesta, cogí un cuchillo de la mesa y
me hice esto… no se por qué, no me acuerdo, no me acuerdo de nada. Sólo me
acuerdo de la cólera y que estaba confundida, era oscuro, no me acuerdo…
quería llorar pero no podía, –llorando me dice– casi nunca lloro, qué raro que
llore ahora…”
Adolescencia:
Florecimiento y pérdida, impulso y retracción, infancia y adultez, juego y
trabajo, alegría y temor, exploración y duda, y como telón de fondo la siempre
lucha entre Eros y Tánatos. El cuerpo habla, les dice: “tú puedes…o no…”
Kristeva (1995) nos da una pista: esta autora entiende por adolescencia “menos
una categoría de edad que una estructura psíquica abierta….la estructura
adolescente se abre a lo reprimido”. Se da una reorganización psíquica, se busca
una identidad, se flexibiliza el superyó, la genitalidad despierta. Señala que
después del navegar edípico, el adolescente cuestiona sus identificaciones, así
como su capacidad de habla y de simbolización. Las fronteras en estas estructuras
ACASO ¿NO TENGO SINO ESTAS MARCAS CRUELES? 43
abiertas se cruzan cómodamente: las de las diferencias de sexo, las de la realidad y
la fantasía, las del acto y las del discurso. “El adolescente llega a representar
naturalmente esta estructura que sólo podemos denominar de “crisis” con
respecto a una ley estable” (Kristeva, pp. 130), por ello lo cercano de la perversión
o lo borderline, sin que podamos hablar propiamente de éstos.
Entre las muchas tareas del adolescente, está la vinculada a la conformación
de la identidad sexual. En las mujeres se observa la asunción de la feminidad, que
remite a una subjetividad a la que se accede en un recorrido que se inicia con la
relación primaria con la madre, par similar en sexo y género. De ahí en adelante,
la subjetividad femenina es atravesada por muchas separaciones vividas
imaginariamente como abandonos y pérdidas que pueden cortar, desagarrar,
partir o integrar. La tarea consistirá en reeditar el drama edípico, al que
sumaremos las voces de Deméter y Perséfone, o la de Antígona, Electra y Atenea.
Todas nos contarán acerca del desprendimiento o pérdida de los objetos de
amor, y de hallazgos y reencuentros que abren posibilidades identificatorias, que
nos permitirán hablar de la suma y no necesariamente de la sustracción de
objetos libidinales. Nos encontramos pues, ante separaciones necesarias para
obtener logros en el crecimiento y que, por ello no necesariamente dejan la
huella del quebranto.
La pérdida del objeto de amor lleva a revivir una serie de vivencias
primarias que remiten al cuerpo. Botbol (2007) mencionaba que los adoles-
centes que “actúan” nos “hablan” de ese modo de su gran dependencia hacia el
otro, no son antiobjetales, pero poseen una objetabilidad inestable y viven
constantemente con la amenaza de ser abandonados. Su tarea diríamos, es la de
nutrirse de los otros y a la vez diferenciarse de ellos para seguir vivos. El sostener
la necesidad de dependencia secreta de sus objetos infantiles puede devenir en
una pesadilla oscura y solitaria. Para sentirse existir deben sentir en el cuerpo:
éste hablará y actuará.
El cuerpo:
Los síntomas de Mariela, Lucía, Claudia o Catalina y Elizabeth, nos remiten
al cuerpo, sede de inscripciones de vivencias iniciales y fundantes. Annie Anzieu
(1993) nos recordaba –refiriéndose a la histeria- aquella susceptibilidad para
pasar al acto de manera desordenada, con acciones y síntomas, que no llegan al
suicidio, en los que el cuerpo deviene objeto de conciencia primeramente por el
dolor. Confusión de objetos: las pulsiones destructivas se dirigen hacia la propia
persona. Los conflictos intrapsíquicos –como diría Green (2001)- se dirigen “al
límite del campo psíquico que tiene por fronteras el soma hacia lo interior, y el
acto hacia lo exterior… fuente y meta… son responsables de la somatización y del
pasaje al acto” (pp.55).
44 GRACIELA CARDÓ SORIA
Encontramos que en estos cortes, se hace lo que no se puede pensar y decir;
correlativa a la pérdida del discurso hallamos el regreso al cuerpo, un cuerpo que
se busca fragmentar y con el cual las pacientes hablan un lenguaje sin palabras al
ser escenario del dolor. Cuerpo que se hiere y que nos remonta a algunas heridas
narcisistas como la renuncia a la bisexualidad y a la inmortalidad (Tubert, 2001).
Recordamos ahora las enseñanzas de Didier Anzieu acerca del concepto del
Yo-piel. Una particularidad de este Yo-piel es el ser una “interfaz” en la que la
madre está en un extremo y el niño/a en otro, envueltos en una relación garante
de apego. La evolución llevará a la desaparición de “esta piel común y al
reconocimiento de que cada uno tiene su propia piel y su propio Yo, lo que no se
efectúa sin resistencia ni dolor” (Anzieu, 1987; pp. 73). A este momento
pertenecerían las fantasías de una piel magullada, robada o mortífera. Si el
desarrollo es saludable, deviene en interfaz convertida en envoltura intrapsíquca
de los contenidos mentales.
La función de la piel descrita por Anzieu (1987), la de interfaz, en tanto
barrera de protección de agresiones externas está menguada en esta
sintomatología. Lo mismo ocurriría con la función de la piel como lugar y medio
primario de comunicación y de “establecimiento de relaciones significantes, -que-
es además una superficie de inscripción de las huellas que estos dejan” (pp.51). La
función de individuación del sí mismo como contenedor que configura a la piel
como la corteza y a lo pulsional como núcleo, se invierte y se confunde.
Ha sido descrita también la función “de autodestrucción, función negativa
del yo-piel, una antifunción de algún modo al servico de Tánatos” (Houzel, 1990;
pp. 66). El Yo-piel autodestructivo se manifestaría por ataques de odio
inconsciente contra la envoltura psíquica continente a la que intentaría lastimar a
la manera de un Yo-piel colador (Anzieu). Las pulsiones de muerte se
manifestarán en ataques contra la superficie de la piel, contra el Yo y contra el
pensar. Todo ello lleva a diversas inversiones, como placer en dolor, adentro en
afuera, psique en soma. La banda de Moebius emerge en todo su esplendor. La
profundidad del daño de la epidermis, dirá Anzieu (1995) estará en correspon-
dencia con la profundidad del Yo dañado. Daño causado en Sara, Lucía, Claudia,
Elizabeth….ante el abandono del objeto de amor, lo que dispara las fantasías de
destrucción o de arrancamiento de la piel común que otrora se tuvo con el primer
objeto de amor y de pasión: la madre. La base narcisista que el primer cuerpo a
cuerpo con la madre brinda (Alizade 1992) desaparecería y con ella se anula la
función perceptiva y de barrera del dolor, y por sobre todo la del pensar, ya que
pensar es aprender a resistir todo tipo de vivencias sentidas como ataques.
Al perder, estas adolescentes nos muestran a través de sus cortes, la
devastación de sus continentes que da paso a vaciamientos y huecos, a “desgarros
de la discontinuidad” (Anzieu, 1987) que dibujarán en su propia piel
quedándoles “solamente esas marcas crueles”.
ACASO ¿NO TENGO SINO ESTAS MARCAS CRUELES? 45
El dolor:
¿Por qué estas marcas que duelen? Desde su libro “Narcisismo de vida,
narcisismo de muerte”, Green (1993) nos da una pista. El dolor proviene de un
secuestro del objeto, nos dirá. Será “el resultado de la lucha que el objeto emprende
para desasirse, mientras el yo se encarniza con él, mortificándose con su
contacto, porque en fin de cuentas el yo se lastima a sí mismo: el objeto
secuestrado ya no existe, es una sombra del objeto” (pp. 144). Es como un niño
exasperado y abatido que se golpea contra la pared. La herida narcisista
convertida (cito a Green, pp.146) “en llaga abierta, hace indispensable el
secuestro del objeto...” Y esto es lo que quizás se lleve al acto. Imaginando dañar
al otro, se daña al cuerpo, nuestra casa temporal –al decir de Alizade (1999),
nuestro habitat, que a la vez es un extranjero en nuestra mismidad psíquica. De
ahí que la investidura negativa, la del hueco en el psiquismo dejado por el objeto
hace que lo negativo de uno sea más real que lo positivo del otro (Green, 1993).
Vemos entonces, que el cuerpo se envuelve en sufrimiento (Alizade, 1992;
Anzieu, 1987), la piel cortada se metamorfosea en corteza-costra que reemplaza
al dolor psíquico y a la angustia... La envoltura existe, pero interrumpida por
cortes, tal como lo muestran los brazos de estas mujeres que son huellas del dolor
sin placer. Anzieu, nos recuerda que “… el dolor no es lo contrario o lo inverso
del placer…la satisfacción es una “experiencia”, el sufrimiento es una
“prueba”….el dolor…destruye los caminos que canalizan la circulación de la
excitación, corto-circuito…” (pp. 219). Esto hace desaparecer las estructuras
fundantes entre el yo psíquico y el yo corporal; esto lleva a la soledad, “…el dolor
no se comparte….lo ocupa todo y ya no existo como Yo: existe el dolor” –dirá
Anzieu (pp.219). Una forma de anestesiar este dolor es replicarlo en el propio
cuerpo que será hablado en el acto.
La mujer:
Pregunto: ¿Estaría lo propio de la mujer en los momentos fundantes del
cambio de objeto de amor identificatorio (Benjamin, 1996) que no es bien o lo
suficientemente bien resuelto? ¿La subjetividad femenina quedaría en algunos
casos signada por lo vivido como pérdida objetal símil de pérdida de sí? ¿Cuál
sería el papel del dolor físico? ¿Cuál el papel de los discursos que construyen
representaciones del cuerpo sobre el ser y el tener (Foucault)?
El cuerpo de la mujer habló y habla: conversiones, anorexia, bulimia, auto
mutilaciones. ¿Por qué el cuerpo deviene escenario del dolor? ¿Cómo las
verdades evidencias de las que nos habló Foucault nos construyen? ¿Feminidad
herida, desagarro de amor contrariado, pérdida de lo uno? Annie Anzieu (1994)
considera a la feminidad como una modalidad esencial del psiquismo, “si se
admite -dirá- que la anatomía es determinante del sentimiento corporal, por el
46 GRACIELA CARDÓ SORIA
cual somos remitidos a nuestro destino sexual” (pp.24). La identidad sexual
reposa en la imagen del cuerpo y en las huellas sensoriales escritas en él. Lo
corpóreo del cuerpo de mujer remite a diversos agujeros que fueron envueltos
por las alas de Eros. Annie Anzieu dice: “No dejar que los objetos se escapen.
Obsesión. Destruirlos. Fobia. Perderlos irremediablemente. Depresión. ¿Cómo,
sin que la identidad fracase, distinguir su persona de los objetos compuestos que
la determinan?” (pp.78). Me pregunto acerca de aquellos cortes: ¿emblema
femenino, marcas de los recuerdos en sentimientos de los que nos habló Klein”?
Sin el objeto, ¿se elimina a sí misma eliminando a su vez a la madre?
Pero tomamos también lo positivo del corte en la piel, en el sentido de una
actuación de corte en lo real ante la dificultad-imposibilidad de realizarlo en lo
simbólico. Las pacientes cortan, parten en la carne la dependencia con el varón-
madre, en un intento fallido por lograr la individuación resultante del final del
complejo de Edipo en la mujer (Alizade 1992). Para emerger del naufragio
edípico como persona autónoma, feminidad y soledad han de unirse. La joven
adolescente buscará el matricidio simbólico y -en su impotencia- descargará su ira
contra si misma. El corte busca entonces, un efecto de liberación del dolor
causado por una dependencia mórbida con el objeto de “amor”. La soledad auto
afirmativa fruto del final del complejo de Edipo es una meta a alcanzar en el
análisis del corte, de sus motivaciones inconscientes y del deseo que oculta, más
allá de su apariencia masoquista.
¿Qué ocurre entonces con la mujer en los momentos primarios que
sabemos, se reeditan en la adolescencia? Lemoine-Luccioni (2001) nos dirá que
la niña pierde a su madre una segunda vez al descubrir que ama a su padre, no se
sentirá castrada sino “negada” viviendo la angustia de la partición. Será el signo del
abandono lo que la marcará: madre, padre, parejas, hijos, reglas… (Alizade1992;
Lemoine, 2001). La mujer diría: “si me abandonas muero…me pierdo”, el
hombre diría: “si me abandonas te mato”. Separación y muerte juntas delinean
la “partición imaginaria” de la mujer.
Queda claro pues, que la separación no es sencilla, sobre todo para la mujer
quien sabemos por enseñanzas de Chodorow (1984) y Gilligan (1994), privilegia
la cercanía y la intimidad en contraposición a la autonomía y la independencia,
blasones masculinos. Para la mujer dirá Lemoine, hay pérdida real vivida
imaginariamente como parte de sí misma, será frustración imaginaria que
despierta la pérdida primera y antigua de aquella parte de sí: la madre. Al ser
dejadas nuestras adolescentes se parten la piel. Respondería ello a un proceso de
simbolización propiamente femenino que seguiría la línea de la partición de la
envoltura contenedora de interfaz de la piel de la mujer? ¿Sería esto lo
propiamente femenino?
Nos encontramos con la envoltura faltante del cuerpo de un novio que las ha
dejado desgarradas, como bien lo describe Alizade (1992). El cuerpo erógeno
que se unió al dolor se divide y deja de ser objeto de la reparación, el cuerpo al ser
ACASO ¿NO TENGO SINO ESTAS MARCAS CRUELES? 47
cortado, se pierde al sufrimiento y deja –por instantes infinitos- de sostener la
vida (haciendo una lectura en negativo de lo planteado por Alizade). Alizade
(1991) nos recuerda que Aulagnier (1975) “introdujo el término “odio radical”
para designar un afecto violento, enraizado en los arcaísmos que se despiertan
cuando se experimenta el estado de necesidad hacia el semejante” (pp.73). La
confusión propia de la adolescente que vive la frustración del objeto bajo el signo
imaginario-social de abandono, pérdida, partición y negación, trastoca la
estructura con-fundiendo regresiva y narcisistamente sujeto y objeto: ella será el
objeto de aquel odio radical. En la clínica asistimos a movimientos destructivos
de odio radical y buscamos atravesarlo para explorar los aspectos latentes
contenidos en el síntoma.
En lugar de emplear el odio para separarse, éste es dirigido contra el yo-
cuerpo, contra el yo-piel.
Queremos señalar nuevamente la posible función desesperadamente
positiva del cortarse. Nos lo enseña la viñeta de Lucía, cuando nos cuenta que el
dolor físico paró al psíquico. El cuerpo –como símbolo del yo- queda separado y
diferenciado, marcado. Sería entonces también, un corte simbólico peculiar por
cierto, una especie no de “insight” sino de “painsight” al decir de Green. Sería el
cuerpo real que se vuelve en campo de batalla de las pulsiones de vida y de muerte
(Tubert, 2001). Sería un salir traumático por cierto, de lo confusional de lo Uno,
un desgarramiento de la piel envoltorio inicial. Emergería vía el discurso que
recrea el acto, la posibilidad de subjetivación, del cumplimiento de la tarea
adolescente: identidad, no omnipotencia, mortalidad.
Quedan muchas preguntas por responder, sólo quisiera terminar con el
poema de Pablo Neruda –un hombre- quien describe dramática y hermosamente
estos avatares femeninos:
No hay pura luz
ni sombra en los recuerdos:
Y todo quedó atrás, noche y aurora,…
las ciudades, los puertos del amor y el rencor…
Quien soy Aquel? Aquel que no sabía
sonreir, y de puro enlutado moría?...
De lo que fui no tengo sino estas marcas crueles,
porque aquellos dolores confirman mi existencia.
48 GRACIELA CARDÓ SORIA
BIBLIOGRAFÍA
Alizade, Mariam (1992). La sensualidad femenina. Buenos Aires: Paidós.
——————— (1999). Duelos del cuerpo. Ponencia presentada en el I Congreso de
Psicoanálisis y XI Jornadas Científicas “Los duelos y sus destinos.
Depresiones hoy”. Uruguay.
——————— (1999). El final del complejo de Edipo en la mujer (De la duplicación a la
individuación. Trabajo presentado en APA.
Anzieu, Annie (1993). La mujer sin cualidad. Resumen psicoanalítico de la feminidad.
Madrid: Biblioteca Nueva.
Anzieu, Didier (1987). El Yo-Piel. Madrid: Biblioteca Nueva.
—————— (1995).El pensar. Del Yo-piel al Yo-pensante. Madrid: Biblioteca Nueva.
Anzieu, D., Houzel, D. y Col. (1990). Las envolturas psíquicas. Buenos Aires:
Amorrortu.
Benjamin, Jessica (1996). Los lazos de amor: psicoanálisis, feminismo y el problema de
la dominación. Buenos Aires: Paidós.
Bolbot, Michel (2007). L´Empathie Métaphorisante: de l´acte au sens dans les
situations limites. Conferencia en el Congreso de Centro de psicoterapia
psicoanalítica de Lima.
Chodorow, Nancy (1984). El ejercicio de la maternidad. Barcelona: Gedisa.
Gilligan, Carol (1994). La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino.
México: Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en
1982).
Green, André (2001). La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Aspectos
fundamentales de la locura privada. Buenos Aires Amorrortu.
————— (1993). Narcisimo de vida, narcisismo de muerte. Buenos Aires: Amorrortu.
Kristeva, Julia (1995). Las nuevas enfermedades del alma. Madrid: Cátedra
Lemoine-Luccioni, Eugénie (2001). La partición de las mujeres. Buenos Aires
Amorrortu.
Neruda, Pablo (2004). Memorial de Isla Negra. Argentina: Ed. Contemporánea
Tubert, Silvia (2001). Deseo y representación. Convergencias de psicoanálisis y teoría
feminista. Madrid: Editorial Síntesisis.