Cuentos breves (1900) Adela Zamudio
El vértigo
Adela Zamudio
A un prado, nunca hollado, en que la grama formaba selva espesa y sobre la cual se erguían, a modo de
palmeras, esbeltas umbelíferas, había acudido la multitud a festejar la llegada de la risueña Diosa Primavera.
Era la fiesta anual, siempre la misma. La hermosa palingenesia de un mundo efímero que resurgía una vez
más bajo el influjo de la estación.
Los gérmenes, rasgadas las paredes de su cárcel, se alzaban impacientes. Las larvas despertaban. Había
llegado la hora del tránsito dichoso hacia la luz.
En aquella mañana esplendorosa, grandes y chicos, hermosos y grotescos,' todos en traje de gala,
mezclados, confundidos, en huelga universal, flotaban con delicia en el ambiente saturado de efluvios
húmedos y tibios. Todas las clases se hallaban representadas en la revuelta y heterogénea muchedumbre.
Veíanse allí coleópteros togados, que, perdiendo de pronto su gravedad, desembozaban sus élitros rígidos y
ahuecados, para estirar la gola encarrujada de sus frágiles alas interiores, saltarinas y tijeretas, ortópteras
que abrían sus abanicos semejantes a serpentinas; lujosas lepidópteras de todo género: ya pesadas y airosas
como majas, ya ligeras como grisetas; todas pintarrajadas de carmín o cubiertas de polvo de oro.
Aquí y allí se pavoneaban los himenópteros bronceados, entre los cuales descollaba el Tábano zumbón; y en
fin, en todas partes, la turba alegre de pilluelos, los Mosquitos, igualmente malignos y zumbones.
Diseminados en la inmensa muchedumbre, avanzaban también, un poco temerosos de un golpe inesperado
de la policía, los socialistas de baja estofa: Polillas, Saltamontes y Gorgojos, y sus audaces colaboradoras: La
Altisa y la Filoxera.
De repente, provocando un murmullo general, presentábase alguna celebridad: alguna noble inventora, de
ésas que dotaron a la industria de productos útiles: una Crisálida benemérita, antiguo Gusano de Seda, que
acababa de darse a luz convertida en Mariposa — Una Abeja Reina y sus obreras — una Modesta Cochinilla,
tipo de abnegación; o bien, una simpática legación de Hormigas aladas en su sencillo traje diplomático.
Y en torno de esa pléyade brillante, la multitud anónima: miríadas de animálculos sin nombre, incubados en
la inmundicia, girando hacia los centros en que anhelaban ser...
Abajo, en las sombrías avenidas de la floresta de grama, se paseaba así mismo la multitud pedestre:
Miriápodos y Arácnidos y entre ellos, más de un sujeto de siniestra catadura — torva la horrible mirada de
ocho ojos y oculto el aguijón envenenado, dispuesto a herir.
La fiesta, pastoril en la mañana, habíase convertido al declinar la tarde, en carnaval frenético. Grupos de
chupadoras aclamaban a la Diosa rindiendo culto a Baco en el cáliz sabroso de las flores. La inmensa
mascarada, ensordecida por su propio zumbido universal, iba y venía en corso inacabable alrededor del
prado. Allá ruidosa y estridente estudiantina de cigarras — aquí grotesco grupo de panzudos moscardones
ceñidos de luciente tornasol azul y ver-de, agitando sus alas de velillo a guisa de panderetas — Más lejos,
saltarines y tijeretas, o bien, comparsa alegre de mariposas luciendo luengas faldas cuyos colores chillones
contrastaban con el tocado aristocrático de las neurópteras de breves alas y figura esbelta. Junto a aquel
prado, corría un arroyo de dos metros de ancho, que para aquellos seres diminutos tenía el aspecto de un
río navegable. Muchos sedientos hundían la trompa en su corriente. No lejos de la orilla, bajo una piedra
sombreada por obscura parietaria, bohemio artista, un Grillo, tranquilo espectador de aquel tumulto,
ocultaba su pobre traje y su figura desgarbada.
Caía la tarde. Luciólas diligentes encendían ya focos de luz. La fiesta iba a concluir. Un soplo de la brisa
estremeció un rosal que inclinaba sus flores sobre las aguas. Cayeron varios pétalos. Una pálida Libélula llegó
volando a la orilla; plegó sus alas de tul y se dejó caer rendida en la concavidad de un pétalo de rosa. La frágil
embarcación, con su pequeña carga, se balanceó un instante en un remanso y luego huyó arrastrada por la
corriente.
El Grillo exhaló un débil cri-cri y, a pequeños saltos, se internó en la selvática espesura de grama donde
reinaba ya profunda sombra.
De vez en cuando, un tímido rayo de luna, deslizándose por el follaje, alumbraba sus pasos. El solitario se
internó cada vez más en la floresta que en aquella hora, sólo inspiraba pensamientos tétricos. No halló un
transeúnte; todos se habían marchado a descansar.
Vagaba así, cuando de pronto vio destacarse encima de la selva la blanca bóveda de un extraño edificio,
especie de rotonda, de estilo arquitectónico difícil de reconocer. Siguió avanzando hasta tocar sus muros
medio ocultos en aquel mar de verdor. Habíase despertado su curiosidad y en un breve paseo de
circunvalación no tardó en descubrir su portada vivamente iluminada por la luna. Consistía ésta en dos
óvalos o claraboyas situadas a cierta altura y equidistantes de otra abertura más baja, especie de ajimez,
cuyo tabique central se hallaba medio derruido. El soportal que defendía la entrada del edificio era una
galería saliente en forma de herradura, que en vez de capiteles, superior e inferior, ostentaba una serie de
arabescos, a modo de estalactitas y estalagmitas, labradas en una materia más dura y blanca que la del resto
del edificio.
El intrépido paseante dio dos brincos hacia adentro. Reinaba un gran silencio. Sombras medrosas invadían
los rincones. Los rayos de la luna, al través de las dos singulares claraboyas adquirían la tristeza pavorosa de
la mirada de un moribundo. Su reflejo en el interior de la bóveda, difundía cierta vislumbre que permitía
distinguir los objetos. En medio del pavimento, se destacaba la negrura de una cavidad profunda como un
pozo.
En el fondo de aquel subterráneo resonaron pasos y una voz preguntó:
— ¿Quién va?
Era un escarabajo que avanzó lentamente.
El feo conserje, sometido a un largo ayuno de conversación, se mostró afabilísimo.
—Supongo que querrá usted pasear las ruinas, dijo. Sígame y medite lo que va de ayer a hoy. Esa bóveda
desierta, en cuya concavidad resuena el eco de nuestros pasos, abrigó en otro tiempo multitud de celdas
que fueron centros de prodigiosa actividad. Dentro de sus tabiques se produjeron las más elevadas
manifestaciones de la vida. Era una construcción ligera, alojada inmediatamente debajo de la bóveda.
Estaba simétricamente compartida en dos departamentos laterales y cada uno de estos, en tres divisiones
rodeadas de una sucesión de celdas, en galería cerrada, llamadas de circunvalación. Ambas " alas de la
construcción unidas por el puente de Varolio, (llamado así, sin duda por el arquitecto que lo construyó);
constituían lo que podía apellidarse la Oficina Central, por hallarse en ellas el centro motor de un admirable
sistema de hilos conductores que la ponían en comunicación con el exterior. En ese hueco que ve usted ahí,
un poco más abajo de la Oficina Central, se hallaban sus dependencias.
En ellas se atendía al movimiento de la planta baja del edificio. Los hilos conductores se entrecruzaban a la
altura del puente, poco más o menos, de modo que la planta baja izquierda comunicaba con el
departamento derecho de la Oficina y viceversa.
—Si usted quisiera asomarse a esa obscura escotilla, continuó, — por donde acabo de subir, podría ver uno
o dos peldaños que aún i existen de la gran escalera que conducía a los extremos inferiores del edificio. Cada
peldaño estaba horadado en su porción posterior, de modo que, acopladas todas las cavidades coincidían
formando un canal en que estaba el haz de hilos conductores de que he hablado.
En el pavimento de las divisiones de ambas mitades de la Oficina, se hallaba el acueducto de Silvio. Cerca del
puente de Varolio se alzaban las pirámides; las anteriores y las posteriores. Lástima que todas esas
maravillas arquitectónicas hubieran sido labradas en materia poco consistente. Hoy todo eso se ha
derrumbado y solo queda, como usted ve, la parte sólida del edificio.
La larga explicación del amable Conserje había llegado a interesar al visitante que le escuchaba con atención.
—Fíjese en ese pavimento, continuó. Por su forma particular ha sido comparado a un gran murciélago. Mire
usted; consta de un cuerpo central y dos alas que se extienden hasta tocar los dos muros laterales. Este
admirable entresuelo sujeta las numerosas piezas de la portada uniéndolas a la bóveda.
Ese montón de escombros que ve usted ahí, en el fondo del ajimez, era una celosía acribillada de agujerillos:
Las corrientes de aire, al chocar con las paredes interiores del ajimez, tapizadas de fina tela, enviaban hacia
adentro los átomos odoríferos, conducidos por hilos finísimos que, atravesando los innumerables agujeras,
se unían adentro en dos cordones.
Era este el primer par de cordones de los muchos pares que comunicaban la Oficina Central con los diversos
puntos del exterior. La fuerza activa que obraba en ellos, no era precisamente el fluido eléctrico, pero sí algo
muy parecido. Obraba de dos modos: transmitiendo las noticias sensacionales del exterior, a la Oficina
Central, donde se hacía conciencia de ellas, e impartiendo las órdenes de la Oficina a las extremidades del
edificio.
Cada una de las aberturas de la portada, transmitía un orden de noticias, diversas, según la región de donde
procedían. Por esas dos claraboyas cuyos cóncavos, hoy vacíos, se hallaban entonces revestidos de lindas
vidrieras y cortinas, penetraban las llamadas vibraciones luminosas. Vibraciones de otro género eran
transmitidas por otro par de cordones que partían de dos aberturas situadas en los muros laterales,
equidistantes de la portada.
—Si usted quisiera molestarse, se las enseñaría.
Salieron por el ancho portal adornado de estalactitas y estalagmitas de marfil, y torcieron hacia la derecha.
Aquella porción lateral del muro sobresaliente de la bóveda, formaba, casi a la altura de las claraboyas una
especie de azotea, prolongada hacia atrás.
—Esta azotea, dijo el escarabajo, llevó en otro tiempo el pomposo nombre de Arco Cigomático. Son dos: una
a cada lado de la portada. En ellas tengo dos observatorios. Desde aquí me entretengo en contemplar las
puestas de sol o en contar las estrellas en las noches claras.
Se detuvieron en un punto en que la parte saliente terminaba y el muro ofrecía a la vista una especie de
nicho. Penetrando en él recorrieron un callejón que los condujo a una reducida estancia donde yacían
amontonados varios objetos: un yunque, un martillo, un estribo y un lente.
—Usted se figurará estar en un taller de herrería, dijo el escarabajo, pues nada de eso; a lo que esto podría
compararse con más propiedad, es a una oficina telefónica, aunque el aparato que va usted a ver, mas tiene
de fonógrafo que de teléfono. Asómese a esa ventana oval, o a esta otra redonda, y procure ver hacia
adentro. Descubre usted-una bocina un poco inclinada hacia abajo. Esa es la Trompa de Eustaquio.
¿Ha aplicado usted alguna vez el oído a la concha de un caracol? Se halla lejos del mar; y no obstante, se
escucha en su interior el rumor de las olas.
Un fenómeno semejante, en apariencia, aunque de muy .distinta naturaleza se produce aquí. No hay vida
adentro ya, pero las membranas que recibieron y conservan la impresión de los antiguos sonidos, aunque
muy estropeadas, siguen funcionando. — El aire los despierta. La cara interior de la bóveda hace de lámina
vibrante que los reproduce y la ilusión es completa. Haga usted la prueba.
El Grillo aplicó el oído. En los primeros instantes solo percibió un ruido sordo acompañado de una
resonancia cada vez más fuerte — luego un lejano rumor de colmena que fue creciendo y complicándose
hasta dar la idea confusa de un gran tumulto. A medida que se escuchaba, se comprendía mejor. Era aquel
todo un mundo exterior reflejado y repercutido adentro, que se reproducía en mil escenas simultáneas, y al
mismo tiempo, toda una vida interior, subjetiva, recóndita, que seguía vibrando intensa y dolorosamente.
La sorda resonancia fue convirtiéndose en prolongada aspiración, en un ansia inacabable, de cuyo fondo
surgieron aleteos de alas palpitantes que se encumbraban al infinito, ruido de caídas, ecos de abismo,
clamores de ángel, jadeos de bestia, rugidos, estertores, risas, sollozos...
El Grillo se sintió acometido de un malestar repentino. Dio un paso atrás. Su cabeza vaciló y teniendo apenas
tiempo para despedirse, huyó desatinado dando traspiés. Después, con un esfuerzo supremo, se lanzó a
grandes saltos hasta caer sin aliento muy lejos del siniestro paraje.
Le recogieron sin conocimiento. Su prolongado vértigo, del que apenas pudieron despertarle, alarmó a
todos. Sus amigos, sospechando la causa del accidente, le hablaban de la pálida Libélula, reina del corso, que
la tarde anterior había huido delante de sus ojos, como ensueño irrealizable. El triste enfermo callaba y
sonreía. Sentía que su dolencia era incurable. Se hizo misántropo.
Solitario cantor de las ruinas, en su flébil gemido, desde entonces, solloza, no ya el alma inocente de un
insecto, sino la hipocondría de un demente iniciado en los secretos humanos.