0% encontró este documento útil (0 votos)
42 vistas2 páginas

Summary

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
42 vistas2 páginas

Summary

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

P718a

Platón, 428-347 a. J. C.
La apología de Sócrates / Platón.

ISBN 978-9977-58-456-0

Literatura griega.

SINABI/UT

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons ReconocimientoNoComercial-


SinObraDerivada 3.0 Costa Rica.
http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/cr/ El diseño y diagramación de este libro se
comparte con una Licencia Creative Commons para compartir, copiar, distribuir, ejecutar y
comunicar públicamente la obra.

Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis acusadores.
Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan persuasiva ha sido su
manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad.
Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho
de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber
temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy
elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no llamen elocuente al que dice la
verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su
manera; porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de
mi boca la pura verdad, no, ¡por
Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los
discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la
confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería
propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un
discurso.
Por esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en mi defensa
emplee términos y maneras comunes, los mismos de que me he servido cuantas veces he
conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios
en que me habéis visto, no os sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez
en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.
Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla.

y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda por lo pronto a los primeros, porque son los
primeros a quienes habéis oído y han producido en vosotros más profunda impresión.
Pues bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en tan corto espacio
de tiempo, una calumnia envejecida, y que ha echado en vosotros profundas raíces. Desearía
con todo mi corazón, que fuese en ventaja vuestra y mía, y que mi apología pudiese servir para
mi justificación. Pero yo sé cuán difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión.
Venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.
Remontémonos, pues, al primer origen de la acusación, sobre la que he sido tan desacreditado y
que ha dado a Melito confianza para arrastrarme ante el tribunal. ¿Qué decían mis primeros
acusadores? Porque es preciso presentar en forma su acusación, como si apareciese escrita y
con los juramentos recibidos. «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar
lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los
demás sus doctrinas».
No es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen Gorgias de

Leoncio, Prodico de Ceos e Hippias de Elea. Estos grandes personajes tienen el maravilloso
talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los jóvenes a que se unan a ellos, y abandonen
a sus conciudadanos, cuando podrían estos ser sus maestros sin costarles un óbolo.
Y no solo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de agradecimiento
infinito.
He oído decir, que vino aquí un hombre de Paros, que es muy hábil; porque habiéndome hallado
uno de estos días en casa de Callias hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que
todos los ciudadanos juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Callias, si
tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de un
hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan buenos y hermosos, cuanto
pudieran serlo, y les diera todas las buenas cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre
entendido no debería ser un buen picador y un buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos
hombres, ¿qué maestro has resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar
lecciones sobre los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en
esto desde el acto que has tenido hijos, y conoces a alguno? —Sí, me respondió Callias. —¿Quién
es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es Éveno, Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva
cinco minas. Para lo sucesivo tendré a Éveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento
y puede comunicarlo a los demás.
Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por afortunado, si tuviese
esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno de vosotros incidirá quizá: —Pero
Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde nacen estas calumnias que se han propalado contra
ti? Porque si te has limitado a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron
esparcirse tales rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio
temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha desacreditado y
ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos de entre vosotros creerán
que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de que no os diré más que la verdad.
La reputación que yo haya podido adquirir, no tiene otro origen que una cierta sabiduría que
existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría puramente humana, y corro el
riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso que los hombres de que acabo de hablares, son
sabios, de una sabiduría mucho más que humana.
Nada tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos los que me la
imputan, mienten, y solo intentan calumniarme. No os incomodéis, atenienses, si al parecer os
hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada diré que proceda de mí, sino que lo
atestiguaré con una autoridad digna de confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo
Dios de Delfos, que os dirá si la tengo, y en qué consiste. Todos conocéis a Querefon, mi
compañero en la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado con
vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefon, y cuán ardiente era en
cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el atrevimiento de preguntar al
oráculo , si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pythia le respondió, que no había
ninguno. Querefon ha muerto, pero su hermano, que está presente, podrá dar fe de ello. Tened
presente, atenienses, porque os refiero todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver
de dónde proceden esos falsos rumores, que han corrido contra mí.

Powered by TCPDF (www.tcpdf.org)

También podría gustarte