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MaCri Es la Cultura

En todo estás vos 3


Conspiraciones contra la banalidad
Verónica Gago 5
Macri y el deseo de “normalidad”
Diego Sztulwark 10
Teoría del grito
Diego Sztulwark 18
El concepto de lo político
Diego Sztulwark 22
Apuntes rápidos sobre el voto mulo
Colectivo Juguetes Perdidos 27
La gorra coronada
Colectivo Juguetes Perdidos 30
Los Anti-todo
Colectivo Juguetes Perdidos 35
Otras marchas
Diego Valeriano 43
El 24 de marzo le queda lejos
Diego Valeriano 44
La plaza vacía y victoriosa
Diego Valeriano 46
Efecto globo
Diego Valeriano 47
Los ricos no piden permiso
Alejandro Gaggero 48
Tres disparos
Carlos Mackevicius 54
3

En todo estás vos

La victoria del macrismo es inseparable de un deseo de orden, de


una determinada idea de tranquilidad, de una imagen de felicidad,
de un contundente avance de la vecinocracia, del dominio de unas
técnicas de la amabalidad, de la conformación de una férrea volun-
tad de normalización. Que excede por mucho al macrismo (no se
explica sólo ni por sus cuadros ni por sus sponsors) aun si éste supo
interpretarlo y darle cauce. Un engorramiento capilar que conecta
las demandas de seguridad en los barrios con los globos y las bici-
sendas de la capital. La república de los CEOS es la más desprejui-
ciada inserción en el mercado global, turístico y financiero.
En la guerra sorda de los modos de vida y los estados de ánimo
-“me rompo el orto para que no me rompan las bolas”- conecta con
el “en todo estás vos” (el narcisismo a escala de masas, cada quien
gestionando sus clicks). Pastillas conectan con angustia difusa. Mí-
mesis de enojos que sólo generan posteos. Orden que legitima el or-
den que legitima al orden, y así siguiendo. Consumo y tranquilidad.
Un orden de mercado es un juego de domesticaciones y violencias
que estallan hacia adentro. Un juego que restaura por la vía de la
constante simplificación. Sistemática banalización. Una banaliza-
ción nada trivial. Que neutraliza e hipermoviliza (aunque moviliza
por el lado de lo obvio).
“En todo estás vos”. Tecnocapitalismo comunicacional y protocola-
rizado que amenaza con la crisis del cuerpo social, al tiempo que
le inyecta una crisis presente; y a ese juego le llama legitimidad
democrática. Que une lo separado como separado. Y así hace ciu-
dad, hace país. Hace esperanza. Revolución de la alegría y fe en el
futuro. La banalización reconduce todo a una escena irreal, paci-
ficada. Mientras la crítica se consuma en su derrota. Miedo poroso
y sonrisa cínica: componentes perfectos para un clima en el que
lo problemático es delegado en la gestión empresarial o médico-
fitness. Existencias enfriadas. Lo banal se revela como código y ra-
zón reguladora. En todo estás vos. Activa y voluntariamente. Vidas
4 macri es la cultura

presas de sus miedos y de la necesidad de que nada altere el delica-


dísimo equilibrio psíquico, anímico. El macrismo es la fuerza de esa
debilidad, está hecho de todo aquello que nos negamos a pensar, a
asumir, a vivir. Macri es la cultura.

Macri es la cultura reúne una serie de textos que, ante la perplejidad


de los tiempos, se interrogan sobre los modos de vida que posibilita-
ron, y al mismo tiempo son efecto de, el macrismo. Si bien algunos
son previos (fueron escritos para entender el resultado electoral de
Cambiemos), la mayor parte fueron escritos durante los primeros
tres meses del gobierno de Maurizio Macri. Casi todos, también,
ya circularon digitalmente (en Lobo Suelto!, en el blog de Juguetes
Perdidos, en Emergente) o fueron publicados por la RevistaCrisis.
De ahí que los cuatro sellos que firman esta publicación sean, en
realidad, perspectivas, lugares de enunciación, que apuestan por
ampliar lo pensable. Voces que aúllan.

Abril de 2016
5

Conspiraciones contra
la banalidad
(Verónica Gago)

¿De qué hablan Barack Obama y Mauricio Macri cuando hablan


de Derechos Humanos? ¿Son los sitios de memoria las tumbas de
desaparecidos y desaparecidas como arriesgó el presidente de Es-
tados Unidos? La Ex Esma, como sitio emblemático está expuesta a
ser el lugar donde se lave de sentido el terror como maquinaria de
aplicación de un sistema económico.
Conspirar contra eso es la tarea.

1.
El nuevo gobierno no va a desarmar la ex ESMA, el mayor ex centro
clandestino del país. Tal vez se proponga algo más efectivo: produ-
cir un tipo de desplazamiento neutralizador. Mejor dicho: banal.
Hay una hipótesis política en juego: que la ex ESMA se convierta en
un campus de organismos internacionales que hacen de los dere-
chos humanos una ideología global al mejor estilo ONG.
Sin embargo, hacer una operación de banalización no es sencillo.
Exige trabajar con elementos de la realidad para alinearlos con un
profundo deseo de orden y de pacificación (la clave es la idea de
protocolo). La banalización sería así la manera más práctica de ra-
surar todas las espesuras, tensiones y complejidades que los dere-
chos humanos fueron forjando en Argentina pero de una manera
que no es, como se tiene a veces el reflejo de pensar, por medio de
la clausura directa.
Esta hipótesis se discute con una escena inaugural de relevancia
también global y que hace al núcleo del asunto: la visita de Barack
Obama a la Argentina y el debate sobre su paso por el ex centro
clandestino. La presencia del presidente norteamericano (vaya o no
a la ex Esma o al Parque de la Memoria, finalmente el debate ya se
6 verónica gago

abrió) redobla la efectividad de la conversión, ya que ésta proviene


de una ambigüedad que habría que registrar: a la vez que banaliza,
es capaz, tal vez, de satisfacer la expectativa de reconocimiento
estatal e internacional del genocidio. El gesto de desclasificación
de archivos que prometen al unísono Estados Unidos y el Vaticano
van en este sentido. El punto es complejo porque traza una suerte
de continuidad con un reconocimiento en que el Estado se empeñó
hace años y que no sería simplemente desconocido ni suspendido.
Ahora, los derechos humanos devienen marca global, y un capital
político de integración al orden mundial.
El contrapunto con tal uso de los derechos humanos, sin embargo, no
depende tanto de los elencos de los gobiernos (¿algunos tendrían más
derecho a usarlos o evocarlos que otros?), sino de una genealogía an-
terior, de la cual proviene su fuerza y su criterio de lucha más allá del
reconocimiento gubernamental. En Argentina, los derechos humanos
se construyeron en la historia reciente siempre como experiencia en
tensión: entre la bandera de lucha y la victimización, registrando sus
combates y dilemas internos, anudándose siempre con un afuera que
los corre una y otra vez de un confín predeterminado. Constituyeron
así un campo de batalla para las luchas en democracia, aliándose con
reclamos e injusticias que iban más allá de la dictadura, más allá de
las militancias orgánicas y, durante muchos años, más allá del Estado.
Su inscripción espacial en lo que podría convertirse en una suerte de
parque temático de la corrección política internacional tendría un
efecto de despolitización perdurable: aplanar tal excepcionalidad,
esa que hizo que en Argentina los derechos humanos se nutran de
una prosa militante, se conjuguen con combates callejeros capaces
de hacer de la democracia algo más que un conjunto de procedi-
mientos formales. Los derechos humanos como un humanitarismo
edulcorado y discurso legítimo apto para la escena internacional
devienen así sólo un archivo de víctimas.

2.
El segundo punto es que esa modalidad de los derechos humanos
los vuelve compatibles con dos políticas-discursos que no lo eran:
conspiraciones contra la banalidad 7

la seguridad y la lucha contra el narcotráfico. En la medida en que


lo que organiza y estructura es una agenda de tipo global, esa com-
binación se hace no sólo posible sino altamente funcional, al punto
que conecta anti-terrorismo con intervención humanitaria colonial,
lavado de dinero con economía popular, etc. Y termina anudada
en el horizonte de los tratados de libre comercio denominados de
segunda generación (no es el regreso, simple y llano, al Consenso
de Washington). En esta escena debe inscribirse también iniciativas
empresariales locales que, junto a Interpol y Google Maps, acaban
de lanzar el sitio [Link] para la denuncia anóni-
ma de manteros, ferias “saladitas”, trabajadores “clandestinos”, etc.
La restauración es novedosa justamente en su producción de bana-
lidad. El código que circula y aceita la suba de precios y de tarifas,
los recortes y despidos, pero también una larga continuidad de cri-
minalización en los barrios más populares (¿hay que recordar quién
fue el ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires los
últimos años?) tiene tres puntos: la gestión empresarial (de la vida en
su conjunto), la seguridad policial (como gestión de un orden que
también es para-estatal) y la fe en el futuro (los vectores transversa-
les de la última campaña electoral de todos los candidatos).

3.
La ex ESMA es emblemática porque funcionando como campo de
concentración no dejó de poner de relieve su palabra escuela –
exponía una pedagogía-, porque pasó a la historia por su ensaña-
miento especial sobre el cuerpo de las mujeres –como maternidad
clandestina y mecanismo de apropiación de hijxs (hay que recordar
que el Tigre Acosta la denominaba “su Sardá”)– y porque funciona-
ba como oficina de prensa –con pretensiones de dar contenido al
proyecto político de Massera con mano de trabajo verdaderamente
esclava. Tres líneas (la educación, el cuerpo femenino, la produc-
ción de información) que siguen siendo claves de todo dispositivo
de poder que se construye por el terror.
Algunas mujeres que pasaron por allí le dieron un nombre específi-
co: ese infierno. Pilar Calveiro fue la más precisa para trazar la fiso-
8 verónica gago

nomía del poder desaparecedor y sus delirios soberanos y religiosos


de los militares a cargo: tenían “la pretensión de ser dioses” (y, cla-
ro, curas que los bendecían). Pero también a la hora de sintetizar la
fuerza de la resistencia en las peores condiciones: “Desde el mo-
mento en que el secuestrado conspira, su vida cambia, comienza a
pertenecer a algo distinto del campo y opuesto a él desde adentro”.
Desde su “recuperación” (en el 2004), la ex ESMA fue objeto de
muchas polémicas. Museográficas, espaciales, arquitectónicas, po-
líticas, artísticas. ¿Qué significa ocuparla? ¿Cómo un espacio que
aun es prueba judicial podría ser intervenido? ¿Qué modos de estar
ahí son a la vez compatibles con una memoria viva y una sacrali-
dad impuesta por el espesor dramático de su historia? ¿No es más
fuerte su vacío que su conversión en museo? ¿Qué engranaje de
la memoria urbana colectiva se guarda en esos edificios a los que
hoy balconean grandes torres de departamentos y que estuvo, como
predio, siempre emplazado en medio de la ciudad?
Pero porque primero se hizo justicia popular en los barrios de la
ciudad, como se conquistó con los recorridos de los escraches y los
mapas que sacaban de la impunidad a los genocidas gracias a la
investigación independiente de vecinxs y organizaciones sociales,
es que se llegó a lugares como la ex ESMA con cierta noción carto-
gráfica. Una trama de luchas, consignas y apropiaciones del espacio
hacía posible, al menos, abrir espacios del horror al debate público.

4.
La banalización reconduce todo a una especie de escena pacifica-
da. Como el Nunca más a la violencia de Macri en la apertura de
las sesiones parlamentarias o como se puede ver en el Facebook de
Rodríguez Larreta, que promociona un video sobre el Parque de la
Memoria, con música y sol, diciendo: “En la franja costera del Río
de la Plata hay un parque muy grande dedicado a las Víctimas del
Terrorismo de Estado. Es un lugar para conmemorar a todos los des-
aparecidos por la represión estatal y para que aquellas generaciones
que no lo vivieron conozcan su historia”. Mucho más eficaz, de
nuevo, que las polémicas al estilo Marcelo Birmajer que se queja en
conspiraciones contra la banalidad 9

el diario Clarín de las intervenciones artísticas en ese predio para,


en el fondo, argumentar que las organizaciones armadas eran orga-
nizaciones criminales.
Mientras el Parque de la Memoria o la ex Esma pueden ser inte-
grados al paisaje global de los derechos humanos, se cierra sin
dudar el área de derechos humanos del Banco Central, a cargo de
investigar la conexión y la responsabilidad de empresas y civiles
en los juicios de lesa humanidad como engranajes concretos de
articulación entre capital financiero, negocios públicos y privados
y control social, ayer y hoy.
¿Qué es lo que en la ex ESMA se intenta neutralizar y banalizar?
Lo que allí se ve como maquinaria: el uso del terror como funda-
mento político de la concentración económica pasada, presente y
futura. Una fecha como el 24 de marzo no es un simple recuerdo
de las víctimas. Es un modo de denuncia y de producción de inte-
ligibilidad social para las continuidades recurrentes entre violencia
y explotación, entre seguridad y criminalización de la pobreza y la
protesta, entre normalización de la diferencia y miedo difuso. Lo
que pasará en la ex ESMA excede sus muros. Concentra un drama
mayor que no puede resolverse en otro lado que no sea en las ca-
lles. Conspirar es la clave •
10

Macri y el deseo de
“normalidad”
(Diego Sztulwark)
“Almacenes coloridos
a los que llamás ciudad...”

-Se decía que iban a bajar los cuadros de Néstor en la Rosada.


-¿Nosotros? ¡No! ¡Si no nos importan los cuadros!
-Hay uno de Chávez en un lugar central. ¿Ése lo van a bajar?
-No tiene importancia. Me interesa más Balcarce que el cuadro de
Chávez. Es mucho más profundo.
Entrevista a Durán Barba, 23 -1-2016, diario La Nación

No hay ni habrá política cultural, porque Macri es la cultura hoy.


Inútil evaluar, como se hace en los diarios, el “primer mes de la
gestión” del nuevo gobierno, en este caso, supongamos, del área
que dirige (el CEO) Pablo Avelluto. Allí no habrá política cultural
sino gerencia más marketing. Intolerancia amigable. La cultura no
es Avelluto, es Macri.
No hay ni habrá política cultural porque la política que vemos des-
plegarse ya no trabaja a nivel de la cultura, sino que es trabajada por
ella. La política, pobrecita, ha quedado desnuda, patética, reduci-
da a pura gestión público-mediática, incapaz de percibir creación
alguna por fuera de la restricción a un espacio delimitado por los
actores de la más previsible de las gobernanzas postneoliberales (lo
de “post”, entiéndase bien, es una frágil concesión a quienes, como
nosotros, aún recuerdan 2001. El neoliberalismo que se viene coci-
nando en la Argentina –y no solo– es uno que presta más atención
al problema de la producción interactiva entre orden y “legitimi-
dad”. Ahí radica, macrista, la comprensión de lo “cultural”).
El kirchnerismo hizo de lo cultural una batalla. ¿Hay balance de
ese deseo de politización? ¿Scioli fue ya la derrota o una táctica de
encubrimiento? Al menos en Gramsci el problema de la hegemonía
macri y el deseo de “normalidad” 11

no era separable de una reforma intelectual y moral. Es la ventaja de


pensar a partir del modelo de la guerra, más riguroso que el de las
ciencias sociales. Ni Coscia en su momento ni Avelluto ahora son
la cultura. El asunto desborda secretarías y ministerios. Incluso a los
más célebres intelectuales.
Nada menos frívolo, más serio y más grave que partir del hecho
de que la cultura es lo banal. La llamada crítica fue derrotada, o
realizada, y hasta nuevo aviso subsiste como gesto lateral, apenas
tolerado. Lo banal en cambio da respuestas concretas a problemas
urticantes. Lo banal no es lo superficial, ni lo efímero, ni lo que se
resuelve a nivel de las modas y el consumo. Sino lo permanente y
estructural, lo que hace posible esta superficialidad, lo que hace
posible que este reino de la moda y del consumo roten. No es lo
fluido y el cambio incesante, sino aquello que gobierna los flujos y
permanece en la lógica de las mutaciones. No es lo mismo.
Macri es la cultura: fútbol, televisión, empresa, Policía Metropolita-
na, Awada, celebridad, voluntariado, transparencia y negocio textil;
Rabino Bergman; “equipo” (como señaló hace poco Horacio Gon-
zález), onda Pro, beca en el exterior y Balcarce. Todos sus rostros
(cada rostro una terminal de poderes globales) transmiten la misma
transparencia abrumadora: una proliferante pluralidad al servicio de
una asfixiante lógica del orden. Una sinceridad que exhibe y ríe ante
aquello que –suponíamos– debiera encubrir (esta es la novedad). Es-
trategia, domesticación y auto-ironía, como dice Duran Barba.
Un orden de mercado es un juego de domesticaciones. No basta
con pronunciar esa palabra –“mercado”– con tono irónico para ha-
cerse el vivo y creerse a salvo cuando estos mercados vehiculizan lo
cultural más penetrante, lo que arma congruencia entre individuo y
orden social. Esa potencia de orden (sigue siendo de orden por más
que sea de “innovación”) trabaja por sucesivas resonancias totali-
zantes. En todos los planos de la existencia –y esto viene de lejos–
las cosas tienden a ordenarse a partir de una misma consonancia.
Ese eje consonante es el peligro, lo fascista. Lo que alinea normali-
dad y represión (no es solo Salas-Cresta Roja. Son todos estos años
en los barrios). Lo que habría que saber quebrar. Lo que enhebra
desde la gestión de la salud a la industria del alimento. Pasando
12 diego sztulwark

por el lenguaje y los consumos culturales. Por la bancarización y la


digitalización. Y hasta por la mediatización del erotismo.
Lo banal no es la generalización de lo aparente, lo pasajero, lo
snob. Sino el hecho de que toda afirmación cultural actual, desde
el modo de hacer ciudad a la forma de pensar en cómo tratar a los
pibes, obedezca a incuestionables protocolos estéticos y de seguri-
dad. Y de felicidad. Lo banal es el modo de regular modos de vida
según afirmaciones en resonancia con un profundo deseo de orden
en todas las clases. Es la racionalidad convergente de una máquina
que subsume toda práctica (de la cultura urbana de vanguardia a los
consumos de sectores intelectuales-militantes, de las terapias a los
movimientos populares) en un mismo bazar.
Y no alcanza con insistir en que bajo estos hechos de cultura se
esconde la barbarie. Ya somos bárbaros cuando somos parte de
esta cultura. Bárbaros domesticados, tal como Macri es un “perro
amaestrado”, según caracteriza –de nuevo– Durán Barba. Macri es
la cultura, la derrota o la consumación –vaya uno a saber– de todo
aquello que aspiró en algún momento a la crítica. O mejor: de todo
aquello que la crítica durante estos años se negó a pensar. Es la obe-
diencia más consensuada al modo en que los laboratorios y centros
de diseño del mercando mundial conciben los modos de hacer, las
experiencias de satisfacción y los modelos de lo deseable. Si se la
sabe fragmentar adecuadamente, no hay segmento de la crítica que
no pueda ornamentar un último diseño: discurso o producto.
Que esto resulte inaceptable para todxs aquellos que trabajan a ni-
vel de lazo social (pedagogía, terapias, militancias, comunicadores,
toda la amplia red de labores que crean modos de vivir) es lo que
puede despertar un movimiento. Macri es lo vencedor en la cultura.
Lo banal mismo nos desafía o nos aplasta.

***
El último acto contra-cultural a escala de multitudes nacionales ocu-
rrió durante la noche del 19 diciembre de 2001, cuando la gente
salió a la calle, sin más articulación simbólica que la que emana de
la decisión de poner freno a la barbarie, dejando los televisores en-
macri y el deseo de “normalidad” 13

cendidos hablándole a las paredes de sus hogares. Ese último rapto


contra-cultural, por obvias razones nunca apreciado por los gobier-
nos posteriores, será –seguramente- revalorizado ahora incluso, por
quienes durante estos años identificaron aquel diciembre sin más con
el infierno. Ya sin ese tipo de interferencia podemos retomar aquel
hilo rojo para ver si tirando de él encontramos las claves para enfren-
tar esta Cultura oficial que, ahora sin estorbos de ninguna clase, se
muestra íntegramente como lo que es: la coordinación gerencial de
los aparatos del tecnocapitalismo comunicacional y financiero.

Si Macri es la Cultura hoy


¿Estamos ante una mera coordinación gerencial o ante una contra
ofensiva política? Según el gran pensador de lo político Carl Sch-
mitt el secreto de todo orden jurídico válido es la fuerza decisional
soberana sobre la excepción. Sin esa intervención normalizadora
no existe situación “normal”. ¿Es Macri el inadvertido príncipe que
avanza, creando fuerza de ley declarando la excepción, sin dar res-
piro a sus enemigos?
Si la Cultura macrista es banal lo es por lo redundante de su estructu-
ra: sólo el deseo de orden legitimará el orden. Si esta estructura no es
trivial es porque parece conectar con un deseo de normalidad tras el
quiebre de 2001. Licenciando al kirchnerismo como fuerza norma-
lizante de la crisis, el macrismo nos muestra algo que sólo veíamos
como entre la neblina: la fuerza y la masividad de ese deseo norma-
lizante; el contenido mercantil e intolerante con cualquier vestigio de
la crisis que tiene esa Voluntad de Normalidad; la mutación profunda
que podría sobrevenir si el macrismo es exitoso en la canalización de
ese deseo, llevándose puesto tanto al peronismo como al social-libe-
ralismo; el carácter real de enfrentamiento entre deseo de normalidad
y subjetividades de la crisis que subsiste por debajo de esa exitosa
trasposición comunicacional llamada la “grieta”.
La “grieta” es una de las expresiones de la Cultura. Logra transmutar
lo perdurable del enfrentamiento social en una coyuntura de pola-
rización exacerbada entre kirchneristas y antikirchneristas. Como
si el kirchnerismo fuese la crisis misma, y no un modo diferente de
14 diego sztulwark

normalizarla. Es tan apabullante el consenso cultural a este respecto


que ahora pareciera casi natural el intento de conciliar a los argenti-
nos por medios de técnicas empresariales de “amigabilidad”.

Lo Pérfido no quita lo discutible


Un capítulo esencial de esta instalación cultural es la disputa por
los juicios a los genocidas de la última dictadura que comenzó con
el primer amanecer del flamante presidente electo – y la escritura a
cargo de la editorial de La Nación–.
El problema de los juicios a los genocidas no se reduce en lo
mas mínimo a un problema de justicia histórica. Abarca de modo
estructural a nuestro presente. El juicio de la trama de responsabi-
lidad represiva corporativo-militar lleva, si nadie se le interpone,
a la trama económica y espiritual que hizo posible la alianza en-
tre terror estatal y concentración empresarial como núcleo cons-
titucional duro de la Argentina actual, la kirchnerista incluida. La
conexión entre ese terror y este presente guarda la clave de esta
cultura banal que hoy nos agobia: sólo la presencia de contrapo-
deres efectivos logra evitar que aquello que estructura las relacio-
nes sociales no estructure también el psiquismo. ¿De dónde nace,
sino, la intensificación del racismo y del patriarcalismo que vimos
crecer la última década hasta devenir hoy, ya sin inhibiciones, en
Cultura Oficial sin eufemismos?
Jorge Lanata y Lo Pérfido desean ahora revisar el número de treinta
mil desaparecidos ofrecido por los organismos de derechos huma-
nos. Se trata de un revisionismo que no lleva al perfeccionamiento
sino al desmonte de los instrumentos de investigación –verdad y
justicia- sobre el proyecto y los crímenes de la dictadura. De otro
modo no se dedicarían a denigrar todo esfuerzo por establecer hasta
el final las coordenadas de la acción genocida: campo por campo,
desaparecido por desaparecido, para profundizar en la red íntegra
del terror corporativo militar de aquellos años, conociendo al deta-
lle la acción de cada fuerza, de cada miembro de la jerarquía de la
iglesia católica, de cada una de las grandes empresas que participó
de la toma de decisiones durante la dictadura.
macri y el deseo de “normalidad” 15

Claro que para seguir profundizando en ese camino habría que ha-
cer justo lo contrario de lo que se hace: en lugar de desmantelar
-como están haciendo ahora mismo- el área del Banco Central que
investiga derechos humanos y finanzas (durante la última dictadura
y con proyección al presente) habría que aumentarle los recursos.
En vez de bastardear a quienes protagonizan estos esfuerzos (Lana-
ta escribió que las madres y abuelas se “prostituyen”; Levinas acusa
al perro de “doble agente” al amparo del “filósofo” Alejandro Katz;
quienes investigan delitos financieros de la dictadura son “ñoquis de
la Cámpora”) habría que ampliarles los apoyos. En lugar de pedirle
al gobierno que revise los juicios -como hizo hace unos días el histo-
riador Romero (h)- debería mas bien haberse sumado a la comisión
votada por el congreso para investigar a las principales 25 empresas
del país por su rol en la dictadura. Lo Pérfido mismo, integrante del
grupo de franjistas morados -sushis- que apoyó desde “la cultural” la
acción de De la Rua durante diciembre de 2001 podría haber ofre-
cido los recursos públicos que maneja para organizar una auténtica
discusión sobre cómo pensar desde hoy la dictadura. Si todo esto no
ocurre, si no quieren discutir en serio la dictadura es porque lo que
les interesa –¡también a nosotros!- es el presente. Sólo que para ellos
este presente es, se ha dicho ya, de pura restauración: es decir, de
pura rehabilitación de un extendido orden empresarial con un estado
profesionalizado –también en lo represivo- a su íntegro servicio.
Lo vemos en la declaración de la emergencia de seguridad cuya
eficacia real -el discurso del narcotráfico- es aumentar la mierda
represiva en los barrios (lo mismo a lo que nos tenía acostumbrado
la bonaerense de Scioli, pero ahora con renovada legitimidad orde-
nancista). Lo vemos ahora mismo en Jujuy.
En el fondo, el problema de la última dictadura, es el de cómo trata
la sociedad la intensificación de sus conflictos reales, en un país
que cuyos mejores momentos fueron determinados más por ciclos
insurreccionales (1945-1969-2001) que por los líderes que supieron
gobernar las crisis por ellos producida. En otras palabras: lo otro de
lo banal (la idea de que el lazo social se organiza en torno a tres
significantes: gestión empresarial; seguridad policial; fe en el futu-
ro), de ese deseo de “normalidad” que por sí mismo alcanza para
generar consensos incuestionables, es la crisis.
16 diego sztulwark

De la Voluntad de la Inclusión a la de Normalidad


Del 2003 para acá se ha perdido el punto de vista propio de la cri-
sis. La crisis fue vista sólo como lo negativo a superar. Durante el
kirchnerismo esa superación fue concebida a partir de una Voluntad
de Inclusión. Voluntad que saca de nosotros lo mejor –activa un
deseo de igualdad- y lo peor –media ese deseo por una distancia
jerárquica del tipo víctima/emancipador. En muchos casos, bajo esa
Voluntad de Inclusión actuaba ya un deseo de normalidad. Deseo
de orden que ahora desiste de toda buena voluntad para aparecer
desnuda e intolerante como puro apego al poder. Es la mayor apro-
piación ordenancista de la crisis que pudiéramos imaginar, porque
contiene en sí misma los componentes conservadores distribuidos
en el sistema político en su totalidad.
Esa Voluntad de Normalidad se apropia de la crisis –que no ha des-
aparecido, aunque por el momento sea confinada, arrinconada, en
la periferia del sistema Cultural- por medio de una experiencia de la
disociación y del tiempo. Se hace de la crisis algo que “puede ocu-
rrir” en un futuro lejano o próximo y no algo que está ocurriendo ya
mismo, que no ha dejado de ocurrir. La crisis como amenaza funda-
menta desde siempre el juego del temor y la esperanza, del premio
y del castigo. Todo está permitido menos asumir corporalmente las
intensidades de la crisis actual.
El fascismo postmoderno no odia al progresismo, al peronismo ni a
las izquierdas, sino a los sujetos de la crisis. A todo aquello que se
esconde tras las fronteras. A todas aquellas pulsiones que intentan
quebrarlas. De ahí que lo “juvenil” se haya convertido en signifi-
cante en disputa. Lo “joven” legitima por sí mismo la Cultura, tanto
como lo “nuevo”. Es el máximo de legitimidad de lo banal dejado
a sus anchas. Joven es, para la cultura, aquel a quien se le atribuye,
en virtud de los años por vivir que arbitrariamente se le suponen,
potencial de innovación. Semilleros del sistema. Son los jóvenes
que vemos en los medios. Otra transposición Cultural. Porque la
juventud como figura de la crisis es lo más hondamente amenaza-
do. La juventud de un tiempo sin crisis glorifica las estructuras de
la Cultura renunciando de antemano a vivir el espacio social como
algo fracturado, como la escena de un drama que pide estallar, para
macri y el deseo de “normalidad” 17

dar lugar a nuevas relaciones. ¿Es posible considerar joven a quien


interioriza el mundo de ese modo?, ¿no es la interioridad del espa-
cio exterior en el tiempo ya vivido signo eminente de la vejez? Nada
corre más peligro hoy que el impulso joven de rechazar la estructu-
ra que esconde lo Cultural.

Si la crisis no estuviera ahí


El punto de vista de la crisis desnaturaliza al máximo las jerarquías,
y transversaliza tanto la rabia como la estrategia. Pasó con la lucha
por los derechos humanos y los movimiento que luchaban contra
el genocidio neoliberal de fines de los años 90. El abandono de
ese punto de vista, que la Cultura de lo Normal fomenta, supone
la desconexión y la generalizada insensibilización. El campo social
vuelve a reducirse a lo familiar, incluso en el terreno de los dere-
chos humanos.
El problema, entonces, no es tanto cómo pensar lo generacional,
sino cuánto tardamos en comprender que sin el protagonismo de
la fuerza de la crisis –del trabajo sumergido; de los pliegues de lo
barrial; de las contra-sensibilidades micropolíticas- sólo queda la
más dolora humillación •

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