Historias Edificantes de Mujeres de Fe (Por Unity)
Historias Edificantes de Mujeres de Fe (Por Unity)
edificantes de
mujeres de
fe
©2007 por Unity®
Citas bíblicas: Santa Biblia, Reina-Valera 1995, edición de estudio,
a menos que se indique de otro modo.
Introducción
¿Puedes recordar un momento en el cual enfren-
tabas un reto, y luego, de repente, en ti renació la espe-
ranza? Quizás fue gracias a una carta o una conversación
en la cual alguien compartió la creencia de que podrías
lograr cosas maravillosas al permitir que el poder del
Espíritu se expresara por medio de ti. Y esa persona tenía
razón.
Al acoger las opiniones, la esperanza y fe de otras
personas, nos salva de nuestras tendencias de poner limi-
taciones en lo que es posible. Otros seres queridos nos
ayudan a visualizar los resultados positivos que quizás no
pudiéramos ver en medio de un cambio o transformación.
Somos inspirados al leer historias edificantes de
personas que han triunfado sobre la adversidad. En las
páginas siguientes tenemos la oportunidad de leer cómo la
fe en Dios trajo revelaciones de curación, gozo, prosperi-
dad y éxito en las vidas de nueve personas.
Éstos son relatos de mujeres. Sin embargo, hablan
de una verdad que es universal gracias a que todos somos
creaciones de Dios. Al vivir honrando la verdad de quienes
somos como creaciones de Dios, expresamos la maravilla
del poder divino en nosotros en nuestra vida diaria y en
circunstancias extraordinarias.
Las editoras de La Palabra Diaria
Índice
Una luz
propia
por Déborah Santana
yendo del racismo y buscando libertad para venerar a Dios.
Ellos construyeron la iglesia “Christ Holy Sanctified” en el
pequeño pueblo de Oroville en California. Mi padre y sus
hermanos tocaban banjo y guitarra, cantando en las esqui-
nas para invitar a la gente a ir a la iglesia. Los himnos reli-
giosos siempre me hacen recordar la dulzura de mi niñez
que se caracterizaba por largos servicios dominicales, pan-
deretas y los sermones de mi tío sobre humildad ante Dios.
Cuando tenía dieciocho años, me fui de mi casa
para asistir a una universidad en Los Ángeles. Pude evitar
todas las tentaciones de los años sesenta y no consumí
drogas ni alcohol. Mis aspiraciones no eran diferentes a
las que recibí en mi crianza. Conocí a un hombre que no
andaba en la senda de Dios, y él me presionó para que pro-
bara ciertas cosas de las cuales me había abstenido durante
mi adolescencia.
Después de haber enfrentado situaciones en las que
pude perder la vida, regresé a mi hogar, a mis raíces espiri-
tuales. Encontré un trabajo y conseguí de nuevo mi cami-
no. Conocí a Carlos Santana detrás del escenario durante
un concierto. Yo sabía que su banda había sido un éxito en
Woodstock y que Carlos era un guitarrista famoso. Cuando
nuestras miradas se cruzaron, sentí algo en mi corazón y
Carlos también lo sintió. Él tocaba esa noche con la banda
“Tower of Power” y no tuvimos oportunidad de hablar
hasta unos meses después. La banda de Carlos se había
desintegrado y él ayunaba y oraba para conseguir un maes-
tro espiritual. Desde dos puntos diferentes, convergimos
en un sitio donde ambos buscábamos de nuevo a Dios con
mucha sinceridad y pureza de espíritu.
La búsqueda espiritual de Carlos me inspiró, lleván-
dome de nuevo a los brazos de Dios y atrayendo a Carlos
hacia mí. Comenzamos a meditar temprano en la mañana.
Escuché a mi corazón, y Dios me enseñó sobre el perdón,
el amor, la unidad, la paz y dejar ir. El silencio fue un des-
pertar valioso a la presencia de Dios en nuestros corazones.
Nuestra vida juntos
Nos casamos en 1973 y practicamos yoga Bhakti
por nueve años. Mientras Carlos viajaba por el mundo
dando conciertos para su público, yo abrí un restaurante
de comida vegetariana en San Francisco con mi hermana.
Después de diez años de matrimonio, Carlos y yo
comenzamos nuestra familia. Siempre pensé que el no
haber tenido hijos por diez años nos dio el tiempo nece-
sario para conocernos el uno al otro de un modo que no
hubiera sido posible si hubiéramos tenido niños. Juntos
contemplamos una mágica tormenta de cristales de nieve
en Frankfurt, tiramos aviones de papel desde un balcón
de un hotel en Río de Janeiro, nos sentamos a meditar en
silencio en Kyoto y nos agarramos las manos bajo el rocío
de las cataratas del Niágara. Nuestra vida juntos ha sido
una serie de acontecimientos que han resaltado nuestro
crecimiento espiritual. Estos treinta años de aprendizaje y
amor nos han enseñado mucha compasión.
Nuestros hijos nos han enseñado las más valiosas
lecciones: una devoción sincera y honesta de sacrificio que
me recompensa al brillar la más resplandeciente luz de la
gracia de Dios en mi vida.
Salvador, nuestro hijo, tiene el mismo talento musi-
cal de su padre. Yo traté de que estudiara una carrera,
pero él me enseñó a dejar ir y celebrar la expresión del
músico en él.
Stella, la que le sigue a Salvador, muestra fortaleza en
su personalidad, tal como hace la luz de miles de estrellas.
Amo su individualidad y personalidad, y dejo que planee
su vida.
Angélica Faith es una escritora creativa. Es un alma
sabia que nos ha enseñado a todos cómo expandir nuestro
concepto de Dios y de la vida.
Expresión creativa
Me criaron con una ética cristiana de servir a otros,
y fácilmente sentí un llamado de servir a mis niños y a la
humanidad. En los años noventa yo buscaba una iglesia
que honrara varias creencias. Un domingo por la mañana
cuando yo trotaba y la luz del sol me pegaba de frente, mi
alma lloraba: “Te necesito, Dios, pero en verdad necesito
encontrarte de un modo en que pueda unirme firmemente
a Ti”. Oré por una iglesia donde pudiera satisfacer mis
deseos. Unos días después, vi el aviso de una iglesia de
Unity en el periódico y decidí asistir a ella. Luego aprendí
que el espíritu de Dios está en todos nosotros, y supe
entonces que había encontrado un hogar.
La misión de Carlos ha sido tocar música que
levante el corazón de las personas, que les dé alegría y las
haga sentir bien sobre ellas mismas. Juntos nos dedicamos
a administrar a Santana en 1994, y con la colaboración de
nuestro maravilloso personal, hemos construido una com-
pañía que trabaja en equipo y hace negocios de corazón.
Aunque yo me encontraba ocupada con mi familia y mi tra-
bajo, anhelaba crear más y comencé a escribir mis memo-
rias. De mis recuerdos y notas, escribí capítulos de mis
experiencias en la vida, creando así un aspecto de mi vida
que estuvo separado de mi existencia con Carlos. Me tomó
siete años para completar mis memorias tituladas Space
Between the Stars (El espacio entre las estrellas).
El título de mi libro representa lo que sentí vi-
viendo bajo la sombra de gente que con la exuberancia de
su arte cautivó la atención de la humanidad, tales como
Carlos con su brillante música alrededor del mundo. Por
muchos años me sentí insignificante y sin luz propia. Pero
al continuar aprendiendo sobre mi espíritu, me di cuenta
de que el espacio entre las estrellas es muy brillante ya
que contiene la luz que las estrellas reflejan. Mi confianza
personal aumentó por medio de mis escritos.
Lo que he aprendido de la vida es que el amarme
a mí misma me llena de gozo. Dios me recuerda que el
amor sólo puede vivir si me entrego al perdón. Para recor-
dar esto, medito y oro por las mañanas. Bien como una
niña que ayuna en Viernes Santo o como mujer adulta que
expande su fe, dispongo de modos espirituales para ser
una luz que brilla entre las estrellas.
En sociedad
con Dios
por la Rev. Mary Manin Morrissey
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anual para los alumnos.
Entonces, durante mi penúltimo año de secundaria,
mi mundo se hizo pedazos: estaba encinta. Mi novio y yo
decidimos casarnos, pero mis padres me lloraron como si
hubiera muerto.
Mi hijo nació en diciembre y llegué a completar
mi secundaria. Durante ese año fui madre, esposa y estu-
diante de secundaria. Mientras tanto, mis amigas planea-
ban su baile de graduación y hacían las cosas divertidas
que normalmente yo hubiera estado haciendo. Muchas de
las madres de mis amigas no dejaban que sus hijas anduvie-
ran conmigo. Casi me sentía como si tuviera una enferme-
dad contagiosa.
Mi vergüenza fue tal que pasé el año odiándome a
mí misma. No me di cuenta del impacto que eso tendría en
mi vida, hasta el verano siguiente cuando me encontraba
en la sala de cuidados intensivos, habiéndoseme diagnosti-
cado una enfermedad renal mortal.
Mi riñón derecho había sido destruido por una
infección tóxica, y las pruebas revelaban que el izquierdo
sólo funcionaba 50 por ciento de su capacidad. Decidieron
operarme y remover el riñón derecho.
Clamando a Dios
Confiaba en la oración, y acudí al Dios del universo
por ayuda. El día antes de mi operación, una ministra me
visitó. Me preguntó si quería hablar. En el transcurso de
nuestra conversación, comencé a hablar de mi vida y la
ministra me ayudó a reconocer que quizás mi cuerpo estaba
en estado tóxico porque mi mente y mi corazón habían
estado en estado tóxico. Había pasado un año llenando mi
ser con esa energía tóxica de odio, vergüenza y culpabilidad.
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La ministra me explicó que la promesa: “Yo he
venido para que tengan vida, y para que la tengan en abun-
dancia” (Jn. 10:10), no era sólo para algunas personas.
Era para todos los hijos de Dios, y yo era una de las ama-
das hijas de Dios. Oramos, y ella citó otro pasaje de las
Escrituras: “Al que cree todo le es posible” (Mr. 9:23). Me
preguntó si yo creía posible una curación total de manera
tal que no tuvieran que operarme.
Sentía tanto dolor en ese momento que dije: “No,
no creo que pueda curarme totalmente de esto”. Entonces
me preguntó: “¿Puedes creer que por medio del poder de
Dios es posible remover toda toxina de tus células y po-
nerlas en el riñón que te van a sacar?”
Por alguna razón no pude decirle que no, y oramos
para que yo aceptara la vida y el amor de Dios por mí. Abrí
mi corazón para recibir el amor de Dios. Me sentí profun-
damente relajada, y esa noche, por primera vez en sema-
nas, dormí toda la noche.
La mañana siguiente, después de la operación, los
médicos le dijeron a mi familia que el riñón que habían
removido estaba totalmente destruido. Añadieron que al
examinar más de cerca, el otro riñón parecía estar salu-
dable. Que sólo el tiempo diría.
La historia completa
Eso fue hace treinta años, y el riñón que me queda
todavía funciona perfectamente. Más aún, mi vida cambió
completamente. Obtuve mi diploma de secundaria, con-
tinué mis estudios, me gradué en educación, obtuve una
maestría en sicología y logré mi sueño de enseñar a los
niños.
Cuando tenía dieciocho años, comencé a profundi-
zar mi relación con Dios. Más tarde, me gradué en un
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seminario y me hice ministra. A través de todo esto, viví
según principios que no son sólo para algunas personas.
Son principios que funcionan para toda persona, porque
todos somos parte de la familia de Dios. Dios es nuestro
creador, y como socios Suyos, somos cocreadores.
El mecanismo de ser un cocreador es la energía
creadora del pensamiento, el entender que todo pensa-
miento contiene dentro de sí la semilla de su futura rea-
lización, al igual que toda semilla de maíz es la promesa de
una mazorca.
Yo había plantado muchos pensamientos que eran
semillas que no deseaba que crecieran en el terreno de mi
vida. Supe que no podía escoger si iba a edificar una vida o
no, todos lo hacemos, pero que sí podía escoger la clase de
vida que iba a edificar. Y podía edificar una en la cual los
sueños de mi corazón pudieran hacerse realidad, o edificar
una vida en la que continuara repitiendo los desengaños y
dificultades en los que pensaba continuamente.
Me di cuenta de que realmente vivía, me movía
y existía en la increíble presencia que llamamos Dios, y
que Dios vive, se mueve y existe en cada uno de nosotros.
Decidí ser una socia de Dios y creer que prácticamente no
había nada imposible para esa sociedad.
Abriendo nuevas puertas
En 1981, fundé un ministerio en Portland, Oregon.
Cuando abrimos las puertas éramos solo un puñado de
personas, pero ahora hay tres mil miembros. No salgo de
mi asombro por lo que Dios ha hecho en mi vida al ser
socia de la presencia divina.
En nuestros terrenos se han construido nueve sen-
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deros, y cada uno conduce a un altar sagrado de oración.
Siete de los senderos llevan a representaciones de las más
grandes religiones del mundo. Un sendero lleva a todas las
religiones menos conocidas, y el último sendero lleva a un
altar que representa todas las religiones que están por llegar.
Estudiamos lo que llamamos espiritualidad cen-
trada en la vida, que es amar a Dios, amar a los demás
y amarnos a nosotros mismos, todo lo cual se basa en el
principio universal del amor que se encuentra en todas las
religiones del mundo.
Comprendemos que hay una relación que es la más
importante en nuestra vida, nuestra relación con nuestro
Creador.
Estableciendo una relación personal con Dios
Cuando me preguntan cómo sé que estoy escu-
chando la voz de Dios, les digo: “Si tu cónyuge, hijo o
mejor amigo te llamara y dijera ‘¡hola!’, inmediatamente
reconocerías su voz porque has pasado tiempo con esas
personas. Has edificado una relación con ellas”. Lo mismo
es verdad respecto a Dios. A medida que establecemos una
relación por medio de la oración o alguna lectura inspira-
dora como La Palabra Diaria, tan sólo unos minutos al día,
comenzarán a edificar una poderosa conexión espiritual.
Sentimos la presencia y el poder de Dios de una manera tal
que vivimos en sociedad con Dios, una amistad más íntima
que alguna otra que hayamos tenido en el mundo material.
Jesús dijo: “El que bebiere del agua que yo le daré,
no tendrá sed jamás” (Jn. 4:14). Hay un manantial de vida
en nosotros del cual podemos aprender a beber y susten-
tarnos. Nuestra sed de amor se sacia de una manera que
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ninguna otra cosa podría hacerlo. Depende de nosotros el
abrir la puerta a esa experiencia. La práctica diaria de la
oración abre esa puerta y nos eleva en nuestra sociedad
con Dios.
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Seguir adelante
con fe
por Esther Kreek
La noche antes de casarme con Alberto, él me llamó
y me dijo: “Cariño, debo recordarte algo una vez más: soy
dieciocho años mayor que tú, y algún día vas a tener que
cuidarme”.
“Para mí la diferencia de edades no significa nada”,
le dije. Aun si hubiese sabido en ese entonces que lo iba a
tener que cuidar por estar él enfermo de Alzheimer, no por
su edad, no hubiera querido perder la oportunidad de ser
su esposa.
En 1965 nos transfirieron a la parte central de
Estados Unidos, donde Alberto era un comisionado regio-
nal del Seguro Social. Después de 35 años de servicio con
el gobierno, él me dijo: “Deseo jubilarme mientras me
guste mi trabajo” y nos mudamos a su ciudad natal y con-
struimos una casa.
Alberto pensó que si podíamos clavar dos tablas
juntas, podíamos construir una casa. Compramos planos y
luego los alteramos de acuerdo con nuestras necesidades.
Alberto me motivó a aprender plomería y electricidad.
Hasta lo ayudé a poner tejas en el techo, ¡durante un día
de mucho viento!
Mi esposo siempre me alentaba a aprender
algo nuevo, desde construir una casa hasta reparar un
automóvil. Parecía que él quería prepararme para la vida.
En el verano de 1977 nos encontrábamos en Silver
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Dollar City, un parque turístico, y Alberto quedó fascinado
con un dulcémele que un músico tocaba. Él pensó que un
dulcémele sería un buen regalo de Navidad para uno de
nuestros hijos. Y luego dijo: “¿Por qué no compras uno
para ti también? Anda, cariño, creo que necesitas uno”.
Con desgano dije: “Está bien”. Ahora bromeo con
la gente diciéndoles que tocar el dulcémele y enseñar a
tocarlo se volvieron tal parte de mi vida que tuve que dejar
de limpiar la casa y lavar la ropa.
Una encrucijada
Alberto y yo visitábamos seis casas hogares men-
sualmente y yo tocaba para los residentes. Muy pronto
comencé a recibir invitaciones para tocar en una iglesia, un
museo y una tienda.
Compramos un tráiler y comenzamos a viajar a
festivales en todo el país. Comencé a notar que mi esposo
tenía problemas con tareas como montar cargas en el trái-
ler y engancharlo al automóvil. Cuando le dije esto al doc-
tor, éste me dijo: “¿Qué esperas de un septuagenario?”
Comencé a observar a Alberto discretamente para
asegurarme de que no tuviera problemas. Conseguí la
cooperación de amigos que también lo observaban y cuida-
ban mientras yo actuaba.
Le insistí al doctor que algo andaba mal y por fin lo
refirió a un neurólogo. Después de los exámenes y las eval-
uaciones, me reuní con mi esposo y mis hijos para discutir
el diagnóstico. El doctor estaba 90 por ciento seguro de
que Alberto sufría del mal de Alzheimer, una manifestación
progresiva de demencia, y le recomendó que no condujera
vehículos.
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En el estacionamiento, él abrió la puerta del auto
como si él fuera a manejar y pensé: ¿Cómo voy a lidiar con
esa situación? Alberto se portó maravillosamente, tomán-
dome del brazo y guiándome al asiento del conductor.
Me entregó las llaves, dio la vuelta y una vez sentado en
el auto se inclinó y me dio un beso. Desde ese día nunca
trató de manejar de nuevo.
Yo daba clases en Morehead, Kentucky, siempre con
Alberto a mi lado. Una mañana él desapareció de mi vista
cuando yo ayudaba a un estudiante. Mis estudiantes y yo
lo hallamos encerrado en el baño, porque no podía pensar
cómo abrir la puerta para salir. En ese momento supe que
ése sería nuestro último viaje.
Tuve la fortuna de conseguir una enfermera que
cuidara a Alberto de modo que yo pudiera salir de la casa
por unas horas. Para mi paz mental, dejaba una lista de
instrucciones de tres páginas y llamaba varias veces para
ver cómo iban las cosas. De vez en cuando podía ir a un
festival de música. Él me alentaba, diciéndome: “Cariño,
puedes hacer cualquier cosa. Sólo levántate, pon un pie
delante del otro y sigue adelante”.
Y así lo hice. Mi esposo se volvió muy inquieto,
pero nunca se mostró agresivo. Un día cuando trataba de
que tomara su medicina le pregunté: “¿Confías en mí?”
“Siempre”, me respondió.
“Entonces vas a tener que confiar en mí cuando te
pida que hagas algo.” La palabra confiar alivió su confusión
y lo motivó a cooperar.
La música, oración, meditación y mis hijos me
ayudaron a seguir adelante. Pero a veces lloraba debido
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a mi frustración. Sentía rabia, no por Alberto sino por la
enfermedad.
Después de que Alberto pasara por dos cirugías y
cáncer de la próstata esparcido en sus huesos, ya no pude
cuidarlo en casa.
Traté por todos los medios de conseguir un hogar
clínica para él, pero sin éxito. Un día me llamaron de emer-
gencia porque uno de los enfermeros dejó una medicina en
un sitio y mi esposo se la tomó pensando que era para él.
Hubo veces en que lo encontraba en pijamas y des-
calzo. Yo quería que le proveyeran cuidados básicos, y supe
que ya no podía mantenerlo más en ese lugar.
Contestación a la oración
Dios trabaja misteriosamente. Tomé la tarde libre
y fui a una reunión de músicos de dulcémele. Mientras
almorzábamos le pregunté a la dama que estaba a mi lado:
“¿Trabajas?”
“Sí”, me respondió, “soy la administradora de un
hogar clínica.”
Cuando le pregunté si tenían una sección para
gente con Alzheimer, me dijo que sí pero que no tenían
vacantes en ese momento. Dos días después me llamó
para decirme que uno de los pacientes saldría y que habría
espacio para mi esposo.
Ésa fue una respuesta a la oración. El personal de
este centro y yo trabajamos en equipo para cuidar de él.
Yo lo traía a casa para cenas familiares, pero después se le
hizo difícil. Lo llevé a un paseo por el campo, pero él se
puso muy inquieto. Le pregunté: “Cariño, ¿qué te pasa?”
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Me respondió que quería ver gente. Lo llevé de
regreso al hogar clínica y se sintió muy aliviado al ver
gente de nuevo.
Al final del último de mis conciertos a los cuales
Alberto pudo asistir, él estaba sentado con un amigo.
Después de dar gracias a los técnicos de sonido y a la gente
de la iglesia y otros, di gracias a Alberto diciendo: “Quiero
darle las gracias a mi esposo por darme amor, alegría,
aliento y por haberme regalado mi primer dulcémele”. Para
mi sorpresa él se levantó, se volteó hacia el público y les
hizo la venia.
Oré por tres cosas: para que Alberto recibiera buena
atención y no sintiera dolor, y su dolor fue aliviado; oré
para poder estar con él hasta el final, y así ocurrió.
Mi esposo quiso siempre que yo tocara música.
Siento que se lo debo a él y a mí misma también. He con-
tinuado poniendo un pie delante del otro. La gente me ha
ayudado mucho y aprendí mucho cuidándolo. Pienso que
he aprendido muchas cosas que puedo compartir, así que
estoy escribiendo un libro. Siento la necesidad de inspirar
a otros. Aprendí esto al enseñar música a otros. Al motivar-
los, les ayudé a comprender que ellos podían tocar. Tal vez
ésa sea mi misión: inspirar.
Alberto ya tiene ocho años de haber fallecido, y lo
extraño mucho. Agradezco mucho los recuerdos. Él fue un
esposo maravilloso.
Cuando toco música, recuerdo a Alberto. Recibí una
carta de una dama que me bendijo profundamente cuando
dijo: “Fui a todos tus conciertos, pero no te veía a ti sino
que me llenaba de gozo viendo cómo tu esposo te miraba”.
20
El lugar
de oración
en mí
por Judy Collins
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Placa de valor
por Bárbara C. Raven
25
Una placa
de valor
por Bárbara C. Raven
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Del temor a la fe
por Rhonda Britten
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“¡Detente, detente!” grité. “Yo viviré contigo, te
cuidaré!”, le dije, tratando de que no disparara más.
Luego apuntó hacia mí, y nos miramos por unos
segundos. Parpadeó, amartilló el arma, volteó hacia mamá
y le disparó por segunda vez. Luego papá se arrodilló de-
lante de mí, apuntó a su cabeza y disparó.
El haber presenciado que mi padre matara a mi
madre y se suicidara, hizo que la violencia y el dolor
por la pérdida de dos personas a quienes amé me per-
siguieran. También me sentía culpable de sus muertes.
Aparentemente yo no merecía vivir porque el haberle ofre-
cido a mi papá vivir con él y cuidarlo, no detuvo sus inten-
ciones. De modo que llegué a la conclusión de que yo no
merecía ni vivir ni que me quitaran la vida.
Creí que Dios me había sometido a una gran prueba
el 15 de junio de 1975, el día en que mis padres murieron.
Tracé una raya en la arena entre Dios y yo: “Te amo, pero
no puedo ofrecerte mi vida como Te dije que lo haría. Tus
pruebas son muy fuertes. Es muy difícil amarte”.
Manteniéndome viva
Cindy, mi hermana mayor, tenía dieciocho años, de
modo que Linda, mi hermana menor, y yo pudimos vivir
con ella. Yo ni bebía ni fumaba en ese entonces y mis notas
en la escuela eran excelentes. Cuando cumplí dieciséis años
me mudé a mi propio apartamento con el dinero que ganaba
como mesera y con los beneficios que recibía del Seguro
Social.
Todas las noches tenía pesadillas en las cuales mi
papá me perseguía y me disparaba. A través de los años
consumí licor para poder dormir. No fue hasta mi tercer
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intento de suicidio a los veinticinco años de edad que
acepté que el haber seguido con vida tenía un propósito.
Me di cuenta de que tenía que buscar otro modo de vivir,
ya que no podía seguir viviendo de ese modo.
Decidí dejar de culpar a mis padres por mi modo
de vida y comenzar a buscar mi propia valía. Usé un ca-
lendario para marcar con una estrella las cosas buenas
que hacia. Al pasar un mes me di cuenta de que yo hacía
mucho bien y que yo no era mala persona. Con este simple
ejercicio y hacerme responsable de mi vida, di comienzo a
lo que ahora llamo “Vivir sin temor”.
Dejé de tomar licor y comencé a asistir a la iglesia
de nuevo. Oré pero no podía decir “Dios”. Entonces un día
de regreso de la iglesia, oí Su voz, la cual no había oído
en más de veinte años. Por alguna razón, ese día Dios me
habló, diciéndome: “Te necesito”. “Ni modo”, le dije. “Tu
precio es muy alto. ¿Qué tengo que sacrificar para que me
ames?”
Tuve que detener mi auto porque prácticamente
estaba teniendo un diálogo con Dios. Yo quería establecer
una relación con Dios, pero pensé que al cruzar la línea de
regreso a Dios, algo malo ocurriría. Pasé casi dos horas al
lado de la carretera, orando y hablando.
Al final dije: “Bien, Dios, lo que más deseo es resta-
blecer la conexión que Tú y yo teníamos cuando yo tenía
catorce años”. La etapa más feliz de mi vida fue justo antes
de que mis padres murieran, cuando tenía una relación
personal con Dios.
Ese día en mi auto, me di cuenta de que yo vivía
con el temor de que si yo era feliz de nuevo en mi relación
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con Dios, alguien más moriría. Pude vencer ese miedo y
exclamar: “¡Dios, ya no puedo negarte más!”
En ese momento, de nuevo me entregué comple-
tamente a Dios. ¡Me complace decir que nadie más ha
muerto! Comencé nuevamente un diálogo diario con Dios
en oración y comunión, y continué recibiendo ideas mara-
villosas sobre cómo vivir sin temor.
Viviendo sin temor
Al ver mi gran cambio, la gente comenzó a pregun-
tarme: “¿Cómo pudiste cambiar tu vida?” Les dije sobre mi
primer ejercicio usando el calendario y otros ejercicios que
había usado con éxito, y luego ellos venían y me decían:
“Vaya, eso también me ayudó a mí. ¿Qué más tienes?” Fue
como si una compuerta se abriera y en pocos meses me di
cuenta de que mi propósito en la vida era vivir sin miedo y
ayudar a otros a hacer lo mismo.
Cuando tenemos miedo de cometer errores y nos
pasamos la vida esperando que Dios nos revele cuál es
nuestro propósito, podemos llegar al punto de servir al
temor en vez de servir a Dios. Puede que Dios ya nos
haya revelado nuestro propósito, pero por nuestro temor,
hemos evitado la responsabilidad de llevarlo a
cabo. Entonces, pasamos el resto de nuestras
vidas creyendo que estamos esperando pacien-
temente por algo, cuando en verdad ya lo
hemos recibido de Dios.
Escuchando a Dios
Gracias a mi comprensión espiri-
tual, he aprendido a distinguir cuándo
Dios me habla o cuándo es el temor el
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que me habla. Al ser capaz de distinguir entre esas dos
voces, estoy más dispuesta a escuchar a Dios y asumir la
responsabilidad de seguir Su guía.
Creo que uno debe orar las 24 horas al día, siete
días a la semana. Abogo por una continua conexión con
Dios, basándome en el punto de vista de que todo lo que
hacemos es una oración. Lo primero que hago cada mañana
es escuchar música espiritual para volverme más cons-
ciente de mi unión con Dios. Cada vez que siento estrés
me pregunto: “¿Estoy dispuesta a ver esto de un modo dife-
rente? ¿Cómo está Dios obrando en esta situación?”
Por varios años me pregunté: “¿Hay algo malo en
mí?” Nunca me concentré en buscar el bien que había en
mí. Cuando le entregué mi vida de nuevo a Dios, me di
cuenta de que en los últimos veinte años mis preguntas
habían sido erróneas. De hecho, no hay mal en nosotros.
La pregunta es: “¿A qué tememos?” “¿Es miedo al fracaso,
a la intimidad o a la soledad?” Una vez que decidimos que
el miedo no va a controlar nuestras vidas, nos volvemos
canales que Dios puede utilizar completamente.
Sólo en ese momento honraremos la naturaleza con
la que Dios nos creó. El miedo se deleita con la creencia
falsa de que al no hacer nada estamos a salvo. En realidad,
nos deleitamos cuando corremos riesgos, los riesgos de
Dios. Cuando la voz de Dios es nuestro principal motiva-
dor, el miedo ya no tiene poder sobre nosotros. Entonces
ya no tenemos miedo de expresarnos, pedir ayuda y seguir
nuestros sueños. Y finalmente, podemos honrar nuestra
naturaleza interna y sentir paz.
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El espíritu
eterno
por Joan Lauren
Sólo semanas después de habernos comprometido
para casarnos, le diagnosticaron cáncer a Ken. Durante los
dos años siguientes estuvo entrando y saliendo del hospital.
Estando recluido, hubo un momento en el que Ken
sintió tanto dolor que yo no pude soportar verlo así. Le
pregunté si estaría bien que yo diera un paseo. Dijo que sí,
pero me pidió que no me demorara mucho. Habiendo es-
tado allí todo el día, necesitaba salir y llorar. Le di un beso
y le prometí regresar enseguida. Él sonrió.
Cuando dejé la habitación pensé: Dios, o te lo llevas
o lo curas, porque esto no es justo. El sufrimiento que veo
en todas partes es demasiado. Había visto muchos pacien-
tes con cáncer y SIDA en los hospitales en los que Ken
había estado. No podía lidiar con todo eso, especialmente
cuando se trataba de niños.
Al seguir caminando a lo largo del pasillo, vi una
cuna, una linda cuna con ruedas. Miré a la mujer que la
empujaba y pensé: “¡Oh, no! ¡Hay un niño enfermo en ella!
¡No puedo bregar con esto! ¡Tengo que ir en otra direc-
ción!” Mi cuerpo comenzó a temblar y me sentí débil.
Entonces, la mujer me miró. No dijo ni una palabra, pero
la calidez de su mirada me atrajo hacia ella y la cuna.
Miré adentro y no pude calcular la edad de la cria-
tura, pero pensé que era una niña, delgada y pálida. Tan
sólo le quedaban unas hebras de pelo en la cabeza, y tenía
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unos enormes ojos con grandes círculos oscuros debajo de
ellos. Pensé: “Voy a gritar y a desaparecer”. De pronto, la
niña me sonrió, y esa sonrisa me penetró profundamente,
despertándome a la Verdad que tan desesperadamente
necesitaba saber para ella, para mí y para Ken.
Cuando me sonrió fue como si me dijera: “Está
bien. Mi cuerpo está así, ¡pero estoy viva! ¡E1 espíritu está
vivo y mi alma está viva! Soy feliz y estoy llena de gozo!”
Esta niña, que para el mundo parecía un esqueleto respi-
rando, tenía un espíritu y un alma que estaban vivos y lle-
nos de amor y ternura. En aquel momento comprendí que
somos mucho más que nuestro cuerpo. El cuerpo puede
ser temporal, pero el Espíritu es eterno, más grande que el
cuerpo donde habita. Aprendí eso de los ojos y el alma de
la niña.
Comprendí que el espíritu de Ken también era
eterno. Su cuerpo parecía estar gastado, pero su espíritu
era joven. Sus ojos estaban llenos de juventud, de grandeza
universal, igual que lo estaban los ojos de la niña.
La luz dorada
Un día, recibí una llamada de Ken a las siete de la
mañana. “¿Puedes venir al hospital enseguida?”, preguntó.
“Oh, Dios, ¿qué habrá sucedido ahora?”, pensé; pero su
voz era realmente diferente. No se parecía a la que había
oído antes.
“Sí, por supuesto, pero... ¿estás bien?” Sentí un
alivio cuando dijo: “Sí”.
Cuando llegué al hospital, corrí a la habitación de
Ken, pero él no estaba allí. Mi corazón latía fuertemente, y
una enfermera entró diciéndome, como en respuesta a mis
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pensamientos: “Oh, él quiso que lo cambiaran a otra habita-
ción, a una donde entrara la luz del sol”.
Cuando entré a su nueva habitación, me detuve
pensando que me había equivocado de lugar. De momento
no reconocí a Ken, sonriente y rodeado de la dorada luz
del sol. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Nunca había visto
su cara tan apacible. Me incliné para darle un beso y le
pregunté: “¿Qué pasó?”
“Alguien vino a verme, pero no estoy seguro de
quien fue…”, dijo. “Había una luz dorada.” Ken lloraba,
pero eran lágrimas de alegría. “Todo va a salir bien”, dijo.
“Voy a estar bien y tú vas a estar bien”.
En ese momento comenzamos una búsqueda espiri-
tual juntos. Encontramos gran paz al estar simplemente
sentados juntos, al estar el uno con el otro. De pronto, sin
escuchar ni leer sobre ello, supimos la verdad. Éramos
estudiantes de Dios —directamente. Hablábamos de Dios y
del amor, y todo temor desapareció.
La luz y el amor de Dios
Ken murió apaciblemente en mis brazos. En su
funeral, pude comprender finalmente lo sagrado de lo que
nos había sucedido. Una mujer se me acercó después que
pronuncié la oración panegírica y me dijo: “¡Oh, fue mara-
villoso!” “¿De qué religión es usted?” Le dije: “Yo soy la luz
y el amor de Dios”. Las palabras salieron de mi boca fácil-
mente, pero quedé tan sorprendida de lo que había dicho,
como la mujer que me escuchaba. Sin embargo, el mensaje
fue muy claro, muy directo y muy perfecto cuando salió de
mi boca. Y ha sido el mapa con el que he guiado mi vida:
ser la luz y el amor de Dios.
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Después de que Ken murió, deseé hacer algo, pero
no estaba segura de lo que iba a ser. Me mudé de Nueva
York a Los Ángeles, y pasé el año siguiente tratando de
encontrar un balance entre poder vivir y hacer el trabajo
que sentía la necesidad de hacer —todo como un ser
espiritual y de una manera espiritual. Una noche, sentí el
impulso de salir y acostarme bajo las estrellas. Así lo hice,
y mi siguiente paso fue entregarme a Dios y al universo.
El trabajo de mi alma
Con esa entrega me di cuenta de que tenía dos
trabajos: un trabajo “lucrativo” como fotógrafa profesional
y, más importante, otro trabajo “no lucrativo”, el de mi
alma. Mi libro Retratos de la vida, con amor, es un trabajo
del alma. Más de cien de las estrellas más conocidas de
Hollywood han donado su tiempo y sus palabras. Las he
fotografiado con niños, algunos de los cuales tienen SIDA.
El producto de la venta del libro ayuda a niños con VIH/
SIDA, a través de la “Fundación Manos a la Obra”.
El libro fue el “algo” que tenía que hacer como mi
deber, y lo hice por Ken y por mí, por la niña en la cuna y
por todos los niños. Al principio pareció un proyecto impo-
sible el reunir a todas esas personas, pero amigos fieles me
ayudaron a lo largo del camino. Creo que el amor y el calor
que demuestran las personas en las fotografías, así como
en lo que escriben, llegan al corazón de quienes las ven.
Creo, más que nada, que las personas ven la verdad, como
yo la vi en la sonrisa de la niña en la cuna.
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La búsqueda
por Donna Miesbach
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C orazón
de amor
por Colleen Zuck
Los inviernos en Missouri ofrecen una gama de
cambios: hay días sumamente fríos y otros en que la tem-
peratura sube inesperadamente, al igual que temporadas
de lluvia y sequía. Por cierto, los que nacen y crecen en
Missouri acostumbran a decirles a los visitantes y nue-
vos residentes: “Si no te gusta el clima aquí, no te vayas,
porque mañana cambiará”.
Poco antes de la Navidad en 1954, yo tenía mucho
frío, la nieve cubría nuestra comunidad en las colinas. El
vecindario adquirió una apariencia surrealista en blanco y
negro, un contraste de tierra y nieve. Nuestra casa, situada
en un terreno de un acre y medio, se encontraba en una
línea donde lo urbano comenzaba a mezclarse con lo rural.
Ésa fue la Navidad en que aprendí a diferenciar
entre la prosperidad material y la espiritual: me di cuenta
de lo que significa dar con la abundancia del amor de Dios
que siempre está disponible para nosotros.
Una mano amiga
Mi madre era gerente de una tienda en nuestro
vecindario, pero mucho más que eso, ella era el corazón de
la comunidad. Apoyó el reciclaje mucho antes de que fuera
conocido popularmente. En nuestra numerosa familia, la
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ropa pasaba
de una per-
sona a otra.
Recuerdo lo
alegre que me
sentí cuando ya
no me quedaban
bien unos zapatos
pasados de moda que
mis primas y hasta
mis tías habían usado.
Mi madre coleccionaba
juguetes para los niños
de nuestro vecindario y los
mantenía en buen estado, y
también planchaba la ropa de
las muñecas.
Esa fría mañana antes
de Navidad, cuando tenía como
trece años, mi madre me llamó a la
cocina y comenzó a sacar envases del
gabinete.
Me dijo que teníamos que pre-
parar desayuno, y le pregunté por qué,
ya que ya habíamos desayunado. Ella me
respondió que se había enterado de que una
de las familias vecinas no tenía comida. Dijo:
“Jesús alimentó a cinco mil personas con cinco
panes y dos peces, y nosotros debemos conseguir
suficiente comida en esta cocina para alimentar a
una familia de siete”.
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Mi madre comenzó a preparar panecillos. Después
de mezclar los ingredientes, comenzó a amasar. Luego
puso la masa en el molde para hornear panecillos
grandes y redondos, suficiente para alimentar a doce per-
sonas.
Después de meter el molde en el horno, me dijo:
“Necesito que lleves esta comida para Kitty y sus niños”.
Me ruborizaba al pensar que tenía que llevar desa-
yuno a esa familia. ¿Qué pasaría si a ellos no les gustaba?
¿Y si les avergonzaba no tener suficiente comida?
Mi madre y yo fuimos a la casa de Kitty sin hacér-
selo saber. Al tocar mi madre la puerta, un niño de aproxi-
madamente siete años fue a ver quién era. Con la misma
confianza con la que mamá ofrecía la comida en la mesa en
nuestro hogar, ella le dijo: “Pensé que les gustarían unos
panecillos”.
Al entrar en la casa, me sorprendí del frío que hacía
adentro ya que no tenían calefacción. Otros cinco niños y
su madre aparecieron luego.
Abundancia de amor
Una de las niñas, menor que yo, veía la bandeja
de panecillos que yo sostenía en mis manos y me miró a
la cara como si hubiera visto a un ángel. Yo me vi a través
de sus ojos, y me sentí bien. Eso es lo que yo quería ser.
La abundancia del amor de Dios compartida entre las dos
familias y que llenó los espacios de ese pequeño hogar, me
hizo sentir como un ángel.
Caminando de regreso a nuestra casa, mi madre y
yo estuvimos calladas, pero me sentí muy bien y feliz. Y
desde ese día disfruté al ayudar a mi madre a compartir su
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corazón de amor, dando lo que teníamos para dar. Aprendí
que no hay gesto ni regalo pequeño o insignificante cuando
se ofrece para honrar el amor de Dios.
Años después cuando conocí a Unity, comprendí
que mi madre tenía una conciencia de prosperidad, lo que
es parte de las enseñanzas de Unity. Aunque ella no ha
tenido mucha riqueza material, siempre ha sabido expresar
el amor de Dios abundantemente.
En vista de que ahora sufre de Alzheimer, hay
veces en que no sabe cómo alimentarse a sí misma.
Frecuentemente, cuando la alimento, ella me hace saber
con palabras o gestos que quiere que yo comparta su comi-
da, e incluso que comience a comer yo primero.
Sí, el amor de Dios que mi madre expresa es más
fuerte que el Alzheimer y cualquier otra condición o cir-
cunstancia. Qué prósperos somos cuando amamos y esta-
mos dispuestos a amar.
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Acerca de las autoras
Rhonda Britten, es la fundadora del Fearless Living Institute y
autora de Fearless Living: Live Without Excuses y Love Without
Regret. Su libro más reciente, Do I Look Fat in This? Get Over
Your Body and On With Your Life, ofrece a los lectores una nueva
manera de ver sus cuerpos y relacionarse con ellos. Rhonda tam-
bién es oradora, escritora de una columna en una revista y entre-
nadora de por vida en el programa de drama real Starting Over,
ganador de un premio Emmy.
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Joan Lauren, tiene como pasatiempo la fotografía, y éste se
convirtió en carrera como fotógrafa profesional. Por medio de su
uso único de la luz natural, ella crea retratos de personas, fotos
para editoriales, moda y para galerías de arte. Su trabajo ha apa-
recido en las revistas Bazaar, Redbook, Woman’s Day e Interview.
Su libro Portraits of Life, With Love es un ensayo fotográfico de
celebridades con sus reflexiones personales acerca de la vida y el
amor.
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Barbara Raven, sirve como ministra de un programa de
capellanes y asistente administrativa de Unity Church en Nueva
York. Recibió su entrenamiento con el prestigioso HealthCare
Chaplaincy Inc. por tres años en educación pastoral clínica.
Bárbara ha sido estudiante de la Verdad en Unity por casi 28
años y está dedicada a una vida de servicio por medio del minis-
terio.
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