Caloca Lafont - La Propuesta de Iván Illich
Caloca Lafont - La Propuesta de Iván Illich
DOI: 10.22201/ffyl.29544270e.2023.45.1822
Recibido: 13-06-2022 | Aceptado: 28-10-2022
Resumen Abstract
Considerado como un anarco-humanista o anarco-cris- Considered to be an anarcho-humanist or anar-
tiano, Iván Illich ha destacado por sus ideas sobre eco- cho-Christian, Iván Illich has stood out for his ideas
logía, desescolarización y organización comunal. Sin on ecology, deschooling, and communal organization.
embargo, la presente investigación argumenta que se However, this article argues that he is an intellectual
trata de un intelectual con una filosofía propia sobre la who formulates his own philosophy on technology,
tecnología, enfocada en la crítica a la industrialización, which focuses on the criticism of industrialization, the
al discurso de la modernidad y a los imaginarios del pro- discourse of modernity, and the imaginaries of eco-
greso económico. Con el fin de comprender la propuesta nomic progress. To understand the illichian proposal,
illichiana, este análisis expone una genealogía del pensa- this research exposes a genealogy of Illich’s thought,
miento de Illich, vinculándolo con autores como Karl linking him with authors such as Karl Polanyi, Lewis
Polanyi, Lewis Mumford, Jacques Ellul, André Gorz, Mumford, Jacques Ellul, André Gorz, Langdon
Langdon Winner o Serge Latouche. Posteriormente, Winner, or Serge Latouche. Subsequently, the study
establece lazos entre el autor y la teología cristiana, mos- relates Illich with Christian theology, considering
trando cómo la tecnología moderna es comparable al how, in his thought, modern technology is compa-
pecado, puesto que destruye la naturaleza, enajena las rable to sin because it destroys nature, alienates con-
conciencias, explota la fuerza de trabajo y provoca gastos sciences, exploits labor force, and causes an excessive
excesivos de energía y recursos naturales. Más adelante, expenditure of energy and natural resources. Later,
el estudio aborda otras categorías fundamentales, tales central concepts for Illich’s philosophical project are
como scientia, convivencialidad, herramienta conviven- addressed, such as scientia, convivial tool, conviviality,
cial y decrecimiento. Asimismo, expone las alternativas de and degrowth. Likewise, this research exposes the alter-
Illich a la devastación ambiental y a la desigualdad social, natives to environmental devastation and inequality in
enfatizando su búsqueda de sociedades igualitarias con Illich’s work, emphasizing his concern for equalitarian
tecnologías comunales y emancipadoras. Finalmente, societies with communitarian or emancipatory tech-
evalúa la vigencia de las premisas illichianas para el nologies. The article closes with a discussion on the
siglo xxi y hace un llamado a la condición epimeteica: validity of the illichian premises for the 21st century
cuidar de nuestros entornos y de las y los otros. and a call for the epimetheic condition: to take care of
our environments and others.
Palabras clave: Iván Illich || Tecnología || Ética Keywords: Ivan Illich || Technology || Christian
cristiana || Epimeteo || Vida en comunidad || ethics || Epimetheus || Community life || Ethics
Ética || Relaciones interpersonales || Desarrollo || Interpersonal relationships || Community
de la comunidad || Convivencia development || Coexistence
L
a obra de Iván Illich (1926-2002) ha sido estudiada por ambientalistas, econo-
mistas y entusiastas de los estudios culturales. Algunos lo consideran un pensa-
dor emblema de los sesenta-y-ocho, un representante del anarco-cristianismo
o del cristianismo no ortodoxo y un pilar del rechazo a la modernidad (Hartch, 2015).
Sin embargo, existen pocos estudios centrados en Illich como filósofo de la tecnología
o en sus postulados sobre herramientas y máquinas. A lo mucho, hay esbozos en los
prólogos e investigaciones de algunos de sus herederos intelectuales, como Braulio
Hornedo, Javier Sicilia, Jean Robert, Gustavo Esteva, Valentina Borremans, Silvia
Marcos o Luis Tamayo. No obstante, sigue pendiente un excurso sobre lo tecnológico
en la obra de Illich, por lo que esta investigación procura responder 1) si existe una fi-
losofía de la tecnología original, formulada por el autor; 2) cuáles serían sus conceptos
básicos y postulados; y 3) si sus aportes hallan vigencia ante los problemas actuales.
A partir de esto, comenzaremos con una genealogía de la propuesta de Illich sobre
las tecnologías, relacionándolo con aquellos intelectuales que lo influyeron o dotaron
de materia prima para reflexionar. Después, explicaremos por qué sus argumentos
en torno a lo tecnológico están cimentados en la teología cristiana. Más adelante, nos
aproximaremos al concepto de técnica y herramienta convivencial; y, finalmente, ce-
rraremos con una evaluación global de la filosofía de Illich, enfatizando sus críticas a
la industrialización y al progreso. De este modo, no sólo expondremos los puntos más
relevantes de un tecnólogo que pensó los males contemporáneos desde el Sur Global
—y, específicamente, desde Cuernavaca, México—, sino que revelaremos una de las
filosofías más radicales y renovadoras que se han producido en América Latina.
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Para comprender las ideas de Iván Illich sobre la tecnología, antes conviene rastrear las
pautas de su proyecto filosófico. Algunos, como Watt (1981), Igelmo Zaldivar (2012)
o Beck (2017; 2021), ubican al pensador dentro del anarquismo, mientras que otros
como Valdivielso (2007) lo relacionan con la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt o
el posmarxismo. Centrándonos únicamente en sus reflexiones sobre lo tecnológico, po-
demos catalogarlo como un anarco-humanista que pretendía revolucionar el mundo a
través de nuevas epistemologías, modos de vida comunitaria y cambios en los hábitos
cotidianos (Mitcham y Alonso, 2002; Hornedo, 2002; 2016). En términos generales, era
un intelectual austríaco-mexicano, contemporáneo de desencantados de la baja mo-
dernidad como Giorgio Agamben o Alain Touraine, que reprobó la industrialización
acelerada, la multiplicación de automóviles, la urbanización predatoria, la ambición de
las farmacéuticas y la emisión nociva de contaminantes. Sin embargo, sería simplista
entender a Illich como un neoludita o tecnófobo que solamente estaba en contra de las
fábricas, transportes o telecomunicaciones porque sí. En cambio, debe comprenderse
que su rechazo a la tecnificación formaba parte de una búsqueda mayor: oponerse a
estructuras e imaginarios que, además de enajenar y explotar a las personas, erigen
dispositivos como los bancos, escuelas o supermercados para imponer una lógica me-
cánica y deshumanizante, desde el diseño mismo de la organización social. Es así que,
para Illich, el problema fundamental no está únicamente en el desarrollo y comercio de
tecnologías, sino en aquellos protocolos y procedimientos (es decir, técnicas) que equi-
paran la sociedad a una máquina autodestructiva.
Por lo anterior, sus libros (o panfletos, como él les llamaba) de los años setenta, como
La sociedad desescolarizada (1971), La convivencialidad (1973), Alternativas (1974) y
Energía y equidad (1978), estuvieron influidos por críticos de la tecnología como Lewis
Mumford, quien asociaba toda civilización con una serie de sistemas técnicos que inci-
dían en la producción material de las comunidades, conformando identidades colecti-
vas. Para Mumford (2009), las herramientas y máquinas son más que objetos físicos con
funciones y propósitos, pues están ligadas a costumbres y prácticas; se relacionan con el
devenir histórico de los pueblos y su cultura. Toda tecnología tiene el fin de reproducir
o simular procesos naturales, pero dotándolos de utilidad para la humanidad; por eso,
vuelve calculable, previsible y lucrativo aquello que en los ecosistemas es lento o azaroso.
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trabajo de quienes no. Otro ejemplo serían los hospitales, que priorizan la atención
médica para individuos “útiles” como fuerza de trabajo, dotándolos de tratamientos
breves con insumos mínimos, o condicionando la calidad de los servicios con sumas
elevadas. Con estos planteamientos, Illich repercutiría más tarde en el pensamien-
to de Serge Latouche. Cuando se publicaron recopilaciones illichianas como En el
espejo del pasado (1990) o la entrevista con David Cayley, Los ríos al norte del futu-
ro (2005), el Muro de Berlín había caído y el capitalismo se tornaba global. Por ello,
Latouche (2016) vería, más tarde, con tristeza, que casi todas las relaciones humanas
quedarían atrapadas por la megamáquina, analizando cómo las grandes compañías
transnacionales, medios de comunicación, sistemas de alimentación y mercados fi-
nancieros, al igual que los Estados, partidos políticos o ciudadanías, seguirían y re-
petirían fórmulas afines a los protocolos capitalistas.
Gracias a que Illich se indignaba ante la pobreza, algunos le encontraron similitu-
des con Marx, pero nuestro autor no solamente fue un filósofo que desenmascaró al ca-
pitalismo, sino también a los socialismos industrializados. A diferencia de los marxistas
de su tiempo, fue más radical en sus querellas contra las máquinas. Explicaba que, en el
posfordismo, apropiarse de las herramientas no liberaría a la persona, sino que la forza-
ría a producir mercancías y legitimar modelos jerárquicos.1 No importa si la ganancia
se quedaba en manos del Estado o de empresarios: el centro de la problemática era el
sometimiento del humano a la industria y el constreñimiento de su desarrollo y felici-
dad, en lo personal y comunitario. Por esto, las perspectivas de Illich hallaban cercanía
con Kropotkin (2013), que desechaba toda forma de explotación fabril en cualquier
sistema económico y justificaba que la única vida sustentable era la basada en el apoyo
mutuo. Sin embargo, es cierto que Illich buscaba erradicar la enajenación, y por eso sus
reflexiones sobre la máquina son similares a las de Jacques Ellul (1964), quien lo motivó
a postular que, en la actualidad, se ha dejado de pensar lo tecnológico como un inter-
cambio de artefactos y racionalidades, para sustituir la tecnología con la mera técnica.
1 Sobre este punto, comenta Hornedo (2016): “Iván Illich, al igual que Marx, logró ir hasta las raíces en su crítica al ca-
pitalismo moderno. Illich lo hace en la etapa más reciente del modo de producción industrial ecocida. […] mientras
que Marx se ocupa de la relación del trabajo con el capital y la incipiente transformación del valor de uso en un valor
de cambio, Illich logra demostrar cómo la mercancía se apropia de los ámbitos de comunidad […] y cómo engulle el
ámbito vernáculo comunitario y lo transforma en trabajo fantasma” (1).
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2 Para entender las convergencias y diferencias entre Illich y Polanyi, véase Borremans y Robert (2006): más allá de la
visión polanyiana de la desincrustación, Illich critica la modernidad con “la trama de relaciones para la cual Polanyi
no tenía nombre” (24). Pensar lejos de cualquier economía: recuperar el valor de la palabra, el amor y la compasión.
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Las tesis anteriores de Illich son muy parecidas a las de André Gorz (1964; 1981;
1995), quien, según el propio Illich, lo había inspirado a buscar soluciones más allá del
socialismo postestalinista para rechazar su autoritarismo, militarismo e industriali-
zación. En ese sentido, la obra de Gorz es un conocimiento al servicio de las reflexio-
nes de la persona común y no del utilitarismo de la industria. Parafraseando a Illich
(2008a): science by people y no science for people. Al igual que Valentina Borremans,
Gorz se encuentra “entre la comunidad multiforme y descentralizada de autores que
“se desenganchan” del consumo y se sirven de métodos modernos para llevar una
existencia simple, aligerada, más autónoma” (Illich, 2008a: 112). De acuerdo con su
pensamiento, es necesario que las personas autorregulen su consumo de energía y
moderen el uso de máquinas para lograr comunidades donde todos accedan a los
mismos beneficios. Se vuelve imperativo restringir el gasto de recursos al mínimo y
compartir la mayor cantidad de bienes. A esto Gorz le llamará decrecimiento, y será
uno de los conceptos centrales en los trabajos de Illich (Espejo, 2008).
“El movimiento histórico de Occidente bajo la bandera de evolución / pro-
greso / crecimiento / desarrollo, descubrió y luego prescribió las necesidades”
(Illich, 2002a: s.p.). Decrecer es diseminar nuestras verdaderas necesidades de aqué-
llas que la modernidad forjó bajo su discurso desarrollista. Esto implica no sólo poseer
la menor cantidad de bienes, sino dejar de autocompadecerse por ello. Según Esteva,
en conversación con Sandoval Rodríguez (2017), consiste en descreer de las mito-
logías engañosas del paradigma industrial. No considerar a los “subdesarrollados”
como infelices o poco exitosos y abstenerse de afirmar que la adopción de tecnologías
del “primer mundo” es la única clave para el confort. Por el contrario, la austeridad
resulta no sólo una forma más ética y menos desigual de vivir, sino también un mejor
modo de preservar la vida. A diferencia de quienes sufren estrés, usan medicamentos
y sobreviven a la ansiedad y polución de las grandes ciudades, con mala nutrición y
hacinamiento, las y los austeros tienen menos pesares.
Esto también será señalado por otro illichiano importante, Jean Robert, que define
la austeridad como experiencia profunda del aquí y el ahora, un goce donde no existen
desperdicios y, en cambio, se maximiza todo lo que podemos compartir con nuestros
semejantes (Beck, 2022). En ese sentido, devenir autosustentables brinda alegrías que
no son espurias porque pueden ser de largo plazo y no generan el dolor ni la explota-
ción de ninguna persona. Acorde con Tamayo (2010), esta ecosofía (o sea, ecología con
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filosofía) es una nueva actitud que retirará la careta mentirosa del tardo-capitalismo y
establecerá una receta duradera para la sostenibilidad. Conlleva acción y pensamien-
to: provoca menos residuos, recicla los desechos y disminuye la huella de carbono; a la
vez, busca y promueve espacios donde se eduque sobre cómo las condiciones cómodas
del progreso tienen costos elevados para los ecosistemas. Es en este camino del decre-
cimiento que Illich encuentra la reconstrucción de las sociedades, y es ahí también
donde la intervención de herramientas convivenciales adquiere relevancia.
Gorz (1981) define la convivencialidad como la recuperación de los afectos natura-
les y plenos. Es el atributo de aquellas comunidades donde los miembros no solamen-
te se toleran o coexisten, sino que aprenden a formar lazos genuinos y perdurables:
“Por convivencial entiendo lo inverso de la productividad industrial. […] la relación
sana con los otros y con el ambiente. […] es acción de personas que participan en la
creación de la vida social” (Illich 2006a: 384). Las agrupaciones convivenciales se ba-
san en la austeridad, creatividad e intercambio para innovar tecnologías emancipato-
rias y comunales. Así, Illich (2006a) establece que la herramienta convivencial puede
acabar con la servidumbre, siempre y cuando sea justa. Y explica: “la herramienta
justa responde a tres exigencias: es generadora de eficiencia sin degradar la autono-
mía personal; no suscita ni esclavos ni amos; expande el radio de acción personal”
(Illich, 2006a: 383). Por eso, estas herramientas no podrían ser producidas ni utili-
zadas por ni para la industrialización. En un próximo apartado, además de detallar
la ontología de la herramienta convivencial, daremos ejemplos. Aun así, adelantamos
que se trata de máquinas artesanales, en el sentido de Richard Sennett (2009): tec-
nologías que, en su fabricación y operación, implican la colaboración desinteresada,
priorizando el trabajo minucioso y detallado (es decir, la tekné y episteme de los anti-
guos griegos), sobre la producción en serie.3
Mientras las industrias son proyectos implacables de servidumbre y falsa eficiencia
que “producen por producir”, la sociedad idónea de Gorz e Illich es la que realiza una
producción puntual e inteligente, parecida a las economías prefeudales de subsistencia,
donde la división del trabajo se basaba en la solidaridad y no en la mezquindad. Sin
embargo, no es posible construir esta nueva civilización sin salir de la actual, porque
3 En la Grecia clásica, la tekné (τέχνη) era un conjunto de procedimientos para fabricar algo o elaborar un arte, mien-
tras la episteme (ἐπιστήμη), una reflexión sobre el “por qué” de dicha fabricación o el compendio de conocimientos
detrás de cualquier proceso (Tulley, 2008).
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Tecnología y teología
Hay dos rutas distintas para leer a Iván Illich. La primera permite definirlo como
crítico y comunitarista de la tecnología; la segunda, por su parte, nos aproxima a su
afinidad con el cristianismo y, sobre todo, con una interpretación anticlerical de la
doctrina cristiana. Los preceptos de Illich sobre la tecnología quedarían incompletos
si no se toma en cuenta su pasión por Hugo de San Víctor, “quien en el siglo xii conci-
bió las ‘ciencias mecánicas’ como la forma de enmendar la condición humana después
de la Caída, haciendo más habitable un entorno deteriorado por el pecado original”
(Beck, 2017: 75). En conformidad con el Génesis bíblico, Illich (2008a) considera que
los primeros humanos fueron “creados para ser los jardineros del Edén” (119) y ganar
el sustento sin dolor ni amargura. Estaban en contacto directo con la naturaleza y
aprovechaban sus bondades sin despilfarro; sin embargo, esto cambió cuando empe-
zó la corrupción de las sociedades.
No es que Illich dé por hecho que la falta pecaminosa haya sido necesariamente
sucumbir a la tentación de un fruto prohibido, sino que hace una analogía para entender
el mal como el afán de acumular, el ansia por poder y la ambición de “controlar, dominar
o conquistar la naturaleza a fin de transformarla en un seudoparaíso” (Illich, 2008a: 119).
Como el pensador escolástico, Illich señala que nuestra misión, como especie, no es la
acumulación, sino regenerar lo desbaratado; para ello, es imperativo recurrir a la ciencia.
No obstante, el concepto de ciencia que aquí se refiere no sólo parte del quehacer científi-
co de la modernidad, sino que apunta a una scientia medieval (Miller, 2008). Para Hugo
de San Víctor, la scientia significa amor por conocer sin manipular la verdad conocida;
implica hacer frente a una necesidad con el valor del conocimiento y de la prudencia; ha-
llar las artes que nos hagan detectar cómo vivir más dichosos, por medio de “la sabiduría
contra la ignorancia; la virtud contra el vicio” (Didascalicon de studio legendi, de San
Víctor, cit. en Illich, 2008a: 121). Éste será el tipo de conocimiento que necesitamos: no el
que explota la naturaleza y aumenta rendimientos, sino “la búsqueda crítica de remedios
contra una debilidad que el hombre se creó a sí mismo y que permanecerá como su patri-
monio en un mundo que alteró” (Illich, 2008a: 122).
Llevando la scientia convivencial de Hugo e Illich al plano de la tecnología, enten-
deremos que toda máquina debería ser un tejido de relaciones y no un mero producto
corporativo. El conocimiento para edificar y transformar máquinas debe abrirse a que
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todas y todos participen, y configurarse en clave de conversación. Por ello, hay mucha
cercanía entre las ideas illichianas y la comunalidad científica, postulada por Charlotte
Hess (2016). Según esta autora, con la voluntad y colaboración suficiente, los saberes
pueden ser bienes comunes o commons, y la discusión, documentación y transmisión
del conocimiento pueden expresar “nuevas formas de organización humana, formas
que proceden del activismo de base, surgen de abajo a arriba, son participativas y se
centran en las personas” (11). Tenemos que arrebatarle a las universidades y a los la-
boratorios especializados el monopolio científico y despojar a las empresas de la pro-
piedad intelectual cerrada. Según Illich (2008a), un buen comienzo puede ser a través
de la pedagogía crítica. Ésta empezaría por un análisis y debate minucioso sobre las
máquinas que usamos para el trabajo, la comunicación o el entretenimiento, pregun-
tándonos quiénes son sus dueños, cómo ejercen control sobre nosotros, y qué someti-
mientos, extracciones e inequidades fomentan. Después, sería posible inventar alguna
tecnología que fuera justo en sentido contrario de lo ponderado: que cambie el trabajo
de la explotación por soluciones que confronten nuestro estilo de vida (Illich, 2016).
Una pedagogía crítica tendría que quedarse fuera de las escuelas. En la educación
tradicional, los conocimientos están bajo un monopolio radical, al servicio de corpora-
ciones o del gobierno. Por ende, se requieren centros comunitarios, espacios públicos o
talleres horizontales. Actualmente, ésta es la apuesta de algunos labs ciudadanos, centros
autogestivos o hackerspaces que ofrecen cursos desescolarizados y gratuitos. Asimismo,
existen iniciativas de esta pedagogía en entornos socio-digitales. Un buen ejemplo sería
armar un mapa colectivo en línea donde quienes integren una comunidad ubiquen rutas
de acuerdo con sus saberes. Así, el mapa dejaría de hablar sólo de geografía y abordaría
las relaciones humanas en el espacio. “Los buenos mapas no sólo hablan del espacio,
sino también de la historia” (Herrera, 2012: 80). Por esto, el mapa digital sería un buen
esquema para reapropiarse de territorios y entender “cómo fortalecer nuestro espacio de
participación política, no la de los partidos y de las elecciones, sino aquí, ahora” (80).
¿Por qué este tipo de propuestas, así como las sugerencias de Illich en El traba-
jo fantasma (1980) pueden ser profundamente cristianas? Según Küng (2008), aun-
que el cristianismo se despojara de sus dogmas más abstractos, como la Trinidad o
la Encarnación, aún le quedaría un corpus ético sólido sobre la sociedad y el compor-
tamiento. Con la premisa de amar al prójimo como a uno mismo, los pensadores que
van de la Roma cristiana hasta la Edad Media consolidaron la utopía de comunidades
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donde, como lo señalan los Hechos de los apóstoles, “la multitud de los que habían
creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que
poseía, sino que tenían todas las cosas en común. […] [N]o había entre ellos ningún ne-
cesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio
de lo vendido” (Santa Biblia, 2010: Hch., 4, 32-35). Tales eran las ideas de San Víctor
e Illich: promovieron la vida en comunas, la medicina natural, la comensalidad, el
voluntariado y el trueque; es decir, los valores vernáculos o comunitarios. Para Santos
Gómez (2016), el cristianismo illichiano no demanda relaciones con ninguna iglesia ni
toca el tema de un Dios, pero promueve un ethos compasivo en el que nadie vale más
que otro ni puede ser feliz o pleno sin convivir ni compartir. Por eso, Illich (2006a)
habla de que “la austeridad forma parte de una virtud que es más frágil, que la supera
y que la engloba: la alegría, la eutrapelia, la amistad” (374).
Y, aquí, la eutrapelia (εὐτραπελία) se entiende en sentido aristotélico y tomista
como un modo afable de conducirse con los demás, usando la simpatía y el sentido
del humor, pero sin faltar jamás al respeto. El sujeto eutrapélico es ingenioso y sa-
gaz, pero empático. Rehúye de la grosería y actúa con inteligencia y automoderación.
Llevando esta idea al tema tecnológico, Illich (2006a) considerará que las máquinas
industriales son, precisamente, contrarias a la eutrapelia, al aislar a unas personas de
otras, emitir mucho ruido, requerir dinero, contaminar, distraer y oprimir. Podemos
ver esto cuando alguien adquiere cierto estatus social y autoestima sólo por el au-
tomóvil que maneja o el smartphone que usa, inconsciente de que está enajenado.
Con tal de obtener reconocimiento se vuelve cómplice del deterioro ambiental y gasta
horas frente a una máquina. Por eso, no hay herramienta industrial sin polarización,
que “amenaza con instituir un despotismo estructural e irreversible” (Illich, 2006a:
448). En la supuesta necesidad de tener más y mejores mercancías, la esfera de la vida
lentamente se desliga de la máquina y se desconecta lo orgánico de lo humano.
Gracias a la metáfora teológica del pecado de la modernidad y la redención ver-
nácula y convivencial, se asocia a Illich con el anarco-cristianismo o cristianismo
radical (González Quiróz, 2003). Cayley incluso lo compara con el profeta bíbli-
co Isaías, ya que ambos insistían en que se avecinaban tiempos dolorosos (Caley e
Illich, 2019). Sin embargo, mientras el israelí esperaba un Mesías, Illich plantea que
la alternativa consistirá en recuperar lo genuinamente humano: la generosidad por
encima del individualismo y el rechazo a la alienación de la fábrica, los productos
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justifica y costea la producción, pero los dos están limitados en su capacidad de acción,
espacio vital y circunstancias: el engranaje, al estar usando sus manos, pies y mente
para servir a la industria, y el usuario, destinando energías y capital para “convertirse en
prisionero de la instrumentación” (Illich, 2006a: 387).
Hay que establecer que, en el pensamiento de Illich, hay sometimientos más violen-
tos que otros. Por ejemplo: “Los medios de transporte acentúan la división de clases”
(Illich, 2006c: 337), figurando los destinos y capitales donde se puede llegar y sepa-
rando las sociedades ricas de las pobres en el plano global. Los usuarios de máquinas
pueden llegar más lejos que los no usuarios y hacer actividades reservadas para ciertos
sectores; sin embargo, pierden de vista que ricos y pobres están conectados. Volviendo
al ejemplo de los transportes: para que los ricos puedan moverse e ir donde les plaz-
ca, detenerse donde deseen y obtener servicios en una fracción muy pequeña de su
tiempo, los pobres deben trabajar largas jornadas y someterse a un sistema de trans-
porte poco funcional. Asimismo, el pobre es reclutado por la industria y se le obliga a
producir y consumir mercancías que no necesita (Illich, 2006a). A esto se le llamará
modernización, porque, en una sociedad moderna, se aumenta la empleabilidad, la
urbanización y la productividad, pero, a cambio, se genera escasez e insatisfacción.
Hay dos procesos que evidencian esto: la congestión —que implica el aumento des-
medido de la producción y consumo de bienes, así como la imposibilidad ambiental y
financiera de sostener la economía de mercado (Illich, 2006c)— y la parálisis —que es lo
que también otros, como Morozov (2015), han denominado solucionismo tecnológico; es
decir, depender de una máquina para hacer ciertas tareas, sin siquiera saber bien cómo
es que ésta funciona, cómo se repara o sus consecuencias en los ecosistemas—. En las so-
ciedades neoliberales que habitamos, la congestión es más que evidente: vemos filas aba-
rrotando los supermercados y restaurantes de comida rápida, camiones llenos cruzando
los países y webs de e-commerce con catálogos de miles de productos; empero, hallamos
también lo opuesto: pueblos sin agua, especies al borde de la extinción, animales que
sufren, ciudades con aire contaminado y varias hectáreas de incendios forestales.
En cuanto a la parálisis, un ejemplo contemporáneo sería el uso de plataformas
socio-digitales como Facebook o Twitter. Quienes hemos creado una cuenta o perfil
ahí somos usuarios de una técnica que no sabemos cómo funciona. Pocos podrían
explicar que, detrás de cada plataforma, hay decenas de miles de servidores que se
calientan a tal ritmo que requieren ventiladores en operación 24 horas al día. Además,
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Por esto, Illich recomienda que las herramientas sean convivenciales; es decir, que las
administre y repare quien las posee, sin deteriorar el medio ambiente, y adaptándo-
se a los usos y necesidades de la o el usuario. “La herramienta convivencial suprime
ciertos escalones de poder, de limitación y de programación, aquellos precisamen-
te que tienden a uniformar a todos los gobiernos actuales” (Illich, 2006a: 391). De
este modo, cualquiera podría modificar sus propias tecnologías con procedimientos
artesanales, descubrir nuevas aplicaciones y acomodarlas a su propio contexto. “El
hombre necesita de una herramienta con la cual trabajar, y no de instrumentos que
trabajen en su lugar” (Illich, 2006a: 383). La limitación y el control de las herramien-
tas sociales, y no el control ejercido por la herramienta.
Las herramientas convivenciales, además, fomentan entornos de desarrollo comu-
nitario y facilitan el beneficio colectivo. Un ejemplo sería la bicicleta, porque se basa
en la moderación: no avanza tan lento como cuando alguien anda a pie ni es tan veloz
como el automóvil; por ello, evita accidentes, no usa combustibles fósiles, no genera
tráfico ni exige costos elevados de manutención. Igual, Illich (2006a) menciona el telé-
fono público, porque “[b]ajo la única condición de disponer de las monedas necesarias
para su funcionamiento, cualquiera pued[e] llamar a la persona que quiera para decirle
lo que quiera: informaciones bursátiles, injurias o palabras de amor” (397). También,
destaca los khlongs o canales de irrigación para uso colectivo de Tailandia, los huertos,
las bibliotecas comunitarias y los pozos y bombas de agua que se ponen al servicio de
toda una población. En términos contemporáneos, algunas herramientas conviven-
ciales que existen gracias al internet son los softwares libres y las páginas wiki, al pro-
mover culturas de código abierto y conocimiento libre. Pero algo que cabe destacar es
que todas las herramientas convivenciales se encuentran en riesgo de ser privatizadas.
Mientras se mantengan genuinamente austeras y autosustentables, implicarán poco
gasto y no requerirán de ser sustituidas; sin embargo, hay corporaciones que buscan
eliminar o adueñarse de estas tecnologías, pues saben que la convivencialidad obsta-
culiza la acumulación de capital y el avance de los mercados explotadores.
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Referencias bibliográficas
Illich, Iván. (2016). “La construcción social de la energía”. En Braulio Horneo (Ed.),
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