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Poetas Venezolanos

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República bolivariana de Venezuela

Ministerio del poder popular para la educación

U.E colegio blanca Graciela de caballero

Rubio-estado Táchira

Poetas venezolanos y latinoamericanos

(Biografías)

Autor: linethy valentina Alarcón

Año y sección: 5to b

Área: castellano

Junio, 2024
introduccion
La lírica venezolana y latinoamericana son dos expresiones literarias que merecen explorarse.
Permíteme proporcionarte algunos detalles sobre ambas tiene sus raíces en la época colonial,
cuando la región estaba bajo el dominio español. Durante este período, la poesía se caracterizaba
por seguir los modelos europeos, con una fuerte influencia del Renacimiento y el Barroco. Los temas
principales eran el amor, la naturaleza, la religión y la mitología. Ha jugado un papel fundamental en
la cultura de la región. Ha sido una herramienta para expresar la identidad cultural, denunciar las
injusticias y luchar por un mundo mejor. Además, ha contribuido al enriquecimiento del idioma
español y ha tenido una gran influencia en la literatura universal.

Bajo el sol ardiente de los llanos venezolanos, el poeta entona versos que celebran la tierra fértil y la
pasión de su gente. Las palmas se mecen al viento, y el río Orinoco murmura secretos ancestrales.
En las montañas andinas, la lírica se viste de misterio y nostalgia. Los cóndores surcan los cielos, y
los versos fluyen como agua de manantial. En toda América Latina, la lírica se entrelaza con la
historia, la lucha y la esperanza. Desde los Andes hasta la selva amazónica, los poetas cantan a la
libertad y a la belleza de un continente diverso y vibrante.

La poesía venezolana es un reflejo vibrante de la rica diversidad cultural y social que caracteriza a
Venezuela. A través de sus versos, poetas como Andrés Eloy Blanco, Juan Alberto Hernández y
Gioconda Belli han capturado la belleza de los paisajes, las luchas del pueblo y las pasiones más
profundas del corazón1. Además, la poesía venezolana moderna se erige con verdadera fuerza en
los albores del siglo XX, gracias a voces fundamentales como las de Antonio Ramos Sucre y
Salustio González Rincones. Estos poetas dejaron atrás las influencias europeas y marcaron el
camino para la poesía venezolana del siglo XX, consolidando una tradición literaria sólida y
cosmopolita Poetas venezolanos
Poetas venezolanos

Andrés bello
Nació el 29 de noviembre de 1781 en Caracas, capital de Venezuela. Su padre, Bartolomé Bello, era
abogado de la Audiencia de la ciudad, por lo que sin ser una familia adinerada, los hijos de don
Bartolomé y de doña Antonia López de Bello vivieron una infancia sin
mayores carencias materiales. Luego de cursar estudios de latín, los
vientos revolucionarios que soplaban en América embargaron a
Bello, quien luego de declarada la Independencia en su país partió
como auxiliar de una misión diplomática a Londres, encabezada por
Simón Bolívar.

En 1812, sólo dos años después de su arribo a la capital Inglesa, se


restableció el régimen colonial en Venezuela, con lo que Andrés Bello
comenzó su período de autoexilio. Durante sus años en Londres,
Andrés Bello colaboró activamente en la causa americanista, siendo
redactor de El Censor Americano, La Biblioteca Americana y director
de El Repertorio Americano. Este fue el período en que Bello se
empapó de un profundo hispanoamericanismo, que lo llevó a trabajar en distintas legaciones
americanas en Inglaterra, entre ellas la chilena, a través de la cual -y por medio de Juan Egaña
Risco- se concretó su regreso a tierras americanas en 1829, año en que arribó a Valparaíso.

Una vez en Chile, Andrés Bello se convirtió rápidamente en un ciudadano más de nuestro país,
compartiendo la época y los debates de los más importantes intelectuales liberales del siglo
[Link] jugó un destacadísimo rol en la forja de la institucionalidad necesaria para dar forma a la
nueva nación, resaltando su aporte a la educación y la cultura, así como el impulso que su influencia
le dio al Movimiento literario de 1842. Fue profesor en el Instituto Nacional, redactor de El
Araucano y se desempeñó como rector de la naciente Universidad de Chile desde 1843 hasta su
muerte. Además, Andrés Bello fue el principal redactor de nuestro Código Civil, que se promulgó en
1855 y que continúa vigente en nuestro sistema jurídico.

Hombre de letras, su obra -que tuvo una relación más o menos polémica con las estéticas de su
tiempo- se extendió también a la poesía y la prosa, así como a la enseñanza del idioma. En este
campo, su Gramática de la lengua castellana constituye un hito ineludible, señalando uno de los
primeros intentos de sistematización en el uso de la lengua en nuestro país. Convertido en el más
chileno de los extranjeros, rodeado de una numerosa familia y del respeto y reconocimiento de la
República, Andrés Bello murió el 15 de octubre de 1865 en su casa de calle Catedral
A LA NAVE
¿Qué nuevas esperanzas
al mar te llevan? Torna,
torna, atrevida nave,
a la nativa costa.

Aún ves de la pasada


tormenta mil memorias,
¿y ya a correr fortuna
segunda vez te arrojas?

Sembrada está de sirtes


aleves tu derrota,
do tarde los peligros
avisará la sonda.

¡Ah! Vuelve, que aún es tiempo,


mientras el mar las conchas
de la ribera halaga
con apacibles olas.

Presto erizando cerros


vendrá a batir las rocas,
y náufragas reliquias
hará a Neptuno alfombra.

De flámulas de seda
la presumida pompa
no arredra los insultos
de tempestad sonora.

¿Qué valen contra el Euro,


tirano de las ondas,
las barras y leones
de tu dorada popa?

¿Qué tu nombre, famoso


en reinos de la aurora,
y donde al sol recibe
su cristalina alcoba?

Ayer por estas aguas,


segura de sí propia,
desafiaba al viento
otra arrogante proa;

Y ya, padrón infausto


que al navegante asombra,
en un desnudo escollo
está cubierta de ovas.

¡Qué! ¿No me oyes? ¿El rumbo


no tuerces? ¿Orgullosa
descoges nuevas velas,
y sin pavor te engolfas?

¿No ves, ¡oh malhadada!


que ya el cielo se entolda,
y las nubes bramando
relámpagos abortan?

¿No ves la espuma cana,


que hinchada se alborota,
ni el vendaval te asusta,
que silba en las maromas?

¡Vuelve, objeto querido


de mi inquietud ansiosa;
vuelve a la amiga playa,
antes que el sol se esconda!
Guillermo Sucre

Nacido el 15 de mayo de 1933 en Tumeremo, estado Bolívar, su


padre muere cuando él tiene apenas un año, por lo que la familia se
muda a Ciudad Bolívar, donde vivirá hasta la adolescencia. Luego
se irá a Caracas, donde estudia el bachillerato en el Liceo de
Aplicación y Andrés Bello. Se opuso a la dictadura de Marcos Pérez
Jiménez y, junto con el poeta Rafael Cadenas, Manuel Caballero,
Jesús Sajona Hernández y Rafael Díaz Rangel, entre otros
estudiantes, fue encarcelado.

Exiliado en Chile desde 1952, continúa sus estudios de filosofía y


letras, carrera que había empezado en la Universidad Central de
Venezuela. En 1955 se traslada a París y cursa estudios de
doctorado en literatura latinoamericana. Regresa a Venezuela en
1956 como prisionero político, condición en la que permanece hasta
1958. Escribe entonces su primer poemario, Mientras suceden los
días, sobre su experiencia del exilio. En 1958 funda el grupo literario
Sardio, entre cuyos integrantes estaban Ramón Palomares, Salvador Garmendia y Adriano González
León.

En 1959 volverá a Francia, becado por la Universidad Central de Venezuela y el gobierno francés
para estudiar literatura francesa. Ya en Venezuela, desde 1962 comienza a trabajar como profesor
en la Escuela de Letras de la UCV y en el Instituto Pedagógico de Caracas. Escribe para la
revista Zona Franca, dirigida por Juan Liscano, y dirige el Suplemento Literario del diario La
República.
En 1965 escribe Borges, el poeta, trabajo de ascenso en la UCV que será publicado en 1967 en
México y posteriormente en Caracas por la editorial Monte Ávila. El libro, que sería traducido al
francés en 1971, sigue siendo reconocido en nuestros días como uno de los trabajos más completos
sobre la poesía del escritor argentino.
En 1967 dirige la revista Imagen; al año siguiente viaja a Estados Unidos y da clases de literatura
latinoamericana en la Universidad de Pittsburg. Durante esa época publica su segundo poemario, La
mirada (1970). Entre 1972 y 1975 colabora en las revistas literarias de difusión continental Revista
Iberoamericana, Eco y Plural, y en los libros de estudios colectivos América Latina en su
literatura (1972) y Aproximaciones a Octavio Paz (1974).En Estados Unidos escribe La máscara, la
transparencia, que recoge una serie de ensayos sobre poesía hispanoamericana del siglo XX.
Publicado en 1975, el libro le valdría en 1976 el Premio Nacional de Literatura. Desde ese año, al
volver a Venezuela, trabaja como director literario de Monte Ávila y publica su poemario En el verano
cada palabra respira en el verano, al que le seguirá, en 1977, Serpiente breve. Se dedica a dar
clases en la Escuela de Letras de la UCV y a investigar sobre la obra de escritores venezolanos
como José Antonio Ramos Sucre y Mariano Picón Salas, y en 1988 publica el poemario La vastedad.
Ese año ejerció como profesor titular de la Cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge.
En 1993 publica su último poemario, La segunda versión. De ese año es también su Antología de la
poesía hispanoamericana.
LA VIDA, AÚN

¿Dónde quedó la alegría de vivir?


La desaprensiva lentitud en el trato
y la clara mirada del orgullo,
la vislumbre del carácter y el destino,
la mano que sabía prohibir y consagrar,
los cuerpos que dan gracias al alma
y ágiles como la parra se enlazan
en las noches del placer y también
del dolor; todo lo que fue ceremonia,
frugal o generosa celebración ¿ahora
dónde está, bajo cuánto oropel
y odio y oprobio yace? ¿Hay seres
que aún vivan en la amistad del clima,
respiren el hálito de la tierra
cuando amanece, se bañen en el mar
como una purificación? ¿Es hermosa
aún la hermosura, se ilumina su rostro
en los días aciagos y lo amamos
con paciencia?

¿O sólo hemos sido


sangre rencorosa, paciente sólo
para la insidia y el ultraje?
¿Conocimos alguna vez la pasión,
el paciente de su larga herida?
¿O apenas nos alcanzó el alma
para la astucia, el requintado
honor, la ávida vanidad? ¿Alguna
vez fuimos justos sin mediar
el escarnio? ¿Y entre tanto ahí
estaba el escarnio desesperado
en la miseria, y piedad
no tuvimos, ni reverencia? ¿Y entretanto,
por todo lo que cuesta ser
hombre, apenas éramos venezolanamente
retrecheros?

O sólo fue falaz


la vida, y venal. Sólo ella no supo
ser austera, no se jubiló a tiempo,
ni siquiera tuvo tiempo de sacar
un seguro de vida. A todos
se prostituyó: era demasiado hermosa
y sólo quería dar placer,
o su ilusión. En el fondo, nunca
pensó que iría a morir. Ahora busca
refugio en la memoria, deambula
por jardines desolados creyendo
cifrar en la rosa o el jazmín que amó
el íntimo y desnudo destello
que le prendía al mundo. Se va llenando
de ruinas en la casa que cubre
la hiedra. Se da cuenta que ya no
cuenta, y limpia sus máscaras.
Ahora aprende a vivir su único
rostro: su secreta agonía.

hanni ossott
Hanni Ossott nació en Caracas el 14 de febrero, día de San Valentín, en el año 1946, de padres
alemanes. Cuando tenía tres años murió su madre, quien será una figura importante en algunos de
sus libros de poesía, especialmente en Casa de aguas y de sombra, su libro sobre la infancia.

La orfandad, que en un principio le fue ocultada,


creó en ella una gran sensibilidad y una apertura
espiritual que podemos vincular con lo religioso,
con la devoción hacia lo existente; y que así mismo
se relaciona en sus textos, como veremos más
adelante, con el cuerpo, lo corporal.

Junto a la poesía cultivó el ensayo poético y


filosófico. Tras los filósofos griegos de la
antigüedad se fue a Grecia en 1979. Asimismo se
interesó particularmente en la obra de Friedrich
Nietzsche.

Se desempeñó durante más de veinte años como


docente en la Escuela de Letras en la Universidad
Central de Venezuela, dictando cursos
especialmente en el área de la Poesía y la reflexión
poética y filosófica.

Falleció en Caracas el 1 de enero de 2003.


EL HORNO

El horno es un estuche, un vientre secreto


una madre mecánica que manejo con mis fuegos y mi apetencia
Lo obligo a encender sus paredes
lo gradúo
Le digo: abrasa a tu presa
quema su superficie
ablanda su centro
Le digo: trescientos grados... y su pasión obedece
Amante sólo amante suda fuegos y se deja
invadir por el aroma se deja
regar por los desbordes de aquello que quema.

No es un ángulo
ni se abisma en su centro como una esfera Es
sólo caja de calor
alma no circular cuyos ritmos determino.

El horno es una hechura


un preludio
una red, una trampa
el centro de la casa y de la farsa

Por él la saciedad, el olvido, el sueño, la


embriaguez Ronca el horno y no lo sabe apaga vigilias
y luces
quema la presa aniquila al comensal

Se fuga el animal, se hunde un diálogo en la noche


se entibian las razones el horno se enfría
quedan manchas, huellas de la cena

Los hombres recogen sus abrigos y un cuaderno ahí, una cosa...


Cae
melancólico el sopor.

Es el trabajo del horno impuesto a la fiesta el


rigor del horno
exacto regular
implacable adormidera mecánica
calidez
vientre de la casa
secreto de abuela de hierro y de rejillas.

La reja es otra cosa


y otra el dibujo de la reja
otra y más honda, secreta, es mi división

Y ese invitado, ¡fuera!


¡Si no fuese por mis rejas,
la casa
el otro horno que aquí quema!

Febrero 14, 1982

Juan Sánchez Peláez


Juan Sánchez Peláez (1922-2003) es una referencia ineludible de la poesía venezolana. Su obra,
tan fecunda como singular, revela uno de los rostros más elocuentes de nuestras letras, por ello la
Fundación para la Cultura Urbana (FCU) junto a La Poética y el Archivo Fotografía Urbana se han
propuesto celebrar el centenario de su nacimiento con
diversas actividades, que incluyen compartir versos e
imágenes del poeta en una acción colectiva virtual

, además de charlas y lecturas de su obra con destacas


personalidades del quehacer cultural venezolano. Les
invitamos a estar atentos a nuestras redes sociales para
que se mantengan al tanto de cada evento, que se
extenderán hasta el mes de octubre. En 2018 la FCU
junto a la editorial Visor, de España, se unieron para
publicar el primer libro de una colección dedicada a la
poesía venezolana titulado Antología poética, con una
selección de la obra de Sánchez Peláez, a la que se
sumaron luego De la metáfora, fluida, de Verónica Jaffé; El cangrejo ermitaño. Antología poética, de
Arturo Gutiérrez Plaza; y el poemario En falso, de Gabriela Kizer; todos bajo la coordinación editorial
de Marina Gasparini LaGrange.

A los 18 años formó parte del grupo surrealista La Mandrágora de Chile. A su regreso a Caracas, la
libertad en el uso del lenguaje propició fuese considerado como el gran renovador de la poesía
venezolana de la segunda mitad del siglo XX.

Después de su primer libro, la expresión poética en Sánchez Peláez pasa de la exuberancia al


despojamiento verbal. La palabra, concisa, necesaria y a la sombra de la soledad, nada pide ni
propone, prefiere hablarnos con la intimidad de sus visiones y su sabiduría en el tono del susurro que
no cesa en su reverberación. Si bien, en los años cincuenta el autor se desempeña como profesor
en Trinidad, y luego es agregado cultural de la Embajada de Venezuela en Colombia,

A fines de los sesenta vive en los Estados Unidos y en 1976 se instala en Madrid, de nuevo para
ocupar un cargo diplomático. En 1978 vuelve a Caracas donde vivirá hasta su muerte trabajando en
sus dos últimos libros: Por cuál causa o nostalgia (1981) y Aire sobre el aire (1989), que representan
lo más decantado de su experiencia poética.

El cuerpo suicida
Rosa invisible rasgo puro
Venas subyugantes como lámparas de nieve
y mi espejo en su lecho fratricida
Iba hacia ti
Desde la negra edad de mis orígenes
Iba hacia ti
Cuando la luna ondea en mis sienes desatadas
Caías de rodillas con un racimo de frutas.

Los perversos ojos del cielo recubren tu llama


La espiga vigilante adentro
En las zonas del silencio donde la luz no llega.

Yo veía un niño agonizando en los jardines


El que arrojaba uvas delirantes a las duras bahías
Y los cuerpos ahogados en la noche
Cuando arden cenizas en la magia de Dios.

Yo he visto alfombras proteger sus rebaños


de ignorancia
Altares y arcos
Los senos, bases de fuego fascinante
El perfecto hábito del semen
Joya de abismo, taciturno enigma.

Rafael Cadenas
Rafael Cadenas (Barquisimeto, Lara, Venezuela, 8 de abril de 1930). Poeta y ensayista venezolano,
profesor de la Escuela de Letras Universidad Central de Venezuela. También traductor de autores
como D.H. Lawrence, Víctor Segalen, Kavafis, Walt
Whitman, Robert Graves, entre otros. Es doctor honoris
causa por la Universidad de los Andes de Mérida,
Venezuela.

Desde joven, combinó su entusiasmo por la literatura


con la militancia en el Partido Comunista de
Venezuela, sufriendo cárcel y exilio durante la
dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Se refugió en la
isla de Trinidad durante cinco años hasta que en 1957
que volvió a Caracas.

Formó parte del grupo de debate político y literario


«Tabla redonda», colaborando en la revista del mismo
nombre hasta 1965, junto con Manuel Caballero, Jesús Sajona Hernández, Jacobo Borges, y otros.

Los rasgos más frecuentes de su poesía se caracterizan por crear una obra densa y estrechamente
vinculada al pensamiento filosófico:

.la confrontación del yo consigo mismo y con el mundo

.la caracterización del desterrado, crítico y burlón, ajeno a la moral, a las instituciones, a las
jerarquías y al orden social

.la presencia de un tono crítico e irreverente

.la multiplicidad de voces poéticas

Su poesía parece fusionar los derroteros de la actitud reflexiva con la inspiración pura, siguiendo la
tradición de Hölderlin, Rilke y José Gorostiza

Su obra dialoga con la cultura oriental, particularmente con el pensamiento videntico, el taoísmo y el
zen. De occidente de Arthur Rimbaud, Walt Whitman, Rainer María Rilke, D. H. Lawrence, Fernando
Pessoa, Giuseppe Ungaretti, Czeslaw Milosz, Henri Michaux, Carl G. Jung, Alan Watts, Rafael López
Pedraza, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Pedro Salinas y Jorge Guillén.

Las paces
Lleguemos a un acuerdo, poema.
Ya no te forzaré a decir lo que no quieres
ni tú te resistirás tanto a lo que deseo.
Hemos forcejeado mucho.
¿Para qué este empeño en hacerte a mi imagen
Cuando sabes cosas que no sospecho?
Líbrate ya de mí.
Huye sin mirar atrás.
Sálvate antes de que sea tarde.
Pues siempre me rebasas,
sabes decir lo que te impulsa
y yo no,
porque eres más que tú mismo
y yo solo soy el que trata de reconocerse en ti.
Tengo la extensión de mi deseo
y tú no tienes ninguno,
sólo avanzas hacia donde te diriges
sin mirar la mano que mueves
y te cree suyo cuando te siente brotar de ella
como una sustancia
que se erige.
Imponle tu curso al que escribe, él
sólo sabe ocultarse,
cubrir la novedad,
empobrecerse.
Lo que muestra es una reiteración
cansada.
Poema,
apártame de ti.

Poetas latinoamericanos
Blanca Varela

(Lima, 1926 - 2009) Poetisa peruana considerada la más


importante voz poética femenina de su país, en buena medida
por la difusión internacional que alcanzó su obra.

Hija de Alberto Varela y de la escritora costumbrista Esmeralda


González Castro (también conocida por su seudónimo de
Serafina Quinteras), a los dieciséis años ingresó a la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos para seguir estudios de letras. En
la universidad entró en contacto con los escritores de la
generación del 50, especialmente con los poetas Sebastián
Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren, con
quienes formaría el grupo de los llamados "poetas puristas".

En contraposición a los "poetas sociales" de la época. Conoció


también a poetas como César Moro, Emilio Adolfo Westphalen y Manuel Moreno Jimeno, quienes la
iniciaron en la tradición surrealista y en otras vanguardias, presentes en una parte de su obra. En
1947 finalizó sus estudios y dos años después se casó con el pintor peruano Fernando de Szyszlo,
de quien posteriormente se separaría. En 1949 se trasladó a París, ciudad en la que residió algunos
años; conoció allí de primera mano el movimiento existencialista francés y demás posturas estéticas
de la posguerra. También vivió algunos años en México, dirigiendo la sucursal peruana del Fondo de
Cultura Económica de ese país.

Desde 1960 residió casi permanentemente en su ciudad natal, con contactos muy esporádicos con el
ambiente literario. Colaboró en la revista Oiga de Lima, en la que escribió críticas de cine con el
seudónimo de Cosme, y fue miembro del comité de redacción de la revista Amaru (1967-71), dirigida
por Adolfo Westphalen. En 1996 recibió la Medalla Internacional Gabriela Mistral, otorgada por el
gobierno chileno a personalidades destacadas de la cultura.

Su obra poética está formada por unos pocos libros, publicados sin prisa y cuando la mayoría de sus
compañeros de letras ya habían editado sus trabajos. A los treinta y tres años, y luego de algunas
pocas colaboraciones en revistas, publicó a insistencia del escritor mexicano Octavio Paz su primer
poemario con el título Ese puerto existe (1959), con prólogo del mismo Paz. En este libro
encontramos poemas de influencia surrealista que la escritora suprimió en ediciones posteriores,
como los de la primera sección, denominada "El fuego y sus jardines", posiblemente por considerar
que no se ajustaban a su lenguaje poético posterior.
Así sea

El día queda atrás,


apenas consumido y ya inútil.
Comienza la gran luz,
todas las puertas ceden ante un hombre
dormido,
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.

El tiempo,
la gran puerta entreabierta,
el astro que ciega.

No es con los ojos que se ve nacer


esa gota de luz que será,
que fue un día.

Canta abeja, sin prisa,


recorre el laberinto iluminado,
de fiesta.

Respira y canta.
Donde todo se termina abre las alas.
Eres el sol,
el aguijón del alba,
el mar que besa las montañas,
la claridad total,
el sueño.
José Manuel Arango
Nacimiento
5 de octubre de 1937, El Carmen de Viboral, El Carmen de Viboral,
Colombia

Fue profesor de filosofía de la Universidad de Antioquia y de ella


recibió el Premio Nacional de Poesía por Reconocimiento en 1988.
Y fue autor de unos pocos libros de poesía, suficientes para hacerse
un lugar en los afectos de sus lectores: Este lugar de la
noche (1973), Signos (1978), Cantiga (1987), Montañas (1995) y En
la tierra de nadie del sueño (2002, póstumo). Los demás libros, no
pocos, que se han publicado de su obra son antologías y poemas
reunidos.

Un gran poeta con una obra corta. Heredero, si se quiere, de la


poesía norteamericana en la cual predomina el simbolismo y donde el lenguaje no es una catarata
de imágenes o de figuras literarias. La contención de su poesía es equiparable al silencio que, en
últimas, quería guardar. Era un hombre callado, más bien hermético, a quien le gustaba más mirar
que hablar. Lo fascinaba el mundo, su música y hasta su bullicio, pero lo que más amaba de él eran
las palabras. Por eso, sin duda, las acariciaba (como a su perro con la mano o a las montañas con
sus ojos, según dice en un poema), casi hasta angostarlas. Y usar las necesarias, las que decían
más, pero pocas. Casi herméticas, como él.

No indescifrables (ninguno de los dos), sino precisas.


Sus poemas, a la larga, son claros como el agua. Nítidos como corresponde a una gran obra. Y
sencillos, aunque exigen un buen lector. Uno que entienda de espacios en blanco; de silencios; de
exaltaciones que no abren casi los labios; de misterios inherentes a la vida; de presencias de la
muerte que no incluyen esa palabra; de la poesía altamente erótica, carente de nimiedades. Del
canto sonoro, pero apaciguado, del poema.

No se debe olvidar cómo la van de bien el silencio y la poesía, y cómo la van de mal el poema y la
hojarasca, la palabrería. No eran prolijos los poemas de José Manuel Arango, como era dilatado el
tiempo que se demoraba para publicarlos. Fue traductor —también muy buen traductor, al decir de
los entendidos— de varios poetas norteamericanos: Denise Levertov, EzraPound, Emily Dickinson,
Walt Whitman. En ellos y en poetas colombianos como José Asunción Silva y Aurelio Arturo (pero,
además, en Wallace Stevens, en Epifanio Mejía, en León de Greiff… Como buen poeta, era un gran
lector) encontró la palabra que canta, la palabra que dice mucho, aunque no sea abundante. Y lo que
dijo en sus poemas nos pertenece, como la piel.
Cerca de la estación de los trenes

Cerca de la estación de los trenes,

Sobre la plazoleta,

El olor a semen y a sueño de un cuarto de hotel.

Veinte pasos abajo está el arbusto que nimba un halo de luz y niebla.

Ella es ahora

Solo

Este rostro que flota en mi soledad

Y un poco de memoria, en las palmas,

De la redondez de sus hombros.

Ahora cuando la concubina del ladrón, sola en la noche, lo aguarda

Y el hastío reúne a los hombres en las tabernas.

La moneda lanzada contra el muro se deshizo en polvo.

Contra el muro donde heladas mujeres muerden la sombra con sus dientes de cuarzo.

Queda la soledad trasvasada en el beso

Y, cerca de la estación de los trenes,

Sobre la plazoleta,

Este cuarto de hotel

Y su olor a semen y a sueño.


César Dávila Andrade

(Cuenca, 1918 - Guayaquil, 1967). Poeta ecuatoriano. Su obra


se caracteriza por un intenso lirismo y por un gran poder
imaginativo (Espacio, me has vencido, 1947; Catedral salvaje,
1951; Arco de instantes, 1959). También escribió relatos breves
(Abandonados en la tierra, 1959; Cabeza de gallo, 1966). Figura
principal de la lírica ecuatoriana de mediados del siglo XX, el
talento poético de César Dávila Andrade trazó rutas

Renovadoras y fecundas con una obra que comprende etapas


de carácter distinto: la referencia modernista y neorromántica, la
experimentación y el hermetismo bajo influencia surrealista.
Preocupado por el orden (o desorden) social, hay testimonios precisos que lo califican como un
hombre escurridizo y ensimismado, pero dotado de bondad, ternura y una gran sensibilidad para
captar el lado poético de la vida diaria.

Dávila actuó decididamente en el movimiento reformador de la poesía ecuatoriana. Su obra poética


ha sido dividida en tres etapas: cromática, a la que pertenecen libros como Oda al Arquitecto (1946)
y Espacio, me has vencido (1947), de filiación neorromántica y modernista, donde se evoca la
infancia y la vida familiar; de experimentación, con Catedral salvaje (1951), Boletín y elegía de las
mitas (1959) y Arco de instantes (1959); y hermética, en la que se inscribirían poemarios
como Conexiones de tierra (1964) y su poesía última, de raigambre surrealista.

Esta última etapa coincide con su interés por temas como las filosofías indostánicas, el yoga o la
filosofía zen, la alquimia, el rosacrucismo o los ámbitos de las ciencias ocultas y la parapsicología.
Por otra parte, su labor como prosista ha hecho que César Dávila Andrade haya sido considerado un
ágil renovador del cuento y uno de los antecesores del llamado «nuevo relato ecuatoriano».
INFANCIA MUERTA

Aquellas alas, dentro de aquellos días.


Aquel futuro en que cumplí el Estío.
Aquel pretérito en que seré un niño.

Desierto, tú quemaste la quilla de mi cuna


y detuviste a mi Ángel en su Agraz.

La madre era ascendida al plenilunio encinta,


y en un suceso cóncavo
trasladaba sus hijos a sus nombres
y los dejaba solos,
atados a los postes de los campos.

Arrimada a su paño de llorar,


venía la Nodriza,
tan humilde
que no tenía derredor ni Dios.
Yo le besé en la piel los labios más profundos
de su cuerpo,
y desperté en el fondo de su vientre
al Niño sucesivo que no muere.

Alejandra Pizarnik
(Buenos Aires, 1936 - id., 1972) Poetisa argentina. Su
obra poética, que se inscribe en la corriente neo
surrealista, manifiesta un espíritu de rebeldía que linda
con el auto aniquilamiento. Entre sus títulos más
destacados figuran La tierra más ajena (1955), Árbol de
Diana (1962) y Extracción de la piedra de locura (1968).
Alejandra Pizarnik nació en el seno de una familia de
inmigrantes rusos que perdió su apellido original,
Pozharnik, al instalarse en Argentina. Después de cursar
estudios de filosofía y periodismo, que no terminó, Pizarnik
comenzó su formación artística de la mano del pintor
surrealista Juan Batlle Planas. Entre 1960 y 1964 vivió en
París, donde trabajó para la revista Cuadernos, realizó
traducciones y críticas literarias y prosiguió su formación
en la prestigiosa universidad de La Sorbona; formó parte
asimismo del comité de colaboradores extranjeros de Les Lettres Nouvelles y de otras revistas
europeas y latinoamericanas. Durante sus años en Francia comenzó su amistad con el escritor Julio
Cortázar y con el poeta mexicano Octavio Paz, que escribió el prólogo de su libro de poemas Árbol
de Diana (1962).
De regreso a Argentina publicó algunas de sus obras más destacadas; su valía se vio reconocida
con la concesión de las prestigiosas becas Guggenheim (1969) y Fullbright (1971), que sin embargo
no llegó a completar. Los últimos años de su vida estuvieron marcados por serias crisis depresivas
que la llevaron a intentar suicidarse en varias ocasiones. Pasó sus últimos meses internada en un
centro psiquiátrico bonaerense; el 25 de septiembre de 1972, en el transcurso de un fin de semana
de permiso que pasó en su casa, terminó con su vida con una sobredosis de seccional sódico. Tenía
36 años.

Había publicado sus primeros libros en los cincuenta, pero sólo a partir de Árbol de
Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965) y Extracción de la piedra de la locura (1968),
encontró Alejandra Pizarnik su tono más personal, tributario al mismo tiempo del automatismo
surrealista y de la voluntad de exactitud racional. En esa tensión se mueven estos poemas
deliberadamente carentes de énfasis y muchas veces hasta carentes de forma, como anotaciones
alusivas y herméticas de un diario personal. Su poesía, siempre intensa, a veces lúdica y a veces
visionaria, se caracterizó por la libertad y la autonomía creativa.

Su obra lírica comprende siete poemarios: La tierra más ajena (1955), La última
inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las
noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971). Después de su
muerte se prepararon distintas ediciones de sus obras, entre las que destaca Textos de sombra y
últimos poemas (1982), que incluye la obra teatral Los poseídos entre lilas y la novela La bucanera
de Pernambuco o Hilda la polígrafa. También póstumamente fue reeditado el conjunto de sus textos
en el volumen Obras completas (1994); sus cartas quedaron recogidas en Correspondencia (1998).
A la espera de la oscuridad

Ese instante que no se olvida


Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma


Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada


Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos
Carlos Pellicer Cámara

(Carlos Pellicer Cámara; Villahermosa, 1899 - Ciudad de


México, 1977) Poeta mexicano. Considerado el poeta de
más amplio registro y mayor intensidad de la primera mitad
del siglo XX, Carlos Pellicer abrevó en la fuente de las
corrientes de vanguardia y las asimiló en una obra original y
consistente.

Estudió en la Escuela Nacional Preparatoria de México y,


posteriormente, hizo estudios en Bogotá, Colombia. Profesor
de literatura y de historia en escuelas secundarias, fue un
excelente periodista y un fino y agudo crítico literario. Como promotor cultural, fue museógrafo e
impulsor de las artes plásticas, y en su faceta política ejerció la diplomacia y fue senador de la
República.

Integrante del círculo de creadores formado en torno a la revista Contemporáneos (Jaime Torres
Bodet, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, José Gorostiza, Bernardo Ortiz de
Montellano), a diferencia de ellos no se inclinó por una poesía metafísica, centrada en la conciencia.
Carlos Pellicer se interesó más bien en la exuberancia del paisaje natural y los elementos que lo
integran (el aire, el viento, el fuego). De ahí que la crítica no considere racionalista su poesía, sino
más bien un canto que celebra el mundo.

Destacan en su obra Colores en el mar y otros poemas (1921), la lírica amorosa de Hora de
junio (1931) y el aspecto religioso de Práctica de vuelo (1937). Su manera singular de contemplar e
interpretar la vida da a su verso perfiles personales, ya hable del amor humano o se eleve a cantar al
amor divino. Enemigo acérrimo del nerudismo, que consideró una plaga para América, fue uno de los
escritores más populares de su país. En 1954 recibió el Premio Nacional de Literatura.
EL VIAJE

Y moví mis enérgicas piernas de caminante


y al monte azul tendí.
Cargué la noche entera en mi dorso de Atlante.
Cantaron los luceros para mí.

Amaneció en el río y lo crucé desnudo


y chorreando la aurora en todo el monte hendí.
Y era el sabor sombrío que da el cacao crudo
cuando al mascar lo muelen los dientes del tapir.

Pidió la luz en hueco para saldar su cuenta


(yo llevaba un puñado de amanecer en mí).
Apretaron los cedros su distancia, y violenta
reunió la sombra el rayo de luz que yo partí.

Sobre las hojas muertas de cien siglos, acampo.


Vengo de la montaña y el azul retoñé.
Arqueo en claro círculo la horizontal del campo.
Sube, sobre mis piernas, todo el cuerpo que alcé.
Rodea el valle. Hablo,
y alrededor, la vida, sabe lo que yo sé.
Conclucion


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