Convivencia 2023
Convivencia 2023
La palabra apocalipsis (Ap 1,1), transcripción literal del término griego, significa revelar, quitar el velo
que cubre una cosa y la esconde a los ojos. Apocalipsis significa, pues, revelación y no catástrofe. El
apocalipsis es esencialmente la revelación que Dios hace a los hombres de cosas escondidas y que sólo
El conoce.
MENSAJE DE ESPERANZA
En el apocalipsis el simbolismo, -una cosa material que evoca una realidad espiritual-, cobra
una gran importancia. Juan nos da el significado de varios símbolos: una estrella representa un ángel,
un candelero es la representación de una Iglesia particular (1,20), siete lámparas de fuego o siete ojos
evocan los siete espíritus de Dios (4,5; 5,6), las siete cabezas de la bestia pueden representar siete
colinas (¿las de Roma?) o siete reyes (17,9-10), mientras el lino de una blancura esplendente simboliza
las buenas acciones de los fieles (19,8)... En estos casos el autor nos ha dado el significado de los
símbolos, pero no lo hace siempre, pues supone que el oyente o lector sabe el significado que él
atribuye a las cosas.
El Apocalipsis elabora además un simbolismo zoológico. Cristo es el Cordero, que tiene como
adversarios el dragón, la bestia, “la serpiente antigua”.
En las vidrieras de esta catedral del Apocalipsis hay otros muchos símbolos, Desfilan por ellas
múltiples personajes, como los veinticuatro ancianos o la mujer encinta. Emergen cabezas y cuernos,
frentes y manos marcadas con el sello del Cordero o de la Bestia, bocas de las que salen espadas,
fémures con inscripciones, ojos, cabellos...
A todos estos símbolos se asocian los números, con su valor simbólico tan importante en toda la
literatura apocalíptica. En cada página del Apocalipsis nos encontramos con una o varias cifras
simbólicas. Los números más significativos son el 7 y el 12, con sus múltiplos respectivos o su mitad.
El 7 es el símbolo de Cristo y de Dios. Cristo envía 7 cartas a las 7 Iglesias; abre 7 sellos; Dios ordena a
7 ángeles que toquen las 7 trompetas y a otros 7 ángeles que derramen 7 copas, dando origen a los
famosos septenarios del libro. Luego estos septenarios se encadenan el uno con el siguiente: el último
elemento de un septenario interrumpe la cadena para abrir el septenario sucesivo.
El número 12 evoca las tribus de Israel y los apóstoles; 12 son las estrellas de la corona de la
mujer encinta, las puertas de la nueva Jerusalén y también los fundamentos sobre los que se apoya la
ciudad. Los marcados con el sello del Cordero son 144.000 (12 por 12 por 1.000), la muralla mide 144
codos (12 por 12) y cada lado de la ciudad mide 12.000 estadios. Naturalmente las fracciones de estos
números perfectos son símbolo de imperfección. Así el número de la bestia es 666 (600+60+6) que es
múltiplo de 6, la mitad de 12, el número perfecto. Igual se debe decir del 3 y medio, que aparece varias
veces (3 tiempos y medio; 3 años y medio; 42 meses; 1.260 días: siempre 3 años y medio). El tiempo
de los enemigos de Dios es siempre la mitad de 7. Está siempre destinado al fracaso.
Cristo, bajo el símbolo bíblico del Cordero, abre y hace visible, a través de su apocalipsis, el
libro sellado de la historia. Más que revelarnos el final del mundo, nos revela el fin, el significado
último de la historia. El Apocalipsis es, en primer lugar, una revelación para el “hoy” de la historia.
Nos da la luz para descubrir el significado íntimo, escondido, de la historia de hoy, que puede estar
aparentemente enredada y llena de conflictos. La esperanza en la meta última, hacia la que convergen
los caminos a veces torcidos de los acontecimientos humanos, se hace sostén firme para el presente en
el que hay que afrontar duras luchas contra el mal y mantener la difícil fidelidad al Señor.
El Apocalipsis, por ello, encierra una tensión, una espera, una orientación hacia arriba, hacia el
más allá, hacia el final de la historia. La comunidad eclesial, situada en la historia entre el ya y el
todavía no, camina de conversión en conversión, purificándose cada día, con la esperanza de entrar en
la comunión plena del encuentro definitivo con Dios.
LA VISIÓN DE PATMOS
La misión de Juan, como “siervo de Cristo”, es la de transmitir “todo lo que ha visto”, ser
testigo de “la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo” (1,2). Jesucristo es “el testigo fiel” (1,5)
hasta el punto de llevar el nombre de “Fiel y Verdadero” (19,11). Jesús puede testimoniar con fidelidad
y verdad la palabra de Dios, porque Él conoce al Padre (Mt 11,27) y habla de lo que ha visto (Jn
3,11.31ss); precisamente por dar testimonio de la verdad ha padecido la muerte (Jn 18,37
El testimonio de Cristo acerca del Padre, lo mismo que el testimonio del Padre acerca de Jesús
(Jn 5,32.37; 8,18), es lo que Juan desea que se proclame y sea acogido en la asamblea litúrgica:
“Dichoso el lector y los oyentes de las palabras de la profecía y cuantos guarden cuanto en ella está
escrito” (1,3). En la proclamación solemne de la Palabra de Dios se hace presente para los fieles la
salvación que Dios ofrece. Quienes la acogen en el fondo del corazón y la dejan fructificar en su vida
reciben la primera de las siete bienaventuranzas del Apocalipsis. 1 La bienaventuranza alcanza al lector
que proclama la Palabra en la asamblea y a los fieles que la escuchan, la guardan en su corazón y la
viven en su vida diaria (Lc 8,21; 11,28). Esta actitud de acogida de la Palabra tiene en María el modelo
perfecto (Lc 1,38.45; 2,19.51; Jn 13,17).
Juan, como profeta (22,9), da testimonio de la palabra de Dios y del testimonio de Cristo
(1,2; 19,10). En el Apocalipsis como en el cuarto Evangelio tiene una gran importancia el
testimonio. Juan Bautista da testimonio de la luz (Jn 1,7-8) y el apóstol da testimonio de la Palabra
hecha carne, de la gloria del Unigénito del Padre (Jn 1,14); es testigo de su muerte en cruz (Jn 19,35),
de su resurrección (Jn 20,8; 21,24). Juan Bautista se mostraba como el testigo (Jn 1,[Link]) y,
ahora, Juan se presenta también como testigo. Entre Juan Bautista y el apóstol Juan hay una gran
semejanza, aunque también una gran diferencia. La función del precursor, que anunciaba a Jesús como
el Cordero de Dios (Jn 1,29.36), halla su cumplimiento en el Apocalipsis, que presenta el triunfo del
Cordero. A partir de lo que “hemos escuchado, visto, contemplado y palpado de la Palabra de vida”
(1Jn 1,1) Juan da testimonio de Jesucristo, la Palabra hecha carne, el Cordero inmolado, resucitado y
constituido Señor de la historia.
“Para mostrar a sus siervos lo que debe acontecer pronto” (1,1). Desde la perspectiva divina, el
futuro es siempre un “pronto” (2P 3,8; Sal 90,4). También para nosotros el “pronto” es algo real, pues
el tiempo de nuestra vida es siempre breve y su final inminente y desconocido. Por ello el anuncio de
un acontecimiento que está por llegar pronto es un invitación a la vigilancia, a la espera atenta,
despiertos y con los lomos ceñidos (Lc 12,35), “porque el tiempo está cerca” (1,3). “El tiempo nos
apremia” (1Co 7,29). Estamos en el tiempo de la salvación, inaugurado con la muerte y resurrección de
Cristo.
DEDICATORIA EPISTOLAR
Jesucristo, “el testigo fiel, primogénito de los muertos y dominador sobre los reyes”, es la fuente viva
1 Las siete bienaventuranzas que aparecen en el Apocalipsis (1,3; 14,13; 16,15; 19,9; 20,6;
22,7; 22,14.) constituyen uno de los muchos septenarios, símbolo de plenitud.
de la gracia. Jesucristo es el “primogénito” (Col 1,18; 1Co 15,20), por ser el primero a quien la muerte
no ha podido retener bajo su dominio. Pero, como primogénito, no es el único, sino el primero “de
muchos”. Su resurrección es una promesa para todos, el comienzo de una nueva creación de Dios
(3,14). La glorificación de Jesús, comenzada visiblemente con su resurrección, es el germen de
esperanza sembrado en la historia. Elevado al trono del Padre, Él ha asumido junto con el Padre el
dominio sobre todo (4,8; 5,13). Ya aquí, el Apocalipsis señala su dominio sobre los reyes de la tierra
(1,5) y lo repetirá más adelante (17,14;19,16), haciendo resonar en la asamblea de los fieles el
testimonio del dominio universal de Jesucristo, para suscitar la esperanza, la consolación y así dar
ánimo a la Iglesia que vive bajo la persecución.
En medio de la persecución los cristianos pueden perseverar en fidelidad a Él, pues la muerte ya
no tiene poder sobre Él. A los que mueran por Él les arrancará del dominio de la muerte y les hará
partícipes de la vida eterna. El misterio de la muerte y resurrección de Cristo llena las páginas del
Apocalipsis. Es constantemente anunciado. Jesús ha conocido la muerte, pero ahora es “el Viviente”.
Cristo mismo proclama su victoria para hacer partícipes de ella a sus discípulos.
Es lo que Juan, como profeta, debe escribir para que se proclame en las asambleas de los fieles
(1,19). La misión de Juan es, pues, la de anunciar a Cristo glorioso, Señor de la historia, transmitir la
revelación de vida y esperanza recibida, elevar ante los fieles de las siete Iglesias el cántico pascual de
la esperanza.
Esta es igualmente la misión de todo cristiano en el mundo. La fe es la luz que nos permite ver a Cristo
resucitado para anunciarlo a los hombres. El sacramento de la fe, el bautismo, es iluminación. El
bautizado es fotismos: iluminado. En el bautismo recibe ojos nuevos para ver a Dios. Se le abre la
puerta del cielo y contempla la gloria de Dios, que testimonia a los hombres con su vida y con su
palabra.
El nuevo ciclo de profecías, que desarrolla el contenido de la última trompeta, comienza con la
revelación de las verdaderas fuerzas que se enfrentan en la historia. En esta visión preliminar, Juan nos
habla del misterio íntimo de la Iglesia situada en medio del mundo con una misión, a la que se opone
radicalmente Satanás. Este capítulo expone abiertamente el combate a muerte entre la Iglesia y Satanás.
Con dos grandes “signos” contrapuestos, la mujer y el dragón, Juan ve el misterio de la historia
revelado ante sus ojos en el cielo.
Este capítulo 12 del Apocalipsis nos recuerda el relato del Génesis (3,15), donde se anuncia la perenne
enemistad entre la mujer y la serpiente, entre la descendencia de ésta y la descendencia de aquélla,
hasta que la descendencia de la mujer aplaste la cabeza de la serpiente, “que tiene por nombre Diablo y
Satanás y anda seduciendo a todo el mundo” (12,9). También evoca el Éxodo, con la alusión al desierto
y con “las alas de águila” dadas a la mujer para volar hacia él: “Ya habéis visto lo que he hecho con los
egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí” (Ex 19,4). Este
trasfondo permite reconocer en la Mujer al Israel de la espera y, sobre todo, al nuevo Israel del
cumplimiento.
BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 23 de agosto de 2006
En la última catequesis meditamos en la figura del apóstol san Juan. Primero, tratamos de ver lo que
se puede saber de su vida. Después, en una segunda catequesis, meditamos en el contenido central
de su evangelio, de sus cartas: la caridad, el amor. Y hoy volvemos a ocuparnos de la figura de san
Juan, esta vez considerándolo el vidente del Apocalipsis.
Ante todo, conviene hacer una observación: mientras que no aparece nunca su nombre ni en el
cuarto evangelio ni en las cartas atribuidas a este apóstol, el Apocalipsis hace referencia al nombre de
san Juan en cuatro ocasiones (cf. Ap 1, 1. 4. 9; 22, 8). Es evidente que el autor, por una parte, no
tenía ningún motivo para ocultar su nombre y, por otra, sabía que sus primeros lectores podían
identificarlo con precisión. Por lo demás, sabemos que, ya en el siglo III, los estudiosos discutían
sobre la verdadera identidad del Juan del Apocalipsis. En cualquier caso, podríamos llamarlo también
"el vidente de Patmos", pues su figura está unida al nombre de esta isla del mar Egeo, donde, según
su mismo testimonio autobiográfico, se encontraba deportado "por causa de la palabra de Dios y del
testimonio de Jesús" (Ap 1, 9).
Precisamente, en Patmos, "arrebatado en éxtasis el día del Señor" ( Ap 1, 10), san Juan tuvo visiones
grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que influirán en gran medida en la historia de la
Iglesia y en toda la cultura cristiana. Por ejemplo, del título de su libro, "Apocalipsis", "Revelación",
proceden en nuestro lenguaje las palabras "apocalipsis" y "apocalíptico", que evocan, aunque de
manera impropia, la idea de una catástrofe inminente.
El libro debe comprenderse en el contexto de la dramática experiencia de las siete Iglesias de Asia
(Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea) que, a finales del siglo I, tuvieron que
afrontar grandes dificultades -persecuciones y tensiones incluso internas- en su testimonio de Cristo.
San Juan se dirige a ellas mostrando una profunda sensibilidad pastoral con respecto a los cristianos
perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en la fe y a no identificarse con el mundo
pagano, tan fuerte. Su objetivo consiste, en definitiva, en desvelar, a partir de la muerte y
resurrección de Cristo, el sentido de la historia humana.
En efecto, la primera y fundamental visión de san Juan atañe a la figura del Cordero que, a pesar de
estar degollado, permanece en pie (cf. Ap 5, 6) en medio del trono en el que se sienta el mismo Dios.
De este modo, san Juan quiere transmitirnos ante todo dos mensajes: el primero es que Jesús,
aunque fue asesinado con un acto de violencia, en vez de quedar inerte en el suelo, paradójicamente
se mantiene firme sobre sus pies, porque con la resurrección ha vencido definitivamente a la muerte;
el segundo es que el mismo Jesús, precisamente por haber muerto y resucitado, ya participa
plenamente del poder real y salvífico del Padre.
Esta es la visión fundamental. Jesús, el Hijo de Dios, en esta tierra es un Cordero indefenso, herido,
muerto. Y, sin embargo, está en pie, firme, ante el trono de Dios y participa del poder divino. Tiene
en sus manos la historia del mundo. De este modo, el vidente nos quiere decir: "Tened confianza en
Jesús; no tengáis miedo de los poderes que se le oponen, de la persecución. El Cordero herido y
muerto vence. Seguid al Cordero Jesús, confiad en Jesús; seguid su camino. Aunque en este mundo
sólo parezca un Cordero débil, él es el vencedor".
Una de las principales visiones del Apocalipsis tiene por objeto este Cordero en el momento en el que
abre un libro, que antes estaba sellado con siete sellos, que nadie era capaz de soltar. San Juan se
presenta incluso llorando, porque nadie era digno de abrir el libro y de leerlo (cf. Ap 5, 4). La historia
es indescifrable, incomprensible. Nadie puede leerla. Quizá este llanto de san Juan ante el misterio tan
oscuro de la historia expresa el desconcierto de las Iglesias asiáticas por el silencio de Dios ante las
persecuciones a las que estaban sometidas en ese momento. Es un desconcierto en el que puede
reflejarse muy bien nuestra sorpresa ante las graves dificultades, incomprensiones y hostilidades que
también hoy sufre la Iglesia en varias partes del mundo. Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia
no se merece, como tampoco Jesús se mereció el suplicio. Ahora bien, revelan la maldad del hombre,
cuando se deja llevar por las sugestiones del mal, y la dirección superior de los acontecimientos por
parte de Dios.
Pues bien, sólo el Cordero inmolado es capaz de abrir el libro sellado y de revelar su contenido, de dar
sentido a esta historia, que con tanta frecuencia parece absurda. Sólo él puede sacar lecciones y
enseñanzas para la vida de los cristianos, a quienes su victoria sobre la muerte anuncia y garantiza la
victoria que ellos también alcanzarán, sin duda. Todo el lenguaje que utiliza san Juan, con intensas
imágenes, está orientado a brindar este consuelo.
Entre las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran dos muy significativas: la de la Mujer que
da a luz un Hijo varón, y la complementaria del Dragón, arrojado de los cielos pero todavía muy
poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero a la vez representa a toda la
Iglesia, el pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da
a luz a Cristo siempre de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del Dragón. Parece
indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada y perseguida por el Dragón, también está protegida
por el consuelo de Dios. Y esta Mujer al final vence. No vence el Dragón. Esta es la gran profecía de
este libro, que nos infunde confianza. La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida,
al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay
lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya
lámpara es el Cordero.
Por este motivo, el Apocalipsis de san Juan, aunque continuamente haga referencia a sufrimientos,
tribulaciones y llanto -la cara oscura de la historia-, al mismo tiempo contiene frecuentes cantos de
alabanza, que representan por así decir la cara luminosa de la historia. Por ejemplo, habla de una
muchedumbre inmensa que canta casi a gritos: "¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor,
nuestro Dios todopoderoso. Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las
bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado" ( Ap 19, 6-7). Nos encontramos aquí ante la típica
paradoja cristiana, según la cual el sufrimiento nunca se percibe como la última palabra, sino que se
ve como un momento de paso hacia la felicidad; más aún, el sufrimiento ya está impregnado
misteriosamente de la alegría que brota de la esperanza.
Precisamente por esto, san Juan, el vidente de Patmos, puede concluir su libro con un último deseo,
impregnado de ardiente esperanza. Invoca la definitiva venida del Señor: "¡Ven, Señor Jesús!" ( Ap 22,
20). Es una de las plegarias centrales de la Iglesia naciente, que también san Pablo utiliza en su
forma aramea: "Marana tha". Esta plegaria, "¡Ven, Señor nuestro!" ( 1 Co 16, 22) tiene varias
dimensiones. Desde luego, implica ante todo la espera de la victoria definitiva del Señor, de la nueva
Jerusalén, del Señor que viene y transforma el mundo. Pero, al mismo tiempo, es también una
oración eucarística: "¡Ven, Jesús, ahora!". Y Jesús viene, anticipa su llegada definitiva. De este modo,
con alegría, decimos al mismo tiempo: "¡Ven ahora y ven de manera definitiva!". Esta oración tiene
también un tercer significado: "Ya has venido, Señor. Estamos seguros de tu presencia entre
nosotros. Para nosotros es una experiencia gozosa. Pero, ¡ven de manera definitiva!". Así, con san
Pablo, con el vidente de Patmos, con la cristiandad naciente, oremos también nosotros: "¡Ven, Jesús!
¡Ven y transforma el mundo! ¡Ven ya, hoy, y que triunfe la paz!". Amén.
La gran fiesta de María Inmaculada nos invita cada año a encontrarnos aquí, en una de las plazas más
hermosas de Roma, para rendir homenaje a ella, a la Madre de Cristo y Madre nuestra. Con afecto os
saludo a todos vosotros, aquí presentes, así como a cuantos están unidos a nosotros mediante la
radio y la televisión. Y os agradezco vuestra coral participación en este acto de oración.
En la cima de la columna en torno a la cual estamos, María está representada por una estatua que en
parte recuerda el pasaje del Apocalipsis que se acaba de proclamar: «Un gran signo apareció en el
cielo: una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su
cabeza» (Ap 12, 1). ¿Cuál es el significado de esta imagen? Representa al mismo tiempo a la Virgen y
a la Iglesia.
Ante todo, la «mujer» del Apocalipsis es María misma. Aparece «vestida de sol», es decir vestida de
Dios: la Virgen María, en efecto, está totalmente rodeada de la luz de Dios y vive en Dios. Este
símbolo del vestido luminoso expresa claramente una condición que atañe a todo el ser de María: Ella
es la «llena de gracia», colmada del amor de Dios. Y «Dios es luz», dice también san Juan ( 1 Jn 1, 5).
He aquí entonces que la «llena de gracia», la «Inmaculada» refleja con toda su persona la luz del
«sol» que es Dios.
Esta mujer tiene bajo sus pies la luna, símbolo de la muerte y de la mortalidad. María, de hecho, está
plenamente asociada a la victoria de Jesucristo, su Hijo, sobre el pecado y sobre la muerte; está libre
de toda sombra de muerte y totalmente llena de vida. Como la muerte ya no tiene ningún poder
sobre Jesús resucitado (cf. Rm 6, 9), así, por una gracia y un privilegio singular de Dios omnipotente,
María la ha dejado tras de sí, la ha superado. Y esto se manifiesta en los dos grandes misterios de su
existencia: al inicio, el haber sido concebida sin pecado original, que es el misterio que celebramos
hoy; y, al final, el haber sido elevada en alma y cuerpo al cielo, a la gloria de Dios. Pero también toda
su vida terrena fue una victoria sobre la muerte, porque la dedicó totalmente al servicio de Dios, en la
oblación plena de sí a él y al prójimo. Por esto María es en sí misma un himno a la vida: es la criatura
en la cual se ha realizado ya la palabra de Cristo: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en
abundancia» (Jn 10, 10).
En la visión del Apocalipsis, hay otro detalle: sobre la cabeza de la mujer vestida de sol hay «una
corona de doce estrellas». Este signo representa a las doce tribus de Israel y significa que la Virgen
María está en el centro del Pueblo de Dios, de toda la comunión de los santos. Y así esta imagen de la
corona de doce estrellas nos introduce en la segunda gran interpretación del signo celestial de la
«mujer vestida de sol»: además de representar a la Virgen, este signo simboliza a la Iglesia, la
comunidad cristiana de todos los tiempos. Está encinta, en el sentido de que lleva en su seno a Cristo
y lo debe alumbrar para el mundo: esta es la tribulación de la Iglesia peregrina en la tierra que, en
medio de los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo, debe llevar a Jesús a los hombres.
Y precisamente por esto, porque lleva a Jesús, la Iglesia encuentra la oposición de un feroz
adversario, representado en la visión apocalíptica de «un gran dragón rojo» ( Ap 12, 3). Este dragón
trató en vano de devorar a Jesús —el «hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones» (12,
5)—; en vano, porque Jesús, a través de su muerte y resurrección, subió hasta Dios y se sentó en su
trono. Por eso, el dragón, vencido una vez para siempre en el cielo, dirige sus ataques contra la mujer
—la Iglesia— en el desierto del mundo. Pero en todas las épocas la Iglesia es sostenida por la luz y la
fuerza de Dios, que la alimenta en el desierto con el pan de su Palabra y de la santa Eucaristía. Y así,
en toda tribulación, a través de todas las pruebas que encuentra a lo largo de los tiempos y en las
diversas partes del mundo, la Iglesia sufre persecución pero resulta vencedora. Y precisamente de
este modo la comunidad cristiana es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las
ideologías del odio y del egoísmo.
La única insidia que la Iglesia puede y debe temer es el pecado de sus miembros. En efecto, mientras
María es Inmaculada, está libre de toda mancha de pecado, la Iglesia es santa, pero al mismo tiempo,
marcada por nuestros pecados. Por esto, el pueblo de Dios, peregrino en el tiempo, se dirige a su
Madre celestial y pide su ayuda; la solicita para que ella acompañe el camino de fe, para que aliente
el compromiso de vida cristiana y para que sostenga la esperanza. Necesitamos su ayuda, sobre todo
en este momento tan difícil para Italia, para Europa, para varias partes del mundo. Que María nos
ayude a ver que hay una luz más allá de la capa de niebla que parece envolver la realidad. Por esto
también nosotros, especialmente en esta ocasión, no cesamos de pedir su ayuda con confianza filial:
«Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti». Ora pro nobis, intercede
pro nobis ad Dominum Iesum Christum!
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 14 de marzo de 2001
1. Al inicio de este encuentro hemos escuchado una de las páginas más conocidas del Apocalipsis de
san Juan. En la mujer encinta, que da a luz un hijo mientras un dragón de color rojo sangre la
amenaza a ella y al hijo que ha engendrado, la tradición cristiana, litúrgica y artística, ha visto la
imagen de María, la madre de Cristo. Sin embargo, según la primera intención del autor sagrado, si el
nacimiento del niño representa la llegada del Mesías, la mujer personifica evidentemente al pueblo de
Dios, tanto al Israel bíblico como a la Iglesia. La interpretación mariana no va en perjuicio del sentido
eclesial del texto, ya que María es "figura de la Iglesia" ( Lumen gentium, 63; cf. san Ambrosio, Expos.
Lc, II, 7).
Así pues, en el fondo de la comunidad fiel se descubre el perfil de la Madre del Mesías. Contra María y
la Iglesia se cierne el dragón, que evoca a Satanás y al mal, como ya indicó la simbología del Antiguo
Testamento; el color rojo es signo de guerra, de matanzas y de sangre derramada; las "siete cabezas"
coronadas indican un poder inmenso, mientras que los "diez cuernos" evocan la fuerza impresionante
de la bestia descrita por el profeta Daniel (cf. Dn 7, 7), también ella imagen del poder prevaricador
que domina en la historia.
2. Por consiguiente, el bien y el mal se enfrentan. María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente
debilidad y pequeñez del amor, de la verdad y de la justicia. Contra ellos se desencadena la
monstruosa energía devastadora de la violencia, la mentira y la injusticia. Pero el canto con el que se
concluye el pasaje nos recuerda que el veredicto definitivo lo realizará "la salvación, el poder, el
reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo" ( Ap 12, 10).
Ciertamente, en el tiempo de la historia la Iglesia puede verse obligada a huir al desierto, como el
antiguo Israel en marcha hacia la tierra prometida. El desierto es, entre otras cosas, el refugio
tradicional de los perseguidos, es el ámbito secreto y sereno donde se ofrece la protección divina
(cf. Gn 21, 14-19; 1 R 19, 4-7). Con todo, en este refugio, como subraya el Apocalipsis (cf. Ap 12,
6. 14), la mujer permanece solamente durante un período de tiempo limitado. Así pues, el tiempo de
la angustia, de la persecución, de la prueba no es indefinido: al final llegará la liberación y será la
hora de la gloria.
Contemplando este misterio desde una perspectiva mariana, podemos afirmar que "María, al lado de
su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La
Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y modelo, para comprender en su integridad el sentido de su
misión" (Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis conscientia, 22 de marzo de 1986, n. 97;
cf. Redemptoris Mater, 37).
3. Fijemos, por tanto, nuestra mirada en María, icono de la Iglesia peregrina en el desierto de la
historia, pero orientada a la meta gloriosa de la Jerusalén celestial, donde resplandecerá como Esposa
del Cordero, Cristo Señor. La Madre de Dios, como la celebra la Iglesia de Oriente, es la Odigitria, la
que "indica el camino", o sea, Cristo, único mediador para encontrar en plenitud al Padre. Un poeta
francés ve en ella "la criatura en su primer honor y en su meta final, tal como salió de Dios en la
mañana de su esplendor original" (P. Claudel, La Vierge à midi, ed. Pléiade, p. 540).
En su Inmaculada Concepción, María es el modelo perfecto de la criatura humana que, colmada desde
el inicio de la gracia divina que sostiene y transfigura a la criatura (cf. Lc 1, 28), elige siempre, en su
libertad, el camino de Dios. En cambio, en su gloriosa Asunción al cielo María es la imagen de la
criatura llamada por Cristo resucitado a alcanzar, al final de la historia, la plenitud de la comunión con
Dios en la resurrección durante una eternidad feliz. Para la Iglesia, que a menudo siente el peso de la
historia y el asedio del mal, la Madre de Cristo es el emblema luminoso de la humanidad redimida y
envuelta por la gracia que salva.
4. La meta última de la historia humana se alcanzará cuando "Dios sea todo en todos" ( 1 Co 15, 28)
y, como anuncia el Apocalipsis, "el mar ya no exista" ( Ap 21, 1), es decir, cuando el signo del caos
destructor y del mal haya sido por fin eliminado. Entonces la Iglesia se presentará a Cristo como "la
novia ataviada para su esposo" (Ap 21, 2). Ese será el momento de la intimidad y del amor sin
resquebrajaduras. Pero ya ahora, precisamente contemplando a la Virgen elevada al cielo, la Iglesia
gusta anticipadamente la alegría que se le dará en plenitud al final de los tiempos. En la peregrinación
de fe a lo largo de la historia, María acompaña a la Iglesia como "modelo de la comunión eclesial en la
fe, en la caridad y en la unión con Cristo. "Eternamente presente en el misterio de Cristo", ella está,
en medio de los Apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente y de la Iglesia de todos los
tiempos. Efectivamente, "la Iglesia fue congregada en la parte alta del cenáculo con María, que era la
Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente
María, la Madre del Señor, con sus hermanos"" (Congregación para la doctrina de la fe, Communionis
notio, 28 de mayo de 1992, n. 19; cf. Cromacio de Aquileya, Sermo 30, 1).
5. Así pues, cantemos nuestro himno de alabanza a María, imagen de la humanidad redimida, signo
de la Iglesia que vive en la fe y en el amor, anticipando la plenitud de la Jerusalén celestial. "El genio
poético de san Efrén el Sirio, llamado "la cítara del Espíritu Santo", ha cantado incansablemente a
María, dejando una impronta todavía presente en toda la tradición de la Iglesia siríaca" ( Redemptoris
Mater, 31). Es él quien presenta a María como icono de belleza: "Ella es santa en su cuerpo, hermosa
en su espíritu, pura en sus pensamientos, sincera en su inteligencia, perfecta en sus sentimientos,
casta, firme en sus propósitos, inmaculada en su corazón, eminente, colmada de todas las virtudes"
(Himnos a la Virgen María, 1, 4; ed. Th. J. Lamy, Hymni de B. Maria, Malinas 1886, t. 2, col. 520).
Que esta imagen resplandezca en el centro de toda comunidad eclesial como reflejo perfecto de Cristo
y sea como estandarte elevado entre los pueblos, como "ciudad situada en la cima de un monte" y
"lámpara sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa" (cf. Mt 5, 14-15).
En su gran obra "La ciudad de Dios", san Agustín dice una vez que toda la historia humana, la historia
del mundo, es una lucha entre dos amores: el amor a Dios hasta la pérdida de sí mismo, hasta la
entrega de sí mismo, y el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, hasta el odio a los demás. Esta
misma interpretación de la historia como lucha entre dos amores, entre el amor y el egoísmo, aparece
también en la lectura tomada del Apocalipsis, que acabamos de escuchar. Aquí estos dos amores se
presentan en dos grandes figuras. Ante todo, está el dragón rojo fortísimo, con una manifestación
impresionante e inquietante del poder sin gracia, sin amor, del egoísmo absoluto, del terror, de la
violencia.
Cuando san Juan escribió el Apocalipsis, para él este dragón personificaba el poder de los
emperadores romanos anticristianos, desde Nerón hasta Domiciano. Este poder parecía ilimitado; el
poder militar, político y propagandístico del Imperio romano era tan grande que ante él la fe, la
Iglesia, parecía una mujer inerme, sin posibilidad de sobrevivir, y mucho menos de vencer. ¿Quién
podía oponerse a este poder omnipresente, que aparentemente era capaz de hacer todo? Y, sin
embargo, sabemos que al final venció la mujer inerme; no venció el egoísmo ni el odio, sino el amor
de Dios, y el Imperio romano se abrió a la fe cristiana.
Las palabras de la sagrada Escritura trascienden siempre el momento histórico. Así, este dragón no
sólo indica el poder anticristiano de los perseguidores de la Iglesia de aquel tiempo, sino también las
dictaduras materialistas anticristianas de todos los tiempos. Vemos de nuevo que este poder, esta
fuerza del dragón rojo, se personifica en las grandes dictaduras del siglo pasado: la dictadura del
nazismo y la dictadura de Stalin tenían todo el poder, penetraban en todos los lugares, hasta los
últimos rincones. Parecía imposible que, a largo plazo, la fe pudiera sobrevivir ante ese dragón tan
fuerte, que quería devorar al Dios hecho niño y a la mujer, a la Iglesia. Pero en realidad, también en
este caso, al final el amor fue más fuerte que el odio.
También hoy el dragón existe con formas nuevas, diversas. Existe en la forma de ideologías
materialistas, que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir los mandamientos de
Dios; es algo del pasado. Lo único que importa es vivir la vida para sí mismo, tomar en este breve
momento de la vida todo lo que nos es posible tomar. Sólo importa el consumo, el egoísmo, la
diversión. Esta es la vida. Así debemos vivir. Y, de nuevo, parece absurdo, parece imposible oponerse
a esta mentalidad dominante, con toda su fuerza mediática, propagandística. Parece imposible aún
hoy pensar en un Dios que ha creado al hombre, que se ha hecho niño y que sería el verdadero
dominador del mundo.
También ahora este dragón parece invencible, pero también ahora sigue siendo verdad que Dios es
más fuerte que el dragón, que triunfa el amor y no el egoísmo. Habiendo considerado así las diversas
representaciones históricas del dragón, veamos ahora la otra imagen: la mujer vestida de sol, con la
luna bajo sus pies, coronada por doce estrellas. También esta imagen presenta varios aspectos. Sin
duda, un primer significado es que se trata de la Virgen María vestida totalmente de sol, es decir, de
Dios; es María, que vive totalmente en Dios, rodeada y penetrada por la luz de Dios. Está coronada
por doce estrellas, es decir, por las doce tribus de Israel, por todo el pueblo de Dios, por toda la
comunión de los santos, y tiene bajo sus pies la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad. María
superó la muerte; está totalmente vestida de vida, elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios; así,
en la gloria, habiendo superado la muerte, nos dice: "¡Ánimo, al final vence el amor! En mi vida dije:
"¡He aquí la esclava del Señor!". En mi vida me entregué a Dios y al prójimo. Y esta vida de servicio
llega ahora a la vida verdadera. Tened confianza; tened también vosotros la valentía de vivir así
contra todas las amenazas del dragón".
Este es el primer significado de la mujer, es decir, María. La "mujer vestida de sol" es el gran signo de
la victoria del amor, de la victoria del bien, de la victoria de Dios. Un gran signo de consolación. Pero
esta mujer que sufre, que debe huir, que da a luz con gritos de dolor, también es la Iglesia, la Iglesia
peregrina de todos los tiempos. En todas las generaciones debe dar a luz de nuevo a Cristo, darlo al
mundo con gran dolor, con gran sufrimiento. Perseguida en todos los tiempos, vive casi en el desierto
perseguida por el dragón. Pero en todos los tiempos la Iglesia, el pueblo de Dios, también vive de la
luz de Dios y —como dice el Evangelio— se alimenta de Dios, se alimenta con el pan de la sagrada
Eucaristía. Así, la Iglesia, sufriendo, en todas las tribulaciones, en todas las situaciones de las diversas
épocas, en las diferentes partes del mundo, vence. Es la presencia, la garantía del amor de Dios
contra todas las ideologías del odio y del egoísmo.
Ciertamente, vemos cómo también hoy el dragón quiere devorar al Dios que se hizo niño. No temáis
por este Dios aparentemente débil. La lucha es algo ya superado. También hoy este Dios débil es
fuerte: es la verdadera fuerza. Así, la fiesta de la Asunción de María es una invitación a tener
confianza en Dios y también una invitación a imitar a María en lo que ella misma dijo: "¡He aquí la
esclava del Señor!, me pongo a disposición del Señor". Esta es la lección: seguir su camino; dar
nuestra vida y no tomar la vida. Precisamente así estamos en el camino del amor, que consiste en
perderse, pero en realidad este perderse es el único camino para encontrarse verdaderamente, para
encontrar la verdadera vida.
Juan pablo ii
La liturgia nos recuerda hoy esta consoladora verdad de fe, mientras canta
las alabanzas de la Virgen María, coronada de gloria incomparable. «Una
gran señal apareció en el cielo -leemos hoy en el pasaje del Apocalipsis que
la Iglesia propone a nuestra meditación-: una mujer, vestida del sol, con la
luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,
1). En esta mujer resplandeciente de luz los Padres de la Iglesia han
reconocido a María. El pueblo cristiano en la historia vislumbra en su
triunfo el cumplimiento de sus expectativas y señal de su esperanza cierta.
María es ejemplo y apoyo para todos los creyentes: nos impulsa a no
desalentarnos ante las dificultades y los inevitables problemas de todos los
días. Nos asegura su ayuda y nos recuerda que lo esencial es buscar y
pensar «en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (cf. Col 3, 2). En efecto,
inmersos en las ocupaciones diarias, corremos el riesgo de creer que aquí,
en este mundo, en el que estamos sólo de paso, se encuentra el fin último
de la existencia humana.
Vídeo
Fotogalería
Santidad,
señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:
¡Ilustres señores y señoras! Nos hemos reunido aquí, en los Jardines vaticanos, para inaugurar un
monumento a san Miguel arcángel, patrono del Estado de la Ciudad del Vaticano. Se trata de una
iniciativa proyectada desde hace tiempo, con la aprobación del Papa Benedicto XVI, a quien se dirige
siempre nuestro afecto y reconocimiento, y a quien queremos expresar nuestra gran alegría por
tenerle hoy aquí presente en medio de nosotros. ¡Gracias de todo corazón!
En los Jardines vaticanos hay diversas obras artísticas; ésta, que hoy se añade, asume, sin embargo,
un lugar de especial relieve, tanto por la ubicación como por el significado que expresa. En efecto, no
es sólo una obra conmemorativa, sino una invitación a la reflexión y a la oración, que bien nos
introduce en el Año de la fe. Miguel —que significa: «¿Quién es como Dios?»— es el modelo del
primado de Dios, de su trascendencia y poder. Miguel lucha por restablecer la justicia divina; defiende
al pueblo de Dios de sus enemigos y sobre todo del enemigo por excelencia, el diablo. San Miguel
vence porque es Dios quien actúa en él. Esta escultura nos recuerda entonces que el mal ha sido
vencido, el acusador ha sido desenmascarado, su cabeza, aplastada, porque la salvación se realizó de
una vez para siempre en la sangre de Cristo. Incluso si el diablo busca siempre rasguñar el rostro del
Arcángel y el rostro del hombre, Dios es más fuerte; su victoria y su salvación se ofrece a todo
hombre. En el camino y en las pruebas de la vida no estamos solos, estamos acompañados y
sostenidos por los ángeles de Dios, que ofrecen, por decirlo así, sus alas para ayudarnos a superar
tantos peligros, para poder volar alto respecto a las realidades que pueden hacer pesada nuestra vida
o arrastrarnos hacia abajo. Al consagrar el Estado de la Ciudad del Vaticano a san Miguel arcángel, le
pedimos que nos defienda del Maligno y que lo arroje fuera.
Queridos hermanos y hermanas, nosotros consagramos el Estado de la Ciudad del Vaticano también a
san José, el custodio de Jesús, el custodio de la Sagrada Familia. Que su presencia nos haga aún más
fuertes y valientes en dejar espacio a Dios en nuestra vida para vencer siempre el mal con el bien.
Pidámosle que nos proteja, nos cuide, para que la vida de la gracia crezca cada día más en cada uno
de nosotros.
«Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer». Sobre el significado y la importancia
de estas dos últimas palabras —«nacido de una mujer»— queremos reflexionar en esta última meditación, también por su
En la Biblia, la expresión «nacido de mujer» indica la pertenencia a la condición humana hecha de debilidad y mortalidad .
Basta con tratar de eliminar estas tres palabras del texto para darse cuenta de su importancia. ¿Qué sería de Cristo sin
ellas? Una aparición celestial, desencarnada. El ángel Gabriel también fue «enviado» por Dios, pero para regresar luego al
cielo tal como había descendido de él. La mujer, María, es la que «ancló» para siempre al Hijo de Dios a la humanidad y a la
historia.
Así leyeron las palabras de Pablo los Padres de la Iglesia que tuvieron que luchar contra la herejía gnóstica y doceta.
Destacan con razón el paralelismo entre la expresión «nacido de mujer» y la que el mismo Pablo usa en Romanos 1,3: «de
la semilla de David según la carne» . Ignacio de Antioquía tiene una expresión de vértigo: dice que Jesús «nació de María y
de Dios» , casi como cuando nosotros decimos de alguien que es hijo de tal y de la tal. De hecho, en todo el universo, María
es la única que puede dirigirse a Jesús con las mismas palabras del Padre celestial: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado».
El Apóstol —señala Tertuliano— no dice «factum per mulierem», sino «factum ex muliere», es decir, nacido de mujer, no a
través de la mujer. La razón es que, mientras tanto, la herejía doceta había evolucionado y había tomado una apariencia
menos radical. Sostenía que Jesús tenía ciertamente una carne, pero de origen celestial, no terrenal, pasada a través de
María como a través de un canal, teniendo en ella un camino, no una madre . San León Magno colocará la expresión
paulina «nacido de mujer» en el corazón del dogma cristológico, escribiendo en el Tomo a Flaviano que Cristo es «hombre
por el hecho de que “nació de una mujer y nació bajo la ley”… El nacimiento en la carne es una prueba clara de su
naturaleza humana» .
También a propósito de la expresión paulina «nacido de la mujer» vemos que se realiza el gran principio exegético
formulado por san Gregorio Magno, es decir, que «la Escritura crece en la medida en que es leída» . Ya san Ireneo lee
Gálatas 4,2, «nacido de mujer», a la luz de Génesis 3,15: «Pondré enemistad entre ti y la mujer» . ¡María aparece como la
mujer que recapitula a Eva, la madre de todos los vivientes! No se trata de una aparición marginal que entra en escena para
luego desaparecer en la nada. Es el punto de llegada de una tradición bíblica que cruza toda la Biblia de un extremo a otro.
Comienza con la mujer «hija de Sión» que es la personificación de todo el pueblo de Israel y termina con la mujer «vestida
de sol con la luna bajo sus pies» del Apocalipsis (Apoc 12,1) que representa a la Iglesia.
«Mujer» es el término con el que Jesús se dirige a su madre en Caná y bajo la cruz. Es difícil, por no decir imposible, no ver
un vínculo, en el pensamiento de Juan, entre las dos mujeres: la mujer simbólica que es la Iglesia y la mujer real que es
María. Dicho vínculo es recibido en la Lumen gentium del Vaticano II que, precisamente por esto, trata de María dentro de la
Desde hace algún tiempo, se habla mucho de la dignidad de la mujer. San Juan Pablo II escribió una Carta Apostólica sobre
este tema, la Mulieris dignitatem. Por mucha dignidad que las criaturas humanas podamos atribuir a la mujer, siempre
permaneceremos infinitamente por debajo de lo que Dios hizo al elegir a una de ellas para ser la madre de su Hijo hecho
Mucho se ha hecho en los últimos tiempos para aumentar la presencia de las mujeres en las esferas de toma de decisiones
de la Iglesia y tal vez quede mucho por hacer. Pero no es eso de lo que deberíamos tratar aquí. En cambio, debemos
ocuparnos de otra área, en la que la distinción entre hombre y mujer no tiene importancia, porque la mujer de la que
estamos hablando representa a toda la Iglesia, es decir, hombres y mujeres por igual.
En resumen, es esto: Jesús, que una vez nació física y corporalmente de María, ahora debe nacer espiritualmente de la
Iglesia y de cada creyente. Una tradición exegética que, en su núcleo inicial se remonta a Orígenes, ha cristalizado en la
fórmula: «Maria, vel Ecclesia, vel anima»: María, es decir, la Iglesia, es decir, el alma. Escuchemos cómo un autor medieval,
En las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se dice universalmente de la Virgen Madre Iglesia se entiende de una
manera singular de la Virgen Madre María; y lo que se dice de manera especial sobre María se entiende en un sentido
general de la Iglesia Virgen Madre. Finalmente, cada alma fiel, esposa del Verbo de Dios, madre, hija y hermana de Cristo,
también es considerada a su manera virgen y fecunda. La misma Sabiduría de Dios que es el Verbo del Padre aplica, pues,
universalmente a la Iglesia lo que se dice especialmente de María, e individualmente también de cada alma creyente .
Comencemos por la aplicación eclesial. Si en el «sentido más pleno» (el llamado sensus plenior), la mujer en las Escrituras
indica la Iglesia, ¡entonces la afirmación de que Jesús nació de una mujer implica que debe nacer de la Iglesia hoy!
Hay un icono muy difundido entre los cristianos ortodoxos que se llama la Panhagia, es decir, la Toda Santa. En ella vemos
a María de pie, en plena estatura. Sobre su pecho, como si estallara desde dentro, sobresale el niño Jesús que tiene la
majestad de un adulto. La mirada del devoto es atraída por el niño, incluso antes que por la madre. De hecho, ella está con
los brazos levantados, casi invitando a mirarlo y a hacerle espacio. Así debería ser la Iglesia. Quien lo mira no debería
detenerse en ella, sino ver a Jesús. Es la lucha contra la autorreferencialidad de la Iglesia, en la que los dos últimos Sumos
Hay un relato del escritor Franz Kafka que es un símbolo religioso potente en este sentido. Se titula «Un mensaje imperial».
Habla de un rey que, en su lecho de muerte, llama a un súbdito a su lado y le susurra un mensaje al oído. Ese mensaje es
tan importante que hace que se lo repita, a su vez, en el oído. Luego despide con una indicación al mensajero que
emprende el camino. Pero escuchemos directamente del autor la continuación del relato, caracterizada por el tono onírico y
Avanzando ahora un brazo y después el otro, el mensajero se abre camino a través de la multitud y avanza ligero como
nadie. Pero la multitud es inmensa, sus viviendas exterminadas. ¡Cómo volaría si tuviera luz verde! En cambio, se cansa en
vano; todavía continúa luchando a través de las estancias del palacio interior, de las que nunca saldrá. E incluso si esto
tuviera éxito, no significaría nada: tendría que luchar para bajar las escaleras. E incluso si esto tuviera éxito, no habría hecho
nada todavía: tendría que cruzar los patios; y después de los patios, el segundo círculo de palacios. Si fuera capaz de salir
corriendo, finalmente, por la última puerta, pero esto nunca, nunca puede suceder, aquí ante él está la ciudad imperial, el
centro del mundo, donde se apilan montañas de sus escombros. Allí en medio, nadie logra avanzar, ni siquiera con el
mensaje de un muerto. Tú, mientras tanto, siéntate en tu ventana y sueña con ese mensaje, cuando llegue la noche .
Al leer este relato, uno no puede dejar de pensar en Cristo que, antes de abandonar este mundo, confió a la Iglesia el
mensaje: «Id por todo el mundo, predicad la buena nueva a toda criatura» (Mc 16,15). Y uno no puede dejar de pensar en
los muchos hombres que están en la ventana y sueñan, sin saberlo, con un mensaje como el suyo.
Debemos hacer todo lo posible para que la Iglesia nunca se convierta en ese castillo complicado y desordenado descrito por
Kafka, y que el mensaje pueda salir de ella libre y alegre como cuando comenzó su carrera. Sabemos cuáles son los
«muros de división» que pueden retener al mensajero. Son, ante todo, los muros que separan a las diversas Iglesias
cristianas entre sí, luego el exceso de burocracia, los restos de ceremoniales ahora sin sentido: perifollos, leyes y
Sucede como con ciertos edificios antiguos. A lo largo de los siglos, para adaptarse a las exigencias del momento, se han
ido llenando de tabiques, escaleras, habitaciones, habitaciones pequeñas y trasteros. Llega el momento en que nos damos
cuenta de que todas estas adaptaciones ya no responden a las necesidades actuales, más aún, son un obstáculo; y
entonces debemos tener el coraje de demolerlos y devolver al edificio la simplicidad y linealidad de sus orígenes, en vista de
su renovado uso.
Cité este relato y su aplicación a la Iglesia en el discurso que pronuncié en San Pedro el Viernes Santo de 2013, en el
primer año de Pontificado del actual Sumo Pontífice. Si me he permitido repetir aquí estos pensamientos, es para dar
gracias a Dios por los pasos que la Iglesia ha dado mientras tanto para salir de sí misma e «ir a las periferias existenciales
Nos queda reflexionar ahora sobre lo que nos concierne a todos sin distinción y más de cerca: el nacimiento de Cristo del
alma creyente. «Cristo —escribe san Máx1imo el Confesor— nace siempre místicamente en el alma, tomando carne de los
que están salvados y haciendo del alma que le genera una madre virgen» .
Cómo se convierte uno en madre de Cristo, nos lo explica Jesús en el Evangelio: escuchando, dice, la Palabra y poniéndola
en práctica (Cf. Lc 8,21). Es importante notar que hay dos operaciones a realizar. María también se convirtió en la madre de
Hay dos maternidades incompletas o dos tipos de interrupción de maternidad. Uno es la antigua y conocida del aborto.
Sucede cuando se concibe una vida pero no se da a luz, porque, mientras tanto, ya sea por causas naturales o por el
pecado de los hombres, el feto está muerto. Hasta hace poco, este era el único caso conocido de maternidad incompleta.
Hoy se conoce otra que consiste, por el contrario, en dar a luz a un niño sin haberlo concebido. Este es el caso de hijos
concebidos en un tubo de ensayo e introducidos en el útero de una mujer, o en el caso del útero prestado para albergar, tal
vez mediante un pago, vidas humanas concebidas en otro lugar. En este caso, lo que la mujer da a luz no viene de ella, no
Por desagracia también en el nivel espiritual existen estas dos tristes posibilidades. Concibe a Jesús sin darlo a luz el que
acoge la Palabra, sin ponerla en práctica; quien continúa haciendo un aborto espiritual tras otro, formulando propósitos de
conversión que luego son sistemáticamente olvidados y abandonados a mitad de camino. Son, dice Santiago, los que se
miran rápidamente en el espejo y luego se van olvidando de cómo eran (cf. Sant 1,23-24).
Por el contrario, da a luz a Cristo sin haberlo concebido aquel que hace muchas obras, incluso buenas, pero que no
provienen del corazón, del amor a Dios y de recta intención, sino de la costumbre, de la hipocresía, de la búsqueda de la
propia gloria y del propio interés, o simplemente de la satisfacción que da el hacer. Nuestras obras son «buenas» sólo si
vienen del corazón, si son concebidas por amor de Dios y en la fe. En otras palabras, si la intención que nos guía es recta, o
San Francisco de Asís tiene una palabra que resume bien lo que me urge destacar:
Somos madres de Cristo —dice— cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por medio del amor divino y de la
conciencia pura y sincera; lo generamos a través de las obras santas, que deben brillar a los demás en el ejemplo .
Nosotros, quiere decir, concebimos a Cristo cuando lo amamos con sinceridad de corazón y con rectitud de conciencia, y lo
damos a luz cuando realizamos obras santas que lo manifiestan al mundo y dan gloria al Padre que está en los cielos. (cf.
Mt 5,16). San Buenaventura desarrolló este pensamiento de su Seráfico Padre en un folleto titulado «Las cinco fiestas del
Niño Jesús» . Tales fiestas son para él: la concepción, el nacimiento, la circuncisión, la Epifanía y la Presentación en el
templo. El Santo explica cómo celebrar espiritualmente cada una de estas fiestas en la propia vida. Me limito a lo que dice
Para san Buenaventura, el alma concibe a Jesús cuando, insatisfecha con la vida que lleva, estimulada por inspiraciones
santas y encendida con santo ardor, finalmente se separa resueltamente de sus viejos hábitos y defectos, es como si fuera
espiritualmente fecundada por la gracia del Espíritu Santo y concibe el propósito de una nueva vida. ¡La concepción de
Una vez concebido, el bendito Hijo de Dios nace en el corazón, cuando, después de haber hecho un sano discernimiento,
pedido el consejo apropiado e invocado la ayuda de Dios, el alma inmediatamente pone en obra su santo propósito,
comenzando a darse cuenta de lo que había estado madurando durante algún tiempo, pero que siempre había pospuesto
Pero es necesario insistir en una cosa: este propósito de nueva vida debe traducirse, sin demora, en algo concreto, en un
cambio, a ser posible incluso externo y visible, en nuestra vida y en nuestros hábitos. Si el propósito no se pone en acción,
Jesús es concebido, pero no nace. Es uno de los muchos abortos espirituales. ¡Nunca se celebrará «la segunda fiesta» del
Niño Jesús, que es la Navidad! Es uno de los muchos aplazamientos, de los cuales quizá nuestra vida ha sido salpicada.
Un pequeño cambio para empezar podría ser hacer silencio a nuestro alrededor y dentro de nosotros. “Qué lindo sería – dijo
el Santo Padre en la última audiencia general – si cada uno de nosotros, siguiendo el ejemplo de San José, pudiéramos
recuperar esta dimensión contemplativa de la vida abierta por el silencio”. Una antigua antífona de la época navideña decía
que la Palabra de Dios descendió del cielo dum medium silentium tenerent omnia: “mientras todo alrededor era silencio”.
En primer lugar, tratemos de silenciar el ruido que hay dentro de nosotros, los procesos que siempre están ocurriendo en
nuestra mente, sobre personas y hechos, de los que inevitablemente salimos como ganadores. Transformémonos a veces
de acusadores en defensores de los hermanos, pensando en cuántas cosas nos pueden culpar los demás. En los juicios
canónicos – al menos en el pasado – después de la acusación, el juez pronunciaba la fórmula: “Audiatur et altera pars”:
Ahora se escuche la parte contraria. Cuando nos damos cuenta de que estamos juzgando a alguien, aprendemos a
repetirnos perentoriamente esa fórmula: ¡Audiatur et altera pars! ¡Intenta ponerte en el lugar del hermano!
Volvamos con nuestros pensamientos a María. Tolstoi hace una observación sobre la embarazada que puede ayudarnos a
comprender e imitar a la Virgen en este final de Adviento. La mirada de la mujer embarazada, dice, tiene una extraña
dulzura y se vuelve más dentro que fuera de ella, porque dentro de ella está la realidad más hermosa del mundo. Así que
fue la mirada de María quien llevaba en su vientre al creador del universo. Imitémosla labrando para nosotros momentos de
verdadero recogimiento para dar acoger a Jesús en nuestro corazón. La mejor respuesta al intento de la cultura
Se va a concluir el año en que se ha celebrado el séptimo centenario de la muerte de Dante Alighieri. Terminemos haciendo
nuestra la maravillosa oración a la Virgen del último canto de su Paraíso. Dante también, como Pablo y Juan, simplemente