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18 mm

ARTHUR CONAN DOYLE


EL CASO MÁS INQUIETANTE
DE SHERLOCK HOLMES

Sherlock Holmes y el doctor Watson se dirigen a Dartmoor, en el


condado de Devonshire, para resolver el asesinato de sir Charles
Baskerville, que murió en circunstancias extrañas cuando salió a dar
su paseo diario antes de dormir. Los vecinos están convencidos
de que el responsable es el perro de dimensiones extraordina-
rias que lleva acechando a los Baskerville durante generaciones,
y que su siguiente víctima será el nuevo heredero de la familia:
sir Henry.

E L PE R RO DE LOS BASKE RVI LLE


En El perro de los Baskerville, una de las novelas más celebradas
de Arthur Conan Doyle, se mezcla con gran maestría la fórmula de
la novela de misterio con elementos propios de lo sobrenatural.
Antiguas supersticiones, venganzas y misterios envolverán a
Sherlock Holmes, que, con la ayuda de su fiel amigo Watson, de-
berá agudizar al máximo su ingenio para averiguar lo sucedido.

«No hay nada más estimulante que un caso


donde todo va en contra de uno.»
SHERLOCK HOLMES

BIBLIOTECA SHERLOCK HOLMES 10332200


EL PERRO
[Link]
9 788467 071412
DE LOS BASKERVILLE
[Link]
Sherlock Holmes
El perro de los Baskerville

Traducción de Lourdes Huanqui Talavera

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Título original: The Hound of the Baskervilles

© por la traducción, Lourdes Huanqui Talavera


© Editorial Planeta, S. A., 2005
Espasa, un sello editorial de Editorial Planeta, S. A.
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
[Link]

Diseño de la colección: Booket / Área Editorial Grupo Planeta


Ilustración de la cubierta: © Birgit Palma
Primera edición en Colección Booket: noviembre de 2023

Depósito legal: B. 17.995-2023


ISBN: 978-84-670-7141-2
Impresión y encuadernación: Liberdúplex, S. L.
Printed in Spain - Impreso en España

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1
Mister Sherlock Holmes

M ister Sherlock Holmes, que acostumbraba


levantarse muy tarde por las mañanas, con
excepción de aquellas ocasiones no poco frecuen-
tes en que no llegaba a acostarse por la noche, es-
taba ya sentado a la mesa del desayuno. Yo per-
manecía de pie sobre la alfombra delante del fuego
y tenía entre mis manos el bastón que nuestro vi-
sitante había olvidado la noche anterior. Era éste
una gruesa y hermosa pieza de madera, con una
cabeza bulbosa, de la clase conocida como «bas-
tón de Penang».1 Justo debajo de la cabeza lle-
vaba una banda ancha de plata, a casi tres centí-

1. Bastón hecho con el tallo de la palma de rota, que cre-


ce en Penang, una isla del estrecho de Malaca. (Todas las notas
numeradas son de la traductora.)

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metros al través, que tenía grabada la inscripción
A James Mortimer, M. R. C. C., de sus amigos
del H. C. C. con la fecha de 1884. Era, en con-
creto, un bastón de los que solían llevar los vie-
jos médicos de familia: dignos, sólidos y tranqui-
lizadores.
—Y bien, Watson, ¿qué le parece eso?
Holmes estaba sentado de espaldas a mí y yo
no le había dado indicios de mi ocupación.
—¿Cómo sabía usted lo que estaba haciendo?
Se diría que lleva los ojos en la parte de atrás de la
cabeza.
—Tengo, para empezar, una cafetera de plata
muy pulida delante de mí —respondió—. Pero dí-
game, Watson, ¿qué piensa del bastón de nuestro
visitante? Dado que hemos tenido la mala fortuna
de no encontrarle y no tenemos idea de cuál será
su misión, este recuerdo accidental cobra la ma-
yor importancia. Déjeme oír su reconstrucción del
personaje por el examen del mismo.
—Pienso —dije, siguiendo tanto como pude los
métodos de mi compañero— que el doctor Mor-
timer es un afortunado médico ya mayor y muy es-
timado, dado que los que lo conocen le han dado
esta muestra de su aprecio.

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—¡Bien! —exclamó Holmes—. ¡Excelente!
—Creo también que las probabilidades están
a favor de que sea un médico rural que hace mu-
chas visitas a pie.
—¿Y por qué?
—Porque este bastón, aunque en origen fuera
muy bueno, ha sufrido tantos golpes que me cos-
taría imaginar a un médico de ciudad llevándolo.
La gruesa contera de hierro está muy gastada, así
que es evidente que ha caminado mucho con él.
—¡Un argumento razonable! —dijo Holmes.
—Y luego tenemos lo de los «amigos del H. C. C.».
Me imagino que se referirá a algún tipo de asocia-
ción local de aficionados a la caza, a cuyos miem-
bros habrá dado algún tipo de asistencia quirúrgica
y que le han hecho un pequeño regalo en agrade-
cimiento.
—A decir verdad, Watson, usted se supera a sí
mismo —dijo Holmes, echando su silla hacia atrás
y encendiendo un cigarrillo—. He de decir que, en
todos los casos en que usted ha sido tan amable
dando cuenta de mis propios pequeños logros, por
lo general, ha subestimado sus propias habilidades.
Puede que usted mismo no sea luminoso, pero es
un buen conductor de luz. Algunas personas, sin

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ser geniales, tienen un considerable poder para es-
timular. Confieso, mi querido amigo, que estoy bas-
tante en deuda con usted.
Nunca había dicho tanto antes y debo admitir
que sus palabras me dieron un tremendo placer
ya que a menudo me había mortificado su indife-
rencia a mi admiración y a los intentos que yo ha-
cía para dar publicidad a sus métodos. Me sentía
también orgulloso al pensar que había dominado
su sistema como para aplicarlo de forma tal que
merecía su aprobación. Me quitó entonces el bas-
tón de las manos y lo examinó por unos minutos
a simple vista. Luego, con expresión de interés, dejó
el cigarrillo y, llevando el bastón hacia la ventana,
lo examinó una y otra vez con una lupa.
—Interesante, aunque elemental —dijo, mien-
tras regresaba a su rincón favorito del sofá—. Es
cierto que hay una o dos indicaciones sobre el bas-
tón. Eso nos da la pauta para diversas deducciones.
—¿Se me ha escapado algo? —pregunté, dán-
dome cierta importancia—. Confío en que no ha-
brá nada crucial que yo haya ignorado.
—Me temo, mi querido Watson, que la ma-
yor parte de sus conclusiones estaban equivoca-
das. Cuando dije que usted me estimulaba, quería

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decir, para ser sincero, que el advertir sus errores
me llevaba en ocasiones a la verdad. No quiero
decir que estuviera completamente equivocado en
este caso. El hombre es, sin duda, un médico rural.
Y es un buen caminante.
—Entonces estaba en lo cierto.
—Hasta cierto punto.
—Pero eso era todo.
—No, no, mi querido Watson, no todo, desde
luego no todo. Sugeriría, por ejemplo, que es más
lógico que un obsequio a un médico proceda de
un hospital que de un grupo de aficionados a la
caza y que cuando las iniciales «C. C.» aparecen
junto a ese hospital las palabras «Charing Cross»
se sugieren solas.
—Puede que tenga razón.
—Las probabilidades van en esa dirección. Y si
tomamos esto como una hipótesis de trabajo ten-
dremos una buena base para empezar la construc-
ción de nuestro desconocido visitante.
—Bien, entonces, suponiendo que «H. C. C.»
quiera decir «Hospital de Charing Cross», ¿qué
más conclusiones podemos sacar de ahí?
—¿No se sugieren solas? Usted conoce mis mé-
todos. ¡Aplíquelos!

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—Sólo puedo pensar en la obvia conclusión de
que nuestro hombre ha ejercido la medicina en la
ciudad antes de irse al campo.
—Creo que podemos aventurarnos un poco más
que esto. Mírelo bajo esta luz. ¿En qué ocasión se-
ría más probable que tal obsequio tuviera lugar?
¿Cuándo se unirían sus amigos para darle una se-
ñal de su buena voluntad? Obviamente sería en el
momento en que el doctor Mortimer abandonara
el servicio en el hospital para iniciar el ejercicio de
la medicina por su cuenta. Sabemos que le fue en-
tregado un obsequio. Creemos que ha habido un
cambio de un hospital de la ciudad al ejercicio de la
medicina en el campo. ¿Es, por tanto, llevar nues-
tras deducciones demasiado lejos decir que el ob-
sequio fue hecho con ocasión del cambio?
—Desde luego parece probable.
—Pero observará que no podía haber pertene-
cido a la plantilla del hospital, dado que sólo al-
guien bien establecido en una consulta en Londres
podría acceder a tal posición y tal persona no se
mudaría al campo. ¿Qué era él, entonces? Si estaba
en el hospital y, sin embargo, no formaba parte de
la plantilla, tan sólo podía haber sido un médico
residente, poco más que un estudiante de último

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curso. Y él se marchó hace cinco años; la fecha
está en el bastón. Así que su solemne médico de fa-
milia, de mediana edad, se desvanece en el aire, mi
querido Watson, y aparece en cambio un joven de
menos de treinta años, amable, no muy ambicioso,
distraído y dueño de un perro favorito, al que yo
describiría más o menos como más grande que
un terrier y más pequeño que un mastín.
Reí con incredulidad mientras Sherlock Holmes
se reclinaba en el sofá y lanzaba ondulantes y pe-
queños anillos de humo hacia el techo.
—En cuanto a la última parte, no tengo los me-
dios para confirmarlo —dije—, pero, por lo menos,
no es difícil encontrar algunos detalles sobre la edad
y la carrera profesional del individuo.
Saqué el Directorio Médico de mi pequeña bi-
blioteca médica y localicé el apellido. Había varios
Mortimer, pero sólo uno que podía ser nuestro vi-
sitante. Leí sus datos en voz alta:

Mortimer, James. M. R. C. C. 1882,2 Grimpen, Dart-


moor, Devon, médico residente, desde 1882 hasta 1884,
en el Hospital de Charing Cross. Ganador del Premio

2. Miembro del Real Colegio de Cirujanos.

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Jackson de Patología Comparativa, con el ensayo titu-
lado «¿Es la enfermedad una reversión?». Miembro co-
rrespondiente de la Sociedad Patológica Sueca. Autor
de «Algunos ejemplos de atavismo» (The Lancet, 1882),
«¿Progresamos?» (Journal of Psychology, marzo, 1883).
Oficial médico de las parroquias de Grimpen, Thorsley
y High Barrow.

—Ninguna mención de ese grupo de aficiona-


dos a la caza, Watson —comentó Holmes, con una
sonrisa maliciosa—, sino un médico rural, tal como
usted observó con astucia. Creo que estoy bastan-
te justificado en mis deducciones. En cuanto a los
adjetivos, dije, si recuerdo bien, amable, sin ambi-
ción y distraído. Según mi experiencia, en este mun-
do sólo un hombre amable recibe testimonios, sólo
un hombre sin ambición abandona una carrera en
Londres para irse al campo y sólo un hombre dis-
traído deja su bastón y no su tarjeta de visita des-
pués de esperar una hora en tu salón.
—¿Y el perro?
—Está acostumbrado a llevar este bastón de-
trás de su amo. Siendo un bastón pesado, el perro
lo ha llevado sujeto con fuerza por el centro y las
marcas de sus dientes son visibles con claridad.

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La mandíbula del perro, tal como se muestra en el
espacio entre las dos marcas, es, en mi opinión,
demasiado ancha para un terrier y no tan ancha
como para un mastín. Podría ser, sí, ¡caramba! Es
un spaniel de pelo rizado.
Se había levantado y caminaba por la habita-
ción mientras hablaba. Se detuvo en el hueco de la
ventana. Había tal tono de convicción en su voz
que lo miré sorprendido.
—Mi querido amigo, ¿cómo es posible que esté
tan seguro de eso?
—Por la sencilla razón de que veo al mismísi-
mo perro en el umbral de nuestra puerta y... Aho-
ra oímos la llamada de su dueño. No se mueva,
por favor, Watson. Es su colega de profesión y su
presencia puede serme útil. Ahora es el momento
dramático del destino, Watson, cuando uno escu-
cha en la escalera unos pasos que están entrando en
su vida y no sabe si es para bien o para mal. ¿Qué
es lo que quiere el doctor Mortimer, el hombre de
ciencia, de Sherlock Holmes, el especialista en el cri-
men? ¡Adelante!
La apariencia de nuestro visitante fue una sor-
presa para mí, dado que yo esperaba ver a un típi-
co médico rural. Era un hombre muy alto, delga-

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do, con una nariz larga y corva que se disparaba
entre dos agudos ojos grises colocados muy jun-
tos y chispeando con viveza desde detrás de un
par de gafas con montura de oro. Iba vestido de
forma profesional pero un tanto descuidada, pues
su levita estaba desgastada y sus pantalones raí-
dos. Aunque joven, su larga espalda estaba ya com-
bada y caminaba impulsando la cabeza hacia de-
lante, con un aire general de curiosa benevolencia.
Al entrar, sus ojos se fijaron en el bastón en las
manos de Holmes y corrió hacia él con una ex-
clamación de alegría.
—Estoy tan contento —dijo—. No estaba se-
guro de si lo había dejado aquí o en la Compañía
de Navegación. No me gustaría perder ese bastón
por nada del mundo.
—Un obsequio, por lo que veo —dijo Holmes.
—Sí, señor.
—Del Hospital de Charing Cross.
—De uno o dos amigos de ahí con ocasión de
mi boda.
—¡Oh, no, eso está mal! —exclamó Holmes,
sacudiendo la cabeza.
El doctor Mortimer pestañeó a través de sus
gafas con ligero asombro.

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—¿Por qué está mal?
—Es sólo que usted ha alterado nuestras peque-
ñas deducciones. ¿Su boda, ha dicho?
—Sí, señor. Me casé y dejé el hospital y con ello
toda esperanza de tener una consulta propia. Era
necesario para hacerme un hogar propio.
—Vamos, vamos, no nos hemos equivocado
tanto después de todo —dijo Holmes—. Y ahora,
doctor James Mortimer...
—Señor, caballero, tan sólo señor... un humil-
de M. R. C. C.
—Y un hombre de mente precisa, es evidente.
—Un aficionado a la ciencia, mister Holmes, un
recogedor de conchas en las playas del gran océa-
no desconocido. Me imagino que es a mister Sher-
lock Holmes a quien hablo y no...
—No, éste es mi amigo el doctor Watson.
—Encantado de conocerlo, señor. He oído su
nombre en relación con su amigo. Usted me inte-
resa muchísimo, mister Holmes. Apenas podía ha-
ber esperado un cráneo tan dolicocéfalo o un de-
sarrollo supraorbital tan bien marcado. ¿Tendría
alguna objeción a que pasara el dedo por su hen-
didura parietal? Un vaciado de su cráneo, hasta
que el original esté disponible, sería un ornamen-

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to para cualquier museo antropológico. No tengo
la intención de parecer excesivo, pero confieso que
ambiciono su cráneo.
Sherlock Holmes condujo a nuestro extraño vi-
sitante hacia una silla.
—Veo que es un entusiasta en su propia línea
de pensamiento, tal como me ocurre a mí con la
mía —dijo—. Observo también por su dedo índi-
ce que usted lía sus propios cigarrillos. No vacile
en encender alguno.
El hombre sacó papel y tabaco y envolvió uno
en el otro con sorprendente destreza. Tenía los de-
dos largos y temblorosos, tan ágiles e inquietos
como las antenas de un insecto.
Holmes estaba silencioso, pero sus miradas agu-
das me demostraban el interés que le despertaba
nuestro curioso acompañante.
—Me imagino, señor —dijo al fin—, que no es
sólo con el propósito de examinar mi cráneo por
lo que me ha hecho el honor de visitarme anoche
y de nuevo hoy.
—No, señor, no; aunque me siento feliz por
haber tenido la oportunidad de hacer también tal
cosa; he venido a visitarlo, mister Holmes, porque
reconozco que soy un hombre falto de sentido prác-

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tico y porque, de pronto, me estoy enfrentando a un
problema muy serio y extraordinario. Reconocien-
do, como hago, que es usted el segundo experto
más grande de Europa...
—¡Ya lo creo, señor! ¿Puedo preguntar quién tie-
ne el honor de ser el primero? —preguntó Holmes,
con cierta aspereza.
—Un hombre de una meticulosa mente cientí-
ca debiera sentirse siempre atraído por el traba-
jo de monsieur Bertillon.3
—¿No haría mejor entonces en consultarle a él?
—He dicho, señor, a una meticulosa mente cien-
ca. Pero como práctico hombre de negocios es
sabido que usted es el único. Espero, señor, no ha-
ber, sin advertirlo...
—Sólo un poco —dijo Holmes—. Creo, doc-
tor Mortimer, que sería muy sensato de su parte si,
sin más dilación, fuera tan amable de decirme con
franqueza la exacta naturaleza del problema para
el que necesita mi ayuda.

3. Alphonse Bertillon (1853-1914). Antropólogo francés,


inventor de la ciencia de la Antropometría.

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