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LAS RELIQUIAS VINCULADAS AL CRISTIANISMO EN ESPAÑA

RESUMEN
PALABRAS CLAVE
INDICE
METODOLOGIA
CONTEXTO
INTRODUCCIÓN
En el contexto Español, buena parte de los bienes culturales poseen una gran vinculación
con la religión Cristiana. Así pues, para una correcta comprensión de estos, se debe
ahondar en la iconografía vinculada al cristianismo. De gran relevancia en esta religión
son los Santos y el estudio de sus vidas (hagiografía), y por supuesto las reliquias
vinculadas a ellos y todo el culto y peregrinaje que las envuelve.
El culto a los mártires y santos en el cristianismo
Acorde a Jose Enrique Pasamar Lazaro (2002), el culto a las reliquias está ligado al culto
a los santos, es más, el culto a los santos comienza con el culto dado a sus reliquias. A
pesar de esto, Para una más óptima comprensión, se ha planteado un acercamiento
general y un posterior encauzamiento hacia sus partes.
La Iglesia presenta a los santos como instrumentos favorecidos por la gracia divina, un
estímulo para seguir su vida ejemplar, imitando sus virtudes y practicando su mensaje.
Esta veneración se da desde los mismos orígenes de la Iglesia, primero a los mártires, y
después a los santos confesores. Es ya desde el siglo I que las iglesias locales celebraban
el día de la muerte de los considerados sus mártires, usualmente en las cercanías de sus
tumbas, pues eran consideradas símbolo de protección divina e incluso de lugar de
peregrinación. Los cristianos exponían sus reliquias, a modo de nexo de unión de lo
terreste con lo para ellos considerado divino, llegando incluso en ocasiones especiales, a
celebraciones procesionales de las mismas.
Para una mejor comprensión de lo considerado como santo, se va a seguir la terminología
empleada por Rafael Gonzalez Fernandez (2000) que lo aborda en primera instancia
desde un lenguaje pagano y posteriormente con una perspectiva cristiana.
Lenguaje pagano
El termino sanctus originalmente, califica a las cosas, hombres y dioses primando la idea
de respeto religioso. Posteriormente se concibe como santo a lo que está protegido por la
autoridad. A modo de ejemplo los juristas romanos califican res sanctae a las murallas y
puertas de las ciudades.
Fuera del ambiente público el término que suele aparecerse es vir sanctus, que denota un
cierto grado de perfección moral. Así pues, la palabra sanctus implica generalmente una
vida irreprochable. El término sanctus se aplica con frecuencia a los dioses.
Lenguaje cristiano
El termino santo en el ámbito cristiano, posee un uso ceremonial y religioso. Se puede
decir que sanctus conviene a todos aquellos que ocupan un rango social distinguido. Lo
usan los emperadores tanto paganos como cristianos y los obispos. El uso religioso está
determinado sobre todo por la terminología bíblica, haciendo alusión a algo que se ha
separado de su condición común, pues está consagrado a Dios.
Los dos usos, el ceremonial y el religioso, se unieron para converger en el título oficial de
los mártires, A partir del momento en que el vocablo empezó a utilizarse con estos, su
significado se modificó radicalmente. El martir se convierte en la marca suprema de
respeto, el homenaje del culto público. A partir de ese momento “santo” y “objeto de
culto” van a ser sinónimos. Como término técnico este será el significado de Sanctus.
Origen del culto a los santos
En la antigüedad clásica la muerte se convertía en una frontera inquebrantable,
separando al hombre y sus dioses. Por el contrario, desde la perspectiva cristiana, esa
impenetrable barrera se rompe. Esto sucede con los mártires, pues al morir como seres
humanos, siguiendo a Cristo y fieles a su mensaje, obtenían posteriormente el acceso a la
gloria del paraíso y a la vida eterna. Así pues, el santo establece un contacto entre el cielo
y la tierra (R.G. Fernández, 2002).
Sin embargo, la concepción del santo en el cristianismo, no se aleja por completo de la
mentalidad religiosa pagana. De hecho, se puede encontrar una considerable correlación
entre el mártir cristiano y el culto a los héroes antiguos. Es posible que esta
cristianización de modelos paganos fuera motivada en cierta medida por dar cabida en un
nuevo contexto religioso, a unos fieles nacidos y formados en un universo cultural y de
religión pagana.
En los primeros años del siglo XX Saintyves (1907) y Lucius (1904) propugnaban que
los mártires y los santos eran considerados para la mentalidad popular como los sucesores
de los dioses y héroes paganos, postura que ya en el [Link] Gibbon había planteado al
reprochar a la Iglesia de haber restaurado el politeísmo en el momento de favorecer el
culto de los santos. Sin embargo, existían también abanderados de una postura totalmente
contraria, como el caso de Delehaye, que negaba completamente la influencia del mundo
pagano en el cristianismo. También, Ward-Perkins y Klauser fueron contrarios a estas
posturas, afirmando que el culto a los héroes había desaparecido durante el Imperio
Romano y que, en consecuencia, era imposible toda influencia en los modelos cristianos.

Este debate no se dio por concluso; así, André Grabar (1968) atendió al paralelismo y
continuidad en el espacio entre los heroa paganos, pequeños monumentos construidos
sobre las tumbas de los héroes y los martyria cristianos, capillas en las que se honraba la
memoria del mártir mediante diversas ceremonias, ofrendas y exposiciones de sus
reliquias.
En su obra “el culto a los héroes, Nock, (1944) entre las similitudes, destaca la
concepción del mártir como luchador victorioso en vida contra las potencias demoníacas,
victoria que con su muerte se asegura para la posteridad y la idea de héroe. Richardson
(1985), otro estudioso del cómo se concebía la vida tras la muerte en el mundo griego,
reconoce lo que él considera sorprendentes paralelismos: principalmente el culto a las
reliquias. Así pues, la ayuda del héroe en cuestión solo es asegurada con el poseer de sus
restos; llevando al desmembramiento d su cuerpo para el traslado a distintas partes. Si
bien esto es cierto, y retomando con la propuesta del comienzo del apéndice, existen
sustanciales diferencias como señala [Link] (1981); y es que el héroe pagano no posee
la capacidad de interceder por la salvación de los fieles y creyentes, ya que el mismo
carece de eternidad y posibilidad de redimirse. Por el contrario, el martir adquiere la
salvación eterna, la inmortalidad, el don profético, siendo además intermediario e
intercesor entre los seres humanos y Dios para obtener su misericordia. San Agustín les
definía como inviolables e incorruptibles. Como testigos de cristo, su vida se basaba en el
valor, la intrepidez, voluntad, nobleza y, en definitiva, en el triunfo sobre la muerte y el
sufrimiento como renuncia. El vínculo con una eternidad prometida y la resurrección de
los cuerpos, hizo especialmente atractivo para los fieles, cristianos o no, la veneración por
los restos mortales de los mártires.
Sea como fuere, estos santos fueron propugnados por algunos grandes personajes ya a
partir del [Link] como paulino de Nola y Ambrosio de Milan, que propusieron a los fieles y
a las comunidades cristianas tomar como intercesores a estos hombres y mujeres que
habían merecido con su fe heroica tener a Dios como protector personal.
“En una sociedad al borde de la desintegración en la que los individuos estaban
angustiados por perder su identidad y libertad, los santos podían restituir la confianza y
ofrecer perspectivas de salvación a la vida cotidiana” (R.G. Fernandez,2002)
La más relevante obra hagiográfica (acerca de las vidas de los santos) de este periodo, la
Vita Martini (vida de San Martin de Tours, muerto en 397), redactada por Sulpicio
Severo a principios del siglo V. En ella triunfa el ideal de perfección del ascetismo
galorromano. Sulpicio Severo, a diferencia de la hagiografía oriental cuyos héroes
raramente son sacerdotes, pone el acento en el carácter sacerdotal de su personaje. Así
pues, desde su origen, la santidad occidental se revistió de un carácter eclesiástico,
enfocado en el sacerdocio y la organización eclesiástica. Estos mártires que habían
dado su sangre por la fe en Dios, continuaban, de algún modo, viviendo entre nosotros a
través de la reliquia: lo que permanece.

Las reliquias
La Iglesia reconoce tres clases de culto: el de latría o adoración exclusivo de Dios; el de
hiperdulía o veneración exaltado al máximo, rindiendo culto a la Virgen María
(establecido en el Concilio de Éfeso); y, el de dulía o veneración rendida a los santos.
Dentro de este apartado se encaja el culto a las reliquias. (A.M. Molina, 2015)
Reliquiae son los restos. Así reliquiae pugnae o reliquiae cibi como supervivientes de la
lucha o despojos de la comida. Tras Cicerón aparece el término asociado a las cineres
del cadáver tras la incineración. El diccionario de la RAE define reliquia como residuo
que queda de un todo. Deriva del latín reliquiae (los restos) y tras Cicerón aparece el
término asociado a las cineres (cenizas) del cadáver tras la incineración, vinculando así
el termino al cuerpo humano. Ya con la religión cristiana, se asociará con una parte del
cuerpo de un santo o aquello que, por haber tocado ese cuerpo, es digno de veneración.
El culto a las reliquias ha sido uno de los elementos más característicos y llamativos del
cristianismo desde sus orígenes, pudiendo concluir que ha resultado un elemento
particular de esta religión. Sin embargo, esta tipología de culto se remonta muy atrás en el
tiempo.
Como los enterramientos, los rumores sobre el poder de los muertos surgieron muy
pronto en la historia religiosa de la humanidad. No hay religión, que haya sido inmune en
el pasado a una u otra forma de culto a las reliquias. Incluso tradicionalmente como el
judaísmo y el hinduismo, que condenan la manipulación prolongada de los cadáveres,
han tenido reliquias de algún tipo. Incluso las escrituras hebreas hablan del poder
sobrenatural de los huesos.
Resulta imposible determinar cuándo se comenzó la práctica de guardar y venerar los
restos de determinados difuntos, aunque probablemente posea una mayor antigüedad que
ninguna otra de las prácticas religiosas que han sobrevivido hasta nuestros días. No se
sabe si fueron ritos funerarios los que precedieron a la veneración de las reliquias o
viceversa, pero la existencia de una cosa condujo de forma natural a la otra.
Los egipcios conservaban a reyes a quienes consideraban dioses, mientras que los
pobladores del Japón prebudista desarrollaron un método de auto momificación que
creaba estatuas, vivientes en su día, adoradas como imágenes de la eternidad.
Buena parte del desarrollo de este rito se desarrolla en la antigua Grecia, cuando sus
gentes adoptaron la costumbre de preservar parte de los soldados muertos en combate
por motivos espirituales, a modo de devoción religiosa. En la antigua Grecia, la
veneración a las reliquias estaba asociada a los héroes mitológicos. Así pues, ya se
conservaban despojos corporales, como los huesos gigantescos atribuibles a Teseo u
objetos de uso como armas, instrumentos musicales, ornamentos... La lanza de Aquiles
se hallaba en el templo de Atenea en Phaselis; y el yelmo y lanza de Odiseo en el
templo de la Diosa Madre en Engyon. También existían reliquias vinculadas a las
divinidades, de igual manera que en el cristianismo las hay directamente ligadas a
Cristo. En Delfos, se mostraba la roca que el propio Cronos se habría tragado en lugar
de su hijo Zeus.
Existía también la costumbre en Grecia de asociar tumbas (con reliquias) de ciertos
personajes míticos a templos donde se les veneraba y visitaba. En escritos de Pausanias,
se referencias estas tumbas, orgullo de las ciudades donde estas se hallaban. Este tipo de
testimonios solían presentar un común denominador, pues en estos se atestigua la
presencia de un oráculo indicando el enclave de las reliquias, la ordenación de su
traslado y el erguimiento de un recinto sagrado (Santos J.V., 2023)
Junto a los héroes aparece el valor colectivo del culto a los antepasados que según
Buxton (2000) llega a ser superior al de los propios héroes. Una prueba de ello es el
tratamiento que recibían los caídos y los ciudadanos ilustres en la Atenas democrática
enterrados en el demosion sema, un cementerio público de los siglos V y IV a.C.
Era pues costumbre este tipo de acciones, a pesar de lo restrictivo que era para griegos y
romanos el permitir tumbas dentro de las ciudades.
En determinadas culturas indígenas de América, los restos de enemigos muertos en
combate servían de alimento con la creencia de que así se adquiría la fuerza y poder del
fallecido.
En África solían incinerar los cadáveres de los contrincantes y las cenizas se guardaban
en bolsitas que se colgaban al cuello a modo de amuleto.
En Asia ha existido también una cierta tradición relicaria. Se cuenta que, al morir
Gautama Buda, se recogieron los restos de su cuerpo incinerado, se repartieron sus
cenizas entre ocho reyes, y se construyeron templos para guardar aquellas reliquias. Estos
templos se convirtieron en lugares de multitudinarias peregrinaciones.
Atendiendo ya a la religión Cristiana, este culto a las reliquias, tiene su origen en el
siglo IV. El edicto de tolerancia del 313 supuso la rápida cristianización de las clases
dirigentes y desde ese momento, para afianzar su poder, Constantino y sus sucesores
rastrearon y localizaron cuantos restos que permitían conectar con las historias de los
dos Testamentos. La presencia de las reliquias sacralizaba los espacios que las
custodiaban siendo un elemento imprescindible en la configuración litúrgica y
devocional del templo cristiano. Ese afán por custodiarlos y controlarlo, relegó un
segundo plano posibles escrúpulos relativos a su desmembramiento y dispersión.
La creencia en la reunión del alma con el cuerpo resucitado en el juicio final dotaba de
gran valor a los restos físicos de quienes habían imitado la pasión de Cristo y gozaban de
la presencia del Padre. Como hemos visto con los héroes paganos, los mártires unían y
conectaban dos mundos, el humano y el divino (Brown, 1982: 3-9).
El completo del imperio se llenará entonces de basílicas y monumentos a mártires
locales, nuevos emblemas de romanidad, donde confluirán tanto peregrinos como gran
cantidad de recursos económicos (Brown, 2016: 23-27).

TIPOLOGÍA DE LAS RELIQUIAS


Existe una jerarquía que regula la tipología de las reliquias. Así pues, las más apreciadas
son las que se relacionan con Cristo, en concreto la Vera Cruz (lignum crucis), el
sudario, y los clavos de la pasión. Las siguientes a destacar son las de los santos, estas
podían ser el cuerpo en su totalidad o, mediante la partición de los restos en
fragmentos del mismo. En el oriente cristiano, enseguida se tomo la licencia acerca de la
partición del cuerpo. Por el contrario, en occidente las reticencias a la fragmentación de
los cadáveres se mantuvieron (según la legislación romana de inviolabilidad de los
sepulcros). El documento más relevante a este respecto es la epístola del papa Gregorio
Magno excusándose al no enviar la cabeza de San Pablo. Este rechazo, pervivió en
occidente, al menos hasta mediados del siglo VII.
Al cuerpo como reliquia, le siguen los objetos pertenecientes a estos santos; como
utensilios, vestidos, manuscritos, y en general cualquier objeto que haya estado en
contacto con sus cuerpos o con sus sepulcros. Acorde a Pedro Castillo Maldonado: “su
poder se basaba en el principio de contacto, pues el principio de la adquisición de los
poderes a traves del contacto prolongado con el martir generaba estas reliquias”.
Eran también reliquias de carácter milagroso, el aceite de las lámparas que se encendían
delante de los cuerpos de los santos y los objetos de tortura empleados sobre el martir,
como las ataduras empleadas en los calabozos para retener sus cuerpos.
Los lugares en que los mártires habían vivido fueron considerados como reliquia,
erigiendo en muchas ocasiones basílicas sobre ellos. A pesar de esto, los lugares
preferidos para levantar templos eran aquellos donde había tenido lugar la muerte de los
santos. El Código de Derecho Canónico, dispone que “la Iglesia promueve el culto
verdadero y auténtico de los santos, con cuyo ejemplo se edifican los fieles, y con cuya
intercesión son protegidos” (Canon 1186). Ahora bien, una correcta gestión acerca de
este tema, requiere asegurar la autenticidad; impedir el excesivo fraccionamiento de las
reliquias; advertir a los fieles que no caigan en la manía de coleccionar reliquias; y
mantener una actitud vigilante para evitar fraudes, comercio y degeneraciones
supersticiosas.
El carácter de la reliquia condicionaba el tipo de lugar.
Puede resultar útil distinguir entre lo que se podrían llamar lugares santos primarios y
lugares santos secundarios.
- Lugares santos primarios: los epicentros desde donde se expanden los cultos. Cuentan
con las reliquias más importantes. Frecuentemente es un lugar único coincidente con la
tumba del mártir. Sin embargo no siempre es así. La importancia de determinadas
reliquias puede hacer que los lugares santos primarios sean diversos.
- Lugares santos secundarios: aquéllos fruto de la extensión de las reliquias,
determinando los vectores de expansión cultual. Es cierto que la difusión de un culto no
precisa necesariamente de la presencia de reliquias foráneas, pero sin duda su existencia
era lo que generaba lugares santos y contribuía en mayor medida a la popularidad de
una veneración concreta.
En consecuencia, cabe hablar de distintas categorías de reliquias no sólo por su origen
(más o menos lejano) y naturaleza, sino también por su trascendencia. Igualmente, las
reliquias condicionan el tipo de lugar santo. En todos ellos se podían generar milagros,
sin embargo, los fieles establecían unas categorías de reliquias y, consecuentemente de
lugares santos. Los primarios eran sin duda más estimados, reuniendo unas
características peculiares.

RELIQUIAS EN EL CRISTIANISMO EN HISPANIA


En época visigótica, hasta donde nos llevan los testimonios, el culto está ya asentado en
Caesaraugusta, como relata María Victoria Escribano, Isidoro de Sevilla señala a
Zaragoza por ser la más ilustre que cualquier otra ciudad de la España visigoda “por las
sepulturas de sus santos Mártires”, aludiendo a los dieciocho supliciados bajo la
persecución de Valerio (258) a Engracia, víctima de Maximiano (303 ó 304), y también
las reliquias de Vicente, diácono de Valerio. De esas fechas proviene también la anónima
Pasión de los innumerables mártires cesaraugustanos, que con su relato pretende
consolidar un culto extramuros y proporcionar carta de veracidad histórica (Paniagua,
2010: 339; 349). En esta época se datan además las inscripciones sobre un sarcófago de la
actual iglesia zaragozana de Santa Engracia denominado receptio animae (sobre su plan
iconografico, cf. Mostalac, 2009: 113-5). Aunque a distinto ritmo, Caesaraugusta
presentaría un patrón de implantación del culto martirial semejante a los de Milán y
Roma. (Encuentra Ortega A. 2018)
Cada comunidad local rendía culto a sus santos. Por ejemplo dentro de Aragón, como
señala Francisco Beltrán, ya en el siglo IV se veneran las reliquias de los primeros
mártires zaragozanos en un pequeño templo cerca de la actual Basílica de Santa Engracia.
A partir del concilio Trento se procedió, de una forma más rigurosa acerca del culto a las
reliquias, exigiéndose una serie de condiciones:
– Asegurar su autenticidad, expidiendo las llamadas “auténticas”.
– Rendir el culto al santo y no a sus restos humanos o materiales.
– Rechazar el valor idolátrico y supersticioso.
– Utilizarlas sin ánimo de lucro, ni comercial.
El prestigio de las iglesias y santuarios se medía por la riqueza de los relicarios que
poseían. Los abusos de todo tipo generados por esta forma de devoción –coleccionismo,
falsificaciones, supercherías y numerosas supersticiones– fueron frecuentes. Parece que
las iglesias españolas, por lo menos en los primeros siglos medievales, no pudieron
competir con las europeas y orientales en cuanto a variedad y número. Sin embargo, a
partir del siglo XII, con el fenómeno de las Cruzadas y el aumento de viajeros que
visitan la Península y de los españoles peregrinos, las listas de reliquias de las catedrales
y de las iglesias serán cada vez más numerosa (A. M. Molina 2015), incrementándose
además, el desplazamiento de estas. En Aragón se dan dos casos llamativos de traslado
de reliquias:
- San Frontonio, uno de los mártires de Zaragoza, de quien se afirmaba que su
cabeza subió por el Ebro y el Jalón hasta llegar a Épila (en 1389), de donde es
patrono junto a san Pedro Arbués (Martón, 1991: 450-451).
- San Lamberto, situado en el siglo VIII, del cual se relataba que, una vez
decapitado, cogió su cabeza entre sus manos y fue desde el lugar de su martirio
en el actual barrio de Miralbueno hacia donde estaban enterrados santa Engracia.
Otras reliquias serán trasladadas algo más adelante en Aragón, pero en este caso
provenientes de Francia. San Demetrio, un mártir venerado en la Iglesia Ortodoxa, es
celebrado como patrón en Loarre (Huesca), pues allí llegaron sus reliquias traídas desde
Francia, y son veneradas en un relicario de finales del siglo XI. Según Blasco de Lanuza
se conservan en la iglesia desde 1505, pues antes lo estaban en el castillo. Relata
también este autor, que desde Francia pudo llegar el cuerpo de un san Florián venerado
en Bielsa (Huesca) y el de san Silvestre, que, junto con una costilla de santa María
Magdalena y un dedo de san Marcos, estaban en la iglesia parroquial de San Esteban de
Mall, en la Ribagorza (Blasco de Lanuza, 1998, v. I: 131-133 y 438-539.)
La villa zaragozana de Zuera celebra como patrón a san Licerio, relatandose que sus
reliquias llegaron en 1212 por un caballero francés que acudía al ejército de Pedro II de
Aragón para participar en la batalla de las Navas de Tolosa: al llegar al pueblo, las
campanas empezaron a sonar y sus habitantes se apropiaron de ellas.
Existen también casos de traslados dentro de la propia península, desde la zona andalusí
a los reinos cristianos. De este modo sucede con los restos de San Indalecio, que fueron
trasladados desde Almería a san Juan de la Peña en 1084, con asistencia del rey Sancho
Ramírez y de su hijo y heredero en 1096. Con la exclaustración sus restos fueron
trasladados a la catedral de Jaca, donde todavía se conservan en una urna de plata en el
altar mayor (J.R. Garcia. 2018).
Comentar también el traslado de los cuerpos de frailes franciscanos martirizados en
tierras islámicas por predicar el Evangelio. Es el caso de los beatos Juan de Perusa y
Pedro de Sassoferrato, que, después de vivir en Teruel, predicaron en Valencia y
recibieron la palma del martirio en agosto de 1228. Unos años después sus restos fueron
llevados sus restos a la ciudad aragonesa, de la que son considerados patronos y donde
se veneran en la iglesia de san Francisco.

La devoción relicaria sigue en aumento propagándose a la religiosidad popular, y


cobrando mayor importancia sobre todo en los siglos XVI y XVII. Juan Francisco
Esteban, presenta algunos casos más en Aragón:
Al declararse la peste en el pueblo oscense de Sallent en 1653, os escritos hablan de la
salvación gracias a la reliquia de Santa Quiteria, llevaba desde la localidad de Lanuza. Se
exponen también por esta zona las reliquias para pedir solución a las sequías de los años
1578-1579 y 1614-1615. Frente a esta sequía de 1615, multitudes de vecinos se juntaron
junto a más de 80 cruces parroquiales de otros tantos pueblos, y marchando al frente el
Cabildo de Huesca, se bajó en procesión la cabeza de san Victorián desde Montearagón a
la ermita de Salas. De igual manera se hacía con los huesos de Santa Orosia en Jaca y
Yebra de Basa, pues se especulaban con sus beneficios contra la peste, cegueras,
infecundidad…

RELICARIOS
Custodiar las reliquias de forma digna y exponerlas públicamente en el marco de las
celebraciones religiosas no era una elección, sino una obligación. La mayor o menor
riqueza del contenedor que las protegía dependía de la economía del propietario. En
muchas ocasiones los relicarios no solo evidenciaban la importancia de una reliquia,
sino que eran la expresión del prestigio y el poder de la institución a la que pertenecía.
El que una catedral, una colegiata, un monasterio u otro edificio de culto estuvieran en
posesión de una reliquia importante constituía un factor determinante para reafirmar su
posición en su entorno. la Seo del Salvador custodia el cráneo de San Valero, obispo y
patrón de la sede episcopal, desde la Navidad de 1170, momento en que fue transferido
desde su sepulcro en la catedral de San Vicente de Roda de Isábena (Canellas, 1989:
237-238, doc. nº 409). La realización del busto relicario que alberga esta reliquia, junto
a los de los diáconos San Vicente y San Lorenzo, obedece al mecenazgo de Benedicto
XIII, el Papa Luna, que tomó la decisión de costear estas tres lujosas piezas. A juzgar
por las inscripciones que lucen, los de San Valero y San Vicente estaban concluidos
para 1397 mientras que el de San Lorenzo no se habría ultimado hasta 1404.
Estos tres bustos, junto con el desaparecido de Santa Engracia, constituyen el punto de
partida para el desarrollo de esta tipología en Aragón (Borras, 1986: 221) que comenzó
apenas unas décadas después y llega hasta época barroca, siendo abundantes los casos
de piezas que se confeccionaron con la expresa intención de emularlas. A modo de
ejemplo, en 1509 los cofrades de las Once mil Vírgenes de Zaragoza, con sede en el
convento de Santo Domingo, pidieron al platero Martín Durán que les hiciera un busto
de Santa Isabel de Bretaña a imagen del de Santa Engracia (Criado, 2000: 235-236, doc.
nº 3).
Sin embargo, la reliquia más importante de la Zaragoza bajomedieval no es sino el
Sagrado Pilar que la Virgen había colocado en el punto en el que se apareció al apóstol
Santiago junto a la muralla de la ciudad para confortarle. Es a finales del siglo XIII
cuando la iglesia colegial de Santa María la Mayor empezó a recibir en los documentos
la denominación de Santa María la Mayor y del Pilar.
Ninguna reliquia podía competir con una columna traída personalmente por la Madre
De Dios y en torno a la que, según su voluntad, se habría construido una capilla que
se veneraba en el centro del claustro del complejo colegial.

BIBLIOGRAFIA
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2002, p. 97.
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cultural de Calahorra y su entorno, 2000, no 5, p. 161-186.
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- MALDONADO, Pedro Castillo. Reliquias y lugares santos: Una propuesta de
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- Nock, A.D., “The culto f Heroes”, HTR 37, 1944, 142-143.
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- Ramos, J. (2020). La España Sagrada. Historia y viajes por las reliquias cristianas.
Arcopress.
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de Lanaia y Quartanet., 1998.
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tardoantigua: Prudencio y Caesaraugusta.

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