En Argentina :
A lo largo de la historia, las conquistas legales ocuparon un lugar central en las luchas de
las mujeres. Este es uno de los aspectos donde se registran más logros y mayores consensos
entre diversos grupos de mujeres y alianzas con otros sectores interesados en la
construcción de un orden social más democrático. En las últimas décadas el movimiento de
mujeres ha comenzado a reconocer que la sanción de nuevas leyes y el discurso jurídico, en
general, trasciende la pura normatividad. No sólo contribuye a la construcción de
ciudadanía y, por ello, a la definición de la condición social de los sujetos, sino que
consolida ciertos valores y demarca modalidades de relaciones sociales, configurando así
un orden simbólico e imaginario histórico social. De ahí que las representaciones y
valoraciones relativas a las relaciones de género tengan un anclaje significativo en los
discursos jurídicos, los cuales pueden contribuir tanto a la remoción de modelos de género
cristalizados, como a favorecer su reproducción. Al entender que el discurso jurídico
cumple un doble papel de instituyente y de instituido dentro de un orden social que integra
un determinado orden de género, queda claro que no basta con cambiar las leyes, aunque
paradójicamente, modificar la ley sea, a veces, de mayor importancia (Alicia S. Ruiz,
2000).
En Argentina, la recuperación de las instituciones democráticas posibilitó la apertura de
nuevos canales para las demandas de las mujeres hacia y en el ámbito estatal, promoviendo
una reflexión crítica sobre la asimetría entre las normas jurídicas existentes y su efectiva
vigencia en una realidad social profundamente transformada. La igualdad legal y social
ente varones y mujeres pasó así a integrarse al debate público y, más adelante, a las agendas
políticas. En los primeros años del gobierno democrático, se eliminaron la mayoría de las
leyes discriminatorias hacia las mujeres, especialmente en el derecho de familia: sanción de
las leyes de patria potestad y filiación
Los acuerdos internacionales de derechos humanos y, en particular, la Convención sobre
todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, 1979) contribuyeron a dar
legitimidad y orientaciones político - conceptuales para sustentar la mayoría de los avances
legislativos en nuestro país. La Argentina ratificó en 1985 dicha Convención y ello
impulsó: a) la remoción de leyes discriminatorias y la aprobación de nuevas normativas
relacionadas, principalmente, con el derecho de familia y la participación política, b) obligó
a adecuar toda la legislación a sus disposiciones, incorporar sanciones penales por el
incumplimiento de sus prescripciones y c) crear o adecuar instancias judiciales y
administrativas habilitadas para reclamos específicos, tarea que aún no está completada
(Ver cuadro síntesis) Por su parte, los acuerdos internacionales de Derechos Humanos
constituyeron hitos significativos que otorgaron el marco conceptual y político en el que se
sustentan la mayoría de los avances legislativos. 1.1.- Reforma constitucional de 1994 2
Esta Reforma recoge, amplía y profundiza los avances legales logrados hasta ese momento.
A través de su artículo 75 inc. 22 reconoce jerarquía constitucional a todos los tratados y
convenciones internacionales sobre derechos humanos 3 firmados por el país y los
incorpora al marco jurídico nacional con la máxima jerarquía. Entre sus logros
fundamentales están:
Haber consagrado la igualdad real de oportunidades y de trato entre varones y
mujeres.
garantizar medidas de acción positiva para hacer efectiva la norma (Art. 75. inciso
23), abriendo una nueva vía para el ejercicio de los derechos ciudadanos. ·
Principios como el de no discriminación pasan a ser de aplicación directa
constitucional.
Reconoce derechos de incidencia colectiva. De este modo queda abierta, para las
mujeres y sus organizaciones, la vía judicial para exigir el cumplimiento de normas
que forman parte de las garantías constitucionales. Se trata de un
“constitucionalismo de la igualdad”, o bien, de un derecho constitucional
humanitario, en el que las mujeres tienen su sitio en la tangente entre la igualdad y
la diversidad – o la diferencia - (Bidart Campos, 1969).
Se establecen nuevas institucionalidades en la esfera estatal para asegurar el
cumplimiento de los derechos de la mujer y las premisas de la Convención.
Discriminación en el ámbito jurídico
legal La institución judicial y, en general, la administración de justicia ha sido severamente
cuestionada en el país, especialmente, en los últimos años. Están sometidos a la crítica por
su falta de transparencia, su ineficiencia y la inequidad en sus procedimientos. Los sectores
de menores recursos y de menor instrucción y las mal llamadas “minorías” discriminadas,
entre ellas las mujeres suelen ser las más afectadas por esta situación. (Zurutuza, 2002) La
jurisprudencia sobre la aplicación de los tratados internacionales de derechos humanos
incorporados a la Constitución Nacional por el artículo 75 inc. 22 ha tenido un desarrollo
desigual de acuerdo con los derechos que cada tratado internacional contiene y protege.
Así, en e l caso de la CEDAW, los tribunales locales no la han aplicado apropiada y
sistemáticamente para resolver los casos judiciales en los que se encuentran comprometidos
los derechos de las mujeres y la igualdad de género. Asimismo, tampoco la Corte Suprema
de Justicia de la Nación ha interpretado y aplicado en algún caso judicial la CEDAW.
(Contrainforme 2002).
Los avances en la Participación política En 1993 se promulgó la Ley 24.012 (llamada “de
Cupo Femenino”) al calor de una fuerte movilización social de las organizaciones de
mujeres y una activa participación del Consejo Nacional de la Mujer. Dicha ley dictamina
que las listas de candidatos a cargos electivos que fueran a ser presentadas por los partidos
políticos deberán incluir un mínimo del 30% de mujeres en proporciones tales que no
afecten sus probabilidades de resultar efectivamente electas. Su sanción tuvo un impacto
positivo en muchos planos simultáneos: motivó intensos debates sobre la igualdad social
entre los géneros, implicando en ellos a muy diversos actores y propiciando la emergencia
de un marco de representaciones culturales legitimadoras del rol de las mujeres en el
mundo público. Esta ley tuvo un efecto multiplicador a lo largo de la década de los ’90. En
la actualidad, 22 de las 23 provincias argentinas cuentan con ley de cupo para las elecciones
de diputados provinciales. Pese a su importancia política y cultural, el cumplimiento de la
ley de cupos no asegura per se la presencia del enfoque de la equidad de género en el
parlamento, en las instituciones públicas, o en las resoluciones jurídicas que se adopten.
Diversos estudios demuestran que con frecuencia las mujeres que conforman las listas
electorales son elegidas por los hombres, y/o sobre la base de relaciones de parentesco.
Tampoco puede asegurarse que las electas representarán intereses de género o que los
interpretarán de la manera que las luchadoras feministas desean o proponen. Sin embargo,
existieron importantes experiencias de formación de alianzas y coordinaciones trasversales
entre las mujeres de distintos partidos que actúan en el ámbito parlamentario para impulsar
leyes que benefician a su género. La significativa presencia femenina en estos ámbitos tiene
un poder simbólico importante para el conjunto de la sociedad. (Birgin, 2000) La política
de cupo femenino alcanzó también al ámbito específico de la actividad sindical. La ley
25.674 sancionada y promulgada en noviembre de 2002 establece que: “ las asociaciones
sindicales garantizarán la efectiva democracia interna. Para que ello se concrete sus
estatutos fijan: a) la efectiva participación de los afiliados en la vida de la asociación,
garantizando la elección directa de los cuerpos directivos en los sindicatos locales y
seccionales, b) la representación de las minorías en los cuerpos deliberativos, d)
participación femenina en las unidades de negociación colectiva de las condiciones
laborales, en función de la cantidad de trabajadores en la rama o actividad de que se trate.
Integración de mujeres en cargos electivos y representativos de las asociaciones sindicales”.
(Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, 2004)
Protección contra la Violencia:
Es violencia contra la mujer, "todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo
femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o
psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación
arbitraria de la libertad, tanto si se produce en la vida pública como en la privada". La
diferencia entre este tipo de violencia y otras formas de agresión y coerción estriba en que
en este caso el factor de riesgo o vulnerabilidad es el solo hecho de ser mujer. La violencia
contra la mujer no es un problema que afecta tan solo a las mujeres pobres o del tercer
mundo. Afecta a mujeres, a nivel mundial, de todos los grupos raciales y económicos. Sin
embargo, es un problema raramente documentado. Pocos países industrializados llevaron a
cabo estudios empíricos que podrían proporcionar un cuerpo amplio de información, a
través del cual se descubrirían las verdaderas dimensiones del problema. En los países
menos desarrollados o en vías de serlo las estadísticas son aún más escasas. Sin embargo,
no se debe menospreciar la gravedad del problema. Según el informe especial del Banco
Interamericano de Desarrollo (2001): En Argentina en 1 de cada 5 parejas hay violencia. En
el 42% de los casos de mujeres asesinadas, el crimen lo realiza su pare ja. El 37% de las
mujeres golpeadas por sus esposos lleva 20 años o más soportando abusos de ese tipo.
Según datos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires el 54% de las mujeres golpeadas
están casadas. El 30% denuncia que el maltrato se prolongó más de 1 1 años. Según
información del BID, se estima que el 25% de las mujeres argentinas es víctima de
violencia y que el 50% pasará por alguna situación violenta en algún momento de su vida.
Sólo en la ciudad de Buenos Aires se reciben 7000 llamadas anuales a las líneas de
violencia. Dado que internacionalmente se calcula que sólo se denuncian el 10% de los
casos, habría 60.000 casos de delitos sexuales al año, o sea 16 casos diarios. Los datos
existentes no son muchos. Es necesario conseguir información más detallada en cada uno
de los países de la región y determinar los factores de riesgo, el impacto físico y
psicológico de la violencia sobre las víctimas, los costos económicos directos que tiene, y
sus efectos sobre la familia y la comunidad. No obstante, surge del mismo informe del BID
que desde el 25% hasta más del 50% de las mujeres latinoamericanas (dependiendo del país
donde vivan) sufre algún tipo de violencia en el hogar.
En los últimos años, Argentina avanzó en la creación de normas destinadas a erradicar la
violencia contra las mujeres. Entre ellas se destaca la ratificación de la Convención
Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (más
conocida como la Convención de Belén du Pará). (Motta y Rodríguez M, 2000) En el mes
de diciembre del año 1994, se promulga la Ley Nacional 24.417 de Protección contra la
Violencia Familiar. Aunque este hecho es un importante antecedente para visualizar la
especificidad de la violencia de género, esta ley - reglamentada dos años después- no
recogió totalmente el desarrollo conceptual de la Convención de Belem do Pará y suscitó
controversias por la ambigüedad contenida en algunos de sus artículos. En particular, se
cuestiona que presente a la familia como un todo homogéneo, tr atando a todos sus
integrantes de manera similar, lo que se traduce en un marco limitado para la comprensión
de las causas y consecuencias de la violencia, así como para los modelos de intervención y
las políticas adecuadas para su prevención, sanción y erradicación. Esta ambigüedad fue
subsanada con la sanción, en 1996, de la Ley 24.632, que ratifica la "Convención
Interamericana sobre sanción, Prevención y Erradicación de la Violencia contra la Mujer -
Convención de Belem do Pará" y mejora la anterior al concebir a la violencia contra la
mujer como violencia de género. Sin embargo, especialistas en el tema afirman que el
ordenamiento legal no ha dado aún una respuesta integral a este problema debido a: a) no es
obligatoria la adhesión de las jurisdicciones a esta Ley, b) las provincias y también
municipios han promulgado sus propias legislaciones 5 por lo cual suelen yuxtaponerse
recursos y responsabilidades entre los distintos niveles jurisdiccionales, c) la escasez de
recursos financieros para implementar programas de formación de recursos humanos y
atención a las mujeres maltratadas, d) la ausencia de campañas comunicacionales
sistemáticas para favorecer la apropiación de los derechos por parte de ciudadanas y
ciudadanos.
En cuanto al Código Penal (que data de 1921), fue modificado en el año 1999 en aspectos
sustantivos que hacen a los derechos de las mujeres. Entre los cambios más destacables se
modificaron conceptos claves relacionados con la violencia sexual, entre los cuales están
los delitos anteriormente denominados “contra la honestidad”. La ley reformada considera
que la violencia sexual no es una serie accidental de eventos individuales, sino que está
institucionalizada: es una práctica socialmente coercitiva que en lugar de ser natural e
inevitable, es social y alterable. El primer cambio trascendente fue modificar la
caracterización de los hechos de violencia, anteriormente encuadrados en el capítulo de
Delitos contra las personas, para redefinirlos como Delitos contra la integridad de las
personas. Legisla, asimismo, sobre el abuso sexual, incorporando el sometimiento sexual
como gravemente ultrajante para la víctima. La nueva ley considera estas conductas como
actos de agresión (a) contra la integridad física, psíquica y moral de las mujeres, (b ) contra
la autodeterminación y la libertad de decisión en materia sexual y (c) contra el dominio
sobre el propio cuerpo.
Derechos sexuales y reproductivos
Ninguno de los logros anteriores concitó tanta polémica, resistencia y movilización como la
lucha de las mujeres y sus organizaciones por la sanción de leyes protectoras de sus
derechos sexuales y reproductivos. Después de superar innumerables obstáculos de diversa
índole, tanto a nivel político como religioso, y a casi veinte años de recuperad as las
instituciones democráticas, se sancionó en 2002 una ley nacional en esta materia. Con
anterioridad a este hito de escala nacional, 14 jurisdicciones 6 y la Ciudad Autónoma de
Buenos Aires habían promulgado sus propias leyes de salud sexual y reproductiva. A partir
del 2002, la Argentina cuenta con un Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación
Responsable - establecido en la Ley Nº 26.673 (luego reglamentado a nivel nacional a
través del Decreto 1282/03). Sin embargo, esta medida no logra satisfacer a muchos
sectores, en especial, por las limitaciones para su implementación. Entre otras críticas se
plantea la siguiente:
A pesar de la manifiesta voluntad política del Poder ejecutivo Nacional para que el acceso
de las mujeres y parejas a la S alud Sexual y Reproductiva sea un derecho efectivo, esto no
ha dejado de ser una utopía: a seis meses de puesto en marcha el Programa Nacional de
Salud Sexual y Reproductiva, su implementación en las distintas jurisdicciones es irregular,
(señala la responsable del Programa del Ministerio de Salud de la Nación). Abogan por una
participación de la sociedad civil y de las organizaciones de mujeres para hacer efectivo el
cumplimiento del programa en cada una de las jurisdicciones. Por su parte, el consorcio
nacional de derechos reproductivos y sexuales CONDERS, organismo que coordina el
accionar de las ONG´S en todo el país, llevará adelante la tarea de monitorear el
cumplimiento de la ley según allí se especifica. Ello supone auditar, también, la existe ncia
de Consejería para parejas, la provisión sistemática de anticonceptivos por parte del estado
y la implementación de programas de educación sexual. (Suplemento Las 12, Página 12,
Buenos Aires, viernes 28 de noviembre 2003)
Legislación laboral
La Ley de Contrato de Trabajo (LCT) vigente contiene en su articulado disposiciones
tendientes a consagrar la igualdad entre los trabajadores y trabajadoras y aquellas que
específicamente hacen a la protección del trabajo femenino. § La Constitución del 1994
ratifica los Convenios con la OIT relacionados al trabajo de las mujeres que se encuentran
en tres capítulos: Igualdad de Remuneración entre Varones y Mujeres (Nª100),
Discriminación en el Empleo y la Ocupación (Nª 111) y Trabajadoras con
Responsabilidades Familiares (N° 156). Asegurando con ello, la máxima jerarquía para el
Derecho del trabajo. § En relación con el acoso u hostigamiento sexual en el puesto de
trabajo solamente se encuentra reglamentado para los trabajadores de la administración púb
lica (Ley 22.140/80) y lo incorpora en el Convenio Colectivo de Trabajo General para la
Administración Pública 7 . § Las relaciones individuales del trabajo en el sector privado
están reguladas desde el año 1974 por la Ley de Contrato de Trabajo N° 20744 y su s leyes
modificatorias. Esta legislación general está, a su vez, complementada por los Estatutos
Profesionales que contienen normas para determinadas actividades o grupo de
trabajadores/as. Las leyes de Seguridad Social y de Accidentes de Trabajo completen tan la
normativa laboral. § En el año 2000, se promulgó la Ley 23. 250 de Reforma Laboral,
orientada al "Estímulo al Empleo Estable" (períodos de prueba por tres meses, pasantías
para los más jóvenes, estímulo a las empresas en caso de emplear a mujeres de más 35
años, entre otros). Esta ley fue, junto a sus normas reglamentarias, derogada recientemente
(marzo del 2004) y reemplazada por la Ley Nª 25.877. Ambas leyes intentan paliar la
transformación del mercado de trabajo que dejó casi al 50% de la población en situación de
vulnerabilidad laboral.
MÁS TRABAJO, MENOS EMPLEO: LAS MUJERES EN LA DINÁMICA DEL
MERCADO DE TRABAJO.
Los procesos en el mercado de trabajo: panorama general
El optimismo de los años 60´s respecto de las posibilidades del desarrollo económico,
industrialización y democratización en América Latina fue acompañado por una creciente
participación femenina en el mercado de trabajo, fenómeno que comenzó a ser evaluado
como un indicador de la modernización de las sociedades y sus culturas. A mediados de los
70´s y, especialmente, en la década del 80, los profundos cambios en la situación
económica y política de la mayoría de los países de la Región y, especialmente en
Argentina, se perfilaron en un contexto crítico sin precedentes, punto de partida de lo que
se plantearía dramáticamente en la década del 90. El período analizado tiene como marcas
dominantes la caída de los ingresos reales y el nivel del empleo. En la década del 80, como
resultado directo de la política económica implementada durante los años de la dictadura
militar, la estructura social y económica sufrió cambios que revirtieron las tendencias
industrialistas que le otorgaron su impronta a las décadas anteriores. Se inició un período de
estancamiento económico y de fuerte caída del ingreso real de los asalariados (Beccaria
1988), a la vez que se instala una fuerte segmentación del mercado de trabajo. La oferta
altamente calificada no parece ser aprovechada lo suficiente por la estructura de la demanda
del mercado. Entre los cambios más significativos experimentados por el mercado de
trabajo se encuentran: a) el descenso del empleo industrial a un ritmo del 2% anual entre
1970 y 1987, b) el incremento del empleo no asalariado c) aumento del empleo en
establecimientos pequeños y d) la precarización de las relaciones laborales, tendencias que
continúan hasta el presente. En la mayoría de los países de la Región se observa un cambio
sustancial en las modalidades de empleo, marcadas definitivamente Metas del Milenio
Objetivo Nª3 Promover el empleo decente Meta 5:Reducir en el año 2015 el desempleo a
una tasa inferior al 10%. META 6. Incrementar la cobertura de protección social a dos
terceras partes de la población para el año 2015. META 7. Erradicar el trabajo infantil. por
el paso de la etapa industrial manufacturera a una de servicios y tecnológicas. En cuanto a
la Argentina, el cambio de perfil tiene una estrecha relación con la implementación de una
política económica cuyos ejes fueron el Plan de Convertibilidad 9 – 1991- y el ajuste
estructural. Ello supuso, entre otras, la desregulación del mercado de trabajo, la
privatización de las empresas públicas y la apertura comercial. A fines de 1991, mientras
los salarios reales aumentaban, el empleo crecía menos que el PBI y la tasa de desempleo a
los dos años de iniciado el Plan alcanzó niveles nunca registrados en la Argentina. La
puesta en marcha de un m arco regulatorio en 1994 alentó el empleo a corto plazo, extendió
la desprotección y afectó las pautas de determinación salarial (ver apartado 2.4.1). Durante
toda la década, y principalmente a partir de 1995, se observa un sostenido incremento de
los niveles de desocupación y subocupación. El proceso resulta de dos comportamientos
distintos: por un lado, la menor creación de puestos de trabajo; por otro, el aumento en las
tasas de actividad. Frente a la caída en los niveles de ingreso, un mayor número de personas
busca trabajo con el objetivo de contribuir a la mejora de los ingresos familiares. Las tasas
de desocupación llegan al 18.3% en el octubre de 2001, en el pico de la crisis que
determinaría la salida de la convertibilidad a principios de 2002. E n la medición de mayo
de 2002, alcanzan un nivel aún mayor –21.5% -. A partir de 2003, la actividad económica
comienza a registrar un repunte. En ese marco, las tasas de desocupación comienzan a
descender: 15.6% en mayo de 2003 y a 13.2% en el último trimestre de 2004, en los
principales aglomerados urbanos del país. Es importante señalar que dichas mediciones
incluyen como ocupados a los beneficiarios del Plan jefes y Jefas de Hogar. Sin embargo,
ello no alteraría un patrón de funcionamiento del mercado de trabajo: los puestos que
aumentan son aquellos sin cobertura social. En tal sentido, y como señala Luis Beccaria 10
"...la situación social Argentina es tributaria de un decepcionante comportamiento en el
ámbito laboral. No se trata sólo del desempleo, sin o también del crecimiento de la
precariedad de los puestos de trabajo, que no constituye ya una situación de corto plazo
sino que se está convirtiendo en un rasgo estructural del país". Este fenómeno "ha llevado a
una agudización de la desigualdad, de la vulnerabilidad social, y todo eso caracteriza un
proceso de desintegración social que significa una reversión de la tradicional pintura que
solía hacerse de nuestro país". Las problemáticas "del desempleo, la precariedad laboral,
los salarios insuficientes, condicionan la capacidad de consumo de los hogares pero
también producen una disrupción de la vida familiar, incidiendo de manera diferente en
varones y mujeres. Estas últimas asumen la responsabilidad primaria de la esfera doméstica
y de la manutención de las familias aunque no sean jefas de hogar".
Las mujeres en el mercado de trabajo:
Como se destacó en el apartado anterior, a partir de mediados de los 70, fueron
disminuyendo los ingresos reales y el nivel del empleo. Paralelamente, se registraba un
incremento la participación femenina en el mercado de trabajo: en efecto, las tasas relativas
a las mujeres aumentaron desde finales de los años 80 tanto en términos relativos como
absolutos (ver apartado 2.3.1) Esta tendencia ascendente de la participación económica
femenina se debió a varios procesos complementarios: a) el incremento en el número de
años de permanencia en el mercado laboral, por causa de la postergación del retiro durante
el inicio del ciclo vital reproductivo, b) en la reentrada al mercado laboral en la edad
madura temprana, c) el crecimiento en el número de divorciadas y mujeres solas jefas de
hogar que permanecen o se re -incorporan a la vida activa11 . En Argentina, algunos
autores pusieron en duda el carácter “moderno” o emancipador de la incorporación de las
mujeres al mercado de trabajo atendiendo que, al menos una proporción de ellas,
ingresaban movilizadas por la caída del ingreso familiar más que por aspiraciones de
desarrollo personal. (Fanelli, 1991). Este argumento es discutible. En primer lugar, no es
válido adjudicar a una sola motivación la búsqueda de inserción laboral. En segundo lugar,
no podemos obviar un clima de época que progresivamente induce a las mujeres a ampliar
la gama de satisfactores y los emblemas identitarios al valorizar su desempeño en espacios
extra domésticos. Otro elemento insoslayable para explicar la entrada y, en especial, la
permanencia de las mujeres en el mercado laboral radica en la incidencia de esta opción en
aspectos como autonomía, autoestima, ampliación de redes sociales (CEPAL, 2000) .
Más allá de estas consideraciones, también es importante tener en cuenta las implicancias
que la entrada en el mercado de trabajo tuvieron en términos de la organización familiar,
dado el rol que tradicionalmente han tenido las mujeres en la misma. La preocupación por
la relación entre las esferas de trabajo y familia, es reciente e indispensable (León, 2001)
tanto por el aumento de la participación de las mujeres en el mercado de trabajo como por
los cambios radicales que desde los años ’60 se registran en la vida familiar: aumento de
uniones consensuales, postergación de la edad de casamiento, reemplazo por uniones de
hecho, sobre todo en los sectores medios, familias ensambladas, convergencia de hijos e
hijas de uno y otro cónyuge, de hogares con hijos encabezados por mujeres, entre tantas
otras formas de construir comunidad familiar. La postergación del matrimonio y la
reducción del tamaño de las familias se hallan, a su vez, asociadas a la educación y a los
cambios operados en los modelos de feminidad y a las expectativas del rol, conformando e
elementos que intervienen en la propulsión de las mujeres hacia el mercado de trabajo y de
consumo. Si bien la esfera doméstica y el mundo laboral se rigen por sus propias leyes,
comparten una lógica que es común: la división sexual del trabajo (Wainerman , 2002).
Más concretamente, la pregunta es sobre quién recae la responsabilidad de lo doméstico y
cuáles son los significados genéricos otorgados al trabajo remunerado (Aguirre R. 2003).
Es interesante señalar en tal sentido que en las investigaciones sobre mercado de trabajo
son escasas las referencias a la distribución del tiempo de las mujeres entre la jornada
laboral y doméstica (Wainerman, 1999). Son las organizaciones de mujeres e investigadoras
sociales quienes con más fuerza vienen colocando esta temática en la agenda de
preocupaciones. Sin embargo, cada vez más, el mercado de trabajo aparece como un vector
con dos flechas. Una de las cuales se relaciona con el trabajo remunerado y la otra con la
reproducción, la economía del cuidado 12 (Aguirre, 2003 ) y el mantenimiento del hogar.
En este sentido varios países de la Región (Uruguay, Ecuador, México, Guatemala, entre
otros) tienen en avance estudios sobre el “Uso del Tiempo” de las mujeres. Desafíos y
amenazas conviven en esta particular relación social que es la familia y, en tal sentido,
caben cuestionamientos nuevos sobre sus especificidades y las problemáticas que enfrenta
en un contexto global. Con escenarios en crisis o sin ellas las situaciones de vulnerabilidad,
de imprevisibilidad, la falta de proyección futura, el quiebre de las certezas sobre la
permanencia de los vínculos y la modalidad que adquirirán las distintas etapas de la vida,
requiere, como primeras aproximaciones, destrezas y un caudal importante de recursos
simbólicos para procesar estas transformaciones.
Parece entonces que las mujeres buscan trabajar porque lo quieren y/o porque lo necesitan,
lo que -en gran medida- depende de las urgencias económicas que experimentan los
hogares a los que pertenecen. De la misma forma en que se reconoce la importancia del
aporte de los ingresos laborales de las mujeres de más bajos ingresos en la superación de la
pobreza de sus hogares, es igualmente sabido que sus tasas de participación laboral son
significativamente inferiores a las observadas en los grupos de ingreso medio y alto. Son
las mujeres pobres las que encuentran mayores dificultades para insertarse en el trabajo
remunerado y ello, entre otros factores, está ligado a que enfrentan mayores obstáculos para
delegar las responsabilidades domésticas y, particularmente, el cuidado de sus hijos. No
obstante, en los años noventa, son justamente las mujeres pobres las que han aumentado
proporcionalmente su participación en el mercado laboral (OIT, 1999: 24), dado
probablemente la urgencia económica en que viven sus hogares. (En “Mujeres Empresarias
en América Latina: el difícil equilibrio entre dos mundos de trabajo desafíos para el futuro”.
Lieve Daeren, CEPAL, 2000)
Tasas de actividad y desempleo femeninos
En 1980, la tasa de actividad femenina rondaba el 31%, mientras que la de los varones
alcanzaba a casi el 80%. A lo largo de la década de 1980, las tasas femeninas tienden a
aumentar mientras que las masculinas decrecen. En tal sentido, el factor más llamativo de
esta década es que el crecimiento ínter -censal de las mujeres activas (19,7 %) más que
duplica la tasa de crecimiento entre los varones (7,8%). Posiblemente, este fuerte aumento
hacia finales de los años ochenta guarde relación también con la mejora en la captacación
del empleo femenino con el Censo de Población de 1991. En 1980, la desocupación a nivel
de la población tota l se mantenía en torno del 6% y la incidencia según sexo era similar.
Las brechas de género son bajas y se mantienen en esos niveles a lo largo de la década. Es
recién a partir de finales de los ochenta cuando las brechas comienzan a incrementarse en
perjuicio de las mujeres, particularmente las de menor nivel educativo. En 1991, y según
datos del Censo Nacional de Población, el porcentaje de mujeres activas ascendía al 40%.
Una característica destacada de esa participación es la mayor permanencia de las mujeres
en el mercado de trabajo tanto respecto de los varones (aún cuando la participación de
aquellos sea más alta) como de sus antecesoras en décadas anteriores. Las tasas de
desocupación en 1991 entre las mujeres eran más altas que entre los varones: 8.5% y 5.3%
respectivamente. Las mujeres con bajos niveles educativos sufrían el desempleo con mayor
intensidad que los varones con iguales años de escolaridad: así el 11.3% de las mujeres con
primario incompleto se encontraban en 1991 desempleadas, mientras que entre los varones
tales valores alcanzaban al 3%. Las brechas de género son altas en los niveles inferiores al
secundario incompleto. En los niveles más altos, las brechas en la tasa de desocupación
disminuyen notoriamente. Ello sugiere la presencia a de mecanismos selectivos que operan
en la incorporación laboral de las mujeres en función de su educación13 Entre los años
1991 y 2000, tal como lo indica el siguiente gráfico, la tasa de actividad de las mujeres se
incrementó en un 26%, pasando del 2 8,0 % al 35,3% de participación, mientras que la de
los varones sólo aumentó en un 1,3% (55,1% al 58,8% respectivamente). La información
refiere a la población residente en los 28 grandes aglomerados urbanos en los que se releva
la Encuesta Permanente de Hogares (EPH)
En estos años, el incremento del empleo fue impulsado por las mujeres de hogares de
ingresos bajos y medios (primeros 3 quintiles de ingresos per cápita familiar) ya que entre
las más ricas (quintiles 4 y 5) la tasa se mantuvo prácticamente sin variantes. Entre las más
pobres (1°quintil) el incremento fue notable, ya que casi se duplicó entre 1991 y 1999
(pasando del 8,5% al 15,7 %). Mujeres: Tasa de empleo según quintiles de ingreso per
cápita familiar 14. Gran Buenos Aires, Octubre 1991 -2000.
En la década de 1990, el crecimiento de las tasas de desocupación fue acompañadas de una
importante suba en las tasas femeninas. En efecto, entre 1991 y 1997, las tasas de
desocupación femeninas más que se duplican –pasan de 6.9% a 16.3% - para alcanzar al
17.9% en 2001. Las brechas de género se incrementan en el primer período para luego
disminuir hacia 2001. Sin embargo, existen diferencias regionales: datos referidos al Gran
Buenos Aires, que representa más del 50% de la población urbana tota l relevada por la
EPH muestran que en ese distrito en 1991 la diferencia entre la tasa de empleo femenina y
la masculina era de 1%, mientras que en el 2000, la brecha entre ambas tasas había
aumentado a 3,5%. Con posterioridad a la crisis de 2001, en los 28 grandes aglomerados
urbanos, las tasas de actividad femeninas continúan en aumento, alcanzado en el segundo
trimestre de 2004 al 60.5%. Por el contrario, las tasas masculinas muestran un fuerte
descenso en relación con 2001, y en 2004 se sitúan en el 49.2%. En otras palabras, mientras
que las tasas femeninas aumentan 12 puntos, las masculinas descienden 20. Sin embargo, la
desocupación sigue teniendo mayor incidencia entre las mujeres: alcanza en 2004 al 15.3%
de ellas y al 11.6%. Se observa así que en relación con 2001, la brecha de género en la tasa
de desempleo se profundiza. El mayor nivel educativo promedio de las mujeres, ya
señalado, no parece haber funcionado como un freno a la pérdida de empleo. En efecto, la
desocupación afectó de manera particular a las primeras: así, mientras el 25% de los
varones desempleados completaron sus estudios secundarios o lograron estudios superiores
o universitarios, este porcentaje es del 45%.5 entre las mujeres desempleadas. Como
síntesis, el siguiente gráfico muestra el comportamiento de mujeres y varones en el
mercado de trabajo entre los años 1974 y 1999:
Ramas de actividad y categorías ocupacionales: características del empleo femenino Como
vimos en el apartado anterior, el período analizado se caracteriza por la evolución positiva
de las tasas de actividad femeninas. Al considerar los rasgos que adquiere el empleo
femenino, se observa que el factor que explica la mayor participación de las mujeres es, sin
dudas, el crecimiento del sector terciario. En efecto, la feminización de las ocupaciones
administrativas y profesionales ya percibidas en los años 60 continúa en las décadas
siguientes en los sectores educación y salud y avanzó en los bancos y entidades financieras
y los puestos administrativos de un número importante de industrias manufactureras. Una
hipótesis bastante generalizada que explicaría este fenómeno es la legitimad ad de la
presencia de las mujeres que supone que las mujeres ya están en el mercado y además
reciben salarios inferiores. En la década de 1980, el crecimiento de las tasas de desempleo
abierto y del sub - empleo visible e invisible tuvo influencia en la ocupación femenina,
particularmente, en el sector manufacturero (rama textil donde predominaban las mujeres)
15. Muchas de estas mujeres re -ingresaron al mercado a través de trabajos precarios o
servicio doméstico. Es posible pensar que las de menores ingreso s se vieron forzadas a
aceptar este tipo de trabajos (de menor calificación) a fin de compensar la caída de los
ingresos familiares o frente a la desocupación de los jefes de hogar varones 16 . Mientras
tanto, las mujeres de sectores medios (cada vez mejor calificadas) ingresaban, al igual que
en las dos décadas anteriores, al sector de servicios (destacándose los financieros), siendo
sustantiva su presencia en el empleo público. Ya en 1980 tenían una mayor participación
laboral en el sector público (35,2%) que en el conjunto del trabajo asalariado (31.8%).
Comenzada esta década, el 35% de las mujeres que trabajaban lo hacían en tres
ocupaciones mayoritariamente femeninas: enfermeras y paramédicas, profesoras y maestras
y empleadas domésticas. Como lo muestran los estudios en este tema son ocupaciones que
demandan capacidades, habilidades y procesos de trabajo que guardan relación con
responsabilidades y roles domésticos y de cuidado asignados a ellas. Otros dos grupos
ocupacionales con alta presencia de m mujeres son las “empleadas administrativas y
vendedoras” (estos últimos en constante crecimiento). Aunque también aumentó la
proporción de mujeres profesionales en el sector público y en puestos de bajo status y nivel
de remuneración, lo cual, según Fanelli (1991), pone en duda el avance logrado en términos
ocupacionales (el 64% de las mujeres profesionales trabajaban en el Sector público contra
el 33% de lo varones profesionales).
Estudios específicos sobre el trabajo de las mujeres en el sector público mu están que los
logros en términos de las carreras de mujeres y varones son desventajosos para las ellas,
quienes se concentran en ocupaciones sin futuro (dead -end jobs) con pocas posibilidades
de ascenso (Alacino 1996, Geldstein 1989) 17. Este patrón guarda relación, por supuesto,
con los cambios en la estructura productiva y ocupacional característicos del ciclo por el
cual atraviesa el país. Sin embargo, no puede obviarse el peso de los factores culturales y la
distribución de las oportunidades y el poder dentro de las organizaciones (Alacino 1996).
Felipe León (CEPAL,1998) advierte que los más importantes cambios en el Mercado de
Trabajo Regional, en el marco de las reformas estructurales de 1989 -1990, se expresaron
entre la población femenina “…por ser aquella cuyo comportamiento demográfico,
educativo y laboral ha tenido cambios más importantes en las últimas tres décadas, lo que
ha determinado que su aporte al incremento total de la población ocupada haya superado el
de los hombres en estos 10 años ( 1989 –1999), por primera vez en la historia regional”. La
expansión de la educación femenina y la equidad alcanzada en esta esfera entre los sexos ha
constituido un factor determinante en el incremento de la oferta laboral de las mujeres. Ya
para los años 80, las mujeres habían superado ampliamente a los varones en cuanto a logros
educacionales. En 1980 el 31% de las mujeres de los grupos de edad de 25-30 años habían
concluido o superado el nivel secundario comparado con el 26% de los varones en las
mismas edades. Como señala Ruth Sautu (1991), la mayor cantidad de años de educación
de las mujeres las retiene en forma más estable en el mercado de trabajo. Sin embargo,
aunque la brecha entre la estructura de oportunidades ocupacionales de mujeres y varones
en el 80 había tendido a disminuir, persistían algunas diferencias e inclusive se habían
acentuado. Posiblemente ello obedece a que la mano de obra femenina era menos versátil
que la masculina y que ésta tendía a incorporarse en ocupaciones, que en el período 1970 –
1980, se encontraban en procesos de feminización. Entre otros motivos, este fenómeno
tiene relación con el tipo de carreras terciarias y universitarias que las mujeres elegían. Del
incremento ínter -censal neto de la mano de obra femenina en este período, el 97,6% fue
absorbido por el sector terciario. Por su lado, sólo el 47,1% de las incorporaciones netas de
mano de obra masculina fueron empleadas en este sector. La década de 1990 fue testigo,
nuevamente, del abrumador vuelco de las mujeres al mercado laboral. En los primeros
años, sobre un incremento de 1.500.000 personas 870.000 fueron mujeres (Cortés, 1988).
Los logros educativos femeninos fueron también un factor.
importante para elevar el nivel educativo general de la fuerza de trabajo. En 2002, la mitad
de los ocupados en áreas urbanas había acumulado 12 o más años de escolaridad, pero
mientras entre los varones este nivel era del 45%, entre las mujeres trepaba al 57%. Los
aumentos netos de puestos de trabajo tuvieron lugar exclusivamente en el sector servicios -
especialmente financieros- a expensas de los industriales. En el comercio se destacó la
incorporación de empleados/as a los supermercados. Al igual que en las décadas anteriores,
las mujeres permanecen en el mercado de trabajo durante toda su vida activa,
independientemente del ciclo vital reproductivo. La inserción laboral fe menina de los años
noventa atiende a un proceso polarizado, característica que comparte con la Región: por un
lado, concentración en puestos altos y por el otro, en puestos de bajo nivel de calificación y
responsabilidad, con mayor preponderancia de estos últimos. Efectivamente, como
consecuencia de la modernización de las estructuras productivas se abrieron oportunidades
en ocupaciones de alto nivel de calificación (profesionales y técnicas) o en actividades
nuevas. La contracara de este proceso fue la pre sencia mayoritaria y creciente en tareas de
bajo o nulo nivel de calificación, bajo condiciones de alta precarización y vulnerabilidad
laboral. Cabe señalar que aún para las más favorecidas con alta calificación y performance
personal y a igual tarea qu e los varones, sus salarios son más bajos, entre un 20% y un
50%, conforme a los “estándares” internacionales y de la región aun no resueltos. En líneas
generales, a igualdad de nivel educativo la proporción de mujeres en puestos no calificados
supera a la de los varones. Estas diferencias son más acentuadas cuanto más bajo es el
nivel. Observando el conjunto agregado de los niveles educativos, el 37,6% de mujeres
ocupan puestos de menor calificación que el 23,9 % de los varones con el mismo nivel de
calificación (SIEMPRO 2003). De tal forma, a pesar de tener mayores niveles educativos,
las mujeres registran peores indicadores laborales: ganan menos, ocupan puestos de menor
calificación y/o de mayor precariedad, a la vez que sufren más la desocupación y durante
tiempos más prolongados que los varones. En tal sentido, datos de la Encuesta Permanente
de Hogares, muestran que en 2003 el 33.6% de las mujeres ocupadas se insertaban en
actividades no calificadas, mientras que entre los varones dicho porcentaje alcanzaba al
21.2%. En el último año, las brechas registran una mejoría, sin embargo siguen siendo
altas: 32.4% del total de mujeres ocupadas siguen en el mercado de trabajo en puestos no
calificados, mientras que en el caso de los varones son el 19%. En síntesis, a lo largo del
período analizado la inserción de las mujeres en el mercado de trabajo presenta rasgos
persistentes que muestran la medida en que la misma está signada por situaciones de
inequidad: a) Se enfrentan a condiciones laborales más adversas; b) Se concentran en un
grupo reducido de ocupaciones definidas como típicamente femeninas; c) Se encuentran
sobre representadas en las ocupaciones de baja calificación, de menor jerarquía, peor
remuneradas y más inestables.
Acciones gubernamentales:
En este apartado se presenta una breve descripción de las principales acciones
gubernamentales en materia de empleo. Seguidamente, se analizan dos medidas que
tuvieron fuerte impacto en la dinámica del mercado laboral: las modificaciones en el
régimen previsional en 1993 y la puesta en marcha del Plan Jefes y Jefas de Hogar en 2002.
Régimen de la seguridad social Argentina, uno de los países "pioneros" de América Latina -
en términos de desarrollo económico y de su sistema de seguridad social - se ha convertido
en menos de 10 años en un modelo difícil de precisar. La política económica (con eje en la
convertibilidad) tornó la reforma del sistema previsional en un elemento clave de la nueva
orientación económica. Mediante la reforma previsional, que data de 1993, pero que entró
en vigencia en 1994, se creó un Sistema Integrado de Jubilaciones y Pensiones (Ley
24241/93). Se entendió por “integrado” la coexistencia en una única estructura jurídica de
dos sistemas: el régimen previsional público, organizado bajo criterios de reparto, y un
régimen de administración privada, de capitalización individual, que generara una especie
de ahorro cautivo para apuntalar el mercado nacional de capitales. Las formas de
financiamiento de ambos sistemas son diferentes. 30 para acceder al beneficio de la
jubilación ordina ria los hombres deben alcanzar los 65 años y 60 las mujeres, con 30 años
de servicio y 22 de aportes. Se puede compensar con sobreedad los años de servicio
faltantes (dos años de sobreedad por un año de servicio). El 1º de agosto de 1997 comenzó
a regir el régimen de jubilación para amas de casa. Según el nuevo sistema, las mujeres sin
una actividad autónoma o que no estén en relación de dependencia podrán afiliarse
voluntariamente a una AFJP y pagar un aporte de 34 pesos. El ingreso a este régimen es
incompatible con el ejercicio de cualquier otra actividad autónoma o dependiente, ya que el
fundamento de la norma es la dedicación exclusiva a las labores domésticas. El aporte de
las amas de casa entra en su totalidad a la AFJP, la cual toma como base un presupuesto de
312 pesos mensuales; algunas AFJP cobran sólo un cargo fijo y otras le agregan una
comisión. Al igual que en toda América Latina, la reforma previsional de 1994 produjo un
cambio de paradigma, esto es, no fueron meras modificaciones técnicas, sino un cambio en
la lógica de la organización del sistema de previsión social. En los años 70, los sistemas de
seguridad social de los países pioneros comenzaron a mostrar signos de déficit actuarial y
financiero porque sus gastos superaban los ingresos, lo que obligó al Estado a realizar
crecientes transferencias fiscales. En los 80, la crisis de la deuda agravó el déficit latente y
la reforma se planteó, al menos según los discursos circulantes, como un imperativo. (Lo
Vuolo 1996). La solución pl anteada fue la privatización de los programas de pensiones
(vejez, invalidez y muerte) y del seguro por enfermedad y maternidad. Se constituyó un
mercado de capitales, pero no logró solucionar el déficit del sistema y tampoco el estímulo
del ahorro persona l disminuyó significativamente la evasión. Por otra parte, la
privatización no alivió la responsabilidad del Estado, que asumió el financiamiento de los
entes encargados de la supervisión y fiscalización del sistema (superintendencias en la
mayoría de los países), así como el triple costo de la transición (déficit del sistema anterior,
pensión mínima bajo el nuevo sistema y bono de reconocimiento), además de garantizar el
rendimiento mínimo de los fondos invertidos y el monto de la prestación (pensiones) en
caso de quiebra de las administradoras. (Pautassi, 2002) ¿Cuál es el impacto específico de
la reforma previsional sobre las relaciones de género? Más allá de las condiciones
desfavorables imperantes en el mercado laboral urbano, el sistema de capitalización, al
asociar aporte con beneficio, perjudica más a las mujeres. Mecanismos discriminatorios,
como la brecha salarial, la intermitencia en la vida laboral y el peso del trabajo
reproductivo, inciden negativamente y no les permiten acumular fondos suficientes como
para sostenerse en la vida pasiva. En otros términos, en los sistemas de capitalización las
brechas de género se originan a causa de: 1) factores que inciden negativamente en la
acumulación de fondos de pensión durante los años de trabajo; 2) factores que afectan a los
fondos de retiro durante el proceso para acceder al beneficio (cálculo de la pensión). Se
considera que el sistema de reparto es más neutral en términos de género debido a que: 1)
las mujeres se benefician con el retiro anticipado, previsto a menor edad que en los
regímenes de capitalización, si bien parcialmente, ya que en muchos casos significa recibir
una jubilación menor; 2) el 31 beneficio se calcula con tablas actuariales únicas para ambos
sexos; 3) el cálculo del haber previsional (monto de la jubilación) se realiza sobre la base de
los últimos salarios, lo que beneficia más a los hombres porque aunque ingresen con bajos
salarios, al momento del retiro están gozando de los niveles de remuneración más altos de
su carrera laboral, lo que implica mayores haberes en su retiro. Debido a que el
financiamiento de la seguridad social proviene del impuesto al salario, quedan sin ningún
tipo de cobertura los trabajadores informales, los agrícolas no asalariados, los
desempleados y los trabajadores del servicio doméstico, entre los cuales predominan las
mujeres 18 . A casi 10 años de la reforma y teniendo en cuenta el contexto en el cual se
realizó (plan de convertibilidad monetaria y ajuste estructural en toda la Región), podría
afirmarse que, más que la preocupación por la calidad de las prestaciones previsionales,
primó una lógica netamente economicista, cuyo resultado ha sido el desfinanciamiento de
una política social con vistas a fortalecer el sector financiero y la estabilidad de precio s (Lo
Vuolo 2000). No cabe duda que con el nuevo paradigma previsional aumentó la
incertidumbre sobre los beneficios futuros, ya que se restó financiamiento a los asumidos
por el Estado (reparto) y los de las AFJP son indefinidos por naturaleza. Por otra parte, no
se observa ningún efecto positivo en el ahorro nacional. Dado que, como se insiste en
señalar, en la mayoría de las categorías ocupacionales las mujeres perciben menores
ingresos que los hombres, estas diferencias aumentan con la edad y la calificación, siendo
mayor la diferencia en niveles superiores de instrucción: el ingreso promedio de las mujeres
representa aproximadamente entre el 30% y el 60% del de los varones de iguales
credenciales educativas (Pautassi, 2002 y León, 2000). Las brechas salariales más
significativas entre ambos sexos se registran a partir de los 40 años. Con lo cual los aportes
al sistema previsional son menor.
LA POBREZA TIENE CARA DE MUJER? - PANORAMA SOBRE GÉNERO Y
POBREZA.
. Evolución de la pobreza: panorama general Analizar la pobreza requiere dar cuenta de su
heterogeneidad, fenómeno que se ha acrecentado enormemente en la Argentina. Pero ello
no resulta sencillo debido a que, en especial, los indicadores con los que se cuenta no
permiten traslucir las especificidades y diferencias que anida en ese mundo de personas
concretas. En las últimas décadas, se observa un fuerte incremento de la población en s
situación de pobreza en Argentina, que asume, tanto la forma de un proceso de extensión
como de recomposición de su universo. La característica central de este período es el
ingreso de nuevos grupos al universo de la pobreza, que anteriormente formaban parte de
las clases medias, que se suman a los llamados “pobres estructurales”. El fenómeno guarda
relación no sólo con el aumento de las tasas de desempleo en el período sino también con el
incremento de la precarización laboral y la pérdida de estabilidad del empleo durante la
década de los 90. Para estos grupos de “nuevos pobres”, ello supuso cambios en la
representación de sí mismos en la escala y redes sociales, modelos y pautas de vida,
aspiraciones y valores constitutivos de sus identidades. Cambios residenciales, pérdida de
referentes y crisis frecuentes en los vínculos familiares y afectivos. El proceso de
empobrecimiento puso en cuestión las capacidades de estos grupos para hacer frente a las
nuevas reglas de juego. Antes de presentar la evolución de los indicadores para Argentina,
introducimos datos referidos a América Latina a fin de situar nuestro análisis en un
contexto más amplio.
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