UNIVERSIDAD AUTONOMA DEL ESTADO DE MÉXICO
PLANTEL LIC. ADOLFO LÓPEZ MATEOS
HISTORIA UNIVERSAL
PROYECTO INTEGRADOR COLABORATIVO
Modulo 1
Profesor:
JOSE LUIS ALBITER BARRIOS.
Integrantes:
Almazán Lizarraga Fátima Michelle.
Contreras Gomez Emiliano.
Chávez Ocampo Eyver Gael.
Delgado Alonso Fabiola Saraí.
Nava Barrera Emmanuel.
Rodríguez Negrete Erika.
Velázquez Bastida Anuar.
SEGUNDO SEMESTRE
GRUPO:213
2024A
El 26 de agosto de 1789 la Asamblea Nacional Constituyente francesa aprobó la Declaración
de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, convirtiéndose en un legado fundamental
de la Revolución Francesa; misma que tiene un valor universal, y constituyó la base de la
Declaración de las Naciones Unidas en 1948.
Este documento sirvió para difundir en la comunidad política la primera Constitución de
Francia, y representa la primera versión impresa de ese texto. Su significación histórica es
inmensa.[1]
En 1789, el pueblo de Francia causó la abolición de una monarquía absoluta y creó la
plataforma para el establecimiento de la primera República Francesa. Tan sólo seis
semanas después del ataque súbito a la Bastilla, y apenas tres semanas después de la
abolición del feudalismo, la Asamblea Nacional Constituyente adoptó la Declaración de
los Derechos del Hombre y de los Ciudadanos inspirada en la declaración de
independencia estadounidense de 1776 y en el espíritu filosófico del siglo XVIII, marca el
fin del Antiguo Régimen y el principio de una nueva era, considerado un documento
precursor de los derechos humanos a nivel nacional e internacional .[2]
La declaración de 1789, como los textos de las Colonias Inglesas que se separan de la
metrópoli, la Declaración de Independencia de 4 de julio de 1776, la Declaración del Buen
Pueblo de Virginia de 12 de junio de 1776, y más tarde las diez primeras enmiendas a la
Constitución Federal de 1787, que se aprueban en 1791, son el último eslabón de una
primera generación de los derechos humanos, que arrancan del siglo XVI en el marco de
una preocupación de la burguesía por limitar el poder del moderno Estado Absoluto .[3]
Dentro de la declaración podemos encontrar que se definen los derechos "naturales e
imprescriptibles" como la libertad, la propiedad, la seguridad, la resistencia a la opresión.
Argumenta que la necesidad de la ley se deriva del hecho de que
“…el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre tiene sólo aquellos límites que
aseguran a los demás miembros de la misma sociedad el goce de estos mismos
derechos”. (CNDH, Rodríguez, S/A).
Desde la edad Media ya se tenía registro de algunas leyes escritas, pero fue hasta finales
del siglo XVII que se originó la constitución como la conocemos en la actualidad, tomando
en consideración los intereses de todos los sectores de la población. Cabe señalar que la
Constitución Política de los estados Unidos fue la primera en pensar la forma de gobierno,
los derechos, las libertades y las obligaciones de la población. Después de conseguir su
independencia, el 4 de julio de 1776, los colonos provenientes de Europa se enfrentaron
al reto de convivir en suelo norteamericano. las diferencias entre ellos exigieron que, por
primera vez, se buscara una solución a los conflictos para establecer, por medio de
sistemas, el recaudo de impuestos o el comercio, orden y civilidad. el resultado fue una
Constitución pionera que le concedió todo el poder al pueblo. en sus siete artículos
contiene la división de poderes (tanto nacional como estatal) y determina el equilibrio
entre estos, en la medida que separa y reconoce tres vertientes distintas: el ejecutivo
(hace que las leyes se cumplan), el legislativo (el Congreso que elabora las leyes) y el
Judicial (aplican la ley castigando a quienes la infringen). Asimismo, también fueron las
primeras diez enmiendas —conocidas como Carta de los Derechos— a la Constitución
norteamericana (1787) que limitaron los poderes al gobierno federal y que pusieron
énfasis en la protección de los derechos de los ciudadanos en general, incluso para
aquellos que pisaban suelo americano en condición de residentes o visitantes. A partir de
la Revolución francesa de 1789 la sociedad decidió cambiar su forma de gobierno junto
con la manera de convivir. Fue el paso del llamado ‘Antiguo Régimen’ a la época moderna
que llega hasta nuestros días.
La monarquía es una forma de gobierno en el que todo el poder de una nación recae en
una sola persona permanentemente (vitalicio) y que, al morir, será su descendencia quien
gobierne (hereditario). en Francia, en la segunda mitad del siglo XVIII, regía Luis XVI,
quien sustentaba su derecho a gobernar por mandato de Dios, consiguiendo que su poder
fuese irrebatible, absoluto. esta condición política provocó una gran crisis económica en el
país, pues la gente no tenía que comer como consecuencia de las malas cosechas,
circunstancia que incrementó la presencia de pobres y mendigos. el 14 de julio de 1789
inició la revolución en la que Luis XVI perdió su poder absoluto. Miles de hombres se
dirigieron a la Bastilla, donde abrieron las puertas, tomaron armas y dejaron libres a los
prisioneros que estaban oprimidos injustamente por el sistema. Posteriormente tomaron
el Palacio de Versalles, donde el rey y su esposa fueron tomados prisioneros y
guillotinados en 1793. La revolución dio inicio a la República, donde el gobierno se
compone por sistemas normativos y legislativos. De esta manera comenzó una era de
libertad, igualdad y fraternidad: los tres elementos básicos de la convivencia social actual.
Las revoluciones francesa y norteamericana, que en todos los campos y en todos los
sentidos desplegarían su importancia en la «historia universal», darán lugar así, entre
otros muchos fenómenos absolutamente nuevos, al nacimiento de la Constitución. Las
palabras proceden ahora de Georg Wilhelm Friedrich Hegel: «Los principios de estas
revoluciones son principios de la razón, pero establecidos solamente en su abstracción y
que por tanto resultan fantásticos y polémicos frente a todo lo existente», afirmaba el
profesor de Jena, quien anotaba, un poco más abajo, en sus Lecciones sobre la filosofía
de la historia universal, que «la primera Constitución francesa contenía los principios
jurídicos absolutos» (G.W.F. Hegel, 1980, p. 691 y 694). Ciertamente, la potencialidad
ecuménica de las experiencias del 76 y del 89 en el concreto ámbito del cosmos
constitucional es hoy pacífica, cuando no unánimemente, aceptada. Y también la vigencia
actual -más de doscientos años después de que los americanos procediesen a declarar
su Independencia y las turbas parisinas a tomar por asalto la Bastilla- de algunas de las
cuestiones esenciales que la revolución liberal y el subsiguiente nacimiento del Estado
constitucional iban a abrir hacia el futuro. «la Constitución ha sido concebida como un
documento político que se limita a organizar el funcionamiento de los poderes del Estado -
básicamente del legislativo y del ejecutivo-, sus mutuas relaciones y las limitaciones
resultantes de las mismas, y como un documento jurídico que se conforma como norma
básica del ordenamiento jurídico estatal, y que es no sólo obligatorio para los poderes
públicos, sino también determinante de las relaciones entre aquellos y los particulares, en
la medida en que la Constitución se configura como auténtico y supremo derecho del
Estado, estas dos versiones del constitucionalismo, estas dos materializaciones históricas
del valor de la Constitución, se corresponden esencialmente con los modelos francés y
norteamericano. En efecto, el concepto constitucional toma en la Europa continental y en
los Estados Unidos dos caminos divergentes, que se traducen, en el primero de los casos,
en la consideración de la Constitución, durante un largo período de tiempo, como mero
documento político, y, en el caso americano, en la afirmación, desde los momentos
inmediatamente posteriores al triunfo revolucionario y a la aprobación del texto supremo
de 1787, de la consideración de la Constitución como una norma jurídica, con todas las
importantísimas consecuencias que ello iba a implicar. Entre otras, y de modo muy
fundamental, la de la afirmación de instrumentos de naturaleza netamente diferente para
garantizar, en uno y otro modelo, la defensa y protección de la Constitución. (Valdez,
Barcelona 1996).
Las constituciones de Estados Unidos y Francia representan dos pilares fundamentales
en la historia del reconocimiento de los derechos humanos a nivel global. Tanto la
Constitución de los Estados Unidos, promulgada en 1787, como la Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano de Francia, proclamada en 1789, surgieron en un
momento de profundos cambios políticos y sociales, marcados por la Revolución
Americana y la Revolución Francesa. Estos documentos son considerados importantes en
la evolución del pensamiento democrático y los derechos individuales, estableciendo
principios destacados que han influenciado no solo a sus propias naciones, sino también
a movimientos liberales y constitucionales en todo el mundo. En esta introducción,
exploraremos cómo estas constituciones han sentado las bases para el reconocimiento y
la protección de los derechos humanos, destacando su impacto de manera permanente
en la historia política y jurídica global de los derechos humanos sumando las bases para
consolidarlos concretamente.
Las constituciones norteamericana y francesa desarrollaron roles importantes en el
fomento y reconocimiento de los derechos humanos, universales, de esta forma
asentando las bases para su trascendencia a nivel mundial.
En primer lugar, la constitución de los Estados Unidos, junto con Bill of the Rigths,
estableció al reconocer explícitamente una serie concreta de derechos inalienables.
La inclusión de enmiendas como la Primera Enmienda, que protege la libertad de
expresión, religión y la Segunda Enmienda, que garantiza el poder tener armas marco un
acontecimiento en la historia de los derechos humanos al garantizar la protección de las
libertades fundamentales de los ciudadanos.
Por su parte, la declaración de los derechos del hombre y ciudadano de Francia proclamo
principios universales de libertad e igualdad durante la Revolución Francesa. Este
documento estableció que todos los individuos nacen libres e iguales en derechos y el
gobierno debe garantízalos. La Declaración francesa inspiró no solo la redacción de la
Constitución francesa, sino que también ejerció una influencia significativa en la redacción
de futuras declaraciones de derechos y constituciones en todo el mundo.
La trascendencia de los derechos universales del hombre motivados por estas
constituciones radica en su influencia duradera en el pensamiento político y jurídico a
nivel global. Ambos documentos sentaron los cimientos para la evolución de los derechos
humanos como un concepto fundamental en el derecho internacional y sirvieron como
modelo para la redacción de constituciones y declaraciones de derechos en numerosas
naciones. Su legado perdura como una inspiración para la lucha por la justicia, la igualdad
y la dignidad humana en todo el mundo, demostrando que los derechos humanos no son
privilegios otorgados por el Estado, sino inherentes a la condición humana.
En conclusión, las constituciones norteamericana y francesa han desempeñado roles
fundamentales en la promoción y el reconocimiento de los derechos humanos
universales, dejando un legado perdurable que ha trascendido fronteras y épocas. Estos
documentos emblemáticos, la Constitución de los Estados Unidos y la Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano de Francia, establecieron principios fundamentales
que han influido en la evolución del pensamiento político y jurídico a nivel global.
La importancia de estas constituciones radica en su capacidad para sentar las bases para
el reconocimiento de los derechos individuales e inalienables, protegiendo a los
ciudadanos de la opresión estatal y promoviendo la idea de que los derechos humanos
son universales, inherentes y no negociables. Su influencia se extiende más allá de las
fronteras de sus respectivos países, inspirando movimientos emancipatorios y
constitucionales en todo el mundo y sirviendo como modelo para la redacción de futuras
constituciones y declaraciones de derechos.
En un mundo donde los derechos humanos siguen siendo desafiados y disputados, la
trascendencia de las constituciones norteamericana y francesa nos recuerda la
importancia de proteger y promover los derechos fundamentales de todos los individuos,
independientemente de su nacionalidad, raza, religión o afiliación política. Su legado
perdura como un recordatorio de la lucha continua por la justicia, la igualdad y la dignidad
humana en todas partes, y nos insta a seguir trabajando hacia un mundo donde los
derechos humanos sean respetados y protegidos para todos.