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Reflexiones sobre Dios y la fe

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Dios, dulce hogar.

50 años de búsqueda
En Francisco RODRÍGUEZ VALS y Juan José PADIAL (eds.), Ciencia y Filosofía.
Estudios en homenaje a Juan Arana. Sevilla 2021. Ed. Estudios Themata. Vol. I, pp.
137-146.
Javier Luzón Peña
Licenciado en Filosofía y Letras
Doctor en Teología

Poco tiempo antes de que se cerrará la edición de este libro homenaje al Profesor Juan
Arana, cayó en mis manos su último trabajo, Teología para incrédulos (BAC Popular,
Madrid 2020), un escrito que he disfrutado durante mis vacaciones, como ya me había
sucedido con otras publicaciones de este compañero de carrera y amigo, en esa época
del año que acostumbro a reservar para los libros que preveo que me merecen un
espacio de serenidad.

Ambos dimos nuestros primeros pasos universitarios en la Universidad Complutense de


Madrid, en los tiempos subsiguientes a la revolución del mayo francés de 1968: él en la
Escuela Superior de Caminos y yo en la Facultad de Filosofía y Letras. En 1970 dejé
Madrid, donde habíamos tenido unos 4 meses de clases y 5 de alborotos, y me trasladé a
la Universidad de Navarra donde coincidí con Juan y fuimos compañeros, primero
como alumnos de la Sección de Filosofía y posteriormente como profesores ayudantes
de esa misma Sección.

Durante unos pocos años nos separamos porque él se trasladó a la Universidad Sevilla
con el Profesor Arellano y a mí me alcanzó la vocación al sacerdocio. De 1980 a 1991
volvimos a coincidir porque, ya sacerdote, fui destinado a Sevilla y retomamos nuestros
contactos: con él y con Marita, su esposa, a quien ya me había presentado en Pamplona.
A partir de 1991, en que dejé Sevilla, nuestros encuentros han sido ya esporádicos,
aunque constantes.

1. Un testimonio muy personal

Cuento estos detalles para que se entienda mejor el interés que me ha suscitado
Teología para incrédulos, en cuanto que se trata de un escrito eminentemente
testimonial en que este amigo, con quien tantas veces había tratado a fondo temas
trascendentes, desvela explícitamente el proceso interior que ha subyacido a tantas
publicaciones suyas en las que, como filósofo de raza que es, ha encarado de frente las
resonancias sapienciales que brotan de la consideración filosófica de las ciencias.

El conocido teólogo Olegario González de Cardedal, que prologa el libro, destaca el


interés de este trabajo por los recursos que ofrece a los creyentes interesados en dialogar
con la increencia ambiental a que ha llegado la sociedad post cristiana: por el tono, la
forma testimonial, su estilo cercano y su forma de argumentar ante quienes no aceptan
la revelación divina.

«En este libro —resume González de Cardedal—, ¿quién habla? Un filósofo.


¿De qué se propone hablar? De Dios, de su relación con el hombre y de la
relación, posible o imposible, del hombre con Él. ¿Y a quién se dirige? A
quienes no creen en Dios, o creen no poder creer o queriendo creer no
encuentran el camino para llegar a una fe fundada, serena y gozosa» (p. 11).

No realiza el profesor Arana un discurso de teología sobrenatural, que parta de la


revelación divina y la explique; sino un desarrollo de teología natural, que analiza los
destellos trascendentes de las realidades creadas: algo que aparece constantemente en
sus escritos, en los que son habituales las consideraciones sapienciales que se
desprenden del estudio de las leyes físicas, de la mente humana o de la libertad
personal.

En toda realidad creatural brillan los trascendentales del ser, que remiten a Dios.
Cuestión distinta es que nuestra inteligencia espiritual esté ofuscada y no seamos
capaces de descubrirlos. Pero la dependencia trascendental de lo creado respecto de su
Creador empuja a mirar hacia Éste, máxime cuando la observación del cosmos se
aborda desde el nivel científico y se van conociendo más profundamente las maravillas
insertas en la creación. Por eso no resulta extraño que hayan sabido captar esa
dimensión trascendente, por ejemplo, científicos de la talla de los Premios Nobel de
Física William D. Philips, Carlo Rubbia, Arno A. Penzias, Arthur H. Compton, Arthur
L. Schawlow, Max Planck, Albert Einstein o Werner K, Heisemberg.

Pero es que, además, un filósofo de las ciencias tiene como misión centrarse en esa
consideración filosófica, esto es, sapiencial, de los avances científicos. Y así, ha sido
constante en la tradición europea que los grandes pensadores hayan realizado
abundantes aportaciones en filosofía y en teología: natural y sobrenatural. ¿Cómo se le
va negar teologizar a ningún ser que ha sido creado para Dios y mucho menos si es
existencialmente un pensador?

Por eso, el Profesor Arana, que, significativamente, dedicó su discurso de entrada —


como miembro de Número de la Real Academia de las Ciencias Morales— al proceso
histórico de separación entre ciencia y filosofía, no ha esquivado esta misión ineludible
para un auténtico filósofo de las ciencias.

Por contra, a la inversa de ese proceso de separación entre ciencia y filosofía, sus obras
están plagadas de referencias a las más importantes cuestiones meta-físicas que se
debaten en el mundo de los científicos: la fragilidad del relativismo, la disyuntiva entre
apariencia y verdad, los orígenes ilustrados del artificial conflicto entre fe y razón, el
panteísmo del pensamiento del siglo XX, o los límites de la comprensión naturalista de
la mente y de la interpretación mecanicista del cosmos.

Y ahora, al abrirnos su interioridad en Teología para incrédulos, Juan Arana nos ha


desvelado el debate interior que ha mantenido durante cincuenta años, que explica su
concentración intelectual en los susodichos temas y que le ha conducido finalmente al
encuentro con Dios.

Así, Teología para incrédulos se suma a los no pocos testimonios de quienes se han
encontrado con Dios después de haberlo buscado afanosamente. Es eminentemente un
relato repleto de fino humor y respetuosa ironía, en el que dialoga con rigor filosófico
con la ciencia y la cultura contemporánea, y desvela retazos de su trayectoria hacía
Dios, ofreciendo iluminar desde ella la de quienes puedan haberse encontrado en
encrucijadas semejantes.
2. La degeneración del 68

Juan nació en 1950 en el seno de una familia navarra no separatista y de larga tradición
liberal. Ni la etapa de escrúpulos religiosos —que padeció en su niñez y que superó
gracias a la comprensión y cercanía de su padre—, ni los castigos o los métodos
nacionalcatolicistas que se usaban en su colegio de curas, hicieron mella negativamente
en su sensibilidad religiosa, convirtiéndose en un joven a quien le fascinaba la idea del
primer Teilhard de Chardin, de divinizar las actividades y pasividades.

Pero Juan Arana pertenece a esa generación a la que nos tocó vivir lo que suelo llamar
la degeneración del 68. Su padre le había animado a hacer Caminos, para lo que se
había trasladado a Madrid, cuya universidad se encontraba en la convulsión más
virulenta. Se alojó en el Colegio Mayor de los dominicos quienes, dentro de esa Iglesia
en caída libre del post concilio, se tambaleaban en su fe. Y respiró en ese ambiente del
marxismo agresivo de Marcuse, que imperaba en los ámbitos universitarios.

Desmotivado con los estudios de ingeniería y afectado por la intensa crisis de creencias
en general, y religiosas en particular, del Occidente de la década de los 60, Arana decide
dejar Madrid y volver a Navarra para comenzar en Pamplona los estudios de Filosofía y
Letras, que respondían mejor a sus inquietudes interiores.

Siguiendo los presupuestos cartesianos que han configurados la modernidad, el


incipiente filósofo decide renunciar a todo lo que pensaba que podría quitarle
objetividad de juicio. Y así se mantuvo durante 40 años: cosa que ahora reconoce que
no fue lo adecuado, aunque hoy le permita asegurar que las creencias recuperadas desde
la increencia han sido probadas muy a conciencia.

No obstante, su postura en esta materia no ha sido antirreligiosa. Como puede advertirse


en los capítulos en que se refiere a los defectos de la institución eclesial, su actitud ante
lo religioso y lo católico carece de toda acritud. Y es que, a pesar de haber leído todos
los libros de ateos, herejes y descreídos que encontró, sus raíces familiares, la compañía
de su esposa e hija —creyentes—, y el no haberle faltado la cercanía de colegas y
amigos con fe, le llevaron a no tener problemas para mantenerse abierto al encuentro
con Dios, como afortunadamente ha acabado sucediéndole hace año y medio.

De hecho, el Profesor Arana no ha tenido nunca problema en participar y apoyar con su


presencia en ciclos de conferencias u otros proyectos culturales promovidos por
católicos. Y su postura en sus libros ha sido más la del creyente que la del contrario a la
fe.

En este sentido, no me resisto a contar una anécdota que me parece muy significativa a
este respecto. No me es difícil determinar el momento, porque sucedió el día en que el
Excmo. Sr. D. Juan Arana Cañedo-Argüelles fue recibido como Académico de Número
en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Aquel martes primaveral, 5 de
mayo de 2015, al llegar un rato antes del acto a la preciosa plaza de la Villa de Madrid,
en que está situada la Academia, me acerqué a saludar a mi amigo quien, después de
corresponder a mi saludo, me dijo que quería presentarme a la persona que estaba con él
en ese momento, porque deseaba conocerme.
Cuando, al acabar el acto, pregunté a esta persona qué se le ofrecía, este señor me
explicó que pertenecía a una familia de arraigada tradición antirreligiosa; y que él, por
haber sido criado en el más estricto ateísmo, no tenía fe, ya que nunca se había
encontrado con Dios. Pero —y aquí viene lo interesante— que él no sólo no se sentía
anticatólico sino que era muy respetuoso con lo religioso porque, desde que había
conocido a mi amigo Juan —a quien consideraba la persona más inteligente con que
había tratado en su vida, y que se declaraba creyente—, estaba convencido que la
religión no podía ser nada irracional, a pesar de lo que contrariamente le habían
inculcado desde pequeño.

Subrayo que este suceso aconteció tres años antes de que Juan Arana se encontrara con
Dios, y todas sus ideas sapienciales acabaran de ajustarse. Por todo ello pienso que esa
persistencia en proseguir la búsqueda, su apertura a la verdad de lo intramundano y de
lo trascendente, y su honestidad personal y profesional han sido el ancla que lo han
mantenido, con sus más y sus menos, en las tempestades de esa peregrinación espiritual
que por gracia de Dios ha culminado en la experiencia religiosa que él cuenta que ha
tenido hace año y medio, y que lo ha vuelto religioso precisamente en una época en que
la religión no está muy de moda.

3. Los debates

Detengámonos ahora en los temas a los que el profesor Arana dedica los veinte
capítulos de su libro. Ante todo, me gustaría destacar el tono respetuoso y suave con que
desbroza los temas debatidos. Él mismo reconoce que quizá alguno habría deseado más
contundencia en la argumentación, o que se hubiera centrado más en lo volitivo que en
lo intelectual. Pero ése no ha sido su proceso interior, que se ha movido más en la
cabeza que en el corazón, y que le parece también válido en cuanto a él le ha abierto a la
revelación divina.

El autor advierte que lo que pretende es compartir su experiencia personalísima, por si


pudiera ayudar a alguien decepcionado de la Iglesia, o que la combate, o que, sin
conocerla, ha empezado a interesarse por ella al encontrarse con algún cristiano
ejemplar. Y por tanto lo hace con esa comprensión hacia los que se cuestionan los
postulados de la fe, del que ha pasado por esas mismas dificultades.

Me ha recordado la diferencia entre las charlas que daba Clive Staples Lewis sobre El
sentido del dolor, y el tono, tan diferente, que adoptó cuando en Una pena en
observación describe el sufrimiento que sintió él cuando el dolor llamó a su puerta con
ocasión de la muerte de la mujer que amaba en su madurez.

Juan Arana va a tratar unos temas, que suelen ser dificultosos para quienes cuestionan la
fe y que él ha llegado a superar, porque entiende que su experiencia personal puede
ayudar a otros. Y al hacerlo, nos ofrece un tesoro de teología natural, tratado desde la
experiencia y desde la amplia cultura filosófico-científica que caracteriza a mi amigo.
La existencia de Dios

En su respuesta a la carta de un alumno, el Profesor Arana le explica que, desde el


descalabro del 68, ha estado buscando a Dios —hasta encontrarlo hace poco y con él a
sí mismo-, al darse cuenta de que el universo es demasiado grande y bien hecho como
para que haya surgido al azar. Y le va aportando los datos que, desde su trabajo de
filósofo de las ciencias, le han ayudado a reconocer esa existencia.

A Arana no le convence lo del Kant pre-crítico en El único argumento para demostrar


la existencia de Dios. Los argumentos tienen que ser múltiples, como irrepetibles son
las personas, porque no se trata de un asunto que dependa sólo de lo meramente
racional. Concretamente, en su caso, lo que más le convence es lo que él llama el
“argumento de la deportividad”: puesto que Dios está sobre todo y detrás de todo, lo
necesitamos y podemos conectar con Él; mientras que, sin Dios, quedamos abocados a
vivir la vida a cara de perro.

Y, puesto que lo necesitamos, Dios tiene que habernos enviado señales adaptadas a
nuestro modo de ser y conocer, para que podamos encontrarlo. Y en el momento en que
se busca con honestidad cuándo y dónde se han producido esas señales, no es difícil
reconocer que, como exclamó Simón Pedro, el pescador de Galilea, sólo Cristo tiene
palabras de vida eterna.

Al referirse a esas señales, el autor menciona las señales colectivas, como la existencia
de los milagros, cuya eficacia apologética suele depender de la situación interior de los
que los presencian: según me confiaba una vez una persona que me preguntó si yo,
como exorcista, podía rezar por él, que era ateo, porque se sentía atacado por los
demonios: “Yo no creo en Dios, aunque no niego que pueda existir —me decía—,
porque no me lo he encontrado; pero sí creo en los demonios, porque me atacan
frecuentemente”.

También menciona Arana la existencia de experiencias personales, que abren a lo


religioso: como una vivencia espiritual especial que tuvo en una ocasión por la noche; y,
sobre todo, la que hace año y medio, después de 48 años de búsqueda, ha disipado sus
dudas sobre Dios y sobre sí mismo.

Y es que, como subrayó Romano Guardini en La esencia del cristianismo, ser cristiano
no es un conjunto de dogmas, por más que no se pueda serlo sin aceptarlos; ni un
conjunto de ritos sacramentales, si bien no podemos ser cristianos sin actuar la fe en los
sacramentos; ni un conjunto de normas morales, aunque no se pueda ser cristiano sin
procurar vivir la moral evangélica: ser cristiano es principalmente un encuentro personal
con Jesucristo.

Así lo recordaba Benedicto XVI en el primer párrafo de su encíclica Deus Caritas est:

“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida
y, con ello, una orientación decisiva”.
Las objeciones

A pesar de que las cualidades de las criaturas remiten a su Creador, al corazón humano
le asalta la sombra de la sospecha y de la duda cuando se topa con ciertas dificultades.

1ª-. La primera es la credibilidad de nuestra capacidad intelectual, cuestionada desde la


modernidad por las distintas formas de subjetivismo: los empirismos, los
positivismos, los agnosticismos y los relativismos. Ante ello, el profesor Arana va
poniendo en evidencia las contradicciones y la arrogancia de los relativistas: de esos
fundamentalistas del relativismo, que tachan de dogmáticos a los que no lo son, y
rechazan lo que denominan falsas certezas, sin justificar por qué están tan seguros de
que todas las certezas son falsas.

2ª-. El segundo escollo que hay que superar en el camino hacia Dios es el que surge ante
la existencia del mal. Es la cuestión que muchos se hacen por atribuir su origen a Dios
y no al mal uso de la libertad humana: “Desde que murió mi hija, sé que no hay nada”,
le decía a Juan un conocido ante la tragedia que había sufrido con el accidente de su hija
pequeña. El silogismo era evidente: Dios no puede estar en su origen; luego si existe el
mal, no existe Dios.

Siguiendo distintas explicaciones, Arana va mostrando, desde la perspectiva de la


teología natural, la relatividad de lo que consideramos males. Una cuestión que se va
destacando especialmente en la etapa de la ancianidad y que favorece priorizar lo
imprescindible: como subraya el libro del Qóhelet, al afirmar que lo decisivo no es la
salud o la enfermedad, los éxitos o los fracasos, la prosperidad o la adversidad, sino
vivir honestamente cada una de esas situaciones.

Respecto de las confrontaciones que se producen en el mundo natural, el filósofo de las


ciencias hace ver que tienen un sentido consideradas globalmente, como, por ejemplo,
señala Darwin al afirmar que el mal es un mecanismo necesario para la selección
natural.

Asuntos más sensibles son el sufrimiento ante el dolor de los seres queridos, o las
angustias y ansiedades provocadas por la enfermedad mental. Ahí el profesor comparte
sus experiencias con la gente, haciendo notar que salvo excepciones, en esos casos la
religión no es fuente de problemas sino apoyo para solucionarlos. Como él dice, muchas
de estos problemas, ¿no se curarían mejor con más Dios y menos prozac? Pues, "si Dios
no fuera Padre, lo único verdaderamente sensato —sentencia Arana— sería volverse
loco de remate".

Pero este tipo de explicaciones no acaban de resolver la pregunta de cómo se


compadece la existencia de un Dios Todopoderoso y Bueno con el mal, ni constituyen
un verdadero consuelo para el que lo padece. Sería preciso explicar por qué Dios
permite el mal uso de la libertad, que es el origen del único verdadero mal, que consiste
en apartarse de Dios; y cómo Éste nos ha enviado a su Hijo para acompañarnos en el
sufrimiento y alcanzarnos el Don del Espíritu Santo, que nos libera, nos sostiene y nos
sana. Pero ahí entraríamos en el ámbito de la Revelación y ése no es el plano en que se
desenvuelve este trabajo.
3ª-. La tercera objeción es el escándalo de esa Iglesia que los cristianos aseguramos
que el Enviado del Padre instituyó como instrumento que perpetuara su acción salvífica
entre los hombres: si Dios existe y ha fundado su Iglesia, ¿cómo se explican las
abominaciones que se han dado en su seno, los malos ejemplos de sus pastores y las
incoherencias de sus miembros?

Desde una perspectiva de teología sobrenatural habría que responder que ninguno de
esos escándalos deben minar la fe divina porque ésta es teologal: sólo creemos en Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su santa Iglesia, que no es la institución formada por
hombres —“maldito el hombre que pone su confianza en el hombre”, dice Jeremías-,
sino en lo que Dios hace en nosotros a través de su Palabra, los Sacramentos y la
Comunión eclesial.

Pero el autor de Teología para incrédulos se mueve en el plano de la teología natural y


por tanto recurre a sus experiencias para venir a concluir de forma muy semejante. Los
crímenes que se han producido en la Iglesia, con los que algunos pretenden justificar
que la religión es prescindible y la iglesia un lugar poco recomendable, proceden unas
veces de la fragilidad de sus miembros, que son tan humanos como todos los humanos,
y otras de la traición de algunos. También en el grupo de los Apóstoles escogidos por
Cristo no faltaron las debilidades, como tampoco faltó un traidor.

No debemos rasgarnos farisaicamente las vestiduras porque además del trigo haya
cizaña en la Iglesia. Y a los que rezumando resentimiento sólo se fijan en la cizaña, Juan
Arana, que ha pasado su vida en ambientes hostiles a la fe, les replica que ha llegado a
la conclusión de que vivir la fe sana y honradamente mejora bastante a las personas. Así
lo expresaba en 1957 el alemán Heinrich Böll, quien, a pesar de que abandonaría la
Iglesia católica años después, escribía no obstante:

“Prefiero el peor de los mundos cristianos al mejor mundo pagano. En un mundo


cristiano hay sitio para los que se verían desplazados en cualquier mundo pagano:
lisiados y enfermos, viejos y débiles. Los que el mundo pagano considera inútiles y sin
valor encuentran en el mundo cristiano algo más que espacio físico: experimentan amor.
Recomiendo a mis contemporáneos que intenten imaginar cómo sería un mundo sin
Cristo”.

Por supuesto que hay religiones peligrosas y gente que toma el nombre de Dios en vano,
invocando la religión verdadera para justificar sus fanatismos. Y por supuesto que la
Iglesia está formada por hombres pecadores. Pero los que sólo se fijan en sus fallos, ni
quieren entender que la Iglesia es la agrupación de los que vienen a ella porque se saben
pecadores y quieren superarlo, ni son capaces de aceptar que —como explicó Benedicto
XVI a la intelectualidad mundial en el Colegio de los Bernardinos de París, el 12 de
septiembre de 2008—, los grandes logros de los que se enorgullece la civilización
occidental (la democracia, las universidades, la investigación científica, los hospitales,
la seguridad social, etc.) tienen su matriz en los monasterios y conventos.

Según anticipó Jesucristo a sus discípulos, los que lo siguieran tendrían que sufrir
persecuciones, como siempre ha sucedido a los que han procurado vivir la fe con
autenticidad. Pero otras veces el rechazo a los católicos procede de sus incongruencias
que, en gran medida se han producido cuando, al convertirse en religión estatal, la
Iglesia empezó a admitir al bautismo sin filtro alguno y a ordenar ministros indignos.
Especial aversión ha suscitado el clericalismo. Arana, que reconoce que es el tema que
le ha costado más trata en este libro, en parte lo justifica benévolamente como
compensación al absentismo de los laicos, sin preguntarse por qué esos laicos cayeron
en la tibieza cuando al estatalizarse la Iglesia, apareció la figura del cristiano
sociológico y su jerarquía se convirtió en una instancia de poder cada vez con mayores
adherencias mundanas.

No obstante, a pesar de su benevolencia, el autor también señala cómo, sin explicación


natural, se ha mantenido la fe del rebaño mientras se producían las dudas de sus
pastores. Y eso hasta el punto de recoger la dura pero realista afirmación de Gómez
Dávila: "Mientras el clero no haya terminado de apostatar, va a ser difícil convertirse".

Y es que, como decía Charles Péguy en su Ética sin compromiso, “no hay malos
tiempos. Hay malos clérigos. Todos los tiempos pertenecen a Dios, pero
desgraciadamente no todos los clérigos le pertenecen… No es un secreto para nadie, y
en las escuelas no se puede esconder, tal vez sólo en los seminarios, que la
descristianización vino por culpa del clero. No viene de los laicos, viene del clero”.

El nudo gordiano: entender la libertad

En el fondo, la clave para resolver esos tres reproches que la modernidad ha lanzado
contra la visión cristiana de la vida es entender y asumir nuestra libertad.

En efecto, el que niega la capacidad del ser creado a imagen y semejanza de Dios, para
comunicarse con Él, es porque ha escogido libremente cerrarse a la dependencia del Ser
trascendente y vivir como si fuera Dios. Por su parte, el que niega que pueda existir un
Dios que permite el mal, es porque lo culpa de lo que sólo es responsable la criatura
personal. Y, asimismo, el que se escandaliza porque en la Iglesia haya cizaña, es porque
no ha evitado mirarse al espejo para no reconocer su propio pecado.

Como cuenta Juan Arana, cuando éramos jóvenes estuvo de moda un libro del
freudomarxista de origen judío-alemán, Erich Fromm, que ostentaba el sugerente título
de El miedo a la libertad, en que especula sobre ésta desde su experiencia clínica con
sus pacientes. Con independencia de las ideas de Fromm sobre la libertad humana,
puede afirmarse que nos cuesta reconocerla porque nos resistimos a asumirla.

La libertad es la consecuencia de la espiritualidad de nuestra alma que, al no estar


atrapada por el instinto con que los seres corruptibles luchan contra la muerte, puede
actuar o no actuar, y actuar de una manera o de otra. Y, de esta forma, el ser libre puede
ser un yo, puede sentirse el origen de sus actos porque ha podido interiorizar los dones
recibidos.

Dios ha querido crear criaturas personales que puedan ser dueñas de su destino. Pero,
claro, si la libertad de nuestro ser personal es el centro de nuestra dignidad —que nos
hace interlocutores de Dios y llamados a la comunión temporal y eterna con Él—, su
mal uso nos expone a graves consecuencias.

De ahí que mucha gente no quiera libertad, porque tiene miedo a ejercerla, porque no
quiere responsabilidades, ni rendir cuentas a Dios, ni el caos que surge de su mal uso. Y
por eso también, los ateos son deterministas: necesitan serlo para eludir la posibilidad
de las penas del infierno y son partidarios de prohibirla. Prefieren programación y viven
aquejados del síndrome de Peter Pan. Niegan la Biblia por miedo a la eternidad y al
infierno y prefieren la reencarnación para no tener que rendir cuentas de los propios
actos.

Esto explica la pertinacia de la cultura contemporánea en negar todo atisbo de libertad,


así como de espiritualidad, que es el origen de aquella. Y por eso me parecen tan
oportunas las consideraciones de este filósofo de las ciencias que, analizando los
postulados de los científicos cerrados al espíritu, va mostrando, de una parte, que en el
cosmos y mundo natural hay una versatilidad e indeterminación que los hacen
adaptables a que existan seres libres; y, de otra, va demostrando que la versión
evolucionista no explica la libertad, sino que, por el contrario, que ésta exista presupone
un plus divino que trasciende al orbe natural: cuestiones éstas que el autor ha tratado
exhaustivamente en varias de sus obras.

Me parece urgente explicar adecuadamente la libertad y la espiritualidad humanas.


Desde que en la carrera estudié las diversas modalidades materialistas de los pensadores
de la modernidad, siempre he pensado que la asignatura pendiente de la tradición
filosófica cristiana es realizar una adecuada fenomenología del espíritu.

En efecto, si Hume o Comte pudieron negar la existencia del espíritu, fue porque la
escolástica lo había basado erróneamente en la racionalidad, y, al mostrar ellos que ésta
es una propiedad que también poseen los animales —aunque sea en un grado muy
inferior y con una forma no universal o científica de ejercerla—, entró en crisis la idea
de la espiritualidad del alma humana.

Igualmente, dejándose llevar por esa errónea concepción de lo espiritual, la


Fenomenología del espíritu de Hegel no explica el software del espíritu, sino las
confrontaciones del mundo material y, en todo caso, el funcionamiento de los espíritus
que se materializan por el egoísmo. La dialéctica sujeto-objeto sólo existe en el ámbito
de la inteligencia y la afectividad corpóreas que, al ser mortales, están dominadas por el
instinto de supervivencia, y objetivan la realidad circundante en orden a su utilización.

En cambio, un espíritu no contaminado, al sentirse inmortal, es capaz de trascender la


barrera de su egoísmo y mirar desinteresadamente a los demás, sin objetivarlos o
cosificarlos, sino tratándolos como sujetos capaces de ampliar y enriquecer la propia
subjetividad. El espíritu no percibe objetivando, sino amando desinteresadamente,
entrando en la subjetividad del otro, al que valora por sí mismo.

Por eso me alegra tanto que al final de estos cincuenta años de afanosa búsqueda, a mi
amigo Juan Arana se le haya concedido entrar en esa comunión interpersonal con Dios,
que es el fin para el que hemos sido creados.

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