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03 - Un Jefe Arrogante - Leslie North

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MULTIMILLONARIOS AL MANDO

Un jefe insoportable
Un jefe exigente

Un jefe arrogante
Este libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y hechos aquí descriptos son
producto de la imaginación y se usan de forma ficcional. Cualquier semejanza con personas, vivas o
muertas, hechos o lugares reales es pura coincidencia.

RELAY PUBLISHING EDITION, MAYO 2024


Copyright © 2024 Relay Publishing Ltd.

Todos los derechos reservados. Publicado en el Reino Unido por Relay Publishing. Queda prohibida
la reproducción o utilización de este libro y de cualquiera de sus partes sin previa autorización escrita
por parte de la editorial, excepto en el caso de citas breves dentro de una reseña literaria.
Leslie North es un seudónimo creado por Relay Publishing para proyectos de novelas románticas
escritas en colaboración por varios autores. Relay Publishing trabaja con equipos increíbles de
escritores y editores para crear las mejores historias para sus lectores.

Traducción de: María Elena Gil Alegría

www.relaypub.com
SINOPSIS

Solo quería descansar un segundo…


Lo siguiente que vi fue la atractiva y extremadamente enfadada cara de
Theo Barnes, mi cliente multimillonario, inclinada sobre mí.
Si yo soy Ricitos de Oro, él es el más enfadado de los tres osos.
Había añadido a mi trabajo habitual el encargo de fotografiar su flota de
yates, y estaba agotada y muy estresada.
Si a eso le añadimos una enorme cama super cómoda en uno de sus yates,
no pude evitar quedarme dormida. Y ahora estoy a punto de que me
despida.
Claro, que estábamos en mitad del océano, y él me estaba mirando como si
fuera la pieza que le faltaba para completar algún rompecabezas.
En lugar de echarme a patadas, me ofreció una enorme cantidad de dinero
por un solo día de trabajo; una cantidad a la que era muy, muy difícil decir
que no.
Pero debería haberlo hecho, porque este capullo me pidió que fingiera ser
su novia durante el resto de la tarde.
Las reglas: nada de muestras de afecto, no dejarme amedrentar por sus
invitados, y la farsa termina cuando lleguemos a puerto.
Cumplimos la primera regla durante unos cuatro minutos.
Se suponía que lo de fingir ser su novia sería una única representación, pero
después su madre insistió en que asistiera a la boda de uno de sus familiares
con una «buena chica». Y Theo pensó en mí.
Una «buena chica» habría dicho que no, pero aquí estoy, con el Señor
Arrogante. Claro, que no está tan mal. Besos contra las reglas, sexo
increíble…
Pero el sexo tiene consecuencias.
Y Ricitos de Oro tiene una sorpresa para el oso gruñón.
LISTA DE ENVÍO

Gracias por leer “Un jefe arrogante”


(Multimillonarios al mando Libro 3)
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ÍNDICE

1. Theo
2. Max
3. Theo
4. Max
5. Theo
6. Max
7. Max
8. Theo
9. Max
10. Theo
11. Max
12. Theo
13. Max
14. Theo
15. Max
16. Theo
17. Max
18. Theo
19. Max
20. Theo
21. Max
22. Theo
23. Theo
24. Max
25. Theo
26. Max
27. Max
28. Theo
29. Max
30. Theo
31. Max
32. Theo
33. Max
34. Theo
35. Max
36. Theo
37. Max
38. Theo
39. Max
Fin de Un jefe exigente
¡Gracias!
Cómo alegrarle el día a una autora
Acerca de Leslie
Otros títulos de Leslie
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THEO

A lalugar.
mayoría de los intrusos solo les suele preocupar colarse en algún
Pero, al parecer, a algunos de ellos solo les interesa dormir a
pierna suelta.
—¿Qué diablos…?
Miré con los ojos entrecerrados a la mujer dormida en mi cama. No es que
fuera la primera vez que había una mujer en mi cama, pero, cuando eso
ocurre, suele ser porque la he invitado yo. Y esta mujer no solo estaba
descansando: estaba tan dormida que parecía estar en plena hibernación.
Yacía acurrucada sobre un costado en el centro de la cama, con el edredón
cubriéndole hasta la cintura, e iba vestida con unos vaqueros con las rodillas
agujereadas y una camiseta negra de tirantes. Su larga melena de color
castaño claro se extendía sobre la almohada de una forma tan perfecta que
parecía que alguien la había colocado así para enmarcar mejor su bonita
cara.
¿Cómo demonios habría llegado hasta aquí? Estábamos en el camarote
principal de uno de mis yates, a dos horas de distancia de la costa. Había
invitado a dar un paseo en el barco a un hombre con el que intentaba
asociarme para mi negocio y a su mujer, en un último intento desesperado
por conseguir que firmara de una vez el maldito contrato conmigo. La
negociación había sido infernal, pero nadie era capaz de personalizar un
yate como Ford Peterson, y yo necesitaba a alguien que pudiera ayudarme a
que mi negocio fuera aún mejor.
Cuando habíamos hablado de dar este paseo en barco, me pareció que
estaba a punto de decidirse a firmar. Yo estaba seguro de que
conseguiríamos hacerlo, porque jamás se me resistía ningún acuerdo, pero
esta vez me estaba costando mucho más de lo que había esperado. Esa era
la razón por la que me había escondido aquí, para estar a solas un momento
y aclararme las ideas en paz.
En lugar de eso, la había encontrado a ella.
Si yo fuera un príncipe azul y estuviéramos en algún extraño cuento de
hadas, la habría dejado seguir durmiendo, pero, ni soy un príncipe azul, ni
esto era un cuento de hadas. Estábamos en mi yate, en mi propio terreno, y
ella no pintaba nada aquí, así que pensaba exigirle una explicación. Me
acerqué a ella, extendí la mano hacia su hombro y…
—¿Qué…? —La mujer se incorporó de golpe, como si hubiera despertado
de entre los muertos—. ¿Quién eres tú?
Tenía los ojos muy abiertos y los puños cerrados y fuertemente apretados.
—¿Yo? —Fruncí el ceño—. Soy yo quien debería hacer las...
—¡Socorro! —Uno de sus puños se disparó más o menos en dirección a mi
nariz—. ¡Aléjate de mí, pervertido!
Me eché hacia atrás para evitar acabar con la nariz aplastada, que era lo
último que necesitaba en ese momento. Estaba a punto de cerrar el acuerdo,
y solo me faltaba tener que dedicarme a lidiar con esta versión diabólica de
Ricitos de Oro. La mujer, no contenta con intentar dejarme sin dientes, saltó
de la cama y empezó a tratar de arañarme la cara.
—¡Voy a empezar a gritar! —aulló, agitando los brazos como si estuviera
poseída—. Lo juro por Dios, voy a…
—¡Cálmate, mujer! —gruñí mientras le sujetaba las muñecas—. ¿Quieres
parar un puñetero segundo?
—No pienso calmarme —contestó con los dientes apretados y mirándome
con intensidad—. No tengo ni idea de quién eres, pero te advierto que el
dueño de este barco va a aparecer en cualquier momento y te…
¿El dueño del barco? Vamos, no me jodas.
Solté los brazos de la mujer, al tiempo que dirigía una mirada exasperada al
techo y dejaba escapar un suspiro. No fue una buena idea, ya que ella podía
haber aprovechado el momento para intentar clavarme los pulgares en los
ojos, pero mi reacción le había sorprendido tanto que se quedó allí quieta,
sin moverse.
—Así me gusta —dijo con una seguridad claramente fingida—. Deberías
largarte antes de que…
—¿Antes de qué? —Crucé los brazos sobre el pecho y levanté una ceja—.
¿De que entre por ahí Theo Barnes, dueño del barco y azote de los
polizones?
Señalé el ojo de buey del camarote y, a mi pesar, empecé a notar que me
estaba divirtiendo. Al otro lado del cristal, el sol se reflejaba en las
cristalinas aguas azules del océano.
—¿Y cómo iba a llegar hasta aquí? —continué—. ¿Nadando a toda
velocidad, o tal vez montado a lomos de un tiburón?
La mujer se quedó con la boca abierta. Por un momento, pareció olvidarse
de mí, se dio la vuelta y corrió al ojo de buey, para apretar la frente contra el
cristal y mirar la amplia superficie del océano con ojos muy abiertos.
—Oh, no —murmuró, mirándome por encima del hombro—. No, no, no.
¿A dónde vamos? Me contrataron para hacer una sesión de fotos esta
mañana, pero me he pasado toda la noche trabajando porque tenía que
editar las fotos de otro proyecto. Al terminar, me he sentado a descansar un
momento, pero estaba tan cansada que supongo que me he…
Recordé que mi asistente había mencionado algo sobre contratar a un
fotógrafo, Max no sé qué, para actualizar los materiales de marketing.
Quizá, a partir de ahora, las ofertas de trabajo que publicásemos deberían
ser algo más precisas: El candidato adecuado debe ser capaz de
permanecer despierto tras completar el trabajo y salir del maldito barco
antes de zarpar.
—¿Y sueles quedarte dormida mientras trabajas? —pregunté, mirándola
con sospecha.
¿Le estaba provocando? Sí, claro. ¿Quería ponerla nerviosa? Por supuesto.
No pensaba dejar que el hecho de que fuera una mujer espectacular me
hiciera olvidar el enorme error que había cometido mientras trabajaba para
mí y se encontraba en mi barco. Lo último que necesitaba mientras
intentaba cerrar el acuerdo con Ford era que me distrajera una fotógrafa
preciosa.
—Eso no te importa —replicó Max—. Y dime de una vez a dónde va este
barco.
Me miró con furia, pero me seguía pareciendo guapísima, y había que
reconocer que tenía valor. Ahora que estaba despierta, me recordaba menos
a una princesa y más a una reina guerrera, ansiosa por luchar. No pude
resistir divertirme un poco a su costa.
—Nos dirigimos a Barbados para pasar allí la noche. Ya llevamos hora y
media de viaje —mentí en un tono muy serio.
—¡No! —Max miró a su alrededor aterrada, como un animal enjaulado—.
Estoy acabada.
Su pánico parecía tan auténtico que decidí que ya me había divertido
bastante.
—Es broma, es solo un paseo de unas cuatro horas, ir y volver. Vamos a dar
la vuelta enseguida y estaremos de vuelta a las seis.
Se giró tan rápido para mirarme que me pareció oír un crujido en su cuello.
—Un momento, ¿en serio? ¿Has dicho lo de Barbados solo para tomarme el
pelo? ¿Qué te pasa, tienes una obsesión patética con los piratas? ¿Por qué
has dicho eso?
Lo cierto era que no tenía preparada una respuesta para esa pregunta,
aunque si ella hubiera querido jugar a los piratas, yo habría estado dispuesto
a…
Entonces me di cuenta de que ella esperaba mi respuesta, así que decidí ser
honesto.
—Porque me ha parecido gracioso.
—¿Te divierte tomarle el pelo a la gente? —Entrecerró los ojos para
mirarme con atención.
Me divierte tomarte el pelo a ti, pensé. Era muy probable que no me
estuviera comportando como un caballero, pero el día estaba resultando
muy frustrante y el contrato seguía sin estar firmado, así que ceder al
impulso de gastarle una broma me había relajado un poco. El instinto me
decía que jugar con Max sería muy divertido. Ella hizo una mueca.
—No me lo puedo creer —murmuró a media voz—. Joder, yo alucino. No
es posible que Theo Barnes haya invitado a su barco a un capullo como tú.
—Hablando de eso… —empecé con una media sonrisa, pero ella me
detuvo alzando una mano.
—Me da igual, solo espero que te tire por la borda.
En ese momento escuché unos pasos que se acercaban por el pasillo.
—Theo, cariño, ¿estás ahí?
Era la inconfundible voz chillona de Pam Peterson, la mujer de Ford.
Pam era la razón por la que el acuerdo casi se había ido al traste al menos
una docena de veces. ¿Por qué? Pues porque no paraba de tirarme los tejos.
Abiertamente, sin descanso y sin aceptar que le hubiera dejado clarísimo
que no me interesaba lo más mínimo. Por desgracia, cuanto más fingía yo
ignorar sus insinuaciones, más descarada se volvía ella. Ford se estaba
poniendo cada vez más celoso y el maldito contrato seguía sin firmar, a
pesar de que era obvio que asociarnos sería la mejor opción para los dos. Yo
estaba decidido a aprovechar su experiencia y su reputación intachable y, a
cambio, estaba dispuesto a hacerle muy rico, así que ambos saldríamos
ganando con esta asociación. Lo único que necesitaba era convencerle de
que no suponía una amenaza para su matrimonio, pero debía hacerlo de una
forma que no le insultara ni a él, ni a su mujer. En situaciones como esta,
que no ocurrían con frecuencia, deseaba que se me dieran mejor las
relaciones. A mis amigos con pareja no les pasaban cosas como esta.
La bella durmiente abrió mucho los ojos, horrorizada.
—Un momento, ¿tú eres Theo Barnes?
Mi sonrisa se amplió aún más.
—Culpable.
—No voy a poder recuperarme de esto, ¿verdad? —preguntó con aspecto
abatido.
Los pasos de Pam estaban cada vez más cerca. De pronto, se me ocurrió
una idea.
—Se me ocurre una forma de que me lo compenses —dije en voz baja—.
Tú sígueme el rollo, ¿vale?
Me acerqué más a ella y la rodeé con el brazo, justo en el momento en que
Pam entraba en el camarote, como la viva imagen de una mujer florero de
Miami, pero muy cabreada. En cuanto nos vio, se detuvo bruscamente y nos
miró a Max y a mí con aspecto disgustado.
—Vaya, ¿qué está pasando aquí?
2

MAX

m…
—U Intenté pensar en algo que decir, pero lo cierto es que no se me
ocurría nada. Además, el brazo que Theo me había puesto alrededor de los
hombros me estaba distrayendo un montón. No tenía ni idea de quién sería
esta señora tan enfadada, ni qué relación tendría con Theo Barnes, pero
estaba bastante claro que no le hacía ni pizca de gracia verle tan cerca de
mí.
Señora, si le interesa tanto, puede quedárselo enterito, me hubiera gustado
decirle, pero me mordí la lengua.
Sí, era un capullo arrogante de primera clase, pero, al parecer, también era
mi jefe o, al menos, lo era hasta que volviéramos a tierra. Me había
contratado para este trabajo y pagaba muy bien, así que no podía permitirme
fastidiar nada hasta haber cobrado. Además, era un pez gordo, la clase de
persona que podría impedir que me ofrecieran otros trabajos si decidía ser
rencoroso. Mi carrera estaba empezando a despegar y no podía permitirme
cabrear a nadie que tuviera tanto dinero y tantos contactos entre la clase
alta. Ya me había arriesgado mucho al gritarle antes de saber quién era, así
que, si lo único que tenía que hacer para acabar cayéndole bien era seguir
sus indicaciones, eso era justo lo que me proponía hacer.
—Pam, te presento a Max, mi novia.
Pero qué diablos…
Di un respingo involuntario y él me sujetó un poco más fuerte, lo que
interpreté como una advertencia silenciosa para que me quedara calladita.
—Anoche salimos y volvimos bastante tarde y… digamos tan solo que no
se encontraba en condiciones de navegar —continuó él—. Estaba aquí
recuperándose un poco.
Pam nos estaba mirando del uno al otro con expresión sospechosa.
—¿Novia? ¿Y cómo es que no la habías mencionado antes?
Miré a Theo con la esperanza de que su respuesta me aclarase las cosas a mí
también. Él sonrió, con una sonrisa genuina, sin ironía, y, maldita sea, eso
me hizo sentir algo. Antes me había parecido atractivo: alto, fuerte,
barbudo, con la clase de pelo castaño claro que probablemente se volvería
rubio si pasaba mucho tiempo al sol, y unos profundos ojos castaños que
seguro que parecerían casi negros cuando estuviera excitado. Pero, al ver
aquella sonrisa, empecé a entender por qué le tolerarían esa actitud tan
arrogante. Con una sonrisa como esa, uno podía mentirle a una mujer y ella
le daría las gracias por el detalle.
—Somos personas discretas —dijo, encogiéndose de hombros—. Cuando
vendí mi primer negocio, aprendí por las malas que debía mantener en
privado ciertos aspectos de mi vida. Seguro que sabes a qué me refiero. Uno
revela algunas cosas, pero el resto debe quedar en privado. Max tenía la
intención de unirse a nosotros en algún momento, pero, bueno, la culpa la
ha tenido el Cristal. ¿Verdad, cielo?
Me miró con aquella sonrisa suya y sentí que se me secaba la boca. Estaba
tan cerca de mí, era tan arrogante, olía tanto a mar… Pero la forma en que
me apretaba el hombro me dejó claro que solo aceptaría una respuesta
afirmativa, así que me vi obligada a darle la razón.
—Las chicas y el champán, ya sabes —conseguí decir con una risilla débil.
Theo rio un poco y aflojó la presión sobre mi hombro.
—Me habría gustado mucho que me hubieras hablado de ella antes —dijo
Pam, mirándonos con el ceño fruncido.
Parecía muy irritada. ¿De qué diablos iba todo esto?
—Más vale tarde que nunca —contestó Theo. Su voz sonaba animada, pero
en el fondo pude notar un tono más duro—. El caso es que Max quería
arreglarse un poco. Nos reuniremos con vosotros en la mesa enseguida, ¿de
acuerdo?
Pam dio media vuelta sin contestar y salió del camarote. En cuanto se alejó
lo suficiente, Theo me soltó y dejó escapar un largo suspiro.
—Vale, espera un momento —dije, acercándome un poco para poder ver
bien su expresión—. ¿Qué ha sido todo eso? ¿Cómo que tu novia?
—Oye, tú te has quedado dormida en el trabajo. Yo no soy el único que está
tomando malas decisiones hoy. Verás, estoy en medio de una negociación y
me estoy enfrentando a una situación… delicada, así que he tenido que
improvisar —explicó con otro suspiro, mientras se apretaba el puente de la
nariz.
Le dirigí una mirada furiosa con las manos en las caderas.
—Si lo que quieres es que finja ser tu novia delante de unos desconocidos,
voy a necesitar que me lo expliques mejor.
Theo me miró con atención.
—De acuerdo —dijo por fin—. Esa era Pam Peterson. Ella y su marido
están aquí porque quiero firmar un contrato para asociarme con él. Nadie
prepara los yates como él y quiero que trabajemos juntos. Tengo que
conseguir que firme el contrato conmigo y lo conseguiré, eso te lo aseguro.
El problema es que… —La frase se quedó en el aire—. ¿Cómo te lo
explico?
El hombre burlón de sonrisa arrogante, que tanto se había divertido
tomándome el pelo hacía unos minutos, había desaparecido. Ahora parecía
mucho más serio y centrado; menos vividor despreocupado, más directivo
despiadado. Y, maldita sea, esa actitud también le sentaba bien. De hecho,
siendo sincera conmigo misma, esta otra faceta suya me resultaba aún más
atractiva. Al verle tan determinado y decidido, cualquier chica necesitaría
un momento para recomponerse. Obviamente, yo no; me refería a cualquier
otra chica.
—El problema es que a Pam… bueno, parece que le gusto un poco —
continuó Theo que, por suerte, parecía no haberse dado cuenta del giro
inapropiado que habían tomado mis pensamientos—. Y eso ha hecho que
Ford se ponga celoso, lo que significa que se está pensando dos veces lo del
contrato. Necesito encontrar la forma de convencer a Ford de que no tiene
por qué estar celoso, pero sin insultarles ni a Pam ni a él.
—Y ahí es donde encaja lo de la novia —añadí yo—. Ya lo pillo.
—Exacto. Así que ahora tienes que reunirte con nosotros en la cubierta y
mantener la farsa hasta que volvamos a puerto.
Eso sonó como una orden y me sentó fatal. Sí, había aceptado no reventarle
la historia hacía un momento, pero aún faltaban dos horas para llegar al
muelle y eso suponía un rato demasiado largo de jugar a las parejitas con un
tío al que no conocía, para impresionar a una pareja que no me importaba
nada en absoluto. El problema lo tenía él, no yo. Yo ya había hecho mi parte
al dejar que Pam nos viera juntos, seguro que él podría apañárselas solo con
lo demás.
Y, además, no había tenido siquiera el detalle de presentarlo como una
petición o decir «por favor»; simplemente había dado por hecho que yo
haría lo que él dijera. Capullo arrogante…
—Te pagaré —añadió enseguida—. El doble de lo que cobras al día
haciendo fotos.
No me sorprendió que fuera uno de esos tipos, de los que creen que su
cuenta corriente puede arreglar cualquier problema.
—Creo que no es una buena idea —dije sacudiendo la cabeza.
Sin embargo, mientras lo decía, mi mente ya se había puesto a calcular la
cantidad de dinero que me había ofrecido. Estaba ahorrando para hacer unas
prácticas con Richard Adams, un fotógrafo al que admiraba desde que había
empezado en este negocio. Era el fotógrafo principal de la revista Life &
Style, lo que significaba que, en sus cuarenta años de carrera, había
fotografiado a todo el mundo, desde ganadores de Óscar hasta presidentes.
Trabajar con él me garantizaría un futuro en este sector, pero él no pagaba a
sus estudiantes. Entre el equipo nuevo de alta gama que iba a necesitar y el
coste de vivir durante los cuatro meses que duraba el programa, durante los
cuales no tendría tiempo para aceptar ningún trabajo adicional, tenía que
asegurarme de haber ahorrado al menos veinticinco mil dólares antes de
empezar.
—Estoy dispuesto a hacer que te merezca la pena ayudarme a conseguir que
Pam entienda que no estoy disponible.
Theo inclinó la cabeza y sonrió de la forma más encantadora posible. Y
vaya si resultaba encantador, maldita sea. Tanto que se me estaba yendo un
poco la cabeza y estaba empezando a pensar cosas como: ¿cuándo fue la
última vez que alguien me besó?
—Solo salgo con hombres educados —dije, cruzando los brazos—. Y hay
una palabra que no has dicho todavía.
Durante un segundo, tuvo el descaro de parecer totalmente confuso. Yo me
quedé esperando, sin dejar de lanzarle una mirada asesina. Por fin, su cara
se iluminó con una expresión de comprensión y se acercó a mí. Su aroma
embriagador me envolvió, mientras me miraba a los ojos con intensidad.
—Te lo pido por favor, Max —dijo con suavidad.
A mi pesar, sentí un leve estremecimiento. Vale, era un capullo, pero estaba
buenísimo y hacía bastante tiempo que no me acostaba con nadie… y aún
hacía más tiempo que no me topaba con un hombre que supiera hacerme
disfrutar del sexo. Seguro que este tío sabía cómo hacer disfrutar a una
chica, eso se notaba. Qué pena que no me fueran los capullos engreídos.
Pero lo de seguir con la farsa, por el doble de mi tarifa diaria, eso sí que lo
podía hacer. Total, hiciera lo que hiciera, estaba atrapada en este barco
durante las dos horas siguientes. ¿Por qué no sacarles todo el provecho
posible?
—De acuerdo, lo haré, pero necesitamos unas reglas básicas —le advertí.
—¿Qué tipo de reglas?
—Límites físicos.
Ignoré la pequeña oleada de emoción que sentí al volver a mirar con
atención a Theo. Bueno, vale, era más un maremoto que una oleada,
considerando las feromonas que emitía ese hombre.
—Puedes rodearme con el brazo como has hecho antes —dije—. También
puedes darme la mano. Creo que no eres la clase de persona que daría
grandes muestras de afecto durante una reunión de negocios, así que no
hará falta que nos besemos, ¿no?
Maldita sea, ahora no iba a poder parar de pensar en cómo sería un beso
suyo. Me gustaría sentir su barba contra mi piel y saber lo que podía hacer
con esa boca tan atractiva. Sentí que me ardían las mejillas y esperé que no
se diera cuenta.
—Creo que podré resistir la tentación de enrollarme contigo durante la
negociación —dijo lentamente.
—Además, creo que deberíamos inventarnos una historia —sugerí—. Me
da la impresión de que Pam es la clase de persona que querrá saber cómo
nos enamoramos.
—¿Quién ha dicho nada de amor? —dijo Theo con media sonrisa.
Esta vez me puse como un tomate. Theo negó con la cabeza.
—No te preocupes por eso. Se me da bien improvisar, tú solo tienes que
seguirme el ritmo, ¿de acuerdo?
Uf, ¿por qué tenía que hablar como si tuviera todas las respuestas?
—La última vez que improvisaste, acabé siendo tu novia —murmuré.
—¿Qué has dicho, cielo?
—Vale, te dejaré a ti lo de cómo nos conocimos —contesté en voz más alta
—. Tú eres el jefe, ¿hay alguna otra regla que deba conocer? —añadí
pestañeando con sorna.
—Sé simpática. Alegre —dijo, tras considerarlo un poco.
Puse los ojos en blanco. Habría apostado diez pavos a que era la clase de
hombre que esperaba que todas las mujeres con las que salía fueran simples
y alegres, y seguro que las dejaba en cuanto le mostraban su lado más
complicado o exigente.
—¿También me vas a pedir que sonría más?
—No nos vendría mal —dijo encogiéndose de hombros.
Dejé escapar un suspiro irritado, pero me contuve para no soltarle el
discurso enfadado que tenía en la punta de la lengua. Solo son dos horas,
me recordé a mí misma. Puedes morderte la lengua durante un par de
horas.
—¿Alguna otra regla?
—Será mejor que no lo compliquemos mucho. Lo mejor será mantener las
cosas a nivel superficial.
—Me parece bien. ¿Algo más?
—Tú solo tienes que conseguir que crean que es real, para que Pam me deje
en paz y Ford deje de sentirse amenazado.
—Eso solo funcionará si tú haces bien el papel de novio entregado. ¿Te vas
a esforzar para que ellos se lo crean? —pregunté.
Me estaba costando mucho imaginármelo, porque parecía que la única
persona que le importaba de verdad era Theo Barnes.
—Claro que sí, soy un actor fantástico.
Madre mía, este hombre estaba encantado de haberse conocido.
—Vale, de acuerdo. Vamos a acabar con esto de una vez.
Me dirigí a la puerta, pero Theo me detuvo con una mano sobre mi hombro,
y me miró de arriba abajo, con detenimiento y el ceño fruncido.
—¿Qué pasa? ¿No voy bien vestida para un crucero que no sabía que iba a
hacer? —pregunté con dulzura fingida.
—No mucho —dijo Theo, ignorando mi sarcasmo, o sin notarlo—. Si
queremos que esto funcione, tiene que dar la impresión de que estaba
previsto que vinieras hoy. ¿Tienes algo que sea menos… práctico?
Vaya, estaba claro que le gustaba controlarlo todo, pero, por desgracia, tenía
razón. Pensé un poco y se me ocurrió una idea.
—Dame un segundo.
Abrí mi mochila y saqué una arrugada blusa de seda que una modelo se
había dejado hacía unas semanas en una sesión de fotos. Me di la vuelta y
me quité la camiseta, sin hacer caso de la forma en que Theo me estaba
mirando. Sacudí un poco la blusa que, por suerte, estaba hecha con un
tejido diseñado para parecer arrugado, así que nadie sabría que llevaba días
metida en la mochila. Me la puse, hice un nudo en la cintura y luego saqué
del bolsillo lateral unos pendientes de circonita que me había quitado antes,
porque me molestaban al ponerme los auriculares.
—Ya casi estoy —dije mientras me miraba en un espejo que había en la
pared.
Volví a buscar en la mochila para sacar un cepillo y me hice rápidamente
una coleta; después recordé que tenía una barra de labios en un bolsillo
interior, así que me pinté los labios, me volví hacia Theo y le dediqué una
enorme sonrisa de novia de mentira.
—¿Mejor así?
Él me devolvió la sonrisa y me miró con evidente aprobación.
—Mejor que Superman en una cabina de teléfonos. Pero déjame hacer una
cosa… —extendió la mano y me quitó la goma del pelo, de forma que mi
melena quedó suelta y cayó sobre mis hombros. Abrí la boca para protestar,
pero me di cuenta de que sus ojos ahora parecían más oscuros.
—Me gusta más suelto —dijo con voz un poco ronca.
El estómago me dio un vuelco, pero hice lo que pude para ignorarlo.
—¿Estás lista para hacer creer a Pam que estamos juntos? —Theo extendió
la mano hacia mí con una expresión diferente.
Había suavizado su actitud arrogante. Aunque seguía actuando con
confianza en sí mismo, su expresión ahora mostraba determinación y
emoción a partes iguales. Era una expresión que dejaba claro que estaba
entregado a nuestro proyecto. A mi pesar, me di cuenta de que me gustaba.
—¡Por supuesto, cariño! —dije con alegría exagerada. Me acerqué a él de
un salto y le cogí de la mano.
—Por el amor de Dios, cálmate un poco —suspiró.
Me mordí una mejilla para no echarme a reír.
—Gracias por la indicación, tomo nota.
Tenía la intención de interpretar mi papel, pero tomarle el pelo a Theo de
vez en cuando suponía un aliciente. Aunque, por su aspecto, se hubiera
dicho que era un regalo de los dioses a las mujeres hetero, lo cierto es que
tenía un ego del tamaño del Golfo de México. Se merecía que le tomara el
pelo un poco.
Mientras Theo me llevaba por el estrecho pasillo, me di cuenta de que aún
no hacía falta que me cogiera de la mano. Pam y Ford estaban fuera, en
cubierta, y nadie nos veía avanzar por el interior del barco. Pero este era su
espectáculo, así que pensaba seguir su iniciativa, y lo cierto es que la
sensación de tener la mano envuelta en una de las suyas no me resultaba
desagradable. Además, me ayudaría a meterme en el papel de novia
dedicada.
Luces, cámara… pensé para mis adentros cuando salimos a la luz del sol,
y… ¡acción!
3

THEO

acéis una pareja encantadora —dijo Ford con una sonrisa dirigida
—H a Max, que estaba sentada al otro lado de la mesa situada en la
cubierta del barco. Ahora que le había demostrado que no era un
hombre libre y no me interesaba Pam, se había relajado por completo—.
Me recordáis cómo éramos Pam y yo cuando nos conocimos.
Tuve que contener un resoplido. No sabía gran cosa de Max, pero me había
fijado en que no se parecía a Pam en nada. Para empezar, Max se había
centrado en tratar de conocer a las personas que la rodeaban, en lugar de
contar historias sobre su pasado como modelo de altos vuelos para tratar de
impresionar a los demás.
La otra diferencia entre ellas era que Max era mucho más auténtica. Por
supuesto, había evidentes diferencias superficiales entre ambas: Max apenas
llevaba maquillaje y su belleza natural hacía que resultara difícil apartar la
vista de ella. En cambio, Pam era atractiva de una forma que hacía pensar
que debía haber pagado a mucha gente para mantener ese aspecto. Pero
también había una diferencia más profunda: puede que Max y estuviéramos
mintiendo sobre nuestra relación, pero cuando me sonreía, parecía real.
Por el contrario, incluso cuando tonteaba conmigo, Pam nunca me hacía
creer que yo le gustara mucho. Era una mujer aburrida y frustrada en busca
de alguien que irrumpiera en su vida para llenarla de drama y emoción, sin
importar el daño que pudiera hacer a los demás.
Ford seguía sonriendo, a la espera de una respuesta.
—Es todo un cumplido que nos compares con vosotros —mentí.
—¿Cómo os conocisteis Pam y tú? —preguntó Max a Ford—. Me encanta
ese tipo de historias.
Pam volvió a concentrarse por fin en la conversación.
—Yo era modelo en una campaña de un concesionario de coches local.
Tenía mucho éxito, básicamente era la única supermodelo de Miami. Ford
vio mi foto en un anuncio y se quedó tan impresionado al verme que me
buscó.
Ford le interrumpió con una sonrisa de superioridad.
—Ella estaba saliendo con otro, un pringado amigo suyo, pero yo no acepté
un no por respuesta. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida.
—Ford le tomó la mano y se la besó. Debería haber sido un gesto bonito,
pero resultó posesivo y desagradable, como si estuviera marcando su
propiedad.
Por primera vez, sentí un poco de lástima por Pam. A mí no me iban las
relaciones, pero me imaginaba que no debía ser fácil estar casada con un
hombre que seguía viéndote, al menos en parte, como un trofeo que había
ganado.
—Oh —dijo Max—. Qué bonito.
No supe determinar si estaba mintiendo, o si era tan romántica que era
capaz de ver lo mejor de las personas, hasta de estos dos.
—¿Y cómo os conocisteis vosotros? —preguntó Ford, mirándonos del uno
al otro.
Max me miró con expectación y una ceja levantada, como diciéndome: te
dije que nos lo preguntarían.
En ese momento sonó mi teléfono e interrumpió cualquier relato
sentimental falso que se me pudiera haber ocurrido.
—Es mi abogado —dije tras mirar el teléfono para contestar—.
Seguramente querrá saber cuándo voy a enviar el contrato firmado.
Disculpadme un momento.
No era mi abogado, sino mi asistente, pero no había podido resistir la
tentación de utilizar la llamada como excusa para recordarles lo que se
suponía que debíamos estar haciendo. Me alejé para hablar y, para cuando
terminé de repasar con Connie unos cambios en la planificación y me volví
a unir a los demás, Max ya tenía bien avanzada “nuestra historia”.
Hice una mueca, preguntándome qué clase de clase de trolas se le habrían
ocurrido. ¿Habríamos compartido un paraguas durante un chaparrón
repentino? ¿Se le habrían caído un montón de libros y yo le habría ayudado
a recogerlos? Me senté, cogí mi vaso de whiskey y bebí un buen trago.
Había mucho en juego, ¿podría fiarme de que Max fuera capaz de contar
una historia creíble?
—Se trataba de una sesión de fotos en un yate, para unos clientes nuevos
que tenían una empresa de trajes de baño, y yo llegaba tarde —estaba
diciendo Max.
—Siempre llegas tarde —le reprendí, con la intención de añadir algo de
realismo a la historia y tomar el control de la conversación—. De hecho,
debería contaros una historia muy divertida sobre una vez que iba con tanto
retraso que…
Max me dio un empujón en el hombro con más fuerza de la necesaria.
—No seas así, deja de interrumpirme. Bien, pues iba corriendo por el
muelle y me di cuenta de que no me acordaba del nombre del barco ni del
número del punto de amarre. No había nadie por allí, eran como las seis de
la mañana, pero por fin vi a este hombre tan guapo junto a un yate, y asumí
que debía ser ese. Empecé a contarle a toda velocidad que necesitaba
montar la sesión de fotos a bordo, y él se me quedó mirando como si le
estuviera hablando en otro idioma. Pero estaba tan nerviosa que no me di
cuenta, así que seguí hablando sin parar.
Vale, de acuerdo, se le había ocurrido una historia bastante decente. Ella me
miró expectante, y me di cuenta de que esa era mi entrada.
—Yo no tenía ni idea de qué estaba diciendo —continué—, pero me quedé
tan prendado de ella que simplemente dejé que siguiera hablando. Si me lo
hubiera pedido, es posible que le hubiera dejado coger el timón.
Aunque Ford soltó una carcajada, Pam parecía furiosa. Max me sonrió, lo
que me confirmó que estábamos en sintonía. Su sonrisa me calentó el
pecho, como la luz del sol en un día frío.
—Así que estaba dando una vuelta por el… ¿cómo se llamaba? —continuó
Max—. No consigo acordarme de todos los nombres.
—El Abundancia —contesté, utilizando el nombre de uno de mis yates que
encajaba con su historia.
—Eso. Bueno, pues estaba recorriendo el barco, buscando los rincones
adecuados, y empecé a sacar las cosas de mi bolsa en las zonas en las que
creía que se van a situar las modelos. Entonces él se acercó y me dijo que
me había equivocado de yate. Yo estaba tan agobiada e iba con tanto
retraso, ¡que me puse a discutir con él! —Max me dirigió una sonrisa
burlona—. Pero él fue encantador, se limitó a escucharme con paciencia
hasta que hice una pausa para respirar. Entonces me llevó a la borda y
señaló al muelle, donde vi que ya habían llegado todos los demás. ¡Casi me
muero de vergüenza!
Pam soltó un resoplido, pero no dijo nada.
—Max tuvo que marcharse corriendo, pero me las apañé para que me diera
su número antes de irse —añadí.
—Yo había dado por hecho que le interesarían más las modelos a las que
iba a fotografiar —añadió Max con timidez.
—Sí, eso le pega más —dijo Pam en tono condescendiente, mientras miraba
a Max de arriba abajo.
—¿Qué dices? ¡Si Max podría ser modelo! —exclamó Ford, lo que hizo
que la expresión de Pam se volviera aún más sombría.
Aunque hubiera sido yo quien la había metido en este lío para empezar, no
me estaba gustando nada que Max se viera arrastrada a esta extraña
rivalidad con Pam.
—Eso mismo pienso yo —dije, cogiéndole la mano otra vez. Miré a Max y
me aseguré de que se diera cuenta de que lo decía en serio—. Mi chica es
absolutamente preciosa.
Max abrió un poco más los ojos y sus labios se separaron un poquito. Sin
querer, mi mirada se deslizó hasta su boca.
—Venga ya —dijo Pam, exasperada—. A nadie le gustan las modelos con
tatuajes.
—Entonces, menos mal que no tengo ninguna intención de ser modelo,
¿no? Me gusta mucho más estar detrás de la cámara —contestó Max, que
intentó volver a tomar las riendas de la historia volviendo su atención a
Ford y Pam—. El caso es que no creí que fuera a llamarme, pero lo hizo ese
mismo día a última hora para informarme de que tenía una cena con él en el
Abundancia. —En este punto, me dirigió una mirada rápida—. Por lo
general, me habría hecho de rogar, o habría esperado a encontrar un hombre
con mejores modales, pero, no sé por qué, me estaba muriendo de ganas de
volver a verle.
Yo sonreí un poco al captar la indirecta, y su cara se iluminó. ¿Por qué me
dio entonces un vuelco el corazón? Esto no era más que una farsa, y Max
no se parecía en nada a las mujeres con las que solía salir. Para empezar,
parecía la clase de mujer que buscaba una relación. De hecho, que se
merecía una relación.
—Y ahora estamos aquí —terminó Max, desviando su atención de mí a la
historia.
—En este día tan importante —añadió Ford—. Theo, ¿por qué no damos un
paseo y comentamos los últimos detalles? Después podemos sacar los
bolígrafos y formalizarlo todo.
Sentí una sensación de triunfo que me recorrió el cuerpo.
—Por supuesto.
Ford y yo nos pusimos en pie y Pam comenzó a levantarse también.
—Voy con vosotros.
—Oh, no queremos aburrirte con los detalles —dije enseguida, porque no
podía arriesgarme a que volviera a estropear el acuerdo—. ¿Por qué no
aprovecháis Max y tú para conoceros un poco mejor?
Max me lanzó una mirada furiosa. Al parecer, ni siquiera a ella, con lo
amable que era, le apetecía pasar tiempo con Pam. Pues era una pena,
porque le estaba pagando precisamente para que hiciera eso. Max iba a
tener que pasar ese mal rato según lo acordado. Le hice un gesto de ánimo
con la cabeza y, aunque estaba claro que no le hacía ninguna gracia, no
protestó.
—Estoy de acuerdo —me apoyó Ford—. Dejemos a las mujeres con sus
cotilleos.
La cara de Max ahora reflejaba las ganas que tenía de matarnos a Ford y a
mí, y Pam tampoco parecía estar demasiado contenta. Tal vez las dos
podrían aprovechar para hablar de lo insoportables que eran sus respectivas
parejas.
Di a Ford una palmadita en la espalda Ford y le conduje hacia el camarote
en el que habíamos dejado el contrato.

—Vas a tener que esperar.


Después de la conversación con Ford, nos habíamos reunido todos de nuevo
alrededor de la mesa de madera de la cubierta, con el contrato preparado en
una reluciente carpeta de cuero delante de nosotros. Pam se había apartado
unos minutos para hablar con Ford, y él acababa de dejar caer esa noticia
ahora mismo, lo que me había hecho apretar los puños para tratar de
contener la frustración y el enfado.
—Disculpa, ¿qué has dicho?
—Pam cree, bueno, creemos que nuestro abogado debería echar un último
vistazo al contrato antes de firmarlo.
Di una palmada a la carpeta de cuero sobre la mesa. No tenía ni idea de qué
diablos pasaba entre ellos, pero ya me había cansado de permitir que
afectara a este acuerdo.
—El contrato es exactamente el mismo que tu abogado revisó y aprobó
hace tres días. No ha cambiado nada. Puedes volver a leerlo otra vez para
quedarte tranquilo.
—Solo estamos siendo cuidadosos —dijo Pam, arrugando la nariz—. Esta
asociación supone un riesgo para nosotros.
—Pero ¿por qué? —Me estaba costando mucho evitar gritarle—. Está claro
que los dos saldremos ganando, Pam. Ya lo hemos hablado una docena de
veces.
Por el rabillo del ojo, veía que Max estaba observando el desastre con los
ojos muy abiertos. Seguro que estaba disfrutando al verme pasarlo mal.
—Theo, te doy mi palabra de que firmaré, solo queremos que nuestro
abogado vea el documento —dijo Ford.
Ojalá pudiera creerle. Ford no lo admitiría nunca, pero era un hombre
inseguro. Lo que Pam le hubiera dicho le había hecho dudar. Me pregunté si
retrasar la firma era lo que se le había ocurrido a ella para castigarme por no
haber accedido a sus deseos.
Antes de contestar, conté hasta cinco con la esperanza de que eso me
permitiera evitar que se me notara el enfado en la voz. Ponerme agresivo no
me iba a ayudar en nada.
—No hay problema, tomaos unos días. Ahora, si me disculpáis, tengo que ir
a hablar con el capitán.
Me levanté de la mesa y me dirigí a la cabina. Había planeado volver sin
prisa al puerto para que nos diera tiempo de celebrar la firma, pero ahora
quería pedirle a John, el capitán, que nos llevara a tierra a toda la velocidad
de la que fuera capaz el Destello. Estaba harto de darle tantas vueltas al
tema con los Peterson, y no estaba de humor para fingir amistad con ellos
durante mucho más tiempo.
Joder. Estaba tan enfadado que deseaba romper algo. Maldita sea, hasta
había llegado a fingir que tenía novia por esta gente. ¿Qué más podían
querer de mí?
Tras darle las instrucciones a John, me tomé unos minutos para mirar hacia
el lejano horizonte azul, esperando que la vista me ayudara a calmarme.
—Eh, ¿estás bien?
Me volví bruscamente y me encontré a Max detrás de mí, mirándome con el
ceño fruncido.
—Vaya, ¿ahora has decidido ser amable?
—Bueno, no me caes demasiado bien —dijo mientras se encogía de
hombros—. Pero me caes mejor que Ford y Pam, aunque tampoco es que
hayan puesto el listón muy alto.
Max miró por encima de su hombro hacia donde estaban sentados Pam y
Ford, al otro lado de las puertas de cristal tintado.
—Ya sé que no soy quién para decir nada, pero Pam es horrible. Me ha
parecido una mujer amargada y de miras estrechas. En todo el tiempo que
hemos estado solas no ha parado de quejarse, hasta me ha lanzado algunas
pullas. Por su parte, Ford solo habla bien de su mujer cuando se refiere a su
aspecto. Así que, si tengo que ponerme de parte de alguien, va a ser de tu
parte. —Sacudió la cabeza y me miró—. ¿Por qué querrías trabajar con él?
—Es el mejor en este negocio —dije con un suspiro—, y yo no acepto nada
menos que lo mejor. Cuando el contrato esté firmado, creo que podré evitar
encontrarme con Pam, excepto por algunos eventos sociales durante el año.
En realidad, Ford no es mala persona, cuando ella no está delante.
—Si tú lo dices…
Sonaba tan escéptica que no pude evitar reírme. Max volvió a mirar a través
de las puertas de cristal.
—Creo que nos están mirando. ¿Deberíamos hacer algo propio de novios?
—A estas alturas, me parece que ya no importa —gruñí, y le lancé una
mirada—. Gracias por inventarte la historia de cómo nos conocimos. Ha
estado casi tan bien como si se me hubiera ocurrido a mí.
En cuanto lo dije, tuve que suprimir una mueca. Mierda, ¿había vuelto a
estropear este momento con ella tratando de hacer una gracia? En serio, no
sabía qué tenía Max que me hacía desear tomarle el pelo continuamente, no
podía evitarlo. Por suerte, esta vez se rio, y su risa era maravillosa.
—¿En serio? ¿Crees que se te habría ocurrido algo mejor? ¿Como qué?
—No sé, podría ser que los dos tuviéramos el mismo entrenador personal,
me viste cuando estaba acabando de hacer ejercicio y sentiste la necesidad
imperiosa de conocerme.
—Qué… original —dijo Max, apretando los labios en una mueca burlona.
—Creo que hemos trabajado bien en equipo —dije, ahora con más seriedad.
—Eso es cierto —admitió ella, y añadió, un poco a su pesar—: No estás tan
mal.
—¡Un cumplido de verdad! Creo que me voy a morir de la emoción —dije,
colocando una mano sobre el corazón.
Ella puso los ojos en blanco y yo le sonreí.
—Creo que se lo han tragado, eres una buena actriz.
—A lo mejor no estaba actuando. A lo mejor es que estoy enamorada de ti
hasta los huesos, Theo Barnes —dijo Max con una mano en el corazón, al
igual que lo había hecho yo, y pestañeando mientras me miraba.
—No serías la primera.
Max se rio, pero no de forma burlona o cruel, sino más bien como si
fuéramos de verdad un equipo y estuviéramos juntos en esto. De repente, el
ambiente cambió a nuestro alrededor, y lo que había sido informal y ligero
hasta hacía un momento vibró con algún tipo de tensión. Aunque estábamos
fingiendo, no pude negar una atracción muy real hacia esa mujer tan
hermosa y poco convencional que tenía delante.
—Oh, oh —dijo Max mirando detrás de mí—. Aquí viene.
Me di la vuelta y vi que Pam se disponía a entrar y estaba observando su
reflejo en las puertas de cristal, para arreglarse el pelo y colocarse bien los
pechos.
—Joder —suspiré—. No estoy de humor para lidiar con ella. ¿Crees que, si
le ofrezco mil dólares, se dará la vuelta y nos dejará en paz?
Max resopló.
—No. Solo te dejará en paz si…
—¿Qué?
Max se quedó callada.
—¿En qué estás pensando?
—Vale, no creas que lo que voy a hacer significa algo —dijo Max hablando
rápido—. Solo se trata de una maniobra de evasión.
—¿De qué diablos estás hablando?
—Tú contesta: ¿te fías de mí?
—Sí.
A lo mejor no debería hacerlo, y en otras circunstancias no me fiaría de
alguien a quien apenas conocía, pero, por alguna razón, sí que me fiaba de
Max. Ella se acercó más a mí justo cuando se empezó a abrir la puerta.
—Perdón por romper las reglas —susurró a la vez que me rodeaba el cuello
con los brazos y me acercaba hacia ella para besarme.
El gesto me sorprendió, pero no había llegado hasta donde estaba dejando
pasar las oportunidades, y esta era una oportunidad de la que iba a sacar
todo el provecho posible. Atraje a Max hacia mí y apreté más mis labios
contra los suyos para dejarle claro que no tenía que andarse con chiquitas
conmigo. Podía con todo lo que ella quisiera darme; de hecho, lo deseaba.
Era posible que, hasta ahora, hubiéramos estado fingiendo, pero ese beso
fue real al cien por cien. Estaba seguro de que Pam nos observaba, así que
quise dar un espectáculo e incliné a Max un poco hacia atrás. Sentí que sus
labios se curvaban en una sonrisa y apretó un poco más los brazos alrededor
de mi cuello.
—Perdonad —dijo Pam—. ¿Interrumpo algo?
Enderecé a Max con cuidado, lamentando tener que separarme de ella para
hacer caso a Pam.
—Lo siento —dije con una sonrisa descarada—. Me cuesta mucho
mantenerme alejado de ella. Creo que deberíamos irnos a algún otro sitio
más discreto. Tenemos que terminar esta… conversación.
Max rio un poco y me dio un ligero golpe.
—Solo he entrado para ir al tocador —dijo Pam, intentando hablar con
dignidad, pero sin conseguirlo.
—Claro, te veremos fuera —dije, cogiendo la mano de Max.
—¿Cuánto falta hasta que atraquemos? —preguntó Pam mientras
continuaba en dirección al pasillo.
—Unos treinta minutos, navegamos a toda velocidad.
—Bien.
Miré a Max al salir. Solo me quedaba media hora más con esta mujer, a la
que había contratado en un impulso para que fuera mi pareja. Treinta
minutos más de una relación fingida que había acabado pareciendo
sorprendentemente real. Aunque yo solía huir de las relaciones románticas
como de la peste, no estaba seguro de si me gustaba que esto acabara.
4

MAX

a era hora, ¿eh?


—Y —Sí —dijo Theo en un suspiro, sin dejar de mirar a Ford y Pam,
que se alejaban por el muelle—. Esto no se ha parecido en nada a lo que yo
esperaba.
¿Se refería a la parte en que yo le había besado? El resto del viaje se me
había pasado muy rápido, y no habíamos tenido oportunidad de hablar de
ello. Además, yo tampoco estaba segura de querer hacerlo porque, ¿qué
podía decir? Sí, había sido un beso increíble, pero no se iba a repetir jamás.
Estaba claro que Theo y yo no éramos compatibles, y yo ni siquiera estaba
segura de querer nada con él, porque no me iban los tipos con egos
desmesurados.
Sin embargo… a pesar de su personalidad arrogante, Theo tenía algo que
me gustaba. Era capaz de reconocer el mérito cuando correspondía, era
decidido e inteligente, y se había pasado la tarde tratando de encontrar
nuevas perspectivas y tácticas para cerrar ese contrato. Un hombre que
trabajaba tanto para conseguir lo que quería merecía mi respeto.
Eché un vistazo a mi equipo fotográfico, que estaba apilado en un montón.
—Voy a necesitar unos cuantos viajes para llevarme todo esto. Así que será
mejor que… —dejé la frase en el aire e hice un gesto vago con la mano.
¿Cómo se despedía una de un novio falso al que seguro que no volvería a
ver más? Tendría que seguir en contacto con su empresa para entregar las
fotos, pero cuando uno tenía tanto dinero como Theo, no se dedicaba a
contratar a sus fotógrafos él mismo, ni trabajaba directamente con ellos.
Pensé que nuestra relación acabaría aquí, pero, para mi sorpresa, Theo no se
marchó. En lugar de eso, levantó sin mucho esfuerzo una de las pesadas
cajas de mi equipo.
—¡Ten cuidado con eso! —advertí—. Te agradezco la ayuda, pero algunos
de esos aparatos son muy caros e importantes para mí.
—¿Tengo aspecto de ser la clase de tío que dejaría caer una cosa frágil e
importante? —preguntó con una ceja arqueada.
Bueno, dicho de ese modo, casi parecía… sexi. Como si fuera la clase de
hombre en el que una mujer podría confiar. No seas idiota, me reprendí a
mí misma. Está hablando del equipo fotográfico.
—Déjame ayudarte, mujer —dijo con gesto exasperado.
—Vale. Muchas gracias. Pero, en serio, no vayas a dejarlo caer.
Él fingió que se le caía la caja y que se tambaleaba bajo su peso.
—Imbécil —le dije.
Él me dirigió una sonrisa rápida que me hizo arder la sangre.
Entre los dos conseguimos bajar todo el equipo del barco en un solo viaje.
—¿Dónde tienes el coche? —me preguntó cuando empezamos a caminar
por el muelle.
—En la esquina más alejada del aparcamiento auxiliar —dije, indicándolo
con un gesto de la cabeza.
—Pues vamos allá —dijo, empezando a andar hacia allí.
Avanzamos en silencio, cada uno de nosotros probablemente pensando en
cuánto se nos había torcido el día. Yo, desde luego, nunca habría imaginado
que me quedaría dormida en el trabajo y que, después, un millonario me
contrataría para que le ayudara durante la tarde. Y estaba claro que Theo
había creído que el contrato estaría firmado para cuando atracara el
Destello.
—¿Cuándo vas a volver a hablar con Ford? —pregunté.
—No estoy seguro —dijo Theo con una mueca—. Espero que hacia finales
de la semana, y espero que Pam no esté delante. Gracias otra vez por
ayudarme —añadió, dirigiéndome una mirada rápida—. Sé que ha sido un
poco raro, pero has estado estupenda.
—Es posible que me haya divertido un poquito, una vez que decidí
ponerme de tu parte. Eso, si no tenemos en cuenta que Ford es el prototipo
de la masculinidad frágil y Pam es un horror.
—Sí, siento que hayas tenido que aguantar todo eso —dijo él con una risa
—. Cuando te dejé sola con ella, pensé que querrías matarme. Está claro
que tiene celos de ti.
—Venga ya —resoplé—. Sé que intentas ser amable, pero no necesito
pensar que pongo celosas a otras mujeres para sentirme bien conmigo
misma. Ella no ha sido desagradable porque tenga celos, sino porque es así.
Además, según Pam, soy un monstruo con tatuajes.
—Eso es lo que ella quiere que creas, porque se siente amenazada. Solo le
faltaba hacer el pino para tratar de llamar mi atención, mientras que lo
único que tú has tenido que hacer ha sido entrar en el camarote.
Cerré la boca de golpe. Había dedicado toda mi vida profesional a hacer
que otras personas parecieran más atractivas. Nunca había creído ser la
clase de persona que llamaba la atención de los hombres y, desde luego, no
la de alguien como Theo, que seguro que podría conseguir a cualquier
mujer que le interesara. ¿Sería verdad que veía algo especial en mí?
Cuando por fin llegamos a mi coche, el sol se había puesto y me di cuenta
de que estaba agotada y muerta de hambre.
—¿Sabes si por aquí hay algún sitio decente para comer algo? —pregunté a
Theo mientras cerraba el maletero del coche.
—Yo también tengo hambre. Conozco un sitio un poco escondido, te llevo a
cenar. Yo invito.
Esa idea parecía un poco peligrosa. Era demasiado atractivo, demasiado
encantador y se fijaba demasiado en mí, de una forma que me estaba
empezando a gustar mucho. Además, estaba demasiado fuera de mi alcance.
Lo inteligente habría sido establecer algunos límites muy claros para no
correr el riesgo de quedar demasiado colgada de él, pero, por otro lado, solo
se trataba de cenar algo… y no se me ocurría una forma de negarme sin
quedar mal.
De acuerdo, sería solo una cena informal. Podía planteármelo así.
—Estupendo, muchas gracias.
El restaurante, Salty Pelican, estaba muy cerca del muelle y, efectivamente,
estaba un poco oculto en una calle lateral. No tenía vistas al mar, así que
parecía estar lleno de clientes locales, en lugar de turistas.
—¡Hola, Theo! —gritó desde detrás de la barra un hombre de pelo gris
cuando entramos en el local—. Me alegro de verte.
Theo saludó al hombre con la mano.
—Hola, Burt. Venimos a cenar algo rápido.
—Sentaos donde queráis —contestó—. Sally saldrá enseguida.
Eché un vistazo al modesto local. Tenía el techo bajo, luces de Navidad de
todos los colores sobre la barra y mesas de madera clara llenas de gente.
Parecía más un bar que un restaurante y, después del día que había tenido,
me apetecía mucho comer un montón de frituras deliciosas.
—¿Te gustan las hamburguesas? —preguntó Theo cuando nos sentamos a
una mesa en un rincón, cerca de la puerta de la cocina, y me entregó una
carta.
—¿A quién no le gustan las hamburguesas?
—Tienes razón —contestó—. Aquí las hacen muy bien. Buey Angus, y toda
clase de complementos increíbles, como cebolla caramelizada y queso azul.
También tienen muchas cervezas de barril, aunque, después del día que
hemos tenido, yo creo que voy a necesitar algo más fuerte —añadió con el
ceño fruncido.
—Eh, no te preocupes, lo vas a conseguir —dije.
En realidad, no sabía nada del negocio de los yates y no tenía ni idea de si
las cosas saldrían bien, pero me pareció que eso era lo que debía decir.
Además, dudaba de que Theo permitiera que nada se interpusiera en sus
objetivos durante mucho tiempo.
—Oh, eso no me preocupa. Solo me fastidia que no haya salido como había
planeado —contestó mientras echaba un vistazo a la carta—. Siempre
consigo lo que quiero, normalmente cuando lo quiero. Se me da bien ganar.
Hice un plan para ganar mi primer millón de dólares antes de los veintiún
años y lo conseguí. He cumplido todos los objetivos que me he propuesto
desde que cumplí los dieciocho.
—Debe ser fantástico —murmuré.
—¿Por qué lo dices? ¿Tú no tienes objetivos?
Sentí una punzada de irritación al oír su tono condescendiente, pero podía
dejarlo estar porque, gracias a él, mi objetivo de hacer las prácticas estaba
un poco más cerca.
—De hecho, sí que los tengo, y lo que me vas a pagar me ayudará a
alcanzarlos. Estoy ahorrando para un importante programa de prácticas con
un fotógrafo muy conocido.
Una mujer de aspecto amable, con la rubia melena recogida en un moño, se
acercó a nuestra mesa.
—¡Hola, Theo! Has traído a una amiga, debe ser la primera vez. Soy Sally.
—Hola, soy Max.
—Estamos muertos de hambre —dijo Theo—. Empezaremos con una
ración doble de calamares y una botella de tinto.
Ni siquiera se molestó en mirarme mientras pedía. Sally sacó su cuaderno
del bolsillo del delantal y anotó la comanda.
—Muy bien. Calamares para dos y...
—Eh, no, mejor solo para uno, por favor —interrumpí—. No como
calamares y el vino me da dolor de cabeza.
—Vaya. —Theo pronunció la palabra en tono de auténtica sorpresa, como si
no se le hubiera ocurrido que yo podría tener también mis opiniones y
preferencias.
—Yo quiero las patatas fritas con trufa y la hamburguesa París, por favor —
le dije a Sally—. Ah, y cualquier cerveza ligera que me recomiendes.
Ella anotó en su cuaderno.
—De acuerdo. ¿Y tú, Theo?
—Lo de siempre y un Glenlivet. Gracias. —Observó a Sally alejarse, y se
agitó en la silla, incómodo—. No sabía que no te gustan los calamares.
—¿Cómo lo ibas a saber? Apenas nos conocemos. ¿Por qué has pedido por
mí?
—No sé, la costumbre. —Movió los hombros con cierta agitación.
—¿Quieres decir que siempre pides la comida de las mujeres? ¿Como en
una peli de mafiosos de los años cincuenta? —Me eché a reír, contenta de
encontrar otra razón por la que no éramos compatibles. Esto solo era una
cena amistosa, nada más—. ¿Qué pasa si no les gusta lo que pides?
—Nadie se ha quejado nunca —dijo, con expresión descontenta.
—¿Y crees que es porque de verdad les gusta lo que pides? —resoplé—.
Puede que finjan que les parece bien porque les preocupa ofenderte, lo que
no es mi caso.
—Yo… —Empezó a contestar, pero se detuvo y sonrió melancólico—. Es
posible que tengas razón.
Se hizo un silencio incómodo entre nosotros. ¿Sería verdad que le resultaba
muy raro encontrarse a una mujer que no estuviera dispuesta a mentir para
conseguir algo de él? Me apoyé en el respaldo de la silla y me recordé a mí
misma que no me importaban nada los problemas de Theo con las mujeres.
En cuanto acabásemos de cenar, no habría razón para volver a vernos. Sus
problemas no tenían nada que ver conmigo.
—¿Has conseguido lo que necesitas? —me preguntó Theo cuando Sally
trajo las bebidas.
—¿Perdona?
—Me refiero a las fotos para la nueva campaña.
No lo sabría hasta llegar a casa y ver las fotos en el ordenador. Ningún
fotógrafo podía saberlo, pero los clientes no querían oír eso, así que mostré
mi sonrisa más profesional.
—Creo que sí. Ha sido fácil, el yate es precioso.
—Gracias, me alegro de que te haya gustado. —Theo bebió un poco y
añadió—: ¿Puedo verlas?
Había traído conmigo la bolsa de la cámara, porque no pensaba dejar la
pieza más importante de mi equipo en el coche, así que, técnicamente, sí
podía ver las fotos. Aun así, dudé un momento. Si, Dios no lo quisiera,
hubiera habido algún problema con el equipo, o si las fotos no eran tan
buenas como había creído, no quería descubrirlo con el cliente mirando por
encima de mi hombro. Sobre todo, tratándose de este cliente.
—No sé si eso serviría ahora mismo —contesté—. Tengo que seleccionar
las mejores, ajustar la iluminación, y esas cosas.
Theo bebió otro poco de whiskey.
—Max, las estoy pagando yo, y me gustaría ver las malditas fotos.
Como si se me fuera a olvidar. Con esa seguridad en sí mismo y la
arrogancia que emanaba, se comportaba como si fuera el rey del mundo.
—Como quieras. Podemos ver ahora una selección preliminar de fotos,
pero no olvides que son imágenes sin tratar. Puedo mejorarlas mucho
cuando las edite.
Saqué la cámara y, a pesar de la situación, me relajé en cuanto noté su peso
en la mano. Detrás de la lente me sentía invencible, como si la Nikon fuera
un escudo mágico que me otorgara un manto de invisibilidad y protección.
En ese momento, sentada frente a este millonario tan atractivo, me iba a
hacer falta. Le había pillado observándome unas cuantas veces y no me
gustaba que eso me hiciera sentir mariposas en el estómago. Tenía que
recordarme continuamente que Theo Barnes no era mi tipo, y seguro que yo
tampoco era el suyo.
Revisé las fotos antes de entregarle la cámara, a la vez que dejaba escapar
un pequeño suspiro de alivio en mi interior. Aún tenía que verlas a tamaño
completo, pero este breve vistazo me había servido para comprobar que
eran tan buenas como recordaba. Theo examinó las fotos con el ceño
fruncido por la concentración.
Abrí la boca para recordarle una vez más que aún no las había editado, pero
él levantó la vista y me miró a los ojos.
—Son increíbles, Max. ¿A qué hora has subido a bordo, para poder captar
la salida del sol?
—Mejor no te lo digo —sonreí—. Era demasiado temprano, pero es parte
del trabajo.
—No me extraña que te hayas quedado dormida.
—Uf. —Bajé la cabeza, avergonzada—. No me lo recuerdes, por favor.
—De acuerdo. Esta me encanta, pero me preocupa que el foco sea la vista,
no el yate.
Theo acercó su silla a la mía y se inclinó un poco para que los dos
pudiéramos ver la pantalla. Fuimos viendo las fotos y comentando los
puntos fuertes y débiles de cada una y, para cuando llegó la comida,
teníamos una idea aproximada del aspecto que tendrían las imágenes
definitivas. Para mi sorpresa, Theo tenía buen ojo para las fotos, e incluso
había sugerido algunas imágenes que yo no habría tenido en cuenta. Solo
faltaba que, además, se le diera bien la fotografía, como si no me resultara
ya lo bastante atractivo.
La comida estaba buenísima, pero, al terminar, entre el estómago lleno, un
poco de alcohol y el día tan largo, me sentía a punto de quedarme dormida
en nuestro rincón. Theo pidió la cuenta a la camarera. Me estaba
observando otra vez de la misma forma en que lo había hecho cuando me
había invitado a cenar antes.
—¿Qué? —le espeté—. ¿En qué piensas?
Theo ladeó la cabeza y me estudió un poco más.
—Estoy pensando —dijo despacio, con voz grave—, que hacemos un buen
equipo. Estoy pensando que Ford y Pam podrían esperar que mi supuesta
novia vuelva a aparecer en algún momento más adelante. Y estoy pensando
que tal vez te interesaría una forma sencilla de ganar más dinero para esas
prácticas tuyas.
Oh. Así que esa era la razón por la que me había invitado a cenar. Parte de
mí se sintió tentada. Ford y Pam eran horribles, pero yo necesitaba el dinero
y, además, volvería a ver a Theo. Tal vez hasta le podría besar otra vez.
Algo se agitó en mi estómago.
Y esa era precisamente la razón por la que no podía hacerlo. Lo último que
necesitaba era arriesgarme a pillarme por un millonario guapísimo y
arrogante. Sería mejor mantener una relación distante y profesional, en la
medida en que eso fuera posible, ahora que ya sabía que besaba como un
dios.
—Creo que no es una buena idea —dije, y me obligué a sonreír—. No
volvería a tratar con Pam y Ford ni por todo el oro del mundo.
—Ya, pensaba que dirías eso —contestó con una mueca—. Pero si te
necesito otra vez, me pondré en contacto contigo, por si hay alguna
cantidad de oro que pueda hacerte cambiar de opinión.
—¿No me has oído? He dicho que no.
Él me mostró otra sonrisa arrogante.
—En los negocios, no solo es el principio de la conversación, Max. Ya
deberías saber eso.
Parpadeé, tratando de asimilar el alcance de su arrogancia. Él pagó la
cuenta y salimos del local.
—Gracias por la cena —dije cuando nos detuvimos al llegar a la calle.
Saqué de nuevo el tema de las fotografías, para acabar el día de forma
profesional—. Te enviaré las imágenes definitivas en las dos próximas
semanas, si te parece bien.
—Sí, me va bien. Vamos —dijo él, comenzando a andar hacia el lejano
rincón en el que había aparcado—. Te acompaño hasta el coche.
—Oh, no hace falta —protesté—. Esta zona no es peligrosa.
—No discutas —ordenó mientras se alejaba.
Puse los ojos en blanco y eché a correr para alcanzarle. El lema de la vida
de Theo parecía ser «se hace lo que yo diga», aunque debía admitir que, en
este caso, se lo agradecí en secreto. La acera que llevaba hasta el
aparcamiento no estaba bien iluminada y la oscuridad me asustaba un poco,
aunque jamás lo habría admitido delante de él.
Le lancé una mirada mientras avanzábamos. No lograba comprenderle del
todo. Era presuntuoso, pero también amable, a su manera brusca. Estaba
forrado, pero iba con frecuencia a un bar sencillo de la zona. No se parecía
en nada a mi tipo habitual, y, aun así, me sentía atraída por él. ¿Podría ser
una simple cuestión física? Durante la cena, se había enrollado las mangas
de la camisa y yo me había encontrado admirando los oscuros dibujos
tatuados en sus fuertes antebrazos. También me encantaba la forma en que
arrugaba la cara cuando se reía. Por alguna razón, tenía la sensación de que
ese hombre tenía mucho más que ofrecer de lo que revelaba al mundo.
Podría ser mi instinto de fotógrafa, pero parte de mí deseaba retirar todas
sus capas protectoras para llegar al auténtico Theo Barnes. Me daba la
impresión de que, tras su actitud de arrogancia excesiva, se escondía algo
más.
—¿Puedes conducir? Te puedo pedir un coche —preguntó—. Llevas
trabajando algo así como doce horas seguidas y te has tomado una cerveza.
—Estoy bien, no te preocupes —contesté, sintiendo que la fresca brisa que
soplaba desde el océano me había animado y espabilado—. Ni siquiera me
he terminado la cerveza, por supuesto que puedo conducir.
Además, si no me llevaba el coche esta noche, iba a tener que venir a por él
mañana.
La luz de la luna, más brillante de lo habitual, iluminó la cara de Theo
mientras me observaba con detenimiento.
—¿Estás segura de eso, Bella Durmiente?
—Estoy segura al cien por cien, agente —bromeé.
—De acuerdo, vale.
—Bueno.
Theo siguió mirándome, con las manos en los bolsillos, y me di cuenta de
que no tenía ni idea de cómo despedirme de este hombre. En cierto modo,
era mi jefe, pero también era un desconocido al que había besado. Un
hombre que, a pesar de mí misma, estaba empezando a gustarme, y al que
probablemente no volvería a ver.
Seguimos mirándonos, hasta que él se aclaró la garganta.
—Me alegro de haberte conocido, Max. Está claro que eres una buena
fotógrafa, y te agradezco mucho la… ayuda adicional que me has prestado
hoy.
Me sonrojé, preguntándome si él también estaría recordando el beso.
—No hay de qué.
La situación se parecía tanto al final de una cita que casi esperaba que Theo
me tomara en sus brazos y uniera sus labios a los míos. Contuve la
respiración mientras sus ojos recorrían mi cara. La última vez había sido yo
quien se había lanzado, así que no pensaba volver a hacerlo. En ese
momento, me pareció que Theo se inclinaba un poco hacia mí y mi corazón
se aceleró. Iba a ocurrir.
Inspiré, y él ladeó la boca en una media sonrisa, pero, entonces, el sonido
de unas ruedas sobre la gravilla y los faros de un coche quebraron la
oscuridad. El momento se rompió y yo recuperé la cabeza. ¿En qué diablos
estaba pensando? No podía volver a besar a Theo Barnes. Fingir era una
cosa, pero la situación cambiaría por completo si esto se volvía real.
—Esperaré que me envíes las fotos, ¿vale? —dijo Theo alejándose unos
pocos pasos.
Yo me aclaré la garganta.
—Sí, por supuesto. Muchas gracias por esta oportunidad.
—Que te vaya todo bien, Max.
—A ti también.
Se dio la vuelta para marcharse y, para mi sorpresa, no pude dejar de mirar
su oscura silueta a medida que se alejaba de mí.
5

THEO

ueno, mamá ¿cuál es la verdadera razón por la que hemos


—B quedado a comer? Está claro que pasa algo.
Ella me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué piensas eso?
—No puedes ocultarme nada, así que suéltalo ya.
Mi madre, Elena, se había presentado en mi oficina sin avisar y
prácticamente había exigido que fuéramos a comer juntos. Yo solía comer
en mi despacho, pero los dos sabíamos que no iba a negarme. No era tan
orgulloso como para no reconocer que haría cualquier cosa por mi madre.
Me había criado ella sola desde que falleció mi padre cuando yo tenía trece
años. Ella era mi heroína y, en cuanto me fue bien, lo primero que hice fue
utilizar el dinero para hacer que su vida fuera más fácil. Todos mis éxitos
eran para los dos.
Observé a mi madre mientras ella intentaba encontrar la mejor forma de
comunicarme la orden maternal que pensara darme. Desde luego, yo no
había heredado de ella mi cara de póquer, porque era tan expresiva que se
podía saber lo que estaba pensando con solo una mirada. En ese momento,
estaba claro que intentaba encontrar las palabras adecuadas para regañarme.
Eso no se lo habría permitido a ninguna otra persona, pero aguantaría lo que
fuera solo para hacerla feliz.
Poder comprarme lo que quisiera me daba igual: mi aspecto favorito de
tener dinero había sido ver cómo la expresión estresada de la cara de mi
madre era reemplazada por sonrisas. Cuando era pequeño, ella parecía estar
tensa y cansada la mayor parte del tiempo, aunque siempre intentaba
mostrarse animada cuando estaba conmigo. Pero ahora sí que, de verdad,
era una mujer animada y feliz, y la diferencia era palpable. Con su melena
color miel y mejillas redondeadas, parecía diez años más joven de lo que
era. Siempre había tenido buen gusto para la ropa, pero mi asistente de
compras le había ayudado a pasar de comprarse la ropa en el supermercado,
a un estilo más sofisticado. Hoy llevaba un vestido suelto con un collar
grande y daba la impresión de que iba a pasar el día visitando galerías de
arte. Resultaba elegante pero divertida, justo como era ella. Podía reñirme
todo lo que quisiera, a mí me hacía feliz ver que el mayor problema que
tenía ahora en la vida era enfadarse conmigo.
—¿Recuerdas que solo faltan dos meses para la boda de Jessica?
—Sí, el tiempo vuela.
Mi prima Jessica era casi como una hermana para mí. Su madre falleció
cuando era muy joven y mi madre la había acogido al instante en su seno
maternal. Era yo quien pagaba la boda, pero, con todas las cosas de las que
me tenía que preocupar, se me olvidaba el poco tiempo que faltaba.
—Ya sabes que no se trata solo de la boda y la celebración. Jessica ha
planeado una serie de eventos antes de ese día, además de un fin de semana
completo. Será todo un acontecimiento, Theo.
Me recosté en la silla, sin estar seguro de por qué me estaba hablando mi
madre de la boda.
—Vale, no pasa nada. Ella ya sabe que estoy dispuesto a pagar todo lo que
quiera hacer.
—Cielo —dijo ella, poniendo una mano sobre la mía—. Será una
celebración familiar. Va a ser la primera vez en mucho tiempo que estemos
todos. Y por eso…
Me preparé: aquí viene, lo que sea que me quiere decir.
—… tienes que pensar muy bien a quién vas a invitar como acompañante.
—¿Y esa es la razón por la que has preparado esta intervención? —Me eché
a reír—. ¿Para hablar de mi vida amorosa?
—Sí. —Me miró con el ceño fruncido—. Has tomado algunas decisiones…
interesantes a lo largo de los años. Eso tendrás que admitirlo.
Conseguí dejar de reírme, haciendo un esfuerzo.
—Vale, de acuerdo. Sí, he salido con muchos tipos de mujeres, pero todas
ellas saben cómo comportarse en una boda. Tampoco es que sean personas
vulgares, ni nada por el estilo.
—No, eso no es lo que estoy diciendo —protestó débilmente—, pero…
—Espera un momento. Vamos a repasar mis últimas novias, ¿te parece? Y
tú me dices por qué no te parece bien que asistan a una celebración familiar.
La última chica con la que salí era Marietta. Era espectacular, muy divertida
y con mucho talento.
Mi madre apretó los labios.
—No tuve la ocasión de conocerla, así que me fío de tu palabra. Pero ella
fue la razón por la que te hiciste viral en internet, cuando se puso a hacer
trucos de circo en la playa llevando solo un tanga. En aquella foto en la que
hacía el pino, ¡se le veía todo el… tema!
El recuerdo me hizo reír un poco. Marietta Linz era una acróbata del Circo
del Sol, y no se avergonzaba de su cuerpo ni de sus habilidades. Por
desgracia, los fotógrafos habían conseguido que nuestro día en la playa
pareciera más bien una cita en un club de strippers, gracias al diminuto
bikini blanco que llevaba.
—Seguro que es una chica encantadora, pero también parece la clase de
persona a la que le gusta ser el centro de atención… Tal vez se comportaría
igual en la boda de otra persona —explicó mi madre.
—De acuerdo, tienes razón —admití—. Me puedo imaginar a Marietta
desviando la atención de Jessica durante la boda. Antes de ella estaba
saliendo con Amanda Connor. Es periodista, esa es una profesión muy
respetable.
—Pero bebe mucho —replicó mi madre—. ¿No te acuerdas de cuánto se
emborrachó en la última fiesta en tu yate? ¡Si hasta vomitó por la borda,
Theo!
Me mordí el labio y entrecerré los ojos.
—Es verdad, se me había olvidado esa parte.
—Y qué ha sido de esa chica… ¿cómo se llamaba? La que es modelo, ya
sabes a quién me refiero.
—Yaz Brouillard. —Sonreí al recordarla—. Esa chica sí que era un caso.
—Tenía esas normas tan raras y estrictas sobre la comida. ¿Te acuerdas de
aquel brunch al que fuimos? Les hizo preparar una tortilla de clara de huevo
sin nada más y luego no se la comió. Y a mí me hizo sentir fatal por
comerme un gofre. Dijo que me estaba envenenando poco a poco —terminó
con un resoplido.
Tuve que reír otra vez.
—Vale, vale, ya lo pillo. Crees que no tengo buen gusto en cuestión de
mujeres. Tal vez será mejor que vaya solo y me ligue a una de las damas de
honor.
Ella empezó a negar con la cabeza antes de que yo acabara de hablar.
—Ni hablar. Jess ya te ha dicho que te mantengas alejado de ellas.
—¡Venga ya! Tampoco soy tan malo, ¿no?
Mi madre se inclinó hacia mí y me miró a los ojos.
—No, cielo. Cualquier mujer sería afortunada por estar contigo, pero está
claro que no quieres una relación seria, y eso me duele en el alma. —Se
retiró un poco, con expresión ceñuda—. Me encantaría que encontraras a
una buena chica.
—¿Y si me enamoro de una chica exhibicionista que bebe demasiado y
tiene un trastorno alimentario? —bromeé.
Ella se limitó a sacudir la cabeza, sin caer en la trampa.
—Cariño, si es de verdad, ya sabes que yo querré a la persona a la que tú
quieras. Pero, por alguna razón, no dejas de elegir a chicas que no buscan
una relación seria.
En su expresión había algo, un anhelo, que me caló hondo. Era posible que
la emoción por la boda de Jessica le hubiera hecho darse cuenta de que
nunca viviría la misma experiencia conmigo. Yo no lo había expresado
abiertamente, pero seguro que ella se había dado cuenta de que lo mío no
era el compromiso a largo plazo. Ya había visto cómo le había afectado a
ella perder a mi padre: su muerte le dejó tan destrozada que ni siquiera se
planteó conocer a otros hombres, ni siquiera después de tantos años. Yo no
tenía intención de arriesgarme a sufrir un dolor similar: a mí me bastaba con
tirármelas y salir corriendo. Sin embargo… tenía la sensación de que, esta
vez, debía intentar hacer lo que me estaba pidiendo, al menos para esta
boda.
—Entonces, ¿es eso lo que quieres? ¿Que lleve a la boda a una buena chica
que espere una relación seria?
—Eso sería como un sueño para mí.
—De acuerdo, muy bien —asentí—. A ver qué puedo hacer. Ahora mismo
no se me ocurre ninguna buena chica, pero ya pensaré en algo.
—Gracias, cielo, eso me hará muy feliz.
Tras esa conversación, pudimos por fin volver a nuestros papeles
habituales: mi madre me contó todos los cotilleos que se sabía sobre
familiares y vecinos, y yo intenté seguir el ritmo de sus historias. Sin
embargo, mientras ella hablaba, mis pensamientos estaban en otro sitio.
¿Chicas agradables y solteras que buscaran una relación? ¿Conocía a
alguna? Y, si la conocía, ¿me estaría comportando como un capullo si la
invitaba a la boda, sabiendo que ella quería una relación seria y yo no?
Cuando volví a mi oficina, intenté centrarme en los últimos problemas de
planificación que teníamos, pero la petición de mi madre no dejaba de
venirme a la cabeza. Miré al lejano horizonte azul al otro lado de la ventana
y deseé estar allí fuera, en el mar, en lugar de encerrado aquí, lidiando con
los detalles de mi negocio. En el mar era donde pensaba mejor, era mi
segundo hogar.
El sonido del teléfono me sacó de mi abstracción.
—Theo Barnes —contesté.
—Hola, Theo, soy Noah.
—Me alegro de que me llames, hombre —sonreí—. ¿Qué tal estás?
Noah Parker tenía una de las principales agencias de representación
deportiva del mundo, pero era uno de los tipos más razonables que había
conocido, un hombre muy directo. Hacía poco que un amigo común, James,
nos había presentado, y los dos habíamos entablado amistad también.
—Todo bien —contestó Noah—. ¿Y tú?
Charlamos durante unos minutos antes de que él abordara la razón por la
que me había llamado.
—Me gustaría alquilar un yate para una fiesta privada. Una de las mejores
amigas de Maddy se acaba de prometer, y ella quiere organizarle algo
especial.
No hacía falta explicar que, si Maddy quería la luna, Noah encontraría la
forma de entregársela. Él haría cualquier cosa por su prometida, y así es
como debería ser. Esa chica era una auténtica joya, y era evidente lo felices
que eran estando juntos.
Ese es el tipo de chica que mamá quiere para mí, pensé. Qué pena que ya
esté comprometida del todo.
—Creo que tengo el barco perfecto —indiqué a Noah, mientras abría un
mensaje nuevo para para enviarle los detalles por correo electrónico.
Unos minutos después, terminamos la conversación y me dediqué a volver
a revisar mis mensajes por si se me había pasado alguno. Había estado
pendiente del correo electrónico de una forma un tanto obsesiva, esperando
recibir una respuesta de Ford tras nuestra reunión, hacía ya dos semanas. Su
abogado estaba muy ocupado y no había podido mirar el contrato todavía o,
al menos, eso era lo que me había dicho Ford.
Mientras revisaba la lista de mensajes, entró uno nuevo. El asunto era
«Imágenes definitivas» y sentí una punzada de emoción al ver que las fotos
de Max ya estaban listas. No habíamos tenido contacto desde que cenamos
juntos, pero me había encontrado pensando en ella cada vez que recordaba
lo del contrato con Ford. Después de la farsa que habíamos representado,
ambas cosas habían quedado conectadas en mi mente. Abrí el mensaje.
Hola Theo,
Me gusta mucho cómo han quedado las fotos. Te envío las versiones
comprimidas para que las apruebes y, cuando lo hagas, te enviaré los
archivos que podrás utilizar en tus materiales de marketing. Si quieres
alguna modificación, avísame y la haré cuanto antes. Muchas gracias por
la oportunidad y, una vez más, te agradezco también la contribución para
mis prácticas.
Sonreí mientras leía el mensaje, porque prácticamente podía escucharla
diciendo aquellas palabras. Estaba a punto de pinchar en las imágenes
cuando me di cuenta de cómo había firmado el mensaje.
Tu novia de mentira, Max.
Un momento. Esa era la solución al problema con mi madre. ¿Cómo había
podido olvidarme de la preciosa, divertida, amable y chica-buena-verificada
Maxine Simon? ¡Era perfecta! A mi madre y al resto de la familia les
encantaría, y ella y yo ya habíamos demostrado que podíamos fingir sin
problemas que era mi novia.
De acuerdo, esta vez sería durante más de un día y, además, ella ya se había
negado a seguir con la farsa delante de Ford y Pam. Pero esta vez no se
trataba de Ford y Pam y, con un incentivo financiero adecuado, estaba
seguro de que diría que sí. La experiencia me había enseñado que quienes
decían que un problema no se puede arreglar con dinero, no estaban
dedicándole el dinero suficiente. Cogí el teléfono.
—¿Sí?
—Hola, Max, soy Theo Barnes.
—Oh, hola… —sonaba algo confusa—. Te acabo de enviar un mensaje
ahora mismo. ¿Lo has visto?
—Sí, pero no te llamo por eso. ¿Tienes un momento para quedar conmigo?
—¿Quedar? Bueno… sí, pero ¿pasa algo? ¿Es que no te han gustado las
fotos?
—No, en absoluto. Se trata de otra cosa distinta. ¿Estás libre hoy?
—¿Hoy?
Escuché el sonido del viento al otro lado del teléfono, y me di cuenta de que
estaba en la calle.
—Sí, perdona que te lo diga con tan poco tiempo —expliqué—, pero estoy
tratando de resolver un problema, y esperaba que me pudieras ayudar.
—Estoy trabajando, Theo. Tengo una sesión de fotos en Sunny Isles.
Eso estaba a cuarenta minutos en coche. Comprobé mi agenda y decidí que
podía despejarla para el resto del día.
—Puedo encontrarme contigo allí, si te parece. ¿Te va bien a las dos y
media?
Ella hizo una pausa.
—No puedo dejar el trabajo con otro cliente para reunirme contigo, eso no
sería profesional.
—No será una reunión —prometí—. Solo una charla rápida. No nos llevará
más de diez minutos.
—Entonces, ¿por qué no lo hablamos ahora? —preguntó Max.
Porque no te voy a poder convencer por teléfono, pensé. Y, bueno,
seguramente también porque estaba buscando una excusa para volver a
verla. Pero eso no pensaba admitirlo.
—Se trata de una cuestión que hay que hablar en persona —dije con
firmeza.
—¿Debería preocuparme por esto, Theo? —Max sonaba dudosa—. Me da
la sensación de que pasa algo serio.
—No, no te preocupes —dije, con los ojos en blanco—. Quiero hacerte una
propuesta, y solo necesito que la consideres con mentalidad abierta, ¿de
acuerdo?
Se hizo una pausa.
—De acuerdo, vale. Puedes venir a hablar conmigo a las dos y media.
Llámame cuando llegues aquí, estamos en un lugar algo remoto. Y oye,
Theo.
—¿Qué?
—Te doy tres minutos, eso es todo. Después de eso, tendrás que organizar
una reunión como es debido, cuando no esté trabajando para otro cliente.
¿Entendido?
—Entendido.
Su voz había sonado dubitativa, pero estaba seguro de que no lo estaría
durante mucho más tiempo.
6

MAX

M eseestaba costando mucho centrarme en mi cliente, pero no quería que


diera cuenta.
La modelo, Desiree Hamilton, era novata y se ponía nerviosa por todo. Era
absolutamente preciosa, con una piel perfecta, ojos negros profundos y un
cuerpo tan increíble que me preguntaba si podría convencerme para
cambiar de acera. El problema era que, debido a su falta de experiencia,
dudaba de todo lo que hacía. Su expresión era demasiado tensa y no dejaba
de encoger los hombros, lo que dificultaba mucho mi trabajo. Tenía que
encontrar la forma de conseguir que se relajara, pero me estaba costando
mucho concentrarme porque no podía parar de preguntarme qué tendría
Theo Barnes que hablar conmigo.
Cuando habíamos hablado, no había parecido molesto, pero debía de
tratarse de algo muy importante para que se molestara en venir hasta aquí
en mitad de un día laborable. La idea de volver a verle me había puesto
nerviosa, no solo porque no sabía que querría de mí, sino también porque…
bueno, porque era él.
No había podido dejar de pensar en el beso que nos habíamos dado. Por
mucho que intentara ignorarlo, no paraba de entrometerse en mis
pensamientos. Respiré hondo e intenté dedicar toda mi atención a Desiree.
—Oye, Desiree, ¿cómo se llamaba tu primera mascota? —le pregunté desde
donde me encontraba arrodillada sobre la arena. Detrás de ella, la luz y el
agua estaban perfectas; lo único que me faltaba era conseguir que me
mostrara una sonrisa auténtica.
—¿Qué?
Hice unas cuantas fotos mientras ella consideraba la pregunta. La respuesta
me daba igual, solo intentaba que se distrajese durante unos segundos, y el
plan funcionó. Desde el ángulo adecuado, su expresión confusa transmitía
una sensación de concentración e intensidad… y a mí se me daba muy bien
encontrar los ángulos adecuados.
—¿Tenías un gato o un perro cuando eras pequeña? ¿Cómo se llamaba?
Ella relajó la cara y se rio.
—Teníamos un gato que se llamaba Flan —contestó.
—Vale, ahora quiero que grites: ¡adoro a Flan!, lo más fuerte que puedas.
—Hice una prueba mientras ella se lo pensaba y me di cuenta de que nos
acercábamos al momento en el que la luz estaría más bonita. Necesitaba
clavar estas fotos—. Tú simplemente, dilo.
—¿Adoro a Flan?
Me encantó la pequeña sonrisa que se dibujó en sus labios.
—Otra vez —pedí—. Más fuerte.
—Um … —ella miró a su alrededor y se relajó un poco cuando vio que no
había nadie cerca—. ¡Adoro a Flan!
Su cara se relajó aún más y por fin pude ver el atisbo de una actitud cálida y
auténtica.
—¡Muy bien! Dilo otra vez, con ganas. ¡Que se note lo mucho que querías
a tu gato!
Esta vez todo su cuerpo pareció relajarse mientras pensaba en la mascota de
su infancia. Con un grito, dejó caer la cabeza hacia atrás.
—¡Adoro a Flan!
Y eso lo resolvió todo. Por fin, la alegría pudo con sus nervios y yo
conseguí hacer una serie de fotos en las que no podía estar más atractiva.
Me puse tan contenta que lancé un grito de felicidad cuando comprobé las
fotos.
—¿Son buenas? —preguntó Desiree.
—Ya lo creo, te van a encantar.
—No mires ahora —dijo ella en voz baja—, pero madre mía, el tío que se
está acercando. Está detrás de ti.
No había duda de a quién se refería. Respiré hondo y me di la vuelta.
Maldita sea.
Se estaba acercando a donde estábamos, caminando por la arena con los
zapatos en la mano, y me pareció mucho más guapo de lo que recordaba.
Había esperado que fuera vestido como para ir a trabajar, pero tenía más
bien aspecto de ir a una comida informal, como cuando cenamos en el Salty
Pelican. Llevaba un pantalón claro enrollado en los tobillos, y la forma en
que le sentaba la camiseta negra dejaba claro que pasaba mucho tiempo en
el gimnasio. Y luego estaban los tatuajes. Los que cubrían su brazo derecho
parecían una obra de arte, incluso desde lejos. Siempre había sentido
debilidad por los hombres con tatuajes.
—Le conozco —expliqué a Desiree rápidamente, e hice un gesto con la
mano para dar a entender a Theo que me reuniría con él en un momento—.
Quiere hablar conmigo de algo, no tardaré nada. Dame cinco minutos, ¿de
acuerdo? Toma, puedes echar un vistazo y decirme qué te parecen las fotos.
Entregué la cámara a Desiree, segura de que le encantaría dedicar un
momento a revisar las fotos mientras yo hablaba con Theo, y me dirigí
hacia él.
—Hola. Tengo que admitir que me siento mucha curiosidad por saber qué
es lo que te ha hecho venir hasta aquí.
—Ya —dijo, mirándome con atención—. Creo que te vas a sorprender.
Me alivió mucho comprobar que, al menos, no parecía enfadado. ¿De qué
iría todo esto?
—Vale, pues acaba con el suspense, por favor. —Crucé los brazos y esperé
a que empezara a hablar.
—He estado pensando en qué buen equipo hicimos en el Destello —
comenzó él—. Lo de fingir que estábamos juntos nos fue bien a los dos. A
mí me permitió resolver las cosas con Pam y Ford y tú…
—Yo conseguí una paga extra —terminé la frase por él—. Y te lo agradezco
mucho, pero ya te he dicho que no me interesa volver a enfrentarme a Pam
y Ford.
—¿Y si esto no tuviera nada que ver con ellos? ¿Qué te parecería ayudarme
con otra cosa? —Dio un paso hacia mí—. La última vez que trabajamos
juntos, tú conseguiste algo más de dinero para poder hacer esas prácticas,
pero todavía te falta un poco, ¿verdad?
—Sí. —Le miré con los ojos entrecerrados—. ¿A dónde quieres ir a parar?
Theo miró a su alrededor. Parecía que lo que tuviera que decirme le hiciera
sentir casi… inseguro. No le conocía bien, pero me daba la impresión de
que ese sentimiento no era habitual en él.
—El caso es que voy a tener una serie de celebraciones familiares dentro de
poco. Se trata de una boda y una serie de acontecimientos relacionados con
ella. Todos esperan que lleve a una acompañante, y resulta que mi madre no
aprueba mi gusto en mujeres. Me ha pedido expresamente que asista con
alguien… bueno, alguien que sea agradable. Alguien que parezca que está
buscando una relación seria. Así que he pensado en ti.
¿Eso era un cumplido? Por una parte, me halagaba que pensara que yo era
alguien que podía presentar a su madre. Pero, por otro lado… después de
haber caído en la tentación de buscar información sobre él en internet, era
consciente de que las mujeres con las que salía eran modelos, estrellas y
acróbatas. Además, la etiqueta de «agradable» sonaba un poco como si
hubiera dicho que yo tenía una gran personalidad. Pero nada de eso era el
factor decisivo. Lo que de verdad importaba era que…
—¿Quieres que volvamos a fingir que estamos saliendo?
—Eso mismo.
Ni en broma. Tenía demasiadas cosas de las que ocuparme como para,
además, preocuparme por ser la acompañante perfecta de un tío con el que,
para empezar, no pintaba nada. ¿Y, encima, delante de su familia? Eso ya
era pedir demasiado. Tenía que rechazar su propuesta enseguida, antes de
quedar cautivada por todas las formas en que su dinero podría ayudarme a
conseguir mis sueños.
—Es una oferta muy sorprendente, pero…
—Te pagaré veinte mil dólares.
Me quedé de piedra. Esa cantidad cambiaba por completo la situación, y él
era consciente de ello.
—No puedo… eso es… ¿Lo dices en serio?
—Del todo —asintió él—. Necesito a alguien que pueda adaptarse a lo que
pueda pasar, y tú me has demostrado que lo puedes hacer. Además, eres
divertida, encantadora y muy guapa. Sigues una dieta normal, si no tenemos
en cuenta tu injusto desprecio hacia los calamares, y no le quitarás
protagonismo a la novia. Mi familia te va a adorar. Un momento, no
beberás mucho, ¿no? A ver, el otro día ni siquiera te terminaste la cerveza…
Theo soltó toda aquella serie de cumplidos, si es que eso es lo que eran,
como si estuviera recitando una lista de la compra.
—No, no bebo mucho. Y, um… gracias por lo demás, supongo.
No podía negar que me sentía halagada, aunque había resultado bastante
raro escuchar a alguien piropearme con el mismo tono brusco y prosaico
que habría utilizado para pedir comida para llevar. No habría sonado más
como un hombre de negocios si hubiera estado sentado en un despacho
vestido con traje y corbata. Desde luego, no había sido una oferta
romántica.
Pero ¿suponía eso un problema? Tampoco es que yo estuviera buscando
tener un romance con él. De hecho, la idea me resultaba algo más atractiva
si pensaba en ello como un acuerdo de negocios. Había querido evitar los
problemas que resultarían de continuar nuestra relación ficticia, pero, por
veinte mil dólares, podría soportar cierto grado de complicación. Caray, esa
cantidad era suficiente para cubrir el coste de las prácticas. Si lo sumaba a
lo que ya tenía ahorrado, no solo me llegaría para las prácticas, sino que
también me sobraría un poco.
Él me miró expectante, como si estuviera esperando la única respuesta que
podía darle. Parte de mí quería decir que sí inmediatamente, antes de que
pudiera retirar una oferta que cambiaría mi vida, pero tenía que ser
inteligente.
—Si acepto, tendré que poder seguir trabajando —dije, al tiempo que
señalaba con un gesto a Desiree, que seguía mirando las fotos en la cámara
—. No podrás seguir interrumpiéndome mientras trabajo con otros clientes
solo porque finjamos estar juntos.
—Por supuesto. Soy consciente de que la única razón por la que has dicho
que sí es tu carrera —dijo él.
Bueno, esa no había sido la única razón en la que había pensado, pero no
iba a admitirlo, ni siquiera a mí misma.
—¿Alguna otra cosa? —me instó.
—Necesitaremos reglas otra vez. De hecho, nos harán falta más —insistí.
Él no había hecho nada inapropiado la vez anterior, pero esto suponía un
compromiso mayor y no quería que asumiera que la cantidad que me iba a
pagar significaba que fuera a aceptar cualquier cosa que me pidiera. Yo era
una chica agradable, pero «agradable» no significaba «esclava» y, lo que
era más importante, no me fiaba de mí misma estando con él. Las reglas nos
irían bien a los dos.
—Por supuesto —contestó—. Podemos decidirlas ahora, si quieres.
Maldita sea, había esperado tener un poco de tiempo para pensarlo y
organizar mis ideas, pero parecía que íbamos a resolver esto sobre la
marcha.
—De acuerdo —contesté, mientras mis pensamientos iban a toda velocidad
—. Um… ¿cuánto tiempo vas a necesitar que te dedique?
—Obviamente tendrás que estar conmigo durante todas las celebraciones,
como la cena de ensayo, la boda y todos los eventos relacionados con eso.
Habrá algún brunch y cosas de esas. Ah, eso me recuerda que necesitarás
algo de ropa.
Uf, los ricos. ¿Qué tenía de malo mi ropa? ¿Pensaba que no sabía qué
ponerme para asistir a un evento formal? Era cierto que solo me había visto
vestida para ir a trabajar, pero ¿no era un poco presuntuoso asumir que no
tenía ropa apropiada? Claro que tenía vestidos bonitos. No muchos, pero los
suficientes para organizarme, y sabía cómo sacarles partido con distintos
accesorios.
—Creo que mi ropa servirá —dije con sequedad—. Puedo enviarte fotos si
quieres aprobar lo que me ponga.
Él abrió más los ojos, como si se hubiera dado cuenta de que me había
ofendido.
—Estoy seguro de que tienes ropa muy bonita, me fío de tu gusto —dijo, y
tuve que reconocer que casi sonaba como si lo creyera—. Pero sé que te
estoy pidiendo demasiado, así que lo menos que puedo hacer es facilitarte
las cosas todo lo posible. Por supuesto, yo me encargo de la ropa. Todo lo
que necesites para que esto sea posible correrá de mi cuenta, desde el
transporte hasta el perfume.
—No llevo perfume —señalé—, a menos que sea uno de tus requisitos.
—Quieres decir que hueles así de bien sin… Bueno, da igual —se aclaró la
garganta y desvió la mirada—. La cuestión es que tú decides cómo te vistes
y a qué hueles. Solo tienes que ser tú misma o, al menos, una versión de ti
que pueda fingir de forma convincente que está enamorada de mí.
Me dirigió una sonrisa directa y juguetona y sentí que me ablandaba un
poco. Sí, estaba siendo un poco controlador, pero era posible que yo
también estuviera teniendo una reacción desproporcionada. Para mí, la
promesa de un hombre de «hacerse cargo de todo» no auguraba nada bueno,
aunque Theo no tenía la culpa de eso. Tal vez pudiera ser más paciente con
él, al menos lo suficiente como para cambiar de tema.
—¿Y qué hay de las cuestiones físicas? —pregunté. ¿Cuánta actitud de
pareja deberíamos demostrar delante de su familia?
—Sí, eso es lo que tenemos que acordar. Si queremos que se lo crean, no
podemos evitar algo de contacto.
—De acuerdo. —Sentí que se me humedecían las palmas de las manos—.
¿Qué tipo de contacto?
De pronto, el sol pareció calentar más, y sentí que me ardía la piel.
—Puede que te rodee los hombros con el brazo. Te cogeré de la mano de
vez en cuando, y en la boda tendremos que bailar un poco. ¿Te parece bien
todo eso?
El estómago me dio un vuelco al imaginarme a Theo llevándome por la
pista de baile.
—Sí, eso me parece bien —acepté.
Cuanto más profundizábamos en los detalles, más extraño me resultaba este
acuerdo, así que seguí recordándome a mí misma lo que iba a ganar con
ello. Las prácticas serían mías, y eso hacía que valiera la pena sentirme
incómoda.
—Puedo hacer todas esas cosas.
—Perfecto. Entonces, ya está resuelto.
Me tendió la mano para estrechar la mía en señal de acuerdo. Yo la tomé e
intenté ignorar lo agradable que me resultaba el contacto, y todas las cosas
que podrían hacer conmigo esas manos si nuestra relación no fuera falsa.
—Te enviaré un mensaje con todas las fechas importantes —dijo Theo
soltándome la mano—. Lo primero es la fiesta de compromiso. Tendrás que
estar lista el sábado por la noche.
Saqué mi teléfono del bolsillo trasero y fingí comprobar el calendario,
aunque sabía que no tenía nada previsto para el fin de semana. Solo lo hice
porque necesitaba retomar el control de mis hormonas.
—Sí, eso me va bien.
—Puedo llevarte de compras mañana para buscar un vestido de fiesta.
¿Estás libre?
La idea de que me comprara cosas seguía sin gustarme, pero ni siquiera mis
mejores vestidos podían considerarse de fiesta. Y el caso es que podría
venirme bien tener un vestido elegante para cuando hiciera las prácticas.
Richard Adams asistía a muchísimos eventos formales, y quería asegurarme
de poder dar la imagen que él esperaría de mí.
Piensa que todo esto es bueno para ti, me dije a mí misma, da igual lo raro
que parezca.
—Claro —contesté, con una ojeada al teléfono—. Puedo organizarme.
No quería que Theo se diera cuenta de que, al margen de las cuestiones de
trabajo, mi agenda estaba prácticamente vacía. Él dejó escapar un suspiro
aliviado.
—Bien, perfecto. Mi madre no me pide muchas cosas, pero esto es bastante
importante para ella, así que… te doy las gracias.
Ajá, así que tenía buenos modales. Y bueno, el hecho de que estuviera
haciendo todo esto por su madre me parecía bastante encantador.
—Creo que podremos divertirnos —dije, sintiéndome por fin un poco más
relajada.
—Oh, no te preocupes, claro que te divertirás —dijo, con una sonrisa
torcida que casi me hizo atragantarme.
Di unos pasos en dirección a Desiree.
—Tengo que volver al trabajo. Mándame un mensaje con la hora a la que
vayamos a quedar para ir de compras.
—Por supuesto.
Antes de empezar a alejarse, echó una mirada a Desiree que hizo que se me
cayera el alma a los pies. ¿La estaba admirando?
—Una última cosa —dijo en un tono más alto que hizo que Desiree
levantara la vista de la cámara—. Creo que las dos tenéis que escuchar esto.
Contuve la respiración.
—¡A mí también me encanta el flan!
Desiree se echó a reír y yo noté que por mi cara se extendía una sonrisa
incrédula ante la actitud de este enigmático millonario.
¿Dónde diablos me estaba metiendo?
7

MAX

a igual lo que parezca, tienes que salir ya, ¿de acuerdo?


—D La voz de Theo atravesó la espesa cortina negra de terciopelo del
probador en el que estaba considerando el primero de la media docena de
vestidos de fiesta que la dependienta había seleccionado para mí.
—De acuerdo —contesté.
Deslicé la mano por la falda de un vestido de tul rosa pálido colgado
delante de mí. No era en absoluto mi estilo, pero estaba tratando de hacer lo
posible por aceptarlo todo. Theo había dicho que quería que fuera yo
misma, pero eso no parecía posible. A fin de cuentas, me estaba pagando
para hacerle quedar bien, y eso significaba que yo debía ser lo que esperaba
su familia. Quién fuera yo en realidad no formaba parte de la ecuación. Si
había aprendido algo observando a mi madre y a mi padrastro, era que los
hombres que pagaban las facturas esperaban que las mujeres cumplieran sus
expectativas, no las de ellas.
Por suerte, las expectativas de Theo parecían bastante sencillas. Ponte un
vestido elegante y sé «agradable». Yo podía hacer eso.
—¿Qué tal va todo? —preguntó con voz tersa Susan, la dependienta—.
¿Puedo ayudar con algo?
Me di cuenta de que estaba tardando demasiado. Seguro que Theo tendría
un montón de cuestiones que resolver en el trabajo, y aquí estaba yo,
remoloneando en bragas.
—Todo bien por ahora. ¡Dame solo un minuto!
Me puse el vestido rosa y me miré al espejo. Estaba… muy mona. Tenía
tirantes finos y unas diminutas florecitas de tela salpicadas por el cuerpo, lo
que transmitía una imagen de princesa muy femenina. No era, en absoluto,
lo que habría elegido yo. Respiré hondo y abrí la cortina.
—Oh, está preciosa —dijo Susan con un suspiro—. Le queda tan bien que
uno casi no se fija en los tatuajes.
Theo estaba reclinado en un sofá muy bajo, tecleando en su teléfono. Iba
algo más arreglado de lo que le había visto hasta ahora, con unos pantalones
de vestir y una camisa azul marino. Me seguía pareciendo increíblemente
sexi, aunque sus tatuajes quedaban ocultos. Por fin, levantó con esfuerzo la
mirada del teléfono, y me miró.
—Vaya, guau —me miró de arriba abajo con los ojos un poco entrecerrados
—. Te queda bien, pero voy a serte sincero. —Me miró un instante más—.
No eres tú.
Eso casi me hizo tropezar. ¿Se había dado cuenta? Y, lo que era más, ¿le
importaba?
—Me alegro de que pienses eso —dije en voz alta—. Es un vestido muy
bonito, pero no me siento cómoda con él, ¿sabes? —Tiré un poco de la
larga y pesada falda—. Es un poco… demasiado.
—Oh, hay muchos más —dijo Susan enseguida, sin duda preocupada por la
posibilidad de perder la comisión—. Ya encontraremos algo. Pruébese el
siguiente.
Theo asintió con la cabeza y volvió a centrarse en el teléfono. Para ser
alguien preocupado por que me vistiera como su novia ideal, no parecía
muy interesado en el proceso de transformación. El cual, si era sincera,
estaba yendo mejor de lo que yo había esperado.
El siguiente vestido era de color maquillaje, ajustado y cubierto de cuentas,
con tejido transparente que cubría los hombros y los brazos. El color era
casi igual que mi tono de piel, de forma que daba la impresión de que
estaba desnuda y cubierta de destellos. Se ceñía a mis curvas, sobre todo a
mi trasero y, de alguna forma, hacía que mis reducidos pechos parecieran
más grandes. Aun así… seguía sin ser yo. Era demasiado llamativo, como
para un concurso de belleza. Retiré la cortina.
—Oooh, ¡qué cuerpazo! —se admiró Susan—. ¡Impresionante! Dese la
vuelta.
Sentí los ojos de Theo sobre mi cuerpo mientras daba una vuelta rápida o, al
menos, lo más rápida que pude, porque el vestido me apretaba muchísimo.
—Otra vez, pero más despacio, para verlo bien —me reprendió Susan.
Volví a girar, deteniéndome a cada cuarto de vuelta para mirarme en el
espejo de tres cuerpos. El reflejo de Theo me observaba con detenimiento.
Se aclaró la garganta y cruzó una pierna sobre la otra.
—Estás… increíble.
Lo estaba, y si él hubiera querido que llevara este vestido, me lo habría
puesto. Incliné la cabeza y me quedé mirando mi reflejo, arreglándome el
tejido que se pegaba a los brazos.
—Susan, ¿le importaría darnos unos minutos? —preguntó Theo.
Ella desapareció al instante y él se levantó del sofá y se acercó a donde yo
estaba, frente a los espejos.
—¿Qué pasa?
—¡Nada! —mentí, al tiempo que me ajustaba el cuello del vestido—. Todo
bien.
—Me gusta mucho cómo te queda este —dijo en voz baja.
Mis ojos encontraron los suyos en el espejo. Había esperado ver una
expresión apasionada, ya que era un vestido muy sexi, pero solo me estaba
analizando.
—Vale, si crees que este es el mejor…
—¿Qué opinas tú? —preguntó, con el ceño fruncido.
Hice girar mi reflejo a un lado y a otro.
—Es muy bonito. Vistoso. Diferente.
—¿Pero?
—Pero nada. —Deslicé la mano por la pechera del vestido—. Si te gusta,
me lo pondré.
—Eh —dijo él. Me cogió la muñeca un instante para llamar mi atención,
pero la soltó rápidamente—. No eres una Barbie, ¿de acuerdo? Quiero que
elijas un vestido con el que estés guapa y cómoda, y me da la sensación de
que este no te gusta. ¿Tengo razón?
Bueno, si de verdad quería saber mi opinión, se la daría.
—Sí, tengo la sensación de estar jugando a los disfraces, pero no como
diversión. Y si te soy sincera, ninguno de los vestidos que ha elegido Susan
son de mi estilo.
—De acuerdo. —Theo miró impaciente los vestidos que quedaban, y volvió
la vista hacia mí. —Quiero que lleves un vestido con el que te veas bien,
que seas tú misma. ¿Qué es lo que necesitas?
Aunque yo no tenía mucha experiencia directa con la alta costura, había
hecho suficientes sesiones de fotos como para tener muy claro lo que me
gustaba, y lo que no me gustaba en absoluto.
—No quiero nada con muchos brillos. Me gusta la ropa brillante en otras
personas, pero no para mí. A mí me gusta la ropa sencilla, elegante, sin
volumen ni florituras. Y nada de colorcitos pastel. El rosa y el azul cielo
están prohibidos. Por supuesto, nada de blanco, porque no se puede ir de
blanco a una boda si no eres la novia. Tampoco quiero nada rojo, azul
eléctrico o verde veneno, porque los colores muy vivos no me sientan bien.
Pero, sobre todo, lo que querría es algo que no esconda quien soy. Me
gustan mis tatuajes y los accesorios divertidos. Me gusta la ropa que me
permita moverme y tenga algo de personalidad.
Theo se echó a reír.
—Acabas de descartar casi toda la tienda.
—Exacto —dije con un pequeño suspiro, mientras miraba a mi alrededor
para asegurarme de que Susan no nos estaba escuchando.
—Dame unos minutos, tengo una idea.
Volví al probador y me quité el modelito brillante, arrancando sin querer
algunas lentejuelas durante el proceso. Estaba pensando en volver a
ponerme mi ropa para buscar algo en otro sitio, cuando la voz de Theo me
interrumpió desde el otro lado de la cortina.
—Pruébate este, creo que te va a gustar. Te lo voy a dar, pero no miro.
La cortina se agitó y la mano de Theo pasó al interior junto con un ligero
vestido negro. Al cogerlo, mis dedos rozaron los suyos.
En la percha, el vestido no parecía gran cosa, tan solo una columna lisa de
satén negro. Cuando lo descolgué, me di cuenta de que lo estaba viendo de
espaldas: la parte delantera tenía solapas y parecía un esmoquin sin mangas.
Era diferente.
Desabroché dos de los brillantes botones de delante, me lo puse y cerré los
corchetes interiores. Cuando me giré para mirarme al espejo, no pude evitar
sonreír.
Theo había conseguido lo imposible. Había encontrado un vestido lo
bastante elegante para un evento formal, pero que también era totalmente
mi estilo. Entre las solapas, el escote caía lo suficiente como para resultar
sexi, pero no tanto como para ser escandaloso. La falda se ajustaba un poco
y se ceñía a mi cuerpo, pero tenía una abertura lateral que me permitía
moverme con facilidad. Lo mejor de todo es que no tenía mangas que
ocultaran los tatuajes que me definían.
Me giré a un lado y a otro y admiré mi imagen en el espejo con una sonrisa
bobalicona.
—¿Va todo bien ahí dentro? —preguntó Theo.
—¡Sí!
—¿Puedo verte?
Me eché un último vistazo, enderecé los hombros y salí del probador. Había
esperado al menos una sonrisa, pero Theo mantuvo una expresión
inescrutable mientras me dirigía al espejo de tres cuerpos. Miré alrededor
buscando a Susan para conseguir su aprobación, pero no la vi por ninguna
parte.
—Supongo que no te gusta —dije, con la vista clavada en su reflejo.
Él agitó la cabeza.
—Yo… bueno, creo que no sé qué decir. Te queda aún mejor de lo que
pensaba. Quiero decir, estabas increíble con todo lo que te has puesto, pero
con este… con este eres tú.
—¿Verdad que sí? —Sonreí y me giré un par de veces—. ¡Yo pienso lo
mismo!
—Nos llevamos este.
Susan se acercó por fin a donde estábamos y se paró en seco cuando me
vio.
—Oh, vaya, ¡cómo le sienta el Tadashi! Acaba de llegar, es exquisito. ¿Qué
le parecería llevarlo con el pelo recogido, para lucir ese cuello tan bonito? Y
le sienta como hecho a medida, no hace falta arreglar nada.
—Pero… —Miré hacia abajo—. Me queda un poco largo.
—Querida —me reprendió Susan con la cabeza inclinada a un lado—. ¿Es
que piensa ir descalza?
—Lo siento, normalmente llevo zapatos planos. Pero sí, claro, este vestido
pide unos tacones.
—Cierto, tenemos que elegir unos también —dijo Theo.
—Voy a traer una bolsa para el vestido, y me reuniré con usted en el
mostrador cuando se haya cambiado.
En ese momento caí en que no había mirado el precio del vestido, así que
extendí una mano hacia donde la etiqueta me molestaba entre los hombros.
Me acerqué algo más al espejo para intentar ver lo que ponía.
—Un momento —dije mientras enfocaba los ojos para ver el número—.
¿Ahí pone…? ¡Santo cielo!
—¿Qué pasa? —preguntó Theo con el ceño fruncido.
Sin decir palabra, señalé a la etiqueta, aún con la boca abierta. Me alegraba
que Susan no estuviera cerca, porque el coste del vestido me estaba
haciendo parecer tonta.
—¿Cuánto?
—Um, más o menos el alquiler de dos meses —contesté, al tiempo que
volvía a meter la etiqueta dentro del vestido—. Da igual lo bonito que sea,
lo dejo.
—Déjalo ya. —Theo hizo un gesto desdeñoso con la mano—. No es para
tanto.
—Sí que lo es. Sé que dijiste que lo pagarías, pero no puedo aceptar que
gastes tanto en un solo vestido.
Empecé a desabrocharlo de camino hacia el probador.
—Maxine.
Me detuve de golpe al oír mi nombre completo y le miré enfurecida.
—Te dije que esto era a mi cargo. Todo: desde el vestido, a los zapatos y el
bolso.
—No, no puedo aceptarlo —dije, negando con la cabeza—. No a un precio
tan alto.
Después de tantos años viendo a Nick tratar a mi madre como si fuera de su
propiedad solo porque él pagaba las facturas, a veces me costaba dejar que
un hombre me invitara siquiera a cenar. Cuanto más dinero gastaba un
hombre en una, más esperaba a cambio. Había aceptado que Theo me
comprara un vestido, pero no me gustaba que se gastara tanto; no me
gustaba nada.
—Sabía que debíamos haber firmado un contrato —murmuró Theo, que
seguía mirándome malhumorado.
—Habría dado igual, no habría aceptado nada tan extravagante —dije,
volviendo a dirigirme al probador.
En cuanto entré, me quité el vestido rápidamente.
—Querida, ¿puedo llevarme ya el Tadashi? —preguntó Susan.
Lo volví a colocar bien estirado en la percha y se lo entregué por el hueco
que dejaba la cortina.
—Saldré enseguida.
Me volví a poner los pantalones cortos y la camiseta. Había aceptado que
Theo pagara el vestido y no iba a echarme atrás, pero yo elegiría a dónde
iríamos ahora a buscar otras opciones. Necesitaba volver a tomar el control
de la situación. Salí del probador y busqué a Theo por la tienda, que ahora
estaba vacía.
—¿Dónde ha ido? —pregunté a Susan.
Ella señaló hacia el escaparate delantero, a través del cual pude ver a Theo
de pie, en la acera, con una bolsa para vestidos al hombro.
—No. No debería haberlo hecho.
—Dijo que tenía que comprarlo —dijo Susan con una sonrisa—. Y yo estoy
de acuerdo con él.
Pues yo, en cambio, no lo estaba, y pensaba dejárselo bien claro.
8

THEO

S esalirsuponía que fingir una relación me evitaría los problemas que supone
en serio con alguien. Así que, ¿por qué diablos me había encontrado
discutiendo con Max en la acera, a pleno sol, y a la vista de toda la gente
que estaba de compras en la zona?
—No lo entiendo —le dije—. Necesitabas un vestido, y ya tienes un
vestido.
Alcé la bolsa negra para que la viera, como si le hiciera falta un
recordatorio.
—Ya te lo he dicho, ¡es demasiado caro! —contestó Max, irritada y sin
hacer caso a dos mujeres que se dirigían a la tienda.
—Y yo te he dicho que yo me hago cargo.
Nos quedamos mirándonos en una silenciosa situación de tablas. ¿Por qué
demonios estaba tan enfadada conmigo? No tenía sentido. Por lo general, a
las mujeres les encantaba que les comprase cosas. De hecho, muchas de
ellas lo esperaban, hasta el punto de que ser generoso casi parecía un
requisito para una cita. Habría admirado que Max se obstinara tanto en
valerse por sí misma, si no fuera porque su actitud había dado lugar a una
discusión que me parecía una pérdida de tiempo.
—Este vestido parece hecho para ti —dije, convencido de que los piropos
resolverían el problema—. Es increíble como te sienta.
—No necesito falsos cumplidos —respondió Max con expresión aún más
enfadada—. Lo que necesito es que me escuches si te digo que algo se pasa
de la raya.
—No es un cumplido falso —insistí.
—Te estás desviando de la cuestión.
—Porque es una cuestión estúpida —dije, harto ya de la discusión—.
Acordamos que yo pagaría el vestido y no pusimos ningún límite de precio.
Antes de venir a esta tienda ya sabía lo que cuestan estos vestidos y no es
un problema. Tampoco es que no me lo pueda permitir.
—¿Y qué, si puedes pagarlo? ¡Eso no hace que esté bien desperdiciar el
dinero! ¿Qué clase de mujer esperaría eso?
—A lo mejor, todas y cada una de las mujeres con las que he salido.
Eso le hizo recapacitar un instante.
—Espera, ¿en serio? ¿Es normal que te gastes cantidades como esa en
vestidos para tus novias?
—Por supuesto que es normal —le aseguré—. Ya he comprado antes en
esta tienda, por eso conozco a Susan.
Ella pareció pensar en todo eso durante unos momentos.
—Pues sales con unas mujeres horribles —afirmó.
Al menos, ahora parecía haberse calmado un poco.
—Y tanto. Debería ser obvio: esa es la razón por la que te he contratado a ti.
Hasta que lo dije, no me había dado cuenta de que, en realidad, a una parte
de mí no le gustaban la mayoría de las mujeres con las que había salido. Y
no se debía a la ropa que llevaran o a lo mucho o poco que bebían; ni
siquiera al hecho de que no buscaran una relación. Era porque esperaban
que les hiciera vivir un sueño sin hacer el más mínimo esfuerzo a cambio. A
ellas no les importaba que les pidiera la comida en los restaurantes, siempre
que se tratara del plato más caro de la carta.
—Yo… bueno… —contestó Max, pensando en lo que acababa de decirle
—. De acuerdo, tienes razón.
—¿Podemos dejar ya esta discusión? —pregunté.
—No pretendía discutir contigo —suspiró ella—. Pero necesito que me
escuches un momento. Si no estamos de acuerdo en algo, no pasa nada si
intentas hacerme cambiar de opinión o si quieres que lo dejemos, pero no
me ignores como si mi opinión no contara. Ese ha sido el problema que
hemos tenido ahora. Me da igual en qué te gastes el dinero, pero si te digo
que no quiero una cosa, vas a tener que aceptarlo. A partir de ahora,
tenemos que estar de acuerdo antes de que compres nada. Tú pagas, pero
solo si el precio me parece razonable a mí. ¿Estamos?
—Estamos —acepté con rapidez.
No me gustaba mucho la idea, pero me di cuenta de que no iba a llegar más
lejos con este tema. Le entregué la bolsa del vestido y ella la cogió con
cuidado. Abrió la boca, seguramente para despedirse, pero un gruñido en su
estómago interrumpió sus palabras, lo que le hizo sonrojarse y bajar la
cabeza.
—Parece que tienes hambre —observé con sorna, sin poder evitarlo.
—Sí, mucho —admitió—. Solo he desayunado un café, porque no pensaba
que esto nos llevaría tanto tiempo.
—Eh, todo lo que te has probado te sentaba bien. Ha costado mucho decidir
—bromeé.
Max se permitió por fin una sonrisa.
—Gracias. Pensarás que soy una desagradecida, pero el vestido me encanta,
de verdad. Es increíble.
—¿Por qué no hablamos de tu necesidad de controlarlo todo mientras
comemos algo? Hay un sitio muy bueno aquí cerca.
—Me apunto —hizo una pausa—, pero solo si me dejas pagar.
—De acuerdo —dije con una risa—. Creo que pediré barra libre de
mimosas.
Nos dirigimos a un pequeño restaurante francés y, como era pronto para
comer, conseguimos una buena mesa junto a la ventana. Era perfecta para
ver a la gente pasar, pero lo cierto es que me estaba costando mirar a nada
que no fuera Max. Era tan auténtica… no pretendía ser nada que no fuera
ella misma.
—Vaya —dijo, mientras miraba la carta—. Voy a pedir dos de cada cosa.
—No me extraña —contesté—. Ir de compras es agotador.
Ella me lanzó una mirada rápida por encima de la carta.
—Entonces, ¿es verdad que haces esto con frecuencia? ¿Llevar mujeres a
tiendas caras y hacer que se sientan como Pretty Woman?
—La verdad es que sí, he pasado bastante tiempo sentado en sofás en
tiendas de ropa cara. Supongo que es parte del papel.
—Um —dijo ella asintiendo, antes de volver a mirar a la carta.
No quería admitir que la única vez que me lo había pasado bien haciendo
eso había sido con ella. No había nada artificial en Max. Ella no había
posado de forma sugerente al salir del probador, ni había hecho mohínes
para que le comprara alguna otra cosa. Se había comportado como si
hubiese ido a trabajar, aunque, pensándolo bien, eso era justo lo que había
hecho. No debía olvidar que teníamos un acuerdo.
En ese momento, apareció una camarera junto a nuestra mesa.
—¿Qué queréis para beber? ¿Os apetecería una jarra de Bloody Mary?
—A mí no —dijo Max con una sacudida de la cabeza—. Tengo un día muy
atareado.
—Yo tampoco. Un agua para mí, por favor.
Me decepcionó un poco entender que, probablemente, esta comida sería
bastante rápida. Sí, yo también tenía trabajo pendiente en la oficina, pero
había esperado poder pasar un poco más de tiempo con Max para
conocernos mejor. Si teníamos que convencer a la gente de que estábamos
saliendo juntos, deberíamos entendernos bien, pero, hasta ahora, parecía
que nos poníamos de los nervios el uno al otro casi tan a menudo como
estábamos de acuerdo. Ahora nos habíamos quedado los dos sumidos en un
silencio incómodo, y eso era justo lo que yo no quería que pasara.
—Hagamos una ronda de preguntas para conocernos mejor —sugerí—. Por
si acaso a mi familia se le ocurre empezar a preguntar cosas.
Max se inclinó hacia delante y me sonrió por fin.
—De acuerdo, yo empiezo. ¿Tu afición favorita?
—Cualquier cosa que se pueda hacer en el agua. Barcos, esquí acuático,
buceo… Si hay agua cerca, o estoy dentro de ella o estoy en algo que flote.
¿Y tú?
—La fotografía.
—No, ese es tu trabajo. —Sacudí la cabeza—. Tiene que ser otra cosa.
—Entonces tú también has hecho trampa, porque te dedicas a algo que tiene
que ver con el agua. Pero bueno, entonces… el baile.
—Oh, muy bien. ¿Qué clase de baile?
—Bueno, soy de Miami, así que me gusta toda la música latina. Si tengo
una buena pareja, puedo bailar salsa, bachata y merengue. Me gustan esos
bailes que son en una línea, ya sabes, el «Cupid Shuffle» o el «Electric
Slide».
—Entonces disfrutarás muchísimo en la boda —reí—. A Jessica también le
encantan esos bailes. ¿Sabes hacer el Baile del Pollo?
—¿Y quién no? —contestó con una sonrisa irónica.
—Tienes razón. Yo sé hacerlo, pero no lo hago.
—Oh, venga ya. ¿En serio? ¿Te vas a dedicar a sujetar la pared en la boda?
—Bah, no te preocupes por eso. Sé bailar y lo hago bien. De hecho, bailo
muy bien.
Max echo la cabeza hacia atrás y se rio de mí.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Tú. Eres tu fan número uno.
—No, solo soy consciente de mis capacidades —contesté, ceñudo—. Si es
cierto, no es presumir. Di clases con un profesional durante unos meses
porque quería aprender a bailar y, gracias a eso, lo hago bien. Es un hecho.
—Ya seré yo quien lo juzgue —dijo Max, con cara de que quería seguir
riéndose de mí.
Por un instante, me la imaginé en mis brazos. Estaba deseando deslizarme
con ella por la pista de baile sujetándola contra mi cuerpo. Pero solo porque
teníamos que convencer a todo el mundo de que estábamos saliendo, me
recordé a mí mismo.
—Volvamos a las preguntas. Te toca —le insté.
—Sí, vale. —Frunció un poco los labios—. Helado favorito. Y como digas
vainilla, me largo ahora mismo.
—Supongo que, entonces, tengo suerte de que me guste el de brownie —
contesté con una risa—. ¿Y el tuyo?
—Galletas de chocolate. Siguiente pregunta.
—La siguiente es: ¿dónde se ha metido la camarera? —dije, mirando
alrededor por el restaurante.
—Y tanto. Estoy a punto de empezar a tragarme el azúcar de esos paquetes.
Mientras tanto, te toca preguntar —dijo, señalándome con el dedo.
—¡Sí que te lo estás tomando en serio! Vale, dame un segundo.
Quería preguntarle cosas más serias, como cuántas veces se había
enamorado, pero no quería entrometerme mucho.
—¿Cómo sería un día perfecto para ti? —pregunté por fin.
—Oooh —dijo, al tiempo que su expresión se iluminaba—. Esa es buena. A
ver, creo que… empezaría por levantarme tarde, y desayunaría un montón
de bollería, como rollos de canela, napolitanas de chocolate y cosas de esas.
Pero nada de huevos.
Su expresión era tan seria que me hizo reír.
—Nada de huevos, de acuerdo. ¿Qué más?
—Un paseo por la playa, y puede que un baño. Luego una siesta, leer un
poco, y un aperitivo con un vino. Cenaría en casa, una cena realmente
deliciosa, y vería una película en la cama. Después, a dormir y a repetirlo
otra vez al día siguiente.
Me quedé con la boca abierta al escucharla. La mayoría de las mujeres con
las que había salido habrían descrito su día favorito como uno de compras,
o en un spa. Es posible que algunas de las más atrevidas hubieran querido
hacer viajes exóticos, deportes extremos o ir a las discotecas más de moda.
En cambio, el día que había descrito Max se parecía mucho a mi día
perfecto, salvo por su opinión sobre los huevos.
—Me gusta.
—¿Cómo sería tu día perfecto?
—Lo pasaría navegando. Ahora ya no tengo muchas oportunidades de
hacerlo porque estoy muy liado con el alquiler de yates. Echo de menos la
simplicidad de avanzar sobre el mar con solo el impulso del viento.
Siguiente pregunta.
—Um… tu mayor temor.
—Vaya —reí—. Vas en serio.
Ella se encogió de hombros.
—Ya puestos, podemos hablar de esas cosas.
—De acuerdo. —Jugueteé con el vaso de agua que tenía delante—.
Supongo que sería… que le pase algo a mi negocio.
—¿En serio? —Max frunció el ceño.
—Sí, bueno. ¿Qué otra cosa iba a ser?
—Pero… —Max se detuvo.
—Pero ¿qué?
—¿No te preocupa que le pase algo a tu familia?
—Para mí, la familia y el negocio van unidos. Mi negocio me permite
mantener a mi familia segura y feliz. Si pasara algo, no podría ocuparme de
la gente a la que quiero.
Mis palabras parecieron afectar a Max, le sorprendieron. Me dio la
impresión de que escogía con cuidado la forma de contestar.
—Bueno, no es que me importe, pero desde fuera no parece que tengas
problemas de dinero. La posibilidad de que pierdas el negocio debe ser muy
reducida, ¿no?
Tenía razón, mi vida estaba resuelta, pero cuando uno se ha criado sin nada,
resultaba difícil creer que todo estaba ya asegurado. Tenía que ocuparme de
mi familia, ellos siempre serían lo primero. Sí, mi mayor temor era fracasar
en esa tarea.
—No es probable, pero todo es posible en esta vida. Te toca. ¿Cuál es tu
mayor temor?
Esperé en silencio mientras ella jugueteaba con la servilleta.
—Supongo que también las cosas de la familia. Solo quiero que todos estén
bien y sean felices, ¿sabes?
Asentí con la cabeza. Me daba cuenta de que había más de lo que me estaba
contando, y me planteé insistir para obtener los detalles, pero en ese
momento, su teléfono sonó y ella frunció el ceño al ver la pantalla.
—Vaya, por hablar… —murmuró por lo bajo, antes de alzar la vista para
mirarme—. Tengo que contestar, dame un segundo —pidió, levantándose
de la mesa—. Ahora mismo vuelvo.
Observé a Max a través de la ventana. Había empezado a andar de un lado a
otro con actitud preocupada mientras escuchaba a quien le había llamado.
Al terminar, volvió a entrar en el restaurante y cogió su bolso del respaldo
de la silla, donde estaba colgado.
—Lo siento mucho, tengo que irme. —Hizo un gesto vago por encima de su
hombro—. Me ha surgido una cosa…
—¿Va todo bien? ¿Puedo ayudarte con algo? —Empecé a levantarme yo
también.
—Tengo que ir a recoger a mi hermano pequeño —explicó con un suspiro
—. Hay un… bueno, un problema en casa.
—Te acompaño.
Max extendió una mano para detenerme.
—No, no hace falta que te impliques en mi vida. Sé que no te gustan las
complicaciones, y te aseguro que esta cuestión es de lo más complicado.
De nuevo me encontré deseando saber algo más, pero su expresión dejaba
claro que no debía insistir en sacarle más información.
—Vale, lo entiendo. Me pondré en contacto contigo para enviarte los
detalles del primer evento al que tenemos que asistir.
Ella se mordió el labio y asintió, pero me di cuenta de que su cabeza estaba
en otro sitio, pensando en cómo enfrentarse a lo que fuera que estaba
pasando.
—¿Max?
Por fin se centró en mí por un momento.
—¿Sí?
—Llámame si me necesitas, sea lo que sea. Estaré aquí, ¿de acuerdo? —No
sé por qué lo dije, pero tenía toda la intención de cumplirlo.
Ella consiguió esbozar media sonrisa.
—Muchas gracias, te lo agradezco.
Me quedé mirándola mientras se alejaba, y solo entonces caí en la cuenta de
que no había podido comer nada.
9

MAX

N omiparé de preocuparme por Rafe durante todo el viaje hasta la casa de


madre. Mi hermano solo tenía trece años, y era presa continua de sus
emociones. Todo era o increíblemente fantástico, o tremendamente
asqueroso, y apenas había nada en el término medio. La llamada que me
había hecho ahora no había sido una excepción.
—¡Son unos putos lunáticos! —Había gritado tanto que me había obligado
a separarme el teléfono del oído—. ¡Tienes que venir a recogerme ahora
mismo!
Después de reñirle por hablar de esa manera, había conseguido calmarle lo
bastante como para que me explicara lo ocurrido. Las discusiones
habituales entre nuestra madre y Nick, el padre de Rafe, habían llegado a un
punto álgido y Rafe ya no aguantaba más: necesitaba salir de casa y pasar el
día fuera. Yo quería creer que estaba exagerando, pero sabía que aquellas
discusiones podían ser terribles. Nick era un cabrón narcisista y controlador,
y hasta su propio hijo le odiaba. Y, lo que era peor, mi madre le tenía miedo.
Yo le había suplicado que lo dejara más veces de las que podía recordar,
pero esa era una decisión que le solo podía tomar a ella, y a Nick se le daba
muy bien convencerla de que no sería capaz de vivir sin él. A mí me
preocupaba el daño que le estaban haciendo al pobre Rafe, obligado a vivir
en un ambiente tan tóxico. Mi único consuelo era que me consideraba su
protectora y sabía que acudiría al rescate en cuanto me llamara.
Cuando llegué al pequeño chalé, Rafe estaba sentado en las escaleras
delanteras, con el monopatín y el casco a sus pies, y apenas alzó la cabeza
para mirarme cuando salí del coche.
—¿Los oyes? —me preguntó entristecido.
—Hola, Rafe.
Me detuve a escuchar desde la acera y, sí, podía oír la voz aguda de mi
madre, interrumpida por los enfadados gritos de Nick. Me acerqué un poco
más y observé a mi hermano. ¿Cómo era posible que pareciera haber
crecido desde la última vez que le vi, hacía dos semanas? Sus suaves rizos
castaños parecían un poco más largos, por lo que tenía que apartárselos de
los ojos cada pocos minutos. Las pecas que salpicaban su nariz y mejillas
estaban ahora mezcladas con algunos puntos rojos irritados que, si teníamos
algo en común, supondrían todo el acné adolescente que iba a tener. Ahora
que estaba creciendo, era bastante larguirucho, todo rodillas y ángulos, pero
yo estaba segura de que mi hermano se convertiría en un joven muy guapo.
Un joven guapo y enfadado.
Le apreté el hombro con la mano y él se apartó de mí con una mueca, como
si esa pequeña muestra de afecto le resultara embarazosa.
—Rafe.
Sus ojos por fin se encontraron con los míos y observé unas manchas rojas
delatoras alrededor de los suyos.
—¿Por qué están peleando ahora? —pregunté.
—Por el dinero, como siempre —contestó él con un hombro encogido y el
ceño fruncido—. Empezaron cuando papá tiró algo de comida que había
sobrado. Mamá la sacó de la basura porque dijo que estaba bien, y él la
llamó «recogebasura». Ella dijo que no tenía otra opción porque no hay
mucho dinero, y se pusieron a pelear. Él dijo que, si vamos mal de dinero
este mes, es porque mamá me ha comprado este casco nuevo. —Al decir
eso, dio una patada al brillante casco metálico a sus pies.
—No es culpa tuya —dije con voz suave—. No vayas a dejar que esto te
afecte.
Él se volvió a encoger de hombros y se abrazó las rodillas, en un gesto que
le hizo parecer mucho más joven y me rompió el corazón. Si pudiera, le
habría llevado a vivir conmigo, pero yo vivía en otro distrito escolar y, a su
edad, cambiar de colegio le habría afectado todavía más. Además, Nick no
lo habría permitido. Le gustaba tener a Rafe bajo su techo, porque así podía
utilizarle contra mamá y contra mí.
—¿Podemos irnos ya? —me preguntó con voz temblona.
Pensé en entrar un momento para avisar de que me lo iba a llevar, pero eso
podría causar otra pelea. Sería mejor que enviara un mensaje a mi madre
cuando estuviéramos a una distancia segura.
—Claro. ¿Dónde quieres ir?
—Al parque.
Tenía sentido. El parque donde patinaba era su refugio, un lugar en el que
podía dedicar toda su atención y energía a hacer piruetas con el monopatín.
—¿Podemos ir a comer algo antes? —pregunté, pues había notado que me
gruñía el estómago otra vez.
—Solo si son tacos —dijo, poniéndose en pie de un salto, con una sonrisa
dibujada en su cara, por fin.
Veinte minutos después, estábamos comiendo tacos de un camión de
comida aparcado en una esquina del parque. Aunque era mediodía, el
parque estaba lleno de gente de todas las edades, desde niños pequeños bien
protegidos contra las caídas, hasta adolescentes exhibiendo los increíbles
trucos que eran capaces de hacer. Rafe ya patinaba bastante bien, pero me
daba la impresión de que, en cuanto acabara de comer, tendría que taparme
los ojos para que sus piruetas no me asustaran. Ese chico no tenía miedo de
nada.
Pero, antes de eso, aprovec
hé el momento a solas para intentar que confiara en mí.
—¿Qué tal estás? —pregunté al tiempo que le daba un golpe con el hombro
—. Aparte de los problemas con los padres, ¿cómo te encuentras?
Él siguió masticando con la boca abierta, fingiendo que no me había oído y
sin dejar de mirar a un chico que practicaba un ollie a pocos pasos de
nosotros.
—Tierra a Rafe.
—¿Eh? No sé. Bien. El colegio no mola, casa no mola, lo único que me
importa es esto. —Dio un golpecito con el tacón al monopatín cubierto de
pegatinas que tenía a sus pies.
—¿Qué tal fue la presentación de ciencias?
Él se limitó a dar un mordisco enorme a su taco.
—¡Rafe!
—¡Perdona! —dijo, poniendo los ojos en blanco—. ¡Caray! Fue bien, pero
ya tengo una madre, Max ¿vale? Mejor no hablamos de eso.
Tenía razón, no necesitaba que también le presionara yo. Lo que necesitaba
era que le apoyara, así que cambié de estrategia.
—Vale, pues cuéntame qué trucos estás practicando ahora.
—Un giro con patada.
—¿Y eso qué es?
Él volvió a poner los ojos en blanco, como si todo el mundo supiera lo que
era, y yo fuera tonta por no tener ni idea.
—Vas muy rápido, saltas en el aire, das una patada al patín para que te siga,
y luego le das la vuelta en el aire, caes y sigues rodando.
—¿Lo haces en una de esas rampas? —pregunté, para intentar que siguiera
hablando. Señalé la que teníamos enfrente, al otro lado del parque.
—No, antes tengo que aprender a hacerlo en el suelo —dijo Rafe con un
resoplido.
—¿Y sabes hacer algo interesante en las rampas?
—Ya me lo dirás tú.
Se puso de pie y tiró el envoltorio de su taco al suelo. Yo empecé a
regañarle, pero él se puso el casco sin hacerme caso, colocó el patín en el
suelo y salió disparado hacia aquella rampa.
A pesar de su actitud gruñona, yo había notado que le gustaba que me
interesara por lo que hacía. Mi madre lo había intentado, pero estaba tan
ocupada, tratando de establecerse en su nuevo trabajo como agente
inmobiliaria y enfrentándose a Nick, que apenas tenía tiempo para sí
misma. Además, ella sabía que yo siempre me haría cargo de Rafe, y eso le
resultaba de gran ayuda.
Rafe se alejó, esquivando a otros patinadores. Sobre el patín, parecía estar
en su elemento y no tener ningún miedo, pero para mí siempre sería un niño
pequeño. Cuando él nació, yo tenía once años, la edad perfecta para
volverse loca por un adorable hermanito recién nacido. A pesar de la
diferencia de edad, nos llevábamos muy bien, y nos habíamos unido aún
más desde que recurría a mí para alejarse de casa de vez en cuando.
Dejé escapar un suspiro. Las cosas iban a cambiar pronto para mí, y eso
significaba que la vida de Rafe también iba a sufrir cambios. Las prácticas
con Richard Adams serían básicamente un trabajo a tiempo completo. Por
lo que había oído, ese hombre exigía que sus estudiantes lo acompañaran a
todas partes, a cualquier hora y sin importar las circunstancias. Había leído
un artículo en el que se refería a ellos como sus «groupies», lo que hacía
que parecieran más un grupo de fans que unos estudiantes tratando de
iniciar sus propias carreras. En la foto que acompañaba a aquel artículo se
veía a Adams tras la cámara fotografiando a la nueva actriz joven del
momento y, en una esquina, había un grupo de mujeres vestidas de negro
apiñadas tras un ordenador en el que miraban las fotos que estaba haciendo.
Parecían hermosas, pero aterradas.
Sacudí la cabeza. Yo no pensaba ser una de esas mujeres. Respetaba a
Adams, pero no era una novata nerviosa. Mi intención era aprender de él, y
punto. No dejaría que una persona a la que iba a pagar una enorme cantidad
de dinero me hiciera sentir insegura.
El dinero. Theo.
La mañana se me había pasado tan rápido que apenas había tenido tiempo
de pensar en nuestra sesión de preguntas y respuestas en el restaurante. Me
habría encantado quedarme y continuar el juego, porque me había gustado
saber más cosas del hombre que iba a fingir ser mi novio. Por alguna razón,
quería saber qué le hacía ser como era.
—¡Eh, Max!
Busqué a Rafe entre la multitud, hasta que lo divisé a unos metros de una
rampa hacia arriba muy empinada, con el monopatín sujeto contra su pierna
y un pie colocado en un extremo. Le saludé con la mano y él me devolvió
un gesto de la cabeza. Después, echó a correr hacia el borde de la rampa,
dejó caer el patín, saltó sobre él y flexionó un poco las rodillas al acercarse
a la inclinada pared de cemento.
—Demasiado rápido —murmuré para mis adentros, preocupada. Me
alegraba que, al menos, mi madre se hubiera ocupado de comprarle un
casco, porque parecía que le iba a hacer falta.
Rafe aceleró hacia la rampa y, cuando llegó a lo más alto, consiguió
despegar por los aires con el patín aún pegado a sus pies y quedó
suspendido en el aire durante lo que me pareció una eternidad. Noté que mi
cara se encogía en una mueca cuando el patín cayó de nuevo contra el
cemento, previendo que se estrellara. Pero no fue así: volvió a descender
por la rampa con total control de sus movimientos, como si lo que acababa
de hacer fuera facilísimo. Para él, seguro que debía serlo.
A pesar de lo ilusionada que estaba con mis prácticas, no podía dejar de
sentir algo de miedo al observar a Rafe. Si dedicaba todo mi tiempo a las
prácticas, no iba a poder prestar a mi frágil hermano toda la atención que
necesitaba. Aunque nos llamáramos y nos enviáramos mensajes,
últimamente me costaba mucho conseguir que Rafe fuera sincero conmigo
incluso cuando estábamos juntos. Conseguir que lo hiciera por teléfono
sería poco menos que imposible. ¿Qué sería de él entonces?
Le observé practicar el giro con patada una y otra vez. Conseguía que el
monopatín saltara por el aire, pero no le salía el giro, y no dejaba de caer
mal. Estuve esperando que abandonara, sobre todo después de una ocasión
en la que cayó sobre el patín con un solo pie y el trasto salió volando hasta
el otro extremo del parque. Sin embargo, él salió corriendo detrás para
recuperarlo, lo intentó de nuevo y, esta vez, consiguió dar medio giro.
Eché un vistazo a mi teléfono. Tenía algo de trabajo pendiente, pero no
quería interrumpir a Rafe. Además, esta noche no tenía ningún plan y podía
trabajar hasta tarde. Cuando volví a alzar la vista, Rafe estaba volando por
el aire y el monopatín, justo debajo de sus pies, describía un giro completo,
y luego parecía pegarse de nuevo a sus pies justo antes de caer en un
aterrizaje perfecto.
—¡Sí! —vitoreé, a un volumen lo bastante alto como para arriesgarme a que
me asesinara allí mismo por ser tan pringada.
Él me ignoró por completo y procedió a repetir el movimiento varias veces
sin un solo fallo. Después se acercó a mí, haciendo un esfuerzo por no
sonreír.
—¡Lo has conseguido! —dije, conteniéndome para no darle un abrazo
enorme.
Él asintió mientras se quitaba el casco.
—Lo llevo practicando desde hace mucho.
—Eres muy persistente —le alabé. Quería aprovechar para hacerle
cumplidos porque sabía que le encantaban, aunque fingiera que le daba
igual—. Nunca te rindes.
—Sí —dijo mirándome a través de una cortina de pelo alborotado—. Pero
creo que también ha sido por otra cosa.
—¿El qué?
—Eres mi amuleto de la suerte.
Había empezado a andar hacia mi coche y me había lanzado el cumplido
por encima del hombro, así que no vio cómo me embargaba una potente
mezcla de felicidad y tristeza. Rafe me necesitaba, y yo quería hacer todo lo
posible para apoyarle.
Maldita sea, ¿qué iba a hacer cuando empezaran las prácticas?
10

THEO

F ord seguía poniendo pegas.


Cerré los ojos y me froté la frente, con lo que las palabras que había en
la pantalla se volvieron borrosas. Le había enviado un mensaje para
preguntar qué pensaba su abogado del contrato, pero lo único que había
recibido era un montón de palabrería sobre que «lo resolverían pronto».
Estaba segura de que Pam tenía la culpa del retraso y eso me ponía furioso.
Hacer que Max fingiera ser mi novia había calmado a Ford, pero estaba
claro que Pam se había enfadado. Si hubiera podido, habría abandonado la
idea de asociarme con Ford, pero no había nadie que construyera barcos
como ese hombre. Si, al final, resultaba evidente que no íbamos a llegar a
un acuerdo y encontrar la forma de trabajar juntos, ya se me ocurriría otro
plan, pero todas las reuniones que había tenido con él a solas habían ido
muy bien. Además, me daba cuenta de que él también quería trabajar
conmigo porque podía ser una gran oportunidad para los dos. Ojalá su
mujer, y su considerable ego, se quitaran de en medio y nos dejaran trabajar
en paz.
Suspiré. Odiaba esperar, daba igual de qué se tratara.
Me habían llegado unos cuantos correos electrónicos más y me puse a
revisar lo que tenía que hacer. Sonreí al ver que tenía uno de Max, aunque
solo escribía para recordarme que debía elegir entre los cientos de
fotografías increíbles que me había enviado. Ya las había revisado varias
veces, pero seguía sin poder decidir cuáles utilizar en la campaña de
marketing.
Nuestra sesión de compras había terminado repentinamente cuando había
contestado la llamada de su familia. Aunque habíamos acordado no
complicar las cosas, me habría gustado poder hacer algo por ella. Su
expresión había sido tan triste y ansiosa al salir del restaurante que no podía
imaginar a qué problema se estaría enfrentando. Esa era la cuestión: no
podía imaginármelo porque ella no me lo había permitido. Max había
erigido una muralla entre nosotros y no iba a dejarme entrar, pero era cierto
que lo habíamos acordado así.
Volví a mirar las imágenes. Tal vez debería llamarla. Podría poner como
excusa que quería su opinión sobre las fotos, y aprovechar para preguntar
cómo estaba y si las cosas iban mejor. Mientras lo consideraba, miré por la
ventana de mi despacho hacia el mar que se extendía más allá. Lo de las
fotos no sería mentira, era cierto que me vendría bien una segunda opinión.
Claro, que podría enviar las fotos a mi directora de marketing y dejar que
ella eligiera las mejores, pero algo me decía que debía supervisar la
campaña por mí mismo.
Y no quería admitir que ese algo era Max.
Mi agenda para el resto del día era absurda. Tenía mucho más trabajo del
que podía hacer, pero en lo único que podía pensar era en la expresión de
Max al salir del restaurante. Cogí el teléfono y marqué el número antes de
poder cambiar de opinión.
—¿Quieres que nos veamos ahora?
Seguí insistiendo a pesar del tono que adoptó la voz de Max cuando le
expliqué lo que quería.
—Sí, si tú puedes. No te quiero presionar, pero me gustaría dejar esto
resuelto y creo que tu opinión me ayudaría mucho.
—Me gustaría ayudarte, pero en este momento estoy con alguien.
Sentí que me ponía a la defensiva, de una forma irracional. ¿Con quién
estaba? ¿Y por qué?
—Estoy con mi hermano…
¿Su hermano? Sonreí al pensar en mi absurda suposición.
—Tráetelo, me encantará conocerle.
—Creía que habías dicho que nada de complicaciones —dijo, tras una larga
pausa.
Maldita sea, me había echado en cara mis propias palabras.
—Bueno, no creo que la familia sea una complicación. Después de todo, tú
vas a conocer a todos los miembros de la mía. Tiene sentido que yo conozca
al menos a uno de tus familiares.
—De acuerdo, vale. Iremos. Llegaremos en treinta minutos.
Colgué el teléfono e intenté imaginar cómo sería el hermano de Max. Sería
alto, probablemente, con los mismos ojos profundos que tenía ella. ¿Nos
llevaríamos bien? Yo solía ser capaz de encontrar cosas en común con la
mayoría de los tíos, sobre todo si empezábamos a hablar de deportes o
barcos, temas de conversación bastante seguros en Miami.
Conseguí adelantar algo de trabajo mientras esperaba a que llegaran. Mi
asistente me avisó cuando estuvieron en la sala de espera, y salí a reunirme
con ellos.
—Max, gracias de nuevo por venir —dije en voz alta al salir de mi
despacho.
Me había preparado para conocer a su hermano, pero me paré en seco
cuando vi quién estaba con ella. Un crío. Ya no era un niño, pero desde
luego no era el hombre al que había esperado. Max estaba en la veintena,
así que era obvio que se llevaban bastantes años.
—Theo, este es mi hermano Rafe.
Él hizo un gesto con la cabeza, sacudiendo una maraña de rizos sin sonreír.
Me acerqué un poco y extendí la mano.
—Rafe, me alegro de conocerte. Bienvenido a Barnes Oceanic. ¿Te gustan
los barcos?
Él me estrechó la mano sin ganas y encogió un hombro.
—No sé.
—Él es más de playa —explicó Max—. Pero tienes que ver los yates de
Theo, Rafe. Son increíbles.
—Guay.
Lo dijo en un tono que dejaba claro que, en su opinión, los yates eran
cualquier cosa menos eso.
—Rafe, ¿por qué no te sientas un rato mientras yo hablo con Theo? —pidió
Max en tono amable.
—Sí, donde estés más cómodo —añadí yo—. Tenemos asientos en la sala
de espera o, si prefieres tomar el aire, puedes salir al muelle.
Rafe se dirigió a la puerta corredera sin pronunciar palabra. Cuando estuvo
fuera, me volví hacia Max.
—¿Cuántos años tiene?
—Trece.
—Y estás… ¿cuidándole? ¿No tiene ya edad para estar solo en casa?
Los ojos de Max se estrecharon hasta convertirse en dos rendijas, lo que me
dejó claro que me estaba entrometiendo.
—No hace falta que te metas en esto, ¿de acuerdo?
—Vale, vale, perdona —contesté enseguida.
Max parecía tener un feroz instinto protector y yo no tenía intención de
enfrentarme a él. De hecho, lo respetaba, porque yo era igual en lo que se
refería a mi familia.
—Vamos a mi despacho, tengo las fotos abiertas en la pantalla.
Acerqué una silla a la mía y nos sentamos para revisarlas.
—¿Tienes alguna favorita? —pregunté mientras miraba las vistas previas de
las fotos.
—Creo que sí —contestó tras pensarlo un momento—. Tengo una foto
favorita de la salida del sol, una favorita del muelle, una favorita del
horizonte, y así una de cada. ¿Y tú?
—Yo creo que me gusta esta —contesté, al tiempo que abría una foto
enfocada de tal forma que el barco atracado parecía estar en medio del
océano—. Nunca habría pensado en fotografiarlo así.
Max me dedicó una sonrisa arrogante.
—Bueno, por eso has contratado a una profesional.
Vaya, me gustaba que mostrara tanta confianza.
—Esta otra también me gusta —señalé una foto de la cubierta de teca que
brillaba bajo la luz del sol.
—Y eso es antes de retocarla —dijo ella con orgullo—. Ese día la luz era
perfecta, tuve mucha suerte.
Intenté no quedarme mirándola mientras ella observaba las fotos en la
pantalla.
—Puede que tuvieras suerte con la luz, pero el resto es mérito tuyo. Eres
realmente muy buena, Max.
Ella me dirigió una mirada rápida y media sonrisa.
—Aún tengo mucho que aprender, pero gracias.
—Yo no lo creo —dije, mientras ampliaba una foto de la sala principal con
todas las luces encendidas. El horizonte brillaba a través de uno de los ojos
de buey, y estaba enfocado de tal modo que parecía infinito—. La
iluminación lo cambia todo, hace que los ojos recorran la habitación.
—Es uno de mis muchos trucos —contestó ella—. ¿Y para qué vas a usar
las fotos, en realidad? Hablaste de una nueva campaña de marketing, pero
¿qué quiere decir eso?
—Vamos a cambiar nuestras redes sociales para que tengan un aspecto más
uniforme —contesté, recostándome en la silla—. Utilizaremos un esquema
de color que lo unifique todo, y haremos publicaciones regulares
planificadas, en lugar de subir cualquier foto que hagamos.
—¿Y la página web? —preguntó Max.
—No había pensado en eso —dije con el ceño fruncido.
—Pues deberías. Ahora tienes un montón de imágenes nuevas, así que
puedes usarlas. ¿Puedo ver cómo es ahora?
Abrí la página web que había diseñado hacía unos años.
—Hmm —dijo Max con la boca torcida hacia un lado—. Es verdad, se me
había olvidado que le eché un vistazo antes de la sesión. Y eso no es buena
señal.
—Pero es muy profesional… muy clara… —protesté.
—Es aburrida —dijo Max—. La página de inicio no deja claro lo que
hacéis. Y la foto que habéis puesto está desenfocada.
—Es artística.
—Es de novato —me corrigió ella—. Esta es la foto que deberías poner
como principal.
Ella se acercó un poco más y fue pasando las fotos, lo que me dio unos
segundos para disfrutar de su aroma. Era el mismo olor complejo, como a
tarta, mezclada con algo floral. ¿O sería frambuesa? Inspiré hondo. Ella
decía que no usaba perfume. ¿Tal vez era su champú?
—¿Qué pasa? ¿No te gusta?
Volví a prestar atención, esperando que Max no se hubiera dado cuenta de
que la estaba oliendo.
—Oh, sí, esa foto quedaría genial.
Max comenzó a explicarme cómo se combinaban los cuatro cuadrantes de
la foto para crear movimiento que atrajera la atención de quien lo miraba.
Sus palabras me dejaron claro cuánto esfuerzo y consideración dedicaba a
sus imágenes. Para ella no solo se trataba de hacer fotos bonitas, sino de la
ciencia de captar una imagen perfecta.
A medida que me explicaba su técnica, se fue animando y yo me encontré
sonriendo y asintiendo a sus palabras. Habría podido escucharle hablar todo
el día. A Max le apasionaba su arte, y a mí no había nada que me resultara
más sexi que una mujer con tanta pasión por algo que amaba.
Y, hablando de sexi, la propia Max era la imagen de esa palabra, aún sin
hacer el más mínimo esfuerzo. Llevaba una sencilla falda gris de algodón,
que parecía hecha del mismo material que una sudadera y se enrollaba en el
extremo inferior. No debería haber resultado atractiva en absoluto, pero
mostraba sus largas piernas morenas, más fuertes de lo que me habían
parecido. Llevaba unas botas de motero que, por alguna razón, quedaban
perfectas, y su camiseta blanca transparente no dejaba de resbalar de su
hombro, dejando a la vista el estrecho tirante rosa del sujetador. ¿Rosa? En
la tienda de ropa había dicho que odiaba ese color, aunque le quedaba muy
bien. ¿Le gustaría ese color en secreto, y no se lo contaba a nadie?
Eso me hizo preguntarme si llevaría toda la ropa interior a juego, y noté
cierta presión extenderse en mi interior, pero no quise permitir que se me
pusiera dura solo por tener a Max sentada junto a mí, ni siquiera aunque
tuviera ese aspecto increíble, y su muslo casi rozara el mío. Dejé escapar un
largo suspiro y eso hizo que Max se callara de golpe.
—Perdona, ¿estoy hablando demasiado? —preguntó con el ceño fruncido.
—¡No! En absoluto —dije a toda prisa—. Solo… solo estaba pensando que
lo último que quiero es añadir a mi lista de tareas la revisión del diseño de
la página web. Pero tienes razón, habrá que hacerlo.
—Estupendo, me alegro de que estés de acuerdo. Bueno, vamos a
centrarnos en lo que tenemos aquí para tus próximos proyectos. Aún tengo
que editar las fotos, ya sabes. Eso lleva tiempo.
Tiempo. Ojalá nosotros tuviéramos más.
—Eh, ya casi es la hora de comer. ¿Puedo invitaros a Rafe y a ti? Me
gustaría conocerle mejor. Puede que me cuente algún secreto tuyo.
Sus ojos se encontraron con los míos, y me di cuenta de que quizá me había
propasado otra vez.
—Si ya tenéis planes, no pasa nada —añadí.
—Deja que le pregunte —dijo ella, levantándose de la silla.
Mi despacho tenía una pared de cristal que daba hacia la zona de recepción,
con persianas que podía cerrar pulsando un botón. Esta vez las había dejado
abiertas, y me alegré de poder ver a Max dirigirse a donde Rafe estaba
sentado en el patio. Se acercó despacio a él, como si fuera un cervatillo
asustado. Él dejó el teléfono sobre la mesa y escuchó mientras ella hablaba.
Aparté la vista unos segundos antes de que ella se volviera hacia mi
despacho.
Comer con un adolescente enfurruñado no era la mejor manera de pasar
más tiempo con Max, pero era obvio que su hermano era importante para
ella. Además, conocerle a él o, al menos, observarlos a los dos juntos, haría
que me resultara más fácil entenderla a ella.
Rafe se levantó de la silla y siguió a Max. Ella entró en mi despacho con
una sonrisa.
—Nos apuntamos a la comida, pero Rafe tiene una petición que hacerte.
Ella le miró con expectación, y él se agitó un poco, con la mirada puesta en
sus pies.
—Tacos.
—Un hombre de buen gusto. Por supuesto, conozco el sitio perfecto: el
restaurante de tacos favorito de mi familia. —Eché una mirada a Max—. Te
enviaré un mensaje con la dirección, está a cinco minutos en coche.
Observé que Max le pasaba el brazo por el hombro a Rafe al salir de mi
despacho. Casi esperaba que el chico se apartara, pero, en cambio, se apoyó
en ella con una actitud que sugería que ese era todo el contacto físico que
toleraba.
Ah, la adolescencia. Ya podía imaginarme la tensa comida, llena de
gruñidos, que íbamos a compartir, que solo sería tolerable gracias a la
encantadora mujer que parecía gustarnos tanto a los dos.
11

MAX

ué hay entre ese tío y tú? —preguntó Rafe en el coche de


—¿Q camino al restaurante.
—¿A qué te refieres?
Apreté un poco más las manos sobre el volante y le lancé una mirada
rápida. Rafe se encogió de hombros y miró por la ventana.
—Solo era una pregunta.
Yo sabía que Rafe no solo hacía «una pregunta». Raras veces hablábamos
de mi vida, así que, si preguntaba, era porque le interesaba de verdad.
—Theo es mi cliente.
—Ya, claro —dijo Rafe con una risilla.
—¿Qué? —El tono que había utilizado me había confundido—. ¿Por qué
dices eso?
Él me miró con una sonrisa pícara.
—Has estado como… no sé, rara y nerviosa con él.
El estómago me dio un vuelco. ¿Tanto se notaba lo mucho que me atraía
Theo? Cuando estaba con él intentaba mantener una actitud profesional,
sobre todo en su despacho, pero hasta mi hermano, que solo pensaba en sí
mismo, había notado algo. Si él se había dado cuenta, eso significaba que
solo me faltaba llevarlo escrito en la frente.
—¿Y eso es todo? ¿Solo es un cliente? —insistió Rafe.
De ninguna manera iba a contarle la verdad sobre mi acuerdo con Theo, lo
de que me estaba pagando para fingir que era su novia. Me imaginaba que
Rafe se lo contaría a mamá; ella, a su vez, se lo diría a Nick, y éste diría
algo desagradable sobre mí que acabaría provocando una pelea.
—Vale, de acuerdo, me has pillado. Estamos… saliendo.
Tuve que forzarme a decir la palabra, porque me resultaba muy raro
mentirle a mi hermano. Pero eso era justo lo que estábamos haciendo Theo
y yo: mentir a todas las personas a las que conocíamos.
—Guay —se limitó a decir Theo—. Has sonreído mucho el rato que hemos
estado allí. Eso mola.
Yo solo fruncí el ceño. ¿Había sonreído? En la breve conversación que
habíamos tenido con Theo, no había habido nada particularmente digno de
una sonrisa, pero Rafe no habría dicho algo así si no fuera cierto.
—Ya estamos aquí —dije, metiendo el coche en el aparcamiento y contenta
de poder cambiar de tema—. Creo que vamos a tener que esperar un poco.
Espero que no tengas mucha hambre.
—Yo siempre estoy muerto de hambre —dijo Rafe con una sonrisa torcida
—. Ya lo sabes.
—Vaya si lo sé —reí—. Tú solo pórtate bien, ¿vale?
—Pórtate bien tú —bromeó él.
Me encantaba que dejara a un lado la actitud huraña y se lo pasara bien
conmigo. No estaba segura de cómo iría la comida, pero si Rafe seguía así
de agradable, me evitaría estar todo el tiempo traduciendo sus gruñidos de
adolescente.
Cuando entramos, Theo nos aguardaba entre la gente que estaba esperando
en la entrada del restaurante. Joder, tenía un culo espectacular. Hoy no
debía tener reuniones en su agenda, porque llevaba un polo estrecho que se
ajustaba a sus bíceps y mostraba los tatuajes de sus brazos. Esperaba tener
tiempo para examinar el diseño durante la comida y así poder averiguar
algo más sobre él.
—Parece un sitio popular —dije cuando él nos vio y se acercó.
—Los mejores precios de la ciudad, y la comida está buenísima.
Contuve una sonrisa ante la idea de que a este multimillonario le
preocuparan los precios de la comida. Pero claro, sus orígenes habían sido
humildes, y eso suele marcar a las personas.
—¿Hay que esperar mucho rato? —hice un gesto con la cabeza hacia Rafe,
que estaba leyendo los platos del día en la pizarra.
—No tendremos que esperar. Rosa está preparando mi mesa de siempre.
Eché un vistazo a la pequeña sala y vi que había personas con aspecto de
llevar mucho rato esperando. Theo pareció adivinar lo que estaba pensando.
—No he pedido ningún trato especial, es que les encargo comida para las
reuniones en mi oficina con frecuencia. Soy un buen cliente, y ellos me lo
agradecen así.
En ese momento, la recepcionista del restaurante nos pidió que la
siguiéramos. Di un empujoncito a Rafe para que fuera delante de mí, y le
ordené con la mirada que intentara ser agradable. Él me devolvió una
mirada de protesta con los ojos muy abiertos.
La mesa estaba junto a las puertas abiertas del patio y ofrecía una vista
perfecta de todo el restaurante. No me sorprendía que Theo hubiera
conseguido hacerse con la mejor mesa del lugar, aunque solo fuera un
pequeño local de barrio.
—Rafe, ¿qué opinas de las enchiladas? —preguntó.
—Opino que podría comerme cuatro —dijo Rafe, cogiendo una de las
cartas que había sobre la mesa—. ¿Aquí las hacen bien?
—Ni te lo imaginas —contestó Theo—. Están más que buenas, pero creo
que una será suficiente. Son enormes.
—Este chico come mucho —reí yo—. Un futuro profesional de los X
Games necesita mucha energía.
—Ah, ¿sí? —preguntó Theo—. ¿Qué deporte haces?
—Monopatín —contestó él sin dejar de mirar la carta.
—Tiene mucho talento —añadí.
—Vaya. Yo solía patinar cuando era joven, pero cuando me hice mayor
decidí que me gusta tener los huesos intactos.
Yo di unos golpecitos en la mesa con los nudillos.
—Por ahora no hemos tenido accidentes serios.
Nos quedamos callados mientras cada uno de nosotros decidía lo que iba a
pedir y me empecé a sentir más estresada. Había esperado que la comida
fuera un poco incómoda, pero en ese momento estábamos en un nivel
nueve. Ahora que sabía que Rafe se fijaba en mi forma de actuar estando
con Theo, me sentía insegura. Eso me obligaba a encontrar la forma
adecuada de hacer que pareciéramos una pareja de verdad, pero sin
exagerar.
—¿Qué vas a pedir, T?
Theo me miró y alzó una ceja ante el diminutivo improvisado.
—Um, creo que empezaré con un poco de guacamole, y luego las
enchiladas. ¿Os apetece guacamole para todos?
Esta vez Theo había pedido nuestra opinión, todo un cambio respecto de
aquella cena en el Salty Pelican.
Rafe sacudió la cabeza.
—De acuerdo. ¿Y un poco de pico de gallo?
—Eso sí —contestó Rafe.
Después de pedir, Rafe pidió disculpas y se levantó de la mesa, sin duda
para salir a mirar el teléfono, porque yo siempre le prohibía utilizarlo
durante las comidas. Suponía que no volvería hasta pasados, al menos, diez
minutos, y aproveché para contarle a Theo la conversación que habíamos
tenido en el coche.
—Estoy tratando de evitar que nuestro acuerdo se complique, pero resulta
que Rafe es más perspicaz de lo que pensaba. Me ha preguntado sobre ti…
sobre nosotros, así que le he dicho que estábamos saliendo.
Examiné la cara de Theo por si mostraba algún signo de desaprobación,
pero él siguió comiendo patatas fritas sin cambiar de expresión.
—Sí, no hay problema. Tenemos que estar preparados para cosas como esa.
¿Con tus otros novios, también se ha comportado de forma protectora?
¿Protector? No se me había ocurrido que lo hubiera hecho, pero ahora que
Theo lo había mencionado, me pareció que encajaba. No pude evitar sonreír
un poco al pensar en que era bonito que Rafe intentara cuidar de mí, a su
manera arisca. Entonces caí en que aún no había contestado la pregunta de
Theo.
—Oh, bueno… no ha habido ocasión. Ninguna de mis relaciones ha durado
hasta la fase de presentarles a mi familia.
Theo levantó tanto las cejas que me pregunté cómo habría interpretado eso.
Me apresuré a cambiar de tema.
—Bueno, por lo que parece, está de acuerdo.
—Me alegro de haber superado la prueba. —Theo me sonrió—. Parece un
buen chico.
Nuestros ojos se encontraron y yo maldije el escalofrío que me recorrió la
espalda. No dejaba de tener que recordarme que, entre nosotros, no había
nada más que un contrato. Pero, a veces, la forma en que Theo me miraba
hacía que se me ocurrieran otras ideas.
—¡Theo!
La voz sonó desde el otro lado de la sala, a un volumen tan alto que el
restaurante se quedó en silencio durante unos segundos.
—Oh no —dijo, cerrando los ojos.
—¿Qué pasa? —pregunté, tratando de ver quién había dicho su nombre—.
¿Quién es?
—Mierda —murmuró él—. Hablando de tener que estar preparados. Allá
vamos.
—Theo, cariño, ¡qué sorpresa tan agradable! —Una mujer de aspecto
amable, con una melena rubia y una enorme sonrisa, se acercó a nuestra
mesa y me miró con una expresión que casi parecía ansiosa—. ¿Y quién es
ella?
Theo se aclaró la garganta y me dirigió una mirada incómoda.
—Hola, mamá. Um, bueno, iba a presentaros en la fiesta de compromiso de
Jess, pero no hay mejor momento que el presente. Esta es Max. Max, esta
es mi madre, Elena.
Me tragué la sorpresa. ¿Cuántas reuniones familiares improvisadas íbamos
a tener hoy? Creía que tendría tiempo para prepararme para conocer a su
gente, pero aquí estaba la persona más importante de todas, la razón por la
que estábamos fingiendo una relación. Amplié mi sonrisa y me preparé para
ofrecer la mejor representación de la historia.
—Hola, señora Barnes, me alegro mucho de conocerla —dije, lo que
pareció sacarla de su trance.
—Oh, dios mío, eres guapísima —dijo Elena.
Cogió una de mis manos entre las suyas y la sujetó, acariciando el dorso
con los ojos puestos en Theo.
—¿Estáis saliendo? Supongo que sí, si vas a venir a la fiesta. Oh, Theo, es
fantástica.
Me estaba mirando de una forma que me hizo sentir como la vaca ganadora
del premio en la feria del condado. Theo observó mi expresión e hizo lo que
pudo por contener una carcajada.
—Puedes llamarme Elena —añadió.
—¿Por qué no te sientas con nosotros? —ofrecí, mirando alrededor en
busca de una silla vacía que pudiera traer a nuestra mesa.
Theo tosió e hizo un ligero movimiento con la cabeza, y me di cuenta de
que había cometido un error.
—Me encantaría, pero tengo cita para la manicura dentro de nada. Gia, la
chica que me atiende, tiene una lista de espera de varias semanas, así que no
puedo faltar, pero aún me quedan unos minutos. —Se sentó en la silla de
Rafe y se fijó en el vaso con refresco que tenía delante—. ¿Hay alguien más
con vosotros?
—Sí, el hermano de Max.
Elena puso una mano sobre su corazón, con gesto de ir a desmayarse.
—Una comida familiar, qué encantador. ¿Y dónde está?
—Ha salido unos minutos. Creo que está fuera, con el teléfono.
—Igual que mi Theo —dijo ella, asintiendo con gesto de entenderlo bien—.
Siempre trabajando.
Hice una mueca al darme cuenta de que había asumido que Rafe tendría
más o menos mi edad. Habría podido explicar que era más joven, pero
entonces Elena se preguntaría por qué había traído a mi hermano pequeño a
una comida con Theo, y no quería tener que explicar la razón por la que
había tenido que sacar a Rafe de casa hoy.
—¿Y a qué te dedicas, Max?
—Soy fotógrafa.
Elena juntó las manos y dirigió una sonrisa radiante a Theo, como si
hubiera ganado en un concurso de la tele.
—¡Eso es fantástico!
—Max tiene mucho talento. Ha hecho las fotos para mi nueva campaña de
marketing y la página web.
—¿Puedo verlas? —Extendió la mano hacia mí.
Su tono amable, pero mandón, hizo que se me escapara una risa. Ahora
sabía de dónde había sacado Theo esa actitud confiada y avasalladora.
—Claro, tengo algunas en el teléfono. —Busqué las fotos en la carpeta
dedicada a Theo y le entregué el teléfono.
—Oh … —Elena fue pasando las imágenes—. ¡Son increíbles! Es una pena
que Jessica ya haya contratado a un fotógrafo, porque tú serías perfecta.
—Muchas gracias, eres muy amable —dije—. Pero la verdad es que no
fotografío bodas, eso requiere otro tipo de habilidades.
—Además, mamá, Max va a ir a la boda como invitada. No quiero que le
hagáis trabajar.
—Claro, tienes razón. Tenéis que aprovechar para bailar y disfrutar. A lo
mejor podrías coger el ramo de flores, Max.
Me dio la impresión de que la madre de Theo era una romántica de la vieja
escuela, y eso significaba que íbamos a tener que fingir muy bien esta
relación.
—Y no olvidéis esta parte —añadió, y a continuación cogió un cuchillo de
la mesa y empezó a dar golpecitos en el vaso de Rafe, como se hace en las
bodas para que los novios se besen.
—Oh, no, no, eso es para los novios —me apresuré a decir con una risa
nerviosa.
Miré a mi alrededor por la sala, por si alguien nos estaba mirando. Elena
nos sonrió sin dejar de golpear el vaso.
—Vosotros hacerlo para mí. Os servirá para practicar.
La expresión de Theo se mantuvo totalmente impasible. Nos miramos un
momento mientras ella seguía dando golpecitos, pero, antes de que pudiera
decidir qué hacer, él se inclinó hacia mí y me puso una mano en la mejilla
para acercarme más. Al aproximarse, ya no supe si Elena había parado de
dar golpes, o si mis sentidos habían dejado de funcionar. Aquí estábamos,
en un restaurante llenísimo, ruidoso y bien iluminado, rodeados de gente, y
Theo iba a volver a besarme. Lo peor de todo era que lo deseaba tanto que
sabía que disfrutaría del beso.
Él puso sus labios sobre los míos, con un leve contacto que apenas era un
beso. Cuando se separó, casi fui detrás de él, desesperada por continuar el
contacto con sus labios. Me sonrojé al darme cuenta de que era probable
que se me notara la desesperación. Y encima, ¡delante de su madre!
—Ay, qué pareja —suspiró Elena—. Los jóvenes enamorados. Me
encantaría poder quedarme con vosotros, pero se me hace tarde. Max, eres
justo lo que quería para Theo. ¡Ha sido maravilloso conocerte!
Me dio un beso en la mejilla, abrazó a Theo y salió del local como un
huracán en retirada, casi chocando con Rafe al salir. Suspiré aliviada
cuando estuve segura de que no tendría que presentarles.
Rafe se dejó caer en la silla y nos miró a Theo y a mí.
—¿Qué pasa? ¿Me he perdido algo?
Theo y yo nos miramos con sendas expresiones atónitas. Los dos teníamos
aspecto de haber salido victoriosos en algún tipo de pelea.
12

THEO

maginaba que estarías aquí fuera.


—I Reconocí esa voz al instante. Maldita sea, ¿cómo cojones me había
seguido Pam hasta aquí ahora? Estaba en el muelle, al final de un largo día
en el que había tenido que lidiar con un montón de problemas de motor y
mecánicos sabelotodo. Lo último a lo que quería enfrentarme ahora era a la
mujer que había tomado como rehén al futuro de mi negocio. Había bajado
del barco durante unos minutos para respirar la brisa del mar, que siempre
me ayudaba a meditar, pero Pam no me lo iba a permitir.
—Vaya, hola —dije, tras esperar un momento antes de girarme para
saludarla—. ¿No llevarás el contrato firmado en ese bolso, por casualidad?
Ella rio con más alegría de la que correspondía, considerando lo mucho que
estaba retrasando la firma del maldito documento.
—Trabajo y más trabajo. ¿Es que no piensas en otra cosa?
Pam llevaba una de sus chaquetas largas de seda con estampado de flores y
unas sandalias de tacón. No tenía ni idea de cómo se las apañaba para
caminar por las tablas desiguales del muelle sin caer al agua.
—Sí, la verdad es que no pienso en nada más.
En ese momento se me vino a la cabeza la imagen de Max. Vale, estos días
pensaba en otra cosa que no era el trabajo, pero nadie tenía que saberlo. Me
estiré un poco para mirar por encima del hombro de Pam.
—¿Has venido con Ford?
Ella negó con la cabeza, hizo un mohín y se acercó más a donde yo estaba.
—No, señor, estoy sola. ¿Decepcionado?
Joder, pues claro que estaba decepcionado. No estaba de humor para lidiar
con ella. Pensé rápidamente en mis opciones, tratando de decidir si
mandarla a paseo suponía un riesgo profesional mayor que el de
aguantarme y escuchar lo que fuera que tenía que decir.
—¿Qué puedo hacer por ti, Pam?
—Esperaba poder hablar contigo. ¿Podemos subir a bordo y charlar un
poco? —Señaló al Vivant, el yate que estaba frente a nosotros. No, ni en
broma iba a dejarla subir.
—Lo siento, acabamos de barnizar el suelo. No puede subir nadie hasta
mañana, como muy pronto —mentí.
—Oh, vaya —dijo con una mueca—. Entonces, ¿podemos ir a tu oficina?
—Pam, ¿puedes decirme de qué se trata? —dije, a punto de perder la
paciencia.
Ella me miró, con ojos entrecerrados que dejaban entrever su irritación.
—De un par de cosas, incluyendo el contrato. Pero no quiero hablar de eso
aquí fuera, es… delicado.
La intuición me decía que era un farol, pero si había la más mínima
posibilidad de resolver lo del contrato hoy mismo…
—De acuerdo, tengo unos minutos antes de tener que seguir con mis planes
para esta tarde.
—Fantástico —se alegró ella, caminando conmigo por el muelle—. Si
tengo suerte, quizá pueda hacerte cambiar de idea sobre esos planes.
—Si no vas a llamar a Ford para que firme, lo dudo —dije, intentando
ocultar un gesto de desagrado, pero sin poder evitar que se me notara la
frustración en la voz—. Tengo una cena con un cliente muy importante,
pero podría retrasarla un poco por el contrato.
Eso también era mentira.
—Ya veremos —dijo Pam enigmática.
Cuando llegamos a mi oficina, abrí la puerta y encendí todas las luces, para
dejar bien claro que no iba a permitir ningún tipo de tonteo estúpido. Me
dirigí a las sillas de capitán que había en la zona de recepción.
—Siéntate, por favor.
Pam se detuvo nada más entrar, con aspecto irritado.
—Aquí no. En tu despacho —dijo señalándolo, como si necesitara que me
recordara el lugar en el que trabajaba todos los días.
—¿Por qué?
Ella dejó escapar un gruñido.
—Porque será mejor. Ya te he dicho que es una cuestión privada —explicó.
A continuación, señaló los cristales que formaban la pared delantera de la
oficina—. Cualquiera podría pasar por ahí y vernos.
—¿Y qué vería, exactamente? —la presión que notaba en la cabeza iba en
aumento.
El labio inferior de Pam empezó a temblar y sus ojos se llenaron de
lágrimas.
—¿En serio? ¿Vas a obligarme a hablar de mis problemas personales a la
vista de todo el que pase por aquí?
Un momento, ¿no había venido a seducirme? ¿Tendría problemas de
verdad, un problema con Ford que creía que yo debía saber? Pensé en la
forma en que Ford solía interrumpir y descartar lo que decía Pam. Lo había
atribuido a la típica situación de un hombre con un buen negocio y un mal
matrimonio, pero si el orgullo herido y la inseguridad que demostraba en su
vida privada le iban a llevar a tomar decisiones que afectaran a su vida
profesional, yo tenía que saberlo.
—No sabía que las cosas iban mal —dije a Pam—. Vamos a mi despacho.
Ella inspiró por la nariz y alzó la barbilla con gesto victorioso.
—Gracias.
Había cerrado las persianas de las ventanas que daban al exterior, así que,
una vez en mi despacho, nos encontramos aislados. Eso le ofrecía la
intimidad necesaria para contarme eso que fuera tan confidencial.
—Siéntate, por favor —dije, indicando el sofá—. ¿Quieres un agua? ¿Con,
o sin gas?
—¿No tendrás algo más fuerte?
La petición me hizo fruncir los labios, pero me dirigí al pequeño mueble bar
que tenía en un rincón de mi despacho. Claro que tenía algo más fuerte, y
ella lo sabía porque, la primera vez que me reuní con ella y Ford, habíamos
brindado por nuestra futura asociación. Sin embargo, añadir alcohol a esta
situación no me parecía una buena idea, ya que lo último que quería era que
se desinhibiera. Sin embargo, si eso era necesario para que me contara de
una vez por qué razón su marido estaba perdiendo el tiempo sin firmar el
contrato…
—Whiskey, vodka, ginebra —enumeré—. ¿Qué quieres?
—Vodka con hielo —dijo su voz susurrante detrás de mí.
Le lancé una mirada rápida por encima del hombro. ¿Dónde estaban las
lágrimas? Ahora parecía haberse puesto un poco demasiado cómoda. Estaba
recostada en el sofá, sin las sandalias y con los tobillos cruzados. Preparé su
bebida y cogí una botella de agua para mí.
—Bueno, ¿qué pasa? —me senté en la silla más alejada de ella que había en
la habitación.
Ella encogió un hombro y bebió un trago.
—Solo quería hablar.
—Hablar de ¿qué? —Señalé hacia la ventana con el ceño fruncido—. Ahí
fuera estabas muy alterada.
Me di cuenta de que mi voz sonaba muy dura, así que moderé un poco mi
tono.
—¿Qué está pasando, Pam? ¿Y cómo afecta eso a mi acuerdo con Ford?
Fue como si hubiera apretado un interruptor. Los ojos de Pam volvieron a
humedecerse y su labio inferior empezó a temblar.
—Vale, vale. —Inspiró con un temblor—. Si no vamos a poder charlar
tranquilamente ni unos minutos, iré directa al grano.
Miró hacia el infinito con actitud dramática.
—Estoy esperando —dije sin entonación.
Pam dejó su bebida y se pasó los dedos bajo los ojos para limpiar unas
lágrimas que no había llegado a derramar.
—Ford y yo… Hace tiempo que no estamos bien. —Esta vez sí dejó que las
lágrimas rodaran por sus mejillas—. No hace nada más que trabajar, y yo
me pregunto si lo hace para mantenerse alejado de mí.
Dejó caer la cabeza y sollozó. Sus hombros se agitaron y, aunque no tenía
ninguna gana de acercarme a ella, podía imaginarme a mi madre diciendo
que, al menos, debía intentar consolar a una mujer.
Me acerqué al sofá y me senté en el brazo, en lugar de junto a ella, para
poder darle una palmadita o dos en la espalda, pero sin permitirle lanzarse a
mis brazos. Puede que no estuviera siendo justo con ella, puede que
estuviera agobiada de verdad y esta no fuera la última idea que se le había
ocurrido para intentar seducirme, pero no quería arriesgarme.
—Me pregunto si… —dijo entre hipos—, si no habrá otra mujer.
Yo había conocido a bastante gente que engañaba a sus parejas. Me gustara
o no, los hombres con dinero suficiente para meterse en el mundo de los
yates estaban acostumbrados a conseguir lo que querían, cuando lo querían.
Mis asistentes habían tenido que contratar chicas de alterne como
acompañantes para paseos en barco llenos de hombres casados, y había
observado que algunos hombres se quitaban el anillo de casado para ligar
con otras pasajeras. No me hacía mucha gracia, pero mi negocio no tenía
nada que ver con la moralidad. Lo que hicieran esos hombres era su
problema. Mientras todos los participantes fueran adultos y estuvieran de
acuerdo, yo no iba a entrometerme.
No creía que Ford fuera uno de esos hombres. Él consideraba a Pam un
símbolo de su posición. Si hubiera encontrado a una mujer nueva y mejor,
la habría traído a ella, y no a Pam, el día que dimos el paseo en mi yate.
Además, si hubiera estado engañando a Pam, ¿por qué la incluiría en
nuestras negociaciones sobre un contrato que no tenía nada que ver con
ella?
—Pam, no, yo no creo que…
Ella dejó escapar un lamento y se lanzó sobre mí. La esquivé poniéndome
rápidamente en pie y eso hizo que ella cayera al suelo.
—Ay. Joder, ¿qué cojones haces, Theo? —Me miró enfadada.
—Como estaba diciendo —proseguí, agachándome para ofrecerle una mano
y ayudarle a levantarse—, no creo que a Ford le interese nadie que no seas
tú.
Ella aceptó mi mano a desgana y me dejó ayudarla a ponerse en pie.
—No sé qué creer. Lo único que sé es que me siento muy sola. —Las
lágrimas aumentaron como si hubiera abierto un grifo.
—Voy a por unos pañuelos. —Arranqué la mano de entre las suyas y
proseguí—. Te llamaré un taxi. Seguro que tienes alguna amiga con la que
podrás hablar de estas cosas con mayor libertad. O a lo mejor podríais ir a
terapia de parejas.
Pam me detuvo con una mano en el brazo y su expresión pasó de la
infelicidad al… deseo. Maldita sea. Se podría organizar un juego de esos de
beber basado en los intentos de seducción de esta mujer.
—Theo —dijo, ahora sin el menor rastro de tristeza—. Tú solo bésame.
—No —dije con firmeza. Ella me miró con odio.
—Pero es que yo lo quiero. Ford siempre consigue lo que quiere. Los
hombres como vosotros siempre lo consiguen. ¿Por qué no puedo
conseguirlo yo también, aunque sea solo una vez? —En su voz resonaba
una amargura frustrada y herida.
Aquello fue, con toda seguridad, lo más auténtico que me había dicho desde
que la conocí, pero no cambiaba una mierda entre nosotros.
—Jamás se me ocurriría aprovecharme de alguien con quien estoy haciendo
negocios y que está pasando por un momento tan delicado —dije para
recordarnos a ambos la relación que teníamos. Di un paso atrás—. Y, ahora,
si me disculpas un momento, voy a ir a por unos pañuelos de papel y luego
podemos sentarnos y hablar de esto.
—Te estaré esperando —dijo en voz baja, con un tono seductor que me dejó
claro que aún no estaba dispuesta a abandonar.
Si no otra cosa, tenía que admirar su determinación. Lamentablemente, si
Ford se enteraba de que su mujer había intentado seducirme, nuestra
asociación se habría acabado. Era un hombre demasiado celoso como para
perdonarme por ser el objetivo involuntario de su mujer. Si quería tener
alguna oportunidad de salvar el contrato, tenía que conseguir que Pam se
fuera de mi oficina, pero sin ofenderla. Eso significaba que ella debía creer
que la idea de marcharse había sido suya. Era hora de hacer una maniobra
evasiva y, por suerte, tenía la aliada perfecta.
Le llevaría los pañuelos, le pondría otra bebida… y mientras estaba fuera
del despacho, llamaría a Max.
13

MAX

H abía estado segura de que, si me mezclaba en los líos de Theo, pasarían


cosas raras, pero esto ya se pasaba de la raya.
Me había explicado la situación en la que se encontraba en un tono suave y
bajo que habría resultado muy sexi, si no se hubiera notado lo molesto que
estaba. Al parecer, Pam se había presentado en su oficina con una historia
muy triste sobre Ford, y había intentado liarse con él otra vez. Theo seguía
intentando salvar el acuerdo con Theo —quién sabía por qué— y para eso
necesitaba que Pam decidiera marcharse por su cuenta, en lugar de ponerla
de patitas en la calle él mismo. Se le había ocurrido que la forma más rápida
de hacer que se marchara era que yo me plantase allí. Había utilizado la
frase «eres como un repelente para Pam». No creo que se hubiera dado
cuenta de que, como cumplido, comparar a una chica con un insecticida
dejaba mucho que desear.
Por suerte, me había pillado buscando ubicaciones para mis fotos cerca del
puerto en el que estaba su oficina. Colgué el teléfono y me dirigí hacia allí.
Al acercarme, me quedé mirando con atención a un hombre que estaba en el
aparcamiento, cargando herramientas en la parte de atrás de su camioneta, y
que me resultó familiar.
No, no podía ser. Era una coincidencia demasiado grande.
—¿Ford? —dije sin mucha seguridad.
Él se dio la vuelta y, cuando me reconoció, esbozó una amplia sonrisa.
—¡Max! ¡Hola, me alegro de verte!
—¡Hola! ¿Qué haces aquí? —señalé la caja de su camioneta negra que,
según podía ver ahora, era un modelo de alta gama personalizado, con
ruedas gigantescas y un brillante enganche para barcos.
—He venido a ver a un antiguo cliente. Siempre traigo mis herramientas,
por si acaso. Es curioso, pero en cuanto subo a bordo, mis clientes siempre
descubren que hace falta ajustar un toallero o apretar alguna tabla del suelo.
Son cosas de las que se podría encargar el sobrecargo, pero creo que, en lo
que se refiere a sus barcos, solo se fían de mí. —Rio un poco—. ¿Has
venido a ver a Theo?
En ese momento caí en que este encuentro inesperado podría funcionar a mi
favor.
—Sí, y estoy segura de que le encantará verte. ¿Tienes unos minutos para
pasar a saludar?
Él lanzó una mirada al enorme reloj que llevaba en la muñeca.
—Claro que puedo.
Me pregunté si debía avisar a Ford de que Pam estaba en la oficina de Theo,
pero decidí que el factor sorpresa nos ayudaría. Theo me había dicho que la
puerta principal no estaba cerrada y que entrara directamente. Empujé la
puerta y estuve a punto de chocar con Theo, que estaba dando vueltas por la
entrada.
—Hola, cielo —le dije con una mirada cargada de significado y
acercándome para darle un abrazo rápido. Me habría encantado poder
prolongarlo unos segundos más, cualquier excusa para tocarle—. ¡Mira a
quién me he encontrado!
—Hola, Theo —dijo Ford, con una voz resonante que hizo a Theo lanzar
una mirada rápida por encima del hombro hacia su despacho—. Qué
sorpresa encontrarte aquí.
—Ford —dijo Theo.
Me lanzó una mirada en la que pude ver que no estaba seguro de si esta
situación nos venía bien o mal.
Confía en mí, pensé. Él pareció recibir el mensaje.
Theo estrechó la mano de Ford con una sonrisa profesional.
—Qué sorpresa. Me alegro mucho de verte. Y vaya coincidencia, no te
imaginas quién ha venido también. Ven, te lo mostraré.
Le seguimos a su despacho y casi me echo a reír en voz alta al ver la
escena. Pam estaba sentada en el borde de la mesa, y había dejado caer el
vestido para dejar al descubierto uno de sus hombros. Su larga melena le
caía por la espalda, y balanceaba un pie descalzo. La escena era absurda…
pero algo extraño se retorció en mis entrañas. Pam era, bueno, era Pam,
pero debía admitir que tenía un aspecto fantástico. A lo mejor un rollo
rápido con ella podría ayudar a Theo a cerrar el acuerdo, ya que parecía que
era Pam quien estaba poniendo las cosas difíciles hasta conseguir lo que
quería.
Miré a Theo y me pregunté si se habría sentido tentado. A decir verdad, no
lo parecía, teniendo en cuenta la forma en que me había llamado y cómo
casi me había suplicado que viniera. ¿Le resultaría desagradable la
insistencia de Pam? ¿Quizá ella no era su tipo? A lo mejor lo que no le
gustaba era la infidelidad, sobre todo porque afectaba a un hombre con el
que quería trabajar. Si Pam hubiera sido una mujer soltera y le hubiera
invitado a su cama, ¿habría aceptado?
Incluso si la respuesta era afirmativa, ¿por qué iba a importarme eso a mí?
Yo no era su novia, en realidad. Si hubiera querido divertirse con una
exmodelo aburrida, a mí me daba igual. Era su decisión. Al menos, eso era
lo que me dije a mí misma mientras trataba de ignorar las punzadas de celos
que me retorcían el estómago.
—¡Ford! —Pam saltó de la mesa y se subió el hombro de su vestido color
lavanda—. ¿Qué haces aquí?
—Vaya, cariño, yo debería hacerte la misma pregunta —contestó él—.
¿Qué demonios está pasando?
Ford miró de Theo a Pam con una expresión confusa y ceñuda en la que
empezaba a asomar la sospecha. La pose de Pam había sido cualquier cosa
menos sutil. Yo le pasé un brazo a Theo por la cintura, como una
declaración de intenciones.
—Pam ha pasado por aquí para charlar. Theo me ha llamado
inmediatamente, porque sabía que yo querría saludarla —expliqué con una
sonrisa sin dejar de mirar a Ford a los ojos.
Me aseguré de que entendía lo que estaba tratando de insinuar: que a Theo
no le interesaba nada estar a solas con Pam, porque me tenía a mí. Ford nos
miró del uno al otro con atención y, al cabo de un momento, asintió
despacio y la sospecha se borró de su cara. En su lugar apareció una
expresión que solo parecía… cansada.
—Yo… estaba por la zona —se atragantó Pam—, y he pasado para
preguntar… preguntar qué champán era el que nos sirvió la última vez que
estuvimos juntos. Es para servirlo en el brunch que tenemos con los Foster.
—Ah, ya, claro —replicó Ford. Dirigió una seca sonrisa a su mujer—. ¿Y
lo has averiguado?
Ella me miró con desdén.
—Eso creo.
—Oye Ford, —dijo Theo en voz más alta de lo necesario—. Ya que estás
aquí, te voy a enseñar unas nuevas proyecciones que he preparado, teniendo
en cuenta tu aportación. Voy a ser un poco presuntuoso, porque aún no
hemos firmado nada, pero solo se debe a que estoy muy seguro de que
pronto firmaremos el contrato. Ven por aquí.
Llevó a Ford a su ordenador y dejó que Pam se dirigiera a donde estaba yo
para recoger sus sandalias, que estaban junto al sofá. Ella me miró de arriba
abajo mientras se las ponía.
—Theo ha dicho que teníais una cena importante con unos clientes. No
parece que vayas vestida para la ocasión.
Yo miré a la camiseta y la minifalda que llevaba, pensando a toda
velocidad.
—En realidad, sí. Hemos quedado con una pareja de París, y ellos nunca
han probado la auténtica comida mexicana, así que los vamos a llevar a
nuestra taquería favorita. Si me pusiera algo como lo que llevas tú,
parecería una turista.
Me asustó lo rápido que se me había ocurrido la mentira, pero me encantó
poder lanzarle la pulla sobre tener aspecto de turista. No había peor insulto
que llamar turista a un nativo de Miami. Ella se dirigió refunfuñando a
donde estaban Theo y Ford, como si le interesaran las cifras que estaban
revisando.
—Ya lo ves. Impresionante, ¿no? —preguntó Theo.
Pam carraspeó.
—Sí que lo es —dijo Ford, con evidente admiración en la voz. Al parecer,
su orgullo personal se apaciguaba apelando a su orgullo profesional—.
Admiro tu visión para el negocio.
Contuve la respiración, a la espera de que dijera algo sobre el contrato, pero
él se limitó a acercarse más a la pantalla.
—Me alegro de que estés de acuerdo. ¿Cuándo crees que podremos cerrar
esto? —preguntó Theo, cruzándose de brazos.
—Creo que podremos enviarte el contrato firmado antes del fin de semana.
—Lanzó una mirada rápida a Pam y volvió a centrarse en Theo—. ¿Te va
bien?
Yo me mordí el labio para contener un grito de alegría. Por fin. Theo
mantuvo la cara de póquer.
—Sí. Tengo ganas de ponerme ya en marcha. Entonces, ¿el jueves?
Me hizo gracia que intentara sacarle una fecha concreta.
—Veré lo que puedo hacer —dijo Ford—. Y ahora, creo que debemos
dejaros en paz. Seguro que vosotros dos tendréis algo divertido que hacer.
—Noche de tacos con unos clientes de París —dije rápidamente, antes de
que Theo pudiera contestar—. Quieren probar la auténtica comida
mexicana.
—Suena divertido —dijo Ford—. Tendremos que quedar pronto para una
cita doble.
La boca de Theo se inclinó hacia abajo.
—Claro, en cuanto todo sea oficial, podemos ir a Palme d’Or a celebrarlo.
Estoy seguro de que compartiremos más de una comida.
—Y así nuestras chicas podrán conocerse mejor.
Pam me miró con desdén a espaldas de Ford y yo le respondí con la sonrisa
más dulce que pude.
—Esperemos que sea pronto —dijo Theo, tendiéndole la mano a Ford—. El
jueves.
—Veré qué puedo hacer con ese abogado que tengo —dijo Ford con una
risa—. Igual le tengo que patear el trasero. —Se volvió hacia Pam—. ¿Nos
vamos, querida?
Cuando salieron de la oficina, Theo dejó escapar un suspiro irritado.
—Me cago en la leche —dijo en una exhalación, apoyado contra su mesa
—. Eso ha sido la hostia de raro.
—Cuéntamelo todo. ¿Hasta dónde ha llegado? —Me senté en una de las
sillas.
Él abrió la boca, pero solo hizo una serie de gestos con las manos, como si
no supiera por dónde empezar. Pensé en la pose seductora de Pam cuando
habíamos entrado, y mi estómago se volvió a encoger de celos.
—¿Sabes qué? Da igual —dije—. No tienes que contarme nada.
—Empezó a llorar —soltó él de repente—. Y luego, pues se me echó
encima. La esquivé y ella se cayó al suelo.
No pude evitarlo, me eché a reír.
—No será verdad. ¿Y qué hiciste?
Él resopló.
—Me inventé una excusa para salir del despacho y te llamé. Luego cogí
otra llamada que entró en ese momento, para ganar tiempo.
Yo ya me estaba riendo a carcajadas.
—¿Te costó mucho centrarte en la llamada con ella lanzándote miradas
asesinas por la espalda?
—¿Crees que solo soy un aficionado? —Me dedicó una amplia sonrisa—.
Podría atender una llamada de negocios en mitad de un huracán.
—¿No es increíble que me haya encontrado a Ford? Ha sido perfecto.
—Sí, la verdad es que no lo entiendo. Ese hombre parece ser un
perfeccionista en su trabajo, pero no parece importarle que su matrimonio
vaya fatal.
—A lo mejor a ellos les funciona —dije, encogiéndome de hombros—.
Nunca se sabe qué pasa de puertas adentro.
—Y tanto, fíjate en nosotros —rio Theo—. Creo que se nos está dando
bastante bien representar nuestra historia. La gente se cree que estamos
saliendo.
—Es increíble, ¿verdad?
Él me miró un momento más, y las oscuras sombras de su mirada
empezaron a disiparse.
—¿Qué haces esta noche?
—Oh, tengo un plan estupendo: pizza congelada y El soltero.
—Deja que te invite a cenar, para agradecerte lo de esta noche.
Empecé a notar que una sensación distinta fluía por mis venas, porque
aquella invitación parecía una cita. Ya no teníamos nada más que planear,
esa fase había terminado, así que no estaba segura de qué pensar acerca de
pasar una noche agradable con… bueno, con mi jefe.
—No hace falta, solo he hecho lo que había que hacer. Es parte de mi
contrato, ¿no? Además, me has ofrecido un bono.
—Ya, bueno, pero tú has estado disponible para ayudarme esta noche, y eso
no era parte del trato, ¿recuerdas? Acordamos asistir a todos los eventos
oficiales de la boda, y tú dijiste expresamente que no querías tratar más con
Ford y Pam. Me has hecho un favor enorme sin previo aviso, así que
déjame agradecértelo con una cena. Podemos ir a algún sitio especial.
Me mordí el interior de una mejilla mientras lo pensaba. Tenía hambre, no
tenía ningún plan y Theo estaba tan guapo, que lo único que quería era
pasar más tiempo mirándole.
—Pero no voy vestida para ir un sitio especial. Como siempre.
—No entiendo cómo no te das cuenta de que siempre estás increíble —dijo
con otra gran sonrisa—. Además, que sea un sitio especial no significa que
sea pijo.
El piropo había hecho que me ardieran las mejillas.
—Vale, vale, me apunto. Llévame a ese sitio especial, Theo.
Él apagó el ordenador y las luces antes de que yo acabara de hablar, y así
fue como empezó mi primera cita no programada con Theo Barnes.
14

THEO

ste sitio es súper especial —dijo Max, siguiendo a la recepcionista


—E por la escalera en espiral que llevaba al tejado.
—Te lo dije.
Tenía una docena de restaurantes a los que recurría para impresionar a las
mujeres, pero me había dado la sensación de que a Max le impresionaría
más la vista de Miami que el precio de los vinos de la carta. El Blue Olive
era otro tesoro escondido que no compartía con mucha gente, pero me había
parecido adecuado para traer a Max. Ella era distinta.
Nos sentamos a la mesa, pero Max solo tenía ojos para el horizonte.
—Es precioso.
Yo observé su cara a la luz de las velas que había sobre la mesa.
—Estoy de acuerdo.
Ella se volvió de repente y me pilló admirándola. Frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Qué quieres decir con «qué»?
—Tu expresión. Estás… raro.
Su perspicacia me hizo reír. Si hubiera sabido lo que estaba pensando…
—Igual es que soy raro. ¿No se te había ocurrido? Pero tengo dinero
suficiente como para que me consideren «excéntrico».
Ella resopló y cogió una carta. Yo cogí la otra y fingí leerla, aunque ya sabía
lo que quería. No me gustaba tentar al destino pidiendo cosas nuevas. Sabía
lo que me gustaba y me ceñía a eso, así no me llevaba sorpresas ni
decepciones.
—¡No puedo decidirme! —exclamó Max—. Me gusta todo.
En ese momento se acercó la camarera.
—Bienvenido, señor Barnes. Al chef le encantaría poder preparar un menú
degustación especial para ustedes dos.
Empecé a rechazar la propuesta, pero me fijé en la mirada ilusionada de
Max.
—¡Eso suena increíble! —exclamó antes de volverse hacia mí—. ¿Te
parece bien?
—Claro —dije, dejando la carta y obligándome a sonreír. No me
entusiasmaba la idea de improvisar, de perder el control, pero ella parecía
tan entusiasmada que, ¿cómo me iba a negar?
—Ya conocemos sus preferencias, señor Barnes, pero ¿hay algo que
debamos saber sobre usted, señorita? —preguntó la camarera—. ¿Tiene
alguna alergia, o algo que no le guste?
—Nada. Me comeré todo lo que me pongan delante, y me encantan las
sorpresas. —Hizo una pausa—. No, un momento. Nada de pulpo, por favor.
Son más listos que un niño de diez años.
—Entendido —asintió la camarera—. ¿Algo de vino para empezar?
Miré a Max y, una vez más, me sorprendió lo guapa que era.
—La señorita prefiere el blanco. La cosecha, a elección del chef.
La sonrisa de Max se amplió.
—Te has acordado.
La camarera desapareció y volvió a aparecer más rápido de lo que habría
creído posible, con una botella de vino en una cubitera y un pequeño
cuenco con olivas.
—Empezamos bien —dijo Max, cogiendo una con los dedos.
—Ya verás.
Max me sonrió mientras se comía la oliva, y me sorprendí pensando en lo
mucho que me gustaba su forma de ser. Era tan auténtica. Las mujeres con
las que salía siempre estaban pendientes de su imagen, de esa forma propia
de las mujeres que se ganan la vida con su belleza, conscientes de ser
observadas en todo momento, como una obra de arte en un museo. Eso las
hacía cautelosas, preocupadas por hacer algo que pudiera dañar su imagen.
Max era ella misma al cien por cien. Desenvuelta, sin complejos, y tan
hermosa cuando se lamía los dedos cubiertos de sal, como cuando bebía una
copa de vino.
La comida transcurrió como una danza bien dirigida, en la que los platos
nuevos reemplazaban a los ya consumidos casi inmediatamente. No
dejamos de reír y hablar mientras comíamos hummus con pan de pita,
remolacha asada a la sal, pinchos de gambas, berenjena frita, falafel, salmón
a la plancha y cordero con tzatziki. Las porciones eran lo bastante grandes
como para disfrutar de cada plato, pero sin sentirnos llenos.
Al terminar, Max se recostó en la silla y levantó su copa hacia mí.
—Gracias por esta comida tan increíble. Estoy en el cielo.
—Estoy de acuerdo —dije, tocando mi copa con la suya—. Es la mejor
comida que he tomado aquí.
No se me había pasado por alto que también era la primera vez que me
había dejado llevar y había probado algo inesperado. Y no lo habría hecho
si no hubiera sido por Max.
—Bueno, cuéntame cómo van a ser los eventos a los que iremos juntos —
dijo lanzándome una mirada por encima del borde de su copa—. ¿Cómo es
tu familia?
—Ruidosa y chismosa —contesté con una carcajada—. Ya has conocido a
mi madre, eso debería darte una idea.
—Tu madre me cayó muy bien. —Max se rio conmigo—. Parece saber bien
lo que quiere.
—Sí, y también cree saber bien lo que yo quiero. —Incliné la cabeza y
suspiré—. Es tremenda, pero la adoro.
—¿Y la novia?
La camarera volvió para dejarnos la cuenta, pero yo le entregué mi tarjeta
sin siquiera mirarla.
—¿Jess? Es la hermana que siempre quise tener. Es la persona más amable
y generosa del mundo. Tom, su prometido, también es increíble. Hacen una
pareja estupenda, y les vas a caer tan bien como le caíste a mi madre. Pero
tienes que saber que te pueden abrumar bastante. En cuanto empiecen las
celebraciones, ya no tendremos más comidas tranquilas y relajadas como
esta.
—Me ha encantado la cena, gracias otra vez —dijo Max con voz suave,
como si pudiera notar la tensión en el aire que nos rodeaba.
—Soy yo quien te debería dar las gracias, hoy me has salvado.
Me refería al acuerdo con Ford, pero también a algo más. Algo a lo que aún
no estaba dispuesto a poner nombre. Estar con Max… hacía que viera mi
vida de un modo diferente.
Extendí la mano sobre la mesa para coger la suya con gentileza. Ella giró la
mano y entrelazó sus dedos con los míos. Su piel era de seda. Le acaricié el
dorso de la mano con el pulgar, sorprendido por lo natural que me resultaba
hacerlo. Nuestros ojos se encontraron. No sabía si esto era una buena idea,
pero quería saber qué pasaría, sobre todo porque la sensación era muy
agradable.
El hechizo se disipó cuando nos trajeron el recibo para firmar, y ambos
parecimos darnos cuenta de que era hora de irse, pero yo no tenía ganas de
acabar la noche todavía.
—¿Tienes tiempo para dar un paseo y bajar la comida? —pregunté,
señalando con un gesto hacia el paseo marítimo.
La comisura de su boca se alzó un poco.
—Sí, eso estaría bien.
Empezamos a caminar, y habría jurado que notaba una corriente eléctrica
entre nosotros. Una vez más, me dejé llevar por el impulso y volví a coger
su mano. Ella me la apretó un momento, sin dejar de mirar hacia delante.
Me sorprendió darme cuenta de que nunca había ido con nadie de la mano,
ni siquiera cuando era un adolescente enamoradizo, y mucho menos desde
que era un adulto. Pero darle la mano a Max me resultaba natural, casi
necesario, como si no tuviera sentido pasear con ella sin hacerlo.
—Me lo he pasado bien —dijo Max con suavidad—. Muchas gracias.
—Parece que se nos da bien dar la vuelta a las situaciones desagradables.
—Y hacer que las situaciones agradables sean aún mejores —dijo ella, con
una bonita risa cantarina.
Tal vez fuera el aire de la noche, o la forma en que Max me estaba mirando,
o quizá la sensación de su mano en la mía, pero algo se apoderó de mí y no
pude resistir más. Ni siquiera pude recordar por qué no debía hacerlo. Me
volví hacia ella, haciendo que se detuviera, y puse la mano en una de sus
mejillas. Quise darle un momento, para saber si lo que yo sentía no era
recíproco, o si ella estaba deseando que la besara tanto como yo quería
hacerlo. Max me sostuvo la mirada y levantó un poco la barbilla,
haciéndome saber con toda seguridad que ella también lo deseaba.
Me incliné hacia ella y acaricié sus labios con los míos, empezando con
suavidad para no abrumarla con la intensidad de lo que sentía en ese
momento. Pero Max no me dio ninguna oportunidad de demostrarle que, en
el fondo, era un caballero: se puso de puntillas y me rodeó el cuello con los
brazos. Su lengua rozó la mía y un escalofrío de placer me recorrió la
espalda. Nos besamos como si nadie nos estuviera mirando, a pesar de que
el paseo estaba lleno de gente. Solo podía pensar en lo que vendría después.
Lo que tenía que venir después, pero entonces Max se separó de mí de
repente y se llevó la mano a la boca, con el ceño fruncido.
—¿Estás bien? —pregunté—. ¿Qué pasa?
—Sí… estoy bien, pero no deberíamos haber hecho eso. Habíamos quedado
en no complicar las cosas, ¿no?
Me miró con expresión culpable, como si hubiera sido ella quien había roto
el acuerdo.
—Es cierto —suspiré, al tiempo que intentaba calmar mi agitado corazón
—. Y si crees que debemos parar, lo haremos.
Omití el hecho de que yo, desde luego, no quería parar. Lo único que quería
era llevar a Max a mi casa, y ver qué pasaba cuando le quitara la ropa.
Podíamos hacer eso sin complicar las cosas, ¿no? ¿O solo estaba tratando
de convencerme de ello por lo mucho que la deseaba?
—Tenemos que ser razonables —continuó Max, señalándonos a los dos con
un gesto—. Esto no puede volver a pasar, ¿de acuerdo?
Por su tono, hubiera jurado que en realidad sí esperaba que ocurriera otra
vez… pero debía aceptar sus palabras.
—Claro. Acordamos estas reglas en el Destello por una razón.
Max echó un vistazo por el paseo y volvió a mirarme.
—Creo que debería irme ya… Se está haciendo tarde.
Me di cuenta de que no había mirado el teléfono ni una sola vez desde que
habíamos salido a cenar, y no tenía ni idea de qué hora sería. Saqué el
teléfono para comprobarlo y me quedé sorprendido.
—Es casi medianoche.
—Sí. El tiempo vuela cuando comes falafel.
Contigo, deseé añadir yo.
Dimos la vuelta para dirigirnos al aparcamiento y recordé que habíamos
venido cada uno en nuestro coche. Los próximos minutos serían los últimos
que pasaríamos juntos hasta la fiesta de compromiso. Tras haber estado toda
la noche hablando sin parar, ahora me costaba encontrar algo que decir de
camino hacia al aparcamiento. No podía pensar en nada que no fuera lo
increíble que había sido besarla de nuevo.
Max señaló un Fiat rojo en la primera fila.
—Aquí me quedo. Gracias de nuevo —dijo.
—Ha sido un placer. —Sonó demasiado formal—. Avísame si necesitas
cualquier cosa antes de la fiesta de compromiso. Solo tienes que enviarme
un mensaje, da igual lo que sea. ¿Quieres que te pida citas para peluquería y
maquillaje?
—¿Por qué? ¿Te preocupa mi aspecto? —preguntó entre risas—. Puede que
no lo creas, considerando las pintas que suelo llevar, pero se me da muy
bien usar el secador y el cepillo. Te sorprenderás. Te prometo que seré la
viva imagen de la chica más agradable que puedas presentar a tu familia.
—No quería insinuar que…
—Déjalo, ya sé lo que querías decir —dijo ella, poniéndome una mano en
el brazo. Sentí algo parecido a una descarga de electricidad estática que me
recorría la piel—. Estabas siendo generoso. En exceso, como siempre. Lo
tengo controlado, pero gracias.
Dejó la mano sobre mi brazo un segundo más y tuve que contenerme para
no volver a estrecharla entre mis brazos y besarla.
—Hablamos pronto —dijo, mientras se alejaba de mí—. Para concretar las
horas y demás.
—Claro que sí.
Me impresionó ser capaz de hacer que mi voz sonara normal, porque solo
podía pensar en que aún notaba el dulce sabor de Maxine Simon en los
labios.
15

MAX

uau.
—G Estaba preocupada por si me había pasado un poco. Llevaba el
vestido esmoquin negro, el pelo recogido en un moño y el perfilador en
forma de ojo de gato, pero, a juzgar por la expresión de Theo, el resultado
debía de ser bastante bueno. No me sentía cómoda del todo yendo tan
arreglada, pero sabía que, si hubiera tenido que llevar uno de esos vestidos
de princesa que me había probado en la tienda, habría sido mucho peor.
En cuanto a Theo… digamos tan solo que tuve que fingir que no estaba
impresionada. Aunque su aspecto habitual me parecía sexi a más no poder,
la versión elegante resultaba extraordinaria. Llevaba el pelo recién cortado
y peinado, y el esmoquin le hacía parecer un James Bond particularmente
robusto. Olía a un aroma especiado que me hacía desear meter la cara entre
su cuello y su hombro, para tratar de identificar qué era. ¿Loción de
afeitado? ¿Colonia? ¿Su propio aroma? Me pareció que tenía derecho a
saberlo.
Cada vez que nuestros ojos se encontraban, me preocupaba que pudiera
leerme el pensamiento. Aquel maldito beso. Había intentado olvidarlo,
como si no fuera importante, pero lo cierto era que había puesto las cosas
patas arriba. Me había mantenido alejada de él, pero solo porque creía que
debía hacerlo. Nuestras reglas prohibían las complicaciones, y la forma en
que me besaba solo habría conducido a más. Me había dado la sensación de
que yo lo había disfrutado más que él, así que había sido la primera en
terminarlo.
—Estás… yo… guau.
—¿Supongo que eso significa que bien? —le sonreí.
Él asintió despacio, y volvió a mirarme con atención.
—Oh, sí. Mucho más que bien. Espectacular.
Hice una pequeña reverencia y me sonrojé.
—Todo gracias al vestido, y a ti.
—No, no pienso aceptar ni una parte del mérito. Esta eres solo tú.
—Tú tampoco estás nada mal cuando te arreglas —dije, sin hacerle justicia
en absoluto, y me aparté un poco para dejarle entrar en mi pequeño
apartamento—. ¿Quieres entrar un minuto? Está todo limpio, para variar.
Él me dedicó una sonrisa torcida.
—Me encantaría, pero tenemos que irnos. Mi madre odia, y esto son
palabras textuales, a los «tardanos».
—Eso es gracioso —reí—. De acuerdo, ya estoy lista.
Cogí mi pequeño bolso de fiesta y le seguí hacia el aparcamiento, pero me
quedé parada cuando vi una limusina esperando junto a la acera.
—¿Es tuya?
—Si quisiera, lo sería, pero no. Un amigo mío tiene un negocio de
limusinas y nos intercambiamos los vehículos. Así nos podremos tomar
unas copas de champán sin preocuparnos por encontrar un Uber decente
para volver a casa.
—Parece que vayamos al baile de fin de curso —dije, al ver que el
conductor me abría la puerta.
—Entonces tendrás que dedicarme el último baile lento de la noche.
Me senté en el agradable asiento de cuero.
—Eso es parte del acuerdo, ¿verdad? Para que todos crean que soy tu novia.
—Te estaba poniendo a prueba —dijo él, sentándose a mi lado y dejándome
oler de nuevo su aroma—. La has superado.
—He estado estudiando —bromeé.
Nos quedamos en silencio y noté la mirada de Theo sobre mí.
—Brillas —dijo señalando mis piernas desnudas, que asomaban por la
abertura de la falda.
—¿Qué?
—Brillas un poquito aquí. —Se inclinó hacia mí y señaló la cara interior del
muslo que tenía cruzado sobre la otra pierna. Su dedo estaba tan cerca de mi
piel que podía notar su calor, aunque no había llegado a tocarme—. Es
bonito.
Cómo deseaba que me tocara.
Miré para ver a qué se refería y, efectivamente, mis piernas tenían un ligero
brillo. Me había puesto una crema nueva que decía algo sobre «relucir», lo
que significaba que debía parecer el equivalente humano de una bola de
discoteca. Moví los brazos y noté que también tenían el mismo brillo.
—No tenía ni idea de que la crema llevara purpurina —lamenté—. ¿Queda
vulgar? ¿Parezco una stripper?
Él dejó caer la cabeza hacia atrás y se rio.
—Para empezar, no conozco a ninguna stripper, así que no lo sé. —
Después continuó, ya en serio—. Pero no, no pareces vulgar. Eso sería
imposible. Pareces… luminosa.
Lo dijo de una manera que me provocó un escalofrío en la nuca. Su voz
sonó un poco más ronca, y se aclaró la garganta.
—Gracias —conseguí decir, haciendo un esfuerzo por ignorar el calor que
se estaba extendiendo por mi pecho.
Enseguida llegamos a un rascacielos en una de las zonas más elegantes de
la ciudad.
—¿Has venido antes a Bloom? —preguntó Theo señalando a lo alto del
edificio.
Sacudí la cabeza. Había oído hablar de esta discoteca que, según las revistas
de cotilleos, siempre estaba llena hasta los topes de famosos y gente de la
alta sociedad, pero nunca había entrado. No era el tipo de sitios a los que
solía ir, pero me alegraba de tener la ocasión de conocerlo. Theo me dio la
mano para ayudarme a salir del coche.
—Es de otro amigo mío, James. Te lo presentaré.
—Tienes muchos contactos —dije, con la esperanza de que no me soltara la
mano.
Estaba empezando a sentirme un poco nerviosa. No lo había pensado con
detenimiento, pero estaba a punto de entrar en una discoteca muy exclusiva
del brazo de un hombre que, habitualmente, salía con modelos.
—Nos presentó un amigo que sabía que tenemos mucho en común. Es una
especie de hermandad —explicó mientras esperábamos el ascensor—. Nos
ayudamos entre todos. Nos damos consejos, comentamos ideas, y cosas así.
Eso me hizo pensar que, cuando estuviera haciendo las prácticas, yo
también formaría parte de una comunidad de personas que pensaran de la
misma manera, y podría apoyarme en ellos.
El ascensor se abrió y él me llevó al interior sin soltar mi mano. Por suerte,
estábamos solos, y eso me daba unos segundos para prepararme.
—¿Estás bien? —preguntó Theo con suavidad.
No estaba segura de si se me notaba mucho, o si él era capaz de intuir mis
sentimientos.
—¿Por qué? ¿Parezco nerviosa?
Me miró pensativo un momento, extendió una mano y me colocó un
mechón de pelo detrás de la oreja, con un gesto tan tierno que tuve que
controlarme para no empujarle contra la pared del ascensor y…
—No, nerviosa no. Pareces preparada, como si estuvieras dispuesta a todo.
Pero quería asegurarme de que te sientes cómoda y capaz de enfrentarte a la
inquisición que te espera. Te aseguro que esta gente va a intentar meterse en
tus asuntos. ¿Tienes alguna última pregunta que hacerme?
Pues debía tener como un millón de preguntas, pero las puertas del ascensor
se abrieron antes de que pudiera hacer ninguna de ellas, y nos vimos
obligados a salir a una sala muy elegante.
—Allá vamos —me susurró Theo al oído.
—¡Y aquí está!
Un hombre guapísimo, de pelo claro, se acercó para estrechar la mano de
Theo.
—Hola, James, ¡me alegro de verte! —contestó él mientras se daban un
apretón de manos y uno de esos medio-abrazos de colegas—. Esta es Max,
mi novia. Max, James es nuestro anfitrión esta noche. Es el dueño de
Bloom.
Yo estreché la mano que me ofrecía, preguntándome si el aspecto sería un
requisito indispensable para entrar en su grupo de amigos.
—¡Tu discoteca es preciosa!
—Tú también eres preciosa —dijo James, que miró a Theo con una enorme
sonrisa—. ¿Te trata bien este tío?
—Me tiene muy consentida —contesté con sinceridad.
—Y así debe ser. Os llevaré a vuestra fiesta, es en el salón de baile.
Intenté calmar mis estresados nervios mientras seguíamos a James. Llevaba
unos tacones mucho más altos de lo habitual y, aunque me apretaban un
poco los pies, me gustaba que me hicieran bastante más alta. La altura
adicional y el cumplido que me había dedicado Theo me dieron la sensación
de llevar una armadura para la batalla, aunque, si todos eran como la madre
de Theo, no me haría falta. Cuando James abrió la puerta, enderecé la
espalda y mantuve la cabeza alta.
La sala estaba iluminada con luz tenue y las velas distribuidas por toda la
zona emitían un resplandor muy romántico. Las mesas estaban cubiertas de
manteles blancos, rodeadas de sillas de respaldo curvo y decoradas con
enormes centros de flores. Todo era tan elegante que parecía ser la propia
boda. La pared más alejada era toda de cristal, y a través de ella se veía la
silueta de los edificios de Miami.
—Caray —dije despacio.
—Esa es la razón por la que hemos elegido este sitio —explicó Theo.
—¿Habéis?
No dejé de mirarle mientras me conducía a una mesa en la que había una
colección de marcos de diferentes tamaños. Él se acercó para observarlos y
deslizó un dedo por una de las listas de nombres.
—Mesa uno, aquí estamos. Es un grupo divertido.
No se me pasó que no había contestado a mi pregunta, pero él siguió
andando hacia nuestra mesa. A medida que avanzábamos entre las otras
mesas, todo el mundo le saludaba con una sonrisa o un gesto, y sentí que
docenas de ojos se fijaban en mí.
—¡Maxine! ¡Estamos aquí!
Supe que habíamos llegado a nuestra mesa cuando vi a Elena levantarse
entusiasmada y señalar dos sillas vacías junto a la suya.
—Hola, cariño —dijo a Theo.
Le envolvió en un abrazo, y luego me abrazó a mí también. Theo sonrió a
las demás personas que había en la mesa, que nos estaban observando.
—Hola a todos. Esta es Max, mi novia.
Por la forma en que me saludaron, y el hecho de que a ninguno de ellos
pareció sorprenderle que Theo se refiriera a mí como su novia, asumí que
Elena lo había contado todo antes de que llegáramos.
—Hola —dije, saludando con la mano.
—Qué vestido más bonito —dijo alguien.
—Gracias —contesté, sin poder evitar sonrojarme, y apreté el brazo de
Theo, duro como una viga de hierro.
—Max, esta es mi hermana, Patrice —dijo Elena, con un gesto hacia una
mujer prácticamente igual a ella que llevaba un vestido color burdeos. A
continuación, señaló al resto de las personas sentadas a la mesa—. Este es
Tony, el marido de Patrice, su hija Amanda, y su marido, Gary. Estos son
nuestros amigos Mack y Donna Greenbaum, que también son los padrinos
de la novia.
Yo repetí por lo bajo cada uno de los nombres, con la esperanza de
acordarme de todos ellos.
—Maxine y yo coincidimos no hace mucho, pero aún no hemos tenido
ocasión de conocernos bien —dijo Elena, mirando alrededor de la mesa
para asegurarse de que todo el mundo estaba prestando atención—. Tienes
que contárnoslo todo sobre ti, querida. ¡No te guardes nada!
Yo no pude evitar reírme y Theo intentó echarme una mano.
—Venga, no la agobies a la pobre. Acabamos de llegar.
—¿Y qué? —preguntó Elena—. ¡Nos da curiosidad! Está claro que es
especial, solo queremos conocerla mejor.
Me pareció que Elena exageraba un poco, ya que apenas me conocía, pero
su optimismo me resultó cálido y agradable.
—Sí, ¿cómo os conocisteis? —preguntó Patrice.
Theo y yo intercambiamos una mirada.
—Tú lo cuentas mejor que yo —me dijo.
Yo les conté la historia del barco y ellos la escucharon con interés, dejando
escapar sonidos de admiración en los momentos oportunos. Theo se las
apañó para añadir algunos detalles adicionales, que incluso mejoraron la
historia.
—Es una historia encantadora —dijo Amanda—. Me alegro mucho de que
alguien haya pillado por fin a este hombre, es el mejor.
Su familia apoyó la idea, y Theo hizo una inclinación con la cabeza, con
una actitud que me pareció… ¿tímida? No, eso no podía ser.
—Bueno, Max me hace ser mejor persona —dijo él, cogiéndome la mano y
llevándosela a los labios.
El beso fue breve, un simple contacto de sus labios con el dorso de mi
mano, pero fue suficiente para provocarme un escalofrío por todo el cuerpo.
Mantuve una sonrisa en mi cara, intentando controlar la intensidad de la
sensación que me había provocado.
La música ambiente cambió entonces a una canción de Frank Sinatra y
Elena se llevó las manos al corazón.
—¡Mi canción favorita!
—Discúlpame un momento —me susurró Theo al oído, inclinándose un
poco hacia mí. A continuación, se levantó y ofreció una mano a su madre.
—Vamos allá.
Ella dedicó a su hijo una sonrisa resplandeciente y ambos se dirigieron a la
pista de baile, que estaba vacía.
—No te lo pierdas —dijo Patrice con orgullo.
Theo esperó un instante antes de comenzar a bailar con Elena. Se movieron
por la pista con una gracia que me sorprendió. No se estaban limitando a
balancearse con la música, sino que Theo llevaba a su madre con auténticos
pasos de baile. ¿Sería un foxtrot? Estaba claro que no mentía cuando dijo
que bailaba muy bien.
—Caray —dije impresionada.
—Y tanto. Theo baila con mucha soltura. Cuando vendió su primera
empresa, se tomó un tiempo libre para lo que él llamaba «desarrollo
personal». Aprendió a hacer toda clase de cosas, como bailar, cocinar, esquí
acuático, escalada… Probó cualquier cosa que se te pueda ocurrir.
—Es un hombre increíble —dije en voz baja, tanto para responder a Patrice
como para mí misma.
Saqué el móvil del bolso e hice unas cuantas fotos a Theo y su madre.
Aunque no tenía mi equipo profesional, podía hacer buenas fotos con el
teléfono. Después las miré con detenimiento y amplié cada una de ellas para
ver mejor la cara de Theo. La forma en que sonreía a su madre me derritió
el corazón. Se trataba de otra faceta suya distinta, una versión más dulce y
abierta que no se ocultaba tras la excesiva confianza en sí mismo que
mostraba al resto del mundo.
Este no era el Theo arrogante que había conocido hasta ahora. Aunque esa
actitud formaba parte de él, este otro también era él. Era un hombre mucho
más complejo y con más matices de lo que me había parecido al principio.
Y me gustaba demasiado.
16

THEO

I ntenté concentrarme en mi madre mientras bailaba con ella, pero mis ojos
no dejaban de volverse a la mesa donde Max estaba sentada con mi
familia. Sabía que se las podría apañar sin mí, eso no me preocupaba en
absoluto. Lo que quería era observar cómo se metía a todo el mundo en el
bolsillo sin ningún esfuerzo.
Jessica se había acercado a la mesa, se había sentado entre Max y Amanda,
y las tres reían como viejas amigas. Todo estaba yendo tan bien que tenía
que recordarme que solo estábamos representando un papel.
—No puedes dejar de mirarla, ¿no? —preguntó mi madre con un ligero
golpecito en mi brazo.
—Y creo que es con razón —dije con una risa.
Ella sacudió la cabeza y siguió la dirección de mis ojos.
—Esa chica es especial, cariño. Apenas la conozco, pero me he dado cuenta
de que tiene algo. ¿Sabes lo que quiero decir? A veces conoces a alguien y
es casi como si pudieras mirar en su corazón. Es una de las buenas.
Yo cambié la posición de mis brazos y la hice girar.
—Ajá.
Frank dejó de cantar y el DJ hizo el cambio de música más absurdo que
había oído en mi vida.
—Oh, venga ya —gruñí. Me paré al oír las conocidas notas de la
introducción y empecé a volver con mi madre a nuestra mesa—. ¿El Baile
del Pollo?
—Tim ha prohibido a Jess ponerla en la boda, así que ha decidido bailarlo
hoy. ¡Mira!
Jess, que estaba muerta de la risa, tiraba de Amanda y Max para llevarlas
con ella a la pista de baile.
—Muy propio de ella —dije.
Las tres se colocaron en fila, con las manos en las caderas. Yo me negué a
participar en esa tradición, pero debía admitir que me encantó ver
contonearse a Max entre risas. Todas las mujeres llevaban vestidos largos,
así que el efecto era aún más ridículo de lo habitual, pero supuse que eso lo
hacía más divertido.
A continuación, el DJ puso Electric Slide y las tres chicas siguieron
bailando. Yo acababa de coger dos copas de champán y me dirigía con ellas
a la mesa cuando la música volvió a cambiar, esta vez a Come Away with
Me.
—Cielo, ve a por ella —indicó mi madre—. Esta canción es muy bonita.
Yo me lo pensé un momento, y vi que Max salía de la pista de baile con
Jess y Amanda sin dejar de reír. Sí, teníamos que bailar juntos. Me dirigí
hacia ella sorteando las mesas y la tomé de la mano, lo que la cogió por
sorpresa. Sus ojos se abrieron como platos cuando la tomé entre mis brazos.
—Ahora te toca bailar conmigo —dije mientras ajustaba su posición para
bailar.
—Gracias por preguntar —dijo ella, sin poder evitar una sonrisa a pesar del
tono sarcástico de sus palabras.
El ritmo en tres tiempos del vals me resultaba tan natural como el latido del
corazón; los largos pasos necesarios para deslizarse, tan sencillos como
caminar. No me sorprendió que Max se adaptara enseguida a mi forma de
llevarla y me permitiera describir con ella amplios giros elegantes por toda
la pista de baile. Quise disfrutar de este momento con ella y explorar este
vínculo que estábamos desarrollando. Ella encajaba conmigo, como si
hubiéramos bailado juntos toda la vida. Su delicada mano envuelta en la
mía; sus fuertes brazos, unidos a los míos y ofreciendo la cantidad justa de
resistencia para permitirme hacer algunos pasos más complicados; la
sensación era… simplemente perfecta.
—Eres un bailarín increíble —dijo ella con una mirada de admiración—.
Me estás haciendo quedar muy bien.
—Tú haces que sea fácil hacerte quedar bien —contesté—. Un buen líder
necesita seguidores dispuestos.
Ella hizo una mueca.
—También podrías decir que un buen seguidor necesita un líder dispuesto.
—Touché —reí—. Va en las dos direcciones.
Al terminar la canción, el DJ volvió a cambiar el tono de la música con una
canción más lenta, At Last.
—¿Otra? —pregunté.
—Me sentiría insultada si no me pidieras bailar esta —dijo ella,
acercándose un poco más—. Y tu club de fans, también.
Hizo un gesto hacia nuestra mesa, donde mi madre y mi tía ni siquiera se
estaban molestando en fingir que no nos quitaban ojo de encima.
—Creo que deberíamos aprovechar bien esta canción. Nada de pasos
complicados, centrémonos en el contacto y las miradas tiernas.
—Eso lo puedo hacer —dijo Max en voz baja, con los ojos clavados en los
míos—. ¿Y tú? Venga, Theo, hazme creer que esto es real. Convénceme.
Max no tenía ni idea de lo que me estaba haciendo. Estaba apretada contra
mi cuerpo, con los brazos alrededor de mi cuello, y su pulgar describía
pequeños círculos tentadores en mi nuca. Estaba enloqueciendo de deseo
por ella, y ¿aún me pedía que la convenciera? Me estaba costando la vida
evitar que se me pusiera dura delante de toda mi familia, pero ella me había
desafiado, y yo jamás me echaba atrás ante la adversidad.
—¿Qué te parece esto? —pregunté, también en voz baja.
La estreché aún más contra mí y la envolví con mis brazos. Max dejó
escapar un suspiro de placer y apoyó la cabeza contra mi pecho. Nuestros
movimientos se volvieron más rítmicos y empezamos a movernos juntos,
tan sincronizados que nuestros cuerpos se tocaban casi por completo. Era
como si estuviésemos dando rienda suelta a nuestro deseo mutuo a través
del baile. Ella estaba apretada contra mí de una forma que me permitía
notar cada una de sus curvas, y me estaba poniendo a mil. El vestido le
dejaba toda la espalda al descubierto, así que dejé caer una de mis manos
para acariciar su piel sedosa. Max se arqueó aún más contra mí, en parte por
las cosquillas, pero esperé que otra parte fuera porque también estaba un
poco excitada. Ella me miró.
—Funciona —dijo en un susurro—. Estás haciendo que parezca muy
convincente.
Tuve que aclararme la garganta.
—¿Para quién? ¿Para ellos, o para ti?
—Creo que yo también estoy empezando a creérmelo —dijo ella, con los
ojos aún clavados en los míos, como retándome a que desviara la mirada—.
¿Y tú?
No supe hasta qué punto podría ser sincero con la preciosa mujer que tenía
en los brazos. Habíamos acordado no complicar las cosas, pero la sensación
que notaba en mi interior me resultaba muy compleja, y me estaba
gustando.
—Sí, yo también —susurré.
No sé qué se apoderó de mí en ese momento, pero dejé de tener dudas sobre
lo que ocurriría a continuación. Acerqué mis labios hasta casi rozar los
suyos, y ella alzó la cara para unir su suave y apetecible boca a la mía. Los
besos no eran parte de nuestro acuerdo, pero yo no quería perderme este
momento por nada del mundo.
Nuestros movimientos se hicieron más lentos a medida que ambos nos
dejábamos llevar por la intensidad de lo que sentíamos. Intenté no dejar que
el beso cruzara la raya hacia algo no apropiado para una reunión familiar,
pero Max me lo estaba poniendo prácticamente imposible. Me devolvió el
beso con ganas, arqueando el cuerpo hacia mí y dejando que su lengua
acariciara la mía de una forma que prometía mucho más que un simple
beso.
De repente, la canción terminó y el peor DJ del mundo cambió a All the
Single Ladies, lo que provocó los gritos de todas las mujeres que había en la
sala. Max y yo, absortos el uno en el otro, tuvimos que separarnos a
desgana, pero no pude evitar deslizar mi pulgar por su mejilla antes de
soltarla.
—Necesito mucho más —le susurré al oído, inclinado hacia ella—.
¿Querrías venir a mi casa? ¿Ahora mismo?
—Creí que nunca me lo pedirías —respondió Max con otro susurro—.
Larguémonos.
Me tomó de la mano y tratamos de salir de entre la multitud que se estaba
formando en la pista de baile, pero casi chocamos con Jess.
—¡Eh, vosotros dos, no os vayáis muy lejos! —gritó Jess para hacerse oír
por encima de la música—. Después de esta canción vamos a jugar a Casi
Casados, y a vosotros os toca después de Tim y yo.
El alma se me cayó a los pies. No podía pensar en nada que no fuera
desnudar a Max, y ahora la invitada de honor había tenido que pedir que
nos quedáramos. Si esto hubiera sido una negociación, no me habría
costado nada mandarla a paseo, pero mi familia tenía el don de convertirme
en un osito de peluche.
—Claro, por supuesto —gruñí justo antes de que Jess desapareciera con una
de las damas de honor—. Supongo que no tenemos más opción que
quedarnos, ¿no?
Noté que Max se apoyaba un poco contra mí, claramente tan decepcionada
como yo.
—¿Lo dejamos para otro día? —me preguntó.
—Y una mierda. Considéralo un retraso; después de esto, te vienes a mi
casa.
—¿Me lo prometes? —me preguntó con una sonrisa traviesa.
Deslicé la mano por su espalda y la detuve unos milímetros por encima del
lugar al que quería llegar, siempre consciente de quienes nos rodeaban.
—Te lo garantizo —susurré.
El turno de Jess y Tim en Casi Casados resultó encantador, como no podía
ser de otro modo y, antes de que me diera cuenta, Jess estaba al micrófono
exigiendo que Max y yo nos acercáramos a pasar el mal rato. Los gritos y
aplausos de mi familia me dejaron claro que estaban más que dispuestos a
sonsacarnos información.
—Esto nos va a salir fatal —me susurró Max cuando nos sentamos en los
taburetes de bar situados frente a todo el grupo—. No estamos casi-casados,
lo nuestro es ni-casados-ni-nada.
Oírla decir eso me sentó como una patada, pero tenía toda la razón.
—No pasa nada —contesté—. Tú solo intenta divertirte.
—Vale, gente, aquí están nuestras próximas víctimas, quiero decir,
concursantes —gritó el DJ al micrófono—. Max, tienes que decirnos qué
contestaría Theo a estas preguntas, y los dos tenéis que escribir las
respuestas en la pizarra. ¿Estáis listos?
Los dos asentimos al unísono.
—Bien, Max, primera pregunta: según Theo, ¿quién de los dos es más
probable que se levante tarde?
Esa era fácil, basándome en el día en que nos conocimos. Mientras sonaba
una música como la que ponen en los concursos, hice mi conjetura y escribí
el nombre de Max en mi pizarra. Ella me sonrió cuando colocó la suya boca
abajo sobre su regazo.
—¡A ver esas respuestas, chicos!
La confianza que se estaba tomando el DJ me fastidió, pero di la vuelta a mi
pizarra.
—¡Coincide! Max es la dormilona en esta relación. Buen trabajo, tortolitos.
Siguiente pregunta: ¿quién de los dos es más probable que se deje las llaves
o la cartera en casa?
Volví a recordar aquella primera mañana en que nos conocimos. Aunque
Max no se había olvidado nada en mi barco, se me ocurrió que era algo que
podría pasarle, y dejé su nombre escrito en mi pizarra.
—¿Las respuestas? —pidió el DJ. Se inclinó un poco y miró nuestras
pizarras—. ¡Otra vez Max, y otra vez coincide! ¡Estáis en racha!
Hice un esfuerzo para no poner los ojos en blanco.
—Bueno, ya es hora de subir un poco… el tono —dijo el DJ en voz más
baja—. Aquí somos todos adultos, ¿no?
El DJ miró a los asistentes, y yo sentí que un escalofrío me recorría la
espalda. ¿Y ahora, qué?
—Tortolitos… —dijo el DJ mirándonos—. ¿Quién besó antes a quién? ¡A
la gente le interesan esas cosas!
Intenté no perder la cabeza recordando la primera vez que nos besamos, la
forma en que Max me había sorprendido al tomar el control de la situación.
Era un torbellino, y eso me encantaba. La miré y ella me dedicó un guiño
lento y una sonrisa diabólica.
Maldita sea, cómo la deseaba.
—Respuestas, por favor —dijo el DJ.
Ambos dimos la vuelta a las pizarras, convencidos de que teníamos el juego
bajo control, a pesar de tener todas las probabilidades en contra.
—Otra vez Max, ¡pillina!
Esta vez me tuve que contener para no reventarle la nariz de una hostia.
—Bien, última pregunta para vosotros dos. ¡Y esta es chunga! Max,
¿cuántas veces a la semana le apetece a Theo la marcha?
Eché un vistazo a la mesa de mi madre y sacudí la cabeza. Maldita sea, mi
madre estaba grabándolo todo con el teléfono, y Jess reía y aplaudía como
si estuviera disfrutando cada segundo de mi tortura. Borré mi pizarra y traté
de imaginar lo que diría Max. Esta vez, ella se negó a mirarme.
—Bien, chavales, ¡veamos el número mágico! ¿Cuántas veces a la semana
quiere Theo hacer el amor? —Dijo las tres últimas palabras en un tono que
imitaba a Elvis.
Giré mi pizarra al mismo tiempo que Max y nuestros ojos se encontraron
tan pronto como cada uno de nosotros leyó lo que había escrito el otro.
—¿Siete? —chilló el DJ mirando de una pizarra a la otra—. ¡Y otra vez
coinciden en siete días a la semana! ¡Qué par de conejos! —La sala había
estallado en risotadas y el DJ se estaba acercando a Max—. Dime,
jovencita… ¿hoy habéis cubierto ya el cupo del día?
Le plantó el micrófono debajo de la nariz.
—¿De verdad lo queréis saber? —preguntó ella mirando a la multitud.
La sala se llenó de aplausos y aullidos varios. Max me miró confiada,
valorando la situación. La pausa que hizo antes de contestar pareció durar
una eternidad.
—No, todavía no.
Los asistentes rompieron a reír.
—¡Vaya, creo que estaremos de acuerdo en que estos dos tienen que
ponerse manos a la obra! —animó el DJ—. Aquí ya habéis terminado, así
que ya podéis largaros e ir a fichar. Tenéis cosas mejores que hacer. ¡Un
fuerte aplauso para estos dos!
Me levanté del taburete y cogí la mano de Max, al tiempo que saludaba a
todo el mundo con la otra. A continuación, tiré de ella en dirección a la
salida.
Puede que los demás creyeran que todo era una broma, que solo estábamos
siguiéndole la gracia al DJ, pero yo tenía toda la intención de cumplir mi
promesa de llevar a Max a casa. Nos marchábamos de verdad.
Ya.
17

MAX

ste sitio es increíble.


—E Sabía que el piso de Theo no se parecería a nada que hubiera visto
antes, pero no me esperaba que fuera tan… gigantesco. El ambiente se
alzaba hasta una altura de dos pisos y las ventanas, que iban desde el suelo
hasta el techo, ofrecían una vista sobre el océano que casi no parecía real.
Las paredes del lado opuesto estaban cubiertas de enormes cuadros
modernos con dramáticas pinceladas negras que me parecieron un poco
agresivas.
—Es mi hogar —dijo él, encogiéndose de hombros—. Entre tú y yo, es un
poco excesivo, pero los precios estaban subiendo y tuve que tomar la
decisión con rapidez. No me pude parar a pensarlo demasiado.
No podía imaginarme cómo sería tener la posibilidad de comprar algo tan
tremendamente caro así, de un impulso.
—Vaya vista —dije con un suspiro.
—Es mi parte favorita —confirmó él—. Ven, que te lo enseño todo.
Teniendo en cuenta lo mucho que nos habíamos excitado los dos bailando
hacía un rato, ahora nos estábamos comportando de una forma demasiado
decorosa. Yo casi había esperado que siguiéramos en la limusina de camino
hacia aquí, pero habíamos mantenido una respetable distancia entre
nosotros. Era como si, en lugar de apresurarnos a hacer que ocurriera,
ambos estuviéramos retrasando el momento, para disfrutar de la dulce
tortura que suponía esperar por lo que iba a pasar. Porque no había ninguna
duda sobre lo que íbamos a hacer esa noche. En algún momento, los dos
nos libraríamos de nuestras incómodas ropas de fiesta y daríamos por fin
rienda suelta a toda la tensión que se había acumulado entre nosotros. Pero,
por ahora, nos estábamos limitando a mirarnos con deseo y encontrar
excusas para tocarnos.
La situación me estaba resultando de lo más excitante.
Intenté no dejar que se me notara lo mucho que me impresionaba la casa de
Theo a medida que me la iba enseñando. El ambiente era muy masculino, y
hasta la cocina de acero gris parecía un tanto industrial, como la cocina
profesional de un restaurante. A medida que avanzábamos, vi ventanas que
daban a todas las direcciones. Era demasiado tarde para estar segura de
hacia dónde estaban orientadas las que mostraban las brillantes luces de la
ciudad, pero estaba segura de que la densa oscuridad que se veía más allá
era el océano. Eso encajaba con lo que sabía del amor de Theo por el mar.
Si no podía estar en él, al menos podía verlo desde su fortaleza.
Por fin nos detuvimos en una habitación con paredes de cristal oscuro que
mostraban nuestros reflejos, y Theo tocó algún botón en su teléfono. Al
encenderse las luces, vi que se trataba de una habitación con ventanas que
daban a una pared de densa vegetación.
—¿Tienes una piscina interior? —dije, sorprendida al comprender que lo
que había tomado por un suelo oscuro, en realidad era agua.
—Es solo para nadar —explicó—. Para hacer ejercicio. Pero sí, nado todas
las mañanas.
—Yo también lo haría —dije, sin dejar de mirar el agua.
Era difícil no sentir algo de envidia, pero Theo se había ganado cada
céntimo que había invertido en esta lujosa casa. No le habían regalado nada,
había llegado hasta donde estaba él solo, partiendo de unos orígenes
humildes. Sus esfuerzos me merecían mucho respeto.
Seguimos avanzando bajo unas impresionantes lámparas que parecían obras
de arte, unos brillantes tubos luminosos que descendían hasta unirse en un
luminoso conjunto de líneas que parecían dibujar anotaciones.
—Por fin llegamos a mi lugar favorito: la terraza —dijo Theo, abriendo una
de las ventanas, que resultó ser una puerta.
Al salir, la hermosa vista que nos rodeaba me dejó sin respiración. La luna
menguante brillaba en el cielo, y frente a nosotros se extendían las luces de
la ciudad.
—Podría acostumbrarme a estas vistas —dije con un suspiro, apoyando los
codos sobre la barandilla.
—Tienes que verlo de día.
Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros. ¿Lo vería mañana por la
mañana, o el cuento de hadas se acabaría en cuanto terminásemos de hacer
el amor? Theo pareció darse cuenta del sentido de sus palabras y se aclaró
la garganta.
—¿Qué te apetece beber? —preguntó.
Apoyé la cabeza sobre su hombro y le sonreí, cariñosa. Era hora de empezar
a coquetear: me estaba cansando de toda esta amabilidad, y de actuar como
un par de corteses desconocidos.
—Sorpréndeme.
—Hecho.
Dio media vuelta y me dejó mirando al horizonte y considerando mis
opciones. Podía quedarme aquí hasta que volviera y esperar a que llegara el
momento para el que habíamos venido, o podía tomar el control de la
situación por mí misma.
Nunca se me había dado bien esperar.
Me llevé los brazos a la nuca para soltar el botón que cerraba el cuello del
vestido, y me lo bajé hasta la cintura. En cuanto lo hice, me detuve en seco
al pensar en que cualquier vecino con un telescopio tendría un asiento de
primera fila para verme desnuda. Al cabo de un momento caí en que la
posición del edificio hacía que la terraza de Theo quedase oculta a la vista
de los demás. Una vez que estuve segura, seguí desnudándome.
Me quedé con el tanga negro y me quité las horquillas del pelo para que me
cayera hasta los hombros. Empecé a soltar las delicadas cintas negras que
me sujetaban las sandalias a los tobillos, pero pensé que quedarían mejor
puestas. Estaba lista. Volví a abrir la puerta de la terraza y entré sin hacer
ruido. Podía oír a Theo en la cocina, así que me dirigí al pasillo, haciendo lo
posible para que los tacones no hicieran ruido al caminar.
No había luz en la habitación de la piscina, pero mis ojos ya se habían
ajustado a la oscuridad. Me dirigí a una de las grandes tumbonas y me
coloqué sobre ella con los brazos por encima de la cabeza y girándome un
poco, para que mi culo quedara genial. Enseguida oí que Theo se dirigía por
el pasillo a la terraza, y volvía a entrar con paso rápido.
—¡Max! ¿Dónde estás?
Dejé que se preocupara durante unos segundos antes de decir en voz alta.
—Aquí, en la piscina.
El corazón me latía a toda velocidad mientras esperaba a que me
encontrase. ¿Estaba siendo demasiado impetuosa? Entonces, él entró con
dos copas de champán en las manos y se detuvo en seco al verme.
—Santo cielo…
Yo me estiré en la tumbona.
—Pensé que sería divertido nadar un poco, pero no he traído el bañador. —
Arqueé la espalda y fruncí un poco los labios—. Lo siento, espero que no te
importe.
Theo aún no se había movido, pero su mirada era cada vez más intensa. Yo
inspiré hondo para tranquilizarme, me puse en pie y me dirigí al borde de la
piscina para introducir un pie en el agua, con sandalia y todo.
—Creo que debería quitarme los zapatos, pero no puedo esperar.
Tras decir eso, me senté en el borde de la piscina, me introduje en el agua y
me sumergí de forma que mi culo saliera un momento sobre la superficie.
Cuando emergí, vi que Theo se estaba quitando la ropa a toda velocidad, tan
rápido que los botones de la camisa saltaron por todas partes.
No le quité ojo de encima a medida que cada parte de su cuerpo quedaba al
descubierto. Primero, un amplio pecho, con una impresionante cantidad de
pelo oscuro. Después la espalda, donde los músculos se tensaron cuando se
inclinó para quitarse los zapatos, lo que me hizo desear deslizar las uñas por
su suave piel. Él clavó sus ojos en los míos mientras luchaba por librarse
del cinturón y los pantalones, y yo contuve la respiración cuando por fin se
los quitó y me dejó ver un par de boxers grises. Incluso desde donde estaba,
era evidente lo que había debajo, y noté un estremecimiento de excitación
cuando se los bajó.
—El agua está estupenda —dije para romper el silencio, sin dejar de mirar
su pene erecto.
Él no contestó, simplemente se dejó caer en el agua, lo que hizo que los
músculos de sus hombros se tensaran aún más. ¿Cómo podía ser tan
perfecto?
Apoyé los pies en el fondo de la piscina y, por un momento, me preocupé
por si podría arañar el fondo con los tacones, pero, a juzgar por la expresión
de Theo, no parecía que eso le importara mucho. El agua me cubría hasta el
pecho, de un modo que casi dejaba mis pezones al descubierto. Los ojos de
Theo descendieron para mirarme, y luego hizo una pausa, cerró los ojos y
dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Joder —dijo antes de volver a mirarme.
Extendió una mano y me atrajo hacia él, haciendo que el agua girase a
nuestro alrededor como un torbellino. Nuestros cuerpos apenas se habían
encontrado cuando su boca descendió sobre la mía en un beso ansioso y
exigente. Deslizó las manos por mi espalda hasta llegar al tanga, mi último
intento de mantener una decencia que no era en absoluto necesaria. Sin
dejar de besarme, metió uno de sus dedos entre la tela y mi piel y lo arrancó
de un tirón.
Las sensaciones se sucedieron a toda velocidad mientras explorábamos
nuestros cuerpos en el agua, en una ronda rápida de investigación previa a
hacer el amor. Recorrí su pecho con las manos, haciéndolas descender
despacio hasta rodear su miembro con los dedos. Theo dejó escapar un
gruñido contra mi boca cuando empecé a frotarle con suavidad.
Me pareció que le había dejado paralizado durante unos segundos, y me
encantó lo poderosa que me hacía sentir la forma en que se rendía a mis
caricias. Estaba tan centrada en su placer que me sorprendió la descarga que
recorrió mi cuerpo cuando él deslizó la mano entre mis piernas. Esta vez me
tocó a mí parar y rendirme a las sensaciones. Theo me excitó con unas
caricias ligeras, tan delicadas que me hacían desear frotarme contra su
mano.
—Ven —dijo con voz ronca.
Theo me llevó al borde de la piscina y me instó a salir primero del agua, sin
dejar de mirarme. Yo miré las sandalias.
—Las he echado a perder.
—Da igual —dijo Theo, saliendo del agua detrás de mí. A continuación, se
dirigió a una repisa oculta de la que cogió una toalla—. Te compraré cien
pares de zapatos nuevos.
Theo volvió a donde yo estaba, extendió la toalla y me envolvió con ella.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando, cambiando de idea, la abrió
y nos envolvió a los dos juntos, con su cuerpo desnudo apretado contra el
mío.
—¿Tienes frío? —preguntó mientras me frotaba la espalda.
—No durante mucho tiempo —contesté, y tiré de él para llevarle hacia la
tumbona.
No tuve ningún reparo. Deseaba a Theo y no podía esperar ni un segundo
más. Me senté y abrí las piernas, con los ojos puestos en los suyos a modo
de invitación. Theo se arrodilló frente a mí, desató cuidadosamente las
cintas de mi sandalia izquierda y me besó la pantorrilla. Después me quitó
la sandalia derecha y recorrió mi pierna con sus besos. Estaba a punto de
extender los brazos para tirar de él y acercarlo a mi cuerpo, cuando se
inclinó entre mis piernas, bajó la cabeza e introdujo la lengua dentro de mí.
El placer me hizo temblar.
Había deseado a Theo durante tanto tiempo, que tuve la sensación de que
me iba a correr en cuanto me tocó. Me resultó increíble lo rápido que se
empezó a extender la sensación de placer entre mis piernas. Su boca no se
detuvo, como si quisiera besar cada centímetro de mi cuerpo. Intenté
contenerme para disfrutar todo lo posible de la maravillosa sensación, pero
el orgasmo se apoderó de mí, y me dejé llevar con un grito que resonó a
nuestro alrededor.
Cuando por fin me recuperé, Theo estaba inclinado sobre mí con una
sonrisa.
—¿Estás bien? —preguntó.
No conseguí articular palabra, así que me limité a asentir.
—No esperaba que esto ocurriera aquí —dijo en voz baja—. Voy a por
protección…
Yo negué con la cabeza.
—Yo no tengo nada, y estoy tomando la píldora —conseguí explicar—.
Estoy segura de que tú tampoco tienes nada.
Apenas había acabado de hablar cuando Theo me cogió en sus brazos, me
levantó de la tumbona para sentarse él y me colocó sobre su regazo,
mirándole. Su polla cálida latía entre nuestros cuerpos. Theo me puso las
manos sobre las caderas y me alzó hasta ponerme de rodillas, pero entonces
se detuvo.
—Solo un segundo —dijo con voz ronca.
Sus dedos volvieron a adentrarse en mi cuerpo y me excitaron durante unos
segundos hasta asegurarse de que estaba lista; después, volvió a colocarme
sobre él y se introdujo en mi interior. Cerré los ojos para ajustarme a la
sensación de tenerle dentro de mí. Lo deseaba con todas mis fuerzas, pero
había pasado mucho tiempo desde la última vez, y Theo me acababa de dar
otra razón más que justificaba su arrogancia.
—Max… —susurró, de una forma que sonó como una oración—. Oh, Max.
Theo apoyó la cabeza sobre mi pecho y me besó con suavidad antes de
empezar a moverse contra mí. Le coloqué una mano en la parte posterior de
la cabeza e intenté sujetarme mientras él pasaba de un ritmo más lento y
suave a unas sacudidas más fuertes.
¿Cómo era posible que estuviera a punto de correrme otra vez? Eso no me
pasaba jamás. Si un tío conseguía que me corriera una vez, ya me
consideraba afortunada, pero Theo parecía despertar en mí un instinto
animal. No dejaba de moverse, con los ojos entrecerrados, pero, aunque
debía estar cerca del clímax, siguió prestándome atención. Deslizó un dedo
entre nuestros cuerpos y, en menos de un segundo, yo volví a alcanzar el
éxtasis y dejé caer la cabeza hacia atrás con un grito de placer.
El sonido pareció impulsar a Theo a su propio orgasmo, en el que se sumió
con un gemido. Después, me apretó contra su pecho, respirando
profundamente.
—Podría acostumbrarme a esto —jadeó.
Yo también, pensé.
Qué lástima tener fecha de caducidad.
18

THEO

ué cojones me estaba pasando?


¿Q Eran casi las nueve de la mañana siguiente a la fiesta de
compromiso, y yo estaba todavía en la cama, mirando a la preciosidad que
roncaba con suavidad a mi lado.
En cualquier otra ocasión, antes de quedarme dormido, le habría insinuado
con amabilidad a la mujer que estuviera conmigo que tenía que madrugar al
día siguiente, para que supiera a qué atenerse. No era tan capullo como para
echar a una chica en cuanto acabara el sexo, ni le pediría que se marchara
con el primer rayo de sol. Aun así, yo no era de los que se levantan tarde y
se van de brunch. El sexo por la mañana estaba muy bien, pero a mí no me
iba nada que pasara de ahí, ni mucho menos nada que sugiriera la
posibilidad de algo más íntimo y personal. Lo mío era la diversión
ocasional, y se lo dejaba muy claro a las mujeres que me llevaba a la cama.
Sin embargo, las cosas eran distintas con Max. Para empezar, no sentía
ninguna prisa por salir de la cama y largarme. Me resultaba muy agradable
seguir mirándola y escuchando los ruiditos encantadores que hacía al
respirar, que me recordaban a los que había hecho anoche. Se me puso dura
con solo recordarlo, y me ajusté un poco bajo la sábana. Me despertaba
erecto con frecuencia, y en ese momento pensé en despertarla para
aprovechar la situación. Pero no… ella necesitaba dormir. Ya habría tiempo
para más sexo.
Un momento. ¿Lo habría? Teníamos un acuerdo y un plazo, pero lo que
había ocurrido anoche no encajaba en ninguno de los dos. Yo no estaba
arrepentido, en absoluto, pero ¿y si ella sí lo estaba? ¿Seríamos capaces de
volver al acuerdo inicial y a las reglas que habíamos establecido?
Observé la cara de Max. Estaba guapísima, incluso con el pelo revuelto y
manchas de máscara de pestañas bajo los ojos. La sábana había resbalado
de su hombro, y yo no deseaba otra cosa que bajarla más, poco a poco, para
admirar el cuerpo que se ocultaba debajo.
—Eh, hola.
La voz de Max, cargada de sueño, me sacó de mi contemplación.
—Estás despierta —dije.
Ella inspiró hondo y estiró los brazos por encima de la cabeza con un
bostezo.
—Más o menos. ¿Cuánto tiempo llevas despierto?
—Solo un rato.
—¿Qué hora es? —Max se sentó y miró por la habitación—. Con esas
persianas, esto parece una cueva.
—Las nueve —dije, con la esperanza de que ella no tuviera que irse a
ningún sitio.
Ella se dejó caer de nuevo en la cama.
—Mmm. Creo que debería levantarme…
Yo me acerqué y le di un beso en el hombro.
—O a lo mejor, no.
Fue mi forma de sugerirle que podía quedarse, sin tener que pedírselo
expresamente. Para mi gran alivio, Max introdujo los dedos en mi pelo,
dedicándome una sonrisa a medias.
—A lo mejor, no.
Me incliné para besarla, y me dio igual que ninguno de los dos nos
hubiéramos lavado los dientes. En ese momento, nada me importaba más
que tener a Max debajo de mí otra vez. Y también encima de mí, e inclinada
delante de mí, y....
—Parece que ya estás listo —rio ella al poner una mano entre mis piernas.
Sus caricias me provocaron un gruñido, pero, antes de que pudiera hacer
nada, un sonido penetrante rompió el silencio en la habitación; un tono de
llamada que sonó como una alarma de incendios.
—Mierda, mierda, mierda —dijo Max, separándose de mí para coger el
teléfono de la mesilla—. Es mi madre, tengo que cogerlo.
Observé que su expresión se oscurecía al coger la llamada.
—Hola, mamá. ¿Va todo bien? —preguntó Max—. Para, ve más despacio.
Que ha hecho ¿qué?
Oía cómo la voz al otro lado del teléfono se lamentaba a toda velocidad.
Parecía a punto de echarse a llorar, pero no pude entender lo que decía.
—Bueno, eso ahora es bastante normal. —Siguió escuchando un poco más
—. Ya sé que no está bien, pero ¡tiene trece años! Ya sabemos que
últimamente se ha estado comportando como un idiota. Ya madurará, yo lo
hice.
La voz al otro lado del teléfono pasó a un tono más agudo, y conseguí
distinguir la palabra «pelea».
—Es lo que mejor se les da —suspiró Max—. Solo necesita pasar un
tiempo alejado de Nick. Llévale a mi casa y yo me encargaré de él. —Max
volvió a suspirar mientras escuchaba—. ¿Estás segura? Para mí no es un
problema. De acuerdo, pero me vas contando. Intenta calmarte un poco,
¿vale?
Max siguió hablando unos minutos más, antes de terminar la llamada.
—Lo siento. Problemas de familia, como siempre.
Parecía preocupada. Entre sus cejas se había dibujado una línea vertical, y
su boca se había curvado hacia abajo. Consideré mis opciones en silencio.
Max había dejado clarísimo que no quería hablar conmigo de su familia,
pero esta llamada le había hecho cambiar de humor. Yo no sabía cómo
definir nuestra relación, pero sabía que ella me importaba lo suficiente
como para desear que confiara en mí, al menos un poco.
—Tú… ¿quieres hablar de ello? —pregunté, al tiempo que acariciaba su
brazo con un dedo.
—Es la misma mierda de siempre —dijo con otro suspiro—. Rafe y su
padre se han peleado. La discusión ha subido de tono, han acabado gritando
en la calle, y algunos vecinos han intervenido. Mi madre está muy
avergonzada y se ha enfadado con Rafe, pero, si quieres mi opinión, la
culpa es de Nick.
—¿Es tu padrastro?
—Yo no le llamo así —Max sacudió la cabeza—. No tengo ninguna
relación con él: solo es el tío con el que se ha casado mi madre y el padre de
Rafe. Nada más.
Sonaba tan decidida a no tener ningún vínculo con ese hombre que tuve que
seguir indagando.
—No te gusta, ¿eh?
Max soltó un resoplido y asintió.
—Se podría decir así.
Su expresión se ensombreció aún más, así que la envolví con mis brazos y
ella se relajó inmediatamente contra mi cuerpo.
—¿Por qué? —pregunté, con toda la suavidad que pude.
Ella me puso una mano en el pecho, y comprendí que estaba decidiendo si
confiar en mí o no. No pensaba insistir más, porque no iba a poder darle
ningún consejo, pero al menos podría escucharla. Esperaba que eso contara
para algo, y ella pareció darse cuenta porque, al cabo de un momento,
empezó a hablar.
—Al principio parecía un tío normal. Trataba bien a mi madre y eran
felices. Siempre pareció que la controlaba demasiado, pero no tanto como
para preocuparme. Sin embargo, las cosas cambiaron cuando nació Rafe.
Esperé en silencio a que ella organizara sus ideas.
—Entonces empezó con toda clase de exigencias. Mi madre debía hacerlo
todo justo como él quería, desde la forma en que cuidaba de Rafe, hasta
cómo llevaba la casa, o lo que preparaba para comer. Nada le parecía bien,
incluso cuando ella seguía sus órdenes al pie de la letra. La regañaba y la
humillaba continuamente. Le ponía unos motes horribles para que se
sintiera más insegura. Luego decía que era una broma, pero ¿a ti te parece
gracioso llamar a alguien «elefanta» o «saco de grasa»?
—Jesús —murmuré.
—Sí, y las cosas solo fueron a peor. Yo quería enfrentarme a él, pero me
daba miedo. Él a veces trataba bien a mi madre, pero yo no era más que la
hija de otro hombre. Nunca ocultó su desprecio hacia mí así que, en cuanto
cumplí los dieciocho, me marché de su casa tan rápido como pude. En
cambio, Rafe tiene que vivir allí y, a medida que se va haciendo mayor, se
ha dado cuenta de cómo trata Nick a nuestra madre. Ha intentado
enfrentarse a él a su manera, y eso hace que Nick pierda los nervios. Dice
que los dos se han aliado contra él, y que él es quien paga las facturas, así
que puede hacer lo que le dé la gana. No permitió trabajar a mi madre
durante muchos años, para tenerla controlada, pero ella acaba de sacarse el
permiso de agente inmobiliaria y te puedo asegurar que le ha costado la
vida. Todavía no ha empezado a ganar dinero, así que aún no tiene ningún
tipo de independencia.
—¿Por qué no le deja?
—He intentado convencerla miles de veces de que lo haga, pero le da
mucho miedo —contestó, encogiéndose de hombros—. Lo de que Nick
paga las facturas es cierto. Cuando vivía mi padre, mi madre solo era ama
de casa. Al morir él, le costó mucho encontrar trabajo para poder hacerse
cargo de nosotros, porque no tenía ninguna experiencia. Durante un tiempo
nos mantuvimos a flote gracias al seguro de vida de mi padre, pero las cosas
se estaban poniendo muy feas en la época en que conoció a Nick. Cuando él
apareció y prometió ocuparse de nosotras, mi madre creyó haber encontrado
a su salvador. Le aterroriza la idea de volver a encontrarse sola, y la forma
en que Nick mina su confianza en cuanto tiene ocasión empeora aún más
las cosas. A él le gusta tenerla controlada y, si ella intentara dejarle, Nick
probablemente alegaría que ella no es capaz de mantenerse
económicamente para intentar quitarle a Rafe. Eso es lo último que
querríamos.
Yo la estreché un poco más entre mis brazos.
—Qué situación más horrible, lo siento mucho. Al menos Rafe te tiene a ti.
Para él eres su puerto en la tormenta.
—Hago lo que puedo —asintió ella—. Trato de evitar que esta situación tan
abusiva en la que se encuentra metido le afecte mucho.
—Oye, si te puedo ayudar con Rafe alguna vez…
—Estamos bien —interrumpió ella, sin dejarme continuar—. No
necesitamos ayuda, pero gracias.
No supe cómo responder. Esto era lo máximo que había podido averiguar
sobre la vida de Max y, considerando lo poco que le gustaba la idea de que
una mujer dependiera de un hombre, ahora entendía por qué había querido
poner límites entre nosotros. Además, ni siquiera éramos una pareja de
verdad. No tenía derecho a meterme en su vida si ella no quería, sobre todo
porque no podría seguir con ella a largo plazo. Desde ese punto de vista,
tenía sentido que ella intentara mantenernos separados a su familia y a mí.
Los dos nos quedamos allí quietos durante un rato, y el efecto de la
conversación de Max con su madre comenzó a disiparse. Al cabo de un
tiempo, empecé a acariciarle la espalda, encantado con la suavidad de su
piel. Noté que me volvía a excitar, pero no me pareció que ese fuera el
mejor momento para empezar nada.
—¿Cómo tienes el día? —preguntó Max en un murmullo.
—No estoy seguro de cómo va a ir, pero tengo algunas ideas. ¿Y tú?
—Tengo que trabajar luego —dijo, con un resoplido de desagrado—. Más
fotos con modelos. ¿Te acuerdas de la chica con la que estaba trabajando
aquel día en Sunny Isles?
Oculté la decepción que sentí al sospechar que no podría pasar el día con
ella.
—¿Quieres decir la señorita Flan?
—Esa misma —rio Max—. A sus amigas les encantaron mis fotos, y
algunas de ellas han reservado sesiones conmigo.
—¿Por qué lo dices como si te molestara? —pregunté—. Es mejor tener
más trabajo, ¿no?
Ella se apretó un poco más contra mí.
—El trabajo está muy bien, pero…
—Pero ¿qué?
—No estoy segura de qué tipo de trabajo quiero hacer. Hay cosas que tengo
muy claro que no me van, como cuando le dije a tu madre que no fotografío
bodas. Pero aún no sé qué es lo que quiero hacer en realidad.
—Bueno, a lo mejor cuando empieces las prácticas se te aclaran las ideas
—sugerí, aunque no me gustaba pensar en eso, porque significaba el fin de
lo que fuera que había entre nosotros.
—Exacto —contestó ella con suavidad.
El ritmo de nuestras respiraciones se fue sincronizando, mientras
pensábamos en lo que teníamos por delante. Por fin, Max se separó un poco
de mí.
—Me he fijado en que tienes una ducha con un montón de chorros en ese
baño tan enorme.
Su expresión era traviesa y los ojos le brillaban.
—Así es. Tiene ocho bocas de agua, y cada una de ellas se puede poner a
diferente temperatura.
—¿Has dicho boca? —preguntó ella.
Empezó a deslizarse por la cama en dirección a mi cintura, y me quitó la
sábana de encima.
—Ajá. —Fue lo único que pude decir.
—Eso me gusta —murmuró, y no supe si se refería a la ducha, o a mi polla,
que se había puesto enorme al estar a tan solo unos centímetros de ella—.
Quiero darme una ducha contigo, pero antes, tendremos que ensuciarnos un
poco.
Se acercó más aún, cogió mi polla con una mano y le dio un beso a la punta,
lo que me arrancó un gemido de placer.
—Voy a probarla —dijo Max con los ojos puestos en los míos, y me
introdujo en su boca.
—Max…
Dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, abrumado por la deliciosa
sensación, pero enseguida me di cuenta de que quería ver lo que estaba
haciendo. Cuando abrí los ojos, la encontré mirándome fijamente. Joder,
eso era muy excitante; tanto, que no sabía si conseguiría aguantar para que
el placer durase un poco más.
—Para —murmuré separándome un poco—. Quiero sentirte.
—Yo también a ti —dijo Max con voz ronca—. Vamos a la ducha.
Se levantó de la cama e intentó llevarse la sábana para cubrirse, pero se la
quité de un tirón y la dejé desnuda en medio de la habitación.
—¡Theo! —rio y se apresuró a cruzar las piernas y cubrirse el pecho con los
brazos.
—¿Qué? Ya te he visto desnuda, mujer. He besado el noventa por ciento de
ese cuerpazo que tienes.
Ella se descubrió poco a poco.
—Tienes razón. Y quiero que lo vuelvas a hacer otra vez. En la ducha.
Ahora mismo.
—Te echo una carrera —dije, saltando de la cama.
Max soltó un grito y, mientras corríamos al baño, me sorprendí pensando
que me encantaría despertarme así todos los días.
19

MAX

E stos excesos no me entraban en la cabeza.


Estaba en una tienda muy pija de vestidos de novia, con Elena, la madre
de Theo, Rebecca, que era la dama de honor de Jessica, y algunas otras
mujeres cuyas caras me sonaban de la fiesta de compromiso. Todas ellas
estaban opinando a todo volumen sobre los distintos vestidos que se estaba
probando la novia, que quería elegir un segundo modelo para la boda. Lo de
ponerse un vestido diferente para la fiesta era algo que yo no había visto
nunca.
Jessica estaba subida a un pedestal ante un espejo de tres cuerpos, y se
giraba a un lado y a otro para ver mejor cómo le sentaba un vestido color
crema. Se trataba de una simple túnica recta con pliegues, y era una de ocho
opciones posibles.
—Cariño, yo no estoy muy segura de ese —dijo Elena en tono cuidadoso
—. Es un poco… soso.
Theo me había avisado de que Elena querría que las acompañara a la prueba
de los vestidos, así que no me sorprendió recibir su llamada para invitarme.
Aun así, me había preguntado si debería aceptar, porque esta farsa nuestra
se estaba empezando a parecer mucho a una relación de verdad. Habíamos
acordado que yo asistiría a todas las celebraciones relacionadas con la boda,
y desde luego que la prueba del vestido cumplía esa condición, pero Elena y
Jessica me habían acogido de una manera que me hacía sentir culpable por
el engaño. Por otro lado, una parte de mí quería disfrutar de esta familia tan
abrumadora, que no se parecía en nada a la mía y que me gustaba bastante.
Además, era muy difícil decirle que no a Elena. Estaba empezando a
entender por qué Theo había estado dispuesto a hacer lo que fuera para
atender su petición de encontrar una chica agradable con la que ir a la boda.
—Es precioso —opinó Rebecca—. Estás fantástica.
Hasta ahora, le había dicho a Jess que estaba fantástica con todos los
vestidos que se había probado, así que su opinión no contaba demasiado.
Sarah y Lisa, las dos mujeres que completaban el grupo, tampoco estaban
ayudando mucho.
—Pues claro que lo está —protestó Elena—. Jess está preciosa con todo lo
que se ponga, pero este vestido parece una combinación. Le falta brillo.
—A pesar de lo que crees —rio Jessica— no es necesario que tenga brillo.
Además, mi vestido de novia ya es bastante reluciente. Creo que el vestido
para la fiesta podría ser un poco más clásico y elegante, ¿no?
—Vale, pero ¿por qué no ibas a aprovechar la oportunidad de llevar más
vestidos que brillen? —insistió Elena, como si estuviera presentando el
argumento final en un debate—. Una no se viste de novia todos los días, así
que, ¡aprovecha! ¡Brilla todo lo que puedas!
Su entusiasmo nos hizo reír a todas. Yo me inclinaba a estar más de acuerdo
con Elena, aunque a mí no me gustaba la ropa con brillos. El día de su boda
era la única ocasión que tenía una chica para sentirse como una princesa.
Diablos, hasta yo me habría sentido tentada a elegir las opciones más
femeninas y centelleantes, en lugar de los vestidos más elegantes y sobrios.
—Max, ¿tú qué opinas? —me preguntó Jessica—. Sé sincera.
Todas se volvieron a mirarme.
—Estás preciosa con todo, pero… creo que estoy de acuerdo con Elena. Se
trata de una fiesta, y creo que no deberías tener miedo a destacar, ¿no te
parece? Mira, te lo voy a enseñar.
Cogí mi teléfono, busqué las fotos que le había hecho mientras se probaba
vestidos y me acerqué a Jessica.
—Mira este, el de las plumas en la parte inferior. Este es un vestido de
fiesta. Cuando bailas, parece que estás flotando.
—Un momento —dijo Jessica sin dejar de mirar la imagen—. Esta foto es
increíble. ¿Cómo te las has apañado para hacer con el móvil una foto que
parece un retrato profesional?
—Es su trabajo —dijo Elena con entusiasmo—. ¡Ella sabe lo que hace!
—No es nada. —Me sonrojé—. Solo es el encuadre y un poco de
desenfoque.
—¿Desenfoque? ¿Cómo? —preguntó Rebecca.
—Es un filtro que pone el fondo un poco borroso, para centrar la foto en el
primer plano. Es una especie de truco que mejora cualquier imagen.
—¿Puedes enviarme esta? —pidió Jess, que no dejaba de mirar
alternativamente la foto y su imagen en el espejo.
—Por supuesto. He hecho un montón de fotos. Las ajustaré un poco y te las
mandaré todas.
Encontré los ojos de Elena mirándome en el espejo, con una enorme sonrisa
que me encogió el corazón. Ella creía en mí, le caía bien, y pensaba que su
hijo estaba enamorado de mí. Volví a sentarme y Jess se marchó a ponerse
el siguiente vestido.
Mientras las demás charlaban, miré a mi alrededor. No pensaba demasiado
en las bodas, y tampoco tenía referencias directas sobre las relaciones de
pareja una vez casados. Por lo que podía recordar, mis padres habían tenido
un buen matrimonio, pero mi padre murió cuando yo tenía solo seis años.
Por suerte, había tenido edad suficiente para recordarle, pero no para
comprender los diferentes aspectos de su relación con mi madre. La única
relación que había podido observar de cerca era la de mi madre con Nick, y
mentiría si dijera que la entendía. Desde luego, ese ejemplo no me hacía
desear meterme en una situación similar. Quería ayudar a mi madre y a mi
hermano, y quería tener éxito en mi carrera: esas eran mis prioridades. Lo
demás, incluyendo las relaciones amorosas, se encontraba mucho más abajo
en la lista, y por esa razón nunca había tenido relaciones a largo plazo.
Conocía a muchas chicas que habían estado planeando su boda desde que
eran pequeñas, pero yo no era una de ellas.
Sin embargo, al observar a Jess desfilar con diferentes vestidos ante sus
familiares y amigas, empecé a sentir una extraña sensación. Esta tradición,
este ritual, tenía un significado; no solo para la novia, sino también para los
demás miembros de su familia. Era una bonita forma de estrechar lazos, por
no mencionar que el amor por su prometido y la emoción de casarse con él
le hacían estar radiante. Esto era lo que se suponía que debía ser una boda.
Me sorprendió sentirme inspirada por la situación, y aún me sorprendió más
encontrarme pensando en qué tipo de vestido me sentaría bien a mí. ¿Tal
vez ese tan vaporoso de organza, con delicados detalles de cristal ocultos
entre cientos de pliegues? Sí, ese me gustaba mucho, pero los casi doce mil
dólares que costaba me daban náuseas.
—¿Alguien quiere más champán?
Me volví hacia la voz y vi Theo en la puerta, con una botella de Dom
Pérignon en cada mano y esa media sonrisa suya tan sexi. Llevaba una
chaqueta y pantalones ajustados de vestir, lo que no tenía sentido, porque
era fin de semana.
—Ahí está el hombre del momento —saludó Elena, que se apresuró a dar
un abrazo a su hijo.
A nadie pareció sorprenderle la visita, pero yo no entendía qué hacía Theo
en una boutique de novias un sábado a mediodía.
—¿Qué tal va todo por aquí? —preguntó.
Miró a su alrededor y, por fin, detuvo su mirada en mí. Le sonreí para
demostrarle que, por mi parte, todo iba bien.
—Fatal. El problema es que a Jess le sienta todo bien —dijo Rebecca, en su
línea—. ¡Oye, acabo de tener una idea! ¿Y si se pone más de un vestido
durante la fiesta?
—Me gusta la idea —contestó Theo, al tiempo que entregaba las dos
botellas a la asistente que nos atendía—. Podemos hacer eso, pero quiero
ver qué opciones tenemos y, si hay empate, yo decidiré. La opinión
masculina, si me lo permitís.
Se acercó a donde estaba yo y se dejó caer en el mullido sofá.
—¿Cómo vas? —preguntó en voz baja.
—Bien —sonreí—. Son estupendas, ya lo sabes.
—Cuando se juntan pueden ser agotadoras, pero sé que podrás con ellas. —
Me tomó la mano y se la llevó a los labios, lo que hizo descender un
escalofrío por mi espalda.
Jess volvió a entrar en la sala con un vestido distinto y fue recibida por
diversos gritos de admiración. Cuando vio a Theo, le saludó alegremente
con la mano.
—¡Qué bien que hayas venido! Es justo que nos des tu opinión.
Lancé una mirada a Theo, preguntándome a qué se habría referido. ¿Por qué
necesitaría su prima que le ayudara a elegir el vestido? ¿Qué tenía que ver
él en todo esto?
Este otro vestido era fabuloso, muy distinto de la sencilla opción anterior.
Se trataba de un minivestido con tirantes finos, cubierto por otro
transparente bordado con cuentas. Al moverse, daba la impresión de que
una constelación de estrellas bailaba sobre su cuerpo. Nos quedamos todos
admirándola en silencio.
—¿Estamos de acuerdo? —preguntó Jess mientras se miraba en el espejo
—. ¿Me quedo con este?
Todo el mundo empezó a hablar a la vez, y quedó claro que la decisión
estaba tomada. Yo me coloqué de rodillas para fotografiar a Jess, tan guapa
y entusiasmada, así como las animadas expresiones del resto del grupo.
Incluso conseguí hacer una foto de Theo mirando a su prima con
admiración.
—Estás maravillosa, pero tienes que hacer la prueba de la silla —dijo Elena
en un tono seco que atrajo la atención de los presentes—. ¿Puedes sentarte
con él?
Señaló una silla de respaldo alto que había en una esquina. Jess se bajó del
pedestal para hacer lo que le habían indicado y se dejó caer con cuidado
sobre la silla.
—Oh Dios mío —chilló, cambiando una y otra vez de postura en busca de
una forma adecuada de sentarse—. ¡Es cortísimo! ¿Se me ve la ropa
interior?
Todo el mundo se inclinó para intentar mirar entre sus piernas, a excepción
de Theo.
—Uf —dijo Rebecca—. Yo sí la veo.
—Oh, cariño —desaprobó Elena—. Qué desilusión. Me encanta el vestido,
pero no estarás cómoda con él puesto toda la noche.
—¿Y si te lo pones al acabar la fiesta? —propuso una de las otras—.
Cuando Tim y tú os vayáis a marchar.
No tenía ni idea de qué estaba hablando, pero el resto de las mujeres
estuvieron de acuerdo inmediatamente.
—¡Eso! —dijo Rebecca—. Puedes llevar el de las plumas durante la fiesta,
porque es el más vaporoso y cómodo para bailar. Justo antes del final, te
cambias y te pones este para el último baile y las fotos, y te marchas entre
destellos. ¿Te imaginas lo bonito que quedará en las fotos?
Un momento. ¿Estaban proponiendo que Jessica llevara tres vestidos en su
boda? Ella miró a Theo.
—¿Qué opinas?
Él la miró con una expresión atenta y concentrada.
—Creo que sería una pena que no te llevaras este vestido, y si crees que el
otro también es perfecto, te tomo la palabra. Hecho: tres vestidos.
—¡Gracias, Theo! —Jessica saltó del pedestal y corrió hacia él para
abrazarle—. ¿Estás seguro? Creo que a lo mejor me estoy pasando un poco.
—Ni hablar. Si es para ti, nada es demasiado.
Mientras Jess le seguía dando las gracias efusivamente, comprendí por fin
lo que estaba pasando. Theo iba a cargar con los gastos de toda la boda. A
eso se había referido cuando dijo que habían elegido Bloom para la fiesta de
compromiso, y esa era la razón por la que había venido hoy. Él pagaba la
cuenta. Jess se dirigió hacia mí.
—Gracias por compartir a Theo conmigo, Max. Me alegro muchísimo de
que seas parte de esto. —Me dio un abrazo enorme y me dejó sumida en
una oleada de remordimientos.
Me caía bien; todos me caían muy bien, pero eso solo hacía que esta
situación fuera aún más extraña. Theo era el benefactor de la familia y me
habían acogido con los brazos abiertos. Nadie sospechaba que yo no era
más que otro de sus negocios, una factura más. ¿Qué iban a pensar cuando
nuestra relación acabara sin más? ¿Le fastidiaría a Jess verme con su
familia en las fotos de la boda? ¿Me odiaría Elena por romper el corazón de
su hijo? Me alejé del grupo hasta que mi espalda se encontró con la pared.
Me sentía a gusto con ellos, y me sentía fatal por engañarles.
Theo se fijó en que me había separado del grupo.
—Eh, ¿estás bien? —me susurró al oído—. ¿Te están agobiando?
—En absoluto, son estupendas. —Sacudí la cabeza—. Es solo… no sé.
Me pareció que ese no era el momento de contarle mis dudas, así que me
las guardé y me forcé a sonreír. Theo me observó desde debajo de un ceño
muy fruncido.
—Entonces, ¿qué pasa? Estás muy rara.
—Debe ser el exceso de vestidos de novia —dije.
Eso le hizo reír.
—Eso debe ser. A ti desde luego no te va el rollo princesa. ¿No te estarán
dando alergia todos estos perifollos?
Reí para ocultar la confusa mezcla de emociones que se agitaba en mi
interior. Quería ser parte de todo esto, pero sabía que no lo merecía. No me
entusiasmaban las bodas, pero había sentido ese deseo repentino de
ponerme un vestido blanco y brillante. Miré a Theo, que no dejaba de
observarme.
—Estoy bien.
Conseguí dedicarle una sonrisa más convincente mientras intentaba ignorar
las punzadas en mi corazón.
20

THEO

M eprepararnos
pregunté si me habría pasado un poco al invitar al chef García a
la cena para esta reunión.
Había invitado a Max para darle mi opinión sobre las fotos que podía
presentar con su solicitud para el programa de prácticas. Como era casi la
hora de cenar, había supuesto que no nos vendría mal comer algo. Me
apetecía comida peruana, así que, ¿por qué no encargársela al mejor? Podía
oír al chef trajinar por la cocina mientras yo daba vueltas por la casa,
esperando a Max.
Aún no había logrado entender el motivo de su extraña reacción en la tienda
de novias. Al final, parecía haberse sentido como un pez fuera del agua, y
estaba claro que no había sido honesta conmigo cuando me dijo que no
pasaba nada. No iba a insistir, pero, joder, quería saber qué estaba pasando
en su preciosa cabecita.
Cuando sonó el timbre, tuve que hacer un esfuerzo para no correr a abrir. Sí,
me moría de ganas de volver a verla, ¿qué pasa?
—Hola —dije al abrir la puerta.
Allí estaba ella, resplandeciente, como siempre. Llevaba un vestido de
algodón negro y unas zapatillas Converse blancas, en lugar de sus
habituales botas de motero. Sin maquillaje, con el pelo recogido en una
coleta, y mucho más guapa que cualquier modelo a la que hubiera conocido
en mi vida.
—Hola. —Hizo un pequeño gesto con la mano—. Espero que estés
preparado para hartarte de ver fotos.
Su expresión se volvió más sombría al decirlo. Ahí estaba otra vez la
enigmática Max, a la que tanto deseaba descifrar.
—Y yo espero que vengas con hambre. —Señalé a la cocina por encima de
mi hombro—. La cena está ya en marcha. Ceviche de camarones y lomo
saltado.
Ella dejó sus cosas en la mesa de la entrada.
—¿Vas a cocinar tú?
—Esta vez, no —dije, negando con la cabeza—. Mi amigo, el chef García,
se va a ocupar de nosotros.
—Un momento… ¿Has contratado a un chef para que nos prepare la cena?
¿Para esto? —añadió, señalando la bolsa de su portátil.
—He tenido un antojo —contesté, y me encogí de hombros—. Y siempre
consigo lo que quiero.
—No me digas. —Lo dijo con una risa que no sonó alegre.
—¿Qué tiene eso de malo? —pregunté.
—Nada en absoluto. Tú, a lo tuyo.
No estuve seguro de qué quería decir con eso, o hasta qué punto le
incomodaba algo tan sencillo como una cena, así que opté por dejarlo estar.
—Bueno, vamos a la mesa. ¿Quieres beber algo?
—Sí, por favor. Como vamos a cenar marisco, tomaré un vino blanco.
Me dirigí al rincón donde estaba el bar y, mientras tanto, Max se instaló en
la larga mesa, sacó una gran carpeta de cuero de su bolso y puso en marcha
el ordenador. Estaba claro que la cena sería de trabajo, pero no me
importaba. Cualquier oportunidad de pasar más tiempo con ella me hacía
feliz.
—Parece que tenemos mucho donde elegir —dije al acercarme a la mesa
con dos copas de vino blanco.
Max cogió una de las copas, sin quitar la vista de una foto en blanco y
negro que mostraba una ola estrellándose contra las rocas.
—Sí. No tengo ni idea de qué hacer. Tu opinión me ayudará mucho.
En ese momento, el chef salió de la cocina con dos enormes cuencos que
colocó delante de nosotros, y desapareció antes de que me diera tiempo de
presentarle a Max.
—Bueno, ahora entiendo por qué has contratado a un chef. Esto tiene una
pinta increíble —dijo Max.
—Es el mejor de los mejores —afirmé—. Ahora, déjame echarle un vistazo
a tu carpeta.
Sin dejar de llenarse la boca entre ruiditos de satisfacción, Max empujó la
carpeta hacia mí. Eso me gustaba, quería hacerla feliz.
—No me lo puedo creer —dijo con un gemido, tras coger un trozo de
gamba del cuenco—. Esto debe ser lo más delicioso que he comido nunca.
—De nada. —Le guiñé un ojo y ella me tiró su servilleta.
Nos comimos la cena a toda velocidad y nos acabamos la botella de vino.
Mientras comíamos, revisamos las fotos de su carpeta, y después pasamos a
las colecciones de fotos que tenía archivadas en la nube. Aun así, no
conseguimos decidir cuáles elegir. El problema era que Max no parecía
capaz de hacer una foto mala. Tenía un ojo increíble. Podía hacer que lo
más básico pareciera digno de ser mostrado en un museo, con solo cambiar
el encuadre o el punto de referencia. Por ejemplo, tenía una foto del tapón
de una botella tirado en el paseo marítimo, que parecía una naturaleza
muerta. También había unas cuantas fotos suyas de la playa que podía
imaginarme colgadas en la pared de casa.
—¿Por qué quieres hacer estas prácticas? —le pregunté—. ¿Qué te queda
por aprender? A ver, fíjate en esta —dije, cogiendo una foto de la luna
reflejada en un océano en calma—. Ya dominas la composición, el color, el
ambiente… Tú deberías ser la profesora, no la alumna.
—Siempre hay algo que aprender —dijo Max, sonrojándose—. Además,
relacionarme con Richard Adams haría despegar mi carrera.
—El nombre me suena, pero no conozco su trabajo. ¿Me enseñas la foto
suya que más te guste?
Ella la buscó con su teléfono y me lo entregó. Se trataba de una imagen en
blanco y negro de tres mujeres desnudas, unidas entre sí de tal forma que la
silueta de sus cuerpos entrelazados formaba el mismo contorno que las
montañas situadas al fondo. Las modelos estaban colocadas de tal manera
que sus manos y piernas cubrían su desnudez, pero un vistazo rápido daba
la impresión de que se podía ver todo. Era una fotografía impresionante,
pero no se parecía en nada a las de Max. Seguí mirando fotos en la página
web del fotógrafo, y encontré una imagen tras otra de mujeres hermosas,
tanto famosas como desconocidas.
—Está claro que es muy bueno, pero no entiendo por qué crees que puedes
aprender algo de él. Él se centra en el cuerpo femenino, y tú en la
naturaleza.
Ella se quedó pensativa, haciendo una mueca.
—Supongo que sí, pero una buena foto es una buena foto, y creo que me
vendría bien algo de ayuda con las de personas. Sería fantástico tener su
apoyo.
—¿Quieres hacer esas prácticas por la relación, o por la técnica?
—Las dos cosas —respondió sin dudar—. Y, sin tu ayuda, no las podría
conseguir. Tu ayuda financiera —aclaró rápidamente—. Te lo agradezco
mucho.
La forma en que cambió el tono de la conversación, pasando de una charla
relajada entre dos personas que se sentían a gusto juntas, al aspecto
financiero, me hizo sentir incómodo y cambié de postura en la silla. Pero,
claro, nuestra relación era un negocio. Eso era lo que habíamos acordado.
—Sí, por supuesto —dije—. Y tú me estás ayudando también. Es un
intercambio justo.
—Y hablando de eso, ¿sabes algo de Ford?
Negué con la cabeza y noté que la tensión aumentaba entre mis hombros.
—Aún no. Creo que la última escena con Pam me ha perjudicado bastante.
—¿Merece la pena? —preguntó Max—. ¿No se seguirá metiendo Pam en
medio si por fin conseguís asociaros?
—No creo que lo haga. A ella no le importan las cuestiones de negocios.
Una vez que hayamos firmado, podré evitarla hasta que pierda el interés.
Max subió los pies a la silla y puso los brazos alrededor de las rodillas.
—Bueno, eso espero, porque entonces yo ya no estaré disponible para
ayudarte con ella.
Eso era cierto, pero no significaba que me gustara la idea. No dejaba de
tener presente nuestra fecha de caducidad, y me molestaba más de lo que
estaba dispuesto a admitir.
—Creo que me las apañaré sin tu ayuda —dije, tratando de adoptar un tono
ligero—. Si hace falta, puedo intimidar bastante.
Max se estremeció.
—Lo sé, lo he visto. —Max se estremeció un poco—. Cuando me
despertaste en el Destello… Uf.
Recordar dónde empezó todo, dónde empezó nuestra historia, me hizo
sentir algo mejor.
—Siento mucho aquello.
—Oh, vaya. ¿Y te disculpas ahora? —se burló, pero con una gran sonrisa
—. No pasa nada. Técnicamente, yo era un polizón.
—Un polizón con mucho talento —contesté, señalando su carpeta de fotos
—. Y, hablando de eso, aún no hemos elegido ninguna foto.
Ella miró su teléfono.
—Es pronto, solo son las siete.
Tuve la esperanza de acabaríamos la noche en la cama. Ninguno de los dos
había mencionado la posibilidad de que se quedara esta noche, ni de lo que
haríamos al terminar de revisar las fotos. Sin embargo, me había dado
algunas pistas sobre lo que estaba pensando. Por ejemplo, la forma en que
parecía encontrar excusas para tocarme me convenció de que, tarde o
temprano, terminaría por dejarme que la desnudara.
—La foto de la luna es mi favorita —dije—. Tienes que incluir esa, sin
duda.
—¿No crees que es un poco… básica?
Empecé a contestar, pero el teléfono de Max me interrumpió. Ella le echó
un vistazo.
—No reconozco el número, será algún vendedor.
El teléfono dejó de sonar, para volver a comenzar unos segundos después.
Ella lo cogió y me mostró la pantalla.
—¿Debería contestar?
—Es un número de Miami. ¿A lo mejor es una de las modelos que conoces?
Ella contestó la llamada y su expresión se ensombreció en cuanto escuchó
la voz al otro lado de la línea.
—¿Desde dónde llamas?
Max escuchó con la mirada perdida en el vacío, como si yo no estuviera en
la habitación.
—Estaré ahí en quince minutos —contestó con expresión preocupada—. El
que está en la quinta, ¿no? De acuerdo, espérame ahí.
Terminó la llamada y empezó a recoger sus cosas.
—Tengo que irme.
—¿Va todo bien?
Max se detuvo un instante, pero no me miró.
—Mi familia, como siempre. Mi madre y Nick habían decidido preparar
una cena especial, así que han ido a hacer la compra juntos, pero han
discutido. Mi madre dice que ha sido bastante gordo, y han intervenido
otras personas. Él se ha marchado de la tienda con el coche, donde ella
había dejado el bolso, y ha tenido que pedirle el teléfono a alguien para
llamarme.
—Mierda, qué faena, Max. Lo siento. ¿Quieres que te acompañe?
Ella negó con la cabeza mientras metía el portátil en la bolsa.
—No hace falta.
Pero yo no tenía intención de dejar que se metiera sola en una situación que
podría ser peligrosa.
—Si él está tan enfadado, podría volver y montar una escena —dije con
tacto—. Debería acompañarte, por si acaso.
Ella se detuvo y dejó caer la cabeza.
—Sí, de acuerdo. Tienes razón —dijo despacio—. Lo siento, ya sé que esto
va más allá de lo que acordamos.
Otra vez con el dichoso acuerdo. ¿Realmente pensaba que yo llevaba la
cuenta?
—No pasa nada —contesté—. Tú necesitas ayuda y yo puedo ofrecértela.
Vamos.
Aunque no deseaba otra cosa que envolverla en mis brazos para intentar
borrar la expresión preocupada de su cara, tuve que contenerme y apretar
los brazos contra mi cuerpo mientras la seguía hacia la puerta.
21

MAX

M iré de reojo a Theo mientras conducía su Land Rover personalizado.


Esperaba que no le importara la forma en que había interrumpido sus
planes para la noche, sobre todo con algo tan agobiante como era mi madre
cuando estaba nerviosa.
Lo que estábamos haciendo no podía estar más lejos del alcance de nuestro
acuerdo. Al implicar a Theo en los problemas de mi madre, se iba a dar
cuenta de que mi familia era un desastre. Sabía que lo último que debería
pedirle era ayuda con ella. Cuando había dicho que me tenía que ir, había
estado segura de que se despediría de mí a toda prisa, así que su amable
oferta de acompañarme me había pillado desprevenida. Parecía que quería
ayudarme de verdad.
—Cuéntame a qué nos enfrentamos —dijo—. ¿Nick es muy grande? ¿Se
pone violento?
—Ninguna de las dos cosas, gracias a Dios —contesté enseguida.
Sin embargo, eso me hizo pensar que el comportamiento de Nick había
empeorado últimamente. Sus peleas con Rafe eran cada vez más serias, y
Rafe me pedía que acudiera al rescate con más frecuencia. ¿Se debía eso a
que mamá y Nick discutían más ahora, o a que las peleas le daban más
miedo? ¿O se debería a que era un adolescente, y ahora se le agotaba la
paciencia más rápido que antes? Ya no estaba segura de nada.
—Debería aclarar que, hasta ahora, no ha sido violento, que yo sepa —
añadí, lanzando otra mirada a Theo—. Me da la sensación de que las cosas
han ido a peor desde hace un tiempo. Para ser sincera, si se pasara de la
raya, no sé si mi madre me lo contaría, porque ella sabe lo que pienso de él.
Theo gruñó. Aunque no necesitaba su protección, me alegré de que
estuviera conmigo. Al menos, esperaba no necesitarla.
—¿No hay ninguna forma de que le deje? Ya sé que dijiste que el dinero era
un problema, pero dudo de que seguir con él sea mejor para ella y Rafe que
marcharse.
—Puede que esta discusión le dé el empujón que necesita para decidir
hacerlo.
—¿Cuál es su historia? ¿Cómo se conocieron?
—Nick era un tío encantador. Guapo, divertido… se conocieron en la fiesta
de un amigo común y a ella le gustó desde el principio. Creo que tan solo
buscaba algo de compañía, pasarlo bien para olvidar lo triste que estaba
desde la muerte de mi padre, ¿sabes? Pero él empezó a ocuparse de ella
enseguida: le compraba cosas, nos llevó a vivir con él para que no tuviera
que preocuparse por el alquiler. Ella dejó de tener que hacerse cargo de todo
sola, y creo que eso le gustó. Se conocieron cuando yo tenía nueve años, y
para cuando cumplí los diez ya estaban casados. Rafe nació cuando yo tenía
once años. —Hice una pausa al recordar la expresión de mi madre cuando
contaba la historia de cómo había conocido a Nick. Nunca lo hacía con una
sonrisa auténtica—. Ella no me lo ha dicho nunca, pero no creo que se
enamorasen. Ella le estaba agradecida y le gustaba cómo la trataba, al
menos al principio. Pero Nick empezó a cortarle las alas enseguida y, para
cuando se dio cuenta, ya estaba atrapada.
Me miré las manos y vi que las estaba apretando fuertemente, una contra la
otra y los dedos se me estaban poniendo blancos. Noté la mirada de Theo
sobre mí, y me sorprendí al notar su mano sobre las mías. Me las separó,
cogió una de mis manos y entrelazó los dedos con los míos.
—Lo siento mucho —dijo con suavidad—. Lamento que las cosas se hayan
puesto tan difíciles en tu familia.
Yo dejé escapar un largo suspiro y apoyé la cabeza contra el asiento.
—Todos tenemos problemas, ¿no? Menos tú. Tu familia parece llevarse
muy bien.
—Sí, ahora todo va bien, pero también hemos tenido dificultades. Mi padre
falleció de un ataque al corazón. Murió de repente, en la cocina de casa.
Lo dijo sin ninguna entonación, pero pude notar que era un dolor que le
acompañaba desde hacía años.
—Lo siento. —Me llevé su mano a los labios y la acaricié con ellos.
Él apretó los labios en una delgada línea.
—Mi madre siempre ha dicho que mi padre fue su verdadero amor, y que
nadie podría jamás quererla como lo hizo él, así que no salió con nadie
después de su muerte. Estábamos solos, ella y yo. Bueno, y sus hermanas y
mis primos, claro. Después, cuando Jess perdió a su madre, los tres
formamos una nueva familia improvisada.
Miré por la ventana, pensando en todos los recuerdos dolorosos que nos
guardábamos. Me imaginé que Theo lo veía como yo: era más sencillo
enterrar el dolor que intentar asimilarlo.
—Ahí está —dije, enderezándome para señalar al otro lado del parabrisas
—. Maldita sea, está hecha un desastre.
Incluso desde lejos, me di cuenta de que no sería fácil tratar con mi madre.
Su cara hinchada y el maquillaje corrido delataban que había estado
llorando. Conociéndola, su mecanismo de defensa iba a consistir en
exagerar la actitud contraria, y ocultar la tristeza bajo una alegría falsa e
histérica, como si sonriendo demasiado pudiera convencer a todo el mundo
de que no tenía los ojos enrojecidos y que todo iba muy, pero que muy bien.
Iba más arreglada de lo habitual, lo que probablemente significaba que
había tenido la intención de convertir el viaje al supermercado y la cena
casera resultante en una cita. Llevaba una falda blanca muy suelta, de un
estilo que le gustaba porque decía que «ocultaba los excesos» y una blusa
sin mangas hasta la cintura. Las puntas de su pelo castaño se disparaban en
todas direcciones, sin duda porque se habría pasado las manos por él una y
otra vez durante la discusión con Nick.
—¿Cómo debería dirigirme a ella? —preguntó Theo mientras aparcaba.
—Se llama Renee.
En ese momento, caí en la cuenta de que estábamos a punto de añadir otra
capa de mentiras a nuestra asociación. Jamás se me habría ocurrido que
Theo conocería a mi madre.
Maldita sea, a ella le iba a encantar.
Me bajé del coche y me dirigí a mi madre a toda velocidad.
—Hola, cariño. —Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando me vio—. Siento
haberte metido en esta tontería de pelea.
Al abrazarla, sentí que temblaba un poco.
—No te preocupes, no pasa nada. Ya sabes que siempre estaré para
ayudarte.
—¿Se encuentra bien, señora Simon? —preguntó Theo, que se había
acercado a nosotras.
—Es Dawson —murmuré. Nunca me había acostumbrado a tener un
apellido distinto del suyo.
Mi madre frunció el ceño y nos miró a ambos, pasándose los dedos por
debajo de los ojos para intentar limpiárselos un poco.
—Y tú, ¿quién eres?
—Mamá —empecé con cuidado—. Este es Theo Barnes… Mi novio.
Una sonrisa de verdad iluminó la cara de mi madre mientras le miraba.
—Oh, vaya. ¡No tenía ni idea! Bueno, me alegro mucho de conocerte,
Theo. Te pido disculpas por la situación. —Aspiró un par de veces por la
nariz e intentó arreglarse un poco el pelo—. Y llámame Renee, por favor.
—Encantado de conocerte —contestó él—. ¿Necesitas algo? ¿Un poco de
agua? ¿Pañuelos?
—Me he quedado a dos velas —rio ella débilmente—. No tengo mi bolso ni
nada, qué tonta. Un poco de agua me vendría bien. Muchas gracias.
Theo se dirigió hacia la tienda, y ella se volvió a pasar las manos por el
pelo.
—Maxie, no me habías dicho que salías con alguien —susurró—. ¡Es muy
guapo!
—Podemos hablar de eso luego —le recriminé con suavidad—. Ahora
necesitamos ocuparnos de ti. ¿Qué pasa? ¿Por qué te ha dejado aquí?
—Oh, las tonterías de siempre. Yo quería preparar un risotto, pero él quería
arroz normal. Dije que el risotto de gambas es muy distinto de las gambas
con arroz, y él perdió un poco los papeles en la sección de frutería. No
debería haber discutido con él, no hago nada a derechas.
Se me rompió el corazón al escucharla.
—¿Dónde está Rafe? —pregunté.
—En casa de un amigo. Esta noche íbamos a cenar solos, como una cita. —
Esbozó una débil sonrisa—. Sí que ha salido bien. ¿Me prestas tu teléfono?
Cuando he llamado a Nick con el de ese chico tan agradable, no me lo ha
cogido, pero tiene tu número, así que ahora seguro que contesta.
Saqué el teléfono de mi bolso y se lo entregué.
—Por supuesto.
No estaba segura de que Nick fuera a contestar el teléfono cuando viera mi
número. Detestaba que mi madre se apoyara en mí, porque sabía lo que yo
pensaba de él. Mi madre marcó el número y comenzó a caminar a pasos
pequeños mientras se mordía un labio. Yo no soportaba ver la forma en que
Nick conseguía hacerle perder toda su confianza.
—No contesta —dijo, y me devolvió el teléfono con una débil sonrisa—.
Puede que haya salido a estirar las piernas.
Las dos sabíamos que Nick nunca hacía ejercicio para relajarse. Lo más
probable es que estuviera sumido en su rabia y esperando que ella llegara a
casa, para poder gritarle por haberle obligado a dejarla tirada en la tienda.
Theo se acercó a nosotras, atravesando el aparcamiento a grandes pasos, y
me costó apartar la vista de él. Era tan… magnético. Parecía dispuesto a
resolver todos nuestros problemas, ya fuera a base de músculo, dinero, o
pura determinación.
—Aquí tiene, señora Dawson, digo, Renee —dijo, al tiempo que le
entregaba una bolsa de plástico—. Hay agua, pañuelos de papel y unos
frutos secos, en caso de que necesite algo reconfortante.
Ella miró dentro de la bolsa y volvió a echarse a llorar.
—Muchas gracias, eres muy amable.
—¿Por qué no vamos a mi casa? —le pregunté mientras le frotaba un poco
la espalda—. Eso te dará más tiempo para relajarte.
Mi madre nos miró a Theo y a mí.
—¿Qué hora es?
—Cerca de las ocho —contestó Theo.
Ella consideró qué hacer. La mejor alternativa era venir a mi casa y esperar
a que fuera la hora de que volviera Rafe, pero yo sabía que estaba tratando
de encontrar la forma de racionalizar que debía volver con su torturador.
—¿Sabes qué? Seguro que Nick estará preocupado por no saber dónde
estoy. Creo que debería volver, para que sepa que estoy bien. ¿Podéis
llevarme a casa?
Miré a Theo con el ceño fruncido, y observé que a él tampoco le parecía
buena idea.
—¿Y si os invito antes a cenar? —sugirió Theo—. Tú tienes hambre,
¿verdad, Max?
Me guiñó un ojo sin que mi madre lo viera.
—Estoy muerta de hambre —mentí. Me había llenado con la cena que nos
había preparado el chef, pero estaba más que dispuesta a tragarme un plato
de lo que fuera para impedir que mi madre se fuera a casa—. Es una idea
estupenda, T. ¿Te parece bien? —añadí, volviéndome hacia ella.
—No, cariño —contestó con una sonrisa triste y una sacudida de la cabeza
—. Os lo agradezco mucho, pero tengo que volver a casa, en serio.
—Claro, claro. He aparcado aquí mismo —dijo Theo, señalando un punto
en el aparcamiento.
Yo suspiré.
Nos dirigimos al coche en silencio. Sabía exactamente lo que estaba
pensando mi madre, la clase de gimnasia mental que estaba haciendo para
convertir la pelea con Nick en algo que pudiera controlar, o un problema
que debía resolver. Sin embargo, no tenía ni idea de qué pensaría Theo de
esta situación. Puede que se estuviera preguntando cómo librarse de una
novia de alquiler con tantos problemas, y de su complicada madre.
Sin embargo, la forma en que no dejaba de mirarme con ojos amables y
preocupados me hacía pensar que, quizá, no estuviera pensando en
despedirse de mí todavía.
22

THEO

N oconseguimos
me hacía nada de gracia dejar a Renee en su casa, pero Max y yo no
que cambiara de opinión.
Ambos habíamos intentado convencerla durante el trayecto. Yo ofrecí una
docena de opciones diferentes para ir a cenar, y Max le explicó la realidad
de lo que le esperaría en casa. Yo me abstuve de intervenir en esa parte,
seguro de que Max era quien tenía más posibilidades de hacerla entrar en
razón, pero nada de lo que decía pareció surtir efecto. Pensé en intervenir,
pero… esto no tenía nada que ver conmigo. Max ya me lo había dejado
muy claro.
Cuando llegamos a la pequeña casa, deseé tener una relación más cercana
con ellas para poder acompañar a Renee hasta la puerta y lanzar una mirada
asesina al hombre que le estaba amargando la vida. Me habría gustado
intimidarle un poco, a ver si eso le hacía replantearse su actitud. Sin
embargo, tuve que conformarme con esperar en el coche como un chófer,
mientras Max discutía con su madre en la acera. Parecía que quería entrar
para hablar con Nick y Renee estaba tratando de impedírselo, pero, pasara
lo que pasara, yo estaba listo para entrar en acción.
Por fin, Renee se dirigió sola hacia la puerta y sentí una descarga de
energía. Max había dicho que el hombre no era violento, pero también que
las cosas habían ido empeorando. Me preocupaba pensar en dónde podría
estar metiéndose Renee.
Max volvió a sentarse en el coche y ambos observamos a Renee entrar en la
casa.
—Vamos a esperar unos minutos —murmuró Max, bajando el cristal de su
ventanilla—. Quiero asegurarme de que no le va a hacer nada.
—¿Deberíamos intervenir? —pregunté—. Quiero decir, si sabemos que él
le puede hacer algo, ¿no deberíamos…?
—Theo —interrumpió ella con un suspiro cansado—. No te preocupes por
esto, ¿de acuerdo? Ya me siento bastante mal por haberte hecho venir. Y, en
cualquier caso, ¿qué podemos hacer? Es una mujer adulta, tampoco es que
podamos sacarla de ahí a rastras. Créeme, he intentado razonar con ella con
todos los argumentos que se me han ocurrido. Es imposible convencerla.
—Pero ¿y Rafe? —insistí.
Ella soltó una larga exhalación.
—Sí, Rafe.
Los dos callamos de repente al escuchar el sonido de una puerta cerrarse de
golpe. Max alzó un dedo para indicarme que no hiciera ruido, aunque yo no
había dicho nada. Esperamos en silencio, y ambos nos relajamos cuando
pasó un rato y ya no oímos nada más.
—De acuerdo, vale. No le ha gritado nada más entrar, así que eso
seguramente significa que está enfurruñado. Tampoco es que sea una gran
respuesta, pero, al menos, no está siendo agresivo.
—No puedo imaginarme vivir de esa forma… —Sacudí la cabeza.
—No me hagas hablar. —Max no dejaba de mirar por la ventana con el
ceño fruncido—. Bueno, podemos irnos, está bien.
—Por ahora —murmuré.
Dirigí el coche hacia la carretera y traté de encontrar un tema de
conversación que no fuera un problema, porque estaba claro que, de su
familia, no debíamos hablar.
—¿Dónde te llevo? —pregunté.
Se estaba haciendo tarde, pero no quería despedirme de ella todavía, y
esperaba que ella pensara lo mismo. Max estaba reclinada contra el
respaldo del asiento, con aspecto de que la situación le había dejado
agotada. Me pregunté con qué frecuencia tendría que intervenir en los
problemas de su madre.
—No tengo que ir a ningún sitio en concreto… —Giró la cabeza y me miró
a los ojos—. ¿Y tú?
—Tampoco. ¿Quieres que volvamos a mi casa y veamos una película
comiendo chucherías?
Por fin me dedicó una sonrisa.
—¿Tienes chucherías?
—Ahora mismo, no, pero podemos parar en algún sitio y comprar todo lo
que quieras.
—Me parece estupendo.
Entré con el coche en un aparcamiento y la detuve con la mano cuando
empezó a quitarse el cinturón de seguridad.
—Permítame, señorita. Espere aquí.
—Oh, ¿ahora eres el mayordomo y vas a ir a por chucherías? —El sonido
de su risa me resultó un alivio.
—En cierto modo, sí. Creo que te gustará lo que voy a traer. Ahora mismo
vuelvo.
Entré en la tienda y compré golosinas suficientes para alimentar a todo un
autobús escolar. Max se echó a reír cuando le puse sobre el regazo dos
bolsas llenas hasta los topes.
—¿Por qué has comprado tanto? —preguntó, mirando en el interior.
—No estaba seguro de si te apetecería más el sabor a fruta o el chocolate,
así que he comprado de los dos. En una bolsa hay gominolas, nubes,
caramelos y piruletas, y la otra solo tiene chocolate: Snickers, Mars,
Reese’s, Twix y cosas de esas.
—¿Has dejado algo en la tienda? —preguntó, con una enorme piruleta en la
mano.
—Es posible que no, pero ha valido la pena, por hacerte sonreír.
Ella siguió riendo mientras rebuscaba en las bolsas, y una vez más pensé en
lo sencillo que era hacerla feliz. No estaba acostumbrado a estar con alguien
tan… auténtico. Había salido con mujeres que se habían negado a hablar
conmigo por la mañana antes de ponerse el maquillaje. En cambio, Max
jamás se maquillaba, y no necesitaba restaurantes caros ni ropa de diseño.
Era directa, transparente y sincera, y yo me estaba acostumbrando
demasiado rápido a su forma de ser.
Cuando llegamos a mi casa, fuimos directos a la sala de cine.
—¿Qué te apetece ver?
—Estoy segura de que ya habré visto todo lo que tengas —dijo, dejándose
caer en un sillón enorme—. Veo muchas películas.
—¿Has visto la última de George Clooney? ¿Esa en la que es un camionero
llamado Miles que tiene personalidad múltiple? Creo que se llama Muchas
Millas.
—Un millón de millas. —Me miró muy seria—. Esa película aún no se ha
estrenado.
—No, pero yo tengo contactos —dije, sacando el teléfono del bolsillo.
—¿Conoces a George Clooney? —preguntó impresionada.
—Aún no, pero conozco al productor principal de la película. Si se lo pido,
me mandará una copia. ¿Quieres verla?
—Ah, pues sí, claro.
—Hecho —contesté, escribiendo rápidamente un mensaje.
Jay McGinnis había salido conmigo en yate unas cuantas veces, y estuvo
encantado de ayudarme. Veinte minutos más tarde, apagué las luces y me
senté en el sillón junto al de Max.
—¿Qué chucherías has cogido? —pregunté.
—No me juzgues. Hacía años que no comía estas gominolas, así que ya voy
por la segunda bolsa. Están buenísimas. —Se hundió un poco más en el
sillón con timidez.
—Pues a mí me apetece chocolate, así que pásame un Snickers —contesté,
dedicándole una gran sonrisa.
Cuando empezó la película, me fijé en que Max se frotaba una pantorrilla.
—¿Qué te pasa en la pierna?
—Uf, tengo agujetas. He hecho una sesión de fotos con el dueño de una
tienda nueva y he tenido que estar de rodillas durante horas para poder
encuadrar bien las imágenes. Me duele todo, sobre todo las piernas, de estar
agachada tanto rato.
—Déjame —dije, extendiendo una mano hacia ella.
—Que te deje, ¿qué?
—Tu pierna. —Hice un gesto con la cabeza—. Te daré un masaje.
—Oh, venga ya —me riñó en tono de broma—. Si quieres llevarme a la
cama, solo tienes que decirlo.
Pero, aunque era ahí donde esperaba que acabáramos la noche, en ese
momento solo quería aliviar su dolor.
—Oh, claro que quiero, por supuesto. Pero, al menos, déjame que lo intente
antes. —Volví a extender la mano y ella dejó caer encima su bien torneada
pierna.
Cuando empecé a masajearle la pantorrilla, hizo una mueca.
—¿Tanto te duele?
—Un poco.
—Espera, tengo una idea.
Salí de la habitación y corrí al baño. Uno de los hoteles en los que me
alojaba con frecuencia solía enviarme cestas de regalo con toda clase de
productos, y sabía que debía haber aceite de masaje en, al menos, una de
ellas. Busqué entre las botellas y tarros que había en el armario hasta
encontrarlo, y cogí también una toalla.
—He intentado parar la película, pero no sé cómo funciona el mando. —
Max señaló a la pantalla cuando entré de nuevo en la sala—. Solo te has
perdido a Miles conduciendo por la autopista y cantando una canción de
Willie Nelson.
Miré a la pantalla y descubrí que me interesaba mucho más la hermosa
mujer sentada ante mí. Volví a sentarme a su lado y ella pasó las piernas por
encima del brazo de su sillón y las colocó en mi regazo.
—¿Aceite de masaje? —preguntó cuando me vio abrir la botella—. Esto se
va a poner muy pringoso.
Me quité la toalla del hombro donde la llevaba y la coloqué bajo sus
piernas.
—He venido preparado.
—Eres un mayordomo de servicio completo —dijo con una ceja levantada
—. Pero ¿el masaje va a ser un servicio completo también? ¿De los de final
feliz?
Yo vertí un poco de aceite en mis manos y las froté para calentarlo antes de
tocar su piel. No contesté enseguida, simplemente deslicé mis manos
aceitadas por su pantorrilla.
—Ya lo verás —murmuré, presionando el pulgar contra su músculo tenso.
Max se retorció en su asiento.
—No sé si me encanta o es horrible.
—¿Quieres que pare?
—Ni se te ocurra.
Deslicé los dedos arriba y abajo por su pierna y noté cómo empezaba a
relajarse bajo mis manos. Ella dejó escapar unos sonidos de placer que me
empezaron a excitar, pero no dejé que se me notara.
—¡Oh, por Dios! —exclamó Max, señalando a la pantalla—. Uf, no quiero
ver eso.
Miré a la pantalla, en la que había una mujer llorando. Estaba atada en la
parte trasera de la cabina del camión.
—Oh, ¿es esa clase de película? —pregunté, mirando enfadado a la pantalla
—. No me esperaba algo así de George.
—Yo tampoco. No me gustan las películas de miedo.
—Voy a pararla —dije, utilizando el dorso de mi mano para manejar el
menú en mi teléfono, y sorprendido al descubrir que la chica dura tenía un
punto débil—. Podemos ver otra cosa.
—Pon lo que quieras. Yo voy a cerrar los ojos y disfrutar del masaje —
suspiró Max cuando continué con el tratamiento.
Conseguí poner algo de música sin cubrir mi teléfono de aceite, y volví a
centrarme en mi trabajo, que era hacer que Max se derritiera bajo mis
manos.
—Ahora, los hombros. —Indiqué la parte del asiento que quedaba entre mis
piernas—. Ponte aquí.
Max se deslizó por mi cuerpo, dejando que su culo rozara mi entrepierna
como si fuera una stripper, y se sentó de espaldas delante de mí. No
deseaba otra cosa que arrancarle la ropa, pero me contuve porque, aunque
sabía que ella también me deseaba, estaba claro que también quería el
masaje.
La camiseta de tirantes que llevaba dejaba suficiente piel al descubierto
para permitirme hacer mi trabajo. A medida que yo deslizaba mis dedos por
los puntos de tensión en sus hombros, su respiración se fue haciendo más
lenta y dejó caer la cabeza hacia delante. Además del estrés acumulado
durante el trabajo del día anterior, estaba seguro de que la situación con su
madre había aumentado la tensión. Intenté recordar las técnicas que mi
masajista utilizaba conmigo.
—Esto es justo lo que necesitaba —suspiró ella.
Sonreí y deslicé las manos por su espalda, deseando hacerle sentir bien.
Quería hacerla feliz. Sí, se me estaba poniendo dura bajo los pantalones,
pero me interesaba más proporcionarle alivio a ella que dar prioridad a mi
placer. Estaba tan concentrado en relajar un punto de tensión entre sus
clavículas que no me di cuenta de que, poco a poco, se estaba reclinando
hacia mí.
—¿Qué pasa?
—No has contestado a mi pregunta de si este es un masaje de servicio
completo.
Con la espalda pegada a mi pecho, giró la cabeza y me besó en un lado del
cuello.
—Señorita, no sé a qué se refiere —dije azorado, fingiendo que no la
entendía.
—A veces las mujeres sienten un tipo de… tensión… que necesita unas
caricias especiales —susurró en voz baja, muy sexi—. ¿Lo entiendes?
—¿Algo así? —murmuré, deslizando la mano por sus costillas y dejando
que se acercara hasta tocar ligeramente el lado de un pecho.
Ella se retorció un poco a causa de las cosquillas que le hizo mi caricia.
—Es un buen comienzo. ¿Qué más sabes hacer?
Yo me acerqué más a ella y coloqué los brazos sobre los suyos, para llegar
hasta sus piernas.
—¿Qué te parece esto?
Empecé a acariciarle las rodillas y fui subiendo poco a poco, haciendo
movimientos en sentido circular a medida que me acercaba al borde de su
vestido.
—¿Te gusta? —le pregunté al oído con voz ronca.
—Creo que vas bien —suspiró ella cuando mis manos empezaron a
deslizarse por la suave piel del interior de sus muslos.
Max abrió un poco más las piernas y yo empecé a provocarla un poco,
llevando las puntas de los dedos casi hasta el punto entre sus piernas y
alejándome enseguida, sin llegar a tocarla donde deseaba que lo hiciera.
Empezó a agitarse contra mi cuerpo y, por fin, agarró mi mano y la colocó
directamente sobre su ropa interior.
—Basta de juegos —me reprendió.
Introduje un dedo bajo la seda y encontré el suave y húmedo centro de su
placer. Su respiración se entrecortó y arqueó la espalda contra mí. Supe que
estaba intentando esperar, pero se mordió un labio y cerró los ojos mientras
yo la acariciaba.
—Quiero que te corras —le susurré con los labios pegados a su oreja—. Lo
vas a hacer ahora, y luego otra vez, cuando te lleve a la cama.
Pareció que hubiera estado esperando que le diera permiso para dejarse ir.
Se sacudió contra mi mano mientras yo recorría su cuello con los labios. En
cuanto cesaron sus gritos, la tomé en mis brazos y la llevé al dormitorio.
—¿Lista para más placer? —pregunté mientras avanzaba por el pasillo con
ella apretada contra mi pecho.
Me respondió con un ardiente beso que confirmaba la larga noche que
íbamos a pasar juntos.
23

THEO

H abíamos dicho que nada de complicaciones, pero aquí estaba: paseando


por un mercadillo con Max de la mano, mi madre a un lado, Renee al
otro, y un enfurruñado Rafe cargado con su monopatín caminando detrás de
nosotros.
La semana anterior, mi madre había sugerido que reuniéramos a las dos
familias y, en cuanto lo dijo, supe que lo haría posible. Yo había heredado
esa misma determinación del diminuto torbellino que caminaba junto a mí.
Podría haber intentado decirle que no lo haríamos ni en broma, pero era
inútil resistirse. Elena conseguía todo lo que se proponía.
—Renee, ¿has oído hablar de estas velas? —preguntó mientras extendía una
mano para coger la de Renee—. Están hechas de soja, las hacen una pareja
de hermanos. Ven a verlas.
Renee se dejó arrastrar por Elena y Rafe se separó un poco para mirar su
teléfono, así que aproveché el momento a solas con Max para ver qué tal
estaba.
—¿Estás bien? —le susurré—. ¿Esto no será demasiado?
Ella estaba mirando con una sonrisa en la cara a nuestras madres, que
estaban encendiendo unas velas.
—Es algo intenso, pero creo que me gusta. Estaba segura de que se
llevarían bien.
Yo intenté no sentirme demasiado incómodo. Esto de juntar a nuestras
familias no iba conmigo en absoluto. Sí, mi madre había conocido a algunas
de las mujeres con las que había salido, pero no había pasado mucho tiempo
con ellas. Sabía que había insistido esta vez porque Max le caía bien y
quería conocer a su «gente». Por mi parte, aunque esta reunión me resultaba
muy extraña, me alegraba de ver a una Renee más relajada y simpática.
Rafe seguía tan arisco como siempre, pero al menos sabía que no reservaba
la actitud desagradable para mí.
Max se dirigió hacia nuestras madres, así que yo me acerqué a donde Rafe
estaba mirando un puesto.
—Pegatinas, ¿eh? —pregunté con una mirada al surtido de adhesivos
llamativos extendidos sobre la mesa ante él.
—Me gustan los dibujos de este tío —contestó—. Se dedica al arte
callejero.
El chico delgaducho cubierto con un gorro sentado tras la mesa nos hizo un
gesto con la cabeza. Rafe tenía razón, era un artista con mucho talento. Casi
todo lo que ofrecía eran pequeños dibujos y pegatinas a precios bajos,
menos de veinte dólares, pero también había dos grandes cuadros colocados
sobre caballetes que representaban imágenes de conejos, muy realistas,
rodeados por una galaxia cuajada de estrellas. Eran obras increíbles, muy
detalladas, que parecían dignas de un museo.
—¿Cuánto cuestan los cuadros? —pregunté.
Él pareció tomar aliento antes de decirnos el precio.
—Um, dos mil dólares cada uno.
—¿Qué tamaño tienen? —pregunté, tratando de calcularlo.
—Noventa centímetros por un metro.
—¿Están firmados?
Él señaló la esquina inferior derecha.
—Ahí, muy pequeño. Horatio Suárez.
—Vendidos, Horatio —dije, tendiendo la mano hacia él.
Tanto Rafe como Horatio me estaban mirando con la boca abierta.
—Tío… ¿en serio? —preguntó Horatio.
—Sí, me gusta como pintas. —Miré a Rafe y vi que había colocado una
docena de pegatinas en una hilera, como si estuviera tratando de elegir
alguna—. También me llevo las pegatinas que él quiera. Cógelas todas,
Rafe.
—Venga ya —rio Horatio—. ¿Estás de coña?
—En absoluto. —Negué con la cabeza—. Creo que es importante apoyar a
los artistas locales y, además, en mi despacho tengo el lugar perfecto para
esos cuadros.
Horatio sacudió la cabeza, incrédulo, mientras yo le entregaba mi tarjeta de
crédito.
—¿Te importa pasarte un poco más tarde? Tengo que envolverlos para que
te los lleves.
—De acuerdo. ¿Estás listo, Rafe?
Él recogió las pegatinas.
—¿En serio que me las puedo llevar todas?
—Claro que sí, aunque no creo que te vayan a caber ahí. —Señalé a su
monopatín.
—Solo voy a poner esta —dijo, mostrándome una cabeza de gato con
galaxias en los ojos—. Las demás las guardaré.
Nos encaminamos hacia donde las señoras seguían oliendo velas.
—¿Las vas a guardar?
Rafe se puso a la defensiva.
—No me gusta pegarlas, las guardo en una caja. Me gusta mirarlas.
—Así que te gusta el arte —sonreí—. Como a tu hermana, por lo que veo.
Nos detuvimos junto al puesto de velas mientras ellas terminaban de
comprar.
—Muchas gracias por esto —dijo Rafe, refiriéndose a las pegatinas.
—Me alegro de que te gusten —dije.
Rafe arrastró un poco los pies.
—Oye, tengo que decirte una cosa.
Al oír el tono de su voz, me volví para dedicarle toda mi atención. Me
estaba mirando fijamente, con el ceño fruncido y mucho más parecido a
Max que nunca.
—Claro, ¿de qué se trata?
—No le hagas daño —dijo Rafe, señalándome con el dedo—. ¿De acuerdo?
Lo dijo de una manera que supuse que le pareció amenazadora, pero
comprendí que lo que intentaba era actuar como un hombre, y eso me llegó
al alma. Había utilizado una frase propia de una película, en un intento de
proteger a alguien a quien quería, y el efecto resultaba enternecedor. Eso
despertó en mí una oleada de ternura.
Estaba a punto de contestarle, pero me detuve, al darme cuenta de que no
podía prometerle nada. El acuerdo que teníamos Max y yo había pasado de
ser un negocio, a lo que fuera que estábamos haciendo en el mercadillo con
nuestras familias. Podíamos intentar negarlo, pero estaba claro que nuestros
sentimientos ya estaban implicados, y los sentimientos podían acabar en
dolor. Yo lo sabía muy bien.
—Lo intentaré, Rafe —contesté por fin—. Te aseguro que nunca le haría
daño a propósito.
—Bien. —Carraspeó con los ojos clavados en su monopatín.
Max se acercó a nosotros y dio un golpe a su hermano con el hombro.
—¿Qué pasa aquí? Estáis muy serios.
—Estamos decidiendo dónde colocar las pegatinas —dije, indicando con la
cabeza el monopatín de Rafe.
—Ah, ¿sí? ¿Qué habéis comprado? —preguntó.
—Todo esto. Las ha comprado Theo —contestó Rafe enseñando su
colección a Max.
Ella me miró con una sonrisa.
—Qué detalle por tu parte, gracias.
Yo le guiñé un ojo.
—¿Alguien tiene hambre? —gritó mi madre—. ¿Os apetecen crepes? Ahí
delante hay un camión de comida estupendo.
—¿Qué es una crepe? —preguntó Rafe.
—Ay, los niños —dijo Elena con una sonrisa—. Deja que te enseñe algo
nuevo, ven.
Ella le cogió de la mano y tiró de él calle abajo, lo que hizo que Renee se
echara a reír.
—¿Sigue todo bien? —pregunté a Max, cogiéndola de la mano.
—Sí, vaya sorpresa. Pensé que dos madres juntas nos darían el doble de
problemas, pero parece que se han hecho amigas inmediatamente.
—Ese es el secreto de mi madre. Es encantadora incluso con la gente a la
que le cae mal, así que todo el mundo acaba adorándola.
—¿Y por qué le iba a caer mal a nadie? —preguntó Max.
Yo la miré, sorprendido.
—¿En serio? ¿No te has dado cuenta? Es demasiado.
—Demasiado divertida, como su hijo. —Me apretó la mano—. Gracias por
lo de Rafe, ya sé que es bastante difícil.
—Está en una edad complicada. No le culpo.
Seguimos avanzando, esquivando a una mujer en bikini que repartía
muestras de batidos, y a una lectora de cartas de tarot que nos llamó
«tortolitos».
—Tu hermano me ha hecho una petición. —Eché a Max una mirada de
reojo—. Me ha pedido que no te haga daño.
Ella echó la cabeza hacia atrás con una carcajada.
—Y si no, ¿qué va a hacer? ¿Te romperá las rodillas con el monopatín?
—Para —le regañé—. Solo se preocupa por ti. Es encantador.
—Lo es —admitió ella—. ¿Qué le has contestado?
Seguimos caminando un poco más mientras pensaba mi respuesta.
—Le he dicho que nunca te haría daño a propósito.
—Vaya, eso… lo has dicho con mucho cuidado —rio Max—. Casi suenas
como un político. Te estás cubriendo las espaldas, ¿no?
—Es la verdad, ¿no crees? Hemos acordado unas reglas para evitar ese tipo
de cosas.
Su mano, que seguía en la mía, se aflojó un poco.
—Supongo que sí.
Cuando llegamos al camión de las crepes, la cola daba la vuelta al vehículo
y continuaba calle abajo. Nos acercamos a donde estaban Renee, Rafe y mi
madre.
—Qué barbaridad —dije, señalando la cola—. ¿Tan buenos son?
—Ya lo creo —contestó mi madre—. Además, les he convencido para que
los prueben, así que ahora tenemos que esperar todo lo que haga falta.
—Yo tengo muchas ganas de probarlos —añadió Renee—. Y Rafie
también.
—Mamáaa —protestó él cuando su madre le rodeó los hombros con el
brazo.
—Pues yo tengo demasiada hambre como para esperar. Voy a por unas
croquetas gourmet —dijo Max, tirando de mí hacia otro camión que había
un poco más lejos.
Cuando nos pusimos en la cola, me fijé en que Max había dejado de hablar
y se limitaba a observar a la gente que pasaba.
—¿Pasa algo? —pregunté al cabo de un rato.
—Solo estoy pensando en lo que te ha dicho Rafe —contestó, alzando un
hombro.
—¿Y?
Ella señaló a donde estaban los demás.
—Estoy empezando a pensar que lo de quedar todos juntos ha sido un error.
Ellos creen que nuestra relación es real, y están invirtiendo su tiempo en
nosotros y en conocerse. Sin embargo, tú y yo sabemos que esto se va a
acabar pronto. Todo resulta muy raro, Theo.
Noté una punzada en el corazón. Ella tenía razón y yo lo sabía, pero no
estaba dispuesto a admitirlo en voz alta.
—No sé qué decirte.
Me pareció que Max se había puesto un poco nerviosa. Se acercó un poco
más a mí.
—¿Y si averiguan la verdad? ¿Si se enteran de que hemos estado mintiendo
sobre lo de ser novios?
—A mi madre eso no le haría ninguna gracia, seguro —admití.
—A Rafe tampoco. No me lo perdonaría.
La cola se estaba acercando a la ventanilla del camión, y yo hice un
esfuerzo para pensar en cómo podríamos reenfocar la situación.
—¿Y si intentamos otra cosa? —pregunté.
Max se limitó a mirarme con la cabeza inclinada a un lado.
—¿Y si… nos centramos solo en cada momento? ¿En el día a día? Así
podremos disfrutar de estar juntos sin preocuparnos por lo que pasará
después.
—Supongo que podríamos hacer eso. —Seguía pareciendo preocupada—.
Pero, aun así…
Yo la tomé de los hombros y la giré con cuidado hacia mí.
—Ya sé que esta… situación empezó de forma muy rara, pero lo paso muy
bien contigo, y creo que tú también.
Max asintió.
—Vale. Pues entonces, vamos a verlo de ese modo, y dejemos de
preocuparnos por lo demás.
—De acuerdo —suspiró ella.
Yo la atraje hacia mí para abrazarla, y mis ojos encontraron por casualidad a
Renee, que nos estaba observando desde lejos. Mierda, Max tenía razón.
Esto se estaba complicando.
Apreté a Max contra mi cuerpo, y traté de ignorar la sensación que surgió
en mi interior. A mí me parece real, y me gusta más de lo que debería.
24

MAX

M e empezaba a sentir demasiado cómoda en casa de Theo.


Me gustaba mi pequeño piso, pero resultaba bastante sencillo decidir
entre estrujarnos en mi pequeña cama, o poder relajarnos en la enorme
cama doble de Theo. Además, estaba la terraza, las vistas, la ducha, la sala
de cine, la máquina de café profesional, y todas las comodidades que uno
pudiera imaginar. Theo proponía que fuéramos a mi casa de vez en cuando,
pero los dos sabíamos que no podía compararse a su piso.
Me había levantado temprano y me estaba preparando para una importante
sesión de fotos para Miami Magazine. Se trataba de una historia sobre el
antes y el después de la ciudad, y cuánto había cambiado en los últimos
treinta años. Iba a tener que recorrer todo Miami para conseguir las
imágenes necesarias para el artículo, y había planeado el día hasta el último
detalle, teniendo en cuenta el tráfico y el tiempo que necesitaría para hacer
cada foto. Pero, antes de nada, necesitaba un café.
Al abrir la despensa, me sorprendió encontrar unas cuantas bolsas de café
de avellana de Dunkin’ Donuts junto al café de importación
escandalosamente caro que bebía Theo. Yo había intentado acostumbrarme
al café que tomaba él, pero prefería un sabor más suave para empezar el día,
y él se había molestado en comprar el café que más me gustaba. Aaay…
—Hay copos de avena en el armario —dijo la voz grave de Theo detrás de
mí—. Sé que te gustan más que los cereales.
Me sobresalté al oírle y me llevé una mano al corazón.
—Hace tres minutos estabas como muerto.
—He notado que ibas en busca de alimento y he decidido venir a ayudarte
—dijo, acercándose para darme un abrazo—. Buenos días. Hoy tienes un
día intenso, ¿no?
Me encantaba el aspecto de Theo por las mañanas, con los ojos cargados de
sueño y el pelo revuelto.
—Muy intenso.
Le devolví el abrazo, deseando tener tiempo para desnudarle y besarle por
todas partes.
—¿Estás preocupada?
Se separó de mí un poco para mirarme. Yo sacudí la cabeza.
—El trabajo en sí no me preocupa, son los otros detalles. Tener que
conducir por toda la ciudad, coordinar los horarios con los gerentes de los
edificios, y todo eso.
Theo se detuvo un momento, con una mano sobre la máquina de café.
—Vaya. ¿Quieres que te lleve mi chófer? Eso te facilitaría las cosas, ¿no?
Yo lo pensé un momento y me di cuenta de que tenía razón, pero seguro que
dejarme a su chófer durante ocho horas no sería barato. Por supuesto, él
podía pagarlo, pero no quería aprovecharme de su generosidad. Aunque no
dejara de recordarme a mí misma que no se parecía en nada a Nick y no me
exigiría nada a cambio, la enorme cantidad de dinero que se estaba gastando
en mí me seguía poniendo nerviosa en algún profundo nivel del
subconsciente que no conseguía controlar.
—No, puedo apañarme. Lo he planificado todo hasta el último minuto, y si
hago cambios ahora, seguro que me lío —mentí.
Él me miró un instante más.
—¿Estás segura? Fernando está disponible.
—Estoy segura —contesté, al tiempo que abría la bolsa de café y señalaba
la máquina con la cabeza—. Lo que tienes que hacer es recordarme cómo
funciona este trasto.
El aparato, que tenía toda clase de mandos y botones, parecía más adecuado
para una cafetería que para una casa.
—Ya lo preparo yo, tú haz los copos de avena. Haz suficientes para dos, por
favor.
La primera vez que preparé los copos de avena a mi manera, Theo había
puesto cara de asco, pero cuando le convencí de que los probara, había
reconocido que resultaban deliciosos con mantequilla de cacahuete y
trocitos de chocolate.
Theo puso algo de música y yo sonreí, pensando en que la rutina de la
mañana se había vuelto familiar para los dos. El ambiente era muy
doméstico.
No conseguí convencerle para que se duchara conmigo, porque sabía que
hacerlo me retrasaría. Me puse unos pantalones con muchos bolsillos y una
camiseta de tirantes, metí lo que necesitaba en la bolsa de la cámara y crucé
los dedos, esperando que todo fuera bien. Si a Miami Magazine le gustaba
mi trabajo, podrían contratarme para otras oportunidades. Trabajar para las
revistas no solía ser muy lucrativo, pero esta, en concreto, pagaba bastante
bien.
Estuve lista en cuarenta y cinco minutos, y me dirigí a la puerta,
reconfortada por un largo beso de buena suerte de Theo. No podía evitar la
sonrisa que se dibujaba en mi cara cada vez que pensaba en él.
Fui capaz de cumplir mi horario hasta la hora de comer, y estaba
comiéndome un sándwich rápido durante una pausa entre dos citas cuando
sonó mi teléfono. Era el colegio de Rafe. Eso no presagiaba nada bueno.
—Soy Maxine —contesté con mi voz más seria de adulto responsable.
—Hola, soy Judy, llamo de la secretaría de Central. Quería hacer una
comprobación. Rafe no ha venido hoy al colegio. Hemos intentado llamar a
su madre, pero no contesta. ¿Sabes el motivo de su ausencia?
Mi cerebro barajaba distintas posibilidades a toda velocidad. Últimamente,
Rafe era más difícil de controlar. ¿Habría decidido no ir al colegio? Si era
así, más valía que se me ocurriera algo rápido, porque Nick se enfadaría
muchísimo con él si había hecho novillos.
—Sí, por supuesto, lamento las molestias. Rafe no se encontraba bien, y
creo que a nuestra madre se le ha olvidado avisarles. Seguro que ha ido a la
farmacia a por medicamentos. A menudo se olvida de llevarse el teléfono,
nos vuelve locos a todos.
Reí un poco para convencerla, y ella me devolvió otra risa.
—Claro, entendido. Entonces, ¿vendrá mañana?
—Yo creo que sí —contesté, esperando que fuera verdad—. Gracias por
llamar, y una vez más, mis disculpas por olvidarnos de avisar.
Llamé a mi madre en cuanto colgué, pero la llamada fue directa al buzón de
voz. El corazón se me aceleró. ¿Habría hecho algo Nick?
Dejé vagar la mirada a mi alrededor mientras pensaba qué podía hacer.
Estaba sentada en un banco a la sombra, cerca del hotel Fontainebleau,
donde tenía la siguiente cita. Había quedado con el gerente para subir a la
azotea del edificio. Me había costado media docena de llamadas organizar
la visita, y solo había conseguido que me dejaran veinte minutos para hacer
fotos. Una vez que terminara allí, tenía que ir a toda velocidad a Churchill’s
Pub para hacer unas fotos antes de que se hiciera de noche, y eso no le
había hecho ninguna gracia al responsable nocturno medio vampiro que me
tenía que atender. No podía dejarlos colgados para ocuparme de lo que
estuviera pasando con Rafe.
Aun así, no podía librarme de la sensación de que podría haber ocurrido
algo serio. Decidí llamarle a él directamente, aunque estaba segura de que
no lo cogería.
—¿Max?
El alma se me cayó a los pies cuando me fijé en el tono de su voz. Estaba
intentando no llorar.
—Rafe, ¿qué pasa? ¿Dónde estás? Me acaban de llamar del colegio.
¿Dónde está mamá?
Él sollozó.
—Ha ido a una clase para aprender a preparar casas para visitas. Ya sabes,
por el trabajo. Yo estoy en casa, porque no me encontraba muy bien esta
mañana. Le pedí a él que llamara al colegio, pero no quiso. Dijo que no
tenía pinta de estar malo.
—¿Y lo estás? —pregunté con intención. Como todos los niños, Rafe
también había fingido alguna vez estar malo para no hacer un examen, si no
había estudiado.
—¿Crees que querría quedarme en casa con ese gilipollas si no lo
estuviera? —La voz de Rafe sonó casi como un chillido—. Ni de puta coña.
Me duele mucho la cabeza. Estoy tratando de descansar un poco y él está
trabajando en no sé qué proyecto estúpido y haciendo un montón de ruido.
Esa librería que mamá le pidió que montara hace meses. Ha tenido que
ponerse a hacerlo hoy, justo al lado de mi cuarto.
—Rafe…
—Me duele mucho la cabeza, Max. —Noté la desesperación en su voz—. Y
no quiero estar aquí con él.
Dijo esa última frase en un susurro, como si le preocupara que Nick pudiera
oírle. A pesar del esfuerzo que hacía para parecer un tipo duro, mi hermano
no era más que un niño. Dejé escapar un suspiro. Quedaban diez minutos
para mi siguiente cita, y tenía que hacer algo.
—Aguanta un poco. Voy a sacarte de allí, ¿de acuerdo?
—Gracias, Max —dijo con un hilo de voz.
Un hombre bajito vestido con un traje azul claro se acercó a mí con aspecto
dubitativo.
—¿Eres Maxine?
Yo me puse en pie de un salto.
—Sí. Hola, tú debes de ser Phil.
—¿Estás preparada?
—¡Estoy deseando empezar! —Le mostré mi teléfono—. Solo necesito dos
minutos para llamar a un cliente —mentí—. ¿Nos encontramos en el
vestíbulo?
El asintió, con aspecto desconcertado. Tenía que resolver esto a toda
velocidad, así que marqué el número rápidamente. Theo contestó al
segundo tono.
—Hola, Max. ¿Qué tal vas?
—Hola, no muy bien. Rafe está en casa enfermo, y está teniendo problemas
con Nick. Mi madre no está en casa para intervenir. Me ha llamado y
sonaba como si estuviera llorando. —Bajé un poco la voz—. Yo no puedo
ir, pero necesito sacarle de allí. ¿Tú podrías ir a recogerle? Sé que es pedir
mucho, y no pasa nada si no puedes ir.
—Yo me encargo —me interrumpió—. Voy para allá ahora mismo.
Sentí que, por fin, podía respirar de nuevo.
—Mil gracias.
—No pasa nada. Tú céntrate en el trabajo y quédate tranquila. Rafe estará
bien conmigo. Cuando estés acabando, avísame y decidimos dónde
podemos ir a cenar los tres.
—Eso sería genial —dije con una sonrisa—. Gracias. No sabes cuánto te lo
agradezco.
—Deja de preocuparte y vuelve al trabajo —me regañó con suavidad—.
Luego hablamos.
Colgué e inspiré hondo para calmarme. Los problemas de mi familia eran lo
último que necesitaba ahora, sobre todo si me obligaban a implicar a Theo
otra vez. Era una suerte que hubiera estado dispuesto a ayudarme. Ya sabía
que Rafe era un adolescente malhumorado y arisco, así que se imaginaría
que aún sería más intratable si se encontraba mal.
Pero Theo siempre parecía arreglarlo todo, y eso me hacía sentir mejor.
25

THEO

C uando llegué a la casa, caí en la cuenta de que no tenía el número de


Rafe. Max me había enviado un mensaje para avisar de que empezaba
su reunión y ya no estaría disponible, así que no podía llamarla.
Por suerte, no tuve que esperar demasiado. Rafe debía haber estado mirando
por la ventana, porque salió enseguida de la casa con el monopatín en la
mano. Yo había cogido el Porsche negro, porque pensé que le gustaría más
que el Land Rover, y quizá eso nos daría algo de qué hablar.
Rafe estaba a medio camino hacia el coche, cuando la puerta de la casa
volvió a abrirse y un hombre vestido con camiseta y vaqueros salió gritando
detrás de él.
—Eh, ¡eh!
Rafe no se volvió, y siguió caminando hacia el coche con actitud decidida.
—¿A dónde crees que vas? —gritó el hombre—. ¿Quién es ese?
Rafe se detuvo, pero no se volvió hacia el hombre.
—Te estoy hablando, chaval. ¿Quién cojones es ese tío?
Rafe empezó a andar de nuevo hacia el coche, obligando a su padre a bajar
corriendo las escaleras para ir detrás de él.
Yo estaba ya harto. Salí del coche y me enderecé, con los ojos clavados en
Nick. Cuando me vio y observó que era bastante más alto y fuerte que él, se
detuvo en seco, y luego avanzó un poco hacia nosotros con paso vacilante.
Estaba borracho.
—¿Quién eres? —dijo con altanería.
—Un amigo. He venido a recoger a Rafe.
—Eso es lo que tú te crees —dijo, con un resoplido—. Dice que está
enfermo, así que no va a ir a ningún sitio.
—Entra en el coche —dije a Rafe sin levantar la voz.
Él asintió y se sentó en el asiento del copiloto. Nick y yo nos quedamos
mirándonos el uno al otro, en un silencioso desafío que yo no iba a
permitirle ganar.
—Es mediodía y ya estás borracho. Rafe se viene conmigo —expliqué.
Me había asegurado de no poner un pie en su propiedad, y no me pareció
que Nick tuviera ninguna intención de acercarse a mí. Siempre me habían
dicho que mi altura podía resultar imponente, y en ese momento, contaba
con ello.
—Cállate la puta boca —gritó Nick, mirando a su alrededor con expresión
incrédula, como si que le hubiera acusado de beber en pleno día fuera lo
más absurdo que había oído nunca—. ¿Por qué te metes donde no te
llaman?
—Yo solo sé que me llevo a Rafe.
Sin más, volví a meterme en el coche y me largué derrapando un poco,
aunque eso solo lo hice por Rafe. Vi que un lado de su boca se curvaba
hacia arriba un momento, cuando se giró para ver a Nick desaparecer en la
distancia.
—¿Estás bien? —pregunté cuando salimos a la autopista.
—Sí.
—Tu hermana ha dicho que te dolía la cabeza. ¿Necesitas una aspirina, o
alguna otra cosa?
—No. Me he tomado una hace una hora o así.
—¿Te encuentras mejor ahora? —Le miré de reojo.
Él asintió una vez con la cabeza. Uf, iba a ser una tarde muy larga.
—¿Tienes hambre? —le pregunté—. Podemos ir a comer algo.
—Me he comido media pizza fría. No quiero nada.
Eso echaba por tierra mi primer plan para pasar el rato, y aún quedaban al
menos cuatro horas hasta que Max terminara su trabajo. Había que pasar al
plan B.
—¿Te sientes bien como para que hagamos algo, o prefieres ir a mi casa a
descansar?
—Depende. —Se encogió de hombros.
—Vale —proseguí—. Hay algo que creo que te gustará. Es una mezcla de
dos cosas que sé que te interesan.
—Vale.
Giré a la derecha y me dirigí a la galería, con la esperanza de que no
pensara que mi plan era una estupidez.
—¿Qué es esto? —preguntó cuando bajó del coche, mirando al edificio
blanco con ojos entrecerrados.
—Es una galería de arte en la que hay una exposición de artistas urbanos.
Entre otras cosas, tienen unos cuantos monopatines pintados a mano.
—¿En serio?
—Sí. Les he comprado cuadros en alguna ocasión, y ellos me envían
correos acerca de sus exposiciones, por si les compro más. Cuando leí que
tenían esta exposición, pensé que tal vez te interesaría.
Él asintió un par de veces con la cabeza. Seguramente ese sería todo el
entusiasmo que iba a mostrar. Me dirigí hacia la puerta con Rafe caminando
detrás de mí. Cuando entramos, una mujer rubia con un ajustado vestido
azul me saludó, y Rafe se la quedó mirando.
—Bienvenido de nuevo, señor Barnes.
—Gracias. ¿Podemos echar un vistazo?
Ella hizo un gesto para señalar el amplio espacio, decorado con enormes
lienzos de aspecto caótico.
—Por supuesto. Si tiene alguna pregunta sobre los artistas o las obras, no
dude en consultarme.
Dejé que Rafe se dirigiera a donde quisiera.
—Este es brutal —susurró al acercarse al primer cuadro, con los ojos muy
abiertos.
Se trataba de una obra muy alucinante, una mezcla de colores, cuerpos y
objetos arremolinados entre sí. Rafe rio cuando se fijó en que, en una
esquina del cuadro, había dos mujeres abrazadas, con los pechos
descubiertos.
—¿Te gusta? —pregunté.
—No está mal, aunque es una flipada. —Se alejó unos cuantos pasos hacia
otro cuadro—. Este me gusta más.
Era una sencilla calavera, pintada con gruesas líneas negras en un lienzo
amarillo y con una corona en llamas.
—Este está bien. No me quiero poner en plan experto, pero creo que hace
referencia a un artista de los años ochenta llamado Keith Haring, y a otro
artista llamado Basquiat que se hizo muy famoso después de morir.
—Ese nombre me suena —dijo Rafe, volviéndose hacia mí—. Es el de la
corona. Lo he visto en TikTok, y en camisetas con sus imágenes. Me gusta.
—Entonces tenemos algo en común. Algún día me gustaría poder comprar
alguno de sus cuadros originales.
No me pareció necesario añadir que el último de sus cuadros se había
vendido en una subasta por ciento diez millones de dólares.
—Ahí están los monopatines —dijo Rafe, corriendo al otro lado de la sala,
esta vez sin intentar ocultar su emoción.
Me acerqué a donde miraba con atención los monopatines, protegidos por
urnas de cristal alineadas ante una pared.
—Ese de ahí es chulísimo —dijo Rafe, señalando uno que tenía pintado un
demonio sonriente.
—Está claro que te va el tema —reí—. Muy macabro.
—No es eso —dijo, y se volvió hacia mí—. Hay muchas cosas que me
gustan. Me gusta la pegatina del gato que me compraste en el mercadillo—.
Avanzó un poco más, volviendo la atención a los monopatines—. También
me gusta este de la seta y el conejito.
Me acerqué un poco más para ver el monopatín que había señalado. Tenía
pintada una seta roja muy realista, con un conejito diminuto acurrucado
debajo de ella. El efecto era muy etéreo y femenino, y me encantó que este
chico tan «duro» admirase también una obra que se podría considerar más
femenina.
—Estoy de acuerdo, es impresionante.
Rafe y yo recorrimos la sala comentando lo que le gustaba y lo que no. Yo
le escuché sin juzgarle porque, si bien Renee y Max hacían lo posible por
apoyarle, no estaba seguro de que recibiera a menudo el apoyo de una
figura masculina.
La rubia se acercó a nosotros cuando estábamos terminando el recorrido.
—¿Hay algo que le haya gustado, señor Barnes?
Yo miré a Rafe.
—¿Tú qué opinas?
Aunque él se había pasado la última media hora opinando sobre todo lo que
veíamos, en ese momento no dijo nada.
—Ha estado bien —dijo sin levantar la vista del suelo.
—Nos ha parecido todo muy interesante —añadí—. Gracias por dejarnos
echar un vistazo.
Le di una palmadita a Rafe en el hombro cuando salimos a la calle. Al
llegar al aparcamiento, se volvió a mirarme.
—¿Era una modelo, o algo?
Tuve que contenerme para no soltar una carcajada. Así que por eso no había
dicho ni una palabra: la chica le había gustado.
—Es posible. Esto es Miami, hay más modelos en esta ciudad que en
ningún otro lugar del mundo. Salvo, quizá, en Brasil.
Rafe seguía mirando el edificio, como si esperase poder verla otra vez.
—Era… uf.
—No me he fijado —contesté con sinceridad.
—Ya, está claro —dijo él con una risa—. Max y tú estáis atontados, dais
asco.
Sin embargo, a pesar de sus palabras, no parecía asqueado, sino más bien
contento.
—Yo creo que es muy romántico, pero entiendo que tú no lo veas así.
Después de todo, ella es tu hermana.
Cuando entré en el coche, me acordé de la forma en que me había
amenazado el día que fuimos al mercadillo.
—Tienes que saber que la estoy cuidando bien —añadí con suavidad.
—Bien —contestó—. Se lo merece.
—En eso tienes razón.
—¿Dónde vamos ahora? —preguntó Rafe—. No volveremos a casa
todavía, ¿no?
La voz le temblaba un poco.
—No, aún no. Te tendrás que quedar conmigo hasta que Max acabe su
trabajo. ¿Te parece bien?
—Supongo. Tampoco es que tenga otra opción —dijo con expresión
sombría.
—¿Por qué no vamos a mi casa? Va a empezar el partido de los Dolphins.
Podemos verlo y decidir si queremos comer algo. Puedo pedir algo de
comida.
—No he visto un partido en la tele desde que mi padre le tiró una bota a la
nuestra.
Agarré el volante un poco más fuerte. Pobre chico, tener que vivir en esas
condiciones. Quería que me hablara de cómo era su vida en casa, pero sabía
que estar conmigo le permitía olvidarlo todo durante un rato, y no quería
privarle de esa oportunidad.
—Tengo una tele de plasma de noventa y ocho pulgadas, y una sala de cine,
por si quieres ver el partido en pantalla grande. Tú decides.
—Caray —murmuró—. Eso mola.
—«Mola» cuando tengo a alguien con quien compartirlo.
Le miré de reojo, pero él tenía la cara vuelta hacia el otro lado y miraba por
la ventanilla.
—Oye, ¿te importa si pasamos antes por otro sitio? —pregunté.
—Depende.
—Me apetece un helado. Hay un sitio nuevo donde venden helados y
donuts. Ha abierto hace poco. ¿Te apetece ir?
—Jo, pues claro.
Rafe y yo pasamos la siguiente hora atiborrándonos de dulces. Él se relajó
un poco, dejó de estar tan a la defensiva y, cuando lo hizo, no me
sorprendió descubrir que era un buen chico. Su forma de ser, muy práctica,
me recordaba a la de Max, pero él aún se encontraba inmerso en la
incertidumbre de la juventud. Daba la impresión de estar probándose su
personalidad adulta.
Cuando llegamos a mi casa, Rafe se quedó en silencio nada más entrar.
—Vaya.
—¿Has decidido si quieres ver la televisión normal o la pantalla de cine?
—Cine —dijo él, girando sobre sí mismo para apreciar el entorno.
—De acuerdo. Te voy a enseñar dónde está e iré a por unas bebidas.
Cuando le dejé acomodado ante la pantalla, saqué el teléfono del bolsillo.
Tenía montones de mensajes y correos del trabajo, pero ni señal de Max.
Eso era muy raro. Sabía que estaba ocupada, pero ya que me había dejado a
cargo de su hermano, había supuesto que encontraría unos minutos para ver
cómo iba todo. Traté de preocuparme por eso y preparé una bandeja con
unas cuantas bebidas y algo para comer, pues Rafe estaba en la edad de
estar siempre muerto de hambre.
Cuando entré de nuevo en la sala, él se había acomodado en uno de los
sillones de cuero. Me alegré de verlo, se merecía la posibilidad de relajarse
en un entorno tranquilo.
—¿Ya sabes cómo funciona el proyector? —pregunté.
—Sí, está chupado.
Me hizo gracia que no solo hubiera averiguado cómo poner el sistema en
marcha, sino también cómo encontrar el canal que quería ver. El técnico
que lo instaló me había tenido que dar a mí una demostración de treinta
minutos para explicarme cómo funcionaba.
—No sé qué te gusta, así que he traído agua, refrescos y limonada, y
también patatas fritas y pretzels.
—Gracias.
—¿Sabes algo de Max? —le pregunté—. Estoy pensando en la cena. No sé
si deberíamos quedar con ella en algún sitio, o hacer planes para cenar
nosotros solos.
Él sacó el teléfono del bolsillo.
—No, no tengo ningún mensaje.
—Ya son más de las cinco —dije—. Voy a llamarla.
Mi llamada acabó en el buzón de voz.
—¿Puedes intentarlo tú, Rafe?
Ella no ignoraría una llamada de su hermano. Estaba empezando a
preocuparme, pero intenté que no se me notara, mientras él llamaba sin
dejar de mirar el partido.
—Buzón de voz —dijo, cortando la llamada.
—¿Ella suele estar en contacto contigo?
—A veces, pero no siempre —contestó, encogiéndose de hombros—.
¿Estás preocupado?
—No, no exactamente. Me pregunto qué estará pasando. No me dijo que
fuera a trabajar hasta tarde.
—Estás preocupado —afirmó Rafe.
No pude contestarle porque, sí, lo estaba. Un poco.
26

MAX

V ictoria.
Estaba agotada, sucia y sudorosa, pero lo había conseguido; al menos,
por esta vez. Después del problema con Rafe, mis diferentes citas por la
ciudad tuvieron lugar sin ningún problema, y conseguí hacer todas las fotos
que necesitaba, e incluso algunas de más. Las personas con las que había
quedado, aunque estaban muy ocupadas y no eran muy simpáticas,
resultaron ser de gran ayuda, y me dejaron acceder a zonas que no estaban
en mi lista de lugares para visitar. Mi trabajo iba a impresionar a la revista.
Saqué el teléfono de mi bolsillo trasero sin pensar, antes de recordar el
accidente. Se me había caído desde la azotea del Fontainebleau y, aunque
había seguido funcionando durante una hora más, después se había apagado
definitivamente. Me fastidió un poco quedarme sin teléfono, pero me vino
muy bien la falta de interrupciones. No tener el teléfono sonando cada
pocos minutos me había ayudado a centrarme mejor en mi trabajo. Sabía
que Rafe estaba en buenas manos con Theo, así que no tenía que
preocuparme.
Me habría encantado esperar para cenar con ellos, pero el sándwich que me
había comido al mediodía no había sido suficiente para aguantar el resto del
día, así que paré en el primer restaurante de comida rápida por el que pasé
de camino a casa. Después de comprar una hamburguesa y unas patatas
fritas, eché un vistazo a la señal luminosa que indicaba la hora y la
temperatura en la fachada de un banco. ¿Cómo era posible que fueran ya las
ocho?
Cuando llegué a casa de Theo, casi se me cerraban los ojos. Llamé al
timbre, y me sorprendió lo rápido que sonaron los pasos que se acercaron
hasta la puerta.
—¿Dónde diablos estabas, Max? —gritó Rafe, que había abierto la puerta
de golpe.
No supe si estaba preocupado, enfadado o las dos cosas.
—Hola, Rafe. Me alegro de verte —reí, entrando en la casa.
—No, en serio. ¿De qué vas? ¿Por qué no has llamado?
Me miró con una expresión muy enfadada y los brazos cruzados, como si
fuera yo la adolescente que volvía tarde. Theo entró en la habitación con la
misma expresión enfadada.
—Estábamos preocupados, Max. ¿Dónde estabas?
Al mirar sus idénticas expresiones enfurruñadas, no pude evitar sentir una
punzada en el corazón.
—¡Lo siento mucho, chicos! Se me cayó el teléfono y se ha roto —dije,
sacándolo para que lo vieran.
—¿Y no podías pedir un teléfono prestado para llamar y decirnos cuándo
ibas a volver? —preguntó Rafe—. Mamá también está preocupada, no
dejaba de llamar para preguntar dónde estabas. Quiere hablar contigo de lo
del colegio.
—Lo siento mucho, de verdad. Iba con el tiempo tan justo y tenía tanto que
hacer, que casi no he tenido tiempo para pensar. Ya sabéis como me pongo
cuando estoy trabajando.
A estas alturas, los dos sabían bien que solía aislarme del mundo cuando
estaba haciendo fotos.
—Ni se te ocurra volver a hacer algo así —dijo Rafe, sin dejar de mirarme
enfadado.
Se dio la vuelta y se alejó por el pasillo. Claramente ya se sentía como en
casa en el piso de Theo.
—Vaya —dije con una mueca, mirando cómo se alejaba—. ¿Ha ido todo
bien con él?
Theo se acercó a mí y me envolvió en sus brazos.
—Creo que sí. Hemos conseguido llevarnos bien.
—¿Ha hablado de Nick? —pregunté, acurrucándome contra su cuerpo.
—En realidad, no, y tampoco he querido insistir. Cuando he ido a buscarle,
Nick estaba borracho. Ha sido una buena idea sacar al chico de la casa.
—Siento haberte puesto a cargo, y te agradezco muchísimo la ayuda hoy. Y,
una vez más, perdóname por no haber llamado. No tenía intención de
preocuparos.
Él me besó en la cabeza.
—No vuelvas a hacerlo, ¿de acuerdo?
—Sí señor —dije, conteniendo un bostezo y apretándole un poco.
—¿Qué te parece si preparo una habitación de invitados para que os quedéis
los dos esta noche? Tú estás agotada, y él también. Puedes levantarte pronto
y llevarle a casa con tiempo para que llegue a clase.
Lo pensé durante un momento. Theo tenía razón: quedarnos esta noche
sería lo más sencillo, pero la presencia de Rafe impulsaría nuestra relación
aún más cerca de algo «real». Además, tampoco quería que Rafe
considerase a Theo una especie de hermano mayor, o una figura paterna.
Sabía que a Rafe le resultaría muy sencillo quedarse prendado de Theo. ¿A
qué chaval no le pasaría lo mismo? Esta casa, los coches, los yates, la
enorme cantidad de dinero… Theo básicamente llevaba una vida con la que
soñaría cualquier adolescente. Y no era solo eso. También era una buena
persona que ayudaba siempre a sus seres queridos. Sería fácil
acostumbrarse a depender de alguien así, pero depender de alguien era muy
peligroso.
—No, deberíamos irnos —dije, con una sacudida de la cabeza—. Así será
mejor.
Theo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Miré por encima del hombro al lugar por el que había desaparecido Rafe.
—Que deberíamos seguir actuando de forma… normal. Sin
complicaciones.
La cara de Theo se ensombreció un instante.
—Claro, por supuesto.
—¿Qué habéis hecho hoy? —pregunté, tratando de cambiar de tema. Él
consiguió esbozar una sonrisa.
—Hemos ido a una galería donde había una exposición de artistas urbanos.
Luego hemos comido helado y donuts, hemos venido aquí a ver el partido
de los Dolphins y nos hemos tomado un montón de aperitivos. Te
estábamos esperando para cenar, y eso puede ser parte de la razón por la
que Rafe está tan enfadado. El hambre le pone de mal humor.
—Oh no. ¿Y a ti también?
—No me importaría comer algo —dijo con una sonrisa.
—De acuerdo. ¿Pedimos comida? ¿Pizza?
—Comió pizza antes de que yo le recogiera —contestó Theo.
—Vaya, hasta estás pendiente de lo que ha comido —reí yo—. De acuerdo,
vamos a preguntarle qué le apetece. Como se ha puesto nervioso por mi
culpa, le dejaremos elegir a él.
Treinta minutos después, nos habíamos instalado en la sala de cine con un
montón de samosas, pan naan y pollo a la mantequilla.
—¿Cómo puede ser que no hayas probado antes la comida india? —
preguntó Theo a Rafe, que se estaba metiendo medio trozo de naan en la
boca.
—Casi nunca pedimos comida y, cuando lo hacemos, mi padre solo quiere
hamburguesas o pizza. Pero esto está muy bueno.
Rafe se había inclinado por pedir tacos, como siempre, pero Theo se las
apañó para hacerle cambiar de idea en el último momento y convencerle
para que probara la comida india, aunque tampoco había tenido que insistir
mucho. Rafe admiraba a Theo, aunque trataba de que no se le notara, y esa
admiración le había llevado a intentar impresionarle aceptando probar una
comida diferente. Resultaba enternecedor, pero también me estaba poniendo
un poco nerviosa.
Cuando pedí a Theo que recogiera a Rafe, no había pensado en las
consecuencias de que pasaran el día juntos. Quería que se llevaran bien, por
supuesto, pero me incomodaba la idea de que Rafe y Theo establecieran una
amistad auténtica. Esa amistad no sobreviviría al fin de mi acuerdo con
Theo, y eso le haría daño a Rafe. Tenía que evitarle ese dolor.
Cogí un poco de arroz mientras les escuchaba discutir sobre el quarterback
del partido. Mi hermano estaba tomándole el pelo a Theo de buen humor y
sin acritud, con una actitud que no solía mostrar ante nadie que no fuera yo.
Rafe no solía abrirse con la gente, así que me alegraba en el alma de que se
llevara bien con Theo y estuviera tan relajado, pero también me entristecía.
Esto no duraría para siempre, y no debíamos contar con que Theo estuviera
en nuestras vidas a largo plazo. Tenía que poner fin a esto.
—¿Has terminado, Rafe? —pregunté—. Tengo que llevarte a casa.
—No. Theo ha dicho que podríamos dormir aquí —protestó Rafe—. Dice
que tiene como cuatro habitaciones de invitados, y que puedo elegir la que
quiera.
—Rafe, no podemos hacer eso —respondí—. Por la mañana hay
muchísimo tráfico, y tendríamos que madrugar mucho para llegar con
tiempo para que te cambies y cojas el autobús. Además, seguro que mamá
quiere verte.
Él tartamudeó, intentando encontrar un argumento en contra, pero acabó por
dejarse caer hacia atrás en el sillón y lanzarme una mirada asesina.
—Sabes que tengo razón —dije, encogiéndome de hombros—. Lo siento.
—Yo también lo siento, chaval —dijo Theo—. Ya jugaremos al billar en
otro momento.
—Es tardísimo —dije yo, incrédula—. ¿Os ibais a poner a jugar al billar?
¿En serio?
—Hemos tenido que esperar a que acabara el partido —dijo Rafe, como si
fuera obvio.
—Sí, lo cierto es que teníamos planes para el resto de la noche, pero ya lo
haremos otro día —dijo Theo, que lanzó su servilleta a la cabeza de Rafe.
Rafe la esquivó y lanzó a su vez un cojín a Theo, aunque casi le dio a la
mesa auxiliar en la que había dejado su bebida.
—Venga, chicos, ya vale. Creo que ya es hora de separaros. Rafe, coge tus
cosas, nos vamos.
Él lanzó un suspiro dramático, pero se levantó y se dirigió a donde había
dejado tiradas sus zapatillas, andando como si le llevaran al patíbulo.
Al despedirse en la puerta, Rafe y Theo se dieron una especie de apretón de
manos secreto y Rafe salió del piso delante de mí.
—Hala, ya podéis morrearos si queréis —nos provocó al alejarse un poco.
Aunque nunca lo admitiría, yo sabía que no le disgustaba la idea de que nos
besáramos para despedirnos. Sus padres nunca se daban muestras de afecto.
Theo me envolvió en sus brazos.
—Tiene razón, he estado deseando morrearte desde que has llegado. Ojalá
no tuvieras que irte. —Puso sus labios junto a mi oído—. Me pones a mil.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Un solo comentario suyo subido de
tono hacía que me temblaran las piernas. Theo me levantó un poco la
barbilla y me besó con dulzura. Yo deslicé la lengua por su labio inferior, lo
que le provocó un gemido e hizo que me apretara un poco más fuerte.
—No hagas eso —protestó—. No es jugar limpio.
—Lo siento —contesté, apretando mi pecho contra él para provocarle un
poco más—. Te lo compensaré la próxima vez que nos veamos.
—Ya lo creo que me vas a compensar —susurró, besándome de nuevo.
Al parecer, ninguno de los dos era capaz de marcharse, así que seguimos
besándonos unos segundos más en la puerta.
—Venga ya —gritó Rafe desde el descansillo—. Ya está bien por hoy,
vámonos.
La protesta consiguió que Theo y yo nos separásemos por fin con una risa.
—Gracias de nuevo —dije, apretándole un poco el brazo—. Y siento mucho
haberte preocupado antes.
—Por cierto, ¿necesitas que te ayude a conseguir un teléfono nuevo?
Conozco a alguien que puede configurarte uno y hacer que te lo entreguen
mañana antes de las nueve. ¿Le llamo?
Theo ya estaba sacando su móvil. Cuanto más tiempo pasaba con él, más
me daba cuenta de que, tanto en su vida profesional, como en la personal, si
le pasaba algo a gente que le importaba, su papel era el de arreglar las
cosas. Era la clase de hombre que podía conseguir lo que necesitara con
solo chasquear los dedos. Pero yo no pertenecía a ese mundo, y estas cosas
me resultaban muy incómodas. Prefería resolver los problemas por mí
misma, no necesitaba que él se ocupara de mi vida.
—No te preocupes por eso, yo me encargo. —Me puse de puntillas para
besarle una vez más—. Y una vez más, gracias por todo.
Quería dejarle claro lo agradecida que estaba por que se hubiera ocupado
tan bien de Rafe, pero, sobre todo, quería agradecerle que fuese… como
era.
27

MAX

ara eso necesitas un flash. Si quieres, te puedo dar algunos


—P consejos. Yo sé mucho de fotografía.
Bajé la cámara y me preparé para enfrentarme a una situación que me
resultaba muy familiar: poner en su sitio a un hombre que no tenía ni idea
de fotografía.
Era la hora de la puesta del sol, y estaba en la playa haciendo unas fotos
maravillosas para añadirlas a las muestras que presentaría para las prácticas.
Esperaba completar con ellas las que ya había seleccionado para enviar.
Tenía que dejar de cuestionar una y otra vez cada imagen que había elegido,
y por eso había buscado este lugar remoto para hacer unas cuantas fotos
más. Tenía que centrarme en componer las imágenes que necesitaba sin que
me interrumpiera alguien tratando de ligar conmigo. Sin embargo, este tío
en pantalones cortos ajustados y un polo de rayas no parecía capaz de
comprenderlo.
—Los azules y rosas de la puesta de sol destacarán más si añades un
destello de luz, ¿sabes?
Le miré con atención antes de contestar. Físicamente no estaba mal, pero su
actitud de sabelotodo me hizo fijarme en sus defectos, como el pelo ralo y
la tripa cervecera. Como les ocurría a muchos de los hombres que se me
acercaban cuando estaba trabajando, parecía no ser capaz de ligar sin
ofrecer explicaciones innecesarias. Decidí divertirme con él un poco.
—El flash. ¿Tú crees? —pregunté.
Él asintió y se acercó un poco más, envalentonado al parecer por mi interés.
—Por supuesto. Si no añades un poco de luz, los contornos no se van a ver
claros.
—¿Y qué tipo de flash debería usar? —pregunté con toda la dulzura posible
y agitando un poco las pestañas.
—El de la cámara te vale —contestó—. Dale la vuelta para que apunte
hacia arriba. ¿Ves esos botones que tiene a los lados? Solo tienes que
presionarlos y podrás girarlo como quieras.
—Ah, vale —dije, mirando primero a la cámara que tenía en las manos, y
después a él—. Entonces, ¿crees que esa opción es mejor que utilizar un
flash cuádruple sin cable, por ejemplo? ¿Y qué opinas de los sistemas de
flash remoto por radio? Es que, verás, cuando oriento el flash de la cámara
hacia arriba, suele ser porque quiero que la luz se refleje en una superficie,
como un techo. Eso distribuye la luz y proporciona una iluminación muy
agradable. Pero resulta que ¡aquí no hay techo! Así que, si apunto la
lucecita de la cámara hacia arriba, la iluminación que emite va a
desaparecer en el cielo. Pero no me he traído los flashes sin cable. Y eso
que tengo cuatro, qué despistada soy. Menos mal que sé cómo ajustar la
apertura de la lente para conseguir la exposición que necesito con esta luz
ambiente.
—Sí… bueno, eso era lo siguiente que te iba a sugerir.
—Qué bien, pensamos igual —reí coqueta—. Y tú, ¿para quién trabajas?
¿Puede ser que haya visto tus fotos?
Él empezó a recular.
—Oh, no, yo no…
—Un momento. ¿No eres fotógrafo profesional? Has dicho que sabes
mucho de fotografía.
—Bueno, sí que sé. Es solo que…
—¿Bryan?
La voz pertenecía a una mujer que se acercaba a nosotros por la playa. El
tipo pareció amedrentarse y se alejó aún más de mí. Yo saludé a la mujer
con la mano alegremente, para que supiera que no tenía ningún interés en
aquel tipo.
—¡Hola! Me estaba dando algunas indicaciones. Tienes suerte de conocer a
alguien que sabe tanto de fotografía.
Ella le miró con desconfianza.
—Sí, mi prometido no deja de sorprenderme.
Qué situación tan desagradable. Las dos miramos disgustadas al hombre,
hasta que su prometida se lo llevó de allí.
Aprovechando la interrupción, hice una pausa para revisar las fotos que
tenía. Eran preciosas, incluso antes de editar. Maldita sea, tenía que
encontrar la forma de dejar de retrasarlo, y enviar de una vez mi solicitud
para las prácticas. Tenía fotos de sobra para elegir, eran los nervios los que
me estaban haciendo posponer la decisión.
El plazo terminaba en un par de semanas. Abrí en el teléfono la aplicación
del calendario, sin el cual estaría perdida considerando todo lo que tenía que
hacer. Gracias a Theo, estas últimas semanas había estado algo más
despistada, así que retrocedí unas cuantas semanas por si se me había
pasado algo.
Oh no.
Desde luego que había algo que se me había pasado, y no tenía nada que
ver con el trabajo, ni con las prácticas. ¡No podía ser!
Con todo lo que estaba ocurriendo últimamente, no me había dado cuenta
de que se me había retrasado la regla. Y no se trataba de solo unos días,
llevaba mucho retraso. ¿Podría estar…? El corazón me empezó a latir a toda
velocidad mientras intentaba calcular las fechas de mis citas con Theo. Oh,
vaya, sí que era posible, pero no tenía sentido.
Me senté en una roca y me quedé mirando el último destello de sol sobre el
horizonte, tratando de analizar la situación. Estaba tomando la píldora, y
eso funcionaba. Debía de tratarse de una falsa alarma.
Cerré los ojos con fuerza y tuve que admitir la verdad. Sí, tomaba la
píldora, pero no lo hacía con regularidad. Cuando estaba muy liada, me
volvía descuidada. Algunos días me acordaba de tomarla con unas horas de
retraso, o a la mañana siguiente. A veces me olvidaba de tomarla durante
unos cuantos días seguidos. Cuando estaba sola daba igual, pero ahora que
Theo y yo estábamos… bueno, disfrutando el uno del otro, esos descuidos
podían representar la diferencia entre mi vida de soltera y… bueno, lo que
fuera que implicaba tener un bebé con un millonario.
Me miré la tripa. ¿Habría tenido algún síntoma que no hubiera notado? Pero
claro, con lo liada que había estado, lo más probable era que no me hubiera
dado cuenta de todos modos. Cerré los ojos de nuevo, eché la cabeza hacia
atrás e intenté prestar atención a mi cuerpo, por si sentía algo. Pero no,
nada. Lo único que notaba era hambre, y mi estómago gruñó para dejármelo
más claro.
Recogí mis cosas y corrí a la farmacia más cercana, donde compré tres
pruebas de embarazo distintas. No pensaba dejar lugar a ninguna duda.
Consideré la posibilidad de llamar a Theo para avisarle, pero solo pensar en
la conversación me revolvió el estómago; eso me hizo dudar de si se trataría
de la preocupación, o si la sensación de náuseas procedía de algo que
afectaría mucho más a mi vida.
No, sería mejor no preocupar a Theo si no hacía falta. Seguramente sería
una falsa alarma, así que, ¿para qué iba a contárselo?
Pero ¿y si estuviera embarazada? Intenté imaginarme cómo le sentaría la
noticia a Theo. No se nos había ocurrido ni hablar del tema, ya que nuestra
relación se limitaba a lo acordado. Teníamos un contrato con un plazo, eso
era todo. No tenía sentido hablar de nuestras vidas, porque ni estábamos
juntos, ni esto iba a durar. Ni siquiera sabía si le gustaban los niños, o si
había pensado en tenerlos, y mucho menos conmigo.
Hice la primera prueba, la coloqué en la encimera del baño y salí de allí a
toda velocidad. No dejé de dar vueltas por mi pequeño piso mientras
esperaba los resultados, con las manos sobre la tripa, como si pudiera sentir
lo que pudiera estar pasando dentro de mi útero. En ese momento, sonó el
teléfono, y pegué un salto, creyendo que era la alarma que había puesto para
la prueba.
De todas las personas que podían llamarme en este momento, tenía que ser
ella.
—Hola, mamá.
—Hola, cielo. Una pregunta rápida. ¿Has hecho alguna vez estofado de
carne?
La extraña pregunta me cogió por sorpresa.
—Mamá, ya sabes que no cocino.
—Sí, lo sé, pero por alguna razón, creía que lo habías preparado antes. —Se
rio un poco—. ¡Qué tonta soy! El caso es que lo iba a hacer hoy para los
chicos y me estaba preguntando si podría quitar los champiñones. ¿Qué
opinas?
Entonces caí en que esta llamada era su forma de hacerme saber que las
cosas iban mejor en casa. Ella había vuelto a preparar comidas complicadas
para Nick, con la esperanza de mantenerlo de buen humor.
—Supongo que sí —contesté—. No me sé la receta.
—Nick odia los champiñones, ya sabes, así que he pensado en no ponerlos.
—Es una buena idea. ¿Estáis bien Rafe y tú?
—¡Estamos genial! —dijo ella enseguida—. ¿Y tú? ¿Cómo está Theo?
Miré la puerta cerrada del baño.
—Bien.
—Me alegro, cariño. A Rafe le cae muy bien.
—El sentimiento es mutuo —dije, a través de un nudo que se me había
formado en la garganta.
Oí que ella hablaba con otra persona en su lado.
—Bueno, cielo, tengo que dejarte. Nick dice que la casa empieza a apestar a
ajo y cebolla, así que voy a ver qué hago. ¡Adiós, cariño!
Me quedé mirando el teléfono que tenía en la mano, mientras mi mente
trazaba paralelos con la vida de mi madre. Al quedar embarazada de Rafe,
ella se había visto atrapada en una relación a la que no había podido
adaptarse, incluso después de tantos años. ¿Acabaría yo en la misma
situación si la prueba resultaba positiva?
Claro, que no se podía comparar a Theo con Nick, pero, aun así…
En ese momento sonó la alarma del teléfono, y me preparé para lo que
pudiera encontrar. Había dejado el palito de plástico de forma que el
resultado quedase de cara a la pared. Respiré hondo unas cuantas veces e
intenté convencerme de que, fuera cual fuera el resultado, podría
apañármelas sola.
Me miré al espejo y me sorprendió el buen aspecto que tenía, a pesar de lo
tensa que estaba. Ojos luminosos, piel resplandeciente, pelo brillante. Era
imposible que estuviera embarazada, porque siempre había oído que el
primer trimestre era horroroso. Eso me hizo sentir algo más de confianza,
así que cogí la prueba y le di la vuelta. Era imposible, no pasaría nada.
Hasta que vi la palabra que ponía en el resultado.
Embarazada.
28

THEO

M e sorprendió que la policía no se hubiera presentado aún en la fiesta.


Me acerqué a la pequeña casa tanto como pude, ya que no había sitio
para aparcar en la calle. El jardín delantero estaba lleno de adolescentes, y
desde la casa se oía la música a todo volumen. Recordé las fiestas que había
organizado en casa cuando era joven y mis padres no estaban, y me asaltó
una oleada de nostalgia. Nosotros también habíamos hecho locuras, pero lo
que había venido a hacer hoy aquí era totalmente distinto.
Por otro lado, las cosas habían sido diferentes en mi caso. Yo no empecé a
beber hasta que estuve en el instituto, mientras que Rafe era demasiado
joven para empezar ya con la bebida. Lo único que me tranquilizaba era que
él mismo parecía haberse dado cuenta de eso, ya que me había llamado. Por
eso había venido hasta ese lugar.
Le envié un mensaje de texto para avisar de que había aparcado a una
manzana de la casa y, cuando transcurrieron unos minutos sin recibir
respuesta, le llamé.
—¿Sí? —Rafe arrastró la palabra.
—Rafe, ¿no te ha llegado mi mensaje? Te estoy esperando fuera. ¿Necesitas
que entre a por ti?
Hice una mueca al oírme. Sonaba como el padre de alguien, aunque no
había tenido esa intención.
—No, ¡ni se te ocurra entrar! Ahora mismo salgo.
Colgué y me entretuve observando la escena delante de la casa. El jardín
estaba lleno de vasos rojos de plástico y jóvenes que hacían torpes intentos
para ligar. Entendía que era un rito de iniciación, pero Rafe seguía siendo
muy joven para todo esto.
Él llegó al cabo de unos minutos, con el monopatín agarrado contra el
pecho como un escudo. Hice sonar el claxon una vez y no pude evitar reír al
ver que todos los chavales se quedaban quietos y miraban a su alrededor
con caras asustadas. Rafe se acercó al coche tambaleándose un poco, y me
pregunté si no vomitaría.
—Hola —saludé cuando abrió la puerta y se inclinó para mirarme.
—¡Hombre, Theo! —contestó con una sonrisa bobalicona, dejándose caer
en el asiento—. ¿Qué pasa? ¿Todo bien?
—No te preocupes por mí —dije, al tiempo que arrancaba el coche—.
Ponte el cinturón.
—¡Sí, señor! —rio.
—¿Qué has estado bebiendo? Hueles como una despedida de soltero.
—Nooo —contestó—. Nada de eso, tío. Solo he tomado un vaso o dos. Pero
eran muy pequeñitos, como para bebés.
—Chupitos. Quieres decir que has estado bebiendo chupitos.
Él me señaló con los dedos formando una pistola y me guiñó el ojo.
—¡Lo que tú digas!
—Rafe —suspiré—. Eso es peligroso. ¿Qué has bebido, y cuánto?
—Pues uno era de una botella blanca, y sabía como a gasolina y coco.
—Vale, eso es Malibú. ¿Algo más?
—Sí, uh. El otro tenía como oro. Se llamaba «golsager» … ¿O era
«golbager»? Ese sabía a gasolina y canela.
—Goldschlager. Genial. ¿Alguna otra cosa? Y más te vale que no.
—Umm… deja que piense… —Empezó a tararear la canción de un
concurso de la tele y se echó a reír.
—Céntrate, Rafe —le ordené, con los dientes apretados.
—¡Voy, voy! ¿Por qué crees que tarareaba eso? Bueno, creo que también
me he tomado una o dos cervezas. Y eso es todo. Luego te he llamado.
—Ojalá me hubieras llamado antes del primer chupito. Así habría podido
convencerte de que no te lo tomaras.
—No, ha sido divertido. —Hizo una pausa—. Bueno, también me ha dado
un poco de miedo. Y tengo el estómago revuelto.
La cabeza se le caía hacia un lado cada vez que el coche giraba una esquina.
—Bien —murmuré—. Espero que eso te sirva de lección.
De pronto, se enderezó de golpe con cara de susto y miró por la ventana.
—¡Un momento! ¿Me llevas a casa? Theo, no, no puedes llevarme a casa
así.
—¿En serio crees que te llevaría a tu casa estando borracho? —Le miré
enfadado—. No, vamos a mi casa. Puedes dormir la mona allí.
—Vale, gracias. —Rafe había cerrado los ojos y jadeaba como si acabase de
terminar una carrera—. Mis padres creen que me quedo a dormir en casa de
Colton.
Continuamos unos minutos en silencio. Miré a Rafe, pensando que tal vez
se habría quedado dormido, pero tenía los ojos abiertos y estaba mirando la
carretera.
—¿Por qué no has llamado a tu hermana?
Él rio sin ganas.
—¿A Max? ¿Estás de coña? Es peor que mi madre, me habría dado una
paliza.
—Quizá sea eso lo que necesitas.
—¿Qué quieres decir? —Me miró enfurruñado.
Consideré si debía continuar. Después de todo, esto no era asunto mío, ¿no?
Solo hacía unas semanas que conocía a Rafe, y eso no me daba ningún
derecho a sermonearle. Pero, por otro lado, creí que debía aprovechar la
oportunidad de enderezarle un poco. Estaba claro que no contaba con su
padre para que le diera buenos consejos. Puede que yo no fuera la persona
adecuada para hacerlo, pero alguien tenía que hacerse cargo. Y si yo era lo
más parecido a un hombre responsable que había en su vida, pues que así
fuera.
—Rafe, lo siento, pero eres demasiado pequeño para ir de fiesta y empezar
a beber. No es bueno para ti.
Él exhaló con fuerza y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Lo que tú digas.
—Va en serio. No conoces tus límites. Los chicos de tu edad asumís
riesgos, las cosas se desmadran y eso puede ser peligroso.
Él se limitó a encogerse de hombros. Había vuelto a ser el chaval que
conocí al principio: silencioso y enfurruñado. Como no le gustaba lo que le
había dicho, me estaba ignorando. Quise añadir muchas más cosas, pero
sabía que ahora no estaba de humor para escucharme. Tal vez podría
hacerlo por la mañana, cuando le doliera la cabeza y se hubiera dado cuenta
de lo que pasaba después de una borrachera.
Entramos en el aparcamiento del edificio y Rafe se volvió a mirarme antes
de salir del coche.
—Se lo vas a contar a Max ¿no?
—Aún no lo sé —contesté.
—Theo —pidió—. Venga ya.
—De acuerdo. Si me prometes que no lo volverás a hacer, no se lo diré. Al
menos, aguanta hasta que estés en el instituto.
Él no contestó, y yo empecé a salir del coche.
—Tú decides.
—Vale, de acuerdo, tú ganas —contestó por fin, y estuvo a punto de
tropezar al seguirme—. No lo haré.
—No harás, ¿qué?
—No beberé hasta que sea mayor. Pero ¿puedo ir a fiestas?
—Si crees que podrás resistir, aunque los demás te presionen para que
bebas, sí puedes. —Le miré muy serio—. Pero tienes que recordar… —dejé
la frase en el aire.
—¿Qué?
Aunque no era yo quien debía decirle esto, él necesitaba escucharlo.
—Tu padre bebe y, por lo que he oído, bebe mucho. Por esa razón, es
posible que tengas una… predisposición genética a beber más que los
demás.
—Vale, lo que tú digas —contestó con cara malhumorada.
—Anda, vamos —dije, dirigiéndome al ascensor.
Rafe me siguió, arrastrando los pies y mirando los coches de lujo aparcados
en el garaje. Señaló uno de color naranja, que estaba en un rincón.
—¡Ese es un Lotus!
—Sí, es mío.
Era un coche deportivo que casi no cumplía los requisitos para conducir por
la calle. Por esa razón, solo lo sacaba cuando podía ir a una pista de
carreras.
—Vaya —dijo en un suspiro, acercándose para admirarlo.
—Me alegro de que te guste. ¿Sabes cómo lo conseguí?
Rafe me miró y negó con la cabeza.
—No bebiendo cuando tenía trece años. Anda, vamos a casa.
En el ascensor, Rafe se dobló por la cintura y gimió un poco. Supe
exactamente lo que iba a pasar. Al entrar en casa, le llevé directo a la
habitación de invitados que tenía el baño más accesible.
—Puedes dormir aquí. Voy a traerte algo para que te cambies.
Cuando volví a la habitación, Rafe se había quedado dormido sobre la
cama, con la ropa puesta.
—Eh, despierta —le dije, sacudiéndole un poco el hombro.
Él se sentó y miró a su alrededor.
—¿Qué? ¿Dónde estamos?
—En mi casa. Ve a enjuagarte la boca y cámbiate.
—Oh —Rafe se tambaleó un momento—. Espera, no me encuentro muy
bien.
—Ahí tienes el baño —dije, volviendo a sujetarle del hombro y girándole
para situarle frente a la puerta—. Ve.
Al cabo de unos segundos, se dirigió al baño, cerró la puerta de un golpe y,
enseguida, escuché que estaba vomitando.
—Bien —pensé—. Así aprenderá la lección.
Esperé para asegurarme de que estaba bien. Cuando salió por fin, se había
puesto la camiseta y el pantalón corto que le había dejado, y su cara estaba
algo menos verde.
—¿Te encuentras mejor? —le pregunté.
—Sí.
Su voz sonó más apocada, y en ese momento, se notó mucho que solo tenía
trece años. Seguía sin ser más que un niño.
—Perdona por hacerte ir a recogerme, Theo.
—No pasa nada. Quiero que estés bien, y me alegro de que me llamaras.
Me mordí la lengua, a pesar de que todavía tenía ganas de soltarle un
sermón.
—Eso ha sido muy chungo —dijo Rafe señalando al baño por encima del
hombro.
—Sí, pero la buena noticia es que la resaca de mañana no será tan mala,
sobre todo si bebes un poco de agua. Así, nadie sabrá lo que has hecho esta
noche.
—¿En serio? —Me miró con los ojos muy abiertos—. ¿No vas a decir
nada?
Yo suspiré. Lo había estado pensando y había tomado una decisión.
—Escucha: no voy a mentir por ti, pero si nadie pregunta, no diré nada. Eso
es asumiendo que tú no vuelvas a hacerlo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo con un bostezo.
—Anda, ve a acostarte. Yo voy a seguir despierto un rato, estaré al final del
pasillo. Si necesitas algo, avisa.
Él ya solo tenía ojos para la cama.
—Vale.
—¿A qué hora te despierto mañana? Recuerda que tiene que parecer que
vuelves de casa de tu amigo.
—No sé. ¿Como a las nueve?
—De acuerdo. Pediré algo para desayunar. Ahora vete a dormir, y a ver si
mañana te levantas con otra actitud.
Rafe ya se había metido en la cama y parecía haberse dormido al instante.
Apagué la luz y estaba a punto de cerrar la puerta cuando oí que me
llamaba.
—Oye, Theo.
Me detuve y le miré.
—Muchas gracias, de verdad. No tenías por qué venir a buscarme, pero has
venido. Gracias.
En contraste con lo huraño que se había mostrado hasta ahora, este
agradecimiento tan honesto me resultó inesperado. Decidí que no importaba
cómo acabaran las cosas entre Max y yo: este chico tenía que saber que yo
siempre estaría de su parte.
—No me ha costado nada. Me tienes aquí para lo que sea. Si alguna vez te
encuentras sin nadie a quien acudir, no olvides que me tienes a mí.
Él me sonrió, hasta que sus ojos se cerraron por fin. Esperé que no lo
olvidara por la mañana.
29

MAX

nda, hola —dijo Theo, abrazándome—. Qué sorpresa tan


—A agradable.
Intenté actuar con naturalidad, pero estaba a punto de estallar. Theo creía
que me había pasado por su casa sin previo aviso porque estaba trabajando
por la zona, pero lo cierto era que tenía que contarle lo que estaba pasando
cara a cara. Debía saber lo que estaba creciendo dentro de mí, que era un
trocito de los dos.
—¿Podemos sentarnos para hablar un momento? —Me sentía muy alterada
y sudorosa, como si me fuera a poner enferma.
—¿Va todo bien? —Me miró con suspicacia—. Estás un poco… rara.
—Sí, estoy bien. Es solo que, entre el trabajo para la revista y la solicitud
para las prácticas, tengo un montón de cosas que hacer. Pero todo va bien.
Al menos, eso era lo que pensaba. Esperaba que él estuviera de acuerdo.
—Vamos a la terraza. A la sombra se está bien.
Le seguí fuera y vi que la larga mesa de teca estaba cubierta de papeles.
—¿Estabas trabajando? ¿Te he interrumpido?
—En absoluto —contestó mientras recogía rápidamente los documentos—.
Son solo cosas de clientes.
Me fijé en uno de los papeles, sujeto con un vaso vacío, que mostraba unos
bocetos. Lo saqué para mirarlo, sin conseguir entender lo que era. No
parecía tener nada que ver con barcos.
—¿Qué es esto? —pregunté, enseñándoselo.
Theo se puso pálido.
—Nada, solo unas rayas. —Extendió la mano para que se lo entregara, pero
yo seguí mirando la figura dibujada sobre una serie de líneas y flechas. Me
resultaba familiar, pero no conseguía descubrir por qué.
Por fin, me di cuenta de lo que estaba mirando.
—Un momento. ¿De dónde has sacado esto?
—No sé a qué te refieres. ¿A ver?
Theo no parecía la clase de persona que se ponía nerviosa bajo presión,
pero me pareció que eso era lo que le estaba pasando en ese momento.
—Esto lo ha dibujado Rafe —dije, sacudiendo la página en el aire—. Es un
truco de monopatín, él siempre los explica con dibujos como estos. ¿Cómo
lo has conseguido?
Theo soltó un largo suspiro.
—Joder.
—¿Qué pasa? —pregunté, más preocupada al ver su expresión.
—Siéntate. Te lo explicaré.
Era yo quien había venido a explicarle algo a él, pero no me había
imaginado que mi hermano se convertiría en el tema de conversación
principal.
—¿Le ha pasado algo? —exigí.
—Sí y no. Lo importante es que todo acabó bien, así que no te preocupes.
—Demasiado tarde —dije, tras soltar un resoplido—. Estás dando muchas
vueltas y actuando de forma muy rara. Me estás poniendo nerviosa,
cuéntalo de una vez.
Él se recostó en la silla y estiró las piernas hacia delante. Estaba buenísimo,
incluso en pantalón corto de deporte y una camiseta, pero yo estaba
demasiado alterada como para pensar mucho en eso.
—Rafe me llamó anoche para pedirme que le recogiera en una fiesta.
Me quedé pensándolo un momento, porque eso no tenía sentido. ¿Rafe
había llamado a Theo?
—¿Por qué no llamó a nuestra madre? ¿O a mí? —El corazón me empezó a
latir a toda velocidad. Lo que hubiera pasado entre Theo y mi hermano
parecía mucho más complicado que lo que entraba en nuestro acuerdo.
—No te enfades Max. Es que había… bebido. —Hizo una pausa—. Bueno,
lo cierto es que estaba borracho, y no quería que os enteraseis.
—Mierda. —Di una palmada en la mesa—. ¿Borracho? ¿Dónde estaba?
—En casa de alguien, en Edgewater.
Estaba furiosa. ¿Sería esta la primera vez que bebía, o llevaba tiempo
haciéndolo? Yo tampoco había sido ningún angelito cuando estaba en el
instituto, pero Rafe era demasiado joven para empezar a experimentar con
la bebida. Saqué el teléfono y empecé a tocar la pantalla.
—Un momento, ¿qué haces? —preguntó Theo en tono preocupado.
—Llamar a Rafe para pegarle cuatro gritos.
—Max, no, ¡no hagas eso! —exclamó, intentando quitarme el teléfono—.
Le prometí que no te lo contaría, y él confía en mí.
—Emborracharse con trece años es una barbaridad —dije, mirando
enfadada a Theo—. No lo voy a dejar pasar. Tiene que entender que este
tipo de cosas tienen consecuencias.
Theo sacudió la cabeza y me miró con expresión triste.
—¿Qué? —grité, con el dedo justo encima del teléfono.
—Rafe dijo que pareces su segunda madre, y tenía razón.
Madre.
Eso me recordó inmediatamente la razón por la que había venido, pero no
podía ni pensar en darle la noticia hasta saber qué demonios estaba pasando
con mi hermano.
—¿Y qué se supone que debo hacer? —pregunté, pasando del enfado a la
impotencia—. Nuestra madre tiene sus propios problemas, y está claro que
Nick no va a actuar como la clase de padre que necesita Rafe. El único
adulto al que puede recurrir soy yo.
—Bueno, eso no es del todo cierto —dijo Theo con dulzura—. Me gustaría
pensar que me llamó por alguna razón, además de para que le recogiera.
Yo me dejé caer contra el respaldo de la silla, con el teléfono apretado
contra el pecho. Tenía razón. Rafe solo tenía unos pocos amigos cercanos, y
debía haber llamado a Theo por alguna razón más allá de tratar de evitar
que yo le echara una bronca.
—¿Hablaste con él, o estaba demasiado borracho?
—Hice lo que pude. No quería reñirle, pero creo que dejé claro lo que
pensaba. Y me pareció que, después de vomitar, lo acabó entendiendo.
—¿Vomitó? Entonces estaba muy borracho.
—Bebió chupitos y cerveza, así que…
Chupitos. Cerré los ojos e intenté tranquilizarme.
—Te pido que no le digas nada, por favor. —Theo me tomó la mano—. No
quiero que deje de confiar en mí.
Suspiré, con la vista puesta en nuestros dedos entrelazados.
—De acuerdo.
Me había desviado mucho de la razón por la que había venido a su casa. La
conversación que debía mantener con Theo era muy seria, se trataba de una
cuestión que nos cambiaría la vida, pero después de oír lo que había pasado
con Rafe, creí que lo único que haría sería añadir otro problema a su vida.
No. Era un bebé, no un problema. Y, a la vista de cómo había actuado Theo
con mi hermano, empecé a pensar que quizá recibiría la noticia de forma
positiva, una vez que se le pasara la sorpresa inicial.
—¿Quieres algo para beber? —preguntó—. Iba a tomarme una cerveza, ¿te
apetece una?
Abrí la boca para explicarle que no podía, pero no fui capaz.
—Solo un vaso de agua —conseguí decir por fin—. Tengo un día
complicado.
No estaba lista para contárselo ahora, y mucho menos de forma casual, en
plan «no puedo beber alcohol porque me has dejado embarazada». Era
mejor esperar unos minutos, dejar que las cosas se relajaran un poco y
renovar el ambiente, antes de decirle a Theo que iba a ser padre.
Él volvió a la mesa con dos vasos grandes de agua.
—He decidido no beber yo tampoco —dijo, colocando uno de ellos delante
de mí—. Te juro que ver así a Rafe me recordó mi época en la universidad,
y creo que hasta sentí náuseas, por asociación de ideas.
Eso me hizo reír, y me pregunté si le pasaría lo mismo cuando me tocara a
mí tener náuseas por la mañana.
—Te aseguro que no me dan envidia los padres de Rafe. Ni tú tampoco, con
eso de ser su segunda madre.
—Vaya. —Empecé a preocuparme otra vez—. ¿Y eso, por qué?
Él bebió un largo trago de agua antes de contestar.
—Ser padre es muy complicado. Me refiero a que, primero, cuando son
bebés, te pasas el tiempo tratando de no dejar caer un diminuto saco de
patatas blandito. Cuando pasa esa fase, tienes que lidiar con un niño
pequeño, cuyo único objetivo es el caos. Ya sabes, las pataletas y demás.
Cuando se pasa esa fase, con suerte, hay unos cuantos años agradables y
luego, bum, la adolescencia. Y todo se va otra vez a la mierda, porque creen
ser el más tonto, o el más feo. Esa es la época de las hormonas, el mal
humor, la bebida… —Se estremeció—. Cuando por fin sobrevives a todo
eso, solo esperas caerle lo bastante bien a la persona que has criado para
que no deje de hablar contigo. Y nadie te garantiza que vaya a ser así.
Conozco algunos tipos, buenas personas, cuyos hijos no quieren saber nada
de ellos. La gente no habla de que tener hijos es una lotería. Creas a un
humano y lo único que puedes hacer es esperar no haber cometido el peor
error de tu vida.
Para cuando dejó de hablar, yo me había quedado atónita y estaba luchando
por contener mis propias náuseas. ¿Era esto lo que pensaba de tener hijos?
¿Qué no causaban más que estrés y desdicha?
—Vaya cara has puesto —rio Theo—. Supongo que estás de acuerdo
conmigo.
Necesité unos instantes para reponerme antes de contestar.
—No, para nada —conseguí decir por fin—. Si tener hijos es tan horrible,
¿por qué la gente sigue teniéndolos?
—¿Por presión social? ¿Instinto? ¿Quieren herederos? —dijo, encogiéndose
de hombros—. Quizá creen que sus hijos no se torcerán. Lo que quiero
decir es que, para mí, el mejor anticonceptivo ha sido pasar tiempo con
Rafe. No me malinterpretes, no es un mal chico. Me cae bien. Es solo que
me alegro de no ser responsable de él. No me imagino tener que vivir con
ese nivel de estrés cada día. Preocuparme constantemente por lo que esté
haciendo, preguntarme si está preparado para enfrentarse a toda la mierda
que hay en el mundo, agobiarme por si he sido o no un buen ejemplo para
él. No sé, no creo que pudiera asumirlo. Me gusta ser un hombre libre y,
quizá algún día, podría ser el tío divertido.
Theo se quedó mirando un punto en la lejanía, mientras yo hacía esfuerzos
por no echarme a llorar. Él consideraba a los hijos como una carga, no una
bendición. Ese fue el momento en que comprendí que tendría que criar a
este niño yo sola, y tuve que inspirar hondo.
—Perdona, eso ha sido demasiado, ¿no? —preguntó él.
Bebí un enorme trago de agua, por hacer algo y para tratar de ocultar mis
ojos llorosos.
—No, qué va. Me alegro de que me hayas contado lo que opinas de… todo
eso.
Tenía que salir de allí. Ahora era imposible contarle lo más importante que
pasaba en mi vida, y no iba a ser capaz de quedarme a hablar con él de
barcos, fotos o las prácticas.
Siempre había dado por hecho que Theo querría llevar una vida poco
convencional. Trabajaba mucho, y ahora disfrutaba siendo un playboy
multimillonario que hacía lo que quería, cuando quería. Pero ya estaba claro
que lo último que quería hacer en su vida era tener un bebé.
—¿Estás libre luego? —preguntó—. Has dicho que tenías mucho lío, pero
tal vez podríamos quedar para hacer algo más tarde.
Yo sacudí la cabeza y me puse de pie.
—Lo siento, tengo todo el día ocupado. Tengo que irme.
Theo pareció darse cuenta por fin de que me sentía incómoda.
—¿Estás enfadada por lo de Rafe?
Hice un esfuerzo para salir del agujero en el que me había sumido al
escuchar lo que me acababa de contar.
—Estoy enfadada con él, no contigo. Me alegro de que le ayudaras, pero,
créeme, no espero que lo vuelvas a hacer. Sobre todo, teniendo en cuenta lo
desagradable que te resultan estas cosas.
—Max, yo no he dicho eso. —Me miraba con el ceño fruncido—. ¿Qué
pasa? Pareces muy alterada.
—Hemos acordado que no nos complicaríamos la vida. —Señalé los
dibujos de Rafe sobre la mesa—. Pero se está complicando todo.
—Eh, eh —contestó él, poniéndose en pie y acercándose a mi silla—. ¿Qué
te pasa? Me da la sensación de que hay algo de lo que tenemos que hablar.
Si lo supiera… Tenía mucho que decirle, pero este no era el momento.
Claro que, considerando sus opiniones, no creí que el momento adecuado
fuera a llegar nunca.
—Sigo dándole vueltas a que mi hermano de trece años estuviera tomando
chupitos anoche, y te llamara a ti, no a mí.
Theo me tomó por los brazos y me miró a los ojos.
—Ya superará esta fase, y tú y yo le ayudaremos.
¿Cómo no iba a sentirme confusa? Me acababa de dejar claro que no quería
saber nada de los problemas derivados de tener hijos, pero me estaba
ofreciendo ayuda con Rafe durante su adolescencia. Tal vez se sentía lo
bastante ajeno a la situación de Rafe como para tolerarlo, sabiendo que
podía alejarse cuando lo necesitara.
Cuando naciera el bebé, eso no sería posible, y me aterraba esa idea.
30

THEO

E nla elmirada
coche, de camino hacia la boda, me estaba costando mucho apartar
de Max. Llevaba otro de los vestidos que habíamos elegido
juntos, y estaba aún más guapa que la noche de la fiesta de compromiso.
Era un sencillo vestido amarillo, con un cuello que caía en pliegues por
delante para mostrar su precioso escote, y que además le hacía un culo
perfecto. Estaba radiante, a pesar de que no parecía capaz de dedicarme una
sonrisa auténtica.
—Hoy va a ser un día intenso, así que te pido disculpas por adelantado.
¿Estás lista para lo que venga?
Max asintió.
—Sí, no te preocupes por mí. Seré capaz de apañármelas sola, tú dedícate a
tu familia.
Ella levantó un poco la barbilla con aire casi desafiante. Había estado muy
rara desde aquella historia con Rafe hacía dos semanas, y yo no había
conseguido saber qué le pasaba. Casi parecía estar evitándome. Había
asistido a algunos eventos más relacionados con la boda, pero habían sido
solo para las chicas, como la comida para las damas de honor, la despedida
de soltera y demás. La noche anterior, habíamos ido juntos a la cena de
ensayo, pero las cosas habían estado igual de tensas que las últimas veces
que nos habíamos visto. Había puesto excusas para no venir a mi casa,
aunque debía admitir que no habían sido excusas exactamente. Eran razones
relacionadas con el trabajo y las prácticas, pero aun así... Lo único que yo
quería era estar con ella; echaba de menos tenerla en mis brazos. ¿Tal vez la
boda podría unirnos de nuevo? Seguro que unas cuantas vueltas a la pista de
baile entre mis brazos harían que todo volviera a la normalidad, ¿no? En
fin, eso esperaba.
Entregué las llaves al aparcacoches, sin hacer caso de la forma en que los
ojos casi se le salieron de las órbitas al ver que le tocaba aparcar un Bentley.
—Siento que hayamos tenido que llegar tan pronto —dije, dirigiéndome
con Max hacia la entrada del histórico Museo Vizcaya. Aunque era yo quien
pagaba la factura, me parecía estar viéndolo todo por primera vez.
—Oh, Dios mío, este sitio es perfecto —suspiró Max, sin perder detalle del
lugar a medida que avanzábamos hacia los jardines, donde tendrían lugar la
ceremonia y la cena.
Se trataba de un entorno magnífico, que resultaba aún más extraordinario
gracias a las docenas de flores situadas por todas partes, y a la suntuosa
iluminación que se iba encendiendo mientras el sol descendía hacia el
horizonte. Los organizadores de la boda estaban ultimando los detalles en la
zona donde tendría lugar la ceremonia, instalada ante unos arcos de piedra a
los que se llegaba atravesando un corredor rodeado de flores. Allí se
casarían Jess y Tim.
—Sí, esto es justo lo que quería Jess.
Mi teléfono sonó en el bolsillo del esmoquin y, al sacarlo, no me sorprendió
ver que era mi madre quien llamaba.
—¿Va todo bien con la novia? —pregunté al contestar, pues sabía que mi
madre estaba ayudando a Jess a prepararse.
—¿Por qué no te estás haciendo fotos con los chicos? —me gritó—. ¡Llegas
tarde!
Me hizo gracia que el estrés hubiera podido con ella.
—No, llego pronto, y estoy yendo hacia allá. Ya los veo, se están
preparando junto al mar, y el fotógrafo ni siquiera está listo.
Ella continuó enumerando una larga lista de problemas, que no eran sino
menudencias, y a los que no presté mucha atención. En lugar de eso, seguí
mirando a Max, que parecía distraída y un poco infeliz. Me pareció que, a
pesar de que hoy debería ser un día divertido, no habíamos empezado con
buen pie. Sabía que se llevaba bien con mi familia, así que no podía ser eso.
¿Tendría que ver conmigo?
—Theo, que no se te olvide —estaba diciendo mi madre cuando por fin
volví a dedicarle mi atención.
—Perdona, te he perdido un momento —mentí—. ¿Qué no me olvide de
qué?
—Tu tío Frank tiene las flores para tu chaqueta. Me ha dicho que te las
daría, pero ya sabes que se le olvidan las cosas.
—De acuerdo, mamá. Te prometo que iré a buscarle.
Colgué y me acerqué a la barandilla que daba al océano, donde estaba Max.
—Vaya vista, ¿eh?
—Es maravillosa.
Le rodeé los hombros con el brazo, y hubiera jurado que se puso un poco
tensa.
—Ahí abajo hay alguien que te está haciendo señales —dijo Max,
señalando hacia la zona de césped bajo nosotros.
—Es mi primo Danny —dije, mirando con atención—. Supongo que eso
quiere decir que ya están listos para las fotos. ¿Quieres venir a verlo? Quizá
puedas darle al fotógrafo alguna indicación.
Esperaba que eso le hiciera gracia, pero Max no se rio.
—No, prefiero esperar aquí.
—¿Te apetece algo? ¿Una bebida?
Ella sacudió la cabeza, y me fijé en que parecía un poco pálida. La tomé en
mis brazos y ella me puso las manos alrededor de la cintura, en lugar de
rodearme el cuello con los suyos, como solía hacer.
—Quiero que te diviertas hoy, ¿de acuerdo? Puede que mis obligaciones de
primo mayor me tengan un poco atareado, pero en cuanto se acabe la
ceremonia me dedicaré a ti por completo. ¿Te parece bien?
Asintió con la cabeza, que estaba apoyada contra mi pecho.
—Vuelvo enseguida. —Le levanté un poco la barbilla y la besé—. Si
necesitas cualquier cosa, solo tienes que avisar.
Me dirigí a donde se había reunido el grupo de hombres, no sin antes echar
una mirada rápida a Max por encima del hombro. Necesitaba entender qué
le estaba pasando, porque parecía triste. Estaba preciosa, pero muy triste.
Cuando, después de las fotos, volví a la zona donde tendría lugar la
ceremonia, era casi la hora de que comenzara la boda y los invitados ya se
estaban instalando en las sillas con fundas de seda. Encontré a Max sentada
en la última fila, charlando con un grupo de mujeres a las que no reconocí.
Me alegré de ver que, por fin, estaba riendo.
—Siento interrumpir —dije—. Max, se supone que nos tenemos que sentar
en la segunda fila.
Jess me había pedido que la llevara al altar, pero después de eso, me
sentaría junto a Max, y nuestro lugar estaba en la zona delantera. Ella me
miró de una forma que no supe descifrar, pero se levantó y me siguió a la
segunda fila. Le tomé la mano y entrelacé los dedos con los suyos.
—Supongo que esto es el fin —dijo ella en voz baja mientras avanzábamos
hacia nuestro sitio.
—¿Qué quieres decir?
—Aquí se acaba nuestro pequeño engaño —contestó sin mirarme—. Está
bien que todo el mundo nos vea juntos, porque es el último capítulo del
Show de Max y Theo.
Había estado tan ocupado que ni siquiera había caído en que la boda
suponía el fin de nuestro acuerdo. Las palabras de Max me atravesaron el
corazón. La miré con la esperanza de que me dedicara una sonrisa burlona,
a pesar de lo frías que habían estado las cosas entre nosotros últimamente,
pero me estaba mirando muy seria.
—Eso parece —contesté, apretándole un poco el brazo—. Pero quizá
deberíamos hab…
—Theo.
Al girarnos, vimos que una de las damas de honor nos miraba desde el arco
de rosas y me hacía gestos para que me acercara. Después, se señaló la
muñeca.
—Bueno, luego hablaremos de eso, tengo que irme —dije.
Aunque me hubiera gustado tener más tiempo para hablar con Max de
nuestro futuro, podríamos continuar la conversación durante la fiesta. Una
vez que nos hubiéramos tomado una copa y nos hubiéramos relajado, tal
vez cuando la tuviera en mis brazos en la pista de baile, podría ser un buen
momento.
—Buena suerte —dijo Max.
Me incliné hacia ella y la besé en los labios. Ella me devolvió un beso
rápido, pero cuando me separé un poco, vi una pequeña arruga entre sus
cejas. Tuve que ignorar la punzada que noté en el corazón, pues debía
dedicar toda mi atención a Jess mientras la acompañaba al altar.
Encontré a mi prima rodeada de sus damas de honor, y prácticamente
flotando de felicidad.
—Hola —dijo Jess, que me apretó la mano mientras esperábamos nuestro
turno para avanzar hacia el altar—. Gracias por esto, y por todo. No sabes
cuánto significa para mí.
—Todo por mi prima hermana —contesté—. Estás preciosa.
Jess parecía una diosa con el vestido brillante sin mangas que había elegido
para la ceremonia, uno de los tres que se pondría hoy. Se había sentido mal
por no poder decidir entre ellos, pero yo quería darle todo lo que deseara.
Nada me gustaba más que utilizar mi buena fortuna para hacer realidad los
sueños de mis seres queridos. Sabía que lo que le hacía ilusión a Jess era
casarse con su mejor amigo rodeada de su familia y sus amigos. Sí, ella
apreciaba mucho este evento tan fastuoso, y me lo había dicho muchas
veces, pero lo más importante para ella era su amor por Tim.
Yo nunca había pensado en desear algo así para mí mismo, pero, de algún
modo, estaba empezando a entender que tenía su atractivo. Jamás había
pensado que encontraría un amor auténtico, para siempre, como el que unía
a Jess y Tim; pero con Max, todo era diferente. Claro, que eso también
significaba que había mucho más en juego. Nunca había querido amar
como lo habían hecho mis padres, porque no había querido correr el riesgo
de enfrentarme al fin de un amor. Sin embargo, por la forma en que Max se
estaba distanciando, parecía que esto se acercaba a su fin, tanto si yo quería
como si no.
El volumen de la música aumentó para indicar que era nuestro turno de
dirigirnos al altar. Todas las cabezas se volvieron hacia nosotros, aunque yo
solo tenía ojos para Max. La encontré junto a mi madre, que miraba a Jess
con una enorme sonrisa. Le dediqué un guiño cuando nuestras miradas se
encontraron, pero eso apagó un poco su sonrisa, y yo me sentí aún más
intranquilo.
¿Qué cojones estaba pasando?
Dejé a Jess junto a Tim ante el altar y me dirigí a mi sitio junto a Max.
Cuando el oficiante empezó a hablar de cómo el destino nos lleva hasta la
persona con la que debemos estar, y que la feliz pareja solo deseaba que
todo el mundo encontrara un amor como el suyo, noté los ojos de mi madre
clavados en mí. Max había cruzado los brazos sobre el pecho, así que no
podía cogerle la mano. En lugar de eso, puse una de las mías sobre su
pierna. Ella no la apartó, pero tampoco me devolvió el gesto.
Estaba claro que tenía que hablar con ella o, de lo contrario, la noche sería
muy larga.
La expresión de Max solo se suavizó cuando el oficiante declaró a Jess y
Tim marido y mujer, y todo el mundo se puso en pie para aplaudir. La
orquesta situada bajo la carpa al otro lado del recinto comenzó a tocar, señal
de que era hora de empezar la fiesta. Esperamos a que el resto de los
asistentes se dirigiera hacia los bares situados fuera de la zona de la
ceremonia, cerca de donde estaba la carpa.
—Creo que voy a tener que ir a hacerme más fotos, pero aún me quedan
unos minutos —le dije—. ¿Qué te traigo para beber?
Max abrió la boca, pero la cerró de golpe.
—Um… champán, supongo.
—De acuerdo —dije—. Pronto saldrán los aperitivos. ¿Te apetece un
canapé de lomo con queso azul? ¿O una tartaleta de gambas?
Jess me había consultado todas las decisiones sobre la comida, aunque yo le
había dicho que podía elegir lo que más le gustara.
—No, estoy bien —dijo Max, que parecía un poco pálida—. ¿Podrías
traerme un poco de agua también?
—Por supuesto. Vuelvo enseguida. Nuestra mesa es la cuatro, por si quieres
ir a sentarte.
Me acerqué al grupo de gente que estaba en el bar, y observé a Max abrirse
paso entre las mesas. Parecía... insegura, y eso no era propio de ella. Me
relajé un poco al ver que mi madre y mi tía se reunían con ella en la mesa.
Incluso desde donde yo estaba, era evidente que estaban admirando lo
guapa que estaba.
Yo había salido antes con mujeres hermosas: modelos, actrices, y la clase de
mujeres que atraían todas las miradas, pero Max tenía una personalidad
magnética que resultaba muy atractiva. Su enorme sonrisa y ojos cálidos
llevaban a la gente a desear conocerla mejor. Era uno de sus muchos dones.
Al cabo de un rato, conseguí por fin las bebidas y un pequeño plato de
aperitivos y me dirigí a la mesa.
—Señoras —dije, mirando a mis familiares y dejando el champán y la
comida delante de Max con una floritura.
—Cariño, estás muy guapo —dijo mi madre cuando me senté junto a Max
—. ¡Y Max está preciosa con ese vestido! ¿Hay alguna posibilidad de que
vosotros seáis los siguientes en pasar por el altar?
Yo miré a Max con una risa, pero ella tenía la vista clavada en el plato que
tenía delante. Inspiraba hondo y exhalaba con los labios fruncidos.
—Y después —continuó mi madre—: ¡Nietecitos!
Max se levantó de la mesa tan bruscamente que hizo tintinear la cubertería,
y las copas de champán se tambalearon.
—Disculpadme un momento —pidió, y se alejó con paso rápido entre la
multitud.
Dudé si ir tras ella, pero desapareció de mi vista antes de que pudiera saber
a dónde se dirigía.
31

MAX

P orde mucho que quisiera, no podría esconderme en el baño durante el resto


la noche.
Las oleadas de náusea me seguían sorprendiendo, pero no salía nada.
Odiaba vomitar. ¿Tal vez sería esa la razón por la que no podía? Si
consiguiera echar todo lo que tenía dentro, quizá desaparecería de una vez
la sensación de estómago revuelto.
Tuve suerte, porque este baño ofrecía mucha privacidad. Era enorme, y
cada uno de los cubículos tenía una sólida puerta de madera. No era a
prueba de ruidos, pero era mucho mejor que el tipo de baño en el que
podías ver los pies de la persona que estaba al lado. Así, al menos, nadie me
vería inclinada sobre el inodoro, echando hasta la primera papilla.
Esperé hasta oír que ya no quedaba nadie más en el baño, antes de salir por
fin y acercarme a mirarme en el espejo. Estaba muy pálida, pero seguía
teniendo buena cara. Me puse de lado para comprobar si el ajustado vestido
revelaba mi secreto, pero no. Mi estómago seguía tan plano como siempre.
¿Cómo me las iba a apañar para seguir fingiendo toda la noche? Estaba
claro que no lo estaba haciendo muy bien, pues Theo no dejaba de
preguntarme cómo me encontraba. Si lo supiera… Aún no había logrado
encontrar el momento adecuado para contarle lo del embarazo, pero la boda
de su prima no era el momento ni el lugar, desde luego. No tenía intención
de arruinarle el día a Jess, aunque sabía que Theo no era la clase de hombre
que montaría un escándalo. Aun así, dado que no tenía el más mínimo
interés en tener una familia, la noticia no le iba a hacer ninguna gracia.
Cuando volví a la mesa, ya habían servido el primer plato, una ensalada.
Bien, eso podía comerlo. Al momento, apareció un camarero con una
botella de vino.
—¿Le apetece un vino blanco?
Theo me miró y señaló mi copa de champán, que seguía llena.
—¿No te ha gustado?
Yo sacudí la cabeza, con una mentira ya preparada. Sabía que la forma más
rápida de conseguir que la gente sospechara lo que pasaba en tu útero era no
beber alcohol en una fiesta, así que me aseguré de fingir que bebía el
champán y parecer interesada en el vino.
—Max, no estás comiendo nada —dijo Elena en voz alta, lo que llamó la
atención de quienes estaban en nuestra mesa—. ¿Solo comes carne, o algo
así?
—Eso mismo —dije con una risa—. Estoy esperando el solomillo.
Solo con decir eso, sentí que se me revolvía el estómago otra vez. Comí un
trozo de zanahoria y un poco de pepino y removí lo que tenía en el plato
para que pareciera que había comido algo más.
—El primer baile será enseguida —me susurró Theo al oído, inclinado
hacia mí—. Después del siguiente plato, antes del postre. Tengo muchas
ganas de tenerte en mis brazos.
Se me erizó la piel. Maldita sea, ¡no quería seguir sintiendo nada por él!
Tenía que mantenerme firme y no dejar que me afectara lo guapísimo que
estaba en esmoquin, o cómo me estaba muriendo por bailar en sus capaces
brazos.
No. Debía fortalecer mi corazón, porque esta noche era el principio del fin.
Ahora no lo parecía, pero este romance tan sexi y divertido terminaría en
cuanto supiera lo que tenía que contarle. Se acabaría lo de disfrutar del día a
día, como habíamos estado haciendo. Ahora que esperaba un bebé, debía
pensar en el futuro, y no creía que fuera posible tener uno con Theo, que no
quería ser padre. Si bien sabía que él estaría más que dispuesto a
proporcionarnos todo el apoyo financiero necesario, lo de quedarse con
nosotros y ejercer de padre… ya me había dejado claro que eso no iba con
él.
—¿Te he dicho ya lo preciosa que estás esta noche? —me susurró.
—Algo así como una docena de veces —dije, ocultando una sonrisa—.
Pero muchas gracias.
Theo se pasó las manos por las solapas de la chaqueta y me miró
expectante.
—¿Hay algo que quieras decirme?
—¿No lo he hecho?
Él negó con la cabeza, con expresión triste.
—Theo, estás impresionante con esmoquin. —Hice una pausa—. Pero eso
ya lo sabes.
Él se echó a reír.
—Sí, tienes razón. Lo sé.
No pude evitar reír yo también. Fue un momento relajado que me hizo
olvidar todos los problemas que teníamos por delante. O que tenía por
delante yo. Lo que me esperaba no sería nada fácil.
Los camareros empezaron a retirar los platos de ensalada y a servir el
segundo plato. Al notar el aroma de la carne caliente, tuve que hacer un
esfuerzo por tragar saliva.
—Qué buena pinta —dijo Theo, frotándose las manos como un niño—. Me
muero de hambre.
—Que aproveche —dijo Elena, que agitó su tenedor hacia quienes
estábamos sentados a la mesa.
Me dije que debía intentar cortar un trozo de carne y metérmelo en la boca.
La patata asada me debería resultar más fácil de comer. Hacía horas que no
probaba bocado. ¿Tal vez comer algo sólido reduciría la sensación de
náusea?
Lamentablemente, la carne estaba poco hecha, y solo me di cuenta cuando,
al cortarla, un jugo de color rosado se extendió por el plato. No hizo falta
más. Me cubrí la boca con la mano y salí corriendo hacia el baño otra vez.
Theo estaba inmerso en una conversación con el hombre sentado a su
derecha y, aunque no supe si se había dado cuenta de mi marcha, no iba a
volverme para comprobarlo. Intenté controlar la náusea repasando las tablas
de multiplicar en mi cabeza de camino hacia el baño, y recé para que
estuviera vacío y nadie viera lo que iba a pasar. O sospechara lo que me
estaba pasando.
Abrí la puerta de golpe y entré corriendo, esquivando a una mujer que salía.
Cerré la puerta del cubículo detrás de mí, me incliné y dejé que saliera todo
lo que se había estado revolviendo en mi estómago. Fue horrible. Cuando
pude respirar de nuevo, me dejé caer de rodillas, agarrada a la taza, y
entonces escuché un golpe suave en la puerta.
—¿Va todo bien ahí dentro?
No había visto a nadie más en el baño, y me sonrojé al pensar que alguien
podría haberme oído.
—Ufff —conseguí decir, justo antes de sucumbir a otra oleada de náusea.
—¿Te traigo toallas de papel?
Esa era una idea estupenda.
—Sí, me vendrían muy bien. Muchas gracias.
Oí que se abría un grifo y, al poco, sonó otro golpe suave en la puerta.
—¿Puedo entrar?
—Sí.
Me enderecé y me limpié la boca con el dorso de la mano, por si acaso. La
mujer que asomó la cabeza por la puerta parecía un hada madrina muy
preocupada. Llevaba el pelo canoso recogido en un elegante moño, y un
vestido color malva con muchos pliegues.
—Toma —dijo, entregándome un manojo de toallas de papel—. ¿Quieres
un poco de agua?
Yo apreté las toallas húmedas contra mi frente y suspiré.
—No, con esto ya está bien. Muchas gracias.
—¿Te ha sentado mal la comida? —preguntó en voz baja, con un guiño
sutil—. ¿O quizá la celebración se ha descontrolado un poco?
—No he probado una gota de alcohol —dije, con una sacudida de la cabeza.
Me miró de arriba abajo, tan rápido que casi no me di cuenta.
—Bueno, ¿puedo llamar a alguien que te haga compañía, para no dejarte
aquí sola?
—No, ya estoy bien. Creo que ya lo he echado todo. —Le ofrecí una débil
sonrisa.
—De acuerdo. Que tengas mucha suerte y te repongas pronto. Tengo que
volver a la fiesta, pero si no te veo allí pronto, volveré para comprobar qué
tal estás.
Cerró la puerta con suavidad y oí que hablaba con otra mujer, antes de salir
las dos del baño. Al cabo de unos momentos, me encontré lo bastante bien
como para ponerme en pie y salir a lavarme las manos. En ese momento, un
fuerte golpe en la puerta me hizo dar un salto.
—Max, ¿estás bien?
Theo. ¿Por qué diablos me había seguido hasta aquí? Asomó la cabeza por
la puerta, con expresión preocupada.
—Eh, ¿qué te pasa?
Intenté luchar contra la sensación de mareo que intentaba apoderarse de mí
otra vez.
—¿Por qué? ¿Es que no puedo ir al baño?
—Max, llevas aquí media hora.
Eso me hizo reconsiderar.
—¿En serio?
—Sí. Todo el mundo en nuestra mesa me estaba preguntando qué te pasaba.
Entró en el baño y cerró la puerta tras de sí.
—¿Hay alguien más, o estamos solos?
Yo miré a mi alrededor y señalé la media docena de puertas abiertas.
—Estamos solos. ¿Por?
Él palideció y se me quedó mirando. Después, inspiró profundamente.
—Me he cruzado con dos mujeres que salían de aquí y les he oído decir
que…
Dejó la frase sin terminar y bajó la mirada hacia mi cuerpo. El estómago me
dio otro vuelco y, con la mano en la boca, corrí hacia el inodoro más
cercano y cerré la puerta tras de mí justo a tiempo.
Me dio muchísima vergüenza que Theo me oyera vomitar. Mientras lo
hacía, le oí caminar por el suelo de mármol, lo que me dejó claro que no iba
a marcharse antes de que yo saliera. Cuando, por fin, me sentí algo mejor,
volví a salir y me acerqué al lavabo sin mirarle. Abrí el grifo, cogí un poco
de agua con las manos, me enjuagué la boca y me sequé la cara con una
toalla de papel.
—Max…
Theo extendió una mano hacia mí. Yo levanté la cabeza para mirarle y los
ojos se me llenaron de lágrimas sin sentido. Él me miró a la cara,
estudiándome como si intentara leerme el pensamiento.
—¿Cuándo me lo ibas a contar? —susurró con expresión dolorida.
Yo eché la cabeza hacia atrás y le miré con el ceño fruncido.
—¿Contarte qué?
Él suspiró.
—¿Cuándo ibas a contarme que estás embarazada?
Miré al suelo sin contestar. Las lágrimas que había intentado contener
rodaron por mis mejillas.
—Eh —murmuró Theo—. No pasa nada.
Me atrajo hacia sí y me rodeó con los brazos. Por mucho que deseaba
apartarme y poner distancia entre nosotros ahora que había llegado nuestro
final, le devolví el abrazo y dejé que las lágrimas siguieran cayendo.
Lloraba por cómo éramos, y por lo que nunca podría ser.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
Abrí la boca para recordarle todo lo que me había dicho aquel día en la
terraza de su casa, pero entonces se abrió la puerta de golpe.
—¡Oh!
Tres chicas, vestidas de satén y lentejuelas, entraron en el baño y se
detuvieron con un grito al ver a Theo.
—No pasa nada —dije yo enseguida, separándome de Theo—. Ya nos
vamos. Lo siento mucho.
Ellas rieron y se le quedaron mirando mientras salíamos, probablemente
preguntándose qué hacía un hombre como él en el baño de señoras, con un
adefesio lloroso como yo.
—¿Quieres que nos marchemos? —me preguntó por el camino de vuelta al
jardín, con su mano en la mía.
Yo sacudí la cabeza.
—No. Hoy es un día muy importante para tu familia y para ti, y debes estar
aquí con ellos. Yo estaré bien.
—Pero tenemos que hablar de todo esto.
Me miró con una expresión intensa que no había visto antes, y que no supe
cómo interpretar.
—Podemos hablar luego. Lo que tenemos que hacer ahora es estar aquí con
Jess, Tim y el resto de tu familia.
Pero en cuanto salimos a la terraza y me asaltó un torbellino de sonidos y
olores fuertes que llegaban desde la fiesta, supe que no iba a poder aguantar
mucho tiempo.
32

THEO

e estaría dando cuenta todo el mundo de que estaba de los putos


¿S nervios?
No supe cómo fui capaz de sonreír y hablar con la gente sentada en nuestra
mesa, como si lo que acababa de pasar en el baño de señoras no hubiera
puesto mi mundo patas arriba.
Joder, Max estaba embarazada.
Cuando vi que un camarero se dirigía hacia nosotros, apuré el resto de mi
copa y le pedí otra. Alguien debía haber avisado de que era yo quien pagaba
todo el evento porque, aunque el servicio estaba siendo exquisito, a mí me
estaban tratando a cuerpo de rey.
Miré a Max, que hacía lo que podía para aguantar hasta el final, aunque
estaba claro que no iba a resistir mucho más. Al menos, ya había pasado un
buen rato desde la última vez que había tenido que correr al baño, así que
suponía que eso era buena señal, pero no había comido nada y parecía
agotada. Busqué información rápidamente en mi teléfono e hice una señal
al jefe de camareros para que se acercara a nuestra mesa.
—¿Sería posible que la cocina preparase algo como esto, por favor? —
pregunté, mostrándole la pantalla.
Él lo miró con atención.
—Por supuesto. ¿Cuántos desea?
—Solo uno, para ella. —Señalé a Max, inmersa en una historia sobre una
partida de golf que le estaba contando mi tío.
Unos minutos más tarde, el camarero le trajo la bebida a Max en una
bandeja de plata.
—Para usted, señorita.
Ella miró a su alrededor, confusa, antes de cogerla.
—¿Qué es esto?
Me incliné hacia ella para susurrarle al oído.
—Un batido de piña y jengibre. Se supone que ayuda con las náuseas del
embarazo. Te vendrá bien tener algo en el estómago.
—Muchas gracias. —Me miró durante un instante antes de probar la
bebida, y sus ojos se abrieron mucho por la sorpresa cuando la tragó—. Qué
rico. Es justo lo que necesitaba.
Quise asegurarle que todo iría bien, pero no estaba seguro de cómo
comportarme con ella ahora. Me daba la sensación de que había levantado
una barrera infranqueable entre nosotros y me estaba manteniendo a
distancia, aunque creía entenderlo. Este embarazo inesperado lo había
cambiado todo. Se suponía que esta noche ponía el fin oficial a nuestro
acuerdo, pero ahora…
Bueno, eso era justo lo que teníamos que hablar.
Empezó a sonar una canción de Harry Connick Jr. y yo me incliné hacia
Max.
—¿Quieres bailar?
Ella sacudió la cabeza.
—Estoy agotada. Casi no puedo mantenerme despierta.
Eso empezaba a ser evidente. Apenas parecía una sombra de la Max que yo
conocía, pero, al menos, la buena noticia era que ya estábamos en la última
fase de la fiesta. Jess se había puesto su segundo vestido de la noche y la
gente empezaba a estar un poco borracha y a armar jaleo en la pista de
baile. Volví a mirar a Max.
—¿Quieres que nos vayamos?
Ella pareció sorprendida.
—No, tú tienes que quedarte. No podemos irnos.
—Eso no es lo que te he preguntado. ¿Quieres que nos vayamos, Max?
Ella miró a su alrededor, observando la caótica escena.
—Sí —dijo con dulzura—. Sí que quiero. Puedo coger un taxi, tú quédate a
divertirte con tu familia.
—Ni hablar —dije, levantándome de la silla—. Dame unos minutos.
Me dirigí a donde estaba mi madre para decirle que teníamos que irnos, sin
darle muchas explicaciones. Después busqué al organizador del evento y
firmé los documentos que quedaban pendientes, añadiendo una buena
propina para el personal. Por último, pedí que avisaran al aparcacoches para
que acercara mi coche a la puerta. Cuando volví a la mesa, Max estaba
prácticamente dormida con los ojos abiertos.
—Ya podemos irnos —murmuré—. No hace falta que te despidas, nos
vamos a escapar. Nadie se dará cuenta, créeme.
Max se quedó dormida en el corto viaje hasta mi casa, y me quedé
mirándola un momento antes de despertarla, pensando en lo enigmática que
resultaba esta hermosa mujer.
—Eh —dije, acariciándole una mejilla.
Ella abrió los ojos y se apartó un poco de mí. El gesto me dolió, pero
intenté ignorarlo y achacar su reacción a la confusión del despertar. Max se
quitó los zapatos en el descansillo ante la puerta y entró en mi casa
descalza. Traté de evitar pensar en la ducha que podíamos darnos juntos,
porque sabía que era imposible. Además, teníamos mucho de lo que hablar
y era mejor no distraerse.
—Voy a cambiarme y acostarme —dijo Max, dirigiéndose hacia el
dormitorio.
—Un momento. ¿No deberíamos hablar?
Ella se giró con rapidez. Parecía agotada.
—No hace falta. No hay nada que decir. Creo que ya sé lo que piensas de
esta situación.
—¿Cómo dices?
—De acuerdo. —Se encogió un poco—. Vamos a hablar, pero antes tengo
que quitarme esto —añadió, tirando un poco del vestido.
Yo me quité la chaqueta y me aflojé la corbata. También tenía ganas de
cambiarme, pero preferí no seguir a Max a mi dormitorio para darle unos
momentos de intimidad. Bebí un poco de agua mientras esperaba, e intenté
no pensar en lo nervioso que me sentía.
Max salió por fin, vestida con una camiseta y unos calcetines de lana, y se
dejó caer en el sofá. Yo me senté en un sillón frente a ella.
—Vamos a empezar por el principio —dije con suavidad—. ¿Cómo ha
ocurrido?
Ella me miró con expresión dolorida.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Bueno, dijiste que tomabas la píldora.
Ella dejó escapar un largo suspiro.
—Puede que no haya sido muy… regular. Así que, si lo que preguntas es si
es culpa mía, la respuesta es sí. Acepto la responsabilidad.
—Max, eso no es en absoluto lo que estoy diciendo. Solo quería aclararlo.
¿Sabes de cuánto tiempo estás?
Ella negó con la cabeza.
—No exactamente, pero tengo una idea aproximada.
—¿Y has decidido lo que quieres… um… hacer?
—Voy a tenerlo —contestó con rapidez—. Pero no te preocupes, puedo
hacerme cargo sola.
—Un momento —dije, alzando una mano—. ¿Por qué dices eso?
—Dijiste que no querías ser padre, ¿recuerdas? Todo eso sobre que tener
hijos es una lotería, que son un saco de patatas y provocan el caos. Tu
opinión sobre los hijos es bastante deprimente.
Cerré los ojos y me froté las sienes, donde estaba empezando un dolor
sordo. Mierda.
—Puedo ocuparme yo sola, Theo. No pasa nada.
—Ya sé que puedes ocuparte, de eso no me cabe duda. Pero no tienes que
hacerlo sola, Max. Quiero ayudarte a ti y a nuestro hijo.
Ella subió las piernas al sofá, se abrazó las rodillas y se encogió de
hombros.
—No te voy a obligar a hacer de padre si no quieres. Ya te dicho que puedo
ocuparme yo sola.
—Pero ¿por qué ibas a hacerlo? Puedo ayudarte. Quiero ayudarte.
Ella se inclinó hacia delante y me miró con suspicacia.
—Ya he visto lo que pasa cuando alguien que no está capacitado para
hacerse cargo de un niño se convierte en padre. No voy a hacerle eso a mi
hijo.
Me sentí atacado.
—¿Me estás comparando con Nick? ¿En serio?
Ella inspiró profundamente.
—«Puedo ayudarte» —repitió—. Aún me acuerdo de cuando Nick le dijo a
mi madre: «Vente a vivir conmigo, yo me ocuparé de todo y te ayudaré». Y
ella le creyó. Para cuando se dio cuenta, estaban casados, esperaban un
niño, y yo me estaba apuntando a todas las actividades extraescolares del
mundo para no volver a una casa en la que ya no me sentía segura.
Me quedé mirándola sorprendido durante un momento.
—¿Es eso lo que crees que va a pasar con nosotros? ¿Crees que me voy a
convertir en un gilipollas borracho y abusón?
—Él tampoco era un borracho ni un abusón al principio —contestó ella sin
mirarme a los ojos—. Eso fue después. Ya sé que tú no eres tan cruel como
él —se apresuró a añadir—. Pero eres muy controlador. Siempre tienes que
estar al mando y tomar todas las decisiones. Lo haces con todas las
personas de tu vida: tu madre, tu prima, yo…
—¿Cuándo he intentado controlarte a ti? —pregunté.
—¿Qué hay de cuando me compraste el vestido para la fiesta de
compromiso, aunque te dije que no lo hicieras? —contestó ella.
—Eso fue un malentendido —protesté—. Para empezar, no te habría
llevado a esa tienda si hubiera sabido que los precios te iban a agobiar tanto.
Yo solo quería que tuvieras…
—Lo mejor —terminó ella por mí, mirándome por fin a los ojos y
sosteniéndome la mirada—. Sí, eso es lo que quieres siempre, pero eres tú
quien decide qué es lo mejor. Y también te haces cargo de todo, lo pagas
todo y lo organizas todo.
Su tono de voz sugería que yo solo era capaz de destrozar y arruinar las
cosas, en lugar de tratar de hacer la vida más agradable y placentera para las
personas que me importaban.
—No voy a permitir que nadie me controle de esa manera —continuó ella
—. Y, desde luego, no voy a permitir que nadie controle así a mi bebé. —
Dejó escapar un suspiro y pareció suavizar un poco su actitud—. Lo siento,
pero no puedo hacer esto —terminó.
—¿Hacer qué?
—Nosotros. Esto. Hemos empezado con una mentira, se nos ha ido de las
manos, y mira lo que ha pasado. Ahora estás intentando tomar el control y
«arreglarlo» todo, porque eso es lo que haces, pero yo no quiero que
arregles mi vida, ni que intentes hacerte cargo. Soy yo quien debe decidir
qué es lo mejor para mí. Y no quiero mentir más, Theo. Lo mejor es que
acabemos con esto ahora, tal y como acordamos.
Mi cabeza estaba a punto de estallar. ¿Cómo podíamos haber llegado a este
punto?
—¿Es eso lo que quieres, de verdad? ¿Tirar por la borda todo lo que hemos
hecho juntos y el futuro que podríamos tener?
—Eso no era real. Ninguno de nosotros quería nada real, esa es la razón por
la que llegamos a este acuerdo. —El tono de su voz era suave, pero no
ocultaba la amargura que destilaban sus palabras—. ¿No lo ves?
Sus palabras me atravesaron el alma. Aunque nuestra relación había
empezado como un medio para conseguir un fin, a mí sí que me había
empezado a parecer real, y había creído que ella sentía lo mismo. ¿Cómo
podía haberme equivocado tanto?
—Así que eso es lo que quieres.
Ella asintió despacio.
—¿Y no puedo decir nada que te haga cambiar de opinión?
—Theo… —empezó ella. Sacudió la cabeza con tristeza y los ojos se le
llenaron de lágrimas—. Esta es mi decisión. ¿La vas a respetar, o no?
Ahí estaba la barrera. Esa era la línea que no podía cruzar. Si seguía
tratando de hacerle cambiar de opinión, confirmaría todos sus temores
acerca de mi tendencia a controlarlo todo y a obligarle a ella y al bebé a
hacer algo que no quería. No tenía sentido seguir insistiendo. Max ya había
decidido que no había lugar para mí en su vida, ni en la de nuestro hijo.
—Esto no me parece lo más adecuado —dije con prudencia—, pero no me
voy a interponer. Si este es el fin de nuestro acuerdo, tenemos que hablar de
la cuestión del pago.
Max hizo una leve señal de asentimiento.
—Y, aunque este no sea el momento de hablar de ello, quiero que
lleguemos a un acuerdo sobre mi implicación en la vida de nuestro hijo,
desde el apoyo financiero hasta las visitas.
—Tenemos mucho tiempo para hablar de eso —dijo Max, levantándose—.
Creo que será mejor que me vaya.
Yo me puse en pie de un salto.
—Es tarde y estás cansada.
—Dormiré mejor en mi casa. Sola.
Me dejó allí sentado mientras ella volvía al dormitorio para recoger sus
cosas. Jamás habría creído que la actitud independiente que tanto me atraía
de Max fuera lo que la alejaría de mi lado.
33

MAX

M egente
quedé un rato frente a la concurrida galería, observando a distancia la
que se había reunido dentro mientras esperaba a reunir el valor
para entrar.
Tenía motivos para estar nerviosa. Aunque las prácticas con Richard Adams
estaban basadas en el mérito, sabía que este evento era una especie de
prueba. Presentaba una nueva exposición, titulada Antes/Ahora, en la
Galería Hawkes, y había invitado a todas las personas que habían solicitado
una plaza en las prácticas. Corría el rumor de que había rechazado a
algunos candidatos porque no le gustaba cómo se reían, o la ropa que
llevaban. Era un hombre que juzgaba con rapidez y tenía muy mal genio,
pero, aun así, seguía atrayendo a muchísima gente. Y con razón: había
demostrado que relacionarse con él podía hacerle a uno famoso.
Al menos, estaba segura de tener buen aspecto. Me había puesto un vestido
plateado suelto, estilo años 90, que dejaba a la vista los tatuajes de mi
brazo, y llevaba las botas negras de motero. El conjunto me hacía sentir
bien, y me había mirado una docena de veces al espejo para asegurarme de
que el ajustado vestido no revelaba mi estado. Si conseguía las prácticas, sí
que diría que estaba embarazada, pero prefería no mencionarlo durante el
proceso de selección, pues no quería que Richard pensara que el embarazo
podría afectar a mi compromiso con el programa.
Cada vez que pensaba en el embarazo, pensaba también en Theo. No
habíamos hablado desde que me marché de su piso la semana pasada y,
aunque a una parte de mí le había gustado, y hasta impresionado, que me
hubiera dejado en paz como le había pedido, debía admitir que le echaba de
menos. Nos quedaba mucho por decidir, pero todavía no me sentía
preparada para hablar con él.
Dejé escapar un suspiro. La galería se estaba llenando de gente y no tenía
sentido seguir esperando: era hora de lanzarse. Enderecé la espalda y me
dirigí a la entrada como si fuera la dueña del local.
—Hola, bienvenida a la exposición —me saludó una mujer guapísima que
esperaba en la entrada con una lista en un sujetapapeles—. ¿Estás en la
lista?
—Sí, soy Maxine Simon.
Contuve la respiración mientras ella revisaba la lista un par de veces.
—Sí, aquí estás —dijo por fin—. Adelante, puedes echar un vistazo a la
exposición. Richard encontrará el momento de hablar contigo antes de que
acabe la noche.
—¿Necesito una pegatina con mi nombre, o algo así?
—No, él sabe quién eres. —Negó con la cabeza—. No te preocupes.
Quise echarme a reír. No te preocupes. Ya, claro. Todo mi futuro dependía
de estas prácticas, y ¿Richard Adams sabía quién era yo?
Aunque eso tenía sentido. Seguramente estudiaba en detalle todas las
solicitudes que recibía, o tenía gente que lo hacía para él y le informaban de
lo más relevante. Y, hablando de la gente que trabajaba para él, era bastante
fácil identificarlos entre la multitud. Entre los visitantes con aspecto
adinerado que paseaban por el amplio espacio blanco, destacaba un grupo
de mujeres espectaculares que debían ser su último enjambre de abejas
obreras.
¿Les obligaría Richard a ir vestidas igual? Todas llevaban vestidos negros
muy ajustados, como de damas de honor sexis. El efecto resultaba uniforme
y un poco preocupante, y no quedaba mitigado por ligeras diferencias en el
corte y el estilo de los vestidos. También llevaban el pelo peinado igual, en
elegantes moños bajos. Eso, unido a que no llevaban joyas, pero sí tacones
altísimos, hacía que fuera fácil reconocerlas.
Todas parecían muy ocupadas, como si se estuvieran preparando para una
operación a corazón abierto, o para pilotar una nave espacial. Si bien los
asistentes se limitaban a mirar las fotos mientras disfrutaban con toda
tranquilidad de las bebidas y aperitivos, estas hermosas y delicadas mujeres
no dejaban de ir de un lado a otro con aspecto estresado. Sus expresiones
ceñudas me estaban poniendo un poco nerviosa. Se suponía que la
inauguración de una exposición debería ser un evento agradable. ¿Estarían
preocupadas por que todo saliera a la perfección? Por otro lado, no había ni
rastro de Richard Adams, aunque podía imaginármelo observando la escena
a través de un espejo unidireccional.
Me dirigí hacia el bar, pero recordé que no podía recurrir a la bebida para
darme ánimos. Pedí una soda con frambuesa para que no se notara que no
bebía alcohol, y me dirigí a ver las fotografías de Richard mientras esperaba
a que se dignara a hablar conmigo.
La primera fotografía era una enorme imagen en blanco y negro de la
espalda desnuda de una mujer. Apoyaba la barbilla en el hombro, mientras
el pelo rubio le caía sobre el otro hombro y estaba iluminada de una forma
que destacaba su hermoso perfil. Era una imagen muy sensual, daba la
impresión de que se estaba levantando de la cama tras un encuentro con su
amante, pero no pude evitar dar un respingo al observar la foto con la que
estaba asociada.
Se trataba de otra mujer, en la misma postura, pero sin el enfoque favorable
de la anterior. Era mucho mayor que la mujer de la primera foto, y la
imagen destacaba cada arruga, lunar, bolsa e imperfección de su cuerpo.
Parecía que el fotógrafo había aumentado el contraste de la imagen para
destacar el terrible efecto del paso del tiempo y emitir un devastador
veredicto sobre la mujer mayor.
—Es aterrador, ¿verdad? —dijo una voz junto a mí.
Estaba a punto de soltar una ácida replica cuando me giré, y vi que quien
había hablado no era otro que Richard Adams en persona, que miraba su
propia fotografía. Como siempre, llevaba el escaso pelo oscuro peinado
hacia atrás y sujeto en una coleta baja, e iba vestido de negro de pies a
cabeza, salvo por una estrecha corbata roja. Las gafas estilo años setenta le
daban aspecto de mirón.
—Oh, Dios mío, Richard. ¡Hola! —Conseguí recuperarme justo a tiempo
para saludarle—. Es… bueno, vaya contraste.
—¡Ja! —Soltó una fuerte carcajada—. Ese ha estado a punto de ser el título
de la exposición. Eres lista, ¿eh?
Conseguí apartar de mi mente la opinión que me merecían las fotos y
dedicarle una sonrisa.
—Soy Maxine.
—Simon. Sí, ya sé quién eres. —Me miró a los ojos—. Acompáñame.
Se giró bruscamente, de forma que no tuve otra opción que seguirle, como
un perrillo faldero.
—¿Qué te parece esta? —preguntó al detenerse ante otras dos imágenes
situadas una junto a la otra.
La primera mostraba un pecho femenino situado de frente, de forma que
llenaba todo el marco. El hecho de que la imagen estuviera en blanco y
negro era lo único que la diferenciaba de una foto más propia de la revista
Playboy. La otra fotografía también mostraba un pecho, pero afectado por
los estragos del tiempo.
—Las llamo «La sirena y la anciana» —dijo Richard.
—Es interesante —dije, tratando de ser diplomática, porque no me estaba
gustando nada lo que veía.
Giré la cabeza para mirar alrededor de la sala.
—¿A cuántos hombres has fotografiado para esta exposición?
Me miró como si hubiera dicho una estupidez.
—A ninguno. ¿Por qué iba a hacerlo?
—Bueno, esta serie parece tratar sobre el paso del tiempo. Los hombres
también envejecen.
Él se rio, pero sin ningún tipo de expresión.
—Vaya, eres muy directa. Me gusta. Sigamos avanzando.
La forma imperiosa en que me daba órdenes me estaba haciendo sentir
incómoda, pero él era el jefe y yo tenía que hacer lo que me decía. Nos
detuvimos ante otra fotografía enorme, que mostraba un culo muy redondo
con un tanga negro.
—Esa es Isabelle —dijo, con una mano sobre la nalga izquierda de la foto,
algo que, en este lugar, solo podría hacer el artista—. Una de mis
estudiantes, y mi musa del momento. Te la presentaré.
Le acompañé, luchando contra una sensación de náusea y tratando de
centrarme en actuar de forma profesional con una mujer cuyo culo acababa
de ver de cerca sin su consentimiento. Sí, ella sabía que la foto sería parte
de la exposición, pero eso no me hacía sentir mejor. ¿Habría tenido la
posibilidad de elegir, tanto sobre si se hacía la foto como sobre su
exhibición?
Nos acercamos a un grupo de glamurosas jóvenes que se quedaron quietas
como estatuas en cuanto nos acercamos. Dos de ellas se alejaron
rápidamente antes de que llegáramos hasta ellas.
—Isabelle —dijo Richard con soltura—. Esta es Max. Es muy posible que
te sustituya.
Ella palideció, pero consiguió esbozar una sonrisa.
—Hola, Max. Encantada de conocerte.
Al darnos la mano, de alguna manera nos entendimos sin decir una palabra.
Ella me sujetó la mano un instante más de lo necesario.
—Oye, Richard. —Un hombre, que debía ser el dueño de la galería, se
había acercado a nuestro grupo—. Han llegado los del Miami Herald y
quieren hacerte unas fotos.
—Disculpadme, niñas —dijo Richard. Juntó las manos como en una
oración y se inclinó ante nosotras antes de marcharse.
¿Niñas?
—¿Puedo hacerte algunas preguntas sobre estas prácticas? —le pedí a
Isabelle.
Al oírlo, dos de las otras mujeres vestidas de negro se acercaron más a
nosotras, e Isabelle miró a su alrededor, un poco nerviosa.
—Claro.
—¿Merecen la pena? Me refiero a si te ha ido mejor con el trabajo desde
que las estás haciendo.
Una morena bajita se rio al oírme, e Isabelle la reprendió con la mirada.
—No sabría decirte —contestó, girando nerviosa una pulsera que llevaba en
la muñeca—. Es posible.
La mujer más baja se inclinó un poco hacia mí.
—Le habría ido mejor si Richard le hubiera dejado coger una cámara. Nos
habría ido mejor a todas, desde luego, pero la que peor lo tiene es Isabelle.
—¿En serio? —Las miré sorprendida—. ¿Por qué?
—Ella es su mascota —continuó la morena, mirando a Isabelle con una
sonrisa amable—. Es su «musa». Elige una en cada nuevo grupo de
estudiantes. Cada vez que necesita una modelo para preparar una sesión,
tiene que ser Isabelle. Si quiere probar las poses, es ella quien debe posar
para él. Cada vez que se le ocurre una idea para una serie nueva, se lo pide a
Isabelle. A estas alturas, creo que la he visto desnuda más que a mí misma.
—Oh, vaya. —Intenté ocultar que me había quedado atónita.
—No me importa desnudarme, antes era modelo —dijo Isabelle, mirando a
nuestro alrededor antes de detener la mirada en mí—. Pero creo que tú no
deberías hacerlo.
Eso me sorprendió aún más.
—¿Hacer qué?
Ella se acercó más a mí, nerviosa pero decidida.
—Las prácticas. No son lo que crees. Richard Adams es un guarro. Este
programa es solo una excusa para rodearse de mujeres jóvenes dispuestas a
hacer todo lo que pida. Mira a tu alrededor. —Hizo un gesto hacia los
asistentes—. ¿Tú ves algún estudiante masculino? ¿A que no?
—¿Se ha propasado? ¿Te ha tocado, o algo así? —Noté que se me erizaba
el vello de la nuca.
Isabelle apretó la boca en una delgada línea, pero negó con la cabeza.
—No. Siempre se asegura de que no se le pueda acusar de nada. Cuando
quiere que haga de modelo, siempre lo presenta como una petición.
Técnicamente, puedo decir que no, pero sé muy bien que no me conviene.
He invertido mucho en estas prácticas: no solo gasté todos mis ahorros, sino
que dejé mi trabajo. Ahora no puedo echarme atrás.
—¿Y qué pasaría si dijeras que no? —pregunté, sintiéndome un poco
mareada.
—Se vuelve contra ti —dijo la chica morena de antes—. Te pone las cosas
tan difíciles que acabas dejando el programa, y luego te descalifica. Dice
que eres una histérica, una bruja, o una vaga, para que nadie quiera trabajar
contigo. Así que no tienes más remedio que hacer lo que él quiera. Ojalá
alguien me hubiera avisado antes.
—Y tanto —murmuraron las otras dos mujeres del grupo.
—Aquí viene —susurró una de ellas, antes de alejarse a toda velocidad.
—Estoy seguro de que Isabelle te habrá contado el gran impacto que tiene
este programa —dijo él con una sonrisa—. Quiero saber algo más de ti,
Max. Ven conmigo.
Yo miré a Isabelle con los ojos muy abiertos antes de seguir a Richard.
—He visto tus muestras —dijo, sin molestarse en acabar la frase, ni hacer
ningún tipo de crítica.
—Estoy segura de que habrás visto muchas —contestó.
—Así es —musitó—. Tengo muchísimas solicitudes para el programa.
Debes considerarte afortunada por estar aquí esta noche.
—Es un… honor.
No estaba mintiendo del todo. Él tenía mucho talento y un ojo increíble.
Debería tomarme como un cumplido que me estuviera considerando para
participar en el programa. Pero ahora, al fijarme en el resto de las
estudiantes presentes, empezaba a pensar que no era mi habilidad lo que me
había hecho merecer una invitación para esta noche.
—Quiero pasar más tiempo contigo, Max —dijo con suavidad, mirándome
como si no hubiera nadie más en la sala—. Quiero saber qué esperas y con
qué sueñas, para poder hacerlo realidad.
Esa pregunta me habría hecho sentir incómoda incluso aunque Isabelle no
me hubiera contado nada. Había utilizado un tono íntimo que estaba fuera
de lugar, y no parecía que me estuviera ofreciendo las enseñanzas
profesionales que había esperado recibir. En realidad, había sonado
peligroso, como un tipo desagradable que ofreciera caramelos a un niño
para meterlo en su furgoneta. En lugar de sentirme halagada o intrigada, me
había hecho sentir sucia.
—Vaya —dije, resistiendo la tentación de sacudir el cuerpo para quitarme
su mano de encima. La había puesto en la parte baja de mi espalda, con el
fin de dirigirme hacia una de las esquinas más lejanas de la galería para
mostrarme más fotos de desnudos.
—Noto algo especial en ti —continuó—. Creo que podrías ser mi próxima
musa.
Eso fue todo lo que necesité para tomar una decisión final. Me detuve de
golpe.
—¿Sabes? Eres muy amable y te lo agradezco mucho, pero no quiero ser la
musa de nadie. Quiero mejorar mis habilidades y trabajar mejor. Y, sobre
todo, quiero trabajar con alguien que crea en mi talento para la fotografía.
Él me miró con expresión ofendida y yo me alejé un poco más de él.
—Pero, Max, este programa está diseñado exactamente para eso.
—Ya no estoy tan segura. No creo que vaya a ser adecuado para mí.
No quise decir más, para que no sospechara que Isabelle había hablado
demasiado y meterla en un lío. Además, seguía siendo un hombre poderoso
e influyente, y sería mejor no enfrentarse a él.
—Te agradezco mucho la oportunidad de todos modos, Richard, y te deseo
lo mejor.
Me giré para marcharme, pero él me agarró del brazo.
—Un momento. ¿Me vas a rechazar? ¿En serio?
Miré el punto donde sus dedos se clavaban en mi brazo. Ni hablar, pensé.
Me largo de aquí. A pesar de la tentación, conseguí no decirlo en voz alta.
—Como has dicho, tienes muchas solicitudes —señalé—. Estoy segura de
que encontrarás a alguien que encaje bien, es solo que no creo ser yo. En
cualquier caso, te lo agradezco muchísimo.
Tras decir eso, me dirigí a la puerta con paso tan firme y ruidoso que la
gente se volvió a mirarme. Esperaba que, al alcanzar la calle, me invadiría
una sensación de triunfo, pero solo me sentí perdida.
Ya no tenía ni las prácticas, ni a Theo. Y estaba embarazada.
Mi vida era un desastre.
34

THEO

N oel estaba seguro de qué pensar sobre que mi madre me invitara a tomar
brunch en su casa. Le había contado que Max y yo habíamos roto, sin
mencionar el embarazo, pero me daba la sensación de que quería sacarme
más la información entre mimosas y huevos escalfados. Tal vez querría
ofrecerme algún consejo maternal. Sin embargo, había notado algo raro en
su tono de voz cuando me había invitado, y no tenía muy claro a qué se
debería. Me había parecido… nerviosa, y eso no era propio de ella.
—He pensado que podíamos empezar con una macedonia —dijo,
ofreciéndome un cuenco lleno—. Primer plato.
—¿Cuántos platos son? —pregunté, tratando de mirar dentro de la cocina.
¿Me iba a tener aquí comiendo durante horas? No quería pasarme el día
escuchando a mi madre hablar sin parar de lo fantástica que era Max y el
error que habíamos cometido al dejarlo.
—Los suficientes. Ya sabes que me gusta que haya un poco de todo. —Se
encogió de hombros, se sentó frente a mí y miró a la puerta un momento—.
Bueno, cariño, ¿qué tal todo? ¿Alguna novedad?
—Muchas —contesté tras beber un trago de mimosa—. Por fin he
conseguido firmar ese contrato en el que he invertido tanto tiempo. Con
Ford Peterson, el constructor de yates.
—¡Oh, eso es estupendo! ¡Enhorabuena! —Levantó su copa y la extendió
hacia la mía para brindar.
La llamada de Ford me había pillado por sorpresa. Después de perseguirle
durante una eternidad, por fin había firmado el documento que le convertía
en mi socio. Eso suponía un logro enorme para mí, pero en lugar de
celebrarlo, me había sentido vacío. Lo primero que había querido hacer era
llamar a Max y darle las gracias por su ayuda, pero la noche en que se
marchó de mi piso había dicho que se pondría en contacto conmigo cuando
estuviera lista y, hasta ahora, no había llamado.
Aunque una parte de mí quería presionarla, no tenía intención de hacerlo.
Esperaba que cambiara de opinión cuando hubiera tenido tiempo para
pensar, o cuando me echara de menos, porque yo la echaba de menos a ella
como un loco.
—Y, además de eso, ¿va bien todo lo demás? —preguntó mi madre, que me
observaba con atención.
Sabía exactamente a qué se refería, pero no quería entrar en el tema.
—Sí, todo bien. Como siempre.
Comimos en silencio durante unos minutos. Sabía que le rondaba algo por
la cabeza, porque estaba muy callada y parecía inquieta, pero no con su
entusiasmo habitual. Me preparé para lo que fuera que tenía que decirme.
—Theo, hay algo de lo que quiero hablar contigo.
Ahí estaba.
—Claro. ¿Qué pasa?
Ella cambió de postura y volvió a mirar a la puerta.
—No sé si te has dado cuenta de que últimamente estoy más ocupada.
Lo pensé durante un momento. Había estado tan inmerso en mis propios
problemas que apenas había tenido tiempo de pensar en ella.
—Sí, creo que sí.
—Tengo más planes que nunca, y me estoy divirtiendo mucho.
Al menos uno de nosotros se lo pasaba bien, pero no entendía por qué me lo
estaba contando. Mi madre se pasaba la vida entre partidas de canasta,
clases de cocina y visitas a museos.
—Me alegro mucho —dije, cogiendo un trozo de piña de mi cuenco de
fruta.
—He empezado a ir a clases de baile —continuó ella, hablando con cautela.
—Suena divertido.
Seguí esperando a que llegara a donde quería ir. ¿Sería que iba a participar
en una competición, o una exhibición de baile?
—He conocido a alguien en las clases.
—Me alegro mucho, mamá. Es fantástico que hagas nuevos amigos.
Cuando levanté la cabeza, después de comerme una fresa, la encontré
mirándome con atención.
—Es más que un amigo, Theo.
Me detuve con la mano sobre el cuenco de fruta.
—¿Cómo has dicho? ¿Es un hombre?
—Uno maravilloso, cariño —me sonrió ella—. ¡Es el profesor! Ahora me
da todas las clases gratis que quiero. ¡Resulta que se me da muy bien el
foxtrot!
—Un momento, mamá. ¿Estás saliendo con alguien?
Ella asintió, con una sonrisa radiante.
—Se llama Samuel, y está deseando conocerte.
—De acuerdo… —empecé a decir, tratando de asimilar lo que me acababa
de contar—. Sí, podemos organizarlo en algún momento.
—No, cielo. Vive en este edificio y va a venir a comer con nosotros. —
Miró el reloj de pared que daba la hora en una esquina de la habitación—.
Llegará en cinco minutos.
—¿En serio, mamá? —Hice una mueca de disgusto al darme cuenta de que
había hablado como Rafe.
—Creo que ya era hora. Llevamos varios meses saliendo. No quise invitarle
a la boda para no meterle en medio de la familia tan pronto, pero creo que
es el momento de que tú lo conozcas.
Me apoyé en el respaldo e intenté ocultar mi enorme sorpresa. ¿Mi madre
estaba saliendo con alguien? ¿E iban en serio? Llevaba décadas sola,
diciendo que nadie podría compararse a mi padre. ¿Qué había cambiado?
—Creía que no querías tener una relación —dije con delicadeza.
—Y así fue, durante mucho tiempo, pero cuando conocí a Samuel, las cosas
cambiaron. Fue instantáneo. Mágico. —Le brillaban los ojos—. Lo supe la
primera vez que me tocó, y él también.
Me quedé mirando a mi madre e hice un esfuerzo por comprender lo que
decía. Después de haber estado sola durante lo que parecía una vida entera,
no era capaz de imaginármela con un hombre.
—Di algo —me instó.
—Eso es… es estupendo, mamá —dije al fin—. Entonces, ¿va a venir
ahora?
Ella asintió y se acercó un poco más a mí, sin dejar de sonreír.
—Creo que te va a caer bien.
En ese momento, sonó un golpe en la puerta que la hizo saltar de la silla.
—¡Ahí está!
Intenté imaginarme el aspecto de ese hombre. Mi padre había sido un
hombre grande, lo que hacía que mi madre pareciera aún más pequeña. Pero
el hombre que entró por la puerta era muy delgado, con una mata de pelo
blanco y una postura regia.
—Theo, este es Samuel —dijo mi madre, acercándose con él.
—Me alegro mucho de conocerte —dijo él con calidez, extendiendo la
mano hacia mí—. Supongo que sabes lo mucho que te admira tu madre.
Le examiné rápidamente, tratando de averiguar si sería la clase de persona
que habría buscado información sobre mí y tendría motivos ulteriores para
estar con mi madre. Mi dinero no estaba exento de problemas, y me
obligaba a comprobar quién era todo el que intentaba acercarse a mi
familia.
—Encantado —dije con cautela mientras le daba la mano.
—Vamos a sentarnos —dijo mi madre, empujándonos hacia la mesa—.
¡Hay muchísima comida!
—Excelente, estoy muy hambriento —dijo Samuel, que se sentó en la silla
frente a la mía.
Bueno, al menos no había ido directo a la cabecera de la mesa. Eso me
gustó.
—Así que has conocido a mi madre en una clase de baile. ¿Haces eso con
frecuencia? ¿Lo de salir con tus alumnas? —Me incliné hacia él para
observarle mientras contestaba.
Oí que mi madre dejaba caer una sartén en la cocina.
Samuel me sonrió, ignorando la insinuación, o sin haberla captado.
—En absoluto. A decir verdad, esta es la primera vez, en mis cuarenta años
de carrera, que he cruzado la raya.
—Hm —contesté—. ¿Qué te gustó de ella? ¿Por qué era diferente?
Él miró hacia la cocina, donde mi madre estaba ocupada con los
preparativos, y su sonrisa se hizo más amplia.
—Su alegría es como un rayo de luz. ¡Es mágica! Daba igual lo que
hiciéramos en clase o lo complicado que fuera un paso, ella siempre era la
primera en intentarlo. No tiene ningún miedo.
Yo reí un poco. Era cierto que mi madre era muy decidida.
—Y no hará falta que te diga que tu madre es una mujer muy guapa —
añadió.
Se escuchó una risa desde la cocina.
—Sí que lo es —confirmé.
Mi madre salió por fin de la cocina con una bandeja que colocó sobre la
mesa.
—Torrijas con crema, y ahora salen los huevos revueltos.
—Elena, ¡eres una cocinera fantástica! —exclamó Samuel—. Cómo nos
cuidas.
—Es lo que mejor se le da —expliqué yo.
Para cuando llegamos a la bollería, la conversación era muy fluida y
risueña. Mi madre y Samuel tonteaban como dos adolescentes y, en lugar de
sentirme incómodo con la situación, me encontré encantado de verla tan
feliz. Estaba tan acostumbrado a verla sola que no se me había ocurrido
pensar en lo bueno que sería para ella tener a alguien en su vida. La forma
en que Samuel le prestaba atención sugería que ya llevaban un tiempo
saliendo. Se notaba en los detalles, como la forma en que le pasó el azúcar
en cuanto ella terminó de servir el café, y cómo corrió a por un tenedor
limpio cuando ella dejó caer el suyo. Esas cosas me hicieron pensar que ya
se habían acostumbrado a estar juntos.
—¿Has hablado con Max? —preguntó mi madre.
Intenté contener una mueca al oír la pregunta.
—No.
—Ah, sí, Elena me ha contado que has pasado por una ruptura complicada.
Lo lamento —dijo Samuel con amabilidad—. No es fácil recuperarse de la
pérdida del amor.
—Oh —resoplé yo—. No era amor. Era una mujer especial, pero no
habíamos llegado a tanto.
—Pues no era eso lo que parecía —murmuró mi madre hacia la taza de café
que tenía junto a los labios.
Samuel estuvo de acuerdo.
—A veces uno es el último en darse cuenta. El amor te coge por sorpresa,
no se puede controlar.
—Theo siempre intenta controlarlo todo —rio mi madre.
—Bueno, los sentimientos no admiten el control —dijo Samuel con una
mano sobre el corazón.
—Tienes razón. Yo jamás pensé que volvería a querer a alguien, había
perdido la práctica —dijo mi madre, riendo—. Y mírame ahora. Es
maravilloso. Deberías probarlo, Theo.
Yo me aclaré la garganta y comí un trozo de croissant. Jamás había creído
ser una persona monógama, y mucho menos, ser capaz de amar a alguien.
Tampoco había querido serlo, tras ver cómo el amor había destrozado el
corazón de mi madre. Pensaba que, evitando el amor, también evitaría el
dolor, pero mi relación con Max no había sido, en absoluto, como había
esperado. Estando con ella, la monogamia no me había molestado tanto
como esperaba. De hecho, si era sincero, ni siquiera había tenido interés en
mirar a ninguna otra mujer durante todo el tiempo que había estado con
Max. Con ella, no me había aburrido ni me había sentido inquieto, porque
su sola compañía me llenaba, me hacía feliz. Me sentía bien simplemente
sentado junto a ella en el sofá, aunque los dos estuviéramos absortos en
nuestros teléfonos. Incluso cuando no estaba con ella, solo pensar que
formaba parte de mi vida me hacía sonreír. Y ahora me resultaba muy difícil
estar sin ella. Mucho.
Relacionarme con Max bajo la protección de un contrato y un acuerdo de
no involucrarnos emocionalmente, no me había protegido de la forma que
había esperado. Tanto si me gustaba como si no, sentía algo por ella que era
muy real y muy intenso. Sentía algo por ella… y por ese hijo, al que nunca
habría pensado que querría. No había podido dejar de pensar en ello en todo
el tiempo transcurrido desde que supe que estaba embarazada. Un bebé,
nuestro bebé. Me imaginaba a un chiquitín chapoteando en una piscina
hinchable: un bebé que heredaría mi amor por el agua y la enorme sonrisa
de Max, aunque la suya sería más encantadora porque aún no tendría
dientes. Sí, aquel día en mi terraza, cuando me había limitado a enumerar
todo lo que podía ir mal con los hijos, había sido muy cruel. Pero ¿y lo que
podía ir bien? ¿Todas las cosas que podían ser maravillosas y perfectas?
¿Por qué no había pensado en ese aspecto? ¿Sería porque me daba miedo?
Joder, no podía admitir eso. Nada asustaba a Theo Barnes, aunque, si
quitaba todas esas capas protectoras, era muy posible que el miedo fuera la
raíz de todo. El miedo a que tener un hijo significara perder el control, hasta
cierto punto. Y el miedo a que hubiera ocurrido algo que jamás habría
imaginado que pasaría.
Me había enamorado de Max.
—Te has quedado muy callado —dijo mi madre, dándome un golpecito en
la cabeza.
—Perdón.
Les miré. Mi madre había corrido el riesgo, y ahora estaba feliz y
enamorada. Incluso aunque una vez se le hubiera roto el corazón, había sido
lo bastante valiente como para intentarlo de nuevo. ¿Sería hora de que yo
hiciera lo mismo, por fin?
Tal vez, si pudiera relajarme un poco y dejara de intentar controlar a todos y
a todo lo que me rodeaba para que no les pasara nada malo, Max podría
sentirse a gusto conmigo.
—¿Qué tienes previsto para hoy, Theo? —me preguntó Samuel.
—Tengo que probar un barco en el que acabamos de hacer unas
reparaciones —contesté, mirándole—. Tengo que llevarte a dar un paseo
pronto. ¿Te gustaría?
—Gracias, ya lo creo que me gustaría —dijo Samuel, devolviéndome la
mirada.
Mi madre parecía a punto de estallar de felicidad.
Le habría invitado a salir conmigo hoy mismo, pero quería estar solo para
pensar en lo que debía hacer. Max y yo ya no estábamos juntos, pero cuanto
más lo pensaba, menos sentido tenía no estarlo.
Tenía que encontrar la forma de mostrarle que estaba equivocada en todo lo
que creía saber sobre mí.
35

MAX

S alírecopilando
de mi primera cita en el ginecólogo llena de dudas. Había estado
información para elegir un médico comprensivo, pero esta
clínica había resultado ser lo contrario. Todo el mundo, desde los
recepcionistas hasta la propia doctora, me había hecho sentir que les estaba
molestando. Cuando la enfermera que me atendió preguntó si el padre iba a
participar en el proceso y le contesté que no, me pareció que me estaba
juzgando.
Oficialmente, no participaría, pero en mis sueños, no podía escapar de él.
Si Theo me hubiera acompañado a esta cita, me habría sacado de allí a toda
prisa, no sin antes decirle a la engreída enfermera lo que pensaba de ella. Yo
solía ser capaz de defenderme sola, pero ahora, embarazada y con el
corazón roto, no me sentía… yo misma. Me agotaba solo con pensar en
hacerlo todo sola.
Y sí, a pesar de todo lo que había pasado con Theo, le echaba mucho de
menos, aunque no tanto como para coger el teléfono y llamarle. Si lo hacía,
estaba segura de que trataría de tomar todas las decisiones, y no podía
permitírselo; ni por el bebé, ni por mí misma.
Salí a la calle y respiré hondo varias veces. Tenía tiempo para encontrar otro
médico, podía hacerme cargo de esto.
Esta cita había durado muy poco tiempo. Era demasiado pronto para hacer
una ecografía, así que solo me habían tomado muestras de sangre y orina,
como en cualquier otra visita médica rutinaria. Me puse las manos sobre la
tripa, y pensé que pronto cambiaría todo. Después, saqué el teléfono del
bolso para comprobar la hora y me di cuenta de que lo tenía en silencio al
ver un montón de llamadas perdidas y mensajes de texto. Casi todos eran de
Rafe, pidiendo que le llamara cuanto antes, así que lo hice con el corazón
en un puño.
—¿Puedes venir a buscarme? —preguntó con voz apagada cuando contestó.
—¿Pasa algo?
—Sí. No. No sé. Tú ven a recogerme ya.
Colgó antes de que pudiera hacerle más preguntas. Normalmente, no era tan
poco comunicativo, así que eso debía significar que había ocurrido algo
serio.
Cuando llegué a la casa, Rafe me estaba esperando fuera, sentado una vez
más en el escalón superior, pero sin su monopatín ni su teléfono. El
estómago me dio un vuelco. ¿Qué estaba pasando?
—Hola —dije, acercándome a él—. ¿Estás bien?
Él señaló a la casa sin decir una palabra, como si le espantara lo que había
dentro.
—¿Está Nick ahí?
Quería saber si debía prepararme para un enfrentamiento, pero me
tranquilicé cuando Rafe negó con la cabeza.
—Es mamá la que está en casa. Tienes que hablar con ella.
Entré en la casa, sintiéndome como una intrusa. Hacía tiempo que apenas
entraba, en parte porque sabía que Nick no me quería ver allí, y en parte
porque la casa me daba malas vibraciones. Esta vez, el temor que sentí al
entrar fue mucho más intenso de lo habitual. El ambiente estaba más
enrarecido que de costumbre.
—¿Mamá? —llamé—. ¿Dónde estás?
No se oía nada. La casa era un pequeño chalet que mi madre mantenía
siempre tan ordenado y bien decorado como podía, pero necesitaba muchas
reparaciones que ella no podía hacer sola, y de las que Nick se negaba a
encargarse. Me partía el corazón que mi hermanito tuviera que crecer aquí.
Miré en todas las habitaciones, hasta que oí unos sollozos procedentes del
baño. Mi madre estaba inclinada hacia el espejo, con un envase de corrector
en la mano. Aunque estaba de espaldas a mí, podía ver su reflejo. Tenía los
ojos enrojecidos por el llanto, aunque eso no era nada nuevo, pero me quedé
de piedra cuando me fijé en lo que estaba haciendo.
—¿Te ha pegado? —grité, al ver la marca roja en su mejilla que estaba
tratando de tapar con maquillaje.
Ella sollozó un poco más e inclinó la cabeza. Corrí a su lado y la abracé,
enfada y triste al mismo tiempo. Ella se aferró a mí.
—¿Cuándo ha ocurrido? ¿Lo ha visto Rafe? ¿Dónde está Nick? ¡Voy a
matar a ese cabrón!
Ella no me contestó, porque los sollozos le impedían hablar.
—Ha sido sin querer —susurró por fin.
Me separé de ella y la miré incrédula.
—Mamá… ¿lo estás diciendo en serio?
Ahora que la veía de frente, podía ver el daño que le había hecho. Toda su
mejilla estaba roja, y tenía una pequeña herida junto al ojo. No podía ni
imaginar el cardenal que no tardaría en aparecer.
—Estábamos discutiendo, y él empezó a gesticular no sé cómo, y…
—Te golpeó —terminé la frase por ella—. Pero eso no parece un accidente.
Parece un puñetazo.
Ella se giró para mirarse en el espejo, y los ojos se le volvieron a llenar de
lágrimas.
—Ya no lo sé.
Aunque estaba furiosa, me obligué a mantener la calma para intentar ayudar
a mi pobre madre a asumir lo ocurrido. Si le decía sin ambages lo que
pensaba, mi madre se encerraría en sí misma. Me apoyé contra la puerta del
baño e intenté averiguar cómo había ocurrido.
—¿Por qué discutíais?
Ella rio a través de las lágrimas.
—Por la cena, como siempre. Se enfadó porque me había retrasado. Es que
estaba trabajando en cosas de la inmobiliaria.
—Muy propio —murmuré—. ¿Estás segura de que solo era por la cena?
Me daba la sensación de que Nick no quería que mi madre trabajase.
Seguramente se imaginaba que eso le podría llevar a buscar más
independencia, y eso era lo último que él quería.
Mi madre se agarró al borde del lavabo y se miró las manos.
—Bueno, cuando llega de trabajar, está muerto de hambre, así que supongo
que es culpa mía, en parte.
—¡Mamá! Por supuesto que no es culpa tuya. Si tiene tanta hambre, puede
coger una sartén y hacerse él la cena, o comprar comida para llevar. ¡Tú no
eres su esclava!
Me ponía enferma la manera en que le había anulado la voluntad y la había
condicionado para que tolerara sus agresiones. La observé mientras ella
asimilaba lo que le acababa de decir, agarrada al lavabo como si le diera
miedo soltarse. Parecía a punto de venirse abajo otra vez.
—¿Dónde estaba Rafe cuando ocurrió?
—En la puerta —susurró ella, aún más cabizbaja.
Por mucho que hubiera querido gritar de rabia al oírlo, debía mantener la
calma por el bien de mi madre. El hecho de que Rafe hubiera sido testigo de
la agresión me hacía querer estallar.
—Él… él…
—¿Qué ha pasado, mamá? —Me estaba poniendo aún más nerviosa al
pensar en lo que no me había contado todavía.
—Él se enfrentó a Nick para defenderme.
—¿Se han pegado? —grité atónita.
Ella se volvió por fin hacia mí, negando con la cabeza.
—Rafe se abalanzó hacia él, pero Nick lo esquivó y se marchó. Creo que
Nick casi… parecía avergonzado por lo que había hecho, ¿sabes? Se sentía
mal.
—Da igual. —Antes de que ella acabara de hablar, yo ya estaba negando
con la cabeza—. Ya lo ha hecho, y eso significa que lo puede volver a hacer.
—Pero me ha enviado un mensaje diciendo que lo sentía.
Dejé escapar un largo suspiro.
—Mamá, ya sé que nada de lo que diga o haga te va a hacer ver lo horrible
que es esta relación. —Dios sabía que lo había intentado, una y otra vez, a
lo largo de los años—. Pero tienes que pensar en lo que esta situación le
está haciendo a Rafe, y lo que está aprendiendo de vuestra dinámica. Y
ahora esto. —Señalé a su cara—. Las cosas están empeorando.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué ahora?
—Porque te has puesto a trabajar y has tomado las riendas de tu maldita
vida. Y porque Rafe está creciendo y no quiere ver cómo su padre le grita a
su madre todo el tiempo. O le pega.
Mi madre empezó a llorar de nuevo. Se limpió las lágrimas con el dorso de
la mano, e hizo un gesto de dolor cuando rozó la mejilla dolorida.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunté con dulzura.
No dejé de observarla mientras ella analizaba la situación. Volvió a
inclinarse para mirarse su imagen, y se derrumbó de nuevo. Por fin, me
miró a través del espejo.
—Quiero dejarle —susurró.
Eso me hizo sentir aliviada, pero tenía que asegurarme de que pensaba en
todos los detalles.
—¿Por ahora, o definitivamente?
Ella inspiró hondo.
—Definitivamente.
Nos volvimos a abrazar con fuerza. Mi madre lloraba por el fin de su vida
actual, pero yo estaba celebrando lo fuerte que era, a pesar de lo mucho que
me dolía verla en este estado. Solo podía pensar en que, después de esto, las
cosas podrían mejorar por fin. No sería fácil, pero cualquier cosa sería
mejor que seguir como hasta ahora.
—Vamos a hacer las maletas.
Ella me miró, preocupada.
—Espera… ¿Ahora mismo? ¿Nos vamos ahora?
Traté de mantener la paciencia.
—Sí. Si no nos vamos ya, Nick volverá, te pedirá perdón e intentará hacer
que olvides que te ha dado un puñetazo en la cara. Tienes que marcharte de
aquí ahora mismo. Os podéis quedar en mi casa.
—No, cariño, no tienes sitio suficiente. ¿Dónde íbamos a dormir?
—No es para siempre —expliqué—. Solo hasta que decidas lo que vas a
hacer. Tú y yo podemos dormir en mi cama, y Rafe en el sofá. Será
divertido, como una fiesta de pijamas.
—No quiero molestarte.
Yo cogí su mano y tiré de ella para sacarla del baño.
—Quiero hacer esto por ti —insistí—. Vamos, haz las maletas.
Ella se dirigió a su dormitorio y yo salí para decírselo a Rafe.
—Vaya mierda, ¿eh? —dijo cuando me senté en el escalón junto a él—.
Quiero matarle por lo que le ha hecho a mamá. Casi lo consigo.
—Me ha dicho que la has defendido. Me siento orgullosa de lo valiente que
has sido, pero no tendrías que haberlo hecho, Rafe.
—Alguien tenía que hacerlo —resopló él.
—Ya no hará falta. —Le puse una mano en el hombro—. Os venís conmigo
los dos. Le va a dejar.
Esperaba que eso le hiciera dar un salto de alegría, pero se limitó a seguir
mirando hacia la calle.
—Anda. Oh.
—¿No te alegras?
Él se miró las manos.
—Sí, pero ¿a dónde vamos a ir?
—Os vais a quedar conmigo unos días. Espero que no te importe que se te
claven un poco los muelles del sofá por la noche.
Él esbozó una sonrisa.
—Puedo dormir hasta de pie. No pasa nada.
Me eché a reír. ¿De verdad era este mi hermano pequeño? Era como si
hubiera crecido ante mis ojos, aunque no físicamente, sino en madurez.
—Tienes que hacer las maletas. Coge lo que necesites para unas cuantas
semanas, por si acaso. Y no dejes aquí nada que te guste mucho. No me
extrañaría que tu padre lo tirase como venganza, o algo así.
Él asintió.
—Cuando no has cogido el teléfono, me he preocupado —dijo, con la vista
todavía clavada en la calle—. He estado a punto de hacer una tontería.
—Ah, ¿sí? ¿El qué?
Él se volvió para mirarme a los ojos.
—Casi llamo a Theo.
Su expresión, y el tono de su voz, hicieron que se me cayera el estómago a
los pies.
—¿Y eso?
—Bueno, él me ayudó la última vez, así que he pensado… —Dejó la frase
en el aire y se encogió de hombros—. Pero me he acordado de que habíais
roto. —Hizo una pausa—. Menuda estupidez.
Yo me puse tensa y un poco a la defensiva. Rafe era mi hermano. Se
suponía que debía estar de mi parte, ¿no?
—Theo y yo estamos en momentos muy diferentes en nuestras vidas. No
podía ser.
Cuando lo dije, sabiendo que iba a tener a su bebé, casi me vine abajo, pero
debía ser fuerte para ayudar a mi familia. No quería contarle nada a Rafe,
porque era un cotilla y soltaba todo lo que se le pasaba por la cabeza.
—No sé. Parecía que le gustabas mucho. Dabais asco.
Esta vez fui yo quien se encogió de hombros.
—¿Qué habría pasado si le hubiera llamado? ¿Habría pasado de mí porque
os enfadasteis?
—Seguro que no —dije con rapidez, sabiendo que era la verdad—. Habría
venido a buscaros y os habría sacado de aquí. Se habría ocupado de
vosotros. Es su forma de ser, eso no tiene nada que ver conmigo.
—Me caía muy bien —dijo Rafe—. Era fácil hablar con él.
De repente, me eché a llorar, lo que sorprendió a Rafe tanto como a mí
misma.
—Eh —dijo, acercándose a mí y acariciándome la espalda—. ¿Qué pasa?
Hice un esfuerzo por controlarme, y me sequé las lágrimas enseguida.
—Es solo que estoy un poco triste. Romper con alguien no es fácil.
Sobre todo, cuando te has enamorado de una persona en la que no crees que
puedas confiar.
36

THEO

s una mala idea —dije a mi madre cuando llegamos a la entrada


—E del edificio—. Te espero en el coche.
Ella se giró para mirarme, con cara de que no estaba para tonterías.
—¿Estás loco? Ya estamos aquí, así que ahora vas a subir conmigo.
Al decir eso, tuvo la desfachatez de chasquear los dedos hacia mí.
Renee había llamado a mi madre para decirle que había dejado a Nick, y
antes de que yo pudiera negarme, mi madre me había hecho sacar el coche
para venir a traerle un ramo de flores y todo su cariño. Había puesto como
excusa que necesitaba volverse a graduar las gafas y no se sentía segura
conduciendo con tanto tráfico. Sin embargo, una vez que conseguí sacarle
toda la información, me di cuenta de que era una trampa, porque ella sabía
que Renee y Rafe estaban viviendo con Max.
Lo primero que pensé fue en la ilusión de volverla a ver. La echaba
muchísimo de menos, y ya había decidido lo que iba a decirle cuando
volviera a verla. Sin embargo, enseguida comprendí lo mala idea que sería
mantener esa conversación tan importante en su piso, cuando se estaba
ocupando de su madre tras dejar a su marido, y rodeada del resto de su
familia.
—No, mamá, lo siento. Sería muy raro, después de romper con ella.
Ella se detuvo, murmurando para sí, como si estuviera ensayando distintas
versiones del sermón maternal que me iba a echar para hacerme cambiar de
opinión.
—Lo digo en serio —dije, con un gesto hacia el ascensor—. Sube tú, yo te
esperaré. No tengas prisa.
Ella se quedó allí unos momentos más, con el ramo de girasoles entre los
brazos como la ganadora de un concurso de belleza.
—De acuerdo, pero no me hace ninguna gracia.
Me di la vuelta e iba a salir del edificio, cuando sonó el timbre del ascensor
y el alegre saludo de mi madre me hizo detenerme.
—¡Max! Hola, preciosa. Mira, Theo, es Max.
No tuve más remedio que acercarme. Intenté prepararme para la actitud que
pudiera mostrarme Max, pero ella parecía confusa… y feliz. Y estaba
espectacular.
Maldita sea, cómo la echaba de menos.
—Elena, te agradezco mucho que hayas venido —dijo Max, abrazando a mi
madre. Mientras lo hacía, me miró por encima del hombro y me sonrió.
Vale, un punto para mamá. Tal vez había sido buena idea venir, después de
todo.
—¿Habéis visto al repartidor de pizza? —preguntó Max cuando se
separaron—. Tengo a Rafe muerto de hambre ahí arriba.
—Yo no —contestó mi madre—. ¿Por qué no le esperáis los dos aquí
mientras yo subo a ver a Renee?
Echó a correr hacia el ascensor y empezó a aporrear el botón de llamada.
Cuando entró, me lanzó una sonrisa de sabelotodo justo antes de que las
puertas se cerraran, y nos dejó solos en el vestíbulo.
—Hola, Theo —dijo Max con dulzura.
—Hola Max. —Arrastré un poco los pies, como un adolescente que va a
recoger a una chica para una cita—. Espero que no te importe que haya
venido. Mi madre no quería conducir, así que…
—No me importa —interrumpió ella.
Estábamos a unos dos metros de distancia, y me estaba costando la vida no
acercarme a ella y atraerla hacia mí. Cómo anhelaba volver a oler el
delicioso aroma de Max.
—Estás increíble —dije yo—. Resplandeces.
Ella se sonrojó de una forma encantadora.
—Creo que ya he pasado la peor fase de la acidez de estómago.
Últimamente me encuentro mucho mejor.
Yo miré a su estómago, pero estaba tan plano como siempre.
—Oye, pensaba que podríamos hablar —dije—. ¿Te parece bien?
Ella asintió, pero con el ceño fruncido.
—Sí, yo también tengo algo que decirte.
Pareció aún más preocupada, y el corazón se me cayó a los pies. ¿Podría
haberlo entendido todo al revés? En ese momento, un coche con el tubo de
escape más ruidoso del mundo se detuvo delante del edificio.
—Ya ha llegado, por fin —dijo Max, señalando a la ventana.
Salió a la calle para recoger la pizza, y me dejó allí pensando en todas las
formas en que esto podría salir mal. O bien, quién sabía. En fin, al menos,
cuando acabara sabría a qué atenerme.
—¿Tienes hambre? —preguntó cuando entró con dos cajas de pizza—. A lo
mejor Rafe te deja una porción.
Eso me hizo reír.
—Solo comeré si él me lo permite. Ya he visto la cantidad de comida que le
cabe dentro.
Cuando llegó el ascensor, Max entró delante de mí.
—Vamos a unirnos a la fiesta.
Me tragué la preocupación y la seguí, tratando con todas mis fuerzas de no
quedarme mirándola. No cabía duda de que el embarazo le sentaba muy
bien. Estaba guapa de una manera inusual, como si todo su ser
resplandeciera.
—¿Qué tal está tu madre? —pregunté.
Qué raro resultaba intercambiar simples cortesías con ella, cuando lo único
que quería era hablar de lo que de verdad nos importaba.
—Sorprendentemente bien —contestó Max—. Creo que esta situación es
demasiado nueva para ella y aún no ha captado del todo lo que significa,
pero, en general, está bien. Nick le ha llamado como una docena de veces, y
ella no ha contestado.
—No puedo creerme que le pegara —dije, irritado con solo pensarlo.
—Yo sí que puedo.
Apreté los puños, deseando haber dado rienda suelta a mi instinto animal la
última vez que había visto a ese hombre. Aunque la violencia no resolvía
nada, en este caso me habría hecho sentir fenomenal.
El ascensor se detuvo en el piso de Max y nos dirigimos por el descansillo
hacia su piso.
—Alguien se va a alegrar mucho de verte —dijo, empujando la puerta para
entrar en la casa—. Eh, Rafe, mira a quién me he encontrado abajo.
Él estaba al otro lado de la habitación, mirando el teléfono y tratando de
ignorar a su madre y a Renee, que estaban teniendo una conversación muy
seria en la pequeña cocina. Al oír a su hermana, alzó la vista.
—Theo, ¡qué fuerte! ¿Qué pasa, tío?
—Hola. Tu hermana ha dicho que compartirías la pizza conmigo. ¿Es eso
cierto?
—Tal vez —se burló—. Yo voy primero, y tú puedes terminarte lo que
quede.
Se acercó, cogió tres trozos de pizza y se dirigió de nuevo al sofá.
—¡Un plato! —le gritó Max, lo que le hizo poner los ojos en blanco y coger
uno de los platos de papel que había sacado su hermana.
—Hola Theo, gracias por traer a tu madre —dijo Renee, acercándose a
darme un abrazo—. Esto era justo lo que necesitaba.
Intenté no quedarme mirando el tremendo golpe que tenía en la mejilla.
—Me alegro de ayudar, y poder darte ánimos. —Eché un vistazo al piso de
Max—. Entonces, ¿estáis viviendo todos aquí?
—Sí —asintió ella—. Max está siendo un encanto, pero estamos un poco
apretados. No podremos quedarnos mucho tiempo, no es justo para ella.
—Ni para mí —gritó Rafe—. Yo soy el que duerme en el sofá.
Tenían razón. Recordé cómo era yo con trece años. Lo último que habría
querido sería perder la intimidad de mi propia habitación.
—Tengo una idea… —Empecé a hablar antes de que la idea terminara de
formarse en mi cabeza—. Renee, ¿qué opinas del Distrito del Diseño?
—Muy elegante —contestó ella—. Es una zona preciosa.
—Lo es —asentí—. Por eso le compré a mi madre un piso amueblado en
esa zona, pero nunca ha vivido en él.
—Es demasiado grande para una persona —protestó mi madre—. ¡No
necesito tres dormitorios y cuatro baños! Le dije que no lo hiciera, pero lo
compró de todos modos.
Yo la miré con enfado fingido.
—Sí, ¿por qué querría alguien vivir en una casa más grande? Bueno, el caso
es que mi inquilino se ha ido a vivir a Francia durante seis meses. Iba a
alquilarlo a otra persona hasta que volviera, pero aún no lo he hecho.
Volverá en unos cuatro meses. ¿Queréis quedaros allí hasta que decidáis lo
que vais a hacer?
—Oh, Theo —balbuceó ella, mirando a su alrededor atónita—. Eres muy
amable. Me encantaría aceptar, pero no creo que pueda asumir el coste del
alquiler.
—No, Renee, no me refería a eso. Quiero que lo utilicéis Rafe y tú como
mis invitados. Sin cargo.
Ella se quedó con la boca abierta.
—¡No podemos aceptar eso!
—¡Sí que podemos! —gritó Rafe desde el sofá, con la boca llena.
Todos reímos. Notaba la mirada de Max clavada en mí, pero tenía que
centrarme en conseguir que Renee aceptara mi oferta.
—Lo cierto es que me haríais un favor —continué—. He contratado a un
gestor inmobiliario para que le eche un vistazo varias veces al mes. Si os
instaláis Rafe y tú, no lo necesitaré.
—Di que sí, Renee —pidió mi madre—. El piso de Max es muy mono, pero
no es adecuado para tres personas.
Renee miró a todos los presentes, hasta detenerse en mí, con los ojos llenos
de lágrimas.
—Eso significaría muchísimo para mí. Para nosotros. Muchas gracias. Así
tendré la oportunidad de centrarme por fin en mi trabajo.
—Sí, y hablando de eso —añadí—. Max me ha dicho que acabas de sacarte
el permiso de agente inmobiliaria. ¿Estás trabajando ya?
Ella sacudió la cabeza con tristeza. Yo sabía quién tenía la culpa de eso.
—Bueno, resulta que trabajo con una agencia inmobiliaria muy selecta, y
uno de sus agentes se acaba de jubilar. Conocí al dueño hace unos años en
el Salty Pelican, mi restaurante favorito del muelle, y quedamos para comer
allí de vez en cuando. Si quieres, podemos quedar con él allí.
Renee se llevó las manos a la boca.
—¿Lo dices en serio?
—Nunca bromeo con el trabajo.
—Pero Theo… ¿Por qué? —preguntó ella, mirándonos a Max y a mí—.
¿Por qué nos quieres ayudar? Vosotros dos ya no...
Se detuvo de repente. Yo me permití mirar a Max por fin, y la vi apoyada
contra la pared con los brazos cruzados y una leve sonrisa en los labios, que
contrastaba con las lágrimas que le llenaban los ojos. Tuve que obligarme a
apartar la vista de ella.
—Tienes razón. Max y yo ya no estamos juntos, pero lo que te está pasando
va más allá de cualquier relación entre tu hija y yo. Ahora estás pasando por
un momento difícil, y yo tengo los medios para hacer que sea un poco más
llevadero. Es tu decisión, por supuesto. No quiero obligarte a nada, pero si
te puedo ofrecer algo que te facilite la vida, quiero que sepas que está a tu
disposición. ¿Por qué no iba a querer ayudaros a ti y a Rafe? Me caéis muy
bien.
Ella no contestó, sino que se lanzó a mis brazos, hecha un mar de lágrimas.
—Mamá, por Dios, para. Nos estás avergonzando —dijo Rafe, con la boca
llena ¿todavía? ¿Otra vez?
—Eh, deja a tu madre disfrutar de este momento —le reñí sin acritud,
abrazando a la llorosa Renee.
Él gruñó, y volvió a dedicar su atención al teléfono.
—Bueno, ¿cuándo podéis mudaros? —preguntó mi madre—. Samuel y yo
estamos disponibles para ayudaros cuando queráis, pero si tenéis muchos
muebles, podemos contratar a una empresa de mudanzas.
—No tenemos muchas cosas. Al menos, ahora no. Pero cuando acabe el
divorcio habrá mucho que organizar.
Sabía que Max había estado esperando oír que su madre iba a divorciarse de
Nick, por fin. La miré para ver cómo se estaba tomando todo esto. A pesar
de su enorme sonrisa, unas lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas.
—Tú —dijo sin voz y sacudiendo la cabeza.
Yo alcé las cejas para indicar que estaba tan sorprendido como ella.
—Oye, Theo —dijo Rafe sin levantar la vista del teléfono—. Como estás
concediendo deseos, ¿hay alguna posibilidad de que me dejes conducir el
Lotus?
—¡Tienes trece años! —gritamos al unísono Renee, Max y yo.
Él levantó las manos, admitiendo la derrota.
—Vale, vale. Solo era una pregunta.
Renee y mi madre se pusieron a hablar de logística y plazos, lo que me dejó
libre para acercarme por fin a donde estaba Max. Me apoyé en la pared
junto a ella.
—Eres increíble —dijo ella, limpiándose una lágrima de la mejilla—.
Muchas gracias.
—Si lo piensas, todo tiene sentido. Ha sido muy sencillo, como si estuviera
predestinado.
El labio inferior de Max tembló, aunque me estaba sonriendo.
—Sé que están pasando muchas cosas —dije—. No tenemos por qué hablar
ahora, si no es el mejor momento.
—Si te soy sincera, no creo que pueda esperar mucho más —sollozó ella.
—Bien —dije, sintiendo una mezcla de alivio y temor ante lo que iba a
ocurrir.
Mi madre y Renee se habían servido sendas copas de vino y habían salido
al balcón más diminuto del mundo, dejándonos solos en la cocina.
—¿Quieres empezar tú, o lo hago yo? —preguntó Max.
—Me gustaría ir primero.
Me tomé unos segundos para ordenar mis pensamientos, porque lo que iba a
decirle podría cambiarlo todo entre nosotros. O también podría no significar
nada en absoluto.
Pero, maldita sea, por primera vez en mi vida, iba a ofrecerle a alguien mi
corazón, y esperaba que esta mujer tan increíble estuviera dispuesta a
aceptarlo.
37

MAX

T odo estaba patas arriba. Habían pasado cosas horribles, y luego cosas
maravillosas. Estaba agotada por todos los altibajos emocionales, pero
también me sentía llena de energía. Primero, el estrés de tener que apoyar y
cuidar de mi madre después de que dejara a Nick, a la vez que trataba a
Rafe con guantes de seda, y después, el alivio de ver a Theo esperando en la
entrada del edificio.
Ahora estábamos solos en mi pequeña cocina, intentando encontrar las
palabras necesarias para explicar lo que sentíamos. Yo tenía mucho que
decir sobre nuestro futuro, pero antes de hablar de ello, tenía que asumir el
hecho de que Theo básicamente había resuelto el mayor problema de mi
familia. No me había sorprendido que lo hiciera, porque sabía que, si bien
su fortuna era enorme, su empatía era aún mayor. Aun así… mi madre había
tenido razón al señalar que ya no estábamos juntos. Él no tenía por qué
hacer nada de esto.
Lo más raro de todo era que no me parecía mal, y eso que había ocurrido
justo lo que tanto me había preocupado hasta ahora: que Theo tomara el
control de una situación y todas las decisiones relacionadas con ella. Pero
ahora no podía dejar de pensar en lo que acababa de explicar, lo de que
quería permitir a mi madre tener oportunidades. Era justo lo opuesto a Nick,
que siempre había tratado de evitar que mi madre tuviera oportunidades,
para que solo pudiera hacer lo que él quería. Yo siempre había temido que,
si permitía a alguien hacerse cargo de cualquiera de mis problemas, el
precio sería que mi «salvador» utilizara su posición de poder para
someterme.
Mis temores no eran infundados. De hecho, sabía que esas situaciones
ocurrían con frecuencia. Mi madre había acabado así con Nick, e Isabelle y
las otras estudiantes se habían encontrado en la misma situación con
Richard Adams. Había hombres que utilizaban hasta el último ápice de su
autoridad para impedir que una mujer tuviera opciones y obligarla a
depender de él, pero ahora sabía que Theo no era uno de ellos. Al darle a mi
madre un lugar en el que vivir y la opción de conseguir un trabajo con el
que podría mantenerse, le había ofrecido la posibilidad de adquirir más
confianza en sí misma y sentirse más segura. Hasta ahora, yo había pensado
que permitir a alguien compartir mis problemas y ayudarme equivalía a
sacrificar mi integridad… y tal vez ese nunca había sido el caso. Desde
luego, no con Theo.
—Pareces distraída —dijo—. ¿Estás bien?
Me di cuenta de que había estado mirando al infinito, y suspiré.
—Ha sido un día muy largo, pero sí, me siento más animada de lo que he
estado en mucho tiempo.
—Me alegro de que lo hayamos arreglado todo.
—Gracias a ti —dije con rapidez—. En serio, no sabes cuánto te lo
agradezco.
—Déjalo, ya lo has dicho una docena de veces. Me alegro de poder
ayudarles.
Sin embargo, Theo no parecía estar alegre. ¿Guapísimo? Sí, por supuesto.
¿Cuándo no estaba guapo este hombre? Me resultaba casi imposible apartar
la vista de él, incluso aunque fuera vestido solo con unos vaqueros y una
camiseta. Pero su expresión era muy tensa. Aún nos quedaba mucho por
resolver.
—Tienes muchas cosas de las que ocuparte —continuó Theo—. Las
prácticas, y todo eso. Estoy seguro de que debes estar muy liada.
El corazón me dio un vuelco al recordar que él no lo sabía. Parecía que todo
había cambiado en las pocas semanas transcurridas desde que rompimos.
Me había acostumbrado a hablar con él de cualquier cosa, desde lo más
importante hasta lo más mundano, como qué nos apetecía comer. Tenía que
ponerle al día del último gran giro que había dado mi vida.
—En realidad no estoy haciendo las prácticas —expliqué—. Retiré mi
solicitud. Asistí a su última exposición en una galería y me resultó muy…
instructiva. Hablé con algunas de sus estudiantes actuales, y básicamente
me dijeron que me alejara de él todo lo que pudiera.
—¿Lo dices en serio? —Frunció el ceño—. ¿Por qué? Estabas muy
interesada en ellas.
—Ese hombre no es más que un misógino. Me dijo que podría ser su
«musa», pero eso fue después de enseñarme unas fotografías explícitas de
la estudiante que es su musa actual, que estaban incluidas en la exposición.
Ella me dijo que se había visto obligada a permitirle hacer esas fotos
porque, de no hacerlo, él convertiría su vida en un infierno. Me dejó muy
claro que estaba interesado en mí, pero yo le dije que solo me interesaba el
trabajo. Entre lo que me contaron de él las estudiantes y mi instinto, no me
costó nada decidir retirarme.
—Lo siento mucho, Max —dijo Theo, con la misma expresión ceñuda—.
Vaya desilusión.
—Sí, la verdad es que me da mucha rabia, pero ha sido mejor enterarme
ahora, y no cuando hubiera empezado. En cierto modo, es mejor no
distraerme con el programa. Ya tengo demasiadas cosas de las que
ocuparme. —Hice un vago gesto hacia mi madre y Rafe, y un momento
después me di cuenta de que tenía la otra mano apretada contra la tripa.
—Sí, es cierto que te están pasando muchas cosas —murmuró Theo,
mirando mi mano. Después, se aclaró la garganta.
—Tú también —dije—. ¿Llegaste a conseguir el contrato con Ford?
—Sí, al final lo conseguí, gracias a ti.
—Bueno, lo único que hice fue besarte.
Me sonrojé al recordarlo. Los dos nos quedamos callados un momento,
recordando cómo había comenzado nuestra historia.
—Max, tengo que decirte algunas cosas —empezó Theo con precaución.
Me apoyé contra la encimera y le miré con atención. Me preocupaba lo que
estaba a punto de ocurrir, porque no tenía ni idea de qué me diría.
—Yo también, pero empieza tú.
Él continuó, con expresión triste y sin apartar la mirada de mí.
—Quiero pedirte perdón por lo que dije acerca de ser padre. Fui un capullo,
pero, cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que dije todo aquello
porque tenía miedo.
—¿Miedo, tú? Venga ya.
—Tienes razón. —Soltó una risa burlona—. Normalmente no hay nada que
pueda conmigo, pero lo de tener un hijo… —Dejó la frase en el aire, pero
su expresión se relajó un poco—. Me cuesta imaginar esa clase de amor, y
esa responsabilidad. He creado empresas, las he hecho crecer hasta que han
sido negocios multimillonarios que dan trabajo a miles de personas, y no
tengo ningún problema en asumir ese tipo de riesgo o la responsabilidad
que conlleva. Y espero enfrentarme a muchos más como esos. Pero la idea
de intentar criar a una persona diminuta, y mantenerla a salvo… Lo cierto
es que eso me aterra, Max.
Su voz sonaba ronca y sincera. Estaba claro que no le resultaba fácil admitir
esa debilidad.
—Sé cómo enfrentarme a algunos riesgos, pero hay otros en los que… hay
demasiadas cosas en juego. Y ya me conoces: cuando me enfrento a un
riesgo, me gusta controlar todas las variables. Con un hijo, no puedo
controlarlo todo, aunque eso no me va a impedir intentarlo, al menos en
parte. Pero querría intentar relajarme un poco más, y hablar las cosas
contigo, en lugar de tomar la iniciativa y asumir que siempre sé qué es lo
mejor. No quiero arreglar las cosas por ti, lo que quiero es compartirlas
contigo.
Theo se acercó a mí y, por un momento, pensé que iba a ponerme la mano
en la tripa, pero se detuvo antes de hacerlo.
—Nuestro bebé está ahí dentro —dijo en tono impresionado—. Una mitad
tuya y otra mía. Es lo más increíble del mundo, y no importa si me da
miedo. Lo único que quiero es ser la persona que necesitas que sea.
La nariz me empezó a picar de una forma que significaba que me iba a
echar a llorar. Inspiré por ella, tratando de ignorar la sensación. Aún tenía
algunas cosas que decirle antes de derrumbarme por completo.
—Yo también lo siento mucho —empecé.
Theo sacudió la cabeza e intentó empezar a hablar, pero yo levanté la mano
para detenerle.
—Lo digo en serio. No te di ninguna oportunidad de asimilar la noticia del
embarazo. Es cierto que ninguno de los dos lo esperaba, y estoy segura de
que fue una gran sorpresa para ti. Y cuando lo supiste, yo estaba tan
agobiada que me lo tomé todo mal. No confié en ti, aunque me has
demostrado una y otra vez que eres un buen hombre. Me fui, aunque tú
querías que me quedara.
La preocupación se reflejaba en la cara de Theo.
—Yo solo quería que te quedaras —susurró—. Cuando te fuiste, te llevaste
mi corazón.
Nos miramos, escuchando cómo el zumbido de la nevera llenaba el silencio.
—¿Me has echado de menos? —pregunté.
—Joder, pues claro que te he echado de menos —gruñó él.
Por fin cedió al impulso de atraerme contra sí. Mi cuerpo entero se relajó al
encontrarse entre sus brazos otra vez, y hundí la nariz en su cuello,
inspirando su aroma.
—Tengo que decirte otra cosa —dijo, besándome la sien.
Yo me preparé para lo que fuera.
—De acuerdo…
Theo me tomó por los brazos y me separó de él para mirarme a los ojos.
Parecía muy serio, casi desdichado. El pulso se me aceleró mientras
esperaba a que dijera lo que fuera, porque parecía que estaba intentando
encontrar las palabras adecuadas.
—Max, me he enamorado de ti.
No pude contener un sollozo. Eso era lo último que esperaba que dijera.
—Theo…
Me volvió a atraer hacia su cuerpo y me rodeó con sus brazos.
—No tienes que decir lo mismo si no lo sientes —murmuró él—. Es que
creía que debías saberlo.
—Theo —dije, apartándome un poco de él para poder mirarle a los ojos—.
Yo… también estoy enamorada de ti. —Me sentía tan abrumada que no
pude alzar la voz más allá de un susurro.
Él cerró los ojos, aliviado, y dejó escapar un largo suspiro.
—Tú me quieres. —Me volvió a acercar hacia sí y acercó los labios a mi
oído—. ¿Puedo? —preguntó, mirando mi tripa y acercando un poco la
mano.
Yo le cogí la muñeca y le coloqué la mano sobre mi tripa.
—Ahora solo es del tamaño de una alubia. O puede que una lenteja.
—Hola, Lentejita —dijo Theo, inclinándose para hablarle a mi tripa—. Voy
a ser tu papá.
—¿Cóooomo?
El chillido fue tan fuerte que los dos dimos un salto. Elena estaba en la
puerta, con la boca abierta de par en par. Mi madre estaba justo detrás de
ella con aire confundido.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó mi madre, mirando por encima del
hombro de Elena.
Por primera vez en su vida, Elena parecía haberse quedado sin palabras, y
nos señalaba con el dedo, como si eso fuera a explicarle a mi madre lo que
acababa de oír.
—Ha dicho… ha dicho… —balbuceó Elena—. ¿Papá?
Mi madre la apartó y se acercó a nosotros.
—¡Maxine! ¿Estás embarazada?
Una mirada rápida a Theo me confirmó que tanto él como yo estábamos
haciendo esfuerzos por contener la risa ante sus expresiones sorprendidas.
—¡Di algo! —ordenó Elena, con las cejas a punto de salir despedidas de su
cara.
—Sí, estoy embarazada.
El grito que salió de sus gargantas se debió escuchar hasta en el
aparcamiento. Las dos entraron a toda velocidad en la cocina, riendo y
llorando a la vez y dándose codazos para ver quién nos abrazaba antes.
—¿Cómo ha podido ocurrir esto? —preguntó Elena, que se acercó a mí
después de abrazar a Theo.
—Mamá —rio Theo—. ¿En serio?
—Quiero decir cuándo. ¿Hace cuánto tiempo que lo sabes?
No quise entrar en detalles con ellas.
—Se lo conté a Theo en la boda, pero no queríamos decir nada todavía.
—Yo tenía razón —dijo Elena, feliz—. Max, aquella noche estabas tan
callada y tan pálida, que estaba segura de que te pasaba algo. Pero entonces,
¿por qué rompisteis, si sabíais que ibais a tener un bebé?
Theo y yo nos miramos.
—Es una larga historia, pero ya lo hemos resuelto, así que será mejor no
hablar de ello —dijo Theo, en un tono que no daba opción a continuar con
ese interrogatorio.
—¿De cuánto estás? —preguntó mi madre, que me había soltado por fin y
estaba examinando mi abdomen.
—De muy poco, justo ahora estábamos hablando de eso. El bebé tiene el
tamaño de una lenteja.
—Eh, ¿qué pasa aquí? —preguntó Rafe, asomando la cabeza en la cocina
justo cuando Elena ponía su mano sobre mi tripa—. ¿Por qué estáis
gritando todos?
—Max está embarazada —chilló mi madre entre lágrimas.
—¿En serio? Qué pasada, voy a ser tío. —Rafe sacudió la cabeza y me miró
—. ¿Quién es el padre?
—Rafe —gritamos todos a la vez.
—¡Es bromaaaaa! —rio él—. Felicidades a los dos. Supongo que eso
significa que ya no estáis peleados, ¿no?
Theo me abrazó de nuevo.
—No estamos peleados. Vas a tener que aguantarme, chaval.
Rafe le dedicó una sonrisa torcida, como si estuviera haciendo un esfuerzo
por parecer duro, aunque yo sabía que le entusiasmaba que Theo fuera a ser
un miembro oficial de la familia.
—Que conste desde ya que no voy a hacer de niñera —dijo Rafe saliendo
de la cocina—. Pero enhorabuena a los dos. Tenéis mi permiso para
llamarle Rafe, como el tío más guay del mundo.
—¿Sabéis lo que va a ser? —preguntó Elena, deseando sacarnos más
información sobre el bebé.
—Aún no —contesté, sacudiendo la cabeza—. Pero lo sabremos en la
próxima revisión. Theo me acompañará.
Nos dimos la mano con timidez. Solo habíamos estado separados unas
semanas, pero aún estábamos aprendiendo cómo volver a estar juntos.
—¿Y dónde vais a vivir? —preguntó Elena—. Theo, tu piso no es adecuado
para un niño. ¡Tiene una piscina! —Se estremeció—. Pero si os mudáis, hay
que tener en cuenta el distrito escolar, aunque seguramente querréis un
colegio privado, ¿no?
—Para, mamá, para —le riñó Theo—. Hay tiempo de sobra para decidir
todo eso.
—Sí, pero se os va a pasar volando —replicó mi madre—. Deberíais
empezar a pensar en los detalles desde ya.
—Vale, de acuerdo, empezaremos a hacer planes inmediatamente —dijo
Theo, con una sonrisa que no presagiaba nada bueno—. Y por esa razón, me
voy a llevar de aquí a esta preciosa mujer embarazada, para empezar cuanto
antes.
Me cogió de la mano y empezó a tirar de mí para salir de la cocina.
—¿Estaréis bien si os dejo solos? —pregunté a mi madre—. ¿Sabéis dónde
está todo?
—Fui yo quien te ayudó a instalarte aquí —contestó ella con una sonrisa
enorme—. Estaremos bien, y yo llevaré a Elena a casa luego. Marchaos ya.
—Oye, Theo —dijo Rafe justo cuando estábamos a punto de salir.
—¿Sí?
—Bienvenido de nuevo.
—No tienes ni idea de lo feliz que me hace estar aquí —contestó él,
cogiéndome la mano y apretándomela.
38

THEO

ué te parece Theo Barnes Segundo? —preguntó Max con una


—¿Q sonrisa, y señalándome con los palillos—. Podemos iniciar una
dinastía.
—Oh no. —Sacudí la cabeza—. No pienso obligar a este niño a vivir su
vida siendo el «segundo». Eso supondría mucha presión para él. Además, ni
siquiera sabemos si va a ser un niño.
Estábamos sentados cada uno en un extremo de mi sofá, comiendo dim sum
de un restaurante de cinco estrellas que no ofrecía servicio a domicilio, pero
hacía una excepción conmigo, y nos habíamos puesto a pensar en nombres
para el bebé.
Todo era perfecto.
—Es verdad, aún no lo sabemos —dijo ella—. ¿Qué opinas tú? ¿Quién
crees que habrá aquí dentro? —Se dio una palmadita en el estómago.
—Me da igual, con tal de que…
—Esté sano —terminó la frase por mí y puso los ojos en blanco—. Vale,
eso es lo que se le dice a la gente cuando pregunta, pero ¿qué es lo que
querrías tener tú, Theo? Confiésamelo. Te prometo que no se lo diré nunca a
nadie.
Yo me metí el último trozo en la boca y mastiqué mientras sopesaba cómo
responder. Cuando pensaba en nuestro bebé, pensaba en las cosas que
querría compartir con él, o ella, en las cualidades que me gustaría que
tuviera y las experiencias que podríamos vivir en familia. En realidad, el
género no era algo que me preocupara.
—Aún estoy tratando de decidirlo —dije, estirándome en el sofá—. Y te
prometo que no lo digo por ser políticamente correcto, sino que es verdad
que no tengo ninguna preferencia. ¿Y tú?
—¿De verdad quieres que lo admita? —preguntó con una mueca.
Yo hice un gesto para indicar que le tocaba hablar.
—Vale… espero que sea…
—Una niña. —Esta vez fui yo quien terminó la frase.
—¡Sí! —exclamó ella con los ojos brillantes—. ¿Cómo lo sabías?
—Bueno, ya tienes a Rafe, que para ti es casi como un hijo, así que ahora
puedes tener una niña.
—Eso es justo lo que pienso —me sonrió ella—. Pero ¿tal vez podríamos
añadir otro niño un poco más adelante?
Fingí quedarme atónito, aunque, en realidad, me encantaba la idea de
formar una gran familia con Max.
—¿Cuántos hijos quieres tener?
—Um, no sé. Dos. O quizá, cuatro. —Sonrió aún más—. ¿Quién sabe?
—Pues parece que vamos a tener mucho trabajo. —La miré sugerente,
subiendo y bajando las cejas.
—Mi trabajo favorito —contestó ella con un guiño.
—Hablemos de nombres de niñas. ¿Cuál te gusta?
Max dejó su plato vacío sobre la mesa de centro y se estiró, de forma que
sus pies descalzos quedaron sobre los míos.
—Oh, hay muchos. Hannah. Taylor. Tessa. Molly. Piper. Me va a costar
elegir. ¿A ti cuál te gusta?
—Todas esas opciones me parecen bien. No me quejo. Pero ¿no crees que
deberíamos ver al bebé antes de elegir el nombre?
—Sí —admitió ella rápidamente—. Podemos seleccionar unos cuantos
entre los que elegir cuando nazca. ¿Y nombres de niño?
—Mi padre se llamaba Benjamin —expliqué.
—Ese nombre siempre me ha gustado —suspiró Max—. Sería una buena
forma de recordarle.
—¿Y tú? —pregunté enseguida, porque me había emocionado al pensar en
mi padre—. ¿Qué nombres te gustan?
—Bueno, ahora mi primera opción es Ben, pero también me gustan Grant,
Devon, Perry y Sebastian.
—¿Perry? —Hice un gesto—. No, gracias.
—De acuerdo —aceptó ella sonriendo—. Lo quitamos de la lista.
Me parecía tan natural estar de nuevo con ella que no podía creer que había
estado a punto de dejarla escapar. No necesitábamos llenar nuestras vidas
con fiestas o comidas en restaurantes caros en los que pudiéramos ver y ser
vistos. Lo único que necesitábamos para ser felices era estar juntos. Todavía
me seguía impresionando que la hermosa mujer sentada en mi sofá no me
exigiera nada.
Recorrí la habitación con la vista.
—¿Sabes? Mi madre tenía razón sobre esta casa. No es muy adecuada para
un bebé.
Max se rio.
—No me digas. ¿Te refieres a las mesas de cemento con esquinas afiladas y
los resbaladizos suelos de mármol? —preguntó riendo—. Y esa obra de arte
de cristal tan bonita que tienes en la entrada parece que podría venirse abajo
con una ligera corriente de aire.
—Me da la sensación de que este sitio ya no es el adecuado para mí —
contesté, ignorando su sarcasmo—. Cuando me instalé, era el piso de
soltero perfecto, pero ahora mi vida es muy diferente.
Ella me miró con la cabeza inclinada a un lado.
—¿Y cómo te hace sentir eso?
Comprendí que quería saber si me molestaría tener que cambiar mi estilo de
vida para encajar en él a un bebé, pero lo cierto era que hacía ya un tiempo
que me había cansado de la vida de soltero sin compromiso. Eso ya no tenía
ningún atractivo para mí. Incluso antes de conocer a Max, ya había querido
empezar a centrarme en lo realmente importante, pero no había conseguido
imaginarme cómo llegar a ese punto, hasta que la conocí a ella.
—¿Que cómo me hace sentir? Feliz —contesté—. Me alegro muchísimo de
que cambien las cosas, y de que tú hayas vuelto para quedarte conmigo.
Ella me miró con atención, y me pareció que estaba analizando si lo decía
en serio.
—Max, te quiero muchísimo —dije, tratando de borrar cualquier duda que
le pudiera quedar.
Su expresión se relajó y me dedicó una sonrisa, pero enseguida dejó escapar
un sollozo, y se limpió el extremo del ojo.
—¿Estás llorando?
Ella volvió a sollozar y asintió.
—Es que soy muy feliz, Theo. Es… abrumador, porque nunca pensé que
acabaríamos así. Yo también te quiero.
Me levanté del sofá, me dirigí al extremo donde estaba ella y le limpié una
lágrima de la mejilla con el pulgar.
—No llores más, ¿vale?
—Lo intentaré.
—A lo mejor esto te ayuda —dije, tirando un poquito de su coleta para que
levantara la cara.
Me incliné para besarla, con una mano apoyada en su cuello y la otra
enredada en su larga melena. Ella unió sus labios a los míos con un intenso
deseo. Hacía semanas que no hacíamos el amor, y estaba claro que nos
moríamos el uno por el otro, a pesar de haber sido capaces de mantener la
compostura durante la cena.
—Hazme el amor —susurró Max.
La levanté del sofá sin decir una palabra y nos dirigimos a mi dormitorio.
Max me siguió por el largo pasillo, con una mano en mi culo. Eso bastó
para que se me pusiera dura de inmediato.
—Te he echado muchísimo de menos —dijo, rodeándome con sus brazos
desde detrás de mí.
—No tienes ni idea de cuánto te he echado de menos yo —le dije con voz
ronca, al tiempo que abría con el pie la puerta de mi habitación.
Volví a besar sus labios, mientras le hacía caminar de espaldas hacia la
cama. Ella se recostó, con los ojos medio cerrados. La miré desde arriba.
—¿Cómo es posible que ahora seas aún más guapa? Joder, me tienes
alucinado.
Ella se echó a reír y se giró sobre un costado, cubriéndose la cara con las
manos.
—Para, me da vergüenza. ¡Estoy hecha un desastre!
Yo me quité los zapatos, me subí a la cama y me puse sobre ella, con una
rodilla a cada lado.
—Eres una obra de arte —dije, admirándola. Le recorrí la boca con los
dedos—. Estos labios… —Deslicé la mano por su cuello, hasta llegar a su
pecho—. Este cuerpazo.
Tuve que controlarme para no empezar a frotarme contra ella.
—Está cambiando —dijo ella con dulzura—. Cada día está un poquito más
blando, y un poquito más redondo. ¿Me seguirás queriendo cuando sea del
tamaño de un camión?
—Te querré, seas del tamaño que seas —contesté enseguida. Te quiero tal
como eres, desde el dedo pequeño del pie, hasta tus perfectas orejitas.
—Y yo te quiero a ti —contestó ella—. Y me encantaría verte entero, así
que ve quitándote toda esa ropa.
Me quité la camiseta de un tirón y las manos de Max cayeron sobre mi
pecho. Me masajeó y me acarició hasta volverme loco. Cuando me rozó un
pezón con el pulgar, no pude evitar encogerme.
—¿Tienes cosquillas?
—¿Cosquillas? ¿Yo? Ni en broma.
—No me digas. —Me lanzó una mirada diabólica y dejó caer las manos
hasta mis caderas—. ¿Qué te parece esto?
Las suaves puntas de sus dedos se deslizaron por mi piel, y me provocaron
una carcajada contra mi voluntad.
—¡Para!
—Así que no tienes cosquillas, ¿eh? —contestó ella, moviendo su mano
hacia mi estómago.
—Max —grité cuando fue a por el golpe de gracia—. ¡Ya vale!
Le agarré ambas manos y las sujeté por encima de su cabeza para que no
pudiera moverse.
—¡No es justo! —gritó
—Ahora me toca a mí torturarte —susurré, inclinándome hacia ella.
Sujeté sus dos muñecas con una de mis manos, mientras utilizaba la otra
para abrir el botón de sus vaqueros recortados. Cuando deslicé una mano
dentro de sus bragas, ella dio un respingo.
—Theo… —susurró, arqueándose contra mis dedos cuando rocé su centro
de placer.
Me detuve y moví la mano hacia arriba, hasta apoyarla en la suave piel de
su tripa.
—¿Sí?
—No pares —pidió.
—¿Quieres decir, que siga haciendo esto? —susurré en su oído, antes de
deslizar las puntas de mis dedos hacia abajo. La toqué con tanta suavidad
que no pudo evitar retorcerse.
—Sí —suspiró.
Separó las piernas para darme más acceso, y yo deslicé un dedo dentro de
ella, alternando entre acariciarle el clítoris y dejar que se frotara contra mi
mano. Cuando noté que le faltaba muy poco, volví a detenerme, lo que le
provocó un grito de agonía.
—Theo, ¿qué estás haciendo? —jadeó.
Le solté por fin las muñecas, introduje las manos en la cintura de sus
vaqueros y se los quité, junto con las bragas. Después, volví a colocarme
entre sus piernas.
—Esto.
Me incliné para excitarla con la boca, y en el momento en que mis labios la
tocaron, estuvo a punto de saltar de la cama. El sabor era más delicioso de
lo que recordaba y, si no me hubiera estado muriendo por estar dentro de
ella, me habría encantado seguir entre sus piernas, besándola y excitándola
durante el resto de la noche.
Max no dejó de apretarse contra mi boca, y tuve que luchar contra el deseo
de tocarme. Ella introdujo las manos en mi pelo y me agarró con fuerza,
como si quisiera asegurarse de que no pararía antes de que pudiera correrse.
Recorrí con la lengua cada centímetro de sus suaves pliegues, primero lenta
y suavemente, y después presionando contra su clítoris. Cuando deslicé un
dedo dentro de ella, dejó escapar un grito casi salvaje. Noté que se estaba
acercando al clímax cuando empezaron a temblarle los muslos, y unos
segundos más tarde emitió un grito ronco de placer. Yo seguí besándola y
lamiéndola hasta que, por fin, me apartó de su cuerpo.
—Theo Barnes, si no me follas ahora mismo, voy a perder la cabeza.
No hizo falta que me lo pidiera dos veces. Me quité los vaqueros y los
calzoncillos y alargué una mano hacia la mesilla. Ella me detuvo.
—No hace falta. No me puedo quedarme más embarazada de lo que ya
estoy.
—Tienes razón.
Me coloqué sobre ella en la cama. Max todavía llevaba la camiseta, así que
se la quité.
—¿Vas sin sujetador?
—No voy a poder hacerlo durante mucho más tiempo —rio ella—, así que
estoy aprovechando. Ya se me están poniendo más grandes.
Le rodeé los pechos con las manos para apreciar su tamaño.
—Eso parece, sí.
Me incliné para meterme uno de sus pezones en la boca, y ella se retorció
debajo de mí y colocó una mano entre mis piernas.
—Polla. Ahora —ordenó, sujetándome con firmeza.
Empezó a acariciarme y yo dejé de moverme. Max sabía cómo volverme
loco. Después de disfrutar unos momentos de sus caricias, reuní fuerzas
para separarme un poco y colocarme de forma que mi polla se situara justo
sobre su entrada. Tras esperar un momento, me introduje por fin dentro de
ella y me detuve un momento para disfrutar de la sensación, mientras Max
volvía a dejar escapar un grito. Encajábamos a la perfección. La preciosa
cara de Max resplandecía debajo de mí, y ahora ya sabía que podríamos
volver a sentir la magia juntos, una y otra vez.
Empecé a moverme, despacio al principio, para intentar que durase todo lo
posible. Max se arqueó hacia mí y yo le acaricié el pecho despacio,
apoderándome de su cuerpo.
—¿Te gusta? —pregunté.
Tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos, pero consiguió hacer un
pequeño gesto de asentimiento.
—Entonces, córrete para mí —susurré.
Deslicé una mano entre nuestros cuerpos y su respiración se entrecortó. En
unos segundos, la habitación se volvió a llenar de esos gemidos suyos que
me hacían enloquecer. Solo pude empujar unas pocas veces más antes
alcanzar el éxtasis.
Al terminar, me dejé caer con cuidado sobre ella, mientras los dos
recuperábamos el aliento.
—Te quiero, Theo —me susurró Max al oído.
—Yo te quiero aún más —dije, rodeándola con mis brazos, alentado por la
idea de que ya no tendría que soltarla nunca.
39

MAX

ame a ese bebé.


—D Me puse una mano ante los ojos para protegerme del sol y mirar a
las dos figuras de pie ante mí en la cubierta del yate. Mi madre tenía los
brazos extendidos, con los ojos puestos en Molly, y Elena esperaba a su
lado como si fuera la siguiente en la cola.
—¿Estás segura? —Sujeté mejor a Molly en mis brazos—. Ahora mismo
está muy inquieta.
El bebé arqueó la espalda y gimoteó un poquito, como para darme la razón.
—Claro que estoy segura. —Abrió y cerró las manos para enfatizar su
petición—. Esto se me da muy bien, y tú pareces agotada. Necesitas un
descanso.
—Vaya, muchas gracias —dije—. Y yo que pensaba que hoy tenía buen
aspecto.
Me había preocupado por arreglarme bien para la fiesta. Era importante
para nosotros, y teníamos mucho que celebrar. Se trataba del viaje inaugural
del Celeritas, el primer yate construido con la participación de Ford. A Theo
y a mí nos había hecho gracia que el nombre del barco significara
velocidad, teniendo en cuenta que llegar a un acuerdo con Ford había sido
cualquier cosa menos rápido.
—Venga ya, estás increíble —dijo Elena—. Resulta difícil creer hayas
tenido un bebé hace nada.
—Eres muy generosa. Molly tiene casi un año, es no es «nada». Y este
vestido oculta todos mis excesos. —Tiré un poco de la tela del diáfano
vestido negro.
Mi madre aprovechó que estaba hablando con Elena para coger con cuidado
a Molly, como si no me fuera a dar cuenta de lo que estaba haciendo. El
bebé protestó un poco, pero enseguida se acurrucó contra el pecho de su
abuela, que había empezado a caminar en círculos.
—No sabes aceptar un cumplido, ¿no? —me riñó Elena—. Mírate. Tienes
un bebé, una casa nueva, un negocio que está creciendo y un artículo sobre
ti en el New York Times. ¡No hay quien te pare!
—Vale, vale —dije, con las mejillas ardiendo—. Te agradezco la
admiración, pero, aunque no quiero llevarte la contraria, el artículo no era
sobre mí.
Ella resopló un poco.
—Bueno, sigue siendo muy importante.
Elena tenía razón. La información del periódico le había dado un impulso
inesperado a mi negocio. Había estado preocupada por si rechazar las
prácticas afectaría a mi trabajo, pero, para mi sorpresa, había ocurrido todo
lo contrario. Algunas de las modelos con las que había trabajado a lo largo
de los años se habían quedado embarazadas al mismo tiempo que yo, así
que inicié una serie de fotos a las que llamé «La naturaleza del embarazo».
La serie mostraba mujeres en pleno apogeo del embarazo, situadas en sus
lugares favoritos al aire libre. Las había fotografiado en senderos, piscinas
naturales o entre las flores de un jardín botánico. Aunque había empezado
haciendo fotos de mujeres a las que conocía, no tardé mucho en empezar a
recibir peticiones de desconocidas que también querían que las fotografiase.
Las fotos atrajeron a muchos seguidores en internet, y el Times se había
puesto en contacto conmigo para mostrar mis imágenes y añadir algunas
mujeres famosas embarazadas a la serie, para hacer un artículo.
Ese era un trabajo que nadie le habría encargado nunca a Richard Adams.
Me pregunté qué pensaría de que su posible «musa» le quitara trabajo.
Miré a la gente que se había reunido en el yate y solo sentí felicidad. En el
grupo estaban nuestras familias junto con nuevos amigos, como las mujeres
de algunos de los socios de Theo. Había conectado enseguida con Kaitlyn y
Maddy, que estaban casadas con sus amigos James y Noah,
respectivamente. La hija de James, Harper, no se cansaba de jugar con el
bebé, y yo sentía una cierta afinidad con Maddy, porque estaba en su primer
embarazo.
—¿Os importa quedaros con la señorita Molly unos minutos? —pregunté,
poniéndome en pie.
—¿Unos minutos? —protestó Elena—. Buena suerte tratando de quitarnos a
este angelito.
Mi madre y ella se alejaron con Molly, y me dejaron para que sacara la
cámara e hiciera algunas fotos.
Recorrí el barco hasta encontrar a Theo, Ford y Rafe en la cubierta de popa,
donde Ford estaba explicando algo a los otros dos. Ahora me había
empezado a caer mejor. Para empezar, como había dicho Theo, era el mejor
en su trabajo. Por otro lado, Pam y él habían comenzado a acudir a terapia
de parejas, una vez que habían fracasado los intentos de ella de seducir a
Theo. Yo nunca entendería su matrimonio, pero, al menos, Ford había
empezado a tratar a Pam como una persona, en lugar de un premio. A
cambio, ella había dejado de intentar hacerle sentir inseguro y celoso. Como
resultado, Ford ahora resultaba una compañía mucho más agradable, sobre
todo cuando hablaba de yates, que eran su auténtico amor.
Incluso desde donde estaba, podía notar que Rafe estaba pensando a toda
velocidad. Nunca le habían entusiasmado los barcos, pero la relación con
Theo parecía haberle hecho cambiar de opinión. En sus ratos libres, había
estado acompañando a Ford como aprendiz, y me imaginaba que quizá
querría trabajar con él durante el verano. Me alegraba mucho que la
presencia de Theo hubiera sido suficiente para mejorar tanto la vida de mi
hermano. El divorcio no parecía haberle afectado tanto como yo había
creído.
Hice unas fotos de los hombres, sonriendo para mis adentros al pensar en lo
mucho que habían cambiado las cosas desde la primera vez que estuve en
un yate Barnes, como un polizón muerto de sueño. Era más feliz de lo que
nunca hubiera creído con una persona a la que, aquel día, pensé que no
podía soportar. Cómo me había equivocado con él. Sí, Theo era arrogante
como nadie, y eso a veces me molestaba, pero ahora sabía de primera mano
que también era la persona más amable y generosa que conocía. Por no
hablar de que era el mejor novio del mundo y, como padre, era muy atento.
Me acaricié con el pulgar el lugar de la muñeca en el que me había tatuado
la fecha del nacimiento de Molly con números diminutos. Su padre se había
hecho el mismo tatuaje en el mismo sitio, y se podía decir, sin lugar a
dudas, que los dos estábamos locos con nuestra niña.
La dulce Molly era el bebé más precioso, listo y encantador del mundo. Era
posible que yo no fuera del todo imparcial, pero tal vez tenía razón, y había
resultado que a Theo y a mí se nos daba muy bien hacer bebés. Estaba
deseando tener otro, hasta el punto de que estaba dispuesta a empezar a
intentarlo ya. Y, aunque Theo había pedido un poco más de tiempo para
dedicarse por completo a su primogénita, no se oponía a dejar de utilizar
anticonceptivos. Teniendo en cuenta la frecuencia con la que hacíamos el
amor, cualquier día de estos me iba a encontrar con otra prueba de
embarazo positiva.
La tarde transcurrió rápidamente, entre caras felices y bajo un cielo azul
interminable. Yo conseguí encontrar unos minutos para hablar con Pam
mientras tomábamos una copa, y comprobé que resultaba mucho más
agradable cuando se centraba en las últimas colecciones de moda, en lugar
de en Theo.
—Damas y caballeros, si quieren dirigirse a las mesas, la cena se servirá en
quince minutos —dijo el sobrecargo a través de la megafonía del yate.
Me dirigí al camarote principal, en el que había dejado a Molly durmiendo
la siesta, y me encontré a Theo jugando y riendo con ella sobre la cama.
—Oye, ¿no se supone que deberías estar ahí fuera, haciendo caso a tus
invitados? —pregunté, al tiempo que me dejaba caer junto a ellos. Molly
hizo un ruidito de aprobación.
—Ya les he hecho suficiente caso para el resto del día —contestó,
apretándome un poco el muslo.
—Aún no me puedo creer que estemos en este yate —dije, haciendo un
gesto que abarcaba el camarote—. ¿Has tenido algún contrato que te haya
costado más que este?
Él sacudió la cabeza.
—Nunca, pero tampoco he conseguido nunca tantos beneficios.
—Pero… —Incliné la cabeza, confusa—. Este es el viaje inaugural. No sé
cómo funciona tu negocio exactamente, pero ¿no necesitas alquilarlo unas
cuantas veces para que dé beneficios?
—No me refiero al barco, sino a la gente que hay en él. Nuestras familias,
Molly, tú. Aquel día, cuando invité a Ford para que firmara, no tenía ni idea
de lo que iba a pasar. El día en que te conocí.
—Y si yo no hubiera estado tan cansada, ahora no estaríamos aquí. Vaya
locura, ¿eh?
Theo no contestó. Tenía la mirada perdida y acariciaba el diminuto pie de
Molly.
—¿Te lo has pasado bien hoy? —me preguntó al cabo de unos momentos.
—Mucho. Parece que todo el mundo se ha divertido.
—Eso, sin duda —dijo Theo—. No hay fiestas como las de Theo Barnes.
—Firmado: tú —reí yo.
—Y tanto.
Hizo que Molly se deslizara por la cama y ella rio, lo que le provocó una
carcajada a él.
—Creo que deberíamos salir. Van a servir la cena enseguida —dijo.
Yo me coloqué detrás de él y apreté mi cuerpo contra el suyo.
—Me encantaría que pudiéramos quedarnos aquí. Ser la anfitriona es
agotador, estoy muerta.
—No te vayas a dormir aún, todavía queda mucho que disfrutar —contestó
Theo.
Se puso en pie, cogió a Molly y me tendió una mano.
—Y la cena va a estar buenísima.
—De acuerdo —gruñí—. Salgamos ahí fuera y sigamos sonriendo.
—Esa es mi chica. —Theo me dio una palmada en el culo que me hizo
chillar.
Cuando salimos a la zona iluminada con velas en la que se iba a servir la
cena, todo el mundo estaba ya sentado. Nos situamos en la cabecera de la
mesa mientras los camareros empezaban a servir el champán.
—Empezábamos a pensar que estaríais tratando de ampliar la familia —rio
Jessica.
—Eh, quién sabe. Tal vez lo estábamos intentando —contestó Theo—. No
todo el mundo tiene un plan de dos años que cumplir, como vosotros.
—No es culpa mía que mi mujer tenga una lista interminable de cosas que
hacer antes —dijo Tim—. Pero, créeme, habrá bebés.
Molly dejó escapar un chillido que hizo reír a todos.
—Antes de empezar, quiero decir algunas cosas —dijo Theo, poniéndose en
pie.
La conversación cesó a nuestro alrededor y todo el mundo se volvió a
mirarle. Él alzó su copa.
—Quiero brindar por mi socio, Ford Peterson. Quise asociarme con él
pensando que sería otro recurso que añadir a mi cartera, pero lo que hemos
hecho es mucho más que eso. Ford, te has convertido en un miembro
esencial de Barnes Oceanic, pero, sobre todo, eres un gran amigo. Aprecio
mucho la calidad de tu trabajo, tu instinto, tu franqueza y tu amabilidad.
Gracias por embarcarte en esta aventura conmigo. Brindemos por Ford, y
por el maravilloso Celeritas.
Todos los presentes alzaron sus copas para brindar, y a continuación, los
camareros comenzaron a servir la comida. Para cuando terminamos de
cenar, Molly estaba dormida en brazos de Elena y yo me sentía dispuesta a
hacer lo mismo.
—¿Aún hay más? —protesté en voz baja cuando los camareros sacaron el
postre—. Estoy llenísima.
—Creo que te va a gustar. Es muy ligero, será el final perfecto para un día
perfecto.
Miré con suspicacia el plato que me habían puesto delante. El postre era
una ostra cerrada sobre una cama de algas.
—¿Esto es lo que has elegido? —pregunté, pinchando las algas con el
tenedor.
—Todo es comestible —rio Theo—. Las algas están hechas de bizcocho
con mantequilla batida, y la ostra es un merengue de praliné. —Miró a mi
plato y frunció el ceño—. Pero creo que se han equivocado con tu plato.
Señaló a su propio plato, en el que había una ostra abierta con una perla de
chocolate blanco brillante sobre un centro de suave mazapán.
Yo golpeé mi ostra con el tenedor.
—Oh, oh, esto no es chocolate —le susurré—. ¿Se han equivocado con
alguien más?
Aunque en el barco solo estaban nuestros familiares y amigos, sabía que a
Theo le molestaría mucho que hubieran servido más postres equivocados.
Él miró alrededor de la mesa.
—No, solo es la tuya. —Theo cogió la ostra de mi plato e intentó abrirla.
—Déjalo —susurré—. Nadie se va a dar cuenta. Además, no creo que nadie
quiera que le salpiquemos el postre con agua de ostra.
Theo se puso de pie como si no me hubiera oído, y trató de abrir la ostra
mientras todos se giraban para ver qué estaba haciendo.
—Parece que ha habido una pequeña equivocación —dijo con una risa, al
tiempo que alzaba la ostra para que todo el mundo pudiera verla—. Pero, a
veces… las equivocaciones tienen como resultado algo raro y poco común.
Al decir eso, abrió la ostra y me la presentó, mientras alrededor se desataba
un coro de gritos y aplausos. Dentro de la ostra había un cojín de terciopelo
azul y, sobre él, el anillo de pedida más grande y brillante que había visto en
mi vida. Me quedé sin saber qué decir, mirando del anillo a Theo. Él me
sonreía de oreja a oreja.
—Maxine Simon, nuestra relación empezó con un equívoco, y luego se
convirtió en algo que ninguno de los dos supo definir. Fue rara, y mágica, y
nos cogió por sorpresa, pero durante todo ese tiempo, los dos sentimos la
necesidad de hacer caso a nuestros corazones y ver qué podía pasar. Y
bueno, lo que pasó fue ella.
Todo el mundo miró a Molly, haciendo sonidos de admiración. Yo intenté
mantener la compostura, aunque los ojos se me llenaron de lágrimas y
empecé a moquear.
—Has dado sentido a mi vida de una forma que jamás habría previsto. Eres
lo que nunca había esperado, y todo lo que quiero. Por eso, te pido ahora,
delante de las personas a las que queremos, que te cases conmigo.
Llorando a moco tendido, salté de la silla y me lancé a los brazos de Theo.
—¡Sí!
Los aplausos y vítores despertaron a Molly, que se unió al jaleo con sus
propios lloros. Theo me abrazó con fuerza, besándome las mejillas
húmedas.
—Es el mejor día de mi vida —sollocé, tratando de ocultar la cara en su
pecho, porque estaba segura de que se me habría corrido la máscara de
pestañas.
—No —dijo Theo, acariciándome el pelo—. Eso no es posible, porque cada
día contigo es mejor que el anterior.
Nos quedamos allí, cada uno con los brazos alrededor del otro, rodeados de
nuestros amigos y familiares, y supe que tenía razón.
En lo que se refería a nuestro amor, lo mejor aún estaba por llegar.
FIN DE UN JEFE EXIGENTE
MULTIMILLONARIOS AL MANDO LIBRO 3

Un jefe insoportable, 30 mayo 2023


Un jefe exigente, 20 febrero 2024

Un jefe arrogante, 28 mayo 2024

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¡GRACIAS!

Muchas gracias por comprar mi libro. Las palabras no bastan para expresar lo mucho que valoro a
mis lectores. Si disfrutaste este libro, por favor, no olvides dejar una reseña. Las reseñas son una
parte fundamental de mi éxito como autora, y te agradecería mucho si te tomaras el tiempo para dejar
una reseña del libro. ¡Me encanta saber qué opinan mis lectores!

Puedes comunicarte conmigo a través de:


CÓMO ALEGRARLE EL DÍA A UNA
AUTORA

No hay nada mejor que leer buenas reseñas de lectores como tú, y no lo
digo solo porque me haga feliz. Al ser una autora independiente, no tengo el
respaldo financiero de una gran editorial de Nueva York ni la influencia
para aparecer en el club de lectura de Oprah. Lo que sí tengo (mi arma no
tan secreta) es a ustedes, ¡mis increíbles lectores!
Si disfrutaste el libro, te agradecería muchísimo que te tomaras unos
minutos para dejar una reseña. Simplemente haz clic aquí o deja una reseña
cuando te lo pida Amazon al terminar el libro. También puedes ir a la
página de producto del libro en Amazon y dejar una reseña allí. En ese caso,
debes buscar el link que dice “ESCRIBIR MI OPINIÓN”.
Sin importar el largo que tengan (¡incluso las más breves sirven!), las
reseñas me ayudan a que la saga tenga la exposición que necesita para
crecer y llegar a las manos de otros lectores fabulosos. Además, leer sus
hermosas reseñas muchas veces es la parte más linda de mi día, así que no
dudes en contarme qué es lo que más te gustó de este libro.
ACERCA DE LESLIE

Leslie North es el seudónimo de una autora aclamada por la crítica y best seller del USA Today que
se dedica a escribir novelas de ficción y romance contemporáneo para mujeres. La anonimidad le da
la oportunidad perfecta para desplegar toda su creatividad en sus libros, sobre todo dentro del género
romántico y erótico.
SINOPSIS

¿Os confieso algo?


Odio las despedidas de soltera. Odio la idea de pasar una noche llena de
pajitas con forma de pene, pasos de baile ridículos y mujeres diciéndome:
«¡Tú serás la siguiente, Kaitlyn!». Y las odio todavía más si son en una
discoteca superglamurosa de Miami, exactamente el tipo de lugar donde no
encajo. La cosa no podría ser peor, ¿no?
Pues sí, podría ser peor. Con ustedes, el señor «Más-Guapo-Imposible». El
rey de los insoportables. Hasta su ceño fruncido tiene el ceño fruncido. Y se
pone todavía más insoportable después de que, sin querer, le tire encima
unas bebidas. El tipo debe de ser el gerente de la discoteca, porque tiene las
llaves del ático que está en el piso de arriba. El ático al que me invita
después de compartir un beso en el balcón. El ático donde tenemos el mejor
sexo de mi vida. El ático del que me echa minutos después al recibir una
llamada. ¡Os he dicho que la cosa se ponía peor!
¿Estáis listos para que se ponga incluso peor? Es el primer día en mi nuevo
trabajo y ese tipo insoportable resulta ser mi jefe. James Morris, un
empresario multimillonario dueño de discotecas y un completo imbécil
como jefe (si es que las revistas de cotilleos dicen la verdad). Y también
padre soltero de una niña adorable que necesita mi ayuda.
Pero ¡de ninguna manera puedo aceptar el trabajo! Cada vez que miro a
James, recuerdo esa noche en el ático. Y, por el modo en que me mira, sé
que él piensa lo mismo que yo. Pero después me explica por qué es
importante para él que acepte el trabajo. Y por qué no puedo negarme.
¿Os confieso algo más?
Odio a mi jefe.

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FRAGMENTO

Capítulo 1
Kaitlyn
Había dos cosas que debería haber hecho. Una era quedarme en casa y la
otra, ponerme las gafas. Claro está que no hice ninguna de las dos.
—¡Cuidado con las escaleras!
—¡La madre que…!
—¡Se va a…!
Aunque la gente suele gritar mucho en las discotecas, no llegué a oír el final
de la última frase. Mis pies se precipitaron hacia la nada, las luces
parpadeantes de la discoteca comenzaron a girar a mi alrededor y fue
entonces que me di cuenta de que iba a salir volando a toda máquina.
Lo primero que hice fue lanzar los brazos al aire para recuperar el
equilibrio, pero mi tobillo se torció cuando el zapato chocó contra el
escalón. Ahí comprendí que mi final era inminente. En lugar de disfrutar de
una vida larga y provechosa, mi existencia iba a limitarse a una línea triste
en la sección de esquelas: «Joven se rompe el cuello en una discoteca». En
eso estaba cuando apareció alguien más.
Lo único que alcancé a ver fue la silueta borrosa de un hombre, del que
intenté sujetarme tan fuerte como pude. Pero, en lugar de tantear su cuerpo,
mi mano palmoteó una bandeja llena de copas de champán.
—¡Señorita, no! ¡Cuidado! —gritó el camarero, que ahora estaba lo
suficientemente cerca como para poder identificarle, pero su advertencia
llegó tarde. Agarré el borde de su bandeja, en la que había tanto champán
como para celebrar un brunch con una barra libre inagotable de mimosas, y
tiré de ella para estabilizarme.
La buena noticia era que, efectivamente, había conseguido estabilizarme.
La mala era que el camarero no. El pobre se tambaleó, lo que provocó que
la bandeja volara por los aires y termináramos los dos bañados en una
oleada de champán, así como todos los que se encontraban cerca. Bueno, al
menos yo ya no me estaba cayendo: en cambio, ahora chapoteaba en un mar
de champán. Vaya manera de empezar la noche.
En mi intento de ayudar al camarero, hice un movimiento demasiado rápido
y volví a tropezar. Una vez más me precipité hacia el suelo y tuve que
prepararme para recibir el impacto. Y entonces fue cuando él apareció.
—Tiene que ser una puta broma.
Oí una voz grave e irritada resonar en el ambiente y noté también un par de
manos que me encandilaron. Sus dedos, largos y fuertes, me sujetaron el
codo con firmeza para que me mantuviera en posición vertical y, eso bastó
para que sintiera un escalofrío de lo más agradable recorrer toda mi
espalda.
—Lo siento mucho —balbuceé—. No he visto por dónde iba. No es culpa
suya, no llevo las gafas y… ¡oh, al diablo!
Me deshice de su agarre, metí la mano en el bolso y saqué unas enormes
gafas fucsia con estrás y forma de ojo de gato.
No tenía pretensiones de ir a la última moda, se suponía que eran una
broma. La clase de gafas que tienes a mano en caso de emergencias o como
un accesorio divertido para hacer la gracia durante alguna cena. Pero, como
Dios tiene un sentido del humor muy retorcido, la noche anterior me había
sentado sobre mis gafas habituales y mi pedido de lentillas no había llegado
a tiempo para la despedida de soltera de Cassie. Por eso, había tomado la
insensata decisión de salir esa noche sin llevar siquiera las gafas puestas. El
mundo se volvió a enfocar cuando me las coloqué sobre la nariz.
—¿Qué diablos acaba de pasar?
El hombre de la voz portentosa seguía de pie delante de mí, con la
expresión de alguien que acababa de pillar a un intruso intentando llevarse
la cubertería de plata. No supe descifrar si estaba enfadado conmigo o con
el camarero.
—¿Está bien, señorita? —Sus palabras eran corteses, pero su actitud las
dotaba de un significado diferente: en vez de querer saber si me había
magullado, parecía estar sugiriendo que me hallaba mal de la cabeza. .
—Este, yo… Bueno…
«Santo cielo, Katie», pensé. «Espabila, tú puedes. Eres capaz de armar
frases completas y con sentido».
Aun así, las palabras no me salían con facilidad. En un vano intento de
despejar mi mente, me volví hacia el camarero, cuya camisa blanca se había
teñido de color amarillo pálido, y luego miré de nuevo al otro hombre que
estaba frente a mí. Él era… Maldición. Era todo.
Alto y de hombros anchos, llevaba una pulcra camisa negra que se adaptaba
a su torso esbelto de una forma muy apetecible. En su cara se mezclaban
tanto facciones suaves como duras, que le otorgaban una apariencia de estar
esculpida en mármol y luego pulida hasta la perfección, y sus ojos eran,
sencillamente, encantadores.
«Céntrate, por lo que más quieras», ordenó mi voz interior. «Ya sé que ha
pasado mucho tiempo, ¡pero este no es el momento ni el lugar!».
—¿Hola, hola? ¿Puede oírme? —insistió el hombre, agitando la mano
delante de mis ojos—. ¿Qué es lo que ha pasado, exactamente?
—Lo siento mucho —repetí, corriendo junto al camarero para comprobar
cómo estaba. Era lo menos que podía hacer—. Estoy bien, de verdad que sí.
Pero usted…
—Estoy bien, señorita—. El camarero me apartó de la forma más cortés
posible, con la mirada puesta en la alfombra de cristales rotos que cubría el
suelo de la discoteca, y cerró los ojos. A mí me estaba yendo fatal, pero su
noche no parecía ir mucho mejor. Y todo por mi culpa.
—Ocúpate de esto, Fernando —le indicó el hombre misterioso.
Un pequeño batallón de camareros surgió de la nada tras un rápido
chasquido de sus dedos. Moviéndose como una máquina bien engrasada, el
grupo acordonó el desastre y comenzó a recoger los cristales y fregar el
suelo, trabajando a toda velocidad mientras la fiesta continuaba sin pausa a
nuestro alrededor. Me resultó odioso.
Había ido allí a pasarlo bien, no a complicarles la vida a los demás. Y esa
discoteca, Dios, esa discoteca no era lo que esperaba. Para nada. Al estar
situada en el ático de uno de los rascacielos más altos de Miami, esperaba
que el ambiente del sitio fuera más del estilo típico de la ciudad, con luces
de neón, palmeras y demás. Me había sorprendido mucho cuando entré y
me topé con una escena que ejemplificaba la elegancia en su máxima
expresión. El interior estaba decorado en tonos azul marino, con bancos
bajos de cuero rodeando la pista de baile; las paredes estaban pintadas de
color negro azulado y, en lo alto, unas arañas de cristal centelleaban como
gotas de lluvia. El conjunto creaba la impresión de que Bloom era un club
muy pijo y al que solo se ingresaba si eras miembro. Todo resultaba
suntuoso, cómodo y opulento en extremo, y a mí eso me hacía sentir fuera
de lugar.
—Me siento fatal, en serio. Puedo pagar por el incoveniente.
—En absoluto —me interrumpió el hombre, al que di por una especie de
director de sala—. Ha sido un accidente y… —me miró estrechando los
ojos y su expresión pasó de enfadada a sorprendida.Me miraba a los ojos
con una intensidad suficiente como para partirme el alma, y sentí que me
acaloraba sin remedio hasta que me di cuenta de que solo era por mis gafas
—.¿Qué se supone que es esto?
Ay, ese tono. Podía tolerar un poco su mala educación, pero esto ya era
demasiado.
—Gafas —contesté, resaltando la palabra con tono afilado—. Ya sabe, para
ver.
—¿Y le funcionan? —replicó levantando una ceja. Sus ojos parecían soltar
rayos láser, casi podía sentir cómo la montura de plástico de las gafas se
derretía sobre mi cara.
De acuerdo, había algo que sí entendía. En lo que respectaba a discotecas,
Bloom era el no va más del entretenimiento nocturno en Miami. Era
imposible entrar salvo que estuvieras forrado o tuvieras el aspecto de una
estrella de cine. Yo, desde luego, no estaba forrada, y me figuraba que
aquellas gafas no cuadraban del todo con el estilo de Hollywood, pero ni en
broma iba a aguantar que me juzgaran de tal modo por mi aspecto, a pesar
de que no estaba demasiado orgullosa de él.
—Quizá unas gafas más prácticas le habrían ido mejor —continuó él, con la
vista puesta en las escaleras que casi habían acabado conmigo—. ¿Cómo es
que no las ha visto? No son difíciles de ubicar.
—No llevaba gafas —admití—. Está claro que debería habérmelas puesto,
porque si… yo…
—Ah, así que no son para ver —dijo él—. Solo funcionan en retrospectiva,
¿no? Ya entiendo —se apretó el puente de la nariz y cerró los ojos un
momento, como si tratara de contenerse para no destrozarme con más
juegos de palabras inconducentes—. Supongo que no puedo culparla por no
querer ponérselas.
Apretó los labios y un brillo divertido iluminó sus ojos. Estaba claro que,
fuera quien fuera, a este tío le costaba mantener la profesionalidad en ese
momento. Se había dado cuenta de que yo no encajaba ahí y se estaba
divirtiendo a mi costa y, aun así, por mucho que me irritara, no era capaz de
encontrar las palabras apropiadas con las que replicarle. Tenía la mente
obnubilada por su mandíbula de simetría perfecta y con esos labios, que
daban tantas ganas de besarlos. Ese hombre era, sin duda, una cruel broma
del destino. Su actitud era tan cáustica que podía arrancar la pintura de las
paredes, pero estaba oculta en un envoltorio tan espectacular que hubiese
sido preciso que llevara un letrero de advertencia.
—Mire, no se preocupe, la próxima vez, solo… ¡Oh, vaya!
Su mirada recorrió mi cara y luego descendió hasta mi cuerpo y, de
inmediato, fui consciente de la forma en que el vestido se me pegaba a las
curvas. No recordaba que fuera tan ajustado ni que se hubiera mojado al
punto de incomodarme.
—Oh, mierda —murmuré tocando la tela empapada del vestido estropeado
por completo—. Estoy toda…
—¿Húmeda? —sugirió el hombre, y por sus labios se extendió una sonrisa
de superioridad que había contenido hasta ahora. Hizo una pausa breve
mientras intentaba borrar lasonrisa, que le daba un aspecto estúpido a su
cara, y después continuó—: Le pido disculpas por todo esto, señorita, en
serio. Tenemos una asistente maravillosa en el tocador de señoras que
dispone de un armario lleno de ropa limpia para que pueda cambiarse a
gusto. Ella le ayudará a arreglarse para el resto de la noche. Por supuesto
que yo me haré cargo de todos sus gastos, así como de reemplazar su… —
dejó la frase en el aire, pues intentaba averiguar la marca de mi vestido y
fracasó en el intento—. Bueno, eso.
—¡A mi vestido no le pasa nada! —Tiré de la tela húmeda para separarla de
mi cuerpo. El movimiento hizo que el vestido se pegara a mi trasero y
revelara unos cuantos centímetros más de pierna. Noté que un calor
incómodo se extendía por mis mejillas e intenté tirar de la prenda hacia
abajo.
—No he dicho que le pasara nada. —Volvió a apretar los labios, como si
estuviera intentando contener la risa, y obligó a su mirada a subir desde mi
escote a mi cara—. Es solo que parece estar...
—Húmedo, ya lo sé.
—Por favor —insistió en un esfuerzo por mantener el tono profesional—,
vamos a…
Bueno, ya era suficiente..
—No es necesario. Puedo pagar por mí misma, y también puedo ocuparme
de esto. Eché los hombros hacia atrás y enderecé la espalda. Parecía un pez
mojado al que un gato callejero había arrastrado, y las gafas ridículas desde
luego que no ayudaban en nada, pero quise aferrarme a la poca dignidad
que todavía tenía. Fuera quien fuera aquel idiota condescendiente, no
necesitaba de su ayuda inservible ni tampoco quería deberle nada. Me daba
igual que, en cuanto a atractivo , él fuera para mí tan peligroso como una
bomba nuclear—. Además, no creo que me vaya a quedar mucho rato.
—Deje al menos que la ayude a encontrar a su grupo —propuso él, y me di
cuenta de que elegía con cuidado sus palabras—: O a su pareja, en su caso.
—No tengo pareja. —La frase brotó de mis labios antes de que mi
consciencia pudiera contenerla.
—¿Ah, no? —la sonrisa de superioridad volvió a aparecer—. ¿Y supongo
que tampoco busca encontrar una? A ver, no quiero volver a sacar a relucir
el tema de las gafas, pero…
—Escúcheme, señor «Vista Perfecta» —estallé—. No todos tenemos la
suerte de ver bien y yo, desde luego, ni quiero ni necesito una pareja. Ni
siquiera aunque…
«Ni siquiera aunque esa pareja fueras tú», estuve a punto de decir.
—¿Ni siquiera aunque? —me instó, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Sus ojos estaban clavados en los míos y casi podía sentir que intentaba
leerme la mente. La actitud del muy capullo comenzaba a afectarme, me
alteraba las ideas y disfrutaba de cada una de mis reacciones.
—¡No tengo por qué darle explicaciones!
—Por supuesto que no. Pensé que iba a decir que… —dejó la frase a
medias y, aunque me di cuenta de que lo hacía a propósito, no me pude
contener.
—¿Que qué?
Él se encogió de hombros.
—No tengo por qué darle explicaciones.
Quise estrangularle, pero, en lugar de eso, di dos pasos hacia él. El primero
lo di muy enfadada, pero el segundo fue distinto.
—No tengo ni idea de por qué cree que tiene derecho a ser tan… —Apreté
los dientes y, al no encontrar las palabras adecuadas, solo pude agitar la
mano hacia él con irritación.
—¿Alto? —Ahora era él quien daba un paso hacia mí. Vaya, sí que era muy
alto—. ¿Encantador?
—¡Molesto! —le solté—. ¡Y nada profesional!
Eso le dolió.
—¿No soy profesional? —Su boca se convirtió en una delgada línea y el
rastro de una sombra oscureció sus facciones—. Me han llamado muchas
cosas, pero nunca eso.
—¡Nada profesional! —repetí, sabiendo que había encontrado su punto
débil—. Ya me ha oído. Su comportamiento no es profesional y no me está
ayudando lo más mínimo. ¡Yo solo quiero encontrar a mis amigos, hacer mi
parte y marcharme a casa! —Agité la mano hacia la elegante pista de baile
que era un caos—. Esto no es para mí. Yo lo sé y usted también lo sabe, así
que, por favor, ¿podemos terminar de una vez con todo esto?
—Muy bien —dijo, con tono neutro y profesional. Por alguna razón, eso me
decepcionó—. ¿Puede decirme a quién está buscando?
—He venido a la despedida de soltera de Cassandra Thorn.
—¿Cassandra Thorn? —dijo él pestañeando—. ¿Quiere decir Cassie?
—Sí, Cassie —repetí—. Es mi hermana. Espere, ¿cómo sabe su nombre?
Y ese fue el momento en que mi hermana eligió hacer su aparición,
invocada, al parecer, por la simple mención de su nombre. Envuelta en un
torbellino de volantes blancos y un tocado de tul, se estrelló contra mí,
rodeándome en un abrazo achispado.
—¡KATIE! —me gritó al oído, con un aliento que contenía el tequila
suficiente como para embriagarme a mí también—. ¡Puaj, estás empapada!
¿Qué te ha pasado?
Cassie me miró a mí, después miró a mi némesis y, abriendo mucho los ojos
con sorpresa, se echó a reír.
—¿James? ¿Qué está pasando? ¿Por qué estáis los dos empapados? No
sabía que os conocíais.
—No nos conocemos —protestamos James y yo a la vez.
—Antes no —corrigió Cassie, con los ojos brillantes mientras seguía riendo
—. Pero ahora ya os conocéis.

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