El autor de la carta a los hebreos destaca la fe de Abraham en cuatro aspectos o
circunstancias de su vida. Primero en la obediencia que mostró al salir de Ur cuando Dios lo
llamó para ir a la tierra de Canaán. La ocasión anterior decíamos que esta fue una fe de
obediencia, y quizás no requería de una fe titánica por parte de Abraham. Tan solo que le
creyera lo suficiente para actuar. Dios se le apareció a Abraham y Abraham creyó la Palabra
de Dios. Como hoy en día nos ocurre a nosotros, y como dice Pablo en su carta a los
romanos: “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. (Rom. 10:17). Así Abraham le
creyó a Dios.
Luego su fe fue madurando, fortaleciéndose en el tiempo, de manera que logró vivir
en la tierra que Dios le había prometido sin un deseo de querer adquirirla. Porque como el
autor de hebreos lo pone, su mirada estaba puesta no en alguna ciudad de este mundo,
sino en la ciudad celestial, donde el arquitecto y constructor es Dios.
Posteriormente, su fe es puesta a prueba primero, en la larga espera que requiere
para que alcance la promesa. Abraham le creyó a Dios, pero el elemento indispensable para
que el pacto se consumara era el nacimiento de un heredero. Abraham ya era viejo, y el
tiempo pasaba. No entendía como entonces las promesas habrían de cumplirse, pero su fe
se fortaleció, y esperó en esperanza contra esperanza. Y esto el autor de hebreos lo rescata,
y lo celebra.
No sin uno que otro tropiezo, como el caso de Agar. Aunque aquí más bien fue Sara la
responsable, también Abraham tuvo culpa. Ante la falta de la respuesta de Dios, Sara decide
tomar el asunto en sus manos. Y traza una estrategia que en todo sentido parecía vil y
abominable. Fue una decisión que no solo terminó lamentando ella, sino también el
patriarca, y es hoy quizás fuente de los conflictos que vemos en el medio oriente.
Por último, su fe es nuevamente puesta a prueba. Una vez dada la promesa de Isaac,
ahora Dios le manda que lo sacrifique. Analizaremos porque ocurrió esto, y como es que
Dios podría pedir algo así, pero lo que el autor de hebreos desea destacar es que Abraham
no dudó en hacer lo que Dios le mandó, aun cuando esta orden parecía contradecir todo lo
que Dios había prometido. Sin hacer menos el dolor que pudo causarle este mandato, lo
que se encomia aquí es la fe con la que Abraham responde.
Estas dos pruebas de la fe de Abraham son las que veremos hoy. En el pasaje de
hebreos 11, vemos estos dos momentos de su vida en los versículos 11 y 12, con respecto
de la fe para engendrar a Isaac, y en los versículos del 17 al 19 con respecto al sacrificio del
mismo Isaac. Estos eventos ocurren en Génesis en los capítulos 21 y 22. Aunque son
enriquecidos con los capítulos previos, del 15 al 20, donde leemos todas las circunstancias
que tuvieron que pasar mientras esperaban el cumplimiento de la promesa de Dios.
Leamos el pasaje de hebreos 11 para entender el contexto, y luego pasemos a Genesis para
complementar el pasaje.
11 Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz
aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había
prometido. 12 Por lo cual también, de uno, y ese ya casi muerto, salieron como las estrellas
del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar.
17 Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las
promesas ofrecía su unigénito, 18 habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada
descendencia; 19 pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos,
de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir.
Bien, ahora nos iremos al libro de Genesis. En el capítulo 15, justo después de haber
regresado de la guerra donde persiguió y ahuyentó a Quedorlaomer y sus reyes
confederados, rescatando a Lot su sobrino, vino Dios a Abraham en sueños y le dijo: “No
temas, Abram, yo soy tu escudo, y tu galardón”. (v.1).
Esta aparición tal vez haya ocurrido porque Abraham pudo haber temido que algún día
estos reyes regresaran a tomar represalias por lo que les había hecho, y Dios le aparece en
sueños para consolarlo, pues así es nuestro Dios, un Dios consolador.
Abraham, en su tristeza y quizá depresión, le pregunta a Dios de que le sirve la
promesa que le está ofreciendo si ni siquiera tiene prole, y lo más probable es que sea un
mayordomo suyo, un esclavo de nombre Eliezer, el damasceno, quien herede todo.
Pero Dios le repite la promesa, y le añade que será un hijo procreado por el quien le
heredará. Acto siguiente, le pide que salga de su tienda donde dormía, y mire al cielo y
cuente las estrellas del firmamento. “Así será tu descendencia”, le dice Dios. El versículo 6
nos dice que Abraham le “Creyó a Jehová, y le fue contado por justicia”.
Luego, Dios hace un pacto con Abraham, de manera que quede por así decirlo
confirmado y sellado. La costumbre oriental era el partir animales en dos partes, y ponerlos
a ambos lados de un camino que hacían, y por donde debían pasar ambos contratantes del
pacto. De manera que daban a entender que sería así como con los animales sus vidas en
caso de que rompieran el pacto. Sin embargo, en este caso, el pacto fue unilateral, pues
solo Dios anduvo el trayecto, de manera que dio a entender que su pacto era incondicional,
y no dependía del cumplimiento de Abraham, sino solamente de El. Y como rescata el autor
de hebreos, “cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor,
juró por sí mismo,” (He. 6:13).
Esto fue muy oportuno, me refiero a que el pacto fuera unilateral y no dependiera
del cumplimiento de Abraham, porque enseguida vemos el tropiezo de los patriarcas con
Agar.
Sara entendió que las promesas que Dios le había dado a Abraham eran totalmente
condicionadas a que Abraham tuviera un hijo. Y como esposa del patriarca, Sara sentía la
responsabilidad de este heredero. Pero puesto que ella seguía siendo estéril, y dado que ya
habían transcurrido 10 años desde su llegada a Canaán, Sara consideró entonces encontrar
una solución por su propia cuenta. Sara pudo considerar que Dios estaba dilatando la
llegada de este niño al impedirle que pudiera concebir. Tal vez fue lo que debió haber hecho,
pero entendiendo que había una razón para ello, y no que Dios no era digno de ser creido.
Que Dios estaba dejando pasar el tiempo de manera que su gracia y su poder fueran
manifestados claramente al ver la imposibilidad humana de procrear. Para que entonces así
la gloria fuera para El.
Pero Sara no lo vio así, o tal vez la impaciencia le ganó, y cometió el pecado de
ofrecer a Agar a Abraham, pensando de esta manera: “Si yo soy dueña de Agar, y esta
concibe de Abraham, de esta manera entonces el niño pasa a ser mío”. Con este
razonamiento humano totalmente, Sara fue cómplice del primer caso de bigamia de un
hombre justo. El único caso anterior a este había sido el de Lamec, descendiente de Caín,
pero recordado como un hombre perverso, mas que justo.
Dios nunca bendijo esta condición del hombre. Dios siempre fue y ha sido claro que el
hombre solo tendrá una mujer por esposa.
Sara pronto se dio cuenta de su error. Cuando Agar concibió, inmediatamente
comenzó a mirar con desprecio a Sara. Sara lo resintió inmediatamente, quizás por lo que
un proverbio mas adelante en la biblia explica, Pro. 30:21-23 “Por tres cosas se alborota la
tierra,
Y la cuarta ella no puede sufrir:
22
Por el siervo cuando reina;
Por el necio cuando se sacia de pan;
23
Por la mujer odiada cuando se casa;
Y por la sierva cuando hereda a su señora.”
Aunque fue Sara la de la idea, pronto va a su marido y se queja por el trato de su
esclava, como si la culpa hubiera sido de Abraham. Y el patriarca, que de hecho no está
exento de la culpa, por cuanto como cabeza del hogar debió negar la oferta de Sara, no
pudiendo arbitrar entre las dos mujeres, ofrece la mejor solución que se le presenta
razonable y saludable: le deja a su esposa la decisión de hacer lo que mejor le convenga. En
pocas palabras, reconociendo su error pero viendo que no puede en su sano juicio
contrariar a su mujer, dice: “mejor no me meto. Lo que tu digas se hace, querida.”
Sara despide a Agar, pero en la historia de Agar vemos la misericordia y paciencia de
Dios, quien la alcanza, y le hace ver que debe regresar a Sara, pero siendo sumisa,
subordinándose a Sara, y por otro lado, le promete que de su hijo también saldrán grandes
naciones y una gran multitud de gentes que difícilmente podrán ser contadas.
Agar regresa y en su tiempo, da a luz a un hijo, y Abraham lo llama Ismael. Abraham
está contento con el regreso de Agar, y por la llegada de su hijo. Abraham verdaderamente
llega a amar a Ismael, pues es su hijo. Pero ahí no termina todo. El capítulo 17 comienza
diciéndonos que han transcurrido 13 años mas, y ahora Abraham es de 99 años. Era de 86
cuando Ismael nació. Dios se aparece nuevamente a Abraham, y nuevamente le recuerda
su promesa. Ya es la cuarta ocasión en que Dios menciona las promesas de una tierra, de
descendencia, de ser su nombre exaltado, y de ser bendición a otros. Es aquí también donde
le cambia de nombre, de Abram, a Abraham, y es aquí también cuando instituye el pacto
de la circuncisión.
Pero algo mas ocurre aquí. Acompáñenme a partir del versículo 15, donde leemos:
“Dijo también Dios a Abraham: A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara[c] será su
nombre. 16 Y la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser
madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella. 17 Entonces Abraham se postró sobre
su rostro, y se rio, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara,
ya de noventa años, ha de concebir?
18
Y dijo Abraham a Dios: Ojalá Ismael viva delante de ti. 19 Respondió Dios: Ciertamente
Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac;[d] y confirmaré mi pacto con
él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él. 20 Y en cuanto a Ismael,
también te he oído; he aquí que le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho en
gran manera; doce príncipes engendrará, y haré de él una gran nación. 21 Mas yo
estableceré mi pacto con Isaac, el que Sara te dará a luz por este tiempo el año que viene.”
El capítulo termina diciendo que inmediatamente después de terminar Dios de
hablar, Abraham circuncidó su carne y la de todos los varones de su casa, siervos y
extranjeros, ese mismo día. Era Abraham de 99 años e Ismael de 13 años cuando se
circuncidaron.
Ahora miremos el pasaje que recién leímos. Abraham tal vez había considerado que en
Ismael se cumplirían las promesas de Dios, pero Dios se le aparece y le dice que no es así.
Que será de un hijo de Sara. De hecho, es aquí donde por vez primera Dios hace mención
de Sara, que será de ella de quien tendrá un hijo con el cual hará el pacto de la promesa.
Abraham está bordeando los 100 años, y Sara los 90. A esas alturas es imposible que un
hombre y una mujer puedan procrear. De hecho, y para que no haya lugar a dudas al
respecto, mas adelante dice la escritura, en el capítulo 18, versículo 11: “a Sara le había
cesado ya la costumbre de las mujeres”. ¿Cómo pueden un par de personas ancianas
procrear? ¿Cómo podría Sara, si ya no tiene fertilidad en su cuerpo?
Y leemos que Abraham ríe. Contrario a lo que muchos podemos pensar, su risa no
es de incredulidad, como si dijera: “¿A quien se le ocurre decir que Sara y yo a estas alturas
podemos tener un hijo?”. Mas bien, la risa que aquí exhibe el patriarca es por el gozo y la
alegría de ver materializada la promesa de Dios. Hasta ahora no sabía como Dios podría
llevar a cabo su promesa, y aunque aun no sepa como, le basta con saber que Dios así se lo
ha declarado, y como vimos hace un momento, “Abraham le creyó a Dios, y su fe le fue
contada por justicia”. Por eso rió. A Abraham le bastó oir decirlo a Dios. Y se gozó.
Es a este momento en la vida de Abraham a la que Pablo se refiere en los versículos que
recién memorizamos, Rom. 4:20-21: “Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de
Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era
también poderoso para hacer todo lo que había prometido”.
Abraham no dudó, al contrario, tal era su fe en Dios, y en su Palabra, que lo creyó al
instante, y fue tal su gozo al oír la Palabra de Dios, que rio. 24 años habían pasado ya desde
la primera vez que Dios le había prometido una descendencia, pero Abraham “creyó en
esperanza contra esperanza”, hasta que “habiendo esperado con paciencia, alcanzó la
promesa” (Rom. 4:18, He.6:15).
El capítulo 18 continúa la narración, y nos dice que Dios se apareció nuevamente a
Abraham, esta vez junto a dos ángeles. Y en esta ocasión Sara estuvo involucrada. Abraham
y Sara recibieron a Dios y a los ángeles en su tienda, y les brindaron hospedaje y alimento.
Dios ya le había revelado a Abraham lo que haría con Sara, pero no sabemos si Abraham se
lo había contado a Sara aún.
Cuando Dios le pregunta donde está ella, Abraham le responde que está dentro de la tienda,
pero dando a entender que Sara está cerca, de manera que puede escuchar lo que los
varones estén platicando. Y es entonces que Dios le revela su plan a Sara, aunque está
hablándole a Abraham. O sea, le dice a Abraham para que Sara escuche. Versículo 10:
“Entonces dijo: De cierto volveré a ti; y según el tiempo de la vida, he aquí que Sara tu mujer
tendrá un hijo. Y Sara escuchaba a la puerta de la tienda, que estaba detrás de él.”.
Lo que ocurre a continuación divide opiniones. El pasaje dice que Sara se rio al
escuchar esto, porque al igual que Abraham, pensó, “¿como puede ser si ya somos viejos?”.
Sinceramente, hay muchos que piensan que la risa de Sara fue de incredulidad, dudando de
la capacidad de Dios de lograr esto. Algunos incluso añaden que Sara ni siquiera tenía
certidumbre de que estos hombres que estaban con Abraham fueran Dios y dos ángeles, y
quizás su risa se debió al imaginar que estos meros seres humanos desconocían su edad. Al
no conocerla, pensaban quizás que era joven aún, y su risa pudo ser como una especie de
broma.
Pero hay otros que piensan que al igual que Abraham, Sara rio de felicidad, al considerar
que finalmente, Dios cumpliría su promesa a través de ella. Esta versión daría soporte al
versículo 11 de hebreos que leíamos, y dice: “Por la fe también la misma Sara, siendo estéril,
recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que
era fiel quien lo había prometido.”
Cada uno de ustedes puede tener su opinión al respecto. Hay mucho que podemos
analizar y quizás cuando abordemos la vida de Sara en el siguiente estudio, podamos
profundizar al respecto.
Por lo pronto, yo me inclino a pensar que Sara rio de felicidad también, al escuchar la buena
nueva. Pero suponiendo que hubiera reído por incredulidad, porque incluso desconocía que
quien estaba ahí era Dios mismo, aun así, creo que finalmente rio de gozo. Porque miren lo
que dice el versículo 12: Sara rio para sí misma, no fue una risa audible. Y, sin embargo, en
el versículo siguiente vemos a Dios decirle a Abraham: “¿Por qué se ha reído Sara diciendo:
¿Será cierto que he de dar a luz siendo ya vieja? ¿Hay para Dios alguna cosa difícil?”.
Al escuchar esto Sara debió comprender inmediatamente que quien estaba ahí era Dios
mismo, de otra manera como había podido saber que se había reído. Y entonces su
incredulidad se debió transformar en la fe que destaca el autor de hebreos.
Para destacar aún más lo que Dios haría con esta pareja, y mostrar al mundo como
lo imposible para Él es posible, de manera que sea El quien reciba la gloria, y de paso
fortalecer la fe de Abraham y Sara, el capítulo 20 narra otro evento en la vida de Abraham
y Sara que, aunque sombrío, muestra la soberanía de Dios. Por alguna razón, Abraham
decide ir a vivir a Gerar, a la tierra de los filisteos, y como en la ocasión de Egipto, vuelve a
cometer el mismo pecado de decir que Sara es su hermana y no su esposa, nuevamente por
temor a que lo quisieran matar para quedarse con Sara.
Esto nos da a entender que aún a sus 90 años, Sara era extremadamente hermosa. El rey
Abimelec se prende en su corazón de ella y desea hacerla su mujer, pero antes de que pueda
consumar cualquier cosa, Dios le advierte en sueños que Sara tiene marido, y que lo que
está por hacer sería abominación.
Abimelec reprende a Abraham por no decirle la verdad, pero luego le restaura el agravio
con una dote. Dios le pide a Abraham que como profeta ore por Abimelec y su reino, de
manera que el mal desaparezca de ellos, pues Dios ha cerrado el vientre de todas las
mujeres del reino. Abraham lo hace y la nación se sana.
Y entonces el capítulo 21 nos dice que después de esto, Dios visitó a Sara, como
había prometido, e hizo con ella como había hablado. Y Sara dio a Abraham un hijo en su
vejez, en el tiempo que Dios había dicho. Versículos 1 y 2.
La historia en Gerar nos muestra como Dios en su poder y gobierno lleva a cabo su plan aun
a pesar del actuar de los hombres. Si Abimelec se hubiera llegado a Sara, hubiera quedado
en duda que el hijo de Sara fuera de Abraham, con lo cual la promesa habría quedado
invalidada. Pero Dios guardó todos los eventos de manera que esto no ocurriera, y así,
entonces, en el tiempo de Él, Sara concibió de Abraham, y de esa manera dejó demostrado
que lo que para el hombre era imposible, por cuanto tanto Abraham como Sara eran ya
grandes de edad, para Dios era posible.
La conclusión aquí es que, en esta etapa, la fe de Abraham, y de Sara, nunca flaqueó.
Aun cuando a simple vista la lógica humana dicta a pensar que lo que Dios ha dicho es
imposible.
Así opera la fe. No va en sintonía con el pensamiento del hombre, y muchas veces, en tu
caso, podrás verte encarado en situaciones donde las voces de todos a tu alrededor,
creyentes y no creyentes, te insten a no poner tu fe en la Palabra de Dios. En sus promesas.
Porque simplemente no es posible que ocurran. Pero Dios te pide que le creas. Que le creas
en lo imposible.
Finalmente, dice el autor de hebreos, Abraham fue puesto a prueba. En el capítulo
22, Dios le dice a Abraham: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a
tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”. (v.2).
¿Por qué Dios le pidió semejante cosa a Abraham? Es lo que todos nos preguntamos
inmediatamente. De inicio, a muchos nos da el pensar que el Dios de Abraham es semejante
a los dioses de los cananeos, que demanda de sacrificios humanos. Pero la biblia en toda su
extensión es categórica en mostrar que a Dios le desagrada por completo los sacrificios
humanos. Por tanto, no puede ser esta la razón de tal petición. ¿Es que Abraham no sabe
esto de Dios? Tampoco parece ser razonable esta idea. Abraham conoce bien a Dios.
Aparte, ¿Por qué Dios le pediría esto a Abraham si hemos visto que es en Isaac como
Dios llevaría a cabo sus promesas? ¿No parece esto ir en contra de su propia voluntad? Si
Dios hizo tales obras para mostrar a toda la humanidad que el nacimiento de Isaac solo fue
posible a causa de Él, ¿Cómo ahora le pide a Abraham que lo sacrifique?
Pues hay cabida a una respuesta, pero es solo especulación, ya que en ningún lugar
de la biblia se nos dice esto. Lo que si nos dice la escritura es que Dios puso a prueba la fe
de Abraham. Lo dice aquí recién, en Génesis 22:2, y lo dice el autor de hebreos en el
versículo 17: “Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había
recibido las promesas ofrecía su unigénito”
¿Pudiera ser posible que Abraham, una vez que tuvo a Isaac en sus manos, su amor
a él creció tanto en su corazón que lentamente desplazó el lugar primordial que solo
corresponde a Dios?
Pongámonos en su lugar. Si recuerdan, lo que más le importaba a Abraham era tener
descendencia. Esto se materializaba en Isaac. Y aunque la fe de Abraham le había permitido
no verse seducido por las bendiciones terrenales, sino mantener su vista en la ciudad
celestial, es posible que Isaac fuera tan grande en su vida que comenzó a desplazar a Dios
como primer lugar en su corazón.
No me malinterpreten. A Abraham también le interesaba sobremanera la promesa
espiritual con respecto a que por medio de él serían benditas todas las naciones de la tierra.
Abraham entendía la importancia de Isaac no solo para cumplir su gran anhelo de tener
progenie y por medio de la cual podría poseer la tierra y hacer una nación grande. También
vislumbraba que, de la descendencia de Isaac, en un futuro, nacería el Mesías, que salvaría
de la condenación de sus pecados a todo aquel que creyera en él. Esa es la fe que nos dice
Genesis 15 que le fue imputada por justicia. Pablo da cuenta de esto en su carta a los
Gálatas.
Leíamos hace unos instantes que cuando Dios le dijo a Abraham que de Sara le
nacería un hijo, con el cual establecería su pacto, Abraham sonrió. Bueno, Jesús, muchos
años después diría esto al respecto, en Juan 8:56: “Abraham vuestro padre se gozó de que
había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.”
El gozo de Abraham al escuchar a Dios que le nacería un hijo de Sara no solo era porque se
cumplía su promesa de una descendencia física, sino también por la promesa de la venida
en el futuro del Salvador de la humanidad. Abraham se gozó de la llegada a la tierra de
Cristo muchos años antes que llegara. Para Abraham, al igual que para nosotros, su fe en el
Mesías es la razón por la que le fue imputada la justicia de Dios. Solo que el lo vio a lo lejos,
en el futuro.
Pero aunque todo esto era una realidad en Abraham, la realidad de ver el anhelo
mas grande frente a ti, es muy poderoso, y tiene la capacidad de tentarnos y desviarnos de
Dios. ¿No les ha pasado a ustedes? ¿Que Dios les concede aquello que tanto anhelan, y la
bendición ahora se vuelve el foco mas importante en su vida, mas que Aquel que es la
fuente de la bendición?
Si me responden que si, entonces podemos entender un poco a Abraham. Isaac es el hijo
de su vejez. Por su edad, bien podría ser su abuelo. A medida que Isaac crece, mas se va
estrechando el amor del padre con el hijo. Dios mismo es testigo de ello, y por eso le dice:
“tu hijo único, Isaac, al que amas”.
Mi hijo Andrés acaba de aprender a andar en bici sin el uso de las llantas de balance.
Apenas hace unos 4 días. De hecho, David también. Yo creo que vio a su hermano, y ha de
haber dicho, “¿y porque yo no podría?”. Y que se avienta. Y ahora ambos andan en bici sin
las llantas de soporte.
Los últimos 3 días apenas amanece y ya se quieren subir a la bici. Es la novedad. Pero los
veo subirse y como le dan con todas las ganas a la pedaleada, y aunque es bonito ver como
crecen, así como pedalean mas se alejan de mi, y no puedo evitar pensar: “un día me van a
dejar”. Yo se, seguro estoy siendo muy dramático, pero no puedo evitar pensar que ese es
el ciclo natural de la vida. Un día te necesitan para todo, y otro día ya no te ocupan para
nada. Y es inevitable que ocupan un espacio en tu corazón.
El peligro está en que ese espacio crezca al punto que ponga en segundo lugar a
Dios. Y eso pudo pasarle a Abraham. Dios no quiso en ningún momento sacrificar a Isaac, y
de hecho, previno el acto justo al último minuto, pero quiso poner a prueba a Abraham de
manera que quedara al descubierto cual era su fe.
Podemos decir que Abraham pasó la prueba, y con un 100. Porque el versículo 3
dice que “Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos
siervos suyos, y a Isaac su hijo”. Abraham no dudó ni un segundo. Obedeció al instante.
El versículo 4 nos dice que el viaje fue de 3 días, o sea, que Moriah quizas se encontraba a
unos 30 kilometros de Beerseba, donde habitaban.
Cuando llegaron, pidió a los dos siervos quedarse a esperar, mientras que Isaac y el
subían a adorar. Y les dijo, versículo 5: “Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos
hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros”. Si la intención era sacrificar a Isaac, ¿Por
qué les dijo a sus siervos que luego regresarían ambos con ellos? Aquí es donde entra esa
fe que encomienda el autor de hebreos en el versículo 19. Abraham estaba plenamente
convencido de que Dios era poderoso para levantar de los muertos a Isaac. Esto es, en su
mente, Abraham llevaría a cabo el sacrificio, pero Dios, de alguna manera, proveería la
forma de volver a la vida a Isaac, pues Isaac era necesario para el cumplimiento de la
promesa.
Esta fe de Abraham merece un reconocimiento especial. Antes de esta ocasión, no
hay otra mención en la escritura de una resurrección. Se puede decir que Abraham es quien
introdujo este concepto por primera vez. Abraham pudo haber sabido de su antepasado
Enoc, que no vio la muerte y fue transpuesto, pero fuera de él, el resto de sus antepasados
todos, sin excepción, habían visto la muerte. El diluvio era otro testimonio. Todos mueren.
Pero nadie, hasta ese momento, había resucitado. Abraham consideró en su corazón que
Dios era poderoso para levantar de los muertos a Isaac, pues era necesario que Isaac viviera,
se casara, tuviera descendencia, y así, en el tiempo, no solo un pueblo de Dios se formara,
sino que de el viniera el salvador.
Abraham había sido puesto a prueba anteriormente con la petición de creer algo
imposible, esto es, que le naciera un hijo en su vejez. Pero ahora, lo que Dios le estaba
pidiendo parecía estar yendo en franca oposición a lo que ya había declarado.
Abraham tenía dos opciones: considerar que Dios es un Dios errático, que cambia de
opinión y puede contradecirse, o bien, que en su capacidad finita y pecadora Abraham no
podía concebir la manera en que Dios podría resolver este problema, pero que Dios, en su
eterna y omnipotencia capacidad podría resolver.
Por la experiencia que había vivido ya, y por el conocimiento que tenía de Dios, la
primera opción no era viable. Abraham actuó consistentemente según su conocimiento de
Dios, y descansó en la idea de que por más compleja que fuera la situación que estaba
viviendo, Dios lejos de ser un enemigo, había demostrado ser su amigo. Si Abraham llevaba
a cabo la orden de Dios, el cumplimiento del pacto no podría llevarse a cabo. Pero Abraham
decidió dejar esta dificultad en las manos de Dios, y confiar en que El haría. Esta es la esencia
de la fe.
¿Qué es la fe? La fe es creerle a Dios y actuar acorde. Dios ya te ha demostrado que es digno
de ser confiado. Por tanto, tu labor es creerle y dejar que El haga. Y actuar acorde.
Quiera Dios que, si estás en una situación así, donde Dios te ha puesto a prueba de
tal manera, tengas la paz de dejar las cosas en sus manos, sabiendo que, aunque no
entiendes porque estás en esto o como saldrás de esta situación, creas que Dios es digno
de ser creído, y dejes en sus manos la situación, de manera que cuando te libere, puedas
dar toda la gloria a Él.
Finalmente, y para resumir, ¿Qué lecciones de vida podemos aprender de la fe de
Abraham? Yo encuentro al menos 5 lecciones que podemos poner en práctica en nuestras
vidas al observar la vida y la fe de Abraham.
Primero, la fe de Abraham fue una fe valerosa, arrojada. Se que he dicho que al
principio no le tomó mucho a Abraham dar el paso de fe que Dios le pidió cuando lo llamó
de Ur, tan solo obedecer. Pero la realidad es que requirió de gran coraje y determinación
dar ese paso, obedecer de esa manera, porque tuvo que dejar atrás a la familia, lo cual era
grandemente valorado en ese tiempo, y las comodidades de una ciudad metropolitana, y
que además era muy próspera, para irse a vivir al desierto, como nómada, como peregrino.
La clave está en creer a Dios. Cuando te pida algo, has como Abraham, que obedecía al
instante. No dudaba de Dios. Cuando Dios estableció el pacto de la circuncisión, dice la
escritura, apenas terminó de hablar, Abraham circuncidó su carne y la de toda la gente que
estaba con él, en ese mismo día. Cuando Dios le pidió que sacrificara a Isaac, al día siguiente
por la mañana lo vemos enalbardando su asno.
Si quieres ser poseedor de las bendiciones de Dios, aprende a ser obediente a su palabra, y
a actuar de inmediato cuando Dios te pida algo. Di como Pedro, que le dijo a Jesucristo:
“Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu
palabra echaré la red” (Lc. 5:5). En tu palabra lo haré. O como el centurión que Jesús elogió
por su fe, cuando este le dijo: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente
di la palabra, y mi criado sanará.” (Mt. 8:8). Fe en la palabra de Dios. Eso quiere Dios de ti.
Segundo, la fe de Abraham estaba puesta en el lugar correcto. En Dios. Y en las cosas
de Dios. En las cosas de arriba. Aun cuando Dios le prometió grandes promesas terrenales
como una extensión de tierra, una nación, un gran nombre y una gloria póstuma, lo que
Abraham tenía claro era que un día estaría en aquella ciudad cuyo arquitecto es Dios, y eso
le motivaba a vivir como un extranjero en esa tierra que Dios le había prometido.
Abraham se acostumbró a vivir su vida con la mirada en Dios, viendo como agradarle, como
hacer su voluntad. Por ello Dios lo consideró su amigo, y por ello le confió lo que haría a
Sodoma y Gomorra, porque Dios mismo declaró “¿Le ocultaré estas cosas a Abraham, que
vendrá a ser bendición para todas las naciones (espiritualmente), y mandará a los de su casa
a que guarden el camino de Dios, haciendo justicia y juicio?” (Gn. 18:17-19)
Vive tu vida de tal forma que cuando llegues a estar ausente se note. Como aquel hombre
que mientras estuvo enfermo en un hospital no dejó de ser testimonio a los demás
pacientes que estuvieron con él, compartiéndoles de Jesús y de su bendito amor, siendo de
consuelo y ánimo para todos aquellos enfermos. Que cuando lo dieron de alta, sus
compañeros exclamaron: “Nos dio gusto que estuvieras enfermo, no porque quisiéramos
que lo estuvieras, sino porque al estarlo tuvimos la oportunidad de compartir este tiempo
contigo y nos fuiste de gran bendición”.
Tercero, la fe de Abraham lo llevó a hacer cosas osadas, cosas que nadie esperaría o
imaginaría. Abraham había instruido a los de su casa en el arte de la defensa, y cuando fue
el tiempo, no dudó en ir tras de los 4 reyes confederados que habían tomado a Lot preso.
Imaginen ir con 318 personas contra los ejércitos de 4 grandes y poderosos reyes que recién
acaban de aniquilar una confederación de 5 reyes enemigos, y han dejado destrucción y
muerte por donde han pasado. No es algo que cualquiera se animaría a hacer. Pero
Abraham lo hizo. Y como Melquisedec le confirmó después, fue el Dios Altísimo el que le
otorgó la victoria. Pero Abraham tuvo que ir y pelear. Nuevamente, Abraham no dudó. Tan
pronto supo de la suerte de Lot, armó a su gente y se fue contra el enemigo, persiguiéndolos
hasta más allá de Damasco. Y claro, Abraham conocía el terreno. Por ahí había migrado unos
años atrás en su camino a Canaán.
Tener la fe que no da lugar a dudas, y obedecer de inmediato te permite realizar cosas
fantásticas, en el poder de Dios.
Cuarto, también requirió de una fe asombrosa para esperar, con esperanza contra
esperanza la promesa de Dios, el hijo que habría de venir, aun cuando a causa de su vejez
esto era ya imposible. Requiere de una fe firme y férrea para confiar en Dios ante
circunstancias que a toda luz parecen imposibles. La prueba de la fe produce paciencia, dice
Santiago. Es necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis
la promesa. (He. 10:36). Aunque Sara y Abraham tuvieron un tropiezo previamente en esta
prueba, cuando finalmente llegó, su gozo fue total. Porque esperaron en Dios.
Por cierto, el caso con Agar nos enseña también a no querer alcanzar las promesas por
métodos humanos. Sino más bien a confiar y esperar a que Dios lo haga de manera
sobrenatural. Sobre todo, cuando se nos pide lo imposible. ¿Hay algo que Dios te promete
que parece imposible? ¿Quizás la salvación de algún familiar tuyo? ¿La restauración de la
salud de algún allegado tuyo?
Ora a Dios. Intercede por ese familiar tuyo, porque Dios, si lo conoces, sabes que no desea
que ninguno se pierda. Por tanto, ruega por los perdidos, como Abraham también
intercedió por los justos de Sodoma y Gomorra.
Quinto, y último, la fe de Abraham no era simplemente una fe ciega. Fue también
una fe que se respaldó en su conocimiento de quien es Dios, a través de la experiencia de
irlo conociendo, de comprender quien es Dios, como es, sus atributos, de manera que
cuando una orden aparentemente contradictoria, que ponía en jaque la misma promesa
que Dios había establecido, no hizo a Abraham dudar, sino más bien, lejos de entender,
prosiguió obedeciendo tan prontamente como siempre, y dejando a Dios resolver la
dificultad que presentaba el nuevo mandato.
Si quieres una fe que no parpadea te es necesario conocer más a Dios. Intimar más con El
por medio de la oración, convivir más con El por medio de la meditación de su palabra, y
anhelar conocerlo más y más.
Demos gracias.