H E RRA MIE N TA S
PARA E L ANÁLIS IS D E L A
SOCIE DAD Y E L E STADO
CU A R T A E D I CI Ó N A MPLIADA Y RE VISADA
F E RNANDO PE D R OSA F L O
RE N CIA D E I CH CECILIA N
OCE
CO MPIL ADO RES
EDICIÓN X
2021 XI
NOTAS
PREGUNTAS PARA REPASO
HERRAMIENTAS
PARA EL ANÁ LISIS DE LA
SOCIEDAD Y EL ESTADO
Fernando
Pedrosa
Florencia Deich
Cecilia Noce
(Compiladores)
UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES
Rector Alberto Edgardo Barbieri
Secretaria de Asuntos Académicos María Catalina Nosiglia
Subsecretaria de Innovación Patricia Lilia
Piccolini y Calidad Académica
PROGRAMA UBA XXI
Coordinadora general María Laura Basabe
Edición Alejandra Batista - Beatriz
Hall - Griselda Raffo
Coordinación Desarrollo Pedagógico Alejandra Codazzi - Andrea
Mandelbaum - Alicia Zamudio
- Luciana Perillo - María
Alicia Rodriguez Jensen -
Natalia Menichetti - Cecilia
Taboada - Marina Thiery -
Camila Rodriguez
- Norma Merino - Brenda Leal
Faldutti - Diana Ratner - Rocío
Guimerans - Susana López -
Agustina Patrici - Eva
Gramblicka
Asistencia Operativa Alejandra Olmedo
Área de producción transmedia Liliana Castillo - Alejandra
Batista - Griselda Raffo - Ariel
F. Guglielmo - Brenda Salama
- Facundo Khazki - Beatriz
Hall - Julieta Hereñuz -
Fernando Mosquera -
Federico Perillo - Magdalena
Diez
Compiladores Fernando
Pedrosa
Florencia Deich
Cecilia Noce
Herramientas para el análisis de la sociedad y el estado / Fernando
Pedrosa... [et al.] ; compilado por Fernando Pedrosa ; Florencia Deich ;
Cecilia Noce. - 4a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Eudeba,
2021.
Libro digital, PDF
Archivo Digital:
descarga ISBN 978-950-
23-3129-4
Eudeba
Universidad de Buenos Aires
1º edición: enero de 2021
© 2021
Editorial Universitaria de Buenos Aires
Sociedad de Economía Mixta
Av. Rivadavia 1571/73 (1033) Ciudad de Buenos Aires
Tel: 4383-8025 / Fax: 4383-2202
[Link]
Diseño de tapa: Ariel F. Guglielmo
Composición y armado: Eudeba
ÍNDICE
I. Presentación. Fernando Pedrosa, Florencia Deich y Cecilia Noce 09
II. Conceptos fundamentales 13
1. La sociedad, el Estado y las instituciones. Nadia Yanuzzi 15
2. El nombre y la cosa. Hacia una conceptualización del
Estado. Patricio Gómez Talavera 27
3. Tipos de Estado. Enrique García 37
III. Régimen político 51
4. Regímenes políticos. Herramientas para reducir el grado
de abstracción. Max Povse 53
5. Los sistemas políticos contemporáneos. De la democracia
a la poliarquía. Margarita Batlle 61
6. Algunas consideraciones en torno al concepto de
democracia delegativa. Paula Bertino 69
7. Consideraciones sobre el populismo. Laura Petrino 81
8. Dictadura. Construyendo un concepto complejo. Verónica
Beyreuther
95
IV. Cambios de régimen 103
9. Golpes de Estado y otras formas de interrupción
institucional. Florencia Deich 105
10. Las dos transiciones a la democracia en la Argentina
(1973 y 1983). Nicolás Simone 121
V. Violencia y Estado 137
11. El terrorismo de Estado. Graciela Etcheves 139
12. Genocidio, un concepto polémico y necesario. Javier Hermo 149
I. PRESENTACIÓ N
Fernando Pedrosa, Florencia Deich y Cecilia Noce
Este libro se propone estimular un ejercicio complejo: pensar la
relación de una sociedad con su Estado a partir de elementos teó-
ricos y conceptuales con el objetivo de aportar a un análisis más
profundo de la historia argentina transcurrida en parte del siglo
XIX y durante el XX.
El mero relato de los hechos o la suma de anécdotas acerca de
per- sonajes históricos que suelen aparecer en medios de
comunicación de manera más o menos atractiva se presentan, hoy
en día, como una forma muy aceptada de análisis de hechos
sociales complejos. Sin embargo, quienes así lo hacen, se
comportan como guionistas de ficción más que como científicos
sociales. Por supuesto que, para programas de TV que apuntan a
un público amplio y no es- pecializado, este tipo de enfoque es
más que apropiado. Pero, para el estudio sistemático, propio del
realizado en una universidad, no alcanza.
Este tipo de abordaje anecdótico no puede dar cuenta de las
dificul- tades que existen en sociedades con intereses numerosos,
ambiguos y muchas veces contrapuestos. A esto se le puede
sumar la existencia
10 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
de variadas identidades políticas, ideológicas, étnicas, culturales
y grupales que, en un mundo cambiante, eluden su clasificación
en formas simples como “buenos” o “malos”, un clásico de la
divul- gación histórica y política en los medios de comunicación
masivos. Este libro se aleja de esas estrategias proponiendo
rumbos expli- cativos más complejos y donde los problemas que
se abordan re- quieren de un marco conceptual para entender los
matices y la di- versidad que existen en la vida social. De esa
manera, la anécdota pierde potencia explicativa, y las
continuidades y rupturas, vistas en el largo plazo, pasan a ser el
centro de la estrategia de compren- sión histórica.
Los artículos presentados a continuación han sido escritos por do-
centes e investigadores universitarios, expertos en diferentes
áreas de las ciencias sociales. Aunque con diferencias
metodológicas y de intereses, comparten una preocupación
común por encarar el análisis de la relación entre la sociedad y el
Estado de una manera sistemática.
Con los objetivos mencionados como guía, se desarrollarán algu-
nos de los conceptos que son capaces de viajar en el tiempo y en
el espacio para explicar e interpretar sucesos políticos, sociales e
históricos producidos en distintos momentos y países.
El material aquí reunido está destinado a quienes se inician en el
estudio de distintas realidades sociales. De este modo, se espera
que este libro pueda ser útil para estudiantes así como, también,
para profesionales de distintas disciplinas. No se descarta que
pueda resultar de interés para un público más amplio, ya que los
problemas sociales, su debate y profundización no son
patrimonio exclusivo de un grupo en particular.
Finalmente, este libro debe utilizarse como una caja de
herramien- tas para examinar en profundidad la relación entre un
Estado y una sociedad en un análisis que sobrepase una mirada
superficial.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado 11
La importancia de los conceptos
En la vida cotidiana, suelen usarse muchos términos que remiten
a conceptos generados en ámbitos académicos, pero se le asignan
otros sentidos. Por ejemplo, las palabras neoliberal o populista
empleadas en una conversación cualquiera, pueden adquirir un
sentido diferente de lo que significan en el contexto de una teoría
específica.
También, puede ocurrir que cualquier ciudadano tenga una idea
propia sobre diversas cuestiones de la vida social, por ejemplo,
del concepto de democracia. Eso es algo común y saludable. No
obs- tante, a la hora de pensarlo sistemáticamente, el uso de esos
con- ceptos suele ser mucho más complejo que la simple
representación propuesta por las creencias particulares o por el
sentido común.
Por esto, para sumergirse en una comprensión más profunda de
por qué y cómo sucedieron los hechos de la historia, hacen falta
algunas herramientas más allá del lenguaje cotidiano. Son las
cien- cias sociales las que proveen esas herramientas y, aquí, se
utilizará extensamente una de ellas: los conceptos académicos.
Los conceptos son construcciones abstractas que sirven para
describir o explicar en forma general determinadas situaciones
y hechos sociales. Es decir, los conceptos se elaboran a par- tir
de elementos concretos que requieren alguna explicación o
análisis.
Por ejemplo, para referirse a gobiernos que acceden al poder por
la fuerza y dominan arbitrariamente a sus sociedades sin aceptar
nin- guno de sus derechos y persiguiendo a quien se opone, se
elaboró el concepto de dictadura. Una dictadura es un hecho
social e his- tórico y, por lo tanto, cada dictadura, en cada lugar
del mundo, y
en cada momento histórico, ha tenido características particulares.
No es fácil, entonces, sintetizar en un solo término toda esa com-
plejidad.
A partir de esta diversidad, el concepto académico (en este caso
dictadura) registrará las características generales y comunes al
fe- nómeno; es decir, aquellas cuestiones que se encuentran
repetidas en todos los sucesos (dictaduras, en este caso) más allá
de los deta- lles particulares que cada una tenga.
Por otro lado, también se debe señalar que un concepto no es una
verdad absoluta, sino la base desde donde todos pueden
comenzar a discutir, ordenada y sistemáticamente, algunos
problemas concretos. Por lo dicho, en el ámbito académico, es
fundamental definir claramente y con precisión los conceptos que
ordenan los debates y las conversaciones, porque hacerlo evita
malentendidos e interpretaciones erróneas, y ayuda a conectar a
quien escribe con quién lee. Y la comunicación de ideas es la
base del mundo científico.
1 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
II. CONCEPTOS
FUNDAMENTALES
1. LA SOCIEDAD, EL ESTADO
Y LAS INSTITUCIONES
Nadia Yanuzzi
Introducción
Sociedad y Estado son dos conceptos claves para pensar la
historia argentina; por ello, el objetivo de este artículo es brindar
herra- mientas que permitan analizar las relaciones entre ambos.
Resulta fundamental comenzar respondiendo qué es la sociedad,
qué rela- ción existe entre sociedad y Estado y qué lugar tenemos
los indivi- duos en la sociedad y en relación con el Estado.1
Los conceptos no siempre se adecuan a la realidad como un
molde ni son un fichero que nos permiten catalogar lo que
analizamos. Estudiar procesos y fenómenos sociales, entonces,
implica tener presente que los conceptos son herramientas para
pensar, ya que la realidad siempre es más compleja.
En la primera sección de este capítulo se hará un esbozo del
origen y las primeras formulaciones del concepto de sociedad de
la mano de la sociología moderna. En la segunda sección, la
atención se
1. Algunas partes de este texto son una continuidad o fueron tomadas y elaboradas a partir de Pe-
drosa (2016).
1 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
centrará en las instituciones y el rol que desempeñan entre la so-
ciedad y los individuos. En la tercera, se caracterizará el concepto
de instituciones, diferenciando las formales de las informales. Por
último, se analizará la relación entre la sociedad y el Estado, ha-
ciendo foco en el concepto de sociedad civil.
La sociología moderna y el concepto de sociedad
La sociología moderna comienza a desarrollarse a finales del
siglo XIX en Europa en un contexto complejo: mientras el Estado
liberal (véase el Capítulo 3 de E. García) se consolidaba como
forma de organización política por excelencia, el orden social era
cuestiona- do por nuevos actores sociales, entre ellos el
movimiento obrero, y por nuevas ideas políticas, como el
comunismo y el anarquismo. En este contexto, las ciencias
sociales comenzaron a reflexionar sobre qué es lo que mantiene a
los individuos unidos o, en otras palabras, cómo es posible el
orden social. Uno de los primeros pensadores en preguntarse
sobre el orden social fue el sociólogo francés Emile Durkheim.
Desde su perspectiva, la sociedad es una totalidad sui generis, eso
quiere decir que es algo más que la mera suma de individuos, es
un fenómeno diferente.
Vivir juntos, establecer lazos y relaciones sociales hace que se
conforme algo mayor y más grande que la sumatoria de
indivi- dualidades: la sociedad.
A partir de la noción de que las sociedades no son simplemente el
agrupamiento de individuos, Durkheim propuso la noción, hoy
clásica, de “hecho social” como formas de hacer, sentir y pensar
que al individuo se le presentan desde afuera y que se siente obli-
gado a cumplir.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el 1
Apenas comenzamos a crecer y a desarrollarnos como personas
asumimos normas que pautan nuestras interacciones y nuestros
comportamientos. Nos sentimos “obligados” a cumplirlas y, si no
las respetamos, sabemos que podríamos recibir alguna sanción.
Por ejemplo, si comenzamos a cantar en un volumen elevado
mientras caminamos por la calle, es posible que los otros
peatones nos mi- ren confundidos e incluso reprueben lo que
estamos haciendo; eso es una sanción porque implica un
señalamiento de que no estamos actuando de forma esperada en
una determinada situación.
Para Durkheim, la sociedad es la que impone al individuo una
moral, que define como las reglas que rigen las relaciones y
establecen lo que está permitido y lo que no.
Ahora, ¿cómo impone la sociedad sobre el individuo esas reglas
que pautan los comportamientos? ¿Cómo se lleva adelante la im-
posición de las normas de la sociedad al individuo? Esto ocurre a
través de las instituciones.
Características de las instituciones
Según el politólogo argentino Guillermo O’Donnell (1996), las
instituciones son pautas –leyes, códigos, estatutos, constitucio-
nes, organismos del Estado o comportamientos establecidos cul-
turalmente– que instauran y regulan la interacción entre las per-
sonas y los grupos que componen una sociedad y tienen varias
características.
1) Las instituciones son eficaces, intersubjetivas y pueden cum-
plir simultáneamente varias funciones.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Se entiende por eficacia el hecho de que las instituciones generan
un poderoso efecto, el orden, a través de la construcción de un
sentido común sobre cómo deben ser las cosas y la regulación de
las expectativas de las personas. Por ejemplo, cuando saludamos
esperamos que los demás respondan de una forma determinada.
De igual manera, cuando entramos a una clase, esperamos un tipo
de comportamiento por parte del docente y de los estudiantes. Y
esto es así porque las instituciones son
intersubjetivas, es decir todos los miembros de un grupo las
conocen y respetan.
Por ejemplo, en un viaje se puede cometer alguna “infracción” a
las costumbres y leyes del lugar visitado, justamente porque no se
conocen, ya que el visitante no integra esa sociedad y por ello no
participa de todas las reglas que pautan sus relaciones. El ejemplo
ilustra la forma en que la regulación de las expectativas y la ins-
talación de un sentido común permiten que las personas vivan las
interacciones sociales de su día a día sin cuestionar las acciones
que llevan adelante (O’Donnell, 1996: 226).
Por esta razón, las instituciones son claves en la vida social
porque a través de ellas, las interacciones se encuentran guiadas y
reguladas. Y esto se observa tanto en las organizaciones que la
integran, desde un partido político hasta el consorcio de un
edificio, como también en el comportamiento cotidiano de los
individuos.
Las instituciones pueden ser clasificadas según varios criterios y
uno de ellos está relacionado con los objetivos que persiguen:
hay instituciones sociales, culturales, educativas y políticas, entre
otras. Como cualquier fenómeno social, las distinciones son más
teóricas que prácticas, ya que una misma institución puede
cumplir más de una función.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
2) Las instituciones se desarrollan en un juego o una
tensión entre la permanencia en el tiempo y el cambio,
entre la estruc- turación y la reestructuración.
Las instituciones tienden a ser estables en el tiempo lo que
permite que la sociedad las conozca y reconozca, y así puedan
cumplir con sus funciones. Si en una sociedad las instituciones
que la ordenan cambiaran todo el tiempo, los distintos actores no
sabrían a qué atenerse.
Por ello, la previsibilidad, presente y futura, es una de las carac-
terísticas que las define y que las vuelve poderosas, sobre todo a
las instituciones políticas, que regulan la distribución del poder
en una sociedad; por ejemplo, las que determinan cómo se elige a
un presidente, a los jueces o a los legisladores. Pero ello no
significa que sean inmutables o estáticas, sino que a pesar de la
búsqueda de estabilidad, las instituciones cambian, en general de
forma lenta, porque las sociedades transforman sus modos de
pensar, sus valo- res, demandas y representaciones.
La familia, por ejemplo, es una institución que existe hace siglos,
pero el rol de cada uno de sus miembros y lo que se considera
socialmente permitido o prohibido cambia a lo largo del tiempo.
Suele ocurrir que los comportamientos considerados como “nor-
males”, en una época determinada, sean problematizados o cues-
tionados, en otras.
A veces, existen momentos de quiebre de esos comportamientos
en los que lo representado como “normal” es problematizado y
algunas instituciones o las formas que adoptan se ponen en cues-
tión o quedan obsoletas. Un ejemplo, proveniente el ámbito de la
política, lo constituyen los golpes de Estado. En América Latina,
desde aproximadamente la década de 1990, la toma del poder por
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
la fuerza a manos de las Fuerzas Armadas ha dejado de
entenderse como algo normal: los golpes de Estado ya no son
admitidos por la ciudadanía (véase el Capítulo 9 de F. Deich).
Además de que los golpes de Estado ya no son considerados váli-
dos, las leyes que distribuyen el poder también cambian, incluso
las más fundamentales; en el caso de Argentina, la última
reforma de la Constitución Nacional se realizó hace relativamente
poco si se compara con otros países, en 1994.
3) Las instituciones pueden clasificarse en formales e
informales.
Las instituciones “formales” están escritas y codificadas a través
de leyes y reglamentaciones diversas cuya elaboración está vin-
culada a espacios legítimos como los tres poderes que conforman
el Estado (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) y su incumplimiento
trae aparejadas sanciones, públicamente conocidas, por parte del
Estado y sus agencias particulares.
Las instituciones “informales” son normas y conductas que, aun-
que son conocidas por todos, no están entre las previstas por las
leyes y la formalidad del Estado. Se trata de normas aceptadas,
conocidas, obedecidas e igual de efectivas, que no están escritas
ni tienen origen en los tres poderes del Estado.
Algunos ejemplos de este tipo de instituciones son las normas
que rigen las redes familiares, de vecindad, de amistad,
religiosas, cooperativas o de ayuda mutua. Incluso, prácticas
ilegales, como la corrupción, pueden transformarse en una
institución informal, cuando se sostienen y repiten en el tiempo,
es decir, cuando ad- quieren la recursividad que convierte a la
acción en práctica social. Las instituciones informales también
generan sanciones, aunque no estén escritas. En ciertas
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
comunidades, no cumplir con los ri-
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
tuales familiares puede sancionarse con la expulsión del grupo.
En el ámbito de la política, un ejemplo ha sido el fraude electoral
que estaba establecido como institución informal en la sociedad
argen- tina antes de la sanción de la llamada Ley Sáenz Peña en
1912 y su primera aplicación en la elección presidencial de 1916.
Era una práctica política común, conocida por todos y quien se
oponía a ella, quedaba fuera del juego.
Las instituciones formales e informales funcionan
simultáneamen- te y no son excluyentes. En todos los países
existen reglas explí- citas e implícitas que generan
comportamientos y sanciones. La simultaneidad se puede
vivenciar en la vida cotidiana, como en ámbitos públicos. Si se
piensa la conformación del Estado nacio- nal en el siglo XX en la
Argentina, vemos que su desarrollo se da a través de instituciones
formales e informales. Mientras, se crean y discuten leyes
fundamentales como la llamada Ley Sáenz Peña en 1912,
también se generan prácticas informales como el fraude. Otro
ejemplo para considerar es cómo conviven, desde 1930, el
llamado a elecciones y las autoridades producto de un golpe de
Estado. Esta última acción se vuelve una institución informal al
ser aceptada en el juego político como un camino posible para
poner fin a un gobierno.
Sociedad, Estado y el control de las instituciones
Como vimos hasta aquí, la sociedad está compuesta por personas
cuya interacción está regulada por las instituciones, tanto
formales como informales. En cambio el Estado es una
asociación que busca dominar mediante el uso de la fuerza
legítima a una sociedad que está afincada en ese territorio (véase
el Capítulo 2 de P. Gómez Talavera).
El Estado y la sociedad son dos espacios distintos que se relacio-
nan de forma diversa y compleja. Dicha complejidad está dada
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
por
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
la gran heterogeneidad de actores, grupos sociales y políticos que
buscan cumplir sus objetivos y proteger sus intereses y, al mismo
tiempo, evitar que otros lo hagan.
Las instituciones juegan un papel preponderante en esta relación
ya que regulan la construcción del poder social de un país. Como
explica el filósofo italiano Lucio Levi (1989: 1409), las
institucio- nes “constituyen la estructura organizativa del poder
político, que selecciona a la clase dirigente y asigna a los
diversos individuos comprometidos en la lucha política su papel”.
En otras palabras, quien logre imponer una orientación determi-
nada a las leyes y a otras instituciones formales, también conse-
guirá fortalecer sus intereses particulares. De modo que la lucha
por controlar las instituciones es constante, ya que quien lo hace
tiene mayores posibilidades de volcarlas a su favor que quien no
lo hace.
La lucha por determinar el rumbo de las instituciones es la lu-
cha por el poder
En general, cuando un grupo busca aumentar su poder, algún otro
sector lo puede perder. Por eso mismo, la lucha por el poder
genera conflictos en la sociedad y en su relación con el Estado.
En este proceso, las instituciones se vuelven centrales porque
ordenan, re- gulan y determinan lo que se puede hacer y lo que
no, y prevén el castigo a quienes no cumplan con las reglas.
Las instituciones regulan quién gana, cuánto poder poseerá,
cuáles serán sus límites y quiénes se los impondrán.
Las definiciones que se toman e implementan a partir de las ins-
tituciones provienen, a veces, del Poder Judicial, del parlamento
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
(Poder Legislativo), del presidente o de algún ministerio (Poder
Ejecutivo), y siempre deben estar respaldadas, incluso con la
coer- ción, por el Estado o sus agencias. La capacidad de imponer
la ley fortalece el rol estructurador del Estado. Aun en el caso de
que al- guien no esté de acuerdo con una decisión estatal, estará
obligado a obedecerla, aunque solo sea por temor a las sanciones
que pueda recibir.
Cabe aclarar que el hecho de que el Estado tenga el control no
implica indefectiblemente que la sociedad sea –o deba ser– con-
trolada. Por cierto, puede ocurrir que algunos actores se resistan a
que el Estado les imponga alguna determinación. Pueden, a su
vez, organizarse y defender sus derechos, a través de
instituciones políticas, como los partidos políticos o las
organizaciones no gu- bernamentales. Pueden, incluso, utilizar
las mismas instituciones estatales a su favor, como, por ejemplo,
la presentación de recursos de amparo ante la Justicia.
La sociedad civil y sus instituciones: el vínculo entre
los individuos y el Estado
El Estado es la institución más importante en las sociedades con-
temporáneas y tiene características que lo distinguen de otras,
prin- cipalmente el monopolio legítimo de la violencia (véase el
Capítu- lo 2 de P. Gómez Talavera). Si el Estado cumple un rol
organizador tan preponderante, ¿cuál es el rol que los ciudadanos
pueden adop- tar en los asuntos públicos? ¿Se reduce a la
participación durante las elecciones?
Si pensamos la relación Estado-individuo desde perspectivas so-
ciológicas clásicas, como la durkheimiana mencionada al
comien- zo de este texto, la supremacía del Estado y de la
sociedad sobre el individuo es muy clara, por eso se la denomina
determinista.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Otras perspectivas, en cambio, enfatizan el proceso de individua-
ción que sucedió durante la modernidad; es decir, que cada vez
más las personas se perciben como individuos, ya no como perso-
nas pertenecientes a una comunidad que los contiene y los limita,
como en el viejo orden medieval (véase el Capítulo 3 de E.
García). Entre los múltiples efectos de este proceso de
individuación, lo que aquí nos interesa destacar es el repliegue
del individuo a la esfera privada. Ante la conformación del
Estado como modo dominante de organización política y la
democracia como régimen político, los individuos se repliegan
puesto que sienten no tener injerencia en los asuntos públicos.
En este proceso de individuación, el rol de los ciudadanos
quedaría entonces reducido. Como señala Paula Bertino (véase el
Capítu- lo 6), en algunos regímenes democráticos, la ciudadanía
muchas veces solo participa en el sistema político mediante los
comicios. Luego, una vez electos sus representantes, el ciudadano
puede vol- ver a recluirse en la esfera privada ya que cree que no
puede –o es muy costoso– interferir en los asuntos públicos.
Esta tendencia a replegarse fue señalada de forma crítica por
Alexis Tocqueville ya en el siglo XIX. El filósofo francés, crucial
observador de la sociedad y el Estado que emergían en los
Estados Unidos, consideraba deseable para los sistemas
democráticos que los ciudadanos participen de organizaciones
intermedias (entre el Estado y la sociedad).
De esa manera podrían no aislarse, fomentar el interés en los
asuntos públicos e incrementar, así, la calidad institucional de la
democracia. Tocqueville señala, entonces, que no es lo mismo un
régimen polí- tico democrático, con elecciones legales y
legítimas, que una socie- dad democrática y, de hecho, la segunda
es condición del primero. La sociedad civil es, entonces, el
entramado generado desde la ciudadanía para impulsar diversos
objetivos, defender intereses y
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
derechos, sobre todo, frente a la intención del Estado de ampliar
su dominación.
Las organizaciones y redes de la sociedad civil pueden ser
también formales o informales y no pertenecen al Estado (aunque
este pue- da regularlas) ni a las organizaciones políticas, pero
fomentan la participación en la esfera pública de los ciudadanos
con diversos objetivos como:
• La defensa de los derechos y las leyes que el Estado ya re-
conoce o ha sancionado, pero, por diversas razones, no se
garantiza su ejercicio y cumplimiento.
• La concreción de funciones que el Estado no estuviera
reali- zando en temas de interés primario de la sociedad
como, por ejemplo, salud, seguridad o educación, entre
otros.
• La ampliación de la constitución moral de la sociedad im-
pulsando y visibilizando nuevas problemáticas, por
ejemplo, las organizaciones que sensibilizan sobre
violencia de géne- ro, usos medicinales del cannabis o
derechos de los movi- mientos de lesbianas, gays, trans,
bisexuales, intersexuales, queers (LGTBIQ+). El concepto
de constitución moral fue desarrollado por el sociólogo
estadounidense Howard Bec- ker (2014) y refiere a lo que
en una sociedad está permitido y a lo que no.
• El fomento de diversos intereses de la ciudadanía, sean cul-
turales, deportivos o religiosos.
Muchas veces las instituciones de la sociedad civil se vuelven re-
ferentes en sus temáticas específicas y generan un saber experto
al que acuden otros actores. Un ejemplo de esto pueden ser los
orga- nismos de defensa de los derechos humanos, de los
animales o de protección del medioambiente, entre otras
problemáticas.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
El fortalecimiento de la sociedad civil es deseable ya que
vigoriza la calidad de la democracia puesto que es una forma de
vincular a los ciudadanos con los asuntos públicos.
Bibliografía
Becker, H. (2014): Outsiders. Hacia una sociología de la desviación, Buenos
Aires, Siglo XXI Editores.
Durkheim, E. (2016): Las reglas del método sociológico y otros escritos, Ma-
drid, Alianza.
Levi, L. (1989): “Régimen político”, en Bobbio, N.; Matteucci, N. y Pasquino,
G., Diccionario de Política (1409-1410), México, Siglo XXI Editores.
O’Donnell, G. (1997): “¿Democracia delegativa?”, en Contrapuntos, cap. 10,
Buenos Aires, Paidós, pp. 287-304.
— (1996): “Otra institucionalización”, en Revista Ágora, nº 5, Buenos Aires,
pp. 5-28.
Pedrosa, F. (2016): “La sociedad y el Estado”, en Herramientas para el
análisis de la sociedad y el Estado, segunda edición ampliada y revisada,
Buenos Aires, Eudeba, pp. 11-45.
Romero, L. A. (2017): Breve historia contemporánea de la Argentina. 1916-
2016, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Tocqueville, A. (2017): La democracia en América, Madrid, Alianza Editorial.
2. EL NOMBRE Y LA HACIA
COSA.
UNA CONCEPTUALIZACIÓ N DEL ESTADO
Patricio Gómez Talavera
Introducción
El Estado es uno de los protagonistas claves de los estudios
sociales. Esto se observa sin importar la disciplina, la
nacionalidad del espe- cialista que lo estudia o el momento
histórico que se investigue.
Pero ¿qué es el Estado? En este capítulo se discutirá el concepto
de Estado. Para ello, se centrará, en primer lugar, en su origen y
ne- cesidad; en segundo término, en la definición y
conceptualización del sociólogo alemán Max Weber; en tercer
lugar, en la articula- ción entre sociedad y Estado a partir de la
noción de legitimidad; y, por último, sobre los niveles de
estatalidad y la relación con los gobiernos.
El Estado: origen histórico y formulación teórica
La aparición del Estado como actor histórico marca un antes y un
después en el desarrollo de las sociedades humanas. Es el Estado
el que, en un nivel de mayor complejidad social, impone las
leyes, es
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
decir, las hace cumplir. El Estado pasa a ser el poder y quien
define las reglas de juego, por lo tanto, también genera
diferenciaciones entre los habitantes de esa sociedad.
El Estado es una creación humana. Antes de que las sociedades
conformaran un Estado, las personas vivían en lo que se ha dado
en llamar “estado de naturaleza”. Esto significa que no había
leyes que organizaran la vida humana y el más fuerte lograba
imponerse una y otra vez, sobre el más débil.
En algún momento, sociedades que no tenían Estado, convinieron
en la existencia de algún orden que les garantizara más poder y
se- guridad: así se originó el Estado. Mediante este acuerdo, los
miem- bros de la sociedad renunciaban a varias de sus prácticas
habituales (por ejemplo, la defensa por mano propia), en favor de
la creación de una nueva estructura –el Estado– que serviría para
defenderlos a todos de agresiones externas.
Un Estado, aun precario y pequeño, permitía organizar la defensa
y regular las relaciones entre las personas reduciendo la violencia
no controlada. Dicha eficiencia también alcanzó con resultados
bene- ficiosos a la organización de la agricultura y la ganadería.
Uno de los primeros avances en la tarea de definir al Estado lo
dio el filósofo británico Thomas Hobbes (1588-1679) quien
sostenía que el Estado surgió a través de un acuerdo efectuado
entre todos los habitantes de un territorio. Hobbes señala en su
obra Leviatán, publicada en 1651, que la guerra se encuentra
entre las motivacio- nes fundamentales en la construcción del
Estado. Para este filósofo era evidente que “durante el tiempo en
que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a
todos, se hallan en la con- dición o estado que se denomina
guerra, una guerra tal que es de todos contra todos” (Hobbes,
2011: 102).
La aparición del Estado permite controlar la guerra y, por tanto,
poner freno a la destrucción descontrolada y la disgregación
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
social.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
La capacidad del Estado debe entenderse en sentido amplio, no
limitada a la protección de la vida, sino también al de los bienes
materiales, dado que concibe para el rol del Estado el “… brindar
seguridad a todas las excelencias que el hombre puede adquirir
le- galmente, sin daño para el Estado […], mediante la
promulgación y ejecución de buenas leyes, que las personas
individuales pueden aplicar a sus propios casos” (Hobbes, 2011:
275).
No hay duda de la importancia de la figura del Estado en el desa-
rrollo de la humanidad, pero, a fin de cuentas, ¿cómo definir un
Estado?
Weber: el Estado y la coerción
El sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) elaboró una defini-
ción de Estado muy útil para poder trabajar a partir de ella. Esta
definición fue muy importante a principios del siglo XX, aunque
con el correr del tiempo aparecieron otras igualmente influyentes.
De hecho, las definiciones de Estado fueron cambiando con los
aportes de otros cientistas sociales y nuevas escuelas de pensa-
miento, así como por el aumento de la complejidad de los Esta-
dos y sociedades a lo largo del tiempo. Sin embargo, la definición
propuesta por Weber aún permanece vigente, y esto es así porque
señala algunas características básicas sobre lo que define a un Es-
tado y su acción.
Según Weber, el Estado es aquella comunidad humana que,
dentro de un determinado territorio, reclama para sí el mono-
polio de la violencia física legítima.
De la definición de Weber se deben tomar dos elementos
fundamen- tales: el primero es el dominio sobre un territorio
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
determinado que
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
debe ser indiscutiblemente propiedad del Estado; el segundo es el
monopolio del uso de la violencia legítima dentro de ese territorio.
¿Qué significa “monopolio de la violencia legítima”? Quiere
decir que dentro de ese territorio que domina, el Estado es el
único que puede ejercer la violencia; dicha violencia es legítima
porque está normada, regulada y respaldada por el orden legal
vigente. A todas las demás asociaciones de individuos solo se les
concede el derecho a la violencia física en la medida que el
Estado lo permite. El Estado es la única fuente del “derecho” a la
violencia.
Por ejemplo, el ejercicio de la violencia se suele dar a través de la
Policía o la Gendarmería o cualquiera de los cuerpos armados
que el Estado disponga para eso. Se trata, pues, de una violencia
entendida como legítima, dado que es aceptada por la sociedad,
incluso por los que potencialmente la podrían padecer y, además,
está regulada en la legislación.
Si dentro del territorio de un Estado existieran grupos o
individuos que pudieran ejercer la violencia e imponer sus
propias leyes por fuera del Estado, se pondría en discusión la
propia existencia es- tatal. Un ejemplo de esto lo constituyen los
territorios controlados por guerrillas o por el crimen organizado.
El Estado, entonces, tiene dos elementos que lo distingue de
otras organizaciones humanas: el dominio sobre un territorio
y el monopolio del uso de la violencia en ese territorio.
El Estado y la dominación
Una vez definido el Estado, empiezan a aparecer otras preguntas:
¿el Estado representa a todos los ciudadanos de una sociedad?
¿Es el Estado una institución neutral? La respuesta de Weber es
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
contundente: el Estado no es un espacio igualitario; por el contra-
rio, implica que ciertas personas o grupos son capaces de
imponer su dominación sobre otras personas o grupos:
El Estado, como todas las asociaciones políticas que
histórica- mente lo han precedido, es una relación de
dominación de hom- bres sobre hombres, que se sostiene por
medio de la violencia legítima (es decir, de la que es vista
como tal). Para subsistir necesita, por tanto, que los
dominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes
en ese momento dominan. ¿Cuándo y por qué hacen esto?
¿Sobre qué motivos internos de justificación y sobre qué
medios externos se apoya esta dominación?) (Weber, 2006,
cit. en Pedrosa, 2014: 53).
El Estado no es representativo de la totalidad de la sociedad ya
que la sociedad es heterogénea y conflictiva.
Esa heterogeneidad repercute también en la misma conformación
del Estado. A veces el conflicto continúa dentro del Estado
mismo y funcionarios compiten entre ellos porque representan
los inte- reses de grupos diferentes. Incluso siempre hay grupos
sociales, individuos, que resisten a la dominación por parte del
Estado.
Así, el control del Estado siempre queda en manos de algunos
gru- pos, pero debe procurarse conducirlo en representación de
los in- tereses de toda la sociedad, lo cual no resulta fácil en la
práctica. Para lograr cierto consenso hacen falta instituciones
sólidas que permitan controlar a quienes ejercen el poder del
Estado.
Weber reflexiona acerca de cómo el Estado consigue hacer
efectiva la dominación sobre una sociedad determinada. Lo que
caracteriza a la asociación estatal no son los objetivos que busca,
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
ni el tipo de dominación que persigue, sino los medios a través de
los cuales ejerce dicha dominación.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
El Estado domina a través de la coacción física, es decir la
violen- cia, que, además, ejerce de manera legítima y
monopólica. Aunque la violencia es un elemento clave para
dominar, pero no es sufi- ciente para explicar el predominio del
Estado sobre la sociedad.
Para ser efectiva, la violencia ejercida por el Estado para do-
minar debe ser aceptada por los ciudadanos y, además, debe
ser legal, es decir, prevista en las leyes. Esto significa que la
violencia debe ser legítima y regulada por la ley.
Por lo tanto, según Weber, el monopolio de la violencia y el pro-
blema de la legitimidad no pueden entenderse de manera
separada, ya que son condiciones esenciales de la dominación
estatal. Esto quiere decir, sobre todo, que el Estado no puede
ejercer violencia si no está apegada a la legalidad que él mismo
establece.
La violencia estatal tiene una explicación que la legitima (por
ejemplo, mantener el orden) y una legalidad que la controla, le da
forma e impide que se desborde (las instituciones, en este caso
las legales).
Legitimaciones de la dominación del Estado
¿Por qué las personas obedecen al Estado? Weber estudió las so-
ciedades a través del tiempo y observó que existen diferentes mo-
dos de justificar y aceptar el poder de dominación por parte del
Estado. A partir de los datos recopilados, propuso una
clasificación que, aunque no respondan a casos reales y
concretos, permite pen- sar la legitimidad de la dominación según
los fundamentos que la sostienen. Según el pensador alemán,
pueden agruparse en tres tipos: legitimidad basada en el eterno
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
ayer, del carisma personal, de la legalidad.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
La legitimidad del eterno ayer está basada en la costumbre. En
este caso la obediencia no se reflexiona ni se analiza por parte del
actor que la ejerce, simplemente se obedece al reconocer la con-
veniencia de mantener el accionar dentro de marcos tradicionales,
consciente o inconscientemente.
El segundo tipo de legitimación, según la tipología propuesta por
Weber, se caracteriza por el hecho de que esta se apoya y se
sostie- ne sobre la base del carisma personal de quien lidera. La
historia de la humanidad también está plagada de momentos
donde una persona, a través de su inteligencia, su magnetismo,
y/o su capaci- dad de liderar grupos, llega a convencer a
mayorías sociales, gene- rando reglas que la multitud obedece sin
cuestionar. Más allá del resultado final, lo importante en este
segundo tipo es que es el ca- risma del líder el motivo
fundamental que legitima la dominación. En sus investigaciones,
Weber se centró en este aspecto. Le inte- resaba explorar el
carisma asociado al liderazgo personal de una figura dominante,
el caudillo. ¿Cuál es la relación con la domina- ción? Pues que el
carisma, asociado a la presencia de una persona que lidera a
otras, abre las puertas a reflexionar sobre por qué cier- tos grupos
de personas obedecen, por qué creen en un líder que los conduce
aunque no sea la costumbre o una norma legal (véase el Capítulo
7 de L. Petrino).
Finalmente, el tercer tipo propuesto por Weber es el de la
legitimi- dad basada en la legalidad; es decir, fundamentado
sobre normas racionalmente creadas, las leyes. Este caso es el
más habitual en el mundo occidental del siglo XX. Las
sociedades se ordenan en torno a la ley, una ley escrita y que
coloca al Estado en un papel de árbitro entre parcialidades. La
racionalización colectiva de las conductas aparece aquí como un
elemento explicativo de la civili- zación occidental.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Estado y gobierno
Como se estableció en apartados anteriores, el Estado es asocia-
ción a través de la cual un grupo, de manera delegada, controla
un territorio. Este territorio pasa estar sometido así a un único
poder legítimo amparado en un corpus legal que determina, limita
y de- talla los mecanismos de administración de sus propias
atribuciones (seguridad, educación, economía, etcétera).
Si bien la figura más recurrente a la que aludimos es el Estado
nacional, existen por debajo de él formas del mismo Estado con
ni- veles de autonomía propia. En nuestro país, por ejemplo,
encontra- mos los Estados provinciales, los cuales en virtud de la
Constitu- ción mantienen esferas de influencia que no son
compartidas con el Estado nacional, tal es el caso de los recursos
hidrocarburíferos o los contenidos a impartir en establecimientos
de enseñanza estatal. Por debajo de los Estados provinciales, se
encuentran los Estados municipales, también con atribuciones
propias, como por ejemplo la recolección de residuos o el cobro
de determinados impuestos. Además de entender que existen
niveles de estatalidad, es necesa- rio también observar una
distinción importante entre Estado y go- bierno. El Estado,
conforme a la definición dada, es una estructura de existencia
permanente, aunque puede cambiar en sus formas.
El Estado es permanente; el gobierno es temporal.
El Estado se distingue de lo que se denomina “gobierno” ya que
este último está integrado por quienes, en forma contingente y
co- yuntural, administran el Estado. Los miembros del gobierno
tienen un mandato temporalmente determinado, tras el cual
deberán dejar sus puestos a nuevos encargados de administrar la
estructura buro- crática estatal y manejar sus atribuciones.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Estado y nación
Existe otra distinción fundamental: la que se efectúa entre Estado
y nación. Para Gellner (2008) existen dos fases que distinguen
una nación: la fase cultural y la voluntarista. En cuanto a la
primera, el autor señala que la construcción de la nación depende
de la aso- ciación de hombres que “comparten la misma cultura,
entendiendo por cultura un sistema de ideas y signos, de
asociaciones y de pau- tas de conducta y comunicación” (Gellner,
2008: 74).
En cuanto a la segunda (la voluntarista), señala que los ocupantes
de un territorio determinado o los hablantes de un idioma dado,
llegan a ser una nación cuando se reconocen mutua y firmemente
ciertos deberes y derechos en virtud de su común calidad de
miem- bros (Gellner, 2008: 74).
Por su parte, Hobsbawm (2012: 17) utiliza una definición más
am- plia que la de Gellner, señalando que es suficiente con que
un gru- po suficientemente grande de personas se autoperciba
como nación para ser analizada como tal.
Aunque los Estados suelen cimentarse y construirse a partir de la
comunidad que implica una nación, no necesariamente todas las
naciones poseen Estado. Los pueblos kurdos en Turquía e Irak
son un ejemplo de nacionalidad que no cuentan con la estructura
de un Estado reconocido.
En el caso de la Argentina, la nación se construyó luego del
Estado. Primero existió el Estado nacional y luego, mediante
diversas po- líticas públicas realizadas por los gobiernos de fines
del siglo XIX y principios de siglo XX, sobre todo las educativas,
se construyó la identidad argentina. Esto se puede ver más
detalladamente en Romero (2017). El caso argentino ilustra la
forma en que el Estado ha sido responsable y creador de las
identidades nacionales que agrupan a las sociedades modernas.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Bibliografía
Gellner, E. (2008): Nation and Nationalism, Cornell, Cornell University Press.
Hobbes, T. (2011): Leviatán, México, Fondo de Cultura Económica.
Hobsbawm, E. (2012): Naciones y nacionalismo desde 1780, Madrid, Crítica.
Pedrosa, F. (comp.) (2014): Lecturas para el estudio de la sociedad y el Estado,
Buenos Aires, Eudeba, pp. 51-57.
Romero, L. A. (2017): Breve historia contemporánea de la Argentina. 1916-
2016, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Weber, M. (2006): El político y el científico, Buenos Aires, Prometeo libros.
3. TIPOS DE ESTADO
Enrique García
Introducción
En el capítulo anterior se analizó el origen del Estado y sus
formas de dominación, así como los diferentes niveles de
estatalidad. En este capítulo nos ocuparemos de presentar y
discutir una tipología según la cual se ordenan diferentes tipos de
Estado sobre la base de los procesos de formación, consolidación
y derrumbe, las ideas sobre las que se sostienen, el régimen
político y la administración de la economía.
El Estado liberal
Para abordar el estudio del Estado liberal primero se debe
entender cuál es el significado del concepto “liberal”. El
liberalismo apa- rece como una concepción cuestionadora del
poder absoluto que predominó en Europa desde finales del siglo
XV y principios del XVI hasta finales del siglo XVIII. Fue
considerado por sus pro- pulsores como la filosofía política de la
libertad y de la razón, que representaba el respeto por la vida
privada y el constitucionalismo.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
También, fue presentado como una ruptura de las cadenas, sobre
todo religiosas y sociales, que inmovilizaban el pensamiento
desde la etapa medieval y el absolutismo.
La formación de este tipo de Estado tiene como antecedentes la
Revolución inglesa de 1688, que profundizó la primacía del Par-
lamento sobre la monarquía. También la Revolución francesa de
1789 es un antecedente importante. En ella se dio por tierra con
la organización estamental y aristocrática del Antiguo Régimen.
El Estado liberal se extendió con fuerza por el Occidente hasta la
crisis económica mundial de 1929-1930.
Por otra parte, dentro del Estado liberal se incluyó el ascenso po-
lítico de la burguesía. La burguesía desplazó a la nobleza y se
constituyó en la nueva clase social dominante muy vinculada al
capitalismo y el comercio. También profundizó un proceso de se-
cularización social.
El desarrollo del Estado liberal provocó, entre otras cosas, que
la Iglesia dejara de tener el monopolio de la educación y la
cultura.
El Estado liberal plantea la defensa de los llamados derechos
natu- rales, inviolables, precontractuales e individuales. El
hombre en su estado presocial, anterior a la formación de la
sociedad, ya posee los derechos de la igualdad, de libertad y de
propiedad privada.
Para preservar estos derechos, los mismos hombres deciden
firmar un contrato mediante el cual acuerdan vivir en sociedad y
crear el Estado que debe mantenerse contenido y limitado en su
propen- sión a dominar la sociedad; para ello, el liberalismo
propone un ejercicio equilibrado del poder.
En la esfera política, el Estado liberal establece que la legitimidad
del gobernante se obtiene en las elecciones periódicas,
cimentadas en la vigencia de constituciones y leyes que son
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
acompañadas por
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
la división de los poderes, a fin de neutralizar el despotismo.
En la esfera económica, el Estado liberal se apoya en la creencia
de leyes naturales del mercado (leyes de oferta y demanda, y libre
competencia) y en la iniciativa individual. Los liberales creían
que el espíritu de lucro individual promovía el beneficio personal
y, al mismo tiempo, el mejoramiento del conjunto de la sociedad.
Se trata de un Estado no interventor en la esfera económica que
busca remover obstáculos para que los mercados logren
autonomía. Es decir, es un Estado mínimo, que concibe el
mercado como el único capaz de asignar eficientemente los
recursos.
Por ello, según las versiones extremas de este tipo de gobierno, al
Estado le corresponde solamente vigilar la seguridad exterior y la
de los individuos, la realización de obras públicas (por ejemplo,
construcción y mejoramiento de caminos) y la enseñanza elemen-
tal (Locke, 1990).
El Estado fascista
El fascismo fue un movimiento político autoritario surgido en
Eu- ropa en las primeras décadas del siglo XX. A pesar de que el
térmi- no “fascista” se utiliza para diversos casos
contemporáneos entre sí, no es lo mismo el régimen de Benito
Mussolini en Italia, que el nacionalsocialismo de Adolf Hitler en
Alemania, ni el franquismo español o el autoritarismo de Antonio
de Oliveira Salazar en Por- tugal. No obstante, es posible
establecer ciertos rasgos comunes que permitan una comprensión
general como la que se pretende en este capítulo.
El Estado fascista se inmiscuye en todas las esferas de la
socie- dad. El poder del Estado no posee límites y su control
sobre la sociedad es total.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
En el caso del gobierno de Mussolini en Italia, el país fue gober-
nado por un aparato partidario, el partido fascista. A las prácti-
cas políticas del fascismo se sumaba un fuerte contenido mís-
tico, generalmente basado en el líder. Existe un culto al héroe y a
la voluntad que termina sosteniendo un ideal militarista y
vinculado a la expansión territorial, ya que el héroe se destaca
venciendo a los enemigos del extranjero. De hecho, el discurso
fascista poseía contenidos racistas que legitimaban el accionar
contra los otros.
Por eso la propaganda tuvo un papel clave en el desarrollo y pre-
dominio de estos movimientos, como también el uso de la fuerza
contra quienes se opusieran (tanto en forma legal como ilegal).
El surgimiento del Estado fascista en Italia y de otros gobiernos
de índole similar en Europa se explica en gran medida, por la
llamada “reacción de miedo”, generada por la presencia del
comunismo. En 1917, había triunfado la Revolución rusa y, como
resultado de ello, se había conformado el primer país comunista:
la Unión Soviética. Existía entonces un temor sobre que el
comunismo se expandiera por Europa y quitara a las personas sus
propiedades y en especial a los patrones, la propiedad de sus
fábricas. Para evitar que esto ocu- rriera, un sector importante de
la sociedad reclamaba un gobierno fuerte y decidido con un líder
extraordinario con mano dura. Pero ese liderazgo primero iba a
someter a su propia sociedad.
Al mismo tiempo, aumentaba el rechazo a la democracia liberal,
ya que esta era percibida como incapaz de dar soluciones a la
realidad imperante. Y esto era subrayado especialmente por los
gobiernos de índole fascista. Quienes apoyaban al fascismo
consideraban que la democracia no podía poner freno a la
revolución social, ni ven- cer a los países vecinos en una guerra
por nuevas tierras.
Además del temor al comunismo, también la rivalidad con los
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
paí- ses vecinos fue importante para explicar el auge del
fascismo. El
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Estado fascista era fuertemente nacionalista, lo cual también
servía para justificar la guerra y la inversión en la industria de las
armas. En el discurso fascista, siempre se apuntaba a la presencia
de un enemigo externo e interno que se oponía al destino de
grandeza del país donde surgía y al que se debía vencer por la
fuerza.
El nacionalismo ayuda a diferenciarse de los demás y es una
herramienta política muy útil para homogeneizar a la
sociedad, a quienes los fascistas desean convertir en una
unidad sin disi- dencias.
El fascismo en Italia, como en los otros países en que surgió, ape-
laba a todos los sectores sociales diciéndoles lo que querían escu-
char. A diferencia del comunismo que se autodefinía como
clasista y representante de los intereses de una clase –la clase
trabajadora–, los fascistas utilizaban un discurso policlasista.
Este discurso se dirigía a diversos sectores sociales, aun cuando
las promesas fueran contradictorias entre sí. Por ejemplo,
prometía mejorar las condiciones de vida y la dignidad laboral de
los obre- ros mientras que a los patrones les aseguraba la
restauración del orden y la jerarquía social en forma autoritaria.
Para el Estado fascista solo importaba el Estado y reconocía
alguna importancia al individuo solo si sus intereses coincidían
con los del Estado. Por ello, el fascismo se oponía al liberalismo
clásico que planteaba la reducción del papel del Estado en
nombre de la defensa de los derechos del individuo.
El Estado fascista lo abarca todo: fuera de él no pueden existir
valores humanos y espirituales; por ello es totalitario y profun-
damente antidemocrático.
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De acuerdo con lo expuesto, se pueden sintetizar algunas de las
ca- racterísticas fundamentales del Estado fascista: ejerce un
totalita- rismo nacionalista, está impregnado de xenofobia y es
claramente opuesto al pluripartidismo propio de los regímenes
democráticos. El fascismo se caracteriza por ser un sistema de un
solo partido; y se funda en la existencia de un principio de
jefatura carismática (véase el Capítulo 2 de P. Gómez Talavera),
en el cual la palabra del líder o conductor es inapelable (Payne,
1982).
El Estado de bienestar o benefactor
El Estado de bienestar o benefactor se desarrolló en Occidente a
partir de 1945, con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial
(1939-1945). Se conformó para dar solución a los efectos econó-
micos y sociales que la contienda bélica había provocado y a los
altísimos costos de la reconstrucción de los países involucrados
en la guerra.
Este tipo de Estado buscaba, de hecho, una fórmula que
permitiera retomar el rumbo del crecimiento, por un lado, y el
logro de la es- tabilidad social ante el avance del comunismo, por
otro. Por ello, puede entenderse que es el producto de una toma
de conciencia de la incapacidad del Estado liberal de dar
respuesta a los desafíos de la posguerra.
El Estado de bienestar es impulsor de políticas tendientes a
asegu- rar la vida de la población, desde la cuna a la tumba, para
evitar las crisis recurrentes del sistema capitalista. En este Estado,
las insti- tuciones públicas promueven transferencias sociales de
fondos pú- blicos (por ejemplo, mediante seguros de desempleo y
pensiones), que mejoran la calidad de vida de los habitantes.
Se caracteriza por la búsqueda y el mantenimiento de altos nive-
les de ocupación, con una fuerte tendencia al pleno empleo. Esta
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
política también incluye salarios altos con el propósito de mante-
ner altos niveles de producción. A la vez, impulsa la expansión
del gasto público, en general, y del gasto social, en particular,
transfor- mándose en un prestador de servicios tales como
educación, salud, previsión social, jubilaciones.
Estas funciones son acompañadas por una legislación que protege
las condiciones laborales, la prestación de los servicios y la
calidad de los productos que son necesarios para la vida social.
El Estado de bienestar busca intermediar en las relaciones
entre las fuerzas del capital (los empresarios) y las del trabajo
(los sindicatos).
La intermediación implica una fuerte presencia e intervención del
Estado, como árbitro y constructor del consenso entre las partes.
A nivel político esto se concreta de la siguiente manera:
… El movimiento obrero renuncia a cuestionar las relaciones
de producción basadas en la propiedad privada a cambio de
la ga- rantía de que el Estado intervenga en el proceso
redistributivo, a los efectos de asegurar condiciones de vida
más igualitarias, seguridad y bienestar, a través de los
servicios, el pleno empleo y la defensa de una distribución
más equitativa de la renta nacio- nal (Saborido, 2002: 4).
El Estado de bienestar es interventor y regulador en la esfera eco-
nómica. Por eso, grava la rentabilidad de las empresas y de los
sectores económicamente dominantes de la sociedad a fin de pro-
mover una eficiente distribución de la riqueza dirigida a los
secto- res de menores recursos. En el mismo sentido, el Estado se
asume como empresario y puede asociarse con el capital privado
impul- sando la existencia de una economía mixta.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
El Estado de bienestar ha generado una verdadera expansión
de los derechos sociales y políticos.
Si bien el Estado de bienestar fue el destinatario de diferentes
críti- cas, en especial por el gasto social, es necesario destacar
que su vi- gencia trajo como consecuencia un conjunto de
transformaciones positivas. En efecto, fue observable un
vertiginoso crecimiento de la población en general y de la
población activa en particular.
Por eso mismo estimuló el aumento del comercio internacional,
que se expandió a un ritmo explosivo. A la vez se registró un
fuerte retroceso del analfabetismo y un significativo incremento
de las matrículas educativas en todos los niveles, especialmente,
en la esfera universitaria.
Cabe señalar el papel de importancia creciente que pasaron a des-
empeñar las mujeres. El ingreso de la mujer al mercado laboral
no era ninguna novedad, pero a partir de finales del siglo XIX su
nú- mero aumentó. Otro hecho inédito en la época fue que las
mujeres hicieron su entrada en un número impresionante en la
enseñanza superior.
En definitiva, más allá de otros cambios igualmente trascendentes
operados en el mundo de posguerra, puede afirmarse que la
socie- dad europea de aquella época vivió una verdadera “Edad
de Oro”. En la década de 1970 comenzó a agravarse la crisis
económica y se ahondaron los cuestionamientos económicos y
políticos al Es- tado de bienestar, sobre todo por el dinero que
gastaba en políticas sociales. En efecto, la crisis del petróleo de la
década de 1970, que rápidamente cuadruplicó el valor de este
insumo clave, generó una crisis energética y aumentó los costes
de producción.
En el bloque socialista coexistían países de todos los continentes,
incluyendo europeos como la República Democrática Alemana
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
(Alemania oriental), Yugoslavia, Bulgaria, Rumania, Albania, et-
cétera. La existencia de estos países era considerada una amenaza
para los países occidentales capitalistas como Francia, la Repú-
blica Federal Alemana (Alemania occidental), Italia, España,
Por- tugal, Grecia, etcétera. Por eso Estados Unidos, desde fines
de la Segunda Guerra Mundial, había invertido grandes
cantidades de dinero para la reconstrucción de posguerra y,
luego, en la defensa para que fueran una barrera frente al avance
del comunismo que implementaba la Unión Soviética.
Sin embargo, en las décadas de 1960 y 1970, Estados Unidos vio
crecer su déficit fiscal en forma significativa, y gran parte de ello
se debió a los costos que ocasionaba la intervención en la guerra
de Vietnam. Para mediados de la década del 70, Estados Unidos
decidió recortar los gastos originados en la defensa europea y los
traspasó a los países que antes descansaban en la ayuda
norteame- ricana para costearlos.
En consecuencia, entre los gastos de energía, el aumento de los
costos de las materias primas que este aumento del petróleo esti-
mulaba y la necesidad de empezar a financiar los gastos militares,
el déficit fiscal de los Estados europeos comenzó a crecer
significa- tivamente. Además, tenían grandes burocracias y sus
intervencio- nes se habían vuelto menos eficientes y muy
costosas.
En otras palabras, para pagar los nuevos gastos en energía y
también lo utilizado para mantener el creciente costo de la ca-
rrera armamentista que provocaba la Guerra Fría, el Estado
de- bía poner cada vez más dinero que ya no podía utilizarse
para mantener el bienestar de la población.
Esto hizo surgir una corriente de pensamiento que proponía una
reorganización que dará lugar a otro tipo de Estado.
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El Estado neoliberal
En la década de 1990, la mayoría de los países socialistas entró
en una crisis final que derivó en que el símbolo del comunismo
cayera, y provocó que la Unión Soviética desapareciera. Con ella
también fue arrastrada la creencia de que el Estado debía
encargar- se de todo lo relativo a la sociedad. El Estado soviético
se había convertido en modelo del autoritarismo, de ahogo de la
iniciativa individual, de falta de libertad y pluralismo y, además,
de ineficien- cia económica.
Esto se sumaba a la crisis de los Estados de bienestar europeos
antes explicada. Por otra parte, el avance de la globalización
colo- caba cada vez más el centro del poder en el escenario
global. Las fronteras nacionales comenzaron a perder
importancia, el capita- lismo abría una nueva etapa en que el
mundo comenzaba a interco- nectarse y las barreras nacionales a
desaparecer.
La caída del comunismo permitió una gran expansión del
capitalis- mo a nuevos mercados y esto se vio consolidado por un
gran salto tecnológico que facilitó las comunicaciones y redujo el
tiempo ne- cesario para salvar grandes distancias.
En definitiva, la globalización así entendida les quitó
protagonismo a los Estados nacionales y el capitalismo comenzó
a liberarse de las barreras que estos Estados ponían. En ese
contexto el neolibe- ralismo (una nueva interpretación del
liberalismo clásico) remarcó la necesidad de reducir la
importancia asignada al Estado nacional como regulador de la
vida social y la economía.
Por ello las políticas neoliberales proponen trasladar el peso de
las decisiones económicas al mercado, considerándolo como el
único asignador eficiente de recursos. También promueve la eli-
minación de controles y regulaciones estatales que frenen el de-
sarrollo económico.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Este tipo de Estado tuvo sus más claros exponentes en la primera
ministra británica Margaret Thatcher y en el presidente de los
Esta- dos Unidos, Ronald Reagan, quienes gobernaron sus países
duran- te la década de 1980. En América Latina un precursor de
este tipo de políticas económicas fue el dictador chileno Augusto
Pinochet, aunque fue en la década de 1990 cuando las ideas
neoliberales se expandieron por la región.
El neoliberalismo predica especialmente la apertura de la econo-
mía, eliminando las protecciones económicas que recaen sobre
al- gunos sectores. Es decir, se busca la entrada de bienes y
servicios de un país a otro, sin importar que compitan con ventaja
con los producidos en el país que los recibe.
El neoliberalismo sostiene que las medidas reguladoras y protec-
cionistas, que se implementaron anteriormente en el comercio ex-
terior, atentaron contra la libre circulación de bienes y servicios,
y obstaculizan la eficiencia económica del sistema internacional. 1
El Estado de bienestar se financiaba mediante impuestos o, en al-
gunos casos, favoreciendo la producción nacional para proteger
el trabajo del país. Esto se hacía impidiendo que productos de
mejor calidad y/o más económicos ingresaran al país y
favoreciendo a los productos nacionales eliminando el pago de
impuestos o subsi- diando a quienes fabrican en su país.
El neoliberalismo se opone a las políticas proteccionistas, argu-
mentando que de este modo se producen bienes de poca calidad y
más caros. Entonces para implementar las políticas neoliberales,
la apertura de la economía precisa de una reforma financiera ten-
diente a desgravar (eliminar gravámenes, costos o impuestos) a
las
1. Las políticas proteccionistas son medidas cuyo objetivo es que los bienes producidos dentro de
un país puedan competir con ventaja sobre los que se producen en el exterior (por ejemplo,
mediante la aplicación de impuestos extra a los productos extranjeros).
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actividades financieras y, también, a las actividades que llevan a
cabo empresas locales e internacionales.
En definitiva, sostiene medidas que suponen una mayor
obtención de inversión de los sectores económicos, sobre todo de
los capita- les extranjeros. Otra de las características del Estado
neoliberal es que promueve la privatización de empresas públicas
a fin de dismi- nuir el gasto público (y así lograr evitar o reducir
el déficit fiscal). La idea de eliminar el gasto público excesivo se
implementa de diversas formas. También deben mencionarse las
estrategias de fle- xibilización laboral, sobre todo en sociedades
donde los sindicatos han construido importantes sistemas de
protección sobre el trabajo formal. En algunos casos –en sistemas
federales– promueve una descentralización del Estado nacional.
De este modo se transfieren responsabilidades que antes eran
ejercidas por el Estado nacional a las jurisdicciones provinciales.
Tal es el caso de la educación o de la salud pública.
El objetivo de estas reformas es disminuir el costo laboral de las
empresas de modo de ofrecer mejores condiciones y así estimu-
lar la llegada de inversiones extranjeras. Esto se combina con la
aparición de nuevas tecnologías que impactan fuertemente en el
mundo laboral como se ve también en el texto de Agresti y
Federico (2010).
El neoliberalismo busca imponer un capitalismo desregulado
sin normas o leyes que restrinjan su actividad y que permita
un aumento de la actividad y la innovación privada.
Sin embargo, los resultados que se produjeron cuando se aplicó
sin ningún otro criterio no siempre lograron estos objetivos y
favo- recieron la concentración económica y el crecimiento de las
des- igualdades.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Los tipos de Estados en América Latina
Como se vio anteriormente, el Estado de bienestar se concretó en
Occidente y en los años de la segunda posguerra. Mientras que en
Europa adoptó la función de árbitro, amortiguando tensiones so-
ciales entre diferentes actores y convirtiéndose en el actor central
de la política nacional, en América Latina su lugar fue totalmente
el opuesto.
El Estado de bienestar en América Latina se expandió en forma
incompleta, significa que no logró los beneficios sociales de la
ca- lidad y en la cantidad que ocurrió en Europa. Esto fue así por
diver- sos factores, uno de ellos es que los Estados europeos
recibieron grandes préstamos y financiaciones de parte de
Estados Unidos que estaba interesado en evitar la influencia
comunista en la región. Tampoco existió en América Latina un
consenso sobre la necesi- dad de hacer un Estado más inclusivo,
aun con el temor que existía frente al avance comunista que se
pensaba controlar más con la represión que con mayor inclusión
y nuevos derechos sociales.
Por eso, el Estado de bienestar en América Latina –y particular-
mente en la Argentina– fue producto de luchas diversas y de
impo- siciones de un sector sobre otro y generalmente mediante
formas autoritarias, ya que no existía un consenso para hacerlo de
otra forma.
Mientras que en Europa los Estados buscaron imponer reglas de
juego que fueran consensuadas y al mismo tiempo generar un
bien- estar básico para toda la población, en América Latina en
general y en la Argentina en particular, los sectores trabajadores
tuvieron que enfrentar a gobiernos conservadores y de a poco ir
consiguiendo algunas reivindicaciones y avances. Esto ocurrió
primero con Yri- goyen y Alvear, en algunos casos durante los
años de la década de 1930, y bajo los gobiernos de Perón
(Romero, 2017).
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Uno de los problemas que estimularon los conflictos en
Amé- rica Latina es la creencia de que lo otorgado a un
grupo era necesariamente una pérdida para otro.
En la Argentina, el neoliberalismo alcanzó su consolidación con
el gobierno del peronista Carlos Menem. También se considera
pre- sidentes neoliberales a Alberto Lacalle en Uruguay, Alberto
Fuji- mori en Perú, Arnoldo Alemán en Nicaragua y Carlos
Salinas de Gortari en México, entre otros.
Bibliografía
Agresti, P. y Federico, A. (2010): Sociedad y Estado en un mundo globalizado,
Buenos Aires, Eudeba.
Bobbio, N.; Matteucci, N. y Pasquino, G. (1976): Diccionario de Política, Mé-
xico, Siglo XXI Editores.
Hobsbawm, E. (1998): Historia del siglo XX, Buenos Aires, Crítica.
Locke, J. (1990): Ensayo sobre el gobierno civil, Madrid, Aguilar.
Romero, L. A. (2017): Breve historia contemporánea de la Argentina. 1916-
2016, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Saborido, J. (2002): Consideraciones sobre el Estado de Bienestar, Buenos
Ai- res, Biblos.
III. RÉ GIMEN POLÍTICO
4. REGÍMENES POLÍTICOS.
HERRAMIENTAS PARA BAJAR EL GRADO
DE ABSTRACCIÓ N
Max Povse
Introducción
La palabra “régimen” es polisémica, es decir, tiene muchos sig-
nificados. En líneas generales es entendida como un conjunto de
reglamentaciones que determinan el funcionamiento de un proce-
so o sistema. Pero también está cargada de un sentido peyorativo,
utilizada para definir dictaduras, autoritarismos o totalitarismos.1
En este capítulo analizaremos la definición genérica del concepto
de “régimen político”, que en la ciencia política hace referencia
al conjunto de reglamentaciones que determinan cómo se accede,
y cómo se ejerce el poder.
“Poder” también es un concepto polisémico y distintos autores lo
piensan de manera diferente. Aquí tomaremos la concepción we-
beriana, que lo asimila a la idea de dominación, es decir, la obe-
diencia voluntaria de una sociedad a sus líderes (véase el
Capítulo 2 de P. Gómez Talavera).2
1. Véase Levi (1989).
2. Véase también Weber (1964) y Duverger (1982).
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
El régimen político es el conjunto de reglamentaciones que
determinan cómo se accede y cómo se ejerce el poder.
¿Cuáles son los tipos de régimen político?
Un tipo es una categoría que se utiliza para definir idealmente (no
empíricamente) un conjunto de características que constituyen
algo distintivo. Las tipologías que se elaboran de los regímenes
políticos suelen utilizar dos categorías mutuamente excluyentes
como extremos de un continuo: democracia y autoritarismo.
La definición que se tome de democracia, claro está, modificará
la de autoritarismo, y viceversa, pues la construcción de estos
tipos se hace sobre la base de indicadores variables que asumen
un valor o una característica específica. Entre ambos tipos,
existen variantes que se definen por la ausencia de algunas de las
características de los tipos extremos.
La democracia es uno de los tipos ideales de régimen político,
que se sitúa en un extremo del espectro. Un régimen político es
de- mocrático cuando el acceso y el ejercicio del poder son
limitados. Ello quiere decir que dicho acceso se hace a través de
un sistema electoral en el que se llevan adelante elecciones libres
y justas, a través de las cuales se elige a los representantes tanto
legislativos como ejecutivos (diputados, senadores, presidentes,
gobernadores, intendentes, etcétera).
Además, los elegidos deben ejercer el poder también de manera
democrática, lo que significa que debe existir un Estado de de-
recho, con división de poderes, y pesos y contrapesos entre ellos
para impedir la concentración en un solo actor. Por otra parte, los
ciudadanos tienen derechos civiles y políticos, y gozan de las
liber- tades de expresión, reunión y asociación. Asimismo, el
poder de
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
los representantes no debe estar limitado de manera ilegítima por
actores externos al gobierno (tales como las Fuerzas Armadas, un
partido político, la Iglesia, etcétera).
El autoritarismo, en cambio, está definido por las características
exactamente opuestas a la democracia. Es decir, el acceso y el
ejercicio del poder no están limitados por un sistema electoral y
un Estado de derecho. Quien gobierna no es representante de los
ciudadanos, sino que asume ese rol por medios no democráticos.
Algunos ejemplos de esto último pueden ser un golpe de Estado,
el nombramiento por parte de un partido sin pasar por las reglas
de acceso electoral o, en una monarquía, por ser parte de la línea
de sucesión.
En el autoritarismo tampoco existen límites al ejercicio del poder,
es decir, no existe una división de poderes y los ciudadanos no
tienen derechos civiles y políticas garantizadas.
Como se puede apreciar a simple vista, pocos regímenes en el
mundo cumplen con exactamente todos los rasgos de uno u otro
tipo. Los tipos teóricos, como los que trabajamos en este texto,
son aproximaciones para tratar de entender realidades que, en
general, siempre son más complejas y difíciles de encerrar en
definiciones absolutas (véase el texto sobre la poliarquía de
Margarita Batlle en el Capítulo 5).
En un régimen democrático, por ejemplo, a veces las elecciones
no son del todo limpias: pueden ser parcialmente libres, el sufra-
gio puede no ser universal o pueden existir partidos políticos
pros- criptos. También puede suceder que los poderes no son
totalmente independientes (por ejemplo, que el Poder Judicial sea
adicto al gobierno) o que las libertades civiles y políticas sean
vulneradas (por la censura o limitaciones a la reunión de
ciudadanos oposi- tores al gobierno, entre otras). Por su parte,
existen autoritarismos que también tienen elecciones (y hasta son
“competitivas”), pero
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
el ejercicio del poder luego no es democrático, y son gobiernos
despóticos.
Entonces, si existen tantas excepciones, ¿dónde se dibuja la línea
entre lo que es democracia y lo que es autoritarismo?
Dependiendo de la definición que se tome del concepto ideal, sea
democracia o autoritarismo, dependerá dicha delimitación que se
hará sobre la base de “subtipos” que se encuentran más abajo en
la escala de abstracción. Esto quiere decir que, a partir de los
grandes conceptos generales deben construirse otros, más
específicos y ex- plicativos, a los que la ciencia política ha
llamado en los últimos años: “regímenes políticos con adjetivos”.
Entonces, ¿qué significa “regímenes políticos con adjetivos”?3
Regímenes políticos con adjetivos
Entre los subtipos de régimen político se encuentran diversos
conceptos: la poliarquía, la democracia delegativa, o la dictadura
(véase el Capítulo 5 de M. Battle, el Capítulo 6 de P. Bertino y el
Capítulo 8 de V. Beyreuther). Estos tres conceptos hacen referen-
cia a subtipos específicos de lo que puede ser una democracia
(los primeros dos), y un subtipo del autoritarismo (la dictadura).
Un régimen político puede tener elecciones libres y libertades po-
líticas garantizadas, pero alguno de los indicadores que nos
permi- ten decir eso no son completamente convincentes. En el
caso de la democracia delegativa, casi todos los indicadores
coinciden con valores propios del tipo ideal de democracia, pero
al menos uno de ellos no concuerda: la separación de poderes.
En el caso de las dictaduras, hasta en algunos casos pueden invo-
lucrar elecciones, pero, en tanto estas no son libres y no existen
3. Véase también Collier y Levitsky (1998).
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
limitaciones al poder de quien gobierna, constituyen un subtipo
más cercano al autoritarismo.
Existen muchos otros ejemplos de subtipos de democracia y au-
toritarismo entre ambas definiciones ideales: democracia iliberal,
tutelada, hegemónica, autoritarismo competitivo, plebiscitario o
li- mitado. Debido a que muchos de estos ejemplos se aplican a
casos específicos, no constituyen tipos ideales, sino subtipos de
alguno de los dos polos del continuo de régimen político.
Regímenes híbridos (ni democracia ni autoritarismo)
Frente a esta proliferación de subtipos nombrados de acuerdo al
caso que se estudia, existe una proposición para pensar un tercer
tipo ideal de régimen político, que se encuentra en medio de los
dos extremos entre democracia y autoritarismo: el régimen
híbrido.
Un régimen híbrido es aquel que combina elementos de los
regímenes democráticos y no democráticos.
Un régimen híbrido se caracteriza por tener indicadores con valo-
res tanto democráticos como autoritarios. Un ejemplo pueden ser
un régimen en el que haya elecciones libres, pero exista una “can-
cha inclinada” en favor del partido de gobierno, es decir que los
recursos del Estado se usen a favor de la fuerza gobernante.4
Como otro ejemplo de estos indicadores puede mencionarse uno
en el que la libertad de expresión esté asegurada, pero no la de
asociación; otro caso puede ser un régimen en el que haya
división de poderes, pero el Ejecutivo tenga una cantidad de
poder desme- surado con respecto a los otros.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
4. Véase Levitsky y Way (2004).
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
En la historia de la Argentina pueden señalarse como regímenes
híbridos (por distintas causas y con distintas formas) los
gobiernos de Agustín Pedro Justo, Juan Domingo Perón, Arturo
Frondizi, Ar- turo Umberto Illia e Isabel Perón (Romero, 2017).
¿Cómo se transforma un régimen político en otro?
Se denomina transición al proceso mediante el cual un régimen
político cambia a otro (esto se profundiza en el Capítulo 10 de
N. Simone). Para que exista una transición, debe haber cambios
profundos en los valores de un indicador: por ejemplo, libertad de
expresión o libertad de reunión.
Se denomina transición el período de tiempo que transcurre entre
un régimen y otro. Si en un régimen democrático se limitan los
derechos de los ciudadanos, por ejemplo, se coarta la libertad de
expresión o de asociación, el régimen pasa a ser híbrido, es decir,
posee características de los regímenes democráticos y otras de los
no democráticos, y no se define totalmente por ninguno de los
dos tipos.
Si la tendencia autoritaria persiste y se restringen aún más las li-
bertades y garantías, como la posibilidad de formalizar una
oposi- ción política, puede llegar a ser autoritario, es decir,
claramente no democrático.
A la inversa, si un régimen autoritario comienza un proceso de
democratización, que puede incluir la organización de elecciones
libres, pasa a ser híbrido, y si deja de limitar las libertades civiles
y la división de poderes, puede pasar a ser democrático.
Entonces los regímenes son fluidos y pueden cambiar en la
medida en que quienes ejercen el poder modifican sus propias
políticas. Por supuesto, también pueden mantenerse en el mismo
modo en que se iniciaron y nunca cambiar de tipo.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
El gobierno de Raúl Alfonsín, por ejemplo, llevó adelante, desde
el primer día al último, políticas relacionadas con un régimen
demo- crático, mientras el gobierno del general Jorge Rafael
Videla nunca abandonó su carácter dictatorial y no democrático.
Es muy importante no confundir cambio de gobierno con cambio
de régimen. Un gobierno puede mantenerse en el poder y cambiar
el régimen, o un régimen puede mantenerse aunque cambie el go-
bierno (por ejemplo, las sucesiones entre Videla, Roberto
Eduardo Viola, Leopoldo Fortunato Galtieri y Reynaldo Bignone
durante el Proceso de Reorganización Nacional).5
No es lo mismo un cambio de régimen que un cambio de
gobierno.
La Argentina ha atravesado todo tipo de transiciones, desde el
régimen autoritario de la república posible que ejercía el Partido
Autonomista Nacional, al democrático de Hipólito Yrigoyen.
Otra transición para mencionar es la que se inicia con el gobierno
de Arturo Frondizi (1958-1962), que puede designarse como
régimen híbrido hacia uno de carácter autoritario a partir de 1962
y la asun- ción de José María Guido. El régimen volvería a ser
híbrido con la elección de Arturo Illia (1963-1966), y con su
derrocamiento, la Revolución Argentina marcó un nuevo cambio
hacia el autoritaris- mo (1966-1973).
Bibliografía
Collier, D. y Levitsky, S. (1998): “Democracia con adjetivos. Innovación con-
ceptual en la investigación comparativa”, Ágora 8, pp. 99-122.
Duverger, M. (1982): Instituciones políticas y derecho constitucional, Madrid,
Ariel.
5. Véase Romero (2017).
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Levi, L. (1989): “Régimen político”, en Bobbio, N.; Matteucci, N. y Pasquino,
G., Diccionario de Política, México, Siglo XXI Editores, pp. 1409-1410.
Levitsky, S. y Way L. (2004): “Elecciones sin democracia. El surgimiento del
autoritarismo competitivo”, Estudios Políticos, 24, pp. 159-176.
Romero, L. A. (2017): Breve historia contemporánea de la Argentina. 1916-
2016, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Weber, M. (1964): Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva,
México, Fondo de Cultura Económica.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
5. LOS SISTEMAS POLÍTICOS
CONTEMPORÁ NEOS. DE LA
DEMOCRACIA A LA POLIARQUÍA
Margarita Batlle
Introducción
El término “democracia” es utilizado tanto por las ciencias
sociales como por la opinión pública y los medios de
comunicación a la hora de describir y explicar el funcionamiento
de los sistemas po- líticos contemporáneos. Sobre todo en
aquellos lugares donde las elecciones son las que determinan
cómo se conforma el gobierno.1 En ámbitos académicos, el
concepto ha ido complejizándose con una gran cantidad de
significados diferentes a partir de adjetivos o “apellidos” que lo
acompañan, acuñados desde diferentes pers- pectivas analíticas.
Esto ha llevado a la “proliferación de fórmulas conceptuales
alternativas” incluso contradictorias, sobre qué es o qué debería
ser una democracia (Collier y Levitsky, 1998: 101).
1. Este concepto, su definición y sus alcances han cambiado mucho a lo largo de la historia.
Hacien- do un recuento sintético de la teoría democrática contemporánea, se pueden agrupar tres
tradiciones muy diferentes unas de otras: la teoría clásica o aristotélica, la teoría medieval y la
teoría moderna o maquiavélica. Estas tres distintas tradiciones evidencian el modo en que, de la
mano de los cam- bios acontecidos en la historia de la humanidad, las aproximaciones al concepto
también se han ido modificando (Bobbio, 2000: 441).
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
En los diversos escritos sobre la democracia se hace mención a la
“democracia directa” y también a la “democracia deliberativa”,
la “democracia social” y la “participativa”. Todos estos
conceptos apuntan a diferentes tipos de democracias que tienen
como deno- minador común (a veces el único) la realización de
elecciones y la participación, en el gobierno, de un amplio sector
de la sociedad (véase el Capítulo 4 de M. Povse).
Frente a la dificultad –conceptual y analítica– que plantea la uti-
lización del término “democracia”, el célebre politólogo Robert
Dahl se propuso ordenar y sistematizar el concepto a partir de
una visión minimalista, es decir, asumiendo que aquello que
define a un régimen como democrático es el hecho de que sus
gobernan- tes lleguen a ocupar el poder a través de elecciones
competitivas (Schumpeter, 1976).
Para esto, Dahl planteó un nuevo concepto: la poliarquía que, con
el correr del tiempo, se fue convirtiendo en un referente clásico
en los estudios sobre la democracia y la representación. El
concepto de poliarquía surge para dar cuenta del modo en que
funcionan, según Dahl, los sistemas políticos occidentales
contemporáneos en la práctica concreta y real. Las poliarquías
son, pues “democracias imperfectas” (Máiz, sin fecha: 24).
El concepto de poliarquía es la manera más simple y que
mejor describe a las sociedades democráticas realmente exis-
tentes (García Jurado, 1996/97: 41).
De acuerdo con Dahl, la democracia sería más una idea que
perseguir que una realidad concreta. La democracia es un sis-
tema inalcanzable e imposible de adoptar en la práctica. “Esto
significa que es necesario reconocer que la democracia es un
orden utópico e ideal al que no puede aspirar la sociedad, pues
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
su realización no está al alcance de la humanidad” (García Ju-
rado 1996-1997: 41).
¿Qué significa “poliarquía”?
El concepto de poliarquía designa la democracia realmente exis-
tente. En el libro Politics, Economy and Welfare, del año 1953,
Robert Dahl y Charles Lindblom plantearon que un sistema
poliár- quico posee varias características que lo definen y
distinguen de otros sistemas políticos.
En primer lugar, la poliarquía se caracteriza por el derecho al
voto, es decir que las elecciones determinan quiénes conforman
un go- bierno. Al mismo tiempo, todos los ciudadanos tienen
derecho a presentarse a elecciones y competir por los cargos
públicos, es de- cir que hay una igualdad de oportunidades en ese
sentido.
Primera característica de la poliarquía: derecho a votar y a ser
votado.
En segundo lugar, en una poliarquía se debe garantizar la
igualdad del voto. El sufragio en una poliarquía es universal, es
decir, abarca a toda la ciudadanía que, según la Constitución,
cumple las condi- ciones que le permitan el ejercicio del voto. El
sufragio debe estar garantizado para todos los ciudadanos
capacitados por la constitu- ción para hacerlo y los votos, que se
depositan en las urnas, deben tener todos el mismo valor (es decir
que el voto de ningún ciuda- dano puede valer más que el de
otro).
En una poliarquía, las autoridades públicas, que ejercen el gobier-
no, son elegidas por los ciudadanos, lo cual da origen al vínculo
de la representación. Por ello, las elecciones mediante las cuales
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
las autoridades son elegidas deben ser libres y limpias. Dicho de
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
otro modo, no debería configurarse ninguna sospecha de fraude
que les reste legitimidad o afecte la confianza de los ciudadanos
en el proceso.
Segunda característica de la poliarquía: las elecciones deben
ser limpias y todos los votos deben valer lo mismo.
En tercer lugar, debe existir una subordinación de los
funcionarios públicos no elegidos a aquellos elegidos
popularmente. Esto no quiere decir que los funcionarios políticos
no deban rendir cuentas y ser controlados por otras instituciones
como la justicia o los par- lamentos. Por el contrario, significa
que no debe haber una persona o grupo que posea el poder (o
pueda condicionarlo) sin haber sido electo de manera
democrática, es decir, a través de elecciones.
Tercera característica de la poliarquía: los funcionarios
públicos electos no pueden ser condicionados por personas sin
representación popular electoral
Una cuarta característica es que debe existir una alternativa frente
al gobierno de turno. Es decir que de acuerdo con Dahl, en el de-
sarrollo la poliarquía cobra una especial relevancia la capacidad
de participación y control sobre los funcionarios electos. Dahl
sos- tiene también que en un sistema poliárquico cada ciudadano
tiene la posibilidad de asociarse libremente a los diferentes
grupos que sean de su interés.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Cuarta característica de la poliarquía: debe existir una
alternativa frente al gobierno y cada ciudadano puede elegir a
qué grupo acercarse.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
En quinto lugar, en una poliarquía deben garantizarse diversas
fuentes a través de las cuales los ciudadanos reciben la informa-
ción. En una poliarquía hay libertad de expresión. Así, deben evi-
tarse los monopolios o desequilibrios informativos.
Para lo antedicho deben existir fuentes de información diversas
que cuenten con las garantías para realizar su trabajo y convertir-
se en un canal efectivo entre el ciudadano y los acontecimientos
nacionales o internacionales. De este modo, la ciudadanía puede
contar, entonces, con diferentes alternativas a las que acudir o de
las que recibir la información.
En el marco de esa diversidad se allana el camino para que el ciu-
dadano pueda informarse de una manera integral permitiendo así
avanzar en la circulación de información. Estas distintas fuentes
informativas, entre otras cosas, pueden ser un elemento más para
acercar a representantes y representados y aportar herramientas
más adecuadas para ejercer el control de los segundos sobre los
primeros.
Quinta característica de la poliarquía: la existencia de libertad
de expresión y variedad de información.
En sexto lugar, en una poliarquía deben existir opciones diferen-
tes, no solo en términos de partidos políticos o candidaturas en
competencia por el poder, sino también respecto de los tipos de
políticas que se implementan. Es decir, no puede haber solo un
partido. Tampoco puede ocurrir que un partido gane siempre las
elecciones.
Esta característica plantea el rol de los partidos políticos, en tanto
instituciones encargadas de sumar intereses y demandas diversas
de la ciudadanía. Los partidos son en la poliarquía los protago-
nistas de la competencia y del ejercicio del poder, ya que logran
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
interpretar y representar los intereses heterogéneos que conviven
en una sociedad.
Sexta característica: para que exista una poliarquía debe haber
partidos diferentes con iguales posibilidades de llegar al poder
y que, a su vez, representen programas e ideas distintas.
Para que se cumplan todas las características que conforman una
poliarquía, se requiere que exista un marco institucional (legal y
político) que garantice su funcionamiento. En el próximo
apartado se desarrollará este tema.
El marco institucional de la poliarquía
Como se ha anticipado en el apartado anterior, para que las con-
diciones que componen la poliarquía se cumplan, hacen falta
con- diciones políticas y legales. Por esto es que deben existir
institu- ciones que permitan el correcto funcionamiento de una
poliarquía.
Las instituciones de la poliarquía deben regirse bajo dos princi-
pios fundamentales: el de inclusión y el de contestación.
El principio de inclusión se relaciona con la participación de los
ciudadanos en los asuntos públicos y en las decisiones que se to-
man desde el gobierno, vale decir que la participación más allá de
lo meramente electoral; por ejemplo, organizando en
asociaciones voluntarias, haciendo peticiones al Estado y a los
dirigentes políti- cos, manifestándose en las calles, etcétera.
Por su parte, el principio de contestación se refiere a la existencia
de competencia política, es decir, a un sistema con elecciones
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
competitivas, sin que el poder sea ejercido de manera monopó-
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
lica, y haya lugar para la alternancia de partidos y candidatos en
el gobierno.
En la poliarquía, los partidos políticos juegan un rol clave. Esto
se debe observar en su función de canal entre el ciudadano y el
gobierno, lo que se denominó anteriormente como el principio de
inclusión. El papel de los partidos, también, debe entenderse
como la voluntad de colocar a sus candidatos en cargos públicos
median- te elecciones (principio de contestación).
La participación de la ciudadanía y la existencia de elecciones
transparentes, universales y competitivas que permitan la alter-
nancia de autoridades del Estado son principios que se asocian al
funcionamiento de un sistema democrático y, en la propuesta teó-
rica de Dahl, pasan a ser rectores de todas las características de la
poliarquía.
Conclusiones. ¿La poliarquía como una versión “real”
de
la democracia?
La complejidad del concepto de democracia constituye un
obstácu- lo, tanto analítico como práctico, sobre el sentido que se
le otorga a su significado. Esto se observa en la existencia de
ideas diferentes por parte de los estudiosos en el tema, pero
también de la opinión pública y los medios de comunicación.
En ese sentido, la obra de Dahl evidencia su preocupación por
analizar y comprender el funcionamiento de los sistemas
políticos occidentales contemporáneos al trazar el camino hacia
la identifi- cación del gobierno de muchos, en contraposición con
el –utópi- co– gobierno de todos. Cuando se refiere a muchos (en
lugar de todos) queda claro que la poliarquía debe garantizar el
acceso al poder de quien gana, pero también los derechos de los
que pierden. En síntesis el concepto de poliarquía toma las
características
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
centrales de lo que se espera de una democracia fundamentada en
la inclusión y la contestación, y se erige como un concepto útil
para dar cuenta del modo en que se estructuran los regímenes
polí- ticos contemporáneos y se conforman los gobiernos.
Bibliografía
Bobbio, N. (2000): “Democracia”, en Bobbio, N.; Matteucci, N. y Pasquino, G.
(eds.), Diccionario de Política, México, Siglo XXI Editores, pp. 441-453.
Collier, D. y Levitsky, S. (1998): “Democracia con adjetivos. Innovación con-
ceptual en la investigación comparativa”, Ágora 8, pp. 99-122.
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— (1992), La democracia y sus críticos, Barcelona, Paidós, 7a ed.
García Jurado, R. (1996-1997), Poliarquía y democracia, Estudios Filosofía.
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Routledge.
O’Donnell, G. (1994): “Delegative Democracy”, Journal of Democracy, Vol.
5, Nº 1, enero, pp. 55-69.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
6. ALGUNAS CONSIDERACIONES EN TORNO
AL CONCEPTO DE DEMOCRACIA
DELEGATIVA
María Paula Bertino
Introducción
En este capítulo se analiza el concepto de democracia delegativa.
Como todo concepto de las ciencias sociales, las democracias de-
legativas –en adelante DD– surgieron en función de la necesidad
de caracterizar a los regímenes políticos postransicionales de la
década de 1980 en América Latina.
Las democracias surgidas en aquellos años no se correspondían
con los modelos teóricos existentes. Tampoco con los ejemplos
prácticos de democracias que habían existido en años anteriores.
Los expertos observaban que no se ajustaban a las tipologías pre-
vias, por lo cual tuvieron que recurrir a un nuevo concepto.
En este capítulo, en primer lugar, explicaremos el contexto de su
surgimiento relacionándolo con el período postransicional. En se-
gundo lugar, haremos un acercamiento a la definición planteada
por el politólogo Guillermo O’Donnell para profundizarla en el
tercer apartado.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Surgimiento de las democracias delegativas
A lo largo de su historia contemporánea, América Latina ha
sufrido una serie recurrente de crisis, y estas no han sido solo
políticas. De hecho, fueron, ante todo, económicas y sociales.
Durante el siglo XX, esas crisis se intentaron resolver a partir de
la imposición de regímenes no democráticos, generalmente
derivados de golpes mi- litares. Pero, a partir de la ola
democratizadora que se inició en la década de 1980, las
respuestas no democráticas a las crisis dejaron de ser una opción
viable (Romero, 2017). La democracia se cons- tituyó como el
régimen privilegiado en el escenario internacional. En adelante,
con algunas muy pocas excepciones, la alternativa no
democrática fue descartada y los golpes de Estado desaparecieron
del mapa político de América Latina. A pesar de esto, las
transicio- nes democráticas no fueron procesos tranquilos; por el
contrario, no estuvieron exentas de crisis económicas o de
representación (véase el Capítulo 10 de N. Simone).
La combinación del retorno de la democracia y crisis económica
significaba que un país pasaba de una dictadura a una democracia
en medio de la ilusión generalizada. Se recuperaba la libertad y la
democracia y, a la vez, estas sucedían con crisis económicas muy
fuertes que esos gobiernos no podían resolver.
En muchas ocasiones, las crisis no fueron pasajeras y fueron
perci- bidas por la ciudadanía como situaciones límite. Según
O’Donnell, estas coyunturas produjeron un miedo y una tensión
social tal que se esperaba que la crisis “se solucionara de alguna
manera”, como fuera (O’Donnell, 1991: 9). Como esperando un
milagro allí donde los gobiernos y los políticos se veían
impotentes.
Los contextos de gran temor y frustración predisponen a la ciu-
dadanía para el surgimiento de democracias delegativas.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
De modo que una crisis económica y social de gran magnitud
pue- de predisponer a los ciudadanos para apoyar a quien otorgue
una promesa de solución, sin preguntarse si esas promesas
pueden ser o no efectivamente cumplidas.
Las democracias delegativas: una primera mirada
Así como existen distintos tipos de Estado, también existen dis-
tintos tipos de democracias (véase el Capítulo 4 de M. Povse y el
Capítulo 5 de M. Battle). La democracia moderna no se asemeja
en su forma actual a la que existía en épocas de la Grecia clásica.
Las democracias representativas se consolidaron a mediados del
siglo XX en Europa continental. Las democracias representativas
son aquellos regímenes políticos en donde los ciudadanos,
median- te el voto, eligen a sus representantes. La ciudadanía
tiene posibi- lidad de controlarlos y las instituciones democráticas
permiten una convivencia entre oficialismo y oposición.
Es de esperar que los representantes se encuentren observados
por los representados, por ende, respondan a sus demandas. En
este sentido, las DD surgen en contraste con las democracias
represen- tativas.
Las DD aparecen como algo distinto a las democracias
representa- tivas, aunque presenten algunas similitudes.
O’Donnell, el primer autor preocupado por definir estos
regímenes, plantea que las DD “tienen muchas similitudes con
otras especies (de democracias) ya reconocidas” (O’Donnell,
1991: 9). Sin embargo, es necesario di- ferenciar estos casos de
las democracias representativas definidas en el párrafo anterior.
La preocupación de O’Donnell tenía que ver con el hecho de que
estos regímenes, sin dejar de cumplir algunos requisitos mínimos
establecidos por Dahl (1989), se sostienen en la existencia de
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
elecciones, pero no en las acciones posteriores (véase el Capítulo
4 de M. Povse y el Capítulo 5 de M. Battle ).
Esto implica que el candidato ganador no tiene que legitimarse,
una vez ganada la elección, con un gobierno respetuoso de la ley
y de las promesas hechas a sus electores. A la inversa, una vez en
el cargo, ya no existe mucho espacio para cuestionarlo y puede
hacer lo que quiera. ¿Qué significa esto último en la práctica? En
las DD las elecciones constituyen una suerte de firma de cheque
en blanco a una élite política que accede a espacios de toma de
decisiones.
La condición delegativa de estas democracias implica que la
ciudadanía solo se limita a encomendar, confiar, otorgar,
entre- gar, concretamente, delegar el poder soberano al que
triunfa en una elección.
Es sumamente importante tener en cuenta que las DD son demo-
cracias. Este tipo de regímenes no posee características autorita-
rias típicas de los regímenes no democráticos.
La élite gobernante accede, como se acaba de señalar, mediante
mecanismos puramente democráticos. No hay vicios autoritarios
y se cumplen los requisitos mínimos de libertades políticas y
civiles planteados por Dahl para la poliarquía.
Pero los canales de diálogo entre el gobierno y la ciudadanía se
abren solo durante las elecciones, para luego cerrarse hasta la si-
guiente elección. En las DD, no hay incorporación política de los
sectores populares, excepto en lo discursivo. Apenas se firma un
cheque en blanco a los ganadores de la elección presidencial, y,
por el tiempo que esté constitucionalmente determinado, los
votan- tes esperan una salvación de la crisis de la mano de un
líder que se considera extraordinario e insustituible.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Pero una vez que las elecciones se llevan adelante y un gobierno
es electo, queda poco espacio para que la ciudadanía participe del
control de la toma de decisiones. Debido al modo en el que las
DD funcionan, los ciudadanos se convierten en actores que
circunstan- cialmente intervienen en la entrega de este poder. Es
decir, solo lo hacen el día de la emisión de su voto.
Y, aunque son fundamentales en el momento de llevar adelante la
elección, sus demandas pueden ser relegadas con posterioridad a
la elección, ya que el poder fue delegado en las autoridades y
ellas serán las que entiendan la mejor forma de gobernar (y no la
ciudadanía).
Las autoridades electas en las DD actúan libremente para llevar
adelante el programa de gobierno que deseen, sin que se corres-
ponda, necesariamente, con las plataformas que se presentaron en
la elección. De este modo, la ciudadanía solo podrá ejercer
control en el marco de las siguientes elecciones, cuando ya sea
tarde para cambiar o corregir las cosas.
Las DD no son autoritarismos, ni democracias representativas,
ni populismos, sino un subtipo de democracia.
El gobierno es ejercido por los ganadores de la elección. Los obs-
táculos que tienen son el tiempo, dado que las elecciones son pe-
riódicas y existe efectivamente la posibilidad de ser
reemplazados por otros partidos, y el desgaste que le ocasiona
una oposición, electa de forma popular. En definitiva, serán las
relaciones entre los poderes, y no las presiones de la ciudadanía,
las que definan los rumbos de las políticas que se prosigan desde
el gobierno.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Profundizando en el concepto
¿Cuáles son las características que permiten distinguir las
democracias delegativas de las democracias representativas?
O’Donnell plantea una serie de atributos que son propios de este
subtipo de regímenes. El primero de ellos es el hecho de que las
DD son una forma de manejar y ejercer el poder político. De aquí
se desprende que la DD se distingue por la forma en la que se to-
man las decisiones.
Como se señaló previamente, su condición democrática es inne-
gable. Las DD son democráticas en la legitimidad de su origen,
puesto que son gobiernos electos mediante elecciones libres, lim-
pias y competitivas. Además, existen libertades civiles y
políticas. Esto significa que en las DD, así como en las
democracias repre- sentativas, los ciudadanos tienen la facultad
de reunirse, agruparse políticamente y competir por el voto
popular.
Sin embargo, las decisiones en este tipo de regímenes no se
toman teniendo en cuenta la diversidad de opiniones en la
ciudadanía, sino que tienen un alto contenido discrecional. Esto
significa que solo una persona o un grupo de personas toma las
decisiones. Además, estos no sienten la necesidad ni la
obligación de consensuarlas, ampliarlas o someterlas a la revisión
de instituciones de control.
La democracia delegativa se distingue de otros subtipos de ré-
gimen político por la forma en la que se toman las decisiones.
Las formas son muy importantes en un régimen democrático. En
democracias representativas, la toma de decisiones requiere del
acuerdo de los diferentes partidos políticos. El Congreso es
enten- dido como el espacio donde los partidos políticos ponen
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
en dis- cusión sus ideas, intentando llegar a acuerdos y tomar
decisiones
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
políticas conjuntas, considerando los diversos puntos de vista.
En cambio, en las DD esto no sucede. Principalmente porque en
las DD, el presidente tiene el derecho –y la obligación– de tomar
las decisiones que crea posibles para el país basándose en sus
propias ideas, métodos y acciones. No hace falta que consulte o
atienda el reclamo de nadie (en esto las DD y los populismos
contemporá- neos tienen mucha relación, como puede leerse en el
Capítulo 7 de
L. Petrino).
La idea central que legitima las DD es que existe una necesidad
de salir de la situación crítica de cualquier manera. Y la elección
de un presidente fuerte, que no encuentre obstáculos, supone una
salida fácil. Así, se vota a alguien sin importar su pasado y sin
conocer su real capacidad más allá de su discurso. Es por esto
que las DD se asocian a una lógica hiperpresidencialista.
En las DD se implementa, generalmente, un sistema de elección
mayoritario para sus presidentes, como la doble vuelta (balotaje).
En la segunda vuelta, un presidente obtendrá cifras superiores al
50%. Si se diera que el ganador de una elección presidencial se
consagrara sin grandes diferencias de su competidor más cercano,
toda la estrategia de toma de decisiones se vería cuestionada.
Es que en las DD el presidente argumenta representar la voluntad
del pueblo y para eso necesita porcentajes muy altos de votación
que legitimen su vocación mayoritaria.
En las DD, los liderazgos son carismáticos y se concentran en
ellos todo el saber y la toma de decisión sobre cómo salir de la
crisis.
Otro atributo de las DD es que se estimula la aparición de dico-
tomías del tipo “patria-antipatria” o “nación-antinación”. Se tra-
ta de una suerte de polarización social entre quienes apoyan las
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
decisiones presidenciales y quienes no lo hacen (y son por ello
antipatrióticos).
En las DD, quien ocupa la presidencia por el período constitucio-
nalmente establecido afirma que no representa a un partido, sino
a la nación en su conjunto. Esta idea de suma de la totalidad de
las voluntades hace que la disidencia, por lo menos en términos
de discurso, sea negativa.
El uso persistente de un “lenguaje de crisis” (por ejemplo, en la
Argentina hacer siempre referencia comparativa con la crisis del
2001) y el recurso de invocar constantemente los miedos
desatados por las crisis son parte de la estrategia de sostén de este
régimen (Ippolitto-O’Donnell, 2009).
En las situaciones de crisis donde la fragmentación social y
política así como el descrédito de los partidos políticos instalan la
creencia de que solo la superación de las diferencias puede llevar
adelante un plan, un proyecto salvador, es decir, donde la
sociedad se considera una sola, homogénea y con un solo interés;
en ese marco, la disiden- cia puede ser vista casi como sinónimo
de traición a la patria.
En las DD, no estar de acuerdo con la decisión presidencial es no
estar de acuerdo con la Nación. Quien se convierta en presidente,
se convertirá en la imagen del Estado, encarnará a la Nación y
por ello, la ciudadanía o los poderes que deseen contradecirlo
deberán tener en claro que lo que contradicen es a la Nación.
En las DD, el presidente es la encarnación del país y del interés
general; contradecirlo es contradecir a la Nación.
Otra característica de las DD es la negación de las instituciones
de- mocráticas. En las DD, las decisiones presidenciales son las
“me- jores” (y únicas) para el país. Por eso, los obstáculos a ese
tipo de decisiones son considerados dañinos. La justicia, el
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
parlamento,
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
los opositores, todos ellos son obstáculos que no deben ser respe-
tados si contradicen al presidente.
En una democracia representativa, las instituciones democráticas
como el Congreso o el Poder Judicial son espacios para la
revisión de las decisiones del Poder Ejecutivo. En una
democracia delegati- va, estas mismas instituciones son espacios
de dilación de la toma de decisiones, o bien de cuestionamiento
al régimen. Y por ello, el presidente afirma que deben ser dejados
de lado ya que él es el único representante del país y del pueblo.
Si el Congreso o el Poder Judicial no acuerdan con lo decidido
por el Poder Ejecutivo, no están fortaleciendo el régimen, como
se cree en las democracias representativas. Por el contrario, están
ejer- ciendo una fuerte crítica a la democracia. No solo las
instituciones políticas son obstáculos; muchas veces los grupos
económicos y la prensa resultan obstáculos para el ejercicio de la
democracia delegativa.
Esto impacta sobre la forma en la cual se toman decisiones (solo
el grupo oficialista toma las decisiones) y el tipo de políticas
públicas que se ponen en marcha.
Por lo general, al no mediar instituciones como el Congreso o el
Poder Judicial, las políticas públicas son diseñadas e implementa-
das de forma abrupta, cambiante y sin consulta. Además, pueden
ser fuertemente cuestionadas y cuestionables, tanto en su
pertinen- cia como en su efectividad. Y, sin duda, pueden no
contar con el aval de instituciones como el Congreso, los partidos
políticos o los grupos afectados por dicha política.
En las DD, la única institución legítima es la presidencia; el
resto de las instituciones debe obedecer o aparatarse de las de-
cisiones del Estado.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Las DD se caracterizan por su condición movimientista. ¿Qué
sig- nifica esto? Significa que se apoyan en movimientos
sociales, no en partidos políticos. Esto les permite ampliar la
cantidad de indi- viduos que apoyan al candidato ya que los
partidos son un compo- nente más del movimiento.
Los movimientos, en vez de los partidos políticos, permiten una
mejor integración de las diferencias entre sus componentes. Los
partidos políticos son considerados obstáculos para la toma de
de- cisiones porque, en general, solo integran a personas que
coinciden entre ellas y rechazan a quienes piensan distinto.
El presidente en las DD se sostiene en movimientos amplios y
he- terogéneos más allá del partido o movimiento que lo llevó al
po- der. El gobierno de la DD se propone como representante de
todos y pretende superar las facciones construyendo un
movimiento en torno a sí mismo antes que un partido.
Auge y decadencia de las DD
En tanto, las DD surgen como la respuesta a una crisis –económi-
ca, social o ambas-, una vez superada la crisis, el auge del
modelo delegativo comienza a caer. La posibilidad de sostener
este mo- delo en el tiempo es poco probable, fundamentalmente,
porque la oposición –partidaria o no– puede encontrar ecos en los
cuestiona- mientos al accionar unilateral de los presidentes.
Y al existir, como existen, elecciones libres, la ciudadanía puede
efectivamente votar por una alternancia. Más tarde o más tempra-
no en el tiempo, la ciudadanía exigirá una rendición de cuentas,
ya sea a través de sus representantes en el Congreso o en el
marco de una elección presidencial.
Las tensiones generadas por las prácticas de quien ejerce la presi-
dencia en las DD generan cansancio y un desgaste en la
población
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
que impactan en la desacreditación del liderazgo presidencial,
que es el sostén de la democracia delegativa.
Bibliografía
Collier, D. y Levitsky, S. (1997): “Democracy with Adjectives: Conceptual In-
novation in Comparative Research”, World Politics 49, n° 3, pp. 430-451.
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Ippolito-O’Donnell, G. (2009b): “Accountability y controles verticales en la
de- mocracia delegativa”, Documentos de trabajo. Escuela de Política y
Gobierno, Universidad Nacional de General San Martín.
O’Donnell, G. (1992): “¿Democracia Delegativa?”, Cuadernos del CLAEH
17, n° 61, pp. 9-19.
O’Donnell, G.; Iazzetta, O. y Quiroga, H. (coords.) (2011): Democracia Dele-
gativa, Buenos Aires, Prometeo.
Romero, L. A. (2017): Breve historia contemporánea de la Argentina. 1916-
2016, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Weber, M. (1964): Economía y sociedad: esbozo de sociología comprensiva,
México, Fondo de Cultura Económica.
7. CONSIDERACIONES SOBRE EL
POPULISMO
Laura Petrino
Introducción
El populismo es una expresión política intrínsecamente ligada a
la his- toria y el presente latinoamericano. Hijos de esta forma de
entender el poder son figuras que han marcado nuestra geografía
como el brasi- leño Getulio Vargas y Juan Domingo Perón
(Romero, 2017); incluso, podríamos incluir a Carlos Menem
como un neopopulista, y a Hipólito Yrigoyen como un caso de
populismo temprano (Freidenberg, 2011). La extensa capacidad
de adjetivación que presenta el concepto tor- na difusos los
límites de su definición y dificulta su estudio. A lo largo de la
historia, una gran variedad de líderes y movimientos sociales y
políticos fueron denominados de esta forma sin explicar qué
cuestiones lo justificaban, dificultando su conceptualización. Las
posturas negativas respecto del populismo enfatizaban los pe-
ligros que encierra para la democracia representativa en el
contex- to de desencanto de los ciudadanos con la política. Las
visiones po- sitivas, por su parte, destacan los procesos populistas
como formas de “resistencia” a la intrusión de agencias estatales
y capitalistas,
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
que surgen desde abajo y se apoyan en las tradiciones, las
costum- bres y normas éticas del lugar (Nun, 2015).
La proliferación de populismos latinoamericanos llevó a que mu-
chos teóricos interpreten que la aparición de figuras carismáticas
de corte populista se debe a características económicas y sociales
propias de la región. Sin embargo, se debe advertir que, en los
últi- mos años el populismo es también un fenómeno político
poderoso en los países centrales con democracias altamente
institucionaliza- das; el caso más emblemático ha sido el arribo
de Donald Trump a la presidencia en Estados Unidos.
A partir del ascenso global del populismo, se han multiplicado
sus estudios y se han formulado definiciones que abordan la
proble- mática desde diferentes y variados ángulos. De hecho, se
lo ha estudiado como un particular tipo de régimen político, una
forma de gobierno, un estilo de liderazgo, una determinada
ideología, un tipo de política pública, una apelación discursiva o
una cultura po- lítica. En este capítulo, a diferencia de lo
propuesto en los anterio- res, se estudiará el populismo desde las
teorías del liderazgo.
Esta multiplicidad de enfoques complejiza su abordaje académico
y reclama una interpretación amplia. Entender a qué se refiere la
calificación “populista” y qué aspectos de la política y el discurso
alinea bajo un único concepto será el intento que haremos en las
siguientes páginas.
Para lograr este objetivo recorreremos, en la primera sección tres
enfoques que han abordado su estudio. En la segunda sección,
nos centraremos en una definición concreta de populismo,
tomando como punto de referencia la conceptualización
elaborada por Frei- denberg (2007 y 2011). En la tercera y cuarta
nos detendremos en los fenómenos del populismo, en primer
término a nivel global y en segundo término en dos casos de
gobiernos populistas en la historia argentina: Hipólito Yrigoyen y
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Juan D. Perón.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Tres enfoques sobre el populismo
Diversos autores explican los populismos con diferentes enfoques:
1) Una primera perspectiva se relaciona con el contexto socioe-
conómico de pobreza y marginalidad social que experimentan los
países latinoamericanos. Debido a crisis cíclicas los populistas
aparecen como líderes delegativos (véase el Capítulo 6 de P.
Berti- no) que devuelven la esperanza en el Estado como actor
ordenador capaz de revertir la constante de retrocesos
económicos y sociales. Bajo esta impronta, Touraine (1999) y
Vilas (1988) definieron el populismo como un modelo político
que potencia y visibiliza un Estado presente que interviene en
aspectos sociales. Esta forma de hacer política, característica de
países dependientes, apela re- currentemente al
pueblo/ciudadanía y a la centralidad del Estado como agente de
transformación.
En este sentido, se podría afirmar que los populismos latinoame-
ricanos presentan vínculos estrechos con la democracia
delegativa presentada por O’Donnell (1992), ya que en ambos
casos los ciu- dadanos encomiendan, entregan, confían el poder
al ganador de la elección. Aunque es importante destacar que los
populismos no representan ejemplos puros del tipo delegativo de
democracia.
El populismo plantea un modelo de Estado que interviene en
crisis socioeconómicas y la delegación del poder característica
de las democracias delegativas.
2) Una segunda perspectiva define el populismo como el
resultado de la crisis de representación de los partidos políticos
tradiciona- les. En este caso, los líderes populistas aparecen como
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
la opción personalista de representación colectiva, que permitiría
superar la
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
crisis e iniciar un nuevo proceso de confianza entre la sociedad y
sus representantes.
Freidenberg (2007 y 2011) señala que populismo es un concepto
relacionado a un determinado estilo de liderazgo que se
caracteriza por la relación directa entre líder y seguidores (véase
la noción de carisma en el Capítulo 2 de P. Gómez Talavera).
Estos líderes son carismáticos, personalistas y paternalistas y no
reconocen mediaciones institucionales. En este sentido, Freiden-
berg plantea que, dado que la política supone una unión en clave
identitaria, los líderes populistas tienen dificultades para integrar
a quienes no están de acuerdo con su proyecto político.
Para que este fenómeno se produzca los seguidores se encuentran
convencidos de las cualidades extraordinarias del líder y confían
en sus métodos redistributivos y en su relación clientelar por me-
dio de la cual, estiman, obtendrán mejoras.
En este punto, el populismo puede pensarse como una estrate-
gia política llevada a cabo por un líder personalista para ejer-
cer el poder sin intermediación institucional, a través del apo-
yo directo y desorganizado de un gran número de seguidores
(Weyland, 2010).
3) Una tercera explicación se centra en la característica discursiva
del populismo y sostiene que el liderazgo carismático se
constituye en un terreno ideológico discursivo y es el resultado
de un comple- jo ciclo de producción, circulación y recepción de
discursos. Laclau (1986) y De Ipola (1983) definen el populismo
como un tipo de discurso político que es capaz de articular un
conjunto de demandas insatisfechas de la sociedad a partir de una
cadena de equivalencias. Este modelo discursivo divide el campo
político en
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
dos, y se caracteriza por la descalificación constante de “los
otros”, que están en contra de la cadena equivalencial, y por la
interpela- ción de los individuos como miembros de un colectivo.
Lo que convierte a un discurso ideológico en populista es su ape-
lación al pueblo como referente básico.1 En este enfoque, el líder
es lo que Laclau (1986) llama “el significante vacío” que expresa
y condensa todas las demandas de la cadena equivalencial, por lo
que la lealtad de sus seguidores se expresa hacia su figura, en
lugar de hacia un programa como sucede en los partidos
tradicionales.
El populismo, para el tercer enfoque, es un tipo de discurso
po- lítico que articula demandas insatisfechas, a la vez que
divide el campo político en dos, mediante la descalificación
constante de los “otros”.
Estas tres explicaciones engloban una gran cantidad de teóricos
que analizan las diversas situaciones y actores políticos, y
vinculan el término con el régimen político y la calidad de la
democracia (véase el Capítulo 6 de P. Bertino).
A partir de lo visto en las páginas anteriores, se proponen algunos
rasgos comunes para definir los liderazgos populistas como tam-
bién algunos ejemplos.
Cinco elementos para definir el liderazgo populista
En esta sección nos centraremos en el liderazgo populista, es
decir en el tipo de relación que se instaura entre el líder y sus
seguidores. Según esta perspectiva desarrollada por Freidenberg
(2011), la de- finición del concepto populismo se relaciona con el
accionar de sus
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
1. De Ipola, Emilio (1980: 157-158).
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
líderes, y las diferencias que plantean con otros tipos de
liderazgos. La relación entre el líder populista y sus seguidores al
tipo ideal carismático que plantea Weber y que se analiza en el
Capítulo 2 de Gómez Talavera, según el cual las características
personales de un líder legitiman las reglas que regulan la
sociedad y sostienen la dominación del Estado.
En lo que sigue, exponemos las características comunes a los
lide- razgos populistas según Freidenberg (2011): mostrarse
como alter- nativa al poder tradicional; mantener una relación
directa con los seguidores; polarizar las sociedades; tejer
coaliciones entre secto- res dispares; presentarse como líder
extraordinario.
En primer lugar, el líder populista se constituye como una
alterna- tiva concreta que busca cambiar el sistema político,
frente a otros actores tradicionales a los que acusa por el
estancamiento que sufre el país (Freidenberg, 2011).
La “herencia recibida” se transforma en la excusa para el desarro-
llo de planes de gobierno sin mecanismos de control. En tanto las
instituciones son utilizadas y luego descartadas, en las democra-
cias con liderazgos populistas se agota la capacidad de control de
unas instituciones sobre otras y se tensiona el Estado de derecho.
En la pérdida de controles institucionales, el liderazgo populista
se relaciona con la conceptualización de democracias delegativas
propuesta por O’Donnell y desarrollada por Bertino (Capítulo 6)
en esta compilación.
El populismo se presenta públicamente enfrentado a los
intere- ses tradicionales de la política y la economía aunque
efectiva- mente no lo esté.
En segundo lugar, el liderazgo populista es resultado de la re- lación
directa entre líder y seguidores, en la cual no existen
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
intermediarios (ni personales, ni institucionales). Como conse-
cuencia, los gobiernos populistas se caracterizan por una escasa
intervención ciudadana, excepto en lo discursivo. Los ciuda-
danos deben esperar durante un período constitucionalmente
establecido para que el líder extraordinario los salve. La figura
del líder también se legitima a partir de una relación clientelar,
por medio de la cual obtiene apoyo de numerosas personas que
reciben ayuda del Estado.
Nadie puede intermediar en la relación directa y personal del
lí- der con su pueblo. Por eso el populista no cree en
instituciones formales ni en partidos políticos.
En tercer lugar, en tanto líderes con un discurso radical, los po-
pulistas polarizan la sociedad a partir de la exclusión discursiva
de quienes no opinan como ellos. Freidenberg (2007) plantea que
estos liderazgos ofrecen “vínculos de suma cero: se está
totalmente a favor o totalmente en contra”, no hay términos
medios.
El líder populista polariza la sociedad asociando a sus posicio-
nes con el pueblo y la nación.
En cuarto lugar, si bien su discurso es estricto y excluyente, el
éxito electoral y político de estos líderes se sostiene mediante una
coalición plural de sectores sociales que encuentran en el Estado
un lugar donde representar sus intereses.
Por este motivo, el discurso populista se basa en la legitimidad
mayoritaria que la cual sustenta el desarrollo de sus proyectos de
cambio y justifica sus acciones (Freidenberg, 2011). De modo
que en los gobiernos populistas, mientras las decisiones atiendan
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
la vo- luntad e intereses de la mayoría, no podrán ser objetadas.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Las acciones que lleva a cabo el líder populista siempre son
pre- sentadas por él mismo como si fueran producto de
decisiones de la mayoría.
En quinto y último lugar, aparece a forma carismática,
personalista y paternalista de ejercer el poder, a su vez legitimada
por supuestas cualidades extraordinarias, presentan un escenario
con seguidores convencidos de sus características únicas. En este
punto, aparece el problema de la continuidad de los gobiernos
populistas, dadas las dificultades para reemplazar características
personales.
El líder populista es para sus seguidores una persona extraor-
dinaria en la que se debe confiar ciegamente debido a sus
dotes poco comunes.
Populismo global
Como vimos en el caso de nuestro país, también América Lati- na
tiene una larga tradición de liderazgos populistas, algunos de
cuyos principales protagonistas contemporáneos se mencionaron
en la introducción. El siglo XXI inauguró una oleada de líderes
regionales que dio una nueva impronta a estos liderazgos y que
llegó a gobernar a más de los dos tercios de los habitantes del
continente.
Este populismo compartió una serie de políticas públicas que fun-
cionaron como péndulo de los años neoliberales precedentes:
mul- tiplicaron la presencia del Estado, focalizaron sus esfuerzos
en re- tener los recursos obtenidos de la exportación de materias
primas; ampliaron derechos políticos y sociales e intentaron
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
llevar adelante mecanismos de redistribución de la riqueza.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
El compendio de políticas públicas se basó en el precio récord
que tuvieron las materias primas y derivadas de actividades
extractivas en los primeros años del 2000, como el petróleo, la
minería, pro- ductos agrícolas y ganaderos. Una vez que estos
valores volvieron a sus precios históricos, los líderes populistas
se enfrentaron a pro- fundas crisis (Casullo, 2019).
Para sustentar este tipo de políticas buscaron engrandecer sus
figu- ras con mitos del pasado (por ejemplo Bolívar o Eva Perón)
y sobre todo, inventaron enemigos comunes: los medios de
comunicación, los organismos de crédito y Estados Unidos que
funcionaron como opuestos discursivos.
Se buscaba así fragmentar a la sociedad entre quienes apoyaban
al líder, y el supuesto cambio que traía y quienes se oponían,
quienes, sin importar sus intenciones, eran acusados de ser
defensores de las oligarquías en sus diferentes formas.
La radicalización del discurso amigo-enemigo fue uno de sus ras-
gos políticos centrales. A partir de allí fundaron solidaridades y
cimentaron movimientos culturales que les permitieron encarar
los momentos de crisis, cuando las políticas de redistribución
econó- mica ya no podían sostenerse y el déficit de los Estados
comenzaba a agigantarse.
El triunfo electoral del populismo en países desarrollados
demostró que el discurso y los liderazgos populistas no son casos
aislados. Por el contrario, es un tipo de liderazgo que se instaló
en el mundo. Posiblemente el caso más paradigmático es el del
ascenso al poder de Donald Trump en los Estados Unidos, un
outsider de la política, que reunió tres características: polarizó la
sociedad entre el trabajo y el mundo financiero, despreció el
sistema de partidos y se forta- leció bajo un proyecto nacionalista
“Make american great again” y con tintes discriminadores como
fue la propuesta del muro de separación en la frontera con
México.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
En América Latina los líderes populistas recientes se han autoi-
dentificado con tradiciones ligadas a la izquierda; en Europa, el
populismo se identifica con partidos de derecha. En Europa, go-
biernan o han gobernado con características discursivas populis-
tas: Austria, Dinamarca, Finlandia, Holanda, Noruega, Suiza y
Hungría.
En esta ola no se puede dejar de mencionar el triunfo del Brexit
en Gran Bretaña, con un discurso de claras connotaciones
populistas. En Asia también existe este tipo de liderazgo. Esto
puede verse con el éxito de Narendra Modi en la India, que llegó
al poder con un programa xenófobo y nacionalista hindú
(Casullo, 2019).
Todas estas expresiones, buscaron dividir a la sociedad entre un
ellos causante de los problemas recientes (la inmigración, el
mun- do financiero y la tecnocracia multinacional), y un nosotros
(los trabajadores nativos perjudicados por un mundo que les
niega su grandeza).2
En todos los casos, se desprecia a las instituciones democráticas y
se las sitúa en el lugar de impedimento para el desarrollo de los
planes de gobierno, los parlamentos o las organizaciones
suprana- cionales son las responsables del fracaso del líder, el
cual necesita el poder absoluto para llevar adelante la salvación
del país.
Dos casos paradigmáticos del populismo en la Argentina.
Yrigoyen y Perón
El yrigoyenismo y el peronismo conjugaron en el momento de su
nacimiento un conjunto de demandas democráticas y sociales de
2. Esto se encuentra estrechamente vinculado a uno de los cinco elementos que retomaremos para
la definición de populismo, y es la idea de polarización de la sociedad a partir de la exclusión de
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
quienes opinan diferente, dividiendo a dicha sociedad entre los que están a “favor” y en “contra”
del líder.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
sectores que se encontraban fuera del sistema y sin
representación política.
Ambos movimientos elaboraron a partir de fuertes liderazgos un
discurso basado en antinomias (véase el Capítulo 2 de P. Gómez
Talavera y el Capítulo 6 de P. Bertino): el “pueblo”, se
presentaba como enfrentado al “régimen” en el primer caso o a la
“oligar- quía”, en el segundo.
La conducción carismática de Hipólito Yrigoyen provocó que el
radicalismo abandonara el componente impersonal propio de sus
orígenes. En ese sentido Romero (2017: 81) afirma que “el
partido se fundía con su figura […] y empezó luego a estimular
una suerte de culto a su persona […] el país se llenó de sus
retratos”.
Es decir, la organización política se convirtió en un movimiento
que buscaba redefinirse expresando al conjunto de la sociedad a
partir de la figura cautivante de su líder, el cual, consiguió
delimi- tar la contienda en sus propios términos.
Durante el primer mandato de Yrigoyen, entre 1916 y 1922, el
Co- mité Nacional del radicalismo elaboró un manifiesto en el
que se afirmaba que: “la Unión Cívica Radical es la nación
misma bre- gando desde hace veinticinco años por liberarse de
gobiernos usur- padores y regresivos”3 frente a un “régimen falaz
y descreído”, que se visualizaba como corrupto, inmoral y
fraudulento, oponía “la causa” que representaba el bien, dispuesta
a romperse pero jamás doblegarse moralmente.4
Con la instauración de una dictadura conservadora y el posterior
fallecimiento de Yrigoyen, la Unión Cívica Radical volvió a sus
orígenes. A medida que esto iba sucediendo, años más tarde, la
3. Manifiesto UCR (Unión Cívica Radical) del 1 de mayo de 1916.
4. Esta cuestión se vincula con la excusa de la herencia recibida, desarrollada dentro de los cinco
elementos que se retoman para definir el populismo.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
figura de Perón asumía un rol social de líder indiscutido adoptando
las características de lo que se considera el liderazgo populista.
Una vez consolidado como presidente, su palabra adquirió el
valor de ley para el Partido Peronista primero y para el Partido
Justicia- lista, después. Para Perón esta era la manera elegida de
canalizar las disímiles demandas y lograr el entendimiento entre
las distintas corrientes ideológicas de su movimiento.
Al privilegiar el factor organizativo a expensas del pluralismo de-
mocrático, identificó su movimiento con el “pueblo” enfrentando
a los que consideraba simples “vendepatrias”. Buscó equiparar
in- tencionalmente su movimiento con la nación misma y en la
oposi- ción solo podían encontrarse “traidores” a esos ideales.
Tanto Yrigoyen como Perón construyeron liderazgos carismá-
ticos. Si bien ambos líderes mantuvieron diferentes tipos de
re- lación con sus partidarios, los dos concitaron la misma
pasión en sus seguidores y, por consiguiente, la misma
intensidad de odio en sus detractores.
La presencia de liderazgos providenciales, la ambigüedad de sus
discursos y la identificación del líder con la nación fueron herra-
mientas que ambos utilizaron para vencer las resistencias de los
sectores opositores al avance.
Una diferencia clave entre ambos y que de algún modo atenúa la
cuestión del populismo en Yrigoyen es que la Unión Cívica Ra-
dical preexistía a su liderazgo y, además, no fue una organización
que pudiera manejar a su antojo. De hecho, tuvo fuerte oposición
de grupos internos conocidos como “antipersonalistas”. En el
caso de Perón, el Partido Peronista y, luego, el Justicialista,
fueron cons- truidos por el líder desde el Estado para consolidar
su poder y no funcionaron como espacio para condicionar al
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
líder.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Otro elemento clave que los diferencia es la sucesión. Los líderes
populistas, al considerarse a sí mismos los únicos que pueden lle-
var adelante la representación del pueblo y al ser igualados con
los intereses de la nación, difícilmente puedan ser reemplazados
por otro personaje igual.
Por eso, tienden a perpetuarse en el poder ya que no habrá otro
como ellos. Yrigoyen, sin embargo, nunca intentó reformar la
Constitu- ción para lograr ser reelegido (la ley de esa época no lo
permitía) y además designó como su sucesor a Marcelo T. de
Alvear, un político que no se encontraba en el círculo de
confianza del líder radical.
Perón, en cambio, reformó las leyes (incluida la Constitución)
para consolidar su poder y en el tercer periodo presidencial
(1974- 1976), designó a su propia esposa como vicepresidenta.
En todos estos casos, más allá de las diferencias, el papel del
liderazgo, el rol de los seguidores y la relación entre ambos
resultan claves para definirlos como populistas.
En este punto, cabe destacar que no se trata simplemente de
deter- minar si un líder populista es más o menos carismático o si
es afín a ideas de izquierda o derecha, sino el tipo de relación que
estable- ce con las reglas institucionales y sociales, así como el
vínculo que desarrolla con sus seguidores.
Como síntesis final podemos decir que el populismo es una
manera de construir poder con liderazgos fuertes que se ubican
por encima de los partidos.5 Los líderes populistas de los países
latinoameri- canos realizaron un fuerte cuestionamiento del orden
institucional
5. Estos estilos de liderazgo fuerte también se encuentran presentes en los modelos delegativos de
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
democracia (véase el Capítulo 6 de Bertino), en cuyo caso se suma la necesidad de una lógica
hiperpresidencialista.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
establecido, construyeron un discurso con la dialéctica amigo-
ene- migo y rechazaron todo aquello que limitar su poder.
El populismo tiende a construir su poder sin intermediación de
las instituciones, ni de los partidos políticos. De esta forma, sus
defen- sores se muestran como protectores del pueblo en su
conjunto, al que deben proteger de posibles “ataques” internos o
externos.
En este tipo de fenómenos, el líder establece una relación
personal y no mediatizada con sus seguidores, los cuales aceptan
que se subordinen las instituciones de la democracia a sus
decisiones per- sonales, todo esto sucede bajo un discurso
antagonista que tiende a la polarización y genera identidad
política.
Bibliografía
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XXI Editores.
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Weyland, K.; Madrid, R. y Hunter, W. (eds.) (2010): Leftlist Governments in
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Herramientas para el análisis de la sociedad y el
sity Press.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
8. DICTADURA. CONSTRUYENDO
UN CONCEPTO COMPLEJO
Verónica Beyreuther
Introducción
En los capítulos precedentes hemos trabajado conceptos que se
relacionan con los regímenes democráticos; así, hemos analizado
los regímenes políticos que pueden situarse entre las democracias
posibles: la poliarquía, las democracias deliberativas (DD).
Hemos indagado, además, sobre el populismo, más cercano a los
regíme- nes híbridos.
En el presente capítulo, nos centraremos en el polo de los regí-
menes autoritarios enfocándonos en el concepto de “dictadura”.
En primer lugar, haremos un breve análisis del concepto y de los
elementos que lo caracterizan. En segundo lugar, nos
detendremos en los diferentes tipos de dictadura, para diferenciar
“autoritaris- mo” de “totalitarismo”, conceptos claves en el siglo
XX. En tercer lugar, proponemos un recorrido histórico, con foco
en América La- tina y la Argentina.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Dictaduras. Qué son, cómo se inician, cómo se sostienen
Aunque existen definiciones variadas del concepto de dictadura,
en términos generales, coinciden en que es un subtipo del
régimen autoritario, en el que una o varias personas asumen sin
límite al- guno el control del Estado de un país. 1 Ahora bien, ¿qué
significa que una persona o un grupo asumen el control del
Estado sin que existan límites?
En primer lugar, significa que los regímenes dictatoriales exclu-
yen cualquier posibilidad de división de los poderes del Estado,
propios de la democracia o la república: los poderes Legislativo,
Judicial y Ejecutivo.
En un régimen democrático, los tres poderes interactúan y se con-
trolan. Contrariamente, en una dictadura, la suma de poder es to-
tal y concentrada en un grupo de individuos. De hecho, el Poder
Legislativo es anulado, a través de la disolución de los propios
parlamentos, por la prohibición de elecciones o de la creación de
nuevos órganos a través de elecciones fraudulentas o limitadas,
en las que resulta imposible que los grupos o partidos opositores
se presenten.
En cuanto al Poder Judicial, en una dictadura, no puede actuar in-
dependientemente ya que los jueces son designados y removidos
según la voluntad del dictador y de su grupo para garantizar la
arbitrariedad e impunidad de sus actos.
De manera contraria, como ya ha sido explicado, en los
regímenes democráticos, los jueces son designados y removidos
según lo in- dican las leyes de cada país y en cada nivel del
Estado (nacional o provincial), pero siempre respondiendo a
leyes escritas y consen- suadas previamente.
1. Muchas de las ideas aquí presentadas han sido basadas en el trabajo de Rouquié (1981).
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Por ejemplo, en la Argentina, para remover a los jueces de la
Cor- te Suprema debe realizarse un juicio político donde la
Cámara de Diputados es la acusadora y la de Senadores la que
juzga según lo previsto en los artículos 53º, 60º y 69º de la
Constitución.
En una democracia, los mecanismos establecidos en códigos le-
gales específicos garantizan la independencia del accionar
judicial frente a los otros poderes. En las dictaduras, en cambio,
la falta de independencia garantiza impunidad y otorga
arbitrariedad al poder del dictador y su grupo.
En cuanto a la función del Poder Ejecutivo, en una dictadura se
reduce a la figura del dictador, y en su grupo más cercano, quien
asume el control ilimitado del Estado y todas sus funciones.
Los regímenes dictatoriales excluyen cualquier posibilidad de
división de los poderes del Estado, propios de la democracia o
la república: los poderes Legislativo, Judicial y Ejecutivo.
En segundo lugar, que una persona o un grupo asuma el control
del Estado sin que existan límites significa que los derechos y las
garantías constitucionales de los que todo ciudadano debe poder
gozar en un régimen democrático, quedan suspendidos o bien,
anulados.
Las normas del régimen democrático son sustituidas por otras es-
tablecidas ad hoc por el grupo en el poder y pueden variar
constan- temente según la voluntad del dictador y del grupo que
lo apoya. Ello implica que el poder que pueden ejercer los
gobernantes sobre los gobernados no conoce ninguna restricción.2
2. Por ejemplo, en la última dictadura argentina iniciada en 1976, se aplicó la persecución de opo-
sitores, la prohibición de la actividad política y sindical, la desaparición forzada de personas y la
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
censura en radio, televisión, periódicos y libros (Romero, 2017).
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Una dictadura implica la restricción o supresión de
libertades de expresión, el derecho de reunión y asociación
como se ha dado varias veces en nuestro país.
En tercer lugar, control ilimitado del Estado significa que tampo-
co hay restricciones en cuanto a la duración del régimen. En los
regímenes democráticos existen normas de acceso al poder que
establecen tiempos de duración y posibilidades o no de volver a
acceder al poder.
En el caso de una dictadura, los tiempos y las condiciones de
acceso y permanencia en los puestos de poder son manejados por
quienes lo ejercen por la fuerza y escriben las reglas; por lo tanto,
las dictaduras no suelen tener plazo de finalización previsto.
El final de un gobierno puede ocurrir por una diversa gama de ra-
zones. Por ejemplo, porque los dictadores deciden dejar el poder,
porque no pueden continuar controlándolo, han perdido legitimi-
dad o porque consideran que han cumplido su tarea. Muchas ve-
ces, la misma sociedad exige su retirada porque no han cumplido
lo prometido o está harta del autoritarismo. Esto puede ocurrir de
forma más o menos activa y violenta según cada caso (véase el
Capítulo 10 de N. Simone).
En una dictadura las condiciones de acceso y permanencia en
el poder son establecidas por el dictador; por lo tanto, los
tiem- pos de duración de un gobierno no están establecidos
con an- terioridad.
Mientras resulta difícil clasificar y prever el final de las dictaduras,
su instauración implica necesariamente la ruptura de un orden po-
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
lítico anterior, tal como sucedió numerosas veces en la Argentina
(véase el Capítulo 9 de F. Deich).
En ocasiones, son los mismos gobernantes elegidos democrática-
mente quienes deciden realizar un autogolpe de Estado y disolver
a los restantes poderes o eliminar las garantías institucionales.
Por ejemplo, ante la posibilidad de perder el poder por la vía
electoral, utilizan los resortes del Estado para no obedecer las
leyes y perpetuarse al mando del gobierno. Una cuestión así se
registró en Perú en el año 1992 con el entonces presidente Alber-
to Fujimori.
Las formas de esa ruptura y el cambio de régimen serán
analizados en detalle en otros capítulos de este libro. Pero por
ahora, basta con indicar brevemente que las dictaduras no
siempre surgen en contra de un gobierno democrático.
Una dictadura se diferencia de un régimen democrático en
cuanto el poder se concentra en pocas manos sin la división de
poderes, no se respetan libertades ni derechos civiles y políti-
cos, y las condiciones de acceso al poder y de permanencia en
él son manejadas arbitrariamente.
Finalmente, es necesario discutir la construcción de legitimidad
de los regímenes dictatoriales. Como señala Talavera en este
mismo libro, los Estados modernos siempre requieren de una
legitimidad que complemente el uso de la fuerza a la hora de
convencer sobre la necesidad de su dominio sobre una sociedad.
La coacción pura puede servir inicialmente para mantener el
domi- nio sobre una sociedad pero, con el transcurrir del tiempo,
se hace necesario algún grado de consenso. Más allá de cómo
haya llegado a apoderarse de un gobierno, la dictadura tratará de
mantenerse en el poder todo el tiempo que le sea posible, sobre
todo, en tanto
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
dure la causa que le dio origen.3 De modo que el problema de la
duración de una dictadura está unido en forma inseparable al de
la legitimidad que la sostiene (Rouquié, 1986).
Para lograr esa legitimidad, las dictaduras generalmente se
consoli- dan en el poder apelando a un supuesto interés público y
prometen representar el bien común y ofrecer soluciones que la
democracia no posee. A veces con promesas de recuperar un
orden perdido, o de luchar contra alguna amenaza. En otras
ocasiones, para garanti- zar un bienestar económico o enfrentar
una crisis (Yescas Sánchez, 2007). Sin embargo, como se ve en
el desarrollo hasta aquí, solu- cionar el problema implica un costo
alto para la sociedad.
Debates sobre los tipos de régimen autoritario
Como vimos en capítulos anteriores (véase el Capítulo 4 de M.
Povse), el régimen autoritario es un tipo ideal que puede incluir
varios subtipos abarcando desde un autoritarismo superficial al
to- talitarismo más inhumano. En esta última opción, el
gobernante tratará de utilizar todo su poder para imponer una
ideología de- terminada o para convertirse él mismo en un dios
sobre la tierra, con poder de vida y muerte sobre la población.
Este fue el ejemplo del fascismo o el nazismo, entre muchos
otros. O de líderes como Stalin, que hicieron obligatorio el culto
a su persona.
Los regímenes totalitarios extienden su control a todos los aspec-
tos de la vida de la población e influyen en las formas del
accionar político, la educación, el esparcimiento, inclusive, en
cuestiones de la vida privada e íntima como las formas que deben
adoptar las familias, la cantidad de hijos que pueden tener.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
3 Como en el caso de militares argentinos que popularizaron frases como “el proceso de
reorganiza- ción nacional no tiene plazos sino objetivos” o “las urnas están bien guardadas”.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
En un régimen totalitario, la libertad de la sociedad civil es
reduci- da a su mínima expresión y todos los habitantes que sean
conside- rados dignos deben participar activamente de las
acciones llevadas adelante por el régimen.
De hecho, una segunda característica de los regímenes totalitarios
es la continua movilización de la población en eventos colectivos
que demuestren la adhesión del pueblo, de la sociedad al
dictador, el único líder reconocido. De esta forma, se organizan
tanto mo- vilizaciones militares, civiles, desfiles, torneos que
tienen como último objetivo legitimar la figura del dictador.
Las dictaduras no tienen un solo objetivo y siempre son producto
de la coyuntura de la sociedad de donde surgen. Pueden
encontrar- se dictaduras que buscan imponer una religión
determinada o solo conformarse para mantener el poder de una
persona o grupo, o para enriquecerse sin dar mayor importancia a
las ideas (por ejemplo, las dictaduras de Duvalier en Haití, y de
Trujillo en República Do- minicana).
Puede haber dictaduras que asuman el poder porque la sociedad
está atravesada por combates internos entre grupos enemigos o
para favorecer a determinados sectores económicos étnicos o so-
ciales. Incluso, pueden basarse en la existencia de personalidades
lindantes con la locura (como fue el caso de la dictadura de Idi
Amín en Uganda, África).
Por último, se puede señalar que existen otros usos del término
“dictadura”. Un uso extendido en la ciencia política desde los orí-
genes de la teoría marxista es el de “dictadura del proletariado”.
Este concepto hace referencia al gobierno de los trabajadores o
proletarios en el marco del triunfo del sistema socialista.
Según este concepto, los trabajadores no tienen los medios de
producción de la riqueza, sino apenas su fuerza de trabajo por la
que obtienen un magro salario. Por ello, una vez que derrotaran al
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
sistema capitalista conformarían esta dictadura para consolidar y
desarrollar el proceso revolucionario socialista. Para las visiones
marxistas, este tipo de dictadura que implica un cese del régimen
democrático está justificada por cuestiones relacionadas con la de
justicia social y la igualdad absoluta de las personas.
Las dictaduras que imperaron en América Latina durante el siglo
XX fueron ejercidas generalmente por gobiernos militares que
uti- lizaron el pretexto de encauzar Estados debilitados por
gobiernos democráticos ineficientes. Esta ineficiencia se
observaba tanto en la imposibilidad de resolver crisis económicas
como para luchar “contra la subversión”. Con este concepto
(subversión), quienes integraban una dictadura se referían a los
grupos armados, general- mente de izquierda, que planteaban un
cambio radical del régimen político.
Para “salvar” a la nación de estos grupos izquierdistas armados,
los militares realizaron golpes de Estado, arrogándose de este
modo el poder y su uso discrecional. Al no tener controles de
ningún tipo, cometieron toda suerte de atrocidades, justificando
su accionar en la lucha antiguerrillera o anticomunista. En la
práctica, aplicaron terrorismo de Estado, a la vez que trataban de
ocultar tales hechos ante la opinión pública nacional e
internacional.
Bibliografía
Romero, L. A. (2017): Breve historia contemporánea de la Argentina. 1916-
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Pinochet (1973-1990), Itzapalapa, Universidad Autónoma Metropolitana.
IV. CAMBIO DE RÉ GIMEN
9. GOLPES DE ESTADO Y OTRAS
FORMAS DE INTERRUPCIÓ N INSTITUCIONAL
Florencia Deich
Introducción
Este texto presenta una serie de elementos para comprender las
características propias y las diferencias entre los conceptos
“golpe de Estado” e “interrupción institucional” y su importancia
para la historia argentina del siglo XX.
Los momentos en que se produce un golpe de Estado u otro tipo
de interrupción institucional en una sociedad determinada son, en
general, muy problemáticos y, por eso, requieren de un análisis
detallado. Los vínculos entre la sociedad y el Estado son siempre
difíciles de entender ya que involucran actores sociales y grupos,
con estrategias contradictorias o cambiantes.
Para poder abordar esta complejidad, se desarrollará el análisis de
los conceptos en las primeras tres secciones. En segundo lugar, se
realizará un análisis de los golpes de Estado e interrupciones
institucionales en la historia de la Argentina, prestando especial
atención al final del gobierno de Frondizi.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
En la búsqueda de un concepto. Elementos en común
Un golpe de Estado siempre se propone producir una ruptura del
régimen político existente hasta ese momento, generalmente me-
diante la acción de derribar un gobierno constitucional. En este
sentido, el concepto de cambio de régimen político es clave para
el análisis de los golpes de Estado, ya que el golpe es el
instrumento que permite conducir y producir ese cambio.1
La forma más usual de cambio es desde un régimen democrático,
que es el que cae, a otro no democrático que se impone por la uti-
lización ilegal de la fuerza. En el caso de la Argentina, en todos
los golpes de Estado desde 1930 a 1976, se produjo la caída del
régimen democrático y se instauraron regímenes no
democráticos.
Un golpe de Estado, cuando triunfa, siempre produce un cam-
bio de régimen político.
Una importante parte de las regulaciones del régimen político
está establecida generalmente en las constituciones nacionales e
inclu- yen las formas previstas de acceso al poder y las formas de
ejerci- cio de ese poder. Por eso un golpe de Estado es una acción
que no está prevista en la ley. Quienes lo implementan violan las
normas con el objetivo explícito de tomar el poder por otra vía
que no es la que la sociedad acordó y consensuó, y cuyo producto
son el texto constitucional y las leyes.
En los regímenes democráticos, esas leyes incluyen
reglamentación sobre la obediencia de los cuerpos armados del
Estado a las autori- dades políticas legítimas. En los golpes de
Estado llevados adelante
1. Entendemos por régimen político “el conjunto de instituciones que establecen las reglas del
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
juego político”; al cambiar esas instituciones y sus reglas, se produce, por definición una
transformación en el régimen. Los golpes de Estado son formas en que se producen cambios de
régimen.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
por militares, esa obediencia es interrumpida. Por esto, sin impor-
tar la causa que lo origine o justifique, el golpe de Estado se
define como una acción inconstitucional y, por lo tanto, fuera de
la ley.
Un golpe de Estado, sin importar la causa que invoque, es
siempre un acto ilegal.
Un golpe de Estado involucra, necesariamente, algún tipo de vio-
lencia por parte de quienes lo ejecutan. Con diferentes grados, las
fuerzas militares salieron de los cuarteles donde están destinadas
normalmente y aplicaron la fuerza contra el gobierno
democrático con el fin de expulsarlo del poder. Las diferencias en
el grado de violencia aplicada al derrocar a un gobierno también
se pueden relacionar con la intensidad de la oposición social
percibida por los líderes del golpe y de la fortaleza del gobierno
que se busca derrocar.
Un golpe de Estado siempre es un hecho violento, aunque varíe
el grado y la forma en que se aplica dicha violencia.
En general, los golpes son liderados y planificados por los
militares pero también impulsados por los distintos actores
civiles. Además, en muchas ocasiones, cuenta con fuerte apoyo
de sectores políti- cos, sociales, religiosos, gremiales e inclusive,
internacionales.
Un golpe de Estado es un hecho en el que participan diversos
sectores y grupos sociales que en general solo coinciden en
ter- minar con el régimen democrático.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Suele ocurrir que, cuando retorna la democracia, ante la vulnerabi-
lidad del régimen que comienza, los golpistas vuelven a encontrar
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
un factor común y, otra vez, se unen para conspirar. Tal es el
caso de la Argentina, donde el cambio constante entre regímenes
demo- cráticos y no democráticos se volvió una historia difícil de
termi- nar (Romero, 2017).
Los golpes de Estado pueden clasificarse
Los golpes de Estado en los que las Fuerzas Armadas toman el
poder y son el grupo más importante de la coalición golpista son
los denominados golpes militares. En estos casos, todas las insti-
tuciones quedan bajo la órbita militar: los jefes de dichas fuerzas
suprimen el parlamento y eligen al presidente, los gobernadores,
los intendentes y los embajadores. Este tipo de golpe de Estado
fue el más común en la historia argentina.
Muchas veces, quienes ocupan esos cargos son hombres de
armas. Es decir que las decisiones se toman en el seno de la
institución militar, que es el verdadero poder. Un ejemplo
paradigmático fue el golpe de 1976, cuando el país fue dividido
entre las tres armas (Fuerza Aérea, Ejército y Marina) y los
militares, además de tener el poder real, ocuparon numerosas
posiciones en la administración pública.
Como en todo golpe de Estado que anula un régimen
democrático, la constitución queda relegada –en ocasiones
directamente se la cambia por otra, como ocurrió en 1955– y se
prohíbe la actividad política en cualquier ámbito.
Los golpes de Estado no son exclusivos de las Fuerzas Armadas.
Cabe señalar que otros actores pueden organizar un golpe con el
objetivo de cambiar el rumbo político de un país a través de la
vio- lación y de la falta de reconocimiento de la legalidad
constitucio- nal vigente. En la Argentina, los golpes de Estado en
que el grupo dominante no fueron las Fuerzas Armadas no han
sido comunes,
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
pero pueden encontrarse ejemplos en otros países, como
Honduras en 2009.
Un tercer tipo de golpe ocurre cuando un gobierno, originalmente
democrático se perpetúa en el poder más allá de lo legalmente
per- mitido. Esto puede suceder porque visualiza perder en
elecciones, porque carece del poder necesario para llevar a cabo
su proyecto o porque la reelección es limitada.
En este caso, se trata de un autogolpe de Estado: un presidente
que había sido elegido por la vía democrática se convierte en un
dicta- dor. Esto es así porque anula el parlamento, la justicia y
suspende las garantías constitucionales de la población. En la
Argentina no se registra este tipo de golpes. Un ejemplo fue el
protagonizado por el entonces presidente peruano Alberto
Fujimori en la década de 1990 y el guatemalteco Jorge Serrano
unos años después.
Más allá de los elementos en común definidos hasta aquí, cada
golpe de Estado es un hecho que tiene características propias
y, por lo tanto, diferentes a las de otros golpes de Estado.
Los aspectos a considerar para caracterizar particularmente un
gol- pe de Estado y que permiten distinguirlo son: las causas que
con- ducen al hecho del golpe; el liderazgo y los actores que los
llevan a cabo, sus intereses y discursos; cómo se desarrolla; las
consecuen- cias y los efectos sobre el sistema político y la vida
social.
Por lo general, los argumentos esgrimidos por quienes llevan
adelante un golpe de Estado se emparentan con la existencia de
una profunda crisis política, institucional o económica en una na-
ción. El gobierno democrático de turno ha perdido la legitimidad
ante parte de la ciudadanía. La población, entonces, no cree que
el gobierno democrático pueda solucionar los problemas que se
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
enfrentan.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
En un marco de crisis de esta índole, el gobierno democrático
también pierde el control de las instituciones que monopolizan la
fuerza, como el ejército y la policía, y de sectores poderosos que
podrían evitar el golpe (empresarios, Iglesia, prensa, sindicatos,
otros partidos y liderazgos, etcétera).
En síntesis, los golpistas se aprovechan de ambos factores: una
situación de crisis (social o económica) que parece no poder ser
solucionada y la falta de apoyo al gobierno.
Interrupciones institucionales sin cambio de régimen
Gran parte del siglo XX se caracterizó por los golpes de Estado
militares en América Latina y, especialmente, en la Argentina.
Esto estuvo ligado a un momento muy particular del mundo
relacionado con la lucha contra el comunismo y la llamada
Guerra Fría.
Como se explicó anteriormente, un golpe de Estado siempre
produce un cambio de régimen cuando es exitoso. Pero no es la
única forma de inestabilidad. A veces, también hay turbulencias y
conflictos que, aunque pueden generar un cambio de gobierno, no
cambian el régi- men político (Véase el Capítulo 4 de M. Povse y
el Capítulo 2 de P. Gómez Talavera para profundizar sobre la
diferencia entre Estado y gobierno). En estos casos, se trata de
interrupciones institucionales.
Una interrupción institucional se produce cuando el conflicto
social y político, la intervención militar o de otro grupo logra
derribar al gobierno, pero no llega a cambiar el régimen.
Desde la década de 1990 los golpes de Estado militares ya no
fue- ron habituales. Esto fue así por el cambio de contexto global
con el fin de la Guerra Fría y la caída del comunismo, luego de la
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
disolu- ción de la Unión Soviética.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Los golpes de Estado también dejaron de ser herramientas comu-
nes porque los militares ya no gozaban del prestigio y el poder de
antes. Esto ocurrió tanto por el alto costo en las violaciones de
de- rechos humanos de las cuales eran responsables, como por la
gran ineficiencia en sus gestiones gubernamentales.
Sin embargo, la ausencia de golpes de Estado no significa que los
regímenes democráticos hayan pasado a ser estables y que los
pre- sidentes democráticos ya no tuvieran desafíos a su propia
continui- dad. De hecho, las democracias latinoamericanas
enfrentan todavía una gran cantidad de conflictos institucionales,
pero que no tuvie- ron las formas y los resultados clásicos de los
golpes militares.2 Así hubo otras formas de generar inestabilidad
e, incluso, de termi- nar con los mandatos de presidentes
democráticos anticipadamen- te, pero sin cambiar el régimen
político.
Las interrupciones institucionales, cambios de gobierno sin cam-
bio de régimen, están caracterizadas por una conjunción de ele-
mentos. Por ejemplo, la movilización popular, el accionar del
con- greso, la justicia o por la presión de sectores poderosos
externos o internos. De diferentes formas e intensidades, estas
nuevas formas de inestabilidad han logrado terminar con varias
presidencias en América Latina.
En ocasiones es el congreso el que, por diversos motivos, decide
poner fin anticipadamente al mandato de un presidente democrá-
tico y nombra a un reemplazante, como fue el caso –entre varios
más– del brasileño Fernando Collor de Mello en 1992, del para-
guayo Fernando Lugo en 2012, de Dilma Rousseff en 2016 y de
los presidentes peruanos Pedro Pablo Kuczynski y Martín
Vizcarra en 2018 y 2020 respectivamente.
2. El único caso que podría calificarse como un golpe de Estado clásico es el de Honduras en 2009,
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
aunque el Congreso controló la situación.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
También se puede mencionar como fuente de inestabilidad el ac-
cionar de grandes grupos económicos que, en vez de tropas y
avio- nes, utilizan el mercado financiero y la economía para
provocar la desestabilización del gobierno en ejercicio. A través
de ataques especulativos contra la moneda nacional o subidas del
dólar, se hace manifiesto su poder y en ocasiones puede lograr la
caída del gobierno vigente.
Pero el intento de desestabilizar a un gobierno de este modo no
solo se observa en variables económicas, sino también en la calle.
Por eso, incluye los llamados “saqueos” y movilizaciones infor-
males de sectores marginados bajo la batuta de grupos políticos.
Mediante estos actos buscan crear una sensación de descontrol y
pérdida de orden para debilitar o terminar con un gobierno y asu-
mir en su reemplazo.
La combinación de ambos (descontrol económico y desorden so-
cial) produce la pérdida de legitimidad del gobierno. Los
ciudada- nos no confían en que el gobierno resuelva la crisis
económica y garantice el orden social y eso posibilita un cambio.
Este tipo de acción se observó en la Argentina. Fue la que aceleró
el fin del go- bierno de Raúl Alfonsín en 1989 y en gran medida
la que terminó con el de Fernando de la Rúa (Romero, 2017).
La existencia de un cambio presidencial sin un cambio de ré-
gimen político es la diferencia principal entre la interrupción
institucional y los golpes de Estado.
Golpes de Estado en la Argentina
A partir de lo dicho hasta aquí, para abordar el estudio de los
golpes de Estado y otras formas de interrupción institucional es
necesario
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
profundizar sobre los elementos distintivos que los caracterizan.
En la Argentina hubo golpes e interrupciones de gobiernos
consti- tucionales aunque, como se dijo anteriormente, no todo
estos he- chos han sido similares. Durante el siglo XX se
sucedieron cinco golpes de Estado militares, en los siguientes
años: 1930, 1943, 1955, 1966 y 1976. Cada uno de esos golpes
adoptó diferentes ca- racterísticas en relación con los objetivos y
actores que los llevaron a cabo. A su vez hubo varias
interrupciones institucionales.
El primer elemento, entonces, para destacar es la gran
cantidad de golpes de Estado y cambios de régimen que sufrió
nuestro país. Esto no fue igual en toda la región.
Otros países tuvieron experiencias autoritarias muy breves, como
Colombia, Venezuela (antes del chavismo) y Costa Rica. En
cambio, países como Chile y Uruguay tuvieron pocos golpes de
Estado pero que perduraron bastante en el tiempo (Alcántara et
al., 2010).
Tres de los primeros cuatro golpes en la Argentina (1930, 1943 y
1955) establecieron dictaduras provisionales y, luego, los gobier-
nos que surgieron de ellas, llamaron a elecciones. Esto cambió
con los últimos dos golpes de Estado (1966 y 1976), ya que en
esos casos las dictaduras triunfantes intentaron –
infructuosamente– es- tablecer gobiernos de largo plazo. Esto se
argumentaba en nombre del tiempo que se requería para
concretar las reformas profundas que, según los golpistas,
necesitaba el país (Romero, 2017).
El primer golpe militar de la historia argentina se realizó el 6 de
septiembre del año 1930 y fue liderado por el general José Félix
Uriburu. Este golpe derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen de la
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Unión Cívica Radical que había sido elegido a través del voto po-
pular para ejercer su segundo mandato en 1928.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Curiosamente, ese golpe no tuvo el apoyo activo de numerosos
sectores de las Fuerzas Armadas, aunque sí de gran parte de la
prensa, la Iglesia y los partidos opositores. El mismo Juan
Domin- go Perón fue una pieza importante en ese proceso.
Posteriormente, y a pesar de su origen claramente ilegal, Uriburu
fue reconocido como presidente provisional de la Nación por la
Corte Suprema. Esto dio origen a la doctrina de los gobiernos de
facto que sería utilizada para legitimar a todos los demás golpes
militares.
La dictadura del general Uriburu y sus continuadores utilizaron la
proscripción (prohibición de presentarse a elecciones) del radica-
lismo y el control absoluto de los resultados electorales a través
del fraude. Este hecho inició lo que algunos denominaron como
la década infame, un gobierno falsamente democrático y
restringido. El golpe de junio de 1943 tuvo varias
particularidades que lo des- tacan de los otros. Fue un golpe
importante en la historia del país más allá de la brevedad e
inestabilidad de los gobiernos que inau- guró (Romero, 2017). Lo
primero que se debe destacar del golpe de 1943 es que derrocó al
gobierno de facto anterior.3
En segundo lugar, se puede mencionar que fue el único golpe que
tuvo solo intervención militar ya que la participación civil fue
prácticamente nula. En tercer lugar, el golpe no tuvo causas
econó- micas, sino que surgió como respuesta a la intención del
gobierno de Ramón Castillo de romper la neutralidad frente a la
Segunda Guerra Mundial, volcándose así al bando aliado liderado
por Esta- dos Unidos.
Contrariamente, los responsables del golpe de 1943 admiraban el
modelo italiano liderado por el fascista Benito Mussolini, sobre
3. Ramón Castillo, el presidente derrocado, era parte del régimen de la llamada década infame,
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
heredero directo del golpe de 1930, pero barnizado de democracia mediante el fraude patriótico.
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todo el orden social que había logrado dejando de lado el “peligro
comunista”. Por último, en este golpe de Estado volvió a
participar (y esta vez con mucho más protagonismo) Juan D.
Perón, quien llegaría a ocupar el cargo de vicepresidente del
gobierno militar. Cabe señalar que el gobierno surgido de este
golpe no tenía preten- siones de permanecer mucho tiempo en el
poder, por lo que fue una dictadura con carácter transitorio. Sin
embargo, no por eso las disputas internas fueron menos intensas
y por ello se desencadenaron movi- mientos internos (casi como
golpes dentro del golpe). Como conse- cuencia de esto, tres
militares se autoproclamaron presidentes suce- sivamente: Arturo
Rawson, Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Farrell. El siguiente
golpe (1955) se caracterizó por su antiperonismo y la violencia
ejercida contra los seguidores del general Perón, quien había sido
elegido en 1945 y reelegido en 1951.
Otra particularidad que presentó este golpe se relaciona con la
falta de acuerdo entre quienes formaban parte de la coalición
golpista (o quienes tomaron el poder). Como es de esperar, esto
trajo conflic- tos internos con respecto a la gobernabilidad, por
ello el presidente surgido de dicho golpe debió renunciar al poco
tiempo de asumir, dejando el lugar a otro militar.
Años después el prematuro fin de los gobiernos radicales adqui-
rió también formas particulares. En el caso del gobierno de
Arturo Frondizi (1958-1962) se mantuvo la fachada
constitucional, ya que al haber renunciado el vicepresidente que
acompañó a Frondizi en la fórmula, entonces asumió la primera
magistratura del país José María Guido (1962-1963). Guido era
el presidente provisional de la Cámara de Senadores y así se
mantuvieron las formas constitu- cionales (Romero, 2017). Es
decir, no hubo un cambio de régimen por lo cual lo definimos
como una interrupción institucional.
En el caso del golpe de Estado que derrocó al presidente Artu- ro
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Illia (1963-1966), sucesor del de Guido, lo llamativo es que el
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país no vivía ninguna crisis económica ni algún desorden social
de magnitud. Por el contrario, se trató de un momento de
estabilidad y relativo crecimiento.
Vale decir que fue un golpe de Estado ocasionado por diferencias
políticas y las ambiciones de distintos actores que no estaban dis-
puestos a esperar el final del mandato del radical. El golpe contra
Illia contó con el activo apoyo del peronismo a través de la parti-
cipación sindical y las señales enviadas por el mismo Perón
desde España, donde se encontraba exiliado.
El golpe de Estado liderado entonces por el general Juan Carlos
Onganía (1966) se propuso conformar un gobierno de largo plazo
y con objetivos que buscaban imponer un cambio estructural en
la economía y la sociedad argentina.
No lo logró y, además, debió renunciar como consecuencia de un
movimiento social que encontró en el llamado “Cordobazo” su
momento más simbólico (Romero, 2017). Desde entonces, la vio-
lencia política comenzó a ser una cuestión creciente de la realidad
política argentina.
El último golpe de Estado (1976) se caracterizó por haber sido el
más sangriento de la historia argentina. Se impuso el terrorismo
de Estado, y se violaron sistemáticamente los derechos humanos
(véase el Capítulo 11 de G. Etcheves). Se produjeron decenas de
miles de desaparecidos, muertos, secuestros y exilios.
La derrota en la guerra de Malvinas (1982) y la quiebra
económica del país ocasionaron un desastre de tal magnitud que
arrastró con la idea de que los militares podían servir para algo
más allá de ges- tionar la vida en los cuarteles. De hecho, hasta el
día de hoy no se ha registrado ningún otro gobierno militar.
Tampoco los militares han vuelto a aparecer ante la opinión
pública como posibles líderes para solucionar coyunturas de
crisis, lo que era muy habitual en los años previos a 1983.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Por lo expuesto, el golpe de Estado ha sido un protagonista
ineludi- ble en la historia argentina. Sin embargo, como método
habitual de influencia política no es el único culpable ni el
responsable de los desencuentros ni de la decadencia de la
sociedad argentina.
La caída de un régimen democrático por la fuerza es el síntoma y
la muestra de profundos desacuerdos y de la imposibilidad de una
sociedad (con sus grupos antagónicos) de llegar a consensos y a
una estabilidad del régimen, aun con sus diferencias.
Las interrupciones institucionales en la Argentina
En cuanto a las interrupciones institucionales, además de la ya
mencionada de Frondizi, en la Argentina se produjeron en tres
oca- siones más: con el fin de los gobiernos de Héctor Cámpora
(1974), Fernando de la Rúa (2001) y Eduardo Duhalde en 2003
(que por una cuestión de tiempos históricos no se abordará en
este trabajo). Estos casos tienen en común que el presidente
constitucional de- bió abandonar el cargo pero sin producirse por
eso un cambio de régimen.
La primera interrupción sucedió en 1973, cuando el presidente
Cámpora y el vicepresidente Vicente Solano Lima renunciaron y
fueron reemplazados por el tercero en la línea constitucional, el
entonces presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri.
Esto ocurrió por movimientos dentro del peronismo para
convocar a nuevas elecciones y garantizar el retorno de Perón a la
presidencia. En el caso de De la Rúa en el año 2001, se produjo
una interrup- ción institucional ya que el Congreso, siguiendo las
reglas previs- tas por la Constitución, nombró al reemplazante
debido a que el presidente había renunciado en medio de una
grave crisis política y económica (Romero 2017).
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
El (fracasado) golpe de Estado contra Frondizi: un caso
particular
El caso del presidente Arturo Frondizi y su reemplazo en 1963 es
complejo para conceptualizar. Los militares eran el principal
grupo de poder del país. En esa condición, y sabiéndose
poderosos y due- ños de las armas, presionaban y buscaba
debilitar a Frondizi desde su misma asunción. A esto deben
sumarse los propios errores co- metidos por el presidente y su
grupo que le habían quitado parte del apoyo popular que tuvo al
asumir el gobierno.
Poco antes de finalizar el mandato de Frondizi, los militares de-
cidieron quitarlo del poder. Y en este sentido su accionar fue exi-
toso. Sin embargo, no lograron cumplir con todos sus objetivos,
ya que no colocaron una persona de las Fuerzas Armadas en la
presidencia. De esta forma, las reglas de sucesión previstas en la
Constitución Nacional no se rompieron y no se produjo un
cambio de régimen político.
La rápida reacción del presidente de la Cámara de Senadores al
asumir la presidencia ante la acefalía por el derrocamiento de
Frondizi puso a los militares ante un dilema. Si asumían ellos
mis- mos la presidencia pagarían un alto costo por interrumpir el
orden constitucional una vez más, cuando el objetivo de quitar a
Frondizi ya estaba cumplido.
De hecho, las divisiones internas les impedían designar un pre-
sidente de consenso, al menos en forma rápida. Como se indicó
con anterioridad, en los golpes militares suele ser más fácil lograr
acuerdos para derrocar un gobierno que para instaurar uno nuevo.
Pero, a la vez, si no asumían, dejaban el poder en manos de José
María Guido.
Los militares optaron por mantener a Guido ya que parecía fácil-
mente manejable. Así que finalmente se lo mantuvo a la cabeza
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
del Poder Ejecutivo Nacional para completar el tiempo que aún le
quedaba al mandato del expulsado presidente Frondizi hasta las
siguientes elecciones previstas para el año 1963. En el tiempo
que restaba, los militares aprovecharían para ajustar cuentas entre
ellos y resolver sus diferencias (Romero, 2017).
La forma que tomaron estos acontecimientos genera complicacio-
nes a la hora de definir el régimen ya que, el presidente legítimo
fue destituido por la presión militar, pero el que asumió en su
lugar lo hizo respetando las reglas de sucesión previstas en la
Constitu- ción.
En este caso, es posible afirmar que hubo una interrupción
institu- cional, ya que el presidente Frondizi no terminó su
mandato. Como el vicepresidente (reemplazante natural) ya había
renunciado an- teriormente, la constitución preveía que le
correspondía asumir al presidente de la Cámara de Senadores,
José María Guido.
Para el caso del gobierno de Frondizi, lo que se inició como
un golpe de Estado terminó como una interrupción
institucional porque no logró cambiar el régimen político y se
resolvió se- gún lo previsto en la Constitución Nacional
vigente.
El golpe de Estado triunfó a medias porque quitó al presidente de
su cargo, pero fracasó en la capacidad de imponerse sobre el
poder civil que pudo garantizar alguna forma de continuidad
institucio- nal y no produjo un cambio de régimen político al
asumir la presi- dencia acéfala.
Para finalizar
En las páginas previas se avanzó en analizar los conceptos de
golpe de Estado e interrupción institucional. Una vez que estos
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conceptos son comprendidos en su especificidad (es decir, en
aque- llo que lo hace diferente a los otros) puede plantearse un
estudio más profundo e incluso compararlo con otros fenómenos
similares. De este modo se podrán analizar las diferencias y
continuidades entre los distintos golpes o interrupciones. Esto
contribuirá a com- prenderlos mejor y entender por qué
ocurrieron, cómo trascurrie- ron y finalizaron.
Como se ha visto en páginas anteriores, hay sociedades que no
han tenido la experiencia de pasar por golpes de Estado y otras
que han tenido pocos golpes o muy breves en su duración
temporal. No es el caso de la Argentina, donde aparece una
apelación constante al golpe de Estado –y a las interrupciones
institucionales– como sali- das a crisis económicas o políticas.
También como una vía rápida para acceder al poder para
determinados líderes o para quitar a otros.
Durante casi todo el siglo XX argentino no hubo posibilidad de
acordar entre las élites de los distintos sectores sociales rumbos
consensuados, que permitieran que el país recorriera un camino
para la construcción de un orden político basado en el consenso y
algunos acuerdos generales en las políticas económicas y
sociales.
Bibliografía
Alcántara, M.; Paramio, L.; Freidenberg, F. y Déniz, J. (2006): Reformas econó-
micas y consolidación democrática, Madrid, Síntesis.
Aznar, L. y De Luca, M. (coords.) (2010): Política. Cuestiones y problemas,
Buenos Aires, Paidós.
Levi, L. (1989): “Régimen político”, en Bobbio, N.; Matteucci, N. y Pasquino,
G. (eds.), Diccionario de Política, México, Siglo XXI Editores, pp. 1409-
1410. Romero, L. A. (2017): Breve historia contemporánea de la Argentina.
1916- 2016, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
10. LAS DOS TRANSICIONES A LA
DEMOCRACIA EN LA ARGENTINA (1973 Y
1983)
Nicolás Simone
Introducción
En el capítulo anterior se abordaron los conceptos de golpe de
Estado e interrupciones institucionales; en el primero de estos se
trata de una acción que, de triunfar, produce un cambio de
régimen político, en general desde uno democrático a otro no
democrático.
Por eso ahora podemos preguntarnos ¿qué sucede en cambio,
cuando se retira un régimen no democrático? ¿Cómo se transita
el difícil camino que lleva de un régimen no democrático a otro
democrático? ¿Qué conceptos han utilizado las ciencias sociales
para pensar este cambio de régimen?
En este capítulo abordaremos el concepto de “transición
democrá- tica” que permite analizar y estudiar el período entre la
caída de un régimen autoritario hasta la instauración de uno
democrático. Para ello, explicaremos en el primer apartado el
surgimiento del concepto de transición que inició la llamada
transitología, una ver- tiente dentro de la ciencia política.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
En segundo lugar, abordaremos el análisis de los diferentes
actores involucrados en las transiciones para estudiar más en
detalle en el tercer apartado, a la élite política y el rol que juega
en esos suce- sos. Por último, analizaremos las transiciones
argentinas de 1973 y 1983.
Definiciones
La siguiente definición sirve para explicar el concepto de “transi-
ción” que abordaremos a continuación:
Entendemos por transición al intervalo que se extiende
régimen político y […] Las transiciones (a la
democracia) están delimitadas por la disolución del régimen
autoritario y por el establecimiento de alguna forma de
democracia (O’Donnell, Schmitter y Whitehead, 1988: 19-
20).
La transición, entonces, es un lapso que comienza cuando un
régimen no democrático de un país empieza a retirarse y
termi- na cuando un régimen democrático se impone ya sin
riesgo de ser derrocado.
La transición, en sentido amplio, se consuma cuando no existe
pe- ligro de regresión autoritaria; es decir, cuando se eliminó la
opción de que los militares hagan otro golpe de Estado.
En esta segunda etapa los partidos compiten por el control de
insti- tuciones políticas que sienten que se mantendrán
indefinidamente. Se alcanza cuando las elecciones son rutina,
aunque es difícil de- terminar en qué momento un proceso
democrático ya está consoli- dado (O’Donnell, 1997: 330).
Un ejemplo que se ajusta a esta definición en sentido estricto
refie- re al período que se abre cuando la última dictadura fue
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
derrotada
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
en la guerra de Malvinas en 1982. La derrota dejó al gobierno mi-
litar sin ningún apoyo y con el repudio total de los ciudadanos
por lo que se vio obligado a llamar a elecciones democráticas.
El fin de la guerra marcó el inicio de la transición entre ambos
re- gímenes, de no democrático a democrático. Esa transición
abarcó dos gobiernos democráticos, el de Alfonsín y parte del de
Menem luego del cual la democracia ya estuvo consolidada.
El período de transición, en sentido amplio, finalizó cuando el
gobierno de Menem –a quien Alfonsín entregó el poder en
1989– derrotó definitivamente a los militares “carapintada” en
diciembre de 1990.
Esa victoria del gobierno democrático sobre los militares
golpistas, obtenida por la fuerza, dio a la democracia un impulso
definitivo y, a partir de entonces, ya no hubo peligros de
retroceso (Romero, 2017).
Los estudios e investigaciones sobre las transiciones a la demo-
cracia comenzaron en la década de 1980. 1 Estos temas fueron im-
pulsados por un grupo de expertos en ciencias sociales que tenían
un doble objetivo, por un lado, producir textos académicos que
analizaran los procesos de los que eran testigos y, por otro lado,
mejorar la calidad de las democracias que empezaban a
instalarse.2 Estos especialistas en el tema asumieron un
compromiso militante con la democracia. Tenían la idea de que
esos nuevos regímenes
1. El último período de transiciones a la democracia comenzó en Europa con Portugal (1974),
Grecia (1974) y España (1975), para luego extenderse por América Latina desde 1978 (Argentina
en 1983). Con la caída del muro de Berlín en 1990, la democracia avanzó también sobre el este
europeo, África y Asia.
2. Algunos de ellos eran Guillermo O’Donnell, Manuel A. Garreton, Juan Carlos Portantiero, José
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Nun, Laurence Whitehead, Phillipe Schmitter, Adam Przeworski, Marcelo Cavarozzi, Alfred C.
Ste- pan y Juan Linz.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
que surgían en la década de 1980 eran una oportunidad para la di-
rigencia política de cada país. Es decir, la élite política podía
cons- truir un orden nuevo, capaz de canalizar de manera
armónica los conflictos políticos, económicos y sociales y,
consecuentemente, dejar de lado la forma violenta y dictatorial.
Pero ¿a qué democracia se referían estos cientistas sociales?
Como se desarrolla en “Poliarquía” de Batlle y “Democracia de-
legativa” de Bertino (véanse los Capítulos 5 y 6), una
es un sistema de reglas en el que los ciudadanos se expresan
mente y eligen a sus gobernantes.
Esas reglas incluyen la libertad política para asociarse en partidos
u organizaciones civiles, la libertad de expresión de opiniones, la
posibilidad de elegir y de ser elegido en el ejercicio de elecciones
limpias y competitivas, como algunas de sus características prin-
cipales.
Como se desarrolla con más profundidad en el texto de Batlle, la
democracia se define como una poliarquía que no incluye todo lo
que una democracia sustantiva podría ser, sino que se limita a
todo aquello que no puede dejar de tener. Es decir, una versión
mínima pero que, por esa misma razón, puede lograr más
consenso.
Los actores políticos en la transición a la democracia
La transición es, como se ha dicho, un período de tiempo muy
complejo. En ese lapso, los actores políticos conviven y
a la Un primer actor fundamental es la élite política de cada
país que está conformada por los dirigentes políticos que fueron
expulsados del poder, más o menos violentamente, por los milita-
res y sus aliados en los golpes de Estado.
En el primer momento de la transición, la élite política
za una especie de “conspiración” contra el régimen autoritario
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
lo que la convierte en el primer actor y el más fundamental del
proce Esto ocurre cuando las dictaduras van perdiendo legiti-
midad por algún motivo, que puede ser una crisis económica o
por la represión ejercida por el gobierno que genera descontento
en la población.
Para la transición a un régimen democrático se necesita que el
gobierno autoritario se encuentre debilitado.
Los miembros de la élite empiezan a reunirse y, con sus diferen-
cias, llegan a algunos acuerdos, aprovechando que el gobierno no
democrático está débil. Los consensos se logran aun cuando los
miembros del gobierno no democrático siguen en el poder.
Los acuerdos son muy generales, no tienen que ver con progra-
mas de gobierno muy detallados, sino con la intención de expulsar
cuanto antes al gobierno no Los pactos de las élites
apuntan, sobre todo, a lograr un llamado a elecciones en las que
los partidos se puedan presentar libremente. Es decir que
La élite es el grupo más importante dentro de cada sector:
polí- ticos, intelectuales, empresarios, sindicalistas, y poseen
un rol clave en el paso de un régimen a otro.
En segundo lugar, la sociedad civil es otro actor clave en una
tran- sición (véase el Capítulo 1 de N. Yanuzzi). Esta, mediante
sus ac- ciones, como movilizaciones o pedidos de apoyo
internacional, suele presionar en favor de la democracia. Los
sindicatos, las or- ganizaciones de derechos humanos y los
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
estudiantes universitarios
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
son algunos de los actores que quedan incluidos en este grupo.
transición comienza
La participación cuando
activa de lalasociedad
dictadura estáesdébil
civil y suporque
posible final sela
percibe Por eso, la represión es cada vez menor. Esta de-
bilidad estimula un crecimiento de participación de la sociedad
ci- vil ya que implica correr menos riesgos.
El aumento de la presión por parte de la sociedad civil tiene dos
funciones importantes. La primera es apoyar a la élite política
que logre la vuelta a un sistema democrático y, al mismo
empujar fuera del sistema a los sectores es decir,
dejar aislados y sin apoyos a quienes desean continuar con un
régimen no democrático.
La segunda función es
La sociedad movilizada puede imponer determinados temas en
las agendas públicas de discusión, aunque los partidos no
quisieran in- cluirlos ya que los obligarían a tomar posiciones
arriesgadas elec- toralmente.
Un ejemplo de esto son las demandas de la sociedad argentina
con respecto a la cuestión de las violaciones a los derechos
humanos de la dictadura. Las movilizaciones y la presión social
hicieron que muchos partidos y dirigentes tomaran posiciones en
este tema, aunque a priori, no deseaban hacerlo.
En estas coyunturas de transición la sociedad movilizada tiene
la posibilidad de imponer algunos temas y rechazar otros.
3. La agenda pública la integran aquellos temas que la sociedad percibe como urgentes e
inmediatos y así se lo exige a las autoridades.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
En tercer lugar, otros actores que se pueden distinguir en un
proce- so de transición de un régimen no democrático a otro
democrático son los sectores blandos del régimen autoritario.
Bajo este nombre
democrática.
Los grupos “blandos”, en principio de forma clandestina, parti
pan de esa conspiración a favor del llamado a elecciones.
Comien-
zan, así, a actuar en forma conjunta con sectores de la élite
política
que quieren volver a un régimen
En algunos casos, buscan mantener su influencia, aunque cambie
el régimen político. En otros, pretenden negociar para evitar futu-
ras investigaciones judiciales o porque creen que es lo correcto.
En la última transición argentina, eso se ve muy bien con el
llamado pacto militar-sindical (Romero, 2017).
Los sectores que apoyaron al régimen no democrático suelen
dividirse frente a una transición. Los “blandos” apoyaron ini-
cialmente la dictadura, pero en ese momento prefieren una sa-
lida democrática. Los “duros” son quienes quieren continuar
la dictadura aun cuando ya no hay legitimidad para que eso
ocurra.
hasta las elecciones,
régimen autoritario.y también luego de asumido el gobierno
Aun
- que la dictadura esté llegando a su fin, los grupos nostálgicos
están dispuestos a hacer todo lo posible para sostener al régimen
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
auto- ritario donde tenían poder e influencia, y con el cual
coincidían ideológicamente.
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En la Argentina, este fue el caso de los militares Aldo Rico y
Mo- hamed Alí Seineldin durante la transición iniciada en 1983,
pero también de políticos, sindicalistas y grupos ligados a la
Iglesia ca- tólica y la prensa (Romero, 2017).
Siempre en una transición hay grupos que actúan –sobre todo
una vez que la dictadura se retiró y está iniciando su camino el
nuevo régimen democrático– para volver al régimen ante- rior.
Estos grupos pueden llegar a generar caos o violencia para
mostrar que la democracia no garantiza el orden.
Al existir un grupo que quiere mantener el régimen autoritario y
evitar la llegada de un régimen democrático, la transición es un
momento complejo. Por eso, los expertos afirman que es
importan- te que los sectores prodemocráticos puedan aislar a los
grupos que desean la vuelta de la dictadura y limitarles el margen
de maniobra. Para lograr esto y evitar esas regresiones
autoritarias, la élite que busca la democracia debe aliarse aunque
pertenezca a partidos diferentes. Ante la inminencia de
elecciones, los políticos tienen que mantener el equilibrio entre
sus ambiciones y el peligro de que los sectores nostál- gicos
aprovechen para volver a un régimen no democrático.
Es decir, los sectores democráticos no deben competir entre ellos
descarnadamente. La manera en que los políticos pueden
bloquear intentos de retroceder a una dictadura es por medio de
pactos y acuerdos de gobernabilidad.4
Los actores son el quinto actor a tener en cuenta.
Se trata de una serie de organismos que presionan desde afuera de
4. Eso ocurrió, por ejemplo, en la transición española con los conocidos “Pactos de la Moncloa”.
En la Argentina no hubo pactos entre radicales y peronistas y ello, como se ve en Romero (2017),
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
fue aprovechado por grupos de las Fuerzas Armadas que conspiraban para destituir a Alfonsín.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
las fronteras del país con el objetivo de lograr la efectiva instala-
ción de la democracia: organizaciones internacionales de partidos
tales como la Internacional Socialista o la Demócrata Cristiana,
que apoyan a los políticos locales afines a sus ideas, con dinero o
logística para las elecciones (Pedrosa, 2012).
También componen este grupo los organismos supranacionales
(eso quiere decir que están “por encima” de la naciones) como la
Organización de las Naciones Unidas (ONU) o la Organización
de los Estados Americanos (OEA).
La presión internacional es clave para que el régimen democrá-
tico se consolide.
En momentos de conflicto e incertidumbre, con los sectores
duros y nostálgicos actuando para evitar la democratización, los
mensa- jes de organismos internacionales y otros países puede
volcar el rumbo hacia uno u otro régimen.
Incertidumbre, élites políticas y pactos
Los procesos de democratización suelen estar a cargo de una élite
política. Es decir de aquellos que integran y, a la vez, se recono-
cen mutuamente como parte del elenco político de un país. La
élite es la encargada de conducir el proceso de instalación de la
democracia y, como se afirmó anteriormente, muchas veces recu-
rre a los pactos.
Las élites toman muchas decisiones, algunas pensando en el bien
común y otras tratando de sacar el máximo beneficio personal o
grupal. El cálculo del beneficio propio en una transición es com-
plejo por los grados de incertidumbre reinantes. En el período de
transición es importante distinguir cuándo es el momento en que
se
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
deben moderar ambiciones y cuándo jugarse al beneficio personal.
obliga a que
La activa los políticos
acción de diversosdelpartidos
de los nostálgicos régimentengan que anterior
autoritario
reglas entre sí para controlar la luchar por el
Para acordar estas reglas, los miembros de una élite deben
alcanzar pactos que den formas institucionales a los acuerdos.
Estos pactos pueden ser secretos o públicos y tienen generar
como fin
recíprocas para competir en igualdad de condiciones por el
Por ejemplo, los políticos pueden acordar que no habrá proscrip-
ciones (eso significa que ningún candidato o partido estará prohi-
bido), qué día serán las elecciones o cuál será el sistema electoral,
entre otras muchas posibilidades.
Quienes definen esas reglas son los miembros de la élite política
que tiene como objetivo alcanzar un sistema en el que sea posible
la alternancia en el poder, es decir, que los partidos que
gobiernan vayan cambiando y que ninguno se quede para siempre
en el poder o fuera de él.
Los pactos entre los dirigentes de la élite de distintos partidos son
importantes por dos motivos.
El modelo de pactos fue tomado en su mayor parte del caso de la
transición española, considerada un modelo para ser imitado por
los demás países.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Los pactos y la necesidad de moderar las demandas y
expec- tativas de la sociedad, y a la vez contener posibles
golpes de Estado, son las claves para que una transición sea
exitosa y ordenada.
En casos como el de la Argentina, apenas hubo pactos parciales y
limitados a los partidos políticos que apuntaban a alcanzar una
democracia, al menos, poliárquica, o sea, en la que se respeten las
reglas de competencia entre partidos. Esto implica que puedan
ejercer sus derechos políticos libremente, competir y alternarse
en el poder y que los gobernantes sean siempre elegidos por el
voto popular transparente y universal. Como se analiza en el
siguiente apartado, los partidos lograron estos acuerdos a pesar
de las difi- cultades y las mutuas desconfianzas.
En la Argentina hubo, a lo largo del siglo XX, cinco golpes de
Estado: 1930, 1943, 1955, 1966 y 1976, y varias interrupciones
institucionales (véase el Capítulo 9 de F. Deich). Los tres
primeros golpes fueron breves y se ensayaron rápidas
restauraciones al or- den democrático en 1932, 1946 y 1958.
En cambio, las dictaduras de 1966-1973 y 1976-1983 se exten-
dieron más en el tiempo, fueron más represivas y derivaron en las
transiciones de 1973 y 1983 que signaron el actual régimen
democrático.
La transición fallida de 1973
En marzo de 1971, el Ejército designó al general Agustín
Lanusse como el encargado de pactar una transición a la
democracia (Ro- mero, 2017). Los militares buscaban controlar
el proceso y abrie- ron negociaciones con todos los partidos
políticos incluyendo al peronismo.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
La propuesta consistía en que, a cambio de llamar a elecciones,
Juan D. Perón quedaba excluido de Los partidos
rechazaron formalmente la invitación, pero aprovecharon la
situación para te- jer algunos acuerdos (Romero 2017).
El proceso continuó en 1972 con acuerdos parciales que se
fueron concretando con la sanción de una ley que fijó nuevas
reglas para las elecciones. También se aprobó el actual Código
Electoral Na- cional que consagró al sistema proporcional
vigente que se usaba desde 1960 de manera precaria.
El gobierno militar cumplía con su parte del acuerdo al fijar las
reglas para las elecciones, aunque mantenía el veto a la
candidatu- ra de Perón. Esto no impidió que el general en el
exilio regresara al país a fines de 1972 para cerrar acuerdos
políticos. De hecho, se reunió con las dos facciones del
radicalismo y con ambos tejió acuerdos.5
Los intransigentes se sumaron a las listas del peronismo en el
Fre- juli y los populares sellaron una especie de acuerdo
simbolizado en el abrazo que se dieron Perón y Balbín el 19 de
noviembre de 1972.6
Las elecciones de marzo de 1973 consagraron al candidato de Pe-
rón, Héctor Cámpora, que a poco de asumir advirtió que su poder
era nulo ante la inminencia de un regreso definitivo de Perón. Así
fue que renunció y llamó a nuevas elecciones en las que pudiera
participar el general en el exilio (Romero, 2017).
El acuerdo con los militares se había roto, pero el de los parti-
dos políticos se mantuvo y todos acompañaron el segundo
5. Recordemos que, entre 1955 y 1973, el radicalismo se había fracturado entre intransigentes
(UCRI) y populares (UCRP). Los primeros gobernaron en 1958-1962 y los segundos en 1963-
1966 (Romero, 2017). De los primeros también surgió una escisión que se autodenominó
intransigentes.
6. Allí, ambos líderes dejaron atrás viejos enfrentamientos y se reconocieron mutuamente con un
otro que también expresaba un sector de la sociedad.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
electoral. Mientras tanto, la situación política y económica
empeo- raba: escalaba la violencia política de derecha y de
izquierda, y la economía explotaba en el marco de la crisis
mundial del petróleo. Los años 1974 y 1975 fueron vertiginosos:
Perón se enfrentó a las facciones de izquierda de su partido y esas
y otras organizaciones armadas pasaron a la clandestinidad.
Mientras tanto, se extendían grupos paramilitares que se
enfrentaban a estas organizaciones, mayormente peronistas y
trotskistas.
Perón ya estaba enfermo y se diluía la opción del “salvador” que
pudiera contener los conflictos. Finalmente, murió el 1 de julio
de 1974 y lógicamente la violencia se profundizó. En el año
hubo más de 300 asesinatos políticos y el gobierno civil no
reacción al (Romero, 2017).
Para fines de 1975, los militares ya habían tomado intervención
en el conflicto con las organizaciones armadas gracias a los
decretos se- cretos firmados por el presidente provisional, Ítalo
Luder, que sería el candidato del peronismo en 1983 contra el
radical Raúl Alfonsín. Un mes antes del golpe del 24 de marzo de
1976, el líder del radi- calismo, Ricardo Balbín, hizo un llamado
desesperado por evitar el golpe y llegar hasta las elecciones
pautadas para octubre de ese año; pero no alcanzó para evitar la
intervención militar que se con- cretó el 24 de marzo de 1976.
La transición definitiva de 1983
Entre 1976 y 1983, cuatro juntas militares ejercieron un gobierno
autoritario y represor (véase el Capítulo 11 de G. Etcheves). Al
principio aplicó un plan criminal de exterminio, pero con los años
su poder se fue diluyendo entre fracasos económicos y denuncias
por las violaciones a los derechos humanos que se desparramaban
por el mundo.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Como una especie de último recurso, la tercera junta de gobierno
militar, encabezada por el general Leopoldo F. Galtieri, inició un
conflicto bélico contra Gran Bretaña por las Islas Malvinas. Aun-
que la derrota fue el golpe final, el declive del gobierno militar
había comenzado unos años antes.
En 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de
la Organización de Estados Americanos visitó el país y denunció
las violaciones a los derechos Fue la primera vez que
el gobierno militar se vio obligado a reconocer la existencia de
desaparecidos. Además, la situación económica argentina bajo el
gobierno militar era cada vez peor. La crisis del petróleo, la falta
de proyecto económico y la nula cohesión entre las cúpulas
militares desgastaron rápido al régimen (Romero, 2017).
La recuperación de Malvinas fue un intento desesperado por el
cual los jefes militares buscaron recobrar la unidad y el apoyo
per- dido. Pero su efecto fue el contrario y la gesta militar
seguida de la resonante derrota dejó expuestas sus debilidades y
errores. El fra- caso del gobierno militar era rotundo y, por eso, el
régimen militar se derrumbó como un castillo de naipes.
La sociedad y la élite política, ahora sí más convenidos que en
1973, exigían el llamado a elecciones ante el derrumbe del poder
militar. Galtieri renunció y fue reemplazado por el general
Bigno- ne, quien las convocó inmediatamente. No tenía margen
para hacer otra cosa.
Las reglas con las que fueron los partidos a aquellas elecciones se
basaron en los acuerdos de 1973, aunque algunos puntos
quedaron suspendidos hasta 1994: se volvió al sistema de colegio
electoral, se eliminó la segunda vuelta y las elecciones directas de
senador, también la representación por minoría en el Senado. Así
se redujo la cantidad de senadores de 69 a 46, pero se aumentó la
de diputa- dos de 243 a 254.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Estas medidas moldearon el régimen político que recomenzó en
1983 que complementaba y reformaba la experiencia de 1973.
Eso fue producto de un acuerdo general en el que participaron
tanto los militares que las promulgaron como los políticos que las
cumplie- ron. Sobre otros temas, como el tratamiento de las
violaciones los derechos humanos, no hubo tal acuerdo.
Aunque débil y por etapas, los políticos y los militares acorda-
ron las reglas mínimas para ir a las elecciones, pero dejaron para
después cualquier otro tipo de pacto más amplio, como fueron los
pactos de la Moncloa en España que, para la misma época,
forjaron las bases del actual Estado de bienestar español.
En 1983 se celebraron las primeras elecciones y ganó el radical
Raúl Alfonsín, el candidato que más criticaba al régimen saliente:
se había opuesto a la guerra de Malvinas y prometía juzgar a
militares culpables de violar los derechos humanos (Pucciarelli,
2006). Desde 1983 hasta la actualidad, aun con crisis, se mantuvo
el régimen democrático; pero entonces, apenas recuperada la de-
mocracia, los peligros de un nuevo golpe fueron visibles durante
todo el mandato del dirigente radical (Novaro, 2009).
La ausencia de pactos firmes más allá de las elecciones se hizo
evidente en los desacuerdos sobre política económica y en sobre
qué hacer con los militares represores. El gobierno radical, en
sole- dad y en cumplimiento de lo que había prometido en su
campaña, enjuició y condenó a las cúpulas de los militares
responsables del golpe y de las desapariciones desde 1976. Este
hecho hizo que los sectores nostálgicos del régimen militar se
mantuvieran en alerta y mostraran constantemente su capacidad
de daño.
Se produjeron así tres levantamientos (rebeliones) militares
duran- te los años de Alfonsín, y un cuarto en el mandato de su
sucesor, el peronista Carlos Menem. Este último resolvió el
asunto de raíz: reprimió a los militares rebeldes y a cambio
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
concedió indultos que
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
dejaron libres a los militares juzgados en el gobierno de Alfonsín.
Desde entonces, se consolidó la democracia política y finalizó la
transición ya que los militares nunca volvieron a ser una amenaza
para el poder civil.
A modo de cierre
Como se ha visto hay dos tipos de transiciones. Una más
corta,
que se extiende desde que se aflojan los controles autoritarios y
se
instala el primer gobierno surgido de elecciones; y una segunda
etapa que se alcanza cuando ya no existe miedo a una regresión
autoritari
a.
Sobre la primera etapa, se mostró que los militares salientes fija-
ron tanto en 1973 como en 1983 buena parte de las reglas de las
elecciones y que, una vez que se instalaron en poder, los civiles
no las cambiaron. Sobre la segunda etapa, la consolidación
definitiva, resulta evidente que la de 1973 falló, pero también,
que sentó las bases del éxito de la de 1983, en la que la élite
política logró acor- dar reglas mínimas de procedimiento
democrático (poliarquía) que aun hoy regulan el acceso al poder.
Bibliografía
Novaro, M. (2009): Argentina en el fin de siglo: democracia, mercado y nación
(1983-2001), Buenos Aires, Paidós.
O’Donnell, G. (1997): Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre autoritarismo y
democratización, Buenos Aires, Paidós.
O’Donnell, G.; Schmitter, P. y Whitehead, L. (1988): Transiciones desde un
gobierno autoritario (4 vols.), Barcelona, Paidós.
Pucciarelli, A. (coord.) (2006): Los años de Alfonsín. ¿El poder de la
democra- cia o la democracia del poder?, Buenos Aires, Siglo XXI Editores.
Romero, L. A. (2017): Breve historia contemporánea de la Argentina. 1916-
2016, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
V. VIOLENCIA Y ESTADO
11. EL ESTADO
TERRORISMO
DE
Graciela Etchevest
Introducción
En este capítulo nos centraremos en un concepto fundamental
para pensar la relación entre violencia y Estado. Para ello, en la
primera sección exploraremos el terrorismo como concepto ge-
neral para después diferenciarlo, en la segunda sección, de un
tipo particular, el terrorismo de Estado. Finalmente, indagaremos
sobre la experiencia de la última dictadura en la Argentina (1976-
1983), ya que para el estudio de dicho período estos conceptos
resultan determinantes.
Introducción al concepto de “terrorismo”
“Terrorismo” es un concepto que hace referencia al uso de la
vio-
lencia para obligar a un gobierno o a instituciones de la
sociedad a
tomar determinadas decisiones, o simplemente, obligarlas a
conce-
der determinadas demandas políticas, religiosas o sociales a
favor
del grupo que ejecuta la acción
terrorista.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Los actos terroristas tienen fuertes connotaciones políticas y un
alto contenido emocional para la población, sobre todo si la
acción terrorista produce víctimas o destrucción.
Se considera como “acto terrorista” la actividad violenta que
realiza una organización no estatal guiada por una motivación
política, religiosa o ideológica.
La violencia terrorista ha cambiado desde las últimas décadas del
siglo XX al siglo XXI. Durante la segunda mitad del siglo XX es-
tuvo ligada a reivindicaciones nacionales o ideológicas y, en
gene- ral, ejecutada por grupos reducidos y con acciones muy
violentas (secuestros, bombas y asesinatos en espacios públicos).
La violencia terrorista fue llevada adelante por grupos nacionalis-
tas como Septiembre Negro (palestinos), ETA (vasco), IRA
(nacio- nalismo católico de Irlanda) entre otros. También las
guerrillas que perseguían objetivos ideológicos, muy activas en
los años de la dé- cada de 1970 llevaron a delante acciones
terroristas. Entre ellas, se puede nombrar Montoneros en la
Argentina, las Brigadas Rojas en Italia, las Baader-Meinhof en
Alemania y en los años 90, Sendero Luminoso en Perú; estos
grupos armados buscaban la instauración de un nuevo orden
social a través de estrategias terroristas.
En el siglo XXI se sumaron grupos religiosos radicalizados cuyo
accionar ha tenido un fuerte impacto en la agenda mundial,
princi- palmente, de la mano del llamado fundamentalismo
islámico, pri- mero con la organización Al Qaeda, y hoy en día
con el grupo ISIS. Este tipo de terrorismo incorpora una novedad
con respecto al que
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
país de origen y sus escenarios son cambiantes según la
coyuntura y las posibilidades de organizarse.
Como ejemplo se puede mencionar los ataques a las Torres
Gemelas en Estados Unidos en 2001, los asesinatos de los
humoristas de la re- vista francesa Charlie Hebdo (2015) o el uso
de una camioneta para atropellar peatones en la rambla de la
ciudad de Barcelona (2017). Pero este método no fue privativo
del radicalismo islámico. Tam- bién existen grupos antiislam
como el que produjo la masacre en dos mezquitas en Nueva
Zelanda (2019) con más de cincuenta muertos.
El terrorismo busca, mediante la utilización del terror (o solo
la amenaza de su uso), conseguir objetivos que una persona o
gru- po consideran que por otra vía no serían posibles de
alcanzar.
El concepto “terrorismo”, como suele suceder, tuvo variaciones a
lo largo del tiempo. En sus inicios estuvo asociado con un
periodo particular de la Revolución Francesa, conocido como “el
terror” y por eso, hacía referencia a acciones cometidas por el
Estado. Esto luego cambió y el concepto comenzó a referirse a la
violencia cometida por actores no estatales. Para poder distinguir
los fenó- menos, la violencia ilegal que se aplica desde el Estado
ha sido definida con otra categoría que es la de “terrorismo de
Estado”.
El terrorismo de Estado
El terrorismo de Estado es un tipo especial de terrorismo. Su
tagonista –el que ejerce el terror– no es un grupo extremista ni
personas que buscan imponer una religión o idea por la fuerza.
El
terrorista en este caso es el Estado.
Que el Estado sea quien ejerce la acción terrorista implica una si-
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
tuación muy delicada ya que produce la convivencia de un
Estado
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
formal y otro “clandestino”. La idea toda de Estado se transforma
debido a que la coerción no es un recurso para superar alguna si-
tuación circunstancial, ni es legal o legítima. El Estado se
transfor- ma en “Estado terrorista”.
Por otra parte, las acciones terroristas no son fruto de un error o
de un acto de locura momentánea de algún agente público, sino
que son producto de un plan sistemático y planificado para lograr
ob- jetivos vinculados con el poder. El Estado, al violar las leyes
(que debería cumplir e implementar), contradice su propia
existencia. Como vimos en los primeros capítulos de este libro,
en los textos de Talavera y García, uno de los objetivos del
Estado en cuanto organización social es la de proteger y velar por
la seguridad de la sociedad. La sociedad delega en el Estado
poderes especiales para lograr estos objetivos y también en
función defensiva (por ejemplo, frente a un posible ataque
exterior) o para garantizar el cumplimiento de la ley.
La sociedad le reconoce al Estado el uso monopólico de la
legítima como un instrumento y atributo propio de su condición
tEn una sociedad, la policía puede usar armas, en cambio un
ciu- dadano debe conseguir permisos especiales del Estado para
hacerlo. Los cuerpos de seguridad (gendarmería, prefectura,
policía) pue- den matar, allanar propiedades privadas y detener
personas en el marco de la ley, pero los ciudadanos no pueden
hacerlo excepto en situaciones muy particulares.
El Estado, entonces, tiene la posibilidad de usar la violencia y
es uno de los atributos que lo define como Esto implica que
la sociedad reconoce el poder monopólico del uso de la violencia
como legítimo siempre y cuando esté regulado por la ley.
El uso de distintos tipos de acciones violentas y represivas por
parte del Estado al margen de lo que establecen las leyes implica
un ejercicio abusivo del poder otorgado por la sociedad, lo que
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
significa ir en contra de las condiciones de existencia del Estado
como organización social.
Esto es así porque quienes deben hacer valer la ley, actúan al
margen de ella en forma sistemática. En muchos casos, el
rismo de Estado obstaculiza la actividad judicial para lograr im-
punidad ante posibles acciones (véase el Capítulo 8 de
V. Beyreuther).
Paradójicamente, el terrorismo de Estado
Esto se observó claramente durante la dictadura argentina
iniciada en 1976 (Romero, 2017).
En esos casos, quienes utilizan la violencia ilegal sostienen que
no se trata de una guerra “convencional” y por eso las formas
usuales de la guerra –por ejemplo, las que otorgan garantías a los
prisione- ros– tampoco son utilizadas. En una guerra no
convencional, argu- mentan, la acción estatal no estaría sujeta a
las normas que marcan los tratados internacionales en la materia.
Pero el Estado, al realizar acciones que violan la ley, utiliza pro-
cedimientos y estrategias de los grupos que combate. Por
ejemplo, en las actividades de inteligencia, trata de obtener
información de cualquier modo, que termina siendo de un único
modo: la tortura y la coacción a través de los métodos más
aberrantes.
Esa posibilidad de anticipar
la amenaza convertiría en razonable y aceptable procedimientos
que se descargan sobre la sociedad civil que en otras coyunturas
serían inaceptables por la población.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
El terrorismo de Estado es una de las peores formas de vio-
lencia política, no solo porque se ejerce sobre personas que
no pueden defenderse, sino porque viola ese “contrato”
original entre una sociedad y el Estado.
le
Elconcede contra
Estado no debeella misma. Posiblemente
transgredir la ley y usar lasea esa laque
fuerza regla
la
ro uno en la relación entre sociedad y
El terrorismo de Estado en la Argentina
En la Argentina, durante el siglo XX existieron diversos grupos
que produjeron actos terroristas. Por ejemplo, los grupos
anarquis- tas que predominaban a principios del siglo XX o las
guerrillas en la década de 1970 (Romero, 2017). Sin embargo,
esta sección se ocupará de los actos violentos e ilícitos cuya
responsabilidad son atribuibles a las instituciones del Estado.1
Durante las décadas de 1960 y 1970, América Latina fue
escenario de numerosos casos de terrorismo de Estado. Esto se
acentuó a partir de la aplicación de la llamada Doctrina de la
Seguridad Na- cional que se impartía en la Escuela de las
Américas (escuela del Ejército de los Estados Unidos).2
1. En esta categoría no solo se incluye a los Estados que persiguen a sus ciudadanos por
cuestiones políticas, sino también a las dictaduras involucradas en “limpiezas étnicas”, como ha
ocurrido en los Balcanes o en las antiguas repúblicas soviéticas o religiosas.
2. La Doctrina de la Seguridad Nacional surge en el contexto de la Guerra Fría en Occidente y es
promovida por Estados Unidos con el objeto de impedir el avance del comunismo en los países de
América Latina. Las Fuerzas Armadas nacionales cuyo rol institucional era la defensa de la nación
ante un conflicto externo, comenzaron a asumir el papel de defender a la sociedad de aquellas
orga- nizaciones armadas que perseguían subvertir el orden tradicional. Para ello algunos
representantes de las Fuerzas Armadas de América Latina eran enviados a Panamá a la Escuela de
las Américas fundada por Estados Unidos para ser adoctrinados y alcanzar un alto nivel de
“profesionalismo” y
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
En la Escuela de las Américas participaron y se entrenaron
numerosos militares latinoamericanos que luego se encargaron de
implementar la violencia del terrorismo de Estado en sus
respectivos países. La excu- sa para la violencia ilegal
erradicar la era
siempre la misma:
comunista que representaba la existencia de la Unión
En el caso de la Argentina, la violencia se había instalado en los
años 70 con el surgimiento de proyectos autodenominados “revo-
lucionarios” que empleaban la lucha armada como estrategia po-
lítica, tal fue el caso de los Montoneros y del Ejército Revolucio-
nario del Pueblo (ERP), entre otros (Romero, 2017). La violencia
estatal, por otra parte, inició con el asesinato ilegal de dieciséis
presos políticos en una base militar de la Marina de Guerra en la
ciudad de Trelew en 1972 (Romero, 2017).
Posteriormente, la violencia paraestatal se estructuró en el marco
del enfrentamiento armado entre la izquierda y la derecha
peronista, esta última protegida por sectores de las Fuerzas
Armadas y de seguri- dad. Esto derivó en que se combinara la
acción estatal con la de los grupos paramilitares en la conocida
como Triple A (Alianza Antico- munista Argentina) cuyo
accionar produjo centenares de muertos.
… el golpe halló justificación pública […] en el clima de
guerra civil que tanto las organizaciones guerrilleras como
las bandas parami- litares y las propias Fuerzas Armadas y
de seguridad ayudaron a instalar en el país desde principios
de 1975 (Novaro, 2006: 69).
Desde el Estado, y antes del golpe ocurrido el 24 de marzo de
1976, este proceso fue acompañado con la sanción de medidas le-
gislativas tales como el estado de sitio.3 A tal punto esto era así,
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
mejor capacitación en el mantenimiento de la seguridad interna. Personajes claves de las
dictaduras latinoamericanas asistieron a esos cursos y fueron protagonistas en la implementación
del Plan Cón- dor que se aplicó en los países de la región para combatirlos.
3 Estado de sitio: es un régimen de excepción ante situaciones de peligro interno que figura en la
Constitución
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
que el gobierno de Isabel Perón encomendó a las Fuerzas
Armadas “aniquilar” a la guerrilla a partir del inicio del
Operativo Indepen- dencia en Tucumán a principios de 1975
(Romero, 2017).
El éxito logrado por parte de las Fuerzas Armadas les permitió
aplicar a escala nacional el modelo de Estado “contrainsurgente”
basado en el terrorismo de Estado. La aplicación de tal grado de
violencia ilegal a partir de 1976 llegó a límites nunca vistos en la
historia del país.
La desaparición forzada de personas y la apropiación y
cambio de identidad de niños secuestrados o nacidos en
cautiverio for- maron parte de un plan sistemático, como
quedó demostrado en el juicio a las Juntas militares que acabó
con la condena de los responsables máximos de aquellas
acciones.
En este sentido, es necesario marcar la participación de sectores
civiles en procesos de este tipo. El terrorismo de Estado fue
solo responsabilidad de las Fuerzas Armadas y otros cuerpos de
seguridad de un Estado. Hubo grupos minoritarios que fueron
di-
rectamente beneficiados con la imposición a la sociedad de
deter-
minado modelo político y económico.
Por ello, los militares contaban con amplio respaldo de sectores
im- portantes del empresariado, de gran parte de la cúpula
eclesiástica y de un sector del abanico político (Franco, 2012).
Impactó fuerte- mente en la sociedad el discurso de las Fuerzas
Armadas en el que se aseguraba que era una guerra que
trascendía el plano de la política ya que el triunfo de las
organizaciones armadas, por su ideología comunista, atentaría
contra el orden aceptado de la “civilización
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Nacional y es dictado por el Poder Ejecutivo y aprobado por el Congreso. En esa coyuntura, en la
que pue- den actuar las Fuerzas Armadas para poner fin a la situación, las garantías
constitucionales quedan suspendi- das y el presidente puede ordenar el arresto y traslado de
personas dentro del territorio nacional.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
occidental y cristiana”. Según las Fuerzas Armadas, se trataba
mente
salvar el
a laestilo de vida
nación de unque caracterizaba
enemigo a nuestraalterar negativa-
que se proponía
Gran parte de la sociedad toleró –y muchas veces acompañó–
estos hechos realizados por los gobernantes. La situación de caos,
violencia y crisis durante el gobierno de Isabel Perón crearon las
condiciones para que el golpe militar apareciera como la solución
(Romero, 2017). Ese consenso era una condición indispensable
para conformar un go- bierno que, con un alto grado de
estabilidad, pudiera concretar el ob- jetivo de cambiar para
siempre a la sociedad argentina (Leis, 2013; Fernández Meijide,
2013). Comolasmarca el Capítulo
dictaduras 8 denecesitan
también Verónicalegitimidad
Be- yreuther,
para
en el tiempo y la logran ofreciéndose como las posibles
ante problemas difíciles de resolver o coyunturas
Pero el apoyo a la dictadura no fue de toda la población.
Civiles y militares tejen la trama del poder. Civiles y militares
han sostenido en la Argentina un poder autoritario, golpista y
desaparecedor de toda disfuncionalidad. Y sin embargo, la
tra- ma no es homogénea; reconoce núcleos duros y también
fisuras, puntos y líneas de fuga, que permiten explicar la
índole del poder (Calveiro, 2014: 10).
Las Fuerzas Armadas asumieron el disciplinamiento de la
sociedad a través de la adopción del régimen de desaparición de
personas.
No hay cuerpo de la víctima; puede haber testigos del
pero no hay un cuerpo material que testimonie lo sucedido. Con
toda claridad lo manifestaba públicamente el dictador Videla en
las entrevistas periodísticas.4
4. En una conferencia de prensa de Jorge R. Videla en 1979 frente a un grupo de periodistas afirmó:
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
“…
frente al desaparecido en tanto esté como tal, es una incógnita. Si el hombre apareciera, bueno,
tendrá
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Las consecuencias del terrorismo de Estado generaron también
una fuerte corriente opositora y no solo en los círculos cercanos
de las víctimas, sino también en parte de la opinión pública. Para
esto colaboraron dirigentes políticos, sindicales, intelectuales,
periodis- tas y organizaciones que ocuparon un lugar clave en la
lucha por la vigencia de los derechos humanos como las Madres
de Plaza de Mayo, las Abuelas, la Asamblea Permanente por los
Derechos Hu- manos, los Familiares de Detenidos y
Desaparecidos por Razones Políticas y el Movimiento
Ecuménico por los Derechos Humanos. También hubo gente
común y corriente que se opuso en silencio y que luego fue parte
de las importantes movilizaciones que partidos políticos y
sindicatos organizaron contra el gobierno militar y que fueron de
suma importancia para terminar con aquella dictadura. Todos
ellos fueron fundamentales en la lucha por la verdad y la justi-
cia cuando se inició el proceso de transición a la democracia en
1983.
Bibliografía
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un tratamiento X, y si la desaparición se concretara en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Z. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un
desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
12. GENOCIDIO, UN CONCEPTO
POLÉ MICO Y NECESARIO
Javier Hermo
Introducción
El concepto “genocidio” tiene su origen en la propuesta de
Raphael Lemkin, un ciudadano polaco de religión judía que en
1944 postu- ló este término para caracterizar las matanzas por
motivos raciales, de nacionalidad o religiosos.
Existen otros autores que, siguiendo estrictamente esta línea, pos-
tularon que el concepto debía ser reservado solo para aquellos ca-
sos en los que el odio racial o nacional es un componente clave
de una práctica sistemática de exterminio de poblaciones.
Este sería el caso del genocidio de los armenios por los turcos du-
rante la Primera Guerra Mundial y del holocausto del pueblo
judío por parte de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se planteó el problema
de cómo juzgar a los líderes nazis por sus prácticas de extermi-
nio masivo.1 Posteriormente, en 1946, la Asamblea General de
las
1. La solución que se reflejó en el Acuerdo o Carta de Londres (8 de agosto de 1945) fue la de definir
como “crímenes contra la humanidad” el “asesinato, exterminio, esclavitud, deportación y cual-
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Naciones Unidas dictó la Resolución 96 sobre el crimen de geno-
cidio que fue la base con la que se estableció la Convención para
la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, que fuera
también aprobada por la Asamblea General de las Naciones
Unidas.2
Las Naciones Unidas generaron una definición aplicable desde un
punto de vista jurídico y también político al igual que ocu- rriría
años después con el Estatuto de Roma de la Corte Penal
Internacional.
Se entenderá por “genocidio” cualquiera de los actos
menciona- dos a continuación, perpetrados con la intención
de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico,
racial o religioso como tal:
a) matanza de miembros del grupo;
b) lesión grave a la integridad física o mental de los
miembros del grupo;
c) sometimiento intencional del grupo a condiciones de
existen- cia que hayan de acarrear su destrucción física, total
o parcial;
d) medidas destinadas a impedir nacimientos en el seno del
grupo;
e) traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo.
Más allá de la definición jurídica, en el uso habitual de las ciencias
sociales –y en el lenguaje cotidiano se utiliza el
también– concepto
de genocidio para referirse a aquellas prácticas que buscan de
for-
ma intencionada la destrucción total o parcial de un grupo
humano,
sobre la base de razones raciales, nacionales, ideológicas,
políticas
o
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
sociales.
quier otro acto inhumano contra la población civil, o persecución por motivos religiosos, raciales o
políticos, cuando dichos actos o persecuciones se hacen en conexión con cualquier crimen contra
la paz o en cualquier crimen de guerra”. Esta fue la base que estableció el Estatuto del Tribunal de
Núremberg, que realizó los juicios contra los jerarcas nazis.
2. Resolución 260 A (III), del 9 de diciembre de 1948.
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El genocidio en la historia
La mayoría de los especialistas que han tratado el concepto de
ge- nocidio toman como punto de partida el siglo XX y, por lo
tanto, comienzan con el sufrido por el pueblo armenio a manos
de los turcos en 1915.3 Sin embargo, pueden rastrearse prácticas
de des- trucción total o parcial de grupos humanos que respondan
a la de- finición antes planteada desde mucho tiempo atrás.
Existen numerosas situaciones en la historia de la humanidad,
pre- vias al siglo XX y de las que, a continuación, solo se citaran
algu- nas, en la que se produjeron situaciones que hoy serían
calificadas como genocidio. Así, por ejemplo, se ha señalado que
tanto los persas como los romanos desarrollaron estas prácticas
con los pue- blos conquistados cuando estos se oponían a las
intenciones de los conquistadores.
También, las cruzadas emprendidas por los reinos cristianos de
Europa contra bizantinos, árabes, turcos, judíos y otros pueblos
que habitaban el Medio Oriente pueden ser contempladas como
genocidio.
Es el caso, asimismo, de muchas de las invasiones de origen
mongol, tanto las que arrasaron China, como buena parte del
Asia central, como las que llegaran hasta la misma Europa.
Desde luego que las guerras de religión desatadas en Europa a
partir de la reforma pro- testante del siglo XVI son también casos
en lo que diversos grupos se enfrentaron con la pretensión de
aniquilar o destruir al oponente. Al referirse a la enorme
mortandad de población nativa americana desde la llegada de los
europeos, se producen otras discusiones.
3. Como se ha adelantado, el genocidio armenio fue el primer caso registrado en el siglo XX y
consistió en la deportación forzosa y exterminio de la población armenia desde las tierras que
habi- taban en el territorio de la Armenia histórica hacia la isla de Cilicia, en un número que se
calcula en alrededor de un millón y medio de personas.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
En primer lugar, porque las prácticas de las distintas naciones eu-
ropeas en las colonias americanas no fueron exactamente las mis-
mas, más allá del común denominador de la colonización y con-
quista de territorios.
En segundo lugar porque se trató de un proceso dilatado durante
varios siglos, en el que intervino no solo la aniquilación directa,
sino también la diseminación de enfermedades desconocidas en
suelo americano y la esclavitud y servidumbre forzosas a la que
fueron sometidas los nativos, principalmente en la América espa-
ñola y portuguesa.
No obstante, la expansión de fronteras internas de los nuevos paí-
ses americanos durante el siglo XIX, particularmente en el caso
de Estados Unidos, la Argentina y, en menor medida Brasil,
conllevó una práctica sistemática de ocupación de territorio con
exterminio de la población nativa.
Esto cobra especial relevancia para el caso argentino por la discu-
sión abierta sobre cómo conceptualizar lo que la historiografía
ofi- cial había consagrado como “conquista” o “Campaña del
Desier- to, refiriéndose a la expedición comandada por el general
Julio A. Roca, que culminó en 1880 con la incorporación de los
territorios de la Patagonia y del Chaco al efectivo control del
Estado nacional argentino.
Pero esa situación no fue una característica exclusiva de América.
La expansión europea en Asia, Oceanía y África (el exterminio
masivo de población africana se produjo por su esclavización en
el continente americano, fundamentalmente, aunque también en
otros lugares) tampoco estuvo exenta de situaciones que pueden
ser calificadas como genocidio.
La “conquista” de la India, la “colonización” de Australia o la
aper- tura forzosa de China y Japón al comercio occidental,
fueron casos en los que estuvieron implicadas prácticas asociadas
al genocidio.
Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce
Durante el siglo XIX, en particular, coincidió con la expansión y
consolidación del Imperio Británico como principal potencia
mun- dial, con presencia en todos los continentes (como se ve en
las primeras páginas del libro de Luis A. Romero).
El genocidio en el siglo XX
Además del mencionado genocidio armenio cuando se iniciaba el
siglo XX, también se ha debatido acerca del uso del concepto de
genocidio para expresar lo sucedido en las matanzas que hubo
du- rante la Guerra Civil española y la continuación de estas, una
vez derrotada la República, por parte de la dictadura franquista
(véase el Capítulo 8 de V. Beyreuther).
En el mismo sentido, esta discusión se ha planteado con respecto
a las dictaduras militares latinoamericanas ocurridas entre las dé-
cadas de los años 1960 y 1980 (véase el Capítulo 11 de Graciela
Etcheves).
Particularmente, en Guatemala y la Argentina se desarrollaron
pro- cesos de juicio a los responsables de las matanzas sucedidas
duran- te las respectivas dictaduras militares. Sin embargo, en
otros casos, como Brasil, Bolivia, Chile y Uruguay, entre los más
notorios, las leyes de amnistía y las condiciones políticas y
sociales no permi- tieron que hubiera procesos judiciales contra
los responsables de prácticas similares en esos países.
De todas formas, esas prácticas de terrorismo de Estado han
sido señaladas como genocidios, en tanto se propusieron la
destrucción total o parcial de un determinado grupo humano
en función de su pertenencia política o creencias ideológicas
(Feierstein, 2007).
También hay muchos especialistas que plantearon que la idea de
definir a ciertas poblaciones como extinguibles en provecho de
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
otros, ya sea por esclavizarlas, por apropiarse de sus recursos o
territorios, puede incluirse dentro del concepto de genocidio.
Esto último incluye a campesinos y poblaciones nativas dentro de
diversas regiones del globo, tanto en el pasado como en la
actuali- dad y permite conceptualizar diversas situaciones, como
el conflic- to actual por la apropiación de tierras y recursos en el
Amazonas y los Andes en Sudamérica, o las luchas en el África
subsahariana en los que otrora fueran países pujantes, como
Somalía, Congo o Nigeria, por solo citar algunos.
Hoy en día, basados en la definición que ha sido consagrada por
la ONU, existe un amplio consenso respecto de muchos casos en
las que la definición de genocidio debe ser aplicada, como por
ejemplo, la masacre de los tutsis a manos de los hutus en Ruanda
y Burundi de 1994-1995, o las llamadas “limpiezas étnicas”
llevadas a cabo durante las guerras de desintegración de la ex-
Yugoslavia, también en la década de 1990, para hablar de casos
de fines del siglo XX.
El caso más conocido y más impactante por sus efectos simbóli-
cos y prácticos, que puso en foco la cuestión del genocidio, fue la
Shoá u Holocausto del pueblo judío a manos de los nazis y sus
colaboradores durante la Segunda Guerra Mundial. Se calcula
que fueron exterminadas seis millones de personas, la mayoría de
ellos de origen judío, aunque también fueron víctimas gitanos,
comu- nistas, homosexuales y discapacitados de distintas
nacionalidades y religiones.
Lo más destacado de este caso es el uso sistemático del método
científico y el cálculo racional para el exterminio, en lo que los
na- zis denominaron “solución final” y que fue precedida de
estudios para determinar la manera más eficiente, rápida y de
menor costo para proceder al exterminio.
Es por eso, que hay autores como Katz (1994), que afirman que
solo este caso puede considerarse propiamente genocidio, dado el
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carácter intencional, planificado y basado claramente en el odio
racial del exterminio, que buscaba ser absoluto, aunque no lo
haya logrado. Sin embargo, la lista es mucho más larga y muestra
que el genocidio está más cercano a nuestros tiempos de lo que a
veces queremos admitir.4
Todo lo sucedido en los campos de concentración supera de
tal modo el concepto jurídico de crimen que simplemente se
ha omi- tido considerar la específica estructura jurídico-
política en la cual se produjeron aquellos hechos. El campo
es el lugar en el cual se hizo realidad la más absoluta
condición inhumana que jamás se haya dado sobre la tierra:
esto es, en último análisis, lo que cuenta, tanto para las
víctimas como para las generaciones posteriores. [...]
… ¿Qué es un campo?, ¿cuál es su estructura jurídico-
política?,
¿por qué pudieron tener lugar acontecimientos similares?
Esto nos conducirá a observar el campo no como un hecho
históri- co y una anomalía perteneciente al pasado (aunque
eventualmente todavía rastreable hoy), sino, de algún modo,
como la matriz ocul- ta, el nomos del espacio político en el
que todavía vivimos.
4. Por ejemplo, en los genocidios africanos por parte de los europeos durante las “conquistas” de
territorio africano a principios del siglo XX, por parte de belgas, británicos, franceses, alemanes e
italianos; la hambruna en Ucrania en la década de 1930 y las deportaciones forzosas masivas y
exterminios por parte del gobierno de Stalin en la Unión Soviética; las masacres de la Guerra Civil
española y la posterior “limpieza” de “rojos” que ya se ha mencionado; las políticas de exterminio
desarrolladas por los japoneses en los territorios ocupados entre la Primera y la Segunda Guerra
Mundiales, particularmente en China y Corea; las bombas atómicas y los bombardeos masivos
sobre Japón y Alemania por parte de Estados Unidos en la Segunda Guerra; el aniquilamiento de
pobla- ción civil en forma masiva por las tropas estadounidenses en Vietnam; el apartheid
desarrollado en Sudáfrica y las condiciones de la vida de la población negra en los Estados Unidos
hasta bien entrada la década de 1960; la masacre sistemática desarrollada por los khmer rouge
durante el gobierno de Pol Pot en Camboya durante la década de 1970; la masacre, deportación
forzosa y penurias del pue- blo palestino desde la creación del Estado de Israel en 1947 a la fecha;
los ya citados genocidios de las dictaduras militares latinoamericanas durante las décadas de 1970
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
y 1980; los igualmente men- cionados casos de Ruanda y Burundi, y de la ex-Yugoslavia; son los
más notorios y mencionados de los registrados en el siglo XX.
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Estas reflexiones del filósofo italiano Agamben (1998) permiten
poner en perspectiva a los campos de concentración (como una
de las tecnologías más corrientes utilizadas en los genocidios), no
como una excepción, sino como algo constitutivo de las
sociedades humanas, que llega hasta nuestros días, al igual que
los genocidios.
El genocidio en la Argentina
Puede pensarse que el primer caso claro en el que puede aplicarse
el concepto, en lo que es hoy territorio argentino, es el del pue-
blo Quilmes, de los Valles Calchaquíes, que, habiendo resistido
la conquista española todo lo que pudieron, nunca se sometieron
por completo y participaron de una gran rebelión a fines del siglo
XVI. Al ser derrotados, fueron asesinados buena parte de las
mujeres y los niños sobrevivientes y los escasos mil doscientos
sobrevivien- tes fueron obligados a trasladarse hasta Buenos
Aires, a la reduc- ción de los Quilmes, que da origen al nombre
de esta población suburbana actual.
Desde luego que las instituciones coloniales como la mita, la
enco- mienda y el yanaconazgo también diezmaron a las
poblaciones indí- genas del Alto Perú y los territorios del Río de
la Plata, pero fue el ya independiente Estado argentino el mayor
responsable de una prác- tica sistemática de genocidio contra las
poblaciones nativas en la Patagonia y el Chaco durante la
llamada “Conquista del Desierto”.5 Los sobrevivientes fueron
reducidos a la servidumbre, a pe- sar de que ya la Asamblea del
Año XIII había prohibido tanto la
5. Esa campaña militar fue precedida de otras e incluyó elementos comunes a lo que fue la “Con-
quista del Oeste” en los Estados Unidos, cuya conocida máxima fue que “el único indio bueno es
el indio muerto”. En ese contexto se llegó a pagar por orejas u otras partes mutiladas de cadáveres,
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como forma de certificar la cantidad que habían exterminado los aventureros que precedían o
acom- pañaban a las tropas regulares.
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esclavitud de los niños hijos de esclavos como la introducción de
nuevos, lo que había sido ratificado y ampliado por la
Constitución Nacional sancionada en 1853-1860. Los que no,
fueron confinados a reservaciones en territorios inhóspitos, de
idéntico modo a lo que sucedió en los Estados Unidos.
Ya entrado el siglo XX, el caso más notorio de genocidio es el
per- petrado por la dictadura del pomposamente autodenominado
Pro- ceso de Reorganización Nacional, que buscaba parecerse –
hasta en el nombre– con el Estado oligárquico en la Argentina: el
momento culminante del Proceso de Organización Nacional,
nombre con el que se reconoce en la historia argentina al período
que va desde 1852 (batalla de Caseros y derrota de Rosas) a la
década de 1880, con la mencionada “Campaña del Desierto”, que
concluye con la presidencia del mismísimo general Roca, que la
había dirigido.
Del mismo modo,
Hay quienes no acuerdan con esta caracterización porque
prefieren una utilización más específica del concepto de
genocidio y sostie- nen que debe abarcar poblaciones más
numerosas que las víctimas directas e indirectas de la dictadura.
La discusión que se abre, entonces, es si el número influye para
considerar qué tipo de prácticas se trata. Lo que es muy dudoso e
introduciría la arbitrariedad para medir cuántas muertes pueden
ser consideradas genocidio.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el
Conclusiones
El genocidio es un concepto que sirve para caracterizar situaciones
en las que se pone en riesgo la continuidad vital de grupos
que tienen características Estas características comunes
pueden ser étnicas, religiosas, de nacionalidad, políticas o ideoló-
gicas. Las formas de poner en riesgo a esos grupos sociales
pueden ser diversas: a través de prácticas que buscan su
aniquilación total o su neutralización y desaparición como factor
relevante en el lu- gar donde lo eran.
Se trata tanto de la eliminación física como simbólica y subjetiva
de un grupo social que es caracterizado por otros como amenaza-
dor, indeseable o enemigo. Esto puede suceder tanto en épocas de
guerra como en momentos de aparente “paz”, lo que implica que
el conflicto no es visibilizado como tal.
Por eso, además de la definición jurídica de genocidio y de crí-
menes de lesa humanidad, es importante la visibilización de estas
prácticas a través de la memoria y la toma de conciencia sobre
estos fenómenos, lo que permite el repudio generalizado y limita
las posibilidades de presentarlo como si se tratara de
“operaciones neutras”, o de eliminación de peligrosos enemigos.
Esto implica presentar a las víctimas como victimarios y
legitimar el accionar de los auténticos victimarios: los genocidas.
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