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Ruptura con Perspectivas de Género

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EL NECESARIO ROMPIMIENTO CON VIEJAS PERSPECTIVAS

LA RUPTURA NECESARIA

El ser humano ha vivido un proceso histórico, “a lo largo de los últimos tres siglos”,
según Jelin (p. 29), de pasaje de individuo a persona; persona que se considera tal
desenvolviéndose en sociedad. La evolución individual está signada por la transformación
general de la sociedad de la que es parte. Podemos decir que hay una evolución histórico-
social y un desarrollo del propio sujeto hacia su personalidad. En términos de género, puede
decirse que las conquistas en lo referente a la autonomía individual llegaron temporalmente
después que las relacionadas a las generaciones:
“El proceso de individuación y de reconocimiento de intereses y derechos propios de las
mujeres frente al hombre jefe de familia es mucho más reciente e inacabado” (Jelin, E.
p.41)

Lo privado y lo público se construyen social e históricamente. El sujeto no es


estático; discurre, podríamos decir, en una reconfiguración constante, no accidental; desde la
perspectiva de género ello implica asumir que lo biológico y natural “está ahí” pero que no
es ése el lugar indicado para tener la “mejor visión” de un constructo social. Bourdieu
podría decir que, claro está, sí se puede ser objetivo; pero ello no significa que actores que
observan desde diferentes puntos en el campo, vean lo mismo.

Aprehender la noción de sujeto en estos términos, nos lleva a la concepción de que el


sexo como categoría biológica no “se ve igual” (porque no es “lo mismo”) cuando
introducimos la perspectiva de género. Lo cual, a su vez, aporta el sentido dinámico que
afecta, incluso, nuestra asunción del “cuerpo” como algo biológico que puede trocarse en
una categoría social. De esa manera, lo socialmente construido es algo cultural que moldea
lo que somos y lo que vemos.

Las relaciones de poder permean nuestra perspectiva, nuestro lugar social, afectan lo
que hacemos y lo que percibimos. La teoría de género –si es que podemos hablar de ella en
singular- aporta herramientas que no sólo ayudan a comprender cómo opera el poder -a
veces más simbólicamente, otras veces con descarnada violencia- en un ciclo interminable,
no pocas veces imperceptible. La perspectiva de género ayuda también a “poner en agenda”
lo silenciado, a visibilizar lo oculto. Y es que los puntos de vista que hemos aceptado como
naturales nos son demasiado familiares, están demasiado incorporados (otra vez echamos
mano al sentido bourdiano) como para ponerlos en duda, problematizarlos, e interrogarlos.

Weber fue unos de los autores clásicos que más se interesó en el tema del poder. En
una de las varias categorizaciones que hizo, estableció la diferencia entre potencia y poder.
Potencia es conseguir que otro haga lo que queremos, aún en contra de su voluntad; poder
es lograr que otro obre de acuerdo a lo que queremos, pero como si esto fuera expresión de
su propia voluntad. El gran autor de Erfurt no dudaba en que poder implica una posición
mucho más ventajosa: quien se encuentra en la posición de obedecer, lo hace sin que deba
mediar violencia física. El poder se considera básicamente legítimo y es ahí donde reside su
fuerza.
Es decir que si percibimos, naturalizándola, a una forma de poder como legítima, y no la
consideramos una construcción, sus efectos serán ni más ni menos que aceptemos la
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situación sin más. Tal situación –de hecho una relación-, se autolegitimará. El poder será
naturalizado… y su desconocimiento será asumido como ilegítimo.

Esto hace que el imponer una manera de ver lo social (histórico, económico, político,
etc.), implica no sólo el poder de imponerlo, sino la capacidad de decidir lo que se hará
visible y lo invisible, lo que será estudiado y lo que no, lo que formará parte de la historia –o
de la historia relatada, más bien- y aquello que se perderá en la bruma del tiempo.

Con un razonamiento análogo, afirma Battyány que la lógica del patriarcado es una
lógica de poder y de dominación. Es la violencia simbólica bourdiana desde su manera
paradigmática, dentro de la cual el agente social sobre el que se la ejerce es “cómplice” o da
su “consentimiento”. He entrecomillado los términos cómplice y consentimiento pues,
ciertamente, los actores no son sujetos libérrimos que simplemente escogen su papel, sino
que su accionar es fruto de un habitus fuertemente internalizado, con lo que todo intento de
objetividad se ve necesariamente limitado:

Existe gran dificultad para analizar la lógica del género ya que se trata de [...] una institución
que ha estado inscrita por milenios en la objetividad de las estructuras sociales y en la
subjetividad de las estructuras mentales, por lo que el analista tiene toda la posibilidad de usar
como instrumentos del conocimiento categorías de la percepción y del pensamiento que
debería tratar como objetos del conocimiento (Bourdieu, citado por Battyány, K. 2004. p. 27)

El concepto de ruptura es uno de los más importantes, desde el punto de vista teórico-
metodológico, para el autor francés. Es necesario romper con el sentido común, con lo que
se acepta como normal, con la intuición. La ruptura da lugar a una vigilancia epistemológica
que nos permite, al hacer visible las estructuras –estructuras que son, a su vez,
estructurantes- que subyacen tras lo evidente, asir las complejidades de la interacción que se
escenifican en el campo. La histórica hegemonía de lo masculino, no sólo se ha manifestado
en una dominación de un género sobre otro –algo tal vez, bastante evidente-, sino incluso en
la imposibilidad misma de transformarlo en objeto de conocimiento, en sujeto de análisis
que hace posible el desenmascaramiento de la realidad oculta tras el velo de la
naturalización de lo socio-histórico.

El papel hegemónico de lo masculino frente a lo femenino, es notoriamente un


enfoque que está signado por el biologismo, dando lugar a una mirada determinista, que obra
como una legitimación en sentido weberiano.
No ha sido fácil llegar a una perspectiva de género; ello supone romper con la idea de “lo
natural” y asumir una perspectiva cultural o de creación social. Ello conlleva que lo
“inevitable” se vuelve contingente, y objeto, si cabe, de conquista social. Por cierto, adoptar
criterios más progresistas no significa unanimidad acerca de la manera en que se debe
atender a la reparación de injusticias más o menos evidentes, puesto que hay posiciones
diversas, como bien señala E. Jelin ¿es la mejor alternativa propiciar la participación de las
mujeres en la fuerza de trabajo o “ayudarlas” en sus responsabilidades domésticas?

Lo anterior no debe hacer olvidar que cuestiones como la fuerza física o el hecho de
la maternidad femenina suponen muchas veces para las mujeres un auténtico obstáculo.
Claro que ese obstáculo, si es transformado en la “esencia” de lo femenino, termina por
transformarse en un instrumento de dominación.

Esta forma de dominación –otorgarle a la mujer lo que Murillo llama “esencia de las
esencias”, básicamente dar a luz y criar hijos-, está por cierto fuertemente anclada en
3

estructuras de parentesco, en la organización social y la económica, puesto que es la


dominación sexual que antecede a la explotación económica. La española escribe:
“asistimos a la constatación de una doble naturaleza (masculina y femenina), duplicidad
que ha favorecido decisivamente un reparto de funciones y espacios. La maternidad recibe
valoraciones cercanas al innatismo, con lo que la parentalidad queda subsumida en labores
de colaboración.” (Murillo, S. p. 26)
Por su parte Battyány se expresa sobre el particular diciendo: Es esta ‘naturalización del rol’
y la consecuente asociación con las capacidades o competencias, la que se ha trasladado al
mundo del trabajo y, al interactuar con las exigencias productivas y con los requerimientos
de tutela de la maternidad, ha determinado la división sexual del trabajo y la segmentación
ocupacional horizontal y vertical que lo caracteriza” (Battyány, K. p. 9)

Escribe Soledad Murillo:“El espacio doméstico ha sufrido un eficaz mecanismo de


exclusión al quedar fuera del círculo de lo visible, en la medida, que no era pagable ni
medible lo que en este ámbito acontecía. Grave paradoja, cuando es incontestable que todos
y todas hemos participado de los beneficios que se derivan de lo doméstico, su desprestigio
no es cuestión de años, sino de siglos, la historia ha cimentado discursos que unían lo
doméstico a la naturaleza, una naturaleza bucólica tan poco propensa a la medición, que
resultaría un agravio pretender medirla y valorarla, como si cualquier estimación objetiva,
atentará contra su propia ley natural.” y ello nos lleva inevitablemente a plantearnos el
tema de la “construcciones sociales” y sus devenires en diversas etapas históricas; resulta
casi cruelmente paradójico que la afirmación de la modernidad en sus distintos aspectos
haya sido el escenario de reivindicaciones y conquistas para las mujeres, pero también (en su
característico racionalismo y búsqueda afanosa de lo “medible” y “cuantificable”), ha sido
una especie de instrumento de justificación de la invisibilidad de lo doméstico.

La historia, la sociología, la filosofía, etc. se han ocupado abundantemente de la


relación público-privado como definidor central de las relaciones que se establecen entre los
seres humanos actuando en sistemas sociales; e históricamente, el papel de las mujeres ha
sido relegado a lo privado.

Ese espacio, el privado, es el lugar del conservadurismo, es el lugar de la


reproducción, es “lo de siempre”… y no es remunerado. El espacio visible, el del poder, el
de la razón, es eminentemente masculino. Esta “razón” no está necesariamente relacionada
con la idea de racionalidad, sino que es una razón meramente instrumental, una especie de
perversión de la modernidad “enjaulada” al decir de Weber. Es la razón contra la cual
ejerce su agudeza crítica la Escuela de Frankfurt.
Buscar “igualdad” para las mujeres en ámbitos que están construidos según el modelo de los
hombres es de dudosa efectividad; ese status quo es, además, algo que las mujeres deben
aceptar casi como un precio tácitamente aceptado para poder acceder a los ámbitos donde se
desarrolla la vida pública.

Todo orden social produce representaciones, normas y pertenencias. La integración de la


mujer en el espacio político, al no contar con raíces históricas, ni con un presente que legitime
su presencia (aún hoy, precisa fundamentarse la demanda de cuotas), provoca la tensión de
una transición entre espacios y funciones Evidentemente, este aspecto de permanente
"integración" en el espacio público, en una suerte de eventualidad constante, repercutirá en el
significado del trabajo para las mujeres, como algo más que una actividad retribuida. Un
espacio que ha reconocido, tradicionalmente, un concepto de identidad laboral, construida
sobre una única referencia: el obrero adulto o joven, pero varón (Murillo, S. p.2)
4

Una pérdida de identidad casi “necesaria” se sobreentiende en la mujer que ocupe


cargos de responsabilidad administrativa: "Las mujeres que ocupan un puesto de
responsabilidad hacen de hombrecitos y se transforman en uno de ellos, ya no son iguales a
nosotras" le dice una mujer sindicalista a la socióloga española (Murillo. p. 3). A modo de
ejemplo, se puede decir que de esas mujeres, el sistema no espera una condición que
descuenta en el varón que ocupa puestos laborales comparables: competitividad.

En el mismo sentido, en un texto de Z. Margarita Bejarano Celaya se cita a Nicolson


quien escribe que las mujeres que logran romper con el llamado “techo de cristal” (una
especie de barrera sicológica más allá de la cual una mujer no puede ascender en su carrera
profesional) se encuentran más aislada que el resto. Su comportamiento no sólo es
considerado problemático sino también antifemenino, ganándose el rechazo de colegas y
subordinadas del mismo sexo. Como respuesta, estas mujeres pueden preferir el aislamiento
y no apoyar a otras mujeres.

Esas renuncias que las mujeres deben hacer para compatibilizar su estancia entre dos
esferas relativamente contrapuestas, como son lo público y lo privado, pueden ser dolorosas
y muy costosas, sea cual fuere la forma en que lo midamos. El texto de Jelin es esclarecedor:
“en el área de la organización de la familia y del cuidado, las mujeres-madres parecen
mantener un apego muy fuerte a su posición de ‘defensoras del bien común’ del ámbito
doméstico colectivo al ejercer el ‘poder del amor’ frente a los demás miembros de la
unidad, y no parece haber indicaciones fuertes de que lo estén cediendo” (Jelin, p. 42)

AUTONOMÍA E INDEPENDENCIA ECONÓMICA

Si bien es indudable que la mujer ha ganado espacios, no se puede negar que la


igualdad entre géneros no es, de hecho, una realidad; y las oportunidades para mujeres y
para hombres están lejos de ser equitativas. Las diferencias salariales son incontrovertibles,
y la pobreza femenina sigue siendo un problema social de primer orden.

Las mujeres en Uruguay acceden en mayor número a la educación terciaria, ello es un


muy positivo indicador; pero la brecha que se marca en el párrafo anterior no hace otra cosa
que marcar la injusta situación relativa entre géneros. Y una buena parte de esa brecha se
explica por el hecho de que la mujer sigue desplazada –por lo menos, en buena parte de su
vida- a un espacio de invisibilidad en el plano de lo privado.

Un tema central e ineludible es el de autonomía, tal vez sea esta la máxima conquista
perseguida por el feminismo, habida cuenta que cuando una persona puede considerarse
autónoma, no sólo se presupone que ha alcanzado condiciones de existencia que le permiten
elegir –dicho esto en sentido muy amplio-, sino que es un poder activo que se ramifica en
autoposesión, individualidad, independencia, responsabilidad, etc.
Va de suyo que la autonomía engloba el hacer y el pensar; el obrar libremente y el asumir
plenamente la independencia de juicio y de autopercepción.

En un documento del Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el


Caribe se expresa: “se ha llegado así al convencimiento de que la meta de la igualdad no se
alcanzará mientras las mujeres no posean autonomía en todos los ámbitos. La autonomía es
definida como ‘el grado de libertad que una mujer tiene para poder actuar de acuerdo con
su elección y no con la de otros’. En ese sentido, existe una estrecha relación entre la
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adquisición de autonomía de las mujeres y los espacios de poder que puedan instituir, tanto
individual como colectivamente” (CEPAL, Informe Anual 2013-2014. p. 11)

Es necesariamente amplio el sentido que se le da a “autonomía”, puesto que los


ámbitos en los que ésta debe darse cubren un extenso abanico. Hace referencia desde la
capacidad de la persona para generar sus propios ingresos, hasta asumir plenamente el
control de su propio cuerpo; sin soslayar, obviamente, la plena participación en las
decisiones que afectan su vida y la de la su colectividad. “La igualdad es el resultado de una
articulación virtuosa entre la independencia económica, los derechos reproductivos, una
vida libre de violencia y la paridad en la política”. (CEPAL. p.12)

La lucha de las mujeres no sólo por el reconocimiento formal sino por el efectivo goce
de sus derechos, viene siendo un largo proceso; o más bien, es la confluencia de múltiples
procesos de naturaleza diversa en que la propia concepción de autonomía ha variado, ya que
necesariamente ha evolucionado.

En primer momento, los movimientos feministas de las primeras olas despertaron en


Occidente como intento por extender a las mujeres los derechos educativos necesarios para
hacerlas partícipes del conjunto de las oportunidades del ciudadano.
El primer paso que había que dar para que pudieran adquirir las capacidades que hacían
posible el acceso a la autonomía y a los estándares comunes de civilización, era cultivar la
razón y el uso del entendimiento. Por ello, la formación intelectual, así como la participación
en los espacios académicos y deliberativos, se convirtieron en objetivos prioritarios de las
primeras reclamaciones feministas. (Postigo, M. 2007. p.283).

Fue pues, la educación, el punto de partida del camino al que, por ejemplo, las
sufragistas extendieron con el derecho al voto femenino.
No obstante, ese camino es sinuoso. Las razones y los objetivos planteados son muchas
veces ambiguos, cuando no, contradictorios.
No pocas veces se hacía coincidir la instrucción de las mujeres con un ejercicio “más
perfecto y responsable de sus deberes familiares”, con lo cual, se volvía a arrinconar a la
mujer en el ámbito de lo doméstico.
Asimismo, la emancipación femenina, al asumir a la razón como un medio para afirmar sus
derechos, cae en la paradoja de asumir valoraciones y prejuicios que habían mantenido fuera
de las esferas de lo público y lo político a las mujeres.
Marta Postigo, siguiendo a Carolyn Korsmeyer, nos recuerda que los primeros discursos
feministas propugnaban que la mujer accediera a la virtud por la razón, al mismo tiempo
que destacaba, como una superioridad moral relativa, a la intuición.
Es claro vislumbrar los ideales de la ilustración en los primeros movimientos feministas. En
ellos se destaca al sujeto individual titular de derechos basados en su naturaleza racional y
en la responsabilidad moral. Un gran objetivo fue extender la ciudadanía a las mujeres y
relacionaron, inevitablemente –después de todo, todos somos hijos/as de nuestro tiempo- la
emancipación a la autonomía moral y al raciocinio. La coyuntura favorable para la
superación de estas perspectivas, valiosas pero muy acotadas, está dada por la superación (al
menos en términos generales) y el replanteamiento de los ideales propios de la modernidad.

El surgimiento del Estado moderno resignifica el sentido de lo “público”,


relacionándolo en especial con administración y autoridad pública; lo privado, como ya era
desde los tiempos de la Grecia Clásica se desliga cada vez más, desde el surgimiento de la
Revolución Industrial, con las actividades de producción y reproducción, y los ámbitos del
hogar y la familia y se vuelven menos valorados.
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La gran ventana de oportunidad que se le abre al enfoque de género es el paulatino


pero constante debilitamiento de la perspectiva moderna. Incluyendo la propensión a las
taxonomías clasificatorias y al uso de una razón “instrumental” que formaliza los derechos y
las libertades. La noción de género se introduce en este escenario planteando un reacomodo
de la Weltanschauung dominante, una ruptura epistemológica, tal como lo expresa Battyány:
“siguiendo el planteo de Montecino, en primer lugar, el concepto de género introdujo la
idea de variabilidad: ser mujer o varón es un constructo cultural, entonces sus definiciones
variarán de cultura en cultura, sin poder por tanto universalizar y hablar de la mujer o el
varón como categorías únicas” (Battyány, K. p.28)

A esa ruptura, siguieron otras, siendo no menos importante, la definición del trabajo no
remunerado como otra dimensión del “trabajo”. Aquí el rol de la mujer es indispensable en
lo que tiene que ver con la reproducción de la sociedad y a lo que las mujeres dedican
mucho de su tiempo ocupado en lo doméstico, donde es “privado” por lo invisible –e
infravalorado-, pero que podría considerarse público por su importancia crucial para la
reproducción del modo capitalista.

“El trabajo productivo es realizado dentro de un período de tiempo establecido,


delimitadas horas al día, determinada cantidad de años, siendo igualmente esto muy
variable, de acuerdo al modo de producción y organización social de cada comunidad. En
contraposición al trabajo productivo, el trabajo doméstico debe llevarse a cabo todos los
días a lo largo de la vida de una persona”. (Battyány, K. p.30)
La frase citada expone claramente que la menor valoración social del trabajo doméstico es
una flagrante injusticia: en realidad, es el tipo de trabajo que no tiene límites temporales, se
hace cada día de cada año y a lo largo de toda la vida. Suele ser este uno de los trabajos
realizados por las mujeres, pues si tienen un empleo remunerado, no dejan generalmente de
cumplir con el no remunerado hecho en el hogar.

Carole Pateman, siendo citada por Battyány expresa que la división sexual del trabajo
en espacios públicos y privados oprime a las mujeres, y deja al desnudo la insuficiencia de
los derechos sociales y políticos para éstas. Las mujeres quedan de hecho, fuera del ejercicio
de una ciudadanía plena y ello nos confronta a la necesidad de replantearnos la división
entre los ámbitos públicos y privados. “El aumento generalizado de la tasa de actividad
femenina, particularmente de las madres, plantea, en nuevos términos, la pregunta acerca
de las obligaciones familiares y su forma de compartirlas. La pregunta se realiza, a su vez,
a nivel macro y a nivel micro, al interior de las familias: la división de tareas entre varones
y mujeres y entre generaciones”.

Fragmento del cuadro 9 (Battyány, p.76)


7

El sostenido crecimiento de la tasa de actividad de las mujeres en la economía


mundial en general, y de nuestro país en particular, como se muestra en este cuadro, denota
que cada vez son más de éstas quienes participan de la economía remunerada. Con ello, son
también más las que se ven en la necesidad de compatibilizar este aspecto de su vida con las
actividades domésticas, uno de los desafíos más problemáticos que enfrentan las mujeres.

Solemos ver a nuestro país en una situación históricamente vanguardista, por lo


menos en lo referente a cuestiones sociales, frente a otros países latinoamericanos. Sin
embargo, las diferencias de remuneraciones entre los géneros es significativa… y
preocupante. En la página web del MIDES (que cita un estudio del BID) observamos un
título que habla de la sostenida desigualdad: “Brecha salarial por género alcanza en Uruguay
a 26,3%” y allí se advierte que solamente Brasil supera a Uruguay en ese ranking

La misma fuente señala que a misma edad y nivel educativo, la diferencia salarial
promedio en Latinoamérica entre géneros es de 17,2%. Esto se observa al comparar hombres
y mujeres con la misma edad y nivel educativo.
Llama la atención en ese mismo informe, el hecho que los países que mostraron tendencias
diferentes son algunos de los que tienen problemáticos indicadores de desarrollo social en
general, como Guatemala (donde la brecha es de 0,3) y Bolivia. En este último país, de
hecho, las mujeres ganan 1,8 más que los hombres.

En el Cuaderno sobre desarrollo humano, “Desigualdades persistentes: mercado de


trabajo, calificación y género”, que edita el PNUD en Uruguay –en un trabajo presentado en
2015-, aparecen cifras no exactamente iguales, pero también impactantes: las mujeres con
titulación universitaria ganan en Uruguay el 20% menos que los hombres con la misma
formación y el 10% menos en el conjunto de niveles educativos. En algunas de las
ocupaciones en que se ubican los y las asalariados con estudios terciarios, la brecha salarial
de género es muy significativa. Es el caso, por ejemplo, de los auxiliares contables y
financieros (–30%), médicos y profesionales afines (–20%), especialistas en ciencias
sociales y humanas15 (–32%) y vendedores y demostradores de tiendas y almacenes16 (–
21%).
La injusticia que lo anterior supone es incontestable; a igualdad en edad y formación aparece
una brecha salarial que suma otras cuantas desventajas relativas (en directa relación con
ésta) al género femenino. No debemos olvidar que, por lo general, la mujer tiene doble
actividad (en la esfera de lo público y en lo doméstico); tampoco que, habida cuenta de la
nueva conformación del núcleo familiar, muchas veces es la mujer –y solo ella- quien aporta
el ingreso al hogar. En este caso es también muy posible que, si puede, deba pagar a alguien
–otra mujer-, para que la suplante en las tareas domésticas durante su ausencia. Si no puede
pagar, existe una alta probabilidad que el peso de tal tarea recaiga sobre otra persona del
mismo género (madre, hija mayor, suegra), quien a su vez verá recortados sus tiempos de
ocio. La mujer queda así encerrada en un círculo vicioso; interrumpirlo es un gran desafío.

Ciertamente, el Estado no ha contribuido de la mejor manera:

A través de una serie de intervenciones directas o indirectas, la mayoría de los Estados va


reforzando la división sexual del trabajo que emana de la especialización de los hombres en el
trabajo productivo y remunerado, y la especialización de las mujeres en el trabajo reproductivo
y no remunerado. El Estado, por medio de políticas familiares, fiscales y de protección social,
participa directamente en el modelo del hombre proveedor principal de los recursos de
subsistencia familiar. El análisis del peso histórico de este modelo en cada contexto nacional,
8

constituye una lectura interesante para entender las distintas modalidades de trabajo de las
mujeres a finales del siglo XX. (Battyány, K. p.56)

Es imposible analizar cuáles son las razones por las que las políticas estatales no han
logrado resultados más positivo y promisorios. En honor a la verdad, el espectro va desde
una acción patriarcal voluntaria –después de todo, los puestos de poder siguen siendo
mayoritariamente ocupados por hombres-, hasta una imposibilidad de ruptura con una
cosmovisión incorporada y naturalizada, a pesar de la “buenas intenciones” que se puedan
expresar.

Las autoras que trabajaron en el documento del PNUD ya referido, hacen una serie de
recomendaciones que van desde promover medidas de acción positiva que procuren
“reequilibrar las desigualdades de partida, considerando que los factores culturales, las
expectativas de trayectorias laborales, las aspiraciones respecto a la vida familiar y la carga
de trabajo doméstico pesan a la hora de elegir carreras profesionales o tecnicaturas”, a
modificar los “patrones de género” de las instituciones educativas “mediante campañas de
promoción de la igualdad de género” y desarrollar el Sistema Nacional de Cuidados.
Recomiendan transparentar los procesos de contratación y ascenso; impulsar políticas de
capacitación y actualización para fomentar el ingreso y la permanencia en trabajos
mayoritariamente masculinos, y que los puestos de responsabilidad estén verdaderamente
abiertos a las mujeres.
La modernidad cede sus certezas inamovibles y con ello se abre una ventana de
oportunidad para las reivindicaciones que se afirman en la noción de sujetos de derechos
móviles, cambiantes, históricos. Los esfuerzos de las mujeres encuentran eco y consiguen, a
la luz de sólidos argumentos, generar cambios que transformen las condiciones de
desigualdad y discriminación. Un objetivo prioritario es que todas alcancen la situación de
autonomía que les permita, por fin, armonizar las esferas de los espacios públicos y
privados. Esa armonización no debe hacerse a costa de sacrificios de identidad, sino
rescatando al ocio, la intimidad y el reconocimiento del trabajo doméstico no remunerado
como derechos, en una sociedad verdaderamente justa e igualitaria.

Y una sociedad de este tipo no se alcanza solamente con voluntarismo político, ni


con tibias expresiones de deseo, sino con un auténtico rompimiento frente a anquilosadas
perspectivas paridas y criadas en la forma de un habitus, asumido luego como el mundo
“natural” y “normal”, legitimado por “lo que siempre fue”.
9

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