Relato de una experiencia de intervención: construyendo una
caja de herramientas
Luciana Chairo, Javier Salum y Julia Stepanenko
Introducción
El presente escrito consiste en una reflexión a partir de una experiencia de intervención
institucional, realizada en el año 2013, en el marco de un Proyecto de Extensión de la Facultad
de Psicología de la UNLP denominado “Abordaje socio analítico en Obra Social de salud”.
En esta ocasión el encargo se origina por iniciativa de la Dirección General de
Regionalización de una obra social, a partir de la existencia de conflictos entre lo que se
denomina “la Central” y las diversas regiones pertenecientes a la institución. Esta coyuntura se
traduciría en múltiples problemáticas al interior de las delegaciones en las que se organiza
cada región y sobre todo en el impacto sufrido por aquellos empleados que tienen a su cargo la
atención al público.
La ausencia de canales de comunicación entre la Central y las regiones, la falta de espacios
donde direccionar los malestares, la poca injerencia en las decisiones propias de la labor que
emprenden los empleados regionalizados, los reclamos que por encontrarse en el área de
atención al público deben absorber por parte de los afiliados son, entre otros, algunos de los
elementos que impactan en el desempeño laboral y, lógicamente, en lo que respecta a la
dimensión subjetiva de los trabajadores. De este modo desde el staff cliente se recortan el
aumento del número de licencias médicas anuales (en su mayoría psiquiátricas), anestesia
laboral, cierta dificultad en la resolución de situaciones adversas y escenas de violencia e
intolerancia como algunos de los malestares emergentes de tal coyuntura.
A partir de un primer análisis del encargo, se propone la implementación de una
intervención socioanalítica entendida como aquella metodología de trabajo que pretende
facilitar procesos de reflexión colectivos, visibilizando atravesamientos e inscripciones
deseantes, institucionales, históricas, sociales, políticas, que posibiliten la producción de
efectos singularizantes e inéditos, y en última instancia, tengan injerencia sobre las acciones
colectivas de los integrantes del agrupamiento. En este sentido se trabaja en dispositivos
grupales de reflexión y acción, apuntando a una revisión del hacer y a la elucidación de los
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efectos subjetivos de aquello que se vivencia como “encerrona trágica”, con el fin de favorecer
la construcción de nuevas herramientas colectivas que permitan habitar el trabajo de un modo
más gratificante y menos costoso subjetivamente.
Este escrito se apuntala en ciertos tramos de dicha experiencia de intervención institucional,
con el objetivo elucidar algunos de los interrogantes que orientaron la práctica: ¿Con qué
estrategias de intervención operar para favorecer un espacio que permita la construcción de
herramientas colectivas de acción instituyente, y posibilitadoras de una merma del padecer
institucional y subjetivo?, ¿qué elementos de lectura institucional aportan los autores referentes
en el tema?, ¿son útiles estas herramientas de análisis para operar en el campo concreto de la
intervención llevada a cabo?
Se toman, fundamentalmente, los aportes de Ulloa (1995), uno de los autores principales
del análisis institucional en Argentina, quien produce nociones clínicas para pensar su propia
práctica, de valor privilegiado para cualquiera que emprenda la travesía de trabajar
analíticamente en instituciones. Se operacionalizarán sus aportes tanto en lo que respecta al
armado de estrategias de intervención, como al modo de lectura que se construye durante la
experiencia. Tomar en préstamo las mencionadas herramientas, implica el desafío clínico y
ético de no permanecer en el plano de una recepción pasiva de las mismas, sino de valerse de
ellas para producir algo inédito y novedoso: construir una particular caja de herramientas que
sea acorde a práctica que se pretende realizar.
Desarrollo
En primer lugar, es importante señalar que la institución que realiza el pedido de
intervención presenta dimensiones considerables, ya sea en lo que respecta al gran alcance
poblacional del servicio que ofrece en el área de salud, como en el número de empleados con
los que cuenta para realizar tal tarea. Esta característica implicó para el equipo ejecutor del
proyecto una primera decisión: efectuar un recorte y distribuir en subgrupos a las personas que
participarían de la intervención. Este escrito, se desprende del trabajo realizado con uno de
dichos pequeños grupos.
Si bien fue necesario para la coordinación llevar a cabo reuniones previas, con el objetivo de
diseñar el dispositivo de intervención pertinente, esto no fue posible sin dar un lugar de suma
relevancia al encuentro con el agrupamiento en el aquí y ahora, con la contingencia propia de
todo acontecer grupal. En este sentido se ha construido un dispositivo emergente, abierto a
posibles transformaciones y sujeto a revisiones permanentes, siempre atento a las condiciones
aportadas por el campo de intervención.
Ulloa (1995), distingue tres ejes en el abordaje de una institución: la conducción clínica
(representada principalmente por cinco condiciones de eficacia clínica); la lectura e
interpretación pertinentes desde el punto de vista psicoanalítico y lo institucional. Se propone
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que dichos ejes sirvan como ordenadores de esta primera aproximación, y focalizamos aquí
principalmente sobre el primero de ellos. Este primer punto, denominado conducción clínica, es
definido por Ulloa como un modo de lectura del campo que es definido como clínico por el
modo de conducción y por sostener una producción crítica comunitaria.
Dentro de este primer eje, el autor sitúa cinco condiciones de eficacia clínica, que se
intentarán desplegar tomando como referencia lo acontecido en esta experiencia.
La primer condición es la “capacidad de predicción”, definida como “…la organización que
todo clínico puede hacer de sus propias expectativas antes de incluirse en una situación que
debe conducir” (Ulloa, 1995, 44). Siguiendo a Lourau (1975), se podría pensar esta condición
en términos de “análisis de la Implicación”, es decir, la puesta en claro de los datos previos,
fantasías, expectativas, prejuicios, imaginarios, etc., de cada uno de los integrantes de este
equipo en torno a las Significaciones Imaginarias Sociales (Castoriadis, 1993) que animan la
Institución a abordar. En este sentido, se piensa esta condición como una de las primeras
medidas orientadoras del accionar clínico, ya que su ausencia podría implicar el
funcionamiento secreto y perturbador de las fantasías en cuestión.
Se explicitaron así las significaciones “trabajador del estado”, “atención al público”, “salud”,
“burocratización”, “violencia”, entre otros sentidos que se desprenden del recorrido e interpelan
al equipo de coordinación.
Por otra parte, además de las Significaciones Imaginarias Sociales en relación a la
institución abordada, este análisis también invita a reflexionar en torno a los avatares propios
del armado de un equipo de trabajo, teniendo en cuenta la característica fundamental de que el
presente equipo de intervención es novel en esta tarea, con todas las fantasías y ansiedades
que esto despierta.
Constituye, entonces, un propósito ineludible que esta condición forme parte de todo el
proceso, ya que es considerada como uno de los principales fundamentos éticos de nuestro
accionar. Asumir la incomodidad metodológica como posición clínica, garantiza de este modo
un hacer sostenido desde la Elucidación Crítica (Castoriadis, 1993).
La segunda condición, “actitud no normativa”, implica “…no diagnosticar prematuramente.
Se trata de dejarse atravesar por los datos del campo, sin pretender entender antes de
entender” (Ulloa, 1995, 45). Aquí el autor invita a realizar una distinción importante entre un
registro que asuma al diagnóstico como presunción, de uno que apunte a la definición precoz
de los síntomas, coagulando los sentidos de un diagnóstico “hecho trofeo”. Esto tiene relación
con el intento de mantener cierta ingenuidad metodológica, una posición de no saber, la cual
conduciría a una doble consecuencia: por un lado no entender antes de entender y por otro,
poder situar el saber del lado de los destinatarios de la intervención.
En el intento de comenzar a delimitar el acontecer sintomático que se presenta en el
agrupamiento con el que se trabaja, puede recortarse la puesta de límites como una de las
problemáticas centrales. Si el equipo se hubiera conformado con la delimitación y análisis de
aquel encargo realizado por el staff cliente, es decir, la dirección de regionalización de la Obra
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Social, estaría operando solo a nivel del motivo por el que se consulta, lo cual sería una
reducción obstaculizadora de la tarea. Por esa razón fue necesario para el equipo establecer al
síntoma como construcción, y en ese sentido disponerse a su producción.
Límites entre el trabajo y la vida privada, límites entre los roles y las funciones asumidos,
límites en el trato con los compañeros, con los afiliados, con las autoridades, límites que se
pierden y se desdibujan, provocando malestar. Esto se expresa en frases tales como: “…no
me despego nunca, te terminas llevando el trabajo a tu casa…”; “…los afiliados t e dicen “te”
traje el trámite…”; “somos la cara visible y con alguien se la tienen que agarrar”; “los
delegados no siempre saben más que nosotros y nos llaman para resolver sus cosas…”;
“…el otro día me fui a mirar vidrieras después del trabajo y en un negocio me hicieron fila
para preguntarme sobre los trámites…”.
En la actualidad, la problemática del límite puede configurarse solo como un diagnóstico
presuntivo, ya que intentar cristalizar o cerrar los movimientos propios de cualquier síntoma,
sería a sí mismo condenar el devenir de los encuentros a una lectura de clausura, enemiga de
cualquier transformación posible.
La tercera condición, es la posibilidad de establecer relaciones insólitas en el discurso. A
decir del autor, “…constituye una de las oportunidades (para un oído atento) para realizar una
lectura semiológica capaz de producir inteligencia clínica.” (Ulloa, 1995, 45) Es importante en
este punto tomar la noción de clínica propuesta por el autor, quién no la reduce solo a campos
psicopatológicos o psicoterapéuticos, sino que la toma como una forma de procesar y resolver
psicológicamente muchas otras situaciones. Este modo de proceder clínico constituye un
elemento central en la labor emprendida.
El señalamiento de dichas relaciones insólitas se torna una herramienta muy valiosa para
operar sobre aquello que se presenta como fragmentación entre la dimensión más conflictiva
presente en el grupo y lo que aparece como posibles respuestas a dicho malestar. Este tipo de
intervenciones clínicas, tienen como correlato un efecto de sorpresa en el cual radica su
eficacia reveladora. Propone un modo de alojar el padecer sin convertir esto en una actitud
sancionadora; así, tiene el propósito de señalar para abrir visibilidad mediante los interrogantes
que se producen. Esto es consecuencia de un modo de entender el padecer institucional, lo
cual a su vez implica llevar a cabo un modo de hacer que promueva transversalidad.
Necesariamente, esta pretensión implica una actitud en que la curiosidad se convierte en una
herramienta fundamental.
Un ejemplo de una intervención como la antes descripta puede tomarse de uno de los
encuentros en el que se propone jugar al “dígalo con mímica” a partir de palabras elegidas por
el equipo coordinador. Si bien la consigna no hacía referencia a que las escenas debían
reducirse al ámbito de trabajo, la mayoría de ellas se desarrollaron contextualizadas en el
mismo. Sólo tres de las nueve escenas propuestas se desplegaron en ámbitos que representan
el afuera del trabajo, y llamativamente fueron ellas las elegidas ante la pregunta: ¿cuáles
fueron las que más gustaron? En el marco en el cual se reflexionaba acerca de sus dificultades
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para desprenderse de la actividad laboral, la situación de no lograr, ni siquiera en un juego,
desconectarse de su rol como trabajadores, pero advertir a su vez, la propia preferencia por
quién se anima a inventar otros posibles, constituyó un punto importante de señalamiento,
denunciando una relación insólita en el discurso, lo cual promovió la producción de nuevas
significaciones en post de un mayor campo de visibilidad.
La cuarta condición, definición por lo positivo o por lo que es implica, según Ulloa (1995), no
realizar “diagnósticos por descarte”, sino nominar por lo positivo aquello que se lee de lo dicho
y de lo no dicho, considerando que todo diagnóstico posible es producto de una construcción
que se pone en juego en el devenir grupal. En este sentido, la función del analista institucional
implica la implementación de herramientas tales como la escucha, el bien decir, el registro de
las afectaciones, la puesta en común de las ocurrencias, etc. con el objeto de llevar a cabo una
lectura pertinente del acontecer sintomático. Este posicionamiento puede entenderse también,
en palabras de Ulloa (1995), como un estar psicoanalista, estar que favorece la producción de
inteligencia clínica. En este punto, resulta relevante señalar que, este lugar ocupado por el
clínico en la institución constituye para el autor una función que justamente puede estar ligada
o no a una demanda, lo cual da cuenta de que la demanda es producto de la apertura de un
campo y, por lo tanto, una construcción, al igual que el síntoma.
En relación al registro de las ocurrencias como herramienta, Ulloa refiere que toda
ocurrencia en el marco de un análisis implica la ruptura del efecto de repetición, de inercia
propia de muchos de los agrupamientos que demandan una intervención a partir de un
malestar. Retomando los términos freudianos, alude a que tal registro, rompe el efecto de
repetir para no recordar, ya que, detrás de toda ocurrencia, hay siempre una memoria
recuperada, memoria que cobra el valor de interpretación porque justamente rompe con el
fenómeno de indiferenciación generado cuando no se sabe quién es quién o se habla sobre
la palabra del otro. En el marco del trabajo emprendido pudo observarse que durante los
primeros encuentros fue necesario crear condiciones de escucha y miramiento del otro, ya
que se producía un clima donde primaba el poco registro de la palabra del compañero,
visualizado esto a partir de la superposición de voces, donde la queja se presentaba como la
única forma posible de habitar el encuentro. Esto generaba a su vez un fenómeno de
masificación e indiferenciación tanto de las diversas posiciones y discursos, c omo de aquello
que produciría malestar.
Ante la coyuntura descripta, la ocurrencia: “Algo está molestando”, enunciada por el equipo
de coordinación, implicó para el agrupamiento un corte, una pausa en el devenir quejoso e
inercial del padecer, para comenzar a interrogar y echar luz sobre el acontecer sintomático.
Fue parte del trabajo del equipo convocar, mediante el registro de las ocurrencias, aquellas
producciones subjetivas que favorecían el recupere de la memoria que en tanto habla de lo
percibido no se mete con la estructura singular de cada sujeto sino con lo que acontece en el
aquí y ahora del encuentro.
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Por último la quinta condición, llamada “coherencia entre teoría y práctica o entre ser y
decir”, en palabras del autor, “…es el resultado complejo de un oficio que termina por ser una
manera de vivir y no ritualización que oficia”. Podemos pensar que esta advertencia de no caer
en estandarizaciones dogmáticas o en cristalizaciones que clausuren sentidos, es parte de la
utopía activa (Baremblitt, 2005) que motoriza el análisis institucional.
Esta condición clínica reúne las condiciones anteriormente enunciadas, ya que tal
coherencia transversaliza, de alguna manera, el aspecto epistemológico, metodológico y ético.
En este sentido, operar desde una posición de no saber y de interrogación permanente, da
cuenta del supuesto básico que sostiene que el saber institucional es producto de una
construcción en el “entre”, tensionando los saberes clínicos y aquellos aportados por los
miembros de la institución. Este posicionamiento refleja lo que Ulloa denomina “punto de
facilidad relativa de una operación clínica” entendido como la posibilidad de establecer una
distancia óptima, que implique estar en el terreno desde un lugar ajeno al meollo del conflicto y
hacer posible la acción clínica, en tanto compromiso ético.
Del mismo modo, el armado del dispositivo emergente, propuesto por el equipo de
coordinación, intenta sostener la coherencia con la idea de generar un modo de trabajo que no
coagule sentidos y se disponga a seguir el compás del acontecer grupal.
A modo de conclusión
Con este recorrido solo se ha pretendido realizar una primera aproximación de lectura a
esta experiencia. Como faro orientador de nuestro trabajo, sostuvimos una posición a partir de
la cual nos mantuvimos dispuestos a dejarnos orientar por los vaivenes propios de los
encuentros, en una lógica que concibe un tiempo recursivo, de idas y vueltas, de reelaboración
y de resignificación. Nos permitimos la sorpresa que pudiera proponer cada encuentro y nos
abrimos a las contingencias grupales que hablan, se quejan, dicen, cuestionan, interrogan,
angustian y reclaman por fin lectura, interpretación y acto analítico, elementos que pueden
crear las condiciones para nuevas respuestas y nuevos posibles, con menos malestar.
Para terminar, una cita de María Celia Labanderira:
Algo ocurre: encuentros. Y solo una vez producido el encuentro, ¿nunca
antes? Un mundo toma forma, se estructura un orden a partir de sus
elementos. El encuentro inaugura, a la vez, una determinada forma de seres,
en una determinada forma de orden, con un determinado sentido, pero la
determinación solo es producto de la estructura del encuentro de sus
elementos y no de los elementos en sí mismos antes de tal encuentro. El ser
de los elementos es aleatorio, nunca necesario, ya que sólo son en tanto
posibilidad de ser a partir del encuentro y no antes. Por lo tanto, no habría ni
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origen, ni causa, ni razón, ni sentido, ni fin, ni sujeto que haga existir lo que
hay. Y debido al fondo aleatorio sobre el que se sostienen, las leyes de un
mundo pueden cambiar sin razón inteligible y a cada instante ya que la
sorpresa adviene en un encuentro impredecible, haciendo posible el
comienzo de otro nuevo mundo. (Labandeira, 2006, 6).
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Referencias
Baremblitt, G. (2005) Sociedades e Instituciones. Compendio de Análisis Institucional (pp 33-
43). Buenos Aires: Ediciones Madres de Plaza de Mayo.
Castoriadis, C. (1993). La institución imaginaria de la sociedad. Buenos Aires: Tusquets
Labandeira, M. (2006). Solo Hay encuentros. Campo Grupal, 83 A propósito de I. Lewkowicz.
Lourau, R. (1975). Introducción. El Análisis Institucional (pp. 9-22). Buenos Aires: Amorrortu.
Ulloa, F. (1995) Novela clínica psicoanalítica. Historia de una práctica. Buenos Aires: Paidós.
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