Propuesta Metodologica Culinaria Uaemex
Propuesta Metodologica Culinaria Uaemex
Propuestas metodológica
de clasificación y análisis de recetas y recetarios
Resumen Abstract
Palabras clave
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Pero la comida no solo nutre el cuerpo: nos alimentamos al mismo tiempo de nuestro
patrimonio, practicamos nuestra cultura y revivimos entre platos y cubiertos nuestro
devenir histórico. En la comida, los platillos, insumos, sus receptores y sus practicantes
se depositan signos y valores que hacen que nos situemos en un terreno cultural y
social. Entendiendo la cultura como “un sistema ordenado de significaciones y símbolos
en virtud de los cuales los individuos definen su mundo, expresando sus sentimientos y
formulan sus juicios” (Geertz, 2003, pp. 26, 70, 77), la alimentación del ser humano no
nutre individualmente a los hombres, sino que refuerza sus vínculos en sociedad. La
cocina siempre está en constante movimiento, renovando sus platillos, ingredientes y
percepciones, comparándose y nutriéndose de influencias externas.
Comer y alimentarse son acciones que nos remiten al acto humano de ingerir alimentos
para satisfacer una necesidad biológica; el término cocina designa el espacio donde se
preparan los alimentos o el tipo de alimentos –y bebidas– que caracterizan la alimentación
de un lugar en un tiempo determinado; finalmente definiré la gastronomía como:
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Al hablar de documentos escritos que contienen narrativas para guiar la praxis humana,
los recetarios pueden ser sujetos a interpretaciones de porte científico-hermenéutico.
Hayden White justifica en su teoría de los tropos que el mismo hecho puede ser
interpretado de diversas maneras, ya sea de forma trágica, cómica, romántica o irónica
(White, 2003: 63-139). Los recetarios también han sido interpretados bajo muy diversas
lentes, por ejemplo José Luís Juárez López en Engranaje culinario propone una visión
pesimista de los recetarios antiguos, y es que éstos eran herramientas políticas y
culturales que en su tiempo moldeaban los gustos de la clase media y alta y los
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adecuaba a los platillos y modales franceses. Las recetas, dice Juárez, se replicaban al
pie de la letra y no se admitían innovaciones o cuestionamientos a los manuales de
cocina, ya que estos reflejaban el “verdadero” modelo de “buen gusto” de la época.
Ahora bien repetiré la postura pesimista de Juárez, el recetario se pensó por él como una
herramienta que buscaba acabar con la “comida mexicana” en el siglo XIX al imponer la
cosmopolita cocina francesa (Juárez, 2012, pp. 11-13, 18, 72, 104-108).
Podemos pensar que la aseveración de Juárez, sobre que se prefería la copia de la receta
al pie de la letra descartando la innovación, nos introduce a un problema sobre la receta
misma. ¿Cuál es el objetivo de una receta, ser una serie de instrucciones para elaborar un
platillo pensado por el/la escritor(a), o un “buen platillo” desde la visión de quién lo preparó
o de quién lo degustó? Ambas son acertadas, porque una receta no es la misma incluso si
una misma persona la prepara, más aún esto se hace más complejo cuando más personas
preparan la misma receta; al contrario, la percepción de un platillo no es el mismo por una
persona que por un grupo, en un día o en distintos tiempos. La reflexión de Alfonso Reyes
en Memoria de cocina y bodega (2012) nos devela esta postura,
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según su ley, preparaban igualmente bien los huevos fritos, geometría plana
de la cocina (Reyes, 2012, pp. 98-99).
Por otro lado, ¿podemos eliminar los aspectos subjetivos y juicios de valor de las recetas
para obtener información “verídica”? La respuesta es probable, pero surgiría un por qué.
Los libros de cocina mismos se escribieron empapados con la cultura y los
pensamientos de su escritor(a), así que la transcripción del documento ya estaría
empapada con la visión y los prejuicios de su escritor(a). Tomemos por ejemplo una
receta de Tesoro de la cocina de 1866,
Es posible que para algunos estudiosos este juicio de valor de “pulque riquísimo”
enturbie el conocimiento, sin embargo una lectura a contrapelo indicará que esta
“subjetividad” puede convertirse en objetividad. La mayoría de los escritores
costumbristas mexicanos del decimonono revelan un desprecio en público hacia el
pulque y las pulquerías, sin embargo ellos lo consumían en ámbitos privados y en la
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Las recetas de Tesoro de la cocina fueron asignadas con un código alfabético junto con el
número de receta correspondiente a la letra.
RecetaP344
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Sobre todo la anterior receta de “Pulque fermentado” se acompaña de otra fórmula para
fermentar el aguamiel en pulque y seis más para pulques curados o saborizados. ¿Qué
significa este ataque público al pulque pero considerarlo “riquísimo” en privado? Un
modelo explicativo implica que el recetario invitaba al lector a elaborar los pulques en casa
y a evitar la adulteración del pulque, proceso antihigiénico documentado por algunos
escritores de costumbres del siglo XIX (García, 1969, p. 289). Por tanto un juicio de valor,
considerado como dato “subjetivo”, generado por el gusto y las preferencias del escritor, a
la luz de la cultura y de la historia queda comprendido, interpretado y justificado.
Retomando las diversas visiones de los recetarios tenemos a Lavín y Muro en Sor Juana
en la cocina (2010), libro que describe la vida de la poeta mexicana y el recetario
atribuido a Juana de Asbaje. La visión romántica de las autoras describe el mestizaje
culinario como un proceso en el que nació la cocina mexicana como la conocemos hoy
en día y las responsables fueron las monjas en los conventos femeninos.
En la visión de Lavín y Muro se emplea la prosa y la metáfora para elaborar una crónica
de la vida de Sor Juana. Considero que los sentimientos en pro de la musa mexicana de
la poesía indican que las autoras le dieron más peso al nombre de Sor Juana que al
recetario mismo: por tanto el recetario cobró importancia en tanto fue escrito por –o
atribuido a- Sor Juana Inés de la Cruz.
Otra visión la podemos retomar con María de los Ángeles Pérez Samper (2012) quien
estudió algunos recetarios manuscritos de España de los siglos XV al XIX. Pérez propone
estudiar los recetarios de acuerdo a quién lo escribió: mujeres, frailes, cocineros
cortesanos, o el gremio confitero, y argumenta que,
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En este tenor Pérez Samper escribe que los recetarios de cocineros cortesanos
manifiestan las relaciones de poder entre el pueblo y las clases privilegiadas, también el
ámbito profesional dominado por el hombre; los recetarios de confiteros conservaban el
patrimonio material e inmaterial familiar que fueron los recetarios y los oficios; los
recetarios de mujeres develan estructuras de la vida doméstica a la vez que ellas eran
excluidas del ámbito público; finalmente los recetarios en los conventos de frailes
fungieron como manuales de enseñanza del oficio de cocinero a frailes sin experiencia, a la
vez que servían como libros de costumbres alimenticias a través del calendario católico.
La visión de Pérez Samper busca develar los usos del recetario de acuerdo al “punto de
mira” del autor, de su perspectiva y sus intenciones. Esta visión recuerda mucho a Pérez
San Vicente (2010, p. 25) y su defensa de los recetarios como documentos
cognoscitivos y culturales. A la rica interpretación de Pérez Samper, cuyo punto de mira
de fija en el papel del autor habría que sumársele una cuestión ¿Qué sucede con los
recetarios impresos y los anónimos?
El recetario como documento que alberga el conocimiento humano puede ser entendido
desde algunas perspectivas que puedo exponer. Para elaborar el bizcocho para un
pastel se necesitan de cuatro ingredientes básicos: harina, azúcar, huevo y mantequilla
(o un agente graso). El chef o instructor de repostería siempre indicará que no se debe
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de batir de más la mezcla o resultará en un bizcocho duro. ¿Por qué? Si la harina tiene
un proceso de mezclado continuo con agua se desarrollará gluten, la masa será elástica
y el resultado más cercano es pan dulce. Sin embargo, si tenemos más harina que
líquidos la masa quedará seca y resultará en una pasta de galletas. Con los mismos
ingredientes podemos elaborar un bizcocho, panes dulces o galletas, lo que varía es la
cantidad que se empleen y las técnicas de preparación. ¿No acaso distinguir los pasos
entre un pan o un bizcocho son labores cognoscitivas? La respuesta es positiva, por
tanto, en el recetario se depositan conocimientos porque el autor sabe qué tipo de
conocimiento quiere transmitir al lector. A menos que sea un error humano, siempre
posible, una receta tiende a ser un escrito que guíe al lector a un resultado óptimo,
experimentado y pensado desde el punto de vista del escritor(a).
El recetario no es solo una suma de instrucciones para guiar la praxis humana, en ellos
se depositan conocimientos ya experimentados o la posibilidad de innovación desde la
tradición y lo ya familiar. Las recetas guían a un resultado ya experimentado y
cognoscitivamente cargado y más que referir a la falsedad de las recetas hay un mundo
de copias y reinvenciones. Finalmente el recetario es un documento tangible y sin
cambios, sin embargo la cocina no es estática, está situada en un tiempo y contexto
determinado, cuyos significados se reelaboran ya sea en el fogón, en el comedor o
desde la perspectiva del investigador.
Para terminar, quiero retomar el esfuerzo de León García (1997) por analizar el recetario
de Dominga de Guzmán. En primer lugar la autora procedió a un análisis numérico de la
cantidad de ingredientes, el resultado fue desalentador e incluso concluyo que Dominga
no comía como “mexicana” moles, tamales, quesadillas, chiles rellenos, chicharrón…
entonces desde la hermenéutica se reelaboró una investigación que tomó en cuenta el
papel del libro en blanco, la evolución del recetario manuscrito e impreso y la vida
cotidiana de la mujer en el México del siglo XVIII.
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En primer lugar contiene un error al pensar que Dominga no comía como “mexicana”,
porque los platillos “al estilo de la nación” comienzan a documentarse en textos
costumbristas del siglo XIX y son vagamente identificados hasta los recetarios del siglo
XX. León decidió apostar a la investigación de la vida cotidiana dejando los datos
numéricos de la frecuencia del maíz, chile, jitomate y otros insumos como cifras sin
análisis (León, 1997 pp. 21-23).
Considero que en una lectura más a detalle podemos rescatar datos precisos de estos
números que llevaron a León a cambiar el rumbo de su investigación. Por ejemplo,
Tesoro de la cocina (1866) contiene 22 recetas –de un total de 2659 fórmulas- que
emplean maíz o masa nixtamalizada. Este dato ínfimo de recetas con maíz frente al trigo,
considerado en el siglo XIX como el “cereal civilizador” podría llevar a dos lecturas: ¿el
recetario ataca al maíz y los platillos con maíz por el bajo número de recetas con el
cereal indígena? o, ¿el maíz, la tortilla, enchiladas, quesadillas, tamales y atoles era tan
cotidianos qué no eran necesario incluirlos en un recetario porque pertenecían al
dominio público? En esta lectura a contrapelo, apoyada por las novelas costumbristas y
cuadros de costumbres decimonónicos podemos ver claramente que el maíz, el pulque y
el chile se consumían cotidianamente en el siglo XIX en México, sobre todo en contextos
privados caseros y ocultos (Guía, 2016, pp. 92-98).
Considero pionero el estudio de León, aunque tengo otras observaciones que agregar.
En su división de recetas, la autora separa todo en dos rubros: salado y dulce. ¿Cuál fue
la justificación de esta clasificación? No hay justificación y se considera algo “obvio”,
mas tiene que ver con gustos básicos.
Los gustos básicos son los siguientes: dulce, salado, ácido, amargo, y recientemente
añadidos el umami y el metálico. No hay tantos alimentos que puedan ser agrupados fuera
del dulce y el salado, por lo que parece un tanto evidente esta clasificación de León en dulce
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y salado. Creo que hay muchas tensiones si confiamos en este corte, por ejemplo, la tortilla
que carece de sal y azúcar ¿dónde puede agruparse? ¿Dónde clasificar las recetas de pollo
agridulce o aquellas que son dulces y saladas al mismo tiempo?
Clasificar siempre ha sido una tarea que conlleva relaciones de poder; no es fortuito que
la primera enciclopedia, compilada por Diderot y d´Alambert causara tanta controversia
entre los fervientes católicos al poner en la cúspide del árbol del conocimiento a la
filosofía y no a la teología (Darnton, 2011, pp. 192-211). De ahí que los recetarios no han
sido revisados para proponer clasificaciones o firmes criterios para su análisis.
Además, González y Pedraza (2011, p. 259) proponen los siguientes puntos para pensar
los recetarios públicos y privados: los recetarios privados son documentos manuscritos,
en cuyas páginas se albergan y conservan las recetas más importantes para un cocinero
o cocinera; no son instrucciones precisas, más bien son someras guías para la
elaboración de platillos, e incluso podemos observar una tendencia a documentar más
postres y dulces. El alcance de uso de un recetario privado, como su nombre lo indica,
es de alcance casero, familiar o local.
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A diferencia del recetario privado, el recetario público es impreso y tiene dos objetivos
claros: un objetivo mercantil de ser vendido, y un objetivo pedagógico de enseñar,
difundir las recetas y maneras en la mesa contenidas en este. El alcance del recetario
público es inmenso comparado con el recetario privado, ya que está al alcance de la
gente que puede comprarlo y leerlo (Ibidem).
El cocinero mexicano de 1831 fue uno de los libros de cocina más importantes del siglo
XIX mexicano y tuvo diversas ediciones y reimpresiones a través del siglo. Las recetas
clasificadas se encuentran en las Tablas 1-3. Como se observa hay algunos apartados
con comida mexicana, como los almuerzos ligeros con tortillas o masa de maíz, los
tamales, la barbacoa y esta es cronológicamente la más completa clasificación de
recetas en libros de cocina del México decimonónico.
Barros (2009, p. 190) documenta que antes del Nuevo cocinero mejicano en forma de
diccionario de 1878 hubo dos diccionarios culinarios anteriores: Le grand dictionnaire de
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Llegué a la conclusión de que hay tensiones entre recetas que tienen un uso como
platillos intermedios dulces o sopas dulces que asociamos al mundo salado y a los
primeros tiempos de una comida. La anterior propuesta estuvo fundamentada no solo en
principios culinarios-técnicos, sino que también tuvo un fundamento fisicoquímico, de
uso social y asociación.
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Cuando hay una dificultad muy grande en seleccionar una sola categoría y en especial
en Far6 o las frituras se incluyeron los dos rubros separados por una diagonal, por
ejemplo la receta R008 referente a ancas de rana fritas se codificará Sal9/Far6.
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La primera clase de alimentos, los farináceos (Código: Far#, Tabla 6) tiene directamente
que ver con el uso de cereales en las sociedades de manera histórica, al presente, y con
fundamentos fisicoquímicos y nutricionales. En este rubro se hallan recetas que
contienen gustos dulces y salados, pero importará más el hecho que usan cereales.
Braudel (1984, pp. 75-133) advertía el estudio de los cereales como base alimenticia de
las civilizaciones, los más importantes en la historia de la humanidad el trigo (Europa), el
arroz (Asia) y el maíz (América). Los cereales serían buenos para comer según Marvin
Harris (1999, p. 14), ya que presentan ventajas de producción sobre el beneficio
nutricional social y han estado presentes a través de la historia de la humanidad.
Derivado del proceso de cocción donde el agua juega un papel fundamental, las
sociedades han creado un crisol de platillos y/o acompañamientos únicos que fue
uno de los criterios de la clasificación aquí propuesta. En Europa tenemos el pan, las
masas con harina, la bizcochería y las gachas de los más humildes, mientras que en
las sociedades asiáticas contamos con el arroz al vapor (en Japón conocido como
gohan, éste resulta ser elemento fundamental en cada comida que pueda
considerarse completa).
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Far6: Frituras
Se refieren a aquellos elementos farináceos, o alimentos cubiertos de una mezcla de
huevo y harina que se someten a una cocción en un medio graso como aceite, manteca
o mantequilla. Lo más importante sobre este apartado es el método de cocción al que se
somete el alimento y esta es la clasificación que comparte más elementos con otras
clases, ya que podemos freír no solo proteínas, sino postres, vegetales y más.
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Los alimentos de la clase salada (Código: Sal#; Tabla 7) toma como referencia dos
factores: la contraposición del uso de sal (gusto salado) contra el gusto dulce, y el uso de
estos platillos en la mesa. Sin duda hay platillos de esta clase con matices dulces, como
salsas o ensaladas, pero su uso en la mesa es dentro de los alimentos con sal, porque el
postre y lo dulce ya se habían configurado en el siglo XIX mexicano hasta el final de una
comida. Para el caso del estudio de recetarios de otras cultura se advierte que el uso se
salsa de soya u otros elementos que otorguen el gusto salado –sin ser únicamente sal de
grano o de mar– son igualmente asociados en el presente apartado. De Sal3 a Sal9
hayamos el uso de proteínas animales. Las subclases de estos alimentos son:
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La siguiente clase de alimentos son las preparaciones dulces (Código: Dul#; Tabla 8) y
se refiere a aquellas preparaciones que presentan un gusto dulce. En la mesa se
designan al final de la comida como el postre, y cuyo ingrediente principal durante
siglos ha sido el azúcar de caña. El azúcar y los ingredientes endulzantes tienen
diversas funciones como aportar dulzura, sabor, ablandar la estructura del gluten en la
panadería y repostería obteniendo un producto suave, mejorar la conservación,
formación de cristales, entre otras funciones.
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Dul6: Repostería
Preparaciones dulces que no están presentes en los rubros Dul 1, 2, 3, 4, 5 y 7.
Hayamos gelatinas, cremas de leche y huevo, flanes, natillas, cocadas, postres
presentados en platos o en platones servidos en la mesa. Una pista muy grande la da el
uso de lácteos, huevos y su propensión a una rápida descomposición, y por tanto un
consumo inmediato de estos.
La última clase de alimentos corresponde a las bebidas (Código: Beb#; Tabla 9), que
generalmente se les ha dado un lugar secundario, pero son en extremo importantes en
cada sociedad. El agua no está incluida porque no lleva una preparación o modificación
humana para su consumo, aunque es importante contemplarla como bebida e
ingrediente fundamental.
Pocas bebidas son las que se documentan en recetarios, por lo que trataremos de entablar
un diálogo sobre la importancia de la aparición de estas y el por qué no se han tomado en
cuenta aquellas que no tienen alcohol. Para proponer esta clase tomé en cuenta dos
criterios: la temperatura de servicio y la presencia o ausencia de alcohol. De Beb1 a Beb4 no
contienen alcohol, mientras que de Beb5 a Beb7 si lo contienen. Las bebidas si no son
carentes de sabor, la mayoría –si no la totalidad– muestran gustos dulces.
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Análisis y conclusiones
Con una frecuencia de 360 recetas farináceas, más 103 recetas que cuentan con más de
una clasificación incluido un código Far# se contabilizan un total de 466 recetas
(Incluidas 3 recetas de dudosa clasificación y que aquí se agrupan), en otras palabras se
trata de un 16% de las recetas que conforman el libro de cocina.
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Las recetas para elaborar pan sencillo (elaborado con harina, agua y horneado) están
ausentes, al igual que la elaboración de tortillas de maíz, mas se advierte que el editor da
por hecho que el receptor conoce las tortillas; la elaboración de arroz sí está presente en
el recetario y se explica desde su cribado. Esto significa en primera instancia que el
autor da por hecho que el pan y las tortillas son preparaciones que no necesitan
conservarse en un libro, en otras palabras eran saberes de dominio público. Las recetas
aquí presentes son una muestra del uso de cereales, sin embargo no es absoluto y se da
una gran libertad para la innovación y la invención. Debo hacer el recordatorio que los
rubros Far7 y Far8 son elaboraciones dulces que tomaremos en cuenta cuando se
aborden las preparaciones dulces.
Hayamos un total de 1528 recetas saladas, 150 que se hayan entre dos clasificaciones y
ocho que se proponen son recetas saladas o que se hayan dentro de la clase Sal#
aunque presenten gustos dulces, su uso en la mesa parece estar dentro de este
apartado. Con 61 % de la totalidad de las recetas de Tesoro de la cocina, esta clase de
alimentos muestra algunos aspectos relevantes de la conformación de la cocina como la
conocemos al siglo XXI.
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En segundo lugar las preparaciones dulces son más complejas que las saladas, por
ejemplo un cocido o un puchero solo debe dejarse cocerse en una olla con todos sus
ingredientes, mientras que un bizcocho varía de una galleta por la cantidad de
harina, un caramelo dista de un almíbar por su punto de cocción, una compota de
fruta difiere de una fruta cristalizada por la mayor o menor concentración de azúcar,
por dar algunos ejemplos.
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En tercer lugar los recetarios impresos tienen el objetivo de enseñar y educar a los que
serán los/las practicantes de las recetas, por lo que entre mejor sea la explicación y más
completo sea el recetario cumplirá su objetivo mercadológico de ser vendido y su
objetivo pedagógico de enseñar.
Creo que las recetas imposibles de clasificar en Tesoro de la cocina también nos dan un
buen referente de lo que sucede y es que el menú, o más bien, los tiempos de una
comida no han sido siempre los mismo. El postre como lo conocemos hoy en día, dulce
y al final de la comida, comenzó a aparecer en las cortes francesas del siglo XV pasando
luego a diversos sitios (Mintz, 1996, p. 179).
Se advierte que la mayor cantidad de preparaciones saladas son las del rubro Sal2, o de
hortalizas; pero no debemos confiarnos de esta cifra, ya que si se suman las proteínas
animales se observa que son la mayoría de recetas. También se observa una importante
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Ahora bien Dul1 se refiere a pastas dulces moldeables, en otras palabras, las posibilidades
con estas masas dulces es infinita en tanto pueden adquirir la forma que se desea, pueden
pintarse e incluso perfumarse; este es uno de los rubros de la sección dulce que más
innovación presenta a pesar que las estadísticas muestran “solo” 27 recetas.
De Dul3 a Dul5, y Dul7 se advierte un uso milenario del azúcar como conservador de
alimentos (excepto en los almíbares ligeros y compotas de fruta propensos a una rápida
descomposición). Nuevamente estas categorías ejemplifican la diversidad y la innovación
que sugiere el recetario. También aclaro que en estos rubros identificamos frutas,
vegetales y flores de todo el mundo. Y nuevamente a pesar de que en mayor número
aparece un rubro que es Dul6 no es significativo si asociamos las anteriores clases de
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Para el caso de las bebidas hayamos un total de 157 instrucciones (Ver Tablas 10 y 12),
equivalentes a casi un 6% del total de recetas en Tesoro de la cocina; 87 bebidas sin
alcohol (55%) contra 70 recetas con contenido alcohólico (45%). La primera observación
que se advierte es el elevado número de licores, ratafías y helados, que si rastreamos su
uso en la sociedad decimonónica está directamente ligado a establecimientos como
cafés, sociedades, pastelerías y neverías. El menor número de bebidas lo tienen las
bebidas calientes, y como se explicó anteriormente, posiblemente sea un reflejo de que
estas pertenecían al dominio público y no requerían ser documentadas; por ejemplo no
hay ninguna receta de atole –explícitamente– pero el punto de algunas cremas o masas
coincide con el punto de atole (Receta B143).
Debo realzar que todos los recetarios manuscritos aquí analizados presentan tres
elementos comunes: platillos salados, dulces y elaboraciones farináceas. A pesar de que
pocos recetarios advierten el uso de masas de harina, estas preparaciones son
inherentes a todos ellos. En la mayoría de estos recetarios manuscritos las
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Es muy diferente observar los recetarios manuscritos que los publicados, los segundos
contienen mayor cantidad de recetas y se observan además clasificaciones más
definidas de los platillos. En los recetarios impresos se inscribieron diversas bebidas
(Beb#) en comparación con los libros de cocina manuscritos los cuales carecen de estos
líquidos (Ver Tabla 5).
Los libros de Montiño, Gouffé (primera y segunda parte), El cocinero mexicano (Tomo 1 y
2), Formulario de la cocina mexicana y La cocinera poblana muestran la mayor
especialización del apartado de recetas saladas (Sal#). En el siglo XVIII con Montiño
podemos observar un mayor interés en las técnicas de cocción más que en las diversas
carnes, como sucederá en los recetarios del siglo XIX. Gouffé presta atención a las
diversas cocciones en las diferentes proteínas animales, pero solo en su apartado de “La
gran cocina”. Es de observarse que casi todos los recetarios editados muestran un
interés por las salsas como acompañamientos de las carnes.
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Por parte del mundo dulce, El Cocinero Mexicano parece tener una mayor
especialización de estos. Aunado a esto, hay una marcada tendencia por pasar de los
dulces, conservas y cajetas a la repostería, apartado que en casi todos los recetarios
está presente, mas no hay consenso de qué debe ser repostería.
Finalmente en comparación con los recetarios manuscritos, sí hay un interés por parte
de los recetarios impresos por conservar y difundir recetas de bebidas (Beb#). El
Cocinero Mexicano tiene la mayor especialización en bebidas; pero hay que advertir una
tendencia general en los recetarios de incluir helados, nieves y sorbetes que se acentúa
en el siglo XIX y comienzos del siglo XX. Los diversos recetarios se van especializando
cada vez más a través del tiempo, separando cuidadosamente las recetas en apartados
que cada uno de ellos consideró conveniente.
La clasificación aquí propuesta no tiene ninguna tensión con las clasificaciones y recetas
de los libros de cocina de los siglos XVII al XX, por lo que es una excelente herramienta
metodológica de análisis cuantitativo y cualitativo.
¿Cuáles son las implicaciones de este orden alfabético en un recetario? Diré que es una
clasificación intencional que apunta a algo muy claro que observo como gastrónomo: el
lector sabe que busca en un recetario en forma de diccionario.2
2
Por ejemplo, si quisiera elaborar un “Ante de mamey” solo es cuestión de buscarlo en la letra
“A”, luego “An”, “Ant”, llegar a los “Antes”; no es necesario hallar los dulces, pasteles,
bizcochos, postres, antes, o cualquier otra clase alimentaria.
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Bibliografía
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Anexos
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3
Los “gatós” se refieren a los gâteaux franceses o pasteles dulces, no a los felinos domésticos.
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6).- Libro de cocina del hermano Fray Gerónimo 7).- Libro de cocina de la gesta de la independencia 8).- Recetario de
Mascota, Jalisco 9).- Recetario tradicional, Celaya 10).- Recetario de Tepetitlán. Cuando se marcan los códigos Sal#,
Far#, Dul# o Beb# significa que las recetas están presentes en el recetario, mas no están clasificadas en el mismo.
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Tabla 8: Recetas de dulcería y repostería (Dul#) y subclasificaciones identificadas en el recetario Tesoro de la cocina de
México, 1866.
OTROS
Código Incluye Frecuencia
Def Definiciones 48
Instrucciones
Indicaciones
[?] Recetas imposibles de clasificar 2
Sal#[?] Far#[?] Propuestas de recetas imposibles 14
Dul#[?] Beb#[?] de clasificar
Clasificación/Clasificación Recetas con más de una 144
clasificación
Tabla 10: Definiciones (Def), recetas imposibles de clasificar [?], recetas de dudosa clasificación y recetas con más de
una clasificación [/] identificadas en el recetario Tesoro de la cocina de México, 1866. Elaboración propia.
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