EL ROMPIMIENTO
Sainete de Rafael Guinand
Personajes:
Misia Ramona
Tomasita
Catalina
Maestro Hilario
Esparragosa
Braulio
Acto único
La escena representa una sala pobre caraqueña. En el centro, una mesa
redonda de madera, cubierta por un cobertor o carpeta; en el centro de la mesa
una lámpara con su globo, y alrededor de esta muchos adornitos de gala. Seis
sillas y dos mecedoras, todo de medio uso y de esterilla; en una silla, una cesta
con labor; en las paredes, retratos y cuadros. Foro izquierda puerta que da
hacia 1a calle, foro derecha ventana; derecha e izquierda puertas. Al
levantarse el telón, aparece Tomasita asomada a la ventana, es un tipo de
muchacha pobre caraqueña, como de veinte años, y Ramona, señora de
cuarenta y cinco, terminando de arreglar la lámpara.
Escena I
Ramo: (Sin reparar en Tomasa) Déjame arreglar temprano esta lámpara,
porque de seguro que hoy se mete Esparragosa aquí en lo que oscurezca.
No vaya a pasarme lo del otro día, que estaba yo de lo más tranquila en
la cocina creyendo que no había venido todavía, y no sabe que hacía más
de media hora que él estaba zampado en la sala conversando con
Tomasita; y no era nada que conversaran, sino que aquello estaba muy
oscuro y... francamente, la oscuridad no es buena y para los enamorados
menos.
Toma: (Reparando en Ramona) ¿Qué es, tía? ¿Usted como que está
hablando sola?
Ramo: No, que decía que iba a arreglar esta lámpara temprano, no vaya
a venir Esparragosa a la noche y encuentre la sala oscura, porque la
oscuridad es mala consejera.
Toma: (Acercándose) Ah! ¿Usted lo dice por lo del otro día? Lo que es por
ese lado, tía, puede usté dormir tranquila, porque Esparragosa será todo
lo que se quiera, pero como respetuoso es número uno; ¡ah, sí! En dos
años que tenemos de amores, nunca ha intentado faltarme al respeto.
Ramo: Bueno, eso será verdá, pero lo que no se hace en dos años, se hace
en un día, porque el amor, mijita, es como los muchachos malcria dos,
que se portan bien mientras tienen esperanza de que les den algo, pero al
fin y al cabo se impacientan y le faltan al respeto a cual quiera,
queriendo coger entonces por las malas lo que no le han querido dar por
las buenas.
Toma: Sí; pero usté no tiene por qué pensar que Esparragosa sea así.
Ramo: No, si yo no creo que él sea así; tú sabes que él más bien me es a
mí muy simpático, porque me parece un buen muchacho, pero…
francamente, a veces tengo mis dudas, porque… qué se yo, pero esta
juventud de hoy, por más que digan no es como la de antes: los mozos de
hoy están muy corrompidos.
Toma: Yo no sé, tía, usté sabe de eso más que yo porque usté es ya
mayor, pero francamente a mí me parece que siempre ha habido hombres
malos y hombres buenos.
Ramo: ¡No, no, no mijita! ¡Cuándo! Los hombres de antes eran mejo res
que los de ahora, y tenían que ser; no existían mujeres malas, ni el fulano
Puente de Hierro; tampoco habían automóviles, que también han
contribuido mucho en la corrupción. Toda la diversión de entonces, era
irse en las noches de luna a pie, a tomarse un vaso de leche con pan de
horno de los que hacía Chepa tan sabrosos, en el Puente de los Suspiros.
Pero ahora, qué distinto, ahora no se escucha hablar nada más que de la
guasa, el macán, la tocoquera, que si fulanito corrió un trueno anoche,
que si el Gordo aporreó a uno en el maví, ¡Dios mío, qué es esto! Y lo
mismo sucede en todo. Mira en mi tiempo, no salía una muchacha sola
con su novio ni de casualidad, hoy en día eso y andar de manos cogidas
es lo más natural. El marido mío (que en paz descanse) antes de casarse
conmigo no supo nunca lo que fue ponerme un dedo encima.
Toma: Sí; pero después que se casó, usté misma me ha contado que le
puso toda la mano. (Haciendo ademán de pegar).
Ramo: Sí; pero eso eran cuestiones de familia.
Toma: Yo lo que creo, tía, es que cada uno tiene que acostumbrarse al
tiempo en que vive.
Ramo: Ya lo creo, eso me pasa a mí, sin querer me he acostumbrado a
estas costumbres de ahora, de tal manera que muchas veces se me sale
una palabra de esas vulgares que a mí me da pena. Bueno, ¿y tú qué
haces en la ventana por la mañana?
Toma: Pues pa’ decirle la verdá, viendo a ver si veía a Esparragosa, tía,
porque él me dijo que iba a venir un rato hoy en el día, porque quizás
esta noche no iba a poder venir.
Ramo: Hum, en qué mal día se ha antojado de venir, y tú por qué no le
quitaste esa idea, tú no sabes que hoy es lunes, que hoy no trabaja
Hilario, que es día de pasársela metido en casa y que a él no le gusta
Esparragosa.
Toma: Sí, tía, pero yo creo que si viene, estará aquí nada más que un
ratico y se irá antes de que venga mi tío Hilario.
Ramo: Yo no sé, mijita, pero yo los lunes le huyo a Hilario, porque se
pone muy fastidioso.
Toma: Sí, pero eso es cuando va a La Estrella, que se encuentra con
ami gos y se pone a jugá metra.
Ramo: ¿Cómo a jugá metra?
Toma: Bueno, a beber, tía, es que así me ha dicho Esparragosa que le
dicen a todos los que beben, porque siempre están palo y palo.
Ramo: Mira, lo que debes hacer es irte para allá adentro, porque va a
venir Hilario, te va a encontrar en la ventana, tan por la mañana y va a
decir, como lo ha dicho otras veces, que yo te alcagüeteo tus amores con
Esparragosa.
Toma: Pero Jesús, tía, qué tiene que yo esté aquí en la sala con usted.
Ramo: Nada, que te vayas pa’ adentro niña, yo sé lo que te digo.
Toma: (Disgustada) Caramba, no puede estar una ni en la sala. (Mutis
izquierda)
Escena II
Ramo: (Viéndola irse) Ay Dios mío, deseo que Esparragosa se acabe de
casar, para quitarme de encima estas calentazones de cabeza. Yo no sé,
pero yo tengo mi idea: pa’ mí el hombre que lleva a su novia al
cinematógrafo, al circo, no tiene buenas intenciones y este es uno de ellos.
Él no invita nunca a Tomasita nunca a otra parte sino al circo; ¡ah!
hombrecito pa’ gustarle la oscuridá, parece familia de aguaita camino.
No, pero ya yo le he parao el trote a las idas al cinemató-grafo; desde que
me pasó lo que me pasó una noche, juré no volver más y lo he cumplido.
Usté sabe lo que es, que llego yo una noche al circo y me siento de lo
más tranquila a ver mis películas y no han hecho más que apagar la luz,
cuando aí mismo siento un curucuteo por detrás de mí; me volteo, y veo
un hombre parao atrás de mi silla: le digo, ¿qué se le ofrece? y me dice:
no es con usté, señora; no es con migo y me está usté agarrando; total
que el hombre se cortó todo y no halló otra cosa que decirme, sino que él
era acomodador y que quería que yo me levantara pa’ verme el número.
¿Verme el número? Usté lo que es, es muy atrevido y muy grosero —le
dije— yo soy una señora, no se equivoque. Total que aquello me puso los
nervios de tal manera, que me levanté, agarré por un brazo a Tomasita y
salí del circo jurando no volver en los días de mi vida al fulano cinemató-
grafo.
Escena III
Hila: (Por el foro entra mirando a todos los lados de la sala; trae un bollo
de pan bajo el brazo, y en la mano un mazo de cebollas y otro de berros).
¿Dónde está Tomasita?
Ramo: Allá adentro, ¿por qué?
Hila: Porque ahí en la esquina acabo de ver al sinvergüenza ese del
Esparragosa y de seguro que tiene intenciones de venirse a meter aquí
tan temprano, y hoy estoy de a toque, cará. Si se mete aquí, a plan lo voy
a sacá pa’ la calle.
Ramo: No hombre, quién sabe si no vendrá pa’ acá, tú sabes que él
siempre se reúne en la esquina de Santa Rosa con sus amigos.
Hila: Yo no sé qué le ha visto Tomasita a ese hombre tan reantipático pa’
enamorarse de él. Algo le ha visto esta muchacha a ese hombre; porque
de otro modo yo no me explico que una muchacha de las condi ciones de
Tomasita, se enamore de un vagabundo como Esparragosa.
Ramo: Mira, Hilario, ¿por qué no te acuestas un rato?
Hila: Sí; si a eso vengo, a acostarme, porque esta es mi casa, pero antes
tengo que hablar contigo muy largo, porque de estos amores de
Tomasita hay que ponerle término hoy mismo, o si no aquí va a habé un
muerto, ¡ah sí!
Ramo: Sí, hombre, acuéstate y más tarde hablamos.
Hila: Porque tú sabes lo que me dijo la difunta antes de morirse: Hilario,
tú haces con Tomasita lo que tú quieras; sin embargo yo, nada, tú que
eres mi hermana lo sabes; quiero decí que nunca me he metío en sus
asuntos, pero ya las cosas se están poniendo muy feas porque ese
bandido se la pasa en ese botiquín de Santa Rosa alabándose de Tomasita,
varios amigos me lo han dicho.
Ramo: Quién sabe si eso no es verdá, Hilario, tú sabes que la gente es
muy calumniadora.
Hila: ¿Calumniadora? No, no, no, no. Mira: eso es tan verdá… como que
este es un kilo frío. (Mostrándole el pan) Además, el sábado en la noche,
escuché yo en ese botiquín muchas cosas feas referentes a nosotros y a
ese hombre.
Ramo: Bueno, pero eso se puede arreglar de otro modo.
Hila: No, eso del único modo que se arregla es poniéndole yo a él el
cuerpo con más nudos que un saco de papas. Yo sé que él tiene fama: sus
amigos dicen que por la chirimoya es una enfermedá, bueno, yo le zumbo
de plan y si me veo muy comprometido, lo hinco. Lo que es de hoy no
pasa. Mire: por la Virgen de Coromoto que hoy le pruebo yo a ese
zángano que el cambur verde mancha. (Hace mutis derecha dejando lo que
ha traído en la mesa).
Ramo: Ay, Virgen del Carmen, evítanos una desgracia, que no venga
Esparragosa.
Escena IV
Espa: (Por el foro. Es un tipo de veintisiete años, muy vivo). Buenos días,
misia Ramona. ¿Cómo le ha ido?
Ramo: (Aparte) (Se presentó y dijo) Buenos días, Esparragosa, ¿cómo está?
Espa: Yo estoy como siempre, entre fuerte y durce como el guarapo. ¿Y
Tomasita ande está?
Ramo: Pues por allá adentro debe está.
Espa: ¿Y el maestro Hilario ’ta bueno? Ahora rato lo vi pasá por la
esquina de Santa Rosa, y como que venía medio metío entre el litro.
Ramo: Sí; usté sabe que él se emparranda to’ los lunes, como buen
zapatero, allá adentro debe está acostao.
Espa: (Sacando dos tabacos del bolsillo) Hombre, misia Ramona, por
aquí le tengo un regalito para usté: dos tabaquitos muy buenos, los
compré ayer en la Rinconada y desde ese instante dije: pa’ mamá
Ramona; así es que quiero que se los fume en el nombre de Narciso
Esparragosa.
Ramo: Bueno, Esparragosa, muchas gracias.
Espa: (Pasándole el brazo) Ah vieja pa’ querela yo esta, cará. ¿Por qué la
querré yo a usté tanto, misia Ramona?
Ramo: Quién sabe.
Espa: No, yo sí sé; cómo no voy a querela, cará, sería yo un
malagrade cido si no quisiera a esta familia; entre usté y Tomasita me
han sacao a mí de esa vida de bandolero que llevaba yo antes, ¿no es
verdá misia Ramona?
Ramo: Sí, lo hemos aconsejado mucho porque le tenemos cariño.
Espa: Yo era un individuo que no salía de esa esquina de La Gorda:
pastoreando mi gente de La Gorda a San Pablo y de San Pablo a La
Gorda. Que había macán, desde las ocho estaba yo pegao, cará (Haciendo
como que baila) hasta por la mañana, yo y el Gordo éramos los últimos
que salíamos siempre. Sin embargo hoy ya ve usté, otra vida
completamente distinta, como del cielo a la tierra; no hago más que vení
aquí, hago mi visita, salgo a las diez, me pego dos o tres pali lleros en la
esquina y me voy a acostá. ¿No es verdá vieja?
Ramo: Sí es verdá. (Como preocupada).
Espa: Pero, ¿qué tiene usté hoy, misia Ramona? la noto… qué sé yo, toa
cascorva.
Ramo: Usté sabe que yo todos los lunes estoy así, porque a mí no hay
cosa que me disguste más que ver a Hilario mareado, yo soy enemiga
acérrime del aguardiente.
Espa: Eso es porque usté no lo ha probado, pero mire: yo le doy a usté
entre once y doce del día, cuando el estómago no ha sentido todavía el
peso del almuerzo, en un vasito bien limpio, una cañita doble, pero eso sí,
de Ibarra legítima y… francamente… no hay ni palo floreao, yo creo que
hasta el doctor se zumba.
Ramo: Quién sabe: se zumbará él, lo que soy yo no me zumbo.
Espa: ¡Ah! Misia Ramona, cará. Bueno, y Tomasita ¿dónde está? ¿Por
qué no sale?
Ramo: De seguro que no sabe que usté está aquí, déjeme irla a llamar.
(Aparte) Ay, Dios mío, que no salga Hilario, porque es capaz de formar
aquí un alboroto. (Mutis izquierda).
Escena V
Espa: Cará, pobre vieja, a veces me da hasta lástima; ella cree firmemente
que yo me voy a casá con Tomasita. Casarme yo, ni a tiros; lo que es
Narciso Esparragosa no se tira por ese cacho de agua, pero tengo que
aparentá que me lo tiro; por eso desde que yo empecé a enamorá a
Tomasita fue con una palabra de matrimonio. Mis pri meras visitas
fueron por la ventana, escondido de la vieja y del maes tro Hilario, hasta
que un día dije que me casaba, e inmediatamente me mandaron a pasá
adelante. Desde ese día he ido preparando mi terreno como lo he hecho
en otras partes, es decir, batiendo el melao hasta darle consistencia, y
este melao de aquí ya está a punto de melcocha… ¡ay!, mi amigo. Lo que
es la vieja, esa está de mi parte, la tengo que comprá a fuerza de tabacos;
¡ah vieja pa’ gustale echá humo! Chupa más que un murciélago. Mire: en
dos años que hace que conozco a Tomasita, yo calculo que misia Ramona
me ha costao más de treinta pesos en tabacos de a dos por puya. Al que sí
no he podido catequizá nunca es al maestro Hilario, ese viejo es la
malicia andando; en lo único en que le he podío pegá el machete es en
dos remontas que me ha hecho, y que no se las he pagao, ni pienso.
Después de todo él tiene la culpa de lo que está pasando; o mejor dicho,
de lo que pasa, porque pa’ nosotros, en voz baja: esto lo hago yo por
llevarme un punto. El maestro Hilario dijo al principio de mis
amo rescon Tomasita, que lo que era Narciso Esparragosa no entraba en
su casa ni entrando, y yo le voy a probá, que no solamente entré, sino
que voy a salí cargao.
Escena VI
Toma: (Saliendo medio disgustada) ¿Qué hay, cómo te ha ido?
Espa: Bien y turiara.
Toma: Yo, muy mal.
Espa: Y eso ¿por cuá?
Toma: Sí, hombre, por cuá, hazte ahora el musiú.
Espa: ¿El musiú? ¿Qué me quieres decí con eso? No te entiendo.
Toma: ¿De veras? Qué inocente; no salgas a la calle solo porque te van a
engañá.
Espa: Pero bueno, ¿qué es lo que es? Dale contra el suelo.
Toma: Contra el suelo; contra el suelo te diera yo a ti por embustero y
sin vergüenza, muy bueno que lo has hecho, ¡ay!, la has puesto de oro…
Espa: Pero la he puesto de oro ¿con qué?
Toma: ¿Qué me dijiste tú anoche?
Espa: (Aparte) Una pila de embustes como siempre. Yo no me acuerdo.
Toma: Pues yo sí me acuerdo: me dijiste que te ibas a acostar porque te
tenía loco el pestón, y el pestón fue que amaneciste bailando cas’e las
Pacheco.
Espa: ¿Cas’e las Pacheco yo?
Toma: Sí tú, tú; no te hagas el zoquete; yo lo sé todo, toda la noche te la
pasaste bailando con la flacuchenta de Carmelita Soto y por la mañana la
fuiste a acompañar hasta su casa y le brindaste arepitas en la esquina de
“El Chimborazo”.
Espa: ¿En “El Chimborazo”?, tú deliras.
Toma: (Sollozando) Yo no sé si deliro, pero yo lo que veo es que tú no
haces más que mortificarme a mí, basta que yo te suplique una cosa
pa’ que tú no me complazcas, y en cambio yo, siempre complacién dote y
desviviéndome por ti. (Llora).
Espa: Pero, ¿qué te pasa?
Toma: Que yo soy muy desgraciada.
Espa: Pero, ¿por qué?
Toma: Porque sí, dos años y medio que hacen que te conozco; dos años y
medio de luchas y de martirios para mí, aguantando regaños y maltratos
de mi tío Hilario, y ¿para qué? Para nada, porque el pre mio de tantos
sufrimientos no llega nunca.
Espa: Ya llegará, ya llegará, ten calma que las cosas no pueden ser así
de golpe y porrazo; precisamente yo venía hoy con la intención de
tocarte ese punto…
Toma: ¿Cuál?
Espa: Ese, sobre lo que hablamos el otro día; sobre el depósito.
Toma: ¡Ah!
Espa: Yo te saco de aquí si tú quieres esta misma noche, te deposito cas’e
mi madrina y… lo demás es posterior. Así es que si quieres no tienes
más que decímelo.
Toma: (Pensativa) ¡Ay! No, ¿y si me descubren?
Espa: No, hombre, ¿qué te van a descubrí? (Pausa). Mira, eso lo podemos
arreglá del modo siguiente: nos hacemos los disgustados ahora; yo llamo
al maestro Hilario y a misia Ramona, pa’ ponerlos en conocimiento que
nuestro compromiso ha concluido porque tú me pones unas condiciones
que yo no puedo aceptar. Que tú me has dicho que o me caso contigo
entre dos meses, o todo se ha acabado entre noso tros, y que yo no
pudiendo aceptar esa condición he optado por aca bar. Yo me hago el
serio y el resentido, tú sollozas, y lloras; en fin, todo lo que hacen las
mujeres en estos casos; misia Ramona se asom bra, el maestro Hilario se
alegra, y yo aprovechando esta confusión me despego a la francesa, ¿qué
te parece?
Toma: A mí me parece bien, pero yo como que no tengo valor pa’
presentá esa comedia.
Espa: No digas eso, hombre, que tú tienes más valor que un brillante.
Bueno, ahora falta la segunda parte: esta noche entre dos y tres de la
madrugada me dejo yo chorreá por aquí con la guitarra después que
hayan cerrao el botiquín de la esquina; al tú sentí que registran la bicha,
ese soy yo; te preparas, ya yo tendré a Zorrillo el cochero con la lechuza
atrás de la esquina; yo digo una letra y, al terminar, tú sales; nos
montamos y como dicen en “El Puñao”, a la felicidá. ¿Qué hay? ¿Te
decides?
Toma: (Con indecisión) Ay, Esparragosa, pero y si… (Quedan hablando en
voz baja, Esparragosa en una posición descompuesta).
Escena VII
Hila: (Desde la puerta, señalando a Esparragosa) Ahí lo tiene usté, vea si es
verdá lo que digo: ¿usté cree que esa posición es pa’ hablá con una niña
en la sala de una casa de familia? (Se aclara el pecho).
Toma: (Azorada) Mi tío.
Espa: Bueno, sí o no.
Toma: Sí.
Hila: (Acercándose) Buenos días, joven.
Espa: (Sin variar de posición) Hola, maestro Hilario, ¿cómo le va?
Hila: (Con mucha sorna) A mí como siempre: muy bien, ¿y a usté?
Espa: Pues a mí, regularón.
Hila: (Con sorna) Yo no sé si estaré equivocao, pero… a mí me parece
que no está usté bien sentao.
Espa: (Haciéndose el que no entiende) Como no, estoy firme. (Tocando la
silla)
Hila: No, si me refiero a la posicioncita esa que… francamente, no me
parece propia pa’ sentarse en una sala: esa es una posición de
cine matógrafo.
Toma: (Aparte a Esparragosa) No le hagas caso.
Espa: ¡Ah!, maestro Hilario, cará, es verdad, dispense, una distracción.
(Sentándose bien).
Hila: Pues trate de no distraerse, porque hay distracciones que
perjudican.
Espa: Caramba, maestro, yo no sé qué le pasa a usté conmigo, pero
siempre lo noto como preparao en contra mía; yo quisiera que usté me
hablara con franqueza.
Hila: (Después de una pausa) Pues ya que llegó el momento y usté lo desea,
se lo voy a decí: Tomasita, váyase pa’ dentro.
Espa: ¿Por qué?, déjela, maestro: yo creo que ella puede oír lo que
nosotros hablemos.
Hila: No, señor, no quiero que ella se imbuya en nuestra hablitud.
Además, puedo violentarme, y yo cuando me violento me oscenizo, es
decir me pongo osceno y no quiero que ella escuche oscenidades.
Espa: Yo no lo creo a usté capaz.
Hila: Bueno, bueno no alarguemos: que se vaya.
Toma: (Levantándose. Aparte a Esparragosa) Tenle paciencia, está jumo.
(Mutis izquierda).
Escena VIII
Hila: (Después de sentarse con mucha calma) Esparragosa: yo soy
zapatero…
Espa: Ya lo sé. (Aparte) ¡Noticia fresca!
Hila: Y lo mismo le elaboro una bota de angola que de canguerete.
Espa: Bueno y qué…
Hila: Óigame: soy calvo, como está a la vista; y no porque me hayan
tomado la cerda de la cabeza, ni por el microbio turco, sino por debilidá
del cuero… cabelludo: porque yo soy de los que no se deja arrancar las
hebras, ni soplándolas. Tengo cincuenta y cuatro años y medio, y en los
cincuenta y cuatro no he encontrao a nadie que se burle de mí, pero en el
medio, en el medio, lo he encontrado a usté.
Espa: Pero bueno, maestro, explíquese mejor, porque francamente yo no
sé a qué viene esto.
Hila: Pues esto viene a demostrarle a usté que yo no tengo cataratas en
ninguno de los ojos, y por lo tanto veo aunque sea un jeme más allá de
mis narices…
Espa: Bueno, celebro mucho su largo alcance visual.
Hila: Gracias. Usté, Esparragosa, tiene ya dos años…
Espa: Un momento, maestro, yo tengo veintisiete.
Hila: Tienes ya dos años de amores con Tomasita, y sin ningún
resultado.
Espa: Hombre, no ha sido falta de ganas, ella bien sabe que hace ya
bastante tiempo que deseo tirarme al agua.
Hila: Mire, socio, usté no se tira al agua ni con vejiga, porque no sabe
nadar; usté es de los que se van a fondo.
Espa: Bueno, si me voy a fondo no es culpa mía, maestro.
Hila: Usté ha venido a enamorá a Tomasita con intenciones perversas;
usté pretende cometer una fechoría en esta casa, como las que ha
cometido en otras partes, y eso no Esparragosa, eso no. (Levantándose)
Aquí hay un hombre varón, y le digo a usté una cosa: o se casa con
Tomasita cuanto antes, o no pone más sus chancletas en esta casa. Ese
soy yo.
Espa: (Pausa) Caramba, maestro, ¿qué es esto? Me ha dejao usté más frío
que el guarapo ‘e Las Matrices.
Hila: (Paseándose) Pues caliéntese.
Espa: No, señor, es que usté está hoy, maestro, como si se hubiera dao un
pinchazo con la lezna.
Hila: Es probable.
Espa: Si usté no puede penetrar en mis intenciones para con Tomasita.
Hila: Hay cosas que se adivinan.
Espa: Si yo quiero a Tomasita como no he querido nunca a una mujer.
Mire: yo he tenido amores con media parroquia de San José, pues por
ninguna he sentido lo que siento por Tomasa.
Hila: ¿Por qué no se casa, pues?
Espa: Hombre, porque las cosas no pueden hacerse así tan de reventón
como usté quiere.
Hila: Cómo que no, el matrimonio tiene que hacerse en caliente.
Espa: Bueno, es verdá, pero siempre hay que pensarlo.
Hila: Hombre me parece que en dos años… ni que usté fuera un
pensador.
Espa: Pero no es eso, maestro.
Hila: Bueno, y entonces ¿qué es?
Espa: Nada, siéntese un momento.
Hila: ¿Para qué?
Espa: Pero siéntese, maestro.
Hila: (Sentándose) Vamos a ver.
Espa: (Pausa). (Brindándole un cigarro) Fúmese un cigarro que usté verá
que nos vamos a entender.
Hila: (Tomando el cigarro de mala gana) Quién sabe, pue’ suceder.
Espa: (Con mucha calma después de brindarle fuego) ¿Por qué está tan bravo,
maestro? Mire: yo no soy lo que usté piensa, usté tiene un criterio
erróneo de mí.
Hila: ¿Erróneo?
Espa: Sí, los hombres hay que conocerlos antes de expresarse en esa
forma… más que dura, tiesa en que usté se ha expresado de mí.
Hila: Pero si es verdá lo que le digo, amigo mío; dos años y pico
calentándole las orejas a Tomasita, diciéndomele… zoquetadas, que es lo
que conversan todos los enamorados y nada, el horizonte oscuro y
pendiente de que cualquier día o cualquier noche pare usté el rabo y no
se le vea la brújula; no, hombre, las cosas no son así.
Espa: (Medio disgustado) Pero… hábleme en otros términos, maestro
Hilario, yo le estoy hablando en serio y… eso de que pare el rabo,
francamente no me hace gracia, empezando porque yo no tengo rabo.
Hila: ¡Ah! ¿Usté es chucuto? No, hombre, no diga eso, aquí todos
tene mos rabo.
Espa: Bueno, dejemos el rabo y vamos a lo que importa: (Aparte. Con
audacia) ¿Lo que usté pretende es que yo le fije el plazo para casarme con
Tomasita?
Hila: Naturalmente.
Espa: Bueno, (Con resolución) entre seis meses me caso.
Hila: Ya eso es otra cosa; (Levantándose) déjeme llamar a Ramona
paraque se entere de esto que a ella también le interesa. Ramona,
Ramoncita, Monchita: ven acá, hazme el favor. Yo creo que esta es la
primera vez en su vida que usté habla en serio.
Escena IX
Ramo: (Desde la puerta) ¿Qué hay? ¿Qué quieres? ¿Todavía conversan
ustedes?
Espa: Todavía, doña Ramona, acérquese.
Hila: Bueno, Esparragosa ofrece casarse con Tomasita entre seis meses,
¿qué te parece?
Ramo: Guá, me parece muy bien, ¡hasta cuándo!
Espa: Si ninguno más que yo hace tiempo lo desea, pero es que ha habido
circunstancias poderosas que lo han impedido.
Ramo: Es verdá, todo lo que se quiere no se puede.
Espa: Una de ellas ha sido, que yo no quería casarme sin tener asegurado
mi rancho.
Hila: Muy bien pensado, porque un matrimonio sin rancho se desba rata.
Espa: No, si no me refiero a esa clase de rancho, me refiero a una casa,
donde meterme con la mujer y los hijos que de seguro se aparecen
cuando uno menos lo espera.
Hila: ¡Ah! No se preocupe por eso, usté métase en cualquiera, y la paga
cuando pueda y si no puede, no la paga, eso lo hace hoy medio Cara cas.
Espa: Por lo demás, todo lo tengo comprado: cama, mesa, escaparate y
hasta objetos de cocina.
Ramo: (Con alegría) ¿De veras, Esparragosa? Y qué callado lo tenía.
Espa: Sí, yo soy muy reservado, usté lo sabe.
Ramo: Sí es verdá, le gusta a usted reservarse para después sorprender.
Espa: Ya lo creo, las sorpresas me seducen.
Ramo: ¡Ay! La pobre Tomasita, lo que se va a alegrar cuando lo sepa.
Espa: Bueno, una idea maestro, mojemos este fausto acontecimiento con
algo ¿no le parece?
Hila: Usté lo hace; a usté le toca el mojarlo y remojarlo porque está duro
todavía.
Espa: (Aparte) No lo sabes tú bien.
Ramo: Qué felicidad, Dios mío: voy a darle la noticia a Tomasita.
Espa: Mándese a la esquina, doña, por una botella de ron. (Dándole
dinero).
Ramo: Por fin me oyó San Onofre. (Mutis izquierda)
Escena X
Espa: Ya usté ve, maestro, que fácilmente nos hemos entendido.
Hila: Ya lo veo, hablando es que se entienden los hombres, y eso es lo
que usté no hacía; usté hablaba con Tomasa, pero ni a mí ni a Monchita
nos decía una palabra.
Espa: Pero es que lo que le he dicho, don Hilario, no porque yo no
pensara casarme con Tomasita, sino que yo quería tener algo que
ofrecerle, un modesto porvenir, no hacer lo que han hecho muchos que se
casan y al día siguiente amanecen sin el diario.
Hila: En esto tiene razón; pero, amigo, entonces no enamorarse, porque
después que el amor ha llegado a cierto grado, hay que… caerse o
arrancar la macota.
Espa: Es verdá.
Hila: Por otra parte, las murmuraciones; que la gente es muy perversa,
en cuanto ven que un hombre y una mujer tienen dos años de amores, ya
empiezan a murmurar; que si lo vieron salir a las cinco de la mañana, que
si le lavan la ropa, que si le planchan los cuellos, que vive en la misma
casa, pues le han alquilado una pieza con el pre texto de guardar los
muebles del matrimonio, y así la mar de calumnias que perjudican el
honor de una familia.
Escena XI
Ramona saliendo con Braulio, sirviente como de treinta años, medio
tonto; no es afeminado.
Ramo: (Desde la puerta, a Esparragosa) ¿Ron, fue lo que usté me dijo?
Espa: Sí, señora, ron del bueno.
Ramo: Bueno ande ligero, Braulio, al botiquín de la esquina.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis foro).
Ramo: (Acercándose) Pero qué niña más zoqueta es Tomasita al darle la
noticia, por poco se me desmaya.
Espa: Eso son los nervios; báñela por la mañana.
Ramo: ¡Niño! Si esa es un pato pal agua, a la seis ya está en la pipa.
Hila: Y toma los cinco fluidos.
Espa: Y, ¿qué es eso?
Hila: Kola, quina, koka, nuez vómica y serpentaria.
Espa: ¡Ah! Eso dicen que es muy bueno.
Ramo: Ya lo creo, inmejorable.
Espa: Pues volviendo a nuestro asunto; yo creo que las calumnias,
maestro, es mejor despreciarlas.
Hila: Amigo, pero a veces no se puede. Mire: una de las causas que me
han hecho dar este paso con usté, han sido las calumnias y
murmuraciones que escuché en ese botiquín de la esquina el sábado en la
noche referente a Tomasita y usté.
Espa: ¿A nosotros?
Ramo: Sí, señor, y no se crea que esta es la primera vez; esa cuerdita que
se reúne en el botiquín de la esquina tiene incendiado el vecindario.
Espa: Pero, bueno, ¿qué decían?
Hila: Jesucristo, una pila de disparates.
Espa: Pero ¿a usté se lo contaron o fue que usté lo escucho?
Hila: Me lo contaron; lo oí. (Pausa) Supóngase usté que el sábado venía
yo de entregá casa de Boccardo, por aí… a las nueve y media, y al pasar
por ese botiquín de la esquina, (cosa rara en mí) me entran ganas de comé
dulce; entro y pido un papeloncito, y cuando me lo estoy comiendo, oigo
que en el reservado aquel, que está atrás de la armadura, nombraban a
Tomasita y a usté; paro la oreja, y escucho que decían un bojote de cosas
feas: que si el año pasao en las misas de aguinaldo, que si ustedes iban
solos al cinematógrafo del circo, que si usté era un sinvergüenza porque
comía siempre aquí, que Ramona y Tomasita le lavaban y planchaban,
que yo lo calzaba a usté; y por aí un mar de horrores.
Espa: Pero no serían amigos míos los que me descuartizaban así.
Hila: Cómo no, amigos suyos, los mismos que se reúnen con usté ahí
todas las noches.
Espa: Caramba, se me hace duro.
Ramo: ¿Y usté está creyendo en amigos, Esparragosa? La amistá
verdadera es ilusión; ella cambia, se aleja y desaparece con los giros que
da la situación.
Espa: Es verdá, doña Ramona.
Hila: No, no, no; no vengas aquí con canciones que estamos hablando en
serio.
Ramo: Pero si es verdad, el que nada atesora nada vale.
Hilario: Y ¿vas a seguí?
Ramo: (Yendo hacia el foro) Guá y ese hombre no viene ¿habrá cogido
para otra parte?
Espa: Bueno, y usté ¿qué hizo, maestro?
Hila: Yo, venime pa’ mi casa, porque yo me conozco mi carácter, y si yo
entro al reservado, espaturro a cuatro, a cinco con la mochila de las
hormas.
Espa: Entonces más vale así.
Ramo: Aquí viene el hombre ya.
Brau: (Entregando la botella a Ramona) Aquí está, señora Ramona; me
dilaté porque no me quería dar mi ñapa.
Ramo: Bueno, dígale a Tomasa que me traiga acá los vasos, y usté
friegue aquellos platos.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Espa: ¿Como que tiene sirviente, doña Ramona?
Ramo: Sí, tengo desde ayer a ese hombre que se presentó por ahí
pidiendo servicio.
Espa: Jumm, tenga mucho cuidado.
Hila: Ya se lo dije yo a ella.
Ramo: No, si yo lo conozco mucho, era marchante de aquí cuando
ven día majarete; además, ese hombre es tonto; supóngase que se fue de
la casa donde estaba, porque como lo vieron así… medio azoquetado, lo
iban a poner a cargar a un niñito.
Espa: No embrome, doña Ramona; entonces no es tonto el hombre.
Ramo: Sí, niño, como lo oye.
Escena XII
Toma: (Entrando con cuatro vasos limpios) Aquí están los vasos, tía.
Espa: Bueno, tomemos pues. (Sirviendo en los vasos, alza el suyo y se dirige
a Hilario) Por la felicidad de su familia…
Hila: (Interrumpiendo) Y de la suya.
Espa: (Gracias) A la cual voy pronto a pertenecer, y particularmente por
Tomasita, para quien deseo todo género de venturas.
Ramo: (Después de una pausa) Contesta, Hilario.
Hila: Me extraña, tú sabes que yo no soy hombre de eso, que a mí no me
gusta contestarle a nadie, y además yo tomo siempre en silencio; de
casualidad se escucha el garganteo.
Ramo: (Levantando su vaso) Porque a todos nos acompañe el ángel de la
felicidad. (Todos beben).
Hila: Bueno, Tomasita: yo creo que estás en cuenta de que entre seis
meses te casas.
Toma: Sí, tío, me lo ha dicho tía Ramona.
Hila: Yo creo que desde ahora te debes ir acomodando. El paso que vas a
dar es un paso serio, no hay que tomarlo como lo toman algunos, como
un paso de comedia o un pasodoble.
Ramo: Sí, señor, a ser una buena esposa, a querer mucho a sus hijos.
Toma: (Avergonzada) Tía, por Dios.
Ramo: Jesús, niña, qué tonta eres, si eso es lo más natural.
Espa: Ya lo creo.
Ramo: (A Esparragosa) Y a usté también se lo digo: a ser un marido
bueno; a querer mucho a Tomasa, a considerarla mucho porque ella es
muy delicada.
Espa: Lo que es conmigo, vieja, eso está de más; porque usté sabe que yo
a la mujer la respeto, y más aún la venero; Eva para mí es lo más
grandeque tiene la antigüedad.
Hila: Ya lo creo, y Adán lo mismo, y hasta más, porque Adán fue como el
tronco de donde salió la humanidad.
Espa: Caramba, maestro, eso es bueno, merece que lo repitamos.
Hila: Eso lo hace usté.
Espa: Con gusto. (Llenando los vasos).
Toma: Yo no quiero, me da dolor de cabeza.
Ramo: A mí me sirve muy poco.
Hila: A mí me lo echa completo.
Ramo: (A Tomasa) Hilario la va a empatar.
Toma: Eso estoy yo presintiendo.
Espa: Bueno, maestro, que se enfría.
Ramo: Hilario, no tomes mucho, que el licor es mal amigo.
Hila: (Después de beber) Tú dices eso, Monchita, porque tú no tienes penas.
Toma: Y, ¿usté tiene penas, tío? Primera vez que lo oigo decir eso.
Hila: ¡Ay!, mijita, muy grandes y muy hondas.
Ramo: No seas embustero, Hilario, si hay algún hombre feliz, ese eres tú.
Hila: ¿Feliz yo? Ahí está el error, que lo que soy es reservado, que sufro
callado de la boca porque no me gusta pregonar a los cuatro vientos mis
dolores.
Espa: Quién sabe, misia Ramona, puede que tenga sus penas.
Ramo: Penas Hilario, ¿de qué?
Espa: Alguna herida de amor.
Ramo: ¿Amores en esa edad? Esos amores tardíos son ridículos.
Espa: Ridículos, pero existen.
Ramo: Y si fue en su juventud, no tuvo una novia nunca.
Hila: ¿Tú, qué sabes? (Se queda pensativo).
Toma: Eso es, tía, usté qué sabe.
Ramo: Cómo no voy a saber, si este ha sido toda la vida lo mismo: un
hombre seco y muy tonto.
Toma: Hay tontos que se enamoran.
Ramo: Pero este no ha sido de esos.
Brau: (Desde la puerta) Señora Ramona, ya aquello está espalillao: venga
pa’ que vea.
Ramo: Bueno, espérame allá fuera.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Ramo: Bueno, amigo Esparragosa, me retiro a mis quehaceres.
Espa: Tómese el último trago.
Ramo: No, porque me da la jaqueca. (A Tomasa) ¿Te quedas, niña?
Toma: Sí, tía, dentro de un momento voy…
Ramo: (A Esparragosa) No me le dé más al hombre (Mutis izquierda).
Espa: No tenga cuidado, vieja.
Escena XIII
Toma: Tío, por Dios, no piense tanto.
Espa: Déjalo que piense, chica, que sus razones tendrá: quien sabe qué ha
recordado.
Hila: ¡Ay!, amigo Esparragosa, usté sí que me comprende, son recuerdos
del pasado que vienen a la mente en estos momentos de expansión.
Espa: Peguémonos otro trago que el ron ahuyenta las penas. (Sirven y
beben).
Toma: No seas malo, Esparragosa.
Espa: Y esos recuerdos, maestro, de seguro son de amor.
Hila: De amor, y de muchas cosas.
Toma: Guá, míralo, nunca había oído a mi tío hablar de esa manera.
Hila: Esparragosa: yo lo quiero a usté mucho; y lo quiero porque usté es
un hombre bueno, y se va a casá con mi sobrina entre seis meses, y por
eso usté también es sobrino mío.
Espa: Cómo no, y a mucha honra.
Hila: Honra no, porque yo no soy doctor, general, ni sacerdote; pero sí
soy un hombre que conozco mi oficio, y que gano doce reales muy
completos.
Toma: Jesús, tío, por Dios, no se ponga impertinente.
Hila: Esparragosa: yo no he querido en la vida más que a una mujer y a
un hombre: la mujer me traicionó, era una mujer muy ruin, y se fue con
un cochero, (Sollozando) y el hombre… el hombre fue el que me crió
desde ocho días de nacido.
Espa: ¿Y a usté lo crio un hombre?
Hila: Es decir, me recogió; porque yo quedé huérfano de ocho días y con
mocezuelo.
Espa: Ja, ja, ja, no me haga reír, maestro.
Hila: De ahí en fuera, yo no he querido a más nadie, descontando a mi
familia por supuesto.
Espa: Ya lo creo.
Toma: (Disgustada) Me retiro, Esparragosa.
Espa: No, hombre, por qué te vas, tenemos que hablar muy largo.
Hila: Largo y ancho, como quieran, el que se ausenta soy yo.
Toma: (A Esparragosa) Es que cuando tío las coge lloronas, se pone muy
fastidioso.
Espa: Mira, aquello que te dije, no va a poder ser esta noche, luego
hablaremos.
Hila: (Aparte) Yo no los dejo aquí solos. Esparragosa, acompáñame a mi
cuarto.
Espa: Como no, maestro, con gusto.
Hila: (Pasándole el brazo a Esparragosa) Esparragosa, yo lo quiero a
usté bastante, esa acción que usté ha hecho hoy, es una deuda que yo
tengo con usté.
Espa: No, hombre, maestro por Dios, yo soy el que le debe a usté mucho.
Hila: A mí, dos remontas, pero yo no se las cobro porque sería una
indecencia.
Espa: Bueno, maestro, muchas gracias.
Hila: Tomasa, dile a Ramona que me haga café cerrero y que me mande
un limón. (Mutis, los dos derecha)
Escena XIV
Toma: (Viéndolos irse) (Con tristeza) Qué le parece, el respeto de una casa
pidiendo café cerrero; demasiado es que Esparragosa no ha abusado
conmigo, y así como mi tío hay muchos, que se quieren imponer en sus
casas no sé con qué autoridad. (Tocan a la puerta de la calle).
Brau: (Saliendo) Señor.
Toma: Vaya a ver quién es.
Brau: Sí, señor, en un saltico.
Toma: Este hombre debe haber sido volatín, todo lo hace en un saltico.
¿Quién será? Con seguridad que es Marcelina que viene a buscar los
moldes, por un tris presencia la gran película.
Brau: (Saliendo) Es una mujer que pregunta por la señora Ramona.
Toma: ¿Una mujer? ¿Será una señora?
Brau: Señora no me parece, porque viene de andaluza.
Toma: Bueno, avísele a mi tía, y dígale que dice tío, que le haga un café
cerrero y que le mande un limón.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Toma: Yo voy a estar al cuidado, no vayan Esparragosa y mi tío a
cometer una imprudencia. (Mutis derecha. Desde adentro) Adelante;
pase y siéntese, que ya le va a atendé.
Escena XV
Catalina, señora como de cuarenta y cinco años, un poco arruinada; lleva
andaluza y carriel muy usado: entra y se sienta escudriñando todo con la
mirada.
Cata: Guá y tienen una sala muy arregladita, como que no están tan
arruinadas como me han dicho: ¡ah! Gente pa’ hablá mijito; en lo demás
que dicen de ellas sí creo que tengan razón, porque esta gente
(Refiriéndose a las de la casa) nunca ha sido muy bendita.
Escena XVI
Ramo: (Saliendo izquierda) Buenos días.
Cata: Buenos días (Levantándose) ¿Cómo que no me conoces?
Ramo: (Pausa) No recuerdo.
Cata: Niña, no te acuerdas ya de Catalina Mijares.
Ramo: (Abrazándola) ¡Catalina! Cómo no, niña; que iba a conocerte si
estás muy acabada. (Se sientan).
Cata: Mijita, los sufrimientos.
Ramo: ¡Ay! Por Dios de eso no me hables.
Cata: Pero a ti te encuentro yo lo mismo.
Ramo: Qué va, si yo estoy muy flaca.
Cata: (Pausa) ¡Cuántos años sin vernos, ah!
Ramo: Como doce.
Cata: Qué va niña, mucho más; estaban empezando a hacer la Casa
Madre, yo me acuerdo que ibas tú con Tomasita, chiquita, por la mañana
a pasear, vivían ustedes entonces en San Enrique y nosotras al voltear.
Ramo: Sí, es verdá, hace ya bastante tiempo.
Cata: ¿Y Tomasita e Hilario?
Ramo: Están bien, Tomasita si la ves no la conoces, está hecha una mujer.
Cata: ¿De veras? Me lo supongo.
Ramo: Y tú, ¿dónde te la has pasado todo este tiempo?
Cata: Jesús mijita, danzando, unas veces en Caracas y otras en los
alrededores; hemos vivido en todas partes: en Sarría, en El Recreo, en
Caracas, en El Rincón, en El Valle, hasta en Los Lechosos, que fue donde
nos fue mejor. Ahora estamos aquí mismo en Pueblo Nuevo.
Ramo: ¿Y cómo supiste la casa?
Cata: Guá, niña, preguntando: suponte que ayer estuvieron las Urquisa
en casa, y hablando de amigas viejas, saliste tú en danza; les pregunté si
te conocían, si vivías todavía en la parroquia San José, me dijeron que sí,
me dieron las señas de tu casa y aquí me tienes.
Ramo: ¿Las Urquisa? (Recordando) Ah, sí, ellas hace tiempo que no
vienen por aquí.
Cata: Pobrecitas, esa gente está muy mal, yo creo que ni comen, niña.
Ramo: ¡Válgame Dios! ¿Y el hermano?
Cata: Jesucristo, hecho un perdido, el licor y las mujeres lo han decidido.
Ramo: Pero él era muy formal y muy trabajador.
Cata: Sí, cómo no, era chofer, pero desde que estropeó el perro del
ministro, se anuló; y como era un perro grande.
Ramo: Ya lo creo, pobre gente. Bueno y a ti ¿qué te trae por aquí?
porque esto ha sido un milagro.
Cata: Pues, mijita, verte a ti y a los tuyos lo primero, y lo demás una
simpleza, se trata de una limosna.
Ramo: ¿Una limosna? ¿Para quién?
Cata: Para mí. Es una misa, niña, que he prometido a Nuestra Señora del
Perpetuo Socorro y que se va a decir el viernes en San José y cuyo
importe he ofrecido recogerlo entre mis amistades.
Ramo: Y esa misa, mijita, ¿es de salud o de qué?
Cata: ¡Ay! Mijita, esa misa es por una necesidad muy grande que hay en
casa y que está a punto de remediarse.
Ramo: Bueno, niña, cómo no.
Cata: Gracias, mijita, no sabes cuánto te lo agradezco.
Ramo: Hombre, por Dios, no digas eso.
Cata: (Pausa) Me vas a regalar un poquito de agua, Ramona, porque
tengo una sed grande.
Ramo: Sí, hombre, cómo no: (Llamando) Braulio, Braulio.
Brau: (Saliendo) Señor.
Ramo: Traiga un poco de agua.
Brau: ¿Del bernegal o de la pipa?
Ramo: Del bernegal, no sea bruto.
Brau: Como dice un poco de agua.
Ramo: No señor, un vaso de agua, vaya ligero.
Brau: Sí, señor, en un saltico.
Cata: Desde que salí de casa esta mañana, me he tomado más de ocho
vasos de agua, y es el ajetreo, niña, tanto caminar pa’ arriba y pa’ abajo, y
no es nada sino que salí sin desayuno; no lo creerás pero no tengo en mi
estómago sino una tacita de café y una arepita.
Ramo: Niña, y ¿por qué sales así?
Cata: Ah, porque yo quería dejar arreglado hoy eso de la misa, y ya está,
no me falta sino hablar con el padre, pero voy a esperar un rato porque
seguro que ahora está desayunándose.
Ramo: Pero despójate, niña, y así reposas un rato.
Cata: (Quitándose la andaluza) De veras, que hace un calor; y de un
momento a otro tiembla, porque el cerro y que se la ha pasao roncando
todas las noches.
Brau: (Saliendo con un vaso de agua) Aquí está el agua: tómesela asen taíta.
(Pausa) Y va a tené que comprá una piedra de destilá, señora Ramona;
porque aquí en Caracas en cuanto llueve no se puede beber agua; lo que
viene por esos tubos es tierra; abre usté, y sale ese chorro de pantano,
cará.
Ramo: Sí, hombre, la compraremos: vea si aquella agua está hirviendo y
cuéleme aquel café.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Cata: Bueno, y ¿dónde está Tomasita? Llámala, que quiero verla.
Ramo: (Levantándose y llamando por la derecha) Tomasita, Tomasita.
Toma: (Dentro) Ya voy, tía.
Ramo: Ven acá, niña, un momento. Está atendiendo a Hilario.
Cata: Y ¿está enfermo?
Ramo: Enfermo, no… quebrantado; (Indicándole que ha bebido) él los
lunes se quebranta.
Cata: No vengas, niña, con eso.
Ramo: ¡Ay! Esa es mi cruz, Catalina.
Toma: (Saliendo) ¿Qué es, tía?
Escena XVII
Ramo: (Aparte a Tomasa) ¿Cómo están?
Toma: (A Ramona) Dormidos están los dos.
Ramo: Mira, que aquí está una amiga que te quiere conocer.
Cata: Niña, si es un mujerón.
Toma: (Dándole la mano) Tomasa Mota, una servidora.
Cata: Catalina Mijares, amiga vieja de ustedes; en Pueblo Nuevo nos
tiene.
Toma: ¿Sí?
Ramo: Sí, niña, ella te vio a ti chiquita.
Cata: (Contemplando a Tomasa) Dios mío, cómo pasa el tiempo. ¿De
seguro tendrá novio?
Ramo: Tiene y no tiene mijita, porque es muy sin fundamento.
Cata: Así están hoy todos los hombres, pero hay que tenerles calma y
llevarlos con paciencia que entren por el aro.
Toma: Ja, ja, ja, sí, es verdad.
Cata: Ella se ríe, esa como que es su táctica.
Toma: Guá, ya lo creo.
Cata: Yo sé mucho de eso, mijita, no ve que en casa tenemos un caso
igual.
Ramo: ¿Sí?
Cata: Sí, niña; la hermana mía Pilar.
Ramo: Pero, y ¿ella no enviudó?
Cata: Pues por eso, quiere volverse a casar; mucho más que quedó con
tres muchachos.
Toma: Y que además le fue [bien] en su primer matrimonio.
Cata: Bien no le fue, regular, pero así somos nosotras.
Ramo: Sí, es verdad.
Cata: Y ¿eso de Tomasita es viejo, o amores que empiezan?
Ramo: No, niña, más de dos años.
Cata: ¿De dos años? Pues ya es tiempo.
Ramo: Precisamente, hoy lo llamó al orden Hilario, y le pidió que fijara
un plazo.
Cata: Y, ¿lo fijó?
Ramo: Sí, dijo que dentro de seis meses se casaba.
Cata: Muy bien hecho, así es que se hace.
Brau: (Entrando con una taza de café) Aquí está el café, señora Ramona, no
tiene ni pizca de dulce.
Ramo: Así es que se necesita, pero yo no se lo mandé a traer para acá.
Brau: (Con risa de idiota) Bueno, pero yo lo traje, no ve que yo sé pa’ lo
que es.
Ramo: Llévaselo tú, Tomasa, y usté, vigílame aquello.
Brau: Sí, señor, en un saltico. (Mutis izquierda).
Toma: Con permiso. (Mutis derecha).
Cata: Sí, mijita, que le asiente.
Escena XVIII
Ramo: De manera que ¿Pilar vuelve a casarse?
Cata: Dios mediante, creo que sí, porque no anda jugando. Es un mozo
muy bueno, pero nunca decía nada.
Ramo: Y tú, ¿le hiciste hablar?
Cata: Ya lo creo: le dije que ya era tiempo, que llevaba año y medio de
amores y que por lo mismo que Pilar era una mujer ya viuda, pues se
prestaba más a las murmuraciones.
Ramo: Así es.
Cata: Me dijo que dentro de poco se casaba, que a más tardaría seis
meses, que ya él todo lo tenía, cama, sillas, escaparate y hasta objetos de
cocina.
Ramo: Y ¿es constante?
Cata: Muy constante: los martes, jueves y sábados, que son los días
señalados para su visita, no ha faltado nunca.
Ramo: ¿Tres veces a la semana?
Cata: Sí, y el domingo en la tarde, que ese lo ha cogido él por su cuenta.
Ramo: Ese es el mejor sistema, ese gorro es una lidia; así es el de aquí,
miércoles, viernes y domingo, porque el lunes es de Hilario; sin embargo,
él a veces se hace el tonto y se lo coge también.
Cata: Si es que están reabusadotes y hay que pelarles el ojo, porque si
una se descuida…
Ramo: ¿Y tiene algo? (Refiriéndose a dinero).
Cata: No, niña; es un hombre pobre, creo que no tiene ni oficio, eso sí,
muy buscador: suponte que en año y medio de amores no le ha hecho a
Pilar ni un regalo que merezca la pena; lo único que le lleva todos los
domingos en la tarde, son tres dulces de a medio y un real de claveles.
Ramo: Pobrecito.
Cata: Eso sí, muy amoroso y muy lleno de ilusiones, por eso creo que se
case; y ya que se llegó el caso te lo voy a decir: esta es la necesidad tan
grande que hay en la casa y por la cual he ofrecido la misa a la virgen del
Socorro, porque se case Pilar, mijita, porque ya las calumnias y
murmuraciones han llegado a un extremo que no es posible. ¡Ay,
Ramona, si yo te contara a ti los horrores que nos han acumulado con los
dichosos amores de Pilar!
Ramo: Me lo supongo, mijita.
Cata: Suponte que han llegado a decir que Pilar… (Le habla al oído).
Ramo: (Con asombro) ¡Jesucristo!
Cata: (Llorando) Dime tú, Ramona, decir eso de nosotras, que habremos
tenido de todo, pero hemos sido muy honradas; lo que es la familia
Mijares, mijita, muy pobres pero muy digna.
Ramo: Pues, hija, aquí nos hallamos en un caso parecido: el novio de
Tomasita lleva dos años y medio mangüareando y la gente hablando;
pero ahora sí creo yo que las cosas tomen otro rumbo primeramente
Dios, ya Hilario le habló bien claro, le dijo que, o se casaba cuanto antes
o se retiraba.
Cata: (Llorosa) Ninguna necesidad tenía Pilar de eso, niña: una mujer con
tres hijos que desde que murió el marido ha vivido de su trabajo, pero
eso se lo debemos al cinematógrafo del circo.
Ramo: Mijita, no me hables de eso, que de ahí salió el de Tomasa
también.
Cata: Pues, mijita, que se avispe, porque esos novios de cine son terribles.
Ramo: Juum, y si son del circo más.
Cata: ¡Ay! Mijita, que ese circo ha dao qué hacer ¿por qué no lo cerrarán?
Ramo: Qué va, si van a hacer otro. (Viendo a Tomasa que sale) ¿Se tomó el
café?
Escena XIX
Toma: No lo quiso, yo se lo dejé en la mesa.
Ramo: Y ¿cómo está?
Toma: Jesús, vuelto mantequilla.
Cata: Qué cosa esa de Hilario, ¿tú no le has hecho remedio?
Ramo: Jesús, hija, a ese le he hecho cuanto hay.
Cata: Dale huevos de lechuza.
Ramo: Se lo ’e dado, mijita, fritos, duros, en tortilla; eso no tiene remedio,
si él mismo lo dice: que él dejará de beber el día que lo lleven a enterrar,
y que si acaso es en tarima, todavía tiene esperanza.
Cata: Qué desgracia: eso mismo decía el marido de Pilar.
Toma: ¿Bebía mucho?
Cata: Ya lo creo, no veía el sol, y el aguardiente lo mató; murió de
cirrosis hepática, una enfermedad que dicen que pone el hígado como una
parapara.
Ramo: Pobrecito: y el novio que tiene ahora ¿no toma?
Cata: Yo no lo he visto mareado, pero tomará sus copas porque eso está
generalizado, ya no hay quien no beba, niña. Lo que sí sé yo es que es un
poco enamorado; precisamente en esta cuadra, o en la otra, le dijeron a
Pilar que tenía unos amores.
Ramo: ¿En esta cuadra?
Cata: Sí, en esta, o en la otra; alguna pobre muchacha que estará
perdiendo el tiempo porque, mijita, está loco por Pilar.
Ramo: En ésta quizás no sea, porque por aquí son muy contadas las casas
donde se reciben visitas, no ve que hay pocas muchachas; creo que son
tres las casas ¿no Tomasita?
Toma: Creo que sí, e’ pa’ ve: (Acordándose) las Longa, las Margado, y
aquí; sí, tres son; y los novios Barroso, el turco y Esparragosa.
Cata: (Con extrañeza) ¿Esparragosa? ¿Qué Esparragosa?
Toma: Guá, Narciso Esparragosa, mi novio.
Cata: (Con asombro) ¿Narciso Esparragosa? No, niña, no puede ser.
Toma: ¿Que no puede ser? ¿Por qué?
Cata: Si Narciso Esparragosa es el novio de mi hermana.
Ramo: No, hija, ese será otro.
Cata: ¿Cómo otro? No, Narciso Esparragosa, de los Esparragosa del
sombrero, un mozo alto, no mal parecido.
Toma: Ay, tía, lo que sospecho.
Ramo: Pero será posible, Dios mío, ¡ese hombre será capaz!
Toma: Ya lo vamos a saber.
Cata: ¿Cómo?
Toma: (Fuera de sí) Llamándole.
Cata: Y ¿está aquí? (Con asombro).
Toma: Sí, pero déjenme sola con él, quiero verle la intención: usté y tía
ocúltense en ese cuarto. (Indicando a la izquierda).
Ramo: Pero, niña, si no se sabe si es él.
Toma: Sí, es él, me lo dice el corazón.
Cata: (Haciendo mutis izquierda) ¡Ay! Dios mío, qué golpe para Pilar.
Ramo: (Haciendo mutis izquierda) Señor, esto es fin de mundo.
Toma: Esparragosa, Esparragosa.
Espa: (Dentro) Voy, mijita.
Toma: Hágame el favor un momento. (Viniendo hacia la mesa) ¡Qué
bandido! (Se pasa la mano por la frente) ¡Ay! A mí me va a dar algo. (Se
sienta, apoya los codos en la mesa y llora con la cara entre las manos) Dios mío,
quiera usté un hombre para esto.
Escena XX
Espa: (Saliendo) ¿Qué hay? ¿Qué quieres, Tomasita?
Cata: (Aparte. Desde la puerta) Él es, Dios mío.
Espa: ¿Cómo que te duele la cabeza?
Toma: Sí.
Espa: Ese fue el poquito de ron.
Toma: (Levantando la cabeza con dignidad) Es probable.
Espa: (Reparando que ha llorado) ¿Qué tienes tú? ¿Por qué lloras?
Toma: (Disimulando) No, es el humo, que me metí en la cocina y el humo
me hizo llorar. Siéntese.
Espa: (Aparte. Sentándose) Jun, aquí hay gato enmochilado.
Toma: (Pausa. Mirándolo fijamente) Dígame una cosa: ¿desde cuándo no
va usté por Pueblo Nuevo?
Espa: (Disimulando) ¿Yo? ¿Hablas conmigo?
Toma: No sé con quién voy a hablar.
Espa: Pues, hablándote con franqueza, no sé ni dónde me queda; sé que
eso es por allá abajo; pero nunca voy por ahí.
Toma: ¿De veras?
Espa: Sí, con franqueza.
Toma: Sí, yo sé que usté es muy franco.
Espa: Hombre, contigo lo he sido.
Toma: Sí, cómo no. (Pausa) Y ahora dígame otra cosa: ¿qué le gustaría a
usté más para casarse: una soltera o una viuda?
Espa: (Escamado) Y ¿a qué viene esa pregunta?
Toma: No haga caso a lo que viene y conteste.
Espa: Pues… la viuda si está fondeada me agrada; pero si no, la soltera:
además esto no es más que un decir, porque tú debes estar convencida de
que para mí en el mundo no existe más sino tú.
Toma: (Con sorna) Cómo no, convencidísima.
Espa: No, no lo digas así, yo creo que te lo he probado.
Toma: Sí, cómo no, muchas veces: si yo estoy satisfecha. (Pausa) Y
dígame: ¿desde cuándo no ve usté a Pilar Mijares?
Espa: (Cínicamente) ¿Pilar Mijares? No conozco a esa señora.
Cata: (Aparte. Que ha estado oyendo) Esto no lo aguanto yo.
Toma: Esparragosa, no lo creí a usté tan cínico. (Llora abatida).
Espa: Cínico, ¿por qué, Tomasa?
Escena XXI
Cata: (Saliendo) Conque no conoce usté a Pilar, so bandido.
Espa: Se hundió Coro y parte de Paraguaná.
Ramo: (Saliendo) Qué bandido va a ser ese, los bandidos son personas
delante de este condenao.
Espa: (Aparte) Qué aguacero de improperios.
Ramo: Esparragosa: usté es bien sinvergüenza.
Espa: (Aparte) (Con audacia) Señora, no sé por qué se permiten ustedes
ese lenguaje conmigo.
Cata: (Amenazándole) Usté es un bicho, un cualquiera. Pero, ¿qué
pretendía usté?, desgraciado, enamorando a mi hermana y a esta niña:
¿se iba a casar con las dos?
Espa: Hombre, a mí me gustaría, pero sé que no me dejan.
Ramo: (Fuera de sí) Usté se burla, caray, porque somos tres mujeres
(Yéndosele a las barbas) grosero, fresco, atrevido, mal hombre, barriga
verde. (En ese momento aparece Braulio en el dintel de la puerta).
Cata: Mírenle el arte, canalla. (Se sienta) Ay, cuando Pilar lo sepa.
Espa: Pero un momento, señoras.
Toma: Ya basta, tía, ya basta; deja a ese hombre que se vaya, eso no es
más que un andrajo; usté no es hombre, usté es cosa.
Espa: Qué cosas tiene esta niña.
Ramo: Salga ahora mismo de aquí, desocúpeme mi casa, o llamo a Hilario
pa’ que lo eche a empujones para la calle: Hilario, Hilario. (Llamando)
Escena XXII
Hila: (Saliendo) ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?
Ramo: Que este bandido engañaba a Tomasita.
Hila: Pero, cómo la engañaba.
Ramo: Con una hermana de la pobre Catalina, a quien había dado palabra
como aquí de matrimonio.
Hila: (A Esparragosa) Es posible, Esparragosa: ¿conque asando dos
conejos?
Brau: (Acercándose) Dos conejos no, son tres, ahora lo estoy conociendo;
ese es el novio de mi hermana.
Hila: ¿De tu hermana? ¿Quién es esa?
Brau: Una que está de sirvienta en la esquina de las Peláez.
Espa: Deslices, maestro, deslices.
Toma: Qué le parece, Dios mío.
Cata: Qué canalla.
Ramo: Sinvergüenza.
Hila: Conque deslices, pues deslícese ahora mismo pa’ la calle.
Espa: Pero, escúcheme, maestro.
Hila: No me diga una palabra.
Espa: (A Catalina) Yo pensé romper aquí y después casarme allá.
Hila: Conque romper, so canalla, apártese de mi vista, usté no tiene
familia, malaya sea hasta su estampa.
Espa: (Desde el foro) Bien, maestro, muchas gracias. (Aparte) Te salvaste,
Esparragosa. (Mutis foro).
Hila: Qué hombrecito tan terrible, si me horroriza pensar que echamos
un sueño juntos; pero él no tiene la culpa; las culpables de todo esto son
ustedes.
Ramo: ¿Nosotras?, la culpa es tuya, por tu maldito aguardiente que no
hay respeto en la casa.
Hila: También te cabe derecho; no bebo más: pero ustedes háganme la
caridad de no volver al maldito cinematógrafo.
Telón