A.: L.: G.: D.: G.: A.:D.:U.
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R.: L.: S.: Eloy Alfaro N° 24
MASONERIA OPERATIVA
“La GLEDE, fundamentada en sus principios de igualdad, Libertad y Fraternidad,
quiere unirse a las fuerzas de la sociedad civil y combatir con ellas la pobreza y la
injusticia, exigir la vigencia de valores morales y contribuir a la construcción de una
sociedad más equitativa, democrática y humana………..”
(Manifiesto de la masonería ecuatoriana frente a la injusticia y la corrupción, Jaime
Egas, GM de la GLEDE 1997-1999 – El Comercio 5 Abr. 99.
ART. 19. LAND MARKS.- “Como producto del pensamiento filosófico progresista, los
preceptos básicos de la Francmasonería son sagrados e inamovibles. Estos preceptos no pueden
estar en contraposición con los progresos de las Ciencias ni con las ideas avanzadas de épocas
posteriores, por lo tanto los francmasones no pueden tergiversarlos ni omitirlos, sin perder su
calidad de progresistas y de francmasones”
La historia de la Masonería suele dividirse en tres grandes periodos convencionales:
El primero, en el que la masonería es denominada operativa, que abarca los siglos
XIII a XVI, y coincide con la edificación de las grandes catedrales góticas en la que el
centro de unión de los colectivos masónicos gravitaba sobre el oficio de la construcción.
El segundo, o de los Masones Aceptados, abarca el siglo XVII y los primeros lustros
del XVIII. Se trata de un tiempo de transición en el que las sociedades masónicas fueron
admitiendo miembros honoríficos, llamados accepted masons, no dedicados a la
construcción.
El tercer y último comienza en 1717 y llega hasta nuestros días. En este tiempo se califica
a la masonería como especulativa porque está compuesta únicamente por miembros
«adoptados» de modo que se separa definitivamente del arte de la construcción y
persigue exclusivamente una finalidad ética. Aunque la masonería especulativa conserva
la terminología propia de la construcción, su significado es meramente simbólico.
Las logias medievales se rigieron por unos estatutos y reglamentos. La documentación
conservada aporta importantes informaciones sobre la instrucción graduada que recibían
los masones operativos, el carácter iniciático y simbólico de su aprendizaje y las
obligaciones ético-religiosas que adquirían.
Como la edificación de cualquier obra arquitectónica requiere de la colaboración
conjunta de un buen número de individuos, para facilitar la convivencia entre todos, no
tardó en crearse una serie de estatutos que reglamentaran la vida de la logia. Y es
precisamente en este hecho en el que encontramos el origen de uno de los conceptos
fundamentales de la masonería: la fraternidad, que debe ser entendida, por ahora, como
concordia entre los distintos trabajadores del gremio.
Por fortuna, se han conservado muchos de estos Estatutos medievales, que
constituyen la mejor síntesis de la vida y organización de estos gremios, y donde ya
encontramos la división o jerarquía de aprendiz, compañero y maestro, que es la base de
las logias de la masonería operativa, e incluso de la masonería especulativa.
Ya en esta época los masones juraban no revelar jamás las fórmulas ni los signos de la
asociación, así como los estatutos y los secretos del oficio que la sociedad enseñaba a
sus afiliados, y que conformaban la doctrina secreta del Arte. Todos los miembros
estaban obligados a observar los estatutos y a seguir una conducta irreprochable,
condición imprescindible para ser iniciado en la logia.
Así, por ejemplo, según los Estatutos de Ratisbona de 1459, que es un reglamento
de los constructores, talladores y los albañiles quienes formaban un cuerpo
independiente de la masa de los obreros, distinguiéndose entre ellos palabras de
contraseña y toques. A esto llamaban la consigna verbal, el saludo, la contraseña manual.
Los aprendices, compañeros y maestros eran recibidos en ceremonias particulares y
secretas. El aprendiz elevado al grado de compañero prestaba juramento de no divulgar
jamás de palabra o por escrito las palabras secretas del saludo. En este y otros textos
antiguos se explica que todo masón medieval cubría un periodo de formación que
abarcaba tres etapas: la de aprendiz, compañero y maestro. El aprendiz trabajaba bajo la
dirección de un maestro de 5 a 7 años. A continuación, tras sopesar sus cualidades, la
logia le proponía pasar al grado de compañero. En el caso de ser admitido se procedía a
una ceremonia de iniciación y, posteriormente, el nuevo compañero recorría Europa
durante dos o tres años para perfeccionar su arte, pero siempre debía trabajar en obras
controladas por su gremio. No era extraño que el compañero masón, influido por su
contacto con otras formas culturales, cambiase sus ideas estrechas y localistas por otras
mucho más amplias y cosmopolitas. El viaje que se imponía a los canteros solía durar dos
años y era condición sine qua non para estar en aptitud de alcanzar la maestría.
En todo caso, la masonería medieval no fue una mera institución técnico-
profesional, sino que poseyó también un carácter esencialmente iniciático. Así, para ser
recibido compañero el aspirante debía someterse a unas ceremonias rituales de sumo
interés.
La condición de “hombres libres” que disfrutaban los constructores del medievo
está relacionada con su realidad nómada o itinerante, puesto que en las grandes
construcciones que se realizaban en la época, los trabajadores más cualificados eran
extranjeros contratados para tal fin, y no obreros locales, y por tanto no estaban obligados
a aceptar los estatutos que regían la vida del lugar en el que se encontraran. Cuando se
trataba de catedrales, ya fuera en la época del románico o en la del gótico, eran
dependientes de la Iglesia, y no de los estados, y por tanto no llegaba a ellos el poder
temporal de los monarcas.
A esta masonería surgida en la Edad Media es a la que se le da el nombre de
masonería operativa, muy diferente en sus fines a la masonería actual o especulativa, tal
y como veremos más adelante, pero muy parecida en cuanto a organización, iniciaciones
y ceremonias.
En el siglo XVII las logias abrieron sus puertas a cualificados miembros honoríficos
desvinculados del arte de la construcción, y, en consecuencia, experimentaron cambios
sustanciales en su composición sociológica. Con estos nuevos cofrades o accepted
masons, la masonería fue perdiendo paulatinamente su carácter profesional y adquiriendo
mayor vocación intelectual y nuevos horizontes espirituales.
De modo paulatino, los profesionales de la construcción fueron dando paso a los
nuevos masones que se sentían atraídos, únicamente, por sus fórmulas externas, es
decir, por la simbología y las ceremonias de la masonería operativa, operándose una
curiosa metamorfosis de la que surgió la masonería actual, de carácter especulativo, cuya
finalidad ya no será la construcción de edificios sino la construcción moral del hombre, la
construcción de su templo interior y la construcción del templo social, es decir una
masonería operativa y moderna preocupada por los grandes problemas sociales de la
humanidad como lo vamos a ver.
Considerada como uno de los eventos históricos más importantes de la
Humanidad, la Revolución Francesa fue el cambio político más importante que se produjo
en Europa, a fines del siglo XVIII. No fue sólo importante para Francia, sino que sirvió de
ejemplo para otros países, en donde se desataron conflictos sociales similares, en contra
de un régimen anacrónico y opresor, como era la monarquía. Esta revolución significó el
triunfo de un pueblo pobre, oprimido y cansado de las injusticias, sobre los privilegios de
la nobleza feudal y del estado absolutista.
Las logias masónicas fueron en la Francia pre revolucionaria, la correa de
transmisión de las nuevas ideas. Es innegable que su aportación fue fundamentalmente
ideológica y simbólica, pese a que no hay pruebas objetivas, de que organizativamente
las logias prepararan los sucesos revolucionarios.
La divisa masónica "Libertad, Igualdad, Fraternidad", fue incorporada al acervo
revolucionario. Los colores de la bandera republicana azul, blanco y rojo, proceden de los
tres tipos de logias, procede de la escarapela tricolor ideada por Lafayette, francmasón y
carbonario. El gorro frigio, símbolo de la república, es igualmente un símbolo masónico. El
mismo himno de la revolución, "La Marsellesa", compuesto por el también masón Leconte
de l'Isle, fue cantada por primera vez en la Logia de los Caballeros Francos de
Strasburgo.
Empero, haber cristalizado el ideal, los masones franceses, estando en el poder
pierden su brújula, masones guillotinan a masones, rompiendo el juramento de
fraternidad y ayuda mutua: Hebert es guillotinado con el beneplácito de Dantón, éste, a su
vez, sube al patíbulo a instigación de Saint Just y Maximilian Roberspierre, mason, ex
ateo y jesuita, instaurador del "culto al ser supremo" siembra el terror, todas estas
cabezas rodaron al producirse la "reacción termidoriana" que dará origen al Directorio
constituido por notorios masones como Fouché. Finalmente, Napoleón Bonaparte,
también masón, pone término a todo este caos, nombrado Primer Cónsul y luego
proclamándose Emperador. Napoleón impondrá a su hermano José Bonaparte el célebre
"Pepe Botella", un hombre mucho más serio y responsable de lo que este mote popular
deja pensar como Gran Maestre de la Masonería francesa.
Hay que recordar que en Francia existían, antes de 1789, más de 600 logias, y el
número de masones alcanzaba casi los 80.000.
Mientras esto pasaba en Europa, al otro lado del Atlántico, se gestaba la revolución
americana, que condujo luego a la fundación de los Estados Unidos de América. Nuestro
hermano George Washington, su primer presidente, acompañado de numerosos
hermanos que lucían todas sus insignias y mandiles masónicos, el 18 de septiembre de
1793, en un acto público y masónico, colocaba la primera piedra del Capitolio
parlamentario, como un acto de levantamiento de columnas y los ideales de Libertad,
Igualdad y fraternidad adquirieron plena vigencia, con la total y definitiva separación de la
iglesia y el estado, al menos formal, -ya que mantuvieron algo tan aberrante, por casi
un siglo más- como era la esclavitud de los negros.
En Latinoamérica la masonería nace con alta operatividad, busca la emancipación
política y la unidad latinoamericana, logra la primera y fracasa en la segunda.
En 1797 el Masón venezolano Francisco de Miranda fundó en Londres la Logia “La
Gran Reunión Americana”, también conocida como Logia de los Caballeros Racionales,
organismo masónico cuyos miembros, de origen americano y europeo, tenían como
objetivo desarrollar acciones tendientes a lograr la emancipación de América de los
españoles y establecer, posteriormente, gobiernos republicanos.
La primera de estas logias se fundó en Cádiz (España) en el año 1811, Sus
principales miembros fueron: Francisco de Miranda, Santiago Mariño, Andrés Bello,
Simón Bolívar, José María Caro, Bernardo O'Higgins, José de San Martín, entre otros,
La semilla sembrada en las Logias Lautarinas, dio sus frutos, la joven masonería
latinoamericana creció en medio de corrientes de apoyo como de condena, y de condena
no precisamente por sus adversarios clásicos, sino por el mismo libertador Simón Bolívar,
como lo veremos más adelante.
Entre nosotros, con muy raras excepciones, los grandes iniciadores de los
procesos (Bolívar, San Martín, O’Higgins, Artigas y otros) se retiran o son retirados de sus
cargos, y toman el poder elementos subalternos, muchas veces poco capacitados
intelectualmente, ascendidos exclusivamente por méritos guerreros, y muchos de ellos,
aunque iniciados en la Orden, sin hallarse compenetrados a profundidad de los ideales
masónicos.
Aquí, cabe destacar una particularidad del general Francisco de Paula Santander,
quien era maestro masón de alto rango, y quien se hizo fuerte, precisamente, en las
Logias de su tiempo, para organizar la lucha contra el Libertador, que culminaría con la
llamada “Noche Septembrina” de 1828. Es en este contexto histórico como hay que
entender las expresiones “anti-masónicas” de Bolívar, tal como él las manifestó en su
decreto PROHIBIENDO la Masonería en Bogotá, ya que allí se habría fraguado el
proyecto de asesinarlo.
Sumando a esta poca preparación masónica, las luchas internas que, bajo forma
de guerras civiles, sacuden a todo el continente latinoamericano, tendremos el panorama
general de virtual disolución de la Orden luego de conseguida la emancipación de
España.
Esta aparente contradicción y paradoja de que la Orden no pudo rescatar como
organización lo que había conquistado como lucha es un fenómeno que se va a repetir a
lo largo de la historia.
Este es un punto trascendente. Aunque los estímulos conceptuales iniciales fueron
masónicos, y pese a que muchos de los dirigentes eran hermanos, la organización de los
recién nacidos Estados que resultaron de la lucha no fue una estructura donde imperaran
los conceptos masónicos básicos. La ruptura fundamental en la coherencia entre la
palabra y la acción se dio desde los primeros momentos de la vida independiente.
En otras palabras, la Orden, pese a tener a los hermanos en el poder, sólo incidió
en pocos puntos y fundamentalmente en el secreto de sus reuniones.
La decadencia del régimen colonial español que era evidente en todo el continente,
y la presencia de logias masónicas entre los criollos más ricos y cultos fueron un
detonante para intentar una sublevación contra el régimen colonial.
Para finales del siglo 18 se fundó en Quito una logia denominada “Ley Natural”
cuyo Venerable Maestro fue el hermano Juan Pío Montufar, Marqués de Selva Alegre,
Presidente que fue de la Junta Suprema de Gobierno revolucionaria erigida en 1809.
Miembro de la misma era el eminente hermano José Mejía Lequerica, Joaquín Sánchez
de Orellana, Marqués de Villa Orellana y rector de la Real y Pública Universidad de Santo
Tomás, y otros, a ellos se agregaron dos intelectuales americanos avecindados en la
ciudad y afamados por su inteligencia y patriotismo: el neogranadino Juan de Dios
Morales y el altoperuano Manuel Rodríguez de Quiroga, incluyendo el Barón de
Carondelet. En esta Logia Masónica, que bajo el nombre de “Escuela de la Concordia” se
fraguó el primer grito de independencia de 1809, según el H.: historiador Jorge Núñez
Sánchez; Manuela Cañizares, Mariana Matheu y Josefa Tinajero, heroínas de este
movimiento eran miembros activas y cotizantes de esta Logia.
Una tibia noche de principios de octubre de 1820, en una lujosa residencia del
Malecón en Guayaquil, el general don José de Villamil y su amigo don José de Antepara
organizaron una fiesta con la finalidad de comprometer a un selecto grupo porteño a
luchar por la independencia de Guayaquil, algunos de ellos miembros de la logia Estrella
de Guayaquil, no todos. Hacia la medianoche, estos patriotas dirigidos por Villamil juraron
ante el Libro Sagrado y sobre la Escuadra y el Compás, con la solemnidad de los talleres
masónicos y dieron su palabra de luchar por la libertad. El visionario José de Antepara
llamó a este juramento “La Fragua de Vulcano”, evocando al legendario Dios mitológico
del fuego y la forja, Pero era en realidad, como la llamaron después, la creación de una
Logia Masónica de Ocasión con el único propósito de liberar a Guayaquil. Enseguida, el
también HM José Joaquín de Olmedo, quien no asistió a dicha reunión por que los
soldados realistas lo estaban vigilando, junto a los patriotas conjurados guayaquileños, y
con algunos militares venezolanos también masones y los miembros de la Logia Estrella
de Guayaquil, cuyo venerable maestro era Don Francisco María Roca, planifican y llevan
a cabo la revolución del 9 de octubre de 1820. Estos hombres, que en sus talleres
aprendieron a combatir la ignorancia mediante el estudio filosófico, de la ciencia y el arte;
a combatir la intolerancia mediante la comprensión de las diferencias que existen entre los
seres humanos; pero sobre todo a combatir las desigualdades mediante la defensa de los
derechos que tenemos todos a un buen vivir y a fortalecer las estructuras sociales y las
instituciones que están al servicio de los pueblos, ahora tenían que, con sus vidas, poner
en práctica la libertad, igualdad y fraternidad que profesaban.
A partir de 1826 se produce una fase de consolidación oligárquica que conlleva a
la institucionalización de las dictaduras post libertarias, aupadas y sostenidas por los
mismos próceres de ayer, masones y profanos.
En marzo de 1845 se produce la Revolución marcista, protagonizada por varios
hermanos masones de 1820, y fue un movimiento armado revolucionario que enfrentó a
las fuerzas de apoyo al presidente Juan José Flores debido a su mala administración y a
las facciones rebeldes opositoras.
Los personajes principales dentro de la organización del movimiento fueron Vicente
Ramón Roca, Diego Noboa y José Joaquín de Olmedo y Vicente Rocafuerte, todos
masones.
El 17 de junio se firma un tratado por lo cual quedó oficialmente asentada la
capitulación de Flores, y marcaría el inicio de una nueva forma de gobierno en el país de
carácter civilista-militar conocida como período marcista.
No obstante este triunfo, se inicia la decadencia, solo unos pocos, auténticos
masones mantienen en alto los principios ideológicos de la orden y para 1845 nuestro H
M José Joaquín de Olmedo es derrotado por cuarta vez en su intento de llegar a la
presidencia de la república, allí es cuando el H.: Vicente Rocafuerte proclama su lapidaria
sentencia como un epílogo al periodo independentista:
“SE HA PREFERIDO LA VARA DEL MERCADER A LA MUSA DE JUNIN”
Y la vara del mercader se quedó por 4 décadas que significó desde la perspectiva
masónica un marcado retroceso, a decir del QH Pedro Saad, “los antiguos masones,
heroicos y combatientes de las guerras independentistas se han vuelto propietarios,
hacendados, ministros, banqueros o armadores. La sed de poder neutralizó a los
principios”.
Con el advenimiento de la autocracia despótica de García Moreno y la intolerancia
de las jerarquías eclesiásticas, lentamente, mientras va renaciendo la conciencia de
lucha, se va gestando una organización masónica que va llenando al país de inquietudes,
esperanzas y sueños renovados. Y es que el liberalismo, con una ideología de avanzada
frente a la tiranía conservadora inicia una campaña de organización en las logias
masónicas que vuelven a proliferar, con un moderno discurso con miras al nuevo siglo.
Con el triunfo de la revolución liberal, estos gobiernos del período comprendido
entre 1895 y 1912, y muy particularmente los presididos por el general Eloy Alfaro, son
gobiernos de realización de los ideales masónicos.
Estos son claros y explícitos:
1.- La instauración de un Estado laico
2.- El imperio de la tolerancia y las libertades públicas
3.- Algunos avances sociales para los sectores más golpeados, eso sí, sin abolir el
concertaje, ya que significaba mano de obra gratuita. Igual que los gringos con los negros.
4.- La unidad latinoamericana.
Los tres primeros se cumplen. El cuarto fracasa, pese a los esfuerzos denodados
de los hermanos quienes tratan de llevar a la práctica los ideales de Bolívar, y a pesar de
conseguir éxitos parciales, como la reunificación temporal de Centroamérica.
La Orden de la Francmasonería triunfante crea organismos para-masónicos que le
permiten un alto grado de operatividad. Un sistema de atención a los más desvalidos, que
crea mecanismos para autofinanciarse. Un sistema escolar que, a más de laico, se
extiende a las artes y oficios. Un sistema comunal de protección civil.
Pero todos estos mecanismos son regionales. La Junta de Beneficencia es de
Guayaquil. La Sociedad Filantrópica es del Guayas. El Benemérito Cuerpo de Bomberos
es también de Guayaquil.
Son instituciones del pueblo igual que los sindicatos y gremios, que comienzan a
organizarse en torno a hermanos masones como Agustín Freire, Alejo Capelo o Miguel
Alburquerque, los 2 primeros guayaquileños y el tercero migrante cubano, todos líderes
gremiales de la escuela de H.: Antonio Maceo en su paso por Guayaquil
Pero la suerte está echada. Los liberales dejan de ser radicales, pero siguen siendo
hermanos, pero como un estigma.
Los liberalotes de antaño se volvieron preocupados padres de familia y principales
clientes de los colegios católicos, los montoneros de otrora se dan golpes de pecho
desde el Jueves Santo hasta el Sábado de Gloria. Y los diabólicos masones
reemplazaron las Logias por los Directorios de los bancos.
Nuevamente, la Masonería ecuatoriana en general y especialmente la
guayaquileña entraba en un cómodo receso que ya ni siquiera se propondría luchar contra
el fuego o atender a los enfermos, sino que pasó a fundar el Club de la Unión y a construir
un fastuoso templo, que para la época era el más grande de toda la costa del Pacífico de
Latino América, que luego, precisamente por la ausencia de trabajos en las logias, hubo
que venderle al diario El Universo.
Pero el espíritu de antaño no murió. Y aquello debe ser una gran lección para todos
nosotros cuando los masones dejamos el espíritu rebelde y combativo de las Logias. Fue
justamente un masón ilustre, Luis Napoleón Dillon quien denunció el predominio bancario,
la forma escandalosa en que los banqueros procedían para afirmar sus negocios y el
sometimiento del Estado a sus intereses, no olvidemos que a la fecha los bancos privados
cuyos propietarios eran algunos de los masones de la etapa post liberal; estaban
autorizados a emitir moneda y le prestaban todo el dinero que el estado necesitaba.
Fueron unos militares jóvenes quienes tomaron el nombre, los sistemas, incluso algunos
símbolos, y produjeron la transformación del 9 de julio de 1925. La conspiración
encabezada por el mayor Juan Ignacio Pareja había sido tramada por oficiales jóvenes
del Ejército en reuniones militares secretas en logias masónicas.
En esta fecha nace la Revolución juliana con una nueva etapa de modernización
del Estado, sus objetivos principales fueron la protección de la naciente industria nacional
y el rechazo a los gobiernos plutocráticos. En 1928 se elaboró una Constitución de
avanzada, influenciada por los ideales sociales de la Revolución juliana y se nombró
presidente a Isidro Ayora, quien terminó con el trabajo que iniciaría Alfaro hace 3
décadas.
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Este cambio sustancial tal vez fue el último protagonizado por la masonería
contemporánea, y a partir de aquí, hasta nuestros días, cayó en un sueño profundo que le
ha hecho perderse en la intrascendencia.
La imagen del Dios Romano Jano, tiene 2 caras, una que mira hacia el futuro y la
otra que mira hacia el pasado, parece que la masonería actual está solamente usando la
cara que mira al pasado, viviendo de victorias pasadas, ajenas y remotas y se ha olvidado
de su rol fundamental y su compromiso hacia el mundo profano. Nuestros grandes
maestros han definido a la orden como “el referente moral de la sociedad” y con
frecuencia se reitera esta aspiración pero no hacemos nada, ni siquiera para hacer
conocer nuestro criterio sobre diversos temas que aquejan a la sociedad y que no
necesitan tomar partido por una ideología en particular para pronunciarse, ya que para
hablar de la desigualdad social, los derechos humanos, la migración, la pobreza, la
corrupción, calentamiento global, la injusticia no se necesita tener una bandera política.
Hay que admitir que la Orden, no solamente en el Ecuador, sino también en
muchos países, adolece de profundos problemas comunes, que la mantienen
estacionaria y que hace peligrar dramáticamente su propia existencia. Hay una abismal
diferencia entre lo que se predica y lo que se hace y las magistrales planchas leídas en
tenida no pasan del papel en el que fueron escritas.
La baja calidad de los trabajos, la falta de operatividad y la ausencia de un plan a
mediano y largo plazo trae como consecuencia una alta deserción que la expone a que en
corto tiempo, si es que no ha llegado ya, a que las logias se transformen en pequeños
reductos de amigos sin ninguna trascendencia.
La masonería para ser operativa tiene varios caminos y uno de ellos, si no es el
más importante es contar con una vía de comunicación con el mundo profano, opinando
sobre los temas de los que ya habíamos mencionado, lo que le permitirá una potente
presencia institucional que la transformará en una masonería actual, renovada, joven,
propositiva, operativa, numerosa y trascendente, esto significará además, haber
erradicado la deserción y, que por el contrario nuestras columnas se verán fortalecidas,
porque muchos profanos tocarán nuestras puertas.
Desde mi iniciación he escuchado en forma recurrente aquel axioma de que la
masonería, en forma institucional, no debe hacer ningún pronunciamiento de ninguna
clase y que son los Masones los llamados, en su vida profana a poner en práctica las
enseñanzas aprendidas. Se sostiene que la acción del masón debe ser individual,
inspirada únicamente en los dictados de su propia consciencia, la aseveración es tan
válida como anacrónica, cabe preguntarse si una institución que se inspira en la libertad,
la justicia, la verdad y la solidaridad no debe, en presencia de hechos concretos que
vulneran estos principios manifestar públicamente su pensamiento? Sin descuidar la
formación ética y simbólica de los nuevos iniciados debemos inculcarles que el
compromiso de la orden con el mundo profano es inclaudicable.
A pesar de todos estos problemas, la masonería cuenta con un número importante
de hermanos, con un potencial simbólico, especulativo y operativo, que podría convertirla
en una de las fuerzas ético-políticas más importantes del país. Tenemos que dar todo
nuestro aporte para recuperar la trascendencia que históricamente le ha caracterizado.
Urge pues una verdadera reconstrucción del templo.
1.- Nuestra Logia, siempre ha exigido de los grandes cuadros de la GLEDE que es
imperativo ese paso trascendente del interior de nuestros templos hacia el mundo
profano, consecuentemente tenemos que mantener esa posición y seguir reforzándola.
2.- Cada Gran Oriente tiene su propio derrotero frente a la operatividad, unos lo
hacen manteniendo hospitales, orfanatos y organizaciones de ayuda social y comunitaria,
loables objetivos, no lo niego, pero nuestra masonería se ha caracterizado por ser
generadora de pensamiento, de ideas, de propuestas, hagamos pues de esta
característica nuestro caballo de batalla llevando al mundo profano nuestra luz.
3.- Hay que admitir que algo se ha hecho, el proyecto del laicismo vivo presentó y
reimprimió un libro al respecto, pero allí quedo todo y no es algo que haya ni impactado ni
trascendido en otros espacios que no sea al interior de nuestros templos.
Nuestra América tiene su propia identidad, su propia historia, un mismo idioma y
sus propios problemas. Vientos apocalípticos soplan en pos de un nuevo ordenamiento
geopolítico, es la hora de unión; de la tan ansiada integración latino americana que nos
saque de la vulnerabilidad en que vivimos, nuestra orden tiene las herramientas; ahora
que gozamos de la inclusión en la CMI, y que viajamos a diversos orientes, no sé
exactamente a que, sería muy saludable para nuestra orden y para nuestros pueblos, que
desde nuestros templos surja esta propuesta de integración, pero no para se quede
archivada sino para presentarla a los organismos correspondientes asumiendo todos el
compromiso de hacerla realidad.
La globalización, la velocidad de las comunicaciones, la postmodernidad ha hecho
que las instituciones más conservadoras revisen sus estatutos y opten por cambiar sus
estructuras, y una institución tan sabia y con muchos siglos de conocimiento como la
nuestra no puede resistirse al cambio; habiéndose despojado de ese halo de misterio y de
secretismo que le había caracterizado, la orden no tiene otro camino que hacer una
vigorosa presencia institucional en el mundo profano, a los antiguos linderos no hay que
verlos como un muro que nos detiene y no nos permite avanzar, hay que verlos e
interpretarlos como un pasamano que nos guía hacia el infinito.
Hay mucho por hacer hermanos, que esta noche renovemos nuestro compromiso de
trabajo por ver una sociedad más justa y más equitativa y que nuestro juramento tantas
veces repetido al concluir nuestras tenidas y tantas veces postergado sea el impulso para
conseguir este objetivo.
Salud, Fuerza Unión, Es mi palabra QQHH.
Rómulo Sánchez Martínez.
MM.: B.: R.: L.: S.: ARACUCO Nº 20
Or. de Quito, 24 de Enero de 2016 e.: v..