GLORIA DUBNER
SUPERNOVAS
EL ESPECTACULAR FIN DE LAS ESTRELLAS
CAPÍTULO 1
¿QUÉ SON LAS
SUPERNOVAS?
El universo está en transformación permanente. Las estrellas
nacen, brillan y, a la larga, se apagan. Algunas de ellas terminan
sus vidas en forma catastrófica y bella: las Supernovas o SN, como
se las nombra en forma abreviada.
Estrictamente hablando, una supernova es un evento: una
explosión descomunal que en cuestión de segundos pone fin a
una estrella que brilló en el cielo durante cientos de miles o hasta
millones de años. Para los astrónomos, ese evento se convierte en
un objeto de estudio desde el momento de la explosión y durante
las semanas o meses que la luz del estallido sigue siendo visible
para un telescopio. Pero la acción que tiene sobre el espacio cir-
cundante ese evento descomunal (desmesurado y gigantesco aun
para las medidas astronómicas) persiste en el tiempo y trans-
forma el evento en un objeto celeste de larga duración. Se crean
hermosas nebulosas, algunos de los objetos más llamativos del
cielo, que se mantienen miles de años brillando con todas las
luces posibles, tanto las visibles para el ojo humano como las no
visibles (como las ondas de radio, los rayos infrarrojos, los ultra-
violeta, los rayos X o los rayos gamma), y tienen consecuencias
extraordinarias sobre todo el material que hay a su alrededor. A
esos objetos que sobreviven a la explosión de una estrella se los
conoce como Remanentes de Supernova (RSN).
Los restos de las explosiones de SN son objetos fascinan-
tes cuyo estudio se vincula con temas tan amplios y diferentes
como la formación de elementos químicos nuevos, la aparición
de estrellas compactas con densidades inauditas o los aún más
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inquietantes agujeros negros, el movimiento de grandes masas
de gas en las galaxias,1 la química prebiótica en el sistema solar
y hasta la arqueoastronomía.
LAS SUPERNOVAS
Al momento de explotar, una estrella brilla como miles de mi-
llones de soles juntos en un mismo punto. Esta luz se mantiene
visible durante días, semanas o meses, según la potencia de la
explosión. La estrella que explota brilla más que la suma del brillo
de todas las estrellas de la galaxia donde ocurrió la explosión.
Si llegase a explotar una SN en la Vía Láctea, notaríamos la
súbita aparición en el cielo de una nueva estrella brillante que
el día anterior no estaba allí. Probablemente, la veríamos a ojo
desnudo, sin ayuda de telescopios, y hasta de día. Su brillo se irá
debilitando con el paso del tiempo, pero seguramente por meses,
o hasta durante un año, podremos seguir viéndola.
Sin embargo, la suerte es esquiva para la humanidad y, aun-
que en una galaxia como la que habitamos se espera que haya al
menos una o dos SN por siglo, hace más de cuatrocientos años
que el cielo nos debe una y nos tenemos que conformar con ver
explotar estrellas en otras galaxias.
1. Una galaxia es un conjunto que puede contener centenares de miles de millones
de estrellas, nubes de gas, polvo cósmico, materia y energía oscura unidos por
la fuerza de la gravedad formando un inmenso cuerpo que flota en el espacio.
Pueden tener distintas formas. La Vía Láctea, nuestra galaxia, tiene unos cien
mil millones de estrellas que se agrupan en una especie de espiral con un núcleo
central brillante. El Sol y la Tierra habitan uno de los brazos espirales bastante
lejos del centro, casi en los suburbios.
•••••
El punto brillante, abajo a la izquierda, es la SN 1994D descubierta por Treffers,
Filippenko, Van Dyck y Richmond en la galaxia NGC 4526, ubicada a 50 millones
de años luz.
• Crédito: NASA/ESA, The Hubble Key Project Team and The High-Z Supernova Search Team.
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LA HISTORIA Y LAS SUPERNOVAS
A pesar de que entonces no contaban con telescopios, al menos
en cinco ocasiones se observaron explosiones estelares (proba-
das) en nuestra galaxia: en los años 1006, 1054, 1181, 1572 y
1604, y existen evidencias que sugieren que también pudieron
haber sido supernovas los eventos registrados en los años 185,
386, 369, 393 y 837 de nuestra era, aunque es posible que algunos
de estos sólo hayan sido novas.2
La última SN de nuestra galaxia atestiguada por la humanidad
tuvo lugar en octubre de 1604, y el acontecimiento fue obser-
vado, medido y cuidadosamente registrado por el matemático y
astrónomo alemán Johannes Kepler, pero sus datos provienen de
observaciones a ojo desnudo, sin el invalorable auxilio de lentes
que mejoraran la visión. ¡Una pena! Recién en 1609, Galileo
mostró el uso del telescopio con lentes de 3 cm que en realidad
no inventó él, pero sí perfeccionó.
A pesar de lo que puedan anticipar las estadísticas ilusio-
nándonos con ver un par de SN por siglo, la naturaleza no es
regular y estos eventos se producen cuando quieren. También
hubo una laguna de casi cuatrocientos años entre la SN de 1181
y la siguiente, en 1572. Durante ese período se reportaron varios
cometas, pero ninguna estrella nueva.
Para que los registros antiguos tengan valor astronómico,
las observaciones del cielo tienen que haber sido realizadas
por culturas no sólo interesadas en la observación de la bó-
2. Una nova es un evento transitorio de aumento de brillo que experimentan las
estrellas en etapas avanzadas de su vida. Dura semanas o meses, y luego la estrella
vuelve a su brillo normal.
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veda celeste, sino además preparadas para realizar registros
sistemáticos. Deben contar con indicaciones mínimamente
precisas como para establecer una posición aproximada en el
cielo, una estimación del brillo alcanzado y un registro conti-
nuado que describa la declinación de ese brillo a lo largo de los
días. En todos los casos mencionados como SN probadas, mil
o mil quinientos años más tarde se apuntaron los telescopios
hacia las posiciones anotadas y ¡oh, maravilla!, ahí estaban las
nebulosas, los RSN brillando alrededor del sitio donde había
aparecido una “estrella nueva”.
En Oriente hay registros muy antiguos de observadores del
cielo en Babilonia, Egipto e India, que muchas veces correspon-
den a cometas, movimientos de los planetas, etc., sin embargo
no hay anotaciones de SN. Tampoco se han preservado escritos
de las antiguas Grecia o Roma que contengan registros claros y
definitivos de apariciones de SN, aun cuando frecuentemente se
describen eclipses y otros fenómenos celestes. Una explicación
es que los astrónomos griegos volcaban su interés en los fenó-
menos cíclicos y, por lo tanto, predecibles. La aparición de una
estrella nueva es un evento esporádico, único en su tipo y de
corta duración. Tampoco parece haber registros astronómicos
de interés entre los romanos. Es probable que la concepción
aristotélica de cielos inmutables (según la cual los cometas,
por ejemplo, eran considerados fenómenos atmosféricos) haya
influido en la “subestimación” de eventos únicos y de corta
duración. Hasta varios siglos después puede que ese criterio
afectara la calidad de los posibles registros de SN de observa-
dores europeos del medioevo: simplemente el cielo no podía
cambiar de un día para otro y, para los monjes que escribían
las crónicas diarias de los monasterios y eran observadores
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habituales del cielo, era un desafío al orden establecido relatar
la aparición súbita de una estrella nueva.
La principal fuente de información sobre SN históricas antes
del siglo XVI proviene de China. Existen registros de eclipses
y de algún cometa desde por lo menos unos siete siglos antes
de Cristo. Desde el 200 a. C., los astrónomos/astrólogos chinos
realizaron extensas observaciones de casi cualquier evento celeste
visible a ojo desnudo y sus descripciones son, por lejos, las más
detalladas, ya que incluyen posiciones muy precisas. Por ejem-
plo, están descriptos absolutamente todos los pasajes del cometa
Halley desde el año 87 a. C. en adelante. Las observaciones eran
realizadas por astrónomos de la corte imperial que presentaban
la aparición de una estrella nueva como “estrella invitada”. Dado
que se hacían con fines predictivos, se sospecha que el único dato
poco confiable en sus registros era el color que le asignaban a la
nueva estrella (un dato astronómico de gran importancia para
entender la naturaleza de la explosión). Por ejemplo, a la SN
del año 1006 se la describe con color amarillo brillante (color
imperial de la dinastía Song), color auspicioso que presagiaba
gran prosperidad al territorio sobre el cual brillaba. Pero, para la
misma SN, el médico egipcio Ali ibn Ridwan proporcionó una
descripción cuidadosa del “espectáculo” que apareció en el signo
zodiacal de Escorpio y se refirió a una nueva estrella de tamaño
inusual, un cuerpo circular dos y medio a tres veces más grande
que Venus que brillaba tanto como un cuarto de Luna y cuyo co-
lor fue cambiando de verdoso a blanquecino.3 Sobre la aparición
3. Ali ibn Ridwan: en una crónica de la época donde hace comentarios sobre el
texto astrológico de Ptolomeo, el “Tetrabiblos”, citado por B. R. Goldstein en The
Astronomical Journal, vol. 70, pág. 105, 1965.
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de esta SN, las crónicas de la época de la abadía benedictina Saint
Gallen, en los Alpes suizos, señalan la aparición de una estrella
nueva, “fulgurante y reverberante a los ojos, causando alarma,
que a veces se achicaba, a veces se extendía y a veces se apagaba,
y que se la pudo ver por tres meses en el horizonte sur”.4 En el
monasterio de Benevento, en Italia, también se registró en el año
1006 una “muy brillante [clarissima] estrella brillando, y hubo
una gran sequía por tres meses”.5
Hacia el final del primer milenio se suman astrónomos co-
reanos y japoneses que aportan datos de interés. Las SN de
los años 1006, 1054 y 1181 fueron ampliamente descriptas en
Japón, mientras que en Corea se siguió la explosión de 1604
a lo largo de muchos meses. Sin embargo no fue sino hasta el
Renacimiento que Europa contó con astrónomos capaces de
observar y estudiar en detalle la aparición de estas “estrellas
nuevas” en el cielo.
La SN del año 1054, si bien no fue tan brillante como la de
1006, se volvió muy popular, ya que la nebulosa que formó esa
explosión fue descubierta en 1731, más de dos centurias antes que
el resto de los remanentes de explosiones de SN. Luego, en 1844,
fue bautizada por William Parsons (también conocido como lord
Rosse) como “nebulosa del Cangrejo” porque le vio una forma
parecida a ese animal. Y, si bien no fue la SN de mayor magnitud
que se observó, su remanente es ciertamente uno de los objetos
más luminosos del cielo (lo analizaremos en forma detallada
4. Annales Sangallenses Maiores, crónicas del monasterio de Saint Gallen escritas
entre los años 919 y 1044 d. C., citado por F. R. Stephenson y D. A. Green en
Journal of Astronomical History and Heritage, vol. 6, pág. 46, 2003.
5. Annales Beneventani, crónicas entre 759 y 1130 d. C., ibídem.
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más adelante). Sobre este evento, los registros orientales hablan
de una “estrella espectacular” y, sin embargo, prácticamente no
se lo menciona en los archivos occidentales. La nueva estrella
apareció en la constelación de Tauro probablemente el 4 de julio
de 1054 y fue visible aun con luz diurna durante veintitrés días.
Los registros imperiales chinos la describen con rayos emanando
de ella de color amarillo, aunque luego mencionan que durante
el día se la veía de un rojo pálido (¿debido a efectos atmosféricos,
quizás?). Esta estrella, que brillaba como Venus, fue observada
de manera independiente en Japón. En total, se pudo establecer
que fue visible a ojo desnudo durante seiscientos cuarenta y dos
días, hasta el 6 de abril de 1056. Esta SN tiene un interés adicio-
nal porque, al parecer, es la única que cuenta con algún registro
en el continente americano. Una pictografía de los nativos del
pueblo anasazi, en el sudoeste de Estados Unidos, muestra la
Luna creciente, una mano y una estrella. ¿Habrán registrado así
la aparición de una estrella muy brillante del tamaño de una
mano cerca de la Luna en cuarto creciente? No hay estimaciones
precisas de la fecha de esta pintura y sólo se cuenta con eviden-
cias circunstanciales, pero es lo más cercano a una constancia
del asombro de los pobladores de ese continente ante la posible
aparición de una estrella nueva.
La explosión de una SN en el año 1572 fue observada y
descripta con precisión por el astrónomo danés Tycho Brahe, a
quien el rey había hecho construir el observatorio Uranienborg
(que significa “el castillo de Urania”, la musa de la astronomía)
en la isla de Hven, que contaba con diferentes instrumentos
para contemplar el cielo (como un gran cuadrante para me-
dir la altitud de las estrellas en el zenit) y con un sótano para
prácticas de alquimia.
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Pictografía atribuida a los anasazi, quienes poblaron Chaco Canyon (en el estado
de Nuevo México, Estados Unidos) entre los años 950 y 1100 d. C.
• Crédito: fotografía tomada por la autora.
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Ilustración incluida por Tycho Brahe en su publicación sobre la aparición de la
nueva estrella, señalada con la letra I entre las demás estrellas de la constelación
de Casiopea.
• Crédito: Wikimedia By Tycho Brahe - Brahe, Tychonis (1901). Reproducción facsimilar de la edición
original, 1573.
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En 1573, Tycho Brahe publicó el descubrimiento de la SN en
una obra a la que le puso un hermoso título, De nova et nullius aevi
memoria prius visa stella (“Sobre la estrella nueva nunca vista antes
en la vida o la memoria de nadie”), donde condensa sus propias ob-
servaciones y las de muchos otros testigos del fenómeno. La nueva
estrella apareció en la constelación de Casiopea (Cassiopeia) proba-
blemente el 2 de noviembre de 1572 y fue visible hasta el año 1574.
Se cuenta que unos diez días más tarde brillaba tanto como Júpiter
y que alcanzó su máximo brillo el 16 de noviembre, momento en
que brillaba tanto como Venus. De hecho, las anotaciones del brillo
observado cada noche son tan precisas que permiten reconstruir
lo que se llama “curva de luz”, o sea, el decaimiento del brillo con
el paso del tiempo hasta desaparecer de la vista. Otra peculiaridad
de este descubrimiento es que el título de la obra de Tycho Brahe
incorpora por primera vez a la astronomía el término “nova”.
El descubrimiento de esta SN en particular fue uno de
los acontecimientos observacionales más importantes de la
historia de la astronomía, ya que obligó a reconocer que esa
estrella nueva no era un “fenómeno atmosférico” en un cie-
lo inmutable e impulsó una revisión sin precedentes de los
modelos de cielo vigentes en la cultura occidental. Se impuso
la necesidad de producir mejores catálogos de estrellas, con
buena astrometría (es decir, las tablas que indican posiciones
de los astros en el cielo) e instrumentos más precisos para
observarlas.6 A esa SN, cuya aparición fue tan trascendente,
6. Con los instrumentos del observatorio de la isla Hven, Brahe elaboró un catálogo
con posiciones de más de mil estrellas con una precisión que, en algunas de ellas,
alcanzó el medio minuto de arco en el cielo, una exactitud notable para haber
sido hecho sin telescopio.
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se la conoce como “SN de Tycho”, aun cuando otros observa-
dores europeos contemporáneos también habían registrado
su maravillosa presencia.
Si bien las SN son un fenómeno bastante esquivo, apenas
treinta y dos años más tarde la humanidad fue testigo otra vez
de la aparición de una en la constelación de Ofiuco (Ophiuchus).
Alrededor de octubre de 1604, los astrónomos estaban intere-
sados en observar una conjunción de Marte con Júpiter,7 que se
interpretaba como señal de buen augurio. En el norte de Europa
el cielo estaba nublado, pero Ludovico Delle Colombe detectó la
SN el 9 de octubre desde Italia y Johannes Kepler, que para en-
tonces trabajaba como astrónomo imperial, lo hizo desde Praga,
donde comenzó sus observaciones el 17 de octubre. Si bien este
último no fue quien la descubrió, sus detalladas observaciones
a lo largo de un año permitieron el estudio completo de la SN.
Kepler publicó los resultados de sus observaciones en Praga dos
años más tarde, en De Stella nova in pede Serpentarii (“Sobre la
nueva estrella en el pie de Ofiuco”). Pero Delle Colombe defendió
todavía la concepción aristotélica de la inmutabilidad de los cie-
los argumentando que “la nueva estrella que apareció en octubre
de 1604 no era ni un cometa ni una estrella nueva”. Kepler supo
interpretar las observaciones en forma correcta y hoy en día se
la conoce como “la SN de Kepler”.
Después de la de Kepler no se vio ninguna SN más aunque,
por los restos en el cielo, se sabe que hubo por lo menos otras dos,
cuyos remanentes son Casiopea A (Cas A) y G1.9+0.3 (este último
7. Una conjunción de planetas se produce cuando, vistos desde la Tierra, dos o más
planetas se ven separados en menos de 8 grados, lo que genera una impresión
visual de cercanía entre los cuerpos.
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en la constelación de Sagitario). La de Casiopea A tuvo lugar en la
constelación de Casiopea a 11.000 años luz de la Tierra en algún
momento entre 1670 y 1680, edad estimada a partir de los restos
que dejó. Si bien se la puede datar con bastante precisión, no se
encontraron registros escritos que reporten este evento. Sólo apa-
rece algún indicio de su presencia en el cuaderno del astrónomo
británico John Flamsteed, quien anotó la aparición de una estrella
(cerca de la ubicación de Casiopea) en la noche del 16 de agosto de
1680. Pero nadie más la vio o registró. Se han discutido también
evidencias muy secundarias obtenidas a partir de modificaciones
en la composición del hielo antártico que deben haber ocurrido
alrededor de 1667 a causa de una explosión estelar, pero esos re-
sultados son muy discutidos. Probablemente esa estrella estuviera
oculta por espesas capas de polvo cósmico que, como una pantalla
opaca, se interpuso en el camino de la luz hasta nuestro planeta.
Pese a que el momento de la explosión pasó desapercibido, sus
restos en el cielo forman la nebulosa más brillante en ondas de
radio de todos los restos de SN conocidos en nuestra galaxia.
Como se ve, todos los registros históricos con los que se cuen-
ta son del hemisferio norte. Es estadísticamente improbable que
no haya habido explosiones de estrellas en el hemisferio sur y,
además, la SN del año 1006, quizás la más brillante de todas,
explotó en el cielo sur. Se cree que tal vez no haya habido interés
en registrar tales fenómenos en el sur, lo que no deja de ser ex-
traño tomando en cuenta que hay constancia de observaciones
de otros fenómenos celestes. Es probable que se hayan perdido
los registros (muchos escritos mayas fueron quemados por los
conquistadores) o que aún no se haya decodificado la informa-
ción útil. En cualquier caso, se trata de un problema que los
astrónomos dejamos en manos de los arqueólogos.