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Historias Edificantes de Mujeres de Fe (Por Unity)

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historias

edificantes de
mujeres de
fe
©2007 por Unity®
Citas bíblicas: Santa Biblia, Reina-Valera 1995, edición de estudio,
a menos que se indique de otro modo.
Introducción
¿Puedes recordar un momento en el cual enfren-
tabas un reto, y luego, de repente, en ti renació la espe-
ranza? Quizás fue gracias a una carta o una conversación
en la cual alguien compartió la creencia de que podrías
lograr cosas maravillosas al permitir que el poder del
Espíritu se expresara por medio de ti. Y esa persona tenía
razón.
Al acoger las opiniones, la esperanza y fe de otras
personas, nos salva de nuestras tendencias de poner limi-
taciones en lo que es posible. Otros seres queridos nos
ayudan a visualizar los resultados positivos que quizás no
pudiéramos ver en medio de un cambio o transformación.
Somos inspirados al leer historias edificantes de
personas que han triunfado sobre la adversidad. En las
páginas siguientes tenemos la oportunidad de leer cómo la
fe en Dios trajo revelaciones de curación, gozo, prosperi-
dad y éxito en las vidas de nueve personas.
Éstos son relatos de mujeres. Sin embargo, hablan
de una verdad que es universal gracias a que todos somos
creaciones de Dios. Al vivir honrando la verdad de quienes
somos como creaciones de Dios, expresamos la maravilla
del poder divino en nosotros en nuestra vida diaria y en
circunstancias extraordinarias.
Las editoras de La Palabra Diaria


Índice

Una luz propia


por Déborah Santana. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 4
En sociedad con Dios
por Rev. Mary Manin Morrissey . . . . . . . . . . . . . . . 10
Seguir adelante con fe
por Esther Kreek. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 16
El lugar de oración en mí
por Judy Collins. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21
Placa de valor (poema)
por Barbara C. Raven. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25
Una placa de valor
por Barbara C. Raven. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 26
Del temor a la fe
por Rhonda Britten . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 30
El espíritu eterno
por Joan Lauren. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 35
La búsqueda (poema)
por Donna Miesbach. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41
Corazón de amor
por Colleen Zuck. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 42
Acerca de las autoras. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 46


Una luz
propia
por Déborah Santana

En mi familia se nos enseñó a mi hermana Kitsaun


y a mí a orar y confiar en el amor de Dios. Yo creía que
cuando me arrodillaba al borde de la cama para orar todas
las noches, unos brazos divinos me abrazaban.
A mi madre le gusta contar el relato de cuando
ayuné un Viernes Santo para honrar a Jesucristo y el sacri-
ficio que Él ofreció a la humanidad por amor. Yo no tenía
más de cinco años de edad, pero recuerdo que mi estómago
rugía y me dolía por la falta de comida. Pude sentir la pre-
sencia de Cristo aunque mi ayuno no pasó del mediodía.
La fe en Dios es la cualidad más importante de mi
vida. Ha habido momentos en que no he sido fiel a Dios,
pero Su espíritu siempre me ha sido fiel.
Mi abuelo Judge King y mi abuela Sarah
Anasilistine King llegaron a California de Louisiana, hu-


yendo del racismo y buscando libertad para venerar a Dios.
Ellos construyeron la iglesia “Christ Holy Sanctified” en el
pequeño pueblo de Oroville en California. Mi padre y sus
hermanos tocaban banjo y guitarra, cantando en las esqui-
nas para invitar a la gente a ir a la iglesia. Los himnos reli-
giosos siempre me hacen recordar la dulzura de mi niñez
que se caracterizaba por largos servicios dominicales, pan-
deretas y los sermones de mi tío sobre humildad ante Dios.
Cuando tenía dieciocho años, me fui de mi casa
para asistir a una universidad en Los Ángeles. Pude evitar
todas las tentaciones de los años sesenta y no consumí
drogas ni alcohol. Mis aspiraciones no eran diferentes a
las que recibí en mi crianza. Conocí a un hombre que no
andaba en la senda de Dios, y él me presionó para que pro-
bara ciertas cosas de las cuales me había abstenido durante
mi adolescencia.
Después de haber enfrentado situaciones en las que
pude perder la vida, regresé a mi hogar, a mis raíces espiri-
tuales. Encontré un trabajo y conseguí de nuevo mi cami-
no. Conocí a Carlos Santana detrás del escenario durante
un concierto. Yo sabía que su banda había sido un éxito en
Woodstock y que Carlos era un guitarrista famoso. Cuando
nuestras miradas se cruzaron, sentí algo en mi corazón y
Carlos también lo sintió. Él tocaba esa noche con la banda
“Tower of Power” y no tuvimos oportunidad de hablar
hasta unos meses después. La banda de Carlos se había
desintegrado y él ayunaba y oraba para conseguir un maes-
tro espiritual. Desde dos puntos diferentes, convergimos
en un sitio donde ambos buscábamos de nuevo a Dios con
mucha sinceridad y pureza de espíritu.
La búsqueda espiritual de Carlos me inspiró, lleván-

dome de nuevo a los brazos de Dios y atrayendo a Carlos
hacia mí. Comenzamos a meditar temprano en la mañana.
Escuché a mi corazón, y Dios me enseñó sobre el perdón,
el amor, la unidad, la paz y dejar ir. El silencio fue un des-
pertar valioso a la presencia de Dios en nuestros corazones.
Nuestra vida juntos
Nos casamos en 1973 y practicamos yoga Bhakti
por nueve años. Mientras Carlos viajaba por el mundo
dando conciertos para su público, yo abrí un restaurante
de comida vegetariana en San Francisco con mi hermana.
Después de diez años de matrimonio, Carlos y yo
comenzamos nuestra familia. Siempre pensé que el no
haber tenido hijos por diez años nos dio el tiempo nece-
sario para conocernos el uno al otro de un modo que no
hubiera sido posible si hubiéramos tenido niños. Juntos
contemplamos una mágica tormenta de cristales de nieve
en Frankfurt, tiramos aviones de papel desde un balcón
de un hotel en Río de Janeiro, nos sentamos a meditar en
silencio en Kyoto y nos agarramos las manos bajo el rocío
de las cataratas del Niágara. Nuestra vida juntos ha sido
una serie de acontecimientos que han resaltado nuestro
crecimiento espiritual. Estos treinta años de aprendizaje y
amor nos han enseñado mucha compasión.
Nuestros hijos nos han enseñado las más valiosas
lecciones: una devoción sincera y honesta de sacrificio que
me recompensa al brillar la más resplandeciente luz de la
gracia de Dios en mi vida.
Salvador, nuestro hijo, tiene el mismo talento musi-
cal de su padre. Yo traté de que estudiara una carrera,
pero él me enseñó a dejar ir y celebrar la expresión del


músico en él.
Stella, la que le sigue a Salvador, muestra fortaleza en
su personalidad, tal como hace la luz de miles de estrellas.
Amo su individualidad y personalidad, y dejo que planee
su vida.


Angélica Faith es una escritora creativa. Es un alma
sabia que nos ha enseñado a todos cómo expandir nuestro
concepto de Dios y de la vida.
Expresión creativa
Me criaron con una ética cristiana de servir a otros,
y fácilmente sentí un llamado de servir a mis niños y a la
humanidad. En los años noventa yo buscaba una iglesia
que honrara varias creencias. Un domingo por la mañana
cuando yo trotaba y la luz del sol me pegaba de frente, mi
alma lloraba: “Te necesito, Dios, pero en verdad necesito
encontrarte de un modo en que pueda unirme firmemente
a Ti”. Oré por una iglesia donde pudiera satisfacer mis
deseos. Unos días después, vi el aviso de una iglesia de
Unity en el periódico y decidí asistir a ella. Luego aprendí
que el espíritu de Dios está en todos nosotros, y supe
entonces que había encontrado un hogar.
La misión de Carlos ha sido tocar música que
levante el corazón de las personas, que les dé alegría y las
haga sentir bien sobre ellas mismas. Juntos nos dedicamos
a administrar a Santana en 1994, y con la colaboración de
nuestro maravilloso personal, hemos construido una com-
pañía que trabaja en equipo y hace negocios de corazón.
Aunque yo me encontraba ocupada con mi familia y mi tra-
bajo, anhelaba crear más y comencé a escribir mis memo-
rias. De mis recuerdos y notas, escribí capítulos de mis
experiencias en la vida, creando así un aspecto de mi vida
que estuvo separado de mi existencia con Carlos. Me tomó
siete años para completar mis memorias tituladas Space
Between the Stars (El espacio entre las estrellas).
El título de mi libro representa lo que sentí vi-


viendo bajo la sombra de gente que con la exuberancia de
su arte cautivó la atención de la humanidad, tales como
Carlos con su brillante música alrededor del mundo. Por
muchos años me sentí insignificante y sin luz propia. Pero
al continuar aprendiendo sobre mi espíritu, me di cuenta
de que el espacio entre las estrellas es muy brillante ya
que contiene la luz que las estrellas reflejan. Mi confianza
personal aumentó por medio de mis escritos.
Lo que he aprendido de la vida es que el amarme
a mí misma me llena de gozo. Dios me recuerda que el
amor sólo puede vivir si me entrego al perdón. Para recor-
dar esto, medito y oro por las mañanas. Bien como una
niña que ayuna en Viernes Santo o como mujer adulta que
expande su fe, dispongo de modos espirituales para ser
una luz que brilla entre las estrellas.


En sociedad
con Dios
por la Rev. Mary Manin Morrissey

En 1967 yacía yo en una cama de la unidad de cui-


dado intensivo de un hospital. Me habían dicho los médi-
cos que tenía sólo seis meses de vida. Tenía dieciocho años
de edad y un hijo de siete meses.
Tan sólo año y medio antes, mi vida se dirigía hacia
mi sueño de ser maestra. Vivía la experiencia con la que
sueñan la mayoría de las jóvenes en bachillerato: era la
vicepresidenta de mi clase y de la asociación de estudian-
tes, miembro del grupo de danza y princesa de la fiesta

10
anual para los alumnos.
Entonces, durante mi penúltimo año de secundaria,
mi mundo se hizo pedazos: estaba encinta. Mi novio y yo
decidimos casarnos, pero mis padres me lloraron como si
hubiera muerto.
Mi hijo nació en diciembre y llegué a completar
mi secundaria. Durante ese año fui madre, esposa y estu-
diante de secundaria. Mientras tanto, mis amigas planea-
ban su baile de graduación y hacían las cosas divertidas
que normalmente yo hubiera estado haciendo. Muchas de
las madres de mis amigas no dejaban que sus hijas anduvie-
ran conmigo. Casi me sentía como si tuviera una enferme-
dad contagiosa.
Mi vergüenza fue tal que pasé el año odiándome a
mí misma. No me di cuenta del impacto que eso tendría en
mi vida, hasta el verano siguiente cuando me encontraba
en la sala de cuidados intensivos, habiéndoseme diagnosti-
cado una enfermedad renal mortal.
Mi riñón derecho había sido destruido por una
infección tóxica, y las pruebas revelaban que el izquierdo
sólo funcionaba 50 por ciento de su capacidad. Decidieron
operarme y remover el riñón derecho.
Clamando a Dios
Confiaba en la oración, y acudí al Dios del universo
por ayuda. El día antes de mi operación, una ministra me
visitó. Me preguntó si quería hablar. En el transcurso de
nuestra conversación, comencé a hablar de mi vida y la
ministra me ayudó a reconocer que quizás mi cuerpo estaba
en estado tóxico porque mi mente y mi corazón habían
estado en estado tóxico. Había pasado un año llenando mi
ser con esa energía tóxica de odio, vergüenza y culpabilidad.
11
La ministra me explicó que la promesa: “Yo he
venido para que tengan vida, y para que la tengan en abun-
dancia” (Jn. 10:10), no era sólo para algunas personas.
Era para todos los hijos de Dios, y yo era una de las ama-
das hijas de Dios. Oramos, y ella citó otro pasaje de las
Escrituras: “Al que cree todo le es posible” (Mr. 9:23). Me
preguntó si yo creía posible una curación total de manera
tal que no tuvieran que operarme.
Sentía tanto dolor en ese momento que dije: “No,
no creo que pueda curarme totalmente de esto”. Entonces
me preguntó: “¿Puedes creer que por medio del poder de
Dios es posible remover toda toxina de tus células y po-
nerlas en el riñón que te van a sacar?”
Por alguna razón no pude decirle que no, y oramos
para que yo aceptara la vida y el amor de Dios por mí. Abrí
mi corazón para recibir el amor de Dios. Me sentí profun-
damente relajada, y esa noche, por primera vez en sema-
nas, dormí toda la noche.
La mañana siguiente, después de la operación, los
médicos le dijeron a mi familia que el riñón que habían
removido estaba totalmente destruido. Añadieron que al
examinar más de cerca, el otro riñón parecía estar salu-
dable. Que sólo el tiempo diría.
La historia completa
Eso fue hace treinta años, y el riñón que me queda
todavía funciona perfectamente. Más aún, mi vida cambió
completamente. Obtuve mi diploma de secundaria, con-
tinué mis estudios, me gradué en educación, obtuve una
maestría en sicología y logré mi sueño de enseñar a los
niños.
Cuando tenía dieciocho años, comencé a profundi-
zar mi relación con Dios. Más tarde, me gradué en un

12
seminario y me hice ministra. A través de todo esto, viví
según principios que no son sólo para algunas personas.
Son principios que funcionan para toda persona, porque
todos somos parte de la familia de Dios. Dios es nuestro
creador, y como socios Suyos, somos cocreadores.
El mecanismo de ser un cocreador es la energía
creadora del pensamiento, el entender que todo pensa-
miento contiene dentro de sí la semilla de su futura rea-
lización, al igual que toda semilla de maíz es la promesa de
una mazorca.
Yo había plantado muchos pensamientos que eran
semillas que no deseaba que crecieran en el terreno de mi
vida. Supe que no podía escoger si iba a edificar una vida o
no, todos lo hacemos, pero que sí podía escoger la clase de
vida que iba a edificar. Y podía edificar una en la cual los
sueños de mi corazón pudieran hacerse realidad, o edificar
una vida en la que continuara repitiendo los desengaños y
dificultades en los que pensaba continuamente.
Me di cuenta de que realmente vivía, me movía
y existía en la increíble presencia que llamamos Dios, y
que Dios vive, se mueve y existe en cada uno de nosotros.
Decidí ser una socia de Dios y creer que prácticamente no
había nada imposible para esa sociedad.
Abriendo nuevas puertas
En 1981, fundé un ministerio en Portland, Oregon.
Cuando abrimos las puertas éramos solo un puñado de
personas, pero ahora hay tres mil miembros. No salgo de
mi asombro por lo que Dios ha hecho en mi vida al ser
socia de la presencia divina.
En nuestros terrenos se han construido nueve sen-

13
deros, y cada uno conduce a un altar sagrado de oración.
Siete de los senderos llevan a representaciones de las más
grandes religiones del mundo. Un sendero lleva a todas las
religiones menos conocidas, y el último sendero lleva a un
altar que representa todas las religiones que están por llegar.
Estudiamos lo que llamamos espiritualidad cen-
trada en la vida, que es amar a Dios, amar a los demás
y amarnos a nosotros mismos, todo lo cual se basa en el
principio universal del amor que se encuentra en todas las
religiones del mundo.
Comprendemos que hay una relación que es la más
importante en nuestra vida, nuestra relación con nuestro
Creador.
Estableciendo una relación personal con Dios
Cuando me preguntan cómo sé que estoy escu-
chando la voz de Dios, les digo: “Si tu cónyuge, hijo o
mejor amigo te llamara y dijera ‘¡hola!’, inmediatamente
reconocerías su voz porque has pasado tiempo con esas
personas. Has edificado una relación con ellas”. Lo mismo
es verdad respecto a Dios. A medida que establecemos una
relación por medio de la oración o alguna lectura inspira-
dora como La Palabra Diaria, tan sólo unos minutos al día,
comenzarán a edificar una poderosa conexión espiritual.
Sentimos la presencia y el poder de Dios de una manera tal
que vivimos en sociedad con Dios, una amistad más íntima
que alguna otra que hayamos tenido en el mundo material.
Jesús dijo: “El que bebiere del agua que yo le daré,
no tendrá sed jamás” (Jn. 4:14). Hay un manantial de vida
en nosotros del cual podemos aprender a beber y susten-
tarnos. Nuestra sed de amor se sacia de una manera que

14
ninguna otra cosa podría hacerlo. Depende de nosotros el
abrir la puerta a esa experiencia. La práctica diaria de la
oración abre esa puerta y nos eleva en nuestra sociedad
con Dios.

15
Seguir adelante
con fe
por Esther Kreek
La noche antes de casarme con Alberto, él me llamó
y me dijo: “Cariño, debo recordarte algo una vez más: soy
dieciocho años mayor que tú, y algún día vas a tener que
cuidarme”.
“Para mí la diferencia de edades no significa nada”,
le dije. Aun si hubiese sabido en ese entonces que lo iba a
tener que cuidar por estar él enfermo de Alzheimer, no por
su edad, no hubiera querido perder la oportunidad de ser
su esposa.
En 1965 nos transfirieron a la parte central de
Estados Unidos, donde Alberto era un comisionado regio-
nal del Seguro Social. Después de 35 años de servicio con
el gobierno, él me dijo: “Deseo jubilarme mientras me
guste mi trabajo” y nos mudamos a su ciudad natal y con-
struimos una casa.
Alberto pensó que si podíamos clavar dos tablas
juntas, podíamos construir una casa. Compramos planos y
luego los alteramos de acuerdo con nuestras necesidades.
Alberto me motivó a aprender plomería y electricidad.
Hasta lo ayudé a poner tejas en el techo, ¡durante un día
de mucho viento!
Mi esposo siempre me alentaba a aprender
algo nuevo, desde construir una casa hasta reparar un
automóvil. Parecía que él quería prepararme para la vida.
En el verano de 1977 nos encontrábamos en Silver
16
Dollar City, un parque turístico, y Alberto quedó fascinado
con un dulcémele que un músico tocaba. Él pensó que un
dulcémele sería un buen regalo de Navidad para uno de
nuestros hijos. Y luego dijo: “¿Por qué no compras uno
para ti también? Anda, cariño, creo que necesitas uno”.
Con desgano dije: “Está bien”. Ahora bromeo con
la gente diciéndoles que tocar el dulcémele y enseñar a
tocarlo se volvieron tal parte de mi vida que tuve que dejar
de limpiar la casa y lavar la ropa.
Una encrucijada
Alberto y yo visitábamos seis casas hogares men-
sualmente y yo tocaba para los residentes. Muy pronto
comencé a recibir invitaciones para tocar en una iglesia, un
museo y una tienda.
Compramos un tráiler y comenzamos a viajar a
festivales en todo el país. Comencé a notar que mi esposo
tenía problemas con tareas como montar cargas en el trái-
ler y engancharlo al automóvil. Cuando le dije esto al doc-
tor, éste me dijo: “¿Qué esperas de un septuagenario?”
Comencé a observar a Alberto discretamente para
asegurarme de que no tuviera problemas. Conseguí la
cooperación de amigos que también lo observaban y cuida-
ban mientras yo actuaba.
Le insistí al doctor que algo andaba mal y por fin lo
refirió a un neurólogo. Después de los exámenes y las eval-
uaciones, me reuní con mi esposo y mis hijos para discutir
el diagnóstico. El doctor estaba 90 por ciento seguro de
que Alberto sufría del mal de Alzheimer, una manifestación
progresiva de demencia, y le recomendó que no condujera
vehículos.

17
En el estacionamiento, él abrió la puerta del auto
como si él fuera a manejar y pensé: ¿Cómo voy a lidiar con
esa situación? Alberto se portó maravillosamente, tomán-
dome del brazo y guiándome al asiento del conductor.
Me entregó las llaves, dio la vuelta y una vez sentado en
el auto se inclinó y me dio un beso. Desde ese día nunca
trató de manejar de nuevo.
Yo daba clases en Morehead, Kentucky, siempre con
Alberto a mi lado. Una mañana él desapareció de mi vista
cuando yo ayudaba a un estudiante. Mis estudiantes y yo
lo hallamos encerrado en el baño, porque no podía pensar
cómo abrir la puerta para salir. En ese momento supe que
ése sería nuestro último viaje.
Tuve la fortuna de conseguir una enfermera que
cuidara a Alberto de modo que yo pudiera salir de la casa
por unas horas. Para mi paz mental, dejaba una lista de
instrucciones de tres páginas y llamaba varias veces para
ver cómo iban las cosas. De vez en cuando podía ir a un
festival de música. Él me alentaba, diciéndome: “Cariño,
puedes hacer cualquier cosa. Sólo levántate, pon un pie
delante del otro y sigue adelante”.
Y así lo hice. Mi esposo se volvió muy inquieto,
pero nunca se mostró agresivo. Un día cuando trataba de
que tomara su medicina le pregunté: “¿Confías en mí?”
“Siempre”, me respondió.
“Entonces vas a tener que confiar en mí cuando te
pida que hagas algo.” La palabra confiar alivió su confusión
y lo motivó a cooperar.
La música, oración, meditación y mis hijos me
ayudaron a seguir adelante. Pero a veces lloraba debido

18
a mi frustración. Sentía rabia, no por Alberto sino por la
enfermedad.
Después de que Alberto pasara por dos cirugías y
cáncer de la próstata esparcido en sus huesos, ya no pude
cuidarlo en casa.
Traté por todos los medios de conseguir un hogar
clínica para él, pero sin éxito. Un día me llamaron de emer-
gencia porque uno de los enfermeros dejó una medicina en
un sitio y mi esposo se la tomó pensando que era para él.
Hubo veces en que lo encontraba en pijamas y des-
calzo. Yo quería que le proveyeran cuidados básicos, y supe
que ya no podía mantenerlo más en ese lugar.
Contestación a la oración
Dios trabaja misteriosamente. Tomé la tarde libre
y fui a una reunión de músicos de dulcémele. Mientras
almorzábamos le pregunté a la dama que estaba a mi lado:
“¿Trabajas?”
“Sí”, me respondió, “soy la administradora de un
hogar clínica.”
Cuando le pregunté si tenían una sección para
gente con Alzheimer, me dijo que sí pero que no tenían
vacantes en ese momento. Dos días después me llamó
para decirme que uno de los pacientes saldría y que habría
espacio para mi esposo.
Ésa fue una respuesta a la oración. El personal de
este centro y yo trabajamos en equipo para cuidar de él.
Yo lo traía a casa para cenas familiares, pero después se le
hizo difícil. Lo llevé a un paseo por el campo, pero él se
puso muy inquieto. Le pregunté: “Cariño, ¿qué te pasa?”

19
Me respondió que quería ver gente. Lo llevé de
regreso al hogar clínica y se sintió muy aliviado al ver
gente de nuevo.
Al final del último de mis conciertos a los cuales
Alberto pudo asistir, él estaba sentado con un amigo.
Después de dar gracias a los técnicos de sonido y a la gente
de la iglesia y otros, di gracias a Alberto diciendo: “Quiero
darle las gracias a mi esposo por darme amor, alegría,
aliento y por haberme regalado mi primer dulcémele”. Para
mi sorpresa él se levantó, se volteó hacia el público y les
hizo la venia.
Oré por tres cosas: para que Alberto recibiera buena
atención y no sintiera dolor, y su dolor fue aliviado; oré
para poder estar con él hasta el final, y así ocurrió.
Mi esposo quiso siempre que yo tocara música.
Siento que se lo debo a él y a mí misma también. He con-
tinuado poniendo un pie delante del otro. La gente me ha
ayudado mucho y aprendí mucho cuidándolo. Pienso que
he aprendido muchas cosas que puedo compartir, así que
estoy escribiendo un libro. Siento la necesidad de inspirar
a otros. Aprendí esto al enseñar música a otros. Al motivar-
los, les ayudé a comprender que ellos podían tocar. Tal vez
ésa sea mi misión: inspirar.
Alberto ya tiene ocho años de haber fallecido, y lo
extraño mucho. Agradezco mucho los recuerdos. Él fue un
esposo maravilloso.
Cuando toco música, recuerdo a Alberto. Recibí una
carta de una dama que me bendijo profundamente cuando
dijo: “Fui a todos tus conciertos, pero no te veía a ti sino
que me llenaba de gozo viendo cómo tu esposo te miraba”.

20
El lugar
de oración
en mí
por Judy Collins

Mi padre cantó y tocó piano en su programa de


radio por más de 35 años, de modo que crecí en un am-
biente musical. Cuando él comenzó a enseñarme a tocar
piano, estoy segura de que nunca pensó que yo llegaría a
ser una cantante profesional de música folklórica. Cuando
tenía trece años tocaba música clásica en conciertos.
Pero un día oí una canción popular llamada “Gypsy
Rover” (Gitano errante) en la radio, y eso cambió mi vida.
Comencé a escuchar y aprender música folklórica, y
cuando tenía dieciséis años, le rogué tanto a mi padre para
que me comprara una guitarra, que lo hizo.
La narrativa de la música folklórica le habló a mi
corazón, y en lugar de tocar piano sola, comencé a tocar y
cantar en compañía de otros músicos quienes disfrutaban
de la camaradería de compartir canciones con otros y de
aprender canciones de otros. Al ser parte del mundo de la
música folklórica, me sentí como parte de un círculo social
de gente talentosa y amistosa.
21
La calidad espiritual de la música folklórica me for-
taleció. Aunque crecí cantando con el coro de la iglesia, me
sentí atraída por el mensaje espiritual de la gran mayoría
de las canciones de música folklórica.
Durante mis cuarenta y un años de carrera, he viajado
por tierra, haciendo de sesenta a ochenta presentaciones por
año, pero he disfrutado cada minuto. No hay nada que me
guste más que viajar en avión o en el asiento trasero de un
automóvil, yendo a cualquier sitio. Me entretengo con mis
libros, mi computador y mi equipo de música, y paso ratos
maravillosos.
Para mí es muy importante mantener mi conexión
espiritual. Algo maravilloso de La Palabra Diaria es que
la puedo llevar conmigo doquiera que vaya y sacarla para
leerla en cualquier momento. Es lo suficientemente portátil
y siempre hay algo en los mensajes de interés para mí.
Compartiendo las artes
En 1994, me pidieron que fuera representante de
las artes para UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para
la Infancia), de modo que como tal, he viajado a Rusia,
Japón, Bosnia, Croacia y Vietnam. Doy presentaciones y
escribo sobre esa organización. Los niños de esos países
han visto su salud mental y emocional muy afectada.
Tomé interés en un tipo de terapia que fue comenzada en
Mozambique. Los niños en ese país crecían en medio de
violencia. Sus villas estaban rodeadas de minas explosivas
y eran bombardeadas continuamente. No me había dado
cuenta de lo terrible de la situación hasta que fui allí per-
sonalmente. Aprendí lo valioso de los programas de arte
para ayudar a esos niños. El hacer algo artístico como can-
22
tar, leer, tocar un instrumento o dibujar, los ayudó durante
momentos traumáticos. Las artes son una parte importante
de la vida, pero lo son más aún cuando ayudan a los niños
y adultos a vencer dificultades emocionales.
Crecí en un ambiente eclesiástico, pero la música
folklórica me ayudó a profundizar mi vida de oración. Para
mí la oración es el antídoto más poderoso contra lo negativo
y el miedo. Raras veces comienzo a escribir una canción
sin antes acudir a mi interior en oración. Eso es esencial
para mi estabilidad emocional y física.
El viaje de la vida
Al igual que toda persona, he pasado por momentos
difíciles. La violencia y el miedo a que haya más violencia,
hacen el viaje de la vida más difícil para la gente.
El viaje de mi vida ha incluido el suicidio de mi
hijo, que ha sido para mí difícil de sobrellevar. Pero no
creo que podamos comparar problemas al punto de decir
que un reto de una persona es mayor que el de otra.
Todos enfrentamos retos, y sólo tenemos que saber
que tenemos lo necesario para vencerlos. La oración es una
herramienta poderosa con la cual podemos mantener una
conexión fuerte con ese poder que es mayor que nosotros,
ya que solos no podríamos vencer retos.
Estoy muy convencida de que hay una guía interior
que nos dice qué sucede y qué debemos hacer. Es un tra-
bajo interior y requiere mucha oración, mucho esfuerzo y
mucha fe, pero es en ese momento que la verdadera cura-
ción ocurre.

23
24
Placa de valor
por Bárbara C. Raven

Un árbol se erige, muy alto y orgulloso


luciendo su evidente herida como un talismán de vida.
Una herida como grieta en su tronco
llega a sus raíces
pero está rodeada por el poder del tronco
que la cubrió para que el árbol fuera una totalidad digna
y así la cicatriz aunada al árbol es:
una placa de valor.
La placa dice: “No temas, mira cuán lejos
he llegado, cuán alto he crecido;
mis hojas continúan abriéndose
en el sol matinal y en la niebla del crepúsculo.
Nada puede detenerme,
puedo vencer toda tragedia, sin importar su tamaño;
he caminado por el valle de las sombras
y regresé triunfante a la Fuente de todo.
Querida hermana, puedes hacerlo, espera.
Estás haciendo lo mismo, ya que somos uno con Dios”.
Después de esta exclamación, no hace falta decir nada más.

25
Una placa
de valor
por Bárbara C. Raven

Antes de operarme en julio del 2001, un sonograma


rutinario reveló que yo padecía de algo muy serio. Unos
exámenes adicionales confirmaron que yo tenía linfoma
folicular, cáncer del sistema linfático.
Comencé a recibir quimioterapia. Para el otoño de
ese año, el dolor que sentía era terrible. La quimioterapia
había causado llagas en mi boca y mi lengua, al punto que
mi lengua se despedazaba. No pude comer normalmente
por un período de cinco a seis meses.
La lectura de La Palabra Diaria y las enseñanzas de
Unity me ayudaron durante ese tiempo y aún continúan
ayudándome. De acuerdo con los doctores, este tipo de
cáncer es muy tenaz y sólo puede ser controlado con qui-
mioterapia si se diagnostica a tiempo.
Mi trabajo como asistente del reverendo Paul
Tenaglia en la Iglesia de Unity en Nueva York también me
bendijo en ese momento y me llevó a sentir esperanza, la
cual obtuve de una fuente poco común durante un retiro
de Unity.
En julio del 2002, asistí al retiro usual en nuestro
hermoso centro de conferencias Trinity Center en West
Cornwall, Connecticut. Ya había pasado por los peores
momentos, todavía con el cáncer y recibiendo quimiotera-
pia, pero ya no en una condición tan devastadora. La noche
anterior al último día del retiro, los asistentes guardaron
26
silencio. Comenzamos justo antes de la cena y no rompi-
mos el silencio antes de la mañana siguiente, después de
haber regresado de lo que llamamos “una caminata en
silencio con Dios”. Después del desayuno, terminamos
nuestro silencio, y todos los que desearon compartieron sus
experiencias.
Mi caminata con Dios
Durante mi caminata con Dios, vi lo que sólo puedo
describir como un árbol milagroso: un gigantesco árbol con
una grieta que había sido causada por un rayo durante una
tormenta. Casi pude sentir el dolor que este árbol debió
haber sufrido, pero al levantar la vista, me sorprendí por
lo que vi. ¡El tope del árbol estaba cubierto de saludables
hojas verdes!
A pesar de las cicatrices aparentes del tronco, éste
era un árbol en buen estado que cubría sus heridas con
nueva vida y crecimiento. Este árbol era una metáfora
viviente de lo que yo estaba viviendo. Al pararme frente al
árbol, éste me relató su propia curación y prácticamente
me dejó sin aliento. Sintiéndome consolada e inspirada,
respiré profundamente y caminé hacia una pared empedra-
da. De inmediato comencé a escribir palabras en mi libreta
que parecían fluir de mi corazón a mi mano y de mi mano
a mi pluma.
Cuando compartíamos los mensajes que Dios nos
había dado en nuestra caminata, leí “Placa de valor”, el
poema que yo había escrito recientemente como respuesta
a mi experiencia con el árbol. Luego, David Friedman, un
compositor de Broadway, que me había estado ayudando
con la música para el retiro, dijo: “Bárbara, tu poema me
conmovió tanto, que quiero una copia para ponerle música”.
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27
En el primer aniversario del 11 de septiembre,
tuvimos un servicio que fue dedicado al valor y la deter-
minación. Brit Hall, el director musical, me dijo: “Creo
recordar que el poema que leíste en nuestro retiro está
relacionado con el tema de este servicio. ¿Podrías leerlo
este domingo?”
“Por supuesto que sí”, fue mi respuesta. Ese do-
mingo leí mi poema.
Luego de leer el poema me senté en la fila del
frente. David anunció que le había puesto música a mi
poema y comenzó a acompañar a Spiritus, el grupo coral
de la iglesia, según ellos cantaban “Placa de valor”. Eso me
conmovió mucho y comencé a llorar.
El poema comenzó a popularizarse desde ese
momento. David se lo leyó a Patricia Neal, una galardo-
nada actriz, a quien le gustó mucho. Habiéndose recuperado
de tres ataques de apoplejía, ella dijo: “Este poema debe
estar en todo centro para ataques cerebrales en el mundo”
y se ofreció para grabar el poema.
Luego David le mostró el poema a alguien que
había sobrevivido cáncer, y esta persona dijo: “El mensaje
de este poema debe estar en un libro”. El grupo Spiritus
grababa su primer CD en esos días e incluyó “Placa de
valor”.
Oración
Creo que el mensaje verdadero de mi poema es que
sin importar lo que tengamos que enfrentar, el poder y la
presencia de Dios en nosotros nos ayudarán a vencerlo. En
los momentos más oscuros, podemos sentirnos abandona-
dos, pero nunca lo estamos. Dios siempre está presente,
28
y al mostrarnos receptivos a Dios, experimentamos esa
sagrada presencia.
No siempre tuve eso presente durante mi tratamien-
to, pero lo sentía profundamente. Hubo un momento en
que le pregunté a una persona muy espiritual que escribió
un libro sobre curación lo siguiente: “¿Cuando sientes
dolor, cómo lo vences?” Ella dijo: “En ese momento, oro
por otras personas”.
Comencé a aplicar eso en mi vida. Si me despertaba
a medianoche porque me dolía la boca, oraba por quienes
podrían estar sufriendo en ese momento. Orar por otros
aliviaba mi intenso dolor y me hacía recordar que todos
llevamos una placa de valor.

29
Del temor a la fe
por Rhonda Britten

Yo tenía catorce años y planeaba ser ministra cuando


mis padres decidieron divorciarse. En esos momentos de
incertidumbre, yo sentía que Dios y yo éramos uno, éramos
buenos amigos y camaradas. Había comenzado un grupo
juvenil en mi iglesia, asistía a conferencias para adolescen-
tes y repartía folletos sobre Dios por todas partes.
Meses después de haberse mudado de nuestra casa,
papá vino a llevarnos a mi mamá, a mis dos hermanas
—Cindy y Linda— y a mí para un almuerzo el Día del
Padre.
Ese día comenzó como cualquier otro, mis her-
manas y yo peleábamos por el turno de usar el baño. Mi
madre estaba maquillándose y arreglándose el cabello en
su cuarto cuando mi padre llegó. Él me murmuró que iba a
buscar un abrigo en su auto. Yo fui al cuarto de mamá para
decirle que estábamos listos para salir.
En el momento en que mamá y yo caminábamos
hacia el auto, papá sacó un arma y le disparó a mamá
diciéndole: “¡Tú me obligaste a hacer esto!”

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“¡Detente, detente!” grité. “Yo viviré contigo, te
cuidaré!”, le dije, tratando de que no disparara más.
Luego apuntó hacia mí, y nos miramos por unos
segundos. Parpadeó, amartilló el arma, volteó hacia mamá
y le disparó por segunda vez. Luego papá se arrodilló de-
lante de mí, apuntó a su cabeza y disparó.
El haber presenciado que mi padre matara a mi
madre y se suicidara, hizo que la violencia y el dolor
por la pérdida de dos personas a quienes amé me per-
siguieran. También me sentía culpable de sus muertes.
Aparentemente yo no merecía vivir porque el haberle ofre-
cido a mi papá vivir con él y cuidarlo, no detuvo sus inten-
ciones. De modo que llegué a la conclusión de que yo no
merecía ni vivir ni que me quitaran la vida.
Creí que Dios me había sometido a una gran prueba
el 15 de junio de 1975, el día en que mis padres murieron.
Tracé una raya en la arena entre Dios y yo: “Te amo, pero
no puedo ofrecerte mi vida como Te dije que lo haría. Tus
pruebas son muy fuertes. Es muy difícil amarte”.
Manteniéndome viva
Cindy, mi hermana mayor, tenía dieciocho años, de
modo que Linda, mi hermana menor, y yo pudimos vivir
con ella. Yo ni bebía ni fumaba en ese entonces y mis notas
en la escuela eran excelentes. Cuando cumplí dieciséis años
me mudé a mi propio apartamento con el dinero que ganaba
como mesera y con los beneficios que recibía del Seguro
Social.
Todas las noches tenía pesadillas en las cuales mi
papá me perseguía y me disparaba. A través de los años
consumí licor para poder dormir. No fue hasta mi tercer

31
intento de suicidio a los veinticinco años de edad que
acepté que el haber seguido con vida tenía un propósito.
Me di cuenta de que tenía que buscar otro modo de vivir,
ya que no podía seguir viviendo de ese modo.
Decidí dejar de culpar a mis padres por mi modo
de vida y comenzar a buscar mi propia valía. Usé un ca-
lendario para marcar con una estrella las cosas buenas
que hacia. Al pasar un mes me di cuenta de que yo hacía
mucho bien y que yo no era mala persona. Con este simple
ejercicio y hacerme responsable de mi vida, di comienzo a
lo que ahora llamo “Vivir sin temor”.
Dejé de tomar licor y comencé a asistir a la iglesia
de nuevo. Oré pero no podía decir “Dios”. Entonces un día
de regreso de la iglesia, oí Su voz, la cual no había oído
en más de veinte años. Por alguna razón, ese día Dios me
habló, diciéndome: “Te necesito”. “Ni modo”, le dije. “Tu
precio es muy alto. ¿Qué tengo que sacrificar para que me
ames?”
Tuve que detener mi auto porque prácticamente
estaba teniendo un diálogo con Dios. Yo quería establecer
una relación con Dios, pero pensé que al cruzar la línea de
regreso a Dios, algo malo ocurriría. Pasé casi dos horas al
lado de la carretera, orando y hablando.
Al final dije: “Bien, Dios, lo que más deseo es resta-
blecer la conexión que Tú y yo teníamos cuando yo tenía
catorce años”. La etapa más feliz de mi vida fue justo antes
de que mis padres murieran, cuando tenía una relación
personal con Dios.
Ese día en mi auto, me di cuenta de que yo vivía
con el temor de que si yo era feliz de nuevo en mi relación

32
con Dios, alguien más moriría. Pude vencer ese miedo y
exclamar: “¡Dios, ya no puedo negarte más!”
En ese momento, de nuevo me entregué comple-
tamente a Dios. ¡Me complace decir que nadie más ha
muerto! Comencé nuevamente un diálogo diario con Dios
en oración y comunión, y continué recibiendo ideas mara-
villosas sobre cómo vivir sin temor.
Viviendo sin temor
Al ver mi gran cambio, la gente comenzó a pregun-
tarme: “¿Cómo pudiste cambiar tu vida?” Les dije sobre mi
primer ejercicio usando el calendario y otros ejercicios que
había usado con éxito, y luego ellos venían y me decían:
“Vaya, eso también me ayudó a mí. ¿Qué más tienes?” Fue
como si una compuerta se abriera y en pocos meses me di
cuenta de que mi propósito en la vida era vivir sin miedo y
ayudar a otros a hacer lo mismo.
Cuando tenemos miedo de cometer errores y nos
pasamos la vida esperando que Dios nos revele cuál es
nuestro propósito, podemos llegar al punto de servir al
temor en vez de servir a Dios. Puede que Dios ya nos
haya revelado nuestro propósito, pero por nuestro temor,
hemos evitado la responsabilidad de llevarlo a
cabo. Entonces, pasamos el resto de nuestras
vidas creyendo que estamos esperando pacien-
temente por algo, cuando en verdad ya lo
hemos recibido de Dios.
Escuchando a Dios
Gracias a mi comprensión espiri-
tual, he aprendido a distinguir cuándo
Dios me habla o cuándo es el temor el
33
que me habla. Al ser capaz de distinguir entre esas dos
voces, estoy más dispuesta a escuchar a Dios y asumir la
responsabilidad de seguir Su guía.
Creo que uno debe orar las 24 horas al día, siete
días a la semana. Abogo por una continua conexión con
Dios, basándome en el punto de vista de que todo lo que
hacemos es una oración. Lo primero que hago cada mañana
es escuchar música espiritual para volverme más cons-
ciente de mi unión con Dios. Cada vez que siento estrés
me pregunto: “¿Estoy dispuesta a ver esto de un modo dife-
rente? ¿Cómo está Dios obrando en esta situación?”
Por varios años me pregunté: “¿Hay algo malo en
mí?” Nunca me concentré en buscar el bien que había en
mí. Cuando le entregué mi vida de nuevo a Dios, me di
cuenta de que en los últimos veinte años mis preguntas
habían sido erróneas. De hecho, no hay mal en nosotros.
La pregunta es: “¿A qué tememos?” “¿Es miedo al fracaso,
a la intimidad o a la soledad?” Una vez que decidimos que
el miedo no va a controlar nuestras vidas, nos volvemos
canales que Dios puede utilizar completamente.
Sólo en ese momento honraremos la naturaleza con
la que Dios nos creó. El miedo se deleita con la creencia
falsa de que al no hacer nada estamos a salvo. En realidad,
nos deleitamos cuando corremos riesgos, los riesgos de
Dios. Cuando la voz de Dios es nuestro principal motiva-
dor, el miedo ya no tiene poder sobre nosotros. Entonces
ya no tenemos miedo de expresarnos, pedir ayuda y seguir
nuestros sueños. Y finalmente, podemos honrar nuestra
naturaleza interna y sentir paz.

34
El espíritu
eterno
por Joan Lauren
Sólo semanas después de habernos comprometido
para casarnos, le diagnosticaron cáncer a Ken. Durante los
dos años siguientes estuvo entrando y saliendo del hospital.
Estando recluido, hubo un momento en el que Ken
sintió tanto dolor que yo no pude soportar verlo así. Le
pregunté si estaría bien que yo diera un paseo. Dijo que sí,
pero me pidió que no me demorara mucho. Habiendo es-
tado allí todo el día, necesitaba salir y llorar. Le di un beso
y le prometí regresar enseguida. Él sonrió.
Cuando dejé la habitación pensé: Dios, o te lo llevas
o lo curas, porque esto no es justo. El sufrimiento que veo
en todas partes es demasiado. Había visto muchos pacien-
tes con cáncer y SIDA en los hospitales en los que Ken
había estado. No podía lidiar con todo eso, especialmente
cuando se trataba de niños.
Al seguir caminando a lo largo del pasillo, vi una
cuna, una linda cuna con ruedas. Miré a la mujer que la
empujaba y pensé: “¡Oh, no! ¡Hay un niño enfermo en ella!
¡No puedo bregar con esto! ¡Tengo que ir en otra direc-
ción!” Mi cuerpo comenzó a temblar y me sentí débil.
Entonces, la mujer me miró. No dijo ni una palabra, pero
la calidez de su mirada me atrajo hacia ella y la cuna.
Miré adentro y no pude calcular la edad de la cria-
tura, pero pensé que era una niña, delgada y pálida. Tan
sólo le quedaban unas hebras de pelo en la cabeza, y tenía
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unos enormes ojos con grandes círculos oscuros debajo de
ellos. Pensé: “Voy a gritar y a desaparecer”. De pronto, la
niña me sonrió, y esa sonrisa me penetró profundamente,
despertándome a la Verdad que tan desesperadamente
necesitaba saber para ella, para mí y para Ken.
Cuando me sonrió fue como si me dijera: “Está
bien. Mi cuerpo está así, ¡pero estoy viva! ¡E1 espíritu está
vivo y mi alma está viva! Soy feliz y estoy llena de gozo!”
Esta niña, que para el mundo parecía un esqueleto respi-
rando, tenía un espíritu y un alma que estaban vivos y lle-
nos de amor y ternura. En aquel momento comprendí que
somos mucho más que nuestro cuerpo. El cuerpo puede
ser temporal, pero el Espíritu es eterno, más grande que el
cuerpo donde habita. Aprendí eso de los ojos y el alma de
la niña.
Comprendí que el espíritu de Ken también era
eterno. Su cuerpo parecía estar gastado, pero su espíritu
era joven. Sus ojos estaban llenos de juventud, de grandeza
universal, igual que lo estaban los ojos de la niña.
La luz dorada
Un día, recibí una llamada de Ken a las siete de la
mañana. “¿Puedes venir al hospital enseguida?”, preguntó.
“Oh, Dios, ¿qué habrá sucedido ahora?”, pensé; pero su
voz era realmente diferente. No se parecía a la que había
oído antes.
“Sí, por supuesto, pero... ¿estás bien?” Sentí un
alivio cuando dijo: “Sí”.
Cuando llegué al hospital, corrí a la habitación de
Ken, pero él no estaba allí. Mi corazón latía fuertemente, y
una enfermera entró diciéndome, como en respuesta a mis

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37
pensamientos: “Oh, él quiso que lo cambiaran a otra habita-
ción, a una donde entrara la luz del sol”.
Cuando entré a su nueva habitación, me detuve
pensando que me había equivocado de lugar. De momento
no reconocí a Ken, sonriente y rodeado de la dorada luz
del sol. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Nunca había visto
su cara tan apacible. Me incliné para darle un beso y le
pregunté: “¿Qué pasó?”
“Alguien vino a verme, pero no estoy seguro de
quien fue…”, dijo. “Había una luz dorada.” Ken lloraba,
pero eran lágrimas de alegría. “Todo va a salir bien”, dijo.
“Voy a estar bien y tú vas a estar bien”.
En ese momento comenzamos una búsqueda espiri-
tual juntos. Encontramos gran paz al estar simplemente
sentados juntos, al estar el uno con el otro. De pronto, sin
escuchar ni leer sobre ello, supimos la verdad. Éramos
estudiantes de Dios —directamente. Hablábamos de Dios y
del amor, y todo temor desapareció.
La luz y el amor de Dios
Ken murió apaciblemente en mis brazos. En su
funeral, pude comprender finalmente lo sagrado de lo que
nos había sucedido. Una mujer se me acercó después que
pronuncié la oración panegírica y me dijo: “¡Oh, fue mara-
villoso!” “¿De qué religión es usted?” Le dije: “Yo soy la luz
y el amor de Dios”. Las palabras salieron de mi boca fácil-
mente, pero quedé tan sorprendida de lo que había dicho,
como la mujer que me escuchaba. Sin embargo, el mensaje
fue muy claro, muy directo y muy perfecto cuando salió de
mi boca. Y ha sido el mapa con el que he guiado mi vida:
ser la luz y el amor de Dios.

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Después de que Ken murió, deseé hacer algo, pero
no estaba segura de lo que iba a ser. Me mudé de Nueva
York a Los Ángeles, y pasé el año siguiente tratando de
encontrar un balance entre poder vivir y hacer el trabajo
que sentía la necesidad de hacer —todo como un ser
espiritual y de una manera espiritual. Una noche, sentí el
impulso de salir y acostarme bajo las estrellas. Así lo hice,
y mi siguiente paso fue entregarme a Dios y al universo.
El trabajo de mi alma
Con esa entrega me di cuenta de que tenía dos
trabajos: un trabajo “lucrativo” como fotógrafa profesional
y, más importante, otro trabajo “no lucrativo”, el de mi
alma. Mi libro Retratos de la vida, con amor, es un trabajo
del alma. Más de cien de las estrellas más conocidas de
Hollywood han donado su tiempo y sus palabras. Las he
fotografiado con niños, algunos de los cuales tienen SIDA.
El producto de la venta del libro ayuda a niños con VIH/
SIDA, a través de la “Fundación Manos a la Obra”.
El libro fue el “algo” que tenía que hacer como mi
deber, y lo hice por Ken y por mí, por la niña en la cuna y
por todos los niños. Al principio pareció un proyecto impo-
sible el reunir a todas esas personas, pero amigos fieles me
ayudaron a lo largo del camino. Creo que el amor y el calor
que demuestran las personas en las fotografías, así como
en lo que escriben, llegan al corazón de quienes las ven.
Creo, más que nada, que las personas ven la verdad, como
yo la vi en la sonrisa de la niña en la cuna.

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La búsqueda
por Donna Miesbach

Aquí, en la zona callada del espacio interior,


me encuentro explorando, como en el pasado,
el potencial de este océano vasto e inexplorado
que guarda el significado de la existencia.

Como todos los que lo han buscado antes que yo,


sólo puedo andar a tientas en los confines de mi alma,
pero parece que hay algo que me atrae,
una atracción hacia alguna luz interna no vista
que dice:
“¡Por aquí! ¡Éste es el camino!”

Y así sigo, consciente completamente


de que no importa dónde me guíe,
éste es sólo el comienzo.
Nunca puedo agotar mi potencial;
el crecimiento es eterno.

Y aun cuando he cambiado


a un estado distante años luz,
creceré aún más,
porque en la búsqueda misma
la verdad es revelada
a medida que encuentro
la esencia de mi identidad.

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C orazón
de amor
por Colleen Zuck
Los inviernos en Missouri ofrecen una gama de
cambios: hay días sumamente fríos y otros en que la tem-
peratura sube inesperadamente, al igual que temporadas
de lluvia y sequía. Por cierto, los que nacen y crecen en
Missouri acostumbran a decirles a los visitantes y nue-
vos residentes: “Si no te gusta el clima aquí, no te vayas,
porque mañana cambiará”.
Poco antes de la Navidad en 1954, yo tenía mucho
frío, la nieve cubría nuestra comunidad en las colinas. El
vecindario adquirió una apariencia surrealista en blanco y
negro, un contraste de tierra y nieve. Nuestra casa, situada
en un terreno de un acre y medio, se encontraba en una
línea donde lo urbano comenzaba a mezclarse con lo rural.
Ésa fue la Navidad en que aprendí a diferenciar
entre la prosperidad material y la espiritual: me di cuenta
de lo que significa dar con la abundancia del amor de Dios
que siempre está disponible para nosotros.
Una mano amiga
Mi madre era gerente de una tienda en nuestro
vecindario, pero mucho más que eso, ella era el corazón de
la comunidad. Apoyó el reciclaje mucho antes de que fuera
conocido popularmente. En nuestra numerosa familia, la
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ropa pasaba
de una per-
sona a otra.
Recuerdo lo
alegre que me
sentí cuando ya
no me quedaban
bien unos zapatos
pasados de moda que
mis primas y hasta
mis tías habían usado.
Mi madre coleccionaba
juguetes para los niños
de nuestro vecindario y los
mantenía en buen estado, y
también planchaba la ropa de
las muñecas.
Esa fría mañana antes
de Navidad, cuando tenía como
trece años, mi madre me llamó a la
cocina y comenzó a sacar envases del
gabinete.
Me dijo que teníamos que pre-
parar desayuno, y le pregunté por qué,
ya que ya habíamos desayunado. Ella me
respondió que se había enterado de que una
de las familias vecinas no tenía comida. Dijo:
“Jesús alimentó a cinco mil personas con cinco
panes y dos peces, y nosotros debemos conseguir
suficiente comida en esta cocina para alimentar a
una familia de siete”.

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Mi madre comenzó a preparar panecillos. Después
de mezclar los ingredientes, comenzó a amasar. Luego
puso la masa en el molde para hornear panecillos
grandes y redondos, suficiente para alimentar a doce per-
sonas.
Después de meter el molde en el horno, me dijo:
“Necesito que lleves esta comida para Kitty y sus niños”.
Me ruborizaba al pensar que tenía que llevar desa-
yuno a esa familia. ¿Qué pasaría si a ellos no les gustaba?
¿Y si les avergonzaba no tener suficiente comida?
Mi madre y yo fuimos a la casa de Kitty sin hacér-
selo saber. Al tocar mi madre la puerta, un niño de aproxi-
madamente siete años fue a ver quién era. Con la misma
confianza con la que mamá ofrecía la comida en la mesa en
nuestro hogar, ella le dijo: “Pensé que les gustarían unos
panecillos”.
Al entrar en la casa, me sorprendí del frío que hacía
adentro ya que no tenían calefacción. Otros cinco niños y
su madre aparecieron luego.
Abundancia de amor
Una de las niñas, menor que yo, veía la bandeja
de panecillos que yo sostenía en mis manos y me miró a
la cara como si hubiera visto a un ángel. Yo me vi a través
de sus ojos, y me sentí bien. Eso es lo que yo quería ser.
La abundancia del amor de Dios compartida entre las dos
familias y que llenó los espacios de ese pequeño hogar, me
hizo sentir como un ángel.
Caminando de regreso a nuestra casa, mi madre y
yo estuvimos calladas, pero me sentí muy bien y feliz. Y
desde ese día disfruté al ayudar a mi madre a compartir su
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corazón de amor, dando lo que teníamos para dar. Aprendí
que no hay gesto ni regalo pequeño o insignificante cuando
se ofrece para honrar el amor de Dios.
Años después cuando conocí a Unity, comprendí
que mi madre tenía una conciencia de prosperidad, lo que
es parte de las enseñanzas de Unity. Aunque ella no ha
tenido mucha riqueza material, siempre ha sabido expresar
el amor de Dios abundantemente.
En vista de que ahora sufre de Alzheimer, hay
veces en que no sabe cómo alimentarse a sí misma.
Frecuentemente, cuando la alimento, ella me hace saber
con palabras o gestos que quiere que yo comparta su comi-
da, e incluso que comience a comer yo primero.
Sí, el amor de Dios que mi madre expresa es más
fuerte que el Alzheimer y cualquier otra condición o cir-
cunstancia. Qué prósperos somos cuando amamos y esta-
mos dispuestos a amar.

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Acerca de las autoras
Rhonda Britten, es la fundadora del Fearless Living Institute y
autora de Fearless Living: Live Without Excuses y Love Without
Regret. Su libro más reciente, Do I Look Fat in This? Get Over
Your Body and On With Your Life, ofrece a los lectores una nueva
manera de ver sus cuerpos y relacionarse con ellos. Rhonda tam-
bién es oradora, escritora de una columna en una revista y entre-
nadora de por vida en el programa de drama real Starting Over,
ganador de un premio Emmy.

Judy Collins, es una cantante famosa, compositora, autora,


actriz, cinematógrafa y directora ejecutiva de su firma de discos.
Ha grabado 45 álbumes de los cuales muchos han estado en
los 10 más famosos. En el 2001 fue galardonada con el premio
vitalicio del National Museum of Women in the Arts (Museo
nacional de las mujeres en las artes). Su libro más reciente es
Morning, Noon and Night: Living the Creative Life. Su álbum más
reciente es Portrait of an American Girl. Con energía invencible y
una voz clara como el cristal, Judy ofrece de cincuenta a ochenta
conciertos al año.

Esther Kreek, ha creado seis grabaciones de su música de dul-


cémele y ha escrito un libro para niños, A Dulcimer for Elspeth,
con su CD de música y narración. Ella enseña y actúa en todo
Estados Unidos, combinando la historia, la narración y la mú-
sica para escuelas, iglesias y sitios históricos. Esther sirve en el
Speaker’s Bureau for the Alzheimer Association.

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Joan Lauren, tiene como pasatiempo la fotografía, y éste se
convirtió en carrera como fotógrafa profesional. Por medio de su
uso único de la luz natural, ella crea retratos de personas, fotos
para editoriales, moda y para galerías de arte. Su trabajo ha apa-
recido en las revistas Bazaar, Redbook, Woman’s Day e Interview.
Su libro Portraits of Life, With Love es un ensayo fotográfico de
celebridades con sus reflexiones personales acerca de la vida y el
amor.

Donna Miesbach, es escritora y poetisa cuyos poemas y ensa-


yos edificantes han aparecido en Unity Magazine y La Palabra
Diaria por más de veinte años. Su libro Trails of Stardust, Poems
of Inspiration and Insight, fue publicado en el 2003. También es
instructora certificada de meditación con sonidos primordiales
y las siete leyes espirituales del yoga, y ofrece talleres en el área
de Omaha, Nebraska, acerca de los varios aspectos de la espiri-
tualidad.

Rev. Mary Manin Morrissey, es ministra, maestra y autora de


dos libros de gran venta. Su libro Building Your Field of Dreams
fue adaptado para un especial de la cadena de televisión PBS.
Mary ha hablado en las Naciones Unidas como copresidente
nacional para la Temporada de la no violencia y sirvió como
cofacilitadora con la Asociación del Nuevo Pensamiento Global
en The Synthesis Dialogues con Su Santidad el Dalai Lama.

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Barbara Raven, sirve como ministra de un programa de
capellanes y asistente administrativa de Unity Church en Nueva
York. Recibió su entrenamiento con el prestigioso HealthCare
Chaplaincy Inc. por tres años en educación pastoral clínica.
Bárbara ha sido estudiante de la Verdad en Unity por casi 28
años y está dedicada a una vida de servicio por medio del minis-
terio.

Deborah Santana, jefa de operaciones de The New Santana


Band y vicepresidenta de Milagro Foundation, institución sin
fines de lucro la cual ella y su esposo Carlos comenzaron para
ayudar a la juventud en riesgo y menos aventajada. Uno de los
muchos galardones que han recibido es de YOUTHAIDS por
sus esfuerzos en la lucha contra la epidemia de SIDA en África.
Déborah también publicó sus memorias Space Between the Stars.

Colleen Zuck, editora de La Palabra Diaria desde 1985, fue


anteriormente editora en jefe de Wee Wisdom, la revista para
niños más antigua publicada continuamente. Colleen es una
oradora popular entre la comunidad de Daily Word en Estados
Unidos y también internacionalmente, donde la gente aprecia
su gentileza cálida y genuina. Además de su trabajo editorial,
que según ella es la pasión de su vida, disfruta trabajando en su
jardín y de sus diversas mascotas.

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