Laicismo y Constitucion
Laicismo y Constitucion
Rafael Navarro-Valls
Alfonso Ruiz Miguel, Rafael Navarro-Valls Laicismo y Constitución
Laicismo y
Constitución
3
FUNDACIÓN COLOQUIO JURÍDICO EUROPEO
MADRID
Presidente
Ernesto Garzón Valdés
Secretario
Antonio Pau
Secretario Adjunto
Ricardo García Manrique
Patronos
María José Añón
Manuel Atienza
Francisco José Bastida
Paloma Biglino
Pedro Cruz Villalón
Jesús González Pérez
Liborio L. Hierro
Antonio Manuel Morales
Celestino Pardo
Juan José Pretel
Carmen Tomás y Valiente
Fernando Vallespín
Juan Antonio Xiol
Gerente
Mª Isabel de la Iglesia
2
Laicismo y
constitución
3
4
Alfonso Ruiz Miguel
Rafael Navarro-Valls
Laicismo y
constitución
5
© 2009 FUNDACIÓN COLOQUIO JURÍDICO EUROPEO
I.S.B.N.: 978-84-612-7457-4
Depósito Legal: M-33839-2009
1ª Edición 2008
2ª Edición 2009
Imprime: J. SAN JOSÉ, S.A.
Manuel Tovar, 10
28034 Madrid
6
ÍNDICE
3. La tendencia a la sobrecons-
titucionalización del modelo
legal y el Estado laico deme-
diado ................................. 51
7
III.- Neutralidad activa y laicidad po-
sitiva (Rafael Navarro-Valls) ....... 97
1. Introducción ........................ 98
8
12. Otras observaciones ............ 142
4. Inspiraciones y malentendidos
en la «buena teoría inicial»: neu-
tralidad y libre mercado de las
ideas religiosas ................... 160
9
1. Entre “trincas” anda el juego ... 190
2. De la optimización “a la ale-
mana” a la optimización “a la
americana” ........................ 191
6. De la “perversión” al “despro-
pósito”, pasando por la política .. 196
10
PRESENTACIÓN
1.
11
Norberto Bobbio1, no obstante su trabajo
también se ha encaminado por otros ámbitos,
como por ejemplo el de la metodología, donde
se ha referido esencialmente a la teoría del
conocimiento jurídico, pues a su juicio, sigue
estando vigente el problema del carácter cien-
tífico de los estudios sobre el Derecho. 2
1
Entre otras obras hemos encontrado las siguien-
tes: Filosofía y derecho en Norberto Bobbio (Centro de
Estudios Constitucionales, 1983). Y también artículos de
revistas como “Norberto Bobbio: un siglo XX europeo”
(en Claves de razón práctica, n. 141, abril 2004, pp. 44-
53); “Del derecho al poder: el camino central de la obra
de Norberto Bobbio” (en Doxa: Cuadernos de filosofía
del derecho, Nº 28, 2005 (Ejemplar dedicado a: Norberto
Bobbio y la filosofía del Derecho contemporáneo), págs.
59-71); “El método de la teoría jurídica de Bobbio” (en
VVAA, La teoria generale del diritto. Problema e tendenze
attuali. Studi dedicati a Norberto Bobbio, a cura di
Uberto Scarpelli, Milano, Edizioni di Comunita, 1983,
págs 387 a 411); “Norberto Bobbio y el debate de la
izquierda italiana” (en Revista de la Facultad de Derecho
de la Universidad Complutense, Nº. 59, 1980, págs. 7-
42); “Bobbio y el positivismo jurídico italiano” (en
Bobbio, Contribución a la teoría del Derecho, Valencia,
Fernando Torres editor, 1980 págs 15-58), “Democracia
y Socialismo en Norberto Bobbio” (en Sistema: Revista
de ciencias sociales, Nº 17-18, 1977, págs. 175-184).
2
“La dogmática jurídica: ¿ciencia o técnica?” en
Estudios jurídicos en homenaje al profesor Luis Díez-
Picazo / coord. por Antonio Cabanillas Sánchez, Vol. 4,
2002 (Derecho civil, derecho de sucesiones, otras mate-
rias), págs. 5649-5680.
12
jurídica. El concepto de Derecho exige una
profundización en el estudio de las funciones
que cumple un aparato con instituciones tan
complejas como los de la maquinaria jurídico-
política actual.
3
Una filosofía del derecho en modelos históricos:
de la antigüedad a los inicios del constitucionalismo, en
Trotta, 2002. Y artículos de revistas como por ejemplo
“La socialdemocracia”, en Historia de la teoría política.
Coord. por Fernando Vallespín Oña, Vol. 4, 1995 (His-
toria, progreso y emancipación), págs. 212-261.
4
“Los derechos humanos como derechos morales,
¿entre el problema verbal y la denominación confusa?” El
fundamento de los derechos humanos / coord. por Javier
Muguerza Carpintier, Gregorio Peces-Barba Martínez,
1989, págs. 321-326; “La teoría política del optimismo
obsesivo: C. B. Macpherson”, en Sistema: Revista de
ciencias sociales, Nº 52, 1983, págs. 45-64.
13
el ámbito ético-normativo, donde se profundi-
za en valores ético-jurídico generales, como
libertad, igualdad, seguridad, bienestar... 5
5
“En defensa de las cuotas electorales para la
igualdad de las mujeres”. Cuadernos de derecho judicial,
Nº. 5, 2007, págs. 345-366; “La ley contra la violencia
de género y la discriminación positiva”. Jueces para la
democracia, Nº 55, 2006, págs. 35-47; “La igualdad
política” en Derechos y libertades: Revista del Instituto
Bartolomé de las Casas, Año nº 7, Nº 11, 2002, págs.
65-98; “La representación democrática de las mujeres”
en Leviatán: Revista de hechos e ideas, Nº 85-86, 2001,
págs. 75-100; “Paridad electoral y cuotas femeninas”,
Claves de razón práctica, Nº 94, 1999, págs. 48-53; “La
Justicia como igualdad” en Anuario de la Facultad de
Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, Nº. 2,
1998 págs. 131-144; “Principio de igualdad y Derecho
penitenciario” en Revista del poder judicial, Nº 45,
1997, págs. 55-80, “La objeción de conciencia, en gene-
ral y en deberes cívicos” en Cuadernos de derecho
judicial, Nº. 1, 1996 págs. 9-40; “Igualdad liberal y
socialdemócrata” en Localización: Claves de razón prác-
tica, Nº 53, 1995 , págs. 32-39; “Azar, igualdad y
biotecnología”, en Homenaje al profesor Dr. Gonzalo
Rodríguez Mourullo, 2005, págs. 2129-2152; “Azar,
biotecnología y justicia sanitaria, en Bioética, religión y
derecho”, en Actas del curso de verano de la Universidad
Autónoma de Madrid, 2005, págs. 125-138; “Concepto y
concepciones de la igualdad” en Horizontes de la filosofía
del derecho. Homenaje a Luis García San Miguel/coord.
por Virgilio Zapatero Gómez, Vol. 1, 2002, págs. 671-
700; “Concepciones de la igualdad y justicia distributiva”
en Estado, justicia, derechos, 2002, págs. 211-242; “La
igualdad en la jurisprudencia del Tribunal Constitucio-
nal”, en El principio de igualdad, 2000, págs. 155-200;
“La igualdad como diferenciación” en Derechos de las
minorías y de los grupos diferenciados, 1994, págs. 283-
14
materias en las cuales el autor ha estudiado
aspectos muy importantes del aborto, 6 eutana-
sia,7 derechos económicos, sociales,8 cultura-
les..., o los relacionados con la desobediencia
civil y las propuestas sobre el modelo de la
sociedad futura 9 (interdependencia en la eco-
nomía10 o, en los riesgos bélicos11...).
15
En el tema del laicismo ha sido objeto de
estudio por el autor últimamente “Laicidad,
laicismo, relativismo y democracia” (Siste-
ma: Revista de ciencias sociales, Nº 199,
2007, págs. 39-60), donde se defiende la
laicidad como doctrina de la neutralidad del
Estado democrático ante cualquier convic-
ción relativa a la religión, incluidas las creen-
cias no religiosas. Tomando como motivo de
16
debate un documento de los obispos españo-
les, se exploran las diferencias entre laicidad
y laicismo, entendido este último como legí-
tima posición privada ajena a la religión que
un Estado laico debe respetar.
2.
17
mero desarrollo normativo ulterior, a veces
incluso de rango inferior al legal.
18
Desde el punto de vista constitucional no se
trataría de derechos especialmente garantiza-
dos, sino de medidas que pueden ser limita-
das, cambiadas y hasta suprimidas con la
naturalidad de cualquier reforma legislativa.
3.
19
También el tema de la objeción de concien-
cia ha sido tratado por el autor al haberse
20
multiplicado por cien las modalidades de ob-
jeciones de conciencia, apareciendo en rápida
21
sucesión la objeción de conciencia fiscal, la
objeción de conciencia al aborto, al jurado, a
los juramentos promisorios, a ciertos trata-
mientos médicos, la resistencia a prescindir
de ciertas vestimentas en la escuela o la
Universidad, a trabajar en determinados días
13
“Constitución Europea y cristianismo” en Cues-
tiones actuales de derecho canónico y eclesiástico en el
XXV aniversario de los acuerdos con la Santa Sede y XX
aniversario de vigencia del CIC, 2005, págs. 383-404;
“Europa, cristianismo y Derecho” en Libro homenaje al
profesor Manuel Albaladejo García, Vol. 2, 2004, págs.
3483-3500; “Las bases de la cultura jurídica europea”, en
Iglesia, Estado y sociedad internacional: libro homenaje
a D. José Giménez y Martínez de Carvajal, 2003, págs.
569-574; “Principios éticos y responsabilidad en el ejer-
cicio de la función docente” en Estudios en homenaje al
profesor Martínez Valls, Vol. 1, 2000, págs. 509-520;
“Justicia constitucional y factor religioso” en Estudios
jurídicos en homenaje al profesor Vidal Guitarte, Vol. 2,
1999, págs. 691-700; “Justicia Constitucional y factor
religioso” en La libertad religiosa y de conciencia ante la
justicia constitucional, 1998, págs. 25-38; “La función
del Derecho Canónico como hecho cultural”, en Funcio-
nes y fines del derecho: estudios en homenaje al profesor
Mariano Hurtado Bautista, 1992, págs. 237-246; “Dos
importantes disposiciones pontificias” en Revista Gene-
ral de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del
Estado, Nº. 15, 2007; “Europa, cristianismo y derecho”,
en Cuadernos de derecho judicial, Nº. 11, 2004 págs.
397-415; “Constitución Europea y Cristianismo”, en
Revista General de Derecho Canónico y Derecho Ecle-
siástico del Estado, Nº. 4, 2004; “La elección del
Romano Pontífice”, en Revista General de Derecho
Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado, Nº. 6,
2004.
22
festivos y un largo etcétera, cuya razón estri-
ba en el choque entre la norma legal que
impone un hacer y la norma ética o moral que
se opone a esa actuación. 14
14
“Las objeciones de conciencia en el derecho espa-
ñol y comparado”. McGraw-Hill Interamericana de Es-
paña, 1997; “La Objeción de conciencia al aborto” en
Libro homenaje a Jesús López Medel, 1999, págs. 1927-
1946; “La objeción de conciencia a tratamientos médi-
cos: Derecho comparado y Derecho español” en Las
relaciones entre la Iglesia y el Estado: estudios en
memoria del profesor Pedro Lombardía, 1989, págs.
893-974; “La objeción de conciencia al aborto en la
legislación y jurisprudencia norteamericanas”, en Aspec-
tos jurídicos de lo religioso en una sociedad pluralista:
ubi societas pluralistica viget: estudios en honor de
Lamberto de Echeverría, 1987, págs. 423-440; “La
objección de conciencia al aborto en el Derecho euro-
peo”, en Dimensiones jurídicas del factor religioso:
estudios en homenaje al profesor López Alarcón, 1987,
págs. 399-408; “Protecting conscientious objection as a
fundamental right: considerations on the draft agreements
of the Slovak Republic with the Catholic Church and
with other registered churches” en Revista General de
Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado,
Nº. 12, 2006; “La objeción de conciencia a los matrimo-
nios entre personas del mismo sexo”, en Revista General
de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado,
Nº. 9, 2005; “La objeción de conciencia a los matrimo-
nios entre personas del mismo sexo” En Persona y
derecho: Revista de fundamentación de las Instituciones
Jurídicas y de Derechos Humanos, Nº. 53, 2005, págs.
259-292; “La objeción de conciencia”, en Estudios de
derecho judicial, Nº. 29, 2000, págs. 287-380; “La
objeción de conciencia al aborto” en Cuadernos de
derecho judicial, Nº. 1, 1996, págs. 41-62; “La objeción
de conciencia al aborto: Derecho comparado y Derecho
23
Rafael Navarro-Valls, propone en una agu-
da intervención titulada “Neutralidad activa y
laicidad positiva (Observaciones a “Para una
interpretación laica de la Constitución”, del
profesor A. Ruiz Miguel)” una tesis diferente
de la del ponente.
24
la Iglesia” (en Anuario de derecho eclesiásti-
co del Estado, Nº 9, 1993, págs. 17-52); “El
principio de cooperación y la laicidad del
Estado”, (en Estado y religión en la Consti-
tución Española y en la Constitución Euro-
pea: Actas del Seminario Internacional
Complutense celebrado en la Facultad de
Derecho de la Universidad Complutense,
Madrid, 14 de mayo de 2004, coord. por
Javier Martínez-Torrón, 2006, págs. 31-42.
Recoge los contenidos presentados al Semina-
rio Internacional Complutense (3. 2004. Ma-
drid); “Tolerancia, laicidad y libertad religio-
sa”, (en Cristianos y democracia. Coord. por
César Izquierdo Urbina, Carlos Soler, 2005,
págs. 87-96), además de otros artículos
periodísticos.17
25
el que garantiza a todos el espacio para propo-
ner libremente su concepción del hombre y de
la vida social. Pero si lo que pretende el
Estado laico es imponer por vía mediática o
legislativa la ideología propia de algunos
gobernantes, entonces está dejando de ser
laico: se transforma en Estado propagandista.
Lo cual es no sólo una contradicción jurídica,
sino un ingenuo error.
26
mos llamar el ejercicio real y efectivo de la
laicidad y de la libertad religiosa.
4.
27
sus tesis, perfilando su interpretación, seña-
lando y definiendo con claridad los puntos de
acuerdo y desacuerdo entre ambas posiciones
objeto del debate.
28
compatible con las formas de cooperación con
las instituciones religiosas para cualquier asun-
to de interés común con el Estado, que no
afectan a la neutralidad en materia religiosa.
5.
29
expresiones del ejercicio de un derecho fun-
damental y un factor de alto impacto.
30
PARA UNA INTERPRETACIÓN
LAICA DE LA CONSTITUCIÓN
Alfonso Ruiz MIGUEL
1. Observaciones previas*
*
El presente texto fue originariamente mi contribu-
ción a las XIII Jornadas de la Asociación de Letrados del
Tribunal Constitucional, celebradas en León los días 18-
31
tiones relacionadas con la libertad religiosa y
el principio de laicidad del Estado. Cuando
tuve que hacerlo, con motivo de un seminario
celebrado en la Universidad de Milán en junio
de 2006, mi punto de vista predominante fue
más bien filosófico-político, es decir, con un
tipo de reflexiones de carácter valorativo o
normativo y, en conjunto, más bien críticas
hacia el desarrollo escasamente neutral, en
favor sobre todo de la Iglesia católica, que la
regulación jurídica española ha sufrido en los
últimos treinta años1. Si esa actitud compren-
día incluso a la Constitución misma o sólo a
sus interpretaciones más o menos oficiales y
consolidadas no era un problema que me
hubiera preocupado especialmente hasta aho-
ra, colocado como estaba en un punto de vista
básicamente crítico y, por tanto, en una pers-
pectiva normativa que podría considerarse
32
ideal, en el sentido de proponerse incluso, si
ese fuera el caso, de constitutione ferenda.
Ese privilegio de situarse por encima de la
más o menos cruda realidad que tantas veces
ejercemos los filósofos del Derecho, no deja
de tener su dura contrapartida, no siempre
injustificada, en un extendido alejamiento, y
hasta en una cierta desestimación, de nuestras
preocupaciones y aportaciones por parte de
quienes son nuestros más cercanos y naturales
interlocutores, los juristas.
33
cercano al suelo y a lo realizable, más condi-
cionado por las restricciones y constricciones
de un sistema jurídico concreto y de sus
tradiciones materiales e interpretativas, pero
–como últimamente ha venido mostrando bien
Dworkin2– no menos comprometido que el
deber ser filosófico con una u otra inspiración
ideológica más o menos consciente y, sobre
todo, con la pretensión ideal de construirse
como la interpretación que mejor encaje den-
tro de los valores y tradiciones compartidos
de un orden jurídico que se considera básica
y razonablemente justo.
2
Además de sus libros más clásicos al propósito,
Taking Rights Seriously y Law’s Empire, merecen ser
citados la Introducción a Freedom’s Law. The Moral
Reading of the American Constitution (Cambridge-Mass.,
Harvard University Press, 1996) y Justice in Robes
(Cambridge-Mass y Londres, The Belknap Press of
Harvard University Press, 2006; trad. cast. de Marisa
Iglesias, La justicia con toga, Madrid, Marcial Pons,
2007).
34
de términos como «laicidad, «neutralidad»,
«laicismo», etc., erosión a la que no son
ajenas, me temo, algunas decisiones y expre-
siones controvertibles de nuestro Tribunal
Constitucional). Pues bien, también creo que,
en lo básico, ese modelo ideal resulta perfec-
tamente defendible como una genuina y apro-
piada interpretación jurídica de nuestra Cons-
titución, y no como una mera propuesta de
filosofía política, aun a pesar de la fuerza en
la práctica de una línea interpretativa diferen-
te, y por momentos incluso radicalmente
opuesta, que, como se verá, ha venido cons-
truyendo el propio TC3. Que mi interpreta-
ción ideal puede ser propuesta como la mejor
interpretación de nuestra Constitución a par-
tir de un recto entendimiento de sus valores y
principios esenciales y más profundos se pue-
de comentar brevemente mediante un par de
consideraciones.
3
En esto soy menos optimista que el prof. Dionisio
Llamazares en su ponencia en las Jornadas citadas en la
primera nota, «Libertad religiosa, aconfesionalidad, lai-
cismo y cooperación con las confesiones en la Europa del
siglo XXI».
35
–la validez sustantiva que Luigi Ferrajoli ha
teorizado frente a la mera vigencia o vigor de
cualquier norma4– que está abierta a su reco-
nocimiento a través del debate y sus consi-
guientes argumentaciones, un debate que pue-
de ejercerse no sólo en el ámbito de las
discusiones teóricas sino también en la arena
de la opiniones y decisiones democráticamen-
te expresadas.
4
Véase Diritto e ragione. Teoría del garantismo
penale, Roma-Bari, Laterza, 1990, esp §§ 58 y 61 (hay
trad. cast. de P. Andrés Ibáñez, A. Ruiz Miguel, J. C.
Bayón, J. Terradillos y R. Cantarero, Derecho y razón.
Teoría del garantismo penal, Madrid, Trotta, 1995); y
Principia iuris. Teoría del diritto e della democrazia,
vol. 1, Teoria del diritto, Roma-Bari, Laterza, 2007, esp.
cap. IX. Me he ocupado del tema en detalle en «Validez
y vigencia: un cruce de caminos en el modelo garantista»,
en Miguel Carbonell y Pedro Salazar, Garantismo. Estu-
dios sobre el pensamiento jurídico de Luigi Ferrajoli,
Madrid, Trotta-Instituto de Investigaciones Jurídicas
UNAM, 2005, pp. 211-232; puede verse también la
respuesta de Luigi Ferrajoli, Garantismo. Una discusión
sobre Derecho y democracia, Madrid, Trotta, 2006. esp.
§ 3.6.
36
algunas importantes fundamentaciones y afir-
maciones del propio TC a las que, sin embar-
go, no ha sabido hacer honor en varios casos
concretos. Si se me apurara, no tendría incon-
veniente en aceptar que cuando se toman en
serio las rationes decidendi de la jurispruden-
cia constitucional, más allá de los principios
solemnemente proclamados y luego no del
todo aplicados, el diagnóstico sobre la ten-
dencia del TC a mermar una posición exigente
sobre la neutralidad estatal en materia religio-
sa debe ser más bien pesimista. Si tal fuera el
caso, mi interpretación de la libertad religiosa
en la Constitución no pretendería tanto des-
cribir o explicar el alcance de ese derecho
según la jurisprudencia constitucional como
sobre todo, partiendo críticamente de ella,
proponer prescriptivamente una interpreta-
ción alternativa 5.
5
Mi planteamiento se centra sobre todo en la inter-
pretación de nuestra Constitución y no tiene en cuenta la
jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Huma-
nos, que me parece irrelevante en la medida en que es
inverosímil que pudiera resultar contraria a un modelo
como el aquí propuesto, a grandes rasgos similar al
francés, cuya conformidad con el Convenio Europeo de
Derechos Humanos de 1950 no ha sido puesta en duda ni
me parece pensable que lo sea, al menos en el núcleo de
la tesis por mí defendida.
37
que voy a mantener entre mis convicciones
filosófico-políticas y mi interpretación jurídi-
co-constitucional queda expresamente adver-
tido de mis presupuestos, que es lo más que
puedo hacer para cumplir con el deber de
probidad exigible en estos casos. En todo
caso, bajo sospecha o sin ella, lo único por lo
que mi modelo interpretativo puede ser acep-
tado o rechazado, naturalmente, es por el
mayor o menor valor de las razones y argu-
mentaciones aportadas, que aspiran a la máxi-
ma imparcialidad y objetividad que es posible
en la búsqueda del mejor acuerdo racional.
6
Cf., en la edición de Roberto Rodríguez Aramayo,
Teoría y práctica, Madrid, Tecnos, 1986, pp. 4 y 6.
38
ambas a mi modo de ver indebidas, de la
teoría establecida por él mismo, teoría en
parte correcta y perfectamente suscribible
aunque, siempre a mi modo de ver, en parte
incompleta o insuficiente.
39
mación de que «ninguna confesión tendrá
carácter estatal» del art. 16.3 de la Constitu-
ción «veda cualquier tipo de confusión entre
funciones religiosas y funciones estatales»
porque «el Estado se prohíbe a sí mismo
cualquier concurrencia, junto a los ciudada-
nos, en calidad de sujeto de actos o de actitu-
des de signo religioso», el Tribunal destacaba
la existencia de
40
arranque de la sentencia se avanzan dos as-
pectos de lo que me parece una teoría bien
fundada del derecho a la libertad religiosa,
por más que todavía necesitada de algunas
cualificaciones. En primer término, que los
dos principios básicos que se acaban de men-
cionar lo que articulan en realidad es el igual
derecho a la libertad religiosa, entendida como
libertad negativa, o de hacer o no hacer –así
como, especialmente en este caso, de ser o no
ser– sin interferencias externas en materia de
religión. Quiero hacer hincapié desde ahora
en la amplitud de esta última expresión, esen-
cial para caracterizar el contenido de la liber-
tad religiosa, que no acoge sólo la opción de
tener y practicar una u otra religión sino
también las opciones no religiosas, llámense
laicistas, ateas o agnósticas. Y aunque la
formulación de esta idea era quizá todavía
ambigua e insuficiente en la mera referencia
de la STC 24/1982 a «las ideologías [...],
creencias [...y] actitudes religiosas», esa falta
de teoría ha sido posteriormente suplida, con
ajustado criterio, en la STC 46/2001, sobre la
Iglesia de la Unificación (o secta Moon), que
reconoce amparadas por la libertad religiosa
«las creencias teístas, no teístas y ateas, así
como el derecho a no profesar ninguna reli-
gión o creencia» 7.
7
Véase su FJ 4, en el que, aplicando el art. 10.2 de
la Constitución, el TC recoge la interpretación del art.
41
El segundo aspecto destacable de la STC
24/1982 es el punto de vista inicialmente
individualista con el que se inicia la construc-
ción doctrinal del derecho de igual libertad
religiosa, especialmente cuando lo predica de
los individuos e incluso –de formas literal y
respectivamente más restrictiva y más am-
plia– de los ciudadanos y de los «sujetos de
derecho» (añadiendo enseguida que «pueden
los ciudadanos titulares de los mencionados
derechos acudir en demanda de amparo»)
(FJ 1). Este es otro punto en el que se echaría
en falta más teoría, aunque sólo sea porque el
propio art. 16.1 de la Constitución «garantiza
la libertad ideológica, religiosa y de culto de
los individuos y las comunidades» y el art. 9.2
ordena «promover las condiciones para que la
libertad y la igualdad del individuo y de los
grupos en que se integra sean reales y efecti-
vas».
42
nal, sino que ofrece, por el contrario, la
posibilidad de hacer efectivo el derecho al
culto de los individuos y comunidades»,porque
tal asistencia no excluiría ni su libertad de
«aceptar o rechazar la prestación que se les
ofrece» ni el derecho a la igualdad de «los
miembros de otras confesiones», que siempre
podrán reclamar asistencia religiosa «en la
medida y proporción adecuadas» (FJ 4, en
esta como en sucesivas citas de la jurispruden-
cia constitucional las cursivas son siempre
mías). Esta argumentación añade dos impor-
tantes precisiones a la visión más individua-
lista del derecho de libertad religiosa que
estaban destinadas a ser desarrolladas en la
jurisprudencia posterior: la primera es la
aparición de las comunidades –aparentemente
en el mismo plano que los individuos pero en
la práctica, al menos alguna de ellas, en un
plano superior a los individuos de otras creen-
cias, así como a otras comunidades–, aquí
todavía sin mucha relevancia aparente, si bien
avanzando la idea de que «la medida y propor-
ción» en la que se puede reclamar el derecho
a la libertad religiosa como prestación depen-
de de que exista una comunidad y de su
relativa implantación; la segunda es la trans-
formación del derecho a la libertad religiosa
desde una mera libertad negativa de los indi-
viduos, que pueden hacer o no hacer, hasta
una libertad como poder de las comunidades,
43
es decir, con el plus de ser efectivamente
realizable gracias a una prestación estatal.
44
grupos sobre los individuos, con los riesgos
de dominación de éstos por aquéllos que,
especialmente en el tema religioso, ello puede
conllevar. A falta de tiempo, me limitaré a
decir que, en contraste, sólo me parece defen-
dible la construcción liberal, que pone el
acento en el carácter individual de las liberta-
des, en este caso bajo el criterio de que los
principales protagonistas de la libertad reli-
giosa son los individuos, siendo los grupos y
comunidades sujetos de derechos e intereses
protegibles cuya justificación deriva esencial-
mente de los derechos individuales.
8
Razones poco convincentes a mi modo de ver,
dicho sea de paso, si se tiene en cuenta tanto la autoriza-
ción expansiva del art. 39.1 de la LOTC como la
aplicabilidad al caso de la doctrina de la derogación de las
leyes preconstitucionales contrarias a la Constitución.
45
con las referencias ya comentadas a la salva-
guardia de los derechos individuales y de las
comunidades. Implícitamente, sin embargo,
se olvidó por completo del principio de neu-
tralidad estatal, a todas luces incompatible
con la existencia de un cuerpo estatal de
capellanes católicos en el Ejército. Y ahí creo
que se produce un incumplimiento grave y
palmario de la correcta teoría con la que la
sentencia arranca.
46
de Oliver Wendell Holmes, «People talk
fundamentals and superlatives and then make
some changes of detail», si no fuera porque
nuestra sentencia dejó todos los detalles como
estaban.
47
cursos de argumentación jurídica: hubo en
esto último, seguramente, exceso de teoría,
algo que no preocupaba a Kant pero que no me
parece un error infrecuente en nuestras deci-
siones constitucionales.
48
Es decir, que según nuestro TC el principio
de neutralidad y de consiguiente no confusión
entre esfera estatal y esfera religiosa es com-
patible con la directa organización por las
Fuerzas Armadas de actos religiosos. La afir-
mación conclusiva no es la de Magritte titu-
lando su cuadro «Esto no es una manzana»,
sino la de alguien que ante un manzana de
carne y hueso dice «Esto no es una manzana».
Se trata de un silogismo claramente erróneo,
que afortunadamente no puede servir no ya
sólo como precedente, sino ni siquiera como
interpretación constitucional propiamente di-
cha. Pero, aun reconociendo que en lo que se
refiere a la vertiente individual de la libertad
religiosa el resultado de la sentencia fue a fin
de cuentas aceptable, ese error lógico y el tipo
de solución que vino a amparar sobre el
principio institucional de la neutralidad esta-
tal10 no está excluido que formen parte de una
9
No obstante, a quien replicara que el recurso no
versaba propiamente sobre la constitucionalidad de la
organización de la parada religiosa por las Fuerzas
Armadas le respondería que tampoco versaba propiamen-
te sobre la exclusión de la sanción disciplinaria, sobre la
que el TC sí se pronunció. La sentencia no es de 1981 sino
de 1996 y, en mi ingenuidad, no logro entender por qué
se evitó un pronunciamiento claro señalando lo obvio, es
decir, que ese tipo de actos comprometen la neutralidad
estatal en materia religiosa.
10
Desde el Derecho Eclesiástico, también
críticamente, cf. D. Llamazares, Derecho a la liber-
tad de conciencia cit., tomo II, pp. 305-306, así como
49
actitud o tendencia más general, a mi modo de
ver equivocada, que otras sentencias constitu-
cionales pueden haber contribuido a refor-
zar11.
50
3. La tendencia a la sobreconsti-
tucionalización del modelo legal y el Estado
laico demediado
51
indebida extensión de aquel fenómeno a ám-
bitos o materias que no le corresponden, en
este caso, una excesiva e indebida incorpora-
ción a la interpretación constitucional de cri-
terios procedentes de los acuerdos internacio-
nales firmados con la Santa Sede o del mero
desarrollo normativo de rango legal e incluso
inferior, como los acuerdos del Gobierno con
determinadas entidades representativas de al-
gunas confesiones religiosas. Tal sería, por
seguir con el argumento kantiano, la principal
consecuencia de las incorrecciones en la teo-
ría inicialmente construida por nuestro TC en
materia de laicidad y libertad religiosa.
52
la Unificación en el Registro de Entidades
Religiosas, y la 38/2007, sobre la inhabilita-
ción eclesiástica y el consiguiente despido por
el Estado de una profesora de religión católica
en un colegio público por vivir en concubina-
to.
53
«cabe apreciar una dimensión externa de la
libertad religiosa que se traduce en la posi-
bilidad de ejercicio, inmune a toda coac-
ción de los poderes públicos, de aquellas
actividades que constituyen manifestacio-
nes o expresiones del fenómeno religioso,
asumido en este caso por el sujeto colectivo
o comunidades, [...] y respecto de las que
se exige a los poderes públicos una actitud
positiva, desde una perspectiva que pudié-
ramos llamar asistencial o prestacional»
(cursiva mía).
54
poderes públicos mantener ‘las consiguientes
relaciones de cooperación con la Iglesia Cató-
lica y las demás confesiones’» como «especial
expresión de tal actitud positiva respecto del
ejercicio colectivo de la libertad religiosa».
55
titucional a la libertad religiosa con el tipo de
regulación legal de 1981, a su vez fuertemen-
te deudor de los Acuerdos con la Santa Sede
de 1979, que da pie a pensar que se trata del
único modelo conforme con la Constitución.
Desconozco si se ha utilizado ya para el caso
la vaga y peligrosa figura del «bloque consti-
tucional», pero no sería de extrañar que se
hubiera hecho e incluso que se extienda como
explicación de la jurisprudencia a la que ha
llegado nuestro TC en la materia. Y, en
efecto, en el FJ 7 de la STC 46/2001 se
considera desarrollo constitucional, que «hun-
de sus raíces en el art. 9.3 del texto constitu-
cional» y en su referencia a que la libertad de
los individuos y grupos sea real y efectiva (la
sentencia no menciona la igualdad, presente
en ese precepto con igual peso), a varios
elementos de aquella regulación legal, y en
particular al propio Registro de Entidades
Religiosas. Así, la inscripción de una entidad
religiosa en dicho Registro no sólo se acepta
como condición necesaria (aunque aparente-
mente no suficiente) para la aplicabilidad del
citado art. 2.3 de la LOLR, sino que el TC
interpreta dicha inscripción como una institu-
ción tan ligada a la libertad religiosa ampara-
da por el art. 16.1 de la Constitución que
concluye que únicamente la cláusula de orden
público, y a través de un test o escrutinio
estricto, puede justificar la denegación de la
inscripción de un grupo (vid. también los
56
FFJJ 8 y ss, así como las razones en contra del
voto particular).
La sobreconstitucionalización de la nor-
mativa de desarrollo de la libertad religiosa ha
llegado a su máximo extremo en algunas
expresiones utilizadas en la también citada
STC 38/2007, sobre el despido de la maestra
de religión católica que vivía en concubinato.
Según esta sentencia, el «deber de coopera-
ción impuesto al Estado en relación con la
Iglesia católica y las demás confesiones reli-
giosas» por el art. 16.3 CE «exige de los
poderes públicos una actitud positiva res-
pecto del ejercicio colectivo de la libertad
religiosa» que va más allá de la mera protec-
ción en materia religiosa frente a injerencias
externas y de la inmunidad de toda coacción
por parte de los poderes públicos. En particu-
lar, añade la sentencia, ese deber «exige a los
poderes públicos una actitud positiva, de na-
turaleza asistencial o prestacional, conforme
a lo que dispone el apartado 3 del art. 2
LOLR», que posibilita que colectividades como
algunas iglesias presten formación religiosa
obligatoria para los colegios públicos (cf. FJ 5).
57
asunto, pues en un momento considera a la
inserción de la enseñanza de ciertas religiones
en el itinerario educativo únicamente como un
«cauce posible» para la realización del deber
de cooperación del art. 16.3 de la Constitu-
ción (cf. FJ 7), en ella más bien destacan
repetidas afirmaciones que consideran el
modelo inaugurado por los Acuerdos con la
Santa Sede no ya meramente un posible desa-
rrollo de la Constitución sino su más apropia-
da «ejecución»12, un término éste que no
puede haber escapado a nuestro máximo in-
térprete constitucional como impropio en prin-
cipio de la relación entre constitución y legis-
lación. En esta misma línea, la sentencia llega
incluso a afirmar el «derecho de las iglesias a
la impartición de su doctrina en el marco del
sistema de educación pública (arts. 16.1 y
16.3 CE) y [...] el derecho de los padres a la
educación religiosa de sus hijos (art. 27.3
CE)» (FJ 12), donde hago notar no sin cierto
12
Así, la sentencia afirma que «si el Estado, en
ejecución de la obligación de cooperación establecida en
el art. 16.3 CE, acuerda con las correspondientes comu-
nidades religiosas impartir dicha enseñanza en los cen-
tros educativos, deberá hacerlo con los contenidos que las
autoridades religiosas determinen» (FJ 9). En otro mo-
mento dice que la contratación de profesores de religión
por las administraciones públicas no convierte a éstas en
empresas de tendencia porque con tal contratación «no
desarrollan tendencia ni ideario ideológico alguno, sino
que ejecutan la cooperación con las iglesias» (FJ 10) (las
cursivas de todas las citas son mías).
58
escándalo que el TC pone entre paréntesis
preceptos constitucionales que para nada
mencionan expresamente, ni mucho menos,
la educación pública. Si esta tendencia
interpretativa se consumara, sería apropiado
afirmar descriptivamente que nuestra Consti-
tución consagra un Estado laico demediado 13.
La ambigüedad de lo «positivo»
13
Dentro de lo que cabe, una subsiguiente sentencia
sobre el caso similar de la no renovación como profesor
de religión de un sacerdote casado se ha abstenido de
mencionar los pasajes que he señalado como más regre-
sivos y preocupantes de la STC 38/2007 (vid. STC 128/
2007, de 4 de junio, FJ 5). La Sala, no obstante, pudo
servirse de la doctrina más moderada de la sentencia
anterior para rechazar el amparo por mayoría de cuatro
votos, en esta ocasión no acompañados por el tan esfor-
zado como arduo voto particular de dos de sus magistra-
dos, Pascual Sala y Elisa Pérez-Vera.
59
dos. Según el primero, de carácter más bien
descriptivo, un deber, una conducta o una
medida se caracterizan por su carácter activo
en contraposición a pasivo, que es el sentido
utilizado cuando se habla de deberes positi-
vos, como deberes de hacer, que se cumplen
mediante acciones positivas, en contraste con
los deberes negativos o prohibiciones, que se
cumplen mediante omisiones o acciones nega-
tivas. Según el segundo significado, eminen-
temente valorativo, una acción, una política o
una institución se califican como positivas
porque se consideran buenas conforme a prin-
cipios o por sus efectos, en contraste con el
carácter negativo en cuanto nocivo que po-
drían tener las figuras opuestas. En Derecho
público se ha extendido el uso de la expresión
«acciones positivas (a veces llamadas también
«afirmativas») para referirse a las medidas
favorecedoras de ciertos colectivos para con-
trarrestar procesos sociales de desigualdad o
de dominación, si bien hay discrepancias
valorativas sobre la general bondad y eficacia
de tales acciones.
60
única forma adecuada, de entender la neutra-
lidad del Estado en materia religiosa. Mi
colega Andrés Ollero expresa bien la coexis-
tencia de ambos sentidos cuando en páginas
contiguas en un libro reciente afirma, de un
lado, que «en superación de la dimensión
‘negativa’, propia de la llamada primera ge-
neración de los derechos y libertades, de
impronta liberal», la «laicidad positiva se
caracterizaría por una actitud de cooperación,
mientras la meramente negativa implicaba
indiferencia o distancia»; y, de otro lado, que
en el ámbito de la vinculatoriedad de la coope-
ración del Estado con las confesiones
14
Andrés Ollero, España: ¿un Estado laico?. La
libertad religiosa en perspectiva constitucional, Madrid,
Thomson-Civitas, 2005, pp. 40-42.
61
Para poner orden, en mi caso un orden de neta
impronta liberal, en este complejo asunto me
parece que la contraposición entre una laicidad
negativa o mala y otra positiva o buena es
conceptualmente engañosa. Da a entender
que no hay aquí más que dos posibilidades: o
bien neutralización del Estado agresiva con
las religiones o bien «neutralidad» cooperado-
ra y que valora positivamente el hecho reli-
gioso. A mí me parece meridiano que la
alternativa aut-aut es en este caso claramente
falsa y que hay una tercera posibilidad, y por
cierto la única genuinamente aceptable: entre
un Estado hostil o beligerante contra las reli-
giones (un Estado en realidad no laico sino
«laicista») y un Estado que las valora y ayuda
positivamente se encuentra el Estado neutral
o laico, esto es, el que es imparcial ante y
entre quienes profesan y practican esta o
aquella religión y quienes no profesan ni
practican ninguna, incluso si su creencia les
lleva a criticar a las religiones como no
valiosas. Viene al caso aquí recordar que
mientras los particulares, en perfecto uso de
su libertad religiosa, pueden ser «laicistas»,
en el sentido de militantes en favor de creen-
cias ateas y en contra de las religiones en el
sentido tradicional y restringido de la pala-
bra, al Estado le está vedada esa posibilidad,
debiendo limitarse a ser laico, en el sentido de
neutral o imparcial entre las diversas creen-
cias en materia de religión15. Pero por esa
62
misma razón, también le está vedado favore-
cer o privilegiar a esta o aquella religión
particular.
15
Sobre todo ello, remito a mi escrito «Laicidad,
laicismo...» cit., pp. 43 ss, donde destaco el significado
valorativo o comprometido de “laicismo”, como creencia
privada en la falsedad de las religiones en el sentido
estricto o tradicional de esa palabra –que en la cultura
occidental suelen reducirse a las creencias en divinidades
y en la supervivencia después de la muerte–, ante la que,
insisto, el Estado laico debe de ser tan neutral como ante
cualquier otra creencia en materia religiosa. Cabe añadir
ahora que, como ha puesto de relieve Dionisio Llamazares,
hay también un significado meramente descriptivo o
externo de “laicismo”, como proceso histórico de secu-
larización hacia la laicidad estatal, entendida ésta, por un
lado, como neutralidad o imparcialidad hacia las creen-
cias, religiosas o no, de los ciudadanos, y, por otro lado,
como separación entre las competencias y los órganos del
Estado y las de las distintas confesiones religiosas (cf. “A
modo de presentación. Laicidad, libertad de conciencia y
acuerdos del Estado con las confesiones religiosas”, en
D. Llamazares [comp.], Libertad de conciencia y
laicidad en las instituciones y servicios públicos, Ma-
drid, Dykinson, 2005, pp. 10-11; así como Derecho a la
libertad de conciencia, Madrid, Civitas, tomo I, 2002,
pp. 314-319).
63
este sencillo criterio por muchos de quienes
defienden la figura de la laicidad positiva, hoy
bien presente en la batalla de nuestros obispos
contra los gobiernos de izquierda, me parece
que es una manifestación de la máxima «El
que no está conmigo está contra mí» (Lc 11,
23). No otra cosa induce a pensar la preten-
sión de los obispos de que si el Estado no
reconoce positivamente el valor de la religión
y de una enseñanza religiosa obligatoria para
las escuelas públicas, como si no acepta cier-
tos postulados morales de la Iglesia católica
relativos al aborto, al matrimonio o a la
asignatura de «Educación para la ciudadanía»,
está siendo «laicista», intolerante y agresivo
con la religión católica 16. Pero tales alegacio-
nes son equivocadas e injustas, me parece,
frente a un Estado genuinamente laico y neu-
tral, que si quiere ser tal no puede reconocer
la bondad o maldad de las religiones, como no
puede reconocer la bondad o maldad del
laicismo o el ateísmo, salvo, en cualquier
16
Me he ocupado de comentar críticamente la posi-
ción de la Conferencia Episcopal española, en su docu-
mento Orientaciones morales ante la situación actual de
España Orientaciones morales. Instrucción pastoral de
la LXXXVIII Asamblea Plenaria de la Conferencia
Episcopal española, de 23 de noviembre de 2006, en mi
escrito «Laicidad, laicismo...» cit., esp. pp. 48 ss. Una
crítica muy próxima a la mía, si bien (entiendo) desde
un catolicismo de izquierdas, en Rafael Díaz-Salazar,
Democracia laica y religión pública, Madrid, Taurus,
2007, cap. II.
64
caso, y conforme a la cláusula de orden
público, frente a actos y prácticas que atenten
contra derechos básicos.
17
Cf. Orientaciones morales... cit., § 63.
65
tizar de manera real y efectiva la libertad y la
igualdad de los ciudadanos.
66
sión, la de asociación o la de sindicación– o
también, además, como una libertad particu-
larmente facilitada mediante prestaciones del
Estado 18.
18
En la inevitable tensión constitucional entre el
criterio laico basado en la igual libertad religiosa de
carácter negativo y el mandato de cooperación con las
confesiones con insistencia en las prestaciones, un buen
conocedor de nuestra doctrina eclesiasticista como Luis
Prieto Sanchís informa de cómo en ella ha triunfado en los
últimos treinta años la segunda opción: cf. «La escuela
(como espacio) de tolerancia: multiculturalismo y neutra-
lidad», en en Antonio López Castillo (comp.), Educación
en valores. Ideología y religión en la escuela pública,
Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales,
2007, p. 62.
67
mente realizable a través de un medio
prestacional, en realidad es perfectamente
posible que el Estado adopte fines promo-
cionales de ciertas políticas mediante meca-
nismos más complejos e incluso distintos al
prestacional, que tanto pueden combinar me-
dios prestacionales con medidas negativas
(por ejemplo, una política de fomento del
alquiler que desgrave a propietarios e inquili-
nos y que a la vez grave las viviendas desocu-
padas), reducirse a medidas represivas o, en
fin, consistir en facilitar conductas mediante
otros procedimientos que no implican presta-
ciones económicas ni sanciones, como la re-
gulación mediante simples permisos, la elimi-
nación de trabas normativas o la agilización
de licencias.
68
que allana y posibilita la realización de con-
ductas que los ciudadanos ya tienden a reali-
zar aunque acaso con menos comodidad, que
es un sentido más amplio, quizá impropio, de
la idea de función promocional, que configura
un tipo de acción típico del Estado liberal
clásico o abstencionista, al menos en su mo-
delo idealizado, en el que las normas protago-
nistas, aunque no exclusivas, son, según la
tipología de Hart, las que confieren potesta-
des privadas. En suma, atendiendo a los
instrumentos jurídicos utilizados, mientras la
incentivación presupone medidas premiales
expresamente gravosas para el presupuesto
público, la facilitación se consigue mediante
meros permisos que garantizan la esfera del
agere licere y no implican una especial inver-
sión pública que vaya más allá de la estable-
cida en general para el mantenimiento del
sistema jurídico.
69
cable supuesto de que incentivara por igual,
en el sentido de proporcionalmente a su im-
plantación, todas las creencias existentes.
Pero, en realidad, incentivar la práctica de
una o varias religiones supone privilegiar
unas creencias en materia religiosa a costa de
recursos de todos que dejan de beneficiar a
otras muchas opciones existentes, organiza-
das o no, que con razón pueden considerarse
discriminadas. En cambio, si por función
promocional se entiende la mera facilitación
de actividades en materia religiosa, especial-
mente si no implica un gasto público especial-
mente relevante, que implicaría una desigual-
dad significativa, no está en peligro la neutra-
lidad estatal en materia religiosa.
70
gida a favorecer o promover cualquier doctri-
na comprehensiva particular en vez de a otra,
o dar mayor ayuda (assistence) a aquellos que
la persiguen»19.
19
Political Liberalism, Nueva York, Columbia
University Press, 1993, p. 193.
Tal es la neutralidad que, dicho sea en los ya popula-
res términos de Dworkin, trata a todos los ciudadanos no
por igual, sino como iguales, con la debida consideración
y respeto: «Puesto que los ciudadanos de una sociedad
difieren en sus concepciones, el gobierno no los trata
como iguales si prefiere una concepción a otra, sea
porque los funcionarios creen que una es intrínsecamente
superior, sea porque es mantenida por el grupo más
numeroso o poderoso» (cf., por ejemplo, «Liberalism»
[1978], en A Matter of Principle, Oxford, Clarendon
Press, 1985, pp. 191-192; la cita en esta última página).
En nuestro país ha insistido en ello con peculiar rigor y
sencillez Luis Prieto: «si el Estado quiere tratar a los
ciudadanos como iguales, pero resulta que esos ciudada-
nos profesan doctrinas o concepciones diferentes sobre el
bien o la virtud, entonces esa igualdad reclama la neutra-
lidad del Estado frente a esas doctrinas o concepciones»
[«La escuela (como espacio) de tolerancia...» cit., p. 52].
El propio Dworkin ha desarrollado más recientemen-
te una argumentación específica sobre nuestro tema, en
dirección coincidente con la aquí seguida, en una de sus
Scribner Lectures de 2005, sobre «Religión and Dignity»,
publicadas como Is Democracy Possible Here?. Principles
for a New Political Debate, Princeton-Oxford, Princeton
University Press, 2006, trad. cast., La democracia posi-
ble. Principios para un nuevo debate político, Barcelona,
Paidós, 2008. Dentro de la rica argumentación allí pre-
sentada, dos distinciones fundamentales merecen men-
ción. La primera, la contraposición entre dos modelos de
«tolerancia» en la relación entre Estado y religión: de un
lado, el modelo de «nación religiosa tolerante», según el
71
Andrés Ollero, que cita aprobatoriamente
la distinción de Rawls e incluso el texto
anterior (aunque sin la coletilla final sobre la
ayuda), atribuye al “laicismo» –siempre en-
72
tendido por él como actitud hostil hacia las
religiones que sus partidarios pretenderían
endosar también al Estado–, la propuesta de la
neutralidad de efectos para afirmar que «no
hay discriminación cuando ninguno de los
titulares del derecho de libertad religiosa es
excluido por principio de los aspectos favora-
bles derivados de la cooperación, aunque
alguno, o muchos, no lleguen ‘de facto’ a
disfrutarlos o ejercerlos» 20. En otro momento
remacha que «el mantenimiento de un trato
privilegiado a la iglesia mayoritaria [respe-
ta...] la libertad y no discriminación»21.
20
España: ¿un Estado laico?... cit., pp. 43-44; cf.
también pp. 82-86.
21
Ibidem, p. 108.
73
bien jurídico, capaz de justificar una protec-
ción específica»22, a la vez que insiste una y
otra vez en que el laicismo, el ateísmo o el
agnosticismo no son creencias religiosas (ni,
por implicación, bienes jurídicos equivalen-
tes a la religión), por lo que sólo les corres-
ponde la mera protección negativa que el
Estado debe otorgar a la libertad ideológica y
de conciencia23. La defensa de la incentivación
mediante acciones positivas a ciertas confe-
siones religiosas no sólo deja fuera de hecho,
en los efectos, a las creencias religiosas mino-
ritarias no favorecidas, sino que exige además
discriminar por principio a todas las creencias
críticas de la religión en el sentido más tradi-
cional de esta palabra.
22
Ibidem, p. 91 (la cursiva es mía).
23
Ibidem, p. 94, así como pp. 66, 88-91 y 94. En esta
última página, por cierto, la diferencia entre religión por
un lado y ateísmo y agnosticismo por otro se hace residir
en el culto religioso, criterio que excluye de las religiones
a ciertas versiones del budismo y a otras religiones
orientales.
74
uno varios seres inteligentes trascendentes y/
o en una vida de las personas más allá de la
muerte como las de quienes piensan, tan firme
y honestamente como los primeros, que creen-
cias como aquéllas son meras ilusiones pro-
ducto del miedo, la ignorancia, y la creduli-
dad de los seres humanos. En rigor, sólo hay
una posición que puede considerarse genuina-
mente a-religiosa o neutral en este sentido
amplio: la de los agnósticos, quienes o bien
afirman genuinamente, como los escépticos
griegos, no saber nada de tales asuntos o bien
simplemente pasan sin preguntarse nada so-
bre ellos. Aún así, incluso los agnósticos
están amparados en sus convicciones o actitu-
des por el derecho a la libertad religiosa, que,
insisto, es el derecho a tener cualesquiera
creencias y actitudes en materia religiosa.
24
Ibidem, pp. 82-83 y 90.
75
algunos católicos y cristianos– es excluir los
«privilegios» y las «protecciones específicas»
otorgadas a algunas confesiones como modo
de evitar no sólo las desigualdades prácticas
derivadas de ello sino sobre todo la discrimi-
nación de propósito que tales ayudas impli-
can. Porque el reverso de la neutralidad de
propósito es la discriminación, operada en
este caso por una causa tradicional y funda-
damente sospechosa como la religión, no por
casualidad expresamente designada en el artí-
culo 14 de nuestra Constitución. Una causa,
por lo demás, que nadie podrá decir que
ampara exclusivamente a quienes profesan
creencias y cultos religiosos en sentido estric-
to, sino también, y en realidad sobre todo, a
todos cuantos pueden verse perseguidos o,
para no dramatizar, desfavorecidos por causa
de las creencias religiosas de otros, por mayo-
ritarias que sean25. En suma, lo que el punto
de vista laico exige es que las distintas creen-
cias en materia religiosa operen en la sociedad
con plena libertad negativa, sin privilegios
que marquen preferencias por unas convic-
ciones sobre otras, de modo que cada cual
pueda practicar sus ideas, e incluso intentar
25
Conforme con la crítica, aunque propone como
inevitable la solución de generalizar la promoción a
cualquier actividad social, Iván C. Ibán, «La protección
de la libertad religiosa en la Unión Europea», Revista
Jurídica. Universidad Autónoma de Madrid, n. 14,
2006, p. 304.
76
expandirlas, sin privilegios o trabas que impi-
dan o dificulten la libre competencia de las
ideas 26. O, si se prefiere oír lo mismo en
términos lejanos del lenguaje del mercado que
aquí parecen venir bien al caso, la neutralidad
del Estado en este campo pide asumir el
criterio de que a quien Dios se la dé, San
Pedro se la bendiga27.
26
Si bien desde el punto de vista interno, para
animar a mostrar y demostrar la propia fe religiosa en
público, a esta misma propuesta llega Rafael Navarro-
Valls cuando acepta la crítica de Daniel Innerarity al
“antimercantilismo moral”, entendido por aquél como
“el miedo, por parte de la Iglesia y sus adeptos, a entrar
en el juego de la libre concurrencia de las ideas y los
valores morales” («Los Estados frente a la Iglesia»
[1993], en R. Navarro-Valls y otros, Estado y religión:
textos para una reflexión crítica, Barcelona, Ariel, 2ª
ed., 2003, p. 424).
27
Recojo y devuelvo una simpática aunque algo
prolija metáfora propuesta por Ollero: «A los laicistas
–dice– su alergia al incienso acaba generándoles una
peculiar obsesión de fumadores pasivos. Puesta en mar-
cha la operación profiláctica, es inútil intentar ponerle
freno, precisamente porque no cabe neutralidad. Se
empieza obligando a fumar en los asientos traseros y se
acaba prohibiéndolo en todo el aparato; se comienza
limitando la prohibición a trayectos nacionales y se acaba
extendiéndolo a todos los vuelos; se establecen en un
primer momento tolerantes puntos para fumadores y se
acaba prohibiendo fumar en todo el aeropuerto; en edifi-
cios públicos u hoteles se invita a fumar en la propia
habitación u oficina, pero se acabará prohibiendo en
beneficio del futuro usuario o del eventual visitante. Una
vez asumido que el tabaco es cancerígeno, no cabe ya
neutralidad legítima; se impone con toda lógica el
77
Una forma diferente de argumentar contra
mi interpretación de la neutralidad podría
reconocer que nuestro modelo constitucional
es esencialmente discriminatorio, pero que,
al igual que ocurre con la preferencia por el
varón en la sucesión en la Corona, debe
resolverse por el criterio de la lex specialis.
Según esta argumentación, si la Constitución
ha establecido la libertad religiosa como una
libertad específica y diferente de la más gené-
rica libertad ideológica, hasta el punto de
hacer mención de un deber de cooperación
con la Iglesia Católica y las demás confesio-
nes, es que ha de entenderse que cualquier
privilegio no es formalmente discriminatorio28.
78
Sin embargo, el principal apoyo de esta in-
terpretación, que la Constitución distingue
literalmente entre «libertad ideológica» y «re-
ligiosa», no me parece que fundamente la idea
de que la segunda merezca un régimen esen-
cialmente diferente a la primera. La misma
frase del art. 16.1 incluye a la «libertad
ideológica, religiosa y de culto» sin que a
nadie se le haya ocurrido pensar en que la
libertad de culto, si no es redundante, sea
nada más que una espeficación de la libertad
religiosa en cuanto ésta se manifiesta exte-
riormente mediante actos rituales. Del mismo
modo, la libertad religiosa puede verse como
una especificación de la ideológica, pero no
por ello como un tipo de libertad diferente que
esté sometida a un régimen especial de protec-
ción activa.
79
financiación y ayuda por parte del Estado. Sin
embargo, si las ayudas públicas a partidos
políticos y sindicatos están justificadas en
aras de una adecuada garantía del sistema
democrático y de su pluralismo político –que
es, por cierto, lo que explica su especial
mención en los artículos 6 y 7 de la Constitu-
ción–, se trata de un tipo de razón del todo
ajena a las confesiones, que han de situarse
fuera del ámbito político (salvo que se con-
viertan expresamente en partidos), de modo
que la diferencia entre ambos casos es plena-
mente razonable y no hay causa alguna de
discriminación. Por el contrario, si hubiera
alguna forma de ayuda a partidos y sindicatos
que excediera de aquel tipo de razones, lo que
procedería sería suprimir la ayuda y no, natu-
ralmente, generalizarla sin más a cualquier
grupo con pretensiones de difusión ideológi-
ca, sea filosófica, teosófica o religiosa de uno
u otro culto.
80
ción con la Iglesia católica y las demás confe-
siones» únicamente dentro del amplio ámbito
de las acciones que posibiliten o allanen el
ejercicio efectivo de la libertad religiosa de
las distintas confesiones, pero sin rebasar el
límite de la facilitación hasta llegar a la
incentivación o promoción de actividades es-
trictamente religiosas, que traspasarían el
principio de neutralidad estatal29. Por lo de-
más, el significado genuino de términos como
«cooperación» o «colaboración» está bien le-
jano de un sistema predominantemente
unidireccional de subvenciones por parte del
Estado, que en buena parte de su cuantía se
dirigen a actividades que son reclamadas con
energía por la Iglesia católica pero de limitado
o nulo interés para un Estado laico. Co-operar
o co-laborar más bien alude a un tipo de
acción conjunta entre dos partes en áreas de
interés o valor común, como pueda ser la
sanidad, la educación, la asistencia social, la
prevención de la drogadicción, el ocio juve-
nil, el patrimonio cultural y artístico, etc. Lo
que el principio de neutralidad veda, a mi
modo de ver, es cooperar en la esfera
distintivamente religiosa, ante la que el Esta-
do ha de ser estrictamente a-confesional.
29
De acuerdo con esta conclusión, entre otros, José
Martínez de Pisón, Constitución y libertad religiosa en
España, Madrid, Dykinson, 2000, pp. 328 y 367 ss.
81
Si se quieren ejemplos claros, esta inter-
pretación no tiene nada que oponer, todo lo
contrario, a la agilización de licencias admi-
nistrativas para la construcción de iglesias o
colegios, a la facilitación del acceso de sacer-
dotes a cuarteles, hospitales y prisiones o a la
puesta a disposición de vías libres para mani-
festaciones públicas del culto. Incluso, dado
el creciente declive de la institución, perso-
nalmente yo aceptaría de buen grado el reco-
nocimiento de validez civil a los matrimonios
religiosos. El salto inaceptable está en preten-
der la exención del pago de la licencia de
construcción, la financiación de la construc-
ción de la iglesia o el colegio privado o, en fin,
la subvención a los sacerdotes, rabinos, ima-
nes y demás jerarquías eclesiásticas, que son
cosas que vienen a equivaler a costear con
fondos públicos sólo los banquetes de las
bodas religiosas30.
30
En realidad, únicamente se trataría de aplicar el
criterio que el TC utilizó en su sentencia 128/2001, de 4
de junio, en un caso en que se discutía una aplicación de
la legislación sobre Seguridad Social a una ministra de la
Unión de Iglesias Cristianas Adventistas del Séptimo Día
de España, sentencia en la que, inmediatamente después
de citar la doctrina previamente establecida en la STC 46/
2001 (Secta Moon) sobre la cooperación con las confesio-
nes religiosas como una forma de laicidad positiva, añade
literalmente que «no puede decirse que el derecho a la
libertad religiosa haya sido vulnerado en el caso objeto de
nuestro examen respecto del ámbito de las relaciones de
cooperación que con las distintas confesiones ha de
82
Pongamos negro sobre blanco el criterio
anterior. Las subvenciones específicas para el
clero católico que excedan de la asignación
obtenida mediante un impuesto religioso a la
alemana (que suplemente voluntariamente la
cuota general), la existencia de capellanes
castrenses a cargo del Estado o, en fin, la
impartición obligatoria de enseñanzas reli-
giosas en los colegios públicos y la contrata-
ción de su profesorado por el Estado, son
ejemplos de incentivación que, en mi criterio,
exceden el principio de neutralidad estatal del
art. 16.3 de la Constitución31. En todos estos
83
casos no sólo se rompe el criterio de igualdad
con las restantes creencias o increencias reli-
giosas, sino que además, por el pecado origi-
nal de haber aceptado intervenir donde no le
compete, el Estado puede terminar por com-
prometerse casi necesariamente como copar-
tícipe de decisiones y acciones derivadas que
en rigor no resultan tolerables desde una
posición de neutralidad, como la asignación
previa de este o aquel porcentaje a la subven-
ción al clero católico o la contratación y
despido de personas a voluntad de un tercero
por motivos de creencia y práctica religiosa 32.
Salvadas las distancias de magnitud del conte-
nido, la forma de la coautoría es la misma que
la relegación de la Inquisición al brazo secular
del cumplimiento de las sentencias por here-
jía, donde ni aquel Estado ni aquella Iglesia
podían lavarse las manos de lo que ocurría en
la hoguera. Y por cierto que esta misma
comparación sirve para responder a la argu-
84
mentación, digna de un Pilatos, de que es
precisamente la idea de neutralidad la que, al
hacer del Estado incompetente en materia
religiosa, justifica el dejar en manos de la
Iglesia la gestión de la enseñanza religiosa.
Lo que la neutralidad exige es que el Estado
no fomente determinadas creencias religio-
sas, da igual que lo haga por sí mismo o por
mediación de otros.
85
honor y a la intimidad, al secreto de las
comunicaciones telefónicas, a la negociación
colectiva o, en fin, al ejercicio de la libertad
de empresa –casos todos ellos en los que el
correspondiente precepto constitucional tam-
bién utiliza la fórmula «se garantiza» o simi-
lar–, es decir, mediante sanciones a quienes
impidan el ejercicio de tal derecho, libremen-
te ejercible mediante la educación en la fami-
lia, en colegios privados fuera del currículum
general, en parroquias, sinagogas o mezqui-
tas, y hasta, como posible facilitación perfec-
tamente admisible, en los locales de los cole-
gios públicos fuera del horario escolar33.
33
Entre la posición por mí defendida y la mayorita-
ria entre los cultivadores españoles del Derecho eclesiás-
tico, que parece defender la inexcusabilidad constitucio-
nal en la escuela pública de la enseñanza religiosa (al
menos, de la católica), existe una posición minoritaria
que sostiene que la Constitución permite pero no obliga
a la inclusión curricular de la religión (así, entre los
eclesiasticistas, Iván C. Ibán, con L. Prieto Sanchís y A.
Motilla, Manual de Derecho Eclesiástico, Madrid, Trotta,
2004, p. 302; también, conforme con la tesis, Luis Prieto
Sanchís, «La escuela (como espacio) de tolerancia... cit.,
p. 54; y Antonio López Castillo, «A propósito del funda-
mento constitucional...» cit., p. 79).
86
en el lugar de los otros, que es al fin y al cabo
el lugar de la imparcialidad moral conforme a
la regla de oro de no hacer a los demás lo que
no se quiere para uno mismo. Imagínese que
en un futuro indeterminado, con nuestra mis-
ma Constitución y similares leyes, un 77 por
ciento de la población se declara no creyente
o ateo y un 19 por ciento católico, quedando
el resto para las demás religiones como aho-
ra34. Imaginemos también que para entonces
los no creyentes y ateos se han organizado
como grey y que disponen de una serie de
Juntas que culminan en una Junta Nacional,
todas ellas generalmente aceptadas (no hace
falta levar la parodia a la existencia de una
jerarquía de obispos y sacerdotes que culmina
en un monarca que es también el Jefe de un
Estado con el que se suscriben tratados). A la
inversa, los católicos, sumidos de nuevo en un
momento cismático y desorganizados, se en-
contrarían en la actual situación jurídica de
los no creyentes, no perseguidos pero tampo-
co tenidos en cuenta. Pues bien, la aberración
de que aquella organización atea dispusiera
también de subvenciones para sus directivos y
empleados, de la capacidad de hacer nombrar
34
Simplemente, vengo a invertir las cifras de un
barómetro de opinión de enero de 2006 del Centro de
Investigaciones Sociológicas (CIS), según el cual el 77,3
por ciento de la población española se considera católica,
mientras un 13,0 «no creyente» y un 6,4 «ateo».
87
y despedir por el Estado profesores dedicados
a la enseñanza curricular del ateísmo en la red
de escuelas públicas, eso sí de forma volunta-
ria para los padres, así como de un cuerpo en
las Fuerzas Armadas pagado sólo para mante-
ner las creencias ateas, constituye, visto con
un poco de distanciamiento, exactamente el
mismo despropósito que hoy sustentamos.
88
termedia entre ella y la indicada tendencia a la
sobreconstitucionalización de la libertad reli-
giosa. Esta vía intermedia, si bien cedería en
el rigor sobre el criterio de neutralidad en aras
de la practicabilidad, todavía cubriría los
mínimos que me parece imprescindible man-
tener: que las prestaciones de incentivo a
algunas iglesias que se han venido ampliando
bajo el modelo de los Acuerdos con la Santa
Sede se consideren meramente una posibili-
dad constitucional y como tal revisable, no un
derecho adquirido por las confesiones que las
disfrutan y menos todavía un derecho de
carácter fundamental garantizado por la Cons-
titución.
89
con actividades de fomento cultural y depor-
tivo con las que a veces se quiere comparar y
equiparar a las creencias y prácticas religio-
sas –y en especial más allá de la diferencia de
que el fomento de las primeras no permite
hacer distinciones y exclusiones equivalentes
a las que se operan entre creyentes y no
creyentes–, el fomento de las artes y los
deportes se configura también como policies
y no como un derecho de los artistas, los
aficionados o, todavía menos, de los clubes
deportivos.
35
Sobre ello, véase sobre todo Robert Alexy, Theorie
der Grundrechte (1986), trad. cast. de Ernesto Garzón
Valdés y Ruth Zimmerling, Teoría de los derechos
fundamentales, Madrid, Centro de Estudios Constitucio-
nales, 1993, p. 86 y, en general, cap. III.
90
interpretativo, el deber del Estado de tener
«en cuenta las creencias religiosas de la socie-
dad española» y mantener «las consiguientes
relaciones de cooperación con la Iglesia cató-
lica y las demás confesiones» establecido en el
artículo 16.3 de la Constitución podría ser
caracterizado ulteriormente con dos rasgos
diferentes. Por un lado, es cierto que la idea
de cooperación no opera mecánicamente como
un ideal límite que, como una política de
pleno empleo o un medio ambiente sano, se
encuentra al final inalcanzable aunque regula-
tivo de una línea que va de la nada al todo, sino
como una virtud entre dos vicios al modo
aristotélico, en este caso, como un punto
virtuoso intermedio dentro de la línea que va
de la completa pasividad del Estado ante las
creencias religiosas, que excluiría incluso la
mera facilitación de sus actividades, a su
confusión o identificación no neutral con
ellas. Pero eso, por otro lado, en vez de
excluirlo, confirma el carácter graduable del
mandato y su condición de principio no abso-
luto, de modo que se deberá cumplir en la
medida de lo posible y, por tanto, siempre en
eventual ponderación con otros principios en
posible competencia, en especial con la prohi-
bición de no discriminación.
91
tiene por qué considerarse, en categóricos
términos de todo o nada, como la única co-
rrecta entre todas las posibles, sino, en térmi-
nos más bien graduales, como la mejor o la
más apropiada entre varias. Distintas inter-
pretaciones pueden ser más o menos razona-
bles, algunas de ellas –como creo que ocurre
con varias de las decisiones adoptadas por
nuestro TC, a veces por omisión– muy poco
razonables, y otras –como pienso que ocurre
con mi interpretación intermedia– razonable-
mente defendibles. En todo caso, esta obser-
vación ha de servir como cautela para quien
pudiera pensar que, llevada a sus últimas
consecuencias, mi interpretación ideal, obli-
garía al Tribunal Constitucional a declarar
inconstitucionales diversas disposiciones de
los Acuerdos con la Santa Sede o de la Ley
Orgánica de Libertad Religiosa de 1980. Frente
a ello, no se trata sólo de que la justicia
constitucional haya de ser particularmente
cautelosa y deferente ante el legislador demo-
crático, ni de que los precedentes existentes,
por discutibles que sean algunos de ellos,
deban tener algún peso en cualquier revisión
de las líneas jurisprudenciales. Es sobre todo
que una interpretación propuesta como razo-
nable en términos graduales no excluye la
razonabilidad de algunas interpretaciones
matizadamente diferentes. Por lo mismo, en
todo caso, nada de ello excluye de plano que
una interpretación como la que he propuesto
92
como ideal pudiera ser tan sensata como
muchas de las sentencias constitucionales que
han introducido severos controles en materia
de discriminación a las mujeres o a los extran-
jeros.
36
Lo que no implica que deban abandonar la esfera
pública, en el seno de la sociedad civil, siendo perfecta-
mente legítimas las manifestaciones externas del propio
culto, el proselitismo y la crítica sobre las creencias
religiosas, el desarrollo de actividades humanitarias y
sociales, etc. A grandes rasgos, coincido sobre esto con
Díaz-Salazar, Democracia laica... cit., cap. I, donde hay
una detallada reflexión sobre la posición de Rawls y
Habermas al respecto. No obstante, frente a la última y
confusa deriva de Habermas en favor de la legítima
incorporabilidad de las argumentaciones estrictamente
religiosas en la esfera pública (Entre naturalismo y
religión [2005], Barcelona, Paidós, 2006), comparto la
excelente crítica de Paolo Flores D’Arcais, «Once tesis
contra Habermas», Claves de razón práctica, n. 179,
enero-febrero 2008, pp. 56-60.
93
Aunque ni puede ni debe excluirse el diálogo
civilizado sobre las ideas religiosas, es evi-
dente el riesgo de conflictividad que com-
porta su traslado a la arena política, espe-
cialmente en esa área parcial pero esencial a
toda creencia religiosa en la que se defienden
ideas no universalizables, por puramente
idiosincráticas, que dependen de la fe, y cuya
imposición por la fuerza, a diferencia de los
criterios básicos de justicia, es absolutamente
inadmisible. En correspondencia, el Estado,
a la vez que debe impedir a toda costa esa
pretensión de imposición forzosa, no debe
comprometerse en las creencias religiosas. Se
ha dicho que los Estados deben ser incapaces
o incompetentes en materia de religión37, y no
tengo inconveniente en aceptarlo, especial-
mente si se incluye la incapacidad o la incom-
petencia para incentivar o subvencionar una u
otras creencias de manera privilegiada. Pero
en todo caso esa afirmación tiene como
37
José María Rodríguez de Santiago, «El Estado
aconfesional o neutro como sujeto ‘religiosamente inca-
paz’. Un modelo explicativo del art. 16.3 CE», ponencia
presentada a las Jornadas citadas en la nota inicial. Una
idea similar, del Estado como «radicalmente incompeten-
te ante la fe y la práctica religiosa», había sido defendida
antes por Pedro-Juan Viladrich y Javier Ferrer Ortiz,
«Los principios informadores del Derecho Eclesiástico
español», en Rafael Navarro-Valls (coord.), Derecho
Eclesiástico del Estado español, Pamplona, Eunsa, 1993,
p. 194.
94
correlato obligado que también las iglesias y
todas las creencias en materia religiosa, in-
cluido el ateísmo38, deben ser, en cuanto tales,
políticamente irrelevantes.
38
Tan moralmente irracional, en cuanto no
universalizable, es la afirmación de que «puesto que Dios
no existe todo está permitido» como la de que «fornicar es
pecado porque lo prohíbe el sexto mandamiento», estric-
tamente equivalentes ambas a «comer carne es inmoral
porque una noche me lo dijo el Diablo Cojuelo».
95
96
NEUTRALIDAD ACTIVA Y LAICIDAD
POSITIVA*
(Observaciones a «Para una interpretación laica de
la Constitución», del profesor A. Ruiz Miguel)
Rafael Navarro-Valls
*
El 17 de enero de 2008 la FUNDACIÓN COLO-
QUIO JURÍDICO EUROPEO organizó un Seminario
sobre “Laicismo y Constitución”. La sede fue la del
Colegio de Registradores en Madrid. La ponencia central
sobre ese tema la desarrolló el profesor ALFONSO RUIZ
MIGUEL, Catedrático de Filosofía del Derecho de la
UAM. El autor de este trabajo actuó –en expresión
oficial– como “contraponente”. He aquí el texto de esa
“contraponencia”, expuesta al finalizar la intervención
del ponente designado.
97
1. Introducción
98
En este debate el profesor Ruiz Miguel ha
desarrollado un excelente tercer ejercicio y a
mí me toca el apurado trance de desarrollar,
como contestación, una especie de cuarto
ejercicio, dado el tiempo limitado del que he
dispuesto para prepararlo. Haré lo que pueda.
2. Planteamiento metodológico
99
al dictar sentencia: después de estudiar el
asunto tienen un “hunch” (corazonada) y
luego buscan los textos o precedentes más
adecuados para revestir de ropaje jurídico su
“a priori” emocional. La corazonada o, más
bien, la convicción del profesor Ruiz Miguel
es que el modelo ideal de relaciones Estado-
Iglesias es el de “una laicidad neta y rotunda
del Estado, entendida como la más estricta
neutralidad posible de los poderes públicos
ante toda convicción religiosa, incluidas las
creencias no religiosas “(p. 34 ).
100
3. Lo que el Tribunal Constitucional
debe o no debe hacer
1
R. Alexy, Recht, Vernunft, Diskurs, Frankfurt a.
M., 1995, p. 177, y ya antes en Begriff und Geltung des
Rechts, Freiburg i. B. / München, 1992.
2
Una rigurosa discusión de los argumentos contra
la Optimierungsthese aportados por Penski, Sieckmann,
Günter y Habermas, puede verse en Karl-E. Hain, Die
Grundsätze des Grundgesetzes, Baden-Baden, 1999, pp.
114 y ss.
3
C. Starck, Besprechung zu Robert Alexy, Begriff
und Geltung des Rechts, Freiburg i. B. / München, 1992,
en “Der Staat”, 32 (1993), pp. 473 y ss., especialmente
pp. 475-476.
101
doctrina una elegante contención en la capaci-
dad crítica del sistema. A veces uno se sor-
prende con afirmaciones rotundas de alguna
doctrina (no es el caso del autor) que sostiene
tesis atrevidas y que podría sintetizarse así:
«Ciertamente el Tribunal Constitucional es el
intérprete auténtico de la Constitución, pero
siempre y cuando falle de acuerdo con la
manera en la que yo entiendo la Constitución;
en caso contrario, se equivoca siempre».
102
adaptaran a su interpretación de la Constitu-
ción en el New Deal. Enojado por un Tribunal
Supremo que tenía otra visión del problema,
intentó una reforma del mismo que el Congre-
so acabó bloqueando4.
4
Cfr.A.M.Schlesinger, jr, La era de Roosevelt.
III. La política del cataclismo, trad esp. de J.Meza,
Mexico 1968, pp. 423 ss.
103
Iglesia católica en las fuerzas armadas (…)
garantiza igualmente todas las libertades”
(p. 44).
5
Cfr. J.M. González del Valle, M. López Alarcón,
R. Navarro-Valls, P.J. Viladrich, Derecho Eclesiástico
del Estado, Eunsa, Pamplona 1980. Después del falleci-
miento del profesor Lombardía, me correspondió coodinar
la tercera edición (1993), a la que se incorporaron los
profesores J.Fornés y J. Ferrer Ortiz.
104
Viladrich 6. Unánimemente –tras el corres-
pondiente debate– los profesores asistentes
coincidimos con las líneas de fuerza de las
brillantes tesis de nuestro colega.
6
P. J. Viladrich, Los principios informadores
del Derecho eclesiástico del Estado español, en J. M.
González del Valle, P. Lombardía, M. López Alarcón,
R. Navarro Valls y P. J. Viladrich, Derecho eclesiástico
del Estado español, Eunsa, Pamplona 1980 (1.ª ed.), pp.
211-317.
105
a Jonás en el vientre de la ballena”7; o, al
contrario, la tentación del poder religioso de
sofocar la imprescindible autonomía del po-
der político. Por eso la Constitución estable-
ció un punto de equilibrio entre la neutralidad
radical y la sospechosa camaradería. Enten-
dió que si no elegía la vía del conflicto como
norma, había de escoger la vía de la colabora-
ción como sistema. Es un valor constitucional
que marca un largo y no uniforme camino
cuya realización estará condicionada por la
modalización que le marquen –y que él mar-
que– a los otros principios. Eso concluimos
–siempre de la mano del profesor Viladrich–
y eso recogió luego el TC. De ahí mi satisfac-
ción ante la aprobación que de esa teoría
inicial hace el prof. Ruiz Miguel.
7
S.Berlingó, Le condizione delle Chiese, “Il diritto
eclesiástico”, oct-dic., 2002, p. 1313.
8
Un buen análisis de esas y otras decisiones del TC
106
5. Los restringidos efectos de las senten-
cias de amparo
107
Sección (del Tribunal Constitucional) conoz-
ca del recurso de amparo respecto de decisio-
nes de jueces y tribunales, limitará su función
a concretar si se han violado derechos o
libertades del demandante y a preservar o
restablecer estos derechos o libertades, y se
abstendrá de cualquier otra consideración
sobre la actuación de los órganos jurisdiccio-
nales”.
108
Por el contrario, el artículo 38.1 estable-
ce, a propósito de las Sentencias dictadas en
los procedimientos de declaración de
inconstitucionalidad: “Las sentencias recaí-
das en procedimientos de inconstitucionalidad
tendrán el valor de cosa juzgada, vincularán a
todos los Poderes Públicos y producirán
efectos generales desde la fecha de su publi-
cación en el «Boletín Oficial del Estado”.
Previsión que completa el artículo 39.1, al
disponer: “Cuando la sentencia declare la
inconstitucionalidad, declarará igualmente la
nulidad de los preceptos impugnados, así
como, en su caso, la de aquellos otros de la
misma ley, disposición o acto con fuerza de
ley a los que deba extenderse por conexión o
consecuencia”.
109
desarrollo normativo de rango legal e incluso
inferior, como, en este caso, los derivados de
los acuerdos internacionales firmados con la
Santa Sede (pág. 52).
110
El cumplimiento de los requisitos indica-
dos en los preceptos acabados de transcribir
hace, no sólo que el tratado internacional pase
a formar parte de nuestro Derecho interno,
sino que, además, en caso de colisión, preva-
lezca sobre éste. Así lo han reconocido, entre
otras, las SSTS de 27 de enero de 1970, 17 de
julio de 1971 y 17 de junio de 1974, en las que
advierte de que los compromisos internacio-
nales de un instrumento expresamente pacta-
do tienen primacía en caso de conflicto o
contradicción con las fuentes de Derecho
interno que pudieran diferir de lo estipula-
do, una vez que se han cumplido los requisitos
de publicación en el Boletín Oficial del
Estado.
111
Italia) pero, ratificados, adquieren el rango
que les confieren la jerarquía de fuentes 9.
9
Cfr. P. Lombardía y J. Fornés, Fuentes del Dere-
cho eclesiástico español, en J. Ferrer Ortiz (coord.)
Derecho eclesiástico del Estado español, 6ª ed. Pamplona
2007 (7ª ed.), pp. 65 ss.
112
suma, lo que el punto de vista laico exige es
que las distintas creencias en materia religio-
sa operen en la sociedad con plena libertad
negativa, sin privilegios que marquen prefe-
rencias por unas convicciones sobre otras, de
modo que cada cual pueda practicar sus ideas,
e incluso intentar expandirlas, sin privilegios
o trabas que impidan o dificulten la libre
competencia de las ideas” (pp. 75-77).
113
tipo de neutralidad le confiere, más bien,
poderes ilimitados10.
10
Es la llamada “laicidad a la francesa” como
opuesta a la “laicidad pluralista”. Cfr. N.Colaianni,
Eguaglianza e diversità culturali e religiose, Bologna
2006, pp. 50 ss. Me permito remitir en este punto también
a Martin Rhonheimer, Laici e cattolici: oltre le divisioni.
Riflessioni sull’essenza della democrazia e della società
aperta, en «Fondazione Liberal», n. 17, 2003, pp. 108-
116. Igualmente M.T. Areces Piñol, El principio de
laicidad en la jurisprudencia española y francesa,
Lérida 2003.
11
J. Martínez-Torrón, Religión, derecho y socie-
dad, Granada 1999, p. 187.
114
grupos pseudo-religiosos”.12 Creo, además,
que este punto de vista es el más congruente
con la redacción del artículo 16.3 de nuestra
Constitución
12
Ibidem.
13
Ibidem, p. 188.
115
quier ideología con vocación de religión, se
corre el riesgo14 de que la sociedad civil, una
vez ideológicamente plasmada, se torne re-
fractaria a todo otro influjo y, por tanto,
intolerante.
14
Cfr. G. Lo Castro, Ordine temporal, ordine
spirituale e promozione umana, en “Il diritto eclesiásti-
co”1, 1984, p. 565. También: R. Navarro-Valls, Los
Estados frente a las Iglesias, en el vol. “Estado y
Religión. Textos para una reflexión crítica”, 2 ª ed.,
Madrid 2003, pp. 410 ss; A, Ollero, España: ¿un Estado
Laico?, La libertad religiosa en perspectiva constitu-
cional, Madrid, 2005, pp. 40 y ss.
116
Si esto es así, es evidente que esas acciones
positivas, cuando se aplican a la Iglesia cató-
lica, deberían tener una valoración positiva o,
al menos, no negativa. Sin embargo al ponen-
te le parecen que rompen el principio de
igualdad e incluso introducen al Estado en la
oscura celda del “pecado original de interve-
nir donde no le compete” (p. 84). Y al poner
“negro sobre blanco” (misma página) recusa
(como contrarias al principio de neutralidad
del art. 16.1) las subvenciones específicas
para el clero católico que excedan de la
asignación obtenida mediante un impuesto
religioso a la alemana (que suplemente volun-
tariamente la cuota general), la existencia de
capellanes castrenses como miembros del Ejér-
cito o, en fin, la impartición obligatoria de
enseñanzas religiosas en los colegios públicos
, así como la contratación de su profesorado
por el Estado, en los que ve ejemplos de
“incentivación” que, en su criterio, exceden
el principio de neutralidad estatal del art.
16.3 de la Constitución.
117
a fieles de asociaciones exiguas, los cuales
reciben proporcionalmente –a la vista de la
demografía española de las distintas confesio-
nes– bastante más que los católicos15.
15
www.pluralismoyconvivencia.es
16
Tribunal Europeo de Derechos Humanos (Sección
4ª). Caso Alujer Fernández y Caballero García contra
España. Decisión de 14 junio 2001 JUR\2004\138645.
118
1.- Los demandantes practican la religión
protestante y son miembros de la Iglesia
Bautista Evangélica de Valencia. Inscrita en
el Registro oficial de instituciones religiosas
del Ministerio de Justicia, es miembro de la
Federación de las Entidades Religiosas Evan-
gélicas de España (FEREDE).
119
El TEDH recuerda en su decisión que el
artículo 14 del Convenio Europeo de Dere-
chos Humanos no prohíbe toda distinción de
trato en el ejercicio de los derechos y liberta-
des reconocidos, no violándose la igualdad de
trato sino cuando una distinción carece de
justificación objetiva y razonable, es decir, si
no persigue un fin legítimo o si no existe una
relación razonable de proporcionalidad entre
los medios empleados y el fin perseguido17.
17
Sentencias de 9 febrero 1967 en «el asunto lingüís-
tico belga», serie A núm. 5, ap. 38 y Darby contra Suecia
de 24 septiembre 1990, serie A núm. 187, p. 12, ap. 31.
120
En cuanto al tratamiento fiscal específico
del que goza la Iglesia católica en España, el
Tribunal señala que viene contenido en la
disposición adicional quinta de la Ley de 23
de diciembre de 1987, de Presupuestos del
Estado para 1988, y deriva de los acuerdos
concluidos el 3 de enero de 1979 entre España
y la Santa Sede, que ponen a cargo de las dos
partes obligaciones recíprocas: de esta forma,
por ejemplo, la Iglesia católica se comprome-
te a poner al servicio de la sociedad su
patrimonio histórico, artístico y documental
(“Acuerdo relativo a la enseñanza y a los
asuntos culturales”, artículo XV). De otro
lado, sus locales de culto gozan de una exen-
ción fiscal (“Acuerdo relativo a los asuntos
económicos”, artículo IV).
121
libertad de religión de los demandantes (Sen-
tencia Cha’are Shalom Ve Tsedek contra Fran-
cia, de 27 de junio de 2000). En efecto, dicho
margen de apreciación se justifica aún más no
existiendo en Europa un estándar común en
materia de financiación de las iglesias o cul-
tos; estas cuestiones se encuentran estrecha-
mente vinculadas a la historia y a las tradicio-
nes de cada país. Asimismo, el Tribunal
constata que la legislación fiscal española no
obliga en absoluto a nadie a pagar una parte de
sus impuestos a la Iglesia católica. En efecto,
cada contribuyente puede destinar el porcen-
taje de sus impuestos fijado por la Ley de
presupuestos para fines de interés social o
general.
122
nal italiana, del Tribunal Constitucional Fe-
deral alemán y del Tribunal Supremo Federal
de Estados Unidos. Corrientes que han veni-
do a converger en el Tribunal Europeo de
Derechos Humanos.
Veamos:
18
Sobre esta noción y su vigor jurisprudencial me
permito remitir al lector interesado a los trabajos de M.
J. Roca, “Teoría” y “práctica” de la laicidad. Acerca de
su contenido y su función jurídica, en “Persona y Dere-
cho”, 53, 2005, 223-257, y La neutralidad del Estado.
Orígenes doctrinales y situación actual en la jurispruden-
cia, en «Revista Española de Derecho Constitucional»,
núm. 48, 1996, 251-272 (este último trabajo también está
en «Il Diritto ecclesiastico», 2, 1997, 405-429). Para
contrarrestar los argumentos del ponente en contra de la
autonomía de las Iglesias en el comentario a la sentencia
de la secta Moon, son interesantes las argumentaciones
de la misma M. J. Roca, Derechos fundamentales y
autonomía de las Iglesias, Madrid, 2005, pp. 104-111.
Igualmente lo son –para contrastar sus argumentos en
contra de la sentencia de la idoneidad de los profesores de
religión– las pp. 128-134 de esta misma monografía y el
estudio, Régimen jurídico del nombramiento de los pro-
fesores de religión en las escuelas públicas alemanas, en
«Revista General de Derecho Canónico y Derecho Ecle-
siástico del Estado», iustel. com, 14, 2007, que pone de
manifiesto cómo el apoderamiento (la Bevollmächtigung)
que otorgan las confesiones religiosas a los profesores de
religión en Alemania es muy similar a la declaración de
idoneidad en nuestro Derecho.
123
“implica no indiferencia del Estado ante las
religiones sino garantía del Estado para la
salvaguarda de la libertad religiosa”19.
19
Texto en «Giurisprudenza Costituzionale», 1989,
I, fasc. 4, pp. 901 ss. Sobre esta sentencia y su repercu-
sión en los medios jurídicos italianos, vide L. Guerzoni,
Considerazioni critiche sul «principio supremo» di
laicità dello Stato alla luce dell´esperienza giuridica
contemporanea, «Il dir. eccle.», I (1992), pp. 86 ss. El
mismo criterio, es decir, una conceptuación «positiva» de
la libertad religiosa ha vuelto a ser reiterado por la Corte
Constitucional italiana en su sentencia 195/1993, de 27
de abril, que reproduce textualmente en la fundamentación
jurídica la idea de que la «...laicità dello Stato che è uno
dei profili della forma di Stato delineata nella Carta
Costituzionale della Repubblica, principio que implica
non indifferenza dello Sato dinanzi alle religioni ma
garanzia dello Stato per la salvaguardia della libertà di
religione, in regime di pluralismo confessionale e
culturale», con expresa referencia a la sentencia de 1989.
20
La Referencia oficial completa es: BVerfG, 1
BvR 2780/06 vom 15.3.2007, Absatz-Nr.(1-49), en
http://www.bverfg.de/entscheidungen/
rk20070315_1bvr278006.html
124
confesiones”. Entre la doctrina alemana, la
defensa de la “positive Trennung” (separa-
ción positiva) o “wohlwollende Neutralität”
(neutralidad benevolente) es prácticamente
común 21.
21
De la abundante bibliografía alemana, se recogen
sólo algunos de los autores más representativos: K.
Schlaich, Neutralität als verfassungsrechtliches Prinzip,
Tübingen, 1972; A. Fr. v. Campenhausen, Der heutige
Verfassungsstaat und die Religion, en J. Listl / D.
Pirson, (Hrsg.), Handbuch des Staatskirchenrechts der
Bundesrepublik Deutschland, Bd. 1, 2. Aufl., Berlin,
1994, pp. 47 y ss., especialmente pp. 77-79; P. Badura,
Das Staatskirchenrecht als Gegenstand des
Verfassungsrechts. Die verfassungsrechtlichen
Grundlagen des Staatskirchenrechts, en J. Listl / D.
Pirson, (Hrsg.), Handbuch des Staatskirchenrechts der
Bundesrepublik Deutschland, Bd. 1, 2. Aufl., Berlin,
1994, pp. 211 y ss; A. Hollerbach, Grundlagen des
Staatskirchenrechts, en J. Isensee / P. Kirchhof, (Hrsg.),
Handbuch des Staatsrechts der Bundesrepublik
Deutschland, Bd. 6, 2. Aufl. 2001, § 138.
22
Sigo, en sus líneas generales, la exposición que
hace S. Cañamares en «Neutralidad religiosa y tradicio-
nes», Madrid 2008, trabajo aún inédito que amablemente
el autor me ha permitido consultar.
125
de otro, el principio de que la intervención
gubernamental en asuntos religiosos puede
poner en peligro la misma libertad religiosa.
Esta conceptuación ha desembocado en la
sentencia Walz v. Tax Commission23. En ella,
pronunciándose sobre la constitu-cionalidad
de unas exenciones tributarias a favor de las
propiedades de unas confesiones religiosas
que estaban afectas al culto religioso, el Tri-
bunal Supremo hablaría de interpretación de
la neutralidad del Estado en términos positi-
vos, indicando que la neutralidad no puede ser
concebida como una línea absolutamente rec-
ta; esa rigidez podría frustrar el objetivo
básico de la Primera Enmienda que estriba en
asegurar que ninguna religión sea favorecida
ni discriminada .
23
Walz v. Tax Commission of New York City, 397
US 664, (1970).
24
El mejor trabajo que conozco en lengua española
sobre la posición del Tribunal Supremo de los Estados
Unidos en las relaciones Iglesias –Estado es el de J.I.Rubio
López (Con prólogo de R.Palomino), La primera de las
libertades. La libertad religiosa en EE.UU. durante la
Corte Rehnquist (1986-2005): una libertad en tensión,
Pamplona 2006. Ver especialmente pp. 428 ss.
126
de interferencia estatal en el ámbito de la
religión. Al margen, por tanto, de tales actos
prohibidos, hay espacio –concluye el Tribu-
nal– para una “neutralidad benevolente” que
permite el libre ejercicio de la religión sin
respaldo y sin interferencias gubernamenta-
les.
25
La cita es de William McLoughlin, que recojo de
S. P. Huntington, ¿Quiénes somos? Los desafíos a la
identidad nacional estadounidense, Barcelona, (2004),
p. 111.
127
país de origen, Francia? Como ha estudiado
T. J. Gunn26, la historia real de la laicidad, en
comparación con el mito, se llena de ejemplos
de grupos religiosos que son disueltos por el
Estado, de líderes religiosos que son arresta-
dos por una alegada falta de lealtad, de pro-
piedades de estos grupos que son incautadas,
y de denegaciones de personalidad jurídica a
las congregaciones. Incluso Michael Burleigh
acaba de hablar de períodos oscuros del laicis-
mo europeo, “incluido un genocidio cometido
en nombre de la Razón” 27.
26
T. J. Gunn, Mitos Fundacionales: «Libertad reli-
giosa» en los Estados Unidos y «Laicidad» en la Repúbli-
ca francesa. (RI § 402154), «Revista General de Derecho
Canónico y Eclesiastico del Estado», n. 4, enero
2004.www.iustel.com
27
M. Burleigh, Poder terrenal, trad. esp., Madrid
2005, p. 12.
28
Sigo las apreciaciones de uno de los autores que
con mayor rigor ha estudiado la doctrina de Estrasburgo
sobre la libertad religiosa: J. Martínez-Torrón, Los
128
principio de igualdad (artículo 14 del Conve-
nio Europeo) debe aplicarse rigurosamente a
la libertad, pero no necesariamente a la co-
operación. Ni siquiera las situaciones de co-
laboración privilegiada entre el Estado y una
determinada iglesia, en forma de una velada
confesionalidad del Estado (como en Grecia),
o en forma de iglesias de Estado (como en
Inglaterra o en algunos países escandinavos),
se han considerado contrarias al Convenio
Europeo. Lo importante –desde el punto de
vista de la Corte– es que las relaciones de
colaboración privilegiada no produzcan, como
efecto secundario, ninguna restricción injus-
tificada a la libertad de actuar de que deben
gozar el resto de los grupos e individuos en
cuestiones religiosas e ideológicas.
129
ciones Iglesia-Estado en los países miembros
del Consejo de Europa, ni, aún menos, impo-
ner un forzoso secularismo. El telón de fondo
de este planteamiento es la convicción de que
la actitud del Estado hacia la religión es una
cuestión primordialmente política, y es el
resultado, en gran medida, de la tradición
histórica y de las circunstancias sociales de
cada país.
130
comprensión ética de los ciudadanos (...), de
ninguna manera gozan prima facie de ningún
privilegio frente a las concepciones de tipo
cosmovisional o religioso que están en com-
petencia con ellas. La neutralidad
cosmovisional del poder del Estado que ga-
rantiza iguales libertades éticas para cada
ciudadano es incompatible con cualquier in-
tento de generalizar políticamente una visión
secularística del mundo. Y los ciudadanos
secularizados, cuando se presentan y actúan
en su papel de ciudadanos, ni pueden negar en
principio a las cosmovisiones religiosas un
potencial de verdad, ni tampoco pueden dis-
cutir a sus conciudadanos creyentes el dere-
cho a hacer contribuciones en su lenguaje
religioso a las discusiones públicas”29.
29
J. Habermas, Entre naturalismo y religión, trad.
Pere Fabra, Barcelona, 2006, p. 118-119.
131
dría terminar incluso por ser su siglo. Como
han demostrado Shah y Toft 30 no conviene
olvidar que la religión ha movilizado a millo-
nes de personas para que se opusieran a
regímenes autoritarios, para que inaugurasen
transiciones democráticas, para que apoyaran
los derechos humanos y para que aliviasen el
sufrimiento de los hombres. En el siglo XX,
los movimientos religiosos ayudaron a poner
fin al Gobierno colonial y a acompañar la
llegada de la democracia en Latinoamérica,
Europa del Este, el África subsahariana y
Asia. La iglesia católica posterior al Concilio
Vaticano II jugó un papel crucial oponiéndose
a los regímenes autoritarios y legitimando las
aspiraciones democráticas de las masas, lo
cual fue especialmente evidente en España.
30
T.S Shah –M.D. Toft, Por qué Dios está ganan-
do, en “Foreing Policy”, edición española, (agosto/
septiembre 2006), pp. 23 y 24.
132
la población mundial –un 50% para ser más
precisos– eran católicos, protestantes, musul-
manes o hindúes. A principios del siglo XXI,
casi el 64% pertenecía a estos cuatro grupos
religiosos y la proporción podría estar próxi-
ma al 70% para 2025. Dios está, pues, “en
racha”. Esto se reflejó –son datos de hecho,
unos positivos y otros claramente negativos,
no apreciaciones valorativas– en la revolu-
ción iraní de 1979, en el ascenso de los
talibanes en Afganistán, en el renacer chií y
en las luchas religiosas en el Irak de la
posguerra, y en la victoria de Hamás en
Palestina. Pero no ha sido Alá el que ha
lanzado todos los rayos. La lucha contra el
apartheid en Suráfrica en los 80 y a comienzos
de los 90 se fortaleció gracias a prominentes
líderes cristianos como el arzobispo Desmond
Tutu. Los evangélicos de EEUU siguen sor-
prendiendo al establishment de la política
exterior estadounidense con su activismo e
influencia sobre asuntos como la libertad
religiosa, el tráfico sexual, Sudán y el sida en
África. Es más, los evangelistas han surgido
como una fuerza tan poderosa que en las
elecciones presidenciales de Estados Unidos
de 2004 la religión fue un factor más fiable de
predicción de voto que el sexo, la edad o la
clase social. En síntesis –coincido con ellos–
133
“la democracia está dando voz a los pueblos
del mundo, y éstos quieren hablar de Dios” 31.
31
Ibidem.
32
Cfr. C. Dawson, The Outlook for Christian
Culture, en “Christianity and European Culture: Selections
from the Work of C.Dawson”, Washington 1998, p. 5.
Citado por G.Weigel, Política sin Dios: Europa, Améri-
ca: el cubo y la catedral, Madrid, 2005, p. 43. Ver
también R. Navarro-Valls, Europa y cristianismo, “Ana-
les de la Real Academia de Jurisprudencia y Legisla-
ción”, n. 35, 2005, pp. 405 ss.
134
Ante todo conviene dejar aquí constancia
de que el principio de cooperación español ha
sido un elemento valorado por distintos juris-
tas del panorama internacional. Solo dos ejem-
plos. Con motivo del 25 aniversario de la
Constitución española, celebramos en la Uni-
versidad Complutense de Madrid –coordina-
do por el profesor Martínez Torrón– un sim-
posio sobre la Constitución española y la
europea, que no hace mucho se publicó33. Uno
de los ponentes, el profesor Cole Durham 34
–experto en libertad religiosa en el ámbito
internacional– llamó la atención sobre las
importantes repercusiones que la construc-
ción española del principio de cooperación ha
tenido en América Latina y en los países del
antiguo bloque soviético. Por su parte, aún
más recientemente, se ha insistido en la im-
portancia del principio de cooperación en
distintos ordenamientos jurídicos iberoame-
ricanos35.
33
Estado y religión en la Constitución española y en
la Constitución europea (J. Martinez-Torrón, ed), Gra-
nada 2006.
34
W. Cole Durham, jr, La importancia de la expe-
riencia española en las relaciones Iglesia-Estado para
los países en transición, en “Estado y religión…”, cit.,
pp. 43 ss.
35
A. Patiño Reyes, Libertad religiosa y principio
de cooperación en Hispanoamérica, tesis doctoral inédi-
ta dirigida por R. Palomino, Madrid 2007.
135
Dicho esto hay que añadir que parece como
si en España estuviéramos en trance de agotar
la significación y virtualidades del principio
de cooperación. Incluso ha llegado aislada-
mente a proclamarse su inconstitucionalidad
material 36.
36
Cfr. J.R. Polo Sabau, «La concepción dogmática
del art. 16.3 de la C onstitución: reflexiones sobre la
pervivencia del formalismo en la hermenéutica constitu-
cional», en “Foro: Revista de ciencias jurídicas y socia-
les”, nº. 1, 2005, págs. 203-233.
37
Cfr. P. J. Viladrich, Los principios informadores
del Derecho eclesiástico español, en AA. VV., “Derecho
eclesiástico del Estado español”, Pamplona 1980, pp.
308-312.
136
católica-Estado español previas a la Constitu-
ción de 1978. Se trata de un elemento añadido
a la creativa tensión igualdad-libertad, que
pretende establecer vías benevolentes para la
solución de potenciales conflictos entre suje-
tos colectivos e individuales y la normativa
estatal. No agota su contenido en la libertad y
la igualdad, sino que las complementa 38.
38
Cfr. J. Ferrer Ortiz, Los principios constituciona-
les del Derecho eclesiástico como sistema, en AA. VV.,
“Las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Estudios en
memoria del profesor Pedro Lombardía”, Madrid 1989,
pp. 316 y 319-320.
39
Cfr. J.Martínez-Torrón, Presentación de “Estado
y religión…”, cit. p. XI.
137
Me refiero al hecho de que las iniciativas
de ayuda social fundadas en la caridad cristia-
na, o en su concepto equivalente en otras
religiones, normalmente atraen a más perso-
nas que el mero altruismo sin una clara base
espiritual, por sofisticada que sea su elabora-
ción intelectual. Éste es un tema al que no
siempre se presta la debida atención, lo cual
resulta paradójico en sociedades, como las
occidentales, cada vez más preocupadas por
fomentar la solidaridad con las personas o
grupos situados en una situación de desventa-
ja física, cultural o social (preocupación que,
de suyo, notémoslo también, procede de un
interés ético con claras raíces religiosas).
Como también ha dicho Martínez Torrón 40:
“la perspectiva del análisis económico del
derecho sería aquí muy útil, para iluminar las
razones estrictamente seculares de la aplica-
ción del principio de cooperación estatal en
materia religiosa. Sería muy interesante po-
der contar con estudios sólidos sobre el im-
pacto de la religión en la economía. O, por ser
más preciso, sobre el dinero que las religiones
ahorran al Estado, y en particular a un Estado
social de tipo europeo”.
40
J. Martínez-Torrón, Transición democrática y
libertad religiosa en España, en “Persona y Derecho”
53 (2005), p. 201.
138
Hace unos días, contestando a unas pre-
guntas sobre el nuevo sistema de financiación
de la Iglesia católica, un conocido locutor de
TV me preguntaba si sería cuantificable tal
aportación en el caso de la Iglesia Católica.
Contesté que no existen unos cálculos globales
fiables. Pero me permití poner algún ejemplo.
En la actualidad hay más de 1.800.000 alum-
nos escolarizados en centros concertados, que
pertenecen en su mayoría a centros de la
Iglesia. En un centro concertado cada plaza le
cuesta al Estado 1.840 euros; la misma plaza
en un centro público ronda los 3.517 euros. Si
esta diferencia se multiplica por el total de
estudiantes, sale una cifra de ahorro de más de
tres mil millones de euros. Si estas mismas
cantidades se aplican a los 90 hospitales, 110
ambulatorios, 933 casas de ancianos, 284
centros para la tutela de la infancia, 2833
centros asistenciales de otros tipos etc ¿de
cuánto dinero estaríamos hablando? En estos
centros, por ejemplo, en el año 2004 se
atendió a 2.500.000 personas. Teniendo en
cuenta que la cantidad que este año obtendrá
la Iglesia del Estado vía contribuyentes será
de unos 144 millones de euros, se entiende la
queja de la Iglesia Católica cuando se le acusa
de situación privilegiada 41.
41
Datos facilitados al autor por la Vicesecretaría
para Asuntos Económicos de la CEE (junio 2007).
139
Tampoco se puede olvidar que el propio
estímulo de la cooperación con la Iglesia
católica ha arrastrado tras de sí a las restantes
confesiones minoritarias que, hoy por hoy,
gozan en España de una situación bastante
más satisfactoria que en toda su historia pasa-
da en nuestro país, donde con frecuencia
fueron ignoradas cuando no menosprecia-
das.
42
Sobre este tema, Cfr. J.M. Murgoito, Igualdad y
cooperación en materia religiosa. La diversidad de trato
de la Iglesia católica en las relaciones de cooperación
con el Estado, Pamplona 2007 (tesis doctoral inédita).
140
Estado, y no la Iglesia. Permítanme alguna
precisión.
43
Cfr. STC 5/1981, de 13 de febrero.
141
tad religiosa en su dimensión comunitaria o
colectiva (art. 16.1 CE). El deber de coopera-
ción establecido en el art. 16.3 CE encuentra
en la inserción de la religión en el itinerario
educativo un cauce posible para la realización
de la libertad religiosa en concurrencia con el
ejercicio del derecho a una educación confor-
me con las propias convicciones religiosas y
morales.
142
La primera, pedir disculpas por la exten-
sión de esta “contraponencia”. La razón estri-
ba en que la “ponencia” del profesor Ruiz
Miguel es tan brillante y sugestiva que me ha
parecido necesario sustentar especialmente
bien mis razonamientos y,en su caso, críti-
cas.
143
nes de sus adversarios políticos lo transfor-
maran en una ominosa corriente de rencor
subterráneo, haciéndole aparecer como un
hooligan de la política. Lo que alguien de su
entorno llamó la ofensiva del “macarthysmo
religioso”, que tiende a convertir en un lepro-
so político al hombre con determinadas con-
vicciones44. Por lo demás, esa posición no es
realista tampoco en todo el ámbito europeo.
En gran parte de Europa (desde la Europa del
Este hasta la propia Escandinavia o amplias
partes del Reino Unido) existe otra actitud.
En realidad esa posición de neutralidad activa
es bastante aislada: algunos sectores laicistas
de Francia, España e Italia. Tal vez Bélgica y
Holanda, y no mucho más. La gran mayoría
de los ordenamientos europeos se decantan
formalmente hacia modelos de cooperación
compatibles con la neutralidad.
44
Es interesante el análisis realizado por J. Planell,
La cuestión religiosa en la campaña electoral del Presi-
dente Kennedy, Pamplona, 1978.
144
esa visión, la propia “neutralidad” liberal –tal
y como el ponente la plantea– debería pasar a
través de algo así como un potente flitro de
“purificación social”, precisamente porque
tal visión no es sino una ideología más –y
probablemente no estrictamente neutral– so-
metida, por tanto, al rigor de los filtros
purificadores por los que debe pasar toda
“religión civil”45.
45
Sobre la noción de “religión civil” existe una
amplia bibliografía. Tal vez, para una primera aproxima-
ción, baste R. Bellah “Civil Religion in America”,
Daedalus Journal of the American Academy of Arts and
Sciences, vol. 96, (1967), pp. 1-21; W.C. Winberley, W.
H. Swatos, “Civil Religion” en Enciclopedia of Religion
and Society (http://hirr.hartsem.edu/ency); D. K. Hepler,
“The constitucional challenge to American civil
religion”, en Kansas Journal of Law and Public Policy,
(1996), pp. 93 ss; R. Palomino, Religión, Derecho
comparado, Madrid, 2007, pp. 110. ss.
145
146
LA NEUTRALIDAD, POR ACTIVA Y
POR PASIVA
(Acotaciones al margen de «Neutralidad activa y
laicidad positiva», del profesor Rafael Navarro-
Valls)
147
distinguido colega asimila a la encerrona su
respuesta a mi ponencia por la limitación del
tiempo de preparación en ambos casos, aun-
que la analogía se hace mucho más distante en
lo que se refiere al otro rasgo de aquel famoso
ejercicio, conforme al que el tribunal solía
escoger con alguna malicia el tema que supo-
nía menos familiar para el candidato. La
verdad es que, en este caso, el tema de nuestro
debate era y sigue siendo mucho más familiar
para el contraponente que para el ponente: si
no se me toma al pie de la letra, he sido más
bien yo quien ha entrado in partibus infidelium,
de modo que, echadas todas las sumas, las
armas han quedado razonablemente equili-
bradas.
148
rar de buen gusto las polémicas y el ejercicio
de la crítica intelectual, acaso porque siempre
ha sido difícil de entender que la crítica no
tiene por qué confundirse con la denuncia, la
censura, el argumento ad hominem o la humi-
llación del discrepante. Aparte de las re-
censiones elogiosas de adeptos y amigos, lo
más habitual en nuestro mundo cultural ha
sido y es el silencio público sobre los
discrepantes, en ejecución de ese expresivo
dicho de que no hay mayor desprecio que no
hacer aprecio.
149
ello, aunque en lo esencial seguiré el orden
del mismo hilo de las observaciones del prof.
Navarro-Valls, abreviaré el número de epí-
grafes agrupando algunos de los suyos en mis
acotaciones.
1
Hasta donde yo sé, en efecto, esta idea hoy tan
divulgada fue formulada por primera vez por Ross, algo
más matizadamente que lo afirmado en el texto, en On
Law and Justice (1958), § XXX, trad. cast. de Genaro R.
Carrió, Sobre el derecho y la justicia, Buenos Aires,
Eudeba, 1962, p. 146. Tal vez la idea fue afirmada
anteriormente por algún realista norteamericano, pero
Ross únicamente cita como inspiración medianamente
aproximada las frases de un libro del juez estadounidense
Bernard Botein (Trial Judge, 1952).
150
alegarse bastante en su favor si se aplica a los
abogados. En todo caso, de ser cierta única-
mente ofrecería una explicación de lo que
Hans Reichenbach denominó el contexto de
descubrimiento de una teoría (en su caso,
científica), que él contrapuso al contexto de
justificación2: que Newton descubriera la ley
de la gravedad dormitando bajo un manzano
como manda la tradición, en una noche de
insomnio o por una inspiración que le encon-
tró trabajando puede ser interés para la histo-
ria o la psicología de la ciencia, pero lo
importante para el conocimiento científico es
si aquella ley está adecuadamente fundamen-
tada o justificada, con total independencia de
su contexto de descubrimiento. En mi caso,
no tengo del todo claro cómo ni cuándo pensé
que la interpretación más extendida del art.
16.3 de la Constitución, que considera el
deber de cooperación como una especie de
modulación o excepción de la aconfesionalidad
estatal y del régimen general de la libertad
religiosa, podía ser retada por una interpreta-
ción distinta y alternativa. Lo relevante, sin
embargo, es que las razones que haya aducido
en favor de mi interpretación sean sólidas y
convincentes.
2
Cf. Experience and Prediction. An Analysis of the
Foundations and the Structure of Knowledge (1938),
Notre Dame, University of Notre Dame Press, 2006, pp.
6-7.
151
En realidad, el prof. Navarro-Valls co-
mienza por aceptar que mis «apreciaciones
[...] resultan difícilmente rebatibles, desde
una perspectiva eminentemente técnica, pues
se mueven en lo que los americanos llaman
‘blue sky law’, es decir, apreciaciones de
deber ser y de legítimas aspiraciones ideoló-
gicas» (p. 99). Ahora bien, si esta afirmación
se relaciona con la del siguiente § 3 –que mi
pretensión central de proponer la «mejor in-
terpretación posible» de la Constitución so-
brepasa la función de la doctrina jurídica y no
puede servir como canon interpretativo para
el Tribunal Constitucional, cuyo papel se ha
de limitar a decidir si las normas legales
«encajan o no» en el marco de la norma
fundamental–, parece resultar que la perspec-
tiva por mí adoptada se encontraría al margen
de la interpretación genuinamente doctri-
nal o «científica», de lege (o de constitutione)
data, para ser una mera propuesta filosófica
diferible a las calendas griegas de una even-
tual reforma constitucional.
152
cielo de una futura e hipotética constitución
ideal, sino para mejorar un poco este nuestro
valle de lágrimas, que tiene que contar con el
art. 16.3 tal y como está formulado y que, por
tanto, debe además contraargumentar frente a
varias de las afirmaciones y decisiones del TC
por considerarlas erróneas. Por fortuna para
mi propuesta, el error de esa línea juris-
prudencial no se basa sólo en lo que creo el
más apropiado entendimiento del principio
constitucional de no discriminación y de la
igual libertad religiosa del art. 16 como liber-
tad eminentemente negativa, sino también,
según tuve ocasión de destacar en mi escrito,
en relevantes afirmaciones doctrinales del
propio TC que, sin haberse desdicho nunca de
ellas, no siempre ha aplicado con el exigible
rigor.
153
del conjunto de normas y principios del Dere-
cho vigente. En la práctica, naturalmente,
este ejercicio de racionalidad puede ser impo-
sible de alcanzar, al igual que distintos intér-
pretes honestos pueden realizarlo o apartarse
de él en diferentes modos y grados. Pero la
realidad por sí sola no puede servir para
refutar ningún ideal presupuesto como mode-
lo regulativo, siendo más bien éste el que debe
servir para medir la racionalidad de la reali-
dad. Lo decisivo, en todo caso, es que cuando
el intérprete de la constitución juzgue, como
debe hacer, no si una ley es la que mejor
encaja sino si es contraria a la Constitución,
lo haga bajo la más completa y mejor teoría de
los principios y preceptos constitucionales en
juego. Esa es la pretensión de mi interpreta-
ción ideal, como lo debe ser de cualquier
interpretación que pretenda valer como la más
adecuada. Y por cierto que eso no parece
incompatible con defender una interpretación
intermedia que, considerada la lejanía entre
aquélla y la errónea interpretación vigente,
proponga una más realista rectificación gra-
dual de esta última.
155
que la falta de neutralidad de la Orden General
Extraordinaria por la que el General Jefe de la
Región Militar convocó la parada fue el ori-
gen de la violación de la libertad religiosa del
sargento (y potencialmente de la de otros que
en semejante contexto pudieron temer ejer-
cerla) y que, dada la argumentación de la
sentencia, era obligado concluirlo3. Si hubie-
ra llegado a tal conclusión, la generalización
sobre la inconstitucionalidad de tal tipo de
actos habría sido tan natural como lo fue –por
poner un par de ejemplos entre otros muchos
posibles– la suspensión de todas las incorpo-
raciones a filas de quienes alegaban objeción
de conciencia tras la STC 15/1982, en la que
la Sala Primera del TC amparó a un objetor,
o la también inmediata aceptación de la exclu-
sión procesal de las pruebas obtenidas me-
diante violación de derechos fundamentales,
una exclusión que no está prevista expresa-
mente en la Constitución y que fue legalmente
reconocida tras su reconocimiento constitu-
cional en un recurso de amparo resuelto por la
Sala Segunda (STC 114/1984, que sentó la
doctrina aunque también denegó el amparo)4.
3
También han tachado de incoherente esta senten-
cia algunos eclesiasticistas, como Dionisio Llamazares,
Derecho a la libertad de conciencia cit., tomo II, pp. 305-
306, y José María Contreras Mazarío y Óscar Celador
Angón, Laicidad, manifestaciones religiosas e institu-
ciones públicas (Documento de trabajo 124/2007), Ma-
drid, Fundación Alternativas, 2007, p. 33.
156
La segunda objeción, relativa a la posi-
ción de los concordatos en la jerarquía de las
fuentes, deriva de una inapropiada interpreta-
ción de mi ponencia por mi amable contradic-
tor, o, para ser más preciso, de una versión
inicial de mi ponencia, que fue la entregada al
público en el acto del debate, pero que yo
había corregido previamente en un texto en-
viado al contraponente y que rectifiqué en este
punto en mi exposición oral. Sea como sea, en
efecto, el texto primitivo denunciaba la
«sobreconstitucionalización de criterios me-
ramente infraconstitucionales» entendida como
«una excesiva e indebida incorporación a la
interpretación constitucional de criterios pro-
cedentes del mero desarrollo normativo de
rango legal e incluso inferior, como, en este
caso, los derivados de los acuerdos interna-
cionales firmados con la Santa Sede y los
acuerdos del Gobierno con determinadas en-
tidades representativas de algunas confesio-
nes religiosas» (el texto corregido dice ahora:
«una excesiva e indebida incorporación a la
interpretación constitucional de criterios pro-
4
Sobre la permeabilidad entre el control de
constitucionalidad abstracto y el concreto, así como
sobre la tendencia a la convergencia del modelo europeo
de justicia constitucional con el americano, me permito
remitir a mi escrito “Modelo americano y modelo euro-
peo de justicia constitucional”, Doxa. Cuadernos de
Filosofía del Derecho, n. 23, 2000, §§ 2-3 y a la
bibliografía allí citada.
157
cedentes de los acuerdos internacionales fir-
mados con la Santa Sede o del mero desarrollo
normativo de rango legal e incluso inferior,
como los acuerdos del Gobierno con determi-
nadas entidades representativas de algunas
confesiones religiosas», p. 52).
158
fuerza, como parece sugerir mi distinguido
colega al final del § 6, que su rango jerárquico
sea superior al de las leyes, punto sobre el que
la doctrina española discrepa con distintas
teorías5.
5
Así, mientras entre los internacionalistas tiende a
ser dominante la tesis de la superior jerarquía de los
tratados respecto de las leyes, entre los constitucionalistas,
junto con García de Enterría y T. R. Fernández, es
dominante la tesis de que entre unos y otras hay simple-
mente una distribución de competencias (vid., para el
primer punto de vista, Julio D. González Campos y otros,
Curso de Derecho internacional público, Madrid, Civitas,
2ª ed., 2003, pp. 286-291; José-Antonio Pastor Ridruejo,
Curso de Derecho internacional público y organizacio-
nes internacionales, Madrid, Tecnos, 2007, p. 177;
Antonio Remiro Brotons y otros, Derecho internacional,
Valencia, Tirant lo blanc, 2ª ed., 2007, pp. 662-664; y
Fernando Santaolalla López, Derecho constitucional,
Madrid, Dykinson, 2004, p. 208; para el segundo punto
de vista, Eduardo García de Enterría y Tomás Ramón
Fernández, Curso de Derecho administrativo, Tomo I,
Madrid, Civitas, 13ª ed., 2006, pp. 153-155; Francisco
Balaguer Callejón (coord.), Curso de Derecho constitu-
cional, Madrid, Tecnos, 2007, p. 142; Luis López Gue-
rra y otros, Derecho constitucional, vol. I, Valencia,
Tirant lo Blanc, 7ª ed., 2007, p. 118; Ignacio de Otto,
Derecho constitucional. Sistema de fuentes, Barcelona,
Ariel, 1987, § 32.2; y Antonio Torres del Moral, Prin-
cipios de Derecho constitucional español, Madrid, Ser-
vicio de Publicaciones de la Facultad de Derecho de la
Universidad Complutense, 5ª ed., tomo I, 2004, p. 266).
En fin, sobre los criterios para la determinación de la
jerarquía normativa me permito remitir también a mi
escrito «El principio de jerarquía normativa», Revista
Española de Derecho Constitucional, VIII, n. 24, sep-
tiembre-diciembre 1988, pp. 135-154, ahora también en
159
4. Inspiraciones y malentendidos en la
«buena teoría inicial»: neutralidad y libre
mercado de las ideas religiosas
160
Sin entrar a analizar la fidelidad del con-
junto de la STC 24/1982 a lo teorizado en el
mencionado manual, no tengo más remedio
que ser magis amica veritas a riesgo de
abandonar la elegancia de la invitación al
acuerdo de mi colega. La «buena teoría ini-
cial» que yo alababa se limita al texto del FJ 1
que defiende la libertad religiosa como liber-
tad negativa en materia de religión eminente-
mente individual e igual para todos. Por su
parte, la «mala aplicación» era precisamente
la ulterior utilización por el TC del principio
de cooperación para dar el salto a una concep-
ción de la libertad religiosa de carácter
comunitarista, limitada a algunas religiones
positivas y entendida como libertad positiva
garantizable mediante prestaciones y accio-
nes positivas inevitablemente desiguales.
161
neutralidad, sino favorecimiento de una, otra
o varias opciones religiosas, siempre en detri-
mento de otras, incluidas en especial las que
descreen de las religiones positivas o al uso.
La alternativa entre neutralidad y confusión
es así tan poco equilibrada como su correlato
entre conflicto y colaboración. Mi distingui-
do contradictor da a entender que la neutrali-
dad estricta y la privatización de lo religioso
abren la vía del conflicto. En lo que se refiere
a la Iglesia católica, sin embargo, la historia
reciente enseña que, cuando ha gobernado la
izquierda, la continuidad de la cooperación en
forma de financiación, e incluso el generoso
aumento de esta última, no ha evitado en
absoluto severos conflictos entre la jerarquía
eclesiástica y el poder político. Mi propuesta
alternativa era y es que, para evitar todo
conflicto en el futuro, con esa y con cualquier
otra confesión, la vía maestra es reducir la
cooperación a la mera facilitación de las
diversas actividades religiosas mediante el
mecanismo de los permisos, absteniéndose de
toda incentivación en forma de prestaciones o
medidas promocionales. Como también añadí
expresamente, esa propuesta es perfectamen-
te compatible con el acuerdo de formas de co-
operación con las instituciones religiosas para
cualesquiera asuntos de interés común con el
Estado, como en materia sanitaria, educativa,
cultural, artística y similares, que no afectan
162
a la neutralidad en materia religiosa propia-
mente considerada.
163
ese marco hay tantas razones para temer que
la sociedad civil se vuelva intolerante (supon-
go que hacia las religiones pasadas) como,
según el punto de vista, para lamentar las
intolerancias de la religión hoy más implanta-
da en nuestra sociedad civil.
6
Me permito remitir a varios de mis escritos sobre
el tema, en los que se refiere suficiente bibliografía:
«Discriminación inversa e igualdad», en Amelia Valcárcel
(comp.), El concepto de igualdad, Madrid, Editorial
Pablo Iglesias, 1994, pp. 77-93; «La igualdad en la
jurisprudencia del Tribunal Constitucional», Doxa. Cua-
dernos de Filosofía del Derecho, n. 19, 1996, pp. 39-86;
«La discriminación inversa y el caso Kalanke», Doxa.
Cuadernos de Filosofía del Derecho, n. 19, 1996, pp.
123-40; «Paridad electoral y cuotas femeninas», Claves
de razón práctica, n. 94, julio-agosto, 1999, pp.48-53;
«La representación democrática de las mujeres», Anales
164
aplicación de la noción de «acción positiva» a
las ayudas a la Iglesia católica constituye una
clara inversión de tal noción, si no también
una perversión, en cuanto que en su caso
consisten en ayudas a un grupo mayoritario
que no ha venido sufriendo discriminación ni
desventaja alguna, sino más bien todo lo
contrario, y cuyo objetivo no es conseguir la
igualdad social entre las creencias religiosas
sino mantener, e incluso aumentar, el predo-
minio sociológico de que viene gozando. Y no
es casual que la idea de «laicidad positiva», a
la que se ligan las prestaciones y promociones
en favor de las confesiones existentes, se haya
intentado justificar mediante este criterio so-
ciológico.
165
acogida por nuestro Tribunal Constitucional7:
la Corte Constitucional italiana, el Tribunal
Constitucional alemán y el Tribunal Supremo
de los Estados Unidos, tres fuentes que con-
vergerían en el Tribunal Europeo de Dere-
chos Humanos (TEDH) y que, por añadidura,
terminarían coincidiendo con las últimas en-
señanzas de un filósofo progresista como
Jürgen Habermas (§§ 8-9). Me referiré pri-
mero a la posición de este último, para hacer
después algunos comentarios sobre las deci-
siones de los tres primeros tribunales y con-
cluir en fin con la escasamente comprometida
y limitadamente relevante doctrina de este
último Tribunal sobre neutralidad estatal en
materia religiosa.
7
El prof. Navarro-Valls pretende refutar así mi
afirmación de que la introducción de la noción de laicidad
positiva por la STC 46/2001 fue subrepticia, pero con
independencia de las inspiraciones seguidas por nuestro
TC –de las que es bien verosímil la italiana, de donde
hemos copiado sin tasa ni criterio, las más de las veces
con igualmente pésimos resultados–, mi afirmación se-
guiría siendo válida: primero, porque se introdujo de
nuevo en un Fundamento Jurídico dedicado a recoger
doctrina anterior sobre la libertad religiosa; y, segundo,
porque, además, se dio a entender que la noción ya había
sido elaborada en una decisión anterior, la STC 177/
1996, en la que no había ni rastro de ella. Por supuesto,
el TC no menciona para nada como inspiradores a los
altos tribunales extranjeros citados por el prof. Navarro-
Valls.
166
Las afirmaciones de Habermas recogidas
por mi distinguido contradictor sobre la igual
validez cognoscitiva y política de las visiones
laicas y las religiosas en el ámbito público
ciertamente llaman la atención. Conviene
advertir que cabe compartir con Habermas su
idea de neutralidad del Estado, según la cual
éste no es quién para preferir las cosmovisiones
religiosas a las laicas y por tanto «no es
compatible con la generalización política de
una visión del mundo secularista» (ni tampoco
religiosa, añadiría yo por mi parte). Mi des-
acuerdo, y mi desconcierto, afecta a su visión
del papel de las «comunidades religiosas», a
las que, según dice en Entre naturalismo y
religión, el Estado liberal debe abrir «la posi-
bilidad de ejercer, a través de la esfera pública
política, una influencia propia sobre la socie-
dad en su conjunto», y, correlativamente, del
papel de los «ciudadanos secularizados», quie-
nes «no deben negarles a las imágenes del
mundo religiosas un potencial de verdad, ni
deben cuestionarles a sus conciudadanos cre-
yentes el derecho a hacer aportaciones en el
lenguaje religioso a las discusiones públi-
cas» 8. Sin embargo, creo que la respuesta del
8
Cf. Jürgen Habermas, Entre naturalismo y reli-
gión (2005), Barcelona, Paidós, 2006, pp. 118 y 119;
también yo me referí críticamente a esta posición en la
nota 36 de mi escrito inicial, compartiendo la crítica de
Paolo Flores D’Arcais, «Once tesis contra Habermas»,
167
filósofo alemán a las críticas de Flores
D’Arcais endereza y aclara bastante su posi-
ción, si es que la palabra «aclarar» es aplicable
a un autor con tan espesa capacidad de expre-
sión.
168
mones, etc.) tales argumentos serían perfec-
tamente válidos para mantener «la compleji-
dad de la diversidad» babélica «propia de la
comunicación pública», ya que el Estado de-
mocrático «no puede saber si de lo contrario
a la sociedad se le priva de posibles reservas
de fundación de sentido e identidad» 9. Al
final, no se entiende bien por qué en la esfera
informal vale todo, incluidas esas «reservas»
procedentes de las creencias religiosas, y en
la esfera institucional se deben introducir
filtros para excluir ese tipo de reservas, pero
bienvenida sea la cautela para la esfera
institucional10. Únicamente quedaría pendiente
9
«La voz pública de la religión...» cit., p. 6.
10
En el mismo escrito que cierra la polémica con
Flores D’Arcais, Habermas llega a afinar sobre el tema
de la influencia de las iglesias en una línea que ya me
gustaría que trataran de aplicar nuestros obispos: «Cuan-
do las iglesias se dirigen expresamente sólo a sus propios
creyentes deben considerarlos como ciudadanos orienta-
dos religiosamente, esto es, como miembros orientados
religiosamente de una comunidad política. Por el contra-
rio, las iglesias sobrepasarían las fronteras de una cultura
política liberal si pretendieran alcanzar sus objetivos
políticos de manera estratégica, esto es, apelando de
manera directa a la conciencia religiosa. Pues entonces
querrían influir en sus miembros en cuanto que creyentes
y no como ciudadanos. Intentarían ejercer una coacción
sobre las conciencias e imponer su autoridad espiritual en
lugar de aquel tipo de fundamentaciones que en el proceso
democrático sólo pueden llegar a ser eficaces porque
superan el umbral de la traducción en un lenguaje com-
prensible para todos. Recuerdo el mal ejemplo de la carta
169
de responder si en la babélica esfera mera-
mente civil, así como los «ciudadanos creyen-
tes» pueden introducir sus ideas religiosas
libremente (lo que tiendo a aceptar puesto que
sería iliberal prohibirlo), no podrán igual de
lícitamente los «ciudadanos secularizados»
discutir y reprochar el uso de aquellas argu-
mentaciones y negar su validez general, como
así creo (¿o es que se propone sancionar a
quienes lo hagan?) 11.
170
Ahora veamos el argumento de las líneas
jurisprudenciales de Italia, Alemania y Esta-
dos Unidos. Ante todo, algunas de las senten-
cias citadas por el prof. Navarro-Valls adop-
tan criterios perfectamente asumibles, con tal
de que se interpreten bien: así ocurre con el
principio de la sentencia n. 203/1989 de la
Corte italiana de que la laicidad «implica no
indiferencia del Estado ante las religiones
sino garantía para la salvaguardia de la liber-
tad religiosa en régimen de pluralismo
confesional y cultural», si la no indiferencia
se limita a garantizar la libertad religiosa y el
pluralismo, pero sin diferenciar o primar a
esta o aquella opción en particular; o con la
afirmación de la sentencia Walz v. Tax
Commission (1970) del Tribunal Supremo de
Estados Unidos de que la neutralidad del
Estado debe permitir el ejercicio de la religión
«sin patrocinio (sponsorship) ni interferen-
cia». Cuestión bien distinta –e incoherente y
criticable, a mi modo de ver–, es que la
primera decisión entienda que se salvaguarda
la igual libertad religiosa cuando, garantizán-
dose la enseñanza de la religión católica en las
escuelas estatales de manera facultativa para
los padres, no se hace lo mismo con otras
religiones y creencias distintas, o que la se-
gunda decisión afirme que una exención fiscal
sobre propiedades de organizaciones religio-
sas y para propósitos religiosos, a diferencia
de una subvención, no constituye «estableci-
171
miento, patrocinio ni respaldo» (establishing,
sponsoring, or supporting) o –todavía más
sorprendentemente, si cabe– que «la exención
crea sólo una mínima y remota implicación
(involvement) entre iglesia y estado, y mucho
menor que la tributación de las iglesias» (Chief
Justice Burger, por la opinión mayoritaria).
172
curso de las creencias religiosas sino que
convalide intervenciones positivas, especial-
mente económicas, en favor de unas u otras
confesiones, las razones por mí alegadas fren-
te a la noción de «laicidad positiva» se aplica-
rán también contra el sentido de tal jurispru-
dencia, y ningún argumento de autoridad, por
internacional que sea, valdrá un ápice más
que el peso de las razones que respectivamen-
te se aleguen.
12
Cf. «Enseñanza de la religión: perspectiva compa-
rada», en Antonio López Castillo (comp.), Educación en
valores. Ideología y religión en la escuela pública,
Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales,
2007, pp. 117-120.
173
los profesores de unas y otras, es más que
suficiente demostración de la carencia de
plena neutralidad estatal en la materia13. En
ese marco, la pretensión de la mayoría de la
doctrina alemana –que nuestra STC 38/2007
parece haber acogido, el menos en alguno de
sus Fundamentos Jurídicos menos pondera-
dos, como el 9– de que es precisamente por la
neutralidad del Estado en materia religiosa
por lo que se ha de garantizar la autonomía de
las iglesias para impartir sus respectivas doc-
trinas y habilitar o inhabilitar a los profesores
de ese tipo de enseñanza14, en mi opinión, sólo
viene a mostrar que las anteojeras religiosas,
como las viejas cámaras fotográficas, permi-
ten ver la realidad al revés15. Como se parte
13
Véanse los documentados trabajos de María J.
Roca, Derechos fundamentales y autonomía de las igle-
sias, Madrid, Dykinson, 2005, cap. III; y «Régimen
jurídico del nombramiento de los profesores de religión
en las escuelas públicas alemanas», Revista General de
Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado,
iustel.com, n. 14, 2007, pp. 1-22.
14
Cf. María J. Roca, «Régimen jurídico...» cit., pp.
5 y 12, el texto de ésta última página recogido también en
Derechos fundamentales... cit., p. 82.
15
Aunque sin duda contra su intención, María J.
Roca deja ver esta inversión con claridad cuando, en
relación con la libertad de elección y remoción del
profesorado de religión por las autoridades eclesiásticas,
concluye así uno de sus citados escritos: «Se comprende
que lo que en otro contexto material podría considerarse
discriminación o falta de neutralidad, cuando se trata de
la trasmisión de unos valores religiosos, puede resultar
174
del supuesto, esencialmente discriminatorio
para las posiciones no religiosas, de que la
religión ha de tenerse por el Estado como
buena y educativamente beneficiosa, natural-
mente que toda la autonomía de que dispon-
gan los gestores de la respectiva verdad reli-
giosa provendrá de la más exquisita neutrali-
dad del Estado. Pero se trata de la neutralidad
de quien, como Pilatos, se lava las manos
después de saber que la suerte está echada, no
la de quien pretende ser neutral en el arbitraje
del juego mismo.
175
por mí propuesta de la Constitución española
en materia de libertad religiosa y laicidad me
parece prácticamente irrelevante. Sin duda
que el caso Alujer Fernández y Caballero
García contra España (2001), ampliamente
descrito en el § 8 del escrito que comento,
«bendice», como en él se dice, nuestro pecu-
liar sistema de la casilla voluntaria en favor de
la Iglesia católica en el Impuesto sobre la
renta. Sin embargo, la misma morigeración
que el TEDH ha mostrado hacia un Estado de
confesionalidad tan combativa como Grecia,
tratado con tímidas y algodonosas condenas
en los casos Kokkinakis contra Grecia (1993)
y Larissis contra Grecia (1998), la ha mostra-
do también con un Estado beligerantemente
laico como Turquía, consagrando la exclu-
sión de la universidad de mujeres con velo
islámico y de hombres con barba en el caso
Leyla contra Turquía (2004).
176
ses miembros del Consejo de Europa, ni, aún
menos, imponer un forzoso secularismo» (p.
129-130). Nunca me había planteado esta
posibilidad, pero si en mi escrito inicial pres-
cindí de toda referencia al ámbito jurídico
europeo fue también por entender que tampo-
co el Consejo de Europa pretende ni puede
pretender imponer un modelo forzoso de res-
paldo promocional para una, varias o todas
las confesiones existentes en cada país. Y
precisamente dejando a Europa tranquila en
su variedad y complejidad, lo que yo me había
planteado en mi escrito era sólo el problema
de la laicidad en el ámbito regido por la
Constitución española.
178
da, que no se debe confundir cooperación con
bilateralidad entre Estado e Iglesia Católica,
sino que debe profundizarse en la extensión
de la cooperación con otras confesiones reli-
giosas. Sin embargo, lo digo sincera y abier-
tamente, el desarrollo de ambos aspectos en
sus propuestas y comentarios conclusivos se
me quedan un tanto cortos. Aun así, sean
bienvenidos en cuanto que permiten abrir un
diálogo franco sobre la relación entre los
principios generales y su aplicación concreta.
179
libertad al menos en aquellas situaciones en
las que la normal actividad del Estado podría
resultar un impedimento para ello, esto es, en
lo esencial, dentro de las instituciones cerra-
das como cuarteles, prisiones, internados
públicos y, en menor medida, hospitales.
Dejo en una duda razonable, como cuestiones
susceptibles de discusión y revisión en la
propia interpretación de nuestro Tribunal
Constitucional, la extensión de la objeción de
conciencia y la cuestión de la aplicabilidad
entre particulares del criterio de la facilitación,
que plantea, por ejemplo, el problema de los
efectos de un cambio de creencia religiosa en
el régimen laboral sobre descanso semanal 16.
16
Remito sobre ello a mi comentario al artículo 16,
números 1 y 2, de la Constitución, en María Emilia Casas
(comp.), Comentarios a la Constitución española, Ma-
drid, La Ley (en prensa), especialmente los apartados III,
§3, y IV.
180
competencia entre las ideas en materia reli-
giosa se ejerza libremente, esto es, sin corta-
pisas ni interferencias, en el ámbito de la
sociedad civil. Garantizar y promocionar son
ideas tan distintas como mercado libre e inter-
venido, por más que a veces se identifiquen o,
al menos, se liguen como si pertenecieran al
mismo orden de ideas. Pondré dos ejemplos
distintos y suficientemente expresivos de esa
tendencia que me parece muy extendida en la
doctrina española.
17
«Art. 16: libertad ideológica y religiosa», en
Óscar Alzaga Villaamil, Comentarios a la Constitución
española de 1978, Madrid, Cortes Generales, tomo I,
1996, p. 316 (la segunda cursiva es mía).
181
o el «factor social religioso» resulta desmesu-
rada, la implicación de que las personas no
religiosas carecen de pleno desarrollo no sólo
es escandalosamente despectiva para tales
personas, sino que es la demostración palma-
ria de por qué la promoción de lo religioso es
esencialmente discriminatoria para quienes
no son religiosos.
182
abanico no resulta en realidad compatible con
el criterio «básico» de entender tal asistencia
religiosa «de una manera minimalista de supe-
ración de una situación de dificultad» para el
ejercicio de los derechos religiosos, como lo
indica la contradicción en la que estos autores
incurren al afirmar que «si bien la integración
orgánica no resulta per se contraria a un
modelo laico, su aplicación sí introduce [...]
un factor de confusión entre funciones estata-
les y religiosas, contrario al principio igual-
mente constitucional de laicidad» 19. Si dicha
«confusión» no «resulta per se contraria a un
modelo laíco», que venga Dios y lo vea.
18
Cf. Contreras y Celador, Laicidad... cit., pp. 11-
18; las citas textuales en pp. 11-12 y 13, respectivamente.
19
Ibidem, pp. 53-54; con alguna variación en la
primera frase, ambas se repiten en pp. 26-27.
183
predominantemente unidireccional de subven-
ciones por parte del Estado» por estar forma-
do «en buena parte» por subvenciones en
materias en las que es exigible la neutralidad
pública (p. 81). Rectifico: analizando las
cuentas de que dispongo 20, de los más de
5.000 millones de euros que recibió la Iglesia
católica del Estado en 2006, mientras una
séptima parte sirvió al destino no neutral de
subvencionar al clero y al profesorado de
religión católica en colegios públicos, dos
tercios tuvieron el destino neutral de financiar
sea los conciertos con los centros educativos
de religión católica que colaboran, en efecto,
en la enseñanza obligatoria, sea la conserva-
ción o reforma del patrimonio eclesiástico; y
si bien en la quinta parte restante no he podido
desglosar las actividades de colaboración ge-
nuina (sanitarias, asistenciales, culturales,
etc.) de las no neutrales (capellanes castren-
20
Las cifras de que dispongo, relativas a 2006, son
las siguientes: de los 5.057 millones de euros que el
Estado gastó en subvenciones a la Iglesia católica, se
destinan 3.200 a la financiación de los conciertos educa-
tivos, 145 al sostenimiento del clero católico, 517 al
profesorado de religión católica y 200 a la conservación
o reforma del patrimonio eclesiástico (cf. Juan G. Bedoya,
«El fracaso del impuesto religioso», El País, 18 de
febrero de 2006; y Juan G. Bedoya, «Las cuentas del
catolicismo español», El País, 30 de septiembre de 2006;
cf. también «El Gobierno anuncia un acuerdo con la
Iglesia que eleva al 0,7% la aportación voluntaria del
IRPF», El País, 22 de septiembre de 2006).
184
ses, hospitalarios y penitenciarios, así como
profesores de religión en colegios católicos),
lo cierto es que la mayor parte de las subven-
ciones no son de carácter unidireccional sino
que se dirigen a una genuina colaboración en
materias de interés conjunto.
185
Y, ya que lo suscita el prof. Navarro-Valls,
aunque no supongan promoción ni incorporen
subvención alguna, los funerales de Estado
(católicos), al igual que la presencia de cruci-
fijos en las tomas de posesión oficiales o la
participación oficial en procesiones, tampoco
son jurídicamente compatibles con la
aconfesionalidad del Estado21: «funerales (ca-
tólicos) de Estado» y «Estado aconfesional»
son expresiones contradictorias y la existen-
cia de los primeros en el segundo no constitu-
ye cooperación sino plena confusión entre el
Estado y una determinada iglesia, que además
afecta a derechos individuales (¿no se recuer-
da que entre las víctimas del 11 de marzo
había musulmanes y, muy probablemente,
personas no religiosas cuyos familiares tuvie-
ron que elegir entre aceptar una ceremonia
ajena a sus creencias o no participar en el
único acto oficial organizado?). En cambio,
dado su carácter eminentemente histórico-cul-
tural, prohibir los belenes o los árboles de
navidad en los colegios públicos me parecería
en principio tan injustificado como prescindir
del «Veni creator» en las investiduras de
doctores honoris causa.
21
Aunque no explícitamente en el caso de los fune-
rales de Estado, parecen conformes con esta interpreta-
ción Contreras y Celador, Laicidad... cit., p. 35 y § 4.1.
186
Concluyo ya. La neutralidad liberal por mí
defendida, que el prof. Navarro-Valls deno-
mina «activa», no es más ni menos beligerante
contra las religiones que contra las creencias
a-religiosas o anti-religiosas. A mí me parece
más bien pasiva, ya que lo que proyecta es la
clara separación entre el Estado y los asuntos
religiosos y la abstención de toda interven-
ción pública directa que no se dirija a garan-
tizar el libre curso y concurrencia de las
distintas creencias. En tanto que pasiva, tal
neutralidad no pretende establecer religión
civil alguna, como tampoco propone ni tiene
que someterse a «filtros purificadores». En
fin, el que se trate de «una ideología más –y
probablemente no estrictamente neutral–» (p.
145), o se afirma desde la imposible preten-
sión de estar por encima de las ideologías, lo
que no necesita respuesta, o se debe probar
con las armas de la argumentación, las únicas
con las que avanzan las ideas. En ese debate
ideológico he dado mis argumentos y he
replicado a las objeciones, pero todavía no he
encontrado razones suficientes para cambiar
la sustancia del criterio de neutralidad laica
que en todo momento he defendido.
187
188
THE END
189
1. Entre “trincas” anda el juego
190
2. De la optimización “a la alemana” a la
optimización “a la americana”
a) La exigibilidad de la optimización
191
3. Entre la versión ideal del amparo y su
terca realidad
192
de la sentencia se individualizan en el litigan-
te. Y la declaración de nulidad, en su caso, del
acto o resolución impugnada, sólo afecta a
aquél.
193
A mayor abundamiento: si el sargento, sin
más, hubiese impugnado en sede contencioso-
administrativa la Orden General como paso
previo para el acceso al amparo (no olvidemos
el carácter subsidiario de éste frente a la vía
judicial ordinaria), a buen seguro su recurso
hubiese sido inadmitido por falta de interés
legítimo, al actuar con base en un mero interés
por la legalidad que, como es sabido, la
Jurisprudencia no reconoce como contenido
natural del concepto de interés legítimo. Sólo
cuando se concreta que está afectado por la
Orden y, frente a su objeción de conciencia
«laical», se opone una sanción disciplinaria,
es posible hablar de interés legítimo y de
lesión de su derecho a la libertad religiosa. Ya
que si su objeción hubiese sido aceptada,
ningún perjuicio directo le habría deparado la
Orden General en cuestión.
194
como yo pretendía significar y literalmente
dice el texto, que los criterios con rango legal
e incluso inferior son los derivados de dichos
tratados y acuerdos a través de las normas que
los desarrollan, como, por ejemplo, la Ley de
Libertad Religiosa o las diversas normas re-
glamentarias que regulan el estatus de los
profesores de religión católica”. Desde lue-
go, acepto la rectificación. Yo, a mi vez, le
pido excusas al prof. Ruiz Miguel si en el
abundante intercambio de versiones de su
ponencia confundí alguno de los textos recibi-
dos.
195
pecto al Tribunal Federal de Estados Unidos,
aunque no siempre concuerde con los crite-
rios sentados en las sentencias que aporto, no
puede contradecir frontalmente el dato de
hecho que quería dejar sentada en mi
contraponencia, esto es, que el TS estadouni-
dense sigue en sus decisiones más recientes
una posición cercana a “la neutralidad bene-
volente”. A lo más que llega mi amable
replicante es a calificar de “zigzageante” la
línea del TS, lo cual es irrelevante para mi
tesis de fondo. En fin (p. 176), critica el autor
la falta de actitud decidida del TEDH en
materia de laicidad. ¿No será más bien que
implícitamente el TEDH reconoce múltiples y
válidas formas de llevar a cabo la libertad en
la igualdad, sin imponer un programa de
teología política concreto?
6. De la “perversión” al “despropósito”,
pasando por la política
196
tanto como la injerencia de las iglesias en lo
secular) con el necesario ‘desinterés’ del Es-
tado por la cuestión religiosa. Esto último es
tan irreal, y tan desafortunado, como predicar
el desinterés del Estado por el arte, la prensa,
el deporte, etc., pues también ahí debe ser
neutral (no es concebible un Estado apoyando
al Real Madrid más que al Atlético...). La
religión, y las creencias, son asuntos de inte-
rés estatal en la medida en que constituyen
expresiones del ejercicio de un derecho fun-
damental, y en la medida en que constituyen
factores sociales de alto impacto. La neutra-
lidad no creo que tenga nada que ver con
‘mirar hacia otro lado’, o con actitudes esen-
cialmente abstencionistas, sino sobre todo
con: 1) no invadir la autonomía del individuo
o de las confesiones; y 2) la práctica escrupu-
losa del principio de igualdad.
197
asistenciales por parte de la Iglesia— ayudas
compensatorias.
198
nes, reacciona vehementemente. Tal reacción
parece apuntar a una forma de debate ideoló-
gico con un hilo argumental de excusa jurídi-
ca. Es decir, a propósito del derecho, en el
fondo, se están discutiendo posiciones de
carácter ideológico-político. Sea cual sea la
ideología, la realidad es que el Derecho espa-
ñol en su práctica, no en su teoría, no parece
que le dé la razón. Hay, pues, una remisión
implícita, no tanto a la enmienda del derecho
en el plano del debate jurídico, cuanto a la
acción política y a los programas electorales
de los partidos. Pero ésta es cuestión bien
distinta a la debatida en nuestras ponencias.
7. The End
199
ALFONSO RUIZ MIGUEL. Es catedrá-
tico de Filosofía del Derecho en la UAM y
miembro de los Consejos de las revistas Siste-
ma, Doxa e Isonomía. Investigador en la Uni-
versidad de Turín y profesor visitante en el
ITAM de México y en la Universidad de
Edimburgo. Ha sido vicerrector de Investiga-
ción y secretario general de la UAM, y es
miembro del Comparative Legal Research
Group, Bielefelder Kreis. Ha escrito varios
libros y numerosos artículos de teoría del
Derecho y, sobre todo, de filosofía política,
entre los que destacan Política, historia y
derecho en Norberto Bobbio, El aborto: pro-
blemas constitucionales, La justicia de la gue-
rra y de la paz y Una filosofía del Derecho en
modelos históricos. De la antigüedad a los
inicios del constitucionalismo. Ha editado,
con Elías Díaz, Filosofía política II. Teoría del
Estado (tomo 10 de la Enciclopedia Iberoame-
ricana de Filosofía) y con Francisco J. Laporta
y Liborio Hierro, Revisión de Elías Díaz: sus
libros y sus críticos.
Próximas publicaciones:
Stefan Huster, Antonio Pau y María J.
Roca: Estado y cultura
Paolo Comanducci, Mª Ángeles Ahuma-
da y Daniel González Lagier: Positivismo
jurídico y neoconstitucionalismo
Francisco J. Laporta, Juan Ruiz Manero
y Miguel Ángel Rodilla: Certeza y
predecibilidad de las relaciones jurídicas