LLAKI TAMAYO
En 1982 en Tamayo, un pueblito remoto, ubicado en la zona rural de Ayacucho
que se encontraba entre ríos y valles, rodeado por cánticos de aves y chillidos
de animales, además de una vasta naturaleza como cual cascada se asemeja
al velo de la novia; en este mismo se celebra los carnavales en honor a loa
Apus sus protectores en forma de montaña, todos elevaban los brazos para
recibir su bendición y siga habiendo prosperidad en el pueblo; entre la multitud
se encontraba Juliana, una jovencita de 22 años que junto a su amiga Pascuala
bailaban y aplaudían al son del huayno apurimeño
—Pachamamacha khuyaykumawayku, pachamamacha khuyaykumawayku
Ñosta pachama (.Madre tierra, concédenos tu ayuda, madre tierra concédenos
tu ayuda, madre tierra princesa)
De pronto, un grito proveniente del rincón de la aldea llamaba la atención de
todos los presentes.
— ¡Mikuykuy mikuykuy! —exclamaba el líder de la aldea Sumac; junto a otros
aldeanos, cargando tres corderos como ofrenda.
Ya terminada la celebración todos se dirigieron a sus casas a dormir, Juliana
vivía con Pascuala desde hace unos años; se dice que sus padres la
abandonaron cuando apenas tenía 5 años para buscar un mejor futuro con la
promesa de llevarla consigo; pero, no volvieron, Juliana, creyó que sus padres
habían sido asesinados por los terroristas ya que encontraron en el camino las
llicllas que llevaban en la espalda, todas manchadas de sangre.
—¡Ay Mamay, ay Tatay, porque me dejaron solita acá! Se decía Juliana
mientras su rostro se cubría de lágrimas.
A lo lejos vio un hombre tirado en el suelo, rápidamente se secó las lágrimas y
fue a ver qué sucedió, el hombre semiinconsciente pedía ayuda; por lo que
Juliana lo cargó en sus hombros y se lo llevó a su casa; Pascuala no se
encontraba, así que lo acostó en la cama; trajo un vaso lleno de agua y una
bolsita de coca, le dio de beber; luego, molió la coca y se la engulló; al no
despertar le mojó el rostro.
—¿Qué pasó?,¿dónde estoy?, ¿quién eres? Exclamaba el hombre soñoliento.
—No te asustes, estás a salvo.
—¡Dónde están esos sangrientos policías! Venían detrás de mí, me decían:
¡detente terruco! Le mencionó atemorizado a la joven.
Juliana, se quedó sorprendida y empezó a curar sus heridas producto de su
caída.
—¡Cálmate, te dije que estás en un lugar seguro! ¿De dónde vienes? Le
preguntó Juliana.
El hombre le respondió con voz temblorosa:
—Soy un estudiante de la UNMSM, vine a realizar unos estudios en esta zona;
mi investigación apenas comenzaba; pero, los policías me interrogaron,
rebuscaron mis cosas, querían que me marche, no pude irme y sin darme
explicaciones, me acusaron de terrorista; sin embargo, escapé en el vagón del
tren, él maquinista llamaba a los aldeanos para ir a la mina; al llegar, me
refugié en la montaña empedrada, luego, al escalar me caí, pude arrastrarme
lentamente hasta que visualicé una hoguera, después me desmayé.
Le ofreció un caldo de mote para que se tranquilice, le dio mate de las plantas
silvestres.
Al otro día, Juliana, le dijo que lo guiaría a la ciudad; mas, José se negó.
—¡No por favor, tengo miedo que me maten!
Ella le ofreció un abrigo ya que el suyo estaba rasgado.
El líder de la aldea Sumac fue a visitar a Juliana, al llamarla, ella salió nerviosa,
rápidamente despertó su curiosidad.
—¿Quién es él? ¡No pertenece a esta aldea, debes llevarlo a otro lugar!
Replicó el líder.
Sumac se alejó preocupado e intrigado por la presencia del joven; mientras
tanto, Juliana le mostraba su pequeña chacrita a José; le contó todo lo que
pasó con sus padres y que esa chacrita era lo único que les recordaba a ellos.
José se mostró identificado con lo que dijo Juliana, y le dijo:
—Mi familia me despreció por no elegir la carrera que ellos querían; mi madre y
mi padre tienen una fábrica de algodón en el norte de Ica y al no visualizar su
futuro conmigo, todo se lo entregaron a mi hermano menor.
A lo lejos se escuchaban bocinas, eran los militares acercándose. Llamaron al
líder del pueblo, le ordenaron entregar a los terrucos, sin embargo, se notaba el
desprecio en su rostro, hacia los indígenas.
— ¡Hey tú mándame a cocinar fiambre para el camino! he escuchado que hay
traidores contra la patria si es que descubro que ustedes los ocultan todo su
pueblo pagará; los sacan o nosotros los sacamos a la fuerza.
Juliana exclamó:
¡Nadie nos regaló estas tierras, nos costó años sembrarla!, todos somos gente
de buen corazón, así que no obedeceremos sus órdenes.
El teniente levantó la ceja y pidió que la llevaran presa por desacato a la
autoridad.
—¡Suéltenme, no hice nada! Decía ella.
— ¡Qué te pasa! ¿Por qué le haces eso? ¿tan cobarde eres para atacar a una
indefensa mujer? Salió en su defensa, José.
El teniente sacó su arma y todo el pueblo se puso al costado de Juliana; así
que se retiró.
En la noche José con una mirada de preocupación y una voz inquietante le dice
a Juliana:
—Escúchame, no le vayas a decir a nadie; yo soy pertenezco a un partido
político.
Juliana, empezó a golpear al joven porque se sintió burlada, ella confió en él y
llorando se fue sin decirle nada. Él no la siguió porque esperaría que se
calmara.
Al día siguiente se escuchan gritos a lo lejos de la aldea, en un camino
estrecho se lograba apreciar a varias personas encapuchadas ¡Viva la
revolución, viva la libertad y la justicia! exclamaban varios de ellos.
José escucha los gritos y con un tono de preocupación exclama:
—¡Maldición, no pudieron esperar más tiempo!
Los individuos encapuchados sostenían una bandera roja como símbolo de su
partido, rompieron las puertas de las casas y sacaron a las personas, algunos
tenían armas, pero, no sabían defenderse, le temían al charco de sangre que
se originaría. Por lo que fueron blanco fácil para ellos; a los animales que se
encontraban en un corral los asesinaron y con la sangre derramada de ellos
cubrieron a las personas.
Juliana que se encontraba al borde de un río, escuchó los gritos de los
animales e inmediatamente se fue corriendo hacia la aldea; pero, cuando
llegó vio todo que lo que había sucedido y comenzó a sentir mucho odio e
impotencia; corrió hacia ellos con la esperanza de poder hacer algo, sin
embargo, fue en vano, vio a José al lado de ellos, en ese momento soltó
lágrimas de traición.
Los militares los acecharon, empezando así una batalla campal; los aldeanos,
miraban con llanto, cómo destruían lo que tanto les había costado sembrar
durante años.
—Basta de pelear, ya no sigan no se dan cuenta del daño que nos están
haciendo, tanto tiempo nos costó y lo destruyen como si nada fuese ya no
peleen.
Estas palabras no fuero suficientes para ablandar los corazones de piedra de
los bandos, esto enfureció a los Apus que cansados de la lucha los convirtieron
en rocas, viendo el dolor que sentía Juliana los Apus se la llevaron haciendo
que se convierta en una flor amarilla que estaría al costado de su chacrita
donde presenciaría el maltrato y deterioro de la naturaleza sin poder hacer
nada.
SKIBIDI S.P