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Resumen
Este artículo presenta el proyecto de investigación
correspondiente al plan de tesis de Maestría en Estudios Sociales
y Culturales, aprobado por el Consejo Directivo de la Facultad de
Ciencias Humanas de la UNLPam, actualmente en desarrollo. Por
lo tanto, este trabajo expone los antecedentes y el marco teórico
de la investigación, la enunciación del problema ¾centrado en el
interrogante de por qué no se fusiló en La Pampa una vez reprimida
la rebelión de 1956¾, los objetivos, hipótesis y metodologías que
guían el estudio, así como los avances logrados hasta la fecha.
Como aspectos particulares de la tesis que llevo adelante, y que
se desprenden de la formulación del proyecto que aquí se publica,
se destaca el uso de las fuentes judiciales del caso y de fuentes
testimoniales inéditas, recogidas en entrevistas personales con los
participantes de los hechos en cuestión.
El tema de la investigación
El 16 de septiembre de 1955, el general Eduardo Lonardi inicia
un levantamiento armado contra el gobierno constitucional de Juan
Perón, denominado ‘revolución libertadora’. Esta acción rebelde,
1 Profesor de Historia, Especialista en Estudios Sociales y Culturales; Jefe
de Trabajos Prácticos regular en Historia Económica y Social General y Argentina
de la carrera de Contador Público Nacional y Ayudante de Primera interino en
Historia Constitucional de la carrera de Abogacía, ambas cátedras de la Facultad
de Ciencias Económicas y Jurídicas de la UNLPam. Dirección electrónica:
[email protected]
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que se sostenía en el apoyo unánime de la Marina, a diferencia
de los anteriores golpes militares de 1930 y 1943, contó con el
respaldo de todo el arco político partidario: radicales intransigentes
y unionistas, conservadores y socialistas, demócratas cristianos y
grupos nacionalistas. Si bien el Poder Ejecutivo contaba con las
fuerzas suficientes para sofocar la rebelión, el presidente Perón —
que, unos días antes, en su discurso del 31 de agosto desde la Casa
de Gobierno, había indicado que la consigna de todo peronista era
contestar a una acción violenta con otra acción más violenta, por
lo que “cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de ellos”
(Lanusse 2009: 58)—, no tenía una férrea voluntad de pelear. El
gobierno, como expresa Melón Pirro, “no supo, no pudo o no quiso
resolver militarmente un conflicto en el que la relación de fuerzas
no le era desfavorable […]” (2009: 38). De manera que, luego de
tres días de combates, y notando vacilaciones en los jefes militares
de las fuerzas leales, como luego denunciaría en una carta a John
W. Cooke, el 19 de septiembre Juan Perón delegó el mando en el
ejército para evitar mayor derramamiento de sangre y alcanzar la
pacificación, según expresaba en su mensaje, leído por Franklin
Lucero, en el Ministerio del Ejército a las Fuerzas Armadas
(Lanusse 2009: 76; González Crespo 1993: 421-422). El ejército
leal al gobierno emitió un comunicado en el que indicaba que se
hacía cargo de la situación y que una junta de oficiales superiores
iniciaría las negociaciones con los representantes del comando
rebelde. Esta junta de oficiales interpretó la decisión de Perón como
una renuncia, y el 23 de septiembre entregó el poder al jefe de los
rebeldes, el general Eduardo Lonardi.
El apoyo de los grupos nacionalistas a Lonardi confirió un rasgo
distintivo a su gobierno; y pronto la cuestión de qué hacer con el
peronismo fue el problema pendiente que separó a los lonardistas
de sus adversarios, que lo escoltaban en el gobierno. Desde la
perspectiva de Lonardi, era posible repetir la alianza entre militares
nacionalistas y sindicalismo de 1943, para mantener el movimiento
nacional que se había conformado entonces, baluarte contra el
comunismo, pero ahora sin la influencia negativa de Perón y sin
los vicios que lo habían corrompido. Para ello, Lonardi adoptó una
política de acercamiento hacia los trabajadores “preocupados por
el destino de las conquistas sociales y económicas alcanzadas con
Perón y las organizaciones sociales que las garantizaban” (James
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2003: 119). Pero la postura del general Lonardi era minoritaria
entre los militares y las fuerzas políticas que habían acompañado
el golpe de septiembre de 1955. Y la actitud del grupo lonardista
de acercamiento al sindicalismo y a los trabajadores peronistas
era contrarrestada por los sectores antiperonistas más duros, que
pretendían borrar de la sociedad argentina todo lo que tuviese que
ver con el peronismo. De manera que, mientras unos procuraban
acordar con la conducción gremial una continuidad de la situación
laboral previa a septiembre, aunque con las modificaciones exigidas
y necesarias, otros intensificaban sus ataques a los locales sindicales
y a los dirigentes identificados con el peronismo para expulsarlos.
En este contexto de dualidad del gobierno, se produjeron
huelgas en gran escala, el 17 de octubre y a principios de noviembre,
en protesta por la situación general y por los ataques antiperonistas
contra los sindicatos. Estos acontecimientos minaron la posición
de Lonardi y fortalecieron a los sectores antiperonistas más duros
que, el 13 de noviembre, lograron desplazarlo del poder. La CGT,
en protesta por el nuevo gobierno, convocó a una huela general para
el día 14 de noviembre que el gobierno respondió con represión y
cárcel, intervención de la CGT y de sus sindicatos miembros. Así,
comenzaba una segunda etapa de la dictadura militar que pretendía,
como política de Estado, la solución del problema básico de la
Argentina: el peronismo y la influencia del peronismo en todos los
niveles de la sociedad.
La solución, impuesta entre fines de 1955 y 1956, y conocida
a partir de la expresión “desperonizar”, consistió en una serie de
medidas aplicadas de inmediato: se procedió a arrestar a cientos
de dirigentes peronistas; se incrementaron los esfuerzos de las
comisiones especiales, que se habían formado para investigar las
irregularidades del gobierno de Juan Perón; se intervino la CGT
y sus sindicatos miembros; se disolvió la Fundación Eva Perón;
se derogó la Constitución de 1949; se prohibió ocupar cargos
gubernamentales o sindicales a quienes lo habían hecho antes del
golpe militar de septiembre de 1955; se declaró ilegal el Partido
Peronista; se prohibieron las fotos, retratos o esculturas de
funcionarios peronistas; se prohibieron también el escudo peronista,
las canciones peronistas, las fechas vinculadas a la historia del
peronismo, las expresiones “peronismo”, “justicialismo”, “tercera
posición”, etc. A estas medidas, se suma la política laboral adoptada
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que, según James (2006: 48-49), siguió tres líneas principales de
acción: a) proscripción legal de los dirigentes sindicales peronistas;
b) represión e intimidación del sindicalismo y de sus activistas
de base popular; y c) medidas adoptadas, con la anuencia de los
empresarios, relacionadas con la productividad y la racionalización
del trabajo. En respuesta a estas medidas, y para defender los
beneficios y derechos que se habían conquistado durante el gobierno
peronista, los trabajadores iniciaron un proceso de organización,
espontáneo y de acciones localizadas, que se conocería, en la cultura
política peronista, como la “resistencia” (James 2006; Melón Pirro
2009).
Sin embargo, estas medidas, más el secuestro y desaparición
del cadáver de Evita, no agotaron el deseo de revancha de los
antiperonistas, ni su carácter más violento, como lo demostrarían
los sucesos de junio de 1956.
Como parte de esta dinámica histórica de persecución y
resistencia, que caracterizó el enfrentamiento entre el antiperonismo
en el gobierno y el peronismo en la proscripción, y probablemente
como uno de sus episodios más espectaculares, aunque poco
estudiado, el 9 de junio de 1956 se originó una conspiración armada
en varios puntos del país, encabezada por los generales Juan José
Valle y Raúl Tranco, a los que se sumaron algunos militares y grupos
de civiles de militancia peronista, contra el gobierno de Aramburu.
Esta conspiración fue un movimiento militar que aprovechó el
resentimiento de militares retirados y la intranquilidad del personal
en servicio activo, pero que no logró “la aprobación personal de
Juan Perón” (Potash 1980: 312), aunque Mónica Gordillo sostiene
que el objetivo del movimiento de Valle era “traer a Perón de nuevo
el poder” (2003: 334). El levantamiento fue controlado en pocas
horas. El gobierno implantó la ley marcial, se produjeron más de
mil arrestos y, con la aplicación de procedimientos sumarios a los
supuestos líderes de los rebeldes y a sospechosos de formar parte del
intento desestabilizador, se procedió a fusilar a varios de ellos. En la
mañana del 10 de junio, “falto de preparación y organización”, como
lo expresa Rapoport (2000: 500), el movimiento revolucionario
estaba totalmente sofocado.
En la provincia de La Pampa, la rebelión tuvo un jefe militar,
el capitán Adolfo C. Philippeaux, y un jefe civil, el abogado de
militancia peronista Agustín Nores Martínez. La acción armada
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tuvo éxito, y en menos de media las fuerzas rebeldes tomaron el
control del cuartel general del Distrito Militar, el Departamento de
Policía, la Gobernación, la sede de Radio del Estado y el centro
de la ciudad. Y aunque La Pampa fue el único lugar en el que el
movimiento rebelde se constituyó como gobierno ‘de hecho’, en la
mañana del 10 de junio la rebelión estaba derrotada y la mayoría
de sus participantes encarcelados, aunque ninguno fue fusilado.
En este sentido, dos elementos diferencian el caso de La Pampa
de lo ocurrido en el resto del país: a) mientras que en el resto del
país2 el levantamiento fue rápidamente reprimido y controlado, en
Santa Rosa tuvo éxito y los rebeldes se erigieron como gobierno ‘de
hecho’; y b) mientras que en el resto del país, luego de la represión
se procedió a fusilar a militares y a civiles, en Santa Rosa, aunque
hubo orden de proceder a fusilar a los responsables, no se efectuó
ningún fusilamiento.
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más importante sobre el levantamiento del 9 de junio de 1956. En
ese texto, el autor sentencia que “el 9 de junio es un crimen político
realizado desde el poder, que no tiene justificativo de circunstancia,
ni justificativo de antecedentes, ni justificativos ideológicos o de
finalidad” (2007: 178).
A partir del análisis de la bibliografía, ha sido posible establecer
el siguiente esquema analítico que contempla tres interpretaciones
sobre la represión y los fusilamientos de junio de 1956 y que permite
organizar de manera coherente el estado de la cuestión: a) la tesis
del ‘escarmiento’; b) la tesis de la ‘guerra civil’; y c) la tesis de la
‘desperonización’.
a) La tesis del ‘escarmiento’, como explicación y justificativo
de los fusilamientos, fue la primera que apareció y se elaboró
contemporáneamente a los hechos. Lo interesante es que ambos
sectores, tanto el gobierno como los rebeldes, apelaron al mismo
argumento. Desde el gobierno, el vicepresidente Isaac Rojas
expresó que, ante el levantamiento y a la hora de reprimir, advirtió
“que la oportunidad era magnífica para dar un severo escarmiento
al peronismo, ahora subversivo” (González Crespo 1993: 352). El
‘escarmiento’ era no sólo por lo que había significado el peronismo
en el pasado, sino, también, por haberse levantado en armas contra
el orden institucional. Así lo expresó Américo Ghioldi en un
editorial de aquellos días y como vocero de toda la clase política
antiperonista: “Se acabó la leche de la clemencia […] Ahora todos
saben que nadie intentará sin riesgo de vida alterar el orden […]
Los argentinos necesitan aprender que la letra con sangre entra”
(La Vanguardia, 14-06-56). Desde el lugar de quienes se rebelaron
contra el gobierno y padecieron los fusilamientos se apeló a la
misma tesis: el General Juan José Valle, líder del movimiento de
junio, en la carta que escribe antes de ser fusilado, expresa esta idea
y dice que “para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al
levantamiento y luego sacrificarnos fríamente”. Valle introduce la
sospecha de que la voluntad de castigo era previa a los hechos en sí;
los fusilamientos no eran la consecuencia del levantamiento, sino
un castigo a lo que representaba, aún, el peronismo en la política
argentina.
Uno de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León
Suarez, Julio Troxler, en su testimonio publicado en la revista
Peronismo y Socialismo, en 1973, también habla de un “escarmiento
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criminal” perpetrado contra el peronismo y de un “asesinato en
masa” aplicado como castigo ejemplarizador (Melón Pirro 2009:
74-75). El destinatario último de este mensaje ejemplarizador no
eran los sujetos particulares que serían fusilados, sino la totalidad
del peronismo en la proscripción, para evitar nuevos conflictos. En
definitiva, según Troxler, se fusiló para que “el resto de la población
dijera: lo que les pasó a ellos nos puede pasar a nosotros si nos
metemos” (Melón Pirro 2009: 267-268, nota 115). Igualmente,
desde sectores de la resistencia peronista los fusilamientos fueron
entendidos de la misma manera. Juan Vigo, que sería encarcelado
antes de junio de 1956, junto a otros compañeros, y no podría
participar del levantamiento, describe la tarea de los servicios de
información, “que sólo esperaban que salieran a la acción [Valle
y los suyos] para aplastarlos despiadadamente” (Vigo 1973: 191-
192).
Más cercanos en el tiempo, Massot (2003: 191-192) y Spinelli
(2005: 85-86) retoman la tesis del ‘escarmiento’. Massot entiende
que los hechos de junio suponían un grave problema para el gobierno,
aunque no tan grave como la presencia del peronismo, que aún en la
proscripción lo cuestionaba. Por esto, “sólo un brutal escarmiento
podía disuadir al peronismo” de su rebeldía. Spinelli propone que
el gobierno pensaba en enviar un mensaje con dos destinatarios:
el peronismo y el resto de la sociedad, por ello se utilizaron los
fusilamientos para “crear un notorio golpe de efecto en la opinión
publica, además de la aplicación de un castigo ejemplar”.
b) La tesis de la ‘guerra civil’, que analiza los hechos de junio
inmersos en la dinámica de enfrentamiento entre el peronismo y
el antiperonismo, es postulada, por primera vez, desde las filas
peronistas por el Coronel Federico Gentiluomo. Este entiende que
el balance de fuerzas, respecto del peronismo en la proscripción,
no le es del todo favorable al gobierno, por lo que existía alguna
posibilidad de que los hechos de junio pudiesen derrocar al gobierno
y “desembocar en un caos, posiblemente una guerra civil”. Desde
este análisis, el gobierno debió tomar “oportuna y decididamente,
medidas preventivas y represivas, con la dureza necesaria de hacer
abortar todo intento de reacción” (1970: 67-68).
Luego, quienes retoman esta tesis son Robert Potash (1994
[1981]) y Alain Rouquié (1982). Potash supone que los fusilamientos
fueron una medida extrema para evitar un mal mayor; así sostiene
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que “esas primeras ejecuciones fueron una reacción de emergencia
para atemorizar y evitar que la rebelión se transformara en guerra
civil” (316-317). Por su parte, Rouquié contextualiza la decisión
en el largo plazo, y como parte de la puja manifiesta y velada que
el gobierno tenía con el peronismo. Desde esa perspectiva, escribe
que la decisión de fusilar se debió a que “la situación era delicada
para el gobierno, porque las masas peronistas estaban organizando
la resistencia” y se disponían a enfrentarlo (137).
Finalmente, Massot (2003: 194), que había mencionado el
‘escarmiento’ como móvil de los fusilamientos, también adscribe a
la tesis de la ‘guerra civil’. Afirma que los fusilamientos se debieron
a que en el gobierno “todos los altos mandos estaban convencidos
de que el movimiento encabezado por Valle era poderoso. Y no
pocos temían que parte del pueblo peronista pudiese sumarse y que
se generara, así, una guerra civil”.
c) La tesis de la ‘desperonización’, que percibe los fusilamientos
como parte de la política de persecución al peronismo, ahora fuera
del gobierno, es expresada, por primera vez, por Ramón Prieto en
1963. Desde el peronismo perseguido, el autor analiza la realidad
política posterior a 1955, indica que las víctimas asesinadas en junio
de 1956 “tenían por pecado mortal el ser peronistas y activistas
sindicales”, y señala a los fusilamientos como “el instrumento de
validación” de una política gubernamental que dispuso “la división
de los argentinos en réprobos y elegidos” (67). Rodolfo Walsh
(1972), aunque su estudio se limita a los fusilados en José León
Suarez, en la parte final de su libro, hace una descripción de los
componentes de la política de desperonización, implementada por
el gobierno de Aramburu contra el peronismo. Esta persecución,
según el autor, estaba motivada por la dinámica de la lucha de clases
que había incorporado el peronismo en la política argentina y por el
rechazo al protagonismo que, como consecuencia de esa dinámica
de lucha de clase, habían adquirido las clases populares. Así, su
análisis de los fusilamientos de junio concluye con la siguiente
afirmación: “pocas veces se ha visto aquí ese odio, pocas veces se
han enfrentado con tanta claridad dos clases sociales” (2008: 177-
178).
Vicente Massot (2003), que ya había suscripto las tesis del
‘escarmiento’ y de la ‘guerra civil’, es quien retoma esta postura. En
su libro, que analiza dos siglos de violencia política en la Argentina,
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escribe: “Los fusilamientos de 1956 fueron el punto límite de la
estrategia de desperonización de la Revolución Argentina” (194).
Por su parte, César Tcach y Mónica Gordillo, en el texto que dirige
Daniel James (2003) sobre el período 1955-1976 en Argentina,
reiteran esta tesis. Tcach (2003: 25), en su análisis de la persecución
y proscripción al peronismo, señala a los fusilamientos de junio
como una especie de ‘importación’, que el gobierno de Aramburu
hace, desde las prácticas políticas de la historia argentina del siglo
XIX, para coronar su política contra el peronismo. El autor escribe
que los fusilamientos retomaban la práctica de “la pena de muerte
por razones políticas”, una rémora “que los argentinos creían haber
abandonado en el siglo XIX”. Por su parte, Gordillo (2003: 333-
334) estudia, en el período posterior a 1955, las “practicas sociales
de acción directa al estar vedadas para el partido mayoritario
la mediación política”; en este contexto de análisis, afirma que
“medidas extremadamente represivas como el fusilamiento del
general Valle y de otros seguidores el 9 de junio de 1956” se
justificaban por el temor del gobierno al retorno del peronismo, en
el marco de su estrategia de persecución.
Indagar las respuestas que se han dado para explicar el porqué
de los fusilamientos de junio de 1956 proporcionará un marco
para indagar la particularidad del caso de La Pampa, único lugar
donde el levantamiento se resolvió sin fusilamientos, aunque había
orden expresa de proceder en este sentido con los detenidos. La
singularidad que significaron los fusilamientos de junio de 1956
acaparó la atención de los investigadores, que esgrimieron las causas
y las razones de los mismos. En La Pampa, por ser la excepción a
esta manera de resolver el conflicto de junio, la resolución incruenta
del conflicto no mereció ninguna explicación en la bibliografía y
pasó inadvertida para los investigadores. Por ello, en este estado
de la cuestión, se presentaron las explicaciones que se dieron
en la bibliografía sobre los fusilamientos, para, a partir de allí e
invirtiendo el razonamiento, analizar a lo largo de la investigación
por qué no hubo fusilamientos en La Pampa.
Como es sabido, el marco teórico es la etapa del proceso de
investigación en que se establece y se deja en claro cuál es la teoría
que ordena una investigación, es decir, la teoría que se sigue como
modelo de la realidad que se investiga. En esta investigación se
plantea abordar el problema planteado, en tanto que conflicto
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político, desde la Teoría de la coerción de la integración social de
Ralf Dahrendorf (1962).
El conflicto es un hecho consustancial y omnipresente a la vida
en sociedad, pues sin antagonismo social no habría transformaciones
sociales o las transformaciones sociales se producirían de manera
demasiado lenta, dando a la sociedad un carácter estático que no
posee (Dahrendorf 1992; Coser 1970). De las variadas formas
que puede adoptar el conflicto, nos ocupamos aquí de una de
ellas: el conflicto político. Es posible definir el conflicto como
una forma de interacción entre individuos, grupos, organizaciones
o colectividades, interacción que implica enfrentamientos por el
acceso a recursos escasos y a su distribución; en el caso particular
del conflicto político, el recurso escaso por el cual las personas
interactúan es el poder, ya sea para conquistarlo, para permanecer en
él o para influir sobre él. Además, esa interacción entre individuos,
grupos, organizaciones o colectividades puede caracterizarse por
una oposición de tipo objetivo: conflicto latente, o de tipo subjetivo:
conflicto manifiesto. (Pasquino 1997; Dahrendorf 1971).
Las teorías que han interpretado el conflicto político pueden
diferenciarse en dos grupos3:
a) las que suponen que la sociedad es un todo coherente y
equilibrado, en el que sus partes se relacionan de manera armónica.
Aquí, el conflicto se considera como una perturbación que modifica
el estado social normal original; es una patología social y como
tal algo que debe suprimirse. Dentro de este grupo se ubican,
entre otros, Comte, Spencer, Pareto, Durhein y Parson. Respecto
a las causas del conflicto, se considera que éstas tiene un origen
externo a la sociedad. Según Robert Merton (1957) el conflicto
es disfuncional, en un sentido, porque es un producto del mal
funcionamiento o de la falta de funcionamiento del sistema, y, en otro
sentido, porque es él mismo productor de obstáculos y problemas
3 Theda Skocpol (1984) plantea la existencia de cuatro familias de teorías
sociocientíficas que explican el conflicto político y el cambio social: a) la teoría
marxista, que explica el cambio a partir de las contradicciones estructurales
objetivas que existen en las sociedades históricamente desarrolladas entre las
clases sociales; b) las teorías de ‘agregado psicológico’, que explican el cambio a
partir de los móviles psicológicos de la gente para dedicarse a la violencia; c) las
teorías de ‘consenso de sistemas de valores’, que explican el cambio social como
respuestas violentas de movimientos ideológicos a desequilibrios de los sistemas
sociales; y d) las teorías del ‘conflicto político’, que explican el cambio poniendo
el centro de la atención en los conflictos entre el gobierno y los diferentes grupos
que luchan por el poder.
86
en el funcionamiento del sitema. Siguiendo a Dahrendorf (1962:
256-257), se pueden sintetizar estas teorías en cuatro hipótesis: 1)
hipótesis de la estabilidad: todo grupo social es un conjunto de
elementos estable y duradero; 2) hipótesis del equilibrio: todo grupo
social es un conjunto de elementos bien equilibrado; 3) hipótesis
de la funcionalidad: todo elemento de un grupo social posee una
función determinada que contribuye al funcionamiento normal del
mismo; y 4) hipótesis del consenso: todo grupo social se mantiene
a partir del consenso de todos sus miembros en torno a valores
comunes definidos.
b) las que suponen que, en toda sociedad, el conflicto es parte
inherente a la misma y la desarmonía y el desequilibrio constituyen
su normalidad. Aquí, a partir de la dinámica del conflicto son
posibles el cambio y la materialización de mejoras. Dentro de
este grupo se ubican, entre otros, Marx, Sorel, J. S. Mill, Simmel,
Dahrendorf y Turaine. Es posible sintetizar estas teorías, a partir
de la denominada Teoría de la coerción de la integración social
de Dahrendorf (1962: 257), en cuatro hipótesis: a) hipótesis de
la historicidad: todo grupo social y sus elementos componentes
están sometidos a un proceso de cambio, propio de la dinámica
histórica; b) hipótesis de la explosividad: todo grupo social es un
conjunto de elementos contradictorio y explosivo; d) hipótesis de
la disfuncionalidad: todo elemento de un grupo social contribuye
al proceso de cambio del mismo; y e) hipótesis de la coerción:
todo grupo social se conserva a partir de la coerción de uno de sus
elementos sobre los otros elementos del grupo. Para el autor, “una
teoría aceptable del conflicto social puede elaborarse solamente si
asumimos como plataforma la teoría de la coerción de la integración
social” (Dahrendorf 1962: 258).
Los conflictos pueden distinguirse a partir de tres categorías
objetivas: la dimensión, la intensidad y los objetivos. Según la
dimensión, los conflictos se distinguen de acuerdo al número
de participantes en relación, absoluta o relativa, al número de
participantes potenciales. Según la intensidad, los conflictos se
distinguen en función del grado de compromiso de los participantes;
aquí se tiene en cuenta la disposición de los participantes a mantener
la postura inicial hasta las últimas consecuencias o a facilitar una
instancia de negociación. Según los objetivos, los conflictos se
diferencian entre aquellos que se plantean cambios en el sistema,
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sin cuestionar la existencia del mismo, y aquellos que se plantean
cambiar el sistema mismo (Pasquino 298-299).
A partir de Borrat (2004) y Dahrendorf (1962), es posible
establecer tres fases diferenciadas por las que transcurre un
conflicto: a) origen: a partir de determinados intereses se forman
grupos diferenciados que adquieren características más o menos
comunes; b) expansión: los intereses latentes se hacen conscientes
en el grupo, cristalizan y el grupo actúan en función de ellos. El
conflicto adquiere su configuración definitiva cuando los elementos
en pugna presentan una identidad organizada; y c) resolución:
se tiene en cuenta, para esta instancia definitiva, la variabilidad
(intensidad y violencia) y la viabilidad (manifestación del conflicto,
grado de movilidad social y estructura social entre otros factores).
Las causas del conflicto radican en que “todas las sociedades
producen constantemente en sí mismas antagonismos que no
brotan casualmente ni pueden ser arbitrariamente eliminados” y
es necesario, para su comprensión, analizar esas causas dentro de
sociedades históricamente situadas, a partir de la suposición de
que las mismas no son nunca exógenas al grupo o metasociales
(Dahrendorf 1962: 239). Ahora bien, como el conflicto es parte
constitutiva de todo grupo social y por ello imposible de eliminar,
en todo grupo social, históricamente situado, se desencadenan
situaciones conflictivas en las que los integrantes del grupo actúan
concientemente, relativamente libres, para: ampliar o reducir
el número de los implicados; aumentar o moderar la intensidad
del conflicto; institucionalizar el conflicto o mantenerlo ajeno a
determinadas reglas pautadas o vigentes.
Un conflicto político puede suprimirse, o desarticularse su
expresión, con el uso de la fuerza y la coerción o desde la eliminación
de las causas, las tensiones y las diferencias que lo han originado.
Pero como la supresión de los conflictos no es generalmente
posible, los mismos se procesan a partir de la formulación de
reglas, aceptadas por los implicados en un conflicto, que establecen
sus límites. Así, la forma en la que se manifiesta un conflicto se
hace previsible y se disminuye su capacidad destructiva. Además,
la reglamentación del conflicto debe garantizar que se respete la
posición de fuerza o el bien adquirido por unos, al mismo tiempo
que posibilita a los otros entrar nuevamente en conflicto. Para que
se dé este caso es imprescindible que las reglas sean aceptadas
88
por todos los participantes del conflicto y cuando se da un cambio
en esas reglas, las nuevas reglas también deben ser aceptadas por
todos los participantes. Cuando un conflicto se canaliza dentro
de reglas aceptadas por los implicados en él, se puede hablar de
institucionalización del conflicto (Pasquino 1997: 302).
Si bien no todos los conflictos producen cambios en el sentido
de un mejoramiento en las condiciones de igualdad, libertad y
justicia de los grupos, es posible afirmar que donde los conflictos
son suprimidos o desviados de sus motivaciones originales, la
decadencia o la declinación social es inevitable. Por ellos es posible
afirmar con Dahrendorf (1962: 280) que “en el conflicto se esconde
el germen creativo de toda sociedad y la posibilidad de la libertad,
pero al mismo tiempo la exigencia de un dominio y control racional
de las cosas humanas”.
89
1956 en la provincia de La Pampa; y por otro, la aplicación, desde
una perspectiva de conflicto, de los estudios de la memoria y la
historia oral a la investigación histórico-política de La Pampa.
La participación y el compromiso de todas las fuerzas militares,
policiales y penitenciarias de la ciudad de Santa Rosa y de las
localidades vecinas, en el levantamiento del 9 de junio de 1956 en
La Pampa, determinó que el conflicto, una vez reprimidas las fuerzas
rebeldes, se resolviese de manera incruenta, sin fusilamientos, a
diferencia de lo ocurrido en el resto de los focos rebeldes del país.
Aunque existió una orden expresa para proceder a los fusilamientos
de los responsables en Santa Rosa, la falta de consenso político
impidió materializar la medida.
En esa línea de pensamiento, la investigación se propone
como objetivo general analizar críticamente, a partir de fuentes
documentales y testimoniales, la rebelión del 9 de junio 1956
contra el gobierno de Aramburu en la provincia de La Pampa. Los
objetivos específicos son los siguientes:
• Determinar el grado de participación y compromiso de las
distintas fuerzas militares, policiales y penitenciarias en el
levantamiento del 9 de junio de 1956 en La Pampa.
• Establecer las causas de la resolución incruenta del
conflicto, sin fusilamientos, en Santa Rosa.
90
numeración de fojas independiente del expediente que los contiene.
Se registraron allí los testimonios de entre 150 y 160 personas, entre
civiles, policías y algunos militares. De estas personas, 34 fueron
condenadas a prisión por un período de entre uno a tres años, 98
fueron definitivamente sobreseídos y a 29 se les solicitó iniciar
trámite correccional en juicio. De los testimonios mencionados
en el expediente, surge la existencia de dos expedientes más: un
expediente policial y de un expediente militar, producto de los
correspondientes sumarios que se labraron en su momento en cada
dependencia. Estos expedientes no han podido ser ubicados hasta
ahora, pero las declaraciones de testigos que se registraron en ambos
expedientes constan en el expediente de la justicia civil mencionado
al principio. Es posible afirmar esto, pues, en los testimonios del
Expediente Nº 163 Villamil, Edgardo y otros sobre rebelión, figuran,
en un número importante de testimonios, las expresiones: “ratifica
lo dicho en sumario militar”, “como consta en sumario militar”,
“ratifica lo dicho en sumario policial”, etc.
Respecto de las fuentes orales, se procedió a la búsqueda de
personas implicadas directa o indirectamente en la rebelión del 9
de junio de 1956, en Santa Rosa, que pudiesen dar testimonio oral
y conformar el corpus testimonial. En este sentido, en Santa Rosa
funciona la “Agrupación 9 de junio de 1956” que creó y mantiene la
“Biblioteca popular Rodolfo De Diego”. Integran esta agrupación
personas que participaron en la rebelión y varios testigos de la
misma. En ambos casos, fueron o son todos militantes peronistas,
y sus testimonios ya han sido registrados a partir de entrevistas
personales con el tesista. Sus nombres son Justo Roma, Manuel
Zolecio, Sebastián Panero, Lorenzo Copelotti, Eduardo Gigena,
Juan Luquez, Avelino Rodríguez y Ciriaco Zárate. Salvo el único
caso de un oficial militar, Federico López, no se ha podido entrevistar
a otros militares participantes o testigos de los hechos, pues se han
negado expresamente a dar su testimonio. Pese a que los líderes de
la rebelión, Philippeaux, Nores Martínez y Regazzoli fallecieron, se
ha podido entrevistar a la esposa de Nores Martínez. Finalmente, y
aunque el número de testigos disponibles está determinado por las
cantidad de años que pasaron desde los hechos que se estudian, no
se descarta la posibilidad de encontrar otros testigos o participantes
de los hechos que puedan o quieran ofrecer su testimonio.
Los testimonios se obtuvieron mediante la entrevista
91
semiestructurada en profundidad4, tratando el tesista, en lo posible,
de no intervenir en el relato del testigo, salvo en casos estrictamente
necesarios. Las preguntas que se formularon en las entrevistas
eran preguntas abiertas para que las mismas no condicionaran las
respuestas de los entrevistados. En este sentido, sin perder el control
de la misma y sin renunciar a formular las preguntas pertinentes,
se procedió con la mayor flexibilidad posible en relación con la
secuencia y con las temáticas que surgían en la conversación con
los testigos.
El paso siguiente consistió en la sistematización de la
información obtenida para reconstruir los hechos en trabajos
parciales que, en su mayoría, han sido presentados en encuentros
académicos nacionales del área de especialidad. Finalmente, a partir
de los resultados parciales se espera poder efectuar una propuesta
analítica explicativa desde una perspectiva histórico-política.
Ahora bien, las interpretaciones que sobre los hechos se han
expresado son diferentes y dependen de quién sea el interlocutor: la
visión de los jefes, en testimonios posteriores ante la justicia; la de
los civiles que participaron; la de los protagonistas forzados; la de
los testigos; y la de las crónicas periodísticas. Pero hasta el momento
no se ha emprendido un análisis del proceso histórico desde los
ámbitos académicos para proponer una explicación científica de los
hechos.
En este sentido, los recuerdos personales representan la
principal fuente de información utilizada por los historiadores orales
que estudian sociedades bajo el dominio de la palabra escrita. Y, a
pesar de las reservas o desconfianza que muchos estudiosos tienen
sobre el uso de fuentes orales por la influencia inconsciente de lo
escrito en las culturas de tipo mixto ―una opinión escrita puede
incorporarse en el testimonio oral de una persona; o el predominio
de lo escrito puede borrar las formas orales del recuerdo―, “el
recuerdo general de la vida de un informante, estructurado por lo
que él mismo considera de importancia, constituye, quizás, el tipo
de documentación más puro que podemos encontrar” (Prins 1996:
169).
El recuerdo personal permite al investigador dos cosas: por
un lado, utilizar las fuentes adecuadas para estudiar las diversas
4 Para una caracterización de la entrevista semiestructurada en
profundidad, ver Sitton, Mehaffy y Davis Jr. (1991: 112-113).
92
problemáticas de la historia y la cultura contemporánea; y, por
otro, proporcionar detalles minuciosos que de otro modo serían
inaccesibles y que pueden servir de aliciente para la búsqueda
de otras informaciones, bajo nuevas ópticas, en los documentos
escritos o en los planteos iniciales de la investigación. Así, la
memoria tiene dos funciones en la aprehensión de lo histórico: su
capacidad de reminiscencia de las vivencias en forma de presente
y el constituirse como el soporte mismo de lo histórico. Pero la
memoria no es historia, es “materia de historia”, y en tanto fuente
de historia debe ser sujeta a los requisitos metodológicos aplicables
a cualquier otra fuente histórica; para que la memoria se constituya
en el punto de partida de una historia, es preciso que se produzca su
historización, pues la memoria retiene el pasado, pero es la historia
la que lo explica (Arostegui 2004: 162-170).
Hacer una historia a partir de la reconstrucción de relatos
de memoria, implica “un gesto político que no se oculta, que no
acompaña al saber sino que justamente lo rompe o, en todo caso,
reconstruye esos relatos de memoria en función de una verdad
histórica que no entiende el saber como un campo de enunciados
legitimados sino como una verdad con minúscula que se crea y
recrea todo el tiempo”, porque el “testimonio no está del lado de
la verdad, sino del lado de la experiencia” (Vallina 2009: 14; 17).
Vezzetti (2009: 25), por su parte, remarca la profunda historicidad
de la memoria, que se conjuga siempre desde un presente puesto
que se expresa en las formas de la producción pero también en la
apropiación del testimonio. Así, la doble marcación temporal —el
presente del testigo respecto de aquello que recupera del pasado,
y el presente del receptor, destinatario individual o colectivo, que
recibe y se apropia de él— ofrece un encadenamiento complejo
entre el acontecimiento, el tiempo del testimonio y el tiempo de la
recepción/interpretación.
En síntesis, esta propuesta de investigación se enmarca en el
horizonte de reflexión en torno a la memoria y la historia reciente
de nuestro país que en las últimas décadas ha operado fuertes
transformaciones en la producción intelectual y en el campo social
y cultural de la Argentina, y en torno al cual se han abierto debates
relevantes que traspasan disciplinas y saberes. La producción
testimonial constituye en este marco uno de los principales
referentes, y la memoria resulta la categoría histórica desde la que
93
se traen al presente los relatos del pasado pero también los discursos
de ese pasado para entretejerlos en un saber histórico que asienta sus
principios de inteligibilidad tanto en la conciencia de sus actores
como en la interpretación de sus cronistas. Por ello, se conformará,
como se detalló más arriba, un corpus de trabajo que contenga
distintas manifestaciones de los actores sociales involucrados en los
procesos antes descriptos (historias de vidas, relatos, comentarios)
que permitan ver sus perspectivas del proceso histórico en cuestión.
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