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Savages #2

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Esta traducción fue realizada sin fines de lucro por la cual no tiene

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Sinopsis
Capítulo 13
Capítulo 1
Capítulo 14
Capítulo 2
Capítulo 15
Capítulo 3
Capítulo 16
Capítulo 4
Capítulo 17
Capítulo 5
Capítulo 18
Capítulo 6
Capítulo 19

Capítulo 7
Capítulo 20
Capítulo 8
Capítulo 21
Capítulo 9
Capítulo 22
Capítulo 10
Epílogo
Capítulo 11
Siguiente libro
Capítulo 12
Sobre el autor

Créditos

Shooter
Me escapé cuando tenía quince años y nunca miré hacia atrás.
Construí una nueva vida: buenos amigos, aventuras salvajes, y un
desfile interminable de mujeres hermosas. Pero entonces recibí una l
amada que cambió todo; una llamada que me dijo que era hora de volver y
enfrentar a mis demonios.
Nunca pensé que iba a encontrar un ángel en el camino…
Amelia
Él era definitivamente la última cosa que necesitaba en mi vida:
alguien incapaz de tomar nada en serio, un hombre de notoria reputación
de mujeriego, ah, ¿y no lo mencioné… un asesino? Así como en, le
dispara a las personas. Para ganarse la vida. Sí, definitivamente alguien
que no tenía planes de dejar entrar en mi vida. Excepto que, puso sus ojos
en mí y bueno, cuando un hombre como él usa su encanto, lo hace con
ganas y de una manera que hace que jamás quieras que se detenga. Mi
única salvación era que estaba solo en la ciudad por unos días.
Pero cuando me encontré involucrada en una situación y él era el único
que tenía alguna respuesta, bueno, digamos que… las cosas se
complicaron…

Savages #2

Para todas las mujeres que conocieron a Shooter y se lo pidieron. Qué


sea hombre suficiente para encargarse de todas…

Traducido por VckyFer y Addictedread Corregido por LizC

i padre estaba muerto.


Al menos eso era lo que mi abue estaba diciendo M al otro lado del
teléfono. Ahora bien, al crecer se me había inculcado a presentar mis
respetos a los mayores, pero estaba tomando todo lo que había en mí para
no decirle a mi abuela que se dejara de tonterías con su llanto como si mi
padre fuera un ser humano santificado, como si estuviera ahí arriba en el
cielo midiéndose su areola bril ante y sus alas prodigiosas. El hombre era
el mayor pedazo de mierda que había conocido en mi vida. Y dado que
pasaba mi vida lidiando con criminales, eso en realidad era decir algo.
Él estaba abajo en el infierno recibiendo una gran paliza si es que
había algo de justicia en la vida después de la muerte.
—No te preocupes por el dinero —dije, estremeciéndome al arrastrar
las palabras en ese horrible acento otra vez. Me tomó un jodido año perder
esa maldita cosa y cinco minutos al teléfono con ella fue todo lo que se
necesitó para que regrese—. En la noche te enviaré más que suficiente
para los arreglos.
Luego, dijo las seis palabras que nunca quería escuchar: tienes que
venir a casa, Johnnie.
Habían pasado años desde que escuché ese nombre.
No adopté el nombre de Shooter porque era bueno con un arma, aunque
lo era. Ni siquiera lo adopté porque era un francotirador a sueldo, aunque
ese definitivamente era el caso.
Lo hice porque ya no quería ser jamás ese campesino blanco de
Alabama con un padre de mierda en el estacionamiento de casas rodantes.
No quería ser nunca más el jodido Johnnie Walker Allen otra vez.
Johnnie Walker. Sí, como el maldito whisky escocés.
Mencioné que mi padre era un imbécil, ¿verdad? Como si no fuera lo
suficientemente malo que al crecer todos supieran que mi padre era un
borracho de mierda; tenía que ir y nombrarme como su veneno favorito.
—No puedo regresar, señora —dije, apretando el puente de mi nariz,
desplomándome hacia delante en mi sil a. Si sabía algo de mi abuela, es
que la mujer era como un muro de un metro y medio de concreto y darme
cabezazos contra ella no me daba más que dolor de cabeza.
Y entonces, se lanzó en una cantaleta sol ozante de cómo ella era
demasiado vieja, su corazón demasiado roto, su presión demasiado alta
y su artritis terrible para hacer algo como sentarse en una funeraria y
elegir entre ataúdes y flores.
—¿No ves ninguna razón por la que no debería ser yo quien haga los
arreglos? —Como, por ejemplo, que estaría más que contento si meten al
viejo en una caja de pino en el terreno del ayuntamiento debajo de tres
tipos desconocidos en una tumba sin lápida—. Sí, señora, sé que él es mi
padre. —Suspiré. Estaba perdiendo; eso significaba que iba a regresar.
Significaba que tendría que enterrar a mi jodido padre—. De acuerdo,
está bien. Sí. Sí, señora…
Miré hacia arriba cuando escuché unos pasos y vi a la rubia que había
traído a casa la noche anterior: más que nada pequeña, con unos muslos
increíblemente gruesos, cintura delgada y unos senos solo un poco más
grandes que las palmas de mis manos. Curvilínea, así era como me
gustaban. Esta también tenía la ventaja de tener un rostro delicado de
muñeca y grandes ojos azules que la hacían verse dulce e inocente. Sin
embargo, había descubierto la noche anterior cuando me cabalgó duro y
rápido mientras recitaba un monólogo de lenguaje sucio que podría hacer
que una estrella porno se sonroje, que el a era todo menos dulce e
inocente.
Llevé mi mano hacia mis labios para señalar que permanezca en
silencio y la atraje con un movimiento de mi dedo. El a me dio una
pequeña sonrisa y se subió a mi regazo usando nada más que la sábana con
la que se había envuelto. Enterré mi rostro en su cuel o y escuché a mi
abuela por otro minuto.
—Sí, señora. Sí… estaré allí. Correcto… mañana.
Un sentimiento ahogado y una pesadez inusual me estaban
embargando.
—Tienes acento —dijo Mol y, la chica sentada en su dulce y redondo
trasero en mi regazo con una gran sonrisa, revelando unos colmillos
excesivamente puntiagudos que le daban a su rostro perfecto un poco más
de carácter.
—¿Te gusta eso? —murmuré arrastrando las palabras contra su cuel o,
corriendo mi nariz por su suave piel.
—Mmmmhmmm —gimió, ya sin respiración.

—Bueno, veamos cuánto te gusta cuando esté diciendo cosas sucias en


tu oreja mientras estoy dentro de ti, nena —sugerí, levantándola y
caminando con ella hacia mi habitación. Quizás no era la forma más
saludable de lidiar con la muerte en la familia, pero bueno, una ligera
bofetada y unas cosquil as parecieron levantar la pesadez por unos minutos
y eso me pareció el mejor tipo de terapia para mí.

—Maldita sea, ¿quieres decir que, vas a casa? —preguntó Breaker, mi


mejor amigo, mi mentor, y una de las pocas personas en el mundo (junto
con su chica, Alex y nuestro amigo y tatuador, Paine) que significaban
prácticamente todo para mí.
Breaker era alto y una pared gigante de músculos con cabello rubio y
barba rubia. Todo en él gritaba intimidación, lo cual era bueno en un
trabajo en el que prácticamente reventaba caras para vivir.
Alex estaba posada sobre el sillón, con una laptop gigantesca
descansando en su regazo. Era hermosa en su forma clásica alta, delgada y
de cabello negro, y la mejor cosa que le pasó alguna vez al jodido Bryan
Breaker, incluso si tuvo que ir cara a cara con el peor de los señores
criminales en el área para poder tenerla. Junto con, ya saben… tener que
secuestrarla mientras yo me pudría en el sótano de dicho señor del crimen
por una temporada. Aquel os buenos tiempos.
—Papá murió y mi abuela está demasiado histérica para poder lidiar
con los arreglos.
—Tienes más familia —razonó Breaker, sabiendo mejor que nadie lo
mucho que no quería regresar. Breaker me encontró durmiendo contra su
edificio cuando tenía quince años y ya había tenido suficiente del hambre,
las golpizas y el maltrato de los pandilleros del pueblo y decidí huir de una
jodida vez. Nunca regresé. Nunca planeaba hacerlo.
—Nadie se está ofreciendo.
—No le debes ni mierda —dijo encogiéndose de hombros,
levantándose y consiguiéndonos a ambos una cerveza—. No les debes a
ninguno de ellos ni mierda.

—Breaker me dijo una vez que las personas en nuestro estilo de vida
—comenzó Alex, dejando su laptop en la mesita de café y acercándose
para tomar asiento a mi lado—, cuando hay una muerte, luchamos o fol
amos y seguimos adelante.
Le di una sonrisa engreída.
—Bueno, hice la parte de fol ar después de la llamada, pero podría
necesitar una buena pelea. Puños arriba. —Le guiñé un ojo, golpeando
juguetonamente su mentón con un puño.
—Cuidado —advirtió Breaker, inclinándose hacia atrás y mirando a su
mujer—. Podría ser pequeña, pero sabe dar un buen golpe.
—Breaker, hombre. —Sonreí, apoyando mis brazos en la mesa hacia él
—. ¿Eres un… hombre maltratado? —susurré dramáticamente—. Puedes
decírmelo. No te juzgaré… excepto para l amarte una marica gigante.
Alex rio entre dientes y Breaker puso sus ojos en blanco.
—Compórtate por un maldito segundo, Shoot.
—¿Comportarme? ¿Yo? Nadie me va a acusar jamás de eso.
—Quizás deberíamos ir —sugirió Alex, estirándose para cubrir mi
mano tatuada con la de ella delicada e impecable.
—A menos que, esto sea algo que tengas que hacer solo —dijo Breaker
directamente a Alex quien dirigió su mirada hacia él.
—Es lindo que ambos estén tan preocupados —dije, sonriendo
abiertamente cuando Breaker suspiró con la elección de mis palabras—,
pero literalmente voy a volar hasta allí, escogeré un ataúd y saldré de ese
maldito pueblo subdesarrol ado.
—De acuerdo, pero si nos necesitas… —prosiguió Alex.
Le ofrecí una sonrisa, envolviendo mi meñique alrededor del suyo y
llevándolo a mi boca para besarlo.
—Sé que puedo contar contigo, calabacita.
—Entonces, ¿cuándo te vas? —preguntó Breaker, estirándose para
tomar la silla de Alex y empujándola hacia él, envolviendo un brazo por su
espalda.
—Conseguí un vuelo a las siete. Esperando conseguir tomar un vuelo
de regreso mañana por la noche o quizás a la mañana siguiente a más
tardar. ¿Qué? —pregunté, observando a Alex darme una sonrisa
extraña.
—Nada.
—Mentirosa —respondí. Sabía que ella estaba al tanto de mi pasado.
Una charla de almohada y todo eso. Escuchó algunas de las historias;
aquel as que estuve dispuesto a contarle a Break. Sabía que actuar como si
no fuera nada era una máscara. También me conocía lo suficientemente
bien para saber que era algo a lo que no estaba dispuesto a renunciar, así
que mantuvo sus opiniones para sí misma.
Me quedé un par de horas más, bebiendo cerveza, bromeando, tratando
de calmar sus mentes, esperando que, en retorno, calmara la mía. Porque
sin importar lo bien que actuara con estabilidad, la realidad estaba ahí
justo debajo de la superficie. Había pasado quince terribles años de Dios
en un pueblo donde las personas sabían que estaban pateando mi trasero,
sabían que no me estaban alimentando apropiadamente, sabían que mi
padre era un alcohólico abusivo, y nadie intervino. No, en su lugar, tenía
que lidiar con la mayor parte de los chismes y rumores. Los ojos de los
maestros no se fijaban sobre mis moretones en mis brazos o en mi rostro.
Los consejeros no me llamaban ni me preguntaban
por qué estaba tan delgado. Todos simplemente murmuraban del viejo
y patético Ben Allen y cómo arrojó su vida a la basura; cómo es que era
bueno que mi madre conociera su tumba temprano para que así no tuviera
que quedar atrapada con los gustos de él. Y a mí me tocaron los ojos
tristes cuando era un niño y el desdén cuando me volví mayor mientras
veían y esperaban que la manzana aterrizara justo al lado del jodido árbol.
Quería volver a ese pueblo tanto como quería que me vertieran ácido
en la cara. Y, dado que en serio disfrutaba de los beneficios que me
conseguía mi bonito rostro (principalmente con las damas), eso era decir
algo.
¿Ven lo que sucede? Las personas en los pueblos pequeños tienen
memorias largas. No les importaba que había logrado escapar; que tenía
un apartamento que costaba más que todas las casas rodantes en el viejo
estacionamiento puestas juntas; que manejaba un auto que valía cinco años
de su salario; que era un hombre adulto con una vida propia. Para el os,
siempre sería el pequeño Johnnie. Siempre sería el pobre chico abusado.
Siempre sería el rebelde adolescente de mierda, vistiendo de negro,
escuchando música metálica, busca pleitos.

Pero a pesar de todos mis sentimientos en cuanto a regresar, eso era


precisamente lo que estaba haciendo. Así que dejé a Breaker y a Alex
alrededor de la medianoche y me dirigí a casa. Empaqué una maleta
mientras bebía algo de whisky, lo cual era algo irónico y divertido o
patético. Me pregunté cuántas rondas llevaría mi padre antes de que su
cuerpo sucumbiera. Me pregunté si fue el whisky que le envíe lo que
finalmente acabó con él. Ese sería un hermoso tipo de karma.
Ven… había seguido adelante. Me construí una vida. Me conseguí
algunas personas que matarían o morirían por mí. Me divierto. Me alejé lo
más posible de toda esa mierda con la que fui criado. Pero nunca te libras
de tu pasado y a partir del día en que cumplí veintiuno, cada mes, le envié
a mi padre una caja de escocés. Sabía que él no querría tener nada que ver
conmigo, pero también sabía que jamás podría rehusarse a la bebida.
Así que quizás ayudé a matar al bastardo.

Siete horas más tarde, estaba subiendo al avión, con un nudo del
tamaño de un puño retorciéndose en mi estómago.
—Oye, cariño —dije, agarrando la muñeca de una auxiliar de vuelo
cuando pasó por delante de mí lentamente. El cuerpo de la chica se tensó,
sin duda acostumbrada a la forma en que demasiados patanes intentaban
poner sus manos sobre el a, antes de enderezar sus hombros y girarse hacia
mí con una sonrisa de hospitalidad plasmada en su cara. Sus ojos se
posaron en mí y la sonrisa se estiró ligeramente, su cabeza inclinada hacia
un lado, sus hombros relajados.
—¿Puedo ayudarte con algo? —preguntó de una manera que sugería
que si lo que necesitaba incluía remover mis pantalones, el a lo haría con
gusto.
—No —dije, pasando mi mano perezosamente sobre las venas de su
muñeca—, solo quería mirarte por un minuto. —Guiñé y sus mejillas se
sonrojaron.
—Bueno, si necesitas algo —comenzó, intentando sonar profesional y
fracasando en el intento—, mi nombre es Maggie.
Tiré ligeramente de su muñeca hasta que su cuerpo se inclinó hacia
mí, mi otra mano se levantó y trazó la etiqueta con su nombre sobre su
pecho.
—Veo eso.
—Oh, querido Dios —interrumpió una voz masculina con un toque
femenino, inclinándose sobre el respaldo de mi silla—. ¿Puedes tocarme
así? —Giré mi cabeza sobre mi hombro para ver a un auxiliar de vuelo
masculino parado allí con el mismo uniforme azul que Maggie l evaba
puesto. Dejé caer mi mano del pecho de Maggie—. Mira esa cara —dijo
él, sacudiendo la cabeza—. ¿Por qué ningún chico malo como tú puede ser
homosexual? Te comería entero.
Enfoqué mis ojos de regreso en Maggie.
—Prefiero ser el que se encargue de comer.
—Santa mierda —gimió el hombre, abanicándose a sí mismo—. Ven
Mags, vamos a sacarte de aquí antes de que este diablo con labia te
arrastre al baño y se convierta en miembro del club de las alturas.
—He sido miembro durante diez años —agregué a medida que soltaba
la muñeca de la chica—. Y soy un… un viajero frecuente.
Me acomodé en mi silla, escuchando el mensaje de seguridad,
sonriendo cada vez que los ojos de Maggie se posaban sobre mí durante la
demostración. No tendría oportunidad para seguir adelante cualquier cosa
con el a, pero hice que ambos tuviéramos un día ligeramente mejor.
Un poco más de dos horas y media después, estaba agarrando mi
maleta y dirigiéndome hacia el alquiler de autos. No tenían nada que
quisiera rentar, preferiblemente algo como lo que conducía en Navesink
Bank: elegante, nuevo y costoso. No, mis opciones eran camionetas,
camiones cinco puertas y los últimos modelos de autos potentes. Escogí el
último en negro y subí el volumen de la ruidosa música lo suficiente para
que ahogara los pensamientos en mi cabeza mientras me acercaba más y
más a mi pueblo natal.
—Cristo —suspiré, sacudiendo mi cabeza, a medida que conducía al
pueblo. Se suponía que las cosas cambiarían. Medio esperaba regresar a
casa al día siguiente y ver dos nuevos restaurantes abiertos y tres tiendas
arcaicas cerradas. Así eran las cosas, siempre cambiando. Pero mi pueblo
natal parecía atrapado en el tiempo. No solo eran los mismos negocios,
apenas habían actualizado la pintura. Estacioné al final de la cal e, salí del
vehículo y me dirigí a la funeraria.

No había llamado y cuando me acerqué y encontré la puerta cerrada,


maldije suavemente, golpeando fuerte la madera.
—Muchacho, deja todo ese golpeteo —dijo una voz femenina desde la
calle. Mi espalda se irguió automáticamente al ser l amado “muchacho”
mientras intentaba relajar mi rostro en una expresión más suave—. Es
domingo —añadió con énfasis.
Ante eso, sentí una sonrisa tirar de mis labios. Maldita sea, por
supuesto que lo era. Y estaba en el Sur. Y ningún negocio digno estaba
abierto un domingo, aparte de la cafetería en el pueblo a donde todos iban
después de la iglesia. Mierda.
—Cierto —dije, girándome hacia la calle y teniendo que resistir el
impulso de poner mis ojos en blanco. Porque al í en la acera estaba mi
vieja maestra de tercer grado. Maldito pueblo pequeño—. Gracias, señora
George —dije, bajando los escalones hacia mi auto.
—¡Johnnie Walker Al en! —dijo en ese tono de “no te atrevas a
moverte”, al parecer, tan efectivo en un hombre adulto como en un niño.
Me giré hacia ella, forzando una sonrisa—. Ya era hora de que
aparecieras. ¡Tu abuela está hecha un desastre!
—Sí, señora —comenté, asintiendo.
—Lamento lo de tu papá. Escuché que te estás encargando de los
arreglos.
—Sí, señora —dije nuevamente, deslizando mis manos en los bolsillos
de mis jeans negros.
—Bueno, ven. Te l evaré hacia Harriet —añadió, balanceando una
mano hacia mí. Suprimí la necesidad de decirle que no y deslicé mi brazo
en el suyo. El hecho era que, no tenía intención de ver a mi abuela o a
alguien de mi familia, a decir verdad. Quería encargarme de los arreglos y
largarme de una puta vez. Había una razón por la que no había mostrado
mi rostro en el pueblo desde que hui todos esos años atrás, a pesar de tener
un grupo de parientes de sobra.
Debí haber sabido que nunca me libraría de esto.
—Sabes, si no fuera por todos esos tatuajes y piercings, serías un
jovencito atractivo.
—Gracias, señora —dije sonriendo, decidido a no decirle que tenía un
montón de coños a las que les gustaban mis tatuajes y les gusta
la sensación de uno de mis piercing en particular.
—Es una lástima lo de tu papi. —Una lástima que no ocurriera hace
una década, seguro—. Pero es bueno ver tu cara de vuelta por estas partes
—dijo cuando abrí la puerta de la cafetería por el a.
Decir que todo el restaurante se quedó en silencio es un eufemismo.
Pasó de elevadas voces animadas y los sonidos al comer y beber, a un
silencio sepulcral.
La cafetería lucía igual a como la recordaba: piso de linóleo degastado
que estaba más marrón que blanco con la edad, bril antes cabinas y mesas
metálicas, amaril as paredes desteñidas. En la barra del desayuno, a lo
largo de la parte de atrás, estaban sentados todos los ancianos. En las
mesas delanteras, las familias con niños. En las cabinas, las mujeres de
diferentes edades, sin duda esparciendo chismes. Todos estaban vestidos
con sus ropas de iglesia, mientras yo me paseaba con oscuros jeans
ceñidos, zapatillas de suela gruesa a cuadros y una descolorida camiseta de
ZZ Top.
—Solo vuelvan a comer —dijo la señora George, urgiéndolos con el
balanceo de su mano—. Estamos aquí para ver a Harriet, no para ser
mirados con la boca abierta.
Con eso, me condujo hacia la cabina donde mi abuela estaba sentada
en la más larga en la esquina, rodeada por sus amiguitas de la iglesia y uno
o dos de mis primos mayores.
—¡Johnnie! —dijo ella, sus ojos l enándose de lágrimas
inmediatamente. Ahora bien, aquí está la cosa sobre mi abuela: no daba ni
un escupitajo por mí. Nunca lo hizo. Sin embargo, lo que sí le importaba
era su reputación en el pueblo. Y si no salía con los lagrimones al ver a su
nieto perdido hacía mucho tiempo, bueno, ¿qué diría eso de el a?
—Abue —dije sonriendo, soltando el brazo de la señora George y
cruzando la mesa para cubrir sus carnosas manos con las mías.
—Mírate —comentó con entusiasmo, apartando sus manos para
limpiar las lágrimas en sus mejillas—. Finalmente en casa. Vamos,
siéntate.
Te conseguiremos algo de almuerzo.
—No gracias, señora. Comí en el avión. Necesito ver si el motel tiene
alguna habitación vacante para instalarme.

—¿Motel? —jadeó y sentí que mis ojos se cerraban a medida que


tomaba una respiración profunda. Mierda—. No te quedarás en el motel.
Tienes familia alrededor de estos lugares. Desafortunadamente, estoy
saturada en este momento, pero quizás Cassie… —dijo, señalando a una
prima a la que recordaba como una gran chismosa cuando éramos niños,
ahora toda una adulta con cabello rubio teñido y bronceado demasiado
oscuro.
—No quiero incomodar a nadie, abue —dije, sacudiendo la cabeza.
—Bueno, ¿por qué simplemente no puede quedarse en el apartamento?
—preguntó Cassie, claramente tan entusiasmada con la idea de que pase la
noche en su casa como yo.
—¿Apartamento? —pregunté con las cejas fruncidas. La última vez
que estuve en el pueblo había casas y estacionamientos para casas rodantes
pero no había apartamentos, salvo por uno o dos en la parte superior de las
tiendas del pueblo.
—El apartamento de tu padre —dijo Cassie, su tono siendo autoritario
y desdeñoso a la vez.
—¿Qué ocurrió a la casa rodante? —pregunté y vi que la mayoría de
los ojos en la mesa miraron hacia abajo u otra parte—. Ah, ya veo —dije,
encogiéndome de hombros. Lo veía. Lo perdió. Era un pedazo de mierda
en más terrenos de los que podía permitirse y nunca fue bueno
conservando un trabajo—. Así que papá se estaba quedando en un
apartamento —añadí cuando todos se quedaron en silencio
obstinadamente.
—En el nuevo sitio asombroso que hay en Clark —dijo la señora
George asintiendo hacia mí—. Privado, con una piscina, cancha de tenis y
todo —agregó, sonando entusiasmada con la perspectiva.
Al otro lado de la mesa, mi abuela había levantado su bolso del piso y
lo colocó sobre su regazo, hurgando en su contenido.
—Aquí están —dijo, enseñándome las llaves y haciéndolas sonar hasta
que las tomé, al mismo tiempo que mordía mi lengua para así no decirles
que el apartamento de mi fal ecido padre era jodida y absolutamente el
último lugar en el mundo en el cual quería pasar la noche—. 2B —añadió
asintiendo.
Metí las llaves en mi bolsillo y empecé a deslizarme fuera de la
cabina.
—Bien. Entonces voy a ir a instalarme.
—¿Seguro que no podemos hacer que te quedes por algo de té dulce al
menos? —preguntó mi abuela, pero la mirada en sus ojos verdes oscuros,
los ojos verdes oscuros que heredé de el a, estaban amenazándome para no
aceptar su oferta. Después de todo, ella necesitaba l orar y quejarse con sus
amiguitas por su pérdida y tener a la única persona en el mundo que podía
contradecir sus declaraciones sobre su santo hijo fal ecido, no iba a lograr
el tipo de atención que ansiaba.
—No, señora. La próxima vez. Señoritas —dije, girándome hacia la
mesa en conjunto y dándoles una sonrisa que hizo que más de una se
sonroje—, siempre es un placer.
Con eso, dejé la cafetería, permitiéndome pasear de vuelta a mi auto
lentamente, aunque todo lo que quería hacer era correr, poner el pedal
hasta el fondo y salir de una jodida vez de ahí. En su lugar, me metí en el
auto y me dirigí lentamente en dirección a Clark Street. Eso sí, no tenía
ninguna intención real de quedarme en el apartamento, pero la
curiosidad me derrotó. Quería comprobarlo. Luego, iría directamente
al motel y conseguiría una habitación.
La cosa que nunca aprecié al crecer era lo verde que era Alabama.
En casa, el desierto quedó dominado por césped perfectamente bien
cuidados en los suburbios y completamente ausente en las partes más
industriales de la ciudad como donde yo vivía. Pero a medida que
conducía por las calles, lo único que vi eran los diversos tonos de verde.
Los viejos robles inclinados sobre la calle, el musgo colgando de las ramas
perezosamente. Era lo suficientemente relajante como para que parte de la
ansiedad desaparezca. No era, por naturaleza, una persona fácil de sacar de
quicio. Pero había algo relacionado con la familia, sobre enfrentar tu
pasado, que hacía que incluso las personas más equilibradas perdieran su
tranquilidad.
Apartamentos Clark Street no era más que un edificio de tres pisos
hecho de ladrillo marrón. Cada apartamento tenía pequeños balcones
abarrotados con diversos artículos. Como dijeron, en la parte de atrás
podía ver una prístina piscina de tamaño olímpico y una cancha de tenis al
lado. Todo lucía nuevo y agradable, y por lo que podía suponer, fuera del
rango de precios de mi padre. Agarré mi maleta y saqué las l aves de
mi bolsillo. No me sorprendió que la puerta principal no estuviera
cerrada con l ave. Ni siquiera me sorprendió que nadie manejara la
recepción. Éste era el Sur. Nadie cerraba sus puertas. Nadie veía la
necesidad de seguridad añadida.
El pasillo era de un fresco tono azul grisáceo con todas las puertas de
los apartamentos pintadas de blanco. No había cuadros odiosos en las
paredes y los pisos de maderas estaban encerados y brillantes. Subí las
escaleras hasta el segundo piso, encontrando seis apartamentos. El de mi
padre estaba al final del pasillo.
Y la puerta estaba abierta.
Me puse un poco rígido, escuchando ruidos en su interior, teniendo
recuerdos fugaces internamente de volver a casa de la escuela y encontrar
a algunas personas robando nuestras cosas porque papá les debía dinero.
Dejé la maleta silenciosamente fuera de la puerta y la empujé, avancé
tranquilamente a través del piso hacia los sonidos que escuchaba en el área
de la cocina abierta.
—Vamos estúpida cosa demoníaca —dijo una voz femenina, pero no
era en un tono bajo y enojado como sonaban las palabras; lo estaba
diciendo en ese tono alto y calmado que las mujeres usaban con los
animales y niños, como si estuviera intentado convencer a alguien.
Rodeé la encimera para encontrar a una mujer arrodillada en el suelo
en una esquina, tratando de alcanzar algo debajo del gabinete. Mis ojos se
deslizaron por su trasero. Sus pequeños pantalones cortos de mezclilla no
hacían nada para ocultar su trasero redondo y los muslos bien
proporcionados. Su camiseta blanca se alzaba ligeramente a medida que se
inclinaba hacia delante, revelando unos cuantos centímetros de su espalda.
Su largo cabel o negro se encontraba atado en una coleta baja, todo
brillante y suplicando ser tocado.
Bueno. Tal vez mi estancia no sería tan mala después de todo.
Aclaré mi garganta y luché contra una sonrisa cuando el a saltó,
golpeando su cabeza con la puerta entreabierta del gabinete. Su mano se
alzó para frotar su cabeza mientras caía hacia atrás sobre su culo y me veía
a su vez.
Jodido infierno. Esa cara.
Tenía algún tipo de herencia española que trajo imágenes a mi mente
de los seis meses que pasé en México con Breaker y Alex
escondiéndonos de la mierda en la que nos habíamos metido. Seis
meses de mujeres nativas con sus exóticos ojos, largo cabello oscuro y
jodidos cuerpos curvilíneos. Oh, sí. Me lo pasé muy bien en México.
Pero esta mujer dejaba en vergüenza a todas y cada una de esas
mujeres.
Su mandíbula era un poco cuadrada, su nariz recta y delgada, sus
labios eran gruesos y perfectos. Pero eran sus ojos los que hacían derretir a
un hombre. Tenía profundos ojos de párpados caídos dignos del
dormitorio, parecían somnolientos y sensuales a la vez, y con la sombra
marrón más oscura posible. Su piel era de un tono más que nada blanco, lo
que solo servía para hacer que su cabel o oscuro, cejas, ojos y pestañas
destacaran aún más.
Mis ojos se deslizaron más abajo, estudiando su cuerpo con una ociosa
inspección que estaba seguro que ella no apreciaba de un completo
extraño. Pero simplemente no pude evitarlo.
El a lo tenía todo: tetas exuberantes, caderas, muslos, culo… y de
alguna manera lograba tenerlo todo mientras aún parecía estar en forma.
Era una imposibilidad biológica por la que toda la humanidad debía a
sus padres una sincera carta de gratitud al hacerlo posible.
—Hola, ángel —dije, mis labios arqueándose.
Oh, sí.
Tal vez el viaje no sería un desperdicio total después de todo.

Traducido por Beatrix85 y LizC


Corregido por LizC

diaba a esa estúpida gata.

La odié desde el primer día que Ben Al en la trajo O desde el


contenedor en el que había estado viviendo durante meses, siseándome
siempre que iba a tirar mi basura y arañando mis zapatos con sus
desagradables pequeñas garras de gato, por lo general logrando dejar
algunos rasguños alrededor de mi tobillo. Era un demonio pero, por alguna
razón, atrajo a Ben en una especie de desinteresada forma de solo-
aliméntame-y-déjame-en-paz que solo los gatos podían lograr.
En general, la evitaba. Pero Ben se había ido durante dos días y no
podía seguir entrando en su apartamento para cuidar de el a. Sus parientes
probablemente empezarían a aparecer y ellos no necesitaban verme allí.
Así que tenía toda la intención de entrar en su apartamento por última vez,
agarrar a la gata-demoníaca, y l evarla de regreso a mi apartamento hasta
que pudiera averiguar qué hacer con el a. Pero ella, por supuesto, no estaba
demasiado interesada en mi plan y tan pronto como me agaché para
recogerla, arañó mi brazo y voló bajo el gabinete de la cocina.
—Mierda, hace demasiado calor para esto —dije entre dientes
mientras me abanicaba, molesta porque el aparato de aire
acondicionado se encontraba dañado. Estábamos a mediados de agosto
y no había forma de escapar del calor sofocante en el apartamento de Ben.
Suspiré, agachándome en el suelo y l egando debajo del gabinete—.
Tarde o temprano voy a atraparte, Mil ie. Bien podrías salir ahora.
Tengo una gran lata de comida para gatos apoyada en mi encimera
esperando por ti. —Suspiré cuando el a siseó y se movió más lejos de mi
alcance—.
Estoy hablando con un gato —murmuré para mis adentros, sintiendo el
borde de una pata peluda y cerrando la mano alrededor de el a—. Vamos
estúpida cosa demoníaca… —arrullé hacia el a.
El sonido de un hombre aclarándose la garganta tuvo dos efectos: uno,
Mil ie pasó las garras por el dorso de mi mano, y dos, mi corazón voló a
mi garganta a medida que mi cuerpo se levantaba estremecido de forma
automática. Mi cabeza chocó contra la parte inferior de la puerta abierta
del gabinete mientras mi cuerpo se giraba y aterrizaba fuerte sobre mi
trasero.
Mis ojos se posaron en sus zapatos en primer lugar, mis cejas
frunciéndose. Eran unas zapatillas de suela gruesa a cuadros blancos y
negros. ¿Quién diablos llevaba aún zapatillas de esas? Y, más aún, ¿quién
demonios l evaba zapatillas de esas en pleno verano en Alabama? Mi
mirada se deslizó hacia arriba, notando sus oscuros pantalones
ajustados (pero no demasiado) y la camiseta negra de ZZ Top sobre un
cuerpo que se veía en forma, pero no en exceso. Sus brazos desnudos
estaban cubiertos de bril antes tatuajes coloridos y empecé a tener la
sospecha de quién estaba en el apartamento de Ben Al en. Mis ojos se
dispararon a su cara y, cielo santo.
Su cara era delgada, sus ojos de un familiar color verde oscuro. Su
cabel o estaba acatando la línea entre rubio y castaño claro, corto a los
lados y peinado hacia atrás en el medio. Sus orejas estaban dilatadas con
tapones negros en los agujeros. Bueno, era simplemente caliente. Era más
que caliente en esa forma de él es un chico malo que te hará rodar entre
las sábanas y nunca te volverá a l amar otra vez que la mayoría de las
mujeres siempre amaban.
—Hola, ángel —dijo, arqueando los labios, haciendo que su rostro ya
atractivo sea diabólicamente hermoso.
También tenía una de esas voces; una de esas voces que derretían tus
bragas. Siempre había oído voces como la suya siendo descritas “tan suave
como la mantequilla”, pero eso no era correcto. Era suave, sí, pero
también era eléctrica. Como un licor de crema irlandesa.
Oh, sí. Sabía muy bien quién era él y sin importar lo bien que se veía,
era un verdadero hijo de…
Me levanté del suelo, teniendo la repentina necesidad de estar a su
nivel. Aún en mi estatura entera, era todavía varios centímetros más baja,
pero al menos no tenía que alzar la vista hacia él.
—Johnnie Walker Allen —dije, levantando mi ceja de una manera que
sabía que era arrogante y no importaba—. Era cuestión de tiempo que
mostraras tu cara.
Con la cabeza inclinada ligeramente hacia un lado, frunció las cejas
por un segundo.
—¿Sabes quién soy?
—Oh, sí, sé quién eres —le dije, cruzando las manos sobre el pecho, de
repente muy consciente de mi ropa. No hacía exactamente ningún favor a
mi cuerpo. No es que fuera insegura, solo que tampoco me hacía ilusiones.
No era una chica delgada; nunca sería una chica delgada. Sin importar lo
mucho que ejercitara o me alimentara bien, siempre he tenido un poco de
rel eno adicional. Y, por cualquier razón, una gran cantidad de rel eno
parecía envolverse alrededor de mis muslos. Y hacía calor y no
estaba pensando en ver a nadie ese día así que me puse mis pantalones
cortos del tipo corto que no estaban haciendo nada para halagar mi figura;
mis muslos grandes estaban a plena vista. Estupendo. Bueno. No eran
exactamente muslos grandes pero eran gruesos y los odiaba
completamente. Los odiaba especialmente cuando los tenía exhibidos
frente a este tipo. Por qué importaba eso, exactamente, iba más al á de mí.
No estaba tratando de impresionar a Johnnie Allen. Lo odiaba. Pero, de
alguna manera, tampoco quería parecer una desaliñada en torno a él.
Eso no tenía absolutamente nada que ver con el hecho de que él era el
hombre más atractivo que hubiera visto en persona y hablado alguna vez.
No. Nada que ver con eso en absoluto.
—Y, ¿qué exactamente has oído hablar de mí, nena? —preguntó, su
suave voz siendo completamente sedosa a medida que daba un paso más
cerca de mí.
—No soy tu nena —espeté, levantando una mano cuando siguió
avanzando—, y créeme, lo sé todo sobre ti.
—¿Sobre lo endiabladamente guapo que soy? —preguntó, sonriendo
—. O lo inteligente, o cómo…
—O el poco respeto que tienes por la recuperación —interrumpí,
disparando dagas con la mirada.
La sonrisa desapareció de sus labios y dio un paso atrás, sus cejas
frunciéndose.
—¿Cómo dices?
—¿Qué? ¿Pensaste que era un secreto que seguiste enviando a Ben
cajas de whisky cada mes? ¿Tienes alguna idea de lo desconsiderado que
es hacer eso para alguien que está tratando de mantenerse limpio?
¿Quién hace algo así?
Como si un peso de repente aterrizara allí, sus hombros cayeron
mientras daba otro paso retirándose, apoyando la espalda contra la
encimera.
—¿Papá estaba limpio?
—Dos años —dije, asintiendo para dar énfasis—. No gracias a ti.
Su mirada fue a sus pies y, por un segundo, pensé que estaba sintiendo
culpa o vergüenza. Pero entonces, su cabeza volvió a subir y sus ojos
verdes estaban bril ando otra vez, y una sonrisa tiraba de sus labios.

—Entonces, ¿qué pasó con todo ese whisky? Porque ninguna de las
cajas fueron regresadas.
—Las intercepté —dije, levantando un poco la barbil a. Siempre
llegaba justo a tiempo, el diez de cada mes. Siempre me aseguraba de
levantarme temprano y las agarraba antes de que Ben pudiera verlas. Dos
años era mucho tiempo para estar limpio, pero incluso con esa clase de
tiempo una enorme caja de whisky podía haber sido demasiada tentación
para luchar.
—¿Las interceptaste? Qué gran agente secreto eres —dijo riendo—.
Entonces, ¿quién eres, detective? ¿Estás con mi padre?
—¿Estoy…?
—Sí, cariño. ¿Tú y él… tenían algo?
—¿Qué? ¡No! —grité prácticamente, mis manos volando y
gesticulando como siempre lo hacían cuando me sacaban de quicio—.
Solo porque eres un perro cachondo no significa que tu padre lo era. Y,
en caso de que no te hayas dado cuenta, soy un poco joven para él.
—¿Un perro cachondo? —repitió, luciendo como si estuviera tratando
de contener una sonrisa.
—Sí, perro cachondo. Casanova. Mujeriego. Don Juan.
Gigoló. Prostituto.
Dejó de luchar contra la sonrisa y la extendió a través de su hermoso
rostro de una manera muy encantadora.
—Pasas mucho tiempo leyendo el diccionario de sinónimos, ¿eh,
dulzura?
—Oh, Dios mío. ¿Qué pasa con todos los nombres cursis? Tengo un
nombre real, sabes.
—Sí, bomboncito, estoy seguro que sí… pero no me lo has dicho
todavía.
Oh. Cierto.
—Soy Amelia Alvarado. Vivo al lado.
Mantuvo la sonrisa en su lugar y me tendió la mano. Y, por supuesto,
no tuve más remedio que tomarla.

—Bueno, Amelia Alvarado de al lado, soy Shooter. Es un placer


conocerte —dijo, inclinándose para besar el dorso de mi mano.
Repito: besó el dorso de mi mano. No sentí ninguna ráfaga de deseo
ante el contacto. No, señor. De ningún modo.
—El placer es todo tuyo —gruñí, apartando mi mano de la suya.
No se ofendió, solo rio entre dientes.
—¿Qué le pasó a tu mano, cariño?
Miré hacia mi mano, demasiado agotada para recordar lo que él estaba
hablando. Los arañazos eran superficiales, solo un par de marcas de color
rojo bril ante que probablemente se desvanecerían por la mañana.
—La gata de tu papá —dije con un encogimiento de hombros.
—¿La gata… de mi padre? —repitió como si fuera la cosa más
ridícula que jamás hubiera oído antes.
—Sí. Millie. Es malvada y odia literalmente a todo el mundo. Estaba
tratando de sacarla debajo del gabinete para l evarla de nuevo a mi
apartamento hasta que descubriera qué hacer con ella.
Se frotó la frente y, por un segundo, pareció casi perdido, inseguro de
sí mismo. Desapareció rápidamente y aplaudió con fuerza, haciéndome
saltar.
—Está bien. Vamos a sacarla de allí —dijo, moviéndose hacia donde
había estado arrodillada unos momentos antes. Su hombro rozó el mío en
el espacio cerrado de la pequeña cocina y me aparté bruscamente. Su ceja
se alzó ante mi reacción, pero no dijo nada.
—Adelante,
inténtalo
—dije,
levantando
el
mentón—.
Probablemente arañará tu cara bonita.
—Crees que mi cara es bonita, ¿eh? —preguntó, sonriendo por encima
del hombro y sentí mis mejillas comenzando a calentarse. ¿Qué demonios
estaba mal conmigo?
—No, pero es obvio que piensas muy bien de ti mismo. Solo pensé que
debía advertirte.

Me guiñó un ojo y se dejó caer al suelo, estirando uno de sus brazos


debajo del gabinete. Él hizo un sonido raro chasqueando la lengua en voz
baja y no más de unos pocos segundos después (¡unos pocos segundos!)
Mil ie salió, el brazo de Johnnie envuelto alrededor de su espalda. Había
estado tratando de conseguir que la gata saliera de allí por lo menos…
veinte minutos. Millie era una gorda y horrible gata blanca con grandes
manchas de color marrón y gris por todo su pelaje. Uno de sus ojos era
azul y el otro marrón, y juro que su boca estaba en un fruncido gatuno
permanente. Miró a Johnnie por un minuto, inclinando la cabeza hacia un
lado.
—¿Quién es una gatita bonita? —preguntó Johnnie, pasándole la mano
por la espalda y ella ronroneó. La engendro del demonio gatuno en
realidad ronroneó ante él.
—Es la gata más fea que he visto en mi vida —dije, sacudiendo la
cabeza mientras lo observaba alzarla entre sus brazos y acunarla contra su
pecho y el a simplemente… lo dejó.
—Tal vez por eso no le gustas —dijo Johnnie, acariciando su cabeza a
medida que me sonreía.
—Entonces, ¿eso es lo que haces? ¿Elogiar a todos, incluso a los de
aspecto… desafortunados, y consigues lo que quieres?
Johnnie negó con la cabeza, su sonrisa volviéndose más en una mueca
engreída.
—¿Necesitas excusarte para ir al baño por un minuto?
—¿Qué? —grité devuelta.
—Bueno, con una actitud como esa, supuse que debes tener tus bragas
en l amas, querida. Tal vez necesitas excusarte para… remediar esa
situación.
¡Oh, qué idiota! ¿Quién diablos decía esas cosas a extraños?
Bueno, no iba a salirse con la suya, eso era seguro.
Levanté mi barbil a.
—No estoy usando bragas y eres un idiota —le dije, pasando por
delante de él, asegurándome golpear mi hombro contra el suyo al pasar.
Caminé enfurecida hacia la puerta—. Espero que te gusten los gatos,
porque ella ahora es tuya —dije, cerrando la puerta con fuerza detrás de
mí.
Entré en mi apartamento, golpeando mi propia puerta por si acaso, y
empecé a caminar de un lado a otro. Muy bien, así que tal vez era fácil de
sacarme de quicio. Mi temperamento podía salirse de control en cualquier
momento. Pero maldita sea si ese hombre no se lo merecía.
La cuestión era que, sabía mucho sobre Johnnie Walker “Shooter”
Al en. Probablemente sabía más sobre él que la mayoría de su familia.
Sabía lo que sabía porque había sido vecina de su padre durante tres
años. Estuve ahí cada mañana, viendo cómo Ben abriría su puerta para
encontrar la caja de whisky allí cada mes, con una mirada de desdén y
necesidad en sus ojos tan grande que me dolía en algún lugar en el fondo
de mi alma. Había sido la que había tenido que abrir su puerta cuando se
escuchó un ruido fuerte una noche, solo para encontrar a Ben desmayado
en el piso de su cocina, con la cabeza abierta al golpear el borde de su
gabinete mientras tropezaba en un borrachera. Había sido quien lo visitó
en el hospital; había sido la única que le pidió que busque ayuda; había
sido la que se había sentado con él después de sus reuniones y lo escuché
decirme todo acerca de las maneras en que destruyó su vida. Me dijo que
su mayor arrepentimiento era perder el amor de su hijo.
De lo que dijo Ben, Johnnie se mudó a la costa este y se convirtió en
un asesino a sueldo. Al parecer, era muy bueno en su trabajo porque Ben
dijo que tenía un lugar costoso y un auto de lujo. A pesar del sórdido estilo
de vida de su hijo y su adolescente necesidad de todavía “atormentar” a su
padre con el whisky, Ben siempre quiso volver a conectar con él.
Al parecer, lo único que pudo traerlo de vuelta fue la muerte de su
padre. ¿Y entonces tenía las agal as de ser un idiota con la única persona
que había estado allí para Ben como él debería haber estado? No
importaba lo bien que se viera en el exterior. No había ninguna cantidad de
sonrisas encantadoras que pudieran hacerme pasar por alto su fea alma.
Suspiré, obligándome a dejar de pasearme por el suelo de madera a
medida que levantaba la vista. Mi apartamento tenía el mismo diseño que
el de Ben. El espacio habitable formaba una L alrededor de la pequeña
cocina cuadrada con sus gabinetes blancos genéricos, y falsas encimeras
de mármol con remolinos marrones, negros, bronce y rojo. Tenía dos sillas
puestas contra el exterior de la encimera de la cocina. No necesitaba una
mesa de comedor; nunca tenía compañía. Mi sala de estar era sin lugar a
duda femenina. Tenía una alfombra de flores, sofisticados sofás
blanquecinos afelpados y mesitas de café, y las paredes estaban
pintadas de un leve toque de lavanda.
Echando un vistazo a mi cocina, vi el suministro de comida para gatos
que tuve que salir a comprar esa mañana. Estupendo. Podría no haber
tenido la menor intención de volver a ver a Johnnie, pero no podía dejar
que Millie pase hambre por mi desdén hacia él.
Con un gruñido, agarré la bandeja de cartón l ena de comida para gatos
y me dirigí de nuevo hacia mi puerta. Al abrirla, retrocedí un paso de
inmediato con un grito sorprendido. Porque justo delante de mi puerta,
estaba Johnnie.
—Entonces, la cosa de ir sin bragas —comenzó él, sus ojos calientes—
, ¿es algo cotidiano?
Mis ojos bajaron mientras mordía el interior de mi mejilla.
—¿Qué haces rondando fuera de mi puerta?
—Puedo ver que estás celosa del amor de Millie por mí —bromeó, su
sonrisa lo suficientemente encantadora como para hacer que una monja
reconsidere sus votos—, pero no puedes culparla. Siempre me salgo
con la mía con las gatitas.
—No vengas a mi puerta para hablarme de esa forma asquerosa —
dije, empujando la caja contra su pecho, haciendo que sus manos se alcen
para agarrarla—. Aquí está la comida de Millie. Y, por favor, no vuelvas a
hablar conmigo nunca más. —Agarré el borde de mi puerta, con la
intención de cerrarla de golpe, pero él deslizó su cuerpo hacia un lado de
la puerta y se abrió paso en mi apartamento—. ¿Qué crees que estás
haciendo?
—Aw, ángel —dijo, sacudiendo la cabeza mientras miraba a su
alrededor—. Ahora te entiendo.
¿Me entiende? ¿Qué demonios significaba eso?
—¿Qué?
—Ya sabes, mi abuela es una gran jardinera —dijo, metiendo el plato
de comida para gatos debajo de un brazo y pasando la mano por el
respaldo de mi sofá.
—Eso es maravil oso. Ahora sal de mi apartamento.

—Ha ganado varios premios por aquí por sus rosas —continuó su
extraño discurso. Su atención se volvió de repente hacia mí, fijándome en
mi lugar—. Solía decirme que las rosas más bonitas tienen las espinas más
grandes. Es un mecanismo de defensa. Así que… —dijo, acercándose más
a mí y pasando su dedo por un lado de mi mandíbula—, te entiendo,
Amelia Alvarado.
Y con eso, se había ido, la puerta resonando suavemente detrás de él,
dejándome casi expuesta, vulnerable. Eso no tenía sentido, pero así era
cómo me sentía. Porque cuando me miró en medio de su pequeño discurso
y me dijo que él me entendía, se sintió como si lo hiciera; sentí como si de
alguna manera hubiera echado un vistazo a mi alma. Mi mano se movió
para limpiar su toque en mi mandíbula, de alguna manera sintiendo como
si quedara un hormigueo persistente por su dedo allí.
Está bien, entonces él tenía razón; tenía espinas. Eso no significaba
que me entendiera. No había sido exactamente amable con él. No era
intuición de su parte, era una impresión. El hecho de que adivinara que no
era tan dura y afilada por debajo de la superficie no significaba nada. La
mayoría de las mujeres eran suaves en algún lugar dentro, sin importar qué
tipo de armadura llevara en el exterior. Y dada su reputación, era evidente
que pasaba mucho tiempo con las mujeres. Él simplemente se dio
cuenta de eso.
—¿Qué está mal conmigo? —pregunté a mi apartamento vacío,
moviéndome por el pasil o hacia el baño, decidiendo que necesitaba una
ducha fría. El calor me estaba afectando, confundiendo mi cerebro o algo
así.
Me quité la ropa y entré bajo el chorro de agua fría, apartándome un
segundo antes de acomodarme bajo el chorro otra vez. El hecho era que
estaba afligida. No tenía muchas personas en mi vida. Era distante. En este
pequeño pueblo, era una forastera. Por supuesto, había estado alrededor
por años, pero nunca sentí como si encajara. Tal vez era porque no conocía
las historias de todos como todos los demás. Tampoco ayudaba que no
saliera de mi zona de confort para descubrir todas esas historias. Tal vez
era solo otra forma de auto-preservación. Me preocupaba que si lo
intentaba, no me aceptarían; así que ni siquiera me molestaba.
Tenía algunas personas en las que mantenía un interés profesional,
pero Ben había sido la única persona con la que tenía una especie de
amistad.
Él era todo lo que tenía alrededor por estas partes y se había ido.
Podría haber adoptado una expresión valiente, pero me dolía.

El hecho de que tuviera un extraño impulso de darle una bofetada a su


hijo y luego arrojarme a sus brazos, bueno, supongo que era solo mi
manera inusual de afligirme. No tenía nada que ver con un genuino interés
o atracción. Y lo más probable era que después del funeral, nunca volvería
a ver a Johnnie Walker Al en otra vez.
Por qué esa realización me provocó una extraña sensación de
hundimiento en mi interior estaba completamente más al á de mí.
Salí de la ducha y me puse un vestido de algodón amarillo pálido y
ligero. Bebí agua y la demás la vertí en una jarra gigante con varias
bolsitas de té. Abriendo mi puerta corredera de cristal, fui a colocarla en el
balcón para disfrutarla en la luz del sol.
—Qué casualidad verte aquí.
Santo infierno.
No podía escapar de él.
—¿Vas a ofrecerme algo de eso cuando esté listo?
Mi cabeza se alzó de golpe, mis ojos abiertos completamente. ¡No
podía hablar en serio! Mis ojos aterrizaron en el balcón de Ben para ver a
Johnnie descansando en la silla reclinable de Ben, con los pies apoyados
en la barandilla, Millie posada con satisfacción en su pecho.
—No.
—Ah, vamos. Eso no es muy amistoso, ¿verdad? —preguntó,
presionando un botón que sabía que deprimiría a cualquiera en un pequeño
pueblo como este: la hospitalidad.
Por desgracia para él, no me crie en el Sur.
—No eres mi vecino.
—Nena, estoy justo aquí al lado.
—No vives allí.
—No, pero me quedo aquí.
—¿Por qué? El aire acondicionado está dañado —señalé.
—Sí. Voy a tener que arreglar eso. O tal vez simplemente andaré
desnudo —agregó con una sonrisa burlona. No lo imaginé desnudo. No. Ni
siquiera tuve un pensamiento pasajero sobre si, o no, los tatuajes en
sus brazos serpenteaban en su pecho o espalda. El de su garganta, un
águila con sus alas extendidas hacia sus orejas, no me distraía de ninguna
forma cada vez que tragaba o algo así.
—El motel no permite gatos, cariño —aclaró cuando olvidé hablar.
Mis ojos se levantaron con culpabilidad.
—Entonces cuidaré a Millie —dije automáticamente, encogiéndome
de hombros.
—Cuidado, Amelia, podrías simplemente herir mi frágil ego —dijo
riendo, el sonido bajo y profundo.
—La última cosa que es tu ego, es frágil —dije, poniendo los ojos en
blanco.
—¿Sabes lo que pienso, dulzura?
—No. Y tampoco me importa saber lo que piensas.
Se levantó lentamente de su asiento, Millie saltando con un fuerte y
ofendido maullido, y se dirigió hacia el lado del balcón donde casi se
apoyaba contra el mío.
—Creo que tienes una idea equivocada sobre mí.
—Difícilmente —resoplé, negándome a retroceder de mi posición, a
pesar de que él invadía completamente mi espacio. Si me inclinaba
ligeramente hacia delante, sentiría su aliento en mi cara.
—¿Quieres saber otra cosa? —preguntó, bajando la mirada en otra
inspección pausada que me hizo sentir que mi vestido se había derretido.
—No.
—Mírame —dijo, levantando los brazos para mostrarme,
presumiblemente, sus tatuajes—. Estoy bastante acostumbrado a ser
apuñalado con objetos afilados. Cariño, esas espinas tuyas prácticamente
hacen cosquil as.
Respiré profundamente. Esas palabras… significaban algo para mí.
Era una tontería, pero después de pasar la vida notando que tus bordes
afilados alejaban a la gente, era realmente poderoso encontrar a alguien
que no estaba asustado de ellos. Desafortunadamente para mí, esa
persona era alguien con quien no quería tener nada que ver. ¡Mi terrible
karma golpea de nuevo!
—No es ninguna sorpresa que alguien tan despiadado como tú no
sienta dolor —dije, finalmente tomando el tan necesario paso atrás.
La ligereza jocosa pareció desaparecer de su rostro, dejando sus ojos
casi ofuscados. Sacudió la cabeza mientras observaba cómo me retiraba
hacia la puerta de mi apartamento.
—¿Con qué maldito veneno te marchitó ese bastardo? —preguntó,
pero era más para sí mismo que para mí y lo tomé como una señal para
irme.
Cerré la puerta y tiré de la cortina, pero permanecí allí mirando el
contorno de Johnnie a medida que permanecía apoyado en la barandil a del
balcón, mirando a lo lejos. No pude sacarme esas palabras. No pude
superar la forma en que las dijo, como si dolieran, como si fueran
honestas. Pero no podían serlo. Ben no había sido nada más que bueno
conmigo.
Una vez, cuando la boquilla en mi ducha se rompió y el agua salió
disparada por todas partes y no sabía qué hacer, él había venido corriendo,
completamente ebrio, y la arregló por mí. Y una vez, cuando me había roto
dos dedos al caer en una carrera en el bosque, había insistido en venir a
cenar y cortar mi comida por mí.
Todo lo que sabía de Ben Al en era bueno y desinteresado. Incluso
cuando estaba borracho, no tuvo más que buenas palabras para mí.
Había un profundo pozo de soledad en él al que me sentí atraída, tal
vez porque coincidía con el mío.
Era absolutamente ridículo que estuviera reconsiderando mis propias
opiniones basadas en años de evidencia debido a una frase pronunciada por
un hombre que no conocía y cuya reputación apenas lo recomendaba.
Solo tenía que hacer lo mejor para evitarlo hasta después del funeral.
Entonces él se iría para siempre y las cosas podrían volver a la
normalidad.

Traducido por Magdys83 y Gigi D


Corregido por LizC

e levanté temprano la mañana siguiente, poniéndome


otro vestido de verano en blanco, y salí del jodido M edificio antes de
que alguien más estuviera despierto y alrededor. En realidad no necesitaba
estar temprano en el trabajo, pero siempre había algo qué hacer si lo
buscabas. Además, incluso el aburrido trabajo de oficina era mejor que
tener otro altercado con Johnnie Al en. Tal y como fue, había estado dando
vueltas en la cama toda la noche. Primero, porque fue totalmente ruidoso
en su apartamento.
Parecía que había una fiesta aunque sabía que estaba solo. Hubo
golpes, pies arrastrados y choques. Luego, por supuesto, hubo música
sonando a todo volumen que me sorprendió que Aggy, al otro lado del
pasillo, no armó un berrinche. Si dejo que mi televisión pase por encima
de un susurro, el a terminaba golpeando en mi puerta. Pero también, en
segundo lugar, porque, bueno… no pude evitar que mi cerebro pensara en
él.
Me pregunté qué le había hecho levantarse e irse un día, sin nunca
mirar atrás. Por lo que entendía, nadie nunca había oído hablar de él
excepto por la llamada a su abuela en su cumpleaños cada año (junto con
alguna clase de regalo extravagante, como si eso pudiera compensar su
ausencia). Quería saber qué podría haberlo l evado a una vida de crimen.
Parecía relativamente bien ajustado, calmado, despreocupado.
Eso no gritaba “asesino” exactamente, pero eso era lo que
precisamente
era. Eso era lo que hacía. Asesinaba personas por dinero. Y, en serio,
¿qué había con el whisky? ¿Estaba siendo irónico? ¿Era alguna clase de
burla porque Ben lo llamó así por una marca de whisky?
Durante todo esto de dar vueltas en la cama, no hubo ni un solo
pensamiento de lo atractivo que era. No tuve un estremecimiento de
cuerpo completo al recordarlo tocándome la mejil a. No sentí un sonrojo al
recordarlo diciendo ese… comentario de gatitas. No me pregunté en cómo
se ganó su reputación con las mujeres; de lo que era capaz de hacer con el
as. No. Para nada. No estaba tan jodida.
Entré por la parte posterior del edificio, caminando por los viejos pasil
os de piedra y abriendo mi pequeña y oscura oficina sin ventanas. En
realidad era un lugar deprimente para trabajar. Ni siquiera el austero
escritorio blanco y la alfombra ligera podían amenizar el lugar. Empujé el
botón para la cafetera, sin añadir posos de café porque, bueno, no me
gustaba el café. Preparaba agua caliente para té. Sí, té caliente… en
agosto. Verás, mi oficina no solo era fría en sentido figurado, sino que
también era bastante fría literalmente; supongo que porque estaba
enterrada en el sótano. Dejé caer una bolsa de té en una taza y caminé
hacia el escritorio, ordenado de forma compulsiva. Me gustaban las cosas
en orden. De hecho, no solo me gustaban en orden, sino coordinadas
por color y ordenadas alfabética o numéricamente. Era, y siempre había
sido, un poco maniática del control. Hubo un estudiante de psicología que
una vez me dijo que las personas que estaban locas por el orden eran de
esa manera porque era lo único en su vida que podían controlar. Había sido
un comentario que había sido demasiado cierto en ese momento. Por
supuesto, ya no era de esa forma, pero era un hábito que ni siquiera pensé
en romper.
En algún momento alrededor de la hora del almuerzo, escuché voces a
un piso encima de mí. Era inusual que fuera así; la gente entraba y salía
todo el día. Pero lo que llamó mi atención fue el hecho de que las voces
sonaban agitadas y elevadas. Me levanté de mi sil a y entré al pasil o,
tratando descaradamente de escuchar a escondidas cerca de la escalera.
Cuando las voces parecieron aumentar aún más, me encontré subiendo las
escaleras, preocupada que quienquiera que estuviera ocupando el piso de
arriba pudiera estar en alguna clase de problema.
Abrí la puerta y avancé al frente de la iglesia con un pozo en mi
estómago. El Padre Sanders estaba de pie en el pasil o entre los bancos
delanteros, sosteniendo sus manos en alto como si estuviera tratando de
silenciar a quienquiera que le estaba hablando… bueno, gritando.
Esa persona era… oh, Dios… Johnnie Allen. Por supuesto. Esa era mi
vida.
—¿Le estás levantando la voz a un sacerdote? —Me escuché preguntar
mientras avanzaba aún más en el lugar.
La sonrisa de Johnnie estaba en su cara antes de que sus ojos siquiera
se levantaran para encontrarme.
—Hola, ángel —dijo, inclinando su cabeza hacia mí.
—Está bien, Amelia —dijo el Padre Sanders en su voz áspera que
siempre me inquietaba de mala manera. Siempre parecía (porque lo era)
desdeñoso conmigo.
Miré de él a Johnnie que estaba usando otros jeans negros, sencil as
zapatillas de suela gruesa negros, y una camiseta de cuello en V blanca
que mostraba un pedazo considerable de tatuajes que estaban en su pecho,
satisfaciendo de ese modo mi curiosidad inapropiada.
—¿Qué está pasando? —pregunté, ignorando el desprecio no-tan-sutil
del Padre Sanders.
—El Padre Sanders y yo solo estábamos… discutiendo los arreglos de
mi padre —añadió con un encogimiento de hombros.
—Y eso los l evó a elevar sus voces… ¿por qué? —pregunté, más que
un poco molesta que alguien como él, alguien que no daba ni un escupitajo
por Ben terminó siendo el encargado de sus arreglos finales.
—Amelia eso es difícilmente… —empezó el Padre Sanders, pero fue
interrumpido por Johnnie.
—Simplemente no estamos de acuerdo en mi parte en el proceso.
—¿Tu… parte?
—Sí, verás… planeo ser la chequera, cariño —explicó con calma—.
Pero al Padre Sanders le gustaría que fuese un portador del féretro y
diga algo en los servicios. Al parecer le debo a su recuerdo algunas buenas
palabras.
—¿Y el problema es?
—Querida, no tengo ningunas buenas palabras que decir.
Dejé salir un suspiro largo, asintiendo. Había honestidad allí; él
verdaderamente sentía que no tenía nada que decir sobre la existencia de
su propio padre.
—¿Johnnie, no crees que tal vez es tiempo de… perdonarlo?
Su brazo se levantó, frotándose la nuca, un músculo tensándose en su
mandíbula, al parecer un signo inusual de ira. Cuando su cara se alzó de
nuevo hacia la mía, no había nada de su humor, de su despreocupación
usual.
—Te digo algo… —empezó, su voz tan baja que sentí como si tuviera
que esforzarme por escucharlo—. Cuando pasas tu infancia ahogándote en
tu propia sangre después de perder tus dientes de leche por una paliza,
entonces puedes decirme cómo necesito perdonar a ese hijo de puta, carita
de ángel.
Sus palabras aterrizaron sobre mí como una patada en el estómago,
dejándome sin aire, con violencia. No había habido nada más que cruda
emoción en sus palabras y, con un rápido vistazo hacia el Padre Sanders,
que apartó la vista con incomodidad, supe que eran la verdad. Ben Al en
había golpeado a su hijo hasta sacarle los dientes. Sentí como si el piso
estuviera cediendo bajo mis pies, como si estuviera desmoronándose
hasta convertirse en polvo.
—Oye —l amó Johnnie, sonando preocupado, pero muy lejos. Todo lo
que podía escuchar eran mis pensamientos arremolinándose, el latido
feroz de mi corazón, el silbido de la sangre a través de mis oídos—.
Amelia, oye —dijo, sonando más cerca y mi cabeza se alzó de golpe para
encontrarlo justo delante de mí. Su mano se movió para agarrar mi codo,
sosteniéndolo con fuerza, como si estuviera tratando de evitar que me
caiga—. Mierda, ¿estás bien, cariño?
—Apenas, por esa clase de lenguaje —escuché decir al Padre Sanders,
pero Johnnie lo ignoró así como yo también.
—Vamos, siéntate —dijo y estaba l evándome hacia los bancos y
empujándome en uno de la primera fila. Se arrodilló frente a mí, su rostro
lleno de líneas preocupadas—. ¿Estás bien? Quiero decir… sé que mi
encanto puede hacer que las mujeres se sientan positivamente mareadas,
pero esto es demasiado, ¿no crees? —bromeó, intentado aliviar la tensión
que sus palabras dejaron en el aire y en cada molécula de mi cuerpo.
—Creo… —El Padre Sanders intentó interrumpir de nuevo.
—¿Que va a ir a conseguirle un vaso de agua? —añadió Johnnie, su
tono cortante—. Sí, creo que es una buena idea.
El Padre Sanders resopló pero se marchó de inmediato.
—Esto es apropiado —dijo crípticamente cuando estuvimos solos.
—¿Qué? —pregunté, tomando una respiración profunda para tratar de
calmar el torbellino dentro de mi cabeza.
—Que estés aquí.
—¿Por qué?
—Porque si hay algún lugar en el que debe estar un ángel, es en una
iglesia.
—Eso fue… cursi —me sentí diciendo, mis labios curvándose hacia
arriba.
—Sí, pero finalmente me consiguió una sonrisa tuya, ¿cierto? —
preguntó, sus ojos bril antes con su pequeña victoria—. ¿Qué estás
haciendo aquí?
—Trabajo aquí —respondí y me encogí de hombros.

—¿Trabajas en una iglesia? —preguntó, sin entender.


—Sí y no. Trabajo en un programa de asistencia que se reúne aquí.
—¿Qué clase de programa de asistencia?
—Alcohólicos y narcóticos anónimos.
Él no se echó hacia atrás en sorpresa y entendimiento como esperaba.
Asintió ligeramente y hubo una sonrisa fantasma en sus labios cuando
dijo:
—No hay nada anónimo en un pueblo así de pequeño.
—No y eso es lo que hace que la recuperación en pueblos tan pequeños
sea aún más difícil. Todos te están viendo, apostando si recaes o no.
—Tenías debilidad por mi padre —medio preguntó, medio declaró.
—Sí —admití, pero la palabra se sintió venenosa en mi lengua.
—Lamento descargarme así contigo, dulzura —dijo, apretando mis
rodil as desde su posición acuclillada delante de mí—. No creí que sería
tan
sorprendente. No es un secreto por aquí que mi padre era un borracho
cruel.
—Lo conocí ebrio —me encontré diciendo, necesitando compartir—.
Arregló la boquil a de mi ducha cuando se rompió. Apenas podía
permanecer de pie, pero vino cargando a mi rescate.
Él me dio una sonrisa tensa y vacía.
—Incluso borracho, jamás levantaría una mano a una cara como ésta
—dijo, su mano acunando mi mejil a. Un aleteo se extendió por mi vientre
con sus palabras y me esforcé por ignorarlo—. No estaba intentado
arruinar tus ideas sobre él, nena. Creo que tú y yo conocimos a dos
hombres diferentes viviendo en la misma piel, ¿eh?
—¿En serio te sacó tus dientes de leche a golpes? —pregunté,
sintiendo las lágrimas brotando en mis ojos y tratando de parpadearlas
furiosamente.
—Fue hace mucho tiempo, ángel. No hay necesidad de esto —dijo,
limpiando la lágrima perdida en mi mejilla.
—Toma —dijo el Padre Sanders con brusquedad, empujando un
vaso plástico con agua en mis manos y terminando el momento entre
Johnnie y yo. Por lo que estaba agradecida, o, al menos, estaba intentado
convencerme que estaba agradecida.
—Gracias, Padre —dije, l evando el vaso a mis labios para tomar un
sorbo. No estaba sedienta y el agua olía pesadamente a cloro, pero
necesitaba algo más en lo que concentrarme aparte de la suavidad de los
ojos de Johnnie cuando limpió mi lágrima.
—Johnnie, ¿quieres terminar esta conversación en mi oficina? —
preguntó el Padre Sanders, sacudiendo su cabeza hacia mí.
—Eso no es necesario —dijo, dándome una última larga mirada antes
de levantarse y enfrentar al sacerdote—. Si está corto de hombres, seré un
portador del féretro y haré…
—Acababas de decir que no te quedarías para los servicios —
interrumpió el Padre Sanders.
—Parece que cambié de opinión —dijo Johnnie encogiéndose de
hombros.
—Entonces, ¿dirás unas palabras?
—No, pero creo que la señorita Alvarado se merece ese honor.
—¿Qué? No. Eso no sería aprop… —comencé a objetar.
—Silencio —dijo él, sacudiendo la cabeza—. Di la historia de la
ducha. A la gente le encantará esa.
—Johnnie, no puedo…
—¿Realmente quieres que no haya nadie allí de pie diciendo palabras
de despedidas?
—Pero él no es quien yo creí…
—Nena, era quien era. Todos conocen mi lado de la historia. Todos
conocen su propio lado. Nadie conoce el tuyo. Me alegra que fuera bueno
contigo. Y ellos también deberían saberlo. Así que diles.
Quise negarme, de verdad. ¿Cómo podía subir allí y decir cosas buenas
de un hombre que, en la mayor parte de su vida, no fue el que yo conocí y
quise? Pero entonces, ¿eso qué decía de mí? Se suponía que debía creer en
las segundas oportunidades, en la posibilidad de cambiar tu vida. Ese era
mi trabajo; ayudaba a la gente a comenzar de nuevo; los ayudaba a reparar
el daño que hicieron en los años que abusaron. Sería
hipócrita de mi parte sentirme tan diferente respecto a Ben ahora que
conocía una historia sórdida de él. Porque él reconoció sus errores e
intentó enmendarlos. Lo sabía porque siempre supe lo bien que se
comportó conmigo. Así que, tenía que pararme allí y decir esas cosas.
Necesitaba que la gente supiera que Ben Allen dejó la tierra hecho un
hombre diferente del que la mayoría de el os había conocido en vida. Le
debía eso por los años de amistad que le dio a esta solitaria reclusa.
—De acuerdo —dije, asintiendo hacia los hombres mientras me ponía
de pie.
—Está arreglado —dijo Johnnie al Padre Sanders, luego se giró hacia
mí—. Entonces, es hora.
—¿Hora? —repetí, frunciendo el ceño.
—Sí. Para el almuerzo. Vamos.
—¿Qué? Pero tengo que…
—Déjame invitarte a almorzar. —Terminó la frase por mí, tomando el
vaso de mis manos y, no es chiste, poniéndolo en manos del Padre
Sanders. Luego se estiró y tomó mi meñique con su meñique y empezó
a arrastrarme por el pasil o hacia la puerta principal.
Estaba tan sorprendida por el gesto que no pensé en poner objeciones
hasta que ya habíamos salido y estábamos en los escalones.
—Yo, eh, olvidé mi bolso —intenté estúpidamente.
—Así que no estás familiarizada con el concepto de una invitación a
almorzar, ¿eh? —preguntó, balanceando nuestras manos entrelazadas a
medida que caminábamos por la calle.
—Johnnie, en serio no creo…
—¿Que haya alguien en el mundo con quien prefieras compartir una
comida? Lo sé. Mierda, soy bastante fenomenal.
Me sentí sonriendo, pero sacudí la cabeza.
—Eso es muy molesto, sabes.
—¿Mi encanto? —preguntó, girándose hacía mi con un guiño.
—Que interrumpas mis frases —corregí.

—Pero las mías son mucho mejores que las tuyas.


—¿Cómo lo sabes si no me dejas terminar?
—Porque sé que te intrigo. Crees que soy interesante. Y sé que me has
imaginado desnudo. —Al oír eso, me ruboricé y él sonrío abiertamente—.
¿Ves? Ahora, como sé que te sientes así, también sé que harás todo lo
posible para impedirlo.
—¿Y por qué haría eso?
—Porque eres lista —dijo sencil amente, abriendo la puerta de la
cafetería, soltando mi meñique. La pérdida de contacto me entristeció
irracionalmente. Pensé que ya había terminado la charla, pero él se me
acercó por detrás mientras esperábamos a que la anfitriona (Carol, una
mujer de sesenta años que se movía a velocidad de caracol) se nos
acercara. Sus dedos rozaron mi cadera y su respiración me calentó la oreja,
haciéndome temblar cuando un escalofrío se disparó por mi cuerpo—. Y
las chicas inteligentes saben que yo solo traigo problemas.
Pero déjame decirte algo, ángel, valgo la pena el riesgo.
—¡Johnnie! —Lo saludó Carol, ignorándome por completo, cosa que,
por una vez, no me ofendió.
—Señora Carol. —Johnnie sonrió encantadoramente a medida que
tomaba la mano de la señora y se la llevaba a los labios, haciendo a la
madre de cinco y abuela de quince reír como una colegiala—. Hoy te ves
encantadora.
—Oh, basta —dijo ella sonriendo, golpeándole el brazo
juguetonamente mientras tomaba un par de menús—. ¿Dos?
—Sí, señora.
El a nos llevó a través del restaurante l eno a una mesa en el centro.
—Lamento lo de tu papá —dijo ella cuando nos sentábamos y ubicaba
los menús frente a nosotros en la mesa.
—Gracias —fue la respuesta sorprendentemente sobria de Johnnie.
—Bueno, Jennie será su mesera. Oh, es tan bueno verte —añadió
sonriendo, acunando su rostro entre sus manos durante un segundo antes
de irse.
—¿Qué? —preguntó Johnnie por encima del menú cuando vio mi
sonrisa.

—Esa cosa que tienes. Al parecer funciona en las mujeres de todas las
especies, ¿verdad?
—¿Esa… cosa que tengo? —repitió, aunque sabía perfectamente bien
a lo que me refería.
—Sí, y la escuché quejarse durante una hora por su pelea con Mary
Sue —interrumpió una voz detrás del hombro de Johnnie, l amando mi
atención. Era una mesa de chicos veinteañeros, todos en jeans y camisetas
con gorras de béisbol puestas—. ¿Y después de eso, la maldita perra me
dijo que éramos solo amigos? —preguntó al grupo, quienes explotaron en
apoyo de su pobre amigo sin sexo.
Sentí la furia subir por mi cuerpo, haciendo que mi piel hormiguee,
queriendo estirarme sobre la mesa y abofetear al muy imbécil. No solo por
usar la palabra con P, sino por asumir que ser amigo de una mujer era algo
tan terrible.
Johnnie inclinó la cabeza hacia un lado mientras me observaba antes
de retroceder en su silla de repente y girarla para estar de perfil a los
chicos de la mesa detrás de nosotros. Se estiró y tocó en el hombro al que
estaba hablando, haciéndolo girar ligeramente en su sil a para mirarlo.
—¿Qué?
—Las mujeres no entregan el coño por amabilidad —comenzó—.
Pensar que te deben algo por no ser un imbécil, te hace un imbécil.
Ella no es una perra porque no quiere tu verga, pero sí que eres un hijo de
puta por decirle perra a el a solo porque tiene algunos estándares que tú
obviamente no cumples.
—¿Y qué mierda sabes tú de nada? —preguntó uno de los más
valientes en la mesa.
—Acepten un consejo de alguien que se acuesta mucho más de lo que
todos ustedes podrían manejar, las mujeres saben cuándo lo único que ven
en el as son las piernas extendidas y una boca abierta. Si no comienzan a
actuar con inteligencia, pasarán mucho más tiempo siendo “solo amigos”.
—Hombre, no sé quién carajo te crees que eres… —comenzó el bocón,
plantando sus manos en la mesa y poniéndose de pie.
—Oh, oh, oh —dijo Johnnie, sacudiendo la cabeza—. No quieres hacer
eso.

—Vete a la mierda, imbécil. Voy a romperte la cara.


Santo cielo. Eran tipos grandes. Quiero decir, Johnnie no era un
flacucho, era alto y tenía cierta musculatura, pero esos imbéciles le
llevaban unos buenos diez kilos en músculos de ventaja. Además, eran
cuatro.
—¿No me oíste, marica? —preguntó, rodeando la mesa hacia Johnnie,
tomando el respaldo de su silla y reclinándolo sobre dos patas.
No lo vi ni encogerse por el movimiento repentino y juro que su mano
se movió tan rápido hacia sus jeans y después hacia arriba que fue un
borrón. Y esa era la única explicación, porque en un segundo estaba la
mano sola, y después estaba envuelta alrededor del mango de una gran
pistola plateada que tenía presionada contra la mandíbula del idiota. Era
un arma que reconocí. El arma de Ben.
—Te oí perfecto. ¿Me oyes tú a mí? —preguntó, amartillando el arma,
pareciendo totalmente relajado en la cafetería llena de gente.
—Sí… sí, hombre… te entiendo… —El otro tipo asintió, ya sudando
la gota gorda.
—Eso pensé. Ahora, te recomiendo que saques tu estúpido trasero
ignorante de aquí.
—Claro. Claro. —Asintió el otro, sus amigos ya de pie mientras él
volvía a dejar la silla de Johnnie en su lugar.
—Denle propina a la mesera —gritó Johnnie, volviendo a girar su silla
hacia mí mientras guardaba el arma en el escondite donde estaba antes.
Me dio una pequeña sonrisa, al parecer ya olvidando el incidente.
Mientras tanto, no podía parar de temblar internamente.
—¿Qué… qué fue eso? —pregunté, molesta que mi voz sonara
pequeña y asustada.
—Ese era yo enseñándole a esos idiotas que no pueden convertir en
una víctima a cualquiera que deseen.
—Le apuntaste con un arma en un espacio público —dije, sintiendo el
miedo desvanecerse, dando paso a la ira causada por la adrenalina
acumulada—. ¿Y si no se rendía tan fácil? ¿En serio ibas a arriesgarte a un
tiroteo en medio de un restaurante l eno?
—Cariño, sé cómo manejar un arma —dijo con un tono conciliador.

—Oh, sé todo de cómo te manejas con las armas —dije, apoyándome


en mi sil a y cruzándome de brazos. Cómo había logrado olvidar, al menos
por diez minutos quién era él, lo que era… bueno… eso me sorprendía
más de lo esperado.
Johnnie inclinó la cabeza a un lado, alzando una ceja.
—¿Qué crees que sabes?
—No creo que sé nada. Solo sé, así de simple. Tu padre me contó todo
de tus trabajitos.
Hubo una pausa embarazosa, un minuto largo donde la confusión
recubrió su atractivo rostro hasta que finalmente lo ocultó.
—Entonces, sabes que soy un francotirador.
—Se supone que los francotiradores disparan por su país, para proteger
a los ciudadanos inocentes. Tú, Johnnie, no lo romantices, eres un asesino.
No se inmutó. No reaccionó en absoluto. Era la persona más calmada
que jamás hubiera conocido, una cualidad que envidiaba y resentía por
igual.
—Disparan por su país, ¿eh? —preguntó, divertido.
—Es la definición correcta —dije, alzando la barbil a.
—Como tú digas, carita de ángel.
—Eres… imposible —dije, arrastrando mi silla, poniéndome de pie.
Pero su mano se apresuró a cubrir la mía, presionándola sobre la mesa
—.
Suéltame, Johnnie.
—Sienta tu lindo trasero y almuerza conmigo, y trata de mantener tu
temperamento bajo control.
—¿Quién te crees que eres para decirme qué hacer con mis
sentimientos?
—Alguien que los comprende mejor que tú —replicó encogiéndose de
hombros.
—¿Cómo podrías conocer mis propios sentimientos mejor que yo?

—Porque yo no soy el que tapa todo con enojos porque es más fácil.
—¿Fácil? —pregunté, sintiéndome tensarme porque él tenía razón;
tenía mucha razón.
—Siéntate —dijo, pasando sus dedos por mi mano y apretando antes
de soltarme.
—¿Por qué debería hacerlo?
—Porque, nena, quieres saber lo que tengo que decir.
No estaba equivocado. Por mucho que me hiriera el orgul o, me volví a
sentar y acerqué mi silla.
—Lo que hiciste con el arma… fue súper increíble —dijo Jennie, la
mesera de dieciocho años, rubia, de ojos azules, antigua porrista
seguramente, cuando se acercó a nuestra mesa con su terrible uniforme
amaril o, y un anotador en las manos.
Mi mirada pasó de la tonta admiración de Jennie, a Johnnie quien le
estaba sonriendo de forma que me hizo sentir cosquillas, y ni siquiera
estaba dirigida a mí.
—Gracias calabacita —dijo—. Creo que beberé un té frío, dado que
alguien —dijo acusatoriamente, asintiendo hacia mí—, hizo un poco ayer
y no me dejó probar ni una gota.
Jennie me miró directamente, y me descartó rápidamente.
—¿Y para ti?
—Un té caliente. Sin leche —aclaré. Hacía un calor infernal afuera,
pero me sentía inestable y el té siempre lograba calmarme.
—Volveré enseguida con sus bebidas —le dijo a Johnnie con una
sonrisa enorme antes de irse, asegurándose que su trasero se meneara
provocativamente al hacerlo aunque Johnnie no la estaba mirando. Eso me
causó un placer ligeramente extraño. No la estaba mirando, porque tenía
sus ojos en mí.
—¿Y quién era? —preguntó, moviendo su menú a un costado.
—¿Quién era qué?
—¿Era mamá o papá quien bebía?
Cielos. Era bueno.

—Mamá —respondí con sinceridad.


—¿De verdad? Habría apostado que papi.
—¿Por qué?
—Porque, bomboncito, todo tu ser grita que tienes “problemas de
papi”.
—¿Qué? ¡No es verdad! —Era tan, tan cierto.
—Claro que sí. Por eso te aferras tanto a mi viejo. Por eso sientes que
debes mantener el firme control de lo que sucede entre nosotros.
—No sucede nada entre nosotros —repliqué.
—¿Ves? Eso mismo —dijo y sonrió—. Sabes que aquí pasa algo —
dijo, señalando el aire entre los dos—. Y eso te asusta horriblemente, de
modo que intentas ser sarcástica y pelear cada vez que puedes. Es más
fácil estar enojada conmigo, incluso si es un enojo superficial basado en
nada, que admitir que me deseas.
—En serio piensas muy bien de ti mismo —dije, aferrándome a la
única parte de su frase a la que podía.
—Mírame a los ojos y dime que me equivoco —presionó.
Mis ojos se alzaron desafiantes a los suyos y abrí la boca, pero no pude
decirlo. No era una gran mentirosa, y eso sería exactamente lo que estaría
haciendo si le decía que estaba equivocado.
Oh, demonios. Estaba metida hasta el fondo.

Traducido por Danny Lowe y VckyFer Corregido por LizC

a la tenía.

Estaba allí mismo en sus ojos somnolientos luciendo Y de repente tan


amplios; su boca se abrió ligeramente sin que saliera ningún sonido. No
estaba mintiendo cuando entré en su apartamento y le dije que la entendía.
Lo hacía. Estaba cubierta de espinas que l evaba como un escudo para
impedir que alguien viera lo que había debajo: una mujer que era suave y
dulce lo suficiente como para pintar las paredes de su salón de un morado
pastel y mantener una pequeña colección de intrincados globos de nieve
exhibidos en un lugar de honor. Estaba tan asustada de que alguien la
viera, de entenderla que no parecía haber hecho ninguna conexión en el
pueblo excepto con mi padre. Nadie le sonrió ni saludó cuando caminamos
por la cal e; nadie la saludó en la cafetería cuando entramos.
Era una extraña, una forastera. Y yo conocía a estas personas lo
suficiente como para saber que la habrían aceptado si se esforzara; de
modo que solo quedaba la razón de que nunca lo intentó. Mantuvo
distancia de todos.
Excepto papá.
Las mujeres normales de su edad no se hacen amigas de sus vecinos
borrachos de edad avanzada. Las mujeres normales de su edad
encontrarían la idea espeluznante, asumiría que la única razón por la
que un hombre así la ayudaría a arreglar su ducha sería porque quería
meterse en sus pantalones. Y a juzgar por la forma en que se vio
sorprendida cuando insinué que se enrol aba con mi viejo, sugería que la
idea de tal cosa nunca había pasado por su mente.
Malditos problemas de papi.
Había muchos tipos de problemas de papi. Estaban las chicas que
buscaban el amor que nunca recibieron de sus padres en cada hombre que
cruzaban sus caminos. Eran la clase de mujeres que van a la cama contigo
después de l amarlas bonitas y decirles que tenían mucho potencial en la
vida. Pero Amelia no era de esa clase. Amelia era de la clase que veía a los
hombres como ríos intensos y sabía que si no era una nadadora fuerte,
jamás sería capaz de mantener su cabeza por encima del agua. Así que
mantenía a los hombres que pensaba como una amenaza a distancia
intentando ser lo más desagradable posible. Y, para el a, yo era como una
señal de advertencia intermitente.
El problema era que, no era tan fácil de parar. Y estaba jodidamente
interesado. Era diferente. Había conocido a muchas mujeres en casa.
Disfruté de todo tipo de amigas divertidas que tenía alrededor para que
me importe una mierda por aquellas que a duras penas podían mirarme
a los ojos durante las primeras horas. Profesionalmente, trabajaba con las
perras más malas de la costa este, cada una de el as fuerte como el acero.
Ninguna de el as había sido capaz de seguir pateándome de nuevo en mi
lugar de la manera en que la castaña bombón de ojos marrones al otro lado
de la mesa podía. Me gustaba eso.
Estaba intrigado por eso.
De acuerdo. Así que, tal vez solo estaba buscando una distracción.
Estaba ansioso por salir de este maldito lugar desde que mis
neumáticos cruzaron hacia el pueblo el día anterior. Desde un extremo del
pueblo al otro, no tenía más que malos recuerdos. Cada centímetro del
lugar estaba envuelto con los fantasmas de mi pasado. Cada persona me
miraba y sabía quién solía ser. Todos sabían de los moretones que solían
marcar mis antebrazos. Todos conocían la apariencia de mis costillas
sobresaliendo de mi torso. Todos recordaban las peleas que solía elegir
cuando era un adolescente, la ira fuera de lugar arremolinándose a mí
alrededor como veneno, haciéndome estrellar mis puños contra cualquiera
que se atreviera a mirarme mal.
Era el peor sentimiento posible para alguien que pasó su vida
asegurándose que nadie supiera sobre su pasado. Me había vuelto muy
bueno al convencerme incluso a mí mismo que ya no era Johnnie Walker
Al en. Era solo Shooter. Era un hombre con una pistola y un dedo listo en
el gatillo. Era el chico con el que salías por cerveza y se iba con la chica
más caliente en el lugar. Era alguien demasiado relajado e imprudente para
cosas como arrepentimientos y puntos débiles.
Estar en mi pueblo natal me quitaba todo lo que había creído sobre mí.
Y analizar a Amelia era una manera fácil para mí no tener que girar
ese lente sobre mí.
Ahora, si agregamos el hecho de que ella era la cosa más hermosa que
hubiera visto nunca en mi vida, sí, estaba interesado.
Demonios, quería pasar más tiempo con el a, lo suficiente como para
de hecho aceptar quedarme para el maldito funeral de mi padre. Eso
sumaba dos días más. Teniendo en cuenta que tenía toda la intención de
estar en un avión de regreso a Navesink Bank justo en ese momento, era
un gran asunto. Ahora bien, si podía l evarla hasta el punto de no estar
constantemente tratando de mantenerme a distancia, sería genial.
—No estás equivocado —admitió después de la pausa más larga
posible, una pausa que fue lo suficientemente larga para que la camarera
volviera y dejara nuestras bebidas, dándome una sonrisa que sugería que si
quería conocerla después de su turno, estaría muy dispuesta. Era linda y
coqueteaba conmigo de una manera muy superficial tipo: “no tenemos el
gusto de personas como tú alrededor de estos lugares”. Pero era demasiado
joven y demasiado ansiosa. No, aparentemente prefería quedarme atrapado
en las zarzas de Amelia.
Cristo, ¿cuándo me volví tan masoquista?
—Entonces, ¿podemos dejar desde ahora toda esa mierda de “lo deseo,
pero no quiero que sepa que lo deseo”?
El a puso los ojos en blanco, dejando escapar una larga exhalación que
sonó sospechosamente similar a un suspiro.
—Creo que eres encantador, Johnnie. Lo admito. Pero eso es todo.
Nada va a salir de esto.
—¿Por qué no?
—Uno, porque apenas te conozco. Dos, porque incluso si quisiera
llegar a conocerte, te irás de aquí dentro de unos días. Y tres, simplemente
no estoy interesada.
—Bueno, dos de esas son ciertas —dije, dándole una pequeña sonrisa.
—Las tres son ciertas —insistió, pero carecía de la convicción que
quería que tuviera.
—¿Qué harías si te besara ahora mismo?
Su cabeza se echó hacia atrás casi violentamente, sus ojos abriéndose
de par en par a medida que miraba a nuestro alrededor.
—No harías eso.
—¿Ah, no? —pregunté moviéndome para levantarme ligeramente e
inclinarme sobre la mesa. Sus ojos se clavaron en los míos y su
respiración se tornaba superficial mientras sus labios se abrían
ligeramente. Sentí que las comisuras de mis labios se alzaron—. Tienes
razón —dije, dándole un golpecito en la nariz antes de acomodarme en mi
asiento—. Cuando te bese, ángel, quiero que sea en privado. Quiero que
estés completamente
cómoda para poder besarte lenta y profundamente, y escuchar los
pequeños murmul os que haces en la parte posterior de tu garganta.
Tragó fuerte una vez, dos, tres veces antes de sacudir la cabeza.
—No hago eso —dijo en un tono aireado y supe que había estado
fantaseando con mis brazos alrededor de el a, abrazándola fuertemente
mientras
la
besaba
hasta
hacerla
temblar—.
Y
querrás
decir “si” no “cuando”.
—¿Ah, no? —pregunté con un guiño antes de girar mi atención a
Jennie que estaba de vuelta para tomar nuestro pedido. No necesité mirar
el menú. Una mirada rápida y me di cuenta que era exactamente el mismo
que había sido cuando dejé el pueblo. Así que ordené el sándwich BLT con
una ración de aros de cebol a.
Amelia ordenó un sándwich de queso a la parril a y retuvo una sonrisa
cuando Jennie se alejó.
—Bueno —dijo el a hacia mi mirada de inquisitiva—, eso lo resuelve.
—¿Resuelve qué?
—Definitivamente no vas a besarme después de comer aros de cebol a
—dijo, dejando escapar la sonrisa y el efecto fue tan impresionante que mi
pecho se sintió apretado. No parecía ser el tipo de persona que encontraba
motivo para sonreír a menudo, pero mierda si el resultado de una no era
como una patada a las bolas.
—Cariño, podría ir a todo Shrek con un asqueroso aliento a cebol a
cruda y aun así me dejarías besarte.
—Eres tan ridículo —objetó y de repente, ya no había nada de la
frescura en su tono.
Nuestra comida l egó unos minutos más tarde y comimos en silencio
sociable. Muy lentamente, me l evé un aro de cebol a hasta mi boca e hice
todo un espectáculo al comerlo, haciendo que una risita sorprendente
escape de entre sus labios.
—Tengo que volver al trabajo —dijo a medida que dejaba algo de
dinero en la mesa—. Ya me he ido demasiado tiempo.
—El Padre Sanders parece tener un rencor contra ti, así que se joda.
Dejó escapar una risa sin humor.

—No soy solo yo. No le gustan las mujeres de por aquí.


—Sí bueno, es difícil ser amable con las mujeres que quieres, pero no
puedes, meter tu pol a en ella.
—Oh por amor de Dios, Johnnie. ¡Es un sacerdote! —objetó, sonando
solo medio indignada a como quisiera.
—¿Me lo perdí? ¿Acaso ahora comenzaron a castrar al clero? —
pregunté mientras la acompañaba por la puerta principal—. Porque si no,
todavía tiene pol a y el impulso de usarla, sin importar lo cerca que esté de
Dios.
El a me dio un pequeño encogimiento de hombros y supe que quería
encontrar una razón para discutir conmigo sobre mi punto, pero no tenía
nada. Tal vez era porque sabía que ya no tenía buenas razones para fingir
que me odiaba; o tal vez porque no sentía el impulso de proteger a un
hombre que obviamente no le gustaba.
—Vamos, te l evaré de vuelta —dije, pasando un dedo por debajo de la
correa de su vestido de verano antes de dejarla caer por su brazo
desnudo. Su cuerpo entero se tensó y, a pesar del maldito aire caliente
fuera, la piel de gal ina se extendió en su piel.
—No, en serio. Está bien. Puedo ir sola —dijo, alejándose de mi toque
—. Gracias por el almuerzo. Y, um… gracias también por poner a esos
idiotas en su lugar. Odio esas cosas machistas descerebradas.
—Me di cuenta —dije con una pequeña sonrisa.
El a comenzó a alejarse, pero se dio la vuelta.
—¿Realmente lo dijiste en serio?
—¿Decir en serio qué, cariño?
—Lo que les dijiste. Como… lo de “solo amigos” siendo absurdo y las
mujeres significando más que piernas extendidas y una boca abierta.
—Maldita sea, por supuesto que lo dije en serio —respondí de
inmediato, hablando con seriedad—. Nena, me gustan las mujeres. No solo
me gusta la forma en que pueden chuparme la verga o montarme. Me
gusta todo el paquete. No todos los hombres son así de idiotas. Ni siquiera
los perros cachondos, Casanovas, mujeriegos, Don Juan, gigoló y
prostitutos como yo.

Su expresión decayó ligeramente.


—Acerca de eso —empezó a decir, incapaz de encontrarse con mis
ojos—. No era mi intención…
—Te estaba molestando, cariño. Me gusta una mujer que es lo
suficientemente segura como para ponerme en mi lugar de vez en cuando.
Ahora vuelve al trabajo. Te veré por ahí.
El a asintió y se dio la vuelta, sus movimientos casi torpes y no pude
evitar reír a medida que la veía irse.
—Es la chica más bonita del pueblo, pero no nos da ni la hora del día
—dijo una voz detrás de mí—. Y hombre, créeme, algunos nos hemos
esforzados realmente intentando conseguir su atención. Estás de regreso
en el pueblo por un día y la sacaste a almorzar y la deslumbraste tanto que
tropieza con sus malditos pies alejándose de ti. —Su voz sonaba divertida
y burlona, y me volví para encontrar un rostro familiar.
—De ninguna jodida manera —dije, sacudiendo mi cabeza, una sonrisa
extendiéndose por mi rostro—. ¿Nunca saliste de este jodido lugar, Dade?
Él se veía diferente. Por supuesto que lo hacía; no había visto su cara
desde que teníamos quince. Cuando me fui, aún era puros brazos y piernas,
desgarbado y esquelético a pesar de que comía suficiente comida para
alimentar a toda una villa. Ahora como un hombre, era algo como un
metro noventa de sólido músculo. Su rostro lucía robusto, su afilado
mentón estaba cubierto con una ligera barba rubia que combinaba con el
corte casi al ras en su cabeza. Sus ojos azules claros, tenían pequeñas
arrugas a los lados, sin duda, de entrecerrarlos todo el día en el sol.
—No, hombre. Papá enfermó, ya no podía trabajar. Me encargué de las
cosas en el rancho. Quedé atascado. Pero mierda, nunca pensé que te vería
de nuevo. —Su voz mostraba un indicio de emoción que me hizo sentir un
jalón en mis adentros.
Dade era la única persona que tenía en este maldito pueblo. Él era el
único que vio a través de mis tendencias insolentes y pensó que me veía
como un buen amigo. No estaba equivocado. Teníamos un vínculo que
muchas personas nunca logran conservar. Eso fue hasta que me fui una
noche cuando tenía quince y nunca le dije ni una palabra a nadie en el
pueblo, incluyendo a mi único amigo en el mundo.

—Dios, soy un maldito desgraciado —dije, negando con mi cabeza


hacia él mientras en su rostro se extendía una sonrisa despreocupada.
—Sí, eres eso —acordó con un encogimiento de hombros—. No creíste
que te recriminaría eso, ¿verdad? Sabiendo con toda la mierda que
estuviste lidiando con ese viejo hombre tuyo, imposible.
—Aun así, fue un movimiento de mierda. Debí haberme puesto en
contacto. Al menos dejarte saber que estaba vivo.
—Eso hubiera sido considerado de tu parte. Pero la mierda sucede,
¿sabes? Son cosas del pasado y todo eso. Seguir adelante… ¿cómo
demonios hiciste para que el a te sonría de esa forma?
—Siempre estuviste celoso de todas las chicas que conseguía —dije
con una sonrisa.
—Nunca he conocido a alguien al que todo el pueblo le disgustara por
completo pero de alguna manera hiciera que se caigan todas las bragas.
—Hombre, no era mi culpa que fueras tan jodidamente feo.
—Jódete —dijo él, golpeando mi hombro en una vieja y familiar
forma—. Ahora me va muy bien. Excepto con Amelia. Todo hombre que
lo ha intentado, ha fracasado. Incluso el rico idiota que es dueño del
edificio donde vive.
Intenté mantener mi tono casual.
—¿Rico idiota? —Mi pueblo natal tenía un par de familias adineradas,
aquellas que vivían en las grandes y viejas casas en las afueras del pueblo.
Pero todos eran tan viejos como la mugre.
—Sí. El tipo se mudó por aquí hace como dos años. La vio, y comenzó
meter sus narices. Sale con él de vez en cuando. Pero creo que es más para
quitárselo de encima que por interés genuino. La l eva a lugares elegantes
fuera de la ciudad y luego la acompaña a casa. Dicen que él nunca ha
estado en su apartamento. Por qué demonios el pobre y jodido idiota sigue
intentándolo, me sobrepasa.
—La has visto —dije distintivamente, ni siquiera gustándome decirlo.
Era cierto, era hermosa, pero era más que eso. Era el paquete
completo.
No hacía falta decir que no era el único hombre que veía que el a era
más que solo su aspecto—. Entonces, ¿qué tal la vida? ¿El rancho? ¿Tu
madre?

—El rancho está bien. Obteniendo más beneficios que nunca una vez
que saqué el lugar de la era de piedra y puse una página web y toda esa
mierda. Mamá está bien. Aún está tomándose la muerte de mi padre un
poco dura…
—Hombre, maldición… —medio gemí, sintiéndome como el idiota
más grande del mundo—. Lamento lo de tu viejo. No tenía idea.
—Han pasado cinco años —dijo, balanceando su mano como si fuera
agua debajo de un puente. Se detuvo un minuto, viendo al otro lado de la
calle antes de que su mirada se encuentre con mi rostro una vez más—. Es
realmente bueno verte, Johnnie. Siempre me pregunté en dónde
terminaste.
—Un poco en todas partes. Viajo por trabajo. Pero vivo en Jersey. Me
conseguí una buena vida.
—Hombre, si alguien merecía una buena vida, eres tú por todo lo que
pasaste…
Sentí que me encogía de hombros.
—Fue hace mucho tiempo —dije, sabiendo que no nos estaba
engañando a los dos. Había algunas heridas metafóricas que nunca sanaron
completamente, no como las literales, como el ardor profundo que aún
siento en mi brazo derecho cuando l ueve de cuando mi papá lo agarró y lo
jaló hasta que se rompió.
—Mira, tengo que regresar al trabajo, pero tú y yo, tenemos que
tomarnos un par de cerveza antes de que te vayas de aquí.
—Por supuesto —concordé, y estrechó mi mano con fuerza mientras
me daba palmadas en el brazo, antes de girarse hacia su gran camioneta
roja de último modelo.
Odiaba admitirlo, incluso para mí mismo, que Dade había sido un
recuerdo borroso para mí por un largo tiempo. Tanto tiempo había pasado;
tanta mierda había sucedido. Pero en aquel os tiempos, él era el único
confort que había tenido cuando mi padre estaba de juerga y veía mi joven
cuerpo como un saco de boxeo y mi abuela me diría cuando aparecía en su
puerta, asustado y hambriento, que mi lugar estaba en casa con mi padre.
La casa de Dade fue la única que me aceptó, me dejó entrar y me dio una
buena comida, luego me enviaba de regreso con la luz de día cuando mi
padre ya sea que estaba durmiendo por su
borrachera o en su trabajo siendo el dolor en el trasero de alguien más.
Él fue el único que no me vio con lástima cuando veía los golpes y los
moretones. Fue el único que intentó tomar al pequeño extraño y hacer su
vida razonablemente mejor.
Pero la noche en que me fui, le di la espalda a todo lo de Johnnie
Walker Al en. Desde ese día, él dejó de existir. Sus recuerdos fueron una
cosa que enterré bien profundo y me dije que nunca las desenterrara. Con
esos recuerdos se fue Dade.
Primero, porque no había tiempo para preocuparse por personas aquí
en casa. Solo había tenido un manojo de dinero y ninguna forma de ir de
un lugar a otro. Estaba asustado y hambriento constantemente. Pero esas
eran cosas a las que estaba acostumbrado, así que seguí adelante.
Hasta que me encontré durmiendo contra la pared de un edificio un día
solo para despertarme por alguien pateándome los pies.
Esa persona terminó siendo Breaker. Y ese día comencé a ser alguien
otra vez. Era Shooter. Era el mejor amigo de Breaker. Era su compañero.
Era un miembro valioso. Ya no era un marginado o un lugar para sentir
lástima.
Así que mi pueblo, mis recuerdos, mi viejo mejor amigo… se sintieron
lejanos junto a todo lo demás y todos los demás con los que los reemplacé.
Eso me hace sonar como un jodido egoísta, pero Dade tenía razón
cuando dijo que si alguien merecía una buena vida, ese era yo. Y no me iba
a quedar todo el día fuera de la cafetería sintiéndome culpable por haber
tomado una decisión para mí. Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir,
para seguir adelante, para sacarme de una situación de mierda.
Así que iba a quedarme en ese curso.
Pero también iba a tomar un par de cervezas con mi viejo mejor amigo
antes de que dejara el pueblo una vez más.

Regresé al apartamento después de pasar algo de tiempo completando


los arreglos de mi padre y manejando por viejos caminos, destrozándome
el cerebro pensando en cómo era que mi padre sabía de mi trabajo. Nadie
sabía de mi trabajo excepto los amigos más cercanos y
otras personas en el negocio. Aún si él estuvo fisgoneando, no sé cómo
llegó hasta esa información.
Pasé la noche antes de destrozar todo el lugar de mi padre, buscando
algo que no podía nombrar, algo incriminador, algo para contradecir la
historia que Amelia me había contado: que estaba sobrio, que fue bueno
con el a, que cambió su vida. Miré entre las ropas. Busqué tablas flojas.
Giré los muebles. Al final, no encontré nada. No habían botellas de licor
guardadas en ningún lado, nada de nada excepto el arma que había
levantado y puesto en mis jeans, nunca sintiéndome bien sin tener una.
Dormí en el sofá incluso aunque había quitado las sábanas y arreglé la
cama, demasiado incómodo con la idea de compartir el espacio con el
fantasma de mi padre. El aire acondicionado estaba encendido y sirviendo
después del viejo truco de un par de golpes y maldiciones muy masculinas.
Comenzó a funcionar, barriendo con el calor y haciendo que mi humor sea
un poco menos irritable.
—Hola, Mills —saludé a la gata mientras ella se frotaba contra mis
piernas, ronroneando a modo de bienvenida—. ¿Qué demonios voy a hacer
contigo cuando tenga que regresar a casa? ¿Quieres salir de este
maldito pueblo? —pregunté, estirándome para poder levantarla—. Te
llevaré si prometes no arañar mis cosas —dije, avanzando hacia el baño y
abriendo el grifo de agua fría. Solté a Millie y me quité toda la ropa, y
esperé que bajo el chorro frío lograra dos tareas a la vez: borrar el sudor
del jodido e insano calor con el que todos los demás parecían no tener
problemas, y apaciguar el jodido peor caso de bolas azules que jamás
había tenido.
No es que nunca antes hubiese sido rechazado. Me gustaba clamar que
era irresistible y mi récord ciertamente amparaba esa mierda, pero me he
topado con mujeres que me vieron venir desde kilómetros de distancia y
me rechazaron sin ninguna pausa. Había deseado a mujeres que no había
podido tener. Pero nadie nunca me había puesto tan duro como lo había
logrado Amelia al escupirme fuego, al pincharme con sus espinas, al
darme su rara sonrisa, su risa suave, con solo jodidamente… existir.
Así que me estiré, tomando mi pene en la mano y lo acaricié con
fuerza, intentado calmar parte de la frustración que tenía mis bolas
sintiéndose como si hubieran estado en una prensa todo el día.
Dos días. No era mucho tiempo. Bueno… usualmente solo me llevaba
un par de minutos, como mucho… un par de horas. No era que
viera como un problema meterla en mi cama, era intentar salir de esa
cama y seguir adelante como si nada. Cosa que era un jodido territorio
totalmente nuevo para mí. Seguro, había tenido un par de mujeres aquí y al
á que habían necesitado una buena repetición o dos o cinco. Pero era una
necesidad superficial, solo cuerpos que conectaron bien. Eso no era lo que
estaba sintiendo con Amelia. Se sentía como algo más. Se sentía como si
quisiera meterme a la cama con ella y fol ar hasta que los dos quedáramos
casi inconscientes, luego permanecer acostado con ella y hablar sobre
mierdas… de nuestros pasados, nuestros presentes, nuestros futuros.
No quería solo fol ar con el a.
Quería pasar tiempo con el a.
Quería conocer más que las finas fibras de las telas de sus sábanas o la
curva de su cadera desnuda. Quería saborearla, y no solo la sal de su piel.
Quería una dosis profunda del sabor agridulce de sus esperanzas y sueños.
Quería emborracharme en su maldita honestidad. Quería tocar los cálidos
y mojados ríos de sus memorias. Quería escuchar el murmullo amargo de
sus lamentos. Quería conocer el olor de su felicidad. Luego quería
enterrarme en lo profundo de sus paredes y envolverla tan fuerte
que el a nunca vuelva a sentir la necesidad de tener que protegerse a sí
misma otra vez.
Y todo eso, bueno, no iba a pasar en dos días. No iba a pasar en dos
semanas, dos meses o dos años.
Pero, de alguna manera, aun así lo quería.
Lo quería de la misma forma en que quería tomar mi próxima
respiración; la forma en que quería compartir de nuevo una broma con
Breaker; la forma en que quería bromear con Alex; la forma en que quería
enmendarme con Dade.
Lo quería con tanta seguridad que iba más al á de algo casual.
Y, bueno, esa era la jodida cosa más aterradora de la que me haya dado
cuenta en mi vida.

Traducido por Addictedread y Beatrix85


Corregido por LizC

e sentí lánguida después del almuerzo. Volví a mi oficina


y me senté en mi escritorio, rebuscando entre los M formularios que
necesitaba completar para seguir recibiendo fondos estatales para el
programa. Ya sabes, los formularios que me mantenían empleada. Pero no
podía concentrarme. Miré las páginas el tiempo suficiente para que las
palabras comenzaran a nadar y resultaran ilegibles. En una frustrada
rabieta, recogí los papeles y los arrojé en mi cajón superior, apoyando los
codos en la superficie de mi escritorio y sosteniendo ambos lados de mi
cabeza entre mis manos.
No quería gustarle, ni siquiera después de descubrir que él tenía buenas
razones para estar enojado y rencoroso con su padre. No quería dejarlo
entrar. Y me di cuenta, con una claridad que hizo que el almuerzo en mi
estómago se revolviera, que aparentemente no tenía opción en el asunto.
Él encontró una grieta y se deslizó en el a. También sabía el momento
exacto en que ocurrió: cuando me habló sobre sus dientes de leche. No
pude evitar pensar en un Johnnie joven, esos grandes ojos verdes en la cara
de un niño pequeño, sangre saliendo de su boca y Ben apartándose
enfurecido de las heridas de su hijo para ir a enterrar el recuerdo en el
fondo de una botella.
¿Qué decía eso de mí, que me gustaba alguien por sus traumas?
Una parte de mí susurró que eso decía que tenía algún trauma propio,
pero ignoré esa voz.
La atracción, bueno, eso era un problema. Él era caliente. Y además de
ser caliente, era el mejor embaucador que había encontrado. Solo había
tanta resistencia que una mujer podía convencerse que necesitaba
demostrar. Lo deseaba. Lo quería como nunca antes había deseado a un
hombre. Pero eso no significaba que planeara ceder. Bueno. Si él me
hubiera besado en la cafetería, bueno, me habría rendido. Pero estaba muy
exaltada cuando puso a esos imbéciles en su lugar y con su habilidad de
ver directamente a través de mí. Ahora, con un poco de espacio, estaba
viendo más claramente.
Porque, bueno, era un maldito asesino. ¡Él mata a personas para
ganarse la vida!
Por lo tanto, incluso si realmente lo deseara, era la opción menos
apropiada.
No necesitaba involucrarme en ese tipo de oscuridad. Mi vida
finalmente estaba libre de la oscuridad. No iba a caer en eso
voluntariamente otra vez. Y, bueno, iba a irse en un par de días. No era del
tipo de mujer de una noche o dos. Así no era como estaba programada.
No me iba lo casual. Por otro lado, tampoco me iba lo complicado. En
realidad, no me iba nada con los hombres.
—Aaarrgg —gruñí, agarrando mi pelota de estrés con forma de globo
terráqueo y arrojándola contra la pared.
Entonces, hice algo que nunca antes hice: tomé mi bolso y salí del
trabajo temprano. Verán, me gusta trabajar. Me gustaba saber que tengo un
propósito. Me gustaba concentrarme en cualquier cosa que no sea mi
apartamento vacío en el que pasaba mucho tiempo limpiando como una
aficionada con trastorno obsesivo compulsivo, porque literalmente no
tenía nada más que hacer con mi tiempo. Tan trivial y aburrido como
puede ser a veces el papeleo, era algo que hacer. Llevábamos a cabo cuatro
reuniones a la semana, yendo en contra de mi creencia de que
necesitábamos tener una cada noche de modo que las personas pudieran
completar adecuadamente su proceso de recuperación.
¿Cómo se suponía que la gente del pueblo hiciera sus noventa
reuniones en noventa días, si no ofrecíamos ese servicio? Pero,
desafortunadamente, eso no dependía de mí. Eso le correspondía al Padre
Sanders. Y el Padre Sanders creía que dos reuniones semanales para
alcohólicos y dos reuniones semanales para narcóticos eran más que
suficientes.
Esa noche era la primera reunión de alcohólicos anónimos desde que
murió Ben. Iba a ser duro, para mí y para las personas del grupo. Si alguna
vez hubo un día para irme temprano y recomponerme, era éste.
Intenté alejar la irrazonable punzada de culpa cuando subí a mi auto y
me dirigí al apartamento.
Me detuve por escasos segundos fuera de la puerta de Ben… de
Johnnie. Está bien. Me detuve por al menos un minuto antes de
espabilarme y permitirme entrar en mi propia casa. Caminé alrededor
inquietamente, de la cocina a la sala de estar, de la puerta corredera al
balcón. Al otro lado de la pared, no había sonidos de Johnnie. Si no
hubiera visto su auto fuera cuando me detuve, habría asumido que no
estaba por aquí, dado lo fuerte que parecía hacer cualquier cosa que
hiciera. No estaba completamente segura lo que me poseyó para hacer
esto, tal vez una disculpa por ser tan antipática con él o tal vez solo por
excusa para tener un encuentro con él en un futuro próximo, me moví a la
cocina y saqué mi jarra más linda y eché la mayor parte del contenido de
mi té dulce en él. Tomé algo del pan de banana que había horneado el día
anterior y lo apilé en un plato, lo envolví en plástico y me dirigí al pasil o.
Estaba medio inclinada en el suelo, donde planeaba dejar el plato y
la jarra, cuando la puerta se abrió, haciéndome chillar y casi perder el
equilibrio. Mi cabeza se alzó de golpe a medida que me enderezaba para
ver a Johnnie de pie ahí con sus zapatillas de suela gruesa y jeans oscuros,
pero sin ninguna camisa. Repito: no tenía camisa. Y cualquier fantasía que
hubiera evocado en mi cabeza sobre cómo se vería debajo de su ropa,
bueno, quedaron tan cortas que era cómico. Sus tatuajes no solo
serpenteaban sus brazos y atravesaban su pecho. No, sus tatuajes cubrían
cada centímetro desnudo de piel desde su garganta hasta la pretina de sus
jeans. Habían imágenes brillantes y coloridas, que supe instantáneamente
que podría pasar horas estudiándolas, tratando de memorizar cada línea,
pasando mis dedos por los fuertes músculos que estaban debajo.
—Hola, ángel. —Su voz sonó ligera, baja, casi… suave. Mis ojos se
dirigieron hacia los suyos, viendo el diminuto rastro de una sonrisa en sus
labios y calidez en sus ojos. Oh, Dios. Él definitivamente me pilló
echándole un vistazo. Genial. Eso era simplemente maravil oso. Iba a
darse un festín con eso—. ¿Es para mí? —dijo en cambio, su tono todavía
suave.
—¿Qué? Oh… —dije, mirando mis manos tontamente—. Sí. Mmm…
una disculpa por tener tan malos modales ayer —añadí, presionándolos
hacia él para intentar hacer que tome las cosas, de modo que pudiera
regresar corriendo a mi apartamento y arrojarme en mi cama
completamente humillada. Pero sus manos no se estiraron. En su lugar,
retrocedió unos pasos para dejar espacio en la puerta, una invitación
silenciosa a entrar—. Voy a dejar esto en la encimera. En verdad tengo que
irme… —Así podía, ya sabes, l amarme a mí misma con un montón de
nombres horribles en privado.
La puerta sonó cuando bajé los artículos y me di cuenta de mi error al
darle mi espalda. Porque en un momento, estaba al otro lado del
apartamento frente a la puerta, y al siguiente toda su parte delantera estaba
pegada contra mi espalda. Su mano se deslizó alrededor de mi vientre,
enviando una ráfaga de deseo a través de mi sistema, instalándose con una
pesada sensación en mi vientre bajo. Su otra mano se movió para acariciar
mi corto cabello a un lado de mi cuel o y pude sentir su cálido aliento ahí.
—¿Qué estás haciendo? —susurré, mis manos aferrándose con fuerza a
la encimera.
—Te doy las gracias —respondió del mismo modo y sentí su nariz
frotar justo debajo del lóbulo de mi oreja.

La alarma de advertencia estaba explotando en mi cerebro: peligro,


peligro, peligro. Y a pesar del repentino deseo pulsando entre mis piernas,
supe que necesitaba escucharla. Tenía que alejarme de él porque estaba a
segundos de ceder.
—De nada —dije sin aliento, girando fuera de su agarre y
prácticamente corriendo lejos de él a través del apartamento, lejos de la
necesidad de volver directamente a él para suplicarle que me diera las
gracias en cada forma traviesa, pervertida y sucia que pudiera.
Mi mano estaba en el pomo de la puerta cuando su mano se enganchó
en mi muñeca. Lo usó para darme vuelta, agarrando mi otra muñeca y
empujando ambas sobre mi cabeza, sujetándolas contra la puerta detrás de
mí. Su cuerpo empujó hacia delante y presionó el resto del mío entre la
puerta y él. Sucedió más rápido de lo que podía exhalar una respiración y
cada milímetro de mi cuerpo se sintió de repente como si estuviera
zumbando.
—Johnnie… —Mi voz sonó como una súplica, pero si era para que él
me soltara o para que me besara de una vez, bueno, eso era sujeto de
debate.
—¿Primero te comportas tan feroz, nena, y entonces vienes aquí con
productos horneados, siendo toda dulce y pensaste que podrías salir de
aquí sin que te bese? —preguntó y, de lo cerca que estaba, pude ver la
pequeña bola plateada del piercing en su lengua y me pregunté qué sentiría
si provocara mi lengua y, bueno, otras cosas.
—Es una mala idea… —objeté, pero fue poco entusiasta. En realidad,
fue más bien como una tercera o cuarta parte de entusiasta.
Bueno. En realidad eran solo palabras vacías sin ningún entusiasmo
involucrado en absoluto.
—Esas son mis favoritas. —Sonrió levemente, observando mi cara a
medida que lentamente, tan jodidamente lento, bajó su rostro hacia el mío.
Mi respiración quedó atascada en alguna parte debajo de mi caja torácica,
la sensación haciendo que mi pecho se apriete, haciéndome sentir aturdida.
Bueno, tal vez era la proximidad con Johnnie lo que hacía que estuviera
aturdida. Cada centímetro de mi piel se sentía como si estuviera pidiendo
más contacto, aunque ya estaba presionado contra mí desde las rodillas
hasta el pecho. Era codiciosa. Quería sus manos recorriendo por mis
costados, a través de mi espalda, sobre mi vientre.
Quería sentirlas aliviar parte del dolor en mi entrepierna—. No te
adelantes,
dulzura —dijo, sus palabras arrastrándose con acento sureño y me
pregunté si eso era algo que sucedía cuando estaba excitado.
Su nariz rozó la mía, un simple toque nada erótico, pero hizo que mi
cuerpo se estremezca. Mis ojos se cerraron lentamente, mi cara se inclinó
levemente hacia arriba en una invitación. Se sintió como una eternidad,
como si el tiempo quedara suspendido. Luego sentí sus labios presionados
en los míos y, bueno, valió la pena la espera. Con mis brazos sujetados
sobre mi cabeza, la presión apenas lo suficientemente dolorosa, había
esperado que fuera duro y hambriento. Pero sus labios hicieron el más
mínimo indicio de presión. Sin embargo, enviaron una corriente a través
de mi cuerpo. Mis brazos lucharon contra la restricción a medida que su
lengua trazaba la línea de mis labios. Mi boca se abrió y su lengua se
movió dentro, acariciando la mía y su piercing se arrastró provocativo a
través de el a, extraño y emocionante, lleno de promesa, antes de que se
retirara de repente y sus labios tomaran los míos de nuevo.
Se me escapó un gemido y sentí su boca sonreír contra la mía por un
segundo. Sus manos soltaron mis muñecas, sus dedos deslizándose por la
parte sensible de mis brazos desnudos antes de subir por mis hombros y
mi cuel o, acunando mi mandíbula con ambas manos mientras el beso
profundizaba. Mis brazos cayeron pesados a mis costados durante meros
segundos antes de deslizarse hacia arriba por su propia cuenta,
descansando en el espacio de sus caderas donde su cuerpo desaparecía bajo
la cintura de sus pantalones. Mis pulgares remontaron la profunda V
de sus esbeltos músculos de Adonis, luego subieron por sus costados,
sobre sus costillas. Era codiciosa. Quería tocar cada centímetro de él. Mis
manos se deslizaron alrededor de su espalda y por su espina dorsal,
agarrando sus hombros por detrás y hundiéndose en ellos, tirando de él
más cerca de mí.
Contra mi vientre, pude sentir su erección presionando contra mí y una
primitiva parte desesperada de mí me rogó frotarme contra el a, mostrarle
la evidencia del caos entre mis muslos que él no podía ver o sentir, pero no
era menos intenso, ni menos exigente de satisfacción. Sus dientes
mordieron mi labio inferior, sacando un gemido de mi cuerpo, el sonido
resonando en el interior de mi cráneo, haciéndome empezar, haciéndome
ver lo que era esto; que en resumen era: demasiado lejos, demasiado
rápido. El mensaje tardó un momento en alcanzar mis labios, así que le
devolví el beso como si fuera todo, como si fuera todo lo que tendríamos
alguna vez mientras mis manos se deslizaban por su espalda y por sus
costillas hasta que aterrizaron en sus caderas y comenzaron a empujar
hacia atrás.

Sus labios liberaron los míos, dejando solo besos pequeños a través de
mi boca antes de que lentamente retrocediera, sus pulgares rozando mis
mejil as sonrojadas. Mis ojos se abrieron lentamente, sintiéndome pesada
por la necesidad, el deseo tan profundo que juro que se filtró en mi
médula. Sus profundos ojos verdes lucían como piscinas infinitas de
promesas que quería que siguieran adelante.
Y esa era la razón exacta por la que no podía.
—Oh-oh —dijo, su cabeza sacudiéndose ligeramente.
—¿Qué? —pregunté, molesta por la falta de aire de mi voz. ¿Por qué
no podía sonar inafectada? ¿Por qué no podía fingirlo?
—Hoy conseguí meterme bajo esos muros, cariño. Pero los veo
levantarse.
—No —dije inmediatamente, sacudiendo mi cabeza—. No, esto fue
solo un poco… rápido —mentí a medias. No se sentía demasiado rápido.
De hecho, mi cuerpo me instaba a desnudarme y dejar que se hundiera
en mi interior. El hecho era que, Johnnie era peligroso. No tenía nada que
ver con su trabajo o su pasado. Sin embargo, tenía todo que ver con el
hecho de que en un solo día había logrado hacer algo que otros hombres
trabajaban semanas o meses y nunca habían logrado: él empezaba a
importarme. Y eso era peligroso. No sentía a menudo, pero cuando lo
hacía, sentía profundamente. No podía sentir profundamente por Johnnie
porque él era un tren fuera de control. Abandonaría este pueblo y a mí tan
rápido como sus ruedas pudieran girar. No podía pasar una noche con él y
verlo irse como si nada hubiera pasado.
Me conocía y sabía por la simple probada que tuve de él, que querría
más. Lo querría todo. Y no podía tener eso. Así que, necesitaba detener las
cosas antes de que fueran más lejos.
—Está bien —dijo, observando mi cara como si estuviera captando
algo. Pero luego, apartó sus manos de mi cara y se alejó. El aire
acondicionado me golpeó con fuerza, haciendo que mi piel se pusiera de
gal ina y froté mis manos por los brazos. Johnnie retrocedió hacia la
cocina, haciendo un breve trabajo al desempacar el pan de banana (sobre
todo porque lo agarró como un oso). Llevó una rebanada hasta su boca y
empujó la mitad de el a dentro, cerrando los ojos en un silencioso gemido
—. Y sabe hornear —dijo, aparentemente para sí mismo.
Hubo una sensación fría arremolinándose en mi estómago al
observarlo. Al principio no lo pude reconocer, viéndolo moverse alrededor
tomando un vaso de un gabinete y vertiendo un poco de té dulce. Tomó
un largo trago, haciendo un extraño ruido de gruñido.
—No he tomado uno de estos en mucho tiempo —dijo, dándome una
sonrisa agradecida. Y luego lo conseguí. Reconocí algo en él que, hasta el
momento, había sido totalmente incapaz de notar. No había ni un
centímetro de Johnnie que estuviera resguardado, que protegiera o
mantuviera en secreto. Llevaba todo sobre la manga, desde su atracción
hacia mí, hasta su disfrute de la comida que le di. Simplemente había
tanta… honestidad en todo lo que hacía.
Mientras tanto, parecía que todo en mí era un secreto envuelto en una
mentira.
Él era todo lo bueno con respecto a todo lo malo en mí.
Era mucho mejor que yo.
—Ángel —interrumpió y ni siquiera había notado que me estaba
observando, había estado tan absorta en mis propios pensamientos—.
¿Qué pasa?
—Nada —dije, forzando una sonrisa. Otra mentira para esconder un
secreto. Una de sus cejas se levantó como si pudiera ver a través de mí y
me apresuré a buscar algo que decir—. Estaba… pensando en el trabajo.
Tengo una reunión esta noche. Es la primera vez desde que tu papá…
— Me detuve, tomando una respiración profunda—. No va a ser fácil.
Johnnie miró hacia sus pies por un segundo, sacudiendo la cabeza,
todavía sin creerme. Cuando su mirada encontró la mía, vi la
determinación allí.
—Te voy a descifrar, querida. Podrás querer arrancarme mi pol a por
eso, pero aun así voy a hacerlo.
—No hay nada que averiguar —dije, mis pies finalmente recordando
cómo funcionaban y me alejé de la puerta para poder abrirla—. Disfruta de
tu pan de banana —murmuré, cerrando la puerta, corriendo prácticamente
hacia mi apartamento.
Me desplomé contra el interior de mi propia puerta, mi mano
moviéndose para tocar mis labios sensibles por el beso. Me quedé así
durante mucho tiempo, evocando el recuerdo de su boca una y otra vez en
mi cabeza a pesar de saber que todo lo que estaba haciendo era
añadir más leña al fuego y estaba bastante segura que mis bragas
estaban a segundos de estal ar en llamas con eso. Me obligué a alejarme de
la puerta, a prepararme algo de comer, a vestirme con algo más apropiado
para la reunión: pantalones capri oscuros y una camisa suelta blanca.
Estoy más que un poco avergonzada de admitir que en realidad miré
por mi mirilla antes de salir al pasillo, aterrorizada de encontrarme con él
y, no sé, solo arrancarme la ropa y rogarle que me tome o algo así.

La reunión fue como esperaba. Lo que significaba, que fue deprimente


como el infierno. Todos se sentaron y compartieron sus historias sobre Ben
Allen. Algunas fueron historias sobre las cosas locas que solía hacer
cuando estaba bebiendo; muchas fueron del bien que había hecho desde
que estaba limpio. Luego estuvieron las sacudidas de cabeza, las miradas
cayendo al suelo mientras la gente pensaba en lo injusto que era que
finalmente, al fin puso su vida en orden para que terminara de golpe
por algo tan indiscriminado como un ataque al corazón. El tono bajó
desde allí, todo el mundo preguntándose cuánto tiempo tendrían que
compensar, para reparar el daño que su adicción había causado.
Intenté mantener las cosas optimistas, centrándome en cómo Ben
cambió su vida, cómo todos ellos habían cambiado las cosas, cómo dos
años limpio y sobrio eran mejores que otros veinte demasiado estropeados
para ver cómo sus acciones estaban afectando a todos a su alrededor.
Pero el hecho era que, la sensación oscura del grupo había comenzado
a filtrarse también en mi piel, dejándome sintiendo deprimida y triste
cuando me dirigí a mi auto y volví a mi apartamento.
El velatorio de Ben era la tarde siguiente. Y la mañana siguiente era su
funeral.
Parpadeé ante las lágrimas que empezaron a escocer en mis ojos
mientras me dirigía al pasil o hacia mi apartamento. De repente, la puerta
del apartamento de Ben se abrió y, lo reconozco, una oleada de alivio
inundó mi sistema. Si alguna vez hubo un momento en que necesité un
poco de los encantos ligeros de Johnnie, era justo en ese entonces. Pero
luego me detuve en seco, mi patético corazón comenzando a golpear fuerte
contra mi caja torácica.

Porque Johnnie no estaba en la puerta; era una mujer.


Y el a era, bueno, era hermosa. Era alta y esbelta (y quiero decir
esbelta), con unos muslos por los que mataría. Su rostro era delicado, casi
parecido a una muñeca, con una impecable piel de porcelana, unos
profundos ojos marrones y un rico cabello de color caoba que rozaba sus
hombros ligeramente húmedos de, presumiblemente, una ducha.
Entonces, bueno.
Quiero decir, no debería haber estado molesta ni sorprendida. Era un
mujeriego; eso era lo que cualquier mujeriego hacía. Eran promiscuos.
Una mujer era tan buena como cualquier otra.
—Hola —saludó, mirándome extrañamente y probablemente con
razón. Quiero decir, la estaba mirando fijamente.
—Hola —dije, asintiendo ligeramente y corriendo a su lado hacia mi
apartamento.
Entré y cerré mi puerta, quitándome la ropa a medida que me movía
por mi apartamento hasta que solo estaba en mi sujetador y ropa interior y
me arrastré lentamente en mi cama, cayendo bocabajo en medio de la
cama y soltando el sol ozo que había estado aguantando durante horas.
Ben estaba muerto. Y el Ben al que conocí y quise era el mismo Ben
que partió los dientes de un niño y Dios sabía que más le hizo. La única
persona que tenía en el pueblo se había ido. Su hijo me hizo sentir algo y
luego me reemplazó con otra morena solo un par de horas después.
Sí. Eso parecía cubrirlo todo.
Ese parecía ser siempre el curso de mi vida: interminables montones
de mierda que tenía que fingir que no olía a medida que los esquivaba para
que nadie pudiera decir que los pisé. Qué tonto de mí pensar que podía
haber algo diferente.
Mis manos cubrieron mi rostro como si pudiera silenciar los sonidos
de mis sol ozos con el as.
Dos días más. Solo tenía que aguantar dos días más y las cosas podían
volver a (algo) normal.

Traducido por Peticompeti y Magdys83


Corregido por LizC

l toque en la puerta sonó unos quince minutos después de


escuchar a Amelia irse a su reunión. Una parte de mí pensó E que
quizás era ella, volviendo para decirme por qué me había dado un portazo
en la cara después del mejor maldito beso que he tenido nunca. Y, déjame
decirte, he tenido más que mi cuota de besos.
Pero sabía que no podía ser. Así que, ahí estaba el nudo de inquietud
enredado en mis entrañas al ir hasta la puerta y abrirla.
Solo para encontrar a Alex y a Breaker ahí de pie, fatigados por el
viaje y horriblemente acalorados. Es verdad, en Jersey tenemos veranos.
Pero el calor allí no tiene nada que ver con el calor en el Sur.
—Todo lo que sé es que más vale que Alex tenga razón y necesites
algunos putos amigos a tu lado o voy a estar jodidamente cabreado de
estar en este pueblo de mierda. Quiero decir, ¿dónde carajo está el
supermercado? —preguntó Breaker, con sus ojos claros mirando hacia el
suelo sin entender el concepto de los pueblos pequeños.
—Dos pueblos más adelante hay un Súper Wal-Mart —dije con una
pequeña sonrisa. Era estupendo verlos. Que hubieran hecho exactamente lo
opuesto a lo que les había dicho que quería, solo porque estaban
preocupados por mí, significaba algo.
—Por Dios —susurró Breaker, mirando alrededor.
—Se supone que ya que estarías de vuelta —dijo Alex, encogiéndose
de hombros—. Cuando no apareciste, decidí que teníamos que venir. Ya
sabes… en caso de que nos necesitaras.
Mi estado de ánimo ligeramente amargado se endulzó con sus
palabras. Verás, lo que pasaba con Alex era que, había estado sola desde
que su madre acabara consigo misma cuando Alex solo tenía dieciséis.
Fue de una casa de acogida a otra durante un tiempo antes de librarse
de aquel o y vivir por su cuenta, adquiriendo lentamente habilidades como
hacker para conseguir derrotar al hombre que ella responsabilizaba del
suicidio de su madre. Hasta que Breaker la encontró, ella había sido
solitaria e introvertida, con miedo a aproximarse a alguien, aterrorizada de
estar viva. Así que, el hecho de que en solo un par de años, hubiera pasado
de ser esa chica triste y solitaria a una mujer que nos amaba a Break, a
Paine y a mí tan profundamente como para cruzar estados en un parpadeo
pensando que uno de nosotros podría necesitarla, sí, significaba mucho
para mí.
—Siempre te necesito, calabacita —dije, dando un golpecito en su
nariz y quitándome del medio para que pudieran entrar.

Breaker miró alrededor, con el ceño fruncido como si algo no tuviera


sentido para él.
—¿Aquí vivía tu padre?
Conociéndole tanto como lo hacía, sabía que había mucho más que
solo palabras. Quería decir que parecía un sitio bastante bonito para un
alcohólico desfasado y fracasado.
—Aparentemente l evaba limpio dos años —dije, cerrando la puerta.
—No jodas, ¿en serio? —preguntó, ladeando la cabeza, observándome.
—¡Oh, pero mira qué cosa! —dijo Alex, sonando emocionada, así que
me giré para encontrarla avanzando hacia Mil ie, la cual estaba posada en
el extremo de la encimera.
—Nena, yo no lo… —comencé, pero justo cuando lo decía, su mano ya
se había movido para acariciar su cabeza y la pata de Millie se alzó y
arañó su brazo.
—¡Auch! —gritó ella, apartando su brazo mientras Breaker reía entre
dientes—. ¿Cuál es tu problema? —le preguntó al gato, sonando
verdaderamente ofendida.
—¿Ahora tienes un gato? —dijo Breaker, sonriéndome a medida que
levantaba el brazo de Alex para inspeccionarlo de cerca.
—Eso parece. Solo le gustan los hombres, dulzura, no te ofendas.
—Bueno —dijo, zafando su brazo del agarre de Breaker y mirándome
a mí—. ¿Cómo va a funcionar eso?
—¿Cómo va a funcionar, qué?
—¿Con la puerta giratoria de chicas entrando y saliendo de tu
apartamento? —preguntó con una sonrisa burlona.
—Tú, cál ate —dije, tirando de un mechón de su cabel o al pasar por su
lado hacia la cocina—. ¿Quieren un poco de té dulce o pan de banana? —Y
me encogí de hombros ante la ceja levantada de Breaker y la mueca de
Alex—. ¿Qué?
—Shoot, una vez nos ofreciste agua del grifo y las patatas viejas que
estaban al fondo de tu despensa que sabían a cartón —dijo Alex,
peligrosamente a punto de reírse—. ¿Ahora vienes aquí y de repente
tienes té dulce y pan de banana recién horneado? Tenemos que darnos
prisa y sacarte de aquí antes de que empieces a preparar pol o frito y
croquetas y compres una furgoneta.
Solté una carcajada, sacudiendo mi cabeza, sin preocuparme por
decirles que un pol o frito de verdad sería un regalo de los dioses.
—Es de mi vecina. Una disculpa por haber sido desagradable conmigo
ayer.
—¿Una chica fue desagradable contigo? No me lo creo. —Alex me
guiñó un ojo mientras Breaker la envolvía con sus brazos, dándole un
pequeño apretón.
—Era la consejera de abuso de sustancias de mi padre.
—Le debe haber encantado el puto escocés —dijo Breaker riendo.
—Oh, sí. Estaba contentísima —coincidí—. Entonces, ¿quieren
quedarse aquí? El dormitorio está libre. Prometo no escucharlos mientras
fol an —dije a Alex directamente porque sabía que sería recompensado
con su enorme rubor. No me decepcionó.
—Nah, Shoot. Tenemos una habitación en ese motel al final de la
carretera. No queríamos incomodarte. Supusimos que podrías necesitar ver
a algunas personas, fol arte a algunas vecinas… —dijo Break, dándome
una sonrisa cómplice.
—Estoy trabajando en eso —dije encogiéndome de hombros.
—¿Trabajando en eso? Nunca antes te lo has tenido que trabajar —
objetó Alex.
—Nunca antes había conocido a alguien como el a —dije, antes de que
pudiera pensármelo mejor.
—Oh, mierda —dijo Breaker riendo, echando la cabeza hacia atrás—.
¿En serio? Por favor, dime que no es una damisela en apuros. Creo que
todos hemos tenido suficiente mierda de esa con Lea, Summer, Lo, Janie y
Alex…
—¡No era una damisela en apuros! —comentó Alex inmediatamente
enfurecida.
—Muñeca, fuiste la maldita definición en persona —objetó Breaker.
—¡Me secuestraste! Me estaba yendo bien sola. ¡No estaba en
apuros hasta que tú me metiste en apuros!
—¿En serio vamos a discutir por esto? —preguntó Breaker, pareciendo
divertido como siempre se veía cuando Alex y él empezaban a pelear, lo
cual era frecuente—. Estaba allí, ¿recuerdas? ¿El tipo súper malo que
quería usar tus conocimientos y después violarte y matarte? ¿Te acuerdas
de él verdad? ¿Aquel que me pagó para secuestrarte? ¿Aquel que tuvo
durante días a Shooter en el sótano? ¿Aquel que mató a tu amigo? Creo
que encontrarte en su radar significa que estabas en un apuro bastante
jodido.
—¡Estaba pasando por algunas mierdas! ¿Entonces Shoot era un
caballero en apuros? No. Solo era un colega en una situación. Deja de ser
tan sexista, enorme pedazo de…
—Estamos teniendo la misma discusión por la comida china otra vez
—dijo Breaker, sacudiendo su cabeza.
—¡Esto no tiene nada que ver con eso! Eso iba sobre ti siendo un
presuntuoso hi…
—Y la discusión por el traje de baño… —soltó Breaker, intentando
cabrearla intencionalmente.
—¡Con el traje de baño eras tú pensando que podías decirme qué
ponerme!
—Te prefiero desnuda —respondió, intentando decirlo en voz baja,
pero Break tenía una voz que nunca podía sonar bajo.
—¿Chicos, están seguros que no necesitan el dormitorio? ¿Drenar un
poco los humos? —ofrecí.
Alex contuvo la respiración en algo entre un resoplido y una risa
sacudiendo su cabeza, mirando de reojo a Breaker.
—No sé por qué intentas cabrearme todo el tiempo.
—Claro que lo sabes —dijo él, dándole una sonrisa que la hizo
sonrojar—. ¿Puedo dejarla contigo mientras voy por algunas mierdas para
comer y registrarnos en el motel? Aquí todas las putas cosas cierran sobre
las siete.
—Voy a darme una ducha —me dijo Alex, encogiéndose de hombros
—. Me siento asquerosa.

—¿Necesitas que alguien te frote la espalda? —pregunté con una


amplia sonrisa.
Break me dio un bofetón en la nuca.
—Jódete —dijo de buen humor y fue hacia la puerta—. Estaré de
vuelta en una hora más o menos.
Tan pronto como se cerró la puerta, Alex se dio la vuelta hacia mí con
una sonrisa entusiasta.
—Entonces, háblame de esta chica…

Breaker y Alex se fueron esa noche en algún momento sobre las diez
después de compartir una cena grasienta para l evar y viejas batal as.
Había medio esperado una llamada en la puerta después de la reunión
de Amelia, pero no había habido nada.
A la mañana siguiente, me levanté y vestí con pantalones negros
ceñidos y una camisa negra. Llevaba puestas mis zapatillas de suela gruesa
en rencor y fui hasta la funeraria para el velatorio. No quería estar ahí. No
quería tener que estar ahí de pie teniendo infinidad de gente dándome la
mano en tropel y diciéndome que lamentaban mi pérdida. La misma gente
que se quedó sin hacer nada mientras mi viejo padre me partía la cara casi
a diario. No quería su puta compasión.
Pero fui y estuve ahí de pie junto a mi abuela, con su brazo agarrado al
mío, solo liberándome para lanzarle los brazos a la gente a la que quería
mostrarle lo muy devastada que estaba por la muerte de su hijo. Breaker y
Alex se sentaron al final de la habitación vistiendo colores oscuros,
viéndose totalmente fuera de lugar, de modo que los ojos de todo el mundo
se posaron en el os de manera inquisitiva.
—Jodidamente ridículo —escuché detrás de mí cuando por fin pil é un
descanso para hablar con Breaker y Alex. Los tres nos dimos la vuelta y
nos encontramos a Dade ahí de pie vestido de negro, haciéndome señas
con la cabeza—. Ni de coña deberías subir tu culo ahí arriba y darle la
mano a toda esa gente —aclaró, dando palmadas en mi hombro durante un
segundo antes de dejarla caer—. Esa mierda debería ser para tu abue.

A el a le gusta la atención lo suficiente.


—Dade —dije, haciendo un gesto hacia Breaker y Alex—, estos son
mis amigos: Breaker y Alex. Chicos, este es mi amigo de la infancia,
Dade.
Se sintió raro presentarlos. Se sentía como si distintas partes de mí se
estuvieran encontrando por primera vez. Los otros parecieron no
inmutarse de nada e intercambiaron apretones de mano.
—No creas que no me he dado cuenta que no has mostrado tus respetos
a tu papá —dijo mi abuela a mi lado, en voz baja, enfadada y
desaprobadora.
—Con todo respeto, señora —comenzó Dade, sorprendiéndome—, no
crea que él le debe nada a ese hombre.
A decir verdad, él había estado de mi lado cuando era un niño, así
como de adolescente. Pero siempre había sido durante todas las mierdas
por las que pasamos en el colegio, nunca ante nuestros mayores. Éramos
más listos que eso. Supongo que las cosas cambiaron cuando creció.
Porque nadie, nadie, le hablaba a mi abuela de esa manera.
—¡Dade Murphy! —medio susurró y chilló—. ¿Cómo puedes decir tal
cosa? Te vi en el velatorio de tu padre. Te viniste abajo junto a su féretro.
Sentí que un cuchillo se retorció en mi interior con esa información,
sabiendo que no había estado allí para él.
—Sí, señora, lo hice. Pero mi papi nunca rompió mi brazo en dos
lugares —le respondió, sus ojos retándola a contradecir el hecho.
Y, por supuesto, el a lo intentó.
—¡Se cayó de un árbol! —objetó, recitando la historia que me hizo
decirle al hospital cuando me l evó.
—¿Ah, sí? Entonces explica los moretones en forma de dedos que
tenía en su muñeca cuando apareció en mi casa después.
Maldición. Esto se iba a poner feo si no ponía fin a esto.
A pesar de las palabras sintiéndose rancias en mi lengua, levanté las
manos hacia ellos.
—Está bien. Lo haré —dije y me encogí de hombros ante la sacudida
de cabeza que Dade me estaba dando.

—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Alex, tomando mi brazo.


—No, calabacita, yo me encargo —dije, alejándome del grupo y
avanzando por el pasil o. Cada paso se sintió más y más pesado. Había
pasado tanto tiempo desde que lo había visto. Su cara se había vuelto
borrosa en los bordes de mi memoria. Lo recordaba en partes extrañas y
fragmentadas: su mano en puños alrededor del cuello de la botella de
whisky, sus nudillos morados de golpearme, su cinturón, el vacío borroso
de sus ojos que eran del mismo color que los míos, la forma en que su
cabello se ponía grasiento cuando estaba de juerga. Olvidé cómo se veía en
una imagen entera. Tomé una respiración profunda y di el último paso,
apoyando mi mano a un lado del ataúd, mirando dentro.
Las piezas encajaron de nuevo juntas, dándome la imagen de un
hombre que había sido la peor parte de mi infancia. Se veía más viejo, con
arrugas que no reconocí en sus ojos, canas en sus sienes, más delgado sin
todo el azúcar de la bebida. El maquillaje le daba a su piel un tono casi
naranja y sus labios eran de un color rojo rosáceo poco natural. Pero en
definitiva, era mi padre.
Esperaba tal vez sentir un puñetazo de dolor traicionarme desde el
interior. Pero no sucedió. Todo lo que sentí fue una clase de aceptación
resignada. Ese era el fin de todo. No habría reparación de puentes, ni
reconciliación, ni nada. Se terminó.
Me moví para persignarme y algo bril ante l amó mi atención, algo
guardado discretamente entre su brazo y cuerpo. Curioso, extendí la mano
y lo saqué, tirando de él con un vuelco extraño en mi estómago. Era un
globo de nieve. No solo era un globo de nieve, sino que era un globo de
nieve de Maine. De donde era Amelia. No tenía que saberlo para saberlo.
El a puso el globo de nieve más importante allí con mi padre, el que
contenía todos sus secretos, como tal vez mi padre también lo hizo.
Mierda.
Lo metí de nuevo donde el a lo había puesto, empujando de su manga
para ocultarlo mejor, y entonces me volví. Había estado observando
durante horas, esperando a que el a mostrara su cara. Pero no lo había
hecho. Estaba jodidamente seguro de eso. No había estado allí.
Me alejé del ataúd, caminando hacia el fondo de la habitación donde el
director de la funeraria estaba de pie en su soso traje gris, su cara una
máscara en blanco.

—¿Amelia estuvo aquí? —pregunté, sin importar si la gente


chismeaba sobre mi interés por ella.
—Es curioso que preguntes eso, hijo —contestó, pareciendo de repente
interesado—. Vino aquí una hora antes de los servicios y preguntó si podía
rendirle sus respetos. Eso no suele hacerse, pero deberías haberla visto…
—dijo, sacudiendo la cabeza casi con tristeza.
—¿Verla?
—Sí. Sus ojos todos hinchados, las mejillas manchadas de lágrimas.
No pensé que a ustedes les importaría si ella le mostraba respetos en
privado. Eran cercanos, ¿sabes?
—Sí. Y no, señor, no me importa en absoluto. Disculpe.
¿Por qué habría sentido la necesidad de aparecer temprano y mendigar
favores? ¿Por qué no venir y mostrar sus respetos como lo hizo todo el
mundo?
Me preguntaba esas cosas, pero sobre todo, lo que realmente me
preguntaba pero estaba fingiendo no hacerlo, era por qué no me permitía
ayudarla a superar su dolor.
Sí, no quería pensar en eso porque no tenía ningún condenado sentido
en absoluto.
Había habido una segunda vista (innecesaria) después de la cena y para
el momento en que arrastré mi trasero de vuelta al apartamento, estaba
demasiado agotado para ir por Amelia como lo había estado planeando. No
había motivo. La vería bril ante y temprano en el funeral a la mañana
siguiente. Entonces hablaría con el a.

La iglesia estaba a rebosar diez minutos antes de empezar el servicio.


Me senté en la primera fila con mi abuela, intentado no poner los ojos
en blanco cada vez que se secaba los ojos completamente secos. Detrás de
mí estaba Breaker, Alex y Dade, todos respetuosamente en silencio. No
había visto a Amelia, pero tampoco había hecho un espectáculo de
estirar mi cabeza sobre el hombro para ver alrededor. El Padre Sanders
zumbaba sin fin, leyendo pasajes, dirigiéndose a la congregación,
hablando del cielo y del perdón mientras mi abuela hacía sonidos
ahogados a mi lado.
—… Amelia Alvarado le gustaría decir algunas palabras… —dijo,
haciendo que mi cerebro a la deriva regrese a medida que mi cabeza se
alzaba para verla saliendo de la habitación de atrás en un sencil o vestido
negro y zapatillas de bal et negras. Su cabel o estaba trenzado a un lado y
caía hacia sus pechos, simple y elegante. No podía ver sus ojos muy bien
desde la distancia, pero tenían la apariencia distintiva de hinchazón que
significaba insomnio o lágrimas, o ambas cosas.
Se aclaró la garganta un poco torpemente mientras se paraba en el
podio, viendo a la multitud con una especie palpable de ansiedad hasta que
su mirada cayó sobre un grupo hacia atrás, la gente, que asumí pertenecía
a su grupo, formaban parte de su zona de confort. Habló directamente a el
os.
—No conocía a Ben como muchos de ustedes. No tenía esa clase de
historia. Pero cuando me mudé en el apartamento de al lado, sentí algo en
él, algo que reconocía en mí, una necesidad de que alguien
entienda, que l egue a nosotros. Él no estaba en el mejor lugar, como
muchos de ustedes saben, pero eso no le impidió velar por mí. Solía abrir
la puerta cuando yo llegaba a casa del trabajo por la noche y recordarme
cerrar. Y una vez, cuando mi ducha se rompió y el agua estaba rociándose
por todos lados, él vino corriendo y la arregló por mí. Luego encaminó su
vida y enmendó algunos de sus delitos. No todos —dijo y su mirada de
repente aterrizó en la mía. Solo fueron por mínimos segundos, como si no
pudiera soportar verme por algún motivo—. Pero estaba intentándolo.
¿Ven? Creo que sin conocer su historia, l egué a conocer al hombre que
siempre había querido ser. Y ese hombre era amable, generoso y
determinado a hacer lo correcto. Él fue… —Su voz se rompió levemente y
su mano se levantó para presionar en su frente por un minuto. Agarré la
parte inferior del banco para evitar apresurarme hasta allí y poner un brazo
a su alrededor. Su dolor era una cosa palpable, reverberando de su cuerpo y
rodeándome. Un segundo después, tomó una respiración profunda,
negando con la cabeza como para aclararla—. Fue mi único amigo
verdadero y me siento realmente bendecida por haber l egado a tenerlo en
mi vida. Gracias —dijo, apretando los labios mientras salía del altar y
desaparecía en la habitación de donde había salido.
El Padre Sanders se levantó de nuevo, diciendo una oración y
llamando a los portadores del féretro, que me incluían a mí, Dade, e
increíblemente, a Breaker. No sabía cómo logró eso, pero de alguna
manera lo había hecho posible. Realmente era mi hermano. Tal vez no de
sangre, sino por todo lo que más importaba.
El cementerio era viejo e insignificante, la hierba una mezcla espinosa
café y verde. Mi padre estaba siendo enterrado en una parcela junto a su
padre, lejos del lugar donde mi madre fue enterrada. Me pareció de alguna
manera adecuado. El a escapó de él en vida, ¿quién podía condenarla a una
eternidad a su lado?
El servicio empezó y Alex se escabulló de la multitud y se paró a mi
lado, tomando mi mano en la suya. Creo que lo hizo más que nada al estar
reviviendo un viejo recuerdo: el funeral de su madre; que por mí.
Apreté su mano fuerte, mirando alrededor a todos los reunidos. La
muerte había sacado a todos de sus escondites, incluso a su antiguo jefe
que no lo podía ver ni en pintura. A pocos metros de distancia, mi abuela
estaba llorando lágrimas de cocodrilo, ruidosamente, apoyada por un
montón de sus amigas.
Sin embargo, frente a mí, estaba Amelia. Y no había nada falso o con
intención de l amar la atención en su dolor, en sus silenciosas lágrimas
interminables que ni siquiera se molestó en limpiar. Sus hombros se
desplomaron más y más a medida que el servicio se alargaba, sus piernas
luciendo como si no quisieran soportar el peso de su dolor a medida que se
inclinaba ligeramente hacia delante en sí misma, sus brazos envueltos
alrededor de su vientre.
El Padre Sanders terminó y todos lentamente empezaron a alejarse, en
ese momento solté la mano de Alex, yendo en línea recta hacia Amelia
cuyo cuerpo temblaba con sol ozos violentos.
—Ángel, oye… —empecé, levantando mi mano para descansar en su
brazo, queriendo acercarla y envolverla, intentando robar parte de su dolor.
Pero todo su cuerpo se sacudió ante el contacto, su cabeza se alzó de
golpe hacia mí antes de apartarla y empezar a correr tan lejos y rápido de
mí como pudo.
—Vamos, Johnnie —dijo mi abuela, acercándose a mí—. Tenemos que
regresar a mi casa. Todos se reunirán pronto.
Me alejé de ella, mi pecho sintiéndose apretado.

—Sí, señora. Solo… tengo que hacer algo primero. —Con eso, y sin
ninguna palabra a ninguna de las personas que de hecho les preocupaba,
me dirigí al auto y luché con el tráfico de literalmente todo el maldito
pueblo en mi misión por regresar al edificio de apartamentos y comprobar
a Amelia.
Me tomó una buena media hora o más antes de estacionarme y saltar
fuera del auto, subiendo a toda prisa por las escaleras. Fui a su puerta,
alcanzando el pomo sin un segundo pensamiento, sabiendo que estaría
desbloqueado. Caminé a través de su apartamento, siguiendo el sonido de
sus sol ozos hacia su dormitorio donde la encontré tendida en el centro de
su cama, acurrucada en un costado por encima de las sábanas, sus manos
cubriendo su cara. Me quité los zapatos y avancé a un lado de la cama,
entrando detrás de el a y acurrucando mi cuerpo alrededor del suyo, uno de
mis brazos pasando por debajo de su cabeza, el otro envuelto apretado
alrededor de su centro, abrazándola fuerte. Mi cara descansó en su cuello
mientras ella me dejaba abrazarla.
Se sintió interminable, lo mucho que estuvimos así, hasta que el a
drenó completamente su miseria.
Sorbió por un largo tiempo, limpiándose los ojos antes de tratar de
girar lentamente en mis brazos. Aflojé mi agarre y la dejé, apartando
dulcemente algunos mechos de cabello que escaparon de su trenza lejos de
su cara y detrás de su oreja.
—¿Estás bien, cariño?
Sus ojos se cerraron por un segundo a medida que tomaba una
respiración profunda. Cuando se abrieron de nuevo, había un calor allí que
reconocí, pero pensé que estaba malinterpretándolo hasta que el a abrió la
boca para hablar.
—Hazme sentir mejor, Johnnie —dijo, su mano resbalando detrás de
mi cuello y atrayendo mi cara hacia la suya.

Traducido por Magnie


Corregido por LizC
e desperté temprano, mi cara estaba áspera e irritada
por las lágrimas y los ojos hinchados medio cerrados. Me M levanté y
vestí, decidiendo que necesitaba hacer una aparición en la funeraria antes
de que todos se presentaran. Así que, tal vez parecía un movimiento
cobarde, tener que ir allí de modo que no tuviera que confrontar a Johnnie.
Y, bueno, eso era parte de esto. Pero, aún más, simplemente no me gustaba
la idea de romperme frente a la gente. Mi dolor no era un bien público. No
tenían el derecho de comprar y vender mis sentimientos. No quería que
estuvieran sentados con sus entremeses en la casa de la madre de Ben,
chismeando si estaba l orando lo suficiente o demasiado, especulando qué
tipo de relación realmente tenía con el difunto. Era indecoroso, repugnante
y no quería tener nada que ver con eso.
Así que me vestí con una falda larga y una camiseta sin mangas negra,
agarré un globo de nieve y salí por la puerta. El globo de nieve no era una
especie de broma interna o un secreto entre amigos. El globo de nieve
representaba una parte de mi vida que había ocultado de todos; una parte
de mí que solo me había sentido lo suficientemente cómoda para
compartir con Ben. Él conocía todos los rincones oscuros y telarañas de
los armarios l enos de esqueletos de mi pasado. Y, sinceramente, sentía
que estaba enterrando la capacidad de compartir esas cosas junto con
Ben. Así que era apropiado enterrarlo con el globo de nieve del estado
donde había crecido.
Después que salí de la funeraria, fui directamente a mi oficina,
necesitaba un lugar en el que pudiera ser objetiva y no molestada. Tenía
que escribir mi discurso para el funeral. Y, francamente, iba a requerir
mucho pensamiento. Mis sentimientos por Ben estaban dispersos. Porque,
a pesar de saber algunas de las cosas horribles que había hecho a su hijo,
todavía no podía evitar el hecho de que lo quería. ¿Qué decía eso de mí?
¿Era una persona horrible por querer a alguien que era capaz de esa
clase de crueldad ciega? ¿O tal vez decía que era una persona más grande
por aceptar los errores pasados de alguien y reconocer su potencial para el
cambio? Honestamente, no tenía idea. Lo único que sabía era que, me
dolía profundamente. Sentía un dolor hueco debajo de mi pecho izquierdo
y mi mano permanecía posándose allí, tratando de apartar la sensación,
pero estaba ahí para quedarse. Así que tomé un pedazo de papel y un
bolígrafo y escribí lo que sentía.
No era poesía. No era el discurso más elocuente y bien pensado de la
historia, pero era real, sincero y era un pedazo pequeño de mí que estaba
dando al resto de la gente en el pueblo.

Esa noche, volví a casa y nuevamente lloré. Limpié mi apartamento.


Horneé comida para dejar en donde Harriet como una buena chica
sureña debía. Luego me duché y l oré un poco más. Finalmente, en algún
momento cerca del amanecer, me dormí.
Me desperté sintiéndome destrozada y distraída, resbalando en un
vestido negro, trenzando mi cabello, y ni siquiera molestándome con
maquillaje. No podía sentarme en la iglesia con todos los demás y su falso
dolor. Permanecí en las sombras de la puerta trasera de la iglesia,
escuchando los servicios, tomando poco o nada de consuelo en las
palabras. Subí al altar cuando me llamaron, mis entrañas sintiéndose como
si estuvieran temblando, chocando unas con otras, golpeando como
cucharas en brazos fuertes con muñecas sueltas. Mis ojos encontraron mi
grupo de apoyo, la única gente que podía entender de dónde venían mis
palabras, y les hablé.
Cuando mi torpe lengua tropezó con las palabras en cuanto a él
enmendando sus malas acciones, pero no todas, mis ojos buscaron
impotentemente a Johnnie, a pesar de mi mejor sentido. No tenía ninguna
duda que, dado un poco más de tiempo, Ben habría tratado de l egar a su
hijo; él habría intentado hacer lo correcto. Lo sabía en lo profundo de mi
ser y quería que Johnnie también lo supiera, a pesar de mi rabia
superficial hacia él por lo fácil que me reemplazó. De todos modos, ese no
era el punto.
Al terminar, hui del altar y de la iglesia en su totalidad, conduciendo al
cementerio con un pesado sentimiento en mi interior. Escuché al Padre
Sanders con un interés desapegado, concentrándome principalmente en la
forma en que sentía el peso interior como si me estuviera arrastrando
hacia abajo, como si hubiera un imán en algún lugar profundo de la tierra,
donde Ben pronto iba a tomar residencia, como si estuviera
mendigándome seguir su ejemplo. Confundida y asustada por la sensación,
mi cabeza se levantó, los ojos borrosos con lágrimas, para buscar un rostro
de consuelo, alguien para ayudar a asumir la carga antes de que me
rompiera completamente. Mis traidores ojos buscaron automáticamente a
Johnnie por razones que no entendía y no quería intentar analizar. Pero
cuando lo encontraron, bueno, su mano estaba envuelta en la mano de la
chica de su apartamento y la sensación de hundimiento se intensificó hasta
que miré hacia otro lado. Luché contra el impulso de hundirme de rodil as,
rezando cada segundo que el servicio terminara para poder correr.

Todo el mundo empezó a alejarse y sentí que el sol ozo se liberó,


sintiendo como si se rompiera mi caja torácica con el esfuerzo, así que me
envolví en mis brazos, sintiendo la necesidad de mantenerme unida,
inclinándome ligeramente hacia delante para hacerlo. Como tal, no lo vi
moverse.
—Ángel, oye… —Su voz me alcanzó cuando su mano tocó mi brazo.
Mi cabeza se levantó bruscamente, sin ver nada más que una profunda
preocupación en sus intensos ojos verdes. Y todo lo que quedaban de mis
paredes se agrietó y se derrumbó con certeza.
Aterrorizada, corrí.
Sabía que estaba en mi apartamento. No me preguntes cómo lo sabía
porque, a pesar de su tendencia a ser escandaloso en el apartamento de al
lado, tenía los movimientos silenciosos de un gato. Pero lo sabía. Así que
cuando mi cama se hundió y su cuerpo se enrol ó alrededor del mío, no me
sorprendió. Debí haber luchado. Debí haberle dicho que se pierda, que me
deje en paz, que nunca más me moleste.
Pero no lo hice. Porque se sintió correcto; se sintió correcto tener sus
brazos alrededor de mí, ayudándome a mantenerme en una sola pieza; se
sintió
correcto tener su cuerpo acunando el mío; se sintió correcto tener su
firme corazón detrás de mí mientras el mío se estaba rompiendo.
Parecía que nunca terminaría, el llanto, la sensación de hundimiento.
Pero las lágrimas se detuvieron, sorbí y limpié la evidencia, girándome
en sus brazos sin pensarlo. Su mano se alzó para apartar mi cabel o detrás
de mi oreja dulcemente, un gesto pequeño y tierno que se sintió demasiado
agradable.
Quería más; necesitaba más de esa sensación.
—Hazme sentir mejor, Johnnie —susurré, mi mano yendo detrás de su
cuel o y acercándolo hacia mí.
Hubo una breve vacilación antes de que sus labios encontraran los
míos. No hubo ninguna de las exploraciones burlonas de la última vez, la
suave dulzura de un primer beso. Esto se sentía primitivo y desesperado,
como si quisiera devorarme y eso estaba bien, porque quería ser devorada.
Sus labios se frotaron en los míos y yo respondí de la misma manera, mi
lengua surgiendo para enredarse con la suya, el frote del piercing de su
lengua atrayendo un gemido casi doloroso de mí. Johnnie se empujó
adelante, presionándome sobre mi espalda y descansando la
mitad de su cuerpo sobre mí, su peso se balanceó en un brazo mientras
el otro acariciaba suavemente el costado de mi cuello, la parte superior de
mi pecho, y entonces finalmente, cerrándose sobre mi seno. Mi espalda se
arqueó con su toque, mi pezón endureciendo al contacto, apretándose hasta
el punto del dolor. Su pulgar se movió sobre el brote endurecido.
Sus labios dejaron los míos para besar mi mentón, luego mi cuello,
encontrando un punto sensible justo debajo de mi oreja y trazándolo con
su lengua hasta que mi cuerpo entero se estremeció. Su boca descendió por
la columna de mi cuello, sobre la piel expuesta de mi pecho, luego se cerró
sobre mi duro pezón a través del material de mi vestido, chupándolo y
prodigándolo con su lengua. Era una impactante sensación nueva que
amenazó con abrumarme. Mi mano se movió hacia su cabel o,
sosteniéndolo en su lugar mientras su mano libre se movía suavemente de
arriba hacia abajo desde mi pecho hasta el muslo y de nuevo en reversa.
—Johnnie… —Me escuché gemir, sin estar segura de lo que estaba
diciendo o pidiendo, pero esperando que él lo supiera.
Su cabeza se inclinó hacia arriba, sus ojos buscando los míos por un
momento.
—¿Quieres más, querida?
¿Quería más? ¿Había una mujer en su sano juicio que le diría que no?
Incluso las mujeres como yo… mujeres que no tenían ni la más remota
idea de lo que les aguardaba… mujeres que nunca habían hecho nada más
que un poco de toqueteo sobre la ropa antes de asustarse y alejar a los
chicos.
Sí. Esa era yo. Con veintiséis años y virgen.
¿Pero quería más?
—Sí.
Su cabeza se sumergió nuevamente, tomando mi otro pezón en su boca
mientras su mano libre se movía hacia mi muslo y se quedaba allí,
subiendo el dobladillo de mi falda tan lentamente que cada centímetro
expuesto se sintió hormigueante. Su boca liberó mi pezón y levantó la
cabeza una vez más para mirarme a medida que su dedo trazaba la línea de
mis bragas justo por encima de mi muslo, una y otra vez, sus dedos
rozando la suave piel de mis muslos en el proceso. Mis piernas se abrieron
a su toque y su mano se movió hacia arriba, acariciando mi vientre antes
de jugar con la banda de mis bragas.

—¿Más? —preguntó y, demasiado excitada para hacer que mi mente


forme pensamientos coherentes, y mucho menos para formular palabras,
simplemente asentí.
Sus dedos se sumergieron bajo la cinturilla sin vacilar, con una
seguridad que provenía de la experiencia, pero aun así tan lentamente. Se
sintió como una eternidad cuando su dedo se deslizó lentamente entre mis
pliegues resbaladizos, un gruñido sonó procedente de algún lugar profundo
de su pecho cuando mi cuerpo se estremeció. Dejó escapar un lento
suspiro tembloroso a medida que su dedo trazó hacia arriba y encontró mi
clítoris, trabajando sobre él en círculos ligeros. Mi mano salió volando,
agarrando su brazo y apretando. Él me dirigió una pequeña sonrisa antes
de agachar la cabeza y tomar mis labios de nuevo, tragándose mis gemidos
mientras su mano me llevaba más lejos, todo mi cuerpo tensándose.
Me había tocado antes. Me había dado orgasmos antes. Pero esto era
diferente; esto era infinitamente mejor. De algún modo más íntimo, más
devastador. Sentí que mi cuerpo estaba a punto de explotar y todo lo que
quería era que Johnnie pusiera el interruptor en marcha y lo hiciera
realidad.
Entonces su mano se alejó y yo hice un sonido de l oriqueo contra sus
labios, haciéndolo retroceder.
—Todavía no —dijo suavemente, su mano saliendo de mis bragas,
pero solo porque él comenzó a bajarlas. Levanté las caderas y sentí que el
material se movió aún más abajo, el cuerpo de Johnnie levantándose del
mío para sentarse sobre sus talones y liberar mis pies de mi ropa interior.
Me miró durante un largo minuto. Mis muslos se cerraron entre sí,
insegura, y sus manos comenzaron a acariciar mis pantorrillas de arriba
abajo. Llegaron hasta mis rodil as y se detuvieron allí, apretando, luego
abriéndolas a medida que él bajaba lentamente en el espacio entre el as.
Giró su cabeza y besó suavemente el interior de mi muslo, sus brazos
envueltos alrededor de ambas piernas, sosteniéndolas abiertas en el
colchón.
Mi sexo se apretó con fuerza cuando su cabel o hizo cosquillas en el
pliegue donde mi cadera se encontraba con mi muslo. Su cabeza se movió
y sentí la punta de su lengua deslizarse por mi hendidura, sacándome un
gemido, mi mano bajando para sujetarle la nuca. Su lengua encontró mi
clítoris y lo acarició unas cuantas veces antes de sentir
que se retiraba un poco, antes de que la bola del piercing de su lengua
se deslice sobre él, haciendo que mi cuerpo se sacuda ante la sensación
desconocida. Sus ojos se abrieron, inclinándose para mirarme mientras
continuaba la exploración extraña, nueva y completamente embriagadora,
haciendo que mis muslos comiencen a temblar. Su cálido aliento resopló
cuando su lengua reemplazó el piercing, dejándome intentar averiguar qué
me gustaba más. Cosa que terminó siendo imposible decidir. Como si
sintiera esto, Johnnie lo alternó cada pocos movimientos hasta que todo mi
cuerpo se estaba retorciendo, mis manos clavándose en su cuel o y brazo,
mis gemidos saliendo fuertes y constantes.
Su lengua se retiró por meros segundos, sus ojos en mí cuando él
murmuró:
—Dámelo, ángel. —Luego el aro de su lengua se presionó sobre mi
clítoris una vez más y lo hice, se lo di. Mi orgasmo corrió casi
violentamente a través de mi cuerpo, empezando como una chispa blanca
y caliente donde su lengua se encontraba y explotando hacia fuera,
haciendo que mi cuerpo tiemble hasta que colapsé sobre la cama y gemí su
nombre.
Al principio, no se alejó. Su lengua me acarició durante otro minuto,
evitando mi clítoris demasiado sensible, prodigando mi sabor, antes de
que
su cabeza se inclinara, besando mi otro muslo. Su cuerpo empezó a
moverse sobre el mío, su cabeza se sumergió para besar mi vientre y mi
seno, luego mi cuello.
Volví a mi cuerpo lentamente, sintiéndome pesada, pero en un buen
sentido, y tranquila. No esperaba sentirme tranquila. Siempre pensé que
después de que finalmente hiciera algo con alguien, me sentiría tímida,
insegura o arrepentida. Pero ninguno de esos sentimientos l egó. Me
sentía… satisfecha.
Mis manos subieron y bajaron por su espalda durante un largo
momento antes de oírlo: un golpe. No era en mi puerta, sino en la de él.
Shooter no lo oyó o lo ignoró, así que también decidí ignorarlo. Eso
fue, hasta que oí una voz femenina llamando su nombre.
Mi cuerpo se estremeció, pero no tenía forma de escapar de su cuerpo
presionándome contra el colchón. Mis manos se movieron entre nosotros,
empujando sus hombros fuertemente. Él se levantó, con líneas fruncidas
entre las cejas.
—¿Qué sucede?
Sabía que el a todavía estaba allí. No podía oírla, pero sabía que
estaba allí. Y su presencia estaba tomando algo que se había sentido
bueno, especial, correcto… y lo contaminó. Y solo me culpaba a mí
misma. Lo sabía bien. Sabía cómo era él. Sabía que no podía dejarlo
entrar. Y lo hice de todos modos.
Estúpida, chica estúpida.
—Vete —me oí decir, mi voz una extraña y falsa versión de sí misma.
—¿Qué? —preguntó, con las cejas fruncidas—. Cariño, ¿qué pasa?
—Solo vete, Johnnie —dije, sacudiendo la cabeza. Abrió la boca para
decir algo, pero sacudí la cabeza con más firmeza—. Dije que te vayas.
Retrocedió, sentándose en sus talones, sus hombros derrumbándose a
medida que estudiaba mi cara por algo. Fuera lo que fuera, lo encontró y
todo su rostro pareció caer. Sentí un puño cerrarse alrededor de mi corazón
por la visión. Pero era demasiado tarde; el daño estaba hecho…
para los dos. Y se estaba marchando. Así que, cuanto antes me dejara,
mejor sería todo.
—Cualquier cosa que hice, carita de ángel… —empezó, poniéndose de
pie.
Giré mi rostro lejos de él, sintiendo otra corriente de lágrimas detrás
de mis ojos y necesitando que él no las viera. No terminó su frase. De
hecho, no dijo nada en absoluto. Simplemente se marchó. Ni siquiera
habría sabido que se había ido, excepto que escuché el chasquido de la
puerta de mi apartamento.
La dolorosa sensación hueca comenzó de nuevo en mi pecho y puse mi
mano allí para aliviarla.
Pero, por supuesto, no funcionó.
No había arreglo.

Traducido por Rihano y Gigi D


Corregido por LizC

Salí al pasil o, pasando una mano por mi cara. ¿Qué demonios fue
eso? Tuvimos algo allí. Cuando el a se volvió en mis brazos y
realmente le eché un vistazo, sin pesar alguno, la vi. En realidad la vi. Ya
no se estaba escondiendo. Y la forma en que respondió a mí, cada pequeño
toque enviando chispas a través de todo su sistema… mierda. Ni siquiera
quería empezar a pensar en cómo sabía, tal vez como el sol, como algo que
podía probar todos los días por el resto de mi vida y nunca cansarme.
—¡Sabía que era ella! —dijo Alex, sorprendiéndome.
—¿Qué? —pregunté, observándola apoyada contra la pared junto a mi
puerta, con los brazos cruzados.
—La chica en ese apartamento. La vi la otra noche cuando estaba
entrando. Una mirada y supe que era la que te tiene con esos ojos
soñadores.
Miré hacia la puerta de Amelia.
—¿La viste?
—Sí, en cierto modo se detuvo de pronto cuando me vio, como si la
hubiera sorprendido. Dije hola; el a dijo hola. Luego entró en su
apartamento.
Miré hacia el techo, sacudiendo la cabeza.
—Maldita sea, mierda.
—¿Qué?
—El a cree que estamos fol ando, calabacita —dije, soltando un largo
suspiro.
—Irónico, ¿eh? —preguntó Alex mientras yo abría la puerta para que
el a entre.
—¿Qué exactamente?
—La única vez que no estás siendo un sinvergüenza y te acusan de
prostituto.
—No me acusó. Solo… me evitó todo el día de ayer. Probablemente
también lo habría hecho hoy, pero estaba triste y sola y yo estaba allí.
—La reconfortaste, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa tímida,
haciendo un gran rodeo alrededor de Millie en el suelo.
—Claro. Hasta que me echó.

Alex se quedó en silencio por un momento y soltó una risa sin humor.
—Estás perdiendo tus habilidades, ¿eh? —preguntó, intentando aliviar
la tensión que se había acumulado en mis hombros y mandíbula— .
Shooter —intentó suavemente, extendiendo la mano para tocar mi brazo
—. Ve a explicarle; o yo iré a explicarle. No solo te quedes aquí parado
pareciendo un perro pateado.
—¿Qué carajo importa? —pregunté, sintiendo la frustración inundar
mi sistema—. De todas maneras, me iré de aquí mañana.
—No te vayas de esta forma, Shoot. El a estaba destrozada hoy. No
estaba pensando claramente.
Me sentí asentir firmemente.
—Entonces, ¿Break y tú van a irse esta noche?
—Tan encantador como es el acento por aquí, y créeme, es encantador
—dijo Alex, encogiéndose de hombros—. Quiero regresar a un lugar
donde nadie me hable cuando paso junto a ellos en la cal e. ¿Sabes cuántas
personas nos detuvieron y nos preguntaron cómo te conocíamos en los
pasados dos días? —Iba a encogerme de hombros, pero ella siguió
adelante—: Treinta y nueve, Shoot. Treinta y nueve malditas personas.
No creo haber hablado con treinta y nueve personas en todo el año en casa.
Extraño eso, todo el mundo siendo un idiota.
Sentí que una risita se alzaba y envolví un brazo alrededor de sus
hombros, estrujando mis nudil os en el cabello de la parte superior de su
cabeza.
—No eres la tipa ruda que crees que eres, cariño.
—Shh. No dejes que se sepa, tengo una reputación que mantener —
dijo el a, envolviendo sus brazos alrededor de mí para un abrazo—. ¿En
serio vas a regresar mañana?
—Sí. Tengo un trabajo la próxima semana. Además… aquí no hay nada
para mí.
—Está bien —dijo, dándome un apretón antes de alejarse—. Buena
suerte luchando por meter a ese gato del demonio en una jaula para viajes
—añadió con una sonrisa perversa mientras se dirigía hacia la puerta.
Esperé. Supuse que tal vez ella necesitaba un minuto para levantar sus
paredes otra vez; tal vez estaba avergonzada por abrirse conmigo. Así
que le estaba dando tiempo. De hecho, le di hasta las primeras horas de
la noche, siendo un completo acechador y escuchando cualquier señal que
indicara que estaba despierta y moviéndose antes de salir al pasillo y
golpear su puerta.
No hubo ninguna pausa antes de que sus pasos se detuvieran y la puerta
se abrió; así que o no esperaba que yo apareciera y por lo tanto no revisó la
mirilla, o decidió que iba a ser la fría y amable Amelia y de nuevo
alejarme. A juzgar por la forma en que su boca cayó abierta cuando me
vio, sí, era la primera.
—Te dije que te vayas.
—Y me fui —dije, metiendo las manos en mis bolsillos—. Ahora
estoy de vuelta.
—Y no eres bienvenido.
Lo intentaba con tanta fuerza, realmente lo hacía, para parecer cruel y
mezquina. Pero el hecho era que, no era ninguna de las dos e incluso ni
siquiera era buena intentándolo.
—Quiero explicarte algo, nena. Y vas a escuchar. Puedes azotar la
puerta en mi cara si quieres, pero simplemente voy a gritarlo a través de el
a y dejar que todo el piso se entere de nuestro asunto.
—No hay un nuestro —corrigió, deseando tanto creerlo.
—Por supuesto que lo hay, querida… Y parece que conseguiste
confundirte con algo en algún momento anteayer en la noche. Quiero
enderezar eso.
Sus ojos bril aron.
—Oh, no estoy confundida en absoluto, Johnnie. De hecho, las cosas
están claras para mí.
—¡No ibas a salir de esta ciudad sin esa cerveza que me prometiste!
—dijo Dade, y estiré mi cuello sobre mi hombro para verlo caminando
por el pasillo hacia nosotros—. Te haré cumplirlo —añadió, haciendo un
gesto al paquete de seis en la mano—. Hermosa señorita —dijo, guiñando
un ojo a Amelia, que parecía completamente inmune a su encanto.
Curioso, eso—. ¿Cómo la estás pasando, cariño? —continuó, con la cabeza
inclinada hacia un lado, pareciendo preocupado—. Has tenido un día
difícil.

—Sería mucho mejor si lo sacaras de mi puerta —dijo ella con una


altiva elevación de la barbilla.
Dade le dirigió una pequeña sonrisa.
—¿Quieres unirte a nosotros por una cerveza?
—No, gracias, Dade. Estoy cansada.
Él se adelantó, sacándome ligeramente del camino al hacerlo,
haciéndome salir de la puerta. Si era para cumplir sus deseos o para hacer
su movimiento, no estaba seguro. Su mano se estiró para cerrarse
alrededor de la muñeca de Amelia, dándole un pequeño apretón.
—Si necesitas algo, cariño…
—Gracias —le interrumpió, ofreciendo una sonrisa de labios cerrados
que en ningún momento l egó a sus ojos—. Disfruten su cerveza —añadió,
retrocediendo y cerrando la puerta.
—¿Qué mierda fue esa? —pregunté cuando Dade se volvió hacia mí.
—¿Qué? —preguntó, inocentemente, moviéndose hacia el apartamento
de mi padre.
—¿Sacándome del camino de esa forma? —pregunté, cerrando la
puerta detrás de mí, viendo como él ponía la cerveza en la encimera y
extendía la mano para acariciar a Mil ie, quien lo dejó.
—Eres más feo que el pecado, gata horrenda —le dijo mientras
destapaba su cerveza. Tomó un largo trago antes de contestar—. ¿Qué
estás haciendo jugando con esa chica? —preguntó, sacudiendo la cabeza
—. Hombre, mañana te vas. ¿No crees que su corazón ya está lo
suficientemente roto como está?
—¿Así que estabas haciendo un movimiento? —pregunté, sintiendo el
enojo elevarse en mi interior—. En caso de que te estuvieras preguntando,
el a sabe como el jodido sol.
Las cejas de Dade se levantaron durante un minuto, tomando otro
sorbo antes de dejar escapar su aliento siseando de su boca.
—No es propio de ti confesar esas cosas. Eres mejor que eso.
Mierda. Tenía razón. Suspiré, aceptando la cerveza que me estaba
alcanzando, sacando la tapa y bebiendo media botella de un trago.
—Quería más tiempo con esa —dije honestamente. Era cierto.
—¿Y qué te detiene? —preguntó Dade y había allí un bril o de
esperanza que me recordó lo egoísta que había sido. Él me quería cerca.
Quería nuestra amistad de nuevo.
—Trabajo. Break y Alex. Paine. Tengo gente en casa.
—No digo que tienes que dejar tu vida, Johnnie. Lo entiendo. Has
echado raíces. Solo digo, que eso no significa que no puedes tener alas
también. Maldición, tengo un apartamento vacío en el rancho. Ven entre tu
trabajo y las cosas de la vida. Visita. Ve a Amy.
—¿Amy? —pregunté, alzando la mirada. Eso era demasiado…
familiar para mi gusto.
—Amelia —se corrigió, intentando no sonreír.
—¿Le dices Amy?
—La l amaría maldita Cleopatra Reina del Nilo si con eso me diera la
hora.
Medio bufé, medio reí, sacudiendo la cabeza.
—¿Están tan cortos de mujeres en este pueblo? ¿Tenías que ir
olfateándola a ella?
—Es diferente, ¿sabes? No se trata de que fuera una porrista y sepa
hacer las mejores piruetas. La chica es especial. Pero no soy idiota,
hombre. La invité a salir dos veces. No necesito más golpes a mi ego. No
está interesada. No seguiré intentando.
Lo decía para que yo me sintiera mejor. Busqué otra cerveza.
—Creo que prefiero que seas tú antes que cualquier otro jodido idiota
por aquí.
—¿Me estás l amando jodido idiota? —preguntó, fingiendo estar
ofendido.
—Oh, ciertamente eres un jodido idiota —dije sonriendo, inclinando
mi cerveza.
—¿Quieres pelear? Podría acabar con tu flacucho trasero.
Tenía razón; podía hacerlo. Las cosas habían cambiado mucho.

—Solo digo… al menos sé que no eres un imbécil.


—¿Tienes sentimientos por ella? —preguntó, frunciendo el ceño—.
Quiero decir… ¿no solo quieres meterte en sus pantalones?
—Acabo de conocerla —repliqué.
—¿Y cuándo carajo ha importado eso? Es o no es. No necesitas un
maldito año para hacer la conexión. Esa mierda lleva minutos.
Chasqueé la lengua, sacudiendo mi cabeza.
—¿Cuándo te salió un cerebro, amigo?
—Uff, en la maldita secundaria, hombre. ¿Recuerdas a Bonnie la
Cerebrito? ¿La de anteojos, acné y unos veinte kilos de más?
—Sí. —Asentí, la imagen saltando a mi mente como si no hubiera
pasado el tiempo.
—Creció diez centímetros. Ese peso pareció asentarse en sus tetas y
culo. Se puso lentes de contacto, la crema facial hizo maravillas. Uno de
esos antes y después salido de una maldita película de adolescentes.
—¿Y? —pregunté, comenzando a sonreír.
—Bueno, de repente comencé a necesitar tutorías —dijo, dándome una
sonrisa—. Entre los descansos que nos tomábamos atrás del veinte — dijo,
refiriéndose al rancho de su papá—, logró inculcarme algunos conceptos.
—Le debes algunas flores —dije riendo.
Un silencio de camaradería nos envolvió mientras nos dirigíamos a la
sala de estar.
—Oí lo del incidente en la cafetería —dijo Dade finalmente, sus labios
arqueándose.
—Unos estúpidos descerebrados.
—¿Siempre llevas una pistola?
Lo miré al rostro, considerando cuánto estaba dispuesto a decirle.
—¿Mi trabajo? Involucra armas.
—¿De las que necesitas mantener escondidas sobre tu cuerpo todo el
tiempo? —preguntó, y pude ver que estaba comprendiendo las cosas.

Una vez más, obra de Bonnie la Cerebrito. No es que fuera estúpido


cuando éramos niños; simplemente no era muy brillante.
—Sí, algo así.
—Creo que me había imaginado que no eras contador —dijo con un
encogimiento de hombros, dejándolo pasar, sabiendo que no debía
presionar—. Tus amigos, ¿están en esa línea de trabajo?
—Algo así. No exactamente la misma. La de Break es más similar.
Alex trabaja en… computación.
—¿Y ese tipo, Paine? De todas formas, ¿qué nombre de mierda es ese?
—Es su nombre real —dije riendo—. Es un tatuador.
—Veo que pasas mucho tiempo con él —comentó, señalando mi
cuerpo.
Hubo un peso detrás de esas palabras.
—Dade… voy a volver a visitar. Viajo mucho. No hay motivo para que
no pase de vez en cuando por aquí.
Pude ver que se relajó notablemente con mis palabras.
—Bien. Pero hombre, solo para que sepas, no vas a venir aquí a cagarle
la vida a esa chica cada vez que lo hagas. Sé que eres un buen tipo y no
quieres ser un imbécil. También sé que todo en ti grita “consigo toneladas
de coños”. Así que te aviso, no le harás eso a ella.
—Siempre me gustó esa cualidad, amigo —dije, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué cualidad?
—La vena protectora. Incluso cuando no tenías motivos para que yo te
importara un comino, me cuidabas. Es bueno que la tengas… incluso si
ahora me estás limitando el sexo.
—Pff, por la forma en que te lanzaba dardos con la mirada, de ninguna
manera podrías haber l egado muy lejos con ella de todas formas.
Suspiré con fuerza, parándome a buscar otra cerveza.
—Sí. Lo sé.

Metí a Millie en su jaula con más facilidad de lo que Alex hubiera


apreciado, tomé mi bolso, y salí por la puerta. Hice una brevísima pausa
para mirar hacia la puerta de Amelia, preguntándome si debía ir a limar
las asperezas. Pero, al final, ¿cuál era el punto? Ya me estaba yendo. El a
ya tenía una opinión de mí. Mejor que simplemente asumiera que era un
imbécil.
Acababa de bajar los escalones hacia el exterior cuando oí voces.
No me pregunten por qué me detuve, pero lo hice. Paré y escuché.
—Solo un par de minutos. Ofréceme algo de té dulce.
—No, Luis, hoy no —llegó la voz de Amelia, y me tensé.
¿Quién carajo era Luis? ¿Y por qué intentaba meterse en su
apartamento? ¿Era el idiota rico propietario del edificio? Aunque mi
sentido común me decía que estaba siendo un acechador, me acerqué a la
esquina para ver al hombre en cuestión estirarse y acariciar la mejilla de
Amelia de forma íntima. El a tampoco se alejó. Moví mis ojos de su
rostro al del hombre y me congelé.
De ninguna maldita manera.
De ninguna maldita manera ese podía ser el hombre que ella estaba
viendo.
Mierda, Jesús.
Era alto y delgado con rostro angular y ojos oscuros. Verán, él no me
estaba mirando a mí; no podía ver sus ojos. Pero sabía que eran oscuros.
Lo sabía porque lo conocía.
—De acuerdo, Amelia, cariño, quizás mañana —dijo, besándole la
mejilla y alejándose.
Algo en mí se rompió, algo bajo, cruel y desconocido, haciendo que mi
sonrisa se volviera una mueca cuando el a giró en la esquina, saltando
cuando me vio.
—¿Quién era ese, ángel?
Su espalda se enderezó; sus paredes internas volvieron a alzarse.

—No sé cómo eso puede ser asunto tuyo.


—¿Es tu novio?
—¿Y qué si lo es?
No pude evitarlo, me reí. El recuerdo de cuando el a me insultó por mi
estilo de vida me vino a la mente.
—¿Qué es tan gracioso?
Recuperándome, sacudí la cabeza, aún sonriendo abiertamente.
—El karma, dulzura.
—¿De qué hablas? —preguntó, cruzándose de brazos.
La tomé suavemente por la barbil a.
—¿Por qué no le preguntas a tu novio de dónde me conoce, eh, carita
de ángel?
El a puso los ojos en blanco a medida que yo me iba.
—No lo conoces. Es nuevo aquí.
Me di la vuelta mientras salía por la puerta principal.
—Pregúntale —dije, girando y alejándome.
Me subí a mi auto rentado, aún sonriendo. Maldito infierno. Qué giro
en los eventos.
Saqué el auto del estacionamiento, y conduje cal e abajo, esperando
sentir alivio y paz al dejar este pueblo en medio de la maldita nada atrás.
En cambio, lo único que sentí era que dejaba cosas sin terminar. Ignoré la
sensación, intentando concentrarme en todo menos las cosas que me
harían girar el auto y volver corriendo a ese edificio y decirlo todo.
Eso no podía pasar.
Eso ya había pasado.
Tenía que volver a casa.
Y Amelia tenía que quedarse donde estaba.
Punto final.

Traducido por VckyFer


Corregido por LizC

o escuché moverse toda la noche. Lo escuché porque no


pude dormir en toda la noche. Dade se fue en algún L momento a la
una de la mañana, abriéndose paso silenciosamente por el pasillo. Limpié.
Horneé. Me duché.
Traté de no pensar en Johnnie Walker Al en. Traté de no pensar cómo
se sintieron sus manos y labios en mi cuerpo, cómo se sintió su lengua
entre mis piernas, dándome algo que nadie me había dado nunca antes.
Intenté recordar que mientras me lo estaba dando, otra mujer estaba
esperándolo para que también se lo diera.
—Aggrrh —gruñí, saliendo de la cama alrededor de las siete la
mañana siguiente, vistiéndome, y dirigiéndome a trabajar temprano de
nuevo.
La última cosa que esperaba cuando bajaba las escaleras era toparme
con Luis. No es que fuera raro encontrármelo; era dueño de este edificio.
Siempre estaba alrededor, revisando cosas, supervisando las mejoras,
mostrando apartamentos vacíos a posibles inquilinos. Estaba mucho
alrededor. Dicho eso, no estaba particularmente de humor para verlo. Cada
vez que lo veía, quería invitarme a salir una vez más. Y cuando lo
rechazaba, él no escuchaba “no”, escuchaba “intenta con más ganas”
y la mayoría del tiempo, cedía solo para ahorrarme futuras
discusiones. No sentía absolutamente nada por él. Claro, era encantador.
Tenía un cierto
atractivo. Muchas de las mujeres del pueblo estaban enamoradas de él.
Es solo que… no me provocaba eso. Pero era implacable y no estaba de
humor para otro de sus argumentos de: “Vamos, Amelia, trabajas muy
duro, necesitas una noche libre”.
—Querida —dijo él, su cabeza inclinándose hacia un lado,
observándome bajar los escalones. Sus ojos me estudiaron lentamente,
desde los pies a la cabeza, descansando demasiado tiempo en mis senos y
luché contra el impulso de cubrirlos. Su mirada llegó a mi rostro y me dio
una sonrisa que no era del todo una sonrisa—. Debiste l amarme —añadió,
chasqueando la lengua a medida que corría una mano por mi pegajosa
mejilla por el llanto.
—¿Por qué?
—Porque pude haberte reconfortado, querida. —Odiaba que me
llamara “querida”, la forma en que él lo enunciaba con una fuerte “a” al
final me crispaba. Lo odiaba aún más porque ahora me recordaba cuando
Johnnie me l amaba así, soltando la “a” por completo. Odiaba admitir que
sonaba mejor en los labios de Johnnie. Maldición.
—No necesitaba que me reconfortaran. Solo necesitaba tiempo.

—Sé que querías a Ben. Siento mucho tu pérdida, Amelia.


—Gracias —dije, intentando moverme a un lado, pero él me bloqueó.
—Es demasiado temprano para el trabajo. ¿Por qué no subimos un
momento? Podemos tener una visita. —Siempre intentaba entrar en mi
apartamento. Cada vez que lo encontraba alrededor del edificio, me
preguntaba si había algo que requería trabajo allí. Cuando decía que no,
preguntaba si podía revisar por sí mismo. Lo cual le conseguía un no más
firme. Cuando finalmente cedía y salía con él, siempre intentaba invitarse
a sí mismo para café o vino. No aún más firmes. Supongo que pensaba que
si podía entrar a mi apartamento, podía entrar en mis bragas. Eso no podía
estar más alejado de la verdad.
—No. —No lo clarifiqué. No hice ninguna excusa. Escuché una vez
que las mujeres deberían aprender a usar “no” como una oración completa,
que no necesitábamos explicar nuestras razones para decir no.
Aparentemente, Luis no entendía ese concepto.
—Amelia…
—No, Luis, hoy no. —Oh, maldición. No debí agregar el “hoy no”. Eso
sonaba como si hubiera una posibilidad otro día. Culpaba la falta de sueño.
Mi cerebro no estaba funcionando bien.
Él hizo una pausa, una tensión formándose alrededor de sus ojos que
me hizo sentir incómoda antes de que se relajara.
—De acuerdo, Amelia, cariño, quizás mañana —dijo, besando mi
mejilla. Lo observé alejarse por un segundo, sintiendo ganas de frotar mi
mejilla con papel de lija, antes de dar la vuelta escaleras arriba. Quizás no
necesitaba ir a trabajar tan temprano. Quizás lo que necesitaba era un día
libre. Necesitaba dormir un poco, poner mis pensamientos de nuevo en
orden. Ni siquiera tenía que llamar a nadie. No tenía a nadie a quién
responderle.
Y luego me topé con Johnnie y él soltó esa línea acerca de conocer a
Luis antes de marcharse también.
Observarlo avanzar hacia el estacionamiento y subir al auto, tengo que
decir, dolió. Dolió de una forma en que no debería. Estaba dispuesta a
culparlo por la falta de sueño, por el duelo, por el hecho de que había
dejado que me hiciera cosas que no había dejado que nadie más me
hiciera. Eso era todo. Todo era una locura. Mientras más pronto se
marchara las cosas volverían a la normalidad, sería lo mejor.
Entré en mi apartamento y me arrojé en la cama, sabiendo por
completo que el sueño no vendría. Especialmente con ese pequeño pedazo
de información que Johnnie había soltado en su camino al irse.
¿Estaba siendo honesto? ¿En realidad conocía a Luis de alguna parte?
Parecía una imposibilidad, pero tampoco sabía mucho sobre el pasado
de Luis. Apareció en el pueblo, compró el terreno, construyó los
apartamentos. Eso era todo lo que sabía. No tenía ni idea de dónde venía.
Quizás el os habían cruzado caminos antes. Además, Johnnie parecía
ser uno de los hombres más honestos que he conocido. En realidad no
podía imaginármelo inventando una historia tonta solo por causar un
infierno. Eso no parecía propio de él. Pero, en verdad, tampoco conocía a
Johnnie tan bien. Alguien que trabajaba como un asesino a sueldo
seguramente era bueno mintiendo. ¿De qué otra forma podía evitar los
problemas? Así que, quizás no era que fuera tan inocente, quizás solo era
que era bueno mintiendo.
—¡Aggrh! —gruñí, arrojando la sábana sobre mi cabeza, obligándome
a dejar de pensar en Johnnie Walker Allen.

Al día siguiente, fui a trabajar. Me quedé hasta tarde, pretendiendo


tener mucho trabajo, pero honestamente solo lo estaba haciendo para
evitar enfrentarme a mi apartamento vacío. Verás, me di cuenta de algo al
no dormir otra vez la noche anterior, algo que se había asentado con un
gusto amargo en mi lengua: estaba sola. Estaba sola hasta los huesos. Y, a
decir verdad, la soledad siempre había sido una parte de mí, desde que era
una niña pequeña, desde que mi vida se desmoronó. Mantenía alejadas a
las personas con mis espinas, un mecanismo de defensa que Johnnie había
visto en cuestión de segundos al haberme conocido. Lo hacía porque había
aprendido cuán peligroso era dejar entrar a las personas, dejarlos que se
vuelvan importantes para mí. Porque si había aprendido algo en mi vida,
era que las personas que amabas se iban eventualmente. Y el espacio que
el os dejaban vacío, nunca podía ser llenado.
Eso era lo que estaba haciendo cuando me mudé a Alabama:
estaba huyendo de las personas con las que había comenzado a estar
demasiado unida, mi vieja compañera de habitación, mis compañeros de
universidad. Todos. Comenzaron a importarme demasiado. Así que a los
veintitrés, empaqué mis cosas, dejé una nota y me fui. Aterricé en
Alabama porque allí es dónde mi auto de porquería finalmente se murió.
Por suerte para mí, incluso había oportunidad para construir una vida y
una carrera en un pequeño pueblo como este. Así que eso fue lo que hice.
Y
aprendí mi lección; no me acercaría a nadie.
Hasta Ben.
Ben se esforzó. Me hablaba en el buzón de correos; me adentraba en
conversaciones en el balcón los fines de semana; me invitaba cuando
“comía con los ojos” y “compraba demasiada pizza”. El pozo de soledad
en él era tan profundo como el que yo tenía en mi interior. Conectamos. Y
él era tan recluso como yo lo era. Con él era seguro. Así que lo dejé
entrar.
Me ayudó a llenar un poco el vacío.
Luego se fue. Y no solo estaba luchando con su pérdida, estaba
volviéndome a familiarizar con el vacío en mi interior.
Y cuando mi miseria era demasiado para soportar, entró Johnnie.
Ayudándome a llenar el vacío en menor capacidad que su padre.
Pero ahora también se había ido.
Estaba tan sola como podía estar, con solo Luis y sus atenciones
indeseadas para hacerme compañía.
Quizás era tiempo de seguir adelante otra vez. Quizás ya había
terminado con Alabama. Quizás era tiempo de probar en el medio este o
California. Quizás me tenía que perder en las montañas cubiertas de nieve
de Vermont. Quizás era tiempo para un cambio.
Caminé de regreso a mi apartamento, revisando mi correo por encima
de modo que no lo vi hasta que lo escuché.
—Buenas tardes, querida.
Mi cabeza se levantó bruscamente y allí estaba Luis, inclinado contra
mi puerta en pantalones crema (sí, crema) y una camisa de un azul suave.
Todo en cómo se desenvolvía y vestía parecía fuera de lugar. Por qué
estaba viviendo allí me pasaba por completo. No parecía se adecuado para
él.
—Hola, Luis —dije, sin molestarme en ocultar el descontento en mi
tono.
—Traje vino —dijo y, por supuesto, había una botella de vino tinto en
sus manos.
Grandioso. Simplemente maravilloso.
—Solo veinte minutos, Amelia. No voy a alejarte de tus planes.
Claro, mis planes. Si comer pizza congelada y volver a llenar la bañera
contaban como planes.
—Bien —dije, quitándole el seguro a la puerta y dejándolo entrar.
Él la cerró detrás de sí a medida que yo me dirigía a mi cocina por
copas. No tenía copas para vino, pero al menos tenía un par de vasos en
forma de tubo.
—Añadiste cerrojos —observó Luis y yo levanté la mirada para verlo
inspeccionar los candados—. ¿Los que estaban instalados no funcionaban
apropiadamente?
Dios, era tan raro. Puse los vasos al final de la encimera y fui en
búsqueda de un sacacorchos.
—Ben los instaló. Dijo que no era correcto que una mujer viviera sola
y confiara en un picaporte, candados y cadenas o algo como eso. Insistió
en colocarlos.
—Dos de ellos —observó Luis, avanzando hacia mí y buscando el
sacacorchos que yo estaba sosteniendo. Esperaba que mi mensaje fuera
claro: vamos a terminar con esto.
—Dijo que nunca se podía estar demasiado seguro.
—Por supuesto —dijo Luis, moviendo su cabeza hacia la puerta
corrediza del balcón donde tenía una polea de metal, evitando que se abra.
—No soy de por aquí. —Me encogí de hombros—. No es extraño para
mí. Creo que es mucho más raro que los demás no cierren sus puertas con l
ave a que yo tenga múltiples cerrojos.
—Buen punto —respondió, sirviendo vino en los vasos. Cuando fui a
buscar el mío, él apartó mi mano—. Déjalo respirar —dijo en un tono que
me hizo sentir como una niña reprendida—. Sabes, tampoco soy de por
aquí.
Bueno, entonces. Allí estaba mi entrada.
—Lo sé —dije, intentado suavizar mi tono a un interés amistoso—.
¿De dónde eres originalmente?
—Nueva York. Luego pasé algo de tiempo en Boston, Austen, Miami,
Raleigh.
—Un gran viajero.
—Negocios —dijo, restándole importancia. Asentí, insegura de adónde
ir desde allí. Luis tomó los dos vasos y se movió hacia la sala sentándose
en el sofá. Lo seguí, escogiendo el sillón opuesto, no quería que se hiciera
alguna idea, y tomé mi vaso—. Tienes ojo para el decorado de interiores
—comentó y sentí que el cumplido mitigó el humor ligeramente—.
Normalmente, no pensaría que este… color lila alguna vez funcionaría,
pero de alguna forma has hecho que suceda.
—Gracias —dije, bebiendo el vino, el sabor explotando a través de mis
papilas gustativas en una forma que solo el vino costoso puede hacerlo.
—Has hecho arreglos recientes —dijo.
—¿Qué? ¿Te refieres a los muebles? —pregunté, confundida.
—Sí.
—No —respondí, sacudiendo la cabeza. No había movido nada desde
que lo acomodé de la forma en que me gustaba… hace un año.
—Oh. Hay marcas frescas de arañazos bajo el gabinete de la televisión
—dijo, moviendo una mano para quitarle importancia.
Mis ojos se movieron hacia el gabinete en cuestión para darme cuenta
que él estaba en lo correcto, había arañazos. Extraño.
—Eres muy observador —dije con una sonrisa que realmente no sentía
—. Limpio mucho. Debo haberlo movido al aspirar —añadí, esperando
que la mentira se sintiera cierta. El hecho era que, sabía con certeza que no
había movido el gabinete. Primero, porque pesaba una tonelada. Segundo,
porque sabía que dejaría arañazos en el bonito piso
de madera. Así que eso era realmente extraño.
Sorbimos el vino. Luis hizo preguntas sobre la universidad, sobre mi
trabajo en la iglesia, sobre una posibilidad de una cita el fin de semana.
Respondí a las preguntas de la universidad de forma críptica, las
preguntas del trabajo tan honestamente como la confidencialidad lo
permitía, y le dije que tendría que revisar mi calendario de reuniones y
confirmarle.
Luego, veinte minutos después, como prometió, bajó su vaso y se
levantó, declarando que había robado suficiente de mi tiempo y se dirigió
a la puerta. Me besó en la mejilla una vez más y yo cerré la puerta detrás
de él.
Me quedé observando la puerta cerrada por un momento cuando las
palabras de Ben vinieron a mi mente: Cierra con llave, Amy. Tienes que
cuidarte.
Mis manos volaron hacia fuera, deslizando todos los cerrojos en su
lugar antes de girarme y correr hacia el balcón. Si me inclinaba sobre el
barandal ligeramente, podía ver la calle. Así que lo hice, mis ojos
siguiendo el auto de Luis hasta que desapareció, luego me apresuré de
regreso al interior, poniendo la barra de nuevo en su lugar y
apresurándome hacia el
gabinete. ¿Por qué estaba fuera de lugar? ¿Si no lo moví, y sabía que
no lo había hecho, entonces quién? ¿Y por qué?
Agarré el borde inferior, apoyando mi hombro sobre un lado y empujé,
empujé, empujé hasta que finalmente se movió, haciendo nuevos arañazos
en mi piso de los que ni siquiera podía pensar porque había un sentimiento
de inseguridad arremolinándose en mi estómago. Algo estaba mal. Algo
estaba muy, muy mal.
Y no tomó mucho tiempo para que el sentimiento de inseguridad se
tornara en un frío sudor de incertidumbre. Porque allí, detrás del gabinete
de mi televisión, había un gran agujero cuadrado cortado en mi pared.
Como si, alguien hubiera removido la pared en un gran marco, luego lo
hubiera vuelto a poner. No se requería de un gran conocimiento criminal
para saber que había algo en mi pared, algo que yo no puse allí, algo que
no pertenecía allí. Mi corazón estaba martillando con tanta fuerza en mi
pecho que me estaba haciendo sentir mareada. Mi mano tembló cuando
alcancé la abertura del tamaño de un dedo en la esquina, obviamente hecha
allí para que fuera fácil remover la pared. Tomando una respiración
profunda, tiré del cuadrado, dejándolo en el suelo. La pared interna estaba
oscura, así que busqué mi teléfono, encendiendo la aplicación de
la linterna e iluminando el agujero.
Si mi corazón estaba martillando antes, se detuvo por completo justo
entonces.
Porque allí, anidado en mi pared, había ocho bloques de plástico.
Me incliné más cerca, sabiendo, ya sabiendo lo que era, pero
necesitando asegurarme. El oscuro polvo abultado estaba envuelto con
firmeza en un cierto plástico con el emblema de un pájaro.
—Oh, Dios mío. Oh, Dios mío —susurré, mi trasero cayendo sobre el
suelo.
Había ocho kilos de heroína en mi pared.
Un kilo de heroína estaba más o menos a seis mil dólares.
Seis mil dólares por ocho.
—Oh, Dios mío.
Había como medio millón de dólares en heroína en mi pared.
—Está bien. Correcto —me dije, necesitando algo para calmar el
frenesí de mis pensamientos—. Está bien.
Me tambaleé lejos de la pared, toda paranoica mientras revisaba los
cerrojos de nuevo. ¿Cuáles eran mis opciones? Podía ir a la policía. Podía
entregar la droga, alegando mi inocencia. Pero ¿cuáles eran las
oportunidades de éxito allí? Conocía al sheriff. Era un idiota. Peor aún, era
un idiota que nunca tenía algo de acción en su carrera y estaba buscando su
“gran atrapada” antes de retirarse. Me vería con ocho kilos de heroína en
mi pared, se daría cuenta que era alguien que ayudaba con las reuniones de
los narcóticos en la ciudad, y pensaría que eso era todo tan perfecto,
demasiado sórdido. Quizás les estaba llevando a las personas en mis
reuniones. Después de todo, quién iba a sospechar de alguien que se
supone les está ayudando, ¿cierto?
Está bien. No quería hacer eso.
Podía deshacerme de la heroína. Pero ¿dónde? ¿Dónde demonios
podías deshacerte de tanto producto sin arriesgarte que nadie venga y te
entregue a las autoridades o, peor aún, usarlo?
Podía dejarlo en mi pared. Pero, si alguien lo puso en mi pared,
entonces alguien seguro vendría por el a. ¿Y si venían cuando yo aún
estaba aquí?

No. Esa no era una opción.


Mis ojos se movieron alrededor de mi apartamento, aterrizando en la
botella de vino tinto en mi mesón.
—Oh, tú maldito hijo de…
Por eso es que él quería entrar en mi apartamento con tanta
desesperación. No para acostarse conmigo, para sacar la droga. Por eso es
que él estaba preguntando por las medidas de seguridad añadidas.
¡Demonios, probablemente tenía una llave del cerrojo original que
instaló!
—Soy tan estúpida —siseé a mi apartamento vacío.
Está bien. Necesito concentrarme. Necesito… cerrar la pared.
Correcto. Eso es lo que voy a hacer. Voy a actuar como si no sé nada.
Dejar que Luis se escabul a cuando no esté y recupere su droga.
Dejarlo pensar que aún no tenía ni idea. Tomé algunas toal as de papel de
la encimera y me arrodil é cerca de mi pared, usando el papel para levantar
los trozos de pared y deslizarlos en su lugar, limpiando las esquinas donde
había tocado antes. Me senté, empujando el gabinete de regreso en su
lugar. Todos mis movimientos fueron rígidos y tan torpes a medida que
regresaba a mi cocina y sacaba el limpiador y cera para eliminar las
marcas en mi suelo. Lo hice con mi usual perfección de obsesiva
compulsiva, sin detenerme hasta que las puntas de mis dedos dolían, antes
de limpiar toda la evidencia de lo que había hecho.
De acuerdo. Eso estaba hecho.
Arrojé el resto del vino por el drenaje, lavé los vasos, reciclé la botella.
¿Podía recuperar su droga, pero qué iba a impedirle guardar más otra
vez? ¿Qué significaría eso para mí? ¿Quién carajo era Luis de todas
formas? Obviamente un traficante de drogas. Pero ¿qué más? ¿Era un
chico malo, como realmente malo? ¿Estaba en peligro? Necesitaba
respuestas. Necesitaba saber si tenía que salir de una jodida vez de al í, en
ese preciso momento. Demonios, quizás solo debía irme del pueblo en
general. Simplemente podía… dejar todas mis cosas, empacar un bolso
pequeño, apuntar mi auto en una dirección y nunca ver hacia atrás.
Tomé una respiración profunda y tranquilizadora.
Respuestas.
Tenía razón en eso. Necesitaba respuestas.

¿Por qué no le preguntas a tu novio de dónde me conoce, eh, carita de


ángel?
Johnnie lo conocía.
Eso no me sorprendía. Ambos eran criminales. Pero si Johnnie lo
conocía, Johnnie quizás podía decirme en qué tipo de problemas estaba
metida. ¿Acaso Luis era la clase de hombre que me seguiría adónde quiera
que fuera? ¿Era un cabo demasiado suelto para dejarme ir?
Caminé hacia mi habitación, sacando una de esas inmensas bolsas
plásticas reusables que compras para los comestibles, y arrojé una gran
cantidad de ropa. También arrojé mi cartera en la bolsa, tomé mis llaves y
traté de mantener mis pasos calmados y casuales cuando salí al pasillo, de
repente más paranoica de lo que he estado alguna vez en mi vida, aunque
técnicamente no había hecho nada malo.
Me metí en mi auto y manejé lentamente fuera del pueblo, mirando en
mi retrovisor frenéticamente, convencida de que Luis iba a salir de la nada
disparándome y derribándome. Me sentí mejor cuando crucé el borde del
pueblo y no había visto ni un solo auto siguiéndome.
Me detuve en una estación de gasolina, l ené el tanque, compré algo de
comida chatarra, y me tomé el tiempo para hacer una rápida búsqueda en
línea. No conocía la dirección de Johnnie, pero sabía que vivía en un lugar
l amado Navesink Bank en Nueva Jersey. Ese era un viaje de quince horas
en auto, pero a juzgar por la forma en que mis nervios estaban
frenéticamente amenazando con saltar fuera de mi piel, estaba segura que
podía hacerlo en un solo viaje. Una vez que l egue allí, bueno, encontraría
la forma de llegar hasta él.
No había otra opción.
Lo necesitaba.

Traducido por Lyla


Corregido por LizC

hoot! —l amó Cash tan pronto como entré en


Chaz, el bar de motociclistas en la ciudad y, por lo —¡S tanto, el lugar
donde los miembros de la banda de moteros locales, Los Henchmen, pasan
el rato.
Cash era miembro; también era un amigo cercano. Él y su mujer, Lo,
la líder de cierto rudo campamento de supervivencia/cazadores de
recompensa/seguridad privada/un centenar de otras cosas, eran otra de las
razones por las que tenía que estar en casa. Necesitaba estar con mi gente,
la gente que ni siquiera sabía que mi nombre era Johnnie Walker Al en,
personas que apenas me conocían como el hombre que me había
convertido: Shooter.
—Cash —dije, dándole una sacudida de barbilla. Era alto y delgado del
tipo fuerte con cabello rubio que mantenía afeitado en un lado y largo
hasta los ojos en el otro, sus ojos verdes eran similares a los míos, así
como la gran cantidad de tatuajes con los que estaba cubierto—. Lo,
cariño, dulzura, querida —dije, cayendo sobre una rodil a delante de el a,
tomando su mano y besándola dramáticamente, haciendo que la ruda
mamacita rubia de ojos marrones se ruborice como una colegiala—.
Prímula, guardiana de mi corazón, belleza de la zona de Navesink
Bank — continué, levantándome y tomando sus manos entre las mías—.
Abandona a este idiota y ven a vivir conmigo.
La cabeza de Lo se inclinó a un lado, observándome.
—Tu acento es muy fuerte en este momento —observó con una
pequeña sonrisa.
—Sí, mierda, hombre, ¿has estado tomando lecciones de
pronunciación? ¿Tu voz normal no está atrayendo tantos coños como solía
hacerlo? ¿Tuviste que conseguirte un acento para cambiar las cosas? —
preguntó Cash, l evando una mano a su bebida y sosteniendo en alto tres
dedos.
—Vete a la mierda —dije riendo, aceptando la bebida que me pasó—.
Acabo de volver de Alabama —añadí, con un encogimiento de hombros.
—¿Alabama? —preguntó Lo, su cara frunciéndose.
—No puede haber mucho trabajo allí —agregó Cash.
Sacudí mi cabeza.
—Nah, era una mierda personal de la que tenía que encargarme.
Cinco minutos alrededor de ellos y mi acento vuelve con ganas.
Aunque, tiene sus ventajas —dije, guiñándole un ojo a Lo.

—¿Todo bien? —preguntó el a, luciendo preocupada.


—Sí. Solo tenía que mostrar mi cara, dejar un poco de dinero por ahí.
Todo está bien.
—Entonces, ¿por qué parece que no has dormido en días? — preguntó,
levantando su ceja, y una sonrisa conocedora tirando de sus labios.
—Estuve despierto hasta tarde con un viejo amigo —contesté
evasivamente, no queriendo ir allí.
—Un “viejo amigo” es el sinónimo más extraño que he oído en mi
vida para una “chica caliente” —dijo Cash, sin molestarse en luchar contra
la sonrisa.
—¡Eso es lo que significa esa mirada! —declaró Lo en voz alta,
haciendo que el tipo detrás de el a salte y pierda el equilibrio en su
taburete.
—¿Qué mirada, bomboncito? —pregunté, haciendo un gesto para otra
ronda.
—¿Bomboncito? ¿En serio? —preguntó, sacudiendo su cabeza hacia
mí—. Conozco esa mirada, Shoot. ¿Sabes cómo conozco esa mirada? —Se
detuvo—. Porque estoy familiarizada con el a. La vi en el rostro de Reign
hace un par de años, luego en Cash, y la de Wolf…
—Estás muy equivocada, cariño —negué, sabiendo que el a sabía que
estaba mintiendo.
—Por las bolas —dijo, mordiéndose el labio para contener una sonrisa.
—¿Quién está por las bolas? —preguntó Repo, uno de los miembros
más jóvenes de los Henchmen, deteniéndose entre Cash y yo para buscar
su siguiente ronda en la barra.
—Una chica tiene a Shoot por las bolas —declaró Cash en voz alta,
haciendo que algunos rostros se volvieran en nuestra dirección.
—Mierda, ¿en serio? —preguntó Repo, sacudiendo la cabeza con un
suspiro—. ¿Qué mierda pasa con todos ustedes últimamente? —preguntó,
pero se alejó sin más comentarios.
—Nadie me tiene por las bolas —aclaré. Tal vez tenía unas bolas
azules, pero no la conocía lo suficientemente bien como para ser
tenido por las bolas. El hecho de que no pude dormir la noche anterior no
tenía nada que ver con Amelia. Aunque si pensaba en eso, sabía que era
mentira.
—¿Cuál es su nombre? ¿Es bonita? Digo, sé que es bonita —continuó
Lo, una romántica empedernida a pesar de todas las vibras agresivas que
emitía—. Pero, ¿cómo es? ¿Es pelirroja? Te imagino con una pelirroja.
—Morena —dije sin pensar. Tan pronto como las palabras salieron de
mi boca, miré hacia el techo y me reí de mí mismo.
—¡Lo sabía! —habló efusivamente—. Nada más pone esa maldita
mirada en la cara de un hombre.
—¿Cuál mirada? —pregunté.
—Es difícil de describir. Es una del tipo melancólica mezclada con
confusión e ira.
—¿Ira? No suena como yo.
—No, normalmente no —coincidió—. Pero está allí. Entonces, ¿qué
pasó?
—Pensó que me estaba fol ando a Alex. Ni me dejó explicarme.
Además, me iba.
—Jodido cobarde —dijo Cash en su vaso.
—¿Qué?
—Eres un jodido cobarde —aclaró en voz más alta.
—Oye, no todos tenemos la misma suerte que tú.
—Oh sí, suerte. Como si nuestra historia no implicó golpes, tortura y
un asesinato a sueldo que tú, mi amigo, llevaste a cabo —dijo con una
sonrisa.
El os realmente tuvieron un montón de contratiempos para estar
juntos. Dicho esto, su historia palidecía en comparación con la mierda en
que su hermano, Reign y su novia, Summer, se metieron.
—¿Cómo está tu hermano? —pregunté, feliz por dirigir la
conversación hacía cualquier otra dirección.
—Miserable —dijo Cash con una risa—. Si pensó que Summer daba
mucho trabajo antes, no tenía ni idea lo que una Summer post-bebé y sin
dormir era capaz de ser.
—Espero que guardara bajo l ave todas las armas de fuego —dije
sonriendo, bebiéndome mi ronda. Summer tenía una historia de amar las
armas de fuego que su marido manejaba. En una ocasión, disparó junto al
recinto con una AK. Mierda, eso no tuvo precio—. Y la prohibiera en el
recinto.
—Conoces a Summer. Encuentra formas de salirse con la suya.
Especialmente cuando tiene ayuda —dijo Cash, señalando con la
cabeza a Lo.
—Oye, estamos rodeadas de hombres. Las chicas tenemos que
mantenernos unidas.
Cash pasó un brazo alrededor de sus hombros, empujándola hacia su
costado y besando un lado de su cabeza.
—Entonces, ¿buscando diversión? —preguntó Cash, haciendo un gesto
hacia el bar donde varias mujeres estaban revoloteando, contemplando sus
opciones.
—He atravesado reuniones, un velorio, un funeral y dos viajes en
avión… estoy jodidamente liquidado. —Estaba poniendo excusas que
Cash no estaba ni de cerca de creer. Solíamos andar detrás de muchas
faldas por ahí tiempo atrás como para que él no vea a través de esa mentira
—. Además, tengo que comprar algo de comida para gatos.
La cabeza de Lo se alzó bruscamente.
—¿Comida para gato?
—Sí. Ahora tengo una gata.
La cara de Lo se frunció un poco ante eso.
—Los perros por lo menos son mascotas útiles.
Cash se limitó a sonreír.
—Oh, conoces a Shooter, tiene que estar rodeado de gatitos.
Suspiré, mirando a Lo.
—En serio, ¿qué haces con este tonto? —pregunté y el a rio.
Era bueno estar en casa. En su mayoría. Ésta era mi gente.

Compartíamos años de chistes, salidas nocturnas y aventuras.


Conocíamos las peculiaridades entre nosotros. Sabíamos qué botones
podíamos presionar y cuáles evitar. Aquí era donde pertenecía.
Pero incluso mientras me quedaba por unas rondas más, mi mente fue
a la deriva de nuevo hasta que finalmente dejé algo de dinero en la barra,
me despedí y me marché. No haría ningún bien quedándome, ahogando
todo lo que estaba sintiendo con tragos. Lo sabía bien. Así era cómo te
convertías en alguien como mi padre. Y estaba jodidamente seguro que no
iba a heredar la tradición familiar. Así que doblé la esquina y conseguí
todas las cosas para gato que necesitaría, y volví a mi puto apartamento
para dormir un poco, con la esperanza de que eso pusiera fin a todas las
sensaciones incómodas e inconclusas en mi interior.
Al día siguiente, me levanté y fui a ver a Paine, dejé que clavara una
aguja en unos pocos centímetros de piel desnuda en mi pierna por un rato,
una sesión de tatuaje siempre siendo como una sesión de terapia para mí.
—Muy bien, jodido hombre —dijo, limpiando la sangre y la tinta con
un poco de agua y una toal a—. ¿Quieres hablar de ello?
—¿Sobre qué? —pregunté, medio girado en mi asiento para mirar mi
pantorrilla, donde estaba tatuada una X roja gigante, el símbolo en la
bandera del estado de Alabama.
—Shoot, has estado aquí por una hora y media y no has dicho ni una
cosa listilla de las tuyas —dijo Paine, apartándose de mí para limpiar sus
suministros.
Paine era alto y corpulento como una casa de ladrillos. Era mestizo,
negro de piel clara con ojos claros y cubierto de tatuajes negros hasta su
mandíbula. Hasta ahora Repo y él eran los únicos tipos de mi círculo que
todavía eran solteros, todavía por ahí persiguiendo faldas conmigo. Paine
era popular entre las mujeres. Parte de eso se debía a que era un tipo bien
parecido, parte de eso porque era tan encantador que todas fol aban con él,
y por último, tenía demasiado maldito respeto por el as para dar tirar de
sus cadenas. Nunca decía que iba a l amar si no lo iba a hacer. Y, bueno,
por lo general no lo hacía. Pero aun así se las arreglaba para conseguir a
tantas mujerzuelas como él quería.
—Solo estoy lidiando con alguna mierda —respondí y me encogí de
hombros. Era cierto.

—Pareces que estás aquí evitando lidiar con alguna mierda —


respondió, dándose la vuelta, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Oh, Maestro Obi-Wan enséñame a ver los errores de mis actos y
señálame la dirección de un verdadero Jedi.
Paine resopló.
—Eso está mejor. ¿Quieres hablar de ello?
—No.
—¿Quieres beber por el o?
—Mierda, no.
—¿Pelear por el o? —continuó y sentí mis labios curvarse—. Solo
queda una opción para aliviar el estado de ánimo de un hombre y, te
quiero, Shoot, pero no me voy a ofrecer para fol arte.
Me reí de eso, levantándome y agarrando un tubo de crema para mi
tatuaje.
—Hombre, estoy bien. Solo ajustándome al cambio de ritmo al estar
de nuevo aquí. Dame uno o dos días y saldremos a dar a las damas un poco
de atención. Seguro que nos echan de menos.
Incluso yo podía oír la falta de entusiasmo en mi tono.
Luego, sin ninguna mierda para hacer con mi día, volví a mi
apartamento y pasé el rato con mi gata. Como una vieja solterona.
Muy bien, así que el problema era que, estaba lamentando la forma en
que terminaron las cosas con Amelia. Es cierto, tenía su propio tipo de
justicia poética. Pero fue un movimiento asqueroso de mi parte. Amelia
parecía el tipo de mujer que daría vueltas en la cama y se asustaría del
hombre que yo afirmaba era un conocido. Sobre todo porque él parecía
tener algún tipo de asunto con ella. Al menos debí haberle dicho que
mantenga un amplio espacio a su alrededor. Luis no era ni de lejos el peor
tipo que conocía. Demonios, probablemente ni siquiera entraba en la lista
de los cincuenta. Pero tampoco era buenas noticias. Si no me hubiera
estado ahogando en mi propio puto orgullo y petulancia, le habría
advertido.
Nunca había sido un imbécil en el pasado, y no me estaba gustando
la sensación de ser uno ahora.
El a no se merecía eso. No fue un gran error de su parte pensar que
estaba fol ándome a Alex. Era hermosa; estaba en el apartamento en el que
me estaba alojando; y era un mujeriego conocido. Además de eso, Amelia
no estaba pensando con claridad. Estaba de duelo por un hombre que había
perdido y tratando de conciliar el hecho de que ese hombre tenía un pasado
no tan bonito del que no había tenido ni idea. Estaba total y absolutamente
sola en ese pueblo y se había acercado a mí por confort. No era como si se
abriera y dejara entrar a cualquiera. Así que cuando hizo eso conmigo,
aunque sea brevemente, significó algo para el a. Ver a Alex y pensar que
no era más que un coño de respaldo, solo otra en una larga fila de mujeres,
completamente reemplazable… sí, entiendo por qué dolió. Y en lugar de
aplicar un poco de agua fría, restregué los puntos dolorosos al irme de tal
manera despectiva.
No era esa clase de hombre. Claro, había pasado por una gran cantidad
de mujeres. Pero no hubo mentiras o coacción, ni promesas de cosas que
no tuviera intención de l evar a cabo, y estoy jodidamente seguro que
nunca hubo ningún resentimiento después. Solía encontrarme con la
mujer, teníamos nuestros buenos ratos uno, dos, cinco veces, lo que
fuera necesario para que los dos estemos satisfechos, y luego ambos
seguíamos adelante, sin ninguna herida que lamer.
—Creo que le debo unas flores —le dije a Millie que estaba posada
sobre mi pecho, ronroneando a un ritmo sucesivo que se instaló a través de
mi interior, trayendo consigo calma—. ¿Qué flores dicen “era la mujer de
mi mejor amigo que se estaba asegurando que yo estaba bien con la
muerte de mi padre” y también… “no quise ser un imbécil cuando me fui
pero mantente lejos de ese tipo Luis”? —Mil ie soltó algún tipo de
maullido/bostezo—. No sé si los crisantemos están en temporada, Mills…
— Me interrumpí, apoyando mi cabeza en el respaldo del sofá, riendo
hacia el techo. Jesucristo. Estaba hablando con un jodido gato—. Solo
necesito empezar a tejer, interesarme en el Canal del Tiempo y sería una
jodida vieja solterona.
Es en ese momento que me di cuenta que todavía estaba hablando con
la gata, la aparté de mi pecho y la dejé sobre el sofá, interpretando la
mirada que me estaba dando como indignación.
—Tendrá rosas —le dije—. Si puedo encontrar un florista que las deje
con las espinas.

Con eso, me fui en busca de mi ordenador portátil y una floristería en


algún lugar cerca de mi pueblo natal en medio de la nada que hiciera
entregas a domicilio.
Nunca había sido mucho de dar flores, pero si alguna vez hubo una
situación en la que me sentía lo suficientemente mierda para convertirme
en uno, era ésta.

Hubo un l amado en mi intercomunicador unas horas más tarde,


alguien en la cal e. No vivía en un edificio de apartamentos. Tenía un
apartamento sobre una tienda abandonada donde guardaba mis cosas de
trabajo. La cosa entera costó una fortuna y costó aún más arreglarlo cómo
me gustaba, pero me ofrecía la oportunidad de estar en el centro de la
ciudad sin estar rodeado de vecinos.
—¿Sí? —pregunté, presionando el botón.
—Es Paine. Ábreme —gritó, con una ligereza extraña en su voz que no
me hizo confiar. Cristo, conociéndolo, estaba trayendo un montón de
nudistas y alcohol para intentar animarme. Pensé en ponerme una camisa,
mirando hacia abajo a mis pantalones cortos de baloncesto colgando bajo
en mis caderas, pero a la mierda, si eran nudistas, a ellas no les importaría.
Presioné el botón y esperé, apoyado en la encimera de la cocina,
sabiendo que él entraría por sí mismo.
La puerta se abrió y no solo entró por sí mismo.
Tampoco trajo nudistas con él.
No, en cambio, tenía a la maldita Amelia con él.
Y el a parecía asustada, a punto de perder su bendita cabeza.
¿Qué demonios estaba pasando?
—Mira lo que apareció en mi puerta —dijo Paine, sonriéndome desde
detrás del hombro de Amelia.

Traducido por Smile.8 y Rihano


Corregido por Nanis

ue en algún lugar alrededor de Virginia cuando mi sentido


común comenzó a volver y paré en un restaurante del F camino con
aspecto familiar y amigable y saqué mi teléfono. Acababa de irme. No le
había dicho a nadie adónde iba. De acuerdo, mi trabajo en la oficina
estaría bien aunque no lo hiciese por un tiempo, pero alguien tenía que
ocuparse de las reuniones. A veces, cuando estaba enferma, el Padre
Sanders me cubría o la doctora Mary, una psicóloga retirada. Les di una l
amada rápida a ambos, dejándoles un mensaje diciendo que había tenido
que irme del pueblo de repente por una emergencia familiar y pidiéndoles
si podían encargarse del horario de reuniones entre ellos hasta que vuelva.
Después, con los ojos nublados por la carretera y las varias noches de
poco o nada de sueño, me subí al asiento trasero, volví a comprobar para
asegurarme que las puertas estuvieran cerradas, y me dormí por unas
pocas horas.
Dormir no hizo nada para aliviar mis nervios. En todo caso, me sentía
más y más al borde a medida que conducía. Parte de ello era el medio
millón de dólares en drogas ilegales ocultas en mi pared y la preocupación
por el hombre que las había puesto allí. La otra parte era, bueno, todo el
asunto de… ir a ver a Johnnie. Porque eso era completamente loco,
¿verdad? ¿Quién en su sano juicio iba a ver a un criminal por otro
criminal?
¿Había algún tipo de código de chicos malos que estaría rompiendo?
Sin embargo, incluso mientras pensaba eso, me sentí llena con algún tipo
de certeza indicándome que no tenía nada que temer de Johnnie. Quizás
era un criminal, un asesino, y había visto cuán rápido y firme era con una
pistola, pero tenía el presentimiento de que nunca me haría daño. Así que,
ahí estaba. Aun así, probablemente era súper raro ir a verlo por mi
problema.
Por otro lado, estaba a más de medio camino, así que volver atrás era
una opción igualmente desagradable. Si las cosas iban mal con él, bueno
entonces simplemente dirigiría el auto en otra dirección y acabaría donde
acabase.
Ese plan me hizo sentir marginalmente mejor cuando finalmente crucé
la frontera hacia Jersey. Navesink Bank era una ciudad que parecía no
acabar nunca donde las mansiones sobresalían contra un barrio que a su
vez sobresalía contra un área de aspecto industrial que daba entrada a un
suburbio. Decidiendo que Johnnie no parecía del tipo de persona de tener
una McMansión o un tipo con una casa rodeada de una verja blanca,
estacioné en la carretera principal en la parte industrial de la ciudad,
saliendo y estirando los músculos que gritaban objetando por el
movimiento después de haber estado apretados durante tanto tiempo.
Giré en un pequeño círculo, sopesando mis opciones para empezar mi
búsqueda. Había una cerrajería, una cafetería y un bar cerrado. Nadie en la
cal e. Pedí un café, le pregunté a la dependienta si conocía a alguien
llamado Shooter y negó. Tuve la misma suerte en la cerrajería. El bar
obviamente estaba cerrado. Avancé un poco más por la calle, perdiendo
más y más la fe en mi plan a medida que seguía.
¿Cuán estúpida era por pensar que podía aparecer en una ciudad tan
habitada como esta obviamente lo estaba y simplemente… preguntar a
cualquiera si había visto un tipo l amado Shooter? Era más lista. No había
crecido en ciudades pequeñas. Nací donde nadie conocía a nadie. Al
escuchar unas voces, mi cuerpo se congeló y mi cabeza se movió a un
lado, viendo que estaba pasando junto a algún edificio entre rejas que
había sido hace tiempo un tal er de autos. Varios hombres en jeans y
chalecos de cuero estaban al frente, hablando. Moteros. Estupendo. Si
había un solo grupo con el que una mujer no quería cruzarse sola, eran los
moteros.
—¿Estás perdida, pastelito? —gritó uno de el os, a pesar de mi mejor
juicio, me giré a mirar. Era más joven que los otros, pero alto con cabello
oscuro y ojos claros, y una cicatriz de aspecto terrible que iba por un
lado de su cara, cortándola hasta el final de su mandíbula.
Se adelantó un poco del resto, su cabeza inclinada a un lado mientras
esperaba mi respuesta. Tomé mi teléfono en mi mano con más fuerza y
tragué duro a medida que giraba, levantando mi barbilla para no parecer
tan asustada ante la perspectiva de hablar con un motero sexy al azar.
—Estoy buscando a alguien —dije con un encogimiento de hombros.
—¿A quién buscas, cariño? —preguntó uno de los otros, un hombre
alto cubierto de tatuajes, su cabello largo y rubio a un lado y corto del
otro, mientras se movía para pararse junto al chico más joven.
—Oh, um… —Escuché el temblor en mi voz y el rubio me sonrió
suavemente.
—Relájate, no mordemos.
—Ya, seguro —dije, tragando con fuerza—. Estaba preguntándome si
alguno de ustedes conoce a alguien llamado Shooter. O incluso Breaker. O
Paine… —Dejé de hablar cuando los dos intercambiaron miradas—.
Son
nombres raros, lo sé —continué, el nerviosismo haciendo que hable de
más—. Creo que Paine es un tatuador. Si simplemente pudieran dirigirme
a una tienda de tatuajes…
—Haré algo mejor que eso —dijo el rubio, adelantándose—. Te llevaré
hasta Paine. Está justo más adelante en esta cal e.
—Oh. Eso no es necesario. Estoy segura que podré encontrarlo por mi
cuenta.
—Seguro que sí, dulzura —respondió, avanzando hasta detenerse junto
a mí y extrañamente no vi nada en sus ojos verdes que sugiriera que me
fuera a hacer ningún daño—. De todos modos, voy a ir contigo. —Con eso,
se giró y comenzó a caminar, dejándome detrás para que lo siguiera.
Después de la más breve de las dudas, lo hice—. Mi nombre es Cash
—dijo, con las manos metidas inocentemente en sus bolsillos delanteros,
dándole un aura casi juvenil.
—Amelia —le informé.
—¿Cómo conoces a Paine, Break o Shoot?
—No lo hago. Quiero decir… conozco a Shooter. Yo, eh, lo conocí
hace poco.
Ante eso, Cash se paró totalmente y se giró para mirarme con
detenimiento. Me inspeccionó lentamente, con una sonrisa extendiéndose
por su hermosa cara.
—Por supuesto que sí —dijo, extrañamente, después empezó a
caminar de nuevo—. Te l evaré con Paine. Él te l evará con Shoot.
—Gracias —murmuré y caímos en un silencio que nos acompañó hasta
que l egamos a un edificio con el frente de cristal donde él abrió la puerta,
señalándome que entrara primero.
Por dentro era lo que esperarías de una tienda de tatuajes: arte en tinta
negra desplegado en marcos por todas las paredes blancas, grandes espejos
para ver los trabajos acabados, mesas y sillas de tatuaje, y armarios donde,
imaginé, que toda la tinta, los antisépticos y las agujas estaban guardados.
Era bastante simple, pero perfectamente limpio y una imagen de Johnnie
me vino a la mente, estirado en una de esas mesas, haciéndose alguno de
sus coloridos trabajos. Lamí mis labios inconscientemente cuando una voz
nos l amó desde la habitación de
atrás.
—Mejor que no sea otro jodido tatuaje en la espalda baja —dijo, pero
sus palabras sonaron más divertidas que otra cosa. Después entró desde la
parte de atrás y, bueno, empecé a preguntarme si todos los chicos sexis
habían decidido poner una tienda en Navesink Bank. Porque, bueno,
Johnnie era muy sexy; su amigo Breaker tampoco era alguien poco
atractivo a la vista; ambos moteros también eran muy guapos; y entonces
estaba Paine. Su sonrisa ya en su sitio extendida por su hermosa cara,
haciéndome tomar una respiración profunda en una genuina muestra de
apreciación femenina—. Oh pequeña, dime que quieres que te tatúe en
algún lugar perverso —dijo, su voz baja y profunda que estaba segura que
podía deshacer las bragas de cualquier mujer en un radio de tres
kilómetros.
A mi lado, Cash rio, envolviendo un brazo inesperadamente alrededor
de mis hombros como si fuéramos viejos amigos y no completos y totales
extraños.
—Amelia aquí es una amiga de Shoot. Está buscándolo.
Paine chasqueó la lengua varias veces.
—¿Te rompió el corazón, pequeña? Porque déjame decirte que soy
realmente bueno arreglando cosas.
Sentí una pequeña sonrisa tirar de mis labios, encantada a pesar de
todo.
—Solo… necesito hablar con él sobre algo.
Paine inspeccionó mi cara por un minuto y juro que sentí que vio a
través de mí.
—Mierda —dijo, su voz volviéndose más dura—. ¿Te dejó
embarazada?
—¿Qué? ¡No! —dije, casi un poco histéricamente y el brazo de Cash
me apretó un poco.
—Intenta no asustar a la chica ya asustada, ¿eh, Paine? —pidió Cash y
la cara de Paine se suavizó una vez más.
—Solo… tengo una situación y necesito su consejo. Eso es todo.
Extrañamente, Cash echó su cabeza atrás y rio. Y no fue solo una
pequeña risa, fue el tipo de risa que encendió toda su cara y sacudió todo
su cuerpo. Al acabar, negó y miró a Paine.
—En serio, qué mierda con estas mujeres…
Paine sonrió de vuelta, como si lo entendiera, y obviamente no iban a
dejar que me enterara de su broma interna, porque Paine se giró entonces
hacia mí y comenzó a hablar.
—Déjame buscar mis l aves, pequeña, e iremos al lugar de Shoot.
Una vez solos, el brazo de Cash cayó de mis hombros.
—Veo que estás asustada, cariño —dijo, pasando su dedo entre mis
cejas donde sabía que se habían formado líneas de tensión—. Pero estás
segura con Paine.
—Lo dice el motero espeluznante. —Escuché las palabras. Escuché mi
voz diciéndolas. Pero no había manera de que pudiera haber dicho eso en
voz alta a dicho motero espeluznante. ¿Qué estaba mal conmigo?
—El motero espeluznante, ¿eh? —preguntó, señalándose—. Siempre
pensé que era más bien el motero sexy.
Está bien. Aparentemente todos eran guapos y también tenían algún
tipo de encanto súper humano. Pobres, pobres mujeres las que viviesen en
esta ciudad. No tenían ninguna oportunidad.
—Está bien —dije sonriéndole—. Motero sexy.
—Eso está mejor —dijo, mostrándome otra sonrisa cuando Paine salió
de atrás—. Los dejaré con lo suyo. Amelia, cariño, estoy seguro que te
veré por aquí —dijo, sosteniendo la puerta abierta para nosotros y todos
salimos, Paine deteniéndose para cerrar la puerta—. Haznos a todos aquí
un favor —añadió, girándose a mirarnos, caminando hacia atrás—.
Mantente lejos de los traficantes de mujeres, ex novios locos y las
bombas, ¿de acuerdo?
—Um… de acuerdo —coincidí, mis cejas frunciéndose.
—Confía en mí, cuando una chica bonita viene por aquí, cosas locas
empiezan a suceder —dijo con una sonrisa más, después se giró y se alejó.
Bueno. Eso era un poco raro. Ya estaba de camino a involucrarme con
algunas “cosas locas”. También había pensado que era una “chica bonita”
lo cual, a pesar de las “cosas locas” que estaban pasando, penetró en mi
corazón y se sintió bastante bien.

—Solo está a una manzana de distancia —dijo Paine, tocando mi


cadera hasta que me giré y seguí su paso. Su mano cayó y me dio mi
espacio—. Así que, ¿eres la razón por la que ha estado tan malhumorado
desde que volvió?
—Um. No lo creo. Quizás Mil ie decidió que no lo quiere tanto
después de todo.
—¿Millie?
—Su gata.
Paine paró totalmente, haciendo que me girase para mirarlo, con sus
cejas fruncidas.
—¿Su gata?
—Ah… sí. En cierto modo… la heredó. Es el diablo con abrigo de
pelo.
—Interesante —dijo Paine, moviéndose de nuevo.
Paramos unos pocos minutos después delante de una tienda
abandonada, las ventanas oscuras.
—¿Johnnie vive aquí?
Eso me ganó otra penetrante mirada de Paine e hice lo mejor que pude
para no estremecerme ante su inspección.
—¿Johnnie?
Oh, mierda. Eso no fue inteligente. ¿Y si esta gente no sabe de su
pasado? ¿Se enfadaría por haberlo delatado? Cierto, Paine se suponía que
era un amigo, pero quizás en el submundo criminal, no eras tan honesto
como en las relaciones normales. Si ese era el caso, definitivamente había
jodido las cosas para él. Como si sintiera mi incomodidad, lo dejó pasar.
—No lo juzgues por su exterior. El muy bastardo pasó un buen tiempo
arreglando el lugar. —Después se giró y tocó el timbre de la segunda
planta.
—¿Sí? —Esa era la voz de Johnnie. Definitivamente no sentí un
estremecimiento recorrer toda mi espalda ante el sonido. No. Para nada.
—Es Paine. Ábreme. —Con eso, la puerta se abrió y pasamos por una
habitación con una escalera y seguimos por un pasil o con dos puertas,
una a la izquierda y una a la derecha. Giramos a la derecha y Paine
tomó la manija y abrió, dejándonos pasar.
Paine tenía razón; no debí haber juzgado el lugar por el exterior.
Johnnie, de hecho, había gastado una buena cantidad arreglando el
interior. En primer lugar, era enorme, como en gigante. Una cocina en
forma de “U” l ena de costosos aparatos de acero inoxidable y lo que
parecía como verdadero mármol rojo con remolinos marrones se
desplegaba en las encimeras que se abrían hacia el espacio de la sala de
estar en forma de L con un conjunto de comedor de madera oscura
colocado de manera separada de un sofá modular gigante que parecía que,
si te hundías en este, podía tragarte por completo. El modular estaba frente
a una televisión como solo había visto en esos programas de televisión
sobre las casas de las celebridades. Las paredes estaban pintadas de un
azul profundo, todos los adornos (incluyendo la gruesa moldura del techo)
eran de un blanco puro. Los suelos eran de tablones anchos y teñidos de
forma oscura. Había un pasillo a la derecha de la puerta por la que
entramos que tenía tres puertas en este. Muy bonito.
Todo el lugar era muy, muy bonito.
Sin embargo, me percaté de todo esto en dos punto tres segundos,
porque después de eso, mis ojos aterrizaron en Johnnie, que estaba de pie
sin camisa en su cocina, con unos pantalones cortos de baloncesto
colgando bajo en sus caderas, dándome una vista deliciosa de su cuerpo, lo
que hizo que todo lo demás a su alrededor se desvanezca como ruido de
fondo.
—Mira lo que apareció en mi puerta —dijo Paine detrás de mi
hombro.
Los ojos de Johnnie aterrizaron sobre mí, viéndose con una mezcla de
sorpresa y algo más, aunque no lo conocía lo suficiente como para
descifrarlo, pero estaba haciendo que la piel de gal ina se erizara en mi
piel. Pasó un minuto completo por lo menos antes de que él sacudiera su
cabeza ligeramente como para despejarla y finalmente habló.
—Ángel, ¿qué mierda estás haciendo aquí?
—¿Tienes un gato? —preguntó Paine, ajeno a la tensión en la
habitación o ignorándola por completo. Apostaba en lo último.
Sin embargo, Johnnie no estaba escuchándolo cuando se apartó de la
encimera y avanzó lentamente hacia nosotros.

—Nena, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Y por qué esa mirada en tu cara?
—¿Cuál mirada? —pregunté, sabiendo que él veía a través de mí, pero
sintiéndome incómoda hablando delante de Paine.
—Oye hombre, piérdete —le dijo a su amigo.
—¿Ningún “gracias por traer a la temblorosa-chica-tan-asustada hasta
mi apartamento como el a pidió”?
—¡No estoy temblando! —me opuse de inmediato.
—Cariño, lo estás —corrigió Johnnie, su voz baja y suave.
La mano de Paine aterrizó suavemente en mi cadera otra vez y me giré
para mirarlo.
—¿Estás bien con que me vaya?
Oh, buen señor. No solo eran todos tan sensuales y encantadores, sino
que también tenían esa cosa protectora en el os.
—Estaré bien —dije, asintiendo—. Gracias por traerme hasta aquí.
Me dio un pequeño guiño, y entonces lanzó una mirada que comunicó
algo que no pude interpretar a Johnnie, luego se volvió y se fue.
Pasaron unos segundos antes de que Johnnie se moviera. Y quiero
decir que se movió, cerrando la distancia entre nosotros y envolviéndome
en sus brazos inmediatamente. Si estaba segura que no estaba temblando
antes, bueno, estaba complemente segura que estaba temblando al segundo
en que sus brazos me rodearon. Sentí que el pasado día de estrés chocó
contra mí de una vez, abrumando mis ya disparados nervios.
—Shh, nena, está bien —murmuró en mi cabel o, sus manos
moviéndose de arriba abajo acariciando mi espalda, el ritmo lento y
reconfortante mientras mis brazos vacilantes se movían para envolverlo,
mis manos descansando sobre la cálida piel de su espalda. Nos quedamos
así por un largo rato, él acariciándome, yo agarrándome y tratando de
respirar hondo—. ¿Qué pasó, cariño? —preguntó finalmente, moviendo
sus manos hacia mis hombros e intentando empujarme hacia atrás para así
poder mirarme. Pero de repente, mis brazos estuvieron fuertemente sujetos
a su alrededor.
—¿Quién es Luis? —pregunté contra su pecho.

Contra mí, su cuerpo se tensó.


—¿Estás así de asustada porque estás preocupada por el pasado oscuro
de tu novio?
Ante las palabras y el tono en el cual las dijo, lo que era tan diferente
del Johnnie que creí haber empezado a entender, me enderecé y me aparté.
—No es mi novio —dije bruscamente, alejándome—. Y no podría
haberme importado menos su pasado. ¡Excepto que tengo el valor de
medio millón de dólares en heroína escondida en mi pared y estoy
bastante segura que él es el que la puso allí! —Casi estaba gritando a
medida que paseaba por su sala de estar.
Entonces, de repente, mis hombros quedaron sujetados por dos manos
fuertes y mi cabeza se levantó de golpe para encontrar los ojos de Johnnie
clavados en los míos, con un fuego salvaje detrás de el os, pero su voz era
casi extrañamente calmada cuando habló.
—Amelia, voy a tener que escuchar eso desde el principio, ¿de
acuerdo? —Cuando no me moví inmediatamente para hablar, sus manos se
movieron de mis hombros y acunaron mi cara—. Ahora mismo, cariño.
Tragué fuerte y cedí.
—El día después que te fuiste, Luis apareció en mi apartamento con
vino, no parecía querer aceptar un no como respuesta, así que lo dejé
entrar a tomar una copa. Estábamos en mi sala de estar y él hizo un
comentario acerca de mí redecorando el lugar porque había marcas de
arañazos debajo de mi gabinete de la televisión. Me encogí de hombros,
pero ya estaba empezando a asustarme porque nunca movía ese gabinete.
Nunca. Es como… muy pesado y no quería dejar marcas de desgaste en el
piso así que sabía que no lo había…
—Concéntrate, cariño.
—Bien —dije, sacudiendo mi cabeza, encontrando su extraña calma
realmente reconfortante y mis fatigados pensamientos cada vez más claros
—. Él se fue y yo me acerqué y moví el gabinete, y encontré un escondite
en mi pared de yeso así que lo abrí y… —Sacudí la cabeza, dejando
escapar un suspiro—. Había ocho kilos de heroína en mi pared, Johnnie.
—Jodida mierda, jodida mierda —gruñó, apartándose de mí,
pasándose una mano por su cabel o—. Ese desgraciado maldito hijo de
puta…
—Johnnie… ¿cómo conoces a Luis?
Exhaló un suspiro y ni siquiera se detuvo para informarme: —Hice un
contrato para él hace un par de años.
—¿Un contrato?
—Le disparé a alguien por él, Amelia —dijo, sin vergüenza ni
incomodidad en su voz que, a su vez, disminuyó ligeramente la mía.
—¿A quién?
Se encogió de hombros y definitivamente no miré la forma en que sus
tatuajes se movieron ni nada así.
—Un distribuidor de heroína en Miami.
Un distribuidor de heroína en Miami. Otra pieza encajó en su lugar.
Luis había mencionado estar en Miami por “negocios”. Así que, él
había hecho que Johnnie matara al tipo y, ¿qué, robó su suministro? Buen
Dios.
—Nena, mírame. —Hice lo que me dijo—. ¿Qué hiciste cuando
encontraste las drogas? ¿Las tocaste? ¿Las moviste?
—No soy estúpida —dije, pasando una mano por mi cabello—. No
toqué nada más que el pedazo de la pared que saqué e incluso lo limpié
después de darme cuenta lo que estaba allí dentro. Y luego puse el
gabinete de nuevo en su lugar y limpié el piso de las marcas que dejó y
entonces…
—¿Y entonces? —preguntó.
—Y entonces vine directo a ti —dije honestamente—. Agarré la
cantidad de dos días de ropa y solo… vine hasta aquí. No sabía qué más
hacer. A quién más podía dirigirme.
—Tuviste razón al venir a verme —dijo, extendiendo la mano y
metiendo mi cabello detrás de mi oreja—. Ese sheriff de la ciudad… te
habría dejado asumir la culpa por esto si la entregabas. Siempre fue un
maldito estúpido ambicioso.
—¿Qué se supone que debo hacer, Johnnie? —pregunté, escuchando
mi voz cortarse ligeramente y tomando una respiración profunda para
tratar de evitar l orar… otra vez.

—Primero, vas a calmarte. Estás a salvo conmigo. Él jamás pensará en


buscarte aquí. Así que, respira profundo. —Hizo una pausa lo
suficientemente larga para que yo me diera cuenta que no era una
sugerencia, sino una orden y tomé una respiración profunda—. Bien.
Ahora, ¿cuándo fue la última vez que dormiste?
—Dormí en una parada de descanso en Virginia.
—Dormiste en una parada de descanso en Virginia —repitió, su rostro
tensándose, como si no estuviera contento con esa información.
—El camino estaba empezando a volverse borroso.
—Si el camino se vuelve borroso, cariño, consigue una habitación en
alguna parte. Las paradas de descanso no son exactamente los lugares más
seguros en la Tierra.
—Sobreviví —señalé, poniéndome un poco molesta. No era una niña.
Podía cuidar de mí misma.
—Por supuesto que sí. Ven —dijo, tirando un poco del borde de mi
camisa mientras se dirigía hacia el pasil o junto a la puerta principal.
—¿Ir a dónde? —pregunté, siguiéndolo pero con cautela.
—A mi cama, ángel —me informó, abriendo la primera puerta en el
pasil o.
—¿Tu cama?
—A dormir —dijo, inclinando un poco su cabeza para dirigir una
mirada seria a mi rostro, antes de empezar a sonreír un poco infantilmente
—. No es que no me encantaría abusar de ti, cariño, pero necesitas
descansar un poco. Mantendré mis manos para mí.
Una parte de mí estaba de algún modo murmurando (está bien,
gritando) que estaría absolutamente bien si ponía sus manos sobre mí,
pero ignoré esa voz y me dirigí hacia la puerta de su dormitorio. Era otra
habitación grande. Las paredes estaban pintadas de un profundo verde
oliva, y el espacio estaba dominado por la enorme cama extra grande
cubierta con frescas sábanas blancas. Frescas como si acabaran de ser
lavadas. Como si tal vez incluso hubieran sido… planchadas. ¿Quién
planchaba sus sábanas? Eché un vistazo a Johnnie. De ninguna manera un
tipo como él planchaba sus ropas de cama. ¿Tenía un ama de llaves?
Dios, ¿por qué siquiera me importaba?

—Quítate tus zapatos, cariño —me instó, cuando yo solo seguí parada
allí, quieta. Me quité mis zapatos rápidamente y avancé hacia su cama
sintiéndome cohibida porque podía sentir sus ojos en mí. Aparté las
sábanas a un lado y me subí.
Me acababa de acomodar sobre mi costado, mirando al lado contrario
de la puerta, cuando sentí la cama hundirse detrás de mí y a Johnnie
meterse. Y me refiero a meterse, hasta que su cuerpo entero estaba
envuelto alrededor del mío por detrás, las piernas metidas bajo mis rodil
as dobladas, su brazo pesado alrededor de mi vientre, como me había
abrazado cuando l oré después del funeral de su padre.
—¿Qué estás haciendo?
—Amy, acabas de perder a la persona más cercana a ti. Encima de eso,
piensas que soy un idiota y que herí tus sentimientos. Ahora encuentras
medio millón de dólares en drogas escondidas en tu pared y condujiste
hasta mí, durmiendo en una maldita parada de descanso, y l egas aquí
temblando. Solo déjame abrazarte por un par de minutos, ¿de acuerdo?
—Está bien —respondí, mis ojos ya sintiéndose pesados. No sabía qué
tipo de colchón tenía, pero fuera lo que fuese, necesitaba uno.
—Es la chica de mi mejor amigo —murmuró cuando el sueño estaba a
punto de reclamarme.
—¿Qué? ¿Quien? —le pregunté aturdida.
—La chica que estaba en el apartamento de mi viejo. Es la chica de mi
mejor amigo. El a y él fueron para asegurarse que yo estaba bien. No me la
follé. Nunca me la fol aría. Debí haberte explicado eso antes de irme.
Sentí sus labios presionarse en la piel detrás de mi oreja y, bueno, eso
fue todo. Me volví entre sus brazos y enterré mi cara en su cuel o, robando
su calor en la habitación con aire acondicionado, e inspirando su olor lo
cual era algo que no podía poner en palabras, algo masculino y picante,
como almizcle masculino mezclado con trazos de gel de baño corporal de
una ducha más temprana.
—Gracias por decírmelo —dije en voz baja, quizás acariciándolo con
mi nariz. Pero solo un poquito, lo juro.
Sus brazos se apretaron alrededor de mí.

—Duerme, ángel —ordenó.


Entonces lo hice.

Traducido por Flochi


Corregido por Nanis

abía ocho kilos de heroína escondidos en su pared. Había


ocho kilos de heroína escondidos en su pared y su primer H instinto
fue correr hacia mí. Eso me gustó. Me gustó demasiado para nuestro
propio bien. Pero ella estaba aquí; envuelta en mis brazos, haciendo unos
sonidos de gimoteos casi inaudibles mientras dormía.
Maldito Luis.
Pensé que era inofensivo. Pensé que quiso que matara al distribuidor
de heroína porque quería salirse, quería dejar de estar bajo el pulgar del
hombre. Diablos, no me pagaban para pensar en el trabajo, en absoluto.
Me pagaban con una gran cantidad de dinero para ocuparme de mi
propio maldito asunto y cumplir con el trabajo. Pero por más que lo
aceptara desde el principio, hacía mi investigación. No me gustaba la idea
de matar a un pobre tonto porque alguien estaba teniendo un estúpido
resentimiento, o porque la esposa de alguien lo engañaba. Ese no era mi
tipo de trabajo. Intentaba en lo posible solo disparar a los verdaderos
imbéciles. Y viendo que por lo general los criminales eran los que
contrataban a personas para encargarse de los golpes, esos eran casi
siempre de los que me encargaba. Pensé que Luis era simplemente otro
tipo atrapado en el tráfico de drogas o que había jodido a su jefe y lo
quería muerto antes de que este lo descubriera. Su jefe era un pedazo de
mierda con un rastro de sangre tan largo como el Nilo. Nadie l oró
cuando le disparé entre los ojos, mucho menos yo.
Y ni siquiera me importaba que Luis quisiera a su antiguo jefe muerto
para así poder hacerse cargo del tráfico. Lo que me importaba era el hecho
de que el malnacido era tan patético que tenía que esconder su producto en
las paredes de personas desprevenidas. Especialmente alguien que no
cuenta con nadie para protegerla como Amelia. No me sorprende que Luis
gastara tanto tiempo intentando cortejar a Amelia.
Quería mantenerla a la vista para ver si el a descubría lo que él estaba
haciendo.
Un
momento
después,
cuando
Amelia está
respirando
pesadamente, su cuerpo inerte mientras duerme, un pensamiento me
viene a la mente, uno que no era precisamente feliz. Me dijo que mi padre
fue bueno con ella, que él siempre le decía que cerrara con l ave cuando
llegara a casa del trabajo. Eso no era común de él. Todos los años que viví
en casa, él ni una sola vez cerró su puerta con l ave. Nunca regañó a mi
abuela para cerrar la puerta. Eso era algo a lo que en realidad nadie le
prestaba atención en un pueblo como ese. Siempre se estaba seguro.
Nadie necesitaba cerrar con l ave las puertas. Entonces, ¿por qué mi
padre se lo decía a Amy? ¿Sabía que algo estaba pasando? ¿Estaba
intentando protegerla? O peor aún, ¿estaba involucrado? No era
apresurado de mi parte asumir que estaba involucrado. Era más difícil para
mí aceptar que estuvo limpio y sobrio por años que aceptar que tal vez
estaba guardando drogas ilegales en la pared de la consejera de drogas de
al lado.
¿Qué demonios se suponía que hiciera con esta información? Dije en
serio eso de que era bueno que viniera a mí, que estaba a salvo conmigo.
Lo estaba. Pero eso no quería decir que tuviera alguna idea de cómo
proseguir para arreglar su situación. O sea, la respuesta simple era l evar
mi culo de regreso a Alabama, poner mis manos en un arma decente y
hacerme cargo del muy maldito. Pero no tenía idea del tipo de operación
que Luis estaba dirigiendo allí. ¿Y si había un montón de gente
involucrada? Dios, ¿tenía a la gente del pueblo metido en eso? Si él moría,
¿la banda seguiría trabajando como si él nunca formara parte de todo eso?
¿Acaso Amelia estaría en más peligro sin Luis y su interés en ella para
protegerla?
Tenía que ser listo, tantear el terreno, descubrir qué demonios estaba
pasando realmente. Y esa mierda, bueno, no iba a suceder de la noche a la
mañana. O incluso en el siguiente par de días. Eso quería decir que
Amelia debía plantar su trasero en mi apartamento, en mi cama, por al
menos una semana. No podía decir que no me alegrara la idea. De hecho,
estaba francamente encantado. Porque significaba algo que el a me
buscara, que viniera a mí. Significaba que, a pesar de que pensara que era
un mujeriego que quería usarla como un trapo y luego abandonarla,
todavía sentía algo conmigo; una conexión. Su pequeña situación, tan
jodida como parecía, nos daba tiempo de explorar las cosas.
Horas después, me desenredé lentamente de ella y salí de la cama,
cerrando la puerta y agarrando mi celular.
—Alguien no te tiene agarrado por las bolas, mi culo —respondió Lo,
sonando divertida—. Cash vino hace un rato y me dijo sobre la morena
con mirada seductora que vino a verte.
—Sí, cariño, por eso es que estoy llamando…
—¿Tienes que hablar con Cash? —preguntó, captando algo en mi tono
y perdiendo el humor, sonando toda seria.
—No, Lo. Tengo que hablar contigo. ¿Qué tan lejos del estado
mantiene Hailstorm vigilado los imperios criminales?

—Intentamos mantener un ojo en cualquiera de los grandes y tal vez


algunos de los pequeños traficantes si son especialmente violentos o
parece que están esperando a hacer una jugada para convertirse en los más
grandes. ¿Por qué, qué sucede?
—Amelia tiene un problema.
—Entonces ahora tú tienes un problema —terminó por mí.
—Algo así.
—¿En qué se metió? Por favor, dime que no tiene nada que ver con
traficantes de mujeres o violadores.
—Encontró ocho kilos de heroína escondidos en su pared por alguien
llamado Luis Carlos.
—No me suena.
—Llevé a cabo un golpe para él hace años en Miami. Estaba
trabajando para la pandil a de Diaz. Me hizo encargarme de Diaz.
—¿Ese fuiste tú? —preguntó, sonando impresionada—. Fue un buen
trabajo, Shoot. No consiguieron nada. Es decir, no es que la policía se
lamentara por la pérdida de un violento traficante de drogas, pero aun
así… le hicimos seguimiento a eso, sabiendo que parecía profesional.
—Sí, bueno… no sé por qué… pero este Luis debe haberse quedado
con las conexiones que Diaz creó y por alguna jodida razón, movió su
operación a la jodida Alabama. Construyó un edificio de apartamentos y
ocultó medio millón de heroína en la pared de Amelia. Y mi suposición…
no es solamente en su pared que las drogas están escondidas. Creo que
encuentra a la gente que piensa que puede engañar, o personas que piensa
que son débiles y esconde sus provisiones en sus casas. No había nada en
el apartamento de mi padre.
—¿Tu padre? —preguntó, sonando sorprendida. No muchas personas
conocían mi pasado, y nadie sabía cada detal e sangriento.
—Sí, por eso estaba en Alabama, para el funeral. No —dije, antes de
que el a pudiera—, no me digas que lo sientes. No fue una pérdida para mí.
Pero estuve allí, resolviendo los asuntos, quedándome en su apartamento
por…

—Por la chica hermosa con ojos seductores de al lado.


—Sí, algo así —dije, con una sonrisa extendiéndose en mi rostro.
—¿Es posible que tu padre estuviera metido en esto y por eso no había
evidencia en su apartamento?
—Sin duda es posible. Tuvo una historia con la bebida, pero
supuestamente estaba limpio. Aunque eso no quiere decir que no tuviera
sus manos sucias.
—Entonces, ¿quieres que tanteemos el terreno, ver lo que podemos
averiguar de Luis Carlos?
—Sé que Hailstorm tiene sus manos l enas con sus propios casos,
pero…
—Shoot, te lo debemos. Te lo debo por lo que hiciste por mí.
—No me debes nada, cariño. Hice esa mierda porque ese malnacido se
merecía morir.
—Aun así. Estaré feliz de hacer que Janie busque en línea. También
deberías meter a Alex en esto. Entre ellas dos, van a encontrar algo. Si no
encuentran nada, enviaré algunos hombres hasta allí.
—Eres la mejor, Lo.
—Seguiré en contacto.
—Seguro, gracias dulzura.
—¿Oye, Shoot?
—¿Sí?
—Admítelo.
No tenía que preguntar sobre a qué se refería. Hace un par de años
cuando se encontró en una mala situación y necesitó que alguien la sacara,
Cash me había llamado para hacer el trabajo. Como le había dicho, lo hice
felizmente. En el proceso, había encontrado divertido burlarme del
romance en ciernes de Cash y ella, y Lo me había dicho que no podía
esperar a ver que una mujer me agarrara por las bolas algún día.
—Me tiene agarrado por las bolas —admití, sacudiendo la cabeza
para mí. Era cierto. Apenas la conocía, pero me gustaba más que
cualquier otra mujer antes. Y había habido muchas mujeres, no tanto
novias, pero algo más que citas casuales que habían permanecido cerca por
un tiempo, pero ninguna de ellas se metió bajo mi piel de la manera que
Amelia lo hizo. Por lo que acepté que el a, de verdad, me tenía por las
bolas. Y nunca fui realmente una persona de intentar ocultar o huir de sus
sentimientos.
—Lo sabía. No aguanto las ganas de conocerla.
—Está fuera de los límites por el momento —advertí.
—Oh, apuesto que sí —dijo Lo, su voz siendo baja y sugerente—. Pero
tienes que dejarla salir de esa cama en algún momento.
—Mierda, como si lo fuera a hacer —dije y el a rio.
—Te estoy informando, Shoot.
Terminó la llamada y avancé a la puerta de mi habitación,
deteniéndome allí, preguntándome qué debería hacer. Si fuera un buen
hombre, me habría alejado, sentado y mirado un poco de televisión,
dejándola descansar en paz. Pero eso no era lo que iba a hacer. Entré a la
habitación silenciosamente, sin querer despertarla. Ella había rodado a
su posición original, acurrucada de espaldas a la puerta y reanudé mi
posición de antes, su cuerpo moviéndose inconscientemente hacia mí,
sacándome un gemido quedo. Incluso dormida, me estaba dando una
erección como un mocoso de quince años. Mis manos se deslizaron hasta
su cabel o, peinándolo, dejando que se deslice entre mis dedos.
Inconsciente, dejó escapar un gemido bajo y me sentí sonriendo. A el a
le gustaba que jugaran con su cabel o. Ese era un buen dato que tener. Mi
mano se deslizó a su brazo, sobre su cadera, hacia su vientre.
Su respiración se volvió menos profunda y menos constante a medida
que lentamente comenzó a despertarse.
—¿Johnnie? —preguntó en una voz que era, confundida y excitada a la
vez.
—Sí, ángel —dije, besando su cabel o—. ¿Quieres que me detenga?
—pregunté, mi mano deslizándose por su muslo.
Hubo una duda, su respiración deteniéndose cuando mis dedos se
deslizaron sobre el pliegue donde su cadera se encontraba con su muslo
antes de moverlos hacia arriba hacia sus costillas.

—No lo sé todavía.
Sentí una sonrisa abrirse paso en mis labios.
—Cuando lo sepas, me avisas, ¿de acuerdo? —pregunté, mis manos
deslizándose hacia arriba y acariciando debajo de la llenura de sus senos.
—Está bien —respondió, inhalando temblorosamente.
—¿Quieres girarte para que así pueda besar esa dulce boca tuya?
—Está bien —dijo nuevamente y se giró en mis brazos lentamente.
Sus ojos estaban a medio abrir, sus labios ya separados. Y maldita sea
si no era la cosa más hermosa que hubiera visto en mi vida. Llevé mi
mano a su mejilla acariciándola suavemente mientras mi cabeza se
inclinaba hacia ella. Sus ojos se cerraron lentamente cuando mis labios
finalmente encontraron los suyos.

Traducido por VckyFer, Naty y Peticompeti Corregido por LizC

e desperté con un cuerpo caliente en mi espalda y una


mano moviéndose a través de mi vientre. Aún en una M niebla de
placer y sueño, me quedé allí por un largo minuto, disfrutando la
sensación que era medio reconfortante y medio excitante.
—¿Johnnie?
—Sí, ángel —dijo, su voz un poco áspera y estaba muy segura que
había sentido sus labios presionarse contra mi cabel o—. ¿Quieres que me
detenga? —preguntó, su mano moviéndose peligrosamente por debajo de
mi estómago antes de desviarse hacia mi cadera y moverse más abajo por
mi muslo.
¿Quería que lo hiciera? Sabía que debería querer que se detenga.
Era peligroso para una mujer normal de veintiséis años. Así que, para
una asustada mujer de veintiséis años que mantenía a todos a distancia
para incluso siquiera considerar la posibilidad del sexo, sí, bueno, era
posiblemente arriesgado. Pero su respiración se sentía caliente sobre mi
cuel o y sus manos hacían que mi piel deseara más.
—No lo sé todavía —dije honestamente.
—Cuando lo sepas, me avisas, ¿de acuerdo? —respondió, su mano
moviéndose de regreso hacia mi estómago, las yemas de sus dedos
acariciando la parte baja de mi pecho.
—Está bien —me escuché decir, tomando una gran respiración.
—¿Quieres girarte para que así pueda besar esa dulce boca tuya?
—Está bien —contesté de nuevo, rodando entre sus brazos. Sus ojos se
fijaron en los míos, un poco enmascarados, pero nada como los míos se
sentían. Apenas podía mantener los míos abiertos. Y mi cuerpo entero se
sentía como extraño, hormigueante. Era como estar ebria, aunque más
dulce, pero no menos descontrolado. Mi cuerpo estaba desconectado de
esa parte de mí que sabía que no debíamos besarnos otra vez, la parte que
sabía que no nos detendríamos al besarnos.
Pero luego su mano estaba acariciando mi mejil a y su rostro estaba
inclinado hacia el mío y no pensé en nada más. Sus labios se presionaron a
los míos con fuerza, pero sin demanda. Me hundí contra él, mis manos
agarrando sus brazos, sosteniéndome a medida que su lengua se adentraba
en mi boca. Suspiré contra esta, mi lengua volviéndose audaz, y el gruñido
escapando de sus labios encendiéndome. Sus brazos fueron
alrededor de mis caderas mientras rodaba sobre su espalda,
atrayéndome sobre él. Mis piernas se deslizaron entre las de él, mis manos
subiendo para tomar su rostro a medida que mi boca se volvía todavía más
hambrienta por él, mordiendo su labio inferior, mientras sus manos
rondaban mi cuerpo.
Jugaron con mi cabel o, y luego más abajo por mi espalda, apretando
mi trasero.
Se enderezó de golpe, l evándome con él de modo que estaba sentado y
yo a horcajadas sobre él. Sus labios se movieron de los míos, besando mi
cuello y más abajo.
—¿Siempre brillas así? —preguntó, su voz casi áspera.
—No —suspiré, inclinando mi cabeza para darle mejor acceso.
—Solo por mí —añadió, su voz casi por encima de un susurro mientras
succionaba con fuerza el punto en donde mi cuello se encontraba con mi
hombro.
—Sí —coincidí porque era verdad.
Entre mis piernas, podía sentir su erección presionándose con fuerza
contra mí y mis caderas se movieron hacia delante instintivamente,
sintiéndolo frotarse contra mi clítoris y provocando un estrangulado
gemido de mis labios. Johnnie apartó un poco la cabeza, observando mi
rostro a medida que se movía contra mí, golpeando el dulce lugar una vez
más, haciéndome jadear. Luego estaba jadeando por una razón
completamente distinta cuando de repente salí volando hacia atrás,
aterrizando con un leve rebote contra el colchón. Las manos de Johnnie se
movieron hacia mis pantorrillas, por mis muslos y a través de mis caderas.
Sus dedos se hundieron en la cinturilla de mis pantalones, abriendo el
botón y deshaciendo la cremal era con una rapidez que era casi
desconcertante. Sentí sus dedos deslizarse en mis bragas. Solo habían
acariciado el triángulo por encima de mi sexo cuando mi mente ya estaba
de regreso a su lugar, haciéndome apartarme bruscamente lejos de él.
—Vaya —dijo él, sacando sus manos de mis bragas y levantándolas
hacia mí, con las palmas hacia afuera—. Está bien. —Alcé mis manos,
cubriendo mi rostro mientras soltaba un extraño l oriqueo—. Nena, oye —
continuó, tomando mis muñecas y apartándolas de mi rostro—. Está bien.
Vamos a detenernos.
Aparté mis muñecas de él y me senté, girándome y acomodándome en
la orilla de la cama, de espalda hacia él.

—Lo siento —murmuré, sintiendo un extraño cóctel de deseo,


necesidad, mezclado con una extraña dosis de miedo con pena.
—No lo sientas —respondió y su cuerpo se deslizó detrás de mí, sus
piernas envolviéndose alrededor de las mías, su cabeza descansando en mi
hombro, sus brazos se apretaron alrededor de mi cuerpo. Dios, ¿por qué
tenía que ser tan bueno? Eso hacía que todo fuera más confuso y
complicado. Porque era fácil que un chico malo no te guste; era fácil alejar
a un mujeriego desvergonzado. Pero por mucho que Johnnie fuera todas
esas cosas, era más. Tenía una profundidad que no me había permitido ver
antes, temiendo que me gustara el enorme pozo de potencial que podía
encontrar allí—. No estoy sangrando —añadió extrañamente.
—¿Qué?
—Piensas que me cortaste con tus espinas. No estoy sangrando, ángel.
No deberías disculparte por negarte.
—No quiero darte esperanzas.
—Dulzura, voy a aceptar lo que estés dispuesta a darme y no me voy a
enojar por no recibir más.
—No soy un juego —dije moviéndome para levantarme,
enfrentándolo.
—Nunca dije que lo fueras.
—Soy… —Oh, Dios, ¿en serio iba a decirle?
—Amelia, no tienes que…
—Soy virgen. —Está bien, aparentemente iba a decirle.
Sus hombros cayeron, su boca se abrió ligeramente, sus ojos se
ampliaron por completo como si fuera la última cosa que estaba esperando
que saliera de mi boca. Lo cual era garantizado. ¿Quién diablos era virgen
a mediados de sus veinte además de las locas religiosas y personas
desafortunadamente feas? Sus cejas se fruncieron a medida que él se
estiraba para alcanzar mi cintura una vez más, empujándome al espacio
abierto entre sus piernas.
—¿Eres virgen? —preguntó, su voz un susurro extraño.

—Sí —respondí, tragando con fuerza mientras su dedo se movía a


través del punto de pulso en mi muñeca.
—Aw, cariño —dijo, dándome una sonrisa dulce y empujándome sobre
él cuando decidió acostarse, luego nos rodó para quedar en nuestros
costados.
—Sé que es raro… —comencé, incómoda con el silencio.
—Solo porque no sea común no quiere decir que sea raro —me
contradijo, quitándome el cabello del cuel o.
—Lo dice el gigoló —digo con una sonrisa bromista, necesitando
aliviar el humor que se sentía extrañamente pesado—. ¿Cuándo la
perdiste?
Él resopló un poco, dándome una sonrisa.
—A los quince.
—¿En serio? —solté.
—Fue una situación al estilo la Señora Robinson.
—¿Siquiera quiero preguntar?
—La señora Nafta.
—¿La mamá de Bobby? —chil é.
—Era toda una nena en ese tiempo. Recién divorciada; andaba
merodeando.
—¡Tenías quince! —objeté, asqueada.
—Y tan cachondo como un conejo —coincidió con un guiño.
—Asqueroso.
Su sonrisa se extendió por un segundo mientras su mano aterrizaba
sobre mi cuello y descansó allí.
—Ángel —comenzó, su voz más seria de lo que estaba acostumbrada
que sea, pero aún era inquietantemente dulce—. Te has aferrado a esa
jodida cosa por tanto tiempo. Si la estás conservando para alguien
especial, lo entiendo y respeto más de lo que puedas saber. Dicho eso,
cariño, si piensas que quieres dármela a mí… me aseguraría que fuera algo
de lo que no te arrepientas. —Dejó que eso reposara por un momento, que
se asentara—. Pero no confundas eso con expectativas.
¿De acuerdo?

Me humedecí mis labios, pasando el nudo que de repente se había


formado en mi garganta.
—Está bien.
—Está bien. Ahora creo que deberíamos salir de la cama, ¿de acuerdo?
—Sí —concordé, estaba segura que estaba a segundos de gritar
“¡Tómame, tómame!”. Salir de la cama era definitivamente la mejor idea.
Él rodó rápidamente y yo lo seguí más despacio. En la sala, su teléfono
comenzó a sonar y se fue a buscarlo.
—Estás en tu casa, querida —añadió por encima de su hombro
mientras desaparecía.
Siguiendo sus instrucciones, fui al baño, arrojé algo de agua fría sobre
mi rostro, e intenté controlar mis nervios. ¿Qué hombre manejaba las
noticas que le di en la forma en que él lo hizo? Recordé a los chicos con
los que intenté salir en la secundaria y la universidad. Recordé su reacción
siendo algo como un país salivando ante la idea de clavar su bandera en
tierra nueva. Querían ser el grupo conquistador. Querían ir adonde
ningún otro hombre había ido. Para ellos, eso no era nada. Era otro tipo de
muesca para marcar en la cabecera de su cama; era una historia más que
contar a sus amigos durante las cervezas: “Oh sí, le quité su tarjeta V.
Hombre, ¡estaba tan jodidamente apretada!” No podía decir que esa
era exactamente la actitud que hacía que una separe las piernas.
¿Pero la forma en que Johnnie respondió? Era la perfección. No sonó
como un reto para él. En todo caso, lo hizo sonar como si fuera un regalo,
como si fuera algo preciado que sería afortunado de recibir.
¿Cómo demonios iba a resistirme a eso?
Suspiré, apagando la luz del baño y caminando a través del
apartamento, la voz de Johnnie sonaba baja, pero no a modo de secreto
viniendo desde la sala de modo que me sentí segura de aventurarme a salir.
Él me dio una pequeña sonrisa mientras se paseaba por las ventanas de
enfrente que miraban a la calle y yo me moví a la cocina, encontrando un
vaso y llenándolo con agua.
—¿Tienes hambre, nena? —preguntó, entrando a la cocina, ni siquiera
lo escuché terminar su llamada—. Podemos ordenar algo.

—No… puedo… preparar algo —comenté, moviéndome hacia el


refrigerador. Era lo menos que podía hacer por él al ayudarme con mis
problemas. Además, no estaba acostumbrada a la comida rápida. No había
tantas opciones para eso al á en casa así que siempre preparaba mi propia
cena. Pero cuando abrí su refrigerador, todo lo que encontré fue un six
pack de cerveza, un cartón de comida china y una botella de salsa de
tomate—. Asumo que no cocinas —dije, cerrando la puerta y girándome
para verlo sonriendo.
—Dulzura, a menos que venga en una lata o en un contenedor de
comida, no como.
—Pero… ¿no extrañas la comida casera?
—Ha pasado un largo y jodido tiempo desde que no tuve una, así que
no lo sé. O sea, Breaker puede asar un buen bistec, pero no es lo mismo.
—¿Puedo cocinar para ti? —pregunté, las palabras saliendo con más
valentía de la que sentía.
—¿Quieres cocinar para mí? —preguntó, bajando su cabeza, casi
viéndose un poco… avergonzado.
—Me refiero a… yo, um, me gusta cocinar y…
—Quieres cocinar para mí —dijo, esta vez mucho más seguro y un
poco divertido—. De acuerdo. Puedes cocinar para mí. Hay que conseguir
suministros así que tengo que ponerme primero una camisa para no violar
esa estúpida política de “uso obligatorio de calzado y camisa”.
—Creo que podrían hacer una excepción contigo. —¡Oh. Dios. Mío!
¡No acabo de decir eso en voz alta! ¿Qué diablos está mal conmigo?
—Te gusta mi cuerpo, ¿eh? —preguntó con una hermosa sonrisa
infantil, que me hizo desear abofetearlo y tomarle una foto al mismo
tiempo para no olvidarla jamás.
—Es solo… ya sabes… con todos esos tatuajes… es prácticamente
como traer una camisa —empecé a balbucear tontamente, consiguiendo
que su sonrisa se extienda aún más.
—También me gusta tu cuerpo —dijo dándome un guiño mientras se
dirigía a su habitación, presumiblemente a buscar una camisa.
—No me mires así —le dije a Millie, que había saltado sobre la
encimera en algún momento mientras estaba en medio de mis
divagaciones, juro que estaba dándome una mirada de “¿Podrías ser más
rara?”. Bolsa de pelos criticona—. No tienes que hablar con él. No lo
entiendes.
—¿Hablándole al gato? —preguntó Johnnie, sonando divertido cuando
regresó con una camisa negra con cuel o en V ya puesta.
—Estaba juzgándome en silencio —me defendí con una sonrisa
autocrítica.
—Oye, estuvo intentando convencerme para que te enviara unos
crisantemos.
—¿Crisantemos? —pregunté a medida que nos guiaba hacia el pasil o.
—Sí, pero le dije que las rosas eran más efectivas para decir “Lamento
ser un imbécil”.
Observé su espalda mientras lo seguía escaleras abajo.
—No fuiste un… ya sabes.
—Imbécil —respondió, deteniéndose en el escalón final,
observándome—. Vamos, puedes decirlo. —Presioné mis labios entre sí
por un minuto. Por supuesto, podía decirlo; simplemente se sentía extraño.
Pasó un brazo sobre mis hombros, sacándome a la cal e—. No te
preocupes. Si te quedas conmigo serás una maestra de las malas palabras,
querida.
—No estoy segura que sea algo a lo que aspire —dije, deteniéndome
cuando él lo hace junto a un elegante auto negro, que si sabía lo suficiente
de autos, sabía que costaba lo mismo que mi matrícula universitaria entera
—. ¿Es tuyo?
—Cierra la boca —dijo, abriendo la puerta para mí—. No quiero que
babees los asientos.
—Ja ja —respondí, deslizándome en su interior, preocupándome más
que un poco por la posibilidad de que mis zapatos estén sucios.
—Relájate —dijo, acomodándose en el lugar del conductor—. Es solo
un auto.
—Uno que cuesta más que el hogar de algunas personas.

—Aun así, es solo un auto —dijo con desdén y tuve que sentarme ahí y
preguntarme cuánto pagan por dispararle a alguien. Aparentemente mucho
a juzgar por el apartamento y el auto.
—¿Te gusta vivir aquí? —pregunté, viendo pasar infinidad de tiendas.
Sentí sus ojos en mi perfil.
—Es mi hogar. —Me encontré asintiendo a eso, aunque no estaba
familiarizada exactamente con el concepto—. ¿Qué hay de ti? ¿Te gusta
estar en Alabama?
Me encogí de hombros.
—Es agradable vivir ahí.
—Esa no es una respuesta. —Me mordí el interior de mi mejilla,
intentando encontrar una forma de explicarlo—. Simplemente no es tu
hogar —dijo simplemente y fue exactamente lo correcto por decir.
—Supongo. No estaba mal cuando… —mi voz se apagó, incómoda al
hablar de mi amistad con Ben cuando sé que a Johnnie le hacía hervir la
sangre.
—“Cuando mi viejo estaba alrededor”. Sabes, cariño —dijo,
llevándonos al estacionamiento de una tienda—, necesitas acercarte a las
personas. Sé que erigiste tus mural as y tienes razones para el o, pero esa
no es manera de vivir.
—Supongo que te ajustaste mucho mejor que yo, ¿eh? —pregunté,
pensando en cuánto daño debe haberle causado el ser abusado por su
padre. Pero a pesar de eso, decidió tener un nuevo inicio, construirse una
vida nueva, dejar a la gente acercarse. Salimos del auto en un silencio
incómodo. La mano de Johnnie cayó sobre mi cadera y permaneció ahí,
firme y familiar, como si siempre camináramos así—. Espera, necesito un
cochecito —dije, tratando de alejarme cuando nos dirigimos a la puerta.
—Un… ¿cochecito? —preguntó con los labios temblando.
—Para… poner dentro la comida —respondí, sin entender qué era tan
gracioso.
—Los l amamos “carros” aquí, calabacita —me informó.
—Carro, carrito, cochecito… como quieras l amarlo, necesitamos uno
—dije sacudiendo mi mano—. ¿Qué? —pregunté cuando todo lo que hizo
fue quedarse ahí parado sonriéndome.

—Eres tan tierna. —Negué con la cabeza, volviéndome para agarrar el


condenado carro. Johnnie caminó a mi lado a medida que avanzábamos
por la sección de perecederos. Estaba dejando una bolsa de guisantes en el
carro cuando se inclinó hacia mí muy cerca y susurró en mi oído como si
fuera un gran secreto—: Parecemos una pareja. —Sus palabras me
sacudieron, sin estar segura de lo que eso significaba. ¿Era algo bueno?
¿Era algo malo? ¿O solo era una observación?—. Sabes, podrías
preguntarme —me dijo con los brazos en su espalda mientras se dirigía a
la sección de carnes.
—¿Preguntar qué?
—Lo que sea que estás pensando cuando se forman esas líneas entre
tus cejas.
—Algunos pensamientos son privados —respondí, estudiando los
cortes de cerdo para evitar mirarlo a los ojos. No dijo nada a medida que
dejaba mi selección en el carro. Cuando comencé a caminar nuevamente,
sus manos ya no estaban detrás de su espalda. Lo sé porque de repente sus
manos estaban en mi espalda, metidas en mi bolsillo trasero, descansando
sobre mi trasero. Me congelé a mitad de un paso,
volviéndome para mirarlo con los ojos completamente abiertos—. No
podemos caminar por toda la tienda con tu mano en mi trasero —susurré a
medio grito.
—Claro que podemos —respondió con un encogimiento de hombros,
apretando mi trasero para dar énfasis.
—Es inapropiado —objeté cuando empezó a empujar el carro con su
mano libre, haciéndome avanzar con él.
—Sí —concordó.
—La gente nos está mirando —intenté persuadirlo, porque la gente lo
estaba haciendo y la situación era mortificante.
—Así es —coincidió y podía ver que estaba apretando sus labios para
no romper a reír.
—Esto no es gracioso.
—Dulzura —dijo, girándome repentinamente y presionando mi
espalda contra la puerta de cristal de un congelador, aplastando mi cuerpo
con el suyo, su mano aún en mi bolsil o trasero—, no es como si tuviera
mi mano en tus bragas. Si la gente quiere mirar, que miren.

Probablemente solo están celosos porque no tienen un culo al que


apretar o sus esposos no han apretado los suyos en una década. A la mierda
lo que los demás piensen. —Con eso, se alejó y retomó el empuje del carro
casualmente con su mano en mi trasero y le sonrió ampliamente a todo
aquel que se atrevió a mirarnos en el camino.
A la mierda lo que los demás piensen. Me pregunté si era algún tipo de
lema suyo. A juzgar por sus tatuajes, piercings y el inusual estilo Punk
moderno que usaba, imaginé que era el caso. Nunca fui ese tipo de
persona. Siempre me preocupaba, siempre me preguntaba lo que la gente
podía pensar o decir de mí. Siempre amoldé mi comportamiento para que
así no tuvieran mucho que decir. Y, sinceramente, era extenuante. Qué
agradable debía ser para él no tener que preocuparse por cada pequeña
cosa. Cuánto espacio debía haber en su cabeza para otras cosas.
—¿Mantequilla? —pregunté cuando él ya la estaba metiendo en el
carro.
—Vas a prepararme gal etas caseras —me informó.
—Oh, prepararé galletas, ¿en serio? —pregunté, sonriendo a medias.
—Por supuesto que sí —contestó, empujando mi hombro con el suyo.
Y fue justo en ese momento, justo ahí en el frío pasil o de una tienda
de comestibles poco familiar para mí, cuando un pensamiento me golpeó y
me hizo sentir un poco mareada. Y ese pensamiento era: esto me gustaba.
Me gustaba comprar comida con él. Me gustaba su apegada familiaridad.
Me gustaba su presunción juvenil. Demonios, hasta me gustaba su mano
en mi trasero. Podía hacer esto, exactamente esto, podía hacerlo con él
cada semana durante el resto de mi vida y nunca cansarme de ello. Y eso
era jodidamente aterrador.
—Oh-oh —dijo, sacándome de mis pensamientos—. Ahí están de
nuevo esas líneas —añadió, tocándolas.
—Solo estaba pensando. Deja de observarme así, es espeluznante.
—Ya era la maldita hora que te consiguieras a una chica buena —
clamó una voz femenina detrás de mí y el rostro de Johnnie se iluminó
inmediatamente—. En lugar de pasearte por toda la ciudad con esas faldas
cortas sin nada más que aire entre las orejas. —Johnnie me giró, pero no
quitó su mano de mi bolsillo trasero para enfrentar a la mujer. Era de
mediana edad (un poco más tal vez) con cabello oscuro y unos
luminosos ojos verdes que parecían ver más al á de uno y que eran
inequívocamente familiares. Este pequeño pedazo de mujer era la madre
de Paine—. ¿Y los modales? —le dijo a Johnnie con una ceja elevada y él
tuvo el buen tino de parecer avergonzado.
—Mamá Gina, esta es Amelia. Amelia, esta es Gina, es…
—La madre de Paine —completé, ofreciendo mi mano la cual aceptó
—. Ayer conocí a su hijo. Fue lo suficientemente amable como para,
mmm, acompañarme… a la puerta.
—Es un buen chico cuando no está metido en la cama de cualquier
extraña con la que se haya involucrado —dijo con franqueza, pero con
poca animosidad y me quedé pensando por qué no era extraño que supiera
que su hijo era, bueno, un mujeriego—. Es bueno ver a Shooter
estableciéndose —añadió y Johnnie no la sacó de su error y sentí que no
me correspondía a mí hacerlo—. Tal vez esto aliente a mi hijo. Prostituirse
por ahí es bueno cuando estás en tus veintes. Pero no tanto cuando ya estás
en los treintas. ¿Vas a cocinarle? —me preguntó, asintiendo hacia el carro.
—Sí, señora —respondí con una sonrisa pequeña.
—Si pierdes a esta chica, te buscaré y te arrancaré la verga —le dijo a
Shooter, quien sonrió—. No dejes que su reputación te engañe, es un buen
chico. Solo necesitaba a una mujer buena que lo calme. Qué tengan una
agradable cena, chicos. Amelia —agregó, deteniéndose a medio camino—.
Haz que Shooter te l eve algún día a cenar a mi casa.
—Sí, señora —respondió Johnnie inmediatamente, dejándome casi
congelada mientras el a se alejaba otra vez—. ¿Qué? —preguntó luciendo
inocente.
—No debiste decirle que me llevarías cuando sabes que no lo harás.
—¿Quién dice que no lo haré?
—Johnnie…
—Mira —dijo, dejando a un lado su encantadora sonrisa, viéndose de
repente todo serio—. No soy el tipo de hombre que anda de puntillas
alrededor de las cosas. Lo pienso, lo siento y lo digo. Así que diré esto de
una jodida vez y no me importa si te asustas. No me importa si tienes esas
líneas entre tus cejas de manera permanente. Me gustas, cariño.
—Ni siquiera me conoces —repliqué automáticamente, sintiendo un
remolino formándose en mi vientre que era aterrador, pero casi de una
buena manera que solo podía significar problemas.
—Me gusta la manera en que intentas ponerme en mi lugar. Me gusta
que sepas cocinar y hornear. Me gusta que seas apasionada al ayudar a
otras personas aunque no las conozcas. Me gusta la manera en que odias a
mi jodida gata. Me gusta la manera en que llenaste aquel os pantalones
cortos el día en que te conocí, y la manera en que llenaste el vestido de
verano fue aún mejor. Me gusta la manera en que algunas de tus sonrisas
significan “jódete” y me gusta la manera en que tu voz suena baja y tímida
cuando estás insegura de ti misma. Nena, ¿cuánto jodidamente más hace
falta para simplemente aclararte que me gustas?
—Básicamente ya había cubierto el punto—. ¿Y sabes qué más, ángel?
—¿Qué? —pregunté, sin más remedio.
—Creo que también te gusto.
—No sé… —empecé.
—Nena —dijo, sacudiendo la cabeza hacia mí como si estuviera
poniendo a prueba su paciencia—. Sabes que fui golpeado cuando era un
niño. Sabes que hui de casa para escapar de esa mierda. Sabes que mi
padre fue un pendejo y sabes que jamás dejé pasar eso. Sabes que fui
un cabrón que le enviaba whisky cada mes, con la esperanza de que se
ahogara en él. Sabes que tengo la boca de un marinero. Sabes que asesino
personas para vivir. Conoces toda esa mierda y aun así te gusto.
Tragué con fuerza al darme cuenta que era verdad. Sabía todo eso,
todas esas partes oscuras y desagradables de él y, a pesar de todo, seguía
gustándome.
—Estás… eh… bastante seguro de ti mismo —comencé, no del todo
cómoda admitiéndome la verdad, por no hablar a él.
—¿Por qué no habría de estar seguro? —preguntó, dándome esa
infantil sonrisa arrogante a medida que gesticulaba hacia su cuerpo, como
si sintiera que me estaba presionando demasiado y lo estuviera alejando—.
¿Es mucho pedir que hagas patatas dulces para la cena? —preguntó,
cuando finalmente liberó mi trasero y colocó ambas manos en el carro,
dejándome caminar a su lado, dándome el espacio que necesitaba.
—Tenemos que volver y conseguir los ingredientes —cedí y su sonrisa
definitivamente no me conmovió en lo profundo de mi ser.

—Cásate conmigo —dijo, su boca l ena con el primer bocado de la


cena.
—¿Está rico? —pregunté, sintiendo como mi pecho se hinchaba de
orgullo. La verdad es que nunca había tenido a nadie para quien cocinar, a
excepción de su padre, y eso era muy diferente. Era una sensación
totalmente nueva saber que a un chico, por el que te habías dado cuenta
que tenías ciertos sentimientos, le gustaba tu comida.
—Nena… —dijo, haciendo que la palabra sonara con más que puro
afecto. Sonrío cuando hice señas con la mano como si necesitara más que
eso—. ¿Sabes qué?
—No, ¿qué?
—En toda mi vida solo he probado una cosa mejor que esta comida —
comenzó, su sonrisa retorciéndose diabólicamente—. Y es tu coño. —
Sentí esa zona en cuestión apretarse casi dolorosamente, mi boca
cayendo abierta—. De hecho, la única forma de mejorar esta comida,
es con un poco de eso para el postre.
—Johnnie… —intenté decir, sacudiendo mi cabeza, sin estar segura de
cómo se supone que debía contestar a un comentario como ese.
—No. Acéptalo. En la próxima hora, voy a meter la cabeza entre tus
muslos —declaró, pinchando un trozo de patata dulce rel ena y
llevándoselo a su boca.
Alcancé el vino que compró de camino a casa, y tomé un trago
mientras intentaba razonar con el caos entre mis piernas, que estaba en
gran acuerdo con los planes de Johnnie para la noche.
—Compórtate —intenté persuadirlo, poniendo los ojos en blanco.
—Voy a comerte justo aquí encima de esta mesa —declaró, poniendo
sus manos sobre la superficie a medida que yo apretaba mis muslos por
debajo de la mesa, viendo el deseo en sus ojos.
—Johnnie…
—Si de algo estoy jodidamente seguro, carita de ángel, es de lo mucho
que me gusta hacer que te corras. Así que, vas a ser una buena
chica y vas a subirte aquí cuando terminemos de comer y voy a
enseñarte lo mucho que aprecio que cocines para mí. Y voy a hacerlo
recorriendo mi lengua por ese dulce coño húmedo que tienes hasta que te
corras tan fuerte que se te olvide tu propio nombre. —Se detuvo,
observándome por un momento a la cara, antes de dejar ir la intensidad de
su mirada—.
Ahora, hablemos de esta patata…
—¿La… patata? —repetí como un loro, sin acabar de comprender el
giro de la conversación.
—Sí, cariño, la patata… —dijo, sonriendo a su comida como si
estuviera disfrutando mi perdida momentánea de funciones cerebrales.
—Johnnie. Yo…
—De hecho, ¿sigue así de buena cuando está recalentada?
—¿Recalentada?
—Sí, porque cambié de idea.
—¿Sobre qué?
—Sobre el orden del menú. Creo que primero quiero el postre —
confesó, levantándose lentamente de su sil a y caminando hacia mí
alrededor de la mesa.
—No puedes hablar…
—¿En serio? —terminó por mí, tomando el tenedor de mi mano,
dejando que sonara fuertemente contra el plato al levantarme de mi silla—
. Oh. Sí que puedo. De hecho, lo hago —dijo, sus manos moviéndose hacia
mis pantalones y desabrochando rápidamente el botón y la cremal era.
Sus manos se deslizaron ligeramente por dentro para enganchar
también mis bragas y arrastrar ambas capas por mis piernas mientras yo
me quedaba ahí de pie, demasiado impactada para reaccionar—. Estos
muslos me vuelven jodidamente loco —declaró, subiendo su mano por
uno.
Y eso, quizás, fue lo único que podría haber dicho para sacarme de mi
extraño estupor bruscamente.
—¿Qué? Son gordos —dije automáticamente, dejando bien claro en mi
tono de voz, mi desdén por los muslos en cuestión.
—¿Gordos? —repitió, frunciendo el ceño.

—Sí, gordos.
Su frente se apoyó sobre la mía y todo su cuerpo comenzó a sacudirse
y tardé un segundo en darme cuenta que se estaba riendo. ¡Se estaba
riendo de mí!
—¿De qué te estás riendo? —pregunté, mi voz sonando un tanto
estridente.
—De ti —declaró, apartándose un poco y dándome toquecitos en la
nariz con su dedo.
—No me gusta que se rían de mí —dije, apartando la mirada de él.
—Entonces deja de ser tan tonta.
—No estoy siendo tonta.
—Nena, si crees que tus muslos son gordos, entonces, definitivamente
estás siendo tonta.
—Estoy siendo honesta —contraataqué, no muy segura de por qué
sentía la necesidad de pelearme con él para hacer que aceptara mi
inseguridad como válida.
—Ya que estamos siendo sinceros. Entonces, seamos sinceros —dijo,
retirándose de manera que solo nuestros pies seguían en contacto—. He
estado con muchas mujeres en mi vida. He tenido de todos los jodidos
tipos de cuerpos: bajas, altas, delgadas, musculosas, delicadas. Y todos
están bien, cariño. Todos tienen su propio encanto. ¿Pero a mí? Me gusta
el tipo de mujer con curvas que me permita hundir los dedos en ellas. Y,
noticias de última hora dulzura, a muchos hombres les gusta. Así que,
cuando digo que adoro tus muslos, no lo estoy diciendo porque quiera
meterme entre ellos, lo digo porque lo pienso, maldición. No te atrevas a
intentar convencerme que cuando veo algo que me gusta y te digo que me
gusta estoy de alguna manera intentando ser deshonesto contigo.
Ahora que todo está dicho, voy a meterme entre esos muslos, y me va a
encantar sentirlos envueltos alrededor de mi cara mientras me como tu
dulce coño. Así que si has terminado de discutir sobre estas estupideces,
me gustaría, si no te importa, ponerme a el o.
—Um… —comencé a decir, un poco estupefacta para seguir
hablando porque, en realidad, ¿cómo respondes a algo así? ¿Cómo le
agradeces a alguien por hacer que una vida entera de inseguridades se
desvanezca en un minuto?—. Gracias…
—Agradécemelo al subir ese dulce culito tuyo en esta mesa de una vez
—dijo, estirándose a por una servilleta mientras yo me ponía a ello,
sintiéndome torpe al estar sobre la mesa con el trasero desnudo, justo
donde habíamos estado comiendo una rica cena. Y entonces lo miré para
ver lo que estaba haciendo y estaba colocándose la servilleta en el cuello
de su camisa.
—Oh Dios mío… qué estás… —comencé a decir, sintiendo como mis
mejillas se calentaban a medida que una extraña risa estrangulada se
atascaba en el fondo de mi garganta.
—Modales, nena —declaró con un guiño travieso.
—Oh Dios mío, para. En serio —dije, levantando mis manos para
cubrir mis ardientes mejillas.
En esa posición, no lo vi acomodarse en el suelo junto a mis pies
colgando de la mesa. Sin embargo, sí sentí cómo me obligó a separar mis
piernas mucho más amplio un instante antes de que su lengua recorriera
de ida y vuelta por mi resbaladiza hendidura. Un conmocionado jadeo
estal ó de mi boca a la vez que mis manos caían sobre la mesa,
agarrándola por el borde casi dolorosamente. Su cara se alzó desde su sitio
entre mis piernas con una mirada traviesa.
—¿Tienes algún problema con mi etiqueta en la mesa, cariño? —
preguntó.
—N… no —dije, temblando.
—Bien. Entonces túmbate y rodéame con esos muslos, nena —exigió e
inmediatamente me moví obedeciendo. Tras eso, no hubo más bromas,
más coqueteo. No hubo nada más aparte de su lengua moviéndose contra
mí con tal exquisita precisión que noté como en la profundidad de mi
abdomen la presión se hacía más pesada, mis muslos se tensaban a su
alrededor. El aro en su lengua rozó mi clítoris varias veces y gemí
ruidosamente, balanceando mi mano y derribando algo al suelo. Johnnie,
estaba tan concentrado que ni se percató y sentí su mano reptar hacia
arriba por el interior de mi muslo, presionando contra mis húmedos
pliegues y deteniéndose en la entrada a mi cuerpo. Sentí como me tensaba,
pero su dedo simplemente permaneció ahí por un momento, latiendo
contra mi entrada pero sin empujar hacia dentro, hasta que sentí
desaparecer
cualquier incertidumbre, siendo reemplazada por una primitiva especie
de revelación, de que lo que necesitaba era sentirlo dentro. Luego, no tenía
que necesitarlo, porque me lo estaba dando. Su dedo entró, deslizándose
hasta el final, deteniéndose un momento para chupar firmemente mi
clítoris, antes de comenzar a empujarlo dentro y fuera de mí, creando una
fricción que amenazó con dejarme muda.
—Johnnie… —gemí, mis manos yendo hasta su cabel o y agarrándolo.
Dentro de mí, giró su dedo, curvándolo hacia arriba y acariciando en lo
más alto de la pared, buscando el lugar exacto y encontrándolo demasiado
rápido, haciendo que todo mi cuerpo se estremezca al estrecharme a su
alrededor. Pegado a mi carne, hizo alguna especie de gruñido vibrante, que
juro que vibró por todo mi sistema. El aro en su lengua hizo otro
movimiento circular a medida que su dedo escarbaba en el sitio exacto un
poco más duramente y simplemente… me hice añicos.
Todo mi cuerpo se tensó mientras el orgasmo atravesaba todo mi
sistema, sonsacándome un grito asfixiado a medida que me impulsaba
hacia él. Las palpitaciones siendo fuertes e insistentes mientras Johnnie
seguía acariciando, seguía chupando, seguía sonsacando.
Mi espalda volvió a apoyarse contra la mesa a medida que jadeaba por
aliento, mis muslos temblando ligeramente mientras forzaba a mis manos
a desenredarse de su cabel o, una apoyándose en su nuca, la otra dejándose
caer a mi lado sobre la mesa con un ruido sordo. El dedo de Johnnie se
deslizó fuera de mí y sus manos se movieron hacia arriba para extender
mis muslos contra la mesa mientras su boca besaba mis muslos pasando
de uno a otro, dando su visto bueno totalmente convencido, haciendo que
me diera cuenta que nunca volvería a burlarme de ellos como solía
hacerlo.
Al final, uno de sus puños se apoyó junto a mi cadera y se impulsó
hacia arriba, esperando a que abriera los ojos. Cuando lo hice, se quitó la
servil eta y me dio toda una demostración de modales al doblarla y darse
delicados toquecitos en las comisuras de su boca.
—Eso fue delicioso. Momento para el siguiente plato.
Me atraganté con la risa, negando con la cabeza.
—Te odio —declaré con una sonrisa.
Rio entre dientes, agarrándome de los brazos y enderezándome hasta
que estuve sentada otra vez en el borde de la mesa. Sus manos
acunaron mi rostro, su pulgar rozando mis labios antes de que agachara
su cabeza y tocara los suyos con los míos, suaves, dulces, hasta que todo
en mi interior se sintió derretido y caliente, hasta que lo sentí invadir todo
mi ser. Cuando se apartó y yo recogí mis pantalones y bragas, tuve la
cegadora realización de lo mucho que iba a sufrir cuando se esfumara de
nuevo. Y, no nos equivoquemos, eso era exactamente lo que iba a pasar.
Quizás no ese día ni el siguiente o incluso la próxima semana. Pero en
algún momento ocurriría.
Iba a alejarse y entonces habría un agujero del tamaño de Johnnie
dentro de mí; un hueco que sabía que nunca podría llenar. Sabía eso porque
sabía lo que se siente al ver a un hombre que te importa alejarse.
Conocía esa clase de dolor profundo. Conocía esa clase de dolor desde
mi perspectiva a los siete años, viendo al primer hombre que me importó
abandonarme. Oí esa puerta cerrándose en mi alma y juré que nunca
permitiría sentirme así otra vez. Me prometí que nunca permitiría a otro
hombre dejar un vacío en mi interior. Pero ahí estaba, abrochándome mis
pantalones y sentándome al otro lado de la mesa frente a un hombre que
parecía ajeno, o despreocupado, por el inevitable sentimiento de vacío.
Pero, supuse mientras agarraba mi tenedor y probaba mi comida que se
asentó como veneno en mi estómago, así es como funcionaban las cosas.
Los hombres desaparecían, continuando con sus vidas y creando más
vacíos que las mujeres abandonadas intentarían l enar… sabiendo todo el
tiempo que no podrían.

Traducido por Smile.8 y Florff


Corregido por LizC

l resto de la tarde pasó sin muchos incidentes. Johnnie hizo


algunas l amadas más; algunas de ellas las hizo delante de E mí y otras
se excusó y fue al pasillo. Buscamos mi bolsa de mi auto. Tomé una ducha.
Fui a la cama. Johnnie se quedó despierto con su portátil haciendo quién-
sabe-qué. No hablamos muchos.
O no se dio cuenta de mi mal humor repentino o me estaba dando mi
espacio. De cualquier manera, estaba agradecida por el o. Vino a la cama
en algún momento más tarde, el sol ya elevándose como un suspiro en el
cielo. Mi cuerpo, poco acostumbrado a alguien metiéndose en la cama
mientras yo estaba en ella, se sacudió violentamente, mi corazón
golpeando fuerte contra mi pecho antes de que pudiera siquiera registrar
dónde estaba, que estaba a salvo.
—Soy yo, ángel. Vuelve a dormir —murmuró Johnnie en la curva de
mi cuello a medida que su cuerpo se deslizaba alrededor de mí.
Sabía que le tendría que haber dicho que se mueva; sabía que
necesitaba mantenerlo a distancia tanto metafóricamente como
literalmente, pero se sentía agradable que te sostengan así. Se sentía
reconfortante, fácil y seguro. Así que dejé escapar la respiración que
estaba conteniendo e hice lo que me dijo; volví a dormir.
Me levanté por la mañana con el cuerpo de Johnnie todavía detrás del
mío, y su pesado brazo envuelto alrededor de mí. Miré abajo por un largo
rato a medida que las últimas trazas de sueño se iban, tratando de
memorizar cada tatuaje en su piel. Hice eso durante un largo tiempo antes
de darme cuenta lo que estaba haciendo y levanté su brazo gentilmente y
me deslicé por debajo de él, yendo al baño para lavar mi cara y cepil arme
los dientes. Estaba caminando de puntillas por su lado de la cama,
agachándome para recoger mi ropa limpia de la bolsa cuando me
agarraron por detrás, un brazo fuerte envolviéndose por mi estómago y
empujándome de espaldas hasta que estuve sentada en su regazo mientras
él se sentaba en el borde de la cama.
Su cara fue a mi cuel o, plantando un beso allí que envió mariposas a
mi estómago. Era demasiado pronto; aún no había tenido oportunidad de
volver a erigir mis muros.
—Te levantas temprano —dijo y sonó como una acusación.
—Te vas tarde a la cama —contraataqué mientras su mano se deslizaba
lentamente hacia arriba y las puntas de sus dedos descansaron justo por
debajo de mis pechos.

—Trabajando —comentó simplemente a medida que su mano se


movía hacia arriba para cepil ar mi cabello hacia atrás.
—¿En cosas sobre Luis? ¿Encontraste algo? —pregunté, aferrándome
a cualquier cosa que apartara mi concentración de cómo su respiración
caliente en mi cuello me estaba deshaciendo por dentro una vez más.
—No quiero hablar de eso ahora.
—No pienso… —comencé, pero no terminé ya que de repente, su
mano estaba cubriendo mi seno y apretándolo.
—Esa es una buena idea. No pienses. Solo siente —dijo, su pulgar e
índice apretando mi pezón hasta que estaba sobresaliendo, casi como una
punta dolorosa. Mi cabeza cayó hacia atrás sobre su hombro mientras su
otra mano atrapaba mi otro seno con la misma exquisita tortura. Mi
espalda se arqueó contra su toque, mis senos sintiéndose extrañamente
pesados a medida que una ráfaga de humedad empezaba a formarse entre
mis piernas. Su cabeza cayó ligeramente y su lengua pasó por mi cuel o
mientras una de sus manos se movía de camino por mi estómago y
terminó presionada entre mis piernas, acariciándome por encima del
material de mis pantalones de pijama. Mis muslos se abrieron invitándolo
y
sus dedos se movieron para deslizarse por debajo de la cinturilla de
mis pantalones y bragas hasta que sus dedos me acariciaron
delicadamente, provocándome, como si tuviera todo el tiempo del mundo,
como si no me estuviera volviendo medio loca.
Su dedo se sumergió aún más y presionó dentro, haciendo que un bajo
gemido escape de mis labios abiertos. Sus empujes fueron tan necesitados
como su exploración en mi clítoris. Sacó su dedo, y después presionó dos
dedos en mi interior, haciéndome estremecer.
—Shh, relájate ángel —murmuró y exhalé un suspiro, inclinándome
contra él. Sus dedos se volvieron más insistentes, empujando, después
girando, buscando mi punto G. Pero nunca me dio suficiente como para
empujarme por el borde del clímax, solo lo suficiente como para tenerme
de puntillas allí, atrapada en la cúspide de la inconsciencia. Me sentí
tensarme a su alrededor y decidió sacar sus dedos lentamente.
—No… —gemí indefensa, palmeando sus muslos con mis manos.
—Levántate, nena —dijo suavemente, empujando mis caderas adelante
hasta que seguí sus órdenes con reticencia, girando mi cara hacia él
mientras sus manos se movían hacia arriba para empujar mi
camiseta y comenzar a sacar el material por mi cabeza. Mis manos se
movieron para atrapar sus muñecas, parando el movimiento. Ladeó su
cabeza, su mirada intensa—. Quiero verte, cariño. —Quizás fue la
suavidad en su voz o la honestidad en su mirada, pero mis manos liberaron
sus muñecas y las alcé sobre mi cabeza para que así pudiese sacarme la
camiseta, dejándome parada allí desnuda de cintura para arriba y la
apremiante urgencia de poner mis manos sobre mis pechos. Pero entonces
sus dedos ya estaban deslizándose sobre el os gentilmente, adorándome, y
el pensamiento se alejó a medida que sus manos fueron a la cinturilla de
mis pantalones, se engancharon en ellos y en mis bragas, empujándolos
abajo. Saqué mis pies y Johnnie se apartó ligeramente, negando con la
cabeza mientras yo me preocupaba en cuanto a qué se suponía que tenía
que hacer con mis manos.
—Johnnie, yo… —No sabía qué decir, pero necesitaba que dejara de
mirarme así, como si pudiera hacerlo todo el día, como si no hubiera nada
más en el mundo que prefiriera hacer.
—Eres perfecta, Amelia —dijo, levantándose de la cama, su cuerpo a
centímetros del mío, sus dedos subiendo por mis costados desnudos antes
de atraerme a él, nuestras pieles desnudas tocándose desde las caderas a
los hombros, enviando un escalofrío a través de mi cuerpo. Sus
dedos bajaron por mi espalda, flotando sobre la carne de mi trasero,
luego se movieron para descansar en mis caderas a medida que sus labios
descendían hacia los míos, suaves, presionándose un segundo solo antes de
alejarse—. Podemos parar ahora. Sé que esto es rápido —comentó, de
nuevo siendo un chico bueno. Y, de alguna manera, es por eso que supe
que no quería parar: porque él parecía que estaría contento de cualquier
manera; porque no había expectativas; porque sabía que no había otro
hombre en la Tierra que sería la mitad de considerado de lo que él estaba
siendo en ese momento.
Y no podía negarlo; lo quería. Lo quería desde el primer momento en
que lo vi. Lo quería cada vez que me l amaba “ángel”, “nena” o “cariño”.
Lo quería cada vez que su sonrisa era para mí. Lo quería. ¿Y qué más
daba que fuera temporal? Todo es temporal si le das el tiempo suficiente.
¿Qué bien podría salir de negarme esto? Él ya estaba dentro; siempre
había tenido un hueco en forma de Johnnie en algún lugar dentro de mi
pecho.
Iba a doler sin importar cuándo se fuera. Entonces, ¿por qué no darme
este lujo?
—No quiero parar —dije, mi voz apenas lo suficientemente alta como
para ser considerada un susurro, pero su cuerpo se sacudió con sorpresa y
supe que me escuchó—. Yo… —Tragué duro contra la incomodidad de
admitir la verdad y forcé las palabras—: Te quiero.
Su pecho se hinchó mientras sus ojos se cerraban por un segundo.
Soltó el aire lentamente y una mano se alzó para acunar mi mandíbula.
—Paramos apenas lo digas. ¿De acuerdo?
Sentí que asentí antes de que mis brazos finalmente se envolvieran
alrededor de sus hombros, sosteniéndolo más cerca. Su dureza se presionó
contra mí, la tela de sus pantalones cortos sin hacer nada para contenerlo.
Sus brazos me envolvieron y me apretaron a medida que su cuerpo me
giró y me bajó al colchón, él siguiéndome, cubriéndome, una de sus rodil
as apoyándose entre mis piernas, sus dos brazos balanceando su peso
mientras sus labios se presionaban en los míos, con profundos, largos y
húmedos besos. Su boca trazó un camino por mi mandíbula, después por
mi cuello, mi cabeza moviéndose de lado a lado rogando más.
Lo había sentido entre mis piernas justo la noche anterior; sentí su
lengua lamiendo mi entrada y, en ese momento, nunca pensé que podría
sentir algo más íntimo, pero la manera en que era gentil adorando cada
centímetro expuesto de mi piel, lentamente, como si estuviera intentando
guardarlo en su memoria, esto era intimidad. Su cabeza se deslizó hacia
abajo y tomó uno de mis pezones en su boca, chupando suavemente
antes de pasar su lengua sobre él, el aro en su lengua haciendo un barrido
ocasional, enviando sacudidas eléctricas de deseo con cada caricia. Mi
mano se alzó, envolviéndose por la parte posterior de su cuel o, la otra
deslizándose por su espalda. Su cabeza se inclinó y pasó sobre mi pecho
para provocar mi otro pezón a medida que se movía para balancear su peso
sobre un brazo. Su mano libre se deslizó por mi cuerpo, trazando un dedo
fácilmente dentro de mí y volviéndome a l evar arriba, más rápido.
Deslizó otro dedo en mi interior, haciendo lo del empuje, el giro y la
búsqueda de nuevo y me di cuenta que su boca había dejado mi pecho y
comenzó a moverse lentamente por mi estómago, a la vez que me estaba
estirando. Me estaba preparando. Su cabeza l egó al triángulo sobre mi
sexo y pronto todos mis pensamientos desaparecieron a medida que sus
labios se cerraban sobre mi clítoris.
Mis pies golpearon contra el colchón, mis caderas elevándose con cada
empuje de sus dedos, intentando llevarme más cerca. Pero entonces
levantó su cabeza, moviéndose sobre mi cuerpo una vez más, sus labios
provocando los míos por un minuto mientras sus dedos continuaban su
lento tormento.

—¿Estás segura? —preguntó, su voz un susurro ronco a medida que se


alzaba para mirarme.
Al ver sus ojos, nunca estuve más segura de nada.
—Sí —respondí, extendiendo una mano para acunar su mandíbula
como él había hecho conmigo y giró su cabeza y besó mi palma
gentilmente antes de sacar sus dedos de mí y salir de la cama. Abrió un
cajón en su mesita de noche, sacando el envoltorio plateado de un condón
y quitándose los pantalones. Tuve un primer vistazo de su larga dureza
mientras la acariciaba una vez, inclinada un poco adelante a medida que se
ponía el condón, después se giró hacia mí, arrodillándose en el borde de la
cama por un segundo antes de moverse lentamente hacia mí.
—¿Nerviosa? —preguntó mientras se acomodaba entre mis piernas
abiertas y sentí su erección descansar contra mi sexo. Ahí estaba, la
sensación enroscada en mi estómago, el errático pulso en mi garganta,
muñecas y sienes. Pero más que eso, ahí había necesidad, había curiosidad.
Sentí mi cabeza asentir un poco y él se inclinó sobre mí y besó la punta de
mi nariz—. Voy a cuidarte muy bien, nena —murmuró y sus caderas se
mecieron, haciendo que su dureza acariciara mi hendidura,
golpeando mi clítoris con una nueva y deliciosa sensación. Sentí otra
ráfaga de humedad a medida que mis manos aferraban sus hombros,
apretando un poco mientras su mano se deslizaba entre nosotros,
agarrándose a sí mismo y posicionándose en la entrada a mi cuerpo,
quedándose allí, solo una firme presión antes de que la presión se hiciera
más grande, una sensación ardiente y apremiante que hizo que mi cuerpo
se sacuda ligeramente—. Lo sé —murmuró, inclinándose y besando mis
labios gentilmente—. Respira, cariño —instruyó a medida que la
sensación ardiente y apremiante se intensificaba y lo sentí deslizarse
dentro de mí.
Exhalé un suspiro que se convirtió en un jadeo cuando mis dedos
dejaron de aferrar su espalda y se movieron para presionar contra sus
hombros, sin estar segura si quería empujarlo o sostenerlo contra mí.
Su mano se liberó a sí mismo y sentí su dedo moverse en círculos otra
vez sobre mi clítoris. Presionó adelante un poco más, trayendo otra ola de
dolor que rápidamente distrajo de mi conciencia con un movimiento de su
dedo. Paró a medio camino, inclinándose y tomando mis labios.
—¿Estás bien? —murmuró contra ellos, meciendo sus caderas de una
manera que nunca se alejaban o empujaban dentro del todo, solo creando
una fricción en mi interior que apaciguó el dolor.

Mis ojos se abrieron lentamente para ver su cara, con un poco de


tensión alrededor de sus ojos, y un calor en sus profundidades verdes. Y
entonces me di cuenta que sí. Dolía. Era una rara sensación incómoda
que era medio dolorosa y medio extraña, pero no era como había esperado.
No era el dolor cegador que te rompía en pedazos que mi compañera
de habitación en la universidad describió de su experiencia cuando tenía
dieciséis y perdió su virginidad en la parte trasera de un auto con un chico
que no conocía ni se preocupó por su incomodidad. Esta era la punzada de
lo novedoso, de mi cuerpo estirándose para acomodar a alguien que se
estaba tomando su tiempo para permitir que se ajuste.
Insegura de cómo explicarlo, dejé que mis labios se curvaran
débilmente y los suyos hicieron lo mismo.
—Te sientes muy bien, cariño —murmuró, el balanceo convirtiéndose
más y más en un movimiento continuo y lo sentí presionar un poco más
adelante con cada una de las embestidas, pero la fricción estaba haciendo
algo, estaba creando algún tipo de esfuerzo necesario que alivió y se
sobrepuso al dolor. Mis rodillas se cerraron alrededor de sus caderas; mis
manos se movieron hacia su espalda, hundiéndose en el a otra vez. Otro
empuje adelante y sentí sus caderas presionar contra las
mías y me dio otra sonrisa. Mi sonrisa coincidió con la suya cuando
me di cuenta que estaba totalmente dentro de mí, la sensación algo que no
podía describir muy bien, como una plenitud extraña que mi cuerpo pedía
desde hace tiempo pero que no conocía, como si mi cuerpo la hubiera
estado esperando. Mis piernas se envolvieron alrededor de sus caderas,
conduciéndolo un poco más profundo con un jadeo.
—Johnnie —gemí, sabiendo que él sabía lo que necesitaba, sabiendo
que estaba esperando el permiso para dármelo.
Sus labios reclamaron los míos y me lo dio. Fue lento al principio,
consciente de que estaba dolorida, aumentando el ritmo solo cuando mis
caderas se mecieron contra él, rogando más. Soltó mis labios, observando
mi cara a medida que su mano se deslizaba entre nosotros una vez más,
moviéndose por encima de mi muy híper sensible clítoris y sentí mi sexo
estrecharse alrededor de él.
—Córrete para mí, Amy —me exigió, su cuerpo tensándose con la
necesidad de su propia liberación. No estaba segura que pudiese, pero
entonces su dedo golpeó de nuevo y la tensión amenazó con ser casi
dolorosa cuando sus caderas se movieron otra vez y… me rompí. Mi
cuerpo entero contrayéndose de impacto, mi sexo convulsionando por la
ola de placer que sentí intensificada por mi todo cuerpo.
—John… nie… —Hundí mis dedos rastrillándolos por la piel de su
espalda.
Soltó una especie de gruñido primitivo, empujándose más, su dedo
igual de implacable hasta que mi cuerpo se desplomó en el colchón y él se
enterró en lo profundo, su cara presionada en mi cuello, y gruñó mi
nombre a medida que se venía. Su peso cayó sobre mí durante un largo
minuto mientras su fuerza se filtraba lentamente de vuelta a su sistema.
Sus labios besaron mi cuel o cuando se alzó lentamente, su dedo
acariciando mi mejilla. Mis ojos pesados aletearon hasta abrirse para
encontrarlo bajando la vista hacia mí con una mirada que contenía un peso
que no entendí.
—Nena… —dijo, su voz llena con algo que era parecido al asombro.
Ese fue el momento en que sentí que se rompió la última pequeña
pieza de protección que me quedaba. Simplemente se derrumbó. Sentí una
lágrima deslizarse de mi ojo, bajando por mi sien hacia el nacimiento de
mi cabel o. La mano de Johnnie se extendió y la limpió.
—¿Lágrimas de tristeza o de alegría? —preguntó, quizás esforzándose
por entender mis emociones tanto como yo.
—No lo sé —respondí honestamente y su expresión se suavizó
mientras salía de mí lentamente, dándome una mirada de disculpa cuando
me tensé. Se alejó durante el más breve de los minutos, deshaciéndose del
condón antes de meterse en la cama nuevamente, rodando sobre su espalda
y atrayéndome hasta que estaba descansando sobre su pecho, con mi
cabeza bajo su mejilla. Una de sus manos se posó fuertemente en mis
caderas, la otra mano se movió para acariciar con suavidad mi cabello.
—¿Sabes lo que sí sé, ángel? —preguntó suavemente y continuó
cunado sacudí mi cabeza—. Sé que ese es el sexo más significativo que he
tenido alguna vez.
Significativo.
Esa palabra contenía un montón de peso.
Era significativo. Significó algo para él.
También significó algo para mí, pero eso era lo que se esperaba.

Significó incluso más para mí porque significó algo para él.


Quizás merecía la pena la caída de mis escudos derrumbados solo para
sentirme justo como lo hacía en ese preciso instante: contenta, segura, al
borde de la felicidad, tal vez un poco… amada.
—¿Estás bien? —preguntó, y si no estaba equivocada, había un rastro
de preocupación ahí.
Tragué el nudo en mi garganta y besé su pecho.
—Sí.
—Duele —observó.
—Sí —coincidí porque, bueno, así era.
—Aun así, es perfecto.
—Sí —coincidí de nuevo porque, bueno, así era.
—¿No te arrepientes? —preguntó y la preocupación estaba ahí otra
vez.
Escucharla, escuchar a un hombre como Johnnie decir eso, alguien tan
tranquilo y despreocupado como él sonando preocupado, me hizo querer
ponérselo fácil. Me levanté de su pecho, mi cabel o cayendo como una
cortina hasta que sus manos lo apartaron colocándolo detrás de mis orejas.
—Nunca me arrepentiré de esto —dije en una voz que era mía, pero a
la vez no. Era más dulce, más vulnerable.
La tensión desapareció de su cara y me dio una sonrisa muy propia de
Johnnie.
—Sabe cocinar —dijo, hablándole al techo—. Sabe hornear. Puede
tener este aspecto y verse así —continuó, señalando hacia mi cuerpo—, y
decir, “oye, no veo que esto sea gran cosa”. Puede ser dura y quisquil osa,
suave y dulce, y puede amarme así… maldición… —finalizó su pequeño
discurso, agitando su cabeza.
Algo en lo más profundo de mí se tensó violentamente ante la palabra
amor, como si estuviese luchando contra ella, como si estuviese intentando
negar la misma existencia de la palabra.
No quiso decirlo de esa forma. Jamás lo diría de esa forma.

—Oh-oh —dijo Johnnie, su mano alzándose para presionar un dedo


entre las líneas en mis cejas—. Está pensando de nuevo.
Resoplé una ligera risa que no era una risa de verdad.
—Lo hago a veces.
—Bueno, ya deja de hacerlo —dijo de manera juguetona, levantando
sus cejas hacia mí.
Esta vez, la risa fue una risa de verdad y me dejé caer otra vez en su
pecho, mi oreja justo encima del retumbar uniforme de su corazón.
El silencio se estiró durante un largo tiempo, sus manos desplazándose
por mi cabel o incansablemente, mi cuerpo relajándose con esa sensación.
—Cuéntame de tus padres —dijo suavemente un poco después, la
pregunta haciéndome sacudirme en sus brazos, pero él me apretó contra sí
—. Ángel, ya estoy dentro. Deja de intentar mantenerme alejado.
Sentí que mi respiración escapó con un siseo, la urgencia de contarle
más fuerte que nada que haya sentido en mucho tiempo. Y tenía razón;
estaba dentro, de todas las formas imaginables. ¿Qué más daño podía
haber si compartía más de mí?
—Mi madre no fue siempre una alcohólica —empecé con facilidad, el
momento en que el a levantó una botella con la intención de ahogar algo
en esta, siendo el punto de partida de la mayoría de las historias de mi vida
—. Hasta que tuve seis años, solo fue una mamá normal. Cocinaba y
horneaba. Me ayudaba con la tarea de la escuela. Vivía para mi padre, lo
hacia todo por él. Y entonces un día, levantó una botella. Y no la volvió a
dejar hasta que no estuvo vacía. Era ginebra. Esa era la bebida de su
elección. Ginebra directamente de la botella. Recuerdo que siempre pensé
que su aliento olía de alguna manera como a la Navidad… ya sabes… por
las bayas de enebro —expliqué y sus manos tan solo siguieron
acariciándome—. De todas formas. Bebió, bebió y bebió. Se olvidó de
cocinar, limpiar, hornear y ayudarme con la tarea. Y no hizo nada más que
caer a los pies de mi padre y l orar. —Tragué con fuerza ante el recuerdo
que venía a continuación, el peor, aquel que me hizo no querer sentirme de
esa forma nunca más—. Entonces una noche, salí de mi habitación para
encontrarla así, sus manos envueltas alrededor de las piernas de mi padre,
sol ozando, mientras él tan solo cruzaba hasta la puerta, arrastrándola
consigo. Y vi que él l evaba una maleta en sus manos. No su
maletín de trabajo, una maleta grande. Y como era pequeña, creo que
no entendí del todo lo que estaba pasando salvo que sabía que esa maleta
era para cuando te marchabas muy lejos. Y él se iba a marchar y… y nunca
me dijo que se iba a ninguna parte. Y mi madre tan solo siguió llorando,
diciendo que no podía hacerle eso a ella, que no podía abandonarla, que si
la amaba, no podía dejarla. Él tiró con fuerza, soltando su pierna. Su mano
agarró el pomo de la puerta y su cabeza se alzó de golpe para verme allí de
pie. Se quedó mirándome durante un segundo y entonces… entonces se
fue.
Su mano dejó de moverse, pero solo porque ambas se movieron para
envolverme con fuerza.
—¿Qué pasó después?
Sentí que me encogí de hombros.
—Nada. Todo. La vida siguió. Supongo que l egaron cheques de
pensión alimentaria porque nunca necesitamos mudarnos. Nunca nos
cortaron la luz. Mamá siempre tenía dinero en efectivo. Continuó
buscando las respuestas en el fondo de una botella vacía y yo seguí…
seguí adelante. Fui a la escuela e hice mis tareas. Intenté que nadie
descubriese la verdad.
—Así que impediste que nadie te conozca en absoluto —supuso
correctamente.
—Sí.
—Nena…
Agité mi cabeza ante su simpatía. No podía soportar más de su bondad.
—Luego cumplí dieciocho y estaba enfadada, confundida, y con la
misión de entender…
—¿Entender qué?
—¿La adicción? Exactamente, qué era lo que había llevado a mi madre
a arrojar su vida por la ventana, y de muchas maneras, la mía también.
Estaba tan resentida, tan l ena de odio y no quería sentirme de esa manera.
—Lo lograste, nena —dijo con un ligero apretón.

—Sí. Pero en esa época, mamá había bebido hasta l evarla a la tumba
—dije, las palabras saliendo casi despectivamente e hice una mueca de
dolor ante el as.
—¿Cuántos años tenías?
—Veintiuno.
—Nena...
—Está bien —dije, agitando la cabeza, intentando librarme de todo—.
Montones de personas lo han pasado peor. Johnnie, tú lo pasaste peor.
—Amelia, no es un concurso —contestó simplemente y me di cuenta
que así era cómo siempre lo había considerado. Como en plan: sí, mi
madre era una alcohólica, pero al menos no se prostituyó para conseguir
dinero para drogas como las madres asquerosas de algunos; o, apesta que
mi padre se marchara y me abandonara con una adicta por madre, pero al
menos no se quedó para abusar de mí como algunos padres asquerosos.
Siempre estaba tratando de minimizar mi historia porque
alguien más tenía una más horrible, como si intentara convencerme de
que mi daño no era merecedor de reconocimiento.
—¿Cómo terminaste siendo tan equilibrado? —pregunté en voz alta,
sin querer decirlo en realidad.
Ante esto, conseguí una pequeña risa baja.
—Nena, disparo a las personas para vivir. ¿Qué hay en eso que sugiera
que soy equilibrado?
—Eso no es lo que quise decir…
—Entonces, ¿qué quieres decir?
—Johnnie, tu padre te sacó los dientes de leche a punta de golpes.
Hizo tu vida un infierno durante quince años. ¿Cómo no recibes cada
mañana lleno de ira?
—Dulzura, lo que me hizo, no fue por mí; fue por él. No voy a asumir
su dolor como algo propio.
—¿Pero, no te molesta que hiciese eso? ¿Que él descargase su dolor,
su ira o lo que sea en ti cuando eras demasiado joven para
defenderte a ti mismo?
—Seguro. Y cuando era más joven, descargué esa mierda en los hijos
de puta en el pueblo que se atrevieron a burlarse de mí. Lo pagué con el
os; aunque no era por ellos. Justo como mi viejo hizo conmigo. Y no dejé
de hacerlo hasta que me marché, hasta que encontré a Break, hasta que vi
que la vida era más que ira y resentimiento.
—Así que, ¿pudiste solo… dejarlo ir mágicamente? —resoplé.
—Podría haber ayudado que Break me diese empleo para ayudarme a
destrozar algunas caras durante un tiempo. La ira se arrastra, y la sacas de
tu sistema para que así no te envenene.
—¿Crees que dejo que me envenene? —pregunté, demasiado
preocupada de repente por su opinión sobre mí.
—Creo que quieres que te envenene —argumentó, haciéndome
tensarme—. Creo que quieres que se propague por tus venas de modo que
si alguien intenta meterse bajo tu piel, también pasa a ellos. —Se detuvo
un momento, sus dedos apretándome como si quisiese suavizar el golpe de
sus palabras—. Creo que pasas tu vida alejándote primero, antes de que las
personas… antes de que los hombres l eguen a la conclusión de
que no vale la pena estar contigo. Creo que aprendiste esa lección de tu
joven padre y pienso que la creíste; creo que pusiste tu fe en eso; creo que
no puedes imaginar un mundo donde un hombre pudiese querer estar
contigo.
Cerré los ojos con fuerza ante sus palabras, ante la verdad que
encierran, ante el conocimiento de que, una vez más, él me entiende.
Estaba en muchos, muchísimos problemas.
Dios, iba a doler cuando él se convirtiera en uno de esos hombres de
los que me alejaba primero.
—Vamos, nena, es suficiente por hoy —dijo, levantándose de repente, l
evándome con él, así que gimoteé ante el dolor que el empujón me causó.
Johnnie hizo una mueca, besando mi frente a modo de disculpa mientras
me terminaba de poner de pie gentilmente—. ¿Quieres tomar una ducha?
—preguntó y asentí—. ¿Sola? —preguntó, sabiendo que era lo que yo
quería, pero de todos modos asentí. Me azotó el trasero con una pequeña
inclinación de cabeza—. Inténtalo todo lo que quieras, dulzura —dijo,
poniéndose sus pantalones cortos una vez más—, pero esos escudos están
hechos pedazos. No vas a ser capaz de recuperarlos.

Sentí las lágrimas detrás de mis ojos y me apuré al baño, cerrando la


puerta antes de que pudiese verlas. Levanté mis manos y presioné los
talones de mis palmas en mis ojos a medida que dejaba que la primera ola
de emociones me atraviese. Me giré ligeramente, mirándome en el espejo
y tomando una respiración profunda.
—Recobra la compostura —le exigí a mi reflejo, girándome para abrir
el grifo de la ducha.
Así que me duché.
Y me recompuse.
En cierto modo.

Cuando salí de la ducha, envolví una toal a apretada alrededor de mi


cuerpo y entré para buscar ropa limpia. Me había enfundado los otros
únicos pantalones que traje conmigo: unos pantalones cortos de mezclil a
muy cortos (por qué siquiera poseía tantos pantalones cortos cuando
odiaba mis muslos, estaba más al á de mí, pero los tenía) y una simple
camiseta negra, cuando oí unas voces masculinas. Quiero decir, no solo la
de Johnnie. Me peiné con los dedos y fui hacia la puerta, parándome a
escuchar durante el más breve de los segundos, intentando averiguar si era
o no una voz familiar. Todo sonaba amortiguado por la puerta así que
alcancé el pomo y salí, tratando de parecer como si no hubiese oído
ninguna voz antes de ese momento, como si tan solo hubiese salido de la
habitación.
Pero apenas había sacado un pie de la entrada cuando me congelé.
Porque no había solo dos voces en la sala. No. Eran cinco voces. Una
de aquel as voces pertenecía a Johnnie; otra voz era de Cash; otra era de
Paine; la cuarta era de Breaker; y la voz final pertenecía a un gigante
corpulento que nunca había visto antes con una barba oscura y unos ojos
de un peculiar y claro color miel.
Y esos ojos estaban sobre mí.
De hecho, todos los cinco pares de ojos estaban sobre mí.

Y cinco conjuntos de bocas se curvaron al mismo tiempo también.


Había cinco hombres increíblemente atractivos con sus tremendas
auras de chicos malos en la sala observándome con miradas conocedoras.
Creo que mi corazón se congeló en mi pecho.
Santa sobrecarga de chicos calientes.
—Ángel. —La voz de Johnnie me alcanzó y mi cabeza se giró de golpe
en su dirección—. Ven aquí —dijo, sentándose en el brazo del sofá y
palmeando su rodilla. Dudé, ya sintiendo que todo el mundo sabía un poco
demasiado sobre lo que sucedió entre Johnnie y yo. No necesitaban verme
también toda colgada en su regazo—. Tenemos algunas cosas que decirte
—añadió, y se sintió una tensión colectiva en el aire una vez más. Y,
bueno, tenía que escuchar lo que tenían que decirme. Si eso significaba
que tenía que sentarme en el regazo de Johnnie para oírlo, bueno, eso era
tan solo un beneficio añadido. Quiero decir… un mal necesario.

Traducido por Lyla y VckyFer


Corregido por LizC

melia se duchaba mientras yo observaba la calle. Algo


sucedió hace rato en ese jodido dormitorio. No era tan A simple como
ser su primera vez. Aunque como le dije, significó algo muy importante
para mí que el a quisiera que fuera el primero, que confiara en mí para
hacerlo bien para el a.
Sucedió en algún momento después de ver disiparse la última de sus
defensas. El a me dejó entrar. Y, de una manera que nunca antes había
sentido alguna vez, me quise quedar. Estaba justo contemplando qué,
exactamente, quería decir eso cuando los vi formar un pequeño círculo
frente a mi apartamento: Breaker, Cash, Wolf y Paine. Supuse que el
rumor se había extendido y todos se habían puesto a trabajar.
No era típico de los Henchmen involucrarse conmigo y los negocios de
Breaker. Pero dicho eso, todos parecíamos trabajar juntos cuando uno de
nosotros tenía una mujer que se metía en problemas. Y esto sucedía con
frecuencia. Mierda, menos mal que la mayoría de los chicos estaban ahora
establecidos. Creo que todos aprendimos que cuando las mierdas aparecían
e intentábamos resolverlo solos, bueno, las cosas se jodían muy rápido y
peor. Estaban aquí para asegurarse que eso no volviera a suceder.
Me volví hacia el dormitorio y agarré una camisa para entonces abrir
la puerta de modo que pudieran entrar.
—Hombre, maldición… —dijo Breaker, sacudiendo su cabeza hacia
mí.
—Mujeres… —comentó Wolf, el gigante de barba con un movimiento
de cabeza. Wolf no era mucho de hablar. Pero era jodidamente temible y
violento cuando tenía que serlo.
Cash y Paine simplemente me dieron sonrisas cómplices.
—¿Dónde está? —preguntó Paine, mirando alrededor.
—En la ducha. —La sonrisa de Cash se hizo más grande, toda infantil
y conocedora—. No se burlen de el a por eso —advertí.
—¿Por qué mierda me burlaría de ella? —preguntó, realmente
ofendido.
—Solo digo. Es una chica buena no…
—No las de siempre —terminó Paine con un encogimiento de
hombros.
—Sí, algo así. Entonces, imagino que saben todo.
—Distribuidor de heroína, ¿eh? Por lo menos es algo nuevo —dijo
Cash.
—Lex traficaba heroína —suministró Wolf.
—Sí, hombre, pero Lex estaba metido en jodidamente todo —añadió
Breaker y se encogió de hombros—. Entonces, ¿por qué mierda me estoy
enterando a través de Alex que te metiste en una situación en la jodida
Alabama?
—Sucedió rápido. Busqué a Lo por sus conexiones. Lo sugirió
involucrar a Alex. Llamé a Alex…
—Llá. Ma. Me —dijo con su voz profunda y grave, viéndose más
enojado de lo que lo había visto en mucho tiempo—. No te marches a
salvar a la damisela en apuros sin decirle a tu maldito mejor amigo, ¿de
acuerdo?
—Sí —asentí—. Que conste que te iba a informar en cuanto supiera
cuál era en realidad la situación.
—La situación es que tienes a una consejera de adicciones con ocho
kilos de drogas ilícitas escondidas en su pared —continuó Break, sin
ceder—. Es tu chica. Eso hace esto tu problema. Y hermano, no
necesito recordarte que tus problemas también son mis problemas.
—Lo entiendo —dije, dándole una sonrisa—. Pero sabes que ya no soy
ese rebelde de quince años durmiendo contra tu edificio, ¿verdad?
—Entérate que siempre serás como un hermano pequeño para mí,
Shoot, y siempre voy a estar preocupado por ti metiéndote en líos.
—¿Nos vamos a dar todos un abrazo ahora y cantar Kumbaya? —
preguntó Cash con una sonrisa—. ¿O vamos a hablar de negocios?
Así que, entonces nos sentamos y hablamos de trabajo. En tan solo un
par de horas, habían desplegado todos sus recursos. Cash me puso al
corriente de lo que Hailstorm había averiguado. Wolf y Breaker me
informaron de lo que Janie y Alex encontraron. Y Paine, bueno, Paine me
puso al corriente de lo que encontró a través de sus conexiones. Si
husmeabas, si preguntas a tu alrededor, Paine estaba tan limpio como la
nieve recién caída. Pero Paine tenía secretos y tenía conexiones y esas
conexiones habían demostrado ser muy útiles en los últimos años. Éste era
uno de esos momentos.
La puerta crujió y todos los ojos se precipitaron en dirección a mi
dormitorio, hacia Amelia ahí de pie en la puerta, con un pie estirado
cuando se congeló a mitad de un paso, vistiendo una camiseta negra y
pantalones cortos de mezclillas que dejaban sus piernas en exhibición
perfecta. Su cabello estaba mojado, cayendo en mechones negros
alrededor de su cara. Sus ojos profundos abiertos de par en par, sus labios
entreabiertos, enfrentada a una habitación l ena de hombres que bien sabía
que eran los más temibles en la costa este, y todos estaban ofreciéndole
sonrisas tontas.
Se movió lentamente hacia mí, apenas rozando su cadera en mi muslo
hasta que envolví un brazo alrededor de ella y la acerqué.
—Uhm. Está bien. Entonces… díganme —dijo, buscando una cara
segura en la habitación y posándose en Cash.
—Está bien, muñeca —comenzó Breaker, inclinándose hacia delante,
apoyando los codos sobre sus muslos—. No te voy a endulzar esto.
Pareces lo suficientemente fuerte como para soportar esto. Unos
cuantos años atrás, Shoot l evó a cabo un contrato para Luis Carlos. Luis
estaba trabajando para un gran distribuidor de heroína en Miami. Era un
pedazo de mierda violento y Shoot estuvo feliz de matarlo. Lo que Shoot
no sabía
era que Luis Carlos no estaba simplemente intentando escaparse, de
recuperar su vida; estaba haciendo una movida ofensiva. Verás, Shoot no
pierde el tiempo después de un trabajo y ninguno de nosotros tenemos
ninguna razón para mantener vigiladas las mierdas que pasan en Miami.
Así que no vimos a Luis hacerse cargo de la operación de Diaz. No lo
vimos expandirla.
—¿Expandirla? —preguntó sorprendida cuando él se detuvo para tratar
de dejar que las cosas se asienten.
—Pequeña —interrumpió Paine y la mirada de ella cayó en él—. Luis
es constructor. Tu edificio de apartamentos es uno de los quince que tiene
a través de Florida, Georgia y Alabama.
—Oh, Dios mío. ¿Cuánta heroína…?
—Más de la que puedes imaginar —terminó Paine—. Luis esconde la
mercancía cuando la ley está fisgoneando. Deja que las cosas se calmen.
Entonces, las saca, probablemente bajo la pretensión de hacer algunas
mejoras en los apartamentos, y luego se deshace de las cosas a través de su
red. Hacia el Este para traficantes más pequeños, y en las cal es en el
Medio Oeste. Su operación es enorme. Es… masiva. Normalmente, eso
sería algo bueno.
—¿Cómo podría un enorme imperio de drogas ser algo bueno? —
preguntó Amelia, cruzando los brazos sobre su pecho, su barbilla
elevándose de una manera altiva.
—No eres nadie —dijo Wolf con un encogimiento de hombros—. Una
hormiga.
—Exactamente —coincidió Paine—. El problema es que, tú no eres
una hormiga, ¿verdad?
La cara de Amelia se arrugó.
—¿Qué quieres decir?
—¿Cuántas otras residentes en tu edificio son invitadas a citas por
Luis, ángel? —pregunté y sentí que sus hombros cayeron ligeramente.
—La mayoría de las personas en el edificio son mayores u hombres.
Soy… soy la única mujer soltera.
—Cariño —dijo Cash, dándole una sonrisa que gritaba “estás siendo
ridícula”—. Tienes espejos, ¿verdad? ¿Alguna vez te has visto en una de
esas malditas cosas?
El a puso los ojos en blanco y se centró en su lugar en Breaker.
—Entonces, como quiere salir conmigo, estoy jodida. Eso es lo que me
estás diciendo.
—Estamos diciendo que como quiere fol arte, nena —continuó Break,
sin inmutarse cuando el a se estremeció visiblemente ante su brusquedad
—, estás en su radar. ¿Mi conjetura? Él ni siquiera sabe los nombres de la
mayoría de las personas en los lugares que esconde su mercancía. Pero te
vio de alguna manera y se interesó y eso hace que sea mucho menos
probable que tú podrías… mudarte a un nuevo lugar y esperar que te deje
en paz. Podría librarte del problema de las drogas, pero no te librará del
problema de Luis.
—Lo he rechazado un montón de veces antes. Nunca pareció muy
molesto por ello.
Cash suspiró.

—Luis salió con una chica en Miami. Preciosa. Podría haber sido tu
hermana, nena. Era toda una buena compañía para él. Salieron por un
tiempo, ella captó algún indicio raro en él que no le gustó y se deshizo de
él. Se mudó de inmediato al otro lado de California. Pero Luis, bueno, es
un hombre que le gusta conservar alrededor las cosas bonitas que le gusta.
Así que voló hasta al á, la encontró con un hombre nuevo, lo mató, y la
arrastró de nuevo a Miami. Y la mantuvo allí durante tres años hasta que
el a cayó adicta al producto que él estaba traficando, y murió de una
sobredosis. Ahora bien, cariño…
—Me parezco a el a —repitió Amelia en un hilo de voz.
—Sí, te pareces a ella.
—Y le gusta conservar las cosas bonitas.
—Sí, dulzura.
—Y le gusta matar a los hombres que ponen sus manos en sus cosas
bonitas…
—Amy —interrumpí, no gustándome adónde iba su mente.
El a saltó de mi regazo.
—¡Dios, soy tan estúpida! ¿Por qué vine aquí? Pude haber solo…
desaparecido. No tenía que venir aquí. Pude haberme ido a cualquier
lugar y comenzar de nuevo.
—¿Y luego qué, pequeña? —preguntó Paine, sonando calmado—.
¿Dejar que te atrape sola? ¿Sin protección? Hiciste bien viniendo aquí.
—¿Y poner en peligro a Johnnie? —preguntó, girándose de nuevo
hacia nosotros.
Todos los ojos se fijaron en mí. Breaker se veía divertido, Cash y Wolf
confundidos y Paine dolido. Porque todo el asunto de “Johnnie” no era
algo que cualquiera supiera. Y, dado que Paine era un amigo cercano, no
saber eso… escocía. Pero no tenía tiempo para eso.
—Cariño, no estoy en peligro.
—No sabes eso. Él podría estar…
—Amy, no estoy en peligro —dije con más firmeza—. Dulzura, nadie
sabe que estás aquí, salvo mi gente. No le dijiste a nadie en Alabama que
venías a Jersey. Todos el os probablemente piensan que estás en Maine con
tu familia inexistente. Tenemos la ventaja aquí. Solo tenemos que
averiguar qué hacer con el a.
—¿Vas a matarlo? —preguntó sin rodeos, sus ojos en mí.
—Tal vez —respondí con honestidad—. La cosa es que no sabemos
todavía cómo funciona su operación. A veces cortas una cabeza y dos o
tres más vuelven a crecer. Y si sus hombres empiezan a luchar por el
liderazgo, tú y todas las personas que, sin saberlo, tienen drogas
escondidas en sus paredes podrían estar en problemas. No porque
estuvieran implicados de algún modo, sino porque podrían estar en sus
caminos. Podrían venir a atacar y…
—Y cosas malas podrían suceder —terminó, la pesadez en sus
palabras sugiriendo que comprendía muy bien lo que podría significar para
cualquiera de ellos, pero especialmente para las mujeres jóvenes y
desprotegidas. Suspiró, sentando su trasero sobre la mesita de café y
enterrando su cabeza en sus manos durante un minuto—. Dime otra vez,
¿por qué no puedo desaparecer? Estoy segura que ustedes podrían arreglar
eso, ¿verdad? —preguntó, mirando directo a Wolf como si sintiera que era
el único que le daría una respuesta directa y ser completamente honesto
con el a.
—Podríamos hacer eso —concordó Wolf y asintió—. Pero no lo
haremos —agregó y Amelia se apartó de la mesa y se puso a andar de un
lado a otro.
—Bueno, ¿por qué no? ¿Tenemos a una chica en un posible peligro
mortal aquí y no vamos a ocultarla para que pueda vivir su vida? Oh, no.
Somos los grandes tipos malos. No rechazamos una pelea. Tenemos
que juntar nuestras cabezas neandertales y encontrar la forma más
eficiente de mover nuestros clubes —se burló mientras se paseaba, sin
darse cuenta de las sonrisas comemierdas que estaba recibiendo de todos
nosotros—. Debe ser un asco tener toda esa testosterona inundando tu
sistema. Porque desde donde estoy parada, todo lo que hace es que sean
impulsivos, torpes y… —Se giró entonces, sus mejil as poniéndose rojas a
medida que nos veía a todos.
—Nena, creo que todo ese estrógeno te está volviendo un poco
chiflada —bromeó Cash de inmediato, sabiendo que su mujer podría
cortarle el cuello si se enteraba de ese comentario y no le importaba—. Se
una chica buena y prepáranos unos sándwiches —continuó y fue tan
jodidamente duro evitar reír cuando los ojos de Amelia se estrecharon—.
Deja que los hombres se encarguen de las cosas importantes.
El a tomó una respiración severa y me miró.
—Entonces, todas estas armas que siempre tienes alrededor —
comenzó—, ¿dónde puedo encontrarlas?
Con eso, Cash finalmente soltó una carcajada, levantándose de su
asiento y envolviéndola en sus brazos por un segundo, susurrándole en su
oído:
—Solo estaba tratando de sacarte de la depresión y la condena,
dulzura.
—¿Siendo un cerdo chauvinista? —preguntó ella, pero ya estaba
sonriendo un poco.
—Imaginé que eso te levantaría el ánimo —le respondió, soltándola—.
Bueno, sé que esto puede parecerte una mierda bien pesada, pero confía en
mí, cariño, es tan liviano como una pluma en comparación a lo que
estamos acostumbrados a hacer. Solo necesitamos un día más o dos, tres
máximo y tendremos un plan. ¿Crees que puedes vivir con eso?
Amelia se desinfló visiblemente, soltando la respiración que terminó
como un suspiro.
—Bien.
Me senté ahí y miré como hablaba con los chicos por otro minuto,
sintiéndome un poco complacido al ver la facilidad con la que el a lo
hacía, como si no fueran los tipos más temidos que hubiera conocido
alguna vez, como si no estuviera intentando mantenerlos alejados. En unos
cuantos minutos, había dejado que la vieran vulnerable y preocupada,
asustada y burlona, enojada y desvariando. Ni siquiera había pensado en
poner sus escudos de regreso. No intentó mantenerlos alejados con sus
espinas. No sabía bien cuál era el cambio, todo lo que podía decir era que
me gustaba. Me gustaba verla sonreírles a mis amigos y que se burlara de
el os. Me gustaba la forma en que ellos la encontraron sorprendente,
interesante y digna de pasar todos esos problemas por ella.
El hecho era que, me estaba gustando tenerla en mi vida, no solo en mi
cama. Me gustaba darme cuenta que encajaría con mi gente, a pesar de sus
sentimientos en cuanto a todas sus diversas profesiones. Eso me importó.
No debería porque sabía que el a tenía toda la intención de regresar a su
vida eventualmente, dejándome, pero eso me importaba.

—Y, por consiguiente —estaba diciendo, sentada junto a Cash y,


aparentemente, dándole un sermón mientras estaba perdido en mis
pensamientos—. Las mujeres no solo… cocinan para los hombres porque
el os se lo exigen.
—Tiene razón. Solo muéstrale tu refrigerador vacío y el a lo hará sin
que digas nada —añadí, guiñándole un ojo cuando ella me puso los ojos en
blanco.
—Así de bueno, ¿eh? —preguntó Paine, sonriendo.
—Solo le di un mordisco y le pedí que se case conmigo —acordé.
—Johnnie…
—¿Debería contarles del postre? —pregunté y sus ojos se abrieron
como platos. Habría sido gracioso, pero su rostro en cierto modo cayó al
mismo tiempo—. Ángel, ven aquí.
—No creo que quiera.
—Ven aquí —dije de nuevo, levantando una mano y ella reacia caminó
hacia mí hasta que la atraje sobre mi regazo una vez más. Hundí
mi cabeza cerca de su oído y bajé mi voz—: Estaba bromeando. Lo que
pase entre tú y yo, querida, es entre tú y yo. ¿De acuerdo?
El a asintió.
—Está bien.
—Mi refrigerador está vacío —dijo Wolf de repente a una silenciosa
habitación.
Todos los ojos cayeron sobre él y Cash rio.
—Ya tienes mujer.
Fue entonces cuando una pequeña sonrisa curvó sus labios. No era una
expresión a la que cualquiera estuviera acostumbrado. Hasta hace unos
años, él era una de las personas más severas con las que te podías
encontrar. Janie, su mujer, había ablandado un poco sus esquinas, le había
dado una razón para liberar parte de la ira que tenía guardada en su
interior.
—No cocina —dijo él y todos rieron.
—Hombre, maldición, Alex tampoco lo hace —coincidió Breaker—.

¿Es una cosa de los hackers?


—¿Hackers? —preguntó Amy, mirándome.
—Janie y Alex son hackers. Eso es lo que el as hacen para vivir. Janie
también hace otras cosas, pero más que nada hackea.
—¿Otras cosas? —prosiguió.
—Nunca conocí a alguien tan buena con los explosivos como el a —
dije con una sonrisa.
—Explosivos —repitió como loro, mirando alrededor—. ¿Cash, que es
lo que hace tu mujer?
Cash se vio algo pensativo por un momento.
—El a dirige Hailstorm, cariño.
—¿Hailstorm?
—Es un poco difícil de explicar. Es como una base militar excepto que
sin ejército. Hacen un poco de todo: persiguen asaltos, golpes, seguridad
privada, investigaciones…
Fue entonces cuando vi que se estaba mordiendo la mejilla, como si
estuviera preocupada por algo.
—Nena… —comencé.
—Todas también son criminales, ¿verdad? —preguntó y entendí lo que
había puesto las líneas entre sus cejas. Estaba preocupada de no encajar.
Quería saber lo que las mujeres de los chicos hacían para ver si podía
lidiar con nuestro extraño estilo de vida. Darse cuenta que todas sus
mujeres l evaban el mismo estilo de vida no estaba ayudando. Por qué eso
me importaba si sabía que me dejaría, estaba más allá de mí.
—El hermano de Cash, Reign, tiene una mujer l amada Summer —
dije, queriendo ayudarla a entender—, no era una criminal. Creció en un
entorno normal. Trabajaba como una persona normal…
—Sí, hasta que la secuestraron y fue torturada y descubrió que estuvo
viviendo en un imperio criminal toda su vida —añadió Cash, dándome una
mirada extraña como si no entendiera por qué estaba diciendo eso.
Le disparé una mirada furiosa.

—El punto es que ella no tenía idea —insistí, dándole a Amelia un


apretón.
Amy soltó un suspiro y se encogió de hombros, levantándose de mi
regazo de modo que no tuve más opción que dejarla.
—Como sea. Voy a preparar algo de café. Pueden gruñir, golpearse el
pecho o lo que sea que los hombres hacen cuando están reunidos — soltó
enojada, avanzando a la cocina.
—Muchas gracias, idiota —le espeté a Cash, poniendo los ojos en
blanco.
—¿Qué mierda hice?
—Bien hecho, Cash —añadió Breaker riendo.
—Idiota —coincidió Wolf conmigo y la sonrisa de Cash se extendió.
—Te lo diré en el camino —aportó Paine y todos se levantaron.
Intercambiaron sus planes para el día conmigo, prometiendo
mantenerse en contacto. Luego se escuchó el distintivo sonido de una
taza de té golpeando no-muy-gentilmente contra la encimera y un
fuerte gruñido, haciendo que todos los chicos levanten una ceja hacia mí.
—¿Qué pasa, ángel?
—¡Ni siquiera tienes un poco de condenada azúcar! —gritó y sentí que
mis labios temblaron.
“Condenado” era lo más cercano a una mala palabra que se atrevía a
decir y era la jodida cosa más linda que hubiera escuchado alguna vez.
—¿Quieres que vaya por azúcar, querida?
—Y leche y, no sé, quizás algunos huevos, harina y mantequilla.
Honestamente, ¿cómo es que no tienes nada de esto? —continuó,
haciendo que el temblor en mis labios se convierta en una sonrisa entera.
—Tomo mi café negro, gatita.
—¿Gatita? —preguntó y me fulminó con la mirada desde el otro lado
de la esquina.
—Esa es nuestra señal —comentó Breaker riendo, y palmeando mi
hombro con su mano—. ¿Un pequeño consejo? —dijo, sus ojos
brillando—.
Alarga esta mierda lo más que puedas. El sexo de reconciliación es el
mejor. ¿Por qué crees que discuto con Alex por cualquier mierda?
Y con eso, se fueron, cada uno ofreciéndole a Amelia un “hasta luego,
dulzura” (en el caso de Cash), un “nos vemos, muñeca” (en el caso de
Breaker), un “estamos hablando, pequeña” (en el caso de Paine), y un
“mujer” con un movimiento de mentón (en el caso de Wolf).
—Me gusta que te gusten mis amigos, cariño —le dije avanzando
hasta ella a pesar de su postura de “piérdete” y envolviendo un brazo
alrededor de su estómago desde atrás, descansando mi cabeza en su
hombro.
—Bárbaros —contratacó, intentando contener su ira.
—Mmmhmmm —murmuré contra la piel de su cuello—. Justo la clase
de hombre que quieres de tu lado cuando tienes un problema, ¿no lo crees?
—Chauvinistas —intentó, pero su voz se estaba volviendo jadeante a
medida que mi lengua jugaba con el borde de su oreja.
—No dirías eso si conocieras a sus mujeres.
—¿Por qué lo dices?
—Nena, hombres como ellos… ¿qué clase de mujer podría domarlos si
no es una que es el doble de fuerte? —La cabeza de Amelia se movió hacia
un lado, dándome acceso el cual aproveché. Mi mano se deslizó por su
estómago y se presionó ligeramente entre su entrepierna, provocándole un
pequeño escalofrío—. Me dirás cuando dejes de estar dolorida, ¿verdad?
—¿Qué? —preguntó, sus caderas moviéndose contra mi mano.
—Fue tu primera vez, nena. Sé que duele. Sé que vas a estar dolorida.
Cuando eso pare, avísame.
—¿P… por qué? —balbuceó mientras mi dedo trabajaba en círculos
sobre su clítoris, distrayéndola.
—Porque quiero tomarte de nuevo. Quiero vivir dentro de tu coño —
dije, mordiendo su cuel o a medida que mi dedo tocaba su dulce lugar una
vez más—. Te quiero sobre tu espalda, con las piernas sobre mis hombros,
tomándome tan profundo como puedas. Luego te quiero en tus
cuatro patas de modo que pueda tomarte duro y rápido por detrás.
Quizás te jale el cabel o. Te gusta cuando juego con tu cabel o,
¿verdad, nena? —pregunté, sonriendo cuando soltó alguna clase de
ronroneo—.
Después quiero que me montes. Quiero que me fol es hasta que no
puedas ni recobrar la respiración, hasta que te estés ahogando con tu
orgasmo y tu mundo estal e en pedazos —expliqué, sonriendo mientras el
a acariciaba mi mano, gimiendo—. Entonces, me lo dirás, ¿verdad?
—S… sí —susurró, acercándose al límite.
—Bien —respondí, sacando mi mano de su coño y retrocediendo un
paso, mordiendo mi labio para impedirme sonreír cuando el a soltó una
especie de gruñido—. Ahora, voy a conseguirte azúcar, leche, huevos,
harina y mantequilla —dije, deslizándome en mis zapatos junto a la
entrada y tomando mis l aves, observando su rostro porque quería
memorizar esa mirada para la posteridad. Era una mezcla de deseo,
frustración, enojo y una pizca de regocijo.
Jodidamente hermoso.
—Cierra con l ave, Amy —dije y avancé al pasil o y lo hice sonriendo
jodidamente a lo grande.

Traductora Naty Pedraza y VckyFer


Corregido por LizC

ierra con llave, Amy.

Por un momento, olvidé la sobrecarga de chicos C calientes, y la


escalofriante información nueva sobre Luis y su imperio, sobre su interés
en mí que es más espeluznante de lo que pensé originalmente, la
inquietante realización de que los chicos malos se quedan solo con las
chicas malas, y además el hecho, de que es bastante probable que termine
involucrada en un plan que podría, inevitablemente, llevar a alguien a la
muerte, ah y toda la charla sucia que Johnnie me dio mientras jugaba
conmigo en medio de su cocina, cuando me dejó excitada y húmeda para
irse después a comprar azúcar.
Porque esas cuatro sencil as palabras, borraron todo de mi mente.
Cierra con llave, Amy.
Ben y Johnnie, habían usado exactamente la misma frase. Incluso lo
dijeron de la misma manera suave pero con tono firme. Tuve un
sentimiento de opresión en el pecho, dándome cuenta que había pasado un
día completo sin que lo sintiera; sin que sintiera la pérdida. Y entonces,
casi me sentí culpable, porque, bueno, él acababa de morir. Se supone que
debía estar de duelo. No se suponía que fuera capaz de pasar todo un día
sin pensar en él, a pesar de que estuvieran sucediendo tantas cosas locas
alrededor de mí que me involucraran. Tal vez era estúpido sentirse
culpable por olvidar sentirse triste, pero qué puedo decir, no estaba
exactamente en un gran lugar emocionalmente.
Sintiéndome apesadumbrada, me dirigí a la puerta y deslicé los
cerrojos en su lugar.
Bueno, tal vez no estaba en un gran lugar emocionalmente porque me
acababan de suceder demasiadas cosas a la vez. Y quiero decir, me
acababan de suceder. En el transcurso de 3 días, enterré a mi único amigo
en el mundo; encontré drogas escondidas en mi pared; me di cuenta lo
jodida que estaba por eso; descubrí que el chico con quien salí
ocasionalmente me quería porque me parezco a una de sus ex a la cual
secuestró y mantuvo como rehén hasta que murió de una sobredosis con
las drogas que él mismo vendía; me di cuenta que ser un “chico malo”
aparentemente no te hace una mala persona, si Johnnie, Cash, Breaker,
Wolf y Paine son la muestra; viajé quince horas para quedarme con
alguien que era un extraño virtualmente… y luego dormí con él.
Está bien. Tal vez era eso a lo que necesitaba hacerle frente más que
nada. Dormí con Johnnie. Tuve sexo. Y fue grandioso. Es decir, en cuanto
a la primera vez, estaba bastante segura que tuve lo mejor que cualquier
chica podría pedir. No solo fue bueno desde el punto de vista técnico, si
no que me lo dio Johnnie. Estoy bastante segura que si cada mujer en
el planeta pudiera volver en el tiempo y tener de nuevo su primera vez,
querrían que fuera Johnnie quien las desvirgara. Por una muy buena razón.
Era ridículamente apuesto y tenía el tipo de encanto que me hace
esforzarme por no derretirme en un charco de necesidad cada vez que
habla. Además de eso, sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Como en realmente sabía lo que estaba haciendo.
Y no me arrepentía.
Tal vez debería, porque, me aferré a eso por tanto tiempo solo para que
al final venga a dársela al mayor mujeriego que alguna vez se cruzó en mi
camino. Pero no me arrepiento de eso. Era un buen recuerdo. Uno que
siempre querría tener para cuando las cosas se vengan abajo, como
sucedería, eventualmente.
Entonces hice lo impensable; me abrí. Tomé todas y cada una de las
oscuras partes horribles de mi vida, las partes que mantenía enterradas tan
profundamente que ni siquiera estaba segura de poder desenterrar y se las
di a Johnnie. Le entregué a mi niña de siete años, asustada y herida más al
á de las palabras cuando se dio cuenta por primera vez que un hombre
podía defraudarla, que ese hombre que juró amarla podía dejarla atrás
tan fácilmente. Le dije cómo hice frente a mi madre; le dije sobre el
horrible daño que me hizo su adicción. Le dije sobre su muerte con tanto
desapego que me hizo parecer fría y cruel.
Pero él lo entendió; me entendió. La forma en que me sentía por la
muerte de mi madre era muy similar a la reacción que Johnnie tuvo por la
muerte de su padre. Carecía del sentido de cercanía y se sintió, de una
manera terrible, como un suspiro de alivio. Se sintió definitivo. Se sintió
liberador.
A diferencia de otra persona que me escuchara, él no pensaba menos
de mí. Tal vez una pequeña parte de mí esperaba que sintiera lo mismo que
yo; la sensación de alivio de que alguien más me entendiera en realidad.
Dios, ¿qué dice eso de mí?
Descansé mi mano contra la puerta por un momento, cerrando mis
ojos.
Tenía que recobrar la compostura. Tenía que dejar de crear conexiones
invisibles con un hombre al que iba a dejar tarde o temprano.
No había futuro para nosotros. Él era un chico malo; yo era una chica
buena. No iba a funcionar.
Tragué duro contra el nudo en mi garganta, luchando con la opresión
en mi pecho y parpadeando para detener las lágrimas.
Mi mano resbaló de la puerta.
—Cierra con l ave, Amy —me dije.
Pero, enterrado detrás de la seguridad de mi caja torácica, estaba
bastante segura que mi corazón ignoró esa orden.

Johnnie volvió una hora después, pateando la puerta de su


apartamento.
—Abre, Caperucita Roja. No voy a comerte —su voz tenía un borde en
el que no confiaba a medida que quitaba los cerrojos y abría la puerta—.
Por lo menos hasta que me deshaga de estas bolsas —añadió
con un guiño mientras entraba, dándome un beso en la mejil a al pasar
a mi lado rumbo a la cocina, dejando las bolsas en la encimera.
—Johnnie, yo… —empecé cuando fui interrumpida por el timbre de
llamada de su teléfono.
—Sostén ese pensamiento, querida —dijo, deslizando el dedo en su
teléfono y acomodándolo en su oreja—. Dulzura, cariño, querida —dijo
entonces, generando una ola de horribles celos a través de todo mi sistema,
haciendo que mi labio se frunciera ligeramente de modo que me giré para
que él no pudiera ver mi rostro, pero permaneciendo en la cocina para así
poder escuchar—. Sí, seguro. Mierda —dijo, y sentí su mirada sobre mí
aunque no pudiera verlo—. Lo, ¿estás segura? Maldición.
Sí. No, gracias. Necesitaba saber. Está bien. Mantenme informado. —
Sabía que me estaba observando pero pretendí estar súper ocupada
preparando mi café—. Era Lo.
No me digas.
Sentí que mi labio se fruncía de nuevo.
—La mujer de Cash —agregó como si sintiera mi mal humor. No era
eso encantador. ¿Llamaba a la mujer de uno de sus amigos “dulzura,
cariño, querida”? Pobre Cash, no tenía ni idea de lo que sucedía a sus
espaldas—. Amelia —dijo, su tono casi filoso y eso era muy extraño. Me
giré sin pensarlo—. La mujer de Cash —repitió con mucho énfasis, lo que
debía significar algo en idioma neandertal, pero no significaba nada para
mí.
Notando eso, exhaló audiblemente—. No toco a las mujeres que les
pertenecen a alguien más, mucho menos aquellas que pertenecen a mis
amigos. ¿Qué opinión tan jodidamente baja tienes de mí, Amy?
Por Dios, se veía realmente ofendido. Tenía razón. No estaba siendo
justa con él. Solo porque se la pasara ligando por ahí, no quería decir que
era un mal amigo. Agrh. ¿Qué estaba mal conmigo?
—Johnnie, lo siento. No quise… estaba…
Entonces, una sonrisa maliciosa se desplegó en sus labios y deseé
poder haberme tragado esa disculpa de inmediato.
—Estabas celosa.
—¡No es cierto!
Lo estaba, absolutamente.
—Creo que me gusta eso, nena. No lo voy a negar —dijo, avanzando
hacia mí, haciéndome retroceder—. Me gusta saber que no quieres que
otra mujer me reclame.
—¿Reclamarte?
—Quieres clavar tu bandera sobre mí —se burló, arrinconándome
contra la encimera—. Y luego declararle la guerra a cualquiera que se
atreva a poner un dedo sobre tu propiedad.
—Oh, por Dios. Supéralo —intenté persuadirlo, aunque tal vez una
parte de mí estaba asintiendo y diciendo “¡demonios, sí, él es mío, mío,
mío!” Pero eso era absolutamente ridículo.
—Me quieres todo para ti sola —dijo, presionando sus labios en los
míos, sus manos apoyándose sobre la encimera a cada lado de mi cuerpo.
—Es sorprendente que un hombre pueda tener un ego tan inflado.
—Puedes reclamarme, nena. No me importa —añadió, dándome una
sonrisa que respaldó sus palabras.
Caray. Quería eso. En serio quería eso. Quería reclamarlo. Pero un
hombre como él, jamás podría ser mío.

—¿Qué dijo Lo? —pregunté, tratando de cambiar el tema y funcionó.


Supe eso porque su rostro se volvió todo líneas duras, casi haciéndome
arrepentirme de preguntar. Casi.
—Cariño…
Ese no era un buen “cariño”. Era un muy, muy mal “cariño”.
—Dime —le pedí, sintiendo que mi corazón latía tan fuerte que se me
saldría del pecho.
Exhaló audiblemente, colocando sus manos en mis caderas y
hundiéndose en ellas, entonces me levantó de modo que mi trasero
terminó sobre la encimera y se acomodó entre mis piernas que quedaron a
los lados de su cuerpo.
—No son buenas noticias.
—Creo que me di cuenta. Solo ya dímelo. No ayudas alargándolo.
Sus manos permanecieron en mis caderas y las apretó un poco.
—Lo y Hailstorm han estado investigando dentro de la organización de
Luis, sobre todo en aquel os que trabajan para él. Nena…
—No —dije de inmediato, negando con la cabeza tan fuerte que mi
visión se empañó. No, no, no. De ninguna manera.
—Sí, nena. Mi viejo trabajaba para él.
—No —dije, de una manera un poco histérica.
Una de sus manos dejó mis caderas, y pasó un dedo por mi mejilla,
entonces tomó mi cuel o con delicadeza.
—Sí, cariño. Ha estado en la nómina por un par de años.
Y fue en ese momento que me di cuenta que no podía aguantar más.
Me di cuenta de esto porque simplemente me apagué. Fue como una
puerta dando un portazo, encerrando todo lo malo en lo que no quería
pensar detrás de el a. Dejándome solo con una sensación de dichoso
entumecimiento.
—Amy…
—Está bien —dije encogiéndome de hombros casualmente.

—¿Está bien? —preguntó, sus cejas frunciéndose.


—Sí, está bien. Gracias por decírmelo.
—¿Gracias por decírtelo?
—¿Por qué estás repitiendo todo lo que digo? —pregunté, con el
fantasma de una sonrisa en mis labios.
—Nena…
—Estoy bien —insistí, empujando contra su estómago con mi rodil a
hasta que dio un paso atrás de modo que pudiera bajarme y tomar mi café.
—Sí, ángel, eso es lo que me preocupa.
—¿Estás preocupado porque estoy bien? —pregunté, sacudiendo mi
cabeza a medida que destapaba el contenedor del azúcar y vertía una
cucharadita en mi café, antes de abrir la leche.
—Estoy preocupado porque sé que amabas a mi viejo, Amelia. Estoy
preocupado porque te sostuve en mis brazos cuando l oraste inconsolable
después de su funeral. Estoy preocupado porque la Amelia que
conozco no estaría “bien” con nada de esto.
—Tal vez solo es porque no me conoces tan bien —dije, tomando un
sorbo de mi café y haciendo una mueca. Qué asco. ¿Por qué no le pedí que
trajera té?
—En la bolsa, nena —respondió con una sonrisita.
—¿Qué hay en la bolsa?
—Té.
—¿Me compraste té?
—Imaginé que querrías tu dosis de cafeína ya que viniste a preparar
café aunque no tomas café. Así que te traje un poco de té.
Dejé mi taza a un lado, moviéndome hacia la bolsa como si necesitara
una prueba. Y, ahí estaba, la caja de té. No solo una simple caja de té; era
una caja de mi té favorito. Él debe haber visto la bolsa del té dulce cuando
estaba parada en el balcón preparándolo. ¿Desde cuándo un hombre era tan
detal ista?

—Eso fue dulce de tu parte. Gracias.


—¿Eso es todo? —preguntó y me atrajo hacia él, con sus cejas
fruncidas.
—¿Qué querías?
Entonces me dio una sonrisa maliciosa que daba a entender que sabía
exactamente lo que él quería.
—Pero me conformaré con un beso —dijo, dedicándome un puchero.
—Eres un ridículo.
—Y te encanta.
—Deja de ser tan arrogante.
—Cuando deje de gustarte.
Esto no me estaba llevando a nada bueno. Avancé para arrojar el café
por el desagüe, lavé mi taza y fui a buscar una ol a sabiendo que una tetera
no gritaba exactamente “chico malo mujeriego”, y por lo tanto, Johnnie no
tenía una. Por el rabil o de mi ojo lo vi observándome un
momento, para después ir a servirse una taza de café y saltar sobre la
encimera donde me tuvo sentada unos momentos antes.
—¿Para qué son la harina, la mantequilla y los huevos?
—Para tenerlos en el refrigerador en caso de que los necesites —dije
sacudiendo la cabeza. ¿Cómo no lo sabía?
—Entonces, ¿no vas a cocinarme de nuevo?
—No.
—Está bien —dijo, viéndose muy poco ofendido, sin importar lo
mucho que intentara hacerlo—. Solo te tendré a ti para el almuerzo. Y de
cena. Y de postre.
Observé la ol a en la estufa, ignorando la tensión en mi sexo ante la
promesa en sus palabras. ¿Por qué mi mente y mi cuerpo no podían estar
de acuerdo en que él era una mala idea?
—Relájate, dulzura. Pediremos algo —dijo, bajándose de un salto y
saliendo de la cocina.
Luché contra la urgencia de l amarlo de regreso, de pedirle que no
se aleje de mí, que vuelva y bromee conmigo, que me bese y haga que
todo esté mejor. Pero esa no era su obligación. No era mi novio. Por
mucho que pensara que era lindo bromear sobre mí estableciendo un
reclamo sobre él, lo conocía mejor. No era esa clase de chico. Y, bueno,
tampoco yo era esa clase de chica.
Tenía que dejarlo alejarse.
Y tenía que conseguir estar bien con esa sensación.

Fue en medio de la noche después de voltearme y girarme por unas


buenas dos horas y medias, cuando Johnnie se subió a la cama finalmente,
me rodó sobre mi estómago, deslizó una rodil a entre mis piernas y medio
apoyó su peso sobre mi espalda, clavándome en el lugar.
Y fue entonces cuando finalmente pude dormir, con su respiración
caliente en mi cuello, su cuerpo reconfortante de una forma medio pesada.
Luego, estaba despierta. El sol estaba entrando a través de las
persianas medio abiertas, así que parpadeé hasta desaparecer los rastros de
sueño. Ya despierto, o despertándose por mi movimiento, Johnnie soltó
una retahíla de gruñidos profundos en la parte posterior de mi cuello.
—Demasiado temprano.
—Tienes los días y las noches revueltas —le informé a la almohada,
incapaz de moverme.
—Revueltas no. Simplemente me gustan más las noches —dijo él,
plantando su antebrazo en el colchón y comenzando a levantarse. El
movimiento hizo que su rodil a acariciara la unión de mis muslos y
escuché un jadeo inesperado escapar de mis labios. Todo su cuerpo se
congeló con el sonido y tuve la extraña e innecesaria urgencia de contener
mi respiración. Luego se estaba moviendo, pero solo su rodil a,
retrayéndola, para entonces frotarla de nuevo entre mis piernas. Esta vez,
no fue un jadeo, fue más similar a un pequeño gemido.
—Mierda, eres tan dulce —comentó, enterrando su rostro en mi cuel o.
Su rodilla desapareció, pero solo porque su mano la reemplazó,
acariciándome a través de los pantalones de mi pijama hasta que estaba
curveando mi trasero hacia atrás, tratando de darle un mejor acceso.
Tomando eso como un permiso, sus manos fueron a mis pantalones,
tomando la cinturilla y mis bragas a la vez, arrastrándolas hacia abajo
lentamente para que así mi trasero quedara expuesto. El material
permaneció anidado alrededor de mis rodillas y su mano avanzó para
acariciar mi hendidura expuesta.
—Tan húmeda —murmuró, balanceando sus caderas de modo que sentí
su dureza presionarse contra mi trasero—. ¿Esto duele? —preguntó,
deslizando un dedo fácilmente dentro de mí, sacándome un gemido—.
¿Tomaré eso como un no? —añadió riendo contra mi cabel o a medida
que su dedo comenzaba a entrar con fuerza y rapidez—. Creo que voy a fol
arte así, nena. ¿Quieres eso?
—S… sí —tartamudeé, meciendo mis caderas con el ritmo de su dedo
—. Johnnie…
—Maldición —gruñó, sacando su dedo para sentirlo pasar su rodil a
sobre mis caderas mientras inclinaba su torso hacia la mesita de noche
donde lo escuché hurgar la caja de condones. Regresó y se sentó sobre sus
tobillos por un momento, dándome tiempo para sentir una pizca de
incertidumbre asentarse en mi interior. Sería un error, dejar que me
toque de nuevo, sentirlo dentro de mí de nuevo. Solo borraría las líneas
mucho más.
Sus manos se movieron a tomar mis nalgas, apretando con fuerza a
medida que se mecía hacia delante y deslizaba su longitud en mi
hendidura, su cabeza frotándose contra mi clítoris.
—Voy a ir despacio por ti, cariño, pero quiero fol arte duro —me dijo
y sentí el torrente de deseo correr a través de mi sistema, trayendo mucha
más humedad en mi entrepierna—. ¿Suena bien?
—Sí —susurré.
—Junta tus rodil as para mí, nena. Quiero tu trasero en el aire. —
Empujé mis brazos por debajo de mí, presionando hacia arriba. Mis rodil
as también se alzaron, doblándose hacia mi estómago ligeramente
mientras mantenía mi torso bajo para que así mi trasero estuviera donde él
lo quería—. Justo así —me alabó y sentí un revoloteo con sus palabras. Se
movió detrás de mí, balanceando sus caderas de modo que su erección
jugueteara entre mis pliegues hasta que estaba temblando por él. Una de
sus manos descansó sobre mi trasero, la otra lo guio hacia mi entrada
donde él se detuvo antes de presionar hacia delante.
Lo esperé, el dolor, la sensación ardiente que había estado allí antes.
Pero no vino. Solo hubo una ligera sensación de tensión que hizo que
mi entrepierna se tensara a su vez, pero desapareció rápidamente como
había empezado.
—¿Estás bien? —preguntó, deteniéndose justo cuando apenas me
había penetrado.
—No te detengas —rogué, mis manos aferrando las sábanas, mi sexo
aferrándose a él.
—Mierda, ángel —gruñó, empujando hacia delante y l enándome por
completo. Sus manos se movieron para sostener mi cadera, sosteniéndose
mientras él daba unos cuantos empujones gentiles, acostumbrándome a el
os. Cuando todo lo que logró de mí fue gemidos amortiguados, sus dedos
se hundieron en mis caderas, usándolo para empujarme hacia su cuerpo a
medida que él embestía hacia delante.
—Oh… Dios mío —gemí, empujándome con mis palmas.
Una de sus manos se movió por mi espalda, su palma abriéndose en la
parte posterior de mi cabeza, luego sus dedos cerrándose y girando en mi
cabel o. Él jaló y el dolor fue una sensación rápida y punzante que se sintió
demasiado bien en una forma muy sucia.
—Tan apretada, nena —gruñó, enterrándose en mi cabel o una vez
más, pero más fuerte, usándolo para jalarme hacia atrás hasta que mis
manos dejaron el colchón, hasta que mi espalda estaba contra su pecho.
Su mano soltó mi cabel o, y se movió a acariciar mi pecho, luego
descendiendo por mi estómago, hasta que se deslizó entre mis muslos y
comenzó a rodear mi clítoris—. Quiero tus brazos alrededor de mí,
dulzura —murmuró y mis manos se alzaron extrañamente y se
envolvieron alrededor de su cuel o—. Buena chica ―me alabó, sus
embestidas volviéndose más rápidas, golpeándome en lo profundo cada
vez y la fricción siendo casi una sensación dolorosa.
—Johnnie —gemí, sintiendo la tensión comenzando en lo profundo.
—Eso es, nena. Exprime mi pol a —urgió. Sus dedos pasaron de nuevo
por mi clítoris y mi respiración quedó atascada en mi pecho cuando mi
orgasmo atravesó mi cuerpo, una rápida y frenética pulsación alrededor de
Johnnie quien gimió una maldición mientras se enterraba en lo
profundo, hasta que su cuerpo empezó a temblar a medida que se
corría.
Su dedo se deslizó de mi clítoris y avanzó hacia mi muslo interno,
apretándolo—. Buenos días, ángel —dijo, presionando un beso en mi cuel
o. Sentí una risita formándose en mi garganta, salvaje e incontrolable—.
¿Qué?
—¿Buenos días? —pregunté, mi pecho temblando.
—Es la mejor forma de despertarse, ¿no lo crees?
Sentí una sonrisa extenderse por mi rostro. Era la primera sonrisa real
y genuina que había sentido en mucho tiempo.
—No puedo discutir con eso.
—Dulzura… —dijo, su voz pegajosamente dulce.
—Creo que puedo hacerlo mejor —intenté, necesitando que el
momento terminara. Si no lo hacía, estaba muy segura que me giraría,
arrojaría mis brazos alrededor de él, y le rogaría que me dejara conservar
el momento hasta el final de los tiempos; que me dejara conservarlo a él
hasta el final de los tiempos.
—Tengo que escuchar esto —comentó, mordiendo suavemente el
espacio justo bajo mi oreja.
—Panqueques —anuncié—. Ayer trajiste la mayoría de los
ingredientes. Excepto el polvo de hornear. Pero tú, por algún milagro,
tienes soda en tu gabinete. Me va a servir.
Él se deslizó fuera de mí, sus brazos yendo a mi cintura para
apretarme.
—Eres increíble, dulzura —dijo y sonó como un cumplido—. Supongo
que iré a comprar sirope —anunció, dirigiéndose al baño.
Con eso, me puse los pantalones y las bragas y avancé con mis piernas
tambaleantes hacia la cocina donde puse el café para Johnnie y el agua
para mi té. Escuché el agua correr en el baño y movimiento en la
habitación durante unos minutos antes de que Johnnie emergiera, con el
cabel o mojado por su ducha rápida y vestido en unos jeans negros
ajustados, una camiseta blanca de cuello en V y sus zapatillas de suela
gruesa. Simple. Pero, señor, era la cosa más sensual que hubiera visto
alguna vez. Él me observó por un segundo, con su cabeza inclinada hacia
un lado, y algo que no podía leer detrás de sus ojos, antes de dirigirse
hacia mí y me envolviera, apretándome tan fuerte que perdí la
respiración.
Luego se apartó, besando la punta de mi nariz.
—Ya regreso —anunció, soltándome y moviéndose hacia la puerta— .
Cierra con llave, Amy.
Observé la puerta cerrarse.
Ya era tarde para eso, me di cuenta. Él ya estaba dentro.
Y eso no era nada, nada bueno.
De todas formas, avancé hasta la puerta, cerrándola con l ave, antes de
regresar a la cocina y reunir los ingredientes en la encimera. Justo había
sacado un gran bol del gabinete de arriba y lo coloqué en la encimera
cuando escuché un golpe en la puerta.
Salí saltando (está bien no saltando del todo, pero estuvo muy cerca)
hacia la puerta.
—Eso fue rápido. Qué más trajiste que tienes las manos llen… —
comencé, abriendo la puerta.
No había revisado la miril a.
Estúpido, estúpido movimiento.
Pero no era Johnnie ni el sirope.
—Hola, querida —dijo Luis, con su usual acentuación pesada en la “a”
y tuve un sentimiento de hundimiento en mi interior, como si el piso
cediera bajo mis pies.

Traducido por LizC


Corregido por Nanis
ariño, estoy en caaaasa —dije alargando la palabra,
empujando la puerta, solo ligeramente preocupado —C que no la
hubiera cerrado con lave como le dije.
Estaba de muy buen humor para darle un sermón, en parte porque
habría panqueques, pero sobre todo porque, bueno, la mujer que los haría
para mí.
Mientras veía la selección de siropes en la bodega de la esquina, no
pude dejar de estar de acuerdo en que Dade tenía razón; no te l evaba
semanas o meses para entender que querías a alguien. Solo me tomó unos
días. De hecho, me tomó minutos si estaba siendo completamente honesto.
Tener los días, eso solo reforzó lo que ya sabía. Me gustaba. La quería
alrededor. Y no solo la quería alrededor para un revolcón rápido cuando
estaba de ánimo, aunque me la fol aría felizmente hasta el fin del mundo.
La quería alrededor. La quería en mi cocina inventando cualquier cosa que
apareciera en su cabeza. La quería en mi regazo cuando me reuniera con
los chicos. Quería que se integrara con las demás mujeres, para ver si
podía encajar. Quería que durmiera en mi cama; girando y retorciéndose
en mi cama para que así tuviera que sujetarla de modo que finalmente
pudiera descansar un poco. Quería examinar con detenimiento la maldita
tienda de comestibles con la mano en su bolsil o trasero a medida que ella
intentara no parecer mortificada.
La quería.
Y no era aterrador como pensé que sería, darme cuenta que encontré a
una mujer con la que quería más que noches de sudor.
Debería haberme asustado, hacerme querer correr lo más rápido que
podía. Pero no lo hizo. En todo caso, sentí una profunda satisfacción que
era extraña y familiar a la vez.
Sabía que el a iba a luchar contra eso, luchar contra sus sentimientos
por mí. Pero también sabía que el a estaba sintiendo lo que yo también
estaba sintiendo. A diferencia de mí, eso no la consolaba; le asustaba por
completo. Estaba convencida que si dejaba que un hombre se quedara con
el a lo suficiente, él se daría cuenta que no valía la pena quedarse por el a.
Bueno, iba a tener que demostrarle que estaba equivocada, ¿no?
La sonrisa seguía tirando de mis labios cuando cerré la puerta con una
patada y me dirigí a la cocina.
Y fue entonces cuando mi corazón patinó hasta detenerse dentro de mi
pecho.

Porque todo estaba mal.


Su ol a con agua en la estufa borboteaba furiosamente, el agua ya
medio evaporada. La harina se encontraba volcada, las barras de
mantequilla en el suelo, el azúcar derramado por todas partes.
—¡Mierda! —grité en mi apartamento vacío, la bolsa cayendo de mi
mano mientras alcanzaba mi celular, apagando la estufa antes de salir
corriendo hacia el pasil o.
—¿Qué pasa, Shoot? —dijo la voz de Breaker tranquilamente en mi
oído.
—La tiene —dije, bajando las escaleras, saliendo a la calle a toda
prisa, mirando frenéticamente alrededor.
—¿Quién tiene a quién?
—Luis tiene a Amy —aclaré, corriendo por la calle aunque sabía que
no tenía sentido—. Me fui por cinco malditos minutos y él la atrapó.
—¿Shoot estás seguro que el a no…?
—Estoy jodidamente seguro y necesito que l ames a Lo y Wolf y a
cualquier otra maldita persona en la que puedas pensar y los pongas al
tanto de esto. —Con eso, desconecté, abriendo la puerta a la tienda de
Paine, haciendo que las chicas viendo un portafolio salten y griten—.
¡Paine! —l amé, mi voz alcanzando un borde que ni siquiera
reconocía.
—Shoot, ¿qué carajo…? —comenzó cuando salió de la parte de atrás,
pero su expresión cayó cuando me vio—. No…
—Sí —concedí, apretando las manos a los costados una y otra vez,
deseando hacer algo, pero sin tener nada al alcance.
—¡Fuera! —le gritó a las mujeres que inmediatamente dejaron caer el
portafolio y se precipitaron a la puerta. Las seguimos, saliendo a la calle
—.
¿Cuánto tiempo?
—Cinco, diez minutos —dije, buscando mi teléfono mientras sonaba.
—Shoot —dijo la voz de Lo en mi oído—. Todo el mundo está en esto.
Necesito detal es, así que necesito que pongas tu cabeza en el juego.
—Salí por sirope a la vuelta de la esquina. Regresé, entré, la cocina
estaba hecha un desastre.
—La puerta, ¿estaba rota?
—No, el a no debe haberla cerrado con llave.
—¿Qué hay de tu puerta exterior? Esa también tiene cerradura.
Ni siquiera lo había comprobado para ser honesto. No tenía ninguna
razón para hacerlo. Volví a doblar la esquina de mi edificio.
—Nada, Lo. Si la hubieran jodido, no dejaron nada.
—Está bien. Hay una cámara en la tienda de al lado…
—Estoy en eso —dije, volviendo y cargando a la tienda de empeño—.
Necesito todo el material grabado de la cámara de afuera — gruñí al
inmenso hombre detrás del mostrador que se movió para fruncirme el
ceño. Y, bueno, como no tenía tiempo para su mierda, saqué la pistola de
la cinturilla de mis pantalones, la alcé ladeada, y apunté—. Maldita sea,
ahora mismo —ordené y él asintió y nos permitió entrar a la parte de atrás.
—Shooter, respira —dijo Lo calmadamente en mi oído—. Vamos a
encontrarla. Va a estar bien.
—El a no es como tú, Lo —dije, cerré los ojos a medida que el dueño
de la tienda hacia algunas cosas en su computadora—. Ni Janie o Alex.
Montó un buen espectáculo, pero el a no es dura.
—Por mucho que me gusta esa descripción de mí y las chicas, Shoot,
estoy segura que es más fuerte de lo que piensas. Y solo se ha ido un par
de minutos.
—Lo… solo se necesita un par de minutos para causar daños graves —
le dije, mi estómago revolviéndose con el ácido.
—No pienses en eso, todavía no.
—Mierda, dijimos ahora mismo, amigo —dijo Paine al dueño de la
tienda, su suave voz sonando amenazadora.
El dueño de la tienda golpeó un botón y empujó su sil a hacia atrás
para que así pudiéramos mirar. Paine extendió la mano y rebobinó las
imágenes hasta que vi algo que hizo que mi mundo pareciera que se estaba
desmoronando. Tres hombres se alejaban por detrás de mi edificio, uno de
ellos siendo Luis caminando delante de los demás. Los otros dos, que me
eran desconocidos, tenían a Amelia luchando por los brazos, sus piernas
pateando por todas partes mientras la alzaban del suelo para
evitar que hiciera palanca.
—Maldición…
—Sí —concordó Lo—. Janie acaba de mostrarnos la grabación.
—¿Ya? —Sin poder evitarlo, sentí una oleada de diversión por lo
rápido que hacían su mierda.
—Es una tienda de empeño, no la CIA —dijo Lo—. Bien, así que ese
es Luis, los otros dos no los conozco, pero Janie averiguará quiénes son.
No parece que tengamos un auto. ¿En dónde diablos estacionó?
—Por la cal e lateral —dije a medida que los veía desaparecer de la
vista de la cámara—. No hay cámaras ahí. Más de la mitad de esa calle
está abandonada.
—Alex se está encargando de los semáforos. ¿Tienes alguna idea de lo
que conducía en Alabama?
—Un Mercedes —dije automáticamente—. Negro. Nuevo. Eso es todo
lo que tengo.
—Eso acorta la búsqueda —dijo ella, calmada como siempre, mientras
yo sentía que todo lo que tenía dentro se desgarraba.
—Cash, Wolf, Reign y Repo recibieron la llamada. Están en sus motos
mirando alrededor. Pero mis instintos me dicen que tenemos que averiguar
a dónde la están l evando. Hay demasiado tráfico por aquí para
encontrarlos en las cal es.
—La mitad de esta parte de la ciudad está abandonada, dulzura — dije,
sabiendo que podían estar en cualquier parte.
—Sí, pero el os no lo sabrían —comentó—. No hasta que l egaron aquí
de todos modos y no podrían haber estado aquí por mucho tiempo.
Tal vez si le preguntas a Paine sobre los chicos en…
Mi cabeza se giró en dirección a Paine y él se enderezó.
—¿De dónde sacan la heroína los chicos de la Cal e Tres, Paine? —le
pregunté y sus ojos se cerraron a medida que exhalaba, con la cabeza
inclinada hacia el techo por un segundo—. Hombre, no quería pedirte nada
—añadí, encogiéndome de hombros.
Paine pasó una mano por su cara y asintió con firmeza, saliendo de
la habitación trasera, así que lo seguí.
—Aprecio la preocupación, Shoot —dijo, volviendo a la cal e y
arrojándose contra su Chal enger. Entré en el lado del pasajero porque,
uno, necesitaba hacer algo, y dos, alguien tenía que estar con Paine a
donde él iba—. Pero estaba destinado a suceder con el tiempo. No podía
esperar permanecer lejos para siempre.
—¿Tienes armas aquí?
—En la guantera —dijo y la abrí, revisando el cartucho, y luego se lo
pasé. Una de sus manos estaba sujeta al volante, sus nudillos blancos de
sujetarlo tan duro mientras dejábamos la zona industrial de la ciudad atrás
y nos dirigíamos constantemente a la parte que hacía a cualquier persona
decente hacer un giro rápido para salir pitando de una puta vez de ahí. Ni
siquiera era una parte de la ciudad en la que yo me sentía muy cómodo
conduciendo, pero era una parte de la ciudad que Paine solía recorrer, solía
regir.
Atravesamos la calle de un edificio de apartamentos medio dilapidado,
con unos cuantos hombres encaramados en los escalones de entrada. A lo
largo de la cuadra, unas cuantas chicas estaban de pie,
abanicándose por el calor. No me costó mucho saber que las chicas
pertenecían a los chicos. Y por “pertenecían” me refería a que trabajaban
para ellos. Por “trabajaban para ellos” quería decir “se prostituían para el
os”. Maldita pandilla de la Cal e Tres con sus putas y matones. Algunas
cosas nunca cambiaban.
Paine salió de su asiento mientras yo rodeaba el frente de su auto.
Los chicos de la escalinata me miraron extrañamente, pero parecieron
descartarme hasta que Paine salió a la cal e, con el arma en la mano a su
lado. Luego se pusieron de pie, uno corriendo dentro del edificio, los otros
tratando de hacerse parecer más grandes. Podrían haber pasado años y las
caras pueden haber cambiado en esos alrededores, pero todos conocían a
Paine. Todos sabían también que Paine se había salido; que él estaba
limpio; que él había tenido que hacer una mierda horrible para conseguir
salir de ese camino. Así que, él que estuviera de vuelta, bueno, sabían que
eso no era una buena noticia.
—Sangre nueva —dijo Paine a modo de saludo, su voz teniendo una
especie de mortalidad que hizo que un helado escalofrío se deslice a través
de mi interior a medida que nos deteníamos para estar en la acera a pocos
metros de ellos.

—Paine —saludaron, levantando sus barbil as hacia él.


—No estoy aquí para conocerlos —dijo un poco bruscamente,
haciéndome ver su perfil. Conocía a Paine desde hace mucho tiempo. Era
amigo de Breaker antes de que yo tuviera las pelotas para huir de mi viejo,
de modo que él era una gran parte de mi vida. Y aunque Breaker lo
conoció cuando todavía estaba involucrado con Cal e Tres, no tuve mucho
que ver con él en ese momento. No vi este lado de él. No vi la frialdad. No
percibí la sensación de falta de corazón, porque eso estaba tan lejos del
Paine que conocía y amaba que era difícil reconciliar que eran incluso la
misma persona. Pero aquí estaba Paine parado junto a mí con la mirada
muerta y un tono reservado para los tipos más asustadizos que se hacen l
amar criminales—. Dejé bastante claro que ya no me importa ni una
mierda esta operación cuando luché por salirme.
—Entonces, ¿por qué mierda estás aquí? —preguntó el más audaz,
también más joven y más estúpido, de los dos.
Paine hizo una especie de gruñido bajo en su pecho que efectivamente
cal ó al niño. La puerta detrás de el os se abrió un segundo más tarde, el
otro niño iba detrás de un hombre que estaba ocupando toda la puerta. Mi
cabeza se alzó de golpe y sentí un profundo
conocimiento que se instaló en mi interior mientras contemplaba su
familiar piel de color caramelo, su cuerpo ancho y fuerte, sus ojos claros.
No había dudas, el líder de la pandil a de la Cal e Tres era… el maldito
hermano de Paine.
Por lo que sabía, él no tenía hermanos, solo hermanas, hermanas que
había conocido.
Nunca había oído nada de un hermano.
Pero ahí estaba él.
—Maldición, tanto tiempo, Paine —dijo, asintiendo en modo de
saludo.
—No lo suficiente —fue la respuesta de Paine.
—Vine hasta aquí solo para mostrar actitud.
—Vine hasta aquí para encontrar a tu proveedor —replicó y su
hermano se puso rígido.
—Ya no tenemos negocios entre nuestros asuntos.
—Se convirtió en mi negocio cuando Carlos robó a la mujer de
Shoot.
Su cara se giró de golpe hacia mí, se fijó en el arma en mi mano.
—¿El Shoot? ¿Como en Shooter? —preguntó.
—Sí —fue todo lo que pude decir.
—Enzo —dijo él, dándome una inclinación de barbil a antes de
volverse a su hermano—. Tienes amigos interesantes.
—Luis Carlos —dijo Paine, cortando su mierda—. ¿Ha pasado por
aquí?
—No te corresponde preguntarlo.
—Mierda, no me pongas a prueba, Enzo —dijo Paine, y pude ver su
puño apretando su arma con más fuerza y me di cuenta que cualquier
rivalidad que hubiese entre los dos era profunda—. Su mujer estaba
sentada sana y salva en su apartamento y ese pedazo de mierda entró y la
arrastró con él, lo grabaron en unas malditas cámaras, arrastrándola a
patadas y gritando. Así que corta la mierda y dime de una puta vez si tu
proveedor ha pasado por aquí hoy. Si pidió un lugar seguro para
esconderse por un tiempo.
—¿Por qué te haría algún favor?
—Porque, hijo de puta —dijo, con la voz positivamente letal y todos
los hombres en los escalones se pusieron rígidos—, si no me lo dices en
unos diez segundos, voy a l amar a Breaker. Y luego voy a l amar a
Hailstorm — dejó colgando y hubo miradas compartidas—. Y por último,
maldito estúpido, voy a l amar a los Henchmen. Déjame decirte que nada
me hará más feliz que arrancarte en pedazos.
—¿De verdad quieres hacer enemigos? —preguntó Enzo, lo más
tranquilo posible, como si aquello no fuera la amenaza más petrificante
jamás pronunciada.
—En realidad no quiero estar ni jodidamente cerca de aquí — añadió
—. Pero la chica de mi muchacho fue secuestrada y la queremos de vuelta
antes de que esa mierda asquerosa cause algún daño que no pueda
arreglarse.
—Quieres que entregue a mi proveedor. ¿Tienes alguna maldita idea de
lo que eso significaría para los negocios?

—¿Te están vigilando? Hombre, ¿tienes a ese maldito pendejo oculto?


—preguntó y los ojos de Enzo se estrecharon más—. Si no te están
vigilando, entonces nadie sabe que estuvimos aquí o por qué estuvimos
aquí. Así que deja de joder y dame una dirección o tal vez voy a dejar que
tú y tus chicos descubran cómo Shooter obtuvo su nombre.
—Tengo que decirte —continué, asintiendo, frotando el cañón de la
pistola a través de mi sien—, si hay un día cuando podría servirme
disparar a alguien, es este…
Enzo exhaló una respiración dolida.
—Abajo en Madison —soltó finalmente.
—¿Qué edificio? —preguntó Paine.
—Eso es todo lo que vas a conseguir —replicó Enzo, cruzando los
brazos sobre su pecho. Y, a juzgar por la forma en que Paine sacudió la
cabeza, Enzo hablaba en serio. Eso era todo lo que íbamos a conseguir.
Pero era algo. Era una dirección. Acortaba las innumerables cal es de
la zona.
—Vamos —dije, empujando a Paine.
—Sí —accedió, dándole a Enzo otra mirada dura antes de girar y
regresar a su auto mientras yo sacaba mi teléfono de mi bolsillo.
—Lo, busca un lugar en Madison donde puedan estar reteniéndola.
—Estoy en eso —dijo el a, colgando y enviando la orden a su gente.
Colgué, volviéndome ligeramente cuando Paine hizo girar el auto en
una dolorosa vuelta en U cerrada, y estudié su perfil endurecido.
—Hombre, ¿estás bien? —pregunté con cautela. Obtuve un apretado
asentimiento—. Lamento que hayas tenido que venir aquí…
—No tenía que hacerlo —me corrigió, sacudiendo la cabeza, cada
metro más lejos del vecindario haciéndolo relajarse más y más—. Quería
hacerlo. Me agrada tu chica, colega. Quiero que puedas tenerla alrededor.
Definitivamente no quiero a ese pedazo de mierda con las manos encima
de ella.
—Lo aprecio, Paine. Sé que eso no fue fácil para ti.
Entonces su cabeza se giró y una pequeña sonrisa sin humor se
extendió en sus labios.
—Iba a pasar tarde o temprano. Pero me alegro que haya ocurrido de
una manera al menos productiva. —Estudió mi cara y su tono se suavizó
—. Shoot, todavía son solo minutos. No más de cuarenta. Tenemos una cal
e. Tenemos lo mejor de la zona encontrando un edificio. Vamos a
recuperarla.
—Sí —concordé, sin molestarme en mencionar todas las cosas
horribles, espantosas que podían pasarle a cualquiera, especialmente a una
mujer en el lapso de cuarenta minutos. Paine no necesitaba eso; ya lo sabía
y no ayudaría a ninguno de nuestros estados de ánimo sacarlo a relucir.
Era extraño para mí sentir el interminable pozo de miedo y
preocupación en mi interior. Nunca fui ese tipo. Era el tipo que, como
Breaker lo diría, era “incapaz de tomar ni una mierda en serio”. No me
molestaba. Ciertamente nunca me quedé prácticamente paralizado por eso.
Incluso entre el caos de mierda en el que había estado involucrado
personal y profesionalmente, siempre me las arreglaba para mantener la
calma, mantener mi ingenio, y seguir como si nada.
Todo eso desapareció, arrancado con el interminable bucle de
imágenes reproduciéndose en mi mente de Amelia gritando aterrorizaba,
siendo arrancada del lugar que el a pensó que era un refugio seguro.
Jamás debí haberla dejado sola, ni siquiera durante cinco minutos. ¿En
qué mierda había estado pensando al estar demasiado ocupado jugando a
la casita con ella para recordar que estaba en un maldito peligro? El a
estaba pagando el precio por no tener mi maldita cabeza en el juego. Si
algo le sucedía… cualquier cosa… nunca me perdonaría por el o.
Entonces me pasó por la mente una idea que provocó que un extraño y
raro sentimiento tenso apretara mi pecho: ella tenía razón al pensar que no
pertenecía ahí. Era una chica buena; yo vivía en un mundo malo. Llamaba
amigos a personas que tenían conexiones en las pandil as de la calle, que
golpeaban a la gente para ganarse la vida, que podía reunir a un pequeño
ejército sin ley en pocos minutos con una llamada. El a nunca iba a estar
tan segura conmigo como lo estaría con otro hombre, alguien con un
trabajo vainilla, alguien que no necesitara llevar una pistola en su cuerpo
en todo momento.
Cuando la liberara, cuando arreglara su situación, tenía que dejarla ir.
Era egoísta mantenerla a mi lado cuando sabía que no era bueno para
el a.
Esa cosa apretada en mi pecho se intensificó y apreté los dientes,
dándome cuenta que era una sensación con la que iba a estar íntimamente
familiarizado una vez que todo estuviera dicho y hecho.
Mierda.

Traducido por Florff


Corregido por LizC

o estaba encapuchada. Demonios, las ventanas del auto


en el que había sido empujada ni siquiera estaban N tintadas. ¿Supongo
por esto que no les importaba si veía lo que pasábamos cuando no estaba
familiarizada con nada de todas formas? Estaba metida entre los dos
matones inmensos de Luis en el asiento trasero, sus cuerpos tocando el
mío desde los hombros a los pies. No podía siquiera removerme y mucho
menos luchar. Delante, otro de los hombres de Luis conducía; y el mismo
Luis estaba sentado en el asiento del copiloto. Había una triste canción
española sonando en la radio y el hombre a mi izquierda estaba
canturreándola. Era todo tan…
normal. Era como si hicieran esta clase de cosas cada día; secuestrar
mujeres desprevenidas no parecía molestarles lo más mínimo.
En principio había luchado. Antes en la cocina de Johnnie, me había
sacudido, pateado, golpeado, abofeteado, arañado y mordido. No era que
supiese lo que estaba haciendo en realidad; porque no lo sabía.
Estaba retrasándolos. Estaba intentando darle a Johnnie un par de
minutos para volver a casa, para l egar desenfundando las pistolas, para
salvar el día. Sabía, solo sabía que él haría eso. Pero entonces Luis se
hartó de mis forcejeos y sus dos montañas de músculos entraron y me
agarraron cada uno de un brazo y me arrastraron fuera del único lugar en
el que había tenido la esperanza de estar a salvo.
Cuando alcanzamos la calle, empecé a luchar otra vez, más fuerte,
gritando tan alto que mi garganta pareció que estaba tragando cuchillas de
afeitar, tratando de atraer la atención de alguna persona en la cal e.
Pero fuimos los únicos en la cal e principal durante unos pocos
segundos antes de que fuera arrastrada hacia una cal e lateral donde estaba
esperando el auto.
Eso nos traía a este momento, conduciendo por una parte de la ciudad
que parecía realmente sórdida, casi haciéndome sentir agradecida que
hubiese cuatro grandes hombres alrededor de mí. Eso era ridículo, por
supuesto, viendo que no tenía ni idea de lo que Luis tenía preparado para
mí. Hasta donde sabía, estos hombres que estaban haciéndome sentir
momentáneamente a salvo de las calles peligrosas podían estar planeando
violarme, golpearme y matarme. No quería pensar que Luis era capaz de
eso. Había pasado muchas horas al otro lado de una mesa con él,
discutiendo de pequeñas cosas, sintiéndome de alguna manera molesta por
su arrogancia y su necesidad a dirigirme, pero no obstante, no del todo
repelida.
Entonces, tenía que considerar el principal factor de su interés en mí
no siendo en realidad un interés por mí en absoluto. Era solo una. Era la
imitación de alguna chica que había muerto por sobredosis de heroína
al intentar alejarse de él. Y eso, bueno, eso no decía cosas exactamente
buenas de cómo la trató Luis, ¿cierto?
Dejé escapar un suspiro que hizo que Luis se girase ligeramente en su
asiento.
—¿Qué te pasa, querida?
Agrh. Qué asqueroso.
—Las cosas por aquí atrás están un poco… apretadas —dije en su
lugar, tratando y fallando en liberar mi hombro de detrás del enorme
sujeto a mi derecha.
—Sí, lamento eso, Amelia. Pero no será por mucho más tiempo.
No estaba segura si se suponía que eso tenía que reconfortarme o no.
Dejé caer mi mirada sobre mi regazo porque estaba bastante segura que si
mis ojos conectaban con los de cualquiera de el os, verían mi muy fuerte
urgencia de despel ejarlos vivos… con un cuchil o muy afilado.
Nunca me había considerado una persona violenta. Nunca había estado
en una pelea. Nunca había fantaseado con arrastrar y golpear a alguien.
Y ciertamente nunca antes había sentido la urgencia de despel ejar a
alguien. Pero, por otro lado, nunca había sido secuestrada ni me habían
hecho cómplice de un delito grave relacionado con las drogas. Así que, sí,
me estaba sintiendo un poquitín homicida.
Dicho eso, no era lo suficientemente estúpida para incluso pensar que
eso era una posibilidad. Estaba superada en número por personas que
podían romperme probablemente como a una ramita si necesitaban
hacerlo. Así que tuve que conformarme con cualquier pequeño daño que
ya hubiese infligido. Eso incluía las marcas de arañazos en la mejilla del
tipo a mi izquierda y un mordisco bastante desagradable en la parte trasera
de la mano de Luis. No era tan malo. Al menos sabía que los derroté
aunque por muy poco tiempo. Eso era algo de lo que estar orgullosa.
Presté atención cuando pasamos señales de tránsito solo por si acaso,
para el improbable caso de que me escapase, así podría llamar a la policía
y decirles dónde estaba. Jefferson girando a Anderson en la esquina con
Madison. Fue entonces cuando Luis le dijo algo al conductor en español, y
él asintió. De pronto, estaba realmente molesta de que mi padre se fuera y
mi madre estuviera tan ebria como para enseñarme español. Eso podría
venirme muy bien en este momento. Pero cualquier
cosa que le dijo al conductor hizo que redujese la velocidad del auto y
bajase su cabeza ligeramente para mirar los edificios. Se detuvo frente a lo
que parecía ser un viejo edificio de apartamentos, miró a Luis, dijo algo
más en español, y sus cejas se fruncieron mientras ondeaba las manos
hacia el edificio. Cualquier cosa que estuviera diciendo no sonaba muy
feliz, pero Luis se encogió de hombros y abrió su puerta para salir.
En lo único que pude pensar cuando miré por la ventanilla hacia él era
en lo ridículo que parecía, cuán fuera de lugar. Llevaba un pantalón color
crema, una camisa de vestir de lino manga corta y unos lentes de sol
marrones en los ojos. Vestido así, ahí de pie delante de un edificio que
parecía que no le habían hecho ningún trabajo de reparación en unos
buenos treinta años, parecía completamente irrisorio. A mi lado, ambos
guardias salieron por sus respectivas puertas. El de mi derecha se giró
hacia mí a medida que el de mi izquierda cerraba la puerta con fuerza y
rodeaba la parte delantera del auto.
De acuerdo, incluso mientras estaba haciéndolo, sabía que no podría
llevarme a ninguna parte, pero tampoco podía obligarme a ser una pequeña
buena rehén. Así que me giré en mi asiento, levanté mis piernas y las lancé
con todas mis fuerzas al cuerpo doblado del guardia, después gateé hacia
atrás a la otra puerta, abriéndola de golpe y lanzándome a la
cal e. Mis pies desnudos golpearon el pavimento, el calor
provocándome una sensación abrasante que ignoré mientras corría
ciegamente cal e abajo, gritando tan fuerte que el sonido traqueteó por mi
cuerpo entero.
Oí los gritos detrás de mí y conocía el suficiente español para saber
que estaban maldiciendo a medida que corría bajando por una cal e lateral
que terminó no siendo una cal e lateral, sino más bien un cal ejón, de la
clase de los que no tienen salida.
Un chil ido histérico atravesó mi garganta mientras giraba en círculo,
mirando hacia arriba en busca de algo en lo que pudiese subirme. Pero no
había nada. Estaba atrapada. Después no hubo nada porque me derribaron
desde atrás y me estrellaron contra la pared de ladril os, el dolor fue
instantáneo y cegador durante el segundo de conciencia que me fue
concedido antes de que el olvido me llevase lejos.

El dolor fue lo que me despertó. Había estado deslizándome en el


negro mar de la nada, sintiendo calma y felicidad, solo para que mi
perfecta paz quedara interrumpida por la impresión perturbadora del dolor.
Mis ojos parpadearon hasta abrirse y la “impresión” del dolor se convirtió
en una cosa arrasadora. Estaba bastante segura que mi cerebro estaba
siendo arrojado contra el interior de mi cráneo una y otra vez de alguna
manera, la sensación tan fuerte que la sentía como si me estuviesen
perforando mis ojos, haciéndome sentir de repente más náuseas de las que
había sentido alguna vez en mi vida.
Cerré mis ojos de nuevo con un gemido, moviéndome para levantar
mis manos y masajear mi cabeza cuando me di cuenta que no podía porque
las tenía atadas alrededor de lo que sea que tuviese presionado contra mi
espalda. Mis ojos se abrieron de golpe otra vez, ignorando el dolor que la
luz a través de las ventanas me estaba causando, e inclinando mi cabeza
para mirar detrás de mí. Era una viga de ladrillo expuesta sosteniendo el
techo. Los afilados bordes de los ladril os en las esquinas estaban cortando
mis antebrazos y mis hombros estaban gritando por la extraña posición.
Tenía las piernas libres, así que las jalé hacia dentro y arriba bajo mi
trasero, empujándome del suelo, mordiendo mi labio para evitar gritar
cuando la argamasa entre los ladril os cortó largas líneas a lo largo de
mis brazos. De pie, pude divisar la línea de ventanas a mi izquierda.
Algunas estaban rotas; todas cubiertas por años invertidos en mugre,
amortiguando la luz del sol de la tarde. ¿Cuánto tiempo había estado aquí?
No pudo haber sido más de las once cuando me secuestraron. Pero por la
forma en que el sol estaba cayendo de golpe ahora, tenía que estar más
cerca de las dos o tres de la tarde.
La habitación en sí misma no era lo que había esperado desde el
exterior. Parecía un edificio de apartamentos, pero el suelo sobre el que
estaba había sido destrozado. Todo lo que quedaba era el enladrillado
expuesto, las vigas en el techo y las ventanas.
Oí un crujido y unos pasos, tomando una respiración profunda que era
tanto para calmar mis nervios como para esforzarme en no vomitar, y me
giré para ver a Luis avanzando hacia mí, sus movimientos tan refinados y
resueltos como recordaba, su postura erguida, sus manos sujetas tras la
espalda, su caminar pausado.
—Querida —me saludó, aún atravesando el suelo cubierto de basura
con objetos olvidados, como si quizás la gente hubiese estado ocupándolo
—. Has estado fuera de combate por casi dos horas; estaba
empezando a preocuparme.
Luché con la urgencia de decirle que quizás entonces no debería haber
dejado a sus matones estrellarme contra un muro.
—Me duele la cabeza —dije en su lugar, y además, así era. Juro que el
golpe se podía sentir por toda mi mandíbula en este momento.
Luis se detuvo delante de mí, sus labios presionados entre sí a medida
que me observaba. Su mano se alzó y acarició la mejil a que había chocado
contra el muro.
—Apuesto a que lo hace. Lamento todo esto, Amelia.
—¿La migraña ensordecedora o el secuestro? —solté bruscamente,
haciendo una mueca de dolor. No sabía mucho sobre ser un rehén, pero sí
sabía que se suponía que intentabas no enfurecer a tus captores.
—Ambos —dijo, encogiéndose de hombros—. Querida, debes
entender que tenía que venir y buscarte.
—¿Por qué? —pregunté, y escapó casi como un lloriqueo.
—No estabas pensando correctamente, Amelia. Estabas afligida y
ese… sinvergüenza se aprovechó de tu pena. Se metió en tu mente e hizo
que creyeras que era un buen hombre. No es un buen hombre. Usará tu
cuerpo y después te botará como a todas las demás.
De acuerdo. Un momento.
¿Esto no era por la heroína? ¿No sabía que yo lo sabía? ¿Estaba
enojado porque pensó que elegí a Johnnie antes que a él? Esto era, bien,
esto era bueno. Al menos estaba bastante segura que era bueno.
—En realidad nunca tuvo ninguna oportunidad. Vino de la basura.
Por supuesto acabaría siendo también una basura. —Sentí que mi
rostro se retorció con una fea clase de ira. Al ver esto, la cara de Luis se
suavizó un poco—. Sé que pensabas que amabas a Ben, Amelia. Pero Ben
Allen tampoco era un buen hombre. ¿Sabes cómo sé eso? —Agité mi
cabeza, decidiendo engancharlo con la conversación que al menos parecía
mantenerme relativamente a salvo—. Porque Ben Allen estaba traficando
con heroína.
—¡No es cierto! —grité prácticamente, mi cuerpo lanzándose hacia
delante como si tuviese mente propia solo para avanzar unos centímetros
antes de que mis hombros gritasen y cayesen hacia atrás contra la viga.
—Querida, sin ninguna duda lo hacía.
—¡Como si tú fueses quién para juzgar! —espeté, mis ojos
ampliándose tan pronto como las palabras salieron de mi boca. Rayos.
Rayos, rayos, rayos. Acababa de perder cualquier ventaja que tuviera.
Sin embargo, la cara de Luis no se encogió con ira, en todo caso
parecía casi… intrigado. Su cabeza se inclinó hacia un lado, una ceja
levantada.
—Así que ha estado llenando tu cabeza con sus opiniones, ¿cierto?
—No es una opinión llamar a un traficante, traficante. Es un hecho.
Luis me ignoró y en su lugar continuó.
—Entonces por favor, permíteme l enarte la cabeza con algunas otras
cosas para que las consideres.
—¿Así como hiciste que Johnnie disparara a tu antiguo jefe?
—Conocí a Ben Allen hace cuatro años. Un borracho patético.
Sumamente inútil. No quería tener nada que ver con él. Pero entonces
vi
como conseguiste mantenerlo limpio, arrastrándolo fuera de su espiral
descendente. Vi que tenía un montón de potencial…
No quería oír esto. Tuve el estúpido e infantil deseo de meterme los
dedos en los oídos y tararear de modo que no pudiera oírlo. Por supuesto,
mis brazos estaban tras mi espalda así que no podía hacer eso.
—Había roto relaciones con prácticamente todos los negocios
respetables del pueblo. Necesitaba dinero. Y, bueno, yo necesitaba a
alguien en el pueblo que pudiese volar bajo el radar. Fue un muy buen
empleado. Hasta que no lo fue…
Oh, Dios. Un pensamiento que no quería ni pensar estal ó en mi
cabeza.
—Verás, Ben tenía un punto débil contigo. Él fue el que instaló todos
esos cerrojos en tu puerta, ¿no? —preguntó.
No parecía haber ninguna razón para no contestar a eso.
—Sí.
—Por supuesto. Eso fue estúpido de su parte, pero ciertamente no fue
la gota que derramó el vaso.

—¿La gota que derramó el vaso? —solté sorprendida.


—Sí. Puedo aceptar un poco de insolencia de parte de mis hombres.
Tienden a tener más músculos que cerebro, cosa que los hace útiles,
pero también los hace demasiado estúpidos para darse cuenta de cómo son
las cosas.
—¿Cómo es que Ben fue insolente contigo?
—Imagínate, después de todo lo que hice por él, me amenazó.
—Ben no podría haber amenazado ni a una mosca.
—Ben me amenazó con la promesa de una visita de su hijo.
—¿Johnnie? —pregunté, demasiado confundida para que me importara
que fisgonear no era probablemente la mejor apuesta. Debí haber estado
rogándole que me dejase ir o algo así, pero, bueno, esto era mucho más
interesante.
—Como sabes, conozco a Shooter de unos años atrás. No sabía quién
era, por supuesto, nadie realmente lo hace. Pero entonces l egó Ben,
afirmando que su hijo era el mejor tirador del país y que podía liquidarme.
—Ben y Johnnie ni siquiera se hablaban —objeté.
—Johnnie podía no haber estado interesado en el paradero ni bienestar
de su padre, pero no podía decirse lo mismo de Ben. Él hacía viajes hasta
aquí, ya sabes…
—¿A Jersey? —pregunté, agitando mi cabeza, incapaz de creerlo.
—Ciertamente. Tan pronto como estuvo limpio. Viajaba hasta aquí
para comprobar a su retoño. Y creo que se le metieron algunas ideas en su
cabeza de que todo podía perdonarse entre ellos, dejar toda la mala sangre
atrás, que podía llamar para pedirle un favor, y hacer que me dispare desde
doscientas yardas sin importar el lugar en que estuviese. No podía
sentarme sin más exactamente y preguntarme si esa amenaza era viable o
no, ¿verdad?
Mis ojos se cerraron y ahogué un suspiro.
—¿Qué hiciste, Luis?
—Lo que necesitaba hacerse. Primero, él escondió mi suministro.
Solía estar detrás de tu refrigerador, querida. Después, cuando uno de mis
hombres consiguió atravesar todos esos cerrojos tuyos, imagina mi
sorpresa
cuando ya no estaba al í. Y él no me diría dónde estaba. —Es por eso
que notó las marcas del suelo. Nunca se me ocurrió que si él era el que
ocultó las drogas en mi apartamento, por qué iba a señalármelo. Él tan
solo estaba descubriéndolo por sí mismo. Ben era el que las había movido.
Sentí las lágrimas acumularse en mis ojos.
—No fue un ataque al corazón, ¿verdad?
—Seguro que lo fue —respondió, asintiendo—. Un ataque al corazón
provocado por la inhalación de una dosis letal de heroína.
—Ben. No. Consumía. Heroína —espeté.
—No, querida, no lo hacía. Es por eso que tuvimos que empujarle a la
fuerza un ladrillo de ella en toda su cara, ¿no? No podía dejarlo seguir con
su pequeño juego de escondite con mi producto. Sabía que con el tiempo
lo tendría de regreso. Pero después amenazó mi vida… no, Amelia, no.
Oh, Dios mío.
No.
Era demasiado. Todo era demasiado. No… no podía soportar más.
Un sonido animal resonó a través de mi garganta y la cara de Luis se
suavizó otra vez.
—Sé que todo esto es muy duro para ti en este momento…
—No sabes nada.
—Sé que piensas…
—¿Que eres un traficante de drogas que mató a la única persona en el
mundo que se preocupaba por mí? Sí, ¡eso es justo lo que pienso!
—Amelia, querida, él no era la única persona en el mundo que se
preocupaba por ti. Yo me preocupo por ti.
—¿Por qué? Porque me parezco a alguna drogadicta a la que solías…
No alcancé a terminar el resto de la frase, principalmente porque Luis
no pudo mantener su autocontrol y su brazo voló dándome un revés que
me cruzó la cara.
—No —gruñó y, por primera vez, pude ver la fealdad que había tras
su hermosa cara—. No me hagas hacer esto de nuevo, Amelia. No sé lo
que te ha hecho ese hombre, pero este comportamiento no te queda.
—No sabes ni la primera cosa de mí, Luis.
Luis suspiró como si lo estuviese exasperando y agitó su cabeza.
—Qué bueno que tenemos mucho tiempo —dijo, alejándose de mí— .
Espero que no le tengas miedo a las alturas, querida.
—¿Alturas? —pregunté, a pesar de que nunca más quería tener una
conversación con él.
—Un avión privado nos espera en una hora. Tenemos que salir de este
lugar de mala muerte.
No. Oh, Dios. No.
—No voy a ir contigo a ninguna parte, hijo de…
Nunca antes había visto a alguien moverse tan rápido. Un segundo, su
espalda estaba ante mí y estaba en medio del lugar. Al siguiente, estaba
delante de mí, y su mano me estaba agarrando por el cuello y apretando
fuerte, cerrando mi suministro de aire.
—Vas a aprender a comportarte, quer…
El resto de su frase quedó interrumpida.
Y fue porque de pronto un lado de su cabeza había explotado…
Traducido por Gigi D
Corregido por LizC

o quiero ponerte las manos encima, dulzura —dije,


mis dientes doliendo por lo fuerte que estaba —N apretando la
mandíbula—. Así que, será mejor que me sueltes, Lo.
Estábamos de pie a la vuelta del edificio donde Luis y sus hombres
tenían a Amelia. Y cada segundo que Lo me bloqueaba era otro segundo
que Dios-sabe-qué le podía estar pasando allí dentro. Sabía que ese
degenerado la deseaba, de verdad, y jamás me lo perdonaría si terminaba
siendo violada mientras nosotros estábamos aquí de pie como unos idiotas
sin hacer nada.
—Shooter, estás demasiado alterado para esto —razonó, empujando
mi pecho con una mano cuando intenté pasar a su lado. Lo pasaba mucho
tiempo entrenando, poniéndose en forma para poder ir cabeza-a-cabeza
con la mayoría de los hombres. Cuando digo que me empujó, me refiero a
que me hizo retroceder dos pasos—. No puedo dejarte ir allí.
—Con todo respeto, cariño, no veo cómo puedes detenerme.
Nada, literalmente nada me impedía entrar allí cargando con todo para
sacarla.
—¿Crees que un baño de sangre es lo que necesitamos? — preguntó,
sus dedos cerrándose fuertes alrededor de mi brazo, con suficiente fuerza
para dejarme moretones—. Nos hemos mantenido alejados del radar
porque hemos sido inteligentes al respecto.
—Entonces, ¿estabas siendo inteligente cuando atacaste el recinto de V
blandiendo tus armas? ¿Y Janie estaba siendo inteligente cuando hizo
explotar todo el maldito lugar de Lex? ¿Y Cash fue inteligente cuando
dejó ciego al malnacido que te puso las manos encima?
Lo suspiró, sabiendo que yo tenía razón.
—Mira, lo entiendo, Shoot. Pero aun así, no irás allí.
—Y una vez más, no veo cómo puedes detener…
Y entonces de hecho vi cómo podía detenerme. Porque su mano había
soltado mi brazo, y la giró en un pequeño círculo, y dos pares de brazos
sujetaron los míos. Maldito Hailstorm.
—Lo siento, Shoot, pero tenemos que pensar bien esto. Cash, Breaker,
Wolf, dos de mis hombres y yo entraremos a sacarla. Te la traeré aquí
mismo.
Con eso, hizo otra señal con su mano y todos los hombres aparecieron
detrás de ella. Los vi girar por la esquina y desaparecer, Breaker
encogiéndose de hombros antes de irse. Sacudí mis brazos inútilmente. Si
había una cosa que Lo y Hailstorm sabían hacer, era entrenar, y los
hombres que me sujetaban eran como dos paredes sólidas de músculos.
Se oyó un pequeño suspiro femenino a mi lado, y giré la cabeza para
ver a una chica delgada, de cabel o oscuro, ojos azules y tatuajes vistiendo
jeans negros y una camiseta negra acercándose. Janie. Era la mujer de
Wolf. También era la protegida de Lo y la mejor mente estratega que
Hailstorm tenía a disposición.
—Hola, Shoot —dijo, deteniéndose frente al tipo a mi izquierda,
echando un vistazo al edificio de apartamentos—. Sabes… —continuó,
como si estuviera conversando casualmente, pero noté por sus labios
apretados que intentaba hacer una declaración importante—, la cima de
ese restaurante de comida china tiene una vista excelente al quinto piso de
ese edificio.
—Quinto piso —repetí, enderezando la espalda.
—Puedes ver sin ningún problema a través de una de esas ventanas
rotas. ¿Sabes qué más es interesante?
—No, gatita, ¿qué? —pregunté, con una sonrisa tirando de mis labios.
—Parece que alguien dejó un rifle de francotirador abandonado al á
arriba. Muy descuidado. ¿No te parece?
Mi sonrisa se había ensanchado.
—Sí, muy descuidado. ¿Quién haría tal cosa?
—¿En serio, quién? —preguntó ella, girándose de frente a nosotros
tres.
—Janie… —comenzó el guardia a mi izquierda, con una advertencia.
—Uno, dos, tres —contó demasiado rápido para que yo comprendiera
su plan antes de que el tipo a mi izquierda saliera volando de espaldas. No
me detuve a ver lo que el a le estaba haciendo, solo me liberé del otro, lo
empujé hacia atrás y me lancé hacia la cal e en dirección al restaurante
chino en cuestión, mi corazón atascado en mi
garganta y noté que Lo tenía razón; estaba demasiado alterado para
entrar allí. Si entraba, la policía encontraría entrañas y sangre
desparramada en las paredes como en las películas de terror. Pero nunca
estaba demasiado alterado para sostener un arma. De hecho, mientras
saltaba para hacer bajar la escalera de la salida de incendios, sentí una
extraña calma envolviéndome.
Para cuando l egué a la cima del edificio y encontré el arma preparada
contra el borde de la pared, supe que Lo y los demás probablemente
estaban cargando en el piso inferior, trabajando en acabar con los tres
guardias que Luis tenía con él. Levanté el arma, posicionándome contra la
pared e inclinándome para mirar a través de la mirilla. Me llevó dos
segundos encontrar a Amelia. Estaba de pie, sus brazos atados alrededor
de una viga de ladril o, su rostro golpeado, con los brazos sangrando de
rasguños al rozar contra los ladrillos afilados. Luis estaba en el centro del
lugar, diciéndole algo a Amelia que la hizo enderezarse, su rostro
retorciéndose de horror mientras el a murmuraba algunas palabras que no
pude comprender. Luis respondió, moviéndose desde el otro lado del lugar.
Y luego Amelia no se veía horrorizada, estaba lívida. Entonces, el poco
control que tuviera en su temperamento se rompió, su rostro retorciéndose
mientras comenzaba a gritarle algo a Luis, algo que lo hizo moverse como
un látigo, girando y volando a través del sitio hacia el a. Fue como un
borrón antes de detenerse, su mano alzada, envolviéndose en la garganta
de Amelia. Y pude notar por la forma en que su pequeño cuerpo saltó y su
boca se abrió que él no lo estaba haciendo para asustarla, la estaba
lastimando.
Mi dedo se movió hacia el gatillo a medida que Luis decía algo. Me
tomó un segundo asegurarme de estar apuntando bien antes de presionarlo.
Incluso a la distancia, pude ver la explosión roja, pude ver el horror
invadir las hermosas facciones de Amy mientras la cabeza de Luis
explotaba y su cuerpo caía al piso. La mirada de Amelia voló a la ventana,
sus ojos como platos, su cuerpo comenzando a temblar por el shock, el
miedo o el asco, o las tres a la vez. Y aunque sabía que no podía verme,
estaba mirándome justamente a los ojos y sabía que estaba allí por el a.
Dos segundos después, Lo, Cash, Wolf y Breaker entraron al lugar.
Faltaban los chicos de Hailstorm. Lo fue directamente hacia Amelia,
liberando las ataduras en sus brazos y Amelia colapsó contra ella. Incluso
a
la distancia, pude ver que su cuerpo se retorcía por los sollozos. Lo
miró hacia Wolf quien se acercó, tomando a Amelia de los brazos de Lo y
levantándola como si no pesara nada más que una almohada, acunándola
en su pecho y saliendo del edificio.
Tomé el estuche, me pasé la correa del arma alrededor del brazo, y bajé
volando la escalera de incendios, mi corazón golpeando en mi pecho
enfurecido mientras corría por las cal es, ignorando si me veían o no, y
realmente no importándome.
Acababa de rodear el edificio cuando una mano golpeó el centro de mi
pecho, dejándome sin aire y deteniéndome a mitad de camino.
—Arma y estuche —demandó la voz seria de Janie y, viendo que le
debía la oportunidad de acabar con el bastardo que puso sus manos en lo
que era mío, dejé el estuche en su mano, y me quité el arma de encima,
antes de correr hacia el edificio donde Wolf salía con Amelia en sus
brazos, el a abrazándolo, su rostro enterrado en el cuello de él.
—Ángel… —Me oí decir, y Amelia saltó, alzando la cabeza
bruscamente, buscándome. Luego estaba retorciéndose, moviéndose en los
brazos de Wolf hasta que él se acercó a mí y la depositó en mis brazos.
—Mujer —dijo él, asintiendo, y luego retrocediendo hacia donde
estaba Lo.
—Llévala al auto —dijo Breaker a mi lado—. Necesita ir al hospital
— añadió cuando no le respondí—. Mira su cabeza —insistió—. Necesita
que la revisen.
—Me duele la cabeza —gruñó ella, haciendo que mi corazón se
encogiera.
¿Cómo mierda se suponía que la iba a dejar ir?
Me incliné y besé su ceño fruncido, haciendo que las líneas allí
desaparezcan.
No sabía cómo.
Pero sabía que debía hacerlo.
—Entonces, vayamos a conseguirte un buen tratamiento médico —
dije, l evándola hacia mi auto y acomodándola en el asiento del pasajero.
Se mantuvo en silencio mientras le ataba al cinturón, su mano
cubriendo sus ojos, intentando bloquear el sol y limitar su dolor al mismo
tiempo.

—Solo unos minutos más, ángel —prometí a medida que me


acomodaba detrás del volante y me dirigía al hospital.
Acababa de estacionar cuando su voz inundó el auto.
—Lo mataste —dijo. No era una acusación. No era nada más que una
recopilación de los hechos. Había una sensación de vacío en su voz que no
me gustó, un vacío que sabía que yo había puesto allí. Porque sabía que
esa parte de mí existía, pero nunca la había visto. Solo había visto la luz,
la diversión, las bromas, lo bueno, lo bonito. La había expuesto a mi lado
feo y ya no había vuelta atrás.
—Sí, nena —coincidí, volviéndome para mirarla, esperando lo que
sabía que venía a continuación.
Pero no dijo nada. Asintió tensamente, se quitó el cinturón, luego abrió
su puerta. Corrí alrededor del auto, envolviéndola con un brazo, y
guiándola al interior. Nos admitieron y nos l evaron a un pequeño cuarto
junto a la sala de emergencias y nos dejaron allí para esperar al doctor. Me
quedé de pie junto a la cama donde el a estaba sentada, su cabeza gacha,
sus hombros a la altura de las orejas, saltando ante cualquier sonido.
Al final, incapaz de soportar el silencio, tuve que hablar.
—Amelia…
Pero la puerta se abrió y el doctor entró, un hombre de mediana edad
con porte elegante, y anteojos en el puente de la nariz.
—Señorita Alvarado —dijo, mirándola—. ¿Cómo se hizo un corte tan
feo? —preguntó intentando sonar casual, pero pude sentir sus ojos
estudiándome, intentando determinar si era del tipo de novio abusador,
como si hubiera un tipo.
Abrí la boca para responder, evitando los hechos verdaderos, pero
absteniéndome a la verdad lo más que pudiera cuando Amy alzó la cabeza,
miró al doctor a los ojos, y mintió mejor que cualquier criminal que
conociera.
—Me asaltaron.
El doctor alzó la cabeza de golpe.
—¿En plena luz del día?
—No soy de por aquí —dijo, dejando que un poco más de su acento
sureño se deslizara en sus palabras, y con una mirada al doc, vi que su
dulzura lo estaba derritiendo—. No sabía que era una zona mala y estaba
caminando y oí a alguien detrás de mí y enloquecí y corrí por una cal e
lateral, pero no era una cal e lateral, era un callejón, y el os…
El doctor me miró.
—¿Puede darnos un minuto?
—No.
—Está bien —dijo Amelia, sacudiendo la cabeza—. Puede quedarse.
El os no… —Tragó con fuerza y pareció dolerle, los moretones
comenzando a oscurecerse en su garganta—… no me violaron.
Simplemente me sujetaron del cuel o para quitarme el bolso, y después
ellos, em, me empujaron contra un muro.
El doctor suspiró, su cuerpo relajándose visiblemente.
—De acuerdo —continuó, tomando un banco con ruedas y acercándose
a Amy. Se puso unos guantes y se sentó, estirándose hacia su rostro—. De
acuerdo, echemos un vistazo a esto, ¿te parece? —preguntó, presionando
alrededor de los golpes—. Te vendrían bien unos puntos, pero
no te quedará una gran cicatriz. Vamos a hacer una tomografía axial
computarizada para ver si tienes una conmoción cerebral y te vendaremos
los brazos. —Se puso de pie, quitándose los guantes y escribiendo en su
planil a.
Afuera, pude ver los perfiles de Lo y Breaker hablando con la señorita
de recepción, quien les estaba sacudiendo la cabeza.
—Muy bien, tú aguanta, Amelia —dijo el doctor—. Voy a enviar a una
enfermera a limpiarte bien rápido y luego te l evarán a hacerte la
tomografía.
El doctor se fue, y el silencio del lugar fue ensordecedor. Necesitaba
hacerlo. Necesitaba acabar con esto. Lo sabía, pero el dolor penetrante en
mi pecho me estaba desconcentrando. Eso hasta que sentí su delicada
mano envolver mi muñeca.
—Johnnie…
Mierda, su voz era tan dulce. Podría escucharla diciendo mi nombre
hasta el fin de los tiempos.
Pero no podía.

Porque eso sería egoísta.


Tenía que acabar con esto. Tenía que dejarla ir.
Mi mirada cayó en la de el a y el a vio algo allí, comenzando a negar
con la cabeza.
—No…
—No puedo hacerte esto, ángel. No perteneces a esta vida. No es bueno
para ti. Mereces algo mejor.
—Johnnie… no… —dijo, su voz endureciéndose a medida que las
lágrimas inundaban sus ojos.
—Lo siento, cariño. Lo siento tanto —dije, mi propia voz un poco
pastosa mientras liberaba mi muñeca de su agarre y avanzaba a la puerta.
—Johnnie, no… —gritó, y el efecto de sus palabras fue físico, un
golpe justo en el centro de mi pecho y juro que podría haberme doblado
por el dolor. Pero contuve el aliento y me alejé, cerrando la puerta detrás
de mí.
Me quedé ahí fuera un segundo, mi mirada buscando a Breaker quien
me echó un vistazo y se alejó de Lo.
—Mierda —dijo, moviéndose hacia mí.
La mirada de Lo se alzó al oírlo, sus ojos aterrizando sobre mí,
suspirando.
—¿En serio? —preguntó, enojada—. ¿Después de todo eso,
simplemente te irás?
—Se merece algo mejor —respondí llanamente, pasando a su lado.
—Esa no es tu decisión —replicó ella, enojada.
—Está hecho. Ya déjalo, dulzura —dije, saliendo y dirigiéndome a mi
auto.
Sentí como si el vacío en mi pecho se estuviera expandiendo.
Así se sentía dejar a Amy, como ser engullido por el vacío.

Traducido por Flochi y La Mimor


Corregido por LizC

loré mientras la enfermera me limpiaba la sangre del rostro


y los brazos, mientras adormecía y cosía mi cara, mientras L envolvía
mis brazos. Yací tan quieta como pude a través de la tomografía que,
efectivamente, demostraron que tenía una leve conmoción cerebral. Luego
l oré mientras esperaba a que la medicina para el dolor hiciera efecto y
adormeciera el martilleo en mi cerebro.
Un tiempo después, sentada allí, intentando descubrir lo que se suponía
que iba a hacer dado que Johnnie dejó claro que no podía regresar a su
casa, la puerta se abrió. Una oleada de esperanza brotó en mi interior a
pesar de mi mejor criterio antes de que mis ojos aterrizaran en un hombre
de mediana edad con una enorme panza colgando por encima de unos
pantalones verde musgo, una camisa de vestir crema y una placa en su
cinturón. Fantástico. Policías. Lo que necesitaba.
—Señorita Alvarado, soy el detective Col ings. Sé que no se está
sintiendo muy bien en este momento, pero tengo unas preguntas rápidas
que hacerle sobre su… asalto de hoy. —Dijo “asalto” como si supiese que
se trataba de una mentira, pero nada en su presencia parecía en lo más
mínimo amenazante. Además, los medicamentos para el dolor me estaban
haciendo sentir estupendamente adormecida por dentro y no me importó
en realidad si sería un cretino.
—Está bien, dispare —dije y una extraña sonrisa tiró de sus labios.
—Dispare, ¿eh? —preguntó, apretando los labios mientras alcanzaba
un bloc de notas y un bolígrafo. La manera en que dijo “dispare” sonó
como si supiera con certeza lo que sucedió esa tarde. Sentí que me ponía
tensa, mis defensas retornando a su lugar—. Entonces, señorita Alvarado,
¿puede decirme con exactitud lo que sucedió esta tarde?
—Estaba caminando por la cal e —comencé, dándome cuenta lo que
estaba haciendo; le estaba mintiendo a la policía. No hacía eso.
Nunca antes había estado en la posición donde eso fuese necesario.
Pero en lugar de la sensación de desasosiego y tumulto que esperaba
sentir, no sentí nada. Estaba vacía—. No estoy familiarizada con las zonas
de aquí, detective. No tenía idea que me encontraba en una zona
insegura…
—¿Por Madison? —preguntó Col ings, observándome por debajo de
sus pestañas.
—Supongo. No estaba prestando mucha atención a los nombres de las
cal es —mentí, recordando cómo había estado intentando memorizarlas—.
Entonces, alguien estaba detrás de mí y corrí por una cal e.
—Eso, al menos, era verdad—. Pero no era una cal e; era un cal ejón y
no
había salida. Me estrel aron contra la pared —dije, señalando mi
cabeza—.
Y luego uno de los hombres me estranguló. —Nuevamente, no se
trataba de una mentira.
—¿Y sus brazos, señorita Alvarado? —preguntó, sus sagaces ojos
verdes aterrizando en la gasa envuelta en el os.
—La, eh, la pared era de ladrillos. La… argamasa me raspó.
Col ings soltó un suspiro que sonó un poco derrotado a medida que
seguía garabateando.
—¿Sabía que un hombre fue disparado en un edificio cerca de la zona
donde usted fue asaltada hoy, señorita Alvarado?
—Vaya. Qué desafortunado, Col ings —dijo una voz femenina que me
resultó vagamente familiar, haciendo que una sonrisa burlona tirara de los
labios de Col ings. Alcé los ojos para ver a la mujer de antes; la que me
liberó y abrazó, susurrando cosas en mi oído para calmarme. Era hermosa
con su estilo rudo: alta y con caderas, piernas, pechos y un culo metido en
unos pantalones cortos verde oliva y una camiseta sin mangas marrón
claro. Su largo cabel o rubio estaba metido levemente detrás de sus orejas,
sus ojos castaños fijos en mí, dándome un pequeño guiño, antes de
volver a mirar a Col ings.
—Lo —dijo él, sacudiendo la cabeza hacia el a—. ¿Conoces a la
señorita Alvarado?
—Oh, Amy y yo… somos viejas amigas —contestó, moviéndose hasta
quedar de pie a mi lado donde estaba sentada a un lado de la cama, y
poniendo un brazo alrededor de mis hombros.
—Viejas amigas —repitió y asintió, bajando su bloc—. Entonces,
¿supongo que hemos terminado aquí?
¿Por qué le estaba preguntando a ella? ¿No se suponía que él estaba a
cargo o algo así?
—Creo que Amelia ha pasado por mucho hoy con esos… asaltantes y
todo eso —dijo, sonriendo completamente ante la mentira que, al parecer,
ambos sabían que se trataba de una falsedad.
—Puedo imaginarlo —comentó y asintió hacia el a.
—Si tienes más preguntas para el a, estará en Hailstorm
recuperándose.

Ante esto, Col ings de hecho rio entre dientes.


—Por supuesto que sí. Bueno —dijo, mirando hacia mí, esta vez
sonriendo—, que se mejore, señorita Alvarado. Lamento su dura
experiencia —añadió, asintiendo hacia Lo, para luego desaparecer.
Cuando la puerta se cerró, no pude evitarlo.
—¿Qué demonios fue eso? —pregunté, sin siquiera intentar ocultar mi
confusión.
—Col ings ya tiene tiempo en esto. Sabe cómo funcionan las cosas por
aquí. No va a andar lloriqueando a pleno pulmón por un distribuidor de
heroína con un agujero en la cabeza o sus secuaces desaparecidos.
—¿Desaparecidos? —pregunté, estremeciéndome ligeramente cuando
el a se apartó. Supongo que debí suponer que los habrían matado a todos.
—Oh, sí —dijo Lo, sonriéndome—. Algo loco. Desaparecieron en el
aire así de pronto —añadió, chasqueando los dedos pero la sonrisa
malvada que tenía, sugería que sabía exactamente en dónde se
encontraban. Tuve la leve sospecha que uno o más podrían encontrarse
en este lugar l amado Hailstorm del que todos seguían hablando—.
Entonces, ¿te dieron el alta? —preguntó, indicándome que nos
fuéramos.
—Sí. Tengo una prescripción y unos papeles sobre cómo lidiar con la
conmoción cerebral.
Lo hizo un ademán con la mano.
—Tenemos un equipo médico en Hailstorm. Te cuidaremos. No te
preocupes.
—Eh, no es por sonar, eh, desagradecida ni nada así, pero ¿por qué
crees que voy a ir a Hailstorm?
—Cariño… —dijo, dándome una sonrisa triste que lo decía todo. El a
sabía. Sabía lo que Johnnie me había hecho. Sabía que no tenía ningún
lugar adónde ir. Sabía que no ponía manejar de regreso a Alabama con una
conmoción cerebral y medicada con pastillas para el dolor.
—Claro —dije con fuerza, empujándome de la cama y alcanzando los
papeles que había mencionado—. Bueno, supongo que… puedo quedarme
en un hotel hasta que mejore. Es agradable que te ofrezcas a
apoyarme, pero no creo…
—Amelia —dijo, su voz un poco más firme—. Sé que de verdad
quieres estar sola en este momento. Te secuestraron, te l evaste el susto de
tu vida y el hombre por el que sientes algo te destrozó. Estás enfrentándote
a todo eso, pero por favor, puedo decir basada en la experiencia, que la
peor manera de lidiarlo es hacerlo sola. Además —continuó—, aún no
estamos completamente seguros que las cosas sean seguras para ti. Habrá
rumores sobre Luis y sus hombres. Tenemos que asegurarnos que lo que
sea que estal e, no estalle sobre tu cabeza. Luego podremos dejarte
regresar a tu vida. No nos vamos a entrometer con eso, lo prometo. Si
quieres regresar a Alabama y…
—Voy a regresar a Alabama —dije con firmeza, alzando un poco la
barbilla—. Aquí no hay nada para mí. Supongo que nunca lo hubo. —Pasé
junto a ella, sin importarme particularmente que mi tono contuviera un
poco más de amargura de lo que era inteligente expresar. Pero, bueno, el a
tenía razón. Estaba pasando a través de muchas cosas. Y, al parecer, no
tenía permitido pasarlas sola. No estaba exactamente de humor como para
poner una cara contenta.
Sintiendo esto, Lo caminó a mi lado, llevándome fuera hacia una
camioneta negra a la que me subí sin quejarme, viendo que mi bolso el
cual había estado en la casa de Johnnie ya se encontraba en el suelo del
asiento del pasajero y tuve que parpadear con fuerza para contener las
lágrimas.
—¿Lista? —preguntó, encendiendo la camioneta.
—Sí —acepté sin pensarlo.

Pero, bueno, al parecer de ninguna manera uno en realidad estaría listo


para Hailstorm. Porque Hailstorm era como toda una comunidad por sí
sola, como un campamento realmente paranoico y muy bien vigilado de
supervivencia. Todos los edificios estaban hechos de enormes
contenedores, al parecer una red interminable de ellos abastecidos con
energía de campos de paneles solares y rodeados de una val a de alambre
con lo que parecían ser perros guardianes patrullando los
terrenos. Había un hombre en la cabina de seguridad frente a las
puertas y otros hombres y mujeres caminando alrededor de los terrenos o
incluso encima de los contenedores.
Lo saludó al hombre de la cabina, quien apretó un botón y las puertas
se abrieron. Las atravesamos, Lo estacionándose hacia un costado y
bajándose, dándole un golpe al capó con la mano al mismo tiempo que lo
tomaba como un: vamos. Agarré mi bolso y me bajé.
—Leo —gritó a uno de los hombres, acercándose y quitándome la
prescripción de mis manos—. Necesitamos esto —le dijo, él solo asintió y
se fue—. Muy bien, vayamos a instalarte —dijo, dándome una pequeña
sonrisa y l evándome al contenedor del frente. Descubrí en unos, oh,
digamos dos minutos, que el interior de Hailstorm era un inmenso
laberinto lleno de callejones sin salida y salas medio vacías. Pasamos a
través de una zona con una cocina normal y de aspecto hogareño, una sala
de estar, luego a través de una zona para dormir estilo barracas militares,
para finalmente l egar a una habitación con una puerta de vidrio. El a la
abrió y me dejó entrar—. Esta es la sala de recuperación —dijo, señalando
a las sencil as camas blancas alineadas—. El resto de nosotros dormimos
en las barracas cuando estamos aquí, pero supuse que querrías más
privacidad
que esa. Tendrás esta habitación para ti sola. Hay un baño allí atrás con
una ducha. Nadie vendrá salvo Mike, que podría querer echarle un vistazo
a tus puntos y asegurarse que no estés enfermando o algo así por la
conmoción cerebral y yo para traerte comida y esas cosas, aunque eres
bienvenida a salir y comer con todos los demás.
Avancé entumecida hacia una de las camas, bajando mi bolso a un lado
de ésta y me senté, con las palmas en mis piernas.
—¿Estás bien? —preguntó Lo, apoyándose contra la pared junto a la
puerta, con los brazos cruzados sobre su pecho.
—No —dije honestamente.
Lo asintió simplemente.
—Lo estarás —dijo, dándose la vuelta y dejándome sola.
No se equivocaba en cuanto a que estaba lidiando con muchas cosas.
Demasiado había sucedido con demasiada rapidez. Ben murió.
Conocí a Johnnie y descubrí cosas que nunca quise saber sobre cómo
Ben lo había tratado. Encontré drogas ilegales ocultas en mi pared y
abandoné toda la comodidad y familiaridad para caer en el regazo de
Johnnie,
poniendo mi equipaje a sus pies para que él lo recogiera. Y lo hizo. Lo
hizo fácilmente. Lo hizo como si se tratara de una tontería. Luego, lo dejé
entrar.
Lo dejé entrar de todas las maneras posibles y se metió bajo mi piel.
Incluso entonces, podía sentirlo allí. Luego fui secuestrada. ¡Secuestrada!
Por algún demente narcotraficante que no pudo dejar atrás su obsesión por
su ex. Fui golpeada y atada a un muro. Fui estrangulada. Vi cuando la
cabeza de un hombre explotó frente a mí. Fui llevada a un hospital, fui
pinchada y tocada, fui interrogada por la policía, luego fui l evada… a
algún lugar en contra de mi voluntad, a alguna especie de campamento
militar ilegal.
Además, mi corazón fue aplastado. No tenía por qué negarlo; eso fue
lo que sucedió cuando Johnnie se alejó de mí. Tomó el corazón que
inadvertidamente le entregué y me lo devolvió, todavía más ensangrentado
y lastimado de lo que estaba cuando se lo entregué al principio.
Eso, bueno, era muchísimo con lo que lidiar.
Y todo dolía. Física y emocionalmente, todo se sentía magul ado y
expuesto.
Suspiré, mirando a mis ropas manchadas con sangre. Parte de el a no
era mía. Parte pertenecía al cráneo de Luis, pero no estaba en su cráneo
porque éste había explotado. Debería estar horrorizada por eso.
Debería estar asqueada y enloquecida. Pero no sentía nada. Todo lo que
sentía era una calma extraña. Mis problemas habían acabado. Así de
simple. Un gatillo presionado y volvía a estar a salvo. Johnnie me dio eso.
Con un gemido de dolor, saqué mis ropas del bolso y me dirigí al baño.
Lo me lo había señalado. Abrí el grifo de la ducha y me desvestí,
desenredando las vendas de mis brazos. Los cortes no eran tan malos y
aunque lo fueran, no me importaba. Quería una ducha. Quería lavar todo
ese día. Así que eso fue exactamente lo que hice. Lo hice mientras l oraba.
No, no solamente llorando. Un l anto enorme, feo y con mocos
incluidos.
Pero estaba sola, como prometieron, y tenía que dejarlo salir. Una vez
que lo hice, toda la evidencia se fue por el desagüe. Salí y me puse mis
pantalones cortos de mezclilla y una simple camiseta blanca y regresé a la
cama, donde encontré una botella de analgésicos en la mesita de al lado.
La alcancé, dejando una en mi palma a pesar de tener otras cuatro
horas hasta la siguiente dosis prevista; la tragué y me subí a la cama. Eso
me obligaría a dormir. Si dormía, me sentiría mejor.

O, al menos, eso era lo que esperaba.

Me desperté mucho tiempo después, tanto tiempo después que el


hambre que desgarraba mi estómago fue lo que finalmente rompió el
entumecimiento del sueño inducido por la droga y me despertó. Mis ojos
se abrieron lentamente para mirar las barras de luz artificial en el techo.
Al parecer, Hailstorm no tenía ventanas. Supuse que era alguna clase de
medida de seguridad, pero así era imposible saber qué hora era en
realidad. Me froté los ojos antes de darme cuenta que no estaba sola. No
me preguntes cómo lo sabía, pero lo sabía. Fue la sensación de unos ojos
sobre mí que juro que hizo que el vel o de mis bazos se pusiera de punta.
Mis ojos volaron desde el techo para encontrar cuatro pares de ojos en
mí.
Un conjunto pertenecía a Lo, sus ojos castaños sin delatar nada. Otro
juego pertenecía a una mujer más joven con cabel o oscuro y tatuajes, sus
ojos azules claros de alguna manera parecía como si perforaran a través de
mí. Había otro conjunto de ojos castaños familiares en una mujer con
delicadas y perfectas facciones de muñeca, la mujer del apartamento
de Ben en Alabama. El último conjunto pertenecía a una pelirroja con
pecas que parecía más delicada, más abierta que las otras.
—¿Qué diablos…? —comencé, saliendo disparada de la cama,
ignorando las puñaladas en mi sien por el movimiento repentino.
—Está bien —dijo Lo, levantando una mano—. Esta es Janie —dijo,
señalando a la chica delgada con tatuajes—. Es la mujer de Wolf, y esta es
Alex, quien es…
—La mujer de Breaker —dije, recordándolo hablar de ella—. Tú y
Janie son hackers.
—Sí. Y no me fol é a Shooter —dijo Alex sin rodeos—. Sé que te lo
dijo, pero también quería decírtelo. Para que todos estemos claros.
Me sentí asentir.
—Y yo soy Summer —dijo la pelirroja, dándome una sonrisa—.
Estoy…
—Con el hermano de Cash, la mujer de Reign. No lo sabías, pero
creciste en un imperio criminal —recordé.

El a le dio a Lo una mirada divertida y luego se rio de mí.


—Sí, esa sería yo. Veo que Shooter ha estado hablando.
—Creo que estaba intentando hacerme pensar que podía encajar con
todas ustedes —dije con un encogimiento de hombros—. No es que siga
importando.
—Bueno, verás —dijo Lo, sonriendo un poco—, por eso estamos aquí.
—Pero no antes de hacerle una visita a Shoot —añadió Janie, dándome
una sonrisa maliciosa—. Solo para comprobar.
—¿Comprobar qué?
—Bueno, verás. Ayer, Lo no dejó que Shoot se involucrara en tu
misión de rescate —continuó, atrayendo toda mi atención—. Dijo que
estaba demasiado alterado. No tendría la cabeza despejada. Y no estaba
equivocada, por eso, hizo que algunos de nuestros chicos lo retuvieran.
—No lo entiendo. ¿No fue el quién…?
—¿Hizo explotar la cabeza de Luis como una piñata en una fiesta de
cumpleaños? —preguntó Janie con una carcajada—. Sí, ese era él. En
cierto modo… lo ayudé a liberarse. Verás, sabía que estaba demasiado
alterado para entrar, pero no hay nada que pueda alterar su calma cuando
tiene una oportunidad y un disparo. Pensé que estarías más segura con él
en ese techo, solo por si acaso.
—Desobedeciendo una orden directa —dijo Lo, intentando un tono
firme, pero sus labios estaban temblando. Tenían una extraña dinámica
madre/hija o hermana mayor/hermana menor.
—Sí, bueno, era una orden estúpida y lo sabes jodidamente bien —
dijo Janie, encogiéndose de hombros—. De todos modos, estaba bastante
segura de lo que él estaba sintiendo en ese momento, pero entonces ¿se
comporta como un soberano idiota y te abandona en el hospital antes de
que siquiera te curaran? Sí, eso no estuvo nada bien. Así que, tuvimos que
investigar.
—¿Investigar qué?
—Queríamos ver si solo estaba siendo un idiota —interrumpió Alex—,
cosa que no es propia de él —lo dijo de una manera que me dejó claro que
lo conocía bien—. Podría ser un montón de cosas, pero es un chico bueno
y nunca ha sido tan cabrón con una mujer. En realidad, no ha sido
nada más que asombroso con las mujeres a su alrededor, incluso con
aquel as que rayaron su auto o lo que sea cuando se dieron cuenta que él no
es la clase de hombre que sienta cabeza. Así que esto, no era propio de él.
—Lo que están tratando de decir —intervino Summer, sonriendo un
poco—, de manera muy rotunda es que… queríamos ver por qué te dejó de
esa forma. Así que fuimos a su apartamento.
—¿Y? —pregunté, aunque sabía que debía decirles que lo dejaran así.
Se terminó. Él mismo me lo dijo.
—Y estaba hecho un desastre —dijo Lo con una inapropiada sonrisa
enorme.
—¿Un desastre?
—Sí, fue fantástico —agregó.
Janie puso los ojos en blanco.
—Lo es una romántica empedernida. Se regocija con este tipo de
cosas. De todos modos, allí estaba con Breaker y el resto de nuestros
hombres… mirando fijamente a la pared todo miserable y desolado. Y
bueno, conoces a Shooter. No es un hombre miserable y desolado. Así
que en cierto modo conseguimos nuestra respuesta.
—¿Cuál respuesta? En realidad, ¿cuál era incluso la pregunta?
—La pregunta era “¿por qué te dejó?” —respondió Alex.
—Y la respuesta es porque te ama —respondió Lo y las palabras se
sintieron como un golpe directo a mi plexo solar.
No.
Absolutamente, condenadamente, no.
No iba a permitirme creer eso, sin importar lo mucho que quisiera.
Sacudí mi cabeza hacia ellas y observé, con una pequeña pizca de
diversión como las cuatro comenzaron a asentirme de inmediato.
—Mira, sé que ustedes están intentando ayudar, pero confíen en mí, él
no me ama.
—Te ama lo suficiente como para dejarte ir, Amelia —dijo Summer
con su voz tintineante—. Todas tenemos hombres que nos aman. Y, sé que
no los conoces muy bien, pero confía en mí, es con una clase de ferocidad
que ronda en lo brutal. Pero ninguno de el os estuvo dispuesto a
dejarnos ir.
Sin importar lo peligroso que es su estilo de vida y, confía en mí, lo
que Breaker, Wolf y Reign han hecho hace que lo que Shooter ha hecho
parezca un juego de niños. Su vida es relativamente segura comparada con
el resto de el os porque está tan desapegado de sus trabajos, haciéndolos a
tal distancia. Pero aun así, no quiso arrastrarte en eso. Piensa en ti con
tanta estima que quiere lo mejor para ti.
—Mira —dijo Lo, su voz seria—. He conocido a muchos hombres.
Trabajo con ellos. Los empleo. He elegido a algunos malos. Y tengo
uno bueno. Déjame decirte que, conocí a Shooter y en cuestión de minutos,
minutos Amy, supe que tenía el potencial de amar a alguien como nada que
haya visto antes. Tiene un corazón enorme y nos ha dado pequeños trozos
de él a nosotras y a nuestros hombres, pero queda mucho más.
Nunca lo he visto ofrecer más que un pedacito de él a las mujeres con
las que ha salido, pero cariño, déjame decirte… la forma en que te miró
anoche… te dio lo que le quedaba. Que él te dejara ir, fue su forma de
demostrarte cuánto te ama. Fue una cosa totalmente estúpida propia de los
hombres, pero sintió que era lo correcto. No hagas una cosa estúpida
propia de las mujeres y lo dejes escapar por orgullo.
—Esto es muy agradable y todo, chicas —dije, el impulso de
levantarme y caminar haciéndome sentir ansiosa. Era dulce y todo que
vinieran a intentar animarme con su charla, pero en realidad, no tenían ni
idea de lo que estaban hablando—. Pero no saben mucho de lo que ha
pasado entre nosotros. Solo lo conozco como… no sé… una semana más o
menos. No te enamoras de alguien en una semana.
—¿En serio? —preguntó Summer, con una extraña sonrisa en su rostro
—. Tenía la impresión de que el amor sucede cuando sucede. Estoy
bastante segura que no hay reglas que digan cuándo tiene que suceder, y
mucho menos cuánto tiempo tienes que pasar con alguien antes de que
puedas decir que lo amas.
—A Cash le llevó un año atravesar mis muros. Pero me enamoré de él
en un instante.
—También conocí a Wolf durante un año. Pero me l evó solo un
segundo enamorarme de él.
Mis ojos se dirigieron hacia Alex, imaginando que todas iban a
confesar sus historias.
—Oh, Breaker me secuestró —dijo, encogiéndose de hombros—. Nos
juntamos un poco rápido. Y supe para el final de la primera semana
que lo amaba, pero no se lo dije por… medio año.
—Es terca —dijo Lo poniendo los ojos en blanco.
—Summer se enamoró de Reign en unas dos semanas —contestó
Janie, agitando una mano—. Pero lo que estamos diciendo es que… el
amor no siempre se acerca a ti lento y constante mientras compartes
cualquier mierda estúpida de tu infancia o por qué odias los aguacates o lo
que sea. El amor es solo ese segundo cuando lo sientes hacer clic, ¿sabes?
—Lo sabía. Conocía ese momento. ¿Y lo aterrador? Fue que eso sucedió al
segundo en que Johnnie entró en mi apartamento y me dijo que me
entendía. Pero eso era simplemente… loco. Eso no era amor. Eso era…
bueno, demonios. No sabía lo que era eso. Pero no podía haber sido amor.
No lo conocía en absoluto—. No sé si crees en las almas gemelas o si
existen o cualquiera de esas mierdas cursis —continuó Janie poniendo los
ojos en blanco—, pero así es. Una parte de ti solo… comprende a esa otra
persona.
Bueno, caray.
—Solo digo… no desestimes lo que estás sintiendo porque alguien te
dijo que es demasiado pronto —dijo Alex.
—Incluso si ese alguien eres tú —dijo Summer con una sonrisa
comprensiva.
—No entiendo por qué están aquí… —dije, necesitando cambiar el
tema antes de que me dieran más esperanzas. No podía soportarlo.
Intercambiaron miradas y Janie se encogió de hombros.
—Creo que en cierto modo entiendes que estamos todas un poco
atrapadas dentro de este enorme club de chicos, entre los chicos aquí en
Hailstorm y todos los motociclistas en el recinto de los Henchmen y todo
eso… así que, las chicas tenemos que mantenernos unidas.
Sentí una sonrisa tirar de mis labios que no pude evitar.
—Entonces, ¿están, bueno… tratando de reclutarme en su… club de
chicas?
—Solo estamos mostrándote que estarás en buena compañía cuando
saques la cabeza del culo y recuperes a Shooter —dijo Janie con una
sonrisa. Era… contundente por decir lo menos. Eso me gustó. Sabías
exactamente dónde estabas con ella—. Sé que puedo hablar por mí
misma y decir que soy la más ruda para tener como amiga. Y Lo es
como… la reina de las rudas. Alex es como una ruda antisocial y Summer,
bueno… no puedes confiar en ella con un arma automática, pero tuvo a la
descendencia de un líder de motociclistas de modo que no hace falta decir
que también es una chica ruda.
Sacudí la cabeza, sonriendo un poco triste.
—Eso es bueno, pero… no veo cómo encajaría. No soy realmente
una… chica ruda o algo así.
—Cariño, tienes a Shooter por las bolas —dijo Lo con una sonrisa—.
Si eso no es ser ruda, no sé lo que es.
—Sí, pero no soy bueno… una hacker o bueno… una líder o…
—Amy —dijo Summer con un movimiento de cabeza—, ahora mismo
soy solo una máquina de leche glorificada —dijo, señalando hacia sus
pechos—. Pero sigo siendo una chica ruda. Solo… no dudes ni un segundo
de tu posición en la vida de Shooter porque crees que no encajas con
nosotros. El hecho de que uno de nuestros chicos se enamoró de ti es
prueba suficiente de que eres impresionante. Porque son unos
condenados chicos estupendos y no se enamoran de cualquiera.
Dejé escapar un largo suspiro, levantando las piernas y sentándome
con las piernas cruzadas.
—Están olvidando una cosa. Incluso si decidiera, y ese es un gran si,
que quiero estar con Johnnie, bueno, me dejó.
—Oh, pshh —dijo Lo, agitando una mano—. Esa es la parte fácil.
—¿En qué universo esa es la parte fácil?
—En el universo femenino —dijo Janie, sacudiendo la cabeza como si
estuviera siendo tonta—. Te das cuenta que a los chicos les gustan las
tetas, el culo y el coño, ¿verdad? Y te das cuenta que tú, ya sabes… tienes
esas cosas.
—¿Crees que puedo solo… seducirlo para que me quiera de nuevo?
—Bueno, sí y no —dijo Summer.
—Está bien —intervino Alex, sonando como si estuviera lista para
dejarlo salir todo sin tantas largas—. Shoot tiene un trabajo en dos días.

Estará fuera por cuatro o cinco días. Estamos diciendo que vayas ahí y
te instales, siéntete como en tu casa. Lleva algunas de tus cosas. Muéstrale
que no irás a ninguna parte, que perteneces a su vida.
—¿Llevar mis cosas? —pregunté, sintiendo que mi cabeza empezaba a
girar.
—Ya están de camino —dijo Lo, l amando mi atención. Sonrió ante mi
mirada de pánico—. Bueno, Shoot me hizo enviar a los chicos hasta al á a
investigar, así que hice una l amada hace unas horas y ellos empacaron tus
cosas y están volviendo con ellas. Cuelga tus fotos; pon tu ropa en su
armario; abastece sus lamentables gabinetes vacíos. Ponte cómoda. Él lo
vera y se dará cuenta lo mucho que quiere eso, que te quiere allí, que te
quiere en su vida.
—No pueden estar hablando en serio —dije, sacudiendo mi cabeza
hacia ellas. El plan era tan… excesivo. Era ridículo. Pero aun así… ¿valía
la pena intentarlo? Al parecer, mis cosas estaban de camino de todos
modos.
—Oh, estamos hablando en serio. Y todas estaremos allí, viendo a
nuestros hombres deliciosamente sudados transportando tus cosas hasta su
apartamento. Oh, sí —dijo Janie, cerrando los ojos ante la imagen.
—¿Los chicos saben de esto? —pregunté, incapaz de esconder mi
sorpresa.
—¿Cómo crees que tuvimos la idea? —preguntó Alex, sonriendo por
primera vez.
—¿En serio?
—Sí, bueno… todos en cierto modo terminaron enamorados de
nosotras cuando nos vimos obligadas a vivir con ellos porque bueno,
algunas mierdas locas estaban pasando a nuestro alrededor —explicó Janie
—. Así que, supongo que piensan que eso tuvo algo que ver. Breaker nos
soltó toda la información de su trabajo. También nos dejó entrar a su lugar.
Todo está preparado. Así que pasado mañana, te mudas. Después, al
segundo que lo recuperes, tienes que l amarnos. No me importa si tienes
que l amarnos a mitad de un polvo, tenemos que saber de ti —exigió Janie.
—Um… —No iba a estar de acuerdo con eso. El plan era estúpido.
Era peor que estúpido. En realidad, no tenía ningún sentido racional.
Pero
aun así…
—Mira, de todos modos, ¿qué te queda en Alabama? —preguntó Lo de
una manera que sugería que sabía que no había nada para mí allí excepto
trabajo—. Aquí, cariño, por lo menos nos tienes a nosotras. Quiero decir,
sé que realmente no nos conoces, pero lo harás y te gustará. Somos buenas
personas. Incluso si por algún giro del destino que no tenga ningún
maldito sentido en absoluto, y Shoot y tú no funcionan… aun así,
estaremos aquí para ti. ¿No es mejor que lo que tenías en esa ninguna
maldita parte del mundo?
Bueno, cuando lo pone así…
—Además, tenemos mucho más drogadictos y alcohólicos para que
puedas reformar aquí —agregó Janie.
Sentí el tirón de una sonrisa en mis labios, levantando el estado de
ánimo oscuro en el que había estado por un día. Demonios, levantando el
estado de ánimo oscuro que me había plagado desde que tenía siete años.
Tenían razón. No me quedaba nada. Tenía que moverme. Tenía que seguir
adelante. Y, bueno, tenían razón; no las conocía. Pero se sentaron en mi
nauseabunda cama y tramaron un ridículo plan para tratar de
conseguirme lo que sabían que quería. Ya me gustaban. Las
oportunidades de trabajo sin duda serían más abundantes en un área más
concurrida como Navesink Bank. Así que sí, incluso si las cosas con
Johnnie fracasaban y se iban al caño, por más que doliera siquiera
pensarlo, habría algo aquí para mí. No me quedaba nada más en ningún
otro lugar.
¿Incluso en serio tenía que pensarlo?
—Está bien —dije, dándoles una sonrisa tentativa.
Recibí cuatro sonrisas de ellas, abiertas y acogedoras.
Y supe en ese momento, por primera vez desde que era niña, supe que
había encontrado un hogar.

Traducido por LizC


Corregido por Nanis

eis días.
Un maldito infierno.
S El trabajo debía ayudar. Pero, bueno, mi trabajo no necesitaba
demasiada concentración. Estar sentado viendo a través de una mirilla
esperando que el objetivo esté en rango, sí, dejaba a un hombre mucho
tiempo para pensar. Lo último que necesitaba era tiempo para pensar. Pero
había tenido unos cuatro días completos, sentado encima de ese maldito
edificio en medio del calor abrasador. Así que pensé. En el a. Como si
tuviera algún tipo de maldita elección para pensar en otra cosa.
Todo lo que podía ver era a el a sentada al costado de la cama de
hospital, su rostro rajado, su garganta magullada, sus ojos l enos de
lágrimas, la sangre por toda su ropa, la mitad siendo suya, la otra mitad
perteneciendo al hijo de puta que había matado a pocos centímetros de el
a. La dejé así: cruda, necesitada. No sostuve su mano cuando recibió
puntadas. No fui al patio de comidas y le compré helado para su garganta
que tenía que doler.
Maldición, solo me fui.
Quería creer que era mejor así. Quería pensar que era inteligente
hacerle creer que era un idiota descuidado que podía hacer todas esas
cosas sin pensarlo dos veces. Pero hubo segundos pensamientos, y
terceros, y cinco mil. Podía haberme quedado con el a. Podía haberla
llevado de vuelta a mi apartamento para dejarla recuperar. Podía haberla
abrazado a lo largo de las pesadillas que sabía que tendría, visiones de una
bala explotando a través del cráneo de Luis filtrándose por su mente en
momentos despreocupados. Podía haberla ayudado a través de todo.
Entonces podía haberla empujado suavemente de nuevo en su vieja
vida.
Podía haberla llevado de vuelta a Alabama.
Podía haber sido un maldito buen hombre.
En cambio, la aplasté.
La dejé cuando más me necesitaba.
Así era como se iba a acordar de mí.
Y tal vez eso era mejor para ella, con fines de cierre, pero no hacía más
que irritarme.
Por otra parte, me merecía el malestar. Fue egoísta de mi parte
involucrarme con ella en primer lugar. Supe en el primer momento en
que la vi, que era demasiado buena para mí. Pero, ¿me mantuve lejos y la
dejé vivir su vida? No. Me abrí paso en su vida y la obligué a dejarme
entrar.
Hice que sus paredes se derrumbaran. La tomé por primera vez. Y
luego la dejé en un maldito cuarto de hospital en una ciudad desconocida
sin amigos. No se necesitaba ser un genio para saber que esas paredes que
derribé, bueno, ella estaría ahí reconstruyéndolas y reforzándolas
cuidadosamente. Nadie volvería a entrar. Jamás se permitiría sentirse así
otra vez.
—Mierda —gruñí, cerrando la puerta de mi auto mientras veía hacia
mi edificio de apartamentos.
Seis días.
Me pregunté cuántos días más tendría delante de mí.
Si había algún tipo de justicia en el mundo, nunca dejaría de tenerlos.
Si no hubiera estado tan concentrado en mi mal humor, podría haber
visto la herradura colgada encima de mi puerta; una herradura que
no me pertenecía. Pero no la vi. Estaba demasiado centrado en l egar a
casa y pasar por los movimientos básicos.
Aunque cuando abrí la puerta y fui recibido por un—: Hola, Johnnie.
Bienvenido a casa. —Por una Amelia apasionantemente optimista
saliendo de la cocina con una taza de té humeante en sus manos, bueno,
comencé a notar cosas.
Primero, la noté. Estaba en unos pantalones cortos blancos y una
camiseta ligeramente ancha de color morado oscuro. Iba descalza y sus
manos estaban envueltas alrededor de una taza que no me pertenecía.
Era prácticamente del tamaño de un plato de sopa con un patrón floral.
Definitivamente, no era mía. Sus brazos no estaban vendados y los
cortes de una semana atrás estaban curados a pequeñas marcas rosadas. No
tenía puntadas y el corte en su cara todavía estaba muy rojo, pero sanando.
Las magulladuras en su garganta habían desaparecido. Llevaba su largo
cabel o oscuro en alto, amontonado en un moño desordenado en la parte
superior de su cabeza. Caminó casualmente hasta mi sofá, metiendo las
piernas bajo su cuerpo, inclinada hacia un lado, viendo el programa que
dejó en la televisión como si estuviera completamente en casa.

Ante ese pensamiento, mis ojos se alejaron, notando más cosas.


Como la manta tejida sobre el respaldo de mi sofá, la colección de
globos de nieve apilados en el gabinete debajo de mi televisor. Algunos de
sus zapatos estaban junto a la puerta principal al lado de un perchero que
definitivamente no era mío y un estante colgante para las l aves. En la
cocina, había una tetera en mi estufa y una colección de recipientes de
vidrio en la encimera con pequeñas etiquetas negras: azúcar, harina, té.
Confundido y no del todo dispuesto a decir nada, caminé hacia mi
dormitorio, deteniéndome en seco en mi puerta, viendo un surtido de
almohadas en la cama y una colección de botellas de perfume encima de
una de mis cómodas. Caminé hacia el armario, abriendo la puerta de un
tirón para encontrar toda mi ropa empujada a un lado (bueno, la mitad de
un lado) y toda la ropa de Amelia colgando ordenadamente en su lugar;
sus zapatos estaban alineados en el piso junto a los míos. Me volví,
mirando hacia el cuarto de baño donde una bata rosa claro estaba colgando
en la parte posterior de la puerta y un surtido de maquillaje, loción y gel se
apilaba en el aparador.
Sentí la sonrisa en mis labios a pesar de mi confusión. ¿Qué demonios
estaba pasando?
Me volví y me dirigí a la sala de estar para ver la cara de Amelia en
mí. Estaba intentando una pose casual, pero había cierta tensión junto a
sus ojos mientras me observaba.
—Ángel, ¿qué mierda? —le pregunté y salió casi como una carcajada.
—Algo curioso —dijo, acunando su taza de té sopera—. Estaba
sentada en el hospital esperando que me dieran mi medicina para el dolor
y recibí una visita.
El a se detuvo allí, esperando que preguntara, así que lo hice.
—¿Una visita?
—Sí. De esta rubia mujer toda ruda l amada, Lo. —Se detuvo un
momento y sentí mi sonrisa extenderse cuando usó la palabra “ruda”—. Y,
bueno, el a en cierto modo, me adoptó.
—¿Te adoptó? —pregunté, pensando que sonaba exactamente como
Lo. Amaba a sus malditos descarriados.
—Y luego desperté en una cama rodeada de mujeres y descubrí que no
solo Lo me adoptó, sino también Janie, Alex y Summer.

—¿Te han metido en esto? —pregunté, sabiendo que debería estar


enojado, pero sintiendo que debía a cada una de el as el mayor ramo de
flores que un florista podía montar.
—Bueno, sí y no.
—¿Cómo que no? —pregunté, apartándome del marco de la puerta
para sentarme a la mesita justo delante de el a, sintiendo por primera vez
en seis días que el vacío en mi pecho empezaba a ceder.
—Su idea era que me quedara en Jersey, ya que hay tantos alcohólicos
y drogadictos aquí para que intente arreglar —dijo poniendo sus ojos en
blanco ligeramente, cosa que sugería que éstas eran las palabras de las
chicas, no de ella. No me l evó mucho decidir que eran las palabras de
Janie—. Pero esto… —dijo, extendiendo una mano hacia su apartamento
—. No tuvo nada que ver con ninguna de nosotras.
—Entonces, ¿con quién tuvo que ver?
—Oh, todo esto es de Breaker, Cash, Reign y Wolf.
—Me estás jodiendo —dije, sacudiendo la cabeza.
—Bueno, no. Verás… todos ellos se dieron cuenta que se enamoraron
de Alex, Lo, Summer y Janie cuando se vieron forzados a vivir juntos
durante sus respectivas crisis, así que pensaron que tal vez si me mudaba
aquí…
—¿Me enamoraría de ti si te mudabas y me reclamabas? —pregunté y
el a pareció repentinamente horrorizada, con los ojos muy abiertos, la boca
abierta en una pequeña O—. Nena, l egaron un poco tarde.
—¿Un poco tarde? —repitió, con las cejas fruncidas, haciendo que
esas dos líneas se grabaran entre sí.
Extendí la mano, quitando la taza de sus manos y poniéndola en el
suelo a un lado, luego agarré sus caderas y la arrastré hacia delante hasta
que sus pies golpearon el piso, después seguí empujando hasta que el a
estaba encima de mí, a horcajadas sobre mis caderas. Mi mano se alzó,
acunando su mejilla.
—Cariño, creo que te amé desde el momento en que me preguntaste
con lágrimas en los ojos si mi padre realmente me sacó los dientes de
leche a golpes. Y estoy seguro que te amé cada minuto después.

Sus ojos se humedecieron de nuevo y mi pulgar se movió para apartar


una lágrima perdida cuando cayó.
—Pero tu…
—¿Te dejé golpeada y ensangrentada en una habitación de hospital
como un imbécil?
—Bueno… um… sí… —dijo, dándome una sonrisa extraña y vacilante
—. Ya sabes, un pajarito… en realidad… cuatro pajaritos, muy
entrometidos, me dijeron algo…
Sonreí ante su descripción de las chicas, mis brazos apretándose
alrededor de su espalda.
—¿Qué te dijeron?
—El as dijeron que por más que sus hombres las amaban, nunca las
amaron lo suficiente como para dejarlas ir…
Mi corazón se aprensó ante la esperanza en su voz, como si hubiera
estado al í todo el tiempo, como si estuviera tratando de convencerse a sí
misma que era una posibilidad.
—Nena…
—Así que, um, el as… me convencieron para hacerte ver que yo…
pertenezco aquí. Dijeron que incluso si no me quieres, que esto, me
refiero a Navesink Bank, es mi nuevo hogar y que el as son mis nuevas
amigas y…
—¿Y?
—Y me di cuenta que tenían razón —dijo, abierta, expresiva, sin más
paredes, ni espinas, sin tratar de mantenerme alejado—. Aquí es adónde
pertenezco, he estado buscando toda mi vida por un lugar que se sienta
como un hogar. Esto se siente como un hogar, Johnnie. Aquí, allá fuera —
dijo, señalando hacia las ventanas delanteras—. Pasé tres años en Alabama
y la única persona con la que me relacioné fue con Ben. He estado aquí un
poco más de una semana y tengo a cuatro mujeres que se han forzado en
mi vida y me gusta. No quiero alejarlas. Lo dijo que el a va a mostrarme
cómo pelear y Summer me dejó ser niñera anoche, Alex y Janie me están
construyendo una computadora que, en sus palabras “pateará traseros”. Y
no solo el as. Breaker, Cash y Wolf han venido a verme, preguntándome si
necesito algo, turnándose para enseñarme sobre las áreas buenas y malas
por aquí. Paine vino hace unas noches y vio algunas películas de chicas sin
sentido conmigo y no se quejó ni una vez…

para que así yo no estuviera sola. Lo que tienes aquí es bueno, Johnnie
— dijo, sus ojos casi suplicantes, tratando de hacerme ver. Ya lo había
visto.
Sabía que tenía un buen grupo de personas alrededor de mí. Pero se
sentía bien saber que la atraparon en el redil; que cuidaron de el a en mi
ausencia—. Y quiero entrar —terminó—. Así que… pensé que debías
saberlo.
—¿Terminaste, cariño? —pregunté, y ella arrugó su nariz hacia mí—.
Bien, porque también tengo algunas cosas que decir.
Me detuve y, supongo que fue por demasiado tiempo.
—¿Vas a decirlas o qué?
—No te va a gustar, pero tengo que decirlo…
—¿Esta es la parte en la que me dices que estás halagado, pero
preferirías volver a tus andadas de mujeriego? Porque, en realidad, solo…
dímelo ahora porque no creo que mi orgullo pueda soportar más
puñetazos, Johnnie.
—Esta es la parte donde te digo que te cal es —le dije con una sonrisa
mientras mi mano se movía de su mandíbula para cubrir su boca—,
y escucha. Tienes que entender por qué me alejé. Sé que piensas que
entiendes en lo que te estás metiendo, cariño, y en teoría podría incluso
sonar divertido o emocionante, pero la realidad no es así. Asesino
personas. Sé que sabes esto. Sé que lo has visto. Pero eso es lo que hago.
Es una parte de lo que soy. Es una parte pequeña, ángel, y es una parte
que no vivo día a día, pero es una parte y no va a ningún lado. Soy bueno
en eso. Paga bien. Y bueno, algunos hombres merecen morir. Nunca nadie
en mi vida se ha visto involucrado con eso y maldición, intentaría
asegurarme que nada de eso te toque, pero no hay garantías, dulzura…
—Bueno —comenzó, dándome una sonrisa extraña—, conseguí llamar
la atención de un peligroso traficante de heroína yo sola, ¿sabes?
—Una jodida coincidencia —respondí poniendo los ojos en blanco—.
Estamos hablando de tu vida aquí.
—Cierto. Mi vida. Ya que estamos con ese tema, no aprecio que
tomaras esa decisión por mí. Debimos haber tenido esta conversación hace
seis días. No debiste haberte alejado simplemente sin preguntarme lo que
yo estaba sintiendo.
—¿Y qué estás sintiendo, cariño?

—Siento que no me gustas en partes, Johnnie, me gusta todo esto —


dijo, señalándome con la mano—. Entiendo que eso viene con algo de
oscuridad, pero eso no significa que eres oscuro. Eres lo más bril ante que
he visto en mi vida y… he estado sin eso por seis días hasta ahora y,
déjame decirte, no me gusta. Quiero recuperar mi luz.
—Tu luz, ¿eh? —pregunté, enroscando mi meñique alrededor del suyo
y llevándolo hasta mis labios para besarlo.
—Oh, ya es mía —declaró con una elevación desafiante de su barbilla.
—Soy tuyo, ¿eh?
—Te guste o no —respondió con un firme asentimiento.
Era la maldita cosa más linda que he visto.
—Oh, me gusta —dije, acercándola más y besándola en el cuel o—.
De hecho, lo amo.

Traducido por La Mimor


Corregido por Nanis

mor.

Habló de amor dos veces.


A Ni siquiera intenté ignorar la sensación de mi corazón saltando ante
sus palabras.
Lo tenía razón sobre él.
Tenía el corazón más grande que hubiera visto alguna vez y, dado el
tamaño de los corazones que todos sus amigos parecían tener, eso
realmente decía algo. Y no intentaba esconderlo. No temía el potencial que
tenía su corazón para romperse. Él solo lo tomó y me lo entregó, sin
alboroto, sin recelo. Fácil. Abierto. Ese era Johnnie. Era tan fácil de amar.
Y lo hacía. Lo amaba. Sin importar que esto fuera nuevo. Sin importar
que no supiera su opinión sobre los aguacates. Todo lo que importaba era
lo mucho mejor que me sentía cuando estaba cerca. Todo lo que importaba
era que lo sentía hacer clic.
—Nena… estoy usando algunos de mis mejores movimientos y estás a
un millón de kilómetros de distancia —dijo Johnnie y lo miré,
sintiéndome culpable, pero él me estaba sonriendo—. No he probado este
coño en demasiado tiempo y me gustaría que prestaras atención cuando lo
hago —añadió y sentí que mis mejillas se calentaban.
—Lo siento…
—Dímelo —siguió, sus manos apretándome.
—¿Decirte qué?
—Sabes qué —dijo, una mano liberándome para moverse hacia arriba
y darme un golpecito en la nariz—. Lo sientes, lo dices, nena. No se vale
esconderse. Sé que tu padre te abandonó y te hizo pensar que todos los
hombres que amas se alejarían de ti, pero no puedes dejar que el miedo te
haga racionar tu amor. Lo sientes, lo dices, lo das. Así que, dámelo.
—¿Cómo sabes que lo siento? —pregunté evasivamente, intranquila,
no estando lista para decirlo.
Ignoró mi pregunta y una pequeña sonrisa diabólica se desplegó en sus
labios.
—Sabes, no estoy por encima de usar tácticas sucias para conseguir lo
que quiero.
Sentí que mis cejas se fruncían.

—¿Tácticas sucias? —pregunté.


Entonces la sonrisa se extendió mientras su mano se movía
rápidamente y se empujaba entre mis muslos, presionando, acariciando,
pero no dándome lo que necesitaba. Me quedé sin aliento, mi mano
golpeando su pecho.
—No es justo —acusé, entornándole los ojos.
—Nunca dije que iba a jugar limpio, cariño —dijo, su pulgar
moviéndose para frotar mi clítoris, haciendo que un gemido escapara de
mis labios—. De hecho, cuanto menos justo, mejor —añadió, su mano se
alejó, pero solo por un momento y solo porque la metió debajo de mis
pantalones cortos y en mis bragas—. Tal vez esto… —dijo, su dedo
empujando dentro de mí y girando, acariciando la pared superior—. Es
bastante injusto de mi parte, ¿verdad? —preguntó, pero el sonido salió
amortiguado porque su rostro estaba en mi cuello y su lengua estaba
trazando la columna.
—Sí —coincidí, mi sexo apretándose a medida que él continuaba
explorando mi punto G.
Lo sentí sonreír contra mi piel y de repente estaba siendo alzada, mis
piernas sujetándose a sus costados para sostenerme. Pero no por mucho
tiempo, porque entonces estaba cayendo. Sobre mi espalda… en la mesita
de la sala. De pronto, ni el dedo ni Johnnie estaban donde estaban antes
porque él ya se alejaba para agarrar mis pantalones y bragas y las rasgaba
por mis piernas. Digo “rasgar” porque algo soltó un violento sonido de
desgarro. Sus manos se movieron hasta mis rodil as, que había cerrado con
fuerza y las presionó hacia abajo hasta que estaba completamente
extendida para él.
—Maldita sea, amo esta vista, ángel —dijo, sus manos acariciando mis
muslos internos suavemente a medida que me miraba—. Aunque, ¿sabes
qué más me gusta? —preguntó, sus ojos clavándose en los míos, sus
párpados cayendo pesados de deseo. Sacudí la cabeza, mis palabras
atrapadas en mi garganta—. ¿No? Entonces, tal vez debería mostrarte,
¿eh? —preguntó y esperó hasta que recibió una inclinación de cabeza para
bajar lentamente en sus rodil as delante de mí, besando un muslo, sobre el
triángulo por encima de mi sexo, luego hacia abajo al otro muslo antes de
finalmente darme su boca.
Y luego me devoró como si estuviera hambriento, como si hubiera
sido lo único en lo que había estado pensando en los últimos seis días.
Su lengua prodigó mi sexo, su piercing hizo pequeñas y exquisitas
apariciones, su dedo se burló con la promesa de la liberación, pero nunca
permitiéndola.
—Johnnie, por favor —grité, con las manos clavándose en su cabel o.
Su cabeza se alzó, dándome una sonrisa mientras su barbilla
descansaba sobre mi vientre inferior.
—Dímelo. —Mis piernas se envolvieron alrededor de él, atrayéndolo
hacia mí, sus antebrazos chocando en la mesa junto a mi cabeza. Mis
caderas se mecieron hacia arriba, buscándolo. Encontrando su dureza,
frotándome contra el a, provocando gemidos dolorosos en los dos—.
También juegas sucio. —Me sonrió a medida que se levantaba sobre un
brazo y buscaba alrededor en su bolsillo trasero, sacando su bil etera y
arrojándola a un lado cuando encontró un condón. Hizo un rápido trabajo
en sus pantalones, protegiéndonos, y luego se colocó entre mis piernas. Su
cuerpo se meció y lo sentí presionar entre mis resbaladizos pliegues, mis
caderas levantándose para encontrarse con él.
Sus ojos estaban en mi cara, captando cada matiz.
—Johnnie…
Sus ojos relucieron y pensé que iba a terminar con el tormento. Pero
luego se apoderó de mí de repente, llevándome con él, cayendo de espalda
en el sofá conmigo encima de él.
—Vas a fol arme, ángel —me dijo, su voz un gruñido. Su mano se
movió entre nosotros, su pulgar acariciando mi clítoris mientras se guiaba
hacia la entrada de mi cuerpo. Una vez allí, se detuvo, su otra mano
moviéndose a la mitad de mi espalda baja y sosteniéndome allí; esperando
que yo hiciera un movimiento.
Me froté contra él, presionando ligeramente, sintiéndome un poco
insegura, pero necesitando la plenitud como si necesitara mi siguiente
aliento. Empujé mis caderas hacia abajo, l evándolo a lo profundo con un
fuerte gemido. La mano de Johnnie se alejó para acomodarse en mi cadera
mientras su aliento siseaba.
—Jodidamente perfecto —gruñó, su mano abandonando mi espalda y
asentándose en mi otra cadera. Parecía normal al principio, hasta que me
di cuenta que no solo estaban descansando allí, sino que me estaban
inmovilizando.

—Johnnie —gemí, intentando alejarme, intentando causar cualquier


tipo de movimiento que aliviara el dolor interno que estaba bordeando lo
doloroso—. Necesito moverme —lloré, agarrándolo de las muñecas y
tratando de alejarlas.
Su cabeza se inclinó un poco.
—Voy a dejar que te muevas, dulzura. No puedo esperar a verte
montándome.
—Entonces, ¿por qué…?
—Dímelo —exigió, sus labios temblando hacia arriba.
Él me tenía.
Sabía que me tenía.
—Quiero oírlo cuando estoy enterrado profundamente dentro de ti,
nena.
Dios.
Dios.
Tenía que dárselo.
—Te amo —admití, mi voz un extraño graznido porque las palabras se
sintieron torpes en mi lengua inexperta.
—Ahí está. —Sonrió, con los ojos brillantes. Sus dedos se clavaron en
los huesos de mis caderas durante un segundo antes de que una de sus
manos se levantara para agarrar la parte trasera de mi cuello y me
empujara hacia delante hasta que nuestros labios se encontraron. Me besó
profundo, lento, apasionado, l eno de asombro por la primera realización
de nuestro amor mutuo, lleno de algo más profundo que nuestros cuerpos
conectados, l enos del conocimiento de que nuestras almas también lo
estaban. Se alejó mucho tiempo después y mis párpados pesados
revolotearon hasta abrirse—. Muévete, nena —me persuadió, sus caderas
empujando hacia arriba contra las mías una vez, haciendo que un medio-
jadeo-medio-gemido escapara de mis labios.
Y, bueno, no necesité más aliento que ese. Una de mis manos fue a su
hombro, aferrándose en él de una manera que debe haber sido doloroso,
pero no se quejó mientras yo encontraba un ritmo lentamente. Mi otra
mano colgó lánguidamente a mi lado hasta que él extendió la mano y la
tomó, entrelazando nuestros dedos y apretando fuertemente. Su otra
mano estaba a un lado de mi cuello, presionando un poco demasiado
fuerte, pero estaba demasiado envuelta en el momento para preocuparme.
—Eso es, cariño —me animó a medida que mis movimientos se hacían
más rápidos, frenéticos y duros—. ¿Vas a correrte para mí? — preguntó y
sentí que me tensaba alrededor de él.
—S… sí —jadeé, sintiendo que me acercaba.
—Jodidamente hermoso —dijo, sacudiendo la cabeza ligeramente
hacia mí y sentí el orgasmo amenazar para entonces romper a través de
mí, haciendo que todo mi cuerpo se sintiera como si se hubiera salido de
control. Mis muslos se estremecieron violentamente a medida que caía
hacia delante contra su pecho, enterrando mi rostro en su cuel o donde
grité su nombre una y otra vez. Su cuerpo se alzó contra el mío,
exprimiendo mi orgasmo hasta que no quedó nada, luego enterrándose
profundamente y encontrando el suyo propio.
Sus brazos me rodearon, sujetándome contra su cuerpo. Sus labios se
posaron en mi oreja, haciéndome temblar cuando, todavía enterrado
profundamente dentro de mí, logré escucharle decir:
—Te amo, ángel.
Traducido por VckyFer
Corregido por LizC

Amelia. Dos semanas después.

ariño, a ellos no les importa si los vasos están del lado derecho de los
platos —dijo Johnnie, dándome una —C sonrisa divertida mientras se
inclinaba sobre la encimera de la cocina, con Mil ie frotándose contra
sus piernas a medida que él me observaba correr como un pol o
descarriado.
—¡A mí me importa! —dije, arreglando los dos vasos que estaban
fuera de lugar—. Quiero que todo esté perfecto. El os…
—Han estado aquí miles de veces antes —comenzó, de repente de pie
detrás de mí, sus brazos envolviéndose alrededor de mi estómago y
empujando mi espalda contra su pecho—. Y ni una sola vez se quejaron
por los vasos. Y ninguna de esas veces tuvieron panecillos caseros, pan de
maíz, té dulce, filete de pil o frito, guisantes y pie de manzana que los
distrajera de la posición de los vasos.
—Quiero que todo esté perfecto. Esta es nuestra primera cena oficial
como pareja —insistí, aunque él tenía razón. Dejando de lado a Summer,
dudaba que alguno de ellos siquiera fuera consciente de que existiera algo
como “el lado correcto” para los vasos.
—Nena, Summer dio una cena una vez hace unos años atrás y fue…
un jodido desastre. Quiero decir, oí que la mejor parte de la noche
terminó siendo Hailstorm y el recinto siendo volados por los aires. Así
que… no estás compitiendo contra algo muy grande.
—Eso es difícilmente un voto de confianza, Johnnie —dije,
sacudiendo mi cabeza.
—Estoy diciendo que... —continuó contra mi cuello—. Todos te aman.
El apartamento se ve genial. Tu comida podría hacer a un hombre llorar y
que se arroje de rodilla y te proponga matrimonio. Así que, deja de
enloquecer. —Me dio un ligero apretón y me besó en el lugar debajo de mi
oreja y se apartó cuando el timbre sonó—. Esos deben ser Janie y Wolf —
declaró sin preguntar quién estaba escaleras abajo.
—¿Cómo lo sabes?
—Janie es una loca con la puntualidad. Summer también lo es pero
poner a un bebé inquieto y l orón en el asiento del auto le toma tiempo. Lo
y Cash probablemente están demasiado ocupados fol ando en el auto para
venir temprano y… Breaker y Alex tienen que venir desde esa cabaña de
ellos y probablemente les va a tomar como diez minutos discutir sobre a
quién le toca manejar, así que…
Justo cuando terminó de hablar la puerta se abrió y allí estaba Janie, en
sus jeans ajustados y oscuros de siempre y su camiseta oscura, su largo
cabel o flotando suelto. Wolf estaba detrás de el a, una presencia
abrumadora abarcando casi toda la entrada.
—Cash y Lo en serio deberían pensar en l evarse la camioneta cuando
quieran tener sexo en el auto —declaró ella, avanzando a la cocina y
sirviéndose algo de té como si fuera la cosa más natural del mundo.
Mis ojos se movieron hacia Johnnie cuyos labios estaban temblando y,
sin poder evitarlo, eché mi cabeza hacia atrás y me reí.
La puerta se abrió unos minutos más tarde y Paine entró, deteniéndose
en seco al haber dado dos pasos, oliendo el aire.
—¿Eso es pie de manzana? —preguntó, mirando a Johnnie, quien
asintió—. Lo siento, Shoot pero… maldición… —dijo, moviéndose hacia
mí y tomando mi mano—. Pequeña, olvida a este mequetrefe y cásate
conmigo.
Una vez más, mis ojos encontraron los de Johnnie, su rostro sonriente.
Y fue justo en ese momento, en ese exacto instante, que supe que no
había estado más feliz en mi vida.
Eso fue hasta unos cinco minutos después cuando la puerta se abrió de
golpe para revelar a Cash con una sonrisa satisfecha en su rostro y a Lo
intentando arreglar su cabel o post-sexo.
Y luego otros cinco minutos más tarde cuando Reign y Summer
vinieron, con un bebé l orando acunado en su cesta, Summer
disculpándose profundamente por llegar tarde.
Y luego dos minutos después de eso cuando Alex y Breaker llegaron
por la puerta a toda prisa, discutiendo por qué era que Breaker siempre
tenía que conducir a todos lados, Alex genuinamente alterada, Breaker
simplemente siguiéndole la corriente porque le gustaba molestarla.
Me acerqué a Johnnie entonces, mientras todos se saludaban,
envolviendo mis brazos alrededor de su cintura y enterrando mi rostro en
su cuel o, mis ojos de repente l enándose de lágrimas.
—Ángel —murmuró contra mi cabello, sus brazos apretándose
alrededor de mí.
—Gracias —dije contra su piel.
—¿Por qué, querida?

—Por esto —respondí, apartándome y mirando alrededor—. Por ti y el


os y todo lo demás. Nunca antes he tenido nada como esto. Y nunca, jamás
lo he tenido y no he estado aterrada de que me fuera arrebatado.
—¡Oigan, ven! —La voz de Summer se elevó por encima de las demás
y yo me giré ligeramente en los brazos de Johnnie para verla hablando con
su esposo, con un vaso en su mano—. ¡Les dije que había un lado correcto
para poner los vasos!
Giré mi rostro de vuelta en el cuello de Johnnie y nuestros cuerpos se
sacudieron a medida que carcajeábamos.

Shooter. Tres meses después.

—¿Quieres casarte con el a? —preguntó Dade, mirando hacia el


espacio sin fin de su rancho, con una cerveza sobre su boca.
—Sí —respondí y asentí, mirando los cabal os corriendo en la llanura.
Habíamos pasado al pueblo para una visita sorpresa esa tarde, Amelia
retorciéndose las manos nerviosamente convencida de que todos la iban a
ver diferente, como si de alguna forma sabrían que se vio envuelta en un
problema de drogas y vio al líder ser disparado. Casi pareció un poco
molesta cuando vio que todo el mundo la trató con el mismo sutil desdén
con el que siempre lo habían hecho. Me hizo que la dejara en la iglesia de
camino al rancho de Dade para que así pudiera sentarse en una de las
reuniones que dirigía, conectándose con sus viejos asistentes.
—Eres un jodido suertudo —dijo, sonriéndome—. ¿Conseguiste un
pedazo de primera como ese? ¿Después de lo que uno solo puede asumir
que fue un tiempo injusto de seguirle el rastro…?
Él tenía razón. Era un jodido suertudo. No podía pensar ni en una sola
cosa en mi vida que me hiciera merecer algo de lo que tenía con Amelia.
Pero tampoco perdía mucho tiempo pensando en eso. Tenía a Amelia;
tenía lo que nosotros teníamos; y no iba a pensarlo demasiado.
—Es bueno verte de regreso —dijo Dade cuando me quedé cal ado.
—Hombre, sabes que los aviones van a los dos lados. Sé que Amy
estaría encantada por tener un invitado. Seguro conseguirías un
servicio de primera.
—Hombre, ¿estás intentando torturarme? —preguntó, dándome una
sonrisa—. ¿Enseñándome lo que pude haber tenido si tu trasero flacucho
no se hubiera robado su corazón?
—No tenías ninguna oportunidad y lo sabes —respondí riendo y él
también lo hizo.
—No contigo alrededor. Así que, apúrate y consíguete un anil o.
Quiero saber que estás fuera del juego para siempre —bromeó.
Pero dos semanas después, puse un anillo en el dedo de Amelia. Uno
con un diamante que podías ver desde el espacio.
Y diez meses de eso, puse otro anillo diferente junto a ese, el tipo de
anil o que no era una promesa, sino un voto.
Pero no fue entonces cuando salí del juego para siempre. Eso sucedió
al minuto en que puse mis ojos en el a.

Amelia. Trece meses después.

—Respira —dijo Summer, sonriendo.


—Toma un trago —sugirió Janie.
—No creo que ofrecerle un trago a una consejera de adiciones sea el
movimiento correcto, Janie —comentó Alex, peleando con el corsé de su
vestido negro.
—Oye, funcionó el día de mi boda —dijo Lo, sonriendo dichosa—.
Tomé tres tragos antes de salir ahí. Cash podría haberse visto un poco
borroso, pero logré llegar hasta él.
Tenía razón, logró l egar hasta él. Y Cash apenas pudo esperar a que el
sacerdote le dijera que podía, antes de dejar un enorme beso húmedo en
los labios de su nueva esposa, levantándola mientras lo hacía y cargándola
fuera de allí entre una l uvia de silbidos y aullidos. Aunque no lograron
llegar a su suite. Tuvieron sexo en un armario a diez pasos de donde el
evento estaba aún en su apogeo con todos los invitados
sentados.
Estuve allí.
Y fue bril ante.
Dicho eso, siendo la que tenía que caminar por el pasillo y ser besada
frente a todos los matones del área, no sonaba tan bril ante.
—Mira —dijo Summer, tomando mis manos en las suyas, sus propios
anil os de compromiso y matrimonio atrapando mi mirada—. Sé que es
raro que todos te estén viendo y sabiendo que vas a tener de todo tipo de
sexo después de que selles el trato… pero cuando salgas allí y veas a
Johnnie observándote, confía en mí, todo lo demás quedará en el olvido.
—Seguro. Entonces, ya terminamos con toda esta cháchara, ¿verdad?
—dijo Janie, levantándose y jalando el borde de su falda hacia abajo. Janie
era muchas cosas, pero una chica bien vestida no era una de el as.
—Solo espera a que sea tu turno, Jstorm —dijo Lo, acomodando su
cabel o juguetonamente.
—A la mierda eso. Podemos ordenarte en uno de esos sitios en línea y
hacer que nos cases en Hailstorm sin ninguna necesidad de fanfarria o
escándalo. Y definitivamente sin un vestido apretado —se quejó, jalando
el material pegajoso de su sencil o vestido de dama de honor.
Me levanté entonces, corriendo una mano por mi cabello para
acomodarlo, sintiéndome mejor marginalmente. Nada como tener a las
chicas del club para olvidar mi ansiedad.
—De acuerdo. Esa es nuestra música —dijo Summer y todas fueron a
tomar sus buqué y se pusieron en fila.
Tomé una respiración profunda a medida que avanzaba por el
vestíbulo.
—¿Estás lista? —preguntó Paine cuando l egó a mi lado, ofreciéndome
su brazo. Él me iba a entregar. Ya que mi padre estaba desaparecido por
algunos veintitantos años y Ben ya no estaba, no había nadie que me
llevara al altar. De pie, junto a Johnnie estaban Breaker, Dade, Cash y
Wolf. Paine también debería estar allí, pero él insistió en que no había
forma en que me dejara caminar por el pasillo sola como si no tuviera
familia. Él ahora era mi familia, o así insistió. Y bueno, eso fue todo.

Había llorado como un bebé en su pecho hasta que me empujó a los


brazos de Johnnie cuando me dijo eso.
—No —dije honestamente a medida que él me sonreía.
—Pequeña… —dijo, sacudiendo un poco la cabeza—. No vas a
empezar a llorar otra vez, ¿verdad? Porque la última vez era una camiseta,
ésta es una camisa buena. No necesita lágrimas encima.
Sentí que reía y sacudí mi cabeza.
—Sin l anto.
—Bien. Entonces vamos a llevarte a tu esposo.
Con eso, la música cambió y empezamos a movernos hacia el marco
de la entrada.
El lugar se veía genial. Las sillas estaban envueltas en blanco. Había
flores blancas por todos lados. Summer había puesto en marcha todos sus
planes, siendo la única de las chicas del club que había estado interesada al
menos un poco en los planes para la boda. Y Johnny no había escatimado
en gastos. Era perfecto. Sin fal os en realidad. La mano de
Paine apretó mi brazo para tranquilizarme cuando todos los ojos
cayeron sobre nosotros.
Pero Summer había tenido razón; al segundo en que mis ojos se
posaron en Johnnie, todo lo demás desapareció, se volvió como un sonido
de fondo. Lo único que había en el mundo era él y la forma en que sus bril
antes ojos verdes me estaban mirando, como si fuera algo magnífico,
como si no pudiera creer que logró tenerme. Mis ojos hambrientos
vagaron sobre él y sentí una sonrisa jalando mis labios. Él era, incluso en
su día de boda, puro Johnnie: desde los zapatos de suela gruesa en blanco y
negro en sus pies, a los pantalones cortados demasiado ajustados para ser
tradicionales, hasta la camisa negra de vestir con mangas cortas que
dejaban al descubierto sus tatuajes coloridos y la corbata blanca que
combinaba con el esquema. Su sonrisa se extendió lentamente, como una
broma interna, y sentí la mía extenderse en respuesta.
Perfecto.
Nada se había sentido alguna vez más perfecto que ese momento.
Eso fue hasta que Paine besó mi mejil a y puso mi mano en la de
Johnnie, cuyo dedo meñique se enroscó en el mío a medida que nos
girábamos para hacer frente al ministro. Porque ese momento, fue más
que perfecto.
Y luego cuando él deslizó otro anillo en mi dedo, envolvió sus manos
alrededor de mi rostro y me besó como si fuera la primera y última vez
mientras nos declaraban marido y mujer. Sí, ese momento fue mucho más
que perfecto.
Y cuando se inclinó muy cerca a medida que todos comenzaban a
aplaudir y silbar, y su cálida respiración hizo cosquillas en mi oreja y
declaró en voz muy baja:
—La mejor jodida cosa que me ha pasado alguna vez, es tener que
regresar y enfrentar a mis demonios para encontrar a mi ángel.
Eso fue lo más perfecto del mundo.
Cash se movió a nuestro lado, aplaudiendo ligeramente, y luego se
inclinó cerca y nos informó:
—El armario del conserje está a tres puertas y está sin l ave. Hagan
con esa información lo que quieran.
Se alejó y la atención de Johnnie se clavó en mí, los dos luchando por
milésimas de segundos antes de echar nuestras cabezas hacia atrás y
reírnos. Avancé hacia él, posando mi cabeza sobre su pecho por encima de
lo que era el corazón más grande y bondadoso con el que me haya topado
en mi vida, y sentí ese clic una vez más, pero más fuerte, más firme y más
permanente.
Y aún no tenía ni idea de lo que sentía por los aguacates.

Elsie tiene un problema. Tiene un misterio que está decidida a


resolver, un misterio que l evó a que corriera por su vida por las cal es de
Navesink Bank hasta que se encontró siendo rescatada por un sexy
desconocido.
Paine tiene un pasado. Ha hecho todo en su poder para superarlo, para
distanciarse de las cosas que ha hecho. Pero entonces una noche se
encuentra salvando una mujer cuya inocente diatriba sobre asuntos que no
comprende amenaza con arrastrarlo de regreso al mundo por el que hizo
cosas indecibles para huir en primer lugar…

Savages #3

Jessica Gadziala es una escritora a tiempo completo, entusiasta de las


charlas repetitivas, y bebedora de café de Nueva Jersey. Disfruta de paseos
cortos a las librerías, las canciones tristes y el clima frío.
Es una gran creyente en los fuertes personajes secundarios difíciles, y
las mujeres de armas a tomar.
Está muy activa en Goodreads, Facebook, así como en sus grupos
personales en esos sitios. Únete. Es amable.
La puedes encontrar en:
Facebook: https: //www.facebook.com/JessicaGadz ...
Twitter: https://twitter.com/JessicaGadziala Su grupo GR:
https://www.goodreads.com/group/show/...
Staff de Traducción
Rihano
Smile.8

Moderadoras
VckyFer
Mariancuadros

SIGAIN3
Staff de Corrección
VckyFer

Correctoras

Traductoras
LizC
Nanis
Addictedread
Beatrix85
Danny Lowe
Recopilación y revisión
Flochi
LizC
Florff
Gigi D
Diseño
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