EDIPO REY
Sófocles
Adaptación:
Roberto Bedoya P.
PERSONAJES
EDIPO.
SACERDOTE.
CREONTE.
TIRESIAS.
YOCASTA.
MENSAJERO.
PASTOR
Narrador: DELANTE DEL PALACIO DE EDIPO, ESTÁ EL SACERDOTE DE ZEUS. HACE SU INGRESO EDIPO. SE
DIRIGE AL PUBLICO QUE SE SUPONE SON LOS HABITANTES:
EDIPO. - Por tu condición de sacerdote eres tú a quien corresponde hablar, dime ¿cuál es la causa de que estéis así
ante mí?
SACERDOTE.- La ciudad, como tú mismo puedes ver, está ya demasiado agitada y no es capaz todavía de levantar
la cabeza de las profundidades por la sangrienta sacudida. Se debilita en las plantas fructíferas de la tierra, en los
rebaños de bueyes que pacen y en los partos infecundos de las mujeres. Además, la divinidad que produce la peste,
precipitándose, aflige la ciudad.
EDIPO.- Sé bien que todos están sufriendo y, al sufrir, no hay ninguno de ustedes que padezca tanto como yo. El único
remedio que he encontrado, es el que he tomado: envié a Creonte, mi cuñado, al templo de Febo y sería yo malvado
si, cuando llegue, no cumplo todo cuanto el dios manifieste.
SACERDOTE.- Precisamente éstos me están indicando por señas que Creonte se acerca. Por lo que se puede
adivinar, viene complacido.
(ENTRA CREONTE EN ESCENA.)
CREONTE.- Traigo una buena noticia, el oráculo afirmó que incluso las aflicciones, si llegan felizmente a término, todas
pueden resultar bien.
EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción mayor incluso, que por mi propia vida.
CREONTE.- El soberano Febo nos ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que existe en esta tierra y no
mantenerla para que llegue a ser irremediable.
EDIPO.- ¿Cuál es la naturaleza de la desgracia?
CREONTE.- Liberando un antiguo asesinato con otro, puesto que esta sangre es la que está sacudiendo la ciudad.
EDIPO.- ¿De qué hombre hablas?
CREONTE.- Teníamos nosotros, señor, en otro tiempo a Layo como soberano de esta tierra, antes de que tú rigieras
rectamente esta ciudad. Él murió y ahora nos ordena que tomemos venganza de los culpables,
EDIPO.- ¿Estaba en casa cuando Layo murió?
CREONTE.- Tras haber marchado, según dijo, a consultar al oráculo, y una vez fuera, ya no volvió más a casa.
EDIPO.- ¿Y ningún mensajero ni compañero de viaje lo vio?
CREONTE.- Después que murió Layo, nadie surgió como su vengador en medio de las desgracias.
EDIPO.- ¿Qué tipo de desgracia se presentó?
CREONTE.- La Esfinge, de enigmáticos cantos, nos determinaba a atender a lo que nos estaba saliendo al paso,
dejando de lado lo que no teníamos a la vista.
1
EDIPO.- Yo lo volveré a sacar a la luz desde el principio, voy a disponerlo todo. Y con la ayuda de la divinidad apareceré
triunfante o fracasado.
SACERDOTE.- Te hablaré, oh rey. Yo ni le maté ni puedo señalar a quien lo hizo. En esta búsqueda, era propio del
que nos la ha enviado, de Febo, decir quién lo ha hecho.
EDIPO.- Tienes razón.
SACERDOTE.- En segundo lugar te puedo decir lo que yo creo. Sé que, el noble Tiresias ve lo mismo que el soberano
Febo, y de él se podría tener un conocimiento muy exacto, si se le pregunta, señor.
EDIPO.- Ya he enviado dos mensajeros. Me extraña que no esté presente desde hace rato.
Narrador:(ENTRA TIRESIAS CON LOS ENVIADOS POR EDIPO. CON EL MENSAJERO.)
EDIPO.- Tiresias, Aunque no ves, comprendes, sin embargo, de qué mal es víctima nuestra ciudad. A ti te reconocemos
como único defensor, estamos en tus manos.
TIRESIAS.- Déjame ir a casa. Más fácilmente soportaremos tú lo tuyo y yo lo mío si me haces caso.
EDIPO.- No te des la vuelta, ¡por los dioses!, si sabes algo, dilo.
TIRESIAS.- Todos han perdido el juicio. Yo nunca revelaré mis desgracias, por no decir las tuyas.
EDIPO.- Pues bien, debes manifestarme incluso lo que está por llegar.
TIRESIAS.- No puedo hablar más. Ante esto, si quieres irrítate de la manera más violenta.
EDIPO.- Nada de lo que estoy advirtiendo dejaré de decir, según estoy de encolerizado. Has de saber que parece que
tú has ayudado a maquinar el crimen y lo has llevado a cabo en lo que no ha sido darle muerte con tus manos. Y si
tuvieras vista, diría que, incluso, este acto hubiera sido obra de ti solo.
TIRESIAS.- Afirmo que tú eres el asesino del hombre acerca del cual están investigando.
EDIPO.- No dirás impunemente dos veces estos insultos.
TIRESIAS.- En ese caso, ¿digo también otras cosas para que te irrites aún más?
EDIPO.- Di cuanto gustes, que en vano será dicho.
TIRESIAS.- Afirmo que tú has estado conviviendo muy vergonzosamente, sin advertirlo, con los que te son más
queridos y que no te das cuenta en qué punto de desgracia estás.
EDIPO.- ¿Crees tú, en verdad, que vas a seguir diciendo alegremente esto?
TIRESIAS.- Sí, si es que existe alguna fuerza en la verdad.
EDIPO.- Existe, salvo para ti. Tú no la tienes, ya que estás ciego de los oídos, de la mente y de la vista.
TIRESIAS.- Eres digno de lástima por echarme en cara cosas que a ti no habrá nadie que no te reproche pronto.
EDIPO.- ¿Esta invención es de Creonte o tuya?
TIRESIAS.- Creonte no es ningún dolor para ti, sino tú mismo.
EDIPO.- ¿Es que es tolerable escuchar esto de ése? ¡Maldito seas! ¿No te irás cuanto antes?
TIRESIAS.- No hubiera venido, si tú no me hubieras llamado.
EDIPO.- No sabía que ibas a decir necedades. En tal caso, difícilmente te hubiera hecho venir a mi palacio.
TIRESIAS.- Me voy, porque ya he dicho aquello para lo que vine, no porque tema tu rostro. Nunca me podrás perder.
Y te digo: ese hombre que, buscas a causa del asesinato de Layo está aquí. Se dice que es extranjero establecido
aquí, pero después saldrá a la luz que es tebano por su linaje y no se complacerá de tal suerte. Ciego, cuando antes
tenía vista, y pobre, en lugar de rico, se trasladará a tierra extraña tanteando el camino con un bastón. Será manifiesto
que él mismo es, a la vez, hermano y padre de sus propios hijos, hijo y esposo de la mujer de la que nació y de la
2
misma raza, así como asesino de su padre. Entra y reflexiona sobre esto. Y si me coges en mentira, di que yo ya no
tengo razón en el arte adivinatorio.
Narrador: (TIRESIAS SE ALEJA Y ENTRA CREONTE.)
CREONTE.- Habiéndome enterado de que el rey Edipo me acusa con terribles palabras, me presento sin poder
soportarlo. El daño que me reporta esta acusación no es sin importancia, sino gravísimo, si es que voy a ser llamado
malvado en la ciudad, y malvado ante ti y ante los amigos.
EDIPO.- ¿Cómo has venido aquí? Es evidente que tú eres el asesino de este hombre y un usurpador manifiesto de
mi soberanía. En lo que a esto se refiere, no me digas que no eres un malvado.
CREONTE.- ¿Qué fue lo que hice? No entiendo.
EDIPO.- Hace cuanto que Layo, pereciera en un asesinato?
CREONTE.- Podrían contarse largos y antiguos años.
EDIPO.- ¿Ejercería entonces su arte ese adivino?
CREONTE.- Sí, tan sabiamente como antes y honrado por igual.
EDIPO.- ¿Hizo mención de mí para algo en aquel tiempo?
CREONTE.- No, ciertamente, al menos cuando yo estaba presente.
EDIPO.- Pero, ¿no hicisteis investigaciones acerca del muerto?
CREONTE.- Las hicimos, ¿cómo no? Y no conseguimos nada.
EDIPO.- ¿Y cómo, pues, ese sabio no dijo entonces estas cosas?
CREONTE.- No lo sé. De lo que no comprendo, prefiero guardar silencio.
EDIPO.- Haz averiguaciones. No seré hallado culpable de asesinato.
CREONTE.- ¿Y qué? ¿Estás casado con mi hermana?
EDIPO.- No es posible negar la pregunta que me haces.
CREONTE.- ¿Gobiernas el país administrándolo con igual poder que ella?
EDIPO.- Lo que desea, todo lo obtiene de mí.
CREONTE.- ¿Y no es cierto que, en tercer lugar, yo me igualo a vosotros dos?
EDIPO.- Por eso, precisamente, resultas ser un mal amigo.
CREONTE. Actualmente, todos me saludan y me acogen con cariño. Los que ahora tienen necesidad de ti me halagan,
pues en esto está, para ellos, el obtener todo. ¿Cómo iba yo, pues, a pretender aquello desprendiéndome de esto?
EDIPO.- Tú eres un malvado.
Narrador:(YOCASTA SALE DE PALACIO.)
YOCASTA.- ¿No os da vergüenza ventilar cuestiones particulares estando como está sufriendo la ciudad? ¿No irás tú
a palacio y tú, Creonte, a tu casa sin transformar un disgusto que no es nada en algo importante?
CREONTE.- Edipo, tu esposo, pretende llevar a cabo decisiones terribles respecto a mí, habiendo elegido entre dos
calamidades: o desterrarme de la patria o, tras hacerme prisionero, matarme.
EDIPO.- Asiento. Pues le he sorprendido tramando contra mi persona.
CREONTE.- ¡Que no sea feliz, sino que perezca maldito, si he realizado contra ti algo de lo que me imputas!
3
YOCASTA.- ¡Por los dioses!, Edipo, da crédito a esto, sobre todo si sientes respeto ante un juramento en nombre de
los dioses y, después, también por respeto a mí y a los que están ante ti.
EDIPO.- ¡Que se vaya éste, aun cuando deba yo morir irremediablemente o ser expulsado por la fuerza, deshonrado,
de esta tierra él, en donde se encuentre, será objeto de mi aborrecimiento.
CREONTE.- Me voy sin que me hayas entendido, pero para éstos soy el mismo. (SE ALEJA.)
YOCASTA.- ¡En nombre de los dioses! Dime también a mí, , por qué asunto has concebido semejante enojo.
EDIPO.- Hablaré. Pues a ti, te venero más que a éstos. Es a causa de Creonte y de la clase de conspiración que ha
tramado contra mí.
YOCASTA.- Habla, si es que lo vas a hacer para denunciar claramente el motivo de la querella.
EDIPO.- Dice que yo soy el asesino de Layo.
YOCASTA.- ¿Lo conoce por sí mismo o por haberlo oído decir a otro?
EDIPO.- Ha hecho venir a un desvergonzado adivino, ya que su boca, por lo que a él en persona concierne, está
completamente libre.
YOCASTA.- Una vez le llegó a Layo un oráculo que decía que tendría el destino de morir a manos del hijo que naciera
de mí y de él. Sin embargo, a él, al menos según el rumor, unos bandoleros extranjeros le mataron en una encrucijada
de tres caminos. Por otra parte, no habían pasado tres días desde el nacimiento del niño cuando Layo, después de
atarle juntas las articulaciones de los pies, le arrojó, por la acción de otros, a un monte infranqueable. Por tanto, Apolo
ni cumplió el que éste llegara a ser asesino de su padre ni que Layo sufriera a manos de su hijo la desgracia que él
temía. Afirmo que los oráculos habían declarado tales cosas. Por ello, tú para nada te preocupes, pues aquello en lo
que el dios descubre alguna utilidad, él en persona lo da a conocer sin rodeos.
EDIPO.- Al acabar de escucharte, mujer, ¡qué delirio se ha apoderado de mi alma y qué agitación de mis sentidos!
CREONTE.- ¿A qué preocupación te refieres que te ha hecho volverte sobre tus pasos?
EDIPO.- Me pareció oírte que Layo había sido muerto en una encrucijada de tres caminos.
YOCASTA.- Se dijo así y aún no se ha dejado de decir.
EDIPO.- ¿Y dónde se encuentra el lugar ese en donde ocurrió la desgracia?
YOCASTA.- Fócide es llamada la región, y la encrucijada hace confluir los caminos de Delfos y de Daulia.
EDIPO.- ¿Qué tiempo ha transcurrido desde estos acontecimientos?
YOCASTA.- Poco antes de que tú aparecieras con el gobierno de este país, se anunció eso a la ciudad.
EDIPO.- ¡Oh Zeus! ¿Cuáles son tus planes para conmigo?
YOCASTA.- ¿Qué es lo que te preocupa, Edipo?
EDIPO.- Todavía no me interrogues. Y dime, ¿qué aspecto tenía Layo y de qué edad era?
YOCASTA.- Era fuerte, con los cabellos desde hacía poco encanecidos, y su figura no era muy diferente de la tuya.
EDIPO.- ¡Ay de mí, infortunado! Paréceme que acabo de precipitarme a mí mismo, sin saberlo, en terribles maldiciones.
YOCASTA.- ¿Cómo dices? No me atrevo a dirigirte la mirada, señor.
EDIPO.- Me pregunto, con tremenda angustia, si el adivino no estaba en lo cierto, y me lo demostrarás mejor, si aún
me revelas una cosa.
YOCASTA.- En verdad que siento temor, pero a lo que me preguntes, si lo sé, contestaré.
EDIPO.- ¿Iba de incógnito, o con una escolta numerosa cual corresponde a un rey?
YOCASTA.- Eran cinco en total. Entre ellos había un heraldo. Sólo un carro conducía a Layo.
4
EDIPO.- ¡Ay, ay! Esto ya está claro. ¿Quién fue el que entonces os anunció las nuevas, mujer?
YOCASTA.- Un PASTOR que llegó tras haberse salvado sólo él.
EDIPO.- ¿Por casualidad se encuentra ahora en palacio?
YOCASTA.- No, por cierto. Cuando llegó de allí y vio que tú regentabas el poder y que Layo estaba muerto, me suplicó,
encarecidamente, cogiéndome la mano, que le enviara a los campos y al pastoreo de rebaños para estar lo más alejado
posible de la ciudad. Yo lo envié, porque, en su calidad de esclavo, era digno de obtener este reconocimiento y aún
mayor.
EDIPO.- ¿Cómo podría llegar junto a nosotros con rapidez?
YOCASTA.- Es posible. Pero ¿por qué lo deseas?
EDIPO.- Temo por mí mismo, oh mujer, haber dicho demasiadas cosas. Por ello, quiero verle.
YOCASTA.- Está bien, vendrá, pero también yo merezco saber lo que te causa desasosiego, señor.
EDIPO.- Mi padre era Pólibo, corintio, y mi madre Mérope, doria. Era considerado yo como el más importante de los
ciudadanos de allí hasta que me sobrevino el siguiente suceso. He aquí que en un banquete, un hombre saturado de
bebida, refiriéndose a mí, dice, en plena embriaguez, que yo era un falso hijo de mi padre. Yo, fui junto a mi padre y
mi madre y les pregunté. Ellos llevaron a mal la injuria de aquel que había dejado escapar estas palabras. Yo me alegré
con su reacción; no obstante, me dirigí a Delfos, y Febo me despidió sin atenderme en aquello por lo que llegué, sino
que se manifestó anunciándome, infortunado de mí, terribles y desgraciadas calamidades: que estaba fijado que yo
tendría que unirme a mi madre y que traería al mundo una descendencia insoportable de ver para los hombres y que
yo sería asesino del padre que me había engendrado. En mi caminar llego a ese lugar en donde tú afirmas que murió
el rey. Cuando en mi viaje estaba cerca de ese triple camino, un heraldo y un hombre, cual tú describes, me salieron
al encuentro. El conductor y el mismo anciano me arrojaron violentamente fuera del camino. Yo, le golpeé movido por
la cólera. Cuando el anciano ve que me aproximo, me golpea con un bastón, me defendí y los maté a todos. Si alguna
conexión hay entre Layo y este extranjero, ¿quién hay en este momento más infortunado que yo, ésta es la única
esperanza que tengo: aguardar al pastor.
YOCASTA.- Y cuando él haya aparecido, ¿qué esperas que suceda?
EDIPO.- Decías que él afirmó que unos ladrones le habían matado. Si aún confirma el mismo número, yo no fui el
asesino, pues no podría ser uno solo igual a muchos. Pero si dice que fue un hombre que viajaba en solitario, está
claro: el delito me es imputable.
Narrador:(ENTRA EN ESCENA UN MENSAJERO.)
MENSAJERO.- Vengo de Corinto. Ojalá te complazca la noticia que te daré a continuación, aunque tal vez te duelas.
YOCASTA.- ¿Qué es? ¿Cómo puede tener ese doble efecto?
MENSAJERO.- Los habitantes de la región del Istmo le van a designar rey, según se ha dicho allí.
YOCASTA.- ¿No está ya el anciano Pólibo en el poder?
MENSAJERO.- No, ya que la muerte se lo llevó.
YOCASTA.- ¿Ha muerto el padre de Edipo?
MENSAJERO.- Que sea merecedor de muerte, si no digo la verdad.
YOCASTA.- Edipo huyó hace tiempo por el temor de matar a su padre y, ahora, él ha muerto por el azar y no a manos
de aquél. ¡Edipo, Edipo!
Narrador:(SALE EDIPO DE PALACIO.)
YOCASTA.- Escucha a este hombre y observa, al oírle, en qué han quedado los respetables oráculos del dios.
EDIPO.- ¿Quién es éste y qué me tiene que comunicar?
YOCASTA.- Viene de Corinto para anunciar que tu padre, Pólibo, no está ya vivo, sino que ha muerto.
5
EDIPO.- ¿Acaso por una emboscada, o como resultado de una enfermedad?
MENSAJERO.- Un pequeño quebranto rinde los cuerpos ancianos.
EDIPO.- A causa de enfermedad murió el desdichado, a lo que parece.
MENSAJERO.- Y por haber vivido largos años.
YOCASTA.- ¿No te lo decía yo desde antes?
EDIPO.- Lo decías, pero siento temor por la que vive.
MENSAJERO.- ¿Cuál es la mujer por la que teméis?
EDIPO.- Por Mérope, con la que vivía Pólibo.
MENSAJERO.- ¿Qué hay en ella que os induzca al temor?
EDIPO.- Sí, por cierto. El oráculo afirmó, hace tiempo, que yo había de unirme con mi propia madre y coger en mis
manos la sangre de mi padre. Por este motivo habito desde hace años muy lejos de Corinto.
MENSAJERO.- ¿Acaso por temor a estas cosas estabas desterrado de allí?
EDIPO.- Por el deseo de no ser asesino de mi padre.
MENSAJERO.- ¿No sabes que, con razón, nada debes temer?
EDIPO.- ¿Cómo no, si soy hijo de esos padres?
MENSAJERO.- Porque Pólibo nada tenía que ver con tu linaje.
EDIPO.- ¿Cómo dices? ¿Que no me engendró Pólibo? Entonces, ¿en virtud de qué me llamaba hijo?
MENSAJERO.- Por haberte recibido como un regalo. Te encontré en los desfiladeros del Citerón.
EDIPO.- ¿Por qué recorrías esos lugares?
MENSAJERO.- Allí estaba al cuidado de pequeños rebaños. Y así fui tu salvador en aquel momento.
EDIPO.- ¿Y de qué mal estaba aquejado cuando me tomaste en tus manos?
MENSAJERO.- Las articulaciones de tus pies te lo pueden testimoniar.
EDIPO.- ¡Ay de mí! ¿A qué antigua desgracia te refieres con esto?
MENSAJERO.- Yo te desaté, pues tenías perforados los tobillos.
EDIPO.- ¡Oh, por los dioses! ¿De parte de mi madre o de mi padre la recibí?
MENSAJERO.- No lo sé. El que te entregó a mí conoce esto mejor que yo.
EDIPO.- Entonces, ¿me recibiste de otro y no me encontraste por ti mismo?
MENSAJERO.- No, sino que otro pastor me hizo entrega de ti.
EDIPO.- ¿Quién es? ¿Sabes darme su nombre?
MENSAJERO.- Por lo visto era conocido como uno de los PASTORes de Layo.
EDIPO.- ¿Del rey que hubo, en otro tiempo, en esta tierra?
MENSAJERO.- Sí, de ese hombre era él pastor.
EDIPO.- ¿Está aún vivo ese tal como para poder verme?
6
YOCASTA.- ¿Y qué nos va lo que dijo acerca de un cualquiera? No hagas ningún caso, no quieras recordar inútilmente
lo que ha dicho.
EDIPO.- Sería imposible que con tales indicios no descubriera yo mi origen.
YOCASTA.- ¡No, por los dioses! Si en algo te preocupa tu propia vida, no lo investigues. Es bastante que yo esté
angustiada.
EDIPO.- ¿Alguien me traerá aquí al pastor? Dejad a ésta que se complazca en su poderoso linaje.
YOCASTA.- ¡Ah, ah, desdichado, pues sólo eso te puedo llamar y ninguna otra cosa ya nunca en adelante!
Narrador:(YOCASTA, VISIBLEMENTE ALTERADA, ENTRA AL PALACIO.)
(ENTRA EL ANCIANO PASTOR )
EDIPO.- A ti te pregunto en primer lugar, al extranjero corintio: ¿es de ése de quien hablabas?
MENSAJERO.- De éste que contemplas.
EDIPO.- Eh, tú, anciano, acércate y, mirándome, contesta a cuanto te pregunte. ¿Perteneciste, en otro tiempo, al
servicio de Layo?
PASTOR.- Sí, como esclavo no comprado, sino criado en la casa.
EDIPO.- ¿En qué clase de trabajo te ocupabas o en qué tipo de vida?
PASTOR.- La mayor parte de mi vida conduje rebaños.
EDIPO.- ¿Eres consciente de haber conocido allí a este hombre en alguna parte?
MENSAJERO.- Dime, ahora, ¿recuerdas que entonces me diste un niño para que yo lo criara como un retoño mío?
PASTOR.- ¿Qué ocurre?
MENSAJERO.- Éste es, querido amigo, el que entonces era un niño.
EDIPO.- ¿Le entregaste al niño por el que pregunta?
PASTOR.- Lo hice y ¡ojalá hubiera muerto ese día!
EDIPO.- ¿De dónde lo habías tomado? ¿Era de tu familia o de algún otro?
PASTOR.- Mío no. Lo recibí de uno.
EDIPO.- ¿De cuál de estos ciudadanos y de qué casa?
PASTOR.- Pues bien, era uno de los vástagos de la casa de Layo.
EDIPO.- ¿Un esclavo, o uno que pertenecía a su linaje?
PASTOR.- Era tenido por hijo de aquél. Pero la que está dentro, tu mujer, es la que mejor podría decir cómo fue.
EDIPO.- ¿Ella te lo entregó?
PASTOR.- Sí, en efecto, señor.
EDIPO.- ¿Con qué fin?
PASTOR.- Para que lo matara.
EDIPO.- ¿Habiéndolo engendrado ella, desdichada?
PASTOR.- Por temor a funestos oráculos.
EDIPO.- ¿A cuáles?
7
PASTOR - Se decía que él mataría a sus padres.
EDIPO.- Y ¿cómo, en ese caso, tú lo entregaste a este anciano?
PASTOR.- Por compasión, oh señor, pensando que se lo llevaría a otra tierra de donde él era. Y éste lo salvó para los
peores males. Pues si eres tú, en verdad, quien él asegura, sábete que has nacido con funesto destino.
EDIPO.- ¡Ay, ay! Todo se cumple con certeza. ¡Oh luz del día, que te vea ahora por última vez! ¡Yo que he resultado
nacido de los que no debía, teniendo relaciones con los que no podía y habiendo dado muerte a quienes no tenía que
hacerlo!
Narrador: (ENTRA EN PALACIO.)
(LUEGO DE UNOS SEGUNDOS,SALE UNA SIRVIENTA DEL PALACIO.) Y dijo: Ha muerto la noble Yocasta.
Se preguntan: ¡Oh desventurada! ¿Por qué causa?
La sirvienta responde: Ella, por sí misma. Al descubrirse que se había casado con su propio hijo se encerró en su
cuarto y se ahorcó. Edipo, dando gritos, se precipitó en él, cuando la ve, el infeliz, lanzando un espantoso alarido, afloja
el nudo corredizo que la sostenía. Una vez que estuvo tendida, en tierra, fue terrible de ver lo que siguió: arrancó los
dorados broches de su vestido con los que se adornaba y, alzándolos, se golpeó con ellos las cuencas de los ojos,
una y otra vez. Las pupilas ensangrentadas teñían las mejillas y no destilaban gotas chorreantes de sangre, sino que
todo se mojaba con una negra lluvia y granizada de sangre. Esto estalló por culpa de los dos, no de uno sólo, pero las
desgracias están mezcladas para el hombre y la mujer.
(SE ABREN LAS PUERTAS DEL PALACIO Y APARECE EDIPO CON LA CARA ENSANGRENTADA, ANDANDO A
TIENTAS.)
EDIPO.- ¡Ah, ah, desgraciado de mí! ¿A qué tierra seré arrastrado, infeliz? ¿Adónde se me irá volando, en un arrebato,
mi voz? ¡Ay, destino! ¡Adónde te has marchado?
(ENTRA CREONTE.)
CREONTE.- No he venido a burlarme, Edipo, ni a echarte en cara ninguno de los ultrajes. Antes bien, tan pronto como
sea posible, metedle en casa; porque lo más piadoso es que las deshonras familiares sólo las vean y escuchen los
que forman la familia.
EDIPO.- ¡Por los dioses!, ya que me has liberado de mi presentimiento al haber llegado con el mejor ánimo junto a mí,
que soy el peor de los hombres. Arrójame enseguida de esta tierra, donde no pueda ser abordado por ninguno de los
mortales.
CREONTE.- Hubiera hecho esto, sábelo bien, si no deseara, lo primero de todo, aprender del dios qué hay que hacer.
EDIPO.- Pero la respuesta de aquél quedó bien evidente: que yo perezca, el parricida, el impío.
CREONTE.- De este modo fue dicho; pero, sin embargo, en la necesidad en que nos encontramos es más conveniente
saber qué debemos hacer.
EDIPO.- ¿Sabes bajo qué condiciones me iré?
CREONTE.- Me lo dirás y, al oírlas, me enteraré.
EDIPO.- Que me envíes desterrado del país.
CREONTE.- ¡Oh habitantes de Tebas, mirad: he aquí a Edipo, el que solucionó los famosos enigmas y fue hombre
poderosísimo; aquel al que los ciudadanos miraban con envidia por su destino! ¡En qué cúmulo de terribles desgracias
ha venido a parar! De modo que ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en el último día, hasta
que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso.
TELON