DOM,N,° del llanto
Este libro Ha sido premiado con accésit en el concurso
“Adonats" de Poesia 1947.
GRAFICAS ,UGUINA
MSLENDSZ VALUES, 7
MADRID
CONCHA ZARDOYA
DOMINIO DEL LLANTO
A D O N AIS
XLI
MADRID
1947
JUSTIFICACION DE LA TIRADA
De esta primera edición de Dominio del llanto, de
Concha Zardoya, se han hecho cuatrocientos veinti
cinco ejemplares en papel ele edición, y ciento en
papel especial, de los cuales setenta numerados del
1 al 70 para los suscriptores de lujo de “Adonais", y
treinta numerados del I al XXX para los suscriptores
de honor.
EJBMPLAR núm. X.
DS
JOSE LUIS ESTRADA
Es propiedad.
Derecho» reeervados.
A todos los seres que han
sufrido, en carne y espíritu,
el rigor y violencia de esta
época.
I
DOMINIO DEL LLANTO
DOMINIO DEL ‘LLANTO
(A Jerónimo y a José Luis
Darán de Cotes.)
¡AY! La tierra que habito, sin dinteles
se ofrece resignada al verde llanto
que de la nada viene al universo,
dominando en el centro de los ojos.
Hasta el cariño es agua de tristeza.
Hasta el cariño es césped vulnerable.
Y de lágrimas nacen las violetas,
el suave musgo negro de las ruinas-
¿Duros cielos que buscan el olvido
propagan el dolor sobre la nieve?
¿Duros cielos agolpan, tumultuosos,
las legiones del llanto en los países?
11
¿Son los ángeles fieros, despeinados,
huidos del Señor y de sus tronos?
¿Son los caballos ciegos de los bosques,
en galopar frenético, sin rumbo?
¿Son las manos del viento, enloquecido,
golpeando las torres y los safios
de las vírgenes nubes, de las niñas
que lloran sin saber los sueños tristes?
¿O es el rayo de Dios que incendia y pide
torrentes de dolor para apagarse,
o refrescar la sed que tiene viva
con el llanto crecido entre los hombres?
Y el corazón se estalla como un fruto,
calcinado de amor bajo los árboles:
el compasivo llanto le convierte
en una roja flor desesperada.
12
LA FUGITIVA
(A Carmela.)
UN largo velo gris, tan ceniciento
cual las pesadas nubes de la lluvia,
quiere ocultar las penas de tus ojos,
esa morada sombra que ellas dejan.
Caminando de prisa por la tierra,
países y ciudades recorriste,
huyeñdo de ti misma y de la muerte,
eterna seguidora de tu vida.
Subías a los trenes con tus lágrimas:
paisajes y paisajes raudamente
cruzaban ante ti como las aves...
Mas, fugitiva, tú mirabas dentro.
Y el corazón nutrías del pasado,
de bruscos sobresaltos y recuerdos,
de algo vivo y punzante como garra,
de maldiciones tristes y de hechizos.
13
¿Unos pasos de muerto te persiguen?
¿Un aliento o Luzbel de risa negra?
¿O pétalos de sangre te salpican
la juventud, la frente y la hermosura?
¿Las derribadas torres sepultaron
la alcoba de tus sueños, tus amores?
¿Qué lunas amarillas, desplomándose,
quemaron ya las sienes del que amabas?
Y vas cortando lazos, vas huyendo:
los puentes flotan, luego, en los cien* ríos
que has pasado veloz mas extenuada;
las aldeas son islas lejanísimas.
¿Hasta cuándo, mujer, irás errante?
¿A la deriva siempre, cual un náufrago,
desarbolada nave en la tormenta
que Dios desencadena sobre el mundo?
i4
LOS DESAPARECIDOS
(A Fernando Iglesias, que
desapareció del mundo...)
TENIAIS una patria, dulces novias
que en los ojos besábais muchos días.
El «amor con sus flores, como un rio,
os anegaba el pecho dulcemente.
Y el deseo se abría en lo profundo
del ser enamorado; luego iba,
por caminos de cielo, siendo pájaro.
¡Oh cuán alto reposo, tal vez música
que aliviaba a la vida de su llanto!
¡Oh cuán bella cimera del espíritu!
¡Ah, radiantes mancebos eráis todos,
fulgor mismo de Dios junto a los mares,
mágico aliento, gloria de la tierra!
El joven corazón ardía en llamas,
propagador incendio de los bosques
que a la ciudad llegaba y refulgía.
15
Elocuente, la luz os coronaba
de verde primavera, trastornando
las tiernísimas hojas de los árboles.
Eráis la noble savia de este mundo.
Mas un viento de muerte, brisa oscura,
acechaba terrible desde simas
donde el odio se esconde y no envejece:
malos ángeles fuego originario
exhalaron de allí como una lava
o torrente de hiel que destruía.
La hermosa páz huyó de los hogares,
despobló las aldeas y la dicha.
Efímeros destellos, besos últimos...
Las novias os lloraban bajo sauces.
Y el viento os llevó cual si los pétalos
del clavel de la vida fuérais todos.
Como polen de luz sembrados eráis
por llanuras, por sendas y montañas.
Las palabras, opacas, no se oían.
Relámpagos de muerte, luces únicas,
los muros de los cuerpos derribaban:
sin fronteras yacían apagados.
Después, el verde musgo fué naciendo:
su débil raicilla era de olvido.
16
Ahora no sabemos si el desierto
os sepultó en el fondo de su arena,
si el sueño se refresca en los oasis
donde un húmedo vaho apenas flota.
O si la tierra negra, cual sepulcro,
en sus minas profundas encarcela
la suave llamarada de la frente,
el resplandor activo de los ojos.
Ni sabemos aun si el ancho océano
os tiene adormecidos en su cripta.
¿O las nubes, quizá, os recogieron
entre las cañas duras que sonaban,
y el aire os disolvió en su elemento
como brizna de polvo o de alegría?
Y ya no sé si sois la hierba triste
que levemente brota en primavera.
No sé si sois la lluvia o la nostalgia
que viene del recuerdo o de un retrato,
cuando un vivo repite vuestros nombres
en la transida luz de la mañana.
17
2
EL RESUCITADO
(A Ricardo.)
SIN despedida, beso ni saludo,
por la vida pasaste como un pájaro.
Te sabíamos muerto en una tierra
sin nombre o en un mar desconocido,
lejos, lejos de aquí, sin una lápida.
Y quemamos tus ropas o las dimos
a los jóvenes pobres y a las viudas.
Dolía tu recuerdo en la memoria,
y en los retratos grises te llorábamos,
mirándote a los ojos casi verdes.
Si, al menos, descansaras en un bosque,
debajo de los árboles tan quietos,
en un claro de hierba, sin hormigas...
Si, al menos, fuese el mar quien te arrullara,
postrera cuna en brazos de las olas...
18
Y tu nombre grabaron en la piedra
del viejo monumento de la patria, .
junto a otros que el tiempo nos borraba.
Tu madre lo leía, reviviendo
la hora en que naciste para el mundo.
Pasaban los crepúsculos y el alba.
Otras aguas pasaban por los ríos.
Otros niños nacían cada noche.
Y pálidos recuerdos nos quedaban
del joven que tú fuiste en ciertos años.
II
Y ahora has regresado de la sombra:
un desteñido traje envuelve el cuerpo
que disuelto en la tierra ya creíamos,
o navegando en aguas submarinas,
por un viento de Dios arrebatado.
Y nos cuesta creer que sigas vivo...
¿No emanas frío tú, el frío extraño
que los muertos recogen en las tumbas?
¿Es tu sangre tan tibia como el aire?
¿Tus ojos traen luz de aquel trasmundo?
19
¿Eres Lázaro, tú, resucitado
por un divino dedo poderoso?
¿Mas dónde están los lienzos amarillos,
esa yerta mortaja que cubría
tus humanos despojos finalmente?
Y un hondo sufrimiento se refleja
en esos ojos tuyos que la muerte
como un paisaje triste contemplaron.
Denegación, sonrisa, como nubes,
vienen y van, desnudas, por tu rostro.
Moreno y sano estás... ¿Por qué has venido?
¿Te ha llamado la vida? ¿No lo sabes?
Quizá tu madre, al verte, sólo diga:
“Hijo,, has muerto: en la piedra está tu nombre.
¿Qué he de hacer por la paz, di, de tu espíritu?”
20
DANZA DE LA LOCURA
(Después de soñar con
Vatzlav Nijinsky.)
¿COMO sueño impalpable un alma surge
de las flores? ¿Aroma delicado,
luz de luna estival? ¡Oh! No se sabe
ni puede discernirse
quién sea la esbeltez que cruza rauda
y dulcemente alígera
ante los ojos míos asombrados.
¡Hermosísimo ser, perfume fresco,
sensual pureza ya, anhelo vivo!
¡Exhalación más cierta que las aves,
meteoro fugaz, embellecida
realidad deslizándose!
El ensueño tan áureo apenas vuela,
apenas se sostiene sobre el mundo
21
—este jardín, la noche, las esferas—,
en la luz apoyado y en el aire.
Purifica miradas,
al saltar misterioso
o revolotear o aun brindarse
en suave gesto puro,
en suave gesto mágico,
cual éter adorable, cual caricia,
castidad amorosa, tierna, leve.
Los saltos increíbles—sólo céfiro,
elevación hermosa hacia la altura,
abandonado ser
que flota sin posarse—
cual plegarias ascienden, cual las nubes
por la mano de Dios enajenadas.
¡La danza, si, la danza como un sueño!
¡Y esa rosa purpúrea,
esas hojas marchitas,
esos pétalos sueltos, desprendidos!
¡Oh ritmos naturales!
Actitudes, no saltos dionisiacos,
aminorado, quedo movimiento:
estatua, friso vivo...
La música, apagándose...
22
II
¿Después?
Los círculos no giran en el aire,
no son piernas en aro,
no son tórax, cabeza, suave curva,
arpa humana vibrante,
descendiendo cual hojas de los cielos,
sin peso, del vacio, de la nada.
Ardorosos ahora,
se componen, se agrandan, son pequeños,
lineales; se abaten, se dislocan,
descompuestos, sutiles, ya deformes;
luego ruedan, se enlazan:
son un rostro, un diseño,
son un traje de magia, danzarinas
que bailan dulcemente, o amazonas
que galopan quizá ya deslizándose
por traspasados ojos sin mirada.
¡El nacer y el morir, ¡ay!, son Un círculo,
dos yemelos hermanos, una forma,
perdurable misterio entre los vivos!
Y el Espectro danzaba alucinado.
¿Eras hombre, mujer, un paralítico,
23
el deseo de amar o la belleza,
el joven o el anciano,
o llama simplemente?
Ojos negros, purpúreos, cabelleras,
funerales figuras, tristes máscaras,
arácnidos aun, las aves muertas,
enormes, desoladas mariposas,
poblaban en dibujos el espíritu,
cual diario de los sueños.
Otro día volaban en trineos,
como pájaros bellos sobre nieve.
Y en un bosque de cruces
—negros árboles yertos—
danzaban por encima de cadáveres.
Bailaban y bailaban...
.Vertiginosos giros en el aire,
etérea rapidez, horror lentísimo...
Al final, volvían de muy lejos.
Sólo breves relámpagos
escriben en el cielo las secretas
palabras de esperanza.
Mas no hay luz en la frente,
sino pálidas lágrimas
en los ojos oscuros y aterrados.
24
¿MIEDO?
(A Pepita.)
¿POR los ojos abiertos de la noche
llegan perros o el miedo de la muerte?
El párpado del niño se desvela
y las flores despiertan a las flores.
¿Qué ladridos, qué voces o qué llantos,
qué andar sin paso viene por el aire,
qué frió azul o negro se levanta
en los quicios y muros del silencio?
25
SUEÑO
(A Trina Mercader.)
íOH captador delirio de las sombras
que ansian concretarse
y luz ya sólo ser,
un bello rostro humano,
el ademán sin forma de la música!
Por las calles del sueño
el ciprés y los musgos
y unos mirtos se asoman.
Las tumbas ya no existen.
Los esqueletos viven, se disfrazan
con un traje de luna,
y flotan, danzarines, en la noche:
flores blancas y azules,
suaves pájaros tristes, melancólicos,
sensibles fuegos fatuos.
26
En ronda van o solos, persiguiéndose.
Por los jardines vagan. Tras los árboles
se ocultan y se ríen:
los luminosos dientes son relámpagos,
y la sonrisa tria
aun más palidece.
¿Se requieren? ¿Se besan? ¿O nostalgian
el breve amor ya extinto?
¿A qué juegan, entonces, vagorosos?
Cuando el alba corona el devaneo
y les abre las losas de las tumbas,
ellos no saben ser ya nuevamente
el amarillo cráneo,
el alongado fémur y esas vértebras,
postrimeros anillos desposados.
Se disuelven. No son. Ni polvo último.
Por la nada del sueño que se esfuma,
velocísimos, huyen a la Nada,
al remoto confín de lo más negro.
Ni fantasmas, ni olor, ni fuegos fatuos...
Los sepulcrales nichos,
la hornacina final, deshabitados,
son muecas espantadas y vacías.
27
SOLO LA LLUVIA AQUI
(A. Carmen y Amanda, re
cordando aquella mañana del
Cementerio Romántico.)
YA quebraron su lanza los cipreses,
hace tiempo, entre muros carcomidos.
Los delgados follajes no dan sombra
a las profundas muecas de los nichos.
Los muertos se llevaron, al marcharse,
sus losas e inscripciones de dos siglos.
Si olvidada quedó alguna lápida
las lluvias la han borrado con sus dedos.
Si los muertos dejaron esas tumbas,
¿cómo pueden los vivos, entre ruinas,
su triste soledad pasear llorando?
¿Cómo pueden las novias ser besadas?
28
Sin árboles, ni hierba, ni sepulcros,
no saben los suicidas sepultarse,
ni clandestinos seres en los huecos
un albergue buscar para la noche.
Apenas brilla pl sol en el verano.
No hay hojas en otoño. Sólo nubes
que pasan con el viento, ligerísimas,
sin detenerse aquí entre las piedras.
La lluvia nada más, tan compasiva,
en invernales días de amargura,
sobre el silencio cae lentamente.
Sólo la lluvia aquí es a’go vivo.
Ni los pobres insectos se recrean
en las húmedas charcas desoladas:
ya emigraron los vermes, las hormigas
a recintos de amor y de alegría.
Hasta Dios se ha llevado su esperanza,
su bandera de paz y sus perdones:
nuevas cruces y tumbas le requieren
en otros cementerios donde hay muertos.
29
¿ASI LA MUERTE?
(A Pepe y Lita.)
¿COMO una catedral asi la muerte?
¿Cómo un sueño de piedra que madura
en las torres esbeltas, presurosas
de llegar a la calma de Dios puro?
¿Tal las lonjas calladas yertamente,
en un fervor de paz y viejos siglos?
¿Tal un huerto de musgo que ha brotado
en las sonrisas tristes de los ángeles?
¿Como bóvedas altas y columnas
fatigadas de mármoles y altares?
¿Como aquellas tinieblas de la cripta,
amables para el alma solitaria?
¿Como esas horas bellas que olvidamos
porque libres nacieron, sin deleite,
y fugaces murieron como un sueño?
¿Cuál la postrada luz de ciertas sombras?
¿Así la muerte, oh Dios? ¿Como el silencio
que surte débilmente entre los muros
de un templo que han cerrado para siempre?
¿Así la muerte, Dios? ¿Asi la tumba?
30
ELEGIA
(A la joven memoria de
José Luis Hidalgo.)
¿COMO guijarros caen nuestras voces
sobre tu sueño puro? ¿Vives? ¿Duermes?
¿Reposas en la tierra? ¿Has trásfundido
tu corazón al aire?
¿Es un nuevo país?—te preguntamos.
¿Una puerta cerrada entre dos mundos?
¿Un gran viento de Dios que barre cuerpos
para dejar las almas libertadas?
¿Cuáles cielos profundos palidecen
en la remota luz que de ti nace?
Esas flores marchitas ¿quién las besa?
¿Bebe llanto la hormiga, cual rocío?
¿Recuerdas los espejos, esas aguas
tranquilas de los pozos?
31
¿Sonríes entre lágrimas o risas
o minerales pájaros que vuelan
entre piedras azules y follajes?
¿O acaso un chapoteo de alas negras
irisa las tinieblas de la nada?
¿Un réquiem dice adiós a los recuerdos,
al amor, mientras llueve?
¿Qué lento vals enjuga la tristeza
de las niñas sin novio?
¿Qué pavana te llora melancólica?
¿El rostro del Señor se balancea
en las terrenas linfas como nube,
en el jardín cerrado de tu sueño?
¿No duermes tú? ¿Acaso rememoras
aquella débil brisa entre los juncos?
¿O, ebriamente, en el fondo,
tu corazón horada negros huecos,
laberifftos, raíces,
para entrever el cielo y la tersura
del pleno mediodía?
¿Vagan tus pies de llama por las sendas?
¿Tus finas manos suben a los astros?
¿El alma se te anega
en propia melodía y viva música,
y tus ojos, oscuras flores fijas,
32
rebosan luz, perfume, deslumbrados?
(¡Oh las muertas violetas de tus valles!)
¿Sepultureros malos, di, te azotan
con espinosas flores o te embriagan
con sus laxos aromas, con sus jugos?
¿O bocas extranjeras
musitan sus preguntas y añoranzas?
¿Qué dicen esos labios secretísimos?
¿Versos tristes murmuran, elegiacos?*
¿Quiénes te miran, pues? ¿Quiénes te siguen?
¿Hay ojos de muchachas que se abren
pesadamente yá, después del sueño
en que las grandes águilas
su vuelo han desplegado poderosas?
(¡Ay, los ojos de miel, vacíos ojos!)
¡Ay, la florida ronda de esqueletos,
bailando para ti alegres danzas!
¿O fingen ser caídas hojas secas
para mirar tu rostro, acaso herido
por un súbito amor, postrera llama?
¿Tú duermes y no lloras?
¿Una flauta modula
su tristeza sin nombre?
Envejecida flauta suena lejos:
33
¿el nombre tuyo canta
—joh torturado nombre inconsumido!—
en un semisollozo?
¿Siniestra, perfumada,
acaso titubea?
¿La estación del silencio ha deshojado
la flor de su gemido?
¿Qué canta, di, qué canta?
¿Y tú lo sabes, di, desde tu féretro?
¿Que el destino grabó su signo extraño
en ese corazón que tú tenias,
indescifrable símbolo
de tu amor, de tu ¡muerte?
¿Que hacia Dios caminabas, encendiendo
sus cimas y sus orbes?
¿Que Su dedo gigante,
más desnudo que un niño,
a los cielos te alzaba?
Llamearon tus versos en relámpagos:
ya nunca han de apagarse,
no ha de apagarlos nadie.
¿Tú duermes de verdad? ¿O no descansas?
Si, al menos, fuera un rio,
la muerte, por debajo,
34
que te llevase al mar...
Pero es Humen sin cauce
en la noche del tiempo,
y no sé si es corriente...
¿Un desolado huerto que te nievan
el olvido sin fechas y nostalgias,
el coro de los llantos?
¿Lá grande soledad, de un crudo invierno?
¿Un amarillo parque, densa bruma?
¿O es un paisaje claro,
primaveral solsticio
al cual se asoma Dios?
¿Es una casa extraña,
una calle vacía,
un jardín de noviembre?
¿Es un azul navio,
sin gobierno y sin patria?
¿Es un bello crepúsculo?
¿Soledad desvivida?
¿Un sopor? ¿Una gloria?
¿Un albergue muy dulce?
Tú no tenías casa aquí en la vida.
En donde el mar y el cielo se confunden
o duermen como amantes, ella estaba:
35
en lá cripta del mundo.
Tu verdadera casa
yacía entre cipreses bajo tierra,
y en sus muros tu nombre
escribiste de niño
con un lápiz de lluvia,
presintiendo la lápida.
¿No reconoces bien aquella cuna
donde al nacer dormías?
¿No es cierto que la tierra es un regazo
que un subterráneo viento besa y lame,
lo mismo que a los sauces ya difuntos?
¿No es fácil de hojear como los libros,
cuando el rayo de sol puede filtrarse
hasta el silencio puro de su entraña?
¿No es cierto que el olor del buen tomillo,
suave, orea las siestas del verano?
¡Oh país de tu infancia, a quien devuelves
tu filial mansedumbre!
¡Oh señorío umbroso de tus padres!
¡Oh tierra, madre tuya y madre nuestra!
¿Hay ruecas allá abajo, tejedores
para hilar quedamente el blanco traje
de los desnudos muertos?
36
¿Tu corazón no duerme?
¿Ya han paradp las ruecas?
¿Es que al pastor no oyes,
ni las esquilas sientes del rebaño,
ni a esp picamaderos
clavar el ataúd de sus amores?
¿No escuchas las salmodias de las verdes
ranitás de las charcas?
¿Ya han parado las ruecas? ¿Hay silencio?
Pero las aves viven en el bosque.
Di: ¿te acuerdas, ahora, de la avispa,
de aquella rubia abeja que zumbaba
en tu niñez de sol?
¡Ah, tú no conociste
los fríos ventisqueros
de los ancianos años varoniles,
ni ese grávido limo
de las viejas memorias!
Esa hiedra que el tiempo adhiere al hombre,
siendo fama y a veces impureza,
no rodeó tu frente con su sombra.
Tu joven ansiedad, ¿cuáles tesoros
en el hondón descubre?
¿No hay inmergidas islas con su niebla,
37
rojas lianas asidas a las arpas,
frondosos setos llenos de luciérnagas?
¿Y no hay frutos dormidos en las ramas?
¿Y no hay cuevas profundas, sólombrosas,
con un olor extinto de fiel musgo?
¿Oscuras galerías? ¿No, no existen?
¿Hay un Arbol de Pascua, como ¡un ángel,
encendido en la noche: fuegos fatuos
son las doradas luces que de él penden?
¿No hay círculos de niños
bajo almendros en flor?
¿No hay retratos de vivos y de nubes?
(¿Para qué sombras grises en el pálido
marfil de luminosas calaveras?)
La alta hierba insegada
donde la estatua rota
puede esconder su rostro,
¿es buena amiga tuya?
¿No hay ruedas de mujeres
con dulce carga de agua?
¿No hay cortejos de viudas que te llamen?
Mas tú... ¿no has olvidado
el color de un vestido
y las flores pequeñas
38
de un pequeño sombrero?
¿No los buscas abajo, y ese rostro
locamente besado
en las noches de luna?
¿No levantas las rocas
que ocultan sólo pájaros?
¿O tu deseo flota ahogadamente
sin llegar a la arena que ella pisa?
Di: ¿tú no has olvidado?
¿Las femeninas, suaves manos ponen
sus amorosos dedos
sobre tu sien dormida?
(¡Quitad, quitad las manos,
vuestra inútil ternura!
¡Quizá pesen los dedos, las caricias,
a su rosa apagada!
Tal vez debáis brizarle su gran sueño,
en ese arca negra que le ciñe.
Tal vez debáis cantarle bellas nanas...
¡Quitad, quitad las manos!
¡No se canse la rosa de su espíritu!)
Como guijarros caen nuestras voces
sobre tu sueño puro. ¿Vives? ¿Duermes?
39
¡Conflésanos tu dicha o la tristeza
que inscribe, funeral, su mirto vivo
sobre tu pura frente sin corona!
¡Responde a los presagios y a la angustia,
poeta, que nos hienden!
Mas si quieres callar, no digas nada... •
Nosotros, gorriones,
picamos las migajas que has dejado
en la tierra del mundo-
Mis versos hoy te lloran como insectos.
40
II
NO LLOREIS A ESTOS MUERTOS
EL AHORCADO
(A Gérard, de Nerval.)
¡EN los bosques preparan las coronas,
las más verdes guirnaldas con el mirto,
y las cintas oscuras en los árboles
relucen, al volar, sus letras de oro!
1Y lá lluvia mansísima en la frente,
el reflejo He nubes o crepúsculos!
Ahora, ved, ahora,
estrechas escaleras pisadas por la noche,
no peldaños de luna...
Cicatrices del tiempo en las paredes,
amarillas, verdosas, funerarias,
con asomos de musgos delicados,
de aguas negras, perdidas,
resbalando, sepultas, al origen
secreto de las lágrimas.
¡Melancolía es para los ojos
y este sensible amor que los traspasa!
43
Relojes detenidos hoy señalan
que edad y vida pronto han de extinguirse
en el instante justo
o centro de la muerte.
Un fantasma sin luz, desde !á sombra,
anuncia la partida:
un negro dedo tiende hacia el vacio.
¡La orden ya está dada!
Caminar, caminar por callejuelas,
caminar por el sueño...
Buscar, hallar... Mas ¿cómo?
Esotéricas huellas,
genios tristes acuden a la tarde...
¡Exaltación, oh férvida locura!
Los espejos se rompen:
bellas mujeres muertas se aparecen,
mientras el llanto brilla
en las vacias órbitas.
Espectros, ¡ay!, espectros, criaturas,
en los delirios surgen,
nimbando las miradas
de arder opalescente.
¿Imágenes queridas?
¿Inactuales o puros
retratos sin modelo?
44
En los cofres, recuerdos y memorias:
pápeles, cintas, plumas, rosas, trébol,
hasta dientes marcados por un beso,
y aquella golondrina que los viera
abrazados y tristes
en un fiel camposanto.
¡Oh sombras fugacísimas!
¡Es menester quemarlas y evadirse!
¡Oh remanso de paz! ¡Oh cuán efímero!
La enorme languidez, la interrumpida
pasión resurge luego:
¡huir, huir del mundo!
Y ya no existe el sol, pues fallecido,
ha dado a luz la noche más eterna.
Los fantasmas acuden nuevamente
a cantar, a reir,
más lúgubres que entonces,
junto ál lecho nocturno.
(¡Oh vagabunda aparición constante i
¡El Sena y el Danubio, el viejo Tánvesis,
aguardándome están! ¡Allí he de verte!
El fin del orbe piso. ¡Los terribles
jinetes han llegado!
45
¡Esperad! ¡Esperad!
¡Yo he de ir con vosotros!.
Han dejado los cirios
de arder en las iglesias. Ha cesado
el rumor de rosarios y plegarias.
Humildes seres mueren en suburbios.
Faroles verdes,, rojos,
se apagan para siempre...
¿Qué queda ya por ver?
¡Ah!
Aún he de comprar un bello ramo
de blancas margaritas,
y al agua del estanque
he de echar dulcemente
este mi anillo de oro.
Acaso he de escribir algunas cartas...
Mas no debo, no debo:
sin eco en ningún vivo,
también se morirían.
Hay que hundirse en silencio.
Hay que llegar, llegar a lo proflufido
del cielo, engrandecido
por una soledad desorbitada.
¡Oh, los balcones altos, tan aéreos!
¡Qué atracción,, el vacio!
¿Venturoso, podría
en ave convertirme?
46
¿Acaso me nacieran,
inconscientes, las alas?
¡Oh, mi salto mortal!
¡Oh Ubérrimo vuelo!
¡ia no amo la vida!
En ella me extravío.
¡Ah, las torres, los árboles!
Atraen cual imanes, cual si pájaro
mi ser total ya fuera.
Y también esos puentes
que miran en la noche.
¿Sus negros ojos huecos
me siguen o me llaman?
Y este invierno es mtíy crudo.
¡Oh pobres gorriones!
La tinta va helándose
en el cristal redondo.
El alma mía apenas resplandece,,
y sin ella me pierdo,
queriéndome encontrar.
¡Qué hervor, en torno mió, de tinieblas!
¡Oh muerte, me enamoras!
Un légamo antiquísimo,
—olor a sangre antigua derramada—
barandales de hierro y escaleras...
Piso, ahora, unas losas negrecidas.
Aquí dormir se puede.
47
Mas hay algo que sabe
inquietarme, inquietarme:
una delgada cuerda en el bolsillo,
un cordón que alucina...)
El alba gris encuentra al ahorcado
—■pende exangüe y azul.
Ella misma le sirve de corona.
El espíritu excelso, libre, puro,
ba hallado a su dios, a su fantasma.
La luz, la Juz más alta le aureola
sus sienes ya en silencio.
48
LA DESCONOCIDA DEL TORMES
(A Jorge.)
EN la noche sin luna derramaste
en la corriente azul y fugitiva,
como una suave flor o como un agua,
tus delicados pétalos.
Las últimas palabras detenidas
contigo entraron leves en .el rio,
y sólo tu sonrisa fué salvada-
Se te anegó la boca lentamente,
la cavidad del cuerpo desamado.
(¡Oh cuántas resonancias musicales!)
El límpido contacto de las aguas
borró los besos negros,
las sacrilegas huellas,
los oscuros instintos.
La epidermis, los rasgos de tu cara
reconocidos fueron por el Tormes,
49
4
y bésados también no ciegamente,
en caricia final, postreros óleos.
¡El rio filé tu amante!
¡Inmensa boca húmeda,
desnudo torso liquido
con amor en los brazos!
¡Y ellos, puros, ciñéndote,
¡ay!, en ansia, las venas!
¡Oh nupcias funerales! ¡Lentas nupcias!
II
Con sensitivas algas brunas, verdes,
en tus piernas, cual cintas de colores,
anclaste tú en la hierba
no hollada por el dia.
Redimida te hallaron, sonriente,
con fluviales señales en el pecho
y nivea claridad como un sudario.
Un quedo aroma de aguas
en la grácil nudez, en las ojeras,
en la blanca paloma de las sienes.
50
Tus diáfanas mejillas relucían
de gozo y trasparencia, conseguidos
más allá de nosotros, de la vida.
Tu sonrisa era un aire,
era tu corazón aun latiendo.
Y si de ti nacían apretadas
raíces, raicillas,
tu rostro era belleza ultramundana-
Si tus pies extraviaban, sin memoria,
las sensitivas rosas de las uñas,
toda tú eras música.
¡Oh virgen placidez
ya nunca pecadora!
¡Oh tú, purificada
en las exequias postumas!
¡Oh siempre viva ya, como una estatua!
51
SIN ESTRELLAS, LA NOCHE
(A la antigua memoria de
Juan Boltraffio.)
SIN estrellas, la noche.
Apareció su rostro cual un pájaro.
¡Oh el ámbar de sus ojos!
Un manto blanco, verde por la luna,
envolvía la estatua de su cuerpo
volador y ascendente.
Te fascinó el misterio que traía.
Ante muros en ruina, desolados,
entre ortigas, te habló ,de lava y fuego.
“¡Ven conmigo”—decía—“y olvidémosnos
de esta triste ciudad en que tú moras!”
Silbaba el aire. Nubes, nubes negras,
relámpagos azules, fulgurantes.
¡Purpúrea luna! ¡Oh tierra lejanísima!
Negro viento gobierna las alturas.
¡Oh tus bodas d.e sueño y llamaradas!
52
Un tumulto de ideas, trastornando
tus sienes melancólicas.
¿La verdad? ¿La mentira?
¿La luz de los espacios o la sombra?
¿Un vórtice o abismo?
¿Tentar a Dios en su celeste trono,
al Luzbel desolado?
¿Cuál rostro es verdadero?
¡Bifrontes jerarquías, dualidades!
¡Pasmosa incertidumbre del espíritu!
“¿Más arriba,, tal vez?
¡Qué inmensidad azul!
¡El cielo sin columnas!
¡Estas alas no sirven!
¡Otros mundos, estrellas,
estrellas nuevas, puras,
que no podemos ver!
El perfil de colinas amatistas...
¡Oh invencible tristeza!”
Un hechizo sin nombre
te llevaba a los astros.
“Esta noche, esta noche he de enseñarte
el extremado gozo
53
y el dolor extremado.
Eternamente unidos viviremos.”
Y el rostro blanco,
cabellos serpentinos,
ojos ámbar, purpúreos labios tristes...
Resbalaba la túnica...
Tu corazón gimió de amor, de muerte.
Sus brazos se acercaban, su cintura...
El frió de aquel casto cuerpo duro
te era dulce y terrible,
dulce y terrible, ¡ay!, como la. muerte.
Un vendaval de fuego transportaba
tu bella juventud, el tierno fruto
del árbol de tu vida.
Y las llamas lamian con lujuria
hasta la sombra misma de tus huesos.
Después, un aire azul y transparente
disolvió tus cenizas volanderas,
el sueño de tu noche de aquelarre.
Las golondrinas raudas ascendían
hasta el pecho de Dios tornasolado.
54
EPITAFIO
NO lloréis, caminantes, a estos muertos
que dejaron la vida en plena aurora.
Ansiaban la verdad que se perdía
en tristes laberintos de miradas.
Hoy la muerte les briza el largo sueño:
el multiforme amor está saciado.
La eternidad que gozan hoy es' cúmulo
donde el alma no sabe que es ya nada.
55
III
SEIS CANCIONES PARA SEIS NIÑOS
MUERTOS
CABALLITO DE CARTON
(A Gin Gin.)
¿POR dónde galopa
tu rubio caballo?
¿Qué insectos le montan?
¿El escarabajo?
¿O la mariposa
que vuela tan alto?
¿Tal vez una alondra?
¿Tal vez otro pájaro?
¿Quizá la amapola?
¿Jinete es el nardo
o el musgo que asoma
en féretros blancos?
¿O, ahora, galopas,
pequeño, cantando
por la oscura loma
que yace debajo?
¡Galopas, galopas
por los negros prados!
59
ULTIMO SUEÑO
(A Palomita.)
¿QUE mundo ese tuyo?
(¿El álamo de oro?)
¿Qué sueñas, dormida?
(¿Las aguas sin fondo?)
¿Quién va por tu noche?
(¿Los pájaros solos?)
¿Quién cruza cantando?
(¿Las olas? ¿El gozo?)
¿Te pesa la tierra?
¿Se han muerto tus ojos?
¿O duermes sin sueño,
sin llanto, en el polvo?
60
LA AMAPOLA PEQUEÑA
(A Luis Alberto.)
NO es la flor de la luna.
Es la flor de la sangre,
boca roja que grita:
“No es el fuego quien arde”.
Si en los trigos su herida
se abre y cierra en la tarde,
la amapola pequeña
■dice siempre: “Soy sangre”.
Las hormigas horadan
allá dentro tu carne,
corazón que ya brota,
por la flor, a este valle.
Si alguien rompe tu tallo,
dulce pecho se abre.
Y es tu voz quien susurra:
“La amapola es mi sangre”.
61
LA CASA DEL AGUA
(A María del Mar-)
¡HOSTAL de las aguas!
(¡Los pinos, mirando!)
¡La cárcel de piedra!
(¡El agua, llorando!)
¡Rebulle! Y el salto
a la comba, añorando!
(¡Qué roca tan dura!
¡El muro hace daño!)
¡Ventanas cegadas!
(¡El agua, soñando
los bosques, ya libre,
los sotos, pasando!)
¡Hostal de las aguas!
(¡Los pinos, mirando!)
¡Qué inútil el sueño!
(¡El agua, llorando!)
62
ERAS UN GRANO DE MIRRA
(A Maribel.)
ERAS un grano de mirra.
Eras migaja de estrella.
Eras polvillo de luna,
rayo de sol en la era.
Eras suspiro del día,
sombra menuda de hierba.
Eras y no eras de lluvia,
gota de un agua de alberca.
Eras de la golondrina
hija menor en la tierra.
Eras de las aceitunas
la aceitunita pequeña-
Eras alpiste en la vida.
Eras remedo de cera,
soplo de luz o de espuma,
aire que pierde su almena.
Eras un grano de niña.
Eras granito de arena.
Eras o no eras, desnuda,
niña ya viva o ya muerta.
63
LA COMETA
(A un niño desconocido.)
I CIELO arriba
por el aire,
con su falda
de volantes!
Cielo abajo,
por la tierra,
niño triste,
¿ya no vuela?
¿O tu dedo
la remonta
por un aire
sin atmósfera?
¿O Dios mismo,
con el suyo,
se la lleva
por su mundo?
¿O tus ansias,
como un viento,
la pasean
por el cielo?
€4
IV
EL DESENTERRADO
s
EL DESENTERRADO
(A mi hermano, desente
rrado en el décimo aniversa-
. rio de sd muerte.)
¿ CONOCES ya el secreto de las malvas que na
cen,
tan vivas y ligeras, de corazones secos,
de bocas apagadas y sin sonrisa, yertas,
del triste cráneo blanco de los muertos más
puros?
¿Sentías el tremante clamor de aquellas olas
■—la negra y parda tierra—rompiendo sobre
el féretro?
¿Sonaba allí mi pena cual caracol marino
o fúnebre pavana? ¿Sonaba, di, mi llanto?
¿Oías la resaca del mundo de los vivos?
¿Oías que se alzaban voces de amor y de odio,
¿Qué enamorados besos latían en los árboles
o restallaban ciegos en la hierba cual látigos?
¿Allí se propagaba el rumor de las ciudades,
de las venas del hombre combatiendo al des
tino?
67
¿Clamaba allí la muerte su victoria más alta
o erguía su bandera, sin paz, sobre los niños
que ansiaban otra cuna y otra madre tierní-
sima?
¿Cantaban o vivían los más dulces poetas,
con laúd y violines, en el fondo enterrados,
con plegados poemas en el frío regazo?
¿Cantaban o lloraban los rudos pescadores
asidos a unas redes o largos remos pálidos?
¿Cantaban las alondras, los ruiseñores músi
cos,
sin aire, sin garganta, bajo el suelo, en los ni
chos?
¿0 qué paisajes viste mecer sus frondas verdes
o dibujar colinas bajo las grises lápidas?
¿Qué adolescentes rubias trenzaban sus cabe
llos,
al danzar sobre huesos o las rojas hormigas?
¿Notabas que este mundo, con ígnea luz de
sangre,
abría su auroras quemando sus crepúsculos?
¿O había frescas brisas oreando à los dormi
dos,
las sensitivas sienes y las azules uñas?
¿O densos vientos hoscos blandían sus gua
dañas,
6á
cercenando la dicha de yacer entre hierbas?
¿O espumas de volcanes, como lenguas, lamían
los lirios de los brazos, las combas de los
senos?
¿O viste al asesino alzar su mano airada,
con ademán aciago, sobre su pobre victima?
¿No viste que los astros giraban y giraban
en torno a Dios, origen de soles y de espíri
tus?
¿Nada respondes, dime, al ansia que me ronda
los sueños y los dias, las noches y los sueños?
Si has llegado a la luz y has llegado a la vida,
¿por qué callas, hermano, la verdad que apren
diste ■;
en diez años de muerte? ¿Por qué callas el
júbilo
de empujar las raíces a un cénit de frutales?
¿Por qué callas el goce de ser luz remotísima,
sepultada en el seno de la tierra que piso?
¡Ah! ¡Tu boca es silencio y olvidó las pala
bras!
Y tus huesos relucen en el sol cual diamantes,
y las aves se asombran al venir de muy lejos.
¿Que te pasee, quieres, el buen sepulturero?
Sólo un gesto me basta, una mirada extinta,
69
para rogar que vaya por todos los caminos.
¿Ordeno á los cipreses saludos, reverencias?
¿0 a las cruces les pido bienvenidas, plega
rias?
Te callas y te callas. Como un muerto te callas
en la otoñal mañana del camposanto abierto.
La nueva sepultura parece un nuevo lecho
donde la tierra limpia te da las nuevas sá
banas.
Aquí, ya para siempre, hermano, hasta que
vengan
tus padres y mis padres—yo misma—a acom
pañarte.
Aquí, ya para siempre. Adiós. La tierra cae
cual postumo sudario. Fieles, asi, te envuelven
las aves y los tuyos, las nubes y los aires.
Un día vendré a verte. Mis huesos con tus
huesos
serán ceniza hermana, idéntica en su lumbre,
hasta que el orbe ruede a su fln y a su pér
dida.
70
SIN OLOR
HE hundido en la fosa mi cabeza
para oler el perfume que han dejado
tus huesos que ahora salen de la tierra
en deshecho ataúd de viejas tablas.
Ni una aroma final, ni podre seca,
ni ese trébol que crece subterráneo,
ni ese aroma que tiene la ceniza.
Nada exhalan tus huesos blancos, puros.
¿Acaso la luz huele en el sendero,
en las altas mañanas del verano?
¿Acaso huele el alma de los hombres?
¿Acaso huele Dios a sacra mirra?
71
CUAL UNA LLAMA
¿CUAL una llama lames
el rostro de Dios, puro?
¿Cual una llama subes
su pecho—la columna
del orbe que ha creado?
¿O bajas, por su sueño,
hasta el secreto origen
de su vivencia misma?
¿Existe, dime, existe
su luz sobre el océano
de muertos celestiales?
¿Hay almas que procuran
verle o morir sedientas
cual un cuerpo encendido?
¿0 nada es allí todo?
¿Nada, la muerte misma?
72
NO ES OSCURA MEMORIA
NO es oscura memoria tu muerte en mi exis
tencia,
sino recuerdo vivo: recuerdo tras recuerdo.
Si una mirada sale de mis ojos afuera,
una tuya se prende, muy antigua, a la mía.
Si un gesto de mi mano, vagoroso, se escapa,
un gesto tuyo trae en los dedos asido.
Si mis pasos avanzan por senderos y calles,
tu andadura me sigue, como un can, las pi
sadas.
Si mi boca ya besa a quien amo los labios,
otro beso se cruza: es el tuyo más pálido.
73
PREGUNTA
¿LA eternidad brotaba
de Dios mismo, impasible?
¿Las alas de los pájaros,
abiertas, esperaban
las almas de los muertos?
¿Furtivas brisas leves
asian a los niños,
en blancos ataúdes
dormidos para siempre?
74
TIJS OJOS, BAJO TIERRA
TUS ojos, bajo tierra, ya olvidados del tiempo,
buscarán nuestras manos de joven epidermis,
nuestros dedos gozosos de vivir tan desnudos
que sabían tu carne y el rumor de tus venas.
Se abrirán en la caja, golpearán con su pár
pado
la hierba que se asoma, que crece o que res
bala,
y hallarán sólo piedras y restos de otros seres,
de pájaros, de niños, como tú sepultados.
Inútilmente abiertos, sin sueño, sin mirada,
requerirán el llanto dormido o vagabundo
para llorar la ausencia de nuestras manos vi
vas,
allá, bajo la tierra cruzada de raíces.
75
¿HACIA DONDE?
¿A qué arroyo de luz se fué tu sangre?
¿Y qué nubes nacieron de tus vahos
llevados por el aire hasta los cielos?
Tu corazón, ¿en dónde? ¿Y en qué rosa
abrió su puro fuego al estallarse?
¿En qué adelfa morada, en cuál violeta
se encarnó la tristeza que nacia,
algunas tardes grises, de tus ojos?
¿Por qué sendero van tus pasos largos?
¿A qué cumbre se asoma tu cabeza?
—me pregunto mirando las montañas
cuya nieve encendías con tu sangre.
76
NO SON LEVES GUSANOS
NO son leves gusanos,
ni son rojas hormigas.
El silencio es el huésped
que mora en tu osamenta.
77
ALGO SUENA
EL alma, al exhalarse,
no suena como rosa
que al fin abre sus pétalos.
No suena como el aire
ni el volar de los pájaros,
ni como el llanto suena
de los dulces violines.
Pero hay algo que suena,
tremendo, inolvidable:
la tapa cuando cae,
final, sobre este muerto;
la tierra cuando baja,
oliendo a camposanto,
en olas, sobre el féretro.
78
HAY CABALLOS QUE PISAN A LOS
MUERTOS
HAY caballos que pisan a los muertos,
que enredan en su crin la rubia trenza
de esas dulces muchachas sepultadas
bajo el césped de abril o de verano.
Hay caballos que rompen el silencio
que mora con vosotros fresco y verde,
y las flores cortadas en las losas
con el mismo perfume de las tumbas.
Hay caballos de luto y otras bestias
que pasan galopando por encima
de las bocas sin labios, cuando el viento
fustiga los cipreses y los pinos.
Hay caballos, hermano, que se ríen
de la paz alcanzada por vosotros
en los blancos y tristes cementerios
donde yacen también las golondrinas.
79
V
NO ES EL AMOR
6
CUANTO MAS ME CONTEMPLO, MAS
ME OLVIDO
(A José Maria.)
AUSENTE estoy de mí, ya no me veo,
aunque el cuerpo se ofrece a mis dos manos
y sube por mis venas sangre viva
que humedece mis tierras generosa-
Si mis brazos levanto, los ignoro.
Si mis pasos resuenan, no los siento.
Si solloza mi voz, se eleva sola
como pluma de un ave desprendida,
y no me oigo llorar en las mañanas
por tanto duelo y muerte sobre el mundo.
Ausente estoy de mi, porque no encuentro
mi propia soledad ni mi cintura,
ni el aire que nacía en la presencia
de la remota nieve de las cimas.
¿En dónde estoy?—me digo y me rebusco
entre papeles blancos de tristeza
83
y suelos y paredes y ventanas.
¿Cómo vivo en el mundo y no me muero,
si el alma tengo ciega y sin trabajo,
y ciega la esperanza de otros días?
¿De qué me sirve el tiempo, si detuvo
la marcha a su crucero, y la ceniza
dejóme como horario? ¿Si, implacable,
del estío quemó las madrugadas?
¿Qué me importa vivir, si ya'me sobra
el pan y aquella luz en movimiento
que circundaba fiel y alegremente
los ojos y los sueños de ternura?
¿Qué vale ya el amor, si nada espero
del juvenil engaño que traía?
Cuanto más me contemplo más me olvido,
y hay veces que no sé cómo me llamo,
ni si el párpado duerme o se desvela,
o si la fiebre crece o ya se enfría.
Tan sonámbula existo, devastada,
que me quemo sin ver que aun aliento,
porque vivir es orden de los hados.
Mientras las cosas cumplen c'aros fines
y el Universo sigue en sus esferas,
en ausencia de mi, me sobrevivo.
84
¿DE QUE ME QUEJO YO?
(A Miguel Hernández, cuando
aun estaba vivo.)
¿DE qué me quejo yo, si, miro el cielo
y tengo entre las manos ledas flores
y voy al parque umbrío en la mañana
a ver jugar los niños con las aves?
¿Si junto a mi la alcoba es blando nido
y cerca están los óleos, las estatuas,
y también al alcance de los dedos
la ternura solar que todo invade?
¿De qué me quejo yo, si prisionero
el cuerpo tuyo muere o se marchita,
y el aire de tus campos no se acuerda
de venir’ a enfriarte la amargura?
¿De qué me quejo yo, oh hermano mío,
si así tú vives joven en la sombra,
85
y la libre vagancia no te busca
en amados recintos o avenidas?
¿Si tu oficio lo queman o lo dañan,
y el timón varonil se queda roto
o sin ansia de viaje o sin destino,
y tu voz se reseca o ya se extingue?
¿Si tu moreno tallo se derrumba
y tus ojos no saben si es de día,
si tus aguas oscuras se consumen
en los cepos de piedra que las hieren?
¿Si la ardorosa frente y la memoria
inciden la nostalgia vagabunda
y el afán de ser nardo por la tierra,
si duro alerta el sexo te reclama?
¿De qué me quejo yo, mi inolvidado,
si así tu hermosa vida nos profanan,
y el martirio se crece en tus dos sienes,
y el expolio vulnera tu sonrisa?
¿De qué puede quejarse el alma mia,
si ahora tu clausura sabe cierta,
y tu jazmín suspira en mes de mayo
por la esposa y el hijo y el almendro?
86
Tu ausencia de nosotros me ha enseñado
que no debo llorar mi propio cuerpo,
cuando tú, golondrina sin sus alas,
tienes fe y alegría de estar vivo.
Yo no debo gemir ni perseguirme
en mi estancia de limpios muros blancos,
porque tú, sin lamento, ya navegas
con el sueño las albas del futuro.
Porque tú bien confías en el sino
que una estrella al nacer te señalara,
y en ardor te desatas de los hierros
para cantar ya siempre liberado.
87
AUSENCIA DEL CAMPO
(A José López Izquierdo.)
HE podido robarte, limpia tarde,
este hueco de paz, esta alegría,
y quisiera cantar como en el bosque
y olvidarme del hombre y de su llanto.
Mas ¡qué lejos las navas, los hayedos,
la sonámbula encina, el algarrobo,
los oficios agrestes, las esquilas
y las verdes banderas de los sauces!
Yo no sé los colores de los frutos,
ni el nombre de los ríos, de los árboles,
ni qué temblor emerge de la tierra
o si es fácil subir a las montañas.
Tan ajena me siento a la aceituna,
a los pámpanos tiernos, a las hierbas,
que aprender yo debiera nuevamente
en la escuela del campo y de los lagos.
La llamada del viento ahora mismo
escucho sin moverme, en los cristales,
88
golpeando tan- quedo con su aroma
de huertos, olivares y colmenas.
Pero, inútil, su celo me entristece,
y me duele el recuerdo y el cariño
que ha mostrado guardarme todavia
viniendo desde el trigo a mis umbrales.
¡Ay, los dulces viñedos con sus uvas
que amaba ver rodar entre mis manos!
¡Cómo tenerlos cerca de los ojos
cuando el alija se anuncie en las colinas!
¡Ay, mis olmos erguidos, limpia tarde!
¿A quién han entregado fresca sombra,
que asi yo los deseo y rememoro
aun sin recordar su tronco y ramas?
Hoy me quejo del campo que he perdido
en la prisión del tiempo y de los dias,
y únicamente anhelo las espigas
que ya nunca serán mis compañeras.
El remanso de paz, oh limpia tarde,
se me ha vuelto amargura entre mis muros,
porque la tierra en flor no será mía
si en la ciudad yo moro prisionera.
89
VI
DIOS POR LA TIERRA
SOLO Efí EL aire, SEÑOR
(A Paco Ribes.)
SOLO el aire, Señor, en torno mío.
Si tu luz inmortal no se cerniera
en el camino eterno de los astros,
¿cómo podría yo buscar tu lumbre?
Mas tu luz amenaza o nos ‘derriba
con su rayo potente sobre el suelo.
Con ella nos golpeas en los ojos:
los paraísos caen como frutas.
Para aplacarla hay hombres que te ofrecen
los tiernos hijos suyos como víctimas.
Yo sólo tengo versos, cual un aíre
vacío entre los labios tan humanos.
93
A la deriva voy por los senderos,
encendida de amor como una antorcha.
Pero Tú vas dejando yertamente
la blanca indiferencia de tu huella.
¿Mueve tu mano el aire? ¿Nieblas alza?
¿El rojo corazón convierte en fuego,
perdida chispa tuya en los mortales?
¿Tu creadora estirpe sobrevive?
Sólo el aire, Señor, en torno mió.
Por detrás va tu nube, la morada
de tus altos relámpagos y rayos:
tus luces que amenazan o derriban.
94
A CRISTO
(A Pilar.)
YO no puedo cantarte aquellas loas
que los santos, llorando, te dijeran:
soy un barro llagado en la garganta,
desdichado amasijo de mudeces.
Soy un trébol amargo, en la ceniza
que el llanto deja, suave, cuando nueda;
polvorienta campana enmudecida,
un desolado golpe sobre el limo.
Sin arcángel, mi boca se ha secado,
y es un pozo de hormigas y de abejas
que se mueren soñando inmóvilmente
con el agua letal de los esteros.
Una niebla es la voz que de mi crece,
arrodillada y triste sobre el humus
esencial de mis pálidas entrañas
que perdieron Tu luz en su ceguera-
95
Y mi aliento no sube a tu costado
alanceado y frío en el madero,
pues baja únicamente hacia la sombra,
poblando con su soplo mis fronteras.
Yo quisiera decirte que te amo,
a pesar de mis huesos que no creen,
arterias rotas, peces derribados
en arena mortal desventurada.
Que te amo en el naufragio interminable
de objeciones y sueños y tristezas,
en papeles difuntos que me cercan,
en los gritos del hombre que asesinan.
Que te amo por humilde y porque fuiste
injuriado con piedras y palabras;
por el ojo mordido, el labio exangüe,
por tu humano dolor en carne abierta.
Yo quisiera decirte que no olvido
tu martirio sin fruto por el mundo,
y que lloro el derrumbe de tu cuerpo
por el ansia divina de salvarnos.
iSoy un barro llagado en la garganta,
una boca sin voz para cantarte!
96
ERA UNA TARDE GRIS
(A. Enrique, mi hijo espi
ritual.)
ERA una tarde gris. Y Tú pasaste.
Yo vi tu resplandor, sentí el perfume
de la luz primigenia de tus ojos.
Una dulce pereza me dejabas
en la frente mordida por tu rayo,
un desmayado amor, una congoja...
Era una tarde gris. No sé si un éxtasis
lavó mi corazón de todo anhelo:
yo vi tu luz pasar... y me moría.
97
7
INDICE
Pága.
Dedicatoria ........................................................................................... 7
I.—DOMINIO DEL LLANTO
Dominio del llanto .................................................. 11
La fugitiva ...... 13
Los desaparecidos .................................................. 15
El resucitado ...... 18
Danza de la locura ............................................. .'... 21
Miedo .......................................................................... 25
Sueño .......................................................... 26
Sólo la lluvia aquí .................................................. 28
¿Así la muerte? ....................................................... 30
Elegía ......................................................................... 31
II.—NO LLOREIS A ESTOS MUERTOS
El ahorcado ............................................................... 43
La desconocida del Tormes ................................... 49
Sin estrellas, la noche ........................................... 52
Epitafio ............. 55
III.—SEIS CANCIONES PARA SEIS' ÑIÑOS
MUERTOS
Caballito de cartón ................................................ 59
Ultimo sueño.............................................................. 60
La amapola pequeña ............................................... 61
La casa del agua ........................................ 62
Eras un grano de mirra ........................................ 63
La cometa ................................................................. 64
101
Pá,gs.
YV.—'EL> DESENTERRADO
El desenterrado ................................ 67
Sin olor ...................................................................... 71
Cual una llama ................................................... 72
No es oscura memoria ............................................ 73
Pregunta ................................................................... 74
Tus ojos, bajo tierra .............................................. 75
¿Hacia dónde? .............. 76
No son leves gusanos ............................................. 77
Algo suena ...... 78
Hay caballos que pisan a los muertos .............. 79
V.—NO ES EL AMOR
Cuando más me contemplo, más me olvido...... 83
¿De qué me quejo yo? .......................................... 85
Ausencia del campo ............................................... 88
VI.—DIOS POR LA TIERRA
Sólo el aire, Sefior ................................................. 93
A Cristo ................... 95
Era una tarde gris ................................................. 97
102
DE LA MISMA AUTORA, EN LA MISMA
COLECCION
PAJAROS DEL NUEVO MUNDO
SUSCRIPTORES DE HONOR DE
ADON AIS
Ejemplar
I JUAN GUERRERO
II JOSE LUIS CANO
III JOAQUIN DE ENTRAMBASAGUAS
IV CARLOS R. SPITERI
V VICENTE ALEIXANDRE
VI TERESA DE AHUMADA
VII REMEDIOS GARCIA DE LA BARCENA
VIII GRACIAN QUIJANO
IX MATILDE MARQUINA
X JOSE LUIS ESTRADA
XI JOSE A. MUÑOZ ROJAS
XII CARLOS MARTINEZ BARBEITO
XIII BERNABE FERNANDEZ-CANIVELL
XIV LUIS JORGE RAMIREZ
XV CECILIO LOPEZ GUEVARA Y CORTES
XVI PEDRO PEREZ CLOTET
XVII NIEVES FERNANDEZ-CANIVELL
XVIII JAVIER DE AZNAR
XIX GERVASIO COLLAR
XX ROSA DE VAQUERO
XXI CARMEN DUPUY
XXII CESAR GONZALEZ-RUANO
XXIII GREGORIO MARAÑON MOYA
XXIV JOSE LUIS GALLEGO
XXV FLORENTINO PEREZ EMBID
XXVI BERNARDO PEREZ RIVERO
XXVII NICOLAS CARRERA DEL CASTILLO
XXVIII DUQUESA DE PEÑARANDA
XXIX FERNANDO LABRADOR CALONGE
Los ejemplares de honor de ADONAIS, que van nu.
merados e impresos en papel offset especial, llevan
el nombre del suscrlptor y una dedicatoria autógrafa
del poeta.
Esta suscripción es' limitada a treinta ejempla
res, y su importe trimestral, correspondiente a tres
volúmenes de la colección, es de cincuenta pesetas.
“ADONAIS”
COLECCION DE POESIA
La editan: Dámaso Alonso, Vicente Aleixan-
dre, José A. Muñoz Rojas, Bernabé F. Canivell.
Director de la colección: JOSE LUIS CANO
VOLUMENES PUBLICADOS
(1943-1947)
I.—Rafael Morales: POEMAS DEL TORO.
II.—Charles Péguy: POESIAS.
III. —Gerardo Diego: POEMAS ADREDE.
IV. —José A. Muñoz Rojas: ABRIL DEL ALMA.
V.—J. Suárez Carreño: LA TIERRA AMENA
ZADA.
VI.—Enrique Azcoaga: EL CANTO COTIDIANO.
VII.—Dámaso Alonso: OSCURA NOTICIA.
VIII.—Georges Rodenbach: EL REINO DEL SI
LENCIO.
IX.—Vicente Gaos: ARCANGEL DE MI NOCHE.
X.—Alfonso Moreno: EL VUELO DE LA
CARNE.
XI.—Rafael Laffon: ROMANCES Y MADRI
GALES.
XII.—Paúl Verlaine: FIESTAS GALANTES, RO
MANZAS SIN PALABRAS.
XIII.—José Suárez Carreño: EDAD DE HOMBRE.
XIV.—José Luis Cano.‘.VOZ DE LA MUERTE.
XV.—Watt Whitman: CANTANDO A LA PRI
MAVERA.
XVI.—Carlos Bousofio: SUBIDA AL AMOR.
XVII.—Dictinio del Castillo: LA CANCION DE LOS
PINOS.
XVIII.—Lord Byron: POEMAS LIRICOS.
XIX.—Carmen Conde: ANSIA DE LA GRACIA.
XX. —Ildefonso Manuel Gil: POEMAS DE DO
LOR ANTIGUO.
XXI. —Pedro Pérez Clotet: SOLEDADES EN
VUELO.
XXII.—Joaquín Romero Murube: KASIDA DEL
OLVIDO.
XXIII.—Eugenio de Nora: CANTOS' AL DES
TINO.
XXIV—Longfellow: AUREOS INSTANTES.
XXV—José García Nieto: DEL CAMPO Y SO
LEDAD.
XXVI—T. S. Eliot: POEMAS.
XXVII—Concha Zardoya: PAJAROS DEL NUE
VO MUNDO.
XXVIII—John Keats: POESIAS.
XXIX—Carlos Bousoño: PRIMAVERA D.E LA
MUERTE.
XXX—Juan Ruiz Peña: LIBRO DE LOS RE
CUERDOS.
XXXI.—Jean Arthur Rimbaud: POESIAS (versión
de Vicente Gaos).
XXXII.—Vicente Aleixandre; PASION DE LA TIE
RRA* Con un prólogo del autor.
XXXIII.—Victoriano Crémer: CAMINOS DE MI
SANGRE.
XXXIV.—José Luis Hidalgo: LOS MUERTOS.
XXXV.—Rafael Morales: LOS DESTERRADOS.
XXXVI.—Alberto de Serpa: POEMAS DE OPORTO.
Selección, versión y prólogo de Charles
David Ley y Rafael Morales.
XXXVII.—Leopoldo Rodríguez Alcalde: ANTOLO
GIA DE LA POESIA FRANCESA RE
LIGIOSA (contemporáneos).
XXXVIII.—Percy B. Shelley: ADONAIS. Versión de
Vicente Gaos. Prólogo de Walter Star-
kie.
XXXIX.—José Hierro: ALEGRIA. (Premio Ado
báis de 1947).
XL.—Julio Maruri: LOS ANOS.
XLI.—Concha Zardoya; DOMINIO DEL LLANTO
(accésit del Premio “Adonais” 1947).
EN PRENSA
Carmen Conde: MI FIN EN EL VIENTO.
Eugenio de Nora: CONTEMPLACION DEL TIEM
PO (accésit del Premio "Adonais” 1947).
EN PREPARACION
POETAS METAFISICOS INGLESES DEL XVII.
Selección, versión y prólogo de Mauricio Molho
y Blanca G. de Escandón.