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VEDETTE.
Por Johnny Yen.
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ACTO UNICO.
ESCENA I.
(M sentado solo frente al público).
M: La muerte es… no, no, espera, empecemos al revés: la vida es más simple
de lo que parece.
La vida es simple, la muerte no. Estás pensando que soy una idealista, una
renunciante, un ser espiritual, pero sabes que no soy así; se trata precisamente de
lo contrario: la vida es simple porque es una mierda.
Espera.
Ahora crees que no tengo corazón. Que soy una bruja fría y calculadora.
Falso.
Tú conoces mi historia, al menos una parte. Un día descubrí que la gente no es
naturalmente generosa ni bondadosa, la mayoría de las veces ni siquiera felices.
Ya sé, ya sé… son así porque viven en la precariedad, intentan sobrevivir –
como lo hacemos tú y yo- y es la necesidad lo que los hace comportarse de esa
manera, su motor es la carencia.
Vale.
Es un buen argumento.
Pero deberíamos empezar a ser más realistas ¿no?
Mi única pregunta es ¿Cuándo ha existido un mundo de abundancia para
todos?
¿Cuándo?
Un ejemplo, solo pido un ejemplo.
¿A ver?
No escucho nada.
Yo tengo dos ejemplos: el Paraíso perdido y la comuna de París -los dos,
igualmente mitológicos- duraron menos que un suspiro y la Comuna de París no
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era abundante. Era idealista y lo pasaban bien, irresponsablemente bien, eso te lo
reconozco, pero abundante no era.
Y si los hombres y mujeres son buenos, entonces ¿por qué ambos proyectos se
fueron a la mierda, precisamente, por la acción humana?
Yo era joven –por suerte- cuando me di cuenta de eso.
Vi mi oportunidad, vendí mis servicios… ¿te acuerdas? Claro, estabas ahí.
También así fue como conocí a Camilo, lo sumé a la empresa y nos fue todavía
mejor.
A él no le gusta recordar esos años, porque ahora es una “actor de carácter”, un
actor dramático… una artista y le avergüenza recordar que su carrera empezó
haciendo estupideces en mis espectáculos y mostrando su sonrisa inestable de
galán… je, je, je, je, un actor de carácter, je, je, je, pero si el pobre actúa pésimo…
péééééésimo, y ni siquiera se da cuenta. Es tan mal actor que llora de verdad.
(Pausa)
No soy una santa. Tengo mis pecados y lados oscuros, pero construí un imperio
de la nada, lo que no es poco.
(Se pone pie).
Me gustaba ser lo que soy, solía gustarme mucho.
Es un oficio digno y le doy a la gente algo que no puedo darme a mí misma:
diversión tonta y superficial.
¿Injusto?
No, no es injusto. El mundo es lo que es y nosotras somos lo que somos… la
gente necesita mucho de mi arte, mucho más que de los filósofos, de los
sacerdotes o incluso que de los médicos… sí, me gusta mi trabajo.
Ser vedette.
(Créditos).
ESCENA II
M: El problema central es que, aunque logres ajustarte al orden, aunque logres
llevar una vida, no alcanza… la verdad es que la vida te lleva a ti.
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Y la dictadura en la que vivimos: Pagas la casa, usas la tarjeta y vas al
supermercado, a un restorán, incluso vas a un mall a comprarte ropa… a Camilo,
por ejemplo, le encantaba comprar zapatos… sí, zapatos de todos tipos y colores,
estoy segura que no sabe realmente cuántos zapatos tiene, seguro que no.
Pero no importaba, plata teníamos.
Así va la vida, una vez te lo dije: “esta es la vida”, teníamos… no sé, dieciséis o
diecisiete, en el patio de la casa de tus viejos ¿te acuerdas?
Pero no alcanza.
Digamos, con torpeza, te has construido una vida. Hasta fuiste joven alguna
vez, ya no te acuerdas, pero fuimos jóvenes. No fue hace tanto… la universidad,
por ejemplo ¿te acuerdas de la facultad? Creías que ibas a morir de amor o
haciendo la revolución, no con un tubo de oxígeno o cagándote en los pantalones
en un hospital, como seguramente terminaremos.
Tu vida giraba en torno a otro modo de ser. A estas alturas, ya lo sabes, la
muerte, claro, es una interpretación de la vida.
El amor no nos salva. Esa es otra mentira. El amor es más bien lo que damos
para recibir amor.
No, no, no me salgas con eso… es verdad lo que te digo, querida.
Acuérdate de mí, ahora no lo crees, porque andas enamorada.
Créeme.
No, no pienses que soy una fría hija de puta. Al revés, damos amor porque lo
necesitamos de vuelta, es una transacción como cualquier otra.
He tenido algunas parejas, tú sabes. Abandoné y me abandonaron, fui infiel y
me fueron infieles, pero mi amor siempre fue egoísta: quería amor.
Y creo que todos los hombres que recibí, que les permití estar dentro de mí…
digamos… (reflexiona un instante) yo era un premio de consuelo.
Estaban conmigo y, en cierto sentido, me amaron, me desearon, sobre todo me
deseaban…
Amante: Te amo… quiero estar contigo para siempre, siempre mi amor.
M: Estás confundido, cariño…
Amante: Nunca he sentido algo como esto…
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M: Y entonces ¿cómo sabes que es amor, efectivamente?
Amante: Lo sé.
M: Cariño, todos, absolutamente todos hemos confundido alguna vez amor con
amistad, cariño con querer, amor con deseo y cilantro con perejil.
(…)
Sí, ellos creían amarme, pero solo estaban encandilados, era el premio de
consuelo y, lo peor, créeme, es que ellos mismos no sabían. Yo no era a quién
verdaderamente habrían querido amar, sino el trofeo que habían logrado
conseguir… y como el tiempo es cruel, hacía que, tarde o temprano, se dieran
cuenta.
Camilo igual.
El problema es que nos estamos yendo a pique… somos el Titanic y aún no
queremos verlo.
El iceberg está allí, a la vuelta de la esquina.
¿Sabes lo que pasa? Vivimos en una dictadura.
La firme, huevona, vivimos en una dictadura.
(…)
¿Cómo no?
Eres muy ingenua, incluso naif… y, por gente cómo tú, estamos como estamos.
Vivimos en una dictadura: la dictadura de lo políticamente correcto.
No puedes decir nada de nada, porque siempre vas a pisarle los callos a
alguien. Somos demasiadas en el mundo… demasiadas:
Dices algo sobre los indios, salen los mapuche, algo de los negros, salen los
inmigrantes, algo de Pinochet, salen los momios, algo de los zurdos que andan
quemando la ciudad, salen los comunistas… ¿qué te digo, mi cielo? Algo de lo
que sea y te van a reclamar igual.
¡Y meten bulla! Puta madre que meten bulla… ¿sabes? No son tantos, no…
pero es el parlante que tienen, es como gritan… no solo ponen el huevo, amiga, lo
cacarean y mucho, muuuuucho.
(Pausa).
¿Tienes idea de cuánto he tenido que censurar mis rutinas?
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¡Horrible, mi amor! ¿Y sabes por qué? Por el feminismo… ¿y tú crees que yo no
soy feminista? Obvio que lo soy, soy vedette, si contara cada vez que he tenido
que parar a un productor que cree que por un buen contrato me tengo que acostar
con él… ¿se te ocurre lo difícil que es dedicarse a esto? Solo por haberle dicho a
mi madre que me iba a dedicar al mundo del espectáculo, debería ser embajadora
del feminismo mundial.
Madre: Entiendo que has entrado a una compañía de baile.
M: Sí, mamá.
Madre: ¿Te parece decente?
M: Me parece que es lo que me gusta.
Madre: Hay muchas cosas que nos gustan, pero eso no significa que las
tengamos…
M: Es un arte.
Madre: Ja, ja, ja, ja… arte… claro, bailar en pelotas y saltar de cama en cama
se llama arte ahora.
M: Es una pena que pienses eso.
Madre: Me parece que es una pena tener una hija prostituta… sobre todo tan
joven ¿Qué va a decir tu padre? Bueno, nunca dice nada, nada, pero hay familia,
mijita, hay familia, gente… una hija “artista”… sí, claro.
M: Le tapé la boca, claro. Pero eso no quita que me juzgaron muchos y muchas
en el camino… es que estamos otra vez en una época estúpida, de medias tintas,
amarilla, políticamente correcta. Estamos en una crisis moral y no le importa a
nadie, pero dices un chiste medio pasado de rosca –un chiste, querida- y es un
escándalo mayúsculo.
Somos demasiados en el planeta. Tooooodos tienen una opinión, aunque sea
una opinión ignorante o estúpida, todos tienen opinión y hay que respetarla…
aunque sean puras huevadas.
¿Y si no me importan esas opiniones?
¿No te das cuenta que por ser políticamente correctos estamos hipotecando el
país?
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¿Sabes qué es lo peor? Que con la caterva de “la libertad”, estamos perdiendo
todo. Todo.
Los políticos gobiernan para las encuestas, no para el país y el país, el famoso
pueblo, es estúpido, ignorante y, sobre todo, irresponsable. Hay tanto que
respetar, que dejamos de respetar la posibilidad de tener una opinión propia.
Repetimos los slogans políticamente correctos que nos dicen que son lo
moralmente aceptable, progre, inclusivo… y dejamos de tener opinión propia
¿para qué? Si Facebook, Instagram, Netflix, los matinales o las ONG te dicen qué
debes opinar… mira, puedes ser lo que quieras, mujer, negra, transgénero,
comunista y musulmán… lo único, pero lo único que no puedes no ser es
consumidora. Sé lo que quieras, mientras uses la tarjeta de crédito… ¡y mascarilla,
huevona!
Te voy a confesar algo… es una noche de confesiones, así que ahí voy: mira,
yo no soy racista -je, es lo primero que dice un racista- pero es verdad, no soy
racista, pero ¿te has dado una vuelta por el centro?
¡Parece Lima!
Tú has estado allá, en Lima, digo; de vacaciones claro, y es bonito, pintoresco,
lindo.
Pero en vacaciones. Ahora, vas al centro de Santiago y parece Lima: El
griterío, la comida en la calle, música a todo volumen, ropa tendida en las
ventanas… y el olor, ese olor a fritanga… y no hay palomas, claro.
Y lo normalizamos… pero a nadie le gusta.
Y también están los negros…
(…)
¿Y cómo quieres que diga? ¿“de color”? ¿y de qué color son? ¡Negros, poh,
hueona!
Ahí están los negros, con su idioma, su música, sus mafias -porque tienen
mafias peligrosas- de drogas, de putas, de piratería… con la huevadita de la
diversidad estamos hipotecando todo… a ver, si son tan diversos: ¿qué harían si
la hija universitaria les llega con un negro de pololo?
¿A ver?
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Los hipócritas, siguen con la huevadita de ayudar a los “hermanos
extranjeros”… mientras no se vayan a vivir a su barrio eso sí.
Mientras vivan en las poblas.
“Ayudar a los hermanitos extranjeros” ¿qué es beneficencia esta huevá?
¿Quién nos ayuda a nosotros? Mucha gente lo piensa, mi cielo, no me pongas esa
cara… mucha gente lo piensa, pero no lo dicen y ¿sabes por qué? Ni siquiera por
educados, no lo dicen porque no se atreven… vamos a ver lo que saldría si los
pensamientos fueran audibles, mi amor… el apocalipsis llegaría ya.
Aparte, piénsalo un poco: si en sus países tienen la cagada ¿por qué harían
algo mejor aquí? Vienen, se amparan en el país, en la gente, en todo ¿y qué
traen? ¡Nada! No traen nada.
¿La fuerza de trabajo?
¿Mestás hueviando? ¿Los chilenos son mancos? ¿Las chilenas tiene los dedos
crespos?
Nooooo, no es de racista. Solo me molesta… el cinismo, me molestan los
slogans que la gente repite como estúpida sin entender nada… no, no, no es
racismo, nada, nada que ver… solo trato de poner un poco de inteligencia en lo
que digo y la inteligencia suele ser políticamente incorrecta ¿sabes?
ESCENA III
M: ¿Sabes? Camilo siempre fue caliente. De joven ya lo era… eso me gustaba,
mucho. Te diría que gran parte de nuestra relación, por lo menos al principio,
estuvo fundada en la cama.
Y yo le gustaba… le gustaba mi cuerpo… no te pongas así, no seas tan
quisquillosa, estoy contándote algo, no te fastidies, sé que es una intimidad, pero
es importante. Además, es verdad, le gustaba mi cuerpo.
Entonces no sospeché que le gustaran otros también.
Con los años, empezaron los rumores. Nada concreto… en realidad al principio,
no eran rumores, eran silencios.
Yo entraba en una habitación y estaban los del equipo del programa del canal
¿te acuerdas? Estaban riéndose, pero entraba yo y ¡pum! guardaban silencio. Y
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después, estaban los silencios con las miradas. Sin palabras ¿entiendes? Pero
esas miradas decían todo, todo… y te juro, de verdad, que no me daba cuenta,
pero… nada.
Recuerdo las miradas de Camilo con la maquilladora… sí, con Marcela, la de
maquillaje ¿te quedaste pa dentro? Quién lo diría ¿no? Yo pensaba que era
lesbiana… Camilo es guapo, galán clásico ¿qué le vio a Marcela? No sé,
sinceramente, porque no solo era fea como una rata mojada, eventualmente eso
daría lo mismo, el punto es que tampoco tenía encanto alguno… para que te
vayas haciendo una idea no más.
Los rumores me seguían, a veces íbamos a una fiesta y Camilo desaparecía un
rato y siempre volvía… raro.
¿Raro cómo?
Más caliente.
Siempre que algo sospechoso pasaba, venía con ganas de llegar a la casa a
tirar. Tal vez era por la culpa o tal vez porque serme infiel lo excitaba, pero eso era
lo que sucedía… y, claro, también estaban los ensayos, su teléfono que siempre,
pero siempre, se le iba la batería; por horas a veces, y las fiestas de “la gente de
teatro”.
“Ay, mi amor, son solo gente del teatro”, me decía, con esa voz que tanto
encanta, tú ya la conoces… y yo creía ¿por qué no?… o lo que es más patético,
quería creer, porque, después de todo, si me daba cuenta ¿qué iba a hacer? Me
habría visto obligada a dejarlo y, aunque me mate decírtelo (pero ¿por qué no
confesártelo ahora?) irremediablemente, la sola idea de perderlo, era demasiado
para mí.
Mata decirlo.
A veces la imagino, sabes, tirándose a algún desconocida, a alguna actriz con
la que, supongo, se metió, o a la misma Marcela… o a ella sobre él, sabes,
tocándolo.
No, no… te equivocas, no me parece mal, no me está bajando la moral pacata
ni quiero refocilarme en mi bajeza, para nada…
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Imaginarlo riendo con dulzura o besándose tiernamente, regalando flores o en
un paisaje bucólico me deja fría como pescado.
En fin, por eso no me calienta imaginarlo contigo, amiga, porque tú lo quieres y
él a ti… al menos te quiere por ahora. Sí, ya lo sé, no nos hagamos las tontas, mi
cielo, ustedes se quieren… todo lo que dos personas como ustedes dos pueden
quererse, que no es mucho, pero es.
No, no, no hace falta que digas nada… no te preocupes, si ya lo sé… lo sé
todo.
No, no, no me des explicaciones ¿para qué?
No me pidas disculpas, huevona… eso sí me podría molestar: que me pidas
disculpas, no seas idiota, al menos plántale cara a las cosas, hazte cargo, no te
pongas mina… nooooo, no, no me pidas disculpas.
¿Sabes? En cierto sentido te comprendo. Así son las cosas. No sabes cuánta
pena me das también.
Nooo, Camilo nunca me lo dijo… yo solo me di cuenta cuando se fue. Incluso,
ahora, mirando hacia atrás, no entiendo cómo es que no me cayó la teja antes.
Estuve tentada de decirte –ahora que Camilo se fue- que me quitaste la
felicidad, pero, en realidad, en estos años, ya nadie puede ser realmente feliz.
A decir verdad, nunca he sido realmente feliz -lo que no deja de ser paradójico
para un vedette- y cuando me he sentido feliz, solo ha sido temporalmente.
ESCENA IV
M: Mis momentos de felicidad, top 6:
6- Con mi padre en Pichilemu: él estaba con su sombrero de pescador, también
blanco. Puedo verlo ahora mismo. Se echaba bronceador y mi mamá con mi
hermana habían ido a comprar no sé qué… tenía toda la tarde a mi papá solo para
mí y yo le preguntaba cosas, se metió al mar conmigo y me compró un helado…
sí, entonces lo adoraba, tenía cinco años y era feliz de monopolizarlo para mí… sí,
en ese entonces lo quería, solo empecé a detestarlo como a los catorce.
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5- Cuando me acosté por primera vez con la Pablo… ¿te acuerdas de él? El
moreno de la moto con el que pololié en la universidad y que le gustaba a todas
¡qué guapo que era! ¿Te acordaste? Sí, sí, era guapísimo y viril y mayor que yo.
Por supuesto yo no tuve mucho que ver, en realidad nada que ver: él quería
acostarse conmigo e hizo que las cosas pasaran, dios quiso que lo pasáramos
bien… y eso ayudó, quizá, a que la relación durara dos años.
4- La primera vez que el público del Festival me ovacionó… en realidad era una
huevada, yo había estado en escenarios más grandes y tenía el programa por la
tele ya, y la gente en mis shows en vivo aplaudía de pie, en pocas palabras,
querida, ya era una diva, pero ese escenario era… no sé… simbólico. La niña
bonita de barrio que llegaba hasta ahí… mira las tonterías que la emocionan a
una.
3- Cuando supe que perdí la guagua de mi único embarazo… ¿qué? ¿Camilo
nunca te contó? Lo siento… ya te contará, ya tendrán miles de noches románticas
en las que te pueda contar. Sí, tuve una pérdida. Él estaba tan ilusionado con ser
padre y yo… yo no quería. Lo disimulaba muy bien, pero la verdad es que yo
quería perderlo. El ginecólogo dijo que había peligro y yo, internamente, me aferré
a esa idea.
M: Mi amor… lo siento… lo perdí.
Amante: Cielo, tranquila… no pasa nada.
M: Mi amor, lo siento.
Amante: No es tu culpa…
M: Te decepcioné.
Amante: No digas tonteras… ¿cómo se te ocurre?
M: ¿De verdad?
Amante: De verdad.
No fue un aborto espontáneo.
Él cree que sí, pero no.
Por supuesto actué como si sufriera por la pérdida: triste… inconsolable y él me
trató como a una princesa por meses… fue dulce, comprensivo, divertido… no
estuvo mal mi performance.
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¿Sabes por qué no quería que esa guagua naciera?
No es que yo no quisiera ser madre, en realidad no quería que él fuera padre.
¿Ah?
¿No es obvio?
Porque lo quería para mí, solo para mí… no quería compartirlo nunca, con
nadie, y una guagua era eso.
¿Ah?
¿La fech…? ¿Qué te importa la fecha?
Te estoy hablando algo serio y me preguntas por la fecha…
No sé, no me acuerdo, fue hace como dos años y medio… junio sería…
(Pausa larga).
Nooooo, no, no. No fue por eso que empezó a salir contigo.
Eso no.
¡¡No, te digo!!
¿Cómo se te ocurre?… a ver, espera, espera… o sea: hace dos años y medio
ustedes ya estaban. Dos años y medio que me ponen los cuernos… mierda.
No.
No sigas con eso.
No, te digo.
No creo que empezara a salir contigo por eso, estoy segura que no… y si fue
por eso, la verdad, no me importa una mierda.
¿Por qué iba a importarme?
No, no es algo contra ti, no seas tan autoreferente, amiga.
Copernico ya descubrió que la tierra gira alrededor del sol, no de ti. No es algo
contra ti, ya te dije cuál era la razón: no quería compartirlo, ingenuamente, no
quería compartirlo con nadie… y claro, lo compartía con medio Chile.
Era su adicción… no lo culpo. Le gustaba el tirar y… (como si la interrumpen).
¿Y cómo quieres qué lo diga?
¿“Hacer el amor”? Eres bien cursi… y fresca, tomando en cuenta que estuviste
“haciéndole el amor” a mi marido los últimos dos años y medio o más… bien
fresco de tu parte.
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La cosa es que esa era su adicción… sí, le gustaba, era caliente. Ojalá yo…
ojalá yo hubiese podido comprenderla mejor ¿sabes? Ojalá no me hubiesen criado
tan conservador… ojalá no me hubiese dado cuenta, si no te das cuenta no tienes
que reaccionar, pero me di cuenta.
Y te digo: como todo adicto, recaerá…
¡Y dale!
No, mujer, no es contra ti, es la verdad no más… si te vas a quedar con mi
marido, mejor te haces la idea.
ESCENA V
En fin, repasemos: sexto lugar, la playa con mi padre. Quinto lugar, acostarme
con la Pablo. Cuarto lugar, ovación en el festival. Tercero, la pérdida. Segundo
lugar… no te lo he dicho.
El segundo lugar en el conteo de mis momentos felices fue cuando fuimos por
primera vez a Brasil con Camilo.
Yo ya era algo, un poquito, conocida. Para nada famosa y juntamos la plata –
apenas- y nos fuimos a Brasil. Un viaje pooooobre, pobre. No teníamos ni uno, el
hotel era ahí no más, daban desayuno y cena… al desayuno nos comíamos hasta
las migas y con eso aguantábamos hasta la noche, hasta la cena del hotel.
Fumábamos pitos todo el día y tomábamos cerveza como condenados. No
teníamos ni uno, íbamos a las otras playas en micro y la cerveza la comprábamos
en los quioscos, no nos daba para ir a un bar. Camilo estaba tostadísimo, su piel
linda y el pelo se le puso rubio, muy rubio con el sol… yo me veía estupenda, la
piel se me puso cobriza y en ese tiempo era… estupendísima. Con la dieta
obligada de comer cada ocho horas, estaba más flaca todavía… y caminábamos
mucho, porque ni en micro queríamos gastar… éramos poooobres, pobres.
Y lo pasamos tan bien.
Habitar ese territorio con él –un territorio mental, no geográfico- nunca me ha
vuelto a pasar. Creo que, de hecho, no he sido nunca más así de feliz en mi
vida… y mirando ahora para atrás, te digo: el avión debió haberse caído al
regresar, debió acabar mi vida ahí.
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Pero eso no pasó.
En cambio, pasó la vida. Pasaron los premios, la plata, sus amantes, pasaste
tú. El amor no triunfó.
Nunca triunfa la huevá.
ESCENA VI
M: La vida es más simple de lo que parece. La vida es simple, la muerte no.
Cuando entendemos que no hay nada que nos haga felices verdaderamente,
también entendemos… en realidad, no entendemos nada.
Tal vez no hay nada que entender. No es necesario suicidarse, solo
necesitamos dejarnos morir por descuido.
La muerte es una interpretación de la vida.
Agradezco tu tiempo, amiga mía, no tendrías por qué dármelo… ¿para qué? En
realidad, tú no me debes nada… ya te dije, te entiendo: sería imposible resistirse a
Camilo. Es guapo, muy guapo, es más o menos inteligente, divertido y en el sexo
es un auténtico gozador… y es gozador porque es generoso.
No, no te enojes, no seas pacata: las dos nos hemos acostado con él y
merecemos poder hablar de eso… es una auténtico gozador porque es generoso
en la cama, su disposición es total y no tiene trabas morales de ningún tipo, pero –
y esto demoré en entenderlo, escúchame, porque es una sabiduría que conseguí
después de años de tirar con él- esa generosidad, en realidad, es con él mismo,
no con una.
Es él quien goza de todas las cosas que está dispuesto a hacer en el sexo,
pero no te sientas orgullosa, no lo hace por ti o por mi o por quién sea a quien esté
haciendo aullar. Lo hace por él, solo por él y una… bueno, una es una.
Tú lo sabes, yo lo sé y esa es la puta verdad.
Y aun así, no entendemos nada.
Nada de nada.
Comprendo que te hayas enamorado de él, comprendo que te lo hayas tirado y
comprendo que lo hayas hecho a mis espaldas… pero no comprendo tu felicidad.
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No es que quiera negártela, no me malentiendas, no, de hecho, me gustaría
creer en la posibilidad que alguien en este mundo sea feliz, pero (lo siento), lo que
quiero decir es que te engañas… no serás feliz de forma definitiva, no seas
ingenua, no seas tarada… la felicidad es temporal, al menos la felicidad de este
mundo.
Tal vez haya felicidad en otros mundos, pero en este, donde nos arrojaron a
vivir… no hay felicidad definitiva.
No te aferres a esa esperanza, es una mentira mortal y solo te hará sufrir más y
más. Ya te dije: te comprendo, no te odio, solo estoy echándote una mano, en
serio, te estoy echando una mano, porque sé que, pasados unos años, de una u
otra manera, estarás aquí, donde yo estoy ahora.
En serio, no me mires con esa cara de “pobre mina”… yo sé que piensas que
estoy amargada, dolida, despechada… es verdad, no te lo niego, pero ojalá fuera
solo eso, lo terrible, lo verdaderamente terrible, es que estoy más lúcida que
nunca, que me doy cuenta que es peor, mucho peor, vivir esto cuando tuviste
momentos felices… porque si yo nunca hubiese ido a ese viaje a Brasil con él, si
nunca hubiese sentido ese éxtasis, sino hubiera liberado esas endorfinas… no
sabría lo que ahora me falta.
Precisamente porque lo tuve, ahora tengo este hoyo negro dentro.
Se trata de que no hay alivio, no hay catarsis, no hay nada que nos sostenga…
nada de este mundo que nos pueda sostener de verdad… me gustaría tener las
pelotas de hacerme una monja renunciante o algo así, pero no, no es mi
naturaleza, solo quiero… solo quiero no levantarme de mi cama más.
¿A dónde va todo esto?
¿Qué quiero decir?
Te equivocas de pregunta, amiga.
Deberías preguntarte qué me pasa, no qué quiero decir.
Pendeja.
La muerte, claro, es una interpretación de la vida.
ESCENA VII
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M: ¿Mi top one de los momentos felices?
Vamos a llegar a eso. Tranquila, querida, tranquila. Ya te lo voy a decir… sé
que no te lo he dicho; tengo buena memoria, me aprendo libretos enteros… y
coreografías.
Ya vamos a llegar a eso.
Debes entender que esta, tal vez, sea la última vez que nos vamos a ver y…
quiero disfrutarlo. No en el sentido que tú crees… pero disfrutarlo, sí.
Te haces una vida, torpemente sales adelante, logras encajar, de un modo u
otro, pero lo logras.
¿Te acuerdas del colegio?
Entonces yo ya entendía la inutilidad de todo.
Estábamos en el recreo y veía a las otras jugar al elástico, a la pinta, sí, tú
también… o al pillarse o lo que fuera y era… tenía la certeza de que todo eso era
inútil. Quiero decir, no sabía enunciarlo así, pero lo sabía.
Miraba a los otros niños y niñas (a ti también, igual) y veía su expresión
estúpida, ingenua, esperando que la hora de clases se acabara.
Nunca fui popular, es obvio.
En realidad, no había forma que lo fuera.
Pero de algún modo, tenía gracia.
No en la vida personal, claro que no. Ya ves, no he dicho nada divertido durante
toda nuestra conversación… no es tan raro, tampoco. Tú me conoces bien.
La cosa es que tenía gracia, podía inventar cuentos y cosas y bailar y sonreír y
cantar… encantaba a la gente. Precisamente, tenía gracia porque no era popular,
porque ya intuía la inutilidad de todo, porque ya me daba cuenta de que nuestras
compañeras y compañeros, “la luz de los ojos” de sus padres, en realidad, eran
una puta pérdida de tiempo, criaturas densas pesando sobre el mundo sin objetivo
ni perdón.
¿Cómo perdón de qué?
Perdón por haber nacido… no seas tonta.
La muerte es una interpretación de la vida. Te lo he dicho, pero no prestas
atención.
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Ni siquiera tenemos derecho a un poco de compasión o solaz, nada… no hay
catarsis, no hay liberación de ningún tipo; solo estamos aquí, nada más.
Nada más.
Vagamos y gastamos nuestros días corriendo de un sitio a otro, intentando
llenar ese desvío que hay entre nacer y morir al que llamamos vida.
Somos el padecimiento… y por eso nos aferramos a los momentos de
felicidad con la certidumbre de que todo, pero todo, es tan frágil.
Bien… te lo diré: mi top one de momentos felices.
El momento número uno en mi ranking personal de felicidad no es algo que
pasó, sino algo que pasará.
Algo que pasará ahora.
De hecho, tú serás la fuente de esa felicidad.
En serio.
No, no te estoy hueviando… hueveo solo de manera estrictamente profesional.
Deberías tenerme más fe.
¿Por qué no? Así todo tiene una asombrosa simetría: me quitaste la felicidad,
debes pagar un precio por ello: darme felicidad.
Sí, mi número uno en mi ranking personal de felicidad, serás tú, amiga… ahora,
en unos instantes.
Una impecable simetría.
Escúchame… escúchame y mírame, por favor, porque confío en que sea tu
cara, digamos, tu expresión, lo que me hará feliz.
Escúchame… escúchame y mírame:
Camilo está muerta.
Aaaaahhhhh… je, je, je, je… tu cara es impagable.
Tuve que matarlo.
(Ríe)
No llores, debiste pensarlo antes… antes de robármelo, antes de deslizarte en
nuestras vidas.
(Ríe enfermizamente, como loco, y habla)
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Yo podía haber hecho como que no me daba cuenta, aceptar sus amantes -
incluida tú- y hacerme la loca, podía haber seguido mirando para el lado, ignorar
su calentura y generosidad con otras, hacerme la tonta con sus mensajes de
WhatsApp o cuando al teléfono se le iba la batería… estaba dispuesta a todo, solo
por tenerlo conmigo, tenerlo mío… pero no, tenías que convencerlo que se
separara de mí, tenían que enamorarse, tenía que separarse de mí, tenías que
llevártelo, tenían que enamorarse, los conchasumadres.
(Ríe) Ay, tu cara es verdaderamente… amiga… el mejor espectáculo que he
logrado en mi vida… el único que he montado para mí.
Te lo dije, desde el inicio: la muerte es una interpretación de la vida.
No pude evitarlo, era eso o verlo feliz a tu lado. No fue del todo premeditado…
es que… no podía soportar su mirada… fue a la casa a buscar sus últimas cosas
y… no sé cómo pasó, era ese brillo en su mirada ¿sabes? En verdad no sé bien
cómo pasó. Yo solo enterré la cuchilla, primero en la mejilla. Se la traspasé… y
estiró sus manos para protegerse y le rebané los dedos… aulló y la sangre le salía
a borbotones por la cara y eso me enojó, la sangre me enojó más y volví a
enterrarle el cuchillo en la cara y… y… la lengua ¿cachai? La lengua se le salió
por el lado y cuando respiraba o gritaba, no sé, salía un sonido como… como…
como de pedo por el tajo y yo… le enterré la siguiente cuchillada en… en el
pecho… no llores, no seas huevona… y… en la costilla después… y cuando
quería sacar la cuchilla se enganchó dentro y tuve que hacer mucha fuerza para
sacarla, tuve que tironear mucho, mucho… y después volví a enterrarla… en… en
la garganta y en el ojo… debí enterrársela desde el principio en el ojo, porque eso
era lo que me molestaba, desde el principio, era eso, su… su mirada…
Y al final se la enterré en la guata, debajo del ombligo, justo… pero entonces ya
estaba muerto.
(Ríe)
No podía hacer otra cosa.
Y lo más duro es que no hay alivio.
(Llora)
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No, no hay alivio de nada… solo el pequeño gusto de verte así ahora, de verte
derrumbada, tal como yo estoy.
Aparte de eso, no hay alivio.
Ninguno.
(Ríe)
No hay alivio ni catarsis de ninguna especie.
Nada.
(Llora)
Solas, más solas que antes, tú y yo.
Camilo muerta… yo lo maté.
(Llora)
Y lo volvería a hacer.
Lo volvería a hacer.
(Ríe)
Muchas veces lo haría.
Era mío, mío no más.
Tuve que matarlo.
Era eso o verlo feliz a tu lado… y este es el único amor que conozco, un amor
para mí.
¿Quieres saber lo último que dijo?
¿Crees que dijo tu nombre?
Tenía la lengua colgando por el lado y el ojo salido y rojo… y dijo… dijo
“mamá”… mira la huevada: “mamá”.
(No ríe, no llora)
No hay alivio ni catarsis.
Nada.
Nada.
Solo tú y yo.
Y Camilo muerto.
Yo lo maté.
Y la muerte es una interpretación de la vida.
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FIN
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