ALDO
Si el ayudante niega su propia herida, pierde objetividad y entra
en contacto con el sufrimiento del otro sólo en una dimensión, la
identificación con el dolor del otro, acrecienta la zona de la
herida, por lo que disminuyen las capacidades sanadoras del
ayudado. (figura b)
Si el ayudante ha integrado su curador – herido: se acercan al
ayudado desde ambas dimensiones integradas, despertando las
propias fuerzas sanadoras que lo capacitan para ayudar a
despertar en el ayudado sus propios recursos.
La experiencia del propio sufrimiento suscita sentimientos de
comprensión, y la experiencia de los propios recursos positivos
de curación ayuda a despertar en el otro sus propias
capacidades, sin hacerle dependiente, sino responsable. De esta
forma, se ayuda al que sufre a crecer en su situación. (figura c)
a- mundo emotivo
La aceptación incondicional implica una acogida del mundo de
los sentimientos, los cuales podrán ser encauzados e integrados,
de modo que no sean éstos los que conduzcan el
comportamiento, sino que sea la persona, que desplegando el
mundo de sus valores, vehiculice la energía de los sentimientos y
afronte las dificultades.
Si el ayudante niega las emociones: e invita a no experimentar
ciertos sentimientos negativos (no estar triste, no tener miedo),
puede generar sentimientos de culpa que en nada favorecen a la
superación de las dificultades o al afrontamiento de los
conflictos.
Por esto reiteramos el concepto que el ayudante para
acompañar adecuadamente al ayudado, debe integrar su
mundo emotivo previamente. Se diría que en la medida en que
uno es capaz de reconocer, dar nombre, aceptar, integrar,
expresar los propios sentimientos, en esa medida será capaz de
comprender los del que sufre sin negarlos.
La identificación de los propios sentimientos y la aceptación de
los mismos es una condición indispensable para poder
comprender al ayudado y
necesaria para una eficaz relación de ayuda.
Dice Auger “…El mundo emotivo de la persona a la que
ayudamos es comparable a un iceberg. Sólo una parte mínima de
ella emerge a la superficie del mar. La verdadera mole
permanece sumergida, invisible pero presente…”
La atención al propio cuerpo puede ayudar a tomar conciencia
de los estados de ánimo que nos habitan. Las emociones, de
hecho, tienen un claro reflejo en la dimensión corporal, llegando
a veces a una fuerte somatización. Los mecanismos de
racionalización y negación impiden identificar los sentimientos
reales.
Una vez reconocidos, es necesario aceptarlos y luego lo que
sigue es integrarlos.
Integrar los sentimientos consiste en aprovechar la energía que
contienen, ser dueños de los mismos y orientar dicha energía en
función de los propios valores interiorizados personalmente.
El último paso es la expresión de los mismos. Las emociones se
expresarán de una manera u otra. Lo importante es ser
conscientes y expresarles de una manera elegida libremente, no
haciendo pagar al otro nuestro estado de ánimo. La destreza que
regula el manejo y la comunicación de los sentimientos en las
relaciones interpersonales es la Asertividad.
b- Cordialidad en el trato
Se trata sencillamente de un afecto que se traduce en términos
de bondad, cordialidad, gentileza.
Como la empatía, también la consideración positiva ha de ser
traducida al interlocutor de manera verbal y no verbal: el
lenguaje del rostro, el tono de voz y otros gestos apropiados.
3- LA AUTENTICIDAD o CONGRUENCIA
La tercera actitud fundamental es la autenticidad o congruencia (las
otras dos son empatía y aceptación incondicional).
Una relación de ayuda eficaz debe basarse en esta disposición del
ayudante de ser sí mismo, auténtico en la relación, sin máscaras.
La autenticidad es más que la sinceridad. Implica un buen
conocimiento de sí mismo y una sintonía entre la verdadera
vivencia o sentimiento, la conciencia de la misma y su manifestación
exterior. En pocas palabras como dice L. Cian: “…cuando mi modo
de vivir, de experimentar este momento concreto está presente
también en mi conciencia y cuando lo que está presente en mi
conciencia está presente en mi comunicación, entonces hay relación
verdadera y eficaz…”
La autenticidad no significa que haya que comunicar todos los
sentimientos al ayudado. Es necesario un sano y equilibrado
discernimiento guiado por el deseo de hacer crecer la relación y no
por las propias resistencias.
Debe tenerse una aptitud auténtica porque la actitud se trasmite a
través de los gestos, de la mirada, de la postura corporal. Las
palabras se pueden inventar, construir, callar, pero hay cuestiones
que se transmiten con lo corporal inevitablemente.
Si estamos tensionados, disgustados, tristes, enojados, la expresión
nos delata, hay un rictus, una mirada, una postura reveladora.