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María Cecilia Buschittari

Fortalecerlos
para el mundo

FortalecerlosParaElMundo IT.indd 5 13/09/2017 02:13:54 p.m.


cAPÍTULO iV

“NI MONSTRUO, NI RATÓN”


La asertividad

Para los padres y educadores

Un concepto clave en el fortalecimiento interior es el de asertivi­


dad. Por definición, esta palabra refiere a la habilidad de expresar
con claridad nuestras necesidades, pensamientos y emociones de
modo adecuado y en el momento oportuno, defendiendo nues­
tros derechos y respetando los ajenos, sin sentirnos frenados por
la inhibición que nos vuelve pasivos, ni cayendo en la violencia que
nos transforma en agresivos. Pensemos en un niño que se siente
molesto porque sus compañeros no lo dejan participar de un juego
durante el recreo… Algunos reaccionan sintiéndose tristes y exclui­
dos, y se alejan calladitos y en silencio, encerrados en su soledad.
Otros, o tal vez ese mismo niño unos días más tarde, ya cansado del
rechazo, reacciona golpeando o insultando a sus compañeros, por
lo que tal vez termine sancionado por la maestra.

En las escuelas de muchos países, como España y Estados Unidos,


existe en el nivel primario una materia llamada “Habilidades So­
ciales”, en la que de un modo vivencial, a través del role playing y

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juegos, se va introduciendo a los niños en diversas situaciones in­
terpersonales que ellos tienen que ir resolviendo desde la cortesía,
la asertividad, la técnica de resolución de problemas. Dentro la rica
bibliografía al respecto, Michelson, Sugai, Wood y otros presenta­
ron hace ya unas décadas una rica metáfora que me ha resultado
muy útil en la práctica de consultorio: “El ratón y el monstruo”. Sirve
para simbolizar la actitud pasiva y agresiva, respectivamente. Este
programa de entrenamiento también es aplicable a la situación de
terapia. Actualmente, en algunos países se han agregado algunos
de estos contenidos a materias como Formación Ética y Ciudadana.

Para los niños

Por mi parte, he reformulado la metáfora (mientras voy dibujando


en una gran hoja de papel con lápices acuarelables) más o menos
de esta manera:

— Cuando aparece un problema (y hacemos una “P” rojo berme­


llón en la parte superior de la hoja), las personas reaccionan
de diverso modo. Algunas actúan como lo hace un ratoncito
cuando aparece un gato. ¿Qué te parece que puede hacer el
ratoncito cuando aparece el gato? ¿De­
cirle “¡Ven Gato que te agarro! ¡Ya vas
a ver!”?
— Noooo —dicen los niños con un dejo de
inseguridad.
— Y entonces: ¿qué hace el ratoncito?
— Y… ¡Se mete en la cuevita!
— ¡Claro! Porque sabe que no pueden en­
frentar al gato, así que no le queda
más remedio que escapar. No­
sotros, las personas, a veces
hacemos como el ratón: nos

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sentimos mal por el problema, y pensamos y pensamos en él,
pero no nos animamos a afrontarlo. Nos preocupamos, y a ve­
ces incluso lloramos. Tenemos el corazón triste, pero no nos
atrevemos a hablar. Entonces el problema permanece como
una nube negra, y nuestra mente se enrosca en ideas negativas
(a esta altura he ido dibujando todo en el margen izquierdo
de la hoja). Pero otras veces… ¡Hacemos todo lo contrario! (en
este punto, para mantener el suspenso, comienzo a dibujar del
lado derecho un gigante, horrible y gracioso monstruo verde,
con grandes ojos bizcos y ceño profundamente fruncido, boca
enorme de dientes filosos y unas manos como ominosas ga­
rras fantasmagóricas ¡que a los niños les fascina!).
Entonces, al revés que el ratón, nos ha­
cemos como un monstruo gigante, nos
sale humo por la cabeza, no pensamos
nada y en vez de cerrar la boca ¡la abri­
mos bien grande y decimos varias bar­
baridades y macanas! ¿Y qué se logra
con eso? ¿Qué pasa con el problema?
¿Se resuelve? ¿Se achica?
— ¡Noooo, se agranda!
— ¿Por qué?
— Y, porque se enojan con el monstruo,
lo retan, lo dejan de lado, o le ponen
una penitencia.
— ¡Exactamente! Y entonces el mons­
truo, se enoja tanto que termina echan­
do humo todo chamuscado. En realidad es también como el
ratón, un pobre monstruo chiquitito, solo y sin amigos, ya que
a la corta o a la larga nadie quiere estar con él. También hay una
variante del monstruo: la arañita. Ella en el fondo hace como
el monstruo, pero lo va disimulando. De a poquito, comienza
a tejer una tela en la que empieza a enredar a sus amiguitos
o compañeros. Parece amable y tranquila, ¡Pero no lo es! Va

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con uno y “BsssBsssBsss” le dice un secretito hablando mal de
otro. Luego “BsssBsssBsss”, siembra cizaña por
otro lado. Hasta que al final termina enredada
en una red de mentiras… ¡Y todos enojados
con ella! ¡Ah! ¡Y me olvidaba! También está
el monstruo loco, que como necesita
desesperadamente llamar la atención,
comienza a hacer pavadas, para que
los niños se rían. Primero tal vez a al­
gunos les resulta gracioso, entonces el
monstruo loco crece y molesta cada vez
más, pero entonces todos se empiezan a
cansar. ¡Y también terminan enojados
con él!

A esta altura, los niños están totalmente involucrados en el relato...


Muchos están participando en el dibujo, agregando características
a personajes, sugiriendo ideas. Este es el momento en el que pro­
seguimos más o menos así (porque cada caso obviamente es par­
ticular, especial, y por supuesto que requiere ser personalizado):

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— Por suerte, las personas no somos ni ratones, ni monstruos, ni
arañitas, ¡ni monstruos locos! Podemos pensar, hablar y buscar
otras soluciones. Así que, en el medio, entre el ratón, el mons­
truo, la arañita y el monstruo loco están los niños… ¡exactamen­
te como tu! Tienen una mente poderosa, y toman lo mejor del
ratón, por eso primero piensan muy bien lo que van a hacer.
Porque a veces es mejor irse, alejarse, no meterse en un pro­
blema sin importancia. Pero si el problema ya está, entonces
tenemos que afrontarlo. Y ahí toman lo mejor del monstruo:
se animan a resolverlo, pero lo hacen con un corazón fuerte y
bueno como el tuyo. Dicen lo correcto, pero lo hacen de buen
modo, amablemente, y en el momento oportuno. Como tratan
bien a los demás, generalmente no se enojan con ellos, porque
como piensan bien, ¡se nota que tienen razón! Esto se llama ser
asertivo. Estos niños tienen un gran autocontrol, porque cuan­
do viene un niño que se hace el monstruo, naturalmente le dan
ganas de responderle o pegarle… porque el monstruo, en cier­
to punto es peligroso. ¡Cuidado, porque se brota de una enfer­
medad contagiosa! (ahí pintamos unas manchas rojas en todo
el cuerpo del monstruo). Y entonces, claro, como nos sentimos
heridos por su actitud, nos dan ganas de devolverles la mis­
ma moneda. Pero como el niño asertivo es inteligente y sabe
que si lo hace va a caer en la trampa del monstruo, hace otra
cosa: ¡Crea un escudo anti-agresión, como un campo magné­
tico donde rebotan las fuerzas! Mete las manos en los bolsillos
para que no se le escape ningún golpe de puño, respira hondo

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para dar oxígeno al cerebro y pensar bien y luego decide qué
es lo mejor:

• ¿Alejarse porque así desintegra el problema?


• ¿Reírse y tomarlo con buen humor, un humor simpático que
haga reír al monstruo, o por lo menos, lo desconcierte? Mu­
chas veces es lo mejor, porque el monstruo se siente fuerte
cuando ve que el niño se pone mal… ¡Por dentro es tan débil
que necesita sentir que daña a otro para creerse poderoso!
• ¿Decirle que no es justo lo que está haciendo, que no tiene
derecho de maltratar porque a él no le gustaría que se lo
hicieran?
• ¿Buscar un adulto porque ya intentó todas las opciones y
ninguna le dio resultado?

Por supuesto, estas son sólo algunas de las opciones, ya que como
dijimos antes, cada caso es delicado y particular, y merece ser de­
sarrollado de modo exhaustivo. Lo más importante es que el niño
pueda sentirse fuerte frente al problema, y vea que, en definitiva,
cuando un niño obra como ratón, monstruo, arañita o monstruo
loco es porque en realidad aún no creció, no aprendió a resolver
bien los problemas. De este modo se da una inversión de las con­
cepciones, y quien hasta el momento se veía como fuerte y podero­
so e intimidante, comienza a ser visto como débil, pequeño y digno
de compasión.

Recuerdo todavía cuando un día, ya tarde, ayudando a mi hijita que


en ese momento tenía 3 años a atarse los cordones de las zapatillas,
de repente me dijo:

— Mamá, ¡Pipo (un amiguito) no creció!


— ¿Ah, no? ¿Por qué?
— Porque estábamos en la fila para subirnos al tobogán y vino,
me empujó y se subió…

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— ¿Y tú qué hiciste?
— Le dije “es mi turno”. Pero no me escuchó. Bueno, ¡ya va a
crecer!

Lo que aún me queda grabado en la memoria hoy en día fue el


tono en el que habló: era un tono comprensivo; ella se sentía fuerte
por haber procedido bien, y con cierta pena por su amiguito. Esa
situación la había vivido no como víctima, sino como una pequeña
analizadora de la realidad, con mucha paz y seguridad.

LAS HABILIDADES SOCIALES


Al rescate de los buenos modales

En general, las habilidades sociales consisten en todas aquellas ac­


titudes de buena educación y trato hacia los demás. A mediados de
los 90, tuve la oportunidad de realizar, mediante una beca, una ex­
periencia de intercambio cultural para profesores a través del Amity
Institute, en The Winston School, una escuela especial para niños
con diferencias de aprendizaje y coeficiente intelectual normal o su­
perior, situada en Del Mar, California. Lleva su nombre en honor a Sir
Winston Churchill, quien, luego de sufrir en su infancia y vida adulta
algunos trastornos afectivos y de aprendizaje, pudo no obstante
remontarlos y superarlos, brindando su contribución a la sociedad.
A mi modo de ser argentina ―que venía de un trato espontáneo y
cariñoso con los niños del Colegio Stella Maris (Rosario)― le resul­
taba un tanto artificial este sistema donde se enseñaba a los niños
simples hábitos de buena educación, como saludar, mirar a los ojos,
sonreír, decir “por favor”, “gracias”, “de nada”, “perdón”… Sentía
que todo era muy formal, como impostado. Pero poco a poco, pude
comenzar a apreciar que se le estaban dando valiosas herramientas

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a los niños para resolver los problemas de todos los días, mediante
técnicas de role playing y juegos interpersonales.

Al regresar a mi trabajo, inauguramos un Taller de Convivencia para


estudiantes de cuarto a sexto grado. Con alegría vimos cómo los
niños se involucraban en las clases y encontraban recursos para re­
solver sus problemas. Construíamos un marco común de referencia
al que nos remitíamos para generar acuerdos, basados en el respe­
to y la comprensión. Es decir, dábamos técnicas y estrategias pero
siempre basados en valores humanos.

Hoy en día existe una abundante bibliografía al respecto, pero bási­


camente, a nivel teórico, las habilidades sociales pueden dividirse en
los siguientes grupos, según el español Joaquín Alvarez Hernandez:

A. Habilidades Básicas para relacionarse con los demás:

• Habilidades Sociales no Verbales (sonreír, la mirada)

• Cortesía y Amabilidad (dar las gracias, disculparse)

• Peticiones (saber pedir y atreverse a pedir)

• Autoafirmación (defender los propios derechos, quejarse, expre­


sar molestia o enfado, afrontar críticas, pedir cambios de conduc­
ta, dar una negativa o decir “no”, preguntar “¿por qué?”)

• Conversar (participar en conversaciones de grupo)

B. Habilidades para hacer amigos:

• Iniciadores Sociales (presentaciones, interpelaciones)

• Liderazgo (reforzar a otros, cooperar, compartir)

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Al leer esta lista de ítems surge una pregunta: ¿estoy seguro de
haber transmitido a mis hijos el modo apropiado de afrontar estas
situaciones? Si lo he hecho con mi ejemplo, ¿ha logrado mi hijo
identificarse conmigo? Tal vez, a mí misma me cuesten algunos de
estos puntos. ¡Y por supuesto que todos podemos tener nuestro
modo personal de manejarnos! Por ejemplo, considero que el pedir
perdón debe ir acompañado de algún acto de reparación que dé
valor a las palabras… y las palabras no tienen valor si el tono no las
acompaña.

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