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N° 217 | LECTURAS | 10 de agosto de 2007
Algunas cuestiones en torno al canon
por María Teresa Andruetto
En el número anterior publicamos el artículo "El tema no es
el tema", en el que el escritor David Wapner —de una
manera muy particular (a modo de ensayo-ficción)—
reflexionaba sobre el género de la Literatura Infantil y
Juvenil. Nos pareció interesante continuar en esta línea y
ofrecer el espacio a otra voz. Ahora es el turno de la escritora María Teresa
Andruetto, quien gentilmente nos ofreció su ponencia "Algunas cuestiones en
torno al canon", leída en la Mesa Redonda de Literatura Infantil "Acerca de los
problemas del canon", dentro del marco del II Argentino de Literatura, evento
organizado por la Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe, 28 de junio al 1 de
julio de 2006).
Sobre María Teresa Anduetto, los lectores encontrarán un informe biográfico y
bilbiográfico ya publicado en la revista y, además, varios de sus textos y reseñas
sobre sus libros, detallados al pie de esta página, bajo el subtítulo Artículos
relacionados, con los links respectivos para llegar a
ellos. Entre estos materiales, cabe destacar "El árbol de
lilas" , texto de María Teresa Andruetto con ilustraciones de
Liliana Menéndez, llevado a libro por Comunic-arte
Editorial (Córdoba, Argentina, 2006) y recientemente
elegido por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de
la Argentina (ALIJA) para integrar la Lista de Honor de
IBBY, que se presentará durante el próximo congreso mundial de la
organización, a realizarse en la ciudad de Copenhague, Dinamarca, entre el 7 y
el 10 de septiembre de 2008.
Para contactarse con María Teresa Andruetto hay que escribir
a tandruetto@[Link] o visitar su página web [Link].
1. Caña,
vara, norma, regla, precepto, modelo, prototipo, son las acepciones de canon que
nos da el diccionario. Debiera entonces partir de que la idea de un canon como
norma, precepto o prototipo no me gusta. Que me gusta mucho más que la
literatura sea un remolino, siempre desacomodándose.... porque —como ha dicho
Lotman (1)— es siempre dialéctica la relación entre lo canonizado y lo no
canonizado en una cultura y ese movimiento permanente, hace que los que están
fuera tiendan a ocupar el centro y pugnen por insertar sus modelos desplazando a
otros que están dentro, porque no existe centro sin periferia y "lo literario" en
cada caso, tiempo y lugar, precisa de lo "no literario" para definirse. De modo
que todo canon necesita de la amenaza exterior —la amenaza de lo no
canónico— y es de ese exterior no canonizado de donde provienen las reservas
de la literatura que vendrá.
2. Presente/pasado
Un canon es una lectura del presente hacia el pasado, para decidir qué enseñar,
qué antologar, cómo hacer para que ciertos libros permanezcan vivos y sean
leídos por las generaciones que nos siguen. Lectura de lectores que nos
arrogamos la facultad de dirigir las lecturas de los demás. Retomo la frase: para
que ciertos libros permanezcan vivos y enseguida salta la paradoja, porque lo
canonizado se fija, endurece, tiende a convertirse en monumento, o sea que en lo
que respecta a la lectura como un acto irreverente (que es el concepto de lectura
que me interesa), podríamos decir que tiende a morir. El Quijote convertido en
brindis y celebraciones, del que hablaba Borges (2), o en un libro que no necesita
ser leído porque ya lo han leído por nosotros las generaciones precedentes, como
dice Raúl Dorra (3).
3. Cada lector construye su canon
Horacio González (4) habla del pinchazo, Barthes (5) habla de punctum. Se está
refiriendo a fotografías, pero podría estar hablando de libros. Dice: "No soy yo
quien va a buscarlo, es él quien sale de la escena como una flecha y viene a
punzarme. En latín existe una palabra para designar esta herida, este pinchazo,
esta marca (...) a ese elemento que viene a perturbar (...) lo llamaré punctum",
dice, "pues punctum es pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y
también casualidad". Cada (buen) lector construye su canon, más allá de lo que
canonicen la academia, la escuela o el mercado. "La gloria de un poeta depende
de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la
ponen a prueba, en la soledad de sus bibliotecas (...) Yo, que me he resignado a
poner en duda la indefinida perduración de Voltaire o de Shakespeare, creo (esta
tarde de uno de los últimos días de 1965) en la de Schopenhauer y en la de
Berkeley. Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos,
es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones,
leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad", dice Borges (6).
4. Fervor/lealtad
Sucede con algunos libros: abren en nosotros una grieta que no nos permite
olvidarlos. No se trata exactamente de los mejores libros, sino de aquellos que
nos disparan una flecha que, como el amor, como el amado, no flecha a todos por
igual. No atesoramos el libro mejor escrito sino aquél que, poseedor de
un punctum que lo aloja en nuestra memoria, sigue preguntándonos acerca de
nosotros mismos. Como el coleccionista que distingue una pieza única entre
tantas y la retiene para sí, cada lector arma su canon personal. Libros como
diademas excavadas en la lectura, dice Horacio González (7).
5. Canon y docencia.
El intento de canonizar (seleccionar, fijar, detener y preservar) va unido a la
docencia. Se trata de la discusión acerca de qué enseñar: ¿qué libros son los más
representativos, los que vale la pena que lean las nuevas generaciones? Plantearse
el problema del canon es entonces también —y particularmente en la LIJ—
preguntarse acerca de cómo seleccionar las lecturas de los programas escolares.
6. Centro/periferia,
alto/bajo, interior/exterior, estabilidad/cambio, tradición/vanguardia,
previsibilidad/imprevisibilidad, memoria/olvido, están en el corazón de estas
cuestiones en torno al canon. Especialmente quisiera detenerme en la dupla
memoria/olvido: la selección de unos textos y el olvido de otros. Así, lo que es
seleccionado, perdura —perdura porque es valioso, porque perdura adquiere
valor— y lo que es más longevo puede considerarse de mayor calidad, con lo
cual (y esa idea sí me gusta) lo canonizado estaría en las antípodas de la
búsqueda de la novedad (que es muy diferente a la búsqueda de lo nuevo), me
refiero a la novedad novedosa y efímera que reclama el mercado.
7. Vara para hacer mediciones,
el canon —qué lee, qué debiera leer una generación— es también un instrumento
de control social. Retomo uno de sus sentidos: vara para hacer mediciones, así
es el canon que aparece en los suplementos culturales de los periódicos masivos
bajo el título de "Los libros más vendidos", o en notas literarias que responden a
operaciones editoriales de publicidad solapada. Canon efímero que dirige las
ventas y preparan con fervor los especialistas en mercadotecnia.
8. Canon de autores/canon de textos
En la actualidad, los cánones de autores han sido sustituidos por los cánones de
obras. La Literatura Infantil, sin embargo, en un procedimiento que apenas hace
unos años ha comenzado a resquebrajarse, ha ido a la cola de ese concepto
porque ha canonizado mucho más que textos, a autores. Se trata de un modo de
canonización más peligroso, que puede convertir a un autor en marca registrada,
arrimando de un modo indiscriminado hacia la totalidad de su obra —incluidos
muchas veces textos sensiblemente menores, o una repetición infinita de sí
mismos— grandes volúmenes de compras. Canon como proposición de un único
ideal de escritura, cuando el rasgo propio, particular y diverso, el desvío, para
decirlo con palabras del poeta Nestor Perlongher (8), es lo verdaderamente
interesante en el proceso creativo. "Tanto tiempo buscando el trazo personal,
para que después quieran que pinte como todos" , me decía hace poco Jorge
Cuello (9). Así ha venido sucediendo en la LIJ argentina: proliferación de
escrituras "a la manera de" ciertos autores ya consagrados... pléyades de
escritores repitiendo sus procedimientos hasta el punto de no poder distinguir un
libro de otro y pléyades de seguidores repitiendo hasta el cansancio temas,
modismos, recursos de escrituras que ya han obtenido un lugar y cuyas ventas
están garantizadas.
9. La LIJ no ha sido considerada por la academia
La queja de los autores, acerca de que la Literatura Infantil no ha sido
considerada por la academia, es constante, la venimos repitiendo desde los
primeros años ochenta, pero ¿no es acaso el olvido de la academia lo que ha
favorecido la proliferación de escritores y escrituras de dudosa calidad que se
venden en cantidades que un escritor que publica en el circuito adultos no podría
soñar? Olvido de la academia. Inexistencia de la crítica. Nulo riesgo editorial y
la escuela como mercado cautivo. Esas son las cuatro patas que nos han traído
hasta acá, o por lo menos hasta un momento que fijaría en torno a la debacle del
2001, cuando se empieza a percibir un incremento del interés académico, un
comienzo de desarrollo de la crítica especializada y el nacimiento de nuevos
(pequeños y de capitales nacionales) emprendimientos editoriales.
10. Variedad/uniformidad
¿Cómo se hace para estar en el centro y en los márgenes? En toda cultura
trabajan dos mecanismos contrapuestos: la tendencia a la variedad y la tendencia
a la uniformidad. También sucede eso al interior de cada escritor y entonces la
escritura se coloca en un punto de tensión entre esos dos
extremos: diversidad/uniformidad. Mientras preparaba estas líneas me llegó una
entrevista a Enrique Butti (10). Leo un párrafo porque dice, de un modo más
eficaz que el de mis palabras, la posición en que me interesa colocarme a la hora
de escribir: "Lo que debe preocuparle al escritor es tratar de escapar de sus
límites o, por lo menos, tratar de cavarse túneles, fosos, pozos, ir más allá.
Nuestra época canta loas a los escritores bien pautados y de senderitos asfaltados,
cuando no de bien señalizadas autopistas. La alternativa la constituyen los
autores que, merced a su vagabundeo, han dilatado los alcances y la amplitud de
su estilo, autores preocupados no por estampar su firma en cada línea de sus
libros, sino arrebatados por saltos mortales siempre más allá..."
El cambio de género y de potencial lector han sido para mí modos de escapar a
los encasillamientos que Butti llama "senderitos asfaltados o bien señalizadas
autopistas". Yo podría, a esta altura de los años, visto cómo van las cosas,
dedicarme exclusivamente a escribir libros para los chicos. Es ése un espacio en
el que he alcanzado cierto reconocimiento, no tengo mayores problemas para
colocar editorialmente lo que produzco y a su vez, los libros que he publicado —
sin ser yo nunca un éxito de ventas— se han sostenido a lo largo del tiempo, de
modo que devienen en liquidaciones de derechos de autor que —de dedicarme yo
a tiempo completo a producir ese tipo de textos— engrosarían. ¿Para qué
entonces escribir poesía, por ejemplo, para editarla en ediciones pequeñas,
alternativas, a cambio de unos pocos ejemplares de obsequio? ¿Por qué escribir
cuentos que, como dicen a coro los editores, no se venden? Sin embargo, cada
vez que termino un proyecto de escritura (o cuando lo abandono porque no
funciona como quisiera) me cruzo a viejos borradores que están en una búsqueda
diametralmente opuesta a la que tenía entre manos. Es que no se trata sólo de
escapar a los encasillamientos o etiquetas que puedan ponernos los lectores o los
editores, sino sobre todo a los propios encasillamientos, etiquetas y estereotipos.
Se trata de generar estrategias para permanecer en constante desacomodo, si es
que uno entiende la escritura como una exploración, un camino de conocimiento.
11. Adecuación/exploración
En relación a esto, quisiera leer unas líneas sobre Carver (11), escritas por su
mujer en el prólogo a uno de sus libros de poemas, porque tienen que ver con la
exploración, con ese desacomodo interno al que me refiero, con la dialéctica
entre el propio centro y los propios arrabales: "Ray utilizó su poesía —dice Tess
Gallagher— para sacar al tigre de su escondite... (...) ...desobedecía a sabiendas
las presiones que le hacían para que escribiera relatos porque era en lo que se
centraba su reputación y por lo que recibía mayores recompensas en términos de
reputación y de público. No le importaba. Cuando recibió el premio Mildred and
Harold Strauss, concedido sólo a escritores de prosa, inmediatamente se sentó y
escribió dos libros de poesía. No estaba 'haciendo carrera'; vivía una vocación y
eso significaba que su escritura, fuera poesía o prosa, estaba ligada a unos
mandatos íntimos que insistían más y más en una aprensión crecientemente
inmediata de sus asuntos..." He traído este párrafo también para decir que se
necesita tener un sentido ético sin fisuras para sostener lo que él sostuvo y aquí se
ha dicho. Y para decir también que la ética de lo estético —la búsqueda de esa
verdad interna de escritura— es para mí (ahora que hablamos de centro y
periferias) central en un escritor y, aún más, que se trata de una construcción que
lleva toda la vida. Centro del hacer que se sostiene por la posibilidad interna de
forzar los propios límites, de explorar los linderos de la experiencia, los propios
arrabales.
12. Tradición/vanguardia
Todo escritor se coloca en algún punto entre la tradición y la vanguardia, pero
dónde debe buscar la tradición o la vanguardia un escritor que escribe "para
niños", ¿en la tradición literaria universal?, ¿en la tradición universal de la
literatura destinada a los niños?, ¿en la tradición literaria argentina?, ¿en la
literatura argentina para niños?, ¿en qué tradición debe/quiere/puede inscribirse
una escritora argentina de hoy que entre sus libros ha escrito algunos destinados a
jóvenes lectores?
13. Literatura/Infantil
¿Qué está primero? ¿El sustantivo o el ambiguo adjetivo? ¿De qué padres
aprender? Aún cuando leo considerable cantidad de libros destinados a niños y
jóvenes, incluso mucho material inédito en mi reciente función de directora de
una colección de libros para jóvenes, desde aquellos tiempos hasta hoy, se ha
construido en mí y ha permanecido, la idea de que hay que buscar a los padres
en el campo de la literatura, sin adjetivos.
14. La literatura infantil/Los comienzos
Empecé a trabajar en la Literatura Infantil en un tiempo que era al mismo tiempo
el de final de la dictadura, el del inicio de mi maternidad y el de la fundación
de CEDILIJ, institución que contribuí a formar y que a su vez me formó, un
tiempo —fines de 1983/comienzos de 1984— que los investigadores han
empezado a considerar como los años de constitución del campo. En ese marco
de fervor democrático naciente, fundamos —durante el filo de los años 83/84—
un centro de LIJ, en busca de un espacio más específicamente literario en
relación a este tipo de libros, un espacio que se opusiera a posturas más
conservadoras y utilitarias. Lo que buscábamos revisar, cuando no combatir, era
los fines didácticos, los textos funcionales, la escolarización de los textos
destinados a los chicos. Veníamos de hacer estudios literarios, casi todas
egresadas de la carrera de Letras, y queríamos plantarnos lisa y llanamente en la
literatura. Si hay un adjetivo que yo le hubiera dado entonces a la LIJ, además de
"didáctica" (palabra que usábamos para repudiar todo lo que no nos gustaba) ese
adjetivo hubiera sido "marginal", ella —la Literatura Infantil y Juvenil— era por
entonces algo que estaba en los márgenes de la literatura y en las orillas del
mundo editorial y, tal como nosotros la entendíamos, estaba fuera de la escuela y
lejos de todas las estrategias de ventas. Estaba en los márgenes y nosotros
queríamos llevarla al centro. Al centro de la escuela, por sobre todo. Al centro de
la escuela convertida —lo decíamos con orgullo— en verdadera literatura.
Nuestras innumerables charlas, jornadas, cursos, seminarios y encuentros de
aquellos años comenzaban y terminaban casi invariablemente con la frase
"porque la Literatura Infantil también es Literatura".
15. Terratenientes/inquilinos
No pertenecer de un modo exclusivo a este campo, compartir este hacer escritural
con otros (la narrativa o la poesía para adultos, como es mi caso) tiene a la hora
de la difusión sus desventajas. Ya se sabe: todo campo reclama pertenencia,
demanda fidelidad. Sin embargo, a la hora de elegir novelas, libros de cuentos o
de poemas para la colección destinada a jóvenes lectores que dirijo (12), lo más
interesante proviene casi siempre de escritores que no escriben exclusivamente
para niños o jóvenes, como es el caso de César Bandin Ron y su libro de poemas
experimentales Sumamente hormiga, o las novelas de David Wapner, o una
novela de Ángeles Durini que tengo entre manos, incluso a veces provienen de
escritores que tal vez nunca se han puesto a pensar en un lector joven, como es el
caso de Hebe Uhart de quien estoy preparando una selección de cuentos. Es que a
mí me gustaría un campo de LIJ que no tuviera terratenientes, sino inquilinos,
visitantes y viajeros, gente que lisa y llanamente escribe, y en cuya escritura
asoma a veces algún escrito que puede ser leído por lectores niños o jóvenes.
Como ha pasado con Clarice Lispector,
Ionesco, Saramago, Bradbury, Colasanti, Dino Buzzati o Calvino... un campo de
florcitas a la manera de aquellas que plantó Daniel Divinsky alguna vez (13). Me
parece que en un campo de esas características podríamos decir con
facilidad "porque la literatura infantil también es literatura". Y sería cierto.
16. ¿Al centro de qué?
En aquellos años nuestro mundo y el mundo de todos era tanto más bipolar que el
de hoy y entonces era sencillo saber de qué lado se estaba y contra quiénes
disparábamos nuestros dardos. Ciertos autores de aquel tiempo (ninguno de ellos
ha perdurado), ciertas colecciones y editoriales (hoy todas desaparecidas), ciertos
espacios de formación, no eran para nosotros recomendables. Más aún, en
muchos casos eran de un modo franco nuestros enemigos, pues tras los libros de
escaso o nulo valor literario que escribían, editaban o difundían, se atrincheraban
posturas ideológicas que repudiábamos. Teníamos muy en claro que había que
difundir a otros autores y a otros libros, y que había que fundar otras editoriales y
revistas y, por sobre todo, que había que construir otra calidad de mediadores.
Todo (o casi todo) estaba por hacerse y teníamos para recomendar a unos pocos
escritores, cada uno de ellos con uno, dos, no muchos más, libros publicados. Lo
que a nuestro juicio era por entonces recomendable y, casi sin excepciones, lo
que perduró de los años ochenta hasta nuestros días, lo hemos canonizado
nosotros (me refiero al conjunto de instituciones, publicaciones, congresos y
editoriales que surgieron entonces) en nuestros cursos, seminarios, campañas de
lectura, revistas, reconocimientos públicos y reseñas. Empezamos por tender un
puente entre aquel ayer apocalíptico y este hoy integrado pero luego, en aquel
futuro que es hoy nuestro presente, a veces, muchas veces, no supimos distinguir
—entre los innumerables libros editados que llegaron más tarde— aquellos libros
que podían revelarnos algo sobre nosotros mismos... de otros que eran puro papel
inútil, letra impresa incapaz de decir nada.
17. Utilitarismo, mercado y otras yerbas
Debemos situar ese nacimiento del campo, nuestra inserción en ese campo, y el
fervor militante de entonces en el contexto social: fin de la dictadura, ilusionado
renacer de la democracia, primavera alfonsinista. Estábamos construyendo algo
nuevo y paralelamente estaba el mundo. No éramos un hongo solo en medio del
campo, habitábamos un contexto que reclamaba esos nacimientos y
escuchábamos a una escuela que estaba pidiendo otra cosa. Desde ese lugar
mirábamos hacia atrás ciertos modelos, la escasísima tradición de la literatura
infantil que nos precedía: Javier Villafañe, María Elena Walsh, Syria Poletti,
María Granata, José S. Tallon, Laura Devetach, Nelly Canepari, Edith
Vera, Jorge W. Abalos... —algunos con apenas un libro publicado o incluso con
copias mecanografiadas circulando por fuera de todo mercado— conformaban
para nosotros el pequeño universo modelo de este campo literario naciente,
incipiente, en los primeros ochenta. Fueron años de militancia por el libro, por la
lectura, por la literatura, años fuertemente cargados de voluntarismo, sentido
militante y grandes ideales. En ese arremeter nuestro de entonces hacia el centro
de lo instituido para generar un nuevo canon —en el que aparecieron en
escena Graciela Montes, Graciela Cabal, Gustavo Roldán, Ema Wolf, Ricardo
Mariño... entre otros, lo que sumado a los nombres anteriores podría considerarse
como el canon fundante— dos cuestiones asomaban como grandes desafíos a
resolver en el futuro, dos cuestiones —debemos también decir— que aún están
pendientes. Una de ellas tiene que ver con el acecho de nuevas formas de un
utilitarismo que no ha cesado, apetencias didácticas no ligadas ya a los buenos
modales sino a lo que se podría llamar nobles ideales, cuestiones como la función
social de los textos, la educación en valores, la preocupación por lo que entonces
llamábamos "temas tabú". Cuestiones que persisten hoy de muchas maneras,
groseramente explícitas o de modos más sutiles, tal como lo refieren las
reflexiones hechas por Marcela Carranza en "La literatura al servicio de los
valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura" publicada en Imaginaria (14),
o por Cecilia Bajour en "Abrir o cerrar mundos: la elección de un canon", leída
en noviembre de 2005 en el Seminario Internacional "Leer con los clásicos",
realizado durante la XXV Feria del Libro Infantil y Juvenil de México (15), o
ambas investigadoras en "Abrir el juego en la literatura infantil y juvenil" (16),
publicada también en Imaginaria, o las de Claudia López sobre las "Venturas y
desventuras del canon literario en la escuela" (17), publicada en la revista La
Mancha; así como las permanentes reflexiones de Graciela Montes acerca de los
mandatos y corrales de la zona literaria que nos ocupa (18). La otra cuestión, más
mediata, imprevisible por aquellos años tiene que ver con la creación de lectores
y la promoción de la escuela como la gran compradora de libros, lo que devino
en la explosiva aparición del mercado y sus estrategias de venta: canonización de
autores más que de textos; aceptación de libros "sobre tablas" sin decantación
crítica; (más) venta de lo que se vende más, considerando las cifras de ventas
como única muestra de calidad bajo la idea de que "debe ser bueno si a los
chicos les gusta" (lo que se promociona con obsceno merchandising...), y algo
más que apareció junto a todo eso: la banalización de la figura del escritor
contratado para ir a las escuelas con el objeto de llevar a cabo una suerte de
"animación de sí mismo" que, si en un comienzo tenía el buen propósito de
provocar un encuentro con los lectores, a menudo termina convirtiéndose en una
acción que en lugar de llamar la atención sobre el libro, lo reemplaza.
18. Una mesa de muchas patas
En fin, que un campo debe sostenerse por varias puntas: los estudios académicos,
la rigurosidad del aparato crítico, la formación lectora de docentes bibliotecarios
y otros mediadores, la ética estética de los creadores, la capacidad de riesgo de
los editores. Me parece que buena parte de lo que ha sucedido en términos de
gran circulación de tantos libros pobrísimos en la LIJ de nuestro país, tuvo que
ver con la —por lo menos hasta hace unos años— escasa o nula existencia de
espacios de investigación y crítica y con el corrimiento de un modo de lectura
alerta en las legiones de mediadores, formadores, maestros, bibliotecarios,
coordinadores de talleres y técnicos de programas y campañas de lectura, lo que
dejó a los grandes grupos editoriales el campo bastante libre en eso que
podríamos llamar la conquista de la escuela.
19. Lectura alerta y flechazo
Lectura alerta, me digo. Alerta al pinchazo del que habla Horacio González o
al punctum de Barthes, a eso que se produce cuando no lo esperamos, cuando
olvidados de los destinatarios para los que podría llegar a ser "apropiado" leerlo,
olvidados de su posible utilidad en clase e ignorantes de su eficacia para enseñar
tales o cuales cosas, olvidados también de lo que estábamos buscando en él, el
libro que tenemos en las manos nos hiere, deja escapar una flecha que nos punza
y nos perturba. Libro que cuando nos llega es pequeña mancha, agujerito y
también casualidad, alegría de haber sido flechados, ignorando el después, el sin
más y el para qué, olvidados también de eso que debíamos hacer: escribir unas
líneas sobre los problemas del canon.