Comentario Antiguo Testamento Andamio
ABDÍAS, NAHÚM Y SOFONÍAS
La bondad y la severidad de Dios
Gordon Bridger
Coeditado por PUBLICACIONES ANDAMIO® y LIBROS DESAFÍO®
PUBLICACIONES ANDAMIO
C/ Alts Forns nº 68, sót. 1º
08038 Barcelona
Tel: 93 432 25 23
E-mail: editorial@[Link]
[Link]
Publicaciones Andamio es la sección editorial de los Grupos Bíblicos Unidos de España (G.B.U.).
1
LIBROS DESAFÍO
1700 28th Street SE
Grand Rapids, Michigan 49508-1407
Estados Unidos
1-800-333-8300 ó 616-224-0728
[Link]
Abdías, Nahúm y sofonías
The Message of Obadiah, Nahum and Zephaniah
© Gordon Bridger, 2010
Esta traducción de The Message of Obadiah, Nahum and Zephaniah publicada primeramente en
2010 se publica con el permiso de Inter-Varsity Press, Nottingham, Reino Unido
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización de
los editores.
“Las citas bíblicas son tomadas de LA BIBLIA DE LAS AMÉRICAS
© Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation
Usadas con permiso”. ([Link])
Traducción: Loida Viegas
La imagen de portada es una obra de Joan Cots
Diseño de cubierta: Fernando Caballero
Depósito Legal: DL. B. 613-2015
ISBN Andamio: 978-84-943225-3-2
ISBN Libros Desafío: 978-1-55883-198-8
© Publicaciones Andamio, 2015
1ª edición enero 2015
A Elizabeth, mi esposa y compañera en el ministerio
Rachel y Alasdair Paine
Sarah y Peter Sainsbury
Mary y David Hall
y sus familias
No tengo mayor gozo que este:
oír que mis hijos andan en la verdad (3 Jn 4).
2
Contenido
Prólogo
Prólogo del autor
Abreviaturas principales
Bibliografía
Introducción a Abdías, Nahúm y Sofonías
Abdías
Introducción a Abdías
1. La soberanía de Dios: ¿quién tiene realmente el control? (1, 15, 21)
2. Los juicios de Dios: ¿quién responderá de esto? (2–15)
3. El triunfo de Dios: ¿qué esperanza hay? (15–21)
Nahúm
Introducción a Nahúm
1. El juicio divino: explicación teológica (1:2–15)
2. El juicio divino: ilustración histórica (2:1–3:19)
Sofonías
Introducción a Sofonías
1. El mensaje divino de juicio (1:2–2:3)
2. Juicio y esperanza para las naciones (2:4–3:8)
3. Esperanza y restauración para el pueblo de Dios (3:9–20)
Prólogo
Hay muchos cristianos que a menudo se sienten desorientados cuando leen el
Antiguo Testamento. ¿Qué hacemos con estas tres cuartas partes de la Biblia? Es como
si de alguna manera tuvieran menos que ver con nuestras vidas, que el Nuevo
Testamento. Su contexto nos parece demasiado lejano. Y su literatura muy diferente a
la que conocemos hoy. Porque la verdad es que no hay mucha gente que lea leyes,
códigos, oráculos contra naciones extranjeras, o poesía sin rima…
Es cierto que nos gustan algunas de sus historias. Nos identificamos con sus
3
personajes, tentaciones y conflictos. Participamos de la misma realidad de pecado y
obediencia, éxito y fracaso… Pero ¿es esto lo que quieren decir estas historias? ¡Todo
parece tan subliminal! Porque bien visto, si somos cristianos, ¿no es el Nuevo
Testamento, el que nos habla principalmente de Jesucristo, como nuestro Salvador?
“Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y
diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué
tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de
antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les
reveló que no para sí mismo, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os
son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado
del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1 Pedro 1:10–12).
Los profetas indagaron acerca de esto; los ángeles anhelaban verlo; y los discípulos,
no lo entendían; pero Moisés, los profetas y todas las Escrituras del Antiguo
Testamento hablaban de ello (Lucas 24:25–27): Jesús tenía que venir y sufrir, para ser
después glorificado. Él no vino sin ser anunciado. Su llegada fue declarada con
antelación en el Antiguo Testamento. Pero no sólo en aquellas profecías que
explícitamente hablan del Mesías, sino por medio de las historias de todos los sucesos,
personajes y circunstancias del Antiguo Testamento.
Dios comenzó a contar una historia en el Antiguo Testamento, cuyo final se
esperaba con impaciencia. Desarrolló el argumento, pero faltaba la conclusión. En
Cristo, Dios ha llevado el relato del Antiguo Testamento a su culminación. Los cristianos
aman por eso el Nuevo Testamento. Pero Dios estaba contando una sola historia, que
se extiende a lo largo de todas las páginas de la Biblia. Desde Génesis a Apocalipsis, Dios
desvela progresivamente su plan de salvación.
La Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, presentan una sola
revelación de Dios, centrada en Cristo. Cuando estudiamos los diferentes géneros,
estilos y enseñanzas de cada libro, vemos que anuncian y señalan a Cristo. El carácter
cristocéntrico de la Biblia puede parecer “oculto en el Antiguo Testamento”, como
decía Agustín, pero es “revelado” en el Nuevo. Ver la relación entre Antiguo y Nuevo
Testamento es clave para comprender la Biblia.
El Antiguo Testamento nos revela a Jesús. El Dios de Israel es el Dios encarnado en
Jesús: “El mismo, ayer, y hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8). La Biblia de Jesús es el
Antiguo Testamento. Los apóstoles se refieren continuamente a él. Porque el Antiguo
Testamento no es sólo para Israel. ¡Es para nosotros! Nos enseña acerca de Dios y su
propósito en la Historia, pero también sobre nuestra propia vida.
¿Para qué sirve un comentario bíblico?
Aunque hay algunos cristianos que todavía se enorgullecen de no usar nunca un
comentario, cada vez son más los creyentes que aprecian esa literatura que está
específicamente destinada a exponer y analizar el texto bíblico. Pocas herramientas hay
tan fundamentales en la vida de un predicador, pero también de muchos cristianos con
inquietudes por profundizar en el estudio de las Escrituras, que esos libros que
4
denominamos comentarios bíblicos.
El problema es que hay muchos tipos de comentarios. Y no son pocos los que se
decepcionan al comprar un libro que luego no les ofrece la ayuda deseada. Es
importante por eso considerar qué clase de comentario necesitamos, antes de iniciar la
búsqueda de algún titulo que nos ayude a entender mejor determinada porción de la
Biblia.
Conviene recordar en ese sentido, una vez más, que los comentarios son útiles, pero
ninguno puede sustituir a la Escritura misma. Así que debemos consultar primero
diferentes traducciones —si no conocemos los idiomas bíblicos—, tomándonos tiempo
para orar y meditar en la Palabra de Dios, antes de usar cualquier modelo de
comentario.
Hay básicamente dos enfoques difícilmente combinables en la literatura expositiva
de la Biblia. Uno pretende acercarse al texto con el mayor rigor exegético posible. Por lo
que, en un lenguaje bastante técnico, intenta aclarar el sentido de cada palabra en su
contexto original. Y otro busca más bien presentar el mensaje de cada libro,
esforzándose en aplicar su sentido a la vida personal y social del lector contemporáneo.
Entre medio, hay, por supuesto, una enorme variedad de textos que oscilan entre una y
otra dirección, pero generalmente podemos distinguir estos dos tipos de comentarios.
¿Qué es un comentario evangélico?
Aquellos que tenemos la extraña costumbre de leer los comentarios bíblicos de
principio a final —o sea, de la primera a la última página, como cualquier otro libro—,
observamos cómo el estilo de muchos exégetas se va haciendo cada vez más farragoso
y oscuro, hasta el punto de resultar casi ilegible. La estructura de muchas colecciones
actuales se ha vuelto tan complicada e incomprensible, que sus divisiones parecen
multiplicarse indefinidamente. Cuesta entender la lógica de tantas secciones y
apartados, sobre todo cuando acompañan unos textos realmente inaccesibles, capaz de
desanimar a cualquiera que vaya a estos comentarios para aclarar sus dudas…
Porque lo peor de muchos comentarios modernos, es su lenguaje. La jerga de la
crítica bíblica, no sólo es difícil de traducir, sino que parece que ya no la entienden ni
siquiera los especialistas —a juzgar por las interpretaciones que hacen unos de otros,
cuando se quejan de que les malentienden—. Todo parece que se ha convertido en un
inmenso galimatías, donde la complejidad se confunde con la erudición…
Basta leer los antiguos comentarios, para ver cómo es posible exponer un texto con
claridad, a pesar de su evidente dificultad… Los que leemos una gran variedad de
comentarios, para preparar un estudio o una exposición bíblica, nos encontramos con
que no solamente los críticos son difíciles de leer, sino que la lectura de algunos autores
evangélicos actuales, que buscan el reconocimiento académico, se ha convertido
también en un verdadero suplicio…
Hay series de comentarios evangélicos, incluso norteamericanos —cuya literatura
ha sido siempre conocida por su sentido práctico—, cuyo contenido carece de
aplicación alguna. Su teología es dudosa, y claramente difícil de distinguir de otros
5
autores protestantes, que son a veces peores que algunos eruditos católicos, alguna
que tratan con más respeto el texto bíblico, y tienen más carácter devocional que
algunos comentarios evangélicos. ¡Vivimos tiempos extraños!
La Biblia habla hoy
Es, por lo tanto, refrescante encontrarse con una serie de comentarios como esta,
claramente inspirada en la colección The Bible Speak Today de Inter-Varsity Press. La
mayor parte de los libros pertenece a esta colección, pero no en su totalidad. Esta
colección sobre el mensaje de los libros del Antiguo Testamento, que ahora traduce al
castellano Publicaciones Andamio, está editada por veteranos predicadores, como Alec
Motyer o Raymond Brown. La erudición de estos hombres no tiene nada que envidiar a
la de algunos jóvenes profesores evangélicos, pero su fuerza y claridad están a años luz
de muchos autores actuales, más preocupados por las notas a pie de páginas y las
referencias bibliográficas, que por la comprensión del texto bíblico. Necesitamos
comentaristas como ellos, llenos de sabiduría, pero también de pasión por el mensaje
de la Escritura.
Es cierto que esta no es una serie de comentarios bíblicos que desarrollen los libros
siguiendo el texto versículo a versículo. Como su titulo inglés indica, se centran en su
mensaje, aunque hay pocos libros tan útiles como estos, para comprender el sentido de
cada sección y libro en su totalidad. Lo que tenemos aquí es una comprensión global de
cada texto que nos lleva inmediatamente a la actualidad, considerando su valor práctico
y aplicación para la vida del creyente.
También hay autores jóvenes en esta colección, como Chris Wright, que ha
enseñado mucho tiempo el Antiguo Testamento en un centro bíblico orientado a la
tarea misionera (All Nations Christian College), antes de dedicarse en Londres a la
fundación de cooperación internacional Langham (que fundó John Stott para mantener
proyectos de educación en todo el mundo).
La visión de la profecía de estos autores está lejos de las especulaciones
escatológicas de tantos autores populares, que juegan con el texto bíblico para dar su
propia interpretación del mundo, siguiendo las más caprichosas identificaciones, para
leer la Biblia a la luz del telediario. Su enfoque es riguroso, claramente arraigado en el
contexto histórico, pero lleno de referencias al mundo actual. Lo mismo cita una
canción de U2 que analiza el mapa del Templo.
Algunas obras, como la de Motyer sobre Isaías, no pertenece en realidad a la serie
The Bible Speak Today de Inter-Varsity, aunque está publicada por esta editorial. Es un
comentario al que dedicó toda su vida, basado en su propia traducción y meditación
durante años. Para muchos, no hay duda de que se trata de una obra maestra, un
trabajo magistral, en una línea radicalmente diferente a la mayor parte de los
comentarios que se hacen hoy en el mundo evangélico en un contexto académico.
Algunos de los comentarios, por otro lado, pertenecen a la colección Tyndale
también de Inter-Varsity. Otros son de autores que consideramos “nuestros”, como
David F. Burt, que han escrito algunos comentarios de un nivel excelente.
6
La Palabra eterna
Estos libros parten de los presupuestos clásicos de la teología evangélica, como es la
unidad del texto y su mensaje cristocéntrico. Se atreven a veces incluso a prescindir de
toda referencia crítica, para concentrarse en el sentido del texto, que explican con
claridad y pasión evangélica. Estas obras están destinadas por eso a ser libros de
referencia durante años, siendo apreciadas por muchas generaciones, que descubrirán
en su trabajo una obra perdurable, que trasciende las absurdas polémicas entre uno y
otro autor de esta generación, para desvelarnos el verdadero mensaje del libro.
La publicación de estas obras nos da, en este sentido, un modelo de lo que debe ser
un comentario evangélico. Cuando muchos de los libros que abundan en este tiempo,
sean finalmente olvidados, las obras que seguirán atrayendo al lector del futuro, son las
que transmitan el mensaje de la Palabra eterna, más allá de modos y modas, sobre los
que prevalece el espíritu de la época.
Estos autores muestran una capacidad excepcional para sintetizar lo que otros
hacen en multitud de páginas de oscuro contenido. Su extraordinaria claridad se ve
resaltada a veces por una increíble genialidad para dividir el texto en unos
encabezamientos tan atractivos, que uno no puede resistirse a la tentación de
repetirlos en su propia exposición. Son comentarios ideales, porque animan a predicar
estos libros de la Escritura.
Alguien ha dicho que nunca se debería escribir un comentario sobre un texto
bíblico, que no se haya predicado. Es más, los comentarios que resultan más útiles a los
predicadores, son aquellos que están escritos por predicadores. Y eso es lo que son los
autores de estos libros, maestros que piensan que es más importante comunicar la
Palabra de Dios, que obtener un prestigio académico. Son servidores de la Iglesia, pero
anunciadores también al mundo de la Buena Noticia que hay en este Libro.
Estas obras son una excelente ayuda para estudiar la Biblia y exponerla, en nuestra
lengua y generación. Esperamos con impaciencia todos los títulos de esta colección,
deseando que sean usados por muchos predicadores y lectores de la Escritura, para
anunciar el Evangelio a un mundo y una Iglesia necesitada de la Palabra viva, puesto
que Dios sigue hablando hoy por su Palabra y su Espíritu.
José de Segovia
Prólogo del autor
Empecé a intentar explicar la Biblia a otros, por primera vez, cuando era
adolescente, en el internado. Mi madre me alentaba a veces a incluir en la habitual
7
carta a la familia una nota escrita sobre un pasaje de la Biblia que me hubiese resultado
útil; era una forma diplomática de hacerme leer las Escrituras. Pero funcionó y empecé
a descubrir lo apasionante que era luchar con el significado del texto e intentar
entender y aplicar lo que Dios me estaba diciendo en un pasaje particular de la Biblia.
Todo esto volvió a mi mente cuando el Dr. Alec Motyer me pidió que considerara
escribir una exposición de tres libros del Antiguo Testamento: Abdías, Nahúm y
Sofonías. Con gran asombro, me di cuenta de que, después de treinta años de
ministerio parroquial, ¡jamás había predicado sobre ninguno de los tres! Sin embargo,
de la misma forma que mis primeros esfuerzos en la escuela acabaron siendo
apasionantes y rigurosos, estos libros poco conocidos me parecieron desafiantes y
gratificantes a la vez. No obstante, sólo puedo ofrecer estas exposiciones como el
trabajo de un humilde estudiante de la Biblia y no como experto en el Antiguo
Testamento. Pero mi oración es que puedan entusiasmar al lector y alentar al
predicador a explayarse en estas Escrituras y enseñarlas como parte de “la voluntad
completa de Dios”.
Resultará obvio que me he apoyado mucho en la experiencia de otros. La
bibliografía ofrecerá alguna indicación de las principales fuentes de inspiración.
También me ayudó leer un sermón sobre el libro de Nahúm del prebendado Richard
Bewes. Lo predicó como parte de una serie sobre Nahúm en All Souls, Langham Place,
Londres, en agosto de 1988. Asimismo, me siento enormemente agradecido al vicario
de Cromer, el reverendo Dr. David Court, por alentarme a predicar sobre el libro de
Abdías; y otros me han dado la oportunidad de exponer Abdías, Nahúm y Sofonías en
diferentes ocasiones y en distintos lugares.
Sin embargo, mi mayor recurso humano lo ha supuesto el editor de la serie, el
reverendo Dr. Alec Motyer, un amigo a la vez que un mentor. Su experiencia y sus
penetrantes comentarios, ofrecidos con un discernimiento y una sensatez cautivadores,
han sido alentadores y, al mismo tiempo, inspiradores. Obviamente, asumo la total
responsabilidad del producto final, pero el Dr. Motyer me ha ayudado a profundizar y a
hallar en estos tres profetas a hombres piadosos y valientes que llevaron la Palabra de
Dios, inspirada por el Espíritu Santo, a situaciones que no se alejan mucho de las que
hoy afronta la iglesia en muchas y diversas partes del mundo.
El primer comentario BST del Antiguo Testamento que leí en mi vida fue el de Alec
Motyer sobre el mensaje de Amós. ¡Me inspiró a predicar sobre ese libro! Mi esperanza
y mi oración son que estas exposiciones te inculquen, lector, que no solo apliques la
enseñanza de estos profetas a tu propia vida, sino que te sea se inspiración para
enseñar y predicar este mensaje a otros.
Por supuesto, otras personas han contribuido de formas distintas al producto final
de este comentario. Hace algunos años, la Sra. Margaret Smith había sido mi secretaria
cuando yo era rector de Holy Trinity, Norwich. Amablemente, accedió a suplir mis
inadecuadas aptitudes para el ordenador y preparó el manuscrito final para el editor. Su
ayuda fue incalculable y, como es habitual, espléndida. Philip Duce, de la oficina de IVP,
prestó, como siempre, una inestimable contribución práctica, con gran amabilidad y
paciencia, junto con Colin Duriez que ofreció su experiencia en la última fase de
8
preparación del manuscrito para la imprenta. Me gustaría, asimismo, dar las gracias a
Wendy Bell, la bibliotecaria del Oak Hill Theological College de Londres, por su
cooperación proporcionando los libros y los artículos que se le solicitaban con una
cordialidad y eficiencia. Los miembros de mi propia familia, así como los miembros de la
familia de la iglesia de Cromer, también han ayudado y me han alentado en formas
diversas.
En particular, Elizabeth, mi esposa, me ha proporcionado un apoyo indefectible,
aunque todo el proyecto ha supuesto más tiempo de lo esperado y, en ocasiones, me
ha alejado de tareas necesarias y del respaldo que podía prestarle. Sus numerosas y
útiles sugerencias han mejorado, sin lugar a duda, el producto final. Por tanto, dedico
este libro a Elizabeth y a toda nuestra familia, con la oración de que todos podamos
seguir “caminando en la verdad”.
Gordon Bridger
Abreviaturas principales
BST The Bible Speaks Today
IBD The Illustrated Bible Dictionary (IVP, 1980).
LBLA La Biblia de las Américas (1986).
NBC The New Bible Commentary, ed. D. Guthrie, J. A. Motyer, A. M. Stibbs, D.
J. Wiseman (IVP, 1970).
NBC (21) The New Bible Commentary, 21st century edition, ed. D. A. Carson, R. T.
France, J. A. Motyer, G. J. Wenham (IVP, 1994).
NBD The New Bible Dictionary, ed. I. H. Marshall, A. R. Millard, J. I. Packer, D. J.
Wiseman (IVP, 1996).
NICOT New International Commentary on the OT.
NVI La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (1973, 1978, 1984).
NT The New Testament.
OT The Old Testament.
RSV The Revised Standard Version of the Bible (1946, 1952, 1971).
TOTC Tyndale Old Testament Commentary.
WBC Wold Biblical Commentary.
9
Bibliografía
Esta lista incluye obras a las que se hace alusión en las notas y de las que se
recomienda una lectura ulterior.
Allen, L., The books of Joel, Obadiah, Jonah and Micah (Eerdmans, 1976).
Baker, D. W., Nahum, Habakkuk and Zephaniah, TOTC (IVP, 1988). Baker, D. W.,
Alexander T. D. y Waltke B., Obadiah, Jonah, Micah, TOTC (IVP, 1988).
Bebbington, D., Patterns in History (IVP, 1979).
Boice, J. M., The Minor Prophets, 2 vols. (Zondervan, 1983, 1986). Brown, L., Shining Like
Stars (IVP, 2006).
Brown, R., The Message of Deuteronomy, BST (IVP, 1993).
Brueggemann, W., Theology of the Old Testament (Fortress Press, 1997).
Calvin, J., Joel, Amos, Obadiah, Jonah, Micah, Nahum, Commentaries, vol. Xiv (Baker
Book House, reeditado 1996).
Campbell, G. Morgan, Voices of Twelve Hebrew Prophets (Pickering and Inglis, s.d.).
Chapman, C., Whose Promised Land? (Lion Publishing, 1983).
Cole, R. A., Exodus, TOTC (Tyndale Press, 1973).
Craigie, P. C., The Books of Joel, Obadiah, Jonah and Micah (St Andrew’s Press, 1984).
Davis, D. R., 2 Kings (Christian Focus Publications, 2005)
——— 2 Samuel: Looking on the Heart (Christian Focus Publications, 2004).
Eaton, J. H., Obadiah, Nahum, Habakkuk, Zephaniah (SCM Press, 1961).
Gaebelein, F. E., (Gen. ed.), Obadiah, Nahum, Zephaniah, vol. 7, The Expositors Bible
Commentary (Zondervan, 1985).
Grudem, W., Systematic Theology (IVP, 1994).
Harrison, R. K., Introduction to the Old Testament (IVP, s.d.; Eerdmans, 1969).
House, P. R., The Unity of the Twelve (The Almond Press, 1990). Kidner, D., Genesis,
TOTC (Tyndale Press, 1967).
Kaiser, W. C., Hard Sayings of the Old Testament (Hodder and Stoughton, 1991).
Knight, G. A. F., A Biblical Approach to the Doctrine of the Trinity, Scottish Journal of
Theology, Occasional papers, 1 (Oliver and Boyd, 1953, 1957)
Lewis, C. S., Miracles (Collins Fontana Books, 1960).
Lewis, P., The Message of the Living God, BST (IVP, 2000).
Mackay, J. L., Jonah, Micah, Nahum, Habakkuk, Zephaniah (Christian Focus, 2005).
McComiskey, T. E. (ed.), The Minor Prophets: Obadiah, Jonah, Micah, Nahum, and
Habakkuk (Baker Book House Co., vol. 2, 1993).
——— The Minor Prophets: Zephaniah, Haggai, Zechariah and Malachi (Baker Book
10
House Co., vol. 3, 1998).
Morris, L. The Biblical Doctrine of Judgment (Tyndale Press, 1960).
Motyer, J. A., The Message of Exodus, BST (IVP, 2005).
——— Look to the Rock (IVP, 2000).
——— Isaiah, TOTC (IVP, 1999).
Packer, J. I., Knowing Godf (Hodder and Stoughton, 1973).
——— Laid-back Religion? (IVP, 1987).
Robertson, O. Palmer, The Books of Nahum, Habakkuk and Zephaniah, NICOT
(Eerdmans, 1990).
Sizer, S., Chrisitan Zionism (IVP, 2004).
Smith, G. A., The books of the Twelve Prophets, Vol. 2 (Hodder and Stoughton, 1928).
Stott, J. R. W., Issues Facing Christians (Marshall, Morgan and Scott, 1984: reeditado
1990 por Marshall Pickering).
Stuart, D., Word Biblical Commentary (Thomas Nelson Publication, 1987).
Szeles, M. E., “Wrath and Mercy”, a commentary on Habakkuk and Zephaniah
(Eeerdmans, 1987).
Tasker, R. V. G., The Biblical Doctrine of the Wrath of God (Tyndale Press, 1951).
Tidball, D., The Message of Leviticus, BST (IVP, 2005).
Webber, D., The Coming of the Warrior-King, Zephaniah simply explained (Evangelical
Press, 2004).
Wenham, J., The Goodness of God (IVP, 1974).
Wilcock, M., Discovering Six Minor Prophets (Crossway Books, 1997).
Woods, J., “The West as Nineveh: How Does Nahum’s Message of Judgement Apply to
Today?”, en Themelios 31.1 (octubre 2005).
Wright, C. J. H., The Mission of god (IVP, 2006).
Introducción a Abdías, Nahúm y Sofonías
Hace algunos años, en una conferencia que impartí en una iglesia local, intenté
exponer la enseñanza del libro de Sofonías. Al final de la última sesión, una señora se
me acercó y me dijo, algo avergonzada: “¡Soy cristiana desde hace cuarenta años, y ni
siquiera sabía que Sofonías estuviese en la Biblia!”. Otro amigo me comentó que había
leído recientemente el libro de Sofonías porque no quería encontrarse con el profeta en
el cielo sin saber de qué trataba su profecía.
Abdías, Nahúm y Sofonías son probablemente los libros menos utilizados de la
Biblia. De hecho, ateniéndome a mi propia experiencia, raramente se predica acerca de
ellos en nuestras iglesias, ni siquiera por parte de aquellos que están comprometidos
con la exposición de “todo el propósito de Dios” (Hch. 20:27). Julie Woods destaca en
11
un artículo en “Themelios” que los libros de Nahúm y Abdías “no tienen sitio en el
Leccionario de tres años” y que se predica muy poco sobre ellos. Cita la opinión de
Achtemeier, que afirma: “A menudo, deseamos que Nahúm no formase parte del
Canon”; en otras palabras, Achtemeier no quería que Nahúm estuviese en las
Escrituras.2 Así pues, ¿por qué debemos estudiar estos libros y predicar sobre ellos?
¿No sería mejor concentrarse en la exposición del Nuevo Testamento? ¿O de los
profetas mayores del Antiguo Testamento, más conocidos? ¿O de los brillantes relatos
de los libros históricos? ¿O de los dichos concisos u apropiados de la literatura de
sabiduría?
Mi propia convicción, tras haber estudiado de nuevo estos “profetas menores”, es
que abordan temas importantes que son especialmente relevantes en la iglesia y el
mundo actuales. Aquí tenemos algunas razones para animarnos a profundizar en estos
tres profetas menores, Abdías, Nahúm y Sofonías.
1. Aseguran traer un mensaje de Dios
Todos los profetas del Antiguo Testamento afirman que traen un mensaje de Dios.
Él los ha llamado para proclamar su Palabra, no la de ellos.
La idea de que la verdad procede de Dios y se revela en las Escrituras no es muy
aceptada en la Gran Bretaña posmoderna del siglo XXI. Recuerdo haber leído acerca de
un debate decisivo en la Cámara de los Lores, en el que se discutían las implicaciones
morales y legales de permitir la investigación de células madre procedentes de
embriones de menos de catorce días de vida. El periódico Times informó de ello en
enero de 2001. El obispo de St. Albans fue el único orador del que se tiene constancia
que hablase ciñéndose a la revelación divina, aunque otros participantes en el debate
podrían haberlo hecho también. Según la información, el obispo criticó el utilitarismo
de muchos de los argumentos y añadió: “Parece no haber lugar para toda postura
filosófica que pueda abarcar cualquier concepto de la verdad que tenga a la revelación
como una de sus partes constituyentes”.
Sin embargo, estos profetas del siglo VII a.C., Abdías, Nahúm y Sofonías,
defendieron con valentía la verdad. Aseguraron estar hablando la Palabra de Dios a sus
contemporáneos.
Abdías, por ejemplo, presenta su profecía con las palabras: “Así dice el Señor Dios
acerca de Edom: Hemos oído un mensaje del Señor” (1). En este corto libro (el más
breve del Antiguo Testamento), emplea dos veces más la expresión “declara el Señor”
(4, 8); cuando dice que “no quedará sobreviviente alguno de la casa de Esaú”, añade:
“porque el Señor ha hablado” (18).
Nahúm describe su oráculo contra Edom como el “Libro de la visión de Nahúm”. El
término traducido visión significa revelación de Dios (véase pp. 47, 107). El Señor habla
directamente a través de las palabras de Nahúm, como ilustra la siguiente frase: “Heme
aquí contra ti, declara el Señor de los ejércitos” (3:5).
Sofonías comienza sus escritos con la frase: “Palabra del Señor que vino a Sofonías”
(1:1). Expresa frecuentemente esa Palabra en primera persona: “Eliminaré por
12
completo todo de la faz de la tierra, declara el Señor” (1:2). Finalmente, acaba la
profecía diciendo: “Os daré renombre y alabanza entre todos los pueblos de la tierra,
cuando yo haga volver a vuestros cautivos ante vuestros ojos, dice el Señor” (3:20).
Abdías, Nahúm y Sofonías afirman traer un mensaje de Dios, pero ¿cómo podemos
estar seguros de que sea cierto? Muchos reivindicaron lo mismo anteriormente y
resultaron ser falsos profetas.
Peter Masters, en su libro The Healing Epidemic, cuenta la historia de una pareja sin
hijos que se sometió a un examen médico, tras el cual recibieron la noticia de que no
podrían tener hijos propios. Fue muy triste para ellos, pero se las arreglaron para
convivir con la situación. Entonces, un día, un miembro de su iglesia dijo tener una
“palabra de sabiduría” de Dios para ellos. Afirmó que tendrían un hijo “en doce meses”.
Después de dieciocho meses, la pareja seguía sin tener descendencia, su pastor había
invertido muchas horas realizando terapia con ellos y su fe se había hecho añicos.
Cuando el evangelista David Watson estaba muriendo de cáncer, mencionó más de
una vez en programas de radio que muchos “profetas” de diferentes partes del mundo
afirmaban que Dios les había dicho: “Esta enfermedad no provocará la muerte”. Es
habitual que este tipo de declaraciones acaben siendo falsas. De hecho, hace poco, yo
mismo oí a un hermano cristiano argumentar que había tomado una decisión porque el
Señor le había dicho que lo hiciese, lo cual hacía muy difícil que se pudiese cuestionar la
misma. “Examinadlo todo” fue la recomendación del apóstol a los cristianos de
Tesalónica. Deberíamos hacerlo a fin de asirnos con firmeza a la verdad. No debe
aceptarse con ligereza ninguna pretensión de estar hablando de parte Dios.5
Entonces, ¿por qué deberíamos aceptar las reivindicaciones de Abdías, Nahúm y
Sofonías, así como de otros escritores bíblicos, de que la palabra del Señor vino a ellos
(Sof. 1:1) y de que estaban escribiendo y hablando la Palabra de Dios? ¿Tenían derecho
a decir: “Así dice el Señor”?
a. La enseñanza de Jesús es fundamental
La clave para entender una doctrina verdadera de las Escrituras se encuentra en la
enseñanza de Jesús, debido a su singularidad y autoridad como maestro. Si sólo hubiese
sido un hombre, sus palabras no habrían tenido más peso que las de cualquier otro ser
humano. Sin embargo, las evidencias que encontramos en los evangelios apuntan hacia
alguien que es Dios y hombre. Él es Aquel que “en el principio… estaba con Dios… era
Dios… se hizo carne, y habitó entre nosotros”. Escuchar a Jesús es escuchar a Dios, del
mismo modo que verlo es ver a Dios.7 Cuando leemos los evangelios, vemos el tipo de
persona que es Jesús, abnegado y sin pecado, y nos preguntamos: “¿Quién es así, sino
solo Dios?”. También encontramos el tipo de cosas que Jesús dijo, su declaración de que
perdona los pecados, da vida y establece nuestro destino. La utilización que hace de su
nombre divino, así como la afirmación de que sería crucificado y resucitaría al tercer
día, apuntan hacia su deidad y no hacia un engaño.
Lo que declaró se hizo realidad tal como él lo anunció. También observamos el tipo
de cosas que hizo: sanar a los enfermos, alimentar a los hambrientos, detener una
13
tempestad, caminar sobre las aguas, resucitar a los muertos y levantarse de la tumba
tras su muerte y sepultura. No es de extrañar que incluso el escéptico Tomás, al ver al
Señor resucitado delante de él, dijese: “¡Señor mío y Dios mío!”. La resurrección de
Jesús es el acontecimiento que lo declara Hijo de Dios9 y confirma la autoridad de su
enseñanza. Si hubiese hablado mentira, no habría resucitado de los muertos.
“Consumado es” abarca tanto su enseñanza como su obra salvadora.
Por tanto, ¿qué nos enseña el Señor Jesús acerca de la autoridad de las Escrituras, y
de la relevancia de profetas como Abdías, Nahúm y Sofonías?
Una de las declaraciones más reveladoras de Jesús en relación al Antiguo
Testamento tuvo lugar en una conversación que se produjo entre el Maestro y algunos
fariseos sobre matrimonio y divorcio. Mateo describe el episodio de esta forma: “Y se
acercaron a él [Jesús] algunos fariseos para probarle, diciendo: ‘¿Es lícito a un hombre
divorciarse de su mujer por cualquier motivo?’. Y respondiendo Jesús, dijo: ‘¿No habéis
leído que aquel que los creó, desde el principio los hizo varón y hembra?’. Y añadió:
‘Por esta razón el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos
serán una sola carne’ ”. Nótese que Jesús cita una parte narrativa del libro de Génesis y
afirma que Dios, el Creador, es quien está hablando acerca del matrimonio. En otras
palabras, Jesús está dando a entender que “lo que las Escrituras dicen, Dios lo dice”.
Los evangelios nos muestran de nuevo la elevada consideración que Jesús tenía por
las Escrituras al describir su tentación en el desierto. Cuando el Diablo le dice: “Si eres
Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”, él responde: “Escrito está: ‘No
sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’ ”. Aquí,
Jesús está citando las Escrituras del Antiguo Testamento,12 respaldando el punto de
vista de que las mismas proceden de la boca de Dios.
La misma actitud humilde y obediente hacia las Escrituras se ilustra en la forma en
que Jesús buscó cumplir las profecías del Antiguo Testamento relativas a su papel como
Mesías. Se veía como el Siervo que sufre14 y el Hijo del Hombre. Él creía que las
Escrituras debían cumplirse.
Por tanto, a la luz de las Escrituras, comenzó a enseñar a los discípulos que “el Hijo
del Hombre debía padecer muchas cosas, y ser rechazado… y ser muerto, y después de
tres días resucitar”.
Desde su niñez, Jesús leyó, memorizó y estudió las Escrituras del Antiguo
Testamento. Nunca restó importancia a su autoridad divina. En ocasiones, reprendía a
sus oyentes con frases como “¿No habéis leído?”, o “Estáis equivocados por no
comprender las Escrituras”. Jesús estaba preparado para decir: “La Escritura no se
puede violar”.18
Desde el punto de vista de nuestro estudio de Abdías, Nahúm y Sofonías, las
palabras de Jesús en el Sermón del Monte son particularmente significativas. El Maestro
refrenda la importancia continua de la ley o de los profetas cuando dice: “No penséis
que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para
cumplir. Porque en verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se
perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley hasta que toda se cumpla.
Cualquiera, pues, que anule uno solo de estos mandamientos, aun de los más
14
pequeños, y así lo enseñe a otros, será llamado muy pequeño en el reino de los cielos;
pero cualquiera que los guarde y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los
cielos”.
La enseñanza de Jesús posterior a su resurrección reafirma esta misma alta
consideración de las Escrituras del Antiguo Testamento. En su conversación con dos
discípulos en el camino a Emaús, Jesús los reprendió con cariño por no conocerlas bien.
“ ‘¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No
era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria?’. Y
comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a
él en todas las Escrituras”.
En el relato de Lucas (Lucas 24), queda claro que Jesús esperaba que las Escrituras
del Antiguo Testamento tuviesen una relevancia continua en la iglesia, en su ministerio
al pueblo de Dios y en su misión al mundo. Cuando el Señor resucitado apareció a los
discípulos en el Aposento Alto en Jerusalén, él les dijo: “ ‘Esto es lo que yo os decía
cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que
sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos’. Entonces les
abrió la mente para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: ‘Así está escrito, que el
Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y que en su nombre se
predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones,
comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas’ ”.
Seguramente, ya hemos visto suficientes ejemplos en la enseñanza de Jesús que
confirman la inspiración y autoridad de Abdías, Nahúm y Sofonías, así como de otros
escritores bíblicos. De hecho, hemos destacado que para Jesús “lo que las Escrituras
dicen, Dios lo dice”. Como también es cierto que los apóstoles hicieron las mismas
reivindicaciones para sus enseñanzas, merece la pena recordar que Jesús refrendó su
autoridad como maestros de la iglesia. Según el Evangelio de Juan, Jesús dijo a los doce:
“El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará
todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho”.23 Poco después, dijo al mismo
grupo de discípulos: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis
soportar. Pero cuando él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad,
porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará
saber lo que habrá de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará
saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que él toma de lo mío y os lo hará
saber”. Nótese que estas promesas no se hacen a todos los discípulos, sino a los
llamados a ser apóstoles, el fundamento de la iglesia, con Cristo como piedra angular.25
Fue uno de estos apóstoles, Pedro, quien años más tarde escribió acerca de los
profetas del Antiguo Testamento, instando a los cristianos del primer siglo a “prestar
atención [a la palabra profética] como a una lámpara que brilla en el lugar oscuro, hasta
que el día despunte y el lucero de la mañana aparezca en vuestros corazones”.
Seguidamente, añade estas importantes palabras: “Pero ante todo sabed esto, que
ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres
inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios”.
La autoridad única de Jesús, así como su confirmación de la de las Escrituras del
15
Antiguo y Nuevo Testamentos, debería eliminar nuestras dudas a la hora de confiar en
las declaraciones de Abdías, Nahúm y Sofonías de que “la palabra del Señor vino” a
ellos (Sof. 1:1) y de que proclamaban lo que Dios había hablado. Este hecho se nos
confirma aún más con la forma en que se ponía a prueba a los profetas. En
Deuteronomio 13:1, el escritor destaca que un falso profeta aleja a las personas de
Dios, conduciéndolas hacia la adoración idólatra. “Si se levanta en medio de ti un
profeta… diciendo: ‘Vamos en pos de otros dioses… y sirvámosles’, no darás oído a las
palabras de ese profeta”.
Sobre esta base, Abdías, Nahúm y Sofonías no pueden ser falsos profetas, como
nuestro estudio de sus escritos dejará claro. Pruebas parecidas se aplicaron en
Deuteronomio 18:21–22: “Y si dices en tu corazón: ‘¿Cómo conoceremos la palabra que
el Señor no ha hablado?’. Cuando un profeta hable en el nombre del Señor, si la cosa no
acontece ni se cumple, esa es palabra que el Señor no ha hablado; con arrogancia la ha
hablado el profeta; no tendrás temor de él”. La derrota de los edomitas (Abdías), la
destrucción de Nínive, así como el declive y la caída de Asiria (Nahúm), la caída de
Jerusalén, así como el juicio y la restauración de Israel (Sofonías), son acontecimientos
que se han cumplido, o se están cumpliendo, en la iglesia universal del Señor Jesucristo.
Todo lo mencionado con anterioridad es seguramente razón suficiente para que
profundicemos en el estudio de estos tres profetas menores. Se les llama de esta forma
por la longitud de sus escritos, no porque su mensaje sea menos importante que el de
los demás profetas. Dios habló por medio de Abdías, Nahúm y Sofonías, y Jesús
refrendó su autoridad como integrante de las Sagradas Escrituras. El Señor sigue
hablándonos a través de ellas. Estos tres libros forman parte de esas Escrituras
“inspiradas por Dios” (véase el comentario acerca de Sofonías 1.1, pp. 223–227), y, por
tanto, “útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de
que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra”.
Sin embargo, Abdías, Nahúm y Sofonías no solo afirman traer un mensaje de Dios a
sus contemporáneos, y a nosotros por medio del Espíritu de Dios, sino que también,
2. Nos enseñan algunas verdades fundamentales
a. La importancia de centrarse en Dios
No hay duda de que estos tres profetas vivieron en tiempos difíciles e incluso
peligrosos, como descubriremos más adelante. Dios los llamó a hablar con valentía y
claridad en esas circunstancias, de una forma que inspirase fe y esperanza. Puede que
nos encontremos en una situación parecida y haríamos bien en aprender la lección que
nos enseñan acerca de la importancia de centrarse, no en nosotros ni en nuestros
problemas, sino ante todo en el Dios viviente. El mensaje de estos hombres siempre
giraba en torno a él; el Dios de Abdías, Nahúm y Sofonías es el que se revela en todas
las Escrituras.
En el siglo XXI, muchas personas conciben a Dios en términos impersonales, si es
que llegan a pensar en él. Esta es la razón por la que tantos se sienten atraídos por las
16
formas de religión de la Nueva Era o por ciertos tipos de misticismo o “espiritualidad”
orientales. C. S. Lewis solía decir que las personas preferían considerar a Dios como un
“Dios subjetivo de belleza, verdad y bondad dentro de nuestra propia cabeza… una
fuerza vital sin forma que surge a través de nosotros, un inmenso poder que podemos
utilizar”. Para otros, Dios es “el fundamento de nuestro ser”, un concepto más que una
persona. Para una creciente minoría, Dios no existe en absoluto, y en Gran Bretaña el
ateísmo es cada vez más notorio.
Sin embargo, en los escritos de los profetas, incluyendo a Abdías, Nahúm y Sofonías,
Dios no es una “fuerza vital sin forma”. Es un Dios personal. Habla, advierte, castiga,
promete, busca a Jerusalén con lámparas, se venga de sus enemigos y se goza sobre los
suyos con cánticos. Él es el Señor (Jehová), el Dios del pacto, que hace promesas y las
cumple. Cualquiera que sea la situación, Dios está con nosotros en persona.
En Abdías, Nahúm y Sofonías, Dios es también el Señor Soberano. Todos los
escritores bíblicos tienen un gran sentido de la soberanía de Dios sobre la naturaleza,
las naciones y su propio pueblo. Así pues, Abdías comienza su mensaje diciendo: “así
dice el Señor Dios acerca de Edom” y lo acaba con: “y el reino será del Señor”.
Del mismo modo, la predicción de Nahúm de la caída de Nínive da testimonio de la
misma verdad. Dios es soberano sobre todas las naciones. Él destruirá Nínive (1:14), y
restaurará el esplendor de Jacob (2:2). Sofonías habla de la soberanía de Dios sobre
todo el universo (1:2–3) así como de Jerusalén y Judá (1:4–5). Hace un llamamiento al
pueblo de Dios a “callar delante del Señor Dios porque el día del Señor está cerca” (1:7).
Sofonías reconoce la sabiduría de Dios sobre Filistea, Moab, Amón, Egipto y Asiria. Dios
es soberano sobre todo; al centrarse en el Señor Soberano, estos profetas trajeron un
mensaje de esperanza en lugar de desesperación. Nosotros también debemos confiar
en que el Señor obrará sus propósitos para nosotros.
En consonancia con el resto de las Escrituras, Abdías, Nahúm y Sofonías no solo
predican sobre un Señor personal y soberano, sino que vuelven nuestros pensamientos
hacia un Dios justo. La doctrina bíblica de la justicia de Dios, entendida de la forma
correcta, incluye la idea de la ira del Todopoderoso contra el pecado así como su
actividad justa en la salvación de aquellos que depositan su confianza en él. Véase cómo
se desarrolla este concepto en relación a la cruz de Cristo en Romanos 3:21–26. Sin
embargo, la doctrina de la ira de Dios no se predica con mucha frecuencia desde los
púlpitos de nuestras iglesias en el siglo XXI. Dios es un Dios de infinito amor y bondad.
Su deseo es que nadie perezca. Sin embargo, estos tres profetas menores nos
recuerdan que el Señor es absolutamente justo y recto, y se ocupa del pecado y del mal
con justicia perfecta. Así pues, Abdías habla de la ira Dios contra los hechos malvados
de Edom afirmando: “Así dice el Señor Dios… ‘He aquí, te haré pequeño entre las
naciones; despreciado eres en gran manera… y serás cortado para siempre’ ” (1, 2, 10).
Nahúm proclama la misma verdad estableciendo razones para la destrucción de Nínive:
“Dios celoso y vengador es el Señor; vengador es el Señor e irascible” (1:2). Del mismo
modo, Sofonías comunica una palabra de Dios que dice: “Eliminaré por completo todo
de la faz de la tierra… extenderé mi mano contra Judá… día de ira aquel día… ¡Ay de la
rebelde y contaminada, la ciudad opresora!… el Señor es justo” (1:2–4; 15; 3:1–5).
17
El concepto de la justicia y la ira de Dios, y en particular la descripción de este por
parte de Nahúm como un Dios celoso, no se comprende fácilmente, ni es fácil de
predicar en nuestra tolerante cultura occidental. Estos términos antropomórficos deben
explicarse detenidamente. Llegados a este punto, quizás sea suficiente dejar que las
palabras de Walter C. Kaiser nos conduzcan en la dirección correcta: “Las descripciones
antropopáticas de Dios (que describen sus emociones en términos humanos) nos
ayudan a entender que él no es sólo una idea abstracta, sino una persona viva y activa.
Él tiene emociones parecidas a las nuestras, como celo, venganza, ira, paciencia y
bondad, con la excepción de que ninguna de estas está corrompida por el pecado”.31
El celo de Dios es también un recordatorio para nosotros de la bondad y la
misericordia del Señor del pacto (Jehová) que se compromete con su pueblo con amor
inmutable (heb. hesed). Abdías cree en un Dios que juzgará a los impíos, pero que en su
amor salvará también a aquellos que pongan su confianza en él: “Pero en el monte Sion
quedará un remanente, y será lugar santo, y la casa de Jacob volverá a tomar sus
posesiones” (17). Nahúm tiene muchas cosas contundentes que decir acerca del juicio,
pero no hay duda de que en su mente ese Dios es un Dios de amor: “Bueno es el Señor,
una fortaleza en el día de la angustia, y conoce a los que en él se refugian” (1:7).
Sofonías también describe de forma maravillosa el amor de Dios por su pueblo: “El
Señor tu Dios está en medio de ti, guerrero victorioso; se gozará en ti con alegría, en su
amor guardará silencio, se regocijará por ti con cantos de júbilo” (3:17).
Por tanto, cada uno de estos profetas comunicó un mensaje centrado en Dios a sus
contemporáneos, y a nosotros por medio del Espíritu Santo. El Dios que proclamaron es
personal, soberano, justo y amoroso. Él es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Él es el
Dios del pacto (Jehová). Él es el Dios trino. Los profetas apuntan a Jesús y en él vemos al
Dios viviente. Asimismo, en la cruz de Cristo encontramos al mismo Señor personal,
soberano, justo y amoroso llevando a cabo sus propósitos para la iglesia y el mundo.33
Nuestros contemporáneos necesitan que se les presente esta revelación del Dios trino.
Debemos aprender de Abdías, Nahúm y Sofonías acerca de “la bondad y la severidad de
Dios” como parte de “todo el propósito de Dios”.35
Abdías, Nahúm y Sofonías se centran en el Dios viviente en sus escritos, su
predicación y su enseñanza. Afrontan sus problemas desde su perspectiva. Lo primero
que hacen es mirar hacia el Señor. Debemos aprender esa lección. Tenemos la
tentación de ser subjetivos y orientados hacia los problemas en nuestra predicación y
discipulado personal. Muchos de nosotros necesitamos la corrección y dirección que
estos profetas centrados en Dios nos aportan.
Otra importante verdad que podemos encontrar en los escritos de Abdías, Nahúm y
Sofonías es la doctrina del pecado y el juicio.
b. La importancia de enfrentarse al pecado y al juicio
Vivimos en una era del “encubrimiento”, en la que los actos indebidos se vuelven
aún peores por burdas mentiras e intentos de encubrirlos a fin de evitar ser culpados. El
presidente Nixon y el Watergate constituyen el ejemplo más conocido
18
internacionalmente, pero existen otros muchos, y todos somos propensos a caer en la
tentación. Los profetas son hábiles sacando a la luz este tipo de mentiras. Recordemos
a Natán y David, en el “asunto” Betsabé. Abdías, Nahúm y Sofonías no están menos
capacitados que Natán, y veremos que su enseñanza nos condena frecuentemente,
sacando a la luz nuestro pecado.
En su libro The Unity of the Twelve, Paul House defiende una unidad entre doce
profetas menores y desarrolla los temas en los que estos se centran. Así pues, por
ejemplo, Abdías se alinea con Oseas, Joel, Amós, Jonás y Miqueas al hacer hincapié en
el “pecado cósmico y del pacto”. Nahúm y Sofonías acentúan el “castigo” y el “juicio”
cósmico y del pacto. Hageo, Zacarías y Malaquías recalcan la “restauración” cósmica y
del pacto. No examinaremos con detalle el argumento de House, pero su comentario
general puede aportarnos más pistas acerca de cómo predicar sobre estos tres libros.
House dice: “Dentro de los ‘doce’ emergen los grandes temas de la profecía. Pecado,
castigo y salvación futura aparecen a lo largo de sus libros, pero también se establecen
de forma clara en secciones específicas de los mismos”.
Seguramente, House tiene razón en que pecado, castigo y salvación futura aparecen
en cada uno de nuestros tres libros. Sin embargo, también es cierto que Abdías enfatiza
en la gravedad del pecado de Edom contra el pueblo del pacto de Dios; que Nahúm
expone razones que justifican el juicio del Señor sobre las naciones (especialmente
Asiria); y que Sofonías escribe acerca de los pecados de Judá, así como de las naciones
paganas vecinas, y del juicio inevitable que estos provocarán en el día del Señor,
haciendo hincapié al final (Sof. 3) en la esperanza de salvación y restauración para todo
el pueblo de Dios a lo largo y ancho del mundo.
Estos profetas no tienen miedo de señalar el pecado y sus inevitables
consecuencias. Nahúm en particular abunda en la doctrina del juicio, pero Abdías y
Sofonías tampoco se achican a la hora de declarar el juicio de Dios sobre el pecado. En
algunos casos, el mensaje es condicional. Las personas pueden salvarse del juicio si se
arrepienten (por ejemplo, en Sofonías 2:1–3). El profeta declara en ocasiones un día de
juicio que llegará con certeza, lo cual apunta hacia el día final del juicio para todo el
mundo (Abd. 15–16; Nah. 3:18; Sof. 1:3, 14–18; 3:8).
El mensaje relativo al pecado y al juicio fue también parte esencial de la predicación
de Jesús y los apóstoles. Actualmente, en el siglo XXI, dudamos mucho a la hora de
proclamar una doctrina de juicio y responsabilidad ante Dios. En la segunda mitad del
siglo pasado, el difunto obispo John Robinson escribió: “En este siglo XX, vivimos en un
mundo sin juicio; un mundo en el que se sobrepasan los límites y no ocurre nada. Es
como llegar al control de aduanas y comprobar que allí no hay nadie. La sospecha de
que eso es lo que ocurre en realidad se extiende rápidamente, porque es lo que a todos
nos gustaría creer”. Tengo la impresión de que la situación es muy parecida hoy día.
Necesitamos la enseñanza de Abdías, Nahúm y Sofonías para ayudarnos a enfrentarnos
al pecado en nuestra vida, en la iglesia, en nuestra nación, y a tener la valentía
necesaria para predicar y enseñar acerca del pecado y el juicio de una forma bíblica y
con amor.
Además de la importancia de centrarse en Dios, así como de enfrentarse al pecado y
19
al juicio, Abdías, Nahúm y Sofonías nos enseñan
c. La importancia de responder con arrepentimiento y fe
Dios escogió a los profetas del Antiguo Testamento para que llamasen al pueblo de
vuelta a él, porque él es el Dios del pacto, de Abraham, Isaac y Jacob. Él formaliza un
pacto o “acuerdo” con nosotros por su gracia. Sin embargo, sus bendiciones están
condicionadas a nuestra obediencia. Dios promete bendecir a aquellos que obedecen
su Palabra, y castigar a los desobedientes. Por tanto, una parte fundamental de su
mensaje profético fue el llamamiento a que el pueblo se arrepintiese de sus pecados y
se entregase a la misericordia y bondad del Señor para recibir su perdón.
En los libros de Abdías y Nahúm se silencia el llamamiento explícito al
arrepentimiento. Queda clara la certeza del juicio. En el caso de Nahúm, muchos
comentaristas han destacado acertadamente que el libro de Jonás (uno de los doce
profetas menores) insistió en el llamamiento al arrepentimiento de Nínive y a confiar en
el mensaje de Dios proclamado por Jonás. La ciudad había tenido su oportunidad de
arrepentirse, había respondido de forma positiva y después, unos cien años más tarde,
había endurecido su corazón. El mensaje de arrepentimiento ya llegó allí en la historia
de Jonás. Sin embargo, también es cierto que las advertencias del juicio seguro de Dios
sobre Nínive en la profecía de Nahúm constituían en sí mismas un llamamiento al
examen de conciencia y al arrepentimiento, porque este profeta creía firmemente que
“Bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia, y conoce a los que en él se
refugian” (Nah. 1:7); también creía que habría “buenas nuevas” y “paz” (1:15) para
aquellos que cumpliese sus votos y obedeciesen la Palabra de Dios. Del mismo modo,
las palabras de advertencia de Abdías son un llamamiento implícito a arrepentirse y
mirar hacia “el monte Sion” y todo lo que este representaba, a fin de salvarse. No
obstante, en Sofonías, el llamamiento a arrepentirse y creer se hace de forma explícita:
“Congregaos, congregaos, oh nación sin pudor, antes de que entre en vigencia el
decreto (como tamo pasa el día), antes de que venga sobre vosotros el ardor de la ira
del Señor, antes de que venga sobre vosotros el día de la ira del Señor. Buscad al Señor,
vosotros todos, humildes de la tierra que habéis cumplido sus preceptos; buscad la
justicia, buscad la humildad. Quizás seréis protegidos el día de la ira del Señor”.
Jesús también llamó al arrepentimiento y la fe durante su ministerio terrenal. Los
apóstoles hicieron lo mismo.44 Los profetas menores esperaban una respuesta parecida.
Aquellos que siguen sus pasos predicarán esperando un veredicto. ¿Escuchamos
suficientemente las mismas palabras desde el púlpito de nuestra iglesia?
Hasta ahora, hemos visto que Abdías, Nahúm y Sofonías enseñan verdades bíblicas
fundamentales. Subrayan la importancia de centrarse en Dios, enfrentándose al pecado
y al juicio, y realizando un llamamiento a una respuesta de arrepentimiento y fe en
Dios. Existe otro aspecto básico más de la verdad que estos tres profetas enseñan,
d. La importancia de la esperanza de salvación y restauración
20
La enseñanza de Abdías, Nahúm y Sofonías habla mucho del pecado y el juicio, pero
los tres profetas también nos ofrecen esperanza y nos dirigen hacia la salvación y
restauración futuras de Dios. En particular, Sofonías abunda en esta esperanza futura.
Interpretar la profecía es como abrir un telescopio poco a poco hasta que podamos
ver una escena distante de forma más clara y con un enfoque más preciso. Abdías
escribe acerca del “monte Sion” como lugar de salvación y dice que los “desterrados”
israelitas poseerán la tierra “hasta Sarepta” (17–20). Estas promesas se cumplen
parcialmente con el regreso de algunos de los exiliados a Jerusalén y Judá. Sin embargo,
si extendemos el “telescopio” más lejos, veremos, a la luz de la enseñanza del Nuevo
Testamento, cómo la promesa acerca de “la tierra”, prometida a Israel, se cumple en la
herencia espiritual dada a los creyentes, judíos y gentiles; y si extendemos ese
telescopio aún más allá, veremos que el cumplimiento definitivo debe encontrarse en el
propio cielo.
Es posible que Abdías, Nahúm y Sofonías no hayan desarrollado tanto una
escatología, o enseñanza acerca de las últimas cosas, como la de los profetas mayores
Isaías y Ezequiel. Sin embargo, nos enseñan acerca de una esperanza futura que incluye
una salvación y una restauración absolutas y definitivas. En el mundo actual, tan lleno
de pesimismo y desesperación, la esperanza futura de salvación, la esperanza de la
gloria, es una verdad que se debe valorar, vivir y transmitir a los demás.
Espero que hayamos dicho lo suficiente como para animarnos a “leer, señalar,
aprender y digerir interiormente” las importantes verdades comunicadas por estos tres
profetas menores. Hemos declarado lo importante que es para nosotros leerlas y
predicarlas porque afirman (con razón) traer un mensaje de Dios y porque nos enseñan
otras verdades espirituales fundamentales. Existe una razón más que mencionar
brevemente:
3. Tienen relación con el mundo real
Los profetas del Antiguo Testamento no vivían en una torre de marfil. Estaban en
contacto con los asuntos sociales y políticos de la época, así como los espirituales y
morales. Por lo tanto, su predicación construyó un puente entre la Palabra de Dios y el
mundo en el que vivían sus contemporáneos.
El orden bíblico de Abdías, Nahúm y Sofonías no es el cronológico más probable
(véanse las exposiciones individuales para conocer más detalles). Cronológicamente,
Sofonías es probablemente el primero. Él predicó durante el reinado de Josías, rey de
Judá (640–609 a.C.), antes o después del descubrimiento del libro de la ley. Josías fue
un monarca reformador y Sofonías apoyó claramente lo que este estaba llevando a
cabo. No obstante, seguían ocurriendo muchas cosas en Judá que merecían el juicio del
Señor; así pues, Sofonías advierte al pueblo de Dios acerca de la inminente destrucción
de Jerusalén. El profeta era consciente de la inmoralidad existente entre los líderes
políticos, así como de la infidelidad y el “adulterio espiritual” de muchos de los
sacerdotes; él no tenía miedo de aplicarles directamente la palabra de Dios. También
21
traía un mensaje de juicio para las naciones vecinas, incluyendo a la superpotencia
Asiria, que aún tenía un poder a tener en cuenta, aunque su declive comenzó durante el
ministerio de Sofonías. Los problemas a los que el profeta se enfrentó no son diferentes
de los existentes actualmente en la iglesia y el Estado. Afortunadamente, su mensaje no
carece de esperanza.
Nahúm (630–612 a.C. aprox.) trae un mensaje de juicio sobre Nínive, la capital de
Asiria. El mismo alentaría al pueblo de Dios, porque había sufrido mucho, como otros, a
manos de esta cruel superpotencia, y necesitaba el consuelo del juicio divino; también
constituiría una advertencia para todos, que pondría de manifiesto los peligros de la
soberbia, tanto nacional como personal. La descripción de Nahúm del declive y la caída
de Nínive nos enseña muchas lecciones actualmente. Este sufrimiento, los crímenes
contra la humanidad, los crímenes de guerra y las diversas manifestaciones del mal
siguen produciéndose hoy día en muchas partes del mundo. ¿Qué opina Dios de todo
esto? Nahúm nos ayuda a enfrentarnos a la realidad del juicio divino y también nos
recuerda que “Bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia” (Nah. 1:7).
La caída de Asiria (y de Nínive) condujo finalmente al auge de Egipto.
Imprudentemente, Josías trató de detenerlo en Meguido, pero fue derrotado y
asesinado en 609 a.C. Su hijo Joacaz cayó más adelante frente a Necao, el líder egipcio,
y su hermano Joacim subió al trono (609–597 a.C.). Durante el reinado de este,
Jeremías sufrió sus peores momentos y Abdías probablemente ejerció su ministerio. Es
posible que el profeta escribiese su libro alrededor de la época de la destrucción de
Jerusalén por los babilonios en 586 a.C. Su mensaje al pueblo de Dios se ocupa del
problema de los edomitas que, a pesar de parentesco con Israel, habían sido durante
años una espina clavada en el costado de Judá. En 586 a.C., se aliaron con los babilonios
contra el pueblo de Dios en Jerusalén. La actitud del Señor con aquellos que persiguen a
“los suyos” queda clara. Actualmente, vivimos en una época de persecución del pueblo
de Dios sin precedentes. Abdías aborda una situación muy similar y nos ayuda a ver ese
sufrimiento desde la perspectiva de Dios.
Hemos visto que Abdías, Nahúm y Sofonías afirman traer un mensaje de Dios,
enseñan algunas verdades espirituales fundamentales y tienen relación con el mundo
real de su época. Con la ayuda de Dios, el Espíritu Santo, nosotros también podemos
encontrar en su enseñanza todo lo necesario para la vida y la piedad. Que esta sea
nuestra experiencia mientras estudiamos, enseñamos y predicamos estas Escrituras
inspiradas.
ABDÍAS
22
Introducción a Abdías
Un amigo mío confiesa que el libro de Abdías puede ser una pesadilla. Imagina una
situación en la que le piden que lea un pasaje del libro en público. Busca la tabla de
contenidos al principio de su Biblia y se horroriza al ver que esta ha sido arrancada, ¡y
no tiene ni idea de dónde se encuentra Abdías! La mayoría de nosotros sentiría el
mismo pánico en esas circunstancias.
Abdías es el libro más corto del Antiguo Testamento. Para muchos, se trata de un
libro poco conocido, escrito por un profeta nada notorio, que habla de una nación
menor, Edom. ¿Por qué deberíamos molestarnos entonces en estudiarlo? Existen dos
respuestas principales a esta pregunta: en primer lugar, porque Abdías trae un mensaje
de Dios que forma parte de las Sagradas Escrituras; segundo, porque estas son
inspiradas por el Espíritu Santo y siempre relevantes para nuestras necesidades
actuales.
Sin embargo, antes de considerar con más detenimiento estas dos propuestas,
debemos decir algo acerca del propio profeta, así como de los tiempos y fechas de su
ministerio. Por tanto,
1. ¿Quién era Abdías?
El libro de Abdías es tan misterioso que no sabemos con certeza si Abdías es el
nombre real de su escritor. El mismo significa “el que sirve al Señor”. Así pues, es
posible que se trate del título anónimo de un profeta que no quería declarar su
nombre, porque su objetivo fuese hacer hincapié en el mensaje y no en el mensajero.
Era simplemente alguien que servía el Señor; el mensaje de Dios era lo realmente
importante, no el profeta que lo proclamase. Ciertamente, el Señor escoge a los
humildes para comunicar su Palabra. Cuando Dios se reveló al profeta Jeremías, le dijo:
“Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te
consagré, te puse por profeta a las naciones”. La respuesta inmediata de Jeremías fue
esta humilde afirmación: “¡Ah, Señor Dios! He aquí, no sé hablar, porque soy joven”.
Por tanto, puede que el profeta desease permanecer en el anonimato como humilde
siervo del Señor. La humildad es fundamental para proclamar la Palabra de Dios.51
Sin embargo, también es cierto que Abdías era un nombre muy común en Israel y
Judá. Así pues, un profeta con ese nombre bien pudo haber profetizado en Jerusalén, o
incluso entre los exiliados. No podemos conocer demasiado acerca de él a partir de un
libro tan corto; no obstante, Eaton53 sugiere que pudo pertenecer posiblemente a un
grupo de profetas, apoyándose en la frase “Hemos oído un mensaje del Señor” (1), y en
el hincapié hecho por Abdías en la restauración de Sion y su templo (17, 21), que indica
que se ubicaban en el templo.
Sin embargo, ya hemos comenzado a hacer conjeturas acerca de la época del
23
ministerio de Abdías, sin analizar los datos de que disponemos. Por tanto,
2. ¿Cuándo profetizó Abdías?
a. Algunas fechas tempranas posibles
Algunos expertos sitúan la profecía de Abdías tan pronto como en el siglo IX a.C., en
el reinado de Acab, siguiendo una tradición judía del Talmud. Otros sugieren que los
antecedentes del ministerio de Abdías podrían ser los diversos ataques llevados a cabo
por los edomitas y otros pueblos contra Judá durante el reinado de Joram (852–841
a.C.). Joram, el hijo mayor de Josafat, sucedió a su padre en 852 a.C. Estableció su
posición en Judá ejecutando a sus hermanos y a otros príncipes de Israel. Reinó en
Jerusalén únicamente ocho años, se casó con una hija de Acab e “hizo lo malo ante los
ojos del Señor”.
Sin embargo, fue durante el corto reinado de Joram cuando los edomitas se
rebelaron contra Judá y establecieron su propio rey rival. Joram los atacó con su
ejército y en un momento de la batalla se vio rodeado por ellos. Consiguió escapar en
esa ocasión, pero el cronista destacó: “Edom se rebeló contra el dominio de Judá hasta
el día de hoy” (2 Cr. 21:10). ¿Podían ser estos los antecedentes del ministerio de
Abdías?
También es posible que Abdías ministrase en la época en que los edomitas atacaron
Judá durante el reinado de Acaz (735–715 a.C.).
El cronista comenta: “En aquel tiempo el rey Acaz envió a pedir ayuda a los reyes de
Asiria. Porque los edomitas habían venido de nuevo y atacado a Judá y se habían
llevado algunos cautivos. También los filisteos habían invadido las ciudades de las
tierras bajas y del Neguev de Judá… el Señor humilló a Judá a causa de Acaz, rey de
Israel, pues él había permitido el desenfreno en Judá, y fue muy infiel al Señor” (2 Cr.
28:16–19).
No hay duda de que los edomitas fueron una espina clavada constantemente en el
costado del pueblo de Dios en Judá, y Abdías habría sido consciente de ello. Los
profetas vivían en el mundo real, en el que existen conflictos y amenazas continuas. Sin
embargo, aunque es posible que Abdías viviese y trabajase en alguno de esos
momentos, parece más probable que ministrase en una fecha posterior.
b. Una probable fecha posterior
El antecedente más probable del ministerio de Abdías fue el ataque contra
Jerusalén y su destrucción en 586 a.C., llevado a cabo por Babilonia y sus aliados, con
los edomitas desempeñando un papel importante. Esto encaja ciertamente con la
descripción que Abdías hace en su profecía de la caída de Jerusalén, y con su
consternación por los hechos de los edomitas, parientes de los israelitas. El profeta
describe de la siguiente forma el papel de aquellos: “El día que te pusiste a un lado, el
día en que extraños se llevaban su riqueza, y extranjeros entraban por su puerta y sobre
24
Jerusalén echaban suertes, tú también eras como uno de ellos”. Poco después, añade:
“No entres por la puerta de mi pueblo en el día de su ruina… no te apoderes de sus
riquezas en el día de su ruina. No te apostes en la encrucijada para exterminar a sus
fugitivos, y no entregues a sus sobrevivientes en el día de su angustia” (11–14).
Estas palabras de Abdías son tan gráficas e inmediatas que algunos creen que
profetizó poco después de la caída de Jerusalén en 586 a.C., cuando esos
acontecimientos aún estaban frescos en su mente. El Salmo de los exiliados (Sal. 137),
que empezaba con las palabras “Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos y
llorábamos al acordarnos de Sion”, sigue diciendo: “Recuerda, oh Señor, contra los hijos
de Edom el día de Jerusalén, quienes dijeron: ‘Arrasadla, arrasadla hasta sus
cimientos’ ”.
No sabemos si Abdías permaneció en Jerusalén o se sentó junto a los exiliados en
Babilonia, pero sí que compartió el dolor de los que lloraban por la ciudad y anhelaban
ver el nombre y la reputación de Dios honrados y vindicados; parece claro que la
actuación de los edomitas quedó profundamente grabado en la memoria colectiva del
pueblo de Dios y en el corazón de Abdías.
La profecía de Abdías predice la eliminación de los edomitas como nación (8–10).
Por tanto, es muy probable que semejante mensaje viniese motivado por un
acontecimiento tan calamitoso como la destrucción de Jerusalén en 586 a.C. y la gran
implicación de los edomitas en el bando de los enemigos de Judá. El hecho de que el
libro de Abdías aparezca en la Biblia antes que Nahúm y Sofonías puede ser
simplemente un reflejo de esas tradiciones que especularon con una fecha anterior,
aunque menos probable, para el ministerio de Abdías.
Nos encontramos ahora en una mejor posición para contestar a la pregunta de por
qué debemos estudiar este pequeño libro misterioso, escrito por un profeta
relativamente desconocido, acerca de una nación poco importante, vecina del pueblo
de Dios en Judá y Jerusalén. Una respuesta es que,
3. El mensaje de Abdías está inspirado por Dios
En la actualidad, vivimos en un mundo en el que muchas personas, incluyendo a
algunos cristianos, dicen tener hilo directo con Dios y un mensaje autoritario. Esto es
especialmente cierto en algunas religiones importantes y en muchas sectas (véase
“Introducción a Abdías, Nahúm y Sofonías”, pp. 24–25).
Abdías también declara que su mensaje proviene de Dios. La “visión de Abdías” (1),
a la que hace referencia al principio de su profecía, indica “una revelación comunicada
en esos momentos de percepción especial, característicos de la profecía… la propia
revelación por parte de Dios de las acciones venideras”. Motyer afirma que todas las
apariciones de la palabra traducida “visión” (hazôn) en las Escrituras se refieren a “una
verdad revelada por Dios; no necesariamente una experiencia visual (P. ej., Dn. 8:2),
sino una revelación sobrenatural”.
Abdías describe precisamente de esta forma su “visión”. Prosigue diciendo: “Así dice
el Señor Dios acerca de Edom: hemos oído un mensaje del Señor” (1b). Por tanto, no
25
sabemos con exactitud quién era Abdías o cuándo profetizó, pero podemos estar
seguros de que el Dios viviente le dio un mensaje, una “visión” que animase el corazón
del pueblo de Dios, una revelación del Señor. El mismo pudo haber sido entregado en
parte a través de los escritos y la predicación inspirados del profeta Jeremías, que bien
pudo ser contemporáneo de Abdías. En Jeremías 49:14–16 encontramos casi las
mismas palabras que en los dos primeros versículos de Abdías. Este parece estar
citando a Jeremías de forma directa. Por tanto, ya sea mencionando otro pasaje de las
Escrituras,63 o recibiendo una revelación directa de Dios, Abdías comunicó una visión de
la forma en que Dios se ocuparía de los edomitas, y reivindicó que su mensaje venía del
propio Señor.
Todos los escritores bíblicos declararon que su mensaje provenía de Dios. En la
época del ministerio de Jesús en la tierra, Abdías formaba parte de las Escrituras que él
refrendó. Por ejemplo, cuando el Señor Jesús resucitado “comenzando por Moisés y
continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a él en todas las Escrituras”
(esto es, a los dos discípulos en el camino de Emaús en Lucas 24), Abdías era parte de
estas Escrituras descritas por Jesús como “la ley de Moisés, los profetas y los salmos”, la
forma tradicional de dividir la Biblia hebrea. Salmos, el primer libro de la tercera parte,
se utilizaba como título para toda ella, que por supuesto incluye el libro de Abdías. El
apóstol Pablo también escribió acerca de la autoridad e inspiración de estas Escrituras
cuando recordó a su colega Timoteo, un líder de la iglesia en Éfeso, que toda la
Escritura (incluido Abdías) “es inspirada por Dios”.66 El apóstol Pedro enseñó la misma
verdad cuando escribió: “Pero ante todo sabed esto, que ninguna profecía fue dada
jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu
Santo hablaron de parte de Dios”.
Así pues, Abdías puede ser el libro más corto del Antiguo Testamento, escrito por un
profeta menor, pero forma parte de la Palabra inspirada de Dios.69 Es, por tanto, según
el apóstol Pablo, “útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en
justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra”.
Cuando Pablo se reunió con los líderes de la iglesia de Éfeso, les dijo: “No rehuí
declarar a vosotros todo el propósito de Dios”. Cuando escribió a Timoteo, le advirtió
acerca de aquellos que negaban ciertas verdades espirituales y cuya enseñanza “se
extenderá como gangrena”.72 El efecto de la enseñanza falsa era gangrenoso. Enseñar
“todo el propósito de Dios”, o la “sana doctrina”, producía cristianos saludables.
La enseñanza del libro de Abdías forma parte de la revelación inspirada de Dios a su
pueblo en cada época. Pertenece al conjunto del mensaje bíblico. Se escribió para
nuestro beneficio y aprendizaje. Nos hacemos daño si negamos su enseñanza. Sin
embargo, algunos seguirán preguntándose cómo puede tener relevancia para los
cristianos del siglo XXI un mensaje relativo a los edomitas.
Hasta ahora, hemos sostenido que el libro de Abdías es un mensaje de Dios que
pertenece a las Sagradas Escrituras. Por tanto, lejos de desestimarlo o ignorarlo,
deberíamos sentirnos deseosos de estudiarlo como parte de la voluntad de Dios. Ahora,
debemos considerar otra proposición:
26
4. El mensaje de Abdías es relevante en la actualidad
Existen muchos conflictos entre naciones y diferentes grupos de personas en el siglo
XXI. Los mismos han creado grandes tensiones, miedo y sufrimiento: por ejemplo, el
presente conflicto entre Israel y los palestinos; o entre Corea del Norte y Corea del Sur;
o entre musulmanes suníes y chiíes en Irak; o entre comunistas y cristianos en China; o
entre liberales y conservadores en la Iglesia Anglicana a escala mundial. En algunos de
estos conflictos, los cristianos se están enfrentando a ataques contra ellos y su iglesia;
algunas de estas personas han sido expulsadas de su hogar, acabando como refugiados
en otro país. Estas personas necesitan desesperadamente una visión de Dios, un
mensaje que les traerá algo de esperanza y consuelo en su sufrimiento.
El profeta Abdías estaba abordando un tipo de situación parecida con casi total
seguridad. El pueblo de Dios de su época también necesitaba una nueva “visión” de
parte del Señor, un mensaje que los alentaría en medio de sus angustias (12–14) y a
través de los peligros y trastornos a los que se enfrentaron.
Nosotros también podemos encontrarnos en una situación parecida. Quizás no
seamos refugiados o prisioneros de guerra, pero podemos estar pasando por problemas
o sufriendo presiones en nuestra vida: despido, divorcio, dolencias físicas o trastornos
mentales, luto, soledad, pobreza, falta de un hogar o simplemente sentir la crueldad de
la familia, los amigos o los clientes.
Existe un factor añadido en la hostilidad que el pueblo de Dios sufría en la época de
Abdías, muy común en las situaciones que debemos afrontar. Las tensiones entre Judá y
Edom eran problemas continuos que parecían no tener una solución duradera, tal como
ocurre con muchos de los problemas internacionales, nacionales, eclesiásticos y
personales que se producen en la actualidad.
El hecho es que el rencor entre Edom y Judá se remontaba hasta muy atrás, hasta
sus antepasados remotos. Estas dos naciones tenían sus raíces en Esaú y Jacob
respectivamente, hijos de Isaac y Rebeca, nietos de Abraham y Sara. Jacob y Esaú eran
gemelos, siendo este el mayor. Sin embargo, Dios había dicho antes de su nacimiento
que “el mayor serviría al menor”. De hecho, en el libro de Génesis leemos que durante
el embarazo de Rebeca “los hijos luchaban dentro de ella; y ella dijo: ‘Si esto es así,
¿para qué vivo yo?’. Y fue a consultar al Señor. Y el Señor le dijo: ‘Dos naciones hay en
tu seno, y dos pueblos se dividirán desde tus entrañas; un pueblo será más fuerte que
el otro, y el mayor servirá al menor’ ” (Gn. 25:22–23).
El escritor continúa diciéndonos que, cuando se cumplió el tiempo de que Rebeca
diese a luz, “había mellizos en su seno. Salió el primero rojizo, todo velludo como una
pelliza, y lo llamaron Esaú. Y después salió su hermano, con su mano asida al talón de
Esaú, y lo llamaron Jacob”.
Una razón aun más obvia para la creciente hostilidad entre los dos hermanos fue la
forma engañosa en la que Rebeca “echó una mano” para que se llevasen a cabo los
planes de Dios para Jacob. El relato bíblico nos dice que ella dijo a su hijo: “He aquí, oí a
tu padre que hablaba con tu hermano Esaú, diciéndole: ‘Tráeme caza y prepárame un
27
buen guisado para que coma y te bendiga en presencia del Señor antes de mi muerte’.
Ahora pues, hijo mío, obedéceme en lo que te mando. Ve ahora al rebaño y tráeme de
allí dos de los mejores cabritos de las cabras, y yo prepararé con ellos un buen guisado
para tu padre como a él le gusta. Entonces se lo llevarás a tu padre, que comerá, para
que te bendiga antes de su muerte”. En un principio, Jacob puso reparos. Después,
accedió y participó en la conspiración para engañar a su padre y obtener su bendición.
Ya había conseguido la primogenitura, pues Esaú se la había vendido “por una
comida”.77 Así pues, los hermanos se distanciaron, con Esaú agraviado por el trato
recibido de Jacob.
Cuando se separaron, ambas familias crecieron, dando lugar más adelante a dos
naciones vecinas. Esaú había recibido el nombre de “Edom” y Jacob pasó a ser conocido
como “Israel”.79 Por tanto, las naciones de las que estos dos hombres fueron
antepasados adoptaron su nombre. Tristemente, la animadversión, que había
comenzado con Jacob y Esaú, continuó a lo largo de los años entre ambos pueblos, en
particular entre Edom y el reino del sur, Judá.
El profeta Amós resumió la animadversión existente entre Edom y Judá cuando
explicó la razón del juicio de Dios sobre Edom:
“Así dice el Señor:
‘Por tres transgresiones de los hijos de Edom, y por cuatro, no
revocaré su castigo,
porque con espada persiguió a su hermano,
y suprimió su compasión;
su ira continuó despedazando
y mantuvo su furor para siempre” (Amós 1:11).
En resumen, no se nos dice demasiado acerca de Abdías. No podemos estar seguros
de que ese sea su nombre, aunque nos referiremos a él como tal por los propósitos de
su exposición. No podemos saber con exactitud cuándo llevó al pueblo de Judá su
mensaje acerca de Edom, aunque lo más probable es que fuese poco después de la
caída de Jerusalén en 586 a.C. Sin embargo, sí podemos estar seguros de que Dios le dio
una “visión” para levantar el ánimo del pueblo del Señor, que luchaba con problemas
continuos que parecían no tener solución.
La destrucción de Jerusalén, de la que los edomitas fueron partícipes, debió ser
devastadora para los que sobrevivieron a ella. La pérdida de casas, propiedades y
posesiones ya era suficientemente terrible; sin embargo, había que añadir los miedos
por el futuro que les esperaba. ¿Pasarían a ser refugiados o prisioneros? ¿Podrían
permanecer en Judá? ¿Bajo qué condiciones? ¿Qué sería de ellos si los llevaban al
exilio? Además, la caída de Jerusalén y el desmantelamiento de la monarquía
parecieron socavar las promesas del Señor con respecto a la dinastía del rey David. ¿No
había prometido Dios a David, y a su hijo Salomón: “Cuando tus días se cumplan y
reposes con tus padres, levantaré a tu descendiente después de ti, el cual saldrá de tus
entrañas, y estableceré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo estableceré el trono
28
de su reino para siempre”? (2 S. 7:12–13, cursivas añadidas).
En el mundo actual, muchas personas se enfrentan a situaciones traumáticas
parecidas. Existen zonas de guerra en las que los refugiados se trasladan de campo en
campo sin disponer de los alimentos, el agua o la seguridad necesarios. Son vulnerables
a las violaciones y otras agresiones, incluyendo el asesinato. Muchos han perdido la
esperanza en la bondad y grandeza de Dios. En ocasiones, los propios cristianos se
preguntan: “¿Dónde está Dios en todo esto?”.
Abdías se ocupa de una situación parecida y su “visión” es muy necesaria hoy día.
Debemos preguntar qué tenía el mensaje de Abdías para levantar el ánimo de sus
oyentes e igualmente el nuestro en la actualidad, sea en Jerusalén, Gaza, Nairobi,
Mumbai, Nueva York, Londres, o cualquier otro lugar en el mundo actual. Conforme
leemos este libro corto, vemos que Abdías nos enseña tres grandes verdades que nos
alientan:
— La soberanía de Dios (1, 15, 21).
— Los juicios de Dios (2–15).
— El triunfo de Dios (15–21).
La soberanía de Dios: ¿quién tiene realmente el control?
Abdías 1, 15, 21
Hace años, cuando me encontraba en el internado, recuerdo vívidamente una
noche en la que había alboroto en las habitaciones de los chicos, hasta que un maestro,
enfadado irrumpió en escena preguntando: “¿Quién es el responsable?”. Por el caos
total que se estaba produciendo, ¡es obvio que nadie controlaba aquello!
En ocasiones, cuando leemos el periódico o vemos las noticias en televisión, parece
que nadie controla la situación. ¿Quién se ocupa de lo que ocurre en Zimbabwe, Irak,
Afganistán, Irán, Corea del Norte y China? También podríamos preguntar dónde está
Dios en esas zonas del mundo en las que se produce la persecución de los cristianos sin
ningún atisbo de alivio. Algunos también dudarán del control de una situación personal
por parte del Señor cuando el desastre y la tragedia se desencadenan con fuerza y
repentinamente, como el sufrimiento y la aflicción golpearon a Job en la historia bíblica
(Job 1–2).
Como ya hemos indicado, si Abdías escribe en la época de la caída de Jerusalén en
586 a.C., es probable que el pueblo de Dios se planteara este tipo de preguntas. ¿Dónde
está Dios en todo esto? ¿Quién tiene realmente el control?
La respuesta de Abdías, particularmente en tres versículos clave en su profecía (1,
15, 21), es que, a pesar de las apariencias, Dios es soberano y está muy atento a todo lo
29
que ocurre.
Sin duda, a Abdías le agradaba comunicar al pueblo un mensaje de Dios que
demostrase que el Señor estaba ocupándose del problema edomita. Israel y Judá
habían sufrido durante años los ataques de Edom y parecía no haber solución para este
problema continuo. Sin embargo, Abdías trae ahora un mensaje de Dios para animar a
su pueblo: “Así dice el Señor acerca de Edom” (1). Un mensaje “acerca de Edom”, y del
juicio del Señor sobre los edomitas, que nos enseña que
1. Dios es soberano sobre las naciones (1)
Antes de explicar su mensaje principal acerca de Edom, Abdías parece comunicar
otras palabras del Señor: “Hemos oído un mensaje del Señor, y un mensajero ha sido
enviado a las naciones, diciendo: Levantaos y alcémonos contra él en batalla” (1b).
“Contra él” parece hacer referencia a Edom, concordando así con el contexto (1),
aunque en otros pasajes se menciona a esta nación en femenino.
Sin embargo, otros sugieren que “él” se refiere a Jerusalén. La mención de un
“mensajero” puede expresar de forma gráfica que era el Señor quien traía un mensaje
relativo a un ataque contra Jerusalén, y a su destrucción, descrita más adelante por
Abdías (11–14). En realidad, ambas interpretaciones apuntan a la verdad de que Dios
controla a las naciones. Él está a cargo de la historia. Él es “el que mueve los hilos de la
historia” (Motyer) o, como afirmó el profeta Amós: “Si sucede una calamidad en la
ciudad, ¿no la ha causado el Señor?”. Es posible que, como sugiere P. C. Craigie, Abdías
oyese que las naciones vecinas habían recibido también un llamamiento a entrar en
acción a la vez que él estaba recibiendo un mensaje relativo al propio Edom (2–15).
Jeremías proclamó estas mismas palabras;84 podía estar citando a Abdías o viceversa, o
quizás ambos a otra fuente. Cualquiera que sea la fuente humana de este mensaje
relativo a un “mensajero… a las naciones”, la lección de Abdías es que el Señor
Soberano está implicado en el levantamiento de las naciones contra Edom. “Jehová es
soberano en la historia del mundo entero y ejerce libremente su voluntad en él”
(Baker). Como dijo Calvino: “Las guerras no estallan al azar, sino por la influencia
secreta de Dios”.86
Así pues, la visión de Abdías se centra en el Señor Soberano y en lo que él tiene que
decirnos. Cuando nos enfrentamos a problemas en nuestra vida, nos centramos
frecuentemente en ellos en lugar del propio Señor, ¡incluso cuando estamos
arrodillados orando por ellos! Abdías empieza y acaba su mensaje haciendo hincapié en
el reinado soberano del Dios del pacto (Jehová). Su declaración final de que “el reino
será del Señor” (21) significa probablemente que Dios reinará sobre todas las cosas, ya
que la palabra hebrea empleada por el profeta (melûkâ) significa literalmente
“reinado”.
El concepto de Abdías acerca de la soberanía de Dios concuerda con la enseñanza
de los demás profetas bíblicos y, de hecho, con la Biblia en su conjunto. En las
Escrituras, el Dios soberano ejerce su gobierno y control soberano sobre el universo en
general (véase Sal. 103:19; Dn. 4:35; Ef. 1:11), el mundo físico (Sal. 104:14; 135:6; Mt.
30
6:30), la creación animal (Sal. 104:21, 28; Mt. 6:26), los asuntos de las naciones (Job
12:23; Sal. 22:28; 66:7; Hch. 17:26) y las personas (Sal. 75:6; Mt. 10:30; Lc. 1:52; Ro.
8:28; Stg. 1:5).
En su breve mensaje, Abdías muestra su confianza en que el Señor soberano lleve a
cabo sus propósitos para el pueblo de Dios a pesar del mal y las acciones beligerantes
de muchas de las naciones, o a través de estos. Para Abdías y los demás profetas
bíblicos, Jehová no es una deidad local limitada a un solo lugar. Él es soberano sobre
Israel y Judá, y está llevando a cabo su juicio y sus propósitos salvadores para ambos.
También lo es sobre todas las naciones (15). En su soberanía, puede utilizar a los
pueblos impíos, los enemigos de Israel, para cumplir sus objetivos (1; cf. Hab. 1). Exigirá
a todos ellos que se presenten ante él en el día final y rindan cuentas de su
comportamiento (8, 15), y, según Abdías, recibirá finalmente el reconocimiento como
Rey supremo sobre todas las cosas (21). Como Baker lo ha expresado: “Jehová es
soberano en la historia del mundo entero y ejerce libremente su voluntad en él”.90
Hacemos bien en escuchar la enseñanza de Abdías y en confiar en la soberanía de
Dios en las muchas situaciones que afrontamos actualmente en el mundo, porque,
como Peter Lewis ha escrito,
El testimonio de las Escrituras es que no existe lugar en el mundo en el que
el mandato de Dios no tenga vigencia, ni acontecimiento que él no controle, ni
proceso de pensamiento y hecho en el que no sirva de ayuda. El Señor no obra
en algunos elementos de la historia, sino en toda ella; en todos sus
acontecimientos, procesos, agentes y actores. Lo hace sin la presencia del
pecado y de forma soberana; a priori y a posteriori, en la guerra y en la paz, en
el auge y en la caída de los imperios, en los poderosos y en los que no lo son, en
todas las cosas, tanto buenas como malas. No obstante, el factor fundamental
es que Dios actúa siempre con su propio carácter; el santo y justo, sabio y
bueno, pero cuya justicia puede ser terrible, de cuya bondad ha abusado el
mundo con creces, y cuya sabiduría va más allá de nuestras valoraciones
parciales.
Se puede deducir otra verdad acerca de la soberanía de Dios en la enseñanza de
Abdías:
2. Dios nos concede la dignidad de la elección (15)
Si Dios ejerce su control soberano sobre todos los acontecimientos de la forma que
hemos descrito, ¿en qué sentido somos libres? ¿Qué elección tienen las personas? En
su libro, Teología Sistemática, Grudem responde a estas preguntas de la siguiente
forma:
Las Escrituras no dicen en ninguna parte que seamos “libres” en el sentido de estar
fuera del control de Dios, o que seamos capaces de tomar decisiones no provocadas por
nada… ni dice que seamos “libres” en el sentido de ser capaces de hacer lo correcto por
31
nosotros mismos apartados del poder de Dios. Sin embargo, somos “libres” en el
sentido más amplio de que cualquier criatura de Dios podría serlo… elegimos
voluntariamente y estas elecciones tienen efectos reales. No tenemos constancia de
ninguna restricción por parte de Dios en nuestra voluntad cuando tomamos decisiones.
Debemos insistir en que tenemos poder de elección voluntaria; de lo contrario,
caeremos en el error del fatalismo o el determinismo, llegando por tanto a la conclusión
de que nuestras decisiones no importan, o de que no podemos tomar realmente
decisiones voluntarias. Por el contrario, el tipo de libertad exigida por aquellos que
niegan el control providencial de Dios sobre todas las cosas, una libertad que se
encuentra fuera de la actividad sustentadora y controladora del Señor, sería imposible
si Jesucristo está sosteniendo continuamente “todas las cosas por la palabra de su
poder” (He. 1:3). Si esto es cierto, ¡estar fuera de ese control providencial sería
simplemente no existir! Una “libertad” absoluta, totalmente ajena al control de Dios, es
claramente imposible en un mundo sustentado y dirigido por el propio Dios.
Abdías enseña acerca de la soberanía de Dios y de la responsabilidad de la
humanidad. Se dio a los edomitas la dignidad de la elección. Podían escoger el juicio
(15) o la salvación (21). En cierta ocasión, en una entrevista, preguntaron a una
personalidad televisiva, conocida por su humor cruel y sus cuatro matrimonios rotos, si
habría cambiado algo de su vida en caso de haber podido hacerlo. Este hombre
contestó que le habría gustado ser mejor persona, no haber tratado a los demás como
simples peones, pero que no fue culpa suya que se comportase de la forma en que lo
hizo. “Juegas con las cartas que tienes”, dijo. Abdías comunicó un mensaje muy
diferente. La soberanía de Dios no elimina la responsabilidad de los seres humanos.
Dios nos da la dignidad de la elección. El profeta nos enseña que “se acerca el día del
Señor sobre todas las naciones” (15). En ese día, todos tendremos que rendir cuentas
ante Dios.
Existe otra verdad que podemos deducir a partir de la enseñanza de Abdías acerca
de la soberanía del Señor:
3. Dios hace el bien a través del mal (21)
Otra aspecto planteado por la enseñanza de Abdías es la relación entre el cuidado
providencial de este mundo, así como de su gobierno por parte de Dios, y los actos
malvados de las personas. Frecuentemente, las acciones soberanas de Dios en la
historia son misteriosas e inescrutables para nuestra mente pecadora finita. Sin
embargo, en ocasiones se nos conceden pinceladas de las formas en las que nuestro
Señor soberano está llevando a cabo sus propósitos para su pueblo. En su conmovedora
descripción de la obra de la International Fellowship of Evangelical Students (IFES) en
muchas universidades por todo el mundo, Lindsay Brown comparte innumerables
ejemplos de ellos. Él escribe:
Otro ejemplo de cómo nuestro Señor transforma el mal en bien tuvo lugar como
consecuencia de la Guerra del Golfo de principios de los noventa. Este conflicto
armado, provocado por el intento de Irak de conquistar y anexionarse Kuwait, produjo
32
mucho sufrimiento en aquella nación. Muchos huyeron del país cruzando la frontera de
la amistosa Jordania. El trauma de esos días condujo al despertar de una conciencia
misionera en la iglesia jordana y al crecimiento del ministerio estudiantil jordano.
Muchos iraquíes refugiados en Jordania fueron acogidos en hogares cristianos de la
capital y quedaron sorprendidos por la hospitalidad y el cariño mostrados hacia ellos.
Cuando visité el país en 2003, un líder de la iglesia local me comentó que se habían
convertido tantos iraquíes al cristianismo que eran más numerosos en Amán que los
propios cristianos jordanos.
Brown sigue diciéndonos que el testimonio de algunos de estos cristianos también
impresionó en gran manera a algunos miembros del gobierno jordano.
Existen muchos ejemplos parecidos de la soberanía de Dios obrando en los siglos XX
y XXI. La historia bíblica también está llena de historias similares. El relato del ascenso al
poder de José en Egipto, a pesar de la conducta envidiosa y cruel de sus hermanos, la
malicia de la esposa de Potifar y el error de la justicia que lo tuvo encarcelado durante
años, constituye un ejemplo clásico. Sin embargo, Dios estaba en el trono, llevando a
cabo sus propósitos para José y su familia, finalmente para la nación de Israel y, en
última instancia, para la salvación del mundo.95
Abdías nos enseña que debemos confiar en ese mismo Señor soberano. Él (Jehová)
es el Dios del pacto que prometió bendecir a Abraham y su familia, y hacer de ellos una
bendición para todas las naciones del mundo. También les prometió una tierra (19–21)
y una herencia espiritual. El profeta comprendió esto y creía que, si Dios había hablado,
mantendría su palabra y cumpliría sus propósitos soberanos para su pueblo; “el reino
será del Señor” (21).
En un mundo en el que abundan los conflictos y el sufrimiento, debemos depositar
nuestra confianza en la soberanía de Dios y cobrar ánimo con esa verdad. Abdías nos
enseña que el Señor es soberano sobre las naciones, pero también lo es sobre nuestra
vida personal. Cuando el apóstol Pablo escribió a los cristianos que sufrían en Roma, les
recordó el propósito soberano de Dios para ellos y su necesidad de confiar en que él lo
llevaría a buen puerto. El apóstol, como Abdías, no tiene dudas acerca de la soberanía
de Dios y escribe con seguridad: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las
cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito.
Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme
a la imagen de su Hijo”. Como consecuencia de su confianza en la soberanía de Dios, fue
capaz de seguir diciendo: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”.98
Hace poco, hablé por teléfono con una amiga nuestra, una abogada cristiana y
comprometida. Le mencioné una preocupación suscitada por una situación
determinada en el vecindario y comencé a exagerar el posible efecto que podía tener
sobre nuestra propiedad. “Venga ya”, dijo, “creemos en la soberanía de Dios, ¿no?”. Me
dio unos excelentes consejos legales y añadió: “¡Oraré por vosotros!”. Eso era
exactamente lo que necesitaba oír. La soberanía de Dios no excluye los sabios consejos
ni la oración con fe. Confiar en el Señor soberano, algo que Abdías hizo claramente, y
que se me exhortó a hacer, elimina ciertamente la ansiedad. ¡Ni que decir tiene que
Dios contestó la oración a su forma!
33
El principio (1), el punto medio (15) y el final de Abdías (21) se centran en la
soberanía de Dios. Él tiene el control. Esta verdad debe alentarnos. Sin embargo, el
profeta nos insta también a recordar los juicios de Dios. Ahora, debemos adentrarnos
en esa parte de su enseñanza.
Los juicios de Dios: ¿quién responderá de esto?
Abdías 2–15
En el mundo actual, es difícil encontrar a personas que se tomen en serio la doctrina
de los juicios de Dios, incluso entre los cristianos. Sin embargo, quizás no deberíamos
sorprendernos por ello. Según la historia de la tentación del hombre, su desobediencia
y caída en el libro de Génesis, la primera doctrina que se debe negar es la del juicio. La
serpiente, Satanás, pone en duda la palabra de Dios: “¿Conque Dios os ha dicho: ‘No
comeréis de ningún árbol del huerto?’ ”.100 Seguidamente, contradice rotundamente la
palabra de juicio del Señor: “¡Ciertamente no moriréis!”. Derek Kidner comenta: “Es la
palabra de la serpiente contra la de Dios, y la primera doctrina que se niega es la del
juicio. Aunque el rechazo moderno de la misma tiene motivaciones muy diferentes, se
encuentra igualmente en desacuerdo con la revelación: Jesús confirmó totalmente la
doctrina (P. ej., Mt. 7:13–27)”.
Abdías y los demás profetas bíblicos también enseñan de forma positiva acerca de la
justicia de Dios y sus actos de juicio. Así pues, Abdías no sólo nos dice que debemos
cobrar ánimo por la soberanía de Dios, sino también por sus juicios.
En el libro en el que se basa la película La lista de Schindler, su autor, Thomas
Keneally, reflexiona sobre la terrible posibilidad de que no haya juicio para los que
perpetraron los horrores del holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial, ni se
les exijan responsabilidades. Describe una escena en la que soldados nazis asesinaron
brutalmente a una madre y su hijo en presencia de una niña de tres años vestida de
rojo. Keneally imagina a Schindler pensando en estas líneas. “Ellos [los soldados]
permitían testigos, como la niña de rojo, porque estaban convencidos de que también
perecerían.
La realidad es que los soldados hacían lo que querían porque pensaban que nunca
tendrían que rendir cuentas de su vida. Creían que podían hacerlo y que nadie les
acusaría; no existía un Dios que los juzgase. Podríamos preguntarnos si queremos vivir
en un mundo así”.
Abdías y los escritores bíblicos nos garantizan que el mundo no funciona de esta
forma. Dios es justo y actúa con justicia perfecta. Como ya hemos destacado, el Señor
prometió juzgar a los edomitas: “Así dice el Señor Dios acerca de Edom: Hemos oído un
34
mensaje del Señor, y un mensajero ha sido enviado a las naciones, diciendo: Levantaos
y alcémonos contra él en batalla” (1). Dios juzgará a los que son enemigos suyos y de su
pueblo.
No hay duda de que el pueblo de Judá, en su tierra o en el exilio, se deleitaba al
escuchar a Abdías comunicar un mensaje de juicio sobre sus desagradables y difíciles
vecinos, los edomitas. Sin embargo, el profeta también se está dirigiendo a Judá. Si el
Señor se iba a ocupar de los edomitas tan duramente, ¿qué no podía hacer con Judá, a
la luz de todos los privilegios que la nación había recibido?
Nosotros tendríamos que leer estos versículos de una forma parecida. Deberíamos
reconocer que los pecados de Edom son asimismo los nuestros en ocasiones. Como el
apóstol Pablo escribió a los cristianos de Corinto siglos más tarde, después de señalar
algunos de los errores del pueblo de Dios bajo la dirección de Moisés: “Estas cosas les
sucedieron como ejemplo, y fueron escritas como enseñanza para nosotros, para
quienes ha llegado el fin de los siglos. Por tanto, el que cree que está firme, tenga
cuidado, no sea que caiga”.
Así pues, ¿qué nos enseña Abdías acerca de los juicios de Dios en este pasaje para
animarnos? Quiero sugerir tres lecciones importantes:
— El juicio de Dios significa humillar a los soberbios.
— El juicio de Dios significa destruir a los malvados.
— El juicio de Dios significa enfrentarse a la verdad.
1. El juicio de Dios significa humillar a los soberbios (2–4)
El juicio de Dios contra los edomitas ilustra el dicho “la soberbia viene antes de la
caída”. El orgullo pecaminoso de ese pueblo era la raíz de su fracaso nacional. Por
ejemplo, se enorgullecían de los recursos naturales de su tierra. George Adam Smith
destaca que Edom tenía “una forma complaciente de satisfacción en un aislamiento y
una autosuficiencia destacables, en su gran riqueza y en su reputación de sabiduría
mundana… que eliminaban la sensación de necesidad de lo divino”. La tierra ocupada
por los edomitas (anteriormente llamada tierra de Seír)107 se extendía desde el extremo
meridional del Mar Muerto hasta el Golfo de Aqaba, que conduce hasta el Mar Rojo.
Esta franja de tierra tenía unos 160 kilómetros de longitud y formaba parte de una
región accidentada y montañosa con picos de hasta 1100 metros. Edom, por tanto, era
difícil de atacar y razonablemente fácil de defender. Parece claro que esta nación
confiaba más en la seguridad de sus montañas que en la soberanía del Señor. Su
aparente inexpugnabilidad les engañó. Como Dios les recordó por medio de Abdías: “La
soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que habitas en las hendiduras de la peña, en
las alturas de tu morada; que dices en tu corazón: ‘¿Quién me derribará por tierra?’ ”
(3).
Quizás el pueblo de Dios en Judá y Jerusalén había corrido el peligro de creer que
Jerusalén era segura e inexpugnable, obedeciesen o no al Señor. Los cristianos también
pueden depositar su confianza en un entorno seguro, una prosperidad material o en el
35
armamento (una “nueva generación de armas nucleares”) en lugar del Dios viviente y
soberano. El mensaje del Señor para Edom fue claro: “Aunque te remontes como el
águila, y aunque entre las estrellas pongas tu nido, de allí te derribaré, declara el Señor”
(4).
Además de las características naturales del país, que daban a los edomitas una
sensación de seguridad, estos también se ensoberbecían de sus capacidades
intelectuales. Edom se jactaba de sus hombres astutos e inteligentes; sin embargo, la
sabiduría humana no nos salva más que los ricos recursos naturales. El mensaje de Dios
fue rotundo: “¿No destruiré en aquel día, declara el Señor, a los sabios de Edom y el
entendimiento del monte de Esaú?” (8).
La historia nos muestra muchos ejemplos de los juicios de Dios que humillan a los
soberbios, y de la “soberbia que viene antes de una caída”. Muchas naciones han
tenido su momento de gloria (como los edomitas), se han vuelto arrogantes y han
acabado humilladas. En la historia bíblica, ocurrió con Asiria, Babilonia, Persia, Grecia y
Roma. En la era moderna, con la Alemania nazi de Hitler, la Italia fascista de Mussolini,
la Unión Soviética comunista de Stalin y la Camboya de Pol Pot, por nombras algunas.
Será interesante comprobar cuánto tiempo más sobrevivirán los orgullosos líderes
ateos de Corea del Norte antes de que su nación se desintegre; ¿y qué ocurrirá con
Gran Bretaña, los Estados Unidos y Japón? El orgullo de banqueros, políticos y
acreedores infravaloró la crisis de liquidez y la recesión económica en 2008. La soberbia
precede a una caída y Dios, nuestro Señor soberano, “ha quitado a los poderosos de sus
tronos”.
Como ya hemos indicado, el mensaje de Abdías constituye también una advertencia
para el pueblo de Dios. La arrogancia puede engañar a los que conocen al Señor. En el
libro de Deuteronomio, Moisés previene a Israel de los peligros de un corazón soberbio.
Dios estaba a punto de conducir a los israelitas dentro de la tierra prometida, “una
tierra de corrientes de aguas, de fuentes y manantiales que fluyen por valles y colinas;
una tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados; una tierra de aceite de oliva
y miel; una tierra donde comerás el pan sin escasez, donde nada te faltará; una tierra
cuyas piedras son hierro, y de cuyos montes puedes sacar cobre”. Dios proveería para
su pueblo de forma maravillosa, pero Moisés sabía cuán fácilmente podía caer este en
la soberbia y la autocomplacencia. Por esta razón, les advierte:
“Cuando hayas comido y te hayas saciado, bendecirás al Señor tu Dios por la
buena tierra que él te ha dado. Cuídate de no olvidar al Señor tu Dios dejando
de guardar sus mandamientos… no sea que cuando hayas comido y te hayas
saciado, y hayas construido buenas casas y habitado en ellas, y cuando tus vacas
y tus ovejas se multipliquen, y tu plata y oro se multipliquen, y todo lo que
tengas se multiplique, entonces tu corazón se enorgullezca, y te olvides del
Señor tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto de la casa de servidumbre” (Dt.
8:10–14, cursivas añadidas).
Seguidamente, Moisés hace una advertencia a Israel, parecida a la de Abdías para
36
Edom, e implícitamente para Judá: “Y sucederá que si alguna vez te olvidas del Señor tu
Dios, y vas en pos de otros dioses, y los sirves y los adoras, yo testifico contra vosotros
hoy, que ciertamente pereceréis”.
La soberbia precede a una caída para las naciones paganas y para el pueblo de Dios.
Los juicios del Señor significan la humillación del arrogante, pero son aplicables tanto a
los creyentes de forma individual como a la nación o pueblo de Dios en conjunto. En la
conmovedora autobiografía de Jonathan Aitken, Pride and Perjury, este cuenta la
historia personal de su caída desde el cargo de ministro del gabinete del gobierno
conservador de John Major (fue Secretario General del Tesoro en 1994) hasta llegar a
ser condenado por perjurio, y sentenciado a dieciocho meses de cárcel en 1999. Él
describe las razones de su caída y dice:
“La soberbia fue la raíz de todos mis malas acciones. Sin ella no se habría
producido libelo, ni el intento de justificar la factura del Ritz con una mentira, ni
la voluntad de ganar la batalla en los tribunales defendiendo que el fin justifica
los medios. No habría engañado a amigos, familia y colegas; no habría existido el
discurso de la espada de la verdad; mi esposa y mi hija no se habrían visto en
primera línea de batallas con el Guardian. Si hubiese sido bendecido con una
pizca de humildad en lugar de ser poseído por un exceso de soberbia, se habría
evitado toda la tragedia. Los antiguos griegos que profetizaron que la arrogancia
siempre vendría seguida por el castigo no se equivocaban. Tampoco C. S. Lewis
en el siglo XX, cuando describió la soberbia como ‘el estado mental totalmente
contrario a Dios’. Mi orgullo había sido un estado mental tan demoníaco, fuerte
y cegador que únicamente podía curarse con la más dura de las lecciones. Hoy
estoy agradecido por las que he aprendido”.
El ejemplo de Jonathan Aitken es dramático y de gran difusión, como sabrás si ha
leído su historia. Para la mayoría de nosotros, la soberbia afecta a nuestra vida privada
en situaciones más discretas. Sin embargo, como Abdías nos recuerda, la misma puede
sorprendernos y engañarnos (3). Puede llevarnos a lo que C. S. Lewis llama “estado
mental contrario a Dios”. El Señor habla a los orgullosos, autosuficientes, y
aparentemente seguros edomitas, diciéndoles: “La soberbia de tu corazón te ha
engañado… dices en tu corazón: ‘¿Quién me derribará por tierra?’ ” (3). Nosotros
podemos ser igualmente arrogantes, aunque seamos obreros o ministros cristianos.
Conforme vamos siendo más competentes y profesionales como líderes, por ejemplo,
podemos empezar a confiar en nuestra propia sabiduría y fuerza, y considerar que
estamos por encima de las tentaciones que afrontan otras personas, ya sea en el área
de la moralidad sexual o en la honradez financiera. “¿Quién me derribará por tierra?”,
decimos con jactancia, como los edomitas hicieron con su falsa sensación de seguridad.
Los juicios de Dios humillan a los soberbios. El Señor dice a los arrogantes edomitas:
“He aquí, te haré pequeño entre las naciones; despreciado eres en gran manera…
aunque te remontes como el águila, y aunque entre las estrellas pongas tu nido, de allí
te derribaré” (2, 4).
37
Dios humillará a los soberbios. Este hecho debería alentarnos. María, la madre de
Jesús, expresó esta idea de forma poética en el cántico llamado “el Magnificat”, poco
después del nacimiento de Jesús.
“Mi alma engrandece al Señor
y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador…
Ha hecho proezas con su brazo;
ha esparcido a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
Ha quitado a los poderosos de sus tronos;
y exaltado a los humildes” (Lc. 1:46–47, 51–52).
No solo los edomitas debían saber que el Señor los humillaría, los haría pequeños
entre las naciones (2) y los derribaría (4) por su soberbia. Si existe este tipo de
arrogancia “anti-Dios” en la nación, en la iglesia o en nuestra vida personal, el Señor
puede humillarnos y derribarnos (4). Necesitamos reconocer que la soberbia antecede a
una caída y que Dios humilla a los arrogantes. Este hecho constituye tanto una
advertencia para los soberbios como un estímulo para los humildes.
2. El juicio de Dios significa destruir a los malvados (5–9)
Abdías es valiente. No se reprime a la hora de advertir a los edomitas (y al pueblo de
Dios en Judá) de que el juicio significa destrucción. No hay nada sentimental en ese
mensaje. Así pues, por ejemplo, el profeta nos enseña que
a. Dios destruirá totalmente a sus enemigos (5–9)
El profeta imagina una situación en la que unos ladrones irrumpen en una casa
durante la noche (5a). Podría ser desastroso, pero no una catástrofe absoluta. Robarían
todo lo que quisiesen, pero con casi total seguridad dejarían algunas cosas. Sin
embargo, el juicio de Dios sería total. No quedaría nada de los malos. Abdías dice:
“¡Cómo quedarías arruinado!” (5).
Seguidamente, el profeta imagina a unos vendimiadores que dejan algunos racimos
en la viña y no recogen toda la uva de la misma. Por contra, el juicio de Dios acabará
completamente con sus enemigos. El apóstol Pablo subrayó esta verdad siglos después,
al hablar del día final de juicio para todas las naciones, cuando “el Señor Jesús sea
revelado desde el cielo con sus poderosos ángeles en llama de fuego, dando retribución
a los que no conocen a Dios y a los que no obedecen el evangelio de nuestro Señor
Jesús. Estos sufrirán el castigo de eterna destrucción, excluidos de la presencia del
Señor y de la gloria de su poder…”. Dios destruirá totalmente a sus enemigos.
No obstante, Abdías también deja claro que, al juzgar la maldad,
b. Dios eliminará a los dioses falsos de forma absoluta (6–9)
La Biblia nos enseña que “la justicia engrandece a la nación”. Es igualmente cierto
38
que la maldad la corrompe y que “el pecado es afrenta para los pueblos”.115 Según
Abdías, el pecado de Edom incluía su dependencia de los falsos dioses del materialismo
(6), la sabiduría mundana (8) y el poder militar (9). Dios prometió que los eliminaría
totalmente.
(i) El dios falso de la riqueza material (6)
Así como las cadenas montañosas que le proveían seguridad militar, Edom disponía
de una gran riqueza material. George Adam Smith ha escrito que “en ese rico territorio
fortificado, los edomitas disfrutaron de una civilización muy por encima de las tribus
que pululaban por los desiertos colindantes”. Este hecho fomentó una autosuficiencia
reforzada por las diversas rutas comerciales que pasaban por Edom. “Los señores del
monte Seír controlaban los puertos de Aqaba, a los que llegaban los barcos procedentes
de Ofir, cargados de oro. Interceptaban las caravanas árabes y cortaban los caminos
hacia Gaza y Damasco. Petra, en el mismo centro de Edom, fue más adelante la capital
del reino nabateo, cuyo comercio estuvo a la altura del fenicio… los primeros edomitas
fueron también comerciantes, intermediarios entre Arabia y Fenicia, y llenaron sus
caravanas con la riqueza de Oriente y occidente…”.
Sin embargo, la riqueza material no puede salvar por sí misma a una nación del
desastre o del juicio de Dios. En el siglo XXI, tenemos el ejemplo de un país como
Zimbabwe, lleno de recursos naturales y con una economía fuerte en años pasados, que
ha acabado siendo desastrosamente débil. El mensaje de Dios para Edom, comunicado
por Abdías, era una advertencia sobre la vulnerabilidad de la riqueza material. El juicio
del Señor sobre esta nación la conduciría al caos económico: “¡Cómo será escudriñado
Esaú, y rebuscados sus tesoros escondidos!”. Las riquezas no pueden sustituir al Dios
viviente y él puede hacerlas desaparecer en un momento.
Jesús nos previene frecuentemente acerca de los peligros de las riquezas. En su
parábola del rico insensato (Lc. 12:13–21), describe a un hombre cuyo objetivo en la
vida es ganar más y más dinero, y que dice:
“Esto haré: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes, y allí
almacenaré todo mi grano y mis bienes. Y diré a mi alma: ‘Alma, tienes muchos
bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete’ ”.
Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma; y ahora,
¿para quién será lo que has provisto?” (18–20).
Jesús añadió este comentario: “Así es el que acumula tesoro para sí, y no es rico
para con Dios” (21).
Los edomitas confiaban sin duda en riquezas inciertas. Nosotros podemos caer
fácilmente en el mismo error y volvernos como el hombre de la parábola. El dinero
puede llegar a ser nuestro ídolo, nuestro sustituto de Dios.
Sin embargo, no podremos llevarnos nuestro dinero o nuestras pertenencias
cuando muramos. Cuando estemos ante Dios como juez, nuestras riquezas no nos
39
salvarán. Dios las eliminará.
Nuestra vida no es sino un cajón vacío,
desnudos venimos y desnudos nos vamos;
para los humildes y para los soberbios,
no hay bolsillos en una mortaja. (John Alexander Joyce)
(ii) El dios falso de la sabiduría mundana (8)
Otra señal del juicio de Dios sobre Edom era la destrucción de “los sabios de Edom”
(8). Parece que esta nación había adquirido reputación por cierto tipo de sabiduría y
astucia mundanas. Abdías habla de “los sabios de Edom y el entendimiento del monte
de Esaú” (8). Jeremías miró claramente al pasado, a un tiempo en el que esos hombres
existieron allí, cuando comunicó este mensaje de Dios: “Así dice el Señor de los
ejércitos: ‘¿No hay ya sabiduría en Temán? ¿Se ha perdido el consejo de los prudentes?
¿Se ha corrompido su sabiduría?’ ”.119
George Adam Smith indica que su sabiduría humana siempre había sido de tipo
mundano. “Los sabios de Edom… fueron tristemente célebres. Fue la raza que dio vida a
los Herodes… inteligentes, intrigantes, crueles hombres de Estado, tan capacitados
como falsos e implacables, tan astutos en política como carentes de ideales. ‘Aquella
zorra’, gritó Cristo. El llanto era la impronta de esa raza”.
El Nuevo Testamento deja claro que existen dos tipos de sabiduría. El apóstol
Santiago lo expuso de la siguiente forma:
“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena
conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y
contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque
esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica.
Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra
perversa.
Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica,
amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni
hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la
paz” (Stg. 3:13–18).
El juicio del Señor cayó sobre el dios falso de la sabiduría mundana, la que Santiago
calificó como “terrenal, animal, diabólica”. Individualmente, como iglesia y como
nación, debemos buscar la que “es de lo alto” si queremos evitar el justo juicio de Dios.
Esa sabiduría celestial procede del mismo Cristo. Como escribió el apóstol Pablo: “Dios
ha escogido lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios… mas por obra suya estáis
vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y
santificación, y redención, para que, tal como está escrito: ‘El que se gloría, que se
gloríe en el Señor’ ” (1 Co. 1:27, 30–31).
Abdías nos enseña la verdad de que Dios destruirá un día la sabiduría mundana de
40
Edom. El Nuevo Testamento nos dice que, en su momento, Cristo y su sabiduría lo serán
todo en todos. ¡Qué alentadoras palabras para el pueblo de Dios!
(iii) El dios falso del poder militar (9)
Los edomitas también confiaban en el dios falso del poder militar y de las alianzas
políticas. Edom tenía una población relativamente pequeña y no necesitaba un gran
ejército por el terreno montañoso que le brindaba una seguridad casi inexpugnable. No
obstante, cuando atacó a otras naciones, como Judá, se alió en ocasiones con
superpotencias como Asiria y Babilonia.
Sin embargo, el mensaje de Dios para Edom era la promesa de eliminaría el poder
militar y las alianzas en los que la nación confiaba: “Hasta la frontera te echarán todos
tus aliados; te engañarán, te dominarán los que están en paz contigo; los que comen tu
pan tenderán emboscada contra ti (No hay entendimiento en él).” (7). La expresión
“comer pan” puede hacer referencia a llevar a cabo alianzas con otros. Estas no
servirían para salvarlos de los juicios de Dios. De hecho, el que caería sobre Edom sería
tan terrible que incluso los valientes guerreros de Temán122 estarían aterrorizados.
El mensaje de Dios para Edom, y al mismo tiempo para Judá, venía a decir
simplemente que la confianza en los dioses falsos de las riquezas materiales, la
sabiduría mundana y el poder militar nunca los salvaría de su justo juicio. Estas palabras
son tan relevantes para las naciones actuales como lo fueron en la época de Abdías.
Aun así, el gobierno británico se está preparando para invertir miles de millones de
libras en lo que los políticos llaman una “nueva generación de armas atómicas” (un dato
que Alec Motyer me comentó en una carta privada). Los juicios de Dios conducen a la
humillación de los soberbios y a la destrucción de los impíos, junto a la eliminación de
los dioses falsos. También nos llevan a afrontar la verdad sobre nosotros mismos,
cuando consideramos las razones por las que Dios actúa de este modo. Este aspecto del
juicio es el que ahora demanda nuestra atención.
3. El juicio de Dios significa enfrentarse a la verdad (10–14)
Abdías quiere dejar claro al pueblo de Dios que su juicio de Edom no era arbitrario.
Existían razones sensatas para que el Señor actuase como lo hizo, como siempre las
hay. Había sido paciente con ellos, a pesar de sus continuos ataques contra Judá.
Además, es posible que Abdías hubiese sido testigo de la forma en que los edomitas
sacaron tajada alegremente del ataque de Babilonia contra Jerusalén en 586 a.C.
(10–15). Así pues, el profeta explica ahora las razones por las que Dios debe juzgar a
Edom, como estímulo para Judá, pero también como advertencia. Nosotros también
debemos hacer frente a la verdad acerca de su juicio, como estas dos naciones.
Seguidamente, veremos algunas de las razones que Abdías esgrime para el juicio de
Dios sobre Edom.
a. Atacar al pueblo de Dios merece su juicio (10)
41
El pueblo escogido y redimido del Señor ocupa un lugar especial en su corazón. Este
hecho se le expresó a Moisés de una forma hermosa con las siguientes palabras:
“El Señor no puso su amor en vosotros ni os escogió por ser vosotros más
numerosos que otro pueblo, pues erais el más pequeño de todos los pueblos;
mas porque el Señor os amó y guardó el juramento que hizo a vuestros padres,
el Señor os sacó con mano fuerte y os redimió de casa de servidumbre… tu Dios
es Dios, el Dios fiel, que guarda su pacto y su misericordia hasta mil
generaciones con aquellos que le aman y guardan sus mandamientos; pero al
que le odia, en su misma cara le dará el pago” (Dt. 7:7–10, cursivas añadidas).
El pecado de Edom fue que puso de manifiesto su odio y rechazo hacia el pueblo de
Dios en el trato que le brindó, aunque eran parientes, ya que tenían un antepasado
común, Abraham. “Por la violencia contra tu hermano Jacob, te cubrirá la vergüenza, y
serás cortado para siempre” (10). Emplear la violencia contra otra persona es
quebrantar la ley de Dios que ordena amar al prójimo como a uno mismo. Hacerlo
contra un hermano es aún más vergonzoso y reprobable. Como Jesús nos enseñó: “Los
que tomen la espada, a espada perecerán”.
El mensaje de Abdías es intransigente. La violencia contra el pueblo de Dios merece
la destrucción eterna y conduce a ella: “Serás cortado para siempre” (10). Este mensaje
está siendo ampliamente ignorado en la actualidad, en esta época en que los cristianos
están sufriendo más persecución que nunca en el mundo.
En una publicación llamada Barnabas Aid, leí acerca de la persecución de los
cristianos en Irak, Uganda, India, Pakistán, Bangladesh, Malasia, Albania y Corea del
Norte, para recabar ejemplos de historias recopiladas. En el norte de Uganda, por
ejemplo, un padre mató a su hija de dieciséis años por convertirse al cristianismo. En la
India, una turba apaleó a un pastor cristiano cerca de Bangalore, derramó queroseno
sobre él, quemó su Biblia y se la lanzó. Después, despojado de toda su ropa, lo
exhibieron por toda la ciudad con un cartel que decía: “Yo soy el que convierte a las
personas”. Dios le protegió y preservó su vida. Este hombre está decidido a seguir
adelante con su ministerio, porque sabe que Dios está con él, le ama y es soberano
sobre todo. Por supuesto, se niega a vengarse con sus propias manos. Sin embargo, es
consciente de que el Señor es justo y amoroso al mismo tiempo, y de que los que hacen
violencia a su pueblo se verán sometidos a su juicio, tal como Abdías nos recuerda.
Atacar al pueblo de Dios merece su juicio. Todos debemos hacer frente a esa verdad.
Abdías prosigue para enseñarnos que:
b. Mantenerse apartado merece el juicio de Dios (11)
Parece que algunos edomitas no se sumaron de forma activa al ataque contra
Jerusalén, sino que se mantuvieron alejados (11); podríamos decir que lo vieron todo
“desde la barrera”. Miraron a su hermano con desprecio y se gozaron “de los hijos de
Judá en el día de su destrucción” (12) mientras otros hacían el daño. No obstante,
42
aunque estos edomitas no hubiesen participado de forma activa en el ataque contra
Jerusalén, habían actuado como los que sí lo hicieron; es decir, como si estuviesen del
lado de los enemigos de Dios y su pueblo.
Mantenerse al margen de Dios y su pueblo equivale a atacar a este. Jesús enseñó la
importancia de mantener un compromiso real en lugar de “apartarse”, cuando dijo: “El
que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”. Cuando
permanecemos indiferentes en lugar de alinearnos claramente con Cristo y su iglesia,
hacemos más mal que bien. Dispersamos y alteramos la obra de Dios, en lugar de
reunirnos e implicarnos totalmente en la misma y sus propósitos.
Algunos edomitas se mantuvieron al margen mientras los soldados babilonios se
llevaban las riquezas de Jerusalén y echaban suertes por lo que quedaba en la ciudad
capturada. Sin embargo, no había duda de que no estaban luchando en el bando del
Señor. Abdías nos enseña que esa actitud también merece el juicio de Dios. Asimismo,
los cristianos deben preguntarse en ocasiones: “¿Estoy realmente involucrado en la
obra del Evangelio o permanezco indiferente? ¿Soy un colaborador de Dios? ¿O acaso
mi falta de implicación significa que estoy dispersando y obstaculizando la obra de Dios
en el mundo?”.
Abdías también nos enseña que
c. Apoyar al enemigo merece el juicio de Dios (12–14)
Si bien algunos de los edomitas se pusieron “a un lado” (11), otros parecieron
implicarse mucho más ayudando al enemigo (11c). Dios pronuncia diez órdenes
específicas contra este grupo:
1. No menosprecies a tu hermano en el día de su desgracia,
2. No te alegres por la destrucción del pueblo de Judá,
3. No te jactes tanto,
4. No entres por las puertas de mi pueblo,
5. No te alegres de sus calamidades,
6. No deberías apoderarte de sus riquezas,
7. No esperes en las encrucijadas para exterminar a sus fugitivos,
8. No entregues a sus supervivientes en el día de su angustia.
Estas ocho órdenes expresan la gravedad de apoyar a los enemigos de Dios. La
repetición de “no” acentúa el desagrado del Señor por el comportamiento de Edom. No
obstante, como comenta Eaton: “Es demasiado tarde… estas peticiones constituyen una
triste ironía, porque la decisión de hacer el mal ya se ha tomado… reflejan las ofensas
ya cometidas, poniendo de manifiesto su carácter despiadado y despreciable”.129
Abdías emplea el imperativo del mismo modo que un padre le dice a su hijo que no
moleste o importune a su hermano, después de haberlo estado haciendo toda la
mañana. El mal ya se ha cometido y desagrada al padre.
Esta lista de mandatos para los edomitas comienza con una clara indicación de la
43
raíz de la objeción de Dios a sus actos y su actitud. La pecaminosidad de estos reside
principalmente en el hecho de que se estaban alegrando de la desgracia de sus
hermanos (12a) y de la destrucción del pueblo de Judá (12b). Los edomitas eran sus
parientes; eran hermanos y hermanas. Todos ellos descendían de Jacob y Esaú, del
abuelo de ambos, Abraham. Compartían una herencia común. Así pues, al Señor le
duele profundamente que de todos los pueblos, los edomitas menospreciasen a sus
hermanos y se alegrasen de su derrota y destrucción.
Es realmente triste y penoso para Dios que aquellos que comparten una herencia
espiritual y tienen tanto en común espiritualmente, aun así desprecien a sus hermanos
creyentes o se alegren por sus derrotas y fracasos. Ocurre en ocasiones cuando un
cristiano lleva a otro a los tribunales. El apóstol Pablo enjuicia específicamente sobre
este asunto a los cristianos de Corinto: “¿Acaso no hay entre vosotros algún hombre
sabio que pueda juzgar entre sus hermanos, sino que hermano contra hermano litiga, y
esto ante los incrédulos?… vosotros mismos cometéis injusticias y defraudáis, y esto a
los hermanos”. En ocasiones, esta actitud se produce en una iglesia local en la que, en
medio de una lucha de poder, personas decididas pueden menospreciar a sus líderes,
alegrarse de sus aflicciones e incluso contribuir en ellas.
Jesús dijo palabras muy rotundas a sus discípulos acerca de despreciar a otros
creyentes. En el Sermón del Monte, manifestó a los que querían seguirle: “Habéis oído
que se dijo a los antepasados: ‘No matarás’ y: ‘Cualquiera que cometa homicidio será
culpable ante la corte’. Pero yo os digo que todo aquel que esté enojado con su
hermano será culpable ante la corte;… y cualquiera que diga: ‘Idiota’, será reo del
infierno de fuego”. Así pues, en la enseñanza de Jesús, esta actitud de despreciar a
otras personas es equivalente al asesinato. Por medio de Abdías, Dios está diciendo a
los edomitas que no lo hagan.
Dios también mandó a los edomitas que no se jactasen tanto cuando el pueblo de
Judá se enfrentaba al día de su desastre (12c). ¿Estaban alardeando de su ayuda a los
babilonios en la conquista de Jerusalén o gloriándose en su propia fuerza militar y sus
poderosos aliados? Las Escrituras advierten que se evite la jactancia en cualquier otra
cosa o persona que no sean el propio Dios: “El que se gloría, que se gloría en el Señor”.
Las cinco órdenes restantes para los edomitas (13–14) exponen lo que parece ser el
relato de un testigo ocular de la ocupación de Jerusalén por el ejército babilónico y sus
aliados, con una descripción detallada del papel desempeñado por los edomitas. Estos
se identificaron de forma muy estrecha con los enemigos del pueblo de Dios.
Marcharon con los babilonios por las puertas de la ciudad en un día en que el desastre
golpeó al pueblo de Dios. ¡El Señor dijo que no lo hiciesen (13a)! Jehová los acusa de
nuevo de menospreciar a su pueblo “en el día de su ruina”. Aquí, Dios parece estar
señalando la crueldad y frialdad de los edomitas, que no parecían conmoverse por el
sufrimiento humano, ni ser conscientes de la deshonra que la destrucción de Jerusalén
podía llevar al nombre y la reputación de Jehová. ¡Dios dijo que no debían ser así! Los
edomitas también sacaron provecho de la situación saqueando además la ciudad (13c),
y añadieron insulto a la herida interceptando a los que trataban de huir del ejército
invasor y entregándolos como prisioneros a los babilonios (14). Es una horrible historia
44
de deslealtad, odio, engaño y crueldad absoluta hacia el pueblo de Dios, cuyos
ancestros compartían y cuyos valores deberían haber apoyado. ¡No tenían que haber
hecho eso!
Los edomitas merecían los juicios inmediatos de Dios sobre ellos, porque habían
apoyado a los babilonios y sus aliados en su ataque contra el pueblo de Dios en
Jerusalén. Por tanto, el Señor condenó su conducta. Les dio razones para arrepentirse.
Todos tenemos que enfrentarnos a la verdad de la Palabra de Dios, la cual nos dice que
quienes atacan al pueblo del Señor merecen su juicio.
Sin embargo, existe otra razón para hacer caso a la Palabra de Dios: “Porque se
acerca el día del Señor sobre todas las naciones” (15). Alguna versión omite
innecesariamente la palabra inicial “porque”, que se encuentra en el texto original, y
que indica claramente una razón más para que los edomitas cambiasen sus caminos.
Todas las naciones, y todas las personas, son responsables delante de Dios. Al final de
los tiempos, en el día del Señor, compareceremos todos ante el trono del
Todopoderoso. Tendremos que rendir cuentas de nuestra vida. Abdías sigue ahora
enseñándonos (15–21) que Dios actuará con justicia y misericordia en ese momento.
Triunfará sobre sus enemigos y salvará a su pueblo. Sus palabras constituyen un
mensaje adicional de ánimo para los hijos de Dios y una advertencia para los edomitas.
Ahora, debemos centrarnos en ese mensaje.
El triunfo de Dios: ¿qué esperanza hay?
Abdías 15–21
Vivimos en una época en la que es más probable que la desesperación y la
desesperanza dominen la vida de las personas en lugar de la esperanza. Este hecho se
produce en algunos porque ya no son capaces de seguir creyendo en Dios, o al menos
en un Dios personal que cuida de cada uno de nosotros y tiene un propósito para
nuestra vida. Stephen Hawking, uno de los pensadores más brillantes del siglo XXI,
expresó sus dudas acerca de la existencia de un Dios personal cuando escribió en los
siguientes términos sobre la vida en el planeta Tierra: “Un planeta de tamaño medio,
que orbita alrededor de una estrella media en los suburbios exteriores de una galaxia
espiral ordinaria, que solo es una más entre el millón de millones de galaxias existentes
en el universo observable. Sin embargo, el poderoso principio antrópico reivindica que
toda esta inmensa estructura existe simplemente por nuestra causa. Es muy difícil de
creer”.
Si no podemos creer en un Dios personal que tiene un propósito y un futuro para
nosotros, nuestra única esperanza se encuentra en nosotros mismos. Para muchas
45
personas, eso no constituye en absoluto una esperanza. Hace años, el compositor y
dramaturgo Noël Coward expresó la desesperanza del ateísmo cuando escribió:
“En esta extraña ilusión,
caos y confusión,
las personas parecen perder su rumbo.
¿Qué hay por lo que luchar,
amar o mantenerse vivo?
Llamémoslo un día”.
Sin embargo, Abdías y todos los escritores bíblicos creían en el Señor soberano (1)
que hablaba personalmente con ellos (1, 4, 8, 18) y reveló sus propósitos para ellos, así
como para el futuro del mundo. Hasta ahora, hemos visto que Dios ha hablado de su
soberanía sobre Edom y de su juicio contra su maldad. Ahora, él recuerda a su pueblo
que es soberano “sobre todas las naciones” (15) y que la historia se mueve hacia la
culminación de su triunfo final, ese “día del Señor sobre todas las naciones” (15), en el
que “el reino será del Señor” (21). Al escribir acerca del “día del Señor” (15), Abdías nos
enseña dos importantes verdades en estos versículos finales: (a) Dios triunfará sobre
sus enemigos en ese día (15–16) y (b) él salvará a su pueblo en ese día (17–21).
1. Dios triunfará sobre sus enemigos en ese día (15–16)
Hasta aquí, Abdías ha hablado de la certeza del juicio de Dios sobre Edom, nación
vecina de Judá y con estrechos lazos familiares con este. Ahora habla del “día del
Señor” como día de juicio para todas las naciones, incluyendo a Judá. El profeta
esperaba sin duda que ese día llegase durante su vida, como todo creyente piadoso
hubiese deseado. Del mismo modo que cualquier nuevo rey podía ser el Mesías real, y
un nuevo profeta ser el profeta como Moisés, otro nuevo desastre inminente podía ser
“el día del Señor”. Abdías hace bien en afirmar que “se acerca el día del Señor” (15),
siempre acechante y para el que siempre deberíamos estar preparados. En algunas
ocasiones, los eruditos bíblicos pueden decir de forma crítica (y, en cierto modo,
condescendiente quizás) que “por supuesto, Pablo esperaba el regreso de Jesús
durante su vida”. Nuestra respuesta debería ser: “Sí, por supuesto que lo esperaba, y
hacía bien. ¿No esperamos nosotros lo mismo? La venida de Jesús siempre es
inminente”.
Jesús habló mucho acerca de ese día final. Por ejemplo, en su famosa parábola de
las ovejas y los cabritos, él dijo:
“Pero cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con
él, entonces se sentará en el trono de su gloria; y serán reunidas delante de él
todas las naciones; y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas
de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, heredad
el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve
46
hambre, y me disteis de comer… en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos
míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis’. Entonces dirá también a los de
su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado
para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer… en
verdad os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de los más pequeños de
estos, tampoco a mí lo hicisteis’ ” (Mt. 25:31–46).
Jesús enseñó, como hizo Abdías, que, en el día final del Señor, Dios triunfaría sobre
todos sus enemigos, y que actuaría con justicia perfecta y apropiada. Abdías lo expresó
de la siguiente forma: “Cómo tú has hecho, te será hecho; tus acciones recaerán sobre
tu cabeza” (15).
Abdías y Jesús enseñaron también que los que se rebelaron contra Dios estaban en
peligro de perderse eternamente en el triunfo final del Señor sobre sus enemigos no
arrepentidos. Este hecho se encuentra detrás de la enseñanza del siguiente versículo
(16). Abdías quizás está pensando en los edomitas cuando describe una escena en la
cumbre del monte Sion, al que llama aquí “mi santo monte”. ¿Está representando a los
edomitas bebiendo en celebración de la victoria de los babilonios sobre Jerusalén
(véase también vv. 10–14), profanando así el santo monte de Dios? El profeta les
recuerda otro tipo de bebida, la de la copa de la ira de Dios. Eso es lo que todas las
naciones pueden esperar experimentar si continúan siendo enemigas de Dios y su
pueblo. Beberán continuamente de la ira de Dios, “y serán como si no hubieran sido”
(16c); esto es, sufrirán una pérdida eterna.
La imagen de las naciones bebiendo la copa de la ira de Dios y siendo “como si no
hubieran sido” (16) es dura para aquellos que creen en el amor y la misericordia del
Señor. Sin embargo, todos tenemos un instinto visceral que insiste en que el pecado y la
injusticia merecen ser castigados, en que debe hacerse justicia en un universo moral, y
verse cómo se hace. Este tipo de justicia se expresa en las palabras: “Como tú has
hecho, te será hecho; tus acciones recaerán sobre tu cabeza” (15); se trata de un
principio basado en la Lex Talionis, o Ley del Talión.
Lex Talionis significa “ley del diente”. Se describe en el libro de Éxodo, en el
contexto de un tribunal de justicia, con estas palabras: “Pero si hubiera algún otro
daño, entonces pondrás como castigo, vida por vida, ojo por ojo, diente por diente,
mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por
golpe” (Éx. 21:23–25). Aquí, la ley insiste en una “determinación exacta y objetiva de los
castigos… en la que el castigo equivale a la ofensa tanto en forma como en grado”.
Así pues, Abdías nos recuerda que “se acerca el día del Señor sobre todas las
naciones” y que en ese día el Señor actuará con justicia perfecta. “Como tú has hecho,
te será hecho; tus acciones recaerán sobre tu cabeza” (15).
El propósito de la ley del Talión era prohibir la venganza personal y definir un
castigo justo y exacto en los tribunales. Fue dada en el Antiguo Testamento como el
principio básico de la jurisprudencia. “No era una norma para la vida personal, sino para
el Juez en el estrado” (Motyer). En Levítico, en el contexto de las cortes de justicia,
leemos: “Si un hombre quita la vida a cualquier ser humano, ciertamente ha de morir. Y
47
el que quite la vida a un animal lo restituirá, vida por vida. Si un hombre hiere a su
prójimo, según hizo, así se le hará: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente;
según la lesión que haya hecho a otro, así se le hará”.
En su exposición de este pasaje, Derek Tidball escribe:
“Esta ley cumplía numerosos propósitos. Hacía hincapié… en lo sagrado de la
vida. Nadie podía quitar una vida sin entregar la suya, aunque se tenía en cuenta
la diferencia entre asesinato premeditado y homicidio involuntario… la ley
también se diseñó para establecer un límite a los castigos a infligir, para evitar
que se desatase la venganza y para prevenir el estallido de una espiral de
represalias. Si se perdía un ojo, nadie tenía derecho a quitar una vida en
venganza o a derrumbar una casa y dejar a una familia sin techo. El castigo debía
ser igual al crimen, ni más, ni menos. También debían administrarlo los
tribunales y magistrados, por el bien de la comunidad y las partes ofendidas. No
eran reglas para tomarse la justicia por la mano”.
Como John Wenham destaca: “Sigue siendo fundamental para el bienestar de
cualquier sociedad que el malhechor sea castigado con escrupulosa justicia y que el
bienhechor sea absuelto”.
Jesús no desautorizó en absoluto este principio de justicia exacta y retributiva en su
enseñanza en el Sermón del Monte. Él dijo: “Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y
diente por diente’. Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes bien, a cualquiera
que te abofetee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”. En estas palabras,
Jesús no está contradiciendo el principio de la ley del Talión como lo encontramos en el
libro de Levítico, o desautorizando el de la justicia retributiva en los tribunales.
Simplemente, estaba señalando que las palabras de Levítico no deberían utilizarse
como excusa para una venganza personal o represalias contra otros, algo que muchos
estaban dispuestos a hacer. De forma individual, los discípulos de Jesús debían poner la
otra mejilla. El Señor nos enseña a amar a nuestros enemigos y orar por los que nos
persiguen. Sin embargo, la justicia debía llevarse a cabo y verse hecha en los tribunales;
en el día final, la misma se impartiría de una forma perfectamente justa y
proporcionada. Como el Señor dice en la profecía de Abdías: “Se acerca el día del Señor
sobre todas las naciones. Cómo tú has hecho, te será hecho; tus acciones recaerán
sobre tu cabeza” (15).
Antes de terminar con el asunto de la ley del Talión, deberíamos reflexionar acerca
de si el castigo se corresponde apropiadamente con el crimen en el contexto de las
leyes británicas. Muchos desprecian la enseñanza del Antiguo Testamento y de Jesús
relativas a la ley del Talión, considerándolas obsoletas e irrelevantes en una sociedad
moderna. Por ejemplo, en los debates sobre la pena de muerte en el Parlamento
británico, siempre surge una voz que advierte a la Cámara con alguna frase como: “No
debemos volver al salvajismo del ‘ojo por ojo y diente por diente’ ”. La muerte en la
horca por robar ovejas o la deportación por robar seis peniques pudieron formar parte
de la ley inglesa en una época pasada, pero no constituyeron una aplicación adecuada
48
de la ley del Talión, que se entiende mejor como descriptiva que como preceptiva.
William Kaiser escribió: “Aunque algunos han creído que el texto aprobaba la
retribución excesiva, la realidad es que refrenaba toda retribución o represalia personal
entre los ciudadanos de Israel”.
Raymond Brown destaca que “en la Inglaterra del siglo XVIII, doscientas
transgresiones acarreaban la pena capital; este hecho se debía a que la ley del Talión se
había olvidado o ignorado”.
Así pues, Abdías nos enseña que la ley del Talión es fundamental en la justicia de
Dios (15). Por tanto, debería serlo también en el ejercicio de la justicia en nuestros
tribunales. De hecho, según Deuteronomio 19:20, una apropiada aplicación de justicia
precisa sirve para purificar del mal a una comunidad y es buena para la sociedad. Para
los cristianos, la cruz de Cristo es el lugar en el que la ley se satisfizo de forma perfecta,
cuando Jesús fue nuestro sustituto perfecto, el justo que murió por los injustos para
llevarnos a Dios. Abdías pone su ojos más allá de la cruz, en el “día del Señor… para
todas las naciones” (15). Ese día, Dios continuará actuando con justicia precisa: “Cómo
tú has hecho, te será hecho; tus acciones recaerán sobre tu cabeza” (15). No obstante,
la cruz de Jesús nos dice que, si nuestros pecados ya han sido cargados sobre nuestro
Salvador y sustituto perfecto, seremos salvos de la ira venidera (véase 1 Ts. 2:16) por
nuestro Señor Jesucristo. Existe, además, otra verdad añadida, sugerida por la siguiente
frase en la profecía de Abdías: “Pero en el monte Sion quedará un remanente” (17a). El
Señor no sólo es justo; también es un Dios de amor. Es el Dios de la salvación así como
del juicio. Su pueblo ha de cobrar ánimo con la declaración de su triunfo sobre sus
enemigos en ese día. También debe gozarse en la verdad que afirma su salvación en ese
día.
2. Dios salvará a su pueblo en ese día (17–21)
Abdías insiste en que “el día del Señor” (15) no es sólo un día de juicio para todas las
naciones, sino también de salvación para el pueblo fiel de Dios. Si está profetizando
poco después de la caída de Jerusalén en 586 a.C., cuando muchos se encontraban ya
en el cautiverio, la desesperación y el desánimo reinarían entre ellos. El salmista plasma
de forma brillante ese estado de ánimo y la reacción posterior a la destrucción de
Jerusalén por babilonios y edomitas.
“Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos y llorábamos,
al acordarnos de Sion.
Sobre los sauces en medio de ella
colgamos nuestras arpas.
Pues allí los que nos habían llevado cautivos nos pedían canciones,
y los que nos atormentaba nos pedían alegría, diciendo:
‘Cantadnos alguno de los cánticos de Sion’.
49
¿Cómo cantaremos la canción del Señor
en tierra extraña?
Si me olvido de ti, oh Jerusalén,
pierda mi diestra su destreza.
Péguese mi lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no enaltezco a Jerusalén
sobre mi supremo gozo.
Recuerda, oh Señor, contra los hijos de Edom
el día de Jerusalén,
quienes dijeron: Arrasadla, arrasadla
hasta sus cimientos.
Oh hija de Babilonia, la devastada,
bienaventurado el que te devuelva
el pago con que nos pagaste.
Bienaventurado será el que tome y estrelle tus pequeños
contra la peña” (Salmos 137:1–9).
Salmos 137:8–9 es un pasaje difícil. Sin embargo, existen numerosos elementos a
sopesar a fin de poder comprenderlo dentro de su contexto.
1. El salmista refleja el estado de ánimo de aquellos que han sufrido actos terribles
por parte de edomitas y babilonios. Estos versículos nos llegan con “la impactante
inmediatez de un alarido, que nos sobresalta y nos hace sentir parte de la
desesperación que los produjo”.
2. El salmista no está tomándose la justicia por su mano, ni regodeándose en el
asesinato de bebés inocentes. “Bienaventurado” debería traducirse “bien hace quién”.
Alec Motyer destaca que la palabra hebrea ‘asar significa “ser recto”; en este contexto,
“hacer lo correcto”.
Así pues, el salmista debe estar diciendo seguramente que Dios actuará con justicia
perfecta, “haciendo lo correcto” al juzgar a babilonios y edomitas en términos del
principio moral de Dios establecido en Abdías 15. Como comenta Motyer, el versículo 9
del salmo 137 “recoge el salvajismo de la ‘justicia’ babilónica (véase 2 R. 8:12; Is. 13:16).
Se haría con ellos lo que ellos hacían. ¿Acaso dice el salmista que desee que sea así? No,
tan sólo que así será. Este es el tipo de mundo en el que vivimos bajo Dios”. Por tanto,
deberíamos dejar la venganza en manos del Señor151 y reconocer que el juez de todo el
mundo hace lo correcto.
3. La enseñanza de Jesús nos ayuda a aferrarnos a la verdad acerca de los juicios de
Dios, mientras nos insta a amar a nuestros enemigos y orar por ellos, perdonar a los
que pecan contra nosotros,154 y devolver bien por mal. Jesús nos enseña el gran valor
de los niños para Dios cuando dice: “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo
impidáis, porque de los que son como estos es el reino de Dios”.156
Abdías bien puedo haber estado predicando a personas sumidas en una gran
50
desesperación. Les dio ánimo al hablarles de la soberanía de Dios y de su juicio contra
sus enemigos. Ahora, llega al punto culminante de su mensaje, que les garantiza la
salvación de Dios así como el triunfo definitivo, y se centra en cuatro promesas: una
nueva Jerusalén (17, 21a), una victoria decisiva (18), una herencia futura (19–20) y un
reino divino (21b).
a. La promesa de una nueva Jerusalén (17, 21a)
Abdías estaba seguro de que Jerusalén tenía un futuro. Mucho antes, Moisés había
predicho un lugar así como santuario para el pueblo de Dios y morada en la que él
habitaría de forma especial.
“En tu misericordia has guiado al pueblo que has redimido; con tu poder los
has guiado a tu santa morada… Tú los traerás en el monte de tu heredad, el
lugar que has hecho para tu morada, oh Señor, el santuario, oh Señor, que tus
manos han establecido. El Señor reinará para siempre jamás” (Éx. 15:13, 17–18).
Israel conquistó Jerusalén en la época del rey David, que la hizo capital de la nación.
Después, el primer templo se edificó durante el reinado de Salomón, hijo de David. Sin
embargo, los profetas señalaron constantemente las formas en las que el pueblo de
Dios estaba quebrantando el pacto que el Señor había hecho con él. Advirtieron del
juicio venidero, que tuvo lugar en el norte por medio de los asirios (722 a.C.), y más
tarde en Judá y Jerusalén en el sur por medio de los babilonios (586 a.C.). No obstante,
Abdías comunica un mensaje de esperanza, así como la promesa de una nueva
Jerusalén para aquellos que permanecieron en Judá y para los que ya se encontraban
exiliados.
“Pero en el monte Sion quedará un remanente” (17a). Cuando Abdías habla del
“monte Sion”, se está refiriendo seguramente al templo y a todo lo que este
representa. Jerusalén será de nuevo un lugar de liberación y salvación. Será un lugar de
seguridad y protección para los verdaderos creyentes. Será un lugar “santo”, apartado
para Dios y para su pueblo de forma exclusiva (descrito aquí como “la casa de Jacob”).
Abdías parece dar a entender que todos los enemigos de Dios, simbolizados aquí por “la
casa de Esaú” (18), serán excluidos de la ciudad santa.
Todo esto constituye una imagen ideal de la nueva Jerusalén que Dios creará,
porque Jehová, el Señor del pacto, “ha hablado” (18c).
¿Cómo se cumplieron estas promesas relativas a una nueva Jerusalén restaurada?
¿Y qué mensaje tienen para nosotros?
(i) Las promesas se cumplieron parcialmente en el retorno de algunos exiliados
La profecía de Abdías se cumplió parcialmente cuando algunos exiliados regresaron
a Jerusalén bajo la batuta de Zorobabel (véase Esd. 1 y 2) y cuando Nehemías dirigió la
construcción de los muros de la ciudad (h. 537 a.C.). En el libro de Esdras encontramos
el relato de la reconstrucción del templo (h. 515 a.C.) en la época de Esdras y Hageo.
51
Esdras y Nehemías también describen la reconstrucción y la restauración de una
comunidad espiritual, con un llamamiento a una vida santa.
Sin embargo, queda claro que la restauración de Jerusalén y la reedificación del
templo, así como las reformas espirituales que se llevaron a cabo, nunca acabaron
completamente el cuadro de una ciudad que era santa y exclusiva para el pueblo santo
de Dios. Cuando Malaquías, por ejemplo, predicó después de la reedificación del
templo, señaló una gran cantidad de errores que se estaban produciendo allí en la
adoración y en la vida del pueblo. Así pues, necesitamos buscar en el Nuevo
Testamento un cumplimiento posterior de estas promesas de Dios en Abdías.
(ii) Las promesas se cumplieron más adelante en la venida de Jesús
Jerusalén y el templo no se habían vuelto santos y exclusivos para el pueblo de Dios
en la época del ministerio terrenal de Jesús. Israel sabía, por supuesto, que la presencia
del Señor con ellos no se limitaba al templo; y esta verdad se hace más explícita en la
enseñanza de Jesús y sus apóstoles. El Maestro, por ejemplo, habló de la destrucción
del templo como juicio de Dios sobre una nación que no reconoció el momento del
Señor cuando llegó (véase Lc. 19:41–44). De nuevo, según el Evangelio de Lucas, Jesús
lloró y oró por Jerusalén, y “entrando en el templo, comenzó a echar fuera a los que
vendían, diciéndoles: ‘Escrito está: «Y mi casa será casa de oración», pero vosotros la
habéis hecho cueva de ladrones’ ”. Según el obispo Tom Wright, este hecho fue “una
señal profética, que los comentaristas consideran ahora un símbolo de la destrucción
venidera del propio templo, así como el final de todo lo que representaba la teología y
la política contemporáneas”.
Así pues, si el templo debía caer destruido de nuevo (cosa que aconteció en 70 d.C.),
¿dónde estaba el cumplimiento de la profecía de Abdías de una nueva Jerusalén (y, por
ende, las profecías de Ezequiel 34–47 y Daniel 9)? ¿Dónde se encontraba “el monte
Sion” que era “santo”, del cual provendría la liberación? El Nuevo Testamento nos
enseña que Jerusalén y el templo, simbolizado por “el monte Sion”, debían encontrarse
en Jesús, el Mesías, y en la comunidad de los creyentes, que eran el templo del Espíritu
Santo.163 Jesús había hablado de forma enigmática, y dijo: “Destruid este templo, y en
tres días lo levantaré”. Cuando los judíos contestaron: “En cuarenta y seis años fue
edificado este templo, ¿y tú lo levantarás en tres días?”, Juan comentó: “Pero él
hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó de los muertos, sus
discípulos se acordaron de que había dicho esto; y creyeron en la Escritura y en la
palabra que Jesús había hablado”. Así pues, Jesús habló como si su venida a la tierra y
su morada entre nosotros, su muerte y su resurrección convirtiesen en superfluo al
templo; además, seguramente su sacrificio único y suficiente en la cruz hizo
innecesarios también los sacrificios animales. Juan Calvino creía que “Dios abandonó su
templo porque sólo se fundó por un tiempo, y no era sino una sombra” de las cosas
venideras.166
Otro pasaje importante de las Escrituras se encuentra en la carta a los Hebreos. El
escritor dice lo siguiente a esos creyentes cristianos que se veían tentados a volver al
52
judaísmo:
“Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sion y a la ciudad del
Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la asamblea general e
iglesia de los primogénitos que están en los cielos, y a Dios, el Juez de todos, y a
los espíritus de los justos hechos ya perfectos, y a Jesús, el mediador del nuevo
pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel” (He.
12:22–24).
El monte Sion podía considerarse “el objetivo final del pueblo de Dios cuando salió
de Egipto” (Peterson). Sin embargo, el escritor a los Hebreos recuerda a estos cristianos
que ya han llegado a la Jerusalén celestial, la ciudad del Dios viviente, si su nombre está
escrito en el cielo y si han sido purificados y perdonados por Jesús, el “mediador del
nuevo pacto”, cuya “sangre rociada… habla mejor que la sangre de Abel” (la sangre de
Abel clamaba venganza; la de Jesús, perdón y aceptación). Así pues, el escritor garantiza
a los cristianos creyentes que pertenecen a la Jerusalén celestial, ahora y un día futuro
en el que disfrutarán de todos sus derechos como ciudadanos de la misma.
Este cumplimiento futuro en Cristo se ocultó sin duda a los ojos de Abdías, pero
Dios le mostró que la salvación vendría de Jerusalén y que el Dios santo moraría de
nuevo en medio de su pueblo. Algunos comentaristas creen que los profetas atisbaban
ese cumplimiento más lejano como una persona vislumbra varios picos montañosos,
algunos más distantes que otros, borrosos pero que acaban definiéndose conforme se
acerca a ellos con el paso del tiempo. De hecho, la enseñanza del Nuevo Testamento
nos lleva a mirar aún más lejos, al cumplimiento final de estas grandes promesas acerca
de la nueva Jerusalén y el templo tal como las encontramos en la profecía de Abdías.
Por tanto, estas promesas no solo se cumplen parcialmente con el retorno de los
exiliados y más adelante con la venida de Jesús, sino que
(iii) Las promesas se cumplirán definitivamente en el mismo cielo
En el análisis final, la esperanza cristiana reside más allá del día final, de cualquier
idea de una Jerusalén que permanece en manos israelitas, y mucho más de la
preocupante interpretación de que el propio templo será reedificado antes del retorno
de Cristo, y los sacrificios instituidos de nuevo.
Así pues, el apóstol Pablo vincula a Jerusalén con el cielo cuando escribe a los
cristianos de Galacia y se refiere a “la Jerusalén de arriba”. El escritor a los Hebreos dice
a sus destinatarios que Dios “les ha preparado una ciudad” en el cielo.170 Asimismo, en
el libro de Apocalipsis, el apóstol Juan vincula específicamente con el cielo la nueva
Jerusalén cuando escribe:
“Y vi un cielo nuevo y una nueva tierra, porque el primer cielo y la primera
tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que
descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo.
Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de
53
Dios está entre los hombres, y él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y
Dios estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá
muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han
pasado” (Ap. 21:1–4).
Esa imagen final del monte Sion y todo lo que representa constituye la herencia
definitiva del pueblo de Dios (17c). Abdías ofrece esta esperanza futura para alentar y
motivar al pueblo de Dios en una época de desesperanza y desesperación. El profeta
garantiza con total seguridad que el Señor llevará a cabo su juicio de disciplina para su
pueblo. Dios promete restaurar Jerusalén y todo lo que ella simbolizaba. Haciéndolo,
dirige su mirada más allá de la restauración y salvación parcial de los días de Esdras y
Nehemías, fijándola en la época de Jesús y sus discípulos, y en última instancia en la
nueva Jerusalén, en el nuevo cielo y la nueva tierra, donde reinará la justicia.
En uno de sus escritos, el Dr. Jim Packer insta a los cristianos a tomarse más en serio
esta esperanza futura de una nueva Jerusalén. Dice: “Hemos echado de nuevo el
cristianismo en un molde que hace más hincapié en la felicidad que en la santidad, en
las bendiciones aquí que en las del más allá; en la salud y la riqueza como los mejores
regalos de Dios; en la muerte, especialmente la prematura, no como una liberación de
las desgracias de un mundo pecador, sino como el desastre absoluto… ¿Está
distorsionado nuestro cristianismo? Sí, lo está, y la razón básica de ello es que hemos
perdido la perspectiva de los dos mundos del Nuevo Testamento, que considera la
próxima vida más importante que la presente, la cual entiende esencialmente como
una preparación y un entrenamiento para aquella”.
Creo que Abdías también tenía esta perspectiva de los dos mundos y nos señala esa
misma dirección. También anima al pueblo de Dios con la promesa de una victoria
absoluta.
b. La promesa de una victoria absoluta (18)
En un sótano de Whitehall, hay una habitación en la que Winston Churchill solía
reunirse con su gabinete de guerra durante la Segunda Guerra Mundial. En la pared,
colocada de forma que todos sus colegas pudiesen verlo claramente, una afirmación
atribuida a la reina Victoria: “Por favor, entiendan que no hay lugar para la depresión
en esta casa. No nos interesan las posibilidades de caer derrotados: simplemente no
existen”.
Sentimos algo de ese espíritu en el mensaje que Abdías comunica al desanimado
pueblo de Dios. El profeta indica que este, o al menos un remanente de él (descrito aquí
como la “casa de Jacob… y la casa de José”), vivirá la victoria de Dios sobre Edom (“la
casa de Esaú” simboliza a Edom, que a su vez representa todos los enemigos del Señor).
La victoria será total. No existe la posibilidad de la derrota. El Señor ha hablado, dice
Abdías, y sus promesas siempre se cumplen, Dios dice: “Será… rastrojo la casa de Esaú.
Los quemarán y los consumirá, y no quedará sobreviviente alguno de la casa de Esaú”
(18b).
54
A primera vista, parece que Abdías imagina una batalla en la que el fuego y la llama
de Israel derrotan a sus enemigos. Sin embargo, es más probable que el profeta esté
escribiendo de forma metafórica. Fuego y llama simbolizan frecuentemente la
presencia de un Dios santo. Así pues, es posible que el mensaje que Abdías comunica de
parte de Dios esté describiendo una victoria espiritual sobre todas las fuerzas del mal
en el mundo, simbolizada por esta victoria total sobre Edom, porque, como ya hemos
destacado (17), la salvación vendrá del “monte Sion… y será lugar santo”. A la luz del
Nuevo Testamento, aquí encontramos quizás una imagen de la llama de la santidad de
Dios, expresada en la vida del remanente fiel del Señor, que vence a las fuerzas
contrarias a él. Cualquiera que sea su significado exacto, estas palabras describen una
victoria decisiva sobre el mal, y el triunfo definitivo de Dios. No existe posibilidad alguna
de derrota.
El apóstol Pablo captura parte de este mismo espíritu cuando escribe a los cristianos
de Corinto. A pesar de las dificultades y presiones del ministerio del Evangelio, de las
que habla abierta y honestamente, sigue diciendo: “Pero gracias a Dios, que en Cristo
siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la
fragancia de su conocimiento. Porque fragante aroma de Cristo somos para Dios entre
los que se salvan y entre los que se pierden; para unos, olor de muerte para muerte, y
para otros, olor de vida para vida”.175
Para los cristianos, la victoria decisiva que hace posible una vida santa es la muerte
de Cristo en la cruz, seguida por su resurrección y exaltación. De esta forma derrotó
Cristo a Satanás. “Y habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un
espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de él”. Los cristianos comparten
la victoria de Cristo en la cruz cuando la reivindican, y viven vidas de discipulado
sacrificado así como de valiente testimonio. El apóstol Juan escribe sobre los cristianos
en el siglo I d.C., diciendo: “Ellos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por
la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas, llegando hasta a sufrir la
muerte”.
Abdías no tiene duda de que Dios obtendrá una victoria definitiva sobre sus
enemigos, simbolizada aquí por Edom. El profeta describe una situación en la que el
pueblo de Dios comparte ese triunfo. No existen posibilidades de derrota, porque el
Señor ha hablado. Como cristianos, compartimos en ocasiones el sentimiento de
desesperación y desánimo que los oyentes de Abdías probablemente sintieron. No
obstante, necesitamos escuchar la Palabra que Dios comunicó por medio de Abdías. El
Señor prometió derrotar a los enemigos de su pueblo. Cristo ya ha obtenido una
victoria decisiva en el Calvario. El triunfo final está garantizado.
c. La promesa de una herencia futura (19–21)
Cuando Abdías afirmó que “la casa de Jacob volverá a tomar sus posesiones” (17b),
se refería a algo más que la restauración de Jerusalén y su templo. Le herencia futura de
Israel está vinculada al pacto de Dios con Abraham, que incluía la siguiente promesa: “Y
te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra de tus peregrinaciones, toda la
55
tierra de Canaán como posesión perpetua; y yo seré su Dios” (Gn. 17:8). Así pues, el
Señor promete a Israel una tierra y una relación con él.
Esta promesa era muy valiosa para el pueblo de Dios en el exilio. En la época de
Abdías, sus enemigos, incluyendo los edomitas, habían conquistado gran parte de la
tierra que Dios les había prometido. El profeta garantiza ahora que el Señor se
mantendrá fiel a su pacto y dará a los suyos la herencia futura prometida por él. Abdías
describe ahora esta obra de gracia en favor de su pueblo: “Entonces los del Neguev
poseerán el monte de Esaú, y los de la Sefela la llanura de los filisteos; poseerán
también el territorio de Efraín y el territorio de Samaria, y Benjamín poseerá Galaad”
(19).
Existe más de una forma de interpretar el versículo 19, pero el Neguev es el desierto
situado al sur de Beerseba, y Dios está prometiendo, por medio de Abdías, que algunos
de los exiliados se trasladarán finalmente a territorio edomita (“el monte de Esaú”).
Los filisteos (19b) nunca fueron expulsados totalmente de la tierra prometida; no
obstante, Dios promete aquí un futuro en el que su pueblo, “los de la Sefela”, poseerán
la tierra de los filisteos (¡por fin!), ocupando Efraín, Samaria y Galaad. Si Abdías estaba
predicando poco después de la destrucción de Jerusalén en 586 a.C., cuando muchos
del pueblo de Dios ya se encontraban en el exilio, y gran parte de la tierra prometida
estaba ocupada por los enemigos de Israel, este mensaje debió de parecer
sorprendente, incluso increíble. Sin embargo, el profeta es claro; “El Señor ha hablado”.
Dios es un Dios de sorpresas y de lo imposible. Es un fiel Dios del pacto que cumple sus
promesas. También es posible que la referencia a la ocupación de Edom sea simbólica
en lugar de meramente literal. Como ya hemos destacado, Esaú/Edom representaban al
enemigo inveterado de Israel y en ciertas ocasiones ilustra simbólicamente la derrota
final del mundo por su hostilidad hacia Dios y su pueblo. ¿Podía estar señalando Abdías
la misma realidad del “fin de los tiempos” aquí? Ciertamente, en la promesa de la tierra
encontramos un indicio de un cumplimiento más profundo y espiritual. Este hecho se
sugiere de dos formas en la profecía de Abdías y en su cumplimiento en el Nuevo
Testamento.
En primer lugar, Dios promete unir espiritualmente a su pueblo; segundo, promete
bendecirlo espiritualmente también.
(i) Dios promete unir espiritualmente a su pueblo (19–20)
La imagen general del versículo 19 promete la nueva creación de un pueblo unido a
lo largo y ancho de la tierra prometida. Los profetas nunca aceptaron el reino dividido,
como ilustra la historia del altar de doce piedras levantado por Elías en Israel. El
mensaje de Abdías apunta a la época en la que el pueblo de Dios volvería a estar unido.
El versículo siguiente (20) plasma la misma imagen: “Y los desterrados de este ejército
de los hijos de Israel que están entre los cananeos hasta Sarepta, y los desterrados de
Jerusalén que están en Sefarad, poseerán las ciudades del Neguev”. En otras palabras,
los exiliados israelitas del norte, llevados cautivos por Asiria en 722 a.C., y los de
Jerusalén que estaban en Sefarad, regresarán a su tierra, de forma que toda la nación
56
de Israel será restaurada desde al sur hasta el norte, y el territorio que ocuparán será
más extenso que el de la época de la monarquía.
Estas promesas territoriales solo se cumplieron en parte cuando Israel tomó el
control de la Sefela, Efraín, Samaria y Galaad bajo el mando de los macabeos en el siglo
II a.C. Sin embargo, ¿estaba señalando Abdías un cumplimiento espiritual más profundo
de estas promesas? La promesa es que el pueblo de Dios se asentará entre sus
enemigos, los edomitas y los filisteos. Este hecho representa una actividad sobrenatural
de Dios, que reunirá al pueblo a pesar de los grandes prejuicios y la hostilidad
ancestrales. Esa beligerancia no es diferente de la que afecta actualmente al
establecimiento de la paz entre israelitas y palestinos. El Nuevo Testamento declara que
esa unidad puede lograrse, y se ha logrado, por medio de la muerte, resurrección y
exaltación del Señor Jesucristo. En la época del Nuevo Testamento, la hostilidad y los
prejuicios existentes entre judíos y gentiles era patente. No obstante, el apóstol Pablo
escribe lo siguiente a los cristianos de Éfeso:
“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos,
habéis sido acercados por la sangre de Cristo. Porque él mismo es nuestra paz,
quien de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de
separación, aboliendo en su carne la enemistad, la ley de los mandamientos
expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un nuevo hombre,
estableciendo así la paz, y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por
medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad… porque por
medio de él los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo
Espíritu” (Ef. 2:13–16, 18).
Abdías nos recuerda que el propósito de Dios es unir a su pueblo. Sigue siéndolo, y
como nos enseña el apóstol Pablo, ha sido hecho posible por medio de la muerte de
Cristo. Judíos y gentiles pasaron a ser un solo pueblo en Cristo. Pablo dijo a los
cristianos de Galacia: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni
mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, entonces sois
descendencia de Abraham, herederos según la promesa”.
Entonces, si la unidad espiritual forma parte del plan de Dios para su pueblo,
debemos preguntarnos si la ponemos en práctica en nuestras relaciones en el hogar y
en la iglesia local. Existen congregaciones en las que esa unidad es claramente visible,
conmovedora y convincente. La iglesia anglicana de Bagdad, Irak, es una de ellas. El
Vicario, el Canónigo Andrew White, ha hablado emotivamente de una unidad entre
diferentes razas y antecedentes que ha constituido un poderoso testimonio para la
comunidad. Lo triste es que el amor, el cuidado y la aceptación de los unos por los otros
estén ausentes con tanta frecuencia en nuestras cómodas iglesias. En su lugar, se
murmura, existen un espíritu de crítica así como ese tipo de envidia y soberbia que
caracterizan a la mayoría de las luchas de poder. Pablo reconoció esos peligros en la
misma epístola a los Efesios que ya he citado. El apóstol escribió: “Yo, pues, prisionero
del Señor, os ruego que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido
57
llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a
otros en amor, esforzándoos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu…”. La oración del Señor Jesús debería ser
suficiente para empujarnos a estar en paz con los demás: “Ruego… por los que han de
creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás
en mí y yo en ti… que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú
me enviaste…”.185
La promesa de Dios de unir espiritualmente a su pueblo también nos señala otra
verdad: él bendecirá espiritualmente a su pueblo. El mensaje de Abdías acerca de la
nueva posesión de la tierra prometida, así como la promesa de una herencia futura,
debieron animar el corazón de los exiliados y renovar su confianza en el Señor.
(ii) Las promesas de Dios de bendecir espiritualmente a su pueblo (20–21)
Jeremías, probablemente contemporáneo de Abdías, había profetizado que el exilio
duraría unos setenta años:
“Pues así dice el Señor: ‘Cuando se le hayan cumplido a Babilonia setenta años, yo
os visitaré y cumpliré mi buena palabra de haceros volver a este lugar… me invocaréis, y
vendréis a rogarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis, cuando me
busquéis de todo corazón. Me dejaré hallar por vosotros’, declara el Señor, ‘y os traeré
de nuevo al lugar de donde os envié al destierro’ ” (Jer. 29:10, 12–14).
Una vez más, sabemos que Dios mantuvo su palabra y comenzó a cumplir las
profecías de Abdías acerca de la tierra así como las predicciones de otros profetas
(como Isaías, Ezequiel y Zacarías). En 539 a.C., el rey Ciro de Persia conquistó Babilonia,
promulgando un edicto que permitía a los exiliados de Israel y Judá regresar a
Jerusalén. Su retorno fue pacífico, contraponiéndose a la idea de que Abdías aboga por
una conquista militar (véase 17–21). El profeta Zacarías (que profetizó
aproximadamente entre 520 y 518 a.C.) describe el retorno de los exiliados del norte y
del sur, de una forma muy parecida a la de Abdías, y dice: “Fortaleceré la casa de Judá y
la casa de José salvaré, y los haré volver porque me he compadecido de ellos… los
traeré a la tierra de Galaad y del Líbano, hasta que no haya sitio para ellos”.
Claramente, estas promesas de Abdías y Zacarías se cumplieron al menos de forma
parcial en la subsiguiente historia de Israel, posterior al retorno de los exiliados. Sin
embargo, la promesa de Dios a Abraham acerca de la tierra era solamente una parte de
la herencia futura que Dios prometió a su pueblo; y el Nuevo Testamento arroja nueva
luz sobre el significado de “la tierra”.
Es cierto que algunos israelitas modernos se aferran a la creencia de que las
promesas de Dios sobre la tierra prometida siguen teniendo validez. Los cristianos
sionistas también creen que las promesas de Dios relativas a la tierra en Abdías, Isaías,
Jeremías, Ezequiel y Zacarías se cumplirán literalmente, y que la Guerra de los Seis Días
en 1967 así como la unificación de Jerusalén bajo el gobierno israelita fue un
58
cumplimiento de las promesas bíblicas.
Sin embargo, existe otra forma, que creo más escritural, de interpretar estas
profecías de Abdías y los demás profetas: entenderlas a la luz de la enseñanza de Jesús
y sus apóstoles. Ya hemos visto cómo entendía Jesús el significado del templo, y predijo
su destrucción en lugar de su posterior reedificación (véase pp. 89–91). ¿Cómo
interpretó Jesús las promesas hechas a Abraham? “Dios habló con él, diciendo: ‘Y te
daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra de tus peregrinaciones, toda la
tierra de Canaán como posesión perpetua; y yo seré su Dios’ ”.
Según los evangelios, Jesús habló muy poco sobre la promesa de “la tierra”. En el
Sermón del Monte, dice: “Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la
tierra”. Colin Chapman destaca que la palabra griega traducida tierra (ge) también
puede significar “territorio”; y la palabra hebrea equivalente (‘eres) es la que se emplea
a lo largo de Antiguo Testamento para “tierra”. Así pues, ¿qué quiere expresar Jesús
cuando dice que los humildes heredarán la tierra? Según el contexto, no está hablando
acerca del reino del cielo como un trozo de tierra, sino como la esfera de su reinado
sobre sus discípulos. No está limitando esta herencia futura a los descendientes físicos
de Abraham. Sus promesas son para todos los creyentes, judíos y gentiles, que son
pobres de espíritu, que lloran por sus pecados, tienen hambre y sed de justicia,
muestran misericordia, son puros de corazón, mansos ante los demás y son perseguidos
por causa de la justicia.
Es probable que los discípulos siguiesen creyendo en la recuperación de la tierra
prometida cuando preguntaron al Señor Jesús resucitado: “Señor, ¿restaurarás en este
tiempo el reino a Israel?” (Hch. 1:6). Jesús dijo: “No os corresponde a vosotros saber los
tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad; pero recibiréis
poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch. 1:7–8). Seguramente,
Jesús no sólo estaba intentando corregir la idea de los discípulos acerca de la hora de
esos acontecimientos, sino también la idea que la pregunta daba a entender (Hch. 1:8).
Quería que dejasen a un lado el concepto del reino de Dios que habían heredado de sus
antecedentes judíos, y aceptasen uno completamente nuevo: un reino espiritual que no
tiene nada que ver con lo territorial; internacional, pero sin relación alguna con
cualquier nación. Como el Señor Jesús dijo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo… mi
reino no es de aquí” (Jn. 18:36).
En otras palabras, Jesús está diciendo que su reino no surge de este mundo, ni es
una entidad terrenal por la que sus siervos podrían librar una guerra.
Sin duda alguna, el apóstol Pablo hizo hincapié en el cumplimiento espiritual de las
promesas del pacto de Dios hechas a Abraham. Todos los creyentes en Cristo son la
simiente de este. Como explicó a los cristianos gálatas: “Pues todos sois hijos de Dios
mediante la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo, de
Cristo os habéis revestido. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay
hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, entonces
sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa”.
El apóstol Pedro también escribe acerca de una herencia espiritual, aunque un judío
59
del primer siglo asociaría el término “herencia” con “la tierra” de forma natural. Sin
embargo, Pedro contrasta el cumplimiento espiritual de las profecías del Antiguo
Testamento relativas a la tierra con la herencia física que se desvanece y perece en
última instancia. Él escribe:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su
gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante
la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia
incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos para
vosotros, que sois protegidos por el poder de Dios mediante la fe, para la
salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo” (1 P.
1:3–5).
Otro ejemplo de esta futura herencia espiritual se encuentra en la epístola a los
Hebreos. El escritor se ocupa del tema de la tierra en el capítulo cuatro y la define como
el reposo de Dios. Este reposo es claramente espiritual y se entra en él por medio de la
fe: “Por tanto, temamos, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su
reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. Porque en verdad, a nosotros
se nos ha anunciado la buena nueva, como también a ellos; pero la palabra que ellos
oyeron no les aprovechó por no ir acompañada por la fe en los que la oyeron. Porque
los que hemos creído entramos en ese reposo…”. Poco después, el mismo escritor
menciona a Abraham buscando no sólo la tierra prometida física, sino “una patria
mejor, es decir, celestial”.197
Finalmente, en el libro de Apocalipsis, Juan describe la visión que Dios le dio de “un
nuevo cielo y una nueva tierra”, en los que vio “un río de agua de vida, resplandeciente
como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle de la
ciudad. Y a cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de
fruto, dando su fruto cada mes; y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones”.
No hay duda de que las Escrituras nos enseñan que la promesa de la tierra
recuperada en Abdías y otros pasajes se cumple en la herencia espiritual que tenemos
en Cristo y en la salvación plena que los creyentes disfrutarán en el nuevo cielo y la
nueva tierra, donde reinará la justicia.
Este hecho nos conduce al párrafo final de Abdías, que resume de varias formas
todo lo expuesto anteriormente. En la salvación de su pueblo, Dios no sólo promete
una nueva Jerusalén, una victoria definitiva y una herencia futura, sino también un
reino divino.
d. La promesa de un reino divino (21)
La frase “subirán libertadores al monte Sion” significa literalmente “los que provean
la salvación estarán [heb. be] en el monte Sion”. Aquí tenemos, pues, una promesa de
que “libertadores” o salvadores regresarán a Jerusalén a “juzgar al monte de Esaú”. El
monte de Esaú representa a Edom, que como ya hemos indicado, simboliza a su vez a
60
todos los que se oponen a Dios y a su “reino”, a su dominio del mundo.
¿Estaba entonces Abdías prediciendo una restauración del linaje de los reyes
davídicos, que había sido cruelmente eliminado en 586 a.C.? ¿Serían estos reyes los
“libertadores” o salvadores que Israel anhelaba? ¿O se cumpliría esta promesa
únicamente por medio de aquel que vino como Hijo de David e Hijo de Dios?200 Como
ocurre frecuentemente con la profecía bíblica, la interpretación más profunda de estas
palabras tiene probablemente un significado espiritual y escatológico, especialmente a
la luz de las palabras finales de Abdías: “Y el reino será del Señor” (21c).
Douglas Stuart explica de forma eficaz esta interpretación del texto:
“El cristiano… no sólo verá en la profecía de Abdías una simple descripción
de ciertas realidades y esperanzas políticas para el siglo VI a.C. en Palestina, sino
también una realidad y una esperanza más generales de la intervención de Dios
en favor de su pueblo para rescatarlo del desamparo frente al peligro mortal y
garantizarle un futuro brillante de recompensa por su fidelidad (véase 1 P.
4:12–14). El éxito de los poderes terrenales contrarios a los propósitos del Señor
sólo es temporal y la victoria final del pueblo de Dios es segura”.
Es necesario destacar también que la palabra traducida “juzgar” (21) es el verbo
hebreo sapat, cuyo sentido básico es pronunciar una decisión real o judicial, y “ajustar
las cosas a derecho”. Esto es lo que el “libertador” o salvador vendrá a hacer, incluso en
el monte de Esaú, donde reinan el mal, la impiedad y la rebeldía. Allí también triunfará
Dios, el Rey. No es de extrañar que el salmista se gozase ante la perspectiva del juicio
del Señor e hiciese un llamamiento de celebración para la creación.
“Batan palmas los ríos;
a una canten jubilosos los montes
delante del Señor, pues viene a juzgar la tierra;
él juzgará al mundo con justicia,
y a los pueblos con equidad” (Sal. 98:8–9).
Así pues, Abdías no alberga dudas acerca del triunfo absoluto de Dios, pues “el reino
será del Señor”. Ya lo es, por supuesto. Un comentarista lo expresó de la siguiente
forma: “El mundo nunca ha escapado de la sujeción del gobierno de Dios. Aunque
existen tantas cosas que no podemos comprender en la actualidad, sin embargo,
tenemos la absoluta certeza de que todas ellas se encuentran bajo el dominio del
Señor. La realidad es, pues, que el reino será suyo porque ya lo es en ese sentido”.
En el libro de Apocalipsis, Juan describe el triunfo final de Dios cuando nos dice que
el séptimo ángel hizo sonar su trompeta al final de los tiempos “y se levantaron grandes
voces en el cielo, que decían: ‘El reino del mundo ha venido a ser el reino de nuestro
Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos’ ”.
Paseando por Norfolk con mi esposa Elizabeth, nos encontramos con un pastor y su
mujer que habían trabajado con nosotros en una iglesia local años atrás. Comenzamos a
hablar de varios amigos cristianos conocidos. Algunos de ellos habían pasado por
61
dificultades y parecían haber abandonado a su fe en el Señor. Elizabeth comentó:
“Satanás nunca renuncia a atacar a los cristianos”. “Es cierto”, dijo el pastor, “¡pero
Jesús tampoco renuncia a nosotros!”. Seguidamente, añadió con una sonrisa: “¡El
Cordero está en el trono!”.
Algo de esa confianza en Dios se palpa a lo largo del libro de Abdías. Los enemigos
del Señor (tipificados por Edom) nunca cesaron de atacar a su pueblo, pero el profeta
recuerda a los creyentes la soberanía de Dios, sus juicios y su triunfo. Cualesquiera que
sean nuestras circunstancias, podemos recibir aliento y fuerzas a través de estas
verdades. El Cordero, nuestro salvador y libertador, se encuentra realmente en el trono,
¡y el reino será del Señor!
Nahúm
Introducción a Nahúm
Puede parecer extraño que exista un “libro” (1:1) en las Sagradas Escrituras que se
centre tanto en un enemigo de Israel, Asiria, y su capital Nínive. Nahúm nos cuenta que
su “libro” es una “profecía sobre Nínive” (1:1). En ocasiones, la palabra hebrea
traducida “profecía” (massa) puede significar “carga”. No existe una palabra que defina
mejor la profecía de Nahúm, porque es realmente un mensaje de juicio grave y
oneroso, que el profeta comunica con gran valentía y claridad.
Debemos decir, sin embargo, que no todos los comentaristas de Nahúm aprecian su
claridad y aspereza. Se cita a la experta del Antiguo Testamento, Elizabeth Achtmeier,
diciendo: “Toda la Escritura es inspirada por Dios… ¡pero quizás con la excepción de
Nahúm!”. Además, los que no tenemos dudas acerca del lugar de Nahúm en las
Sagradas Escrituras deberíamos admitir con toda probabilidad que raramente hemos
predicado sobre el libro de este profeta, si es que lo hemos hecho alguna vez.
Así pues, ¿por qué deberíamos tomarnos en serio el libro de Nahúm y considerarlo
importante como para exponer su enseñanza?
1. ¿Por qué tomar en serio el libro de Nahúm?
a. El libro de Nahúm es un mensaje del Dios viviente
La “profecía” o “carga” relativa a Nínive forma parte de un “libro” que se califica
como “la visión de Nahúm de Elcos” (1:1). La palabra traducida “visión” significa “algo
comunicado al profeta por la revelación de Dios” (Eaton). Algunos comentaristas
62
señalan que Nahúm expresa esa visión en una poesía magnífica. El lenguaje poético fue
una forma natural de expresión de todos los grandes profetas hebreos. Sin embargo,
Nahúm reivindica también que comunica la Palabra de Dios pronunciada por el propio
Señor de forma directa: “Así dice el Señor…” (véase 1:12; 2:13; 3:5).
La pretensión de Nahúm debe ponerse a prueba, por supuesto, de la misma forma
que los demás profetas. Parece claro que Nahúm está prediciendo la caída de Nínive y
el fin de la poderosa Asiria, en un momento en que debió de parecer muy improbable.
Si estas predicciones no se hubiesen cumplido, se le podría definir con razón como falso
profeta.209 No obstante, Nínive fue destruida exactamente como predijo Nahúm, y
Asiria desapareció como potencia mundial, dejando de ser para siempre una amenaza
para Israel (Nah. 1:8, 12–15; 2–3). El cumplimiento de las predicciones de Nahúm
confirma la reivindicación del profeta de que su mensaje era una revelación de Dios.
Sin embargo, algunos presentan objeciones al sentido principal de la “profecía” de
Nahúm. No pueden creer que el amoroso Dios y Padre del Señor Jesucristo pueda
definirse acertadamente como “Dios celoso y vengador”, que “se venga de sus
adversarios, y guarda rencor a sus enemigos” (1:2). Hace años, un miembro de la iglesia
en la que servía me expresó esta opinión de forma contundente. Una mujer, que
acababa de convertirse al cristianismo tras años de ateísmo, se acercó a mí para
quejarse de la predicación en nuestra iglesia. Habíamos estado exponiendo una serie de
sermones del Antiguo Testamento y se había sentido incómoda con ellos. Sacó su Biblia
del bolso que llevaba y la abrió por la página que separa el Antiguo Testamento del
Nuevo. Tomó unas tijeras, separó ambas partes, y me dijo: “El Antiguo Testamento me
habla de un Dios de ira. El Nuevo me muestra un Dios de amor”. Seguidamente, me dio
el Nuevo Testamento y exclamó: “¡Predique esto!”.
Después de mi reacción inicial de sorpresa, dije a mi amiga que seguiría predicando
tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo, y que ambos revelan al único Dios
verdadero que es un Dios de ira, pero también de amor; un Dios que es, al mismo
tiempo, severo y benévolo.
A este respecto, Nahúm no es diferente de los demás profetas. Él tiene mucho que
decir acerca de la ira de Dios y sus juicios, como estudiaremos en este libro; sin
embargo, también habla de la misericordia y la gracia del Señor:
“El Señor es lento para la ira… bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la
angustia, y conoce a los que en él se refugian…” (1:3, 7). Los demás profetas escriben de
forma muy parecida. Isaías, por ejemplo, dice: “El Señor se levanta para contender, está
en pie para juzgar a los pueblos”, pero también: “Cuando el Señor tenga compasión de
Jacob…” (14:1); o estas palabras inolvidables de amor y misericordia para un pueblo
rebelde: “Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cerca.
Abandone el impío su camino… vuélvase al Señor, que tendrá de él compasión, al Dios
nuestro, que será amplio en perdonar”.
Encontramos las mismas verdades equilibradas acerca del Dios trino en la
enseñanza, el carácter y la vida de Jesús. Por ejemplo, apreciamos la verdad y la
severidad del Señor cuando Jesús llora por Jerusalén mientras advierte a su pueblo
sobre el juicio venidero. Observamos su ira ante la hipocresía de los fariseos y su
63
compasión cuando cura al hombre de la mano seca en el día de reposo.214
Así pues, la visión de Nahúm nos trae un mensaje del Dios viviente, el Dios y Padre
de nuestro Señor Jesucristo. Sus palabras son de especial interés porque establecen de
forma muy clara y racional el carácter de Dios y el fundamento teológico de la doctrina
del juicio. Ese fundamento se pone en el primer capítulo, en el que aprendemos que el
Señor es un Dios airado (1:1–6), así como bueno (1:7–15). Nahúm amplía esa base
ilustrando los principios de la providencia divina en relación al juicio y la salvación en la
historia contemporánea de la caída de la superpotencia Asiria, así como de la
destrucción de su capital, Nínive.
Por tanto, mi opinión es que el libro de Nahúm debería ocupar un lugar de honor en
las Sagradas Escrituras, y no dejarse de lado. El profeta se disponía a explicar e ilustrar
una doctrina bíblica fundamental, concretamente la del juicio. Se trata de un
recordatorio más para nosotros de las palabras del apóstol Pablo a su joven amigo y
colaborador Timoteo: “toda la Escritura [cursivas añadidas] es inspirada por Dios”
(¡incluido el libro de Nahúm!). Pablo prosigue señalando las consecuencias lógicas de
esta afirmación. Así pues, toda la Escritura es “útil para enseñar, para reprender, para
corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado
para toda buena obra”.
Aquellos de nosotros llamados a enseñar y predicar en la iglesia local, tanto a
adultos como a niños, tenemos la responsabilidad solemne de transmitir de forma
apropiada o acertada “todo el propósito de Dios”. Cuando el apóstol Pablo habló a los
líderes de la iglesia de Éfeso, recordó su propio compromiso con este tipo de enseñanza
y predicación fiel. Les dijo: “No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil, y de
enseñaros públicamente y de casa en casa, testificando solemnemente, tanto a judíos
como a griegos, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor
Jesucristo… Por tanto, os doy testimonio en este día de que soy inocente de la sangre
de todos, pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios”.217 La referencia
del apóstol a ser “inocente de la sangre de todo hombre” tiene relación sin duda con el
libro de Ezequiel, donde el profeta habla de su responsabilidad de advertir al pueblo de
Dios del juicio venidero, que llegaría si no se arrepentían de sus pecados.219
Así pues, si creemos que “toda la Escritura es inspirada por Dios” y que es capaz de
darnos “la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús”, tenemos
que incluir en nuestro mensaje la doctrina del juicio, que se expone claramente en el
libro de Nahúm. Debemos tener la valentía, como él, de enseñarla con atrevimiento.
También hemos de sentir compasión para hacerlo con lágrimas.
El libro de Nahúm, por tanto, es un mensaje del Dios viviente. Él es el Señor, como la
Biblia nos enseña; un Dios de ira pero también de amor, que juzga pero también salva.
Sin embargo, antes de analizar con más detenimiento esos dos aspectos
complementarios de su naturaleza, tenemos que dejar claro que también es necesario
que estudiemos este libro.
b. El libro de Nahúm es un mensaje acerca del mundo real
64
Una “profecía sobre Nínive” (1:1) puede parecer un asunto irrelevante para la
consideración de un cristiano del siglo XXI. Después de todo, ¿qué puede haber de
positivo en valorar la destrucción de una ciudad en el siglo VII a.C., que era la capital de
una nación pagana, Asiria, que ya no existe más?
Nínive, sin embargo, era la capital de una agresiva superpotencia que constituyó
una amenaza y un peligro constantes para el pueblo de Dios. Los asirios eran enemigos
del Señor. En la época de Nahúm, ya habían conquistado el reino norteño de Israel, y
llevado a muchos miembros del pueblo de Dios al exilio. También amenazaban a estos
en el sur, en Judá. Las superpotencias agresivas y la persecución del pueblo de Dios
forman parte del mundo actual. Esta es una de las razones por las que el libro de
Nahúm continúa siendo relevante en el siglo XXI. La “profecía sobre Nínive” (1:1)
comunica tanto la promesa del juicio de Dios como un mensaje de esperanza y aliento
para su pueblo. Trata asuntos a los que deben enfrentarse los cristianos modernos, y
circunstancias que no difieren de las que viven actualmente los hijos de Dios.
Por ejemplo, en el mundo real actual, oímos frecuentemente acerca de la
persecución generalizada de los cristianos. Angola es un lugar donde se produce. Según
un artículo de la revista Barnabas Aid, “Angola vivió sumida en la guerra continua
durante cuatro décadas, situación que llegó a su fin en el año 2002. Durante quince
años, los angoleños lucharon por su independencia de los colonizadores portugueses.
Cuando lo consiguieron en 1975, el partido marxista MPLA tomó el control del
gobierno. El movimiento nacionalista UNITA se enfrentó a aquel en una guerra civil que
duró 27 años”. Solo ahora reinan relativamente la paz y la libertad. El artículo sigue
señalando que, durante el período de gobierno del MPLA,
“Los cristianos sufrieron mucha persecución especialmente entre 1975 y
1985. El primer presidente de la nueva Angola independiente prometió erradicar
el cristianismo de su país en los siguientes veinte años. Los evangélicos fueron
un objetivo particular, con miles de secuestrados o asesinados. Decenas de
ministros de la iglesia también murieron y muchos locales de reunión fueron
cerrados, confiscados o destruidos. En algunas ocasiones, los soldados
masacraban a congregaciones enteras. El gobierno marxista también impuso
restricciones legales a los cristianos, prohibiendo las reuniones al aire libre, en
los hogares, o predicar en cualquier sitio ajeno al local de la iglesia. No se
permitía la edificación de nuevos lugares de reunión. La Policía vigilaba a los
pastores y todas las actividades de la iglesia… las políticas anticristianas del
MPLA solo empezaron a suavizarse cuando vieron que necesitaban a las iglesias
para tratar de suplir las desesperadas necesidades físicas de la enorme cantidad
de desplazados que estaban pasando hambre”.
El artículo acaba con un mensaje de esperanza y confianza en el Señor soberano:
“Sin embargo, lejos de que la persecución la destruyese, la iglesia creció…”.
La de Angola es solo una de las muchas historias de persecución y sufrimiento que
viven actualmente los cristianos. En un informe reciente en una revista cristiana, se
65
mencionó una acción directa contra los cristianos en Bangladesh, China, Congo, Egipto,
India, Indonesia, Irán, Kazajistán y Líbano. Por ejemplo, en Orissa, un Estado de la India,
más de dos mil familias cristianas fueron desplazadas de su hogar en diciembre de
2008. Decenas de miles pasaron por el mismo trance en meses anteriores.
El libro de Nahúm habla de una situación no muy diferente de la descrita
anteriormente. Si, como parece probable, Nahúm estaba escribiendo durante el
reinado de Manasés en Judá, habría experimentado el sufrimiento provocado por un
rey del que se dice que hizo “lo malo más que las naciones que el Señor había destruido
delante de los hijos de Israel”. Los creyentes fieles en Jehová debieron de pasar un
tiempo difícil. El narrador de 2 Reyes escribió que Manasés hizo “lo malo más que todo
lo que hicieron los amorreos antes de él, haciendo pecar también a Judá con sus ídolos”
(2 R. 21:9, 11).
También queda claro en el libro de Nahúm, como ya hemos destacado, que Asiria
era aún una superpotencia, así como una fuerza con la que había que contar, y que el
pueblo de Dios en Israel y Judá tuvo que soportar las atrocidades de los asirios durante
muchos años. Mackay dice que “en términos de las atrocidades perpetradas, las del
imperio asirio eran comparables a las de los campos de concentración de la Alemania
nazi, de la Camboya de los jemeres rojos y Pol Pot, y la Uganda de Idi Amin… Asiria no
es sino un ejemplo de lo que ocurre cuando el deseo de poder se combina con la cruel
indiferencia hacia el sufrimiento humano”.
En la época de Nahúm, cuando Asurbanipal (669–626 a.C.) gobernaba Asiria, el
imperio era inmenso. Se extendía desde el Golfo Pérsico al este, donde se libró gran
parte de la guerra entre Irán e Irak en el siglo XX, a través de una parte de Irán, todo
Irak, Siria, Palestina e incluso África, donde los asirios atacaron Egipto en 633 a.C.,
destruyendo su capital, Tebas.
Deberíamos recordar que el título de “superpotencia” se ha inventado en el mundo
moderno. Sin embargo, cada generación ha tenido las suyas. Siempre han existido
naciones que han buscado dominar el mundo y, como Asiria, han reivindicado su
derecho a invadir y ocupar otras naciones con orgullo imperialista. Durante mi vida, la
invasión de Polonia y otras naciones europeas por la Alemania nazi, la irrupción de los
tanques rusos en la frontera de Hungría y Checoslovaquia, e incluso las fuerzas
americanas, británicas y aliadas que invadieron Irak, repiten las acciones imperialistas
de Asiria y Nínive en el siglo VII a.C. No hay nada nuevo bajo el sol. El libro de Nahúm
comunica un mensaje a las superpotencias así como a la iglesia y las personas, un
mensaje de juicio y esperanza, relativo al mundo real.
Por tanto, el libro de Nahúm debe tomarse en serio porque es un mensaje del Dios
viviente acerca del mundo real en la época del profeta y en la nuestra. No obstante,
antes de analizar la forma en la que Dios se ocupa providencialmente de nosotros en su
mundo, y su base teológica, debemos responder dos preguntas más. ¿Qué sabemos de
Nahúm? ¿Cuándo escribió este libro?
2. ¿Qué sabemos de Nahúm?
66
Sabemos muy poco del profeta Nahúm. No se le menciona en ninguna otra parte de
la Biblia. Todo lo que se nos dice en este libro es que se llama “Nahúm de Elcos” (1:1).
Su nombre significa “consuelo” o “consolador”, y aunque su mensaje no produjo
consuelo alguno en los asirios, sí lo hizo en el pueblo de Dios. Sin embargo, no sabemos
si el significado de su nombre tenía el propósito de expresar algo en concreto.
No conocemos la localización exacta de Elcos. Algunos la vinculan a Qosh, situada
unos cincuenta kilómetros al norte de la Mosul actual. Otra tradición (Jerónimo en el
siglo IV) ubica la casa de Nahúm en el norte, en un pueblo de Galilea, posiblemente en
el área de Capernaum. Sin duda, las referencias a Basán, Carmelo y Líbano sugieren un
conocimiento del reino del norte (véase Nah. 1:4). Robertson sugiere que Nahúm
representa al “remanente superviviente del norte”. Eaton, sin embargo, cree que
Nahúm ministró en el sur. Sostiene que era un profeta profesional adjunto al gran
santuario real de la Jerusalén anterior al exilio, en base a que el libro refleja “temas y
formas de la tradición ritual”.228
No conocemos con certeza los antecedentes de Nahúm o dónde ministró la Palabra
de Dios, si en el norte o en el sur. Por tanto, queda claro que tenemos muy pocos datos
de él. Reivindicó ser profeta, así como hablar y escribir la palabra de Dios a su pueblo en
una época difícil en la historia de Judá. Sabemos que fue muy valiente al escribir acerca
de la derrota y destrucción de una superpotencia como Asiria, y que tuvo una gran fe
para ser capaz de garantizar al pueblo de Dios, cuando Asiria seguía encontrándose en
lo más alto de su capacidad para conquistar, someter y dañar a sus enemigos, que
“bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia” (1:7).
Sin embargo, ¿Sabemos con certeza cuándo se produjeron las aflicciones a las que
hace referencia? Ahora debemos tratar de contestar la pregunta:
3. ¿Cuándo escribió Nahúm este libro?
Podemos ser bastante precisos con la fecha aproximada del ministerio de Nahúm.
En su profecía, predice la caída de Nínive, la capital de Asiria. Otras fuentes indican que
esta ciudad fue tomada en 612 a.C. por los ejércitos medo y babilónico. También
sabemos que el profeta hace referencia a la caída de Tebas, en Egipto, como un
acontecimiento que ya había tenido lugar (3:8–10). El mismo se produjo en 664 a.C.,
por lo que Nahúm ministró probablemente en un período de tiempo comprendido
entre 664 y 612 a.C. O. Palmer Robertson sostiene que el profeta comenzó su ministerio
público en los últimos días del rey Manasés, en Judá, y persistió durante los primeros
días del rey Josías (628–609 a.C.). Asurbanipal de Asiria seguía reinando en 627 a.C., por
lo que esta nación continuaba siendo una potencia a tener en cuenta, como Nahúm
deja claro.
Era una época de tan gran amenaza y peligro para los enemigos del Señor que Dios
levantó a Nahúm el profeta para comunicar su mensaje de juicio sobre Asiria, y de
advertencia, esperanza y aliento para el pueblo de Dios. No sabemos con certeza si
Nahúm hablaba desde el reino ocupado del norte, o desde Judá y Jerusalén, en el
67
amenazado sur. No obstante, su mensaje era atrevido y rotundo, una carga y una
“visión” o revelación de Dios (1:1).
El pueblo de Dios sufre persecución y oposición de muchos tipos en gran parte del
mundo actual. El rechazo del Evangelio cristiano se ha vuelto cada vez más agresivo,
incluso en Gran Bretaña. Por ejemplo, Richard Dawkins, el popular científico de Oxford,
no sólo aboga por el ateísmo, sino que considera la fe en Dios un mal que debe
erradicarse. Dawkins ha escrito: “Está de moda tildar de apocalíptica la amenaza que
suponen para la humanidad el virus del SIDA, la enfermedad de las ‘vacas locas’ y otras
muchas. Sin embargo, creo que podemos argumentar que la fe es uno de los peores
males del mundo, comparable al virus de la viruela, pero más difícil de erradicar. La fe,
una creencia que no se basa en la evidencia, es el vicio principal de cualquier religión”.
Otra señal de esa oposición en el Reino Unido puede observarse en la forma en que
las leyes de “igualdad” religiosa se han utilizado contra los cristianos. Por ejemplo,
según un informe publicado por The Christian Institute en 2009, las leyes de igualdad
condujeron a lo siguiente:
“Se instó a los ayuntamientos de Bideford y Worcester a cancelar las reuniones de
oración matinales, acabando con una tradición de varios siglos. En junio de 2005, el
ayuntamiento de Torbay quitó una cruz de madera del muro de una capilla crematoria y
llamó al edificio ‘Salón de ceremonias’… En algunas ciudades, las ‘luces de Navidad’ se
han sustituido por ‘decoraciones festivas’, e incluso se ha intentado cambiar el nombre
a la Navidad, asignándole títulos no cristianos. Un organismo público advirtió a un
albergue para personas sin techo gestionado por cristianos que corría el riesgo de
perder una ayuda económica sustancial porque era “demasiado cristiano”. El
ayuntamiento local ordenó que dejasen de dar gracias a Dios antes de las comidas y que
quitasen las Biblias de las mesas en caso de que los no cristianos que acudiesen al
albergue se sintiesen ofendidos. En 2007, se promulgaron leyes en el Reino Unido que
obligaron a las agencias de adopción basadas en la fe a retirarse de los servicios de
adopción o abandonar su ética religiosa”.
Y así podríamos seguir.
Existen innumerables ejemplos de este tipo, que pueden parecer nimiedades
comparados con la persecución y la presión que sufrió el pueblo de Dios durante el
ministerio de Nahúm. Sin embargo, su libro nos recuerda que Dios está buscando a
aquellos que, como Nahúm, comunicarán la Palabra de Dios para alentar al pueblo del
Señor, y pronunciarán una advertencia de juicio para los enemigos de Dios y su pueblo.
Ahora, debemos dirigirnos hacia este mensaje y su explicación teológica.
El juicio divino: explicación teológica
68
Nahúm 1:2–15
Cuando nos encontramos frente al peligro y la oposición, especialmente esos
ataques que se centran en el pueblo de Dios, físicos, emocionales e intelectuales, así
como espirituales, hacemos bien en mirar al Señor. Encontramos un brillante ejemplo
de ello en la historia de la iglesia primitiva (Hch. 4:1–31). Después de que los apóstoles
Pedro y Juan fuesen arrestados y liberados, se les ordenó “no hablar ni enseñar en el
nombre de Jesús” (Hch. 4:18). Lucas continúa diciéndonos: “Cuando quedaron en
libertad, fueron a los suyos y les contaron todo lo que los principales sacerdotes y los
ancianos les habían dicho. Al oír ellos esto, unánimes alzaron la voz a Dios y dijeron:
‘Oh, Señor, tú eres el que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; el
que por el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David, tu siervo, dijiste… para
hacer cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera’ ” (4:23–25,
28). Así pues, con sus pensamientos centrados en el Señor soberano, se sintieron
movidos a orar en esa difícil situación una plegaria de inmensa fe y valentía: “Y ahora,
Señor, considera sus amenazas, y permite que tus siervos hablen tu palabra con toda
confianza, mientras extiendes tu mano para que se hagan curaciones, señales y
prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús” (4:29–30). Pronto, Lucas
comunicaba que “con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del
Señor Jesús, y abundante gracia había sobre todos ellos” (4:33).
El profeta Nahúm abordaba de una forma parecida las amenazas al pueblo de Dios
en su época. Volvió la mirada del mismo hacia Dios; se centró en el Señor soberano; le
recordó su carácter; le dijo cómo es él. Haremos bien en seguir su ejemplo si estamos
sufriendo dificultades u oposición en nuestra iglesia, en nuestro lugar de trabajo, en
nuestro hogar o en nuestro discipulado personal. Si nos centramos en Dios, veremos los
problemas y desafíos de la vida cotidiana desde una nueva perspectiva.
Se cuenta la historia de las dificultades que Hudson Taylor, el fundador de China
Inland Mission, encontró a principios del siglo XX. Él creía que el establecimiento de la
obra en China necesitaba mil nuevos misioneros, que debían encontrarse en un período
de cinco años. Puso el asunto delante del Señor en oración y compartió sus
preocupaciones con amigos cristianos. Algunos de ellos creían que era una tarea
imposible, y le preguntaron cómo podía imaginar que se encontrasen tantas personas
en tan poco tiempo. Su respuesta fue simple y convincente: “Cuando miro el mapa de la
China continental, me doy cuenta de que no puedo pedir menos. Y cuando leo las
promesas de Dios en la Biblia, ¡no veo por qué debería pedir menos!”. Hudson Taylor
solía interpretar la frase “¡Tened fe en Dios!” como “¡Aferraos a la fidelidad de Dios!”.
Él había comprendido la importancia de enfrentarse a cada situación de desafío
centrándose en la naturaleza y el carácter de Dios, como lo habían hecho los apóstoles
y Nahúm antes que ellos.
Se ha criticado frecuentemente a Nahúm por escribir acerca de Dios de una forma
dura e insensible. En realidad, lo hace de una manera coherente con el resto de la
revelación de Dios en las Escrituras. Escribe acerca de la bondad y la severidad del Señor
69
(véase Ro. 11:22). Lo hace teológicamente. Comienza con ese aspecto del carácter de
Dios que muchas personas encuentran difícil de aceptar. Empieza su “visión” (1:1) con
una descripción de la severidad de Dios (1:1–6).
1. La severidad de Dios: el Señor está enojado (1:2–6)
Cuando era niño, algunos de los mejores y más respetados maestros en mi escuela
eran aquellos que no solo enseñaban bien, sino que nos disciplinaban. En ocasiones se
enfadaban con nosotros, especialmente cuando no éramos capaces de prestar
atención, nos comportábamos mal o actuábamos con rebeldía. Si nos hubiésemos
parado a pensar en ello en aquella época, nos habríamos dado cuenta de que su enfado
significaba que se preocupaban mucho por nosotros y por eso nos corregían y
castigaban en algunas ocasiones. A veces se equivocaban, pero, habitualmente, su
enojo estaba justificado y sus castigos eran justos, aunque no fuesen bienvenidos. En
términos generales, respetábamos mucho a esos maestros que eran amables y severos
al mismo tiempo.
Cuando Nahúm comienza a exponer su “visión” de Dios, empieza con una revelación
de la severidad y la ira del Señor antes de proseguir con la descripción de su bondad y
benignidad. En Gran Bretaña, vivimos en una cultura que en teoría glorifica la
tolerancia. Por tanto, la idea de que Dios pueda ser intolerante con nuestros pecados y
airarse tanto como para castigarnos es un concepto que ofende a muchos y es
rechazado. Sin embargo, Nahúm no nos dejará ir con una visión tan superficial de Dios.
Él describe al Señor, a quien debemos temer y respetar, como “Dios celoso y vengador”
(1:2). Nos advierte de que “vengador es el Señor e irascible”, y de que “el Señor se
venga de sus adversarios, y guarda rencor a sus enemigos” (1:2). Además, aunque es
“lento para la ira” (una señal de su bondad y benignidad), Nahúm insiste en que “no
dejará impune al culpable” (1:3). Finalmente (1:3–6), describe el asombroso poder del
Señor, que derrama su ira “como fuego”, dejándonos con unas preguntas desafiantes:
“¿Quién resistirá? ¿Quién se mantendrá en pie ante el ardor de su ira?”.
Así pues, es tiempo de detenernos en la enseñanza de Nahúm acerca de la
severidad de Dios, que expone una serie de ideas en estos versículos.
a. La severidad de Dios es coherente con su fidelidad (1:2–6)
Al hacer hincapié en la severidad y la ira de Dios (1:2), Nahúm está ansioso por
recordar al pueblo del Señor que él es el Dios fiel del pacto, “el Señor” (Jehová) que “se
venga… y guarda rencor a sus enemigos” (1:2).
Los nombres hebreos “El” y “Elohim” se emplean con más frecuencia como el
término general que describe a Dios. (También se utilizaban para referirse a los dioses
falsos.) Sin embargo, deberíamos destacar que, en dos versículos (1:2–3), Nahúm llama
a Dios cuatro veces con su nombre del pacto, “el Señor” o “Jehová”. Estrictamente
hablando, Jehová es el único “nombre” de Dios. Cuando Abraham e Isaac levantaron un
altar a Dios, leemos que el primero “invocó el nombre del Señor [Jehová]”.236 Incluso
70
antes de los días de Abraham, en la época en que Set tuvo un hijo al que llamó Enós, las
personas comenzaron a “invocar el nombre del Señor [Jehová]”. Así pues, este nombre
estaba ahí desde el principio de la historia.
El nombre Jehová suponía mucho significado para el pueblo de Dios. ¿Tenía miedo
este, en la época de Nahúm, de más amenazas y acciones por parte de la superpotencia
asiria? ¿O quizás de la persecución de la policía secreta de Manasés? ¿Se sentían
vulnerables y débiles, preguntándose dónde estaba su Dios? Después, Nahúm recuerda
al pueblo (y a nosotros) que el fiel Señor del pacto (Jehová) “se venga de sus
adversarios, y guarda rencor a sus enemigos” (1:2). Jehová es fiel y mantiene su
promesa de vengarse de sus enemigos y de salvar a los que depositan su confianza en él
(1:7).
Es necesario destacar que existe un vínculo entre el nombre divino Yahweh y el
verbo hebreo “ser”. Cuando Moisés consulta al Señor cómo debería contestar a la
pregunta: “¿Cuál es su nombre [de Dios]?”, él dijo: “YO SOY EL QUE SOY [YHWH]”.
Motyer comenta que este hecho apunta a “la presencia activa de Dios… como fuerza
viva, vital y personal… en ninguna situación es un mero extra decorativo; sino que
siempre es el imprescindible ingrediente activo”.239
Desde el mismo principio de su libro, Nahúm vuelve los ojos del pueblo del Señor
hacia el fiel y siempre presente Dios del pacto que está a su lado, cumple sus promesas
y “se venga de sus adversarios” (1:2).
El nombre YHWH también puede significar “yo soy el que soy”, sugiriendo un Dios
“para todos los momentos, todas las eventualidades, todas las tareas y todas las
necesidades” (Motyer). El Señor (Jehová) es el Dios todopoderoso, el Dios de toda
gracia. Aunque Nahúm escribe abiertamente un Dios que es “vengador” e “irascible”
(1:2), quiere que su pueblo sepa que su fidelidad al pacto influye en todo lo que hace;
que se enoja con los hechos de los pecadores, pero muestra su gracia y amor a los que
depositan su confianza en él.
Existe una aplicación personal para todo esto. Hace algunos años, me contaron la
historia de la vida de uno de los ministros de la iglesia más importantes de su
generación, el prebendado Webb Peploe, que, siendo aún joven, perdió a uno de sus
amados hijos estando la familia de vacaciones. Después del funeral, el abatido padre se
arrodilló en su despacho, suplicando al Señor que su gracia fuese suficiente en ese
momento de dolor. Sin embargo, no experimentó alivio y siguió derramando sus
lágrimas. Entonces, vio de repente una tarjeta en la estantería, con una palabra escrita
en mayúsculas: “Mi gracia ES suficiente para ti”. Webb Peploe oró de nuevo: “Señor,
perdóname. Te he estado pidiendo que hagas que tu gracia sea suficiente para mí y has
estado todo el tiempo diciéndome: ‘Mi gracia es suficiente para ti’. Te doy las gracias
por ella y la tomo ahora para mí”.
Nahúm quiere que sepamos que, cuando nos volvemos al Dios fiel del pacto, sean
cuales sean nuestros problemas o circunstancias, la gracia del Señor es suficiente y
siempre se encuentra a nuestra disposición. Como Dios dijo a Moisés: “Este es mi
nombre para siempre, y con él se hará memoria de mí de generación en generación”
(Éx. 3:15c). Alan Cole pregunta: ¿Qué significa “Yahveh”? Continúa diciendo:
71
“Básicamente, significaba para ellos (el pueblo de Dios en la época de Moisés) lo que el
nombre de Cristo ha llegado a ser para los cristianos, ‘una clave para todos los actos de
gracia de Dios’ ”. Como Juan escribió en su evangelio: “Pues de su plenitud todos hemos
recibido, y gracia sobre gracia”.
Las Escrituras nos recuerdan constantemente que Dios es un Dios fiel. Él guarda sus
promesas; se venga de sus enemigos y, en su gracia, provee para los suyos. La fidelidad
de Dios es coherente con su severidad.
Nahúm también nos enseña que
b. El celo de Dios explica su severidad (1:2)
Los celos no son una característica atractiva en un ser humano. El término se
emplea habitualmente para describir un defecto, no una virtud. Sin embargo, cuando la
Biblia dice que el Señor (Jehová) es celoso, algo que hace con frecuencia, no existe
sentido alguno de envidia pecaminosa, porque “Dios es luz, y en él no hay tiniebla
alguna”. Sin embargo, una de las primeras verdades acerca de Jehová enseñadas a los
israelitas fue que él es un “Dios celoso”. Por ejemplo, el segundo mandamiento se
presenta con la frase: “Yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso”.244 Un poco más adelante,
Jehová dice a Moisés: “No adorarás a ningún otro dios, ya que el Señor, cuyo nombre es
Celoso, es Dios celoso” (Éx. 34:14).
Así pues, ¿cómo debemos entender el “celo” de Dios? Quizás pueda ayudarnos una
analogía moderna. Muchos de nosotros vivimos actualmente en una cultura occidental
en la que la infidelidad a los votos matrimoniales es más aceptable de lo que lo era para
generaciones anteriores. No obstante, todavía se reconoce que existen unos celos
apropiados que se sienten cuando el marido o la esposa tienen una “aventura”, y uno
es infiel al otro. Es justo que la parte herida tenga ese sentimiento en semejante
situación. De hecho, la ausencia de los celos en esas circunstancias sugeriría la falta de
un amor y un compromiso verdaderos con el cónyuge infiel.
El “celo de Dios” es de este tipo justo. El Dr. Packer lo explica convenientemente: “El
Antiguo Testamento considera el pacto de Dios como su matrimonio con Israel, que se
lleva a cabo con una exigencia de amor y lealtad incondicionales. La adoración de ídolos
y todas las relaciones contemporizadoras con los idólatras no israelitas constituían
desobediencia e infidelidad, que Dios veía como adulterio espiritual, provocando su
celo”.
Así pues, Nahúm recuerda al pueblo de Dios que la “ira” y la “venganza” del Señor
son una expresión de su amor celoso. Este le lleva a juzgar a sus enemigos allá donde
estén (1:2), a juzgar a su propio pueblo desobediente (Sof. 3:8), y a restaurarlo después
de un tiempo de cautividad disciplinante.
¿Qué nos dice esto? Saber que el Señor está tan comprometido con nosotros que
está celoso por nuestro completo amor y lealtad a él debería animarnos. Además, como
cristianos, sabemos que ese compromiso personal se ha producido a través de un
costoso pacto de gracia, sellado por su sangre, cuando entregó su vida por nosotros en
la cruz. Ese amor nos insta a darle todo nuestro ser. Como escribió el apóstol Pablo:
72
“Por consiguiente, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis
vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios”.249 O, como dijo el Dr.
Packer: “Los celos de Dios nos exigen tener celo por él”.
La verdad acerca de los celos de Dios también debería ser un desafío que nos haga
pensar en su plan para el mundo y nuestra parte en el mismo. Permitidme citar al Dr.
Packer una vez más: “El amor del pacto es el núcleo del plan de Dios para el mundo. Sus
celos deben entenderse, en un último análisis, a la luz de este plan general del Señor
para su mundo. La Biblia declara que el objetivo supremo de Dios es triple… vindicar su
gobierno y justicia poniendo de manifiesto su soberanía en juicio sobre el pecado;
rescatar y redimir a su pueblo escogido; y que este le ame y alabe por sus gloriosos
actos de amor y reivindicación propia. Dios busca lo que nosotros deberíamos buscar…
su gloria en y por medio de los hombres… y es para asegurar este fin, en última
instancia, que es celoso”.
Si el Señor está celoso por ese objetivo, nosotros deberíamos tener celo por
desempeñar nuestro papel en él o enfrentarnos a las consecuencias del juicio de Dios
sobre una iglesia satisfecha de sí misma (véase Ap. 3:15–19). Los celos de Dios explican
su severidad, que constituye una expresión de su amor celoso y firme.
c. La ira de Dios expresa su severidad (1:2–3)
Mientras es razonable entender que los celos de Dios constituyan una expresión del
amor de su pacto, para numerosas personas es mucho más difícil comprender cómo un
Dios de amor puede definirse también como “vengador”, que “se venga” y es “irascible”
(1:2). Ser “irascible” podría traducirse literalmente “ser señor de la ira”. En este caso,
“Señor” tiene un sentido parecido a “experto” en algo; esto es, alguien que domina
totalmente un arte.253 El Señor sabe realmente lo que está haciendo cuando se venga
de sus enemigos. Es un ejemplo de la severidad de Dios, coherente con la revelación del
carácter del Señor a lo largo de las Escrituras.
Nahúm no duda en escribir acerca de la severidad y la ira del Señor (Jehová). Sin
embargo, la actitud moderna, incluso entre los que profesan ser cristianos, es evitar
hablar o predicar acerca del tema. Las palabras del Dr. Packer, escritas en 1972, siguen
siendo ciertas en la actualidad. Él escribió: “Aquellos que siguen creyendo en la ira de
Dios (no todos lo hacen) hablan poco de ella… En una era que se ha vendido sin pudor a
los dioses de la avaricia, la soberbia, el sexo y el egoísmo, la iglesia balbucea sobre la
bondad de Dios sin decir prácticamente nada acerca de su juicio… la realidad es que el
tema de la ira divina se ha vuelto tabú en la sociedad moderna, y los cristianos en
general lo han aceptado y se han propuesto no mencionar nunca el asunto”.
Es importante destacar que no hay nada vengativo ni caprichoso en la ira de Dios.
Esta es la reacción de su santidad al pecado y la maldad en el mundo. Nahúm nos
enseña que él se venga de sus enemigos y mantiene su ira contra ellos (1:2c). El profeta
está insistiendo claramente en que Dios no permitirá que sus adversarios y los de su
pueblo queden impunes de su maldad y su rebeldía.
Dios no mirará hacia otra parte dejando escapar a sus enemigos de su garfio. “El
73
Señor… guarda rencor a sus enemigos” (1:2d).
Todos reconocemos que existe la “indignación justa” y, aunque nunca podamos
conseguir llegar de forma perfecta a ese tipo de ira como humanos, los escritores
bíblicos nos enseñan que el Señor siempre actúa en coherencia con su justicia y amor
perfectos. Como dijo Abraham: “El Juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?”. Packer
pregunta: “¿Sería moralmente perfecto un Dios que no reaccionase de forma adversa al
mal en el mundo?”. Después, sigue diciendo: “Seguramente, no. Sin embargo,
precisamente esta reacción adversa al mal es una parte necesaria de la perfección
moral, que la Biblia contempla cuando habla de la ira de Dios”.258
Es definitivamente cierto que algunos cristianos siguen sintiendo que la doctrina de
la ira de Dios es contraria al amor del Señor. No pueden aceptar su severidad tan bien
como su benignidad. Nahúm nos está pidiendo que seamos lo suficientemente
humildes para poner nuestro entendimiento limitado ante de la luz de su “visión”
inspirada (1:1) procedente del Señor. El profeta expone para nosotros una descripción
teológica del Dios todopoderoso, que está celoso por el amor y la lealtad de su pueblo,
y por su propia reputación, y según su naturaleza justa, promete actuar contra sus
enemigos y contra el mal. Como señala Michael Wilcock: “El poder del Señor para
destruir es un estímulo cuando somos conscientes del mal existente a nuestro
alrededor, y una advertencia cuando recordamos el que hay dentro de nosotros”.
d. La paciencia de Dios modifica su severidad (1:3a)
Nahúm continúa estableciendo un fundamento teológico para su enseñanza acerca
del juicio divino y la venganza o retribución. El Señor que actúa contra “sus adversarios”
(1:2), y promete que “no dejará impune al culpable” (1:3b), también es descrito como
“lento para la ira” (1:3a). En su justicia, Dios debe castigar a los que se rebelan contra él
y sus leyes morales; y las Escrituras dejan claro que “todos pecaron y no alcanzan la
gloria de Dios” (Ro. 3:23), y que “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda
impiedad e injusticia de los hombres…” (Ro. 1:18). Sin embargo, Nahúm nos recuerda
que Dios también es “lento para la ira”.
Nahúm debió de haber conocido la historia de la misión de Jonás a Nínive unos cien
años antes, cuando este llevó un mensaje de juicio a esa ciudad pagana. Sus ciudadanos
merecían el juicio de Dios y Jonás esperaba que lo recibiesen (véase Jon. 4). Sin
embargo, el mensaje de Jonás habla de un Dios paciente, que es “lento para la ira”,
incluso para los ciudadanos de una ciudad pagana e idólatra. El narrador del libro de
Jonás nos dice: “Vino palabra del Señor por segunda vez a Jonás, diciendo: ‘Levántate,
ve a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré’ ” (Jon. 3:1–2).
El profeta obedeció y predicó un mensaje de juicio: “Dentro de cuarenta días Nínive
será arrasada” (Jon. 3:4). Sin embargo, la predicación de la palabra de Dios a Nínive
tuvo un efecto destacado. Se nos dice: “Y los habitantes de Nínive creyeron en Dios, y
proclamaron ayuno y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos”
(Jon. 3:5). El propio rey hizo una proclamación: “Cúbranse de cilicio hombres y
animales, y clamen a Dios con fuerza, y vuélvase cada uno de su mal camino y de la
74
violencia que hay en sus manos. ¡Quién sabe! Quizás Dios se vuelva, se arrepienta y
aparte el ardor de su ira, y no perezcamos” (Jon. 3:8–9). Por tanto, Dios, con paciencia y
gracia infinitas, salvó a Nínive del juicio inmediato y del castigo. “Y vio Dios sus acciones,
que se habían apartado de su mal camino; entonces se arrepintió Dios del mal que
había dicho que les haría, y no lo hizo” (Jon. 3:10).
¡Qué paciente es Dios! Él juzgará; él castigará la maldad; no dejara impune al
culpable. Sin embargo, él también está lleno de compasión, es paciente, misericordioso
y perdonador. Cuando el Señor (Jehová) dio los diez mandamientos a Moisés, se reveló
como “El Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en
misericordia y fidelidad; el que guarda misericordia a millares, el que persona la
iniquidad, la transgresión y el pecado”. Jehová era todo eso, aunque sigue diciendo que
“no tendrá por inocente al culpable”.261 De forma parecida, en la época del Nuevo
Testamento, cuando algunos cristianos se preguntaban si Dios juzgaría y castigaría a los
impíos, especialmente a sus propios perseguidores, el apóstol Pedro pudo escribir:
“Pero, amados, no ignoréis esto: que para el Señor un día es como mil años, y mil años
como un día. El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la
tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino
que todos vengan al arrepentimiento”.
El juicio divino debe entenderse a la luz de la paciencia y compasión del Señor, así
como de su severidad y justicia. El escritor de himnos John Newton comprendió bien
eso en su famoso himno “Sublime gracia”. Newton había vivido durante muchos años
como un pecador infame y un comerciante de esclavos. Incluso acabó viéndose
degradado como un esclavo durante un tiempo. Sabía que no merecía otra cosa que el
juicio de Dios por su vida de pecado, pero el Señor lo rescató de la esclavitud del
pecado y de “la ira venidera”, y Newton experimentó la sublime gracia y paciencia de
Dios. Él escribió:
“Sublime Gracia del Señor
que a un infeliz salvó.
Fui ciego mas hoy veo yo
perdido y él me halló.
Su Gracia me enseñó a tener,
mis dudas ahuyentó.
Oh cuán precioso fue a mi ser
cuando él me transformó”.
Muchos de nosotros habríamos rechazado a John Newton, con el tipo de
comentario que dice: “Tú te lo has buscado, ¡ahora atente a las consecuencias!”.
Imagino que bien podríamos haber hecho lo mismo con una superpotencia como Asiria.
¿Hubiéramos librado a la Unión Soviética de la destrucción mucho antes del colapso de
comunismo, de haber estado en nuestras manos? El Señor, que es “lento para la ira”,
ha sido lo suficientemente paciente como para esperar la caída repentina del mismo,
simbolizado por el derribo del Muro de Berlín, seguido por la emergencia de algunos
75
“brotes verdes” de evangelismo en las iglesias y universidades de la antigua Unión
Soviética. ¡Qué contentos deberíamos estar por el hecho de que la venganza esté en las
manos del Señor y no en las nuestras!. Él es paciente y compasivo. ¿Nos habría alegrado
ver asesinado a Hitler antes? ¿O a Mugabe destruido años atrás? La respuesta es, sin
duda, afirmativa, pero el Señor es “lento para la ira”. Es muy paciente con nosotros. No
quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.264
Otro ejemplo más de la paciencia del Señor se encuentra en la enseñanza de Jesús,
que dijo a sus discípulos que aprendiesen de los desastres y accidentes que acontecen
en la vida cotidiana, y los utilizasen como motivación para arrepentirse de sus pecados
antes de que fuese demasiado tarde. Así pues, cuando llegaron a oídos de Jesús noticias
relativas a ciertas atrocidades cometidas contra algunos galileos, cuya sangre “Pilato
había mezclado con la de sus sacrificios” (Lc. 13:1), el Maestro hizo dos observaciones.
En primer lugar, dejó claro que esos galileos no eran peores pecadores que cualquier
otro por haber sufrido de esa forma. Segundo, instó al pueblo a examinarse porque: “Si
no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc. 13:3). Jesús afirma también que las
dieciocho personas que murieron trágicamente cuando la torre de Siloé cayó sobre ellas
no eran más culpable que cualquier otro por haber sufrido ese infortunio. No obstante,
debemos aprender la lección que estas tragedias enseñan: la muerte puede
sobrevenirnos en cualquier momento y, después de ella, el juicio. Por tanto, es
necesario arrepentirse antes de que sea demasiado tarde (véase Lc. 13:1–5). El Dios
paciente nos advierte y pospone el juicio final.
De esta forma, Nahúm nos enseña que el Dios vengador es también el Señor
paciente y misericordioso. La expresión más completa de su justicia y misericordia se ve
en el Calvario, donde “Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los
injustos, para llevarnos a Dios”. En la cruz, Jesús bebió la copa de la ira de Dios266 a fin
de que los pecadores arrepentidos pudieran hacerlo de la de salvación. Nahúm nos dice
que “el Señor no dejará impune al culpable”. El Evangelio nos dice que, aunque todos
merecemos ser castigados, Cristo, que no tenía pecado, recibió ese castigo en nuestro
lugar. Como el apóstol Pablo escribió a los cristianos de Corinto: “Al que no conoció
pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en
él”.268
Así pues, Nahúm nos enseña que el Señor es “lento para la ira” y paciente con
nosotros. Sin embargo, equilibrando perfectamente la balanza, continúa recordándonos
la severidad de Dios, porque el Señor, que es “celoso” y paciente, también es “grande
en poder” y “no dejará impune al culpable” (1:3). Por tanto, aprendemos que
e. La soberanía de Dios controla su severidad (1:3–6)
Ya hemos destacado que, cuando los primeros cristianos se enfrentaban a la
oposición, se volvían en oración al soberano Creador, diciendo: “Oh, Señor, tú eres el
que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay”. Cuando recordaban el
poder de Dios como creador de todas las cosas, veían la fuerza de sus enemigos desde
una perspectiva diferente. Podían orar pidiendo valentía para comunicar la palabra de
76
Dios, cualquiera que fuese la oposición.
De forma parecida, Nahúm deja claro ahora a sus contemporáneos que el Señor
paciente también es poderoso, soberano en naturaleza e historia, y justo en todos sus
caminos.
(i) El Señor Soberano es poderoso en naturaleza (1:3c–6)
Hace algún tiempo, mi esposa Elizabeth y yo llevamos a tres de nuestros nietos a
visitar el zoológico local. Íbamos caminando al aire libre cuando de repente nos vimos
envueltos en una tormenta impresionante. Nubarrones negros se habían reunido
rápidamente. Resonaban los truenos. Relámpagos resquebrajaban el cielo. Grandes
gotas de lluvia caían sobre nosotros. Una de nuestras nietas, que tenía cuatro años en
ese momento, estaba comprensiblemente asustada. No se tranquilizó hasta que nos
refugiamos en una cueva en la que podían observarse madrigueras de tejón, y donde
nos pudimos resguardar de la lluvia. Ya relajada, la niña de cuatro años abrió los brazos
y exclamó con cierta teatralidad: “¡soy demasiado joven para morir!”.
No solo los niños de cuatro años se sienten impresionados, incluso aterrorizados,
por una tormenta. Nahúm nos deja una imagen de lo imponente que es el Señor en la
naturaleza, para humillarnos y darnos un sentido apropiado del “temor” o la reverencia
a nuestro Dios creador. “El Señor es… grande en poder, y ciertamente no dejará impune
al culpable. En el torbellino y la tempestad está su camino, y las nubes son el polvo de
sus pies… Los montes tiemblan ante él, y los collados se derriten; sí, en su presencia se
levanta la tierra, el mundo y todos los que en él habitan” (1:3, 5–6).
La descripción que Nahúm hace de las fuerzas de la naturaleza activas en el
torbellino, la tempestad y el terremoto viene marcada por su convicción de que el
Señor está controlando todo lo que ha hecho. La doctrina bíblica de Dios como creador
comienza con la declaración de que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”.
Como lo expresa Motyer: “Todos por igual… el suelo que aramos, la tierra que
investigamos, la vida que disfrutamos, el aire que respiramos, los alimentos que
comemos… deben su existencia a la mente y la mano de Dios”.271 Las Escrituras también
nos enseñan que el Señor nuestro creador sustenta todas las cosas en su conjunto. En
el Areópago, el apóstol Pablo dijo a los atenienses: “Porque en él vivimos, nos movemos
y existimos”. Nahúm y los demás profetas bíblicos creían que Dios estaba activo en la
naturaleza. El profeta Amós, por ejemplo, escribió: “El que hizo las Pléyades y el Orión
cambia las densas tinieblas en aurora y hace oscurecer el día en noche; el que llama a
las aguas del mar y las derrama sobre la faz de la tierra: el Señor es su nombre. Él es
quien desencadena destrucción sobre el fuerte y hace que la ruina venga sobre la
fortaleza”. En otras palabras, todo se encuentra bajo el control de nuestro poderoso
creador; y él está activo en su creación. Nosotros decimos: “está lloviendo” o “la hierba
crece”. El salmista dice: “Él riega los montes… hace brotar la hierba para el ganado”.274
Todo lo anterior debe alentarnos en gran manera, pero el mensaje de Nahúm
también nos humilla. “El torbellino y la tempestad” (1:3c) son señales de la poderosa
actividad del Señor en el mundo que ha creado. El Dr. Michael Butterworth destaca que
77
“las personas de la época de Nahúm construían su casa con ladrillos de barro secados al
sol, y un techo de vigas de madera y ramas cubierto por una capa de arcilla y cal. En la
tormenta, eran conscientes de su pequeñez frente al poder de la naturaleza”. Nahúm
está describiendo sin duda estos asombrosos fenómenos naturales para acentuar el
hecho de que, aunque el Señor es misericordiosamente “lento para la ira”, no debemos
abusar de su bondad y paciencia. Él es un Dios santo e impresionante que no dejará
impune al culpable (1:3b). Sin embargo, aunque el profeta hace hincapié en estos
versículos (1:2–6) en la ira y el enojo del Señor, también está recordando a los hijos de
Dios que él está con ellos, incluso en medio del juicio. “En el torbellino y la tempestad
está su camino”. Butterworth dice: “Él se siente como en su casa, por allí es por donde
pasea”. Él es el Creador soberano. Él lo controla todo.
Hay mucho sobre lo que reflexionar acerca de los desastres naturales (tempestades,
inundaciones, terremotos) que se producen en nuestros días. Sin duda, el asombroso
poder de Dios en la naturaleza nos explica nuestra debilidad y dependencia de él. Las
inundaciones en Nueva Orleans, los huracanes en Florida y el terremoto en L’Aquila,
Italia, son solo tres ejemplos de desastres acontecidos a principios del siglo XXI, que nos
recuerdan nuestra debilidad frente a la naturaleza.
Nahúm nos enseña que “en el torbellino y la tempestad está su camino” (1:3c). El
Señor está al mando. Él está a nuestro lado en la tormenta. Cuando Jesús estaba en el
barco con sus discípulos y se desató una tempestad repentina, estos tuvieron miedo,
pero él la calmó con una breve orden: “¡Cálmate, sosiégate! [lit. ‘sé amordazada’]”. No
es de extrañar que se preguntasen los unos a los otros: “¿Quién, pues, es este que aun
el viento y el mar le obedecen?”. Sólo Dios puede controlar la meteorología.277
Sin embargo, ¿cómo debemos entender los desastres naturales que provocan
numerosas pérdidas humanas si “en el torbellino y en la tempestad está” el camino del
Señor (1:3c)?
En primer lugar, deberíamos destacar de nuevo las palabras de Jesús acerca del
desastre que sobrevino sobre dieciocho personas que murieron aplastadas por una
torre que se desplomó en Siloé. El Maestro preguntó: “¿O pensáis que aquellos
dieciocho, sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató eran más deudores que todos
los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo que no”. No podemos asignar una
culpabilidad particular a los ciudadanos de Nueva Orleans, Florida, L´Aquila, o por
ejemplo, Hull, Northampton o Cockermouth en el Reino Unido, por haber sufrido
desastres naturales.
Sabemos por las Escrituras que en el pasado Dios ha juzgado en ocasiones a una
localidad determinada por una razón específica, por ejemplo Sodoma y Gomorra. No
obstante, incluso en este caso, debemos recordar lo que Jesús dijo acerca del mayor
pecado de los de Betsaida y Capernaúm, que oyeron sus palabras, vieron sus obras y
aun así lo rechazaron. El Maestro les dijo: “Os digo que en el día del juicio será más
tolerable el castigo para la tierra de Sodoma que para ti”, es decir, para la ciudad que
rechace al Señor.280 En el día del juicio, Dios tendrá en cuenta las oportunidades que
hemos tenido de escuchar el Evangelio. Por tanto, tenemos que ser cuidadosos y no
pronunciar un juicio definitivo sobre los demás; en su lugar, más vale que hagamos
78
examen de conciencia.
Segundo, es importante que tomemos nota de las palabras de advertencia de Jesús,
que nos llegan cada vez que oímos acerca de un desastre con una trágica pérdida de
vidas humanas: “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”.
Los desastres nos recuerdan que la vida es corta, que la muerte puede llegarnos en
cualquier momento, que esta vida no es todo lo que hay, y que deberíamos estar
preparados para encontrarnos con Dios, arrepentirnos de nuestros pecados y poner
nuestra confianza en el Señor. “Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y
después de esto, el juicio”. Los desastres naturales nos recuerdan todas estas cosas. Las
plagas en la época del éxodo fueron advertencias para el faraón y su pueblo, y un
llamamiento a que se arrepintiese y no endureciese más su corazón contra la palabra
de Dios.283 El libro de Apocalipsis retoma el tema cuando se tocan las siete trompetas
para llamar al pueblo a arrepentirse en buena disposición para el día del juicio. Algunas
de estas llamadas de trompeta tenían vinculación con desastres naturales y ecológicos
(Ap. 8–9).
El camino del Señor se encuentra “en el torbellino y en la tempestad” para
advertirnos sobre el juicio, y de la necesidad de arrepentimiento. Las palabras de C. S.
Lewis siguen resonando entre los cristianos: “Dios nos susurra en nuestros placeres,
habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor: es su megáfono para
despertar a un mundo sordo”.
El asombroso poder del Señor se describe también en la siguiente frase: “las nubes
son el polvo de sus pies”. Los ejércitos de las superpotencias, como Asiria, levantan el
polvo cuando marchan hacia las naciones que buscan invadir, pero Nahúm nos enseña
que Jehová es tan poderoso que “las nubes son el polvo de sus pies” (1:3c). Además,
con una palabra, el Señor es capaz de hacer lo que parece imposible: “Él reprende al
mar y lo hace secar” (1:4). Nahúm tiene en mente sin duda las historias del éxodo (Éx.
13–15) y de la travesía del Jordán para entrar en la tierra prometida (Jos. 3). El Señor
liberó a su pueblo y destruyó a sus enemigos con “brazo extendido” (un símbolo de
gran poder). El profeta continúa hablando de Basán, Carmelo y Líbano (1:4b). Los dos
primeros eran conocidos por sus exuberantes pastos y bosques, y los cedros del Líbano
eran famosos por su gran fuerza y durabilidad; sin embargo, el poder de Dios era tal
que Nahúm no tuvo dudas de que con una sola palabra suya “languidecen Basán y el
Carmelo, y las flores del Líbano se marchitan” (1:4b). Mackay comenta: “Si la gloria de la
naturaleza se marchita delante del Señor, ¿cuánto más lo hará la soberbia del
hombre?”.
El punto culminante de este pasaje (1:2–6) llega en la siguiente frase: “Los montes
tiemblan ante él, y los collados se derriten; sí, en su presencia se levanta la tierra, el
mundo y todos los que en él habitan” (1:5). Calvino comenta: “El mundo no puede
sostenerse por un solo momento, excepto si Dios lo sustenta con su favor y bondad.
Vemos lo que ocurriría de inmediato cuando él manifiesta las señales de su juicio. Si la
solidez de las montañas sería como la de la nieve o la cera, ¿qué ocurriría con los
miserables hombres, que son como una sombra o una aparición? Se desvanecerían tan
pronto como Dios manifestase su ira contra ellos…”.
79
Así pues, Nahúm expone ante nosotros la dura verdad: incluso estas cosas que
parecen las más duraderas, las colinas, la tierra, las rocas, así como el mundo y los que
viven en él (1:5) serán definitivamente desmenuzados y destruidos en la presencia del
Señor. “Su furor se derrama como fuego, y las rocas se despedazan ante él” (1:6). El
fuego se utiliza en ocasiones como símbolo de la santidad de Dios y de su juicio
purificador. Aquí, se hace hincapié principalmente en la “ira” de Dios (1:6b) que se
“extiende como el fuego” (Calvino) sobre “toda impiedad e injusticia de los hombres”.
Esta ira es la reacción santa de Dios al pecado en la vida del pueblo de Dios así como en
la de aquellos que lo conocen solamente a través de la naturaleza y no de las Escrituras.
Como el apóstol Pablo nos dice: “lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de
ellos… Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y
divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de
manera que no tienen excusa”.
No es de extrañar que Nahúm acabe este pasaje (1:1–6) con dos preguntas retóricas
que esperan sin duda una respuesta negativa: “¿Quién resistirá? ¿Quién se mantendrá
en pie ante el ardor de su ira?”. Nahúm acentúa esa ira del Señor utilizando cuatro
palabras diferentes en el texto hebreo (1:6) para describirla. El profeta no quiere que
dudemos de que Dios odia el pecado, de que no se puede jugar con él y de que todos
merecemos su justo juicio. Nadie puede presentarse ante él con sus propias fuerzas. La
naturaleza, con todo su maravilloso poder, nos recuerda lo débiles y diminutos que
somos delante de nuestro Creador. Por tanto, ¿cuál debería ser nuestra respuesta?
El rey David nos suministra un buen ejemplo de su reacción ante la ira de Dios. En
uno de los salmos atribuidos a él, escribe:
“…En mi angustia invoqué al Señor,
y clamé a mi Dios;
desde su templo oyó mi voz,
y mi clamor delante de él llegó a sus oídos.
Entonces la tierra se estremeció y tembló;
los cimientos de los montes temblaron
y fueron sacudidos, porque él se indignó.
Humo subió de su nariz,
y el fuego de su boca consumía;
carbones fueron por él encendidos” (Sal. 18:6–8).
Los desastres naturales y nacionales, así como las crisis personales, deberían ser
ocasiones para buscar la ayuda del Señor por medio de la oración. Son una llamada a
despertar y arrepentirse. Anuncian un día final de juicio cuando, como dijo el apóstol
Pedro: “Los cielos pasarán con gran estruendo, y los elementos serán destruidos con
fuego intenso, y la tierra y las obras que hay en ella serán quemadas… esperando y
apresurando la venida del día de Dios, en el cual los cielos serán destruidos por fuego y
los elementos se fundirán con intenso calor. Pero según su promesa, nosotros
esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia”.
80
Así pues, Nahúm nos ha explicado el poder del Señor en el mundo que él ha hecho y
sustenta. Ha hecho hincapié en la severidad y el enojo de Dios a fin de humillarnos. Sin
embargo, antes de proseguir examinando cómo equilibra el profeta la verdad de esa
severidad del Señor con su benignidad y bondad (1:7–15), necesitamos destacar
brevemente lo que dice aquí acerca del Señor soberano de la historia.
(ii) El Señor soberano es poderoso en la historia (1:4)
Ya hemos destacado que Nahúm está refiriéndose con casi total seguridad a dos
acontecimientos históricos del pasado de Israel cuando escribe que el Señor “reprende
al mar y lo hace secar” (1:4). En la época del éxodo, cuando los israelitas escaparon de
Egipto, parecieron quedar atrapados entre el ejército egipcio que los seguía y la orilla
del Mar Rojo. El narrador nos cuenta:
“Entonces dijo el Señor a Moisés…’Di a los hijos de Israel que se pongan en
marcha. Y tú, levanta tu vara y extiende tu mano sobre el mar y divídelo; y los
hijos de Israel pasarán por en medio del mar, sobre tierra seca… Entonces
sabrán los egipcios que yo soy el Señor…’. Extendió Moisés su mano sobre el
mar; y el Señor, por medio de un fuerte viento solano que sopló toda la noche,
hizo que el mar retrocediera; y cambió el mar en tierra seca, y fueron divididas
las aguas. Y los hijos de Israel entraron por en medio del mar, en seco, y las
aguas les eran como un muro a su derecha y a su izquierda… Cuando Israel vio el
gran poder que el Señor había usado contra los egipcios, el pueblo temió al
Señor, y creyeron en el Señor y en Moisés, su siervo” (Éx. 14:15–16, 18, 21–22,
31).
El libro de Éxodo también nos cuenta que el Señor no sólo salvó a su pueblo, sino
que juzgó a los egipcios: “Aquel día salvó el Señor a Israel de mano de los egipcios; e
Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar… Israel vio el gran poder que el Señor
había usado contra los egipcios”.
Por tanto, cuando Nahúm escribe acerca del Señor que “reprende al mar y lo hace
secar” (1:4), nos recuerda a un Dios que actúa en la historia tanto para liberar a su
pueblo como para juzgar a sus enemigos. También podría estar refiriéndose al
momento en el que los israelitas cruzaron el Jordán para entrar en la tierra prometida,
bajo el liderazgo de Josué. En el libro de Josué, leemos que tan pronto como “los pies
de los sacerdotes que llevaban el arca se mojaron en la orilla del agua… las aguas que
venían de arriba se detuvieron y se elevaron en un montón, a una gran distancia… y las
que descendían hacia el mar de Arabá, el Mar Salado, fueron cortadas completamente.
Y el pueblo pasó frente a Jericó”.
Al describir el poder de Dios en la naturaleza y la historia, Nahúm nos ha ayudado a
comprender nuestra debilidad y dependencia de un Creador y Redentor santo y
soberano. Él nos ha llamado, implícitamente, para hacer frente a las dos preguntas
retóricas (1:6) en humildad y oración, porque sin su ayuda no podemos “resistir” su
81
indignación o mantenernos “en pie ante el ardor de su ira”. Nahúm también nos ha
instado a poner nuestra confianza y esperanza en Dios, porque el Señor que es
poderoso en la historia ha actuado de tal forma que ha liberado a su pueblo de la
esclavitud (el éxodo) y la frustración (al cruzar el Jordán después de pasar años en el
desierto). Los creyentes cristianos pueden mirar atrás de igual forma a un
acontecimiento histórico aún más maravilloso, cuando Jesús vino al mundo a salvar a
los pecadores. Él cargó en la cruz con el juicio y la ira de Dios que todo pecador merece.
Por su muerte, resurrección y exaltación, él nos libera de la esclavitud del pecado y de
la frustración de la vida sin su Espíritu.
Cuando analizamos de nuevo los seis primeros versículos del libro de Nahúm,
descubrimos que el profeta ha centrado nuestra atención en el propio Señor. Nos ha
enseñando que él es un “Dios celoso y vengador”. Él odia el pecado y juzgará a los
pecadores, porque es santo y justo. Sin embargo, esos celos significan que está
totalmente comprometido con su pueblo. Por tanto, deberíamos tener celo en
entregarle nuestro compromiso y lealtad de todo corazón. El profeta también nos ha
enseñado que Dios es paciente y vengador. Él “no dejará impune al culpable” (1:3b), de
forma que podemos estar seguros de que se hará justicia y se verá cómo se hace. No
obstante, él también es paciente y “lento para la ira”. Así pues, si soy sabio, no abusaré
de su benignidad y paciencia; más bien, renunciaré de mis pecados y pondré mi
confianza en el Señor antes de que sea demasiado tarde. Finalmente (en esta sección),
Nahúm nos enseña que el Señor es poderoso y activo tanto en la naturaleza como en la
historia. La lección aquí es que debemos estar dispuestos a humillarnos delante del
Señor y confiar en un futuro que se encuentra en las manos de nuestro fiel Creador
soberano que “obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad”.
Hasta aquí, pues, Nahúm ha hecho hincapié en la severidad de Dios y su ira contra el
pecado. Es una parte necesaria de su explicación teológica del juicio divino, pero ahora
equilibra esa verdad acentuando la benignidad y bondad de Dios (1:7–15). Este es el
momento de volvernos hacia esta realidad.
2. La benignidad de Dios: el Señor es bueno (1:7–15)
La Biblia presenta la bondad de Dios de varias formas diferentes. Existe la idea de la
perfecta bondad moral de Dios, que contrasta con la maldad de la humanidad. Cuando
el joven rico se dirigió a Jesús en la historia evangélica con las palabras “Maestro
bueno”, Jesús respondió diciendo: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino
sólo uno, Dios” (Mr. 10:17). Por tanto, cuando Nahúm dice que el Señor es bueno
(1:7a), bien puede tener en mente la bondad perfecta de un Dios santo, en contraste
con la naturaleza pecadora y los hechos malvados de la humanidad.
La declaración de que el Señor es bueno también apunta a la forma en la que Dios
es activamente bueno hacia todas las personas. El salmista escribió: “El Señor es bueno
para con todos, y su compasión, sobre todas sus obras” (Sal. 145:9). Jesús expresó la
misma idea en el Sermón del Monte cuando dijo que el mismo Dios que llama a sus
seguidores a amar a sus enemigos y orar por ellos, también “hace salir su sol sobre
82
malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45).
Así pues, ¿cómo demuestra Dios su bondad a todas las personas? Nahúm ya nos ha
enseñado que el Señor se enfurece por el pecado y castiga a los impíos; él “se venga de
sus adversarios, y guarda rencor a sus enemigos” (1:2). Sin embargo, ¿cómo actúa con
bondad positiva en el mundo que ha creado y sostiene, sobre el cual reina como Señor
soberano? En estos pocos próximos versículos (1:7–15), Nahúm cita numerosos
ejemplos de la bondad del Señor.
a. “Bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia” (1:7b)
No hay duda de que Nahúm debía de tener en mente numerosos casos diferentes
de “días de angustia” que tanto él como sus contemporáneos estarían sufriendo. Por
ejemplo,
(i) Los problemas relacionados con el miedo al juicio divino
Stephen Travis señala apropiadamente que “juicio es en sí un término neutral.
Implica responsabilidad, pero no presupone ningún veredicto particular. Según el
Nuevo Testamento, el juicio final, como cualquiera que se celebre en la tierra, puede
emitir un veredicto de absolución o condenación para cualquier individuo”. Por tanto,
el miedo al juicio divino reside en la posibilidad de que sea condenado y no absuelto el
día del juicio final.
Ahora, Nahúm ha escrito de forma elocuente acerca de la severidad del Señor
(1:1–6) y de la majestad e ira de un asombroso Dios cuyo “furor se derrama como
fuego” (1:6b). Él ya ha contestado a las preguntas: “¿Quién resistirá? ¿Quién se
mantendrá en pie ante el ardor de su ira?” (1:6).
No hay duda de que nadie puede presentarse absuelto ante este Dios santo y
asombroso si no hace de él su refugio. Los pecadores que no merecen otra cosa que el
justo juicio de Dios necesitan correr hacia él y ampararse en su bondad y gracia. Si nos
cobijamos en él ya no tenemos por qué temer el juicio y la condenación divinos.
Los cristianos saben dónde pueden encontrar hoy ese refugio: en el Calvario, donde
Jesús murió “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”. A. M. Toplady nos nuestra
cómo podemos hacer de Jesús nuestro refugio, y escapar de la condenación de un Dios
santo, en su famoso himno “Roca de la eternidad”:
“Roca de la eternidad,
fuiste abierta para mí;
sé mi escondedero fiel;
sólo encuentro paz en ti;
eres puro manantial
en el cual lavado fui.
Aunque yo aparezca fiel,
del pecado no podré
83
justificación lograr;
Solo en ti, teniendo fe,
y aunque llore sin cesar,
puedo mi perdón hallar.
Mientras deba aquí vivir,
mi postrer suspiro al dar,
cuando vaya a responder
a tu augusto tribunal:
sé mi escondedero fiel,
Roca de la eternidad” (A. M. Toplady, 1740–1778).
El apóstol Pablo escribió lo siguiente a los cristianos en Roma: “No hay ahora
condenación para los que están en Cristo Jesús”. Cuando hacemos del Señor nuestro
refugio, no hemos de temer el juicio divino.
Cuando hablaba del día de la angustia, Nahúm también tenía en mente sin duda
(ii) Los problemas relacionados con enfrentarse al peligro
Aunque no podamos estar seguros del tiempo y lugar exactos del ministerio de
Nahúm (véase p. 115), sabemos con certeza que él y sus contemporáneos se
enfrentaban frecuentemente al peligro. Nahúm predicó probablemente durante el
reinado de Manasés (687–642 a.C.). Ya hemos destacado que el escritor de 2 Reyes nos
cuenta que este monarca descarrió al pueblo de tal manera “que hicieron lo malo más
que las naciones que el Señor había destruido delante de los hijos de Israel”. Debió ser
una época peligrosa para los verdaderos creyentes en Jehová. Asiria también constituía
una amenaza continua para los que vivían en Israel y Judá. Sin embargo, a pesar de
todas las adversidades que sufrían Nahúm y sus contemporáneos, el profeta confiaba
en la protección del Señor. Él podía decir con confianza: “Bueno es el Señor, una
fortaleza en el día de la angustia” (1:7a).
Una de las historias más conmovedoras de la Segunda Guerra Mundial nos habla de
una valiente mujer cristiana, Corrie ten Boom, que arriesgó su vida junto a su familia
para esconder judíos de los nazis en la Holanda ocupada. Finalmente, alguien los
traicionó y la enviaron junto a su hermana a numerosos campos de concentración,
incluyendo el tristemente célebre Ravensbruck. Su hermana falleció antes del fin de la
guerra, pero Corrie sobrevivió a esos días difíciles. Después del conflicto armado, ella
contó su historia en un libro llamado El refugio secreto. Su testimonio no sólo hablaba
de que escondió judíos en su casa en Holanda, sino de que fue capaz de refugiarse en el
Señor, que le dio las fuerzas necesarias para afrontar el peligro y soportar tanto
sufrimiento. Ella demostró la verdad de las palabras de Nahúm: “Bueno es el Señor, una
fortaleza en el día de la angustia”.
Otro ejemplo más de la verdad de estas palabras se encuentra en el libro Kikuyu
Conflict, escrito en 1953, en la época de la insurgencia Mau-Mau en Kenia. El autor, el
84
canónigo Cecil Bewes, relata muchas historias acerca de la valentía de los cristianos
africanos que eran frecuentemente objetivo de los ataques Mau-Mau. Un día, por
ejemplo, un maestro kikuyu se vio encañonado por la pistola de un Mau-Mau que le
apuntaba a la cabeza. Inmediatamente, recordó un versículo de la Biblia, que había
leído en el tiempo devocional familiar esa misma mañana: “El nombre del Señor es
torre fuerte, a ella corre el justo y está a salvo” (Pr. 18:10). El maestro clamó enseguida:
“¡Jesús, Torre!”, y el disparo salió desviado. Otro disparo, y de nuevo el grito: “¡Jesús,
Torre!”. Se produjeron cuatro en total, interrumpidos por el nombre de Jesús. ¡Los
cuatro erraron el blanco!
Cecil Bewes prosiguió diciendo: “Existen historias de heroísmo, pero también de
sufrimiento y crueldad… Brillando en medio de ellas se encuentra la tranquila serenidad
amistosa del hermano cristiano; el primero en llegar cuando se produce cualquier
desastre; valiente en sus propias aflicciones, pero amable y compasivo ante el dolor de
los demás. Me uní a una de las reuniones de comunión: ‘No tenemos miedo’, dijo uno
de los líderes, ‘nuestra vida está en manos de Dios; y si morimos, solo podemos ir a
morar con él. Todo esto ha hecho real al Señor Jesús para nosotros’. Otro se puso de
pie. ‘Cuando te sacan a rastras de tu choza de noche para que hagas el juramento’, dijo,
‘ese es el momento de demostrar si Jesucristo lo significa todo para ti o nada en
absoluto’ ”.
El Señor es bueno. Él quita el miedo al juicio. Ayuda a los que se refugian en él para
enfrentarse al peligro y, como está claro que no todos escapan de la muerte en esas
situaciones límite, también ayuda a los que se enfrentan a la misma.
(iii) Los problemas relacionados con el momento de afrontar la propia muerte
El escritor A. N. Wilson ha relatado cómo, después de pasar muchos años
burlándose de los cristianos y de la iglesia cristiana, se ve ahora como un cristiano
comprometido y fiel asistente a la misma. Nos cuenta que una razón para su nueva fe
ha sido el testimonio de “cristianos corrientes” que, en palabras de Nahúm, se han
dado cuenta de que “bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia” (1:7).
Wilson escribió: “Mi fe ha surgido en gran medida por la vida y el ejemplo de
personas que he conocido… ni famosas, ni santas, sino amigos y parientes que han
vivido y han afrontado la muerte a la luz de la historia de la resurrección, o en la
tranquila aceptación de que tienen un futuro después de morir”.
Como ministro, me he encontrado en muchas ocasiones junto a personas con una
enfermedad terminal, en “el valle de sombra de muerte”. Aquellos que se han
refugiado en el Señor han hablado con frecuencia de su bondad, no sólo en el pasado
cuando estaban sanos y bien, sino incluso cuando se enfrentan a una muerte
inminente. Se ha citado a John Wesley diciendo lo siguiente, en referencia a los
cristianos: “Nuestra gente muere bien”. Ese ha sido mi testimonio una y otra vez
cuando he visitado a los enfermos y los moribundos. Nahúm tiene razón. Dios es bueno.
Aquellos que buscan refugio en él pueden decirlo incluso cuando están a punto de
morir, porque, como el apóstol Pablo escribió a la luz de la muerte y resurrección de
85
Jesús: “Estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida… ni ninguna otra cosa creada
nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.
b. “El Señor… conoce a los que en él se refugian” (1:7)
Nahúm prosigue garantizando a “los que en él se refugian” que el mismo Señor los
conoce. La palabra hebrea (yada’) traducida “conocer” tiene el sentido de un
conocimiento íntimo y personal. En Génesis (4:1), por ejemplo, el término se emplea
para describir las relaciones sexuales entre Adán y Eva. Jeremías utiliza la misma
palabra para hacer referencia al compromiso de Dios con él incluso antes de que
naciese: “Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí [yada’]” (Jer. 1:5); y
Amós habló esta palabra de Dios a Israel: “Sólo a vosotros he escogido [yada’] de todas
las familias de la tierra” (Am. 3:2), indicando la relación de pacto singularmente íntima
con su pueblo. La frase “los que en él se refugian” puede traducirse también “los que
confían en él”. Por tanto, la bondad y el cuidado de Dios por su pueblo surgen de su
conocimiento amoroso e íntimo de ellos. Él conoce y cuida a aquellos que se refugian
en él.
Es una verdad asombrosa que el Creador soberano, descrito de forma tan
excepcional en las primeras palabras de la profecía de Nahúm, es también el buen
Señor que conoce personal e íntimamente a aquellos que se refugian en él. Las palabras
de Jesús confirman esta misma verdad cuando dice: “Yo soy el buen pastor. El buen
pastor da su vida por las ovejas… conozco mis ovejas y las mías me conocen, de igual
manera que el Padre me conoce y yo conozco al Padre…”.
Fue esa relación personal con Dios por medio de Cristo la que sustentó a Terry
Waite en sus cinco horrorosos años como rehén en Beirut. Waite escribe de forma
honesta acerca de los altibajos de su experiencia espiritual en cautividad. Hubo
momentos en los que experimentó la “noche oscura del alma” y no sintió la presencia
de Dios con él. Sin embargo, al mirar atrás a esos cinco años de sufrimiento que él y su
familia habían soportado, concluyó su conmovedor relato con estas palabras: “Sigue
habiendo un largo camino que recorrer y debo continuar. Dios ha sido bueno conmigo y
con los que amo”.
El Señor conoce y protege a aquellos que se refugian en él. Puede que no
reconozcamos su bondad en medio de una crisis o en el trauma del sufrimiento, pero,
como Terry Waite, podemos mirar atrás y ver cuán bueno ha sido Dios. Por muy difíciles
que sean las circunstancias de nuestra vida, podemos confiar en la palabra de Dio
cuando dice: “Bueno es el Señor… y conoce a los que en él se refugian” (7b). El Señor se
ha comprometido con nosotros, incluso hasta el punto de morir por nosotros en la cruz.
Él nos conoce totalmente. ¿Por qué no íbamos a confiar en él?
c. El Señor es bueno. Él derrota a los que se oponen a él (8–15)
Algunos comentaristas consideran que esta sección del libro de Nahúm hace
hincapié en la severidad de Dios al juzgar a Nínive. Sin embargo, como el nombre
86
“Nínive” sólo aparece en el primer versículo como título general, y después lo hace de
nuevo en el capítulo 2 (v. 8) [[En LBLA, también en 1:8]], creo que estos versículos
(1:7–15) pueden seguir perteneciendo al epígrafe “Bueno es el Señor” (1:7a). Es bueno
que el Señor sea “una fortaleza en el día de la angustia” (1:7b) y que conozca o proteja
“a los que en él se refugian [confían]” (1:7c). No obstante, también es bueno que él
derrote a sus enemigos y a los de su pueblo; por tanto, ¿no es factible que esta sección
(1:8–15) trate en términos más generales de la derrota infligida por Dios a sus
enemigos, aunque Asiria y Nínive no estén lejos de los pensamientos del profeta, y que
Nahúm nos esté recordando que el Señor es bueno independientemente de cuándo lo
haga?
La NVI añade el nombre de Nínive en los versículos 8, 11 y 14 del primer capítulo
[[LBLA, en 1:8]]. El mismo no aparece en el texto hebreo. También añade a Judá de la
misma forma en el versículo 12.
En su exposición de la historia de la muerte de Absalón, hijo del rey David (2 S.
18:1–19:8), Dale Ralph Davis explica este mismo concepto. Cuenta la historia del
famoso predicador escocés Alexander Whyte, uno de cuyos brazos quedó atrapado en
una máquina de trillar siendo niño. Todos pensaron que no había esperanza de salvar el
brazo. Davis continúa: “Una vecina, experta en medicina casera, no permitió que
realizasen una intervención quirúrgica drástica al chico. El dolor era tremendo, por lo
que la madre de Whyte pidió a la vecina que volviese. Esta examinó el brazo y dijo: “Me
gusta el dolor. Me gusta el dolor”. No se equivocaba. El brazo sanó, el dolor era un
componente de la curación. Ambos elementos iban de la mano”. Ralph Davis sigue
diciendo: “Esta misma situación se produce en nuestro texto. Si el reino de Dios
gobernado por su Rey escogido debe salvarse, es necesario destruir al enemigo que
asalta ese Reino. Dios no garantiza una salvación segura a su iglesia si no juzga de forma
definitiva a sus enemigos. Debemos dejar de orar pidiendo liberación del mal si no
anhelamos su destrucción (véase 1 Jn. 3:8). De lo contrario, somos como un paciente al
que se va a extirpar un cáncer y que pide a su doctor que sea considerado con el
mismo… la preservación del reino de Dios implica que todos sus enemigos deben
perecer”.
Así pues, creo que Nahúm nos está enseñando que Dios es bueno al (a) derrotar a
sus enemigos (1:8), (b) frustrar sus planes (1:9–11); y (c) destruir su cultura (12, 14).
(i) El Señor derrota a sus enemigos (1:8a)
La imagen de una “inundación desbordante” (1:8a) llama inmediatamente nuestra
atención hacia el juicio de Dios en la historia del diluvio en los días de Noé (Gn. 6–9).
Este “era un hombre justo, perfecto entre sus contemporáneos; Noé andaba con Dios”
(Gn. 6:9). La historia continúa: “Y miró Dios a la tierra, y he aquí estaba corrompida,
porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra. Entonces Dios dijo a
Noé: ‘He decidido poner fin a toda carne, porque la tierra está llena de violencia por
causa de ellos; y he aquí, voy a destruirlos juntamente con la tierra’ ” (Gn. 6:12–13). Sin
embargo, en su bondad, Dios salvó a Noé y su familia: “Entonces entró Noé en el arca, y
87
con él sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos, a causa de las aguas del diluvio”
(Gn. 7:7). Después de que retirasen las aguas, el Señor, de nuevo en su bondad, hizo
una promesa a Noé y su familia, y a toda la humanidad: “Nunca más volveré a destruir
todo ser viviente como lo he hecho. Mientras la tierra permanezca, la siembra y la
siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche nunca cesarán” (Gn.
8:21–22).
“Bueno es el Señor”. Hay misericordia en medio del juicio. El Señor destruirá a sus
enemigos, pero él conoce y cuida a los que se refugian en él (1:7–8).
Los que creen que Nahúm sólo está pensando en Nínive en esta parte de su profecía
(véase 1:8), señalan que una inundación contribuyó de forma significativa a la captura
de Nínive: “Las compuertas de los ríos se abren, y el palacio se llena de terror” (2:6). Si,
como creo, la “inundación desbordante” apunta al juicio de Dios en la época de Noé,
entonces las palabras de Jesús en los evangelios vienen a la mente para desafiarnos. En
su bondad, Jesús advirtió a sus contemporáneos, y a todos nosotros en la actualidad,
que las lecciones del diluvio pudieron no aprenderse y que muchos de nosotros no
estaremos preparados para el día final de juicio, como ocurrió a los coetáneos de Noé
con el diluvio. Recordemos que Jesús dijo: “Tal como ocurrió en los días de Noé, así será
también en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en
casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a
todos… Lo mismo acontecerá el día en que el Hijo del Hombre sea revelado”.309
Dios es bueno para prevenirnos acerca de estar preparados para ese día final de
juicio. Él acabará con todos aquellos que se oponen a él. Podemos prestar atención a su
advertencia, como hicieron Noé y su familia, y hacer de Dios nuestro refugio (1:8).
Nahúm añade otra imagen de juicio junto a su advertencia de inundación:
“Consumirá a sus adversarios (RVR60) y “tinieblas perseguirán a sus enemigos (RVR60)”,
o como la mayoría de las traducciones dicen: “Perseguirá a sus enemigos aun en las
tinieblas” (véase LBLA, NTV, NVI). La luz y las tinieblas son temas frecuentes en las
Escrituras. En el Antiguo Testamento, la luz es un símbolo de la presencia y bendición
de Dios,311 en contraste con la oscuridad que simboliza el juicio y desagrado del Señor.
En el Nuevo Testamento, Jesús nos enseña que los hombres aman las tinieblas en lugar
de la luz porque sus hechos son malos. Si Nahúm está diciendo que las tinieblas
persiguen a los enemigos de Dios, simplemente está señalando las consecuencias del
pecado. Este nos separa de Dios, elimina el sentido de su presencia, nos vuelve almas
perdidas. Las tinieblas nos abruman. La oscuridad nos persigue, hasta que nos volvemos
hacia el Señor y podemos decir: “El Señor es mi luz y mi salvación”.313
La mayoría de los traductores prefieren la opción: “Perseguirá a sus enemigos aun
en las tinieblas” (1:8c). Parece referirse a que el propio Dios persigue a sus enemigos
para garantizar que no escapen con “las obras de las tinieblas”. La bondad y la justicia
de Dios exige que los que se oponen a él sufran el juicio y experimenten las tinieblas de
esa separación del Señor que ellos mismos han elegido. Algunos comentaristas apoyan
la opinión de que Nahúm se está refiriendo aquí a Nínive. Sin embargo, Eaton ve una
figura demoníaca detrás de Nínive y de la diosa Ishtar, una de sus deidades femeninas.
Él explica este versículo diciendo: “El profeta anuncia que Dios eliminará su ciudadela y
88
expulsará a sus aliados a las tinieblas del mundo inferior al que pertenecen”.315
Independientemente de cómo entendamos estas dos imágenes del juicio, la
inundación y las tinieblas de Dios, Nahúm nos está instando a ver la bondad de Dios al
ocuparse del pecado y el mal. Dios “consumirá a sus adversarios” (1:8). Él derrota a
quien se opone a él. Asimismo, los cristianos se gozan de que Jesús haya derrotado
definitivamente a sus enemigos por medio de su muerte y resurrección. En palabras del
apóstol Pablo, Jesús, “habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un
espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de él” (Col. 2:15). Nosotros
también podemos vencer a Satanás y a los poderes demoníacos, reivindicando la
victoria de Cristo sobre nuestro enemigo. Como dice el libro de Apocalipsis: “El
acusador de nuestros hermanos [Satanás]… ha sido arrojado. Ellos lo vencieron por
medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos…”.
Recuerdo un grupo de estudiantes que vinieron a verme a Edimburgo porque el
apartamento de estudiantes que alquilaron tenía una extraña atmósfera de opresión y
presagio, que no comprendían pero creían de algún modo satánico. Oramos juntos en
el nombre del Señor Jesús. Reivindicamos la victoria de Cristo sobre toda maldad
espiritual en el Calvario. Pedimos al Señor, en base a su victoria sobre Satanás en la
cruz, que alejase a cualquier espíritu malo que estuviese presente. Dios oyó nuestras
oraciones y proveyó alivio duradero y paz a ese grupo de estudiantes cristianos. El
Señor derrota al enemigo. Él es bueno para los que se refugian en él.
(ii) El Señor frustra los planes de sus enemigos (1:9–11)
Nahúm deja claro ahora que los enemigos de Dios conspiran contra el Señor. Por
tanto, aunque el profeta tiene en mente la amenaza a Judá por parte de la
superpotencia asiria, el peor pecado de esta y sus líderes es que está conspirando
“contra el Señor”. Siempre es importante reconocer el pecado como lo que realmente
es. Cuando el rey David cometió adulterio con Betsabé, esposa de Urías, y envió a este a
una muerte segura en la primera línea de batalla, pecó contra Urías y Betsabé. Sin
embargo, se dio cuenta de que su mayor pecado fue contra el propio Dios: “Porque yo
reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra
ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo
cuando hablas, y sin reproche cuando juzgas”.
El juicio de Dios de los que conspiran contra él tiene justificación (1:9). Él lo lleva a
cabo en parte frustrando los planes de sus enemigos. Cualquiera que sea la
conspiración contra el Señor, él le pondrá fin; “No surgirá dos veces la angustia” (9). Así
pues, cuando Dios frustra en su soberanía los planes de sus enemigos, no existe
posibilidad alguna de que los mismos se puedan volver a poner en marcha. El juicio de
Dios es total. Ni habrá una segunda oportunidad.
Una pista (1:11) indica que detrás de cada conspiración contra Jehová y su pueblo se
encuentran los gobernantes de Asiria, incluyendo a Senaquerib y Asurbanipal. También
es posible que Nahúm vea detrás de ellos y de todos los enemigos de Dios, a un
enemigo espiritual, identificado con “Belial” por la referencia. En el Antiguo
89
Testamento, “Belial” es una descripción general de lo que no vale nada. Por
consiguiente, pasa a significar “impiedad”, o en el versículo 11, “consejero perverso”.
Un poco después (1:15c), Nahúm parece emplear Belial (“el malvado”) como nombre
propio. Sin duda, “consejero perverso” podría traducirse “consejero Belial”. Más
adelante, Belial fue un nombre identificado con “las huestes espirituales de maldad en
las regiones celestiales” y Satanás.321
No hay duda de que el sentido de las palabras de Nahúm es que,
independientemente de cuál sea la conspiración y de quién esté detrás de la misma,
Dios frustrará sus planes y derrotará a sus enemigos. En algunos aspectos, por
supuesto, caerán por sus propios errores, “como espinos enmarañados” (1:10a),
incapaces de escapar sin daño de las consecuencias de su comportamiento y su estilo
de vida.
“Espinos enmarañados” bien puede ser una referencia que se remonta al libro de
Génesis (3:18). Allí, Dios declara que su juicio sobre la desobediencia de Adán incluye su
maldición de la tierra de forma que el suelo produzca “espinos y abrojos” para el
hombre. En otras palabras, los que conspiran contra el Señor caerán bajo la maldición
de Dios, merecedores de su juicio. También se piensa que los que se encuentran
malditos por Dios se ven “enmarañados” e incapaces de liberarse de las consecuencias
de su pecado. Podemos ver cómo este hecho se produce en las personas que son
adictas al alcohol o las drogas. Sin embargo, ocurre asimismo de forma menos drástica
en aquellos que, por ejemplo, están inmersos en una relación indebida, o en los que
están obsesionados con el dinero, el sexo o la ambición.
La referencia a estar “ebrios con su bebida” puede estar refiriéndose a una cultura
del beber que destruye su racionalidad y capacidad de pensar sensatamente sobre ellos
y su vida. En la actualidad este problema es particularmente relevante en el Reino
Unido. Sin embargo, estar “ebrios con su bebida” también puede ser una metáfora para
los efectos del pecado en general que aturde a la mente. El libro de Apocalipsis describe
a “la mujer… vestida de púrpura y escarlata”, el símbolo de un Imperio malvado e
inmoral, sosteniendo en su mano una copa de oro “llena de abominaciones y de las
inmundicias de su inmoralidad… la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre
de los testigos de Jesús”. La inmoralidad y la persecución del pueblo de Dios merecen el
juicio del Señor y eso es exactamente lo que promete por medio de Nahúm: “serán
consumidos como paja seca” (1:10c). No es una imagen bonita, pero concuerda con la
bondad de Dios que insiste en que aquellos que conspiran contra él sufrirán pérdidas.
Su plan contra Dios y su pueblo se frustrará y no triunfará.
No hay duda de que resulta tremendamente alentador que el Señor frustre los
planes de sus enemigos. El rey David se vio envuelto en una situación delicada cuando
corría el peligro de perder tanto su corona como su vida. Absalón, su hijo rebelde,
estaba a punto de llevar a cabo con éxito un golpe de Estado contra su padre, cuando
decidió consultarlo a sus consejeros. Ahitofel, que había sido desleal a David, era el más
experimentado de ellos. Él aconsejó bien a Absalón, diciéndole que debía atacar
rápidamente a David y sus seguidores. Sorprendentemente, Absalón preguntó a otro
consejero de menos confianza, que sugirió un plan distinto, posponer el ataque; ese
90
hombre era Husai, un espía en el campamento de Absalón. Este siguió su consejo, fue
derrotado y murió. ¿Dónde estaba Dios en todo esto? El narrador nos dice: “El Señor
había ordenado que se frustrara el buen consejo de Ahitofel para que el Señor trajera
calamidad sobre Absalón”.
En algunas ocasiones, nos encontramos en situaciones en las que la obra de Dios
sufre todo tipo de dificultades y oposición, y los enemigos del Señor parecen estar por
todas partes. Nahúm nos recuerda continuamente que el Señor es soberano. Él pondrá
fin a los que conspiran contra él. Y frustrará sus planes. Utiliza personas (como Husai) y
naciones (como Asiria) para hacerlo. Es totalmente cierto que “para los que aman a
Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a
su propósito”. A veces, cuando otros se oponen a nosotros y a la obra de Dios, e incluso
tratan de hacernos daño, podemos decir con José: “Vosotros pensasteis hacerme mal,
pero Dios lo tornó en bien” (Gn. 50:20).
(iii) El Señor destruirá la cultura de sus enemigos (12, 14)
Al final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, no sólo Berlín y otras ciudades
alemanas acabaron destruidas, y la máquina nazi del Tercer Reich desmantelada.
También se condenó a una cultura totalmente atea y deshumanizante, pero no se
destruyó totalmente, y unos pocos grupos minoritarios muy pequeños tratan de
mantener vivo el sueño nazi. No obstante, se puede decir con justicia que la cultura nazi
ha quedado destruida en gran medida.
La cultura se ha definido como “un sistema integrado de creencias, valores,
costumbres e instituciones… que vinculan a toda una sociedad, otorgándole un sentido
de identidad, dignidad, seguridad y continuidad”. No obstante, queda claro que en
algunas culturas llega un momento en que el mal ha crecido hasta tal punto que es
demasiado tarde para cambiar o transformarse, por lo que el juicio y la destrucción son
inevitables.
Nahúm está convencido, como veremos en el resto del libro, de que Asiria y Nínive
han alcanzado ese punto, aunque en ese momento están “con todo su vigor” y son
“muchos” (1:12a). Sin embargo, el Señor dice: “Aun así serán cortados y
desaparecerán”. Nahúm hace hincapié en que “el Señor ha dado una orden en cuanto a
ti” (1:14a), la cual conducirá sin duda a la destrucción total de su malvado estilo de vida.
Si Nahúm tiene a Asiria en mente cuando escribe, las palabras de juicio, “no se
perpetuará más tu nombre” (14b), serán especialmente apropiadas para los
descendientes de Asurbanipal. Según inscripciones ajenas al relato bíblico, este
monarca había expresado su deseo de que su hijo honrase y preservase su nombre. Era
un asunto de orgullo personal para el rey.
Sin embargo, Dios es nuestro juez. Él tiene la última palabra. Él conoce el verdadero
valor del legado que dejaremos para las generaciones futuras. Su mensaje para aquellos
que gobiernan sobre una cultura hostil a él es duro: “No se perpetuará más tu nombre”.
O. P. Robertson presenta un ejemplo de la naturaleza malvada de la cultura asiria,
sacado de los anales de Asurbanipal. Este rey dejó una anotación grabada en piedra, en
91
la cual se jactaba de lo siguiente:
“Yo construí una columna contra la puerta de su ciudad, y desollé a los jefes
de la revuelta, y cubrí la columna con su piel; emparedé a algunos dentro de la
columna, empalé a otros con estacas sobre ella, y clavé a otros en maderos
alrededor de ella; desollé a muchos dentro de las fronteras de mi propia tierra, y
esparcí su piel sobre los muros; y corté las extremidades de los oficiales de alto
rango, de los oficiales reales que se habían rebelado”.
Por supuesto, tales atrocidades no se limitan a la antigüedad. El Holocausto durante
la Segunda Guerra Mundial, los campos de trabajo en la Unión Soviética estalinista, los
campos de exterminio de Camboya, así como el sufrimiento y la crueldad de recientes
dictaduras en África, Asia y Oriente medio nos recuerdan que “más engañoso que todo
es el corazón”, y que “no hay justo, ni aun uno”.332 Además, Gran Bretaña, Estados
Unidos y las fuerzas de coalición en Irak y Afganistán no se libran de las acusaciones de
maltrato a los prisioneros y otras atrocidades en el escenario de la guerra. Sin duda, la
bondad de Dios ha evitado que él nos destruya como hizo con Asiria en su momento.
Debemos estar en guardia ante el hecho de que nuestra propia nación y cultura se
vuelvan cada vez más merecedoras del juicio de Dios. Hace poco, oí a un obispo de la
Iglesia de Inglaterra decir a un gran grupo de cristianos que tenemos que ser más
contraculturales en Gran Bretaña hoy en día porque gran parte de nuestra cultura
presente se ha vuelto secular, anticristiana e inútil.
En la actualidad, los cristianos tienen la responsabilidad de tratar de influenciar e
incluso transformar nuestra cultura a la luz de la verdad del Evangelio y la Biblia.
Podemos comenzar a hacerlo orando por nuestros líderes y nuestra nación. Podemos
hacerlo predicando y enseñando la Palabra de Dios.334 Podemos hacerlo viviendo vidas
piadosas, siendo sal y luz en el mundo, y negándonos a permitir que el mundo nos meta
a la fuerza en su molde. Podemos hacerlo dando testimonio de los valores cristianos en
la plaza pública,336 lo que en nuestra época bien puede incluir escribir cartas a nuestros
gobernantes locales o personas con cargos importantes, y buscar otras oportunidades
de exponer de la esperanza que tenemos (1 P. 3:15–17).
Nahúm cumplió sin duda con su parte a la hora de que la Palabra de Dios tuviese
relevancia en las culturas contemporáneas. Él estaba seguro de que el Señor juzgaría a
una cultura que obligaba a las personas a apartar su mirada del Dios viviente y dirigirla
hacia aquello que prometía mucho pero no valía nada realmente. Asiria, por ejemplo,
tenía muchos dioses y solía adoptar los de las naciones que conquistaba. Los ponían en
sus propios templos. Sin embargo, a la vista de Dios, esos dioses eran solo “ídolos” e
“imágenes de fundición”, hechos por manos humanas. Así pues, Jehová dijo: “De la casa
de tus dioses arrancaré los ídolos y las imágenes de fundición” (1:14c). Estos ídolos
prometían mucho, pero no daban nada. Conducían a la muerte y no a la vida, a la
frustración y no a la salvación.
Por medio de Nahúm, Dios dice: “Yo prepararé tu sepultura, porque eres vil”
(1:14d). Esto puede querer decir que la cultura asiria será enterrada y destruida, porque
92
es despreciable y malvada. También podía referirse al último rey asirio que bien pudo
morir a mano de sus enemigos los babilonios y ser enterrado por ellos. Los líderes
soberbios se preocupan por la forma en que morirán. ¿Iba a sufrir Asurbanipal la
indignidad final de una tumba preparada por decreto de Dios pero consumada por su
victorioso enemigo? ¡Cómo han caído los poderosos! No obstante, Dios es bueno para
advertirnos de que destruirá las culturas de aquellas naciones que conspiran contra él y
atacan a su pueblo.
d. El Señor es bueno, él libera a los afligidos (12–13)
En su relato autobiográfico de su vida The Vicar of Baghdad, en el Irak posterior a
Saddam Hussein, Andrew White cuenta una historia conmovedora acerca de su
importante papel en una ciudad increíblemente peligrosa. Él escribe:
“Por muy horrible que sea la tragedia, mi Señor está ahí. En medio del mayor
caos del que he sido testigo en el Irak posterior a la guerra, o en Gaza, o en
Belén durante el asedio, he seguido viendo la gloria de Dios… He contemplado
los cielos abiertos y he atisbado algo de la majestad, el poder y el amor de Dios.
Cuando la vida está llena de desesperación, tan solo la gloria de Dios puede
sustentar verdaderamente. En algunas épocas, todo ha salido mal, amigos y
colegas han muerto, y ha parecido no haber esperanza. Es en tiempos así
cuando pido a Dios que me muestre su gloria… cuando me muevo entre
personas poderosas en el Pentágono, el Congreso y el Parlamento, pido ver la
gloria de Dios, y en todos esos lugares la he visto. Cuando el poder y la gloria se
unen, somos testigos del cambio. Esta es la razón por la que digo que mi trabajo
tiene relación con ambos elementos… el poder de los que dirigen el mundo y la
gloria de Dios que mueve el universo. Las personas han intentado mantenerlos
separados durante demasiado tiempo; sin embargo, el Señor obra en el tiempo
y el espacio, y deben permanecer juntos… Egipto, Asiria… que es Irak… e Israel
son lugares en los que trabajo y tengo una profunda sensación de que, en medio
de todo este conflicto, el Señor está aquí y su Espíritu con nosotros. Toda mi
esperanza para este mundo roto descansa en Dios. Y es una inmensa
esperanza…”.
Esta larga y conmovedora cita del libro de Andrew White contiene mucho del
espíritu de Nahúm. El profeta también trabajó en un lugar peligroso en una época
peligrosa. Las naciones poderosas amenazaban la paz de Jerusalén y la seguridad del
pueblo de Dios. Nahúm, como White, dirigió a las personas hacia la gloria y la majestad
de Dios, y buscó reunir al pueblo con su Señor.
Hasta ahora hemos observado que Nahúm ha hablado acerca de la severidad de
Dios (1:1–5), así como de su ira y su juicio sobre el pecado y la maldad en el mundo.
Después, continuó describiendo la bondad del Señor (1:6–15), que cuida de los que se
refugian en él, derrotando a los enemigos de estos y a los suyos. Sin embargo, hemos
93
omitido el comentario de dos versículos (1:12–13) que hablan del juicio disciplinante y
de la salvación liberadora de Dios.
(i) Dios disciplina a las naciones (1:12)
A pesar de que la NVI añada el nombre “Judá” (1:12), cuando este no aparece en el
texto hebreo, es posible que Nahúm esté refiriéndose al juicio disciplinante de Dios en
general y no limitándolo a Judá. Los asirios, por ejemplo, habían conquistado muchas
naciones, sometiéndolas a una extraordinaria aflicción. Así pues, Jehová puede estar
dirigiéndose a las mismas, cuando dice: “Aunque te haya afligido… no te afligiré más. Y
ahora, quebraré su yugo de sobre ti, y romperé tus coyundas” (1:12–13). Jehová es
Señor de todas las naciones. Anhela que todas las personas se vuelvan a él en
arrepentimiento, fe y obediencia. Aflige a las naciones a fin de poder liberarlas y
llevarlas a sí mismo. El profeta Isaías comparte sin duda esa visión y tiene esperanza
cuando mira al futuro: “Aquel día habrá una calzada desde Egipto hasta Asiria; los
asirios entrarán en Egipto, y los egipcios adorarán junto con los asirios. Aquel día, Israel
será un tercero con Egipto y con Asiria, una bendición en medio de la tierra, porque el
Señor de los ejércitos lo ha bendecido, diciendo: ‘Bendito es Egipto mi pueblo, y Asiria
obra de mis manos, e Israel mi heredad’ ”. Los juicios disciplinantes de Dios, su
“megáfono para un mundo sordo”, se aplican a toda nación. ¿No aprendió el Reino
Unido como nación (aunque por poco tiempo) a volverse a Dios en oración durante los
bombardeos de Londres en la Segunda Guerra Mundial? ¿No deberíamos haber
aprendido nosotros la misma lección tras los ataques terroristas en Nueva York y
Londres más recientemente? Por supuesto, decir que Dios pudo utilizar dichos
atentados como un megáfono para advertirnos y hacernos volver a él no significa que
los instrumentos empleados para llevarlos a cabo estén libres de culpa por ello. El
apóstol Pedro dejó claro este concepto cuando habló acerca de la crucifixión de Jesús:
“A este, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios,
clavasteis en una cruz por manos de impíos y le matasteis”.341 Las Escrituras nos
enseñan a aferrarnos a ambas verdades: la soberanía de Dios y la responsabilidad de la
humanidad.
En la época de Nahúm, muchas personas que vivían en Israel al norte y Judá al sur
serían conscientes de las aflicciones y sufrimientos soportados por el pueblo de Dios.
Asiria y sus aliados habían oprimido a la tierra y dominado a sus habitantes.
Introdujeron dioses extraños y persiguieron y se burlaron del pueblo del Señor. No
obstante, ninguno de ellos se encontraba fuera del propósito soberano de Dios. Nahúm
nos enseña: “Así dice el Señor… aunque te haya afligido…” (1:12).
A lo largo de la historia bíblica, el pueblo de Dios ha sufrido los juicios disciplinantes
del Señor. El salmista vio la mano de Dios en las aflicciones de su vida personal cuando
escribió: “Antes que fuera afligido, yo me descarrié, mas ahora guardo tu palabra” (Sal.
119:67). Después, siguió diciendo: “Bueno es para mí ser afligido, para que aprenda tus
estatutos” (119:71). La iglesia perseguida que sufre da testimonio con frecuencia de la
bondad del Señor en medio de las aflicciones. La iglesia en China, por ejemplo, que
94
crece con gran rapidez, ha sufrido mucho, pero da fe de la forma en que tales
aflicciones han conducido a los creyentes a una confianza más profunda en la Palabra
de Dios y a un conocimiento más profundo del propio Señor.
En el Nuevo Testamento, los cristianos también dan testimonio de la bondad de
Dios en sus juicios disciplinantes. Como dice el escritor de Hebreos: “Al presente
ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han
sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia”. Debemos
destacar que no aprendemos automáticamente estas lecciones de las aflicciones. Estas
deben “ejercitarnos” o prepararnos mientras luchamos, oramos y pensamos en lo que
el Señor quiere enseñarnos en medio del sufrimiento.344
Entonces, ¿qué significa la promesa de Dios: “no te afligiré más”? Puede significar
que los asirios, como instrumentos del juicio disciplinante de Dios, ya no afligirán más al
pueblo del Señor, algo que se cumplió, tal como él prometió. Él dijo: “Serán cortados y
desaparecerán” (1:12). Después de la caída de Nínive, Asiria fue destruida y nunca más
afligió al pueblo de Dios. Otra opción es que esta promesa estuviese esperando el día
final de juicio cuando el pueblo de Dios estará seguro y libre de todo sufrimiento. O.
Palmer Robertson escribe: “Posiblemente, el profeta ve a Nínive como la
representación típica del archienemigo de Israel, y su destrucción como el símbolo del
acto final de juicio de Dios. Cualquiera que se manifestase como acérrimo oponente del
pueblo del Señor en las generaciones futuras, podía estar seguro, a partir de la
experiencia de Nínive, de que Dios lo destruiría y liberaría a su pueblo. El Señor se
preocupa por su pueblo de forma vital en todas sus aflicciones. Cuando llegue el
momento oportuno para su salvación, él los liberará de toda opresión”.
En el libro de Apocalipsis, Juan nos da una visión del cielo y del fin de todas las
aflicciones. Para aquellos que pertenecen a Dios, cuyos nombres están “escritos en el
libro de la vida del Cordero”, Juan escribió: “Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya
no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han
pasado. Y el que está sentado en el trono dijo: ‘¡He aquí, yo hago nuevas todas las
cosas!’ ”.347 Ese día, la promesa de Dios, “no te afligiré más”, se cumplirá finalmente.
Dios es bueno. Él puede afligir a su pueblo, pero lo hace por su bien. Además, no
sólo habla de sus juicios disciplinantes, sino también de su salvación liberadora
(1:12–13).
(ii) Dios libera a las personas (1:13)
Nahúm es consciente de que algunos miembros del pueblo de Dios han sufrido ya la
opresión política de una superpotencia en su propio país, así como la humillación de
verse encadenados como prisioneros en un campo de trabajos forzados en el
extranjero. El “yugo” (1:13), por tanto, puede ser una referencia metafórica a la
opresión política. Las “coyundas” (13b) deben referirse a otras formas de opresión y
cautividad. Sin embargo, Nahúm también tendría en mente la esclavitud espiritual que
es una experiencia universal. En la época del éxodo, los hebreos eran esclavos y
necesitaban que alguien les devolviese su libertad; no obstante, este acontecimiento
95
tiene un significado espiritual más profundo. La Pascua nos enseña que un cordero
debía morir sacrificado para redimir a los miembros del pueblo de Dios y salvarlos de
sus pecados; el Nuevo Testamento nos dice que “Cristo, nuestra Pascua, ha sido
sacrificado [por nosotros]”, y que Jesús es “el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo”.349 Así pues, cuando Nahúm comunica la promesa de Dios, “ahora, quebraré su
yugo de sobre ti, y romperé tus coyundas (1:13), está apuntando más allá de la opresión
política y la esclavitud. Se refiere a la libertad del pecado, y la plenitud en Jesús.
Jesús enseñó que “todo el que comete pecado es esclavo del pecado”; y la Biblia
deja claro que “todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios”351 y que “no hay justo, ni
aun uno… todos se han desviado, a una se hicieron inútiles”. Pocos escritores modernos
han descrito mejor el poder esclavizador del pecado que Somerset Maughan en su
novela parcialmente autobiográfica Of Human Bondage. Philip, el personaje principal de
la historia, abraza la fe cristiana, pero, tras una visita a París, decide que ya no cree más
en Dios. Como ateo, llega a la conclusión de que ya no necesita vivir según el modelo
moral cristiano, especialmente en lo referente a la moralidad sexual. Elimina los límites
y se dispone a disfrutar. Un amigo le dice: “Pareces un esclavo satisfecho de tus
pasiones”. Philip responde: “Un esclavo porque no puedo evitarlo, pero no satisfecho”.
Maughan analiza el carácter de Philip:
“Philip estaba asombrado por la debilidad de su voluntad. Le parecía que
cualquier emoción lo arrastraba, como una hoja a merced del viento. Cuando la
pasión le agarraba, perdía toda su fuerza. No tenía dominio propio… Pensaba en
lo que iba a hacer y, cuando llegaba el momento de actuar, no podía hacerlo,
atrapado por los instintos, las emociones, no sabía por qué… su razón era como
una persona que miraba, observaba los hechos, pero no tenía poder para
interferir”.
El apóstol Pablo expresó el poder y la esclavitud del pecado de forma aún más
impactante. Escribe a un creyente cristiano cuando dice: “Sabemos que la ley es
espiritual, pero yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado. Porque lo que hago,
no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino lo que aborrezco, eso
hago”.
Nahúm comunica buenas noticias a aquellos que estaban experimentando
diferentes formas de esclavitud. Dios los liberará: “Y ahora, quebraré su yugo de sobre
ti, y romperé tus coyundas” (1:13). Jesús vino para hacerlo posible. Él establece los
objetivos de su misión en la sinagoga de Nazaret, citando a Isaías, y aplicando la
descripción a sí mismo.
“El Espíritu del Señor está sobre mí
porque me ha ungido para anunciar el Evangelio a los pobres.
Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos,
y la recuperación de la vista a los ciegos;
para poner en libertad a los oprimidos;
para proclamar el año favorable del Señor”.
96
Queda claro que Jesús no “ponía en libertad” a prisioneros de guerra, sino a
aquellos que se encuentran en la esclavitud del pecado y la culpa, de Satanás,357
atrapados por la avaricia y el engaño, y apesadumbrados.359 La palabra traducida
“poner en libertad” (aphesis) puede emplearse con el sentido más general de “soltar”;
sin embargo, también significa “perdonar”, y la misión de Jesús era hacer posible el
perdón. Él vino “para dar su vida en rescate por muchos”,361 pagando el precio por
nuestros pecados por medio de su muerte sacrificial en la cruz. La libertad que Jesús
ofrece es principalmente espiritual.
En la actualidad, muchas personas consideran que libertad es vivir en democracia en
lugar de una dictadura. La enseñanza de Jesús no dice nada en absoluto sobre esto. No
significa que él no se identificase con esa parte de la profecía de Isaías que hablaba de
un ministerio del Siervo compasivo y preocupado por los pobres, los cautivos, los ciegos
y los oprimidos. Sin embargo, su propósito principal era liberar a las personas de la
esclavitud del pecado y de todas sus terribles consecuencias.
Pocos han descrito esa experiencia interior de liberación mejor que el compositor
de himnos, Charles Wesley:
“Mi alma, atada en la prisión, anhela redención y paz.
De pronto vierte sobre mí la luz radiante de su faz.
Cayeron mis cadenas, vi mi libertad, ¡y le seguí!
(Charles Wesley, 1707–88).
Así pues, “si el Hijo [Jesús] os hace libres, seréis realmente libres”.
e. La respuesta a lo que Dios hace por su pueblo (1:15)
Nahúm efectúa ahora una pausa (1:15) para realizar un llamamiento al pueblo de
Dios a reaccionar ante lo que el Señor ha hecho y hará en su severidad y bondad. Este
versículo también vincula la explicación teológica del capítulo uno con la ilustración
histórica del juicio en el dos y el tres.
Nahúm nos ha enseñado que Dios, en su severidad, “se venga de sus adversarios”
(1:2b). Seguidamente, afirma que, en su bondad, será “una fortaleza en el día de la
angustia” (1:7); derrotará a aquellos que se oponen a él (1:8–12). En este versículo final
(1:15), hace hincapié de nuevo en la importancia de destruir “por completo” al
“malvado”.
En su bondad, Dios también disciplina a los que ha “afligido” (1:12b) y libera a los
que están en la esclavitud (1:13). El juicio divino es una expresión de la severidad y
bondad de Dios. En la primera, él siempre odia el pecado. Como el profeta Habacuc dijo
a Dios: “Muy limpios son tus ojos para mirar el mal, y no puedes contemplar la
opresión”. Sin embargo, Nahúm insiste igualmente en que Dios es bueno siempre, y un
refugio para aquellos que depositan su confianza en él (1:7).
Por tanto, ¿cuál debería ser nuestra respuesta a todo lo que Dios ha hecho o hará
por su pueblo? Jehová se dirige ahora claramente a Judá (1:15b), realizando un
97
llamamiento a que sus habitantes reaccionen haciendo tres cosas: gozarse en las
buenas noticias, celebrar en adoración y cumplir sus promesas.
(i) Mirar al mensajero, un llamamiento a gozarse en las buenas noticias (1:15a)
La mayoría de nosotros hemos experimentado el alivio que produce oír buenas
noticias tras un período de sufrimiento, opresión o fracaso, cuando nuestro espíritu se
encuentra abatido. En Judá, la opresión de los asirios debió haber quebrantado el
ánimo de muchos miembros del pueblo de Dios. Sin embargo, ahora, por fin, Nahúm
puede comunicar una buena noticia: “He aquí sobre los montes los pies del que trae
buenas nuevas, del que anuncia la paz” (1:15a).
Los “montes” pueden ser los que están alrededor de Jerusalén, haciendo que la
promesa de “paz” sea muy cercana. También pueden ser una metáfora de una
proclamación muy pública de sus buenas noticias; no tendría lugar en un rincón o en
secreto. La mención de los “pies” del mensajero sugiere a alguien que ha viajado cierta
distancia, quizás desde el escenario de una batalla y una victoria gloriosa. El núcleo del
mensaje era la “paz”, traducción de la palabra hebrea empleada, shalom, que significa
mucho más que un “cese de hostilidades” o “el fin de un conflicto”. Shalom es una
palabra que indica “plenitud”. Engloba “la paz con Dios” y la plenitud en relación a él;
transmite la idea de armonía en nuestras relaciones con otras personas, y de paz dentro
de nuestro ser, descritas por el apóstol Pablo como “la paz de Dios, que sobrepasa todo
entendimiento”; y también incluye la armonía con el entorno.
Cuando Dios dice que levantemos nuestros ojos al mensajero que trae “buenas
nuevas” (1:15), está llamando a su pueblo a gozarse en este mensaje de paz, con todas
sus consecuencias, y a celebrar lo que el Señor ha hecho y hará por su pueblo.
Isaías empleó un lenguaje muy parecido cuando profetizó la liberación de Israel de
los babilonios. Utilizó la palabra “hermosos” para describir los pies del mensajero
porque es un ministerio bonito y privilegiado llevar buenas noticias a los que están en
cautividad; independientemente de que el pueblo de Dios sea liberado de los
egipcios,368 los asirios, o los babilonios,370 se le llama a gozarse en el gran poder
salvador de Dios. El profeta Isaías escribió:
“Porque así dice el Señor: ‘Mi pueblo descendió a Egipto al principio para
residir allí; después los asirios sin motivo los oprimieron… sin cesar mi nombre
es blasfemado todo el día. Por tanto, mi pueblo conocerá mi nombre… ¡Qué
hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que
anuncia la paz, del que trae las buenas nuevas de gozo, del que anuncia
salvación, y dice a Sion: «¡Tu Dios reina!»’ ” (Is. 52:4–7).
Estos actos de redención de Dios en la historia apuntan todos al realizado por Cristo,
tremendo, en su vida, muerte, resurrección y exaltación. Por tanto, el apóstol Pablo citó
estas palabras de Nahúm e Isaías para promover la obra de evangelismo por todo el
mundo, tanto para los gentiles como para los judíos. Él recuerda a los cristianos en
98
Roma que “todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”. Después, continúa
diciendo:
“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán
en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y
cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: ‘¡Cuán hermosos
son los pies de los que anuncian el evangelio del bien!’ ” (Ro. 10:14–15).
Las palabras de Nahúm acerca de “los pies del que trae buenas nuevas, del que
anuncia la paz”, apuntan al futuro, a una salvación y una paz más allá de la liberación de
los asirios o incluso de los babilonios; a la salvación en Cristo y la paz con Dios, y a todo
lo que sigue en la vida del Espíritu. Es un estímulo para los cristianos compartir estas
buenas nuevas con los demás. También es un desafío para los cristianos apoyar en
oración, ofrendar y ayudar de otras formas prácticas a los que trabajan como
evangelistas en nuestro propio país, así como a los enviados a otras naciones como
misioneros del evangelio de paz. Como el apóstol Pablo escribió hace aproximadamente
dos mil años: “¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no
son enviados? Tal como está escrito: ‘¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian
el evangelio del bien!’ ”.
(ii) “Celebra tus fiestas”, un llamamiento a celebrar en adoración (1:15b)
Dios ha mostrado a Nahúm que vendrá un mensajero con noticias de victoria sobre
Asiria, con un mensaje de paz. Dios no sólo llama a su pueblo a gozarse en las buenas
nuevas, sino también a celebrarlo reinstaurando los servicios de adoración en el
templo. “Celebra tus fiestas, Judá” (15b).
Este llamamiento a la adoración puede ser una convocatoria de reunión antes de
que llegue el mensajero, estando aún sin resolver los peligros y problemas del pueblo.
En ocasiones, un creyente tal vez deje de adorar junto a otros creyentes cuando pasa
por dificultades en la vida. Por ejemplo, alguien podría decir después de una pérdida:
“No puedo volver a la iglesia. Tengo tantas dudas y tantos problemas que sería un
hipócrita si vuelvo”. Otro podría simplemente sentirse abatido y deprimido por las
circunstancias de su vida; y de este modo, justo cuando más necesita la ayuda de la
gracia de Dios, dejan de reunirse con el pueblo de Dios y de recibir su gracia y poder
mientras le adoran. La gracia de Dios para su pueblo estaba disponible por medio de los
sacrificios. Por esta razón, Nahúm llamó al pueblo del Señor a celebrar sus fiestas. Jesús
también instó a sus discípulos a reunirse y partir el pan “en memoria” de su muerte. Él
les enseñó a amarse, exhortarse y apoyarse los unos a los otros.372 El escritor de
Hebreos también exhortó asimismo a los cristianos que sufrían persecución, diciendo:
“Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no
dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos
unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca”.
Así pues, Nahúm insta al pueblo de Dios en Judá a reinstaurar sus festividades y, por
99
tanto, a purificar su adoración, así como a celebrar y dar gracias al Señor por todo lo
que ha hecho y hará por su pueblo. Las circunstancias de su vida pueden ser
desalentadoras y traumáticas en ese momento, pero la paz y la victoria están a la vuelta
de la esquina. Nahúm parece estar diciendo: “¡Celebrad vuestras fiestas AHORA!”.
No sabemos con certeza qué festividades tiene en mente Nahúm. O. Palmer
Robertson sugiere con acierto que “las tres festividades anuales de Israel y sus
equivalentes del nuevo pacto podían considerarse vehículos naturales por medio de los
cuales el pueblo de Dios diera expresión a su continuo regocijo en la salvación. La
comida de la Pascua, que tiene su equivalente en el Nuevo Testamento en la
celebración de la Cena del Señor… La festividad de Pentecostés, que corresponde a la
realidad del derramamiento del Espíritu Santo en el nuevo pacto… El fruto del Espíritu
en la experiencia cotidiana de una persona provee una causa continua para celebrar. La
fiesta de la cosecha de las enramadas recuerda la abundancia de provisión que Dios
hace para su pueblo, mientras este continúa su peregrinaje”.
Nahúm nos recuerda que Dios nos llama a celebrar sus poderosos hechos en
adoración comunitaria. Nos animamos los unos a los otros a hacerlo. En las
“festividades” del nuevo pacto, miramos atrás recordando y dando gracias por todo lo
que Dios ha hecho por nosotros en Cristo, especialmente por medio de su muerte en la
cruz por nosotros;376 miramos arriba en gratitud a Dios por su provisión diaria para
nuestras necesidades, físicas, materiales y espirituales; y miramos hacia delante a su
victoria final sobre el pecado, el mal y todo lo que se opone a Dios, que viene indicado
por esta promesa de la derrota total del imperio asirio. “Porque nunca más volverá a
pasar por ti el malvado [Belial]; ha sido exterminado por completo” (1:15c).
La adoración conjunta en el templo y la iglesia, sin embargo, debe ir acompañada
por la “adoración” y la obediencia en la vida cotidiana. Por tanto, Dios pide una
respuesta más:
(iii) Cumple tus votos, un llamamiento a mantener nuestras promesas (15b)
Un amigo mío, que ya ha pasado a la presencia del Señor, me contó hace años que
durante la Segunda Guerra Mundial, siendo soldado, había hecho una promesa a Dios.
Él no era cristiano entonces, pero prometió al Dios de cuya existencia no estaba seguro
que buscaría la verdad si sobrevivía a la guerra. Me dijo, sonriendo, que él era la prueba
de lo cierto que era el viejo dicho: “No hay ateos en las trincheras”. Finalmente, salvó su
vida. Cuando fue a la Universidad de Oxford después del conflicto armado, mantuvo la
promesa hecha al Señor. Cumplió su voto. Leyó la Biblia, buscó la verdad del Evangelio y
se convirtió en un cristiano comprometido. Pasó el resto de su vida sirviendo a Cristo
dentro de su profesión y en su iglesia local.
En la época de Nahúm, las personas también hacían promesas y votos. En la de
Moisés, el pueblo prometió de forma comunitaria obedecer la ley de Dios. Estas
promesas seguían siendo vinculantes para Judá. Algunos también hacían votos a Dios,
en ocasiones antes de una batalla, y sin duda durante la misma. Jefté hizo una promesa
desastrosa antes de una contienda, en la época de los jueces en Israel (véase Jueces
100
11). El libro de Jueces nos dice: “Y Jefté hizo un voto al Señor, y dijo: ‘Si en verdad
entregas en mis manos a los hijos de Amón, sucederá que cualquiera que salga de las
puertas de mi casa a recibirme cuando yo vuelva en paz de los hijos de Amón, será del
Señor, o lo ofreceré como holocausto’ ”.La tragedia de esta historia es que la primera
persona que encontró fue su única y amada hija. Una de las lecciones de esta fatal
historia es que deberíamos tener cuidado con las promesas que hacemos a Dios. En el
libro de Deuteronomio leemos: “Cuando hagas un voto al Señor tu Dios, no tardarás en
pagarlo, porque el Señor tu Dios ciertamente te lo reclamará, y sería pecado en ti. Sin
embargo, si te abstienes de hacer un voto, no sería pecado en ti”. En otras palabras, no
hagas promesas a Dios que no puedas mantener; y a la luz de la insensatez del voto de
Jefté, y de su trágico final, es necesario añadir que deberíamos arrepentirnos
inmediatamente si nos damos cuenta de que hemos prometido algo que no deberíamos
haber prometido. Las Escrituras nos enseñan a ser cuidadosos y reflexivos acerca de lo
que decimos. En ocasiones, en la iglesia cristiana esperamos que la congregación
entone cánticos que hacen promesas a Dios que nos pueden parecer difíciles de
cumplir. Debemos recordar estas palabras: “Lo que salga de tus labios, cuidarás de
cumplirlo, tal como voluntariamente has hecho voto al Señor tu Dios, lo cual has
prometido con tu boca” (Dt. 23:23).
Este hecho debería evitar que hablemos de forma descuidada y hagamos promesas
imposibles. También debería provocar nuestro arrepentimiento inmediato.
Mantener nuestros votos y promesas a Dios es importante. De hecho, la obediencia
práctica de este tipo demuestra la realidad de nuestra adoración. El salmista lo resume
perfectamente:
“Señor, ¿quién entrará en tu tabernáculo?
¿Quién morará en tu santo monte?
El que anda en integridad y obra justicia,
que habla verdad en su corazón.
El que no calumnia con su lengua… el que aun jurando en perjuicio propio, no
cambia…
El que hace estas cosas permanecerá firme” (Sal. 15:1–5, cursivas añadidas).
Sin embargo, ¿qué ocurre a aquellos que se niegan a andar en el camino de Dios y le
dan la espalda? La respuesta teológica reside en el justo juicio de un Dios que es, al
mismo tiempo, severo y bueno. No obstante, Nahúm nos presenta ahora una
ilustración histórica de cómo obra en la práctica este juicio divino, con la destrucción de
Nínive (Nahúm 2 y 3).
El juicio divino: ilustración histórica
101
Nahúm 2:1–3:19
1. La destrucción de Nínive. Descripción de la acción (2:1–13)
En la primera sección de su libro, Nahúm ha dado una explicación teológica del
juicio de Dios al describir la severidad y bondad del Señor, y su relación con las naciones
en términos generales (cap. 1). Ahora, se centra en una ilustración particular del juicio
divino, la destrucción de Nínive, la capital de la superpotencia Asiria en el siglo VII a.C.
(cap. 2).
Nahúm comienza este capítulo con un llamamiento a Nínive a fin de que se prepare
para la llegada de su destructor (2:1), y con una promesa de liberación para el pueblo
de Dios (2:2). Después describe el ataque contra Nínive (2:3–5), la destrucción de la
ciudad (2:6–10) y la aplastante derrota del ejército asirio (2:11–13).
Nahúm cuenta la historia de la caída de Nínive de una forma poética y elocuente, y
el mensaje es claro. El Señor está detrás de esos acontecimientos en la historia. Él es
soberano sobre todas las naciones. “El Señor ha dado una orden en cuanto a ti” (1:14)
se aplica sin duda a Nínive. Por tanto, Nahúm describe lo que Dios hará y lo que ha
decretado en su soberanía. La caída de Nínive es una ilustración clásica de juicio y
retribución divinos, así como de la soberanía de Dios en la historia.
Podemos aprender numerosas lecciones de esta próxima sección (cap. 2).
a. Los propósitos de Dios se cumplirán por muy desconcertantes que sean sus actos
(1)
Resulta fácil olvidar que Nahúm está escribiendo antes de la caída de Nínive (612
a.C.). En circunstancias normales, los ciudadanos de esta ciudad esperarían poder
defenderla sin demasiadas dificultades. “Monta guardia en la fortaleza, vigila el camino;
fortalece tus lomos, refuerza más tu poder” (2:1). Este mandato debía ser suficiente
para acabar con cualquier amenaza del enemigo. Sin embargo, esta vez es diferente.
Nahúm advierte a los asirios: “El destructor ha subido contra ti… (2:1). En primera
instancia, esta frase se refiere a las fuerzas aliadas de babilonios, medos y escitas, que
iban a recorrer toda Mesopotamia para atacar y destruir finalmente Nínive en 612 a.C.
Sin embargo, en segundo lugar, “el destructor” es sin duda una referencia al Señor
soberano, como rey guerrero, que viene a juzgar a la ciudad por su impiedad.
Ciertamente, Nahúm deja claro que Jehová está contra ellos y que utiliza a otras
naciones como sus instrumentos de juicio (2:13).
Todo ello nos recuerda que, aunque el mensaje de Dios pueda ser directo y severo,
su bondad puede verse en su paciencia al advertir a aquellos que se enfrentan a la
certeza de la destrucción a no ser que se arrepientan. Hace poco, vi un programa de
televisión que volvía a contar la historia del hundimiento del Titanic. Una de las razones
de ese trágico desastre fue que no se prestó atención a las advertencias relativas a
peligrosos icebergs. Estas se comunicaron, pero no se hizo nada al respecto. Nínive
102
también recibió las advertencias de su destrucción inminente. En nuestra vida personal,
Dios también nos advierte frecuentemente acerca de las consecuencias de las
decisiones erróneas y nos muestra cómo podemos evitar el desastre. El salmista lo dice
de la siguiente forma:
“¿Cómo puede el joven guardar puro su camino?
Guardando tu palabra.
Con todo mi corazón te he buscado;
no dejes que me desvíe de tus mandamientos.
En mi corazón he atesorado tu palabra,
para no pecar contra ti” (Sal. 119:9–11).
Existe una forma de escapar de la retribución de Dios: leer y obedecer la Palabra de
Dios y prestar atención a sus advertencias. Necesitamos predicadores como Nahúm,
que no solo traerán un mensaje de aliento, sino también de advertencia. El apóstol
Pablo fue bastante claro acerca de eso cuando escribió a Timoteo: “Predica la palabra;
insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia
e instrucción”.
Sin embargo, la descripción que Nahúm hace de la destrucción de Nínive como
parte del propósito de Dios suscita algunas preguntas enigmáticas.
(i) ¿No ha escogido ya Dios a Asiria para que le sirva y sea su instrumento para
disciplinar a Israel?
La respuesta a esta pregunta es “sí”. Jehová es libre de elegir a cualquier nación
para que sea el instrumento que llevará a cabo sus propósitos. El profeta Isaías, por
ejemplo, nos dice que el Señor llama a Asiria y a Egipto, así como a Israel, “mi pueblo…
obra de mis manos… mi heredad”, poniendo de manifiesto su relación con todas las
naciones. De nuevo, el profeta Isaías describe a Asiria como “la vara” de la ira de Dios,
el instrumento del Señor para disciplinar a Israel.385 Este hecho conduce a otra
pregunta.
(ii) Si Asiria es el instrumento de Dios para cumplir sus promesas, ¿por qué promete
él destruirla?
La respuesta a esta pregunta es que Asiria fue claramente más allá del mandato que
Dios le dio. Isaías explicó lo que ocurrió cuando escribió: “¡Ay de Asiria, vara de mi ira…!
Contra una nación impía la envío… Pero ella no tiene tal intento… su intención es
destruir y exterminar no pocas naciones”.
Isaías reconoce claramente la tensión entre la voluntad de Jehová, que utiliza a
Asiria como justo castigo, y la de esta nación, que actúa motivada por sus propias
ambiciones imperialistas. El profeta señala tanto la pecaminosidad de la motivación de
Asiria como la ejecución de los propósitos soberanos de Dios. Así pues, el Señor dice:
103
“Castigaré el fruto del corazón orgulloso del rey de Asiria y la ostentación de
su altivez. Porque ha dicho: ‘Con el poder de mi mano lo hice, y con mi
sabiduría, pues tengo entendimiento; quité las fronteras de los pueblos, saqueé
sus tesoros, y como hombre fuerte abatí a sus habitantes’… ‘¿Ha de enaltecerse
el hacha sobre el que corta con ella? ¿Ha de engrandecerse la sierra sobre el que
la maneja?’ ” (Is. 10:12–13, 15).
La historia de las naciones es frecuentemente misteriosa, tanto para los creyentes
antiguos como para los modernos. Sin embargo, Isaías y Nahúm, y de hecho todos los
escritores bíblicos, son claros con el hecho de que el Señor es soberano sobre todas las
naciones. En esta soberanía, él utilizó a Asiria para disciplinar a Israel, pero esta nación
también era responsable de la forma en que llevó a cabo esta tarea. Alec Motyer
explica acertadamente: “Sólo existe un Agente, y lo hace todo bien. Bajo su control, la
historia es la consecuencia de las providencias morales. El holocausto asirio no se
‘desencadenó’ por sí solo en el mundo. Fue enviado, dirigido donde se merecía [Is.
10:6], mantenido dentro de los límites del cielo; finalmente, Asiria recibió un castigo
por sus excesos [Is. 10:12]”.
Aquí tenemos una advertencia para naciones como el Reino Unido, Estados Unidos
de América y sus aliados. Puede que nos guste pensar que derrocar a un cruel dictador
como Saddam Hussein en Irak fue una forma de hacer caer el juicio de Dios sobre una
dictadura malvada. Sin embargo, incluso si eso fuese cierto, la enseñanza de Isaías y
Nahúm acerca de los motivos y acciones de Asiria, así como de su responsabilidad ante
Dios, deja claro que los líderes de la coalición de naciones también son responsables
ante el Señor. Siendo justos con él, Tony Blair, el Primer Ministro británico que llevó al
Reino Unido a la guerra con Irak, ha reconocido la misma; y supongo que George Bush,
el Presidente estadounidense, estaría de acuerdo con él. La realidad es que cada uno de
nosotros es responsable delante de Dios. Como escribió el apóstol Pablo: “Porque está
escrito: ‘Vivo yo’, dice el Señor, ‘que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua
alabará a Dios’. De modo que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí mismo”.
Por tanto, Jehová, en su soberanía, humilla a una nación y exalta a otra. Utiliza a
Asiria para disciplinar a Israel y juzga a aquella porque excede el mandato que Dios le
dio, actuando con arrogancia y avaricia. Este hecho nos deja otra pregunta que puede
crearnos dudas.
(iii) ¿Supone esto que el Señor, en sus actos soberanos, sea duro y despiadado?
Cuando leemos la profecía de Nahúm y reflexionamos en su descripción del ataque
sobre Nínive, muchos elementos nos recuerdan los horrores de la guerra, tanto en la
antigüedad como actualmente. Por ejemplo, tenemos la invasión de la ciudad por topas
y carros enemigos (2:3–4); la inundación de la ciudad y el pánico subsiguiente (2:6–10);
la imagen del león salvaje y sus actividades, recordando la brutalidad de las tropas
babilónicas y escitas con los ciudadanos así como con los soldados (2:11–13). Los asirios
104
son las víctimas de la guerra aquí. El Señor estaba contra ellos (2:13) por razones que
hemos mencionado. No obstante, ¿los amaba él? ¿Se preocupaba por ellos?
Nahúm ya ha contestado a esa pregunta en las primeras palabras de su libro. “El
Señor es lento para la ira (1:3)… Bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la
angustia, y conoce a los que en él se refugian… (1:7). Además, el amor de Jehová no se
limita a Israel. “El Señor de los ejércitos lo ha bendecido, diciendo: ‘Bendito es Egipto mi
pueblo, y Asiria obra de mis manos, e Israel mi heredad’ ”. De nuevo en el libro de
Jonás, como ya hemos destacado, se nos da un atisbo más del corazón del Señor y
vemos cuánto ama a Nínive, así como la rapidez con la que la perdonó cuando esta se
arrepintió tras la predicación de Jonás (Jon. 3). El Señor es “lento para la ira”. Él fue
benigno y paciente con Nínive y con el pueblo asirio que esta representaba. Sin
embargo, cuando la ciudad no se arrepintió de sus pecados y fue más allá del mandato
que Jehová le dio, actuando arrogante y brutalmente contra sus enemigos, el Señor ya
no podía bendecirla más. Dios estaba contra Nínive, que recibió la justa recompensa
por sus pecados y sus crímenes de guerra. No debemos abusar de la bondad del Señor.
Así pues, Nahúm es claro en su enseñanza, junto a los demás profetas, de que
Jehová es soberano sobre todas las naciones y está obrando sus propósitos, no sólo por
medio de Israel, sino también de naciones paganas como Asiria y Babilonia. Su
confianza en que un “destructor” (2:1) atacará a Nínive y la reducirá a escombros, se
basa en la siguiente afirmación: “Así dice el Señor” (1:12). Más adelante, el profeta
Habacuc preguntará por qué el destructor de los asirios (los babilonios y sus aliados)
atacará y conquistará Jerusalén más tarde, llevando a muchos miembros del pueblo de
Dios al exilio. “¿Por qué miras con agrado a los que proceden pérfidamente, y callas
cuando el impío traga al que es más justo que él?”, pregunta el profeta al Señor.
Habacuc admite que Judá había pecado, pero los pecados de Babilonia eran sin duda
mayores. Nahúm no plantea esta pregunta, pero su actitud de fe incondicional en la
soberanía del Señor y su confianza en que un Dios santo y justo juzgará a Asiria,
constituyen una lección tanto para nosotros como para los contemporáneos de Nahúm.
En algunas ocasiones, podemos preguntarnos por qué los actos malvados de ciertos
líderes y naciones continúan teniendo éxito sin ningún atisbo de cambio. Durante años,
pareció ser así en la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin y la China de Mao. Sin
embargo, a finales del siglo XX, el cambio ya se había producido en estas tres naciones.
Algunas veces debemos confiar en la soberanía de Dios, y esperar su momento,
aunque nos desconcierten sus actos y tengamos dudas acerca de sus propósitos en una
situación particular. Nahúm lo creía rotundamente, pero es difícil que esta idea se
exprese mejor que en las palabras del profeta Habacuc, en el punto culminante de su
profecía:
“Tranquilo espero el día de la angustia,
al pueblo que se levantará para invadirnos.
Aunque la higuera no eche brotes, ni haya fruto en las viñas;
aunque falte el producto del olivo,
y los campos no produzcan alimento;
105
aunque falten las ovejas del aprisco, y no haya vacas en los establos,
con todo yo me alegraré en el Señor,
me regocijaré en el Dios de mi salvación” (Hab. 3:16–18).
Los actos de Dios pueden ser desconcertantes, las circunstancias de nuestra vida
pueden ser desalentadoras y traumáticas, pero Nahúm y Habacuc nos recuerdan que,
en las palabras de un viejo himno, “Dios está obrando sus propósitos, como un año
sigue a otro”.
No obstante, antes de analizar con más detalle la forma en que Nínive fue
capturada y destruida, debemos destacar otro aspecto de este mensaje de juicio. Ya
hemos aprendido de Nahúm que la severidad de Dios debe equilibrarse con su bondad.
Aquí, el profeta vincula de nuevo los justos actos soberanos del Señor con sus
misericordiosos actos de restauración con aquellos que depositan su confianza en él. En
esta promesa de restauración, Nahúm nos enseña que
2. El pueblo de Dios será restaurado, por mucho que haya sufrido (2:2)
En el conmovedor libro de Lindsay Brown sobre la historia de la International
Fellowship of Evangelical Students, se cuentan muchas experiencias de estudiantes
cristianos que sufrieron por Cristo en países que han pasado por años de ocupación y
luchas. Una y otra vez, la esperanza de la gloria futura los sustentaba en su sufrimiento.
Por ejemplo, un joven estudiante de Vietnam escribió en una carta: “Esta es
posiblemente mi última comunicación con IFES. Oren por mí, así como por los
estudiantes y la iglesia en Vietnam, por sabiduría para afrontar las pruebas que se
avecinan. Nuestro Señor ha resucitado, vamos a sufrir, morir y ser resucitados con él en
gloria…”.395
El pueblo de Dios en la época de Nahúm también experimentó privaciones y
sufrimiento debido a la ocupación enemiga y la guerra. Sus ciudades fueron destruidas
y le arrebataron los medios para obtener su sustento, pues sus viñas fueron arrasadas
(2:2b). Sin embargo, Nahúm comunicó un mensaje de esperanza para ellos: “El Señor
restaurará la gloria de Jacob como la gloria de Israel, aunque devastadores los han
devastado y destruido sus sarmientos” (2:2).
No sabemos con exactitud lo que quiere decir el profeta. Posiblemente, “Jacob” se
refiere a Judá, el reino del sur, e “Israel” al reino unido, como en los días del rey David y
su hijo Salomón. Así pues, Nahúm puede estar prediciendo que en el futuro “el pueblo
dividido y dispersado de Dios se encontrará unido una vez más”. Por otra parte, los
títulos Jacob e Israel no siempre se refieren a la nación dividida en los profetas. Elías,
por ejemplo, se negó a reconocer la división cuando levantó su altar en el monte
Carmelo con doce piedras. La referencia a la devastación de la tierra y la destrucción de
las viñas puede sugerir la restauración de la tierra y la vuelta de la prosperidad
económica, pero ¿está buscando Nahúm una restauración espiritual mucho más
profunda? Si volvemos a la historia de Jacob en el libro de Génesis, encontramos la
pista más clara para conocer el significado de este versículo. Jacob representa al
106
hombre, con todas sus imperfecciones; Israel es el hombre que Dios quiere que sea,
restaurado por su gracia. Por tanto, ¿está diciendo Nahúm que el Señor promete tomar
a su pueblo tal como es, como Jacob, que pertenece verdaderamente a Dios, confuso,
con fallos de obediencia y compromiso, y no exento de llevar a cabo prácticas
deshonestas, y hacerlos como Israel, el pueblo que Dios quiere que sea? El
cumplimiento de esta promesa puede verse en la iglesia, en los seguidores de Jesús, la
familia de Dios, la simiente continua de Abraham,398 el Israel de Dios.
Así pues, Nahúm ofrece esperanza para el pueblo en medio de su sufrimiento. El
Señor promete tomarlo como “Jacob”, con todas las limitaciones y debilidades que su
nombre refleja, y convertirlo en “Israel”, restaurándolo y cambiándolo “de gloria en
gloria” (2 Co. 3:18).
Los cristianos comprobarán el cumplimiento definitivo de esta promesa de
restauración en la gloria que ha de venir cuando vean a Jesús cara a cara. El apóstol
Juan lo expresó de esta forma: “Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha
manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando él se manifieste,
seremos semejantes a él porque le veremos como él es. Y todo el que tiene esta
esperanza puesta en él se purifica, así como él es puro”.
En este versículo (2:2), el Señor promete a su pueblo esperanza, restauración y
gloria. Esta promesa debería levantar nuestro espíritu cuando nos enfrentamos al
conflicto, al sufrimiento y a un sentimiento de desesperanza ante las circunstancias de
nuestra vida. En realidad, los propios sufrimientos que soportamos pueden contribuir a
la renovación y restauración de nuestra vida. Nahúm quiere que sepamos que el pueblo
de Dios será restaurado, por mucho que haya sufrido.
3. Los enemigos de Dios serán destruidos, a pesar de todos los recursos que
tengan (2:3–10)
La descripción del ataque de babilonios, medos y escitas contra la ciudad de Nínive
es tan gráfica en estos versículos (2:3–11) que algunos podrían pensar que Nahúm fue
un testigo presencial del mismo y que estaba escribiendo después de la caída de la
ciudad. Sin embargo, el profeta declara que se trata de una “visión” del Señor (1:1).
Con un lenguaje impactante, describe el ataque de la infantería y los carros contra
Nínive. El “escudo… rojo” (2:3) puede referirse a los escudos utilizados en batallas
anteriores, que están manchados de sangre; o quizás el rojo fuese el color del ejército
babilónico. “Guerreros… vestidos de escarlata” indica el llamativo color de su uniforme;
el detalle acerca del metal de sus carros centelleando a la luz del sol y las “lanzas de
ciprés” (3b) indican un conocimiento directo de los invasores de encuentros anteriores;
y la descripción de los “carros” tronando por las calles de la ciudad, como si fuesen
“antorchas”, y desplazándose a toda velocidad como “relámpagos” (compárese con los
tanques en la guerra moderna), es elocuente y dramática.
¿Cómo resistiría entonces Nínive ante los invasores y qué podemos aprender de
esta gráfica descripción de la guerra?
Creo que la lección principal es que, a pesar de la reputación de Nínive como ciudad
107
extremadamente segura y sólida, así como poseedora de fabulosas riquezas, fue
incapaz de resistir ante los ejércitos babilónicos, medos y escitas, que se habían vuelto
instrumentos del juicio y la retribución de Dios. Cuando Nahúm escribe: “Se acuerda él
de sus nobles” (2:5), podría estar refiriéndose a las avanzadillas de estos ejércitos, que
“tropiezan” (2:5a) porque quieren conquistar la ciudad rápidamente, y que corren hacia
el muro de esta para preparar la “defensa” (2:5b) que los protegerá de los proyectiles
de los soldados asirios. Nahúm también podría estar refiriéndose a estos, que, a pesar
de su reputación y su escudo protector, tropezaban por el miedo cuando se disponían a
ocupar sus posiciones defensivas. De cualquier forma, los asirios y Nínive parecen
claramente vulnerables. Sólo el arrepentimiento ante Dios puede evitar su juicio. El
poder militar (y en nuestra época, incluso la capacidad nuclear) no es capaz de frustrar
los propósitos del Señor soberano.
La estrategia de las fuerzas invasoras pareció ser inundar parte de la ciudad
abriendo las esclusas o “compuertas de los ríos” (2:6a). El sistema de defensa del río
tenía como propósito garantizar la seguridad de Nínive. Este acabó siendo el punto
débil que proveyó una entrada a la ciudad a los ejércitos enemigos y condujo al colapso
del “palacio” (2:6b). Estos hechos provocarían el fin del liderazgo eficaz en Nínive (2:6).
Nahúm nos dice que “está decretado” (2:7) que la ciudad sea exiliada y los cautivos
llevados. Después de todo, los asirios eran expertos en llevar a cabo esos actos contra
otras naciones, incluyendo a Israel. No hay duda de que los líderes babilonios
anunciaron el decreto, pero el profeta sabe que el Señor soberano está detrás del
mismo (1:14). El hecho es que Nínive estaba madura para el juicio y la retribución, como
ilustran los siguientes versículos (2:7–10). Nahúm ya nos ha dicho que el poder militar
no salvará a Nínive. Ahora sigue afirmando que los ídolos y el dinero tampoco lo harán.
En la ciudad, las “sirvientas gimen como palomas, golpeándose el pecho” (2:7b).
¿Eran estas “sirvientas” prostitutas del templo? Sin duda, eran mujeres que trabajaban
en los templos de los dioses asirios. No realizaban favores sexuales a cambio de dinero,
como las prostitutas en nuestra cultura moderna, pero estaban totalmente entregadas
a su dios. En el libro de Génesis, se llama “ramera” a una joven que desempeña una
tarea parecida, con un sentido de pertenencia a una esfera o servicio distintivo de algún
dios. Así pues, los gemidos de estas mujeres en Nínive no se debían a que se
desvaneciese su esperanza de obtener beneficios, sino porque su “dios” les había
fallado. Ellas habían consagrado toda su vida a un dios que en realidad no podía
salvarlas. Dieron la espalda al Dios verdadero capaz de librarlas y satisfacerlas, y según
el apóstol Pablo, no tenían excusa. “Porque desde la creación del mundo, sus atributos
invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo
entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa”.404
Según la Biblia, no existe excusa para la idolatría. Sin embargo, actualmente nos
entregamos a nuestros ídolos tanto como esas muchachas asirias; el dolor, la decepción
y la vergüenza consiguientes serán muy parecidos. Resulta fácil señalar a otras personas
cuando buscamos ejemplos modernos de idolatría. Vemos gente que hace un ídolo de
su casa, la familia, el trabajo o el placer, entregándose a ellos a costa del amor a Dios o
a otras personas. Al final, se dan cuenta de que están desilusionados e insatisfechos.
108
Cuando adoramos a la criatura en lugar del Creador, llega el juicio. Si sembramos para la
carne (esto es, para nuestros deseos egoístas), recogeremos corrupción.406 Sin
embargo, los que estamos involucrados en el ministerio cristiano también podemos
tener nuestros ídolos.
Recuerdo haber visitado a un clérigo retirado que había pasado al menos cuarenta
años en una parroquia y que se dio cuenta en su jubilación de que no tenía nada por lo
que vivir. Cuando escuchaba su historia, parecía como si se hubiese entregado al “dios”
de la “actividad religiosa” en lugar del Dios viviente. Una vez finalizó su “actividad
religiosa”, todo su mundo se vino abajo; cayó en una profunda depresión. Como las
sirvientas asirias, gimió con un sentimiento de inmensa desilusión. Me puse a meditar
en las palabras del apóstol Pablo: “El que cree que está firme, tenga cuidado, no sea
que caiga”. La idolatría fue una de las razones de la destrucción de Nínive. Sus
habitantes creyeron que sus ídolos eran fuentes de poder: vieron que eran, como las
mujeres descubrieron, una razón para la decepción más abrumadora y la destrucción
definitiva.408
Para muchas personas, el dinero puede convertirse fácilmente en un “dios” y el
materialismo es uno de los ídolos más destructivos de nuestra era en el mundo
desarrollado. Nahúm parece referirse a la incapacidad de dinero y otras riquezas para
liberar a Nínive cuando retoma el tema del agua. “Nínive era como estanque de aguas
desde la antigüedad; ahora ellos huyen” (1:8). Quizás Nahúm esté asemejando un
estanque lleno de agua con los recursos y riquezas que los asirios habían saqueado de
las naciones derrotadas y explotadas por ellos. Sin embargo, ahora, delante del Señor
soberano, el mismo se está vaciando. En primer lugar, el pueblo estaba tratando de
escapar del enemigo que se encontraba a sus puertas; por mucho que los líderes de la
ciudad intentasen evitar el éxodo gritando “¡Deteneos! ¡Deteneos!”, nadie se dio la
vuelta (2:8b). Seguidamente, Nahúm indica que la riqueza que ellos robaron a otros se
les quitó a ellos. La misma se define como sin “límite” (2:9b), pero toda ella desapareció
(2:10).
El dinero tampoco nos puede salvar, ni resolver todos nuestros problemas. Jesús
advirtió a sus discípulos acerca de los peligros de poner nuestra confianza en las
riquezas. Él dijo: “No os acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre
destruyen, y donde ladrones penetran y roban; sino acumulaos tesoros en el cielo,
donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban;
porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”. En este momento en que
escribo estas líneas, el mundo se enfrenta a una crisis económica, una contracción del
crédito y una depresión financiera, con grandes bancos en quiebra y operadores
económicos aterrorizados. Las palabras del apóstol Pablo nunca han parecido tan
relevantes: “A los ricos de este mundo, enséñales que no sean altaneros ni pongan su
esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, el cual nos da
abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos”.
Asiria se apartó hace mucho de su estado de arrepentimiento tras la predicación de
Jonás. Sus habitantes se habían vuelto satisfechos de sí mismos y depositaron su
confianza en los ídolos y la riqueza arrebatada a las demás naciones. Por medio de la
109
revelación de Dios, el profeta ve el fin seguro de esa autocomplacencia y arrogancia.
Nínive debe quedar “vacía”, “desolada y desierta”. Sus habitantes están aterrorizados.
“Los corazones se derriten y las rodillas tiemblan; hay también angustia en todo el
cuerpo, y los rostros de todos han palidecido”. (2:10).
Dios no respeta las reputaciones. No juzga a una superpotencia según su riqueza o
su poder militar. El Señor mira el corazón de las personas, no la apariencia exterior. Así
pues, donde ve el mal, lo castiga. Existe una actividad de juicio presente en la que Dios
entrega a las personas a sus deseos pecaminosos, con todas las consecuencias que
siguen inevitablemente. El apóstol Pablo explicó este concepto al describir el
comportamiento corrupto del Imperio Romano: “Por consiguiente, Dios los entregó a la
impureza en la lujuria de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios
cuerpos; porque cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la
criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amén”. No obstante,
también existe un juicio futuro en el que finalmente se destruirá el mal. La derrota y
destrucción de Nínive apunta a ese día definitivo. En él, según la visión de Juan en el
libro de Apocalipsis, Jesús vendrá a reivindicar su victoria sobre todo mal. Juan lo
describe de esta forma:
“Y vi el cielo abierto, y he aquí, un caballo blanco; el que lo montaba se llama
Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y hace la guerra. Sus ojos son una llama de
fuego, y sobre su cabeza hay muchas diademas, y tiene un nombre escrito que
nadie conoce sino él. Y está vestido de un manto empapado en sangre, y su
nombre es: El Verbo de Dios. Y los ejércitos que están en los cielos, vestidos de
lino fino, blanco y limpio, le seguían sobre caballos blancos. De su boca sale una
espada afilada para herir con ella a las naciones, y las regirá con vara de hierro; y
él pisa el lagar del vino del furor de la ira de Dios Todopoderoso. Y en su manto y
en su muslo tiene un nombre escrito:
REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES”.
Al final, todos los enemigos de Dios serán destruidos, por muy grandes que sean sus
recursos. La destrucción de Nínive ofrece esperanza a aquellos que no ven fin a la
opresión de sus enemigos y al poder del mal. Jesús reina. Su victoria está cercana.
4. La Palabra de Dios será vindicada, por mucho que alardee y confíe el hombre
(2:11–13)
En uno de sus comentarios, Dale Ralph Davis relata la historia de la destrucción de la
casa de uno de los mayores fanfarrones del régimen nazi, Hermann Goering. Él escribió:
“El 20 de abril de 1945, en el cumpleaños de Hitler, el Reichsmarschall Hermann
Goering estaba de pie fuera de su castillo y su propiedad a ochenta kilómetros de
Berlín. Era Karinhall, el depósito del apetito insaciable de Goering por la opulencia y el
lujo. Cualquiera que tuviese ojos podía ver que el Tercer Reich había sido arrojado por
el retrete de la historia. Así pues, Goering se estaba marchando. Veinticuatro camiones
110
de la Luftwaffe se alineaban en la carretera, llenos de antigüedades, cuadros y plata
que este esperaba salvar. El convoy huía hacia el sur. Goering echó un último vistazo a
las alas y los muros de su inmenso castillo. Un oficial de ingeniería indicó que todo
estaba preparado. Goering cruzó la carretera, agarró el detonador y pulsó el botón.
Karinhall explotó y se vio reducido a un montón de escombros”. Davis comentó: “Así es
como acaban toda soberbia, arrogancia, fanfarronería y avaricia… en el botón de un
detonador”.
Nahúm ha estado describiendo una situación no muy diferente al fin del imperio
nazi, con toda su arrogancia, crueldad y jactancia. La imagen de los leones (2:11–13)
describe apropiadamente la crueldad de los asirios. Nínive se compara con “la guarida
de los leones” (2:11), donde los leoncillos se alimentaban y sentían seguros. Es una
imagen que indica la seguridad y la fuerza de los ciudadanos de Nínive, provista por el
poderoso ejército asirio. Sin embargo, esa seguridad y ausencia de temor (2:11b) se
consiguió con los medios más crueles. Del mismo modo que “el león desgarraba lo
suficiente para sus cachorros, mataba para sus leonas, llenaba de presa sus guaridas y
de carne desgarrada sus cubiles”, los soldados asirios atacaban salvajemente a sus
enemigos, saqueaban sus tierras y se enriquecían a expensas de otras naciones más
vulnerables.
La imagen del “león” era apropiada para los asirios. Se encontraba frecuentemente
en relieves en piedra encargados por sus reyes. Palmer Robertson señala que los reyes
de Nínive describían a menudo sus actos en términos de la conducta de un león. “Soy
un león valiente”, declaró uno de ellos, Asurnasirpal. “Rugí como un león”, alardeó
Senaquerib.
Ciertamente, los reyes de Asiria no dudaban en vanagloriarse de su crueldad y sus
crímenes de guerra en la descripción de sus victorias. Algo parecido ocurría en el Tercer
Reich de Hitler, cuando los nazis llevaban un registro meticuloso del Holocausto y otros
crímenes de guerra. El rey Asurbanipal, por ejemplo, se jacta de una brutalidad
horrenda en el trato dispensado a los prisioneros. “Colgaban sus cuerpos de postes, les
arrancaban la piel y la fijaban a los muros de la ciudad. Permití que perros, cerdos,
lobos, buitres, las aves del cielo y los peces de agua dulce devorasen sus miembros
mutilados… a las personas que vivían en la ciudad, y no habían salido fuera, no habían
reconocido mi reinado, las mataba… les cortaba la cabeza y los labios”. Hay mucha más
jactancia a lo largo de estas líneas brutales. La tragedia es que la humanidad está tan
infectada por el pecado y la maldad que cada generación repite este tipo de actos
salvajes en la guerra y en tiempos de paz. Es bueno que organizaciones como Amnistía
Internacional llamen la atención hacia los crímenes de guerra y las violaciones de los
derechos humanos, pero sólo el evangelio de Jesucristo tiene el poder de cambiar vidas
y perdonar pecados.
Se ha llamado a Nínive “el centro donde se concentraba todo el mal en el mundo
antiguo”. Sin embargo, mirando más allá de la caída de la ciudad y de la derrota del
ejército asirio, Nahúm pregunta: “¿Dónde está la guarida de los leones?”. ¿Dónde ha
ido a parar la fuerza y el poder salvaje de los asirios? Nahúm está tan seguro de que
desaparecerá, que escribe como si ya hubiese acontecido y la palabra del Señor
111
Todopoderoso (o Señor de los ejércitos) ya lo hubiese llevado a cabo. El Señor de los
ejércitos declara: “Heme aquí contra ti… Quemaré y reduciré a humo tus carros, la
espada devorará a tus leoncillos, arrancaré de la tierra tu presa, y no se oirá más la voz
de tus mensajeros” (2:13).
Nahúm sólo describe a Jehová como “el Señor de los ejércitos” en dos ocasiones en
su profecía (2:13; 3:5). La grandeza de Dios debe considerarse en contraste con los
dioses asirios hechos por manos humanas. Así pues, la traducción “Señor de los
ejércitos” sugiere un pensamiento más. Estas palabras pueden significar “que posee
todo el potencial y el poder”. Él es el Señor, que en su propia naturaleza no es un
simple “uno”, sino una multiplicidad en unidad. Los “ejércitos”, dentro de la naturaleza
divina, son en realidad las personas de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Están de
incógnito en el Antiguo Testamento, pero son revelados en el Nuevo. Este hecho hace
que la progresión del Antiguo Testamento al Nuevo sea un ajuste del enfoque, como
dejan claro el prólogo del Evangelio de Juan y otros pasajes del Nuevo Testamento.417
Por tanto, es el Dios trino, padre, Hijo y Espíritu Santo, quien dice a la malvada
superpotencia en la que Asiria se había convertido: “Heme aquí contra ti” (2:13); y
cuando Dios habla, su palabra se cumple. Él promete a Nínive: “Quemaré y reduciré a
humo tus carros, la espada devorará tus leoncillos, arrancaré de la tierra tu presa”
(2:13b). Eso es exactamente lo que ocurrió. Dios habló, y fue hecho. El Señor es fiel, y
guarda sus promesas de juicio y retribución, así como las de salvación. Además, él dice:
“No se oirá más la voz de tus mensajeros” (13c). A los asirios les gustaba burlarse de sus
enemigos. Este hecho tiene eco en la actualidad, incluso en países como Gran Bretaña y
los Estados Unidos, con presencia cristiana y un pasado en el que la cultura ha sido
fuertemente cristiana.
La ridiculización de la iglesia, e incluso en ocasiones de Jesucristo en películas y
televisión, ha pasado a ser una característica de nuestras sociedades, cada vez más
seculares. Por tanto, ¿es la promesa de que “no se oirá más la voz de tus mensajeros”
(2:13c) una referencia a la forma en que Senaquerib se mofó de Jerusalén con sus
burlas en la época en que Ezequías era rey de Judá? El comandante en jefe del ejército
asirio envió un mensaje a este monarca y al pueblo de Dios, con estas palabras
jactanciosas y arrogantes: “No escuchéis a Ezequías porque os engaña, diciendo: ‘El
Señor nos librará’. ¿Acaso alguno de los dioses de las naciones ha librado su tierra de la
mano del rey de Asiria?… ¿Quiénes de entre todos los dioses de estas tierras han
librado su tierra de mi mano, para que el Señor libre a Jerusalén de mi mano?”. La
respuesta de Ezequías fue depositar su confianza en la palabra de Jehová, porque Isaías
le había dicho: “Así dice el Señor, Dios de Israel: ‘Lo que me has rogado acerca de
Senaquerib, rey de Asiria, he escuchado’. Esta es la palabra que el Señor ha hablado
contra él:…” Porque te has airado contra mí, y porque tu arrogancia ha subido hasta mis
oídos, pondré, pues, mi garfio en tu nariz y mi freno en tus labios, y te haré volver por el
camino por donde viniste”.419
La palabra de Dios prevaleció, como constantemente lo hace. Esta será siempre
vindicada, en contraste con el discurso arrogante de los hombres. Jehová habla por
medio de Nahúm y dice a Nínive: “No se oirá más la voz de tus mensajeros” (2:13c). La
112
palabra de Dios triunfa finalmente; la arrogancia burlona de los que se oponen a él y a
su pueblo será silenciada. Recordemos a Senaquerib. Recordemos a Hitler y Goering.
“¿Dónde está la guarida de los leones?”.
Nahúm nos ha ayudado a aprender algunas lecciones importantes con su
descripción de la caída de la superpotencia Asiria. Hemos destacado que los propósitos
de Dios se cumplirán en la historia, por muy desconcertantes que puedan resultar en
ocasiones sus actos. Hemos aprendido que el pueblo de Dios será restaurado, por
mucho que haya sufrido, y que los enemigos del Señor acabarán finalmente destruidos,
por muy grandes que sean su fuerza y sus recursos. Finalmente, hemos visto que la
palabra de Dios quedará vindicada, a pesar de la arrogante jactancia humana. Una vez
más, Nahúm está comunicando un mensaje de juicio sobre el mal, y de esperanza y
restauración para aquellos que ponen su confianza en el Señor. Sin embargo, hay
mucho más que aprender acerca de las razones de tan severo juicio. Ahora debemos
centrarnos en esta consideración.
5. El juicio de Nínive. Comprender las razones (3:1–11)
Ya hemos visto que el mensaje de Nahúm es predominantemente de juicio divino.
Sin embargo, él no es un simple demagogo que denuncia a gritos en la plaza pública.
Todo lo contrario: ofrece afirmaciones tranquilas y argumentos razonados, y su libro
debería leerse en ese espíritu. Él ya ha presentado argumentos sólidos para el juicio
sobre Nínive. El Señor está “contra” los asirios (3:5), por ejemplo, porque les motiva un
espíritu contrario a Dios (1:9). No quiere decir que deseen una sociedad atea, pero
están contra Jehová, el Dios de Israel. Imagino que se encontrarían como en casa en
una Gran Bretaña multicultural, que frecuentemente se siente incómoda con el primer
mandamiento: “No tendrás otros dioses delante de mí”. No obstante, le resultan aún
más comprometidas las palabras de Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida;
nadie viene al Padre sino por mí”.421 Los asirios rechazaron a Jehová y sus exigencias
exclusivas, pero eran felices adorando a tantos otros “dioses” como querían.
Así pues, los asirios estaban muy contentos con la religión (1:14); pero no con un
Dios santo, que plantea exigencias, busca la entrega personal y ofrece salvación (1:15).
El primer ministro de la reina Victoria, Lord Melbourne, parece haber dicho: “Las cosas
han llegado a una situación crítica, en que la religión está buscando invadir la vida
privada del hombre”. Sin embargo, como Nahúm deja claro, eso forma parte de la
esencia de la religión bíblica. Las sociedades no cristianas o postcristianas critican y
condenan este aspecto de la misma. Sin embargo, para Nahúm, el Señor está “contra”
aquellos cuya religión no conduce a la adoración del verdadero y único Dios, así como a
una vida de obediencia (2:13).
Los asirios también creían en una economía fuerte, y en un programa de defensa
que mantendría a sus ciudadanos seguros y prósperos. Sin embargo, el Señor estaba
“contra” ellos porque sus motivaciones eran el imperialismo y la avaricia, y actuaban
con extrema crueldad. Habían atacado al pueblo de Dios y quitado la libertad a algunos
de sus miembros (1:13). Habían arrasado aquello con lo que se ganaban el sustento
113
(2:2). Habían robado los tesoros de otras naciones y habían vivido según su imagen
nacional (el león), tratando a sus enemigos de forma brutal y salvaje.
No podemos saber con certeza, por supuesto, si los reyes asirios exageraron la
crueldad de sus actos con el fin de impresionar a sus enemigos, pero, según Julie
Woods, los relieves asirios muestran “cuerpos empalados en estacas, lenguas que están
siendo cortadas, personas con un anillo en el labio para tirar de ellas, cabezas
transportadas y apiladas, cadáveres sin extremidades con miembros dispersados, y
cabezas destrozadas decorando muros, estructuras y estatuas hechas con las mismas”.
No es de extrañar que Nahúm anuncie con estas palabras la reacción de la mayoría de
las personas ante la destrucción de Nínive: “Todos los que oigan noticias de ti batirán
palmas sobre ti, porque ¿sobre quién no pasó continuamente tu maldad?” (3:19).
Conforme Nahúm va llegando al final de su “profecía sobre Nínive” (1:1), ¿qué más
puede decir acerca de los pecados de la ciudad que tanto ofende a Jehová? ¿Por qué
merecen semejante juicio Nínive y todo el imperio asirio?
a. Dios está en contra de las conductas agresivas (3:1–3)
Aunque el libro de Nahúm trata del ataque de los babilonios contra Nínive, en el
que los asirios son las víctimas en esta descripción de la guerra, la expresión “ciudad
sanguinaria” se refiere a la sed de sangre de los asirios (la palabra traducida
“sanguinaria”, tiene el sentido de “sangre derramada con violencia”). En su propósito
soberano, Dios utilizó a los asirios para disciplinar a Israel. Sin embargo, habían
excedido sobremanera el mandato que el Señor les dio. Se habían vuelto agresivos y
crueles atacando no solo a Israel, sino también a otras naciones más pequeñas. Debido
a esta agresividad, Nínive es llamada “ciudad sanguinaria”. Había sido tan despiadada
que Nahúm la describe como “llena de mentira y de pillaje, que nunca cesa en su
rapiña” (3:1; véase también 2:12). El profeta nos muestra la imagen de una nación
ansiosa y contenta de estar en guerra con las naciones vecinas, un pueblo “de gatillo
fácil”, como diríamos. Nahúm bien puede estar describiendo en estos versículos
siguientes lo que acontecerá cuando los babilonios ataquen Nínive. No obstante, solo
les ocurrirá esta desgracia porque ellos han hecho lo mismo a otros. “Chasquido de
látigos, ruido del crujir de ruedas, galopar de caballos y saltar de carros; carga de
caballería, flamear de espadas, fulgor de lanzas” (3:2–3). La guerra no es un juego;
existe un coste en vidas humanas cuando una nación invade a otra. Nahúm informa
sobre el precio de un acto de agresión contra otra nación como una especie de titular
de noticias: “Multitud de heridos, montones de muertos, innumerables cadáveres;
tropiezan en los cadáveres” (3:3). Cada vez que veamos noticias parecidas en la pantalla
de nuestro televisor tras un atentado terrorista en Irak, o una incursión de la Coalición
en un pueblo de Afganistán, debemos recordar el coste humano de esa guerra.
Este no es el lugar adecuado para entrar en un largo debate sobre el pacifismo. Sin
embargo, los cristianos que están listos para servir en las fuerzas armadas tratan
habitualmente de aplicar aquellas pruebas que dan testimonio de una “guerra justa”.
En su libro Issues Facing Christians Today, el Dr. John Stott reduce las siete condiciones
114
tradicionales425 para una “guerra justa” a tres:
1. Su causa debe ser justa. Debe ser defensiva, no agresiva. Su objetivo debe ser
garantizar la justicia, proteger al inocente y luchar por los derechos humanos.
Stott continúa: “Las causas justas no se basan en motivaciones injustas. Así pues,
no puede haber odio, ni animosidad, ni sed de venganza”.
2. Sus medios deben controlarse. Stott argumenta que no puede haber displicencia
o violencia innecesaria. “La acción debe ser proporcionada”.
3. Su resultado debe ser predecible. Stott escribe: “Tiene que existir una
perspectiva calculada de victoria y, por tanto, de lograr la causa justa por la cual
ha comenzado el conflicto”.
En su correspondencia privada, el Dr. Alec Motyer señala que “la única guerra
verdaderamente justa que nunca se libró tuvo lugar el huerto de Getsemaní, cuando
Pedro desenvainó su espada en defensa de Jesús, para que este le dijese: “Los que
tomen la espada, a espada perecerán”, dando a entender, sin duda, que la “guerra
justa” es imposible en manos humanas. A mi entender, sigue existiendo una necesidad
de considerar cuán “justa” es una causa entes de embarcarse en cualquier tipo de
acción que emplee la fuerza de las armas. El uso de la misma puede ser “relativamente
justo” y es, en ocasiones, el menor de dos males.
Resulta difícil aplicar estos principios a las guerras especialmente aprobadas,
ordenadas y dirigidas por Dios. Por una parte, actualmente nadie puede pretender
disfrutar de la posición privilegiada de Israel como “nación santa”, pueblo de Dios,
teocracia. Sin embargo, la Biblia deja claro que Asiria fue un instrumento utilizado por
Dios para disciplinar a Israel, y aun así fue más allá del mandato que el Señor le dio. Por
esa razón fue juzgado.
A la luz de la revelación de Dios en su Palabra (incluyendo el libro de Nahúm), las
naciones occidentales, entre las que se encuentran el Reino Unido y la superpotencia
Estados Unidos de América, necesitan ser advertidas de que eviten las guerras agresivas
contra otras naciones, especialmente cuando el petróleo u otros tipos de riqueza
pueden convertirse fácilmente en la motivación principal. Nínive y el poderío asirio
fueron juzgados por su conducta agresiva. Tanto internacional, nacional e incluso
personalmente, debemos estar advertidos de que Dios está en contra de tal
comportamiento. Todos somos responsables ante el Señor que es soberano sobre las
naciones.
b. Dios está en contra de la conducta engañosa (3:1)
Otra característica de una nación que merece el juicio de Dios es su mentira o
engaño. La Alemania nazi, con su propaganda engañosa dirigida por el tristemente
célebre Dr. Goebbels, constituye un ejemplo de ello en el siglo XX. Sin embargo, en la
actualidad, las naciones occidentales en ocasiones son culpables de emitir propaganda
falsa o explicaciones deshonestas; y nuestra cultura occidental está profundamente
115
imbuida de engaño. Este hecho se ilustró bien en un artículo de Mark Henderson en el
periódico The Times. Henderson escribió:
“El país está sufriendo una ola de crímenes de cuello blanco creada por
ciudadanos consistentes que no se consideran deshonestos, pero que no tienen
problema alguno en rellenar reclamaciones de seguros, defraudar impuestos
con pagos en efectivo, timarse unos a otros en sus tratos y robar a sus jefes.
Casi dos tercios de los adultos en Inglaterra y Gales admiten haber transigido
en fraudes menores, pero raramente han considerado que su conducta fuese
criminal, según revela un estudio de la Keele University. También son sus
víctimas; el 73% ha sufrido el timo en sus carnes, habitualmente en
supermercados, agencias de viaje, restaurantes o vendedores de artículos de
segunda mano… los deshonestos respetables dañan a la economía cinco veces
más que los ladrones. En 2000, los robos costaron 2700 millones de libras,
frente a los 13800 del fraude.
Una deshonestidad depredadora se ha enraizado tan profundamente en la
mente de la clase media británica que muchas personas, por lo demás honestas,
estafan incluso a sus amigos…”.
Nahúm nos enseña que Dios aborrece la conducta engañosa. Nínive merecía el
juicio del Señor porque era un “ciudad sanguinaria, toda llena de mentira” (3:1).
Londres, Nueva York, París y otras grandes ciudades también pueden merecer el juicio
en la actualidad; y todos nosotros, como individuos, necesitamos examinar nuestro
corazón a fin de que hablemos y reflejemos verdad y no mentiras.
No obstante, el “escándalo de los gastos” entre los miembros del Parlamento en el
Reino Unido y Europa en 2009 constituye un ejemplo más de lo engañoso que es el
corazón humano. La erosión de la confianza en todo el sistema político en Gran Bretaña
es una consecuencia de los actos fraudulentos de muchos, aunque no la totalidad, los
miembros del Parlamento de todos los partidos políticos. Las iglesias en Gran Bretaña
han pasado a estar tan marginadas que sus comentarios y su ejemplo han tenido poco
impacto y raramente se les ha consultado su opinión.
El apóstol Pablo escribió a los cristianos de Éfeso para recordarles, entre otras cosas,
que la verdad, y no la mentira, debe caracterizar su vida en Cristo: “Habéis sido
enseñados… que en cuanto a vuestra anterior manera de vivir, os despojéis del viejo
hombre, que se corrompe según los deseos engañosos, y que seáis renovados en el
espíritu de vuestra mente, y os vistáis del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de
Dios, ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad. Por tanto, dejando a un lado
la falsedad, hablad verdad cada cual con su prójimo, porque somos miembros los unos
de los otros”. El pueblo de Dios debe dar testimonio de la verdad. Es fácil señalar con el
dedo a los demás. Tenemos que hacer examen de conciencia, porque Dios está en
contra de la conducta engañosa.
c. Dios está en contra de la conducta vergonzosa (3:4–7)
116
La agresividad y el engaño de Nínive surgieron de los motivos egoístas y
pecaminosos que condujeron a actos aún más atroces y vergonzosos. Dios compara a
Nínive con una prostituta que vende sus bienes a todo aquel que puede ser seducido y
llevado bajo su influencia. Ella deseó la riqueza de las demás naciones. Empleó
cualquier método, por muy malvado que fuese, para seducir y explotar a las personas,
incluyendo la brujería y el ocultismo (3:4). En Mesopotamia, se han descubierto miles
de tablas que muestran lo involucrados que estaban los asirios en lo oculto. Cientos de
encantamientos han salido a la luz. La astrología floreció. Muchos llevaban augurios
asociados con polillas, aves, cerdos, escorpiones, vacas, ratas, perros, ovejas, gallinas e
incluso saltamontes a fin de ahuyentar a los espíritus malignos.
Sin embargo, el aspecto más vergonzoso de la conducta de Asiria fue el resultado
final de la idolatría y lo oculto: “Seduce a las naciones con sus prostituciones y a los
pueblos con sus hechizos” (3:4b).
El objetivo de Asiria era esclavizar y explotar a otros pueblos para su propio
beneficio egoísta. Se rebajó mucho para lograrlo de la forma más inhumana. Un rey
asirio se jactaba de sus hechos: “Tres mil cautivos quemé con fuego… sus jóvenes
muchachos y muchachas quemé en el fuego… a algunos les corté las manos y los dedos.
A otros la nariz, las orejas y los dedos; a muchos les saqué los ojos…”.
Fueron las acciones inhumanas y vergonzosas de los asirios las que trajeron esta
condenación rotunda del Señor: “Heme aquí contra ti” (3:5). Jehová no mide las
palabras dirigidas a Nínive. ¿Se ha levantado ella las faldas, como cualquier prostituta
común, para seducir a otros? El Señor le dice: “Levantaré tus faldas sobre tu rostro, y
mostraré tu desnudez y a los reinos tu vergüenza” (3:5). En otras palabras, el Señor
promete mostrar a las naciones cómo es realmente Nínive. ¿Han despreciado los asirios
a sus enemigos y les han echado inmundicias? Entonces, el Señor dice: “Echaré sobre ti
inmundicias, te haré despreciable, y haré de ti un espectáculo” (3:6).
El juicio de Dios sobre nosotros es así, aunque aquí se exprese crudamente. El
castigo se ajusta al crimen, porque Dios actuará con justicia perfecta. Dios nos ve tal
cual realmente somos. La luz de su santidad pone de manifiesto las tinieblas en nuestra
vida. Como dice el escritor de Hebreos: “Y no hay cosa creada oculta a su vista, sino que
todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de aquel a quien tenemos
que dar cuenta”. O como Jesús afirmó: “Pues no hay nada oculto que no haya de ser
manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz”.431
Hace unos años, mi cuñado, Richard Bewes, dirigió un campamento de chicos en el
que muchos de los asistentes tenían muy pocos, por no decir ninguno, antecedentes
cristianos. Richard pasó un día por una de las tiendas durante una sesión de estudio
bíblico y oyó al monitor destacar una verdad del pasaje: “Dios lo ve todo”.
Seguidamente, dijo a los chicos: “Si esto es así, ¿qué deberíamos hacer con el pecado?”.
De pronto, uno de ellos espetó: “¡Pecar a sus espaldas!”.
Sin embargo, eso es algo que no podemos hacer. Dios ve todo lo que hacemos. El
día del juicio, como ocurre con Nínive aquí, revelará todas las cosas y nos mostrará tal
como somos realmente. Este concepto se aplica claramente a personas y a naciones. Así
117
pues, haríamos bien en tener la misma ambición espiritual que el apóstol Pablo, que
anhelaba “ser hallado en él [Jesús], no teniendo mi propia justicia derivada de la ley,
sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe”.
Nahúm nos enseña, no obstante, que Dios también está en contra de la conducta
vergonzosa de las naciones. Julie Woods destaca lo siguiente en su acertado artículo
sobre el libro de Nahúm: “El hecho de que Nahúm no se dirija a una persona hasta el
final del libro, y lo haga a una nación, puede indicar que Dios se preocupa de las
naciones… Las atrocidades cometidas en el nombre de una de estas parecen traer el
juicio sobre toda ella”. Continúa argumentando que “el abuso de poder y la injusticia no
siempre toman la forma de asesinatos y torturas brutales”. Ella facilita otros ejemplos
de injusticia: “El 20% más rico de las naciones dispone del 84,7% del PIB mundial; sus
ciudadanos son responsables del 84,2% del comercio mundial y poseen el 85,5% de los
ahorros en cuentas corrientes… En los años 60 existía un optimismo general de que la
pobreza pudiese eliminarse con los programas agrícolas correctos. Sin embargo, desde
1960, la brecha entre la quinta parte más pobre de las naciones y la más rica ha
aumentado más del doble”. Ella llega a la siguiente conclusión: “Si examinásemos
honestamente lo que ha conducido a esta situación, veríamos que puede resumirse en
dos palabras: poder y avaricia”.
Por tanto, las naciones actuales, como Asiria en la época de Nahúm, necesitan verse
tal como Dios las ve. Nosotros también somos culpables de avaricia y deseo de poder,
como Nínive; estos dos elementos conducen a menudo a un comportamiento
vergonzoso. En el caso de Nínive, Dios estaba preparado para actuar con juicio. Todos lo
verían. Así pues, el Señor dice a la ciudad: “Y sucederá que todo el que te vea huirá de
ti, y dirá: ‘¡Asolada está Nínive! ¿Quién llorará por ella?’ ” (3:7). A la luz de su
vergonzosa conducta, Dios sólo puede añadir estas tristes palabras: “¿Dónde te buscaré
consoladores?” (3:7c).
No mentimos cuando decimos que Dios nos ama con infinita paciencia, y que, como
Nahúm ya nos ha enseñado, es “lento para la ira” (1:3). Nínive había dado la espalda a
Dios de tal forma, y su conducta era tan abominable, que nadie quería ayudarla. Parece
también que Dios la había entregado a su estilo de vida pecaminoso y que no mostraba
ya señal alguna de arrepentimiento. Como el apóstol Pablo dijo de otra sociedad
corrupta, Roma: “Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones…
Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar
del Creador”. Es una advertencia solemne para nosotros.
d. Dios está en contra de la conducta arrogante (3:8–11)
El profeta Isaías fue quien expresó más claramente la arrogancia, la
autocomplacencia y la autosuficiencia de los asirios cuando aún eran una
superpotencia. Isaías profetizó:
“Y sucederá que cuando el Señor haya terminado toda su obra en el monte
Sion y en Jerusalén, dirá: ‘Castigaré el fruto del corazón orgulloso del rey de
118
Asiria y la ostentación de su altivez. Porque ha dicho:
«Con el poder de mi mano lo hice,
y con mi sabiduría, pues tengo entendimiento;
quité las fronteras de los pueblos,
saqueé sus tesoros,
y como hombre fuerte abatí a sus habitantes.
Alcanzó mi mano las riquezas de los pueblos como a un nido;
como se recogen los huevos abandonados,yo junté toda la tierra,
y no hubo quien aleteara ni abriera el pico ni gorgojeara»’ ” (Is. 10:12–14).
El comentario de Sofonías sobre Nínive fue aún más sucinto: “Esta es la ciudad
divertida que vivía confiada, que decía en su corazón: ‘Yo soy, y no hay otra más que
yo’ ”.
En este pasaje, Nahúm quiere pinchar el globo de la arrogancia asiria recordando a
Nínive algunas lecciones de la historia. En 663 a.C., el ejército asirio había saqueado la
ciudad egipcia de Tebas. El profeta pregunta a los asirios de Nínive: “¿Eres tú mejor que
Tebas?”. En otras palabras, no habéis pensado que Tebas, con su posición fuerte junto
al Nilo (en el sur de Egipto), sus defensas acuáticas naturales y sus poderosos aliados
(como Etiopía, Fut y Libia), tiene un poder parecido al de Nínive, y aun así fue
completamente derrotada por los asirios. “¿Eres tú mejor que Tebas, la asentada junto
al Nilo, rodeada de aguas, cuyo baluarte era el mar y las aguas su muralla? Etiopía era
su fortaleza, también Egipto, y no tenía límite. Fut [Somalia] y Libia estaban entre los
que la ayudaban” (3:8–9).
Tebas también se consideraba una ciudad sagrada egipcia, “fundada sobre aguas
primitivas” (Eaton). Sin embargo, como Nínive, que también confió en otros dioses,
Tebas, con todo su aparente poder y seguridad, fue totalmente derrotada por los asirios
e invadida. Nótese la forma en que Nahúm describe esa derrota aplastante: “Ella fue
desterrada, llevada al cautiverio; también sus niños fueron estrellados en todas sus
bocacalles; sobre sus nobles echaron suertes, y todos sus principales fueron atados con
cadenas” (3:10). Los recursos y la fama de Tebas, y su religión, no fueron capaces se
salvarla de una guerra sangrienta y una derrota absoluta. No evitaron el asesinato de
niños o que los líderes y ciudadanos distinguidos acabasen en el exilio (3:10). De ahí que
Nahúm pregunte: “¿Eres tú mejor que Tebas?” (8).
Nosotros también necesitamos aprender las lecciones de la historia. Grandes
naciones se levantan y caen. Ocurrió con Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Grecia y Roma.
En el siglo XX, lo vimos con el Tercer Reich de Hitler, la Unión Soviética de Stalin y la
China de Mao. Hemos asistido a “juicios” parecidos sobre la Camboya de Pol Pot, la
Uganda de Amín y la Zimbabue de Mugabe, por nombrar algunas dictaduras arrogantes
y crueles. María, la madre de Jesús, nos recuerda que, en la historia, Dios “ha hecho
proezas con su brazo; ha esparcido a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
Ha quitado a los poderosos de sus tronos, y ha exaltado a los humildes”.
Por tanto, Dios está en contra de la arrogancia y la autosuficiencia, sea en Nínive o
119
Tebas, Berlín o Moscú, Shanghai o Phnom Penh, Kampala o Harare, Nueva York o
Londres, o en cualquier lugar en el mundo de Dios. Nínive no fue mejor que Tebas
cuando cayó en su mala conducta a la vista de un Dios santo. Así pues, a pesar de su
aparente invencibilidad, pronto caería como Tebas. “Tú también quedarás embriagada,
estarás escondida; tú también buscarás refugio del enemigo” (3:11). “Embriagada”
puede referirse a beber la copa de la ira. En el juicio que pronto llegaría para los
soberbios, los arrogantes asirios se esconderían de sus enemigos y beberían la copa de
la ira de Dios.
La imagen de Nahúm de los asirios derrotados como refugiados aterrorizados
(3:11b) es realmente muy precisa. Después de que medos y babilonios atacasen y
conquistasen Nínive en 612 a.C., la ciudad fue destruida a fuego. Numerosos asirios se
escondieron y escaparon a Harán (unos 400 kilómetros al oeste de Nínive), pero no
tuvieron una seguridad duradera allí. Los babilonios los derrotaron en 610 a.C., y de
nuevo en la batalla de Carquemis, en 605 a.C. Esta batalla “eliminó los últimos vestigios
de Asiria en el Creciente Fértil”. Tanto en el caso de Tebas como en el de Nínive, sus
líderes se escondieron y buscaron “refugio del enemigo” (3:11). Sin embargo, no
encontraron una seguridad duradera, ni pudieron escapar del justo juicio de Dios.
Dios está en contra de las conductas agresivas, engañosas, vergonzosas y
arrogantes, y todo ello se encontraba en Nínive, entre los asirios, pero ¿qué ocurre con
nosotros? ¿Actuamos en ocasiones con el mismo tipo de autosuficiencia, jactándonos
del dinero que ganaremos y de los planes que llevaremos a cabo? El apóstol Santiago
previno a los cristianos del primer siglo sobre actitudes arrogantes parecidas. Quizás
pensaba en hombres de negocios cuando escribió: “Oíd ahora los que decís: ‘Hoy o
mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y
tendremos ganancia’. Sin embargo, no sabéis cómo será vuestra vida mañana. Solo sois
un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece”. Olvidamos
fácilmente lo corta que es la vida, cómo desaparece tan repentinamente como la bruma
de la mañana. Debemos recordar, según expresó el escritor de Hebreos, que “está
decretado que los hombres mueran solo una vez, y después de esto, el juicio”.440 Dios
juzga al soberbio y al arrogante. “Ha quitado a los poderosos de sus tronos; y ha
exaltado a los humildes”. La persona humilde no se jactará ni vanagloriará como los
asirios, sino que dirá: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”.442
Sin duda, Nínive y los asirios merecían el juicio y la retribución de un Dios santo.
Nahúm ahora sigue hablándonos sobre algunas de las señales del declive y la caída de
Nínive, y la inevitabilidad del juicio y la retribución del Señor.
6. Declive y caída de Nínive. Advertencia para las naciones (3:11–19)
El hundimiento del Titanic el 15 de abril de 1912 fue un desastre que pudo evitarse
si se hubiese reaccionado inmediatamente a las primeras advertencias sobre la
presencia de icebergs en su camino. Sin embargo, la mente de sus dueños y tripulación
albergaba un orgullo desmedido. Les parecía imposible que un buque tan magnífico
pudiese sufrir desastre alguno. Una de las pasajeras que sobrevivió, una misionera
120
cristiana llamada Sylvia Caldwell, cita las palabras de un marinero de cubierta: “Sí
señora, ¡Dios mismo no podría hundir este barco!”.
El desastre de Nínive descrito por Nahúm pudo evitarse también si sus habitantes
hubiesen reaccionado a las primeras advertencias. Unos cien años antes, la ciudad se
había arrepentido en respuesta a la predicación de Jonás y sus avisos de juicio, evitando
la catástrofe; sin embargo, volvió más adelante a su propio camino nefasto, ignorando
las advertencias de Dios, de forma que el mensaje de Nahúm expone su condena: “No
hay remedio para tu quebranto, tu herida es incurable” (19a). Aquí hay un claro aviso.
a. Una advertencia acerca de las señales del declive (3:11–18)
Cuando Nahúm describe el declive y la caída de Nínive, vemos que las señales del
primero son, en sí mismas, “advertencias” del juicio venidero de Dios. Así pues, con
inmensa valentía, Nahúm insta al rey de Asiria (3:18) y a todas las personas en todas
partes (3:19) a fijarse en ciertas señales del declive de Nínive. Existen numerosos
ejemplos.
(i) La autoindulgencia de los ciudadanos (3:11)
Es posible, como ya he sugerido (véase p. 152), que el término “embriagada” (3:11)
sea una referencia a la imagen simbólica de beber la copa de la ira de Dios. El salmista,
por ejemplo, habla del juicio del Señor en estos términos: “Porque ni del oriente ni del
occidente, ni del desierto viene el enaltecimiento; sino que Dios es el juez; a uno
humilla y a otro ensalza. Porque hay un cáliz en la mano del Señor, y el vino fermenta,
lleno de mixtura, y de este él sirve; ciertamente lo sorberán hasta las heces y lo beberán
todos los impíos de la tierra”.
No hay duda de que Nínive está a punto de beber la copa de la ira de Dios “hasta las
heces”. Sin embargo, hay otra manera de interpretar estas palabras. La embriaguez, y
otras formas de autoindulgencia desmedida podrían ser cada vez más características de
la sociedad asiria. Como consecuencia, estaba menos preparada para hacer frente al
enemigo que la atacase (3:11a). Tanto soldados como ciudadanos han preferido
esconderse (3:11b) en lugar de luchar y defender la ciudad de los invasores extranjeros.
La imagen es la de “alguien que ha perdido el control de sus facultades, y es incapaz de
actuar con calma y deliberación”. La de Saddam Hussein escondido en un zulo en Irak
en el momento de su captura evoca el mismo tipo de actitud.
La autoindulgencia y la ausencia de dominio propio es frecuentemente una señal
del declive de una cultura, con respecto al alcohol, al sexo o al dinero. La embriaguez es
un problema importante en Gran Bretaña, por ejemplo, especialmente entre la gente
joven; y la falta de disciplina propia en asuntos sexuales y financieros también
constituye un rasgo preocupante de la cultura británica. La libertad se ha vuelto para
muchos una licencia, y los derechos han cobrado protagonismo por delante de las
responsabilidades. La mención de la embriaguez sugiere que ese tipo de decadencia
personal y moral bien pudieron convertirse en un rasgo de la sociedad asiria.
121
Si este es el sentido del mensaje de Nahúm aquí, este bien pudo estar dando a
entender que el pueblo de Dios debería tener cuidado de no transitar por el mismo
camino de la autoindulgencia. Sin duda, el Nuevo Testamento hace hincapié en la
importancia de la autodisciplina. Así pues, cuando escribe a Timoteo acerca de las
cualidades a buscar en los líderes cristianos, Pablo dice: “Un obispo debe ser, pues,
irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, de conducta decorosa,
hospitalario, apto para enseñar, no dado a la bebida, no pendenciero, sino amable, no
contencioso, no avaricioso”. En contraste con el dominio propio exigido a los líderes
cristianos, pinta un cuadro muy diferente de la cultura de “los últimos días”, mucho más
cercana a la asiria. El apóstol escribe: “Porque los hombres serán amadores de sí
mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres,
ingratos, irreverentes, sin amor, implacables, calumniadores, desenfrenados, salvajes,
aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los
placeres en vez de amadores de Dios”.447
Cuando una nación muestra signos crecientes de que sus ciudadanos pierden
dominio propio y se vuelven autoindulgentes, es una advertencia para todos nosotros,
una señal de la decadencia de una cultura; y como el apóstol Pablo recuerda a los
cristianos de Roma en el primer siglo de nuestra era, no existen realmente excusas para
vivir sin Dios en el mundo de Dios: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra
toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad…”.
Si la autoindulgencia era una señal del declive de una nación, demasiada confianza
en los recursos militares era otra. Por tanto, Nahúm recuerda al rey de Asiria (3:18) la
inutilidad del poder militar.
(ii) La inutilidad del poder militar (3:12–15)
Las superpotencias depositan habitualmente una gran confianza en la fuerza y el
poder militar. Esto era muy cierto de Asiria, cuyos líderes se apoyaban totalmente en su
ejército para su seguridad así como para sus planes y estrategias de expansión
imperialista. Para su defensa, Asiria confiaba en sus muchas fortalezas, que daban a sus
ciudadanos una falsa sensación de seguridad. Nahúm, sin embargo, señala que el poder
militar no garantiza seguridad y permanencia. Las “fortalezas” (3:12), nos dice, serán
tomadas tan fácilmente como los higos maduros caen cuando se sacude la higuera
(3:12a). En medio del ataque, los soldados pueden volverse tan débiles y afeminados
como las mujeres desarmadas (3:13a). Las puertas de la ciudad de Nínive se abierto de
par en par para el enemigo (3:13b) y las vigas de madera de las mismas, y de hecho,
toda la ciudad, son vulnerables ante el fuego (3:13c, 15a). Según archivos babilónicos y
griegos, Nínive fue destruida a fuego por los ejércitos babilónicos y escitas.
Nahúm está tan seguro del inminente asedio de Nínive y su consiguiente ataque
que insta a sus ciudadanos a prepararse para lo peor. “Abastécete de agua para el
asedio” (3:14a), les dice, porque gran parte del suministro de agua debía obtenerse
fuera de los muros de la ciudad. “Refuerza tus fortalezas, métete en el lodo y pisa el
barro, toma el molde de ladrillos” (3:14b). ¿Hay algo de ironía aquí, una referencia a las
122
burlas de los asirios hacia el pueblo de Dios durante el asedio a Jerusalén? Sin duda,
obedecer estas palabras requeriría un arduo trabajo y un esfuerzo inmenso para poder
salvar a Nínive. El mensaje de Nahúm parece ser que, por mucho esfuerzo que pusiesen
en defender la ciudad, todo sería en vano. “Allí [¿donde se está llevando a cabo todo el
trabajo?] te consumirá el fuego, te destruirá la espada, te devorará el pulgón [¿o la
langosta?]” (3:15a).
Por muy poderosos que sean nuestros sistemas de defensa, o nuestro ejército, es
inútil depositar nuestra confianza en ellos, en lugar del Dios viviente. De hecho, Nahúm
insiste en que, aunque trabajasen duro para mejorar las defensas de la ciudad, Dios
traería igualmente la destrucción sobre ellas. Aunque el tamaño del ejército se
incrementase de repente multiplicándose “como el pulgón… como la langosta” (3:15b),
el mismo seguiría siendo incapaz de derrotar al enemigo. Vienen a la mente las palabras
del salmista: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican; si el
Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia”.
Por supuesto, esta lección no es solo para las ciudades paganas como Nínive. Sin
duda, Nahúm siempre tiene en mente a Judá y al pueblo de Dios cuando comunica la
palabra de Dios a la capital asiria. El pueblo del Señor, entonces y ahora, debe recordar
que nuestros propios esfuerzos nunca serán suficientes para derrotar a los enemigos,
especialmente Satanás, nuestro adversario espiritual. Calvino escribió acerca de estos
versículos (3:14–15): “Su frugalidad, esfuerzo y cuidado no solo les serán inútiles, sino
que darán lugar a su hundimiento; porque el Señor maldice la arrogancia de los
hombres que confían en sus propios recursos”. Esta es la razón por la que el apóstol
Pablo urge a los cristianos de Éfeso a no confiar en sí mismos, sino a fortalecerse “en el
Señor y en el poder de su fuerza”. Seguidamente, les dice: “Revestíos con toda la
armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo”.453
La inutilidad del poder militar y la confianza de una nación en el mismo, en lugar del
Dios viviente, eran otra señal del declive de un imperio. Ahora, Nahúm se centra en el
pecado de otro grupo: los comerciantes y los mercaderes.
(iii) La avaricia de los comerciantes (3:16–17)
Nínive había llegado a ser claramente un centro de comercio en la región. El número
de personas dedicadas al mismo se había incrementado año tras año (3:16) hasta que la
ciudad se llenó de ellos. Sin embargo, hay cierta ironía en las palabras de Nahúm. Lo
que estaba empezando a ocurrir con los comerciantes era un signo de decadencia, no
de crecimiento, de la economía asiria. En un principio, el número de mercaderes
aumentó en Nínive hasta multiplicarse “más que las estrellas del cielo” (3:16b), pero en
la época de Nahúm los tiempos estaban cambiando. La burbuja se desinflaba. El
“boom” generó mucho comercio y gran riqueza a la ciudad, pero ya había comenzado la
“quiebra”. Los mismos mercaderes que se asentaron en masa en Nínive debido a su
prosperidad, estaban marchándose ahora, despojando a la ciudad de sus activos, y
partiendo hacia lugares desconocidos (3:17c): “El pulgón despoja y vuela” (3:16c).
No solo los comerciantes estaban desestabilizando la nave. Los guardias y oficiales
123
(administradores) que una vez pululaban como langostas en cada aspecto de la vida de
la ciudad (¿burocracia enloquecida?) también abandonaron a su suerte a la misma y su
administración. “Tus oficiales son como la langosta, tus jefes como nubes de langostas
posadas sobre las tapias en un día de frío; sale el sol, y se van, y no se sabe dónde
están” (3:17).
En los años de declive del antaño poderoso imperio asirio, muchos comerciantes y
empleados públicos trabajaban en Nínive movidos por la avaricia y el interés propio.
Cuando hubo más riquezas en otros lugares, abandonaron la ciudad. Ocurrió
exactamente lo mismo en la “crisis de liquidez” de 2008. Jesús enseñó a sus discípulos
acerca de los peligros de la avaricia y la riqueza. Él dijo a un joven rico: “Ve y vende lo
que posees y da a los pobres… y ven, sígueme”. Seguidamente, dijo a sus discípulos: “En
verdad os digo que es difícil que un rico entre en el reino de los cielos. Y otra vez os digo
que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre
en el reino de Dios”.
Jesús nunca enseñó que fuese imposible ser rico y seguirle. Algunos de sus
discípulos eran “acomodados” según los estándares de la época. Algunas de las mujeres
que colaboraron con Jesús eran probablemente ricas, así como discípulos secretos
como Nicodemo y José de Arimatea.456
Sin embargo, el amor al dinero puede convertirse en “la raíz de todos los males” y
en un ídolo al que adoramos. En la historia del joven rico (Mt. 19:16–30), leemos que
este no es capaz de considerar el coste y seguir a Jesús, vender todas sus posesiones y
dar el dinero a los pobres. Mateo comenta que el joven “se fue triste, porque era dueño
de muchos bienes”. Jesús insta a sus discípulos a hacer “tesoro en los cielos”459 en lugar
de en la tierra. Ganar dinero nunca debe ser nuestra ambición principal. No podemos
servir a Dios y al dinero.
Sin duda, Nahúm era consciente de que el pueblo de Dios debía aprender lecciones
parecidas del declive y la caída de Nínive. Los comerciantes habían despojado a la tierra
de sus riquezas y habían huido a lugares más agradables. Los empleados públicos se
habían unido a ellos (3:17). Nada nuevo debajo del sol.
Existe otra señal del declive de una superpotencia, mencionada por Nahúm.
(iv) La holgazanería de los líderes (3:18)
Nahúm se dirige ahora al rey de Asiria (¿Asurbanipal?) por primera vez en esta
profecía. Era un monarca cruel y corrupto; como jefe del Estado, era responsable de los
líderes que le rodeaban. Hemos visto en los siglos XX y XXI cuán fácilmente afecta un
liderazgo corrupto a toda una nación. Nahúm puede simplemente estar afirmando que
los líderes de Nínive se habían vuelto ociosos e inútiles. “Pastor” (3:18) era un término
familiar en Oriente para designar a los líderes. Así pues, Nahúm señala al rey: “Duermen
tus pastores, oh rey de Asiria; tus nobles reposan”.
Si Nahúm se está centrando en la ociosidad de los líderes, queda claro que la misma
condujo a una completa incapacidad de atender las necesidades de los ciudadanos de
Nínive. Él acusa a aquellos de una dejación de funciones total: “Tu pueblo está disperso
124
por los montes y no hay quien lo reúna” (3:18b).
No hay duda de que Nahúm también tiene en mente al pueblo de Dios cuando
habla de líderes ociosos. Manasés, rey de Judá, era ciertamente un rey corrupto;
Nahúm pudo haber nacido en su reinado. Josías fue un monarca reformador. ¿Y sus
sucesores? Eran muy diferentes.
Su fracaso como líderes estaba presente a menudo en la mente de los profetas,
especialmente tras la caída de Jerusalén en 586 a.C., durante el exilio. Ezequiel describe
elocuentemente a los líderes de Israel con estas palabras: “¡Ay de los pastores de Israel
que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? Coméis la
grosura, os habéis vestido con la lana, degolláis la oveja engordada, pero no apacentáis
el rebaño. Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la
perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no
habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad. Y han sido
dispersadas por falta de pastor… han sido dispersadas por toda la faz de la tierra, sin
haber quien las busque ni pregunte por ellas”.
Ezequiel vio al Señor como el Buen Pastor: “Porque así dice el Señor Dios: ‘He aquí,
yo mismo buscaré mis ovejas y velaré por ellas… Las sacaré de los pueblos y las juntaré
de las tierras; las traeré a su propia tierra”. Jesús cumplió estas palabras cuando dijo:
“Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen… y doy mi vida por
las ovejas… y serán un rebaño con un solo pastor”.465
Aquí, Nahúm no hace más que recordar al rey de Asiria los peligros de un liderazgo
ocioso y corrupto. Nosotros debemos aprender de los malos ejemplos que encontramos
en las Escrituras, y mirar al buen pastor, Jesús, que representa perfectamente lo que el
liderazgo debe significar en el reino de Dios. En ocasiones, es perezoso y poco eficaz en
la iglesia. El liderazgo deficiente fue una de las señales del declive del pagano imperio
asirio, y puede tener un efecto corrosivo parecido en la iglesia de Jesucristo. Haremos
bien en imitar al apóstol Pablo tal como él imitó a Cristo. En un mensaje para los líderes
de la iglesia de Éfeso, dijo: “Os doy testimonio en este día de que soy inocente de la
sangre de todos, pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios. Tened
cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho
obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual él compró con su propia sangre”.
Un liderazgo débil y ocioso es, con demasiada frecuencia, la causa del declive y la
caída de una nación, así como del deterioro de la iglesia. Por esta razón, el apóstol
Pablo insta a los cristianos a orar por aquellos que se encuentran en posiciones de
liderazgo en el Estado. Él escribió a Timoteo: “Exhorto, pues, ante todo que se hagan
rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres”. Un buen
liderazgo en el gobierno, incluso en una nación pagana como Roma, es más probable
que produzca un entorno favorable para el evangelismo. Seguidamente, insta a los
apóstoles a orar por los líderes “porque esto es bueno y agradable delante de Dios
nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno
conocimiento de la verdad”.468
La oración de Juan en el capítulo 17 es un ejemplo de la importancia de la oración
para los líderes de la iglesia. Jesús no sólo instruyó a los discípulos, sino que oró por
125
ellos específicamente y como prioridad: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo,
sino por los que me has dado; porque son tuyos”. Nahúm nos ha enseñado que un
liderazgo débil constituye una señal del declive de una nación, y sabemos que ello es
igualmente cierto en la iglesia. Por tanto, orar por los líderes no debería considerarse
un extra opcional, sino una necesidad diaria. La enseñanza del apóstol Pablo y el
ejemplo de Jesús nos muestran el camino.
Aquí tenemos entonces cuatro señales de la decadencia y caída de la superpotencia
asiria, que constituyen una advertencia para una nación que se arrepintió en una
ocasión tras la predicación de Jonás (Jon. 3), pero que ahora ha dado la espalda al Dios
viviente. La autoindulgencia de los ciudadanos, la debilidad de los soldados, la avaricia
de los comerciantes y la ociosidad de los líderes contribuyeron al declive de una nación
que se encontraba bajo el juicio de Dios. Nahúm termina ahora su libro advirtiendo al
rey de Asiria (3:18) y a otras naciones sobre la certeza del juicio de Dios y la retribución
por el pecado persistente:
“No hay remedio para tu quebranto,
tu herida es incurable.
Todos los que oigan noticias de ti
batirán palmas sobre ti,
porque ¿sobre quién no pasó
continuamente tu maldad?” (3:19).
b. Una advertencia acerca del juicio seguro (3:19)
No hay duda de que el libro de Nahúm se centra principalmente en la justicia y el
juicio de Dios. Él es justo y debe actuar de una forma coherente con su carácter.
¡Gracias el Señor porque vivimos en un universo moral en el que se hará justicia y se
verá cómo se hace!
El Dr. Chris Wright cuenta la historia de un hombre hindú que conoció en una
conferencia, convertido a Cristo por medio de la lectura del Antiguo Testamento:
“Él creció en uno de los muchos grupos retrógrados y oprimidos existentes en la
India, formando parte de una comunidad sistemáticamente explotada y tratada con
desprecio, injusticia y, en ocasiones, violencia. El efecto que todo ello causó en su
juventud fue que se llenó de un deseo ardiente de rebelarse contra esa situación y
cargar contra los que les oprimían. Se centró en su educación y fue a la universidad,
comprometido con ideales revolucionarios y marxistas. Su meta era obtener las
calificaciones necesarias para conseguir algún tipo de poder y, por tanto, los medios
para hacer algo en el nombre de la justicia y vengarse. En sus primeros días en la
universidad, unos estudiantes cristianos contactaron con él y le dieron una Biblia, que
decidió leer por pura curiosidad, aunque en ese momento no respetaba en absoluto a
los cristianos.
Lo primero que leyó en la Biblia fue la historia de Nabot, Acab y Jezabel en 1 Reyes
126
21. Le asombró comprobar que en ella todo giraba en torno a la avaricia de poseer más
tierra, el abuso de poder, la corrupción de los tribunales y la violencia contra los pobres,
cosas que le eran muy familiares también. Sin embargo, lo más sorprendente fue el
hecho de que Dios se pusiese del lado de Nabot y no sólo acusase a Acab y Jezabel de
su pecado, sino que se vengase de ellos. Ese era un Dios de justicia verdadera, un Dios
que identificaba a los villanos y actuaba realmente contra ellos. ‘¡Nunca supe que
existía un Dios así!’, exclamó. Siguió leyendo el resto del Antiguo Testamento y vio que
se confirmaba su primera impresión. Este Dios ayudaba constantemente a los
oprimidos y hacia justicia con sus enemigos. Él podía respetar a un Dios así, se sentía
atraído por él, aunque aún no lo conocía, porque comprendería su propia sed de
justicia”.
Nahúm quiere dejar claro que ese Dios existe. Cuando escribe: “No hay remedio
para tu quebranto, tu herida es incurable” (3:19a), puede estar dirigiéndose
inicialmente al rey de Asiria con esas palabras (3:18–19). El rey Asurbanipal murió sin
duda por culpa de sus heridas, antes de poder escapar de Nínive y los invasores
babilonios, pero el monarca también personificaba la capital asiria y todo su imperio; y
el mensaje de Nahúm es rotundo. Dios juzgará a Nínive y a los asirios. El juicio es
seguro. No habrá escape de él; se hará justicia. “No hay remedio para tu quebranto; tu
herida es incurable” (3:19) es un mensaje apropiado para Nínive y Asiria, del mismo
modo que lo era para su rey. Jehová es un Dios justo y santo. Su ira es una expresión de
esa santidad y justicia (1:2). Nínive y todo el imperio asirio habían dado la espalda a
Dios y actuado con una crueldad atroz y sin fin (3:19c). Habían ido más allá de lo que se
les había encomendado como un instrumento de Dios para disciplinar a Israel.
Merecían su justo juicio.
El amigo indio del Dr. Wright estaba exultante por haber encontrado un Dios de
justicia. Nahúm nos dice que todos “los que oigan noticias” (3:19b) acerca del juicio y la
destrucción de Nínive “batirán palmas sobre ti, porque ¿sobre quién no pasó
continuamente tu maldad?” (3:19). No hay duda de que, para algunos, esta alegría por
el declive y la caída de Nínive era un acto de regodeo sobre la destrucción de un
enconado enemigo. Sin embargo, Nahúm nos ha enseñado a ver que podemos
gozarnos apropiadamente por la justicia de Dios, su preocupación por las víctimas de
los regímenes opresores y su liberación de esas víctimas de manos de sus enemigos.
Hemos aprendido de Nahúm que Dios es benigno así como severo, misericordioso así
como justo. Él es “lento para la ira” (1:3) y “conoce a los que en él se refugian” (1:7).
Antes de que Dios pronunciase el juicio final sobre Nínive, envió a Jonás a la ciudad a fin
de que llamase al arrepentimiento a sus habitantes y les mostrase una forma de vida
mejor. Durante quizás unos cien años más continuó a ser paciente con ellos. No
obstante, como Nahúm nos enseña, si persistimos en rechazar a Dios y su Palabra, él
nos entrega al pecado y al juicio. Se hará justicia.
“Aunque el molino de Dios muele despacio,
lo hace extremadamente fino”.
127
Este es un mensaje para todos nosotros. Somos culpables delante de un Dios justo y
santo. Sin embargo, él es misericordioso con los pecadores. Envió a su hijo, Jesucristo, a
morir, “el justo por los injustos”, para llevarnos a él. Él llama a las naciones, y a cada
individuo dentro de las mismas, al arrepentimiento y la fe.475
Algunos han señalado que no existe llamamiento al arrepentimiento en el libro de
Nahúm. Otros han dicho que todo él lo es de forma implícita y hay quienes han
apuntado a la unidad de los doce profetas menores, de los cuales Nahúm es uno.
Muchos de ellos hacen hincapié en la importancia del arrepentimiento. Nahúm se
centra en la certeza del juicio y la retribución de Dios sobre aquellos que se niegan a
arrepentirse.
En el Antiguo Testamento, dos libros terminan con una pregunta retórica: Jonás y
Nahúm. El libro de Jonás acaba con una pregunta que llama la atención hacia la
misericordia y la compasión de Dios por la gran ciudad de Nínive. Jehová pregunta a
Jonás: “¿No he de apiadarme yo de Nínive?”. Jonás había ido a la capital asiria a
predicar acerca del juicio de Dios, después de haber desobedecido inicialmente el
llamamiento del Señor. El profeta había advertido a los ninivitas: “Dentro de cuarenta
días Nínive será arrasada”. Y los habitantes de Nínive creyeron en Dios, y proclamaron
ayuno y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos. Cuando llegó la
noticia al rey de Nínive, se levantó de su trono, se despojó de su manto, se cubrió de
cilicio y se sentó sobre ceniza”.478
Jonás se enojó porque Dios salvó a los enemigos de Israel, pero el Señor quería
enseñar al profeta y a todo el pueblo que debían poner de manifiesto la misma
compasión y misericordia que Dios mostraba. De ahí la pregunta final del libro de Jonás:
“¿No he de apiadarme yo de Nínive?”. El libro de Jonás nos ayuda a enfrentarnos a
nuestros prejuicios y a reflejar el amor divino que es paciente y benigno, “no queriendo
que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento”.
Sin embargo, el libro de Nahúm hace hincapié en algo diferente. La pregunta
retórica al final (3:19) se centra en la necesidad de impartir justicia y retribución a los
que han persistido en actuar con gran brutalidad hacia el pueblo de Dios y muchos
otros: “Porque ¿sobre quién no pasó continuamente tu maldad?”.
Necesitamos comprender ambas verdades relativas a Dios, como Nahúm nos ha
enseñado pacientemente en su libro. El Señor es misericordioso y perdona a aquellos
que se vuelven a él en penitencia y fe. De igual forma, Dios es justo y juzgará el pecado,
derrotando al mal. La revelación más clara de estas dos verdades puede verse en la
persona del Señor Jesucristo, y en particular en su muerte sobre la cruz. Allí, Dios Padre,
actuando con justicia y amor perfectos, condenó nuestra transgresión en su Hijo sin
pecado, haciendo posible que pudiésemos ser aceptados y perdonados. “Por
consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús”.
Nahúm nos ha dado una explicación teológica del juicio divino fundamentada en la
severidad y la bondad de Dios (cap. 1). También ha compartido con nosotros una
ilustración histórica del juicio divino, basada en el declive y la caída de Nínive (caps. 2 y
3). No hay duda de que el juicio de Dios caerá sobre el pecado persistente y los
128
pecadores impenitentes. Podemos estar agradecidos por la enseñanza directa y clara de
Nahúm sobre este asunto, y también porque “de tal manera amó Dios al mundo, que
dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él, no se pierda, mas tenga
vida eterna”.
Sofonías
Introducción a Sofonías
A muchos de nosotros nos gusta saber lo máximo posible acerca del autor de un
libro serio. Deseamos conocer algo de sus antecedentes, de las influencias principales
en su vida pasada, de las experiencias que han dado forma a las ideas que quiere
compartir con nosotros. En unas ocasiones se nos dicen muchas cosas acerca del
escritor; en otras, muy pocas.
En general, no se proporciona mucha información sobre los escritores del Antiguo
Testamento. Sofonías nos indica que la “palabra del Señor” (1:1) vino a él, y
consideraremos el significado de esta declaración un poco más adelante. No obstante,
también se nos dan unas pocas pinceladas acerca de sus antecedentes y su posición en
la sociedad de su época (1:1). Este hecho es importante, porque Dios es soberano. Él lo
sabe todo de nosotros y utiliza cada experiencia y circunstancia de la vida de los
creyentes para prepararlos y hacerlos aptos para servirle, y cumplir su propósito en el
mundo. El apóstol Pablo escribió sobre este asunto a los cristianos de Roma en el
primer siglo de nuestra era: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas
cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito”.
Existe el peligro de que interpretemos demasiadas cosas en las primeras palabras
del libro de Sofonías acerca de los antecedentes de su autor, pero es sin duda razonable
conjeturar que
1. Sofonías se benefició de crecer en un hogar piadoso
El nombre Sofonías (sepanya) incluye el del Señor (yah) y significa literalmente “el
Señor ha escondido” o “el Señor ha provocado que se esconda”. ¿Por qué iban sus
padres a ponerle este nombre si no creían en el Señor, Jehová? Por supuesto, ¡es
posible que simplemente les gustase el nombre o que tuviesen un tío favorito llamado
Sofonías, del que esperaban que fuese un modelo a imitar por su hijo! Quizás pudo
haber una razón más profunda. Si el nombre incorpora un tiempo perfecto activo,
129
podría ser “un perfecto de compromiso inmutable”. Jehová “esconde”, siempre lo hace;
él es así. Se ha comprometido con ello. Así pues, es posible que los padres de Sofonías
le diesen este nombre como recordatorio para ellos y su hijo de que Jehová cuidaría de
él, lo escondería y protegería. Sin duda, eso encajaría con los tiempos en los que nació
este profeta (h. 696 a.C.), tiempos de apostasía y persecución. Sofonías vino al mundo
probablemente durante el reinado de Manasés (696–642 a.C.), padre de Amón, rey de
Judá (1:1). Manasés se había vuelto al Señor al final de su vida, pero antes de su
“conversión” hizo mucho daño a los seguidores de Jehová.484 El trato dispensado al
pueblo de Dios fue tan brutal como lo ocurrido en los campos de exterminio de
Camboya o la masacre de kurdos en Irak por parte de Saddam Hussein en el siglo XX. El
cronista que escribió acerca de la crueldad de Manasés declaró: “Además, Manasés
derramó muchísima sangre inocente hasta llenar a Jerusalén de un extremo a otro,
aparte de su pecado con el que hizo pecar a Judá para que hiciera lo malo ante los ojos
del Señor”. Sin embargo, Dios protegió a Sofonías y lo preparó para el ministerio
profético. Es probable que creciese en un hogar piadoso y se beneficiase de ello.
En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo recuerda a su joven colaborador Timoteo
los beneficios espirituales de un hogar piadoso. Él escribe: “Porque tengo presente la fe
sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y
estoy seguro que en ti también”. En la misma carta, insta a Timoteo a abundar en esa
primera enseñanza: “…persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te
convenciste…”.487 Padres y abuelos cristianos deben estar deseosos de corroborar estas
palabras, y tenemos que dar gracias a Dios si nos ha concedido ese comienzo en la vida,
algo que hizo con Sofonías casi con toda seguridad.
Sin embargo, sea esto cierto o no para Sofonías (porque debemos tener cuidado de
no leer demasiado entre líneas), la verdad de su nombre permanece. El Señor soberano
tiene un plan para cada vida. Como el Siervo de Dios declara en la profecía de Isaías: “El
Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre mencionó mi
nombre. Ha hecho mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me ha
escondido…”.
También es razonable pensar que
2. Sofonías venía de un entorno privilegiado
Se nos dice que el padre de Sofonías se llamaba Cusi (1:1). Este nombre es egipcio y
algunos sugieren que pudo ser de origen etíope, un esclavo o un funcionario de la casa
real. No lo sabemos con certeza.
Más importante quizás es la mención de Ezequías como tatarabuelo de Sofonías.
¿Es el rey Ezequías, el antiguo monarca reformador de Judá? Una vez más, no podemos
saberlo con seguridad. Sin embargo, ¿por qué se detiene en Ezequías la lista de
antepasados del profeta? ¿Para relacionar a Sofonías con la casa real? Este hecho
encaja sin duda con lo que vemos que este dice y sabe. El palacio era la sede del
gobierno entonces y el centro de la administración pública. Un niño que crecía en la
familia real estaba en una buena posición para conocer lo que acontecía en esos
130
círculos. Conforme estudiemos el mensaje de Sofonías, descubriremos que está bien
informado de los asuntos religiosos, civiles y políticos de su época. Su asociación con el
palacio le permite ser crítico con los miembros de la familia real (1:8–9), el sacerdocio
(1:4; 3:4), los jueces y líderes civiles (3:3), los comerciantes banqueros y los ricos
pagados de sí mismos (1:11). Parece estar hablando con un conocimiento de primera
mano. Además, cuando comenzó su ministerio público, y la “palabra del Señor… vino” a
él, el rey Josías estaba llevando a cabo sus reformas en Judá (640–609 a.C.) y Sofonías
las apoyaba rotundamente.
Resulta alentador para nosotros saber que el Señor soberano puede utilizar
cualquier experiencia de nuestra vida para dar forma en nosotros al tipo de persona
que él quiere que seamos. Lo vemos claramente manifestado, por ejemplo, en la vida
de Moisés (Éx. 1–3) y José (Gn. 37–50). Ambos pasaron parte de su vida en círculos
privilegiados y cortesanos. Sin embargo, este hecho es igualmente cierto en aquellos
cuyos antecedentes fueron muy diferentes, como Elías y Amós, así como los discípulos
de Jesús. Ciertamente, el apóstol Pablo estaba preparado para decir a los cristianos de
la Corinto del primer siglo:
“Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento; no hubo muchos sabios
conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha
escogido lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo
débil del mundo, para avergonzar a lo que es fuerte; y lo vil y despreciado del
mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es; para que nadie se
jacte delante de Dios” (1 Co. 1:26–29).
En el caso de Sofonías, Dios parece haber utilizado este entorno privilegiado, un
hogar piadoso y su probable asociación con el palacio, como una forma de prepararlo
para su ministerio profético durante el reinado de Josías (1:1). Cualesquiera que sean
nuestros antecedentes, el mismo Señor soberano está preparado para utilizar las
circunstancias y experiencias de nuestra vida a fin de que dispongamos lo necesario
para servirle en nuestro día.
Las primeras palabras del libro de Sofonías también sugieren otro aspecto:
3. Sofonías vivió y trabajó en tiempos difíciles
Sofonías nació con casi toda seguridad durante el reinado de Manasés, hijo de
Ezequías. Como ya hemos destacado, este último pudo haber sido tatarabuelo del
profeta. También fue un gran rey reformador de Judá. Había introducido algunas
reformas religiosas importantes y resistido a las amenazas de una superpotencia: Asiria.
Confió en el Señor y, por medio de la oración, había visto cómo el poderoso ejército
asirio se marchaba de las puertas de Jerusalén.
El rey Manasés, sin embargo, presentó una propuesta muy diferente. Arruinó todo
el trabajo que su padre había realizado. Condujo a Judá de nuevo a la sumisión a Asiria,
junto con otras naciones vecinas. Volvió a introducir las prácticas paganas, profanó el
131
templo y fomentó la idolatría, lo oculto, e incluso los sacrificios de niños. También
persiguió a los verdaderos creyentes en Jehová.493 Sofonías nació en esa época.
Sin embargo, había un rayo de luz en la oscuridad, porque la Palabra de Dios no fue
suprimida totalmente en esos días. El escritor de 2 Reyes lo expresó de la siguiente
manera: “Y habló el Señor por medio de sus siervos los profetas, diciendo: ‘Por cuanto
Manasés, rey de Judá, ha hecho estas abominaciones… por tanto voy a traer…
calamidad sobre Jerusalén y Judá…’ ”. Los profetas seguían proclamando la palabra de
Dios en los días de Manasés.
Merece la pena reflexionar en que tanto en los días del antiguo pacto como en los
del nuevo, Dios nunca deja de mantener viva su Palabra. Por ejemplo, en la época del
malvado rey Acab, Elías se desesperaba porque pensaba que era el único creyente que
quedaba en la tierra. Sin embargo, Dios le recordó que miles no habían doblado su
rodilla ante Baal. Así fue en el siglo XX y así será actualmente. En años recientes, ha
habido épocas de gran oscuridad en la antigua Unión Soviética y China, en las que la
persecución de los cristianos ha sido feroz. Con todo, la iglesia no solo ha sobrevivido en
esas dos grandes naciones, sino que está creciendo. Samuel Lamb, un pastor chino que
pasó veinte años en la cárcel en su país debido a su fe cristiana, escribió en 2003:
“Antes de que el gobierno confiscase nuestra iglesia, esta tenía 900 miembros. Después
de aquello, la membresía creció hasta los 2000. ¡Más persecución, más crecimiento!”.
En la actualidad hay más cristianos en China que afiliados a su Partido Comunista.
En Camboya, solo unos 2000 cristianos de los 12000 que había sobrevivieron a los
campos de exterminio de los jemeres rojos a finales de los años setenta. Aun así, Dios
siguió preservando un remanente de su pueblo a fin de mantener encendida la luz de
su verdad, tanto en la propia Camboya como en los campos de refugiados en las
naciones vecinas. Actualmente, tras diez años de relativa libertad, la Evangelical
Fellowship de Camboya estima que alrededor de 130000 cristianos se están reuniendo
en 2000 pequeñas congregaciones en el país.
Aunque los días de Manasés fueron sombríos, Dios mantuvo a salvo a Sofonías y
viva su Palabra. Conforme fue creciendo, el profeta vio cómo la situación iba cambiando
bajo la mano soberana de Dios. En 643 a.C., Asurbanipal de Asiria capturó a Manasés,
que vivió entonces una conversión espiritual excepcional. Desgraciadamente, era muy
tarde ya para deshacer el daño causado. Cuando su hijo Amón sucedió a su padre en el
trono, Judá se descarrió de nuevo. Sin embargo, Dios seguía controlándolo todo. Una
rebelión del pueblo derrocó a Amón,498 y Josías, un niño de solo ocho años de edad, fue
coronado rey en 641 a.C. Desde los primeros días, Josías buscó al Señor y, a la edad de
veinte años, comenzó sus reformas religiosas, morales y espirituales. Al mismo tiempo,
Asiria inició su declive como potencia mundial.
Dios iba a dar ahora a Judá una nueva oportunidad de volver a él a través de los
esfuerzos reformadores de Josías, apoyados por la predicación y la enseñanza de Hulda,
la profetisa, Sofonías y, un poco más adelante, Jeremías, Nahúm y Abdías.
Dios no queda sin testigos en ninguna generación, por muy difícil que lo puedan
pasar los verdaderos creyentes. Sin embargo, también es cierto que cada una de ellas
debe asumir su propia responsabilidad de dar testimonio de la verdad. Un tiempo de
132
reforma, incluso de avivamiento de la religión verdadera en la época de Ezequías,
pronto se vio envuelto por las fuerzas del mal con Manasés y Amón. Estaba en manos
de Josías, Sofonías y otros profetas como Jeremías instar al pueblo de Dios a volver al
Señor y abrazar la reforma. Toda generación necesita a quienes tendrán la valentía de
llamar a las personas al arrepentimiento y a volverse hacia Dios.
¿Podemos ser aún más precisos acerca de la cronología del ministerio de Sofonías?
La respuesta a esta pregunta está vinculada a un acontecimiento muy significativo en el
reinado de Josías. Durante la restauración del templo de Jerusalén (622 a.C.), se
produjo un descubrimiento apasionante. El cronista lo describe de la siguiente forma:
“Y mientras ellos sacaban el dinero que habían traído a la casa del Señor, el sacerdote
Hilcías encontró el libro de la ley del Señor dado por Moisés”. Se cree generalmente que
los rollos descubiertos contenían las palabras del libro de Deuteronomio. Además,
sabemos que el rey Josías había comenzado sus reformas antes de que se encontrasen
los mismos; que se llamó a la profetisa Hulda para que interpretase esas Escrituras;502
que el pueblo renovó los términos del pacto explicado en ellas; y que más adelante,
Jeremías expuso esas mismas palabras.
Por tanto, ¿dónde encaja exactamente el ministerio público de Sofonías?
Algunos han argumentado que los mensajes contenidos en el libro de Sofonías se
comunicaron muy probablemente antes del descubrimiento del libro de la Ley y de la
renovación del pacto. Se dice que Sofonías no pudo haber hablado de tantas áreas de la
vida de Judá sin reformar si el pacto ya se hubiese renovado nacionalmente.
Otros afirman que si el libro de la Ley es realmente Deuteronomio, entonces las
citas frecuentes de este en la predicación de Sofonías sugieren que está apoyando las
reformas de Josías después del trascendental descubrimiento. La referencia al
“remanente de Baal” (1:4) también apunta a que ya habían tenido lugar algunas
reformas, pero que quedaba un grupo de idólatras del que ocuparse. Ocurre lo mismo
actualmente. La reforma en una parte de la iglesia va aparejada con otras partes que no
se tocan. También se puede dar el caso de que haya bendición en una localidad
mientras iglesias vecinas se marchitan y necesitan ser renovadas por la Palabra de Dios.
Podemos disponer de abundantes Biblias y muchas versiones diferentes actualmente,
junto a notables facilidades para su impresión y distribución, pero en algunas iglesias la
enseñanza de la Biblia es tan ligera que un redescubrimiento de su mensaje, relevancia
y poder para cambiar vidas resulta tan necesario como el hallazgo de la ley de Dios en la
época de Josías. El Espíritu del Señor utiliza su Palabra para dar lugar a la reforma y la
renovación en la iglesia. Siempre ha sido así; siempre lo será.
Antes de pasar a considerar el mensaje que Sofonías comunicó a sus
contemporáneos, haremos bien en reflexionar sobre otro aspecto de estas primeras
palabras. Sofonías menciona tres nombres, los cuales aparecen en la genealogía de
Jesús: Ezequías, Amón y Josías. Podemos entender que Dios escoja a los buenos reyes
reformadores como Ezequías y Josías para formar parte de esa línea que conduce hasta
Jesús, el Mesías. Sin embargo, es más difícil comprender por qué se incluye a Amón.
Únicamente reinó durante dos años y gobernó de forma desastrosa en ese corto
período de tiempo. Se nos dice que “hizo lo malo ante los ojos del Señor, como había
133
hecho su padre Manasés. Pues anduvo en todo el camino en que su padre había
andado, sirvió a los ídolos a los que su padre había servido y los adoró. Y abandonó al
Señor, el Dios de sus padres, y no anduvo en el camino del Señor”.506 No obstante, la
doctrina bíblica de la providencia de Dios nos garantiza que Dios seguía en el trono y
obrando sus propósitos incluso cuando Amón reinaba. Debemos recordar que el Señor
era soberano cuando dictadores como Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot o Saddam Hussein, y
Robert Mugabe en nuestro tiempo, parecían ser todopoderosos en la persecución de
los cristianos y aplastaban a su pueblo en los siglos XX y XXI. El salmista pone en
perspectiva a los tiranos como Amón y Hitler cuando escribió:
“¿Por qué se sublevan las naciones,
y los pueblos traman cosas vanas?
Se levantan los reyes de la tierra,
y los gobernantes traman unidos
contra el Señor y contra su Ungido…
El que se sienta como Rey en los cielos se ríe,
el Señor se burla de ellos” (Sal. 2:1–2, 4).
Los tiempos en que vivimos pueden resultar tan desafiantes y difíciles para nosotros
como lo fueron para Sofonías los suyos. Sin embargo, el relato bíblico de esos años
cruciales de ministerio profético nos recuerda una y otra vez que Dios está obrando
soberanamente sus propósitos a través de las personas y las naciones. Encontramos
una profunda verdad en las palabras de un antiguo cántico cristiano que proclamaba:
“Dios sigue estando en el trono
y se acordará de los suyos.
Aunque las pruebas nos presionen
y las cargas nos angustien,
Él nunca nos dejará solos.
Dios sigue estando en el trono
Y se acordará de los suyos.
Su promesa es verdadera,
Él no se olvidará de ti,
Dios sigue estando en el trono”
(Sra. F. W. Suffield, 1884–1972).
Debemos centrarnos ya en el mensaje de Sofonías, pero, antes de hacerlo,
necesitamos examinar la declaración que aparece en las primeras palabras del libro:
“Palabra del Señor que vino a Sofonías” (1:1).
4. Sofonías declaró que su mensaje provenía de Dios
¡Vaya afirmación! La palabra hebrea traducida “venir” (1:1) significa literalmente
“ser”. Así pues, la fuerza de la frase es que la palabra del Señor “se volvió una realidad
134
viva y presente para él”. Sofonías declara que el Señor le habló y que su mensaje para
sus contemporáneos en Jerusalén y Judá provenía del Dios viviente. El profeta no nos
dice cómo habló el Señor con él. Pudo haber oído una voz o ver una visión.
Presumiblemente se encontró pensando los pensamientos de Dios. Quizás él le habló
mientras meditaba en las Escrituras existentes, especialmente las redescubiertas en el
reinado de Josías. Deuteronomio tiene muchos ecos en el libro de Sofonías.509 Sin
embargo, debemos fijarnos en otros pasajes para comprender de forma más completa
la naturaleza de la autoridad y la inspiración de Sofonías y la Biblia en su conjunto.
Sofonías no es el único profeta del Antiguo Testamento que declara tener autoridad
divina para enseñar. De hecho, todos afirman que comunican la palabra del Señor a sus
contemporáneos. Tomemos como ejemplo a Jeremías, un contemporáneo de Sofonías.
Así es cómo describe la forma en que Dios le llamó para hablar la palabra de Dios:
“Y vino a mí la palabra del Señor, diciendo: ‘Antes que yo te formara en el
seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta
a las naciones’.
Entonces dije: ‘¡Ah, Señor Dios! He aquí, no sé hablar, porque soy joven’.
Pero el Señor me dijo: ‘No digas: «Soy joven», porque adondequiera que te
envíe, irás, y todo lo que te mande, dirás…’.
Entonces extendió el Señor su mano y tocó mi boca. Y el Señor me dijo: ‘He
aquí, he puesto mis palabras en tu boca. Mira, hoy te he dado autoridad sobre
las naciones y sobre los reinos, para arrancar y para derribar, para destruir y
para derrocar, para edificar y para plantar’ ” (Jer. 1:4–7, 9–10).
Los escritores del Nuevo Testamento hicieron declaraciones parecidas. El apóstol
Pablo, por ejemplo, escribe a los cristianos de Tesalónica y dice: “Por esto también
nosotros sin cesar damos gracias a Dios de que cuando recibisteis la palabra de Dios,
que oísteis de nosotros la aceptasteis no como la palabra de hombres, sino como lo que
realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en vosotros los que
creéis”. De nuevo, Pablo afirma que sus palabras son inspiradas cuando escribe a la
iglesia de Corinto diciendo: “… de lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas
por sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu, combinando
pensamientos espirituales con palabras espirituales”.
Además, en un interesante pasaje de la segunda carta de Pedro, el apóstol respalda
este punto de vista de las epístolas de Pablo poniéndolas a la par del resto de las
Escrituras. Pedro escribió: “Y considerad la paciencia de nuestro Señor como salvación,
tal como os escribió también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que la
fue dada. Asimismo en todas sus cartas habla en ellas de esto; en las cuales hay algunas
cosas difíciles de entender, que los ignorantes e inestables tuercen, como también
tuercen el resto de las Escrituras…”.
El apóstol Pablo resume su doctrina de las Escrituras (probablemente, no
refiriéndose sólo al Antiguo Testamento, sino también a la enseñanza apostólica)
escribiendo: “Toda Escritura es inspirada [theopneustos] por Dios y útil para enseñar,
135
para reprender, para corregir, para instruir en justicia”. La palabra griega theopneustos
sugiere que las Escrituras fueron “exhaladas” por Dios, no “inspiradas” por él. El Dr.
John Stott escribe: “Inspiración” es sin duda un término adecuado; pero “espiración”, o
incluso “expiración”, transmitirían el significado del adjetivo griego de forma más
precisa”. Stott continúa diciendo: “No existe una teoría o explicación de la inspiración
aquí, porque no se hace referencia a los autores humanos que, movidos por el Espíritu
Santo, hablaron de parte de Dios (2 P. 1:21). Sin embargo, queda claro en muchos
pasajes que la inspiración, independientemente de cómo operase el proceso, no
destruía la individualidad o la cooperación activa de los autores humanos. Todo lo que
se afirma aquí es el hecho de la inspiración, que toda la Escritura es exhalada por Dios.
Se originó en su mente y se comunicó desde su boca por su aliento o Espíritu. Por tanto,
es apropiado que se defina como ‘Palabra de Dios’, porque él la habló”.
Ahora, eso es exactamente lo que se reivindica para el mensaje de Sofonías (1:1)
cuando se dice que la “palabra del Señor… vino a Sofonías”. Es lo que se entiende de la
declaración de cada escritor bíblico.
Debido a la autoridad única de Jesús, así como de su respaldo a la autoridad divina
de las Escrituras del Antiguo Testamento y la enseñanza de los apóstoles, no
deberíamos tener miedo de confiar en la declaración de Sofonías de que la palabra de
Dios vino a él. Disponemos de una confirmación más si nos atenemos a la forma en que
se ponía a prueba a un falso profeta. En Deuteronomio 13, el escritor señala que uno de
estos aparta al pueblo del Señor y lo involucra en la adoración idólatra. “Si se levanta en
medio de ti un profeta… diciendo: ‘Vamos en pos de otros dioses… y sirvámosle’, no
darás oído a las palabras de ese profeta o de ese soñador de sueños…”. Sobre esta
base, Sofonías no podía ser un falso profeta, como dejará claro nuestro estudio de este
libro. Pruebas parecidas se aplicaron en Deuteronomio 18: “Y si dices en tu corazón:
‘¿Cómo conoceremos la palabra que el Señor no ha hablado?’. Cuando un profeta hable
en el nombre del Señor, si la cosa no acontece ni se cumple, esa es palabra que el Señor
no ha hablado; con arrogancia la ha hablado el profeta; no tendrás temor de él”. La
palabras de Sofonías acerca de la destrucción de Jerusalén se cumplieron de forma
espectacular en 586 a.C., así como en 70 d.C. Por tanto, a diferencia de algunos
autodenominados profetas en tiempos modernos, cuyas profecías no siempre se han
cumplido, Sofonías es reivindicado como uno verdadero por los acontecimientos que
siguieron a sus advertencias.
Ahora, cuando nos disponemos a analizar el mensaje de Sofonías, es importante
que recordemos que, según Jesús y sus apóstoles, es palabra del Señor. Como es
“inspirada por Dios”, es “útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir
en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena
obra”. Mi oración es que Dios pueda utilizar el estudio del mensaje de Sofonías con el
fin de prepararnos para una vida de discipulado y servicio cristiano.
La “palabra de Dios… vino a Sofonías” (1:1). Que venga a nosotros también, por
medio de los escritos inspirados del profeta.
136
El mensaje divino de juicio
Sofonías 1:2–2:3
El libro de Sofonías trata dos temas principales: el juicio y la esperanza. El primero
del que se ocupa es el juicio de Dios (1:2–2:3). El profeta escribe después sobre el juicio
y la esperanza para todas las naciones (2:4–3:8). Finalmente, expone su enseñanza
acerca de la esperanza, la restauración y la salvación (3:9–20).
El mensaje de juicio no es bien recibido en la cultura occidental del siglo XXI,
posmoderna, pluralista y tolerante. Sospecho que no se predica mucho acerca del
mismo desde los púlpitos de nuestras iglesias. Abundan los que lo hacen sobre el amor
de Dios, pero no sobre su ira o juicio.
Este abandono de lo que el apóstol Pablo llamó “la severidad de Dios” se remonta a
hace mucho tiempo. El teólogo Richard Niebuhr escribió acerca del protestantismo
liberal de finales del siglo XIX en este sentido: “Un Dios sin ira trajo a seres humanos sin
pecado a un reino sin juicio por medio del ministerio de un Cristo sin una cruz”.
La anterior puede ser una descripción del liberalismo extremo en la iglesia. Sin
embargo, esta influencia liberal se ha sentido en muchas universidades y seminarios
teológicos a lo largo y ancho del mundo occidental, y las consecuencias de moderar el
Evangelio bíblico han sido catastróficas. El Dr. Leon Morris, por ejemplo, cita las
palabras de Mc Neile Dixon en referencia a este hecho: “Los humanitarios bondadosos
del siglo XIX decidieron mejorar el cristianismo. El concepto del infierno ofendía a sus
susceptibilidades. Lo cerraron y, para su sorpresa, las puertas del cielo también lo
hicieron con un portazo melancólico. El semblante maligno de Satanás les angustiaba.
Lo despacharon y, al mismo tiempo, Dios se marchó”.
La reflexión de Dixon concluye que, si se elimina algo de la revelación del carácter
del Señor en la Biblia, el Dios en quien crees se vuelve un dios a tu propia imagen,
totalmente diferente al verdadero. De forma parecida, si se excluyen las realidades del
mal, el juicio y el infierno, el cielo también deja de tener sentido.
Hace poco debatí con un clérigo anglicano acerca de una serie de folletos que él
había escrito para su congregación, en los que ponía en tela de juicio varias doctrinas
bíblicas importantes. En ocasiones, caricaturizaba ciertas interpretaciones de esas
doctrinas, pero esto es lo que decía acerca de la del infierno y el juicio: “Siempre se ha
creído de forma generalizada que ‘Ir al infierno’, el lugar de castigo eterno, era el
destino de los impíos y los no bautizados; y el miedo al mismo era (y sigue siéndolo
hasta cierto punto) un importante agente de cambio social…”. Después seguía diciendo:
“Actualmente, el infierno impresiona poco a las personas, y muchos tienden a
137
mencionarlo sólo en broma. Los adultos civilizados no hacen chistes sobre asuntos
verdaderamente dolorosos y, como no se considera que las bromas sobre el infierno se
encuentren en el límite de lo aceptable, parece claro que el mismo ha perdido su
componente de horror para casi todos…”. Finalmente, termina afirmando lo siguiente:
“La visión tradicional del cielo y el infierno como pago a recibir al final de la vida, como
recompensa o castigo según corresponda, se apoyaba en la idea del juicio, que a su vez
requería un juez. El problema es que la clase de Dios implicado, el Dios del teísmo, ha
acabado siendo cada vez menos plausible para más y más gente”.
Probablemente, Windross tiene razón cuando dice que cada vez menos personas en
Occidente creen en un Dios de juicio, así como en la realidad del cielo y el infierno. Sin
embargo, Sofonías desafía a nuestra cultura e incredulidad, y nos ofrece una visión
equilibrada del carácter de Dios que lo revela como juez justo y salvador amoroso. El
profeta nos comunica un mensaje del Señor que dice: “Por el fuego de mi celo toda la
tierra será consumida” (3:8). Al mismo tiempo, puede escribir de forma conmovedora
acerca del amor de Dios por su pueblo: “El Señor tu Dios… se gozará en ti con alegría, en
su amor guardará silencio, se regocijará por ti con cantos de júbilo” (3:17).
El mensaje equilibrado de Sofonías, que habla de un Dios que es justo y amoroso,
debe escucharse en el siglo XXI tanto como fue necesario en el siglo VII a.C. Nótese que
el profeta se centra primero en el hecho de que el juicio de Dios está viniendo sobre
todo el mundo.
1. El juicio de Dios está viniendo sobre todo el mundo (1:2–3)
La intensidad de estas palabras (1:2–3) debió provocar conmoción y sorpresa a los
que las oyeron. No es la forma en la que muchos de nosotros empezaríamos un sermón
o un libro. Probablemente, habría quejas al consejo de la iglesia o se escribirían cartas al
obispo si un predicador se centrase en la actualidad tan rotundamente en el tema del
juicio. Sin embargo, Sofonías, aunque posteriormente escribe de forma más
conmovedora sobre el amor de Dios (en el capítulo 3), comienza este libro con un
intransigente mensaje de juicio. De hecho, el orden es significativo. Primero, el juicio;
después, el amor. ¿Cómo podríamos comprender la maravilla del amor salvador si no
hacemos frente a la realidad del juicio y a la necesidad de ser salvados?
Parece claro que los oyentes de Sofonías son principalmente los miembros del
pueblo de Dios en Judá y Jerusalén, aunque el profeta aplica el mensaje del Señor al
mundo entero. Podemos suponer que predicó este mensaje al pueblo de Jerusalén en
primer lugar y más adelante se escribió. Sofonías habla y escribe claramente como
alguien que comunica las palabras exactas de Dios (1:1; véase también 1 P. 4:11).
En estas primeras palabras, Sofonías nos enseña que:
a. El juicio proviene de un Dios personal
Para muchos de nosotros, resulta más cómodo pensar en el juicio como una
actividad impersonal que está teniendo lugar en todo momento en el mundo, desde
138
que Dios lo ha creado. El apóstol Pablo escribe sobre ello en su carta a los cristianos de
Galacia: “No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre
siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su propia carne, de la carne
segará corrupción…”. Es cierto que una vida egoísta provoca consecuencias inevitables.
Tenemos elección. Así pues, por ejemplo, si decido beber demasiado alcohol, puedo
llegar a tener “un problema con la bebida”, o cometer una infracción de tráfico por
conducir ebrio, o en última instancia hacerme caer en el alcoholismo. Recogemos lo que
sembramos y muchos de nosotros hemos descubierto que nuestra vida y carrera han
sido destruidas por sembrar para agradar a nuestra naturaleza pecadora.
También hemos conocido desde hace tiempo que la promiscuidad sexual provoca
enfermedades de transmisión sexual. No quiere decir que toda persona enferma de
SIDA sea culpable de promiscuidad, porque sabemos que hay personas que lo han
contraído en una transfusión de sangre o a través de su madre. Sin embargo, el apóstol
Pablo no está excluyendo a Dios de su aparente “actividad impersonal” de juicio. Él
enseña que la “ira de Dios”528 está siendo revelada cuando los hombres reciben “en sí
mismos el castigo correspondiente a su extravío”. La Biblia enseña que la creación fue
ordenada por el Creador y que sus procesos inherentes solo operan por la acción
directa de su voluntad. En otras palabras, detrás de la “actividad impersonal” se
encuentra la acción personal de Dios.
Sofonías hace hincapié en esa actividad de Dios en juicio cuando transmite el
mensaje de Dios a su pueblo:
“ ‘Eliminaré por completo todo… Eliminaré hombres y animales; eliminaré las
aves del cielo… extirparé al hombre de la faz de la tierra’, declara el Señor”
(1:2–3, cursivas añadidas).
Así pues, el mensaje constante de Sofonías y los escritores bíblicos es que Dios está
implicado de forma personal en el juicio, a través de las consecuencias de lo que
sembramos para agradar a nuestra “propia carne”, por medio de los juicios de la
historia,531 o, como aquí, a través de las fuerzas de la naturaleza, en las que la ira de
Dios se involucra por medio de los procesos inherentes de siembra y siega, así como de
los actos intervencionistas.
En un principio, la idea de que Dios se involucra personalmente en el juicio parece
terrorífica. De hecho, la revelación de Dios como persona es una verdad que muchas
personas rehúyen por considerarla demasiado desafiante y exigente. C. S. Lewis explicó
este concepto hace años en su libro sobre los milagros. Lo expresó de la siguiente
forma:
“Un Dios impersonal, bien y bueno. Un Dios subjetivo de la belleza, la verdad
y la bondad, dentro de nuestra cabeza, mejor aún. Una fuerza vital sin forma,
que surge de nuestro interior, un poder inmenso que podemos utilizar, lo mejor
de todo. Sin embargo, Dios mismo, vivo, tirando en el otro extremo de la cuerda,
acercándose quizás a una velocidad infinita, cazador, rey, marido, eso es otra
cosa bien diferente… Llega un momento en que las personas que han estado
139
coqueteando con la religión (“¡La búsqueda de Dios por parte del hombre!”) se
retiran repentinamente. Supongamos que lo encontramos realmente. ¡Nunca
imaginamos que llegaría a ese punto! Peor aún, suponiendo que él nos había
encontrado”.
No obstante, no debemos evitar llegar al conocimiento de Dios como persona.
Sofonías nos enseña que el Dios que “eliminará por completo todo de la faz de la tierra”
no es un poder impersonal en el centro del universo, amenazando nuestra vida. Por el
contrario, es una persona, justa y amorosa, que asume la responsabilidad de ver que se
haga justicia y que se aprecie cómo se hace, de forma que la impiedad se castiga y su
carácter se vindica.
En términos del Nuevo Testamento, por supuesto, el Dios de Sofonías se revela en
Jesús, descrito como “el Verbo… que estaba con Dios, y… era Dios… se hizo carne, y
habitó entre nosotros”. Ver a Jesús es ver a Dios.535 Cuando observamos la vida, la
enseñanza y la muerte expiatoria del Señor Jesús, vemos claramente tanto la justicia
como el amor de Dios. Jesús, por ejemplo, habló muchas parábolas acerca del día final
de juicio, pero también mostró su amor y compasión llorando sobre Jerusalén. Lo hizo
porque veía el juicio inevitable que caería sobre los que no admitían el tiempo de la
venida de Dios.537 De nuevo, en el camino a la cruz, Jesús instó a algunas hijas de
Jerusalén a llorar por sus pecados y por el juicio venidero. En su amor, también oró por
sus ejecutores con las palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.539
Sobre todas las cosas, el amor y la justicia de Dios se revelan en la muerte expiatoria
de Jesús. El apóstol Pablo escribió que, en la cruz, “Dios estaba en Cristo reconciliando
al mundo consigo mismo”. El apóstol siguió explicando que Dios reconcilió consigo a los
pecadores haciendo a Jesús, “que no conoció pecado,… pecado [o una ofrenda por el
pecado] por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en él”.541 Solo
podemos empezar a comprender este hecho si aceptamos que Dios es tan justo como
amoroso. Por medio de la muerte de Jesús en la cruz, Dios puso de manifiesto su
justicia juzgando nuestro pecado en el cuerpo sin pecado de Jesús. Dios mostró su amor
perdonando nuestros pecados y ofreciéndonos el regalo gratuito de la justicia de Jesús.
Cuando una persona se convierte al Señor, se produce un intercambio real. Por fe,
deposito mis pecados sobre Jesús. Por gracia, Dios me reviste con la justicia de Cristo. El
apóstol Pablo lo resume con estas palabras: “A quien Dios presentó [Jesús] como
propiciación por su sangre… para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que él
sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús”.
Así pues, cuando Sofonías nos hace pensar en un Dios involucrado personalmente
en el juicio final del mundo, también deberíamos pensar en Jesús, que nos revela a un
Dios justo y amoroso. Necesitamos recordar que Jesús dijo a sus discípulos: “El Padre…
todo el juicio se lo ha confiado al Hijo, para que todos honren al Hijo así como honran al
Padre”.
En abril de 1989, tuvo lugar una terrible tragedia en el estadio de Hillsborough, en
Sheffield, en la que muchos espectadores murieron o resultados heridos. Se cuenta la
historia de un doctor cristiano que, tras terminar la asistencia médica que se le pidió,
140
fue invitado a hablar con algunos de los afligidos, muchos de los cuales habían perdido
un hijo o un padre. El doctor se acercó a un hombre que estaba profundamente
angustiado, se sentó a su lado y trató de consolarlo sin palabras. Después de un rato,
pensó que era el momento de orar por el hombre, apesadumbrado y sumido en un
profundo dolor. Así pues, le preguntó si podía orar a Dios por él. Este reaccionó con
amargura y replicó: “¿Qué sabe Dios de lo que es perder un hijo?”. Sabemos que el
Señor es amoroso y justo precisamente porque “dio a su Hijo unigénito”.
Es necesario exponer un aspecto más de la advertencia de juicio que Sofonías
introduce al principio de su profecía. El hecho de que Dios advierta a su pueblo sobre el
juicio venidero es una señal de su amor. El aviso debe provocar que nos preparemos
para lo que puede venir. Yo vivo cerca del mar en North Norfolk y considero que las
advertencias sobre la subida del nivel del mar debido al calentamiento global, con la
consiguiente inundación de toda la costa de North Norfolk, son bastante pesimistas y
catastrofistas, pudiendo ignorarse tranquilamente. Por contra, creo que aquellos que
advierten a las personas sobre esos riesgos lo hacen realmente por nuestro bien.
Quiero oír lo que tienen que decir, conocer todo lo relativo a cualquier posible desastre
futuro. Quiero reaccionar de forma responsable ante esos avisos.
De la misma forma, Dios siempre mira por mis intereses cuando me advierte acerca
del juicio venidero con gran amor y compasión. Si no supiésemos nada de la ira que
vendrá, no huiríamos de ella. Una parte esencial de nuestra humanidad es vivir a la luz
de consecuencias previstas. Sofonías nos ayuda a hacerlo.
Lo anterior nos conduce a una segunda verdad acerca del juicio en este pasaje.
b. El juicio es totalmente merecido
Cuando las personas se enfrentan a tragedias personales, dicen en ocasiones: “¿Qué
he hecho yo para merecer esto?” o “¿Por qué Dios me ha hecho esto?”.
No existen respuestas fáciles para estas preguntas. La Biblia nos enseña que el
sufrimiento no es siempre la consecuencia directa del pecado particular del que sufre.
Así pues, Job, por ejemplo, se define como un hombre “intachable” y “recto”. Aun así,
sufrió calamidades que cayeron sobre su propiedad y su familia. También experimentó
el padecimiento en su propio cuerpo.546 Jesús enseñó la misma verdad. Cuando sus
discípulos vieron a un hombre ciego de nacimiento, le preguntaron: “ ‘¿Quién pecó,
este o sus padres, para que naciera ciego?’. Jesús respondió: ‘Ni este pecó, ni sus
padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él’ ”. Del
mismo modo, cuando preguntaron a Jesús sobre una masacre de galileos y el
derrumbamiento de una torre en Siloé que mató a dieciocho personas, el Maestro dejó
claro que aquello no aconteció a esos en particular porque fuesen más culpables de
pecado que cualquier otro en Galilea o Siloé. Sin embargo, Jesús dijo: “Si no os
arrepentís, todos pereceréis igualmente”.548 Todos somos pecadores. Todos
merecemos el juicio de Dios. Los desastres de este tipo nos ayudan a recordar que la
vida es corta y que todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, así como que
no debemos dar por hechas la gracia y la protección de Dios.
141
Sofonías nos dice que el juicio que merecemos será una eliminación absoluta del
mal y la impiedad del mundo: “Eliminaré por completo todo de la faz de la tierra” (1:2).
El Creador es también el Juez. Él actúa con justicia perfecta porque la humanidad se ha
rebelado contra él, adorando a ídolos en lugar del Dios verdadero y vivo.
Aquí, el relato de Sofonías sobre el juicio final de Dios parece tener en mente la
historia de Noé, así como el castigo de una generación que había dado la espalda a su
Creador y merecía totalmente ese juicio. El lenguaje que describe la acción de Dios
invierte el orden de la creación, eliminando a los “hombres y animales” primero,
después a “las aves del cielo y los peces del mar” (1:3). Finalmente, la siguiente
declaración: “ ‘Haré tropezar a los impíos; extirparé al hombre de la faz de la tierra’,
declara el Señor” (1:3).
Existen diferentes opiniones sobre el significado del texto hebreo traducido con la
frase: “Haré tropezar a los impíos” (1:3). Una mejor traducción podría ser: “Reduciré a
los malvados a un montón de escombros” (NTV) o “Destruiré… las piedras de tropiezo
con los impíos” (RVA). “Piedra de tropiezo” es miksol en hebreo. En el texto original
aparece la palabra maksela. No obstante, existe un vínculo entre ambos términos. Si se
acepta “piedra de tropiezo”, Dios está diciendo entonces por medio de Sofonías que él
destruirá todas las cosas y hará que las personas tropiecen y pequen, especialmente en
la idolatría. Robertson sugiere que ello incluiría la “distorsión de las cosas buenas de la
creación en una causa de pecado”, algo que tenía lugar en la época de Sofonías por
medio de la elaboración de ídolos y su adoración. Actualmente, el mismo pecado se ve
sin duda en los muchos que adoran y se inclinan ante el dios del materialismo y las
ganancias, o en los que explotan el entorno y dañan la creación del Señor. El apóstol
Pablo dijo que la codicia es idolatría, la raíz del materialismo actual.
Sofonías es muy claro cuando dice que el pecado humano ha afectado a toda la
creación: “hombres y animales… aves del cielo… peces del mar” (1:3). El pecado
corrompe el entorno y perjudica a la base económica de la existencia humana.552
En 2006, por ejemplo, Sir Nicholas Stern, un antiguo economista jefe del Banco
Mundial, presentó un informe al Gobierno Británico en el que afirmaba que “las
pruebas científicas son abrumadoras” en relación al cambio climático que se está
produciendo y que presenta “peligros muy serios”. Tales cambios, dice, “transformarían
la geografía física del mundo”, abocando a muchos millones de personas al hambre, la
escasez de agua o la pérdida del su hogar. Comentando este informe en el periódico
The Times del día 3 de octubre de 2006, Lewis Smith escribió:
De entrada, el derretimiento de los glaciares provocaría inundaciones, pero
además dejaría a una sexta parte de la población del mundo sufriendo escasez
de agua. La subida del nivel del mar amenazaría a las ciudades, incluyendo a
Londres y Nueva York, y un aumento de temperatura de dos grados centígrados
pondría en riesgo de extinción al 15–40% de la vida salvaje. Las malas cosechas
dejarían a cientos de millones de personas al borde del hambre, especialmente
en África; y, cuando las temperaturas aumentasen unos cuatro grados
centígrados, la producción global de alimentos se vería gravemente afectada.
142
Los científicos tienen claro que, cuanto mayor sea el aumento de la
temperatura, peor será el impacto sobre las personas y las economías.
Stern argumenta que la estabilización de los niveles de gases de efecto invernadero
en la atmósfera es posible y no detendrá el crecimiento económico. Sin embargo, el
veterano analista del cambio climático de Christian Aid, Andrew Pendelton, comentó lo
siguiente sobre el informe de Stern:
El informe de Sir Nicholas es de una gran importancia internacional y no
debería dejar ninguna duda acerca de la necesidad de actuar de forma
inmediata sobre el cambio climático. Hablar de la transformación económica
está muy bien, pero el peligro sigue siendo real para los pobres en el mundo
subdesarrollado, cuyo futuro depende de nuestra disposición a actuar. Si
seguimos las conclusiones del informe, podemos evitar la bancarrota
económica, pero seguimos tambaleándonos en el límite de la moral. Las cifras
de Stern indican que la temperatura media del mundo aumentaría sin duda por
encima de esos dos grados que los científicos catalogan como seguros. Eso
condenaría a muerte a millones de personas pobres que se encuentran en la
primera línea del cambio climático.
El pecado humano y el egoísmo conducen inevitablemente a la contaminación del
entorno y al juicio de Dios sobre las naciones y el planeta entero. Ese juicio es merecido,
porque el egoísmo y la idolatría se encuentran en la raíz de la rebelión de la humanidad
contra Dios nuestro Creador.
Esta circunstancia lleva a Sofonías a hacer hincapié con absoluta convicción en que
c. El juicio llegará finalmente
La idea de que el punto culminante de la historia mundial será la destrucción del
planeta tal como lo conocemos es una visión del mundo compartida por algunos
escritores seculares. Tanto si el fin llega por una explosión nuclear, como por un
meteorito que se estrelle sobre la tierra, por un “agujero negro” cósmico que succione
al planeta, o de cualquier otra forma, está surgiendo una opinión común de que el
mundo probablemente acabará con una explosión y no con un lamento. Tristemente,
mientras los científicos están preparados para hablar de esa forma del fin, ofreciendo
poca esperanza a la humanidad, los líderes cristianos guardan frecuentemente silencio
en relación con el día final de juicio y la esperanza de salvación que se ofrece con él.
Sin embargo, Sofonías quiere que sepamos al principio de su profecía que el juicio
del Señor llegará finalmente para todo el mundo. Cuando escribe que Dios eliminará
todo de la faz de la tierra, utiliza dos palabras hebreas (asop, asep) para comunicar a sus
oyentes que el juicio final de Dios será total y seguro. Estas dos palabras transmiten la
idea de “reunir”, “eliminar” o “llevar a su fin”. Juntas indican una aniquilación total.
Dios erradicará toda la impiedad y al mal del mundo cuando venga a juzgar al final de
los tiempos.
143
La parábola de Jesús del trigo y la cizaña habla del juicio final de una forma
parecida. El trigo y la cizaña crecen juntos hasta la cosecha. Entonces, el dueño de la
granja dice: “Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega; y al tiempo de la siega diré
a los segadores: ‘Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla, pero el
trigo recogedlo en mi granero’ ”. Al explicar la historia, Jesús dice: “El Hijo del Hombre
enviará a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que son piedra de tropiezo y a
los que hacen iniquidad”.557 Habrá una recolección y una eliminación de lo inútil en el
día final. El mensaje de Sofonías no es diferente de la enseñanza de Jesús en este
punto.
El resto del Nuevo Testamento enseña las mismas verdades. De hecho, el apóstol
Pedro explica a sus lectores por qué estaba retrasando el Señor este acto final de juicio.
Él escribe: “Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no
se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es
paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al
arrepentimiento”. Pedro sigue describiendo el día en palabras parecidas a la descripción
de Sofonías: “Pero el día del Señor vendrá como ladrón, en el cual los cielos pasarán con
gran estruendo, y los elementos serán destruidos con fuego intenso, y la tierra y las
obras que hay en ellas serán quemadas”.
¿Qué mensaje envía esta enseñanza al pueblo de Dios? Pedro deja claro que nos
desafía a vivir una vida de piedad y santidad.
“Puesto que todas estas cosas han de ser destruidas de esta manera, ¡qué
clase de personas no debéis ser vosotros en santa conducta y en piedad,
esperando y apresurando la venida del día de Dios, en el cual los cielos serán
destruidos por fuego y los elementos se fundirán con intenso calor! Pero, según
su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales
mora la justicia. Por tanto, amados, puesto que aguardáis estas cosas, procurad
con diligencia ser hallados por él en paz, sin mancha e irreprensibles”.
Sofonías también hace de su enseñanza sobre el juicio final un llamamiento al
despertar del pueblo de Dios en Jerusalén y Judá. Consideraremos este aspecto
detenidamente más adelante. Sin embargo, haremos bien en destacar lo pronto que
insta al pueblo a callar “delante del Señor Dios” (1:7), a gemir y lamentarse por la
destrucción venidera (1:11) y a congregarse para buscar al Señor, así como la justicia y
la humildad (2:1–3).
Tenemos que preguntarnos, a la luz del juicio final, qué tipo de personas
deberíamos ser. La mente debe concentrarse en el día del juicio, como lo hace en un
examen final, salvando las distancias. Un día, todos compareceremos ante el tribunal de
Cristo. Somos responsables ante Dios. ¿Cuán preparados estaremos?
La enseñanza de Sofonías aquí nos ofrece otro concepto más. El profeta no está
describiendo un desastre cósmico casual. Nos ha enseñado que el Señor soberano está
a cargo de todo de forma personal, y el final sólo llega de acuerdo a su voluntad y
palabra, así como a su tiempo. “Eliminaré por completo todo de la faz de la tierra”.
144
¡Dios tiene el control! El Creador soberano, el fiel y amoroso Señor del pacto, tendrá la
última palabra (Ro. 8:20–21). El mundo entero se encuentra bajo su juicio: “El Juez de
toda la tierra, ¿no hará justicia?”.
2. El juicio comienza en casa (1:4–6)
La idea de que Dios extendería su mano contra Judá y Jerusalén (1:4) estaría muy
lejos de los pensamientos del pueblo de Dios. Una cosa era reconocer un día final de
juicio para el mundo entero, pero enfrentarse al mensaje de que ese juicio caería sobre
ellos suponía algo muy distinto. Después de todo, eran hijos de Abraham, y el Señor
había dicho a este:
“Te haré fecundo en gran manera, y de ti haré naciones, y de ti saldrán
reyes. Y estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia después de ti, por
todas sus generaciones, por pacto eterno, de ser Dios tuyo y de toda tu
descendencia después de ti. Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la
tierra de tus peregrinaciones, toda de Canaán como posesión perpetua; y yo
seré su Dios” (Gn. 17:6–8).
Dios cumplió sus promesas. Escogió a Judá e hizo una familia real de sus
descendientes. Se asentaron en la tierra prometida, tras haber sido liberados de la
esclavitud en Egipto cuando Dios extendió su mano para salvarlos.563 Además, los que
vivían en Judá y Jerusalén en la época del ministerio de Sofonías podían disfrutar de los
privilegios de la adoración en el templo. Podían entrar en la presencia del Señor y
escuchar la enseñanza de la Palabra de Dios. Podían recibir por fe los medios de la
gracia, simbolizados por los sacrificios ofrecidos en obediencia a Dios. Disfrutaban de un
inmenso privilegio, que muchos de nosotros compartimos actualmente. De hecho,
nuestros privilegios son mayores por las riquezas de nuestra herencia en Cristo.
Sin embargo, Sofonías nos recuerda que el privilegio trae consigo responsabilidad.
Además, nos comunica un mensaje de Dios: si somos incapaces de actuar
responsablemente, merecemos el juicio. El profeta Amós, un siglo antes de Sofonías,
había predicado el mismo mensaje. Él escribió en referencia a Israel: “Sólo a vosotros he
escogido de todas las familias de la tierra”; y sigue diciendo: “por eso os castigaré por
todas vuestras iniquidades”.
Los que profesan creer en Dios son responsables ante él. El privilegio de pertenecer,
al menos nominalmente y de forma externa, al pueblo de Dios no nos salva de su juicio
por nuestra conducta pecadora. Si somos cristianos, justificados por gracia por medio
de la fe en Jesús, no tenemos que temer el juicio final. Como el apóstol Pablo escribió a
los cristianos de Roma: “Por consiguiente, no hay condenación para los que están en
Cristo Jesús”. Jesús ha cargado con el juicio que merecemos y ha muerto “por los
pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”.567 Sin embargo,
esto no altera el que todos seamos responsables ante el Señor. Como lo expresó el
apóstol Pablo: “Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que
145
cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo
que hizo, sea bueno o sea malo”.
Así pues, si profesamos ser cristianos, pero en realidad vivimos de forma impía e
hipócrita, debemos examinarnos a la luz de la advertencia de juicio de Dios. Con esta
situación en mente, el apóstol Pedro escribe a los cristianos del primer siglo y dice que
“es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios”. En este contexto, el apóstol
Pablo escribió a los cristianos de Corinto advirtiéndoles de su conducta egoísta y
autoindulgente en la Cena del Señor, y señalando lo siguiente: “Por tanto, examínese
cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba de la copa. Porque el que come y
bebe sin discernir correctamente el cuerpo del Señor, come y bebe juicio para sí. Por
esta razón hay muchos débiles y enfermos entre vosotros, y muchos duermen”.570
Después, continúa diciendo: “Pero si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos
juzgados. Pero cuando somos juzgados, el Señor nos disciplina para que no seamos
condenados con el mundo”.
Jesús también advirtió sobre el peligro del juicio a aquellos que profesaban ser sus
discípulos y oían su palabra pero no la obedecían. En el Sermón del Monte compara al
sabio que oía y obedecía su mensaje con el necio que lo oía pero no hacía nada al
respecto. El necio edificó su casa sobre la arena, no había un fundamento firme en su
vida. Por tanto, cuando llegó la tempestad, la casa “cayó, y grande fue su destrucción”.
Los que oyeron las enseñanzas de Jesús fueron inmensamente privilegiados. Sin
embargo, los que no las obedecieron se enfrentaron al juicio de Dios, que comienza en
casa; comienza conmigo.
Pocas semanas después del atentado contra las torres gemelas de Nueva York,
aquel funesto día de septiembre de 2001, preguntaron a Anne Graham Lotz, hija del
evangelista Dr. Billy Graham: “¿Cómo pudo Dios permitir que ocurriese algo como lo del
11 de septiembre?”. Parte de su respuesta fue: “Creo que Dios está sumido en una
profunda tristeza por ello, como nosotros; pero durante años hemos estado echándolo
de nuestras escuelas, de nuestro gobierno y de nuestra vida. Siendo el caballero que es,
creo que se ha retirado tranquilamente. ¿Cómo podemos esperar que Dios nos dé su
protección si le pedimos que nos deje solos?”.
El hecho de que semejante tragedia se produjese en un país en el que un gran
porcentaje de ciudadanos dicen ser cristianos y asisten regularmente a la iglesia causó
sin duda un gran impacto entre los creyentes estadounidenses. No sabemos todo lo que
Dios está diciendo al mundo occidental por medio de este horrendo desastre, pero
Anne Graham Lotz hizo lo correcto plantando cara a las preguntas y conclusiones de un
país que profesa su cristianismo. El mensaje de Sofonías fue muy claro para Judá,
Jerusalén y el pueblo de Dios de su época. Fue un mensaje que vino del Señor (1:1). A
pesar de todos sus privilegios, Dios les dice: “Extenderé mi mano contra Judá y contra
todos los habitantes de Jerusalén” (1:4).
Aquí, la enseñanza de Sofonías va más allá de la idea de que el juicio no es más que
la retirada de la mano protectora de Dios de nuestra vida, lo cual permite que nos
acontezcan tragedias. Cuando el Señor dice, por medio de Sofonías, “Extenderé mi
mano contra Judá y contra todos los habitantes de Jerusalén”, estaba pasando de “Dios
146
permite” a “Dios dirige”. El profeta Amós lo expresó diciendo: “Si sucede una calamidad
en la ciudad, ¿no la ha causado el Señor?”.
No obstante, ¿por qué prometió Dios extender su mano contra Judá y Jerusalén?
La respuesta a esta pregunta reside en la religión corrupta que seguía practicándose
en Jerusalén y Judá a pesar de las reformas de Josías (1:4–6). Sofonías nos da algunos
ejemplos.
a. Algunas personas adoraban a Baal, no al Señor
Los términos del pacto de Dios con su pueblo eran claros. El Señor dijo: “Yo soy el
Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. No
tendrás otros dioses delante de mí”. Sin embargo, Israel quebrantó este pacto una y
otra vez a pesar de las advertencias de los profetas, y algunos adoraban a Baal en lugar
del Señor (Jehová).
En la época de Sofonías, el rey Josías había comenzado a eliminar los altares de Baal,
así como a los sacerdotes paganos e idólatras y sus prácticas malvadas. El profeta apoyó
rotundamente estas reformas, pero también quedó un “remanente de Baal” (1:4) que
seguía existiendo, y “ministros idólatras junto con sus sacerdotes” que alentaban la
adoración corrupta.
El Señor está en contra de la religión corrupta y falsa. Es un Dios celoso que exige
nuestra lealtad exclusiva. Nótese la fuerza de estas palabras expresadas por medio del
profeta Sofonías: “Extenderé mi mano contra Judá y contra todos los habitantes de
Jerusalén; cortaré de este lugar577 al remanente de Baal y los nombres de los ministros
idólatras junto con sus sacerdotes” (1:4). Dios promete borrar el nombre de los
sacerdotes idólatras incluso de la memoria del pueblo del Señor. Se ha sugerido que el
exilio, con el que Dios ejecutó su juicio disciplinante sobre su pueblo, acabó con “la
adicción a Baal”. Los juicios de Dios tienen un efecto purificador.
La palabra hebrea Baal (ba’al) significa literalmente “amo”, “señor”, “poseedor” o
incluso “marido”, y el término pasó a utilizarse para hacer referencia a los dioses
cananeos y asirios. Sofonías estaba predicando durante la época en que Asiria seguía
siendo una potencia mundial. No obstante, la mención aquí del “remanente de Baal” y
de los “ministros idólatras junto con sus sacerdotes” (los chemarim) hace más probable
que esté hablando de aquellos dioses cananeos que habían sido una tentación
constante para Judá durante generaciones, y en particular durante los días de Manasés
y Amón. Conocemos lo suficiente del baalismo de aquella época como para señalar su
relevancia en el siglo XXI y la iglesia actual. Por ejemplo,
(i) El baalismo era una religión de la prosperidad
Los que adoraban a Baal en la época de Sofonías esperaban acumular riquezas y
prosperidad. Creían que Baal volvería la tierra más fértil y productiva; que, si agradaban
y estimulaban a este dios, cultivos, animales y personas serían fructíferos y se
multiplicarían. Por tanto, muchas personas adoraban al dios de la fertilidad y la
147
prosperidad en lugar del único creador verdadero que supliría todas sus necesidades.
Actualmente, tenemos nuestros baales modernos, relacionados con la prosperidad.
“Baal es otro nombre para el producto interior bruto; y dondequiera que las personas
consideren los balances bancarios, la prosperidad o economía sólida, la productividad y
el aumento de las exportaciones como la esencia de su seguridad, se sigue adorando a
Baal”.
En los evangelios, Jesús nos advierte frecuentemente sobre el materialismo y la
confianza en las riquezas. En una ocasión, dijo: “Estad atentos y guardaos de toda forma
de avaricia; porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus
bienes”. Seguidamente, contó la historia del rico insensato que, tras una gran cosecha,
se dijo: “ ‘Tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe,
diviértete’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma: y ahora,
¿para quién será lo que has provisto?’ ”. Entonces, Jesús añadió: “Así es el que acumula
tesoro para sí, y no es rico para con Dios”.
La tentación de coquetear con la religión llega también de forma más sutil para los
cristianos del siglo XXI. Pocos de nosotros tomamos en serio el desafío del antiguo
lema: “Vive simplemente para que otros puedan simplemente vivir”. De hecho, se ha
enseñado a algunos cristianos que deben creer en un “evangelio de la prosperidad” que
sostiene que los creyentes pueden volverse ricos y prósperos solo si tienen fe suficiente
como para reclamar y creer las promesas de Dios. Un ejemplo de ello se encontró en las
enseñanzas y prácticas de un evangelista muy conocido, cuyos colaboradores colocaban
un sobre en cada asiento de la sala de reuniones con las palabras: “Mientras más dé,
más rico le hará el Señor”. Una pareja joven que conozco se sintió tan engañada y
desilusionada por esta enseñanza de la prosperidad que su ministro local impartía en su
iglesia, que ya no pertenecen más a esta. No estoy justificando su actitud, pero ese
hecho ilustra el daño que puede causar el “evangelio de la prosperidad”.
Jesús nos enseña en el Sermón del Monte que no debemos preocuparnos por la
comida, la bebida o la ropa que necesitamos; más bien, debemos buscar primero su
reino y su justicia. Entonces, como él afirma, “todas estas cosas os serán añadidas”. No
obstante, ¡Jesús no está diciendo que si le damos el primer lugar a él nos hará
inevitablemente ricos en lo material! Lo que quiere decir es que él suplirá nuestras
necesidades si lo ponemos en primer lugar en nuestra vida.
Puede parecer que el apóstol Pablo esté defendiendo un evangelio de la
prosperidad en su segunda epístola a los Corintios. Sin duda, enseña que la generosidad
al dar produce abundantes bendiciones espirituales. Nos recuerda que, cuando damos,
Dios suple todas nuestras necesidades y provee material y espiritualmente para toda
buena obra. Él lo hace de una forma total. El apóstol nos garantiza que “Dios puede
hacer que toda gracia abunde para vosotros, a fin de que teniendo siempre todo lo
suficiente en todas las cosas, abundéis para toda buena obra”. La frase “teniendo
siempre todo lo suficiente” es una traducción de la palabra griega autarkeia, que en el
pensamiento griego describía al hombre “que ha aprendido a contentarse con muy
poco y a no querer nunca nada”. Así pues, Dios provee para las necesidades, no para los
lujos. Además, Pablo sostiene que, si compartimos con los demás lo que Dios nos ha
148
confiado, los recursos del pueblo del Señor se multiplican585 y llega la cosecha
espiritual. Muchas bendiciones espirituales fluyen del dar de forma sacrificada y
generosa. Este concepto se encuentra muy alejado del evangelio de la prosperidad que
enseña que “mientras más demos (materialmente), más ricos nos hará Dios”. Ese hecho
puede producirse en algunas ocasiones por la providencia de Dios, pero él no promete
grandes riquezas al dador generoso, sino bendiciones espirituales y suplir las
necesidades materiales. En la época de Sofonías, el baalismo era una religión de la
prosperidad y quedaba un remanente en Judá y Jerusalén (1:4) que adoraba al dios de
la prosperidad y la fertilidad en lugar del Dios único y verdadero que podía darles todo
lo que necesitasen. Tenemos que aprender de sus errores y guardarnos del
materialismo y de las falacias del así llamado evangelio de la prosperidad. Dios está en
contra de la religión falsa y corrupta, así como de la desobediencia de los que la
practican. También está en contra de aquellos que enseñan a las personas a ser
materialistas y se adhieren a un evangelio falso. Para Sofonías, el resultado final estaba
claro. El baalismo no triunfaría, como tampoco lo hará ninguna religión falsa. “Cortaré
de este lugar al remanente de Baal y los nombres de los ministros idólatras junto con
sus sacerdotes”. “Cortar” incluye la idea de “borrar de la memoria”. Cuando Dios haya
completado su obra de juicio, no quedará nada de la religión falsa, ni se recordará nada
de ella, pues no tiene relevancia eterna.
(ii) El baalismo era una religión sexualmente corrupta
Es importante que no se pensase en Baal como “persona”, sino como una fuerza
impersonal que supuestamente promueve la fertilidad. Como fuerza, Baal no podía ser
el objeto de la oración en ningún sentido. En su lugar, la esperanza era que sus
adoradores hiciesen suficiente ruido para atraer su atención; o, por decirlo de otra
forma, los adoradores de Baal se disponían a hacer en la tierra lo que deseaban que
este hiciera desde el cielo, con la esperanza de que lo captase e imitara. De ahí que se
llevasen a cabo actos humanos de fertilidad y sexuales para que Baal los viese y sintiese
el estímulo de hacer fértiles a la tierra, los animales y las personas. Así pues, cuando se
dice que el baalismo fomentaba la prostitución ritual, no se refiere al “sexo por dinero”,
que se practica en ciertos barrios de prostíbulos en nuestra cultura; por el contrario, el
baalismo alentaba el “sexo por devoción”. Formaba parte de una religión corrupta.
Algunos cultos religiosos están igualmente equivocados en la actualidad en relación
a la legitimidad moral del “sexo por devoción”. Algunas iglesias mormonas, por
ejemplo, siguen practicando la poligamia. En ocasiones, las congregaciones que
profesan ser cristianas traspasan los límites cuando se trata de la sexualidad moral. En
los años 80, se produjeron unos tristemente célebres casos de inmoralidad sexual
identificados con una teología distorsionada, enseñada en el gran “servicio de las
nueve” en Sheffield. Igualmente equivocados estaban aquellos que en los años 60
abogaban por una moralidad sexual que defendía el principio de que “no hay nada
prescrito excepto el amor”. El líder de una iglesia declaró que, en ciertas circunstancias,
un acto de adulterio podía ser un “acto de santa comunión”. Los que defienden el
149
supuesto beneficio espiritual derivado de una relación homosexual o lésbica expresada
físicamente están igualmente ciegos ante la clara enseñanza de la Biblia en el asunto de
la moralidad sexual.
Sofonías deja claro que Dios está en contra del baalismo y su moralidad sexual
corrupta, incluso cuando pretende ser un acto de devoción religiosa, porque “Dios es
luz, y en él no hay tiniebla alguna”. Dios es absolutamente puro y no puede tolerar
ningún acto indebido.590 Él ha establecido en las Escrituras el ámbito apropiado para las
relaciones sexuales, es decir, dentro del matrimonio y nada más. La declaración clásica a
este respecto se encuentra en Génesis 2:24, citado por Jesús en su enseñanza sobre el
matrimonio y el divorcio. “¿No habéis leído que aquel que los creó, desde el principio
‘los hizo varón y hembra’, y añadió: ‘Por esta razón el hombre dejará a su padre y a su
madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne’? Por consiguiente, ya no
son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo
separe”.
En la mente de Dios (revelada en las Escrituras y corroborada por Jesús), la
inmoralidad sexual merece el juicio del Señor. La ternura con la que Jesús trató a la
mujer “sorprendida en adulterio” es un ejemplo importante que tenemos que observar
y seguir (Jn. 8:1–11). No obstante, también debemos destacar lo que el Maestro le dijo:
“Vete; desde ahora no peques más”. Nuestra actitud debe ser la misma. Cuando las
personas religiosas malinterpretan la moralidad sexual, como en el baalismo, Dios es
agraviado. Él dice: “Cortaré de este lugar al remanente de Baal” (1:4). El baalismo era
una religión sexualmente corrupta.
(iii) El baalismo era una religión delirante
Sofonías menciona a “los ministros idólatras junto con sus sacerdotes” (1:4c), que
apartaban al pueblo del Señor para adorar a Baal. Sabemos que estos sacerdotes
(komerim) quemaban incienso. Sin embargo, el nombre también está vinculado con una
palabra (kamar) que significa “quemar” o “exaltado”. Sin duda, la adoración de Baal
parecía estar vinculada a la exaltación, incluso a la histeria, y los sacerdotes bien
pudieron haberse llamado “los histéricos”.595
El paganismo es un movimiento que creció muy rápidamente en Occidente en el
siglo XX. Algunas sectas paganas se caracterizan por las danzas frenéticas que pueden
tener lugar en sus reuniones para realizar diversas ceremonias. Incluso en la adoración
cristiana, hacer un excesivo hincapié en la exaltación o en “señales y maravillas” no
habituales puede volverse inútil y un fin en sí mismo.
Cuando el apóstol Pablo se encontró con una iglesia que se gloriaba en que muchos
hablaban en lenguas al mismo tiempo y sin interpretación, recordó a sus miembros que
“los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas; porque Dios no es Dios de
confusión, sino de paz”. En el mismo pasaje, escribe: “En la iglesia prefiero hablar cinco
palabras con mi entendimiento, para instruir también a otros, antes que diez mil
palabras en lenguas”.597
El propio Jesús contrastó la adoración pagana histérica con la oración cristiana en el
150
Sermón del Monte. Él dijo: “Y al orar, no uséis repeticiones sin sentido, como los
gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería. Por tanto, no os
hagáis semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes que
vosotros le pidáis”. ¿Existe el peligro de que algunas de nuestras iglesias evangélicas se
vuelvan “histéricas” por las numerosas actividades que promueven?
Así pues, la exaltación asociada con la adoración de Baal también se ve sometida al
juicio de Dios, cuando él dice: “Cortaré… al remanente de Baal y los nombres de los
ministros idólatras junto con sus sacerdotes” (1:4c).
(iv) El baalismo era una religión cruel
Existen algunas pruebas de que la adoración de Baal conllevaba en ocasiones
sacrificios humanos. Robertson afirma: “Bajo las corrupciones del baalismo, el
sacerdocio ofrecía aparentemente recién nacidos indefensos como sacrificio. En lugar
de proveer la eliminación del pecado, instigaba a una depravación de la peor clase”.
Antes de ceder a la tentación de adoptar la postura moral del mundo actual,
debemos reflexionar sobre el hecho de que se sospecha de que incluso en Gran Bretaña
se han llevado a cabo sacrificios de niños recientemente; tenemos que reconocer
también la crueldad con la que se trata a los niños en muchas partes del mundo; y
necesitamos considerar si nuestra sociedad, con una cantidad cada vez mayor de niños
no nacidos matados por el aborto, no merece igualmente el juicio de Dios en el siglo
XXI.
Por tanto, una razón importante de las advertencias acerca del juicio de Dios sobre
su pueblo escogido en Judá y Jerusalén fue el hecho de que algunas personas seguían
adorando a Baal en lugar del Señor. Dios está en contra de esa religión corrupta y falsa.
“Extenderé mi mano contra Judá y contra todos los habitantes de Jerusalén; cortaré de
este lugar al remanente de Baal…” (1:4).
Sofonías continúa con otro ejemplo de religión corrupta.
b. Algunas personas adoraban a las estrellas, no al Señor
“Cortaré… a los que se postran en las terrazas ante el ejército del cielo” (1:5). Se ha
dicho con acierto que, cuando las personas dejen de creer en Dios y en la Biblia, creerán
en cualquier cosa. Hace algunos años, se emitió una serie de televisión sobre religión a
la que se puso como título “Buscando desesperadamente algo”. Se centraba en
numerosos ejemplos raros de lo que estaba disponible para aquellos que buscaban
algún tipo de experiencia “espiritual”. Se nos presentaron druidas, sociedades que
practicaban ocultismo, sacerdotes taoístas y numerosos grupos que ofrecían diversos
tipos de terapias de la Nueva Era. Se nos recordó al menos que hombres y mujeres
están siempre desesperados buscando algo o a alguien que satisfaga sus necesidades
más profundas y dé algún significado y propósito a su vida.
Las cosas no eran diferentes en la época de Sofonías. Parece que conforme algunos
se iban distanciando de la adoración del único Dios verdadero, que creó las estrellas,
151
otros se volvieron a estas para dar significado a su vida. Es posible que muchos se
sumasen a una secta astrológica asiria que introdujo la adoración de las estrellas en
Judá durante el reinado de Manasés y de Amón, o quizás estuviesen regresando a una
antigua creencia cananea en los astros. De cualquier forma, Dios había dejado claro que
esa adoración era idolatría y corrupta. Él dijo en su Palabra: “No sea que levantes los
ojos al cielo y veas el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército del cielo, y seas
impulsado a adorarlos y servirlos, cosas que el Señor tu Dios ha concedido a todos los
pueblos debajo de todos los cielos”.602
Sofonías describe a estos idólatras como “los que se postran en las terrazas ante el
ejército del cielo” (1:5). Puede estar sugiriendo una “adoración” en el hogar, del mismo
modo que las personas leen en privado su horóscopo en el periódico o lo escuchan en
televisión actualmente. Quizás podía significar que la adoración “se ofrecía
directamente a los cuerpos celestes sin utilizar ídolos” (Motyer). Sea cual sea el
significado exacto, queda claro que algunas personas miraban a los cielos buscando
dirección en lugar de al propio Jehová.
Resulta difícil determinar hasta qué punto han afectado al pueblo cristiano de hoy
las prácticas supersticiosas. Sin duda, la astrología ha pasado a ser una importante
industria en Occidente. La escritora Sue Crawford ha declarado: “La mayoría no puede
resistirse a leer su propio horóscopo; y muchos (la mitad de las mujeres y una cuarta
parte de los hombres en Gran Bretaña) miran regularmente a las estrellas. Los
astrólogos ofrecen ahora sus servicios a intermediarios, grandes corporaciones e incluso
políticos…”.
A la luz de todo ello, resultaría sorprendente que la iglesia no se viese influenciada
en algún grado por estas prácticas supersticiosas. En la época de Sofonías, los que
adoraban a las estrellas desde su terraza habían perdido el sentido de la doctrina de la
creación. No eran capaces de reconocer la grandeza de Dios. Nadie escribió mejor sobre
la inmensidad de Dios que el profeta Isaías, cuando dijo: “ ‘¿A quién, pues, me haréis
semejante para que yo sea su igual?’, dice el Santo. Alzad a lo alto vuestros ojos y ved
quién ha creado estos astros: el que hace salir en orden a su ejército, y a todos llama
por su nombre. Por la grandeza de su fuerza y la fortaleza de su poder no falta ni uno”.
Sin embargo, Sofonías nos dice que algunas personas en Judá y Jerusalén se
apartaron de su Creador para volverse a su creación. Muchos hacen lo mismo
actualmente cuando leen su horóscopo y confían en él para obtener dirección, en lugar
de hacerlo en el Señor, el creador del mundo entero; y cada vez está siendo más obvio
que los que escriben acerca de las estrellas, lo hacen como si estas dirigiesen y
determinasen realmente nuestra vida. Además, el hecho de que la Biblia nos advierta
contra la astrología debe significar que hay “algo ahí” que debe temerse y tomarse en
serio. Otros ignoran a Dios como Creador adorando a la propia naturaleza o adoptando
una rígida visión atea de cómo empezó a existir el mundo.
Adorar a la creación en lugar del Creador es un acto de rebeldía y desobediencia
que merece el juicio de Dios. El apóstol Pablo escribió a los cristianos de Roma: “Porque
la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres,
que con injusticia restringen la verdad; porque lo que se conoce acerca de Dios es
152
evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la creación del
mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda
claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa”.
“Los que se postran en las terrazas ante el ejército del cielo” en Judá y Jerusalén no
tienen excusa. La promesa de Dios de cortarlos se cumplió cuando la ciudad quedó
destruida en 586 a.C. y muchos de ellos fueron llevados al cautiverio. Los que confíen
en las estrellas en lugar del Señor se enfrentan al mismo futuro sombrío.
Sofonías prosigue presentándonos otra razón por la que la mano de Dios se
extendió contra Judá y Jerusalén.
c. Algunas personas “adoraban” a Milcom y al Señor
“Cortaré… a los que se postran y juran por el Señor y juran también por Milcom”
(1:4–5). Otra característica de la religión corrupta que seguía estando presente en
Jerusalén y Judá era la adoración sincrética de algunos del pueblo. “Jurar” o hacer
juramento era un acto religioso que constituía tanto un acto de testimonio como una
profesión de fe. El hebreo original significa que estas personas juraban “a” Jehová y lo
hacían “por” Milcom. Jurar “a” Jehová era un testimonio de su lealtad a él en palabras.
Jurar “por” Milcom lo era de su deseo de vivir según los principios y prácticas de este
Dios amonita. (“Temían al Señor y servían a sus dioses conforme a la costumbre de las
naciones de donde habían sido llevados al destierro”.)
Fue el rey Salomón, años antes, quien permitió la adoración de Milcom en Judá. Se
nos dice que, cuando este monarca envejeció, sus esposas le hicieron volver su corazón
hacia otros dioses, “y no siguió plenamente al Señor, como le había seguido su padre
David”. La debilidad de Salomón condujo a la adoración sincrética; fue el rey Josías
quien tuvo que profanar “al Tofet que está en el valle de Ben-hinom, para que nadie
hiciera pasar por fuego a su hijo o a su hija para honrar a Moloc”.609 Josías también
profanó los lugares altos que se encontraban al oeste de Jerusalén, incluyendo los de
Milcom.
A pesar de las reformas de Josías, sin embargo, algunos seguían practicando la
adoración sincrética. El sincretismo implica la mezcla de diferentes prácticas, lealtades y
sistemas religiosos. Es una característica de la cultura occidental del siglo XXI. Vivimos
en una sociedad pluralista y, para muchas personas, el pluralismo no sólo significa que
tengamos diferentes religiones en la Gran Bretaña posmoderna, sino que cualquiera de
ellas es igualmente válida. Este hecho se ilustra perfectamente en la religión de la
Nueva Era, que combina ideas y prácticas de otras varias, en una especie de “revoltijo”.
Sin duda, aquellos que promovían esas prácticas sincréticas creían que estaban
actuando de una forma culturalmente más relevante que Sofonías o Josías. Sin
embargo, la Palabra de Dios siempre ha sido clara: “No tendrás dioses ajenos delante
de mí”. Elías, siglos antes de Sofonías, instó a Israel a cambiar su mentalidad y ofrecer a
Dios una lealtad total y exclusiva. Convocó a 450 profetas de Baal y a 400 de Asera, y
delante de ellos se dirigió al pueblo: “¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opiniones? Si
el Señor es Dios, seguidle; y si Baal, seguidle a él”.612
153
Jesús nos desafía de la misma forma cuando nos advierte de que no podemos servir
a Dios y al dinero: “Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y
amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las
riquezas”.
La Biblia habla de un Dios celoso, que tiene derecho a nuestra lealtad exclusiva.
Transigir, minimizar riesgos, mezclar nuestra religión o involucrarnos en una adoración
multiconfesional es invitar al juicio de Dios. Sin embargo, en Gran Bretaña, con su
sociedad multiconfesional, existe una enorme presión para que se diga que “todas las
religiones conducen a Dios”, o que las tres monoteístas, Islam, judaísmo y cristianismo,
enseñan las mismas cosas y adoran al mismo Dios. No es políticamente correcto
oponerse a este punto de vista, o hacer hincapié en la reivindicación exclusiva de Jesús
de ser “el camino, la verdad y la vida”.
Existe una forma de sincretismo incluso más sutil: tomar igualmente en serio todas
las sectas y tradiciones cristianas en base a que tienen perspectivas que contribuyen a
la imagen general. Obviamente, con ello se adopta una postura humilde y atractiva. Sin
embargo, la lealtad al Señor Jesucristo y a la Palabra de Dios nos empujará sin duda a
reconocer la verdad más profunda, como alguien ha escrito, que “la religión más
contraria a la cristiana es el cristianismo no bíblico”. Debemos ser leales al Señor en
primer lugar. Nuestra lealtad a él implica ser fieles a su Palabra. Reconocer también el
“cristianismo” no bíblico es ser culpable de esa clase de sincretismo que Sofonías dice
que Dios condena, cuando advierte al pueblo con la promesa: “Cortaré… a los que…
juran por el Señor y juran también por Milcom” (1:4–5). Dios está en contra del
sincretismo.
Existía otra razón por la que Dios extendería su mano contra Judá y Jerusalén.
d. Algunas personas ya no seguían al Señor
“Extenderé mi mano contra… los que han dejado de seguir al Señor, y los que no
han buscado al Señor ni le han consultado” (1:4, 6). Había personas en Judá y Jerusalén
que parecían haber seguido al Señor, pero que después le dieron la espalda. Sin duda,
habían asistido con regularidad a los servicios del templo. Habían escuchado la Palabra
de Dios expuesta por los profetas y los sacerdotes, y habían intentado vivirla en su día a
día. Las palabras hebreas traducidas “buscar” (biqes) y “consultar” (daras) son
sinónimas. Juntas, hablan de buscar y cultivar la comunión con Dios. Apuntan al hecho
de que la adoración del Señor, en privado o en público, nunca debería ser un asunto
casual. Implica concentración y seriedad, pero también gozo, así como “un esfuerzo
consciente y dirigido”. Aquí, sin embargo, Dios está señalando que algunas personas ya
no están haciéndolo más.
Sofonías también debía de estar familiarizado con la historia de Moisés en el libro
de Deuteronomio, cuando advirtió al pueblo de que no adorase a los ídolos y le instó a
buscar “al Señor en el lugar en que el Señor vuestro Dios escoja de todas vuestras
tribus, para poner allí su nombre para su morada, y allí vendréis”. Tristemente, algunas
personas no obedecieron más la Palabra de Dios a este respecto en la época de
154
Sofonías. Pudieron haber sido adoradores devotos en su momento, pero ya no querían
tener comunión con el Señor, ni buscar su ayuda, ni ir al lugar en el que podrían estar
con otros adoradores e invocar su nombre. Dios no era una realidad viva en su vida, y su
reincidencia y apostasía trajo sobre ellos la desaprobación del Señor (1:6).
Existe cierta lógica en el orden de las prácticas corruptas descritas por Sofonías. La
idolatría (el baalismo y la adoración de las estrellas) llevó al sincretismo. El abandono de
Jehová como único Dios verdadero condujo a la creencia en muchos dioses o en
ninguno. Esto provocó a su vez la reincidencia individual y la apostasía de muchas
personas que habían adorado con regularidad en el templo de Jerusalén en el pasado.
El mismo proceso ha tenido lugar en la mayoría de los países de Europa Occidental
que alardeaban de una cultura cristiana. En Gran Bretaña, por ejemplo, se ha producido
un enorme descenso en el número de personas que asisten a la iglesia en los últimos
cincuenta años. Esto se debe en parte al materialismo, un rasgo dominante de nuestra
cultura. El sincretismo, que se considera “políticamente correcto” en un Reino Unido
multiconfesional y multicultural, también ha desempeñado su papel; y el liberalismo
teológico que ha desechado la supremacía y suficiencia de las Escrituras, y en ocasiones
la propia Biblia, debe cargar sin duda con parte de la culpa. En la actualidad, muchas
personas siguen todo lo anterior, han dado la espalda a Dios y “no han buscado al Señor
ni le han consultado” (1:6). Esto se cumple incluso entre los que dicen creer aún en él
(más del 70% de la población en el Reino Unido). Muchos profesan ser creyentes, pero
actúan como si Dios no existiese. Son ateos en términos prácticos, y en realidad no
conocen al Señor. Su religión es vacía e inútil.
Así pues, las palabras de Dios por medio del profeta Sofonías deben desafiarnos
profundamente. Nosotros también podemos ser culpables de adorar a nuestros baales
(dinero, prosperidad, sexo) en lugar de nuestro Señor vivo y amoroso. También
podemos dejar de reconocer a Dios como Creador, y adorar a las estrellas o a la
creación en lugar de a quien las ha hecho. Podemos vernos excesivamente
influenciados por las presiones de una sociedad multiconfesional, de forma que
caigamos con demasiada facilidad en la adoración sincrética; o podemos ser como los
que una vez adoraron al Señor de forma regular con su pueblo, pero ya no van más a la
iglesia para buscar su presencia y ayuda.
Dios nos advierte aquí sobre los peligros de esa conducta y de la realidad de que el
juicio comienza por la familia de Dios. Sin embargo, también nos da esperanza. Un poco
después en la profecía de Sofonías, el Señor ruega a su pueblo que se congregue para
buscarlo y que siga la justicia y la humildad (2:1, 3). No obstante, antes de ello, el
profeta explica con más detalle la inminencia del día del juicio e introduce el importante
tema del “día del Señor”.
3. ¡El tiempo se está acabando! (1:7–13)
Actualmente, en el siglo XXI, los que hablan con más insistencia sobre los desastres
venideros y el fin del tiempo para nuestro planeta tienden a ser científicos y ecologistas
que nos advierten acerca de los peligros del calentamiento global y la incapacidad de la
155
mayoría de nosotros de hacer algo al respecto.
Sofonías no fue menos insistente en su advertencia al pueblo de Dios en Judá y
Jerusalén acerca de su necesidad de afrontar sus propios pecados, que provocarían
inevitablemente el juicio de Dios sobre ellos. El tiempo se acababa, les advirtió, y “el día
del Señor está cerca” (1:7).
En la Biblia, la expresión “el día del Señor” sugiere un acontecimiento importante y
decisivo. Se ha descrito como “un momento o período en el que se establece el
destino”. En ocasiones, se empleaba para hacer referencia al momento en que Dios
liberaba o bendecía a su pueblo, y juzgaba a sus enemigos. Isaías escribió: “Porque es
día de venganza del Señor, año de retribución para la causa de Sion”.618 El profeta
Amós, sin embargo, escribió sobre el día del Señor de una forma significativamente
diferente. Él dijo, por ejemplo: “¡Ay de los que ansían el día del Señor! ¿De qué os
servirá el día del Señor? Será tinieblas, y no luz”.
Sofonías ya ha afirmado que el juicio comienza con el pueblo de Dios. Ahora
advierte que “el día del Señor” bien puede ser un día de juicio, que el tiempo se está
acabando, y que el mismo está cerca y es imposible escapar a él.
a. El día del Señor está cerca
Los profetas hebreos estaban recordando constantemente al pueblo el pacto y
acuerdo de Dios con ellos, y advirtiéndoles de las formas en que podían provocar
fácilmente sobre ellos el juicio del Señor. En el libro de Deuteronomio (reencontrado
durante la vida de Sofonías), Dios había dejado muy claro que la obediencia a él
produciría bendiciones suyas sobre la vida de las personas. Del mismo modo, la
desobediencia invitaba a sus juicios (Dt. 27–28). Así pues, Moisés expuso estas opciones
delante del pueblo:
“Y sucederá que si obedeces diligentemente al Señor tu Dios, cuidando de
cumplir todos sus mandamientos que yo te mando hoy, el Señor tu Dios te
pondrá en alto sobre todas las naciones de la tierra. Y todas estas bendiciones
vendrán sobre ti y te alcanzarán, si obedeces al Señor tu Dios. Bendito serás en
la ciudad, y bendito serás en el campo… Bendito serás cuando entres, y bendito
serás cuando salgas…
Pero sucederá que si no obedeces al Señor tu Dios, guardando todos sus
mandamientos y estatutos que te ordeno hoy, vendrán sobre ti todas estas
maldiciones y te alcanzarán: Maldito serás en la ciudad, y maldito serás en el
campo… Maldito serás cuando entres y maldito serás cuando salgas. Enviará el
Señor sobre ti maldición, confusión y censura en todo lo que emprendas, hasta
que seas destruido y hasta que perezcas rápidamente, a causa de la maldad de
tus hechos, porque me has abandonado… El Señor hará que seas derrotado
delante de tus enemigos”.
Una y otra vez, los profetas advertían al pueblo de Dios y le llamaban de vuelta a él.
156
Sin embargo, Israel ignoraba siempre la Palabra de Dios y se rebelaba contra él.
Sofonías ya ha dicho a los habitantes de Judá y Jerusalén que merecen el juicio de Dios
porque han decidido quebrantar el pacto del Señor con ellos. Ahora les dice que “el día
del Señor”, un día de juicio, está cerca. El tiempo se está acabando.
En el pasaje ante nosotros (1:7–13), Sofonías emplea una ilustración gráfica para
expresar la inminencia de este día de juicio, así como la gravedad de su desobediencia
al quebrantar el pacto. Él les dice: “¡Calla delante del Señor Dios!, porque el día del
Señor está cerca, porque el Señor ha preparado un sacrificio, ha consagrado a sus
invitados. Y sucederá que en el día del sacrificio del Señor castigaré… (1:7–8). Volveré
más adelante al llamamiento al silencio por parte de Sofonías. Baste decir en este punto
que el profeta está atrayendo la atención sobre la soberanía de Dios, así como sobre
nuestra necesidad de reconocer esa verdad y escuchar lo que él tiene que decirnos. El
día del Señor está cerca. ¿Qué quiere decir Sofonías cuando habla de que el Señor
prepara un sacrificio (1:7)? Robertson sostiene que el profeta está utilizando aquí
rotundos términos de pacto. Como ya hemos destacado (1:2–3), Sofonías entiende el
juicio universal de Dios como una inversión del orden de la creación. Quizás esté
representando ahora la fiesta de los sacrificios descrita en Génesis 15 como parte del
pacto de Dios con Abraham. En esa historia, Abraham sacrifica algunos animales
descuartizándolos y colocando unas partes frente a las otras para que Dios pasase entre
ellas. Quebrantar el pacto es invitar a la destrucción, del mismo modo que las aves de
rapiña destrozaban los cadáveres de los animales. Nos encontramos ante una imagen
muy gráfica del juicio de Dios sobre aquellos que quebrantan su pacto de gracia.623
Merece la pena destacar que el Nuevo Testamento describe el día final del juicio
con imágenes parecidas. En el libro de Apocalipsis, Juan afirma: “Y vi a un ángel que
estaba de pie en el sol. Y clamó a gran voz, diciendo a todas las aves que vuelan en
medio del cielo: ‘Venid, congregaos para la gran cena de Dios, para que comáis carne de
reyes, carne de comandantes y carne de poderosos, carne de caballos y de sus jinetes, y
carne de todos los hombres, libres y esclavos, pequeños y grandes’ ”.
Según Sofonías, entonces, Judá y Jerusalén están preparadas para el juicio
inminente de Dios, descrito en estos términos relativos a los sacrificios porque han roto
el pacto de Dios. No obstante, ¿qué quiere decir Sofonías con la frase “ha consagrado a
sus invitados”? (1:7b). Es posible que los invitados sean las naciones paganas que
estarían allí para observar el juicio de Dios sobre Judá. Sin embargo, es más probable
que el término se refiera a las naciones que el Señor consagró o “apartó” para ser
instrumentos de ese juicio. La doctrina bíblica de la soberanía de Dios revela sin duda a
un Dios que es Señor de todas las naciones y que en sus propósitos de amor por el
mundo entero utiliza incluso a las naciones paganas para llevar a cabo su voluntad
soberana.
Isaías explica esta doctrina cuando habla de Asiria como la “¡vara de mi ira y báculo
en cuyas manos está mi indignación! Contra una nación impía la envío”. Israel es la
nación impía, ¡pero Asiria es el pueblo pagano que Dios utiliza para castigarlo! Debemos
tener claro que ello no significa que Asiria no pueda evitar sus actos o que no sea
responsable de sus hechos malvados en la guerra contra el pueblo de Dios. Motyer
157
comenta: “El holocausto asirio no fue aleatorio; fue enviado, dirigido donde se merecía
(v. 6), mantenido dentro de los límites del cielo; y al final, Asiria recibió el castigo por
sus excesos”.
Motyer también señala que Isaías emplea la figura del caballo y su jinete para
ilustrar el misterio de la soberanía divina y la responsabilidad humana. “Los asirios son
el caballo, el Señor es el Jinete. El primero posee la energía incansable y el inmenso
poder de su carácter; al segundo corresponden toda dirección y habilidad de gestión…
el Señor cabalga sobre la historia del mundo con el fin de cumplir sus santos
propósitos”.
El profeta Habacuc también lucha con este misterio. Dios le dice que está
levantando a los babilonios, “pueblo feroz e impetuoso”, para ejecutar el juicio sobre
Israel. El profeta está desconcertado. “¿Por qué… callas cuando el impío traga al que es
más justo que él?”.629 Habacuc está dispuesto a esperar a que la respuesta llegue en “el
tiempo señalado” de Dios; y mientras reflexiona en la historia pasada, en la liberación
de Israel de la esclavitud de Egipto por parte del Señor (Éx. 1–3), se da cuenta de que
puede decir: “Con todo yo me alegraré en el Señor, me regocijaré en el Dios de mi
salvación. El Señor Dios es mi fortaleza; él ha hecho mis pies como los de las ciervas, y
por las alturas me hace caminar”. Dios nunca ha fallado a su pueblo en el pasado;
Habacuc está seguro de que tampoco lo hará en el futuro.
Sofonías no explora el misterio de la soberanía de Dios y la responsabilidad humana,
pero sabe que el Señor soberano “ha preparado un sacrificio”, que juzgará a Judá y
Jerusalén, y que consagrará y llamará para esa tarea a las naciones que ha invitado. Él
es el Señor de las naciones; él obra todas las cosas tras el consejo de su voluntad.
Esta misma verdad acerca de la soberanía de Dios también puede proporcionarnos
esperanza cuando reflexionamos sobre muchas situaciones desesperadas que se viven
actualmente en puntos conflictivos de nuestro planeta. ¿Qué esperanza hay en Oriente
Medio, por ejemplo, lejos de la verdad de la soberanía de Dios sobre todas las naciones
de la tierra? El mensaje de Sofonías de que Dios es soberano, así como Juez y Libertador
al mismo tiempo, no sólo ofrecía esperanza a Judá y Jerusalén, sino también a nosotros.
Se ha expuesto un concepto más en relación a la imagen de juicio como “el día del
sacrificio del Señor” (1:8). Motyer escribe: “Hablar del “día del Señor” como día de
sacrificio lo coloca dentro de la larga tradición bíblica de que donde hay pecado debe
haber también muerte… y esto se debe a que Jehová es el Santo… Sofonías toma la
palabra de gracia divina (la provisión de un sacrificio por el pecado) y hace de ella el
vehículo del mensaje de ira; aquellos que han despreciado el sacrificio que Dios provee,
pasan a ser el sacrificio que su pecado merece”.
Aunque Sofonías está convencido de que el día del sacrificio ha sido preparado, el
día del Señor es inminente y el tiempo se acaba, no está enseñando en este punto que
“el día del Señor” sea necesariamente el del juicio final, que de todas formas nunca está
muy lejos de su mente (1:1–3, 18; 3:8). Los juicios sobre los que escribe aquí se
cumplieron presumiblemente cuando los babilonios destruyeron Jerusalén y llevaron a
muchas personas al exilio en 586 a.C. El profeta ruega al pueblo que tome en serio a
Dios. “¡Calla delante del Señor Dios!, porque el día del Señor está cerca” (1:7). La
158
palabra hebrea traducida “calla” transmite un sentimiento de sobrecogimiento en la
presencia de Dios, el Juez del mundo entero. El profeta Habacuc plasma ese mismo
sentimiento en el contexto del juicio de las naciones por parte de Dios. Dice: “Pero el
Señor está en su santo templo: calle delante de él toda la tierra”.
El apóstol Pablo también escribe acerca de lo apropiado del silencio de aquellos que
se han dado cuenta de su pecado y culpa delante de la ley moral de Dios: “Ahora bien,
sabemos que cuanto dice la ley, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca
se calle y todo el mundo sea hecho responsable ante Dios”.
En Occidente, vivimos en un mundo ruidoso y ajetreado que ha perdido el sentido
del temor ante un Dios santo. Puede que la iglesia haya contribuido a esa pérdida por
no hablar tanto de la santidad y justicia de Dios como de su amor. Como cristianos, en
ocasiones no somos capaces de demostrar un sentido adecuado del temor y el asombro
delante del Dios Todopoderoso. Quizás necesitemos captar de nuevo el desafío en estas
palabras de Sofonías: “¡Calla delante del Señor Dios!, porque el día del Señor está
cerca”. Los cristianos viven en “los últimos días”, el período de tiempo comprendido
entre la primera venida de Jesucristo y la segunda. Jesús nos enseñó a pensar que ese
día está “cerca” y nos llamó a estar preparados para su venida a juzgar y salvar. Sofonías
tiene más cosas que decirnos acerca de ese “día del Señor” (1:18). Sin embargo, antes
de considerar esa enseñanza con detalle, haremos bien en destacar que es imposible
escapar de los juicios de Dios.
b. Ese día es inevitable
Sofonías conocía bien la situación que se vivía en Jerusalén. No duda en garantizar a
ciertos grupos de personas de la ciudad que Dios castigaría (1:8, 9) y escudriñaría (1:12)
sus ofensas y su rebelión contra él. El tiempo se estaba acabando. No habría
escapatoria. En primer lugar, advierte a los líderes civiles: “Castigaré a los príncipes, a
los hijos del rey y a todos los que visten ropa extranjera” (1:8).
El privilegio del liderazgo conlleva una responsabilidad hacia Dios y hacia los que son
guiados. Este hecho se rechaza frecuentemente en nuestra cultura occidental secular.
¿Cuántas veces oímos a personas defendiendo que lo que hacen en privado no es
relevante para su oficio público. La palabra de Dios por medio de Sofonías es muy
diferente.
La palabra hebrea traducida “príncipes” (sarim) es un término más general que hace
referencia a los líderes civiles y no se limita a los miembros de la realeza. En algunas
ocasiones, por ejemplo, se refería a los líderes militares. El propio Josías estaba
supuestamente exento del juicio del Señor porque era un hombre piadoso y un rey
reformador. Sin embargo, sus hijos, incluyendo a Joacaz y Joacim, se rebelaron
posteriormente contra Dios e hicieron que su pueblo se descarriase. Habían
quebrantado el pacto del Señor. Merecían su juicio. No había escapatoria para ellos.
Es posible que la referencia a “todos los que visten ropa extranjera” (1:8) incluya a
otras personas además de los líderes civiles que despreciaban la religión de Jehová
vistiendo prendas que se identificaban con una cultura pagana. Algunos creen que esta
159
frase incluía a algunos de los sacerdotes del templo. Sin embargo, Baker argumenta
convincentemente que “el hilo de pensamiento no sugiere que los sacerdotes
estuviesen bajo el manto de una religión extraña… pero la supuesta sofisticación
extranjera deslumbraba frívolamente a los nobles”. Puede parecer duro que Dios
desapruebe tan rotundamente que el pueblo no vista ropas hebreas, pero debemos
recordar que los que llevaban vestiduras extranjeras no solo se estaban identificando
con una cultura pagana, sino también “erosionando la distinción entre el pueblo del
Señor y el mundo a su alrededor, así como ejemplificando una incapacidad de ser leales
a él y una actitud despreocupada hacia su ley”.638
Como cristianos, nuestro estilo de vida también importa. Debemos tener cuidado,
por ejemplo, con nuestra forma de vestir, especialmente en una cultura obsesionada
con el sexo. Una chica cristiana que vista prendas demasiado provocativas puede llegar
a ser una fuente de gran tentación para un verdadero hombre de Dios. Recuerdo a
alguien así confesando honestamente en un grupo de estudio bíblico que su mayor
tentación era la lujuria. Esta persona añadió que la forma de vestir de algunas chicas
cristianas no le ayudaba en absoluto.
Otro ejemplo contemporáneo podría ser el hecho de que algunas personas lleven
amuletos de la suerte o talismanes, aunque asistan de forma regular a la iglesia o
profesen ser cristianos. Alguien que conozco lleva un collar con un medallón con la foto
de un gurú religioso oriental, porque cree que le dará suerte. El amigo cristiano que ha
estado compartiendo el Evangelio con ella considera que ese medallón es una señal de
su deslealtad básica a Dios y un obstáculo para su conversión genuina.
Los que se vestían inapropiadamente en la época de Sofonías se estaban
identificando con la cultura y la religión paganas de una forma desleal con el único Dios
verdadero. Su vestimenta simbolizaba su actitud básica hacia el Señor y, aunque él mira
al corazón en lugar del aspecto exterior, nuestra ropa y estilo de vida reflejan a menudo
nuestros pensamientos más internos y la verdadera naturaleza de nuestro corazón
delante de Dios. Cuando era niño, me crié en una subcultura evangélica que
consideraba fumar, beber alcohol, bailar e ir al teatro y al cine parte de un estilo de vida
“mundano” que un cristiano verdadero no adoptaría debido a su lealtad a Dios.
Actualmente, la mayoría de los creyentes consideran ese enfoque absurdo y legalista.
Sin embargo, Sofonías nos enseña que el Señor toma nota de nuestro estilo de vida.
Somos llamados a ser “santos”, esto es, distintos, diferentes, apartados del mundo y
entregados a Dios. Así pues, si la ropa que vestimos y el estilo de vida que adoptamos
reflejan una actitud de deslealtad a Dios, le estamos desagradando.
Hace algún tiempo, leí acerca de una joven pareja cristiana que anhelaba mantener
una actitud piadosa mientras vivían en un mundo que ignora claramente a Dios. Habían
ahorrado el dinero suficiente para pagar una hipoteca y comprar su primera propiedad.
No era muy grande, pero les pertenecía. Conscientes, sin embargo, de los peligros de un
estilo de vida “mundano”, escribieron la siguiente oración, que repetían a menudo: “Oh
Dios, que nos has dado tan abundantemente bienes de este mundo para que los
disfrutemos, ayúdanos a vivir tan poco apegados a ellos, y completamente entregados a
ti, de forma que, si los perdiésemos mañana, apenas notásemos la diferencia”.
160
Los líderes civiles de Jerusalén en la época de Sofonías no tenían esa actitud. Vestían
ropas sofisticadas que se identificaban con una cultura pagana en lugar de hacerlo
humildemente con el pueblo de Dios y la Palabra del Señor. Esa deslealtad a Dios
merecía su juicio, que, según él, es inevitable. “Y sucederá que en el día del sacrificio del
Señor castigaré a los príncipes, a los hijos del rey y a todos los que visten ropa
extranjera” (1:8).
En la actualidad, nuestros líderes seculares sostienen frecuentemente que su
privacidad y su estilo de vida no deberían ser juzgados por los medios o la opinión
pública. Sofonías nos recuerda que todos somos responsables ante Dios; no podemos
escapar a su juicio.
Sofonías se centra ahora en un segundo grupo que ha quebrantado el pacto de Dios
y merece su juicio inexorable: los líderes religiosos (1:9). “Aquel día castigaré a todos los
que saltan sobre el umbral, a los que llenan la casa de su señor de violencia y de
engaño” (1:9).
Los líderes religiosos son condenados en primer lugar por saltar “sobre el umbral”.
Esta expresión se refiere sin duda a una superstición filistea. El dios filisteo Dagón se
levantaba en el umbral del templo de Asdod. Parece que los adoradores no caminaban
por el mismo en este templo pagano, sino que saltaban sobre él como señal de respeto
o quizás de temor supersticioso. Es posible que algunos líderes religiosos y otras
personas estuviesen observando esta antigua creencia pagana en el templo de
Jerusalén (“la casa de su señor” [1:9]), corrompiendo así la adoración al Señor. Nosotros
también debemos estar constantemente en guardia a fin de no corromper la adoración
cristiana con prácticas supersticiosas.
Asimismo, es muy posible que algunos de los líderes religiosos estuviesen llevando a
cabo estos rituales sin ser conscientes de su origen o significado y sin reflexionar. Dios
desea nuestra adoración reflexiva. Jesús estableció el modelo. Los verdaderos creyentes
adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque son el tipo de adoradores que él
busca; “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad” (Jn.
4:23–24). El apóstol Pablo también instó a adorar reflexivamente en su epístola a los
cristianos de Roma: “Por consiguiente, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios
que presentéis vuestros cuerpo como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es
vuestro culto racional”. Cuando Pablo escribió a la iglesia en Corinto acerca de la
adoración a Dios, dijo: “Oraré con el espíritu, pero también oraré con el entendimiento;
cantaré con el espíritu, pero también cantaré con el entendimiento”.642 Los llamados a
dirigir la adoración en la iglesia deben cumplir seriamente con esta responsabilidad.
Sofonías no duda en avisarnos sobre el juicio de Dios a aquellos que permitían que la
superstición irreflexiva corrompiese la liturgia en el templo del Señor.
Estos mismos líderes religiosos también eran culpables de llenar “la casa de su señor
[¿el templo?] de violencia y de engaño” (1:9b). Hacer “violencia” (heb. hamas) tiene
frecuentemente relación con alteraciones sociales y políticas. No obstante, la palabra se
emplea en ocasiones como referencia a hacer violencia a la verdad bajo juramento. Si
este es el significado aquí, entonces esos líderes religiosos eran culpables de
distorsionar el verdadero significado de la Palabra de Dios y, por tanto, de engañar al
161
pueblo del Señor.
Los líderes actuales de la iglesia son culpables en ocasiones de violentar a las
Escrituras de forma que sus congregaciones no se alimentan con la Palabra pura de
Dios, sino con las cáscaras de las opiniones humanas. En su libro Fragmented Faith, el
profesor Leslie Francis de la Universidad de Gales expuso unas estadísticas impactantes
sobre la fe distorsionada de muchos anglicanos en el Reino Unido. Estas estadísticas se
basaban en las respuestas de los lectores de Church Times, 5762 laicos y 1800 ministros
cristianos. A partir de las mismas, Francis dedujo que el 3% del clero (unos 300) no creía
en absoluto en Dios; el 10% no creía en Dios como un Ser personal. Dos quintas partes
no creían en el nacimiento virginal o en los milagros de Jesús; casi una cuarta parte era
incapaz de reconocer la resurrección corporal de Jesús; una cuarta parte no creía en el
cielo y la mayoría no podía aceptar la enseñanza de Jesús sobre el infierno.
El apóstol Pablo establece un modelo diferente para el ministerio y escribe a los
cristianos de Corinto: “Hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con
astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la
verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios”. El
apóstol sintió la misma urgencia que Sofonías cuando habló de la importancia de
enseñar la verdad a la luz del juicio de Dios y del día final del Señor. Escribió lo siguiente
al joven Timoteo, un líder de la iglesia de Éfeso: “Te encargo solemnemente, en la
presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su
manifestación y por su reino: predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo;
redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción”.
Los líderes religiosos de Jerusalén no estaban dirigiendo cuidadosamente la
adoración, ni enseñando fielmente la Palabra de Dios. Merecían el juicio del Señor. El
tiempo se estaba acabando. El juicio de Dios era inevitable. “Aquel día castigaré”, dice
el Señor. Si él nos ha llamado al liderazgo en su iglesia, ¡cómo necesitamos hacer
examen de conciencia a la luz de su Palabra! Haremos bien en recordar las palabras del
apóstol Pablo: “El que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga”. Pablo
escribió estas palabras en el contexto de los pecados de idolatría, inmoralidad sexual y
quejas. Sin embargo, se aplican igualmente al pecado de soberbia intelectual y a la
negativa de someterse a, y de enseñar la verdad de, la Palabra de Dios. Un día
tendremos que rendir cuentas de nuestra enseñanza así como de nuestra conducta.647
El juicio de Dios es inexorable.
Sofonías centra su atención ahora en el grupo de personas que se dedican a los
negocios. El juicio también viene sobre ellos. Imagina al ejército invasor comenzando su
ataque por la Puerta del Pescado (1:10) y pasando por el barrio nuevo de la ciudad,
provocando gritos de angustia y terror entre los acomodados comerciantes. La
destrucción de sus hogares, y quizás de los dioses paganos que algunos de ellos
adoraban en las colinas cercanas a la ciudad (1:10b), se podía ver y oír. Parece que nada
puede salvarlos de los juicios inevitables de Dios: “Será silenciado todo el pueblo de
Canaán, exterminados todos los que pesan plata” (1:11b). Eso era peor que el desplome
de Wall Street en los años 20, el miércoles negro de la ciudad de Londres, o la crisis de
liquidez y la recesión en 2008. Todo aquello por lo que habían trabajado en la ciudad
162
sería destruido. No obstante, Dios seguía instándolos a lamentar sus pecados y volver a
él: “Gemid, habitantes del Mortero” (1:11a). “Buscad al Señor… buscad la justicia,
buscad la humildad” (2:3).
Los juicios de Dios son exhaustivos y minuciosos. El Señor dice una frase impactante:
“Y sucederá en aquel tiempo que yo escudriñaré a Jerusalén con lámparas, y castigaré a
los hombres que reposan como el vino en sus heces, los que dicen en su corazón: ‘Ni
bien ni mal hará el Señor’ ” (1:12). La idea de Dios buscando con lámparas en Jerusalén
sugiere que era necesario sacar a la luz negocios turbios y prácticas comerciales
deshonestas, o que algunos de los ricos estaban explotando a los pobres. Se trata sin
duda de un recordatorio para nosotros, tal como lo expresó el escritor de Hebreos: “No
hay cosa creada oculta a su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y
desnudas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”. Esta verdad es
humillante, pero también tranquilizadora. Nos habla de un Dios que es justo, que odia
la injusticia y que lo sabe todo de nosotros. Él juzga el corazón de cada uno. Conoce
nuestros pensamientos y motivos, así como las circunstancias de nuestra vida. Del
mismo modo que Dios buscaba “con lámparas” por los muchos rincones oscuros de
Jerusalén, examina los rincones sombríos de nuestra vida con la luz de su Palabra. Lo
hace con justicia, conocimiento y amor perfectos.
Resulta interesante que Dios centre más la atención en la autocomplacencia que en
la deshonestidad. Los que se enriquecieron gracias a los negocios y el comercio se
habían vuelto tan autosuficientes y tenían tanto éxito que ya no se sentían
responsables delante de Dios. Creían que podían ignorar a Dios impunemente. Su
filosofía era que “ni bien ni mal hará el Señor”, aunque hubiesen quebrantado el pacto
de Dios, puesto en peligro su lealtad a él y dejasen de buscar al Señor y consultarle
(1:6). Estas personas no negaban la existencia de Dios, pero dudaban de su relevancia.
“Ni bien… hará el Señor” significaba que no esperaban su ayuda, ni veían razón alguna
para buscarla. “Ni mal hará el Señor” significaba que no temían los juicios de Dios ni
esperaban que él hiciese algo al respecto por sus pecados. Motyer describe esta
filosofía como “ateísmo práctico”. “No dice: ‘Dios no está ahí’, sino ‘Dios no está aquí’;
no dice: ‘Dios no existe’, sino que ‘él no importa’ ”.
Este “ateísmo práctico” es generalizado actualmente en el Reino Unido. Una gran
parte de la población sigue diciendo que cree en Dios, pero en la práctica lo consideran
irrelevante en su vida. Puede ocurrir algo muy parecido con los que asisten
regularmente a la iglesia. Podemos pasar por los rituales familiares de una reunión,
decir “Amén” al final de las oraciones sin sentirlo realmente; podemos cantar himnos o
cánticos sin pensar siquiera en sus palabras; podemos escuchar el sermón mientras
pensamos en el almuerzo (“¿Llegué a encender el horno?”), en el siguiente partido de
fútbol o de golf. En una palabra, Dios se ha vuelto irrelevante. Somos ateos prácticos.
Una vez oí predicar al difunto obispo Festo Kivengere, de Uganda, un sermón
inolvidable en el que nos avisaba de lo fácil que es ir a un culto de la iglesia con un
problema específico o “carga”, y salir del mismo sin cambio alguno y con el problema
sin resolver. Eso es un tipo de ateísmo práctico: en muchas ocasiones, lo último que
esperamos cuando vamos a la iglesia es encontrarnos realmente con el Dios viviente, o
163
que él quite nuestra carga o supla nuestras necesidades más profundas. Sofonías se
ocupó de ese problema en su época; debemos dejar que esta palabra de Dios nos hable
también.
Sofonías emplea otra frase gráfica (1:12) para describir a estos ciudadanos de
Jerusalén pagados de sí mismos. Son “como el vino en sus heces” o como “el vino
espesándose sobre su poso” (Szeles). Un buen vino, cuando fermenta, se desprende de
sus heces, que se acumulan en forma de “posos”. El vino se extrae separando de los
mismos el líquido fermentado; si no se lleva a cabo este proceso, su sabor será más
amargo. Estos ciudadanos, como los posos del vino, no se han separado de sus pecados,
que por tanto han contaminado su vida. Probablemente habían descuidado ese tipo de
examen de conciencia que conduciría al arrepentimiento y permitiría a Dios apartar su
vida de los “posos” de la desobediencia pecaminosa.
George Adam Smith señala que la expresión “asentarse sobre los posos” quedó
como un proverbio que define la pereza, la indiferencia y una mente turbia. Smith creía
que Sofonías estaba desafiando su autocomplacencia, que surgía de la lentitud y las
limitaciones de las reformas de Josías. “Por supuesto que las decepciones se
sucedieron… las decepciones y la apatía. La nueva seguridad de la vida pasó a ser una
tentación; cesó la persecución y los hombres religiosos vivían cómodos de nuevo. Así
pues, numerosas almas ilusionadas y animadas que habían estado al frente del
movimiento cayeron en una oscuridad egoísta y ociosa”.
Cualesquiera que fuesen las causas de su autocomplacencia, estos “ateos prácticos”
se encontraban bajo el juicio de Dios, cercano e inevitable. “Sus riquezas se convertirán
en despojos, y sus casas en desolación; edificarán casas, mas no las habitarán; plantarán
viñas, mas no beberán su vino” (1:13). Aquí tenemos una advertencia del juicio de Dios
sobre las personas que buscaban hacer dinero, comprar propiedades, construir casas y
ampliar su hacienda para su propio beneficio y bienestar, y sin referencia a la voluntad y
la Palabra de Dios. Eran como muchos ricos de la iglesia del Nuevo Testamento que,
según el apóstol Santiago, hacían planes sin buscar la voluntad de Dios. Como Sofonías,
el apóstol se enfrenta a ellos abiertamente: “Oíd ahora, los que decís: ‘Hoy o mañana
iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allí un año, haremos negocio y tendremos
ganancia’. Sin embargo, no sabéis cómo será vuestra vida mañana. Solo sois un vapor
que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debierais decir: ‘Si
el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello’. Pero ahora os jactáis en vuestra
arrogancia; toda jactancia semejante es mala”.
¿Cuántos de nosotros, me pregunto, hacemos nuestros planes en la vida sin contar
previamente con Dios, alardeando, además, de ellos? Jesús ordenó a sus discípulos no
hacerlo, ni poner su corazón en las riquezas, utilizando como ejemplo la parábola del
rico insensato. El mensaje de Dios para los autocomplacientes ciudadanos de Jerusalén
en la época de Sofonías era muy parecido. Nosotros también debemos prestar atención
a lo que el Espíritu dice a las iglesias; porque la autocomplacencia y ateísmo práctico no
son desconocidos en nuestras iglesias hoy, ni en nuestro propio corazón, si somos
honestos.
En esta sección de Sofonías (1:10–13), hemos conocido la advertencia de Dios
164
acerca del juicio inminente e inevitable sobre la comunidad comercial de Jerusalén y los
ciudadanos acomodados que habían dado la espalda al Señor. Esto nos enseña que Dios
se preocupa de cada aspecto de nuestra vida, nuestro trabajo diario así como de
nuestros asuntos personales, familiares y “espirituales”. Dios quiere que lo pongamos
todo en sus manos, incluyendo los temas económicos, las propiedades y la realización
en el trabajo. (Su juicio disciplinante frustra en ocasiones ese sentimiento de
realización: “plantarán viñas, mas no beberán su vino”. Este hecho tiene como fin
llevarnos de vuelta a la dependencia de él.) Las personas de negocios, así como los
políticos, son necios si dicen que no quieren saber nada de Dios en el área laboral,
porque no hay nada en nuestra vida que esté fuera de los límites del Señor. Él buscará
con lámparas y castigará a los pagados de sí mismos, dice Sofonías. Su juicio en nuestra
vida es inexorable.
Cuán agradecidos debemos estar de que Dios enviase a su Hijo para ser el salvador
de los pecadores, se encuentren estos entre el liderazgo civil o religioso de una nación,
o entre otros ciudadanos respetables, sean ricos o pobres. Debido a que “al que
conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios
en él”, el apóstol Pablo puede garantizarnos que “no hay condenación para los que
están en Cristo Jesús”.655 No obstante, también escribió que “todos nosotros debemos
comparecer ante el tribunal de Cristo”. Aunque los verdaderos creyentes cristianos
están eternamente seguros “en Cristo Jesús”, seguiremos teniendo que rendir cuentas
de nuestra vida en ese día final de juicio. Sofonías sigue describiendo ahora ese “gran
día del Señor”.
4. El final está cerca (1:14–18)
Las palabras “cercano está el gran día del Señor” (1:14a) rematan la sección anterior
(1:7–13) e introducen la siguiente (1:14–18).
En el pasaje anterior (1:7–13), se hace hincapié en un día de juicio que era cercano e
inevitable, y que tuvo lugar realmente unos veinte años después de la muerte de Josías.
En este pasaje (1:14–18), Sofonías sigue teniendo en mente este día. Lo llama “día de
ira…, día de congoja y de angustia, día de destrucción y desolación” (1:15). Sin embargo,
también piensa en el “gran día del Señor”, que incluye el concepto de un día final y
universal de juicio, cuando “por el fuego de su celo toda la tierra sea consumida;
porque él hará una destrucción total y terrible de todos los habitantes de la tierra”
(1:18).
Sofonías parece ver un patrón emergente que hace que ciertos juicios de la historia
(como en 586 a.C.) apuntan al día final de juicio al final de los tiempos. El juicio sobre
Jerusalén simbolizaba para él el juicio del mundo.
Las razones de estos juicios son idénticas. El pueblo “ha pecado contra el Señor”
(1:17) y un Dios justo debe perdonar el pecado. Para Sofonías y otros escritores bíblicos,
la justicia y la santidad de Dios se expresaban en “ira” (1:15) y “celo” (1:18). Debemos
recordar, por supuesto, que la ira de Dios está completamente libre del rencor, la
violencia o el resentimiento pecaminosos del hombre. El Señor no pierde los estribos.
165
La ira de Dios es su reacción santa al pecado y al mal. Como el apóstol Juan escribió
siglos más tarde: “Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna”. Es fácil entender que la luz
y las tinieblas no pueden coexistir. Si se enciende una luz en una habitación en tinieblas,
la oscuridad se elimina. Un Dios santo expulsó a unos desobedientes Adán y Eva del
Edén. El profeta Habacuc dice acertadamente a Dios: “Muy limpios son tus ojos para
mirar el mal, y no puedes contemplar la opresión”.658 Sofonías está de acuerdo y prevé
que el “gran día del Señor” será un día de ira, en el que Dios se ocupará definitivamente
del pecado y el mal (1:18).
El “fuego de su celo” (1:18) es también una expresión que excluye cualquier idea de
celo pecaminoso en lo que a Dios respecta. Como dice Kaiser: “El celo, cuando se trata
de Dios, denota que él se preocupa profundamente por su propio carácter y
reputación… la metáfora que mejor representa esta emoción es la del esposo celoso,
que se aplica al Señor cuando los falsos dioses y lealtades desempeñan el papel de
pretendientes y potenciales amantes. Él no puede tolerar rivalidad de ningún tipo y no
lo hará… nuestra vida espiritual depende de que él nos agarre con firmeza”.
La enseñanza de Sofonías en este pasaje (1:14–18) nos ayuda a prepararnos para
este gran día final del Señor al recordarnos algunas verdades importantes sobre el
mismo.
a. El día del Señor es inminente
En mis años de estudiante, me gustaba que mi universidad fijase un examen de toda
la materia al final de cada año académico. Algunos estudiantes con diferentes
asignaturas solo eran examinados al final de su primer y tercer año. Por tanto, en el
segundo, sin pruebas en el futuro inmediato, les resultaba difícil en ocasiones
mantenerse centrados en el trabajo que necesitaban completar a fin de satisfacer a su
examinador al final del curso. Para la mayoría de nosotros, las fechas límite no
demasiado lejanas ayudan a estar concentrados, a mantener la atención.
Sofonías ha advertido a sus oyentes acerca del día del juicio que pronto caerá sobre
Jerusalén (1:7, 14). Este tuvo lugar realmente en 586 a.C. Sin embargo, también es
cierto que cuando los escritores bíblicos hablan acerca del día final del juicio, el “gran
día del Señor”, dan a entender que este está a punto de llegar y que las personas deben
estar preparadas para cuando llegue el mismo. Parece que Sofonías veía la inminente
destrucción de Jerusalén en su época como una señal del juicio definitivo al final de los
tiempos. Ese último examen podía tener lugar en cualquier momento. En ese sentido,
siempre se halla cercano y siempre deberíamos estar preparados para él.
Jesús también consideró la destrucción inminente de Jerusalén (ocurrió en 70 d.C.)
una señal del juicio final. Sin embargo, no dijo a sus discípulos cuando llegaría el mismo.
Ellos le preguntaron en privado: “Dinos, ¿cuándo sucederá esto, y cuál será la señal de
tu venida y de la consumación de este siglo?”. Jesús les habló de muchas “señales” que
se verían en cada generación; pero les instó a velar “porque no sabéis en qué día
vuestro Señor viene”.662 De hecho, Jesús sólo pudo decir: “De aquel día y hora nadie
sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”. Tanto Sofonías
166
como Jesús están diciendo que el final de los tiempos es inminente y que siempre
deberíamos estar centrados y preparados para ese día.
Por regla general, se cree que los escritores del Nuevo Testamento esperaban un
retorno inmediato de Jesús tras su muerte y resurrección, incluso durante la vida de los
apóstoles. Así pues, en el Evangelio de Marcos, Jesús dice que los hombres “verán al
Hijo del Hombre que viene en las nubes con gran poder y gloria”, y más adelante: “En
verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda”. Si “esta
generación” se refiere a la de sus discípulos, entonces la referencia al Hijo del Hombre
viniendo en gloria podría ser su retorno inmediato durante la vida de estos. Por el
contrario, “venir en gloria” podría referirse a la transfiguración de Jesús; o “esta
generación” podría ser la que ve las “señales” del fin de los tiempos, incluyendo la de
que el Evangelio ha sido predicado a todas las naciones.665 La realidad es que un
retorno inmediato no es lo mismo que uno inminente. El regreso de Jesús al final de los
tiempos no sería inmediato, según la propia enseñanza de Jesús. Para empezar, hacía
falta tiempo para que el Evangelio se predicase a toda nación. Algunas parábolas de
Jesús también dan a entender que el fin de los tiempos no sería inmediato. En la
parábola de las diez vírgenes (o novias), por ejemplo, el esposo retrasa su venida hasta
la medianoche, lo que provoca que el sueño las venza y se duerman. Quizás sea
también significativo que en la parábola de los talentos, Jesús diga que “después de
mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos y arregló cuentas con ellos”.
Es cierto que algunos miembros de la iglesia del Nuevo Testamento bien pudieron
creer que el retorno de Jesús sería inmediato. El apóstol Pedro también era consciente
de tales expectativas, como da a entender en una de sus epístolas, en la que advierte a
los cristianos con estas palabras: “…en los últimos días vendrán burladores, con su
sarcasmo, siguiendo sus propias pasiones, y diciendo: ‘¿Dónde está la promesa de su
venida? Porque desde que los padres durmieron, todo continúa tal como estaba desde
el principio de la creación’ ”.669
La enseñanza constante del Nuevo Testamento, sin embargo, es que el día final de
juicio, que Sofonías llama “el gran día del Señor”, no es necesariamente inmediato,
pero siempre es inminente. Como dijo Jesús: “Velad, porque no sabéis en qué día
vuestro Señor viene”. Aunque se retrase la vuelta de Jesús, debemos estar preparados
para él en cualquier momento.
Una amiga mía volvía a casa desde la iglesia en un autobús londinense, con la
pregunta del sermón de esa noche dándole vueltas en la cabeza. El predicador había
desafiado a la congregación diciendo: “Si Jesús volviese esta noche, ¿estarías preparado
para encontrarte con él?”. Mientras meditaba la pregunta, llegó a la conclusión de que
no lo estaba, porque nunca había pedido al Señor Jesucristo que entrase en su vida
para perdonarle sus pecados y darle vida eterna. Allí mismo, en el autobús, se convirtió
en una cristiana comprometida y emprendió un camino de muchos años de discipulado
y servicio cristianos. La inminencia del gran día del Señor le movió a responder al
llamamiento de Jesús a seguirle para el resto de su vida.
Sofonías es consciente de esta inminencia. Él bien pudo preguntarse si ese día
acompañaría al juicio inevitable que pronto vendría sobre Jerusalén y Judá. De hecho,
167
este llegó unos veinte años después de que Sofonías terminase su ministerio y muriese.
No obstante, mientras el profeta describía la destrucción de Jerusalén que en breve
tendría lugar, también miraba más allá, al día final que no solo era inminente y de gran
importancia, sino impresionante.
b. El día del Señor es impresionante
Sofonías sitúa ahora a sus oyentes ante una escena asombrosa, que sin duda
encajaba con el juicio sobre Jerusalén que los babilonios no tardarían en desencadenar
(587–586 a.C.). No obstante, también se fijaba en ese último “gran día del Señor… el día
de la ira del Señor…”, en el que, como Sofonías expresó gráficamente, “por el fuego de
su celo toda la tierra sea consumida; porque él hará una destrucción total y terrible de
todos los habitantes de la tierra” (1:18b).
Este pasaje muestra un patrón que revela el núcleo de la enseñanza de Sofonías en
este oráculo y que puede describirse como sigue:
a) El día de la ira de Dios prometido (1:14b–16a).
b) Las defensas humanas inútiles (1:16b).
c) La humanidad desamparada (1:17a).
d) El pecado humano es la razón de la ira de Dios (1:17b).
c) La humanidad destruida (1:17b).
b) La riqueza humana inútil (1:18a).
a) El día de la ira del Señor completado (1:18b, c).
Así pues, este pasaje comienza y acaba con la atención puesta en la santidad de
Dios, que se expresa en la rebosante ira del Señor contra el pecado de la humanidad
(1:15, 17–18). Parece entonces que Sofonías está instando a sus oyentes, y a nosotros, a
reconocer al menos tres verdades.
(i) Debemos reconocer la grandeza de Dios
Se cuenta la historia de una niña que volvió a casa un día tras haber aprendido en la
iglesia que Dios está en todas partes. “Mamá”, dijo, “¿está Dios en esta casa?”. “Sí”,
contestó la madre, “Él está en todas partes”. (¡Hasta ahora todo bien!). No obstante, la
niña siguió preguntando: “¿Está entonces en esta cocina?”. “Pues sí”, dijo su madre.
“¿Está en esta mesa?”, insistió la pequeña. “Bien”, contestó la madre, tratando de
recordar fragmentos de teología de los sermones que había oído, “creo que sí”. “¿Está
en este tintero?”, continuó la niña sin piedad. “Bien, sí, supongo que sí”, contestó la
madre. La pequeña puso su mano con fuerza sobre el tarro. “¡Lo tengo!”, gritó
triunfante.
Es probable que muchos de nosotros hayamos tratado a Dios de esta forma en
algunas ocasiones. Hemos intentado acotarlo, reducirlo a nuestro tamaño, manipularlo.
Quizás hemos hecho con él lo mismo que algunos en Jerusalén, cuando pensaron para
sus adentros: “Ni bien ni mal hará el Señor” (1:12).
168
Sin embargo, Sofonías no dejará que el pueblo se quede con esa idea de Dios. Él es
impresionante para el profeta; es un Dios grande. Lo llama “el Señor” en este pasaje
(1:14, 18). Él es el Dios del pacto cuyo firme amor por su pueblo se confirma
constantemente en las Escrituras (por ejemplo, en Oseas). El Señor nos ama con amor
eterno. Sofonías también habla acerca de la santidad de Dios, un rasgo que significa que
él es distinto, diferente, “totalmente otro”, apartado del pecado, absolutamente puro e
inmaculado. Por tanto, cuando Sofonías escribe acerca de “la ira de Dios” (1:18), no
está hablando de una ira pecaminosa, sino de la reacción santa de Dios ante el pecado.
Cuando menciona “el celo de Dios”, está reconociendo el amor entregado del Señor por
su pueblo redimido, que no tolera rival. El Señor está decidido a ver la destrucción final
del pecado y el mal, y la vindicación de su juicio y justicia. Nuestro Dios es
impresionante. Ese día, “cuando por el fuego de su celo toda la tierra sea consumida”,
será asombroso.
Sofonías puede estar atrayendo también nuestra atención hacia la grandeza y el
poder de Dios cuando se dirige al pueblo de Jerusalén y Judá con estas palabras: “El
clamor del día del Señor es amargo; allí gritará el guerrero” (1:14b). Es posible que el
profeta esté refiriéndose aquí a una situación de guerra cuyas circunstancias son tan
terribles que incluso los guerreros valientes (¿las tropas de élite de Judá?) claman con
amargura y temor. Los juicios de Dios son impresionantes, hasta para los valientes. Por
el contrario, es posible que Sofonías se refiera al Señor como un “guerrero” valiente. El
grito de amargura (1:14b) sería entonces una expresión del dolor y la tristeza que el
Señor siente cuando hace caer el justo juicio sobre su propio pueblo. Los escritores de
los evangelios describen esta actitud en Jesús cuando llora por el juicio venidero sobre
Jerusalén en su época: “¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los
que le son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus
pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa se os deja desierta”.
Por tanto, quizás tengamos aquí otra imagen de la grandeza de nuestro Dios. Él es
un guerrero poderoso, que avanza contra sus enemigos con la seguridad de la victoria.
El profeta Isaías lo veía, sin duda, de esta forma. Él escribió: “El Señor como guerrero
saldrá, como hombre de guerra despertará su celo; gritará, sí, lanzará un grito de
guerra, contra sus enemigos prevalecerá”.
El Dios revelado en estos versículos por medio del mensaje de Sofonías no es presa
fácil. Él es grande; es impresionante. Si queremos estar preparados para el “gran día del
Señor”, debemos reconocer la grandeza y la gloria de Dios. El temor del Señor es el
principio de la sabiduría.
C. S. Lewis plasmó algo de esta excepcionalidad cuando representó a Jesús como el
león, Aslan, en la historia infantil, El león, la bruja y el armario. Cuando el Sr. Beaver
describe a Aslan a los niños Susan, Lucy y Edmund, cita un antiguo poema de Narnia.
“Lo indebido se volverá recto, cuando Aslan aparezca.
Al son de su rugido, ya no habrá más dolor.
Cuando enseñe sus dientes, el invierno llegará a su fin,
y cuando agite su melena, estaremos de nuevo en primavera”.
169
Susan está un poco asustada con esta descripción de Aslan y pregunta:
“¿Es seguro? Voy a sentirme bastante nerviosa delante de un león”.
“Lo estarás, querida, sin duda alguna”, dijo la Sra. Beaver; “si existe alguien
que pueda presentarse ante Aslan sin que le tiemblen las rodillas, es más
valiente que todos o simplemente estúpido”.
“Entonces, ¿no es seguro?”, dijo Lucy.
“¿Seguro?”, contestó el Sr. Beaver…” ¿Quién dijo nada de eso? Por supuesto
que no es seguro, pero es bueno. Es el Rey, te lo garantizo”.
El escritor a los Hebreos nos enseña aún más claramente acerca de la grandeza y
excepcionalidad de Dios, así como del temor reverente y la seguridad gozosa que
debemos sentir los creyentes cristianos cuando entramos en la presencia del Señor. El
escritor recordó lo siguiente a los hermanos del primer siglo: “Os habéis acercado… a
Dios, el Juez de todos… a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que
habla mejor que la sangre de Abel… Por lo cual, puesto que recibimos un reino que es
inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio
aceptable con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor”.
Si queremos estar preparados para ese día impresionante, el “gran día del Señor”,
no podemos dejar de reconocer la grandeza de nuestro Dios.
(ii) Debemos aceptar la realidad del juicio
Si algunas personas en Jerusalén pensaban: “Ni bien ni mal hará el Señor” (1:12b),
entonces presumiblemente estaban ciegos ante la verdadera gloria de Dios y eran
escépticos acerca de la realidad del juicio. Muchas personas en nuestra cultura
occidental tampoco tienen miedo de Dios o del juicio. Sofonías no alberga dudas acerca
de la realidad del mismo: “Cercano está el gran día del Señor… Día de ira aquel día…
toda la tierra sea consumida; porque él hará una destrucción total y terrible” (1:14–15,
18).
Sofonías hace hincapié en dos verdades complementarias acerca del juicio. La
primera, este es consecuencia de la actividad de Dios; la segunda, es el resultado de la
pecaminosidad de la humanidad.
El juicio es consecuencia de la actividad de Dios
Sofonías comienza esta sección (1:14–18) haciendo un llamamiento al pueblo de
Jerusalén y de Judá a escuchar las advertencias de Dios acerca del gran día del Señor.
“El clamor del día del Señor es amargo…” (14). El pueblo de Dios hacía oídos sordos al
Señor con demasiada frecuencia. Nosotros también lo hacemos. En una interpretación
del versículo 14, se representa a Dios como un poderoso guerrero que viene a derrotar
a sus enemigos (véase comentario anterior, p. 278–279). Después, Sofonías describe las
consecuencias de la actividad de Dios: “Día de ira aquel día, día de congoja y de
170
angustia, día de destrucción y desolación, día de tinieblas y lobreguez, día nublado y de
densa oscuridad…” (1:15). Ya hemos destacado que estas palabras describen una
especie de inversión de la creación. Es una actividad de Dios que está teniendo lugar en
todo momento. Sin duda, eso es lo que el apóstol Pablo nos está enseñando en un
famoso pasaje de su epístola a los cristianos de Roma: “Porque la ira de Dios se revela
desde el cielo contra su impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia
restringen la verdad… Por consiguiente, Dios los entregó a la impureza en la lujuria de
sus corazones… cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la
criatura en lugar del Creador…”.
No obstante, lo más impresionante es la acción final de juicio de Dios. Sofonías nos
dice, como ya hemos destacado varias veces, que en ese gran día del Señor “toda la
tierra” será “consumida; porque él hará una destrucción total y terrible de todos los
habitantes de la tierra” (1:18). No hay duda de que esta verdad acerca del juicio final
motiva a Sofonías a realizar un llamamiento apasionado al pueblo de Dios a reunirse y
arrepentirse (véase la nota sobre 2:1–3 más abajo, pp. 285–298). El apóstol Pedro hizo
lo mismo y bien pudo valerse de la descripción del fin que Sofonías expuso. Pedro
escribió: “Pero el día del Señor vendrá como ladrón, en el cual los cielos pasarán con
gran estruendo, y los elementos serán destruidos con fuego intenso, y la tierra y las
obras que hay en ella serán quemadas”. Seguidamente, el apóstol nos desafía con una
pregunta: “Puesto que todas estas cosas han de ser destruidas de esta manera, ¡qué
clase de personas no debéis ser vosotros en santa conducta y piedad…!”.
Debemos afrontar esta pregunta reflexionando sobre lo asombroso que es el acto
final de juicio de Dios. También tenemos que considerar una proposición más acerca del
juicio.
El juicio es consecuencia del pecado de la humanidad
El escéptico rechaza el concepto de un día final de juicio tal como Sofonías lo
describe. “Si Dios es bueno y amoroso, ciertamente no destruirá el mundo que ha
creado y las personas que viven en él”, dicen algunos. El profeta quiere que
comprendamos que Dios no es sólo bueno y amoroso, sino también santo y justo. Como
Dios santo, debe juzgar el pecado; y la humanidad ha pecado a gran escala. Justo en el
centro de este pasaje (1:17b), Sofonías nos enseña que el pecado humano es la razón
de la ira de Dios (véase la estructura del pasaje, p. 277).
Sofonías establece claramente las consecuencias del pecado del hombre. La
transformación del orden de la creación en el desorden descrito como “congoja y
angustia… destrucción y desolación… tinieblas y lobreguez… nublado y densa oscuridad,
día de trompeta y grito de guerra contra las ciudades fortificadas y contra los torreones
de las esquinas” (1:15–16) constituye una imagen suficientemente clara de la
devastación y los sufrimientos de la guerra, consecuencias de la inhumanidad del
hombre para con el hombre. Jesús enseñó claramente que “del corazón de los
hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios,
avaricias, maldades, engaños, lascivia, envidia, calumnias, orgullo e insensatez”. Estas
171
cosas conducen a la guerra y la violencia. Como el apóstol Santiago escribió: “¿De
dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras
pasiones que combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis
homicidio. Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra. No
tenéis, porque no pedís”.680
Sofonías también emplea frases que recuerdan a sus lectores que el juicio llega
como consecuencia de la desobediencia y el quebrantamiento deliberado del pacto de
Dios. Él les advierte que el Señor dice: “Traeré angustia sobre los hombres, y andarán
como ciegos, porque han pecado contra el Señor” (1:17). Haciéndolo, algunas personas
recordarían lo que Dios había dicho a Moisés muchos años antes. Si los israelitas
quebrantaban el pacto que él había establecido con ellos y le desobedecían, “vendrán
sobre ti todas estas maldiciones y te alcanzarán… y andarás a tientas a mediodía como
el ciego anda a tientas en la oscuridad, y no serás prosperado en tus caminos; más bien
serás oprimido y robado continuamente, sin que nadie te salve”. Ciegos, perdidos, en
tinieblas, frustrados, cometiendo error tras error. ¿No es lo que padecemos cuando
damos la espalda a Dios?
Las terribles experiencias de la guerra, cuando la vida parece no valer nada, quedan
bien plasmadas en esta siguiente frase: “Su sangre será derramada como polvo, y su
carne como estiércol” (1:17b). El pecado tiene terribles consecuencias. Además, señala
Sofonías, la humanidad es incapaz de salvarse por sí misma o escapar al justo juicio de
Dios. Del mismo modo que Jerusalén, que puso su confianza en ciudades fortificadas y
torres angulares, nunca podría defenderse del ejército babilónico con sus trompetas y
gritos de guerra, la humanidad tampoco podrá salvarse cuando suene la última
trompeta y llegue el último gran día de juicio (1:16). Los recursos humanos no podrán
salvarnos en ese día (1:18).
Sin embargo, sería erróneo dejar el mensaje de Sofonías con una nota de
destrucción total sin atisbar el amor entregado (celoso) de Dios por su pueblo (1:18b),
así como la esperanza y salvación que están implícitas en la destrucción final e
impresionante de todo el pecado y el mal en el último gran día del Señor.
(iii) Debemos gozarnos en la certeza de la victoria
Ya hemos observado que el “día del Señor” es un día de juicio en el oráculo de
Sofonías. Ese “gran día del Señor” es el momento en que se producirá el juicio final,
cuando Dios triunfará definitivamente sobre el mal y cuando todo lo que merece su ira,
afrenta a su santidad y agravia su firme amor del pacto será finalmente destruido
(1:18).
Ese “día de la ira del Señor” es impresionante. Sin embargo, no sólo debería
provocar el temor de Dios, sino también el gozo de los creyentes en él: es un día de
victoria sobre los enemigos del Señor; un día en que se realizará justicia y se verá cómo
se hace la misma. Así pues, el salmista llama frecuentemente al pueblo de Dios a
regocijarse en sus juicios: “Decid entre las naciones: ‘El Señor reina’; ciertamente el
mundo está bien afirmado, será inconmovible; él juzgará a los pueblos con equidad.
172
Alégrense los cielos y regocíjese la tierra… él viene a juzgar la tierra: juzgará al mundo
con justicia y a los pueblos con equidad”. O de nuevo: “Oyó Sion esto y se alegró, y las
hijas de Judá se han regocijado a causa de tus juicios, oh Señor”.
Sofonías ha dejado perfectamente claro que el Señor no es alguien que “ni bien ni
mal hará” (1:12). Más bien, él “es justo… no cometerá injusticia. Cada mañana saca a luz
su juicio…” (3:5). Finalmente, en el “día de la ira del Señor”, él completará esa obra de
juicio.
Para Sofonías, sin embargo, el gran día del Señor no es solo un día de destrucción;
también lo es de liberación. El día en que se castigue el pecado también triunfará la
justicia. En la profecía de Isaías, Dios había dicho: “He aquí, yo creo cielos nuevos y una
tierra nueva… El lobo y el cordero pacerán juntos, y el león, como el buey, comerá
paja…”. Sofonías expresa esta esperanza futura de forma diferente,686 pero hace
referencia a una situación “ideal” en el futuro, cuando “todos ellos invoquen el nombre
del Señor, para que le sirvan de común acuerdo” (3:9). En ese gran día del Señor, el Dios
que “saca a luz su juicio” (3:5) será también un “guerrero victorioso” (3:17).
Si Sofonías no explica este concepto tan claramente como nos gustaría, Jesús sí lo
hizo. Cuando describió el día final de juicio y las señales que precedieron “al Hijo del
Hombre que viene en una nube con poder y gran gloria”, Jesús añadió: “Cuando estas
cosas empiecen a suceder, erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra
redención”.
El apóstol Pedro expone la certeza de esta victoria final en su segunda epístola:
“Esperando y apresurando la venida del día de Dios, en el cual los cielos serán
destruidos por fuego y los elementos se fundirán con intenso calor. Pero, según su
promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la
justicia”. Del mismo modo, el apóstol Pablo nos enseña que toda la creación está
deseando con entusiasmo que llegue ese día. “Porque el anhelo profundo de la
creación es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios. Porque la creación
fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de aquel que la
sometió, en la esperanza de que la creación misma será también liberada de la
esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios”.
Hace años, iba paseando por los acantilados del norte de Norfolk cuando me
encontré a un amigo que no había visto desde hacía mucho. Tras intercambiar saludos,
le pregunté cómo le iban las cosas a él y a su familia. Contestó que habían pasado por
tiempos difíciles en cuanto a la salud y otros aspectos. Entonces, sonrió y dijo: “Pero
estamos en el equipo ganador, ¿no?”.
Cuando Sofonías escribe de ese gran día del Señor, sabe que ese día es inminente e
impresionante; que Dios es grande y que ese juicio es real y serio; y que, como explicará
en el capítulo 3, sin embargo, la victoria de Dios sobre el pecado y el mal es segura.
Asimismo, es consciente que el Señor no sólo es justo y santo, sino amoroso,
misericordioso y poderoso para salvar. ¡Sabe que los creyentes se encuentran en el
equipo ganador! Dios quiere que también estemos seguros de estas cosas. Sin
embargo, ¿cómo podemos estar convencidos de que seremos salvados en ese gran día
de juicio? Sofonías comienza ahora a explicar lo que debemos hacer para salvarnos.
173
5. Es el momento de arrepentirse (2:1–3)
Mi suegro, el difunto canónigo Cecil Bewes, fue un amable y fiel ministro del
Evangelio durante más de sesenta años. Su ministerio le llevó a Exeter, Kenia, Londres,
Tonbridge y Cooden. Siempre trató de proclamar y enseñar “todo el propósito de Dios”.
Eso incluía el mensaje de juicio así como el de salvación, de pecado así como de gracia.
Un día, un veterano líder de la iglesia le reprendió por su compromiso total con el
Evangelio bíblico. “Aquí estás otra vez, Cecil”, le dijo, “¡tocando tu tambor del
Evangelio!”. Cecil Bewes contestó: “¡Pido a Dios que pueda tocarlo hasta el día de mi
muerte!”. Eso es exactamente lo que hizo por la gracia de Dios.
Me gusta pensar que Sofonías era, por la gracia de Dios, era un hombre así. Sin
duda, proclamó un mensaje de pecado y juicio, y cuando llama a la nación a “reunirse”,
y “buscar al Señor”, sigue avisando del “tiempo escogido” por Dios para el juicio, que
vendrá como “la paja que se va de golpe al trillar”. El profeta continúa hablando con
valentía del “ardor de la ira del Señor”, que caerá sobre ellos debido a sus pecados. No
obstante, él también sabe que Dios ama a su pueblo (3:14–17). Tiene claro que el Señor
es capaz de salvarlo: “Quizá seréis protegidos el día de la ira del Señor” (2:3b). Así pues,
llama a todo el pueblo a arrepentirse y volver al Señor antes de que sea demasiado
tarde.
El “arrepentimiento” se ha definido como “un cambio de mentalidad que conduce a
un cambio de dirección”. Significa mucho más que “sentirse mal por haber pecado”. En
la historia del hijo perdido que Jesús contó (Lc. 15:11–32), el hijo pródigo “volvió en sí”
(15:17), reconoció sus pecados (15:18) y regresó junto a su padre diciéndole unas
humildes palabras: “Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo” (15:19). Cambió de
opinión sobre su conducta rebelde y volvió a su padre (15:20). La parábola continúa
enseñándonos que el padre (como Dios, nuestro Padre celestial) siempre está
esperando que su hijo perdido vuelva a él. Le da la bienvenida, lo acepta y lo restaura
como hijo suyo con alegría: “Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida;
estaba perdido y ha sido hallado” (15:24).
Sofonías sabe que el tiempo se está acabando, pero también es consciente de que
no es demasiado tarde para que la nación vuelva a Dios y se entregue a su misericordia.
Así pues, se dirige en primer lugar a la “nación” de Judá (2:1); seguidamente, lo hace a
los “humildes de la tierra” (2:3).
a. La nación: hay lugar para el arrepentimiento colectivo
“Congregaos, congregaos,
oh nación sin pudor,
antes que entre en vigencia el decreto
(como tamo pasa el día)
antes que venga sobre vosotros
el ardor de la ira del Señor” (2:1–2).
174
No hay duda de que Sofonías está profundamente preocupado por el estado de la
nación. Cuando se dirige a Judá, emplea la palabra hebrea goy, que se refiere
habitualmente a una nación pagana. Es casi como si estuviese indicando que Judá había
perdido su identidad religiosa por su infidelidad. Él la llama “nación sin pudor” (2:1). La
palabra hebrea significa literalmente “desprovisto de sentimientos” o, lo que es
equivalente, “insensible al Señor”. La razón de ello es sin duda la autocomplacencia del
pueblo de Dios, descrita con anterioridad (1:12). El peligro de la misma es que tiende a
eliminar todo sentimiento de vergüenza y la necesidad de arrepentirse. Por tanto,
Sofonías hace hincapié una vez más en la urgencia de la situación. Dios ha decretado el
juicio. Hay un “decreto” (2:2a). Además, “como tamo pasa el día”, que podría traducirse
mejor “la paja que se va de golpe al trillar” (2:2b), porque ese día, “el día de la ira del
Señor” (2:2c), bien puede referirse al día final de juicio en que todas las naciones
tendrán que rendir cuentas de sí mismas a Dios. “Congregaos”, dice Sofonías, antes de
que llegue el día final: “Quizá seréis protegidos el día de la ira del Señor” (2:3c).
Antes de analizar con más detenimiento el mensaje de Sofonías a la nación de Judá,
haremos bien en preguntarnos si estamos mínimamente cerca de la pasión y la
preocupación que el profeta sentía a causa de la infidelidad e insensibilidad de Judá. Los
ciudadanos de esta nación profesaban ser el pueblo de Dios. Así pues, debemos
preguntarnos en primer lugar si estamos suficientemente preocupados por la
infidelidad de algunas partes de la iglesia a reunirse para esperar en Dios y orar por su
misericordia hacia ella. Sofonías debió haber demostrado una gran valentía en la
comunicación de su mensaje. Su contemporáneo, Jeremías, nos dice que en esa época
había muchos falsos profetas que “curan a la ligera el quebranto de mi pueblo,
diciendo: ‘Paz, paz’, pero no hay paz”. Sofonías no era así, pero, ¿y nosotros? Incluso
algunas lecturas del Leccionario de la Iglesia Anglicana tienen pasajes sobre el juicio
excluidos. ¿Los excluimos de nuestra predicación? En segundo lugar, ¿cuánto nos
preocupa nuestra nación, que una vez fue cristiana pero que ahora ha dado la espalda a
Dios y su palabra? El atrevimiento y la claridad de Sofonías deberían constituir una
inspiración y un desafío para nosotros.
No obstante, ¿qué sentido tenía congregarse? En la época de Sofonías, las personas
solían reunirse regularmente para las grandes festividades. El profeta llama ahora a la
nación a congregarse con el propósito específico de reconocer su pecado y buscar al
Señor. Este hecho viene sugerido quizás por el significado de la raíz de la palabra
traducida congregarse: qasas significa literalmente “reunirse como se juntan los
rastrojos”, lo cual puede indicar que Judá debía congregarse en humilde
reconocimiento de su indignidad. Son como los rastrojos y no merecen otra cosa que el
juicio de Dios.695 Así pues, existe una necesidad urgente de reunirse en un acto
colectivo de arrepentimiento antes de que caiga el juicio de Dios (2:1).
Durante la Segunda Guerra Mundial, muchas personas en Gran Bretaña se juntaban
en las iglesias a fin de celebrar días nacionales de oración convocados por su soberano,
el rey Jorge VI. Resulta difícil imaginar que un llamamiento parecido tuviese una
respuesta comparable actualmente. Desde esa guerra, han tenido lugar grandes
175
reuniones ecuménicas de cristianos en Gran Bretaña, en las que se escuchaba la palabra
de Dios y se cantaban alabanzas. Aunque siempre han sido de mucha utilidad, ha
faltado frecuentemente un elemento, la penitencia, y el sentimiento de indignidad y
desprevención a la luz del juicio de Dios. Quizás tengamos que aprender esta lección en
el mensaje de Sofonías. Hay lugar para el arrepentimiento colectivo en la vida de la
iglesia actual y en la de la nación. “Si… se humilla mi pueblo sobre el cual es invocado mi
nombre, y oran, buscan mi rostro y se vuelven de sus malos caminos, entonces yo oiré
desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra”.
b. Los creyentes: existe una necesidad de arrepentimiento
“Buscad al Señor,
vosotros todos, humildes de la tierra
que habéis cumplido sus preceptos;
buscad la justicia, buscad la humildad.
Quizá seréis protegidos
el día de la ira del Señor” (2:3).
¿Quiénes son los “humildes de la tierra” a los que Sofonías se dirige ahora? La
expresión puede referirse simplemente al hombre de la calle, el pueblo llano, o los que
se encuentran “debajo del estercolero de la vida” (Motyer), que pueden ser fácilmente
zarandeados y explotados. Sin embargo, también se hace referencia a los “que habéis
cumplido sus preceptos”. Así pues, presumiblemente, estas personas intentaban al
menos guardar la ley y los mandamientos de Dios. Quieren estar a su lado; son
“creyentes” en cierto sentido. No obstante, incluso los “creyentes” necesitan
arrepentirse. Deben volverse de sus caminos pecaminosos y buscar al Señor y su
justicia. Así pues, Sofonías les insta a dar tres pasos positivos: buscar “al Señor”, buscar
“la justicia” y buscar “la humildad” (2:3).
(i) Existe una necesidad de buscar al Señor
Sofonías comprendió que no era suficiente con reunir al pueblo en alguna gran
festividad, a no ser que su actitud hacia el Señor fuese correcta. La religión no salvaría al
pueblo de Dios del juicio entonces, del mismo modo que no lo hace con nosotros
actualmente. De hecho, muchos sostienen hoy que la religión es la causa de todos
nuestros problemas, no su cura. Hay algo de cierto en ello. La religión no nos salva. Los
servicios, los rituales y las tradiciones religiosas tampoco pueden hacerlo. Él único que
salva es Dios.
Por tanto, Sofonías no llama a los creyentes a redoblar sus actividades religiosas,
sino a buscar al Señor con una actitud humilde y obediente. La palabra traducida
“buscar” (biqqes), cuando se emplea en el contexto de las relaciones humanas, significa
“anhelar”. De ahí que en el Cantar de los Cantares la amada la utilice cuando dice:
“Buscaré al que ama mi alma”. La palabra expresa mucho más que una asistencia casual
176
al templo para adorar. Sofonías está instando a los creyentes a buscar al Señor porque
le aman y anhelan estar en su presencia para disfrutar de su compañía. ¿Cuándo fue la
última vez que nos acercamos a Dios de esta forma en adoración pública u oración
privada?
Buscar al Señor también implica volverse “de los ídolos a Dios para servir al Dios
vivo y verdadero”. Los que se volvieron de seguir los pasos pecaminosos de Jeroboam y
sus hijos para seguir a Roboam, el hijo de Salomón, se describieron como los “que
habían resuelto en su corazón buscar [biqqes] al Señor”. Jesús dijo: “Nadie puede servir
a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Así pues, buscar al Señor
implica poner a Dios el primero en nuestra vida, apartándonos de cualquier cosa que le
arrebate nuestra principal lealtad.
A la luz del juicio inminente de Dios, por tanto, Sofonías no sólo ruega al pueblo del
Señor que se congregue y que vuelva al Señor, sino también que se aparte de los
caminos pecaminosos personal e individualmente, y busque la presencia del Señor.
Es un triste reflejo de la vida actual de la iglesia (al menos en Gran Bretaña) que la
reunión semanal de oración es cada vez menos prioritaria, incluso en las iglesias
evangélicas. Además, la práctica del devocional diario, en el que los cristianos,
individualmente, en pareja o en familia, leen las Escrituras y oran buscando la bendición
de Dios en su vida, también parece haber desaparecido de la vida cotidiana de la
mayoría de los cristianos. Sofonías deja claro que no existe esperanza para el pueblo de
Dios a no ser que se arrepienta y busque verdaderamente al Señor.
En el libro de J. T. Carson, God’s River in Spate, que cuenta la historia del
reavivamiento de 1859 en el norte de Irlanda, se describe la forma en que los cristianos
se reunían para orar por el avivamiento. El resultado fue espectacular. Comunidades
enteras se transformaron. Carson comentó sabiamente: “Cuando se ora, pasan cosas
que no ocurren cuando no se ora”. En ese avivamiento, los cristianos buscaban
genuinamente la presencia del Señor cuando oraban. Buscaban tiempo para que la
oración fuese una prioridad. ¿No deberíamos hacer lo mismo?
“No tengo tiempo para leer su libro,
no tengo tiempo para orar.
No tengo tiempo para servir a nuestro Señor,
no tengo tiempo… o eso digo.
Delante del televisor
pasan los minutos,
las horas vuelan.
Pero cuando mi Señor venga a encontrarse con nosotros,
no tengo tiempo… ese es mi clamor.
Gracias a Dios porque él no dijo “no tengo tiempo”.
Encontró un momento para ti y para mí,
encontró un momento para el Calvario.
Querido Señor, perdona el “no tengo tiempo”.
Ante la cruz, yo confieso
177
con lágrimas de vergüenza, mi pereza.
Tú moriste por mí, no me importó.
Pero ahora sé que “no tengo tiempo”,
¡porque este es tuyo!
Y tú puedes utilizar mi vida, mi tiempo,
como tú decidas. (Anónimo)
(ii) Es necesario buscar la justicia
Sofonías sabía que, si buscamos verdaderamente al Señor y nos encontramos con
él, anhelaremos reflejar su carácter y hacer su voluntad en cada área de nuestra vida.
Así pues, no sólo llama a los “humildes de la tierra” a buscar al Señor, sino también la
justicia (2:3b). El tiempo del verbo “buscar” (perfecto) “indica la realización de acciones
en el futuro que también dependen de nuestra determinación y voluntad presentes”.
Así pues, Sofonías pide al pueblo que se decida a vivir una vida piadosa y justa, así como
a reflejar la justicia de Dios en su vida cotidiana. El profeta retomará este tema un poco
más tarde (véase 3:5), en el contexto de la incapacidad de los líderes civiles y religiosos
de actuar de forma justa en sus relaciones con los demás, exponiendo también el
concepto de que “El Señor es justo” y que “Cada mañana saca a luz su juicio” (3:5).
Así pues, aquí (2:3), Sofonías hace un llamamiento a los creyentes ordinarios, los
“humildes de la tierra”, a buscar “la justicia”. Los creyentes cristianos pueden
comprender el significado de este desafío sabiendo que en las Escrituras hay una
justicia exigida por Dios y otra que él ofrece.
Primero, debemos comprender la justicia que Dios exige
Sofonías ya ha expuesto el concepto de que Dios es un Dios de justicia y rectitud, de
juicio (véase Sof. 1). También recuerda a los “humildes de la tierra” que ellos son
aquellos que hacen lo que el Señor ordena (2:3a). En el libro de Deuteronomio (cap. 5),
redescubierto probablemente en la época del rey Josías, leemos que Moisés trajo los
diez mandamientos a Israel. Estos establecieron los modelos morales de justicia que
Dios exige de aquellos que ha redimido. Fueron presentados con las siguientes
palabras: “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de
servidumbre”. Dios no está diciendo: “Si guardas todos estos mandamientos, ganarás tu
salvación”. En su lugar, dice: “Yo te he redimido, por tanto, este es el tipo de vida que
exijo de ti”. Él pide lo mismo de todos los que hemos sido redimidos por la sangre
preciosa de Jesús. Aquí tenemos un resumen de esos mandamientos:
— “No tendrás dioses ajenos delante de mí…”
— “No te harás ningún ídolo…”
— “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios…”
— “Guardarás el día de reposo para santificarlo…”
— “Honra a tu padre y a tu madre…”
178
— “No matarás…”
— “No cometerás adulterio…”
— “No hurtarás…”
— “No darás falso testimonio contra tu prójimo…”
— “No codiciarás…” (en Dt. 5:1–21).
Guardando estos mandamientos demostramos que somos redimidos por el Señor.
No podemos hacerlo con nuestras propias fuerzas. Sin embargo, debemos intentar vivir
de esta forma, rectamente. Después de que el Señor entregase los diez mandamientos,
Moisés dijo al pueblo: “Cuidad de hacer tal como el Señor vuestro Dios os ha
mandado…”, y también: “Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es.
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y
estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las
enseñaras a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes
por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes”.703
Así pues, cuando Sofonías dice que busquen la justicia, ¡se refiere a que obedezcan
los mandamientos de Dios! “¡Vivid de esta forma!”. Dios es justo y nos llama a vivir
rectamente.
Cuando Jesús enseñó a sus discípulos acerca de los diez mandamientos, como en el
Sermón del Monte (Mt. 5), reveló con más detalle el significado de guardar la ley moral
de Dios y de buscar una justicia que “supera la de los escribas y fariseos”. Jesús nos
llama a obedecer los mandamientos de pensamiento y de hecho, tanto de forma
positiva como negativa. Así pues “enojarse” con alguien o insultarle es quebrantar el
mandamiento “No matarás” y someterse al juicio.705 Además, no hasta abstenerse de
matar: para guardar el sexto mandamiento de forma positiva, debemos amar a nuestro
prójimo como a nosotros mismos, lo cual significaría dar el primer paso para
reconciliarse con ellos y perdonarlos.
Sin embargo, a pesar de la imposibilidad de guardar los diez mandamientos de
forma perfecta con nuestras propias fuerzas, Jesús, como Sofonías, nos insta a tener
“hambre y sed de justicia”. Jesús dice exactamente: “Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados”. En estas palabras se encuentra la
clave de una verdad más profunda: no solo existe una justicia exigida por Dios, sino
también otra que él ofrece.
En segundo lugar, debemos aceptar la justicia que Dios ofrece
Jesús hizo hincapié en la necesidad de una intensa determinación a vivir la vida
obediente y recta que Dios exige. Debemos tener hambre y sed de justicia. Este
llamamiento a vivir un tipo de vida decente no es informal. En un país en el que las
condiciones climáticas y la hambruna hacían del hambre y la sed un asunto de vida o
muerte, las palabras de Jesús expresan un poderoso deseo así como una gran
determinación. Sin embargo, también nos recuerdan que esa vida recta solo es posible
por medio de la bendición de Dios y del don del Espíritu Santo que puede llenar la vida
179
del creyente. Jesús se está dirigiendo a los discípulos, del mismo modo que Moisés lo
hizo a los redimidos.
En términos del Nuevo Testamento, pues, buscar la justicia es buscar a Cristo. Él
vivió una vida perfecta de obediencia; él siempre hizo aquellos que agradaba al Padre.
Además, “Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para
llevarnos a Dios”.709 Todos somos pecadores; “No hay justo, ni aun uno”. Merecemos el
juicio del Señor. Sin embargo, Dios condenó nuestro pecado en Jesús;711 y cuando
nosotros, por fe, dejamos nuestros pecados sobre nuestro salvador en la cruz, nos
ofrece su justicia para que la recibamos. Se produce un intercambio real. Como escribió
el apóstol Pablo: “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que
fuéramos hechos justicia de Dios en él”.713
La historia de la conversión de Charles Simeon, que posteriormente fue un famoso
vicario de la Holy Trinity Church de Cambridge en el siglo XVIII, ilustra el poder de este
“intercambio real”. Cuando era estudiante universitario en el King’s College de
Cambridge, se le convocó a dirigir un servicio de Santa Comunión en la capilla de la
universidad. Él sentía que no estaba preparado en absoluto para hacerlo, por lo que
comenzó a buscar a Dios y a leer todo lo que pudo acerca del significado de la Santa
Comunión. En uno de los libros que leyó, le impactó un comentario: “los judíos sabían lo
que hacían cuando traspasaban su pecado a la cabeza de su ofrenda”. Más adelante,
Simeon escribió: “La idea irrumpió en mi mente: ‘¿Qué? ¿Puedo pasar mi culpa a otro?
¿Ha provisto Dios para mí una ofrenda para que pueda dejar mis pecados sobre su
cabeza?’. En consecuencia, quise ponerlos sobre la cabeza de Jesús”… En la mañana de
Pascua, se despertó con estas palabras en sus labios: ‘Jesucristo ha resucitado hoy,
¡Aleluya!’. Añadió: ‘Desde ese momento, la paz fluyó en rica abundancia en mi alma y
en la Cena del Señor en nuestra capilla obtuve el acceso más dulce a Dios por medio de
nuestro bendito Salvador’ ”.
Sin embargo, buscar la justicia no es únicamente recibir la justicia imputada de
Cristo. Dios también imparte su justicia a los creyentes por medio de su santo Espíritu.
Como Pablo argumenta en Romanos 8, Dios no sólo condenó nuestro pecado en el
cuerpo inmaculado de Jesús, sino que lo hizo a fin de que los justos requisitos de la ley
pudiesen cumplirse totalmente en nosotros; y eso es posible si “no andamos conforme
a la carne, sino conforme al Espíritu”.716 Los que “son guiados por el Espíritu de Dios”,
como hijos suyos, reciben la capacidad de vivir vidas rectas y conformadas a Jesús.
Cuando Sofonías hace un llamamiento a los “humildes de la tierra” a buscar la
“justicia”, está apuntando al tipo de vida obediente y piadosa que Dios exige, que ellos
deberían tratar de vivir. Sin embargo, la justicia que Cristo ofrece imputar e impartir es
la que ayuda a los creyentes cristianos a comprender de una forma incluso más clara
cómo es posible una vida así de recta. Jesús nos ofrece esa posibilidad; él dijo:
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados”.
Sofonías nos ofrece una exhortación más a considerar: “buscar la humildad” (2:3b).
(iii) Es necesario buscar la humildad
180
Aunque Sofonías está dirigiéndose a los “humildes de la tierra”, él quiere asegurarse
de que estos creyentes sean verdaderamente humildes delante del Señor. Miqueas
había considerado necesario recordar a Israel que Dios exigía humildad de su pueblo.
“Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de
ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu
Dios?”. Jesús había enseñado la misma verdad en el Sermón del Monte.720
A la luz de las palabras que siguen (2:3c), el llamamiento a buscar la humildad no
puede incluir únicamente el pensamiento de una humilde dependencia de Dios, sino
también un humilde reconocimiento del pecado. Buscar la humildad bien puede ser un
llamamiento a la penitencia. Sin embargo, si está instando a llevar a cabo una verdadera
penitencia, ¿por qué dice el profeta “quizá seréis protegidos el día de la ira del Señor”?
¿Crea esta frase dudas acerca de la fidelidad de Dios a la hora de perdonar a los que se
arrepienten verdaderamente? Existen dos respuestas principales a esa pregunta.
1. Sofonías puede querer decir simplemente que aquellos que buscan al Señor y la
humildad quizá pudiesen salvarse de la muerte o del daño físico en ese día en que se
desate el juicio sobre Judá y Jerusalén, llevado a cabo por sus enemigos. Esa
circunstancia no se podía garantizar, como tampoco se puede dar por segura la
protección física de los cristianos actualmente. Lo que sabemos con certeza es que nada
“nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.
2. Si Sofonías está hablando en términos espirituales en lugar de físicos, entonces el
quizá es más como la expresión “si en alguna manera” en la carta de Pablo a los
Filipenses (véase Fil. 3:11, RVR60). Ninguna de las dos expresan dudas acerca de la
fidelidad de Dios. Más bien, previenen de la arrogancia de los soberbios y el peligro de
insinuar lo que se llama “gracia barata”. Obtenemos la salvación por medio de la gracia
de Dios; sin embargo, somos llamados a ocuparnos en ella “con temor y temblor”. Este
pasaje puede sugerir algo de ese “temor y temblor”. Igualmente, como humildes
creyentes penitentes, podemos estar seguros de que, finalmente, “en el día de la ira del
Señor”, estaremos protegidos y a salvo en Cristo. “No hay ahora condenación para los
que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1).
Encontramos otro pensamiento en la frase “quizá seréis protegidos el día de la ira
del Señor” (2:3c). La palabra “protegidos” (kapar) sugiere la idea de la forma en que la
sangre de un animal sacrificado expía los pecados del pueblo, protegiéndolo del justo
juicio de Dios. ¿Podía tener esto en mente Sofonías?
Así pues, cuando miramos atrás al llamamiento urgente a la nación y a un
remanente de creyentes, observamos que su mensaje incluye también buenas noticias.
Él ofrece esperanza a aquellos que son lo suficientemente humildes como para buscar a
Dios y su justicia, así como para volver a él en penitencia y fe. El tiempo se está
acabando; ¡pero ahora es el momento de arrepentirse!
Las buenas noticias son que nunca es tarde para arrepentirse y volverse a Dios. El
ladrón arrepentido, que estaba muriéndose, se volvió a Cristo y escuchó sus palabras
tranquilizadoras: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. El otro
181
hombre crucificado junto a Jesús decidió seguir su propio camino, sin Cristo y sin
esperanza.
El obispo Sandy Millar cuenta la preciosa historia de una anciana que fue
confirmada por el obispo cuando tenía 101 años de edad. Durante el servicio, el obispo
la entrevistó. Ella espetó, sonriente: “¿No cree que es maravilloso que haya venido a
Cristo a mi edad?”. El obispo pensó un momento y dijo: “Es maravilloso, pero
arriesgado”.
En un sentido, nunca es tarde para volverse a Dios. Sin embargo, haremos bien en
destacar la urgencia en el llamamiento de Sofonías. Pablo escribió con ese mismo
sentido de urgencia a los cristianos de Corinto, temiendo que algunos no hubiesen
recibido el don de la gracia y el perdón de Dios: “Y como colaboradores con él, también
os exhortamos a no recibir la gracia de Dios en vano; pues él dice: ‘En el tiempo propicio
te escuché, y en el día de salvación te socorrí’. He aquí, ahora es el tiempo propicio; he
aquí, ahora es el día de salvación”.
Sofonías tuvo el mismo sentido de urgencia: “Buscad al Señor, buscad la justicia,
buscad la humildad. Quizá seréis protegidos el día de la ira del Señor”. Era el momento
de arrepentirse. Era arriesgado dejarlo para más tarde.
Juicio y esperanza para las naciones
Sofonías 2:4–3:8
1. Nuestro Dios reina (2:4–15)
Sofonías pasa a tratar ahora otros aspectos en su enseñanza. Esta nueva sección se
ha llamado el “Poema de las naciones” y se ha dicho que es “Sofonías en su mejor
momento literario”. Sin embargo, es incluso más significativa teológicamente. Se centra
en la soberanía de Dios, y en particular en su reinado sobre las naciones. Comenzando
con Judá, Sofonías describe el gobierno soberano de Dios sobre el destino de varias
naciones vecinas: Filistea al este de Judá (2:4–7), Moab y Amón al este (2:8–11), Etiopía
lejos en el sur (2:12), y Asiria al norte, porque esa es la dirección que siempre se seguía
cuando se atacaba a Israel (2:13–15). El hecho de que Sofonías haya escogido a estas
naciones del norte, sur, este y oeste apunta al asunto sobre el que quiere hacer
hincapié. Representan a los pueblos de todos los rincones del globo, con diferentes
culturas y sistemas políticos, pero el Señor es soberano sobre cada una de ellas.
El mensaje de Sofonías en este capítulo es “nuestro Dios reina”, palabras de aliento
para el pueblo del Señor. Lo son porque Sofonías nos enseña que Dios juzgará
justamente a las naciones; que cuida de su pueblo incondicionalmente y que ofrece
esperanza a los creyentes universalmente.
182
a. Dios juzgará a las naciones con justicia (2:4–15)
Sofonías ya explicado el concepto de que Dios juzgará a su pueblo de forma justa
“porque han pecado contra el Señor” (1:17). Él también ha descrito el juicio universal y
“el día de la ira del Señor” en que “toda la tierra será consumida” (1:18). Ahora, aplica
estas verdades generales a la situación particular que Judá y Jerusalén vivían con sus
enemigos. Estaban rodeados por naciones paganas hostiles que cruzaban sus fronteras
y atacaban a sus ciudadanos. Sentían constantemente la amenaza de una invasión.
Debieron de haberse preguntado si la doctrina de la soberanía de Dios valía para algo.
Los cristianos que sufrían atentados, muerte y secuestros en Bagdad durante la Guerra
de Irak en años recientes se debieron de preguntar lo mismo en ocasiones. Sofonías nos
exhorta a todos a mirar al Señor soberano que gobierna sobre todas las naciones del
mundo y que les pedirá cuentas al final.
Nuestro Dios reina. Así pues, inspirado por el Espíritu de Dios, Sofonías explica con
cierto detalle los juicios que caerán sin duda sobre esas naciones vecinas. Si nos
preocupamos por la justicia, así como por la honra y la gloria de Dios, saber que él
actuará con perfecta justicia contra el pecado y el mal en el mundo debe animarnos. Así
pues, analicemos con más detenimiento estas profecías contra Filistea, Moab y Amón,
Etiopía y Asiria.
(i) Filistea: Dios juzgará a aquellos que persistentemente atacan a su pueblo (2:4–7)
No se nos explica por qué serán tan devastadores los juicios de Dios para Filistea. Se
dice a los filisteos: “La palabra de Dios está contra vosotros” (2:5) y tenemos una
descripción de las consecuencias de la terrible guerra que forma parte del juicio de Dios
sobre ellos, el Señor obrando por medio de la horrible culminación del mal manejo
humano de los asuntos del mundo” (Motyer). Sofonías menciona algunas, aunque no
todas, de las principales ciudades filisteas, mientras se mueve del norte al sur del país
(2:4). El juicio de Dios significaría que Gaza quedaría desierta, Ascalón en ruinas y Asdod
rápidamente conquistada y vaciada. ¿Indica el término “mediodía” que la batalla se
acabará rápidamente, es decir, literalmente al mediodía, o quizás un ataque sorpresa a
la hora de la siesta?
No tenemos registros históricos de que esas promesas de juicio se cumpliesen. Sin
embargo, sabemos que Dios es fiel y guarda su palabra, y que es grave que la palabra
del Señor esté contra nosotros (2:5b). Sabemos, por tanto, que se hará justicia en
última instancia, que se verá como se imparte la misma y que los retrasos en el tiempo
no son problema de Dios, porque para él “un día es como mil años, y mil años como un
día”. Así pues, aunque los juicios de Dios pueden posponerse, vendrán sin duda en el
buen tiempo del Señor. Podemos animarnos con una verdad: aquellos que, como los
filisteos, atacan continuamente al pueblo de Dios, recibirán finalmente el juicio del
Señor. Los filisteos ocuparon la fértil franja costera situada al oeste de Judá. Era parte
de la tierra que Dios había prometido a Israel.730 Sin embargo, los israelitas no fueron
183
capaces de subyugar totalmente a los filisteos, por lo que continuaron siendo una
amenaza para el pueblo de Dios y una espina en su costado. Es probable que esos
ataques persistentes contra el pueblo del Señor proporcionasen la razón de la severidad
de los juicios prometidos por Dios, porque él se preocupa profundamente por su pueblo
(2:6–7, y véase pp. 356–373), y los creyentes pueden desanimarse fácilmente cuando
los ataques caen sobre ellos con tanta frecuencia (véase Sal. 123). Cuando Saulo de
Tarso perseguía a los cristianos, el Señor Jesús resucitado salió a su encuentro con la
pregunta: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Perseguir a los cristianos es perseguir
a Cristo. Atacar al pueblo de Dios es hacerlo al propio Señor. El “día de la ira del Señor”
(2:2) asegura, entre otras cosas, el justo juicio de Dios sobre los que han atacado
continuamente a su pueblo. Los cristianos en Irak, Darfur, Pakistán y China, por
nombrar algunas de esas naciones actuales en las que se les persigue, encuentran
esperanza y alivio en esta doctrina de juicio.
No podemos pretender, por supuesto, que solo los de fuera de la iglesia sean
hostiles al pueblo de Dios actualmente. ¡Hay filisteos entre nosotros! Por ejemplo, a
menudo se ve a líderes cristianos atacados verbalmente de forma continua por otros
cristianos profesos. Puede que se les ataque por su estilo de liderazgo, su fiel ministerio
del Evangelio o simplemente por su determinación a llevar a cabo el cambio necesario
dentro de la iglesia. Haríamos bien en juzgarnos a nosotros mismos de forma que no
caigamos bajo el juicio de Dios. Si nos estamos enfrentando a ataques permanentes,
necesitamos recordar las palabras del salmista cuando pasó por esa situación:
“A ti levanto mis ojos,
¡oh tú que reinas en los cielos!
He aquí, como los ojos de los siervos miran a la mano de su Señor,
como los ojos de la sierva a la mano de su señora,
así nuestros ojos miran al Señor nuestro Dios
hasta que se apiade de nosotros” (Sal. 123:1–2).
Sofonías quiere que sepamos que viene un día en el que todos daremos cuenta de
nuestra vida a Dios. Él juzgará justamente a aquellos que, como los filisteos, atacan
permanentemente a su pueblo.
(ii) Moab y Amón: Dios juzgará a aquellos que insultan libremente a su pueblo
(2:8–11)
En la vida hay pocas experiencias peores que sufrir burlas, insultos y comentarios
racistas de los vecinos próximos. Incluso en la relativamente tolerante sociedad
multicultural británica actual, los cristianos sufren burlas e insultos.
Los moabitas y los amonitas eran vecinos cercanos y parientes de los que vivían en
Jerusalén y Judá. En un principio, había mucho respeto mutuo y amabilidad entre Judá y
sus vecinos.734 Sin embargo, poco tiempo después aumentó el antagonismo. Sabemos,
por ejemplo, la terrible historia de Nahas amonita, que amenazó con sacar el ojo
184
derecho de todos los ciudadanos de Jabes de Galaad (véase 1 S. 11:1–2). Además, su
hijo Hanún, insultó y humilló en otra ocasión a algunos de los hombres de David
afeitándoles la mitad de la barba y dejándoles las posaderas a la vista (2 S. 10:1–4). Esta
es exactamente la clase de conducta insultante, inhumana e insensible que despertó
tanta hostilidad en Oriente Medio durante los problemas en Irak en la actualidad. ¡La
naturaleza humana no ha cambiado!
El mensaje de Sofonías sobre los vecinos es alentador para el “remanente” de los
creyentes (2:9). Presenta la promesa de Dios de una esperanza futura en la que nos
detendremos más adelante. Sin embargo, también les garantiza que el Señor juzgará
justamente a aquellos que se burlan de su pueblo. Será un juicio justo porque está
basado en el conocimiento seguro de la situación por parte de Dios. Él conoce los
insultos de Moab y las burlas de los amonitas. No ha hecho oídos sordos a lo que ellos
han dicho sobre Judá: “He oído las afrentas de Moab y los ultrajes de los hijos de
Amón” (2:8). Dios se queja de que han insultado a su pueblo (2:8). Él se preocupa
profundamente por los suyos y actúa a su favor como el Dios viviente y poderoso que
no sólo es el “Dios de Israel” (2:9), sino también el “Señor de los ejércitos” (2:9).
La historia de Jesús nos aclara aún más lo mucho que Dios entiende a aquellos que
sufren burlas e insultos debido a su fe en él. Estaba en Cristo cuando Jesús sufrió las
afrentas y mofas de sus enemigos en su ministerio terrenal, y especialmente en su juicio
y crucifixión. Jesús cumplió la gran profecía de Isaías como Siervo que sufre: “Fue
despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en
aflicción”. El ejemplo de Jesús inspiró a los primeros cristianos a enfrentarse a las burlas
e insultos de los demás. El apóstol Pedro recordó lo siguiente a esos cristianos que
estaban padeciendo afrentas y burlas: “Cuando le ultrajaban [Jesús], no respondía
ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que
juzga con justicia”.738 Nuestro instinto natural es responder y tomar represalias cuando
nos insultan. Quizás se mofan de nosotros por estar en el “equipo de Dios”, por tomar
en serio la Biblia y su moralidad, o por ser contraculturales o políticamente incorrectos.
Somos tentados a responder al ataque con nuestras propias fuerzas y confiar en
nuestra sabiduría. Jesús nos muestra un camino mejor.
Sin embargo, aunque los cristianos deberían esperar las burlas y afrentas de los
demás, no es excusa para aquellos que transigen con ello. Sofonías nos enseña que este
comportamiento surge de la soberbia y la arrogancia de los amonitas y moabitas (2:10).
Ellos creían que Israel era débil y que podían extender sus fronteras dentro de la tierra
prometida a Israel por Dios. Lo hicieron de la forma más cruel. Amón y Moab merecían
el justo juicio de Dios.
Sofonías también nos enseña que el juicio del Señor no es sólo justo, sino
apropiado. Moabitas y amonitas vivían cerca del Mar Muerto. Conocían muy bien los
efectos del juicio de Dios sobre Sodoma y Gomorra, acaecido más de mil años antes
(Gn. 18–19). El Señor actuó entonces con perfecto conocimiento de la situación. Lo
haría de la misma forma cuando juzgase a Moab y Amón: “ ‘Por tanto, vivo yo’, declara
el Señor de los ejércitos, Dios de Israel, ‘que Moab será como Sodoma, y los hijos de
185
Amón como Gomorra: campo de ortigas y mina de sal, una desolación perpetua’… Esto
tendrán ellos como pago por su orgullo, porque han afrentado y se han engrandecido
sobre el pueblo del Señor de los ejércitos. Terrible será el Señor contra ellos, porque
debilitará a todos los dioses de la tierra” (2:9–11).
Así pues, Sofonías nos recuerda que es una grave ofensa burlarse del pueblo de Dios
o afrentarlo, porque el daño que se haga a los creyentes se realiza también al propio
Señor. El punto hasta el que nuestra sociedad se ha vuelto una “desolación” (2:9) moral
y espiritual en la Gran Bretaña multicultural del siglo XXI se ilustra, por ejemplo, con el
hecho de la blasfema obra “Jerry Springer: The Opera”. No se burlaba tanto de la iglesia
cristiana como del propio Jesucristo; y burlarse de él es burlarse de Dios. Sin embargo,
Sofonías quiere que seamos conscientes de que Dios tendrá la última palabra. En
realidad, él no puede ser burlado.743 El Señor juzgará a aquellos que insultan libremente
a su pueblo. Nuestro Dios reina.
(iii) Etiopía: Dios juzgará a los que parecen estar lejos de su pueblo (2:12)
“También vosotros, etíopes, seréis muertos por mi espada” (2:12). El juicio sobre
Etiopía es corto y directo. Sofonías ha mirado a Filistea al oeste, Moab y Amón al este, y
ahora brevemente a Etiopía al sur, una nación vinculada habitualmente a Egipto, Cus y
Sudán.745
También resulta interesante destacar que, según 2 Samuel 18:21, había etíopes
viviendo en medio del pueblo de Dios en Judá durante la época del rey David. Joab
envió a un corredor de esa nacionalidad a David, con las noticias de la muerte de
Absalón, otra señal de la soberanía del Señor sobre las naciones y de su elección
soberana de los gentiles, así como de Israel, para llevar a cabo los planes de su reino.
¿Qué debemos aprender de un oráculo de juicio tan breve? Parece como si Sofonías
nos estuviese recordando que Dios es soberano sobre todas las naciones y que, incluso
estando tan lejos, Etiopía no puede escapar del justo juicio del Señor. Cus y Etiopía se
consideraban lugares remotos, como lo pueden ser para nosotros Siberia o Mongolia
exterior. Cuando Lucas quiso describir la forma en que el Evangelio se extendió de
Jerusalén hasta “los confines de la tierra”, selecciona a un etíope como ejemplo de
alguien que ha venido de muy lejos. También podría haber elegido a un cusita si se
hubiese convertido alguno.
La realidad de que nadie se escapa al conocimiento de Dios debe alentarnos. Como
dijo el escritor de Hebreos: “No hay cosa creada oculta a su vista, sino que todas las
cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar
cuenta”. La enseñanza de Jesús nos anima auún más cuando dice: “¿No se venden dos
pajarillos por un cuarto? Y, sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo
vuestro Padre. Y hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Así que no
temáis; vosotros valéis más que muchos pajarillos”.
Dios nuestro Padre lo sabe todo de nosotros y de nuestras circunstancias, vivamos
en Etiopía o China. Él es el juez de toda la tierra. Así pues, nadie que merezca el juicio
puede escapar de él. Igualmente, aquellos que viven en lugares remotos siguen siendo
186
amados y conocidos por un Padre celestial que no dejará que un solo pajarillo caiga al
suelo en contra de su voluntad. Nuestro Dios reina.
(iv) Asiria: Dios juzgará a los que se exaltan sobre el pueblo de Dios (2:13–15)
Hace unos años, en julio de 1976, un avión de Air France fue secuestrado con más
de cien pasajeros como rehenes y llevado al aeropuerto de Entebbe, en Uganda. La
Inteligencia israelí informó que Amin, el Presidente de Uganda, estaba mostrándose a
los rehenes como su protector. Cuando una joven madre israelí se dirigió a él
simplemente como Sr. Presidente, Amin la reprendió, sacando pecho, y anunció con
soberbia: “¡Soy su Excelencia al-Hajji Mariscal de Campo Dr. Idi Amin Dada, poseedor de
la Cruz Victoria británica, de la Orden al servicio distinguido, de la Cruz Militar y
escogido por Dios Todopoderoso para ser vuestro Salvador!”.
Había algo de esta misma arrogancia desmesurada en Asiria y sus líderes en los días
de Sofonías. En este pasaje, se refleja en las pretensiones de su capital, Nínive, que se
jactaba diciendo: “Yo soy, y no hay otra más que yo” (2:15). Sin embargo, Sofonías tiene
un mensaje para aterrorizar a los asirios y alentar al pueblo de Dios. El Señor juzgará a
la soberbia y arrogante Asiria.
Como ya hemos destacado, Judá era un pequeño país rodeado de vecinos hostiles.
Asiria era una superpotencia en declive, pero seguía siendo una amenaza considerable
para Jerusalén y Judá. Sin embargo, Sofonías recibió un mensaje que colocó esa
amenaza en una perspectiva totalmente diferente. El pueblo de Dios no tiene que
sentir miedo ni desánimo. Sus miembros pueden levantar de nuevo su cabeza con fe y
esperanza, porque Sofonías les dice: “Él [Dios] extenderá su mano contra el norte y
destruirá a Asiria, y hará de Nínive una desolación, árida como el desierto” (2:13). En
este contexto, “extender su mano” es claramente una metáfora del juicio, no de la
bendición, y es un juicio devastador. Nínive era un enclave con un buen suministro de
agua, con ríos al sureste y noroeste de la ciudad. También disponía de unos famosos
canales de irrigación hechos por el hombre. Sin embargo, Sofonías describe el juicio de
Dios en términos de hacer “de Nínive una desolación, árida como el desierto” (2:13).
Los juicios de Dios son impresionantes. La poderosa Nínive sería destruida y Asiria
despoblada. Solo sería adecuada para los animales. “Se echarán en medio de ellas los
rebaños, toda clase de animales” (2:14). Las ruinas de la ciudad serían el hogar de
pelícanos y erizos (2:14), y los que una vez fueron grandes edificios quedarían en ruinas,
con los paneles de cedro expuestos a los elementos (2:14). La escena es de total
destrucción y desolación. “¡Cómo ha sido hecha una desolación, una guarida de fieras!
Todo el que pase por ella silbará y agitará su mano” (2:15b).
Es difícil para nosotros comprender lo sorprendente que este mensaje debió ser
para los de Judá y Jerusalén, muy conscientes del poder de esta superpotencia, Asiria.
Sin embargo, Sofonías confiaba en que Dios derrotaría a Asiria tal como él prometió. El
Señor lo haría a pesar de su poder militar.
En la época de Sofonías, Asiria (parte del Irak actual) era una superpotencia que
comenzaba a decaer. Sin embargo, en la cúspide de su poder, en los siglos VIII y VII a.C.,
187
había sido una amenaza constante tanto para Israel como para Judá. En 733–732 a.C.,
por ejemplo, bajo Tiglat-pileser III, Asiria había invadido Judá y recibido tributos de
Azarías. El rey asirio depuso entonces a Peka en el norte e hizo a Oseas rey vasallo sobre
Israel. En 705–681 a.C., Sargón II fundó una nueva dinastía, conquistó Samaria y, según
sus propios archivos, deportó a 27290 personas del reino del norte. En 701 a.C.,
Senaquerib, hijo de Sargón, sitió Jerusalén. Parecía inevitable que la ciudad fuese
conquistada, ya que su poder militar era muy superior. Sin embargo, Dios escuchó la
oración del rey Ezequías y “salió el ángel del Señor e hirió a ciento ochenta y cinco mil
en el campamento de los asirios”. Así pues, Jerusalén se salvó, pero, ¿podría pasar otra
vez? Sofonías sabía que con Dios todas las cosas son posibles. Él creía que Dios era un
poderoso guerrero que derrotaría sin duda a todos sus enemigos. “Él extenderá su
mano contra el norte y destruirá a Asiria, y hará de Nínive una desolación, árida como el
desierto” (2:13).
Sofonías nos enseña que Dios es soberano sobre todas las naciones, incluyendo a las
superpotencias con inmenso poder militar. La historia nos ha mostrado el declive y la
caída de sucesivas naciones poderosas. Aquellos que oyeron a Sofonías hablar de la
caída del gran imperio asirio pudieron haber rechazado su profecía, considerándola una
insensatez. Sin embargo, como siempre, la Palabra de Dios nunca falla y la oración
cambia las cosas. La oración de Ezequías trajo liberación a la Jerusalén de su época.
Muchos creen que el derrumbamiento del comunismo en la antigua Unión Soviética en
la última parte del siglo XX, de la política del apartheid en Sudáfrica, así como los
cambios que tienen lugar en la China continental actual (incluyendo las iglesias en las
casas, que crecen con mucha rapidez), se deben a las oraciones del pueblo de Dios y al
poder soberano del Señor.
Así pues, Sofonías nos recuerda que Dios juzgará a Asiria a pesar de su gran poder
militar; pero también deja claro que el juicio de Dios es merecido y justo, debido a su
arrogante autosuficiencia.
Asiria estaba especialmente orgullosa de su capital, Nínive. Se describía como “la
ciudad tranquila que vivía segura”. “Decía en su corazón: ‘Yo soy, y no hay otra más que
yo’ ”. (2:15).
Existían razones para ese orgullo cívico. Nínive era probablemente la ciudad más
grande del mundo en esa época. Tenía la reputación de ser inexpugnable. Se dice que
un muro de unos trece kilómetros de circunferencia y treinta metros de altura rodeaba
la ciudad interior. Se alardeaba de que tres carros podían correr en paralelo encima del
mismo. La ciudad disponía de muchas torres y puertas. Alrededor de la ciudad exterior
se construyó otro muro enorme y muchos edificios dentro de ella. Había leones de
bronce y toros de mármol en la parte exterior del palacio del rey, y se delimitó un área
inmensa (1.8454 km2) para la armería del rey, los carros, los caballos y diversas armas
de destrucción. Aunque era propensa a los cambios de gobierno y a la exageración,
debió de haber sido una ciudad muy impresionante. No sorprende que el orgullo
ciudadano estuviese por las nubes.
Sin embargo, el pecado de Nínive, la razón del juicio de Dios sobre la ciudad, fue sin
duda la arrogante confianza del pueblo en sus propios logros y seguridad. Los asirios
188
creían realmente que podían decir con toda tranquilidad: “Yo soy, y no hay otra más
que yo”. Como Szeles dice en su comentario sobre este versículo: “Habían concebido la
idea de su propia divinidad gloriosa, en una demencia potencial”. Esta arrogancia los
llevó sin duda a los métodos salvajes de guerra y a la violación de los derechos humanos
característicos de las campañas militares asirias. No tenían las Escrituras para que los
guiase, pero eran seres humanos creados a imagen de Dios y tenían conciencia. Como el
apóstol Pablo escribió acerca de los gentiles que no tenían la Palabra de Dios para
enseñarles: “…la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando
testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos… según
mi evangelio, Dios juzgará los secretos de los hombres mediante Cristo Jesús”.
Las evidencias que disponemos nos muestran que Nínive se enriqueció a costa de
las naciones atacadas y conquistadas por Asiria. También sabemos que los asirios
trataban a sus prisioneros de forma inhumana. Por ejemplo, obligaron a algunos de los
reyes capturados a vivir en perreras. Los líderes rebeldes se exhibían desfilando
encadenados. Secuestraban a los príncipes herederos y las princesas acababan como
esclavas y concubinas. Apaleaban a muchos prisioneros y los más obstinados eran
ejecutados. Nínive se había vuelto “un lugar donde se concentraba el mal, la capital de
la tiranía devastadora, el epítome de la tortura más cruel”.
No resulta difícil encontrar ejemplos modernos de este tipo de arrogancia y
soberbia por los logros nacionales, vinculadas a la violación de los derechos humanos y
el trato despiadado dispensado a sus enemigos. La Alemania nazi de Hitler, la Unión
Soviética de Stalin, la Uganda de Idi Amin, la Camboya de Pol Pot, la China de Mao y el
Irak de Saddam Hussein son ejemplos del siglo XX y XXI que vienen a la mente. El
nacionalismo se convierte fácilmente en una forma de idolatría. El Estado sustituye a
Dios. Cualquiera de estas naciones podía haber dicho lo que Nínive y sus líderes: “¡Yo
soy, y no hay otra más que yo!”.
Para los que vivimos en una democracia, puede resultar más difícil admitir los
mismos riesgos de caer en la arrogancia y en un falso sentido de la seguridad. Sin
embargo, un gobierno británico que, por ejemplo, “no hace caso a Dios” y pasa sin
miramientos por encima del modelo bíblico de moralidad en relación, por ejemplo, al
aborto y la práctica de la homosexualidad, debe correr el peligro de caer en la misma
soberbia pecaminosa. Este hecho es igualmente cierto en el caso de los individuos. La
esencia del pecado es que la soberbia humana y la arrogancia llevan a una vida vivida
sin la referencia de Dios. Afirmar, como alguien me expresó en una ocasión, “no
necesito a Dios”, es no estar lejos de la postura de aquellos ciudadanos de Nínive que
dijeron: “Yo soy, y no hay otra más que yo”. Sofonías nos enseña que esa idolatría y
autosuficiencia merece el justo juicio de Dios.
Así pues, en este pasaje (2:4–15), Sofonías nos explica la verdad de que Dios es
soberano sobre todas las naciones. Nuestro Dios reina. Esta enseñanza debería alentar
a los cristianos actuales. La Palabra de Dios nos dice que Dios juzgará de forma justa a
los que, como Filistea, atacaban continuamente a su pueblo (2:4–7); aquellos que,
como Moab y Amón, insultan libremente a los suyos (2:8–11); quienes que, como
Etiopía, parecen estar demasiado lejos del pueblo de Dios como para importar (2:12); y
189
los que, como la superpotencia Asiria, se exaltan arrogantemente sobre el mismo
(2:13–15). Sofonías deja claro que los que atacan al pueblo de Dios experimentarán su
juicio un día. Los que son como Senaquerib y Stalin, como Tiglat-pileser y Pol Pot, como
Sargón y Saddam Hussein, perecerán todos, con sus imperios, en las arenas de la
historia, bajo la poderosa mano de Dios. No es de extrañar que el salmista escriba con
gran gozo:
“Decid entre las naciones: ‘El Señor reina’;
ciertamente el mundo está bien afirmado, será inconmovible;
él juzgará a los pueblos con equidad.
Alégrense los cielos y regocíjese la tierra;
ruja el mar y cuanto contiene;
gócese el campo y todo lo que en él hay.
Entonces todos los árboles del bosque cantarán con gozo
delante del Señor, porque él viene;
porque él viene a juzgar la tierra:
juzgará al mundo con justicia
y a los pueblos con su fidelidad” (Sal. 96:10–13).
El estímulo provocado por el reconocimiento de que Dios juzgará de forma justa a
las naciones es un rasgo importante de este pasaje, sin embargo, Sofonías también nos
ha recordado otro aspecto de la soberanía de Dios que debería animarnos y alegrarnos:
él cuida de su pueblo incondicionalmente.
b. Dios cuida de su pueblo incondicionalmente (2:4–11)
Sofonías quiere destacar que Jehová no es sólo un Dios justo, sino también
misericordioso. En medio de su juicio de las naciones, él cuida de su pueblo, el
remanente de los creyentes, la compañía de los redimidos. Aún no hemos analizado
detenidamente dos pasajes de esta sección (2:4–11). Ambos se centran en el cuidado
providencial de Dios a su pueblo.
(i) El mensaje de Dios sobre Filistea (2:6–7), la promesa del cuidado de Dios
Sofonías deja claro que Dios cumplirá la promesa hecha al remanente de creyentes.
La tierra prometida a estos sería para ellos, siendo además, un lugar caracterizado por
la paz pastoral (2:6b) y una seguridad total (2:7); sobre todo, un lugar en que el Señor
del pacto cuidará de los suyos y “los hará volver de su cautiverio” (2:7c). Esta última
frase parece referirse a la restauración del pueblo de Dios de la cautividad. Sin
embargo, Sofonías estaba predicando antes del exilio babilónico, por lo que hay lugar a
otras posibles interpretaciones. Algunos comentaristas sugieren que se puede estar
haciendo referencia a un “ideal restaurado” o al “Paraíso ganado de nuevo”.
No existen evidencias históricas claras de que la tierra que ocupaban los filisteos,
que había sido prometida a Israel y que aquí se llama “Canaán” (2:5), estuviese nunca
190
totalmente en manos de Israel. Sin embargo, Sofonías probablemente vincula Filistea
con Canaán a fin de llamar la atención hacia las promesas de Dios, que él creía que se
cumplirían teológica y espiritualmente, de no hacerlo históricamente. “Los hará volver
de su cautiverio” se ha traducido “restaurará el bienestar”. Independientemente de
cómo interpretemos la frase, Sofonías nos garantiza que dios nunca abandonará a su
pueblo sino que siempre proveerá para los suyos y los protegerá en esta vida así como
en la próxima.
Charles Haddon Spurgeon, el famoso predicador bautista del siglo XIX, contaba en
ocasiones esta historia para ilustrar el cuidado providencial de Dios a sus siervos. Un
ministro del Señor, huyendo de sus perseguidores, encontró un pajar y se escondió en
él, cubriéndose con la paja. Los soldados que corrían tras él llegaron con sus espadas y
bayonetas, pinchando en la paja para comprobarla. El ministro sintió el frío acero en la
planta de sus pies pero no fue descubierto; Dios lo protegió. También proveyó para él.
Una gallina ponía un huevo cada día cerca de su escondite, ¡por lo que tuvo sustento así
como protección hasta que llegó el momento de marcharse de allí completamente a
salvo!
Probablemente, muchos de nosotros nunca hemos vivido una situación tan
dramática como la que Spurgeon describe en su historia. No obstante, podemos cobrar
ánimo con la doctrina del cuidado providencial de Dios a su pueblo redimido en medio
de nuestros problemas y necesidades cotidianos. Jesús también nos garantiza que
proveerá para nosotros y nos protegerá, si ponemos nuestra confianza en él y
buscamos su reino en primer lugar: “Vosotros, pues, no busquéis qué habéis de comer,
ni que habéis de beber, y no estéis preocupados. Porque los pueblos del mundo buscan
ansiosamente todas estas cosas; pero vuestro Padre sabe que necesitáis estas cosas.
Mas buscad su reino, y estas cosas os serán añadidas. No temas, rebaño pequeño,
porque vuestro Padre ha decidido daros el reino”.
Otro pasaje más en esta sección (2:4–11) nos enseña también acerca del cuidado
providencial de Dios de su pueblo. Forma parte de su mensaje sobre Moab y Amón.
(ii) El mensaje de Dios sobre Moab y Amón, la promesa de la vindicación del Señor
(2:8–11)
En medio de los asombrosos juicios que Dios infligiría sobre Moab y Amón, Sofonías
explica una vez más al remanente la esperanza segura de que Dios le cuida y su
vindicación de él. La profundidad de ese amor y cuidado se expresa en la forma en que
el Señor habla de “mi pueblo” (2:8), y de sí mismo como “Dios de Israel” (2:9). Como
abuelo, he comprobado frecuentemente con mucho agrado que mis pequeños nietos
hablan de “mi” papá y “mi” mamá haciendo hincapié en un maravilloso sentido de
pertenencia de una forma muy especial. Puede que los padres que aman a sus hijos no
siempre hablen así de ellos, pero sin duda lo piensan. Sofonías nos recuerda que Dios el
Creador, el “Señor de los ejércitos” (2:9), piensa en el remanente de los verdaderos
creyentes exactamente de esa misma forma. Ellos son “mi pueblo” (2:8). Además, Dios
quiere que su pueblo confíe en él en base a su realidad viviente (“vivo yo” [2:9]) y su
191
infinito poder (“el Señor de los ejércitos” [2:9]).
Tras hablar del justo juicio de Dios sobre Moab y Amón (2:9), Sofonías recoge las
palabras del Señor, que dice: “El remanente de mi pueblo los saqueará, y el resto de mi
nación los heredará” (2:9b). ¿Qué significa esto? Estas palabras parecen indicar que el
propio Dios vindicará a su pueblo y le dará la victoria sobre sus enemigos (2:11). Hay
una repercusión bíblica en la frase “el remanente de mi pueblo los saqueará” (2:9b). La
palabra traducida “saquear” se empleó para referirse a cuando los israelitas despojaron
a los egipcios en la época del éxodo. También se utiliza en referencia a Jesús en la cruz:
“habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un espectáculo público,
triunfando sobre ellos por medio de él”.760 Jesús es quien despojó al enemigo en la
parábola que encontramos en los evangelios. En cada uno de estos ejemplos, el saqueo
del enemigo apunta a la posibilidad de que el remanente pueda gozarse con los frutos
de la victoria de Dios.
Por tanto, Sofonías no sólo nos enseña que Dios juzga a las naciones justamente,
sino que cuida de su pueblo de forma incondicional. El Señor promete suplir todas
nuestras necesidades y darnos la victoria sobre nuestros enemigos, reivindicando
nuestra confianza en su fidelidad.
Hay momentos en que a todos nos parece desconcertante la doctrina de la
providencia de Dios. Nos preguntamos por qué mantiene a algunos de sus santos
maravillosamente libres de enfermedades graves mientras otros sufren a diario. Nos
preguntamos por qué algunos cristianos experimentan una asombrosa liberación de
heridas o muerte cuando sufren persecución, mientras otros son asesinados y pasan a
ser mártires. Nos preguntamos cómo podemos entender el cuidado providencial de
Dios por nosotros a la luz de las acciones pecaminosas de otras personas y de hecho en
la experiencia de los juicios del Señor. Sofonías no plantea estas preguntas ni trata de
contestarlas (véase el profeta Habacuc para otra perspectiva). Sin embargo, Sofonías
vuelve nuestros pensamientos hacia el Dios viviente que actúa justa y amorosamente.
Él es el Señor fiel que cumple sus promesas de juicio y salvación. Él promete restaurar
nuestra fortuna en la próxima vida, si no lo hace en esta. Como cristianos, podemos
decir con el apóstol Pablo: “Pues tantas como sean las promesas de Dios, en él todas
son sí; por eso también por medio de él, amén, para la gloria de Dios por medio de
nosotros”. Así pues, “ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá
separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.763Además, a la luz de la
cruz de Cristo, también podemos decir: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra
nosotros? El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos concederá también con él todas las cosas?”.
Otra verdad emerge de este pasaje. Dios no sólo juzgará a las naciones de forma
justa y cuida de su pueblo incondicionalmente; también ofrece esperanza a los
creyentes universalmente.
c. Dios ofrece esperanza a los creyentes universalmente (2:4–11)
Ya hemos hecho alusión a este aspecto del mensaje de Sofonías. La promesa del
192
juicio venidero conlleva la esperanza de la salvación. Observamos un indicio de ello
cuando Sofonías nos dice que Dios “hará volver de su cautiverio” al remanente de la
casa de Judá (2:7). Hay una nota más de esperanza al final del mensaje sobre Moab y
Amón. El profeta subraya el hecho de que, en el día de la ira del Señor, Dios será
“terrible” para los moabitas y los amonitas (2:11). Estos sabrán que no pueden ignorar
al Señor o tratarlo irrespetuosamente. Él es el Todopoderoso y destruirá a los demás
dioses (2:11b). Seguidamente, Sofonías añade esta frase: “Se inclinarán a él todas las
costas de las naciones cada una desde su lugar” (2:11c). Estas palabras indican que el
Señor está estableciendo ante nosotros una esperanza doble.
(i) Existe la esperanza de que los idólatras llegarán a temer a Dios
Sofonías nos dice que Dios destruirá a los “dioses” o ídolos que adoraban y en los
que confiaban los que vivían en Moab o Amón. La idolatría, tanto en su forma antigua
como en la moderna, elimina el temor y la reverencia debidos al Señor. Sin embargo, el
mensaje de Sofonías constituye un gran estímulo para los creyentes. “Terrible será el
Señor contra ellos, porque debilitará a todos los dioses de la tierra (2:11a). En otras
palabras, aquí, la Palabra de Dios nos da esperanza en cuanto a que las vidas sean
cambiadas. Los que no temen al Señor ni le muestran reverencia descubrirán que él es
impresionante; los soberbios pueden ser humillados para adorar al único Dios
verdadero. Cuando el apóstol Pablo informa a la iglesia de Tesalónica acerca de su
misión, dijo: “Por todas partes vuestra fe en Dios se ha divulgado, de modo que
nosotros no tenemos necesidad de hablar nada. Pues ellos mismos cuentan… cómo os
convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los
cielos a su Hijo, al cual resucitó de entre los muertos, es decir, a Jesús, quien nos libra
de la ira venidera”. Sofonías creía que el Señor soberano era capaz de llevarlo a cabo.
Había un mensaje de salvación en medio del juicio.
Podría decirse que “John” (no es el nombre real de una persona que conocí
personalmente) adoraba “a la criatura en lugar del Creador”. John se inclinó durante
muchos años ante los dioses falsos del dinero y el alcohol. Cuando huía de la ley, entró
en contacto con cristianos y oyó el Evangelio por primera vez. A su debido tiempo,
entregó su vida a Cristo y se convirtió en cristiano. Dios lo cambió. El idólatra pasó a ser
un adorador. Su vida cristiana, como la de muchos de nosotros, tenía sus altibajos. Sin
embargo, la gracia de Dios lo tuvo bien sujeto hasta el fin de su vida. Pregunté a alguien
que lo había conocido durante los dos últimos años de su vida si se había mantenido fiel
a Cristo hasta el final. Me dijo que lo vio por última vez pocos días antes de su muerte
“hablando de Jesús con una persona en el supermercado local”.
Sofonías creía sin duda que personas de todas las naciones se volverían un día de los
ídolos para adorar al Dios viviente. Es posible que la frase “se inclinarán a él todas las
costas de las naciones” se refiera al día en que muchos doblarán involuntariamente la
rodilla ante Jesús. No obstante, es también posible pensar que Sofonías creía que, por
la gracia de Dios, muchos idólatras serían cambiados y llegarían a amar y temer a Dios.
Este hecho nos conduce a otro mensaje de esperanza.
193
(ii) Hay una esperanza de que las personas adoren al Señor por todo el mundo
La visión de Sofonías se extiende mucho más lejos de Jerusalén y Judá. En realidad,
lo hace más allá de las naciones vecinas. Revela una perspectiva global y expresa
claramente la esperanza de que la verdadera adoración del Señor se extienda a toda
orilla y a toda tierra. “Se inclinarán a él todas las costas de las naciones cada una desde
su lugar” (2:11).
Algunos han tratado de hacer de estas palabras una descripción de pluralismo y
adoración multiconfesional. Sostienen que el profeta es un “universalista” en el sentido
de que presenta a personas de todo el mundo practicando religiones diferentes pero
adorando al mismo Dios. Para muchos, el “pluralismo” actual es algo más que una
forma de decir que existen muchas religiones diferentes en nuestra sociedad
multiconfesional. Muchas personas emplean la palabra, más peligrosa y falsamente,
para decir que existen muchas religiones diferentes y que todas son igualmente válidas.
Este pasaje deja muy claro, si lo leemos en su contexto, que Sofonías no podía estar
abogando por esa clase de pluralismo. Todo lo contrario, está representando una
teología exclusivista que ve a los elegidos y redimidos del Señor como “el remanente”.
Sin embargo, cree rotundamente que el remanente de creyentes incluye a los gentiles
así como los que quedan de la casa de Judá (2:7); y este pasaje sugiere que en su
momento se verá a los gentiles adorando al Señor por todo el mundo. Por supuesto,
Sofonías no era el único profeta del Antiguo Testamento que tenía esta visión global. El
anciano Simeón entendió esta enseñanza profética cuando vio a Cristo, aún un niño, en
el templo, y proclamó que vino para ser “luz de revelación a los gentiles, y gloria de tu
pueblo Israel”.769
El cristianismo es una religión global. Jesús deja claro a sus discípulos, después de la
resurrección, que deben hacer discípulos en todas las naciones y, según la visión dada a
Juan en la isla de Patmos, el remanente en el cielo, salvado por gracia, vendría desde
cada rincón de la tierra, formando una comunidad verdaderamente internacional. Juan
lo describió como sigue:
“Después de esto miré, y vi una gran multitud, que nadie podía contar, de
todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante
del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos. Y
clamaban a gran voz, diciendo: ‘La Salvación pertenece a nuestro Dios que está
sentado en el trono, y al Cordero’ ”.
Es fácil que los cristianos que sirven a Dios en circunstancias difíciles se desanimen
porque la obra en la que están implicados parezca demasiado pequeña o débil. Cuando
sentimos la tentación de considerar pequeña y problemática a la iglesia, haremos bien
en recordar la visión global de Sofonías. Él vio que personas de todas las naciones
adorarían un día al Señor. La venida de Cristo, su nacimiento, vida, muerte, resurrección
y exaltación, así como el derramamiento de su Espíritu sobre la iglesia, hizo realidad esa
194
visión. El relato de Lucas sobre la iglesia primitiva muestra cómo se extendió el
Evangelio desde Jerusalén hasta Judea y Samaria, así como hasta los confines de la
tierra. Jesús dijo en una ocasión: “Y este evangelio del reino se predicará en todo el
mundo como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin”. Algunos
cristianos creen que es posible que hayamos alcanzado ya ese punto. Estén o no en lo
cierto, debemos levantar sin duda la cabeza y animarnos por el crecimiento
generalizado de la iglesia cristiana, que Sofonías y otros profetas previeron.
El crecimiento mundial de la iglesia en el siglo XXI es excepcional. Por ejemplo, una
encuesta que oí afirmaba lo siguiente:
1. Por cada niño africano que nace, dos africanos se convierten al cristianismo (en
el África negra).
2. Cada semana se forman 1600 nuevas congregaciones cristianas por todo el
mundo.
3. Hay 100000 nuevos cristianos cada día.
Por tanto, con el rotundo mensaje del juicio de Dios, ha llegado otro de esperanza y
aliento, porque Dios juzga a las naciones de forma justa, cuida de su pueblo
incondicionalmente y da esperanza a todos universalmente. Sofonías va a explicar este
mensaje de confianza futura con colores aún más intensos. Sin embargo, antes de
hacerlo, vuelve a su propia ciudad, Jerusalén. Está convencido de que Dios reina, pero
¿lo hace en el corazón de su pueblo escogido? ¿Han aprendido Jerusalén y Judá de lo
que Dios ha hecho con las demás naciones? ¿Lo harán alguna vez?
2. Más verdades que duelen (3:1–8)
Hasta ahora en el libro, Sofonías se ha presentado (1:1) y ha expuesto un mensaje
de juicio sobre el mundo, y sobre el pueblo de Dios en particular, porque ha pecado
contra el Señor (1:2–18). Por tanto, ha hecho un llamamiento a los ciudadanos de
Jerusalén y Judá a arrepentirse y volver a Dios (2:1–4). También ha animado al pueblo
del Señor (el remanente) recordándole la soberanía de Dios, que juzga a las naciones de
forma justa y ofrece su cuidado providencial, así como esperanza para el remanente de
los creyentes (2:5–15).
Sin embargo, el profeta está preparado para comunicar más verdades dolorosas a
los ciudadanos de Jerusalén. Estos se sintieron probablemente más cómodos cuando
Sofonías describió la forma en que Dios juzgaría a sus enemigos, los vecinos filisteos,
moabitas, amonitas y asirios (2:5–15). Sin embargo, ahora llega el impacto. Jerusalén y
Judá tienen que oír más crudas realidades.
Muchos de nosotros preferimos evitarlas, pero retrospectivamente reconocemos a
menudo su importancia. No nos agradaría demasiado que nuestro doctor nos hablase
de tópicos banales si nuestro estado de salud exigiese un diagnóstico claro y honesto de
nuestra enfermedad. Sofonías era como un médico sabio y valiente. Él diagnosticó los
errores del pueblo, pero también ofreció la esperanza de una cura. El juicio y la
195
esperanza para las naciones incluían a la nación de Judá así como a los ciudadanos y
líderes de Jerusalén. Al menos suponemos que es así, aunque el nombre de Jerusalén
no se mencione en este punto. El profeta simplemente dice: “¡Ay de la rebelde y
contaminada, la ciudad opresora!” (3:1). ¿Podemos estar seguros, entonces, de que
Sofonías esté refiriéndose a Jerusalén y no a Nínive? Creo que podemos estarlo. El
profeta se está dirigiendo a una ciudad que “no escuchó la voz, ni aceptó la corrección”
(3:2). Estas palabras sugieren una ciudad que debería vivir según la Palabra de Dios, una
ciudad del pueblo del pacto del Señor, en la que él habita (3:5). Sofonías no describiría a
Nínive de esa forma. Es una ciudad que tiene “príncipes” y “jueces”, así como
“profetas” y “sacerdotes” (3–4), exactamente lo que esperaríamos en Jerusalén.
Por tanto, ¿qué está diciendo el profeta a Jerusalén? La siguiente sección de su
profecía incluye dos oráculos. En el primero (3:1–5), encontramos un mensaje de
esperanza en medio de la corrupción; en el segundo (3:6–8), oímos un mensaje de
esperanza en medio del juicio.
a. Un mensaje de esperanza en medio de la corrupción (3:1–5)
Muchas cosas se estaban haciendo mal en la ciudad de Jerusalén y Sofonías era lo
suficientemente valiente como para comunicar algunas verdades dolorosas al pueblo
de Dios. Él no los salvó. “¡Ay de la rebelde y contaminada, la ciudad opresora!” (3:1).
Jerusalén era una ciudad corrupta.
Encontramos aquí un importante principio. Las tres palabras que Sofonías emplea
sugieren una importante propuesta que debemos considerar.
(i) La rebelión contra Dios conduce a una conducta corrupta (3:1–4, 5c)
La palabra traducida “rebelde” se emplea casi siempre para la rebelión contra Dios.
Por ejemplo, el salmista, hablando de una generación que buscaba depositar su
confianza en Dios, dice: “Y no fueran como sus padres, una generación porfiada y
rebelde, generación que no preparó su corazón, y cuyo espíritu no fue fiel a Dios”.775
Seguidamente, declara que su rebelión se reveló en el hecho de que “no guardaron el
pacto de Dios, y rehusaron andar en su ley”.
Sofonías expresa exactamente el mismo concepto en este pasaje. La ciudad que se
ha rebelado contra Dios ha mostrado esa rebelión en el hecho de que “no escuchó la
voz, ni aceptó la corrección. No confió en el Señor, ni se acercó a su Dios” (3:2).
Analicemos, pues, con más detenimiento la forma en que los ciudadanos de
Jerusalén demostraron su rebelión contra Dios. Cuando consideremos las características
de la rebelión espiritual, veremos que este pasaje también tiene algo que decirnos.
Nos negamos a escuchar la Palabra de Dios (3:2a)
La palabra hebrea sema’ significa literalmente “oír”, “prestar atención a”, “estar
atento a”. De ahí pasa a significar “obedecer” (“no escuchó la voz”). Ellos fueron
196
incapaces de prestar atención a la Palabra de Dios y obedecerla, lo cual condujo a la
corrupción en la ciudad. Se produjeron una contaminación personal (3:1) y actos
opresivos por parte de los líderes (3–4), que desembocaron directamente en su
reincidencia y apostasía. Nuestras recaídas comienzan frecuentemente de esta forma;
se pueden oír sermones, e incluso leer la Biblia, y no prestar atención a lo que Dios nos
está diciendo.
Jesús hizo hincapié a menudo en la importancia de escuchar debidamente la Palabra
de Dios. Después de contar la parábola del sembrador, deja claro que era un relato que
hablaba de escuchar cuando dice: “El que tiene oídos para oír, que oiga”.778 La semilla
que se sembró en suelo bueno “produjo una cosecha a ciento por uno”, y representa a
“los que han oído la palabra con corazón recto y bueno, y la retienen, y dan fruto con su
perseverancia”. En el Evangelio de Mateo leemos: “Pero aquel… que oye la palabra y la
entiende, este sí da fruto, uno a ciento, otro a sesenta y otro a treinta”.780 ¡“Escuchar”
es mucho más que mantenerse despierto durante un sermón, o que leer a toda prisa
unos pocos versículos de la Biblia antes de salir corriendo para el trabajo o irnos a
dormir por la noche!
El apóstol Santiago, práctico como siempre, describió el “prestar atención” a la
Palabra de Dios con una ilustración adecuada: “Sed hacedores de la palabra y no
solamente oidores que se engañan a sí mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra,
y no hacedor, es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo; pues
después de mirarse a sí mismo e irse, inmediatamente se olvida de qué clase de
persona es. Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y
permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz,
este será bienaventurado en lo que hace”.
Si queremos recibir la bendición de Dios en nuestra vida y evitar la corrupción y
contaminación que caracterizaban a los ciudadanos rebeldes de Jerusalén, sentiremos
el deseo de exhortarnos los unos a los otros a escuchar la Palabra de Dios con atención,
entendimiento y obediencia. Leer la Biblia individualmente, o en un grupo pequeño,
nos ayudará. En la iglesia, podemos estimularnos los unos a los otros dejando Biblias en
los bancos de forma que la congregación siga el pasaje sobre el que trate el sermón.
Algunas iglesias dejan espacio para tomar notas del sermón en la parte posterior de la
hoja de anuncios. Otras suministran un bosquejo del mismo. Algunas utilizan
PowerPoint para mostrarlo. Cuando se trata del estudio privado, el problema es
encontrar espacio y tiempo para una lectura pausada de la Palabra de Dios en oración,
de forma que podamos meditar en ella y orar en función de lo que nos transmita.
En los primeros días de la iglesia cristiana, el apóstol Pablo advirtió a su joven
colaborador Timoteo que en “los últimos días” muchas personas no estarían dispuestas
a escuchar la palabra de Dios: “Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana
doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme
a sus propios deseos”.
Sofonías advierte al pueblo de Dios en Jerusalén de los mismos peligros. Conocemos
por otras partes de su profecía que había cantos de sirena que trataban de apartar a las
personas de escuchar la Palabra de Dios. Unos eran voces paganas, “el remanente de
197
Baal” (1:4); otros eran voces pagadas de sí mismas, “ni bien ni mal hará el Señor” (1:12);
otros eran las voces de la tradición, las de los que “saltan sobre el umbral” (1:9).
Actualmente, la iglesia en Gran Bretaña se enfrenta a cantos de sirena parecidos.
Algunos cristianos parecen más dispuestos a escuchar las voces de nuestra cultura
secular que la Palabra de Dios. Por ejemplo, en una reunión del Sínodo General de la
Iglesia de Inglaterra, se presentó una moción que instaba a sus miembros a “reconocer
la diversidad de opinión sobre la homosexualidad dentro de la Iglesia de Inglaterra”. La
persona que propuso la moción declaró que “era necesario escuchar específicamente
las voces y experiencias de los cristianos gays y lesbianas para garantizar que participen
plenamente en todos los debates y puedan contribuir a una mejora de nuestro
entendimiento”. En este caso, aunque las intenciones eran buenas, parecía que se hacía
más hincapié en la experiencia de los individuos, con su entendimiento limitado, en
lugar de la Palabra de Dios objetiva. También se presentó una propuesta muy diferente,
que hacía un llamamiento a ese mismo Sínodo a prestar atención a la Palabra de Dios.
La misma pedía una clarificación de la “declaración pastoral sobre uniones civiles” de la
Cámara de los Obispos, que “ha producido confusión por no establecer que las uniones
civiles no se ajustan a la enseñanza cristiana”. Estas dos mociones representan dos
actitudes muy diferentes hacia la supremacía y suficiencia de la Biblia para la fe y la
práctica de la Iglesia de Inglaterra actualmente. Sofonías nos advierte de que negarse a
escuchar la Palabra de Dios es una señal de rebelión contra el Señor, que a su vez puede
desembocar en una conducta y una sociedad corruptas.
La iglesia actual también necesita distinguir entre prestar atención a las tradiciones
de los hombres (1:9) o a la Palabra de Dios. Jesús dejó clara esa distinción cuando
advirtió a los fariseos acerca de la forma en que algunas de sus tradiciones contradecían
a la Palabra del Señor: “¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de
Dios a causa de vuestra tradición?”. Estar demasiado atentos a la tradición de la iglesia
puede impedir que oigamos y obedezcamos la Palabra de Dios. Muchos líderes de la
iglesia han llegado casi a la desesperación cuando alguna tradición (“¡Siempre hemos
acompañado los himnos con el órgano!”) se ha vuelto más importante que escuchar lo
que el Señor tiene que decirnos acerca de los principios de la adoración en la iglesia y
sobre las formas bíblicas de ocuparse de los desacuerdos y buscar su dirección.
¡Alguien dijo que Dios nos ha dado dos oídos y una boca de forma que debemos
escuchar dos veces más de lo que hablamos! Sofonías nos advierte de que podemos
volvernos fácilmente como la ciudad rebelde de Jerusalén si rechazamos la Palabra de
Dios y no somos capaces de ponerla en práctica. Si hacemos oídos sordos a ella,
estamos ignorando al Señor.
Otra señal de nuestra rebelión contra Dios se pone de manifiesto cuando:
Nos negamos a someternos a la Palabra de Dios (3:2)
“Ni aceptó la corrección” (3:2). Cuando no admitimos que nos corrijan hacemos las
cosas a nuestra manera. Actuamos como si fuésemos dueños de nuestra propia vida.
Nos negamos a someternos a la Palabra de Dios y su voluntad. Cuando Jesús hizo un
198
llamamiento a que le siguiesen, acentuó la importancia de aprender de él y someterse a
su enseñanza: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré
descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde
de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga
ligera”. Cuando nos sometemos a la Palabra de Dios, nos damos cuenta de que “sus
mandamientos no son gravosos”,786 porque su yugo es “fácil”, es decir, encaja
perfectamente. Su “carga” es “ligera” porque la compartimos con Jesús. Él va junto a
nosotros todo el camino.
El apóstol Pablo recordó a Timoteo que las Escrituras fueron inspiradas “para
enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre
de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra”. Este hecho implica que
deberíamos someternos a su reprensión, corrección e instrucción. Rechazar la Palabra
de Dios es rechazar al propio Señor y constituye una señal de nuestra rebelión.
En su gracia, Dios ha provisto las Escrituras para que sean “lámpara a [nuestros] pies
y luz para [nuestro] camino”, y para que nos reprendan, corrijan e instruyan.789 Lo triste
es que muchos de nosotros, como los ciudadanos de Jerusalén en la época de Sofonías,
nunca prestaremos atención a la Palabra de Dios ni someteremos nuestra vida a su
enseñanza. Nosotros también somos “rebeldes” en ocasiones y, por tanto,
“contaminados” (3:1).
Otra característica de los ciudadanos rebeldes de Jerusalén también puede aplicarse
a nosotros. La rebelión contra Dios significa frecuentemente que:
Nos negamos a confiar en el Señor y a acercarnos a él (3:2c)
Negarse a escuchar la Palabra de Dios y someterse a ella conduce inevitablemente a
la incredulidad y a una separación de Dios. Por tanto, no nos sorprende que el siguiente
comentario del profeta sobre Jerusalén sea que “no confió en el Señor, ni se acercó a su
Dios” (3:2c).
La palabra hebrea traducida “acercarse” (qarab) indica intimidad y gozo en la
presencia de Dios. Se emplea en Levítico 1:2, cuando el Señor dice a Moisés desde el
tabernáculo de reunión: “Habla a los hijos de Israel y diles: ‘Cuando alguno de vosotros
traiga una ofrenda al Señor, traeréis vuestra ofrenda de animales del ganado o del
rebaño’ ”. Una traducción literal de la primera frase sería: “Cuando alguien acerque
(qarab) lo que ha de acercarse (qorban). Un creyente del Antiguo Testamento buscaría
la presencia de Dios en base a su provisión de un sacrificio. La sangre derramada
permitía al creyente acercarse a un Dios santo. Quizás algunos de Jerusalén ya no
confiaban más en la provisión de Dios y estaban empezando a confiar en sí mismos y
sus propias buenas obras. O quizás Sofonías estaba exponiendo un concepto más
general. Puede que los pagados de sí mismos (Sof. 1:12) perdiesen la motivación de
confiar en el Señor, descuidando así la oración privada y la adoración comunitaria. ¿No
es más probable quizás que el abandono de la adoración privada y comunitaria se
produjese en primer lugar y desembocase en la incredulidad?
En cierta ocasión, un amigo cristiano me dijo que, si dibujase un gráfico de los
199
altibajos de su vida cristiana, los altos coincidirían con los momentos en que era capaz
de apartar un tiempo de calidad para leer la Biblia y orar, y los bajos con los períodos en
que no lo hacía. Cuando llevaba a cabo cada día un tiempo devocional, tranquilo, era
consciente de la presencia y la ayuda del Señor, algo que no se producía cuando lo hacía
a toda prisa o simplemente no lo hacía. El “devocional”, un tiempo (de diez minutos a
una hora o más) apartado cada día para encontrarse con el Señor a través de la lectura
de la Biblia y la oración, solía ser una prioridad en la vida de muchos cristianos. En
particular, ocupaba un lugar especial en la disciplina espiritual de muchos cristianos
evangélicos. Se decía que “lo que puede realizarse en cualquier momento y de
cualquier forma, corre peligro de no hacerse nunca de ninguna manera”. Por tanto, se
nos exhortaba a establecer un tiempo y lugar concretos para el “devocional” diario.
Recuerdo una historia que me contaron del famoso concertista de piano Paderewski,
con el fin de instarme a ser disciplinado con mi “devocional”. Se cree que dijo en una
ocasión: “Si dejo de tocar el piano un día, noto la diferencia; si lo hago durante dos días,
mi familia nota la diferencia; si lo hago durante tres días, mis amigos notan la
diferencia; y si lo hago durante una semana, el público nota la diferencia”.
En la época de Sofonías, la incapacidad de confiar en el Señor y acercarse a él
condujo a la corrupción en la ciudad, lo cual desembocó en el juicio de Dios sobre
Jerusalén. Corremos el mismo peligro si buscar la presencia del Señor ya no es una
prioridad en nuestra vida. No obstante, los cristianos sabemos que “tenemos nuestra
entrada al Padre en un mismo Espíritu”. ¡Qué inmenso privilegio!
“Señor, qué cambio en nosotros una hora
pasada en tu presencia producirá;
¡qué pesadas cargas quitará de nuestro pecho!,
¡qué sedientos campos refrescará como aguacero!…
Nos arrodillamos, tan débiles; ¡nos levantamos, tan llenos de poder!
¿Por qué, entonces, íbamos a hacernos este mal,
o a otros, por no estar siempre fuertes?…
¿Por qué estar débiles o desanimados,
por qué sobrecargados con preocupaciones,
ansiosos o turbados, cuando tenemos la oración,
y el gozo, el poder y la valentía están contigo?
(Richard Chevenix Trench)
Ocurre lo mismo con algunas características de la rebelión contra Dios. Sofonías nos
enseña que, si nos negamos a prestar atención a la Palabra del Señor, a someternos a
su enseñanza, a confiar en él y acercarnos a él, estamos poniendo de manifiesto
algunos de los rasgos de un pueblo rebelde. Ahora, prosigue mostrándonos algunas
verdades dolorosas más, señalando algunas de las consecuencias de la rebelión
espiritual.
En la primera parte de este capítulo (3:1–5), Sofonías llama la atención sobre dos
consecuencias diferentes que siguieron a la rebelión contra Dios por parte de los
200
ciudadanos de Jerusalén. Podrían definirse como contaminación personal y corrupción
pública.
1. La primera consecuencia es la contaminación personal. Sofonías describe a
Jerusalén como contaminada, como una ciudad de opresores. La palabra
“contaminada” empleada por el profeta se utiliza en referencia a la contaminación
personal, según Motyer, siete veces de cada diez. Si desobedecemos a Dios, nos
contaminamos. Nuestra propia vida personal se ensucia y se echa a perder. Un análisis
concienzudo del Salmo 51 ilustra este hecho. Se cree que el rey David lo escribió
después de haber cometido adulterio con Betsabé, haber asesinado a su marido y tratar
de encubrirlo todo. Notamos que el salmo comienza con un sentimiento de corrupción
personal. El escritor se siente sucio y ora: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu
misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión… Lávame por completo de mi
maldad, y límpiame de mi pecado” (Sal. 51:1–2). Seguidamente, reconoce su pecado,
cometido principalmente contra Dios: “Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi
pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo
malo delante de tus ojos” (51:3–4). El salmista también hace alusión a las consecuencias
de vivir con el pecado no confesado: la pérdida de su gozo en el Señor (51:8), los
síntomas físicos que sufría (51:8b), su incapacidad de disfrutar de la presencia de Dios y
del poder del Espíritu Santo (51:11), así como la carga de servir al Señor, en lugar de la
libertad y el anhelo de hacerlo (51:12).
Experimentaremos los mismos efectos si tenemos pecados sin confesar en nuestra
vida. El pecado nos mancha, nos contamina. Sólo el Señor, en su gracia y misericordia,
puede quitar la culpa de nuestra rebelión contra Dios (Sal. 51:14), borrar nuestros
pecados (51:9), darnos un corazón puro (51:10), restaurar nuestro gozo (51:12),
permitirnos llevar a otros a Dios (51:13) y ayudarnos de nuevo a adorar y servir a Dios
dignamente (51:18–19).
Sofonías advierte a los ciudadanos de Jerusalén de que son rebeldes y están
contaminados. A diferencia del rey David, muchos de ellos no confiarían en el Señor
para su perdón ni se acercarían a él en oración y adoración. Su rebelión contra Dios les
contaminó personalmente; merecían el juicio del Señor. Necesitaban su misericordia,
como todos nosotros.
Sofonías da ahora un paso más. La contaminación personal provocaba claramente,
en su opinión, la corrupción pública.
2. La corrupción pública era la segunda consecuencia producida por la rebelión de
los ciudadanos de Jerusalén contra Dios. En la mente del profeta, existía sin duda un
vínculo entre la ciudad rebelde y contaminada, y una que podía llamarse justamente
“ciudad de opresores” (3:1). Para Sofonías, la rebelión contra Dios condujo a una
conducta corrupta. La religión personal afecta a la moralidad pública.
Actualmente, muchas personas en Gran Bretaña sostienen que creer en Dios es un
asunto privado que no debería tener relevancia para el oficio o la moralidad públicos.
Este es el punto de vista secular y políticamente correcto generalmente aceptado por
201
los medios. Sin embargo, otras personas, además de los líderes religiosos, están
dispuestas a cambiar esa opinión. Por ejemplo, William Rees Mogg, antiguo editor del
periódico The Times, escribió un artículo en el que dijo: “Vivimos en una época en que
los modernistas miran a la religión con algo parecido al pánico… hubo un ejemplo
cómico de ‘cristianofobia’ en el Sunday Times… Michael Portillo… estaba
hiperventilando ante la idea de que David Cameron (líder del Partido Conservador)
fuese a la iglesia. ‘Me preocupa’, escribió, ‘porque los hombres en el poder que reciben
instrucción de fuerzas invisibles son esencialmente fanáticos’ ”.
Rees Mogg desafía a esta privatización de la religión y específicamente de la fe
cristiana. Él apoya la opinión de Sofonías de que la rebelión contra Dios conduce a una
conducta corrupta, y en última instancia a una sociedad corrupta. En este mismo
artículo en The Times escribió:
“El mundo necesita a la religión [esto es, la religión verdadera]… para ocuparse de
los asuntos morales. En las sociedades avanzadas, son esos asuntos morales los que
ahora se burlan de nosotros. Europa y Norteamérica son regiones muy ricas, pero han
empobrecido moralmente. Familias rotas, drogas, alcohol, pandillas, crimen,
desatención de niños y ancianos, el claro hastío del consumismo, terrorismo, los barrios
pobres de las ciudades, el propio materialismo son señales de una sociedad global en
decadencia. Las sociedades pueden ser juzgadas por la protección que brinden a los
niños. La educación social debe comenzar en la familia y ha de tener una base moral. Es
necesario enseñar a los niños a distinguir entre el bien y el mal. Un informe reciente de
UNICEF mostró que Gran Bretaña ocupa el último lugar entre veintiuna sociedades
avanzadas en cuanto al bienestar de los niños. Nuestro fracaso nacional es una
vergüenza y una deshonra”.
¿Por qué hay tanta corrupción moral y tanto fracaso en sociedades avanzadas como
la de Gran Bretaña actualmente? Rees Mogg concluye su artículo con estas palabras: “El
siglo XIX fue una era de reformas sociales basadas en un avivamiento religioso y en la fe
cristiana. El siglo XX trajo consigo la decadencia religiosa y un declive acelerado de la
cohesión social así como de la fe”. Seguidamente, comparte una cita del libro The
Deserted Village, de Oliver Goldsmith:
“La tierra está enferma, se incrementan los males de las víctimas cuando la
riqueza se acumula y los hombres se pudren”.
Sofonías parece no tener duda de que Jerusalén se volvió “ciudad de opresores”
porque se había rebelado contra Dios. En este mismo pasaje (3:1–5), da algunos
ejemplos de corrupción y opresión en las filas de los líderes civiles y religiosos de
Jerusalén.
El primer ejemplo es la corrupción de los líderes civiles: “Sus príncipes en medio de
ella son leones rugientes, sus jueces, lobos al anochecer; no dejan nada para la
mañana” (3:3). Los “príncipes” son probablemente personas que llamaríamos
funcionarios civiles, pertenecientes a la rama administrativa del gobierno. Su
descripción como “leones rugientes” hace referencia sin duda a la forma destructiva en
202
que explotaban su posición de poder e influencia para su beneficio personal, sin
preocuparse adecuadamente de los ciudadanos a los que debían servir. Los “jueces”
pertenecían al brazo judicial del gobierno. Su tarea era aplicar la Palabra de Dios a todas
las situaciones de la vida. Cuando Moisés designó jueces por primera vez, les dijo: “Oíd
los pleitos entre vuestros hermanos, y juzgad justamente entre un hombre y su
hermano o el forastero que está con él. No mostraréis parcialidad en el juicio; lo mismo
oiréis al pequeño que el grande. No tendréis temor del hombre, porque el juicio es de
Dios”. Sin embargo, en la época de Sofonías los jueces olvidaron que el juicio pertenece
al Señor; actuaban como si él no existiese. Se les describe como “como lobos al
anochecer; que no dejan nada para la mañana” (3:3). “Su único deseo era exprimir la
situación hasta la última gota del enriquecimiento propio, no dejando ni siquiera un
hueso para la mañana”. Acuciados por el hambre, los lobos devoran todo lo que ven a
gran velocidad. Sometidos por la avaricia de su propio bolsillo, estos jueces eran
depredadores de sus clientes y llenaban sus arcas tan rápidamente como era posible.
En una teocracia como Judá, los funcionarios civiles y los jueces eran responsables
ante Dios y gobernaban según su ley. También eran llamados a preocuparse por el
bienestar del pueblo. Sin embargo, conforme se fueron sometiendo cada vez menos a
la Palabra de Dios y a sus modelos, la corrupción se extendió, como siempre hace en
estas circunstancias. El pueblo de Gran Bretaña vive en una democracia, no en una
teocracia. Sin embargo, algunos gobiernos pasados han reconocido la base cristiana de
la nación más abiertamente que otros más recientes. Decir que los políticos “dejan de
lado a Dios” es una acusación escalofriante para in gobierno. El concepto expuesto por
Sofonías es que la incapacidad de los líderes políticos de honrar al Señor estaba
provocando que descuidasen al pueblo al que servían, así como injusticias, opresión y
corrupción. La justicia exalta a una nación. La negativa a buscar a Dios y su justicia lleva
a la corrupción y al juicio.
Ahora le toca el turno a los líderes religiosos, que deben enfrentarse a algunas
verdades más. Sofonías presenta el ejemplo de su corrupción (3:4). Cuando centra su
atención en los líderes religiosos de Jerusalén, el profeta es igualmente directo en lo
que tiene que decir acerca de los profetas y los sacerdotes.
Los profetas, cuyo trabajo era traer la palabra de Dios al pueblo, se describen como
“temerarios” y “pérfidos”. La palabra que aquí se traduce “temerario” (pahaz) se utiliza
en otros pasajes del Antiguo Testamento. Se emplea para describir a los imprudentes
aventureros contratados por Abimelec. Se usa la misma palabra para hablar de
Rubén,797 y se traduce “incontrolable”, describiendo en el contexto su falta de disciplina
y dominio propio. Estos profetas eran temerarios en el sentido de que eran
imprudentes e indisciplinados en su uso, quizá en su mal uso, de las Escrituras. Quizás
eran como los falsos profetas mencionados por Jeremías que, en lugar de proclamar el
mensaje de juicio de Dios, predicaban “ ‘Paz, paz’, pero no hay paz”.
Los profetas también se describen como “pérfidos”. Esta palabra se emplea en
diferentes contextos en otros pasajes. Se utiliza en el contexto de desobedecer la
Palabra de Dios,800 ser infiel en el matrimonio e incluso abandonar al Señor.802 Aquí
tenemos entonces a unos líderes religiosos indisciplinados y temerarios en su conducta,
203
e infieles en el uso de la Palabra de Dios. Como los fariseos en la época de Jesús, eran
los líderes ciegos de los ciegos.
El Nuevo Testamento también establece un estándar elevado para quienes enseñan
y predican la Palabra de Dios. La fidelidad a ella está estrechamente vinculada a la vida
piadosa. De hecho, el apóstol Santiago advierte a aquellos que serían maestros de la
Palabra de Dios que deben meditar detenidamente el ponerse delante antes de
hacerlo: “No os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos un
juicio más severo”. De forma más positiva, el apóstol expone la necesidad de vivir en
santidad así como en fidelidad a la palabra de Dios como algo esencial para los
maestros y líderes cristianos. Así pues, Pablo escribe a su joven colaborador en el
ministerio, Timoteo: “Huye, pues, de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el
amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro”.804 Poco después,
Pablo prosigue diciendo: “Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo
Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino:
predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta
con mucha paciencia e instrucción”.
Sofonías tenía las mismas preocupaciones que el apóstol Pablo. Sin embargo, vio
que muchos de los profetas de su época no estaban viviendo piadosamente no siendo
fieles a la Palabra de Dios.
Sofonías también tenía algunas verdades para los sacerdotes de Jerusalén. Él
escribió: “Sus sacerdotes han profanado el santuario, han violado la ley” (3:4b). Los
sacerdotes desempeñaban un importante papel en el templo de Jerusalén: eran
responsables de todo lo que acontecía en la adoración del templo, lo cual incluía la
ofrenda de sacrificios, la liturgia del templo y la enseñanza de la ley (la Torá). Estaban
llamados a servir al Señor de una forma piadosa y que se les conociese por su vida sin
mancha. Debían ser santos, apartados para la obra de Dios. Así pues, cuando Sofonías
los acusó de profanar el santuario, queda claro que no estaban cumpliendo con su
llamamiento de una forma que honrase al Señor. En un principio, parece que el profeta
se estaba refiriendo a una situación en la que los sacerdotes se habían vuelto perezosos
e irreverentes en la dirección de la adoración pública en el templo. Esta tarea es, sin
duda, importante, tanto en el siglo VII a.C. como en el XXI d.C. Los servicios de
adoración modernos pueden deshonrar a Dios cuando están muertos y son meramente
formales, o no son sino un simple entretenimiento. Sin embargo, estas palabras
relativas al santuario pueden tener otro significado. La palabra traducida “santuario”
significa literalmente santidad; no se refiere necesariamente a un lugar santo. El
término para este último es miqdas; la palabra empleada aquí es qodes. Así pues,
Sofonías bien puede hacer hincapié aquí en la necesidad de una vida santa antes que la
corrección litúrgica. De ser así, este bien puede ser un mensaje que se nos debe
recordar a muchos de los que dirigimos la adoración pública. Creo que fue el Dr. Robert
Murray M’Cheyne, un conocido ministro escocés, quien dijo: “La mayor necesidad de mi
congregación es mi santidad personal”.
No se hace más referencia a los sacerdotes. Sofonías nos dice que no solo profanan
el santuario, sino que “han violado mi ley” (4c). La palabra traducida “violar” (hamas)
204
puede referirse a acciones violentas contra personas o a hacer violencia distorsionando
la verdad.807 Motyer lo resume cuidadosamente diciendo: “Aquí significa hacer violencia
al verdadero significado y propósito de la ley (cf. Mal. 2:5–7), y de esa manera hacer
daño y herir a las personas”. Las consecuencias de este mal manejo de la Palabra de
Dios podían verse en la recaída del pueblo y la corrupción generalizada tanto en la
adoración del templo como en la vida civil.
Una razón principal de la decadencia moral y espiritual de la iglesia y la sociedad de
Europa occidental debe ser sin duda la incapacidad de los líderes cristianos de enseñar
la Biblia y vivir según sus principios en la gracia y el poder de Cristo. Las opiniones
liberales sobre la Biblia y los escándalos morales que se han producido en la iglesia de
forma generalizada en años recientes, han hecho un daño incalculable a la misma en el
siglo XXI. Debemos prestar atención a las advertencias en Sofonías. Haremos bien en
escuchar también las palabras del apóstol Pablo sobre su propio ministerio: “Por tanto,
puesto que tenemos este ministerio, según hemos recibido misericordia, no
desfallecemos; sino que hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con
astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la
verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios”.
Sofonías ha demostrado que la rebelión contra Dios conduce a una conducta
corrupta, y que esa corrupción se ha extendido a los líderes civiles y religiosos de
Jerusalén. A su vez, este estado ha llevado a una sociedad corrupta que merece el juicio
de Dios. Sin embargo, esta no es toda la historia, porque, aunque la rebelión contra el
Señor produce una conducta contaminada, la justicia de Dios ofrece esperanza para
todos (3:5).
(ii) La justicia de Dios ofrece esperanza para todos (3:5)
En enero de 2007, el canónigo Andrew White, vicario de la Iglesia Anglicana en
Bagdad, Irak, envió un informe entre muchos al periódico de la Iglesia de Inglaterra.
Escribió poco después del ahorcamiento de Saddam Hussein y habló de forma
conmovedora acerca de los asesinatos, la corrupción y los peligros de la vida en la
ciudad de Bagdad: “Aquí se cometen asesinatos cada hora, la muerte no significa nada y
forma parte de la vida cotidiana… todo es difícil, el dolor y la tragedia son inevitables. El
sonido de las bombas y los disparos es interminable. Así es nuestra tarea. Una y otra vez
decimos que no nos rendiremos; y no lo haremos, pero todo es más difícil cada día”.
Por tanto, ¿qué esperanza hay para el remanente de creyentes en la ciudad? El
canónigo White escribe: “Mañana estaré con nuestra iglesia. Vendrán a mí en la Zona
Internacional descendiendo por esa carretera de la muerte en la que se encuentra su
iglesia. Muchos vestirán de negro, en señal de duelo por la pérdida de sus seres
queridos. Para ellos, este conflicto es real, es su vida en medio de la muerte; pero
adorarán a su Dios. Cuando lo perdemos todo, nos damos cuenta de que Jesús es todo
lo que nos queda. Él, y sólo él, nos mantendrá firmes”.
Hay algo de ese espíritu de Sofonías en el siguiente versículo (3:5). El profeta ha
hablado acerca de la corrupción y el peligro de la vida en Jerusalén en su época. Sin
205
embargo, su mensaje no está exento de esperanza. Dios no ha abandonado al pueblo
de su pacto; el Señor justo está presente con ellos. El profeta lo expresó así: “El Señor
es justo en medio de ella [Jerusalén]; no cometerá injusticia. Cada mañana saca a luz su
juicio, nunca falta; pero el injusto no conoce la vergüenza” (3:5).
En marcado contraste con la conducta corrupta de tantos en Jerusalén, el Señor
justo sigue presente en medio de su pueblo, actuando con justicia.
Sofonías llama la atención sobre dos aspectos de la justicia de Dios.
Dios es de carácter justo
La justicia de Dios es un aspecto de su santidad. El Señor es distinto y está apartado
del pecado. Su santidad significa que es absolutamente puro. Como el profeta Habacuc
dijo a Dios: “Muy limpios son tus ojos para mirar el mal, y no puedes contemplar la
opresión”.O, como Sofonías dice aquí: “El Señor… no cometerá injusticia” (3:5). El
apóstol Juan expresó este hecho de forma memorable cuando escribió: “Dios es luz, y
en él no hay tiniebla alguna”. Moisés también proclamó un Dios así cuando escribió:
“¡La Roca! [Dios] Su obra es perfecta,
porque todos sus caminos son justos;
Dios de fidelidad y sin injusticia,
justo y recto es él”.
A la luz de la justicia del carácter de Dios, es destacable que Sofonías pueda seguir
proclamando que el Señor está presente junto a su pueblo corrupto. Posiblemente lo
seguía estando porque quedaba un remanente de creyentes en la ciudad. Ocurrió algo
muy parecido cuando el Señor resucitado y ascendido envió un mensaje por medio de
su siervo Juan a los creyentes de las siete iglesias de Asia Menor (véase Ap. 2–3),
recordándoles que él “anda” en medio de ellos, y que sabía dónde vivían, “donde está
el trono de Satanás”.816
Los cristianos que se encuentran en circunstancias difíciles, como en Irak
actualmente, se aferran a la misma verdad. El Señor justo está con nosotros, sea cual
sea nuestra situación, e independientemente de la corrupción y la maldad que pueda
haber a nuestro alrededor. El Dios de la esperanza, que es justo, está presente junto a
su pueblo.
Este hecho debió de haber constituido un desafío para los ciudadanos de Jerusalén,
así como un estímulo para los creyentes. Sofonías nos enseña que el carácter justo de
Dios se les recordaba día tras día: quizás por medio de la enseñanza de profetas fieles,
como Sofonías, Hulda y Jeremías; quizás por medio de los sacrificios ofrecidos en el
templo; quizás a través de la gracia de Dios revelada en actos de justicia y compasión
que no habían desaparecido por completo de la ciudad. Sofonías bien puede estar
refiriéndose a tales actos cuando dice del Señor: “Cada mañana saca a luz su juicio,
nunca falta…” (3:5b).
Esto nos lleva a un segundo aspecto de la justicia de Dios.
206
Dios es justo en sus actos
En su libro Teología Sistemática, el Dr. Wayne Grudem presenta una útil definición
de la justicia de Dios, haciendo hincapié no sólo en su carácter de absoluta justicia, sino
en sus actos como Dios justo. Dice lo siguiente: “La justicia de Dios significa que él
siempre actúa de acuerdo a lo correcto, y que él es el modelo final de lo que es
correcto”.
Grudem apoya esta definición haciendo referencia a la pregunta de Abraham (que
esperaba una respuesta afirmativa): “El Juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?”.
También cita las palabras del salmista, cuando dice: “Los preceptos del Señor son
rectos, que alegran el corazón” (Sal. 19:8), así como las palabras de Dios a Isaías: “Yo, el
Señor, hablo justicia y declaro lo que es recto” (Is. 45:19).
El mensaje de Sofonías es que Dios estaba actuando de acuerdo a su carácter
dentro de la ciudad corrupta de Jerusalén. El profeta mostrará pronto que un Dios justo
debe juzgar justamente (3:6–9) y que un mundo rebelde merecía el juicio. El Señor
declara: “Por el fuego de mi celo toda la tierra será consumida” (3:8c). Sin embargo,
antes de que Sofonías siga hablando del juicio, ofrece un mensaje de esperanza. Las
palabras “no cometerá injusticia” (3:5) no solo plantean que Dios es absolutamente
puro e inmaculado en carácter, sino que actúa con sabiduría y justicia perfectas. Deben
ser buenas noticias y una señal de esperanza en un mundo corrupto y rebelde. Sofonías
lo aclara aún más: “Cada mañana saca a luz su juicio” (3:5). O. P. Robertson sugiere que
la expresión traducida “cada mañana” (heb. babboqer babboqer) se refiere a “la
regularidad diaria de ciertos sacrificios ofrecidos en Israel”, o que posiblemente se
remonte a la forma en que Dios proveyó maná para su pueblo cada mañana cuando
vagaba por el desierto.821 Robertson comenta: “A pesar de que parezca que la
corrupción prevalece por todas partes, el Señor manifiesta cada día sus juicios justos.
Incluso el remanente fiel, que sufre bajo las tiranías opresoras de un liderazgo
depravado, debe reconocer las realidades diarias de la justicia del Señor. Del mismo
modo que Dios proveyó el maná diario para su pueblo durante su período de prueba en
el desierto, la justicia del Señor salía a la luz en los caóticos últimos días de Jerusalén”.
Motyer aporta otra sugerencia para el significado de la expresión “cada mañana”.
Se refiere a las palabras habladas al Siervo en Isaías [Link] “El Señor Dios me ha dado
lengua de discípulo, para que yo sepa sostener con una palabra al fatigado. Mañana
tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar…”. Esa expresión “recuerda
la comunión a la que el Señor llevaba diariamente a su siervo, en la cual daba a conocer
su voluntad”. ¿Está diciendo Sofonías que el Señor justo y misericordioso está
proveyendo esas oportunidades diarias de comunión para quienes se acercasen a Dios y
confiasen en él,824 incluso en la corrupta Jerusalén?
La esperanza del mensaje de Sofonías continúa con las palabras: “nunca falta”
(3:5d). Aquí se nos recuerda que podemos confiar totalmente en el Señor del pacto,
que cumplirá sus promesas para nosotros, actuando con sabiduría y justicia perfectas al
juzgarnos y salvarnos. El Señor justo nunca falla a su pueblo, aunque ellos sí lo hagan. Él
207
nunca nos abandona y sus “misericordias… son nuevas cada mañana”.
Es fácil que nos desanimemos por la corrupción existente en la iglesia y la nación
actualmente. Sin embargo, el mensaje sobre la justicia de Dios nos da esperanza. No
solo se nos garantiza que el Señor se ocupará del pecado y la rebelión de forma justa,
sino que se nos recuerda que el Dios justo sigue presente junto a su pueblo, actúa con
justicia y provee para nuestras necesidades espirituales día tras día. Sus promesas
nunca fallan.
Gracias a la justicia de Dios revelada en la obra salvadora de Jesucristo en la cruz
(véase Ro. 3:21–26), el apóstol Pablo pudo escribir a los cristianos de Roma estas
tranquilizadoras palabras: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El
que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no
nos concederá también con él todas las cosas?”.
Sofonías habla palabras de aliento parecidas. La justicia de Dios ofrece esperanza a
todos. Sin embargo, tristemente, el profeta tiene que exponer otra verdad dolorosa. A
pesar de la justa presencia de Dios en medio de su pueblo, sigue siendo cierto que en
Jerusalén “el injusto no conoce la vergüenza” (3:5e).
J. H. Eaton señala que el texto hebreo podría significar, refiriéndose a Dios, que “él
no conoce la vergonzosa iniquidad”. Sin embargo, si se hace referencia al “injusto”,
entonces se nos está recordando que, aunque la gracia y el perdón de Dios siempre se
nos están ofreciendo, y su presencia está con nosotros, todos tenemos la opción de
recibir o rechazar la gracia del Señor. Sofonías parece estar diciendo que hay muchos
que siguen actuando de forma injusta, se niegan a volver a Dios y, lo que es peor,
siguen sin conocer la vergüenza (3:5e). Esta expresión podría traducirse “no pueden
saber” o “no tienen forma de saber”, dando a entender que su conciencia está
cauterizada y endurecida por el pecado continuo. Hay esperanza en el mensaje de
Sofonías, pero también una advertencia acerca de la gravedad de la rebelión constante
contra Dios.
En este pasaje (3:1–5), por tanto, Sofonías nos presenta dos ideas. (1) La rebelión
contra Dios conduce a una conducta corrupta, que a su vez produce una sociedad
corrupta. Sin embargo, (2) la justicia de Dios ofrece esperanza a todos, porque el Dios
justo no abandonó a su pueblo. Él estaba presente junto a los suyos, actuando de forma
justa y proveyendo para ellos. Él les ofreció esperanza en medio de la corrupción.
El mismo Señor justo y amoroso también nos ofrece esperanza. Él está con nosotros
en cada circunstancia de nuestra vida; él ofrece proveer para nuestras necesidades día
a día. Él ha abierto un camino para que nuestros pecados sean perdonados, no por
medio de la muerte de animales, como en el templo de Jerusalén en la época de
Sofonías, sino por el sacrificio suficiente y de una vez por todas provisto por la muerte y
resurrección de Jesucristo. Hay esperanza en medio de la corrupción, porque el Señor
justo está presente junto a nosotros.
Sofonías pasa ahora a otro oráculo en el que nos trae
b. Un mensaje de esperanza en medio del juicio (3:6–8)
208
En esta sección, Sofonías nos lleva de vuelta a la promesa de juicio de Dios sobre las
naciones paganas (3:6–7) y a la de juicio final al final de los tiempos cuando “por el
fuego de mi celo toda la tierra será consumida” (3:8b). Es un mensaje violento, pero en
el contexto de este pasaje también está lleno de gracia, amor y esperanza.
El mensaje comienza con juicio:
“Yo he exterminado naciones;
sus torreones están en ruinas,
hice desiertas sus calles,
sin que nadie pase por ellas;
sus ciudades están desoladas,
sin hombre alguno, sin ningún habitante” (3:6).
La devastación de la guerra, tanto la antigua como la moderna, es terrible. La
derrota es tan absoluta que incluso los “torreones”, las partes más sólidas de la defensa
de cualquier ciudad, son demolidos. Las calles están vacías. Grandes ciudades están en
ruinas. Toda la región queda despoblada. Lo hemos visto en la pantalla de nuestro
televisor, en reportajes sobre Bosnia, Afganistán e Irak, por nombrar tres zonas de
guerra reciente.
Sin embargo, sigue habiendo un mensaje de esperanza. Es necesario destacar que
Dios quiere utilizar estos terribles acontecimientos para enseñar a su pueblo. Sofonías
nos habla de un Dios que ama al pueblo de su pacto y que aguarda pacientemente que
los suyos “esperen” en él (3:8a). Dios parece estar diciéndoles: “Yo quería que
aprendieseis las lecciones de la historia, especialmente mi castigo de la maldad, de
forma que pudieseis someteros a mi Palabra, aceptar la corrección y ser salvos. Yo
quería salvaros; quería daros esperanza. ¡Esperaba que captaseis el mensaje!”. Sus
palabras reales, tras la descripción de su juicio sobre las naciones, fueron:
“ ‘Ciertamente me temerás, aceptarás corrección’. Entonces no será destruida su
morada [la de Jerusalén y Judá] a pesar de todo lo que yo había determinado sobre
ella”. (3:7).
La tragedia de Jerusalén en el siglo VI a.C., así como la del primer siglo de nuestra
era, fue que sus habitantes no prestaron atención a las advertencias de Dios, no
veneraron al Señor y su Palabra, ni aceptaron su instrucción y corrección. La triste
realidad fue que, a pesar de los juicios de Dios sobre otras naciones, el pueblo y sus
líderes seguían anhelando actuar de forma corrupta en todo lo que hacían (3:7b). Esta
frase significa literalmente: “Se levantaban temprano” para actuar de forma corrupta.
No caían simplemente en actitudes contaminadas y malvadas; se entregaron
totalmente a ellas a propósito y con determinación. ¡Se levantaban temprano para
hacerlo! Así pues, en la profecía de Sofonías, se nos recuerda que a pesar de la
presencia y paciencia de Dios, los que declaran pertenecer a su pueblo pueden
entregarse con entusiasmo a una vida de pecado y corrupción. Es un pensamiento muy
serio.
¿Existe entonces alguna esperanza para el pueblo de Dios y su mundo si incluso los
209
de Jerusalén “se levantaban temprano” para actuar de forma corrupta? La respuesta se
encuentra en las palabras del versículo 8: “ ‘Por tanto, esperadme’, declara el Señor,
‘hasta el día en que me levante como testigo’ ”. “Esperar” en él implica confianza en el
Señor del pacto y sus promesas a su pueblo. Dios alcanza a su pueblo con amor incluso
cuando este se aparta de él. El llamamiento a “esperar” a Dios transmite la promesa de
bendición para aquellos que depositan su confianza en él.830 Aquí hay esperanza incluso
en medio de la promesa de juicio. Se representa al Señor como un fiscal en un tribunal,
en un caso contra las naciones rebeldes del mundo (3:8b). Parece claro que Dios está
prometiendo juzgar a las naciones como una expresión de su santa reacción contra el
pecado y el mal. El poder de esta se plasma en las palabras traducidas “indignación”,
“ira” y “fuego de mi celo”. La consecuencia, en el día final de juicio, será que “toda la
tierra será consumida” (véase 2 P. 3:11–13).
La descripción de Dios como “celoso” es familiar en el Antiguo Testamento. Sin
embargo, su celo, como su ira, está totalmente desprovisto del pecado y la vengatividad
asociados frecuentemente con las actitudes humanas de este tipo. Sin embargo, del
mismo modo que es normal que un esposo amoroso sienta “celos” ante cualquier
intento de otros de arrebatarle el amor y la lealtad de su esposa, Dios es celoso del
amor y la fidelidad del pueblo de su pacto. El Señor quiere nuestra lealtad total. Tiene
un celo ardiente por cumplir sus propósitos a través de su pueblo.834
Así pues, este mensaje de juicio final y universal contiene las semillas de la
esperanza. Dios juzga a las naciones rebeldes a fin de vindicar su nombre y su pueblo,
para demostrar su juicio y justicia, así como para revelar su amor y sabiduría al
remanente de los creyentes. Sofonías nos trae un mensaje de esperanza en medio de la
corrupción y del juicio. Ahora ya puede describir las cosas aún más maravillosas que
Dios ha preparado para los que le aman.
Esperanza y restauración para el pueblo de Dios
Sofonías 3:9–20
Le compré a mi esposa un anillo de compromiso, a la antigua usanza. Fui yo mismo a
la joyería, le pedí al dependiente que me mostrara unos cuantos anillos coherentes con
mi posibilidad económica, y caí presa de su buen hacer de vendedor cuando él añadió
una sortija que se salía de mi presupuesto, a la vez que decía: “Es muy especial, ¿no le
parece, señor?” Luego llevé a Elizabeth para que escogiera uno de los anillos que se le
mostraron. Esta vez, sin embargo, colocó las sortijas sobre una tela de terciopelo
oscura. Centelleaban contra el fondo oscuro, ¡sobre todo, aquel que se salía de lo que
pensaba gastar! Elizabeth, que no tenía la más mínima idea del precio relativo de las
210
distintas piezas, localizó certera e inmediatamente el anillo más caro y lo eligió sin
vacilar. El fondo oscuro ayudó a destacar su luminosidad y su resplandor.
En esta última sección de Sofonías (3:9–20), el mensaje de esperanza y restauración
para el pueblo de Dios destaca con todo el brillo por el oscuro trasfondo del juicio de
Dios en los capítulos previos. Es una parte esencial del mensaje de Sofonías, cuyo Dios
es un Dios de amor y de misericordia, a la vez que de ira y de justicia.
Hay que decir, no obstante, que algunos eruditos del Antiguo Testamento
consideran el libro de Sofonías como una obra compuesta y creen que esta última
sección fue escrita por otra persona en los tiempos posexílicos. Así Rex Mason, que
escribió que “no queda claro cómo en una sola y única vez Dios puede juzgar a las
naciones, vengando las maldades cometidas contra su pueblo y, a pesar de ello,
prometer que los extranjeros también se unirán a su propio pueblo para compartir los
frutos de su reino como Rey universal”.
Sin embargo, no existe ninguna razón convincente por la que deberíamos convertir
esta última sección de Sofonías en un añadido posterior a la profecía. Por el contrario,
como argumentó J. H. Eaton, se presenta un desarrollo natural desde las dos primeras
secciones de Sofonías (1:2–2:3 y 2:4–3:8) al tercer y último pasaje (3:9–20). Eaton
argumenta: “El tercer y último bloque presenta el lado positivo del día del Señor. Si el
primer bloque era tan negro como la noche, y el segundo trajo las primeras luces del
alba, el tercero ha surgido al final a plena luz del día. En un mundo no perjudicado por
el mal, la humanidad regenerada disfruta ahora de la perfecta unidad en adoración del
Rey celestial”.
P. R. House también insiste en que consideremos a Sofonías como un conjunto.
Argumenta que se entiende mejor cuando se ve como un drama en tres actos. House
escribe que eliminar estos versículos del capítulo 3:(9–20) sería “destruir el propósito
de cada parte de Sofonías”.
La clave para resolver la tensión entre el mensaje de juicio y el de esperanza y
restauración se encuentra, con toda seguridad, en el concepto del remanente (3:13). A
través de este es cómo Dios cumple sus promesas. No ocurre solamente, en cierta
medida, a través de la restauración del pueblo de Dios del exilio, sino en mayor grado a
través de la regeneración espiritual y de la restauración de los creyentes en Jesucristo,
el remanente de gracia. Como expresó tan acertadamente J. H. Eaton: “Sólo bajo la luz
del evangelio se puede ver cómo “los mansos de la tierra” de Sofonías pueden atravesar
la condena hasta llegar al nuevo nacimiento, y, siendo miembros de Cristo, aparecen
ellos mismos como el Remanente transformado en el reino perfeccionado de Dios
(3:12–13)”.
Vayamos, pues, ahora a este glorioso apogeo final de la profecía de Sofonías
(3:9–20).
Son tres los oráculos o poemas a considerar. En el primero, Dios promete un
glorioso futuro para el remanente de creyentes (9–13); en el segundo, pide una gozosa
respuesta del remanente (14–17); y en la última sección, proclama restauración final
para ellos (19–20).
211
1. Dios promete un glorioso futuro para los creyentes (3:9–13)
En el mundo occidental del siglo XXI existe una buena cantidad de pesimismo sobre
la humanidad y el planeta Tierra. El brillante físico Stephen Hawking, por ejemplo, tras
disfrutar de la experiencia de la ingravidez, comentó con tristeza: “La vida en la tierra
corre cada vez más riesgo de verse aniquilada por un desastre como el repentino
calentamiento global, una guerra nuclear, virus u otros peligros. Creo que la raza
humana no tiene futuro a menos que entre en el espacio”. Esto impulsó a Mike Hulme a
escribir un artículo en el periódico The Times bajo el titular: “Váyase al espacio… porque
no hay mucho futuro aquí”. Y prosiguió: “El grito ‘¡el fin del mundo está cerca!’ no
procede ahora de los chalados religiosos, sino de respetados científicos con los medios
de información que transmiten su mensaje. Y lo peor es que solo parecen apoyar el
viaje al espacio describiendo a otros planetas como la Costa del crimen cósmica, donde
los perversos humanos pueden escapar al castigo por violar y saquear la Tierra”.
Una anciana que acababa de perder a su esposo me dio un ejemplo menos
sofisticado de pesimismo sobre el futuro de los seres humanos. Antes de que pudiera
hablar sobre la esperanza cristiana, ella declaró con furia: “Cuando te mueres, te
mueres y se acabó”. El filósofo francés Jean-Paul Sartre dijo algo muy parecido hace
algunos años: “No hay propósito… no hay meta para la humanidad… el mundo parece
feo, malo y sin esperanza. Allí, este es el grito de desesperación de un anciano que
morirá desesperado”.
No obstante, Sofonías no comparte esta desesperación o sentido de desesperanza
sobre el futuro. Sabe que Dios juzgará al mundo (8), pero el mensaje que Dios le da
también es esperanzador. Dios declara: “En ese tiempo daré a los pueblos labios puros,
para que todos ellos invoquen el nombre del Señor, para que le sirvan de común
acuerdo… El remanente de Israel no hará injusticia ni dirá mentira, ni se hallará en su
boca lengua engañosa, porque ellos se alimentarán y reposarán sin que nadie los
atemorice” (9, 13). Sofonías nos enseña, a partir de estos versículos, que podemos
esperar un glorioso futuro caracterizado por (a) una adoración unida y universal (9–10),
(b) una comunidad santa y humilde (11–13), y (c) un entorno satisfactorio y seguro
(13d).
a. Una adoración unida y universal (9–10)
La visión de futuro de Sofonías incluye una imagen del remanente de creyentes que
adoran al Señor con labios puros. Es posible que los sacerdotes del templo “profanen el
santuario” (4), pero llega el día en que los labios del pueblo de todos los rincones del
mundo serán purificados e “invocarán el nombre del Señor” (9). Isaías entendió la
necesidad de tal adoración purificada cuando fue consciente de la santidad de Dios
mientras adoraba en el templo. Nos dice que clamó: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy,
pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos
habito, porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos”. La respuesta de Dios
212
fue tocar sus labios con un carbón encendido del lugar del sacrificio y decirle a Isaías:
“He aquí, esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado”.
Nosotros también necesitamos que nuestros labios sean purificados cuando
entramos en la presencia de un Dios santo. Para nosotros, el lugar del sacrificio es la
cruz, con la promesa de que “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para
perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad”.
Sin embargo, esto podría muy bien ser una referencia a otro relato de las Escrituras:
la historia de Babel (véase Gn. 11:1–9). En esa narración leemos que “toda la tierra
hablaba la misma lengua y las mismas palabras”. Luego, en un lugar llamado Sinar
(Babilonia), el pueblo dijo: “Vamos, fabriquemos ladrillos y cozámoslos bien. Y usaron
ladrillo en lugar de piedra, y asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos,
edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta los cielos, y
hagámonos un nombre famoso, para que no seamos dispersados sobre la faz de toda la
tierra”. Como resultado de este proyecto y de la orgullosa actitud de quienes se
embarcaron en él, Dios actuó en juicio contra el pueblo y declaró: “He aquí, son un solo
pueblo y todos ellos tienen la misma lengua. Y esto es lo que han comenzado a hacer, y
ahora nada de lo que se propongan hacer les será imposible. Vamos, bajemos y allí
confundamos su lengua, para que nadie entienda el lenguaje del otro. Así los dispersó
el Señor desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso
fue llamada Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra; y de allí los
dispersó el Señor sobre la faz de toda la tierra”.
El mensaje de Dios aquí (3:9–10) puede indicar una inversión de Babel: “purificar los
labios” puede traducirse “aclarar los labios de los pueblos”. En Sofonías, Dios también
se refiere al remanente creyente como “mis adoradores, mi pueblo dispersado”. En su
comentario sobre la historia de Génesis, Gordon Wenham escribe sobre Génesis
11:1–9: “La torre de Babel pretendía ser un monumento al esfuerzo humano; en lugar
de ello, se convirtió en un recordatorio del juicio divino sobre el orgullo y la necedad del
hombre. De forma similar, la multiplicidad de las lenguas y la dispersión del hombre por
todo el mundo indican la futilidad de este al ponerse en contra del Creador”. Pero el
mensaje de Dios por medio de Sofonías es que viene el día cuando pondrá fin a la
confusión de Babel. Según el relato de Lucas, eso empezó a ocurrir en Pentecostés
cuando el Espíritu Santo capacitó a las personas de muchas naciones distintas y con
diferentes lenguas para que escucharan el evangelio en su propio idioma nativo.846 El
Espíritu Santo, que descendió sobre aquellos que “invocaban el nombre del Señor” en
arrepentimiento y fe, también facultó a los creyentes cristianos de trasfondo judío y
gentil para que se unieran en adoración, comunión y servicio: servir al Señor “de común
acuerdo” (3:9c). La base de esta adoración y servicio fue la provisión, por parte de Dios,
de un sacrificio por el pecado y la ofrenda de sacrificios espirituales que agradan a Dios
(3:10; Ro. 12:1–2; Ef. 2:14–18; He. 9:11–14).
En el mejor de los casos, la adoración cristiana hoy es unida y universal. Muchas
iglesias de este tiempo son verdaderamente internacionales. Pero la iglesia actual
también está dividida y fragmentada y, en ocasiones, cismática. Existe un fragmento
poético muy citado que resume, de una forma más que precisa, la situación en muchos
213
lugares:
En el cielo de lo alto, con los santos a los que amamos,
ciertamente habrá gloria.
En la tierra aquí abajo, con los santos a los que conocemos,
bueno, ¡esa es otra historia!
La palabra de Dios para nosotros en Sofonías alza nuestros ojos a una visión mejor.
Es una perspectiva del pueblo de Dios que ya no está bajo el juicio de Babel, sino
adorando y sirviendo al Señor juntos en una iglesia verdaderamente unida e
internacional. Se nos desafía a ser modelo de semejante comunidad del Espíritu en la
iglesia de hoy. Pero, en aquel día final del Señor, esta profecía de Sofonías se realizará
finalmente por completo. ¡Lo mejor está aún por llegar!
“Después de esto miré, y vi una gran multitud, que nadie podía contar, de todas las
naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero,
vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos. Y clamaban a gran voz,
diciendo:
“La salvación pertenece a nuestro Dios
que está sentado en el trono, y al Cordero”.
Y todos los ángeles estaban de pie alrededor del trono y alrededor de los ancianos y
de los cuatro seres vivientes, y cayeron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron
a Dios, diciendo:
“¡Amén!
La bendición, la gloria,
la sabiduría, la acción de gracias, el honor,
el poder y la fortaleza
sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos.
¡Amén!” (Ap. 7:9–12)
Esta visión de la iglesia adorando perfectamente a Dios en el futuro debería desafiar
hoy cualquier pereza o actitud casual hacia la adoración y el servicio a Dios. Si el
propósito divino supremo para nosotros es la adoración unida del tipo que se ha
descrito, entonces deberíamos procurar prepararnos para ese día. Por ejemplo, si
consideramos la adoración dominical en la iglesia como un extra opcional, si nos
tomamos la molestia de ir a la iglesia solo cuando llueve demasiado para ir a jugar al
golf o si no se necesita a nuestros hijos para un partido de fútbol o si nos apetece, esto
significa que nuestra actitud está demasiado lejos de la visión que ponen ante nosotros
Sofonías y el apóstol Juan en el libro de Apocalipsis. Esto mismo es cierto en lo que
respecta al servicio cristiano. Demasiados feligreses consideran que se trata de un
“hobby” para aquellos a los que les gusta este tipo de cosas, en lugar de uno de los
propósitos por los que hemos sido creados y redimidos. Servir al Señor “de común
214
acuerdo” (9c) es uno de los mayores privilegios que un creyente pueda experimentar.
La visión de Sofonías de un glorioso futuro que conduce a la adoración unida y el
servicio “con todos los santos” debería ser un poderoso incentivo para que todo
cristiano se tome la adoración y el servicio a Dios con la más absoluta seriedad y
compromiso.
La profecía de Sofonías sigue con una descripción de una futura ciudad de Jerusalén
transformada: una comunidad santa y humilde.
b. Una comunidad santa y humilde (3:11–13c)
La Jerusalén de la época de Sofonías estaba lejos de ser una comunidad santa y
humilde, como el profeta ya había aclarado (1:4–13; 3:1–7). En este pasaje, la
implicación es que los hechos de muchos son vergonzosos, incluso cuando no
demuestren vergüenza alguna (11); perjudicaron a Dios (11b) y se “regocijaron en su
orgullo” y altanería (o rebeldía). Además, no se han dado a conocer por su integridad,
sino por sus “mentiras” y sus “engaños” (13).
Existe una extraordinaria similitud entre esta situación y el clima moral de nuestra
propia cultura occidental en el siglo XXI. Por ejemplo, en los Estados Unidos y la Gran
Bretaña actual, también tenemos un problema con la integridad y la fiabilidad. En un
artículo del periódico The Times (3 mayo 2000), Peter Bee escribió sobre la forma en
que la deshonestidad ha invadido nuestras culturas. Explicó: “La investigación en
California reveló que las personas mienten unas veinte veces al día; aunque en un
sondeo Gallup… una cuarta parte de los encuestados admitieron ser mentirosos a
diario. Solo el ocho por ciento afirmó no haber mentido jamás… ¡aunque siempre existe
la ocasión de que incluso en ese momento estuvieran siendo deshonestos! En un
estudio de estudiantes universitarios, el ochenta y cinco por ciento de las parejas
informó que uno o ambos habían mentido sobre pasadas relaciones o acontecimientos
recientes. En otro se descubrió que las parejas de novios se mentían en una tercera
parte de sus conversaciones”.
No resultaría difícil citar otros ejemplos de la naturaleza endémica de las mentiras,
el engaño y “encubrimientos” en nuestra sociedad actual. ¿Qué esperanza hay, pues, en
una sociedad tan corrupta? El mensaje de Sofonías enfatiza dos verdades alentadoras
sobre Dios que de veras pueden ofrecernos esperanza: la gracia de Dios puede
transformar a una comunidad y sus promesas serán cumplidas en última instancia.
(i) La gracia de Dios puede transformar una comunidad
El mensaje de Sofonías trata sobre un Dios que cambia cosas. El pueblo merecía ser
“avergonzado” (11). Pero Dios dice: “Aquel día no te avergonzarás de ninguna de tus
acciones con que te rebelaste contra mí”. Ese día es un día de salvación y también de
juicio. Merecemos el juicio de Dios. El remanente recibe la gracia de Dios.
Además, recibimos la gracia transformadora de Dios, porque él trata con el pecado y
con el pecador en la comunidad de fe eliminándolos (11) mientras protege al
215
remanente que confía en el nombre del Señor (12–13). Estos ya no confían en sí
mismos, sino en el nombre del Señor, es decir, en su carácter revelado y su capacidad
de salvar a los pecadores. El remanente destaca por su humildad delante de Dios y la
mansedumbre ante los demás (11–12). Por la gracia de Dios están capacitados para vivir
una vida irreprensible (13) y “no necesitan sentir vergüenza” (Eaton), porque Dios ya se
ha ocupado de ello. Él promete: “El remanente de Israel no hará injusticia ni dirá
mentira, ni se hallará en su boca lengua engañosa” (13). Dios promete producir una
comunidad transformada.
Estas promesas se cumplieron parcialmente en la iglesia del Nuevo Testamento. La
venida de Jesús y la unión de los creyentes en él hicieron posible que la verdad se
convirtiera en una marca esencial del discipulado cristiano. El Espíritu Santo derramado
sobre la iglesia en Pentecostés es el Espíritu de verdad (Jn. 16.13). Los cristianos son
llamados a “andar en la verdad” (2 Jn. 4). Asimismo, experimentan la gracia
transformadora de Dios de otras maneras. El apóstol Pablo nos da un conmovedor
ejemplo en su carta a la iglesia en Corinto:
“¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis
engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni
los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los
difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos
de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis
justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”
(1Co. 6:9–10).
Por tanto, la gracia de Dios puede cambiar la vida de las personas y transformar una
comunidad. Sofonías lo sabía; todos los cristianos también deberían tenerlo claro. Pero
el profeta está mirando, sin duda, más allá de esta vida y de la iglesia del Nuevo
Testamento cuando habla de ese Día “en que el remanente de Israel no hará injusticia
ni dirá mentira, ni se hallará en su boca lengua engañosa” (13). Aquí tenemos, pues,
una segunda verdad alentadora sobre Dios que podemos aprender de Sofonías. No solo
nos enteramos de que la gracia divina puede transforma una comunidad, sino que
también sus promesas se cumplirán en última instancia.
(ii) Las promesas de Dios se cumplirán en última instancia
La descripción que Sofonías hace de la Jerusalén transformada es ideal. No cometer
injusticia y no hablar mentiras describe al remanente de creyentes viviendo en perfecta
comunidad sobre el santo monte de Dios, una vez eliminado todo orgullo pecaminoso y
todo engaño. Sofonías nos enseña que Dios producirá esto en aquel día, el día final de
juicio y de salvación. Sofonías está seguro de que Dios mantendrá sus promesas del
pacto con aquellos “que confían en el nombre del Señor”.
Si la promesa de adoración unida y universal en el futuro nos inspira para tomarnos
en serio la adoración y el servicio al Señor aquí y ahora, la promesa de una nueva
216
Jerusalén como comunidad donde el pecaminoso orgullo está abolido y donde la vida
humilde y santa es la norma debería inspirarnos, pues, sin lugar a duda para ser modelo
de semejante comunidad aquí en la tierra. Ciertamente, no hay lugar para el orgullo y la
altanería (es decir, la rebeldía espiritual) dentro de la iglesia cristiana. En la nueva
Jerusalén solo se acoge a los “mansos y los humildes” (12). Jesús nos enseñó que esa
misma mansedumbre y humildad debería ser la marca de sus discípulos aquí en la
tierra. Cuando Jesús fue modelo de esta humildad, lavando los pies de los discípulos, les
dijo: “Si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los
pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros
también hagáis. En verdad, en verdad os digo: un siervo no es mayor que su señor, ni un
enviado es mayor que el que lo envió. Si sabéis esto, seréis felices si lo practicáis˝.853 La
comunidad cristiana debería ser un modelo de cuidado práctico, de preocupación y
apoyo mutuo, tanto para los de fuera de la iglesia como para los de dentro. Estamos
llamados a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
El apóstol Pablo repitió esta enseñanza a los cristianos de Filipos. Les instó: “Nada
hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de
vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno
sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en vosotros
esta actitud que hubo también en Cristo Jesús…˝.
Sofonías está convencido de que Dios cumplirá sus promesas y producirá una nueva
Jerusalén donde su remanente vivirá en perfecto amor, junto, con humildad y santidad.
Esto implica que deberíamos prepararnos para ese día, aquí y ahora. El apóstol Juan lo
veía así: “Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que
habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él [Jesús] se manifieste, seremos
semejantes a Él porque le veremos como Él es˝. Luego, al vislumbrar algo de lo que
sucederá en aquel día cuando Jesús aparezca al final de los tiempos, Juan desafía a los
cristianos a que respondan ahora de esta forma: “Y todo el que tiene esta esperanza en
Él se purifica, así como Él es puro˝.856 A la luz de esta esperanza futura existe, pues, el
reto de purificarnos: es decir, arrepentirnos de nuestros pecados y venir a la cruz para
hallar purificación y perdón en el Salvador crucificado y resucitado. Por la muerte de
Cristo en la cruz por los pecadores, los que hayan puesto su “confianza en el nombre
del Señor” (12) no serán avergonzados en aquel día por las acciones de rebeldía (11),
porque, en Cristo, Dios ha llevado esa vergüenza y el pecado en nuestro lugar.
Dios cumplirá sus promesas; Sofonías está seguro de ello. La gracia divina es capaz
de transformarnos ahora. Su promesa de salvación y también la de juicio se consumará
entonces… ¡en aquel día! Dios juzgará a las naciones y a los individuos corruptos. Pero
el remanente, que pone su confianza en el Señor, puede mirar hacia adelante con cierta
esperanza, a una nueva Jerusalén, una comunidad santa y humilde. Esto es también lo
que el apóstol Juan vio con toda claridad en el libro de Apocalipsis:
“Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios,
preparada como una novia ataviada para su esposo. Entonces oí una gran voz
que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los
217
hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará
entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá
más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado. Y el que
está sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Ap.
21:2–5).
El mensaje de Sofonías también asegura ¡que lo mejor está por llegar! Podemos
esperar una adoración unida y universal, una comunidad humilde y santa en la nueva
Jerusalén, y, ahora, Sofonías nos habla de un entorno satisfactorio y seguro en un Edén
restaurado.
c. Un entorno satisfactorio y seguro (13d)
“Se alimentarán y reposarán sin que nadie los atemorice” (13d). Sofonías describe
ahora el glorioso futuro que Dios ha planeado para el remanente de creyentes en
términos pastorales que pueden también traer a la mente el Jardín del Edén. La
referencia de comer y reposar sugiere la escena pastoral. Con frecuencia se aludía al
pueblo de Israel como “las ovejas de Israel”. Dios era su pastor, proveía para su pueblo,
los protegía, los alimentaba y los conducía por su camino. Como expuso el profeta
Isaías, Dios “como pastor apacentará su rebaño, en su brazo recogerá los corderos, y en
su seno los llevará; guiará con cuidado a las recién paridas”.859 Por tanto, aquí en
Sofonías, tenemos la promesa de que Dios alimentará a sus ovejas, les dará reposo y
seguridad para que nadie las atemorice. ¿Acaso se trata de un indicio del Edén
restaurado o del paraíso recobrado?
Podríamos decir que estas palabras se han cumplido parcialmente en la vida de los
cristianos desde la venida de Jesús, el buen pastor, por medio de su nacimiento, vida,
muerte, resurrección y exaltación, y el envío del Espíritu Santo a aquellos que se
arrepintieron y creyeron en verdad. Jesús prometió satisfacción y seguridad para
aquellos que le siguieran.862 Asimismo, alentó a sus discípulos a confiar en él y no tener
miedo. Una amiga mía me escribió, hace algunos años, contándome la historia de su
conversión a Jesucristo. Hablaba de la satisfacción que había descubierto al seguir a
Jesús, el buen pastor. A continuación, una parte de su carta que cito con su permiso:
“Habiendo sido educada en la filosofía de ‘comamos, bebamos y
alegrémonos que mañana moriremos’ estaba decidida a sacarle el mayor
provecho a la vida. Me uní a clubs, asistía a fiestas que duraban toda la noche y
vivía en un torbellino constante de actividad social. Para mis amigos, parecía que
yo ‘vivía’ de veras, pero, en lo profundo de mi interior, yo sabía que no era
verdad. Cada vez estaba más insatisfecha y mi vida parecía no tener sentido.
Luego oí hablar de la nueva vida que Cristo ofrecía. De alguna manera supe que
era lo que yo necesitaba y le pedí que entrara en mi vida para renovarla y
reorientarla. Desde entonces, he conocido la creciente satisfacción y una
realización que nunca antes había conocido”.
218
Desde que escribió esta carta, ha seguido sirviendo al Señor en casa y en el
extranjero y sigue fortaleciéndose. El Señor le ha dado satisfacción y seguridad; ha
experimentado, de forma parcial al menos, la promesa divina por medio de Sofonías en
cuanto al remanente: “Se alimentarán y reposarán sin que nadie los atemorice” (13d).
Pero Sofonías está señalando, indudablemente, algo que supera la experiencia del
pueblo cristiano en la tierra. Para estar esperando ese día (11) cuando el Edén será
restaurado y habrá “nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia”.
Sofonías nos alienta a ver que “lo mejor está aún por llegar” y que Dios tiene un
propósito más allá de esta vida, en aquel día cuando el Señor vuelva para juzgar y para
salvar. Entonces habrá adoración y servicio para el remanente de los creyentes, y una
vida santa y humilde que será perfeccionada en un Edén restaurado o (usando las
palabras del apóstol Pedro) en “unos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la
justicia”.
A la luz de todo esto, necesitamos escuchar de nuevo la misma exhortación del
apóstol: “Por tanto, amados, puesto que aguardáis estas cosas, procurad con diligencia
ser hallados por Él en paz, sin mancha e irreprensibles”.
2. Regresar a casa (3:14–20)
A lo largo de los años he tenido la oportunidad, de vez en cuando, de ministrar en el
extranjero, a veces tan lejos como Australia y África Oriental; en otras, más cerca de
casa, en diversas partes de Europa. Aunque siempre he disfrutado de la experiencia y lo
he contado como un gran privilegio, también esperaba el momento de regresar a casa,
sobre todo cuando mi esposa, Elizabeth, no estaba conmigo. ¡No hay lugar como el
hogar!
En esta última sección de Sofonías (3:14–20), el profeta pinta una imagen
maravillosa de Dios reuniendo a su remanente dispersado y llevándolos a casa. “En
aquel tiempo os traeré; en aquel tiempo os reuniré… cuando yo haga volver a vuestros
cautivos ante vuestros ojos” (20). ¿Es posible que Sofonías estuviera anticipando el
regreso del exilio, setenta años después de la destrucción de Jerusalén en 586 a.C.? A
pesar de ello, la forma en que describe este regreso al hogar es demasiado optimista a
la luz de lo que ocurrió en verdad históricamente. El llamado a regresar a Jerusalén
setenta años después de la destrucción de la ciudad no fue popular. Quienes hicieron el
viaje se enfrentaron a muchos peligros y decepciones y a una enorme oposición. Si
leyeron las palabras de Sofonías posteriormente y entendieron su regreso como
cumplimiento de aquella profecía, sin duda se habrían sentido decepcionados. No fue
como el profeta lo describió. Había un mayor cumplimiento por venir que debemos
explorar más adelante.
Cualquiera que fuera el sentido preciso de las palabras de Sofonías en cuanto a
regresar al hogar, estaba comunicando, indudablemente, un mensaje de esperanza y
gozo a aquellos creyentes que pudieran estar sintiéndose inseguros, temerosos y
desesperados (14–16). Es un mensaje que haríamos bien en tomarnos a pecho cuando
219
nos sentimos igual de desalentados en nuestro discipulado o ministerio cristiano. Y es
que la enseñanza de Sofonías nos llama a dos cosas en particular: (1) a regocijarnos en
lo que Dios ha hecho por nosotros y (2) a confiar en lo que Dios hará por nosotros.
a. ¡Regocíjate en lo que el Señor ha hecho por ti! (14–17a)
“Canta jubilosa, hija de Sion.
Lanza gritos de alegría, Israel.
Alégrate y regocíjate de todo corazón,
hija de Jerusalén”.
En el llamamiento de Sofonías a los ciudadanos de Jerusalén para que se regocijen
en lo que Dios ha hecho por ellos no hay un entusiasmo a medias. Hay un lugar para la
exuberante alabanza en la vida del creyente así como para el silencio, y una sensación
de asombro. Cantar es una forma natural de expresar gozo en Dios para la mayoría de
las personas, aunque no para todas. Gritar es adecuado cuando recibimos tan buenas
noticias que no podemos guardarlas para nosotros, o cuando se ha logrado una gran
victoria. “Regocijarnos con todo [nuestro] corazón” es un recordatorio de que las
acciones de Dios a nuestro favor son tan extraordinarias que una alabanza poco
entusiasta o formal jamás podría bastar. El apóstol Pablo escribió que deberíamos
“regocijarnos en el Señor” por difíciles que sean nuestras circunstancias;867 ¡y escribió
estas palabras cuando estaba encadenado a un soldado romano en la cárcel! Nos
entusiasmamos fácilmente con nuestro equipo de fútbol, pero podemos quedarnos
extrañamente silenciosos con respecto a nuestro Dios. Sofonías nos enseña que
tenemos algo sobre lo que gritar y cantar, y que deberíamos regocijarnos en lo que el
Señor ha hecho por nosotros. Charles Wesley captó un poco de ese entusiasmo cuando
escribió estas palabras:
¡Ojalá tuviera mil lenguas para cantar
las alabanzas a mi gran Redentor,
las glorias de mi Dios y Rey,
los triunfos de su gracia!
¿Pero qué ha hecho Dios por nosotros, según Sofonías, que provoque tanto gozo y
celebración? Por él sabemos que Dios es nuestro juez. Ahora, vuelve a recordarnos que
Dios es también el salvador de aquellos que ponen su confianza en él (17). Sofonías nos
enseña que
(i) El Señor ha quitado nuestro castigo (13a)
Desde el principio de su profecía, Sofonías ha proclamado fielmente el justo juicio
de Dios sobre una Judá y una Jerusalén rebeldes (1:4ss.). Ha emplazado al pueblo de
Dios a arrepentirse y buscar al Señor (2:1–3). Ahora pide a los que han depositado su
confianza en el Señor, el remanente de creyentes, que se regocijen porque Dios ha
220
eliminado la necesidad de castigo: “El Señor te ha levantado el castigo (NVI) o El Señor
ha retirado sus juicios contra ti” (15a).
Es posible que Sofonías tenga en mente la eliminación de los instrumentos de los
juicios de Dios, el invasor asirio, por ejemplo. Tal vez esté anticipando el final de un
periodo de exilio y use el tiempo pasado como una forma de declarar la certeza de lo
que Dios ha prometido sobre la salvación que indudablemente realizará. O quizá esté
recordándole al remanente las acciones de Dios en la historia pasada; y es que,
mediante un poderoso acto de redención, Dios liberó a su pueblo de la esclavitud en
Egipto y el juicio de muerte, a través del cordero de la Pascua (Éx. 11–14). De una forma
u otra, vemos a un santo y misericordioso Dios que debe juzgar el pecado y la rebeldía,
pero que también ha hallado un modo de apartar el castigo y los juicios que
merecemos. Esto indica el camino a la provisión de salvación de Dios por medio del
sacrificio que nos conduce a la muerte de Cristo en la cruz.
Cristianos, regocijaos de que “Cristo, nuestro cordero pascual ha sido sacrificado”
por nosotros. Ha llevado nuestros pecados y apartado el castigo que merecemos
cargándolo en nuestro lugar.869 Por lo que Cristo ha hecho por nosotros, una vez y para
siempre, en la cruz, apartando nuestro castigo, deberíamos regocijarnos en el Señor con
gran gozo. Ya “no hay condenación para los que están en Cristo Jesús”.
Cuando Jesús dijo a sus discípulos “…voy a preparar un lugar para vosotros”, quería
decir que iba a la cruz para terminar la obra que Dios le había encomendado y que, por
su muerte, su resurrección y su exaltación, iba a preparar un hogar para aquellos que
creyeran en él. Hizo todo esto por nosotros, para que pudiera acogernos en su hogar
celestial. ¡Qué glorioso evangelio! No debe sorprender que se nos inste a cantar, a
gritar y a regocijarnos en nuestro Dios con todo nuestro corazón. ¡Lo que Cristo ha
hecho por nosotros tendría que fortalecer nuestros brazos débiles y nuestras rodillas
cansadas! (véase 3, 16 y He. 12:1–2). Deberíamos regocijarnos en el Señor.
Otra razón para regocijarse es que
(ii) Dios ha expulsado a nuestros enemigos (15b)
“El Señor… ha expulsado a tus enemigos”. Sofonías no menciona a un enemigo en
particular, aunque podría haber tenido en mente a una nación como Asiria a la que Dios
usó como instrumento de juicio disciplinante sobre su pueblo. Pero, aquí, las palabras
del profeta parecen ilustrar de nuevo un principio. Con toda seguridad está
recordándonos que el Dios que ha derrotado a los enemigos de Judá y de Jerusalén en
el pasado “es poderoso para salvar” (17) y que se puede confiar en él para que derrote
a todos los que se oponen a la voluntad divina y atacan a su pueblo. Deberíamos
regocijarnos en un Dios así y en su poder para liberar a su pueblo de su enemigo.
Los cristianos deberían regocijarse en el Señor por las mismas razones. Podemos
echar la mirada atrás, al Calvario, y ver la muerte de Jesús como una victoria sobre el
pecado, la muerte y el diablo. Cuando Jesús gritó desde la cruz “consumado es”, era un
grito de victoria y no un suspiro de resignación. El apóstol Pablo pudo, pues, escribir a
los cristianos de Colosas y decir: “[Dios] os dio vida juntamente con Él, habiéndonos
221
perdonado todos los delitos… Y habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo
de ellos un espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de Él”.
A Satanás y a estos poderes espirituales son a quienes los cristianos se enfrentan
hoy como enemigos. Como Pablo escribió a la iglesia en Éfeso: “Revestíos con toda la
armadura de dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo. Porque
nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades,
contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de
maldad en las regiones celestiales”. Por la victoria de Cristo en la cruz podemos vencer
a Satanás, nuestro enemigo. Por tanto, en el libro de Apocalipsis, Juan puede escribir
sobre los cristianos que derrotaron a Satanás por medio de la victoria de Cristo en la
cruz.
“Ahora ha venido la salvación, el poder
y el reino de nuestro Dios
y la autoridad de su Cristo,
porque el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche,
ha sido arrojado.
Ellos lo vencieron
por medio de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio de ellos,
y no amaron sus vidas,
llegando a sufrir la muerte.
Por lo cual regocijaos…” (Ap. 12:10–12)
A algunos les resulta difícil regocijarse en la victoria de Cristo sobre Satanás en el
Calvario, mientras que el mal y el sufrimiento parecen tan incontrolados y
desenfrenados en el mundo actual. Es complicado de entender. Sin embargo, en la
Segunda Guerra Mundial, una vez que se logró la victoria en la batalla de Normandía,
hay historiadores que argumentaron que la victoria final estaba segura, aunque
quedaba aún mucha lucha y sufrimiento por llegar. La victoria de Cristo en el Calvario y
su muerte, resurrección y exaltación, garantizan la victoria final incluso aunque nuestro
enemigo siga activo dentro de los límites de la voluntad soberana de dios. De modo que
tenemos razón de regocijarnos porque Dios haya expulsado a nuestros enemigos.
Gracias sean dadas a él; ¡estamos en el lado ganador!
Zacarías nos ha enseñado, pues, a regocijarnos por lo que Dios ha hecho por
nosotros, como lo hizo por el remanente de creyentes, apartando nuestro castigo,
expulsando a nuestros enemigos y ahora estando en medio nuestro.
(iii) Dios ha descendido entre nosotros (15–17a)
“El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti;
ya no temerás mal alguno.
222
Aquel día le dirán a Jerusalén:
No temas, Sion;
no desfallezcan tus manos.
El Señor está en medio de ti,
guerrero victorioso…” (15–17)
A diferencia de Isaías, Sofonías no escribe sobre una figura mesiánica revelada como
una persona divina distinta. Es Dios, el Señor del pacto (Yahveh), el Rey de Israel y a la
vez Señor de las naciones. Es Rey y su reino es supremo. Controla todas las cosas. A
pesar de esto, también está con su pueblo. Mora en medio de ellos; y porque ha venido
a habitar entre los suyos, es, tal como lo expone el salmista, “nuestro pronto auxilio en
las tribulaciones”. Al estar con ellos, no tienen que temer mal alguno; él “es guerrero
victorioso” (17).
Pero estas palabras no se cumplieron por completo en la historia pasada de Israel ni
en los días de Sofonías. Ciertamente, Dios, el Rey, estaba con ellos. Como resultado, “le
dirán a Jerusalén” [o “se dirá a Jerusalén”, RVR1960]: “No temas, Sion; no desfallezcan
tus manos”. El mensaje de que Dios estaba con ellos como Rey y poderoso para salvar
pretendía llevarlos del temor a la fe y paralizar la desesperación para que actuaran.
Pero decir “ya no temerás mal alguno” mira a un futuro que aún no ha llegado.
Los cristianos se regocijan de que Dios viniera a la tierra para “plantar su tienda”
entre nosotros. El apóstol Juan describe a Jesús como el Verbo (logos) que estaba “con
Dios en el principio” y que “era Dios”. Y prosigue diciéndonos que “el Verbo se hizo
carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad”.876 Juan nos dice, asimismo, que ese mismo Jesús es
poderoso para salvar. Es el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Todo el
Nuevo Testamento da testimonio de estas verdades. Por tanto, como el apóstol Pablo
indica: “Entonces, ¿qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra
nosotros? El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,
¡cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?”.878
Los cristianos también se regocijan de que Dios no sólo envió a su Hijo al mundo
para redimirlo, sino que también mandó su Espíritu que entrara en el corazón de
aquellos que creen en Cristo. El Rey está con nosotros cuando el Espíritu Santo viene a
morar en nuestra vida para reinar en ella.
No obstante, aún queda más por llegar. En el libro de Apocalipsis, Juan tiene una
visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva… la Santa Ciudad, la nueva Jerusalén” y
escucha “una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está
entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará
entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más
duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado. Y el que está sentado
en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas˝.
En aquel día, se dirá verdaderamente: “El Rey de Israel, el Señor, está en medio de
ti; ya no temerás mal alguno” (15c, d)..
Es necesario que tomemos en serio la exhortación de Sofonías: “Alégrate y
223
regocíjate de todo corazón” (14) por lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos resulta
fácil desalentarnos y abandonar la lucha, dejando que “desfallezcan nuestras manos”
(16b). Se olvida con facilidad que el Rey está con nosotros, llevando a cabo su voluntad
soberana en nuestra vida. “En aquel día” (16a) sugiere que, como Rey soberano, tiene
un horario que puede ser diferente del nuestro. Con facilidad olvidamos que es un
poderoso guerrero, un “guerrero victorioso” (17a), y que puede hacer por nosotros
“más de lo que pedimos o imaginamos”. Hay lugar para cantar, gritar a gran voz y
regocijarnos en todo lo que Dios ha hecho por nosotros. Cuando nos desalentemos en
nuestro discipulado o en nuestros ministerios, haríamos bien en recordar todas las
cosas buenas que nuestro Dios clemente ha hecho por nosotros. En el antiguo himno
hay mucha salud espiritual; dice sencillamente:
Cuenta tus bendiciones,
nómbralas una por una,
y te sorprenderá
lo que el Señor ha hecho.
Sin embargo, Sofonías no sólo nos enseña a regocijarnos en lo que Dios ha hecho
por nosotros, sino que además nos alienta a confiar en lo que hará por nosotros.
b. ¡Confía en lo que Dios hará por ti! (17–20)
Con el fin de ampliar la confianza del remanente de creyentes de Jerusalén, Sofonías
describe ahora varios de los actos misericordiosos que el Señor hará por su pueblo en el
futuro. Nos dice diez veces en estos pocos versículos finales que Dios actuará de un
cierto modo. Es una asombrosa revelación del amor de pacto de Dios y de su
compromiso con su pueblo, no solo en aquellos tiempos, sino también hoy. A
continuación, un resumen de lo que se promete.
(i) Dios se deleitará en su pueblo (17b, c, d)
“Se gozará en ti con alegría, en su amor guardará silencio, se regocijará por ti con
cantos de júbilo” (17). Sofonías nos enseña que Dios, el poderoso guerrero, capaz de
liberar a su pueblo de sus enemigos, también es un Dios de amor infinitamente tierno
que, en realidad, ¡se deleita en nosotros! Las palabras “en su amor guardará silencio”
pueden entenderse de varias formas distintas. En ocasiones, el verbo (callar) se usa en
sentido transitivo. Podría significar, pues “te hará callar en su amor”, aunque en este
contexto no queda del todo claro lo que esto significaría. La nvi prefiere la frase “te
renovará con su amor”, mientras que algunos comentaristas judíos la traducen “cubrirá
los pecados de su pueblo en silencio”.
No obstante, la mayoría de los comentaristas creen que el verbo es intransitivo.
Motyer, por ejemplo, prefiere: “Estará callado (o silencioso) en su amor”. En otras
palabras, la frase alude a un sentimiento divino más que a una acción divina. Es, quizá,
la imagen de una madre que mira arrobada en su amor silencioso y se maravilla de su
224
bebé, o un amante que disfruta en presencia de su amada en silencio, con profundo
amor. El término hebreo usado para “amor” no es ḥesed, sino ‘āhăbâ, que se utiliza
para el amor de Jacob por Raquel y también para el amor de Dios por su pueblo del
pacto expresado por medio del amor de Oseas por su mujer que le había
abandonado.884
Se dice, pues, que Dios ama a su pueblo con “adoración sin palabras” (Motyer) así
como con cánticos de júbilo. No es un Dios remoto, distante y frío, al que no conmueve
la situación humana. Más bien, es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que
demostró su amor por nosotros en esto: “Siendo aún pecadores, Cristo murió por
nosotros” y el Dios cuyo “amor ha sido derramado en nuestros corazones por medio del
Espíritu Santo que nos fue dado”.886
Sofonías nos recuerda que Dios siempre nos amará de este modo. Podemos confiar
en que nos ama con un profundo amor personal y un deleite que nada puede destruir.
Cuando el apóstol Pablo escribió a los cristianos de Roma que padecían persecución y
peligros a diario, les recordó este amor divino. Escribió:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o
persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Pero en todas estas
cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Porque
estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo
presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna
otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús
Señor nuestro” (Ro. 8:35, 37–39).
Es posible que estemos afrontando pruebas en nuestra vida personal, en nuestra
familia o en la iglesia, y esto puede hacer que nos preguntemos dónde está Dios y por
qué no parece importarle. Sofonías nos recuerda que ese Dios (el Rey soberano) no sólo
está con nosotros, sino que nos ama y siempre nos amará; se deleita en nosotros y se
goza sobre nosotros a medida que vamos poniendo nuestra confianza en él y, con su
ayuda, levantamos las manos que “desfallecen” (16–17. Es un Dios en el que se debe
confiar. Se deleitará en su pueblo que cree.
Sofonías sigue enseñándonos que
(ii) Dios eliminará nuestras tristezas (18)
“Reuniré a los que se afligen por las fiestas señaladas, tuyos son, oh Sion, el oprobio
del destierro es una carga para ellos” (18). Lo que Sofonías pretende decir con este
versículo no queda del todo claro. Según una opinión (margen de la NVI), el hebreo
significa: “Os reuniré a vosotros que os afligís por las fiestas señaladas; vuestra culpa es
una carga para vosotros˝. Implica aquí que Sofonías anticipaba un tiempo de cautiverio
para el pueblo de Dios en el que sentirían una profunda tristeza y culpa por la pérdida
de la adoración en el templo y las fiestas religiosas. De ser así, el profeta les estaría
trayendo la promesa divina de que Dios quitaría su tristeza y que los restauraría a
225
Jerusalén para que disfrutaran de una renovada adoración en el templo. Ciertamente,
Dios quiere que disfrutemos adorándole con otros creyentes. Con todo, Jesús dejó claro
que lo importante no era dónde, sino cómo adoráramos.
Sin embargo, es posible entender la frase como: “Quitaré a los que se afligen por las
fiestas señaladas; estará lejos de vosotros aquel para el cual la imposición fue un
reproche˝ (Motyer). Tomando la frase así, Sofonías parece estar dirigiéndose a aquellos
para quienes las fiestas suponen una carga y que incluso las usaban para explotar a los
pobres. Dios promete eliminarlos a ellos y la tristeza que causaban.
O tal vez el profeta seguía mirando más allá de la restauración de los exiliados a los
albores del nuevo pacto, cuando las fiestas y los sacrificios se verían cumplidos en la
venida del Mesías, y la religión ya no sería una carga ni un asunto fastidioso. Desde
luego, el apóstol Pablo deja claro a los cristianos que una consecuencia de vivir la vida
en Cristo o de caminar en el Espíritu era la libertad de la carga de la religión. Escribió:
“Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permaneced firmes, y no os
sometáis otra vez al yugo de esclavitud˝.891
Hace algunos años, viajaba en tren desde Edimburgo a Londres y a mi lado iba
sentado un judío ortodoxo. Mientras hacíamos el trayecto, yo había estado leyendo
Ezequiel 36 y sus enseñanzas sobre el nuevo pacto y, cuando ambos nos detuvimos
para disfrutar de una taza de café, iniciamos una conversación. Le pregunté a mi amigo
cómo entendía las palabras de Ezequiel cuando Dios dice: “Os daré un corazón nuevo y
pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de
piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que
andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas˝. Mi amigo
judío hizo guardó silencio por un instante. Luego dijo algo así como: “¡Ah! En estos
momentos es muy difícil cumplir las leyes de Dios. Es una lucha y con frecuencia
fallamos. Pero los rabinos nos dicen que cuando venga el Mesías tendremos el poder
interior de conseguirlo˝.
¿Estaría Sofonías indicando un tiempo así en el que cumplir la ley de Dios ya no sería
una carga ni un reproche? Jesús llamó a las personas para que vinieran a él y las instó a
someterse a su enseñanza. “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo
os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí…˝; pero Jesús
sigue diciendo: yo “soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras
almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera˝. Seguir a Jesús y someterse a su
enseñanza no es una carga. Como dice el apóstol Pablo a los cristianos de Filipos: “Todo
lo puedo en Cristo que me fortalece˝.894
La visión de Sofonías de un Dios que eliminará la falsa religión o las tristezas y la
carga de la religión en nuestra propia fuerza, señala una vez más al Señor Jesucristo y a
la nueva Jerusalén donde no habrá más aflicción.
(iii) Dios rescatará y honrará al débil (19)
“He aquí, en aquel tiempo me ocuparé
de todos tus opresores;
226
salvaré a la coja
y recogeré a la desterrada,
y convertiré su vergüenza en alabanza y renombre
en toda la tierra” (19).
Una vez más, estas palabras podrían aplicarse a los de Judá y Jerusalén que, más
tarde, serían llevados al exilio como parte del juicio disciplinante de Dios. Esto
significaría opresión, falta de libertad para adorar y otras formas diversas de
sufrimiento. Probablemente los débiles y vulnerables (por ejemplo, “la coja”, 19b)
sufrirían más. Pero Dios está ahora hablando directamente a su pueblo: “En aquel
tiempo me ocuparé de todos tus opresores; salvaré a la coja˝ (19a). Además, Dios
promete honrar al remanente en las naciones mismas donde había sido dispersado y
avergonzado. Un poco después, dice: “Convertiré su vergüenza en alabanza y renombre
en toda la tierra˝ (20b).
Es importante que reconozcamos, con Sofonías, que Dios se preocupa
profundamente por los impotentes y los oprimidos. En el Nuevo Testamento, Jesús
revela el cuidado de Dios por los débiles y los vulnerables en su ministerio mesiánico.
Cumplió la profecía de Isaías de “traer buenas nuevas a los afligidos… proclamar
libertad a los cautivos y liberación a los prisioneros; para proclamar el año favorable del
Señor…˝.
En ocasiones, cuando miramos la pantalla de nuestro televisor o leemos nuestro
periódico y vemos la desesperanza y la desesperación en el rostro de millones de
personas que se mueren de hambre y que están oprimidas, perdemos de vista el amor y
la compasión de Dios hacia ellos. Por supuesto que tenemos una responsabilidad, aquí y
ahora, de hacer todo lo que podamos por los que se hallan en semejante necesidad
desesperada; y los cristianos están con frecuencia profundamente implicados y
abnegados en llevar ayuda y ofrecer apoyo práctico y profesional. De vez en cuando
también, quienes perpetran la opresión son llevados ante la justicia. Pero en la época
de Sofonías, como en la nuestra, la justicia y la liberación solo puede ser parcial y
temporal. Una vez más descubrimos que el profeta está indicando una esperanza futura
más allá de esta vida, cuando “el reino del mundo ha venido a ser el reino de nuestro
Señor y de su Cristo, y Él reinará por los siglos de los siglos”. En ese tiempo, Dios tratará
con perfecta justicia a los que oprimen al pobre y liberará a su pueblo.
¿Pero cuál es el significado de la promesa de Dios de dar alabanza y honra a los que
fueron dispersados, oprimidos y avergonzados? En nuestra cultura, se honra a las ricas
celebridades mucho más que a las personas corrientes, desconocidas y atentas. En el
reino de Dios es justo lo contrario. Él promete honrar a los que pongan su confianza en
él, por débiles, impotentes y vulnerables que puedan ser. En la profecía de Sofonías,
Dios afirma: “Convertiré su vergüenza” [se refiere a “la coja”, que representa a los
débiles y vulnerables] “en alabanza y renombre en toda la tierra… os reuniré” [¿al
remanente?]… “os daré renombre y alabanza entre todos los pueblos de la tierra,
cuando yo haga volver a vuestros cautivos” [en otras versiones “cuando os restaure
vuestras fortunas”] “ante vuestros ojos” (19–20).
227
Aunque Daniel, Nehemías y Ester fueron honrados hasta cierto punto por algunos
de sus contemporáneos paganos, resulta difícil ver su “honra” como un cumplimiento
de estas promesas. En la época del Nuevo Testamento, después de que el Espíritu Santo
fuese derramado sobre la iglesia en Pentecostés, leemos que los creyentes hallaban
“favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban
siendo salvos”. Pero sabemos que la persecución, el encarcelamiento y el martirio
pronto les llegaron a muchos de ellos, y que Dios honró a los débiles y a los desvalidos.
Cuando Pablo escribió a la iglesia en Corinto, dijo:
“Considerad, hermanos, vuestro llamamiento; no hubo muchos sabios
conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha
escogido lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo
débil del mundo, para avergonzar a lo que es fuerte; y lo vil y despreciado del
mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es; para que nadie se
jacte delante de Dios” (1 Co. 1:26–30).
No cabe duda de que Dios honró a quienes pusieron su confianza en él, por débiles
y desvalidos que pudieran ser. Rescata y honra a los débiles, y esto es un inmenso
estímulo para todos nosotros. Sin embargo, no es necesariamente cierto que el
“mundo˝ honre a los cristianos. En realidad, la iglesia cristiana se está enfrentando, en
el presente y a escala mundial, a una persecución sin precedente. Por tanto, una vez
más tenemos que mirar a aquel día, o aquel tiempo (en el momento oportuno de Dios)
al final de los tiempos, para que estas promesas sean cumplidas por completo. En ese
día, el Dios que continuará amándonos, eliminará nuestras tristezas y cargas, nos
rescatará y nos honrará, y también “restaurará [nuestra] fortuna” y nos llevará a casa
(20).
(iv) Dios nos llevará a casa (20)
“En aquel tiempo os traeré,
en aquel tiempo os reuniré;
ciertamente, os daré renombre y alabanza
entre todos los pueblos de la tierra,
cuando yo haga volver a vuestros cautivos ante vuestros ojos, dice el Señor”
(20).
Resulta difícil creer, como le ocurre a algunos, que Sofonías esté describiendo aquí
sencillamente una situación en la que, tras un periodo en el exilio, Dios reuniría a su
pueblo, restauraría sus fortunas, les daría honra y alabanza, y los llevaría a casa, a
Jerusalén. Si no significa algo más que eso, las muchas promesas que Dios le dio al
pueblo aquí (9–20) no se cumplieron en aquel tiempo. Es más probable que Sofonías
esté señalando al futuro, a ese tiempo o ese día en que Dios vendrá con juicio y
salvación, y lleve al remanente de los creyentes a casa, a su hogar celestial. En su
228
comentario sobre Sofonías, J. H. Eaton coincide con esta interpretación. Sobre el
versículo 20 escribe lo siguiente: “No es necesario conectar estas líneas directamente
con el exilio histórico de Judá y la posterior dispersión˝. Luego sigue comentando sobre
la frase: “cuando restaure vuestras fortunas˝ o “cuando haga volver a vuestros
cautivos˝. Afirma que resume lacónicamente
“la consumación de la obra de Dios con sus criaturas… por medio de todos
los peligros de la historia y de los fuegos de la catástrofe final, ha logrado [Dios]
al fin el perfecto resultado que estaba en su mente en el principio; ha protegido
a su pueblo en ese glorioso estado para el que estaban destinados
originalmente. Son nuevas criaturas, por supuesto, pero su nueva creación se ha
conseguido a través de la antigua.
Se profetiza que la obra se llevará a cabo “ante vuestros propios ojos˝ de
manera que el nuevo pueblo sigue siendo el mismo, aunque cambiado de gloria
en gloria. El viejo orden no se vacía, pues, de significado y la primera palabra
creativa de Dios no volverá a él vacía. Por medio de la devastación y de la
muerte, a través del remanente, el nuevo hombre se produce a partir del
antiguo, transfigurado como el hombre perfecto de Dios de acuerdo con su
destino eterno”.
Desde luego, Jesús enseñó a sus discípulos a que buscaran el hogar celestial. “No se
turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi padre hay
muchas moradas; si no fuera así, os lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar
para vosotros. Y si me voy y preparo un lugar para vosotros, vendré otra vez y os
tomaré conmigo; para que donde yo estoy, allí estéis también vosotros˝. El escritor a
los hebreos afirma asimismo que los santos del Antiguo Testamento, como Abel, Noé y
Abraham, vivieron su vida a la luz de la esperanza futura del cielo. “Todos estos
murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y aceptado con
gusto desde lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque
los que dicen tales cosas, claramente dan a entender que buscan una patria propia. Y si
en verdad hubieran estado pensando en aquella patria de donde salieron, habrían
tenido oportunidad de volver. Pero en realidad, anhelan una patria mejor, es decir,
celestial. Por lo cual, Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha
preparado una ciudad”.903 Del mismo modo, el apóstol Pablo escribió a los cristianos de
Filipos y afirmó: “Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también
ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo…”.
Sofonías quiere que sus lectores confíen en lo que Dios hará por ellos en el futuro,
incluida la promesa de traer al remanente de creyentes a la nueva Jerusalén, el hogar
celestial de dios. En el Nuevo Testamento, esta esperanza del cielo motivaba a los
cristianos para vivir una vida santa y piadosa, a comprometerse a continuar la obra de
Dios con constancia,906 a soportar el sufrimiento y a predicar y enseñar con urgencia,
precisión y gran paciencia.908 Y estos no son sino ejemplos del poder estimulante de la
esperanza cristiana. Siempre ha habido críticos que se han burlado de la esperanza
229
cristiana del cielo como “la utopía del cielo al morir˝ que nos conduce a ¡“pensar tanto
en el cielo que ya no tenemos utilidad para la tierra˝! Lo curioso es que los que más han
hecho por las personas de la tierra (como los reformadores sociales del siglo XIX,
incluido Wilberforce, Shaftesbury, Barnardo y Hannah More) estaban a menudo
motivados por su esperanza del cielo. C. S. Lewis lo dice de esta forma: “Apunta al cielo
y ‘te añadirán’ la tierra; apunta a la tierra y no conseguirás ninguno de los dos˝.
El libro de Sofonías comienza, pues, con juicio, pero acaba con salvación,
restauración y esperanza. Nos alienta a regocijarnos en lo que Dios ha hecho por
nosotros y en confiar en lo que hará a nuestro favor. A los que confían en él, Dios
promete darles amor duradero, libertad del cautiverio y de la tristeza, liberación y
honor, y la bienvenida a su hogar celestial. Las fuerzas del mal y de la perversidad no
tendrán la última palabra, sino Dios, en aquel día de juicio y salvación.
El desafío de ese día nos confronta a cada uno de nosotros. Tal vez nuestra
respuesta será orar: “¡Venga a nosotros tu reino!˝ o “¡Ven, Señor Jesús!˝. Si es así,
quizá necesitemos reflexionar en las palabras de C. S. Lewis.
“Me pregunto si las personas que le piden a Dios que interfiera abierta y
directamente en nuestro mundo llegan a darse cuenta de lo que ocurrirá cuando
lo haga. Cuando esto suceda, será el final de este mundo. Cuando el autor
camina sobre el escenario, la función ha acabado. Dios va a invadir, ¡muy bien!;
¿pero de qué vale decir que estás de su parte, cuando ves que todo el universo
natural se está derritiendo como un sueño y otra cosa “algo que nunca pudo
concebir tu mente” llega colisionando; algo tan hermoso para algunos de
nosotros y tan terrible para otros que a ninguno nos quedará otra opción? Y es
que esta vez será Dios sin disfraz; algo tan abrumador que producirá un amor
irresistible o un horror insoportable en cada criatura. Entonces será demasiado
tarde para escoger de qué parte estás. Ya no sirve de nada decir que escoges
acostarte cuando ha sido imposible ponerte en pie. Ya no será el momento de
escoger: será tiempo de descubrir qué lado hemos elegido realmente, nos
diéramos cuenta antes o no. Ahora, hoy, en este momento, tienes la
oportunidad de escoger el lado correcto. Dios se está conteniendo para darnos
esa opción. No durará para siempre. Debemos tomarlo o dejarlo”.
La profecía de Sofonías empezó con la declaración: “Palabra del Señor que vino a
Sofonías”… Acaba con las palabras: “dice el Señor”. Es la Palabra de Dios la que nos
confronta en este libro. Es a Dios a quien tenemos que rendir cuentas, un Dios de
justicia y amor.
230